Viernes, 14 Junio 2019 08:37

Un capricho estadounidense

Walter Tello, detalle (Cortesía del autor)

Un Estado que, sin un motivo real, denuncia un acuerdo internacional de desarme que negoció durante largo tiempo, ¿puede luego amenazar con agresión militar a otro Estado signatario?, ¿puede ordenar a los otros países que lo sigan en sus posiciones caprichosas y belicosas porque de no hacerlo también ellos padecerán sanciones desmesuradas? Cuando se trata de Estados Unidos, la respuesta es “sí”.


De modo que es perfectamente inútil perder el tiempo estudiando las razones invocadas por la Casa Blanca para justificar su escalada contra Irán. Uno se imagina que John Bolton, consejero de Seguridad Nacional del presidente Donald Trump, y Michael Pompeo, secretario de Estado estadounidense, les encomendaron a los diplomáticos y a los servicios de informaciones de la gran potencia una misión que se podría reducir en la siguiente frase: “Busquen pretextos, nosotros nos encargamos de la guerra”.


Las estrategias de siempre


Bolton no carece ni de experiencia ni de perseverancia. En marzo de 2015, cuando su fanatismo a favor de la invasión a Irak disminuyó su influencia, publicó en The New York Times una columna titulada: “Para detener la bomba iraní hay que bombardear Irán”. Tras haber aseverado que Teherán jamás negociaría el fin de su programa nuclear, concluía: “Estados Unidos podría efectuar un trabajo cuidadoso de destrucción, pero sólo Israel puede hacer lo que sea necesario. […] El objetivo será el cambio de régimen en Teherán” (1).


Tres meses más tarde, un acuerdo nuclear con Irán era firmado por todas las grandes potencias, inclusive Estados Unidos. Según el Organismo Internacional de Energía Atómica, Teherán respeta escrupulosamente sus términos. Sin embargo, Bolton no da el brazo a torcer. En 2018, adelantándose a las posiciones provocadoras del gobierno israelí y de la monarquía saudita, se empeñaba más que nunca en su “cambio de régimen”: “La política oficial de Estados Unidos –escribía– debería ser el fin de la Revolución Islámica iraní antes de su 40 aniversario. Eso lavaría la vergüenza de haber tenido a nuestros diplomáticos retenidos como rehenes durante cuatrocientos cuarenta y cuatro días. Y esos antiguos rehenes podrían cortar la cinta en la inauguración de una nueva embajada en Teherán” (2). El actual presidente de Estados Unidos hizo campaña contra la política de los “cambios de régimen”, es decir, de las guerras de agresión estadounidenses. Por lo tanto, lo peor todavía no es seguro. Pero la paz ha de ser muy frágil si ha de depender de la capacidad de Trump para controlar a los consejeros rabiosos que él nombró. Al asfixiar económicamente a Irán con la ayuda de los capitales y de las grandes empresas occidentales (coercionadas y sometidas), Washington pretende que su embargo obligue a Teherán a capitular. En realidad, Bolton y Pompeo no ignoran que esa misma estratregia de guerra económica fracasó en Corea del Norte y en Cuba. Más bien cuentan con una reacción iraní que luego presentarán, triunfalmente, como una agresión que requiere una “réplica” estadounidense.


Intoxicaciones, falsificaciones, manipulaciones, provocaciones: después de Irak, Libia y Yemen, los neoconservadores ya eligieron a su presa.

 

1. John Bolton, “To stop Iran’s bomb, bomb Iran”, The New York Times, 26-3-15.
2. John Bolton, “Beyond the Iran nuclear deal”, The Wall Street Journal, Nueva York, 15-1-18.

 

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Víctor Goldstein

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El big data cambió la política (y el poder y la guerra) para siempre

A medida que ha evolucionado la globalización neoliberal en las últimas décadas, la industria de medios de comunicación se ha afianzado como un poder global tan preponderante (y a veces superior en su capacidad de influencia) como los Estados-nación.

Esta industria ya no actúa como un intermediario o interlocutor entre las distintas tendencias y fuerzas sociales que hacen vida en una sociedad determinada. Ni siquiera lo hace a nombre de los partidos políticos o instituciones clásicas de la democracia representativa contemporánea.

“Su poder, ahora mismo, reside en su capacidad para influir en el poder: el poder de los gobiernos, jueces y legisladores; el poder de la política; el poder de decisión de los ciudadanos”, resalta un artículo de Estefanía Avella y Omar Rincón en la revista Nueva Sociedad.

Ya en el siglo XVIII, los medios de comunicación eran catalogados como el “Cuarto Estado”, por su influencia cada vez más decisiva en los asuntos de gobierno en cierta condición de horizontalidad con los poderes clásicos de la democracia moderna: el poder legislativo, ejecutivo y judicial.

Tres siglos después, esta descripción adquiere un mayor grado de realismo, toda vez que los medios de comunicación pasan a ser un factor central en tiempos electorales y en la definición de las inclinaciones políticas y culturales de la sociedad global.

La industria de medios, de igual forma, no escapa de la concentración y centralización que actualmente vive el sistema capitalista como tendencia general.

Según el brazo comunicacional del Foro Económico de Davos, sólo nueve corporaciones privadas (en su mayoría estadounidenses) controlan el panorama de medios globales televisivos y digitales. Entre las corporaciones más resaltantes se encuentran News Corporation, Time Warner, Disney, Comcast, entre otras, que han copado casi a totalidad el tablero mediático.

La conclusión política de este fenómeno es tan obvia como preocupante: la capacidad de influencia del cartel mediático estadounidense es parcialmente incontenible por parte de las instituciones clásicas del Estado-nación y de la democracia contemporánea, logrando un enorme poder de penetración sobre las expectativas, inclinaciones políticas, gustos y comportamientos culturales de la sociedad global en su conjunto.

***

Pero sin lugar a dudas estamos en una nueva etapa de este fenómeno de mediatización de la vida política y social en general. Se le conoce como Big Data.

“Google es más poderoso de lo que la Iglesia nunca fue”, sentenció Julian Assange en alguna oportunidad. Quien hoy está sufriendo diversas torturas por las razones que todos sabemos, ampliaba esa hipótesis afirmando:

“¿Por qué es más poderoso (refiriéndose a Google)? Porque antaño no era tan fácil que el centro controlase a la periferia, puesto que en la Iglesia existía el Vaticano, pero también representantes locales. En Google todo está mediado por el centro de control, como si solo el Vaticano existiese, como si cada persona tuviese contacto directo con un solo confesionario”.

Las transformaciones científicas y tecnológicas en tiempos recientes que ha experimentado el capitalismo global, han hecho de la información un escenario de batalla estratégico donde se disputan desde intereses políticos locales, hasta grandes tendencias del tablero geopolítico actual.

Allí es donde entra el Big Data, la última gran tecnología de procesamiento de datos informáticos que está cambiando notablemente no sólo las capacidades para influir en el comportamiento político, sino en la filosofía (y aplicación) de la guerra moderna.

En una entrevista realizada por el medio The Clinic al experto en Big Data, Martín Hilbert, éste comentó sobre el uso de esta herramienta por parte de Donald Trump, a partir de la infraestructura de Facebook, Google y otras compañías.

Hilbert afirmó:

“Claro, esos son los datos que Trump usó. Teniendo entre 100 y 250 likes tuyos en Facebook, se puede predecir tu orientación sexual, tu origen étnico, tus opiniones religiosas y políticas, tu nivel de inteligencia y de felicidad, si usas drogas, si tus papás son separados o no. Con 150 likes, los algoritmos pueden predecir el resultado de tu test de personalidad mejor que tu pareja. Y con 250 likes, mejor que tú mismo. Este estudio lo hizo Kosinski en Cambridge, luego un empresario que tomó esto creó Cambridge Analytica y Trump contrató a Cambridge Analytica para la elección”.

Hillbert complementó argumentando que “usaron esa base de datos y esa metodología para crear los perfiles de cada ciudadano que puede votar. Casi 250 millones de perfiles. Obama, que también manipuló mucho a la ciudadanía, en 2012 tenía 16 millones de perfiles, pero acá estaban todos. En promedio, tú tienes unos 5000 puntos de datos de cada estadounidense. Una vez que clasificaron a cada individuo según esos datos, lo empezaron a atacar. Por ejemplo, en el tercer debate con Clinton, Trump planteó un argumento, ya no recuerdo sobre qué asunto. La cosa es que los algoritmos crearon 175 mil versiones de este mensaje –con variaciones en el color, en la imagen, en el subtítulo, en la explicación, etc.– y lo mandaron de manera personalizada”.

Por último, el experto comentó:

“Por ejemplo, si Trump dice estoy por el derecho a tener armas, algunos reciben esa frase con la imagen de un criminal que entra a una casa, porque es gente más miedosa, y otros que son más patriotas la reciben con la imagen de un tipo que va a cazar con su hijo. Es la misma frase de Trump y ahí tienes dos versiones, pero aquí crearon 175 mil. Claro, te lavan el cerebro. No tiene nada que ver con democracia (…) te dicen exactamente lo que quieres escuchar”.

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Por otro lado, esta tecnología también está cambiando las estructuras de la guerra moderna y su aplicación en el terreno. Como dato material tenemos el lanzamiento del proyecto Jedi (2018), con el cual el Ejército de los Estados Unidos plantea una nueva etapa de “guerra algorítmica”.

Este tipo de guerra consistiría en una sinergia entre datos informáticos en zonas de conflicto, inteligencia artificial militarizada y uso de drones y otros armamentos a distancia, para identificar objetivos y mejorar las operaciones terrestres y aéreas en países denominados “hostiles” a los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos.

El uso de la tecnología de datos abre paso a nuevos métodos de guerra y combate militar, donde la superioridad en el manejo de la información y el procesamiento de la misma puede cambiar los equilibrios de poder en la guerra del futuro.

Contrario a los parámetros clásicos de la guerra moderna, los combates del siglo XXI sustituyen los enfrentamientos abiertos por los ataques quirúrgicos, la ventaja técnica del armamento por el manejo informativo de la situación, y los bombardeos a gran escala por la guerra cibernética o digital que pueda socavar la estabilidad y el apresto del Estado víctima.

