Revolucionar y ecologizar las fuerzas productivas

Una crítica ecologista del paradigma económico marxista

Hay muchas razones para pensar que el posible hundimiento del capitalismo, al menos tal como lo hemos conocido hasta ahora, llegará antes por el choque con los límites naturales del planeta que por el desenlace de las luchas de clases, si bien éstas no desaparecerán, sino que se librarán cada vez más en torno a los conflictos ecológicos. Gracias a las contribuciones de Wolfgang Harich (1975), Manuel Sacristán (1984) y Michael Löwy (2003, 2006 y 2020), entre otros, y en particular de John B. Foster (2004), conocemos hoy la existencia en la obra de Marx y Engels de una consciencia ecológica que impide oponer Marx y ecología. Pero esto no contradice la constatación de que el corpus teórico marxista no ha hecho suyo el paradigma de interpretación ecológico: pese a aceptar la noción de metabolismo, Marx no llevó hasta sus últimas consecuencias el reconocimiento de sus interacciones con los entornos naturales en que se mueve siempre la vida, incluida la vida humana. Las sociedades humanas evolucionan, sin duda, pero modifican el medio y lo pueden alterar tanto que ya no pueda seguir siendo soporte de la vida en su forma habitual: entonces la evolución deja de funcionar como había funcionado antes y se detiene o se adapta, si puede, al nuevo entorno ecológico. Este será el punto de vista desde el cual abordaré mi revisión crítica del marxismo como teoría y de algunas de sus conclusiones políticas.

Límites de la ecología de Marx

Con el uso de la noción de metabolismo —y no en escritos inéditos o marginales, sino en el propio Capital— Marx mostró tener una visión potencialmente ecológica de la economía, que se echa de ver también en su consideración de los trabajadores en términos biológicos, muy alejada de la de los economistas clásicos, que trataban el trabajo como simple mercancía (cf. El capital, libro I, cap. 8), así como en su explicación de la fractura metabólica en la agricultura capitalista. Pero ni Marx ni Engels desarrollaron mucho más allá sus intuiciones protoecologistas. Sus discípulos tampoco, pese a las valiosas contribuciones de autores como Kautsky y Bujarin. En consecuencia, el “marxismo operativo” asumió la ecología de manera superficial, en el mejor de los casos.

Hay tres razones poderosas por las que Marx y Engels no podían ir mucho más lejos. La primera es que en los años de su madurez, la población mundial era del orden de unos 1.500 millones de personas, cinco veces menos que la de hoy. El mundo era todavía un “mundo vacío”, y la huella ecológica estaba lejos de la translimitación actual. La segunda razón es que la industria utilizaba muy pocos minerales metálicos, y lo hacía en cantidades muy modestas. Hoy los progresos científicos nos permiten conocer y utilizar prácticamente todos los elementos de la tabla periódica. En circunstancias semejantes habría sido una proeza haber concebido la idea de límites absolutos de los recursos naturales; y haber previsto que la especie humana se convertiría en un agente geológico y meteorológico capaz de transformar la naturaleza hasta el punto de provocar desastres a escala mundial.

La tercera razón es no haber comprendido que la finitud de las reservas de combustibles fósiles, que iban a convertirse en la base energética del desarrollo industrial de su época, impondrían un límite temporal a la economía que dependía de ellos, y que su agotamiento supondría un desafío fundamental para la continuidad de esa economía. Esta matriz energética, además, se componía de stocks del subsuelo, de modo que su agotamiento obligaría en el futuro a regresar a las energías de flujo —radiación solar, leña, viento, energía muscular animal y humana, etc.— del pasado, aunque a un nivel más elevado, lo que dejaba abiertos muchos interrogantes sobre las relaciones entre sistema económico y medio ambiente.

Hoy sabemos que la humanidad está cerca de los límites absolutos del planeta. Por ende, no basta con considerar que la actividad humana afecta a un único sistema, o algunos, de manera que se puedan corregir los deterioros de las fuentes de vida para que sigan proporcionando riqueza. Hay que aceptar que puede infligir al Ecosistema Global o Biosfera daños irreparables. Kenneth Boulding expresó esta idea con la imagen de la “economía del cow boy”. Esta economía es la que hoy prevalece: no hace falta ocuparse de los daños infligidos al medio natural porque cuando un territorio queda agotado, siempre hay otro un poco más lejos que podrá ser explotado. La alternativa, según este autor, en una “economía de la nave espacial Tierra”, en la que el marco geofísico en que tiene lugar la aventura humana es una unidad o totalidad cerrada (salvo respecto de la energía, que procede del Sol) que hay que contemplar como una reserva limitada de recursos que deben ser constantemente reciclados para proporcionar alimentos, agua y servicios varios a los astronautas que somos los seres humanos. En semejante visión el principio ecológico es el que prevalece.

La noción marxista de fuerzas productivas

El pronóstico según el cual el capitalismo llegaría a su fin debido a luchas de clases como expresión del conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de producción o propiedad hoy no es fácilmente aceptable por dos razones. La primera es que los grupos humanos oprimidos por el sistema —y por eso mismo llamados a luchar contra él— están fragmentados, circunstancia que les dificulta erigirse en sujeto colectivo de la lucha por un cambio. Imperialismo y desarrollo desigual han dado lugar a diferencias enormes entre las clases populares de los países ricos y las de los países pobres, de modo que las agregaciones nacionales suelen tener más fuerza que la unidad de clase por encima de las fronteras. La segunda razón es que las fuerzas productivas heredadas del industrialismo han aportado innovaciones de valor indiscutible —en particular el conocimiento científico—, pero también desarrollos técnicos mal orientados y no adaptados a un buen metabolismo con la naturaleza. Los problemas más graves derivan del uso de recursos materiales y energéticos de la corteza terrestre. Esos problemas pueden clasificarse en dos grandes categorías:

  1. Las energías de flujo (leña, radiación solar, viento, corrientes de agua, etc.) se substituyeron por combustibles fósiles (más tarde se les añadió el uranio), que son energías de stock, dotados de gran versatilidad y densidad energética. Gracias a su calidad y volumen, esas energías hicieron posible un crecimiento exponencial de la población, con una elevada esperanza de vida, y una civilización material que aportó una abundancia sin precedentes de bienes y servicios. El problema de estas fuentes de energía es que su quema causa el calentamiento de la atmósfera y el cambio climático, cargado de graves amenazas para la humanidad; y que están condenadas a agotarse —según cálculos solventes, durante la segunda mitad del siglo XXI (Riba 2011)—. Tendrán que ser reemplazadas por fuentes renovables de energía, las únicas disponibles (si se excluye el uranio por sus peligros), las cuales proporcionan energías de flujo. Estas fuentes no proporcionan tanta potencia como las fósiles, ni cabe esperar que aporten las ingentes cantidades de energía usada actualmente por la especie humana, ni, por consiguiente, sostener una economía de dimensiones parecidas a las de la economía actual.
  2. En lo que respecta a los materiales, las fuerzas productivas industriales han substituido las materias primas preindustriales —que eran sobre todo bióticas (madera, fibras vegetales o animales, pieles, hueso, cuerno…) y por ende renovables— por otras de origen mineral, abióticas y no renovables. Antes se habían empleado minerales (barro, piedra, arena, minerales metálicos…), pero se trataba de materiales que retornaban al medio natural sin contaminarlo peligrosamente, y que se usaban en cantidades pequeñas. Actualmente se usan todos los elementos de la tabla periódica en distintas industrias, mucho más desarrolladas tecnológicamente, y en grandes cantidades, de modo que la enorme demanda industrial de estos minerales supone una amenaza de agotamiento de las reservas del subsuelo del planeta. Además, la extracción y el uso de estos materiales consumen muchísima energía y producen a menudo peligrosas contaminaciones.

Hay que transformar radicalmente las fuerzas productivas

Debe añadirse algo acerca de las energías de flujo. Antes de la era industrial, no se requerían demasiados medios técnicos para captarlas. Bastaban ciertos instrumentos o máquinas: hachas y sierras para la leña, molinos de viento o de agua, velas para navegar, etc. En cambio las energías renovables modernas —eólica, fotovoltaica, solar térmica y termoeléctrica, geotermia, energía de las olas y las mareas, etc.— requieren una metalurgia compleja y otros procesos industriales (células fotoeléctricas, electrólisis, baterías, pilas de hidrógeno…) que necesitan metales y otros minerales. Con las energías renovables modernas la demanda de minerales metálicos experimenta un gran auge, sobre todo porque con el control de la electricidad, esta forma de energía se ha generalizado para numerosos usos, en los que es absolutamente insubstituible. La electricidad requiere aparatos sofisticados que consumen, en su producción y funcionamiento, grandes cantidades de metales, algunos de los cuales son escasos. Además, el uso de las nuevas técnicas se ha puesto al alcance de toda la población, y cada vez en un mayor número de países. Por esto la demanda de los minerales necesarios para satisfacer estas necesidades no cesa de aumentar y se acerca a los límites últimos de las reservas minerales de la corteza terrestre, al menos en el caso de ciertos metales escasos y a la vez estratégicos.

Por todas estas razones, las fuerzas productivas existentes no pueden constituir un fundamento viable, sino que tienen que ser revolucionadas para que resulten ecológicamente sostenibles. Como ha dicho Michael Löwy, para salir del capitalismo y construir un ecosocialismo, “la apropiación colectiva es necesaria, pero habría que transformar también radicalmente las propias fuerzas productivas” (Löwy 2020). Dada la importancia que la noción de producción tiene en este esquema, hace falta revisarla a la luz de lo que hoy sabemos de ecología.

Clasificación de las fuerzas productivas

Para Adam Smith y los otros economistas clásicos de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, había tres factores de producción: tierra, capital y trabajo. Marx, a la vez que aceptaba ese esquema, asumió la observación de William Petty según la cual, a propósito del valor, “la tierra es la madre y el trabajo el padre”, y dio importancia al metabolismo socionatural. El capital sería resultado acumulado de la producción de valor (“trabajo acumulado”), y por tanto un factor ontológicamente derivado de los otros dos. Marx dio una importancia crucial al trabajo como acción específica del ser humano en su interacción con el mundo físico y con los otros seres humanos. Con el trabajo el ser humano no sólo trasforma el mundo exterior, sino que se transforma también a sí mismo, haciendo emerger capacidades, necesidades y aspiraciones nuevas. Pero no explicó qué significa el trabajo humano —ni tampoco la tierra— desde el punto de vista biofísico, pese a reconocer la importancia del metabolismo. (Dejo aquí de lado la distinción crucial que Marx introdujo entre “trabajo” y “fuerza de trabajo”.) Como otros pensadores criticados por la economía ecológica, olvidó o subestimó los flujos físicos a favor de los monetarios.

En cierta manera, se puede aceptar, con Kenneth Boulding, que tierra, capital y trabajo son antes factores distributivos que productivos. Aluden a los tipos de ingreso característicos de las economías modernas: renta (de la tierra), beneficio (del capital) y salario (del trabajo). Esta constatación no quita valor a la fórmula trinitaria, porque en la actividad económica los distintos protagonistas concurren con aquello que están en condiciones de aportar, y esto tiene efectos económicos evidentes. Se puede añadir que los mencionados factores aluden también a la distribución social del poder: el capital da a quien lo controla un poder sobre quien no tiene ningún medio de vida y se ve obligado a trabajar al servicio de un capitalista a cambio de un salario. La observación de Boulding, además, subestima el papel del trabajo ignorando su significación antropológica profunda.

