Lunes, 04 Julio 2016 08:19

Un Ramadán sacudido por el horror

Bomberos, rescatistas y policías buscan sobrevivientes y pruebas entre los destrozos.

 

Dos atentados en Bagdad, en el mes santo de los musulmanes, dejaron un saldo provisorio de 130 muertos y más de 160 heridos. El más sangriento fue reivindicado por el Estado Islámico. Del otro todavía nadie se hace responsable.

 

Unas 130 personas murieron y más de 166 resultaron heridas en dos atentados en Bagdad. El más sangriento, reivindicado por el Estado Islámico (EI), tuvo como objetivo un abarrotado centro comercial, justo cuando cientos de familias salían a la calle a la madrugada tras romper el ayuno diario de Ramadán, el mes sagrado del Islam. El atentado golpeó la zona comercial de Al Karrada después de la medianoche, especialmente la heladería más popular y antigua de la capital iraquí, uno de los puntos más concurridos durante las madrugadas del mes de Ramadán, cuando las calurosas noches de verano se convierten en el principal momento de socialización. Según fuentes policiales y sanitarias, un camión frigorífico lleno de explosivos se estacionó frente a la heladería y estalló, matando al menos a 125 personas, entre ellas niños y mujeres, y unas 150 resultaron heridas.


Poco después, un coche bomba explotó en otro mercado popular, en el barrio de Shaab, en el noreste de Bagdad, otra zona de mayoría chiíta, una de las tres comunidades étnicas o religiosas que componen el país y la que desde la invasión de Estados Unidos en 2003 dirige el gobierno nacional. En ese segundo atentado, que al cierre de esta edición no había sido reivindicado por ningún grupo terrorista, al menos cinco personas fallecieron y otras 16 resultaron heridas, informaron fuentes policiales que se resguardaron en el anonimato, según la cadena de noticias Al Jazeera.


Es difícil establecer una cifra definitiva de muertos por el fallecimiento de personas heridas y por los cuerpos que se encontraban atrapados bajo los escombros, señaló un funcionario del Ministerio del Interior iraquí, que pidió no ser identificado. La mayoría de las víctimas murieron quemadas o sofocadas dentro de un shopping y un centro de entretenimientos de varios pisos, el eje alrededor del cual giraba esa zona comercial. El enorme edificio quedó en pie, pero calcinado casi por completo. Lo mismo sucedió con los autos y todo lo que estaba alrededor. Cuando la policía empezaba a recolectar los cuerpos de los cuerpos que habían quedado calcinados y desparramados en el suelo, el EI reivindicó la autoría del ataque en un comunicado difundido en las redes sociales y páginas web vinculadas a milicias extremistas.


“En el marco de las permanentes operaciones de seguridad de los soldados del califato en la ciudad de Bagdad, el hermano muyahidín (combatiente santo) Abu Maha al Iraqui logró hacer estallar su coche bomba en una concentración de renegados”, señaló la milicia, haciendo referencia a la comunidad chiita. “Con el permiso de Dios proseguirán los ataques de los muyahidines contra los renegados”, advirtió el grupo radical.


El gobierno de Haider al Abadi decretó tres días de duelo nacional y anunció el endurecimiento de las medidas de seguridad, en medio de críticas y cuestionamientos hacia la figura del primer ministro iraquí. El Ejecutivo intentó aplacar el enojo popular por los cada vez más seguidos atentados en la capital atribuyéndolos a una consecuencia del avance en el plano militar contra la milicia. “Están tan desesperados por elevar la moral de sus combatientes, mucho de los cuales abandonan al grupo (el EI) de manera cotidiana, que creo que este tipo de ataques comenzará a crecer”, advirtió el dirigente Mowaffak Baqer al Rubaie en diálogo con Al Jazeera.


“El EI, después de haber sido aplastado en los campos de batalla, comete ataques con explosivos en un intento desesperado”, coincidió Al Abadi al visitar la zona devastada por la explosión, según un comunicado difundido más tarde por su oficina. Al Abadi intentó tranquilizar a la población y vaticinó que la victoria está muy cerca. Esa explicación, sin embargo, no le alcanzó a la población de Bagdad, que recibió al premier con piedras y abucheos en el lugar del atentado.


Lo cierto es que el EI viene sufriendo sucesivos golpes y reveses en el campo militar. En los últimos meses, el Ejército iraquí, con ayuda aérea de la coalición internacional liderada por Estados Unidos y asesores en el terreno de Washington y de Irán –países que no suelen pelear del mismo lado en un conflicto– recuperó mucho del territorio ganado por el EI desde 2014. La última gran derrota de la milicia se registró hace una semana, cuando el Ejército anunció, victorioso, que había recuperado el control de toda la ciudad de Fallujah, una de las localidades más importantes del oeste del país y ubicada a sólo 65 kilómetros de la capital del país, Bagdad.


Actualmente los islamistas del EI sólo controlan una gran ciudad de Irak, Mosul, la más importante del norte y la segunda de todo el país. Desde hace semanas el Ejército comenzó una ofensiva para empezar a recuperar las afueras de esa localidad. Y ayer anunció que tomó el control de tres pueblos al sureste. Mientras el Ejército, con ayuda de sus aliados internacionales, avanza sobre el EI, cercándolo, también es cierto que los atentados, especialmente dentro de Bagdad, se multiplicaron y son cada vez más masivos.


En mayo pasado, el EI mató a 93 personas y dejó más de 160 heridos en tres atentados coordinados en dos barrios de mayoría chiíta y otro sunnita –la misma rama del islam que esa milicia profesa– en Bagdad.


Seis días después, 45 personas fallecieron en otra ola de atentados en la capital iraquí y hace menos de un mes otro ataque suicida provocó una masacre. Los atentados fueron repudiados por un amplio arco que inlucuyó a organismos y a la comunidad internacional.

 

 

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Wassyla Tamzali: “El feminismo no habla de moral, habla de libertad”

Wassyla Tamzali (Béjaia, Argelia, 1941) ha dirigido durante 20 años diversos programas de la Unesco sobre los derechos de las mujeres. Esta abogada denuncia el papel de la religión como elemento de control.

Los medios occidentales difunden una imagen de las mujeres árabes como mujeres oprimidas. ¿Qué hay de mito y qué hay de realidad?


Hay una realidad: la única región del mundo que rechaza reconocer el principio de la igualdad de los hombres y las mujeres son las regiones del mundo que dicen pertenecer al islam. He dicho reconocer, porque en muchas regiones del mundo que reconocen la igualdad no la aplican. Pero el primer paso de reconocer la igualdad de los hombres y las mujeres en la sociedad no se ha dado en los países árabes. Sin embargo, hay una utilización por los medios de esa imagen de la mujer árabe. Los medios no están realmente interesados por la realidad de las cosas, sino por la diferencia. Es eso lo que les interesa. Por ejemplo, si en esta sala hay cien mujeres árabes de las que hay dos con velo, van a fotografiar a las dos mujeres con velo y no a las otras 98. Me ocurrió en España.

Cuando inauguramos un centro de mujeres árabes en Madrid, éramos unas 200 mujeres, muchas españolas de origen magrebí, y vinieron tres mujeres de la mezquita para participar en el proyecto. Y al día siguiente todos los periódicos las habían fotografiado a ellas.


Telefoneamos a todos los periodistas, y tuvimos una respuesta terrible de un gran periódico, que nos dijo "pero hemos fotografiado a las mujeres con velo porque así no podemos equivocarnos, son marroquíes". ¿Qué interesa a la prensa? No es tanto la condición de las mujeres árabes, sino lo que las diferencia de la condición de las mujeres occidentales. Si muestras que hay una sola manera de ser, prácticamente haces una definición racista de un pueblo.


Las mujeres jugaron un papel importante en las revoluciones árabes. ¿Qué queda de aquello?


Túnez y Egipto son los dos países interesantes para analizar. En Egipto hubo una revolución rápidamente cubierta por una contrarrevolución. De Egipto todo el mundo guardó la imagen de la mujer que fue violada en la plaza. Esa imagen circuló mucho y fue interpretada de manera distinta. Los que estaban contra las revoluciones utilizaron esta imagen para mostrar que las revoluciones iban a ser peores que la situación en ese momento. Para la gente como yo, feminista, demócrata, no es la revolución la que violó a esa mujer. Es la contrarrevolución. Publicaron fotos de mujeres sin sujetador en la plaza de Tahrir, y las mujeres se quedaron en casa. Utilizaron el elemento sexual como un medio de opresión, para que las mujeres se queden en casa.
En segundo lugar, las revoluciones árabes me han hecho pensar en el deshielo de los glaciares. La gente ha dicho “es la primavera”, luego dijeron “es el otoño, el invierno”. Yo diría que es el deshielo. Es decir, que durante 50 años esas sociedades han estado bloqueadas, han estado heladas, sepultadas bajo capas de hielo: el nacionalismo, el islam, la policía, el Ejército... La revolución hizo que el hielo se fundiera.


En el caso de Túnez hemos visto que la revolución se abría sobre un mundo en el que el lugar de las mujeres era primordial. Cuando los islamistas llegaron al poder, cuando quisieron cambiar en la constitución la palabra "igualdad" por la palabra "complementariedad"... todos los tunecinos bajaron a la calle, no sólo las mujeres, y también las mujeres con velo. No se puede imaginar la revolución con una mujer que va a volver al hogar, no es posible.


¿Qué opina del feminismo islámico?


No existe. Es imposible. Puedes ser musulmana y feminista, pero no puedes hacer feminismo con el islam. En primer lugar, el papel de la religión no es el feminismo y no es la democracia. No se puede querer que la religión haga lo que no le corresponde. La religión conduce a la espiritualidad o a la moral y puedes estar a favor o en contra. El feminismo es otra cosa. El feminismo no habla de moral. Habla de libertad.


