Lunes, 20 Enero 2020 06:03

Escuchar al perpetrador

Escuchar al perpetrador

Con la académica mexicana Karina García.

Conversó con 33 hombres que integraron las principales organizaciones criminales de su país, entre ellos sicarios y secuestradores, para intentar saber cómo se gesta la violencia del narco y cómo la piensan sus miembros. Para García, escuchar y analizar sus voces permite entender por qué fracasa la “guerra contra el narcotráfico”.

Karina G García es doctora en Ciencia Política y docente de la Escuela de Sociología, Política y Relaciones Internacionales y del departamento de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Bristol. Su tesis doctoral Pobreza, género y violencia en las narrativas de 33 ex narcos: entendiendo la violencia del tráfico de drogas en México ganó el premio a la mejor tesis de la Facultad de Ciencias Sociales y Leyes para el período 2018-2019 de esa universidad británica. En su trabajo, García entrevistó a 33 hombres que habían integrado algunos de los carteles y organizaciones delictivas mexicanas y que en ese momento asistían al centro de rehabilitación de la organización Cristo Vive, ubicado en el estado de Coahuila, en el norte de México. El texto indaga sobre las razones y las formas que, para estos hombres, adquiere la violencia y propone la adopción de enfoques distintos a la militarización a la hora de combatirla. Su trabajo académico1 hoy está dando la vuelta al mundo gracias a un resumen publicado en el sitio web del Centro de Investigación Periodística bajo el título “Por qué fracasa la ‘guerra contra el narcotráfico’” (Ciper, 3-I-20). Brecha conversó con García para saber más sobre sus hallazgos.

—En tu tesis identificás cuatro “dimensiones” de la violencia relacionadas con el narcotráfico. La primera de ellas tiene que ver con la violencia entendida como un oficio que se aprende y se perfecciona, pero también como un negocio. ¿Cómo explicás este enfoque?

—Creo que muchas veces nos enfrascamos en este discurso que viene de Estados Unidos, de esta guerra abstracta contra las drogas –se habla en abstracto de las “drogas” y en abstracto de los “carteles”–, sin pensar o entender realmente los diferentes tipos de violencia que existen. Muchos de mis entrevistados me explicaban que tenían un calendario establecido de a quién levantar2, a quién torturar, cómo torturarlo, cuánto tiempo torturarlo, a quién desaparecer, cómo desaparecerlo… Todo esto se sistematizaba. Esa lógica, de cualquier tipo de violencia como negocio, es la que creo que se sigue reproduciendo en algunos niños y jóvenes.

¿Cómo es posible que haya niños y jóvenes dispuestos a ganarse la vida a través de torturas, asesinatos, secuestros? Para mí eso se ha explorado poco. Es difícil, es complejo, pero para poder diseñar políticas de seguridad efectivas hay que entender cómo llega ese individuo a considerar la realización, no ya de una actividad ilegal como el tráfico de drogas, sino de estos actos violentos.

—En tu trabajo citás la idea del “capitalismo gore”, esta exacerbación del modelo económico neoliberal que, en contextos de pobreza, genera violencia extrema y da lugar a un emprendedor criminal que progresa dentro de la estructura del cartel.

—Definitivamente. Ligado al discurso sobre la pobreza que encontré –los hombres que entrevisté veían el mundo como un lugar hostil, la pobreza como una condición fija e inevitable–, los entrevistados se consideraban a sí mismos como personas desechables, sin futuro por delante. La única manera que veían para disfrutar su juventud, o los años que les quedaban de vida –porque asumían que iban a morir jóvenes–, era insertarse en la sociedad de consumo orientada al dinero. Entonces se preguntaban, ¿cuál es la manera real que tengo de insertarme en esta lógica? Bueno, es a través del narcotráfico, y uno de los trabajos que más paga ahí es el que involucra la violencia: torturar, secuestrar y desaparecer cuerpos.

—La segunda dimensión de la que hablás es la de la violencia como parte de las reglas del juego.

—En mi tesis cito algo que me dijo uno de mis entrevistados, algo que a mí me quedó muy grabado. Él era sicario, pero su trabajo también era torturar y desaparecer cuerpos. Cuando me estaba contando los detalles más sádicos de cómo torturaba a sus víctimas, yo trataba de justificarlo de alguna manera. Entonces le decía: “Bueno, pero tú estabas bajo el influjo de las drogas para hacer esto”, y él me decía: “No”. Y yo: “Bueno, pero era la parte de tu trabajo que casi no te gustaba”, y él: “No, era parte de mi trabajo”. Creo que él se dio cuenta de que yo trataba de justificarlo con mi propia lógica y me contestó con una pregunta: “¿Tú cuestionarías a un carnicero por matar cerdos o gallinas?” Para él, su lógica es “este es mi trabajo, punto, no lo cuestiono, así es”. Para mucha gente esto es incomprensible, pero cuando se observa esa lógica a través de sus historias de vida, a través de las experiencias que estos hombres han tenido, es mucho más entendible; no justificable, pero sí mucho más entendible. Estas personas no llegan a descuartizar o decapitar personas de la nada; nacen y crecen rodeados de muchísima violencia, de diferentes tipos de violencia: doméstica, de género, de pandillas; rodeados de mucha inseguridad, y aprendieron desde muy pequeños que la violencia es la única manera, no solamente de sobrevivir, literalmente, sino de ser respetados. Ser respetados en este contexto significa no ser molestados, no tener que defender su integridad física día a día. Cuando hablamos de la violencia del narcotráfico, para ellos tenía sentido porque esa lógica ya la tenían desde niños y jóvenes, porque impera en los barrios pobres, con las pandillas juveniles. La frase que más me decían era: “Cada quién se rasca con sus propias uñas”. Esa experiencia se traslada a su trabajo ya como narcotraficantes. Obviamente, en el narcotráfico los niveles de violencia y su sistematización son mucho mayores, pero esa lógica la mayoría de los entrevistados ya la traían desde niños.

—También hacés mención a una tercera perspectiva, que es la de la violencia como un divertimento. Algo que va en paralelo; por un lado, ellos lo viven como un trabajo, pero, al mismo tiempo, algunos te dicen que prácticamente se vuelven adictos a matar.

—Esa es otra dimensión de la violencia que se tiene que atacar, y, de nuevo, está ligada a sus experiencias de vida. Tener este control sobre la vida de otra persona los hace sentirse poderosos. Efectivamente, algunos confesaron que la violencia para ellos era como un hobby, un pasatiempo; mencionaban mucho la palabra “adrenalina”, decían que les daba mucha adrenalina todo este proceso de levantar a las personas, escuchar cómo sufrían. Es escalofriante, pero así era. ¿Por qué? Regreso a esta autodefinición de ellos mismos como personas desechables. Realmente creían que no había otra forma de ser respetados, que no había posibilidad de sobresalir en otro campo. Esto es muy importante, porque no se metieron al narcotráfico sólo por el dinero, sino también por el respeto; la dignidad que no tenían antes la obtenían a través del miedo y del dominio sobre la vida de otras personas.

—Por un lado, viven la violencia como un hobby, por otro, lo entienden como parte de las reglas del juego o como un negocio. Pero también muchos te dicen que pensaron repetidamente en suicidarse. ¿Cómo entendés vos esto? ¿Por qué tienen esa idea en la cabeza?

—Lo más importante, desde mi punto de vista, es que su vida diaria, desde muy pequeños, es en verdad insoportable. Desde que tienen uso de razón están rodeados de violencia. Muchos de los entrevistados contaban que sus padres eran extremadamente violentos. Imagínate crecer con ese miedo, con tanta inseguridad. En el núcleo familiar, que es donde se supone que te dan el apoyo para que salgas adelante, es donde menos apoyo tenían. No hay felicidad. Ese es otro punto muy importante; su único escape –y por eso ingresaron a las pandillas y empezaron a utilizar drogas desde muy pequeños– era drogarse y evadir la realidad. Esto va aunado a esta idea de que ya se sabe cómo van a terminar las cosas: asumen desde muy chiquitos, seis, siete, ocho años, que van a morir, ya sea de una sobredosis –porque la drogadicción es la manera en que la mayoría de los niños y jóvenes de sus entornos lidian con esa realidad tan cruda–, o en alguna riña callejera, o bien en alguna balacera. Esto se asume. Así como otras personas, en otros contextos, cuando crecen, asumen que van a estudiar una carrera, formar una familia. ¿Por qué? Porque es lo que les rodea. Ese día a día para mí es muy importante para entender cómo y por qué ellos se sienten desechables. Contestando a tu pregunta, morir es un alivio, porque ya no se tiene que lidiar con eso, con el sufrimiento que arrastran desde su niñez por el abuso de los padres y por esa falta de propósito, esa falta de dignidad. Aun en el narcotráfico –y esto me pareció muy interesante–, por más que intentaron, no lograron sentirse felices. Terminaron de una u otra manera como drogadictos, en las calles, muchas veces como vagabundos; muchos perseguidos por los carteles, en condiciones casi infrahumanas. Así es como llegaron al centro de rehabilitación.

