Los libaneses celebran la dimisión del primer ministro Saad Hariri entre la alegría y la cautela

El Gobierno cede tras trece días de masivas protestas en todo el país en las que se exigía la dimisión del ejecutivo y el fin de la corrupción. Los manifestantes consideran que este es solo el primer paso en la respuesta a sus demandas.

Y las calles le ganaron el pulso al gobierno. El primer ministro libanés Saad Hariri anunció su dimisión el jueves por la tarde, décimotercer día de manifestaciones, bloqueos de carreteras y huelgas en todo Líbano, para protestar contra la corrupción de la clase política y las medidas de austeridad, en un clima de agravada crisis económica. En un escueto discurso de apenas dos minutos, Hariri anunciaba su renuncia a seguir gobernando tras haber llegado a un “callejón sin salida” y ponía su cargo a disposición del presidente Michel Aoun.

Al escuchar el anuncio, los libaneses estallaron en júbilo. Miles de personas volvieron a concentrarse en las principales plazas y puntos neurálgicos del país, donde la afluencia había caído ligeramente en los últimos días, para celebrar lo que sienten como una victoria colectiva. En la Plaza de los Mártires, epicentro de las protestas en la capital, así como en la cercana plaza Riad el Solh, situada frente a la sede del gobierno, los manifestantes celebraban, se felicitaban entre sí, y discutían, en pequeños grupos o en asambleas, cuáles debían ser los siguientes pasos a seguir.

“Estamos increíblemente contentos, aún no nos lo podemos creer”, aseguraba Laetitia Malkoun, psicóloga de 27 años, mientras agitaba la bandera libanesa, que en las protestas de estos días ha sustituido a las tradicionales de partidos políticos. “Pero este es solo el primer paso, queremos que se vayan todos. Vamos a ver qué ocurre ahora”, añadía cauta Cyntia Sfeir, estudiante de ingeniería medioambiental. “Revolución” y “ahora es el turno del pueblo” eran algunos de los cánticos más escuchados. Las celebraciones se han repetido en todo el país, de Sidón en el sur –considerado un bastión del ahora exprimer ministro– a Trípoli, en el norte.

“Siento que es la primera vez que contribuyo a un cambio real en mi país”, afirmaba Mohammad Lawah, joven originario de la ciudad norteña, que ha pasado la mayor parte de los días de protesta en Beirut participando en debates, manifestaciones o bloqueos de carreteras. “Pero ahora tenemos que seguir trabajando, hablando con la gente para convencerla de que hay que acabar de verdad con el sectarismo y luchar contra la corrupción”.

En la autopista de circunvalación de Beirut, cortada durante varios días seguidos, el sentimiento de triunfo era si cabe mayor: pocas horas antes, seguidores de los partidos chiitas Amal y Hizbolá habían atacado a los manifestantes con extrema dureza, antes de quemar la mayoría de tiendas y puestos de la vecina acampada en la plaza de los Mártires, en un intento de impedir la renuncia del primer ministro. En un discurso televisado la semana anterior, Hassan Nasrallah, líder de Hizbolá, había advertido que la dimisión del gobierno era una línea roja que no debía ser traspasada. El Partido de Dios, cuyo poder salió afianzado de las pasadas elecciones legislativas, ha sido el principal defensor del mantenimiento del statuos quo. Entre la postura adoptada por Nasrallah y los ataques de sus partidarios a manifestantes, la imagen de Hizbolá ha quedado gravemente dañada durante la crisis.

 

A la espera de un nuevo ejecutivo

 

La renuncia de Hariri implica de facto la de todo su gabinete. El presidente Aoun debe ahora aceptar la dimisión y declarar gobierno en funciones al ejecutivo actual. Aoun iniciará en breve consultas parlamentarias para designar un nuevo primer ministro, que deberá a su vez formar un gobierno de transición, previa aprobación del jefe de Estado. “Aunque estas consultas podrían llevar un tiempo considerable”, advierte Lahham Wissam, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Saint Joseph de Beirut, recordando que la última vez se tardó nueve meses en llegar a un acuerdo.

La primera y principal exigencia de los libaneses era la dimisión en bloque del Gobierno, pero no la única. En estos días han aflorado otras demandas claras, entre ellas la de un ejecutivo de transición formado por tecnócratas capaces de estabilizar la malograda economía del país. También, una reforma de la ley electoral con circunscripción única para acabar con el actual sistema de reparto de poder por cuotas confesionales, que en la práctica se ha traducido en sectarismo, corrupción y creciente desigualdad por culpa de una pésima gestión económica y política.

En todo caso, un hipotético gobierno de expertos “debería trabajar contra los intereses establecidos de las fuerzas políticas que controlan la administración pública que implementa las decisiones gubernamentales. Una clase política que no tiene ningún interés en ese gobierno tenga éxito en su tarea”, subrayaba el analista Michael Young del Carnegie Institute for the Middle East en un artículo en el diario The National.

Por delante, el nuevo ejecutivo también tendrá la hercúlea tarea de tratar de aliviar una deuda pública desbordada equivalente a más del 150% del PIB, reducir el desempleo y reformar sectores como el eléctrico –Líbano sufre cortes de electricidad de entre 3 y 12 horas diarias– o el de las telecomunicaciones, con unas de las tarifas más caras de todo Oriente Medio. No en vano, fue el anuncio de un nuevo impuesto a las llamadas hechas por redes sociales como WhatsApp (empleadas masivamente por el alto precio de las llamadas telefónicas) lo que encendió la mecha de la protesta.

Revolución social

La movilización ciudadana, que en su punto álgido sacó a las calles a un millon y medio de personas en un país de seis millones, ha destacado no solo por el pacifismo y la creatividad de las propuestas (desde conciertos espontáneos a clases de yoga para bloquear autopistas o una cadena humana de norte a sur del país), sino también por derribar un muro que parecía infranquable: el de la división sectaria. Las críticas a la clase política han venido de personas de todas las confesiones, que han incluido en sus diatribas a los representantes de sus propias comunidades religiosas, haciendo llamamientos continuados a la unidad de todos los libaneses. Quienes han participado en las manifestaciones se muestran unánimes al señalar que hay un antes y un después en la forma de ver y tratar a sus conciudadanos.

La reapropiación de los espacios públicos especialmente en la capital, donde los lugares de encuentro no privatizados brillan por su ausencia, ha sido otra de las grandes conquistas del movimiento, con la ocupación de edificios emblemáticos cerrados durante décadas y la presencia masiva de gente en las calles del centro de Beirut, generalmente semidesiertas.

Las asambleas ciudadanas que se han venido organizando en las últimas dos semanas, estaban más concurridas que nunca en la noche del martes. “No queremos un nuevo gobierno cualquiera, queremos uno que sepa gobernar”, afirmaba una mujer de mediana edad en su turno de palabra durante uno de los debates celebrado en un parking junto a la Plaza de los Mártires. Aunque las ideas sobre cómo mantener la presión divergían, todo el mundo tenía claro que la renuncia del gobierno era solo el primer paso en su batalla: la movilización en las calles, afirman, debe continuar.

BEIRUT

30/10/2019 07:34 Actualizado: 30/10/2019 07:34

Por Andrea Olea

@lea_corr

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“El diluvio es tan fuerte que nubla la vista”. Entrevista a Raúl Zibechi sobre las actuales revueltas latinoamericanas

De las actuales revueltas latinoamericanas, del papel de los pueblos indígenas, los jóvenes y las mujeres, del rol de Estados Unidos, de las elecciones en Bolivia y en Argentina, de la coyuntura en México, de la ultraderecha y del qué sigue para quienes buscan un mundo más digno, habla en entrevista Raúl Zibechi, periodista y escritor uruguayo, conocedor, caminante y acompañante de diversas luchas de América Latina.

¿Qué está pasando en Latinoamérica? ¿Por qué ahora las revueltas en Ecuador, Haití, Chile?

Estamos ante el fin de un período marcado por el extractivismo, fase actual del neoliberalismo o Cuarta Guerra Mundial. En este sentido, creo que estamos ante el otoño del extractivismo, porque su período de oro fue antes de la crisis de 2008, cuando los altos precios de la commodities permitieron mejorar la renta de los más pobres sin tocar a los ricos, sin reformas estructurales, como reforma agraria, urbana, impositiva, y así.

Las revueltas son bien diferentes en cada país. En Ecuador tenemos un levantamiento -han habido una decena desde 1990- bien organizado y dirigido por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), que por primera vez fue parcialmente desbordada por los pobres urbanos. En Chile, en cambio, es un estallido, sin convocantes ni direcciones pero con una creciente organización territorial a través de asambleas populares. Los sectores más organizados son los mapuche, los estudiantes y las mujeres, que están jugando un papel destacado.

Creo que la gente está harta, enojada, cansada de tanta desigualdad y de empleos, salud y educación basura. Lo que hay son servicios pésimos para gente descartable. Eso es percibido sobre todo por los más afectados, las y los jóvenes, que ven que no tienen futuro en este sistema. La gente aprovecha grietas, como el paro de los transportistas en Ecuador, para hacerse escuchar.

¿Cuál es tu lectura de lo que ocurre en Bolivia, en cuanto a las elecciones presidenciales en las que se reeligió Evo Morales y las posteriores movilizaciones?

Un fraude más. Evo Morales y la camarilla que lo rodea, como el vicepresidente Álvaro García, se aferran al poder que es lo único que les importa. Ésta es una lección importante: carentes de toda ética, a los dirigentes de izquierda sólo les queda su obsesión por el poder. Esto merece un análisis profundo. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Qué sucedió para que el interés único sea el poder y todo lo que lo reviste, como el lujo y el control de la vida de los demás?

Morales no debió presentarse a estas elecciones porque convocó un referendo y ganó el No a su candidatura. Violentó la voluntad popular y ahora vuelve a hacerlo. Es claro que la derecha pretende aprovechar esta situación, pero no olvidemos que la OEA a través de Luis Almagro defiende el régimen de Morales y esto me parece muy sintomático. Quienes hablan de golpe de Estado ocultan que hay un pacto con la derecha, los militares y la OEA, o sea Estados Unidos, para sostener al gobierno de Morales.

Debemos reflexionar por qué la izquierda no imagina soltar el poder, porqué no conciben la política sin aferrarse al Estado. Entre otras cosas, porque abandonaron la construcción de poderes populares, porque no les interesa que la gente esté organizada y hacen todo lo posible por evitarlo, incluso a través de la represión y el terrorismo de Estado, como en Nicaragua.

¿Qué papel juegan los pueblos indígenas en las revueltas?

Son el núcleo principal, junto a las mujeres y los jóvenes. Lo que sucede en Chile tiene tres antecedentes: la lucha del pueblo mapuche, la de los estudiantes desde hace más de un década y la de las mujeres que el año pasado ocuparon universidades y plantaron cara al patriarcado académico. Me hace mucha gracia cuando dicen que Chile se despertó. Los que despertaron fueron los periodistas y académicos que estaban en el limbo. Los de abajo nunca durmieron. Un año atrás la respuesta de todo Chile al asesinato de Camilo Catrillanca fue impresionante, con cortes de calles durante un mes en Santiago y en otras treinta ciudades.

Los pueblos originarios tienen dos grandes cualidades. La primera es la organización territorial comunitaria que se está profundizando al aparecer el activismo juvenil y de mujeres, que democratizan las comunidades. La segunda es que encarnan formas de vida potencialmente no capitalistas, algo que ningún otro sector de la sociedad puede ofrecer a las luchas. Educación, salud y alimentos en clave no mercantil, a lo que debe sumarse la construcción de poderes de otro tipo, no estatales.

