Lunes, 12 Marzo 2018 08:43

Como pez en el agua

Como pez en el agua

David Foster Wallace fraguó la parábola que se conoce como Esto es agua. Contó que había dos jóvenes peces nadando uno junto al otro cuando encontraron uno más viejo que iba en dirección contraria y que los saludó diciendo: "Buen día, muchachos. ¿Cómo está el agua?" Los dos peces jóvenes siguieron nadando un poco más y, de pronto, uno de ellos voltea hacia el otro y pregunta: "¿Qué diablos es agua?"

Es muy factible que mi pez beta, Rufino –que se llama igual que el del detective habanero Mario Conde y que vive solo por peleonero en una pecera bien acondicionada–, tampoco sepa qué es el agua, aunque sólo ahí puede vivir. ¿Qué pasaría si tomara conciencia de ella?

En la parábola wallaceana son tres los peces que participan del enigma acuático y eso basta para hacer de éste un problema social. Wallace afirma que el meollo de la historia es obvio, a saber: que las realidades más relevantes usualmente son las más difíciles de advertir y de tratar. En esto, por supuesto, no es determinante la edad que tienen los peces.

De esta materia, es decir, de la capacidad o bien de la mera posibilidad de darse cuenta de lo más obvio que nos ocurre, está hecha gran parte de la filosofía y la sicología.

Darse cuenta de qué diablos es el agua no es un proceso fácil y tampoco garantiza una salida fiable de la enajenación que se produce constantemente a escala individual y colectiva. Las fuentes de la enajenación son poderosas y muy diversas.

Las reacciones que se han denominado antisistema, como pueden ser recientemente los casos del Brexit o las elecciones de hace unos días en Italia, entre muchas otras, podrían verse como una manera de "tomar conciencia".

Eso es apenas lo primero que podría apuntarse, pero hay todo un proceso, complejo sin duda, que ha de seguirse para comprender su significado y sus repercusiones. E, insisto, no necesariamente todo esto significa que se alcance un avance que pudiese concebirse como positivo. Eso es tan sólo una posibilidad. La historia está plagada de situaciones como ésta.

En 2018 se cumplen 170 años de la publicación del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels. De alguna manera era esa una expresión radical de lo que "es el agua". Se trataba de la necesidad de los trabajadores de tomar conciencia del "hecho objetivo que es la explotación". El trabajo político consistía, entonces, en propagar esa conciencia, en darse cuenta de lo que ese hecho político entraña.

El capitalismo hoy no es el de 1848 ni el de 1917 o de 1933, esto es obvio. Detrás de los movimientos políticos, de las revoluciones y los grandes programas de reforma, hay un texto del que se seguirán extrayendo conclusiones. El pensamiento tiene que evolucionar y, preferentemente, sin descalificaciones atemporales como muchas veces se hace.

Hoy la "clase obrera", el "proletariado" tienen otra composición y un significado político distinto. Están en una diferente relación con la tecnología y las formas primordiales de la acumulación del capital. La sociedad global es distinta. Los conflictos han modificado su naturaleza y la manera en que se exhiben. La demografía es otra cosa y el desgaste social altera su forma y su condición. Los enfrentamientos políticos a escala nacional y mundial así lo muestran. Entretanto, la desigualdad es más profunda en términos relativos y absolutos, y es una de las cuestiones primordiales que enfrenta la humanidad.

Rupert Younger y Frank Partnoy son un par de profesores que se definen como creyentes del capitalismo de libre mercado y desde ahí promueven el llamado activismo como forma de acción política (ver activistmanifesto.com) para confrontar las actuales desviaciones de ese sistema.

Han hecho un curioso trabajo de confrontación de esa postura con el planteamiento original del Manifiesto del 48. Esto podría tomarse como una mera edulcoración de aquel texto tan radical. Posiblemente así lo sea. Y, sin embargo, ofrecen reflexiones interesantes, sobre todo para ordenar una discusión y plan-tear los desacuerdos. No pretenden ser extremistas ni revolucionarios, pero admitamos que en buena medida la llamada izquierda, sea convencional o no, tampoco ofrece hoy un panorama intelectual demasiado atractivo y abarcador.

Conciben el activismo como una serie de principios que expresan en general las actuales relaciones que surgen de las luchas existentes en contra de la desigualdad, de lo que dicen es el movimiento histórico que ocurre ante nuestros ojos.

Ven las manifestaciones de la desigualdad como la fuente permanente del cambio histórico. Activismo hay y lo vemos en distintas formas. No todas ellas son exitosas. El movimiento de ocupación de Wall Street provocado por la más reciente crisis financiera tuvo resultados limitados. Hoy el Congreso de Estados Unidos se propone desmantelar buena parte de las regulaciones que se impusieron al sector financiero después de 2009.

Pero hace unos días las enormes manifestaciones de mujeres en muchas partes del mundo han llamado la atención para exigir un cambio en una sociedad donde impera el machismo, la desigualdad de género y la violencia. La lista puede seguir.

¿Será esa una forma del agua de la que hablaba Foster Wallace?

 

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Jueves, 08 Febrero 2018 15:21

Los factores fundamentales

Los factores fundamentales

Como una experiencia de la cual hay que aprender, guarda la memoria nacional que solamente en los años 40 del siglo XX fue fraguada en nuestro país una voluntad colectiva para luchar por el poder y concretar un gobierno con vocación social y en pro de la justicia. Luego, todos los intentos han sido en vano. Para entonces, cientos de miles, tal vez millones de connacionales, sintieron el vibrar de sus fibras más íntimas al identificar sin medias luces a los culpables de su situación, pero también al percibir la posibilidad de un triunfo de los pobres sobre la oligarquía apropiadora de las riquezas nacionales, excluyendo de sus beneficios a la mayoría.

 

En esa experiencia, corta pero ejemplar, Gaitán logró poner sobre el tablero de la lucha política a dos actores que se batían como enemigos enconados, no sólo como contrarios: ¡Pueblo, contra la oligarquía! De esa manera, la gente sentía que la política había retomado su sentido más profundo: propiciar la cristalización del bien común, del interés general, y de ahí su disposición a seguir las orientaciones de aquel vigoroso dirigente político.


El momento crucial de tal movilización nacional fue interrumpido con el asesinato del líder, quien por distintos motivos no tuvo la capacidad suficiente para estimular y conformar una conducción colectiva del proceso que estaba liderando.

 

Tras su asesinato, se desató un huracán de violencia oficial contra un pueblo dispuesto a vengar a su líder. Era una violencia institucional por la cual nunca pagaron condena alguna sus promotores y facilitadores, enterrados al final de sus vidas como insignes figuras de la nación. Nada más manipulador de la memoria colectiva y de la realidad vivida y padecida por millones de connacionales.

 

Luego de esa experiencia, varios proyectos políticos de corte alternativo intentaron conectarse con el sentir nacional y erigirse en opción para el cambio, pero ninguna hasta hoy ha logrado su cometido. Ninguna consiguió fraguar una voluntad colectiva. Hasta hoy, cuando diversidad de organizaciones pretenden alcanzar ese sitial de honor, en un reto inmenso que, para quienes desde el presente miran el futuro, demanda cambios sustanciales en sus matrices políticas e ideológicas, pues, con las armaduras que vienen trajeados, no es posible sintonía alguna con las mayorías que alguna vez vibraron al agitar de Gaitán: ¡Pueblo, contra la oligarquía!

 

Los cambios por dar son varios, el primero de los cuales debe partir de refundar el sentido y el propósito de la política. No es para menos. Insertos en una revolución tecnocientífica de hondo espectro (la tercera), y una revolución industiral (la cuarta, en la segunda mitad del siglo XX vivimos la tercera), revoluciones que afectan nuestras formas de ver y conocer, de comprender y asumir la vida cotidiana, los relacionamientos sociales, el mundo del trabajo, los imaginarios sociales, las formas de comunicar e informar, las de consumo, las de transporte, las de control social, las formas de hacer la guerra, el medio ambiente, la producción de alimentos, el sentido mismo de la ciencia y la forma de abocarla, etcétera), no es posible que, en medio de tal magnitud de cambios, la política no termine conmocionada y afectada en sus bases más profundas, en lo que hasta ahora fue su sentido y sus propósitos: el gobierno y el Estado, la administración de la vida de los seres humanos y su cuidado, soportado todo ello sobre la división naturaleza-seres humanos.

 

Precisamente por los cambios en curso, por la necesidad evidente de superar esa separación con la naturaleza que viene desde hace tantos siglos y que a la humanidad le significó creerse el centro del universo, convencida de que podía hacer con la naturaleza y en ella todo aquello que pretendiera. El precio de tal ficción le aprieta hoy su pecho como pesado yunque, con factores de incontrolable contaminación ambiental, cambio climático, y otra infinidad de factores que ponen en riesgo la propia supervivencia de la especie humana y del planeta Tierra.

 

De ahí que una política de nuevo tipo, que de verdad esté por el cambio y la justicia, tenga hoy como misión fundamental la defensa de la vida de los seres humanos, así como del conjunto de especies que habitan en este planeta, y la casa que habitan –la naturaleza misma. Propósito tras el cual puede retomar y valerse del Estado pero no limitarse ni someterse al mismo, despertando y potenciando de manera sustancial un conjunto de relacionamientos humanos que proyecten la solidaridad a toda prueba en la especie humana y entre ésta y las demás formas de vida que puedan existir aquí o más allá de este planeta. Estamos, pues, con esta política, ante el final del antropocentrismo y, de su mano, ante el despliegue de una profunda revolución cultural en todos los órdenes hasta ahora conocidos, soporte indiscutible de una transformación política sistémica o de un simple cambio de gobierno.

 

Nueva realidad de la política que nos demanda, si de verdad queremos acercarnos a una comprensión de la misión que ahora le compete como fundamental, el estudio y el entendimiento de las bases de la vida misma, a saber: la ecología, la biología y las ciencias de la salud, y de manera supeditada la economía, la filosofía y otras áreas del saber que hasta ahora soportaron el quehacer político, entendido como administración del gobierno y el Estado.

 

Dejando a un lado el centralismo estatal, y con éste el Derecho, las leyes y toda aquella gramática que le da soporte, la política se debe situar en lo cotidiano de los seres humanos, buscando en formas garantizar la vida, la propia y la de las demás especies, propósito que va unido a una definición fundamental: que sea en dignidad. Para lo cual es indispensable socializar no sólo el trabajo sino, además, los ingresos, los saberes, la administración de la cosa pública. Es decir, una vez más queda claro que el poder no puede residir en pocas manos y menos en las de aquellos que lo apetecen para su beneficio. El ejercicio de la administración y la garantía de la vida deben ser asunto y responsabilidad del conjunto social –dejando de ser asunto de supuestos especialistas–, para lo cual ahora los dirigentes no pueden simplemente mandar sino que deben saber obedecer.

