Sábado, 14 Febrero 2009 09:19

El Papa alemán

El horno se ha recalentado. La Iglesia Católica alemana está entre desolada y furiosa. Justamente un Papa alemán cometió el gravísimo error –o no error desde su punto de vista anterior a los hechos– de haber levantado la excomunión a cuatro sacerdotes del sector de Lefebvre, uno de ellos –nada menos– había negado la existencia del Holocausto nazi contra los judíos. Fue el obispo británico Williamson, quien sostuvo que “no fueron seis millones los judíos muertos por los nazis sino entre 200 mil y 300 mil”, y negó la existencia de cámaras de gas en los campos de concentración nazis, como Auschwitz, por ejemplo. Todo esto ocurrió hace más de dos semanas, pero la discusión –en especial en Alemania– no amaina sino que adquiere cada vez más fuerza, con la reacción de cientos de feligreses que renuncian a seguir perteneciendo a la Iglesia Católica, y declaraciones de obispos, curas, teólogos y decanos que censuran abiertamente al papa Ratzinger. Sí, en Alemania, cuyo pueblo llevará siempre la carga del genocidio hitlerista.

Quiere decir que, salvo algunas minorías, la mayor parte de la población alemana aprendió la lección. El propio jefe de redacción de Radio Vaticano, Eberhard von Gemmingen, se adelantó a decirlo en una conferencia de prensa: “El Vaticano ha cometido un error... lo califico como un error. Se han originado con ello muchos daños, ahora hay que repararlos”... Ha comenzado una corriente de fieles que abandonan la Iglesia; ahora tienen los obispos que salir y decir lo que ya algunos obispos han señalado: que la Iglesia de hoy sigue sosteniendo el II Concilio Vaticano. También tiene que ratificarlo el Papa. Ellos tienen que consolar a los fieles, tienen que decir que la Hermandad Pío XII, conservadora de derecha, no va a ser jamás aceptada en la Iglesia. No hay que hacer como si esto no fuera importante. Sin ninguna duda, las relaciones entre el Vaticano y los obispos alemanes se han enfriado.

Es que en Alemania hay un fuerte movimiento para una renovación de la Iglesia y para que no se cometan los errores del pasado. Se nota en la reacción de muchos obispos que salieron a criticar abiertamente la decisión del Papa. Por ejemplo, el obispo Gerhard Müller-Ludwig, de Regensburgo, prohibió la entrada a Williamson en todas las iglesias y organizaciones católicas de su obispado. La Conferencia de Obispos Alemanes resolvió tratar el tema de Williamson en la reunión de marzo. El presidente de esa Conferencia, el obispo Zollitsch, señaló en un comunicado que “en la Iglesia Católica alemana jamás habrá lugar para quien niegue el Holocausto”. Y se deslizó en muchos sacerdotes la pregunta: ¿por qué el Papa le abre la puerta a la Hermandad Pío XII de extrema derecha, y no a los sacerdotes del tercer mundo? ¿Por qué no se revisan las penas a los dos teólogos, Eugen Drewermann y Hans Küng, que promovían un cambio hacia una nueva sociedad sin diferencias sociales?

Justo a Hans Küng –el más sabio de los teólogos vivientes, sin ninguna duda– lo fueron a buscar los periodistas en esos días de fiebre por saber quién podía tener razón. Le preguntaron si el Pontífice había querido demostrar un cambio de rumbo hacia la derecha explícita. A lo que respondió el teólogo alemán: “El papa Benedicto ha tomado, desgraciadamente, un curso cada vez más a la derecha. Justo da por terminada la excomunión a los sacerdotes que niegan los resultados del II Concilio Vaticano, cuando se va a cumplir medio siglo de ese acontecimiento vital. Eso lo demuestra todo. Poco a poco, el Papa actual se ha puesto en marcha para terminar con los logros progresistas de ese Concilio, por ejemplo con el retorno de la antigua misa en latín, con la reimplantación del pedido a Dios de la conversión de los judíos y ahora justo con el levantamiento de las penas contra los enemigos de ese Concilio que trajo tanto progreso a la Iglesia. Este Papa tuvo la oportunidad –como prefecto de la Congregación de la Fe, que trata de todos los procedimientos inquisitoriales– de aprovechar para avanzar, y no para volver al viejo rostro de la Iglesia. El lleva a cabo un profundo conservadorismo, que él mismo había superado –sólo por breve tiempo– en los años ’60. Fue cuando, después de haber estado en la Universidad de Tübingen, donde trabajamos juntos y donde durante tres años se respiró un aire fresco renovador, volvió a lo de antes. Volvió a un rumbo absolutamente reaccionario, que siguió teniendo cuando fue cardenal en Munich y ahora como Papa, para gran daño de toda la Iglesia Católica. Desde entonces él votó por todos los documentos reaccionarios de Juan Pablo II, por ejemplo, dentro de la enseñanza ‘sagrada’ de que nuestro bondadoso Dios no desea a ninguna mujer como sacerdote. O la medida que ha tomado contra los teólogos de la liberación, Jon Sobrino, de El Salvador, y el padre jesuita norteamericano Roger Haigh, a quienes les ha prohibido la enseñanza y la publicación de sus escritos. En el pasado abril, el papa Benedicto festejó su cumpleaños 81 en compañía de George W. Bush. Sería bueno ahora que tomara alguna de las ideas de cambio del sucesor de Bush, Obama. La Iglesia Católica necesita avanzar y no retroceder”.