Por eso los pueblos son referentes para todos los que luchan. Por eso los blancos urbanos agitan banderas mapuche y las mujeres, estudiantes y campesinas ecuatorianas aceptan la orientación de los indígenas. Me gustaría decir que los pueblos originarios son hoy el principal referente de las revueltas, incluso de sectores de las clases medias urbanas. En Quito las mujeres profesionales limpiaban diariamente los baños de la Casa de la Cultura, mientras las mujeres y varones originarios debatían en asambleas improvisadas. Lo hicieron como gesto de respeto y de aceptación activa de su liderazgo, en una actitud que debe hacernos reflexionar desde el corazón, porque emociona profundamente.

Uruguay rechaza la Guardia Nacional que, por cierto, en México se aprobó. ¿Cual es el saldo de las fuerzas armadas en las calles?

En los próximos años veremos cada vez más militares en las calles. Lula y Dilma, en Brasil, los llevaron a las favelas y nadie levantó a voz, porque son negros y porque son “delincuentes”. El tema del crimen organizado es una pretexto perfecto, porque sirve para limpiar la conciencia de las clases medias de la izquierda, que son las que menos violencia sufren.

El futuro ministro de Interior del Frente Amplio en Uruguay, Gustavo Leal, se desempeña ahora en ese ministerio y se dedica a perseguir las bocas de venta de pasta base, con una saña especial ya que derriba sus viviendas cuando son encarcelados. No son narcos, en el sentido estricto, sino pobres que sobreviven en la delincuencia, a los que aplica métodos represivos idénticos a los que utiliza Israel con los palestinos. Sin embargo, se han descubierto en Europa cargamentos de cocaína de hasta cinco toneladas embarcados en el puerto de Montevideo.

La salida de los militares es inevitable, porque los de arriba declararon la guerra a la población. Y eso no tiene ninguna relación con izquierda o derecha, es una cuestión de clase y de color de piel, es la política del 1% para sostenerse arriba.

¿Qué lectura le das a México en este contexto latinoamericano?

Desde hace tiempo en México se viene incubando algo similar a lo de Chile, un fenomenal estallido que ha sido postergado por la guerra primero y ahora por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Pero la olla acumula presión y es inevitable que en algún momento suceda un enorme levantamiento, cuando la rabia supere el miedo. No sabemos cuándo, pero el proceso está en marcha, porque la política de profundización del extractivismo del actual gobierno es una maquinaria de acumulación de rabias.

Por otro lado, veo en México un poder débil, un gobierno que se echa atrás frente al narco como sucedió en Culiacán, pero le mete presión a los pueblos como sucedió en Morelos, cuando asesinaron al defensor comunitario Samir Flores Soberanes. AMLO negocia con el narco y pasa por encima de los pueblos originarios, lo que revela la miseria ética de su gobierno. Dice que se trató de salvar vidas, lo que puedo entender. Pero, ¿quién defendió la vida de Samir y de tantos otros asesinados en ste, su primer año de gobierno?

Argentina y las elecciones ¿Es la solución el regreso al progresismo?

El problema es que regresa otra cosa que no es el progresismo. En Argentina no vuelve el kirchenismo de 2003, sino un régimen peronista muy represivo, que será más parecido al Perón de 1974 o al de Menem de 1990. El ciclo progresista se terminó, aunque haya gobiernos que se reclaman de esa corriente. El progresismo fue un ciclo de altos precios de las commodities, que permitió traspasar ingresos a los sectores populares por los altos superávits comerciales. Pero además de este factor económico, el ciclo se termina por otro factor decisivo: se termina la pasividad, el consenso entre clases, se activan los movimientos y esto marca un límite claro al ciclo que sólo era posible por la aceptación abajo de las políticas de arriba.

Creo que el nuevo gobierno tiene que enfrentar enormes dificultades por el peso de la deuda que deja Macri, que fuerza a una política de austeridad. El problema es la expectativa popular de que las cosas cambien rápidamente y se produzca una mejora notable en la actividad económica y los salarios.

Sabemos que esto no es posible, entonces se abre un período de imprevisibilidad en el cual la gente no va a esperar pasivamente que le entreguen beneficios. En Argentina veremos una potente profundización del extractivismo, en particular el petróleo y el gas de Vaca Muerta.

Costa Rica y Panamá con revueltas estudiantiles. ¿Qué papel juegan los juegan los jóvenes?

Los jóvenes son uno de los sectores más activos. Si los indígenas están siendo despojados y las mujeres violadas y asesinadas, los jóvenes saben que no tienen futuro, porque una vida digna no puede consistir en trabajo ocho o diez horas en un Oxxo, que con el viaje de ida y vuelta a la casa suma casi catorce horas sometidos al empleo, sin tiempo ni ánimo para hacer otra cosa que consumir con lo poco que le queda de su salario. En el mejor de los casos que tenga un salario.

Sólo una minoría tiene acceso a estudios superiores, con becas que les garantizan hasta los 40 años una vida cómoda, lo que supone un contraste agudo con los jóvenes de los sectores populares, indígenas y negros. Salen de sus barrios y son objeto de la violencia policial o del narco, lo que sugiere que viven en una situación de aguda fragilidad. Esto los lleva en ciertos momentos a integrarse al crimen organizado, que les garantiza una vida más cómoda. Pero sobre todo acumulan rabia, mucha rabia.

En Ecuador, veteranos dirigentes comunitarios estaban sorprendidos de que los jóvenes se les fueran encima a los gendarmes, a mano pelada, por pura bronca, sin medir consecuencias. Consiguieron reducir a cientos de policías que luego fueron entregados a la ONU o a otras autoridades, porque los dirigentes intervinieron para que no los lastimaran, que si fuera por ellos los liquidaban ahí mismo, al pie de las barricadas. Porque esta juventud pobre no tiene experiencias de lucha organizada y tiende a sacarse la rabia atacando a sus enemigos, en lo que puede generar auténticas masacres. Pero están ahí, desbordando todas contenciones imaginables: desde la familia y el barrio hasta los aparatos represivos y, por supuesto, las organizaciones de izquierda. Aquí tenemos que trabajar duro para organizar.

El papel de la ultraderecha y el caso de Bolsonaro en Brasil

Desde el momento que Bolsonaro accedió al gobierno, atraviesa una sucesión de tropiezos, enseñando una enorme incapacidad para gobernar. Se han desatado crisis en su propio partido, entre el presidente y sus aliados, con los empresarios y los grandes agricultores. La verdadera ultraderecha son las fuerzas armadas, en particular el ejército, que juega el papel de estabilizador del gobierno.

Creo que el gran problema de Brasil es la tremenda inseguridad en la vida cotidiana que sufren las camadas populares, en general pobres y negras, que las lleva a buscar refugio en las iglesias evangélicas y pentecostales, así como en figuras que dan una imagen de “seguridad”, como Bolsonaro. Lo que debemos respondernos es porqué los sectores populares abandonaron al Partido del Trabajo (PT) y se volcaron hacia la ultraderecha.

La respuesta simplista es que están influidos por los medios. Una posición que defienden académicos que se creen inmunes a los medios y que subestiman las capacidades populares. La realidad es que la vida de quienes viven en favelas es tremenda: precariedad laboral, abrumadora presencia de la policía militar, crímenes y asesinatos por parte del Estado, salud y educación de pésima calidad, temor por los hijos, que caen víctimas de las balas en porcentajes alucinantes. Las madres temen por sus hijos y éstos por su futuro. Un clima ideal para la captura ultraderechista, en particular de los varones que se sienten desplazados por el empoderamiento de sus pares.

En este contexto, ¿cuál es el papel de Estados Unidos?

La región está siendo escenario de una disputa por la hegemonía global entre Estados Unidos y China. La penetración china está mostrando que es incluso peor que la yanqui. En Ecuador se construyen obras de infraestructura, como represas hidroeléctricas, con esclavos chinos que conmutan sus condenas trabajando en condiciones forzadas, con castigos corporales inclusive. Nadie debe creer que el capitalismo y el imperialismo chinos seas menos opresivos o agresivos que el yanqui.

El problema es que Estados Unidos necesita reposicionarse en América Latina para compensar su creciente debilidad en África, Asia y Oriente Medio. Una de las tendencias que veremos en el futuro inmediato, es la destrucción de los Estados-nación, proceso que ya ha comenzado en México y en países de Centroamérica. Por ese lado, debemos esperar lo peor.

¿Hacia dónde?

La principal característica de este período post ciclo progresista, es la inestabilidad. Las derechas no pueden gobernar, como lo demuestran Chile y Ecuador. Pero los progresismos tampoco, como lo demuestran Bolivia y Nicaragua. Pero cuidado, el problema no es tal o cual gobierno (el gobierno siempre es un problema), sino el sistema. Estas revueltas no son contra un presidente sino contra un modelo de destrucción de la naturaleza y de control social masivo a través de políticas sociales y militarización, que se complementan para mantener a la población sojuzgada.

La respuesta de hacia dónde, no puede ser otra que la organización popular en cada territorio, para resistir y construir los mundos nuevos. Me gusta hablar de arcas, porque es necesario sobrevivir colectivamente el diluvio que viene. Desinformémos puede ser considerada como un arca de la inter-información de los abajos, como el mecanismo para acoplar nuestras conductas, como diría Alberto Maturana. O sea, una información hacia adentro del campo popular o arcas colectivas, que es imprescindible para orientarnos en algún sentido emancipatorio, pero sobre todo para mover-nos en medio de una tormenta que no deja ver nada, porque el diluvio es tan fuerte que nubla la vista.

28 octubre 2019 0

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Lunes, 28 Octubre 2019 06:57

La afrenta continental

La afrenta continental

Latinoamérica, que nominalmente comienza al sur del río Bravo y llega hasta la vecindad Antártica, anida más de una veintena de naciones que ahora, en tiempos de redes sociales y trascendentes despertares indígenas, parecen estarse hablando como nunca después del ciclo independentista en la segunda década del siglo XIX.

Se dice fácil. La dudosa "integración" regional siempre brilló en el discurso, aunque no quedase claro si con ella se pretendía poner en orden el "patio trasero" de Estados Unidos, su "zona de interés" irrenunciable desde la Doctrina Monroe, o por el contrario construir un bloque regional para dejar de ser del interés exclusivo de Washington, el Pentágono y las grandes corporaciones estadunidenses que han ocupado, cultivado, explotado, extraído y extenuado las riquezas naturales del subcontinente durante 170 años. Un proceso que se inicia con la invasión a México y la enajenación de la mitad de su territorio, y lo continúan las bananeras, petroleras y mineras que ocuparon y saquearon la que algunos románticos llaman "Nuestramérica". El número de golpes de Estado, invasiones militares y filibusteras, guerras civiles y amafiamientos territoriales propiciados, patrocinados y sostenidos por Estados Unidos es tal que a ningún país del área la faltan episodios de injerencia y daño directo.

La afrenta imperial, permanente hasta hoy, nunca generó respuestas continentales. Para impedirlo han servido la Cuarta Flota, la CIA, la devaluadísima Organización de Estados Americanos (OEA), los tratados de libre comercio y la "renta" permanente de territorios (plantaciones, bases militares, campos petroleros) en Centroamérica, grandes extensiones de Sudamérica y colonias explícitas como Puerto Rico: el síndrome de Guantánamo devora las ambiciones yanquis. Este sí que ha sido nuestro destino manifiesto, la verdadera maldición de la Malinche.

Sin esquematizar demasiado, las revueltas populares en aparente reacción en cadena, revelan un descontento unánime contra el estado de cosas propiciado por los intereses yanquis. Así como los países se libraron de España hace dos siglos, ¿podrán desafiar con eficacia la tutela imperial de Washington? Es mucho estirar la liga tal vez, pero no se recuerda un ciclo de concatenaciones y simultaneidades en la revuelta como ahora. Contra las políticas económicas impuestas por las agencias internacionales. Contra los gobiernos que las implementan y sostienen corrupta y autoritariamente. Contra desigualdad inherente al capitalismo. Chile es la última mecha que prende, pero ya antes de Ecuador vimos desafíos nacionales en Haití, Nicaragua, Honduras, Brasil y Argentina, así como la reacción electoral, antineoliberal en principio, y por hartazgo ante la violencia y la corrupción en México, que ha de verse a la luz de las recientes experiencias "progresistas" en la región, que no dejaron de obedecer las reglas del capitalismo y le fueron funcionales hasta ser sustituidas inestablemente por gobiernos proyanquis.