El uso de la tecnología de datos ha logrado combinar, como en ninguna otra etapa de la historia humana, las fronteras entre espionaje, política y guerra. Sobre ello el exfuncionario de la CIA y la NSA, Edward Snowden, afirmó que el gobierno de los Estados Unidos tiende a secuestrar y militarizar las innovaciones en el ámbito de las telecomunicaciones, aprovechándose del deseo humano natural de comunicarse y explotándolo para conseguir poder ilimitado.

Concretamente, Snowden afirmó: “Tomaron nuestra capacidad nuclear y la transformaron en el arma más horrible que el mundo había presenciado”, argumentando que en el siglo XXI se está observando la misma tendencia, pero con las ciencias de la computación: “Su alcance es ilimitado… ¡pero las medidas de su salvaguardia no! (…) Es a través del uso de nuevas plataformas y algoritmos (…) que pueden cambiar nuestro comportamiento. En algunos casos, son capaces de predecir nuestras decisiones, y también pueden empujarlas hacia diferentes resultados”, declaró Snowden.

También afirmó que “tienen cientos y cientos de páginas de jerga legal que no estamos calificados para leer y evaluar y, sin embargo, se consideran vinculantes para nosotros. Y ahora estas instituciones, que son tanto comerciales como gubernamentales, (…) lo han estructurado y afianzado hasta convertirlo en el medio de control social más efectivo en la historia de nuestra especie”.

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La relación entre los gigantes tecnológicos de Google, Facebook y Amazon con el gobierno de los Estados Unidos es simbiótica desde sus orígenes. Las sanciones recientes contra la empresa de telecomunicaciones china Huawei, y el acompañamiento a la retórica antirrusa luego de las elecciones de 2016, en las que resultó electo Donald Trump, así lo confirman.

Estas corporaciones tecnológicas concentradas forman parte del poder geopolítico estadounidense y están siendo empleadas para sostener la hegemonía (en etapa de crisis frente al ascenso de China y Rusia) del Imperio estadounidense.

Las consecuencias materiales del poder de estas corporaciones no sólo concluye en las labores de espionaje e inteligencia abusiva de la privacidad de los propios ciudadanos estadounidenses, bajo la narrativa de mejorar la “lucha contra el terrorismo”. Va mucho más allá.

En términos geopolíticos, este poder tecnológico se ha instrumentado para bloquear, en el marco de una ofensiva global de censura, el funcionamiento de medios alternativos, propiedad de “Estados rivales” como Rusia e Irán.

Recientemente, las plataformas de Facebook y Youtube censuraron a la estatal rusa Russia Today y las iraníes Press TV e Hispan TV, con el objetivo de reducir su audiencia y contrarrestar las narrativas antihegemónicas que han venido surgiendo en los últimos años desde centros geopolíticos enfrentados a Washington.

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Pero en lo que corresponde a operaciones políticas e informativas en tiempos electorales, estas grandes empresas también están transformando las herramientas de influencia, captación de votantes y penetración en el electorado, a los fines de solidificar determinadas inclinaciones políticas.

El caso más resaltante y actual de este nuevo fenómeno fue el uso de WhatsApp en la elección presidencial brasileña de 2018, que culminó con la victoria del derechista Jair Bolsonaro.

El signo de esta elección fue la desinformación, por un lado, y el uso del WhatsApp como una notable herramienta para remodelar el comportamiento político y electoral de la sociedad brasileña, por otro.

El medio The Conversation relató cómo funcionó la estrategia: “Usando WhatsApp, un servicio de mensajería propiedad de Facebook, los partidarios de Bolsonaro entregaron una avalancha de desinformación diaria directamente a los teléfonos de millones de brasileños”.

Esto fue desarrollado a tal punto que “incluían fotos ilustradas que retrataban a miembros del Partido de los Trabajadores que celebraban con el comunista Fidel Castro después de la Revolución Cubana, clips de audio manipulados para tergiversar las políticas de Haddad y verificaciones falsas que desacreditaban las auténticas noticias”.

“La estrategia de desinformación fue efectiva porque WhatsApp es una herramienta de comunicación esencial en Brasil, utilizada por 120 millones de sus 210 millones de ciudadanos. Dado que los mensajes de texto de WhatsApp son reenviados y reenviados por amigos y familiares, la información parece más creíble”, apuntó el medio.

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Sin embargo, el uso de estas nuevas estrategias no deben verse como hechos aislados. Corresponden al portafolio de operaciones políticas y de propaganda de nuevo tipo de la mediatizada derecha alternativa, capitaneada por el exasesor de Donald Trump, Steve Bannon.

Un artículo del británico The Guardian sobre las estrategias de Bannon, recalcó el uso de plataformas de Big Data como Cambridge Analytica para mejorar la penetración de determinadas ofertas electorales, el empleo de la desinformación para abrumar al adversario y la instrumentación de políticas de identidades audaces, acompañadas de un discurso polémico, disruptivo y de impugnación al orden.

A escala política, son diversas las lecciones que deben extraerse de estos nuevos fenómenos sociales y el uso político que las fuerzas de extrema derecha le han dado en época reciente.

Los canales de comunicación han abandonado los espacios tradicionales (televisión, radio, prensa, etc.) para abrir paso a nuevas tecnologías que ahora se introducen en el consumo masivo de jóvenes.

Siendo así, la estrategia para una comunicación nacional-popular, de orientación crítica y movilizadora, debe hacer un uso creativo de estas herramientas para contrarrestar el vaciamiento político que se propone desde la derecha.

La desconfianza en los medios tradicionales debe asumirse como una realidad. Y ante eso, es prioritario buscar en las nuevas tendencias culturales de la juventud, en sus exigencias y aspiraciones colectivas, los insumos para disputar el sentido común y los contenidos socioculturales e informativos que le dan forma.

Dejar estos espacios vacíos es un error estratégico.

(Tomado de Misión Verdad)

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Rusia lanza su ley de la soberanía del Internet: balcanización global de las redes

En la Cumbre Económica Internacional de San Petersburgo, el zar VladyPutin fustigó el veto de EU contra Huawei que catalogó de Primera Guerra Tecnológica de la Era Digital: “Nos preocupan las prácticas destructivas que afectan a los mercados tradicionales –energía, productos básicos, bienes de consumo– y que están virando hacia nuevos mercados en desarrollo”.


Putin fue puntual: Huawei no sólo está siendo desplazada, sino forzada sin contemplaciones a abandonar el mercado global.


Agregó que “el modelo actual de las relaciones económicas internacionales está en crisis hoy en día y que se trata de una ‘crisis integral’” ya que “EU está tratando de ‘imponer su poder legal’ en todo el planeta ”(https://bbc.in/2Ixsb5U)”.


Durante la visita del mandarín Xi a Moscú llamó la atención que Putin permitiera un acuerdo con la firma rusa de telecomunicaciones MTS para que Huawei desarrolle su tecnología 5G y su lanzamiento piloto de redes de la quinta generación en Rusia.


La rusófoba dupla anglosajona de EU y Gran Bretaña (GB), en la fase del Brexit/Trumpismo, repite la misma propaganda negra que le dio resultado durante la guerra fría mediante su trivial maniqueísmo: la dualidad ultrareduccionista de libertad/derechos humanos contra los antónimos abultados de autoritarismo/sofocación de libertades de sus contrincantes. Como si la libertad y los derechos humanos fueran radiantes y plenos en EU y GB…


Justin Sherman, del portal Wired, alega que Rusia e Irán planean fundamentalmente aislar al Internet: encabezan un nuevo nivel de fragmentación del Internet que amenaza la arquitectura de la red global (cables, servidores) y permite a los gobiernos controlar mayormente los flujos de información y someter las libertades, lo cual podría ser imitado con implicaciones geopolíticas (https://bit.ly/2wH1N40).


Irán anunció en mayo que su Red de Información Nacional –su Internet doméstico– está 80 por ciento completo, mientras que Rusia lanzó su ley de la soberanía del Internet, también doméstico, para defenderse de las amenazas a su ciberseguridad.


Justin Sherman arremete contra China que “ha apretado el control de su Internet y que pasó de su Proyecto de Escudo Dorado (Golden Shield Project), como vigilancia de la base de datos de carácter policiaco, y ahora ha pasado a un nivel más sofisticado como un Gran Cortafuegos (Great Firewall) que filtra los flujos de información que entran al país.


James Reston, feroz crítico de la ley de la soberanía del Internet de Rusia –que juzga en forma unidimensional como persecución de la disidencia y la oposición–, señala que el Kremlin desea invertir 50 mil millones de dólares o 17 por ciento del presupuesto federal anual de Rusia para crear un Internet soberano en los próximos cinco años con “20 mil 800 millones de dólares, específicamente dedicados al equipamiento que garantice la seguridad del segmento ruso del Internet (https://bit.ly/2Ze9Uku).


Rusia se dispone a crear un “Internet soberano (Financial Times; 01/05/19 y 04/06/19)” que constituye una red paralela manejada enteramente en los servidores rusosque permite a Moscú mantener la operación del Internet durante un discapacitante ciberataque foráneo.


En su diatriba, más que un extenso artículo de corte vulgarmente rusófobo, el globalista Financial Timesfustiga que la dependencia rusa en los sistemas foráneos sería ampliamente reducida, acelerando una balcanización global del Internet, donde la influencia de Occidente (sic) es fragmentada.


Refiere que en 2014,“Putin declaró al Internet como un proyecto de la CIA capaz de debilitar la soberanía de Rusia”.


Hace seis años, lo cual quizá tuvo mucho que ver con la destrucción de un Brasil soberano por el evangelismo sionista ( https://sptnkne.ws/kx7p ), los BRICS, hoy una agrupación alicaída, pregonaron la balcanización del Internet para contrarrestar el espionaje del NSA (National Security Agency; https://bit.ly/2XzedGE).


Ahora resulta que si los gobiernos no se dejan espiar por la dupla NSA/CIA, pues son vilipendiados por la prensa libre como autoritarios.


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Experimento en Japón: la fatiga del capitalismo

Hace dos días concluyó la reunión de ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales del Grupo de los 20 (G20). La reunión se llevó a cabo en Fukuoka, Japón, excelente localidad para ese tipo de reuniones. Después de todo, Japón podría ser catalogado como el mejor laboratorio para economías capitalistas avanzadas. Y si el experimento japonés, que ya dura unos 30 años, nos dice algo, es que la fatiga del capitalismo conduce al estancamiento.


