Las elecciones de Berlín ratifican el desgaste de Merkel y el ascenso de la ultraderecha

La CDU de la canciller y el SPD (socialdemócratas) no suman lo suficiente para repetir una coalición en la ciudad-estado y capital del país


El SPD tendrá que pactar con las formaciones de izquierda para así aislar a la ultraderecha Alternativa para Alemania, que se hizo con el 13,8% de los votos

 

El elector de Berlín ha plasmado este domingo en los comicios regionales de la ciudad-estado y capital alemana, la erosión que sufre la gran coalición de la canciller Angela Merkel, así como el auge de la ultraderecha de AfD, imparable a un año de las generales de 2017 tras obtener un 13,8% de sufragios.


La Unión Cristianodemócrata (CDU) de Merkel sufrió un nuevo revés y quedó en el 17,7% -un mínimo histórico desde 1948, destacó el diario conservador "Frankfurter Allgemeine"-, más de cinco puntos por debajo de sus resultados de 2011 en la capital.


Su socio en la gran coalición, el Partido Socialdemócrata (SPD), se defendió como primera fuerza en el "Land", pero quedó en un 21,9%, seis puntos y medio menos que en 2011, según los resultados parciales de la televisión pública ARD, a las 19.00 GMT, tres horas después del cierre de los colegios electorales.


Entre ambas grandes formaciones tradicionales no suman lo suficiente para reeditar la alianza con la que ha gobernado hasta ahora el alcalde-gobernador, el socialdemócrata Michael Müller.


Ello aboca al SPD, fuerza dominante en la ciudad-estado desde 2001, a tratar de armar un tripartito con la Izquierda -que ganó cuatro puntos hasta alcanzar los 15,6%- y los Verdes -un 15,3%, una caída de dos puntos-.


Al margen del previsible giro izquierdista en la capital, los comicios berlineses apuntalaron a un partido que, hoy por hoy, está descartado como socio por el resto de las fuerzas: la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD).


La representante de la ultraderecha obtuvo un 13,8%, lo que le garantiza una sólida representación en otra Cámara regional, la décima donde consigue escaños del total de 16 "Länder" del país.


Las regionales de Berlín, con 2,5 millones de electores, seguían a las celebradas quince días atrás en Mecklenburgo-Antepomerania, en el este del país, donde la CDU se vio humillada y superada en votos por la AfD, que obtuvo un 20,8%.
Tras los comicios de este domingo, esta formación se ve como imparable en su siguiente gran objetivo, las generales previstas exactamente para dentro de un año, el 17 o el 24 de septiembre de 2017.


Ninguna formación ultraderechista logró nunca escaños en el Parlamento federal (Bundestag); la misma AfD se quedó en 2013 a las puertas de lograrlo, al situarse unas décimas por debajo del mínimo requerido del 5%.


Entonces representaba al voto euroescéptico -y no cuajó entre el elector alemán-, mientras que con la crisis migratoria giró hacia la xenofobia y reclutó el voto contra la acogida de refugiados.


Por encima de la sangría de votos, al SPD le quedaban hoy ánimos para festejar, puesto que sigue siendo la fuerza dominante en la capital, después de haber liderado todos sus gobiernos desde 2001.


Para el socialdemócrata Müller, que accedió al puesto en 2014 tras la retirada de su correligionario Klaus Wowereit, ha sido una trayectoria fácil, pese a la situación de endeudamiento, creciente especulación inmobiliaria y precariedad que vive la capital, los grandes quebraderos de cabeza de sus conciudadanos.


Teóricamente podría tratar de gobernar apuntalado por la CDU y el tradicionalmente acomodaticio Partido Liberal (FDP), que tras una legislatura sin escaños regresara a la Cámara al obtener un 6,7%.


Lo más probable, sin embargo, es que se decida por el tripartito con ecologistas e izquierdistas, partidos ambos a los que Wowereit ya tuvo como aliados en gobiernos sucesivos.


El hecho de mantenerse como primera fuerza -tanto en Berlín como en Mecklenburgo-Antepomerania- alivia la pérdida de votos del SPD.


En cambio, para Merkel se acentúa el desgaste y presumiblemente también las presiones de su hermanada Unión Socialcristiana de Baviera (CSU), que desde hace meses la apremia a que dé un giro derechista y endurezca la política de refugiados.


Una encuesta de cara a las generales de 2017 reflejaba este domingo la persistente caída en intención de voto del bloque conservador, que obtendría un 32% -un punto menos que una semana atrás-, mientras que el SPD obtendría un 24%.
AfD sería la tercera fuerza con un 14%, por delante de los Verdes y la Izquierda, las actuales formaciones de la oposición en el Bundestag.

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Jeremy Corbyn y Bernie Sanders.

 

La política en las economías avanzadas de Occidente está en la tesitura de una reestructuración política como no se ha visto desde los años 30. La Gran Deflación que tiene acogotados a ambos lados del Atlántico está haciendo que revivan fuerzas políticas que habían estado dormidas desde el final de la II Guerra Mundial. Está volviendo la pasión a la política, pero no de la forma que muchos habíamos esperado.

