Hacia dónde van los gobiernos de izquierda y progresistas?
El auge de los movimientos sociales y la elección de gobiernos de izquierda y progresistas, son dos de los grandes acontecimientos ocurridos en América Latina en las postrimerías del siglo XX y los albores del XXI. Pese a la aún hoy no resuelta tensión entre «lo social» y «lo político», es decir, entre las formas de organización y lucha social, y las formas de organización y lucha política, la relativa convergencia de ambas fue la que contuvo y desaceleró la avalancha reaccionaria que azotó a la región en las décadas de 1980 y 1990, festín de la concentración y transnacionalización de la riqueza y el poder político, con su correlato de agravamiento de la pobreza, la miseria y la exclusión social.

Cuando en el mundo se enseñoreaban el desconcierto y el abatimiento provocados por el colapso de los paradigmas comunista y socialdemócrata europeos, en América Latina, la irrupción de los nuevos movimientos sociales y la determinación de un amplio espectro de fuerzas políticas de izquierda de emprender lo que se conoció como búsqueda de alternativas al capitalismo neoliberal, abrieron nuevos caminos en sustitución de los que cerraban. Por esos caminos hemos avanzado desde entonces, pero al adentrarnos en segunda década del siglo XXI, ya no basta con hablar de «nuevos» movimientos ni de «búsqueda» de alternativas.

En rigor, los llamados nuevos movimientos sociales surgen en los años sesenta (¡hace ya más de cinco décadas!) en los Estados Unidos, Europa Occidental y América Latina, con características derivadas de la situación de cada región. En la nuestra, su identificación y reconocimiento generalizado como tales data de los años ochenta (hace ya más de tres décadas) porque hasta entonces habían estado entremezclados con los movimientos clandestinos e insurgentes surgidos bajo el influjo de la Revolución Cubana. Ese es el momento en el cual: 1) el cambio en la situación internacional y regional provoca el declive de la lucha armada, y relega a las organizaciones sociales y políticas tradicionales a planos secundarios y hasta marginales; 2) los nuevos movimientos sociales demuestran ser inmunes al efecto de la crisis terminal del «socialismo real» y el advenimiento del mundo unipolar; y, 3) se evidencia su condición de protagonistas principales de la lucha contra el neoliberalismo y contra las más diversas formas de opresión, explotación y discriminación. En lo referente a los gobiernos de izquierda y progresistas, a más de trece años de la victoria de Hugo Chávez en la elección presidencial venezolana de 1998, ya son diez los existentes en América Latina continental, parte de los cuales está en su tercer período consecutivo, otra en el segundo y el resto en el primero.

Es conocido que los procesos históricos, como el tránsito de una formación económico social a otra, por ejemplo, del feudalismo al capitalismo, tardan siglos y atraviesan por etapas de avance y retroceso. No está de más recordar los setenta y cuatro años en la fracasada experiencia de la Unión Soviética. Visto desde esta perspectiva, las cinco décadas transcurridas desde el nacimiento de los «nuevos» movimientos sociales, las tres décadas transcurridas desde que se les reconoce como tales en América Latina, y el poco más de una década transcurrido desde el inicio de la elección de los gobiernos latinoamericanos de izquierda y progresistas, son lapsos incomparablemente breves. Pero, desde otra perspectiva, en esos largos procesos históricos se abren y cierran «ventanas de oportunidad», cuyo aprovechamiento los acelera y cuyo desperdicio los derrota o, al menos, los retrasa. Es en esta perspectiva en la que tenemos que ubicarnos.

Marx afirmaba que capital que no crece, muere. En forma análoga podemos decir que proceso de transformación social revolucionaria o de reforma social progresista que no avanza, muere: abre flancos a la desestabilización del imperialismo y la derecha local, y fomenta la desmovilización, el voto de castigo y la abstención de castigo de los sectores populares defraudados. Por eso es que debemos preguntarnos en qué medida los «nuevos» movimientos sociales, que en los años sesenta, setenta, ochenta y noventa estuvieron a la altura de las circunstancias, se han convertido en movimientos social-políticos, es decir, han logrado desarrollar la vocación y la capacidad de luchar por una transformación social revolucionaria. Y también, por las mismas razones, debemos preguntarnos si los actuales gobiernos de izquierda y progresistas están enrumbados hacia la edificación de sociedades «alternativas» o si serán un paréntesis que, en definitiva, contribuya al reciclaje de la dominación del capital. El objetivo de estas preguntas no es calificar o descalificar a una u otra fuerza política o social-política, o a uno u otro gobierno de izquierda o progresista, sino recordar una sentencia del siglo XX que no pierde vigencia en el XXI: sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario.

Como es lógico, entre la izquierda de épocas anteriores y la actual, hay similitudes y diferencias. Una similitud es que, como ocurrió de manera periódica en los siglos XIX y XX, el comienzo de una nueva etapa histórica obliga a la izquierda a formular nuevos objetivos, programas, estrategias y tácticas. Una diferencia es que, tanto las corrientes revolucionarias, como las corrientes reformistas del movimiento obrero y socialista nacido en el siglo XIX, habían elaborado y debatido sus respectivos proyectos políticos mucho tiempo antes de que la Revolución Bolchevique en Rusia (1917) y la elección del primer ministro laborista Ramsey McDonald en Gran Bretaña (1924), llevaran al gobierno, por primera vez, a representantes de una y otra, mientras que la izquierda latinoamericana actual llegó al gobierno sin haber elaborado los suyos. La izquierda latinoamericana llega al gobierno sin descifrar la clave para dar el salto de la reforma social progresista a la transformación social revolucionaria, sin la cual quedará atrapada en el mismo círculo vicioso de reciclaje del capitalismo concentrador y excluyente que la socialdemocracia europea. Este es el problema pendiente: construir la imprescindible sinergia entre teoría y praxis revolucionaria.

Los denominados gobiernos de izquierda y progresistas electos en América Latina desde finales de la década de 1990, son en realidad gobiernos de coalición en los que participan fuerzas políticas de izquierda, centroizquierda, centro e incluso de centroderecha. En algunos, la izquierda es el elemento aglutinador de la coalición y en otros ocupa una posición secundaria. Cada uno tiene características particulares, pero es posible ubicar a los más emblemáticos en dos grupos. Estos son: a) gobiernos electos por el quiebre o debilitamiento extremo de la institucionalidad democrático neoliberal, como ocurrió en Venezuela, Bolivia y Ecuador; y, b) gobiernos electos por acumulación política y adaptación a las reglas de juego de la gobernabilidad democrática, caracterización aplicable a Brasil y Uruguay. Además, están los casos de Nicaragua, El Salvador, Paraguay, Argentina y Perú, sobre los cuales el espacio no nos permite siquiera unas escuetas palabras de referencia.

