Marine Le Pen y Donald Trump. LUIS GRAÑENA

 

Entre las muchas coincidencias que pueden encontrarse en el discurso electoral de Trump y Le Pen se encuentra el rechazo, al menos en el plano formal, de los Tratados de Libre Comercio de nueva generación y en concreto del TTIP y del CETA. Revestidos de una retórica calificada de “proteccionismo”, primero Trump en su campaña y ahora Le Pen han hecho suyo un discurso antitratados que ni parece que vaya a materializarse ni aporta ninguna alternativa en beneficio de las mayorías sociales.

Desde luego, es innegable que la llegada de la Administración Trump ha marcado un punto de inflexión en las relaciones comerciales entre la UE y Estados Unidos. Partiendo de esta afirmación, el interés radica en elucidar si la política comercial de Estados Unidos está dando un giro real o si la tan publicitada ruptura con el modelo anterior es un elemento más del discurso electoral/populista sin que exista un cambio real de modelo. El abandono del proceso de ratificación del Tratado Transpacífico, la paralización de las negociaciones del TTIP, la voluntad de renegociar el NAFTA han sido claros golpes de efecto destinados a mostrar un cambio de ruta del que aún no sabemos cuál es su alcance ni naturaleza exacta.

Lo cierto y verdad es que la contraposición entre “proteccionismo” y “globalización”, que tanto y tan bien explota la extrema derecha a ambos lados del Atlántico, no es una traslación automática de la lucha entre soberanía o democracia frente a neoliberalismo o libre mercado sin frenos. Aunque sea ese el relato del que Trump o Le Pen intentan aprovecharse, la dicotomía en el fondo es falsa, puesto que en ella subyace una similar estrategia de acumulación por desposesión, que se da tanto en el interior de los países que gobiernan o pretenden gobernar como en sus relaciones con el resto de regiones y Estados de la periferia.

La lectura del documento sobre la estrategia comercial de Trump, que se ha filtrado el pasado mes de marzo, nos da buena cuenta de ello. En el mismo se afirma que la nueva política significa un cambio “real” respecto de la sostenida por la Administración anterior (lo que en teoría “venden”), aunque un análisis pormenorizado de las propuestas revela el sostenimiento de una línea que nunca se ha perdido: América para los americanos, sí, pero fundamentalmente para algunos y contra la mayoría.

Según el documento, el objetivo actual de la política comercial de Estados Unidos es la expansión del comercio de manera que éste sea más libre y más abierto para los estadounidenses. Todas las acciones comerciales, continúa el texto, tendrán como objetivo el crecimiento económico y la promoción del empleo en los Estados Unidos y la protección de las empresas, trabajadores, sectores y mercancías de los Estados Unidos frente a los del resto de países. En este sentido, se van a primar los acuerdos bilaterales frente a los regionales y se resistirá frente a los intentos de la OMC de debilitar la postura de Estados Unidos en los diversos tratados multilaterales. En realidad, nada nuevo bajo el sol ni diferente a lo que la gran potencia ha venido realizando en las últimas décadas.

En concreto, Trump se fija los siguientes objetivos: defender y expandir agresivamente la soberanía de Estados Unidos en materia comercial; responder agresivamente a las distorsiones a la libre competencia, incluso si son toleradas por la OMC; sortear las normas de la OMC e impulsar tratados bilaterales que mejorenla apertura de las fronteras de otros países respecto de los productos y servicios estadounidenses; expandir el comercio a nuevos mercados clave y renegociar tratados ya en vigor, en concreto el NAFTA. Es decir, nada que no estuviera, al menos señalado, en la agenda anterior (Obama y Clinton ya apostaron por renegociar el NAFTA), nada que implique un cambio radical (en lugar del TPP se van a negociar tratados bilaterales con cada uno de los países implicados) y nada que no estuviera presente en la negociación del TTIP.

Como se recordará, el 17 de julio de 2013 el Consejo de la Unión Europea aprobó las Directrices de negociación relativas a la Asociación Transatlántica sobre Comercio e Inversión, entre la Unión Europea y los Estados Unidos de América, más conocido como TTIP. Este documento, que no se desclasificó hasta el 9 de octubre de 2014, contiene los objetivos y contenidos fundamentales del acuerdo, estableciendo como finalidad primordial el aumento del comercio y la inversión entre la UE y los Estados Unidos. Para ello, el documento enmarca los contenidos del Tratado en tres grandes pilares: el acceso al mercado, las cuestiones reglamentarias y barreras no arancelarias (cooperación reguladora) y la producción de normas comunes de obligado cumplimiento, incluyendo un mecanismo de solución de controversias inversor-Estado (ISDS). Este amplio contenido ha justificado que el TTIP, al igual que el CETA, sea bautizado como un “Tratado de Nueva Generación”, ya que su objetivo principal no es el de eliminar aranceles, sino el de servir de marco jurídico para que el capital transnacional proteja sus intereses frente a la discrecionalidad, soberana, de los Estados. Y aunque tras el cambio en la Administración estadounidense las negociaciones se han paralizado, no se han dado por concluidas; al contrario, parece que ambas potencias están apostando por retomarlas.

Sin duda, una nueva apertura de las mismas vendrá marcada por una notable posición de fuerza de los Estados Unidos que mantendrá las líneas rojas que ya estancaron las negociaciones en el otoño pasado. Cuestiones como la apertura de los mercados de la contratación pública con la derogación o modificación de la Buy American Act o el reconocimiento de las Denominaciones de Origen ya se plantearon como concesiones imposibles por parte de la Administración Obama y en estos momentos se pergeñan como líneas infranqueables, con más agresividad aún. Así las cosas, y con el as en la manga que supondría dar prioridad a un tratado de nueva generación con el Reino Unido antes de negociar con la UE, el Gobierno de Trump puede coger el mando de las negociaciones con una Unión Europea a la que la negociación de estos tratados está provocando fisuras cada vez más amplias.

En esta coyuntura, el objetivo actual de la política comercial de Estados Unidos es la expansión del comercio de manera que éste sea más libre y más abierto para los estadounidenses. Sea como fuere, la Administración Trump se encontrará delante con una UE aún más desunida y débil, con las contradicciones inherentes a su propio proceso de integración abiertas en canal. La primacía de lo económico y del mercado en la configuración misma de la UE, sin la necesaria dimensión social que los atenúe, unida a los últimos ataques neoliberales desde sus instituciones a los derechos y al bienestar de las mayorías sociales del continente, han suscitado un sentimiento de rechazo hacia el proyecto que ha sido, por el momento, canalizado con mayor intensidad por la derecha. La ausencia de mecanismos redistributivos a nivel continental y la consagración jurídica, al mismo tiempo, de la estabilidad presupuestaria como indiscutible camisa de fuerza para las posibilidades de intervención económica de los Estados han provocado que las libertades económicas fundamentales (de movimiento, de capitales, de servicios y bienes...) hayan seguido operando sin diques que las frenen, aumentando la desigualdad y la acumulación de la riqueza a través, y por encima, de los países.

El descontento, por ende, se hará aún mayor si no somos capaces de dar un giro rotundo a la arquitectura misma de la Unión Europea, y la extrema derecha seguirá creciendo si su relato, falso, sigue teniendo un asidero real en Bruselas al que agarrarse. Ellos, Le Pen y Trump, se erigen en los salvadores de la comunidad, de la Nación y de la seguridad, laboral y social, frente a la globalización institucionalizada y al mundo de las frías cifras del establishment de Washington o de las instituciones de Bruselas. Pero ellos también, a la vez, no dejan de defender en el fondo los mismos planteamientos que subyacen a las consecuencias que critican y de las que se aprovechan en el descontento generalizado. Trump seguirá con el libre comercio sin trabas, lo potenciará incluso, y la acumulación de unos pocos y la desigualdad para los muchos aumentará. Lo hará, eso sí, desde un vigorizado discurso nacionalista y neoproteccionista, mientras sus millonarias cuentas no pararán de crecer y sus empresas, cual metáfora de su misma ideología, no cesarán de saltar de un país a otro protegidas por los tratados de nueva generación auspiciados por EEUU.

Le Pen, de ganar, no acabará con la base socioeconómica que alimenta la desigualdad, la injusticia social y el descontento, como tampoco lo hará Macron, por mucho que ahora ambos decidan que criticar el CETA está à la mode. El Brexit, por su parte, no supondrá un renovado impulso para la democracia en el Reino Unido, que, de la mano de May y los tories, ya está comenzando a abrazar de nuevo la posibilidad de aumentar los neoliberales lazos con Estados Unidos y de convertir Londres en un paraíso para estos nuevos tratados que amparan, recordemos, la impunidad total de un capital transnacional dueño y señor de los mecanismos tradicionales de poder.

Frente a la atomización social, el individualismo extremo, el empobrecimiento de amplias capas de la población y el aumento de la desigualdad, el capitalismo neoliberal, precisamente la causa de todos estos factores, parece haber encontrado una vía de escape para seguir conservando la acumulación que alienta: el nacionalismo de los falsos proteccionismos que en el fondo no solo no cambian, sino que profundizan, la acumulación por desposesión que estamos sufriendo. El TTIP que viene tendrá posiblemente otro nombre y otras formas, pero detrás estarán los mismos intereses de siempre al servicio de quienes, desde hace demasiado tiempo ya, vampirizan el futuro de las generaciones presentes y venideras.

 

Adoración Guamán. Profesora titular de Derecho del Trabajo en la Universitat de València. Gabriel Moreno. Investigador en Derecho Constitucional en la Universitat de València.

 

Fuente:http://ctxt.es/es/20170503/Firmas/12557/TTIP-ceta-internacional-tribunas-Trump-Le-Pen.htm

 

 

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Charlie Post, en una imagen reciente.

Antes de Trump, vino el Tea Party. Para el sociólogo Charlie Post, las mismas fuerzas de descontento social que impulsaron la revuelta en la derecha estadounidense de 2010 han llevado, seis años después, al magnate inmobiliario a la Casa Blanca. Post lleva décadas estudiando el impacto de la desindustrialización y la debilitación de los sindicatos en la política estadounidense. El profesor de la City University of New York analiza la victoria de Trump como una bofetada al consenso neoliberal, resultado de una revuelta interna en el Partido Republicano. Pero la batalla entre el gran capital que domina el partido desde la Guerra Civil y unas bases radicalizadas por la crisis económica continúa. Post comparte almuerzo con CTXT en un pub junto a la universidad pública del sur de Manhattan en la que enseña para analizar el conflicto entre el gran capital y las bases republicanas, su raíz histórica y su impacto en las políticas de un Trump presidente cada vez más “domesticado”.

 

En su trabajo, analiza la relación entre el gran capital y el Partido Republicano. Ha señalado la revuelta del Tea Party como precursora del ascenso de Trump. ¿Hasta qué punto había síntomas del trumpismo en 2010?

El Tea Party se forma en 2010 en torno a dos cuestiones: el rescate financiero y la reforma sanitaria. Pero tiene su origen en los cambios profundos en la base y la dirección de ambos partidos. A finales de los sesenta, los grandes latifundistas del sur y gran parte de la clase media blanca sureña abandonan el Partido Demócrata por el Republicano. Los afroamericanos se vuelven decididamente demócratas. Para mediados de los setenta, es obvio que el capital estadounidense se enfrenta a una gran crisis de ganancias y a una fuerte competencia externa. Comienza entonces una gran ofensiva contra la clase trabajadora en EEUU por parte de ambos partidos. Durante el Gobierno de Carter, los demócratas empiezan a alejarse cada vez más de políticas remotamente socialdemócratas. Para 1978 o 1979, recortan todos los programas de capacitación laboral, desmantelan la expansión del Estado de bienestar que se había dado en los sesenta y setenta. La victoria de Reagan marca el surgimiento de un consenso bipartidista sobre el neoliberalismo: recortes, desregulación, austeridad presupuestaria y el abandono de toda política redistributiva. A partir de 1980, los demócratas pierden un importante sector de la clase trabajadora blanca. Los sindicatos, cada vez más debilitados, ven cómo ciertos sectores de la clase obrera se enfrentan a otros sectores de su clase. Pasan al Partido Republicano, cuyas bases siguen siendo en su mayoría de clase media.

