Lunes, 22 Agosto 2016 06:45

El medallero del coronel

El medallero del coronel

La sobrerrepresentación de atletas vinculados a las fuerzas armadas en el medallero olímpico de Brasil encarna una de las tendencias de fondo de las sociedades actuales. Que algunos militares hagan la venia en el podio es harina de otro costal: una muestra del creciente conservadurismo de una sociedad en crisis.

 

Las cuatro primeras medallas que conquistó Brasil en los Juegos Olímpicos tienen algo en común que al principio no fue destacado por los medios: los cuatro atletas son sargentos que revisten en las fuerzas armadas. La judoca Rafaela Silva se llevó la medalla de oro y los medios destacaron que vivía en la favela Ciudad de Dios y que había sido víctima de racismo al ser eliminada en Londres 2012. El sargento Rafael Silva ganó la plata y la sargento Mayra Aguiar el bronce, también en judo. El sargento Felipe Wu se llevó la plata en tiro deportivo. De las primeras diez medallas, ocho las ganaron atletas vinculados a las fuerzas armadas.


Recién cuando el gimnasta Arthur Nory, la sexta medalla para Brasil, hizo el saludo militar sobre el podio, la polémica se disparó en los medios, que hasta ese momento no habían reflejado el fuerte papel en el medallero de los atletas formados en cuarteles. En realidad la polémica se remonta a los Panamericanos de Toronto, en 2015, ya que algunos atletas dijeron que los militares les sugirieron hacer la venia. Rafaela Silva dijo que evitó hacer el saludo militar, a diferencia de lo que hizo el año pasado, por temor a perder su medalla.


“Soy miembro de la Fuerza Aérea brasileña y es un momento de felicidad, de alegría para todo el país”, se excusó Arthur Zanetti, bronce en gimnasia, al ser abordado por los medios (O Globo, lunes 15). Marcos Goto, su entrenador, se sintió molesto y no ahorró críticas a los militares. “Me gustaría que los militares hicieran un trabajo de base, me sacaría el sombrero. Pero apoyar a un atleta de alto nivel es muy fácil. Quiero ver el apoyo a los niños hasta que lleguen al podio. Contratar un atleta que ya está formado es muy fácil”, dijo a los medios.


Muchos piensan, por el contrario, que la mayoría de estos competidores no hubieran conseguido subir al podio de no haberse incorporado al Programa Atletas de Alto Rendimiento (Paar) de las fuerzas armadas. Al hacerlo consiguieron los mismos beneficios que los militares de carrera: salario, plan de salud, vacaciones pagas y acceso a instalaciones deportivas de alto nivel donde son entrenados por especialistas. Pero otros, como Goto, creen que hay algo de oportunismo en los militares, que quizá utilicen el éxito de los deportistas como forma de mejorar su imagen ante la sociedad, ya que por ejemplo Zanetti se incorporó a la Fuerza Aérea apenas dos meses antes de los Juegos. En todo caso, el programa Paar fue una iniciativa del gobierno de Lula.


Creado en 2008, este programa supuso una inversión de unos 6,2 millones de dólares por año, divididos entre dos ministerios (Defensa y Deportes). Rápidamente se convirtió en un éxito, ya que Brasil obtuvo el primer puesto en los Juegos Mundiales Militares de 2011, también en Rio, con 114 medallas, seguido de China, Italia, Polonia y Francia. En Londres 2012 los atletas militares consiguieron cinco de las 17 medallas de Brasil, pero aspiran a encabezar el medallero brasileño en los Juegos actuales.


En total, integran las fuerzas armadas 145 de los 465 atletas que componen el equipo olímpico nacional, más del 30 por ciento. Se trata de soldados, sargentos y coroneles de la Armada, el Ejército y la Aeronáutica que participan en casi todas las modalidades olímpicas, desde taek-wondo y tiro hasta ciclismo y nado sincronizado. Toda la delegación de judo y la mitad de los nadadores son militares, que casi triplican los 51 efectivos que participaron en Londres 2012.


Pese a tener menos de 11 años, el Paar cuenta con 670 atletas, de los cuales 76 son militares de carrera y 594 son temporarios, como la mayoría de los medallistas. El salario que cobran puede alcanzar los 3.200 reales (mil dólares).


