Viernes, 26 Junio 2020 06:28

Pandemia, contracción, petróleo

Pandemia, contracción, petróleo

Al acercarse la conclusión de la primera mitad del año se han multiplicado las evaluaciones y balances de lo ocurrido en el semestre de la pandemia. También las predicciones de lo que cabe esperar para la segunda y más adelante. En primer término se aprecia que, vista como tal, la pandemia no cede. Como lo expresó Le Monde (22/6/20) “…continúa acelerándose… el último millón de casos se añadió en apenas ocho días… Sus efectos se dejarán sentir a lo largo de decenios…” La coincidencia de aumentos rápidos en regiones como América Latina y Asia con el abandono de medidas de contención en Europa y Estados Unidos no es sostenible en un mundo en que la interconexión y la movilidad son componente de cualquier normalidad concebible.

Las secuelas sociales y económicas se aprecian con desaliento. Parecería darse una competencia de superlativos negativos para calificarlas y evaluarlas. Cuando el Fondo Monetario Internacional (FMI) advierte, en su análisis más reciente, que esta crisis es como ninguna otra –por su magnitud y alcance, por la incerteza sobre su duración e intensidad, por los desafíos que plantea al diseño e instrumentación de políticas de respuesta y por derivarse, en gran medida, de las acciones adoptadas para superar la emergencia sanitaria misma– implica también que, aun si se consigue una pronta reactivación, será difícil eludir una transformación de fondo de las formas de operación de la economía y la sociedad globales. De conseguirse regresar a la normalidad, será, en todo caso, a una nueva normalidad, según la expresión más repetida del semestre.

Han abundado también las listas o relaciones de los sectores, actividades y empresas más afectados. No pocos se esforzaron por quedar incluidos, sobre todo en los primeros meses cuando parecía que llovería sobre ellos el maná de las ayudas, las ventajas fiscales y los subsidios. Entre las ayudas más generosas destinadas a las pymes destacaron las de Estados Unidos. Tardó poco en revelarse que una parte no menor de esos fondos había favorecido a empresas grandes e influyentes. El sector global de la energía, en general, y la rama de hidrocarburos, en particular, aparecieron en esos listados. Reforzó esa impresión el hecho insólito, aunque momentáneo, de un precio internacional negativo para el crudo estadunidense a mediados de abril.

La Agencia Internacional de Energía (AIE) ofreció, en su informe mensual para junio, la siguiente viñeta: En términos deportivos, el mercado petrolero de 2020 se acerca al silbatazo de medio tiempo. Hasta el momento, las iniciativas, bajo la forma del acuerdo OPEP+ y de la reunión de los ministros de Energía del G20, han realizado una gran contribución para restaurar la estabilidad en el mercado. En caso de que se consoliden las tendencias recientes de la producción y se recupere la demanda, el mercado contará con un fundamento más estable al concluir la segunda mitad del año. Sin embargo, no deben subestimarse las enormes incertidumbres.

Adviértase que es muy baja, por no decir nula, la probabilidad de que se generalice la incipiente recuperación de la demanda, limitada ahora a China e India, y de que se revierta la caída de 11.8 millones de barriles diarios de la oferta de crudo registrada en mayo. La contracción de la actividad económica esperada en el año en curso –de 8 por ciento en las economías avanzadas según el FMI o de entre 6 y 7.6 por ciento en la mundial según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos– augura, más bien, un annus horribilis para el mercado petrolero global.

En tal situación es explicable que todo mundo prefiera ver al largo plazo. Así procedió la propia AIE. También a mediados de junio dio a conocer un amplio programa trienal de recuperación de la actividad y el empleo, para el periodo 2021-2023, centrado en el sector de la energía. Vale la pena examinar el documento íntegro, que se inicia con una visión de conjunto y se desarrolla en tres capítulos generales y seis sectoriales. ( Sustainable Recovery: https://www.iea.org/sustainable-recovery). De entrada, se advierte la dificultad de que un ambicioso plan trienal de recuperación sustentable para el sector de la energía, que supone inversiones por un billón de dólares anuales, pueda ser adoptado, en la actual coyuntura, por la comunidad de naciones, o incluso por el conjunto más restringido y afluente de los 38 estados miembros o asociados de la AIE, México entre ellos.

Por otra parte, parece demasiado arriesgado partir del supuesto de que la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero que ocurrirá este año por la contracción de la economía mundial podrá mantenerse cuando ésta eventualmente se reactive. Al tratar de recuperar el terreno perdido por la crisis, las consecuencias ambientales no se contarán, por desgracia, entre las mayores preocupaciones.

De cualquier modo, el plan de la AIE apunta a líneas de acción en el petrolero y otros segmentos del sector de la energía que será valioso explorar después de la pandemia –ese futuro todavía impreciso.

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Desregulación, ayudas a multinacionales y récord de milmillonarios: las recetas de Trump para la pandemia

La administración Trump ha centrado los paquetes millonarios de rescate por la covid19 en las multinacionales y ha aprovechado la pandemia para desregular sectores como el energético. Mientras que 45 millones de personas han perdido su empleo en la pandemia, los milmillonarios han incrementado sus fortunas un 20%.

 

Donald Trump declaró el estado de emergencia ante la expansión del coronavirus en Estados Unidos el 13 de marzo. En estos 99 días, el paro (en cifras testimoniales en febrero) ha contagiado a 45 millones de personas y 120.000 estadounidenses han fallecido a causa de la covid-19. Entretanto, los milmillonarios han aumentado su fortuna en 584.000 millones de dólares (un 20% más) mientras que 29 nuevos nombres se han añadido a la lista, que pasa a tener 643 miembros.

Junto a esto, la administración Trump ha aprobado sotto voce reformas legales para desregular sectores como el energético o el industrial o atacar los derechos de los transexuales, y ha aprobado tres paquetes de ayudas dotados con más de dos billones de dólares (prepara un tercero de 3 billones), una cuantía que ha sido orientada hacia las grandes corporaciones en vez de a las familias y las pymes, en virtud de la vieja fórmula de Ronald Reagan: alimentemos las grandes bocas y que los pajarillos se coman las migajas. Varias organizaciones vinculan esta gestión política al hecho de que al menos siete ministerios clave de la administración Trump están en manos de exmiembros o antiguos lobistas de grandes corporaciones, que ahora hacen caja con la crisis.

Así lo denuncia Public Citizen, una organización con sede en Washington que investiga la labor de los lobbies y sus relaciones con el gobierno. El Departamento del Tesoro, clave en la gestión de los paquetes de ayuda por la covid-19, está en manos de Steven Mnuchin, que viene de Goldman Sachs; Comercio lo dirige Wilbur Ross, un banquero millonario con inversiones en las industrias textil, del carbón, el acero o la automoción; al frente de Salud está Diane Foley, exejecutiva de la industria farmacéutica y opuesta al derecho al aborto; el director de la Agencia de Protección Ambiental es Andrew Wheeler, un exlobista del carbón; Interior lo dirige Michaela Noble, exlobista del sector petrolero; Defensa, el general Mark Esper, que lo fue de Raytheon, una de las firmas contratistas de defensa militares más grandes de Estados Unidos; y la Comisión Federal de Comunicaciones la dirige el exabogado de Verizon Ajit Pai, defensor a ultranza de la desregulación.

Prácticamente todos ellos han estado envueltos en polémica en las últimas semanas. El caso más sonado ha rodeado a Mnuchin, al frente del Tesoro. Éste se ha negado ante el Congreso a dar la información de cómo se estaban repartiendo las cuantiosas ayudas públicas fijadas en los paquetes de emergencia de la covid-19. Las dudas se centran especialmente en los 700.000 millones de dólares supuestamente destinados a las pymes y que muchas asociaciones de empresarios dicen que no se están recibiendo. Mnuchin alegó ante el Congreso que no puede dar esa información porque, dijo, es "de los dueños" y "confidencial". Se ha ganado con eso una demanda del Centro para la Integridad Pública, una ONG que investiga "la democracia, los privilegios y el poder", según se autodefinen en su página web.

