Sistemático, como acción y en defensa del poder tradicional

El gobierno nacional insiste en que es un fenómeno aislado. Las organizaciones sociales y de derechos humanos, aseguran que es sistemático. Los informes les dan la razón. El asesinato de líderes y restituyentes de tierra es alto y continuo. Torpeza o maldad de altos funcionarios inestabiliza aun más la dichosa paz.

 

Que el registro arroje uno o dos asesinados, puede suceder. Cuando son docenas, por lo menos debe causar sospecha. Pero cuando los crímenes superan cien, la alarma no debe apagarse. Los crímenes son más dolosos cuando los quieren negar.

 

No le bastaron los 60 estudios propios, realizados por el Ministerio de Defensa, para que el ministro Luis Carlos Villegas, asegure que entre el mar de crímenes contra dirigentes sociales sólo encontraron tres atentados. También para que el antiguo ministro del interior y hoy precandidato liberal Juan Fernando Cristo, salga al paso negando lo sistemático de lo ocurrido e indicando que los casos aislados tienen como origen la minería ilegal y el narcotráfico.

 

Se suma al coro oficial. El Fiscal General también que señaló tras “investigaciones pertinentes” no encontraron sistematicidad. La obstinación por negar lo evidente, los llevó en marzo pasado incluso a extender su versión sobre esta tragedia que enluta a la sociedad colombiana (en particular a los movimientos sociales y a las fuerzas alternativas), ante la misma Comisión Interamericana de Derechos Humanos, donde aseguraron que es muy prematuro calificar como “acción prematura” el continuo de asesinatos.

 

Sorprendente. Entonces, ¿qué entienden por sistemático? Sin argumentos creíbles desconocen lo afirmado sobre el particular por tres informes independientes entre sí: Defensoría, Centro Nacional de Memoria y el Cinep.

 

De los 120 líderes asesinados en los últimos 14 meses, así confirmados por las propias organizaciones sociales, el Estado, según la vicefiscal María Paulina Riveras, solo reconoce 60 casos. ¿Por qué no prenden el macabro metrónomo y pasan por alto su sistematicidad? Manipulación. Ahora señalan que los paramilitares fueron franquicias de matones del crimen común, según el Tribunal de Justicia y Paz.

 

 

El informe

 

El 2 de junio presentaron el informe “Asesinato a líderes sociales y restituyentes en el periodo 2005-2015”, a cargo del Observatorio de Restitución y Regulación de Derechos de Propiedad Agraria, que es un programa de investigación en el que participan cuatro universidades: Nacional, Sergio Arboleda, Rosario y Sinú. El periodo que comprende el informe puede llevar a pensar que las muertes registradas corresponden, en su mayoría a los gobiernos encabezados por Uribe. Pero, sorpresa, las cifras más dramáticas las arroja el gobierno Santos. “Este fenómeno se mantiene, no ha cambiado e incluso tiende aumentar”. Así lo advirtió el profesor Francisco Gutiérrez del Iepri de la Universidad Nacional, quien pronostica la fatalidad de que en el próximo trimestre tengamos más muertes que lamentar. “No hay trimestre que no se hayan registrados asesinatos a líderes rurales y restituyentes de tierras”.

 

El hecho que los asesinatos no disminuyan no quiere decir que no estén localizados. En 10 departamentos se concentra el 77 por ciento de los casos registrados; sólo cinco de ellos –Antioquia, Cauca, Valle del Cauca, Córdoba y Nariño– concentran el 55 por ciento de las víctimas. Pero, más allá de la versión gubernamental, lo que está ocurriendo, sin duda, es sistemático, porque si bien puede que no exista un libro negro con listado rojo de sentencias, el hecho factual es que ocurre de manera reiterada. Frecuencia que, para la Corte Penal Internacional, ya significa sistematicidad, es decir, un patrón de violencia regular.

 

Sucesos que ocurren en zonas rurales donde predomina el paramilitarismo, donde, además, su realidad socioeconómica indica que predomina la desigualdad en la tenencia de la tierra, con población con necesidades básicas insatisfechas, con predominio de cultivos ilícitos, así como economía legal donde domina la ganadería extensiva. Zonas donde existe un acumulado de secuestros.

 

Llama la atención, en lo informado por estas universidades, que el 77 por ciento de los afectados son integrantes de organizaciones locales de base, curiosamente las víctimas participaban en espacios institucionales auspiciados por el Gobierno dignatarios de juntas comunales y consejos municipales, restituyentes del Programa del Ministerio de Agricultura (este último con 70 casos). Otras de las víctimas participaban de organizaciones campesinas, eran líderes de comunidades étnicas y afros, sindicatos rurales y agrícolas. También sufren los ataques parientes de líderes, que suman ya 31 casos.

 

En el 14 por ciento de los homicidios, los ataques son atribuidos a los herederos de grupos paramilitares, pero en el 58 por ciento de los casos se desconoce el atacante. La probabilidad de ocurrencia de este tipo de ataques se duplica si en la zona tienen presencia estos grupos armados; posibilidad que persiste y aumenta 13 veces más en los sectores más pobres según Necesidades Básicas Insatisfechas (viviendas inadecuadas, con hacinamiento, niños desescolarizados e inaccesibilidad a servicios públicos). La relación entre el Gini de concentración de tierras y la presencia de herederos del paramilitarismo triplica el fenómeno en los territorios señalados.

 

La evidencia es rotunda. El discurso oficial lo único que busca es negar la crueldad de las cifras, ocultando con su retórica que al Estado no le interesa o es débil para ejercer soberanía. La justicia es de papel. En los territorios locales dominan sectores económicos que acumulan matando. Los actores armados dominan sin que las autoridades del orden local y nacional intervengan. De hecho las muertes no inciden en los indicadores de desempeño de las instituciones locales. Que las víctimas hayan creído en la institucionalidad deja en el piso la garantía de la reparación.

 

Un reto y una esperanza es acatar con urgencia las recomendaciones del Observatorio: fortalecer los programas para la protección a líderes y lideresas, propiciar el acceso a tierras, fortalecer las instituciones para la implementación de los acuerdos, y poner en marcha una pedagogía de paz.

Publicado enEdición Nº236

 

“Es tiempo de crear, construir
y transitar nuevos caminos”.
Isabel Rauber

 

¿Alguien tendrá memoria de la primera convocatoria realizada en Colombia con el supuesto propósito de lograr la unidad entre las organizaciones sociales y políticas? ¿Sucedió hace 40 años? ¿O tal vez fue hace 3 décadas? ¿Quizás la convocatoria tuvo lugar hace 25 años? Como sea, desde varias décadas, una y otra vez los movimientos sociales y organizaciones políticas, a pesar de actuar enconchadas en su imaginario y diseño político, dicen buscar la unidad. Para lograrla han convocado infinidad de congresos, seminarios y talleres.

 

El pasado mes de marzo, durante los días 17 y 18, sesionó en Bogotá otro evento con igual postulado. Citación similar a la realizada hace varias décadas, o tal vez una, o tal vez cinco años atrás, o quizás el año inmediatamente anterior. Unidad, su necesidad es inobjetable, la pregunta vuelve y juega, ¿es posible?

 

La del 17 y 18 decía: “Asistimos a un momento que requiere un salto cualitativo [...]. La unidad política de todos los sectores partidarios y sociales [...]”.

 

¿Alguien está en contra de tal propósito? No. Desde hace cinco décadas, o desde hace unos pocos años, o desde el año inmediatamente anterior, todos los actores sociales dicen desearla, estar dispuestos a ella. Si es así, entonces, ¿por qué no se concreta?

 

Si leemos unos renglones más abajo de la cita ya relacionada encontramos una afirmación que dice mucho del objetivo pretendido con la unidad en los actuales momentos: “Si no se consolida el proyecto político de la unidad democrática, desde la construcción de poder popular, los acuerdos de paz no pasarán de ser buenos propósitos o efímeras reivindicaciones que pronto serán absorbidos por el modelo de dependencia y dominación”.

 

Hay que releer bien este párrafo para comprender, como también ocurrió en otros momentos de nuestra reciente historia nacional, por qué la unidad del campo popular termina siendo una quimera: “Si no se consolida el proyecto político de la unidad democrática [...] los acuerdos de paz no pasarán de ser buenos propósitos [...]”. La argumentación es categórica.

 

Ante tal afirmación cabe hacerse este par de preguntas –más allá de la importancia que le indilguemos al Acuerdo de paz en la coyuntura que corre: ¿Los acuerdos de paz compendian todos los contenidos por los cuales debe luchar la izquierda y el pueblo colombiano en este momento de su historia? ¿Si los acuerdos no recogen algunas o muchas de las necesidades inmediatas, mediatas y de más largo aliento con las cuales sueñan las mayorías nacionales, cómo será el contenido sustantivo de la unidad y el camino para lograrla?

 

En cuanto a que la unidad de la izquierda, incluso la que a toda vista es más difusa y difícil: la unidad democrática, sea la garantía para la realización de los objetivos de la paz, habría que decir que dado por sentado que el Acuerdo sí recoge lo fundamental de las reivindicaciones sociales, todavía será muy largo el trecho por caminar para su concreción, lo que demandará una manera muy distinta de accionar político para que amplios sectores sociales se sientan interpelados, convocados y, sobre todo, partícipes de un proyecto que sintetice sus necesidades. Por ello, más allá de la unidad, lo requerido es capacidad para sustentar y desplegar fuerzas en una disputa que de paso a una nueva relación poder tradicional – sectores alternativos, a través de la cual le quede claro al país nacional por qué, a pesar del Acuerdo firmado, las circunstancias de vida de las mayorías nacionales no varía, por qué la concentración de la riqueza y la desigualdad social prolongan su realidad de injusticia, por qué la violencia conserva sus dominios en muchos territorios del país, por qué la democracia continúa siendo una palabra vacía de sustancia, etcétera.

 

Insistimos: ¿Es posible sellar la unidad –la más ampliamente posible–, estableciendo en su centro un propósito que puede estar más acá y por lo tanto insuficiente ante las necesidades y afanes de quienes la izquierda dice representar, y más allá del conjunto de prioridades del tejido plural de los movimientos sociales y de la izquierda como un todo?

 

La respuesta ¡no! es categórica. Respuesta que nos invita a recorrer nuevas vías, a implementar otras formas de proceder, a girar, a romper con tradiciones políticas sepultadas por nuestros propios errores y por la historia misma.

 

Es claro. No es posible lograr la unidad del más amplio espectro social y político si ella está predefinida como vía para lograr el propósito central de uno o de varios proyectos de izquierda, sobre todo de quienes parecen que repiten el llamado a la unidad como si el problema fuera ella misma, como si la ‘cosa’ tuviera vida propia por fuera de un cuerpo –en este caso político y social– y de un tiempo, sin parar a preguntarse por qué ha sido imposible, tantas veces, sellarla como factor consustancial para un salto cualitativo y cuantitativo de quienes la pretenden.

 

Ahora sucede que el llamado a la unidad vuelve y queda en el aire –a pesar de supuestamente ser fundamental para la concreción de los acuerdos de paz–, pero si repasamos la historia reciente del país, seguramente encontraremos que la ‘unidad’ tenía como propósito, en unas ocasiones, ganar las elecciones, en otras lograr la liberación de los presos políticos, garantizar mayor presencia en uno u otro territorio de la geografía nacional también podía ser uno de los motivantes. Tales propósitos seguro que correspondían a necesidades sentidas en aquellos momentos por parte de uno u otro proyecto político, por lo cual tenían validez, pero con toda seguridad no cobijaban los intereses del conjunto político alternativo. Y con seguridad tampoco recogían los intereses y necesidades de las mayorías empobrecidas y marginadas, a las cuales se las ‘representa’ pero no se les consulta.

 

Una vez más. El propósito de la unidad es innegable en su imperiosa necesidad, pero la forma de procurarla no resulta procedente. Con seguridad, en los eventos realizados para discutir su necesidad todos, o la mayoría de los convocados, llegaron y expusieron sus argumentos –sus análisis de coyuntura–, en los cuales confirmaron de manera afirmativa la necesidad de la unidad, pero también, con seguridad, en los hechos siguieron concentrando sus fuerzas alrededor de la concreción de su ideario ideológico, político y lo que éste les indicara que era más imperioso, reforzando su proceder con lo indicado por su programa, mínimo y máximo.

 

Así, como en un diálogo de sordos, este tipo de eventos recorre, una y otra vez, un camino que a ninguna parte verdaderamente importante conduce, un reencuentro para saludos y despliegue de buenos propósitos que, cuando más, lleva a coordinaciones puntuales, bien para realizar un evento, una jornada de protesta, o realizaciones similares.

 

Sin embargo, volvamos a lo que nos dice Isabel Rauber, intelectual argentina que abrió el evento realizado en marzo anterior: “Es tiempo de crear, construir y transitar nuevos caminos”.

 

Y en esa orientación, las conclusiones del evento en cuestión realzan que “[...] el Método y la Ética es central para el ejercicio de una política renovada”. Método, categoría siempre relegada pues lo fundamental es el propósito y la seguridad en el objetivo central del proceder de cada proyecto político y social. Y ética, la cual, por descontado, se supone pulcra y unánime, pues el propósito de “liberación de la humanidad” así lo dispone.

 

Por fortuna los tiempos cambian. Ahora no es suficiente con acertar en el propósito central, ahora es indispensable establecer cómo proceder para su concreción. El Método, precisamente ese que es necesario explorar con nueva vista pues en los tiempos remozados que vivimos ya no es posible proseguir tras la ‘unidad’ –política– sin partir de las mismas luchas e imaginarios populares, de sus demandas inmediatas y mediatas.

 

Método, cambio de proceder para alcanzar un certero vínculo social, que nos obliga a alistarnos para realizar entre las diversas organizaciones y proyectos proclives a la ‘unidad’, una verdadera vuelta a Colombia a través de la cual identifiquemos en diálogo con las mayorías sociales– de las más diversas identidades y territorios–, intereses, necesidades y sueños, fruto de lo cual estructuremos una plataforma de lucha común con la cual construyamos una “unidad social”, algo más concreto que la “unidad política e ideológica”.