JUEGOS MILITARES.


Pese a todo, Brasil quedó lejos de los diez primeros puestos en Rio 2016. Un desempeño que contrasta con el importante desarrollo que ha tenido el deporte en algunos países de los llamados emergentes, con destaque de Rusia, China, Corea del Sur y Japón, y con Cuba como la excepción latinoamericana. En Estados Unidos, la principal potencia deportiva desde la caída de la Unión Soviética, son las universidades (estrechamente ligadas a la financiación empresarial) las encargadas de formar a los atletas, aunque este modelo no es el que ha seguido buena parte de los países europeos.


En todo caso, el apoyo estatal parece necesario para superar una situación de desventaja. Desde la década de 1950 los dos primeros lugares del medallero pertenecieron, con raras excepciones, a soviéticos y estadounidenses. Entre los diez primeros se colocaban los países de Europa occidental, con destaque de las dos Alemanias, y poco a poco empezaron a terciar europeos orientales y asiáticos. Los Juegos Olímpicos fueron un retrato vivo de la Guerra Fría.


China comenzó a participar recién en Los Ángeles 1984, porque no era reconocida por el Comité Olímpico Internacional, y a partir de ese momento sacudió el medallero con un imparable ascenso que coronó alcanzando el primer lugar en Beijing 2008. Esta notable performance no hubiera sido posible sin el concurso del Ejército Popular de Liberación (nombre oficial de las fuerzas armadas chinas). El papel de las fuerzas armadas en la formación de atletas es notable también en Rusia, las dos Coreas, Ucrania, Polonia y entre algunos países europeos, como Italia y Alemania.


La breve historia de los Juegos Mundiales Militares revela esta situación. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial se creó el Consejo Internacional de Deporte Militar (Cism, por sus siglas en francés), con sede en Bruselas. En paralelo, los países del Pacto de Varsovia crearon otro consejo de deporte militar que se disolvió al finalizar la Guerra Fría, concentrándose todos los países en el Cism, que pasó a ser reconocido por el Comité Olímpico Internacional.


En 1995 se organizaron los Primeros Juegos Mundiales Militares en Roma. El medallero lo suelen encabezar Rusia y China, seguidos de cerca por Italia, Croacia, Corea del Sur, Ucrania y Alemania. Desde los Juegos de Rio en 2011, los primeros en que participó desde la creación del Paar, Brasil ocupó el primer lugar en esa edición y el segundo en la siguiente, realizada en 2015 en Corea del Sur.


En los Juegos Militares participan casi 9 mil atletas (frente a poco más de 10 mil en los Olímpicos), participan más de 100 países y se compite en las mismas especialidades olímpicas, aunque hay categorías típicamente castrenses (penta-tlón naval, aeronáutico, militar y paracaidismo). La principal diferencia de esos Juegos es la escasa participación de atletas estadounidenses (país que ocupa el lugar doceavo en el medallero de los cinco juegos realizados), británicos, australianos y de algunos países de Europa occidental.


Brasil comenzó a jugar un papel de primer nivel en estos Juegos desde que sus fuerzas armadas comenzaron a contratar atletas. “En 2011, en la edición de Rio, el país fue líder en dos métricas: el número de oros y el total de medallas. En 2015, en la ciudad surcoreana de Mungyeong, salió segundo por la cantidad de oros. Un año antes de empezar el programa la delegación brasileña no había obtenido ninguna medalla dorada en Hyderabad, India, en 2007” (Folha de São Paulo, 22-II-16).


Los demás países latinoamericanos tienen un desempeño tan pobre en los Juegos Militares como en los Olímpicos, con la excepción de Chile, que llegó a ostentar el puesto 14 en 2011 por las medallas obtenidas. En general se colocan bastante por debajo de los países africanos y árabes.


UN LEGADO IMPRESENTABLE.


Según las encuestas del Instituto Datafolha, 63 por ciento de los brasileños considera que el evento olímpico traerá más perjuicios que beneficios al país, y la mitad desaprueba la realización de los Juegos, porque quedarán en evidencia los problemas de transporte y seguridad de la ciudad (El País, 19-VII-16). Sin embargo, en junio de 2013 el 64 por ciento apoyaba los juegos y sólo uno de cada cuatro los rechazaba.