El gobierno está gastando miles de millones de dólares para afrontar el impacto económico de esta crisis y el público merece saber quiénes se están beneficiando de esas ayudas y quiénes no, puesto que la pandemia amenaza con empeorar la desigualdad de Estados Unidos", explica en un comunicado la directora de esta organización, Susan Smith Richardson, que denuncia que "el programa de cheques de ayuda se previó para ofrecer préstamos cancelables a pymes de menos de 500 empleados, sin embargo, varias compañías grandes, como Shake Shack y Ruth's Chris Steak House, han revelado que han recibido millones de dólares bajo ese programa mientras que numerosas pymes no lo han hecho".

Entretanto, cubriéndose con el espesor de la crisis del coronavirus, la administración Trump ha seguido desmontando la legislación ambiental, que está dejando al país con la estructura normativa que tenía incluso mucho antes de la era Obama. Según la cadena de radios públicas NPR, en las últimas semanas se han eliminado las regulaciones que afectaban a la eficiencia de los combustibles fósiles en coches y camiones, sobre contaminación del aire por la actividad de las centrales de energía y sobre la contaminación de aguas, y se están expandiendo las actividades de fracking en Alaska, todo ello con el visto bueno de la Agencia de Protección Ambiental y otros departamentos vinculados.

En Estados Unidos la Constitución no reconoce la salud como derecho fundamental, de manera que el acceso a la sanidad se realiza de manera general a través del contrato de trabajo, una de cuyas condiciones, además del salario, es el vínculo con una póliza médica privada. Pero con la crisis del coronavirus hay ya 45 millones de parados (y subiendo) en el país, de los que más de 25 millones habrían perdido su cobertura; éstos se suman a los más de 80 millones que o no tenían cobertura o la tenían muy mala. Ante esta situación, frente a la propuesta del senador Bernie Sanders de lanzar un plan de emergencia para implantar una sanidad gratuita y universal mientras dure la pandemia, el gobierno de Trump optó por repartir ayudas millonarias entre los hospitales y el sector de salud privado con el argumento de que es un sector esencial que no puede quebrar.

El resultado ha sido que estas empresas están llenando sus arcas al tiempo que a millones de estadounidenses se les limita el acceso a la salud en una situación crítica como la actual. El grupo United Health, la primera aseguradora médica del país, hizo en abril balance del primer trimestre del año: obtuvo 164 millones de dólares en beneficios, un 3,4% más que en el mismo período de 2019. La compañía admitió que la pandemia de la covid-19 está teniendo un "impacto mínimo" en sus objetivos y, de hecho, afirmó que el grupo "mantiene sus perspectivas de ganancias […] para todo el año en 2020".

En la misma línea, Public Citizen advierte en un comunicado de que "después de recibir un rescate de mil millones de dólares de fondos federales, la Corporación Estadounidense de Hospitales (HCA Healthcare, en inglés) está despidiendo o recortando el sueldo de decenas de miles de médicos y enfermeros mientras que su director general está perdiendo menos del 1 por ciento de su compensación anual". La HCA obtuvo 7.000 millones de dólares en beneficios en los últimos dos años.

No sólo la administración Trump está atacando y desreglando sectores productivos con la excusa o bajo la espesa crisis de la covid-19, también está haciendo lo mismo con la legislación que afecta a asuntos ideológicos. El último zarpazo llegó a finales de la semana pasada, cuando el gobierno liderado por el magnate neoyorkino desmanteló las políticas de Obama que prohibían a las compañías de seguros médicos privadas discriminar a los pacientes transgéneros y a las mujeres que buscaban abortos. Según el medio Político, la Casa Blanca trabajaba con denuedo a finales de abril en esta medida, justo cuando Estados Unidos sumaba cada día 30.000 nuevas infecciones por coronavirus.

En cuanto al nuevo paquete de ayudas, éste fue ya aprobado por la Cámara de los Diputados, de mayoría demócrata, el 15 de mayo, pero el Senado, cámara que controlan los republicanos, aún no han fijado la fecha de su debate y votación. La propuesta aprobada por la cámara baja fijó una dotación inicial de tres billones de dólares, pero los republicanos en el Senado quieren dejarlo en un billón, mientras que Trump apuesta por dos. En cualquier caso, el paquete salió de la Cámara de los Diputados lastrado por el voto en contra de más de una docena de demócratas progresistas, entre ellos, Pramila Jayapal, la promotora en esa cámara de el proyecto de sanidad pública gratuita y universal, que Bernie Sanders lidera en el Senado.

Jayapal explicó entonces en un comunicado que ese paquete de ayudas "no proporciona el suficiente alivio económico a las empresas, sobre todo las pymes, ni mantiene a los trabajadores en sus puestos de trabajo ni garantiza las nóminas. No podemos esperar a que la tasa de desempleo suba al 40% o 50%, lo que sucederá si no actuamos con audacia. Este es el nivel más alto de desempleo que hemos visto desde la Gran Depresión".

Además, la congresista denunció que el paquete de ayudas "tampoco garantiza una atención sanitaria asequible y accesible para todos. Más de 27 millones de personas han perdido su seguro médico porque perdieron su trabajo y se suman a los 87 millones de personas que ya estaban sin seguro o con seguro insuficiente. Ahora, más que nunca, la gente necesita saber que su acceso a la atención médica está garantizado". Si la propuesta ha salido así de una cámara demócrata no parece probable que los republicanos del Senado o la administración Trump vayan a mejorar mucho el enfoque hacia el sentido reclamado por Jayapal y el sector progresista demócrata.

Así que la red de seguridad social de los paquetes de ayudas se ha puesto, pero fundamentalmente por arriba, donde hacen negocio las grandes bocas de Reagan. Según el Instituto de Estudios sobre Políticas, los milmillonarios de Estados Unidos (aquéllos cuyas fortunas superan los mil millones de dólares) han incrementado su riqueza un 20% desde que empezó la pandemia; esto es, han acumulado 584.000 millones de dólares más. Ajenos a cualquier crisis, desde el 18 de marzo se han añadido a la lista de milmillonarios 29 nombres nuevos y ya componen ese club 643 nombres. Sus fortunas acumulan un total de 3,5 billones de dólares, es decir, siete veces el presupuesto de gasto de España de 2019.

Washington

22/06/2020 07:45 Actualizado: 22/06/2020 09:07

Por Manuel Ruiz Rico

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El impuesto a los ricos como sentido común

Un fantasma recorre América Latina en forma de nuevo sentido común de época: los superricos deben aportar una parte de sus colosales recursos para afrontar la crítica situación económica y social que vivimos. Se trata de un consenso emergente nacido en medio de esta pandemia y que ha tomado forma de iniciativa tributaria en muchos países. Con gran variedad de términos y con especificidades legales propias de cada país, esta propuesta de política pública cuenta hoy en día con gran aceptación en la región.

En Chile, el impuesto a los más altos patrimonios es una iniciativa del Partido Comunista, y ya ha sido aprobada en el Congreso; en Argentina, se viene discutiendo desde hace semanas la propuesta del Frente de Todos del impuesto a las grandes fortunas, y está a las puertas de entrar a debate en la Cámara legislativa; en México, el subsecretario de América Latina ha propuesto públicamente una contribución extraordinaria que afectaría a los grandes patrimonios; también ha aparecido en Brasil como iniciativa en el Senado por parte del Partido de los Trabajadores; en Perú, se ha presentado como proyecto de ley en el Congreso; en Bolivia, lo ha expuesto el candidato presidencial por el MAS, Luis Arce.

Lo interesante de este fenómeno regional es que no está disociado de lo que piensa la gente. Es decir, no son propuestas legislativas sin base ciudadana. Y es por ello que tienen mayor fuerza y posibilidades para que sean plenamente implementadas.

Si observamos las tres últimas encuestas realizadas por el Celag en los pasados dos meses, en Argentina, Chile y México existe un gran acuerdo sobre esta temática: 1) en Argentina, 78 por ciento estaría de acuerdo con el impuesto a las grandes fortunas; 2) en Chile, este valor es de 72 por ciento; 3) en México, de 67 por ciento. En todos los casos observados hay, como mínimo, dos tercios de la ciudadanía que apoyan esta política pública. Y seguramente esto responde no sólo a un criterio de justicia sino también de eficiencia. Recuperar la economía también se logra gracias a este tipo de medidas que permiten poner a circular recursos ociosos, que en la mayoría de los casos no son utilizados para el buen desempeño económico, social y productivo de un país.