Entre 1980 y 2009, la dirección republicana es capaz de hacer con sus bases lo que los demócratas hacen con la suya: otorgarles concesiones simbólicas en los llamados ‘asuntos sociales’, como los avances democráticos de la gente de color, las mujeres o los gais. No pueden revertir la leyes de derechos civiles o de sufragio de los sesenta, por más que lo quieran muchos blancos sureños, ni el aborto mínimamente legal. Se contentan con asuntos simbólicos en torno a los derechos de los LGBT.

 

Eso cambia con la crisis, según usted.

Así es. La crisis trae consigo una radicalización de las bases republicanas. Son sectores de clase media, pequeños empresarios, profesionales técnicos y algunos profesionales liberales o directivos, que viven en comunidades blancas cada vez más aisladas, a 70 u 80 kilómetros de las grandes ciudades.

 

¿Por qué se radicalizan?

La crisis les ahoga. Ven cómo disminuye su calidad de vida y se precariza su situación económica. Muchas de sus pequeñas empresas terminan en bancarrota. Se sienten amenazados por dos grandes fuerzas: por un lado, las grandes corporaciones, bancos y compañías automovilísticas, que vienen de violar todas las normas del mercado libre a ser rescatadas de la quiebra.

Por otro lado, se sienten amenazados por los vestigios de la clase obrera sindicada, en especial en el sector público, a la que acusan de vivir a costa de sus impuestos, y también por las mujeres, negros y latinos que se benefician de políticas de discriminación positiva para progresar ‘sin merecérselo’. Tienen un gran miedo a los inmigrantes, a quienes responsabilizan del deterioro de su calidad de vida, la criminalidad y el deterioro de los servicios públicos de los que dependen, al ser una población envejecida: la seguridad social, las pensiones y las ayudas a para la asistencia sanitaria.

 

Ese proceso, ¿se produce de la mano del Partido Republicano o, en cierta medida, en su contra?

Hay una evolución. El primer objetivo del Tea Party, después de protestar contra el rescate, es la reforma sanitaria de Obama. En esa fase, todavía hay una cierta alianza con sectores del gran capital. La industria de la sanidad privada se apoyó en la oposición del Tea Party al plan sanitario de Obama para hacerlo todavía más favorable a las grandes aseguradoras. Pero para 2011, el Tea Party irrumpe como un actor importante en Washington y sus líderes empiezan a defender políticas que van contra los intereses del gran capital. Desde 2009, circulaba una propuesta con apoyos en ambos partidos, impulsada por John McCain, el senador republicano de Arizona y excandidato a la presidencia, y el senador demócrata por Nueva York Chuck Schumer, que pretendía establecer un programa de trabajadores temporales ‘invitados’ para la agricultura, la construcción, etc. El Tea Party logró bloquear esa ley, porque suponía más inmigración, que no hubiera deportaciones masivas, y una remota y complicada posibilidad de conseguir la ciudadanía. Poco después, el Tea Party llegó a provocar el cierre del Gobierno federal al negarse a pagar la deuda federal para lograr la revocación de la ley sanitaria de Obama. Eso terminó de romper la tenue alianza entre el capital y el Tea Party.


¿Por qué se produjo la ruptura entonces?

Aquel episodio aterrorizó a la clase capitalista, porque la negativa a financiar el siguiente pago de la deuda puso en riesgo el crédito del Estado norteamericano, que es la base del sistema financiero internacional. Empezamos a ver en 2012 y 2013 cómo las dos principales organizaciones del gran capital en EEUU, la Business Roundtable y la Cámara de Comercio, condenan el cierre del Gobierno e impulsan la reforma migratoria.

Tras salir reelegido, Obama ofrece a los republicanos un ‘gran pacto’: apoyo a la reforma de la ley migratoria a cambio de abrir una discusión sobre la reestructuración de los programas sociales. Eso hubiera supuesto el completo desmantelamiento de lo que queda del Estado de bienestar en EEUU. Los líderes republicanos, con John Boehner y McCain a la cabeza, apoyaban la propuesta. Fue el Tea Party, liderado por Ted Cruz, el que saboteó el plan y volvió a suspender indefinidamente las funciones del Gobierno. Llegados a este punto, a comienzos de 2014, la Cámara de Comercio pasa a la ofensiva: por primera vez, interviene directamente en las primarias republicanas, financiando con decenas de millones de dólares las campañas de candidatos anti Tea Party, cuya presencia en el Congreso logra reducir en gran medida.


¿Y usted sostiene que la elección de Trump es una reacción contra ese intento por parte del gran capital de contener al Tea Party?

La campaña de Trump despega porque las capas de clase media que forman las bases del Partido Republicano ahondan en su radicalización. Trump propone una campaña basada en el antagonismo con las élites y con los mexicanos. Viene a decir: “Tenemos que atacar tanto a las fuerzas que nos oprimen por abajo como a las que lo hacen por arriba”.


¿Cómo identifica a esas élites?

Trump empezaba todos sus discursos con el muro fronterizo y las deportaciones, pero luego decía: “Mandaron a vuestros hijos a morir por las grandes empresas petroleras en Irak”, haciendo un discurso parecido al que haría la izquierda, solo que ligado a la xenofobia y el nativismo. Señala las grandes transnacionales y el establishment político que las protege, tanto los republicanos mainstream como los demócratas neoliberales, del ‘ala Clinton’. Ese mensaje cala con enorme éxito entre la misma clase media ansiosa y en declive que había apoyado al Tea Party.

 

Ha escrito sobre el ascenso de Trump como una OPA hostil al Partido Republicano. Cientos de republicanos se negaban a apoyarle a escasas semanas de las elecciones, y Clinton recabó diez veces más donativos que él. ¿Qué vio el Partido Republicano en Trump que le llevó a rechazarle?

Empezó a criticar directamente elementos clave del consenso neoliberal, en especial los tratados comerciales. El aparato del partido y el 99% de la clase capitalista de EEUU recibieron eso con repulsión. Ningún republicano había hecho campaña a favor de los aranceles desde 1940. No hay un solo sector del capital en EEUU que se oponga a los tratados comerciales neoliberales, desde la industria agrícola, que necesita el NAFTA para vender maíz barato en México, hasta las transnacionales. Habrían preferido a un inquilino de la Casa Blanca que no trajera consigo a Steve Bannon.

Bannon les resulta vergonzoso, no tanto porque sea abiertamente racista –los republicanos suelen hablar en código para atraer a los racistas— sino porque realmente quiere un programa nacionalista-populista en lo económico, quiere desmantelar el libre comercio, quiere cambiar las alianzas estratégicas, quiere implementar deportaciones masivas, quiere que el Estado intervenga para crear empleo, y quiere usar el ejército como herramienta para lograrlo. Además, están completamente en contra de su propuesta de deportaciones masivas y de la construcción del muro, porque lo que quieren es un programa de trabajadores temporales ‘invitados’, que les proporcione un ‘banco’ de trabajadores vulnerables política y socialmente para emplearlos en las industrias que requieren mucha mano de obra. Por último, la política exterior de ‘América primero’. De nuevo, ningún republicano había propuesto algo así desde los cuarenta. La idea de dejar de lado la OTAN y todos los sistemas de alianzas que han llevado al imperialismo estadounidense a liderar el mundo durante 80 años y cambiarlos por alianzas con la Rusia de Putin les parece absurda. Por eso, la división entre las élites y unas bases cada vez más radicalizada se profundiza.


Y, sin embargo, ya en la presidencia y empezando por sus nombramientos, Trump parece haber abandonado a gran velocidad la gran mayoría de esos elementos que le enfrentaban con las élites de su partido y el gran capital. Su gabinete está lleno de ejecutivos de las finanzas y las industrias extractivas de combustibles fósiles. ¿Cómo explica ese viraje?

Así es. Salvo por las industrias extractivas, se parece mucho a los gabinetes de Clinton y Obama, que también estaban dominados por Goldman Sachs. Creo que esos nombramientos fueron sus ofrendas de paz al capital. En lo relativo al partido, al principio intentó equilibrar su ala insurgente, ligada a la derecha nacionalista-populista y liderada por Bannon, con republicanos al uso, como Reince Priebus. Pero, por mucho que él y Bannon se queden bebiendo hasta altas horas de la madrugada y se les ocurran ideas absurdas como cerrar las fronteras a varios países, hay un gran número de obstáculos para que logren implementar ese programa nacionalista.

Por un lado, no tiene una mayoría en el Congreso para aprobarlo. Paul Ryan lidera un grupo republicano que es aplastantemente neoliberal, anti Tea Party y anti Trump. No van a pasar por el aro de desmontar el NAFTA o los acuerdos comerciales neoliberales. Tiene también el obstáculo de la burocracia permanente en agencias clave del Estado que no aceptarán ese programa y podrían sabotearlo. En último término, se va a enfrentar a la resistencia de los mercados. Sus políticas populistas, nacionalistas y anticorporativas se enfrentarían a muchos de los mismos obstáculos con los que se encuentra la socialdemocracia cuando trata de implementar reformas anticapitalistas mediante el Estado. Creo que ha admitido eso, y aunque su retórica sigue siendo la misma, se ha echado atrás. En su primer discurso en el Congreso mantuvo la línea dura proteccionista, pero no hizo ninguna llamada concreta a la revocación del NAFTA, para lo que necesita los votos del Congreso. En lo relativo a la inmigración, utilizó el término ‘basada en el mérito’, que es la base del plan de McCain y Schumer, y lo que quiere el gran capital.


Obamacare, la reforma sanitaria de Obama fue, como ha dicho, el elemento clave tanto de la insurgencia del Tea Party como de la gran reacción que llevó al ascenso de Trump. ¿Cómo analiza el fracaso de Trump a la hora de echar abajo la ley sanitaria de Obama y aprobar su reforma?

Es muy revelador. Los elementos radicales de la derecha libertaria y el Tea Party que echaron abajo la revocación tenían razón: la propuesta de Trump y Ryan era una versión light de Obamacare. Es cierto que habría perjudicado a mucha gente, porque conllevaba recortes a los subsidios de ayuda sanitaria para los pobres, pero, en esencia, era el mismo tipo de política, basada en incentivar la compra de seguros privados a través de rebajas de impuestos. Es el modelo neoliberal de ‘sanidad para todos’, basado en enormes subsidios estatales, recortes de servicios y competencia entre empresas privadas. Trump ha sufrido una ‘corrección de mercado’.

 

El cómo se resuelva esa confrontación entre neoliberales y nacionalistas económicos parece clave, dada la mayoría republicana en ambas cámaras. ¿Está diciendo que ‘el partido manda’ y que Trump volverá al redil del proyecto neoliberal? El presupuesto parece apuntar en esa dirección, con grandes recortes en casi todos los ámbitos.

Sí. Estamos ante un regreso a la vieja agenda neoliberal. Lo que ha hecho hasta ahora marca una versión extremadamente conservadora del neoliberalismo. Y donde ha dado frutos la resistencia no es en los elementos ultraconservadores, racistas, antitrabajadores y machistas de su propuesta, sino en los intentos de llevar a cabo políticas populistas-nacionalistas.


Dada su lectura del ascenso de Trump como una ‘profundización y continuación’ de la insurgencia del Tea Party, si observamos ya en el arranque de su presidencia, un repliegue neoliberal, ¿qué puede suceder con la división entre las bases y las élites?

