Una mujer sostiene una pluma de águila durante el acto de presentación de la investigación estatal por el genocidio de las mujeres indígenas, en Quebec, Canadá. / REUTERS - CHRIS WATTIE

La comisaria de la investigación ha alertado de que la desaparición y muerte de mujeres indígenas supone una "emergencia nacional".

Una comisión oficial de investigación ha denunciado después de tres años de trabajo la complicidad de las autoridades canadienses en lo que ha calificado de genocidio perpetrado contra mujeres y niñas indígenas en los últimos años. La investigación se puso en marcha tras la muerte de más de un millar de mujeres y niñas indígenas en las últimas décadas.
Las conclusiones han sido presentadas este lunes en Ottawa e incluyen un amplio abanico de recomendaciones para el Gobierno, la Policía y la población en general para atajar los niveles "endémicos" de violencia contra las mujeres indígenas y también contra personas estigmatizadas por su orientación sexual.


La comisaria jefa de la investigación, Marion Buller, ha defendido las conclusiones no como recomendaciones sino como "imperativos legales" necesarios para poner fin a la espiral de violencia. "Este informe trata del bello pueblo indígena y de factores sistémicos que llevan a que pierda su dignidad, la humanidad y, en demasiados casos, la vida", ha argumentado Buller, la primera indígena que ha llegado a juez de un tribunal provincial canadiense, según recoge la televisión pública canadiense CBC.


"Este informe trata de un genocidio deliberado por motivo de raza, identidad y orientación sexual", ha remachado, al tiempo que ha alertado de que la desaparición y muerte de mujeres indígenas supone una "emergencia nacional".


Entre las medidas concretas que propone, el informe plantea dar reconocimiento oficial a los idiomas indígenas, una renta mínima, profundas reformas del sistema judicial y de la Policía y un agravamiento de las penas para casos de violencia de género.


Así, denuncia que las investigaciones de asesinatos y desapariciones de mujeres indígenas se tratan de forma diferente a los demás casos y por tanto hay menos casos resueltos. Cuando hay opciones razonables de condena, es demasiado frecuente que se alcancen acuerdos de inculpación a cambio de reducciones de condena, que a veces incluso quedan por debajo del mínimo de 10 o 25 años de prisión en los casos de los delitos más graves.


En respuesta propone incorporar más indígenas como jueces, instructores y policías y plantea incluso la creación de una jurisdicción diferenciada para los casos penales con indígenas implicados.


"Los críticos tendrán miedo y se quejarán del coste de la reconstrucción, de que ya se ha hecho bastante, que ya se ha gastado bastante. A ellos les diré que como nación no podemos permitirnos el no reconstruir. De lo contrario, estaremos permitiendo que continúe este genocidio en nuestro propio país y con pleno conocimiento", ha argumentado.
Los indígenas canadienses suponen apenas un 4% de la población de Canadá, pero sus tasas de implicación en crímenes violentos, pobreza y drogadicción son muy superiores a la media.

04/06/2019 10:00 Actualizado: 04/06/2019 10:00

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Los verdaderos muros de la democracia estadounidense

Los muros de la democracia estadounidense son de dos géneros: uno es cultural y el otro estructural. Ambos, con un antiguo objetivo: mantener el poder en manos de una minoría que se representa como mayoría.

Veamos el muro cultural, primero, pero empecemos por su lado positivo. Los llamados "Padres fundadores" fueron una elite de intelectuales, reflejo de las nuevas y radicales ideas europeas que, m á s o menos, encontraron un espacio en el nuevo continente que no tenían en el viejo, de la misma forma que lo hizo el cristianismo en Europa y no en la Palestina judía. Es decir, un territorio menos codiciado por los imperios del momento y menos acosado por la tradición milenaria de ideas fosilizadas. Thomas Jefferson se había hecho ciudadano francés antes de ser presidente de Estados Unidos y todos los demás tenían, de alguna forma, una profunda admiración por los filósofos de la ilustración, sino directamente por la cultura francesa. Las ideas de Jefferson, como la de los otros fundadores, no sintonizaban mucho con el resto de la población, al extremo de que sus libros fueron prohibidos en muchas bibliotecas bajo la exagerada acusación de ser ateo. La idea de crear un muro espeso que separase religión de gobierno era demasiado radical.


Sin embargo, esta elite fundacional compartía con el resto la desgracia del racismo y de la doble vara. El genio de Benjamín Franklin no quería una inmigración que no fuese blanca y anglosajona. El sabio de Thomas Jefferson no sólo abusó de una menor a la que hizo madre varias veces, sino que, además, nunca la liberó por ser mulata. La hermosa esclava, Sally Hemings, era la hija ilegítima de su suegro con otra esclava. Por no entrar en la larga y persistente historia de leyes racistas que van desde la idea de la no humanidad de los negros hasta el desprecio de los latinoamericanos por su condición de hibridez, como las mulas, algo que, según los periodistas y congresistas del siglo XIX, no agradaba a Dios. El asco por los chinos, por los irlandeses (antes de convertirse en blancos asimilados), por los indios y por los mexicanos completó el mapa del desprecio y el despojo a todo lo que no era anglosajón y protestante. La hermosa frase “We the people” asumía, de hecho, que con eso de “el pueblo” no se referían ni a los negros, ni a los indios, ni a nadie que no perteneciera a la “raza” de los fundadores.


Pero Jefferson estaba en lo cierto cuando dijo que “la tierra les pertenece a los vivos, no a los muertos”. A los padres Fundadores (y a los líderes que les siguieron) se los suele disculpar porque eran “hombres de su tiempo”; no se puede juzgar a alguien que vivió hace doscientos años con los valores de hoy. Sin embargo, un par de años después que Jefferson dejara el gobierno en Estados Unidos, un militar rebelde llamado José Artigas, quien estaba contra el abuso militar en el gobierno y a favor de una democracia más directa, apenas tomó control de la Unión de los Pueblos Libres (lo que hoy es Uruguay y parte de Argentina) repartió tierras a blancos, indios y negros bajo el lema “los más infelices serán los más privilegiados”. Un principio y una actitud verdaderamente cristiana de un hombre no religioso.


Tampoco es cierto que Estados Unidos nunca tuvo una dictadura. De hecho, sus leyes necesitaron un siglo, hasta después de la Guerra civil, para reconocer que alguien podía ser ciudadano estadounidense independientemente del color se su piel, aunque luego continuó filtrando, también por ley, a inmigrantes que no eran suficientemente blancos.
Actualmente, hasta los blancos más blancos se han convertido en negros. Pero no lo saben y por eso tanto renacido odio a los negros y marrones. Se sienten los nuevos negros, pero no lo reconocen y, por eso, necesitan despreciar al resto para confirmar su antigua condición de blanco, es decir, de privilegiados.


Mientras tanto, la democracia estadounidense continúa secuestrada por el 0,1 por ciento de su población, por los billonarios que financian las campañas políticas, cenan con los ganadores y envían escribas a sentarse en los comités que redactan las leyes que luego aprueban los legisladores, cuya mayoría son millonarios.


Ahora echemos una mirada sobre los muros estructurales de la democracia hegemónica. También estos problemas hunden sus raíces en el racismo y el elitismo social enmascarado en un discurso opuesto.


Veamos esta lógica referida a la obsesión histórica de las burbujas étnicas. La población latina está subrepresentada en extremo porque, al igual que otras minorías como la afroamericana y la asiática, viven en las grandes ciudades y éstas están en los estados más poblados como California, Texas, Florida, Nueva York e Illinois. De estos estados, sólo Texas es un estado con mayoría conservadora sólida. Florida es pivotante y los demás son tradicionales bastiones progresistas (liberals, en el lenguaje estadounidense). Sin embargo, a pesar de que California tiene una población de 40 millones, sólo cuenta con dos senadores. La misma cantidad que Nueva York, otro estado con 20 millones. La misma cantidad de senadores tiene cada uno de los cincuenta estados, como Alaska, un estado cuya población no alcanza los 800 mil habitantes. Una colección de estados centrales como las dos Dakotas, Nebraska, etc. rondan apenas el millón de habitantes (Wyoming apenas llega al medio millón) y cada uno cuenta con dos senadores. Lo que significa que el voto de un granjero en cualquiera de esa docena de estados conservadores y despoblados vale entre 30 y 40 veces más que el voto de cualquier estadounidense que viva en los poblados estados de California, Texas, Florida, Nueva York o Illinois.


Claro, este sistema de elección de senadores no es único en el mundo, pero en Estados Unidos el desbalance poblacional y político a favor de los conservadores rurales, desde el siglo XIX, es notable y consistente.