Hace 30 años colapsó el mercado de bienes raíces en Japón. Los precios de casas, locales y terrenos habían estado aumentando de manera acelerada, pero a finales de la década de 1980 la burbuja reventó y la economía japonesa entró en crisis deflacionaria. A lo largo de los años 1990 se comenzó a hablar de la década perdida de ese país, pero la situación de estancamiento se ha mantenido durante tres décadas. Para tratar de revertir la situación, las autoridades japonesas han intentado todo, desde estímulos fiscales hasta política monetaria no convencional. De hecho, Japón fue el primer país en introducir la flexibilización cuantitativa en la política monetaria. A pesar que el primer ministro, Shinzo Abe, ha tratado de combinar políticas macroeconómicas de corte keynesiano con medidas típicas del neoliberalismo, el resultado ha sido el mismo y la economía japonesa se ha mantenido en estado letárgico.


Ya es casi un lugar común señalar que algo parecido ha comenzado a ocurrir en las economías capitalistas desarrolladas. El comunicado final de la reunión de ministros de finanzas en Fukuoka señala que los indicadores sugieren que hacia finales del año el crecimiento de la economía mundial podría estar estabilizándose. Los mercaderes de ilusiones que escriben estos comunicados son unos magos cuando se trata de recurrir a eufemismos. Estabilizar es una bonita palabra. Cuando se está saliendo de una crisis, estabilizarse puede ser una buena noticia. Pero esa palabra puede decir muchas otras cosas. Por ejemplo, en este contexto sería más apropiado interpretarla en sentido negativo: la expansión está frenándose y los nubarrones amenazan con desatar una recesión.


Las principales economías del G20 muestran claros síntomas de perder impulso. Por ejemplo, China ya tiene la tasa de crecimiento más baja (6.2 por ciento) de los últimos 10 años. La tendencia declinante del comercio internacional no es una buena señal para la economía del gigante asiático.


Alemania experimenta ya una caída en sus exportaciones, y en 2018 su tasa de crecimiento (1.5 por ciento) fue la más baja desde 2013. Para 2019 se pronostica una tasa de expansión de 0.6 por ciento. Definitivamente, el estancamiento económico se ha instalado en la economía más fuerte de la eurozona.


La economía de Estados Unidos mantiene una expansión positiva récord, que arrancó desde que se inició la recuperación en 2009. Pero los ciclos no duran para siempre y hoy se multiplican los síntomas de que ese periodo de expansión está a punto de concluir. Por cierto, si alguien menciona que la tasa de desempleo es baja (3.8 por ciento) hay que recordarle que ese indicador siempre ha mantenido un nivel muy bajo justo antes de que comience una recesión. La Reserva Federal ya dio marcha atrás en su programa de normalización de las tasas de interés para combatir la ralentización.


Las perspectivas de endurecimiento de la guerra comercial con China no ayudan a mejorar el panorama. La rivalidad por la hegemonía no se va a detener. La guerra de los aranceles con China no busca corregir un desequilibrio comercial. Washington (y no sólo Trump) quiere doblegar a su adversario y obligarlo a abandonar su estrategia de desarrollo industrial, científico y tecnológico. Eso no lo va a poder hacer, así que la guerra comercial promete recrudecerse. Eso va a perturbar gravemente la economía mundial.


Por cierto, uno de los rasgos característicos de las economías capitalistas desarrolladas es el envejecimiento de su población. Además de presentar un problema macroeconómico por el lado del financiamiento de la seguridad social, eso conlleva un lento crecimiento. Es difícil para una economía crecer rápidamente cuando su fuerza de trabajo se expande muy lentamente. En los años 1970 la fuerza de trabajo en Estados Unidos crecía a 2.6 por ciento, y hoy apenas alcanza 0.2 por ciento. Los flujos de migrantes son clave para mantener la tasa de crecimiento de las economías capitalistas avanzadas. En la medida en que hoy se arremete contra los flujos de migración, se está garantizando la ralentización de la economía mañana.


Después del frenesí de la globalización neoliberal, la economía capitalista mundial podría estar adentrándose en una trayectoria similar a la de Japón en los últimos tres decenios. Las consecuencias serán muy graves, pues significa que la promesa de que el capitalismo puede seguir mejorando el nivel de vida de las grandes masas no se va a materializar. El desencanto político de grandes segmentos de la población va a incrementarse.


Twitter: @anadaloficial

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Sábado, 08 Junio 2019 09:03

Cartografía geopolítica de Trump

Cartografía geopolítica de Trump
La reciente amenaza de Estados Unidos de imponer un arancel de 5 por ciento (que puede crecer cada mes hasta 25) a las exportaciones mexicanas es sólo la punta del iceberg de la política exterior de la administración Trump, que a diferencia de la de Obama (o lo que pudiera haber sido la de Hillary Clinton) no responde tanto a los intereses de Wall Street –sólo parcialmente a los del complejo industrial-militar– como a diferentes intereses políticos y comerciales, que impulsan guerras de nueva generación.
 

Ahora mismo, el foco de la política exterior estadunidense está puesto en la relación con China y el affaire Huawei. El veto al segundo mayor fabricante global de telefonía móvil bajo la excusa de la seguridad nacional ante un presunto espionaje nunca comprobado es similar a los decretos de Obama y Trump declarando a Venezuela peligro para la seguridad nacional de EU. Tras ese veto en primer lugar está la posición de avanzada que Huawei tiene en el desarrollo de la tecnología 5G, clave para la inteligencia arti­ficial y la robotización de la sociedad en un futuro cercano, y la determinación de que esta tecnología no sea suministrada a diversos países europeos; y en segundo lugar, un intento de impedir la posición de delantera sobre EU que China está tomando no sólo a escala comercial, sino también en el ámbito tecnológico, posición que puede ser aplicada en un futuro a las ciberguerras. Tampoco podemos olvidar que China tiene 55 por ciento de las reservas mundiales de tierras raras, fundamentales hoy para producir celulares o las baterías de los autos eléctricos, elementos químicos que podrían convertirse en piezas de ajedrez en la guerra de aranceles que libran EU y China.

El segundo foco de atención geopolítica está precisamente en Venezuela. No es casualidad que en el momento histórico (2013-16) en que se produjo una distensión de las relaciones con la revolución cubana, se declare a Venezuela peligro para la seguridad de EU. La teoría del enemigo externo implica pasar de Cuba a Venezuela para mantener un enemigo en este hemisferio. Si además ese enemigo es el país con las reservas petroleras más grandes del orbe, pues ya tenemos el juguete perfecto para entretener a los halcones del Pentágono experimentando operaciones de guerra híbrida.

El tercer vórtice geopolítico en la política exterior de EU lo podemos hallar en Irán, donde la designación el pasado abril de la Guardia Revolucionaria Islámica como organización terrorista es sólo la culminación de la escalada de posiciones de Irán como principal enemigo externo en Medio Oriente, y una excusa para seguir aplicando sanciones, al no poder demostrar que Irán haya violado el acuerdo nuclear. Al igual que en Venezuela, se busca ahogar la economía iraní actuando contra el petróleo y el sistema financiero. Además, Irán, de mayoría chiíta, es clave en la estabilidad de Medio Oriente y el golfo Pérsico, bien sea apoyando a Líbano como contrapeso a Israel, o a Yemen frente a la agresión, con apoyo estadunidense, de Arabia Saudita.

Otros ejes de la política exterior estadunidense son las contradictorias relaciones con Rusia, el apoyo a Israel para que continúe el genocidio sobre el pueblo palestino, y el diálogo iniciado con Kim Jong-un que busca una distensión en la península de Corea, donde se encuentran desplazados 28 mil 500 soldados estadunidenses. Pero sin duda China, Venezuela e Irán serán los tres principales ejes de la política exterior estadunidense el próximo año y medio hasta que en noviembre de 2020 se celebren las elecciones presidenciales en las que Trump aspirará a su segundo mandato.

Un Trump que, a pesar de su excentricidad, no ha abierto ningún frente de guerra nuevo, a diferencia de Obama, que según fue sentenciado por el New York Times, se convirtió en el único presidente en la historia de EU en ejercer su mandato de ocho años con el país en guerra continua. Incluso la guerra no convencional abierta contra Venezuela fue inaugurada, en esta última etapa, por la orden ejecutiva del propio Obama.

La política exterior estadunidense estará supeditada, por tanto, a las presidenciales 2020, donde el escenario más probable es una victoria de Trump, que sigue contando con más apoyo popular que el que tenía Obama en su tercer año de mandato, frente una opción demócrata que de momento no parece consolidarse.

Pasado el momento político de lo que el feminismo neoliberal de Hillary Clinton representa, parece aún temprano para que el socialismo de Bernie Sanders ceda el testigo al nuevo progresismo y la propuesta de New Green Deal que encabeza Alexandria Ocasio Cortez, nacida en el Bronx y de madre puertorriqueña, la nueva rock star de la política estadunidense. El proyecto de AOC, Rashida Tlaib, Ayanna Pressley o Ilhan Omar, ala progresista del Partido Demócrata, de un neokeynesianismo verde, basado en el impulso al sector público, fomento de las energías renovables, lucha contra el cambio climático y justicia social, está, valga el juego de palabras, demasiado verde para la política estadunidense. Quizás en 2024, con una hegemonía estadunidense en lo económico y militar en decadencia, sea su momento.

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Sábado, 08 Junio 2019 08:45

El nuevo Führer del siglo XXI

El nuevo Führer del siglo XXI
Varias parecen ser por ahora las similitudes entre el señor Donald Trump y Adolf Hitler, el lamentablemente célebre Führer de la Alemania nazi, que a mediados del siglo XX llevó al mundo a la mayor tragedia de la historia. En días pasados nuestro presidente, Andrés Manuel López Obrador, envió a este personaje una carta fuerte, a la vez que respetuosa, haciéndole ver con claridad la posición de nuestro país ante sus injustificables amenazas de castigar las ventas de productos mexicanos, supuestamente para crear más empleos en su nación, y consecuentemente reducirlos en el nuestro, sin comprender que ello significaría, de facto, el incremento de la migración hacia Estados Unidos. ¿Se trata de un mero teatro demagógico orientado a lograr su relección o en verdad considera que este tipo de estrategias son necesarias para continuar explotando a los países latinoamericanos, considerándolos sus cotos de caza?
 

