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Este artículo se ocupa de algunos de los aprendizajes de cara a otra normalidad; es decir, a otra democracia. Podemos pensar, desde ya, un nuevo gobierno.

 

Los organismos vivos aprenden, y con rapidez, como pueden, o de lo contrario corren el riesgo de convertirse en endémicos y desaparecer. Así, el aprendizaje es condición de posibilidad de la adaptación. En otras palabras, la adaptación es el resultado de aprendizajes. La crisis del covid-19 puso de manifiesto: a) que la vieja normalidad era inviable; b) que esa normalidad no pudo prever ni tratar convenientemente la crisis; c) que las sociedades aprenden y se rebelan. Justo antes de la epidemia había un fantástico proceso de acción colectiva en el mundo, alimentado por causas y banderas regionales y locales en muchos casos, pero con coincidencias a escala internacional. Estas coincidencias son el resultado de la globalización.

Una mirada rápida al pasado

La pandemia del covid-19 no generó una crisis. La crisis ya venía desde mucho antes. Los diagnósticos son amplios, sólidos y conocidos –particularmente por especialistas–. Una demostración de esta crisis es que había un amplio movimiento de protesta social y político en numerosos países, a pesar de que no siempre aparecen en los titulares de los principales medios de comunicación. Pero los movimientos sociales, políticos y ambientalistas sí los conocen, los tienen referenciados y se nutren unos a otros. Internet ayuda mucho; a través de su superficie, o bien por medio de la web profunda. Muchos de los viajes antes de la pandemia eran procesos de participación y nutrición de experiencia distintas.
Una mirada rápida al pasado nos permite afirmar que la crisis del covid-19 llegó como maná del cielo para los estados, los gobiernos y las corporaciones, y permitieron llamar, no sin buenas justificaciones, al confinamiento. Ciertamente que el aislamiento personal era y sigue siendo necesario. Pero ello no impide, en absoluto el aislamiento social. De consuno, los gobiernos impusieron, unas veces abiertamente, y otras de manera fáctica sin previo aviso, amplios controles digitales: reconocimiento facial, cuestionarios y formularios de todo tipo, aplicaciones en los teléfonos y otras medidas. Todo, control social con fines políticos, cobijados por presuntas políticas sanitarias. No hay que olvidar jamás que la penalización de la protesta social siempre ha ido de la mano desde el siglo XIX con la medicalización de la sociedad. Se trata de dos caras de una misma moneda.

Un mirada al futuro inmediato hacia una política de vida

El capitalismo, como de hecho toda la racionalidad de Occidente, es cortoplacista. Eficiencia, eficacia, resultados (¡inmediatos!): este es el núcleo de lo que significa el capitalismo a nivel de racionalidad y por tanto como forma de vida. Ciertamente que existe la planeación y la planificación, pero ambas, con las distintas formas y expresiones que tienen (estrategia, prospectiva, liderazgo, etc.), están en función de resultados tangibles y concretos; y cuanto a más corto plazo, tanto mejor. No en vano la teoría de juegos puso de manifiesto que en el capitalismo la gente prefiere una ganancia segura y breve a corto plazo que una ganancia incierta a largo plazo. Los estudios al respecto son numerosos.


Durante el confinamiento mucha gente se dio cuenta que no hay valor más determinante que la vida y la salud: en toda la extensión de la palabra. La conclusión es que todas las políticas se derivan del cuidado de la vida y la salud o bien conducen a su afirmación, exaltación y posibilitamiento. El consumo y el endeudamiento no admiten ninguna justificación. De esta suerte, la publicidad, el diseño, el sistema de crédito y el marketing en todas sus expresiones constituyen formas de socavamiento de la vida humana; es decir, del bien vivir, del convivio, y de la tranquilidad, la alegría y las esperanzas de vida. En una palabra, vivir para pagar deudas no es vida. La gente puede redimensionar drásticamente el estilo de vida que llevaba antes. No en vano, los mecanismos de los bancos son siempre de miedo: y como en toda la mejor tradición literaria, religiosa y teológica, el mal se alimenta siempre del miedo de las gentes. En esos consisten los demonios. Y a los demonios se los puede derrotar.

Nuevas formas de vida, estilos de vida y estándares de vida son posibles, deseables y necesarios.

No hay que olvidar que antes que los mecanismos policivos –en todos los países los sistemas policivos son violentos y arbitrarios por regla general– y militares y de seguridad (espionaje y demás), el principal factor de control político en el capitalismo financiero son los bancos y el sistema financiero. Ellos, con sus bases de datos y políticas de amedrantamiento son los verdaderos guardianes del sistema de poder que es el capitalismo. Por ello mismo, antes las crisis financieros, los gobiernos y estados nunca han dudado en salvarlos. No por el bien de la economía, sino por la función de control político panóptico que cumplen. Los almacenes, con sus sistemas puntos y fidelización y demás, sólo coadyuvan al control de las gentes por parte de los bancos y las financieras.

Por ello mismo no hay nada más peligroso para el sistema que la no bancarización de las personas o la baja bancarización. De aquí el temor a que las personas devuelvan las tarjetas de crédito, a que no usen tarjetas de débito y demás. Y precisamente por ello el sistema financiero insiste cada rato en actualización de datos de los usuarios.

Una mirada al futuro a mediano plazo hacia una política de vida

No tiene absolutamente ninguna justificación que el primer renglón en el gasto de los gobiernos –locales, municipales, departamentales, a nivel nacional y mundial– sea el de defensa y seguridad. La crisis del covid-19 no fue por el virus, sino justamente por la muy baja inversión en políticas sociales por parte de todos los niveles de gobierno. Es decir, en políticas de salud, educación, vivienda, y con ello, en investigación, ciencia y tecnología.

La sociedad civil debe poder organizarse, por ejemplo, a través de las universidades, Ongs y medios de comunicación alternativos –redes universitarias, campesinas y otras– para que haya una entrega de informes sobre el manejo de los presupuestos públicos. Al fin y al cabo, el dinero es de la gente, procede de la gente y el manejo del mismo le debe ser devuelto con total transparencia a las personas. En el futuro inmediato y a mediano plazo el principal renglón de inversión debe ser social en toda la acepción de la palabra, incluyendo protección al medio ambiente, inversión en wimax o acceso gratuito a internet por parte de la población, y demás aspectos relacionados.

De la misma manera, debe haber, absolutamente, una política de datos abiertos en toda la extensión de la palabra. Nuevamente: los datos proceden de las gentes, les pertenecen y les deben ser devueltos. En este sentido, la sociedad civil debe poder organizarse ampliamente para formarse más fuertemente en sistemas informacionales en toda la línea de la palabra. Así, los movimientos sociales –indígenas, comunitarios, barriales, de estudiantes, los sindicatos, asociaciones de diversa índole, y demás–, deben poder un manejo de los datos de forma abierta y horizontal. En el pasado esto no sucedió. Y esta fue una de las razones de la violencia, la inequidad y la injusticia. Sin ambages, la calidad de vida es directamente proporcional, hoy por hoy, al tipo de información que una sociedad dispone, que se produce, que se consume, que se acumule y que se acumula. Diversas aristas emergen de este reconocimiento.

La acción colectiva renacerá en el futuro inmediato y a mediano plazo. El confinamiento sirvió para numerosos aprendizajes, y para mucha reflexión, así como para una ponderación de las urgencias y las necesidades. De entrada no son las ideas las que mueven a los seres humanos; son las necesidades y las experiencias. Las ideas vienen después –o antes– pero no acompañadas.

En este sentido, es muy importante observar un aspecto: de forma clásica siempre la acción se ha anticipado a la organización. Nunca han sido las organizaciones las que han generado acciones en la historia. Viene siempre primero la acción, y luego las formas de organización. Convertir a las organizaciones en ejes de la acción es afán de control. Y la vida no puede ser controlada. Esto quedó en claro con la pandemia. La vida se rebela siempre, y siempre lo hará contra el control, en cualquier expresión, más temprano o más tarde. Si las organizaciones sociales y políticas no aprenden esto serán sobrepasadas por el presente y por la historia. Esta es la principal enseñanza de la complejidad.

Mucho más que el apoyo de los gobiernos y las empresas, que en algunos casos fue evidente, lo que sostuvo a la gente, contra viento y marea, fueron las redes de apoyo social: la solidaridad, los amigos, la familia, el vecindazgo, y de más. Es la verdadera reserva de la sociedad. La ayuda mutua no admite dilaciones y es eminentemente gratuita. Contra la idea capitalista de costo-beneficio. Al estado y al gobierno hay que aprovecharlos, pero sin entregarles enteramente la confianza. Este es el ABC de lo que en teoría jurídica se llama el garantismo (planteado, por ejemplo, por L. Ferrajoli).

No es el Estado el que es el fin último de la sociedad; y ciertamente no en condiciones de injusticia, inequidad, violencia, impunidad y corrupción. Es, por el contrario, la vida; sana y saludable, con garantías de bienestar, con alegría y optimismo. Con tranquilidad y sin desasosiego y zozobra.

Esta idea conlleva el reconocimiento de formas alternativas de educación, economías alternativas, medios alternativos de comunicación, en fin, mucha acción colectiva de ayuda mutua, cooperación y solidaridad.

Una mirada al futuro a largo plazo, hacia una política de vida

Es evidente que los grandes medios de comunicación le han estado mintiendo al país. La crisis de la pandemia sirvió también para el fortalecimiento y el surgimiento de formas de comunicación e información alternativas. Hacer documentales en formato Whatsapp, es una novedad mundial. Además de su contenido, inmensamente valioso, la serie Matarife, escrita por Daniel Mendoza manda un mensaje de aprendizaje para los movimientos sociales y políticos alternativos. La inteligencia de Mendoza estuvo, además, en las redes de producción internacional para proteger la serie y los contenidos de denuncia. A mediano y largo plazo, este aprendizaje se reproducirá, y verosímilmente se mejorará, en este y en otros países.

La vida es un juego que se juega a largo plazo, jamás a corto plazo.

Sólo una política de vida, en toda la extensión de la palabra podrá tener sentido en el futuro: a corto, a mediano y largo plazo. Esta es una política de le da prioridad a las políticas sociales, a las políticas ambientales, a las políticas culturales, en primer lugar y todas en el sentido más amplio e incluyente de la palabra. Vivienda, educación, salud, recreación y deporte, esparcimiento, cultura, protección y promoción de las artes, investigación, ciencia y tecnología, son algunos de los ejes principales y componentes de estas políticas de vida. La seguridad social no puede ser más un bien privado. El Estado debe asumir las garantías de la protección social en toda la línea de la palabra. La renta básica universal debe poder ser un hecho, porque las ganancias del Estado y del sector privado ponen suficientemente de manifiesto que la renta básica universal es efectivamente posible. Riqueza hay mucha: el problema es su distribución social.

Particularmente en el caso colombiano, de una vez por todas, con dos siglos de retraso con respecto a muchos países, debe ser posible la reforma agraria. Una Colombia sin tal reforma es simplemente inviable. Eso se traduce, como hoy, en un Estado fallido y muy posiblemente en un Estado fracasado.

Colombia jamás ha formado parte de América Latina, políticamente hablando. Ya es hora de que participe activamente en temas, problemas y políticas latinoamericanas; por ejemplo, el rechazo abierto a planes, políticas y acciones de invasión o ataques a otros países del subcontinente. Las élites criollas jamás han participado de las gestas sociales y políticas de América Latina. Contra este hecho, la nación colombiana sí podrá hacerla. Jamás se podrá desconocer las diferencias fundamentales que existen entre la nación y la república. La nación hace referencia a las gentes. La república a las instituciones.

Una política de vida es política de las gentes y para las gentes. Lo que siempre se ha llamado el pueblo (un concepto del siglo XIX). No para las instituciones, las normas y las leyes. No en última instancia, ya es hora de cambiar por completo los llamados símbolos nacionales: la bandera, el himno nacional, el escudo y demás símbolos. Ya en la tercera década del siglo XXI los símbolos nacionales son arcaicos, vacíos, peligrosos incluso. Nadie cambia si no cambia también los sistemas simbólicos existentes. No hay, a la fecha, ningún movimiento social o político en el país que haya planteado el tema abiertamente. Quizás porque hay otras prioridades. Esta es una tarea en el futuro.

De manera radical, ningún gobierno futuro podrá ser verdaderamente democrático y garante de vida si no toca la función de producción. Es decir, un cambio de gobierno no debe ser posible dejando intacta la función de la producción que, en palabras elementales, se traduce en la permisibilidad al extractivismo, minero, urbanístico y otros; la explotación de los seres humanos, la generación de plusvalía, en fin, el crecimiento económico, el desarrollo y el consumo como principales mediciones de la economía.

El confinamiento no va a impedir la capacidad de soñar

El confinamiento producido por la crisis política, económica y sanitaria potenciada por el covid-19 no podrá frenar la capacidad humana de soñar. Que es lo que quieren los principales poderes –políticos, económicos, y militares con ayuda de las tecnologías–.

El principal problema de salud pública en el mundo es la salud mental. Un gobierno que no alivie y soluciones efectivamente la salud mental es violento y carece de cualquier legitimidad. Es decir, se trata de devolverle –o conseguirle, según el caso–, la alegría a la gente, el optimismo, las ganas de vivir, la capacidad de soñar, la ausencia de estrés de todo tipo. Vivir no debe ser un fardo, y si las instituciones tienen algún sentido no es otro que el de hacer de la vida un asunto de alegría. No de sentidos de pertenencia, lealtad, trabajo, entrega, colaboración y otros eufemismos que implican atadura y esclavitud disfrazada.

Simple y llanamente, no debe haber problemas de salud mental: en el ámbito de las políticas de salud esto es un gobierno bueno y legítimo. Es decir, agotamiento, fardo, desasosiego, estrés, cansancio mental y físico, accidentes laborales, depresión, ansiedad, angustia, ideaciones suicidas e intentos de suicidio, crímenes, delincuencia de todo tipo, incluyendo de “cuello blanco”, la sensación de impunidad,, inequidad e injusticia, violencia simbólica, y otros aspectos próximos y relacionados.

El tema es simple y sencillamente el de saber vivir y vivir bien. Que no es un asunto ideológico en absoluto, sino de experiencias de vida, en la misma cotidianeidad.