 

Nueva comprensión de la política que en nuestro país se encuentra con un escollo: una generación de dirigentes y activistas políticos está de salida por ley biológica, generación que no logra romper con la concepción que iluminó sus luchas, y de ahí que sigan enfrascados en la batalla por el Estado y el gobierno como eje de sus cotidianidades, facilitando de esa manera el control de la oligarquía sobre las mayorías, pues las disputas políticas se dan en el terreno elegido y decidido por quienes detentan el poder, bajo sus reglas y todo tipo de consideraciones interpuestas por los mismos.

 

Una generación que sale y otra que llega, pero sin una politización de nuevo tipo sino bebiendo sobre viejos idearios y referentes que la amarran y que desvían sus esfuerzos en un horizonte donde no es posible que obtengan triunfos de largo aliento. Nueva generación de activistas y líderes políticos que tiene ante sí, y como reto sustancial, al igual que Gaitán, construir en Colombia una voluntad colectiva, una unidad social, plural y dinámica, soportada en la recuperación de las particularidades y fortalezas regionales que caracterizan y son visibles en todas y cada uno de los territorios que integran este país, emprendiendo desde allí, a partir de tal sintonía, el reto de encarar la recuperación del sentido del bien común.

 

No es poca cosa, pues, tras este propósito, hay que confrontar y derrotar al neoliberalismo, y con ello rescatar el sentido y el valor de lo público, de lo colectivo, a la par de poner en tela de juicio la preponderancia del individualismo como vía para construir lo social –todo un contrasentido. Para así avanzar, hay que tallar de nuevo –ahora con todos y no a partir de un líder, como sucedió en los años 40 del anterior siglo– una voluntad general que, sabiendo identificar a los enemigos de hoy, logre desatar la pasión de las gentes para que, con su movilización, arrinconen a quienes hicieron de la política un negocio de familias que dio al traste con la felicidad de millones de compatriotas, no solo ahora sino también en el curso de muchas décadas, tantas como los dos siglos de vida republicana con que contamos.

 

De acuerdo a todos los signos e indicativos desprendidos del actual orden de cosas, el centro de esa acción por construir la indispensable voluntad colectiva descansa en la necesidad de confrontar la contracción vivida por la democracia (que, para el caso colombiano, nunca hemos vivido a plenitud), ideario de libertad izado, como se recordará, por los capitalistas hace ya dos siglos largos y que ahora, agotado como propósito, no pueden hacer realidad en tanto ni igualdad ni libertad ni fraternidad son ya posibles en el sistema capitalista; tampoco la justicia y otros propósitos básicos del orden social que esté por el respeto a la vida.

 

No es para menos, pues, como producto de las revoluciones tecnocientífica e industrial en curso, y como efecto de la financiarización que afecta al tejido social, la concentración de la riqueza y del poder le dan paso al autoritarismo como medio para que las minorías protejan el poder usurpado a las mayorías, así como los privilegios con que se embriagan cada día. No es casual, por tanto, que de la democracia no quede sino el letrero, ah..., y el rito electoral de cada tanto, el que básicamente ya nada decide, ya que lo trascendente para cada sociedad lo resuelven, en lo fundamental, los poderes realmente existentes en otras instancias ­–como los organismos multilaterales– que ya están por encima de la soberanía nacional.

 

Por tanto, retomar la divisa de la democracia, directa, radical, plena, como bandera colectiva para darle soporte a la tríada igualdad, libertad, fraternidad (leída como solidaridad), a la justicia, así como al conjunto de derechos humanos conquistados que sintetizan los básicos de que hay que gozar para vivir en dignidad, es el mayor de los retos que tienen quienes se disponen a la lucha contra la oligarquía y por darle cimiento a un país de iguales. Para ello, para sintonizarse con el país nacional, con aquel que vibró con Gaitán, es necesario salir a todos los rincones del territorio nacional (como lo propusimos en el editorial de noviembre pasado) para conversar con los de a pie, para escuchar sus razones y sus sueños, sus posibilidades y sus disposiciones, para con ello y entre todos dibujar el país que necesitamos y queremos, país por hacer realidad en las próximas décadas, dejando atrás no cien sino doscientos años de soledad, propiciados así por quienes, servidos de la violencia oficial, han llevado a millones de compatriotas a la infelicidad.

 

En la lucha por venir, serán ellos y sólo ellos, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, quienes dibujen con sus manos y sus piernas, con sus bocas y sus sentidos, con sus luchas, la democracia que requerimos, valiéndose para ello de talleres, debates de todo tipo, asambleas de diverso tamaño, protestas, bloqueos, etcétera, moldeando poco a poco la voluntad colectiva que se requiere para enfrentar y superar a quienes siempre han visto en la mayoría a sus enemigos, tratándolos como tales en infinidad de circunstancias y contextos.

 

Pensar que alguna organización o conjunto de organizaciones puede afrontar y concretar este reto, sin propiciar que en el centro de su acción estén las mayorías, potenciando para ello, para que ellas mismas sean quienes lideren y las organizaciones las que acompañen (manden obedeciendo), es todo un despropósito que no da cuenta del mismo sentido de una política de verdad renovada.

 

El reto es inmenso, así como las tareas por acometer. El propósito no da espera......

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Francia Márquez-Mina

 

 

Aquello que es político, en el mundo contemporáneo, no se puede seguir dando por sentado. Esta afirmación es ya, sin lugar a dudas, una posición política que se disputa el concepto en cuanto tal, pero también es una constatación: a partir de la segunda mitad del siglo xx la política ha sufrido toda clase de mutaciones heterogéneas, las cuales van del mundo de lo físico, técnico y orgánico al de lo que, a veces demasiado apresuradamente, se denomina “la cultura”. En campos como los Estudios sociales de la ciencia se alude a la politicidad y socialidad de máquinas y objetos (no solo a su “construcción social” o a que reflejen las intrincadas relaciones humanas); en los Estudios críticos animales se problematizan las relaciones de poder humano-animal y la dicotomía misma; en los Estudios feministas y de género se dice que existe todo un conjunto de políticas sexuales que atraviesan los más diversos ámbitos de la existencia... Y podríamos continuar la lista añadiendo ítems prácticamente interminables. De otro lado, la proliferación de luchas políticas alrededor del globo no deja de sorprender: emergen por todos lados luchas barriales, estudiantiles, feministas, decoloniales, ecologistas, animalistas, etc.

Este contexto nos ayuda a entender que hoy la política: 1) no tiene un lugar definido de antemano (como otrora lo fueron el Estado y los partidos) y 2) atraviesa una recomposición a nivel epistemológico/ontológico. Así, la política ha pasado de ser esa esfera común que, cual barco, debe ser gobernada o dirigida a buen puerto -clásica definición occidental que pone en el centro el problema del gobierno estatal y sus diferentes regímenes (democracia, oligarquía, aristocracia, monarquía, etc.)- para pasar a ser todo lo concerniente a las relaciones de poder y los respectivos órdenes tecno-bio-físico-sociales que éstas re/constituyen y deshacen continuamente. Órdenes que ciertamente pasan por el Estado, pero también por el “régimen heterosexual” y el “patriarcado”, el “especismo antropocéntrico”, el “mundo moderno/colonial” o la “colonialidad del poder”, etc. Probablemente este quiebre epistemológico/ontológico de la política fue impulsado por las y los socialistas/comunistas/anarquistas de antaño, así como por los potentes movimientos comunitarios (negros, indígenas, campesinos, etc.) que proliferan particularmente a lo largo y ancho de “América Latina”. Los primeros no han dejado de afirmar la importancia de un conjunto de relaciones de fuerza concernientes a la clase y a complejos órdenes que tienen que ver con la producción y reproducción de la vida (como el capitalismo), mientras los segundos nunca han dejado de considerar que su lucha es una lucha vital, una lucha de la vida comunitaria anclada espacialmente y no necesariamente antropocentrada.

Ejemplo contundente de la reconfiguración del concepto mismo de política es Francia Márquez-Mina. No obstante, los medios de comunicación, aquellos medios que han guardado un poco de decencia como para visibilizar a Francia, la han presentado simplemente como una defensora de los derechos humanos y de las comunidades afrodescendientes del norte del Cauca; más aún ahora que ha decidido incursionar en la esfera de la democracia representativa con su candidatura a la Cámara de Representantes por las comunidades negras. Pero volvamos a la cuestión que intento plantear.Si el anterior perfil, mediáticamente reproducido, se queda corto ante lo que encarna Francia esbásicamente en razón de que su hacer vital, es decir, su vida misma, “performa” o realiza un quiebre, tanto epistemológico como ontológico, de la política. En otras palabras, después de la irrupción de acontecimientos como Francia la política no puede seguir siendo lo mismo que antes, ni teniendo la misma racionalidad. Por supuesto, no se trata meramente de lo que ella ha provocado como individuo, sino de todo lo que se condensa en su nombre.

Quizá el primer gran quiebre de Francia es el hecho de concebir su candidatura como una manera de “hacer ruido” en la esfera público-estatal, de “ennegrecerla” un poco,pues para ella el Estado es una construcción históricamente occidental y colonial, que no solo ha tendido hacia el colonialismo externo, sino también hacia el interno. El Estado, así como el derecho, constituyen configuraciones blanco-mestizas, estructuralmente condicionadas por las relaciones de poder que se establecieron en la época de la colonización. Antes que un aliado, el Estado ha sido concebido por las comunidades afrodescendientes como un enemigo. Enemigo que primero fue la “herramienta” perfecta de las cruzadas civilizatorias y, posteriormente, de las desarrollistas y neodesarrollistas. Francia no se cansa de mostrar cómo, por ejemplo, losingenios azucareros, rostros del supuesto desarrollo actualmente avalado por el Estado, están en manos de quienes, genealógicamente, eran los antiguos esclavistas.De hecho, antes que hablar de un “desarrollo alternativo” prefiere referirse a las posibles “alternativas al desarrollo”. La pregunta que enseguida podría formularse sería entonces: ¿cómo es posible que alguien con una concepción tal del ámbito estatal se presente a las elecciones para ocupar un espacio en la Cámara de Representantes? La respuesta es relativamente sencilla. Francia no sueña con la “toma del poder” estatal, sino con generar ciertas interrupciones en su lógica que posibiliten la vida en los territorios que defiende, y eso hace toda la diferencia frente a la política profesional clásica.

