Miércoles, 04 Febrero 2015 06:38

Más cruel que Gengis Kan

Más cruel que Gengis Kan

Así que lo quemaron en el fuego del infierno. Eso es lo que el Estado Islámico quería mostrar al mundo. Una crueldad al estilo Gengis Kan.


Primero el Estado Islámico obligó a los jordanos y a los japoneses a reconocer su poder –ofreciendo un periodista japonés como señuelo de negociaciones– y luego mostró al rey jordano y al primer ministro japonés lo que pensaba de ellos.


Los jordanos habían demandado pruebas de que el teniente Muath Kasaesbeh estaba vivo. Y les dieron la evidencia de que lo estaba cuando fue conducido a su jaula de fuego. El ejército sirio pudo haber advertido al rey Abdalá lo que podía esperar: meses atrás, el Isis prendió fuego a soldados sirios cautivos y luego asó sus cabezas en video. Y nadie dijo una palabra.


Para el rey Abdalá, quien había ofrecido a la fallida atacante suicida Sajida Rishawi en pago por la vida del teniente Kasaesbeh, podría haber alguna terrible ventaja en que hayan quemado vivo al joven piloto, sea que haya perecido mucho antes o no. Esas decenas de miles de musulmanes sunitas jordanos que exigían la libertad del teniente Kasaesbeh saben ahora lo que sus correligionarios musulmanes en Siria e Irak tenían en mente para él. Pero ¿quién entre los árabes no cuestionará también el costo de apoyar la guerra estadunidense contra el Estado Islámico?


En Occidente, donde casi hemos agotado los lugares comunes referentes al odio, describiremos esta versión de Isis de la ejecución en la hoguera como bárbara, abominable, inhumana, apocalíptica, bestial, etc. Los musulmanes podrían reflexionar en que entre los primeros versos del Corán hay una advertencia sobre el doloroso castigo que se infligirá a quienes sólo fingen creer, los monafaqin, que se mienten a sí mismos y no son creyentes verdaderos.


Desde luego, existen los verdaderos creyentes y los no creyentes. Pero también están los simuladores, quienes sufrirán –y aquí uso la más reciente traducción de Tarif Khalidi del libro sagrado del islam– un doloroso castigo. Del cual –y los clérigos del Medievo europeo estarían de acuerdo– los fuegos del infierno son lo más terrible.


Muchos musulmanes podrían ver en la terrible acción del Estado Islámico una pavorosa distorsión del mensaje de Dios. Porque es Dios quien debe infligir el castigo a los simuladores. Dios será el juez en el Día del Juicio. No Abú Bakr Bagdadi ni los miembros del Isis que filmaron la jaula y al pobre hombre retorciéndose en el tormento bajo el torrente de gasolina. Por supuesto, queda al mundo musulmán decidir sobre esta extraña interpretación, pero habrá montones de líderes despiadados –viene a la mente Bashar Assad de Siria, ahora que hemos concluido que sus enemigos son aún más horribles que él– que se beneficiarán de esta crueldad.


Mucho antes de que el Isis masacrara al ejército iraquí y a los chiítas de Irak, y pusiera en fuga a los pueblos cristianos y yazidíes, desmembraba los cuerpos de los partidarios del gobierno sirio y enviaba videos de su decapitación a sus familias antes de mostrarlos a un público que en su mayoría prefería mirar hacia otra parte. No es el Estado Islámico el que ha cambiado. Somos nosotros.


Nuestra intolerancia de los autócratas de Medio Oriente –de los Sisi y los Assad, de la monarquía hachemita, de los vacilantes príncipes del Golfo, incluso del supremo líder de Irán, el ayatola Jameini– está cambiando a la vista del califato. Todos deben volverse nuestros moderados una vez más, los que quieren unirse contra el terror, ahora que presenciamos los fuegos infernales en Raqaa y Mosul.


Para el Estado Islámico, sus enemigos musulmanes deben ser, por definición, traidores a la fe. Y por eso podríamos leer la traducción de Khalidi con especial cuidado. "Y si alguien les dice, 'No siembres la discordia en la tierra', contestarán: 'Sólo buscamos unir a la gente'. Que es lo que dicen los moderados, desde luego. Y el pobre teniente Kasaesbeh en su agonía.


Traducción: Jorge Anaya

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Viernes, 30 Enero 2015 10:24

La islamofobia y el islamofascismo

La islamofobia y el islamofascismo


Disculpen la enésima paráfrasis, pero hay nuevos fantasmas que recorren Europa.

Bueno, no tan nuevos, pero después de los ataques en París rondan recargados de fuerzas nuevas, dominando la agenda oficial.

Y sus nombres son: la islamofobia (cuyo trato varía desde ninguneo, verdadero motivo de preocupación, hasta una legítima reacción a la amenaza musulmana) y el islamofascismo (léase: fundamentalismo/yihadismo).

Era de esperar. Algo de veras huele mal. Sólo que en las entrañas del mismo viejo continente, donde se descomponen la democracia liberal con su modelo de (no)representación política y el sistema capitalista-neoliberal, con su modelo de inclusión – pardon, exclusión– social.

Un fétido viento de racismo recorre Europa, escribe Shlomo Sand, académico israelí que vivió años en Francia, apuntando a inmigrantes musulmanes relegados a los peores empleos y a la vida en guetos ( Counterpunch, 16-18/1/15).

Alain Gresh, de Le Monde diplomatique, es aún más categórico: Islamofobia empieza a ser un racismo no declarado del Estado francés ( Middle East Eye, 14/1/15). Solo el premier Manuel Valls no está enterado: para él no existe islamofobia; es un término del que abusan los apologetas del islam para acallar las legítimas críticas a esa religión (sic), dice colgándose del debate suscitado hace tiempo por Salman Rushdie (véase: The Atlantic, 16/1/15).

¡Qué chulo! Algo que con el... antisemitismo –recordemos–, un término del que abusan los apologetas de Israel para acallar las legítimas críticas al sionismo (pero que sí existe).

¡Doble estándar at its best!

Algo de lo que pecaba también... Charlie Hebdo (sic) nutriéndose de asociaciones fáciles islam/terror, cuando ya nadie se atreve a hacer lo mismo con el cliché judaísmo/dinero (Sand dixit).

No es el único cambio: hoy islamofobia –reconocida por la ONU como una forma de racismo (¿ve, monsieur Valls?)– parece sustituir al antisemitismo (mejor: antijudaísmo) en su papel sistémico de un recipiente vacío para depositar el descontento por la crisis económica y el avance del capital.

También funciona en otros niveles:

a) Como herramienta del imperialismo post-89 (en vez de anticomunismo), mecanismo estratégico de odio y deshumanización de los musulmanes; b) parte del discurso antiterrorista post-9/11 y del aparato represivo interno (Arun Kundnani, The muslims are coming!: islamophobia, extremism, and the domestic war on terror, 2014), y c) bandera de xenofobia –otra vez en lugar de antijudaísmo–, hoy centrada en los migrantes-musulmanes, un cuerpo extraño en la civilización judeo-cristiana (¡sic!), que sustituye el enfoque biológico nazi por uno cultural (Pegida/Alemania, Frente Nacional/Francia, etc.).

Uno de los motivos de François Hollande para abrazar el nuevo papel de presidente de guerra (bueno, no tan nuevo: miremos la escala del intervencionismo francés...) es controlar y gobernar estos miedos (y neutralizar la base del FN). Pero así sólo le tiende la mano al fascismo –según Jacques Rancière, no hace falta que el FN despliegue una estrategia determinada: el Estado ya lo hace por ellos– y cava cada vez más honda la tumba de la socialdemocracia.