 

La derecha se ha visto animada por un fervor contrario al “establishment” que era, hasta hace poco, patrimonio de la izquierda. En los Estados Unidos, Donald Trump, candidato republicano a la presidencia, mete en vereda – bastante creíblemente – a Hillary Clinton, su oponente demócrata, por sus estrechos lazos con Wall Street, sus ganas de invadir tierras foráneas, su disposición a adherirse a acuerdos de libre comercio que han socavado el nivel de vida de millones de trabajadores. En el Reino Unido, el Brexit ha asignado a ardientes thatcherianos el papel de entusiastas defensores del National Health Service [el sistema sanitario británico].


Esta transformación no carece de precedentes. La derecha populista ha adoptado tradicionalmente una retórica cuasi izquierdista en tiempos de deflación. Cualquiera que tenga estómago para revisar los discursos de los más destacados fascistas y nazis de los años 20 y 30, encontrará apelaciones – los panegíricos de Benito Mussolini a la seguridad social o las punzantes críticas del sector financiero por parte de Joseph Goebbels – que parecen, a primera vista, indistinguibles de metas progresistas.


Lo que hoy estamos experimentando es la implosión natural de la política centrista, debido a una crisis del capitalismo global en la que un derrumbe financiero condujo a una Gran Recesión y luego a la Gran Deflación de hoy. La derecha está repitiendo sencillamente su viejo truco de sacar partido de la ira justificada y las aspiraciones frustradas de las víctimas para hacer que avance su repugnante orden del día.


Todo empezó con la muerte del sistema monetario internacional establecido en Bretton Woods en 1944, que había forjado un consenso político de postguerra basado en una economía “mixta”, límites a la desigualdad y una sólida regulación financiera. Esa “era dorada” terminó con el llamado “shock” de Nixon en 1971, cuando Norteamérica perdió los superávits que, reciclados internacionalmente, mantenían estable el capitalismo global.


De manera notable, la hegemonía de los Estados Unidos creció en esta segunda fase de postguerra, en paralelo a su déficit comercial y presupuestario. Pero para seguir financiando estos déficits, los banqueros tenían que desengancharse de sus restricciones del New Deal y de Bretton Woods. Sólo ellos alentarían y gestionarían los flujos de entrada de capital necesarios para financiar los déficis parejos de Norteamérica en fiscalidad y por cuenta corriente.


La meta era la financiarización de la economía, el neoliberalismo su manto ideológico, su gatillo fue la subida de los tipos de interés de la época Paul Volcker en la Reserva Federal, y el presidente Clinton fue en última instancia el que cerró este pacto fáustico. Y el momento no podría haber sido más amigable: el desmoronamiento del imperio soviético y la apertura de China generaron una oferta de trabajo para el capitalismo global – mil millones de trabajadores adicionales – que hicieron que se disparasen los precios y ahogaron el crecimiento de los salarios en todo Occidente.


El resultado de la extrema financiarización fue una enorme desigualdad y una profunda vulnerabilidad. Pero por lo menos la clase trabajadora de Occidente tenía acceso a préstamos baratos y precios de vivienda desorbitados para compensar el impacto de salarios estancados y transferencia de rentas fiscales en declive.


Luego llegó el derrumbe de 2008, que produjo en los EE.UU. y en Europa un masivo exceso de oferta, tanto de dinero como de gente. Aunque muchos perdieron empleos, hogares y esperanzas, billones de dólares en ahorros han ido derramándose por los centros financieros del mundo desde entonces, sumándose a otros billones bombeados por desesperados bancos centrales dispuestos a substituir el dinero tóxico de los financieros. Con empresas e inversores demasiado temerosos como para invertir en la economía real, los precios de las acciones se han puesto por las nubes y el 0,1% más alto no da crédito a su suerte, y el resto mira impotente cómo las uvas de la ira van“...llenándose y haciéndose copiosas, haciéndose copiosas para la cosecha”.


Y así fue como ingentes partes de la humanidad en Norteamérica y en Europa quedaron demasiado endeudadas y se volvieron demasiado caras como para ser otra cosa que desecho, y quedaron listas para verse tentadas por Trump atizando el miedo, por la xenofobia de la dirigente del Front National, Marine Le Pen, o la refulgente visión de los adalides del Brexit de una Britania que rige de nuevo las olas. A medida que crece su número, los partidos tradicionales están cayendo en la irrelevancia, suplantados por el surgimiento de dos nuevos bloques políticos.


Un bloque representa la vieja troika de la liberalización, la globalización y la financiarización. Puede que todavía esté en el poder, pero sus acciones están cayendo rápidamente, como pueden atestiguar David Cameron, los socialdemócratas europeos, Hillary Clinton, la Comisión Europea y hasta el gobierno de Syriza posterior a la capitulación.


Trump, Le Pen, los partidarios derechistas del Brexit en Gran Bretaña, los intolerantes gobiernos de Polonia y Hungría, y el presidente ruso, Vladimir Putin, forman el segundo bloque. La suya es una internacional nacionalista – una criatura clásica de un periodo deflacionario – unida por el desprecio por la democracia liberal y la capacidad de movilizar a los que la aplastarían.

 

El choque entre estos dos bloques es a la vez real y motivo de confusion. Clinton versus Trump constituye una auténtica batalla, por ejemplo, como lo es la Unión Europea contra los partidarios del Brexit; pero los contendientes son cómplices, no enemigos, que perpetúan un bucle inacabable en el que se refuerzan mutuamente y en el que cada lado se define – y moviliza a sus apoyos sobre esa base – por aquello a lo que se opone.