En este sentido, la carta de López Obrador toma muy en serio las amenazas y provocaciones del mandatario yanqui contestándole con un lenguaje respetuoso, directo y firme, en el que le da como ejemplo a dos mandatarios de Estados Unidos a quienes el país vecino debe mucho de su grandeza y poderío económico. Cuando leí la carta pensé que más que un mensaje para el mandatario incapaz de comprenderlo, lo era para los círculos políticos estadunidenses, al mostrarles que su presidente desconoce la historia de su propio país y los riesgos a los que lo está llevando, con sus odios generalizados contra las naciones que en su opinión no merecen existir. Me siento desconcertado al percatarme de que esos círculos vean las amenazas directas de su presidente, como simples estrategias electorales para asegurar los votos que le permitan mantener el poder otros cuatro años, recordándome una actitud parecida a la que diversos políticos europeos manifestaban ante las declaraciones y acciones de aquel personaje siniestro, creyéndolo incapaz de cumplir sus amenazas.

Pero las semejanzas no se reducen a este altercado por la conducta de nuestro gobierno al rehusarse a obedecer sus órdenes, los juicios y actitudes del presidente gringo, reflejan de manera clara sus prejuicios y actitudes racistas contra la población no solo mexicana, sino de origen iberoamericano en general, y de otras regiones de la Tierra, mientras que sus mensajes homofóbicos incitan a la violencia a una parte de la población estadunidense en contra de otros grupos étnicos, tal como lo hizo Hitler hace 75 años ¿Cuánto tiempo habrá de pasar para que los supremacistas blancos de Estados Unidos comiencen a atacar a los mexicanos y centroamericanos residentes en Estados Unidos, de manera parecida a los actos cometidos contra los judíos por la población alemana y lossimpatizantes de los nazis en otros países de la Europa de aquellos tiempos. Me parece grave que un porcentaje importante de la población estadunidense educada y consiente, no se percate de la gravedad del peligro que amenaza a su propio país, y de paso a muchas otras naciones ante las posibilidades reales de un conflicto armado, conociendo la capacidad de destrucción de las armas actuales. Cuando los alemanes con mayor preparación de aquellos tiempos se percataron de la magnitud del desastre que amenazaba a Europa y al mundo, era ya demasiado tarde, el costo en vidas y daños materiales fue el resultado directo de aquellas omisiones. Ello no debiera repetirse.

Considero que vale la pena examinar el origen del problema que ha dado lugar a las migraciones centroamericanas provenientes de Guatemala, El Salvador y Honduras como resultado de la pobreza y la falta de empleo y de oportunidades en esas naciones, encontrándonos que tal situación se originó hace más de 70 años como resultado de las actividades de algunas empresas estadunidenses como United Fruit, dedicadas a la especulación y a la explotación de la población campesina dedicada a la producción de bananas y a desestabilizar a los gobiernos de esos países para ponerlos a su servicio. Si realmente Mr. Trump quisiera resolver el problema, la solución estaría a su alcance sólo con financiar a esos países para que estén en condiciones de generar los empleos que hoy les hacen falta.

Al igual que Hitler en su tiempo, Trump amenaza ahora y hace responsables de sus propios problemas, a naciones y gobiernos que considera más pobres y atrasados, como es el caso de Centroamérica y del nuestro, ignorando que ha sido Estados Unidos que, aprovechándose de su poderío, ha generado los problemas que tienen los países centroamericanos y del Caribe, al igual que nosotros. Por otra parte, es difícil ignorar los intentos, afortunadamente fallidos hasta ahora, de apoderarse de Venezuela para explotar sus inmensas riquezas petroleras, utilizando traidores a su patria con un mensaje hipócrita según el cual su motivación es liberarlos de su mal gobierno, tal como en su tiempo hiciera Hitler con Checoslovaquia y Hungría, con la pretensión de crear un nuevo gobierno afín a sus intereses. Igualmente, sus deseos de intervenir en Cuba, replicando las acciones de anteriores gobiernos de Estados Unidos, no se diferencia mucho de las prácticas y movimientos realizados por los nazis con algunos de los países de su entorno. ¿Qué debemos hacer hoy los mexicanos y nuestro gobierno para proteger nuestra soberanía y desarrollo económico? Para responder a estas preguntas, es necesario conocer lo que le sucedió a los vecinos de Alemania, incluyendo a Polonia, Finlandia, Suecia, Noruega, Bélgica, Holanda y los países bálticos durante la época de florecimiento del nazismo.

La diversificación de nuestro comercio con naciones de Asia y Europa, así como la conformación de una comunidad estrecha con los países de la región, que nos permita fortalecer nuestras actividades de colaboración en materia educativa, de salud y bienestar, debieran ser objetivos de nuestra política exterior.

*Director del Instituto Latinoamericano de Comunicación Educativa

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Viernes, 07 Junio 2019 09:13

Álvaro Uribe. El psicópata ejemplar

Álvaro Uribe. El psicópata ejemplar

Treinta años ininterrumpidos de uribismo han terminado por configurar en Colombia un proyecto de Estado autoritario, que llevó a la práctica una contrarrevolución, en donde no había tomado forma una revolución. Apoyado en todo tipo de violencia, hoy prolonga una ofensiva antisocial, la que además de generar terror entre amplios grupos sociales –obligándolos al destierro y el exilio–, amplia su base cultural e ideológica para arrasar con todo lo que pueda entenderse como pluralismo, derechos humanos y democracia formal.

Desde hace varias décadas no hay día en que un personaje que se impuso a sangre y fuego en el panorama nacional no sea noticia, de manera directa o indirecta. Su poder es tal que, como todo “jefe supremo”, dictador, “mesías”, etcétera, levanta odios y amores. Es por ello, en perspectiva de acercarnos al fenómeno que padecemos, que requerimos preguntar/nos: ¿Qué es el uribismo y a quién representa?

Para cuya respuesta no existen dudas: el uribismo es Uribe en persona e ideología, quien a su vez es jefe, una especie de adorado Zar, y un comandante en jefe de sus seguidores materiales y espirituales. Pero hoy, de la persona se ha pasado a una ideología, la cual ha permeado a toda la sociedad colombiana, y quiere quedarse para siempre a través de terceros o interpuestas personas, consolidando sus políticas autoritarias.

Pero no solo esto. El uribismo también es un proyecto histórico de corte agrícola/ganadero feudal, apoyado por el capital industrial, minero extractivo y financiero, a los cuales atrae con beneficios económicos tributarios, al tiempo que se apoya en los grandes medios de comunicación de propiedad de los anteriores, y se refuerza con el poder ideológico dominante de las seudo iglesias cristianas o mercaderes de la fe, así como de la tradicional concepción católica del país conservador.

Tras la comprensión de este personaje, Gustavo Petro cataloga al uribismo como “una fuerza reaccionaria […]. Dentro de la cual Uribe significa algo: los terratenientes improductivos de Colombia que crecieron sus propiedades originarias del feudalismo español con el narcotráfico, (y) quienes terminan convirtiéndose en megaterratenientes. Es una fuerza arcaica, premoderna. Hoy cada megaterrateniente tiene su ejército privado, le llaman paramilitares, y quieren dominar la sociedad en función de sus intereses. Comprometidos con una violencia salvaje, la Justicia Especial para la Paz –JEP– no les sirve y la única manera para que una fuerza tan retardataria siga gobernando es con la violencia, no con la razón, eso es Uribe, eso es el uribismo”.

 

Psicópata y sociópata

 

El origen del uribismo descansa en el personalismo encarnado en el líder carismático de la persona resentida, megalómana, desequilibrada emocionalmente y con amplios rasgos que combinan al psicópata y al sociópata de Álvaro Uribe, quien en su momento convirtió a Antioquia en el centro territorial para el experimento de violencia, combinando entre sus aliados paramilitares de los hermanos Castaño, los combos del tenebroso “Don Berna”, los reductos lúmpenes de exguerrilleros maoístas del Epl y, por supuesto, las fuerzas militares y de policía, todos estos, convertidos en ejército de choque contra la supuesta avanzada guerrillera de las Farc y el Eln, a las que había que detener, así hubiera que demoler lo poco que había de democracia y derechos humanos en nuestro país, como en efecto sucedió. Pero esta trama antiguerrillera no fue sino un sofisma, en el fondo estaba el aniquilamiento del precario movimiento popular existente para entonces, y que a pesar de todo sigue aguantando los embates aniquiladores de un sistema político que asesina gota a gota a los líderes sociales. Que quede claro, Colombia no es un país democrático, y nunca lo ha sido.

¿Por qué decimos que los rasgos sicológicos y psiquiátricos de Álvaro Uribe son los de un psicópata con visos sociópatas? Por la sencilla razón que su característica central es su controvertida personalidad, alimentada por el constante deseo de hacer el mal a todos sus contradictores, y en este caso a la sociedad colombiana en general, sin que exista en su interior la más mínima acción de remordimiento por sus malignas ejecutorias. Su personalidad, de acuerdo a tal carácter, es violenta por naturaleza y convicción. Ese es este personaje y con él, el uribismo como filosofía de vida y proyecto histórico.


Como complemento, el sociópata padece de trastornos de personalidad antisocial, con tendencia a mentir constantemente, quebrantar las leyes y comportarse de forma impulsiva; asimismo, quienes comportan tal carácter, no se preocupan por su propia seguridad ni por la de los demás. Los síntomas pueden disminuir con la edad, pero en este caso en particular sucede lo contrario. Para su proceder se apoya con gran influencia en los medios de comunicación que le retrasmiten sus constantes mentiras, meditadas, bien planeadas, haciendo uso de gran habilidad, al estilo del jefe de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, para quien una mentira repetida varias veces, debía convertirse en verdad.

La Antioquia paramilitar y uribista

La Antioquia uribista fue la viva expresión de las más grandes violaciones de los derechos humanos, con la muerte de miles de líderes sociales –por ejemplo, Jesús María Valle–, sindicalistas, estudiantes, docentes, periodistas, campesinos, jóvenes de barrios populares, vendedores ambulantes, niños y niñas.