Los factores biogeoquímicos de la producción económica

En cualquier caso, el proceso productivo propiamente dicho se conceptualiza mejor, desde el punto de vista biofísico, con otras categorías. Podemos catalogarlas en ocho factores: 1) trabajo, 2) conocimiento, 3) materiales, 4) energía, 5) herramientas, 6) espacio, 7) tiempo y 8) residuos. El actor de un proceso económico, el trabajador (y/o quien le emplea), concibe mentalmente un proyecto; aplica un conocimiento, tanto del objetivo buscado como de los medios para llevarlo a la práctica; se dota de materiales y de energía de baja entropía que obtiene del medio ambiente; combina estos elementos con la ayuda de herramientas; los procesos implicados requieren espacio y tiempo; y finalmente se emiten partes sobrantes de materiales y energía en forma de residuos, que van a parar al medio ambiente. Este esquema —inspirado en Boulding (1992: 51-57) con algunos cambios— permite describir de manera más transparente las actividades económicas en el marco del entorno biogeoquímico en que tiene lugar el metabolismo socionatural: los materiales, la energía y el espacio provienen del medio natural, al que van a parar los residuos. Este inventario de factores revela así de manera clara que no hay producción al margen del medio ambiente natural.

Interesa también tener en cuenta los conceptos de flujo y fondo (o bienes-fondo). Materiales, energía, productos y residuos circulan: son flujos. Pero en toda producción —como subrayó Georgescu-Roegen (1986: 255-257)— hay elementos estables, los bienes-fondo, que se mantienen inalterables, como las máquinas, los locales, etc., aunque con el tiempo también se degradan convirtiéndose ellos mismos en residuos, y ha de ser reemplazados. Para la continuidad de toda producción hay que proteger la capacidad de los bienes-fondo para posibilitar reiteradamente los procesos de producción y reproducción sin los cuales la vida se interrumpiría.

Producción económica comporta destrucción ecológica

Cuando se habla de producción material se supone la existencia previa de una materia, sometida a una transformación que le da una forma que antes no tenía. Pero no se advierte que toda producción material comporta una destrucción. Al interactuar con el medio natural —obteniendo de él recursos materiales y energía y devolviéndole residuos— los seres humanos alteran ese medio, lo socavan, lo contaminan, lo destruyen. En los ecosistemas naturales las alteraciones provocadas por el juego entre los organismos vegetales y animales y su entorno abiótico se compensan de manera espontánea, manteniéndose la capacidad de dicho entorno para reproducir la vida una y otra vez —salvo cuando se producen mutaciones cualitativas, a veces cataclísmicas, que reorganizan el ecosistema sobre nuevas bases. En cambio, cuando la acción humana es la que actúa sobre el medio, hacen falta intervenciones conscientes y deliberadas para compensar las destrucciones y corregir constantemente las alteraciones infligidas al medio que puedan interrumpir su capacidad de proporcionar bienes y servicios a las comunidades humanas.

Esto ya lo habían descubierto los primeros agricultores y ganaderos hace milenios: sabían que después de la cosecha era preciso restituir a la tierra cultivada los nutrientes extraídos añadiendo estiércol u otros fertilizantes. Sabían que debían luchar contra la erosión de los suelos. Sabían que sólo podían obtener madera del bosque por debajo de su tasa de regeneración. Se autoimponían vedas en la pesca para permitir a las poblaciones de peces recuperarse. Sabían, en suma, que el ser humano es un intruso que no puede sobrevivir ni vivir sin causar algún tipo de heridas a la naturaleza prístina. Pero, como en todos los asuntos humanos, el saber no se aplica siempre de manera consecuente ni menos aun infalible. La ignorancia, la imprevisión, la ambición excesiva o el error de cálculo han conducido a muchas sociedades humanas a destruir su base ecológica de subsistencia y a desaparecer. La consciencia de la destrucción inherente a la producción, pues, ha estado presente a lo largo de la historia, pero siempre coexistiendo con la amenaza de una ambición excesiva que ha desembocado, en no pocas ocasiones, a dejar de aprovechar con prudencia el medio natural.

En el curso de la era moderna tuvieron lugar dos fenómenos que lo cambiaron todo: una explosión demográfica acompañada del saqueo de la biosfera y la fractura metabólica que supuso la dependencia creciente de la especie humana de los recursos minerales de la corteza terrestre.

Explosión demográfica y saqueo de la biosfera

La población mundial, que había crecido lentamente desde los 2 millones de habitantes estimados del Paleolítico hasta los 900 millones en el año 1800, se multiplicó por ocho entre el 1800 y el 2000, alcanzando los 7.500 millones. Este salto imprimió al medio ambiente una huella ecológica muy superior a la de cualquier época anterior, incrementada por unas innovaciones técnicas más agresivas con el medio natural. En un par de siglos se produjo un gran saqueo de la biosfera (Ponting 1992: 221-241). Se liquidaron cantidades inmensas de organismos vivientes, haciendo retroceder la biodiversidad y poniendo las bases de la Sexta Gran Extinción de especies vivas actualmente en curso y provocada por Homo sapiens. La especie humana disputó con un éxito aplastante el espacio vital de la Tierra a todas las restantes especies. Se pasó de un mundo vacío a un mundo lleno de pobladores humanos (Herman Daly).

Fractura metabólica y dependencia de la corteza terrestre

El segundo fenómeno fue una fractura metabólica: hasta la revolución industrial la especie humana había vivido, como los otros animales, de los bienes y recursos proporcionados por la fotosíntesis y había usado las energías libres proporcionadas por la naturaleza (radiación solar, viento, etc.). Con la revolución industrial se empiezan a quemar combustibles fósiles, primero carbón, luego petróleo y gas fósil disponibles en el subsuelo de la Tierra. La humanidad abandonó unas energías de flujo, renovables, por otras de stock, no renovables (Tanuro 2007). Pero, además, las innovaciones científicas y técnicas permiten conocer, descubrir y poner en valor muchos recursos minerales, sobre todo metálicos, antes ignorados. Empieza entonces una carrera para extraer los recursos minerales del subsuelo del planeta. A comienzos del presente milenio la industria utiliza prácticamente todos los elementos químicos de la tabla periódica.

La magnitud de la explotación de los recursos no renovables de la corteza terrestre se echa de ver en las siguientes cifras. La biomasa extraída por las actividades agrícolas, forestales, ganaderas y pesqueras en 1995, expresada en miles de millones de toneladas, ascendía a 10,6, descontando las pérdidas. Por su parte, las rocas y minerales extraídos ascendía el mismo año a 32, descontando los residuos (gangas y estériles) (Naredo 2007: 52, cuadro 1.1). En otras palabras: la humanidad actual extrae del medio natural tres veces más cantidad —en peso— de recursos abióticos del subsuelo que de recursos bióticos producidos por la fotosíntesis.

Tanto los combustibles fósiles —y el uranio— como los minerales metálicos y no metálicos son recursos no renovables, presentes en cantidades limitadas en la corteza terrestre. Si añadimos los fertilizantes de origen también mineral usados en la agricultura moderna, resulta que las sociedades humanas han dado un salto de gran transcendencia: han pasado de depender de recursos renovables y procedentes de la fotosíntesis a depender de recursos no renovables del subsuelo. Este cambio ha permitido intensificar la producción, obteniendo cantidades muy superiores de bienes (entre ellos más alimentos y medicamentos que incrementan la población humana y su esperanza de vida), proporcionando utilidades y comodidades nunca vistas. Pero intensificar la producción en el marco de un sistema socioeconómico expansivo como es el capitalismo ha supuesto intensificar también la destrucción. Las mejoras en el transporte han permitido no depender de los recursos cercanos y llegar hasta el último rincón del mundo para proveerse de lo necesario. La capacidad para no depender de los ecosistemas de proximidad alimenta la ilusión de que al ser humano todo le resulta posible, y que no hace falta reparar los daños infligidos al medio. A partir de ahí, el delirio antropocéntrico de dominación ilimitada ha desencadenado una carrera hacia una destrucción creciente de todas las condiciones de vida que no ha dejado de acelerarse.

Redefinir la noción de producción

En este contexto resulta obligado redefinir la noción de producción en la línea propuesta, asociando producción económica con deterioro ecológico (Naredo y Valero 1999) y proponiendo la tarea previa de minimizar la destrucción y la tarea ulterior de aplicar la regeneración, restauración o reposición como complemento necesario de la producción, a fin de hacer posible una economía sostenible en el tiempo. Hoy se percibe mejor que nunca que nuestros éxitos productivos son indisociables de los “efectos colaterales” destructivos que supone la sobreexplotación de la biosfera y la explotación irreversible de la corteza terrestre bajo el impulso al crecimiento incesante del sistema capitalista. La destrucción asociada a la actual abundancia ha llegado tan lejos que pone en peligro la reproducción mínima necesaria para sostener para toda la población una vida que merezca el calificativo de humana.

¿Qué cabe decir del sistema agroalimentario? Desde sus inicios la agricultura requirió alterar los ecosistemas preexistentes —sobre todo deforestando con el fuego— y reconstruir unos ecosistemas simplificados (agroecosistemas) destinados a asegurar alimentos y otros productos vegetales que han resultado (con excepciones) ecológicamente viables, aunque a menudo empobrecidos desde distintos puntos de vista. Lo mismo puede decirse de la ganadería, la pesca y el aprovechamiento forestal. A lo largo de la historia muchas comunidades agrícolas han sido conscientes de la necesidad de restauración permanente de la fertilidad de la tierra y han hallado fórmulas perdurables. Actualmente la recuperación ecologista de esta consciencia pone en entredicho las prácticas insostenibles de la agricultura llamada industrial aplicadas desde hace un par de siglos. Se está investigando y ofreciendo alternativas, pero no hay alternativa real sin una agricultura ecológica que no dependa de la energía del petróleo ni de otras aportaciones no renovables de la corteza terrestre. Las modalidades más artificializadas de agricultura moderna (cultivo sin tierra, agricultura vertical, etc.) sólo serán prácticas regenerativas viables si pueden prescindir de insumos no renovables.

Por otra parte, en un “mundo lleno” como el actual en el que habrá que renunciar a gran parte del transporte mecánico, deberá garantizarse que la provisión de alimentos sea suficiente y esté al alcance de todos, lo cual implica la máxima proximidad posible entre producción agroalimentaria y consumo, sólo viable con una redistribución espacial de las poblaciones humanas: un regreso a la tierra de millones de personas, un éxodo urbano hacia territorios rurales y ciudades medias y pequeñas más próximas a las fuentes de alimentos.

Para numerosas corrientes del pensamiento moderno agricultura, ganadería y pesca se han visto como sectores “tradicionales”, incapaces de modernizarse y contribuir significativamente al crecimiento económico por su menor capacidad para introducir aumentos de productividad. Se ha considerado a los campesinos poco menos que una rémora del pasado. Hay que superar esta visión: hay que restituir al sector agroalimentario y a sus protagonistas la importancia vital que tienen. La crisis a la que nos encaminamos los colocará en el lugar que les corresponde: un lugar central en la sociedad.

Las graves incógnitas del saqueo de la corteza mineral de la Tierra

Si persisten las tasas actuales de extracción y reciclado, se llegará a un punto en que los minerales aprovechables de la Tierra no bastarán para unas demandas industriales que no cesan de aumentar. Habrá que adaptarse a cantidades inferiores. El metabolismo industrial sólo podría imitar los procesos circulares de la biosfera si la energía usada por el ser humano fuese toda ella renovable y se reciclara el 100% de los materiales, lo cual es imposible. Es oportuno recordarlo cuando los voceros del capitalismo verde ofrecen el paso a una “economía circular” como una solución milagrosa a nuestro alcance.

El agotamiento de los combustibles y el uranio, previsto para la segunda mitad del siglo XXI, privará a la humanidad de las fuentes energéticas que han alimentado —hasta en un 85%— toda la civilización industrial. Habrá que encontrar fuentes alternativas de energía, que no podrán ser más que las renovables. Pero captar las energías renovables exige espacio y materiales, y las reservas de los metales necesarios para hacer funcionar las infraestructuras de captación no bastan para obtener la cantidad desmesurada de energía que usa la actual sociedad industrial (García Olivares, Turiel et al.: 2012). Será preciso reducir drásticamente el uso de energía y, por tanto, de recursos materiales y artefactos. Teniendo en cuenta el volumen de la población mundial y la cantidad y calidad de sus demandas, esta situación planteará retos de muy difícil solución. El drama que amenaza el inmediato futuro radica en haber construido una civilización material sumamente rica, compleja y energívora gracias a una abundancia de energía de stock de elevada densidad que se habrá agotado en el curso de pocos decenios.