¿Cómo se explica la elección de gobiernos de izquierda y progresistas en el mundo unipolar donde imperan la injerencia y la intervención imperialista?

Se explica por cuatro razones fundamentales, tres de ellas positivas y una negativa. Las positivas son:

1) El acumulado de lucha de las fuerzas populares libradas en la etapa abierta por el triunfo de la Revolución Cubana, en la cual, aunque no alcanzaron los objetivos máximos que se habían planteado, demostraron una voluntad y capacidad de combate que obligó a las clases dominantes a reconocerles los derechos políticos que les estaban negados.

2) La lucha en defensa de los derechos humanos que forzó la suspensión del uso de la violencia más descarnada como mecanismo de dominación.

3) El aumento de la conciencia, la organización y la movilización social y política registrado en la lucha contra el neoliberalismo, que sienta las bases para la participación política y electoral de los sectores antes marginados.

Como contraparte, la razón negativa es la apuesta del imperialismo norteamericano a que la unipolaridad le permitiría someter a los países latinoamericanos a los nuevos mecanismos transnacionales de dominación, motivo por el cual dejó de oponerse de oficio a todo triunfo electoral de la izquierda, como había hecho históricamente. A todo lo anterior debe agregarse un factor volátil: el voto de castigo a las fuerzas políticas de derecha por los efectos socioeconómicos de la reestructuración neoliberal, es decir, un voto no ideológico, ni político, y mucho menos cautivo de la izquierda, que ésta puede perder si su ejercicio de gobierno no satisface las expectativas.

¿Por qué fuerzas políticas y social-políticas de la izquierda latinoamericana llegan al gobierno sin siquiera haber esbozado las líneas gruesas de sus proyectos estratégicos o, aún peor, en algunos casos sacrifican sus proyectos estratégicos para llegar al gobierno?

Ello es resultado de cuatro factores que ejercen una influencia determinante en las condiciones y características de las luchas populares en el subcontinente:

1. El salto de la concentración nacional a la concentración transnacional de la propiedad, la producción y el poder político (la llamada globalización), ocurrido en la década de 1970, tras un proceso de acumulación de premisas finales que se desarrolla durante la segunda posguerra mundial, que cambia la ubicación de América Latina en la división internacional del trabajo y modifica la estructura socioclasista.

2. La avalancha universal del neoliberalismo, de la década de 1980, desarticula las alianzas sociales y políticas construidas durante el período nacional desarrollista y establece las bases de la reestructuración de la sociedad y la refuncionalización del Estado sustentadas en función de la concentración y transnacionalización de la riqueza.

3. El derrumbe de la URSS y el bloque europeo oriental de posguerra, entre 1989 y 1991, que le imprime un impulso extraordinario a la reestructuración neoliberal, provoca el fin de la bipolaridad estratégica, que actuó como muro de contención de la injerencia y la intervención imperialista en el Sur durante la posguerra y tiene un efecto negativo, a corto plazo, para la credibilidad de todo proyecto social ajeno al neoliberalismo, no solo anticapitalista, sino incluso apenas discordante con él, efecto que llega a ser devastador para las ideas de la revolución y el socialismo.

4. La neoliberalización de la socialdemocracia europea, en sus dos grandes vertientes, la Tercera Vía británica y la Comisión Progreso Global de la Internacional Socialista, en la década de 1990, que recicla la doctrina neoliberal cuando su inducida credibilidad se desploma, la encubre con una presentación humanista, «light» y «progre».

Téngase en cuenta que los primeros triunfos de fuerzas de izquierda y progresistas en elecciones presidenciales latinoamericanas, el de Chávez en Venezuela (1998) y el de Lula en Brasil (2002), se producen cuando el efecto acumulado de estos factores está en su apogeo, en particular, es el momento de mayor impacto en América Latina de las ideas de la Tercera Vía y la Comisión Progreso Global. Esos factores combinados ejercen una influencia determinante en los gobiernos de Brasil, Uruguay, Argentina y otros, y una influencia menos evidente, pero también efectiva, en los de Venezuela, Bolivia y Ecuador.

Tras el derrumbe de la URSS, el desaparecido dirigente revolucionario salvadoreño Schafik Hándal empezó a repetir una idea que parece simplona, pero es más profunda que un sinnúmero de doctas reflexiones: «Habrá socialismo –decía Schafik– si la gente quiere que haya socialismo». Las preguntas que se derivan de esta idea son: ¿Quiere que haya socialismo la gente de Venezuela, Bolivia, Ecuador, los países cuyos procesos políticos se corresponden con la definición de revolución entendida como acumulación de rupturas sucesivas con el orden vigente? ¿Quiere que haya socialismo la gente de Brasil, Uruguay, Nicaragua u otros países latinoamericanos gobernados por fuerzas de izquierda o progresistas? A estas preguntas tenemos que añadir otras: ¿sabe la gente de esos países qué es socialismo? ¿Comparten los líderes de esos países nuestro concepto de socialismo que, al margen de las diferentes condiciones, características, medios, métodos y vías, implica la abolición de la producción capitalista y del sistema de relaciones sociales que se erige a partir de ellas y en función de ellas? ¿Hay en esos procesos fuerzas políticas capaces de concientizar a la gente para que quiera que haya socialismo? ¿Lo están haciendo? Todas estas preguntas son cruciales, pero las definitorias son las dos últimas.

Planteada en términos teóricos, la idea, en apariencia simplona, de Schafik implica que para avanzar en dirección al socialismo los procesos de reforma o transformación social de signo popular que hoy se desarrollan en América Latina necesitan: teoría revolucionaria; organización revolucionaria; bloque social revolucionario, basado en la unidad dentro de la diversidad; y solución del problema del poder, este último entendido como la concentración de la fuerza imprescindible para producir un cambio efectivo de sistema social. Podemos hablar de protoformas de esos cuatro elementos en Venezuela, Bolivia y Ecuador, y quizás en algunos otros gobernados por fuerzas de izquierda y progresistas, pero en ninguno se puede hablar de formas acabadas.

Nada de esto es nuevo. De todo ello habla desde hace años y, quizás, hasta de manera sobredimensionada, porque a esos elementos se atribuye el papel determinante en la formación de la identidad del futuro socialismo latinoamericano. Sin dudas, su papel será crucial, pero lo determinante es cómo, cuándo, dónde y en qué condiciones tendrá lugar el acceso al poder político, sea mediante su conquista o construcción. Sin estas respuestas, no puede hablarse de Socialismo del Siglo xxi, Socialismo en el Siglo xxi, Vivir Bien, Buen Vivir, o cualquier noción similar, más que como una utopía realizable de contornos aún muy difusos.