Leída en esta clave la nueva novela del islamófobo confeso Michel Houellebecq – Sumisión (2014)..., lo que en árabe quiere decir islam– cuya primera edición coincidió con los atentados, resulta bastante interesante. Su distopía –donde el país se convierte en un régimen islámico tras las elecciones en 2022– puede desarrollarse solo en una Francia como la de hoy: gobernada por la socialdemocracia agonizante, sumergida en el marasmo, sin una verdadera izquierda, dónde el único elemento vital son los identitarios y/o religiosos.

Pero para que no quede duda acerca de su reaccionismo, Houellebecq no abandona el papel de vocero de la ideología: Islamofobia no es una forma de racismo, repite ( El País, 8/1/15). ¿Y el islamofascismo? Igual que islamofobia, es producto del cambio post-89.

Acuñado en Gran Bretaña, fue popularizado en Estados Unidos por Christopher Hitchens, llegando a ser parte del discurso del mismo George W. Bush, que legitimaba su guerra al terror usando la ecuación fundamentalismo=totalitarismo y metiendo en el mismo saco a Al Qaeda, Hermanos Musulmanes o Hamas, herederos de nazismo y comunismo a la vez –¡sic!– (Stefan Durand, en: Le Monde diplomatique, ed. polaca, 10/06). También hoy sigue siendo la herramienta del imperialismo para justificar las intervenciones en cualquier sociedad retrógrada (Alex Callinicos, en: Socialist Worker, 13/1/15).

En este sentido, extraña que ante la a-histórica táctica de nazificiación del enemigo sucumbiera también –como Hitchens– Umberto Eco, que habla de ISIS como nuevo nazismo ( La Jornada, 9/1/15).

De veras: ni ISIS ni Al Qaeda –laxas redes y alianzas– tienen nada del fascismo/nazismo si recordamos bien sus orígenes y anatomía (véase: Enzo Traverso, La violencia nazi, una genealogía europea, 2003).

Lo más cercano fueron tal vez Saddam o Kadafi ( vide: el aparato estatal, etc.), removidos, de hecho, por Occidente para abrir el campo a... los mismos dizque islamofascistas, o incluso hoy Erdogan en Turquía (véase: Telesur, 26/1/15).

Pero islamofascismo funciona también como parte del discurso crítico que apunta al vacío dejado por la izquierda secular en Medio Oriente y ocupado por fascistas religiosos (véase: Slavoj Zizek, en In These Times, 23/8/13), análisis que aplica también al auge de la derecha y falta de la izquierda en Europa.

Como en Francia, atrapada entre los neo-pétainistas con su islamofobia y los islamofascistas (fundamentalistas –o musulmanes en general– cuyo peso político es muy exagerado), ambos síntomas de la crisis de la democracia liberal. Houllebecq puede tener razón caricaturizando la condición actual de Francia, pero se equivoca en su visión del futuro (que sólo calienta la campaña del FN); si todo sigue igual, el próximo presidente no será un musulmán, sino un fascista. Por más atentados yihadistas en el suelo europeo, la verdadera amenaza para el viejo continente siempre fue –y sigue siendo– la extrema derecha.

*Periodista polaco

Twitter: @periodistapl

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Jueves, 29 Enero 2015 15:11

Libertad de expresión y tolerancia

Libertad de expresión y tolerancia

El caso Charlie Hebdo nos recuerda lo poco que en general problematizamos respecto de las cuestiones vinculadas a la libertad de expresión, y en especial, lo poco que se forma y se debate sobre libertad, derechos humanos, tolerancia y secularización. Tal vez por ello nadie parece entender lo que está pasando.

 

El asesinato de los periodistas de Charlie Hebdo ha disparado todo tipo de análisis, al punto de poner varios conceptos relativos a la libertad de expresión en el debate global. Irónicamente, los periodistas silenciados han desatado la posibilidad de hablar sobre el significado de la libertad de expresión a lo largo y ancho del mundo, tal vez como nunca antes. Esto nos recuerda lo poco que en general problematizamos respecto de las cuestiones vinculadas a la libertad de expresión, y en especial lo poco que se forma y se debate con los más jóvenes sobre libertad, derechos humanos, tolerancia y secularización.


Tal vez por ello nadie parece entender lo que está pasando. Brevemente, parece buena cosa repasar las funciones que cumple la libertad de expresión en una sociedad democrática, la cuestión sobre sus límites y si, como algunos han llegado a proponer, sería sensato limitar los discursos ofensivos hacia las creencias religiosas, en aras de fomentar la tolerancia.


La libertad de expresión es central en una sociedad democrática porque permite desarrollar el pensamiento individual, debatir ideas, buscar y difundir información. En definitiva posibilita a cada uno buscar su estilo de vida, y en algún punto "su" verdad. Pero la libertad de expresión tiene también una dimensión colectiva y social. La protección de otros derechos no es posible sin la libertad de buscar, difundir y recibir información. ¿Cómo podríamos asociarnos por cualquier causa legítima, defender los derechos sindicales, protestar, hacer docencia, periodismo, humor, arte en todas sus manifestaciones, sin un ambiente respetuoso de la libertad de expresión?


Por ello, la libertad de expresarse sin barreras es el principio general. Al análisis hay que sumar que los instrumentos internacionales protegen algunos discursos en forma privilegiada o reforzada: los asuntos de interés público y de gobierno, las personas públicas, los funcionarios y todo aquello que busca o merece formar parte del espacio público caen bajo la crítica abierta, porque esos discursos tienen una protección especial. En ese marco, las creencias que movilizan a millones de fieles y en cuyo nombre se promueven comportamientos, conductas y causas compartibles o condenables, son objeto también del derecho que tienen las personas a manifestarse a favor o en contra, a criticarlas o incluso a ridiculizarlas.


Promover una sociedad abierta al debate y sin cortapisas no significa convocar a la intolerancia. Todo lo contrario, las sociedades abiertas, tolerantes y seculares son aquellas que están en condiciones de promover el multiculturalismo, aunque la convivencia no sólo es una cuestión de libertad de expresión, también requiere igualdad económica y social, integración y otras decisiones de política pública no menores.


La libertad de expresión tiene dos vías: puedo expresarme pero también debo soportar la crítica en el espacio público. No olvidemos que quienes hoy combaten el humor ofensivo también utilizan las leyes de blasfemia para suprimir los puntos de vista de otras minorías religiosas, los creyentes disidentes y los no creyentes, como ya han denunciado más de una vez los relatores de libertad de expresión de todos los sistemas de protección de los derechos humanos.


Se ha dicho que los periodistas asesinados provocaron la barbarie con sus blasfemias. No lo creo. Es igual a decir que la mujer provocó al violador porque usaba minifalda o que los disidentes en cualquier parte merecen la cárcel o la muerte porque son subversivos. En última instancia, la blasfemia no debería ser nunca una conducta criminalizada, porque también las religiones y sus dirigentes están sujetos a ser cuestionados y criticados en un Estado de derecho que garantiza estas libertades. Pero sobre todo las religiones, por tratarse de creencias, no tienen una reputación o un honor que proteger.


Es cierto que no hay derechos absolutos. La cuestión pasa por definir el límite a la libertad de expresión para los casos en los que está involucrada la religión o las creencias de las personas. Ese límite debe buscarse en los discursos de odio que incitan a la violencia o a la discriminación en razón de un credo o religión. El espacio de esta columna no alcanzaría para definir cuáles son las condiciones que distinguen un discurso irreverente y ofensivo de aquel que incita al odio y a la violencia. No creo que viñetas –ya sean de buen gusto o mal gusto, contra políticos, deportistas, artistas o religiosos– alcancen para caracterizar un discurso como de odio o violencia.