—La cuarta perspectiva es la del “culto a la muerte”, el ritual. La violencia vista casi como un deber ante una entidad superior. ¿Cómo encaja esto con todas las dimensiones anteriores que planteás?

—Hay muy poca investigación al respecto, al menos en México, ya sea académica o periodística, pero, al parecer, por lo que vi en mis entrevistas, eso era una constante. Creo que es algo que todavía se hace en el cartel de Los Zetas, que de una u otra manera obligaba a sus integrantes a ser parte de este “culto a la muerte”. Para protegerse, no tanto para tener una vida digna, sino para tener una muerte digna, hacían este ritual con ofrendas, en el que ofrecían vidas a la santa Muerte. Las víctimas, muchas veces, eran personas inocentes, niños, jóvenes de la calle.

—Una de estas personas te contó que mató a un amigo porque se lo pidió la santa Muerte.

—Ellos creían firmemente que existe esta entidad, digamos, sobrenatural. Obviamente hay que contextualizar estas narrativas, porque durante su experiencia en el narco estas personas estaban bajo el influjo de varias drogas. Lo que dicen es que escuchaban una voz; esta persona dice: “No me acordaba, no sabía que lo había matado; me comentaron que, de la nada, agarré una pistola y le disparé”, y al que le disparó era uno de sus mejores amigos. Eso me llamó mucho la atención, porque ellos no se excusaron por su violencia de ninguna manera, y por eso es que hice esta identificación de los tipos de violencia: como negocio, como reglas de juego, como hobby. Pero cuando se trataba del culto a la santa Muerte, ahí sí se veían como indefensos, no podían cuestionar a la santa Muerte; tenían que hacer lo que les pedía. Esos rituales involucraban cuestiones muy sádicas. No tengo más información al respecto, los participantes que pertenecían a estos carteles fueron los que me comentaron más. Pero, insisto, creo que se tiene que hacer más investigación sobre este tema, sobre todo en el contexto de desapariciones que tenemos actualmente en México, que es un problema gravísimo.

—En tu trabajo hacés referencia a la Guardia Nacional (GN) creada el año pasado por el presidente, Andrés Manuel López Obrador. No terminás de verla como algo positivo o que pueda colaborar a solucionar el problema.

—Entiendo la idea detrás de la creación de este nuevo cuerpo policíaco. Entiendo la preocupación del nuevo gobierno, porque efectivamente existe mucha evidencia sólida de que había mucha corrupción en la Policía Federal, y ni se diga en las policías estatales y locales. Entiendo y, de cierta manera, apoyo esa iniciativa, pero se tendría que haber complementado con otras estrategias en paralelo. Hasta donde yo puedo ver, la GN no ha ayudado a disminuir la violencia, que incluso se ha incrementado; 2019 fue uno de los años más violentos en México.

Habrá que preguntarle al gobierno cuál es la estrategia. Para mí esa es la pregunta principal que hasta ahora no ha sido respondida por el presidente. ¿Qué se espera obtener? ¿Cómo esta nueva corporación ayuda a prevenir y disminuir la violencia del narcotráfico? Lo que yo trato de resaltar en el artículo es simple y sencillamente la importancia de la prevención, actuar más bien a través de políticas locales, de programas que ataquen los problemas de raíz. Hay que repensar las estrategias y, para poder repensarlas y que sean efectivas, hay que escuchar también a los perpetradores, y basados en esas experiencias empezar a diseñar nuevas políticas públicas.

  1.   Publicado originalmente en inglés como Poverty, gender and violence in the narratives of former narcos en www.bristol.ac.uk
  2.            En la jerga de los carteles, “levantar” refiere al secuestro de una persona.

Rafael Rey

17 enero, 2020

Publicado enSociedad
Las fábricas de ladrillos delinean un cinturón de contaminación que aporta en torno al 60% de la contaminación atmosférica de Dacca. Zigor Aldama

Bangladés es buen ejemplo de todo lo que no se debería hacer para vivir saludable: su atmósfera y sus ríos son tóxicos. Y además, existe una tercera polución, invisible y grave: la acústica

 

A finales de 2016, el río Buriganga gritó "¡Basta ya!". Sobreexplotado por las fábricas de cuero del barrio de Hazaribagh, y envenenado tanto por sus vertidos tóxicos como por la falta de sistemas de saneamiento y la mala costumbre de tirar toda la basura al agua, esta arteria de la capital de Bangladesh dejó de albergar vida. Los niveles de oxígeno en su caudal, del que se abastecen unas 180.000 personas, cayeron tanto que los peces, que sobrevivían a duras penas, acabaron flotando. Lo que sí había en cantidades generosas era cromo, un agente cancerígeno.

La contaminación del aire también alcanzó niveles tan peligrosos que las afecciones respiratorias y de piel se dispararon. Grupos ecologistas señalaron a Hazaribagh como uno de los lugares más contaminados del planeta, y la situación derivó en una crisis medioambiental y sanitaria que obligó al Gobierno a tomar medidas: en abril de 2017, ordenó la reubicación de unas 150 curtidurías que, por si fuese poco, a menudo utilizaban mano de obra infantil. A algunas que se resistían incluso se les cortó el suministro eléctrico.

Teóricamente, los negocios fueron reubicados a las afueras de Dacca, en el distrito de Savar. Los dirigentes prometieron que se construirían dos depuradoras para asegurar que los vertidos tóxicos no contaminasen el río que discurre paralelo, el Daleshwar. Y, efectivamente, las instalaciones ya están acabadas. Pero de ahí a que desempeñen su función va un trecho.

Tal como se aprecia al acceder a los puntos en los que las depuradoras vierten el agua, son gigantescas las tuberías que discurren semienterradas de forma perpendicular a la orilla del río. Es fácil dar con sus bocas. Solo hay que buscar el punto en el que el caudal cambia de color. Las instalaciones vomitan una densa espuma blanca y líquido de tonos que van del carmesí al azul. El hedor es intenso, pero algunos lugareños se acercan hasta aquí todos los días para esperar con expectación el momento en el que las plantas descargan. La razón es sencilla: los peces mueren al instante y es más fácil recogerlos cuando flotan que lograr que muerdan el anzuelo. Ese pescado acaba en mercados locales.

Una de las plantas está gestionada por una empresa china; la otra es estatal. Ninguna aceptó responder a preguntas para este reportaje. También impiden tomar fotografías en los aledaños. Una de las fábricas, sin embargo, permite la entrada bajo la exigencia de que no se revele su nombre. Y es fácil entender por qué prefiere mantenerse en el anonimato: el procesado y el teñido de la piel se realiza en condiciones penosas.

Muchos de los trabajadores, algunos de los cuales parecen adolescentes, realizan su trabajo descalzos y sin ningún tipo de protección. A su alrededor hay multitud de bidones con químicos que las etiquetas califican como tóxicos, corrosivos, y nocivos. El tinte se aplica en gigantescos barriles giratorios que son lavados a manguerazos. Todo ese líquido se canaliza hacia la calle y termina en la planta depuradora. “Pero es evidente que no se trata correctamente, porque el río se tiñe como las pieles”, afirma el propietario, que exporta sus productos sobre todo a China, pero también a Europa. “Esta operación de reubicación habrá servido para que mucha gente se llene los bolsillos, pero no para reducir la contaminación”, dispara.

Desafortunadamente, aunque las grandes curtidurías se han mudado, Hazaribagh sigue sin ser ningún paraíso. Muchos de los pequeños negocios continúan abiertos y contaminando lo que queda del Buriganga, y que lo hacen con tal falta de supervisión que hace unos días un taller quedó calcinado por un incendio. Gran parte del río se ha secado y es ahora un gigantesco vertedero al aire libre, lleno de plástico y de desechos de todo tipo: desde basura doméstica, hasta heces humanas.