 

Tal vez si así procedemos, logremos romper el esquema y el dogma, los mismos que llevan a que cada cual parta para el análisis del país y de los tiempos que corren, únicamente de sus esquemas ideológicos. Actuar similar al adoptado, desde siempre, por iglesias e imperios, para los cuales los otros siempre fueron bárbaros y por ello era necesario someterlos. La pluralidad no tenía cabida en su lógica. Occidente enseña mucho sobre este particular.

 

Y la ética, esa misma que las mayorías encuentran totalmente marchita en el proceder cotidiano de los políticos, hay que fundirla como sello indeleble en el actuar de los sectores alternativos.

 

Es por ello que, en esa perspectiva de creación, de transitar nuevos caminos, de coherencia ética, mientras alcancemos esa edad de madurez que demanda la misma ‘unidad’, es indispensable superar la lectura y el interés de grupo y abrazar el interés mayoritario de los excluidos y empobrecidos. Mientras esto llega a ser una realidad, lo que corresponde de manera sensata en todas las organizaciones dispuestas a ello es la coordinación, la unidad de acción.

 

Diagnóstico reforzado por las mismas conclusiones emanadas por el evento unitario acá comentado, el cual enfatiza que el llamado a la unidad realizado por el mismo es: “[...] un hecho inédito e histórico [...]”!! ¿Hace cincuenta años, hace cuarenta, o hace un año, no se decía lo mismo?

 

Un lugar común. Como no lo fue otra de sus conclusiones: “[...] evaluar, crítica y propositivamente, las experiencias históricas pasadas y presentes...”.

 

Reto obligatorio de encarar sí de verdad existe disposición, como nos invita Isabel Rauber, para transitar nuevos caminos, pues como está comprobado, una y otra vez: “él que no conoce la historia está condenado a repetirla...”. Conocimiento que demanda de otro ingrediente de igual importancia: la disposición a reconocer los errores, a superarlos, dejando a un lado las agendas de grupo, las cuales presuponen que siempre sea más importante lo definido por mi colectivo que lo priorizado por los otros.

 

Propósitos, uno y otro, que no son factibles de materializar por fuera de la acción social concreta, pues solamente la necesidad obliga a romper con las pesadas herencias que todos y cada uno de los proyectos sociales y políticos cargamos.

 

Así lo enfatiza también Isabel Rauber: “Apostar a la construcción del protagonismo colectivo de los pueblos para construir la fuerza político-social de liberación es el factor neurálgico que marcará el rumbo y las dinámicas políticas del presente y el futuro inmediato en los procesos populares en curso en cada país y en la región. Es vehículo, también, para la construcción de la unidad de los pueblos”.

Publicado enEdición Nº234
Sábado, 22 Abril 2017 07:33

Perder lo recuperado

Perder lo recuperado

Desde fines de 2015 en Argentina las políticas neoliberales amenazan en varios frentes a las empresas recuperadas. Aumentos de tarifas, vetos a leyes que las protegen, y la apertura de causas judiciales apuntan a terminar con una experiencia social vigorosa que nació tras la crisis de 2001 y fue un ejemplo para otros países.

 

La Cámara de Apelaciones en lo Comercial suspendió temporalmente el desalojo del hotel Bauen, emblema de las empresas recuperadas en Argentina, a pocas horas de cumplirse el plazo que había fijado una jueza de primera instancia para su ejecución. “Es apenas un granito de arena a favor de los trabajadores”, dijo a Brecha el abogado de los cooperativistas, Ataliva Dinani, cuando se conoció la decisión del tribunal, el martes 18 a la tarde. La Cámara deberá expedirse en 30 días sobre la cuestión central: dejar sin efecto, o no, el fallo de la jueza Paula Hualde que intimaba a los cooperativistas a abandonar el inmueble en la medianoche del miércoles 19, a riesgo de ser desalojados por la policía.


Con el fallo de la jueza Hualde las 130 fuentes de trabajo del hotel Bauen, ahora Cooperativa Buenos Aires Una Empresa Nacional (Bauen), penden de un fino hilo legal y político. La jueza decidió que el inmueble de la empresa recuperada debe volver a sus controvertidos propietarios originales. Su sentencia fue motivada por el decreto que el presidente argentino, Mauricio Macri, firmó el 27 de diciembre pasado vetando la ley con la que se expropiaba el edificio del hotel, ubicado en Callao y Corrientes, pleno centro de Buenos Aires, para entregarlo a sus trabajadores, ley que había sido aprobada por ambas cámaras legislativas nacionales.


La resolución de este caso sentará un precedente para el resto de las 367 empresas recuperadas por los trabajadores (Ert) durante los últimos 16 años en todo el país, desde la crisis de 2001. “Creemos que si pueden con el Bauen se van a animar con cualquier otra empresa recuperada. Somos quizá el ejemplo mayor por nuestra historia, por la cantidad de personas que formamos la cooperativa y por el apoyo que cosechamos en estos 15 años”, dijo a Brecha Federico Tonarelli, vicepresidente de la cooperativa.


El intento de desalojo del Bauen sería otro globo sonda más del gobierno macrista, que desde su asunción en diciembre de 2015 pretende desarmar el entramado de políticas solidarias y la regeneración del tejido social surgidos tras la debacle de 2001. Los recursos destinados al Instituto Nacional de Economía Solidaria (Inaes), y en general a las áreas cooperativas del gobierno nacional y de la provincia de Buenos Aires, fueron recortados por vía del ahorro directo o bien por el recorte de funciones a esas áreas, acusadas desde el oficialismo de ser manejadas por funcionarios de carrera cercanos al kirchnerismo. Otra medida denunciada es la paralización de actividades y cuentas en sectores del Ministerio de Trabajo y Desarrollo Social, de forma que no hay despidos ni recortes presupuestarios, pero tampoco se ejecutan los dineros destinados a las Ert. En contrapartida, sí se aumentaron las asignaciones presupuestarias a fondos y programas para emprendedores individuales (empresas unipersonales), y en el discurso oficial éstos desplazaron a los cooperativistas. Este discurso en contra de las empresas recuperadas cuenta además con el apoyo empresario en general y de la usina mediática encabezada por el diario La Nación, que el 14 de marzo pasado publicó un editorial reivindicando no sólo la decisión de la jueza Hualde, sino también el decreto de Macri que vetó la ley nacional que protegía al Bauen. La retórica del diario apunta a la necesidad de defender la propiedad privada, amenazada por los cooperativistas y un “parlamento populista, heredero del kirchnerismo”. Nada dice sobre la historia fraudulenta del Bauen desde su nacimiento en plena dictadura militar.

 

NACIMIENTO


El 28 de diciembre de 2001 el hotel Bauen cerró sus puertas y dejó en la calle a los trabajadores, quienes el 21 de marzo de 2003 se hicieron cargo de las instalaciones de la empresa bajo la consigna “Ocupar, resistir y producir”. Desde entonces el hotel se mantuvo abierto, sus empleados siguieron trabajando y reinvirtieron buena parte de las ganancias en el mejoramiento de su fuente de empleo.


Pero el hotel existe desde hace varias décadas. En 1977 el empresario Marcelo Iurcovich obtuvo un crédito blando del hoy extinguido Banco Nacional de Desarrollo (Banade) gracias a sus fluidos contactos con miembros de la Armada nacional cercanos al almirante Emilio Massera, integrante de la gobernante Junta Militar. Uno de esos oficiales de la Armada era Alberto Lacoste, titular del Ente Autárquico Mundial 78, quien recomendó a Iurcovich para la construcción de un hotel de lujo, una forma de crear el escenario que la dictadura necesitaba mostrarle al mundo para el campeonato mundial de fútbol. Así nació el hotel Bauen, y fue construido en tiempo récord: menos de un año. Pero Iurcovich nunca pagó el crédito, que se sumó a la tanda de deudas y agujeros negros dejados por la dictadura. En democracia, el hotel siguió funcionando hasta que estalló la crisis en 2001, luego de una década de políticas neoliberales de la mano del menemismo, golpeando la estructura productiva del país, en especial a las pequeñas y medianas empresas.


El propio “superministro” de Economía en 2001, Domingo Cavallo, reconoció la importancia del sector de las pymes: dan trabajo y mueven el 70 por ciento de la economía nacional, aseguró. Era una verdad de Perogrullo, si se tiene en cuenta el peso de estas empresas en la industrialización de la posguerra, a partir de 1945. Argentina tampoco es el único caso donde las pymes activaron la economía de un país.


El menemismo aplastó la estructura industrial y la de servicios de mediana y pequeña escala y favoreció el capitalismo financiero, con una política similar a la del ciclo de la dictadura militar iniciado en 1976. La privatización de empresas públicas y el aumento imponente de impuestos dejó un tendal de emprendimientos de mediana escala en la ruina, allanando así el camino a los grandes grupos empresariales que se quedaron con esas porciones del mercado. El costo fue un crecimiento del desempleo que saltó del 7,6 por ciento, en las postrimerías del gobierno de Raúl Alfonsín a casi el 21 por ciento a mediados del período menemista.


UN EJEMPLO MUNDIAL


En ese contexto nació la Central de Trabajadores Argentinos (Cta), que incorporó al léxico social la categoría “trabajadores de­socupados” para graficar una mano de obra activa pero sin posibilidad de producir. Junto con la Cta llegaron los piqueteros, trabajadores desocupados que se hicieron visibles en 1995 en las zonas petroleras de Cutral-Có, de la patagónica provincia de Neuquén, y en los pozos petroleros salteños de General Mosconi y Tartagal. El desempleo llevó a miles de trabajadores a reclamar por fuentes de trabajo, primero mediante piquetes y más tarde organizándose para recuperar las empresas quebradas y ponerlas a trabajar. El movimiento piquetero, y a partir de 2001 el movimiento de empresas recuperadas por los trabajadores, resultaron ejemplos mundiales, y fueron un laboratorio de prácticas sociales frente a los resultados de la devastación neoliberal de fines del siglo pasado. Los sociólogos John Holloway y Teotonio dos Santos señalaron al movimiento de empresas recuperadas como un ejemplo de economía alternativa a seguir para los países latinoamericanos y europeos devastados por la reciente crisis financiera.


UN ACTOR SOCIAL


En Argentina, desde la llegada del kirchnerismo al poder, el 25 de mayo de 2003, el movimiento de empresas recuperadas se plantó como un actor social y político y logró reconocimiento por generar una nueva forma de producción y contención social. El parlamento nacional sancionó algunas leyes que acompañaron el crecimiento sostenido del movimiento y colaboraron con su estabilidad económica (por ejemplo a través de subsidios y regulaciones de los aumentos de tarifas de los servicios públicos).


La cooperativa del Bauen logró la aprobación de una ley que expropiaba el edificio a sus dueños originales, lo convertía en propiedad estatal y lo entregaba a los trabajadores a cambio de un pago. La ley 27.344 fue aprobada primero por mayoría simple en la Cámara de Diputados en noviembre de 2015, y contó con 60 votos sobre 72 en el Senado –más de dos tercios del cuerpo– un año más tarde, el 30 de noviembre de 2016, antes de ser vetada por Macri.


VUELVE EL PATRÓN


Luego de 16 años de ausencia, Iurcovich vuelve a la carga. Esta vez bajo la figura empresarial de la firma Mercoteles SA, a la que presuntamente habría vendido el Bauen en 2001. La abogada de la empresa es Susana Espósito, una comunera del oficialista Pro (los comuneros son las autoridades locales elegidas para representar a cada una de las 48 comunas ante el gobierno de la ciudad de Buenos Aires). Espósito no sólo es comunera del barrio de Caballito, sino también la esposa del comisario Ricardo Pedace, ex vicejefe de la Policía Metropolitana y desde enero pasado actual jefe de la Agencia Gubernamental de Control (Agc), según el periodista Ricardo Ragendorfer en la revista digital Nuestras Voces. Su nuevo cargo le da a Pedace la responsabilidad de habilitar edificios públicos y privados en lo referido a cuestiones arquitectónicas y de salubridad alimentaria. Es decir que cualquier pedido de clausura del Bauen pasaría por sus manos y por la Agc.

 

JUEZA AMIGA


Esto no sería tan preocupante si no fuera porque Espósito y Pedace mantienen una relación cercana con la jueza Paula Hualde. Algo que resultó evidente en noviembre pasado, cuando Espósito corrió a abrazar a la jueza en el escenario mientras ésta recibía el premio a la excelencia judicial, otorgado por el Foro de Estudios sobre la Administración de Justicia (Fores) –del que salió el actual ministro de Justicia, Germán Garavano– y el Instituto para el Desarrollo Empresario Argentino (Idea), dos grandes elefantes entre los think tanks liberales y amigos históricos de las dictaduras militares. Espósito presentó a Hualde la última documentación para expropiar el Bauen cooperativo y entregárselo a Mercoteles SA. Y la jueza falló en contra de la cooperativa.


El editorial de La Nación y el embate legal del presidente y la jueza conforman una operación de pinzas de la que a los trabajadores les resulta difícil zafar. La única opción que le queda a la Cooperativa Bauen, según Tonarelli, es volver a presentar el proyecto de ley de expropiación en el Congreso para que sea aprobado esta vez por una mayoría calificada de dos tercios, que inmunizaría la ley frente a un posible veto presidencial. Los trabajadores cuentan con los votos necesarios en el Senado, pero en la Cámara de Diputados necesitan superar la mayoría simple con la que fue aprobado el proyecto en 2015.“Se hace difícil conseguir los votos”, señaló Tonelli. “Con este Congreso es más difícil porque el macrismo aumentó la cantidad de legisladores en diciembre de 2015”, insistió.

 

367 EJEMPLOS


Solamente en la ciudad de Buenos Aires hay 72 empresas recuperadas, según un informe de mayo 2016 elaborado por el área de extensión de la Universidad de Buenos Aires (Uba) y coordinado por el sociólogo Andrés Ruggeri, autor del libro ¿Qué son las empresas recuperadas? Autogestión de la clase trabajadora.