Sabemos que históricamente, por tomar como ejemplo el cristianismo, ha hecho falta que el movimiento feminista se confronte violentamente con la Iglesia para poder avanzar. Por ejemplo, con el aborto, con el divorcio. En un momento dado, en la religión hay un obstáculo que sólo se puede superar saliendo de esa idea conservadora. ¿Estás contra la poligamia? Entonces di que estás contra la poligamia, di "soy musulmana pero estoy contra la poligamia porque mi conciencia me lo prohíbe". No hay que explicar que la poligamia es una mala interpretación del islam. Pero las feministas islámicas retoman un viejo discurso que ya vimos en los años 70 para explicar el lugar de la poligamia en el Corán y decir que no existe.


El trabajo que hacen sobre la interpretación ya se hizo en los años 70, y en 30 años se explicó todo, también se usó la lingüística, todos los medios modernos, para tratar de comprender lo que estaba escrito en el Corán, para extraer elementos a favor de las mujeres. ¿Por qué se hizo esto? Se hizo porque querían llegar a las mujeres que creían en dios y en la religión. Y a esas mujeres había que hablarles, darles argumentos. Pero una vez que ya no hubo más pasos que dar, se decidió dejar de lado la religión porque no se puede reducir el islam a una interpretación jurídica, y no es el objetivo del islam reglamentar la familia.


En segundo lugar, es peligroso. Primero porque es un movimiento que nació para deslegitimar el feminismo. Y porque reúne una serie de imágenes sobre el mundo femenino en el mundo árabe. Es decir, volviendo a los medios, ellas van hacia los medios y los medios van hacia ellas. Hay hoy una especie de conspiración general que quiere que una mujer árabe sea una mujer con velo, pero el velo es un símbolo de opresión, lo mires por donde lo mires. Yo no estoy contra el velo, estoy contra el discurso sobre el velo. Porque una mujer que quiere estar oprimida, tiene derecho a estarlo, no puedo obligarla a ser libre, pero hacer un discurso de libertad sobre el velo es peligroso.


Tras las revoluciones, parece haber una situación de regresión en el mundo árabe... ¿Cuál es la situación en Argelia?


Los movimientos no son fuertes, porque en Argelia hay un régimen político que ha roto la sociedad civil. El movimiento feminista no es fuerte, pero sigue habiendo un movimiento de las mujeres. Y hoy el contexto político, el contexto internacional, no es muy favorable a un discurso sobre los derechos de las mujeres, porque hoy tenemos preocupaciones graves por las que los derechos de las mujeres pasan a un segundo plano. Desgraciadamente es así. Porque en menos de diez años se han destruido cuatro países árabes importantes, entre ellos Iraq y Siria, el corazón de la civilización mediterránea, y Libia y Yemen. Otra preocupación es el camino tomado por El Cairo, que en vez de ir hacia adelante, ha vuelto atrás. Han hecho un poco lo mismo que hicieron en Argelia en el año 2000 cuando los islamistas fueron elegidos y los militares volvieron a tomar el poder.


La situación tunecina es la que trae esperanza, aunque sea muy difícil. Pero trae esperanza porque continúa y está viva. En Argelia la sociedad civil está empezando a organizarse. Yo trabajo mucho en el ámbito del arte, porque el discurso político no existe ya, así es que me centré en el arte contemporáneo, la escena artística argelina, que nos permite comprender mejor la situación. Hay un discurso muy rico sobre las mujeres, sobre la democracia, sobre el individuo, que están en el interior de esas expresiones artísticas, y hay una movilización, aunque no sea grande, incluso en los pueblecitos, hay asociaciones culturales que se han creado. La cultura parece ser hoy el territorio sobre el que se ha concentrado un poco la vitalidad de la sociedad.

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Padre Dan Berrigan: un profeta de la paz se ha ido

Un profeta de la paz se ha ido. Daniel Berrigan, sacerdote católico jesuita, activista por la paz, poeta, abnegado tío y hermano, falleció la semana pasada a los 94 años de edad. Su pasaje de casi un siglo por esta Tierra estuvo marcado por la compasión y el amor por la humanidad, así como por un inquebrantable compromiso con la paz y la justicia. Pasó años en prisión por sus valientes acciones pacifistas contra la guerra. En cada acción de su vida llevó a la práctica el Evangelio que predicaba. Dio impulso a diversos movimientos, inspiró a millones de personas, escribió de una manera hermosa y con una ingeniosa sonrisa compartió su amor por la vida con sus familiares, amigos y con todos aquellos con quienes rezó y luchó por la paz.

 

Dan y su hermano Philip Berrigan, junto a otros activistas católicos, irrumpieron en un centro de reclutamiento militar en 1967 y derramaron su propia sangre sobre las citaciones de reclutamiento en alusión a la sangre derramada en la guerra. Al año siguiente, el 17 de mayo de 1968, pocas semanas después del asesinato de Martin Luther King Jr., los dos hermanos y otras siete personas se hicieron famosos por retirar citaciones de reclutamiento del centro de reclutamiento de Catonsville, en Maryland, y quemarlas con napalm de fabricación casera en el estacionamiento de las oficinas. Mientras cantaban un himno reunidos alrededor de la fogata fueron finalmente arrestados.

 

Dan Berrigan expresó en un comunicado emitido por el grupo antes de la acción, dado que sabían que serían arrestados: “Nuestras disculpas, buenos amigos, por quebrantar el buen orden, por quemar papeles en lugar de niños, por despertar la ira de los personeros de la muerte en la antesala del osario”. Y agregó: “No podíamos hacer otra cosa, así que ayúdanos Señor”.

 

Las acciones de Los Nueve de Catonsville, como se conoció al grupo, hicieron que aumentara la intensidad de las acciones contrarias a la guerra en todo el país. Algunas personas habían quemado sus fichas de reclutamiento antes que ellos, pero después de la acción de Catonsville esto se volvió una táctica emblemática y cada vez más frecuente para demostrar la oposición real y simbólica a la guerra. Dan Berrigan expresó: “Elegimos ser criminales sin poder en tiempos de poder criminal. Elegimos ser etiquetados como criminales de paz por los criminales de guerra”.

 

Daniel Berrigan fue sentenciado a prisión pero antes de entregarse para cumplir su condena, pasó a la clandestinidad. A pesar de figurar en la lista de los más buscados del FBI, Berrigan aparecía repentinamente en diferentes rincones del país y pronunciaba discursos contra la guerra. Habló durante un gran acto en apoyo a Los Nueve de Catonsville en la Universidad de Cornell, donde era capellán. Luego del discurso, al verse acorralado por el FBI y la policía, Berrigan se escondió dentro de una de las marionetas gigantes de la compañía de teatro con contenido político Bread & Puppet. Disfrazado de esa manera logró salir del Barton Hall de la Universidad de Cornell y evitó ser arrestado. Finalmente, las autoridades dieron con su paradero en Block Island, frente a las costas de Rhode Island, y lo arrestaron. Una famosa fotografía capturó el momento en que dos tristes agentes del FBI que se hacían pasar por observadores de aves en la isla se llevaban esposado al sonriente padre Berrigan.

 

Berrigan escribió en sus memorias, tituladas “No Bars to Manhood”: “Dado que la maquinaria estadounidense no funciona bien, ni en sus mecanismos internos, ni en sus engranajes con el mundo, los hombres de bien deben tomar medidas”. Y aclaró: "Algunos de ellos han de estar dispuestos a ir a la cárcel".

 

En 1980, Berrigan, una vez más con su hermano Phil y otras personas, irrumpió en una planta de misiles de General Electric ubicada en King of Prussia, Pennsylvania. Allí golpearon con martillos cabezas de ojivas nucleares hasta dañarlas de modo que no pudieran ser reparadas y luego derramaron su sangre sobre las partes dañadas. Las acciones que llevaron adelante ese día dieron inicio al Movimiento Plowshares, que creció hasta convertirse en un movimiento mundial. Las acciones de Plowshares se inspiran en un versículo del libro de Isaías, del Antiguo Testamento:

 

“Convertirán sus espadas en arados
y sus lanzas en hoces.
No levantará espada nación contra nación,
y nunca más se adiestrarán para la guerra”.

 

La lucha por la paz de Dan Berrigan desafió al Gobierno de Estados Unidos, al Pentágono y a la jerarquía de la propia Iglesia Católica. Por ese último pecado, fue apartado de su labor eclesiástica en Estados Unidos. Su exilio incluyó viajes a América Latina y Sudáfrica, que lejos de curarlo de su compromiso con la lucha por la justicia, solo lo reafirmaron.

 

Vimos por última vez a Berrigan, a quien nosotros, al igual que muchos otros, llamábamos cariñosamente “Padre Dan”, hace dos años en un hogar para ancianos jesuitas de la Universidad de Fordham, en el Bronx. A los 93 años de edad, su estado era frágil pero sus ojos brillaron cuando le dimos su comida favorita: helado. Su devoción al helado y a la justicia social lo hicieron acreedor a su propio sabor de la marca de helados Ben & Jerry’s, así como al suministro vitalicio de esos helados para él y para el Movimiento del Trabajador Católico, que tanto amaba.

 

Daniel J. Berrigan vivió una vida fiel a su vocación y practicó literalmente lo que predicaba. Descansa en paz, Dan Berrigan, de la misma manera en que has vivido.

 

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Traducción al español del texto en inglés: Fernanda Gerpe. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

 

 

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Bar Les Beguines, propiedad de los hermanos Abdeslam, supuestos protagonistas de los atentados de noviembre de 2015 en París

Molenbeek, un popular barrio de Bruselas, es identificado, desde los atentados en París de fines del año pasado, como “la cuna del terrorismo europeo”. Ahora, con los bombazos en la capital belga, ha vuelto al centro de la escena. Esta crónica1 desmonta estereotipos e indaga sobre la fascinación que ejerce el yihadismo sobre algunos jóvenes musulmanes.