Hasta ahí, el teólogo Hans Küng. Por otra parte, las universidades católicas de Münster, Friburgo y Tübingen criticaron abiertamente la decisión del Papa, y veintitrés profesores de ellas firmaron un documento donde censuran el acercamiento del Papa con la derechista cofradía Pío XII. Entre ellos, el profesor Johann Merz, colega del actual Papa cuando éste enseñó Dogmática en esa universidad. Merz es un abierto defensor de la Teología de la Liberación.

El diario de Bonn señala en su editorial que “pocas veces se han cometido tantos daños como con la resolución del Papa. El quiso unir y logró la división. En el futuro, el Papa debe buscar mejores consejeros”. Y, por primera vez, un miembro del gobierno alemán criticó en público al Papa, como lo hizo la primera ministra Angela Merkel.

Los medios alemanes dieron un gran espacio a reportajes a obispos, sacerdotes y creyentes. Casi todos los interrogados señalaban que estaban “sorprendidos de que Roma se preocupara tanto por los derechistas y nada acerca de la Teología de la Liberación”. Otros, decepcionados, contestaron: “Esta no es la Iglesia que yo he amado tanto”. El obispo de Rottenburg-Stuttgart señaló: “La unidad de la Iglesia es un bien muy valioso, y servir a ella es el deber del Papa y de sus obispos. Pero esa unidad jamás se logrará negando los avances obtenidos en el II Concilio Vaticano”. Justo ese día, el papa Ratzinger nombraba a un sacerdote austríaco ultraconservador como obispo adjunto de Linz. Pareció una respuesta dura a tanta crítica, demostrando quién es el que tiene el máximo poder. Es decir, en resumen, ni el anuncio de ayer de que Ratzinger va a visitar Israel puede borrar su mal paso de los últimos días. Es que el Papa alemán se comportó como un elefante en una tienda de porcelanas.

Toda esta discusión, de la cual podríamos llenar páginas enteras, se produjo en medio de la otra gran polémica mundial, el ataque de Israel a los palestinos. ¿Por qué –y aquí se hizo la pregunta– el Papa toma la decisión de lavar de pecados a un negador del Holocausto justo en ese período? Hay muchas respuestas, pero la búsqueda de razones y motivos nos harían caer en interpretaciones que no podrían ajustarse a la realidad. Fue así. El Papa alemán ha perdido mucho prestigio, principalmente aquí, en su país, Alemania. Es que no se puede jugar con la ética. Antes de tomar esa decisión, Ratzinger tendría que haberse informado profundamente –si no lo estaba– de que ya no es posible tomar decisiones sin analizar que el mundo, pese a la actualidad cargada de nubarrones, va avanzando de a poco, pero avanza. Ni los crímenes de la Inquisición son ya posibles hoy, ni tampoco la palabra de “Dios” es indiscutible.

Pero, claro, siempre se presenta en la vida diaria el cinismo. En especial el cinismo de ciertos políticos para que todo cambie, pero nada se transforme. Como corolario a la interminable discusión de la campaña de plomo absolutamente desproporcionada de Israel contra Palestina, pondremos a un oportunista ejemplar, el primer ministro turco Erdogan, quien en el encuentro de Davos le gritó al presidente israelí Shimon Peres estas palabras: “Usted entiende mucho de matar, como cuando mata a los niños palestinos en las playas”, y se retiró. Y por eso fue recibido por miles de turcos en Ankara con el título de “Héroe de Turquía” y “Ahora sí lo entendemos a Hitler”. Erdogan, nada menos, cuando Turquía nunca reconoció el genocidio cometido contra el pueblo armenio. Además guarda silencio ante el crimen del periodista Hrant Dink, de enero de 2007, que investigaba a fondo ese genocidio. Hrant Dink había sido amenazado por nacionalistas turcos, pero con valentía enfrentó todos los peligros, hasta que fue asesinado. Los armenios titularon así este asesinato: “Hrant Dink, la víctima 1.500.001 del genocidio”. Ya Dink había sido condenado a seis meses de prisión por la Justicia turca por sus investigaciones. Luego de ese aviso, su asesinato. Y en octubre pasado, el hijo de Hrant Dink fue condenado a un año de cárcel por insultos a la “entidad turca”.

Erdogan califica a otros de “sabios en matar”. No sólo eso sino que habla de niños muertos, pero basta leer las condenas a niños kurdos, que acompañaron a las protestas de las minorías kurdas en Turquía cuando Erdogan visitó esas regiones. Seis niños de entre 13 y 14 años fueron condenados a veinte años de prisión por los jueces turcos. Realidades de nuestra humanidad.

¿Y las iglesias qué hacen? ¿Por qué no se unen con el solo objeto de terminar con la muerte y al hambre? ¿O es más importante el tema de si las misas hay que darlas en latín, o que a las mujeres hay que prohibirles que puedan ser sacerdotes, que defender la vida?


Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn, Alemania
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Es difícil dar con ellas, porque operan en la semiclandestinidad y rehúyen la vida pública. Pero forman un ejército de disciplinadas mensajeras encargadas de divulgar las virtudes del califato y de captar adeptos para el Partido de la Liberación, Hizb al-Tahrir, que aspira a la creación de un Estado panislámico en el mundo.

Las mujeres son una pieza clave del engranaje de esta organización salafista internacional, que según algunos analistas se ha convertido en la tercera fuerza política en los territorios palestinos ante la falta de resultados de los partidos tradicionales y cuyo crecimiento desafía el monopolio islamista de Hamás.

No hay observador que se atreva a cifrar el auge de este fenómeno, pero sí alertan de su crecimiento y de que son "la fuerza política más importante después de Al Fatah y Hamás", según Mohammad Awaiwi, profesor de ciencia política de la Universidad Al Quds.