Una conclusión sumaria

Hablar de un nuevo gobierno es la expresión genérico para decir: un nuevo Estado, un nuevo régimen político, y más radicalmente una nueva civilización. Esta es la apuesta final, este es el tema último de todas las consideraciones.

 

 

 

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Publicado enEdición Nº269
Covid-19: Economía popular,  la solución y no el problema

Aprender a valorar lo supuestamente marginal en la economía cotidiana de nuestros entornos, lo muchas veces invisible y despreciado, a todas aquellas mujeres y hombres que no llenan pantallas, portadas y páginas interiores en las revistas de farándula, ni en los grandes medios de comunicación, es una lección que emana de la actual crisis. Cambiar nuestras valoraciones para que todo cambie.

Anormalidad, la palabra más diplomática que encontré para describir la actual situación. Y es que no es para menos, pero el avance de la pandemia del covid-19 ha alterado todas nuestras cotidianidades.
 
¿Qué significa entonces la anormalidad? Y lo más cercano que también encuentro para narrarla es el escenario de supuesta quietud inaguantable, por las y los clase media, que trabajamos incansablemente hasta agotar el ancho de banda, así como las provisiones que compramos para un mes, en 4 días. Todo ello a punta de teletrabajo, ver noticias, series y si acaso ver por la ventana para desdeñar por “irresponsable” a quien sale temprano y vuelve de noche.
 
¡Ah! Pero el momento de anormalidad también nos ha permitido notar todo aquello que es invisible y que se disfraza bajo un espectro de normalidad que se ha hecho natural en lo cotidiano. Si algo de bueno ha de tener esta quietud al interior de los hogares es, por supuesto, que podemos ver desde nuestras ventanas a quienes no pueden resguardarse y aburrirse en la cuarentena, sino que deben salir, y no por descarada desidia, sino por necesidad.

Si, me refiero a todos aquellos que ahora son protagonistas de las contundentes reclamaciones por garantías de alimentación durante la cuarentena, estos que eran invisibles antes; para el caso de Bogotá, el señor que le vende los cigarrillos al menudeo sobre la carrera décima, la señora de los jugos de naranja y arepa con huevos de la calle 72, el que vende frutas y verduras en las calles del barrio Lisboa en Suba, el reciclador que se lleva lo que para usted es desperdicio, el embolador del Centro Internacional, el que arregla las tapas de los tacones, la señora que cose los dobladillos, entre otros oficios que seguramente acuden a su memoria mientras lee este artículo.
 
Todos ellos y ellas, cuyo aporte a la sociedad ha sido ignorado, pero que ahora cobran un lugar fundamental también nuestra para la supervivencia. Al respecto quiero solo exponer tres casos, con la seguridad que habrán muchos más escapan a mi mirada.


El campesinado y la soberanía alimentaria


 
Nuestra dependencia de su faena diaria es proporcional al desprecio con que los ha asumido la clase dirigente, a la par de la misma sociedad urbana. Sin su cotidianidad asumida a pesar de la falta de apoyo y estímulos para una vida en dignidad, los urbanos no podríamos realizar nada de lo que acometemos cada día.
 
Según la encuesta de cultura política del Dane, aproximadamente el 30 por ciento de la población colombiana se autoreconoce como campesinos1, esto quiere decir que están lejos de ser una pequeña proporción. Ahora bien, ¿a qué hora se nos vino a olvidar la tercera parte de la población nacional? Y la fecha más reciente es clara: desde la apertura económica, a inicios de los años 90, cuando el establecimiento cedio nuestra soberanía alimentaria, lo que nos llevó, palabras más palabras menos, a depender de la producción externa, dejando de promover, incentivar y salvaguardar nuestra producción interna. Súmele a esto la cada vez mayor concentración de la tierra, lo que implica que haya muchos campesinos sin tierra por lo que no pueden producir ni siquiera para si mismos.
 
Así que, en un escenario pos covid-19, es fundamental que este grupo poblacional, no solo por nuestro afán de abastecimiento sino en retribución del trabajo que desempeñan para que hoy millones vayamos a la tienda de barrio por lo mínimo para saciar nuestra necesidad alimentaria, tenga un lugar preponderante en la política nacional, pero no para someterlos a la represión de la policía, sino para contestar ahora sí de manera positiva a sus reclamaciones: de su vida también depende la nuestra.


 
Vendedoras/es ambulantes


 
Contando con que la informalidad según el Dane (2020) asciende a un total de 47.7 por ciento de la mano de obra total del país2, y este es un grupo bastante representativo de eso que las cifras nombran con frialdad: informalidad. Sucede que estas personas abastecen no solo de cigarrillos, sino también de elementos de primera necesidad en los barrios populares y de clase media, por decir menos. Es decir, y como lo viene diciendo el profesor Cesar Giraldo, ellos, que entregan su vida a la sociedad ofreciendo bienes y servicios a muy bajo costo, pero de un valor inconmensurable y a cambio de muy poco. Son ellos quienes, siguiendo a Giraldo, subsidian el consumo de otro tanto de trabajadores formales, pero igualmente precarizados, a los que no les alcanza para lo mínimo. Ellos, quienes el pasado martes 24 de marzo –día que inició la medida de aislamiento obligatorio preventivo–, se fueron a hacer filas a las afueras del Palacio Liévano –en el caso de Bogotá– en busca de un mercado, lo que obtuvieron, además de la acostumbrada reacción de la policía, fue el repudio de la sociedad colombiana, aquella con algo de ahorros o con ingresos fijos, por “desconsiderados” e “irresponsables”.
 
Son ellos quienes aun siguen saliendo y rebuscándosela para vender lo que tienen guardado en la casa, son quienes van de todos modos a las centrales de abastecimiento, transportando hacia los barrios todo lo que necesitamos para sobrevivir. A ellos quiero agregar, aunque no pertenecen a la informalidad, pero si a la economía popular, a las y los tenderos que con preocupación, pero también con disciplina, han abierto sus tiendas todos los días –y lo seguirán haciendo– para que usted ahí sentado frente al dispositivo vaya con la seguridad de conseguir lo que necesite. ¿No le son cada vez más visible don Leo, doña Rosa, don Carlos …?


 
Recicladores/as de oficio


 
Por si no lo saben, las y los recicladores de nuestro país son la vanguardia en América en cuanto a la garantía de sus derechos, entre ellos el mínimo vital  (#IngresoMinimoVitalYA), el derecho al trabajo y el acceso cierto y seguro al material. Ellos, quienes gracias a sus reclamaciones y las órdenes de la Corte Constitucional, son prestadores del servicio público de aseo en la actividad de aprovechamiento. Pero eso es reciente porque desde hace más de cuatro generaciones de recicladores, con las denominaciones peyorativas que la sociedad les acuñó, recogieron parte significativa de su basura y no permitieron que fuera al relleno sanitario de sus ciudades, con lo cual se extendió la vida útil de los rellenos y, en consecuencia, aportaron al mejoramiento de la calidad del aire, entre otros.
 Actividad muy significativa hoy en ciudades como Bogotá y Medellín, que no dejan de salir de una emergencia ambiental para entrar en otra. Pero del mismo modo, en otras ciudades donde aportan en aspectos ambientales, pero además se organizan para prestar el servicio de aprovechamiento y con los recursos obtenidos sostienen a miles de familias que viven de este oficio. A ellos también nuestro reconocimiento por su importante labor.
 
Ahora, antes de cerrar este apartado de reconocimientos, dejaré por acá para abordarlo en otro escenario, el lugar que juegan nuestras madres, esposas, hermanas y compañeras que están encargándose seguramente de todo el mantenimiento del hogar y que, además, espero hayamos aprendido a valorar la importancia de las labores del cuidado. Que este tiempo de aislamiento de amigos, lo aprovechemos para acercarnos a nuestras familias y reflexionemos sobre el lugar de todos y todas en el desempeño de los odiosos trabajos de la casa. Por favor, no solo observemos.
 
Ante este panorama, y habiendo puesto la mirada sobre todos estos oficios invisibilizados por el ajetreo cotidiano, y en medio de una coyuntura que nos obliga a liminarnos bajo el supuesto de individualidad, es momento de reflexionar sobre las múltiples dependencias que tenemos de otros y otras, cuyo trabajo es y será cada vez más valioso para nuestra supervivencia. Cambian entonces las prioridades, las nuestras: las de la sociedad.
 
Y como ya hemos hablado lo suficiente sobre el ahora y lo inmediato, que no se nos agote el espacio para hablar del después y de lo estructural. Ahora, el primer paso será el reconocimiento de todas esas codependencias y sus protagonistas, y los pasos que siguen, el después, es pensar un nuevo modelo económico, una nueva estructura societal. Para ello seguiremos abriendo espacios de debate.
 
Que el aislamiento, como medida fundamental para la preservación de la vida, no sea un privilegio sino un derecho con garantías para todos y todas, y que lo que viene sea diferente y mucho mejor.

1 https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/cultura/cultura-politica-encuesta#informacion-2019
2 https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/mercado-laboral/empleo-informal-y-seguridad-social
* Antropóloga. Investigadora del Grupo de Socioeconomía Instituciones y Desarrollo Gseid Universidad Nacional de Colombia. 

 

 

 

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Publicado enEdición Nº269
Viernes, 26 Junio 2020 06:31

Brasil: ¿un "hitlerismo tropical"?/I

Brasil: ¿un "hitlerismo tropical"?/I

Cuando Renato Aroeira, un caricaturista brasileño, dibujó a Jair Bolsonaro con un tarro de pintura negra haciendo intervenciones sobre la cruz roja, convirtiéndola en una esvástica ( Hakenkreuz) (bit.ly/37YTzWD), con un golpe de pincel captó y tocó varios procesos que tienen convulsionado a Brasil: el creciente despotismo y autoritarismo −que según algunos bordea ya con el fascismo− del errático gobierno de Bolsonaro (bit.ly/2ByWQ2J), su desastroso manejo de la pandemia del Covid-19 y su apología y blanqueamiento de la historia de la dictadura militar brasileña (1964-1985): el monero fue acusado de "calumnia y difamación del presidente de la república" con base en la Ley de la Seguridad Nacional que data aún de sus tiempos.

Aparte del virus que va infectando a la gente –y de paso al lenguaje "destruyendo la semántica, aislando el significado y trivializando la crisis" (bit.ly/37Xz0cW)−, parece rondar por el mundo también "un fantasma de las analogías". Un verdadero espíritu del tiempo ( Zeitgeist) de hacer apresuradas comparaciones históricas, sobre todo entre la Alemania de los 20/30, la Segunda Guerra Mundial y el presente. Un afán, en principio noble, que acompaña el auge global de la extrema derecha, de "sacar las lecciones de la historia" y "evitar repetir las tragedias y los errores del pasado", pero que a menudo oscurece más que explica. Esta búsqueda de paralelas que tuvo su clímax respecto a Donald Trump (bit.ly/2BC2gKt), está en curso igual respecto a Bolsonaro (bit.ly/382h699), gracias también –aparte de algunos ecos preocupantes: su desdeño a la democracia, sus políticas de odio, etcétera− a sus propias declaraciones en las que ensalzó a Hitler como "un gran estratega" (sic) o las de su ex ministro de Cultura que, con Wagner de fondo, plagió todo un discurso de Goebbels (bit.ly/2Z8SxmG). Así, para algunos, dada su conexión con sectores paramilitares −los modernos Sturmtruppen (bit.ly/2BGPFFB)− estamos observando "el ascenso de un hitlerismo tropical" (bit.ly/3dxnINO, bit.ly/2CGyhl2), él mismo es "un fascista del siglo veintiuno" (bit.ly/2VlyQau), “un Führer en Brasilia” (bit.ly/37XWn6o), o "un destructor de la democracia a la par con Hitler y Mussolini" (bit.ly/2B95TaM). No obstante, como apuntaba Richard J. Evans –historiador de la época y el biógrafo de Hitler− al margen de este uso y abuso de las comparaciones, "Por más nefastos que sean los ecos, no estamos reviviendo los años 30; en el siglo veintiuno las democracias caen de otras maneras. No habrá repetición directa" (bit.ly/3i30Nxi). Si la democracia en Brasil está agonizando, lo está haciendo a su propio modo y a su propio ritmo.

Más que al nazismo, incapaz, igual que Donald Trump (bit.ly/381da8L), de llevar a cabo una "sincronización de todos los sectores del Estado" ( Gleichs-chaltung), inmerso en conflictos internos e institucionales –dicho sea de paso he aquí un caso a qué nivel llegamos con las comparaciones: uno de los ministros bolsonaristas, el duodécimo en dejar el cargo, aludió a la pelea de su administración con el sector judicial, enfatizando su propia victimización (bit.ly/2NuUzIM), como... "La noche de los cristales rotos" ( Kristallnacht); mejor le habría quedado "La noche de los cuchillos largos" ( Nacht der langen Messer), pero incluso así, todo esto ya llegó ad absurdum...−, lo que trata de reconstruir Bolsonaro es el bloque de poder que estaba detrás del golpe de 1964 para qui-tar las restricciones puestas al capital durante los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff, por más laxos que hayan sido(bit.ly/3i1Atnh). De allí la base material de su empuje revisionista para rescribir la historia de la dictadura como "un régimen democrático de fuerza" (sic) o de su defensa de sus verdugos y torturadores, un característico afán de la derecha actual que neutralizando el pasado, trata de normalizar la toxicidad de sus políticas del presente ( wapo.st/382oJMB).

La desastrosa política sanitaria es un buen ejemplo de esto: su negacionismo de la gravedad del coronavirus −la alusión al negacionismo del Holocausto aquí parece apropiada−, su menosprecio como "gripecita" (sic), su alentar a sus seguidores a no respetar medidas de aislamiento social e incluso "a invadir los hospitales" para demostrar "que no hay tantos enfermos" (sic) y –copiados de Donald Trump− los llamados a "volver a la normalidad" con los cuales "desarrollaba un discurso que invertía la realidad, que lo absolvía y endilgaba sobre otros las responsabilidades", un verdadero "discurso genocida" (sic) di-rigido a los ricos que controlan la economía y quieren volver a ganar dinero a cualquier precio (bit.ly/2Z7dKh8), no sólo expuso límites y fallas de su propio proyecto (bit.ly/2Yv48O4), sino simplemente puso en riesgo la salud y la vida de millones de brasileños. Brasil ya es el segundo país más afectado detrás de Estados Unidos con más de 50 mil muertos por el Covid-19, entre los que –muy en el tenor con el propio racismo de Bolsonaro− "lideran" los negros (bit.ly/3eBxVdE) y los indígenas del Amazonas al borde de un verdadero genocidio (bit.ly/2B8ZDji)−, algo que llevó a unos comentaristas –¡el espíritu del tiempo no nos deja en paz!− a comparar su actitud con la "falta de compasión" –una envenenada influencia de Nietzsche (bit.ly/3fSjlOY)− de los perpetradores del Holocausto, como Hans Frank, el nefasto jefe del Generalgouverment en la Polonia ocupada (bit.ly/3dwkoT9).