El actual ciclo de protesta popular –al que los gobiernos responden con violencia, mala fe, manipulación mediática y criminalización estúpida como vemos en Haití, Ecuador y Chile, y antes en Nicaragua– encuentra al imperio sumergido en una bancarrota moral interna sin precedente, a merced del granguiñolesco titular de la Casa Blanca y sus pocos émulos en la región, más allá del peligrosísimo payaso Bolsonaro y el desvergonzado títere Almagro, quien degradó totalmente lo que quedaba de la OEA. Macri ya se va.

Cuba y Venezuela, en resistencia nacional, atraviesan una dificultad crónica bajo bloqueo, que en el caso venezolano hace poco alcanzó para generar grandes protestas de signo contrario a las que vemos en Haití, Ecuador y Chile, y que a diferencia de éstas, cuentan con el respaldo de Washington, la OEA, el trono de España y la Comunidad Europea. Bolivia también experimenta turbulencia. Con un gobierno incómodo para Washington, el Fondo Monetario Internacional y la OEA, las protestas no revisten tanto reclamos contra la política económica impulsada por el FMI y los intereses estadunidenses, como por el presunto fraude electoral y un descontento larvado en muchos sectores bolivianos, no sólo en la derecha, tras la tercera relección de Morales y el grupo de empresarios y políticos que lo rodean.

Para que el actual ciclo de descontento no acabe como la "primavera árabe" en un reforzamiento autoritario, una brutalidad neoliberal más descarnadamente fascista y fundamentalista (adelantada por Bolsonaro, no se rían) y un desmembramiento de las fuerzas reunidas (estudiantes, mujeres, indígenas, trabajadores, artistas, intelectuales), se necesita poner en primer lugar de cualquier estrategia aquello que cancele el predominio imperial de Washington.

¿Qué sigue después de inundar las plazas, tumbar o arrodillar presidentes? La ilusión de lograrlo votando gobiernos que prometen cambiar el rumbo no ha sido suficiente, y como vimos en Brasil, Chile y Argentina, rebota en regímenes de ultraderecha. Falta mucho por andar.

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Viernes, 25 Octubre 2019 06:08

La rebelión humana

La rebelión humana

La rebelión humana es como el amor: siempre lo creemos imposible, pero es inevitable. Argentina, Francia, Argelia, Hong Kong, Egipto, Ecuador, Chile o el Líbano han desmontado de forma espectacular el espejo deformado cuya imagen reenviaba el reflejo de una humanidad resignada, sometida a las nuevas tecnologías, que son en realidad nuevas cleptomanías, vaciada de conciencia política o social, entregada al ritual del sacrificio liberal o la dictadura eterna. América (Argentina, Chile, Ecuador), África con Argelia (el Magreb, que es la zona occidental de África) y Egipto, Medio Oriente con el Líbano y Asia con Hong Kong atraviesan colapsos y revueltas desatadas por dos causas distintas: en América Latina y el Líbano surgieron como repudio a aumentos de precios o impuestos cargados a los más pobres: en Argelia, Egipto y Hong Kong los pueblos se levantaron en defensa de su libertad o contra autocracias que perduran estrangulando las libertades y los derechos e hicieron de las cárceles un depósito de opositores. A ello se le suma un movimiento mundial en defensa del medio ambiente, el Extinction Rebellion. Lo que estamos viendo es la convergencia de pueblos muy distantes que acuden a reactivar la vigencia de la igualdad, la justicia social, la democracia o la protección del planeta. Las insurrecciones en curso van al rescate de la base social, de la base democrática y la base ecológica. Falta una más que no tardará en llegar mientras los poderes políticos sigan trasladando a las poblaciones las medidas que deberían ser pagadas por los ricos: la base fiscal. La evasión de impuestos y las construcciones del sistema para evitarles la obligación impositiva a los grandes grupos y fortunas son un atentado a todas las formas de coexistencia. Los delitos de cuello blanco no se ven como un robo en la calle, pero causan más estragos que un ejército de motochorros.

La secuencia rebelde la abrió la Argentina en 2017 cuando el poder macrista reprimió la protesta social contra la reforma de las pensiones. Siguió en Francia a partir de noviembre de 2018 con el movimiento de los chalecos amarillos que se opuso al aumento del gasoil. Este inédito episodio nació en la Francia rural o semirural para la cual el auto es uno de los instrumentos de la existencia. El presidente Emmanuel Macron pretendía que esos sectores que usaban mayoritariamente vehículos de gasoil pagaran el combustible al mismo precio que la nafta común como una forma de financiar la “transición ecológica”. Afuera de impuestos y aumentos quedaban las industrias contaminantes. Macron retrocedió ante la persistencia del movimiento y los estragos provocados, por primera vez en la historia, en los barrios más ricos de París. En el medio quedó el tendal de una represión feroz: miles y miles de detenidos y personas heridas o mutiladas por las balas de la policía. De la base social se pasó a la base política en Argelia. La juventud argelina se negó a aceptar el simulacro de elecciones diseñado por una casta cívicomilitar que más se parece a una gerontocracia sangrienta que a un poder político. Desde el mes de febrero de 2019, viernes tras viernes, cientos de miles de jóvenes desarmaron en la calle la estafa democrática que debía concluir el 4 de junio con unas elecciones de guiñol. 

En Egipto, en septiembre de 2019, la misma juventud que había ocupado la Plaza Tahrir en 2011 para derrocar al presidente dictador Hosni Mubarak intentó recuperar la Primavera árabe que el general Sisi convirtió en un largo y represivo invierno luego de encabezar la contrarevolución conservadora que se robó literalmente la democracia conquistada en la plaza. Entre tanto, lo impensable ya estaba en marcha en Hong Kong desde el mes de junio. Empezaron a llevarse a cabo concentraciones callejeras impresionantes contra un proyecto de ley de extradición a China --Fugitive Offenders and Mutual Legal Assistance in Criminal Matters Legislation (Amendment) Bill-- presentado por el gobierno de Carrie Lam. Para los hongkoneses, el proyecto podía poner a este enclave autónomo bajo el mismo régimen legal que impera en China, es decir, reprimir a los opositores políticos tal y como se hace en China, que es la dictadura liberal más grande del planeta.

La base social cambió de continente y volvió a surgir en Ecuador, entre el 2 y el 13 de octubre. El presidente Lenín Moreno leyó el cuadernito del FMI y lo aplicó al pie de la letra: medidas económicas asfixiantes, represión y sangre. La muerte social regresó a América Latina en Ecuador de la mano del liberalismo, siete muertos, y siguió por Chile. Al presidente Piñera se le ocurrió lo mismo que a Macron y a Lenín Moreno: que paguen los que trabajan de sol a sol. Hoy, Chile, que era la democracia liberal de América Latina citada como ejemplo universal de administración y obediencia, está sometida en partes al Estado de emergencia. Y como si ello fuera poco, con veinte muertos por la represión, el presidente chileno se inspiró para decir “estamos en guerra”. ¿ En guerra contra quién si no hay comunistas, ni revolucionarios, ni islamistas infiltrados ? Para él, los pobres son enemigos, por eso está en guerra contra su propio pueblo. Y la Argentina, que antaño se soñaba a sí misma como granero del mundo, se encuentra en emergencia alimentaria.

Medio Oriente se reactivó en el Líbano con otro despropósito: el primer ministro Saad Hariri se despertó iluminado y decidió cobrar la llamada “tasa WhatsApp”. Se trata de un impuesto de 5,4 euros mensuales aplicado a las llamadas de voz a través de WhatsApp. En un país carcomido por la corrupción y la inoperancia, la juventud libanesa no se lo perdonó y salió a la calle. La medida de Saad Hariri funciona aquí como revelador de la desigualdad y la corrupción enquistadas en el planeta: Facebook, propietario de WhatsApp, gana miles y miles de millones robándole sus datos a la gente. Pero no paga impuestos. A cambio, Hariri pretendió que los pagara el pueblo.

De América Latina a Europa, de allí a África, pasando por Medio Oriente o Asia, los poderes parecen convencidos de que el iletrado que inventó el slogan de la campaña para la reelección del presidente Macri tiene razón: “Sí se puede”. Ya no. Se podía, pero ya no. Ni aquí, ni en otros continentes. Lo que estamos viendo con estas revueltas en defensa de la base social, política o ecológica es que la gente ha perdido el miedo. Estamos viendo “las venas abiertas” del mundo. Estamos viendo el despuntar de una masa planetaria hecha de hartazgo, hambre, bronca, injusticia y soledad que después de haberlo sacrificado todo no tiene absolutamente nada. No son ni Che Guevaras, ni Ghandis, ni Hồ Chi Minhs. Son gente común. Exponen su libertad y su integridad física para salvar un mundo violado y destruido por una casta de lobos mezquinos que no dudan en matar a sus propios hijos.

Por  Eduardo Febbro

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Viernes, 25 Octubre 2019 05:56

La revuelta chilena

La revuelta chilena

Santiago, Chile. Se trata de quizá el momento político más convulsionado desde el traumático golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Este país austral lleva ya cinco de un estado de excepción disfrazado de "emergencia" por actos violentos que han sido perpetrados premeditadamente por agentes infiltrados. Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) "centenares de personas habrían resultado heridas, algunas de ellas afectadas por la utilización indiscriminada de gas lacrimógeno y un uso desproporcionado de la presión por parte de fuerzas de seguridad". Asimismo, "al menos 2 mil 128 habrían sido detenidas y 376 personas habrían resultado heridas, de las cuales al menos 173 por arma de fuego", además de 18 víctimas fatales. Aunque el presidente Sebastián Piñera pidió perdón a sus "compatriotas" y anunció una agenda social, insiste en gobernar con el toque de queda nacional y con el ejército en las calles. ¿Hasta dónde quiere llegar el gobierno con esta situación insostenible?

Los estudiantes que evadieron masivamente la entrada al Metro sólo hicieron evidente que con la imposición de 30 pesos, la injusticia es estructural. Esa acción, en realidad, representó la bandeja de plata para la articulación de un operativo premeditado de un grupo de infiltrados para la destrucción simultánea de cinco estaciones del transporte colectivo Metro. Sin ninguna fuerza policiaca de contención en esos puntos, la desconfianza en el gobierno fue sembrada en la sociedad. Hay evidencias videograbadas incluso, de que la policía carabinera ha provocado diversos incendios en establecimientos comerciales.

Que esa provocación deviniera en la imposición del estado de emergencia y en las restricciones de manifestación y tránsito, indignó a una sociedad chilena que ahora se volcó a las calles para hacer sonar esas emblemáticas cacerolas como símbolos del descontento de miles de hogares y sus familias. Un movimiento independiente, horizontal y pacífico se levanta para gritar, bailar y expresar las demandas que desde hace 29 años se han incubado en la desigual sociedad chilena.

El gobierno derechista de Piñera intentó administrar el conflicto los primeros tres días, pero la noche del martes en cadena nacional, tuvo que asumir mayor responsabilidad y otorgar desde el púlpito, las reformas sociales a las pensiones, salud, salario mínimo, tarifa eléctrica, reducción de sueldos de los congresistas, el plan de reconstrucción de infraestructura y reasignación del gasto público. Pero la sociedad civil sin partidos ni organizaciones quieren la renuncia del presidente. Mientras tanto, se difunden videos de policías y militares disparando con balas letales a civilies, no hay ningún cambio, destitución o renuncia en el gabinete.