Lo anterior me conduce al segundo quiebre. Esas interrupciones en la lógica estatal imperante se conectan con la resistencia y re-existencia territorial afrodescendiente del norte del Cauca, pero a su vez con otros movimientos, tanto latinoamericanos como globales. No es gratuita su cercanía con el famoso Black livesmatterestadounidense o con el movimiento de mujeres negras de Brasil.El quiebre radica en que ella sabe bien que el poder no es un fetiche, no es algo que se pueda tomar simplemente conquistando el Estado, sino que existen múltiples relaciones de poder serpenteantes que se cruzan y estratifican en diversos órdenes. Uno de ellos es, por supuesto, el Estado, pero también habla sin ambages del patriarcado, el racismo estructural y el capitalismo. Frente a esos grandes órdenes, su propuesta política consiste en: 1) generar resistencias, interrupciones, allí donde se pueda (en las universidades, las prácticas culinarias, la maternidad, la movilización en las calles, etc.) y 2) contribuir paralelamente a fraguar formas de vida (otros mundos o universos) con base en la recuperación creativa de todo aquello que históricamente ha sido aplastado. Y claro, las resistencias muchas veces coagulan en re-existencias, y viceversa.

Tercer quiebre: Pensar en términos de una relación fluida entre resistencias y re-existencias hace que la política no sea una política antropocentrada y mucho menos androcéntrica. Su defensa del territorio es, en realidad, la defensa de un conjunto de relaciones entre humanos y no humanos en movimiento constante. El territorio es la Vida misma que, en su “impersonalidad”, nos vive. Es el agua, la técnica, el sonido, los animales, las plantas, la comida y demás elementos en continua co-modificación. Francia tiene claro que los desplazamientos forzados, como al que ella fue sometida, y la violencia ejercida por diversos grupos armados, en particular por los paramilitares y las fuerzas del Estado, son maneras de desarmar esos complejos ensamblajes con el fin de instaurar y apuntalar los órdenes dominantes. Una vez desmembradas las formas de vida, que son al tiempo sistemas de apoyo mutuo y cuidado, a las pocas personas que quedan en los espacios la única alternativa inmediata que les parece viable consiste en regalarle su trabajo, su vida, al monocultivo, la guerra o la minería. Si en otras épocas los conquistadores destrozaban las formas de vida afro y las empleaban como fuerza de trabajo “bruta” para la extracción de oro, hoy la retórica del desarrollo es defendida por el Estado y sus ejércitos i/legales, quienes protegen a empresas como AngloGold Ashanti cuyo objetivo continúa siendo la extracción de oro con “mano de obra” semiesclava, a costa, una vez más, de las comunidades, en concreto, para este caso, de las del norte del Cauca. Francia Márquez denuncia todo esto y reconoce que lo que se está librando es toda una guerra entre formas de vida y mundos en movimiento. La violencia no es casual ni puramente irracional. En ese contexto, no duda en tomar distancia del modelo patriarcal y antropocentrado de familia occidental al defender necesidad de fortalecer vínculos de parentesco no sanguíneos. Reconoce, por ejemplo, al río Ovejas como una madre/padre, por lo que le duele que hoy esté envenenado con el mercurio usado para extraer oro, de la misma forma que otros 80 ríos se hallan envenenados en todo el país.

Aquí, por supuesto, tenemos otro quiebre:el auto-reconocimiento de Francia como afrodescendiente no tiene nada de esencialista, por el contrario, se basa en un tipo de memoria que intenta re-crear formas de vida alternativas a las hegemónicas. Su política no es ni identitaria ni anti-identitaria, sino que reta el mundo de las identidades al afirmarlas. Las itera o desplaza al repetirlas. Si el Estado necesita identidades asibles para gobernar, Francia corre más rápido. Se resiste tanto a la total indefinición, que históricamente se ha traducido en inexistencia, como a la definición externa del Estado y de ciertos antropólogos occidentales. También se resiste a ver los aspectos que caracterizan su devenir afro, su historia, como meramente culturales/artísticos y particularistas, pues, como ya dijimos, sabe que un tambor arrastra toda una forma de vida, y que esa forma de vida está constantemente asediada y en tensión. Los tambores, el canto, las historias personales, etc., no son accesorios en la política de Francia, son la política misma. Con esto llegamos al último quiebre: para ella, el ritmo de la política es el ritmo de la vida, en toda su complejidad. Cuando va a hablar de los temas que la apasionan, no duda en traer a colación su experiencia como madre o la experiencia de su propia madre. Explica cómo, ante la ausencia de los servicios de salud público-estatales, su madre ejerció sus conocimientos de partera, esa misma madre que no tiene huellas en los dedos por trabajar en la mina, que tuvo seis hijos y que trabajó también en “casas de familia” para sobrevivir. Como sabe que el ritmo de la política debe ser el ritmo mismo de la vida, se articula con otras fuerzas colectivas no con base en una identidad afro común presupuesta, sino en la medida en que comparte lugares vitales: el baile, la música, la comida, la partería, etc. Así llegó a conocer mujeres indígenas, blanco-mestizas y campesinas. Eso sí, siempre recordando que no todo elmundo está en posiciones de poder equivalentes y que eso condiciona cualquier eventual articulación.

Ciertamente lo mejor de la teoría política contemporánea ha sido escrito por una mujer del norte del Cauca, y todo con la tinta de su propio devenir vital.

 

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Sábado, 20 Enero 2018 09:27

El año que ya fue y el que llegó

El año 2017 no dejó beneficios para los marginados, aunque sí enseñanzas; entre el incumplimiento de sus compromisos firmados con diversidad de movimientos sociales y el direccionamiento económico de acuerdo con la regla fiscal, con el favor del gobierno los ricos prosiguen abultando sus bolsillos, apropiando sólo para ellos lo producido por las mayorías nacionales.

 

El año 2017 fue fuerte en protestas en Colombia: más de 100 movilizaciones sociales con eco nacional y 44 consultas populares así lo atestiguan. De las primeras, las acaecidas en Buenaventura y el Chocó (territorios con historia y población común), desprendieron los ecos más fuertes sobre el conjunto nacional; de las segundas, las votaciones a través de las cuales en nueve municipios dijeron no al extractivismo minero sobresalen por su significado y potencial.

 

Desde el establecimiento

 

El presidente Juan Manuel Santos, en su discurso de final de año (31 de diciembre), afirmó que el 2017 fue de transición en términos de paz, economía, sociedad y política; enfatizando que su gobierno trabajaba para que la paz fuera un “árbol frondoso que diera sombra a todos” y admitiendo que su mandato no ha sido ni es perfecto, pero que en los 7 meses que le quedan seguirá trabajando para garantizar una vida mejor a todos los que aquí habitamos.

 

En su discurso, claro está, dejó a un lado el coletazo de la reforma tributaria, cuyos efectos comprimieron al extremo la economía y las posibilidades de sobreviviencia en infinidad de familias populares de todo el país; tampoco aludió a las más de 200 mujeres muertas por violencia feminicida, ni a los operativos del Esmad que dejaron un rosario de heridos por todo el país, así como varios muertos; menos aún aludió a los 63 líderes y lideresas que perdieron la vida por defender lo justo, como tampoco recordó los falsos positivos judiciales y los miles de jóvenes para los cuales es cada vez más difícil ingresar a la educación básica y universitaria.

 

Es extraña la manera de ver la realidad de quienes detentan el poder, su prisma funciona de manera similar a la ley del embudo: acercan al ojo la parte ancha del utensilio, de suerte que su visión se reduce para ver solo lo que quieren observar, lo demás no existe –o al menos así lo consideran y quieren que el resto de connacionales también reduzcan su visión–, es por ello que afirman que su gestión es impoluta así la realidad indique lo contrario; es por ello que Santos tampoco retomó los incumplimientos de su gobierno con lo firmado con diferentes movimientos sociales tras las duras luchas que estos se vieron obligados a entablar en diversos territorios nacionales para obligar a los de arriba a respetar los derechos básicos y fundamentales de los de abajo.

 

¿Derramamiento de sangre?

 

Cada año, el Gobierno y su modelo, dan razones suficientes para que las comunidades decidan irse a la protesta, al paro, salgan a movilizarse y accionen jurídicamente para hacer respetar sus derechos fundamentales. Protesta que no es fácil concretar: los esfuerzos por parte de los actores alternativos para ganar el consenso social a favor de la resistencia activa son grandes, sobre todo en tiempos en que las comunidades están dispersas, algunas despolitizadas, vulnerables ante el accionar intimidatorio o violento por parte del Estado colombiano.

 

Es así, por medio de la violencia institucional y los incumplimientos de lo firmado, como quien termina su mandato en agosto próximo demostró a lo largo del 2017 que no está dispuesto a poner en riesgo los intereses políticos y económicos de los dueños del país, así tal decisión les cueste la vida a miles de colombianos. Dando fiel evidencia de los intereses que representa, abrió mayores canales de inversión para que el capital nacional e internacional profundice su presencia, esta vez en territorios que por décadas estuvieron, como efecto de la guerra, por fuera de la economía capitalista. Lo que vendrá en los próximos años será una lluvia de dólares y euros por efecto de los cuales miles de campesinos se verán obligados a continuar monte adentro o emigrar a los cascos urbanos de sus municipios a las capitales del departamento.

 

Al tiempo que esto sucede, la guerra contra las drogas mantendrá en su foco a los pequeños cultivadores, mientras los industriales del ramo siguen en la sombra, favorecidos por la banca, la industria y el comercio, vías para el lavado de sus fortunas.

 

Es todo un contubernio entre los poderes económicos, político, militar, nacional e internacional. Contubernio que favorece la dilación de la investigación que pesa sobre su gobierno por haber aceptado los dineros provenientes de la multinacional Odebrech, los que potenciaron sus campañas electorales que lo llevaron en dos periodos consecutivos a la Casa de Nariño.

 

Mientras esto sucede y pese a lo expresado el 31 de diciembre en cadena nacional, los pronósticos para 2018 no son los mejores, no hay duda: en su primera semana se registró el asesinato de dos líderes sociales ¿año nuevo, muerte segura?

 

Muerte que desde ya anuncian lo que recurrentemente ocurre en Colombia cada que hay campaña electoral con proyección nacional, acontecer que pondría al filo la débil paz hasta ahora lograda: de ahí que nos preguntemos: ¿tendremos un frenesí de violencia –popular– en el curso de la coyuntura electoral que marca el primer semestre del año que ahora empieza a dejar pasar sus horas?

 


 

Recuadro 1


Algunos retos al frente


El afán de expoliar aún más el bolsillo popular late entre los gremios que reúnen a los dueños del país, de ahí que sus propuestas para supuestamente “mejorar la economía nacional” retomen las medidas que ya están en marcha en Brasil, Argentina y otros países que siguen a ojo cerrado las recomendaciones de los organismos multilaterales: reformar las pensiones –aumentando la edad para acceder a la misma, así como las semanas por cotizar–; poner en marcha una nueva reforma tributaria y privatizar todo bien público que aún permanezca como tal (¿seguirá otro porcentaje Ecopetrol en la lista?).