Finalmente, no le podemos pedir a la libertad de expresión que resuelva todos los problemas de convivencia. Seguramente Occidente enfrenta un desafío mayor con respecto a la integración de amplios sectores que profesan el islam, y los propios creyentes de esa y otras religiones deberían reconocer que tienen problemas, entre otros con los derechos de diversos grupos históricamente discriminados, como es el caso de las mujeres, las personas gays, lesbianas, transexuales o intersexo, las otras minorías religiosas o la educación laica, por poner sólo algunos ejemplos.


Por ello, el terrible caso de Charlie Hebdo también renueva la necesidad de promover la separación del Estado de cualquier iglesia (católica, musulmana, judía o umbandista, la que sea), como complemento de la libertad de expresión.
La laicidad permite a cada cual profesar sus ideas y no inhibe que el creyente defienda las suyas, pero el Estado no debería asumir ninguna confesión, tan sólo garantizar la libertad de cultos y buscar la integración en la tolerancia. Los terroristas fueron a la escuela en Francia, pero no incorporaron la libertad y la tolerancia que caracterizan al país que los recibió. Los mantuvieron y se mantuvieron al margen, en una especie de gueto cultural, y no asumieron que la libertad de expresión y el secularismo son valores centrales para una sociedad abierta, lo mismo que la igualdad de género y la no discriminación por cualquier motivo (raza, sexo, nacionalidad).
Aunque el conflicto parezca lejano, también deberíamos preguntarnos qué pasa en la educación uruguaya con estos temas. Tengo un hijo adolescente y no he visto que sean temas centrales en la educación de Uruguay.

Hemos confundido laicidad con omisión. La escuela no se mete en problemas y por eso no habla de nada de lo que pasa en el mundo real, ni nada que pueda tener tanto que ver con las personas como los derechos humanos o la importancia de la libertad de expresión y la tolerancia. Sencillamente se ignoran.
Como leí en alguna de las tantas columnas que se han escrito por estos días: no comparemos el grafito de un lápiz con el plomo de las balas..., no es lo mismo. No hay justificación para las causas atroces, sólo hay explicaciones.


Por Edison Lanza, relator especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

 

Apostillas


En Estados Unidos, "si a alguien se le hubiera ocurrido publicar en algún campus una revista como Charlie Hebdo no hubiera durado ni 30 segundos", escribió la semana pasada en el New York Times el editorialista David Brooks. "Los propios estudiantes lo hubieran acusado de proferir un discurso de odio y las autoridades la hubieran cerrado", apuntó. La tradición satírica existe, por supuesto, en el país, pero está lejos de parecerse a la francesa, que remonta a siglos, y en materia religiosa prevalece "una mezcla de autocensura, causas históricas y respaldo explícito a la religión de parte de la sociedad", dijo a su vez el profesor de ciencias políticas Robert Speel a la agencia Afp: "Yo hago un curso sobre la laicidad en Francia y en las discusiones los estudiantes se oponen en nombre de la libertad de religión a leyes francesas que prohíben el porte del velo" o la exhibición de signos de pertenencia religiosa en lugares públicos. De hecho, esos tabúes culturales operaron para que no hubiera medio de comunicación en Estados Unidos (como tampoco en Gran Bretaña, donde operan principios similares ligados al modelo "multiculturalista" de integración entre comunidades) que publicara las caricaturas de Charlie Hebdo.
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Ayer jueves en Madrid comparecía ante un tribunal que juzga delitos de terrorismo el humorista Facundo Díaz, animador de La Tuerka News, un programa cómico en formato digital promovido por el partido político Podemos. "Facu", como lo llaman, había aparecido encapuchado ("cual etarra") anunciando la disolución del Partido Popular como consecuencia de escándalos de esos que pululan en la península. El gobierno español –que elevó al parlamento una ley que limita, por la vía de sanciones económicas híper gravosas, la expresión de ideas que puedan ser tachadas de apología del terrorismo, y ahí entran incluso llamados a manifestaciones contra bancos, por ejemplo– consideró que Facu había "humillado a las víctimas del terrorismo". "Llevar a un humorista a un tribunal que juzga a terroristas es un sketch en sí mismo", dijo Facu. Mariano Rajoy, el jefe del gobierno español, estuvo en la marcha de París del domingo pasado invocando la defensa de la libertad de expresión.
También marcharon en París representantes del gobierno de Egipto. El mismo domingo, una corte de ese país condenaba a un ciudadano a tres años de prisión por haber dicho en Facebook que era ateo. Tres periodistas de la cadena Al Jazeera están presos en El Cairo y decenas de otros denunciaron persecuciones.
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A una "marcha de luto" por los asesinatos de París convocó en la ciudad alemana de Dresde el movimiento de ultraderecha Pegida, que se opone a la "islamización de Occidente" (véase Brecha de la semana pasada). Caricaturistas franceses y alemanes consideraron que Pegida "representa todo aquello contra lo que luchaban" sus colegas de Charlie Hebdo y llamaron a que nadie que piense así pueda "evocar la memoria" de los dibujantes muertos.
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"Como editor pienso que fue extremadamente triste lo que sucedió con una publicación que representa la gran tradición francesa de la caricatura. Pero hoy tenemos que mirar adelante y tratar de pensar qué pasó y cuál debe ser la reacción. Hay que entender que cada día se está produciendo una masacre de esa magnitud en Irak y otros países del mundo árabe. Y esto ha sucedido gracias a los esfuerzos desestabilizadores de Estados Unidos, el Reino Unido y Francia. Francia ha participado en el suministro de armas en Siria, Libia y la recolonización del Estado africano de Mali. Esto ha estimulado el ataque, en este caso usando un objetivo fácil como Charlie Hebdo." (Declaraciones de Julian Assange, fundador de Wikileaks, a Página12, desde la embajada de Ecuador en Londres, donde está refugiado.)

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Desde el cable telegráfico hasta el Twitter, un proceso algo cómico

Decenas de afganos se manifestaron ayer en la ciudad de Kabul contra la publicación de caricaturas sobre el profeta Mahoma en la revista francesa Charlie HebdoFoto Xinhua


Tras escuchar mi punto de vista sobre Medio Oriente y mi habitual discurso indignado sobre Internet, los alumnos de la universidad St. Brendan, en Killarney, Irlanda, me dieron un regalo por demás apropiado: un trozo de cable, de casi ocho centímetros de grueso, para transmitir telegramas que el Islamabad del Gran Brunel Este tendió hace 147 años desde la costa del Atlántico, a las orillas de la isla Valentia –que entonces era británica–, hasta Heart's Content, en la bahía Trinity, en Newfoundland.


El interior de mi trozo de cable muestra su centro dorado hecho de cobre que servía de trasmisor, y que está forrado con gutta-percha –la resina de látex producida por árboles malasios y que se usaba como aislante–, cubierta a su vez de yute. Todo lo anterior está sujeto con alambre de acero. La labor de tender este cable a lo largo del fondo del mar recayó sobre un capitán de barco de la compañía Wicklow llamado Robert Halpin. Mi regalo está hoy montado sobre una placa hecha de la pizarra típica de la isla de Valentia.


El primer mensaje que se transmitió a través de este cable fue un editorial telegrafiado por The Times: Es un gran trabajo, decía la rimbombante nota con imperial convicción. Es una gloria para nuestra era y nación, y para los hombres que han logrado merecer un lugar de honor entre los benefactores de nuestra raza. Firman tratado de paz Prusia y Austria.


Dejo a los lectores la tarea de averiguar qué paz particular fue la que construyó la fantasmal infraestructura de la futura Alemania. El telégrafo por cable también se utilizó para dar noticias sobre la Gran Hambruna Irlandesa, el levantamiento de Pascua de 1916, y, desde luego, el tratado angloirlandés que separó 26 de los 32 condados de Irlanda de un reino y un imperio.