Era, por cierto, otro Brasil, donde la población todavía creía en las promesas de las autoridades. Uno de los principales escenarios deportivos es la Bahía de Guanabara, donde se realizan las competiciones de remo y vela, que presenta elevados niveles de contaminación ya que recibe toda la descarga fecal de la ciudad. El gobierno incumplió su promesa de descontaminar el 80 por ciento de sus aguas, mientras las lagunas que bordean el Parque Olímpico presentan también altos niveles de polución.


El famoso y proclamado “legado” de los Juegos a la ciudad no es visualizado por sus habitantes. Al parecer no es una excepción, ya que ciudades que han albergado competencias olímpicas han sufrido similares niveles de decepción. “El apoyo de la población a los megaeventos deportivos está en caída libre” en todas partes, como en la ciudad alemana de Hamburgo, donde el ayuntamiento “decidió retirar su candidatura para los Juegos de 2024 tras un referéndum que reveló que 51,6 por ciento de la población se oponía al evento” (El País, 19-VII-16). Algo similar sucedió en Boston.


Todo indica que el principal legado será una doble militarización. Por un lado, la masiva presencia de policías y militares en las calles. Por otro, el protagonismo de las fuerzas armadas en el medallero olímpico.


El presidente interino Michel Temer libró un decreto, el 8 de agosto, ampliando el área de actuación de las fuerzas armadas en Rio durante los Juegos Olímpicos y Paralímpicos que miembros de la Suprema Corte piden se extienda hasta las elecciones de octubre. Los uniformados vigilan no sólo aeropuertos, vías de transporte e instalaciones deportivas, sino barrios enteros, como Copacabana y la ciudad de Manaos.


Pero la intervención de los militares trasciende con mucho los espacios deportivos. Durante los Juegos, 1.200 soldados fueron llevados a Natal (Río Grande del Norte) para enfrentar al narcotráfico, otros para garantizar la distribución de agua en Acre, y hasta en casos de vacunaciones y atención social. Un general confesó al diario Estado de São Paulo (7-VIII-16): “El ejército debe ser el último recurso, pero no es bueno que el último recurso sea usado a toda hora”. Aunque Brasil tuvo tiempo de sobra para planificar la seguridad de los Juegos, hay problemas estructurales que no se pueden maquillar con la presencia militar masiva. Un soldado fue muerto en La Maré, un complejo de 16 favelas junto a la vía que conduce del aeropuerto a la Villa Olímpica, cuando tropas ingresaron en el lugar el miércoles 10, en los primeros días de la competencia.

Publicado enSociedad
Miércoles, 22 Agosto 2012 09:41

No todo lo que brilla es oro

El sitio web de Mariana Pajón, la medallista olímpica de Colombia en Londres, dice: “Nacida en una familia de deportistas, su padre un corredor de automóviles y su hermano un prometedor corredor de karts, esta joven paisa es conocida como La Reina del BMX”. Esta pequeña presentación de la mejor bicicrocista del planeta, publicada en una página que administra su familia, da cuenta de dos situaciones: la Pajón tuvo y tiene con qué; una página web que ni imagina tener Yury Alvear, la medallista de bronce en judo, y unos antecedentes familiares que reflejan una deportista con músculo económico, no salido de las fuentes estatales, y el que precisamente le permitió su preparación en Estados Unidos y todo el planeta para poder llegar de primera.

Estas ideas iníciales permiten plantear una reflexión más profunda sobre lo sucedido en Londres, donde un puñado de ocho deportistas colombianos logró conseguir un número similar de medallas (una de oro, 3 de plata y 4 de bronce) para cumplir la mejor campaña que haya hecho el país en los Juegos Olímpicos durante toda su historia. Obviamente, y de acuerdo con testimonios de deportistas, entrenadores, familiares y dirigentes de sus ciudades y municipios natales, las gestas de estos deportistas no hacen parte de un proceso de preparación, organización y orientación hacia la alta competencia, nacido en la estructura del deporte nacional. Ni Juan Manuel Santos, presidente de la república; ni Andrés Botero, director nacional de Coldeportes; ni Baltazar Medina, presidente del Comité Olímpico Colombiano, imaginaban quiera que el país iba a alcanzar el número de medallas que logró. El presupuesto de $11.500.000, miserable por cierto, no garantizaba la más mínima opción de triunfos si éstos dependieran de los dineros y el esfuerzo estatales.

