Martes, 10 Abril 2012 12:01

Los colores de una Cumbre descolorida

Los preparativos de la gran fiesta avanzan con celeridad pese a los obstáculos y contrariedades. El presidente Santos y su esposa cumplen los compromisos en lo que seguramente mejor saben hacer: organizar eventos sociales. Y es eso lo que en primer lugar es la Cumbre programada para los días 14 y 15 de abril en Cartagena de Indias. Pero, aunque las apariencias engañan no son algo secundario y menospreciable. Es en el mundo del “aparentar” en donde se juegan los efectos políticos de la diplomacia visible. Y por eso no deben sorprender las disputas en torno a la lista de invitados, las sucesivas declaraciones de unos y otros y los ires y venires de emisarios. Más vale la imagen, el mensaje publicitario, que el contenido de lo que supuestamente habría de discutirse en la reunión.

De hecho, el contenido de las Cumbres pasó a ser secundario desde el momento en que se hizo evidente que la propuesta del ALCA no iba a ser aceptada, al terminar la que se convocó de manera extraordinaria y de emergencia en Monterrey (México) en el 2004. La proeza diplomática de Santos consistió precisamente en haberse inventado para esta ocasión un contenido completamente aséptico, del gusto de todos, de lo cual es muestra su flamante título: “Conectando las Américas: socios para la prosperidad”. Y no carecía de astucia: recogiendo, en apariencia, el dicho popular según el cual en esas cumbres “sólo se habla y bla, bla bla…”, colocó como anzuelo la oferta de que esta vez se aprobarían “proyectos concretos, financiados y todo”. Pero no fue suficiente; se puso en duda hasta la propia validez del evento. La tensión llegó hasta un punto en que había que decidir entre hacerla o no hacerla. Hasta hace unas semanas la disyuntiva era irresoluble: o se hacía sin Estados Unidos o se hacía sin los países del ALBA. Y todo por la disputa en torno a si se invitaba o no a Cuba. Ello es demostración de lo poco que valía el contenido. Pero, como suele suceder, detrás de estas disputas se encuentran otras de mayor calado.

¿A quién le sirve la Cumbre de las Américas?


En realidad a quien verdaderamente le interesa la realización de la Cumbre es a Santos. Se juega un punto importante tanto en el plano nacional como en el internacional. En el primero un punto a favor más que todo publicitario: el dudoso honor de tener en casa a 34 mandatarios del continente incluido el máximo dignatario del imperio. Con algunos réditos adicionales en materia de “atracción de las inversiones extranjeras”. Pero es en el plano internacional en donde aspira a cobrar los mayores beneficios. De una parte, para confirmar públicamente que tiene excelentes relaciones con el gobierno estadounidense; es equivalente en este sentido a recibir la visita del Papa. Para algunos esto puede sonar extraño ya que resultaría impensable afirmar lo contrario. La obsecuencia de los gobiernos colombianos es un hecho reconocido desde principios del siglo XX y en tiempos de Uribe, Colombia alcanzó el vergonzoso honor de ser calificada como el Caín o el “Israel” del continente. Sin embargo, es justamente tal obsecuencia, en la medida en que llegó a ser exclusivamente en beneficio de la derecha republicana, la que comenzó a crear problemas dentro de los Estados Unidos. Lo demuestra el hecho de que durante largo tiempo no pareció ser suficiente el angustioso purgatorio de suplicar de rodillas la aprobación del TLC para convencer a la bancada demócrata. La táctica imperial o, si se quiere, el estilo, había cambiado. Le tocó a Santos proyectar, allá también, la imagen de que no era igual a Uribe. Y logró por fin la aprobación, para satisfacción de las elites de nuestro país. Se trata ahora de ofrecer públicamente sus servicios para una nueva táctica imperial.

Es este último el segundo objetivo de la política internacional. Santos es consciente de que la correlación de fuerzas ha cambiado en el mundo y particularmente en este continente. De hecho, no ha dudado en diversificar relaciones, a través de múltiples TLC y diversos mecanismos de atracción de la inversión extranjera. Y, de manera en apariencia sorprendente, ha reconstruido las relaciones con los vecinos con logros no sólo económicos sino también político militares en el empeño contrainsurgente, no definitivos pero, en todo caso, muchos más de los que prometía Uribe. Al mismo tiempo, viene aplicándose juiciosamente a fortalecer las relaciones con Brasil, la potencia de Suramérica, por la vía de ofrecer oportunidades de inversión. En general, busca congraciarse con todos declarando su apoyo a Unasur; política muy diferente a la de Uribe que consideraba esta unión poco menos que un engendro del terrorismo.