Los nombres de los muertos aparecen a cuenta gotas, sus historias y trágicos desenlaces. Según la CIDH, hasta este miércoles hay además 12 mujeres violadas, 121 desaparecidos y miles de torturados. Y con la política de control del gobierno seguirán creciendo los caídos, heridos y golpeados, vejados y humillados en las comisarías.

Mientras las organizaciones como la Central Unitaria de Trabajadores y otros sindicatos convocaron a un paro laboral de 48 horas, la clase política en el Congreso exhibió su pleito entre diputadas y la mesa directiva en cadena nacional, fruto de la evidente fractura que ya existe en el gobierno. No sólo llamaron al ministro del Interior, Andrés Chadwick Piñera, "asesino", le han exigido dar marcha atrás al ejército en la calle y su renuncia.

La clase política ha quedado sobrepasada, la salida a esta crisis social sólo podría venir de la sociedad civil. Tampoco la posición de Sergio Mico, director del Instituto Nacional de Derechos Humanos, ha sido contundente, sino más bien blanda ante las flagrantes violaciones a los derechos humanos. Incluso, como si se tratara de otro partido político, visitó al presidente en La Moneda para hablar desde ahí con la prensa. No obstante, ha recibido al menos 20 querellas que denuncian un centro de tortura clandestino en los túneles del Metro Baquedano. Así, las historias de los muertos comenzaron a publicarse como la de Alex Nuñez Zandoval, de la comuna Maipu, quien falleció por la paliza propinada por carabineros. José Miguel Uribe, Manuel Rebolledo, Kevin Gómez y Romario Veloz fueron asesinados por soldados. Y es que ante la provocación violenta y el estado de excepción impuesto para controlar militarmente la capital, se está orillando a los sectores más empobrecidos a atacar a las infraestructuras públicas. Así, se desprestigia al movimiento pacífico y se exacerba la zozobra entre la gente.

Aunque se intente gobernar con las fuerzas castrenses, éstas están descoordinadas y existe confusión entre unas y otras, por ejemplo en al menos un punto de la ciudad de San Antonio, pues la gente en los supermercados se siente protegida por los militares, pero no con los ataques de los carabineros. Éste, por una parte es el punto de intervención del movimiento social pacífico e independiente que se articula en torno a esta revuelta de las cacerolas. Y es que los residentes han formado grupos de autodefensa civiles con chalecos amarillos que vigilan sus barrios e incluso previenen que los comercios sean quemados. Por otro lado, la esperanza de transformación social parece emerger de esa avalancha de jóvenes y sus familias de todas las clases sociales que caminan, cacerolean, bailan y cantan por miles en Santiago y también en la sureña Concepción, con más de 80 mil personas.

Se trata de una verdadera revuelta popular nacional capaz de sostenerse por más días y que no dejará que le arrebaten su dignidad y tampoco la perpetuación del viejo lastre de la dictadura militar (1973-1990). Lo que vendrá, está en los pies y en las manos de esos jóvenes que hoy son incansables y caminan hasta las últimas consecuencias.

Juan Trujillo Limones, antropólogo

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Chile: rechazo popular a las medidas de Piñera y a la represión

La manifestación fue tan imponente en su masividad y en el modo de habitar la calle que no quedaron dudas sobre el rechazo al paquete de propuestas que anunció el mandatario de derecha, en un contexto de violencia institucional. 

No fue una respuesta planificada a las medidas del presidente de Chile, Sebastián Piñera, pero la manifestación convocada desde el espacio Unidad Social fue tan imponente en su masividad y en el modo de habitar la calle que no quedaron dudas sobre el rechazo popular a un paquete de propuestas que eludió lo primero que se demandaba y se demanda: basta de represión. Al contrario, las fuerzas armadas y de seguridad disputaron el espacio público con les manifestantes que convivían entre banderas sindicales, pertenencias barriales o de lugares de trabajo con quienes llevaban sus consignas pintadas sobre cartón o sobre el cuerpo, haciendo una lectura política espontánea y potente de las relaciones de poder entre la población y las elites que se ha tensado hasta quedar inocua como el elástico de un calzón apolillado. Contra los gases, la acción coordinada y espontánea de limpiarse unos a otras con agua y bicarbonato. Contra los perdigones, los grupos auto organizados para brindar primeros auxilios. Contra el marrón de los uniformes, una diversidad de colores que le disputó brillo a un sol radiante sólo opacado por el humo de los disparos.

 “Este pueblo entendió de qué se trata la palabra ‘abuso’ y de eso no se vuelve, es descriptivo de lo que sucede y cuando te das cuenta decir ‘basta’ es una necesidad. Abuso cuando nos disparan, abuso cuando privatizan el agua, abuso porque nos ofrecen medidas que encima se van a financiar con nuestros propios aportes, porque a las empresas no las tocan”, decía Alejandra Ruiz, socióloga, la cara pintada de verde y con una convicción que se apura en enunciar porque quiere que quede escrita: “En esta plaza hay más alegría que ira porque estamos recuperando la dignidad de decidir entre todos nuevas formas de convivencia”.

Esa palabra, abuso, que igual que “Evade”, está en todas las paredes tenía un peso específico ayer a la mañana en plaza Italia, ahí mismo donde está la estación Baquedano. El Instituto Nacional de Derechos Humanos había comprobado la noche anterior una denuncia por torturas de las Fuerzas Armadas en esa parada del metro: rastros de sangre, amarras y otros elementos permitieron presentar una denuncia contra el Estado. Y las querellas formales por violencia sexual contra el despliegue represivo subieron de 3 a 8 en un día.

“Aquí se torturó”, decía sobre el pecho de un centenar de mujeres, lesbianas y trans de edades muy diversas y vestidas de negro. “Cuando hay conflicto siempre se aplica sobre nuestros cuerpos una violencia sexualizada”, explicó Valentina Mora cubriendo a otra compañera que tiene en el cuerpo la memoria de la represión en los años ’70, “pero también pasó con mapuches, con hortaliceras, con estudiantes en 2011...”. Esa acción era por ellas y por todas las que, dice, ahora mismo están reviviendo el trauma de haber sido abusadas cuando las Fuerzas Armadas tomaron el poder. Y ahora otra vez, los mismos uniformes en las mismas calles.

Cerca de ellas, esperando a sus compañeros y compañeras, el dirigente del sindicato de trabajadores y trabajadoras de Wallmart, se cubría la cara con el pañuelo amarillo que distingue la lucha contra las AFP. Está preparado para resistir la asfixia de los gases igual que se prepararon los 15 mil que están sindicalizados en su espacio: “Somos conscientes de que no es lo mismo la movilización en el centro de la ciudad que en las periferias y por eso aunque estamos de huelga decidimos mantener la asistencia a algunos lugares de trabajo para que no haya pánico frente a los rumores de desabastecimiento. Porque esta crisis política no puede desarticularse por el miedo, porque no le vamos a hacer el juego a los montajes -puestas en escena- que ponen al pueblo como responsable de los incendios en supermercados”.

La preocupación del dirigente no es menor. Constanza Schonhaut Soto, militante del Frente Amplio y de Derechos Humanos pudo constatar, en una recorrida por diferentes comisarías de las comunas más vulnerables de la zona metropolitana como Puente Alto o Maipú que además de las detenciones ilegales, de menores que pasan horas sin que se avise a sus familias y muchos otros abusos cometidos en el marco de la represión, se repiten testimonios idénticos en distintos puntos geográficos: “Refieren que los militares les habían dicho que podían buscar comida en los supermercados sin hacer desmanes, que invitaban a pasar y una vez adentro eran detenidas y acusadas de saqueos”. La crisis política es también una crisis de Derechos Humanos a esta altura de los hechos y sin embargo, ni el ministro de interior, Andrés Chadwick, fue interpelado por estos hechos aun ni hay muestras de retirar los efectivos de la calle. Al contrario, ayer se llamó a los reservistas para que se sumen a la represión.

“¿El pueblo dónde está? ¡El pueblo está en la calle pidiendo dignidad!” se escucha de una columna del sindicato de Correos y el coro se amplifica, toma una cuadra entera, se replica entre las trabajadoras del inmenso Centro Cultural Gabriela Mistral, rebota en las gargantas de funcionarios y funcionarias del Ministerio de Medioambiente que reclaman contra la privatización del agua y por el fin de las “zonas de sacrificio”, esos territorios empobrecidos donde las empresas pueden contaminar sin restricciones. Y también la corean les jóvenes que andan en patineta y las miles de bicicletas que atraviesan la marcha y traen noticias desde el frente y los laterales para que nadie quede encerrado entre “milicos o pacos”.

La cantidad de gente en el centro de la ciudad de Santiago se quintuplicó desde el martes al miércoles. Las calles, además, se poblaron desde más temprano y la Alameda estaba completamente abigarrada inmediatamente después de ese momento de fuga, cerca de las diez, cuando todos los comercios que habían levantado sus persianas las cerraron casi al mismo tiempo. Nadie supo exactamente cuándo la masa de gente empezó a desandar el recorrido pautado porque la marcha no tenía una cabecera. Al frente fueron ayer, durante largo rato, tres maricas orgullosas con camisas animal print y perritos de sus correas portando la consigna que dice “Basta de abuso”. Detrás, la bandera del sindicato de excavadores alcantarilleros, a su lado, gremios de salud. Entre ellas, varios dirigentes y dirigentas de la CUT, la principal central obrera.

A la altura de la avenida Santa Rosa la marcha se detuvo. El grito entonces trocó en un llamado: “sin violencia”. Las manos arriba y abiertas, les manifestantes avanzaron para enfrentar los tanques y los camiones hidrantes, los efectivos que sostenían sus armas largas, las vallas de metal que se corrieron por pura prepotencia de quienes querían completar el recorrido propuesto hacia la estación Los Héroes, pasando por la Casa de la Moneda, sede del Poder Ejecutivo. Los gases lo nublaron todo inmediatamente, en su forma tradicional y en forma de agua, un método perverso por lo que cuesta secarse la irritación que genera.

De inmediato se accionaron los cuidados colectivos, quienes podían ver le limpiaban la cara con limón y bicarbonato a quienes no podían. Pasta de dientes bajo los ojos, barbijos blancos que se repartían como caramelos; una ráfaga de perdigones convirtió el canto de “Chile despertó” o “Piñera ya se fue” en un pedido a voz en cuello llamando médicos. Pero ni siquiera así hubo dispersión: había quienes volvían a avanzar, persistentes, con las manos en alto. Y cuando tenían que protegerse de la agresión uniformada, venían más, con sus remeras de sindicatos, con las banderas mapuches, con las denuncias que recorrían un arco de demandas que van desde el acceso a la salud, la educación, el hartazgo por el endeudamiento colectivo y el abuso; siempre el abuso, esa demanda moral que se fraguó en la calle.

Lo que siguió fueron horas de gases y disparos contra barricadas y baile callejero. Porque es verdad, no es la rabia frente a la ruptura de un estado de cosas en las que las elites mandan y el pueblo aguanta lo que agita a las cacerolas, las consignas, los cantos, la rebelión. Es sobre todo la fuerza de estar inventado otras formas de convivencia que hasta ahora no pudo ser domesticada por el miedo. “Este carnaval rebelde no se va a apagar”, decía un hombre que bailaba con la música que salía de las ventanas de la sede del sindicato de la industria, sobre la avenida Santa Rosa.

Sin embargo, el tiempo corre y lo cierto es que no hay información oficial sobre las cifras de la represión. Desde el INDH hablan de 35 desaparecidos y desaparecidas, más de 200 personas heridas, 18 muertes. El gobierno, a la mañana, había declarado 2500 detenciones. El toque de queda cae otra vez sobre la mayor parte de Chile. En Santiago empezó anoche a las 22. Diez minutos después de esa hora, mientras se cierra esta crónica, el sonido de las cacerolas se sigue escuchando, muy lejos del centro, muy cerca de una crisis que todavía no tiene salida a la vista.