"Su éxito se debe a que han conseguido cautivar a las mujeres", añade. "No tienen oficinas ni registros que nos permitan saber cuántos son, pero hay muchos indicios que apuntan a que reciben un apoyo cada vez más amplio. Sus miembros eran antes comerciantes adinerados de las ciudades. Hoy les apoyan en los pueblos, gente de toda condición", explica Omran Risheq, analista palestino que colabora con el instituto Carnegie estadounidense. Risheq cita como ejemplo el acto conmemorativo de la caída del califato en 2007, que reunió en Ramala a unas 10.000 personas.

En uno de esos pueblos, en Dura, al sur de Cisjordania, vive Muyassiar Burqan, bibliotecaria de profesión y ferviente militante de Hizb al-Tahrir. Algo reacia a hablar al principio, termina por explayarse y muestra los manuales que el partido reparte a sus miembros. "Mire, tenemos que volver a la verdadera esencia del islam, recuperar la interpretación de los tiempos de Mahoma".

Burqan organiza charlas para mujeres en casas, reuniones en la mezquita y reparte folletos en los que Hizb al-Tahrir sienta cátedra sobre la correcta interpretación de conflictos como el de Darfur o la conferencia de Annapolis, pero también de cómo serán las instituciones que regirán la vida de un futuro califato. Explica que son ellas, las mujeres, las que crían a los hijos y por tanto las mejor situadas para adoctrinarlos; por eso, dice son tan valiosas para la organización.

Asegura que en cada sesión logra reclutar a nuevos fieles y que la organización no ha dejado de crecer en los últimos cinco años. "Mahoma era un gran estratega y nosotros copiamos su forma de funcionar, porque lo más importante es lograr concienciar a las masas, convencerles de la necesidad de crear un Estado islámico", dice la bibliotecaria, que desprecia las aspiraciones islamistas de grupos como Hamás o la Yihad Islámica, "porque la suya es una lucha local. Nosotros defendemos la creación de un gran Estado islámico en todo el mundo".

Dice no respetar más ley que la islámica (la sharía), y no reconoce más autoridad que el califato venidero. Mientras, obedecen a su particular interpretación del Corán, y lo que legisle, diga o haga la Autoridad Nacional Palestina no les incumbe, porque son emanaciones de un "poder ilegítimo que obedece a las palabras de infieles".

Sus planteamientos extremos han puesto los pelos de punta incluso a los piadosos miembros de Hamás, que aclaran que su lucha es otra, como explica el jeque Nizar Ramadan, recién salido de una cárcel israelí en el desierto del Negev. "Para ellos [los de Hizb al-Tahrir] la democracia es un acto de infieles. Quieren instaurar el califato mediante un golpe de Estado. Para ellos, cada acto emana del islam y no se prestan a la discusión. O estás con ellos o estás contra ellos".

Pero a los iluminados del Partido de la Liberación estas críticas apenas les hacen mella. Han sabido vender su imagen de incorruptibles y presumen de no participar en la vida política palestina ni en ningún tipo de resistencia frente a la ocupación israelí, "porque una vez que los musulmanes del mundo estemos unidos, los ejércitos árabes se levantarán en armas contra Israel". A diferencia de Hamás, no se apoyan en una red de servicios sociales para engordar sus filas. A sus miembros, la visión idealizada de la vida califal les basta para abrazar una causa que triunfa como nunca tras 60 años de un proselitismo tenaz, y que empieza a dar sus frutos gracias a un cierto cansancio de los partidos tradicionales entre una población incapaz de vislumbrar el fin de la ocupación.

Por eso, los piadosos del califato suponen también un desafío para el oficialismo de Al Fatah, consciente de que en tiempos electorales podrían provocar una hemorragia de votos. La aversión que suscitan estos islamistas ante las autoridades palestinas queda patente en las imágenes que Arish Baradi, otra mensajera de Hizb al-Tahrir, muestra en casa de un familiar en Hebrón. En ellas se ve cómo la policía palestina abre fuego contra una manifestación que los islamistas convocaron a finales del año pasado en esta ciudad cisjordana para protestar contra la conferencia de Annapolis auspiciada por Estados Unidos.

Los gritos de "queremos un califato islámico" enseguida fueron apagados por la balacera que acabó con la vida de Hissan, el tío de Baradi. Los hijos del mártir Hissam, de tres y cuatro años, disparan al aire con pistolas de juguete mientras en la pantalla su padre muere en diferido. El drama familiar ha fortalecido la fe de Baradi en el Partido de la Liberación. Licenciada en informática, entró en contacto con Hizb al-Tahrir en la universidad, donde "todas mis amigas ya formaban parte". Hoy, con 24 años y una hija llamada Al Andalus, se emplea a fondo en "extender la palabra de Alá".

Por, ANA CARBAJOSA - Hebrón - 23/12/2008

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Lunes, 15 Diciembre 2008 08:53

Los peligros de la barricada

El titular apenas llamó mi atención. Cuando uno lee “Iglesia” y “homosexualidad” en la misma oración ya sabe cómo completar el resto: con alguna expresión ubicada en el arco que va del visceral “condenó” al sarpullido de “se manifestó disconforme con”. Esta vez decía “La Iglesia se opone a despenalizar la homosexualidad”. La noticia: Francia está a punto de presentar frente a la ONU, y en representación de la Unión Europea, una propuesta para que la homosexualidad sea despenalizada universalmente. La propuesta está lejos de ser simbólica: en 90 países del mundo la homosexualidad es castigada con multas, prisión, torturas y, en 9 países, con la pena de muerte.