 

La única manera de salir de esta trampa política es el internacionalismo progresista, basado en la solidaridad entre las grandes mayorías en todo el mundo que están preparadas para reavivar la política democrática a escala planetaria. Si esto suena utópico, vale la pena poner de relieve que ya se encuentran disponibles las materias primas.


La “revolución política” de Bernie Sanders en los EE.UU., el liderazgo de Jeremy Corbyn en el Partido Laborista del Reino Unido, el MDeE25 (Movimiento por la Democracia en Europa, DiEM25) en el continente: estos son los heraldos de un movimiento internacional progresista que puede definir el terreno intelectual sobre el que debe erigirse la política democrática. Pero nos encontramos en un estadio muy temprano y nos enfrentamos a un notable contragolpe de la troika global: véase el tratamiento dispensado a Sanders por el Comité Nacional de los demócratas norteamericanos, la competencia contra Corbyn de un antiguo cabildero farmacéutico y el intento de encausarme por osar oponerme al plan de la UE para Grecia.


La Gran Deflación plantea una gran pregunta: ¿puede la humanidad concebir y llevar a la práctica un nuevo Bretton Woods “verde” y tecnológicamente avanzado – un sistema que haga nuestro planeta ecológica y económicamente sostenible – sin el inmenso sufrimiento y destrucción que precedieron al primitivo Bretton Woods?


Si nosotros – los internacionalistas progresistas – no conseguimos responder la cuestión, ¿quién la contestará? Ninguno de los dos bloques que hoy rivalizan por el poder en Occidente quiere siquiera que se plantee.

 

Traducción: Lucas Antón

 

 

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¿Evo Morales quiere reestablecer la cultura y la civilización pre-colombina? Al menos eso es lo que afirma el artículo publicado por Miguel Angel Bastenier en El País el 25 de mayo pasado. A diferencia de Chávez y Correa, el presidente de Bolivia tendría un proyecto más radical. "Más que un mandato está cumpliendo una misión puesto que aspira a restablecer una cultura y civilización pre-colombinas, a las que encuentra todas las gracias, en contraste con lo que califica de capitalismo deshumanizador, producto de la conquista europea". ¿Pero van por ahí los tiros en el proceso boliviano iniciado hace siete años?

 

Sin duda, este tipo de análisis son funcionales a una visión -con alguna difusión- de que el Gobierno instaurado en 2006 propiciaría una suerte de racismo al revés o venganza étnica contra los blanco-mestizos -o "blancoides" como se los denomina en Bolivia- en paralelo al recambio de élites que vive el país. Pero la cosa es algo más complicada. El proyecto de Evo Morales es, ante todo, un proyecto desarrollista y modernizante. Por eso no es casual la batería de proyectos político/simbólicos con vistas a la re-reelección, con un satélite de comunicaciones a la cabeza. En diciembre será lanzado desde el centro de Jiuquan (en China) el satélite Tupac Katari, construido en el país asiático con un costo de 300 millones de dólares.

 

El nombre -que refiere al caudillo anticolonial aymara- junto a la puesta en marcha de la Agencia Boliviana Espacial es en sí mismo una buena síntesis de las inestables identidades indígenas que conjugan a geometría variable modernidad y tradición. Otro de los proyectos es un teleférico de transporte público que va a unir a La Paz con El Alto, que ya empezó a ser construido por una firma austriaca. Además de las gestiones personales de Morales para que el rally Dakar pase este año por Bolivia (en la zona del Salar de Uyuni).

 

Y hay más: Bolivia volvió este año al mercado internacional de capitales con la emisión de un bono global y captó fondos a una tasa bastante baja: 4,875% anual. Y Morales se enorgullece de haber expandido internet y telefonía celular por todo Bolivia, incluyendo las zonas rurales. De hecho, la gestión macroeconómica es uno de los fuertes del gobierno. Los 14.000 millones de dólares de reservas son solo un emergente de la mezcla entre buen contexto macroeconómico -favorecido por los altos precios de las materias primas-, nacionalización del gas y una gestión prolija liderada por el ministro de Economía Luis Arce Catacora, que se mantiene en el cargo desde 2006.

 

La demanda interna creció de la mano de la expansión del gasto público, que se triplicó en los últimos siete años y la inversión pública se sextuplicó en poco más de media década. Los problemas de Morales no tienen nada que ver con sus supuestos intentos de imponer una suerte de retorno al inkario. De hecho, uno de los conflictos más serios que enfrentó fue la oposición de los habitantes del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) a la construcción de una carretera destinada a integrar oriente y occidente de Bolivia, que partía en dos a ese espacio protegido.

 

Y la mayoría de los actuales intelectuales disidentes se fueron del gobierno precisamente por considerar que no toma en serio la construcción del Estado plurinacional y es demasiado desarrollista/modernizador. Otra cosa es que esos proyectos puedan efectivamente modernizar al país y no se queden en las tradicionales ilusiones desarrollistas, o que eso sea vía no tenga costos que es necesario discutir, pero esas son las metas de la "agenda patriótica" aprobada por el oficialismo. Y son estos imaginarios del salto industrial los que explican los vínculos entre Bolivia y Corea del Sur (sí, con Seúl, no con Pyongyang), que hoy se materializan en una presencia inédita de su embajador en La Paz, que incluso da conferencias y escribe columnas sobre el modelo coreano y el Movimiento Nueva Aldea que transformó las zonas rurales de esa nación asiática.