Allí donde el Buriganga sí que tiene agua, la situación no es mejor. Decenas de personas lavan en sus fétidas aguas las sábanas de un hospital. Es ilegal, pero el centro afirma que no tiene noticia de que se haga allí porque ha subcontratado el servicio. En la orilla de enfrente, recicladores de plástico limpian los trozos de colores que obtienen tras su separación y triturado en el caudal negro, llenándolo de microplásticos y de trozos que se ven a simple vista. En medio del río, un tanque de Wasa, la empresa de aguas municipales, demuestra que Daca continúa abasteciéndose aquí.

Este ejemplo puede parecer extremo y puntual. Pero no lo es. La contaminación de las costas y de los numerosos ríos que surcan Bangladés, es muy severa. Y el problema no se limita al agua. Según el estudio La Calidad del Aire Mundial de la suiza IQAir, Bangladés es el país más contaminado del mundo y Dacca la segunda capital con la mayor concentración de partículas en suspensión. Esa última es una coyuntura que se aprecia bien en la maniobra de aproximación al aeropuerto de la ciudad, mientras se sobrevuela una densa capa de contaminación.

La fuente de la que mana gran parte de estas partículas nocivas también se aprecia claramente desde el aire: las fábricas de ladrillos dibujan un cinturón de chimeneas humeantes que ahogan a Dacca. Su tamaño abruma. Según datos de la Asociación de Fabricantes de Ladrillos de Bangladés, el país cuenta con 7.000 fábricas que emplean en torno a un millón de personas y que producen 23.000 millones de ladrillos al año, una cifra que lo convierte en el cuarto fabricante mundial. En conjunto, ingresan unos 2.300 millones de dólares y contribuyen un 1% al producto interior bruto del país.

También se estima que son la fuente del 60% de la contaminación atmosférica de la capital. Y no cuesta entender por qué. El barro con el que se producen los ladrillos se extrae de las márgenes del río, y, después de ser mezclado con agua, amasado, y secado, es transportado hasta el gigantesco horno con una chimenea en el centro en el que será cocido. Los ladrillos se colocan en paredes radiales entre las que se deja un espacio para echar carbón. Cuando toda la superficie ovalada está llena, se cubre con arena y se prende fuego dentro. La chimenea comienza entonces a escupir un intenso humo que llena todo de un polvo negruzco.

 “En un horno pueden entrar hasta 800.000 bloques por cada tanda. Durante los seis meses de la época seca, que es cuando podemos trabajar, fabricamos unos cuatro millones”, comenta un capataz llamado Ahmed. Según un estudio de la Universidad de Stanford, cada fábrica emite 53 toneladas de CO2 por temporada. No es de extrañar que las enfermedades respiratorias y cardiovasculares de quienes residen cerca de una sean muy elevadas. Y su efecto se siente incluso en la cosecha de cereales y verduras, afectada por la contaminación de la tierra.

Aunque el Gobierno ha prometido ir retirando licencias a quienes no apuesten por energías más limpias —que no utilizan fuego—, lo cierto es que las fábricas de ladrillos son un buen negocio que alimenta tanto el trabajo semiesclavo (la mayoría de los trabajadores describen condiciones draconianas y sueldos de miseria) como la corrupción. “Si alguien viene a pedir explicaciones, nos lo quitamos de encima con un regalo”, ríe Ahmed. Una vez más, los niños juegan un papel protagonista en esta industria: ellos transportan tierra, dan vuelta a los ladrillos para que se sequen, y cuidan a los bebés de las familias que viajan cientos de kilómetros para trabajar durante la temporada seca, cuando no hay mucho que hacer en el campo y los hornos están a pleno rendimiento. Pocos son conscientes de los efectos que este empleo temporal tendrá en su salud.

Por si fuese poco, existe una tercera polución, invisible, a la que pocos prestan atención, pero que también tiene consecuencias graves: la acústica. Bastan unos minutos en las calles de Dacca para sentir que los oídos sufren una agresión constante. Al final, la población se acostumbra a este ruido ininterrumpido, que en mediciones llevadas a cabo para este reportaje supera habitualmente los 80 decibelios —más de 60 es dañino—. Pero Monowar Hossain, otorrino de uno de los principales hospitales públicos de la capital bangladesí, afirma que supone un peligro para la salud.

 “Lo más evidente es que provoca sordera. La pérdida de la capacidad auditiva y el tinnitus -la percepción de pitidos o golpes inexistentes- es paulatina y generalizada, lo cual propicia que el nivel de ruido continúe siendo elevado”, explica. “Pero hay otros efectos secundarios, que van desde el dolor de cabeza y los mareos, hasta las alteraciones del sueño. Porque el ruido no desaparece por la noche. Incluso los fetos pueden verse afectados,”, añade. Hossain subraya que esta coyuntura afecta sobre todo a las clases más desfavorecidas de la sociedad y que tiene un elevado coste económico.

“La gente se fija en la contaminación atmosférica y del agua, porque son visibles y tienen efectos inmediatos, pero la acústica pasa desapercibida. Muchos pacientes incluso llegan pensando que tienen alguna infección de oído, cuando lo que sufren es una sordera irreversible causada por el entorno”, apostilla el médico. Sabikun Nahar Reshma sí que es consciente de las consecuencias que tiene el ruido. “No puedo dormir o duermo muy mal, porque los gritos y los cláxones son continuos. Y los dolores de cabeza también son habituales”, afirma esta mujer de 45 años que ha visto cómo el entorno se ha deteriorado con el desarrollo económico.

“Desde pequeña, he vivido muy cerca del río Buruganga. Antes incluso nos podíamos bañar en sus aguas, y mi hermano pescaba allí. Pero luego comenzaron a proliferar las fábricas, y todo el mundo empezó a tirar la basura al río. Ahora, parte se ha secado y el agua del resto es negra. Hicieron una campaña de limpieza y en el fondo encontraron una capa de plástico de varios metros de grosor”, cuenta. Sabikun critica la corrupción política y la falta de ética del mundo empresarial, pero también la desidia de la población. “Es normal ver a gente que tira las bolsas de basura al río, como si el agua hiciese magia. Hay que comenzar a educar a la población en la necesidad de cambiar hábitos que están acabando con nuestro país”, sentencia.

Publicado enMedio Ambiente
“Nuestra peor pesadilla es que empiece a llover”

Hace siete años la ONU publicó un informe en el que advertía que para 2020 la Franja de Gaza sería inhabitable debido a los graves problemas de agua, de electricidad y de sus sistemas sanitario y educativo. Hoy, a las puertas de 2020, Middle East Eye (MEE) habló con la propietaria de una casa, un médico y una maestra acerca de cómo habían cambiado sus vidas en los últimos años y qué podía depararles el futuro. La propietaria, Aisha Abu Nemer

Aisha Abu Nemer, de 23 años, vive con su marido y sus tres hijos, de 8 y 6 años, y de 8 meses, en Khan Younis al sur de Gaza.

La deteriorada casa, situada en un barrio marginal y pobre, tiene un total de 50 metros cuadrados y está cubierta por un techo de hojalata. La familia vive en una habitación, que hace las veces de salón, cocina y cuarto de baño. En una habitación individual contigua en la que duerme toda la familia hay un colchón en el suelo y un armario blanco, el único mueble de la casa.

Nada de esto protege a Aisha Abu Nemer y a su familia del calor, frío o humedad de Gaza. “Nuestra peor pesadilla es que empiece a llover”, dice a MEE. “Nos tenemos que levantar en medio de la noche para llenar cubos con el agua de lluvia que inunda la casa y quitar el colchón y las mantas del suelo. Tenemos que permanecer despiertos hasta que deje de llover y se sequen las mantas”.

No siempre ha sido así, Cuando ella y su marido, Jihad Abu Nemer, se casaron hace ocho años la situación economía de Gaza era mejor. “Mi marido recoge hormigón en una carreta y lo vende por unos 5-8 shekels [1-2 dólares] al día, lo que supone unos 100-150 shekels [29-43 dólares] al mes, que en absoluto cubre nuestras necesidades, por lo que dependemos sobre todo de la ayuda. Hace ocho años ganaba mucho más”, añade al tiempo que señala que ganaba entre 100 y 150 dólares al mes.

Según la UNRWA, la agencia de la ONU que se ocupa de las personas refugiadas, años de conflicto y de bloqueo* han hecho que un 80 % de la población de Gaza dependa de la ayuda internacional.