En todo el país son 367 los emprendimientos recuperados por sus trabajadores. El más nuevo se inició el 29 de marzo pasado, cuando los propietarios del café y pizzería Mi Tío, en pleno corazón del barrio bonaerense de San Telmo, abandonaron el negocio y sus ocho empleados decidieron armar la cooperativa con apoyo de los vecinos. Para ellos y para el resto de los emprendimientos cooperativos recuperados en la ciudad de Buenos Aires lo que ocurra con la Cooperativa Bauen será decisivo. Saben que están en un territorio hostil: desde que Mauricio Macri se hizo cargo de la jefatura del gobierno de Buenos Aires vetó sistemáticamente todas las leyes de la legislatura local que ampararan a las empresas recuperadas y que reconocieran el derecho al trabajo por sobre el de propiedad, incluso cuando esas normas fueran votadas por los legisladores macristas. Antes de abandonar ese cargo para embarcarse en la carrera presidencial lo hizo en 2011 y luego en 2013.


El nuevo jefe del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, ícono de las familias patricias argentinas, siguió por este mismo camino al vetar la ley 5.500/15, que permitía a los trabajadores de un restaurante quedarse con los muebles del local tras la quiebra y fuga de sus propietarios.


EMBLEMAS


Además del Bauen, en la historia del movimiento de empresas recuperadas se han destacado otros casos emblemáticos.


En diciembre de 2003 los trabajadores, en su mayoría mujeres, de la empresa de confección Brukman volvieron a producir. Dos años antes la fábrica, ubicada en la capital argentina, les había cerrado las puertas. Las trabajadoras decidieron ocupar y resistieron varios desalojos violentos hasta que consiguieron su objetivo. De las 300 operarias quedaron 60 organizadas en una cooperativa, pero contaban con una sentencia judicial firme contra la patronal, por la quiebra.


Cerámicas Zanón, ahora llamada Fasinpat (Fábrica sin Patrones), en la provincia de Neuquén, está organizada como cooperativa desde 2002, tras la quiebra del grupo Zanón en diciembre de 2001. Fue una de las primeras en ser recuperadas y puesta en marcha con apoyo social y político de todo el país, incluso desde Europa. Poco antes había surgido Impa, una fábrica de plásticos ubicada en la capital. Fue uno de los primeros ejemplos recientes de recuperación de fábricas. Aunque formalmente era una cooperativa desde 1961, en la práctica se gestionaba como una empresa capitalista común, hasta que a mediados de 1998 los gerentes abandonaron sus puestos y los trabajadores decidieron continuar con el emprendimiento reorganizándose y tomando el control de la fábrica. Otro caso similar fue el de una cooperativa de trabajo en Campo Herrera, Tucumán, fundada en 1967 tras el cierre de 11 ingenios azucareros durante la dictadura militar de Juan Carlos Onganía. Los cooperativistas fundaron su unidad económica de trabajo y su propio pueblo para habitar. Pero desde entonces y hasta la crisis del fin del milenio pasado las cosas funcionaron bajo el modelo clásico del capitalismo empresarial.


PANORAMA INCIERTO


Según el informe de la Uba, las Ert vieron modificada su situación a partir de la llegada al poder del macrismo, por el trato diferenciado que el nuevo gobierno les dispensa.


En la provincia de Buenos Aires la actual gobernadora, María Eugenia Vidal, del Pro, lleva en su haber tres vetos a leyes que favorecían a empresas recuperadas, pese a que fueron votadas incluso por el oficialismo macrista. En todos los casos, según apunta el informe de la Uba, el cuestionamiento a las empresas recuperadas es netamente ideológico y no toma en cuenta que se trata de fuentes de trabajo que tienen una utilidad social, y tampoco se considera el rol organizador que tiene el trabajo, más allá del económico. Macri, Rodríguez Larreta y Vidal se refieren a los trabajadores que quedan expuestos al desempleo como“grupos privados”. Y para Vidal, por ejemplo, la solución es que un nuevo empresario compre las empresas en cuestión.


El martes 11 de abril el Bauen convocó a una cena-beneficio para afrontar las nuevas medidas judiciales tras el veto presidencial. Fue en realidad un encuentro social de resistencia a las políticas macristas donde se pudo ver a Nora Cortiñas, referente de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, sectores parlamentarios del Frente para la Victoria, dirigentes sindicales de la Cta y buena parte del universo de las empresas recuperadas. El Bauen fue desde siempre un punto de referencia y encuentro para las Ert. En marzo de 2016 se reunió allí un plenario de Ert para discutir cómo afrontar la embestida oficial en materia tarifaria y legal, que había elevado los costos de producción de las empresas entre un 200 y un 400 por ciento, lo cual comenzó a desatar las alarmas en el grupo. Un eventual desalojo del hotel Bauen representaría un punto de quiebre en la vida de estas nuevas formas de resistencia social y económica frente a las políticas neoliberales.

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Divisiones del trabajo. ¿Pleno empleo?, ¿readaptación laboral?, ¿economía del conocimiento? Nuevos tipos de trabajo requieren nuevas ideas y nuevas formas de organización

 

La clase obrera, o al menos la parte blanca, se ha revelado como nuestro gran misterio nacional. Tradicionalmente demócratas, han ayudado a elegir a un ampuloso y ostentoso milmillonario a la presidencia. "¿Qué les pasa?" insisten los comentaristas liberales. ¿Por qué se creen las promesas de Trump? ¿Son estúpidos o simplemente deplorablemente racistas? ¿Por qué la clase obrera se ha alineado en contra de sus propios intereses?

Yo nací en esta clase escurridiza y permanezco estrechamente conectada a ella a través de amistades y familia. En la década de 1980, por ejemplo, yo anclé, personalmente, un centro cultural de la clase trabajadora en mi propia casa en Long Island. La atracción no era yo, sino mi marido (entonces) y amigo de siempre Gary Stevenson, un antiguo trabajador de almacén que se había convertido en organizador del sindicato Teamsters. Los suburbios de Long Island pueden considerarse como una comunidad dormitorio para los que se desplazan diariamente a Manhattan, o un portal a los Hamptons, pero por entonces eran también un centro industrial, con más de 20.000 trabajadores empleados en Grumman solamente. Cuando mi hermana se mudó a nuestro sótano, desde Colorado, encontró rápidamente un trabajo en una fábrica a una milla de nuestra casa, al igual que miles de otras personas, algunas de las cuales venían en bus desde el Bronx. Hospedamos principalmente a residentes locales que pasaron por nuestra casa para asambleas por la noche o fiestas de fin de semana: camioneros, trabajadores de fábrica, conserjes y eventualmente enfermeras. Mi trabajo consistía en hacer chili con carne y procurar que hubiera sitio en la nevera para los ziti[1] que invariablemente traerían los demás. Una vez traté de explicar el concepto de "socialismo democrático" a algunos obreros de talleres mecánicos y me permití una breve perorata contra la Unión Soviética. Me miraron con tristeza a través del mostrador de la cocina hasta que uno gruñó: "al menos allí tienen asistencia médica".

En la época en que mi pequeña pandilla se reunía en la casa del rancho, las aspiraciones de la clase obrera eran pisoteadas en todas partes. En 1981, el presidente Reagan rompió el sindicato de controladores aéreos despidiendo a más de 11.000 trabajadores en huelga, una señal clara de lo que estaba por venir. Unos años más tarde, organizamos un picnic para Jim Guyette, el líder de un local militante de empaquetado de productos cárnicos de Minnesota que había emprendido una huelga salvaje contra Hormel (evidentemente en nuestro picnic no se sirvieron productos Hormel). Pero el trabajo había entrado en una era de reducciones y concesiones. El mensaje era: o arrastrarte o quedarse sin trabajo. Incluso los "poderosísimos" sindicatos de viejo cariz obrero, aquellos por los que nuestro pequeño grupo había luchado tanto ya sea para construirlos ya para democratizarlos, estaban amenazados de extinción. En cuestión de un año, el local, no oficial, fue aplastado por su propio sindicato, United Food and Commercial Workers.

Las fábricas de acero se callaron, las minas donde mi padre y mi abuelo habían trabajado cerraron, las fábricas se fueron al sur de la frontera. En este proceso se perdió mucho más que los trabajos; todo un modo de vida en el centro del mito americano estaba llegando a su fin. Los empleos disponibles, en campos como las ventas al por menor y la atención sanitaria, estaban mal pagados, haciendo más difícil para un hombre sin educación universitaria mantener a una familia por su cuenta. Pude ver esto en mi propia familia, en que los nietos de los mineros y de los trabajadores ferroviarios estaban aceptando trabajos como conductores de camiones de reparto o encargados de restaurantes de comida rápida o incluso competían con sus esposas para convertirse en trabajadores minoristas o enfermeros. Tal como observó Susan Faludi en su libro de 1999 Stiffed[2], la desindustrialización de América llevó a una profunda crisis de masculinidad: ¿Qué significaba ser un hombre cuando un hombre ya no podía mantener a una familia?

No era sólo un modo de vida lo que se estaba muriendo sino también muchos de los que lo habían vivido. Una investigación realizada en el año 2015 por Angus Deaton, ganador del Premio Nobel de Economía, junto con su esposa, Anne Case, mostró que la brecha de mortalidad entre los blancos con estudios universitarios y los blancos sin estudios universitarios se había ampliado rápidamente desde 1999. Unos meses más tarde, unos economistas de la Brookings Institution encontraron que para los hombres nacidos en 1920, había una diferencia de seis años en la esperanza de vida entre el 10 por ciento mejor pagado y el 10 por ciento más bajo. Para los hombres nacidos en 1950, esa diferencia había pasado a más del doble, a 14 años. El tabaquismo, que actualmente es un hábito sobre todo de la clase trabajadora, podría representar sólo un tercio del exceso de muertes. El resto era aparentemente atribuible al alcoholismo, las sobredosis de drogas y el suicidio, generalmente por disparos de arma de fuego, lo que a menudo se denomina "enfermedades de la desesperación".

En el nuevo panorama económico de empleos mal pagados en el sector servicios, algunas de las viejas panaceas de la izquierda han dejado de tener sentido. El “pleno empleo”, por ejemplo, fue el mantra de los sindicatos durante décadas, pero ¿qué significa cuando la paga de tantos puestos de trabajo ya no es suficiente para vivir? La idea era que si todos los que querían un empleo podían conseguirlo, los patronos tendrían que aumentar los salarios para atraer nuevos trabajadores. Sin embargo, cuando a finales de los años noventa fui, como periodista encubierta, a comprobar la viabilidad de los puestos de trabajo de nivel de entrada, me encontré con que mis compañeros de trabajo (camareros, cuidadores de ancianos, criadas con un servicio de limpieza, "asociados" de Walmart) vivían en su mayor parte en la pobreza. Como expliqué en el libro resultante, Nickel and Dimed, algunos no tenían un hogar y dormían en sus coches, mientras que otros se saltaban el almuerzo porque no podían permitirse más que una pequeña bolsa de Doritos. Eran trabajadores a tiempo completo y era una época, como la actual, de casi pleno empleo.

Otra solución en boga a la crisis de la clase trabajadora era la readaptación laboral. Si la nuestra es una "economía del conocimiento" -que suena mucho mejor que una "economía de bajos salarios"- los trabajadores desempleados sólo tenían que espabilarse y reciclarse a otras habilidades más útiles. El presidente Obama promovió el reciclaje laboral, al igual que Hillary Clinton como candidata presidencial, junto con muchos republicanos. El problema era que nadie estaba seguro del tipo de formación que se necesitaba; la informática estaba en boga en los años 90, la soldadura también lo estuvo y ha pasado de moda, y las carreras en el sector todavía creciente de la salud se ven como las mejores apuestas actualmente. Tampoco hay una medida clara de la eficacia de los programas de readiestramiento existentes. En 2011, la Government Accountability Office (Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno de los EE.UU.) encontró que el gobierno federal apoyaba 47 proyectos de capacitación laboral en 2009, de los cuales sólo cinco habían sido evaluados en los últimos cinco años. Paul Ryan ha elogiado en repetidas ocasiones un programa en su ciudad natal, Janesville (Wisconsin), pero un estudio de 2012 de ProPublica encontró que las personas despedidas que pasaron por él tenían menos probabilidades de encontrar trabajo que los que no lo hicieron.

No importa lo bueno que sea el programa de reciclaje, la idea de que la gente debe ser infinitamente maleable y pronta a recrearse para acomodarse a cada cambio en el mercado de trabajo seguramente no es realista y desde luego no es respetuosa con las habilidades existentes. A principios de los 90 cené en una Pizza Hut con un minero despedido en Butte, Mont (en realidad, los despedidos son los únicos mineros existentes en Butte). Este cincuentón se rió cuando me dijo que le estaban aconsejando obtener un título de enfermería. No pude evitar reírme también, no por la incongruencia de género, sino por la idea de que un hombre cuyas herramientas habían sido una piqueta y la dinamita debiera ahora cambiar tan radicalmente su relación con el mundo. No es de extrañar que cuando a los trabajadores de cuello azul se les diera la opción entre el reciclaje de empleo, tal como proponía Clinton, y la recuperación no se sabe como, milagrosamente, de sus antiguos empleos, como proponía Trump, se decantaran por este último.

Actualmente, cuando los políticos invocan a la “clase obrera”, es probable que se refieran, anacrónicamente, a una fábrica abandonada. Sería más realístico servirse de un hospital o un restaurante de comida rápida como referencia. La nueva clase obrera consiste en muchas de las ocupaciones tradicionales de cuello azul (conductor de camión, electricista, fontanero) pero en general, es más probable que sus miembros usen más bien fregonas que martillos y bacinillas en vez de paletas. También desde el punto de vista demográfico, la clase obrera ha evolucionado desde los años 80 en que los grupos que se reunían en mi casa eran, de forma aplastante, masculinos y blancos. Negros e hispanos han sido desde hace tiempo una parte importante, aunque no reconocida, de la clase obrera, y ahora es más femenina y contiene muchos más inmigrantes también. Si el estereotipo de la vieja clase obrera era un hombre con casco, el nuevo está mejor representado por una mujer cantando, “¡El pueblo unido jamás será vencido!”