El cambio climático puede parecer una amenaza más peligrosa que la perspectiva de un declive energético. Pero ello equivale a ignorar el papel estratégico que desempeña la energía en todas las actividades humanas; y a ignorar también que la emergencia climática solo puede enfrentarse eficazmente suprimiendo la quema de combustibles fósiles. McGlade y Ekins estiman que la quema entre 2010 y 2050 de todas las reservas fósiles conocidas triplicaría las emisiones de CO2 que mantendrían la temperatura del planeta por debajo de los 2 ºC, y para evitarlo proponer abstenerse de extraer del subsuelo 1/3 del petróleo, 1/2 del gas y 4/5 del carbón (Van der Ploeg y Rezai 2017). Pero en ambos casos —tanto si se adopta esta medida de autocontención como si se queman de manera irresponsable todos los combustibles fósiles a nuestro alcance— el problema del suministro de energía sería el mismo. En los dos supuestos la especie humana se encaminaría —con ritmos y efectos diferentes— hacia una dependencia decreciente de los combustibles fósiles y hacia una transición obligada (felizmente obligada) hacia un modelo energético renovable. La necesidad de adaptarse a un modelo energético renovable, dependiente de energías de flujo de densidad menor, no garantizará que se pueda mantener sin cambios importantes la actual civilización material a la que la gente se ha acostumbrado, lo cual impondrá un decrecimiento que puede resultar traumático, a menos que tenga lugar en un marco social completamente nuevo, ecosocialista.

Las estimaciones sobre disponibilidad de los materiales de la corteza terrestre indican que, si siguen los actuales ritmos de extracción, se agotarán los metales y otros materiales estratégicos en períodos que oscilan entre los 40 y los 100 años (Pitron 2019: 192). Esto augura un futuro en que ha humanidad tendrá que hacer funcionar su sistema productivo con un acervo de recursos que no sólo será limitado, sino obligadamente decreciente a partir de un punto determinado, ya que el reciclado no es posible con rendimientos del 100%, de modo que el sistema productivo deberá adaptarse a una cantidad menguante de materiales de la Tierra. Actualmente las cantidades de metales reciclados quedan lejos de las extraídas del subsuelo. El porcentaje de metal reciclado que se destina a la demanda final es para el aluminio del 34-36%, para el cobalto del 32%, para el cobre del 20-37%, para el níquel del 29-41% y para el litio de menos del 1% (World Bank 2020 [cifras de UNEP 2011]). Si prosiguen las actuales tasas de extracción y reciclado, pues, llegará un momento en que los metales disponibles no bastarán para satisfacer las demandas de unos usos industriales en expansión permanente. Será preciso adaptarse a una dotación menor. Como vio lúcidamente Georgescu-Roegen hace medio siglo, el principal obstáculo a la continuidad del industrialismo es más de materiales que de energía (cf. Naredo 2017: 75-76).

La finitud de la corteza terrestre, pues, pone un límite a los minerales aprovechables, incluyendo en este límite la cantidad de metales necesaria para un modelo energético 100% renovable y para la digitalización que requeriría dicho modelo con las actuales tecnologías de captación y control digital y con los actuales niveles de uso energético. El actual uso masivo de recursos minerales no renovables es el caso más flagrante de destrucción asociada a la producción porque su extracción es irreversible e irrepetible y la degradación entrópica asociada a su utilización reduce irremediablemente su disponibilidad futura. De cara al porvenir, será inevitable adoptar formas de existencia humana sobre una base material más reducida. ¿Será viable entonces la vida humana? ¿Y la civilización?

No hay respuestas concluyentes a tales interrogantes. La probabilidad de un estado de guerra prolongado por recursos crecientemente escasos es muy alta porque los países más ricos y poderosos tendrán la tentación de acaparar todo lo que puedan a cualquier precio. Pero incluso sin catástrofes bélicas el declive energético —y por tanto también de materiales— traerá consigo regresiones, colapsos y retrocesos en los niveles de complejidad y de civilización imposibles de pronosticar. También cabe imaginar que una pequeña parte de la humanidad pueda llegar a dominar una cantidad suficiente de fuentes de recursos del subsuelo para erigirse (al menos durante un tiempo, antes de agotar su propia base material) en potencia dominante sobre el resto de la humanidad. El desigual reparto de recursos del planeta permite imaginar escenarios de futuro muy variados, incluidas las distopías más devastadoras.

Paradójicamente, puede ocurrir que la finitud de los recursos de la Tierra sea el obstáculo insuperable que logre detener la carrera hacia el abismo. Así como la escasez de metales imposibilita construir una infraestructura de energías renovables que pueda suministrar a la humanidad las cantidades de energía usadas hoy, también hará imposible el despliegue previsto de las redes de comunicación y la digitalización que promueven y celebran los heraldos de dicho progreso. Los sistemas informático —incluso antes del despliegue del 5G— utilizan ya cantidades de energía comparables a las utilizadas por toda la aviación civil mundial, y tienen necesidades en metales escasos que alcanzarán pronto sus límites. El sistema mundial de transporte topará con límites semejantes si se pretende mantener la flota actual de vehículos pero reconvertida a energías renovables: “Transformar la actual flota de vehículos con motor de combustión (990 millones de automóviles, 130 millones de camionetas, 56 millones de camiones y 670 millones de motos) en una flota de vehículos eléctricos requeriría el 33% del litio, el 48% del níquel y el 59% del platino existentes en la corteza terrestre. Esto sería técnicamente factible, pero aun en este caso, podría provocar un aumento enorme de los precios de estos metales y bloquear la demanda de los mismos para otros usos industriales” (Bellver 2019).

En un horizonte de penuria, la ciencia puede ofrecer innovaciones útiles. La “ciencia de los materiales”, por ejemplo, puede obtener substancias artificiales con las que lograr ciertos servicios con cantidades muy inferiores de masa, como el grafeno, que se fabrica con un elemento muy abundante en la naturaleza: el carbono. La investigación deberá orientarse a la mejora de la eficiencia en energía y materiales. Constituirá sin duda una parte importante de la necesaria transformación de las fuerzas productivas hacia un metabolismo mejorado y simplificado en el seno de una economía humanista sin crecimiento.

Paradigmas ecológico y evolucionista

El corpus teórico marxista no vincula el industrialismo moderno con la fractura metabólica fosilista y la dependencia masiva de los minerales de la corteza terrestre, revelando así que se trata de una visión no ecológica. No haber comprendido la diferencia radical entre un metabolismo basado en la fotosíntesis y las energías libres y otro basado en recursos no renovables y finitos, destinado al callejón sin salida del agotamiento de los stocks del subsuelo, es una debilidad teórica que impide abordar adecuadamente la interpretación del industrialismo y sus perspectivas. Daniel Tanuro (2007) lo ha percibido correctamente cuando dice que ni Marx ni Engels “parecen haber comprendido que el paso de la leña a la hulla constituía un cambio cualitativo muy importante: el abandono de una energía de flujo (renovable) a favor de una energía de stock (agotable)”. Pero no desarrolla esta idea hasta su desenlace lógico: el paso de la leña a la hulla ha permitido un crecimiento excepcional de las fuerzas productivas que el movimiento inverso —en este caso, del petróleo a la eólica/fotovoltaica— no podrá mantener al mismo nivel y con las mismas formas. Se trata de lo que Alain Gras llama “la trampa de las energías fósiles”. La demanda de energía (de flujo) con las tecnologías modernas acarrea la demanda paralela de minerales, de manera que no se trata de pasar simplemente del uso de recursos de stock al de recursos de flujo, pues los recursos de flujo requieren también bienes de stock, y en grandes cantidades debido al nivel muy alto de consumo y de necesidades al que las poblaciones humanas se han acostumbrado. Será preciso revolucionar las fuerzas productivas, construir una matriz productiva nueva y distinta, asentada sobre un sistema de energías renovables de flujo. Y aceptar las limitaciones de la producción correspondientes.

Un elemento de la perspectiva de futuro que resulta invisible con este marco teórico es que el agotamiento de la matriz energética fosilista imposibilitará la continuidad del capitalismo como sistema socioeconómico basado en la expansión indefinida de la producción de valor y, por tanto, de la apropiación y acumulación de recursos naturales. Este tope —intrínsecamente ecológico— supone un obstáculo para la continuidad del sistema mucho más contundente que el tope social contemplado por Marx y Engels: “la burguesía produce ante todo sus propios sepultureros. Su desaparición y la victoria del proletariado son igualmente inevitables” (Manifiesto del partido comunista). Y este límite ecológico condiciona también el futuro, incluso en la perspectiva del ecosocialismo: habrá que adaptarse a un modelo energético de menor potencia y renunciar a las formas actuales de abundancia material, abundancia que no debe confundirse con bienestar.

Es posible que se haya agotado el tiempo para una salida constructiva y que no nos quede otra alternativa que prepararnos para lo peor. En todo caso, la perspectiva de una u otra forma de colapso ecosocial sólo es imaginable a partir de un paradigma ecológico, no evolucionista. (Hay que decir también que de Marx siempre cabe esperar sorpresas, pues, como sucede a menudo con los pensadores grandes, era capaz de pensar con gran libertad fuera de sus propios marcos conceptuales. Al comienzo del Manifiesto comunista dice, en efecto, que la lucha de clases a lo largo de la historia ha terminado “siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna” [cursiva añadida]. La observación contrasta marcadamente con el tono evolucionista del texto en que figura y que caracteriza el marxismo tal como se desarrolló tras la muerte de su autor…)

En algo así se resume el cambio de paradigma necesario.

Por Joaquim Sempere | 14/04/2021

 [Versión modificada del artículo publicado con el mismo título en Revista de Economía Crítica, núm. 30 (segundo semestre de 2020)]

 

Referencias bibliográficas

Bellver, José (2019): “Costes y restricciones ecológicas al capitalismo digital”, in Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, nº144. Madrid

Boulding, Kenneth (1989): “The Economics of the Coming Spaceship Earth”, reproducido [“La economía futura de la Tierra como un navío espacial”, pp. 262-272] en Herman E. Daly, comp., Economía, ecología, ética. Ensayos hacia una economía en estado estacionario. México, Fondo de Cultura Económica

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Foster, John Bellamy (2000): Marx’s Ecology. Materialism and Nature. New York, Monthly Review Press [trad. castellana La ecología de Marx. El Viejo Topo, 2004].

García Olivares, Ballabrera, García Ladona y Turiel (2012): “A global renewable mix with proven technologies and common materials”, en Energy Policy, 41, pp. 561-574.

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Publicado enMedio Ambiente
En el laboratorio experimentan con un ejemplar de venus atrapamoscas y con uno de tabaco. Foto Afp

Singapur. Hablar de plantas carnívoras manipuladas a distancia o vegetales que avisan cuando se ven afectados por una enfermedad no refiere a una película de ciencia ficción, sino a la obra de científicos que experimentan nuevos sistemas para comunicarse con esos seres.

En Singapur los investigadores conectaron plantas a electrodos capaces de detectar las bajas señales eléctricas que los vegetales emiten de forma natural.

Utilizaron esa tecnología para que una dionea atrapamoscas cierre sus "mandíbulas", formadas por dos lóbulos, cuando un teléfono inteligente emite una señal.

Después unieron uno de los lóbulos a un brazo robótico para agarrar un alambre de medio milímetro y luego un objeto pequeño mientras caía.

La tecnología está en ciernes, pero los investigadores creen que podría servir en el futuro a concebir "robots-plantas" capaces de manipular objetos demasiado frágiles para los brazos rígidos de las máquinas.