- Roberto Regalado es Doctor en Ciencias Filosóficas, profesor-investigador del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU) de la Universidad de La Habana y coordinador de varias colecciones de la editorial Ocean Sur. En este artículo se esbozan algunas ideas contenidas en su libro La izquierda latinoamericana en el gobierno: ¿alternativa o reciclaje?, Ocean Sur, México D.F. 2012 (259 pp.).
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Jueves, 17 Mayo 2012 10:18

Brasil Potencia

Brasil Potencia

 

Edición 2012, Formato: 17 x 24 cm, 312 páginas
P.V.P:$40.000 ISBN:978-958-8454-54-2

 

 

Reseña.

En la transición que vivimos hacia un mundo multipolar, Brasil será una de las ocho potencias globales que jugarán un papel preponderante en las relaciones internacionales. Para la región latinoamericana, pero sobre todo para América del Sur, la emergencia de este gigante como primera potencia intrarregional en nuestra historia, representará un cambio de larga duración llamado a remodelar la geopolítica local y planetaria.

Aún es pronto para determinar si el Brasil Potencia será la argamasa capaz de integrar una región que asume cada vez más claramente sus diferencias con Estados Unidos y Canadá, o si se convertirá en un nuevo imperialismo destinado a someter al resto de la región.

Este trabajo explora la tensión entre ambos caminos y concluye que estamos ante un escenario abierto. Analiza los cambios internos que llevaron a una remodelación de las clases dominantes de Brasil y al desarrollo de su capacidad autónoma de acumulación de capital, debatiendo con la tesis de Ruy Mauro Marini, quien acuñó el concepto de “subimperialismo”. Concluye con los desafíos que se presentan a los movimientos populares de Brasil, y de toda la región, ante los cambios sistémicos en curso.



 
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Miércoles, 16 Mayo 2012 07:08

Humala defiende a su ala derecha

Humala defiende a su ala derecha
Un cambio para que todo siga igual es la frase con la que se pueden resumir los cambios ministeriales realizados por el presidente Ollanta Humala, obligado por la crisis política que hizo rodar las cabezas de sus ministros del Interior y de Defensa. Para cubrir los cargos de los dos ministros que dimitieron el jueves para evitar la censura del Congreso por los errores en las operaciones militares y policiales contra la guerrilla de Sendero Luminoso, el presidente Humala no incorporó a nuevas figuras al gabinete, sino que optó por mover algunas fichas dentro de su equipo ministerial. Hubo rotación, antes que cambio. Y en esa decisión de no cambiar, a pesar de la obligada sustitución de dos ministros por la presión del Congreso, Humala decidió mantener en el puesto a su cuestionado primer ministro, el general en retiro Oscar Valdés, seriamente debilitado por la reciente crisis ministerial y por su incapacidad para manejar las protestas sociales, que en los últimos meses han dejado nueve muertos.


Los nuevos nombramientos en Interior y Defensa han sido cuestionados por diversos sectores. La rotación entre los miembros del equipo ministerial puso en el Ministerio de Defensa al hasta ayer ministro de la Producción, José Urquizo, quien, a su vez, fue reemplazado en Producción por su viceministra de Pequeña y Microempresa, Gladys Triveño. En Interior fue nombrado el general del ejército en retiro Wilver Calle, quien era el viceministro de Defensa. No habían terminado de recibir los saludos protocolares después de su jura en el Palacio de Gobierno, el lunes en la noche, cuando Urquizo y Calle ya comenzaban a recibir las primeras críticas.


El general Wilver Calle fue viceministro del renunciante titular de Defensa, Luis Alberto Otárola, obligado a dejar el cargo por los desaciertos en las operaciones conjuntas del ejército y la policía frente a Sendero Luminoso, y como tal fue parte central del equipo que cometió los errores que precipitaron la crisis ministerial. Sin embargo, ahora asume como ministro del Interior, cargo desde el cual tendrá un rol clave en este tema. También se ha criticado a Humala por entregarle la cartera del Interior a un militar.


José Urquizo, el nuevo ministro de Defensa, había enfrentado en las últimas semanas duras críticas por su gestión como titular de Producción, cargo que había asumido en diciembre pasado. Su viceministra de Pesquería, Patricia Majluf, renunció hace unos días acusándolo públicamente de haber cedido ante las presiones de las grandes empresas pesqueras y no proteger los recursos marinos. Una reciente huelga de pescadores artesanales dejó dos muertos.


“Este es un cambio que expresa la menor voluntad de cambio posible. Es un enroque dentro de la casa que no anuncia ningún cambio de política en el tema que generó la crisis (los errores en la estrategia frente a la guerrilla de Sendero Luminoso). No hay una reconocimiento de los errores cometidos y de la magnitud de la crisis”, le señaló a Página/12 Carlos Monge, historiador e investigador principal del Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo (Desco).


A los cuestionamientos a los nuevos ministros del Interior y de Defensa se suman las críticas a la decisión del presidente Humala de mantener al desgastado general Oscar Valdés como jefe del gabinete ministerial. El general Valdés fue nombrado en diciembre primer ministro –antes había sido ministro del Interior–, en medio de la crisis por las protestas campesinas contra un proyecto minero de la transnacional Yanacocha por su alto costo ambiental, y asumió el cargo con un discurso de mano dura frente a las protestas sociales, cerró el diálogo con las organizaciones sociales y se la ha jugado en defensa del rechazado proyecto minero de Yanacocha. En los últimos meses, la represión a las protestas sociales ha dejado nueve muertos.


Un sector de la alianza gubernamental, integrado por los grupos y personalidades de izquierda, ha exigido públicamente la salida de Valdés, pero la derecha más dura, encabezada por el fujimorismo, y los gremios empresariales respaldan la continuidad del cuestionado general, que hace poco se declaró admirador del “pragmatismo” del ex dictador Alberto Fujimori, a quien ven como figura importante en la derechización del gobierno y como garante para una respuesta represiva a las protestas sociales. Humala, que cada vez aparece más alejado de sus aliados de izquierda, ha decidido jugársela por la continuidad de su primer ministro, y también por la continuidad de una política económica que poco o nada tiene que ver con las promesas de cambio de la campaña electoral. En esas circunstancias, una división de la alianza oficialista, con la salida del sector progresista, parece ser cuestión de tiempo. La continuidad de Valdés al frente del gabinete puede acelerar esa ruptura.


“La permanencia de la izquierda en el gobierno es insostenible porque discrepan con todas las políticas que está siguiendo el gobierno, que ha traicionado las propuestas de cambio que apoyó la izquierda. Me parece que esa ruptura es inevitable. La pregunta es en qué momento se va a dar”, opina Carlos Monge.