Publicado enInternacional
¿Cuándo aplanamos la curva de la desigualdad social?

Desnuda, sin apariencias, así quedó nuestra sociedad producto de la crisis de salud pública acelerada por el covid-19. Si bien todas las partes de su cuerpo estaban diagnosticadas al punto de llevarnos a figurar en América Latina después de Haití en rango de desigualdad, y a nivel mundial en 7 lugar, la propaganda oficial alcanzaba a desdibujar, a ocultar, nuestra desfigurada estructura con el simple manejo de cifras, de curvas y de flechas que indicaban la caída de la pobreza.

No era difícil así proceder, ya que el registro de unos pocos pesos más en los ingresos de las familias las alejaban del rango de pobres, y a estos de miserables. Pero ahora, producto de la pandemia y de la recesión económica que hundió el aparato industrial, el paro obligado, la creciente de la informalidad ha reducido los ingresos y, entonces, unos pesos menos han llevado a quienes equilibraban en la barra de la clase media a deslizarse y caer a la barra de los pobres y a estos a la de los miserables. ¿Y lo miserables?

Desnudos, así hemos quedado, pese a lo cual hay que decir que la realidad es más drástica, es de verdadero escándalo, ya que la curva de desigualdad existente y persistente en nuestro país alcanza picos inimaginables para una sociedad que se pretende democrática.

Retomemos algunos de los elementos que llevan a que la curva siempre esté en alza:

Del total nacional, la clase rica representa el 10 por ciento de la población y se queda con el 45 por ciento del ingreso producido anualmente por el trabajo de toda la sociedad. Con un agravante: el 1 por ciento de los estratos altos concentra el 20 por ciento del ingreso nacional, y el 44 por ciento de la riqueza, adicional al monopolio del poder político, estatal y mediático.

A la clase media pertenece el 40 por ciento de la población, con una participación simétrica en los ingresos del país. Los sectores populares constituyen el 50 por ciento de los habitantes y reciben sólo un 15 por ciento del total de los ingresos.

Por su parte la pobreza en el campo alcance al 41,1 por ciento, con un mal mayor: la indigencia cubre al 33 por ciento de sus pobladores. Indigencia que en las zonas urbanas alcanzaba al 7 por ciento; la pobreza ronda el 24,4.

En condiciones de pobreza están 13,5 millones. es decir, sin ingresos suficientes para cubrir los gastos que demanda el día a día, y sin acceso pleno a servicios públicos básicos.

La diferencia entre lo que tienen unos y lo que le falta a los otros es tal que el Gini de desigualdad que registra el país es de 0,528.

Estamos ante un cuerpo desmembrado en el cual, según las declaraciones de renta del año 2017, los más ricos concentraron el 95,4 por ciento de la riqueza, y el decil 1 de las más pobres aglutinó tan sólo el 0,0001, lo que da un índice de concentración Gini igual a 0,974.

Por otra parte, en la concentración del ahorro financiero, según datos de la Superfinanciera, 8.500 propietarios son dueños del 77 por ciento de los CDTs depositados en el sistema bancario, y 9.200 son dueños del 65 por ciento de los depósitos de ahorro. Como consecuencia el Gini de la distribución de los depósitos financieros es un asombroso 0.92 para los CDTs, 0.94 para los depósitos de ahorro y 0.97 para las cuentas corrientes.

Es esta realidad la que permite que alrededor de 480 empresas concentren el 57 por ciento del Patrimonio Bruto Nacional de las Personas Jurídicas (PJ) lo que da como resultado un índice de concentración Gini entre ellas de 0.7437.

Como si fuera poco, grupos de grandes propietarios que integran ese mismo rostro de extremos que es Colombia, reúne en sus manos: industria, bancos, comercio, propiedad accionaria, depósitos bancarios, de los cuales 2.681 clientes (0,01%) poseen 58,6 de los mismos, los cuales suman unos 185 billones.

Como vemos, Colombia sintetiza una sociedad con dos caras totalmente contrarias, con una oligarquía a cuyo haber está el poder en todas sus facetas, entre ellas la tierra, el 77 por ciento de la cual reposa en manos del 13 por ciento de propietarios, un 3,6 de los cuales concentra el 30 por ciento de este preciado recurso, lo que arroja un Gini de 0,829. En el opuesto de esta realidad, el 80 por ciento de los pequeños campesinos cuenta con menos de una Unidad Agrícola Familiar (UAF), son microfundistas. El 68 por ciento de los predios registrados en catastro clasifican en pequeña propiedad, la que sólo cubre el 3,6 por ciento de la superficie productiva.

No es extraño, por tanto, que nuestro país permanezca como el más desigual del continente en materia de distribución de la tierra: el 1 por ciento de las explotaciones de mayor tamaño (Unidades de Producción Agrícola, UPA, de más de 500 hectáreas) maneja más del 80 por ciento de la superficie productiva de la tierra, mientras que el 99 restante –campesinos, propietarios de minifundios– se reparte menos del 20 por ciento de la tierra productiva.

En esta disparidad entre terratenientes y minifundistas, “el 79.2% del total nacional de predios con alta participación del microfundio (64,8%) no alcanzan a cubrir los tres salarios mínimos mensuales. Lo que explica los altos índices de pobreza en las áreas rurales colombianas”.

Estamos, como es evidente, ante una curva de desigualdad que no aguanta paliativos para su reducción. Son necesarias medidas estructurales que lleven a romper el modelo económico y el régimen político que así lo permite. Para ello no sirven los tapabocas ni los confinamientos. Todo lo contrario, hay que tener la nariz descubierta para no perder el olor desprendido por el poder absolutista y así, con nauseas, alzar la voz de protesta, para lo cual la boca debe estar despejada, como el cuerpo listo para liderar la denuncia, al tiempo de la construcción de una realidad totalmente contraria a la descrita.

Precisamente, denuncia, acción, protesta, referentes teóricos claros y construcción alternativas de otro modelo social, con participación abierta y creativa de todo el tenido social, integran los compontes de la vacuna para aplanar la inmensa curva de desigualdad social que destaca en Colombia.

 

 

 

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Publicado enEdición Nº269
Avanzan las políticas de ajuste en Uruguay 

La coalición de derecha impulsa una reforma legal integral

 

Superados los primeros 100 días de gobierno el presidente Luis Lacalle Pou hizo su declaración de principios al presentar la Ley de Urgente Consideración (LUC). El mega paquete legal tiene un fuerte sesgo punitivista y restringe derechos constitucionales.

El presidente de Uruguay Luis Lacalle Pou encara su plan de gobierno en plena crisis económica por el avance del coronavirus. La caída de la actividad obligó al mandatario a reevaluar algunas de sus prioridades, como por ejemplo el recorte al gasto público de 900 millones de dólares que había prometido en campaña. Sin embargo sigue avanzando la Ley de Urgente Consideración (LUC) que envío en abril al Parlamento. Se trata de un mega proyecto con casi 500 artículos que reforma cerca de 60 leyes. El mismo tiene un fuerte sesgo punitivista y ataca el derecho a huelga. Ya pasó por el Senado donde la oposición, encabezada por el Frente Amplio (FA), logró modificaciones en más de la mitad de las normas. “La derecha que en campaña se mostraba desideologizada terminó siendo bastante parecida a la vieja derecha uruguaya”, sostuvo Daniel Gerhard diputado por el FA.

Declaración de principios

El sistema de salud uruguayo pudo contener el avance del coronavirus como pocos países del mundo. Tan sólo hubo 25 muertos y 876 personas contagiadas con la covid-19. La tensión está puesta en la frontera seca con Brasil, donde la gestión de Bolsonaro obliga a redoblar esfuerzos. En paralelo, el desplome de la economía marcó los primeros meses de Lacalle Pou al frente del ejecutivo. En ese lapso, que suele ser el momento clave para que un nuevo gobierno instale su agenda, la denominada "coalición multicolor" presentó al Parlamento la LUC. El proyecto propone profundos cambios en campos tan variados como educación, seguridad, derecho a huelga, protección del medio ambiente y finanzas. Modifica leyes que llevaron años de debate. Sin embargo, el gobierno la presentó con carácter de “urgente” lo que obliga a tratarla de manera expedita. El FA intentó cambiar esta denominación pero no pudo ya que la derecha uruguaya tiene mayoría en ambas cámaras. El Congreso tiene un lapso de 90 días para votarla. Los artículos en los que no haya consenso quedarán tal como los propuso el Ejecutivo.

El proyecto consiguió la "media sanción" del Senado el 5 de junio pasado. Obtuvo los votos del Partido Nacional, el Partido Colorado y Cabildo Abierto, que junto al Partido Independiente y el Partido de la gente forman la coalición gobernante. La LUC ingresó al Senado con 502 de artículos y salió con 476. A su vez, más de la mitad fueron modificados. Pese a las controversias Lacalle Pou defendió la ley con los mismos argumentos que lo llevaron a la presidencia. “Casi la mitad de los artículos refieren a educación y seguridad, temas que la gente pidió en campaña electoral", sostuvo el mandatario. También marcó la necesidad de reducir el déficit fiscal que dejó el FA, cerca del 4,6 por ciento del PBI. La retórica del presidente no se aleja del libreto habitual de la derecha: defensa de la propiedad privada, resguardo de libertades económicas y volver el país atractivo para el mundo. Hace algunas se semanas se deslizó la posiblidad de poner un tributo a las grandes fortunas para paliar la crisis. El mandatario fue categórico: “Gravar el capital es amputar la posibilidad de los que van a hacer fuerza a la salida de la crisis”, indicó Lacalle.

Más poder al poder

Con la LUC el gobierno puso en la mira derechos constitucionales de los trabajadores. El artículo 388 garantiza como legales las protestas consideradas “pacíficas”, sin dar mayores definiciones sobre el concepto. En tanto que el 466 considera ilegítimos los piquetes. Para eso incorpora el derecho de los no huelguistas a trabajar y de los empresarios a ingresar a su emprendimiento. Desde el PIT-CNT el Secretario General Marcelo Abdala indicó el objetivo punitivo de esos artículos. "Le dan la posibilidad al Poder Ejecutivo de avanzar de manera represiva contra una legítima forma de manifestación", sostuvo el sindicalista. Además mencionó que hasta la Organización Internacional del Trabajo (OIT) criticó al gobierno . La OIT pidió que se revisen estos artículos y que haya consultas a los actores involucrados. También sumaron sus críticas tres relatores de la ONU en una carta a la Cancillería . “Estas disposiciones serían incompatibles con las obligaciones del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos que Uruguay ratificó en 1970”, sostuvieron los miembros de la ONU.

A su vez la ley amplía el margen de acción de las fuerzas represivas. Aparece la figura del “agravio policial”, así como modificaciones en lo que hace al uso de la fuerza. En ese sentido el diputado Gerhard cuestionó el argumento de que la policía esta limitada ala hora de actuar. “Durante enero y febrero la policía abatió a 31 personas y ningún agente fue procesado ni formalizado por la justicia. ¿Cuántos muertos más necesita la derecha para decir que la policía puede hacer su tarea sin estar de brazos atados?”, cuestionó el legislador. Por otra parte, también denunció que se agregaron cambios de último momento a la LUC relativos a las “Áreas Protegidas”. “Al día de hoy el 90 por ciento de los territorios bajo esta denominación están en manos de privados. Ellos tienen la obligación de vigilar y supervisar que se cumpla la protección. Pero la ley del gobierno propone quitarles esa obligación”, indicó el diputado. Gerhard sostuvo que estas modificaciones favorecerán la expansión del negocio forestal.

Nuevas caras, mismas recetas

Para el Secretario General del PIT-CNT el país está entrando en un momento de ajuste. "Este gobierno responde al capital financiero y los agronegocios. Estamos en un período de agotamiento de las formas tradiciones de obtener ganancia en estos sectores. Eso deriva en un ajuste hacia los trabajadores y el pueblo", sostuvo el sindicalista. Ante esta situación resaltó la necesidad de llevar a la práctica la unidad del movimiento obrero internacional. “Es importante retomar el trabajo de la Coordinadora de Centrales Sindicales del Conosur y abrir una agenda de reivindicaciones comunes de todos los trabajadores del continente”, manifestó Abadala.

Por su parte el diputado del FA señaló que el gobierno de Lacalle Pou expone el renacimiento de la vieja oligarquía uruguaya. “Entre las preocupaciones que manifiesta el gobierno y los medios que propone con esta ley hay una distancia terrible. Va a ser nuestra tarea política poder explicar eso. Vos le preguntás a un ciudadano que es la LUC y muchos no saben”, reconoció el legislador. “No nos equivocamos en campaña cuando decíamos que esta derecha era la que ya conocíamos y venía por todo. La LUC es una herramienta restauradora de ese Uruguay al servicio de las minorías”, indicó Gerhard.

Publicado enInternacional
Jueves, 11 Junio 2020 08:43

La democracia, que sí es posible

Nicolás de la Hoz, sin título (Cortesía del autor)

…en la sombra del otro
buscamos nuestra sombra…
La moneda de hierro, Jorge Luis Borges

 

Como la sombra del caminante, prolongada por el sol matutino, que unas veces realza y otras difumina la silueta, así son algunos de los contornos que va dejando sobre el cuerpo social la crisis que hoy conmueve al conjunto de la humanidad.


Con su brillo de las primeras horas del día, en ángulo obtuso sobre el cuerpo del caminante, con sombra prolongada aparece con mayor realce la fisonomía de quien lo recibe en su humanidad, bien de frente, bien por la espalda. Vemos una proyección similar del cuerpo estatal, que por acción neoliberal y con efecto perpendicular, había visto achatada su proyección durante las últimas décadas. Ahora recupera cuerpo.