Los verdaderos responsables del éxito

Detrás de cada una de las medallas hay una historia económica, humana, social y familiar. En lo deportivo, muy rica y feliz, pero en lo social muy triste y lamentable. El oro de Mariana Pajón y la plata y el bronce de sus compañeros contrasta con la pobreza de más del 90 por ciento de los 104 deportistas que fueron a Londres, y quienes alguna vez en su vida tuvieron que hacer rifas, vender empanadas, prestar plata y deambular por las calles tratando de conseguir un peso para sobrevivir, para entrenarse y para competir.

Lo de Mariana Pajón y Carlos Mario Oquendo es sobresaliente para ellos, para sus familias, para los colombianos a quienes nos gusta el deporte, incluso para todos los deportistas de la pista de bicicrós del barrio Belén en Medellín, que dominicalmente van a prepararse y competir para luego lucir la bandera de Antioquia y Colombia en eventos nacionales e internacionales. Claro que a la hora de representar al país, son los padres mismos de los bicicrocistas quienes hacen el esfuerzo económico para conseguir tiquetes aéreos, alojamiento y alimentación en muchas ciudades del país y del mundo. La ausencia del Estado es casi total a la hora de los viajes, y eso lo tienen claro los directivos de clubes y ligas, y los familiares que a diario se quejan de la orfandad en la que viven.

Además de los deportistas, protagonistas principales del hecho, habrá que entregarles mención de honor a sus padres, porque el sacrificio económico que han hecho para que sus hijos alcancen el éxito es inconmensurable. Las historias de cada uno de los medallistas no nos dejan mentir.

Catherine Ibargüen saltó tres veces en Londres y al caer recibió una medalla de plata como premio a su constancia, al ser capaz de derrotar, ante todo, la miseria y la pobreza que siempre la acompañaron en su infancia y su juventud en el municipio de Apartadó, en el Urabá antioqueño, una de las regiones más aporreadas por el abandono estatal. La saltadora de triple venció también problemas familiares y económicos. Su madre, empleada de casas de familia, logró reunir dinero para impulsarla hacia el atletismo, deporte que le ha brindado grandes éxitos en la modalidad de salto triple. Todo el esfuerzo fue de su familia y sus entrenadores, que tuvieron que sacarla de Apartadó por ausencia allí de pistas y escenarios de entrenamiento.

Nada diferente es la historia de Rigoberto Urán, medallista de plata en la prueba de ruta del ciclismo olímpico, y quien, después de deambular por el municipio antioqueño de Urrao, tuvo que irse a probar suerte en Europa. Poco hicieron por él el Comité Olímpico Colombiano y Coldeportes Nacional. Después del asesinato de su padre, Rigoberto Urán tuvo que dedicarse a vender chance y hacer carreras ciclísticas en todo el departamento, tratando de conseguir el dinero necesario para sostener a su madre y su hermana, cuando él tenía apenas 16 años. Tres temporadas después viajó a Europa para actuar en equipos como Tenax y Unibet. En el último año, pasó al mejor grupo del mundo, SKY, que verdaderamente le ha dado la mano y lo preparó para los Olímpicos. La obtención de la medalla de plata, lidiada primero en las calles europeas, también fue todo un acontecimiento. Quince minutos antes de iniciarse la prueba, Urán no estaba inscrito debido al desorden y el olvido de los dirigentes nacionales, quienes no lo habían hecho. Al final participó y consiguió la plata, como premio a su constancia y castigo a los dirigentes que fueron a pasear por Londres.

Lo de Yuri Alvear es todavía mucho más grave y dramático. No pocas veces tuvo que pedir dinero en las calles de Jamundí para comprar los pasajes que la llevaran a torneos internacionales, como fue el caso del Suramericano Juvenil de 2006 en Argentina, adonde no llegó, pues la venta de empanadas, las rifas y el trabajo de papá y mamá no alcanzaron para reunir el dinero necesario, ya que Coldeportes no quiso colaborarle. Su papá, trabajador de la construcción, y su mamá, quien lavaba y planchaba en casas vecinas, pusieron la cuota inicial y las siguientes para la preparación de su hija, que después de muchas peripecias pudo ganar el cupo para ir a Londres, donde finalmente se ganó una medalla de plata en judo.