Pero volvamos al editorial del Times por un momento. Para estándares actuales es un exceso de grandilocuencia, pero en todo caso se trata de una entrada informativa llena de seguridad: cuatro verbos y los sustantivos trabajo, gloria, era, nación y honor. Ya no se encuentra algo así en el ciberespacio; aun cuando la frase sobre Prusia y Austria parece un encabezado contemporáneo, al dejar fuera la construcción fue firmado.


Al consultar mis archivos la semana pasada encontré una columna de opinión de 1973 de la revista Observer escrita por John Grigg, cuyo padre fue corresponsal del Times antes de convertirse en miembro del gobierno de Churchill. Conocí a Grigg hijo cuando escribía el volumen sexto de la historia oficial del Times. Él falleció hace 13 años, pero en esos días previos al correo electrónico Grigg despotricaba contra el efecto negativo de la televisión contra la corrección indiomática* y la aún más mortal influencia del teléfono. Grigg hijo aseveró que tendíamos a convertir todo en una perorata al hablar por teléfono, mientras por escrito teníamos más tacto y éramos más profesionales.


Escuchen, escuchen, digo yo. Grigg promovía la antigua y verdadera carta en papel que, sostenía, alentaba a la gente a escribir correctamente. Pero el efecto del teléfono se apropia de nuestros nervios y procesos de pensamiento. Esto es, ciertamente, muy extendido y negativo, afirmaba. Sospecho que esto mismo es lo que diría ahora sobre el correo electrónico, los mensajes de texto, Facebook o Twitter.


En cierto sentido el ciberespacio es una extensión del teléfono, no de la carta. El temor de Grigg a la televisión sería parte de la misma preocupación, pues la pantalla es el elemento constante y, por tanto, contribuye a un cierto grado de trastorno de déficit de atención. Yo estoy en contra de esas frases, pero el regalo de Navidad del escritor canadiense Michael Harris, que es el excelente libro El final de la ausencia, me convenció de que dichas frases tienen su utilidad. Harris sospecha, acertadamente, que la tecnología nos usa tanto como nosotros a ella. Sobre La guerra y la paz, de Tolstoi, señala: Leo dos páginas y luego reviso mi correo electrónico... y caigo en el abismo de la memoria.
Y el abismo de la memoria no tiene restricciones. El correo electrónico también es correo de odio; lo que solíamos llamar cartas con veneno, cuando se escribían en papel.


El cotidiano Alain de Botton's Philospher's Mail, sitio web que emplea los principios de la escritura a la antigua, señala: "La habilidad de publicar comentarios al final de una noticia online ha revelado algo inesperado de nuestros conciudadanos: la mayoría de ellos parecen ser bastante agradables y educados, pero luego los conocemos cuando hacen comentarios en línea y son muy diferentes: envidiosos, furiosos, vengativos, despiadados, sin capacidad para el perdón y muy cercanos a la locura".


Aún soy de la opinión de que el problema con esta locura proviene de la capacidad, que luego se vuelve necesidad, de expresarse en los extremos. Esto lleva de manera natural al reflejo irracional que atrae a un alma demente. Observen el efecto del ciberespacio en los combatientes islamitas (o asesinos); o bien, en dos ejecutivos de Hollywood que hicieron comentarios racistas sobre Obama el mes pasado. Uno de ellos dijo más tarde que se suponía que los comentarios fueran cómicos, pero que a la fría luz del día resultaron desconsiderados e insensibles, escritos con prisa, sin pensarlo mucho y olvidando toda sensatez.


Exactamente. Sin darse tiempo para pensar. Sin tiempo para reflexionar. Demasiada prisa. Y miren cómo se excusó el ingeniero Jordi Mir después de publicar en la red el video del asesinato a sangre fría, en París, del policía Ahmet Merabat, cerca de las oficinas de Charlie Hebdo. Aseguró que difundió el video en Facebook por miedo y debido a un reflejo estúpido –aquí vamos de nuevo– desarrollado tras varios años de estar en redes sociales. Estaba en un estado de pánico total, yo solo en mi departamento. Publiqué el video en Facebook. Ese fue mi error.


Esa fue su mejor explicación. Aseguró que lamentaba mucho haber ofendido a la familia de Merabat, pero el daño estaba hecho. El reflejo ya había hecho lo suyo. Desconsiderado e insensible, como dijo el ejecutivo de Hollywood. Muy cercano a la locura. Jordi Mir cayó al abismo de la memoria. La tecnología tuvo un efecto en su proceso de pensamiento, como hubiera dicho Grigg.


Esa es la alegría que se desprende del obsequio que me dieron los alumnos de la Universidad St. Brendan, porque a través de ese pedazo de cable las noticias y opiniones podrían transmitirse a una velocidad de sólo ocho palabras por minuto. Le daba a uno tiempo para reflexionar sobre palabras como gloria y honor. Le daba a uno tiempo para pensar.


Un mejor pronunciamiento para la actitud desafiante de Hebdo


En lugar de publicar más caricaturas pueriles del profeta, ¿no podía la edición de Charlie Hebdo, posterior a la matanza, llevar en su portada esta canción de alegría de Medio Oriente que hubiera confundido a más de una conciencia islamita?


Si crees que voy a dejar de beber en la estación de las flores, me niego. ¿Dónde está el músico?


Para que así todos los resultados de mis obras pías y de mi aprendizaje se apliquen al sonido del arpa y la flauta.
Me aburren las peroratas de las escuelas religiosas.


Sólo por un momento, quisiera hacerle un servicio a mi amada y al vino.


No temo ser juzgado, porque el Día del Juicio, con la gracia y la bondad de Dios, seré perdonado de 100 pecados.


La traducción la hizo un amigo. El autor es nada menos que el poeta persa del siglo XIV Hafez de Shiraz, quien, desde luego, era musulmán.



Traducción: Gabriela Fonseca

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Martes, 20 Enero 2015 14:33

Fascismo, liberalismo e izquierda

Fascismo, liberalismo e izquierda

"Las recientes vicisitudes del fundamentalismo musulmán confirman la vieja visión de Walter Benjamin de que 'cada ascenso del fascismo es testigo de una revolución fracasada': el auge del fascismo es el fracaso de la izquierda, pero a la vez una prueba de que había un potencial revolucionario, la insatisfacción, que la izquierda no fue capaz de movilizar", dice Zizek en esta columna.

[...] Las recientes vicisitudes del fundamentalismo musulmán confirman la vieja visión de Walter Benjamin de que "cada ascenso del fascismo es testigo de una revolución fracasada": el auge del fascismo es el fracaso de la izquierda, pero a la vez una prueba de que había un potencial revolucionario, la insatisfacción, que la izquierda no fue capaz de movilizar. ¿No se sostiene lo mismo hoy sobre el llamado "islamo-fascismo"? ¿El ascenso del islamismo radical no es exactamente correlativo a la desaparición de la izquierda secular en los países musulmanes? Cuando allá por la primavera de 2009 los talibanes se hicieron cargo del valle de Swat en Pakistán, el New York Times informó que diseñaron "una revuelta clasista que aprovecha las profundas fisuras entre un pequeño grupo de ricos terratenientes y sus arrendatarios sin tierra". Sin embargo, si por "aprovecharse" de la difícil situación de los agricultores los talibanes están "provocando alarma sobre los riesgos en Pakistán, que sigue siendo en gran medida feudal", ¿qué impide que los demócratas liberales en Pakistán, así como en Estados Unidos, se "aprovechen" de esta difícil situación y traten de ayudar a los campesinos sin tierra? La triste consecuencia de este hecho es que las fuerzas feudales en Pakistán son el "aliado natural" de la democracia liberal.