 

La idea de que el proceso boliviano se propone -a secas- "negar todo lo occidental" sólo refleja un fuerte desconocimiento empírico de cómo funcionan las identidades y prácticas indígenas desde la colonia hasta la actualidad. Que los comerciantes aymaras hayan pedido recientemente la inclusión del chino mandarín en las escuelas -para facilitar sus viajes a las ferias chinas, a las que ya viajan anualmente muchos de ellos- quizás se puede leer como un "sentimiento antioccidental" pero difícilmente sea representa una estrecha demanda del retorno al Tawantinsuyo, una aspiración al aislacionismo étnico, o un pedido de avanzar en un anticapitalismo radical o "socialismo premarxista" (Bastenier dixit).

 

Sin duda, Evo Morales enfrenta una serie de problemas vinculados a las demanda de redistribución de la riqueza en una economía extractivista, además del desgaste de siete años de gestión y cierta pérdida de apoyo urbano. Pero los desafíos no vienen de la Central Obrera Boliviana (COB) que estos días llevó adelante bloqueos para pedir un aumento en las jubilaciones. El partido de trabajadores alentado por sectores de la COB apunta a ser una fuerza testimonial. La clave está en si la oposición de centroderecha y centroizquierda logrará o no (unida o separada) construir una fuerza articulada y presentar un candidato atractivo para las elecciones de fines de 2014.

 

Eso determinará que el escenario sea más parecido al de Venezuela (donde Henrique Capriles le disputó la elección a Nicolás Maduro) o Ecuador, donde Rafael Correa arrasó. En cualquier, caso Bolivia vive un poderoso cambio de élites (una suerte de revolución política) que rompió varios de los techos de cristal que condenaban a los indígenas a la subalternidad, pero esas nuevas élites están lejos de los imaginarios orientalistas sobre indios de museo con los que a veces se lee el proceso boliviano.

 

28/05/2013 07:00

 

Pablo Stefanoni es jefe de redacción de 'Nueva Sociedad' y ex director de 'Le Monde Diplomatique/Bolivia'

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Domingo, 16 Diciembre 2012 06:02

Europa se vuelve ultraconservadora

Europa se vuelve ultraconservadora

La crisis ha sido en Europa el cultivo para el retorno al primer plano de los ultraconservadores. Partidos de extrema derecha en pleno auge, recuperación por parte de los sectores más reaccionarios de los espacios conquistados en las últimas décadas por los derechos civiles, xenofobia latente, populismo, resurgimiento del discurso católico integrista y de la defensa de los valores del cristianismo, antieuropeísmo y un nacionalismo patriotero como pasión mágica contra todos los males del mundo son algunas de las manifestaciones más evidentes de la reconfiguración que está atravesando Europa.

 

Hace unas semanas, un importante senador de la extrema derecha húngara, Márton Gyöngyösi, pidió que se preparasen “listas de los judíos que viven aquí, sobre todo aquellos que están en el gobierno y en el Parlamento, quienes, de hecho, suponen un riesgo para la seguridad de Hungría”. Con 44 diputados en una cámara que consta de 386, el partido de Gyöngyösi, Jobbik, es la tercera fuerza húngara. Lejos de limitarse a los países del Este de Europa, la marcha de los ultraconservadores ha llagado también al corazón del sistema europeo de gobierno.

 

A finales de noviembre, el Parlamento europeo dio el visto bueno a la designación de Tonio Borg al puesto de comisario europeo de Sanidad y Consumo. Este nombramiento es una paradoja absoluta: Borg es un hombre político de la Isla de Malta cuyo catalogo ideológico va en contra de las leyes y principios que la mayoría de las democracias europeas defiende: se opone al aborto, al divorcio y al matrimonio entre personas del mismo sexo.

 

La emergencia de estos personajes responde al crédito que han recuperado en la sociedad. Francia, que es un símbolo universal de los derechos cívicos y sociales, de la libertad y el carácter laico de la sociedad, conoce un férreo movimiento de protesta contra una serie de leyes que, entre otras cosas, apuntan a legalizar el matrimonio entre homosexuales. Los “anti” derechos ya reunieron en la calle a más de 100.000 personas y este fin de semana se aprestan a protagonizar una nueva manifestación contra las leyes promovidas por el Ejecutivo socialista del presidente François Hollande. La igualdad ya no es percibida como un progreso, sino como una amenaza, una extensión contaminante del sistema político y económico. Los partidarios del “matrimonio para todos” y sus adversarios se miden hoy en las calles del país. La respuesta política se traduce en las urnas: peso en aumento de la extrema derecha y vuelta a la arena de los llamados “tradicionalistas”, o sea, los representantes de la corriente conservadora de inspiración religiosa. Estos partidos o movimientos salieron de la discreción para ocupar amplios espacios de poder. No sólo conquistan carteras ministeriales sino que, además, influencian a los partidos de la derecha que terminan incluyendo su ideario en los programas electorales. La derecha de gobierno (UMP) tiene en Francia un componente ultraconservador en su seno, la llamada “derecha popular”. En las elecciones presidenciales abril y mayo pasado, la extrema derecha del Frente Nacional obtuvo casi el 18 por ciento de los votos, con lo que, al igual que en Hungría, pasó a ser el tercer partido detrás de la conservadora UMP y los socialistas. El ex presidente francés Nicolas Sarkozy hacía constantes referencias a los “valores cristianos” de Francia y de Europa. Sin embargo, ninguna estadística ha constatado un renacimiento de la práctica religiosa, muy por el contrario. Más bien, esos valores conservadores y cristianos aparecen como un amparo ante la agresividad desestabilizante de mundo. La apuesta parece totalmente contradictoria: esos partidos populistas, ultraderechistas y conservadores se presentan como una alternativa modernizadora.