Es un renovado vigor que en nada o en muy poco promete ser favorable a las necesidades de quienes padecieron su debilitamiento, cocinado en tres o más décadas en las que fue concretada una variedad de políticas económicas, sociales y culturales, entre ellas: reformas privatizadoras de todo lo considerado público y con potencial rentista; políticas de atomización social para descomponer esperanzas frente a otro modelo social posible y sobre la vitalidad de lo común; multiplicación de beneficios económicos y tributarios, de manera sorprendente, para quienes más tienen, e incremento de la carga tributaria para quienes viven de su trabajo; desestímulo a la producción nacional y, con ello, para el caso de Colombia, desmonte de la escasa producción industrial construida a lo largo de varias décadas, así como igualmente desestímulo a la capacidad agraria, labrada por cientos de miles de campesinos en sus pequeños terruños, al tiempo con articulación sometida al mercado mundial a través de decenas de tratados de ‘libre comercio’; renuncia a políticas de soberanía monetaria y financiera; limitación del gasto social, siempre de acuerdo a los compromisos internacionales de pago oportuno de la deuda pública; estímulo y fortalecimiento de una industria cultural que distrae y adormece sin propiciar reencuentros sociales ni redes de producción propia, con sentido de memoria, por un lado, así como, por el otro, de sueños de presente y de futuro; estímulo al consumo superfluo y al desecho sin miramientos sobre el medio ambiente, ni responsabilidad individual y colectiva con la recuperación de partes e insumos posibles de reutilizar o procesar.


Es claramente un desmonte de su rostro social y del compromiso con la redistribución de lo recogido por el ente central, producto del continuado ejercicio económico de millones de personas –que, para el caso colombiano, nunca fue pronunciado–, a la par del fortalecimiento de su rostro autoritario y violento como producto de lo cual los Derechos Humanos quedaron signados por un gran interrogante, y enmarcada la posibilidad de paz con justicia social como consigna para adornar salones de clase.


Desde el “monopolio legítimo de las armas”, una cara poco amable copó extensas zonas rurales para darle paso a diversidad de proyectos extractivistas, así como a la protección de privilegios de todo tipo, entre ellos la prolongación del latifundio o el ingreso de multinacionales mineras a territorios donde la comunidad no los desea, o la misma aspersión de miles y miles de litros de glifosato sobre extensas áreas boscosas del país, persistencia de una condicionada, manipulada y fracasada “guerra contra las drogas” que no repara en los daños ocasionados sobre la salud humana y de otros animales que las habitan, condenándolas a un extendido envenenamiento de las cuencas de que son parte integral, toxicidad que por décadas guardará residuos en el subsuelo.


Estamos ante el regreso del Estado a la escena central de cada país que, para el caso nacional e internacional, resalta su prioridad por inyectar miles de millones para recuperar o impedir la quiebra de variedad de empresas y, asimismo, el ahondamiento del control y el disciplinamiento social. Un regreso, por tanto, sobre dos rieles: socialización de la crisis –económica– y autoritarismo.


En esta socialización de la crisis, para el caso de Europa resalta el rescate del grupo Air France-KLM, que recibirá un “apoyo histórico de 7.000 millones de euros de parte del Estado francés” (1). De igual manera, la administración de Angela Merkel, en Alemania, concertó con la compañía aérea Lufthansa “[…] un plan de salvación por 9.000 millones de euros que convertirá al Estado en el principal accionista del grupo, con el 20% del capital” (2). Estados Unidos no se quedó atrás y le dio vía libre a un plan de refinanciación para pequeñas empresas (hasta 500 trabajadores), al cual se pegaron grandes empresas, haciéndole malabares a la norma. “El plan de ayudas [fue financiado] con un presupuesto de 349.000 millones de dólares [...]. El grifo se abrió el 3 de abril y en tan solo dos semanas quedó agotado [...]. La Casa Blanca, los republicanos y los demócratas ultiman ahora un acuerdo para refinanciar esta línea de ayudas con otros 310.000 millones” (3). Paralelo a ello “Unos 500.000 millones de dólares en así llamados préstamos han sido entregados directamente a las mayores empresas de EE UU sin una supervisión ni rendición de cuentas significativa” (4). La experiencia vivida en 2008 con el salvataje de bancos permite desde ahora intuir que estas ayudas, presentadas en una primera instancia como créditos blandos y similares, terminarán condonados. Es así como la crisis, una vez más, termina asumida por el conjunto social. En las épocas de bonanza económica, los ricos se miran en el espejo.


La inyección prioritaria de dinero para los propietarios de fábricas y empresas de diverso tipo toma relieve en Colombia con préstamos ofertados a menor costo, por ejemplo, desde Bancoldex, para lo cual dispuso de 600 mil millones de pesos (5), ofertados con meses a cero intereses y al menos dos años para cancelarlos: pero también con el congelamiento del pago de obligaciones tributarias y salud, a la par de donar a los dueños del capital el 50 por ciento de las primas que debe cancelar en este mes de junio, para salarios que oscilen entre el mínimo y el millón de pesos.


Es este un apoyo directo que, como en el caso de otros países, también gozará de alargues y hasta condonación de lo prestado, tras garantías como no despedir trabajadores, ajustar los procesos productivos a menores cuotas contaminantes y variables similares. Es claramente un favorecimiento al empresariado que afectará las garantías en el ámbito del trabajo al ahondar la flexibilidad laboral tras el teletrabajo, ya existente y extendido en el sector bancario y del comercio, pero que ahora se verá ampliado, debilitando aún la asociación de quienes venden su fuerza de trabajo y entorpeciendo la posibilidad de resistir al afán de mayores tasas de ganancia, siempre pretendidas por la patronal.


Te vigilo y te controlo, sé quién eres y qué piensas

Ahora los rayos desgarran la sombra espesa
Posesión, Vicente Aleixandre


El avance autoritario de los Estados, por su parte, es lo más resaltado por los analistas de distintas corrientes. Destacan con preocupación la implementación de técnicas variadas de vigilancia y control social, bajo el prurito del seguimiento de la pandemia; técnicas y políticas de disciplinamiento social previamente existentes, con especial desarrollo en Estados Unidos (bajo control de la NSA y su ojo universal) y en China, pero ahora realzadas por los supuestos beneficios la viabilidad que encarnan para el conjunto de las sociedades en su lucha por la salud pública (Ver Philip Potdevin pp. 10-11 y Damian Pachón pág. 13).


Se trata del aprovechamiento de esta circunstancia, ahora por parte de multitud de Estados liberales que reducen así el espacio de las libertades públicas y meten sus narices en la vida privada de sus poblaciones, un suceso de total gravedad que lo será aún más si, como está sucediendo por estos días, las poblaciones mismas terminan aceptando e incluso pidiendo estos controles y la injerencia del gran hermano por temor al regreso de la pandemia o, hacia el futuro, por el comienzo de crisis similares que pueden desprenderse tanto de la prolongación de la crisis climática global, por la persistencia del capital con un modelo de ‘desarrollo’ a todas luces antinatural y que devasta el planeta, como de posteriores y cada vez más posibles confrontaciones armadas entre potencias o, incluso, de alzamientos sociales, en este caso en procura de justicia e igualdad.


Este es un aspecto del giro antidemocrático, pero el otro recae en la concentración de poderes que ahora ostentan infinidad de gobernantes a partir de su llamado a declarar estados de emergencia para enfrentar el virus. Regímenes presidencialistas es el resultado final de ello. ¿Hasta dónde irán los mismos? Solo el tiempo lo dirá, pero lo evidente es que, validos de las circunstancias en curso, le han sacado provecho para aplazar elecciones (Bolivia, Chile), para aprobar reformas contenidas por la inconformidad social (Ecuador), o para contener y dilatar la protesta social en curso –con demanda de cambios en lo económico, político y social, (Chile, Ecuador, Colombia, Francia). Todo ello evidencia que la crisis de salud pública se está utilizando por parte de amplios sectores del poder tradicional para gobernar a raja tabla y sin oposición. ¿Qué más desearía un gobernante adepto de la continuidad? ¿Qué más querría el capital para administrar la fuerza de trabajo, su disposición y su rentabilidad, que el silencio perenne?


Estamos ante una respuesta/utilización de la crisis desde los factores de poder dominantes, que desdicen de la inmensa posibilidad de cambio abierta por la misma. Como es evidente, por estos días emergieron con toda visibilidad los marcados contrastes de la sociedad colombiana, signada por la concentración de la riqueza en los bolsillos de unas poquísimas familias y la extendida pobreza que cubre a millones. Tras pocos días de encierro. la ausencia de ingresos y el hambre dibujaron sin tapujo alguno la sociedad que somos, poniéndole grandes interrogantes a la estrategia diseñada para contener la multiplicación del covid-19, clara y absurdamente pensada para sectores con ingresos fijos, que no son precisamente los de la mayoría de quienes integran nuestra sociedad.


De esta manera, con un presidencialismo tan del gusto de la oligarquía criolla, con mecanismos de control social y disciplinamiento autoritario cada vez más notables –de viejo y de nuevo cuño–, sin una economía al servicio del conjunto social, la democracia formal, que siempre ha sido la nota dominante en Colombia, hoy toma mayor cuerpo.


Por tanto, así va siendo desaprovechada por el establecimiento esta coyuntura para enrutar el régimen económico y político hacia el cambio que requiere toda sociedad que se proyecte con vocación humanista a lo largo de las ocho décadas aún por recorrer de la centuria número 21. ¡Algo que no puede sucederle al resto de la sociedad! Si tenemos ante nosotros la sombra de lo que somos, ¿cómo no optar por su comprensión y su transformación? ¿Cómo seguir desconociendo por otros cien años la sombra, la realidad de nuestro ser, confundiéndola con imágenes que la desdibujan y la niegan?
Entendámoslo: este es un reto mayor. De las manos de los excluidos de siempre debe tomar forma la democracia en su mejor y más radical expresión, abriéndole espacio a la participación directa y decisiva de la sociedad toda, con sus matices regionales, que en el caso de la sociedad colombiana le brindan particularidades de pasado y presente, con sus realces territoriales y sus matices culturales que explican por qué somos disimiles en nuestra formas expresivas, en la manera de encarar la vida, en las disposiciones para enfrentar las luchas del ser social.


Tales realces geográficos y culturales, pese a su notoriedad, mantienen en común la demanda por una indispensable redistribución de la tierra para afincar, con el acceso a la misma, el definitivo desmoronamiento del poder señorial que cargamos como lastre desde la Colonia, con la Hacienda, soporte desde hace siglos de poder económico, político y cultural de minorías que someten a las mayorías, hoy reforzadas con el poder mafioso que se extiende sobre cientos de miles de hectáreas. La tierra, como soporte del poder directo y simbólico de unos pocos sobre millones de personas, ya redistribuida deberá darle paso a un dinámico proyecto de soberanía alimentaria, agenciado por cientos de miles de brazos decididos a un sembrado variado sobre tierra propia, potenciado desde la siembra de cultivos nativos y otros recuperados desde diversas experiencias de vida –unos y otros, contrarios a los monocultivos y los organismos genéticamente modificados–, unos y otros de las más variadas especies, para complementar por esa vía un modelo de vida digna, con sustentabilidad alimentaria como aporte para la salud del cuerpo y el fortalecimiento de las energías espirituales.


De modo que una nueva o real democracia, con soporte en el campo y la economía agraria, según nuestras particularidades regionales, deberá propiciar el cimiento de una economía de nuevo tipo, y en ella la conjunción de saberes milenarios con los alcanzados por las nuevas ciencias y lo desprendido por las revoluciones industriales, la tercera y la cuarta, para hacer realidad una industria farmacéutica que esté abierta a la humanidad, para su beneficio y su bienestar.


Con la luz del día sobre el cuerpo de los pueblos se extenderá a su alrededor la figura del bienestar, y con ella la ebullición de los condenados de la tierra. No es posible la democracia directa, participativa, radical, la más exigente que soñamos, si no parte de la movilización y el compromiso de los millones que somos. La democracia no se decreta y se irradia sobre la sociedad por mandatos u ordenanzas. La democracia es mucho más que una fecha y un registro. Como conjunción que es entre economía, cultura, política y territorio, la democracia se enraíza en lo más profundo del ser humano a partir de sembrar en sus más hondos sentires la disposición por la justicia, la igualdad, la libertad, la solidaridad, el hermanamiento entre diferentes, sabiendo siempre que en el centro de su divisa está el ser humano como persona (6), que no puede quedar relegada a sobrevivir arañando los desechos que le arrojan desde el poder o desde las mesas de los ricos, sino que debe sentir y saber que sin vida digna no hay existencia que merezca ese nombre.


Un devenir así, participativo, directo y decisivo, también debe afrontar la revalorización de la ciudad, despoblando parte de la misma, reubicando a millones de quienes la pueblan y la sufren por sus altas tasas de contaminación, por el encerramiento en cuatro paredes que han dejado de ser vivienda para constituirse en la jaula que impide convivir y disfrutar de la vida diaria y el descanso, donde el complemento de cuerpos ya no cuenta con la privacidad ni la tranquilidad que el goce demanda. No es humano un territorio devorador de recursos naturales de todo tipo, así como de años de vida en el rodar diario de llantas que transportan mano de obra de un rincón a otro de la urbe. La ciudad, en su actual estado, es un germen de múltiples pandemias, sin superar las cuales millones de seres seguirán muriendo cada año por motivos que en el mundo actual son prevenibles.


Se impone construir ciudades vivibles, posibles de administrar entre todos y todas, donde el suelo pase a ser de propiedad pública, liberando así a millones de un esfuerzo interminable y extenuante para pagar el ‘derecho’ a la vivienda, constituida desde hace décadas en botín de especuladores urbanos, antes casatenientes, ahora dominado por el sistema bancario, verdadero amasador de infinidad de metros cuadrados construidos en las urbes.


Es urgente la recuperación, por la vía de replantear el tema urbano, de cuencas y microcuencas otrora fuente de vida y alimento para la fertilidad de la tierra. Y para ello, es indispensable reforestar todos sus alrededores e interiores, para un reencuentro virtuoso con la naturaleza que nos permita bajarle el efecto pernicioso a la contaminación propiciada por el imparable transitar de motores que expulsan sin tregua gases tóxicos, fuente de las más variadas e insufribles enfermedades modernas. Se requieren nuevas ciudades inteligentemente diseñadas, por tanto, con derecho propio para quienes deberán transitarlas a pie, gozando de sus entornos estéticamente construidos, sin el temor al asalto inesperado, ya que la convivencia estará signada sobre bases de igualdad y justicia.