Es con estas cartas en la mano como Santos pretende ofrecer sus servicios. – Porque, desde luego, no abandona su opción preferencial por el Imperio - Quiere jugar a gobierno “puente”, intermediario entre la gran potencia y los gobiernos progresistas, en beneficio naturalmente de la primera y sus aliados. Con ello habría logrado una suerte de cuadratura del círculo: ser apoyado por unos y otros, sin variar su orientación neoliberal y proimperialista. El escenario: la Cumbre.

Entre el desinterés y la indiferencia


No obstante, la situación en América Latina y el Caribe no parece favorable, al menos en lo que se refiere al escenario escogido. Los países actualmente incondicionales de los Estados Unidos apoyan una Cumbre que esté al servicio de éstos, pero es obvio que no la necesitan para consolidar su alianza; cuentan con el Nafta y el Cafta-R.D., y con los tratados ya en vigencia en los casos de Chile y Perú. Se ubican dentro de la línea marcada por Obama de poner todo el énfasis en un acuerdo profundo transpacífico, objetivo que marcha evidentemente hacia un bloqueo tanto de la iniciativa, hacia el oeste, de Brasil como de la presencia de China en el continente. Santos lo sabe perfectamente. Tanto es así que se apresuró a firmar un acuerdo con países latinoamericanos del “arco del pacífico”, justo antes de viajar a Cuba a negociar la realización de la Cumbre.

Por su parte, Brasil, Argentina y en general los países de Mercosur seguramente ven el escenario de la Cumbre como algo secundario. Brasil, consciente de su poder, seguramente prefiere la negociación bilateral con Estados Unidos o en escenarios multilaterales más amplios, mundiales. Argentina considera, y ya lo ha dicho, que no tiene sentido un encuentro continental en donde no se discuta la cuestión de las Malvinas que fue en el momento de la conflagración, en los años ochenta, el acta de defunción política de la OEA, del TIAR, del discurso del panamericanismo y hasta de la doctrina Monroe. Aceptó la Cumbres mientras sus gobiernos simpatizaron con el Alca pero ya en la era Kischner vio con buenos ojos la derrota de la propuesta justamente en su tierra, en Mar del Plata en el 2005, por lo cual puede deducirse que en adelante las Cumbres no serían para Argentina más que rutina diplomática.

Los países del Alba tendrían algún interés. No les viene mal un escenario en el cual se pudieran renegociar las relaciones con Estados Unidos. Obviamente, la perspectiva de mantener unas relaciones bilaterales caracterizadas por la esquizofrenia de la confrontación política y el intercambio económico (el caso extremo y patético es el de Venezuela) no es la mejor y mucho menos la alternativa de la negociación uno por uno; la alternativa sería por lo tanto avanzar en un marco en el que lo que se negocia es la posición de Estados Unidos en el conjunto del continente. Sin embargo, no en una Cumbre tal como se ha definido hasta ahora. No les sirve la fórmula Santista del contenido insulso; se trata por el contrario de ir al grano. Correa tuvo, por tanto, mucha razón al introducir el tema de la invitación a Cuba, ya que su exclusión es de por sí una manera deplorable de comenzar. Es una cuestión si se quiere de principio, pero con efectos políticos prácticos. Porque si se trata de las relaciones con el conjunto de América Latina y el Caribe ya hay escenarios mejores, por ejemplo la promisoria CELAC, y en eso se ponen de acuerdo con los países del cono sur.

Los intereses de los Estados Unidos y las angustias de Obama


La posición de los Estados Unidos se ha vuelto, curiosamente, un enigma. Es claro que el Imperio tiene que reconstruir su dominio sobre el continente; es un hecho que ha perdido porciones considerables de control, pese a su hegemonía militar de la que nunca ha dejado de hacer gala. Es un resultado de su crisis socioeconómica interna y de su decadencia en el contexto internacional, pero también de la torpeza belicista de Bush a la que bien servía el gobierno de Uribe. Esto último, justamente, tendría que hacerles entender que no basta la hegemonía militar. Lo cierto es que, paralelamente, casi todos los países de este hemisferio han ganado condiciones de autonomía económica frente a ellos, unos menos y otros más hasta el ejemplo notable de Brasil, y la han ganado incluso a contrapelo de las posiciones de sus gobiernos, como es el caso de Colombia. No cabe duda, en consecuencia, que el Imperio está obligado hoy en día a renegociar sus relaciones hemisféricas.