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Evo Morales denunció un intento de golpe de Estado

La Organización de Estados Americanos pidió al Gobierno que más allá del resultado que arroje la elección llame al ballotage

 El presidente de Bolivia, Evo Morales, denunció que está en marcha un intento de golpe de Estado orquestado desde la derecha. A su vez, afirmó que el país está en estado de emergencia e hizo un llamado a los organismos internacionales a defender la democracia boliviana. Durante la tarde del miércoles se realizó una masiva marcha en apoyo al presidente boliviano, que copó el centro de La Paz. La opocisión también salió a la calle y tuvo su protesta más fuerte en Santa Cruz de la Sierra .Mientras tanto continúa el escrutinio definitivo que parece orientado a confirmar la victoria en primera vuelta del Movimiento Al Socialismo (MAS), evitando el ballotage. La Organización de Estados Americanos (OEA) pidió al gobierno que más allá del resultado que arroje la elección llame al ballotage.

Evo Morales consideró que las protestas opositoras motivadas por la demora en la difusión de los resultados definitivos forman parte de un intento de golpe de Estado. "¿Cómo se expresa el golpe? No dejan que se haga el conteo de las elecciones. Queman instituciones del estado como las infraestructuras del Tribunal Supremo Electoral en los departamentos (provincias)”, dijo Morales desde el Palacio Quemado, sede del gobierno boliviano. Así hacía referencia a los ataques que sufrieron en los últimos días los órganos electorales en algunas provincias como Chuquisaca y Potosí. En estos lugares es donde se registraron las demoras en la entrega de las actas por las que el escrutinio definitivo se extendió. “Estoy seguro de que con los votos de las áreas rurales vamos a ganar en la primera vuelta”, sostuvo el líder del MAS. Convocó a sus seguidores a permanecer en estado de emergencia y no responder a las provocaciones de la derecha boliviana e internacional.

Centenares de campesinos, mineros, indígenas, sindicalistas y funcionarios estatales marcharon hasta la plaza Mayor de San Francisco con banderas bolivianas y del oficialista Movimiento al Socialismo (MAS), en respaldo a Morales. Los dirigentes que tomaron la palabra reclamaron respeto por sus votos en apoyo al presidente y lanzaron advertencias en contra de la derecha opositora, que según denunciaron quiere desconocer el triunfo de Morales en primera vuelta. "El pueblo trabajador, campesino, el pueblo que vive en los barrios populares urbanos, ese pueblo que ha votado mayoritariamente por Evo, va a defender este proceso y lo va a hacer pacíficamente, con concentraciones multitudinarias en las que están todos los sectores", dijo el viceministro de Coordinación con los Movimientos Sociales, Alfredo Rada. Hubo momentos de tensión entre quienes marchaban y algunos ciudadanos que los abuchearon o silbaron, aunque los incidentes no pasaron a mayores.

La oposición cuestiona el resultado de las elecciones por la interrupción en la carga de los cómputos provisorios del domingo a la noche, cuando el escrutinio llegó al 84 por ciento. Sin embargo, en 2014, ese mismo sistema llegó al 70 por ciento durante el día de las elecciones; y en 2016 al 80 por ciento. Los resultados provisorios de la elección del domingo mostraron una diferencia entre Morales y Carlos Mesa, del partido opositor Comunidad Ciudadana (CC), del 7.87 por ciento. El lunes cuando se reactivó el escrutinio la diferencia superaba por milésimas los 10 puntos y le daba el triunfo sin ballotage.

Esto motivó movilizaciones y el llamado a un paro indefinido en varias regiones de Bolivia, convocadas por el colectivo de organizaciones civiles de nueve departamentos. La protesta comenzó a tomar cuerpo en Santa Cruz de la Sierra (900 km al este de La Paz), pero se extendió a Potosí y Cochabamba. El Comité de Defensa de la Democracia, que aglutina espacios cívicos de todo el país, anunció también la resistencia civil ante la posible victoria de Morales y su adhesión al paro. Las oficinas del Tribunal Supremo Electoral fueron el foco de las protestas y algunos de sus locales fueron incendiados.

Por su parte, el candidato presidencial por el CC, Carlos Mesa, segundo en los resultados preliminares, llamó a una movilización permanente en defensa del voto. "Vamos a estar movilizados (...) hasta que se reconozca que la segunda vuelta debe realizarse porque fue lo que legítimamente votó el pueblo boliviano", aseguró Mesa. Además convocó a los otros siete candidatos que participaron de la elección a formar un bloque de unidad en “defensa de la democracia". "Que nuestro amado país no entre en el camino de la dictadura al que quiere llevarnos el presidente Morales", sostuvo.

La Misión de Observación Electoral (MOE) de la OEA en Bolivia consideró como mejor opción la realización del ballotage para dirimir la reñida elección, señaló el vocero de la organización. "En el caso de que, concluido el cómputo, el margen de diferencia sea superior al diez por ciento, estadísticamente es razonable concluir que será por un porcentaje ínfimo. Debido al contexto y las problemáticas evidenciadas en este proceso electoral, continuaría siendo una mejor opción convocar a una segunda vuelta", señaló el director del Departamento para la Cooperación y Observación Electoral de la OEA.

A pedido del canciller boliviano, Diego Pary, la OEA aceptó hacer un análisis del proceso electoral. Se encargarán de verificar el conteo y todo el proceso, así como los aspectos estadísticos y la cadena de custodia. Pero advirtieron que las conclusiones deben tener un carácter vinculante para todas las partes.

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Violaciones y desapariciones, la represión oculta en Chile

 Después de las protestas del domingo hubo 2.138 personas detenidas, entre ellas 243 niños, niñas y adolescentes y 407 mujeres. Nueve de ellas fueron desnudadas en actos policiales.

 Primero fueron los golpes, las humillaciones y las amenazas, pero en las últimas horas las torturas y violaciones de mujeres en Chile se convirtieron en una realidad. El estado de excepción que implementó el gobierno de Sebastián Piñera trajo las prácticas de la dictadura, también respecto a las desapariciones. Muchas de las mujeres que han sido detenidas hasta el momento se encuentran desaparecidas. Además, las apresadas en Santiago de Chile fueron desnudadas delante del personal masculino, manoseadas en sus genitales y “les han metido la punta del fusil en la vagina mientras las amenazaban con violarlas y asesinarlas”, tal como surge de los testimonios recogidos por compañeras de detención. 

La Comisión de Derechos Humanos de la OEA (CIDH) expresó su preocupación por denuncias hechas al Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) sobre violencia sexual, desnudamientos forzados y torturas en el contexto de las detenciones de manifestantes. "Chile debe investigar y sancionar estos hechos con diligencia, así como la actuación policial y militar en las que se habría hecho uso desproporcionado de la fuerza contra civiles. El uso de la fuerza debe regirse por los principios de legalidad, necesidad y proporcionalidad", expresó la CIDH.

En primera persona

El pasado sábado Pamela Maldonado, de 31 años, estaba junto a su padre y algunos vecinos en medio del caceroleo, a pocos metros de su departamento en la comuna de Santiago. De pronto una turba de fuerzas especiales rodeó a su padre. Eran más de diez, lo acorralaron en un círculo y empezaron a patearlo, describió El Desconcierto.cl

-Les pedí que por favor pararan, porque mi papá es diabético; tiene sesenta años y lo podían matar, pero me empujaron con los escudos y no pude alcanzarlo -recuerda. A Pamela, entre codazos, la azotaron contra una pared, mientras no podía ver qué pasaba adentro del carro policial. Ella les gritó que dónde se llevaban a su padre y le contestaron que a la Tercera Comisaría de Santiago. Recuerda que un carabinero de apellido Gallardo -que se logra ver en unos de los videos que grabó- le enterró el puño en la espalda y también la metió al furgón. 

Adentro vio como su padre estaba con la nariz ensangrentada. Apenas podía respirar. Pamela quedó en shock. También pudo ver a otros detenidos, golpeados, en muy malas condiciones. Un segundo policía le puso esposas a su padre y las apretó de manera intencional. Rumbo a la comisaría un carabinero comenzó a provocar a los detenidos, gritando contra los mapuches, “que odiaba a los comunistas” e incluso amenazó a Pamela con agredirla sexualmente.

– ¡A ver si te gusta por el culo! –le dijo para asustarla.

A esas alturas ella no podía creer los que estaba pasando, solo abrazó a su padre para que no volvieran a golpearlo.

-Después subieron a un tipo ensangrentado que gritaba por el dolor de riñones, en la constatación de lesiones supimos que era VIH positivo. En un momento pedí que me dejaran limpiarle la cara a mi papá con una botella de agua, ellos lo hicieron, pero lo ahogaban con la mezcla de agua y sangre. Era una tortura -recuerda nerviosa. Después de pasar por el consultorio para la constatación de lesiones, los llevaron hasta la Tercera Comisaría de Santiago.

Una vez en la celda vio cómo carabineros traía a un fotógrafo, ya lo habían herido, pero lo volvieron a golpear y solo se detuvieron por la intervención de un abogado del INDH. Los encerraron en celdas improvisadas, les negaron las frazadas, pasaron frío, y debieron soportar burlas de los mismos carabineros al reclamar por los baños inundados y llenos de heces. A las 12:30 de la noche los soltaron. Con la poca ropa que les quedaba caminaron desde la calle San Martín hasta su hogar. Es de no creer, y lo que sigue será una demanda. No podemos permitir que esto siga pasando, lo que nos hicieron es completamente ilegal -dice Pamela antes de terminar la entrevista con ese medio chileno.

 

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El presidente de Chile pide ahora perdón y anuncia reformas, pero mantiene al Ejército en la calle

- Sebastián Piñera afirma que ha recibido "con humildad el mensaje": "Los distintos Gobiernos no fueron ni fuimos capaces de reconocer la situación en su magnitud"

- El modelo privatizado de pensiones, el precario sistema de salud o los bajos salarios son algunos de los motivos que han hecho estallar a la población chilena

- Una veintena de organizaciones sociales ha convocado una huelga general y movilizaciones para este miércoles y jueves

 

 

En el quinto día de protestas masivas en Chile, que se desarrollan bajo vigilancia militar y en las que ya han fallecido más de 15 personas, el presidente del país, Sebastián Piñera, ha anunciado reformas sociales, pero ha dejado sin atender la petición de devolver el Ejército a los cuarteles.

 

"Hemos recibido con humildad y claridad el mensaje que los chilenos nos han entregado. Es verdad que los problemas se acumulaban desde hace muchas décadas y que los distintos Gobiernos no fueron ni fuimos capaces de reconocer esta situación en toda su magnitud. Reconozco y pido perdón por esta falta de visión", ha dicho ahora Piñera en una alocución televisada a la nación.

 

El modelo privatizado de pensiones, el precario sistema de salud o los bajos salarios son algunos de los motivos que han hecho estallar a la población chilena, que desde la noche del viernes se manifiesta para exigir cambios, y son tres de los principales asuntos de la nueva agenda social de Piñera.

 

El mandatario anunció un incremento "inmediato" en un 20 % de la Pensión Básica Solidaria y de otro 20 % en el Aporte Previsional Solidario, vías por las que el Estado participa en el sistema previsional chileno, que es de capitalización individual y está administrado por empresas privadas.

 

La iniciativa, según Piñera, beneficiará en total a 1,5 millones pensionistas y se unirá a otras medidas de ayuda para los de más de 75 años, para los adultos que no se valen por sí mismos y para complementar el ahorro previsional de la clase media y las mujeres.

 

Anunció también el tratamiento legislativo de "urgencia" de un proyecto de ley para crear un seguro que garantice un techo de gasto en salud en caso de padecer "enfermedades catastróficas" y dos iniciativas para subvencionar el precio de los medicamentos.