Acciones de cambio, de justicia y vida digna, que deben ir de la mano de otras que permitan el acceso público y general a la internet, al Wi-fi, con diseño e implementación de redes y sistemas computacionales propios que permitan soberanía comunicativa, eviten el espionaje propiciado desde las potencias y sus grandes multinacionales, y protejan a toda nuestra población en el derecho a su privacidad. Un proceder que demanda el fortalecimiento en ciencia y tecnología, auspiciando con presupuestos reforzados investigaciones de punta lideradas desde las universidades públicas, las que deben llegar a ser verdaderos centros de saber ligados de manera dinámica a redes globales del conocimiento donde la propiedad privada deje de ser el afán que ahora domina toda investigación y cualquier escritura, por sencilla que sea.


Son estas y otras muchas las quimeras que revitalizan la democracia que sí es posible, la que vemos tras las sombras del cuerpo social ahora devastado por un sistema que simula ser lo que no es, destruyendo a diario vidas y esperanzas de vida, ofreciendo lo que no habrá de cumplir, pues especula con la vida de millones que son sometidos como piñones de una inmensa máquina devoradora de seres humanos.


Hoy, en medio de una pandemia que resume la crisis de una civilización, por paradójico que parezca, tenemos una lección de vida, un reto para potenciarla. No lo perdamos tras temores ahondados por el control y el disciplinamiento autoritario, ahora ahondado por el poder de siempre, con nuevas y viejas técnicas, sutiles unas y otras no tanto.


Que nuestros cuerpos proyecten en sus sombras un largo y extendido movimiento, que le den forma a la figura del cambio, al abrazo que fortalece, al apoyo que brinda confianza e impulsa a no desistir. Toda crisis trae una oportunidad. No la desaprovechemos. Soltemos por ciudad y campo las amarras democratizadoras.

 

1. https://www.france24.com/es/20200424-air-france-klm-estado-frances-historico-paquete-ayuda-7000-millones-euros.
2. “El gobierno alemán salva a Lufthansa y se queda con un 20 por ciento de la empresa”, https://www.pagina12.com.ar/268271-el-gobierno-aleman-salva-a-lufthansa-y-se-queda-con-un-20-po.
3. “Shake Shack o cómo el rescate económico en Estados Unidos acaba beneficiando a los ricos”, https://elpais.com/economia/2020-04-20/shake-shack-o-como-el-rescate-economico-en-estados-unidos-acaba-beneficiando-a-los-ricos.html.
4. “Estados Unidos: coronacapitalismo y su inminente colapso”, https://www.elsaltodiario.com/crisis-economica/estados-unidos-coronacapitalismo-y-su-inminente-colapso-
5. https://id.presidencia.gov.co/Paginas/prensa/2020/600000-millones-suma-Bancoldex-en-fondos-para-financiar-empresas-afectadas-por-el-COVID-19-a-traves-de-la-linea-200402.aspx
6. Zambrano, María, persona y democracia, Alianza Editorial, España, 2019, pág. 183.

Miércoles, 10 Junio 2020 08:40

La democracia, que sí es posible

Nicolás de la Hoz, sin título (Cortesía del autor)

…en la sombra del otro
buscamos nuestra sombra…
La moneda de hierro, Jorge Luis Borges

 

Como la sombra del caminante, prolongada por el sol matutino, que unas veces realza y otras difumina la silueta, así son algunos de los contornos que va dejando sobre el cuerpo social la crisis que hoy conmueve al conjunto de la humanidad.


Con su brillo de las primeras horas del día, en ángulo obtuso sobre el cuerpo del caminante, con sombra prolongada aparece con mayor realce la fisonomía de quien lo recibe en su humanidad, bien de frente, bien por la espalda. Vemos una proyección similar del cuerpo estatal, que por acción neoliberal y con efecto perpendicular, había visto achatada su proyección durante las últimas décadas. Ahora recupera cuerpo.


Es un renovado vigor que en nada o en muy poco promete ser favorable a las necesidades de quienes padecieron su debilitamiento, cocinado en tres o más décadas en las que fue concretada una variedad de políticas económicas, sociales y culturales, entre ellas: reformas privatizadoras de todo lo considerado público y con potencial rentista; políticas de atomización social para descomponer esperanzas frente a otro modelo social posible y sobre la vitalidad de lo común; multiplicación de beneficios económicos y tributarios, de manera sorprendente, para quienes más tienen, e incremento de la carga tributaria para quienes viven de su trabajo; desestímulo a la producción nacional y, con ello, para el caso de Colombia, desmonte de la escasa producción industrial construida a lo largo de varias décadas, así como igualmente desestímulo a la capacidad agraria, labrada por cientos de miles de campesinos en sus pequeños terruños, al tiempo con articulación sometida al mercado mundial a través de decenas de tratados de ‘libre comercio’; renuncia a políticas de soberanía monetaria y financiera; limitación del gasto social, siempre de acuerdo a los compromisos internacionales de pago oportuno de la deuda pública; estímulo y fortalecimiento de una industria cultural que distrae y adormece sin propiciar reencuentros sociales ni redes de producción propia, con sentido de memoria, por un lado, así como, por el otro, de sueños de presente y de futuro; estímulo al consumo superfluo y al desecho sin miramientos sobre el medio ambiente, ni responsabilidad individual y colectiva con la recuperación de partes e insumos posibles de reutilizar o procesar.


Es claramente un desmonte de su rostro social y del compromiso con la redistribución de lo recogido por el ente central, producto del continuado ejercicio económico de millones de personas –que, para el caso colombiano, nunca fue pronunciado–, a la par del fortalecimiento de su rostro autoritario y violento como producto de lo cual los Derechos Humanos quedaron signados por un gran interrogante, y enmarcada la posibilidad de paz con justicia social como consigna para adornar salones de clase.


Desde el “monopolio legítimo de las armas”, una cara poco amable copó extensas zonas rurales para darle paso a diversidad de proyectos extractivistas, así como a la protección de privilegios de todo tipo, entre ellos la prolongación del latifundio o el ingreso de multinacionales mineras a territorios donde la comunidad no los desea, o la misma aspersión de miles y miles de litros de glifosato sobre extensas áreas boscosas del país, persistencia de una condicionada, manipulada y fracasada “guerra contra las drogas” que no repara en los daños ocasionados sobre la salud humana y de otros animales que las habitan, condenándolas a un extendido envenenamiento de las cuencas de que son parte integral, toxicidad que por décadas guardará residuos en el subsuelo.


Estamos ante el regreso del Estado a la escena central de cada país que, para el caso nacional e internacional, resalta su prioridad por inyectar miles de millones para recuperar o impedir la quiebra de variedad de empresas y, asimismo, el ahondamiento del control y el disciplinamiento social. Un regreso, por tanto, sobre dos rieles: socialización de la crisis –económica– y autoritarismo.


En esta socialización de la crisis, para el caso de Europa resalta el rescate del grupo Air France-KLM, que recibirá un “apoyo histórico de 7.000 millones de euros de parte del Estado francés” (1). De igual manera, la administración de Angela Merkel, en Alemania, concertó con la compañía aérea Lufthansa “[…] un plan de salvación por 9.000 millones de euros que convertirá al Estado en el principal accionista del grupo, con el 20% del capital” (2). Estados Unidos no se quedó atrás y le dio vía libre a un plan de refinanciación para pequeñas empresas (hasta 500 trabajadores), al cual se pegaron grandes empresas, haciéndole malabares a la norma. “El plan de ayudas [fue financiado] con un presupuesto de 349.000 millones de dólares [...]. El grifo se abrió el 3 de abril y en tan solo dos semanas quedó agotado [...]. La Casa Blanca, los republicanos y los demócratas ultiman ahora un acuerdo para refinanciar esta línea de ayudas con otros 310.000 millones” (3). Paralelo a ello “Unos 500.000 millones de dólares en así llamados préstamos han sido entregados directamente a las mayores empresas de EE UU sin una supervisión ni rendición de cuentas significativa” (4). La experiencia vivida en 2008 con el salvataje de bancos permite desde ahora intuir que estas ayudas, presentadas en una primera instancia como créditos blandos y similares, terminarán condonados. Es así como la crisis, una vez más, termina asumida por el conjunto social. En las épocas de bonanza económica, los ricos se miran en el espejo.


La inyección prioritaria de dinero para los propietarios de fábricas y empresas de diverso tipo toma relieve en Colombia con préstamos ofertados a menor costo, por ejemplo, desde Bancoldex, para lo cual dispuso de 600 mil millones de pesos (5), ofertados con meses a cero intereses y al menos dos años para cancelarlos: pero también con el congelamiento del pago de obligaciones tributarias y salud, a la par de donar a los dueños del capital el 50 por ciento de las primas que debe cancelar en este mes de junio, para salarios que oscilen entre el mínimo y el millón de pesos.


Es este un apoyo directo que, como en el caso de otros países, también gozará de alargues y hasta condonación de lo prestado, tras garantías como no despedir trabajadores, ajustar los procesos productivos a menores cuotas contaminantes y variables similares. Es claramente un favorecimiento al empresariado que afectará las garantías en el ámbito del trabajo al ahondar la flexibilidad laboral tras el teletrabajo, ya existente y extendido en el sector bancario y del comercio, pero que ahora se verá ampliado, debilitando aún la asociación de quienes venden su fuerza de trabajo y entorpeciendo la posibilidad de resistir al afán de mayores tasas de ganancia, siempre pretendidas por la patronal.


Te vigilo y te controlo, sé quién eres y qué piensas

Ahora los rayos desgarran la sombra espesa
Posesión, Vicente Aleixandre


El avance autoritario de los Estados, por su parte, es lo más resaltado por los analistas de distintas corrientes. Destacan con preocupación la implementación de técnicas variadas de vigilancia y control social, bajo el prurito del seguimiento de la pandemia; técnicas y políticas de disciplinamiento social previamente existentes, con especial desarrollo en Estados Unidos (bajo control de la NSA y su ojo universal) y en China, pero ahora realzadas por los supuestos beneficios la viabilidad que encarnan para el conjunto de las sociedades en su lucha por la salud pública (Ver Philip Potdevin pp. 10-11 y Damian Pachón pág. 13).


Se trata del aprovechamiento de esta circunstancia, ahora por parte de multitud de Estados liberales que reducen así el espacio de las libertades públicas y meten sus narices en la vida privada de sus poblaciones, un suceso de total gravedad que lo será aún más si, como está sucediendo por estos días, las poblaciones mismas terminan aceptando e incluso pidiendo estos controles y la injerencia del gran hermano por temor al regreso de la pandemia o, hacia el futuro, por el comienzo de crisis similares que pueden desprenderse tanto de la prolongación de la crisis climática global, por la persistencia del capital con un modelo de ‘desarrollo’ a todas luces antinatural y que devasta el planeta, como de posteriores y cada vez más posibles confrontaciones armadas entre potencias o, incluso, de alzamientos sociales, en este caso en procura de justicia e igualdad.


Este es un aspecto del giro antidemocrático, pero el otro recae en la concentración de poderes que ahora ostentan infinidad de gobernantes a partir de su llamado a declarar estados de emergencia para enfrentar el virus. Regímenes presidencialistas es el resultado final de ello. ¿Hasta dónde irán los mismos? Solo el tiempo lo dirá, pero lo evidente es que, validos de las circunstancias en curso, le han sacado provecho para aplazar elecciones (Bolivia, Chile), para aprobar reformas contenidas por la inconformidad social (Ecuador), o para contener y dilatar la protesta social en curso –con demanda de cambios en lo económico, político y social, (Chile, Ecuador, Colombia, Francia). Todo ello evidencia que la crisis de salud pública se está utilizando por parte de amplios sectores del poder tradicional para gobernar a raja tabla y sin oposición. ¿Qué más desearía un gobernante adepto de la continuidad? ¿Qué más querría el capital para administrar la fuerza de trabajo, su disposición y su rentabilidad, que el silencio perenne?


Estamos ante una respuesta/utilización de la crisis desde los factores de poder dominantes, que desdicen de la inmensa posibilidad de cambio abierta por la misma. Como es evidente, por estos días emergieron con toda visibilidad los marcados contrastes de la sociedad colombiana, signada por la concentración de la riqueza en los bolsillos de unas poquísimas familias y la extendida pobreza que cubre a millones. Tras pocos días de encierro. la ausencia de ingresos y el hambre dibujaron sin tapujo alguno la sociedad que somos, poniéndole grandes interrogantes a la estrategia diseñada para contener la multiplicación del covid-19, clara y absurdamente pensada para sectores con ingresos fijos, que no son precisamente los de la mayoría de quienes integran nuestra sociedad.


De esta manera, con un presidencialismo tan del gusto de la oligarquía criolla, con mecanismos de control social y disciplinamiento autoritario cada vez más notables –de viejo y de nuevo cuño–, sin una economía al servicio del conjunto social, la democracia formal, que siempre ha sido la nota dominante en Colombia, hoy toma mayor cuerpo.


Por tanto, así va siendo desaprovechada por el establecimiento esta coyuntura para enrutar el régimen económico y político hacia el cambio que requiere toda sociedad que se proyecte con vocación humanista a lo largo de las ocho décadas aún por recorrer de la centuria número 21. ¡Algo que no puede sucederle al resto de la sociedad! Si tenemos ante nosotros la sombra de lo que somos, ¿cómo no optar por su comprensión y su transformación? ¿Cómo seguir desconociendo por otros cien años la sombra, la realidad de nuestro ser, confundiéndola con imágenes que la desdibujan y la niegan?
Entendámoslo: este es un reto mayor. De las manos de los excluidos de siempre debe tomar forma la democracia en su mejor y más radical expresión, abriéndole espacio a la participación directa y decisiva de la sociedad toda, con sus matices regionales, que en el caso de la sociedad colombiana le brindan particularidades de pasado y presente, con sus realces territoriales y sus matices culturales que explican por qué somos disimiles en nuestra formas expresivas, en la manera de encarar la vida, en las disposiciones para enfrentar las luchas del ser social.