 

 

Souad se hundió en lágrimas y oraciones cuando supo que dos de los hermanos Abdeslam estaban involucrados en los asesinatos de París. Que el primero, Brahim, se había inmolado frente a un bar del distrito XI “como si estuviera en Kabul” y el otro, Salah, había huido. “Sentía que la desgracia se acercaba una vez más al barrio.” Ya el pasado verano durante las vacaciones, en su pueblo natal del norte de Marruecos, le había pedido a su marido que convenciese a sus hijos de quedarse allí. “Marruecos es una dictadura, pero prefiero la dictadura a la anarquía, allí los policías dan miedo, pero nuestros nietos estarían controlados. No como en Molenbeek, donde todo vale y los niños andan por la calle día y noche.”

 

Souad ya se encontraba mucho antes “traumatizada, sobrepasada” por la historia de la familia N. Eran unos primos lejanos, inmigrantes en Bélgica como ellos, que habían organizado una talba –lectura del Corán– en memoria de uno de sus hijos pequeños, velozmente radicalizado y que, siguiendo la llamada del Estado Islámico, se había marchado a Siria. Murió meses más tarde, “mártir”, según un breve mensaje de la organización, que había sumido a la madre en la locura y al padre en la depresión. Souad, de unos 60 años, se veía a menudo con las mujeres de esta familia, y tomaban té de menta para pasar la tarde, “pero desde esta tragedia no se tratan con nadie, la yihad es un tema tabú, las familias se avergüenzan, como si hubieran sufrido la ira de Satán”.

 

En su salón oriental y bajo una foto de La Meca, donde fue de peregrinación, Souad, con un rosario en la mano, se pregunta “qué droga damos a nuestros hijos para que se conviertan en monstruos”. Dice que ya no sale por miedo a ser acosada por los periodistas. “Nos toman por animales”, señala. Llora por las víctimas de París, por “los musulmanes de Europa que van a estar aun más estigmatizados”, pero también por “el infierno que debe vivir la madre de los Abdeslam”.“Esto es un pueblo, nos conocemos todos”, cuenta a Magreb TV, un canal de la televisión belga comunitaria que trasmite en árabe.

 

El barrio de Molenbeek es una de las grandes almas que conforman Bruselas, la capital de Europa. Los jueves se celebra un mercado que, según comenta un comerciante que se presenta como “uno de los pocos blancos” del lugar, “da la impresión de estar en Tánger”. A su juicio, Molenbeek se ha convertido en “un laboratorio de una población 90 por ciento musulmana, un gueto étnico”. Casi 100 mil habitantes en apenas seis quilómetros cuadrados, más del 50 por ciento de ellos inmigrantes marroquíes y sus descendientes, concentrados en la parte baja de la ciudad.

 

Abandono escolar, desempleo (60 por ciento en el caso de los jóvenes), discriminación desde la escuela a la contratación. En Molenbeek existen muchas familias hacinadas en pequeñas viviendas, que en algunos casos no alcanzan las condiciones necesarias de salubridad. Tráfico de drogas, vandalismo... Apodado como el “pequeño Manchester”, este barrio obrero florecía en los sesenta cuando de golpe se tuvo que enfrentar al proceso de desindustrialización. Cincuenta años después del primer acuerdo bilateral de contratación de mano de obra entre Bélgica y Marruecos, Molenbeek es el emblema de la creciente pobreza y delincuencia de Bruselas. Todos los indicadores sociales son negativos, a pocos quilómetros de las instituciones europeas.

 

Los medios de comunicación de todo el mundo tratan de comprender cómo es este barrio, que el ministro del Interior belga, Jan Jambon, de la muy derechista N-VA, quiere “limpiar” porque se ha convertido en “un nido de yihadistas”. Los medios ocupan la plaza del ayuntamiento con sus furgonetas con satélite. Van y vienen de la casa consistorial, contigua a la comisaría de policía, en el número 30, en el otro extremo de la plaza, un pequeño edificio de tres pisos encima de una tienda paquistaní en la que se venden telas orientales. Es aquí, en una vivienda social, donde vive la familia Abdeslam, bajo una presión mediática máxima.

 

Al final de la tarde del 16 de noviembre, a la puerta del edificio, Mohamed, el hermano mayor de los dos presuntos terroristas, empleado en el ayuntamiento desde hace diez años, habló bajo los flashes: “He sido acusado de actos terroristas, pero nunca he estado vinculado de ninguna manera a una intervención en París. La gente del barrio sabe lo que soy, y no soy capaz de hacerlo”. Momo, como le llaman sus colegas, asegura que “no había notado nada” en sus hermanos. Como todos los que conocían a Salah y a Brahim Abdeslam.2

 

 

ESCEPTICISMO.

 

Un trabajador social comenta desde el anonimato: “Los dos hermanos habían cometido pequeños delitos, pero pertenecen a una familia de ideas moderadas, abierta, originaria de Tánger, que nunca había dado de qué hablar desde el punto de vista religioso”. “Los conozco desde que eran pequeños y nunca los he visto en la mezquita”, añade Jamal Habbachich, que preside un comité consultivo de 16 mezquitas en Molenbeek. Abdel, de 26 años, que alterna el paro con trabajos temporales, pasaba día y noche en el Béguines, el café que pertenecía a Brahim Abdeslam y que llevaba Salah. Era un bar de hombres en una zona donde la mayoría de las mujeres llevan velo y donde “nunca verás a una en un bar o en la calle por la noche a menos que salga de una boda”. “Llevábamos una vida de juerga, fumábamos porros, bebíamos té de menta o Jupiler (cerveza belga) mientras jugábamos a los dados o veíamos partidos de fútbol. Eran todo menos radicales, que ven la vida como haram (ilícito) o halal (lícito). Que yo sepa, no hacían la oración. Lo que les copaba eran las chicas, las discotecas, la fiesta”, cuenta Abdel.

 

Abdel no cree lo que trasmiten en bucle los canales de noticias sobre los Abdeslam y el presunto cerebro de los atentados de París, Abdelhamid Abaaoud, también de Molenbeek y muy conocido en el barrio, muerto en el asalto lanzado en un apartamento en Saint-Denis. Todos ven “otra conspiración de la gran potencia, Estados Unidos, y de Francia para ensuciar a los musulmanes”. Ninguno fue a la manifestación en la plaza del ayuntamiento en memoria de las víctimas de París, donde 2.500 personas, entre ellas un hermano de los Abdeslam desde un balcón, se reunieron encendiendo velas.

 

Karim, que abandonó la escuela a los 16 y vive del trapicheo, no siente que todo esto le concierna: “No fuimos Charlie en enero porque no se puede uno reír de todo y burlarse de la religión, del profeta, como hacía la revista. No vamos a ser París ahora. Ha habido muertos, de acuerdo, que descansen en paz, pero no creemos en el terrorismo, es una invención de Occidente. Cada vez que hay ‘un ataque’ o ‘una tentativa’, siempre pasa por casualidad por Molenbeek y por los barrios donde se concentran los musulmanes. Es el único momento del año en el que se habla de nosotros en los periódicos, nunca para hablar del racismo, del paro, de la pobreza, de la violencia policial que sufrimos. De un día para otro descubrimos que un tal con el que íbamos a la escuela, jugábamos al fútbol, o boxeábamos, se ha convertido en un verdugo y posa con un Kalashnikov en Face¬book en medio de cadáveres. Pero, ¿qué hace la policía si somos un foco del yihadismo mundial desde hace tantos años?”.

 

Ante una de las dos últimas escuelas de Bruselas que aceptan el velo (ambas en Molenbeek), chicas cubiertas o con el pelo suelto salen de las clases entre afirmaciones como “es falso, es una conspiración” o “es verdad, hace bien Francia bombardeando Siria”. Numerosos habitantes del barrio, muchos de ellos jóvenes, se niegan a creer que este sea un centro del islamismo radical europeo, una base de retaguardia de las células yihadistas francesas. Las teorías conspirativas circulan de boca en boca, lo que revela la magnitud de la brecha entre la población de estos barrios excluidos y el resto de la sociedad.

 

Desde la ofensiva mediática, la paranoia se ha extendido entre los habitantes, que ven “agentes externos”, “espías al servicio del rey de Marruecos”, “policías belgas camuflados” en todas partes, hasta entre los periodistas. “Yo robo, pero no soy un terrorista, soy incapaz de matar una mosca”, bromea un argelino sin papeles. Lleva todo falso –vaqueros, chaqueta de cuero, reloj, bandolera...– y fuma un porro en la Avenida de Gand, la calle principal y comercial del barrio, poblada de tiendas étnicas de precios baratos, carnicerías y snack halal, tiendas de muebles, vajillas y accesorios orientales, ropa islámica “made in China”.

 

 

ACOSO RELIGIOSO.

 

Sin embargo la realidad está ahí, indiscutible. Cuando no son de aquí, los islamistas radicales se forman, se esconden, surgen detrás de las paredes, en los sótanos y garajes de las pequeñas casas de ladrillo rojo de Molenbeek. A pesar del endurecimiento de la legislación antiterrorista belga y el desmantelamiento de los canales de reclutamiento desde los noventa, los caminos del terrorismo conducen repetidamente a este barrio pobre, lo que le valió el apodo de “Molenbeekistán”.

 

“La religión llevada al extremo por los oscurantistas se ha convertido en la principal ocupación de los desempleados, que sólo tienen la posibilidad de elegir entre el tráfico de drogas o la yihad. ¿No tenés trabajo? Orá cinco veces al día y esperá la llamada del imán en el café fumando un porro. ¿No estás casado, estás frustrado sexualmente, socialmente? Te daremos 70 vírgenes si te inmolás”, suspira un comerciante musulmán al que le gustaría “un poco de diversidad, de blancos”.

 

Hoy son Abdelhamid Abaa¬oud, los hermanos Abdeslam, el francés Bilal Hadfi, que se inmoló frente al Estadio de Francia y que vivía en Bruselas, los que llenan los titulares. Ayer, y la lista no es exhaustiva, eran Hassan el-Haski, uno de los autores intelectuales de los atentados de Madrid de 2004 (191 muertos y 1.800 heridos); Mehdi Nemmouche, autor de la masacre del Museo Judío en Bruselas en mayo de 2014, oriundo de Roubaix; Ayoub el-Khazzani, que fracasó en el ataque contra el Thalys Bruselas-París en agosto; o los integrantes de la célula de Verviers desmantelada durante una operación de la policía tras los atentados a Charlie Hebdo, Montrouge y el HyperCacher en enero de 2015.