Por si fuese poco, hay que considerar que su sistema de elecciones presidenciales no solo le niega a Puerto Rico, con casi cuatro millones de habitantes (más que varios estados centrales juntos), la posibilidad de elegir presidente, sino que, además, el sistema electoral vigente, herencia del sistema esclavista que favorecía a los estados del sur con una escasa población blanca, hace posible que un presidente sea elegido habiendo recibido tres millones de votos menos que el perdedor.


Gracias a este sistema (los electores no solo reproducen el número de representantes sino también de senadores), estados más poblados como California, Texas, Illinois o Nueva York (que subsidian económicamente a estados más pobres) necesitan el doble o más de votos que los despoblados estados del centro para alcanzar un elector. Otra razón para entender por qué las minorías, que sumadas no lo son, no son tratadas con la justicia electoral que una verdadera democracia debe garantizar: un ciudadano, un voto.


No por casualidad la población, pese a la vieja manipulación mediática, suele tener opiniones muy diferentes a sus propios gobiernos. Lo cual apenas importa en esta democracia.

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Sábado, 26 Enero 2019 06:30

Perros sí, negros no

Perros sí, negros no

El hombre de barba anglosajona (candado) sostiene su perro con un brazo mientras señala con un dedo a alguien que pasa. “No, no es odio”, dice, agitado. “Tengo todo el derecho del mundo a pensar que mi raza es superior. Está probado que la raza blanca es más inteligente que la negra. No es odio, no. Quienes no nos permiten expresarnos son quienes sufren de odio. No nosotros”.

Aparte de ser una moda, esa de acusar a los demás de lo que uno mismo sufre (según Trump, no hay en el mundo alguien menos racista y menos misógino que él), este argumento se ha vuelto muy popular en el club de la OTAN: no son los racistas los que odian. Ni siquiera son racistas.


El argumento tiene, sin embargo, algunos problemas.


Primero, aun asumiendo que los blancos son más inteligentes que los negros (luego discutimos cuándo los asiáticos van a expulsar a todos los blancos y por qué los negros han mejorado tanto en sus test de inteligencia en los últimos cuarenta años si, en su raíz, se trata de un problema biológico), eso no garantiza que los racistas no sean la excepción de su raza.


Segundo, podemos asumir que los supremacistas blancos se consideran intelectualmente superiores a los perros. Sin embargo, no por eso los echan de sus casas a patadas. Por el contrario, al menos aquí en Estados Unidos, la gente duerme con sus perros y no pocos los besan en la boca después que el perrito le lamió el pene al perro del vecino.


Pero cuando se discursa contra los negros o se acosa a los inmigrantes de piel oscura (del medio millón de ilegales europeos y australianos, ni una palabra), no se trata de odio sino, simplemente de un reconocimiento objetivo de que la raza blanca es superior. Eso, eso “no es odio”. (La nueva moda de los genios aburridos será: “Sí, es odio, ¿y qué?”)


Los partidarios de construir sociedades amuralladas consideran que esa es la mejor forma de evitar conflictos y de salvar la pureza de sus culturas y de sus identidades. Esta superstición esencialista, muy popular, ignora la fuerza de la historia que todo lo cambia. Basta que una sociedad expulse a todos los “diferentes” para que, dentro de sus orgullosas murallas, físicas y mentales, como en Calataid, comiencen a surgir diferencias, sino de hecho al menos por la percepción de sus habitantes que siempre ven lo que tenemos los humanos de diferente y nunca lo que tenemos en común. Para darse cuenta de esto basta con mirar cualquier familia.


Este argumento no se sostiene más que por el ejercicio religioso aplicado en el lugar equivocado, en el mundo factual, es decir, la creencia de que algo es verdad porque uno cree en ello, y si algo parece ilógico e imposible, mejor aún, porque se necesita poseer una fe inquebrantable, verdadera, probada, salvadora, para ir contra todas las evidencias. El barco se hunde y los fieles del capitán dicen que está tomando impulso o que se prepara para convertirse en submarino.


Un mundo compuesto de sociedades amuralladas no tiene futuro. Es la mejor receta para el conflicto, las guerras y los holocaustos. Si uno se rodea de murallas porque no se entiende con otros pueblos, no es lógico pensar que por esa misma particularidad vamos a poder comunicarnos y entendernos mejor con el resto del mundo, un mundo que ha sido reducido a un pañuelo por la tecnología. Si en la Edad Media algunos reinos menores podían sobrevivir sin mayores contactos con el mundo exterior, si luego los burgos se amurallaron con relativo éxito para su defensa, eso ya no tiene sentido. Una nueva Edad Media es un proyecto imposible, impráctico y peligroso, por lo cual podemos prever que no se trata de un gran ciclo histórico sino de una reacción a una tendencia opuesta y mayor, como lo es la aceptación de la diversidad y el avance de la igualdad a pesar del poder de las elites que siempre se las ingenian para contrarrestar sus pérdidas.


El persistente intento de presentar al nacionalismo como la base de un entendimiento universal es una broma de mal gusto. No es un elemento capaz de unir, ni como utopía ni como realidad, a una sociedad global que debe enfrentar verdaderos peligros a su propia existencia, como lo es la catástrofe ecológica en curso, la amenaza nuclear, o la ultrasegregación económica, donde 49 individuos, que no han aportado absolutamente nada a la historia de la humanidad, se llevan la mitad de toda la riqueza de la población mundial.


Está de más decir que esta idea (de que los promotores de las sociedades amuralladas solo defienden sus derechos a vivir según sus propios valores) es altamente hipócrita. Esa ola nacida en el mundo que colonizó el mundo en los últimos siglos, primero con colonias esclavistas y luego con la fuerza del dinero y los cañones, nunca pensó en el “derecho de cada cultura a vivir según sus propios principios”. Por siglos, a todas las culturas que eran diferentes se las consideró inferiores y se les impuso “nuestros principios”, aparte de explotarlos y masacrarlos por millones y millones.


Ahora que unos habitantes de esas excolonias, en un número insignificante en comparación, comienzan a migrar por desesperación al centro económico del mundo, se los criminaliza, se los expulsa y se levantan murallas para mantener al “invasor” lo más lejos posible.


Así que, el repetido argumento de que no se trata de odio sino de defender “lo nuestro”, se parece del todo a los racistas que aman a sus perros, pero no pueden vivir con vecinos negros porque son inferiores.


Para que no se sientan mal están las leyes justas que siempre se cambian cuando dejan de convenir al poder. Actualmente, la ley de Lotería de Visas para la Diversidad de Estados Unidos que beneficia a pocos pero demasiados no blancos, es atacada por el mismo Partido del Muro. Personalmente estoy de acuerdo que es una ley sin mucho sentido, pero observemos que fue inventada a finales de los 80 para beneficiar a los inmigrantes irlandeses, por entonces asimilados a la idea de “raza blanca”.


Claro, los irlandeses no siempre fueron blancos. Durante varias décadas del siglo XIX, fueron el mayor grupo de inmigrantes a Estados Unidos y, porque no eran el tipo de blanco esperado y sus pelos eran de un color horroroso, imperfecto, se los discriminó de formas violentas. Los indios, los mexicanos y los negros ni siquiera contaban como candidatos a ciudadanos (la ley definía ciudadanía en base al color de piel) y en la mayoría de los casos ni siquiera contaban como seres humanos. No era raro leer carteles que aclaraban el derecho de admisión en restaurantes: “Ni perros ni irlandeses”. Hoy el cartel diría: “Perros si, mexicanos no”.


El lado positivo es que no se trata de una mayoría, por suerte, aunque sí de una minoría con un poder político desproporcionado, por desgracia y por las razones que podemos discutir en otro artículo. Una minoría con un poder desproporcionado, como la de todo gran poder.


Jorge Majfud: Escritor uruguayo-estadounidense. Profesor en Jacksonville University.

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Victoria de Bolsonaro entre gritos de "¡Viva... Volvió la dictadura!"

El candidato de ultraderecha gana con 55.18% de votos por 44.82% del petista Haddad

A eso de las ocho de la noche de este domingo, lo que se anunciaba, acorde con las encuestas, se confirmó: el ultraderechista Jair Bolsonaro, un capitán retirado del ejército brasileño, se convirtió en el quinto presidente electo por el voto popular desde el retorno de la democracia a Brasil, en 1985, luego de 21 años de dictadura militar.

Bolsonaro ganó con 55.18 por ciento (57.7 millones de votos) por 44.82 por ciento (46.8 millones de sufragios) de su contrincante, el izquierdista Fernando Haddad, con 99.91 por ciento del escrutinio.