Tales realces geográficos y culturales, pese a su notoriedad, mantienen en común la demanda por una indispensable redistribución de la tierra para afincar, con el acceso a la misma, el definitivo desmoronamiento del poder señorial que cargamos como lastre desde la Colonia, con la Hacienda, soporte desde hace siglos de poder económico, político y cultural de minorías que someten a las mayorías, hoy reforzadas con el poder mafioso que se extiende sobre cientos de miles de hectáreas. La tierra, como soporte del poder directo y simbólico de unos pocos sobre millones de personas, ya redistribuida deberá darle paso a un dinámico proyecto de soberanía alimentaria, agenciado por cientos de miles de brazos decididos a un sembrado variado sobre tierra propia, potenciado desde la siembra de cultivos nativos y otros recuperados desde diversas experiencias de vida –unos y otros, contrarios a los monocultivos y los organismos genéticamente modificados–, unos y otros de las más variadas especies, para complementar por esa vía un modelo de vida digna, con sustentabilidad alimentaria como aporte para la salud del cuerpo y el fortalecimiento de las energías espirituales.


De modo que una nueva o real democracia, con soporte en el campo y la economía agraria, según nuestras particularidades regionales, deberá propiciar el cimiento de una economía de nuevo tipo, y en ella la conjunción de saberes milenarios con los alcanzados por las nuevas ciencias y lo desprendido por las revoluciones industriales, la tercera y la cuarta, para hacer realidad una industria farmacéutica que esté abierta a la humanidad, para su beneficio y su bienestar.


Con la luz del día sobre el cuerpo de los pueblos se extenderá a su alrededor la figura del bienestar, y con ella la ebullición de los condenados de la tierra. No es posible la democracia directa, participativa, radical, la más exigente que soñamos, si no parte de la movilización y el compromiso de los millones que somos. La democracia no se decreta y se irradia sobre la sociedad por mandatos u ordenanzas. La democracia es mucho más que una fecha y un registro. Como conjunción que es entre economía, cultura, política y territorio, la democracia se enraíza en lo más profundo del ser humano a partir de sembrar en sus más hondos sentires la disposición por la justicia, la igualdad, la libertad, la solidaridad, el hermanamiento entre diferentes, sabiendo siempre que en el centro de su divisa está el ser humano como persona (6), que no puede quedar relegada a sobrevivir arañando los desechos que le arrojan desde el poder o desde las mesas de los ricos, sino que debe sentir y saber que sin vida digna no hay existencia que merezca ese nombre.


Un devenir así, participativo, directo y decisivo, también debe afrontar la revalorización de la ciudad, despoblando parte de la misma, reubicando a millones de quienes la pueblan y la sufren por sus altas tasas de contaminación, por el encerramiento en cuatro paredes que han dejado de ser vivienda para constituirse en la jaula que impide convivir y disfrutar de la vida diaria y el descanso, donde el complemento de cuerpos ya no cuenta con la privacidad ni la tranquilidad que el goce demanda. No es humano un territorio devorador de recursos naturales de todo tipo, así como de años de vida en el rodar diario de llantas que transportan mano de obra de un rincón a otro de la urbe. La ciudad, en su actual estado, es un germen de múltiples pandemias, sin superar las cuales millones de seres seguirán muriendo cada año por motivos que en el mundo actual son prevenibles.


Se impone construir ciudades vivibles, posibles de administrar entre todos y todas, donde el suelo pase a ser de propiedad pública, liberando así a millones de un esfuerzo interminable y extenuante para pagar el ‘derecho’ a la vivienda, constituida desde hace décadas en botín de especuladores urbanos, antes casatenientes, ahora dominado por el sistema bancario, verdadero amasador de infinidad de metros cuadrados construidos en las urbes.


Es urgente la recuperación, por la vía de replantear el tema urbano, de cuencas y microcuencas otrora fuente de vida y alimento para la fertilidad de la tierra. Y para ello, es indispensable reforestar todos sus alrededores e interiores, para un reencuentro virtuoso con la naturaleza que nos permita bajarle el efecto pernicioso a la contaminación propiciada por el imparable transitar de motores que expulsan sin tregua gases tóxicos, fuente de las más variadas e insufribles enfermedades modernas. Se requieren nuevas ciudades inteligentemente diseñadas, por tanto, con derecho propio para quienes deberán transitarlas a pie, gozando de sus entornos estéticamente construidos, sin el temor al asalto inesperado, ya que la convivencia estará signada sobre bases de igualdad y justicia.


Acciones de cambio, de justicia y vida digna, que deben ir de la mano de otras que permitan el acceso público y general a la internet, al Wi-fi, con diseño e implementación de redes y sistemas computacionales propios que permitan soberanía comunicativa, eviten el espionaje propiciado desde las potencias y sus grandes multinacionales, y protejan a toda nuestra población en el derecho a su privacidad. Un proceder que demanda el fortalecimiento en ciencia y tecnología, auspiciando con presupuestos reforzados investigaciones de punta lideradas desde las universidades públicas, las que deben llegar a ser verdaderos centros de saber ligados de manera dinámica a redes globales del conocimiento donde la propiedad privada deje de ser el afán que ahora domina toda investigación y cualquier escritura, por sencilla que sea.


Son estas y otras muchas las quimeras que revitalizan la democracia que sí es posible, la que vemos tras las sombras del cuerpo social ahora devastado por un sistema que simula ser lo que no es, destruyendo a diario vidas y esperanzas de vida, ofreciendo lo que no habrá de cumplir, pues especula con la vida de millones que son sometidos como piñones de una inmensa máquina devoradora de seres humanos.


Hoy, en medio de una pandemia que resume la crisis de una civilización, por paradójico que parezca, tenemos una lección de vida, un reto para potenciarla. No lo perdamos tras temores ahondados por el control y el disciplinamiento autoritario, ahora ahondado por el poder de siempre, con nuevas y viejas técnicas, sutiles unas y otras no tanto.


Que nuestros cuerpos proyecten en sus sombras un largo y extendido movimiento, que le den forma a la figura del cambio, al abrazo que fortalece, al apoyo que brinda confianza e impulsa a no desistir. Toda crisis trae una oportunidad. No la desaprovechemos. Soltemos por ciudad y campo las amarras democratizadoras.

 

1. https://www.france24.com/es/20200424-air-france-klm-estado-frances-historico-paquete-ayuda-7000-millones-euros.
2. “El gobierno alemán salva a Lufthansa y se queda con un 20 por ciento de la empresa”, https://www.pagina12.com.ar/268271-el-gobierno-aleman-salva-a-lufthansa-y-se-queda-con-un-20-po.
3. “Shake Shack o cómo el rescate económico en Estados Unidos acaba beneficiando a los ricos”, https://elpais.com/economia/2020-04-20/shake-shack-o-como-el-rescate-economico-en-estados-unidos-acaba-beneficiando-a-los-ricos.html.
4. “Estados Unidos: coronacapitalismo y su inminente colapso”, https://www.elsaltodiario.com/crisis-economica/estados-unidos-coronacapitalismo-y-su-inminente-colapso-
5. https://id.presidencia.gov.co/Paginas/prensa/2020/600000-millones-suma-Bancoldex-en-fondos-para-financiar-empresas-afectadas-por-el-COVID-19-a-traves-de-la-linea-200402.aspx
6. Zambrano, María, persona y democracia, Alianza Editorial, España, 2019, pág. 183.

Publicado enColombia
https://razonpublica.com/elecciones-2018-empezaron-las-coaliciones/

La emergencia de demandas populares reprimidas por la guerra, expresadas en las protestas sociales y en el fenómeno electoral de Gustavo Petro, ha producido una coyuntura similar al establecimiento del Frente Nacional: igual que tras la pacificación de Rojas Pinilla (1953-57), las clases dominantes buscan conjurar la potencial articulación del pueblo como sujeto político y, ante el declive del uribismo, parecen encontrar un nodo articulador en el “centro”.

 

La aparente contradicción entre violencia endémica y continuidad de las instituciones de la democracia liberal, característica de la historia colombiana, tal vez se explica por un tercer elemento que también le es singular: la sistemática exclusión del pueblo del ámbito público-político. Siempre que el sujeto político pueblo se intentó articular para intervenir en esa esfera fue expulsado, muchas veces de forma violenta, por los agentes que se autoperciben como sus naturales y exclusivos ocupantes: las clases dominantes o élites.

La Junta de notables de Santafé se impuso sobre los chisperos de Carbonell en 1810, la coalición de “constitucionales” que vinculó liberales y conservadores derrocó a Melo y desterró sus bases artesanales en 1854. Aquí no hubo grandes reformas como en el México decimonónico, ni revoluciones liberales a principios del siglo XX como las de Alfaro en Ecuador o Pando en Bolivia. El populismo, que amplió sustancialmente las comunidades políticas e incluyó los sectores populares en Brasil con Vargas, México con Cárdenas y Argentina con Perón, no echó raíces en estas tierras: el pueblo articulado por Gaitán fue convertido en una masa informe el 9 de abril de 1948 y, una vez aniquiladas las guerrillas gaitanistas, sobre ella se erigió el régimen excluyente del Frente Nacional.

En su momento, la exclusión de las terceras fuerzas –el MRL, la Anapo, etcétera– y el carácter ultrarepresivo de los gobiernos bipartidistas alimentaron la violencia revolucionaria. Una vez finalizado formalmente el pacto, la exclusión se prolongó en la práctica del genocidio agenciado por el Estado y el paramilitarismo, en particular pero no exclusivamente contra la UP, incluso con posterioridad a la Constitución de 1991. La mano dura de Uribe, auspiciada por las clases dominantes con el fin de apacigüar el país tras el escalamiento de la guerra desde mediados de los noventa, es en cierto sentido análoga a la pacificación operada por Rojas Pinilla a partir de 1953, de manera que hoy nos encontramos en un escenario similar al que enfrentaron las élites en 1957-58, cuando el dictador dejó de ser funcional a sus intereses, su creciente autonomía se conviritó en un problema y hubo que acordar una manera de monopolizar nuevamente el poder político.

Aunque los resultados electorales de 2018 apuntaban a la formación de un bloque hegemónico alrededor de Iván Duque, cuya victoria fue posible por la coalición de las fuerzas políticas tradicionales en contra de la articulación de demandas populares representada por Gustavo Petro, hoy el uribismo aparece como una fuerza en declive –con divisiones internas que se profundizan a medida que Uribe resta popularidad y suma rechazo en las encuestas–, mientras repunta como posible nodo articulador de los intereses de las clases dominantes el denominado “centro”.

Los avatares del centro político

Como acaba de mostrarse, las élites colombianas han sido más liberales que demócratas, pero la mayoría del tiempo la dominación de clase, descontando el filofascismo de un Laureano Gómez, ha adoptado una posición de centro. De hecho, la política en Colombia prácticamente no ha presentado experiencias radicales de izquierda ni de derecha: las reivindicaciones de las guerrillas, vistas por muchos como lo más radical, eran de cuño socialdemócrata. La única razón por la que nunca se formó una identidad política de centro, es porque no fue necesaria. En el contínuo izquierda-derecha, ése fue de facto y sin necesidad de proclamarlo el cómodo lugar de los dos partidos tradicionales, liberal y conservador, hasta su declive. La reivindicación del centro político se produce con ocasión de un fenómeno inédito en la historia reciente: la “polarización” posterior al Acuerdo de paz.

El cierre del prolongado conflicto armado motivó la emergencia de aquellas demandas proscritas del ámbito público-político tanto por la guerra, que exterminó la posibilidad del debate político, como por el predominio del centrismo entre las fuerzas políticas gobernantes. Entre 2012 y 2016, de la mano con el inusitado auge de las protestas y movimientos sociales, en la agenda pública se posicionaron una serie de demandas nunca resueltas que están en la raíz de los recurrentes ciclos de violencia: detener el despojo violento de la tierra y redistribuir su propiedad; resolver la pobreza y la desigualdad social extremas; acabar con la exclusión política vía genocidio; verdad, justicia, reparación y no repetición de los crímenes en el marco de la guerra, entre otras. En últimas, es este conjunto de demandas reprimidas por el conflicto las que se perciben, principalmente por sectores de derecha y de centro, como causantes de la “polarización”.

Para las elecciones presidenciales de 2018, el abanderado de muchas de estas demandas fue el candidato Gustavo Petro, no como una estrategia conciente sino por el hecho de que, ante la coalición del Polo Democrático con Sergio Fajardo y su fórmula, Claudia López, que se reclamaron como el centro, no hubo otra opción que las representara. De hecho, una de las tácticas de campaña del centro consistió en hacer equivalente a Petro con la derecha uribista de Iván Duque: ambos representaban los males de la “polarización”, que no solo impedía avanzar al país sino que amenazaba con destruirlo. Aunque inicialmente Fajardo y López erigieron una frontera discursiva con el uribismo, principalmente mediante la denuncia de la corrupción, con el tiempo se concentraron en combatir a Petro, quizás creyendo que allí estaba el electorado en disputa, afirmando que solo Fajardo podría ganarle al uribismo en segunda vuelta.

Los resultados indirectos o no buscados de esa táctica electoral fueron desastrosos. Tanto la etiqueta de cuño uribista “castrochavismo” como el rechazo de la “polarización” terminaron por estigmatizar y desplazar paulatinamente de la agenda pública las demandas sociales irresueltas y aplazadas por décadas de guerra. Pero, sobre todo, al expulsar de la agenda pública esas demandas, se frustran las expectativas creadas en amplios sectores populares por el Acuerdo, se erosiona su legitimidad y se crea un marco discursivo propicio para que se instale en la agenda una paz minimalista, que ni siquiera satisface lo acordado en la mesa de negociaciones y que mucho menos tocará mediante potenciales reformas los privilegios de las clases dominantes. En fin, el clima ideológico creado, un reencauche de la doctrina contrainsurgente del “enemigo interno” propia de la Guerra Fría, ha legitimado indirectamente el genocidio político, que ya deja más de mil líderes sociales y desmovilizados asesinados.

El resultado electoral tampoco fue el esperado: al erigir a Petro como la mayor amenaza para el país, en lugar de atraerse el potencial electorado de izquierda, el centro terminó por empujar parte de su propio electorado hacia el uribismo: muchos votantes de centro-derecha prefirieron la mano dura conocida del uribismo para conjurar esa gran amenaza a la desconocida del centro, tanto en primera como en segunda vuelta. A corto plazo la construcción de una identidad política de centro aparecía truncada debido a la imposibilidad de darle un contenido positivo, un proyecto, que trascendiera el antagonismo con Petro.