El impuesto a los superricos no es un hecho aislado en este nuevo tiempo. La explicación está en sintonía con la mayor demanda de más Estado en medio de esta pandemia. Según datos de las encuestas del Celag, en Argentina 90 por ciento cree que el Estado debe intervenir y estar presente en la economía; en Chile, 68 por ciento, y en México, 60 por ciento.

Como casi siempre ocurre en la Historia, cada idea o propuesta es fruto de sus circunstancias. Como ocurrió luego de la gran crisis de 1929 con la subida de los tipos impositivos marginales para las rentas más altas (tal como lo describe Piketty en Ideología y capital), ahora sucede algo similar: lo que hasta hace poco era una idea minoritaria, ahora se transforma en idea mayoritaria.

*Por Alfredo Serrano Mancill, doctor en economía, director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica.

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¿Quién podrá volver a volar después de la crisis?

La crisis global de las aerolíneas comerciales

El derrumbe del tráfico aéreo mundial será seguido por un largo período de baja actividad. Pocos jugadores con mucho peso y fuerte poder de lobby. Reacomodamiento y ajustes salvajes.

 

“El peor año de la historia”, es el título que eligen las aerolíneas para definir al 2020. Con el tráfico aéreo a nivel global reducido al mínimo, las aerolíneas ven como se hunde su rentabilidad, al tener que soportar altos costos fijos e ingresos casi nulos. Además, la pandemia traza un horizonte de bajo nivel de actividad para los próximos dos años. Se trata de un sector de relativamente pocos jugadores con mucho peso específico, que se abalanzan sobre los Estados con varios reclamos: facilidad para despedir personal, salvataje financiero y presión para reabrir la operatoria. En la Argentina, la crisis global se monta sobre un descalabro sectorial, tanto por la macroeconomía de los últimos como por la desregulación y el ingreso de las low-cost al mercado local. Junto con la disputa con los gremios, ese combo determinó el anuncio de salida de Latam del país.

Entre enero y julio, las aerolíneas cancelaron a nivel global 7,5 millones de vuelos. En lo que va del año, la caída de la demanda es del 54 por ciento y la baja de los ingresos, del 50 por ciento en relación al mismo período de 2019. La merma no es más alta porque entran en la cuenta enero y febrero, cuando el movimiento fue más o menos normal. De hecho, en abril y mayo se calcula que el tráfico cayó un 95 por ciento. La Asociación Internacional del Transporte Aéreo estima que en 2020 los balances contables de las empresas aéreas registrarán pérdidas acumuladas por 84 mil millones de dólares. Para ubicar la magnitud de ese monto, son casi 20 mil millones de dólares por encima del monto total de la deuda externa que busca reestructurar el gobierno de Alberto Fernández, que asciende a unos 66 mil millones de dólares.

Según el sitio especializado Flightradar24, el 22 de enero se registraron casi 114 mil vuelos comerciales en todo el mundo. Esa cifra cayó hasta el piso de 24 mil vuelos el 13 de abril. Después del desplome, la curva viene creciendo pero lentamente: el viernes 19 de junio se registraron 50.656 vuelos comerciales.

Ante este panorama, las empresas aéreas desplegaron estrategias en al menos cuatro frentes. En primer lugar, con planes de recorte a nivel interno, con despidos masivos, suspensiones, reducción de sueldos, retiros voluntarios y vacaciones sin goce de sueldo, entre otras medidas. En segundo lugar, con pedidos de salvataje financiero a los gobierno; y en tercero, reestructuración de deudas para compartir costos con los acreedores, dentro de los cuales en muchos casos están los propios Estados.

Por otro lado, hay un fuerte lobby para apurar la reapertura de las operaciones y así reducir el impacto financiero del parate de actividad. Por ejemplo, días atrás, British Airways, EasyJet and Ryanair, las tres principales aerolíneas del Reino Unido, emitieron un comunicado donde anticiparon acciones legales en contra del gobierno británico, que estableció la cuarentena obligatoria durante dos semanas para las personas que ingresan al país. En Canadá, las empresas Air Canada, WestJet and Porter Airlines junto con firmas de otros sectores enviaron una carta al Primer Ministro para presionar por un relajamiento de las restricciones en el tránsito aéreo.

Quién paga los costos

¿Los trabajadores?

El tercer grupo de aerolíneas de Europa es IAG, detrás de AirFrance-KLM y Lufthansa. IAG es un holding anglo-español que nuclea a British Airways y también a Iberia, Vueling, Air Europa y otros. Producto de la crisis, British Airways despidió a 12 mil trabajadores. En tanto, Air France-KLM lanzó un plan de despidos y retiros voluntarios para 8300 personas y Lufhtansa anunció el recorte de 10 mil puestos de trabajo.

American Airlines, la empresa con mayor cantidad de aviones en todo el mundo, anunció el recorte de 5100 puestos y retiros voluntarios para 34.500 puestos temporarios. En cantidad de aviones, le sigue Delta, que también va a lanzar miles de retiros voluntarios y dio vacaciones sin goce de sueldos para otros 13 mil empleados. El tercer poseedor de aviones es United Airlines, que prepara el achicamiento del 30 por ciento de su plantilla.

Norwegian Air suspendió a 7000 personas y despidió a 4705 empleados, mientras que SAS Airlines suspendió a 9000 trabajadores y despidió a 5000. También Emitares redujo los sueldos entre un 25 y un 50 por ciento y prevé reducir en 30 mil puestos su operación global, mientras que Virgin Atlantic despidió a 3150 empleados; Ryanair, a 3000 trabajadores y Easyjet, a 4500. Air Canada anunció el recorte de 19.000 puestos de trabajo y Qatar Airways, de 9 mil.

Avianca anunció el cierre de su operación en Perú y promueve vacaciones sin goce de sueldo, al tiempo que Latam se va de la Argentina, dejando a 1778 personas sin trabajo y además anunció el despido de casi 2000 personas en la región.

¿Los Estados?

Se calcula que a nivel global, las aerolíneas recibieron hasta el momento 123 mil millones de dólares de parte de los distintos Estados en concepto de subsidios, préstamos y garantías para paliar la crisis. Además, el sector público subsidió el salario de más de 800 mil empleados de compañías aéreas. Por ejemplo, British está recibiendo ayuda del gobierno británico, que le está pagando el 80 por ciento de los salarios de 30 mil trabajadores suspendidos, mientras que la italiana Alitalia está a la espera de un plan estatal de nacionalización por 500 millones de euros para nacionalizarla, luego de préstamos estatales en los últimos años por 900 y 400 millones de euros. En la Argentina, las aerolíneas están cobrando el ATP, equivalente a alrededor del 50 por ciento de la masa salarial.

Air France acordó una “ayuda histórica”, según definió, de 7 mil millones de euros por parte de Francia, de los cuales 3 mil millones consisten en un préstamo directo del estado francés y los otros 4 mil préstamos privados garantizados por el Estado. En tanto, KLM negocia un paquete de ayuda de entre 2 y 4 mil millones de euros con el gobierno holandés. También recibió ayuda Norwegian Airlines por parte del estado noruego y pretende capitalizar a sus acreedores.

Lufthansa recibió el rescate de 9 mil millones de euros por parte del estado alemán, aunque ese paquete podría ser recortado si la empresa consigue dinero en otros países como Suiza, Bélgica y Austria. En tanto, en Estados Unidos se calcula que el paquete de ayuda estatal a las aerolíneas American Airlines, Delta, United y Southwest es de 25 mil millones de dólares.

¿Los acreedores?