“Estas especies de robots naturales podrían interrelacionarse con otros artificiales para crear sistemas híbridos”, declaró Chen Xiaodong, autor de un estudio publicado por la Universidad Tecnológica Nanyang (NTU, por sus siglas en inglés) de Singapur.

Quedan muchos problemas por resolver. Por ejemplo, los científicos pueden estimular las "mandíbulas" de las dioneas atrapamoscas para que se cierren, pero no son capaces de abrirlas, un proceso que en la naturaleza dura 10 horas o más.

El sistema también puede detectar las señales débiles emitidas por las plantas. Esto a la larga podría permitir que los agricultores fueran alertados en una fase precoz cuando esos seres estén enfermos.

"Vigilando las señales eléctricas de las plantas, podríamos ser capaces de detectar cuando piden socorro y anomalías", afirmó Chen.

"Los agricultores podrían darse cuenta de que una enfermedad se propaga, incluso antes de que aparezcan síntomas claros."

Hace tiempo que los científicos conocen la existencia de las señales eléctricas emitidas por las plantas, pero su superficie irregular y blanda dificulta la instalación de sensores.

Los investigadores concibieron electrodos con una textura flexible que se pueden ajustar alrededor de una planta para detectar señales de forma más fiable. Se pegan con un termogel.

Otros investigadores van por el mismo camino.

En 2016, un equipo del Instituto de Tecnología de Massachusetts utilizó hojas de espinaca como detectores capaces de enviar correos electrónicos a los científicos cuando se detectaban explosivos en el subsuelo.

Los investigadores colocaron nanotubos de carbono que podían emitir una señal fluorescente cuando las raíces de las plantas detectaban compuestos nitroaromáticos, sustancia que suele usarse en los explosivos. Una cámara infrarroja leía la señal y enviaba un mensaje a los científicos.

Identifican gen que facilitaría a las plantas soportar el calentamiento global

Modificar la reacción a la temperatura con la finalidad de garantizar el futuro de nuestro suministro de alimentos, el propósito, señala investigador

 

Un nuevo gen sensor de calor identificado por científicos de la Universidad de California en Riverside puede ser la respuesta a la necesidad de que plantas soporten el calentamiento global.

Para 2050, la subida de calor podría reducir el rendimiento de los cultivos en un tercio. Las temperaturas más cálidas indican a las plantas que se acerca el verano. Al anticipar menos agua, florecen temprano y luego carecen de energía para producir más semillas, por lo que los rendimientos de los cultivos son menores. Esto es problemático, ya que se estima que la población mundial aumente a 10 mil millones de humanos, con mucha menos comida disponible.

"Necesitamos plantas que puedan soportar temperaturas más cálidas, que tengan más tiempo para florecer y un periodo de crecimiento más largo", señaló Meng Chen, profesor de botánica y ciencias de las plantas en Riverside, en un comunicado.

"Pero, para modificar las respuestas de temperatura de las plantas, primero hay que entender cómo funcionan. Por eso es muy importante identificar ese gen que permite la respuesta al calor."

El nuevo gen, descrito en Nature Communications, es el segundo que han encontrado involucrado en la detección de temperatura.

Localizaron el primero, llamado Hemera, hace dos años. Luego hicieron un experimento para ver si podían identificar otros genes involucrados en el control del proceso de detección de temperatura.

Por lo general, las plantas reaccionan a cambios de incluso unos pocos grados en el clima. Para este experimento, el equipo comenzó con una planta de Arabidopsis mutante completamente insensible a la temperatura, y la modificaron para volver a ser reactiva una vez más.

El examen de los genes de esta planta mutada dos veces reveló el nuevo, RCB, cuyos productos trabajan en estrecha colaboración con Hemera a fin de estabilizar la función de detección de calor. "Si anula cualquiera de los genes, su planta ya no es sensible a la temperatura", destacó Chen.

Se requiere que tanto Hemera como RCB ajusten la abundancia de un grupo de reguladores genéticos maestros que cumplen múltiples funciones, reaccionan a la temperatura y a la luz y hacen que las plantas se vuelvan verdes. Estas proteínas se distribuyen a dos partes diferentes de las células vegetales: el núcleo y los orgánulos llamados cloroplastos.

Chen indicó que en el futuro su laboratorio se centrará en comprender cómo estas dos partes de la célula se comunican y trabajan juntas para lograr el crecimiento, el enverdecimiento, la floración y otras funciones.

"Cuando cambia la luz o la temperatura, los genes tanto en el núcleo como en los cloroplastos cambian su expresión. Creemos que Hemera y RCB están involucrados en la coordinación de la expresión génica entre estos dos compartimentos celulares", explicó el científico.

En última instancia, el objetivo es modificar la respuesta a la temperatura para garantizar el futuro de nuestro suministro de alimentos.

"Estábamos emocionados de encontrar este segundo gen. Es una nueva pieza del rompecabezas. Una vez que entendemos cómo funciona todo, podemos modificarlo y ayudar a los cultivos a afrontar mejor el cambio climático", concluyó el experto.

Esquema de algunas de las ideas para refrescar la atmósfera terrestre. — Universidad de Harvard

Un informe sobre la geoingeniería solar de las Academias Nacionales de Estados Unidos cree que hay que investigar más esta segunda línea de defensa.

 

Si no hay nuevos retrasos, un globo estratosférico del que pende una góndola con instrumentos será lanzado el próximo mes de junio por la agencia espacial de Suecia para hacer la primera prueba de funcionamiento de un sistema que pretende investigar cómo se comportarían partículas de polvo mineral en la parte superior de la atmósfera. El objetivo último es comprobar si se le podrían poner a la Tierra unas gafas de sol para amortiguar la crisis climática.

Es Bill Gates quien financia este proyecto de la Universidad de Harvard y, a pesar de que este primer vuelo del globo y los siguientes no soltarán ninguna partícula, la oposición al experimento ya se ha hecho notar en Suecia. Sin embargo, no son pocos los científicos que creen que la geoingeniería es una línea de investigación que se debe continuar para, si no se alcanzan los objetivos de reducción de emisiones de efecto invernadero, contribuir a aminorar los efectos del cambio climático, como segunda línea de defensa. No es, sin embargo, un sustituto de la descarbonización y la mitigación, aseguran.

Esta postura se refleja ahora en el nuevo informe de las Academias Nacionales de Estados Unidos (NASEM) sobre técnicas para reflejar la luz del Sol, que disminuirían el calentamiento de la Tierra. El informe es favorable a que este país, en colaboración con otros, desarrolle "de forma cautelosa" la investigación sobre la posible intervención en el clima a través de la geoingeniería, para conocer tanto sus efectos potenciales positivos como los riesgos de la gestión de la radiación solar.

La estrategia para refrescar la Tierra se basa en tres técnicas que, según el informe, vale la pena investigar e incluso se podrían combinar. Dos son para reflejar más la radiación solar y la tercera para aumentar la radiación terrestre. La primera y mejor estudiada consiste en añadir pequeñas partículas reflectivas (de carbonato cálcico en el caso del experimento SCoPEx de perturbación estratosférica de Harvard) para formar aerosoles en la parte superior de la atmósfera, entre los 16 y los 25 kilómetros de altura. Algo parecido a lo que sucede en las erupciones volcánicas. La segunda consiste en aumentar el espesor o la reflectividad de las nubes bajas marinas y está muy poco desarrollada. Basándose en las nubes acumuladas que se observan claramente en las rutas marítimas, causadas por la contaminación emitida por los barcos, se ha lanzado la idea de pulverizar agua marina en diversas zonas para que se formen más nubes. La tercera sería aligerar las nubes altas de hielo (los cirros, entre los 6 y los 13 kilómetros) para que escape más radiación infrarroja al espacio. Para ello se sembrarían las nubes con hielo para formar núcleos mayores que los naturales y acortar así su vida, pero esto solo funcionaría en unas condiciones determinadas.

Todas son propuestas arriesgadas y, como en la primera se actuaría sobre el mismo nivel que ocupa la capa de ozono, se sabe que, al menos en esta, las consecuencias serían de larga duración. Sin embargo, se estima que bastaría con reflejar un 1% de la radiación solar que ahora absorbe la Tierra para contrarrestar el aumento de los gases de efecto invernadero hasta la fecha.

El informe es el fruto de varios años de trabajo de ingenieros, científicos y médicos, entre otros especialistas, y pretende ser un documento de consenso para la política científica y también informar al público en general sobre el tema. Desarrolla uno anterior, de 2015, más general, pero se centra con mayor detalle en la intervención atmosférica.

No se trata, se afirma en el informe, de diseñar un programa nacional de geoingeniería solar para ponerlo en práctica en el futuro sino para comprender mejor los muchos aspectos desconocidos de esta tecnología, entre ellos cómo podrían afectar a los fenómenos meteorológicos extremos, a la agricultura, a los ecosistemas naturales y a la salud humana, señalan las Academias Nacionales. El programa estaría sometido a estrictas reglas y a la participación pública. Solo se permitirían experimentos al aire libre cuando fueran absolutamente necesarios para complementar los trabajos de laboratorio y modelización o cuando aprovecharan algún fenómeno natural, como una erupción volcánica.

Para todo ello, la comunidad científica pide entre 100 y 200 millones de dólares durante los primeros cinco años para estudiar 13 áreas de investigación concretas que se pueden agrupar en tres grandes ámbitos: los objetivos y el contexto de la geoingeniería solar, los impactos y las dimensiones técnicas de cada tecnología, y los aspectos sociales. Actualmente estos temas se investigan parcialmente, sin coordinación y sin reglas específicas.

"En la ingeniería solar hay muchas preguntas científicas sin respuesta sobre los riesgos y los efectos secundarios, pero son igualmente importantes las preguntas sobre quién decidirá el despliegue de esta intervención para enmascarar el calentamiento global y durante cuánto tiempo", ha dicho Marcia McNutt, presidenta de las academias. "Dada la urgencia de la crisis climática, es necesario estudiar más la geoingeniería solar, pero lo mismo que sucede con otros campos, como la inteligencia artificial o la edición genética, la ciencia tiene que preguntar a la población no solo si podemos hacerlo realidad sino si debemos".

Como pasa tantas veces en ciencia, avanzar en el conocimiento, aunque sea en temas que nunca se hagan realidad exactamente como se previeron, puede dar una ventaja sustancial en muchas otras áreas a los países que los investigan. Este puede ser uno de esos casos.

 06/04/2021 07:07

Por Malen Ruiz de Elvira

Fuentes: 15-15-15 [Imagen: Txus Cuende]

Imagine que vive en una casa cuyos cimientos tienen daños estructurales. Al principio puede que usted no lo note mucho. De vez en cuando, puede que aparezcan algunas grietas en las paredes. Si se ponen muy mal, dará usted una nueva capa de pintura sobre ellas, y todo quedará otra vez perfecto, al menos por un tiempo.

Pero ¿y si su casa está asentada sobre una zona de terremotos? Quienes vivimos en California sabemos lo que es llamar al ingeniero de estructuras y que te diga que la casa tiene que ser reformada si quieres que sobreviva al Big One. A veces es necesario trabajar en sus cimientos, cuando hay defectos ocultos sobre los que hemos construido nuestra casa.

Podemos pensar que nuestra visión del mundo occidental es una casa cognitiva en la que vivimos —un edificio de ideas que capa a capa se ha construido sobre anteriores edificaciones, acumuladas por las generaciones pasadas. Nuestra civilización global se enfrenta a la amenaza de su propio Big One, un Gran Terremoto, en forma de cambio climático, el agotamiento de los recursos y la extinción de las especies. Si nuestra visión del mundo está construida sobre cimientos temblorosos, necesitamos saberlo: necesitamos descubrir las grietas y repararlas antes de que sea demasiado tarde.