 

La época en que el ingreso a una coalición de gobierno de un miembro de la ultraderecha provocaba crisis europeas está muy lejos. La ultraderecha se ha banalizado y lo mismo está ocurriendo con el populismo conservador. Un estudio sobre la derecha europea publicado en Gran Bretaña por el centro de estudios Chatham House, destaca que “los partidos populistas extremistas (PEP) representan uno de los desafíos más apremiantes a las democracias europeas”. El mismo informe explica que los “partidos populistas extremistas han cambiado sus estrategias en las últimas décadas. Esto les permitió responder a las nuevas cuestiones que se plantean y a los acontecimientos de forma más innovadora y eficaz que los partidos ya establecidos”. Los analistas del Viejo Continente coinciden en aceptar que los votantes de esos partidos son lo que el informe de Chatham House llama los losers of globalization, los perdedores de la globalización. Se trata de vastos sectores sociales, sin calificación, a menudo de cierta edad, para quienes la globalización representó un castigo. La frustración ante un sistema que les pasó por encima buscó un culpable y lo encontró enseguida: los extranjeros y todas las formas de trastorno cultural. El investigador Matthew Goodwin escribe en el informe de Chatham House que todos los seguidores de los partidos populistas extremistas “comparten una característica fundamental: su profunda hostilidad hacia la inmigración, el multiculturalismo y el aumento de la diversidad cultural y étnica”. Patria, familia y pureza. Esa consigna resuena hoy en todas partes. El periodista Daniel Vernet, ex jefe de redacción del vespertino Le Monde, agrega un análisis más al pertinente informe de Chatham House. Además de su hostilidad hacia los extranjeros, los electores ultraconservadores del Viejo Continente tienen otra característica común: “La designación de la Unión europea como deus ex machina de la gran empresa de destrucción de las protecciones nacionales. Tecnócratas apátridas estarían dictando su ley a los gobiernos y a los pueblos despojados de su soberanía”. Además de los millones de pobres que dejó en el mundo, la globalización cuenta ya con sus hijos políticos: los populistas ultras. La defensa de la identidad nacional, la restauración de la idea de frontera, la culpabilización de los extranjeros y la denuncia de la corrupción del sistema político son sus caballitos de batalla. Esa ideología se expandió en toda Europa en los años ’30. En su renacimiento de hoy sólo un par de figuras han variado: el causante de todos los males ya no es el judío sino el musulmán. El musulmán es “el otro” por excelencia, el corruptor, el responsable de la dilución de la identidad nacional, del desempleo, de la inseguridad. Es él quien pone en peligro las bases de la sociedad occidental y cristiana. El otro eje de su discurso es el ataque al cosmopolitismo financiero y a una presunta tecnocracia que actúa en las sombras para destruir lo nacional. La ofensiva ultraconservadora mezcla todo en un mismo proyectil y da en el blanco.

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Martes, 04 Diciembre 2012 07:06

Texas no quiere ser estadounidense

Texas no quiere ser estadounidense

El nacionalismo recorre el Estado de Texas. Los ciudadanos han recogido más de 100.000 firmas en solo un mes para pedirle a Barack Obama la independencia de los Estados Unidos de América.


 
Hasta 20 estados se han sumado a la petición de independencia que instigan los tejanos como reacción a la reelección de Barack Obama, según explica The Telegraph.


 
La mayoría pertenecen a la mitad sur de Estados Unidos, la más conservadora. Alabama, Colorado, Arkansas, Florida, Mississippi, Missouri o Lusiana no están contentos con la reelección de un presidente democrata.


 
Cualquier persona mayor de trece puede inscribirse en la página web de la Casa Blanca y firmar a favor de la petición de independencia. De momento ya se ha rebasado con creces el umbral de las 25.000 firmas necesarias para que la administración Obama tenga la obligación de dar una respuesta oficial a la demanda, que probablemente sea un rotundo “No”.
 


Los deseos de secesión de Texas no son nuevos. Ya en el año 2009 el entonces Gobernador de este estado, Rick Perry animaba a la insumisión. “El Gobierno federal está estrangulando a los estadounidenses con los impuestos, el gasto y la deuda”. Perry sugirió que los tejanos podrían en algún momento “cansarse tanto que querrían separarse de la unión”.


 
“Hay un montón de escenarios diferentes”, dijo Perry. “Tenemos una gran unión. No hay absolutamente ninguna razón para que se disuelva. Pero si Washington continúa metiéndo el dedo en el ojo al pueblo estadounidense, ¿quién sabe lo que puede salir de eso?. Texas es un lugar muy especial y somos lo bastante independientes como para poder arrancar nosotros solos”, recoge The Huffington Post.


 
El estado de gran parte de la derecha es de puro desanimo y es cierto que Texas es junto con Hawai el único que ha sido independiente en algún momento de la historia de Estados Unidos. Pero de momento nada hace pensar que la sangre vaya a llegar al río y es probable que la acción se quede en la mera anécdota.
 