Desde que comenzó la pandemia, al menos 12 aerolíneas se declararon en quiebra para iniciar la reestructuración de sus deudas con proveedores, bancos y gobiernos. Entre las empresas que acudieron a la Justicia para transferir costos a sus acreedores están cuatro filiales de Norwegian Airlines, la empresa Virgin de Australia y la compañía estatal Southafrican Airways. La colombiana Avianca se acogió al capítulo 11 de la ley de quiebras en la Justicia estadounidense, al igual que LATAM, la empresa aérea más grande de América latina. Este jueves, la empresa Level Europe, del grupo IAG, también presentó la quiebra y anunció a sus clientes que no devolverá los pasajes abonados.

También se declaró en quiebra la aerolínea regional británica Flybe. En los Estados Unidos, fueron a la quiebra Compass Airlines y Miami Air, de la región de Florida, Ravn Air (Alaska) y Trans States Airlines. La turca Atlasglobal también presentó la quiebra. En los últimos días, comenzó a circular el rumor de que Aeroméxico también se presentaría bajo el capítulo 11 (concurso de acreedores) de la ley de quiebras de los Estados Unidos.

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Viernes, 19 Junio 2020 06:05

No es el virus, es el capitalismo

No es el virus, es el capitalismo

La realidad desatada por el coronavirus nos demuestra que es la propia crisis del capitalismo tardío la que prolonga y estimula los efectos devastadores de la pandemia.

Subidos al pulpito autoritario de sus monopolios, la maniobra no disimula un intento desesperado de anteponer el carro delante del caballo. Como si el orden de los factores, en este caso, no alterara el producto. Y es que la pandemia vino a poner en primerísimo plano nuestra fragilidad de seres vivos, acechados por la enfermedad y muerte, trastocando nuestra existencia, alterando nuestros sentidos y modificando nuestra experiencia cotidiana. Todo junto, mientras vemos cómo fueron dinamitados aquellos puentes que nos unían a una “normalidad” construida a fuerza de leyes, costumbres y tradiciones.

Cruel ironía, absurdo fatal, que, de golpe, nos recordó a los seres más inteligentes del planeta, reyes absolutos de la creación -según varias religiones-, que fuimos acorralados por un organismo de estructura muy sencilla, compuesto de proteínas y ácidos nucleicos, y capaz de reproducirse solo en el seno de células vivas específicas utilizando su metabolismo. Haciéndonos retroceder, obligando a detenernos, a buscar refugio; pero, por sobre todo, a pensar y definir colectivamente tácticas y estrategias que nos permitan enfrentar una amenaza imperceptible.

Y es ahí donde la “normalidad” cruje, se quiebra, se cuestiona. Porque lo mejor que podemos hacer es dejar de hacer.Entonces, comprendemos: nada puede volver a ser igual, como antes, por el simple hecho de que casi todo dejó de serlo. Descubriendo, no sin asombro, que ya no hay dónde retroceder y solo nos queda avanzar. Intimidados, agudizamos nuestros sentidos, potenciando nuestra inteligencia y liberando nuestra imaginación. Desde la quietud, nos predisponemos a la acción, somos devueltos al movimiento que ya no es el mismo de antes, pero con un grado mayor de conciencia.

Entonces, vemos todo lo que nos falta: respiradores; unidades de cuidados intensivos; profesionales, técnicos y trabajadores de la salud; salas y centros, hospitales y clínicas; alimentos e insumos de higiene básicos; elementos de protección, etc.

Abrumados por cifras de contagios y muertes que se multiplican por todas las latitudes, agobiados por imágenes que nos muestran desde todas las longitudes a quiénes deberían velar por nuestra seguridad atentando contra ella, abusando de su autoridad, golpeando, vejando e, incluso, asesinando a sangre fría.

Atónitos, vemos líderes incapaces de liderar. Percibiéndolos tal cual son, descarnadas marionetas de un poder capitalista que se obstina en mantener la “normalidad” de sus ganancias, dispuesto a sostenerla a punta de pistola si fuera necesario.

Entonces, comprendemos que todos podemos ser George Floyd en Minneapolis, Rayshard Brooks en Atlanta o Elsa Fernández, sus hijas e hijos, en la localidad de Fontana, Chaco. Produciéndose el quiebre que nos impide tragar la papilla masticada por los grandes grupos económicos dedicados a la comunicación. Siendo y haciéndonos conscientes de que, en el capitalismo tardío que supimos conseguir, casi todo falló.

Y los dictados que machacan sobre la responsabilidad de la pandemia en la crisis del capitalismo tardío ya no llegan como antes, cuando vivíamos en la “normalidad”, porque esos significantes expresados por y desde el poder comienzan a perder significado para nosotros.

Cabe preguntarnos: ¿Cuáles “ventajas” tendría la humanidad de continuar perpetuándose, en tiempo y espacio, el modo de producción capitalista, con su consecuente forma de organización de relaciones sociales basadas en la propiedad privada burguesa, una sociedad divida en clases y una salvaje y brutal explotación?

Ciertamente, gran parte de los seres humanos (los oprimidos) viven, en la mayoría de los casos, al límite de la subsistencia, cuando no por debajo de ella, siendo los únicos que producen incansablemente todas las riquezas para beneficio casi puro y exclusivo de una minoría (los opresores), que gozan de todos los privilegios habidos y por haber.Desde el punto de vista e interés de los oprimidos, esto no tiene nada de lógico, tampoco de razonable. Mucho menos cuando la humanidad va ingresando, por medio de la robótica e inteligencia artificial, en un mundo donde el desarrollo de las fuerzas productivas crecerá exponencialmente. Crecimiento que, a su vez, acarreará grandes contradicciones y enfrentamientos, promoviendo mayores disturbios y revueltas sociales de persistir el actual régimen de propiedad y acumulación.

Sin dudas, la pandemia del coronavirus agravó los ya endémicos problemas económicos y sociales, pero bajo ningún punto de vista podemos decir que provocó la gigantesca crisis del capitalismo tardío. Esta última se incubó, al menos, hasta el 2008, cuando se produjo la crisis financiera internacional de hipotecas subprime en Estados Unidos, que, luego, se propagó afectando y contagiando con severidad a otros países, mayormente, de la Unión Europea (UE) y, en menor medida, de Asia, América Latina y Oceanía.

En efecto, ni la “guerra comercial” entre China y Estados Unidos que mantiene al mundo en vilo ni el histórico racismo en la tierra de la “libertad”, ejerciendo una violencia consuetudinaria sobre las minorías y que ha desatado una enorme ola de repudio y rechazo en casi todo el planeta, son consecuencias de la pandemia. Más bien, son fenómenos subyacentes. Están íntimamente relacionados con el capitalismo tardío y la lógica cultural que la hegemonía y supremacía norteamericanas impusieron al mundo occidental, tanto al desarrollado como al subdesarrollado, en las últimas cuatro décadas y que han pretendido ampliar al resto del planeta, aunque infructuosamente.

Por el contrario, podríamos afirmar que los estragos ocasionados por la pandemia -en general, en el mundo entero y, en particular, en los Estados Unidos- sí tienen mucho que ver y están íntimamente relacionados con la escalada y desarrollo de una “guerra comercial” que el imperio del Norte perderá más temprano que tarde, y con un racismo institucionalizado que, incluso, se manifiesta en las estadísticas de víctimas del coronavirus, donde la mayoría de infectados y muertos pertenecen a minorías segregadas, transformando el famoso sueño americano en una verdadera pesadilla.

Porque el gobierno de Donald Trump ha realizado enormes esfuerzos tratando de estigmatizar a China con argumentos tales como que es la única responsable de la pandemia o sugiriendo que el virus podría haber sido producido en un laboratorio chino. Esas ideas infundadas, ridículas e imprudentes posibilitan explotar un sentimiento antichino, exacerbando una xenofobia que sobrevive y perdura en estado de latencia en el seno de una sociedad temerosa como la norteamericana, capaz de inocular el veneno de su estigma a una parte del mundo occidental bajo la forma de un insoslayable racismo contra los amarillos, en un desesperado intento por disimular el racismo contra negros y latinos en los Estados Unidos. Pues no sería la primera vez que el imperialismo recurre a diablos foráneos -esos malignos extranjeros- con el objetivo de expiar o librar de culpa a los demonios blancos locales.