La crisis endémica de la izquierda

Sin embargo, las elecciones regionales y locales en 2019, en particular a la Alcaldía de Bogotá, mostrarían que el centro estaba en mejor posición para “acumular” capital político que la izquierda. El Polo Democrático, dominado internamente por el Moir, persistió en su alianza con el centro y, por tanto, cerró la posibilidad de coalición con otros sectores de izquierda. La plataforma con que Petro participó como candidato presidencial, Colombia Humana (CH), no alcanzó a consolidarse cuando se fragmentó en plena campaña, incluso aunque consiguió un importante número de cargos tanto en la Capital como en algunas otras regiones. Aunque el detonante de tal fragmentación fueron las denuncias por violencia intrafamiliar contra el candidato a la Alcaldía, Hollman Morris, ese es apenas el desenlace de problemas más profundos.

CH no pudo en esa coyuntura, y no ha podido, crearse una identidad como colectivo y organización política, que trascienda el carácter de plataforma electoral de Petro, a pesar de haber trabajado en un completo y alternativo programa de gobierno. En varios momentos se ha planteado en su interior una discusión sobre la forma organizativa, pero el problema no ha sido resuelto más allá del rechazo a formas tradicionales de organización como el partido. En consecuencia, su funcionamiento reproduce el caudillismo y el personalismo que, incluso a pesar de sí mismo, le ha impreso Petro. Si existiera alguna estructura organizativa, estaría basada en las redes de activistas y/o clientelas nucleadas por alguna personalidad individual con reconocimiento, lo que dificulta el seguimiento de procedimientos institucionalizados y el alcance de consensos en torno a decisiones colectivas, como la elección de candidatos o el rendimiento de cuentas.

La fragmentación se empezó a producir precisamente en torno a la elección de una candidatura a la Alcaldía de Bogotá. Debido a la carencia de personería jurídica, CH hizo coaliciones con el movimiento MAIS, entre otros, para las elecciones de 2018. A fines de ese año, Hollman Morris obtuvo el aval de dicho movimiento como candidato a la Alcaldía. Fue una decisión inconsulta en el interior de CH que levantó resquemores en otras personalidades, a lo que se adicionaron las denuncias en su contra por maltrato intrafamiliar en el marco de su divorcio, denuncias que no fueron procesadas internamente porque no existía en ese momento una instancia, como un comité de ética, que lo hiciera. Desde ese momento hasta fines de julio de 2019, cuando finalmente es elegido como candidato de CH, el movimiento se debate internamente por la elección de un candidato.

Durante todo ese tiempo Petro, líder “natural” de la colectividad, osciló indeciso entre dos actitudes: dejar que el propio movimiento escogiera un candidato pero, simultáneamente, establecer contactos con personalidades como el exministro Alejandro Gaviria y la misma Claudia López, candidata del centro. En marzo de ese año, en el marco de la asamblea distrital, Jorge Rojas, quien había obtenido el aval de la UP, no consigue proclamarse como candidato de CH, según afirmó, porque Ángela María Robledo lo impidió*. Para ese entonces había un descontento con el apoyo que una parte del movimiento le brindaba a Morris, sobre todo entre uno de los sectores feministas que lo componen liderado por Robledo. Pero ese sector no apoyó una candidatura de CH porque paralelamente también buscaba un acuerdo con Claudia López

La estructura organizativa de CH ni siquiera permitió una negociación ordenada con López pues, como Jorge Rojas comenta en la entrevista citada, había tres negociaciones al mismo tiempo: una de Petro, otra de Ángela María Robledo, ambas a puerta cerrada, y una más que derivó en un apoyo abierto de Rojas a la coalición de sectores alternativos en torno a la candidatura de López. El acuerdo programático no se consiguió, primero, por diferencias fundamentales en torno al modelo de ciudad, cuya manzana de la discordia fue la persistencia de López en continuar el proyecto de metro elevado del alcalde saliente Enrique Peñalosa, y segundo, porque la misma López lo obstruyó al proclamar, en el acto de inscripción de su campaña, la candidatura presidencial de Sergio Fajardo, que no fue consultada con ninguno de los integrantes de la inicial coalición a la Alcaldía.

La asamblea distrital había facultado a Petro y a Robledo para establecer coaliciones electorales, razón por la cual, incluso tras el portazo en la cara dado por López, la posibilidad de un acuerdo programático no se cerró. A fines de julio, Petro escogió finalmente a Morris como candidato de CH, no tanto porque fuese el candidato de su predilección sino para tener con qué hacer presión a la hora de negociar un acuerdo con López. No obstante, la manera como se lo invistió de candidato, a dedo en lugar de mediante una asamblea, le restó legitimidad. De cualquier forma, el lance fue infructuoso debido a la fragmentación del movimiento, pues en los meses siguientes Robledo consiguió un acuerdo, ya no en nombre de CH sino del sector particular que ella lidera, para apoyar a López. En suma, el funcionamiento basado en personalidades individuales no le permitió a CH hacer frente a la campaña por la Alcaldía y terminó más fragmentada que al comienzo, comprometiendo así la posibilidad de articular una alternativa popular para las elecciones de 2022.

Lo que se cocina en Bogotá

La victoria en Bogotá ha tenido consecuencias insospechadas para la política nacional: el centro, en cabeza de la Alcaldesa Claudia López, se ha proyectado como el potencial nodo articulador de un bloque hegemónico favorable a los intereses de las clases dominantes tras el lento declive del uribismo. En campaña, López no propuso en rigor un proyecto alternativo de ciudad. La retórica de centro, basada en el rechazo a la “polarización” se ofreció como una estrategia “apolítica” de hacer política enfatizando en los aspectos técnicos y de gestión sin tocar el modelo de ciudad neoliberal que se ha impuesto en las últimas décadas.

El triunfo se explica por la confianza que suscitó la personalidad “alternativa” de Claudia López en comparación con los otros dos candidatos opcionados: Carlos Fernando Galán y Miguel Uribe Turbay, ambos de la entraña de la oligarquía y la clase política tradicional. Pero sobre todo por su capacidad para articular, por la vía de la cooptación clientelar como se ha visto a la postre, los más disímiles sectores políticos, desde personalidades en otro tiempo afines al uribismo hasta parte de la izquierda, pasando por políticos reencauchados de la clase política tradicional. En efecto, la posición de centro le permitió a López capitalizar el respaldo de una parte importante de la clase dominante, que no quiso o no pudo articularse en torno a uno de los candidatos tradicionales, pero también de una parte de los sectores “alternativos”, que inicialmente abrazaron su propuesta como “la menos peor”.

La renuencia a revisar el proyecto del metro elevado, aún cuando se encuentra en una fase inferior al metro subterráneo que dejó diseñado la alcaldía de Petro y no ofrece los mismos beneficios pero sí costos superiores, así como la decisión de implementar obras nocivas e impopulares como la troncal de Transmilenio por la Avenida 68, muestran claramente que López ha procurado ganarse la confianza de los agentes políticos y económicos con intereses en ese tipo de grandes proyectos, con un capital político y mediático capaz de incidir en su gobernabilidad, como demostraron boicoteando políticas clave en la administración Petro.

Por su parte, para los sectores de la clase dominante que manejan directa o indirectamente los grandes negocios en la Capital, el liderazgo de López es fundamental porque les permite desarrollar su agenda y salvaguardar sus intereses, lo que haría cualquiera de los candidatos tradicionales, pero además les brinda una mayor gobernabilidad al haber cooptado y dividido parte de la izquierda y a los llamados sectores alternativos, es decir, a sus potenciales críticos. La crítica de la “mermelada”, las gabelas clientelistas que tradicionalmente prodigan los gobiernos a cambio del apoyo electoral, pasó a segundo plano frente a la necesidad de garantizar esa gobernabilidad y los distintos sectores que apoyaron a López han recibido sus compensaciones en cargos y contratos, en lo que constituye la reactivación de una estrategia característica del Frente Nacional para desactivar el descontento y el debate ideológico.

La virtual ausencia de crítica por parte de los sectores cooptados frente a hechos que en otras circunstancias se rechazarían al unísono como la represión policial, de la que la alcaldesa López ha usado y abusado en los meses que lleva su administración, es un ejemplo notorio de este fenómeno, pero no el único. Los dobles raseros a la hora de evaluar las medidas para atender la emergencia provocada por la pandemia, criticando por ejemplo los $3.000 millones que invirtió Duque para publicidad en redes sociales pero, al mismo tiempo, guardando silencio frente a los $6.000 millones que invirtió López en contratos con los grandes medios de comunicación para hacer “pedagogía”, han estado a la orden del día.

La crisis ha sido el escenario para confirmar a Claudia López como la líder del centro, incluso llegando a postularla como eventual candidata presidencial. Frente a un presidente que ha aprovechado la coyuntura para beneficiar hasta el descaro los grandes capitales financieros y privilegiado los intereses de los ricos, se ha erigido en una aparente alternativa. Sin embargo, las políticas de la Alcaldesa en medio de la emergencia no se alejan sustancialmente del enfoque neoliberal que implementa el gobierno nacional, basado en subsidios, créditos y otras políticas focalizadas, y conservando como eje del sistema de salud a las EPS, entre otras cosas. López y Duque no son, por consiguiente, antagonistas respecto a la forma de atender la emergencia. López, empero, está mejor posicionada porque puede descargar la responsabilidad en Duque, quien fija el marco general de las políticas. Más que nada, la articulación con parte de la clase dominante, en particular con gran influencia en los medios masivos de comunicación, la han ubicado en ese lugar de liderazgo.

¿Hacia una nueva hegemonía?

El fenómeno Petro en 2018 parece haber sido un llamado de atención: al menos potencialmente, las demandas reprimidas de los sectores sociales excluídos que están en el origen de la violencia cíclica podrían articularse políticamente. Fue un llamado de atención para las clases dominantes, que no dudaron en rodear al candidato presidencial del uribismo y que ante su declive no dudarán en apoyar cualquier otra alternativa a lo que representó Petro, pero también lo fue para los sectores “alternativos” y para una parte de la izquierda renuente a emprender transformaciones políticas de algún calado, esto es, que necesariamente producirán “polarización”, o recelosas del caudillismo y del personalismo que perciben en Petro.

El triunfo de Claudia López en Bogotá ha empezado a dotar la identidad política de “centro” de un contenido positivo, más allá del “antipetrismo” que definió sus fronteras discursivas en la campaña de 2018. Por su parte, Petro continúa siendo la figura de la izquierda con mayor capital político, pero no con el suficiente para imponerse como alternativa. Así pues, existe una relación de suma cero entre la apuesta del centro y la de los sectores representados por Petro. A menos de que éstos se vuelquen a movilizar la población tradicionalmente apática y abstencionista por distintas razones, se empeñen en construir un sujeto político popular, lo que haría necesaria la consolidción de una apuesta organizativa como CH, tendrá que disputar con el centro una franja de apoyos y bases sociales con miras a los comicios de 2022.

Paradójicamente, los críticos del caudillismo de Petro no han tenido otra alternativa que construir otro liderazgo personalista para hacerle contrapeso: Claudia López se presenta hoy como la líder del centro, incluso relegando personalidades como Sergio Fajardo. El problema radicará en resolver si el capital político acumulado por López es finalmente transferible hacia una identidad colectiva, el centro, o si es personal e intransferible. En éste último caso, no habría que descartar que López opte por un curso de acción igual al de uno de sus mentores, Antanas Mockus, quien renunció en 1997 a la Alcaldía para presentarse a las elecciones presidenciales. Pero sea cual sea la opción del centro, tendría en su favor el interés de las clases dominantes de refrenar la “polarización”: las demandas sociales que emergieron tras el Acuerdo de paz, para alcanzar una paz minimalista que deje intactos sus privilegios, y que tiene en la administración de López en Bogotá una experiencia para replicar a nivel nacional.

 

* Ver: ‘Creo que hay déficit de democracia en Colombia Humana’: Jorge Rojas” https://www.eltiempo.com/politica/partidos-politicos/jorge-rojas-habla-de-la-relacion-de-gustavo-petro-y-claudia-lopez-400310

 

 

 

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Publicado enEdición Nº268
Sábado, 30 Mayo 2020 11:03

La crisis apenas comienza

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Una de las expresiones más claras de la crisis asociada al covid-19 es la agudización del proceso de pérdida de empleos. Esta es la manifestación más evidente de una crisis profunda de la economía colombiana.

Como se observa en la figura 1, durante los últimos 20 años el máximo nivel de ocupación se presentó en el 2018 con 23 millones de personas. A partir de entonces el empleo ha tendido hacia la baja.

 

 

Antes del coronavirus la ocupación se estaba reduciendo porque ya se sentía el impacto de la caída del precio del petróleo. El fin de la bonanza afectó de manera negativa la actividad económica porque el país cometió el error de depender, de manera excesiva, de los productos primarios. Durante los años de altos precios de los hidrocarburos, en lugar de superávit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, las importaciones aumentaron más que las exportaciones, y se debilitó la industria y la agricultura doméstica El país se convirtió en un gigantesco sanandresito.

Este panorama ha empeorado con la pandemia, y el empleo se redujo de manera significativa en marzo, cuando la ocupación llegó a 20,5 millones. Solamente entre febrero y marzo de este año se perdieron 1,5 millones de empleos. La situación hoy es más difícil porque en el momento en el que se realizó la última Encuesta de Hogares, aún no se sentía todo el peso de la pandemia y del aislamiento. No hay duda, el empleo continuará disminuyendo.

Algunos sectores económicos han sido especialmente perjudicados, como el turismo, el transporte, el comercio, los restaurantes, las ventas ambulantes… Y se han afectado, en especial, las pequeñas y medianas empresas. Las actividades informales han recibido un golpe muy duro. Además, la llamada clase media también ha sentido las consecuencias perversas de la menor actividad económica.

Y por el lado positivo, se ha puesto en evidencia la relevancia de la agricultura y, en general, de la demanda interna. A pesar de todas las dificultades, la oferta de alimentos ha sido suficiente. Este hecho muestra la importancia estratégica que tiene el sector agropecuario, y obliga a poner en práctica estrategias que lleven a la sustitución de importaciones. Es inaceptable que el país esté importando anualmente, por ejemplo, 7 millones de toneladas de maíz.