Ni que decir de cientos de masacres que azotaron el Urabá antioqueño, donde hasta cabezas rodaron bajo la egida del ejecutor –hoy con signos de “remordimiento”–, el nefasto “Pacificador de Urabá”, Rito Alejo del Río. Además, bandas asesinas, como la denominada “Doce Apóstoles”, en las cuales acusan de militancia a Santiago Uribe, hermano del “psicópata ejemplar”, estuvieron a la orden del día, con el garabato encima, en tiempo del gobierno departamental y nacional del personaje en cuestión. Masacres incluso en plena ciudad, como la ejecutada en la Comuna 13, llamada “Operación Orión”, por la que cientos de madres aún esperan recoger los cadáveres de sus hijos, asesinados y tirados como perros en “La Escombrera” por la política uribista de tierra arrasada, bajo el comando del general Mario Montoya.

De lo regional a lo nacional

Si en Antioquia pudieron exterminar a todo el que no estuviera con Uribe, entonces ¿por qué no agrandar el experimento ante una Colombia que parecía rendida a una guerrilla equivocada que nunca atacó al bloque de poder, sino que asesinaba a su propio pueblo, entre ellos campesinos inermes y desposeídos de todo bien material? De esta manera, con un proceso de paz muerto, producto de la soberbia y la irracionalidad de las Farc, la Colombia equivocada, la analfabeta educativa y políticamente, con medios de comunicación incendiarios y propensos a una política de muerte como RCN, y un capitalismo salvaje que necesitaba de la fuerza para contener cualquier protesta social, mientras se aplicaban políticas de beneficios tributarios para grandes empresarios y comerciantes, banqueros, terratenientes, ganaderos y multinacionales mineras, gasíferas y petroleras, en contraposición de la cascada de impuestos para los sectores populares y medios, al tiempo que se reducía casi a cero lo poco que quedaba de beneficiosos sociales (como fue el desmote de las horas extras laborales, para solo citar un ejemplo). En medio de la aplicación de este proyecto a favor del capital nacional e internacional, es cuando surge y se consolida el caudillo mesiánico, y es a partir de ese momento cuando el uribismo se afianza como política de Estado, y hoy, casi consolidada como proyecto histórico, quiere ir más lejos. No importa cómo, ya que a decir del uribismo, Colombia está con Uribe.


Tras tal proyecto se toman todo el Estado, en principio a favor de intereses personales y familiares, y luego, para responder al apoyo de los grupos económicos Ardila Lule, Santodomingo, Sindicato Antioqueño, Luis Carlos Sarmiento Ángulo, y gremios como Fedegan, Fenalco, Sociedad de Agricultores de Colombia y, por supuesto, a diversas multinacionales, entre ellas las mineras, a todos los cuales les conceden amplias garantías y beneficios de todo tipo. En todo este enriquecimiento personal y del tradicional capital, se aplica y refuerza una dura política represiva contra todo aquel que pretendió oponerse a tal ofensiva, sin pudor alguno ante los valores sociales y los derechos humanos cada día violentados, teniendo todos los aparatos del Estado: justicia, Congreso, órganos de control, y por supuesto, las Fuerzas Amadas, al servicio de su proyecto. El Congreso no queda exento, al cual lo compran, como siempre ha sucedido, para eso están los puestos burocráticos de contratos a término fijo –la nueva forma de explotación del siglo XXI–, y uno que otro contrato de obras. Todos los congresistas de estirpe liberal/conservador solo piensa en lo inmediato, en ellos y sus familias. El país no les importa. Nunca les ha importado.

Un dominio reafirmado una y otra vez en lo electoral, en cuya última experiencia presidencial (2006) Álvaro Uribe reunió 8 millones, apoyado en los cuales ahondó la persecución, a sangre y fuego, en contra de la oposición, para lo cual potenció los servicios secretos como el DAS, colocados al servicio de la represión, el chantaje y asesinato de líderes sociales y políticos. No escaparon a esta persecución opositores como Gustavo Petro, Iván Cepeda, Piedad Córdoba y el Colectivo de Abogados José Alvear entre otros, quienes casi en solitario se fajaron contra viento y marea a denunciar la alianza paramilitar/Uribe. Por cierto, nadie en su momento los apoyó con firmeza, salvo un sector de la izquierda. Pero al final, la luz brilló a favor de las denuncias de Petro y demás, hasta el punto que hoy es información en algunos textos escolares.

El proyecto de Estado del uribismo

Uribe en su gobierno, y con ello su filosofía de vida política, fue la respuesta fascista a lo poco que hemos tenido de democracia, ya que en Colombia nunca ha existido la misma de manera plena, la cual, por cierto, nos la quieren disfrazar aún más mediante elecciones compradas en las cuales prima el llamado voto de Registraduría. Esa política fascista fue patentizada en la persecución contra periodistas, magistrados, jueces, sindicalistas, estudiantes, docentes, intelectuales en general, y todo aquel sector que se opusiera al proyecto uribista. Pero, más que las cientos de masacres perpetradas por paramilitares con apoyo de las Fuerzas Militares y de toda la seguridad del Estado, el uribismo encarna la muerte en cientos de asesinatos de jóvenes inermes, y a veces hasta con discapacidad mental, como fueron los mal llamados “falsos positivos”, con los cuales el país se llenó de sangre; y a la par de ello 8 millones de compatriotas fueron sacados a la fuerza de sus casas en las zonas rurales, obligados a refugiarse en ciudades, sin arraigo cultural, social y familiar, padeciendo, en símil, lo sufrido por los judíos bajo el dominio dictatorial de Hitler, llevados a la muerte en hornos crematorios. Eso fueron los 8 años de gobierno del sociópata y psicópata Álvaro Uribe Vélez.

Mientras esto sucedía, el uribismo se afianzaba en lo personal, como quien dice, yo vine a llevar a cabo un trabajo sucio, y tengo que cobrar por ello. Colocó la legislación a su favor, no solo para reelegirse y por ende perpetuarse en el poder al mejor estilo de un dictador bananero, sino que enriqueció a su familia como ya anotamos, como fue el sonado caso de la Zona Franca de Occidente en Mosquera-Cundinamarca, para solo citar un referente de los varios que existen. Proceder con el cual también se enriquecieron sus amigos.

De esta manera este personaje se convirtió en el artífice de lo hoy conocido como los grandes robos al Estado, casos Odebrecht, Saludcoop, Reficar, Hidroituango, antiguo y extinto Seguro Social, crisis hospitalaria, quiebra del sistema de salud con la Ley 100, y cientos de robos más, entre estos la mermelada repartida a montón en el Congreso para tenerlo de su lado, expresión de lo cual es la famosa frase que alguna vez soltó: “no me importa que los vayan a meter presos (a los congresistas paramilitares), sino que voten por mis proyectos mientras estén libres”. La repartición de notarías para su elección y la compra descarada por unos puestos entregados a desconocidos politiqueros de entonces, como Yidis Medina y el difunto Teolidondo Avendaño, demuestra que el Estado es de poco valor para el uribismo.

Hoy se ha demostrado que con el uribismo se llevaron a cabo grandes transacciones económicas con multinacionales de la minería y el petróleo a favor de éstas y en detrimento del país y su medio ambiente, en las que primaron las coimas, dinero que seguramente, quienes las alimentaron intelectualmente y quienes las concretaron en directo, lo enviaron a paraísos fiscales. El bloque en el poder desde siempre se enriqueció a través de esquilmar lo público, y así también sucedió con lo creado por y alrededor de este personaje.

Pero el uribismo va por más. Ya el Estado casi les pertenece, quiere el dominio ideológico y una Colombia joven educada en sus valores fascistas. Quiere el Estado definitivo a sus pies. La guerra y con ello la muerte es su filosofía de vida, por eso desprecia y patea el proceso de paz, y no en vano quienes ayer apoyaron a Santos por la paz, descaradamente capitalistas sin corazón y nombre, feudales ganaderos y terratenientes agrícolas, medios de comunicación, todos a merced de la pauta oficial, iglesias que son mercaderes de la fe, burócratas de pacotilla, políticos de bolsillo como conservadores y liberales, y lamentablemente masas incultas como porteros, taxistas, vendedores ambulantes, profesionales de bajo rasero, amas de casa rezanderas, curas de pueblos, obispos y cardenales, gacetilleros y locutores, futbolistas y ciclistas, narcotraficantes y comerciantes de lo que queda del ocaso de San Andresito, tenderos de bajo mundo, bebedores de cervezas, cantantes paisas, prostitutas de mala muerte, pueblo en general, le aplaude a la muerte, con Uribe a la cabeza.

Un pueblo equivocado

La mirada del pueblo sobre la realidad que vive es inmediatista, pese a soportar todo tipo de injusticias, pese a que lo poco que le quedaba le ha sido arrebatado. Y es que la miserableza de un pueblo que vive del rebusque, donde el Código de Policía los patea, lamentablemente vota y son uribistas. Ese es la idiosincrasia popular, la que es sometida en lo político y militar, y ahora en lo cultural y educativo. Para el uribismo pensar de manera diferente y contradecir al Supremo, es subversivo, por eso tanto a los colegios y las universidades públicas las quieren cerrar en medio de la asfixia presupuestal, pretenden vigilar la libre cátedra y el libre pensamiento, y no en vano están proponiendo que los estudiantes graben a todos los profesores que supuestamente los estén ideologizando. Incluso, se avecinan tiempos para la quema de libros y la confiscación de computadores, o la vigilancia a través de la empresa Claro –de propiedad del magnate mexicano Slim–. Todo está por llegar.

Uribe y con ello el uribismo, lograron consolidar un proyecto político ideológico, propósito para el cual la complacencia de los medios de comunicación oficiosos, escritos, visuales y orales fue y es fundamental, no solo por lo que informan o dejan de informar, sino por toda su contribución a la despolitización de nuestra sociedad.