 

Dicen por ahí que al que no quiere sopa le dan dos tazas. Pues bien, si el conjunto social no logra reunirse como una sola voz en el año que empieza, los oligarcas cumplirán con sus propósitos, ahora, o en el 2019, o en el 2020, o en el año que sigue, concretando una de las dos medidas estructurales que pretenden, o las dos, y continuarán con otras privatizaciones.

 

El reto que tienen ante si los excluidos y negados, los que trabajan por cuenta propia, pero también los contratados a término indefinido o por años, además del resto del país nacional, es cerrar el paso, como un solo cuerpo, a éstas y otras medidas de tufillo oligárquico.

 

En las semanas que siguen, de intensa campaña electoral, todos los candidatos a la presidencia, unos y otros dirán que no ejecutarán estas reformas, pero con seguridad una vez elegidos procederán por vía contraria. Ante el canto de las sirenas, como Ulises, hay que taparse los oídos, en este caso con los tapones de la experiencia. El modelo es uno sólo, por ello quien entre a administrar el establecimiento está sometido a las decisiones del capital internacional y los intereses de sus aliados criollos.

 

¡No pasarán!, hay que decir desde ahora.

Publicado enEdición Nº242
Sábado, 20 Enero 2018 09:23

Los factores fundamentales

Los factores fundamentales

Como una experiencia de la cual hay que aprender, guarda la memoria nacional que solamente en los años 40 del siglo XX fue fraguada en nuestro país una voluntad colectiva para luchar por el poder y concretar un gobierno con vocación social y en pro de la justicia. Luego, todos los intentos han sido en vano. Para entonces, cientos de miles, tal vez millones de connacionales, sintieron el vibrar de sus fibras más íntimas al identificar sin medias luces a los culpables de su situación, pero también al percibir la posibilidad de un triunfo de los pobres sobre la oligarquía apropiadora de las riquezas nacionales, excluyendo de sus beneficios a la mayoría.

 

En esa experiencia, corta pero ejemplar, Gaitán logró poner sobre el tablero de la lucha política a dos actores que se batían como enemigos enconados, no sólo como contrarios: ¡Pueblo, contra la oligarquía! De esa manera, la gente sentía que la política había retomado su sentido más profundo: propiciar la cristalización del bien común, del interés general, y de ahí su disposición a seguir las orientaciones de aquel vigoroso dirigente político.


El momento crucial de tal movilización nacional fue interrumpido con el asesinato del líder, quien por distintos motivos no tuvo la capacidad suficiente para estimular y conformar una conducción colectiva del proceso que estaba liderando.

 

Tras su asesinato, se desató un huracán de violencia oficial contra un pueblo dispuesto a vengar a su líder. Era una violencia institucional por la cual nunca pagaron condena alguna sus promotores y facilitadores, enterrados al final de sus vidas como insignes figuras de la nación. Nada más manipulador de la memoria colectiva y de la realidad vivida y padecida por millones de connacionales.

 

Luego de esa experiencia, varios proyectos políticos de corte alternativo intentaron conectarse con el sentir nacional y erigirse en opción para el cambio, pero ninguna hasta hoy ha logrado su cometido. Ninguna consiguió fraguar una voluntad colectiva. Hasta hoy, cuando diversidad de organizaciones pretenden alcanzar ese sitial de honor, en un reto inmenso que, para quienes desde el presente miran el futuro, demanda cambios sustanciales en sus matrices políticas e ideológicas, pues, con las armaduras que vienen trajeados, no es posible sintonía alguna con las mayorías que alguna vez vibraron al agitar de Gaitán: ¡Pueblo, contra la oligarquía!

 

Los cambios por dar son varios, el primero de los cuales debe partir de refundar el sentido y el propósito de la política. No es para menos. Insertos en una revolución tecnocientífica de hondo espectro (la tercera), y una revolución industiral (la cuarta, en la segunda mitad del siglo XX vivimos la tercera), revoluciones que afectan nuestras formas de ver y conocer, de comprender y asumir la vida cotidiana, los relacionamientos sociales, el mundo del trabajo, los imaginarios sociales, las formas de comunicar e informar, las de consumo, las de transporte, las de control social, las formas de hacer la guerra, el medio ambiente, la producción de alimentos, el sentido mismo de la ciencia y la forma de abocarla, etcétera), no es posible que, en medio de tal magnitud de cambios, la política no termine conmocionada y afectada en sus bases más profundas, en lo que hasta ahora fue su sentido y sus propósitos: el gobierno y el Estado, la administración de la vida de los seres humanos y su cuidado, soportado todo ello sobre la división naturaleza-seres humanos.

 

Precisamente por los cambios en curso, por la necesidad evidente de superar esa separación con la naturaleza que viene desde hace tantos siglos y que a la humanidad le significó creerse el centro del universo, convencida de que podía hacer con la naturaleza y en ella todo aquello que pretendiera. El precio de tal ficción le aprieta hoy su pecho como pesado yunque, con factores de incontrolable contaminación ambiental, cambio climático, y otra infinidad de factores que ponen en riesgo la propia supervivencia de la especie humana y del planeta Tierra.

 

De ahí que una política de nuevo tipo, que de verdad esté por el cambio y la justicia, tenga hoy como misión fundamental la defensa de la vida de los seres humanos, así como del conjunto de especies que habitan en este planeta, y la casa que habitan –la naturaleza misma. Propósito tras el cual puede retomar y valerse del Estado pero no limitarse ni someterse al mismo, despertando y potenciando de manera sustancial un conjunto de relacionamientos humanos que proyecten la solidaridad a toda prueba en la especie humana y entre ésta y las demás formas de vida que puedan existir aquí o más allá de este planeta. Estamos, pues, con esta política, ante el final del antropocentrismo y, de su mano, ante el despliegue de una profunda revolución cultural en todos los órdenes hasta ahora conocidos, soporte indiscutible de una transformación política sistémica o de un simple cambio de gobierno.

 

Nueva realidad de la política que nos demanda, si de verdad queremos acercarnos a una comprensión de la misión que ahora le compete como fundamental, el estudio y el entendimiento de las bases de la vida misma, a saber: la ecología, la biología y las ciencias de la salud, y de manera supeditada la economía, la filosofía y otras áreas del saber que hasta ahora soportaron el quehacer político, entendido como administración del gobierno y el Estado.

 

Dejando a un lado el centralismo estatal, y con éste el Derecho, las leyes y toda aquella gramática que le da soporte, la política se debe situar en lo cotidiano de los seres humanos, buscando en formas garantizar la vida, la propia y la de las demás especies, propósito que va unido a una definición fundamental: que sea en dignidad. Para lo cual es indispensable socializar no sólo el trabajo sino, además, los ingresos, los saberes, la administración de la cosa pública. Es decir, una vez más queda claro que el poder no puede residir en pocas manos y menos en las de aquellos que lo apetecen para su beneficio. El ejercicio de la administración y la garantía de la vida deben ser asunto y responsabilidad del conjunto social –dejando de ser asunto de supuestos especialistas–, para lo cual ahora los dirigentes no pueden simplemente mandar sino que deben saber obedecer.

 

Nueva comprensión de la política que en nuestro país se encuentra con un escollo: una generación de dirigentes y activistas políticos está de salida por ley biológica, generación que no logra romper con la concepción que iluminó sus luchas, y de ahí que sigan enfrascados en la batalla por el Estado y el gobierno como eje de sus cotidianidades, facilitando de esa manera el control de la oligarquía sobre las mayorías, pues las disputas políticas se dan en el terreno elegido y decidido por quienes detentan el poder, bajo sus reglas y todo tipo de consideraciones interpuestas por los mismos.

 

Una generación que sale y otra que llega, pero sin una politización de nuevo tipo sino bebiendo sobre viejos idearios y referentes que la amarran y que desvían sus esfuerzos en un horizonte donde no es posible que obtengan triunfos de largo aliento. Nueva generación de activistas y líderes políticos que tiene ante sí, y como reto sustancial, al igual que Gaitán, construir en Colombia una voluntad colectiva, una unidad social, plural y dinámica, soportada en la recuperación de las particularidades y fortalezas regionales que caracterizan y son visibles en todas y cada uno de los territorios que integran este país, emprendiendo desde allí, a partir de tal sintonía, el reto de encarar la recuperación del sentido del bien común.

 

No es poca cosa, pues, tras este propósito, hay que confrontar y derrotar al neoliberalismo, y con ello rescatar el sentido y el valor de lo público, de lo colectivo, a la par de poner en tela de juicio la preponderancia del individualismo como vía para construir lo social –todo un contrasentido. Para así avanzar, hay que tallar de nuevo –ahora con todos y no a partir de un líder, como sucedió en los años 40 del anterior siglo– una voluntad general que, sabiendo identificar a los enemigos de hoy, logre desatar la pasión de las gentes para que, con su movilización, arrinconen a quienes hicieron de la política un negocio de familias que dio al traste con la felicidad de millones de compatriotas, no solo ahora sino también en el curso de muchas décadas, tantas como los dos siglos de vida republicana con que contamos.

 

De acuerdo a todos los signos e indicativos desprendidos del actual orden de cosas, el centro de esa acción por construir la indispensable voluntad colectiva descansa en la necesidad de confrontar la contracción vivida por la democracia (que, para el caso colombiano, nunca hemos vivido a plenitud), ideario de libertad izado, como se recordará, por los capitalistas hace ya dos siglos largos y que ahora, agotado como propósito, no pueden hacer realidad en tanto ni igualdad ni libertad ni fraternidad son ya posibles en el sistema capitalista; tampoco la justicia y otros propósitos básicos del orden social que esté por el respeto a la vida.

 

No es para menos, pues, como producto de las revoluciones tecnocientífica e industrial en curso, y como efecto de la financiarización que afecta al tejido social, la concentración de la riqueza y del poder le dan paso al autoritarismo como medio para que las minorías protejan el poder usurpado a las mayorías, así como los privilegios con que se embriagan cada día. No es casual, por tanto, que de la democracia no quede sino el letrero, ah..., y el rito electoral de cada tanto, el que básicamente ya nada decide, ya que lo trascendente para cada sociedad lo resuelven, en lo fundamental, los poderes realmente existentes en otras instancias ­–como los organismos multilaterales– que ya están por encima de la soberanía nacional.