Sería bueno que los yanquis asuman, de una vez por todas, que el mundo no es unipolar como maquinaron, escasos de mejores fantasías, los predicadores del fin de la historia. Incluso, sería aconsejable que dejaran de sacrificar la cooperación internacional y el multilateralismo ante el altar erigido al dios mercado, ya que su dios demostró ser un ídolo con pies de barro, incapaz de hacer milagros.

Y eso sin contar que un fantasma recorre los Estados Unidos. El fantasma de la decadencia imperial, con su ola de descontento, desórdenes y desmanes. La historia tiene preparado un sendero y los norteamericanos deberán transitarlo durante el siglo XXI; uno muy similar al que recorrieron los ingleses en el siglo XX. Ambos caminos conducen a un destino parecido: al ocaso como potencias imperialistas de primer orden, como sucediera con tantos imperios, a lo largo del tiempo y ancho de los mapas, y de los cuales, hoy, apenas si recordamos sus nombres.

Por Carlos Mariano Poó 

19 junio 2020a tinta / Ilustración de portada: Héctor Huaman

Publicado originalmente en La Tinta

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Gravar riqueza es ruta contra la crisis que desató el virus

No hay lugar para la austeridad como medida para combatir la crisis causada por el Covid-19. En vez de esa salida, para atenuar la caída de los ingresos, se necesitan esquemas fiscales sin beneficios para las grandes empresas, incluidas las tecnológicas, e impuestos progresivos a la riqueza, expusieron ayer integrantes de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional (Icrict, por sus siglas en inglés).

En videoconferencia, Jayati Ghosh, Joseph Stiglitz, José Antonio Ocampo y Thomas Piketty, miembros de esa comisión, recalcaron que los incentivos fiscales a empresas son regresivos y no han mostrado ser vehículo para atraer la inversión. Así, de cara a la recuperación, propusieron fijar impuestos a los servicios digitales y gravar los "beneficios extraordinarios" en los "sectores oligopolizados".

Además, imponer 25 por ciento de tasa mínima efectiva de impuesto a las compañías, que las beneficiarias del Estado reporten la principal información financiera y tributaria en cada país en el que operan y establecer bases de datos mundiales sobre la riqueza offshore.

Respecto a México, Ocampo, presidente del Icrict y ex secretario ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, subrayó que el país arrastra “uno de los peores casos de la región en gestión de la crisis actual (…) No hay argumento para la austeridad en las condiciones de hoy día. Necesitamos más gasto para los más pobres y vulnerables, dado que ellos terminan sin ingresos”.

Jayati Ghosh, economista especializada en desarrollo, sostuvo que reducir el gasto de gobierno acarreará "riesgos horribles" para la actividad económica y el empleo en los países en desarrollo. No obstante, ese tipo de medidas en tiempos de crisis hacen más lejanas las recuperaciones, completó Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001.

"Ahora no es el momento para la austeridad (...) Si quieren que la recuperación dure 10 años, pongan medidas de ese tipo", expresó el investigador. Añadió que una de las causas de que la Gran Depresión se extendiera 10 años fue la política de recorte al gasto que realizó el presidente estadunidense Herbert Hoover.

Thomas Piketty, investigador y autor de El capital en el siglo XXI, recalcó que no sólo es necesario garantizar el pago de impuestos de las empresas, que hasta ahora se han basado en concesiones inmorales, sino fijar un sistema progresivo a los ingresos y patrimonio de las personas.

“El impuesto de sociedades mínimo de 25 por ciento es bueno y útil, pero como parte de algo más grande (…) Tenemos una crisis sin precedente ahora y un sistema fiscal más equitativo tiene que ser parte de la solución”, aseveró.

El sistema fiscal era regresivo antes de la crisis, por el trato a las grandes tecnológicas, por las prácticas de las trasnacionales de mudar sus ganancias a paraísos fiscales y porque los propios esquemas tributarios implican que las pequeñas y medianas compañías paguen más que los corporativos.

De hecho, explicó Stiglitz, es necesario fiscalizar a las grandes ganadoras de esta crisis, las tecnológicas, porque la magnitud de recursos que se necesitan en la coyuntura actual y el riesgo de no gravar lo suficiente es 100 veces mayor que en 2008 y 2009, cuando ocurrió la crisis financiera mundial. Volver a un "sistema injusto dañará la recuperación".

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Por una condonación de la deuda pública externa de América latina

Documento de un grupo de investigadores de diferentes países*

 

De autoría colectiva, el texto señala que la deuda externa es una fuente perpetua de extracción de excedentes de las economías de América latina, sobre la base una deuda impagable. Apunta que resolver esto demanda la condonación inmediata de dicha deuda. Y propone que ha llegado el momento de transformar el sistema de que las deudas se pagan con nuevas deudas y, además, los intereses se agregan, con lo que la deuda total crece sin más límite hasta hacerla impagable. 

 

  1. El crecimiento económico como política y el endeudamiento como adicción.

La globalización neoliberal encumbró la “sociedad del crecimiento”. El crecimiento se convirtió en la política central que supuestamente sostendría el consumo, la inversión, el empleo y el bienestar social.

El pretendido crecimiento ad infinitum resultó tener “efectos colaterales” (humanos y ecológicos), pero se asumió que el libre mercado y el desarrollo tecnológico lograrían contrarrestarlos. Y si no lograban solucionarlos, entonces no habría solución alguna: el progreso demanda “sacrificios”.

La teoría económica neoliberal dio un viraje de 180 grados: el “ahorro de hoy” dejo de ser la fuente para el consumo y la inversión “de mañana” (tesis keynesiana). El consumo por el consumo (consumismo) se convirtió en el motor del crecimiento, y la inversión productiva perdió el sentido de incrementar la “capacidad productiva” para considerarse casi exclusivamente en términos de su rentabilidad de corto plazo. Entre 1970 y 2007 se impusieron el capitalismo de casino y la financiarización, dominando la economía real. La crisis del 2008 fue interpretada como un tropezón normal en el frenesí de “exuberancia irracional”.

El consumismo desenfrenado y la inversión financiera se apuntalaron fuertemente en el crédito: a los hogares, empresas y Estados; desmantelando, además, las políticas del Estado de bienestar. Se generó una dependencia adictiva entre el crecimiento económico (la acumulación de capital) y el endeudamiento sin límite.

  1. El pago de la deuda como genocidio.

El capitalismo se fundamenta en el crecimiento económico, y como ya no puede hacerlo con saltos de productividad, se alimenta de nuevas “acumulaciones originarias” y de un endeudamiento tóxico que conduce a deudas perpetuas e impagables. Después del estallido de la crisis de la deuda en los años ochenta, podría esperarse que la situación de la región mejorara en el mediano plazo, pero se ha agravado. La deuda externa se duplicó hacia 1990, y para 2019 había crecido 10 veces, superando los 2,0 billones de dólares, con un pago de intereses que sumó un poco más de 1,1 billones de dólares. En realidad, todo el aumento de la deuda hasta 2010 ha sido resultado de pagos de intereses. El ingreso neto por nuevos créditos externos fue nulo hasta 2010. El pago de intereses corresponde a un dinero jamás entregado, se trata de una brutal usura. Hasta 2018, el 60 por ciento del aumento de la deuda externa lo constituyó la capitalización de intereses, los que se “pagaron” con nueva deuda, que seguirá exigiendo pago de intereses por recursos financieros que nunca han servido a los países de América Latina.

Esta situación es extensiva a la deuda pública: en los próximos cinco años el 32 por ciento del servicio de la deuda correspondería a pagos de intereses, lo que se agrava con la Pandemia de la Covid-19. La deuda externa es una fuente perpetua de extracción de excedentes de las economías de América Latina, sobre la base una deuda impagable. Resolver esto demanda la condonación inmediata de dicha deuda.

Este terrible año hay que pagar la deuda, tanto su capital como los intereses. Este pago en muchas sociedades, en especial las de América latina, impide atender demandas sociales en salud, educación, protección social, cultura y demás servicios sociales y de protección del ambiente. El pago del capital y los intereses es la primera prioridad del presupuesto nacional, aunque miles o millones de ciudadanos no logren satisfacer sus necesidades básicas. La pandemia de la Covid-19 ha puesto al desnudo este genocidio económico-social.