La respuesta de la Iglesia es coherente con la política de barricada que sostiene en lo que se refiere a homosexualidad y a salud reproductiva: no pasarán. Casi un mandamiento, que alinea a la Iglesia con el fundamentalismo islámico. El representante del Vaticano en la ONU, frente a las reacciones, se apresuró a declarar que están a favor de “de evitar toda marca de injusta discriminación contra las personas homosexuales”. Después de todo: “Amar al pecador, odiar el pecado”, uno de los greatest hits del catolicismo en los ’80 y ’90 al referirse a la homosexualidad, suena más a cachetazo zen que a política sensata en el momento en el que el sida mataba a la gente como a moscas.

Si la propuesta de Francia fuera aceptada, agrega la Iglesia, se “pondría en la picota a los países que no consideran ‘matrimonio’ las uniones homosexuales”. Los gays buscan redefinir el matrimonio, piensa la Iglesia. Lo cierto es que son los heterosexuales los que lo han redefinido. El matrimonio hoy puede ser civil o religioso, incluir o no hijos, durar para siempre o hasta el divorcio, etc. Dentro de esta redefinición ha dejado de tener sentido excluir a las personas gays. Dicho de otro modo: el matrimonio facilita la administración financiera de la familia, crea un vínculo sólido entre cónyuges validado jurídicamente y celebrado socialmente y, sobre todo, designa un responsable principal del cuidado de una persona en momentos de debilidad. Nada define más cabalmente la validez de un matrimonio como el ir en socorro, el quedarse en vela y el sostener la mano del que convalece; nada sella su fin como el abandono en el momento de la intemperie. No es casual que el reclamo por el derecho al matrimonio aparezca poco tiempo después de la epidemia del sida, que la comunidad gay sobrevivió gracias al comportamiento responsable y al cuidado mutuo y luchando contra las leyes que los desguarecían en vez de protegerlos (los miles de casos de cónyuges a los que se les prohibió visitar a la pareja enferma en el hospital o que fueron desalojados de la vivienda compartida por la familia del muerto, etcétera).

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de la tradición del matrimonio? La palabra tradición es engañosa: sugiere un núcleo fijo, antiguo, sólido. Pero el matrimonio como institución es hasta cierto punto elástico: acompañó la creciente democratización y la ampliación de derechos de distintos grupos (las mujeres, las minorías raciales), y es por esa sincronía con los grandes movimientos tectónicos de la historia que sobrevive como institución central.

Cuando una institución como la Iglesia se piensa como conservadora, debería plantearse qué se pretende conservar. Si el matrimonio como institución hoy está perdiendo vitalidad no es porque los homosexuales pretendan tomarlo por asalto, sino porque muchos heterosexuales se divorcian o deciden no casarse (las uniones civiles, inicialmente pensadas para parejas del mismo sexo, terminan siendo usadas fundamentalmente por heterosexuales que buscan pactos más elásticos que el matrimonio). Agregar a una institución ya percibida como anticuada y rígida la marca de la exclusión es un despropósito.

La política de barricada genera los mismos peligros que una guerra: se empieza a veces por razones sensatas, pero pronto son reemplazadas por la necesidad de sostener la barricada a cualquier precio. O mejor dicho, un precio específico: el sacrificio de las razones originales, esas que hablaban de amor y respeto al prójimo.

Por Christian Rodríguez *
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Miércoles, 26 Noviembre 2008 08:04

Vattimo íntimo

El guatemalteco Augusto Monterroso decía que durante años se negó a leer la autobiografía de Charles Chaplin únicamente porque comete el error de llamarse Mi autobiografía, lo que constituye sin duda un error de bulto. Y acaso para no caer en el desaguisado de darle al propio yo más marquesina de la que un género como el autobiográfico de por sí le da a un autor, es que Gianni Vattimo decidió escribir su autobiografía a cuatro manos. De ahí que No ser Dios sea el resultado de una serie de conversaciones en las que Vattimo le contó al escritor Piergiorgio Paterlini su vida y los momentos más sobresalientes de su formación y su trayectoria como filósofo y militante político. Una tarea a la que este pensador considerado como uno de los máximos adalides del posmodernismo se abocó no porque creyera que a sus setenta años era lo bastante viejo como para escribir sus memorias, ni porque pensara que su vida fuera ejemplar en algún sentido, sino porque al momento de hacerlo se sintió lo suficientemente libre como para hablar de ciertas cosas.

Estas cosas de las que habla Vattimo son las intimidades que va desgranando entre los recuerdos familiares y las reflexiones sesudas, entre el relato de su desempeño como profesor universitario y sus simpáticos alardes por su éxito como filósofo, entre la indagación del legado de Nietzsche y Heidegger en su pensamiento y su relación ambivalente con la tradición católica. Aspectos de su vida y de su obra que en No ser Dios se superponen con el reconocimiento público de su homosexualidad y con el repaso de su militancia gay (que incluye el gracioso episodio de su aparición en una lista de un partido político homosexual en la que figuraba como candidato, y que constituyó su salida del closet a mediados de la década del ‘70), y con ciertas cuestiones de alcoba como sus dudas y represiones iniciales, sus coqueteos con taxi-boys y su prolongado ménage à trois (convivencia incluida) con Gianpiero, su pareja de más de veinte años, y un estudiante de arte bastante menor que él llamado Sergio. Personas que para Vattimo fueron los dos grandes amores de su vida, incluso simultáneamente, y cuyas muertes (uno de sida, el otro de cáncer) conforman el fondo melancólico del libro. El costado más descarnado y conmovedor de un relato en el que este filósofo, que fue discípulo de Gadamer y que escribió libros –como El fin de la modernidad y La sociedad transparente– que estuvieron en el centro del debate en torno de la posmodernidad a fines de los ‘80 y comienzos de los ‘90, se mueve con total desenvoltura entre lo público y lo privado.