Preveo una mayor radicalización de gran parte de sus bases, que puede que no voten republicano en las elecciones legislativas de 2018. Es probable que Trump sea un presidente de un solo mandato, especialmente si se produce una fuerte recesión global, que no es nada descartable. Y si no hay un verdadero movimiento ‘desde abajo’ que construya una alternativa de izquierdas, es de esperar que se sigan radicalizando sus bases.


¿Podría haber una escisión en el Partido Republicano?

Es posible que se produzcan intentos de construir un partido de derecha nacionalista-populista. Apuesto a que ahora que los republicanos están logrando domesticar a Trump, erigirán el mismo tipo de barreras que los demócratas pusieron en funcionamiento hace 40 años, como los superdelegados, para evitar que se les vuelva a ‘colar’ alguien como Trump. Y eso podría arrastrar a parte de sus bases a un tercer partido de derecha nacionalista económica.

 

TÁlvaro Guzmán Bastida @aguzmanbas

 

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Xi y Trump, durante la cena en Mar-a-Lago.

 

Los líderes de las dos grandes potencias económicas del mundo, el estadounidense Donald Trump y el chino Xi Jinping, se vieron este jueves por primera vez las caras en Mar-a-Lago, la mansión que el magnate norteamericano posee en Florida. Y la cosa no pintaba bien: les separan sus posiciones en comercio, en medio ambiente y en el modo de proceder con respecto a la amenaza de Corea del Norte. Les une, en cambio, un perfil nacionalista difícil de manejar en términos diplomáticos ya que uno y otro se consideran mutuamente adversarios. El bombardeo a Siria, del que Trump informó a Xi Jinping personalmente, irrumpió en una cumbre ya de por sí compleja.

Hay quien estos días compara esta cita, que busca ese aire desenfadado y personal, pese a lo alejados que están sus protagonistas, con la que Xi mantuvo en 2013 con Barack Obama en California, donde se les vio departir en mangas de camisa. Entonces era Xi el que se estrenaba en el cargo. El nuevo ahora es un empresario neoyorquino que ha sembrado el desconcierto en sus primeros meses en la Casa Blanca.

El arranque de la cumbre, que se prolongará todo el viernes, se iba a escenificar anoche con una cena, a la que iban a acudir con sus esposas, Peng Liyuan y Melania Trump. Antes de la cena, Trump aprobó el ataque al régimen de El Asad. Pero no cabe esperar en estos días escenas de golf, deporte que apasiona a Trump y que el presidente chino no practica.

Los dos países llegan a la cumbre con actitudes diferentes. China aspira a sentar las bases de la relación bilateral para los próximos cuatro años, y conseguir el visto bueno de la Casa Blanca a lo que Pekín describe como “un nuevo modelo de relaciones entre dos superpotencias”. Estados Unidos quiere centrarse más en asuntos concretos.

En el área de la seguridad, Corea del Norte, que el miércoles disparó un nuevo misil balístico al mar de Japón, será el asunto dominante. Ante la determinación norcoreana de desarrollar un misil balístico que pueda alcanzar territorio continental estadounidense, Washington ha situado el fin de ese programa de armamento a la cabeza de sus prioridades, y quiere persuadir a Pekín, el principal aliado de Pyongyang, para que presione a su vecino.

En el área económica, el comercio será el protagonista absoluto. Trump acusa a las exportaciones chinas de perjudicar la economía de Estados Unidos, quiere que el país asiático compre más productos made in America y cree más empleos en suelo estadounidense. Es posible que China ofrezca una rama de olivo en forma de inversiones en infraestructuras.

“Son dos líderes nacionalistas, pero con un nacionalismo que a menudo ve al otro como a su adversario, así que mientras algunos en China creen que EE UU está intentando contener y desestabilizar al país, para Trump ha sido China el principal motivo de las dificultades económicas estadounidenses. Estos nacionalismos de suma cero que les sustentan pueden resultar útiles en la política interior, pero no son buenas para unas relaciones bilaterales estrechas”, explica Richard Bush, experto en Asia de la Brookings Institution.

Xi necesita asegurar una mínima estabilidad en sus relaciones con Washington y algo de contención por parte de la primera potencia en el conflicto de Corea del Norte, sin olvidar la confirmación de que la política de una sola China se mantiene sin variaciones.

En otoño el Partido Comunista, el verdadero motor del poder en China, celebrará un Congreso en el que se renovarán varios de sus principales cargos. Xi quiere evitar encontronazos con EE UU en los próximos meses que puedan distraer de los preparativos de ese cónclave y, sobre todo, alejar el fantasma de una posible guerra comercial. Y reafirma la determinación de China de presentarse como nuevo líder de la globalización económica ante la retirada de Estados Unidos, un papel que ya reivindicó Xi el pasado enero en el Foro Económico de Davos.

 

 

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El director finlandés Aki Kaurismäki

 

MADRID.- Prepararse para hacer una entrevista a Aki Kaurismäki, uno de los más grandes cineastas vivos, heredero del cine humanista de Ozu, Renoir, Ford, Chaplin..., pone un poco los pelos de punta. Impone su descomunal talento, pero, honestamente, da casi miedo por la fama que arrastra. Bebedor, arisco, de pocas palabras –“la gente habla demasiado, sobre todo en las películas”-, imprevisible... ¿Cómo es ello posible siendo el autor de obras maravillosas, tan profundamente humanas y emotivas? ¿no es casi ridículo llevar cuarenta años retratando con inmensa ternura y sensibilidad a los trabajadores, ahora también a los refugiados, y no empatizar con otros seres humanos?

“Soy un hombre sensible, aunque no lo parezca”. Este finlandés alto, grande, con 60 años recién cumplidos, es especial. Sentado en una terraza de un bar de Vigo —la barbilla pegada al pecho y mirando siempre desde abajo—, espera que termine la proyección de su nueva película, El otro lado de la esperanza. Otra ración de gran cine, de cine único, de conmovedoras relaciones humanas, de un sentido del humor y un absurdo bravísimos y puros, y, también, de pesimismo y desaliento.

No quiere hablar de trabajo hasta que no llegue el momento de la entrevista. Su vida en Portugal, cómo llegó allí, sus perros, el vinho verde, el albariño, el cine mudo de Lubitsch, Laurel and Hardy, una proyección de Roma città aperta en la que cortaron las cabezas de Anna Magnani y Aldo Fabrizi, Echanove en Cuéntame cómo pasó, la lógica del idioma finés, el ancho de las vías de tren en España y Portugal, la inquina hacia los noruegos, la tristeza de vivir sin sol, la guerra civil de Finlandia... Aki Kaurismäki es un ser humano entrañable, divertido y un colosal artista.

Después de La chica de la fábrica de cerillas, Un hombre sin pasado, Ariel, Leningrad Cowboys Go America, Luces al atardecer, Le Havre... Ahora El otro lado de la esperanza, por la que ha merecido el Oso de Plata a la Mejor Dirección en Berlín. Historia de Khaled, un joven sirio que llega a Helsinki, y de Wikhström, un comercial que cambia de negocio y abre un restaurante sin mucho futuro. Este encuentra al chico, que ha huido del centro de refugiados, al lado de los contendores de basura de su local y le ofrece techo, comida y trabajo.

“Es, hasta cierto punto, una película tendenciosa que intenta influir sin el menor escrúpulo en las perspectivas y opiniones de los espectadores, al mismo tiempo que manipula las emociones para conseguir su objetivo. Y dado que estos esfuerzos fracasarán, espero que al menos quede una historia recta y melancólica con toques de humor, una película casi realista en torno a algunos destinos humanos en el mundo de hoy en día”.

 

Siempre ha contado historias de trabajadores, ahora también de refugiados... Con su cine, usted se revela como cronista de su tiempo, pero lo hace con historias atemporales...

La atemporalidad quizá surja de la juventud. Mi padre era vendedor puerta a puerta, íbamos de ciudad en ciudad, hacíamos unos amigos y ¡paf! nos mudábamos. De joven yo también pasé unos meses trabajando de lavaplatos, en la construcción... Solo fui a la Universidad tres meses, porque me aburrí. No descubrí la verdad en la Universidad. El único trabajo que me gustó de verdad fue el de peón de albañil, preparando la masa del cemento... bueno, y el de lavaplatos.

 

¿Qué tiene de especial ser lavaplatos?

Trabajaba en el Gran Hotel de Estocolmo. Había unas máquinas lavaplatos de sesenta metros. Un hombre se ponía en una puerta y otro, en otra. Mi compañero era de Marruecos y un día me dijo que salía cinco minutos y que si me podía ocupar yo de su lado también. No volvió y yo me quedé con las dos puertas. El capitalista se dio cuenta de que un hombre podía hacer el trabajo de dos y nunca contrató a otro.

 

¿Chaplin en ‘Tiempos modernos’?

Chaplin en ‘Tiempos modernos’. A mí me daba igual estar encima, a un lado, a otro lado de la máquina y, de vez en cuando, sacaba la cabeza y sonreía. De 7 de la mañana a 5 de la tarde trabajaba en el hotel. Luego iba a lavar platos a otro restaurante de 5,30 a 12 de la noche. En los dos libraba un día a la semana y coincidía el día, así que ese día iba a trabajar a otro restaurante a lavar platos. Así estuve cuatro meses, trabajando 17 horas diarias 7 días de la semana. Era una forma de mostrarme a mí mismo que era capaz de hacer un trabajo así antes de empezar a hacer este trabajo deshonesto que es el cine.

 

Y ¿después de esos cuatro meses?

Volví a Helsinki. Entonces cuando veía a alguien en la calle pidiendo le daba 100 marcos finlandeses, como 100 euros. Me quedé sin dinero en dos semanas. Y volví a la construcción. Por eso no he perdido aun ningún pulso, siempre gano. Aunque ahora ya estoy viejo y hago músculo cortando leña. En una película solo estás diciendo “haz esto, haz lo otro” y el bíceps se vuelve palito, claro. En este momento no me atrevo a hacer un pulso ni con mi ahijado que tiene ocho años. Y antes de esto...

 

¿Antes de la construcción y los trabajos de lavaplatos?

Sí, antes de Estocolmo. Estaba en Finlandia en una planta de papel. Era un edificio grande y estábamos solo tres trabajadores. Dos estaban en una especie de vitrina dando a los botones y yo corriendo de una máquina a otra, y cuando una paraba, la limpiaba. Siempre estaba mirando todo, controlando todo... ‘Tiempos modernos’.

 

Habla de Chaplin, pero ¿no se siente usted más heredero del cine humanista de Ozu, Renoir...?

Ozu es humanismo y arte, un gran artista del cine. Y con esto no estoy diciendo que el cine sea arte. En ‘El otro lado de la esperanza’ he intentado copiar al gran maestro Chaplin, por eso la película es tan torpe, porque yo no soy un gran maestro y nunca lo voy a ser.

 

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 'El otro lado de la esperanza'

 

En este momento de la entrevista, en la azotea de un hotel en Vigo, Aki Kaurismäki se queda callado y de pronto dice: “Cuando veo tu reflejo en la mesa me recuerda el final de ‘Nazarín’ (Buñuel), cuando aparece la piña y suenan los tambores de Calanda”. Otro silencio y, también repentinamente, se disculpa: “Lo siento, me he ido de la pregunta”.

 

Le preguntaba si no se siente heredero del cine humanista de Ozu, Renoir, Ford...

Espero no parece vanidoso si digo que alguien tenía que ser el heredero. ¡No se puede perder una herencia así! Incluso el humanismo no hay tanta gente que sea capaz de trasladarlo al cine. Aun así, el humanismo tiene que existir incluso en las películas malas. Nunca fui a una escuela de cine, era demasiado cínico. Todo lo que sé fue de ver cine. Ford, Ozu, Lubitsch, Renoir, Howard Hawks... Hace cincuenta años proyectaban Una mujer de París (Chaplin) en Múnich, hice autoestop hasta allí para verla. Era un apasionado total.