 

Entonces, ¿qué pasa con los valores fundamentales del liberalismo: la libertad, la igualdad? La paradoja es que el liberalismo en sí no es lo suficientemente fuerte como para salvarlos de la embestida fundamentalista. El fundamentalismo es una reacción –una falsa, desconcertante, reacción, por supuesto– en contra de un fallo real del liberalismo, y es por ello que una y otra vez ha sido generado por el liberalismo. Abandonado a sí mismo, el liberalismo lentamente se socava a sí mismo; lo único que puede salvar sus valores fundamentales es una renovada izquierda. Para que este legado clave pueda sobrevivir, el liberalismo necesita la ayuda fraterna de la izquierda radical. Esta es la única manera de derrotar al fundamentalismo, de barrer el suelo bajo sus pies.


Pensar en respuesta a los asesinatos de París significa dejar caer la autosatisfacción de suficiencia de un liberal permisivo y aceptar que el conflicto entre la permisividad liberal y el fundamentalismo es en última instancia un falso conflicto, un círculo vicioso de dos polos que se generan y presuponen mutuamente. Lo que Max Horkheimer había dicho sobre el fascismo y el capitalismo en 1930 –"aquellos que no quieren hablar de manera crítica sobre el capitalismo también deberían guardar silencio sobre el fascismo"– debería aplicarse también al fundamentalismo de hoy: "los que no quieren hablar críticamente sobre la democracia liberal también deben guardar silencio sobre el fundamentalismo".


(Fragmento de una columna publicada por este filósofo esloveno en el New Stateman de Gran Bretaña.)

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El terrorismo no se justifica con nada, pero se explica con todo

ALAI AMLATINA, 16/01/2015.- El mayor peligro que amenaza Occidente se encuentra en Occidente mismo: bastaría con recordar que si la democracia, la lucha por las libertades individuales y por los Derechos Humanos son bien occidentales, no menos occidentales son la censura, la persecución, la tortura, los campos de concentración, la caza de brujas, la colonización por la fuerza de las armas o del capital, el racismo, etc.

Como bien enseña la historia, dos enemigos que se combaten ciega y obsesivamente uno a otro tarde o temprano terminan por parecerse. Más o menos eso fue lo que ocurrió durante la llamada Reconquista en España. Solo que por entonces la tolerancia política y religiosa era bastante más abundante en la España islámica que en la católica. La idea y la práctica de que judíos, cristianos y musulmanes pudieron vivir y trabajar juntos por mucho tiempo resultaron inaceptables para la nueva tradición que siguió a los reyes católicos. Luego de la expulsión de moros y judíos en 1492 siguieron sucesivas limpiezas étnicas, lingüísticas, religiosas e ideológicas.

Volviendo al presente vemos que una reciente encuesta muestra que el 62 por ciento de los alemanes no musulmanes considera que el Islam es incompatible con el "Mundo occidental", lo que demuestra que la ignorancia no es incompatible con Occidente tampoco. No hace un siglo una amplia mayoría pensaba lo mismo de los judíos en Alemania y en Estados Unidos se temía por el peligro inminente de una invasión de católicos fanáticos cruzando el Atlántico hacia la tierra de la libertad. La encuesta es publicada por el Wall Street Journal bajo un titular que dice: "Alemania se replantea el lugar del Islam en su sociedad". Titulares semejantes abundan por estos días. Es como si por la existencia del Ku Klux Klan un diario publicara en primera plana: "Estados Unidos se replantea el lugar del cristianismo en su sociedad". Es este tipo de ignorancia que pone en verdadero riesgo a (lo mejor de) Occidente, eso mismo por lo cual ahora los líderes del mundo se rasgan las vestiduras (y aprovechan, una vez más, otra perfecta oportunidad para sacarse fotos desfilando frente a las masas): la libertad de expresión en todas sus formas y la tolerancia a la diversidad.

Si fuésemos a medir objetivamente el peligro de actos barbáricos como los recientes en Paris, en términos matemáticos, claramente podríamos ver que las posibilidades de cualquier ciudadano de morir en un acto semejante son infinitesimales en comparación al real peligro de que alguien nos pegue un tiro porque le gusta nuestro auto o porque no le gusta como vestimos o nos expresamos. Las masacres diarias que en países como Estados Unidos o Brasil ocurren cada día son tomadas de forma tan natural que cada mañana en los informativos siguen al pronóstico meteorológico. Así como llueve o sale el sol, cada día unos tipos le pegan unos cuantos tiros a unos cuantos otros. Pero eso no es noticia ni escandaliza a nadie. Primero porque estamos acostumbrados; segundo porque los grupos en el poder social no pueden capitalizar demasiado ese tipo de violencia. Por el contrario, es un secreto negocio.

Ahora, si alguien mata a cinco o nueve personas y lo hace envuelto en la bandera del enemigo, entonces toda una nación y toda la civilización están en peligro. Porque para el poder no hay nada mejor que sus propios enemigos.

Claro, se podría argumentar que se trata de un problema de valores. Pero también aquí hay un grosero error de juicio. La repetida idea de que el Islam promueve la violencia, por lo cual es necesario limitar, sino excluir a sus seguidores, soslaya el hecho de esa religión tiene más de mil millones de seguidores y una infinitésima parte de ellos cometan actos barbáricos, incluidos los fanáticos del Estados Islámico. Por otra parte, leyes religiosas como la que manda ejecutar a pedradas a una mujer infiel no están en el Corán sino en la Biblia; en ciertos pasajes, la Biblia tolera y hasta recomienda la esclavitud y la sumisión y también el silencio de las mujeres. ¿Alguien acusaría al cristianismo de ser una religión racista, machista y violenta? Otra vez: no es la religión; es la cultura.

Pero la narrativa de la realidad es más poderosa que la realidad. Aquellos que identifican al Islam con la violencia no solo lo hacen por intereses tribales, por prejuicios raciales o culturales; también lo hacen porque desconocen o prefieren no recordar que las cruzadas que durante siglos arrasaron pueblos enteros en su camino de Europa a Jerusalén, es decir desde el mundo bárbaro hacia el centro civilizado de la época, no eran musulmanes sino cristianos, tan cristianos como cualquiera; que los inquisidores que torturaron y quemaron vivos a decenas de miles de personas durante siglos por el solo hecho de no observar el dogma, eran cristianos, no musulmanes; que las más recientes hordas del Ku Ku Klan son cristianos, no musulmanes; que Francisco Franco, Hitler y casi todos los sangrientos dictadores que en América Latina secuestraron, torturaron, violaron y mataron inocentes o culpables de disidencia solían concurrir a misa mientras la jerarquía eclesiástica de la época bendecía sus armas y sus acciones.

Pero seríamos intelectualmente bárbaros si basados en semejante pasado y presente terminásemos juzgado que el cristianismo es una religión violenta (así, en singular), una potencial amenaza para la civilización.

Los actuales actos de terrorismo islamista no son solo la consecuencia de un largo desarrollo histórico. Obviamente, deben ser condenados, perseguidos y sujetos de todo el peso de nuestras leyes. Pero seríamos mortalmente ingenuos si creyésemos que nuestra civilización está en peligro por ellos. Si está en peligro, es por nuestras propias deficiencias, que incluyen a los oportunistas reaccionarios que esperan las acciones del enemigo para expandir su control ideológico, político y moral sobre el resto de sus propias sociedades.

Para esa gente de nada importa que el policía asesinado por defender a Charlie Hebdo fuese un musulmán ni que también lo fuera el empleado de la tienda cosher que salvó a siete judíos escondiéndolos en el refrigerador del comercio. Lo que importa es limpiar sus países de "los otros", de los "recién llegados", como si los países tuviesen dueños.

El terrorismo no se justifica con nada, pero se explica con todo. Mirar a la historia, a más de un siglo de intervencionismos y agresiones occidentales en Medio Oriente no es un detalle; es un deber. Por dos razones: primero porque forma parte fundamental para entender el presente; segundo porque el pasado diverso demuestra, sin duda, que la violencia no es propiedad de ninguna religión sino de determinadas culturas en determinados momentos bajo determinadas condiciones políticas y sociales.