 

Por tanto, retomar la divisa de la democracia, directa, radical, plena, como bandera colectiva para darle soporte a la tríada igualdad, libertad, fraternidad (leída como solidaridad), a la justicia, así como al conjunto de derechos humanos conquistados que sintetizan los básicos de que hay que gozar para vivir en dignidad, es el mayor de los retos que tienen quienes se disponen a la lucha contra la oligarquía y por darle cimiento a un país de iguales. Para ello, para sintonizarse con el país nacional, con aquel que vibró con Gaitán, es necesario salir a todos los rincones del territorio nacional (como lo propusimos en el editorial de noviembre pasado) para conversar con los de a pie, para escuchar sus razones y sus sueños, sus posibilidades y sus disposiciones, para con ello y entre todos dibujar el país que necesitamos y queremos, país por hacer realidad en las próximas décadas, dejando atrás no cien sino doscientos años de soledad, propiciados así por quienes, servidos de la violencia oficial, han llevado a millones de compatriotas a la infelicidad.

 

En la lucha por venir, serán ellos y sólo ellos, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, quienes dibujen con sus manos y sus piernas, con sus bocas y sus sentidos, con sus luchas, la democracia que requerimos, valiéndose para ello de talleres, debates de todo tipo, asambleas de diverso tamaño, protestas, bloqueos, etcétera, moldeando poco a poco la voluntad colectiva que se requiere para enfrentar y superar a quienes siempre han visto en la mayoría a sus enemigos, tratándolos como tales en infinidad de circunstancias y contextos.

 

Pensar que alguna organización o conjunto de organizaciones puede afrontar y concretar este reto, sin propiciar que en el centro de su acción estén las mayorías, potenciando para ello, para que ellas mismas sean quienes lideren y las organizaciones las que acompañen (manden obedeciendo), es todo un despropósito que no da cuenta del mismo sentido de una política de verdad renovada.

 

El reto es inmenso, así como las tareas por acometer. El propósito no da espera......

Publicado enEdición Nº242
Viernes, 19 Enero 2018 06:43

1968: la irrupción de los invisibles

1968: la irrupción de los invisibles

 

Garabombo está convencido que es invisible. Cuando le reclama al patrón de la hacienda o acude a tramitar una demanda ante las autoridades, no le hablan, no lo miran. No lo pueden ver.

Al comienzo no me di cuenta. Creí que no era mi turno. Ustedes saben cómo viven las autoridades: siempre distraídas. Pasaban sin mirarme. Yo me decía «siguen ocupados», pero a la segunda semana comencé a sospechar y un día que el subprefecto Valerio estaba solo me presenté. ¡No me vio! Hablé largo rato. Ni siquiera alzó los ojos, escribe Manuel Scorza en el segundo de los cinco libros que componen La guerra silenciosa, titulado La historia de Garabombo el invisible”.

Los campesinos pobres como Garabombo, sólo se hacen visibles cuando se levantan contra los poderosos. En la prisión me curé de mi enfermedad. Yo nunca he tenido mejor escuela que la cárcel. Oyendo las discusiones de los políticos se aprende, explica Garabombo a los comuneros al salir en libertad.

La historia que relata Scorza sintetiza de algún modo lo que Immanuel Wallerstein bautizó como revolución mundial de 1968. Por muchas razones fue un parteaguas en la historia reciente, transformó el sistema-mundo anunciando el comienzo del declive de la hegemonía estadunidense y del sistema capitalista. Hay cuatro aspectos que quisiera destacar, con énfasis en cómo el 68 desarticuló las estrategias de los movimientos antisistémicos.

La primera y la segunda las explica Wallerstein en sus trabajos. Se resumen en que 1968 fue una lucha contra la hegemonía de Estados Unidos y también contra las promesas incumplidas de las revoluciones socialistas y nacionalistas. La ofensiva vietnamita del Tet, durante casi todo el año, mostró los límites del más poderoso aparato militar del mundo y fue el comienzo de la primera derrota del Pentágono.

La resistencia popular a la invasión rusa de Checoslovaquia (agosto de 1968) y la Revolución Cultural en China, lanzada por Mao en 1966 con su célebre dazibao (cartelón) Bombardead el Cuartel General, mostraron los agudos problemas que aquejaban al campo socialista. A esas alturas era evidente que algo andaba muy mal en los países que habían hecho la revolución y que no todo se podía resolver con la toma del poder estatal.

La tercera cuestión se relaciona precisamente con la irrupción de los de más abajo, de los ninguneados, de los naides, las minorías o como se quiera llamar a esa inmensa humanidad marginalizada hasta ese momento: indios, negros, mujeres y jóvenes de los sectores populares, que conforman la inmensa mayoría de nuestro continente. La revolución de 1968 fue protagonizada por las camadas más oprimidas de las sociedades, las que no tenían cabida ni siquiera en los sindicatos y en los partidos de izquierda y nacionalistas, que eran los principales movimientos antisistémicos de la época.

Para ser escuchados debieron crear nuevas organizaciones, desbordar los marcos establecidos, pronunciar en cada lugar sus Ya Basta, sufrir la indiferencia o la persecución de los que, supuestamente, los debían defender, como los sindicatos y los partidos de izquierda que, salvo excepciones, se colocaron del lado del orden y del poder.

En un breve periodo que podemos situar entre fines de la década de 1960 y fines de la de 1970, aparecieron las principales fuerzas que jugarían un papel destacado en las luchas posteriores, hasta el día de hoy. El zapatismo, como sabemos, es hijo de aquellos años abigarrados. Pero también el grueso de los movimientos indígenas de América Latina, desde los mapuche y los nasa de Colombia hasta los kataristas de Bolivia y los mayas guatemaltecos.

Los campesinos sin tierra de Brasil que formaron el MST, la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia, la Confederación de Pueblos de la Nacionalidad Kichwa del Ecuador (Ecuarunari) que será la columna vertebral de la Conaie, son todas hijas de ese tremendo ciclo de luchas y fueron las encargadas de deslegitimar el neoliberalismo en los 90. Y muchas más que es imposible enumerar en este espacio, incluyendo las barriadas populares autoconstruidas por los de abajo en las periferias urbanas.

Fuera de dudas, la revolución de 1968 modificó el mapa de los movimientos antisistémicos, al punto que ya no existe centralidad de una clase (obreros industriales), ni de un tipo de organización (centralismo democrático), sino una pluralidad de sujetos colectivos y de formas variopintas de coordinación.

La cuarta cuestión es quizá la más importante. La irrupción del sótano desbordó la vieja estrategia de dos pasos, como dice Wallerstein, consistente en tomar el poder para luego cambiar el mundo. Fue la estrategia de la que se dotaron los movimientos del siglo XIX, que triunfó desde 1917 en varios países. Sin embargo, el sociólogo estadunidense nos dice que 1968 es incluso más importante que la revolución rusa.

Crea las condiciones para ensayar nuevas estrategias. En su opinión, vertida en conferencias de 1988, deberían pasar dos décadas para que nacieran esas nuevas estrategias. Hoy podemos decir que nuevas estrategias están en marcha, impulsadas por las juntas de buen gobierno y un puñado de experiencias en la región.

Por último, algo que nos afecta en particular a los varones de izquierdas, adultos, blancos, heterosexuales y educados: ¿qué aprendimos en este medio siglo? ¿Estamos dispuestos a hacernos a un lado, a no pasar de la cocina en los grandes eventos, como nos dicen las mujeres zapatistas que convocan el encuentro del 8 de marzo? ¿Cómo hacemos cuando nos paran los pies las mujeres, las indias y negras de los movimientos?

Duele en el ego, ¿cierto? Molesta que los y las del sótano nos den órdenes, nos marquen los límites. Bien. Es la revolución, es el empoderamiento de las y los invisibles que nos muestran lo que aún cargamos de racismo y de machismo. ¿Podemos seguir considerándonos de izquierda si no aceptamos estos nuevos poderes de abajo? Esos poderes que nos dicen cuiden su ego, muchachos.

 

Publicado enSociedad
“El error más grande de los progresismos fue no haber tocado la riqueza"

 

Entrevista a Raúl Zibechi

 

El año termina en todo el continente con enormes retrocesos para la clase trabajadora de nuestros países. Macri y Temer profundizan ajustes y aceleran mega-proyectos de minería y soja en sus países, Chile por su vez ve un aumento en la intensidad de su consolidado modelo neoliberal y Venezuela sigue inmersa en una grave crisis. En el campo y en la ciudad, el avance de las derechas y la incapacidad de las izquierdas en articularse son factores importantes de esta coyuntura. Sobre estas cuestiones y la perspectiva de las luchas populares, entrevistamos a Raúl Zibechi, periodista y analista político uruguayo que estudia los movimientos sociales de todo el continente desde hace 20 años.

 


-Correio da Cidadania: En setiembre de 2016 traducimos un artículo tuyo aquí en Correio titulado “El escenario regional después de Dilma”, en el cual afirmabas que el cierre del ciclo progresista en Brasil tendría una especie de efecto dominó en toda América Latina. ¿Qué opinas hoy?

 

Raúl Zibechi: Sin dudas vivimos un proceso de derechización muy fuerte en todo el continente. Ese proceso de derechización, a mi modo de ver, comienza con las protestas masivas de junio de 2013 en Brasil, porque la izquierda no fue capaz de comprender que había una demanda de la sociedad por más igualdad y democracia, y así dejó el campo libre a la derecha.

Después vino la derrota de Kirchner en Argentina y el triunfo de Macri. Y luego un proceso de cambio fuerte en Ecuador, donde a pesar de que ganó el partido de Correa (Alianza País), Lenin Moreno hace un giro, primero contra Correa y todavía no se sabe si hacia la derecha o no.

Pero si, podemos decir que el progresismo ha llegado a un límite. Incluso en un país como Venezuela es evidente que el proceso de gobernabilidad tiene muchas dificultades y son los sectores populares los que están enfrentando estas dificultades.

Finalmente tenemos la situación actual en Honduras que muestra también que hay una fuerte presencia de la derecha que es quien esta gestando este fraude electoral.

Esta ofensiva de la derecha tiene dos partes. Por un lado, el ascenso de una nueva derecha, mucho más militante, mucho más activa en las calles como es el caso del Movimento Brasil Livre (MBL) y de la Escola Sem Partido (ESP) en Brasil. Por otro lado, es una derecha que se aprovecha de las debilidades de la izquierda. La izquierda no fue capaz de tomar la ofensiva contra la derecha y sus medios de prensa, contra la estructura social y económica que favorece al gran capital. Y de ese modo dejó el campo abierto para la ofensiva que estamos viviendo.

 

-Correio da Cidadania: ¿Qué defines como “modelo extractivista” y cómo este modelo contribuyó para la derrota de los gobiernos progresistas?