 

Y están también los predicadores Jean-Louis Denis y Fouad Belkacem, actualmente en prisión (condenado a 12 años en febrero). Este último, a la cabeza de Sharia4Belgium, abogaba por la yihad armada entre Amberes y Bruselas. “Este barrio es, para ellos, un distrito de París. Pueden conseguir fácilmente armas, documentación falsa, gracias a las redes criminales, esconderse debido a la densidad de viviendas y fundirse entre la población de tipo árabe musulmana”, analiza el antropólogo y activista Johan Leman, que ha seguido todos los cambios del barrio, desde la llegada de las primeras generaciones de inmigrantes para trabajar en las minas o excavar el metro de Bruselas, a las primeras radicalizaciones de sus hijos nacidos en suelo belga. Es aquí también donde los tunecinos Dahmane Abd el-Sattar y Bouraoui el-Ouaer alentaron el asesinato del comandante afgano Massoud, asesinado dos días antes del 11 de setiembre de 2001, siguiendo las órdenes de Bin Laden.

 

El-Sattar era el marido de Malika el-Aroud, “la viuda negra”, musa del yihadismo belga, dos veces esposa de mártires. Hija de un obrero marroquí, condenada en 2008 a ocho años de prisión y bajo un procedimiento de pérdida de nacionalidad, envió a decenas de jóvenes a Afganistán. Dirigió durante 20 años, con su hijo (muerto en Siria en 2013), el Centro Islámico Belga de Molenbeek, un santuario del salafismo radical que envió a muchos combatientes a Afganistán, Irak y Siria y que hasta 2012 no fue desmantelado por la justicia.

 

“Molenbeek está pagando por décadas de hostigamiento religioso y laxismo político. Dejamos a los fanáticos, religiosos, salafistas y Hermanos Musulmanes, pagados por Qatar, Arabia Saudita, Egipto, Marruecos, sembrar la desgracia, el caos, el velo. Han hecho del islam sectas que imponen un Corán del terror en personas fragilizadas, ignorantes, niños que han abandonado la escuela y cuyos padres son analfabetos, que no hablan el árabe ni el idioma de los imanes.” El gerente de la librería El-Itra sentencia en su local desierto de la calle Ribaucourt, leyendo a Grabovoi, “un gran pensador ruso que puede sacar nuestras conciencias de la degeneración”. Sin concesiones, el librero, “un musulmán laico”, pone “en el mismo saco” al terrorista Bassam Ayachi y al erudito islámico Tariq Ramadán, que da conferencias regularmente en la ciudad.

 

 

LA CONEXIÓN SAUDITA.

 

Por delante de su escaparate pasan tres ancianos, barbas largas y pobladas, anoraks sobre chilabas hasta las rodillas: “Hace 30 años bebían alcohol, fumaban, pero les han lavado el cerebro. Llevo la única verdadera librería del municipio que tiene una oferta religiosa y laica frente a las incontables librerías coránicas, todas afiliadas a un grupúsculo”. Un día de campaña electoral, “un político” entró en su librería: “Me preguntó qué quería. Le dije ‘cerrá las mezquitas y te votaré’. Me tomó por un musulmán loco y se fue. Pero ahí está el gran problema de Molenbeek”.

 

Este barrio cuenta oficialmente con 24 mezquitas, organizadas por países, de las cuales sólo cuatro son reconocidas por la región de Bruselas-Capital (las autoridades pagan a sus imanes). También con decenas de lugares de culto o de asociaciones privadas, en casas antiguas de obreros, que nadie realmente sabe cifrar ni vigilar. Dieciséis de las 24 mezquitas (once de lengua árabe, dos paquistaníes, una africana, una turca y una bosnia) están controladas por un consejo consultivo.

 

Jamal Habbachich, de 59 años, un belga originario del sur de Marruecos, preside este consejo. Nos cita en la mezquita Attadamoune, y llama a la comunidad a reflexionar: “Estamos como Bélgica, divididos, comunitarizados en nuestras mezquitas. Cada uno en su país, su tribu, sus mentalidades. El Magreb es una anarquía total, en contraste con Turquía o Pakistán, que están muy estructurados. Ninguno de sus jóvenes participa en la yihad, a diferencia de nuestros hijos del norte de Marruecos y del norte de África”.

 

Según él, “el mal proviene de las monarquías del golfo, Arabia Saudita a la cabeza, que vierten sus petrodólares en Occidente e imponen en nuestros barrios corrientes peligrosas y una lectura muy rigurosa y binaria del islam. Para los marroquíes es muy importante y es un terreno abonado para los reclutadores radicales que quieren lavar el cerebro a nuestros jóvenes”. Rachid Madrane, ministro de Ayuda a la Juventud en la Federación Valonia-Bruselas, reconoció el pecado original: “Hemos confiado las llaves del islam en 1973 a Arabia Saudita para asegurar el suministro energético (...) el resultado es que la práctica del islam moderado de las personas que vinieron de Marruecos se ha visto infiltrado por el wahabismo, por el salafismo”.

 

El reino de Bélgica descubre de esta manera que ha mirado para otro lado durante mucho tiempo ante la influencia wahabí. La gran mezquita del Cincuentenario, en Bruselas, financiada en los sesenta por la Liga Islámica Mundial, una asociación al servicio del régimen saudita, es un emblema de esta relación peligrosa. Rachid Madrane desea más imanes formados en Bélgica, que prediquen en francés, en holandés, más árabe parlantes en los servicios de información.

 

“Las mezquitas son menos problemáticas que Internet. Lo eran hace diez años pero hoy están vigiladas. Los islamistas lo saben y actúan fuera, en privado, en Internet. Vemos a pocos jóvenes en nuestras mezquitas por falta de imanes que sepan responder a sus preocupaciones”, dice Jamal Habbachich.

 

Profesor de religión musulmana en las escuelas de formación profesional de la red oficial (los belgas tienen una definición de la laicidad radicalmente diferente a la de los franceses), Jamal Habbachich tiene muchas dificultades para convencer a los muchachos desorientados por los predicadores de la web.

 

En su despacho del ayuntamiento, bajo un cartel sobre la lucha contra la discriminación racial, Sara Turine, del Partido Ecologista, concejal para la Juventud, la Cohesión Social y el Diálogo Intercultural, islamóloga de formación, comparte los mismos temores y el mismo análisis: “La lógica maniquea wahabí causó mucho daño en Molenbeek. Después de los atentados del 11 de setiembre y la primera ola de islamofobia, los jóvenes de segunda y tercera generación, no sintiéndose reconocidos como totalmente belgas, sobre todo los varones, han izado el estandarte de su identidad musulmana. Apenas nos damos cuenta hoy de las consecuencias del repliegue religioso que hemos permitido que se instale para comprar la paz social”.

 

Los políticos se echan unos a otros las responsabilidades.

 

Sarah Turine no quiere “entrar en la polémica”. Cuando se enteró de los tiroteos de París, se dijo: “Con tal de que no exista un vínculo con Molenbeek... Un fin de semana como éste destruye todo el trabajo de los asistentes sociales y va a estigmatizar un poco más a los habitantes del barrio, musulmanes normales, pacifistas que soportan ya muchas injusticias”. Y recuerda que, en los cinco barrios de Bruselas oeste, entre ellos Molenbeek, unos cincuenta jóvenes se han unido a las milicias en Siria desde el comienzo del conflicto.

 

“Hemos sobremediatizado un fenómeno, sin duda de una extrema violencia y barbarie. En Bélgica, los yihadistas son 500 personas entre alrededor de 600 mil musulmanes. Las tasas de desempleo y de abandono escolar son mucho más alarmantes”, sostiene Corinne Torrekens, investigadora en la Universidad Libre de Bruselas, especialista en radicalización. “Los periodistas sólo vienen cuando hay un atentado o el rodaje de una película. Nunca hablan de la impresionante energía que desprende esta ciudad, su terreno asociativo, artístico”, se indigna el actor Ben Hamidou.

 

 

MESTIZAR.

 

Ben Hamidou es un niño de Molenbeek, “mi madre adoptiva”, según dice este nativo de Orán en Argelia, que monta desde hace 15 años obras de teatro, solo en escena o con gente del barrio. Actúa en Yihad, la obra de Ismael Saïdi que se representa desde 2014. Tragicomedia que sigue la odisea en Siria de tres fracasados de Molenbeek que la ociosidad y la búsqueda de identidad les conduce a la guerra santa. Declarada de interés público a raíz de los ataques a Charlie Hebdo, Yihad se ha convertido en una herramienta educativa en las escuelas de los guetos para entender y calmar la locura del mundo.

 

“Molenbeek es una localidad de tamaño humano en el centro de la ciudad en donde todavía hay inversión”, dice el profesor de urbanismo Eric Corijn. Nos encontramos con él en “un lugar positivo. La ciudad está cambiando poco a poco, el viejo Molenbeek está en plena revitalización, se abren hoteles, vemos tiendas con minifaldas en los escaparates de la Avenida de Gand, algo impensable hace tan sólo cinco años. Necesitamos que el ayuntamiento se espabile para que esto sea un lugar híbrido donde se pueda beber té de menta y vino”. Acabar con los guetos, “hacer comunidad juntos”.

 

Éste es uno de los mayores retos de Molenbeek, roto por la mitad: la ciudad alta, burguesa, de moda, blanca, y la baja, popular, miserable, árabe musulmana.