Por primera vez un candidato de extrema derecha que además de declararse misógino, racista y homófobo, defensor de la dictadura y de la tortura, y que aseguró a una colega diputada que no la violaba "porque no lo mereces", que dijo que ningún hijo suyo se casaría con una negra porque todos habían sido "muy bien criados", y que calificó a la ONU (Organización de las Naciones Unidas) de "nido de comunistas", pues sí, alguien de semejante perfil, obtuvo la mayoría de votos del electorado brasileño.

Defensor de un programa económico que se pretende de un liberalismo fundamentalista, retrógrado absoluto en términos de educación pública, el capitán Bolsonaro, una vez oficialmente electo, se pronunció tan pronto se conocieron los resultados oficiales.

En su primera aparición, por una red social, se mostró titubeante leyendo de manera insegura un texto que no parecía ser de su autoría, esparció frases de difícil comprensión, pero destinadas a incendiar los ánimos de sus seguidores más fieles.

Aseguró, entre otras cosas, que librará al país del peligro "comunista o socialista", defenderá a la familia y sus tradiciones, y tendrá como base de decisiones la Biblia y la Constitución.

Luego obtuvo la "bendición" del autonombrado obispo evangélico Magno Malta.

En los pronunciamientos de Bolsonaro hubo una formidable e impresionante secuencia de frases sin conexión y de anuncios confusos, especialmente en lo que se refiere a la economía.

A partir de ahora se abre un espacio amplio y cubierto de niebla respecto de qué pasará en el país latinoamericano más poblado, el más poderoso en términos económicos y el que hasta hace muy pocos años, en los dos mandatos presidenciales de Luiz Inácio Lula da Silva, ocupó un espacio destacado en el escenario global.

Ayer se comprobó que la distancia entre los electores del ultraderechista y de Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula, fue significativa: unos 11 millones de votos.

Menos de la diferencia con que Lula fue electo en 2005 frente a Geraldo Alckmin –casi 20 millones de votos–, pero mucho más de los que Dilma Rousseff obtuvo frente a su adversario en 2014, Aecio Neves (unos 4 millones).

La tan esperada "ola" que habían anunciado los seguidores de Haddad, ministro de Educación en el gobierno de Lula y ex alcalde de Sao Paulo, no resultó, aunque sí logró disminuir de manera significativa la distancia que los separaba.

Con eso, se aseguró un espacio sólido para la oposición al gobierno que asumirá el primer día de 2019.

Dicen analistas que lo que se abre en Brasil es una inmensa ventana que exhibe un océano de dudas.

Bolsonaro trató de mostrarse como un candidato ajeno a la política, a pesar de una carrera de casi tres décadas en el Congreso.

El ahora presidente electo, mientras fue candidato, exhibió un formidable talento para anunciar, por voz propia o de sus asesores, medidas que causaron impacto en la sociedad y en sectores específicos de la economía, pero sin mayores consecuencias, por inviables.

Anunció fusiones de ministerios que luego rechazó, medidas radicales de privatizaciones que luego matizó; en resumen, nadie puede saber de verdad qué pretende en el campo de la economía, y menos en los demás rubros.

Esta ha sido la primera disputa electoral en la que no hubo un solo debate cara a cara entre los candidatos, y en que el vencedor se limitó a hacer apariciones por las redes sociales.

Arropado por líderes de izquierda, Haddad se dirigió a la militancia petista en un hotel de Sao Paulo, donde pidió respeto para sus "46 millones de votantes", en un emotivo discurso en el cual prometió seguir luchando "con coraje" por la democracia.

El ex alcalde de Sao Paulo, de 55 años, fue designado candidato del PT en sustitución de Lula, su líder histórico, quien purga desde abril una pena de 12 años de cárcel por delitos de corrupción y lavado de activos, a la que fue condenado sin que se presentara prueba alguna de su culpabilidad.

El Movimiento de los Trabajadores sin Tierra divulgó en Twitter un video en el que se ve a elementos del ejército en vehículos militares sumarse a las celebraciones en las calles de Río de Janeiro por el triunfo del ultraderechista.

El pasado rabioso de Bolsonaro, su incitación a la violencia, así como el vacío de su discurso, indican tiempos turbulentos.

La noche de este domingo que había sido de luz y alegría en la mayor parte de las ciudades brasileñas, tan pronto de supo de la victoria de Bolsonaro se desataron actos de violencia en varios puntos del país.

Sitios en que se concentraban electores del derrotado Haddad, fueron blanco de acciones relámpago de seguidores de Bolsonaro, con agresiones sin mediar palabra.

Se reportaron, de manera documentada, acciones violentas en más de 20 ciudades brasileñas.

El gran temor, dicen observadores y analistas del muy complejo cuadro brasileño, se refiere no tanto a qué hará el ultraderechista cuando asuma la presidencia, sino qué harán, de aquí y hasta entonces, las muy furiosas milicias que lo respaldan.

Pasadas las siete de la noche (hora local), un grito de júbilo contagió a los miles de seguidores reunidos afuera del departamento de Bolsonaro en Barra de Tijuca, en la zona oeste de Río.

Más tarde, a eso de las 10 y media de la noche (hora local), en Niterói, ciudad vecina a Río (al otro lado de la bahía de Guanabara, separada por 13 kilómetros de puente) surgieron camiones del ejército desfilando a cuenta de nada entre una multitud que gritaba "¡Volvió la dictadura! ¡Viva"!

¿Quién los convocó? ¿Bajo órdenes de quién dejaron los cuarteles?

Ese es el cuadro con que se enfrentará el país a partir de hoy.

 

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Jueves, 11 Octubre 2018 05:51

Brasil en peligro: tres bombas reloj

Brasil en peligro: tres bombas reloj

La democracia brasileña está al borde del abismo. El golpe institucional que se inició con el impeachment contra la presidenta Dilma Rousseff y prosiguió con el encarcelamiento injusto del expresidente Lula da Silva está casi consumado. La consumación del golpe significa hoy algo muy diferente de lo que inicialmente pensaron muchas de las fuerzas políticas y sociales que lo protagonizaron o no se opusieron. Algunas de esas fuerzas actuaron o reaccionaron con el convencimiento genuino de que el golpe pretendía regenerar la democracia brasileña por vía de la lucha contra la corrupción; otros entendieron que era el modo de neutralizar el ascenso de las clases populares a un nivel de vida que más tarde o temprano amenazaría no solo a las élites, sino también a las clases medias (muchas de ellas producto de las políticas redistributivas contra las que ahora se movilizan). Obviamente, ninguno de estos grupos hablaba de golpe y ambos creían que la democracia era estable. No se dieron cuenta de que había tres bombas reloj construidas en tiempos muy diversos, pero con la posibilidad de explotar simultáneamente. Si esto ocurría, la democracia revelaría toda su fragilidad y posiblemente no sobreviviría.


La primera bomba reloj se construyó en el tiempo colonial y en el proceso de independencia, se accionó de modo particularmente brutal varias veces a lo largo de la historia moderna de Brasil, aunque nunca se desactivó eficazmente. Se trata del ADN de una sociedad dividida entre señores y siervos, élites oligárquicas y el pueblo ignorante, entre la normalidad institucional y la violencia extrainstitucional, una sociedad extremadamente desigual en la que la desigualdad socioeconómica nunca puede separarse del prejuicio racial y sexual. A pesar de todos los errores y defectos, los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) fueron los que más contribuyeron a desactivar esa bomba, creando políticas de redistribución social y de lucha contra la discriminación racial y sexual sin precedentes en la historia de Brasil. Para que la desactivación fuera eficaz sería necesario que dichas políticas resultaran sostenibles y permanecieran durante varias generaciones a fin de que la memoria de la extrema desigualdad y de la cruda discriminación dejara de ser políticamente reactivable. Como esto no ha sucedido, las políticas tuvieron otros efectos, pero no el efecto de desactivar la bomba reloj. Por el contrario, provocaron a quien tenía poder para activarla y hacerlo cuanto antes, antes de que fuera demasiado tarde y las amenazas para las élites y las clases medias se volvieran irreversibles. La avasalladora demonización del PT por los medios oligopolistas, sobre todo a partir de 2013, reveló la urgencia con la que se quería poner fin a la amenaza.