Nuestra visión del mundo es un conjunto de asunciones que tenemos sobre cómo son las cosas: cómo funciona la sociedad, su relación con el mundo natural, lo que es valioso y lo que es posible. Ese conjunto permanece a menudo incuestionable e implícito, pero es profundamente sentido y subyace a muchas de las decisiones que tomamos en nuestras vidas.

Formamos nuestra visión del mundo implícitamente conforme crecemos, a partir de la familia, los amigos, y de la cultura, y una vez construida, apenas somos conscientes de ella a menos que se nos presente una visión diferente del mundo en comparación. El origen inconsciente de nuestra cosmovisión la convierte en casi inflexible. Eso es perfecto cuando trabaja para nosotros. Pero ¿qué ocurre si nuestra visión del mundo está causando que actuemos forzosa y colectivamente en maneras que en realidad están minando el futuro de la humanidad? En ese caso, es importante que tengamos una mayor conciencia de ella.

En la investigación de mi libro The Patterning Instinct: A Cultural History of Humanity’s Search for Meaning he excavado esas capas ocultas de nuestra moderna cosmovisión y he encontrado que muchas de las ideas que consideramos sacrosantas se apoyan en cimientos dañados. Hay mitos que emergieron de asunciones erróneas hechas en diferentes momentos y lugares de la historia. Se han repetido con tanta frecuencia que mucha gente jamás ha pensado en cuestionarlas. Pero es necesario hacerlo, porque las bases de nuestra civilización y su perspectiva, son estructuralmente defectuosas.

La buena noticia es que, de cada defecto estructural, podemos encontrar un principio alternativo que ofrece una base sólida para un florecimiento sostenible y a largo plazo. Nuestra mayor esperanza como civilización que sobreviva a ese Gran Terremoto que viene, es reconocer esos defectos subyacentes, y trabajar juntos para reconstruir una visión global con basamentos más seguros. Hay ocho fallas profundas que he encontrado, junto con sus principios alternativos que, en conjunto, podrían crear la base de una civilización floreciente para las generaciones futuras.

Fallo estructural 1: Los seres humanos son fundamentalmente egoístas

La economía moderna se basa en la asunción —respaldada por teorías biológicas obsoletas— de que los seres humanos se mueven predominantemente por su propio interés, y que sus acciones egoístas en conjunto son la fuente de muy buenos resultados para la sociedad. En palabras del biólogo de la vieja escuela Richard Alexander, “la ética, la moral, la conducta , y la psique humana sólo pueden entenderse si vemos las sociedades como conjuntos de individuos, cada uno de ellos en busca de su propio interés”. La historia geopolítica del siglo XX se usa como prueba de esta filosofía. El Comunismo fracasó, se nos dice, porque estaba basado en una visión no realista de la naturaleza humana, mientras que el Capitalismo triunfó porque se fundamenta en el uso de la naturaleza egoísta de cada individuo para el bien final de la sociedad.

Nuevo fundamento: Los seres humanos son fundamentalmente cooperativos.

De hecho, la Antropología moderna y la Neurociencia muestran que la cooperación, la identidad grupal, y el sentido de la justicia son rasgos definitorios de la humanidad. En contraste con los chimpancés, obsesionados por competir entre ellos, los humanos evolucionaron para convertirse en los primates más cooperativos, a través de su habilidad para compartir con otros sus intenciones, y para reconocer al mismo tiempo que los otros ven el mundo desde diferentes perspectivas. Esto permitió a los primeros humanos trabajar colaborativamente en tareas complejas, creando comunidades que compartían valores y prácticas que se convirtieron en la base de la cultura y la civilización.

Un elemento esencial en la habilidad de los humanos para trabajar juntos es el sentido evolucionado de justicia. Sentimos la justicia tan intensamente que preferimos abandonar antes que permitir que alguien se aproveche injustamente de nosotros. El sentido intrínseco de la justicia es, según indican psicólogos evolutivos prominentes, el ingrediente extra que condujo al éxito evolutivo de nuestra especie y que creó la base cognitiva de valores cruciales de nuestro mundo moderno, como la libertad, la igualdad y el gobierno representativo.

En un 99% del tiempo de historia humana, vivimos juntos en grupos de cazadores recolectores, en los que predominaba un ethos igualitario. Si un cazador de éxito empezaba a ser socialmente más dominante, el resto del grupo se aliaba para mantener su ego bajo control. Una ética compartida prevalecía en todos los aspectos de la vida. Cuando un antropólogo preguntó a un cazador recolector en el remoto Amazonas por qué en su grupo no ahumaban o secaban la carne para almacenarla, pese a saber cómo hacerlo, respondió: “Yo almaceno mi carne en el estómago de mi hermano”.

Fallo estructural número 2: Los genes son fundamentalmente egoístas

En un nivel más profundo, la idea de que los mismos genes son egoístas ha calado en la conciencia colectiva. Desde que en 1976 publicara Richard Dawkins El Gen Egoísta, la gente ha llegado a creer que la evolución es el resultado de la competición entre genes, siguiendo un impulso sin remordimientos por replicarse a sí mismos. La competición más ruda es vista como la fuerza que separa a los ganadores de los perdedores en la evolución.

Incluso el altruismo es interpretado como una forma sofisticada de conducta usada por un organismo para propagar sus propios genes de modo más eficaz. El biólogo Robert Trivers generó una noción de lo que denominó el “altruismo recíproco”, como una antigua estrategia evolutiva presente en la conducta de peces y pájaros, e interpretó el altruismo humano del mismo modo: “Bajo ciertas circunstancias”, escribió, “la selección natural favorece estas conductas altruistas porque a largo plazo benefician al organismo que las lleva a la práctica”.

Nuevo fundamento: La naturaleza es una red

Este argumento ha quedado muy desacreditado como interpretación simplista de la evolución. En su lugar, los biólogos están desarrollando una visión más sofisticada de la evolución, como una serie de sistemas complejos e interconectados, en los que los genes, los organismos, la comunidad, la especie, y el entorno interactúan todos unos con otros, tanto competitivamente como cooperativamente, en una red que se extiende en el tiempo y en el espacio. Los ecosistemas se mantienen saludables por su interacción intensamente sincronizada entre muy diferentes especies. Los árboles en un bosque, hemos descubierto, se comunican unos con otros en una red compleja que los mantiene colectivamente con salud —un sistema al que se ha denominado la wood wide web.

En lugar de un campo de batalla de genes egoístas compitiendo para superar unos a los otros, los biólogos modernos ofrecen una nueva visión de la naturaleza como una red de sistemas interconectados, que dinámicamente se optimizan en diferentes niveles de la selección evolutiva. Este reconocimiento de que las redes colaborativas son parte esencial de los ecosistemas sostenibles puede inspirar nuevas vías para estructurar la tecnología humana y la organización social para un futuro florecimiento.

Fallo estructural 3: Los humanos están separados de la naturaleza

Más profundo que los anteriores fallos estructurales es este otro: la creencia implícita en que los humanos están separados de la naturaleza. La fuente de esta idea puede rastrearse hasta los antiguos griegos. Platón veía al ser humano como una entidad dividida, en la que un alma eterna se hallaba encerrada en un cuerpo mortal. El fin último de la filosofía era dejar atrás el cuerpo e identificarse solo con el alma que nos vinculaba a la divinidad. Dos milenios y medio después, Descartes actualizó el mito de Platón con su idea de que la verdadera esencia de la persona es su pensamiento, mientras que el cuerpo no es asunto de valor intrínseco alguno.

La implicación de esta división cartesiana es que el resto de los animales naturales, las plantas, y todo lo demás, no tiene valor porque no piensa como un ser humano. Al desacralizar la naturaleza, se permitió a los humanos utilizarla sin remordimientos para sus intereses propios. El Viejo Testamento proporcionó más justificación teológica a este mito, con el mandato de Dios a Adán y Eva de que debían “dominar” la tierra y “reinar” sobre todo ser viviente en ella.

El proyecto de la ciencia, que despegó en el siglo XVII, via a partir de ahí cada aspecto del mundo material como el libre juego para la recogida de datos, la investigación, y la explotación. Francis Bacon inspiró a generaciones de científicos con su llamada a “conquistar la naturaleza”. Los arengó para que “unieran fuerzas contra la naturaleza de las cosas, para que estallaran en la ocupación de sus castillos y sus fortalezas, y extendieran los límites del imperio humano”.sepa

Nuevo fundamento: Los seres humanos son parte integral de la naturaleza

Estas ideas están tan intrincadas en la psique moderna que es fácil olvidar que son exclusivas de la visión europea del mundo. Otras culturas a lo largo de la historia han visto a los humanos compartiendo el mundo en igualdad con todas las otras criaturas. La tierra es su madre, el cielo su padre. Aquellos que deseen estar en armonía con la naturaleza, en palabras del Tao Te Chin, deben ser “reverentes, como los invitados”.

Los hallazgos de la Biología moderna y de la Neurociencia validan el conocimiento implícito de las tradiciones tempranas. Los humanos son de hecho organismos mentales-corporales integrados, que contienen en su interior ecosistemas y que igualmente participan en los más amplios ecosistemas de la naturaleza. Cuando destruimos la complejidad del mundo natural, minamos el bienestar de todos los organismos, incluido el nuestro propio. En las profundas palabras de un slogan en la COP21 de Paris, “No defendemos la naturaleza. Somos naturaleza que se defiende a sí misma”.

Fallo estructural 4: La naturaleza es una máquina

Junto a la separación de los humanos respecto a la naturaleza, otro mito cultural exclusivamente europeo proclama que la naturaleza es una máquina. Desde la revolución científica del siglo XVII, la visión de la naturaleza como una máquina compleja se ha extendido mundialmente, llevando a algunas de las más brillantes mentes de nuestro tiempo a perder de vista que esta frase es una metáfora, y a creer erróneamente que la naturaleza es realmente una máquina.

Ya en 1605, Kepler encuadraba su vida de investigador en esta idea, al escribir: “Mi intención es mostrar que la máquina celestial es más comparable al mecanismo de un reloj que a un organismo divino”. Del mismo modo, Descartes declaraba: “No reconozco diferencia alguna entre las máquinas hechas por artesanos y los diversos cuerpos que la naturaleza compone por sí misma”.

En décadas recientes, Richard Dawkins ha difundido una versión actualizada de este mito cartesiano, escribiendo con gran éxito que “la vida son simplemente bytes y más bytes de información digital”, y añadiendo: “Esto no es una metáfora, es la pura verdad. No sería más evidente si llovieran discos duros”. Si abrimos cualquier revista científica, veremos genes descritos como programadores que “codifican” ciertos rasgos, en tanto la mente es considerada un “software” para el “hardware” del cuerpo, que es programado de determinadas maneras. Esta ilusión maquinística es ubicua, engañando a tecno-visionarios en busca de la inmortalidad, para que hagan una copia de seguridad de su mente, así como a tecnócratas que esperan resolver el cambio climático mediante geo-ingeniería.

Nuevo fundamento: La naturaleza es un fractal auto-regenerativo

Los biólogos señalan principios intrínsecos a la vida que se apartan categóricamente de la más compleja de las máquinas. Los organismos vivos no pueden ser descompuestos, como un ordenador, en hardware y software. La composición biofísica de una neurona está intrínsecamente ligada a sus computaciones: la información no existe separadamente de su construcción material.

En décadas recientes, los pensadores de sistemas han transformado nuestra comprensión de la vida, mostrándola como un sistema auto-regenerativo y auto-organizado, que se extiende como un fractal a una escala siempre creciente, de una simple célula a un sistema global de vida en la Tierra. Todo en el mundo natural es más dinámico que estático, y los fenómenos biológicos no pueden predecirse con precisión: en lugar de leyes fijas, necesitamos investigar los principios organizativos subyacentes de la naturaleza.