Es difícil conseguir lo esencial. “No tenemos agua corriente”, afirma Nemer. “Nos costaría mucho dinero conseguir el suministro de agua municipal, así que nuestro vecino nos llena de vez en cuando el barril de agua para lavarnos y lavar la ropa y la vajilla. Para el agua potable llenamos otro barril en un grifo que instaló en el barrio una asociación de ayuda”.

A pesar de su difícil situación económica la prioridad principal de Abu Nemer es que su hija de seis años reciba una educación adecuada. “Mi hija está en primer grado. Solo tiene un vestido para ir al colegio. Cuando vuelve, lo lavo y lo pongo a secar al sol para que se lo pueda poner al día siguiente. Aunque no tengamos dinero suficiente para su educación, vendería mi sangre para que fuera al colegio”.

El médico, Abdullah al-Qishawi

Abdullah al-Qishawi, de 49 años, ejerce como médico desde hace más de dos décadas y es el responsable del primer proyecto de trasplante de riñón de Gaza iniciado en 2013.

El dr. Abdullah al-Qishawi hace la ronda en el departamento de diálisis del hospital al-Shifa de la ciudad de Gaza, el mayor complejo médico de la Franja. Qishawi, que es el jefe de departamento, examina a decenas de pacientes de diálisis, la salud de muchos de los cuales se ha deteriorado gravemente desde principios de 2019 debido a la falta de equipamiento médico y a los cortes de electricidad. Los efectos de ambos son evidentes en el atestado departamento. Todas las habitaciones y las camas están llenas, lo que obliga a muchos pacientes a esperar durante horas (a veces fuera) a su turno en los aparatos de diálisis.

“Tenemos una grave crisis de falta de medicamentos y de cortes de electricidad que complica el tratamiento de los pacientes de diálisis”, explica Qishawi a MEE. También ha aumentado la cantidad de personas que necesita tratamiento. “Lo que exacerba la situación y duplica la cantidad de pacientes de diálisis es el hecho de que casi toda el agua potable de Gaza sea imbebible, de modo que decenas de miles de pacientes están dañando sus riñones”.

En Gaza hay 65 aparatos de diálisis, pero poco menos de una tercera parte de ellos están averiados, afirma Qishawi. El Ministerio de Sanidad palestino no los puede sustituir o reparar debido a la falta de piezas de recambio.

El departamento de diálisis solía funcionar 16 horas la día, desde las 8 de la mañana hasta medianoche. Ahora ha tenido que ampliar su horario hasta las 4 de la mañana para tratar a la cantidad cada vez mayor de pacientes y hacer frente a la falta de personal y equipamiento médico. “Hay una grave falta de suministros y equipamiento médico lo que hace que el mayor hospital de la Franja no pueda proporcionar a miles de pacientes el tratamiento necesaria, y a menudo urgente”, afirma Qishawi. “La situación ha empeorado significativamente en los últimos años. Si continúa así, seremos testigos de una verdadera catástrofe a todos los niveles”.

Qishawi tiene poca esperanza en el futuro. “No hay duda de que aunque bajo el bloqueo la situación siempre ha sido mala, [pero] ahora asistimos al peor periodo en términos de servicios médicos y de la situación sanitaria en general [de las personas que viven en Gaza]”.

La maestra, Basema al-Basous

Basema al-Basous, de 44 años, trabaja como maestra en la escuela elemental al-Abbas del densamente poblado barrio de Shujayea de la ciudad de Gaza.

Basema al-Basous, que es maestra desde hace más de nueve años, enseña a recitar El Corán a 50 alumnas en la clase de estudios islámicos.

“Manejar una clase con 50 alumnas es uno de los mayores retos a los que he tenido que hacer frente desde que soy maestra”, declaró Basous a MEE. “Tanto para la maestra como para las alumnas resulta difícil estar en un lugar tan atestado de personas. A menudo tengo ronquera porque tengo que alzar la voz para que las 50 niñas me oigan”.

Es bien conocido el problema del hacinamiento en las escuelas de Gaza ya que en la última década la población ha crecido aproximadamente un 20 %. Muchos centros educativos tienen que funcionar en dos turnos para hacer frente a la cantidad de alumnos. El ministro de Educación palestino ha afirmado que para 2021 se deben construir 86 escuelas nuevas y añadir más de 1.000 aulas a los centros que ya existen para proporcionar un entorno de aprendizaje seguro y adecuado.

Basous afirma que en los últimos años ha ido aumentando la cantidad de alumnos en sus clases ya que muchos padres han cambiado a sus hijos de escuelas privadas a las públicas por razones económicas. Está de acuerdo en que construir escuelas nuevas y proporcionarles equipamientos mejores (con sistemas de ventilación y de calefacción) sería un paso adelante para el sector de la educación de Gaza.

El hacinamiento de las aulas también puede afectar a la salud y al rendimiento de los niños. “Si un niño que tiene gripe acude una mañana a clase, al día siguiente hay aproximadamente otros 30 niños más enfermos”, afirma Basous. “Además, el caos y la falta de pupitres y de sillas (así como el tiempo limitado) reducen el rendimiento, la comprensión y la armonía social del alumnado”. Añadió que algunos de sus colegas tienen dificultades debido al ruido y a los problemas para comunicarse con una cantidad tan grande de alumnos

Y sigue teniendo esperanzas de que la Franja de Gaza pueda superar su crisis económica y humanitaria. “No creo que llegue el momento en que no se pueda vivir Gaza. Las y los palestinos de Gaza tiene su propia forma de resistir, de superar sus crisis y de vivir en las situaciones más difíciles”.

Hasta que el Ministerio de Educación se ocupe de los problemas de las escuelas de Gaza, “seguiremos con nuestras iniciativas y nuestro esfuerzo personales para apoyar a nuestros alumnos. Pase lo que pase no podemos defraudarlos”.

* Recordemos que en 2007 Israel impuso un bloqueo total a la Franja de Gaza después de que Hamas ganara las elecciones presidenciales de 2006 (n. de la t.).

Por Maha Hussaini y Nada Nabil

Middle East Monitor

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Maha Hussaini es una activista de derechos humanos palestina que vive en la Franja de Gaza y Nada Nabil es una defensora de derechos humanos y coordinadora de medios sociales en Euro-Mediterranean Human Rights Monitor [Observatorio Euromediterráneo de Derechos Humanos].

Publicado enInternacional
Las muertes sin respuesta del Paro Nacional en Ecuador

Son once historias. Once nombres muy poco pronunciados después del fin del Paro Nacional en Ecuador, que movilizó a miles de personas durante once días en octubre del 2019, y fue el primer paso de un multitudinario camino de protestas en otros países de América Latina, contra las políticas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y la desigualdad que ha generado el neoliberalismo en la región.

De los once asesinados y fallecidos, más de la mitad son indígenas, tres son jóvenes y uno es adolescente afro descendiente. Antes de morir en octubre durante el Paro, ellos eran  campesinos, agricultores, ganaderos, albañiles, estudiantes, electricistas, estibadores, mingueros, empleada pública, obreros, cantores. A uno le gustaba el punk contestatario; a otro, cantar música popular en las fiestas comunales. Uno, dos, siete, nueve hijos e hijas; en total veinte y tres huérfanos, la mayoría de padre, y dos de madre. También hay varios que dejaron a sus madres y padres sin su sustento de vida, pero esta pérdida no tiene nombre en castellano; nadie puede nombrar lo que siente Himelda Rivera, Gloria Bone, o María Aurora Chilpe  por haber perdido a uno de sus hijos. Muchos tienen apellidos de ascendencia indígena y afro. Esto en Ecuador, un país con una historia colonial, otorga en la mayoría de los casos características socioeconómicas bajo la línea de la pobreza.

Segundo Inocencio Tucumbi Vega, Marco Humberto Oto Rivera, José Daniel Chaluisa Cusco, Gabriel Antonio Angulo Bone, Edison Eduardo Mosquera Amagua, Abelardo Vega Caisaguano, Edgar Yucailla, Raúl Chilpe, Silvia Marlene Mera, José Rodrigo Chalouisa, Francisco Quiñonez Montaño, fallecieron en el Paro Nacional de octubre en Ecuador,  según la lista que confirma la Defensoría del Pueblo. Las muertes de nueve de ellos se dan en un contexto de control de la protesta, donde participa la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas durante la vigencia de un Estado de Excepción, y en algunos casos, de un Toque de Queda;  sin embargo, la responsabilidad de las muertes se encuentra en investigación judicial. Apenas dos muertes se dan por accidentes de tránsito, sin participación directa de la Fuerza Pública.