Óscar Figueroa tuvo que abandonar Zaragoza a los 12 años para radicarse en Cartago, ya que la violencia en el municipio antioqueño no le permitió hacer deporte con tranquilidad. Venció todo tipo de barreras, pasó por varias disciplinas y finalmente se quedó en las pesas, en que ha logrado muchos trofeos, como la medalla de plata que consiguió en los Olímpicos.

Óscar Luis Muñoz, bronce en taekwondo, llegó a Valledupar cuando estaba niño porque sus padres vivían una penosa situación económica y social en El Difícil (Magdalena), población que impidió una niñez y una juventud sin problemas. El deportista, de quien los directivos colombianos ni sabían que estaba en Londres, superó el desconocimiento del que fue objeto y se subió al podio.

Lo mismo tuvo que padecer Jackeline Rentería, quien por segunda ocasión consecutiva obtuvo medalla olímpica de bronce. La luchadora del barrio Siloé de Cali debió batallar mucho por las calles de su barrio y el Valle para poder entrenar, estudiar, trabajar y competir, pues el dinero que ganaba su padre como albañil no le alcanzaba ni para mercar semanalmente. La pobreza de Jackeline, como la de sus compañeros de medallería, es la misma que hoy día ignoran quienes gritan a viva voz el gran éxito de la patria en los Olímpicos. Ahí están los gobernantes y dirigentes políticos y deportivos que hoy muestran ‘su’ éxito, que no es más que el de cientos de deportistas ignorados por ellos en cada barrio y cada municipio del país.

En la recta final

Es claro entonces que los resultados de Londres no demuestran nada positivo sobre la estructura del deporte colombiano ni sobre el desarrollo del país. Refleja sí el gran esfuerzo de deportistas y padres de familia, quienes, apelando a todo tipo de sacrificios, han subido a sus hijos al podio olímpico. Mientras tanto, el deporte nacional sigue siendo una cenicienta que sólo aparece para la estructura estatal en el momento en que llegan las medallas.

Las cosas siguen y seguirán iguales porque el oro de Mariana Pajón es de ella y su familia. Yury Alvear y Jackeline Rentería recibirán el pequeño estímulo económico que genera la demagogia estatal, pero serán reemplazadas por otras deportistas vallunas y caucanas que seguramente hoy sacrifican sus vidas en cualquier tatami o escenario deportivo de esa región, en medio de la miseria, tratando de hacer marcas, con hambre, para pellizcar una medalla en Rio de Janeiro-2016. Esa es su expectativa de vida deportiva.

A los Muñoz, los Urán, los Figueroa, no les sucederá nada diferente. En cuatro años quizá ya estén en el olvido, tratando de sobrevivir en las calles y los barrios de nuestras ciudades, reemplazados por otros similares que de igual manera se rebuscaron sus marcas a punto de empanadas.

Urrao, La Estrella, Apartadó, Valledupar, Jamundí, Zaragoza y el barrio Siloé de Cali vieron nacer a los campeones y medallistas olímpicos pero siguen viendo crecer la pobreza y la miseria, que con toda seguridad no serán superadas por la consecución de las ocho preseas de Londres. Estos nombres de ciudades, municipios y barrios sólo fueron mencionados durante estos días por conexión con los ídolos deportivos. Pasarán los días, las medallas serán guardadas y el abandono volverá a ser noticia en cada una de estas localidades. El brillo de Londres será únicamente un recuerdo. Los escenarios deportivos de estos municipios volverán a languidecer, como históricamente ha ocurrido.

Publicado enEdición 183
Miércoles, 22 Agosto 2012 09:19

Los mitos del olimpismo

Los mitos del olimpismo

Este texto pretende fracturar miradas de corte romántico y esencialista que claman constantemente por una recuperación de supuestos valores deportivos, perdidos con su comercialización y su instrumentalización políticas, y en este sentido develar el origen de la fuerte asociación entre deporte y valores muy difundidos como convivencia, paz, desarrollo, juego limpio y otros más.