Esta nueva concepción de la vida nos lleva a reconocer la interdependencia intrínseca de todos los sistemas vivientes, incluído el humano. Nos ofrece las bases de un futuro sostenible en el que la tecnología es utilizada no para conquistar la naturaleza o para reorganizarla, sino para armonizarnos con ella haciendo así nuestra vida más floreciente y llena de sentido.

Fallo estructural número 5: El PIB es una buena medida de prosperidad

Oímos continuamente que el Producto Interior Bruto es un indicio claro del éxito de un país. Sin embargo lo que en realidad mide el PIB es la velocidad a la que transformamos la naturaleza y las actividades humanas en economía monetaria, sin considerar si esa transformación es beneficiosa o nociva. El defecto esencial de tomar el PIB como medida de la riqueza de un país está en que no establece distinción entre las actividades que promueven el bienestar y aquellas que lo reducen. Cualquier cosa que genere actividad económica del tipo que sea, buena o mala, cuenta para el PIB.

Cuando alguien cosecha de su jardín vegetales y los cocina para un amigo, ello no genera impacto alguno en el PIB, y en cambio, comprar una comida similar de la sección de congelados del supermercado implica un intercambio de dinero, y por ello se registra en el PIB. Con este extraño sistema de contabilidad, la polución tóxica puede ser triplemente beneficiosa para el PIB: primero cuando una compañía química genera al producir residuos nocivos; segundo, cuando es preciso limpiar dichos residuos; y tercero, si causan daños en las personas, requiriendo tratamiento médico.

La medida del PIB no solamente es anómala, sino peligrosa para el futuro de la humanidad, porque sus métricas tienen un impacto profundo en lo que la sociedad intenta conseguir. Se vota o deja de votar a líderes nacionales para gobernantes según contribuyen o no al crecimiento del PIB. Reconociendo esto, varios grupos, incluida la ONU y la Unión Europea, están explorando modos alternativos de medición de la verdadera riqueza de una sociedad. El estado de Bután fue el pionero al crear su índice de Felicidad Interior Bruta, que incorpora valores como el bienestar espiritual, la salud, y la biodiversidad.

Nuevo fundamento: Medir el progreso genuino de un país

Estas medidas alternativas ofrecen una historia muy diferente de la experiencia humana en los últimos cincuenta años, que la que nos muestra el PIB. Los investigadores han desarrollado una medición denominada Indicador del Progreso Genuino (GPI, por sus siglas en inglés), que registra aspectos negativos como la desigualdad de ingresos, la polución ambiental, o el crimen, así como aspectos positivos como las actividades de voluntariado o el trabajo doméstico, como producción nacional. Cuando se aplicó este índice a diecisiete países del mundo, se descubrió que, aunque el PIB ha crecido continuamente desde 1950, el GPI mundial alcanzó un pico en 1978 y no ha hecho sino decrecer desde entonces.

Una vez que comencemos a medir el éxito de nuestros políticos basándonos en el GPI, y no en el PIB, será más factible que el mundo se mueva hacia un modo de vida más sostenible antes de que sea demasiado tarde.

Fallo estructural número 6: La Tierra puede sostener el crecimiento ilimitado

Los mercados financieros mundiales se basan en la creencia de que la economía global seguirá creciendo indefinidamente, y sin embargo esto es imposible. Cuando la teoría económica moderna se desarrolló en el siglo XVIII, parecía razonable ver los recursos naturales como ilimitados porque, a todos los efectos de entonces, lo eran. Sin embargo, tanto el número de seres humanos como la velocidad a la que consumen ha explotado dramáticamente en los pasados cincuenta años, de modo que esta asunción es hoy lamentablemente falsa.

A la velocidad actual de crecimiento de 77 millones de personas por año —equivalente a una nueva ciudad de un millón de habitantes cada cinco días—, los demógrafos prevén un mundo con casi 10 mil millones de habitantes para 2050. La gente de todo el globo, bombardeada con las imágenes del modo de vida de los países ricos, comprensiblemente aspiran al mismo nivel de confort para sí mismos. Empujada por ese apetito insaciable de crecimiento, la economía mundial proyecta cuadruplicarse para 2050.

Los científicos han calculado que los humanos se apropian actualmente de un 40% de la energía disponible para sostener la vida en la Tierra —denominada Productividad Primaria Neta— para su propio consumo. Los seres humanos usamos más de la mitad del agua potable mundial y hemos transformado el 43% de la tierra en terreno agrícola o urbano. Para sostener nuestra velocidad actual de expansión, la apropiación por los humanos de la Productividad Primaria Neta debería duplicarse o triplicarse a mitad de siglo. Si echamos cuentas, esto no puede conseguirse en un sólo planeta tierra. En palabras del teórico de sistemas Kenneth Boulding: “Quien crea que el crecimiento exponencial puede continuar siempre en un mundo finito es o un loco o un economista”.

Nuevo fundamento: Crecer en calidad, no en consumo

La solución es transformar nuestra cultura subyacente —dejar de buscar el crecimiento del consumo— y en su lugar buscar el crecimiento de la calidad de nuestra vida. Podemos escoger participar en una economía circular, en la que prestamos, compartimos, reutilizamos o reciclamos —y cuando compremos algo nuevo, asegurémonos de que proviene de un proceso sostenible.

Pero del mismo modo que cambiar las bombillas no va a detener el cambio climático, la economía circular por sí sola no impedirá el colapso de la civilización bajo su propio peso. Necesitamos llegar a la fuente de esa carrera frenética por el perpetuo crecimiento: la dominación de nuestra economía por las empresas globales impelidas por el mandato de maximizar los ingresos de sus accionistas por encima de toda otra consideración. Despertar la conciencia pública sobre cómo esas fuerzas no humanas están conduciendo a la humanidad a la catástrofe, es una de las tareas más esenciales para todos los que nos preocupemos por el futuro floreciente de las nuevas generaciones.

Fallo estructural número 7: La tecnología es la solución

Los tecno-optimistas frecuentemente ridiculizan a Thomas Malthus, un clérigo inglés del siglo XVIII que fue el primero en advertir sobre los peligros del crecimiento exponencial. Para cada problema que emerge, aseguran, la tecnología ofrece una solución. Sin embargo, las soluciones basadas puramente en la tecnología tienden a dejar de lado los elementos estructurales profundos, a menudo creando incluso mayores problemas en el camino.

Un ejemplo es la Revolución Verde del final de los años 60, que, se dice, salvó a casi mil millones de personas de morir de hambre, exportando la agricultura altamente industrializada al mundo en vías de desarrollo. Sus consecuencias inesperadas amenazan ahora el futuro de la humanidad. El uso ubicuo de los fertilizantes artificiales ha generado masivas zonas muertas en los océanos, por los escapes de nitrógeno y la reducción severa de las capas superficiales terrestres; el uso indiscriminado de pesticidas químicos ha roto los ecosistemas; y la agricultura industrial contribuye con un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero a causar el cambio climático.

Una razón por la que nos enfrentamos a una crisis global de sostenibilidad es que nuestra cultura alimenta actitudes destructivas hacia la Tierra. La tecnología ha traído una plétora de mejoras en la experiencia humana, pero al mismo tiempo, ha empujado la creencia subyacente occidental de que “conquistar la naturaleza” es el principal vehículo del progreso. La naturaleza, sin embargo, no es un enemigo que conquistar, y cada paso que damos en esa dirección desestabiliza más y más la intrincada relación entre los humanos y nuestra única fuente de vida y de futuro floreciente, la Tierra.

Nuevo fundamento: El cambio sistémico y no el arreglo tecnológico

En lugar de confiar solamente en la tecnología, las soluciones verdaderamente efectivas trabajan con las bases sistémicas de nuestras crisis, transformando las prácticas que han causado el problema en primera instancia. La agroecología, por ejemplo, un enfoque de la agricultura basado en los principios de la ecología, contempla la tierra como un sistema profundamente interconectado, reconociendo que la salud de los seres humanos y la de la naturaleza son interdependientes. La agroecología diseña y gestiona los sistemas de alimentación para que sean sostenibles, aumentando la fertilidad del suelo, reciclando nutrientes, e incrementando la eficiencia de la energía y del agua.

Ya ampliamente incorporada en Hispanoamérica, la agroecología está ganando rápida aceptación en los EE. UU. y en Europa, y tiene la capacidad para reemplazar el sistema agro-industrial. La agroecología puede incluso ayudar a captar el exceso de carbono en la atmósfera. El Instituto Rodale ha calculado que la práctica regenerativa orgánica de la agroecología, como el compostado, el barbecho y rotación de cosechas así como el uso de cosechas protectoras del suelo pueden captar más del 100% de las emisiones anuales de CO2, si se generalizan en el mundo.

Fallo estructural 8: El universo no tiene sentido

La mayoría de la ciencia trabaja a partir de un enfoque reduccionista: en ella se ve el mundo como un ensamblaje de partes que pueden analizarse por separado. Este método ha conducido a un enorme progreso en muchos campos, pero su propio éxito ha causado que muchos científicos contemplen la naturaleza como nada más que una colección de partes, una perspectiva que conduce inevitablemente al nihilismo espiritual. En las palabras del Premio Nobel de Física Seven Weinberg, “cuanto más sabemos del universo, más vacío de sentido se nos aparece”. En último término, la corriente moderna de pensamiento se fundamenta en la desconexión: la separación de la mente y del cuerpo, del individuo y su comunidad, y del ser humano y la naturaleza.

Nuevo fundamento: El universo es una red de sentido

Sin embargo, en décadas recientes, las intuiciones de la Teoría de la Complejidad y de la Biología de Sistemas apuntan hacia una nueva concepción de un universo conectado, que es tanto científicamente rigurosa como espiritualmente rica en significado. En esta comprensión, las conexiones entre las cosas son frecuentemente más importantes que las cosas mismas. Al subrayar los principios subyacentes que se cumplen en todos los seres vivos, esta concepción nos ayuda a darnos cuenta de nuestra interdependencia intrínseca con toda la naturaleza.

En lugar de los fallos cognitivos estructurales que han conducido a la humanidad al abismo, la perspectiva sistémica invita a una nueva comprensión de la naturaleza como una “red de sentido”, en la que la misma interconexión de toda vida, da sentido y resonancia también a nuestra conducta individual y colectiva. Cuando aplicamos este marco mental a nuestra vida, el sentido brota, del modo como estamos relacionados con todo lo que nos rodea. El sentido se convierte así en una función de la interconexión —y el sentido de la vida, en una propiedad emergente de la red de conectividad que es el universo—. Vivir con esta profunda comprensión, nos hace sentir que estamos verdaderamente en casa en el universo.

Establecer las bases del florecimiento

No es necesariamente una tarea fácil: reestructurar las bases para prepararnos para el Gran Terremoto, mientras tantos otros están preocupados escogiendo los colores nuevos para pintar las grietas que aparecen en los muros. Sin embargo, una vez nos hacemos conscientes de los fallos estructurales en la cultura dominante, no podemos ignorarlos. Empezamos a ver manifestaciones de los mismos por todas partes.

No es una tarea fácil, quizás, pero puede ser profundamente transformadora. Es una necesidad acuciante, la reconstrucción de nuestro sistema de valores, que puede llevarnos a la posilibidad de encontrar un sentido profundo, mediante la conexión con nosotros mismos, con los demás y con el mundo natural. Estas nuevas bases, fundamentadas en ver el cosmos esencialmente como una red de significado, tiene el potencial de ofrecer un futuro sostenible de dignidad humana compartida y de florecimiento del mundo natural.

Por JEREMY LENT. Sus escritos investigan los patrones de pensamiento que han conducido a nuestra civilización a la actual crisis de sostenibilidad. Es fundador de la iniciativa sin ánimo de lucro Liology Institute dedicada a promover una cosmovisión integrada, al tiempo rigurosamente científica y con un sentido intrínseco, que pueda capacitar a la Humanidad para salir adelante de una manera sostenible sobre la Tierra. Su libro The Patterning Instinct: A Cultural History of Humanity’s Search for Meaning (2017), profundiza en las raíces históricas de nuestra cosmovisión moderna. Su último libro lleva por título: The Web of Meaning: Integrating Science and Traditional Wisdom to Find Our Place in the Universe.