 

“Va a ser difícil. El daño está hecho, la integración ha fracasado. Incluso si se diera trabajo a todos los parados del barrio, las familias permanecerían replegadas en sus tribus, casándose entre primos, desanimando a las niñas a estudiar. Las calles están sucias, el cannabis está en todos los sitios, en los cafés legales y en otros clandestinos detrás de las persianas metálicas. Las autoridades no hacen nada, dejan que la droga destruya a nuestros hijos.” Mounir está “deprimido”. Quiere mudarse a un barrio tranquilo, inscribir a sus hijas en una escuela con blancos, porque aquí no hay mezcla y el nivel es muy bajo. Quiere “sentirse en Bélgica”.

 

No muy lejos de Ribaucourt, centro del tráfico de drogas, se divisa un café con cristales tintados. En el interior, olor a porro, “este olor sin el cual Molenbeek no sería Molenbeek”, comenta Soufiane. Dos televisores, uno poniendo fútbol y el otro soul con videos sugestivos. Ni un cenicero. Un argelino sin papeles que lleva el bar de sus patrones barre regularmente las colillas. “Esta es la técnica para mantenerse limpio si es que en algún momento la policía hace una redada”, explica Soufiane. Esta es su hora de descanso después del trabajo, temporal. Aquí se encuentra con sus amigos que, como él, son originarios del norte de Marruecos. Soufiane soñaba con una vida mejor, con estudios, fuera de Molenbeek. “Aquí, el sistema nos tira hacia abajo, la exclusión comienza en la escuela. No tenemos derecho a tener ambición. Nos quieren en las fábricas como a nuestros padres, pero ya no existen.” En su barrio, una mujer se ha ido con los hijos a Siria para unirse a su hermano. Sin decir nada a su marido, que se encontró la casa vacía a la vuelta del trabajo.

 

Al otro lado del canal, un armenio dice que “todo esto es culpa de las políticas que han dejado a los árabes imponer su cultura en Europa”. Esta es la profesión de fe del Vlaams Belang, el partido flamenco de extrema derecha racista y xenófobo. En el exterior, un sirio de Homs, que pasó por los Balcanes, mendiga unas monedas con su esposa y sus dos hijos. Tienen miedo de ser expulsados “a causa de los terroristas”.

 


1. Publicada originariamente en el sitio francés Médiapart en noviembre pasado.
2. Salah Abdeslam fue detenido cuatro días antes de los atentados de Bruselas de este mes.

 

 

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Domingo, 03 Abril 2016 08:27

La pobreza no es bella

La pobreza no es bella
Este año 2016, el 4 de setiembre, habrá otra santa: Teresa de Calcuta. Pero “La madre Teresa será la santa patrona de los blancos que se vayan de año sabático, no de ninguna persona de color”, se expresa la intelectual Krithika Varagur en The World Post.

 

Santa Teresa, la de Ávila, fue, además de fundadora de caminos funcionales a la Iglesia Católica, preclara pensadora que en los caminos del misticismo encontró una manera posible de hacer oír su voz intensa y particular. Y tres siglos más tarde, la joven y luminosa Thérese de Lisieux se convertiría en santa Teresita del Niño Jesús. Este año 2016, el 4 de setiembre, habrá otra santa Teresa mucho más cercana, tanto, que no se precisa ser viejo para haber sido su contemporáneo: Teresa de Calcuta. La muy romana y apostólica no se tomó, en su caso, el tiempo acordado necesario para obtener para ella el título de beata, paso previo a la santificación. Juan Pablo II no esperó los cinco años reglamentarios, después de la muerte de Teresa en 1997, para empezar el proceso de beatificación: lo inició sólo un año después. Ayudó quizá el Nobel de la Paz que Teresa recibió en 1979. El Nobel, después de todo, es lo más parecido a la canonización que la sociedad occidental, laica y obligatoria, aunque no gratuita, puede brindar a sus habitantes.


Pero ni las dos santas Teresas anteriores ni ningún agraciado con el título tuvieron que convivir con un tiempo como éste, en el que, supremacía de los medios mediante, todo se ventila y todo se discute. La monja de Calcuta, en cambio, no sólo convive viva y muerta con los medios sino que su imagen se construyó, en buena medida, gracias a ellos. Y la amplificación mediática, ya se sabe, tiene sus pro y sus contras. Por ejemplo, el polémico, brillante y ateo Christopher Hitchens (1949-2011), una de las figuras públicas del siglo XX –y un poquito del XXI–, más dispuesto a pelearse con dios y con el diablo en cualquiera de sus versiones celestiales o mundanas, dedicó a sor Teresa un documental para la televisión titulado Ángel del infierno (1994), con guión del propio Hitchens y del historiador y periodista pakistaní Tariq Ali. Y según esa película, Teresa trabajó para que los pobres aceptaran su destino de sufrimiento como una manera de estar más cerca de Jesús, y por lo tanto las condiciones de los hogares de la orden por ella fundada no aliviaban el dolor ni buscaban la salud de los pacientes. Además, Teresa consideraba al sida como un castigo divino por un comportamiento sexual inadecuado, se oponía al aborto aun cuando el embarazo fuera fruto de una violación, y llegó a expresar que no permitiría que una mujer que usara anticonceptivos o hubiera abortado adoptase a un huérfano puesto que alguien así “no puede amar”. Intervino en el referendo sobre el divorcio en Irlanda, abogando por su prohibición, aunque mantenía excelentes relaciones con la divorciada princesa Diana de Gales, así como con el dictador haitiano Jean-Claude Duvalier o el albano Enver Hoxha.


En el mismo sentido, pero con un matiz que incluye los efectos del colonialismo, se expresa la intelectual Krithika Varagur, quien escribe, en The World Post: “Lo peor de todo es que ella fue la persona blanca por excelencia que se puso al servicio del tercer mundo –la razón de su imagen pública– y la fuente de desmesuradas cicatrices en la psique poscolonial de India y su diáspora. (...) Aunque tenía 517 misiones en 100 países en el momento de su muerte, el estudio reveló que casi nadie que iba buscando cuidados médicos los encontró allí. Los médicos observaron condiciones antihigiénicas, incluso insalubres, comida inapropiada y ningún analgésico, no por falta de financiación –ese no era un problema para la orden de la madre Teresa–, sino por lo que los autores del estudio califican como una ‘concepción particular del sufrimiento y la muerte’. Incluso teniendo en cuenta la noción cristiana de la humildad, ¿qué tipo de pensamiento perverso subyace tras este razonamiento? La respuesta es el colonialismo racista, como era de esperar dado el lugar donde centró su trabajo. Pese a los 100 países, la madre Teresa es de India e India la consagró como Teresa de Calcuta. (...) Su imagen se encuentra completamente circunscrita en la lógica colonial: la del salvador blanco que enciende una luz entre los negritos más pobres del mundo”. Y culmina: “La pobreza no es bella, es terrible. La madre Teresa será la santa patrona de los blancos que se vayan de año sabático, no de ninguna persona de color”.


Para que la Iglesia acepte convertir a alguien en santo, necesita de milagros probados a favor del candidato a la santidad. No se aclaró de qué color o cultura son, o eran, los que vivieron los milagros que convertirán a Teresa de Calcuta en santa.

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Domingo, 03 Abril 2016 07:44

El fanatismo instigado

El fanatismo instigado
Los últimos atentados en Pakistán dejan patente la tensión existente entre cristianos e islamistas radicales. Los cristianos representan tan sólo una minoría de 1,6% de la población del país, y suelen ser descendientes de indios de las castas bajas, convertidos al cristianismo durante la época colonial británica.

 

El pasado domingo de Pascuas, Facebook mandó un mensaje erróneo a miles de usuarios: “¿Estás bien? Parece que estás en la zona afectada por la explosión en Lahore, Pakistán. Avisa a tus amigos que estás bien”. Muchos usuarios, a más de una decena de miles de quilómetros de distancia, se preguntaban qué demonios era la explosión en Lahore, e ironizaban con publicaciones sobre el milagro de mantenerse con vida.


Lo cierto es que para muchos la notificación de Facebook debe de haber sido el único indicio de que existen atentados terroristas más allá de Europa y que hubo uno terriblemente sanguinario durante la noche de Pascuas en la capital de la región de Punjab, al noreste de Pakistán, que se llevó la vida de más de setenta personas e hirió a más de trescientas. Una facción local del Talibán se adjudicó la autoría del ataque, aclarando que su objetivo era ir contra las familias cristianas que celebraban Pascuas en el parque Gulshan-e-iqbal.


La situación deja patente la tensión existente entre cristianos e islamistas radicales en Pakistán. No se trata del primer gran atentado contra la población cristiana allí, sino del segundo. Los cristianos representan tan sólo una minoría de 1,6% de la población del país, y suelen ser descendientes de indios de las castas bajas, convertidos al cristianismo durante la época colonial británica. Hoy mismo muchos de ellos siguen ocupando los estratos más bajos de la sociedad y se desempeñan en tareas que los locales evitan; son víctimas de una saña permanente, no sólo por parte de grandes sectores de la población civil, sino también del gobierno.


Así es que en Islamabad, la capital de esa república, paralelamente a la explosión, una turba de miles de radicales se movilizó para agilizar la ejecución de Asia Bibi, una campesina condenada a la horca por el delito de blasfemia contra Mahoma. En el año 2009, mientras trabajaba cosechando bayas en el campo, Bibi fue a buscar agua a un pozo, pero al servirse un poco para tomar en una vieja copa de metal, un grupo de mujeres le dijo que, como ella no era musulmana, iba a contaminar el recipiente volviéndolo impuro. Según relató la misma Bibi, esas mujeres comenzaron a cuestionar su religión, y ella les respondió que “Cristo murió en la cruz por los pecados de la humanidad” y las increpó preguntándoles qué había hecho Mahoma por ellas. Las mujeres, indignadas, acudieron al imán local, que acabó denunciándola a la policía por el delito de blasfemia. La casa de Bibi fue invadida por una turba enfervorecida, que la golpeó a ella y a miembros de su familia hasta que la policía intervino. Una vez apresada, un juez le ofreció convertirse al islam para salir libre, a lo que ella respondió que prefería morir siendo cristiana que abrazar la fe musulmana.