 

Creará también un ingreso mínimo garantizado de 350.000 pesos (unos 482 dólares) que complemente el salario de los trabajadores a jornada completa cuando sea inferior a esa cantidad, mientras que rebajará las dietas de los parlamentarios y los altos sueldos de la Administración pública.

 

Para financiar estas medidas, propondrá, entre otras cosas, un proyecto de ley para aplicar un impuesto del 40 % a las rentas superiores a 8 millones de pesos mensuales (unos 11.000 dólares), mediante el cual se espera recaudar 160 millones de dólares. El coste de implementar todas estas medidas será de 1.200 millones de dólares para las arcas fiscales en 2020.

 

La oposición recibió con frialdad los anuncios del presidente. Desde su cuenta de Twitter, el diputado de izquierdas Gabriel Boric, por ejemplo, calificó las medidas como "ayudas sociales" que, aunque necesarias, no solucionan un malestar social que requiere "transformaciones estructurales".

 

La acogida a la reacción de Piñera se verá el miércoles

 

La acogida de la población a las respuestas del presiente se verá este miércoles, jornada para la que de nuevo se han convocado distintas marchas y concentraciones populares en todo el país y una veintena de organizaciones ha convocado una huelga general. Las de este martes fueron de nuevo masivas y en su mayor parte pacíficas y festivas, pero tampoco estuvieron exentas de episodios violentos.

 

Los saqueos continúan y, entre otros sucesos graves, en la ciudad de Talca (centro) se produjo un incendio de grandes proporciones en un almacén de abastecimiento, mientras que en San Pedro de La Paz (sur) un atropello múltiple se cobró la vida de al menos dos personas.

 

La presencia del Ejército en gran parte del país para controlar la seguridad y el establecimiento de toques de queda en varias ciudades y regiones también está generando tensiones. Por las redes sociales circulan vídeos de presuntos abusos por parte de los militares que han enervado aún más el ánimo de los manifestantes, a quienes la presencia de los uniformados en las calles les retrotrae a los tiempos de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).

 

De hecho, el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) de Chile ha interpuesto querellas por denuncias de torturas y abusos de agentes de las fuerzas del Estado durante las protestas en los últimos cinco días.

 

Piñera ha dicho querer terminar con los estados de emergencia, los toques de queda y devolver a los militares a sus cuarteles, pero que no lo hará hasta que "el orden público, la seguridad y los bienes, tanto públicos como privados, estén debidamente resguardados".

 


 

El audio de la esposa de Piñera: “Vamos a tener que disminuir nuestros privilegios”  

 

Por Página12

 

La primera dama chilena se refirió a las manifestaciones y las calificó como "una invasión extranjera, alienígena".

 

En Chile comenzó a circular un audio desde el domingo en el que la primera dama Cecilia Morel le habla a una amiga sobre la situación de crisis en el país y deja algunas definiciones que causaron indignación. El diario chileno La Tercera confirmó la veracidad del audio tras chequear con fuentes de La Moneda.

 

“Amiga, yo creo que lo más importante es tratar de nosotros mantener la cabeza fría, no seguir calentándonos, porque lo que viene es muy, muy, muy grave”, comienza la nota de voz.

 

Luego expresa: “Adelantaron el toque de queda porque se supo que la estrategia es romper toda la cadena de abastecimiento, de alimentos, incluso en algunas zonas el agua, las farmacias, intentaron quemar un hospital e intentaron tomarse el aeropuerto, o sea, estamos absolutamente sobrepasados, es como una invasión extranjera, alienígena, no sé cómo se dice, y no tenemos las herramientas para combatirlas”, detalla.

 

Sobre el final deja la frase que causó más rechazo en medio de las masivas protestas contra el gobierno de su marido, Sebastián Piñera. “Por favor, mantengamos nosotros la calma, llamemos a la gente de buena voluntad, aprovechen de racionar la comida, y vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás“, dice Morel.

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Imagen: AFP

El mandatario Piñera habla de guerra y a la vez de plan de reconstrucción. Mientras tanto, miles de personas inundan las calles con sus reclamos.

 

“Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite, que está dispuesto a quemar nuestros hospitales, el metro, los supermercados, con el único propósito de producir el mayor daño posible". Con esas palabras, el presidente de Chile, Sebastián Piñera intentó calmar a la ciudadanía la noche del domingo, cuando las manifestaciones y cacerolazos, daban paso a los saqueos, asaltos, vandalismo y destrucción perpetrados por turbas dispuestas a todo. La desafortunada frase del mandatario se sumó a una seguidilla de desaciertos comunicacionales de sus ministros que en vez de calmar los ánimos, han incendiado más la pradera a niveles no vistos desde la dictadura de Augusto Pinochet entre 1973 y 1990.

Pero estamos en 2019 y los tiempos han cambiado, al menos eso estima la gente que ha hecho caso omiso a los toque de queda y las medidas de excepción decretadas para Santiago y las principales ciudades del país, manteniéndose en las calles protestando de manera pacífica algunos y otros delinquiendo. 

"Que se vayan los milicos" y "¡Chile despertó!", gritaban a coro los manifestantes en la céntrica plaza Italia, frente a los Carabineros dispuestos en un gran operativo de seguridad en el centro de la capital chilena, que continúa bajo estado de emergencia.

Más de veinte organizaciones sociales convocaron a manifestarse en apoyo el reclamo estudiantil y denunciar “la represión y el uso de la fuerza desmedida” ejercida por los Carabineros.  Para este miércoles llamaron a una huelga general 

"Porque no es solo por les estudiantes, es por nuestros padres y madres. Por nuestros abueles. Es por todos los abusos y las violaciones a los derechos humanos, por la represión contra la lucha justa del pueblo, por la dignidad de la vida, decimos fuerte y claro #PiñeraRenuncia”, sostuvieron desde la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile.

En este escenario revuelto, donde se mezclan lo que reclaman con razón como los jubilados, los enfermos que no tienen cama en un hospital, los jóvenes que ven que no les alcanza para estudiar, los que no tienen como llegar a fin de mes o a los que los pesos no les da para pagar un subte de más de un dólar, con otros que aprovechan el caos para producir algunos saqueos. Fue un militar el que puso algo de cordura la mañana del lunes.

El Jefe de Defensa Nacional, general Javier Iturriaga, se desmarcó temprano de Piñera: “soy un hombre feliz y la verdad, no estoy en guerra con nadie". Con ello puso paños fríos a la situación y dio un positivo balance sobre el funcionamiento de Santiago, la capital del país durante el inicio de la jornada luego que a las seis de la mañana se levantara el toque de queda. Tras sobrevolar la ciudad, el militar aseguró que “estamos muy conformes con lo que hemos visto. Ha sido un despertar lento de la ciudad, en calma, en paz, lo que nos tiene por supuesto muy tranquilos, pero al mismo tiempo muy alertas para solucionar cualquier inconveniente que pudieran provocar algunos desadaptados…tenemos todas las fuerzas necesarias para prever cualquier situación de riesgo o algún desmán que pudieran producir durante la mañana”.

Luego, a eso de las 4 de la tarde, el militar reculó justo cuando se anunció que Piñera hablaría más tarde y las manifestaciones recrudecían.

“No corresponde especular sobre una frase que yo dije hoy en la mañana. En mis palabras nunca hubo una doble intención”, dijo leyendo un comunicado al tiempo que aseguró entender “perfectamente” su cargo y “la autoridad máxima que representa el Presidente”. También anunció un nuevo toque de queda dado que las movilizaciones en Santiago y en varias ciudades del país no se aplacaron con la presencia de los militares en las calles.

Desde que comenzaron las movilizaciones a fines de la semana pasada, primero con la subida del valor del subte y las evasiones masivas espontáneas que esa medida ocasionó, los cacerolazos y posteriores desmanes, mucha gente , asustada y cansada de ver como se destruía su entorno, decidió armarse y cuidar sus pertenencias y las instalaciones privadas. En ese escenario, Iturriaga pidió a la población que “no se defienda por sí misma. Nosotros somos los responsables de dar esa protección y estamos haciendo todos los esfuerzos para llegar a todos los rincones de la ciudad”, esto a pesar que sostuvo que los 8.700 uniformados desplegados en las calles “son insuficientes para toda la Región Metropolitana. Siempre van a producirse actos vandálicos a los cuales vamos a llegar seguramente con mayor lentitud, pero estamos haciendo todos los esfuerzos para darle tranquilidad a la población”.

Por la noche, Piñera se refirió nuevamente a la crisis que se vive en el país y anunció que este martes se reunirá con presidentes de partidos políticos de todos los sectores. "Esperamos mañana analizar nuestras ideas y las que nos propongan tanto nuestros partidos, como los de la oposición. Estamos trabajando en un plan de reconstrucción", señaló el mandatario.

Junto a ello, sostuvo que “a veces he hablado duro… lo hago porque me indigna ver el daño y el dolor que esta violencia provoca". Además anunció un cambio de ministros y una agenda rápida para salir del caos actual.

“Hoy estamos trabajando en un conjunto de medidas, para poder potenciar la mejoría de las pensiones, bajar el precio de los medicamentos, reducir las listas de esperas, mejorar la calidad en la atención de salud y también implementar un seguro catastrófico para controlar lo que significa el gasto de medicamentos”, agregó Piñera sin dar mayores detalles de estas acciones.

En paralelo, el presidente del Senado, Jaime Quintana, pidió retomar el diálogo para una nueva constitución y que el mundo político se haga cargo “del dolor profundo de la sociedad chilena”.

En ese sentido se refirió a las anteriores declaraciones belicosas de Piñera: “No es el camino. Es el momento que vuelva la sensatez a La Moneda, que gobierne y creo que la expresión del Presidente fue lo más lejano a eso, a gobernar”, sostuvo Quintana. Agregó que “lo que tenemos hoy son hechos de violencia, actos vandálicos, sin ninguna duda. Y eso hay que condenarlo enérgicamente”. Asimismo, el líder del Senado aseguró que “aquí hay una acumulación de un conjunto de desatenciones, de decisiones del mundo político probablemente erradas, seguramente por décadas. En esto tenemos que ser justos, no podemos achacarle toda la responsabilidad a este gobierno”.

Finalmente, consultado por las voces que piden la renuncia de Piñera, Quintana se desmarcó, asegurando que “este país decidió al Presidente Piñera para gobernar”.

Otra personalidad que opinó fue la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, Michelle Bachelet, quien exhortó al gobierno de Piñera a trabajar con todos los sectores que ayuden a calmar la situación que enfrenta el país, por las protestas que se han desarrollado en la última semana.

 La exmandataria instó a llevar las protestas de manera pacífica, después de que se reportara la muerte de 11 personas durante el fin de semana.

“Exhorto al gobierno a que trabaje con todos los sectores de la sociedad hacia soluciones que contribuyan a calmar la situación e intentar abordar los agravios de la población en interés de la nación”, dijo.

Y agregó que “es esencial que todos los actos que han provocado lesiones y muerte, tanto por parte de las autoridades como de los manifestantes, sean sometidos a investigaciones independientes, imparciales y transparentes”.

Junto a ello, sostuvo que “el uso de una retórica inflamatoria solo servirá para agravar aún más la situación, y se corre el riesgo de generar miedo en la población”.

Desde La Moneda, la ministra de Gobierno, Cecilia Pérez, realizó una vocería donde abordó las distintas manifestaciones sociales que se han desarrollado en el país durante los últimos días.

En ese sentido, la secretaria de Estado aseguró que ningún ministro ha presentado su renuncia al presidente Piñera.

“No ha puesto ningún ministro su cargo a disposición del presidente, porque lo que nos corresponde como colaboradores de él, es estar trabajando en nuestros lugares, dado lo que estamos viviendo”, indicó.