“En No ser Dios hay cosas de mi vida íntima que nunca he contado en ningún libro filosófico”, dice Vattimo. “Y si siempre traté de no identificar mi trabajo totalmente con mi condición homosexual, es porque yo quiero ser un filósofo, un escritor de ideas, un político. Quizás esa sutileza es lo que hace que el relieve que en este libro toma mi homosexualidad sea lo más escandaloso. Por este motivo tuve una discusión con Umberto Eco, con quien somos amigos hace mucho tiempo. Luego de la publicación del libro, un día él vino a Turín y me dijo: ‘Pero, ¿cómo vas a contar todas esas cosas? ¿Quién te manda a hacerlo? Tú, que tienes responsabilidades, que podrías ser un gurú, que tienes alumnos’. Obviamente no pude evitar sentirme golpeado por su actitud, porque Eco es un gran maestro personal, ha sido mi amigo mayor cuando yo empezaba a estudiar filosofía, aprendí muchísimo de él y lo admiro porque es verdaderamente un genio. Pero en aquellos días en los que me hacía estos reproches, él daba una conferencia en Turín, en un teatro, un evento muy oficial. Y verlo disertar sobre el escenario hizo que de pronto se me apareciera como un pequeño monumento. La sensación que tuve fue que él se comportaba como un pequeño monumento. Y no hay ninguna duda de que Eco, habiendo vendido tantas copias de sus libros y siendo tan reconocido en todo el mundo, es una especie de monumento de la cultura italiana. Pero cuando uno deviene monumento, algo del orden de lo fatal sucede, porque es una situación que impide tomar posiciones demasiado extremas. No obstante, yo me sigo preguntando si he hecho bien o mal en escribir estas cosas, en desnudar de este modo mi vida privada. Y si bien tengo cierto gusto por el escándalo, sé que lo he hecho porque me siento libre. Ya nadie va a venir a decirme: ‘¡Ah, mira lo que tenías guardado!’”

¿Y eso no te hace sentir expuesto?
–No, ya no más. Este libro es el relato de algo que ya pasó. La verdadera exposición vino cuando hice el coming out. Cuando en 1976 me postularon candidato del Fuori, el Fronte Unitario Omosessuale Rivoluzionari Italiani, sin consultármelo. Algo de lo que me anoticié a través del periódico y que me obligó a ingeniármelas para que mi madre –que no sabía que yo era gay– no se enterara. Pero lo mejor de toda esta historia es que sigo siendo un hombre público bajo muchos otros aspectos, sin que el hecho de ser homosexual haya devenido un drama. Pero esto ahora se ha vuelto algo normal, a tal punto que en Italia el hecho de revelarse homosexual hoy es casi una moda. Por eso digo que en cualquier momento voy a disfrazarme de heterosexual, para dejar de ser uno de esos tantos homosexuales que andan por ahí saliendo del armario.

En el libro hay varias situaciones en donde la homosexualidad es vivida como algo furtivo. ¿Qué pensás de aquellos que todavía sienten nostalgia de los tiempos en que ser homosexual se relacionaba con la clandestinidad y el secreto?

–Yo tengo un doble pensamiento frente a esto. Porque, por un lado, cuando todo se vuelve demasiado normal se disminuye el gusto de la cosa. El riesgo es que las parejas homosexuales pasen a tener los mismos problemas que las parejas heterosexuales. Aunque la normalización, el reconocimiento, la oficialización de esta minoría, suponen una ventaja desde muchos puntos de vista. Pero eso no quita que se pierda, por otro lado, la idea de que los homosexuales son una minoría revolucionaria. Yo siempre he pensado como pensaba Pasolini de sí mismo. Era un pobre perseguido. No era judío, pero se sentía como tal, y no sé si él habría escrito todo lo que escribió si no hubiera estado en esa situación de excepcionalidad que le significaba un cierto sufrimiento. En cuanto a mí, en 1967 fui fichado por la policía en un parque a orillas del Po, que era uno de los lugares de ligue gay más frecuentados, y ese episodio me agudizó una úlcera que luego me persiguió durante años y que fue la forma en que somaticé esa problemática interna. Por eso creo que es preferible una situación más normal como la que se vive hoy en día, más allá de que eso implique que la homosexualidad pierda su carga revolucionaria. ¿Acaso no produce desconcierto que los partidos de derecha en Italia tengan secciones para homosexuales porque saben que les conviene desde un punto de vista electoralista? Yo creo que en el futuro vamos a tener, no obstante, otras razones para oponernos. Otras razones para generar disidencia. En un futuro en que el hecho de ser homosexuales ya no sea suficiente.

¿Y qué cosas te molestan de eso que se da en llamar “cultura gay”?
–¿Tú entiendes un poco de italiano? En Italia hay un chiste que empieza con un chico que va a contarle que es gay a su padre. “¿Eres gay?”, le pregunta su padre, extrañado. “¿Pero acaso te has comprado un Porsche?” “No”, le dice el hijo. “¿Pero acaso te has comprado una villa en Marruecos?” “No”, le contesta. “Entonces, ¡no eres más que un culatone!” (que es la palabra vulgar para decir gay en Italia). No hay dudas de que la predominancia del modelo gay está muy ligada al consumo, y por eso en el libro digo que ser gay es más un problema socioeconómico que un problema de índole sexual. A mí me parece, por otro lado, que en la tradición de los gays hay también un cierto victimismo que se trata de seguir cultivando, porque si no pareciera que se pierde algo de la conciencia de ser. Y el machismo, esa norma heterosexual que en gran medida rige el mundo gay, es otra cosa que me molesta bastante. Si no, ¿por qué crees que sigue siendo tan incómodo para un gay reconocer que es pasivo?
En el libro también hablás de tu deseo de formar “una familia normal” y te lamentás por no haberla tenido. ¿Hasta qué punto es una frustración en tu vida?