No obstante, deducir de lo anterior que la actual Cumbre de las Américas constituye un instrumento estratégico para este propósito, sería una simpleza y un error garrafal. En términos prácticos, para Obama, en medio de una dura campaña electoral, no es el lugar ni el momento adecuados para anunciar la redefinición de una política de los Estados Unidos. Sabe que entre menos hable, mejor; su estilo además es el de quedar bien con todos. Pero no sólo son razones prácticas. No fue el momento ni siquiera la V Cumbre de Trinidad en el 2009, a pesar de las expectativas que había creado. Como se sabe, a despecho de la retórica “amigable” y de las necesidades evidentes, lo que se impuso en los años siguientes fue la tradicional política de los halcones de la cúpula militar-industrial. En realidad es de tal naturaleza la crisis imperial que no parece haber culminado un proceso interno consistente de reelaboración de la política imperialista. A los ojos de todo el mundo pareciera que no entienden nada.

El instrumento, por su parte, no es ya el más adecuado. Como se sabe, fue creado por Clinton en 1994 como un instrumento ad hoc para lanzar la propuesta del Alca, entre otras cosas ante la crisis y decadencia de la OEA. Este rasgo, por cierto, ha sido objeto de tergiversaciones; recién se planteó la invitación a Cuba, la primera objeción del gobierno estadounidense consistía en que Cuba no había ingresado todavía a la OEA y no mostraba interés en hacerlo. Tan descarada era la falacia que ya hoy el Departamento de Estado reconoce: “Aunque no es un evento de la Organización de Estados Americanos (OEA)…”(1). En fin, con la derrota de la propuesta del Alca, el instrumento perdió toda funcionalidad. En abstracto, el único sentido que podía tener la prolongación de su existencia era el de constituirse en un escenario para ventilar las relaciones de la potencia con los países del continente. Y así se consideró por parte de muchos la convocatoria a Trinidad; algunos llegaron a pensar que se inauguraba una nueva era. Pero no fue así. La declaración política que nunca fue sometida a discusión y menos aprobada, contenía toda clase de temas menos el único importante que era la crisis económica mundial. Para Estados Unidos, en realidad, la Cumbre de las Américas había dejado de ser importante; dada la nueva correlación de fuerzas en el continente no convenía concurrir a un escenario que tendía a convertirse en un espacio de confrontación-negociación. Se supo entonces que, en adelante, las Cumbres tenían que ser eventos puramente sociales y diplomáticos (2).

Fue por eso que el gobierno de Obama, ante el compromiso de hacerla, vio con buenos ojos la propuesta de Santos. Pero las cosas, como se sabe, se dieron de otra manera.

Simulacro o zafarrancho


No existe posibilidad alguna que el gobierno de Estados Unidos acepte la presencia de Cuba; las concesiones por lo tanto tienen que provenir del otro lado. Y es Santos quien pone en juego sus mejores habilidades para lograrlo. Su primer intento fue ofrecer que el tema de Cuba se discutiría en la propia Cumbre. Pobre oferta que no alcanzó siquiera a ser objetada por el gobierno de Obama –la dejó en la incertidumbre- porque a Cuba, por lo menos, le pareció descomedida e insuficiente; en realidad equivaldría a soñar que en el futuro las Cumbres sí podrían ser otra cosa y eso evidentemente sólo podría provenir de un acuerdo político de fondo con Estados Unidos. Al parecer nadie podía convenir en sacrificarlo todo, solamente para salvarle la fiesta a Santos.

La única posibilidad estaba en modificar la agenda, en un golpe de audacia, para darle a la Cumbre un contenido político fuerte. Y la oportunidad se presentó con la visita de Evo Morales a Bogotá. La Cumbre podía abordar la discusión sobre un tema de fondo: el replanteamiento de la política antidrogas. Al respecto, lo único que ofrecieron los Estados Unidos fue aceptar el diálogo, dejando en claro eso sí que su posición era inmodificable. Y este es el momento en que se alude una y otra vez al tema pero no hay ninguna modificación oficial de la agenda. De hecho, en la hoja informativa que se ha venido citando, el Departamento de Estado se reafirma en los temas iniciales de la convocatoria.

Así las cosas, y contando con que los países del Alba dejen de insistir en su posición, lo único que se puede esperar es que, ya en Cartagena, durante el evento, se escuchen, en algunos discursos, alusiones a los temas de Cuba y las drogas, pero hay pocas esperanzas de que se conviertan en motivo de debate y objeto de decisión. Sería demasiado optimista aspirar a que esta Cumbre se constituya, como piensan algunos, en un episodio inaugural de la confrontación todavía pendiente por redefinir las relaciones hemisféricas, que incluiría no sólo la redefinición de las Cumbres sino la transformación radical de la OEA. No deja de ser significativo que, pese a los denodados esfuerzos de Santos para quien parece ser un hecho histórico, fuera de Colombia, la novela de la Cumbre no despierte ninguna pasión memorable. A quince días de realizarse, todavía estamos a la espera de los pronunciamientos del Alba y de los países del sur. A diferencia de la cumbre de Río + 20, aquí lo notable es el silencio. ν

1 Departamento de Estado de los Estados Unidos: Hoja Informativa. 13 de marzo de 2012. http://iipdigital.usembassy.gov/iipdigital-es/index.html
2 Tal es la posición oficial. Hasta el punto que en una brutal falsificación de la historia, el Departamento de Estado, omite incluso toda referencia al Alca. Ver: Ibídem.