  1. Las crisis de deuda y su papel como estrategias de sometimiento.

El endeudamiento es un gran negocio de los bancos y las empresas transnacionales, especialmente cuando las deudas se vuelven impagables. El país que no pueda pagar tendrá que ceder su soberanía, sus recursos naturales más valiosos y sus empresas públicas. Este pillaje incluso se hace calculadamente para que el país endeudado pueda seguir pagando, y cada tiempo se renegocia la deuda y hasta se permiten condonaciones parciales de intereses.

El endeudamiento externo hizo posible someter a toda América latina durante la crisis de la deuda de los años 80 del siglo pasado, transformándola en un proceso de expropiación bajo el eufemismo de los “ajustes estructurales”.

  1. El Acuerdo de Londres de 1953.

El Tratado de Versalles (1919) fue un ejemplo de la ceguera de la “voluntad de poder”. Los ganadores de la I Guerra Mundial impusieron a Alemania costos de guerra a todas luces impagables. El tratamiento de la deuda alemana y el de otras naciones europeas después de la II Guerra fue muy diferente. Empezaba la guerra fría y las medidas para “salvar el sistema” incluyeron la eliminación de la mayor parte del pago de las deudas alemanas con el resto de Europa occidental y otros países aliados, Grecia incluida, además del Plan Marshall y la concesión de nuevos créditos sin intereses.

Ante los efectos económicos y sociales devastadores a causa de la pandemia de la Covid-19, el FMI se niega a discutir una posibilidad semejante, y sólo considera condonaciones parciales o posposición de pagos de intereses para los países más pobres y endeudados. Quieren repetir el Tratado de Versalles, solo que ahora con los “perdedores” (víctimas) de la globalización.

  1. El Fondo Monetario Internacional: la aparente paradoja de la condonación de las deudas. ¿Se debe pagar, aunque no se pueda pagar?

Desde el estallido de la crisis latinoamericana de la deuda en 1982, han sido múltiples los llamados a la condonación total de la deuda. La negativa del FMI y del Banco Mundial se respalda en la “responsabilidad de los deudores”, de gobiernos que irresponsablemente incurrieron en esa deuda. Según este argumento, ni siquiera la incapacidad de pago justifica la condonación de las deudas. El deudor es culpable de su incapacidad y el acreedor es exonerado de no anticipar que el deudor no podía pagar. Pero el argumento se desmorona cuando cualquier auditoria de la deuda muestra el pillaje del acreedor o la corrupción de los gobiernos de turno.

Entonces el FMI y el BM recurren a otro argumento: “la ley y el orden” de los mercados financieros y la continuidad de los préstamos en el futuro. La condonación de la deuda lesionaría la capacidad de las instituciones de crédito de seguir prestando y socavaría la confianza en el sistema financiero. Tal argumento es indefendible, cuando gobiernos y bancos centrales de los países ricos compran billones de dólares en valores o sencillamente emiten billones en monedas duras para salvar de la quiebra a bancos, empresas y mercados de valores, acrecentando la desigualdad y la injusticia.

  1. Por una condonación de la deuda pública externa de América Latina.

Cuando las deudas, supuestamente, se pagan con nuevas deudas y, además, los intereses se agregan, la deuda total crece sin más límite que el impuesto por la progresión del interés compuesto. Ha llegado el momento de transformar el sistema.

La crisis en curso ha ratificado que el futuro de la humanidad está en riesgo. Tenemos una oportunidad para corregir situaciones que muestran tendencias catastróficas. Recuperar la solidaridad como un valor global permitirá poner en el centro valores sociales fundamentales que la globalización neoliberal ha relegado o incluso aplastado.

La reconstrucción de las relaciones humanas, en la perspectiva de la vida y el bien común, exige cambios radicales: en nuestro metabolismo social, en las relaciones laborales, en la división sexual del trabajo, en los servicios básicos para toda la población, en los sistemas tributarios, en la propiedad intelectual y la cultura, en el dinero y las finanzas, en los organismos financieros internacionales, en la cooperación entre las Naciones. Una Condonación Mundial de la Deuda Externa Pública sería sólo un primer paso, pero uno que puede cimentar la construcción de un futuro mejor para todas y todos, pero especialmente, para las víctimas del capitalismo neoliberal, colonial y financiarizado.

* Este artículo fue publicado por Franz Hinkelammert (Alemania-Costa Rica) , Orlando Delgado (México), Yamandú Acosta (Uruguay), Henry Mora (Costa Rica), William Hughes (Panamá) y Jorge Zúñiga M. (México), este martes 16 de junio en forma coordinada en diferentes medios gráficos de América latina.

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La canciller alemana, Angela Merkel, con una maqueta de un A380, en la sede de Lufthansa el 18 de noviembre de 2015.

Compañías como Lufthansa y el grupo turístico TUI han anunciado despidos de miles de trabajadores tras recibir ayudas públicas millonarias. "Un consorcio que en este tiempo recibe miles de millones de euros del estado como apoyo tiene ante la sociedad una responsabilidad social", ha recordado el sindicato Ver.di

 

La crisis económica que han generado las medidas para hacer frente al SARS-CoV-2, el virus de la COVID-19, será la peor que se recuerda en generaciones. Esto parece estar fuera de toda duda. Sí parece más cuestionable, sin embargo, el comportamiento de algunas grandes empresas que, en Alemania, han recibido ayudas por valor de miles de millones de euros y que, pese a ello, ahora quieren despedir a miles de empleados.

Alemania pasa por ser uno de los países que primero se ha movido para proteger su tejido empresarial. La semana pasada se planteaban a las empresas ayudas en forma de rebajas fiscales, algo que se suma a los miles de millones en ayudas o créditos garantizados por el estado que ya han recibido grandes y pequeñas compañías necesitadas de liquidez en pleno parón económico por culpa del coronavirus.

Se asume, por tanto, que el Gobierno de 'gran coalición' de la canciller Angela Merkel ha actuado rápido. Sin embargo, parece que, con la celeridad, se han dejado lagunas. Una cuestión fundamental que genera debate ahora mismo es la de mantener puestos de trabajo en empresas que han recibido ayudas multimillonarias.

De esto son claros ejemplos la compañía aérea Lufthansa y el grupo turístico TUI. Ambas son empresas acostumbradas a mover volúmenes de negocio de miles de millones de euros. Pero la crisis del coronavirus les ha golpeado de lleno.

Frente al coronavirus, la aerolínea germana, la mayor de Europa, ha recibido ayudas por valor de 9.000 millones de euros. Esa ayuda ha supuesto la entrada del estado en el capital de la empresa, pero eso no es garantía para mantener empleos a salvo en un consorcio con algo más de de 138.000 trabajadores. De hecho, esta semana  la compañía ha anunciado que pretende realizar despidos masivos. Hasta 22.000 empleos están ahora en entredicho.

"Sin una reducción significativa de los costes de personal durante la crisis corremos el riesgo de perder la oportunidad de recomenzar bien tras la crisis y de que el Grupo Lufthansa salga claramente debilitado de la crisis", justifican desde la compañía aérea. Pero habiendo dinero público de por medio, un salvamento de Lufthansa en el que miles de empleados acaben en la calle despierta críticas.

El Gobierno podría haberlo evitado

Bernd Riexinger, presidente de Die Linke, el partido más izquierdista de la oposición que hay en el Bundestag, ha señalado que los 9.000 millones de euros de dinero público inyectados en Lufthansa "no pueden ser un cheque en blanco para realizar despidos". "El Gobierno federal había tenido en su poder el evitar este escenario de antemano y haber garantizado la ayuda pública con garantías", según Riexinger. Por su parte, los sindicatos de los trabajadores de Lufthansa reprochan a la empresa estar utilizando las ayudas públicas para llevar a cabo despidos.

No es la primera vez que hay críticas a la actuación del Ejecutivo de Merkel ante grandes grupos empresariales tocados o casi hundidos que han salido rescatados en la pandemia. El grupo turístico TUI fue de las primeras grandes compañías en recibir ayudas multimillonarias para hacer frente al temporal levantado por la COVID-19. A principios de abril, hasta 1.800 millones de euros recibía esta empresa en forma de créditos garantizados por el estado a través del Instituto de Crédito para la Reconstrucción (KfW, por sus siglas alemanas), una entidad de titularidad pública. Poco después la empresa hizo público su deseo de deshacerse de 8.000 de sus cerca de 70.000 empleados.