El caso tomó conocimiento internacional e incluso, en su momento, el papa Benedicto XVI pidió el indulto para la mujer. Cbn News ha constatado que desde entonces se encuentra recluida en confinamiento solitario y, según señala The Daily Mail, incluso se cocina su propia comida para evitar ser envenenada. En 2011, en un mercado de Islamabad, el gobernador de Punjab, quien había defendido a Bibi y se había expedido contra la ley de blasfemia, fue asesinado por un miembro de su propia seguridad. Tras ser apresado, el guardaespaldas argumentó que lo había matado por haber cerrado filas con la campesina y ser, por consiguiente, un “blasfemo”.


Los manifestantes islamistas que hoy se enfrentan con la policía, incendian autos en torno al parlamento y claman por el ahorcamiento inmediato de Bibi plantean también su desaprobación por la ejecución del guardaespaldas, a quien respaldan en su accionar y piden al gobierno un reconocimiento de su “martirio”. El veredicto final sobre la acusada aún no está confirmado, pero la Corte Suprema debe tomar una decisión con respecto al recurso de apelación presentado por su defensa.


Como informa El País de Madrid, las autoridades paquistaníes en un principio habían negado que el atentado terrorista del domingo hubiera tenido como objetivo a los cristianos; luego del comunicado del Talibán, el jefe de gobierno calificó a los ataques de “cobardes” y prometió derrotar la “mentalidad terrorista”.


El problema es cómo vencerla si el mismo gobierno la incita y estimula, desde una república islámica que ordena la muerte de quienes osan tan sólo profesar otra religión.

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Sábado, 26 Marzo 2016 06:35

Ni fe, ni sumisión

Sacrificio de Isaac. Caravaggio 1603

Para los principales pensadores de izquierda, hasta hace treinta o cuarenta años, la religión era sin dudas un objeto de análisis. Pero una cosa es estudiar la función de la religión en la sociedad y otra completamente diferente inspirarse en doctrinas religiosas, como parecen hacer los pensadores críticos de la actualidad. Entonces, ¿cómo se puede explicar la fuerte presencia de la religión en las teorías críticas contemporáneas?

 

El intelectual y activista suizo Razmig Keucheyan, profesor de sociología e investigador de La Sorbona, dedicó su libro Hémisphère gauche, publicado en francés en 2010 y en español tres años más tarde, a mapear la geografía de la izquierda y el pensamiento crítico contemporáneos. Una especie de resumen del primer capítulo de ese libro, bajo el título de “Las mutaciones de la teoría crítica. Un mapa del pensamiento radical hoy”, puede leerse en la revista Nueva Sociedad, en su número correspondiente a los meses de enero y febrero de este año.


Una característica interesante de las teorías críticas actuales, sostiene Keucheyan, es que contienen muchas referencias a la religión, principalmente al cristianismo y al judaísmo, y en menor medida también al islam. El filósofo francés Alain Badiou, nos recuerda el autor, dedicó un libro importante a san Pablo, donde lo presenta como el ejemplo típico de un sujeto que se afirma a sí mismo en tanto y en cuanto se mantiene fiel a un acontecimiento, esto es, a un evento que marca un antes y un después en la historia. Keucheyan observa que también el filósofo italiano Giorgio Agamben escribió un libro sobre san Pablo (un comentario a la “Epístola a los romanos”), que Antonio Negri escribió un libro sobre Job, y que muchos de los trabajos de Slavoj Žižek tocan cuestiones religiosas. También llama la atención acerca de una veta pascaliana en las teorías críticas contemporáneas, que ejemplifica con el caso del antiguo militante trotskista francés Daniel Bensaïd, autor de un libro en que se hace una analogía entre el compromiso revolucionario y la famosa apuesta de Pascal, que recomendaba creer, aun sin evidencias racionales que apoyaran la fe, por los beneficios que ello podría reportar al creyente en caso de que Dios efectivamente existiera. También pone como ejemplo a la filosofía de la liberación latinoamericana, una de cuyas principales vertientes inspiradoras, como es bien sabido, es la teología de la liberación del sacerdote católico peruano Gustavo Gutiérrez y otros.


Keucheyan se pregunta cómo se puede explicar la fuerte presencia de referencias y temas religiosos en las teorías críticas actuales. El autor nota que las teorías críticas pasadas ya habían incorporado, en algunos casos, elementos religiosos. Cita, entre otros, los ejemplos del marxista alemán heterodoxo y disidente Ernst Bloch y del no menos heterodoxo, aunque seguramente también menos marxista, Walter Benjamin. Sin embargo, estas referencias al pensamiento religioso, admite, eran relativamente marginales en las teorías críticas tradicionales. Para los principales pensadores de izquierda, hasta hace treinta o cuarenta años, la religión era sin dudas un objeto de análisis. Pero una cosa es estudiar la función de la religión en la sociedad y otra completamente diferente inspirarse en doctrinas religiosas, como parecen hacer los pensadores críticos de la actualidad. Entonces, ¿cómo se puede explicar la fuerte presencia de la religión en las teorías críticas contemporáneas?

 

Keucheyan se concentra en dos aspectos del problema. En primer lugar, observa que la inmensa mayoría de estas referencias no tienen que ver con la religión en general, sino que más bien apuntan a un problema teológico muy específico: el problema de la creencia o de la fe. De eso se trata en los casos de Pascal, san Pablo y Job. La pregunta que se plantean todos ellos es la siguiente: ¿cómo es posible seguir creyendo, cómo es posible mantener la fe en Dios cuando las circunstancias son tan radical y brutalmente adversas? Los pensadores críticos contemporáneos, entiende Keucheyan, han sentido la necesidad de responder una pregunta similar, porque en el siglo XX fracasaron todos o casi todos los intentos de construir una sociedad socialista, algunos de los cuales terminaron en verdaderos desastres. La evidencia histórica no parece apoyar, entonces, la creencia en el socialismo. Esa es la razón por la cual, entiende el autor, los pensadores críticos han sentido la necesidad de volcarse hacia una forma de pensamiento en que la creencia se sostiene sin justificación, contra toda la evidencia disponible. Y el mantenimiento de la creencia contra toda la evidencia disponible es, precisamente, lo que define a la fe. Es por ello que Keucheyan encuentra en las teorías críticas de la actualidad una suerte de fideísmo, un fideísmo político.

 

El segundo aspecto que aborda el autor es de naturaleza más sociológica. Está claro que hay un resurgimiento de la religión en el mundo, que es por completo independiente de la actividad de los pensadores críticos. Se trata de un fenómeno mucho más general. La religión ha hecho sobre todo un estruendoso reingreso en el campo político, con corrientes muy influyentes, como el islamismo radical en Europa y Oriente Medio o el fundamentalismo evangélico en Estados Unidos. Esta nueva alianza entre religión y política es una característica importante de la política contemporánea.

 

Por ese motivo, entiende Keucheyan, algunos pensadores críticos han aceptado el desafío de disputar el campo religioso a los fundamentalistas e intentan mostrar que hay un aspecto progresista o incluso revolucionario en las religiones. Básicamente, dice el autor, esto es lo que han hecho algunos marxistas anglosajones al enfrentar el discurso de los así llamados “nuevos ateos”, como Christopher Hitchens y Richard Dawkins.

 

Si las observaciones de Keucheyan son correctas, que parecen serlo, hay que decir que el acercamiento de los pensadores críticos a la religión no hace otra cosa que agravar notablemente la crisis en que ya de por sí se encuentra sumido el pensamiento de izquierda. Esta, ciertamente, no es una de las conclusiones de Keucheyan, que parece ver el fenómeno con simpatía. Pero es una conclusión que se desprende de su análisis. Porque debería resultar evidente que, si las experiencias socialistas del siglo XX fracasaron –en algunos casos estrepitosamente–, la respuesta no puede ser el fideísmo político, la afirmación irracional de aquello para lo cual carecemos de evidencias, sino más bien la exploración racional de las causas que llevaron a la bancarrota de esos experimentos. Refugiarse en la creencia irracional parece la más torpe de todas las respuestas posibles.

 

Pero además, si la religión ha hecho un estruendoso reingreso en la política, se esperaría de las teorías críticas nada menos que elementos para hacer el análisis crítico de esos procesos, no meramente el aprovechamiento oportunista de la situación. Hay quienes podrán sostener que la crisis de la izquierda contemporánea es, entre otras causas, producto de la ausencia de una fuente de valores transcendentes. Y que la religión es una cantera inagotable de ese tipo de productos.

 

Pero en nombre de la religión se han cometido y se cometen actualmente los crímenes más horribles. No menos horribles que los que se cometieron en nombre del socialismo. Por fe y por sumisión a su dios, Abraham estuvo a punto de matar a su primogénito Isaac. Dios envió a un ángel a impedirlo, pero hace mucho que abandonó esa costumbre y ya no manda emisarios a detener a los que matan en su nombre. “Cada vez que se menciona el espíritu religioso en una narración histórica estamos seguros de que a continuación se nos relatarán todas las desgracias a las cuales ese espíritu religioso dio lugar. Y no hay épocas más prósperas y felices que aquellas en que ni se menciona ni se considera el espíritu religioso”, decía David Hume en sus Diálogos sobre la religión natural, por boca de su personaje Filón.

 

La izquierda y el pensamiento crítico deberían ofrecer algo más que mera fe. Y, desde luego, reclamar a sus militantes cualquier cosa, menos sumisión a una idea o autoridad irracionales.

 

 

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Colaboración saudí-iraní: una historia olvidada

El 2 de enero de 2016, el gobierno sunni del reino de Arabia Saudita (RAS) ejecutó al imam más importante de la comunidad de la Shía en el RAS. El gobierno shiíta de Irán denunció esta ejecución, como lo hicieron los gobiernos de todo el mundo, y advirtieron que habría consecuencias. Desde ese momento la retórica ha seguido escalando y los políticos y los medios mundiales han hablado de una posible guerra directa entre Arabia Saudita e Irán. Casi todos tienden a encuadrar esta tensión a partir de la grieta religiosa entre los sunni y la Shía, que se dice tiene unas muy largas raíces en el pasado, y que define que la presente situación se debe a esta grieta religiosa.