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Jean Luc Mélenchon: lecciones para la izquierda
Ayer en Francia tomó posesión el nuevo presidente François Hollande. Su ascensión es un elemento positivo en el ambiente enrarecido por la crisis en Europa. Ayer mismo en Berlín, Hollande insistió en renegociar el pacto fiscal. La canciller alemana le reviró que el crecimiento ya es uno de los objetivos del tratado fiscal consagrado a la austeridad. Es la forma que tiene la Merkel de promover las reformas estructurales y, en especial, la total flexibilidad en las relaciones laborales.


El campo de batalla está bien definido. Ojalá Hollande pueda entrar en él con decisión, pero no se puede confiar en ello. No hay que olvidar que el Partido Socialista francés siempre estuvo a favor de la globalización y de la integración europea al estilo neoliberal. Otros partidos socialistas en Europa han aplicado la receta de la austeridad en sus respectivos países.


La retórica de Hollande es sin duda un adelanto, pero la urgencia del corto plazo no debe esconder las exigencias de los cambios estructurales de largo alcance. Es aquí donde la agenda de Hollande tiene sus limitaciones más importantes y hasta inconsistencias. Después de todo, restablecer algo del estado de bienestar puede no ser posible bajo la estructura neoliberal que hoy hereda. Frente a los graves problemas que enfrentan Francia y Europa la trayectoria de Hollande en el PS anuncia más continuidad que transformaciones profundas.


Por eso lo más relevante de la contienda electoral en Francia estuvo en la participación de Jean Luc Mélenchon, el candidato del Frente de Izquierda. De su intervención en esas elecciones y de su trayectoria de lucha política se desprenden importantes lecciones para las contiendas electorales en las que participa la izquierda en todo el mundo.


Jean Luc Mélenchon (JLM) militó durante tres décadas en el ala izquierda del Partido Socialista francés. A diferencia de Hollande, Mélenchon se esforzó durante ese tiempo en hacer del PS un verdadero partido de izquierda, con un proyecto alternativo al neoliberalismo.


Frente a la crisis, la posición de Mélenchon es clara: ésta no es una crisis provocada por unos cuantos especuladores. Es la debacle del modelo neoliberal. La respuesta a través de la austeridad es algo más que un simple error técnico. Es cierto que su aplicación no dará buenos resultados en ningún caso. Pero Mélenchon va más lejos en el análisis: la austeridad es un arma para desmantelar el estado de bienestar, castigando prestaciones y servicios sociales, y es el preludio de la profundización de las reformas neoliberales, en especial, la reforma laboral.


La integración monetaria en Europa, Mélenchon lo tiene claro, se hizo sobre bases neoliberales. La consecuencia fue entregar las finanzas públicas a los mercados financieros. Esa, en una frase, es la tragedia de Europa. Antiguamente el Banco de Francia podía financiar al gobierno francés. Hoy eso está prohibido y el Banco Central Europeo presta a los bancos pero no a los estados. Esa es la ignominia en los tiempos del capital financiero. Es la época de sumisión que debe terminar si se quiere justicia social e igualdad. Al sector financiero hay que enfrentarlo, dice Mélenchon, no hablarle de rodillas para pedir limosna.


Mientras Hollande buscaba ubicar al PS en el centro para cortejar a una parte del electorado, Mélenchon proponía una política con una visión de largo plazo, colocando los temas de relevancia histórica en la mesa del debate nacional. Y es que en medio de la peor crisis del capitalismo en ocho decenios, y en el contexto de una hecatombe financiera y económica fabricada por la pesadilla neoliberal, Mélenchon rápidamente comprendió que es preciso ofrecer alternativas de largo aliento que se alejen de la subordinación al mundo de las finanzas. Sólo así se puede rescatar el diseño y control de la política macroeconómica no sólo para recuperar el crecimiento, sino para transitar hacia un mundo de justicia y responsabilidad ambiental.


Aunque Mélenchon sólo alcanzó 11 por ciento de los sufragios, colocó temas medulares en la agenda nacional y su influencia decisiva dejará una huella saludable por muchos años. La izquierda ha vuelto a renacer con su campaña audaz. No sólo influyó en las posiciones de Hollande, sobre todo en materia fiscal, sino que tuvo un efecto importante a través de su enfrentamiento sistemático con los planteamientos racistas y xenófobos de la extrema derecha. Su campaña ha sido una pesadilla para la rabiosa e ignorante señora Le Pen.


Se desprende de todo esto una enseñanza: la izquierda no puede jugar a ocupar el centro en la disputa electoral, aunque muchos piensen que eso permite ganar votos. La gran lección de Mélenchon es que colocar el apetito electoral por encima del trabajo político basado en principios y, en especial, en la justicia social, es un error de dimensiones históricas. El terreno de los principios y de la ética es el espacio en el que la izquierda tiene su casa. No se le debe abandonar nunca

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Miércoles, 16 Mayo 2012 06:48

Hollande, la contrafigura de Sarkozy

Hollande, la contrafigura de Sarkozy
François Hollande inició su mandato bajo una racha de contratiempos. La lluvia y el viento acompañaron su recorrido por los Campos Elíseos en un auto descapotable, luego un rayo alcanzó el avión en el que viajaba rumbo a Berlín para encontrarse con la canciller alemana Angela Merkel. Hollande tuvo que volver a tierra, cambiar de avión y una vez en la capital alemana, Merkel y Hollande tropezaron varias veces en la alfombra roja empapada por la lluvia. El viaje del presidente electo a Alemania fue la primera cita de importancia internacional con una interlocutora, Merkel, a quien Hollande hizo frente proponiendo cambiar la política de austeridad que la canciller alemana promueve en toda Europa como poción curativa de la crisis. Por la mañana, durante el discurso que pronunció en la ceremonia de toma de posesión, François Hollande se inscribió en una posición de ruptura con su predecesor, el conservador liberal Nicolas Sarkozy. Sobria, breve, sin la presencia de sus cuatro hijos ni los de su actual compañera, Valérie Trierweiler, la ceremonia de investidura estuvo a años luz del estilo protagonizado por Sarkozy. Hasta en el más mínimo detalle se buscó marcar la diferencia. El jefe del Estado prometió luchar contra todas las discriminaciones e instó a crear “un nuevo camino para Europa”. Todo lo que dijo el líder socialista fue una suerte de negación del sarkozismo. François Hollande prometió un “Estado imparcial” y fijó tres ejes de la democracia como orientación de su mandato: la democracia social –la negociación con los actores sociales–, la democracia local –el incremento de los poderes locales– y la democracia ciudadana –dar lugar a las iniciativas de la sociedad civil–.