 

Raúl Zibechi: El extractivismo es un modelo económico, político, social y cultural, no solo económico. En el terreno económico consiste en la transformación de los bienes comunes – el agua, la vida – en mercancías. Se puede definir como un proceso de hegemonía del capital financiero y la acumulación por despojo, o sea, robo.

El extractivismo es el robo de los bienes naturales y el principal efecto social es que destruye las relaciones sociales. Destruye el tejido social y comunitario.

Al destruir el tejido social y comunitario este modelo genera un reposicionamiento de las clases medias, altas y de la burguesía; una despolitización de los sectores populares que son integrados a través del consumo – el consumismo despolitiza y desorganiza – y de esa manera contribuye a los dos aspectos principales de la coyuntura actual que es la ofensiva de una nueva derecha y a un debilitamiento muy profundo del campo popular, o sea, de los movimientos sociales.

Esas dos razones tienen mucho que ver con el triunfo del modelo extractivo.

 

-Correio da Cidadania: ¿Cuál fue la responsabilidad de los gobiernos progresistas en la formación de la alianza entre elites y clases medias, especialmente en Brasil y Argentina?

 

Raúl Zibechi: Yo creo que la alianza entre las clases altas y medias es una alianza política para la lucha de clases vista desde la derecha. Ésta aprendió que tiene un enemigo.

Hoy en Brasil ese enemigo, por ejemplo de la Escola Sem Partido, son los profesores, los docentes – es Paulo Freire en concreto y todo lo que sea la politización de la pedagogía. El MBL también tiene sus enemigos. Mientras que el PT, por ejemplo, en ningún momento fue capaz de decir “éste es mi enemigo”. Lula siempre decía que “Brasil no tiene enemigos”. Y su gobierno tampoco los tenía. Entonces Lula negociaba con la Red Globo, y finalmente la Globo jugó un papel importante en el derrocamiento de Dilma.

El hecho de no distinguir un enemigo implica que no hay una organización para luchar contra ese enemigo. No hay un objetivo político determinado. Lula se planteó gobernar sin conflicto, sin lucha de clases, negociando permanentemente y eso funcionó mientras la economía crecía. La economía comenzó a tener problemas cuando el ciclo de las commodities se terminó y ahí tendrían que haberse realizado cambios profundos, estructurales.

Al final de cuentas, el “milagro lulista” y el de los otros progresismos latinoamericanos, consistió en “mejorar” la condición de los pobres, sin plantear reformas estructurales. Entonces, cuando se el ciclo de los precios altos de las commodities finaliza, no queda más margen para seguir “mejorando” la situación de los pobres sin tocar la riqueza. Y ese es el paso que ni el lulismo, ni el kirchnerismo, se atrevieron a dar, porque afectarían los intereses de la burguesía, del capital financiero y del agronegocio. De hecho, hasta el último día, el agronegocio integró el gobierno de Dilma. Y eso quiere decir que había una apuesta a seguir profundizando el modelo extractivo sin atacar los intereses de las elites.

Eso ha generado una grave crisis política, por la cual el PT y el kirchnerismo, no han sido capaces de indicarle a los sectores populares quien es el enemigo. En ese sentido, si miramos medio siglo atrás, por ejemplo la última carta de Getúlio Vargas, cuando se suicida, claramente designaba un enemigo. Perón y Eva Perón también fijaban un enemigo. El imperialismo, la oligarquía y sus aliados...El no presentar un enemigo dice que estás renunciando a la lucha. Y no se puede vivir en el mundo sin combatir, sin luchar.

Las fuerzas políticas de izquierda o centro-izquierda que no luchan contra un enemigo quedan atrapadas por las fuerzas políticas y sociales que si definen un enemigo. La derecha, el capital, si lo hacen. .

 

-Correio da Cidadania: ¿Qué tienen en común las luchas populares de hoy?

 

Raúl Zibechi: Yo creo que lo común es que luchan contra el extractivismo y la hegemonía del capital financiero sobre sus vidas.

Los Mapuches contra las empresas forestales en Argentina, los estudiantes en Brasil contra el modelo neoliberal aplicado a la educación, los indígenas ecuatorianos y bolivianos y los campesinos paraguayos contra el agronegocio y la minería. Contra los fondos de pensión privados en Chile. Es decir, son luchas que enfrentan al capital financiero transnacional en sus diversas formas de explotación/expoliación.

Entonces, lo que están indicando estos movimientos sociales es que para construir un futuro colectivo, primero hay que derribar el modelo neoliberal, financiero, extractivo. Y ese modelo no se puede derribar desde los gobiernos, desde la institucionalidad. Se tiene que derribar desde abajo, en la calle.

Eso implica que los sectores populares, para poner fin al modelo neoliberal, deben movilizarse en las calles y poner en cuestión la gobernabilidad burguesa. Igual sucedió durante los ciclos de las luchas antiprivatizadoras, cuando la gobernabilidad neoliberal fue desestabilizada. Aunque ni en Ecuador, ni en Bolivia, ni en Argentina, ni en Venezuela, el proceso haya culminado en una nueva fase. Por eso, hay que poner en cuestión la gobernabilidad actual. Esto no se puede hacer de forma “gradual” desde los gobiernos, hay que realizarla de forma combativa en la calle.

Ustedes, en Brasil, saben muy bien que las medidas reaccionarias de Temer (apoyado por todo el parlamento y los poderes mediáticos), no se pueden neutralizar desde la institucionalidad. Si mañana otra vez gobernara Lula, las contrarreformas no se van a anular. Solo las puede anular una lucha popular masiva y en la calle.

 

-Correio da Cidadania: ¿Podemos afirmar que las destituciones de Lugo en Paraguay y Zelaya en Honduras, fueron una especie de laboratorio para esta retomada de la hegemonía derechista en países centrales como Brasil y Argentina?

 

Raúl Zibechi: Es probable que sí. Y es probable que los casos de Paraguay y Honduras – con Lugo y Zelaya – hayan sido laboratorios para destituir gobiernos democráticos, sin sacar los tanques a la calle, como eran los clásicos golpes de Estado. Entonces lo que hay en común por ejemplo con el caso de Brasil es activar, poner en juego mecanismos constitucionales, legales pero no legítimos, para derribar o cambiar un proceso político.

Es imposible saberlo porque la burguesía internacional no lo dice claramente, pero es muy probable que podamos pensar que los casos paraguayo y hondureño, en la medida que fueron exitosos, sean un “modelo” para otras burguesías.

 

-Correio da Cidadania: ¿Qué tipo de elites se está apropiando del poder? ¿Estás de acuerdo con el término de “lumpenburguesía” dado por el economista argentino Beinstein?

 

Raúl Zibechi: Para comprender esta situación hay que tener en cuenta que el mundo está viviendo un cambio hegemónico muy profundo. Y ese cambio implica que las viejas burguesías ya no tienen la fuerza o la capacidad de articular a la sociedad, como tuvieron en su momento.

En ese periodo de transición, parece que surgen sectores oportunistas. Como decía Fernand Braudel, que caracterizaban a la burguesía como una ave de rapiña, que aprovecha el momento para capturar su presa. Y ahí tenemos personajes muy curiosos, como el Movimento Brasil Livre, Kim Kataguiri y otros que realmente no vienen de la burguesía de los viejos políticos del DEM (Demócratas), de PMDB (Partido de Movimiento Democrático Brasileño) o los tucanos (Partido de la Social Democracia Brasileña) Y aunque dialoguen con ellos, no se puede decir que vienen del mismo lugar.

Es el mismo en el caso de Macri, que viene de una burguesía que nace al amparo de los negocios del Estado. Es otro tipo de fracción dominante y es probable que eso lleve a una ampliación de las clases dominantes, con elementos que podrían caracterizarse como “lumpemburguesia”, que crecen a la sombra del Estado y ligados a la corrupción o a negocios muy dudosos.

Y la izquierda no es muy ajena de este proceso, ¿verdad? Si miramos el caso de Odebrecht y de los hermanos Batista en Brasil, vemos una alianza entre esta nueva burguesía y el gobierno del PT. Una burguesía oportunista, no es la clásica burguesía especializada en un sector productivo; sino una burguesía oportunista que aprovecha los momentos. Y bueno, si, probablemente tenga razón Beinstein. Estamos en un proceso de transición también en el terreno de las clases dominantes.

 

-Correio da Cidadania: En tu artículo “El fin de las sociedades democráticas en América Latina” (Correio da Cidadania, 26-10-2017), posicionas cuatro puntos que argumentan lo que llamas de erosión de las bases culturales y políticas de las democracias. Entre esos puntos, destacas en el cuarto: “nosotros que queremos derrotar el capitalismo debemos tener en cuenta que el sistema se está desintegrando y también que nuestro activismo ha estimulado la ascensión de los gobiernos derechistas”. ¿De qué manera es posible notar esta desintegración capitalista en un momento cuyos analistas, de izquierda inclusive, apuntan hacia una mayor consolidación del mismo?

 

Raúl Zibechi: Por un lado se puede ver la crisis de desintegración del sistema a través de las crisis de las democracias. Por ejemplo el triunfo de gobiernos como el de Trump. O mismo lo que está sucediendo en Honduras. En el Brexit. En la reacción española con respecto a la independencia de Cataluña, y así tenemos muchos síntomas de esto.

Un síntoma claro es lo que Benstein apunta como la “lumpemburguesia”. Otro es que hoy los territorios no pueden ser gobernados sin narco y sin femicidios. Hay que entender el narcotráfico y el femicidio como una forma de gobernar, en el sentido de Foucault, de controlar a cielo abierto a los sectores populares cuando el panóptico ya fue desbordado desde abajo. Entonces me parece que aquí hay todo un terreno de análisis muy importante porque la crisis del panóptico y la crisis del fordismo y del Estado-Nación tienen mucha relación con este periodo de transiciones caóticas que estamos afrontando.

Yo creo que para comprender la desintegración de las sociedades hay que ver la situación actual comparada con lo que se vivía en nuestros países hace cincuenta años. En los 60, una favela era completamente diferente de lo que es hoy. Y las periferias urbanas de América Latina eran completamente diferentes.

Hoy, la mitad de la población bajo el modelo financiero extractivo no tiene derecho a la salud, a la vivienda, a la educación, simplemente no tiene derechos. Tiene beneficios. El Bolsa Familia no es un derecho, es un beneficio. Y la diferencia de ser un ciudadano con derechos o ser un excluido con beneficios está marcando desde abajo la diferencia entre esos dos periodos, uno de cierta estabilidad en el sistema y otro periodo de desintegración sistémica, él que estamos viviendo.