La segunda bomba reloj se construyó en la dictadura militar, que gobernó el país entre 1964 y 1985, y en el modo en que se negoció la transición a la democracia. Consistió en mantener a las Fuerzas Armadas (FFAA) como último garante del orden político interno y no solo como garante de la defensa contra una amenaza extranjera, como es normal en las democracias. “Último” quiere decir en situación de disposición para intervenir en cualquier momento definido por las FFAA como excepcional. Por eso no fue posible castigar los crímenes de la dictadura (a diferencia de Argentina, pero en la misma línea de Chile) y, por el contrario, los militares impusieron a los constituyentes de 1988 veintiocho párrafos sobre el estatuto constitucional de las FFAA. Por eso también muchos de los que gobernaron durante la dictadura pudieron seguir gobernando como políticos elegidos en el Congreso democrático. Apelar a la intervención militar y a la ideología militarista autoritaria quedó siempre latente, a punto de explotar. Por eso, cuando en los últimos meses los militares comenzaron a intervenir más activamente en la política interna (por ejemplo, apelando a la permanencia de la prisión de Lula), parecía normal, dadas las circunstancias excepcionales.
La tercera bomba reloj se construyó en Estados Unidos a partir de 2009 (golpe institucional en Honduras), cuando el Gobierno estadounidense se dio cuenta de que el subcontinente huía de su control mantenido sin interrupción (con la excepción de la “distracción” en Cuba) a lo largo de todo el siglo XX. La pérdida de control contenía ahora dos peligros para la seguridad de Estados Unidos: el cuestionamiento del acceso ilimitado a los inmensos recursos naturales y la presencia cada vez más preocupante de China en el continente, el país que, mucho antes de Trump, se consideró la nueva amenaza global a la unipolaridad internacional conquistada por Estados Unidos tras la caída del Muro de Berlín. La bomba comenzó entonces a construirse, no solo con los mecanismos tradicionales de la CIA y el Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad (también conocido por su denominación anterior, Escuela Militar de las Américas), sino sobre todo con los nuevos mecanismos de la llamada defensa de la “democracia amiga de la economía de mercado”.


Esto significó que, más allá del Gobierno estadounidense, la intervención podría incluir organizaciones de la sociedad civil vinculadas a los intereses económicos de Estados Unidos (por ejemplo, las financiadas por los hermanos Koch). En consecuencia, es una defensa de la democracia condicionada por los intereses del mercado y, por eso, descartable siempre que los intereses lo exijan. Esta bomba reloj mostró que ya estaba lista para operar en Brasil desde las protestas de 2013. Fue mejorada gracias a la oportunidad histórica ofrecida por la corrupción. La gran inversión norteamericana en el sistema judicial se inició a principios de 1990, en la Rusia postsoviética, y también en Colombia, entre muchos otros países. Si la cuestión no es el regime change, la intervención tiene que ser despolitizada. La lucha contra la corrupción es precisamente eso. Sabemos que los datos más importantes de la operación Lava Jato fueron proporcionados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. El resto fue resultado de la miserable “delación premiada”. El juez Sérgio Moro se transformó en el agente principal de esa intervención imperial. Solo que la lucha contra la corrupción por sí sola no será suficiente en el caso de Brasil. Lo fue para neutralizar la alianza de Brasil con China en el ámbito de los BRICS, pero no será suficiente para abrir plenamente Brasil a los intereses de las multinacionales. Es que, como resultado de las políticas de los últimos cuarenta años (algunas venidas de la dictadura), Brasil tuvo hasta hace poco inmensas reservas de petróleo fuera del mercado internacional, tiene dos importantes empresas públicas y dos bancos públicos, y 57 universidades federales completamente gratuitas. Es decir, es un país muy distante del ideal neoliberal, y para aproximarse al mismo se requiere una intervención más autoritaria, dada la aceptación de las políticas sociales del PT por la población brasileña.


Así surgió Jair Bolsonaro como el candidato “preferido de los mercados”. Lo que él dice sobre las mujeres, los negros o los homosexuales o acerca de la tortura poco interesa a los “mercados”. Poco interesa que el clima de odio que él creó esté incendiando el país. En la madrugada del pasado lunes 8, el conocido maestro de capoeira Moa do Katende fue asesinado en Salvador por un seguidor de Bolsonaro a quien no le gustó que el maestro expresara su apoyo a Haddad. Y esto es solo el comienzo. Nada de esto interesa a los “mercados” con tal de que su política económica sea semejante a la del dictador Pinochet en Chile. Y todo lleva a pensar que lo será, pues su economista jefe tiene conocimiento directo de esa infame política chilena. El político de extrema derecha estadounidense, Steve Bannon, apoya a Bolsonaro, pero es solamente la cara visible del respaldo imperial.

Los analistas del mundo digital están sorprendidos con la excelencia de la técnica de la campaña bolsonarista en las redes sociales, que incluyó microdireccionamiento, marketing digital ultrapersonalizado, manipulación de sentimientos, fake news, robots, perfiles automatizados, etcétera. Quien vio la semana pasada en la televisión pública norteamericana (PBS) el documental titulado Dark Money, sobre la influencia del dinero en las elecciones de Estados Unidos, puede concluir fácilmente que las fake news en Brasil (sobre niños, armas y comunismo, etcétera), son la traducción al portugués de las que el dark money hace circular en Estados Unidos para promover o destruir candidatos. Si algunos centros de emisión de mensajes tienen sede en Miami y Lisboa es poco relevante (pese a ser verdadero).


La victoria de Jair Bolsonaro en segunda vuelta significará la detonación simultánea de las tres bombas reloj. Y difícilmente la democracia brasileña sobrevivirá a la destrucción que provocará. Por eso la segunda vuelta es una cuestión de régimen, un auténtico plebiscito sobre si Brasil debe continuar siendo una democracia o pasará a ser una dictadura de nuevo tipo. Un muy reciente libro mío circula hoy bastante en Brasil. Se titula Izquierdas del mundo, ¡uníos! Mantengo todo lo que digo ahí, pero el momento me obliga a una invocación más amplia: demócratas brasileños, ¡uníos! Es cierto que la derecha brasileña reveló en los últimos dos años una afección muy condicional a la democracia al alinearse con el comportamiento descontrolado (más bien controlado en otros sitios) por parte del poder judicial, pero estoy seguro de que amplios sectores de ella no están dispuestos a suicidarse para servir a “los mercados”. Tienen que unirse activamente en la lucha contra Bolsonaro. Sé que muchos no podrán pedir el voto por Haddad, pues tanto es su odio al PT. Pero basta que digan: no voten por Bolsonaro. Imagino y espero que eso sea dicho públicamente y muchas veces por alguien que en otro tiempo fue gran amigo mío, Fernando Henrique Cardoso, expresidente de Brasil y, antes de eso, un gran sociólogo y doctor honoris causa por la Universidad de Coímbra, de quien pronuncié el discurso de elogio. Todos y todas (las mujeres no tendrán en los próximos tiempos un papel más decisivo para sus vidas y las de todos los brasileños) deben involucrarse activamente y puerta a puerta. Y es bueno que tengan en mente dos cosas. Primero, el fascismo de masas nunca lo hicieron masas fascistas, sino minorías fascistas bien organizadas que supieron capitalizar las aspiraciones legítimas de los ciudadanos comunes a vivir con un empleo digno y seguridad. Segundo, al punto que llegamos, para asegurar un cierto regreso a la normalidad democrática, no basta que Haddad gane: tiene que hacerlo con un holgado margen.

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

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Cientos de miles de brasileñas plantan cara en la calle a Bolsonaro

Docenas de manifestaciones multitudinarias organizadas por mujeres escenifican este sábado el rechazo al candidato a la presidencia

El líder de las encuestas por la presidencia de Brasil, el ultraderechista Jair Bolsonaro, ha comprobado este sábado hasta dónde llega el rechazo que suscita en buena parte de la población. Sus muchos críticos, un 46% del electorado según las estadísticas, quienes repudian su discurso autoritario, su apego por la dictadura militar, su racismo y su homofobia, pero sobre todo su macismo, han acudido a lo largo del día a la treintena de manifestaciones que había convocadas en su contra por todo país. Todas organizadas por el colectivo civil al que Bolsonaro más ha despreciado en sus décadas de vida pública, las mujeres; y todas unidas bajo la proclama más repetida en los últimos días en la mayor potencia latinoamericana: #EleNão (#ÉlNo).


"Tengo miedo de las multitudes y esta mañana cuando me he despertado, he debatido mucho conmigo misma sobre si debía venir o no. Pero mira, aparte de mi voto, este acto va a ser el gesto más importante que puedo hacer en estas elecciones", cuenta Betty, una mujer blanca de 69 años y ojos grises tras unas enormes gafas de sol. A una distancia prudente, unos 20 metros, comienza la multitud de mujeres con pancartas, proclamas y batucadas. "No quiero retroceso, quiero un país mejor. Un país en el que Jair Bolsonaro no dé estos resultados en las encuestas".