Como lo había manifestado durante la campaña electoral, François Hollande hizo de la juventud y de la justicia dos rumbos irrenunciables de su mandato y de la reconfiguración política de Europa una meta esencial. “En Europa nos esperan y nos miran y voy a proponer a mis socios europeos un pacto que una la necesaria reducción del déficit con el indispensable estímulo de la economía”, dijo el presidente. El mandatario no negó los problemas que arrastra el país: “Una deuda masiva, un crecimiento débil, un desempleo elevado, una competitividad degradada, una Europa que sufre para salir de la crisis”. Sin embargo, recalcó que no había “fatalidad”. Un extenso capítulo de una década de presidencias liberales conservadoras se cerró ayer con la investidura de un hombre que llegó a la cima del poder sin que, hasta hace tan solo un año atrás, nadie hubiese ni imaginado ni apostado por verlo un día entrar en el Palacio del Elíseo como presidente de la República. Hollande siempre se presentó como un hombre “normal”, en contrapunto con la espectacularidad de Sarkozy. François Hollande es el séptimo presidente de la Quinta República y el segundo socialista que llega a la jefatura del Estado después de François Mitterrand –1981-1995–. El nuevo jefe del Estado tiene, con todo, una particularidad: es el presidente de la República que asume el cargo siendo soltero. No se casó ni con Ségolène Royal ni con Valérie Trierweiler. La lenta solemnidad de la ceremonia, la mesura de las palabras y la escasa aparatosidad de los actos empezaron a dibujar otro país en la simpleza cruda de las imágenes. En contraste con Nicolas Sarkozy, Hollande subrayó la idea del Estado “ejemplar” y dijo: “Fijaré las prioridades, pero no decidiré todo y por todos. El Parlamento, el gobierno y la Justicia serán independientes. El poder será ejercido con escrupulosa sobriedad. El Estado será imparcial. Defenderé siempre el laicismo y lucharé contra el racismo y el antisemitismo”. El nuevo presidente destacó que el país necesitaba “reconciliación y unión”. La formación del gobierno recién se conocerá este miércoles, pero la designación del primer ministro fue oficializada el mismo día de la investidura. Se trata de Jean-Marc Ayrault, un político moderado, muy conocedor de Alemania, poco conocido por la opinión pública. El jefe de gobierno no es un adepto de la fastuosidad. “No tengo complejos sociales, pero en París me molesta una forma de elitismo y condescendencia”, dijo una vez. Hijo de un padre obrero, Jean-Marc Ayrault es diputado desde 1986, ha sido desde 1987 presidente de la bancada socialista en la Asamblea Nacional y no pertenece a ninguna de las grandes instituciones educativas que forman a las elites del Estado. Allegado de François Hollande, es, a su manera, una suerte de doble en la humildad.


Antes de salir rumbo a Alemania, Hollande anticipó con su discurso los planteos que, a la distancia, formuló en dirección de una Alemania guardiana de la austeridad. “Necesitamos solidaridad, crecimiento, un nuevo pacto para reducir la deuda estimulando nuestras economías y acuerdos comerciales que respeten la reciprocidad”, dijo. El encuentro con Merkel era el primer paso clave del líder socialista. La confrontación que amenazaba las relaciones entre París y Berlín encontró un punto de consenso que barrió con todos los rumores y especulaciones sobre la salida de Grecia del euro. En el curso de la conferencia de prensa que Merkel y Hollande ofrecieron en Berlín, ambos responsables fueron claros: “Queremos que Grecia permanezca en el euro”, dijo Merkel. Ambos no expusieron sus profundas divergencias. Hollande y Merkel dijeron que estaban dispuestos a “reflexionar” sobre medidas a favor del crecimiento –concepto que defiende François Hollande–, pero no fueron más allá. Se hace evidente que la armonía constatada en torno de la crisis griega y la necesidad de que Atenas no se aleje del euro no se tornó consenso cuando se trató del crecimiento. La palabra provoca una mueca de incomodidad en el rostro de Merkel. “Estoy a favor de la seriedad presupuestaria y eso quiere decir estar a favor del crecimiento, porque sin crecimiento, sean cuales fueren nuestros esfuerzos, no alcanzaremos nuestros objetivos”, recalcó Hollande. En este primer encuentro, Merkel y Hollande optaron por el pragmatismo. No hay contrastes entre los dos. Distantes, suaves, muy calmos, tenaces pero sin pose ni apariencias exageradas, ambos parecen compartir, al menos, la misma inclinación por la mesura y la lentitud. La jornada inicial de la presidencia de François Hollande empezó con el presidente empapado hasta los huesos y un rayo que obligó a su avión a aterrizar de urgencia. Día convulsionado, a imagen y semejanza de una Europa sacudida por las turbulencias y las tormentas de los mercados.

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La indignación vuelve a las calles de ochenta ciudades españolas en el primer cumpleaños del Movimiento 15-M
La sensación era la de "volver a casa" como un sujeto político que ha madurado y que sigue sin tener miedo. Casi un año después de las manifestaciones que prendieron la mecha del movimiento de los indignados, las plazas de más de 80 ciudades españolas volvieron ayer sábado a convertirse en un grito unánime contra un sistema que, aseguraban los convocados, ni les gusta, ni les representa. De forma pacífica y reivindicativa, como acostumbra el 15-M, miles de ciudadanos volvieron a exigir en la calle una salida alternativa a la crisis económica, política y social, que no cargue el sacrificio sobre las espaldas "de los de siempre".

En Madrid, los asistentes abarrotaron la Puerta del Sol, donde, desde un micrófono abierto, se volvieron a escuchar las demandas tradicionales de los indignados. Uno de los momentos más emocionantes de la tarde tuvo lugar cuando entraron en el kilómetro cero de la capital, y a ritmo de palmas y tambores, las cuatro columnas procedentes del norte, sur, este y oeste de la Comunidad. "He barrido esta plaza, la he vivido y la necesitaba de nuevo", decía Tatiana Blanco, profesora de inglés de 32 años. Sentada en el suelo junto a un grupo de amigas, recordaba "con orgullo y con nostalgia" cómo fue en ese mismo lugar "en el que surgió todo". Después llegó la expansión a los barrios, a los municipios y la "toma de conciencia de que este sistema sólo quiere más ricos a los ricos y más pobres a los pobres", explicaba, a su lado, Silvia López, desempleada de 36 años.

Javier Iglesias, comercial de 28 años, recorrió los 25 kilómetros que separan su ciudad, Leganés, de la Puerta del Sol, para expresar, enrolado en la marcha sur, su rechazo al "desprecio" que, a su juicio, tiene el actual Gobierno por "todo lo público". ¿Motivos para estar en la calle? "Los hay más que nunca", señalaba sin dudarlo tras una pancarta de la asamblea popular de su municipio. Ha llovido mucho desde que estallaran las protestas, pero las razones para el descontento, coinciden todos los manifestantes consultados por Público, están "más vigentes que nunca".