 3 Diciembre 2012


(Con información de ABC.es)

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Siempre ha sido tabú, pero después de tres meses sin Gobierno, los dirigentes políticos francófonos se plantean por primera vez un futuro sin Bélgica. El choque de trenes entre la izquierda predominante en Valonia, la parte sur y francófona del país, y el nacionalismo separatista de la próspera región de Flandes, al norte, ha dejado al país al borde de la quiebra. Sin embargo, es una quiebra política que los ciudadanos belgas no acaban de creerse, acostumbrados a vivir en un país con más crisis de Gobierno que de periodos de estabilidad institucional.

La resignación de la población belga, que mantiene de momento sus diversas banderas plegadas, contrasta con el plan B de los socialistas francófonos, liderados por el popular Elio di Rupo, todavía favorito para convertirse en primer ministro con el apoyo del separatista Bart de Wever, de la Nueva Alianza Flamenca (N-VA).

"Debemos empezar a prepararnos para el fin de Bélgica", aseguró la semana pasada Laurette Onkelinx, viceprimera ministra en funciones y una de las figuras más destacadas del partido. "Si no, seremos los que paguemos el pato, No podemos ignorar que, para una gran parte de la población flamenca, la independencia es un anhelo", añadió.

"Quizás estemos entrando en [el proceso de] la organización progresiva de la separación", reconoció, Philippe Moureaux, otro dirigente de los socialistas valones en Bruselas. "¿Qué responsable francófono aceptaría una reforma que pudiera provocar un empobrecimiento de los valones o los bruselenses?", se preguntó Di Rupo hace diez días, cuando tiró la toalla tras siete semanas de negociaciones con las principales formaciones políticas para reformar el país sin desmantelar el Estado. "No es nuestra misión encontrar un acuerdo a cualquier precio", amenazó, en clara referencia a los flamencos de la N-VA, el partido mayoritario, y el CD&V, los democristianos nacionalistas flamencos del primer ministro en funciones, Yves Leterme.

Fuera del entorno socialista valón nadie duda de que este paso adelante es sólo una estrategia que sale del hartazgo. En otras palabras: un farol para que la atención recaiga sobre Flandes y las ambiciones de poder de sus dirigentes. Pero escindir Bélgica es incluso más difícil que mantenerla unida, y sólo convence en estos momentos a un 14% de los belgas, según los sondeos.

Incluso De Wever, que dirige la gran formación separatista en Flandes, apeló al "sentido de la responsabilidad", insistiendo en que él no busca una escisión inmediata, sino una "evaporación gradual" del Estado de forma natural. Según la mayoría de los economistas, la escisión sería sobre todo perjudicial para Valonia, una región con menos poderío industrial y más desempleados que Flandes. Por otra parte, Flandes no está dispuesta a prescindir de la francófona Bruselas, capital europea y motor económico imprescindible para ambas regiones.

Tres meses después de las elecciones del 13 de junio, los asuntos que agrietan Bélgica permanecen invariables: una mayor descentralización que dote de más poderes a las regiones, el control fiscal, el papel de la región de Bruselas, a caballo entre las dos grandes regiones, o el estatus de los suburbios de la capital, en territorio flamenco pero con privilegios lingüísticos para los 100.000 francófonos que los habitan.

El rey Alberto II, que marca los tiempos de la formación de Gobierno y encarga labores de mediación, echó mano la semana pasada de los presidentes del Congreso y Senado para que traten de desbloquear una situación seguida con celo desde el exterior. Bélgica preside este semestre la Unión Europea, y su ingobernabilidad resta credibilidad a unas instituciones comunitarias que luchan a su manera por delimitar sus cuotas de poder ante los estados nacionales. Por otra parte, Francia ha celebrado ya discretas reuniones, presididas por el secretario de Estado para Asuntos Europeos, Pierre Lellouche, que han analizado las consecuencias de un agravamiento de las tensiones territoriales en el país vecino.

Nuevos mediadores

El empeño de Elio di Rupo por formar Gobierno, valorado en todo el país, deja a los dos nuevos mediadores nombrados por Alberto II escaso margen para lograr un acuerdo a corto plazo, por lo que Bélgica comienza a recordar las elecciones de junio de 2007, tras las cuales Yves Leterme tardó nueve meses en formar Gobierno.

Mientras tanto, las encuestas favorecen a los dos hombres sobre los que recae el grueso de la responsabilidad. Elio di Rupo ha elevado en dos puntos desde las elecciones hasta el 39,5% la intención de voto a los socialistas francófonos. Bart de Wever, el separatista flamenco, lo ha hecho en cuatro hasta el 32%, según un sondeo del diario La Libre Belgique.

Casi dos siglos de convivencia difícil

1. Independencia de Holanda

El Reino de Bélgica nació en 1830 tras la rebelión del sur de los Países Bajos, cuya población, a diferencia del norte protestante, era católica y en su mayoría francófona. Durante mucho tiempo Valonia era la parte dominante gracias a las minas y la industrialización. Con el declive de la industria pesada y el auge de las actividades comerciales de Flandes cambió el balance de poder económico y demográfico en el estado federal. Hoy el 60% de los 10,8 millones de belgas son flamencos. También hay una minoría de unos 80.000 ciudadanos de habla alemana.

2. Dos sistemas políticos

Bélgica tiene tres regiones, Flandes, Valonia y Bruselas, que es oficialmente bilingüe aunque la gran mayoría habla francés. La división del país marca el panorama político. En Flandes y en Valonia se votan listas separadas. Cada región tiene sus propios partidos: socialistas, liberales, conservadores etc. El Gobierno federal se compone por partes iguales de ministros valones y flamencos. 