 

En ‘El otro lado de la esperanza’ vuelve, una vez más, a implorar ternura y solidaridad.

La maquinaria es fría y sin solidaridad no tenemos nada. Creo que la última esperanza de los seres humanos es la solidaridad, pero por desgracia cada vez hay menos. Siempre queda el mañana... aunque aún es más horrendo que el hoy. Pero nunca hay que rendirse.

 

Cuando sus personajes ayudan al refugiado sirio están cometiendo una ilegalidad, el Gobierno no permite que unos seres humanos ayuden a otros. ¿Es una llamada a la desobediencia?

No hay nada sorprendente en hacer algo que está bien. En el centro de refugiados, la mujer que trabaja allí durante un momento es un ser humano. Cualquier cosa contra el sistema es legal, porque el sistema es ilegal. Está basado en el capital. Y el capital nunca llega legalmente, el dinero crece gracias a la ilegalidad. Por tanto, estar en contra del capital es moralmente legal. Equilibramos las cosas.

 

Con el problema de los refugiados hoy hemos despreciado completamente el pasado, la memoria, el tiempo... nos olvidamos de la ayuda de otros países ante en la Historia.

Finlandia hoy no es peor que otros países europeos. Por lo menos, Finlandia finge, pero no es peor. Los peores países hoy en Europa son Hungría, Polonia y Chequia. No acogen a nadie. Finlandia los acoge, aunque luego los devuelve.

 

Los neonazis aparecen en esta película. Es la respuesta de esta Europa a la llegada de refugiados. ¿Usted cree en la Unión Europea?

Debería haber otra forma desde la Unión Europea. Mientras los europeos respetemos a los gobiernos que no tienen derecho moral a gobernar, estaremos perdidos. Si no alzamos la voz como europeos, estamos perdidos. Europa, si todavía existe, no acepta a los refugiados. Tenemos que empezar a comportarnos como seres humanos de verdad. La idea de Europa, de hecho, está más o menos perdida. Y es, como siempre, por el capital.

 

‘El Capital’, de Karl Marx.

Karl Marx, Das Kapital, nunca ha tenido tanta razón como hoy. La idea de Marx del comunismo donde todos aman al prójimo es muy optimista, pero la teoría da en el clavo. Sea como sea, hemos perdido la partida. Lo siento, soy un hombre muy sensible, a pesar de no parecerlo.

 

Su sentido del humor le delata.

No sé si es humor finlandés, no sé si se consigue jugando al ping pong, pero la vida es aburrida, todos deberían tener sentido del humor. Como cineasta intento hacer reír, pero la verdad es que cuando veo una película mía, lloro... Y tengo mis razones.

 

Lo dijo con su anterior ‘Le Havre’ y vuelve a decirlo ahora, que es su última película. ¿No le da el mundo y el ser humano razones suficientes para seguir haciendo cine?

Ha sido una muy buena razón los últimos cuarenta años. En el 68 yo era un jovencito, pero hay un tiempo para todo. Ahora me gustaría vivir, aunque no sé cómo, siempre he trabajado. Llevo el trabajo en mis venas, en mi sangre.

 

BEGOÑA PIÑA @begonapina

 

 

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Jueves, 30 Marzo 2017 07:51

Un fantasma recorre Europa...

Imagen de Marine Le Pen, candidata a las elecciones francesas, en un acto reciente de campaña

 

Como alguna vez escribiera Carlos Marx, un fantasma recorre Europa... Sólo que esta vez se trata de una ideología diametralmente opuesta a la que propugnaba el “filósofo de Tréveris”.

La extrema derecha, que había ganado terreno con la profunda crisis económica de 2008, tomado impulso al calor de los movimientos de indignados y del descontento antisistema, y alcanzado la cima de su popularidad con la crisis de los refugiados y los ataques terroristas de París y Bruselas, parecía haber recibido nuevos bríos con los triunfos de Donald Trump y del Brexit.

Si bien la reciente derrota de Geert Wilders y su Partido de la Libertad en Holanda llevó cierto alivio a los líderes de los tradicionales partidos conservadores y socialdemócratas por igual, la realidad indica que los partidos nacionalistas de extrema derecha han dejado ya de ser una minoría radical y que están a las puertas del poder en no pocos países del viejo continente.

El presidente francés François Hollande se entusiasmó con lo que calificó como “una clara victoria contra el extremismo” y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, la interpretó como “un voto por Europa”.

De todos modos, la mayoría de los analistas coinciden en señalar que pese al fracaso en las legislativas holandesas, el auge del nacionalismo en Europa no se detiene y la extrema derecha se extiende por toda la Unión Europea, probablemente con la única excepción de la península ibérica.

Si bien no puede hablarse de un movimiento uniforme, ya que se trata de formaciones políticas con importantes matices y gradientes de radicalidad según el país, se caracterizan genéricamente por una determinada combinación entre nacionalismo, euroescepticismo, proteccionismo económico, populismo y xenofobia (principalmente en la forma de “islamofobia”).

Se trata de formaciones ideológicas de eminente carácter excluyente, en tanto la propia identidad se configura y se reafirma en oposición a un enemigo que hay que expulsar del sistema. En este marco, la inestabilidad y la confrontación son las fuentes de las que se alimentan estas expresiones políticas.

Pero lo cierto es que, aún en la derrota, las propuestas de estos partidos ya se han colado en la agenda política, e incluso son en algunos casos forzosamente abordados por los propios partidos tradicionales en un intento desesperado por no perder votantes.

Por ejemplo, en la política de seguridad de Francia tras los atentados del 13 de noviembre de 2015 pueden reconocerse fácilmente algunos de los pilares del discurso del Frente Nacional. Asimismo, el gobierno de coalición austríaco (socialdemócratas y democristianos), presionado por el crecimiento del FPÖ, dio marcha atrás con su política “de puertas abiertas” y endureció su normativa migratoria, en línea con de los países de la ruta de los Balcanes.

Tras la contienda holandesa, a casi un mes de las elecciones generales, toda la atención se muda a Francia, donde Marine Le Pen y el Frente Nacional aparecen como los favoritos. Y el caso Le Pen puede convertirse sin dudas en un modelo para otras formaciones. Con una estrategia que combina altas dosis de pragmatismo con clásicas apelaciones nacionalistas, la hija del fundador del Frente Nacional, ha aggiornado su discurso en la búsqueda de votantes ajenos al núcleo histórico de la derecha francesa.

La pregunta ya no es si Le Pen puede ganar las elecciones –algo bastante improbable en un potencial ballottage–, sino si el Frente Nacional puede finalmente convertirse en un factor real de poder en una de las democracias más tradicionales del mundo

Benedict Anderson, en el ya clásico “Comunidades Imaginadas”, demostraba cómo el nacionalismo había sustituido a la religión como una herramienta para dar respuesta a las preocupaciones del individuo y proveer seguridad y sentido de pertenencia.

El nacionalismo –aún en sus actuales versiones extremas– opera en el universo de las emociones antes que en el de la razón: no necesita validar sus afirmaciones a través del test de lo posible o lo real. Por ello la identidad que se genera es no sólo más fuerte, sino también acrítica e incondicional.

En una Europa donde la mayoría de los partidos tradicionales se olvidaron de “enamorar” a los votantes, y sólo se limitan a invocar a la razón frente al avance de éste “fantasma”, el nacionalismo seguirá al acecho.

 

* Sociólogo. Autor del libro Gustar, ganar y gobernar. Cómo triunfar en el arte de convencer .

 

 

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Benoit Hamon, candidato presidencial del Partido Socialista Francés 2017 en a la conferencia UDECAM sobre medios y comunicación en París, 2 de marzo de 2017.

 

Condenados a reinventarse. Los partidos progresistas europeos navegan entre dos aguas: la socialdemocracia, sumergida en un mar tomentoso y carente de liderazgos y de programas atractivos, y sus emergentes rivales izquierdistas, sin apenas currículum de gestión gubernamental.

 

La encrucijada es de enjundia. La izquierda europea no acaba de salir de su espiral de destrucción de votos y de dispersión de propuestas capaces de resintonizar con las capas sociales del Viejo Continente.

A pesar de que casi una década después de la mayor crisis financiera desde el Crash de 1929, la virulencia de los excesos del capitalismo desordenado de los mercados previa a la quiebra de Lehman Brothers, y las posteriores políticas de austeridad que trataron de cerrar la hemorragia -sobre todo, en Europa- se haya saldado con la práctica eliminación de la clase media y una masiva destrucción de empleo entre las denominadas economías industrializadas.

El caldo de cultivo para la irrupción de la izquierda, pues, parecía haber entrado en estado de ebullición. En el punto idóneo en el que debían asestar el golpe definitivo a los partidos del otro lado del espectro político, proclives tanto a los recortes sociales de calado como a la defensa a ultranza del neoliberalismo de mercado.

Pero la realidad es más cruda. La socialdemocracia no ha sabido leer este Cuaderno de Bitácora. Y la profusión de movimientos políticos y sociales a su izquierda tampoco han sido hasta ahora capaces de acumular el músculo necesario para hacer frente a las posiciones nacionalistas de ultraderecha que, en cambio, han sabido asumir parte del ideario progresista en asuntos como el reparto de las ayudas sociales.

Eso sí, a costa de enarbolar la bandera del combate contra el inmigrante y de reducir los recursos por razones étnicas y de nacionalidad.Las convocatorias electorales europeas de 2017 dejarán un diagnóstico más nítido de en qué episodio se encuentra el otrora idilio entre la izquierda y las sociedades civiles.

En especial, tras un ejercicio, el pasado, en el que arraigaron mensajes neoliberales de crítica a la falta de recetas socialdemócratas ante la crisis, en el que los partidos de ultraderecha han cerrado filas y elevado sus respaldos sociales y en el que han emergido fenómenos como el Brexit o la era Trump en las latitudes tradicionalmente más próximas a la UE. Sobre todo, en tres escenarios.

En Holanda, en Francia y en Alemania. También hay citas con las urnas en República Checa, en junio, donde el movimiento Ano (que significa Sí), dirigido por el mediático multimillonario Andrej Babiš, que se declara simpatizante de Trump y promete resolver la inmigración con deportaciones frente a las fragmentadas opciones de izquierda.

En Serbia, con estatus negociador para su incorporación a la UE, y donde su cita de mayo dirimirá si el país se inclina por el pro-europeismo, o vira hacia el Este, a la estela de la Rusia de Putin. O en Noruega, la versión escandinava no comunitaria (con permiso de Islandia) cuyo partido Progreso, de Siv Jensen, tratará de arrebatar al laborismo, allá por septiembre, el protagonismo definitivo en los comicios frente a la formación conservadora, mediante una delicada y compleja mezcla de rebajas fiscales y gastos en infraestructuras, con estrictos controles migratorios, para garantizar el generoso Estado de Bienestar noruego.

La izquierda tradicional, la socialdemócrata, afronta estos retos bajo mínimos. Sólo nueve países de la UE (Francia, Italia, Malta, Eslovaquia, Portugal, República Checa, Malta, Croacia y Suecia) presentan gobiernos progresistas. La mayoría, con coaliciones. En conjunto, apenas representan al 32,5% de los ciudadanos de la Unión. Lejos del 45% de 2007, en los prolegómenos de la crisis. Y a una distancia sideral de su Edad de Oro, la doble década de los ochenta y noventa del siglo pasado, cuando en Europa arreciaron los grandes proyectos europeos del euro o la expansión al Este.