Mientras ambos lados se echan para atrás ante una confrontación directa, existen combates en Siria y Yemen conducidos por grupos que se dicen cercanos a los saudíes y los iraníes. Aquellos que pelean en el escenario de Siria y Yemen no parecen alentar a nadie a que actúe como mediadores cuasi-neutrales. Los grupos tanto de Siria como de Yemen desconfían profundamente uno del otro y parecen considerar inviable cualquier mediación. Esto hace en extremo difícil, si no imposible, darle prioridad a cualquier estrategia que combata efectivamente la fuerza todavía muy extendida del Estado Islámico, que Estados Unidos (y otros) han proclamado como la prioridad número uno.


Nuestra memoria tiende a ser tan de corta vida que ya hemos olvidado por entero que la Arabia Saudita sunni y el Irán shiíta fueron alguna vez cercanos colaboradores geopolíticos. Y esto fue hace no tanto tiempo.
Necesitamos no llegar hasta la creación del Reino de Arabia Saudita en 1932, cuando Irán le brindó al nuevo Estado un crucial reconocimiento diplomático, lo que condujo a la aceptación generalizada de Arabia Saudita en la comunidad de los Estados soberanos. El periodo más interesante fue el de la década de los 60.


Cuando los distribuidores mundiales de crudo de repente y unilateralmente redujeron los precios que estaban dispuestos a pagar por el crudo, el gobierno de Venezuela (anterior a Chávez) sugirió al gobierno de Irán (anterior al Ayatola) que se reunieran, invitando también a Irak, Kuwait y Arabia Saudita, para considerar si podían darse pasos para contrarrestar este ataque a su ingreso nacional. Estaban muy enojados y culparon a los bancos principales, a los distribuidores de crudo (las llamadas Siete Hermanas) y al gobierno estadunidense, que miraban que respaldaba a estos bancos, si no es que de hecho instigaba sus decisiones.


Ocurrió una reunión en Viena entre el 10 y el 14 de septiembre de 1960. Los cinco Estados fundaron la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Invitaron a otros Estados a unirse a la OPEP. Con el tiempo otros lo hicieron –como Argelia, Angola, Ecuador, Indonesia, Libia, Nigeria, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Gabón (que luego se retiró).
Al principio, la OPEP fue meramente un locus de discusión e intercambio de información. Cuando, sin embargo, Israel derrotó a algunos Estados Árabes en la llamada Guerra del Yom Kippur, en 1973, con un respaldo abierto y crucial por parte de Estados Unidos, la OPEP declaró un boicot mundial de crudo. Éste fue propuesto por Arabia Saudita e Irán. La idea de una acción militante por parte de la OPEP habia sido propuesta por miembros más radicales de la OPEP. Pero hasta 1973 no había obtenido el respaldo ni de Arabia Saudita ni de irán.


A estos dos Estados se les consideraba los Estados más cercanos, en ese momento, a Estados Unidos. Que se conjuntaran en ese viraje de postura marcó un hito en la historia de la OPEP.


Pero miremos el central hecho geopolítico. Arabia Saudita e Irán colaboraban directamente. No había mención alguna a la milenaria rivalidad sunni-shiíta. Por el contrario, colaboraban. Y funcionó. De ahí siguió un importante aumento en el precio mundial del petróleo, que benefició tanto a Arabia Saudita como a Irán.


En 1974, la reunión de ministros de la OPEP en Viena fue invadida por simpatizantes de los movimientos palestinos encabezados por "Carlos, El Chacal". Amenazó con ejecutar a muchos, en particular al ministro iraní de Petróleo. La historia de cómo lograron liberar a los rehenes y a cambio de qué precio nunca quedó clara, en realidad. No obstante, hay un detalle crucial. Alguien pagó el rescate del ministro iraní. Los analistas han llegado a pensar que fue el gobierno saudí quien lo hizo para liberar a su colega iraní. Una conducta extraña si uno pensara que ambos gobiernos se movían basados en una discordia religiosa.


Y un crucial momento final. En marzo de 2007, hubo una reunión de la Organización de Cooperación Islámica en Riad (Riyad), Arabia Saudita. El gobierno del RAS invitó explícitamente a Irán a que enviara a alguien para asistir. El entonces presidente Ahmadinejad, de Irán, considerado en ese momento como el líder iraní más opuesto incondicional y verbalmente a cualquier vínculo con el mundo occidental, aceptó la invitación. Fue recibido en el aeropuerto por el rey Abdullah de Arabia Saudita, lo que fue un gran gesto. Abdullah saludó la llegada de naciones hermanas. La reunión no llegó a nada, pero de nuevo indicó que las relaciones geopolíticas no estaban gobernadas exclusivamente por criterios religiosos.
¿Por qué pudo lograr la OPEP el boicot y el aumento mundial del crudo en 1973 y de nuevo en 1979? ¿Qué era diferente de entonces a ahora en Medio Oriente?


Dos cosas sobre todo. En 1973 Estados Unidos era todavía lo que ya no es en 2016: la decisiva y crucial nación en el ámbito geopolítico. Al final todo mundo tenía que acomodarse, más o menos, a los deseos de Estados Unidos.


Por otro lado, el poderío geopolítico estadunidense trajo presiones consigo. Cuando concedió su imprimátur (su respaldo oficial) a los israelíes en la guerra del Yom Kippur, de inmediato necesitó balancear esto con algún gesto en la otra dirección que apaciguara al menos a Arabia Saudita, un aliado crucial. Hay mucha gente que piensa que Estados Unidos dio su visto bueno a Arabia Saudita y a Irán para que lanzaran el boicot. Además de apaciguarlos, Estados Unidos obtuvo la ventaja económica de fortalecer su mano en la competencia trilateral con Europa occidental y Japón.


¿Entonces dónde estamos ahora? Arabia Saudita e Irán han colaborado cercanamente en el pasado. No es del todo inconcebible que puedan volver a hacerlo en el futuro cercano. El torbellino geopolítico es muy grande, y ningún analista debería eliminar algún posible viraje. La geopolítica podría de nuevo remontar las diferencias religiosas. Esto es especialmente cierto debido a la relativa decadencia de la influencia de Estados Unidos en la región.


Traducción: Ramón Vera Herrera

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Revuelo por la ejecución de un clérigo

El gobierno de Arabia Saudita decidió ayer romper relaciones diplomáticas con Irán tras el asalto de anoche a la embajada saudí en Teherán y su consulado de la ciudad de Mashhad, que se produjo como respuesta a la ejecución.

La ejecución del clérigo chiíta opositor Nimr Baqir al Nimr por las autoridades de Riad ha disparado la tensión entre Arabia Saudita, por un lado, e Irán y los chiítas de Oriente Medio, por otro, que ya se enfrentan en varios conflictos en la región. El gobierno de Arabia Saudita decidió ayer romper relaciones diplomáticas con Irán tras el asalto de anoche a la embajada saudí en Teherán y su consulado de la ciudad de Mashhad, que se produjo como respuesta a la ejecución, anunció el ministro saudí de Asuntos Exteriores, Adel al Yubeir. En una rueda de prensa, Al Yubeir añadió que el embajador iraní y el resto del personal diplomático en Riad tienen 48 horas para salir de Arabia Saudita.

Horas antes, el líder supremo Ali Jamenei, condenó la muerte del clérigo chiíta disidente y amenazó a los políticos saudíes con que pagarán por ello. Jamenei dijo que "sin lugar a dudas, el injusto derramamiento de la sangre de este mártir inocente, actuará de forma rápida y los políticos saudíes se enfrentarán a un castigo divino", señaló en su página web oficial.

En Irak, la máxima autoridad chiíta del país, Ali al Sistani, calificó la ejecución de "injusticia y agresión". Asimismo, el primer ministro iraquí, Haidar al Abadi, señaló en un comunicado que recibió con "todo pesar y gran sorpresa" la ejecución del clérigo chiíta. Además, precisó que los derechos humanos garantizan la opinión y la oposición pacífica, que a su vez están protegidas por la sharia (ley islámica) y las leyes internacionales. Por ello, según Al Abadi, violar esos derechos "tendrá una influencia en la seguridad, la estabilidad y la cohesión social de los pueblos de la región".

El grupo chiíta Asaib Ahl al Haq (Liga de los Justos) pidió a las autoridades iraquíes que ejecuten a los condenados sauditas y extranjeros por terrorismo en el país, en respuesta a lo sufrido por Al Nimr. En el Yemen, el movimiento rebelde chiíta de los hutúes, contra el que Arabia Saudita interviene militarmente en el país, se sumó a las condenas y tildó la actuación de Riad de "crimen atroz".

El Consejo Político de los hutúes, órgano ejecutivo del grupo, dijo en un comunicado que esa ejecución "se produce en el contexto de las tendencias y políticas imprudentes en la zona" de Oriente Medio por parte del gobierno saudí. Este nuevo suceso puede aumentar la intensidad del conflicto en el Yemen, donde una coalición árabe-sunnita liderada por Arabia Saudita bombardea a los hutúes, supuestamente apoyados por el régimen chiíta de Teherán.

En el Líbano, el líder del grupo chiíta libanés Hezbolá, Hasán Nasralá, acusó ayer a Riad de haber desvelado su "verdadera cara despótica, criminal, terrorista y takfirí (sunnita radical)", tras la ejecución de Al Nimr. "La ejecución de Al Nimr es un crimen grave cometido por la familia de los Saud (reinantes en Arabia Saudita) y tendrá repercusiones en el mundo y más allá", añadió Nasralá en un discurso retransmitido por la televisión Al Manar, que pertenece a Hezbolá.