* Integrante del Consejo de Redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.
Martes, 10 Abril 2012 11:56

América, de cumbre en cumbre

Los próximos 14 y 15 de abril se llevará a cabo en Cartagena, Colombia, la VI Cumbre de las Américas. Criticadas por su falta de resultados concretos, estas reuniones presidenciales constituyen no obstante un termómetro de las relaciones de fuerza continentales, en las que Washington se encuentra cada vez más a la defensiva.

Las Cumbres de las Américas surgieron hace casi dos décadas. En el marco del Consenso de Washington, Estados Unidos impulsaba el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y para instrumentar ese proyecto hegemónico propuso realizar cumbres presidenciales, incluyendo a los 34 países que constituían la Organización de los Estados Americanos (OEA) y dejando expresamente excluida a Cuba (apartada de esa institución hace 50 años, con los votos de Estados Unidos y otros 13 países de la región). La primera Cumbre de las Américas, no casualmente, se realizó en Miami, en 1994. Luego hubo sucesivas reuniones de jefes y jefas de Estado en Santiago de Chile (1998), Québec (2001), Mar del Plata (2005) y Puerto España (2009).

El proyecto del ALCA avanzó sin demasiadas oposiciones en los primeros cónclaves continentales, hasta que en 2001 emergió por primera vez una voz disonante, la de Hugo Chávez, que cuestionó abiertamente la iniciativa de Washington. En los años siguientes fue cambiando la correlación de fuerzas en América Latina, a la vez que muchos países exportadores de bienes agropecuarios, en todo el mundo, exigían a Estados Unidos, la Unión Europea y Japón que la liberalización del comercio incluyera también a los productos agrícolas, que sufrían diferentes restricciones y protecciones no arancelarias por parte de las potencias. En la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) de Cancún (2003) se paralizaron las negociaciones para liberalizar todavía más el comercio mundial. Y algo similar ocurrió con el ALCA, que fracasó en la célebre reunión de Mar del Plata en 2005, cuando los cuatro países del Mercosur, junto a Venezuela, rechazaron la iniciativa. Ante la resistencia de múltiples sindicatos y movimientos sociales –a través del Foro Social Mundial, la Alianza Social Continental y las Contra-cumbres de los Pueblos–, que logró articular una oposición popular al ALCA, y el rechazo de Brasil, Argentina y Venezuela, Estados Unidos debió abandonar esa estrategia e impulsar tratados de libre comercio bilaterales (1).

En esos años, avanzó la integración latinoamericana: expansión económica y política del Mercosur, aparición de la Comunidad Sudamericana de Naciones, luego Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), creación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). En forma paralela, la OEA, escenario de las relaciones interamericanas dominado por Washington desde la posguerra, fue perdiendo influencia. Hasta debió revocar la expulsión de Cuba luego de que los países latinoamericanos presionaran a Barack Obama en la Cumbre de las Américas de 2009. Pocos meses más tarde, hubo una reacción latinoamericana conjunta frente al golpe de Estado en Honduras. La UNASUR también actuó rápidamente ante el intento separatista en Bolivia y el levantamiento policial contra Rafael Correa en Ecuador. En febrero de 2010, además, se creó la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), una asociación continental que excluye a Estados Unidos y Canadá. Impulsada por el eje bolivariano y resistida por el Departamento de Estado, la CELAC podría convertirse en un instrumento inédito e histórico de coordinación latinoamericana por fuera del control de Washington.

La VI Cumbre de las Américas se va a llevar a cabo en este novedoso contexto regional. Al que se le suman condimentos especiales: la crítica situación económica internacional y el complejo panorama político en Estados Unidos, que vive un año de elecciones presidenciales. Por lo tanto, la Casa Blanca deberá transitar un muy delicado equilibrio entre las necesidades estratégicas del Departamento de Estado y el Pentágono, las presiones ejercidas por poderosos lobbies estadounidenses y las aspiraciones electorales de Obama.

Delicado equilibrio


Para el gobierno de Obama, la reunión de Cartagena es estratégica porque necesita relanzar las relaciones con América Latina. En los últimos años, los países del Sur han ido mostrando una creciente reticencia a aceptar los mandatos de Washington. Ya sea por su responsabilidad en la actual crisis financiera, la persistencia de las sanciones contra Cuba, las políticas duras contra los inmigrantes latinos (incluyendo el muro en la frontera con México), las restricciones al ingreso de las exportaciones latinoamericanas, o el histórico intervencionismo (actualizado tras el golpe de Honduras), persiste un generalizado sentimiento antiyanqui que alcanzó su auge durante la presidencia de George W. Bush.