 

-Correio da Cidadania: Aprovechando esta respuesta, ¿podemos decir entonces que el femicídio, el narcotráfico y la violencia en general son formas de control social, especialmente en Brasil, un país que llega a 60 mil homicidios por año?

 

Raúl Zibechi: Es importante ver que tanto el panóptico, como el fordismo fueron desbordados por los trabajadores y por los sectores populares. Las formas de control anteriores fueron desbordadas desde abajo. Y por eso yo digo que nosotros hemos jugado un papel en la crisis actual.

No creo que el panóptico haya caducado por razones tecnológicas, ni el fordismo. Fue la lucha que les neutralizó. Entonces, hoy en vez de fordismo, tenemos automatización. Robots en las fábricas de automóviles.

Y ahí lo que aparece es que la reorganización del capital se le asigna a las ONGs un lugar para jugar ese papel de control una vez que el panóptico fracasa. Y cuando digo panóptico, digo “familia, escuela, cuartel, fabrica y iglesia” a lo largo de toda la vida. Espacios de encierro y de disciplina. Entonces, en el momento que estamos es que la burguesía tiene, o busca, una gama muy amplia de formas de control que abarquen las personas que rompieron con el panóptico.

Las ONGs son una forma, otras es el endeudamiento de que hablaba Deleuze y que hoy en Brasil juega un papel muy importante – el endeudamiento es una forma de disciplinar y de controlar. Los femicidios, el narcotráfico y la Policía Militar, por supuesto, hacen el control por el miedo y la violencia. Hay una gama amplia de formas de control y la burguesía las está buscando ampliar a través de la inteligencia artificial, del rol cibernético, las nuevas tecnologías; y apagando experiencias como la educación popular de Paulo Freire.

La burguesía está buscando en muchos sentidos formas nuevas de control porque los partidos de izquierda y los sindicatos fueron también formas de control. De encausar la lucha popular e impedir que ocurran desbordes, en ese sentido el PT fue muy importante en Brasil. Pero cuando esos partidos y sindicatos empiezan a fracasar, aparece una multiplicidad de formas de control, para buscar evitar que los sectores populares se autonomicen del capital y del Estado.

 

-Correio da Cidadania: Pensando en esta crisis de los partidos y sindicatos, ¿cómo entra la cuestión de las ONGs como centros del activismo moderno?

 

Raúl Zibechi: Hay un modelo de ONG que es el de George Soros. Este modelo viene a tomar las mismas consignas de la izquierda, tomar las formas de acción y organización de la izquierda y de los movimientos sociales, para neutralizarlos. Las ONGs y el proyecto de Soros son como introducir un virus en las luchas populares.

Eso porque constituyen organizaciones que aparentemente son para la lucha pero lo que buscan es neutralizar la lucha. Esto genera una enorme confusión. Hay un sabio que dijo una vez que es más fácil salir del error que de la confusión. Y la burguesía a través de las ONGs y de movimientos confusos está introduciendo la confusión en el campo popular. Y esa confusión es muy potente y poderosa, abarca sectores que nunca imaginamos que iban a ampliar.

En Brasil, parte de esta confusión puede ser ilustrada por la organización “Fora do Eixo” de Pablo Capilé. No es un movimiento popular, ni social, ni político. Es una creación artificial hecha por las elites, en este caso progresistas, pero en el mismo sentido que las hacen Soros, para derribar la lucha popular cuando ya el sindicato y el partido no alcanzan para organizar a los jóvenes que están fuera de las organizaciones.

Esto es importante. En la época de Lula, hace cuarenta años, los jóvenes eran obreros y se organizaban en sindicatos, en comunidades eclesiales de base, en el PT y el MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra). Hoy en día, hay una grand franja de jóvenes que están fuera de cualquier organización. Entonces hay una disputa de sentido para poder organizarlos. Y en ese sentido, el Fora do Eixo y el MBL juegan el mismo papel, cada uno, obviamente, para el lado donde, desde arriba, fueron concebidos.

 

-Correio da Cidadania: ¿Es posible un fortalecimiento de las resistencias que se opongan contundentemente a estos avances para 2018?

 

Raúl Zibechi: Sin duda hay condiciones para un fortalecimiento de las resistencias porque la ofensiva de las derechas es muy dura.

El caso de Ecuador se puede repetir en otros países. En Argentina hay un aumento de las luchas, en la mayoría de los países tenemos una situación de tensión muy fuerte porque los sectores populares rechazan reformas que proponen la derecha.

Pero aquí surge un problema: en el seno de estas luchas hay dos tendencias. En Argentina y en Brasil sobre todo. Hay quienes luchan para derribar las reformas de la derecha y hay quienes luchan para que vuelvan Cristina Kirchner y Lula al gobierno.

He observado en Brasil que la CUT (Central Única dos Trabalhadores) frena las luchas porque el objetivo no es derribar a Temer, sino sangrar a Temer para que pueda ganar Lula. Lo que quiero decir es que aunque hay condiciones para que haya un fortalecimiento de las luchas, también hay problemas internos dentro del campo popular que pueden desviar la lucha hacia el terreno electoral nuevamente.

 

-Correio da Cidadania: Concluyendo el pensamiento sobre el modelo extractivista y las luchas populares, ¿cómo ves la situación en la región amazónica, donde vemos la minería y sectores hidroeléctricos en verdadera ofensiva sobre territorios indígenas, cubiertos por las pretensiones de un de los ejes del plan IIRSA?

 

Raul Zibechi: Los pueblos indígenas son nuevamente la vanguardia de la lucha contra el modelo extractivo. No solo los indígenas, pero todos los pueblos originarios: ribeirinhos, pescadores, quilombolas, todos los pueblos originarios están interesados en derribar el modelo neoliberal. Y en este periodo empieza a surgir un nuevo actor político que son los pueblos afros, los negros. Y la lucha negra, en los quilombos rurales y urbanos, está empezando a jugar un papel también importante en estas resistencias.

Creo que al extractivismo se lo derrota localmente. La lucha contra la hidroeléctrica de Belo Monte, es en Belo Monte. No puedes luchar contra el extractivismo en el Palacio do Planalto, tienes que derrotar el extractivismo en cada uno de los lugares.

Como fue la lucha contra el fordismo de la clase obrera. Era en la fábrica. Bueno, entonces creo que estos actores, estos sujetos sociales y políticos son los que están cuestionando a fondo el modelo extractivo, las obras de la IIRSA (Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana), todo el proyecto de hidroeléctricas, de minería y de soja pues son los que están más afectados por ese modelo.

Y también los movimientos que vienen de las periferias urbanas y de las populaciones de las favelas tienen un interés objetivo en luchar juntos. No juntos en la misma organización, sino de confluir en mismo objetivo. Por ejemplo, los habitantes de la Favela Alemão en Rio con la Ocupa Alemão; y los Munduruku en el Tapajós, o los que viven en la Volta Grande del Xingu, tienen los mismos intereses en derribar este modelo. Y sus luchas van en la misma dirección.

 

-Correio da Cidadania: ¿Qué está puesto para nuestro continente en el próximo período?

 

Raul Zibechi: A diferencia de lo que opinan los politólogos que creen que lo principal es echar a la derecha de los gobiernos, yo creo que lo fundamental es derribar el extractivismo. Porque este modelo es lo que está dañando a los sectores populares de la ciudad y del campo. Y es lo que está facilitando con que las derechas hayan regresado a los gobiernos y sigan ahí. En mi opinión la tarea principal del próximo periodo es organizar las fuerzas para derrotar el modelo extractivo de la misma manera que se luchó contra el modelo de las privatizaciones.

Imagino los próximos años luchando fuertemente en cada uno de los lugares contra este modelo. Contra la ferrovía de Carajás, contra las 300 hidroeléctricas que se quieren hacer en la Amazonia, la soja y todo lo que son los productos transgénicos, contra la violencia policial en las ciudades y por ahí va. Esta es la lucha principal que creo que nos van a ocupar en los próximos años.

 

http://www.correiocidadania.com.br/


Traducción de Raphael Sanz / Edición de Ernesto Herrera (Correspondencia de Prensa)

 

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Más de 280 defensores de los derechos humanos fueron asesinados en 2016, según AI

 

Un informe de Amnistía Internacional documenta cómo han aumentado los ataques contra las personas que defienden los derechos humanos: en 2016 fueron asesinados 125 defensores más que el año anterior.

"En lugar de apoyarlos, muchos líderes los ponen en una situación de mayor riesgo con campañas difamatorias, el uso indebido de la justicia penal o presentándolos falsamente como personas opuestas a los intereses nacionales"

 

Amnistía Internacional (AI) ha denunciado este martes que al menos 281 personas de todo tipo y condición que trabajan para promover y defender los derechos humanos fueron asesinadas en 2016 en todo el mundo, frente a los 156 del año previo y los 136 de 2015, la mayoría de ellos en América.

"Mientras se continúa atentando contra la vida y la integridad de los defensores de los derechos humanos alrededor del mundo, los Estados están fallando en su obligación de respetar y proteger el derecho a la vida y el derecho a defender los derechos humanos sin miedo a represalias", alerta la ONG.

Según su informe Ataques mortíferos pero evitables: Asesinatos y desapariciones forzadas de aquellos que defienden los derechos humanos, desde 1998 un total de 3.500 activistas fueron asesinados en diferentes partes del globo.

Asimismo, la ONG recuerda que el asesinato es el último eslabón de una serie de ataques previos dirigidos contra estos activistas. "Los brutales ataques que se documentan en este informe son el final lógico de una tendencia alarmante", señala Guadalupe Marengo, directora del Programa Global sobre Defensores y Defensoras de los Derechos Humanos de AI.

"En lugar de apoyar a los defensores y defensoras de los derechos humanos, muchos líderes globales los ponen en una situación de mayor riesgo mediante campañas difamatorias, el uso indebido del sistema de justicia penal o presentándolos falsamente como personas que se oponen a los intereses nacionales", prosigue.

 

La mitad de asesinatos son de defensores de la tierra

 

Más de tres cuartas partes de los asesinatos de defensores de los derechos humanos cometidos el pasado año tuvieron lugar en América, señala el informe, que recoge datos de la organización Front Line Defenders.

Según informaciones de diferentes ONG y agencias de la ONU recopiladas por AI, en Colombia se registraron 59 muertes y en Brasil 66, en su mayoría de indígenas y activistas que trabajaban en defensa del medio ambiente o los derechos territoriales. Casi la mitad de los asesinatos, el 49%, fueron perpetrados contra personas que trabajaban en asuntos relacionados con la tierra y el medio ambiente.

"En muchas partes de América Latina, donde el acceso a la sanidad y los derechos sexuales y reproductivos está fuertemente restringido, Amnistía Internacional ha documentado cómo los que defienden tales derechos han sido objeto de campañas de difamación, acoso, persecución injusta, amenazas y ataques físicos", reza el documento difundido este martes en Nueva Delhi.