Precisamente, el uribismo se refunda y afianza en la pobreza espiritual de una inmensa masa de colombianos que siguen a más de 5.000 seudo iglesias cristianas de corte pentecostal existentes por todo el país, las que han terminado como grandes negocios, incluso, sindicadas algunas por evasión de impuestos o la par de servir para acumular inmensas fortunas, tal como lo demuestra el enriquecimiento de la familia Castellanos y su famoso Grupo G12, y el escándalo de la familia Piraquive, donde la mentora María Luisa Piraquive y sus hijos poseen todo tipo de propiedades en los Estados Unidos. A esto se agrega una iglesia católica que esconde la pedofilia debajo de sus sotanas en una supuesta defensa de los valores familiares, y que ha resultado aliada del uribismo con el sofisma de defender a la familia conservadora y rezandera en medio de la hipocresía, una Iglesia en donde afloran todas las aberraciones sexuales de altos ejecutivos del sistema, escondidos en sus closet.

Ofensiva en ascenso

El uribismo es estratégico, porque permanece unido en relación a un solo caudillo, mientras el pensamiento progresista colombiano es y permanece disperso –todos quieren ser jefes–, mientras tanto, el uribismo se impone a sangre, fuego y dominio ideológico. Está ganando.

El uribismo, en Uribe, concentran el poder del Estado –mafioso–, todas las Ramas del poder les pertenecen, y las que no, las amedrantan con acusaciones falsas. Avanzan, ahora con el exterminio de líderes sociales, a fin de copar el campo, para luego pasar al aniquilamiento de líderes como @petrogustavo y finalizar con el absoluto dominio ideológico de la sociedad. Casi 100 líderes sociales asesinados en menos de un año de gobierno del llamado subpresidente Duque, reafirma que no somos democracia. Ningún país del mundo que se denomine democrático asesina a la oposición, y menos a líderes comunitarios que lo único que hacen es exigir derechos básicos, para salir de la marginalidad y vivir en dignidad, como es el caso de los indígenas.

El uribismo, primero, nos definió el Estado que quería: paramilitar/capitalista. Después nos explicó su forma: poder mafioso caso @FiscaliaCol. Después nos dijeron que la familia y la religión, y ahora nos quieren coartar el poder de pensar libremente, y si es el caso, vigilarnos en nuestros propios hogares. Realidad que abre un reto inmenso para quienes no hacemos parte de ese nefasto proyecto de sociedad: solo una gran fuerza social, incluso en unidad con políticos y capitalistas pisoteados por Uribe, podrá liderar un proceso social que lleve a librarnos de una lacra psicótica y sociópata como es el personaje acá tratado.

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Viernes, 07 Junio 2019 09:14

El paro, del dicho al trecho…

El paro, del dicho al trecho…

El 25 de abril fue el día decidido por decenas de organizaciones sindicales, sociales y políticas para convocar a la sociedad colombiana a parar y protestar contra la política gubernamental en marcha. Las razones económicas, políticas, en derechos humanos, y otras, todas justas, no hay duda de ello, darían para una potente protesta pero, ¿por qué el llamado de las organizaciones convocantes no encuentra el eco requerido dentro del conjunto social?

 

Parece un fantasma que recorre los pasillos y auditorios donde se congregan para sus reuniones las organizaciones sindicales, sociales y políticas alternativas. Siempre está allí su sombra, su recuerdo, la misma que se extiende y gana más presencia cuando los concurrentes a estas citas valoran que es necesario confrontar con mayor fuerza al mandatario de turno. En sus análisis determina la razón objetiva –la crisis económica, el desempleo, los incumplimientos con compromisos firmados por el gobierno producto de jornadas de protesta en otros paros, la violación de los derechos humanos, etcétera– y por fuera quedan otras variables de la realidad, como el potencial de fuerza efectivo con que se cuenta para sacar avante un paro nacional, cívico por demás, la capacidad organizativa para darle forma en pocas semanas a un reto de esta magnitud, los imaginarios sociales y políticos hoy vigentes, las nuevas gramáticas que ganan espacio en el mundo que vivimos, etcétera.

El fantasma extiende su sombra desde 1977, cuando un paro cívico nacional paralizó al país, en algunas ciudades no solo por uno sino hasta por dos y tres días. La rabia cundió por todas partes y rompió los poros de los más pobres, y a piedra limpia y tachuelas como alfombras que cubrían las principales avenidas de muchas de las ciudades, le marcó el límite a la policía y a las fuerzas militares, que con sus métodos de siempre quisieron impedir el desborde social.

Un paro nacido de las contradicciones interburguesas, donde la fracción conservadora del ospino-pastranismo, Fenalco y Andi, y con ellos la Unión de Trabajadores de Colombia –UTC, de filiación conservadora– vieron en el paro una oportunidad para mejorar su tajada en la torta del poder. Fracción que encontró el apoyo de un sector del liberalismo, pese a contar con la dirección del gobierno.

Un paro alimentado por una pobreza por ingresos que cubría al 59 por ciento de los 24 millones que habitaban el país por entonces, golpeados por una inflación que rondaba el 28,3 por ciento y un desempleo que ascendía al 9,3 por ciento, con una economía que atravesaba un buen momento producto de la bonanza cafetera, que solo beneficiaba a los de siempre.

Sociedad sometida al Estado de sitio, que negaba todo tipo de libertades políticas. Es esa sociedad, en tránsito acelerado del campo a la ciudad, la que respondió al llamado de la alianza conservadora, liberal, izquierda, coordinados a lo largo de un año, conformando comités de paro por todo el territorio nacional, para finalmente hacer realidad aquel 14 de septiembre que sigue vivo en la memoria de dirigentes sindicales y otros, que quisieran revivir tal potencial humano por todas las calles del país.

Simple deseo. Han transcurrido 40 años desde que un cuerpo se trasformó en fantasma, lo que debería llevar a unos y otros, a quienes vivieron aquella jornadas, como a quienes la conocen por anécdotas o por lecturas, a preguntarse por las condiciones mínimas por garantizar para que la consigna deje de ser simple letra muerta –buen deseo– y encarne en las fibras de miles, de millones de personas.

 

¿Qué se entiende hoy por paro?

 

Para 1977 no existía duda entre el activismo social: el sujeto de la revolución era la clase obrera, y alrededor de ella realizan su esfuerzo fundamental de organización y lucha. Las precaria industria que el establecimiento había tratado de construir a lo largo de 40 años estaba en pie, y cada una de las principales empresas aglutinaba cientos de trabajadores. El factor fundamental de la producción era la economía real, y el sector financiero aún era pequeño.

La participación política legal brillaba por su contracción, expresión de lo cual era la centralización de poderes locales y departamentales en manos del Ejecutivo central; la extensión efectiva del Frente Nacional (monopolio del poder), la militarización de ciudades y campo, y el control policivo de territorios hacía mucho más difícil cualquier nivel de organización independiente de la población. Contracción de la participación legal y control social que propiciaron el surgimiento y multiplicación en pocos años de los movimientos cívicos, los cuales realizaban año tras año decenas de paros cívicos locales a lo largo de la geografía nacional.

La ilegalización de sindicatos, la persecución de la crítica, la tortura como una práctica recurrente y la multiplicación de los presos políticos, no podían ocultarse aunque el régimen no aceptara su concreción cotidiana.

En esas condiciones el paro cívico era la efectiva parálisis de la vida cotidiana en un municipio dado, un espacio para el desfogue de la rabia acumulada por jóvenes sin oportunidades de ninguna especie y proletarios mal pagos, poblando la periferia de muchas ciudades, arrinconados en tugurios o habitaciones construidas con latas, madera o con paroy. Un factor a paralizar para la efectiva concreción del paro era el bloqueo del transporte urbano, en manos de decenas de propietarios privados, incluso con mucho propietario que solo tenía uno o dos buses. Por su parte, la huelga era la paralización de la producción en una fábrica o empresa en particular, la cual encontraba algún eco de solidaridad más allá de los activistas, para muchos de los cuales las mismas semejaban el embrión de la revolución, sobre la cual no caía sombra o duda alguna.

Transcurridas estas cuatro décadas, todo es distinto: el modelo de industrialización ya no existe, el sector fundamental de la economía es el financiero con su baja incorporación de personal, automatización en muchos de sus procesos y teletrabajo en auge; la clase obrera dejó de ser el referente de la acción social y la revolución –en su concepto clásico– ya no es el norte que alumbra todas las luchas. El Ejecutivo, a pesar de la pervivencia del presidencialismo, liberó una parte del poder, abriendo vía a la elección popular de gobernadores, alcaldes y representantes barriales –ediles– descentralizando presupuestos y abriendo vías para la participación legal de la población, lo cual desfoga rabias. Las cárceles ya no están inundadas de presos políticos, aunque sí de prisioneros de guerra. La desocupación del campo y el crecimiento de las ciudades, multiplicó la informalidad laboral, obligando a que cada uno busque lo suyo, individualizando luchas, realidad multiplicada por acción del neoliberalismo, el que culturalmente adentró a la sociedad en un prolongado escepticismo.

Al mismo tiempo, las ciudades avanzaron en su estabilidad interna, regularizando barrios e incluyendo a toda su población en la política impositiva y tributaria, la misma que arrincona a cada familia obligándola a cumplir con pagos si no quiere perder su propiedad o ser desplazado a la periferia urbana o más allá de la misma. Familias que, por demás, endeudadas con el capital financiero para poder adquirir su “propiedad”. El afán por reunir el dinero para la cuota mensual y la amortización de intereses marca la vida de miles de miles. Con un cambio sustancial en la geografía interna de los barrios: en muchos la gente dejó de vivir en casas para pasar a la habitación de apartamentos, lo cual no es un detalle menor pues en los primeros había vida de barrio y en los segundos es evidente la debilidad de la misma. Con todo ello, el reclamo por servicios públicos también dejó de ser una prioridad, y ahora el afán no es lograrlos sino reunir el dinero necesario para cancelar la cuota mensual que implica el acceso a tales “derechos”.

En estas circunstancias, aunque el déficit de vivienda es inmenso, el techo no es el eje de la lucha de miles. Aunque parezca extraño, hoy no existe un movimiento cívico de la magnitud del conocido a finales de los años 70 y a lo largo de los años 80 del anterior siglo; los paros cívicos suenan a cosa extraña para quienes tienen que salir cada día a rebuscarse por cuenta propia, y las huelgas –que los trabajadores denominan paro– no ocurren sino de manera ocasional en alguna dependencia estatal y con mucha rareza en una empresa privada.