- Jorge Majfud es escritor uruguayo

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Siempre sí llegó Al Qaeda a la Torre Eiffel

Hace exactamente dos años alerté sobre la probabilidad de un operativo de Al Qaeda en la Torre Eiffel ( http://goo.gl/zxYln6 ) con base en "una entrevista de Michael Maloof, experto del Pentágono en la fase del bushiano Ronald Rumsfeld, al cada vez más imprescindible Russia Today ( http://goo.gl/iESPBm )", quien esclarece el empantanamiento de Francia y hasta presagia un epílogo trágico (sic) al presidente Hollande. Maloof pronostica que Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQIM, por sus siglas en inglés), a partir de sus reductos en Libia/Malí/Argelia, emprenderá ataques a Europa (¡supersic!).


Fue cuando inquirí premonitoriamente: ¿Al Qaeda en la Torre Eiffel?


El mismo día de la aparición del libro Sumisión ( http://goo.gl/fwujgu ) –significado de Islam: sea por la palabra del Corán, sea por la espada–, que vaticina el ascenso de un presidente mahometano en Francia en 2022, del provocador autor islamófobo hoy escondido Michel Houellebecq, fueron perpetrados varios atentados triplemente repudiables en ese atribulado país: 1) por constituir cobardes asesinatos de inocentes, sean quienes fueren; 2) por cobrar la vida de 12 periodistas del semanario satírico de izquierda Charlie Hebdo, y 3) por desatar una ola de islamofobia en Europa.
El motivo enarbolado por la narrativa unánime de los multimedia occidentales sería una venganza seriada por la profanación y caricaturización del profeta Mahoma, cuya efigie no es dibujable en la religión islámica de corte iconoclasta, en similitud al protestantismo cristiano en referencia a la imagen de Jesús.

La franquicia de Al Qaeda en Yemen reivindicó la autoría de la carnicería que los yihadistas del Estado islámico Daesh/ISIS/ISIL festejaron como héroes ( http://goo.gl/nPiwMP ).

Más allá de las simplistas motivaciones fabricadas por la narrativa políticamente correcta para la catarsis del consumo furibundo, caben dos adicionales hipótesis operativas: 1) si el encuentro inopinado hace un mes entre los presidentes Hollande y Putin en el aeropuerto Sheremétyevo de Moscú indispuso a alguien ( http://goo.gl/uYOyec ) y 2) si el exhorto hace una semana por el presidente galo de levantar las sanciones a Rusia no derramó la gota irascible del vaso logístico anglosajón en Ucrania ( http://goo.gl/driCGw ).


La procedencia rocambolesca de los yihadistas desde Yemen, la otrora Arabia Felix de los romanos, no es menor desde el punto de vista geopolítico: donde se libra una guerra civil teológica entre sunnitas (cercanos a Arabia Saudita) –60 por ciento de la población– y 40 por ciento de hutis/chiítas (apuntalados por Irán) en las fronteras del reino wahabita, principal superpotencia petrolera global que ya inició su delicado proceso sucesorio.


En Yemen –llave metafórica del superestratégico estrecho de Bab Al Mandab: la Puerta de las Lágrimas en el mar Rojo, que conecta el mar Mediterráneo y el canal de Suez con el océano Índico– operan tanto Al Qaeda, que recluta a los desposeídos jóvenes sunnitas desempleados, como los drones y los instructores de guerra de Estados Unidos (EU).


Sin esquivar la parte emocional dolorosa, no se pueden soslayar los datos estructurales que marcan las tendencias del choque de civilizaciones en curso promovido por el nonagenario israelí-británico-estadunidense Bernard Lewis y su fallecido seguidor mexicanófobo Samuel P. Huntington.


¿Por qué existen 6 millones de musulmanes en Francia, en su mayoría norafricanos árabes sunnitas?


Pues por un similar fenómeno al de los migrantes mexicanos –genuinos refugiados económicos– que debido a la globalización financierista y su outsourcing buscan empleo en los países del G-7 por carecer del mismo en sus propios países expoliados económicamente, cuando no bombardeados militarmente desde Afganistán pasando por Irak hasta Libia.


Los musulmanes representan 56 millones, 7.6 por ciento de Europa (¡sin Turquía!), donde prevalece el ocaso de la tercera edad que imita el declive demográfico y económico deflacionario de Japón.

Rusia, de lejos, ocupa el primer lugar con 27 millones de musulmanes, luego Francia (6 millones) y, en tercer lugar, Alemania (4 millones): una implosiva bomba demográfica que ya empezó a detonar y que alguien aprovecha.


¿Rusia es el verdadero objetivo en Europa del teledirigido estallido yihadista –en las versiones hollywoodenses de Al Qaeda y/o Daesh del Estado Islámico–, más que Francia y Alemania, o los tres, con el fin de impedir su interacción geoeconómica y geopolítica?

Hoy la verdadera revolución global es demográfica.

El perfil demográfico del mundo islámico, de 57 países de más de mil 800 millones de feligreses y, por reducción, del mundo árabe, de 22 países (sin contar a los saharauis) de 377 millones –que naufragan en su invierno seudorrevolucionario–, es similar al de México: 50 por ciento de la población eminentemente juvenil es menor de 24 años.


Para los estrategas chinos la primavera árabe –similar al levantamiento juvenil de Hong Kong estimulado por National Endowment for Democracy (NED) y la CIA– fue un artefacto de EU para propiciar cambios de regímenes que avancen su agenda geopolítica.


Yemen cuenta con 26 millones de habitantes ( http://goo.gl/4bzpA1 ) cuyo 62 por ciento (¡supersic!) es menor de 24 años (de 0-14 años: 41 por ciento y de 15-24 años: 21 por ciento) y constituye un país disfuncional con uno de los peores PIB per cápita del planeta –mil 418 dólares: ranking número 187 de 228 países–, cuyos adolescentes carecen de futuro: verdaderos muertos vivientes que no tienen ya nada más que perder y se refugian en una adulterada interpretación de su muy respetable religión y son fácilmente reclutados por Al Qaeda y/o sus afines servicios occidentales de espionaje ( http://goo.gl/pIrXVJ ).


El choque de las civilizaciones de la dupla Lewis/Huntington desemboca ineluctablemente en más tragedias y no se vislumbra cómo pueda aniquilar a mil 800 millones de musulmanes, en su mayoría juveniles, de la faz de la Tierra.


Tampoco se puede eludir que Occidente practica con cierta frecuencia los operativos de falsa bandera ( false flag), como el atentado de Bombay de 2008, que luego resultó imputable a los servicios secretos israelíes ( http://goo.gl/iaTJWe ), lo cual ridiculizó a los zelotes turiferarios del Mossad y avaló mi hipótesis primaria ( http://goo.gl/67Z0JW ).


En medio del dolor y del choque emocional que sufre la población francesa –lo cual favorece el ascenso de Marine Le Pen, del Frente Nacional, que ya se instaló en el año 732 de Poitiers con el legendario estadista franco Charles Martel– no es el momento elegante, políticamente incorrecto, para explotar los perturbadores agujeros negros desinformativos sobre los atentados de Al Qaeda en suelo galo.

Immanuel Kant, uno de los máximos filósofos de Occidente de todos los tiempos, catalogaba al Islam en el siglo XVIII –cuando no estaba en el horizonte el choque de civilizaciones– como la religión de la tolerancia.


¿Sufrió el Islam en el lapso de tres siglos una lamentable transmogrificación o fue el mismo Occidente que la padece por su insaciable expoliación geopolítica?

Esta es la pregunta que deben responder quienes anhelan el diálogo de las civilizaciones y su coexistencia universal.