¿Quiénes eran las personas que murieron en el Paro de Ecuador? ¿Cómo ocurrió su muerte? ¿Tiene responsabilidad la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas o sus muertes fueron accidentales?.

Ante el silencio y la falta de respuesta de las autoridades, sus familias decidieron contar sus historias. En este especial compartimos un perfil de cada uno de ellos, acompañado de un retrato ilustrado por ocho artistas gráficas. Tener una imagen de sus rostros es un ejercicio clave para la memoria, como los grafitis que se encuentran en las paredes del barrio Comuna Trece en Medellín de los “falsos positivos”, como los rostros delos 43 normalistas de Ayotzinapa, las fotos que lleva en sus manos una abuela o una madre en la Plaza de Mayo, el rostro de los desaparecidos en Chile, y tantas otras imágenes necesarias para la memoria de la lucha de los pueblos en América Latina, que los poderes quieren que se olvide.

Marco Oto

Libre

Amante de la música punk y de los animales. Marco tenía 26 años cuando falleció después de caer del puente de San Roque, en Quito, en una persecución policial a pie y en motos. Marco vivía en Atucucho con su familia y era parte del movimiento juvenil punk de Quito. Leer más

Inocencio Tucumbi

Semilla de liberación

El compañero que siempre acompañó las luchas. Él que alegró las fiestas con su banda musical. Inocencio Tucumbi tenía 50 años, salió con su familia desde su comunidad, en el cantón Pujilí, provincia de Cotopaxi hasta Quito para apoyar el Paro Nacional. Falleció la noche del 9 de octubre durante un ataque de la policía nacional en la zona de la Universidad Salesiana. Leer más

José Daniel Chaluisa

El cargador de luchas

De lunes a viernes se dedicaba a estibar en el Mercado San Roque, en la ciudad de Quito, y cada que podía viajaba hasta su comunidad, en Zumbahua, cantón Pujilí, donde le esperaban su esposa, nueve hijos y un nieto. Al igual que otros cargadores y comerciantes del mercado, José Daniel, de 40 años, salió a protestar. Tras una persecución policial sobre el puente peatonal José Daniel cae y muere varios días después en el Hospital Andrade Marín en Quito. Leer más

Edison Mosquera

“Nos robaron una parte de nuestra vida”

Edison aceptaba toda chaucha posible para mantener a sus hijos gemelos, ayudaba a sus padres, cuidaba a sus abuelos y estudiaba para sacar una tecnología. Edison se unió a la protesta contra las medidas económicas y, en un enfrentamiento con la policía en el sector de Cumandá, recibió un impacto de bala en su cabeza. Edison falleció seis días después en el hospital. Leer más

Edgar Yucailla

Soñar en el páramo de Chimborazo

Edgar soñaba con formar una productora de lácteos que pertenezca a su comunidad Sablog, del cantón Guamote, provincia de Chimborazo. Edgar, de 32 años y padre de una hija, llegó a Quito junto a su comunidad el 10 de octubre para apoyar la protesta. Fue impactado en su cabeza por un proyectil. Falleció después de 17 días en Cuidados Intensivos en el Hospital. Leer más

Gabriel Angulo Bone

«Respira mi negro»

Gabriel tenía 15 años, le apasionaba jugar fútbol con sus amigos del barrio Elsa Bucaram, en el cantón Durán y era hincha del Barcelona. El 7 de octubre, Gabriel con seis amigos y amigas fueron hasta el Puente de la Unidad Nacional para ver la llegada de los indígenas. En el contexto de represión, un policía le dispara una bomba lacrimógena que impacta directamente en su pecho y lo mata. Leer más

Abelardo Vega Caisaguano

Las manos solidarias del Mercado Mayorista

Abelardo migró desde Pujilí a Quito para trabajar. Él tenía un puesto de venta de frutas en el Mercado Mayorista. Durante el Paro se organizó con compañeros comerciantes para llevar comida a las y los manifestantes todos los días hasta la Casa de Cultura y los centros de acopio. El 12 de octubre fue atropellado por un vehículo en medio de un enfrentamiento con militares y policías, en el sector de Turumbaba, en el sur de Quito. Leer más

Raúl Chilpe

El cantor de las mingas

En la pequeña comunidad llamada Luz María, en Molleturo, cantón de Cuenca, Raúl de 37 años era muy conocido, no se perdía una minga, siempre dispuesto a ayudar a sus vecinos, animaba los eventos comunitarios. Él vivía con su madre y era su sustento económico. Raúl muere al ser embestido por un vehículo en la carretera Cuenca-Molleturo. Fue la primera persona registrada como fallecida durante el Paro Nacional. Leer más

Silvia Marlene Mera Navarrete

El recuerdo de tres corazones

Silvia tenía 35 años y residía en Malchinguí, parroquia del cantón Pedro Moncayo de la provincia de Pichincha. Silvia fue la séptima muerte en registrarse durante el Paro Nacional y es la única mujer en el listado de víctimas mortales. Leer más

Su nombre está en la lista de fallecidos confirmados por la Defensoría del Pueblo, pero no pudimos acceder a mayor información, ni tener contacto con sus familiares. Según la Defensoría, José Rodrigo muere después de ser atropellado por Policías en caballos en el sector del parque el Arbolito, la misma noche en que es herido Inocencio Tucumbi.

Su nombre está en la lista de fallecidos confirmados por la Defensoría del Pueblo, pero no pudimos acceder a mayor información, ni tener contacto con sus familiares. Según la Defensoría Francisco muere atropellado por un auto militar.

El Paro Nacional en Ecuador duró once días. Desde el primer día el presidente Lenin Moreno, decretó un Estado de Excepción, permitiendo con esto la participación de las Fuerzas Armadas en el control de las protestas.

Cuatro, de las once personas fueron heridos y muchos fallecieron el lunes 7 de octubre, quinto día del Paro Nacional, cuando la Policía Nacional realizó fuertes operativos de control.

 

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Irán admitió que derribó al avión ucraniano por "error humano"

El presidente Rohani prometió que se juzgará a los responsables

 

Las Fuerzas Armadas de Irán reconocieron este sábado que derribaron el avión ucraniano con 176 personas a bordo "involuntariamente y por un error humano". Según el comunicado, el error se debió a que "en esa situación muy delicada y de crisis" el Boeing 737 se situó cerca de un centro militar de los Guardianes de la Revolución con "una altura y una posición de vuelo de un objetivo enemigo".

Las Fuerzas Armadas explicaron que tras las amenazas del presidente estadounidense, Donald Trump, y comandantes de ese país de "tomar como objetivo una serie de lugares en el territorio de la República Islámica en caso de que haya una operación recíproca (...) estaban en el más alto nivel de alerta".

Poco antes del derribo del avión ucraniano, Irán había efectuado un ataque con misiles contra una base aérea en Irak que alberga a tropas estadounidenses, en venganza por el asesinato días antes del general Qasem Soleimani en un bombardeo selectivo de EE.UU.

La nota también apuntó que el error estuvo motivado por "el aumento sin precedentes de los movimientos aéreos en la región", en especial de "vuelos de guerra de las fuerzas estadounidenses alrededor del país".

"En esa situación, por un error humano e involuntariamente el avión fue atacado y se provocó el martirio de un grupo de nuestros compatriotas y algunos extranjeros", admitieron las Fuerzas Armadas.

En el avión de Ukranian International Airlines (UIA) viajaban 169 pasajeros, entre ellos 82 iraníes y 63 canadienses, aunque estos últimos en su mayoría de origen iraní, y nueve tripulantes ucranianos.

El aparato se estrelló al sur de Teherán el pasado miércoles poco después de despegar del aeropuerto internacional Imán Jomeiní con destino a Kiev, causando la muerte de sus 176 ocupantes.

Promesa de juicio

El presidente iraní, Hasan Rohani, aseguró este sábado que se juzgará a los responsables del derribo involuntario del avión y urgió a revisar los sistemas de defensa del país.

Rohani lamentó en un comunicado la muerte de tantas "personas inocentes debido a errores humanos y disparos equivocados" y señaló que "este doloroso accidente no es algo que pueda pasarse por alto fácilmente".