Jorge Fonseca, profesor de Economía de la Universidad Complutense y activo simpatizante del 15-M, censuraba el "brutal avance autoritario" del Gobierno de Mariano Rajoy. "[José Luis Rodríguez] Zapatero defendió una salida neoliberal a la crisis económica, pero los actuales mandatarios quieren aprovecharla para volver al siglo XIX. Por eso tenemos que seguir en la calle, dando pasos y haciéndonos más grandes cada día", afirmaba junto a otros activistas del Grupo de Trabajo de Economía del 15-M de Madrid, que aprovecharon esta movilización para presentar la campaña Desmontando mentiras. Con ella, pretenden dar respuesta a las falacias "con las que los poderes políticos, económicos y mediáticos imponen su pensamiento único".

En el centro de la plaza, Paloma y Jordina, de 25 y 30 años, intentaban plasmar con dibujos hechos con acuarela sus sensaciones al estar de nuevo en Sol. "Con el 15-M rompimos etiquetas y hablamos de lo que nos une con sentido común. Tiene que continuar y el éxito de hoy nos da fuerza para continuar", subrayaba la primera. "No tenemos estrategia, pero hemos crecido mucho en este año. Lo importante es que sigamos siendo inclusivos", agregaba la segunda.
Asamblea permanente hasta el martes

Los indignados recibieron con una sonora cuenta atrás el momento en que el reloj de la plaza ha marcado las 22.00, hora límite fijada por la Delegación del Gobierno para permanecer en ese emplazamiento. Con gritos de "¡Hoy nos saltamos el toque de queda!" desafiaron, en un ambiente pacífico, la prohibición de Cristina Cifuentes, máxima representante del Ejecutivo central en la Comunidad. Al cruzar la medianoche, los indignados protagonizaron un simbólico "grito mudo". Después, con pañuelos blancos en la mano, protestaron contra la "violencia económica y las guerras" al grito de "¡Ningún ser humano es ilegal!".

La intención generalizada no era la de acampar en la plaza, como ocurrió hace un año, sino pernoctar allí para "reflexionar juntos" y llevar a cabo una "asamblea permanente". Participantes de la coordinación de comunicación de la convocatoria señalaron, no obstante, que lo que pueda suceder dependerá en "gran medida" de la respuesta policial. A medianoche la situación era muy tranquila. Fuentes del Ministerio del Interior indicaron que el Ejecutivo permitirá que los concentrados en Sol permanezcan en la plaza si "no se despliegan esterillas" ni materiales para acampar.

Tampoco faltó en las movilizaciones el aliento de los veteranos del 15-M, los llamados yayoflautas, muy implicados en el movimiento especialmente desde finales del pasado verano. Lázaro Sola, de 77 años, resumía en tres palabras sus sentimientos al volver a entrar en la plaza: "Alegría, fuerza y entusiamo". "Si seguimos saliendo a la calle vamos a cambiar este país", aseveró.

Según la página web del 15-M está previsto que durante esta noche se lean manifiestos, se proyecten vídeos, se conecten con las plazas de otras ciudades. Los actos para conmemorar el primer cumpleaños del movimiento de los indignados continuarán hasta el martes con la celebración de distintas actividades lúdicas y asambleas para debatir sobre educación, sanidad, política, economía o derecho a la vivienda.
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Sábado, 12 Mayo 2012 18:51

Caminante, no hay camino

Caminante, no hay camino
No hay forma de explicarlo. Las organizaciones sociales, desde los rumbosos médicos, pasando por los nada pobres transportistas, hasta los fabriles afiliados a la COB, están en huelga. El Vicepresidente ha dicho que se trata de la vitalidad de un proceso de cambio y que, el gobierno, tiene la suficiente solvencia para manejar la situación sin muchos sobresaltos. Ahí está el quid de la cuestión.
 
En el rostro de nuestras ciudadanas y nuestros ciudadanos, se perciben los sobresaltos que causa esta inestable situación. Es probable que muchos esperemos que haya un momento en el que se rectifiquen posiciones y vislumbremos, una vez más, el camino a seguir en este proceso de cambio. Pero hay que advertir que son muchos y muchas quienes descreen de tal rectificación. ¿Por qué? Unos por la rutina; se acostumbraron a vivir, aunque sea en la miseria, pero sin sobresaltos. Otras, porque apoyaron un proceso de cambio que soñaron como una avenida donde no había ningún obstáculo, ningún rompemuelles, ningún hueco ni siquiera desportilladura. Los hay, finalmente, quienes vemos la realidad: el camino está por hacerse porque, según decía el poeta, se hace camino al andar.
 
Claro que no se trata de andar en cualquier dirección, porque así podemos llegar a cualquier parte, menos a la meta que nos propusimos. No es simple hacer camino al andar, pues al menos debe seguirse determinada orientación. El proceso de cambio tiene una dirección: vivir bien como norma para todos los bolivianos y las bolivianas. Los que viven aquí, originarios o recién llegados. Los que habitan el campo y los que se alojan en la ciudad. Los pobres y los que nada tienen. Por supuesto, quienes están más necesitados precisan una atención inmediata y mayor. Todo esto en función de las posibilidades de nuestro país. Que esas posibilidades han mejorado, es muy cierto, como lo es que hay un visible mejoramiento en el vivir de la gente.
 
¡Falta! Claro que hace falta mucho más y no es precisamente lo que está haciendo nuestro gobierno. La carretera por el TIPNIS, ¿acaso no es un enfrentamiento grosero? Hay mucha gente dispuesta a apoyar la construcción de esa vía. Pero las disposiciones de la consulta previa fueron hechas para proteger la vida, los usos y costumbres de las minorías. Por eso no es una consulta general, sino una particular a los pueblos que viven allí. Seguramente, si se hubiese hecho a tiempo, antes de iniciar los trabajos, esta tempestad de reclamos no se hubiese producido.
 
No es posible que haya tal desentendimiento con la Central Obrera Boliviana. Seguir dando vueltas al tema salarial, puede llevarnos a medio año sin una solución. No es correcto. No lo es, mucho más si revisamos los balances presentados hace poco más de un mes, por los bancos y nos chocamos con sus sustanciosas ganancias, a las que debe agregarse el aumento de sus patrimonios. Se ha reducido la miseria, pero distamos mucho de haber logrado una redistribución regular de la riqueza. Ésta sigue estando en manos de los grandes empresarios.
 