Para un acercamiento al deporte y su manipulación mediática como constructor de valores, es obligatorio transgredir, en primera instancia, dos mitos fuertemente arraigados en las conciencias deportivas: 1) los Juegos Olímpicos modernos son la continuación de los juegos helénicos realizados en el Templo de Olimpia durante el período clásico; 2) el deporte es una práctica neutra que, en el caso de las Olimpíadas, ha sido instrumentalizada políticamente, perdiendo su esencia original, clásica, en la cual lo decisivo es la participación en las justas.

Desnudemos el primer mito. Nada hay más fuera de la realidad que tal aseveración. Los deportes modernos son expresión de profundos cambios culturales de largo plazo, que fueron moldeando los pasatiempos rurales y populares de la Edad Media mediante la construcción de normas específicas que se homogeneizaron en forma paulatina. Estos pasatiempos rurales fueron apropiados por las élites europeas, en especial las de Inglaterra, Francia y Alemania, y luego exportados a las demás latitudes bajo la forma de deporte. Por supuesto, este fue un largo y profundo proceso de selección histórica, en el cual unos pasatiempos perduraron bajo la forma deportiva, en tanto que otros se extinguieron o se mantuvieron ocultos bajo ropajes locales: el calcio italiano, el soga-tira escocés.

De los juegos del período clásico sólo quedan algunas prácticas como la lucha y el lanzamiento de jabalina o de disco, así como ciertas carreras, que, más allá de una larga continuidad y permanencia histórica, responden a la marcada admiración del Barón Pierre de Coubertin por la cultura clásica griega y su interés de relacionar los nuevos juegos con los valores asociados a ella, recuperados y reconstruidos por estudiosos alemanes como Heinrich Krause a finales del siglo XIX, que plasmaron los fundamentos del romanticismo y el nacionalismo alemanes, tan claros en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, en los que se repitieron rituales griegos como el traslado de la antorcha olímpica. Respecto a esta falsa continuidad, el gran sociólogo Norbert Elías, en su ya clásico y relamido libro Ocio y deporte en el proceso de civilización, caracteriza al deporte como práctica específicamente moderna, inglesa, surgida en el seno de las transformaciones relacionadas con profundos cambios en las estructuras políticas y de personalidad de la población.

¿Y la neutralidad?

Respecto a la supuesta neutralidad del deporte, que constituye nuestro segundo mito, el movimiento olímpico se ha constituido en uno de sus principales representantes y difusores con hechos como la sanción a Tommie Smith y John Carlos, atletas estadounidenses que ganaron las medallas de oro y bronce en la prueba de 200 metros planos durante la Olimpíada de 1968, y quienes al recibir sus preseas levantaron sus puños enguantados en negro, como símbolo de la lucha contra la segregación racial en su país, en momentos cruciales de la lucha del Black Power (Poder Negro), lo que les valió la expulsión de la villa olímpica, el retiro de sus medallas y el veto de por vida.

El movimiento olímpico ignora o no quiere reconocer que el deporte, por su origen, tiene un carácter inherentemente político, al igual que los Juegos Olímpicos. Este carácter no está dado por la ya mencionada instrumentalización de los deportes con fines políticos, de los cuales el más representativo es la propaganda política, sino por el complejo proceso que sirve de crisol para la constitución de las prácticas deportivas. Como ya se dijo, los deportes modernos surgen en el seno de la sociedad inglesa, donde las élites se apropian de una serie de pasatiempos rurales y populares, no como una intención deliberada de despojo sino como resultado de un largo proceso de transformaciones socioculturales, lo cual no excluye el carácter de clase que se le imprime a tal proceso. Un claro y clásico ejemplo de esto lo conforma el hurling inglés, juego de pelota rural que fue ‘monopolizado’ por las escuelas de élite y transformado en los modernos football y rugby.

De este modo, la expansión de los deportes se realiza como un proceso que generaliza (y luego universaliza) una práctica particular, al mismo tiempo que lo hace con todas las ideas e imaginarios asociados al sujeto que realiza esa práctica. En un imbricado tejido de tensiones entre los deportes anglosajones, la gimnasia alemana (con aparatos) y los juegos rurales de otros territorios, terminan imponiéndose unas prácticas sobre otras, al mismo tiempo que transmiten los valores de las culturas originarias. Los deportes universalizan los valores de la cultura europea, de la élite inglesa, alemana y francesa, universalización que produce un orden jerárquico de las culturas, en que la europea, por supuesto, se encuentra en la cúspide. Este es el carácter eminentemente político de los deportes.