Resalta en estas circunstancias, entonces, algo que no hay que pasar de menos: cuando en los tiempos que vivimos los liderazgos sociales y sindicales llaman a un paro puede que estén pensando en lo que se entendía por pueblo en 1977, pero es evidente que ese no es el mismo de hoy, pues el establecimiento logró meterlo en una dinámica que rompió solidaridades traídas del campo, pasando a primer instancia lo de cada uno. Puede que los niveles de pobreza no sean muy diferentes a los de hace varias décadas, (en realidad el porcentaje de pobreza por ingresos hoy cayó al 27,9 por ciento) pero las subjetividades individuales y colectivas cambiaron, también los lenguajes, de manera que concitar hoy a la lucha demanda experimentar nuevas rutas, de lo cual está lejos el sindicalismo y el activismo social, tan sometido a las lógicas y dinámicas del establecimiento, como a los afanes de cada organización, algunas de ellas aún simples instrumentos de organizaciones partidarias que en sus prácticas y decisiones, pese a identificar en ello un error, continúan dándole prioridad a sus objetivos particulares –crecimiento y protagonismo– e instrumentalizando al actor social.

En estas circunstancias, para mayor complejidad, los paros cívicos, en tanto desnudan la poca presencia territorial construida por los sectores alternativos, y la precariedad de lo sindical, quedan reducidos a una marcha por las principales avenidas de una ciudad u otra. La consecuencia de ello no es de poca monta, mucho más cuando se insiste en realizar paros que en verdad son jornadas de protesta, uso inadecuado del lenguaje que desvirtúa la posibilidad y el efecto que puede tener un paro cívico, el cual debería obligar al establecimiento a negociar una agenda específica, concreta y viable, estructurada por los sectores convocantes a través de una agenda labrada en infinidad de asambleas territoriales, que los conecten con la base de la sociedad y con sus deseos e imaginarios.

Mientras no se logre algo parecido a esto, con dificultad se recuperará el real significado de estas palabras, lo cual demanda, en primera instancia, retomar con humildad la acción territorial en miles de barrios, a la par de darle más tiempo a la cimentación que demanda la realización de cualquier jornada de lucha, atravesada, cuando es nacional, por la pregunta por la coordinación –por no aludir a la imposible unidad en frío– de los distintos sectores del activismo comprometidos en una acción de cambio social, no de revolución, palabra mayor que implica otras acciones y otros procederes, y la cual no puede estar reducida a jornadas puntuales que muchos quieren usar como plataforma para avanzar hacia la misma.

El factor cultural, aquí, es uno de los fundamentales por abordar, pensar, investigar, comprender y, producto de todo ello, reorganizar la acción política cotidiana con proyección de largo plazo. Sin comprender los nuevos imaginarios sociales, y los cambios de estructura sufridos por nuestra sociedad –como parte del conjunto mundial– no es posible obtener resultados diferentes a los alcanzados el pasado 25 de abril, dejando a un lado, por demás, el voluntarismo y el diseño de acciones sociales y políticas estimulados por fantasmas que no parten a su definitivo descanso, o por las necesidades de una organización u otra –en su diseño estratégico o táctico–.

Un factor cultural que implica y afecta la variable de los sujetos del proceso social, en el cual al sujeto proletario ya no es único ni hegemónico, sino que comparte su rol con otros que lo complementan o superan, algunos de relevancia también mundial, entre ellos el feminismo (que además de lucha contra el patriarcado y machismo en general, implica igualdad y justicia en el trabajo, la familia por reivindicar, la autonomía a la hora de decidir sobre su cuerpo y la reproducción de la especie, entre otros aspectos), el ambientalismo (que además del importantísimo factor del cambio climático, implica el debate y decisión sobre lo que se entiende por desarrollo y crecimiento, el asentamiento en y el manejo del territorio, extractivismo en sus diversas variables, relación y/o unidad con la naturaleza, consumo y salud, vida-muerte, entre otras variables), el mismo factor cultural (que incorpora factores como identidad, comunidad individuo, nación/mundo/fronteras/libertad, usos y consumos, nuevas formas de comunicación e interrelacionamiento) y con él la juventud.

Y otros factores que no son menores a la hora de intentar comprender el por qué hoy reviste mayor dificultad lograr sintonía con el conjunto social: 1) no existe referente global para las luchas sociales, lo que hace décadas descansaba en el socialismo, bien en la experiencia rusa, china, cubana, albanesa; 2) hace 40 años no había tomado forma el paramilitarismo, y el genocidio que rompió amplias capas del tejido social aún estaba por concretarse, dejando una estela de cadáveres, desaparecidos, desplazados y aterrorizados por todo el país; 3) acudir al Estado no era la prioridad para procurar protección ni cuidado, el cual lo garantizaban, tal vez sin mucha eficacia, las mismas organizaciones populares y las armadas. El Estado era el referente por conquistar pero no la brújula para garantizar la propia existencia; 4) como aspecto poco procesado, el narcotráfico aún no lograba su maléfico efecto de desarticulación y destrucción social, antecedente individualista del neoliberalismo y potenciador del mismo, que cooptó toda una generación de jóvenes que identificaron en tal posibilidad una vía expedita para resolver los problemas económicos propios y de sus familias, militarizando aún más la cotidianidad de las barriadas y comunidad en general.

Son todos estos –y seguro otros– factores, junto con el escaso reconocimiento por parte del activismo social y político de estar atravesando el desierto de la derrota política, la cual demanda la reconstrucción teórica para una sociedad por construir, lo que dificulta que los paros cívicos hoy alcancen los resultados que unos y otros esperan de ellos. Un reconocimiento y una conjunción de factores que desterrarán el o los fantasmas que acompañan el pensar y el hacer de los sectores alternativos; un conjuro a las sombras de lo que se añora y una conjunción de nuevos quehaceres para renacer, luego de atravesar el desierto de la derrota.

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Viernes, 07 Junio 2019 06:02

Se abre el telón en El Salvador

Se abre el telón en El Salvador

El pasado sábado 1º de junio fue la toma de posesión del nuevo presidente de El Salvador, Nayib Bukele, quien se estrenó con un discurso cortito, lleno de guiños personales, pero frágil, ingrávido, y que no deja de causar un poco de miedo. Sí, miedo, porque los problemas que este país tiene son horribles y una gestión política, que arranca con la mesa limpia, debe agarrar el toro por las astas.

Que el discurso haya sido escueto no es el problema, de hecho ahí está el maravilloso cuento "El dinosaurio" de Tito Monterroso para disipar dudas, puesto que todo sigue allí. Lo preocupante es que estos asuntos públicos urgentes –en el país del poeta Roque Dalton inmolado en 1975– exigen exposiciones de motivos inobjetables, porque de otra manera, como de algún modo lo insinuó el mismo Bukele en su comparecencia, quizás un desencanto más ya no lo aguante la paciente ciudadanía salvadoreña.


Moverse en el filo de la navaja, tal y como lo viene haciendo El Salvador desde hace muchos años –y no hay exageración en esto porque es casi literal– ha causado graves estragos para la convivencia ciudadana.


La Policía Nacional Civil, uno de los resultados más notables y esperanzadores de la negociación estratégica que puso fin a la guerra civil en 1992, es ahora un estropajo ensangrentado. Ha sido corroída por la corrupción, infiltrada por el crimen organizado y de ribete ha sido lanzada al combate frontal contra las pandillas, casi como el último recurso para contener este fenómeno social de cobertura nacional, guadaña macabra que todos los días descuaja vidas de compatriotas.


Dirigentes políticos tradicionales, diputados, personeros de organismos internacionales y funcionarios de los gobiernos anteriores al parecer no han logrado comprender que no se trata de un problema de inseguridad, categoría que da poca cuenta de la compleja realidad de este país. El problema es de convivencia social. Por asumir la premisa de la inseguridad el país se ha inundado del negocio de las agencias de seguridad privada (para proteger bienes estatales, empresas privadas y hasta desarrollos urbanísticos), y del negocio de la video vigilancia que se promociona como panacea.


El giro estratégico habría que hacerlo a partir de la noción de reconstitución del tejido social. Empero, esto será apenas propósito vano si se cree que la intervención en los territorios, ahora bajo control, asedio y presión de las redes pandilleriles, será efectiva si el aparato gubernamental se vuelca allí. Es un paso importante, pero un diseño de ese tipo deja por fuera a otros actores clave, tal vez con menos recursos, pero de mayor impronta en el imaginario colectivo. Hay que pasar de reparar cositas a reconstituir escenarios económicos, sociales, culturales y hasta político-organizativos.


En este punto, el flamante gobierno encabezado por Nayib Bukele se juega su destino. Se ha ensayado ya bastante, y mal, porque se ha creído que hay un buen camino y un mal camino, y que el éxito está en atraer al buen camino a los jóvenes extraviados en el mal camino. Si las cosas del mundo fueran así, las soluciones estarían a la vuelta de la esquina.


A la par de esto, el nuevo gobierno deberá ingeniárselas para desatar, fomentar y facilitar dinámicas de actividad económica que impacten sobre el crecimiento del Producto Interno Bruto. Otra perspectiva será de poca ayuda. Sin embargo, esas nuevas dinámicas gestoras de otro rumbo económico chocan desde el arranque mismo con los seculares desequilibrios estructurales salvadoreños, que, de no atenderse al menos los que tienen que ver con el modelo productivo (no el modo de producción, que son palabras mayores), el déficit de la balanza comercial seguirá delatando con nitidez: 5904.5 millones de dólares (exportaciones) frente a 11.725.8 millones de dólares (importaciones). Si en esto no hay cambios apreciables, equivaldrá a seguir hablando de nada y el futuro de El Salvador seguirá sombrío.


Los dos grandes asuntos anteriores –convivencia y economía– deberán despegar con cierto éxito o al menos con algún ímpetu que permita atisbar algo distinto, para que temas como el de la prioridad nacional de la primera infancia, que traería la paz social a El Salvador, puedan realizarse.
Y paremos de contar. Por ahora.

Jaime Barba, de REGION Centro de Investigaciones de El Salvador.