Consultada por la evaluación y la autocrítica del gobierno respecto a lo que vive el país, Pérez aseguró que “críticas, autocríticas, nos hacemos todos los días…Y esa es una diferencia de actitud. Eso significa que cada día podríamos hacerlo mejor”, indicó.

La secretaria de Estado, en la misma línea del presidente y del ministro del Interior Andrés Chadwick responsabilizó a “grupos organizados” detrás de algunos hechos de violencia que han afectado la capital.

Para entender la génesis de la situación en Chile, lo primero es descartar de plano que el estallido social -que ya ha costado la vida a 11 personas, la destrucción y saqueo de cientos de supermercados y negocios y la pérdida de millones de dólares en daños a la infraestructura- se deba solo al alza del pasaje del metro. Un análisis del El Mercurio, el diario de derecha más influyente del país lo explica así: "En un escenario en que las instituciones políticas, judiciales, militares y religiosas están cuestionadas, surge luego de las protestas un vandalismo que ataca bienes de uso común. Mientras tanto, se mantiene la fragmentación política, sin consenso ante la forma de combatir a la violencia". 

En la última encuesta de Paz Ciudadana dada a conocer hace pocos días, Carabineros había alcanzado su nota más baja desde 2011. Hace tan solo cinco meses, otra encuesta (UDD) mostraba que el 81% de los chilenos cree que las instituciones están en crisis y revelaba una baja evaluación de autoridades políticas, del Poder Judicial y las fiscalías, del sector empresarial, de las instituciones armadas, de Carabineros y de las iglesias. Y quizás esto último es, según distintos sectores, un rasgo que en ocasiones anteriores era clave. En episodios de crisis social, la Iglesia Católica tenía una voz preponderante y asumía un rol de garante ante las demandas de polos en conflicto. Hoy, pese a sus llamados a la paz, no es un actor central. 

Mientras el Gobierno y el Parlamento intentan controlar la crisis con medidas como el congelamiento de las tarifas del transporte público, y las Fuerzas Armadas y Carabineros buscan poner orden ante los saqueos, no parece haber una mirada transversal sobre cómo abordar la crisis y qué reformas son las que se deben priorizar.

“El caso del metro es paradigmático. Si bien la evasión se inició luego del alza de la tarifa de ese medio de transporte, lo que vino después, con la quema de las estaciones y la destrucción de sus instalaciones, ha significado no solo una pérdida millonaria para la Región Metropolitana: se ha traducido en que una especie de baluarte del progreso de Santiago, que se ha ido extendiendo por distintas comunas en los últimos años, quede prácticamente inservible y deje a miles de chilenos sin uno de sus medios de transporte esenciales para la vida en la ciudad. Esa "herida", que será difícil de recuperar, ha significado que vecinos comiencen a reaccionar en defensa de los sectores afectados, saliendo a las calles y limpiando sectores que han sido gravemente dañados.

Por otro lado, los disturbios que se registraron en Chile el fin de semana, dañan la imagen de estabilidad del país, indicó The Economist.

“Las prácticas que sustentan la prosperidad no son populares”, indicó la publicación británica en un reportaje en que destacó también que los hechos han sacudido el modelo económico.

“La violencia ha impactado a muchos chilenos. Su país es uno de los más prósperos y pacíficos de América del Sur. Ahora ha sufrido el tipo de agitación que ocurrió recientemente en Ecuador, un país mucho más pobre, cuando su gobierno aumentó los precios del combustible para cumplir con los términos de un acuerdo con el FMI (también cedió)”, indicó.

The Economist señala que los chilenos “no solo están enojados por el precio del transporte. Pagan un montón por el sistema de salud y generalmente tienen que esperar largos períodos para ver un doctor. La educación pública es pobre. Las pensiones, manejadas por firmas privadas bajo un sistema establecido por el régimen de Pinochet, son bajas. La creciente inequidad aviva el enojo. En 2017, los ingresos del decil más rico fue 39,1 veces más alto que el del decil más pobre, de acuerdo con una encuesta del Ministerio de Desarrollo Social.

“Piñera hasta ahora ha fallado en generar una empuje económico notable, una de sus principales promesas de campaña. El crecimiento anual fue de solo 1,9% en el segundo trimestre de 2019. Sin una mayoría en el congreso. Piñera ha sido lento en lograr reformas de pensiones y tributarias, haciendo que el gobierno se vea como ineficiente”, subraya The economist.

El medio británico recuerda que pronto Chile debe ser sede de la cumbre Apec y de la COP25, para lo cual Chile “se mostraba como un bastión de estabilidad en América del Sur. Piñera no tiene mucho tiempo para convencer a los dignatarios que esto sigue siendo cierto”.

Como corolario del día, el derechista alcalde de Santiago, Felipe Alessandri, solicitó al gobierno un “gabinete de unidad con otras fuerzas políticas”, para enfrentar la situación que hoy se vive en el país tras las masivas protestas por derechos sociales.

En Canal 13, el edil hizo un llamado al presidente Sebastián Piñera a realizar cambios en los ministerios. “El gabinete actual, cuando salgamos de esta crisis, tiene que poner a disposición sus cargos”, dijo.

“Frente a una situación extrema, como la que estamos viviendo hoy día -el país es otro-, (necesitamos) medidas extremas”, añadió.

Hasta anoche se encontraban en toque de queda la región Metropolitana, Antofagasta, Copiapó, Caldera, Vallenar, La Serena y Coquimbo, Valparaíso, Rancagua, Talca, Concepción, Valdivia, Osorno y Puerto Montt.

 


 

Multitudinaria movilización en el centro de Santiago

 

Chile: masiva protesta de los estudiantes y huelga general

 

Por, Página12

La medida de fuerza se cumple este lunes en medio de las protestas por el aumento del subte. Fue convocada por más de veinte organizaciones luego de que los estudiantes llamaran a movilizarse.

Miles de manifestantes comenzaron a concentrarse este mediodía en las plazas de Santiago en el marco de la huelga general convocada por organizaciones sociales y sindicatos para apoyar el reclamo de los estudiantes en contra del aumento del boleto del metro. "Que se vayan los milicos" y "¡Chile despertó!", gritaban a coro los manifestantes en la céntrica plaza Italia, frente a los Carabineros dispuestos en un gran operativo de seguridad en el centro de la capital chilena, que continúa bajo estado de emergencia.

La nueva huelga general fue convocada después de un fin de semana de manifestaciones violentas y con la ciudad completamente militarizada. Más de veinte organizaciones sociales convocaron a manifestarse en apoyo el reclamo estudiantil y denunciar “la represión y el uso de la fuerza desmedida” ejercida por los Carabineros. La cifra de víctimas fatales se elevó a diez el domingo por la noche tras el hallazgo de dos cuerpos calcinados en el incendio de un supermercado de productos industriales.

El segundo toque de queda ordenado por el presidente Sebastián Piñera terminó este lunes a las 9 de la mañana, con un enorme despliegue policial y militar en las calles de la ciudad. El metro de Santiago abrió parcialmente una de sus líneas luego de estar totalmente paralizado desde el viernes cuando comenzaron las protestas por la suba del pasaje.

Si bien desde el Gobierno anunciaron que además de la Línea 1 del metro, que recorre de este a oeste la capital chilena, se dispondrían micros municipales e interurbanos para satisfacer la demanda de transporte, las organizaciones sociales convocaron a una huelga general enfatizando que el llamado es no ir a trabajar para poder “luchar y marchar junto a los jóvenes”.

“Porque no es solo por les estudiantes, es por nuestros padres y madres. Por nuestros abueles. Es por todos los abusos y las violaciones a los derechos humanos, por la represión contra la lucha justa del pueblo, por la dignidad de la vida, decimos fuerte y claro #PiñeraRenuncia”, sostuvieron desde la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile.

Anoche Piñera había dicho que su gobierno estaba "en guerra contra un enemigo poderoso", razón por la cual el mandatario decretó el estado de emergencia en la ciudad de Santiago y otras nueve regiones del país. Por la presión social el presidente tuvo que dar marcha atrás con el aumento de la tarifa del metro que subió de los 800 pesos a los 830 (1,7 dólares).

 

La convocatoria a la huelga general

 

La Confederación de Estudiantes de Chile (Confech) llamó a la movilización de este lunes para exigir “transporte público digno y de calidad” y expresar “que no aceptaremos más abusos”. Los jóvenes, reunidos tanto en la Confederación como en otras entidades estudiantiles, y con el apoyo de organizaciones sociales y sindicales, llamaron a “copar y evadir” nuevamente las estaciones de metro.

Pese a que el disparador de las protestas fue la suba del boleto del metro, el estallido social desencadenó el repudio generalizado contra las políticas económicas del gobierno de Piñera. “Gran parte de nuestras familias deben vivir con el ingreso mínimo”, sostuvieron los estudiantes ante la nueva convocatoria, quienes remarcaron a su vez la grave situación de los jubilados con “pensiones indignas” otorgadas bajo el sistema de AFP.

 “Se hace difícil para nuestras familias soportar alzas injustificadas en el sistema de transporte, el cual no otorga condiciones dignas al viajar hacinados, posee pésima conectividad especialmente en zonas rurales y zonas extremas del país, no existe una frecuencia coherente con la demanda y entrega pésimas condiciones laborales”, afirmaron los estudiantes.

La convocatoria a la huelga de este lunes también remarca que en los últimos años movilizarse por el territorio nacional “se ha vuelto cada vez más caro producto de las constantes alzas en los peajes” en las rutas que son concesionadas y “amasan grandes fortunas con este robo amparado por los gobiernos”.

Por últimos, la Confech repudió la represión y el uso de la fuerza “desmedida” ejercida durante el fin de semana por los carabineros, que tiraron gases lacrimógenos dentro de las estaciones del metro. Los estudiantes se sumaron también al reclamo de los trabajadores del metro que piden estatizar el servicio y retirar a los Carabineros de las estaciones. 

 


 

A un metro de la insurrección

 

Gabriel Morales

Carcaj

 

Las ruinas no nos dan miedo. Sabemos que no vamos a heredar nada más que ruinas, porque la burguesía tratará de arruinar el mundo en la última fase de su historia. Pero -le repito- a nosotros no nos dan miedo las ruinas, porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Ese mundo está creciendo en este instante (Buenaventura Durruti)

El capitalismo ha dejado caer su máscara democrática. El paraíso neoliberal chileno se desgarra y saca sus garras ante la revuelta popular, que viene desde los subterráneos del Metro de Santiago, salió a la superficie y se expandió arrasándolo todo. Son los estallidos de la insubordinación popular que ha venido gestándose desde hace años de forma subterránea, alimentada en el diario descontento, haciendo eco de la reciente revuelta ecuatoriana, y encontrando hace tan solo unos días atrás su propia chispa en el alza de los pasajes del Metro.  

Fueron solo 30 pesos de aumento, pero es la violencia del sistema entero, con toda su injusticia y desigualdad, lo que está representado en el alza. “No es por 30 pesos, es por 30 años”, dicen las pancartas.

 ¿Y quiénes podían haber iniciado esta revuelta sino lxs estudiantes, que han sido precisamente los sujetos más criminalizados en estos últimos meses? En junio el Gobierno había mandado a militarizar los liceos, y los estudiantes salieron ahora a las estaciones del Metro y centraron sus acciones en la repentina alza de los pasajes. Mediante una efectiva acción directa y colectiva, saltando o pasando por debajo de los torniquetes del Metro, lxs estudiantes abrieron las puertas de la rebeldía e invitaron al resto de la gente a pasar sin pagar, a esos casi tres millones de esclavos convertidos en usuarios que viven buena parte de sus vidas hacinados en los túneles subterráneos de la ciudad, y endeudándose por eso. ¿Cómo no hacer caso al llamado a evadir?

“¡Evadir, no pagar, otra forma de luchar!” fue una de las consignas que acompañaron las evasiones masivas, descubriendo lo que en el fondo ya intuíamos: que en cada carga de la Bip le inyectábamos plata a gran parte del circuito capitalista cuyos edificios arden esta noche, como los bancos y AFP.