En vista de esos planes, el salvamento de TUI levantó ampollas hasta en el sector más neoliberal alemán. Así, en el diario económico Handelsblatt hubo editoriales el pasado mes de mayo que señalaban en titulares que "las ayudas del estado para TUI fueron un error".

"El dinero [para salvar a TUI] habría sido suficiente para mantener a flote a las 10.000 agencias de viajes y sus 100.000 empleados", señalaban en este diario. En lugar de eso, salvar a TUI supone hacer un favor a grandes oligarcas, como el ruso "Alexei Mordashov, propietario de un cuarto de TUI", recordaban en ese periódico.

La COVID-19: dos crisis en una

En la empresa se defienden asegurando que la compañía "tiene que cambiar", según los términos de Friedrich Joussen, presidente de TUI. "No hemos recibido un regalo, sino deudas", según ha definido él los 1.800 millones de euros en créditos del KfW. En Ver.di, el principal sindicato del sector servicios, reclaman a la compañía "responsabilidad social".

"Un consorcio que en este tiempo recibe miles de millones de euros del estado como apoyo tiene ante la sociedad una responsabilidad social", han manifestado en Ver.di.

En realidad, la crisis del coronavirus ha puesto de manifiesto que son dos crisis en una. Una primera crisis se ha producido debido al parón. Junto a esta crisis hay otra de "adaptación" de las empresas que peor ha dejado la COVID-19.

"Hay empresas que están sufriendo una crisis de adaptación, que tiene hacerse más pequeñas y reducir costes. Por ejemplo, para Lufthansa, en el futuro habrá menos vuelos y ahora mismo la empresa está sobrecapacitada y tiene que reaccionar", dice a eldiario.es Hubertus Bardt, responsable en el Instituto de la Economía Alemana, un centro de estudios con sede en Colonia (oeste germano). A su entender, sin las ayudas recibidas, "Lufthansa no estaría ahí, ni siquiera los puestos de trabajo que se van a mantener".

Si bien Merkel y compañía han sido de los primeros – sino el primer Ejecutivo – en tomar iniciativas serias para ayudar a empresas y relanzar la economía frente a la crisis que ha supuesto el coronavirus, en Berlín no hay discurso ni medidas para paliar las traumáticas "adaptaciones" de Lufthansa o TUI. Al menos, de momento.

Por Aldo Mas

12/06/2020 - 21:40h

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Sábado, 13 Junio 2020 06:22

Cuando un acto brutal ultraja a todos

Cuando un acto brutal ultraja a todos

El 8 de junio pasado, el National Bureau of Economic Research ‑‑la máxima autoridad académica del estudio de los ciclos de la economía de Estados Unidos‑‑ dictaminó que ese país entró en recesión en febrero de 2020, por primera vez desde 2009. Pero la noticia se difundió con gato encerrado: el New York Times, la agencia AP y otros medios agregaron que ello ocurrió por el cierre de la economía norteamericana debido a la pandemia del covid-19, lo cual es mentira. Esa falsedad insinúa que el problema no radica en un agotamiento estructural de la economía norteamericana, sino en esta fortuita plaga biológica.

No obstante, los analistas suelen considerar recesión al efecto de dos cuatrimestres consecutivos de contracción económica, lo que sitúa los orígenes de la crisis económica en el último período del año 2019, antes de que ese virus entrase en escena. Sin embargo, para ese entonces los reportes sobre la inminencia de una recesión en Estados Unidos ‑‑y en Europa‑‑ ya eran frecuentes en la prensa internacional. Y para los latinoamericanos la cuestión era aún más evidente, porque nuestras economías ya venían de mal en peor desde mucho antes.

Ese equívoco poco tiene de inocente. El primer enfermo por covid‑19 en Estados Unidos se anunció el 21 de enero de 2020 y fue un viajero que hacía poco había regresado de Wuhan al estado de Washington. Pero no fue sino hasta el 30 de enero y el 26 de febrero que los Centros de Control y Prevención de Enfermedades (CDC) confirmaron el primer y segundo casos de pacientes sin exposición al virus por viajes o contacto con alguna persona infectada. Hasta esa fecha, los demás casos conocidos correspondían a individuos que recién habían visitado China. No fue sino al final de febrero, el día 29, cuando en el estado de Washington se dio la primera muerte por covid‑19 en Estados Unidos.[1]

Estadísticamente, la curva de los casos de enfermedad y de fallecimiento de víctimas de la pandemia en ese país permaneció baja hasta mediados de marzo, cuando se disparó, volviéndose muy alta en abril. Por lo tanto, no cabe atribuir al covid-19 una recesión comenzada en febrero. Porque esa contracción económica surgió antes y debido a causas endógenas. Lo cual no es una observación casual: señala que cuando la pandemia haya concluido las causas originales de la crisis económica aún seguirán activas, puesto que tienen otro origen. Para cuando ello pase no será fácil definir si eso corresponderá a la vieja o a una nueva “normalidad”.

Esto, obviamente, no implica que esta pandemia sea ajena al actual fenómeno. Al contrario, al expandirse ella enseguida aceleró la recesión, le imprimió insólita complejidad y agravó sus repercusiones. La suma de la recesión más la pandemia ‑‑con los efectos tanto de paralización de actividades como de alto riesgo de su reapertura‑‑ pronto implicó que la economía estadunidense retrocediese más aún, anticipando una caída adicional del PIB. La tasa de desempleo subió del 3.5% de enero a un 14.7% en marzo, la mayor registrada desde la Gan Depresión.

El Banco Mundial afirma que esta será la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial, ya que este año la economía estadunidense se contraerá un 6,1% y la de Zona del Euro un 9,1%, mientras que el crecimiento económico de China será un 1% más lento. Si bien el Banco espera que en 2021 la economía global pueda repuntar un 4.2%, la pandemia todavía será una amenaza para el mercado financiero y el comercio mundial. A su vez, la OCDE prevé una crisis mundial sin precedentes, con dos opciones: con o sin rebrotes al reiniciar actividades. Mientras, seguirá en la cuerda floja de la incertidumbre hasta tanto haya una vacuna al alcance de todos. Pero predice que el PIB mundial se contraerá un 7.5%, incluso si no hay rebrotes.

Anthony Fauci, el principal responsable científico de la lucha contra el covid‑19 en Estados Unidos, advirtió que ese país “aún está en el inicio” de la pandemia. Aunque esta sigue causando estragos, los estados de la Unión continúan sin contar con un criterio unificado ni siquiera para aumentar los testeos, indispensables para combatir la enfermedad. Es un virus nuevo, fácilmente transmitible, que además de afectar las vías respiratorias puede causar otros daños a los enfermos, y Fauci se reconoce sorprendido por “lo rápido que se extendió por el planeta”. Los expertos reiteran que la falta de una estrategia nacional ‑‑cosa que el presidente Trump está lejos de aportar‑‑ deja a los estadunidenses librados al azar.[

Pero no todos la pasan mal. Según un informe del Institute for Policy Studies y Americans fo Tax Fairness, entre mediados de marzo y mediados de mayo ‑‑durante la cuarentena parcial‑‑ los estadunidenses más ricos aumentaron sus fortunas en 434 mil millones de dólares. Aunque hay quien dice que el virus no discrimina entre clases y fronteras, al mismo tiempo 38.6 millones de trabajadores perdieron su empleo en Estados Unidos, y el nivel de insuficiencia alimentaria creció.

Como ha escrito el analista académico y ex secretario de Trabajo Robert Reich, “Todos estamos enfrentando la misma tormenta, pero no todos estamos en el mismo barco. La desigualdad económica en Estados Unidos ha producido dos pandemias muy diferentes: en una, los multimillonarios se están aislando en sus yates en el Caribe, y las familias ricas pueden pasar la cuarentena en mansiones multimillonarias. En el otro barco está la gente que arriesga la vida por su empleo y las personas sin ingresos que están pasando hambre”.