Pedir 8.300 bolivianos como salario básico, es irracional. Lo saben los dirigentes de la COB. Pero tampoco es apropiado un simple resarcimiento de la inflación ocurrida el año pasado, según el conteo del INE. ¿Para qué mostramos ingresos que son, cada año, mayores? El pueblo quiere ver esos ingresos en sus manos. Gastamos en inversión; muy bien. Pero esa inversión debe sentirse en el bolsillo de las personas. Se ha ampliado la clase media; de acuerdo. Pero debemos dar un paso más hoy día. Nos estamos enfrentando a nuestra propia gente, a las organizaciones sociales que son la base sobre la que descansa nuestro gobierno.
 
Hemos dejado que, la exigencia de los médicos, se convierta en una reivindicación de la COB. ¿Cómo puede ocurrir esto? Los médicos no pertenecen al movimiento popular. Los trabajadores en salud, los universitarios, se comprometen en defensa de los médicos; no es entendible. Si estos profesionales logran su objetivo, no compartirán absolutamente nada con quienes los están apoyando: universitarios, trabajadores en salud, COB. La trama se hace más densa, más intrincada. Alguien ha perdido la orientación y no es precisamente ésta o aquella organización social ni tampoco los profesionales que saben cuáles son sus intereses y cómo lograrlos.
 
Debemos hacer el esfuerzo. Que la gente que está desorientada, aquélla que tiene susceptibilidades, la que ha sufrido desencantos y quienes, por último, dejaron de creer en el proceso de cambio, comiencen a tener la visión de lo que puede ser este proceso. No se trata solamente se saber manejar la situación. Hay mucho más que eso, está la gente a la que nos debemos.
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La “calle boliviana” y el nuevo Estado
Estado débil, sociedad fuerte. Evo Morales, pese a encabezar el Gobierno más sólido de los últimos años, no pudo escapar a esa maldición boliviana, o bendición, depende desde dónde se lo mire: la fuente crónica de revoluciones y al mismo tiempo de inestabilidad política.


Si al Gobierno le fue relativamente fácil derrotar a la “oligarquía cruceña” y hasta pudo echar al embajador de EEUU y nacionalizar el gas, demostrando su autoridad, el 64% de los votos con el que fue reelecto parece no alcanzar para evitar retroceder una vez más frente a los sindicatos y sectores sociales variopintos.


El gasolinazo de finales de 2010 marcó un punto de inflexión. Luego vino el seguir permitiendo la importación de ropa usada, autorizar legalización del contrabando de autos, acceder al pedido de no construir la carretera por el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure' en todos los casos la dinámica fue la misma. Primero, prueba de fuerza, decisión de avanzar “sí o sí” y dar una imagen de autoridad en favor del “Estado fuerte”. Poco después: anulación de las medidas y convocatoria a algún tipo de negociación o cumbre social.


En este caso, era claro que el aumento de seis a ocho horas en la jornada laboral de los médicos no era suficiente para cambiar el malogrado sistema de salud boliviano (había mucho voluntarismo en eso, así como mucho corporativismo en la respuesta de los médicos). La demanda provino de los campesinos, carentes de un sistema de salud adecuado. Luego el Gobierno avanzó, decreto en mano, con la finalidad de derrotar a la huelga médica. Pero 36 días de paro, huelga de hambre de unos 4.000 médicos (en ayunos mediáticos de dudoso cumplimiento), medidas simbólicas como las crucifixiones y hasta “tapiarse”, y especialmente bloqueos, le torcieron el brazo al Gobierno y este retroceso corrobora un mensaje incómodo: cualquiera de las poderosas corporaciones populares (y no tanto) sabe que basta tener capacidad de resistencia y de generación de desbordes públicos –de ser posible violencia mostrados por TV– para conseguir parar cualquier iniciativa oficial.


Obviamente, sería mejor que en muchos casos las cumbres se convoquen antes de decretar las medidas. Evo Morales, con su olfato sindical, sabe cuándo retroceder. Conoce la “calle boliviana”. Pero ello no quita que cada retroceso reavive la luz amarilla de que refundar Bolivia es más complicado de lo que esperaba. Junto con el riesgo de que la imagen de la “Bolivia ingobernable” reaparezca y erosione más la aun elevada popularidad de Evo. Estos conflictos –muchos de ellos no estrictamente económicos– coinciden con una buena situación macroeconómica. La mejor quizás de la historia.


Pese al orientalismo con el que a menudo se lee la imagen de radicalidad y de “revolución permanente” de Bolivia que tanto atrae a los militantes radicales de todas las latitudes, en el país convive esta tendencia con fuertes inclinaciones conservadoras y corporativas. Todo esto es bastante comprensible dada la historia económica y social nacional. El problema es que la fuerza de veto de los “movimientos sociales” a menudo no va acompañada de acciones propositivas a favor de cambios sociopolíticos efectivos más allá de grandes líneas de acción como Asamblea Constituyente, Estado plurinacional, etc.


Pero si los médicos siguen trabajando seis horas, si no se hace la carretera del TIPNIS, si siguen entrando autos chutos, si, si, si' pueden convertirse en victorias contra iniciativas erradas' o en triunfos corporativos contra reformas necesarias. O en una mezcla de ambas cosas. Pero en todos esos casos significa la pervivencia del status quo anterior a esas luchas, no cambios hacia el futuro.


Ojalá la cumbre de la salud sea tomada en serio. Junto con la educación deberían ser el eje de esta etapa de la “revolución democrática cultural”. Y ojalá también muchos de nuestros intelectuales comiencen a citar menos a Deleuze o Zizek y a construir mediaciones más efectivas entre la utopía del cambio y los necesarios avances en las condiciones de vida de los bolivianos, la densidad estatal y un modelo económico más preciso que dé pistas de un perfil productivo para Bolivia más allá de grandes saltos industriales.


Página 7 - La Paz

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Los partidos fracasan en su último intento de formar Gobierno en Grecia
Para explicar el fracaso sin paliativos de las fuerzas políticas griegas a la hora de formar una coalición de gobierno que evite el abismo, podría aplicarse el refrán del cojo que le echa la culpa al empedrado. Pero el empedrado, esta vez, tiene nombre y apellidos, los de Alexis Tsipras, líder de la Coalición de Izquierda Radical (Syriza, segunda fuerza más votada el domingo), que ha rechazado una forzada oferta de colaboración hecha por tres partidos (socialista, conservador e Izquierda Democrática) que, con sus diputados, podrían haber sacado adelante un Ejecutivo de unidad medianamente estable. La política en Grecia tiene estas cosas, y siempre es más fácil salvar la cara ante el electorado —y ante Europa— dejando que sea otro el que pronuncie el no.