"Se necesita más investigación para identificar todas las causas y raíces de esta tragedia y enjuiciar a los responsables de este error imperdonable", subrayó el presidente. También señaló que es necesario adoptar medidas para "abordar las debilidades de los sistemas de defensa del país para garantizar que tal desastre nunca se repita", según Rohaní, que culpó en cierto modo a Estados Unidos de la tragedia por sus "amenazas e intimidaciones".

El papel de Estados Unidos

"Para defendernos de posibles ataques del Ejército estadounidense, las Fuerzas Armadas de la República Islámica de Irán estaban en alerta total, lo que desafortunadamente llevó a esta terrible catástrofe", indicó.

Poco antes del derribo del avión ucraniano, Irán había efectuado un ataque con misiles contra una base aérea en Irak que alberga a tropas estadounidenses, en venganza por el asesinato días antes del general Qasem Soleimani, por lo que esperaban una acción de represalia de EE.UU.

Las Fuerzas Armadas de Irán explicaron que el derribo fue por "un error humano" y que se debió a que el Boeing 737 se situó cerca de un centro militar de los Guardianes de la Revolución con "una altura y una posición de vuelo de un objetivo enemigo".

También el ministro iraní de Exteriores, Mohamad Yavad Zarif, alegó que "el error humano en un momento de la crisis causada por la temeridad política estadounidense condujo al desastre". "Un día triste", escribió en Twitter Zarif, quien expresó su "arrepentimiento, disculpas y condolencias" al pueblo de Irán, las familias de las víctimas y todas las naciones afectadas.

Reclamo de Ucrania

El presidente de Ucrania, Vladímir Zelenski, espera de Irán un "pleno reconocimiento de culpabilidad" por haber derribado el avión con 176 personas a bordo, así como que lleve a los responsables ante la Justicia y que pague una indemnización.

"La mañana ha traído la verdad. Ucrania insiste en un pleno reconocimiento de la culpabilidad. Esperamos de Irán que lleve a los responsables ante la Justicia, devuelva los cuerpos, pague una indemnización y publique una disculpa oficial. La investigación tiene que ser completa, abierta y debe continuar sin retrasos o obstáculos", señaló en un mensaje de su cuenta de Twitter.

Zelenski respondió así al reconocimiento por parte de las Fuerzas Armadas de Irán de que derribaron el Boeing 737 "involuntariamente y por un error humano", después de dos jornadas de negación de esta hipótesis, planteada por varios países.

El director de la aerolínea Ukraine International Airlines (UIA), a la que pertenecía el avión derribado, Evgeny Dykhne, afirmó en Facebook que no había dudado "ni un segundo" de la tripulación ni se había creído que algún fallo en el avión pudiera haber causado la tragedia.

De acuerdo con Teherán, el error se debió a que "en esa situación muy delicada y de crisis" el avión se situó cerca de un centro militar de los Guardianes de la Revolución con "una altura y una posición de vuelo de un objetivo enemigo".

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Domingo, 29 Diciembre 2019 05:52

Planeta saturado

Planeta saturado

Según el doctor en demografía José Eustáquio Diniz Alves, de la Escuela Nacional de Ciencias Estadísticas (Instituto Humanitas Unisinos, 31 de octubre de 2019; Ecodebate, 30 de octubre de 2019), la humanidad ya ha agotado la biocapacidad de la Tierra. En 1961, el mundo tenía un superávit ambiental de 2 mil 600 millones de hectáreas globales (gha). Debido al crecimiento demoeconómico, el superávit se transformó en déficit a partir de la década de 1970. En 2016, la huella ecológica total de 20 mil 600 millones de gha ha superado la biocapacidad total de 12 mil 200 millones de gha. Por tanto, el déficit ecológico es de 8 mil 400 millones de gha. La Tierra tiene una sobrecarga del 70%.

Es erróneo creer que la devastación ambiental solo es resultado del consumo de las naciones ricas. La sustentabilidad ecológica depende también de la cuestión demográfica, agravada, sobre todo, por las naciones más pobres. Según el Global Footprint Network, en 2016 la población de altos ingresos era de mil 130 millones de habitantes, con una huella ecológica per cápita de 6 gha (la huella ecológica de los Estados Unidos es de cerca de 8 gha). Es un índice elevado, aunque menor a los 8 mil 400 millones al déficit global existente ese año.

Alves señala que aunque se eliminara todo el consumo de los ricos, el resto de la población mundial (sin los ricos) seguiría teniendo un déficit ambiental de cerca de mil 600 millones de gha. O sea, si las personas de altos ingresos del mundo fueran “eliminadas mediante un pase de magia”, aun así el resto de la población mundial tendría una huella ecológica total de 13 mil 800 millones de gha, para una biocapacidad global de 12 mil 200 millones de gah. Sin los ricos, el planeta continuaría teniendo un déficit ambiental del 13% (un gasto correspondiente a 1,3 planetas).

El autor nos propone que nos imaginemos un mundo con el mismo nivel de consumo. Y que, gracias a los avances tecnológicos y un estilo de vida frugal, el impacto fuera mucho menor; por ejemplo, una huella ecológica de solo 2 gha por habitante (inferior a la huella ecológica de 2,75 gha del mundo en 2016).

Considerando que la biocapacidad total de la Tierra es de 12 mil 200 millones de gha, ¿existiría sustentabilidad ambiental en ese escenario de una huella ecológica media de solo 2 gha? Sí, habría un superávit ambiental si la población fuera inferior a los 6 mil 100 millones de habitantes. Pero una población de casi 8 mil millones como la que se avizora, viviría con un déficit ambiental. Aunque la huella ecológica per cápita mundial fuera de 1,75 gha (como la de Papúa Nueva Guinea en 2016), solo se produciría un superávit ambiental con una población inferior a los 7 mil millones de habitantes.

Por tanto, la solución consiste en reducir el número de emprendimientos con fines de lucro para posibilitar la restauración de la vida natural. Y superar una dualidad: ¿reducir el consumo o el crecimiento de la población? Es necesario reducirlos ambos, aunque sin adoptar políticas que den por resultado el exterminio de los pobres.

Según Thodore P. Lianos (2018), el punto de equilibrio ambiental estaría en una población global de cerca de 3 mil millones de habitantes. H. Daly (“Ecologies of Scale”, New Left Review 109, 2018) sugiere que la población debería mantenerse estable en un nivel compatible con el equilibrio ecológico, o sea, 3 mil millones de habitantes. Eso sería posible si se estimulara a cada familia a tener menos de dos hijos. Lo que se obtendría elevando el nivel de educación de la población en general.

Desde el punto de vista climático, el mundo tiene de plazo hasta el año 2030 para reducir a la mitad las emisiones de CO2, y hasta 2050 para eliminar las emisiones líquidas, porque el “presupuesto de carbono” se agotará.

El decrecimiento poblacional es necesario para evitar el colapso ambiental y aminorar los daños de una grave crisis ecológica. Pero no es suficiente. Es necesario también reducir el consumo y cambiar el estilo de vida.

En resumen, no basta con culpabilizar a los ricos y victimizar a los pobres. El esfuerzo encaminado a evitar el colapso ambiental tendrá que ser de todos, aunque haya responsabilidades diferenciadas.

Por Frei Betto; autor, entre otros libros, de A obra do artista – uma visão holística do Universo (José Olympio).

29 diciembre 2019 |

www.freibetto.org/> twitter:@freibetto.

Traducción de Esther Perez

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Disfunción en una vía cerebral causa consumo compulsivo de alcohol, según estudio en ratones

Investigadores de la Universidad de Santa Clara (Estados Unidos) concluyeron en un estudio en ratones que el consumo compulsivo de alcohol podría deberse a una disfunción en una vía cerebral que normalmente ayuda a mantener el deseo de beber bajo control.

El trastorno por consumo de alcohol hace que las personas sean incapaces de dejar de beber incluso cuando conocen los riesgos potenciales para su salud, seguridad e integridad física. “La dificultad para decir no al alcohol, incluso cuando podría claramente conducir a un daño, es una característica que define el alcoholismo”, explica Andrew Holmes, investigador principal del estudio, que se publicó en la revista Biological Psychiatry.

Muchos aspectos del comportamiento (emoción, recompensa, motivación o ansiedad) están reguladas por la corteza, las capas exteriores del cerebro responsables de procesos complejos como la toma de decisiones. A diferencia de drogas como la cocaína, el alcohol tiene amplios efectos en el cerebro, lo que hace que conseguir un único tratamiento efectivo sea mucho más difícil.