Estamos en el Largo da Batata, una de las principales plazas de São Paulo y aquí hay docenas de miles de mujeres essgrimiendo argumentos como los de Betty. Estefani, de 15 años, por ejemplo, no puede votar y se manifiesta así contra Bolsonaro. O Tatiana, una historiadora en paro que ha venido desde Santo André, una ciudad vecina. O Flavia, de 37, que quiere que sus dos hijos, una de 9 y otro de 8, vean lo que le pasa a la gente como que va por ahí proclamando el odio. O las cientos de miles que se han hecho a las calles no solo aquí sino en una treintena de ciudades por todo Brasil, y una docena de países extranjeros. Todas participan en lo que supone la culminación del movimiento #EleNão, es decir, el mayor fenómeno político de esta fase final de las elecciones brasileñas.


En pocas semanas, lo que empezó como un modesto grupo de Facebook para mujeres ha logrado nombrar, galvanizar y catapultar un sentimiento, el rechazo a Bolsonaro, que hasta entonces estaba disperso. Sin líderes ni jerarquías, sino por células y de forma espontánea, docenas de minorías raciales, sexuales, religiosas y políticas se han ido valiendo de la infraestructura creada en redes sociales por la página Mulheres Unidas contra Bolsonaro. Si se ha podido es porque esa infraestructura no era pequeña: en cuestión de una semana, la página tenía un millón de miembros. Ahora son tres. Y, a ocho días de la votación de la primera vuelta, todos están llamados a salir a la calle para frenar a un candidato presidencial populista, militarista y también imparable.


Nunca se pensó que la página llegaría a convertirse en un arma política de semejante envergadura. Al menos nunca lo pensó su creadora, una publicista autónoma del Estado de Bahía, Ludimilla Teixeira, de 36 años. “Vi que había un clima de indignación individual contra este personaje, y su discurso de odio. Es un peligro lo cerca que está de ser presidente, para la población, pero sobre todo para mí como mujer. Un día estaba hablando por Facebook con una amiga sobre cómo toda esta indignación debería movilizarse, porque las ideas en las redes pueden ser de alcance muy limitado si se usan de forma individual. Y pensamos: ‘Vamos a abrir un grupo y convocar una manifestación’. Era 29 de agosto por la noche. Mi amiga, que es más reflexiva que yo, dijo que lo pensásemos. A las 6.30 de la mañana del 30 de agosto yo estaba creando el grupo. En 48 horas teníamos 6.000 miembros. Me conmoví y sentí esperanza”.


Un fenómeno nunca visto


Otros colectivos más tradicionales, como intelectuales o sindicatos, publicaron también sus manifiestos contra Bolsonaro. Pero ninguno tuvo el recorrido que han tenido las mujeres y su #EleNão. En parte, sin duda, porque ellas han sido el blanco de las peores barbaridades que el ultraderechista ha soltado a lo largo de 30 años de vida política. La única vez que ha sido multado por insultar a alguien fue por decirle, en 2003, a una diputada: “Yo a ti no te violo porque no te lo mereces”. También describió así a su familia: “Tengo cinco hijos. Cuatro varones y en la última ya tuve un momento de debilidad y salió niña”.


“Él encarna al patriarcado. ¿Has visto cómo se refiere a su propia hija? ‘Fue una debilidad”, se lamenta desde Bahía Maíra Motta, profesora de Filosofía de 40 años y una de las primeras moderadoras que tuvo el grupo antes de que su crecimiento se disparase. “Nosotras no somos debilidades, eso es lo que le estamos respondiendo ahora. Mira cuántas mujeres, cuántas débiles, nos estamos uniendo y mostrando que él es la imagen del fascismo en Brasil. Cuando vieron el grupo quisieron estar en él, ser escuchadas, tener voz. No podemos quedar a merced de un tío así".

Independientemente de que #EleNão logre afectar a las elecciones, el hecho de que haya logrado unir a las brasileñas ya se puede considerar de por sí un primer paso histórico, da igual hacia dónde. En este país, donde ellas conforman la mayoría del electorado, un 52,3%, y por tanto tienen una influencia incomparable en unos comicios, han sido hasta ahora ignoradas por buena parte de los políticos tradicionales, apoyados en el viejo dicho de que “la esposa vota lo que el marido”.


Las violaciones y los asesinatos por violencia doméstica no han parado de subir en los últimos años (60.018 y 1.133 respectivamente en 2017) y en el Congreso brasileño solo el 10% son mujeres. En el ranking de la Unión Interparlamentaria de naciones con presencia femenina en política, Brasil ocupa el puesto 154 de 193, solo por encima de países árabes y las islas polinesias.


Este fenómeno al menos indica que no tiene por qué ser así siempre. De vuelta a la plaza, que a las cinco de la tarde, hora brasileña, está a rebosar de mujeres. "La cuestión no es lo que me pase a mí, porque mírame, no soy gay, ni negra, ni pobre. Yo paso lo que pase voy a estar bien", explica Katrina, emprendedora de 44 años. "Pero tenemos que unirnos contra él, contra el monstruo que va a permitir la violencia entre nosotras".


Es la sensación que Maira Motta esperaba que sintiesen más mujeres cuando el fenómeno echó a andar. “Al ver que a nuestra página acudían millones de personas, le dije a Ludimilla: ‘Negra, esto va a ser una bomba'. Imagínate, la unión de las mujeres de este pobre Brasil. Nunca lo imaginé”.

Publicado enInternacional
Jueves, 23 Agosto 2018 15:11

Blancos, demasiado blancos

Blancos, demasiado blancos

Pese al paso de los años, el racismo no ha desaparecido de la sociedad, en particular de la gringa y, por el contrario, ha mutado, afectando o reforzando de múltiples maneras la cultura dominante. Asi lo resalta esta serie.

 

Una escena de Querida Gente Blanca (la película, 2014) sintetiza la trama principal de la segunda temporada de Querida Gente Blanca la serie, 2018). Sucede así: caminando por los tranquilos y grandes espacios verdes de la Universidad Winchester, el decano Dean Fairbanks, hombre negro, imponente y gran estratega, se encuentra frente a frente con Sam, mujer autodefinida negra, estudiante de producción audiovisual y voz principal de un programa radial llamado, precisamente, Querida Gente Blanca. El decano Dean no está contento, no se alegra al verla y ella lo sabe. Sabe que su programa levanta polvo entre la directiva y la comunidad de la Universidad (compuesta de personas blancas, especialmente hombres) y eso no le gusta al decano, quien ha escalado puestos siendo “prudente” con sus opiniones sobre el racismo. Ella espera el disparo. “Sam –dice el decano– tu programa es racista”. Sam ya sabe qué responder, lo ha tenido que hacer muchas veces: “Los negros no pueden ser racistas, prejuiciosos sí, pero no racistas. El racismo es un sistema de desventajas basado en la raza. No podemos ser racistas los negros porque no nos beneficiamos del sistema”. Racismo investido, ese concepto creado para deslegitimar las luchas afro, es precisamente lo que ataca Sam.

 

Contextualicemos. Querida Gente Blanca, una tragicomedia, es una serie de Netflix que se inspiró en la película homónima producida en el 2014. La película es buena, sí, hace las mismas denuncias de la serie, pero ésta, sin embargo, lleva a un nivel superior toda la estética, la trama y la perfección de los personajes de la película. Transcurre en la Universidad de Winchester donde se cree que el racismo es cosa del pasado, que ya no existe. Sam y todas las personas negras saben que no es así. Es más, Sam afirma que creer tal cosa es una forma de perpetuar el racismo y por eso crea un programa radial en el que le explica a los blancos, sarcásticamente, cómo se expresa su racismo, dice: “querida gente blanca, tener novio o novia negros para molestar a tus padres, es una forma de racismo. Querida… el número de amigos negros para no parecer racistas ha llegado a dos. Querida… cuando nos veas en los pasillos no nos toques el cabello ni hagas bromas al respecto, y, por favor, los negros no somos iguales, así que deja de cambiarnos el nombre”.

 

Una Universidad dividida

 

La casa Armstrong-Parker es el bastión de la comunidad negra organizada, reconocida por ser crítica y por liderar procesos contra el racismo. Su contraparte es la casa Davis, habitada en su mayoría por personas blancas adineradas que organizan fiestas en las que se disfrazan de personas afro, escuchan rap, hablan improvisando y portan armas, para “liberar su negro interno”. Esta es la trama de la casa Armstrong-Parker, donde Sam descubre la fiesta y decide denunciarla documentándola con su cámara. Pero al ver que no genera una respuesta, un cambio, sanciones o reprimendas, sino que, por el contrario, se intenta opacar el debate argumentando que se trata de una acción de “libre expresión”, Sam organiza una protesta el día de las donaciones a programas que ayudan a comunidades negras, todo para reducir impuestos. Pero las cosas se salen de control. Troy Fairbanks, hijo del decano y líder “obligado” de la casa A-P, se da cuenta del engaño de las fundaciones y ataca el edificio con una pala. Además, por causas desconocidas, durante la protesta la casa Davis es consumida por un fuego. Por todo esto, Sam va a hacer señalada como la culpable de incitar al desorden y motivar el odio entre las culturas.