Los antiguos empleos no volverán, pero hay otra forma de abordar la crisis provocada por la desindustrialización: pagar mejor a todos los trabajadores. La gran innovación laboral del siglo XXI han sido las campañas dirigidas a elevar los salarios mínimos locales o estatales. Los activistas han logrado aprobar leyes de salarios suficientes para vivir en más de cien condados y municipios desde 1994 apelando a un simple sentido de justicia: ¿Por qué se debería trabajar a tiempo completo, durante todo el año y no ganar lo suficiente para pagar el alquiler y otras necesidades básicas? Las encuestas demostraron que había grandes mayorías que favorecían el aumento del salario mínimo; estudiantes universitarios, miembros de la iglesia y sindicatos se unieron a las campañas locales. Los sindicatos comenzaron a tener en cuenta a grupos de trabajadores anteriormente desatendidos como conserjes, ayudantes sanitarios en el hogar y jornaleros. Y donde los sindicatos han vacilado, han surgido nuevos tipos de organizaciones: asociaciones a veces respaldadas por los sindicatos y a veces por fundaciones filantrópicas: Our Walmart (Nuestro Walmart), la National Domestic Workers Alliance (Alianza Nacional de Trabajadores Domésticos) y los Restaurant Opportunities Centers United (Centros de Oportunidades de Restaurantes Unidos).

Nuestro viejos tiempos de Long Island se acabaron hace muchos años: la casa vendida, las antiguas amistades desgastadas por la edad y la distancia. Lo encuentro a faltar. Como grupo no teníamos ninguna ideología en particular, pero nuestra visión, que se articulaba a través de nuestras fiestas, en vez de con un manifiesto cualquiera, era utópica, especialmente en el contexto de Long Island, donde si querías alguna ayuda del condado tenías que ser un republicano registrado. Si tuviéramos que resumirlo, podríamos hacerlo con la vieja palabra “solidaridad”: si te unes a mi piquete yo me uno al tuyo y quizás podemos ir todos juntos, con los niños, a protestar a la planta química que está infiltrando toxinas en nuestro suelo, y luego haremos una barbacoa en mi jardín. No nos interesaba la pequeña política. Queríamos un mundo en que se respetara el trabajo de cada uno y se oyera cada voz.

Nunca esperé formar parte nuevamente de algo así hasta que en 2004 descubrí un grupo similar, mucho mejor organizado en Fort Wayne, Indiana. El Northeast Indiana Central Labor Council (Consejo Laboral Central del Nordeste de Indiana), como se llamaba entonces, reunía a inmigrantes mexicanos que trabajaban en la construcción y que habían sido contratados para reemplazar a los miembros de los sindicatos de la construcción nacidos allí, más trabajadores de la fundición despedidos y trabajadores birmanos, profesores adjuntos y conserjes. Su objetivo, según el presidente de la época, Tom Lewandowski, un antiguo obrero de General Electric que actuó en la década de 1990 como enlace de la AFL-CIO con el movimiento insurgente polaco Solidarnosc, era crear una “cultura de solidaridad”. Se inspiraron en la constatación de que no basta con organizar a las personas que tienen trabajo; hay que organizar también a los desempleados, así como a los “empleados con ansiedad”, lo que significa potencialmente toda la comunidad. Su táctica no demasiado secreta eran las fiestas y los picnics, a algunos de los cuales tuve la suerte de asistir.

El panorama de Fort Wayne incluía a gente de todos los colores y colores de cuellos, trabajadores legales e indocumentados, liberales y conservadores políticos, algunos de los cuales apoyaron a Trump en las últimas elecciones. Se demostró que había un nuevo tipo de solidaridad, aún cuando los antiguos sindicatos no estuvieran preparados. En 2016, el debilitado AFL-CIO, que durante más de seis décadas había luchado para mantener unido el movimiento obrero, disolvió de repente el Consejo Laboral Central del Nordeste de Indiana citando oscuros imperativos burocráticos. Pero el consejo de trabajo no se dejó desanimar. Se reinventó rápidamente como el Workers’ Project (Proyecto de los Trabajadores) y atrajo a más de 6.000 personas al picnic local del Día del Trabajo, a pesar de haber perdido su acceso a Internet y al equipo de oficina del AFL-CIO.

La última vez que hablé con Tom Lewandowski, a principios de febrero, el Workers’ Project había logrado organizar a 20 trabajadores contratados de Costco en una unidad colectiva propia y estaban planeando celebrarlo con, por supuesto, una fiesta. El impulso humano de hacer causa común, y pasárselo bien haciéndolo, es difícil de suprimir.

 

[1] Ndt: Especie de macarrones horneados.

[2] Ndt: Timados.

 

 

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Martes, 07 Marzo 2017 07:15

Un 8 de Marzo diferente

© Pixabay/Flachovatereza

 

"Somos protagonistas de una revolución sensible", dijo la periodista argentina Marta Dillon, al presentar en conferencia de prensa el Paro Internacional de Mujeres que se realizará el 8 de marzo. En Buenos Aires el paro comenzará a las 12 de la mañana con un "ruidazo" y luego habrá una marcha desde el Congreso hasta la emblemática Plaza de Mayo.

 

En la rueda de prensa la periodista, hija de desparecidos y activista por los derechos humanos, leyó un comunicado que comienza con una frase simbólica: "Este 8 de marzo la tierra tiembla". Argentina es seguramente el país de América Latina que más se ha destacado por la potencia de los movimientos de mujeres, que desde 1985 organizan el anual Encuentro Nacional de Mujeres que en las dos últimas ediciones, en Mar del Plata 2015 y Rosario 2016, congregaron entre 60 y 70 mil personas en cientos de talleres y debates.

Estamos ante un 8 de Marzo especial, por lo menos en la región sudamericana, donde las mujeres han protagonizado movilizaciones multitudinarias contra la violencia machista y los feminicidios. Una parte sustancial de los 200 mil muertos que se ha cobrado la "guerra contra las drogas" en México, son mujeres jóvenes pobres que trabajan en maquilas. Algo similar sucede en Guatemala y en la mayoría de los países centroamericanos.

La potencia del feminismo actual no se basa sólo en las masivas movilizaciones, sino que muestra una fuerza discursiva que han perdido otros movimientos sociales. Y una gran capacidad de análisis de la situación internacional. "Tejemos un nuevo internacionalismo", dice el comunicado de las mujeres. Y agrega: "Vemos que frente al giro neo-conservador, en la región y el mundo, el movimiento de mujeres emerge como potencia de alternativa".

La escritora y activista ítalo-estadounidense Silvia Federici, explica este nuevo activismo y las movilizaciones que se registran estos días en Estados Unidos: "Esta es una crisis de trabajo, una crisis de falta de tiempo para sí mismas, una crisis de la relación con los otros, es el no tener recursos, no tener tiempo ni acceso a los servicios más fundamentales".

Pero destaca también que el movimiento debe crecer en su comprensión estratégica del mundo actual y no olvidar nunca el internacionalismo: "Creo que hoy las mujeres debemos estar más presentes en las luchas contra la guerra. En estas manifestaciones en Estados Unidos no se le ha dado suficiente atención a la problemática de la guerra. Existe una relación fuerte entre la guerra permanente y la militarización de la vida aquí, por eso es importante esta temática. ¿De qué internacionalismo hablamos si no?".

En el Cono Sur de Sudamérica, la violencia doméstica y los feminicidios se han convertido en temas destacados en los medios masivos, sobre todo en la televisión argentina, donde las estrellas de la farándula no pierden ocasión para manifestar su apoyo a la causa de las mujeres, aunque suelen "descafeinar" los contenidos. En Brasil una de las críticas más frecuentes al gobierno ilegítimo de Michel Temer es que en su gabinete no hay ninguna mujer.

En Uruguay saltó al ruedo nada menos que el ex presidente Julio María Sanguinetti, uno de los referentes regionales del conservadurismo político e ideológico. En un artículo titulado "La cultura machista", Sanguinetti apoya la causa de las mujeres aunque critica la inclusión del feminicidio en el Código Penal, porque en su opinión ya existe como figura agravante el asesinato de miembros de la familia, en especial mujeres e hijos.

Aunque afirma que los movimientos feministas en ocasiones han "rozado el ridículo", critica el machismo y llama a docentes, artistas y políticos a manifestar públicamente su rechazo al machismo. Hay que "sacarse de la mente la idea de que quien comprende y sigue a su mujer no es un "pollerudo" sino lo contrario, un ser maduro, consciente de su fuerza, que necesita de la fuerza de "la otra" para que la vida valga la pena ser vivida", escribió Sanguinetti en el semanario Opinar.

Mucho más allá de sus cuestionables opiniones, lo más destacable es el hecho que un político como Sanguinetti haya salido a hablar del tema. Es un síntoma del vuelo que adquirió el debate sobre los derechos de las mujeres en la sociedad. Por lo pronto, en Uruguay y Argentina las centrales sindicales y sindicatos convocan un paro el 8 de Marzo como forma de manifestar su apoyo a las mujeres, actitud que refleja la expansión que están teniendo las demandas de los movimientos.

En Brasil las nueve centrales sindicales decidieron salir a la calle el 8 de Marzo contra la reforma del sistema de pensiones y en conmemoración del Día Internacional de la Mujer. En Argentina confluyen las luchas del sindicato de maestros (la inmensa mayoría maestras) con el paro que apoyan las centrales sindicales. En Uruguay el PIT-CNT convoca un paro general de cuatro horas.

Quizá el hecho más notable de este 8 de Marzo es que evidencia que las demandas y las voces de las mujeres han desbordado los marcos de los sectores organizados y se han hecho carne en amplios estratos de las sociedades, tanto entre las clases medias profesionales como entre los sectores populares, los más afectados por la violencia machista. Hay varias razones que explican este cambio: desde la ampliación del casco militante, la maduración de una nueva cultura y una más sólida conciencia ciudadana de los derechos. En este último aspecto, lo realizado por los gobiernos progresistas en relación a las mujeres ha contribuido a amplificar las viejas demandas del movimiento feminista.

Pero hay un hecho adicional que parece decisivo y que puede ser el trasfondo de la masividad adquirida por la cuestión femenina. El capitalismo en la etapa actual, de hegemonía del capital financiero, está mostrando su peor faceta: militarista, destructiva del medio ambiente y de las personas.

Este es el capitalismo realmente existente en América Latina, que está tratando los cuerpos de las mujeres con la misma ferocidad destructiva con la que ensaña con la naturaleza.

 

 

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Los acueductos comunitarios exigen reconocimiento

El asunto nos resulta rutinario, en la casa o en el sitio de trabajo: cuando necesitamos agua abrimos el grifo y fluye el “manantial”, para saciar nuestra sed o para llenar el recipiente para cocinar o limpiar cualquier parte de la casa. Parece un acto de magia, pero no lo es. Mientras así sucede estamos tranquilos. Gastamos, pagamos la cuenta, fin del asunto.

Pero en esto no hay nada de magia. Tras el vital líquido hay todo un proceso natural, además de un inmenso esfuerzo humano, en algunas ocasiones fruto de una labor colectiva de comunidades organizadas para procurársela.

La visión del agua como un servicio público que una empresa nos provee, puede apartarnos de tener una relación más profunda con este elemento esencial de la vida, y también puede distanciarnos del reconocimiento de que el agua es un bien común y un derecho humano fundamental.

Alrededor de esto existen múltiples experiencias. En varias zonas rurales y urbano-populares, el suministro de agua no está en manos de una empresa estatal o mixta, sino que es la misma comunidad quien la autogestiona en su territorio, a través de organizaciones conocidas como acueductos comunitarios. En Colombia, según datos recientes de la Superintendencia de Servicios Públicos, se estima que existen cerca de 15.000 organizaciones de este tipo, conformadas por vecinos y vecinas, que trabajan para garantizar el suministro y acceso al agua a sus familias. Los diferencia el sentido de trabajar en comunidad y lo que esto conlleva: la cooperación mutua, la solidaridad, la necesaria construcción colectiva. También se caracterizan por contar con escaso apoyo institucional, y porque ven al agua como un bien común, no como una mercancía.

Una labor noble, pero sin duda compleja. Por eso, los acueductos comunitarios se han organizado en asociaciones y redes, para discutir la gestión comunitaria del agua y defenderla. ¿De qué? De la política nacional que busca privatizarla, tanto en el suministro como saneamiento; de la minería, que afecta a las fuentes hídricas que abastecen a las comunidades; de las exigencias normativas, que imponen requisitos administrativos y tecnológicos que no se ajustan a las realidades y necesidades de estas organizaciones comunitarias. A eso hay que sumarle las problemáticas específicas de cada territorio y los conflictos por la propiedad de la tierra donde se encuentran las microcuencas o la infraestructura de un acueducto.

Con muchos temas en la agenda, la Red Nacional de Acueductos Comunitarios de Colombia (1) realizó en Medellín, en las universidades de Antioquia y Nacional, durante los días 23, 24 y 25 de septiembre de 2016, la sexta edición del Encuentro Nacional de Acueductos Comunitarios, durante el cual más de 300 personas deliberaron sobre las problemáticas, resistencias y alternativas para la gestión comunitaria del agua. Además, trabajaron en avanzar en su siguiente objetivo: presentar ante el Congreso de la República un proyecto de ley para el reconocimiento del derecho a la autogestión comunitaria del agua.

 

Un trabajo en red: unidos como las aguas

 

Así como el arroyo llega a la quebrada, la quebrada se conecta con el río y éste entrega sus aguas a uno más caudaloso o desemboca en el mar, los acueductos comunitarios de Colombia han tejido una red para defender sus intereses, formarse sobre distintos temas y trabajar de forma articulada a través de asociaciones municipales, departamentales, regionales y una Red Nacional de Acueductos Comunitarios. Allí, además de encontrarse entre organizaciones comunitarias asociadas, cuentan con el respaldo de diferentes organizaciones sociales y ambientalistas de todo el país que comparten sus principios.