En su intervención en la V Cumbre de las Américas (2009) Obama hizo un primer intento por afianzar los lazos interamericanos después del traspié de Bush en Mar del Plata y ahuyentar los temores derivados de las agresivas políticas militaristas de su antecesor. Recién asumido, señaló que pretendía relacionarse con la región en términos de igualdad. Pero las expectativas se transformaron rápidamente en decepción. La continuidad de la IV Flota –reinstalada por Bush en 2008 luego de 50 años– (2), la ratificación del bloqueo económico a Cuba, el mantenimiento de la cárcel de Guantánamo –a pesar de que Obama se comprometió a desmantelarla–, la ausencia de progresos en cuestiones migratorias y la no ratificación de tratados de libre comercio bilaterales ya firmados (con Colombia, por ejemplo), provocaron decepción en muchos gobiernos.

El segundo intento se produjo en la gira presidencial de marzo de 2011 por Brasil, Chile y El Salvador. Pero sólo hubo anuncios acotados, relativos a intercambios académicos, y ninguna mención a las concesiones comerciales reclamadas, por ejemplo, por Brasil.

El tercer intento del líder demócrata será precisamente en la VI Cumbre de las Américas. Esta reunión crucial se da en el contexto de un constante retroceso del comercio entre Estados Unidos y sus vecinos del Sur (del total de las importaciones estadounidenses, las de origen latinoamericano disminuyeron del 51 al 33% entre 2000 y 2011) (3). La contracara es el avance de China, que se ha transformado en un socio comercial fundamental para los principales países de la región además de un creciente inversor; para 2020 la CEPAL calcula que el 20% de las exportaciones latinoamericanas se dirigirán hacia el gigante asiático. Esto ha producido cambios significativos en la relación de Estados Unidos con lo que históricamente consideró su “patio trasero”.

¿Cuáles son las necesidades geoestratégicas del Departamento de Estado? Alentar la balcanización latinoamericana –ninguneando organismos como la CELAC y tratando de reposicionar a la OEA–; morigerar el avance chino, ruso, indio e iraní –el énfasis está puesto en los crecientes vínculos del presidente iraní Mahmud Ahmadinejad con Venezuela, Cuba, Nicaragua y Ecuador (4)–, y debilitar el eje bolivariano –la estrategia de la Casa Blanca incluye una aproximación a Brasil y Argentina para intentar contener la influencia de Chávez en la región– (5). Pero también existen necesidades económicas, potenciadas por la crisis estadounidense, que llevó el desempleo al 9%. Como señaló Obama en reiteradas oportunidades, un objetivo de su política exterior es exportarle más a América Latina, para ayudar a equilibrar la cada vez más deficitaria balanza comercial estadounidense (6).

Asimismo, por razones electorales, el líder demócrata necesita volver a enfocar su atención en el Sur; sus aspiraciones lo obligan a pelear por el voto latino. Sin embargo, el electorado de ese origen no es uniforme. Obama transita, en consecuencia, un equilibrio poco coherente. Por un lado sobreactúa las políticas duras hacia Cuba y Venezuela (para generar simpatías, por ejemplo, en el electorado anticastrista de Miami), por otro pretende mostrarse en sintonía con los demás países de la región, que despliegan una activa campaña en contra del bloqueo a Cuba y de su exclusión de las cumbres interamericanas. Como la población latina crece incesantemente en Estados Unidos, se transforma en un claro objetivo de demócratas y republicanos. Estos últimos critican a Obama por haber descuidado la región, mostrarse demasiado blando con los hermanos Castro y Chávez, y haber permitido el avance del eje bolivariano. El Presidente tiene pocos éxitos para mostrar en su relación con la región, por eso es clave la Cumbre de Cartagena, a la que ya confirmó su asistencia.

“Cubanización”


Del lado latinoamericano, la antesala de la cumbre está mostrando las contradicciones existentes entre los países de la región. Por un lado, se encuentran los gobiernos más afines a Washington (México, Honduras, Colombia, Chile y Costa Rica). Son los que más dependen de Estados Unidos. Sus gobiernos, con matices, despliegan políticas económicas neoliberales; quieren ampliar el comercio con Estados Unidos a través del Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica. Pero la sujeción a Washington es más sutil y matizada que hace una década. En las antípodas, se ubica el eje bolivariano impulsado por Venezuela, Cuba, Ecuador, Bolivia y Nicaragua. Los países del ALBA han planteado como impostergable la inclusión de Cuba y quieren que en Cartagena se debata sobre el bloqueo estadounidense a la isla caribeña y sobre la cuestión de las islas Malvinas, consideradas como un resabio colonial inaceptable en América Latina.