“El rechazo a esta propuesta no es de Syriza, sino del pueblo griego”, ha dicho Tsipras tras reunirse durante una hora con el líder socialista, Evánguelos Venizelos, encargado de formar Gobierno en última instancia. “Venizelos y Samarás [de la conservadora Nueva Democracia] hacen como si no hubieran entendido el mensaje de las urnas” contra los recortes, anunció, para reiterar su rechazo a un “Gobierno del memorándum [sobre el plan de rescate] con una coartada de izquierda”, en referencia a Syriza. “Ha llegado la hora de la verdad para todos”, ha declarado Venizelos, que mañana sábado informará de su fracaso al presidente del país, Karolos Papulias.


El principio de acuerdo que algunos acariciaban desde el jueves quedó pues en agua de borrajas. Tanto Fotis Kuvelis, líder de Izquierda Democrática (19 diputados) —que la víspera había aceptado integrar una coalición de Gobierno—, como Andonis Samarás, con 108 escaños, habían insistido en que en esa hipotética solución debía participar Alexis Tsipras, vencedor moral de los comicios (52 diputados) y el mayor crítico de la política de austeridad impuesta por los planes de rescate de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI).


Nueva Democracia e Izquierda Democrática hicieron en cualquier caso un brindis al sol, pues Tsipras ya había manifestado que no iba a traicionar a sus votantes “a cambio de un par de ministerios”. “Grecia necesita un Gobierno duradero, con la participación o el apoyo pasivo de Syriza, que asegure la permanencia del país en el euro y avance hacia una renegociación” del memorándum, instó Samarás. Kuvelis también solicitó la colaboración de Tsipras aunque se contradijo inmediatamente al declarar: “Es obvio que Syriza no está dispuesta a participar en un Gobierno de salvación nacional. Y nosotros no participaremos en uno solo con Pasok y Nueva Democracia. Lo único que quiere Syriza son nuevas elecciones”. Kuvelis, abogado de 61 años, propuso su hoja de ruta para acabar con el marasmo en Grecia: “Un europeísmo progresista y un socialismo democrático”. Las propuestas de unos y de otros sonaban como un diálogo de sordos ajeno a la inminencia del apocalipsis.


Los intereses partidistas han privado pues a Grecia de la única posibilidad que le quedaba para no despeñarse por el abismo —del euro y de la política—, y a los griegos, de una fórmula que la mayoría de ellos defendía: según una encuesta de Marc para el diario Ethnos, el 62,7% de los ciudadanos quiere un Gobierno de coalición (y el 53%, con la participación de Syriza). Solo el 32% de los consultados defiende unas nuevas elecciones.


Con el índice general de la Bolsa de Atenas en rojo —ha caído un 4,52%, frente a una subida similar la víspera— los principales diarios recordaban las provisiones de la Constitución griega en caso de vacío de poder. El jefe del Estado apelará ahora a los líderes de los siete partidos con representación parlamentaria (entre ellos el neonazi Aurora Dorada). Si estos no se ponen de acuerdo en un Gobierno ecuménico —con representación de todos ellos—, Papulias convocará elecciones. La repetición de los comicios puede beneficiar a Tsipras, a juzgar por la primera encuesta publicada desde el domingo: Syriza superaría en votos a ND, con el 27,7% (ND lograría el 20,3% y el Pasok, el 12,6%). El primer partido obtiene un bono de 50 escaños extras, según la ley electoral griega, lo que reforzaría la postura de Syriza.

Por María Antonia Sánchez-Vallejo Madrid 11 MAY 2012 - 20:43 CET
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El izquierdista Tsipras recibe mandato para formar un gobierno en Grecia

Atenas, 8 de mayo. Alexis Tsipras, líder de la izquierda radical griega, quien hoy recibió el mandato de formar gobierno, excluyó la particpación de su partido, Syriza, en una coalición que apoye los ajustes de austeridad impuestos por la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).
 

En todo caso, Grecia se hundió en una crisis más aguda cuando el líder del partido conservador Nueva Democracia (ND), Antonis Samaras, declaró que Tsipras, llevaría al país fuera de la zona euro con su propuesta de rechazar el rescate internacional.
 

De acuerdo con la Constitución, Tsipras, ingeniero de 37 años, tiene tres días para realizar la formación de un nuevo gobienro luego que Samaras fracasó el lunes en formar una mayoría.
 

“Es un momento histórico para la izquierda”, dijo Tsipras durante un encuentro con el presidente Karolos Paupulias. “El pueblo votó en masa en contra de las brutales políticas de la UE”.
 

Anunció que en el caso de asumir el gobierno, aprobará una moratoria en el pago de la deuda del país y señaló que habrá que dar marcha atrás a todas las leyes “hostiles con los trabajadores”.
 

Asesores de Tispras indicaron que el líder izquierdista usará todo el tiempo para reunir un grupo más amplio de entidades sociales y de otros partidos.
 

En teoría, Tsipras simplemente no tiene los números para formar gobierno con sólo 71 escaños de los 300 del Parlamento, o para cualquier posible alianza de izquierda. Los comunistas ya rechazaron unirse.
 

La única opción con una leve oportunidad de éxito podría ser que el socialista Pasok, que cuenta con 41 escaños, se una a una coalición con Tsipras. Si Nueva Democracia permanece fuera del Parlamento para un voto de confianza, en vez de oponerse, Tsipras podría ganar una mayoría.


Sin embargo, los analistas sostienen que si forma un gobierno sería demasiado frágil y duraría sólo unos meses.
 

Conservadores y socialistas consideran que Grecia necesita urgentemente dinero fresco, en concreto 30 mil millones de euros antes de finales de junio, si no quiere enfrentarse a la bancarrota.
 

La incertidumbre sobre el futuro del país europeo aumentó luego que Samaras dijo que Tsipras le solicitó la destrucción de Grecia al imponer el rechazo del rescate de la UE y del FMI como condición para un gobierno de coalición.
 

“Él me pide que firme la destrucción de Grecia. Eso no lo haré”, dijo, aunque más adelante sostuvo que apoyaría un gobierno de minoría pero no bajo esas condiciones. Afirmó que el líder de la coalición de izquierda tiene pocas oportunidades de formar gobierno, lo que hace cada vez más posible repetir elecciones.
 

El miembro del directorio ejecutivo del Banco Central Europeo, Joerg Asmussen, dijo que el rescate no puede ser renegociado y que no hay alternativa si Grecia quiere permanecer en la zona euro.
 

Alemania sigue con “gran preocupación” la situación que impera en Grecia, señaló el ministro de Exteriores, Guido Westerwelle.
 

“Pedimos a los reponsables que trabajen por generar en breve condiciones estables y formar un gobierno sensato”, añadió.
 

Westerwelle volvió a ofrecer a Atenas la “solidaridad” de Berlín, pero insistió en que el nuevo gobierno debe profundizar las reformas acordadas.


Reuters, Afp, Dpa y The Independent

 

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