 

A partir de ahí, en la segunda temporada, su drama consiste en ser el blanco de ataques de aquellos que la acusan de revivir un problema del pasado y de alentar al genocidio blanco. Durante toda esta temporada, con justa razón, su defensa será argumentar que no pueden sacrificar al mensajero, que ella lo único que hace es visibilizar el racismo, no crearlo. Entre tanto, ella, y todos los de la casa A-P, tienen que convivir con los nuevos huéspedes, los estudiantes de la casa Davis, convertida en cenizas. Esto va a servir para que las tensiones se intensifiquen y para que se resalten las diferencias culturales entre unos y otros. Así, en el programa Querida Gente Blanca y por los pasillos de la casa, el tema será el comportamiento de los blancos en comparación con el de las personas negras y viceversa. Sí, porque considerarse persona negra no es sólo cuestión de color de piel. Serlo implica consumir productos culturales de personas negras y pensar, actuar, vestir, hablar, y peinar como uno. Esto, que pareciera a simple vista como un simple Checlist, genera conflictos tanto personales como interculturales. Coco, esvelta mujer negra con gran espíritu competitivo, es criticada por Sam por alisarse el cabello, usar Victoria Secret, y en sí aparentar ser una mujer blanca elegante para poder ser aceptada. Pero Sam también comete algunos “pecados”. El primero y más significativo es mantener una relación con un hombre blanco al cual trata de mantener oculto, Gabe, asiste de clase y productor y realizador de un documental titulado ¿Soy racista? ¡Vaya tema! Ya se imaginarán la opinión de Sam al respecto.

 

Querida Gente Blanca también narra una serie de conflictos producto del racismo. Lionel encarna uno de ellos: ser un hombre negro homosexual. Lionel es, podría decirse, el segundo personaje más importante de la historia. Él es quien, a través de sus investigaciones como periodista, es el primero en descubrir la fiesta racista, desenmascarar a las fundaciones y, para esta segunda temporada, descubrir quién es AlttlvyW, representante de una logia de supremacistas blancos y el twittero que, oculto, ataca a Sam diciendo que ella es el producto de un mestizaje entre un hombre blanco y un simio. Es quien nos revelará en una tercera temporada todo sobre la organización clandestina negra que, al parecer, maneja los hilos del poder.

 

Por otro lado, Troy Fairbanks representa a las nuevas generaciones de líderes negros que se enfrentan a un mundo muy diferente al de sus padres y abuelos. Troy tiene una carga muy pesada. Continuar liderando la lucha por sus derechos, pero, al ser impuesta, entra en un conflicto existencial. No sabe quién es ni qué quiere. Por tanto, emprende una búsqueda de autoconocimiento que lo hará cometer muchos errores. Pero lo peor es que su comportamiento lleva a creer firmemente que la historia no es una secuencia progresiva al infinito ni que las victorias de ayer son inmodificables.

 

Por último, el conflicto que representa Reggie Green es una respuesta ante el creciente número de personas negras asesinadas por policías blancos racistas. En la primera temporada, Reggie fue amenazado por un policía que le apuntó a la cara con un arma, frente a los estudiantes asistentes a una fiesta universitaria. El hecho, claro, le generó un trauma. Durante la segunda temporada vemos a un Reggie distinto. No puede dormir y si lo hace la imagen del policía invade todos sus sueños. Al ver un uniformado, suda y le tiemblan las manos. Poco ríe y siempre se ve tenso. Peor aún si tiene que toparse constantemente con el policía que lo amenazó, dado que la universidad no consideró como un acto grave que un agente apunte a un estudiante desarmado y con las manos arriba.

 

De esto era de lo que hablaba la Sam de la película al director Dean. Si la víctima hubiera sido un estudiante blanco, diría, la historia del policía seria distinta. Pero al denunciarlo en Querida Gente Blanca la cuestionarían diciéndole si a ella le gustaría que hubiera un programa titulado Querida Gente Negra. Ante lo cual, ella respondería, como en efecto lo hizo: “no hace falta, grandes medios ya dicen lo que los blancos piensan de los negros”.

Publicado enEdición Nº249
Lunes, 28 Mayo 2018 09:29

Se las traen

Se las traen

En el reconocido ensayo, “Apocalípticos e Integrados”, Umberto Eco nos advierte que Superman se las trae. Dice: “de un ser dotado con tal capacidad y dedicado al bien de la humanidad […] se podría esperar la más asombrosa alteración en el orden político, económico y tecnológico del mundo. Desde la solución del problema del hambre, hasta la roturación de todas las zonas actualmente inhabitables del planeta o la eliminación de procedimientos inhumanos […]. En vez de eso, Superman desarrolla su actividad en la pequeña comunidad en la que vive y el mal, el único mal a combatir, se configura en la especie de individuos pertenecientes al underworld: los que desvalijan bancos y coches-correo. En otras palabras, la única forma visible que asume el mal es el atentado a la propiedad privada”, y el bien: a la caridad.

 

Desde este punto de vista, las historias de superhéroes son instrumentos ideológicos que están en función de los intereses de la clase dominante. Digámoslo en la vieja terminología marxista: dichas historias son instrumentos de dominación de clase. Hay razones para creerlo: en efecto, como dice Eco, más que protectores de la humanidad, los superhéroes son los principales protectores de la propiedad privada, de los valores y de las condiciones ideológicas que la justifican. Pero estas historias heróicas son más que un instrumento de dominación y no se reducen sólo a la clase. Son principalmente herramientas de deshumanización y abarcan el género y las razas. Es bien sabido que durante años la figura del superhéroe ha sido la del hombre blanco y la del villano la mujer o el hombre no blanco.

 

Sin embargo, razón de su gran capacidad de atracción, esta deshumanizaciòn no es evidente, no es visible a simple vista. Estas historias ocultan sus mensajes sexistas, racistas, elitistas y contrainsurgentes, con un ropaje de crítica social, una crítica que, sin embargo, es tolerable, comestible, que no perturba a los grupos de poder o, por mucho, son una diminuta piedra en el zapato. Por eso nada pasa cuando en Iron man 3 se parodia la imagen del terrorista que surgió tras los atentados del 9/11 en las Torres Gemelas: la del barbudo con rasgos del Medio Oriente (remedo de Bin Ladem), que al final resulta ser un mediocre actor estadounidense. Esto mismo sucede con la aclamada serie The punisher.



Alianza macabra

 

Entre los mensajes críticos en The punisher: la corrupción de la CIA, los efectos negativos en los soldados retirados, el terrorista interno y el control sobre las armas, hay uno oculto –o inconsciente– que merece especial atención: la necesaria y justificable alianza entre la justicia como institución (encarnada principalmente en la agente Madani) y la ilegalidad (representada en Frank Castle y Micro), para que aquella funcione y sea realmente efectiva. Un mensaje peligroso e incontrolable. Pero vamos por partes; para entender cómo se expresa esto primero hay que definir quién es Frank Castle.

 

Frank Castle es un tipo de antihéroe cuyas virtudes, dice Eco, “se humanizan, y sus poderes, más que sobrenaturales, constituyen la más alta realización de un poder natural, como lo es la astucia, la rapidez y la habilidad bélica”. En ese sentido, Frank es un exmarine que ha desarrollado al máximo sus dotes como combatiente. El soldado perfecto. Adicto a la sangre. Entre más lo golpean más fuerte se hace y, mientras un soldado cualquiera cae fulminado ante una explosión, Castle agudiza sus sentidos, deja de respirar y en cuestión de segundos aniquila a toda una escuadra, sin balas, sin armas, sólo con sus manos. Pero ¿por qué Castle es un antihéroe y no un superhéroe? Por eso mismo, precisamente. Los antihéroes son personajes que están en la frontera entre el reino de los villanos y el reino de los héroes. Ser antihéroe significa que el fin justifica los medios. A diferencia de Superman, de Batman y de Black Panther, Frank aniquila a sus enemigos insertándoles balas en la cabeza o triturándolos a mazazos. Esto nunca lo haría un héroe. Sin embargo, tampoco cruza la línea de la maldad porque nunca asesina a nadie “inocente”, todos los que están en su mira hicieron algo malo que justifica su muerte; como matar a un familiar, amenazar a un amigo. De Frank podría decirse que mata en defensa propia o con justa razón. Si un soldado se topa enfrente suyo con la orden de detenerlo, Frank le advierte que no le quiere hacer daño y suplica a Dios que lo deje seguir. Eso causa que el público empatice con sus objetivos, como la justicia, pero rechace sus métodos, la violencia.