El coronavirus ha mostrado otras debilidades estructurales de la economía colombiana, como las diversas expresiones de la desigualdad. Las diferencias regionales son significativas. Y un buen ejemplo es el Amazonas. Las personas más vulnerables han sentido la enfermedad de manera especialmente intensa.

Además del desempleo y de la caída del ingreso, los pobres están más expuestos a la enfermedad. Entre otras razones, porque no pueden aislarse. Únicamente los hogares privilegiados –que tienen la posibilidad de trabajar desde la casa, o que cuentan con ingresos estables– están en capacidad de guardar las condiciones estrictas de la cuarentena. La mayoría de las familias tienen que salir a la calle para poder conseguir un ingreso mínimo.

Las consecuencias

La disminución del empleo tiene como causa inmediata el aislamiento, y las dificultades ocasionadas por la pandemia. Pero pone en evidencia problemas estructurales de la economía nacional. En el panorama internacional no todos los desempleos son iguales. Cada uno tiene su propia naturaleza, y el del país es muy diferente al de Estados Unidos, Canadá, o Europa.

La tasa de desempleo no capta la profundidad del problema
Se considera como desempleada a la persona que durante el último mes buscó trabajo y no lo encontró. Quienes están sin trabajo, y que no trataron de emplearse el último mes son inactivos y, por consiguiente, no son desempleados.

A pesar de las dificultades que se presentan con las estadísticas, la tasa de desempleo se ha agudizado en los últimos 3 meses, y osciló alrededor del 12-13 por ciento.

El desempleo todavía no es tan alto como el que se presentó en el 2001. A comienzos del siglo la economía estaba resquebrajada por la recesión de 1999. La crisis actual todavía no ha alcanzado la profundidad de la anterior, pero todo indica que la situación se agravará, y que la recesión será de mayor intensidad. Las gráficas apenas reflejan el comienzo de la crisis.

El ingreso está cayendo y la pobreza se intensificará
El ingreso de los hogares está disminuyendo, y es muy probable que la incidencia de la pobreza se acentúe. Las estadísticas de los dos últimos años ya mostraban un ligero aumento de la pobreza en el país. Esta tendencia al alza se observaba incluso en Bogotá, ciudad caracterizada por tener niveles de pobreza relativamente bajos. La caída de la ocupación y del ingreso agravará las difíciles condiciones de vida de las personas más vulnerables.

En Colombia la línea de pobreza está alrededor de 270 mil pesos mes persona, así que una familia de 4 necesitaría un ingreso de un millón de pesos mes para superar la línea de pobreza.

Los precios de los alimentos están subiendo
Los precios de los alimentos suben por dos razones. Primera, porque el país está importando un volumen considerable. Durante los años de las bonanzas de petróleo y carbón, en lugar de consolidar el sector agropecuario se aumentaron las importaciones de alimentos básicos, que pasaron de 1 millón a 14 millones de toneladas año. Y, segundo, por la devaluación sufrida por el peso, lo que incrementa el costo de los bienes importados.

Para los trabajadores es muy perjudicial la conjunción de desempleo, caída del ingreso y aumento del precio de los alimentos.

Las alternativas

Entre las medidas implementadas resaltan:

Focalización urgente para evitar el hambre
Se deben acentuar los programas de focalización, dirigidos a la población más vulnerable. Se han hecho explícitas las limitaciones de las bases de datos. Los registros administrativos tienen problemas, que dificultan la ubicación de las personas que podrían ser beneficiarias. La información debe mejorar, y lo más adecuado sería contar con una declaración de renta universal. Todos los colombianos tendríamos que declarar renta, unos para recibir subsidios y otros para pagar impuestos.

Las transferencias actuales se deberían mantener, pero los montos tendrían que ser más altos. El Gobierno todavía insiste en la lógica de la “austeridad fiscal”, en un momento en el que ya no es posible. Los principales programas de transferencia de recursos son: Familias en Acción, Jóvenes en Acción, Adulto Mayor. Y, recientemente, entre otros, Ingreso Solidario, y la devolución del IVA (ambos del nivel nacional), a nivel local, para un ejemplo, Bogotá Solidaria. Estas transferencias son muy insuficientes. Antes de la pandemia, los hogares completaban estos recursos con su trabajo, especialmente en actividades informales.

En la segunda semana de mayo se anunció un subsidio a los trabajadores del 40 por ciento del salario mínimo, que también es pequeño. En Canadá, el gobierno está reconociéndole a las empresas el 75 por ciento del valor de la nómina.

Vale la pena insistir en la conveniencia de avanzar hacia un ingreso básico universal, incondicional, y suficiente para resolver las necesidades básicas.

Medidas tributarias urgentes
Así como lo hizo Uribe para financiar la guerra, podría decretarse un impuesto de emergencia, por pagar por los más ricos. También deberían eliminarse las exenciones que aprobadas en la reforma tributaria de diciembre, que la llamaron “ley de crecimiento”.

Preparar grandes proyectos de inversión en obra pública
La reactivación tiene que estar basada en grandes proyectos de inversión pública. Y para ello se requiere que haya políticas expansivas más agresivas. El Banco de la República y el Gobierno se niegan a ampliar la emisión, y la liquidez que le han entregado a la economía ha sido a través del sistema financiero, con mecanismos que buscan proteger la ganancia de los bancos. El Estado colombiano apenas está destinando el 4 por ciento del PIB para atender las necesidades de la pandemia. En Perú es el 12 por ciento, y en Chile el 10. El Ministro de Hacienda todavía no ha entendido que la situación actual es alarmante y dramática.

Modificar la estructura de las exportaciones colombianas
El país no puede seguir dependiendo de las exportaciones de petróleo e hidrocarburos. Aún durante los años de las bonanzas, las importaciones fueron mayores a las exportaciones. Los tratados de libre comercio firmados por Colombia consolidaron una apertura “hacia adentro”. Es decir, y en contra de lo argumentado, aceleraron las importaciones, y aumentaron la dependencia externa. Es el momento de consolidar la producción agropecuaria e industrial de origen nacional.

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18 de mayo de 2020

 

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Publicado enEdición Nº268
Jueves, 28 Mayo 2020 09:16

La crisis apenas comienza

https://www.flickr.com/photos/prachatai/

Una de las expresiones más claras de la crisis asociada al covid-19 es la agudización del proceso de pérdida de empleos. Esta es la manifestación más evidente de una crisis profunda de la economía colombiana.

Como se observa en la figura 1, durante los últimos 20 años el máximo nivel de ocupación se presentó en el 2018 con 23 millones de personas. A partir de entonces el empleo ha tendido hacia la baja.

 

 

Antes del coronavirus la ocupación se estaba reduciendo porque ya se sentía el impacto de la caída del precio del petróleo. El fin de la bonanza afectó de manera negativa la actividad económica porque el país cometió el error de depender, de manera excesiva, de los productos primarios. Durante los años de altos precios de los hidrocarburos, en lugar de superávit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, las importaciones aumentaron más que las exportaciones, y se debilitó la industria y la agricultura doméstica El país se convirtió en un gigantesco sanandresito.

Este panorama ha empeorado con la pandemia, y el empleo se redujo de manera significativa en marzo, cuando la ocupación llegó a 20,5 millones. Solamente entre febrero y marzo de este año se perdieron 1,5 millones de empleos. La situación hoy es más difícil porque en el momento en el que se realizó la última Encuesta de Hogares, aún no se sentía todo el peso de la pandemia y del aislamiento. No hay duda, el empleo continuará disminuyendo.

Algunos sectores económicos han sido especialmente perjudicados, como el turismo, el transporte, el comercio, los restaurantes, las ventas ambulantes… Y se han afectado, en especial, las pequeñas y medianas empresas. Las actividades informales han recibido un golpe muy duro. Además, la llamada clase media también ha sentido las consecuencias perversas de la menor actividad económica.

Y por el lado positivo, se ha puesto en evidencia la relevancia de la agricultura y, en general, de la demanda interna. A pesar de todas las dificultades, la oferta de alimentos ha sido suficiente. Este hecho muestra la importancia estratégica que tiene el sector agropecuario, y obliga a poner en práctica estrategias que lleven a la sustitución de importaciones. Es inaceptable que el país esté importando anualmente, por ejemplo, 7 millones de toneladas de maíz.

El coronavirus ha mostrado otras debilidades estructurales de la economía colombiana, como las diversas expresiones de la desigualdad. Las diferencias regionales son significativas. Y un buen ejemplo es el Amazonas. Las personas más vulnerables han sentido la enfermedad de manera especialmente intensa.

Además del desempleo y de la caída del ingreso, los pobres están más expuestos a la enfermedad. Entre otras razones, porque no pueden aislarse. Únicamente los hogares privilegiados –que tienen la posibilidad de trabajar desde la casa, o que cuentan con ingresos estables– están en capacidad de guardar las condiciones estrictas de la cuarentena. La mayoría de las familias tienen que salir a la calle para poder conseguir un ingreso mínimo.

Las consecuencias

La disminución del empleo tiene como causa inmediata el aislamiento, y las dificultades ocasionadas por la pandemia. Pero pone en evidencia problemas estructurales de la economía nacional. En el panorama internacional no todos los desempleos son iguales. Cada uno tiene su propia naturaleza, y el del país es muy diferente al de Estados Unidos, Canadá, o Europa.

La tasa de desempleo no capta la profundidad del problema
Se considera como desempleada a la persona que durante el último mes buscó trabajo y no lo encontró. Quienes están sin trabajo, y que no trataron de emplearse el último mes son inactivos y, por consiguiente, no son desempleados.

A pesar de las dificultades que se presentan con las estadísticas, la tasa de desempleo se ha agudizado en los últimos 3 meses, y osciló alrededor del 12-13 por ciento.

El desempleo todavía no es tan alto como el que se presentó en el 2001. A comienzos del siglo la economía estaba resquebrajada por la recesión de 1999. La crisis actual todavía no ha alcanzado la profundidad de la anterior, pero todo indica que la situación se agravará, y que la recesión será de mayor intensidad. Las gráficas apenas reflejan el comienzo de la crisis.

El ingreso está cayendo y la pobreza se intensificará
El ingreso de los hogares está disminuyendo, y es muy probable que la incidencia de la pobreza se acentúe. Las estadísticas de los dos últimos años ya mostraban un ligero aumento de la pobreza en el país. Esta tendencia al alza se observaba incluso en Bogotá, ciudad caracterizada por tener niveles de pobreza relativamente bajos. La caída de la ocupación y del ingreso agravará las difíciles condiciones de vida de las personas más vulnerables.

En Colombia la línea de pobreza está alrededor de 270 mil pesos mes persona, así que una familia de 4 necesitaría un ingreso de un millón de pesos mes para superar la línea de pobreza.

Los precios de los alimentos están subiendo
Los precios de los alimentos suben por dos razones. Primera, porque el país está importando un volumen considerable. Durante los años de las bonanzas de petróleo y carbón, en lugar de consolidar el sector agropecuario se aumentaron las importaciones de alimentos básicos, que pasaron de 1 millón a 14 millones de toneladas año. Y, segundo, por la devaluación sufrida por el peso, lo que incrementa el costo de los bienes importados.

Para los trabajadores es muy perjudicial la conjunción de desempleo, caída del ingreso y aumento del precio de los alimentos.

Las alternativas

Entre las medidas implementadas resaltan:

Focalización urgente para evitar el hambre
Se deben acentuar los programas de focalización, dirigidos a la población más vulnerable. Se han hecho explícitas las limitaciones de las bases de datos. Los registros administrativos tienen problemas, que dificultan la ubicación de las personas que podrían ser beneficiarias. La información debe mejorar, y lo más adecuado sería contar con una declaración de renta universal. Todos los colombianos tendríamos que declarar renta, unos para recibir subsidios y otros para pagar impuestos.

Las transferencias actuales se deberían mantener, pero los montos tendrían que ser más altos. El Gobierno todavía insiste en la lógica de la “austeridad fiscal”, en un momento en el que ya no es posible. Los principales programas de transferencia de recursos son: Familias en Acción, Jóvenes en Acción, Adulto Mayor. Y, recientemente, entre otros, Ingreso Solidario, y la devolución del IVA (ambos del nivel nacional), a nivel local, para un ejemplo, Bogotá Solidaria. Estas transferencias son muy insuficientes. Antes de la pandemia, los hogares completaban estos recursos con su trabajo, especialmente en actividades informales.

En la segunda semana de mayo se anunció un subsidio a los trabajadores del 40 por ciento del salario mínimo, que también es pequeño. En Canadá, el gobierno está reconociéndole a las empresas el 75 por ciento del valor de la nómina.

Vale la pena insistir en la conveniencia de avanzar hacia un ingreso básico universal, incondicional, y suficiente para resolver las necesidades básicas.

Medidas tributarias urgentes
Así como lo hizo Uribe para financiar la guerra, podría decretarse un impuesto de emergencia, por pagar por los más ricos. También deberían eliminarse las exenciones que aprobadas en la reforma tributaria de diciembre, que la llamaron “ley de crecimiento”.

Preparar grandes proyectos de inversión en obra pública
La reactivación tiene que estar basada en grandes proyectos de inversión pública. Y para ello se requiere que haya políticas expansivas más agresivas. El Banco de la República y el Gobierno se niegan a ampliar la emisión, y la liquidez que le han entregado a la economía ha sido a través del sistema financiero, con mecanismos que buscan proteger la ganancia de los bancos. El Estado colombiano apenas está destinando el 4 por ciento del PIB para atender las necesidades de la pandemia. En Perú es el 12 por ciento, y en Chile el 10. El Ministro de Hacienda todavía no ha entendido que la situación actual es alarmante y dramática.

Modificar la estructura de las exportaciones colombianas
El país no puede seguir dependiendo de las exportaciones de petróleo e hidrocarburos. Aún durante los años de las bonanzas, las importaciones fueron mayores a las exportaciones. Los tratados de libre comercio firmados por Colombia consolidaron una apertura “hacia adentro”. Es decir, y en contra de lo argumentado, aceleraron las importaciones, y aumentaron la dependencia externa. Es el momento de consolidar la producción agropecuaria e industrial de origen nacional.

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18 de mayo de 2020

 

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