Para estudiar cómo el cerebro regula la bebida, los investigadores entrenaron a ratones en su laboratorio para que presionaran una palanca que les daba una recompensa por el consumo de alcohol. Una vez entrenados, a los ratones se les presentó una situación nueva y conflictiva: presionar la misma palanca para obtener alcohol y recibir una descarga eléctrica ligera en sus pies, o evitar ese riesgo pero no beber alcohol. Después de una corta sesión, la mayoría de los ratones aprenden rápidamente y eligen dejar el alcohol.

La corteza prefrontal, pieza clave

El equipo de investigación utilizó en primer lugar electrodos implantados quirúrgicamente para medir la actividad en las regiones de la corteza durante esa decisión. “Encontramos un grupo de neuronas en la corteza prefrontal media que sólo se activó cuando los ratones no presionaron la palanca, aparentemente para decidir que el riesgo de descarga eléctrica era demasiado grande, pero no respondieron cuando los ratones eligieron el alcohol por encima del riesgo de descarga. Esto significa que las neuronas que identificamos pueden ser las responsables de frenar el deseo de beber cuando su consumo puede ser peligroso”, detalla otra de las autoras, Lindsay Halladay.

La corteza prefrontal media (mPFC, por sus siglas en inglés) juega un papel en muchas formas de toma de decisiones y se comunica con muchas regiones del cerebro, por lo que el equipo de Halladay exploró esas conexiones externas. El equipo utilizó la óptica, una técnica de ingeniería que les permitió cerrar de manera efectiva vías cerebrales precisas mediante el brillo de la luz en el cerebro. Apagaron la actividad de las células en el mPFC que se comunican con el núcleo accumbens, área del cerebro importante para la recompensa, y encontraron que el número de presiones de palanca arriesgadas aumentó.

“Apagar este circuito restauró el deseo de alcohol a pesar del riesgo de choque. Esto plantea la posibilidad de que el trastorno por consumo de alcohol provenga de alguna forma de disfunción en esta vía”, reflexiona la investigadora. Esto significa que comprender los mecanismos detrás del consumo compulsivo de alcohol en algunas personas depende de la identificación de la vía neural que mantiene el deseo de beber bajo control.

Una vez que los científicos entiendan exactamente cómo el “cableado” en el cerebro es diferente en las personas con alcoholismo se podrán desarrollar tratamientos más eficaces.

“Los tratamientos actuales no son lo suficientemente efectivos. Casi la mitad de todas las personas tratadas por alcoholismo recaen menos de un año antes de pedir ayuda”, concluye Halladay.

El Salto

Domingo, 22 Diciembre 2019 07:24

Chile y los héroes de “la primera línea”

 En la primera fila los jóvenes se protegen con improvisados escudos, mientras otros intentan "ahogar" las bombas lacrimógenas.Foto Gerardo Magallón

Con todo en contra, protegen las manifestaciones

 La primera batalla que se ganó fue contra el individualismo

 

Santiago De Chile., La primera línea de las marchas en la capital chilena se ha convertido en el emblema de las movilizaciones. Con todo en contra, la conforman las y los héroes de la protesta. En los medios de comunicación los llaman vándalos, vagos, delincuentes. Adentro de la marcha les aplauden, los vitorean, casi los alzan en hombros. Existen.

Son cientos de hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría, que enfrentan a los carabineros todos los días. Se colocan en los puntos estratégicos para impedir que los gases lacrimógenos, los disparos de municiones y los chorros de agua con químicos lleguen al resto de la movilización pacífica. Son las y los guardianes de las decenas de miles de personas que llevan más de dos meses protestando en las calles contra un sistema que los excluye.

La esquina de Ramón Corvalán con la calle Carabineros de Chile es uno de los campos de la desigual batalla. Piedras contra tanquetas desde las que disparan municiones que han dejado tuertas a más de 300 personas, bombas lacrimógenas o los vehículos conocidos como guanacos que disparan chorros de agua con químicos lacerantes que dejan ardiendo la piel por días. Chile es experto en este tipo de miserias.

Las noches son un hervidero. De un lado grupos de jóvenes quiebran el pavimento con mazos para dotar de piedras a la primera línea. Hileras de chicos con costales de pedazos de concreto atraviesan las calles y se las dejan a quienes repelen los ataques frontales de los carabineros. “Gracias hermanos”, se escucha desde la refriega y el humo. Y es que sí, la primera batalla que se ganó fue contra el individualismo y el ego, aquí todo es colectivo.

Decenas, cientos de personas esperan a los manifestantes que corren con los ojos llorosos. “¡Agua con bicabornato! ¡Agua con bicabornato!”, gritan. Y los gaseados se acercan para que les rocíen el rostro, les digan palabras de aliento, los socorran. Por cada persona lesionada se acercan cuatro o cinco de inmediato. Es el desborde.

Sigue la primera línea. Al oscurecer se juntan manifestantes frente a los guanacos y tanquetas y los desconciertan con la luz verde de cientos de rayos láser en los parabrisas. El espectáculo de luz y sonido inunda la calle. El guanaco retrocede. Los muchachos gritan de júbilo.

De pronto la infantería carabinera se despliega a pie. Parapetados en los vehículos reciben la orden de atacar y corren detrás de los jóvenes y golpean y patean a todo el que se les atraviese, detienen a alguno y sus compañeros tratan de rescatarlo en una batalla cuerpo a cuerpo. A veces lo consiguen. Otras el chico o chica pasa a engrosar las filas en las comisarías. Se habla ya de más de 20 mil detenidos en 60 días de protestas, aunque la mayoría son liberados.

A la primera línea llega Claudia Aranda, reportera y activista de tiempo completo. Durante nuestro encuentro recibe por WhatsApp la imagen del ultrasonido de su próximo nieto. Está feliz. Hace 50 años lo dejó todo y se fue a vivir a una casa okupa para mantenerse disponible todo el tiempo. “La tía del agua”, le dicen sus miles de nuevos sobrinos en las calles. “¡Hidrátense cabros!”, les grita con su bidón de cinco litros en la mano. En su mochila carga el láser para cuando toca desorientar a los carabineros, y su libreta y cámara, para sus crónicas.

En otra esquina del escenario grupos de jóvenes intentan tumbar un semáforo. Lo jalan con un lazo para arrancarlo del concreto y formar con el poste una barricada. Decenas de esquinas ya no tienen semáforo, por lo que otro grupo de voluntarios dirige el tránsito, recibiendo como pago el sonido del claxon de los automovilistas que lo mismo le regalan una botella de agua o algo para comer.

Decenas de médicos, enfermeros y sicólogos cubren los puntos de salud. Llegan aquí luego de largas jornadas de trabajo en hospitales públicos y privados, y durante horas atienden a los heridos de la revuelta. Al parecer, dicen, cada vez le ponen químicos más agresivos al agua que avientan los carabineros, pues en los días recientes los chicos llegan con quemaduras severas de la piel.

Una joven que trabaja como productora de fiestas es ahora la encargada de la logística en el centro de salud. Recibe y clasifica las bolsas de donaciones de la gente: tapabocas, analgésicos, vendas, sueros y un sinfín de artículos que se amontonan a un costado. La solidaridad, por ahora, es más grande que la emergencia.

En la primera fila los jóvenes se protegen con escudos hechos con láminas arrancadas de cortinas de tiendas, con tapas de tambos, con los discos de las antenas satelitales. Son unos gladiadores. Hay hombres y mujeres bombers cuya misión es “ahogar” las bombas lacrimógenas con garrafas de agua con bicarbonato y sosa cáustica. Se llevan la peor parte, pues sus pulmones se llenan de tóxicos. El aplauso de sus compañeros es el único pago por cada bomba desactivada.

En la manifestación no se pasa hambre. Y menos en la primera línea, pues se organizan ollas comunes y se reparten gratos en carritos recuperados del supermercado. Lentejas y papas nunca faltan. A veces llegan contingentes de ciclistas con ayuda, otra veces son ellos los que la necesitan

¿Qué pasaría si no existiera esta primera línea? Hace unos día intentó llegar a la Plaza de la Dignidad, antes conocida como Plaza Italia, el centro neurálgico de las movilizaciones, una marcha organizada por maestras de kínder, y contra ellas arremetió la policía con gases lacrimógenos. La primera línea sirve para que ellas y muchas como ellas puedan acceder a la plaza y manifestarse pacíficamente.