Un tercer grupo lo conforman los países del Mercosur, con Brasil a la cabeza. Apuestan a la integración a través de la UNASUR, pero no confrontan abiertamente con Estados Unidos. Asumen una posición distinta a la de los dos primeros grupos. Los gobiernos de estos países tienen acuerdos y tensiones con Estados Unidos. No se sumaron a los países del ALBA en su reclamo explícito de incluir a Cuba en Cartagena, pero a la vez participan en distintas instancias de integración regional con el gobierno de La Habana. Su intervención en Cartagena será clave para dirimir qué rumbo se impondrá. Un dato fundamental es que ésta será la primera Cumbre de las Américas que se realizará tras el establecimiento efectivo de la UNASUR y de la CELAC. Muchos países de la región, que no atraviesan las crisis económicas y políticas de Europa y Estados Unidos, pretenden que se manifieste en la reunión esta nueva correlación de fuerzas continental.

La “cubanización” previa a la Cumbre trastocó los planes de Estados Unidos y del país anfitrión, Colombia. Los países del ALBA plantearon al gobierno colombiano, el 7 de febrero, que debía invitar a Cuba. Aunque el gobierno de La Habana viene sosteniendo desde 2009 que no volverá a la OEA, sí declaró que pretende participar de las Cumbres de las Américas. El Departamento de Estado insistió en que Cuba debe realizar reformas “democráticas” antes de reincorporarse. Fundamenta la negativa a incluir a Cuba en una “cláusula democrática” aprobada en la III Cumbre, en 2001. La líder ultra-conservadora Ileana Ros-Lehtinen, senadora por Florida y presidenta del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara Alta, exigió a Obama que boicoteara la Cumbre en caso de que Colombia optara por invitar a Cuba (7). Santos, por su parte, resolvió viajar a la isla el 7 de marzo, para entrevistarse con Raúl Castro y con Chávez, en vistas de hallar una solución que evitara el naufragio de la reunión. Allí anunció que Cuba no participaría, pero que se entablarían negociaciones para garantizar su presencia en la siguiente Cumbre (Panamá, 2015). A poco de iniciarse el cónclave, y más allá de la asistencia de Castro, el Departamento de Estado y la cancillería colombiana temen que el “caso Cuba” acapare toda la atención, como en buena medida ya ocurrió en Trinidad y Tobago en 2009 (8). Aunque en esa oportunidad Obama acababa de asumir y todavía había esperanzas en algunos gobiernos de la región de que flexibilizaría su política hacia La Habana, lo cual operó como línea de fuga de las tensiones interamericanas.

Más allá de la resolución final, el eje bolivariano se anotó un triunfo de entrada. Al “cubanizar” los debates previos a la cumbre, logró justo lo contrario de lo que Estados Unidos necesitaba: el bloqueo, la base en Guantánamo y la exclusión de la Isla del sistema interamericano son temas que necesariamente alejan a Washington de los países latinoamericanos.

Desafíos


El temario formal de la reunión abarca los siguientes puntos: seguridad; acceso y utilización de tecnologías; desastres naturales; reducción de la pobreza y las inequidades; cooperación solidaria; integración física de las Américas (9). En su convocatoria, la cancillería colombiana insiste en reiteradas oportunidades en que el objetivo es arribar a resultados tangibles y concretos. Este énfasis tiene que ver con una apreciación bastante generalizada, incluso al interior de los cuerpos diplomáticos, de lo poco fructíferas que son estas reuniones en términos de avances reales en cuestiones de integración, infraestructura, desarrollo tecnológico conjunto y comercio. Hasta ahora, las cumbres han sido más bien ámbitos de debate político.

Así, si bien está prevista la realización de cuatro foros entre el 9 y el 13 de abril (jóvenes emprendedores, pueblos indígenas y afro-colombianos, sector laboral y sector civil) y de diversos foros preparatorios de actores sociales, lo cierto es que la atención general está centrada en los debates presidenciales que se realizarán el 14 y 15 de abril (el último día, los mandatarios tendrán una extensa reunión confidencial a agenda abierta).
Lo que allí probablemente se va a discutir, aunque no esté en el temario, constituye lo más relevante de la Cumbre: Cuba (bloqueo económico y exclusión del sistema interamericano), préstamos, restricciones comerciales, Malvinas, narcotráfico.