–Cuando yo devine una persona más normal empecé a vivir como con una familia. Una familia que estaba compuesta por Gianpiero –que fue mi pareja durante más de veinte años, y con quien teníamos una relación abierta– y por Sergio, a quien conocí cuando él era un estudiante, y que de un día para otro se vino a vivir con nosotros. La idea de esa especie de comuna, de esa familia un poco enredada en lo sentimental, era algo que me gustaba. Pero me gustaba porque cuando me iba de viaje sabía que podía traicionarla. Siempre he dicho que a la familia hay que tenerla para traicionarla, como a la Iglesia. Y yo fui feliz cuando encontré un chico con el cual poder vivir y que pensaba, como yo, que la lealtad y la fidelidad son dos cosas diferentes. Una familia homosexual es una verdadera familia si la familia de origen se mezcla también un poco. De mi amigo Gianpiero yo conocía a sus padres, celebrábamos las Fiestas juntos, etcétera. Y en cuanto a la cuestión de ser padre... bueno, hoy no tengo afortunadamente ese problema, porque los hijos son un problema, ¿no es cierto? Aunque cuando uno se vuelve un poco viejo, como en mi caso, tener un hijo que sale a divertirse el sábado a la noche no es lo mismo que tener un novio joven que hace lo propio cada fin de semana... La paternidad no tiene ese componente de celos.
Gianpiero, con quien viviste durante veinticuatro años, murió de sida. Más allá del impacto personal de esa pérdida, ¿cómo recordás esa época de irrupción de la enfermedad?

–Como una época terrible. A mí me persigue todavía un sentimiento de culpa, porque de algún modo Gianpiero me salvó de correr esa misma suerte. Recién ahí comprendí que a mí también podía pasarme. Y es que en Europa, al principio, muchos creían que era un problema de los americanos. Se sabía muy poco de la enfermedad y nos protegíamos todavía menos. Imagínate que en ese momento no se comprendía bien hasta qué punto una persona con sida podía tener intercambios sexuales con otros. Los enfermos se encerraban en sus casas y se olvidaban del mundo. Y cuando Gianpiero supo que se había contagiado fue un golpe durísimo. Todavía me sigo reprochando haber tenido con él una pareja tan abierta, lo que en parte se debió a lo mucho que yo viajaba por mi trabajo. Me pasaba varios meses al año en Nueva York, en donde no hacía vida de monje, precisamente. Y tampoco pretendía que él la hiciera en Italia. Pero así se dieron las cosas. Fue un período muy triste para todos.

¿Y cómo es para vos haber sobrevivido a casi todos tus seres queridos?
–La muerte que se padece no es la nuestra sino la de nuestros seres cercanos. Aunque recuerdo que con Richard Rorty coincidíamos en que morir es malo porque te queda la curiosidad de saber qué sucede luego. Pero tanto la muerte de Gianpiero como la de Sergio, que murió de cáncer siendo muy joven (tenía 47 años), y también la de mi madre, la de mi hermana y la de mi tía, me han templado hasta el punto de volverme cínico. Haber asistido a Gianpiero desde 1986 hasta su muerte, en 1992, y haber sido testigo de todas las fases de su enfermedad, hace que cualquier infortunio me termine sabiendo a poco. Como si ante el dolor de los demás pensara: “Pero yo ya he visto mucho más que esto”. Por eso me he vuelto más impasible, no indiferente, pero sí más cínico. Porque cuando tú ves a los otros morirse, la capacidad de sentir es lo que te va consumiendo. Como si hubiera reservas de dolor que se van acabando.

***

En 1983, Gianni Vattimo publicó un libro titulado El pensamiento débil. Haciéndose eco de las consideraciones de Jean-François Lyotard de que había concluido la época de los grandes relatos que intentaban darle un sentido a la marcha de la historia, Vattimo corroboraba que ya no había una sola idea de humanidad, y mucho menos una sola cultura a la cual los hombres tuvieran que adecuarse, sino la existencia de múltiples culturas, de múltiples religiones. Esa situación de multiculturalidad llevó a quienes se plegaron al “pensamiento débil”, el cual llegó a gozar en los años ‘80 de una popularidad inusual para una corriente filosófica, a sostener que era necesario reducir el peso, la importancia de la verdad absoluta para subrayar el carácter interpretativo de toda visión del mundo. Por eso, Vattimo se atrevió a sostener que las ideas “fuertes”, que se pretendían sustentadas en fundamentos sólidos, debían dar paso a nociones más ligeras, abiertas a la pluralidad. Y si bien esa postura pretendía promover la idea de una sociedad democrática y pluralista, la noción de debilidad no cayó bien en el ámbito intelectual italiano, lo que generó controversias y le significó a Vattimo el desprecio de muchos de sus pares, que lo tildaron de no ser un heideggeriano serio.