 

Otra característica que reafirma la postura de antihéroe de Castle es que sus motivos son absolutamente personales. Miremos: Frank sólo ataca a los criminales que hicieron o quieren hacer daño a su familia o amigos. Contrario, los verdaderos héroes luchan por la humanidad. Si bien Bruce Wayne se convierte en Batman por un motivo personal, pronto, tras cumplir su objetivo, se dedica a luchar contra el crimen en Ciudad Gótica. Frank no. A penas cumple con su cometido se pierde, se convierte en un obrero de construcción asocial, aislado del mundo, como se muestra en los primeros capítulos en The punisher. Lo preocupante de este tipo de personaje, del antihéroe, es que son los que más fuerza de atracción, más admiración e imitación ejercen sobre el público, ejemplo de ello es Deadpool. Si ya son peligrosos los modelos de héroes convencionales que luchan contra el crimen del bajo mundo por el supuesto “bien común”, peor aún aquellos que se reducen hacia lo simplemente personal, como la venganza. Así, si de Superman no esperamos una revolución, de estos antihéroes ni pensemos siquiera que salgan a votar.

 

Definido Frank Castle, pasemos página. En The punisher los enemigos de Frank son Billy Russo y William Rawlins, conocido como Orange. Russo también es un exmarine retirado (el mejor amigo de Castle en Afganistán) y dueño de Anvi, una compañía de seguridad privada cuyo personal lo componen veteranos de guerra, aquellos que no encuentran darle otro sentido a su vida más que seguir bañándose en sangre. Russo se esconde tras una fachada de empresario filántropo que dona parte de sus ganancias a la fundación de Curtis Hoyle, dedicada al apoyo psicológico de soldados retirados que sufren estrés postraumático. Sin saberlo Frank, Russo trabaja para Orange desde que estaban en Afganistán y fue a él a quien la policía buscaba en Central Park cuando ocurrió la fatalidad que le destruyó la vida y lo convirtió en zombi. Si Billy Russo es el estereotipo del empresario que se enriquece con la guerra, William Rawlins es el típico agente de la CIA corrupto que, gracias a su posición, se enriquece en suelo extranjero trasportando droga en los cuerpos de soldados fallecidos y asesinando a supuestos terroristas que resultan ser agentes de gobiernos locales que investigan sus acciones, como el que Frank, por orden de Orange, asesina. Es ahí cuando entra en la historia otro personaje típico, la agente Madani, quien desde entonces carga con la mayor parte del argumento de la historia porque es quien investiga a los implicados del asesinato de su compañero a manos de soldados norteamericanos. Investigación que va a tener obstáculos impuestos tanto por Orange como por la justicia misma. Aquí es donde está el meollo del asunto porque, para saltar los obstáculos, Madani debe incurrir en acciones poco legítimas, como engañar a sus subordinados llevándolos a una operación suicida. Pero Madani sabe que sólo así obtendrán resultados.

 

Esa misma idea la tiene otro personaje fundamental, David Lieberman, conocido en el mundo oculto de los hackers como Micro, un genio no tan típico de la navegación. Él, al igual que Castle, desconfían de la justicia y por ello se mantienen al margen. Más que desconfiar, han sufrido en carne propia la corrupción. Cuando Liberman trabajaba para la Agencia Nacional de Seguridad como analista informático recibió el video en el que se ve a un soldado encapuchado asesinar al colega de Madani. Dubitativo, se lo hizo llegar a esta, pero por razones desconocidas la mujer lo pierde. Agentes de la CIA, que trabajan para Orange, descubren que Lieberman filtró el video e intentan asesinarlo. Así, Lieberman, quien debe aparentar estar muerto, pasa a ser Micro. Micro busca a Castle para que le ayude a vengarse y, luego de varias peripecias, Castle accede. Sabe que necesita las herramientas tecnológicas que Micro le ofrece.

 

La crítica evidente –visible– que se hace a la CIA no es de menor calibre. Como dice Marion James, subdirectora y jefe inmediata de Orange, quien desconocía las andanzas de su subalterno, las acciones de éste, de ser conocidas, destruirían años de política exterior de los Estados Unidos, lo que sucede en realidad. Es verdad que la crítica se suaviza dado que la problemática se reduce a unos cuantos corruptos, las “manzanas podridas” que hay en cualquier institución y que por tanto no demuestran que el comportamiento de la agencia sea estructural, como en realidad lo es.

 

Sin embargo, el mensaje menos evidente y por tanto más peligroso que ayuda a justificar acciones ilegales de la justicia queda oculto. La serie expresa, con Castle, Micro y con la misma Madani, ese sentimiento de desconfianza que el ciudadano común siente hacia la justicia. El problema surge cuando el espectador ve que sólo cuando la justicia recurre a la ilegalidad es cuando encuentra pruebas, descubre información relevante y capturan a los resposables, o por lo menos los descubren, lo cual se logra cuando el trio (Madani, Castle y Micro) en el desenlace de la historia se unen para atrapar a Orange y Will. Hechos que en la justicia ordinaria resultan inalcanzables.

 

Pensemos en los efectos de este mensaje en un espectador cercano: el colombiano común. ¿Qué pasa cuando nuestro espectador recibe este mensaje? ¿a quién representa Castle en este contexto? Sin duda, el espectador asimila a The Punisher con un paramilitar. No puede ser un guerrillero porque, como se ve, Castle nunca busca una revolución ni tomarse el poder político. Él es un exmilitar con sed de venganza. ¿Suena familiar? ¿de cuántos paramilitares no hemos escuchado que buscaban vengar la muerte de sus familiares ya que la justicia no pudo con las Farc? Podría decirse que tal conclusión parece sacada del sombrero del mago, pero, aclaremos: no es que consideremos que los productores de la serie hayan decidido de manera deliberada hacer una historia para justificar el paramilitarismo en Colombia, claro que no, lo que sucede es que los mensajes son contextualizados y consumidos acríticamente por el espectador, el mismo que no advierte que The Punisher se las trae.

Publicado enEdición Nº246
BlacKkKlansman Spike Lee: "La llamada cuna estadounidense de la democracia es una mierda"

El director de cine aprovecha su paso por Cannes para mostrarse duro con su país: "Ha sido construido sobre el genocidio de los pueblos indígenas y la esclavitud".

 

CANNES (FRANCIA)


Spike Lee se mostró hoy en Cannes muy duro con Estados Unidos, un país "construido sobre el genocidio de los pueblos indígenas y la esclavitud", y aseguró que "la llamada cuna estadounidense de la democracia es una mierda".


"Tenemos a un tipo en la Casa Blanca, no voy a decir su maldito nombre, que definió ese momento no solo para los estadounidenses, sino para el mundo, y que ese hijo de puta tuvo la oportunidad de decir que nos referimos al amor, no al odio", dijo el realizador en referencia a la muerte de la joven Heather Heyer.
El pasado mes de agosto Heyer murió atropellada por un joven neonazi blanco en Charlottesville (Virginia) y otras 20 personas resultaron heridas. Este hecho cierra el filme de Lee, basado en la historia real del primer policía negro de Colorado Springs y que le sirve al realizador para apuntar a la complicada situación actual.


"Ese hijo de puta no denunció al hijo de puta Klan, a la derecha alternativa ni a esos nazis hijos de puta. Fue un momento decisivo, y podría haberle dicho al mundo, no solo a los Estados Unidos, que éramos mejores que eso", afirmó con vehemencia el director, que posteriormente se disculpó por su lenguaje.


El "asesinato" de la joven fue el elemento clave de una película, BlacKkKlansman, que comienza con una escena de la Guerra de Secesión de "Lo que el viento se llevó" y acaba con imágenes reales de Trump y del atropello en Charlottesville.


"Esperamos que los jefes de Estado muestren un cierto valor moral, esperamos que tomen las buenas decisiones, pero hay grupos que reaccionan con odio y que surgen por todas partes", dijo el realizador que hizo hincapié en que no se trata de un problema exclusivo de Estados Unidos.


Es algo que ocurre en todo el mundo. "Tenemos que despertar, no podemos estar callados. No es un problema negro, blanco o marrón. Todos vivimos en este planeta, y este tipo en la Casa Blanca tiene el código nuclear", dijo Lee, que también mencionó a los presidentes de Corea del Norte y Rusia antes de preguntarse: "¿qué coño está pasando?".