En las últimas semanas, los gobiernos colombiano y guatemalteco plantearon la necesidad de legalizar y regular el comercio de algunas drogas. El fracaso de la “guerra contra las drogas” impulsada por Estados Unidos llevó a los países de la región a proponer un cambio de paradigma. La UNASUR anunció que en la próxima reunión ministerial de mayo discutirá alternativas para abordar la problemática. El Departamento de Estado debió resignarse a aceptar la inclusión de este debate en Cartagena, aunque su vocero, Michael Hammer, declaró que la despenalización es un camino al que Washington se opone (10).

En las últimas dos décadas, estos cónclaves han sido un termómetro de las relaciones interamericanas. Si en los años noventa la Casa Blanca pudo moldearlas según su interés, para desplegar el ambicioso proyecto del ALCA, las últimas dos cumbres (2005 y 2009) mostraron que Washington ya no puede pretender mandar en su “patio trasero”. Fracasó en la creación de un área de libre comercio continental, en sus políticas de guerra contra las drogas, en su agresión contra Cuba y en los múltiples intentos por derrotar o debilitar al eje bolivariano.

La histórica estrategia de fragmentar la unidad latinoamericana, aún vigente, enfrenta serios desafíos. El ALBA, la UNASUR y la CELAC, una suerte de “OEA sin Estados Unidos”, son una manifestación de la menguante hegemonía estadounidense. Superar la concepción del realismo periférico, renuente a confrontar con la principal potencia por los costos económicos que supuestamente acarrearía, es el desafío principal de los países de la región. Es hora de concebir otro tipo de integración, inspirada en los ideales bolivarianos, pero pensada como estrategia de real autonomía e independencia, en el camino hacia la construcción de otro orden económico-social a nivel mundial. γ

1 Véase Leandro Morgenfeld, El ALCA: ¿a quién le interesa?, Ed. Cooperativas, Buenos Aires, 2006.
2 Véase el dossier “Estados Unidos vuelve a patrullar”, Le Monde diplomatique, Colombia, junio de 2008.
3 Andrés Oppenheimer, “Obama debe mirar más al Sur”, La Nación, Buenos Aires, 17-1-12.
4 Ignacio Klich, “A pesar de Washington”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, febrero de 2010.
5 Obama se entrevistó con Cristina Fernández de Kirchner en la Cumbre del G20 de Cannes (noviembre de 2011) y recibirá a Dilma Rousseff en Washington el próximo 9 de abril, para discutir el fortalecimiento del sistema interamericano.
6 Barack Obama, “American Jobs Through Exports to Latin America”, 19-3-11 (www.thewhitehouse.gov).
7 El Nuevo Herald, Miami, 22-2-12.
8 El pasado 15 de marzo el presidente de Ecuador, Rafael Correa, puso en duda su participación en la Cumbre debido a la exclusión de Cuba.
9 Véase el programa de la Cumbre en www.summit-americas.org
10 Juan Gabriel Toklatian, “Drogas: una guerra que fracasó”, La Nación, 13-3-12.


*Docente UBA/ISEN, investigador del CONICET, autor de Vecinos en conflicto. Argentina y Estados Unidos en las Conferencias Panamericanas, Continente, Buenos Aires, 2011, y del blog www.vecinosenconflicto.blogspot.com

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

Miércoles, 21 Marzo 2012 17:03

El uniforme no da derecho

El uniforme no da derecho
Nuevamente la sociedad se conmocionó. No es para menos. El 7 de febrero, Wilmer Alejandro Bernal, un joven de 15 años fue convertido en tea por dos policías. Una semana después moriría. ¿Quién para la brutalidad policial?


Era el 9 de febrero de 2012. Bajo el frío bogotano, la rutina policial llevó a los dos agentes debajo del puente de la Avenida Cali con calle 91, en la localidad de Suba. Allí, el joven Wilmer Alejandro Bernal descansaba quizá de la resaca o escampaba de la lluvia. La inspección y procedimiento habitual de los dos uniformados cambió su curso normal cuando la gasolina de la motocicleta oficial fue usada para prender fuego a la improvisada morada. Despertado por las llamas que rápidamente lo cubrieron, con angustia empezó a padecer su incineración. La indiferencia y la tranquilidad del intendente Carlos Danilo Posada y del patrullero Carlos Augusto Díaz Espejo, como espectadores pasivos ante el horror que habían provocado, no se vio alterada hasta cuando el joven perdió la conciencia y fue llevado al Hospital Simón Bolívar, donde perdió la vida una semana después de lo sucedido.