En cuanto a los periodistas que perdieron la vida por su profesión, el pasado año se registraron 48 asesinatos, una cifra que asciende a 827 al referirse al periodo entre 2006 y 2015, según datos de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

AI también muestra su preocupación por los ataques contra el colectivo de lesbianas, gais, bisexuales, transexuales e intersexuales (LGBTI). "Los defensores LGBTI sufren ataques por quiénes son y también por lo que hacen: pueden ser atacados por su orientación sexual o identidad de género real o percibida, además de por defender los derechos relacionados con el género y la sexualidad", según el informe.

Así las cosas, la organización, que también alertó de la prevalencia de desapariciones forzosas y maltrato cuando los activistas se encuentran bajo arresto, pidió a los gobiernos que implementen leyes de protección para estas personas.

Además, les pidió que ofrezcan medidas preventivas para los que han sido amenazados, y que lleven ante la Justicia a los autores de los crímenes contra los defensores de los derechos humanos.

 

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Miércoles, 15 Noviembre 2017 06:47

La diversidad en movimiento

La diversidad en movimiento

Días atrás, en un encuentro de geografía agraria en Curitiba (Brasil), tuvimos la oportunidad de conocer los cambios que se están procesando dentro de los movimientos sociales, en los principales colectivos latinoamericanos.


Mujeres sin tierra relataron cómo en los asentamientos de reforma agraria ligados al MST, se están formando colectivos de mujeres y de jóvenes LGBT. Aunque el activismo femenino en ese movimiento no es algo nuevo, la amplitud de la organización de las mujeres muestra una nueva tendencia. En casi todos los movimientos las direcciones tienden a ser masculinas, aunque en las bases la presencia de las mujeres sea mayoritaria.


En cuanto al colectivo LGBT dentro del MST, se trata de una novedad significativa en una organización campesina. A principios de noviembre hubo una reunión de unas 80 personas de varios estados del país en el marco de la Escuela Nacional Florestán Fernandes, para debatir sobre lucha de clases y diversidad sexual (goo.gl/b33vD5).
Según la página del movimiento, se trata de trabajar para que los asentamientos y campamentos “sean espacios de libertad de expresión y de vivencia de la sexualidad como parte integral del proyecto de sociedad socialista”. Destaca también que en el movimiento comenzó como una auto-organización de los sujetos LGBT, que luego fue articulada por el conjunto del movimiento.


En otros movimientos latinoamericanos puede constatarse la emergencia de sujetos nuevos, entre los que destacan las mujeres y los colectivos por la diversidad de opciones sexuales, así como negros, indígenas e integrantes de los más diversos pueblos originarios, como pescadores, recolectores y pueblos de tierras bajas, entre otros.
Deben destacarse dos aspectos. El primero es que los nuevos sujetos surgen en el seno de movimientos que tienen más de tres décadas, donde la presencia hegemónica de los varones ha sido la norma. Las más de las veces, estos movimientos tienden a replegarse en las instituciones y dejan de ser espacios de transformación de las personas y de la realidad, cuestiones que caminan de la mano.


La segunda es que la presencia de diversidades puede formar parte de un crecimiento interior del movimiento, como expresaron algunas compañeras en Curitiba. Se trata de abrir las puertas a la expresión y organización de sujetos diversos que no sólo no coliden con los sujetos tradicionales sino que enriquecen, en este caso, la identidad campesina.


En períodos anteriores, los hijos de los campesinos tendían a salir del campo para instalarse en las ciudades. Era la forma de poder realizar estudios que les permitieran un ascenso social, además de conseguir cierta autonomía como individuos, lejos de los prejuicios de sus padres y vecinos. Iniciativas como las que comentamos, pueden contribuir a reforzar la ligazón de los campesinos jóvenes con los movimientos y con la tierra, ya que expresan sus deseos y sueños en los mismos lugares donde nacieron.
La organización de nuevos colectivos al interior de los movimientos, puede contribuir a reforzar la lucha por la reforma agraria, a crear sujetos más heterogéneos y, por lo tanto, más sólidos. Hasta hace poco tiempo, digamos en los años de la hegemonía patriarcal, se pensaba que la homogeneidad (y su hermana la unidad) eran la clave de la solidez de la lucha revolucionaria.


Nada más errado. Como señalan los zapatistas, la unidad puede convertirse en forma de dominación fascista, ya que al aplastar la heterogeneidad se someten las diferencias a un proyecto uniformador que no hace más que reforzar la dominación. Por el contrario, la diversidad nos hace más fuertes como colectivos, al multiplicar y enriquecer las relaciones humanas en el interior de las organizaciones, lo que las hace más resistentes.


Nada de esto se consigue sin contradicciones y sin superar obstáculos internos, anclados en la inercia organizacional que tiende a frenar los cambios. Por todo esto, resulta necesario destacar los desarrollos que se están produciendo en el seno de los movimientos porque, siendo la herramienta principal de la transformación del mundo, que renueven su filo anti-sistémico es una buena noticia para compartir.

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Viernes, 10 Noviembre 2017 06:37

Insurrecciones silenciosas

Insurrecciones silenciosas

 

Los grandes cambios comienzan siempre por pequeños movimientos invisibles para los analistas de arriba y para los grandes medios, como señala uno de los comunicados del zapatismo. Antes de que miles de personas ocupen las grandes alamedas suceden procesos subterráneos, donde los oprimidos ensayan los levantamientos que luego hacen visibles en los eventos masivos que la academia denomina movimientos sociales.

Esos cambios suceden en la vida cotidiana, son producidos por grupos de personas que tienen relaciones directas entre ellas, no son fáciles de detectar y nunca sabemos si se convertirán en acciones masivas. Sin embargo, pese a las dificultades, es posible intuir que algo está cambiando si aguzamos los sentidos.

Algo de esto parece estar sucediendo en países de América Latina. Un compañero brasileño consideró, durante un encuentro de geógrafos con movimientos sociales (Simposio Internacional de Geografía Agraria- SINGA), que en este país estamos ante una insurrección silenciosa. La intuición se basa en hechos reales. En el seno de movimientos sociales y en los espacios más pobres de la sociedad, las mujeres y los jóvenes, están protagonizando cambios, se están desplazando del lugar asignado por el Estado y el mercado.

Los verdaderos movimientos son aquellos que modifican el lugar de las personas en el mundo, cuando se mueven en colectivos y rasgan los tejidos de la dominación. En este punto, debe consignarse que no hay una relación directa o mecánica de causa-efecto, ya que en las relaciones humanas las predicciones no son posibles por la complejidad que contienen y por la interacción de una multiplicidad de sujetos.

En los últimos años pude observar esta tendencia de cambios silenciosos en el interior de varios movimientos. Entre los indígenas del sur de Colombia, grupos de jóvenes nasa y misak re-emprenden la lucha por la tierra que había sido paralizada por las direcciones, focalizadas en la ampliación de las relaciones con el Estado que les proporciona abundantes recursos. Algo similar parece estar sucediendo en el sur de Chile, donde una nueva generación mapuche enfrenta la represión estatal con renovadas fuerzas.

Entre los movimientos campesinos consolidados, donde existen potentes estructuras de dirección, mujeres y jóvenes están emprendiendo debates y propuestas de nuevo tipo, que incluyen la movilización y organización de las personas que se definen LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales).

Observamos también un creciente activismo en el seno de los movimientos tradicionales de militantes negros que construyen quilombos y palenques, incluso en las universidades, como puede apreciarse en las academias brasileñas y colombianas donde abren espacios propios.

Durante la escuelita nos explicaron que la mitad de los zapatistas tienen menos de 20 años, algo que pudimos apreciar. La participación de las mujeres jóvenes es notable. Quienes participaron en los encuentros de arte y ciencia convocados por el EZLN enfatizan esta realidad. En otros movimientos aparece la organización de niños y niñas con asambleas que excluyen a sus mayores.

Qué reflexiones podemos realizar sobre esta insurrección silenciosa, que abarca a toda la sociedad y de modo particular a los movimientos antisistémicos. Sin pretender agotar un debate incipiente, propongo tres consideraciones.

La primera es que las insurgencias en curso de las mujeres, de los pueblos negros e indígenas y de los jóvenes de todos los sectores populares, están impactando en el interior de los movimientos. Por un lado, están produciendo un necesario recambio generacional sin desplazar a los fundadores. Por otro, ese recambio va acompañado de modos de hacer y de expresarse que tienden a modificar la acción política hacia direcciones que, por lo menos quien escribe estas líneas, no es capaz de definir con claridad.

La segunda es de carácter cualitativo, estrechamente relacionada con la anterior. La irrupción juvenil/femenina es portadora de preguntas y culturas elaboradas en el interior de los movimientos, con sus propias características. Las mujeres de abajo, por ejemplo, no enarbolan el discurso feminista clásico, ni el de la igualdad ni el de la diferencia, sino algo nuevo que no me atrevo a conceptualizar, aunque hay quienes mencionan feminismos comunitarios, negros, indígenas y populares.

El deseo de los jóvenes zapatistas por mostrar sus músicas y danzas, es algo más que una cuestión artística, del mismo modo que sus preguntas sobre la ciencia. En algunos casos, como el mapuche o el nasa, se pueden observar cambios que, desde fuera, podemos valorar como una radicalización que no se focaliza sólo en las formas de acción política, sino también en la recuperación de tradiciones de lucha que habían sido casi abandonadas por sus mayores.

La tercera, y quizá la más importante, es que la irrupción de los abajos jóvenes y mujeres va perfilando otra concepción de revolución, que se aparta de la tradicional teoría de la revolución de cuño leninista. Aquí aparece otra cuestión: ¿cómo se hace política en clave quilombo/palenque? ¿Cómo es la política en clave mujer? No me refiero a la participación de las mujeres y los jóvenes de abajo en las estructuras ya existentes.

Las respuestas las darán los propios pueblos, que están abriendo caminos nuevos, aunque el analista de arriba siempre tiende a verlos con ojos y conceptos del pasado. Se trata de construir, más que de ocupar las instituciones existentes. Se van creando mundos nuevos o sociedades nuevas, si se quieren nombrar con los conceptos de antes: poderes propios, justicia propia en base, muchas veces, a tradiciones y en otras al sentido común de los pueblos; salud, educación y maneras de ocupar el espacio en base a lógicas no capitalistas.

El mundo, nuestro mundo, está cambiando de manera acelerada. Rechazar esos cambios, sería tanto como anular la capacidad transformadora que está enterrando el capitalismo y levantando un mundo nuevo sobre sus escombros.

 

 

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