Las resorteras y ballonetas improvisadas son las armas de la primera línea. Barricadas de piedras, láminas, llantas, todo lo que sirva para obstaculizar el paso de los carabineros, cuya misión es cada tanto romper esa línea, atravesar las barricadas a como dé lugar e ir tras los manifestantes. Más de 40 días después la mecánica es clara. Rompen la línea, los jóvenes salen disparados, se dispersan y luego retoman sus lugares. Hasta el nuevo ataque. Y así.

“¡Encerrona! ¡Encerrona!”, gritan cuando vienen los guanacos de los dos lados. No hay mucho que hacer más que agacharse y protegerse con los cuerpos. Se avisan igual cuando uno de ellos con un cóctel molotov está a punto de arrojarlo. “¡Mecha, mecha!”, gritan para que sus compañeros abran cancha. La bomba artesanal vuela por los aires y cae cerca de los carabineros. El júbilo se expande, pues eso les da un tiempo para acercarse a los carabineros y continuar el combate con piedras.

En medio del ataque no falta la batucada o un saxofonista que se acerca con El derecho de vivir en paz e inunda con sus notas el ambiente. Anochece y los bloqueos se van apagando. Por semioscuras calles aparecen grupos de carabineros patrullando. Y de entre las sombras, como fantasmas, se escuchan los gritos: ¡Milicos de mierda! ¡Cabros de mierda! ¡Asesinos! Una chica con una enorme piedra en la mano pasa junto a la hilera de carabineros. Los insulta de frente con la piedra escondida. Los carabineros se siguen. Ella también. Aquí se perdió el miedo.

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El Tribunal Penal Internacional abre una investigación sobre los crímenes de guerra en Palestina

La fiscal jefe del Tribunal Penal Internacional (TPI), Fatou Bensouda, ha anunciado dicha decisión, motivada por un examen preliminar que inició en 2018 a petición del Gobierno palestino y considerar que se dan "todos los criterios" para ello.

La fiscal jefe del Tribunal Penal Internacional (TPI), Fatou Bensouda, ha anunciado este viernes la apertura de una investigación formal sobre los presuntos crímenes de guerra cometidos en territorio palestino.

Bensouda ha informado de que el examen preliminar que inició en 2018 a petición del Gobierno palestino, como Estado parte del Estatuto de Roma –tratado fundacional del TPI–, ha llegado a su fin, considerando que se dan "todos los criterios" para abrir una investigación formal.

La jurista gambiana ha afirmado que "hay una base razonable" para pensar que se han cometido crímenes de guerra en Cisjordania, incluido Jerusalén Este, y en la Franja de Gaza, desde 2014.

"Dado que ha habido una remisión por parte del Estado de Palestina, no hay necesidad de solicitar al Tribunal una autorización antes de proceder a la apertura de una investigación formal, por lo que no lo voy a hacer", ha dicho en un comunicado.

 

JERUSALÉN 

20/12/2019 15:34 Actualizado: 20/12/2019 15:34

EUROPA PRESS

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Sábado, 21 Diciembre 2019 06:32

COP25: si no hubiera sido un fracaso

COP25: si no hubiera sido un fracaso

La COP 25 sobre cambio climático, que se acaba de realizar en Madrid, España, fue toda una metáfora de la actitud de gobiernos y empresas frente a la devastación ambiental y social que provocan: nada detendrá sus negocios, ni aunque estén aserrando la rama del árbol donde están sentados. Pese a la abundancia de evidencia sobre el desastre climático y a las multitudinarias protestas por todo el mundo, la vigesimoquinta conferencia del Convenio de Cambio Climático de Naciones Unidas (COP25) mostró al mundo nulos resultados para parar el cambio climático. Eso es gravísimo, pero podría haber sido aún peor.

Podrían además haberse puesto de acuerdo –bajo la presidencia de un gobierno brutalmente represor y criminal como el de Chile– en cómo establecer un nuevo mecanismo global de mercados de carbono, que empeorará todo aún más. Podrían haber creado nuevas formas para seguir vendiendo aire con grandes lucros para las empresas contaminantes que han causado la catástrofe y para convertir cada pedacito de la naturaleza en una nueva mercancía, e incluir por ejemplo océanos y suelos agrícolas, algo que aún no han logrado meter en esos mercados. Podrían haber también sentado las bases para que en lugar de acciones reales para detener el cambio climático se legitimen y legalicen técnicas de geoingeniería para remover el carbono de la atmósfera o para bloquear la luz del sol abriendo un negocio adicional de alto riesgo. Todo estaba en la mesa de negociaciones de este convenio y se fue a la COP26, que será en noviembre de 2020 en Glasgow, Escocia. El gobierno de Reino Unido ya anunció que conducirá con mano firme los acuerdos para crear estos nuevos mercados de carbono.

Según 150 organizaciones de las redes globales de justicia climática, desde antes de la COP25 estaba claro que los grandes contaminadores, incluidas las industrias de combustibles fósiles, agricultura, plantaciones y mercados de carbono, planean condenar al mundo a un calentamiento catastrófico en los próximos años (https://demandclimatejustice.org/). Un informe de la Global Gas and Oil Network, de diciembre de 2019, analiza los planes de expansión de la industria de combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) y muestra que para 2030 sus planes nos llevarían al menos a 50 por ciento por encima del objetivo del Acuerdo de París de no sobrepasar el aumento de 2˚C y a 120 por ciento más de lo compatible con el compromiso global de limitar el calentamiento a 1.5˚C. La mayoría de esta expansión provendría de Estados Unidos y Canadá (https://tinyurl.com/sbj5oq5).

Esta industria tiene una infraestructura instalada de más de 55 millones de dólares estadunidenses y reservas por un mínimo de la mitad de esa suma. Es la industria que recibe más subsidios públicos: según un cálculo del FMI en 2015, recibía anualmente 10 mil dólares por minuto. Es claro que esta industria no va a permitir ningún cambio en sus negocios que no sea para aumentar sus ganancias. Por ello inventaron los llamados mercados de carbono, para que los grandes contaminadores puedan pagar a otros que supuestamente no generan emisiones de gases de efecto invernadero. Esto generó, a su vez, un exitoso mercado secundario de bonos y créditos de carbono, con lo que los contaminadores siguieron contaminando y además lucraron con los mercados de carbono.

El convenio de cambio climático les dio la coartada legal a través de secciones del Protocolo de Kyoto y el cínicamente llamado Mecanismo de Desarrollo Limpio. El Protocolo de Kyoto se cierra en 2020, luego de haber fracasado estrepitosamente, ya que el calentamiento global ha empeorado notablemente. El Acuerdo de París (AP), firmado en 2015, acordó trabajar para mantener la temperatura muy por debajo de 2˚C. Sin embargo, no exige reducciones reales, sino un equilibrio entre emisiones y sumideros, abriendo así a una nueva contabilidad en lugar de cambios reales. En su artículo sexto, el AP prevé que pueden haber transferencias internacionales de emisiones (un país que emite mucho negocia con otro que no emite o supuestamente puede absorber carbono), colocando así las bases para una nueva plataforma de transacciones de mercado. La forma de estas transacciones es lo que estaba en el núcleo de las negociaciones que no se concretaron en Madrid.

En locales aledaños a las salas de negociación las trasnacionales organizaron numerosos eventos para prefigurar y apropiarse de este incipiente mercado. Por ejemplo, Chevron, BP, Shell, BHP Billiton y varias forestales inauguraron la Alianza para los mercados de soluciones climáticas naturales. Bayer-Monsanto presentó planes para que los suelos puedan entrar a los mercados de carbono como soluciones basadas en la naturaleza. Otros presentaron iniciativas de geoingeniería, pese a que están bajo moratoria o prohibidas por otros convenios de la ONU.

Dentro y fuera de las negociaciones, tanto en Madrid como en Santiago de Chile, hubo continuas protestas populares contra estos atropellos. Centenares de organizaciones sociales, indígenas, campesinas, sindicales y ambientalistas se manifestaron contra los mercados de carbono, contra los nuevos asaltos a la naturaleza y la geoingeniería. Además del cuestionamiento al sistema que causa el cambio climático, es en esos pueblos y organizaciones que están las verdaderas soluciones. En Chile, Madrid o Glasgow no está en su agenda rendirse.

Por Silvia Ribeiro *

* Investigadora del Grupo ETC

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