Lo acontecido, bien podría ser el inicio de una novela de ficción o de sadismo, o podría ser parte del guión de la película “El día de la bestia” de Alex de la Iglesia. La noticia fue difundida como las llamas que consumieron vivo a Wilmar, silenciada con rapidez como si la frialdad de los verdugos se hubiera contagiado a gran escala; reemplazada por otros hechos noticiosos. Lo cierto es que se despertó una pequeña inquietud por el caso, que motivó las declaraciones de los altos cargos de la Policía Nacional, de los funcionarios de la Fiscalía y del juez 63 del Distrito que ordenó el traslado a la cárcel La Picota de los dos incriminados. Los canales de televisión, los programas radiales, la prensa y en general todo el arsenal de medios de comunicación del país, se movilizó con la tarea de hacer una historia, que en estos días parece perder importancia. Los altos mandos de la institución, prometieron medidas al respecto, que consistieron en 90 días fuera de servicio para los implicados, “mientras se adelantaba la investigación”.

La tragedia se prolongó. La madre de Wilmer Alejandro no recibía, luego de una semana de fallecido, el cuerpo de su hijo, y es que la evaluación por parte del Instituto de Medicina Legal no arrojaba resultados acerca de la identidad del cuerpo. A través de una publicación en su página web, el Instituto constató que le fue aplicada la necropsia medicolegal al cuerpo ingresado a la institución el 15 de febrero y que las condiciones del mismo “…no permitieron otras formas de identificación (huellas dactilares, señales particulares, carta dental).” Pasados estos estos días, que para su madre debieron semejar una inmensidad, Wilmer Alejandro Bernal Camelo, fue plenamente identificado, constatándose que había sido quemado vivo.

Wilmer Alejandro fue encontrado sin camisa y sin zapatos, que según testimonios, le fueron quitados por los policías que lo quemaron cuando dormía. La madre del menor, doña Blanca Cecilia, desmintió las versiones divulgadas acerca de que Wilmer era un indigente. Doña Blanca dijo que su hijo había escapado dos días atrás. Su madre reclama con toda razón justicia, porque bajo el marco de la Ley de Seguridad Ciudadana, las funciones policiales no deben ir más allá del estricto cumplimiento de su labor.

Sí. Wilmer fue incinerado vivo por dos policías, uniformados, representantes del orden, que esa mañana del 7 de febrero no encontraron mejor solución para aplacar a un grupo de indigentes, que prenderle fuego al niño que apenas llegaba a los 15 años. Según sus declaraciones acudieron al lugar para hacer frente a un altercado entre indigentes, pero lo que no explican, es cómo Wilmer terminó tendido en el piso, sin zapatos y sin camisa, rociado con gasolina y con quemaduras graves.

Ante la ausencia de los dos agentes, que según testigos se fugaron de la escena, otro policía que acudió después al sitio del incendio, fue quien llamó –al parecer– a la ambulancia.

Los medios se callaron entonces. Ya todo estaba dicho, ya el país había escuchado la cruda realidad del caso. Puede ser que todos nos hubieramos sorprendido e indignado. Los medios sólo refrescaron la noticia el 21 de febrero, día en que se procesa a los acusados. Los dos agentes pertenecientes a la estación de policía de Suba, fueron recluidos bajo medida de aseguramiento en la cárcel, a la espera del juicio correspondiente. Ambos se declararon inocentes.


Algo huele mal


No es primera vez que policías se ven involucrados en flagrantes asesinatos y violaciones de derechos humanos. Al parecer el general Naranjo, no ve que en la institución hay algo más que unas naranjas podridas. Un caso muy parecido sucedió en el año 2009, cuando dos menores fueron quemados “por agentes del orden”, por violar el toque de queda; o el caso de Diego Felipe Becerra, joven grafitero, que el pasado 19 de agosto fue asesinado por el patrullero Wilmer Alarcón, caso en el que aún no se aplica justicia. Así ha pasado, pasa y seguirá pasando, si no tomamos conciencia de que algo anda mal, que los abusos de autoridad son cada vez más constantes, crueles y desenfrenados.

La violación y asesinato de una niña de 9 años en una estación de policía de Bogotá en 1993, el asesinato de Nicolás Neira, el Primero de Mayo de 2005, o la violación de una joven en la estación de Soacha en el 2009, demuestran que la violencia desenfrenada por parte de la Institución policial no es cuestión de unos desadaptados sino que reflejan una práctica de abuso policial arraigada en oficiales y suboficiales.

¿Qué motiva ese abuso de autoridad, esa crueldad y esa sevicia desenfrenada en los múltiples casos que registran los medios y que lanzamos al olvido? Sin duda son signos evidentes, que demuestran la incapacidad de la institución de controlar los desmanes, de hacerles frente y de prevenir futuros casos. Y de algunos oficiales y suboficiales, empeñados en seguir incurriendo en manipulación y encubrimiento para “mantener limpio el nombre de la Policía Nacional”.

Ante este panorama, no es extraño que muchos ciudadanos, al ir por la calle y ver un policía, sientan temor y no la tranquilidad que debiera inspirar el uniforme.
Publicado enEdición 178
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