El deporte colombiano como mito

La forma como se universalizan los deportes y los valores asociados se desarrollan con mayor fuerza en América Latina, donde la idea y el contenido de la civilización europea se arraigan en América Latina mediante la colonización. En Colombia, los deportes se forjan en los clubes sociales de Bogotá y Medellín, principalmente, gracias a la importación de tales prácticas por unas élites, incluida la política, que consideraban la forma de vida europea (francesa e inglesa) como el derrotero que debía seguir la población en el proceso de constituirse en nación moderna. Es obvio que, en este imaginario, la emulación de todo tipo de prácticas del viejo continente se constituía en factor fundamental para construir “lo moderno” en el país.

La relación entre deporte y modernidad condujo a otro tipo de asociaciones más directas y efectivas. Inicialmente, los deportes se vincularon a temas como higiene, salud y educación, todo esto con la idea de que la práctica deportiva podía mejorar las condiciones de salubridad de la población, así como su carácter moral. Pero esta interpretación no es fortuita sino que hace parte de la transferencia colonial de ideas y valores. En Europa, De Coubertin, en medio de su exaltación de la cultura clásica griega, se empeñaba en vincular ideológicamente los deportes anglosajones y la civilización inglesa, así como la gimnasia alemana y sus férreos valores sociales. En síntesis, el Barón asociaba los modelos pedagógicos de Alemania (gimnasia) y los deportes de la Gran Bretaña con su desarrollo nacional, que recordaba la grandeza de los griegos. Fácilmente, la concordancia entre deporte y valores de la civilización europea se traslada incólume a Colombia.

Esta relación y la ampliación de la práctica deportiva en el país fueron catapultando el interés elitista por crear asociaciones y participar en los Juegos Olímpicos. Las primeras justificaciones para ir a estos Juegos se desarrollaban desde la necesidad de posicionar al país entre las naciones más civilizadas del mundo, de modo que asistir implicaba hacer parte del conjunto de países modernos, así las estructuras políticas, económicas y culturales estuvieran atravesadas por profundas prácticas excluyentes y coloniales.

Con el paso del tiempo, el deporte y dentro de él la participación en la cita de cada cuatro años, fueron relacionados con valores que, aunque diferentes, hacían parte de la asociación original entre deporte y civilización. El conjunto completo de estos valores está compuesto, entonces, por las ya señaladas ideas de higiene, salud, modernización, desarrollo, paz y convivencia, y más recientemente el ideal de belleza corporal. Esto explica en parte el interés durante los años 60 de muchos países, incluido Colombia, y desde orillas ideológicas diferentes, por desarrollar el deporte de alto rendimiento con fuertes inversiones de recursos en investigación para el entrenamiento deportivo, pues los triunfos y las medallas representaban el éxito de un modelo de desarrollo específico.

Finalmente, el conjunto de valores asociados al deporte permite igualmente comprender algunos hechos a primera vista contradictorios, como, por ejemplo, que el fútbol en Colombia haya sido históricamente patrocinado por empresas que producen alcohol y tabaco, sustancias que la medicina cataloga como nocivas para la salud, y es precisamente este último elemento lo que muestra en forma más clara la relación, pues si las sustancias son nocivas para la salud, la mejor forma de ‘blanquear’ su culpa es relacionándose con una práctica que está en la cúspide de la moral ciudadana: “El deporte es salud”. Pero si sustituimos “salud” por “paz”, es decir, “el deporte es paz”, también comprenderemos claramente la razón de que Pacific Rubiales se haya interesado en patrocinar a la Selección Colombia, todo dentro de su pretendida y quizá falsamente filantrópica política de responsabilidad social empresarial.

JORGE HUMBERTO RUIZ P, Sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia, Magíster en Estudios Políticos de la Universidad Javeriana. Miembro de la Asociación Colombiana de Investigación y Estudios Sociales del Deporte (ASCIENDE). Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 
Publicado enEdición 183