Esto sucede porque el sistema del Metro está intensamente interconectado, pero no sólo con la superficie vial y el sistema de transporte superficial, sino también con la red financiera que vehicula gran parte de los capitales públicos y privados hacia las fortunas de las pocas familias dueñas de Chile y de nuestras vidas; los dueños de las empresas para las cuales trabajamos, las cadenas que fabrican los productos que consumimos y los mismos supermercados que nos los venden, los medios de comunicación que ocupamos, los equipos de fútbol que seguimos, las universidades donde elegimos estudiar y las AFP que nos roban gran parte de nuestros sueldos. ¿Cómo no evadir, entonces, cómo no destruir los validadores, las estaciones? Esa es la pregunta que ya no nos dejará de asaltar jamás.

La acción colectiva ha demostrado su eficacia y su potencia. Consiguió rápidamente interrumpir el flujo continuo del transporte público hasta lograr su paralización total, sin banderas ni consignas partidistas. Frente a esto, la represión policial ha sido desde un comienzo desmedida: hemos visto repetidamente durante la semana a los pacos pegándole lumazos a lxs estudiantes, disparando balines a los cuerpos de lxs manifestantes, y tirando bombas lacrimógenas directamente a los rostros de nuestrxs compañerxs, sin importarles la presencia de niñxs o ancianxs.

La protesta no tardó en emerger a la superficie, a las calles, para interrumpir el orden de la ciudad y traer a la luz consigo todos los casos de abusos sistemáticos que antes nos parecían aislados -las miserables pensiones, los aumentos en las cuentas de luz e implementación de medidores inteligentes, el robo del agua, la discusión por la reducción de la jornada laboral y la flexibilización del trabajo, el progresivo aumento de los arriendos, etc.-.

Mientras tanto, la prensa oficial sólo muestra el caos y difunde una sensación de pánico generalizado. Se repiten imágenes de los supermercados, farmacias, buses y estaciones del Metro en llamas, sin mostrar los múltiples videos de los enormes abusos policiales cometidos. Pero el pueblo, cansado de la opresión, de la represión y la injusticia, está librando una lucha ya no contra el alza, sino contra todo lo que significa la precarización de las vidas, y está consiguiendo abrir una herida en el centro del sistema de la cual difícilmente éste podrá recuperarse. La normalidad se encuentra felizmente quebrada.

Felizmente, digo, porque lo que nos parecía más grave hasta ahora no era solo que este mundo se estuviera cayendo a pedazos, que las deudas nos acogotaran todos los meses para tratar de satisfacer nuestras necesidades básicas, o que hasta la comunidad científica estuviese de acuerdo en que el planeta será inhabitable en tres décadas, mientras el extractivismo no descansa un segundo. Lo que nos parecía en verdad más grave era que, ante toda la evidencia del desastre, pudiésemos seguir viviendo nuestras vidas como si nada ocurriese: yendo, como siempre, de nuestra casa al trabajo, al liceo, universidad o instituto, y de vuelta a la casa otra vez como si nada. Después de los últimos días ya no podremos decir lo mismo. Algo se ha removido en nosotrxs. Y todxs quienes albergamos un mundo nuevo en el corazón sentimos que algo ha comenzado a agitarse.

La ministra secretaria general de Gobierno llamó ayer a “normalizar la ciudad”, pero la ciudad se ha transformado hace rato en un campo de batalla, y ha sido bloqueada por el pueblo en sus principales canales de transporte y comunicación. Los flujos normales han sido completamente paralizados. El llamado del Gobierno es a recuperar lo antes posible la normalidad, limpiar las calles, asegurar las tiendas, rehabilitar los semáforos y reestablecer la normal circulación de trabajadores y mercancías. Pero si de algo podemos estar seguros es de que la normalidad ya no es posible.

Lo único que ahora existe, en cambio, es la violencia desmedida y desnuda que la normalidad camufla: la brutal represión policial y militar, las balas y bombas lanzadas sobre la gente, los cobardes asesinatos de nuestrxs compañerxs, así como la inmensa brecha entre ricos y pobres, la miseria silenciada, la evasión legal y sin sanción de los dueños de Chile, los derechos sociales privatizados desde la dictadura.

Desde el viernes la red del Metro se encuentra destruida. Ayer, Vecinxs de muchas comunas de la ciudad comenzaron a ocupar las plazas, saliendo a reunirse en medio del enorme despliegue policial, solo para manifestarse y compartir su descontento. Se levantaron barricadas en la mayoría de las comunas de Santiago, en la mayoría de las ciudades de Chile.

Ayer 19 de octubre se ha decretado Estado de Emergencia, un arma del gobierno empresarial para tratar de silenciar el permanente estado de emergencia en el que vivimos. Piñera llama al diálogo, mientras declara Estado de Emergencia y llama a los militares a las calles. ¿Qué tipo de diálogo es posible en esas circunstancias? Al menos ninguno que nos favorezca.

Salen los pacos y milicos, los verdaderos delincuentes que han robado miles de millones de pesos, a reestablecer el orden público. La razón dictatorial está desnuda en el centro de la querida democracia. Luego, en la tarde, el general Javier Iturriaga decreta toque de queda (que no había sido implementado desde 1987). En la noche, la locomoción sigue paralizada y la gente continúa en las calles. En un gesto de hospitalidad, lxs compañerxs por todas partes ofrecen sus casas para alojar a quienes lo necesiten.

Miles de personas en todo el país decidimos no retroceder, no volvernos a nuestras casas, y preferimos quedarnos en la calle bailando, caceroleando, gritando, haciendo bulla, resistiendo a las balas y gases lacrimógenos. Los milicos pasean armados por las calles, golpeándonos y disparándonos, paseando con sus tanques, helicópteros, fusiles y todo el aparataje que poseen para defender los privilegios de la oligarquía.

Se pensaba que la presencia de los militares en las calles el día de ayer iba a tener un efecto disuasivo en el pueblo. Creían que nos íbamos a retirar a nuestras casas en silencio, pero no: ver a los milicos en nuestros barrios ha reactivado el dolor de nuestra memoria histórica. Así que desafiamos el toque de queda, protestamos y nos rebelamos contra la militarización de los espacios públicos. Resistimos a la verdadera violencia ejercida en nuestros territorios.

El Gobierno, en tanto, responde igual que siempre, reprimiendo a la vez que evadiendo el problema, reduciendo las protestas a un asunto de seguridad pública, acusándonos a lxs manifestantes de ser “delincuentes”. Pero precisamente ese, que era uno de los significantes que había triunfado en Chile en las últimas décadas, ahora se encuentra vacío y ha caído en el descrédito. Y la gran cantidad de casos de corrupción de las altas esferas del poder -Soquimich, Penta, Pacogate, milicogate, etc.- ha acelerado esa caída. ¿Qué sentido tiene tratar de delincuente a alguien que rompe un sensor bip, mientras los grandes delincuentes siguen evadiendo millonarios impuestos, sobornando jueces y quedando libres de condena? ¿Qué sentido tiene criminalizar la evasión mientras el presidente es el campeón nacional de la evasión fiscal y del no pago de contribuciones?

Durante estos días de intensas movilizaciones, el poder no ha hecho más que intentar por todos los medios criminalizar el comportamiento de los manifestantes, pero la lógica de la revuelta es ciega para el poder; no tiene rostro, no tiene líder, ni bandera, ni partido. La insurrección popular esta vez no tiene planificación global, sino que responde a una multitud de acciones espontáneas, desplegándose y coordinándose en la acción. Y ahora tenemos a nuestro favor, además de diversas experiencias de organización en pequeños colectivos, una opinión pública cada vez más favorable a las demandas sociales.

Ahí es donde el relato del poder se queda corto. No es capaz de explicar ni entender lo que está sucediendo. Insiste en tratar las manifestaciones como hechos delictuales aislados, en criminalizar a las personas que protestan, evaden, cacerolean, levantan barricadas o destruyen sus preciados símbolos de estatus.

Aunque los títeres del gobierno y los medios intenten desplazar el debate, sabemos que el problema no tiene que ver con la violencia, o al menos no en los términos en que ellos lo quieren plantear.

Por supuesto que usamos y seguiremos usando la violencia, pero nuestra violencia es mayoritariamente contra la propiedad, contra los símbolos de la división y la injusticia social, y contra aquellos policías que nos reprimen. En cambio, la violencia política y económica, la violencia policial y militar es contra nuestrxs cuerpos y contra nuestras vidas. A la violencia contra la propiedad en Chile se le responde con balas asesinas.

Nuestra violencia, al contrario de la suya, no busca la muerte, pero busca sin embargo algo mucho peor para ellos: la total decapitación del poder. Lo que ellos llaman violencia es en realidad la acción directa que muestra la fragilidad de los propios símbolos de su poder. En nuestra ética, las vidas no tienen el mismo valor que las cosas. Las primeras hay que defenderlas, las segundas, en cambio, no nos importa destruirlas. No nos asustan las ruinas.

Por eso, los saqueos que han ocurrido y los que vendrán son insignificantes ante el saqueo sistemático y la devastación capitalista de la tierra, los cuerpos, los servicios básicos y las relaciones humanas. Y son insignificantes, sobre todo, ante el asesinato de nuestrxs compañerxs a manos de milicos armados en este monstruoso instante en el que escribo, con todo el peso de la noche encima.

Chile está en llamas. Arden estaciones del metro y peajes de las carreteras, arden buses del Transantiago, cajeros automáticos, bancos y supermercados. Se registran múltiples ataques a estaciones de policía y edificios del gobierno. Hay vidrios quebrados, humo y ceniza por todo el país.

¿Cómo es posible que unas simples manifestaciones estudiantiles en el metro hayan generado la interrupción total del transporte, primero, y luego la respuesta policial más brutal, dejando en un par de días al desnudo la dictadura encubierta en la que vivimos?

Esto sólo se entiende en el contexto de un país donde los derechos sociales han sido secuestrados por empresas privadas y entregados a un mercado que depende en última instancia de que todxs paguen su pasaje, su arriendo o hipoteca, sus deudas y matrículas. Las evasiones de los estudiantes fueron ejemplares en ese sentido, porque invitaban a todos los usuarios a no pagar. Y la fuerza de ese ejemplo es lo que más teme el poder.

Esta noche se derrumbó la legitimidad del capitalismo chileno. Y como dijo alguna vez Durruti, cuando los ricos ven que el poder se les escapa de las manos, recurren al fascismo para proteger sus privilegios. Ahora los milicos están en las calles repartiendo balas a destajo. ¿Cuántos muertos contaremos al amanecer?

Desde el 2011 hasta ahora, no estábamos durmiendo. Nos hemos reunido, hemos conversado, intercambiado experiencias de lucha y resistencia, hemos ido fortaleciéndonos en nuestras propias organizaciones, territoriales, feministas, ecológicas y antiextractivistas, de la economía popular y solidaria, de la disidencia sexual o desde la pedagogía crítica, hemos articulado distintas luchas, y hemos mejorado exponencialmente nuestra capacidad de acción. Nuestro instinto de desobediencia ha crecido igualmente. Hemos aprendido a ocupar mejor las redes sociales para agilizar nuestra comunicación, y a desconfiar de ellas como dispositivos policiales. Somos mucho más rápidxs y estamos mejor organizadxs, somos más solidarixs y más desobedientes que antes.

Nos convoca y nos une ahora la lucha por el bien común y la vida en sus múltiples manifestaciones, así como la resistencia ante la dictadura implacable del capital. Sabemos que las soluciones a nuestros problemas no vendrán de parte del Estado ni de la elite empresarial. El mundo nuevo lo construiremos nosotrxs, y lo celebraremos bailando, pensando y combatiendo colectivamente.

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