Una "llamada de atención"


Por eso considera su película como una "llamada de atención" sobre lo que está sucediendo, sobre las mentiras proclamadas como verdades. "No me importa lo que digan los críticos ni nadie más, sé que estamos en el lado correcto de la historia con esta película", agregó.


Un filme que se sitúa en los años setenta, protagonizado por un magnífico John David Washington -hijo de Denzel- que interpreta a Ron Stallworth, el policía que escribió un libro con sus experiencias como primer agente negro en Colorado Springs.


Está acompañado por Adam Driver, como un judío que se infiltra en el Ku Klux Klan, o Topher Grace, como el máximo responsable de ese grupo extremista, en una alocada comedia que se sirve del humor más salvaje para poner en tela de juicio la discriminación sufrida por la población negra en Estados Unidos.


Una historia que le permite al realizador de "Do the Right thing" ("Haz lo que debas", 1989) conectar con el momento actual de su país, una época terrible que se asemeja a una guerra civil, señaló Lee.


Aunque también consideró que su filme "abre la vía a la esperanza".


"No estoy ciego. Este problema de la extrema derecha existe en todos los países del mundo y espero que mi película se vea en todas partes, que levante las conciencias, que sacuda a la gente, que los despierte. Creo que en ese aspecto es un filme importante", señaló.


En su opinión, la obligación de un filme no es aportar soluciones sino plantear preguntas y, en este caso, "provocar una discusión sobre el problema del racismo".
"Hay mucha gente que se pasea sin ser consciente de lo que pasa en la sociedad (...) que se queda en un lado, que no sabe gestionar la situación, que se siente perdida. Yo les digo que no hay que quedarse callados, sin reaccionar", afirmó el director.


Y ante una pregunta de un periodista africano, insistió: "hay que liberarse de los restos del colonialismo en África (...) Hay que trabajar juntos para resolverlo, hay que hacer triunfar la libertad en el mundo y acabar con las injusticias".


No solo en Estados Unidos. "Viajo mucho y se habla mucho de lo que pasa en mi país pero hay que ver en otros países cómo tratan a los inmigrantes, a la gente que ha venido de África. Ustedes tienen sus propios problemas, no es solo EEUU".


Una rueda de prensa monopolizada por el mensaje político de Lee, que estaba acompañado por Washington, Driver, Grace y Laura Harrier, un equipo "magnífico" en palabras del realizador, encantado a sus 61 años de rodearse de gente nueva.

Por ALICIA GARCÍA DE FRANCISCO ( EFE)

15/05/2018 19:23 Actualizado: 15/05/2018 19:23

Publicado enCultura
Lunes, 30 Abril 2018 06:06

Antiterrorismo

Antiterrorismo

A uno le tiembla la mano escribiendo, reportando, ciertas cosas. Y uno duda si dar aún más detalles sobre lo más oscuro y bárbaro sólo sirve para alimentar el nihilismo, o a fin de cuentas sólo lo normaliza más, o si acaba funcionado como anestesia. O peor, que nos volvemos sólo simples mirones del paisaje del horror. Antes uno hacía eso leyendo el Alarma o yendo a ver ciertas películas (ahora resulta que tal vez algunos de los filmes de horror más extremos son documentales).

Pero según algunos sabios, hay que confrontar el horror para superarlo y transformarlo, ya que no hacerlo, no reportarlo, no responder, no actuar, es volverse cómplice.

El jueves pasado se inauguró el Monumento Nacional por la Paz y la Justicia en Montgomery, Alabama. Ahí están instaladas 805 columnas de acero suspendidas de un techo, cada una representando un condado, y grabadas sobre ellas los nombres de más de 4 mil 400 afroestadunidenses y otros que fueron linchados entre 1877 y 1950. Fueron espectáculos públicos, a veces con miles de espectadores, y además de ahorcados, a veces fueron quemados vivos, castrados o desmembrados, casi siempre en público, a veces en frente de tribunales. Las razones para algunos de estos actos brutales: por caminar demasiado cerca a una mujer blanca, por tener la foto de una mujer blanca, o una mujer embarazada que se atrevió a protestar por el linchamiento de su esposo.

Es parte del “terrorismo racial” que forma parte de la historia de este país, afirma Bryan Stevenson, fundador de la Iniciativa de Justicia igualitaria que diseñó y construyó el monumento y un museo dedicado al asunto y cuyos bisabuelos eran esclavos. “No hemos creado espacios en este país que ofrezcan la historia de la desigualdad racial, de la esclavitud, del linchamiento, de la segregación que motive a la gente a decir ‘nunca más’”, comentó en entrevista con el Washington Post.

Afirmó que los afroestadunidenses, “a pesar de la brutalidad, a pesar del odio a pesar de la violencia, seguimos insistiendo ‘busquemos un camino para avanzar adelante’. Y es una historia notable de una comunidad de gente que desesperadamente sólo desea la paz”, afirmó Stevenson. Agregó que parte de la visión para el museo es crear un país donde de aquí a 100 años, la gente negra y café no serían presuntos peligrosos y culpables, donde reconocemos esta historia, donde logramos recuperarnos de ella. Indicó en entrevista con el New York Times: “no me interesa hablar de la historia estadunidense porque quiero castigar a Estados Unidos. Quiero liberar a Estados Unidos”.

Y es que a pesar de los grandes avances, sobre todo el cambio generado por el movimiento de derechos civiles, ese pasado sigue muy presente. Tal vez ya no hay linchamientos, pero hoy día existe la encarcelacion masiva; la profesora de leyes Michelle Alexander reveló que hay más hombres negros en las prisiones que el número de esclavos poco antes de la Guerra Civil. Mientras tanto, las condiciones de los que viven en la pobreza (sobre todo las comunidades afroestadunidenses y latinas) no han avanzado en medio siglo, con todo lo que eso implica para educación, salud y empleo.

Ese “terrorismo racial” desatado contra los inmigrantes africanos que llegaron en cadenas para ser el “combustible” de la economía estadunidense, ha sido ejercido en cierta medida contra olas de otros inmigrantes (irlandeses, italianos alemanes, chinos, y latinoamericanos) desde hace siglo y medio. De hecho, entre los linchados –aunque la gran mayoría eran afroestadunidenses– también hubo mexicanos, judíos, indígenas, y hasta algunos disidentes progresistas blancos; o sea, cualquiera que pudiera ser considerado una amenaza al dominio cristiano blanco.

Y en momentos en que la clase política necesita un “enemigo” para dividir a los pobres, versiones de ese mismo “terrorismo racial” se ha aplicado una y otra vez hasta hoy día.

El sábado, el presidente Donald Trump, en un discurso ante un mar muy blanco de sus fanáticos en Michigan preguntó: “¿hay hispanos en el salón. No, no tantos, está bien”, poco antes de afirmar que “toda esta gente que se está volcando a través de la frontera van a votar (por los) demócratas (…) muchas veces no saben qué están haciendo ni por qué lo están haciendo, pero tenemos que tener fronteras y pronto (…) necesitamos el muro”. Poco antes, Trump grabó un mensaje para apoyar la campaña de un representante federal en Arizona donde advertía que si ganaba el contrincante demócrata, “los inmigrantes ilegales se volcarán sobre tu frontera, trayendo con ellos sus drogas y su crimen”.

Algunos expertos señalan que Hitler estudió los sistemas económicos y legales racistas de Estados Unidos para desarrollar sus políticas. De hecho, hace una semana, hubo un desfile público nazi en Georgia. Un comentarista advirtió: “cuando los nazis no tienen miedo de caminar por las calles de Estados Unidos, y los afroestadunidenses sí, pues mejor despierta y escucha la chingada alarma”. Un 57 por ciento de los estadunidenses –incluyendo más del 80 por ciento de los afroestadunidenses y un 75 por ciento de los latinos– opinan que Trump “es un racista”, según una encuesta reciente de AP-NORC.

Ese mismo “terrorismo racial” se expresa en las tácticas de las autoridades migratorias, quienes están literalmente arrancando a niños de los brazos de sus madres (más de 700 niños han sido separados de sus padres inmigrantes desde octubre, reportó el New York Times), en el juego cruel con que se amenaza a los jóvenes indocumentados que llegaron siendo menores de edad (los dreamers) como en las declaraciones del presidente y sus seguidores de que las familias centroamericanas que llegan a pedir asilo son “amenazas” a Estados Unidos.

Pero los inmigrantes, los esclavos liberados, los perseguidos, los refugiados, los “otros”, son las reales fuerzas antiterroristas en Estados Unidos, son los que han obligado a este país a enfrentar sus propios horrores y que una y otra vez lo invitan a cumplir con sus propias promesas de libertad y justicia para todos.

 

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