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Miércoles, 07 Enero 2015 20:06

En el corazón de la Libertad

En el corazón de la Libertad

Lo ocurrido este miércoles en horas matutinas en Francia nos deja suspendidos en el limbo del horror y la incomprensión; del miedo, el hastío y el dolor. La posibilidad de que cada ciudadano, en pleno ejercicio de sus derechos, pueda convertirse en víctima de la violencia y el fanatismo nos hiela la sangre. Además, que este brutal hecho ocurriera en París, Francia, a plena luz del día, cuando tres extremistas vestidos de negro, portando fusiles Kalashnikov, entraron al semanario 'Charlie Hebdo' gritando 'Alá es grande', asesinando de manera fría y brutal a varios ciudadanos para luego salir con calma y rematar a un oficial del policía, le añade una carga tremendamente simbólica a una tragedia que anuncia, sin medias tintas, a lo que está abocada toda, toda la humanidad.


Los abismos ideológicos son sustituidos por el insalvable y fétido fanatismo. El odio irracional y el miedo desproporcional han hecho del mundo un lugar violento, despiadado e inseguro. No hay cámara, ni dron, ni ejercito capaz de contener o combatir la acción fantasma de las hordas fanáticas. Nadie está ni estará a salvo de los extremismos y las violencias; todos seremos sospechosos de algo, una amenaza que se debe conjurar llegando, incluso, a la violación sistemática de derechos y libertades, de esos mismos derechos y libertades que la Revolución Francesa proclamó, con guillotina y todo, en 1789.


Esta realidad criminal, no ajena a la histórica barbarie que ha marcado el paso de la especie humana por el planeta tierra, es más brutal, dirigida, extrema y difusa que nunca antes, y nos anuncia, sin contemplaciones, lo que se viene para el mundo entero. Ningún Estado, por homicida, tecnológico y brutal que sea, podrá garantizar la seguridad de sus ciudadanos ni el fin del terrorismo. Los que prometen seguridad son los mismos que proponen muerte y destrucción.
Las cosas han cambiado aunque siguen igual. Ya no son dos ejércitos perfectamente reconocibles, con dominio territorial y jerarquía definida, con pliegos de demandas y banderas de ocupación los que asolan las poblaciones; ahora son ciudadanos enfermos, seres anulados por el odio y la sed de venganza, seres carentes de raciocinio que diseminados por el mundo actúan como mercenarios enajenados, dispuestos a causar daño, dolor, muerte y violencia, a cobrar con sangre años de agresiones y deudas históricas, a dejar una estela de sangre y vergüenza en el mundo occidental y también oriental. No son soldados matando a otros soldados en campos de batalla; son extremistas silenciosos que se mueven de manera desapercibida por las calles, los cines y los barrios, que saludan y dan las gracias, que comparten silla en el metro o en el avión, que caminan con la mirada atenta y la cabeza gacha, listos para asesinar a ciudadanos inocentes, ajenos al mundo militar y a las guerras de dominación.


Cada ciudadano en razón de las políticas de un gobierno que no controla – al amparo de una útil fachada democrática- y sobre el cual su incidencia es mínima, se ha convertido en objetivo militar, en una víctima potencial de una guerra sinuosa, brutal e irracional. No hay punto de inflexión ni acuerdo posible; con el fanatismo no puede haber diálogo; la monomanía, la ausencia de reflexión lógica y la ausencia de racionalidad lo imposibilitan. Cualquiera puede ser un violento "justiciero", un potencial verdugo con capacidad para actuar de manera devastadora en cualquier lugar, cualquier día, a cualquier hora. Nadie estará a salvo de sus semejantes. La gente cerrara las puertas con cerrojo, cambiara de silla en el servicio público, denunciará a sospechosos sin tregua alguna por el sólo hecho de hablar árabe, kurdo o algún dialecto similar o derivado, mirará con desconfianza a su vecino y todos temerán por su vida. Una cacería de brujas se desatará, el miedo reinará y no habrá marcha atrás para el horror que sacude y seguirá sacudiendo a la humanidad. La palabra "Islam" que significa "paz" y "sumisión" y se interpreta como "aceptación y sometimiento ante Dios", hoy significa amenaza, terror, peligro, violencia y crueldad.


Un mensaje desolador

El mensaje tras los trágicos hechos ocurridos en Paris, es contundente; tan claro y desalentador que ya no hay espacio para la especulación ni para la esperanza.


Esta masacre, perpetuada a plena luz del día contra la prensa francesa y la libertad de expresión, posee una enorme carga simbólica difícil de ignorar: Francia, la tierra del pensamiento libre, de la revolución que convirtió a súbditos en ciudadanos con derechos, que puso fin al absolutismo y en cuyo seno se proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; que transformó los sistemas sociales, políticos y económicos de ese país y de buena parte del mundo; la tierra de la solidaridad, la prensa libre y la democracia ha caído bajo la tiranía delirante de la más abyecta, cruel y extremista inhumanidad.


Sin embargo, sus ciudadanos no se ocultan, se levantan erguidos, indignados, adoloridos y desafían en las calles el terror y el miedo, caminan firmes y exigen respuestas a un gobierno que no puede garantizar seguridad ni responder con eficacia a la mirada vidriosa, temerosa y enfurecida de sus ciudadanos, de los ciudadanos del mundo que se saben indefensos ante la acción homicida de los fanáticos, de los gobiernos tiránicos y de dictadorzuelos sedientos de sangre, poder, riqueza y muerte.

Mahoma, el último mensajero de Alá, se revuelve en su tumba o en su más allá; los profetas ocultan sus rostros, en nombre del amor, la libertad y la justicia se han cometido las más terribles y brutales acciones. El hombre contra el hombre; humanos contra humanos, inventando enemigos, justificando lo que jamás podrá ser justificado: el horror, la sevicia y la bestialidad amordaza los humanos corazones; vamos henchidos de vanidad y orgullo hacia la destrucción final.

"El mejor de los hombres es aquel que hace más bien a sus semejantes"
Mahoma


"La auténtica riqueza del ser humano es el bien que hace al mundo"
Mahoma


"El castrador de otros o de sí mismo no es seguidor mío"
Mahoma

 

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El Papa amplió las fronteras al elegir cardenales

Entre los 20 designados figuran el argentino Luis Héctor Villalba y obispos de "países periféricos" de la Iglesia. Francisco decidió que sean obispos con responsabilidades pastorales concretas y en contacto directo con la feligresía.

El papa Francisco anunció ayer en Roma la designación de 20 nuevos cardenales para la Iglesia, dando un nuevo paso hacia la internacionalización del gobierno de la Iglesia Católica. Los nombrados proceden de 14 países distintos y cinco son latinoamericanos, aunque sólo tres de estos últimos podrán ser electores de un futuro pontífice por tener menos de 80 años (ver recuadro). El argentino Luis Héctor Villalba, arzobispo emérito de Tucumán (80 años), se cuenta entre quienes podrán participar con voz pero sin voto en los cónclaves y fue elegido por Francisco entre los distinguidos por su "caridad pastoral" al servicio de la Iglesia. De esta manera suman tres los cardenales argentinos: el arzobispo de Buenos Aires, Mario Poli, designado el año anterior, y el arzobispo emérito de Paraná, Estanislao Karlic, quien tampoco podrá ser elector por razones de edad.

Villalba, que fue primero obispo auxiliar de Buenos Aires y luego arzobispo de Tucumán (1999), es amigo personal de Bergoglio y cuando el actual Papa ocupó la presidencia de la Conferencia Episcopal Argentina por dos períodos (entre 2005 y 2011), el ahora nuevo cardenal lo acompañó desde la vicepresidencia.