“Lo que propició que nosotros nos encontráramos tanto a nivel regional, como nacional, fue el referendo por el agua”, dice Maya Astrid Pinzón, gestora de proyectos de Retaco (Red Territorial de Acueductos Comunitarios de Bogotá y Cundinamarca). La propuesta de un referendo por el agua, tomó forma en 2006 con la campaña “El agua un bien público”. “Esta movilización creativa logró llegar al corazón de la ciudadanía desde una sin igual articulación de organizaciones sociales, pueblos indígenas, ambientalistas y acueductos comunitarios”, expresa Javier Márquez, coordinador del Programa de Cultura y Política Ambientalistas de la Corporación Penca de Sábila, en su artículo “¡A la codicia, resistencia, a la privatización, autogestión!” (2).

A pesar de los esfuerzos y de la movilización nacional, el referendo del agua no fue aprobado en el Congreso de la República. Desde entonces, las asociaciones locales y las redes regionales que se unieron en la campaña del referendo, han continuado trabajando como una Red Nacional de Acueductos Comunitarios, que no abandona la lucha por una ley de iniciativa popular. El antecedente del referendo les permitió tener un acuerdo político sobre su apuesta programática, y les ayudó a edificar la confianza entre organizaciones y sectores, que ahora confluyen en asambleas territoriales y nacionales como el pasado VI Encuentro Nacional.

 

Aguas para la paz

 

El VI Encuentro Nacional de Acueductos Comunitarios tuvo como eslogan: “Aguas para la paz: por el derecho a la gestión comunitaria del agua”, porque ante un próximo escenario de posacuerdos hay que reconocer que las asociaciones comunitarias también son actores de la convivencia en los territorios. “Los acueductos comunitarios son un ejemplo de que a través del manejo de un bien común la gente tiene que hacer pactos, llegar a acuerdos, tranzar conflictos, resolverlos adecuadamente, porque tienen que convivir alrededor del agua, y porque ninguna familia se puede quedar sin agua”, dice Javier Márquez.

Los acuerdos de paz proponen un desarrollo rural integral. Y, ¿qué es desarrollo rural integral sin agua? Márquez plantea que la gestión comunitaria del vital líquido ha garantizado que haya agua para el consumo humano y para la agricultura, para lo pecuario, y para otras actividades de la economía familiar campesina. El proyecto de una “Ley propia” para defender la gestión comunitaria del agua, quiere precisamente reafirmar que es intrínseco a la persona tener derecho a un mínimo vital de agua, y que los acueductos comunitarios necesitan reconocimiento y acompañamiento en esa labor para seguir garantizando ese derecho.

“La constitución y las distintas normas nacionales no reconocen y no visibilizan lo que hacen los acueductos comunitarios, a pesar de que se hacen cargo del 50% de la gestión del agua en el país”, afirma Maya Pinzón. Hasta ahora a los acueductos comunitarios les aplican las mismas normas de control y los parámetros que a las empresas prestadoras de servicios públicos, según lo consignado en la ley 142 de 1994. “La propuesta de Ley propia surge después de analizar el impacto que tiene en la cotidianidad una ley que nos compara con las empresas y que tiene exigencias de todo orden”, comenta Bibiana Salazar, abogada de la Comisión Jurídica de la Red Nacional, quien estuvo a cargo de la compilación y redacción del proyecto de ley.

Según Salazar, desde la asesoría jurídica y política, no es posible evitar los efectos de una ley, si no es a través de un instrumento jurídico, porque ésta tiene una fuerza de obligatoriedad que los acueductos comunitarios no pueden evadir. Así que lo que la Ley propia plantea es una alternativa para hablar de una gestión comunitaria del agua y no de servicios públicos, de una garantía de derechos, antes que de una prestación de servicios y de costos por el vital líquido. Entonces, aunque no pueden sustraerse del modelo neoliberal, las asociaciones abogan por una mirada diferente a la mercantilista. Ellos defienden la posibilidad de mantener su relación con la naturaleza de ecología política.

El trabajo de construcción de la Ley propia va desarrollándose en los encuentros nacionales y regionales, las dos audiencias públicas llevadas a cabo en el Congreso, los foros, asambleas y talleres jurídicos. “En un encuentro se analizó la política de aguas y su relación con el marco legal, en otro momento se decidió empezar a recoger los insumos para un proyecto de ley (en el encuentro de Villavicencio en 2015), y en este último, se socializó y se debatió en grupos de trabajo sobre la pertinencia, la necesidad de sustracciones o modificaciones al proyecto de ley”, comenta Salazar.

Para Claudia Cadavid, asociada del Acueducto Comunitario de San Andrés (Girardota), el VI Encuentro fue un espacio para seguir fortaleciendo la confianza en ese trabajo en red, ella dice: “es muy bueno saber que hay un grupo de personas de distintas partes del país que está proponiendo cómo defendernos, cómo decirle al Estado, al Congreso, que nosotros existimos y que cada vez somos más personas que defendemos la gestión comunitaria del agua”.


Después del VI Encuentro la discusión sobre la Ley propia continúa. Las personas que participaron ya empezaron a realizar talleres y asambleas para socializar el proyecto de la Ley propia en sus territorios, y los representantes de distintas organizaciones y asociaciones que hacen parte del taller jurídico de la Red han estudiado lo construido hasta el momento, revisando la pertinencia de cada artículo y vislumbrando cuál será la manera más acertada de presentar el proyecto de ley ante el poder legislativo y la opinión pública. “Es una ley de iniciativa popular que, independientemente de cómo la presentemos, tiene el valor de ser una propuesta de la comunidad”, concluye Claudia Cadavid.


Los acueductos comunitarios llevaran su Ley propia a todos sus territorios y asambleas, como mensajeros y mensajeras del este líquido vital. Con sus propuestas y demandas, le dirán al país que son un caudal que no pueden detener, porque sin su gestión comunitaria no podrá haber paz en los territorios. Y por último nos repetirán, eso que de tanto oír parece que ha perdido sentido, que el agua es fuente de vida. Por ello, el acceso y suministro de agua es un derecho humano fundamental, y defenderlo es su compromiso.

 

* Corporación Ecológica y Cultural Penca de Sábila.
1 Para conocer más sobre la Red Nacional de Acueductos Comunitarios visite el sitio web: http://redacueductoscomunitarios.co
2 Revista Agua Nº3, 2016.

 



Quiénes integran la Red Nacional de Acueductos Comunitarios de Colombia:

 

  • Red Territorial de Acueductos Comunitarios de Bogotá y Cundinamarca –Retaco–
  • Federación de Acueductos Comunitarios Rurales del Valle del Cauca –Fecoser–
  • Red de Acueductos Comunitarios Región Caribe
  • Proceso de Articulación Acueductos Comunitarios de Pasto, Nariño
  • Comité de impulso de acueductos articulados del Meta
  • Asociación Departamental de Acueductos Comunitarios de Antioquia –Adaca–
  • Enda América Latina
  • Corporación Ecológica y Cultural Penca Sábila
  • Corporación La Ceiba
  • Instituto Mayor Campesino –Imca–
  • Corporación de Desarrollo Solidario –CDS–
  • Censat Agua Viva
  • Asociación para el Desarrollo Campesino –ADC–
  • Areco –Asamblea Regional Centro Oriente de Ecofondo–
  • Ecofondo Nacional
Publicado enEdición Nº232
Martes, 24 Enero 2017 17:20

Bandera para izar

Bandera para izar

Bajo el efecto y entorno nuevos de la ciencia y las fuerzas productivas, soñar con un país cualitativamente diferente implica resolver un gran interrogante: ¿Cómo comunicarnos y conectarnos, con el país nacional, el país real –las mayorías, a las que aludía Gaitán? Las organizaciones alternativas y militantes deberían asumir como propósito central en 2017-2019, llevar a cabo discusiones, talleres, foros, tertulias, etcétera, para consultar, comprender, procesar y politizar acerca del por qué la democracia realmente existente, o burguesa, llegó a su límite.

 

“Cambia lo superficial/Cambia también lo profundo/Cambia el modo de pensar/Cambia todo en este mundo”, así canta Mercedes Sosa, quien luego dice que “Cambia todo cambia”. Y no se equivocó, pues así parece reafirmarlo lo que está sucediendo en la sociedad, donde lo que conocimos hace apenas 30 o 40 años ya no existe o está desechado (ver recuadro), dándole paso a toda una renovación en infinidad de campos. Y estos cambios, que afectan la vida cotidiana de todos los que hoy habitamos este planeta, también afecta la forma cómo se sustenta el régimen capitalista, su régimen económico y político, colocando en aprietos su columna vertebral: la democracia realmente existente, para nuestro entender, formal, superflua e improcedente.

 

“Cambia todo cambia”, si la realidad es esta, ¿cómo actuar para que el sistema que hoy domina e impone desigualdad por doquier, de paso a uno otro, donde la justicia y la solidaridad sean su piedra angular? Si la ciencia es la que está propiciando todos los cambios que cada día nos sorprenden, ¿por qué no echar mano de ella para atrevernos a lo “imposible”?

 

Cambios y avances, comprendidos y apropiados en nuestras vidas cotidianas por el uso de innumerables artefactos que nos deslumbran con su versatilidad, los mismos que nos deben permitir, a todos aquellos que soñamos con una sociedad distinta, disputar y construir una opinión y un país en justicia y con soporte de vida digna para el conjunto social de colombianos. Un inmenso reto que conlleva uno no menor: ¿Cómo construimos el territorio, la convocatoria y los referentes de convocatoria que conjuguen el proyecto social, político y cultural que nos permitiría la comunicación con el país nacional, con las mayorías? Los diseños políticos para responder a este interrogante son varios. Son tantos como expresiones orgánicas de izquierda existen.

 

Unos apuestan por construir y consolidar antes un aparato político vertical y luego, ahí sí, tratar de comunicarse con aquellos a quienes desean movilizar o dicen representar. Esta es la fórmula o el diseño orgánico más común entre nosotros, pero también allende nuestras fronteras. Un diseño de “aparato y jerarquía” que una y otra vez, aquí y allá. ha fracasado. Por tanto, sólo queda como opción, la vía inversa: construir el proyecto orgánico al tiempo que logramos el conocimiento y la conexión con el país nacional. ¿Y para qué considerar esta conexión?

 

Considerarla para que entre todos y todas podamos enfrentar y emplazar la iniciativa al establecimiento, al poder reinante, a las clases sociales que lo concentran, y que excluyen y oprimen a las mayorías. Pero, ¿cómo lograr esa conexión con las mayorías? ¿Cuáles serían las reivindicaciones que exigen estas mayorías para hacer posible su movilización? Es otra pregunta por resolver, al encarar el propósito comunicativo/organizativo/movilizador de las mayorías nacionales con cimiento en sus regiones. Y las respuestas también son tantas y variadas como lecturas existen sobre la coyuntura y/o la realidad económica, política, social, que atraviesa el país, en su realidad interna y externa.

 

Metámonos entonces en la pregunta ¿cuál es la reivindicación que más motiva a las mayorías? ¿Será la necesidad de empleo –e ingresos? ¿Será el sueño de techo propio?, ¿el deseo de libertad?, ¿la necesidad de salud oportuna y adecuada?, o ¿la necesidad de tierra? Tal vez sean todas, o sólo una. En todo caso, cualquiera que sea, bien sea una o varias de ellas, por efecto de los niveles de riqueza que hoy genera la humanidad, todas pueden ser satisfechas por el establecimiento. Con respuesta, ya sea para neutralizar y desinflar por esa vía cualquier movimiento de protesta, alternativo o anti establecimiento. Ojo con esto. El aspecto y contenido que no puede satisfacer el establecimiento, así lo desee, es cumplir, realizar y concretar una democracia real. Y menos, una democracia de nuevo tipo, radical, directa, refrendataria. ¿Por qué no puede satisfacer este tipo de demanda?

 

La democracia realmente existente, o burguesa, llegó a su límite

 

La democracia, columna vertebral del régimen burgués que le sirve para propagar a los cuatro vientos un cuento imposible de igualdad, justicia y libertad, está totalmente rota. Está en crisis de posibilidad, como resultado de la transformación de la matriz económica capitalista, ahora potenciada y determinada por un motor financiero y de especulación que fija al conjunto social, a través del mecanismo que han dado en llamar financiarización del sistema. Así la situación, ¿cómo llegó acá el sistema capitalista?

 

Llegó por conducto y consecuencia de la mayor revolución científica conocida hasta ahora. Revolución que le permitió avanzar hacia una globalización creciente, a través de la cual el sistema penetró en todos los rincones del mundo. Penetra cosificando todas las cosas. Cala con una interconexión en tiempo real de toda relación mercantil, entre ellas el intercambio del dios dinero, ahora irreal –no representa la producción efectiva que realizamos los humanos–, a pesar de los billetes estar impresos.

 

Esta interrelación y dominio del capitalismo –y del sistema financiero– en todos los rincones, ahora, también potencia la concentración de la riqueza y del poder. De este modo, lleva al sistema político, en su afán por mantener y prolongar su dominación, a un nivel de autoritarismo nunca visto. Producto de esto, hoy son menos los ricos que determinan el rumbo económico mundial, llevando al planeta hasta la frontera de su autodestrucción. Y, el afán de los estados por controlar a sus sociedades, hacen de la intimidad y la libertad una lejana reivindicación, hoy confundida con la libertad de compra y venta.

 

A extender nuevos niveles de democracia con participación y poder

 

Está visto que hoy la “democracia” es un simple aviso que decora los edificios donde sesionan los legisladores, queda así como un lejano sueño nunca realizado a plenitud. Democracia que en el presente será menos factible de concretar, dado que la participación quedó relegada al simple rito político de votar. Rito que sucede cada cierto tiempo, sin tocar ni variar la columna y continuidad de cada régimen político. Ajeno, sin motivar a las mayorías, razón de ser de la democracia que ayer dio al traste con las monarquías. Por eso, en estas circunstancias, levantar la bandera de la democracia es izar la más radical y revolucionaria de todas las banderas.