La época que sacó réditos del final de la era Thatcher en Reino Unido y que perduró hasta la Guerra de Irak de 2003. Con Miterrand, primero, y Blair, con posterioridad, como estandartes de un socialismo (laborismo, en el caso británico) fructífero al trasladar a sus sociedades civiles su indiscutible contribución a la estabilidad de las democracias y de los Estados de Bienestar europeos, o a la integración de la UE desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En este intervalo temporal, el peso de electoral de la socialdemocracia no tuvo parangón en la historia reciente.Pero ahora, ¿cómo afronta el desafío la izquierda? La tradicional, que se sigue afanando por no perder el apellido socialdemócrata, y la emergente, quizás más nacionalista y menos global pero también más familiarizada con los millennials y la digitalización de los mercados.

Holanda es el primer banco de pruebas. La campaña está dominada por las tesis nacionalistas. El gran favorito es Geert Wilders y su Partido por la Libertad. Anti-islamista y partidario del Nexit, la salida de Holanda de la UE. Su gran rival será el primer ministro, Mark Rutte, del conservador VVD, que parece haber restaurado su popularidad tras las medidas de austeridad aplicadas por su Ejecutivo entre 2012 y 2014 y que se declara euro-entusiasta.

Ambos mantienen un respaldo social en torno al 20%. A cierta distancia de sus cuatro perseguidores, que apenas superan el 10%. Entre ellos, están el laborismo (PvdA) de Lodewijk Asscher, ministro de Asuntos Sociales en el Gabinete de Rutte, y el Partido Socialista (PS) de Emile Roemer.

El tercero y cuarto en discordia son los cristiano-demócratas (CDA) y los liberales del D-66. Dentro de una amalgama de 31 formaciones, de las que sólo 14, presumiblemente, tendrán acceso a los 150 escaños del Parlamento. La cita será el próximo 15 de marzo.

 

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El electorado holandés está instrumentalizado por la inmigración y la vinculación con la UE. Todo asunto ajeno es secundario. Para muestra, dos botones. El 40% de turcos y marroquíes que viven en Holanda (sus dos estratos extranjeros más importantes) dice no haber aceptado la cultura de su país de acogida. Ni sentirse integrado en su sociedad. Tampoco parecen entusiasmados los holandeses con la condición de contribuyente neto de las arcas comunitarias.

Asscher paralizó los intentos de liberalización de la Sanidad y del mercado laboral de Rutte. Pero apenas ha podido tejer su compleja estrategia de restablecer apoyos con la clase trabajadora, estimular la prosperidad perdida de profesionales liberales y, al mismo tiempo, de convencer a funcionarios e inmigrantes de que -explica- “hay un amplio margen de mejora” para regenerar la frustración y la desigualdad. En diciembre tomó las riendas del PvdA de Diederik Samsom.

 

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Alexander Pechtold, de Democrats 66 Emile Roemer, del Partido Socialista y Lodewijk Asscher, del Partido del Trabajo (PvdA). EFE/EPA/BART MAAT

 

De ahí que hable de “urgencia” al intentar aunar apoyos de estratos sociales tan variopintos. Por si fuera poco, su contención a la privatización sanitaria choca con la mayor preocupación de sus conciudadanos, que están mayoritariamente convencidos de que el sistema nacional de salud camina hacia un lento, pero paulatino, colapso.

Con el coste por paciente al alza, desde los 150 euros de 2008 a los 385 euros en 2016, las desigualdades entre ricos y pobres en brecha abierta y la renta familiar estancada, Asscher apuesta por elevar la imposición, hasta el 60%, a ingresos superiorores a los 150.000 euros anuales, y la fiscalidad de las empresas. Aparte de este guiño al electorado progresista, el líder del PvdA reclama, sin precisión, que la libertad de trabajadores en la UE no suponga recortes salariales. Los malos sondeos que pesan sobre Asscher, pese a ser un admirado y habilidoso negociador, según coinciden sus detractores y defensores, parecen tener que ver con la ascendencia de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, y de Ahmed Aboutaleb, alcalde de Rotterdam, de origen marroquí, y el político más popular del país.

Ambos del PvdA y que podrían sucederle en cualquier momento al frente del partido.El SP de Roemer se declara un partido antiglobalización y pro-trabajadores. Fue el gran favorito en las elecciones de 2012 durante toda la pre-campaña. Pero se desinfló sin remedio en las urnas y no protagonizó el esperado sorpasso ni siquiera con el PvdA.

Es, para muchos analistas, similar en sus planteamientos al PVV de Wilders, aunque sin el componente racista. Defiende un nuevo sistema de salud. Cree que es urgente crear un fondo para Sanidad porque los recursos públicos actuales desaparecen en los bolsillos de burócratas y aseguradoras y no protegen al trabajador ni al dependiente. Es la prioridad en el discurso de Roemer.

Las listas de espera han aumentado un 28%, el 80% de la población ha perdido poder adquisitivo, más de un millón de personas viven bajo el umbral de la pobreza y, pese a que los parados han bajado de 700.000 a 550.000, el número de contratos estables se ha reducido hasta el 75%.

La temporalidad y los empleos por horas han arraigado. De ahí que su gran promesa electoral sea aumentar el salario mínimo en un 10%. Aunque no la única. También apuesta por la banca pública: “Tenemos que impedir que nuestros bancos acudan a los mercados de capitales”.

Además de regular la inmigración laboral. En Europa, pide más democracia. Y el fin de su visión neoliberal. Sin la dictadura de la Comisión Europea, sin Ejército propio y sin Justicia comunitarizada, asegura. En unos niveles notablemente más progresistas se mueven las candidaturas en Francia. Hasta el punto de poder afirmar que el punto estelar de los programas de los dos aspirantes de izquierdas es la Renta Básica Universal (RBU).

Una propuesta de mayor envergadura social que cualquiera de las que plantea sus colegas holandeses. Hasta el punto de que tratan de monopolizarla en países como España, donde Podemos, que la incorporó a su programa para los comicios de 2015 y 2016 (al igual que IU, antes y después de su coalición con la formación morada) trata de erigirse en el genuino defensor de esta medida, frente a los recientes intentos de las tres facciones del PSOE -en mayor o menor medida- por asumir una propuesta similar, en enjundia, a la que en el pasado supuso la Tasa Tobin para gravar las transacciones financieras vía divisas y acabar con la especulación en los mercados.

En medio de proclamas del presidente de la gestora y de Asturias, Javier Fernández, de “reformular” la socialdemocracia, el papel del Estado frente a las soluciones “milagrosas” del mercado y la preservación del Estado de Bienestar, como pilares del futuro plan económico del PSOE.

Benoît Hamon, aspirante socialista (PS) al Elíseo, y Jean-Luc Mélenchon, del Partido de Izquierda -político de ideología troskysta que abandonó el PS en 2008 y fundó el Parti de Gauche, junto con los antiguos comunistas-, se disputan también este estandarte, de cara a la primera vuelta, el 23 de abril.

Aunque es altamente probable que ninguno de los dos -ni ambos en comandita, si se diera el caso, como han insinuado-, podrán poner en marcha la RBU, dadas las casi nulas opciones que les conceden los sondeos (13,7% de intención de voto para Hamon, frente al 11% de Mèlenchon) de concurrir a la casi ineludible segunda vuelta, el 7 de mayo.

Porque, como en Holanda, las bazas más sólidas parecen ser el Frente Nacional de Marine Le Pen (26,1%) y, o bien los republicanos del conservador François Fillon (19,5%) -si los casos de presunto nepostismo se lo permiten- o el centro liberal de Emmanuelle Macron (20%), ex ministro de Economía en el Ejecutivo socialista de Manuel Valls. Los mercados asumen este horizonte, en el que Le Pen no lograría la jefatura del Estado.

 

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Posibles escenarios en función de las encuestas de la segunda vuelta

 

La RBU forma parte de lo que el líder laborista británico, Jeremy Corbyn, considera el urgente y renovado ideario de izquierdas en Europa, en el que se refleje el “mayor progresismo” que piden los militantes socialistas del Viejo Continente.

En esencia, esta renta básica sustituirá al abanico de programas, subsidios, deducciones fiscales y contribuciones sociales por trabajo e, incluso, los gastos administrativos asociados a estas tramitaciones, de forma que se convertiría en una retribución para personas con bajos o nulos niveles de ingresos, con la que se autofinanciaría su futura pensión. Aunque admite múltiples interpretaciones.

Para Hamon, la RBU “es un instrumento que libera trabajo y permite a cada persona poder elegir sus ocupaciones profesionales sin necesidad de tener que sufrir por ello”. Su propuesta se puede sintetizar en cuatro ideas-fuerza: instaurar una renta básica, ya en 2018, para jóvenes entre 18 y 25 años; aumentar los beneficios por desempleo o subempleo hasta los 600 euros al mes; implantar un sistema automático para estos pagos y universalizar la retribución con un mínimo de 750 euros mensuales.

El recurso a la RBU es, en realidad una vieja receta. Incluso de siglos precedentes. Aunque ha sido la crisis y sus devastadores efectos sobre la población la que ha puesto de nuevo de moda esta propuesta. Finlandia acaba de aplicar un programa experimental con 2.000 parados de larga duración, que recibirán 560 euros al mes.

La provincia canadiense de Manitoba lo practicó desde la década de los setenta hasta que un cambio reciente en su gobierno la ha derogado. Utrecht y otras ciudades holandesas también lo hicieron, como planes pilotos en 2015, pero se cancelaron por consultas populares contrarias. Igual que en Suiza, donde su opuso el 77% en junio de 2016 a una retribución de 2.500 francos suizos por adulto más un tercio adicional por niño a su cargo.

El ex ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, ha sido uno de los más firmes defensores de la RBU: “Es necesario, una urgencia inaplazable para civilizar el capitalismo y evitar los espasmos que generará por la nueva generación tecnológica”, en alusión -dice el fundador de Democracia en Europa Movimiento 2025-, entre otros fenómenos, a la creciente robotización de los modelos productivos.

 

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El exministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis. EUROPA PRESS

 

Varoufakis lidera uno de los intentos europeos más supranacionales de cambiar las agendas progresistas y de resistencia frente a movimientos de extrema derecha -en especial, en los países nórdicos y centroeuropeos- de robar la defensa del Estado de Bienestar a la izquierda.

Una batalla que trata de frenar el trasvase de gran parte de una clase trabajadora descontenta con las concepciones cosmopolitas y favorables a la globalización de los partidos progresistas y que también ha logrado reunir voces como la de premios Nobel de la talla de Paul Krugman o Joseph Stiglitz o de economistas también ilustres como Jefrey Sachs, James Galbraith o Thomas Pikkety.

De ahí que la disputa entre Hamon y Mélenchon en Francia sea de máxima intensidad. El líder izquierdista galo parte con ventaja. Su propuesta viene de largo. Y la vincula a transformaciones drásticas en los sistemas productivos, además de en las relaciones comerciales y en materia de defensa de los consumidores, alineados con las nuevas demandas sobre cambio climático, para dotar a Francia de un nuevo modelo retributivo que reduzca la brecha entre ricos y pobres.

Dice estar “encantado” de que “el viejo socialismo”, en estado “moribundo”, haya recapacitado con una medida como la renta básica y su “universalización”. Hamon, por su parte, cuenta a su favor con la salida del Ejecutivo socialista galo con el giro hacia la austeridad de su rival en las primarias (Valls), pero sus consignas reformistas, más allá de la RBU, van a remolque de las de Mèlenchon.

Motivo por el que el también apodado el Bernie Sanders francés, apenas ha logrado que calen sus tibios mensajes ecologistas y regeneradores en lo social. Con promesas como la legalización de la marihuana o la tributación por uso de robots en las cadenas productivas.

Más elocuente es la confrontación de planteamientos entre partidos izquierdistas en Alemania. Si bien aún queda bastante margen temporal -los comicios serán el 24 de septiembre-, el SPD de Martin Schulz, ex presidente del Parlamento Europeo, ha logrado, con un tono sosegado, que los apoyos sociales socialdemócratas se equiparen a los de la CDU/CSU de Angela Merkel.