En la misma ceremonia en el que ayer realizó el anuncio de los nuevos nombramientos el Papa confirmó la reunión del consistorio (asamblea de cardenales) que se efectuará en Roma entre el 12 y el 15 de febrero próximo. El tema central de ese cónclave será la reforma de la estructura de la Iglesia, sobre la base de los estudios que sobre el particular viene realizando una comisión especial de nueve cardenales nombrada por Francisco a tal fin. La coordinación de este grupo está a cargo del cardenal hondureño Oscar Rodríguez Maradiada y, entre otros, la integra el secretario de Estado del Vaticano, el cardenal italiano Pietro Parolin.

Los nuevos nombramientos apuntan, por una parte, a internacionalizar el colegio cardenalicio, razón por la que entre los nuevos designados existen obispos de países "periféricos" de la Iglesia, incluso de algunas naciones que nunca antes habían tenido cardenales. Pero además Francisco decidió que los nuevos cardenales sean obispos con responsabilidades pastorales concretas y en contacto directo con la feligresía. Como consecuencia de ello un solo miembro de la curia romana, el arzobispo marroquí Dominique Mamberti, prefecto (ministro) del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica, ha sido nombrado cardenal en esta ocasión.

Entre los nuevos cardenales sólo dos son italianos y los hay también de países con poco peso dentro del catolicismo, como lo son Etiopía, Vietnam, Nueva Zelanda, Tailandia, Tonga y Cabo Verde, dejando en claro la decisión de Francisco de extender la fronteras del gobierno eclesiástico limitando la influencia europea y, en particular, italiana. El total de los cardenales ascenderá ahora a 228 miembros, de los cuales 125 serán electores. Los europeos constituyen el grupo más numeroso (119) y los latinoamericanos ya alcanzan la cifra de 61. El colegio cardenalicio tiene representación de 73 países de todos los continentes y 56 de esas naciones cuentan con cardenales electores.

En torno de cada uno de los latinoamericanos elegidos existe una situación particular. Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo, 55 años, de la congregación salesiana, es el cardenal más joven. Será además el segundo cardenal uruguayo de la historia después de Antonio Barbieri, nombrado por Juan XXIII en 1958 y fallecido en 1979. Panamá tendrá en José Luiz Lacunza (70 años), obispo de David, al primer cardenal de su historia. Nacido en Pamplona (España) y misionero de la congregación de los agustinos, Lacunza es obispo en Panamá desde 1986. El caso del mexicano Alberto Suárez Inda, arzobispo de Morelia, fue uno de los más sorpresivos. El obispo había enviado en enero de 2014 su dimisión al papa al cumplir la edad de 75 años establecida por la ley eclesiástica. Sin embargo, Francisco no sólo no le aceptó la renuncia sino que ahora lo designó cardenal, en explícito respaldo a quien viene actuando para enfrentar la violencia en México, en particular en la zona de Michoacán, en el oeste del país.

En lo que puede considerarse otro mensaje hacia la Iglesia y hacia la sociedad, Francisco nombró cardenal a Francisco Montenegro (68 años), arzobispo de Agrigento (Italia). El nuevo cardenal es presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones de la Conferencia Episcopal Italiana y responsable directo de la atención pastoral en la isla de Lampedusa, donde recibió al Papa en 2013, cuando Francisco realizó su primer viaje fuera de Roma. Allí Montenegro le presentó al pontífice la crítica situación de los indocumentados e inmigrantes ilegales que se ahogaron al abandonar Africa en busca de refugiarse en territorio europeo.

Al margen de los nombramientos cardenalicios, el presidente Evo Morales confirmó ayer que el papa Francisco le solicitó información sobre el diferendo que Bolivia mantiene con Chile por la salida al mar. En una entrevista periodística, Morales fue consultado sobre una eventual mediación del Papa en la disputa entre los países, ante lo cual el mandatario dijo: "No estoy seguro, pero me pidió documentación y yo la pasé" (ver recuadro). El gobierno de Bolivia reclama recuperar parte de su litoral marítimo en el Pacífico, mientras que Chile asegura que el tema en cuestión está cerrado desde 1904, cuando se firmó un tratado que definió límites fronterizos entre los dos países. Bolivia y Chile no tienen relaciones diplomáticas desde 1978. El papa Francisco se ha mostrado activo en la búsqueda de alternativas a los diferendos internacionales y su participación notoria más reciente fue la colaboración en el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

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Miércoles, 19 Noviembre 2014 06:19

Un hombre de fe

Un hombre de fe

ALAI AMLATINA, 18/11/2014.-"Disculpe Pepe, pero Bergoglio es un conservador". No recuerdo si dije "facho".
José María Di Paola, padre Pepe para los del barrio, pelo largo, ropa informal, 46 años de edad de los cuales diez en la villa 21 o villa de Barracas, me miró con aire de desconcierto, como si no terminara de creerse aquella frase.


Sentado en la iglesia Nuestra Señora de Caacupé, construida por los emigrantes paraguayos en minga los fines de semana, me respondió con la misma serenidad y parsimonia con la que me había relatado cómo construyeron el templo. Cada domingo, las mujeres preparaban la comida mientras los varones levantaban la iglesia, ladrillo por ladrillo, hasta que un buen día decidieron ponerle el nombre de "su" virgen, como para decirle a la ciudad que era parte de sus vidas.


"Bergoglio", dijo refiriéndose al entonces arzobispo de Buenos Aires, "viene a la villa en micro, baja en la parada, camina hasta la iglesia y toma mate con los vecinos. No viene en el coche del arzobispado. Conoce nuestro trabajo, apoya a los curas villeros que vinimos a aprender de la gente, no a decirles lo que tienen que hacer". Mientras hablaba, los muros de la parroquia despedían la sonrisa eterna del padre Mujica, el cura-mártir de todos los pobres de la ciudad porteña, asesinado por la Triple A hace cuatro décadas.


Cinco años después de aquella lección de humildad de Pepe, no me pareció nada sorprendente que Francisco recibiera a los movimientos sociales del mundo, entre ellos al Movimiento Sin Tierra de Brasil, que los militares brasileños y la prensa derechista del Uruguay (como El País y El Observador), consideran como subversivos.


No sólo los recibió. Dijo: "No se contentan con promesas ilusorias, excusas o coartadas. Tampoco están esperando de brazos cruzados la ayuda de ONGs, planes asistenciales o soluciones que nunca llegan o, si llegan, llegan de tal manera que van en una dirección o de anestesiar o de domesticar. Esto es medio peligroso. Ustedes sienten que los pobres ya no esperan y quieren ser protagonistas, se organizan, estudian, trabajan, reclaman y, sobre todo, practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres, y que nuestra civilización parece haber olvidado, o al menos tiene muchas ganas de olvidar".


Les propuso "luchar contra las causas estructurales de la pobreza", advirtió contra "estrategias de contención que únicamente tranquilicen y conviertan a los pobres en seres domesticados e inofensivos" y terminó con un "sigan con su lucha", porque nos hace bien a todos.

Francisco Bergoglio no es un revolucionario. Es un hombre de fe, conservador, que se diferencia de los políticos de izquierda en un pequeño detalle: pisa el barro, no le teme a los pobres, se siente feliz con ellos, no los quiere domesticar ni utilizar, confía que en la pobreza, y sólo en ella, puede haber dignidad y comunión.

Pepe tenía razón.


Documentos Relacionados:
Impresiones de una jornada histórica - Ramonet. Ignacio, http://www.alainet.org/active/78385
Declaración final Encuentro Mundial Movimientos Populares, http://www.alainet.org/active/78404
Francisco: Este encuentro de Movimientos Populares es un gran signo - Papa Francisco, http://www.alainet.org/active/78382
Movimientos populares en el Vaticano: Articulando alianzas - León, Osvaldo, http://www.alainet.org/active/78763

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