 

 (Publicado originalmente en la revista Tikkun. Traducido con permiso por Eva Aladro Vico y revisado por Manuel Casal Lodeiro)

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Las especies invasoras cuestan unos 26,800 mdd anuales, revela estudio

Figuran entre las cinco principales causas de destrucción de la naturaleza // Afectan a todos los ecosistemas

 

Las especies invasoras como los mosquitos, los roedores e incluso los gatos domésticos, cuestan caro a la humanidad: unos 26 mil 800 millones de dólares anuales, según un estudio publicado ayer que previene que el monto seguirá en aumento.

Estas especies "exóticas" que el hombre sacó voluntariamente o no de sus ecosistemas originales generan problemas en sus nuevos hábitats y afrontarlos ha costado al menos mil 28 billones de dólares desde 1970, según este informe publicado en la revista Nature que analizó miles de datos incluidos en la base pública InvaCost.

Plantas, insectos, aves, peces, moluscos, microorganismos, mamíferos... El hombre hace frente a estas especies invasoras luchando contra su proliferación, pero sobre todo contra los daños que provocan ya sea en superficies terrestres o marítimas.

Estas degradaciones afectan a todos los ecosistemas, desde los bosques estadunidenses atacados por el longicornio asiático hasta la agricultura australiana, dañada por el conejo. Sin olvidar las infraestructuras amenazadas por termitas, las canalizaciones obstruidas por el mejillón cebra y hasta la depreciación de los bienes inmobiliarios en Hawai debido a la rana coquí, cuyo canto puede llegar a los cien decibelios.

Ratas y mosquitos, entre los más caros

Según los datos de InvaCost, incompletos, entre las especies que salen más caras se hallan las ratas, la lagarta peluda (un lepidóptero originario de Asia que ataca a los árboles en todo el hemisferio Norte), las hormigas de fuego y sobre todo los mosquitos, debido al tratamiento médico que requieren las enfermedades que transmiten.

Por ejemplo, el mosquito tigre originario del sudeste asiático es una de las peores especies invasoras del mundo, que se extendió sobre todo en Europa portando el chikunguña, el dengue y el zika.

Además del costo "fenomenal, es preocupante su crecimiento constante, con un promedio anual que se duplica cada seis años y se triplica cada década", señaló Christophe Diagne, autor principal del estudio e integrante del laboratorio francés Ecología, Sistemática y Evolución.

Alza que se debe en parte al "aumento exponencial de las especies" invasoras, señaló Franck Courchamp, director del laboratorio.

Las especies exóticas invasoras figuran entre las cinco principales causas de destrucción de la naturaleza, según el informe de 2019 de los expertos de la Organización de Naciones Unidas sobre biodiversidad, que da cuenta del aumento de 70 por ciento de su número desde 1970 en los 21 países examinados.

"El comercio internacional hará que se introduzcan cada vez más especies y el cambio climático provocará que éstas se establezcan cada vez más" en los territorios, según Courchamp.

Los autores del estudio abogan por limitar los daños y los costos con medidas de prevención, como una detección precoz.

Entre tanto, defienden que se complete la base de datos de InvaCost, con invasiones más recientes como el gusano cogollero del maíz, procedente del continente americano, que arrasó masivamente cultivos africanos antes de instalarse en Asia y Australia.

"Es probable que esta especie resulte ser más costosa que las 10 que clasificamos", según Courchamp.

Crean el primer mapa de los animales que aún faltan por descubrir en la Tierra

Los científicos sugieren que apenas conocemos el 20 % del total de especies vivas en la Tierra. ¿Dónde se esconde el 80 % restante?

 

Hay científicos que aseguran que la sexta extinción masiva nos pisa los talones. Aunado a la emergencia climática decantada del cambio climático, la situación medioambiental del planeta alarma a biólogos, conservacionistas y a una amplia variedad de expertos en diferentes áreas. Por esta razón, se trazó por primera vez un mapa de animales que todavía no han sido descubiertos.

Un mapa con información por conocer

Las representaciones de la geografía y los espacios de la Tierra tienen la intención de trazar lo conocido. Por primera vez en la historia, sin embargo, un equipo de científicos se propuso lograr el objetivo contrario: diseñar un mapa que intente delinear los lugares en el planeta donde todavía hay especies por descubrir.

Este esfuerzo responde a la crisis de la biodiversidad mundial. Con creciente celeridad, la variedad de especies y ecosistemas se reduce, generado desequilibrios ecológicos significativos en diversas partes del mundo. El ánimo de conocer nuevas especies todavía no analizadas se despierta del interés de no perderlas.

Los autores del mapa sugieren cuatro países con el mayor potencial para encontrar nuevas especies: Brasil, Indonesia, Madagascar y Colombia.

Según los científicos de Yale a cargo de The Map of Life —como se llamó a este estudio— documentar, clasificar y salvar a estos animales será un tarea más sencilla con una representación gráfica de lugares por conocer:

“Las estimaciones conservadoras sugieren que en este momento solo se puede conocer entre el 13 y el 18 % de todas las especies vivas, aunque este número podría ser tan bajo como el 1.5 %, explicaron los investigadores en un comunicado.

Bajo este supuesto, todavía nos queda cerca del 80 % de especies por conocer en el planeta. Los esfuerzos de conservación y los compromisos internacionales, según los científicos, deberían estar dirigidos a no perder las especies de las que todavía no se tienen registro hasta el momento: “[…] estas especies [no descubiertas] y sus funciones pueden perderse para siempre en la ignorancia“.

¿Cómo abordar este ‘déficit de biodiversidad’?

El ‘déficit de biodiversidad‘ tiene ramificaciones problemáticas en diversos campos de estudio. La más preocupante de ellas, sin duda, es la creciente debacle ecológica que se avecina en un futuro no tan lejano.

Por esta razón, ecologistas de Yale diseñaron un modelo que señala dónde es probable que existan especies desconocidas de vertebrados terrestres hoy en día. Este algoritmo se basa en factores biológicos, ambientales y sociológicos, relativos a la actividad humana.

Las posibilidades de descubrir y describir las especies lo suficientemente rápido varían de animal en animal. Esto quiere decir que es poco probable que las especies más grandes tengan primos de los que todavía no se tenga conocimiento.

Aunque inicialmente el mapa de animales podrá ser impreciso, es probable que sea una herramienta útil para preservar a anfibios y reptiles que todavía no aparecen ante la mirada de la ciencia. “Después de siglos de esfuerzos por parte de exploradores de la biodiversidad y taxónomos, el catálogo de la vida todavía tiene demasiadas páginas en blanco“, escriben los autores.

29 marzo 2021

(Tomado de National Geographic)

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 27 Marzo 2021 08:26

Tapar el sol con el dedo

Tapar el sol con el dedo

En uno de los confines del mundo, alrededor del círculo polar ártico, se está llevando a cabo una lucha que nos afecta a todos. Pueblos indígenas de la región y organizaciones ambientalistas suecas e internacionales se oponen enérgicamente a un experimento para avanzar la geoingeniería solar, una propuesta tecnológica de alto riesgo. A gran escala, tapar parte de los rayos del sol con nubes artificiales podría causar sequías y otras alteraciones en los trópicos, poniendo en riesgo las fuentes de agua y alimentación de miles de millones de personas. Un proyecto de la Universidad de Harvard, financiado por Bill Gates y otros billonarios, pretende usar el territorio del pueblo indígena Saami en Kiruna, Suecia, para realizar un experimento de esta tecnología (https://tinyurl.com/y5ut32y4).

El 24 de febrero, el Consejo Saami, que reúne a los pueblos saami de Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia, manifestó su oposición a dicho proyecto y exigió al gobierno sueco cancelar el experimento (https://tinyurl.com/f4ektwdj) por falta de consulta previa y consentimiento de sus pueblos. También porque el experimento es para desarrollar una tecnología muy peligrosa que afectaría a todo el planeta, por lo que señalan que no es papel de un grupo de Harvard o algunos gobiernos decidir sobre ella.

Aunque la geoingeniería todavía aparece para mucha gente como ciencia ficción, el juego geopolítico y las implicaciones del desarrollo de la tecnología son una amenaza muy real y que avanza rápidamente.

En ese camino, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, acaba de mover otra pieza en el escenario global. El 25 de marzo publicó el informe Reflecting Sunlight(Reflejar la luz solar) donde recomienda que el gobierno de ese país debe asignar inmediatamente 100 a 200 millones de dólares para avanzar en la investigación y experimentación con geoingeniería solar y cómo se debe gobernar (https://tinyurl.com/yut5patf). Esa inversión multiplica de cinco a 20 veces la financiación pública para investigación en geoingeniería de gobiernos como la Unión Europea, China, Rusia y Corea. No obstante, la mayor inversión en el desarrollo de geoingeniería es de los supermillonarios, encabezados por Bill Gates, Jeff Bezos, Elon Musk y otros titanes tecnológicos (https://tinyurl.com/32d38zyx).

Según Raymond Pierrehumbert, profesor de la Universidad de Oxford y autor principal de reportes globales del IPCC, el nuevo informe no aporta mayor información científica a la que ya existía en otro anterior sobre geoingeniería, publicado por la Academia en 2015. Claramente, el mensaje principal ahora no es científico, sino político.

Se trata de un intento de legitimar la experimentación a campo abierto de esta riesgosa tecnología, tal como el que pretenden hacer en territorio saami y desde antes en otros territorios indígenas desde Arizona y Alaska a Canadá y Australia. Al mismo tiempo, asegurar que Estados Unidos (gobierno, empresas, academia) lidere tanto las inversiones en geoingeniería, como la definición de quién decide sobre ella. Que haya subsidos públicos es también una forma de “blanquear”el dinero que invierten los billonarios, haciéndolo parecer pertinente.

El informe de la Academia reconoce que la geoingeniería solar es altamente peligrosa e injusta, ya que conlleva impactos desiguales: mientras algunos países se beneficiarían con la disminución de los picos de temperatura, otros sufrirán sequías y más desequilibrios climáticos.

Por sus altos riesgos, el Convenio de Diversidad Biológica de Naciones Unidas (CDB), estableció en 2010 una moratoria al despliegue de la tecnología y un llamado a extrema precaución y a cumplir con una serie de condiciones previas –como un mecanismo multilateral de gobierno y consulta previa a pueblos indígenas y comunidadeslocales– consulta que aplica también a los experimentos a pequeña escala.

Para evadir esta y otras decisiones de Naciones Unidas –Estados Unidos no es parte del CDB, pero la geoingeniería tiene alcance global–, el informe pretende colocar otras reglas de juego: que se establezcan sistemas de gobierno a la investigación y experimentación, por iniciativa de Estados Unidos, pero que serían “internacionales” invitando a otros países (a su antojo) a discutir, para lograr una decorativa muestra de diferentes regiones. Incluyendo también a los actores privados que tienen intereses en geoingeniería.

Esta propuesta es un intento de sabotaje a las decisiones multilaterales y por consenso de todos los países, que es como funciona, por ejemplo, el CBD. En el caso de la geoingeniería la decisión por consenso de todos es un requerimiento mínimo, ya que necesariamente habrá países que serían afectados negativamente.

Åsa Larsson Blind, del Consejo Saami en Suecia, manifestó: “La geoingeniería solar se opone totalmente a la cosmovisión del pueblo saami y va contra de lo que tenemos que hacer: transformar el planeta a sociedades sin emisiones de carbono y en armonía con la naturaleza. Este informe [de la Academia de EU] plantea avanzar una tecnología que conlleva peligros existenciales, con el falso argumento de que sería un plan B para el cambio climático. Si los gobiernos no son capaces de manejar la crisis climática con soluciones reales ahora, menos aún podrán manejar los enormes riesgos e injusticias de la geoingeniería”. Importante apoyar esta lucha que nos concierne a todas y todos.