“El pensamiento débil es como el correctivo interior de este mundo, que toma en cuenta la caída de los horizontes de valores”, explica Vattimo, quien a esta altura parece estar resignado a volver una y otra vez sobre esta escurridiza noción, que él esgrime ora como un caballito de batalla, ora como un karma. “Pero no en el sentido de que todo está permitido porque no hay valores sino en el sentido de que se pueden buscar alternativas a los valores que me alejan del otro. Yo digo que el pensamiento débil pretende ser una forma de emancipación a través del debilitamiento de los horizontes rígidos. Es decir, una forma de secularización progresiva de todo. Y esto me parece muy actual porque lo que pasa en los Estados con el aborto, con la manipulación genética, es que el sistema confronta a esas transformaciones la pretensión de que existen leyes naturales. En este sentido, se piensa que la familia tiene que ser naturalmente de una cierta forma. Que naturalmente se tiene que ser heterosexual. Que naturalmente las leyes del mercado rigen la economía... Por eso pienso que todo lo que aparece como límites tiene que ser destruido. El pensamiento débil es el pensamiento de la erosión, de la disolución de todos estos absolutos. Pero, ¿a favor de qué? No a favor de que cada uno haga lo que quiera sino de que cada uno haga lo que quiera discutiendo con los otros. De ahí que no me reconozca como un pensador universal sino como un pensador de una clase social muy general, que es la de los débiles, una amplia mayoría frente a los fuertes que hay en el mundo.”

¿Y dónde situás la militancia por la diversidad sexual en ese contexto?
–Depende mucho de los contextos nacionales. Cuando hay una Marcha del Orgullo Gay en Italia, prefiero ir a otra parte simplemente porque ya estoy grande y no es un lugar indicado para que encuentre un chico que se enamore de mí (se ríe). Ahora bien, si voy al Gay Pride lo hago únicamente porque es un evento que la Iglesia Católica excomulga. Y porque vivimos en un contexto social donde todavía hay límites, es que un acontecimiento como la Marcha por el Orgullo Gay tiene que ser espectacular, teatral, provocativo.

Con la disolución de los partidos tradicionales en Italia (la Democracia Cristiana, el Partido Comunista), ¿considerás que las causas de las minorías han avanzado o han retrocedido?
–Globalmente me parece que han avanzado. Y si bien esta situación de fragmentación y el hecho de que ya no exista un gran Partido Comunista son cosas que juegan en contra de la posibilidad de que suceda una transformación radical de la sociedad, habernos dado cuenta de que el pueblo o la clase no eran tan unitarios como se pensaba es algo positivo. Efectivamente, si pienso en la importancia de los movimientos gays en Italia en las últimas décadas, creo que ha influido bastante la disolución de las grandes estructuras políticas tradicionales.
Siempre pensamos que la búsqueda de la verdad estaba ligada a la liberación. ¿Por qué el pensamiento débil, con su resignación a la posibilidad de acceder a la verdad, genera un contexto favorable para el reconocimiento del otro?

–Cuando ya no hay “una” verdad que tal vez me autoriza a matarte, porque tú eres un enemigo de esa verdad, entonces lo único que nos queda es la caridad, el respeto hacia el otro, el diálogo entre familias, la democracia. Hoy vivimos en sociedades en las que no hay más una evidencia aceptada de valores, y por eso tenemos que tratar de entendernos de la mejor manera posible para no terminar matándonos. Yo encuentro que la caridad cristiana es como una verdad histórica, porque en un mundo sin fundamentos no se puede vivir sino mediante formas de respeto mutuo. Esto me parece fundamental. Y sí... no tengo dudas de que la verdad nos libera. Pero cuando digo, con el Evangelio, que es la verdad lo que nos hace libres, eso quiere decir, antes bien, que es lo verdadero lo que nos libera.

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No ser Dios es también un libro sobre la vejez. Sobre la vejez homosexual. Pero a diferencia del tono resignadamente melancólico que Roland Barthes le impone a su propia experiencia en ese diario erótico amoroso que está incluido en Incidentes bajo el título de “Noches de París” (“Me pareció evidente que iba a tener que renunciar a los chicos, porque no existe ningún deseo de ellos hacia mí, y porque yo soy demasiado torpe, o demasiado escrupuloso, para imponer el mío”, escribe Barthes antes de admitir, con tono de lamento, que no le van a quedar más que los taxi-boys), Vattimo compone en su libro la figura del viudo, la cual, si bien aparece imbuida de cierta melancolía, también se ampara en el descaro y la insensibilidad. “¿Envejecer atenúa el dolor de la vida? ¿Nos hace menos capaces de padecer y, por lo tanto, de amar y de experimentar pasiones? ¿Nos vuelve más cínicos y duros, más insensibles? Me lo pregunto, hoy, al comienzo de mi vejez”, escribe al inicio del libro, como una forma de dar por sentado que su propósito no es –ni de lejos– ponerse a lloriquear. Muy por el contrario: si algo está claro es que Vattimo no tiene reparos en evidenciarse, por momentos, como un viejo verde. Un papel que ensaya con total gracia y desparpajo, toda vez que el recurso a los taxi-boys le significa, antes que la resignación ante la imposibilidad del verdadero amor que hace pucherear a Barthes, una forma desdramatizada de caridad. De ahí que ser viejo para Vattimo diste de conformar una pasión desgraciada, ya que en su caso supone la pérdida de los prejuicios que lo atormentaron en su juventud. Tal como lo expresa en su libro: “Puedo decir que D’Alema está para el desguace o contar a Vanity Fair que me he enamorado de un go-go veinteañero. Lo hago por esta insólita libertad –quizá debida a la edad–, no en aras de la provocación ni del exhibicionismo. Tampoco por superficialidad de la que, como un niño (los viejos, ya se sabe, son como niños), debería ser protegido. Lo hago porque me siento libre, porque soy libre. Y esto es algo que valoro muchísimo. Finalmente. Sin miedos, sin mediaciones, ni chantajes, sin causar dolor a mi madre, ni a Gianpiero... Sin iglesias, ni partidos. ¡Ah, qué hermoso!”.
Si bien en tu libro no hay una versión de la vejez homosexual en la que prime la soledad y la tristeza, ¿notás que entre los gays es habitual discriminar por viejo?