Tanto la canciller como Schulz acaparan el 32% de intención de voto. Un empate que genera el dilema al SPD de si optar por mantener la actual gran coalición con Merkel o apostar por un gobierno con la Izquierda y los Verdes. Pero que da alas a la visión continuista del líder socialdemócrata, partidario de regular la inmigración, dotar de estabilidad a Europa y de ahondar en la idea, cada vez más extendida entre el electorado, de que con Schulz “las cosas son posibles”.

Quizás por ello, parece que ha cundido como la mejor de sus recetas socio-económicas, la de combatir la evasión fiscal y dirigir los recursos de esta batalla a reducir las desigualdades. Entretanto, los planes de Die Linke (La Izquierda) de la doble candidatura integrada por Sahra Wagenknecht y Dietmar Bartsch -bajo el lema de “Alemania: social, justa, para todos”-, hacen hincapié en que su doctrinario representa un cambio de paradigma.

En este sentido, proponen crear un impuesto que grave con el 5% todos los patrimonios superiores al millón de euros, y un recorte de la carga tributaria sobre los ingresos familiares inferiores a 7.100 euros mensuales.

 

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Dietmar Bartsch y Sahra Wagenknecht, cabezas de cartel de la Izquierda alemana.

 

Así, según calculan en Die Linke, la Hacienda alemana tendría unos 80.000 millones más de euros que administrar. También se declaran partidarios de poner en marcha la Tasa Tobin, gravamen sobre las transacciones financieras para evitar movimientos especulativos.

Recursos que irían a sufragar el cambio energético y la creación de un auténtico mapa de infraestructuras digital. Y de congelar el presupuesto militar y prohibir las exportaciones de armas. Con esta batería de medidas pretenden pescar votos del SPD, pero también de Alternativa por Alemania, la AfD, a partir de la disociación -explica Wagenknecht- entre refugiados y terrorismo que la ha reportado no pocos adeptos a este partido de extrema derecha.

Unos 10.000 simpatizantes de la Izquierda se han decantado por la AfD en las últimas elecciones regionales, admiten varios think-tanks. La “restauración de la predictibilidad” es su gran aportación al debate europeo. Después de varios años de crisis, la UE navega “sin rumbo”; hasta el punto de darse de bruces con la realidad del Brexit y del resurgimiento de partidos ultranacionalistas de derechas, que han recogido adeptos entre el amplio número de jóvenes desocupados.

Su objetivo declarado: obtener un resultado de dos dígitos. Respaldo que les garantizarían ministerios y poder parlamentario en una probable coalición roji-verde.La suerte, pues, parece estar echada. Dos izquierdas, con dos sensibilidades, para combatir a la ultraderecha nacionalista europea.

 

 

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“Simple: EE.UU. primero, EE.UU. primero”

Trump echó mano al libreto nacionalista y prometió una fuerte inversión en obra pública para modernizar el país y generar empleo. Dejó en claro su inclinación proteccionista y su disgusto con la globalización. Dios, patria y “la gente”.


Duró apenas 16 minutos y dejó sin aliento a los analistas de la derechista cadena Fox. En las escalinatas del Capitolio, frente a una multitud de caras blancas, Trump dio el mejor discurso de su vida, coincidieron unos cuantos. En todo caso fue el más escuchado. “Juntos haremos a Estados Unidos fuerte otra vez. Haremos que Estados Unidos sea rico otra vez, haremos que Estados Unidos sea orgulloso otra vez, haremos que Estados Unidos sea grandioso otra vez.”.
El mensaje podrá gustar o no, lo mismo que el personaje, pero como en los mejores momentos de su reality show “El Aprendiz” de la década pasada, Trump fue claro, directo, conciso y eficaz.


Después de los saludos de rigor y de agradecer la hospitalidad del matrimonio Obama, casi sin cambiar el tono de su voz, y sin mirarlos, trató de usurpadores al presidente saliente y a los congresistas que rodeaban el podio. Con su llegada a la presidencia “la gente” había recuperado el gobierno que había perdido a manos de la elite política capitalina, dijo el magnate inmobiliario neoyorquino. “Hoy no estamos simplemente transfiriendo el poder de una administración a otra, o de un partido a otro, estamos arrebatándole el poder a Washington D.C. y se lo estamos devolviendo a ustedes, la gente.”


Y siguió: “ Desde hace demasiado tiempo un pequeño grupo en la capital de nuestra nación se ha alzado con los beneficios de pertenecer al gobierno mientras la gente pagó el costo. Washington se enriqueció, pero la gente no compartió esa riqueza. Los políticos prosperaron, pero los trabajos se fueron y las fábricas cerraron. El establishment se protegió a sí mismo, pero no a los ciudadanos de este país. Todo eso cambia a partir de este momento porque este es su momento.”


No fue un discurso conservador. Trump debe ser el primer presidente Republicano de Abraham Lincoln a esta parte que no habló de bajar los impuestos ni recortar gastos del gobierno. Al contrario, prometió una fuerte inversión en obra pública para modernizar el país y generar empleo. “Construiremos nuevas carreteras, y autopistas, y puentes, y aeropuertos, y túneles a lo largo y a lo ancho de nuestro maravilloso país. Sacaremos a nuestra gente de los programas de desempleo y la pondremos a trabajar en la reconstrucción de nuestro país con manos estadounidenses y trabajo estadounidense.”


Dejó en claro su inclinación proteccionista y su disgusto con la globalización con una frase lapidaria. “Nos manejaremos con dos reglas muy simples: compre estadounidense y contrate estadounidense.” Para martillar el mensaje hasta disipar la última duda insistió, solemne: “Los aquí reunidos hemos decretado, para que se escuche en cada ciudad, en cada capital extranjera, en cada centro de poder. A partir de hoy, sólo será Estados Unidos primero, Estados Unidos primero”


Prometió “recuperar las fronteras” pero evitó frases irritantes sobre muros y criminales venidos de otros países. Habló directamente de “terrorismo islámico radical”, algo que sus antecesores habían evitado, al prometer que trabajará con otros países para “erradicarlo de la faz de la tierra.”


Significativamente, Trump anunció que durante su gobierno Estados Unidos no intentará exportar sus ideas acerca de la democracia y la sociedad civil. “No buscaremos imponer nuestra forma de vida a nadie, sino que brillaremos como ejemplo. Brillaremos y los demás seguirán.”


En un estudiado intento por dejar atrás su larga lista de comentarios racistas y xenófobos, el flamante presidente parafraseó el famoso discurso “I have a dream” que Martin Luther King diera en esa misma ciudad en 1963. En la versión de Trump, los ciudadanos “de montaña a montaña, de océano a océano” no serán olvidados, y tanto en el conurbano de Detroit (de población negra) como en las planicies de Nebraska (población blanca) “miran el mismo cielo y llenan sus corazones con el mismo sueño.”


No olvidó a los veteranos de guerra y abundó en invocaciones al patriotismo, a Dios, la Biblia y El Creador.


Mezcló a Dios con el patriotismo: “No debemos tener miedo. Estamos protegidos y siempre estaremos protegidos. Estaremos protegidos por los grandes hombres y mujeres de nuestras fuerzas armadas y, más importante aún, estaremos protegidos por Dios.”


Y mezcló el patriotismo con la lucha contra el racismo: “Es hora de recordar un consejo sabio que nuestros soldados nunca olvidan: seamos negros o marrones o blancos, todos sangramos la misma sangre roja de los patriotas, todos gozamos de las mismas gloriosas libertades, y todos saludamos la misma gran bandera estadounidense...cuando abres tu corazón al patriotismo, no hay lugar para la discriminación”


Aunque el tono nacionalista-aislacionista sobrevoló todo el discurso, Trump también le dedicó un párrafo o dos a lo que será su política exterior. “Buscaremos la amistad y la buena voluntad de las naciones del mundo, pero lo haremos con el convencimiento de que todas las naciones priorizan sus propios intereses.”


En un hombre tan autoreferencial, que le puso su apellido casinos y rascacielos, a perfumes y canchas de golf, llamó la atención el uso constante que hizo del “nosotros”, evitando en todo momento a la primera persona.


También, para alguien tan pendenciero y provocador, llamó la atención que no dedicara tan siquiera un sarcasmo a su larga lista de enemigos, empezando por los medios de comunicación.


No es el primer presidente que llega a Washington con promesas de sacudir el establishment a favor del bienestar de “la gente”, de vencer a la burocracia capitalina y a los grupos de interés que atentan en contra del bien común. Sus antecesores fracasaron, pero hoy es hoy y Trump es Trump y Estados Unidos nunca tuvo un presidente como él.


Traje azul, corbata roja, jopo naranja sacudiéndose en el viento, su esposa-modelo Melania de celeste, pelo recogido a lo Jackie Kennedy. Durante toda la ceremonia Melania pareció poco más que una figura decorativa a la que en ningún momento su marido le dedicó una mirada, ni hablar de un gesto afectuoso, en marcado contraste con los Obama, los Biden o los Pence. Hasta los Clintons parecían acaramelados en comparación.


Podrá gustar o no, podrá dar asco o meter miedo. Pero después del discurso de ayer nadie podrá decir que no estaba avisado.
@santiodonnell

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Sábado, 21 Enero 2017 07:03

EU primero: Trump

EU primero: Trump

Donald Trump, en punto de las 12 horas, y ante la aguda incertidumbre de buena parte del país y del mundo, ocupó Washington como el presidente novato más impopular en la historia moderna, y advirtió que determinará el curso del mundo

Bajo la llovizna de un día gris, ante un público de fanáticos mucho más reducido que en la primera inauguración de su antecesor, Barack Obama (según los primeros cálculos, como un tercio de los que acudieron en 2009), la ceremonia oficial de investidura procedió con Trump rindiendo su juramento con la mano sobre la Biblia que utilizó Abraham Lincoln (la misma que también usó Obama) y ante el jefe de la Suprema Corte, John Roberts. Con ello se coronó como el presidente número 45 de Estados Unidos.

Ofreció un mensaje populista, proteccionista e imperial: denunció a la clase política por promover sus intereses sobre los de los ciudadanos y afirmó: "hoy estamos trasladando poder de Washington DC a ustedes, el pueblo". Con ello, proclamó que ahora “impulsamos un gran esfuerzo nacional para reconstruir nuestro país y restaurar su promesa para todo nuestro pueblo. Sentenció: "juntos determinaremos el curso de América y el mundo para los años venideros".

"América primero", es la consigna, anunció, al prometer que reconstruirá la economía, retomará el control sobre las fronteras y restablecerá el "respeto" para Estados Unidos en el mundo. Denunció que “por demasiado tiempo, un pequeño grupo en la capital de la nación se ha beneficiado con las recompensas del gobierno, mientras el pueblo ha aguantado el costo... El establishment se protegió a sí mismo, pero no a los ciudadanos de nuestro país... Los hombres y mujeres olvidadas de este país ya no serán olvidados más”.

Después de agradecer al pueblo de Estados Unidos y, por alguna razón, "a los pueblos del mundo", hizo énfasis en que este viernes será recordado "como el día en que el pueblo volvió a ser el gobernante de esta nación". Dijo que esto es el resultado de "un movimiento histórico nunca antes visto por el mundo".

Pintó una visión de un país desindustrializado, un sistema de educación fracasado y devastación en zonas marginales. A partir de ahora esto llega a su fin, prometió. "Durante muchas décadas hemos enriquecido a la industria extranjera a costa de la estadunidense y subsidiado los ejércitos de otros países" mientras no se financiaba el nacional, "hemos defendido las fronteras de otros países al tiempo que rehusamos defender las nuestras". Agregó: "La riqueza de nuestra clase media ha sido arrancada de sus hogares y redistribuida por todo el mundo"

Advirtió que de hoy en adelante "una nueva visión gobernara nuestra tierra. Desde este día será América primero, América primero". Eso será lo que determinará toda decisión. Tanto en temas domésticos como externos todo se hará para beneficiar "al trabajador y las familias estadunidenses".