 

Hacerlo precisamente, cuando la transformación técnico científica permite no solo la participación de las mayorías en la discusión y diseño de todos los órdenes de la vida política y económica de su sociedad, sino que también permite actuar para que ningún compatriota padezca necesidades materiales.

 

Los retos que abre esta potencialidad son muchos: Estados plurales y descentralizados, gobiernos participativos en todos sus niveles de decisión, economías con fuerte arraigo local, con matriz ambiental y asimilación de su relación de respeto con la tierra y todas las especies que la habitan, reducción del tamaño de las ciudades y revalorización y minimización del carro como centro de la vida humana, y valorización de lo pequeño y de lo local, entre otros.

 

Aparece entonces un interrogante fundamental: quién levanta esta bandera, ¿las organizaciones políticas o el pueblo –genérico que parece resolver todo? Sin duda, un ideal consecuente es que las mayorías llamadas pueblo sea quien la reclame y dispute. Las organizaciones políticas deberían asumir que ningún proyecto político se considere (auto)suficiente, y que actúe y hable a nombre de todos, sin concitarlos ni dominar ni contar con legitimidad en la vida cotidiana de quienes habitan los diferentes territorios que integran nuestro país.

 

Conectarse con la sociedad con la aspiración de que la bandera de la democracia –no la realmente existente– sino una refrendataria, radical, directa, participativa, que aplique un ascendente poder popular, sea ondeada por las mayorías. Ahora la única opción del sistema para contener los cambios en marcha producto de los avances científicos ya considerados, es el autoritarismo y la violencia más desenfrenada. Por ende, cada día es necesario que sea más la cantidad de gente interesada por la política –por la llamada cosa pública– rompiendo la constante hoy dominante; pues nada puede ser decidido por las minorías ni a espaldas de la mayoría.

 

A la par, cabe diseñar y poner en marcha iniciativas de todo orden cotidiano, con miras a resolver desde la base las necesidades básicas de la gente: alimento (con el reto de soberanía alimentaria), salud integral, techo, educación, recreación, ingresos, vía indispensable para construir o recobrar la confianza de la sociedad en el discurso alternativo, anticapitalista, hasta emparentarlo con el socialismo verdadero, que es garantía y soporte de la más amplia y meridiana democracia.

 

Socialismo con su base de socialización hoy presente en infinitud de empresas –muchas de ellas multinacionales– y procesos sociales, así esta realidad no sea ni evidente ni reconocida por la mayoría de la humanidad. Mucho menos, por los propietarios de estas empresas ni por los políticos de turno.

 

El reto es inmenso, “Cambia el sol en su carrera/Cuando la noche subsiste/Cambia la planta y se viste/De verde en la primavera”. “Cambia todo cambia”, nos enfatiza la canción, fiel resumen de la vida en toda su realidad. La política también debe transformarse, el Estado y los gobiernos. Hagamos con nuestros actos y relación con nuestros vecinos/as en nuestros barrios, así como en nuestros sitios de estudio y trabajo, que la canción se haga realidad. Vivimos un tiempo de cambio, del cual no puede quedar exenta la democracia realmente existente. ¡No seamos inferiores al reto ni al momento histórico que estamos viviendo!

 


 

Recuadro 1

 

El nuevo momento de la ciencia y las fuerzas productivas

 

Vivimos tiempos de cambio. Tiempos de avance para la humanidad. Es una certidumbre, sin dejarnos apabullar por la dificultad de los asuntos inmediatos, puesto el ojo en la línea de tiempo. Quien dude de la novedad, también puede mirar en su entorno inmediato y comprobarlo, certificar si algo de las cosas que conoció en sus años mozos aún se conserva. Para quienes ya cuentan con cuatro o más ‘pisos’ a cuestas, la tarea es elemental: televisor a blanco y negro, máquina de escribir, enciclopedias; mecanismos de comunicación (telegramas, postales, correo aéreo, etcétera), radios de transistores y de onda corta, cámaras fotográficas de rollo, tocadiscos, desinterés por el medio ambiente, y la manera de comprender y relacionarse con la naturaleza, la función y comprensión de las ciencias; un otrora, y mucho más, que descansa ahora en el cuarto de San Alejo.

 

Para quienes tienen menos años y no conocieron esto: el tamaño de los celulares, la capacidad de trabajo y la velocidad de las computadoras, la manera de relacionarse entre alumno-docente, las pantallas que no eran táctiles, la imagen del mundo (en tamaño y posibilidad de recorrerlo), la conquista del espacio más allá de la luna, etcétera. Todo esto y mucho más cambió y arruma en el mismo cuarto de los trastos.

 

Lo que no arruman en Colombia es la injusticia, sostenida, multiplicada, presente sin pausa.

 

Como una enredadera se estira amparada en viejos y nuevos argumentos, y en la misma violencia institucional de siempre. ‘Justicia’ soportada, aupada y defendida por quienes a través del curso de dos siglos, han llevado a nuestra sociedad a niveles de pobreza y de miseria –con índices de muerte de menores de edad que son vergüenza para cualquier sociedad–, y con récord en sus indicadores de concentración de riqueza, de propiedad de la tierra, de los medios de comunicación, de los medios productivos, que arrinconan a las mayorías; desconociendo sus potencialidades y saberes. Es decir, aplicando la antidemocracia sin reparo alguno. Contrarios a los avances y evidencias de nuestro tiempo, más concentración de la riqueza y menos democracia es la norma que los de siempre imponen por doquier.

Publicado enEdición Nº231
Rosa Luxemburgo, la rosa roja del socialismo

Espada y llama de la revolución, su nombre quedará grabado en los siglos como el de una de las más grandiosas e insignes figuras del socialismo internacional


Mehring dijo una vez que Luxemburgo era “la más genial discípula de Carlos Marx”. Brillante teórica marxista y polemista aguda, como agitadora de masas lograba conmover a grandes auditorios obreros. Uno de sus lemas favoritos era “primero, la acción”, estaba dotada de una fuerza de voluntad arrolladora. Una mujer que rompió con todos los estereotipos que en la época se esperaban de ella, vivió intensamente su vida personal y política.


Era muy pequeña cuando su familia se muda desde la localidad campesina de Zamosc hacia Varsovia, donde transcurre su niñez. Rozalia sufrió una enfermedad de la cadera, mal diagnosticada, que la deja convaleciente durante un año y le produce una leve renguera que dura toda su vida. Perteneciente a una familia de comerciantes, siente en carne propia el peso de la discriminación, como judía y como polaca en la Polonia rusificada.


La actividad militante de Rosa comienza a los 15 años, cuando se integra al movimiento socialista. Según su biógrafo P. Nettl, tenía esa edad cuando varios dirigentes socialistas fueron condenados a morir en la horca, algo que impactó profundamente en la joven estudiante. “En su último año de escuela era conocida como políticamente activa y se la juzgaba indisciplinada. En consecuencia, no le concedieron la medalla de oro por aprovechamiento académico, a la que era acreedora por sus méritos escolares. Pero la alumna más sobresaliente en los exámenes finales no solo era un problema en las aulas; para entonces era, de seguro, un miembro regular de las células subsistentes del Partido Revolucionario Proletariado”.


Alertada de que había entrado en el foco de la policía, Rosa emprende una huida clandestina hacia Zúrich, donde se convierte en dirigente del movimiento socialista polaco en el exilio. Allí conoce a Leo Jogiches, quien será amante y compañero personal de Rosa durante muchos años, y su camarada hasta al final.


Después de graduarse como Doctora en Ciencias Políticas -algo inusual para una mujer en ese entonces-, finalmente decide trasladarse a Alemania para integrarse en el SPD, el centro político de la Segunda Internacional. Allí conoce a Clara Zetkin, con quien sella una amistad que dura toda la vida.


La batalla por las ideas


En Berlín desde 1898, Rosa se propone medir sus armas teóricas con uno de los integrantes de la vieja guardia socialista, Eduard Bernstein, quien había comenzado una revisión profunda del marxismo. Según él, el capitalismo había logrado superar sus crisis y la socialdemocracia podía cosechar victorias en el marco de una democracia parlamentaria que parecía ensancharse crecientemente, sin revoluciones ni lucha de clases. El “debate Bernstein” sumó muchas plumas, sin embargo, fue Rosa Luxemburgo quien desplegó la refutación más aguda en el folleto “Reforma o Revolución”.


La Revolución Rusa de 1905, la primera gran explosión social en Europa después de la derrota de la Comuna de París, fue sentida como una bocanada de aire fresco por Luxemburgo. Escribió artículos y recorrió mítines como vocera de la experiencia rusa en Alemania, hasta que logra introducirse de forma clandestina en Varsovia para participar de forma directa en los acontecimientos. Es el “momento en que la evolución se transforma en revolución”, escribe Rosa. “Estamos viendo la Revolución Rusa, y seríamos unos asnos si no aprendiéramos de ella”.


La Revolución de 1905 abrió importantes debates que dividieron a la socialdemocracia. En esta cuestión, Rosa Luxemburgo coincidía con Trotsky y Lenin frente a los mencheviques, defendiendo que la clase trabajadora tenía que jugar un papel protagónico en la futura Revolución Rusa, enfrentada a la burguesía liberal. El debate sobre la huelga política de masas atravesó a la socialdemocracia europea en los años que siguieron. El ala más conservadora de los dirigentes sindicales en Alemania negaba la necesidad de la huelga general mientras que el “centro” del partido la consideraba como una herramienta únicamente defensiva, válida para defender el derecho al sufragio universal. Rosa Luxemburgo cuestiona el conservadurismo y el gradualismo de esa posición en su folleto “Huelga de masas, partido y sindicatos”, escrito desde Finlandia en 1906. Este debate reaparece hacia 1910, cuando Luxemburgo polemiza directamente con su anterior aliado, Karl Kautsky.


Socialismo o regresión a la barbarie


La agitación contra la Primera Guerra Mundial es un momento crucial en su vida, un combate contra la defección histórica de la socialdemocracia alemana que apoya a su propia burguesía, en contra de los compromisos asumidos por todos los Congresos socialistas internacionales.


En su biografía, Paul Frölich señala que cuando Rosa se entera de la votación del bloque de diputados del SPD, cae por un momento en una profunda desesperación. Pero, como mujer de acción que era, rápidamente responde. El mismo día que se votaban los créditos de guerra, en su casa se reunían Mehring, Karski y otros militantes. Clara Zetkin envía su apoyo y poco después se suma Liebcknecht. Juntos editan la revista La Internacional y fundan el grupo Spartacus.


En 1916 Rosa Luxemburgo publica “El folleto de Junius”, escrito durante su estadía en una de las tantas prisiones que se han transformado en residencia casi permanente. En este trabajo plantea una crítica implacable a la socialdemocracia y la necesidad de una nueva Internacional. Retomando una frase de Engels, Luxemburgo afirma que si no se avanza hacia el socialismo solo queda la barbarie. “En este momento basta mirar a nuestro alrededor para comprender qué significa la regresión a la barbarie en la sociedad capitalista. Esta guerra mundial es una regresión a la barbarie.”


En mayo de 1916, Spartacus encabeza un mitin del 1 de mayo contra la guerra, donde Liebknecht es arrestado, pero su condena a prisión provoca movilizaciones masivas. Se anuncia un tiempo nuevo.


1917: atreverse a la revolución


La revolución rusa de 1917 encontró en Rosa Luxemburgo una firme defensora. Sin dejar de plantear sus diferencias y críticas sobre el derecho a la autodeterminación o acerca de la relación entre la asamblea constituyente y los mecanismos de la democracia obrera --sobre esta última cuestión cambia de posición después de salir de la cárcel en 1918--, Luxemburgo escribe que “los bolcheviques representaron todo el honor y la capacidad revolucionaria de que carecía la socialdemocracia occidental. Su Insurrección de Octubre no sólo salvó realmente la Revolución Rusa; también salvó el honor del socialismo internacional.”


Cuando la sacudida de la revolución rusa impacta directamente en Alemania en 1918 con el surgimiento de consejos obreros, la caída del káiser y la proclamación de la República, Rosa aguarda impaciente la posibilidad de participar directamente de ese gran momento de la historia.


El Gobierno queda en manos de los dirigentes de la socialdemocracia más conservadora, Noske y Ebert, dirigentes del PSD --este partido se había escindido con la ruptura de los socialdemócratas independientes, el USPD--. En noviembre de ese año, el gobierno socialdemócrata llega a un pacto con el Estado mayor militar y los Freikorps para liquidar el alzamiento de los obreros y las organizaciones revolucionarias. Rosa y sus camaradas, fundadores de la Liga Espartaco, núcleo inicial del Partido Comunista Alemán desde diciembre de 1918, son duramente perseguidos.


El 15 de enero, un grupo de soldados detuvieron a Karl Liebknecht y a Rosa Luxemburgo cerca de las nueve de la noche. Rosa "llenó una pequeña valija y tomó algunos libros”, pensando que se trataba de otra temporada en la cárcel. Enterado del arresto, el gobierno de Noske dejó a Rosa y a Karl en manos de los enfurecidos Freikorps --cuerpo paramilitar de exveteranos del ejército del Kaiser--. Se organizó una puesta en escena: al salir de las puertas del Hotel Eden, los dirigentes Espartaquistas fueron golpeados en la cabeza con la culata de un rifle, arrastrados y rematados a tiros. El cuerpo de Rosa fue tirado al río desde el puente de Landwehr a sus sombrías aguas. Fue encontrado tres meses después.