3. Elecciones de junio

Los dos ganadores de las elecciones del pasado 13 de junio, los separatistas flamencos de Bart de Wever, y los socialistas valones de Elio di Rupo, llevan ahora tres meses intentado formar una coalición. 

Por DANIEL BASTEIRO CORRESPONSAL EN BRUSELAS 13/09/2010 07:00
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Martes, 06 Julio 2010 10:17

4 de julio, guardad las banderas

En este 4 de julio, haríamos bien en renunciar al nacionalismo y a todos sus símbolos: sus banderas, sus promesas de lealtad, sus anatemas, su insistencia en la canción de que Dios debe elegir a América para que sea bendecida.

¿Acaso el nacionalismo (esta devoción a una bandera, a un anatema, una línea divisoria tan furibunda que engendra el asesinato masivo) no es uno de los grandes males de nuestro tiempo junto con el racismo y el odio religioso?

Estas maneras de pensar, cultivadas, alimentadas, adoctrinadas desde la infancia, han sido útiles para quienes están en el poder y mortales para quienes están fuera de él.

El espíritu nacional puede ser benigno en un país pequeño y que carece tanto de poderío militar como de ansias de expansión (Suiza, Noruega, Costa Rica y muchos más). Pero en una nación como la nuestra, inmensa, que posee miles de armas de destrucción masiva, lo que podría ser un orgullo inofensivo se convierte en un arrogante nacionalismo peligroso para los demás y para nosotros mismos.

Nuestra ciudadanía fue educada para considerar a su nación diferente de las demás, una excepción en el mundo, excepcionalmente moral y que se expande a otras tierras para llevar la civilización, la libertada y la democracia.

Este autoengaño empezó muy pronto.

Cuando los primeros colonos ingleses se trasladaron a territorio indio en la bahía de Massachusetts y se encontraron con resistencia, la violencia acabó en una guerra con los indios pequot. Se consideraba que Dios aprobaba el asesinato de indios y que la Biblia ordenaba apoderarse de la tierra. Los puritanos citaban uno de los salmos que decía: “Pídemelo y te daré en herencia las naciones y en posesión los confines de la tierra”.

Cuando los ingleses prendieron fuego a un poblado pequot y masacraron a los hombres, mujeres y niños, el teólogo puritano Cotton Mather afirmó: “Se suponía que no menos de 600 almas pequot fueron llevadas al infierno en ese día”.

La víspera de la Guerra de México un periodista estadounidense la declaró nuestro “Destino Manifiesto de expandir el continente concedido por la Providencia”. Después de que empezara la invasión de México, el New York Herald anunció: “Creemos que es parte de nuestro destino civilizar este hermoso país”.

Supuestamente, nuestro país siempre emprendía la guerra por propósitos benignos.

En 1898 invadimos Cuba para liberar a los cubanos y poco después fuimos a la guerra en Filipinas, como afirmó el presidente McKinley, “para civilizar y cristianizar” al pueblo filipino.

Mientras nuestros ejércitos estaba cometiendo masacres en Filipinas (al menos 600.000 filipinos murieron en unos pocos años de conflicto) Elihu Root, nuestro Secretario de la guerra, afirmaba: “El soldado estadounidense es diferente de todos los demás soldados de todos los demás países desde que empieza la guerra. Él es la avanzada de la libertad y la justicia, de la ley y el orden, y de la paz y la felicidad”.

En Iraq vemos que nuestros soldados no son diferentes. Han asesinado a miles de civiles iraquíes, quizá en contra de su mejor naturaleza. Y algunos soldados han demostrado ser capaces de cometer bestialidades, de torturar.

Sin embargo, ellos también son víctimas de las mentiras del nuestro Gobierno.

¿Cuántas veces hemos oído al presidente Bush decir a los soldados que si morían, que si volvían sin brazos o piernas, o ciegos, era por la “libertad”, por la “democracia”?

Uno de los efectos del pensamiento nacionalista es la pérdida del sentido de la proporción. El asesinato de 2.300 personas en Pearl Harbor se convierte en la justificación para asesinar a 240.000 personas en Hiroshima y Nagasaki. El asesinato de 3.000 personas el 11 de septiembre se convierte en una justificación para asesinar a decenas de miles de personas en Afganistán e Iraq.

Y el nacionalismo adquiere una virulencia especial cuando se dice que está bendecido por la Providencia. Hoy tenemos un presidente, invasor de dos países en cuatro años, que en plena campaña electoral de 2004 anunció que Dios hablaba a través de él.

Tenemos que refutar la idea de que nuestra nación es diferente de otras potencias imperialistas de la historia mundial y moralmente superior.

Tenemos que afirmar nuestra lealtad a la raza humana y no a ninguna nación única.

Howard Zinn, piloto de un bombardero durante la Segunda Guerra Mundial, era el autor de "La otra historia de Estados Unidos", Hiru, 2005 (ed. corregida y revisada por el autor), traducción Toni Strubel. Este artículo fue distribuido por Progressive Media Project en 2006.

Howard Zinn murió el 7 de enero de 2010. Para saber más acerca de su legado, véase de Matthew Rothschild “Thank you, Howard Zinn”.