Prometió que "la protección llevará a gran prosperidad y fuerza" y con ello, "recuperaremos nuestros empleos, nuestras fronteras, nuestra riqueza".

En el ámbito exterior, dijo que se buscará la "amistad y buena fe" con todos, y aseguró: “no buscamos imponer nuestra forma de vida a nadie, sino dejarla brillar como ejemplo... Brillaremos para que todos nos sigan”.

Y prometió erradicar el "terrorismo radical islámico".

Llamó a la unidad, por un patriotismo que implica la no discriminación, ya que la "sangre del patriotismo" es del mismo color para todos. Afirmó que "no debe haber temor", ya que "estamos protegidos" por las fuerzas armadas y las de seguridad pública, y, "más importante, seremos protegidos por Dios".

Concluyó que "juntos" Estados Unidos será una nación "fuerte de nuevo, rica de nuevo, orgullosa de nuevo, segura de nuevo y sí, juntos haremos grande otra vez a Estados Unidos".

En la ceremonia, que siempre es curiosa por su mezcla político-religosa, el cardenal de Nueva York Timothy Dolan, el reverendo Samuel Rodríguez, la pastor Paula White-Cain, el rabino Marvin Hier y el ultraconservador antigay reverendo Franklin Graham ofrecieron lecturas bíblicas.

El himno nacional fue entonado por la adolescente Jackie Evancho, quien saltó a la fama en el programa America’s Got Talent.

También cantó el famoso coro mormón Tabernacle, con la ausencia de por lo menos una de sus integrantes, que rehusó participar afirmando que no cantaría por un "fascista".

Hubo poca asistencia de simpatizantes en las ceremonias oficiales en contraste con la presencia multiétnica de 1.8 millones de personas hace ocho años en la inauguración de Obama.

El gigantesco parque conocido como el Mall estaba semivacío, con un mar de caras blancas y cachuchas rojas con el lema del presidente "Volver a hacer grande a Estado Unidos".

Al concierto previo a la inauguración, la noche del jueves, se calcula que asistieron unas 10 mil personas, mientras al concierto de la primera inauguración de Obama acudieron 400 mil.

Todo esto fue un indicador de la falta de apoyo a este mandatario. Las decenas de actos de protesta en varios puntos de la ciudad fueron la expresión más amplia de repudio que se ha registrado contra la llegada de un nuevo presidente en la historia del país.

En la ceremonia destacó la presencia de Hillary Clinton (junto con su esposo, el ex presidente Bill Clinton), pues muchos suponían –hasta el 8 de noviembre– que ella sería la que prestaría juramento. Llegó vestida de blanco, con una sonrisa forzada.

Los ex presidentes George W. Bush y Jimmy Carter también asistieron. Todos con el pretexto de que estaban festejando la transición pacífica del poder en nombre de la democracia. Ninguno de ellos deseaba que ganara Trump.

Rodeado de la cúpula política de ambos partidos, cuyos integrantes lo rechazaron e hicieron de todo para evitar su triunfo, recibió sonrisas y buenos deseos. Trump ofendió a casi todos y a sus familias.

Aproximadamente un tercio de los diputados demócratas boicoteó el encuentro; más de 60 en total.

El presidente Trump tomó posesión de la Casa Blanca bajo más nubes que las que pintaron el cielo ayer: sospechas de la influencia de la mano rusa en la elección y su triunfo. El New York Times reportó este viernes que agencias de inteligencia están investigando comunicaciones interceptadas en relación con posibles interacciones del gobierno de Vladimir Putin con representantes de Trump.

Ese viernes el magnate se volvió el primer presidente sin previo servicio en el sector público o en las fuerzas armadas, y entre los más ricos. A sus 70 años, es el presidente novato más viejo en asumir el cargo.

Al final, el presidente Trump acompañó a Barack Obama al otro lado del Capitolio donde él y su esposa Michelle abordaron el helicóptero presidencial para despedirse del gobierno.

La transición se registró de inmediato, a partir de las 12 horas, el sitio de Internet de la Casa Blanca borró a Obama; la nueva imagen de la página excluyó temas como el ambiental y presentó un nuevo mensaje (ver: whitehouse.gov).

Poco más tarde, después de una comida ofrecida por el Congreso, arrancó el desfile desde el Capitolio a la Casa Blanca a lo largo de la avenida Pensilvania para llevar al presidente a su nueva residencia.

En el tramo, las familias de Trump y la del vicepresidente Mike Pence –transportadas en limosinas– se bajaron a caminar durante media cuadra para saludar a algunos simpatizantes y tratar de ignorar a otros, pero en una escena que se repitió todo el día fueron notables las gradas vacías a lo largo de este recorrido. La ruta pasó frente al nuevo hotel de Trump, ubicado a pocas cuadras de la Casa Blanca.

Bandas militares (y algunas escolares) marcharon después de que Trump subió a su palco frente a la Casa Blanca y pasaron revista ante su nuevo comandante en jefe, a pesar de que él evitó el servicio militar durante la guerra de Vietnam.

La noche culminó con la visita del presidente a tres fiestas de gala oficiales (muchas menos de las acostumbradas).

Mientras tanto, el Senado ratificó a los primeros dos integrantes del gabinete: los generales John Mattis, en Defensa, y John Kelly, en Seguridad Interna. Pero esta noche el país –ni el mundo, cuyo curso dice que determinará– no se siente más seguro.

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Hechos y salidas a la crisis actual de la sociedad venezolana

Ell chavismo perdió la elecciones parlamentarias del 6 de diciembre de 2015 y desde entonces la coalición de los partidos ganadores, agrupados en la llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que controla la Asamblea Nacional, en aplicación del plan Obama-Kerry, planteó la salida del gobierno del presidente Maduro antes de finalizar el mes de junio del año 2016. La valoración de una cadena de hechos en este año indica que la contrarrevolución, bajo la combinación de diversas formas de acción, pretende lograr la reversibilidad del proceso bolivariano –como ya ocurrió con los llamados procesos progresistas nacionalistas en Honduras, Paraguay, Argentina y Brasil. Y de otra parte, los hechos indican que la conducción del proceso bolivariano y la autogestión comunal y obrera, apuntan a no permitir su reversibilidad. Veamos pues varios hechos, y luego las posibles salidas a la crisis.

 

Hechos 2016

 

La búsqueda del objetivo del Plan Obama-Kerry de salir del presidente Maduro, se apoyó en la aplicación de tres estrategias: a) La sistemática presión internacional de asedio y aislamiento al gobierno, b) El levantamiento callejero de la mayoría del pueblo venezolano, exigiendo la renuncia del presidente Maduro y c) La división de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (Fanb) exigiendo lo mismo. El nutriente de las estrategias del adversario, aunado a las dificultades propias de la Revolución Bolivariana, fue y sigue siendo la articulación del desabastecimiento de alimentos, medicamentos y artículos de aseo, la elevación continua de los precios de todos los artículos de consumo masivo, los asesinatos selectivos, la instrumentalización de la delincuencia común atracando a ciudadanos en la calle o dentro de sus casas, y el uso sistemático de la red de mensajería telefónica demeritando la labor de todos los miembros de gobierno.

 

No obstante la continuidad del descontento de la población, al terminar el mes de junio 2016 la explosión social del pueblo en la calle no ocurrió, tampoco se fracturó la Fanb. Lo que si alcanzó un alto grado de desarrollo fue la estrategia internacional de asedio al gobierno del presidente Maduro; Obama ratificó su decreto ejecutivo que declara a Venezuela enemigo inusual de la Seguridad Nacional de los Estados Unidos y extendió al congreso de los Estados Unidos el apoyo a su decreto; Almagro a la cabeza administrativa de la OEA, intentó activar la denominada Carta Democrática para provocar una intervención directa en Venezuela de una coalición de países “salvadores”, pero no lo logró; la “alianza del bien” presidida por Uribe y Aznar, desde una reunión en México, pidió la conformación de un ejército internacional para intervenir en Venezuela, y la suma belicosa de Macri y Temer hicieron lo propio: declarar a Venezuela como país no apto para presidir al Mercosur debido a una supuesta y continua violación de los derechos humanos. Pero en suma, ya ingresando al fin del año 2016, el presidente Maduro no renunció, como lo quiso y predijo la MUD en aplicación del Plan Obama-Kerry, por el contrario se sostiene gobernando con la puesta en marcha de varias iniciativas que detallamos más adelante.

 

Ante esta realidad, y el temor a una recuperación de la economía, la MUD decidió agregar como nutriente de las estrategias del Plan Obama-Kerry, la exigencia de la convocatoria a un referéndum revocatorio del presidente Maduro antes de terminar el año 2016. Debió la MUD, para lograr la realización del referéndum en el año 2016 acorde a los pasos y tiempos que exige la ley, activar su solicitud en enero de 2016, pero no lo hizo. De ahí que su solicitud de activar el referéndum en el 2016 –realizada en abril de 2016, acorde a la ley– no procedía, según lo dictaminó el Consejo Nacional Electoral (CNE), para realizar el referéndum, sino en marzo del año 2017; momento en el cual, en caso de que el pueblo en las urnas decidiera revocar el mandato del presidente Maduro, le correspondería al vicepresidente chavista asumir la presidencia de la República hasta el año 2019. El objetivo de la MUD, de salir de Maduro en su nuevo plazo del fin de año 2016, era legalmente inviable; una parte del pueblo seguidor de la MUD así lo entendió.

 

Ante esta realidad, la MUD enfureció y organizó en su posición actual de estrategia ofensiva otro ataque. Propuso tomar la calle el primero de septiembre; decía contar con un mayoritario y masivo apoyo popular proveniente del descontento por el desabastecimiento de artículos de primera necesidad, y el soporte comunicacional de la mediática liberal nacional e internacional. Su objetivo era imponer el referéndum en el año 2016 por fuera de los plazos fijados por ley. Por su parte el liderazgo del chavismo, en cabeza del vicepresidente del Partido Socialista de Venezuela (Psuv), Diosdado Cabello, en público, expresó de manera reiterada, “estamos en una guerra que se libra en varios frentes contra la Revolución Bolivariana; no se la vamos a poner fácil a la MUD”. En efecto, el primero de septiembre la MUD movilizó sus fuerzas de calle, no en la magnitud que esperaba. El Psuv, y las organizaciones defensoras de la Revolución Bolivariana movilizaron una fuerza superior en Caracas y otras ciudades del país, y contrarrestaron la iniciativa opositora. La señal fue clara: en la lucha de calle la MUD no lograría derrotar a las fuerzas bolivarianas.

 

Respecto a la continuidad del descontento por el desabastecimiento, y la llamada inseguridad que proviene en buena parte de la delincuencia instrumentalizada, hay que reconocer que se manifiesta no sólo en sectores afectos a la MUD, sino también en sectores del chavismo y en el sector abstencionista de la población. En ese marco, un número no despreciable de venezolanos y venezolanas migran al exterior, buscando ingreso en divisas, para luego convertirlo en Bolívares. Las iniciativas del gobierno, reconocidas por un sector de la población, por ejemplo, las continuas alzas de salarios y el abastecimiento parcial a precios regulados a través de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap), no surten por ahora los efectos buscados. Los elevados precios de los artículos de primera necesidad destrozan el alza de salarios, y los Clap despegan con lentitud; su acción en territorios específicos –y según una periodicidad no precisada– tiene serios reparos. Pero se observa en varios epicentros que la iniciativa de los Clap ha recuperado la participación comunal en el tratamiento de sus problemas. Valga anotar que el gobierno no cuenta, como en años anteriores, con moneda-divisa para incrementar la importación de alimentos y medicamentos para fortalecer las acciones de los Clap, y tampoco logra controlar la corrupción y el espíritu clientelar que deforma la aplicación de las políticas sociales. De otra parte, persiste un problema estructural: la distribución mayoritaria de productos de primera necesidad se hace por el mercado legal e ilegal, cuyo control estatal y comunal es muy incipiente.