Un año antes, en una carta desde la prisión dirigida a Sophie Liebknecht, en la víspera del 24 de diciembre de 1917, Rosa escribía con un profundo optimismo sobre la vida: "Es mi tercera navidad tras las rejas, pero no lo tome a tragedia. Yo estoy tan tranquila y serena como siempre. (...) Ahí estoy yo acostada, quieta y sola, envuelta en estos múltiples paños negros de las tinieblas, del aburrimiento, del cautiverio en invierno (...) y en ese momento late mi corazón con una felicidad interna indefinible y desconocida. (...) Yo creo que el secreto no es otra cosa más que la vida misma: la profunda penumbra de la noche es tan bella y suave como el terciopelo, si una sabe mirarla.”


Clara Zetkin, tal vez quien más la conocía, escribió sobre su gran amiga y camarada Rosa Luxemburgo, compartiendo ese optimismo después de su muerte: “En el espíritu de Rosa Luxemburgo el ideal socialista era una pasión avasalladora que todo lo arrollaba; una pasión, a la par, del cerebro y del corazón, que la devoraba y la acuciaba a crear. La única ambición grande y pura de esta mujer sin par, la obra de toda su vida, fue la de preparar la revolución que había de dejar el paso franco al socialismo. El poder vivir la revolución y tomar parte en sus batallas, era para ella la suprema dicha (...) Rosa puso al servicio del socialismo todo lo que era, todo lo que valía, su persona y su vida. La ofrenda de su vida, a la idea, no la hizo tan sólo el día de su muerte; se la había dado ya trozo a trozo, en cada minuto de su existencia de lucha y de trabajo. Por esto podía legítimamente exigir también de los demás que lo entregaran todo, su vida incluso, en aras del socialismo. Rosa Luxemburgo simboliza la espada y la llama de la revolución, y su nombre quedará grabado en los siglos como el de una de las más grandiosas e insignes figuras del socialismo internacional”.
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Por Josefina L. Martínez es historiadora y periodista. Pertenece a la redacción de La Izquierda Diario y es miembro del Colectivo Burbuja.

Publicado enPolítica
Miércoles, 26 Octubre 2016 10:08

La razón de la sinrazón

La razón de la sinrazón

Pasó pronto la sensación de tristeza del día siguiente al del plebiscito, mezcla de sorpresa y desconsuelo. Hoy el panorama luce un tanto diferente. No hay más preguntas sobre el resultado. Del lado del gobierno, como era previsible, un reacomodo con la nueva carta que le proporciona el Nobel de Paz; su preocupación está puesta más que todo en la inminente imposición del programa de ajuste económico que comienza con la presentación del proyecto de reforma tributaria. En cambio, del lado de la izquierda y de las organizaciones sociales, que en su abrumadora mayoría promovieron el sí, la recuperación es más inquietante.

 

La reacción inmediata por parte de algunos fue tan simplista como desafiante: no vamos a entregar los logros democráticos de los acuerdos de La Habana por una exigua ventaja del No de alrededor de cincuenta mil votos; ventaja tan aleatoria que con un poco menos de abstención –por ejemplo en la costa Caribe, donde es evidente que la lluvia y las inundaciones debieron limitar la participación– hubiera podido ser al contrario. Algunos días después la argumentación puramente reactiva se había transformado en justificación tranquilizadora: la votación por el No, podía atribuirse, descontando el puñado de seguidores del Centro Democrático, al engaño que esta ultraderecha había logrado con su campaña publicitaria. Las declaraciones de su jefe de campaña, Luis Carlos Vélez Uribe, bastaban para comprobarlo.

 

Recientemente, se han intentado explicaciones un poco más sofisticadas. Al igual que en otras latitudes, los resultados plebiscitarios no hacen más que revelar la profunda crisis histórica de la democracia representativa. Desde luego, esto equivale a reconocer como un funesto error el haber aceptado el plebiscito como mecanismo de refrendación. Pero no importa. Siguiendo el viejo y conocido lugar común según el cual toda crisis encierra una oportunidad, bastaría con atender lo que las mismas fuerzas de la historia nos están indicando: es la hora de intentar un salto cualitativo. El Acuerdo de La Habana, que debe ser respetado en su integridad, se ha convertido ya en un punto de partida para una transformación profunda. El camino es la Asamblea Nacional Constituyente por la paz. ¡Es impresionante la capacidad que tienen algunos para hacer coincidir la línea del “progreso histórico” con su línea política!

 

Los enigmas de la actual movilización por la paz

 

El análisis de la historia, sin embargo, debería brindarnos otras explicaciones. Lo que realmente ha cambiado el panorama, al menos en lo referido a las sensaciones y sentimientos, son las enormes movilizaciones, principalmente juveniles, desarrolladas en todo el país, los días 5 y 12 de octubre; en esta última fecha, por cierto, con una reveladora participación indígena. La consigna agitada describe muy bien su propósito: ¡Acuerdo de paz ya! Evidentemente, es una reacción, hasta cierto punto desesperada, frente a la “sin salida” creada con los resultados del plebiscito y frente a la posible dilación, la cual podría conducir a un abandono de la negociación, con los riesgos de violencia que ello implica. ¿En qué medida es una crítica a la llamada clase política? Probablemente, y dado el componente juvenil, hay mucho de eso, pero en la práctica su alcance es limitado. Se les exige, a los negociadores, que no se levanten de la Mesa hasta que se firme el acuerdo, y que lo hagan lo más pronto posible. En todo caso, lo más significativo es la tensión puesta de manifiesto entre el plebiscito y la movilización, entre la democracia electoral y la democracia callejera. –Aunque es obvio que en este caso la disputa de legitimidades no puede saldarse aquí estadísticamente, es decir, con números, la verdad es que tampoco da para salidas de hecho. Otra cosa hubiera sido en la circunstancia de que las movilizaciones hubiesen antecedido o acompañado la campaña plebiscitaria.

 

La explicación de esta singularidad se encuentra en el marco político en el cual se ha presentado la tensión. Basta con examinar la línea narrativa que recorre todas estas manifestaciones de protesta y exigencia: simplemente el reclamo de paz frente a la realidad de la guerra. En nombre de las víctimas que, como se ha repetido hasta el cansancio, deben “estar en el centro”. Todos debemos arrepentirnos de nuestros errores (¿de intolerancia?). Lo que se impone es un ejercicio de perdón y reconciliación. Por eso lo que menos importa es el contenido del acuerdo. Muy explicable, pero con ello se esfuma el reconocimiento de las causas del conflicto, es decir la comprensión de lo que está en juego en estas negociaciones, y hace que las manifestaciones se orienten en un sentido problemático.

 

En efecto, se ha operado aquí un doble desplazamiento. De una parte, la negociación, se ha desplazado de la contradicción Farc-Gobierno a la aparente “polarización” Santos-Uribe. De otra, el escenario de la paz ha pasado de La Habana a Bogotá, con lo cual, peligrosamente, de llegarse a un acuerdo sobre el contenido del Acuerdo entre estos “polos”, las Farc quedan como un tercero cuya posición puede ser vista con los ojos de quien va a juzgar con toda severidad cualquier respuesta negativa como expresión de intransigencia y terquedad. Es el resultado lógico, como se verá más adelante, del marco que se impuso a lo que debió haber sido una salida política negociada del conflicto armado.

 

Pero el plebiscito sigue ahí...

 

El tipo de movilizaciones en curso, no están, pues, muy lejos de lo que nos indican los resultados del plebiscito. La abstención, que superó el 60 por ciento, fue ciertamente muy alta, pero, en principio, dada la tradición electoral colombiana, no debería sorprendernos. Es más, así había sido previsto por los promotores del plebiscito en La Habana que se cuidaron muy bien de modificar los requisitos, reemplazando el umbral de validez por uno de aprobación de tan sólo cuatro millones y medio de votos. Si acaso, tendría que explicarse la fracción de abstencionistas que en esta oportunidad superó la “normalidad”. Probablemente, bastaría con reconocer dos componentes, uno involuntario, ocasionado por los factores climáticos ya mencionados y otro voluntario atribuible a que esta vez no operaron, por falta de incentivos, en toda su capacidad, las conocidas maquinarias clientelistas.

 

En general, los determinantes de la abstención son los mismos de siempre. Y no es poco lo investigado y escrito sobre este fenómeno, que ciertamente no es una característica original de Colombia. Pero no es necesario detenerse en este punto y mucho menos explayarse en una disquisición sobre los rasgos estructurales de la democracia burguesa en crisis, cuando la coyuntura nos está exigiendo un análisis concreto. La democracia electoral no es, o no debería ser, la expresión por excelencia de la participación popular; es más, como régimen político no es otra cosa que una expresión de la dominación sobre los trabajadores y en general sobre los sectores populares. Pero sí es un indicio de las condiciones en que se encuentran estos últimos y del clima político existente en tal o cual coyuntura y así debe ser tomado. En serio. A veces la participación electoral indica un descontento y una voluntad de cambio que debe ser valorado aunque sólo sea para su transformación. O si no, qué otra cosa nos muestran las victorias de Chávez, Correa, Evo Morales o Lula. Es impensable, porque sería indigna de los intelectuales orgánicos de la izquierda, la actitud cínica de validar la democracia sólo “cuando nos sirve”. Y a veces los plebiscitos han jugado un papel fundamental en el desenlace positivo de ciertas situaciones políticas como, para mencionar apenas un ejemplo, el que se realizó en Chile en tiempos de Pinochet. Por eso han convocado una alta participación. Lo cierto, lo verdaderamente importante, es que hoy en Colombia, a juzgar por lo sucedido, para la población esta consulta, y en contra de la publicidad, no representaba un hecho histórico. No pudo vencer ni el rechazo ni el escepticismo. Ese es un dato de la realidad política que estamos obligados a tener en cuenta.

 

Un principio de explicación se encuentra en la forma como hemos llegado, después de más de cuatro años de negociación, a este momento decisivo. Anteriormente hemos hablado de solución política negociada del conflicto armado. Pues bien, esto es justamente lo que no ha estado presente en el imaginario político del país. Contrariamente a lo que se suele argumentar, más con el deseo que con la razón, el proceso ha sido conducido, de manera abrumadora, por el establecimiento. Santos y Uribe por igual. No es cierto, como se dijo en las elecciones presidenciales pasadas, que si bien compartían el enfoque de política económica neoliberal se diferenciaban en el tema de la paz. En este enfoque también han estado de acuerdo; la diferencia, exagerada por razones político-electorales, es de puro pragmatismo. Para ambos se trata del sometimiento de un grupo criminal que si bien ha sido debilitado militarmente, conserva una capacidad significativa de destrucción y desestabilización. Para Santos, a diferencia de Uribe, había llegado el momento de poner fin a la amenaza a través de una negociación porque los costos del enfrentamiento bélico ya eran superiores (e inconvenientes desde el punto de vista del modelo económico) a las ventajas de una posible pero lejana rendición del enemigo. Tal es el significado de la expresión “paz imperfecta” que terminaron por aceptar hasta los demócratas y progresistas, todos partidarios del Sí, lo cual equivale a que el referente de perfección es la rendición o sea el mínimo de “concesiones” para las Farc. Es el contenido de las discusiones sobre la “impunidad” y lo que es peor, de las reclamaciones actuales, al parecer aceptadas por la mayoría de los movilizados, de “perfeccionamiento” del Acuerdo a través de los “ajustes” al famoso texto de las 297 páginas.

 

¿Hasta qué punto se ha visto como una resolución histórica?

 

Esta es la realidad innegable. No existe un clima, un ambiente cultural, una sensación de cambio histórico que debería, en el plano de la teoría, suceder a la inminencia de la finalización de un conflicto armado que hunde sus raíces en lo más profundo de la historia del país. Ni siquiera como sucedió con el Frente Nacional, o con la Asamblea Constituyente a principios de los años noventa. Por eso es tan grave la ignorancia o la omisión deliberada de las causas del conflicto, para no mencionar la referencia a la resistencia campesina que sólo está en boca de algunos pocos. Es cierto que no podíamos esperar que los militantes de las Farc fuesen recibidos como unos héroes, pero tampoco es admisible, ni justo, que terminaran convertidos en un grupo de criminales cuyo único destino tenía que ser el arrepentimiento y la búsqueda de perdón. –Para quienes se preocupan de la “impunidad”, por cierto, habría que decirles que, así como están las cosas, ya han recibido un castigo, uno que ya ha sido excluido de muchos ordenamientos constitucionales, el escarnio público que es lo peor que le puede suceder a una organización política–. Y lo que es más importante. Para que este desenlace de la confrontación militar fuese un hecho histórico tendría que haberse planteado un juicio de conjunto. Un juicio de las relaciones de poder que han existido hasta hoy. Es verdad que la izquierda, en general, insiste en una caracterización como ésta; sin embargo, por desgracia, lo que se impuso como narrativa y condiciones de la pugna política ha sido la otra. Cuando se habla de víctimas, por ejemplo, se refiere, en la práctica a las “víctimas de las Farc”. La estrategia paramilitar, de la cual son sólo una expresión los grupos paramilitares, parece haber quedado en un pasado olvidable, como si la ley de sometimiento de Uribe hubiese sido la primera cuota del esfuerzo de paz.
En fin, el acontecimiento que estamos viviendo y que condujo a la consulta ha quedado como un simple trámite para el desarme de un grupo armado ilegal. Pese a la magnificación que han intentado tanto Santos como las Farc. El primero para vender la idea de paz (nacional e internacionalmente) indispensable para la atracción de inversión extranjera y de la “ayuda” de la comunidad internacional tan necesaria en épocas de crisis. Y las Farc, seguras, ellas sí, del significado histórico, para ponderar las virtudes del acuerdo cuyas potencialidades democráticas, a su juicio, solamente necesitarían del esfuerzo ulterior de los movimientos sociales. La realidad, sin embargo, es tozuda. La idea de la gran transformación histórica no ha convencido ni siquiera a la mayoría de los votantes por el sí. No fue posible vencer el escepticismo, sobre todo el de quienes creen que todo es una nueva mentira y nada va a cambiar.