En Barhein, cuya población es mayoritariamente chiíta pero está gobernada con mano de hierro por una monarquía sunnita, se registraron hoy nuevos enfrentamientos entre manifestantes y las fuerzas de seguridad, que provocaron decenas de heridos. Además, Sayed Yusef al Mahfada, del Centro de Barhein por los Derechos Humanos, dijo que la ejecución de Al Nimr va a tener repercusiones y va a fomentar los conflictos sectarios en la región. "Los discursos del clérigo siempre han llamado a la paz y a la unidad entre los sunnitas y los chiítas, pero, a pesar de eso, fue ejecutado mientras que otros que incitan al sectarismo están libres en Arabia Saudita", aseguró.

Por otra parte, Amnistía Internacional condenó la muerte de Al Nimr y las otras 46 ejecuciones y añadió que con ello buscan "aplastar" la disidencia y "saldar cuentas". AI destacó la presencia del clérigo y otras tres figuras chiítas entre los sentenciados, así como la condena de Al Nimr en un juicio "político" y "sumamente injusto" en una corte especial del reino saudita.

Anoche, grupos de manifestantes en Teherán y la ciudad iraní de Mashhad atacaron e incendiaron la embajada y el consulado saudíes en protesta por la muerte de Al Nimr, lo que fue condenado ayer por la Liga Arabe y otros países de la región de Oriente Medio. Cuarenta sospechosos de participar anoche en ese asalto e incendio fueron detenidos ayer, informó el fiscal de la capital iraní, Abas Yafari Dolatabada.

Publicado enInternacional
Sábado, 28 Noviembre 2015 16:55

El poeta, el fotógrafo, el piloto y el monje

Fotógrafo: Ashraf Fayadh

Un poeta ha sido condenado a muerte. Si la sentencia se cumple, Ashraf Fayadh será decapitado en Arabia Saudita por cargos de apostasía. El proceso ya lleva más de dos años y comenzó mientras la obra de Fayadh estaba expuesta a ojos del mundo en la Bienal de arte de Venecia. En 2013 un hombre lo denunció ante el comité para la promoción de la virtud y la prevención del vicio, que lo fue a detener a un café donde –dijo el chivato– el poeta acababa de proferir comentarios ofensivos contra el profeta Mahoma, su dios, y el Estado. La sagrada trinidad de los potentados sauditas.

Ochocientos latigazos fue la primera sentencia, emitida un año más tarde, continúa Human Rights Watch, que tuvo acceso al expediente. Pero ahora la pena fue aumentada y de los azotes se pasó a la decapitación, condena que Ashraf Fayadh tiene hasta el 20 de diciembre para apelar.


Los antecedentes corren en su contra. No los del acusado. Los del gobierno que lo acusa. En lo que va del año Arabia Saudita ha ejecutado a 152 personas, casi siempre mediante decapitaciones públicas. Contra toda lógica, salvo la de la inasible "comunidad internacional" y las bizarras alianzas de Occidente, un delegado saudita preside el Comité de expertos del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas.


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La Bienal de Venecia ha sido para quienes trabajan con el arte contemporáneo, lo que Ciudad de México para los periodistas que denuncian el poder de los gobernantes locales ligados al narcotráfico. En los Jardines, en el Arsenal, o en los pabellones desplegados en los antiguos palacios reciclados en provisorias galerías, se ha venido fustigando, bienio tras bienio, con las armas de la belleza o la provocación, la trata de personas, el sometimiento de las minorías, las injusticias económicas, la guerra, la violencia contra la mujer. Una Atlántida aislada del tiempo que parecía ser una escafandra que protegía el cuello de los que se sumergían en las fétidas aguas de lo real.
Algo similar pasaba con Ciudad de México.


El conteo permanente de periodistas asesinados en "el interior" se detenía cuando buscaban refugio en ese ambiente más cosmopolita y más amparado, relativamente, por el imperio de la ley.
Sin embargo, ocurrió.


A mitad de este año el fotógrafo Ruben Espinosa, de la revista Proceso, que había huido a la capital por temor a las represalias del gobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, fue asesinado junto con otras cuatro personas en un barrio del Distrito Federal. Pocos meses han pasado y este viernes 20, con la condena a muerte de Ashraf Fayadh en su país, participar en la Bienal de Venecia comenzó a perder su carácter de escudo protector.


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En 2013, en el viejo depósito de los importadores de sal de Dorsoduro, se presentó, como evento colateral de la edición 55 de la Bienal, una muestra de artistas sauditas: Rizoma, generación en espera. Palabra, rizoma, que en la antigua Grecia se le daba a las raíces que se extendían en diversas direcciones, "desafiando la fuerza de la gravedad" (como si eso fuera posible), y que se entendió adecuada para describir "la vibrante escena cultural subterránea" del reino que custodia las dos ciudades más sagradas del Islam. Un trabajo de 26 jóvenes artistas que incluyó una serie fotográfica construida alrededor del poema "En un lugar frío y seco", de Ashraf Fayadh.


"Tengo el desencanto atravesado en la garganta como una espina de pescado", decía el texto, presentado en inglés y en árabe. Y en un eco dariano: "suerte es la de las plantas, que no disponen de sistema nervioso". Porque "somos objetos opacos que nos movemos en una esfera opaca que cuelga del espacio" y en esa opacidad, la mente del poeta escapa "y se desvanece como el humo en un cuarto bien ventilado". Es que nada es claro, ni siquiera la luna, de "detalles confusos y camuflados" como si en vez de un satélite bien definido fuese "una pastilla efervescente nadando en el agua de medio vaso vacío".


Junto al poema se exhibieron fotografías tomadas por el propio Ashraf Fayadh y publicadas en su cuenta de Instagram ("porque Internet es nuestro oxígeno", se dice en los materiales de Rizoma...). Caminos polvorientos. Puentes de hormigón. Un árbol desolado rodeado por una guirnalda de luces. Figuras solitarias perdidas en medio de un paisaje, a veces rural, a veces urbano, pero siempre expulsivo y hostil. Un auto abandonado en una banquina. Columnas y cables del tendido eléctrico.


Junto a la voz de Ashraf Fayadh, la propuesta visual del resto de las 26 jóvenes voces de esa "generación en espera". Un Yoda de la Guerra de las galaxias junto con un jeque de cera representando al país ante Naciones Unidas. Una mujer con niqab, velo integral que la cubre de pies a cabeza, llevando con naturalidad unas orejas de Mickey. Otra mujer, con una túnica y un velo que le deja la cara a la vista, donde porta, como un bozal, una máscara antigás color fucsia. Dos mujeres de niqab destruyendo un enorme televisor a golpes de pala. Y una mezcla general de claustrofobia, por lo que no se puede, y alivio, por poder asomar la cabeza al menos en esa burbuja véneta de respiración asistida.
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Hubo defensa de organizaciones de derechos humanos y colectivos artísticos, especialmente amplificada en Gran Bretaña donde la escena local tiene muchos lazos con el núcleo saudita al que pertenece Ashraf Fayadh. Más allá de esto, el "mundo", sea lo que sea que eso signifique, está demasiado atareado como para levantar su voz por "un poeta menor de la antología", dijera Borges. La ocupación principal del momento es contener la respiración mientras se dilucida qué hará Rusia con el derribo de uno de sus aviones a manos de Turquía, país miembro de la Otan.


Ankara dice que reaccionó a la violación de su espacio aéreo. Moscú dice que nunca entraron. Las versiones medianamente independientes hablan de un ingreso de un máximo de 30 segundos –hay quien dice 17– y del avión abatido cuando ya estaba saliendo o afuera. Para justificar cada postura se han dibujado variados mapas, pero tampoco la cartografía es inocente. La Bbc británica, por ejemplo, en su sitio en español mostraba este miércoles 25 un croquis de la pequeña franja de tierra turca que habría atravesado el Su-24 ruso, y el lugar del impacto del misil, ya en terreno de Siria. El sitio en inglés de la Bbc muestra el mismo croquis, sólo que omite el dato de dónde fue que el misil turco golpeó al avión.


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Hace once años, Brecha publicó la crónica de un encuentro en un monasterio de Montenegro con un monje ortodoxo, Miroslav, que pronosticaba una guerra entre Rusia y Turquía que devolvería Constantinopla a "la Cristiandad".


Después del derribo del Su-24 las redes sociales rusas hicieron de "puñalada por la espalda", como calificó el incidente Vladimir Putin, una de las frases más repetidas. A la vez, varios rusos comenzaron a subir imágenes guerreristas dirigidas a los turcos, con quienes han cruzado armas en más de una ocasión a lo largo de la historia.


Una de esas imágenes, muy alejada de las intenciones del Kremlin, que al menos hasta este miércoles 25 se había comportado de manera extremadamente responsable, mostraba la iglesia de Santa Sofía ya sin los minaretes que le añadió la conquista turca de Estambul. Con la foto una fecha: 1453, el año del tiempo detenido de los cristianos ortodoxos más nostálgicos. El año de la caída de su ciudad sagrada, capital de la segunda Roma que Miroslav sueña con recuperar. "Porque Moscú es la tercera Roma, y una cuarta ya no habrá".
Refiriéndose a este lema y a los jinetes de la Guerra Fría a los que este diferendo Rusia-Otan podría insuflar de mayores bríos, el mexicano Carlos Fuentes escribió en 2008: "Quienes leemos la historia a través de las culturas mantenemos la fe en el alma de los Estados Unidos –Melville, Dickinson, Faulkner– y en el alma de Rusia –Pushkin, Dostoievski, Pasternak–. Ésta es la Roma de la cultura y nos pertenece a todos".


La reciente premio Nobel de literatura, Svetlana Alexiévich, no estaría de acuerdo. Al menos en un nombre. Demasiada retórica guerrera hay en Pushkin, dice. Para Alexiévich todo se reduce a que un día deje de parecernos normal un humano asesinando a otro humano.
Sea decapitado en una plaza de Arabia Saudita por supuesta apostasía, sea al caer en paracaídas en la frontera turco-siria derribado por el tecnicismo de si un avión estuvo algunos segundos de un lado u otro de una minúscula porción de mapa.
O abajo, en las aldeas que ese avión, o un avión como ese, venía de bombardear.

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