 

El aumento de nuevas divisas provenientes del aumento de los precios del petróleo, y de la nueva exportación de minerales estratégicos –como oro y coltán–, así como un posible incremento de la producción nacional de alimentos, provocan pánico en la MUD. Y a ello se suma el reconocimiento internacional del gobierno del presidente Maduro, manifestado en el encargo a Venezuela para presidir el Movimiento de Países no Alineados, el éxito de la cumbre de Turquía de países Opep y no Opep (con la presencia de Rusia) en el intento por superar el estancamiento de los precios del petróleo, el establecimiento de la Mesa de Diálogo Nacional con el aval del Vaticano, y un creciente compromiso nacional, obrero y comunal por salvar los logros sociales y políticos de la Revolución Bolivariana, a través de la participación sustantiva.

 

Por ello la MUD propuso la realización de una huelga general para el día jueves 27 de octubre, a la par que insistió en la idea de procesar al presidente Maduro en la Asamblea Nacional, por ausentarse del país sin el permiso de la Asamblea Nacional (AN), cuestión que a su vez el gobierno bolivariano no acepta por considerar que la AN ha entrado en desacato de la Constitución Nacional. Y como refuerzo la MUD entró en un primer intento de atacar verbal y abiertamente a la conducción de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (Fanb) por su actitud de no confrontar al gobierno de Maduro.

 

El choque entre poder y contra poder es evidente. Lo cierto es que el 27 de octubre la parálisis empresarial y del transporte público no sobrepasó el 20 por ciento. De nuevo la movilización del Psuv y de las fuerzas obreras y comuneras superaron la convocatoria de la MUD. Los hechos de calle, y la instalación de la Mesa de Diálogo Nacional*, obligan a la MUD a reconsiderar su postura. Además, la MUD sabe que vienen las largas celebraciones del fin de año y de comienzos del 2017 y, de otra parte, que debe esperar las orientaciones sobre Venezuela que decida el nuevo gobierno de los Estados Unidos.

 

Salidas a la crisis

 

Hay que recordar que la crisis se reproducirá mientras no se superen tres de sus componente, y sus mutuas influencias: a) la manifestación en Venezuela de la crisis estructural y general del sistema del capital, que lo abarca todo (desde la economía política, pasando por la ética, hasta el clima), y que sigue golpeando fuerte en el país con la caída de los precios del petróleo. El ingreso petrolero es un gran soporte del presupuesto nacional y el desarrollo social. b) la aplicación de un plan de agresión, de los cerebros internacionales y nacionales, para hacer reversible la revolución bolivariana y con ello romper el posible fortalecimiento de la propuesta socialista Alba, integrada por Ecuador, Cuba, Nicaragua, Bolivia, Venezuela y algunos países del Caribe. c) el continuo de errores-problemas no resueltos de la gestión bolivariana, que vienen de años atrás, entre los cuales destacan las deficiencias en la planificación y el control en el ejercicio de su economía política, que todavía no avanza explícitamente hacia una economía política del trabajo; la corrupción y el burocratismo; la poca formación de la conciencia socialista (el individualismo y el grupismo tiene aún mucha fuerza en la sociedad), conexa con el retardo en el establecimiento de nuevas formas sustantivas de poder político obrero y comunal.

 

Las salidas a la vista. a. La salida de las multinacionales y sus planes globales intercontinentales, aplicadas a través del gobierno de los Estados Unidos y sus países aliados –como España e Inglaterra–, consiste en lograr la reversibilidad de la Revolución Bolivariana. Veremos que nombre adopta el plan ajustado al respecto que trae el nuevo gobierno de la Casa Blanca, al cual se subordinará la MUD. b. La salida de pacto nacional, o proyecto estratégico de centro; sería un acuerdo temporal avalado por las multinacionales y sectores de la Revolución Bolivariana, mientras la salida revolucionaria socialista o la del capital encuentran mejores condiciones para avanzar. Se trataría de un supuesto nacionalismo limitado, con un capitalismo de rostro humano. c. La salida revolucionaria socialista. Comprende 1) la construcción del área de la economía socialista comunal no estatista, con la participación obrera y comunera sustantiva (no adjetiva) en su gestión eficiente y productiva. 2) la construcción del nuevo poder político, superando la AN representativa, por las redes de los consejos obreros y comunales, herramientas (de conciencia y organización) con las cuales Maduro estaría en mejores condiciones de aplicar la rectificación socialista. Y 3) el avance en la síntesis teórica colectiva de la orientación de transición socialista, con la cual se amplía la formación de la conciencia, de la praxis socialista, que abarca a otro componente relevante del sujeto histórico social, la Fanb soberana.

 

* En la Mesa de Dialogo, establecida con la mediación de un vocero del Papa Francisco, participa el equipo compuesto por los expresidentes Torrijos de Panamá, Rodríguez Zapatero de España, Leonel Fernández de República Dominicana, y el secretario de Unasur Ernesto Samper. A la mesa se suma un delegado del Departamento de Estado de Estados Unidos.

Publicado enEdición Nº230
Martes, 25 Octubre 2016 14:40

Himnos y banderas

Himnos y banderas

Sucede ante nuestros ojos, o tal vez somos parte del espectáculo. Enarbolar las banderas y cantar los himnos de los diferentes países, proyecta la impresión de que el nacionalismo, en medio de un mundo globalizado, está exacerbándose, y sin embargo es un nacionalismo diferente al conocido y vivido por siglos; ahora, en el que está tomando forma, compiten, en todo caso, tres tendencias: la nacionalista, la cosmopolita y la patriótica cosmopolita.

 

Parece imposible pero así es. Sensación que alcanza a sentirse en las diferentes competencias o campeonatos internacionales: Copa América, Eurocopa, mundiales de fútbol, Olímpicos, en las vueltas en bicicleta a diferentes países, en competencias de atletismo, etcétera.

 

Es un fenómeno palpable. Toma forma, y puede llegar hasta lo impensable cuando las banderas son ondeadas, los himnos entonados, las camisetas exhibidas, pero también cuando son enarboladas pancartas con los nombres de los deportistas; también puede suceder cuando se llama al apoyo de cantantes y otros representantes de la ‘tierra’, impulsándolos para que sobresalga como “el mejor”. Fenómeno de identidad que dura tanto como el tiempo que se tome el espectáculo en cuestión, al final lo que concitó a unos y otros, fue el apoyo a los colores de tal o cual país. Están ahí por la persona, por el equipo, pero también por el país. Es el nacionalismo deportivo, fenómeno de ondas connotaciones, potenciado por la globalización imperialista, la misma que ha fragmentado, y a la vez resignificado, las identidades territoriales, pues hoy es posible ver en los estadios a ciudadanos de un país portando la camiseta de uno diferente al suyo, así como apreciar parejas y familias compartiendo camisetas de sus respectivas procedencias.

 

Los colombianos que agitan banderas, se visten con la camiseta de la selección y cantan el himno nacional, no necesariamente son nacionalistas, en el sentido de defender “mi patria por encima de todo”, aunque también los hay, en cambio sí expresan un sentimiento de identidad entre connacionales, desechado rápidamente una vez finalizado el evento en cuestión, momento en el cual resurge la realidad de las desigualdades. Y también por el orgullo por los que “nos representan”, al final no somos tan malos.

 

Los medios de comunicación definen

 

Desde la década de los 90 del siglo pasado, cuando el mundo vivió un cambio profundo, dando paso de manera contundente a la mercantilización/mundialización/digitalización en todas las manifestaciones de la vida, el deporte quedó inserto en tal proceso. Desde entonces, con mayor potencia, los medios de comunicación entraron a ser parte del andamiaje deportivo, de tal manera que pudieron verse múltiples deportes en vivo, en tiempo real, llevando al jugador, atleta, o equipo de la preferencia, a la teleaudiencia. Acercamiento casi cotidiano que comenzó a (re)construir y/o resignificar identidades, ahora a partir de otro contexto mundial y nacional en el cual la persona aficionada decide ponerse la camiseta, agitar la bandera y cantar el himno, acciones que no solo realiza en los estadios sino también en calles, parques, restaurantes, oficinas, y otros muchos sitios.

 

Las interpretaciones elaboradas sobre el impacto y significado de estos hechos son diversas, reflejando posturas morales frente a la nación: los nacionalistas y patriotas, los cosmopolitas, y los patriotas cosmopolitas, términos usados por los filósofos políticos y filósofos morales a la hora de discernir sobre el asunto.
Proceso imposible de tomar amplitud global si no fuera por la era digital en que estamos insertos, en la cual los medios de comunicación juegan un papel primordial en la medida en que la diversidad productiva, apoyada en la tecnología de punta, y en la innovación a corto plazo, desterritorializadas y tomando en cuenta características culturales de los países, promueven los contenidos de amplitud mundial en tiempo real, lo que permite la visibilización de las diferentes expresiones nacionales concentradas en colores, canciones e himnos. Por este camino, los colombianos, o cualquier otro grupo humano poblador de un territorio dado, se visibiliza por el mundo como un todo.

 

Mi terruño y el mundo

 

Sugieren desde tiempo atrás que la globalización (capitalista-imperialista) a la vez que fragmenta los modos de vida tendiendo a la uniformidad, fortalece los nacionalismos, los patriotismos y el cosmopolitismo. Ser nacionalista y ser patriota no es lo mismo, el nacionalismo propone una definición política, es un planteamiento sobre lo que es o debe ser una nación y ese nacionalismo puede ser de derecha o de izquierda, según los intereses a resolver, mientras que el patriotismo y el cosmopolitismo son un sentimiento. El patriotismo se expresa en el orgullo nacional, por ello puede haber nacionalistas que son patriotas, muchas veces en un mal sentido. El cosmopolita siente orgullo de mundo, se refiere a que como ciudadano del mundo respeta a los demás pobladores del planeta, inclusive algunos lo extienden al respeto a los animales. Pero todo ello también está llevando a que se fortalezcan las identidades locales, étnicas y culturales.

 

Es cierto que existe el nacionalismo extremo, el que exige la defensa de las fronteras nacionales y la exclusión de extranjeros, y también los nacionalistas que plantean la defensa de la soberanía nacional, así como aquellos que pregonan la defensa o preferencia de la identidad de los connacionales, que no es lo mismo que defender los conciudadanos, pues en un mismo estado y/o nación –sobre todo si son Estados multinacionales– hay connacionales de la nacionalidad y conciudadanos del mismo Estado. Por eso los españoles enarbolan la roja en los estadios en un mundial de futbol en tanto conciudadanos, pero no en cuanto connacionales.

 

Y el cosmopolitismo que propone ser ciudadanos del mundo antes que de un país en particular, que también se presenta como los cosmopolitas que entienden la importancia política y emocional de la humanidad del planeta Tierra, y a la vez saben que el terruño es el basamento desde donde partir y centrarse. El terruño es lo que uno carga en la mochila cuando se va, y un cosmopolita quiere al mundo pero también al lugar donde nació.

 

Identidades y cambios novedosos. Hoy en día, por medio del deporte en particular, la gente de éste y otros países del mundo está resignificando el sentido de nación y patriotismo pues las diásporas, las migraciones y desplazamientos, han aportado para que aquellos que sufren tal realidad afronten y comprendan de manera diferente estos conceptos, más en sentido positivo, hacia el futuro, que en retroceder a posiciones ya superadas por la vida misma.

Publicado enEdición Nº229