 

 

 

Las razones ocultas del No

 

Son, pues, estas circunstancias del contexto político las que explican también buena parte del voto por el No. Es cierto que el Sí triunfó en las áreas rurales, especialmente las más afectadas por el conflicto, y el No en las grandes ciudades con la notable excepción de Bogotá. Pero no es una constatación propiamente tranquilizadora. La reacción rural no forzosamente corresponde a una comprensión del hecho histórico, en los términos en que acabamos de proponerlo, sino más bien al desgaste producido por tantos años de dolor. Salvo algunas contadas excepciones, es posible que tal reacción se acerque a la actitud de quienes piensan que es preciso intentar la paz, de una vez por todas. Como sea. Pero más revelador aún es el hecho incontrovertible de que, rural o urbano, el número de votos por el No haya sido tan alto. Sin ninguna consideración pragmática y corriendo el riesgo de una prolongación de la guerra. Algo tiene que haber en la mentalidad del pueblo colombiano. La campaña publicitaria del Uribismo (por cierto menos poderosa, en un hecho sin precedentes, que la propaganda oficial y de muchas empresas nacionales y extranjeras) debió incidir en alguna medida, pero ¿qué razones hicieron que cayera en un terreno fértil?

 

Dadas las circunstancias mencionadas, es claro que incluso la motivación del Sí era débil. Basta releer las declaraciones de los políticos y las columnas de muchos de los que consideramos demócratas y progresistas. ¡Queremos desarmar las Farc! Como sea. Aunque tengamos que “tragarnos algunos sapos”. Pero la mayor contribución al No, la hizo la campaña oficial del Sí. En efecto, Santos presentó siempre, hábilmente, el voto afirmativo como un respaldo a su gestión de Gobierno. Escaso efecto tuvo la campaña desesperada de la fracción del Polo que acuñó la consigna “plebiscito Sí, Santos No”. De manera que la oposición terminó canalizada por el uribismo. Y éste, a su vez, tuvo la inteligencia de confundir sus críticas al Acuerdo con las críticas a las políticas de Santos.

 

Muchos de los temas ni siquiera estaban en el Acuerdo, por lo menos como puntos fundamentales. Tal el caso de la “ideología de género” que se apoyaba, más bien, en la ridícula disputa de las cartillas. O la amenaza de la reforma agraria que, en realidad, tenía que ver con la aplicación de la Ley de víctimas y restitución de tierras. Y lo más impactante en relación con los temores de los trabajadores: la reducción de las pensiones que tiene que ver, en verdad, con el anuncio de comenzar a gravarlas, y los incrementos de impuestos que no demoran en decretarse por cuenta de la reforma que se acaba de presentar. Casi no hubo tema de la política económica y social, pasada y futura, que no se le cargara a la cuenta del Acuerdo. Entre tanto, Santos mentía descaradamente, pregonando que el fin del conflicto traería un escenario paradisíaco. La única excepción ha sido el asunto de la “impunidad”, que no hubiera tenido tanto éxito si no fuera por las circunstancias en que se propuso la negociación. En términos pedestres, una discusión sobre el tamaño del “sapo”.

 

El revoltillo, bien organizado, tuvo éxito. Entró en sintonía con los fundados temores de los sectores populares. No se tiene en cuenta, por supuesto, que ya existe una enorme crisis fiscal; el recorte del gasto público y el incremento de los impuestos se atribuyen falsamente a la necesidad de “financiar a las Farc”. Y Santos no está interesado en corregirlo. Lo peor es que la dilación tiende a dar la razón a Uribe en la medida en que ya se están viendo claras las amenazas. Así las cosas era difícil vencer el escepticismo. Y lo es todavía.

 

Hacia una recuperación de la política

 

En fin, utilizando el socorrido tópico, podríamos concluir que los retos que se nos plantean no son pocos. Así como hay una real fatiga con la violencia, que ha dado lugar a una de las mayores movilizaciones de los últimos tiempos, también es cierto que hay una mentalidad que, superficialmente, puede calificarse de “derecha”. Desde la época de Uribe, con sus grandes manifestaciones y sus no despreciables volúmenes de votación. Una ilustración es el rechazo al imaginado engendro del “Castro-chavismo”. Probablemente influye la desastrosa situación en que se encuentra Venezuela, que para los colombianos no es un simple rumor lejano. No es tan generalizado como se cree pero toca un aspecto que, para quienes seguimos buscando una transformación radical de la sociedad, resulta fundamental. Se trata de la necesaria ideación de una posible alternativa social y política.

 

Porque, en realidad, la mentalidad descrita no está exenta de complejidad. No falta allí el rechazo frente a muchas de las características del actual modelo económico. No sería extraño encontrar muchas personas que, simultáneamente, rechazan y enfrentan la gran minería o el latifundio; la especulación financiera o la precarización laboral; las múltiples discriminaciones o la crisis del sistema de salud, y hasta la política económica. Es por eso que el uribismo, al igual que en su momento el fascismo, se presenta, en los discursos, como una derecha populista. El problema consiste, entonces, en que estas personas, que pueden ser muchas, no logran reconstruir en su conciencia el modelo que habría de rechazarse. Y mucho menos alcanzan a representarse la imagen de un orden alternativo. Pero no es imposible. Se trata de retomar los hilos de las resistencias, locales, parciales, individuales, para tejer un amplio movimiento que, abandonando el reivindicacionismo egoísta, esté en capacidad de redefinir la política. Es, entre otras cosas, una condición imprescindible de cualquier proceso popular Constituyente. El punto de partida, eso sí, es una simple y coloquial recomendación: ¡Por favor, no nos digamos mentiras!

Con grandes expectativas llegaron a Bogotá, localidad de Bosa, colegio Claretiano, 7.000 indígenas, entre ellos 781 delegados oficiales (hombres y mujeres con derecho a voz y voto), provenientes de los 102 pueblos indígenas que habitan Colombia. Su objetivo, sesionar en el IX Congreso de la Organización Nacional Indígena de Colombia (Onic), orientado por el objetivo de mandatar sobre lo que deben hacer en los próximos cuatro años a través de su Consejo de gobierno –integrado por 10 consejeros; 2 por macro región en que están organizados–. Temáticas como recomposición interna, experiencias de economía propia, autonomía y cómo resistir al capitalismo, estaban en el orden del día.

 

Provenientes de otros pueblos indígenas del Continente, llegaron delegaciones, como la Conaie (Ecuador), pero también de otros procesos y experiencias organizativas –como el Centro Martin Luther King (Cuba). Además de distintos movimientos sociales del país.

 

Por los salones y auditorios también se dejaron ver caras reconocidas del gobierno, como Juan Fernando Cristo, ministro del Interior, o como Gustavo Petro que al intervenir insistió en la necesidad de una Asamblea Constituyente como factor decisivo en la actual coyuntura del país; pero también el exmagistrado de la Corte Constitucional Eduardo Cifuentes, quien reafirmó la importancia de los cabildos abiertos como mecanismo de refrendación de los acuerdos de La Habana. Pablo Catatumbo expresaría posiciones vía virtual.

 

Opiniones

 

El domingo 9 empezaron las deliberaciones, antecedidas, claro está, de la Armonización (ver recuadro) y de la instalación del evento que corrió a cargo de Luis Fernando Arias, Consejero Mayor de la Onic. El llamado a la acción conjunta del actor social, a través de un Bloque Popular o Frente Amplio, quedó sobre la mesa para el debate.

 

Hasta el jueves 13 se extendieron los debates, con receso el día 12 para la deliberación, pues es día de memoria y lucha. Conscientes de ello, desde temprano alistaron instrumentos musicales, banderas, corotos, y movilizados, organizados, ubicados en más de cincuenta buses, fueron trasladados hasta la Universidad Nacional, para cruzar desde ahí a pie hasta el centro simbólico del poder (Plaza de Bolívar), donde se reunieron en una sola voz con campesinos, población en general, estudiantes, víctimas y otros actores de la actual coyuntura nacional, para demandar respeto a los Acuerdos de Paz.

 

En su memoria, sus antepasados. Todos aquellos que cayeron ante el fuego del arcabuz o el filo de la espada con que fueron atacados por los invasores provenientes desde el Imperio de España. Ataque y muerte: miles de miles cayeron a lo largo de décadas que sumaron siglos, para finalmente sumar el mayor genocidio cometido contra población alguna a lo largo y ancho de este planeta.

 

Este octubre, 524 años después, sobreponiéndose a todo tipo de violencia vivida en el pasado y en el presente, aquí están parte de los habitantes primeros del continente. Pero no sólo sobreviven, además siguen organizándose y luchando por permanecer en el mundo como actores de primer orden del presente y del futuro. Entre ellos no impera una sola visión ni manera de ver y entender el cosmos, ni el presente del país, como quedó patente el día 11 de octubre, cuando los Misak arribaron al Palacio de Nariño y se reunieron con Juan Manuel Santos, mostrándole apoyo irrestricto en la manera como conduce los diálogos de paz y los avances logrados en La Habana.

 

Hacia un Bloque Popular o un Frente Amplio

 

En la sesión de inauguración Luis Fernando Arias, Consejero Mayor, resaltó diferentes aspectos de la coyuntura nacional, de la situación actual del movimiento social-popular, retomando distintas propuestas para los pueblos indígenas, entre algunas de ellas: la importancia de empezar a consolidar un sistema económico propio alternativo al hegemónico. Además realizó un llamado de unidad a todos los sectores alternativos para consolidar un bloque popular o un frente amplio “Es tiempo de consolidar la unidad en medio de la diversidad, son tiempos de lucha indeclinable, son momentos de seguir globalizando la resistencia” sostuvo. Solo queda esperar y ver qué tanto de estas palabras se llevarán a la práctica.

 

Una vez instalado el evento, las delegaciones tomaron sus responsabilidades en todas y cada una de las 9 comisiones previamente definidas para el debate (ver recuadro), las cuales arrojaron mandatos como –mesa de salud– darle mayor dinamismo al Sistema indígena de salud propia (Sispi), y resaltar la labor de los médicos tradicionales en los territorios, con la búsqueda de recursos para su manutención y para su participación en eventos políticos. Así como, buscar fuentes de financiación, para el caso de la mesa de gestión administrativa con autonomía indígena, en la cual hubo consenso para sacar adelante proyectos de embotellamiento de agua mineral y manantial, congelamiento de frutas y certificación de semillas y productos propios.

 

Tensión al cierre

 

El día decisivo del Congreso fue el jueves 13, donde se llevó a cabo la conclusión y elección de la nueva Consejería de la Onic. Por una parte, cada una de las mesas entregó sus respectivos mandatos y conclusiones. Entre las propuestas más importantes leídas, destacan: consolidación de una guardia indígena nacional, que debe contar con una formación política vinculada a la Escuela de formación indígena nacional –Efin. La consolidación de autonomía y gobiernos propios estuvo en la mayoría de los mandatos, pero la propuesta que más causó debate fue la de realizar una reforma estructural a la Onic, que pretende transformar sus estatutos, descentralizar el poder, cambiar perspectiva política, consolidar mecanismos de control y rendición de cuentas, añadir o eliminar consejerías, y buscar nuevos mecanismos de participación e incidencia en las bases.

 

La decisión de esta propuesta se debatió en una asamblea de delegados por región, la que finalmente decidió abocar tal reto dentro de una asamblea nacional por realizar dentro de dos años. Lo así decidido que causó prevención en muchos de los asistentes, pues temen que la asamblea pueda ir “amañada”, sin incidencia real en las bases de la organización, reduciéndose a “una reunión de burócratas”. La reforma organizativa aprobada, en todo caso, puede ser decisiva para el rumbo y continuidad de este proceso social que ya suma 34 años, y que ahora acusa críticas por su excesiva concentración en Bogotá y en los Consejeros, y por el debilitamiento del proceso de toma de decisiones colectivas.

 

Contradicciones en medio de la diversidad

 

Las horas corrían y el tiempo atentaba contra la posibilidad de cerrar con éxito el Congreso. Con esa realidad en contra, las discusiones tomaron mayor ritmo. Ya era el amanecer del viernes y el ambiente se caldeó al momento de abrirse la elección de los Consejeros. Al así anunciarse, una vez más fue visible la tensión al interior del movimiento indígena, donde la disputa por hegemonía resalta entre el Cauca organizado (Cric), contra una mayoría que aún no define un bloque concreto. Algunas regiones iban por consejerías específicas, por ejemplo, la Orinoquia exigió la de territorio y planes de vida, también requerida por las delegaciones provenientes del Tolima. Al final, la Orinquía logra su propósito, con lo cual se evitó repetir lo acaecido en el Congreso del 2012 y su intento de ruptura. La importante Consejería de comunicaciones –que ha perdido protagonismo en los últimos años– quedó en manos del pueblo Koreguaje –Caquetá–.

 

Llegada la hora para la elección de la Consejería Mayor, la tensión creció. Los ánimos, a pesar del cansancio, estaban a flor de piel. Como candidatos/as: Aída Quilcue y Luis Fernando Arias (repitente). Por parte del Cric hicieron calle de honor para su candidata, lo que elevó ánimos y creó un ambiente de fuerza y triunfo. Por su parte, Luis Fernando fue presentado por su padre, vocero de la macro regional norte. Se escuchaban gritos del Cauca que decían “no a la reelección”, pero al momento de la decisión fue ganador absoluto el cancuamo. Uno de los cambios significativos fue el del secretario general, Juvenal Arrieta, quien fue reemplazado por Higinio Obispo.

 

Así, con la luz del sol casi despuntando en el oriente bogotano, las decenas de cuerpos cansados que aún aguantaban el debate y la tensión, levantaron sus humanidades para ir a buscar descanso, y tras un corto sueño tomar bus rumbo a sus respectivos destinos. Por mi parte, meditando en el bus con destino a la casa, ubicada en el opuesto de la localidad de Bosa, entre cabeceo y cabeceo, bostezo y bostezo, no me dejaba dormir la intensidad de la imagen que había visto: hablar de unidad es muy fácil, pero llevarla a la práctica es un proceso largo que necesita de verdadera disposición para lograrlo.

 


 

Recuadro 1

 

 


 

Recuadro 2

 


 

Recuadro 3

 

 


 

 

 

 


 

 

 

Publicado enEdición Nº229