Más lacónico pero no menos elocuente fue el senador Bernie Sanders, quien comentó que “una nación no es sostenible cuando tan pocos tienen tanto mientras tantos tienen tan poco”.

En semejantes circunstancias cómo puede extrañar que el brutal asesinato de Geroge Floyd, como gota que derrama la copa, tras ultrajar a toda la sociedad, movilice a millones de mujeres y hombres blancos, latinos, indígenas, mestizos, capas medias, trabajadores, empleados precarios e intelectuales de todo color, junto a los negros, igualmente hartos de semejante régimen de extrema desigualdad y múltiples discriminaciones, que insiste en retornar a su “normalidad”, a la cual ‑‑crisis tras crisis‑‑ una y otra vez quiere volver.

Por Nils Castro

Intelectual panameño.

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“El imperio estadounidense está implosionando”

Entrevista al profesor y activista afroamericano Cornel West

 

Cornel West, filósofo y activista por los derechos humanos y miembro de Socialistas Democráticos de América, dice: «…me gustaría establecer la conexión entre lo local y lo global, porque cuando se siembran las semillas de la avaricia: en la arena doméstica, desigualdad y, en la arena internacional, los tentáculos imperiales, con 800 unidades militares en el exterior, la violencia y AFRICOM en África, cuando se apoyan diversos regímenes, algunos dictatoriales en Asia, y todo lo demás. Hay una relación entre las semillas de la violencia que siembras fuera y también dentro».

Mientras miles de personas, de costa a costa, se han lanzado a las calles estos últimos días para protestar por el asesinato, sancionado por el Estado, de personas negras, el país se enfrenta a la mayor crisis de salud pública en generaciones y la tasa de desempleo es la más alta desde la Gran Depresión, el profesor Cornel West califica a Estados Unidos de “civilización capitalista depredadora obsesionada con el dinero, el dinero, el dinero”. West también establece conexiones entre la violencia estadounidense en el extranjero y dentro del país: “Hay una conexión entre las semillas que siembras de violencia externa e internamente”. Cornel West (Tulsa, 1953) es filósofo y activista por los derechos humanos y miembro de Socialistas Democráticos de América. Ha enseñado en la Universidad de Harvard y de Princeton. Su obra se centra en el estudio del papel de la raza, género y clase en la sociedad estadounidense. 

NERMEEN SHAIKH: Dr. Cornel West, ¿podría responder a lo que ha dicho la profesora Yamahtta Taylor? Estará lógicamente de acuerdo en que el asesinato de George Floyd ha sido un linchamiento. Usted también ha expresado que este asesinato y las manifestaciones que se han producido después demuestran que EE.UU. es un experimento social fallido. ¿Podría responder a eso y también a la manera en que el Estado y las fuerzas policiales han respondido a las manifestaciones, tras el asesinato de George Floyd, que ha sido llamar a la Guardia Nacional en tantas ciudades y estados del país?

CORNEL WEST: No cabe ninguna duda de que esta es la hora de la verdad para Estados Unidos. Pero lo que me gustaría es establecer la conexión entre lo local y lo global, porque cuando se siembran las semillas de la avaricia: en la arena doméstica, desigualdad y, en la arena internacional, los tentáculos imperiales, con 800 unidades militares en el exterior, la violencia y AFRICOM en África, cuando se apoyan diversos regímenes, algunos dictatoriales en Asia, y todo lo demás. Hay una relación entre las semillas de la violencia que siembras fuera y también dentro. Lo mismo puede decirse de las semillas del odio, del supremacismo blanco que odia a las personas negras, del odio antinegros, que tiene su propia dinámica en el contexto de una civilización capitalista depredadora que está obsesionada con el dinero, dinero, dinero, la dominación de los trabajadores, la marginalización de los que no encajan (hermanos gais, hermanas lesbianas, transexuales y demás). Esa es precisamente la relación de la que habla mi querida hermana profesora Taylor, de cómo el imperio estadounidense está implosionando, de cómo se están tambaleando sus cimientos, a raíz de las sublevaciones desde abajo.

El catalizador ha sido, sin duda, el linchamiento público del hermano George Floyd, pero los fallos que tiene la economía capitalista depredadora para satisfacer las necesidades básicas de comida, asistencia sanitaria y educación de calidad, de trabajos con un salario digno y, por otra parte, la desintegración de la clase política, la desintegración de la clase profesional. Su legitimidad ha sido puesta en tela de juicio de forma radical desde una perspectiva multirracial. Pero esa es la dimensión neofascista de Trump; esa es la dimensión neoliberal de Biden, de Obama, de los Clinton y de todos los demás. Y eso también incluye a una gran parte de los medios de comunicación; incluye a muchos de los profesores de universidad. Los jóvenes están diciendo: “Sois todos unos hipócritas. No os preocupa nuestro sufrimiento, nuestra miseria. Y ya no creemos en vuestra legitimidad”. Y eso desemboca en una explosión violenta.

Y ya está aquí. No quiero extenderme, pero me refiero a que ya ha llegado, que en mi opinión Ella Baker y Fannie Lou Hamer y Rabbi Heschel y Edward Said, y sobre todo los hermanos Martin y Malcolm, sus legados, en mi opinión, se han vuelto fundamentales, porque proporcionan el tipo de testimonio de la verdad; porque aportan la relación entre justicia y compasión con su ejemplo, con la forma de organizarse. Y eso es lo que hace falta ahora mismo. Una rebelión no es para nada lo mismo que una revolución. Y lo que necesitamos es un proyecto revolucionario no violento a gran escala que promueva una democracia de compartir: el poder, la riqueza, los recursos, el respeto, la organización, y que promueva una transformación fundamental del imperio estadounidense.

AMY GOODMAN: ¿Y qué piensa, profesor West, del gobernador de Minnesota, que ha dicho que están investigando la relación de los supremacistas blancos con el saqueo y la quema de la ciudad, y luego del presidente Trump, que ha tuiteado que va a intentar incluir a Antifa, los activistas antifascistas, en la lista de terroristas (algo que no puede hacer) y William Barr [Fiscal general de EE.UU.] haciendo hincapié en lo mismo, que va a ir detrás de la extrema izquierda para investigarlos?

CORNEL WEST:  Eso es ridículo. Ya sabe, se acordará, hermana Amy (con todo mi amor y respeto), que Antifa me salvó la vida en Charlottesville. No cabe ninguna duda al respecto, que garantizaron la seguridad, ¿sabe? Así que la simple idea de que puedan ser candidatos para ser considerados una organización terrorista, mientras que la gente que estaba intentando acabar con nuestras vidas: los nazis, el Ku Klux Klan, que esos no sean candidatos para obtener el estatus de organización terrorista… pero eso es lo que va a pasar. Lo que va a pasar es que se va a producir una reacción neofascista dirigida por Trump y una restricción sobre lo que está pasando. Eso tiene que quedar muy claro. El neofascismo tiene esa clase de obsesión con la imposición militar para enfrentarse a cualquier tipo de desorden. Y por eso tenemos que fortalecernos frente a eso.

Pero hay algo más importante. Creo que tenemos que asegurarnos de que conservamos nuestro propio enfoque moral, espiritual, cualitativo, esencial, en cuanto a la verdad y la justicia, y no perder de vista ese saqueo legalizado que es la avaricia de Wall Street; los asesinatos legalizados de la policía; los asesinatos legalizados en el exterior: en Yemen, en Pakistán, en África con AFRICOM y así sucesivamente. Eso es en lo que tenemos que concentrarnos, porque toda esta energía de rebelión tiene que canalizarse a través de organizaciones que tengan sus raíces en la búsqueda de la verdad y la justicia.

Cornel West es profesor de Práctica de la Filosofía Pública en la Universidad Harvard.

Por Amy Goodman, Nermeen Shaikh | 12/06/2020

Esta conversación se difundió en Democracy Now en inglés.

Traducción de Álvaro San José para CTXT: https://ctxt.es/es/20200601/Politica/32455/cornel-roland-west-filosofo-democracy-now-USA-George-Floyd-racismo.htm

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