–No sé hasta qué punto. Aunque sí, algo de discriminación hay, obviamente. Yo mismo discrimino un poco, en la medida en que no se me pasa por la cabeza tener sexo con un hombre de mi edad ni remotamente. Una vez que salía de un parque de Turín donde se encuentran prostitutos, un señor bastante mayor que yo se me acercó y me dijo: “Mira que yo no lo hago por dinero”, y me guiñó un ojo. Entonces intenté ser gentil con él y le respondí que estaba muy cansado, que me estaba yendo. Y como esa anécdota tengo otra, casi su contrapartida, de un chico que conocí una vez y que me dijo: “Lo que pasa es que tú eres demasiado joven para mí”. ¡Y me aclaró que le gustaban mayores de 60! Pero esto es normal en la vida. Yo pienso que la desigualdad económica y la desigualdad social son cosas que se podrían corregir si los hombres se lo propusieran. Pero la desigualdad estética, ¿cómo se corrige? La belleza es una forma de injusticia terrible. Y más aún cuando la vejez es lo que nos va haciendo menos bellos. Pero eso es algo que uno trata de tolerarlo. Me acuerdo de una escena que me llamó la atención en un sauna de Nueva York, hace como 30 años, en donde había un grupo de jóvenes que hacían el amor en el centro y alrededor un grupo de viejos que gozaban de esa proximidad mirando y metiendo mano, ocasionalmente. Y no era simple voyeurismo sino una forma de respeto mutuo. Un ejemplo de cómo el eros puede ser caritativo. Algo que me parece muy humano en el fondo.

¿Sentís que las libertades y los derechos obtenidos por gays y lesbianas en las últimas décadas alimentan una suerte de nostalgia del presente en los gays mayores? Esto lo digo pensando en cómo algunos, quizá, pueden sentirse más testigos que protagonistas de ese proceso.
–Sí, eso es complicado. Pero no hay que ser extemporáneos. ¿Hoy Pasolini iría a las discotecas gays? Yo creo que no. Creo que él seguiría yendo a la playa de Ostia, en donde encontró la muerte, o a algún otro lugar en el que podría haber alguna otra forma de peligro. Este es un problema también de edad personal, de adaptación ante los cambios que se han venido dando. Por ejemplo, yo soy doblemente viudo, he estado con dos chicos más jóvenes que yo, que lamentablemente se murieron. ¿Qué hace un viejo viudo como yo? ¿Seducir a sus estudiantes? Me gustaría, pero no lo hago por respeto a la institución. Entonces me quedan los taxi-boys como consuelo. Y si bien estoy en contra de la prostitución cuando es una forma de explotación, es una forma de trabajo que reivindico. De hecho, hay una cuota de los impuestos en Italia (una se destina a las grandes instituciones, como las iglesias, y ésa se la doy a la iglesia protestante) que se introdujo hace algunos años y que consiste en un pequeño porcentaje que uno puede destinar a alguna organización sin fines de lucro. Bueno, esa parte yo se la dono a la asociación para los derechos civiles de las prostitutas. ¡Y debo ser uno de los pocos! Evidentemente estoy por el reconocimiento del trabajo de los prostitutos y de las prostitutas. Incluso conozco chicos que encontré en el mundo de la prostitución, que hoy son buenos amigos y a los que ayudo económicamente sin que haya contraprestación de sexo. Por el simple hecho de saber que de ese modo les estoy dando una mano para no volver a prostituirse tal vez, valiéndome del pensamiento del burgués en contra de la prostitución y creyendo que así los estoy rescatando. Esa es una forma de caridad que me propongo realizar. Un amigo me dice en broma que yo ya no soy homosexual, ni heterosexual, sino que a mi edad soy más bien “veterosexual”. Y algo de razón tiene.

Sé que la caridad también influyó en la manera en que vos pudiste armonizar tu homosexualidad con tu herencia religiosa.
–Sí. Siempre trato de ser caritativo con los otros. Incluso cuando me sirvo de amores mercenarios, cuando hago amistad con estos chicos que mal que bien me provocan ternura, lo que tal vez significa que no me comporto como un buen cliente. El punto es que yo no soy un católico observante. Si voy a una misa en la que se da la comunión, no me confieso. Y no le reconozco a esta Iglesia de pedófilos impunes y de políticos acaudalados el derecho de administrar los sacramentos. Esto es muy protestante de mi parte, aunque jamás pensé en convertirme al protestantismo porque Lutero es quizá peor que los curas católicos. Y si pude armonizar mi homosexualidad con mi herencia religiosa fue también porque dejé de hacerle caso a la interpretación oficial de la escritura. Cuando comprendí que la interpretación de los Evangelios es un problema filosófico.

¿Y qué daños sentís que la religión te ha causado por ser homosexual?
–Siento que la religión me ha impedido hacer esos juegos amorosos que hacen los jóvenes. Me ha privado del amor poético, del sueño del otro. Y ése es el único sentido de venganza que tengo frente a la tradición católica, la que me ha hecho bien en muchos otros sentidos e incluso me ha ayudado a no disolverme como sujeto. Pero esa forma de castración por la que se me negó durante mucho tiempo toda forma de romanticismo entre dos hombres es lo que más me repele. Haberme creído enamorado de una compañera de escuela cuando mi deseo era por un compañero. Haber soñado el amor con una mujer cuando lo que deseaba era un hombre. Allí quizás hay una de las claves de por qué siempre me ha costado tanto hacer coincidir el amor y el sexo.


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