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La verdadera historia de los errores futuros

La verdad de un sistema equivocado es el error. Para ser políticamente eficaz, este error ha de repetirse de manera incesante, difundirse ampliamente y ser aceptado por la población como la única verdad posible o creíble. No se trata de una repetición cualquiera. Es necesario que cada vez que el error se ponga en práctica lo sea como un acto inaugural —la verdad finalmente encontrada para resolver los problemas de la sociedad. No se trata de una difusión cualquiera. Es necesario que lo que se difunde se perciba como algo con lo que naturalmente tenemos que estar de acuerdo. No se trata, finalmente, de cualquier aceptación. Es necesario que lo que se acepta sea aceptado para el bien de todos y que, si implica algún sacrificio, sea el precio a pagar por un bien mayor en el futuro.

El avance de las fuerzas políticas de derecha y de extrema derecha alrededor del mundo se basa en estos presupuestos. Es difícil imaginar la supervivencia de la democracia en una sociedad en la que estos presupuestos se concreten plenamente, pero las señales de que tal concreción puede estar más cerca de lo que se piensa son muchas y merecen una reflexión antes de que sea demasiado tarde. Abordaré las siguientes señales: la reiteración del error y la crisis permanente; la orgía de la opinión y la fabricación masiva de ignorancia; y el paso de la sociedad internética a la sociedad métrica.


La reiteración del error es hoy patente. Desde hace décadas, los países capitalistas centrales, más desarrollados, han asumido la obligación política de dedicar una parte de su presupuesto a la "ayuda al desarrollo". El objetivo es, como su nombre indica, ayudar a los países periféricos, subdesarrollados, a seguir el rastro de los más desarrollados e, idealmente, a converger con estos en niveles de bienestar en un futuro más o menos próximo. Es evidente que la brecha que separa a los países centrales de los países periféricos es cada vez mayor. La llamada "crisis de los refugiados" y el alarmante aumento del movimiento de poblaciones migrantes indeseadas son los signos más evidentes de que las condiciones de vida en los países periféricos son cada vez más intolerables. Lo mismo cabe decir de las políticas de reducción de la pobreza llevadas a cabo por el Banco Mundial desde hace décadas. El balance es negativo si por reducción de la pobreza entendemos la disminución de la brecha entre ricos y pobres dentro de cada país y entre países. La brecha no ha cesado de aumentar. Del mismo modo, las políticas de austeridad o de ajuste estructural que han sido impuestas a los países en dificultades financieras, de las que Portugal y Grecia son ejemplos cercanos, no han logrado sus objetivos, y el propio FMI ha reconocido esto de manera más o menos velada ("exceso de austeridad", "deficiente calibración", etc.). A pesar de ello, las mismas políticas se imponen una y otra vez como si en aquel momento aquella fuera la mejor o incluso la única solución. Lo mismo puede decirse de la privatización de la seguridad social y, por tanto, del sistema público de pensiones. El objetivo más reciente es la seguridad social en Brasil. Según los estudios disponibles, en cerca del 70% de los casos en los que la privatización se realizó el sistema falló y el Estado tuvo que rescatar el sistema para evitar una profunda crisis social. No obstante, la receta sigue siendo impuesta y vendida como la salvación del país.


¿Por qué se insiste en el error de imponer medidas cuyo fracaso es de antemano reconocido? Son muchas las razones, pero todas convergen en la que considero más importante: el objetivo de crear una situación de crisis permanente que fuerce las decisiones políticas a concentrarse en medidas de emergencia y de corto plazo. Estas medidas, a pesar de implicar siempre la transferencia de riqueza de los más pobres a los más ricos e imponer sacrificios a los que menos pueden soportarlos, son aceptadas como necesarias e inviabilizan cualquier discusión sobre el futuro y alternativas a corto y medio plazo.


La orgía de la opinión. El error reiterado y su amplia aceptación no serían posibles sin un cambio tectónico en la opinión pública. Los últimos cien años fueron el siglo de la expansión del derecho a tener opinión. Lo que era antes un privilegio de las clases burguesas se transformó en un derecho que fue efectivamente ejercido por amplias capas de la población, sobre todo en los países más desarrollados. Esta expansión fue muy desigual, pero permitió enriquecer el debate democrático con la discusión de alternativas políticas significativamente divergentes. El concepto de razón comunicativa, propuesto por Jürgen Habermas, se basaba en la idea de que la libre formulación y la discusión de argumentos a favor y en contra en cualquier área de deliberación política, transformaba la democracia en el régimen político más legítimo porque garantizaba la participación efectiva de todos.


Ocurre que en los últimos treinta años la sociedad mediática, primero, y la sociedad internética, después, produjeron una escisión insidiosa entre tener opinión y ser propietario de la opinión que se tiene. Hemos sido expropiados de la propiedad de nuestra opinión y pasamos a ser arrendatarios o inquilinos de ella. Como no nos dimos cuenta de esta transformación, pudimos seguir pensando que teníamos opinión e imaginamos que era nuestra. Empresarios de opinión de todo tipo entraron en escena para simultáneamente reducir el abanico de opiniones posibles e intensificar la divulgación de las opiniones promovidas. Los principales agentes de esta transformación fueron los partidos políticos del arco de gobierno, los medios de comunicación oligopólicos y los sistemas de publicidad, inicialmente orientados al consumo masivo de mercancías, los cuales fueron gradualmente dirigidos hacia el consumo de masas del mercado de las ideas políticas. Así surgió la sociedad mediática y la política-espectáculo, donde las diferencias sustantivas entre las posiciones divergentes son mínimas, pero se presentan como si fueran máximas. Fue el primer paso.


El segundo paso se produjo cuando pasamos de la sociedad mediática a la sociedad internética. En este paso, el derecho a tener opinión se expandió sin precedentes y la expropiación de la opinión, de la que somos usuarios (más que titulares), alcanzó nuevos niveles. Surgieron los empresarios, tanto legales como ilegales, de la manipulación de la opinión pública, cuyo ejemplo paradigmático son las redes y las páginas de Facebook y de WhatsApp que producen “tácticas de desinformación” particularmente activas en períodos electorales, como sucedió recientemente en las elecciones para el Parlamento Europeo. La conocida organización Avaaz identificó 500 páginas sospechosas, seguidas por 32 millones de personas, que generaron 67 millones de interacciones (comentarios, likes, comparticiones). La empresa Facebook cerró 77 de esas páginas que eran responsables por el 20% de flujo de informaciones en las redes identificadas


Esta extraordinaria manipulación de la opinión tuvo tres consecuencias que, aunque pasaron desapercibidas, constituyeron un cambio de paradigma en la comunicación social. La primera fue que esta vigilancia policial de las redes se legitimó a pesar de haber controlado apenas la punta del iceberg. El recurso cada vez más intenso a los big data y a los algoritmos para llegar a cada individuo en sus gustos y preferencias, y hacerlo simultáneamente para millones de personas, hizo posible mostrar que los verdaderos propietarios de nuestra opinión son Bill Gates y Mark Zuckerberg. Como todo es hecho para no darnos cuenta de eso, nos consideramos deudores gratos de El Dorado de información que nos proporcionan y no como acreedores de un desastre democrático de consecuencias imprevisibles por las cuales ellos debían ser personalmente responsabilizados.


La segunda consecuencia es que la información que comenzamos a usar, pese a ser tan superficial, no puede ser contestada con argumentos. O es aceptada o es rechazada, y los criterios para decidir son criterios de autoridad y no de verdad. Si sirve a los intereses del líder político de turno, el pueblo es exaltado como teniendo finalmente opinión propia, capaz de contradecir a la opinión de las élites tradicionales. Si no sirve, el pueblo es fácilmente considerado como “ignorante e incapaz de ser gobernado democráticamente”. En la medida en que el pueblo sigue la opinión del líder, es el líder quien sigue la opinión del pueblo. En la medida en que el pueblo diverge de la opinión del líder, debe, como pueblo ignorante, confiar en la opinión de líder. Según le convenga, el líder populista puede aparecer ora como seguidor del pueblo, ora como su tutor. Aquí reside la razón última de la reemergencia del populismo. Este capital de confianza se crea fácilmente en la medida en que todo sucede en la intimidad del individuo y de su familia. Mientras la sociedad mediática transformó la política en un espectáculo, la sociedad internética la convierte en un show íntimo, un auténtico peep-show en el que toda la interacción afectiva ocurre entre el líder y el ciudadano, sin argumentos ni mediaciones.


La tercera consecuencia de la sociedad internética es que las redes sociales crean dos o más flujos de opiniones unánimes que corren en paralelo y, por tanto, nunca se encuentran. Es decir, en ningún caso pueden ser contradichos o ser objeto de contraargumentación en un debate democrático. Así, la política errada puede ser aceptada ampliamente si cabalga sobre uno de los flujos de unanimidad. Este es el caldo comunicacional de la radicalización política, el ambiente ideal para el clima de polarización, de odio y de demonización del enemigo político, sin que sea necesario usar argumentos discutibles y únicamente recurriendo a frases apocalípticas.


De la sociedad internética a la sociedad métrica. Vivimos otra orgía, la orgía de la cuantificación de la vida individual y colectiva. Nunca nuestras vidas colectivas estuvieron tan dependientes del número de seguidores en Facebook, de los likes en las interacciones en las redes, de los scores en los concursos, de los rankings en las universidades, en la cuantificación de la producción científica. Sabemos que la lógica de la cuantificación es extremadamente selectiva y muy sesgada por los criterios que usa y por los campos que selecciona para cuantificar. Deja fuera todo lo que es más esencial a la existencia individual y colectiva. Deja fuera sectores sociales que, por su inserción social, no pueden ser adecuadamente contados. Las personas sin hogar son contadas por ser sin hogar, y no por lo que hacen durante el día; la agricultura familiar, informal, pese a que en la mayoría de los países continúa alimentando hoy a una gran parte de la población, así como el trabajo no pagado de la economía del cuidado en casa, no cuentan para el PIB. Lo que está predominantemente a cargo de las mujeres no entra en las estadísticas del trabajo, a pesar de ser crucial para reproducir la fuerza de trabajo. Si no estuviera avalada cuantitativamente, la calidad de la producción científica no contaría para la carrera de los investigadores. Y el gran problema de nuestro tiempo es que lo que no es contado, no cuenta.


Estas son algunas de las dinámicas subterráneas que van minando la democracia y creando una cultura pública y privada indefensa ante errores de los que la derecha y la extrema derecha se van alimentando.

 

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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