Howard Zinn
The Progressive
Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos
Fuente: http://www.progressive.org/media_mpzinn070106
Publicado enInternacional
Lunes, 30 Marzo 2009 17:40

El océano que divide a Perú y Chile

La victoria de la selección chilena de fútbol el domingo ante el combinado peruano no fue un triunfo más. Era el primero en 24 años de partidos entre ambos equipos. Y llegaba en un momento especial, después de diez días de tensiones a raíz de la decisión del Gobierno de Alan García de interponer una demanda contra Chile en La Haya en la que reclama la soberanía de 35.000 kilómetros de área marítima. Aunque las aguas parecen haberse calmado, la tempestad golpeó de lleno las relaciones de ambos países, y salpicó a un tercero, Bolivia, en un complicado juego diplomático a tres bandas.

Según la versión oficial, la pretensión de Perú es lograr una resolución judicial que dibuje los límites marítimos, puesto que ellos sólo los consideran pesqueros. Para Santiago, sin embargo, los límites ya fueron fijados en una declaración de 1952 y en otra de 1954. La demanda abarca una extensión del océano Pacífico en la zona fronteriza entre las ciudades de Tacna (Perú) y Arica (Chile). Esta localidad perteneció a Perú hasta la Guerra del Pacífico (1879-1884), en la que Chile arrebató a Bolivia su territorio de costa, situado al sur de Arica. Una eventual declaración a favor de Perú bloquearía cualquier posibilidad de salida al mar para La Paz.

"Buscamos una solución pacífica, de equidad, a un tema que lleva anclado muchos años", defiende en conversación telefónica con EL PAÍS el canciller peruano, José García Belaúnde, quien al ser preguntado acerca de qué tiene que perder Perú en este tema, responde tajante: "No tenemos nada que perder, hemos hecho una oferta de paz para solucionar un asunto", insiste.

Su homólogo chileno, Mariano Fernández, discrepa: "La pretensión peruana de hacer un trazado distinto del existente está alejada de la realidad de lo que ocurre en toda la costa del Pacífico de nuestra subregión. De norte a sur de la costa del Pacífico, en América del Sur, existe un sistema jurídico de límites marítimos fijados sobre los paralelos. Perú quiere introducir ahora otra figura geográfica, lo que francamente carece de consistencia", argumenta Fernández a este periódico.

Más allá de lograr o no recuperar los 35.000 kilómetros de área marítima, hay quien piensa, sobre todo desde la vertiente chilena, que la demanda de Perú ha de interpretarse en clave interna. "Uno de los motivos es detener el avance nacionalista de Ollanta Humala [líder del Partido Nacionalista Peruano y rival presidencial de Alan García en las últimas elecciones]", explica Cristian Garay, profesor de la Universidad de Chile. Desde el inicio de su segundo mandato en julio de 2006, García ha sufrido el desgaste de los grupos nacionalistas. Su popularidad, que ha remontado los últimos meses, estaba por los suelos. El argumentario antichileno da bastantes réditos en Perú, por lo que la demanda puede catapultar de nuevo al líder del APRA. A pesar de todo, el canciller García Belaúnde niega esta posibilidad. "El presidente no tiene otros problemas que no tengan otros Gobiernos. No lo manejamos en clave interna", enfatiza.

Chile, cuyas relaciones con el mundo son excelentes, pero muy complicadas con sus vecinos, no ha impugnado aún la competencia de La Haya -tampoco lo ha descartado, según confirma el propio canciller- porque se encuentra dentro del plazo de tres meses para presentar lo que se denominan excepciones preliminares, es decir, hasta el 19 de junio. Aunque en un primer momento, la no impugnación se ha considerado como una primera derrota chilena, para muchos analistas la presentación de la memoria de Perú es muy débil y los argumentos chilenos, bastantes sólidos como para dejar actuar a la Corte Internacional en una primera instancia. Chile podría pedir la incompetencia de La Haya durante la contramemoria, en un plazo de un año, o durante el juicio oral.

Aunque no se trata de un proceso negociador, Chile ha puesto a trabajar un fuerte equipo diplomático, encabezado por la segunda autoridad de la Cancillería, el subsecretario Alberto Van Klaveren. La demanda es una cuestión de Estado en Chile, apenas hay voces disonantes entre las distintas formaciones políticas.

En todo este mar de roces entre ambos países, hay un tercero, Bolivia, que no se ha querido mantener al margen y ha provocado un conflicto triangular. Si La Haya diese la razón a Perú en su demanda, se bloquearía una de las posibles salidas al mar que tanto ansía La Paz. La crítica a la actuación de Lima ha llegado a poner de acuerdo a políticos enfrentados permanentemente con el ex presidente Jorge Quiroga o el actual mandatario, Evo Morales. Si ejecutivo no descartó la semana pasada la posibilidad de llevar también a La Haya su exigencia. "Si fuese boliviano, yo lo haría", asegura Cristian Garay, quien reconoce que "es más compleja" la petición de La Paz que la de Lima.

Aunque ambos Ejecutivos niegan un enfriamiento de las relaciones bilaterales, Alan García y la presidenta chilena, Michelle Bachelet, apenas han tenido contacto estos días. Pero lo cierto es que el tejido empresarial chileno en Perú es fuerte. En medio de una crisis económica profunda, es una garantía, según los analistas, de que no van a permitir que el caso vaya a más.

JAVIER LAFUENTE - Madrid
Publicado enInternacional
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