Por Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

Domingo, 21 Marzo 2021 05:47

Tercer sistema: la propuesta indígena

Tercer sistema: la propuesta indígena

El mundo indígena, en particular el de Abya Yala (América), ha abierto otra vía a las convencionales provenientes desde el eurocentrismo de derecha e izquierda, quienes impusieron el binarismo para delimitar dos únicas posibilidades de elección como sistema de vida para toda la humanidad, y con ello han colonizado el mundo desde arriba por la derecha y desde abajo por la izquierda.

A quienes se salen de esta dicotomía neocolonial, son calificados por la derecha como una posición de ultra izquierda, y a su vez la izquierda sentencia como una derechización. El dogma del pensamiento único o universal se resiste a un nuevo escenario y han pegado los gritos al cielo con diferentes estribillos juzgadores y sentenciadores: pachamamismo, abyayalismo, esencialismo, etnocentrismo, fundamentalismo, etc.

Esta propuesta indígena no es la “tercera vía” que alguna vez la propuso el ex presidente Tony Blair de Inglaterra y otros más que se han hecho eco, pues ésta continuaba dentro de la misma lógica o paradigma eurocéntrico. El tercer sistema desde el paradigma indígena es un giro ontológico y epistémico a lo propuesto por el mundo occidental. En realidad, es un segundo paradigma pues la izquierda y la derecha son parte de un mismo patrón constitutivo y su diferencia es tan solo de clase. Pero para no entrar en confusiones o en mayores explicaciones, se ha optado por hablar de tercer sistema, tercera vía, tercera línea, etc.

Este planteamiento es un cuestionamiento a los mitos fundantes y a toda la estructura que configura el auto denominado “sistema occidental”, y el cual, a su vez se estableció destruyendo el sistema indígena europeo. Es decir, quién dio el primer giro fue el sistema helénico, constituido por varias fuentes alimentadoras y entre las que destacan el mundo semita proveniente del Asia Occidental y el mundo griego en la Europa oriental. El helenismo tomó mayor auge en Grecia, desde donde se fue abriendo; sin embargo, fueron los romanos ya helenizados los que se encargaron de helenizar toda la Europa indígena, y a su vez los helenizados europeos al mundo entero.

El fundamento central del helenismo fue la supremacía de la razón (logos) sobre todo lo demás, esto es, las emociones, los afectos, la sensibilidad, la sexualidad, la madre tierra, las diosas, etc. Todo lo cual, construyó lo que se auto denominó la civilización occidental, la cual ha entrado en un caos estructural, habiendo voces al interior de ese mismo mundo que también claman otro rumbo, y en el cual hay varias propuestas: bienes comunes, ecología profunda, biocentrismo, decrecimiento, etc.. 

El helenismo destruyó casi completamente el mundo indígena europeo, pero no lo logró en el resto del mundo, en el cual resiste el “senti-pensar” indígena o el “pensasiento” milenario. El cual reemerge o luego de haber sido sumergido se va enarbolando y cada vez va tomando más protagonismo, incluso al interior del monoculturalismo occidental. Todo lo cual, implica un cuestionamiento a todas las teorías e instituciones creadas históricamente por el helenismo hasta nuestro tiempo, esto es, el Estado, la democracia, el sistema de partidos políticos, la economía extractivista, ja justicia, la religión, la educación, el desarrollo, etc.

El mundo indígena en todo el planeta también creó sus instituciones, las mismas que se constituyeron en un proceso de por lo menos 30.000 años, mientras el helenismo tiene apenas unos 5000 años desde sus primeros pasos. El sistema indígena tiene su matriz o estructura en la comunidad o la aldea, con diferentes variantes en todo el mundo indígena de la Madre Tierra, las mismas que sobreviven a diferentes niveles en distintas regiones.

En el caso de los Andes supervive todavía, especialmente en las comunidades bien alejadas y a donde no ha podido entrar la civilización con su helenismo colonizador. Especialmente en ciertas regiones de Bolivia y Perú se mantienen bastante vivas, a pesar e irónicamente de que en el caso del gobierno de Evo las ha diezmado con sus políticas progresistas del socialismo del siglo 21. Un buen porcentaje de la población han abandonado las comunidades y se han ido a vivir a los grandes centros poblados, por lo que el campo se encuentra bastante desolado. La ciudad les va absorbiendo y poco a poco se ha ido perdiendo el sentido de comunidad o de ayllu, aunque hay ensayos de formas de comunidad urbana.

Aquellos que se mantienen en el campo y no se han dejado atrapar por la modernidad y el capitalismo, siguen manteniendo el espíritu de la comunidad, siendo desde ahí que ha comenzado a reverdecer el pensasiento indígena con su tercer sistema. Es decir, inspirados en este mundo latente se promueve la re-expansión. Si en la colonia y en la república fueron replegados y cercados, ahora se ha empezado una implosión para propagarse por todo el mundo. Los periféricos hoy se convierten en la vía de escape ante el derrumbamiento del mundo occidental o de la civilización. Este modelo no solo que está en crisis sino en caos y amenaza la destrucción de la vida humana. Ante ello, se plantea una trans-civilización como una necesidad de vida o muerte.

El tercer sistema abre luces y guías para rebasar esta situación escatológica y suicida, de la que son plenamente corresponsables la derecha y la izquierda, con sus propuestas de capitalismo y socialismo. El fracaso de estos sistemas conduce a reposicionar al sistema indígena milenario y no a nuevas aventuras como pretende la mente eurocéntrica con otros modelos y teorías. Este tercer sistema tiene como punto central, el tipo de relación con lo que occidente denominó la “naturaleza” y que para el mundo indígena es la Madre Tierra. Esto quiere decir un cuestionamiento profundo al antropocentrismo o a la idea de que el hombre es el centro de la vida, como plantea la derecha a través del mercado y la izquierda por medio del Estado. Como consecuencia, es un cuestionamiento al privatismo y al estatismo, con sus modelos intermedios, como los únicos paradigmas para toda la humanidad.

Este tercer sistema tiene como punto central, el tipo de relación con lo que occidente denominó la “naturaleza” y que para el mundo indígena es la Madre Tierra. Esto quiere decir un cuestionamiento profundo al antropocentrismo o a la idea de que el hombre es el centro de la vida, como plantea la derecha a través del mercado y la izquierda por medio del Estado. Como consecuencia, es un cuestionamiento al privatismo y al estatismo 

Este milenario tercer sistema tiene varios nombres y formas en toda la Madre Tierra, sin embargo, en donde ha cobrado mayor fuerza y preponderancia es en los Andes. Todos los sistemas indígenas de Abya Yala están actualmente cobijados o transversalizados en lo que se ha dado en llamar el Buen Vivir. El cual, ahora tiene una segunda oportunidad de posicionarse luego del fracaso de Evo y Correa, a través de Choquehuanca en Bolivia y de Yaku Pérez en Ecuador si logra entrar como presidente. En la constituyente de Chile también hay muchas posibilidades de que entre este tercer sistema dentro de la carta política y todo lo que ello implica. Aunque lo más importante es que se consolide en la práctica y en las formas de vida cotidiana, antes que en las reformas constitucionales.

Como consecuencia de todo esto han aparecido más furibundos detractores, desde la extrema derecha hasta algunos decoloniales con una serie de críticas destructivas. Evidentemente, que al intentar configurarlo teóricamente hubo errores, pero la crítica no es para que se enmienda sino para destruir la propuesta. Incluso, algunos decoloniales se declaran anti eurocéntricos, pero siguen apoyando al progresismo de clara matriz occidental, y que en el caso de Bolivia y Ecuador fueron los que tergiversaron completamente al Buen Vivir. Lo que da cuenta de cuál es su posición en el fondo, por más que se auto declaren anti eurocéntricos.

Lo importante es que este tercer sistema ya ha hecho acto de presencia masiva y se va abriendo paso paulatinamente en el mundo colonial. El movimiento zapatista, y en general todo el movimiento indígena de Abya Yala, se han inscrito en este propósito, aunque todavía hay un felipillismo de derecha e izquierda, los que también se han convertido en detractores. Por cierto, cuando hablamos de indígena no nos referimos a un fenotipo o una raza o una etnia, sino a una forma de concebir la realidad y de vivir. Existen indígenas en todo el planeta y de diferentes colores de piel, no nos referimos a gente que no sea blanca pues esto está más allá de los racismos y las racializaciones.

Valga precisar, que dentro de la dicotomía capitalista por táctica el tercer sistema se ubica en la izquierda, pero fuera del capitalismo está más allá del esquema neocolonial derecha-izquierda. El tercer sistema reconoce que hay la lucha de clases al interior del capitalismo, pero fuera de ella la lucha es ontológica y epistémica, entre dos paradigmas totalmente excluyentes, siendo este el asunto principal y en el que el clasismo es una parte de ella. La lucha es integral y sistémica contra el patriarcado, el colonialismo, el racismo, el ecocidio, el sexismo, el capitalismo, etc.

20 marzo 2021

Publicado enSociedad
Nuevo estudio pone en tela de juicio la asentada teoría del origen de los vertebrados

Un nuevo estudio de la Universidad de Chicago, el Museo Canadiense de la Naturaleza y el Museo de Albany puso en tela de juicio una asentada teoría del origen de los vertebrados.

Sostenida desde hace tiempo, se suponía que las larvas ciegas y filtradoras de las lampreas modernas son un remanente del pasado lejano, parecido a los ancestros de todos los vertebrados vivos, incluidos los seres humanos.

Los nuevos descubrimientos fósiles indican que las antiguas crías de lamprea se parecían más a las adultas modernas, y eran completamente diferentes de sus larvas modernas, según publican investigadores en la revista Nature.

Las lampreas, criaturas inusuales sin mandíbulas, parecidas a anguilas, han proporcionado durante mucho tiempo información sobre la evolución de los vertebrados, explicó Tetsuto Miyashita, autor principal del estudio, ex becario en la Universidad de Chicago y paleontólogo en el Museo Canadiense de la Naturaleza.

"Las lampreas tienen un ciclo de vida absurdo. Una vez eclosionadas, las larvas se entierran en el lecho del río y filtran el alimento antes de eventualmente metamorfosearse en adultos chupadores de sangre. Son tan diferentes de los adultos que los científicos originalmente pensaron que eran un grupo de peces totalmente distinto", agregó.

Miyashita señaló que "las larvas de lamprea modernas se han utilizado de modelo de la condición ancestral que dio lugar a los linajes de vertebrados. Parecían lo suficientemente primitivos, comparables a los invertebrados gusanos, y sus cualidades coincidían con la narrativa preferida de la ascendencia de los cordados. Pero no teníamos pruebas de que una forma tan rudimentaria se remontara al comienzo de la evolución de estos últimos", destacó, citado por EurekaAlert.

Cambio en la historia

Pero los fósiles recién descubiertos en Illinois, Sudáfrica y Montana están cambiando la historia. Conectando los puntos entre docenas de especímenes, el equipo de investigación se dio cuenta de que se habían conservado diferentes etapas del ciclo de vida de la lamprea antigua, lo que permitió a los paleontólogos rastrear su crecimiento desde la cría hasta la adultez.

En algunos de los especímenes más pequeños, del tamaño de una uña, la preservación del tejido blando incluso muestra los restos de un saco vitelino, lo que indica que el registro fósil había capturado estas lampreas poco después de la eclosión.

Los investigadores dicen que estos resultados desafían la narrativa evolutiva de 150 años de que las larvas de lamprea modernas ofrecen un vistazo de las condiciones profundas de los vertebrados ancestrales. Al demostrar que las lampreas antiguas nunca pasaron por la misma etapa ciega de alimentación por filtración que se observa en las especies modernas, los investigadores han modificado este preciado modelo ancestral.

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