Lunes, 11 Febrero 2019 06:43

Distancia del poder

Distancia del poder

Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, y Yanis Varoufakis, ex ministro de hacienda griego y forjador de la iniciativa política de izquierda DIEM25 (Democracy in Europe Movement 2025), sostuvieron un breve intercambio por medio digital.

El primero afirmó: “He estado preguntándome cómo será el lugar especial en el infierno para aquellos que promovieron el Brexit sin siquiera tener el bosquejo de un plan para conseguirlo de forma segura”. El segundo replicó: "Probablemente sea muy similar al lugar reservado para quienes diseñaron una unión monetaria sin una unión bancaria apropiada y, una vez que la crisis estalló, transfirieron cínicamente las gigantescas pérdidas de los bancos a los hombros de los más débiles que pagan impuestos".

Este intercambio es indicativo de las grandes tensiones que se han creando y profundizado en la Unión Europa y en el mecanismo monetario del euro como moneda común.

Es sólo uno de los diversos elementos de dichas tensiones que han cobrado un creciente impulso nacionalista, populista y xenófobo en los países de la región. La situación económica se ha sostenido sin superar la crisis financiera de 2008, con una fragilidad institucional y mayor desigualdad económica en muchas de esas naciones. El proyecto de una Europa integrada política y económicamente está en una de sus etapas más bajas.

El Brexit está en el centro del conflicto como expresión de las contradicciones existentes. Los políticos británicos han mostrado durante mucho tiempo su incapacidad para formular un proyecto nacional y se han empantanado en un plan que no cuaja.

Una de las preguntas que surgen al respecto tiene que ver con las fuertes discrepancias que hay entre la ciudadanía y los políticos; esto, en términos de las voluntades que se expresan cuando se vota y los mandatos que se reciben y cómo se ejecutan en el tiempo.

Vale la pena considerar si los políticos pro Brexit siguen representando la voluntad de los votantes en el referendo de 2016 una vez que se conocen más las consecuencias adversas del proceso. Habrá que discutir cómo se estipulan las responsabilidades de los legisladores y de los responsables del gobierno. Gran Bretaña tiene un sistema parlamentario, y es ahí donde se ha sostenido la primera ministra mediante una serie de componendas partidarias.

Un proceso similar en cuanto a la representatividad y capacidad de gobernar se aprecia ahora en España. Con una derecha relanzada, un secesionismo catalán duro y manifestaciones de rompimiento en materia presupuestal ponen al borde de la caída al gobierno en funciones.

En Venezuela, el conflicto político y social escala día tras día. Las estructuras legales son endebles y la injerencia externa se amplía incluso con la avenencia de la oposición al gobierno. El sistema está roto.

¿Y los ciudadanos qué quieren? ¿Cómo expresan sus deseos y sus exigencias disímiles? ¿Cómo responden los regímenes democráticos a estas contradicciones? ¿Cuáles son las formas del autoritarismo o de apertura que prevalecen? ¿Qué sabemos y cómo lo sabemos? Me refiero a la democracia tal como existe en el siglo XXI. En esta región, los casos de Venezuela, Brasil o México muestran algunos de los puntos divergentes.

Un recorrido por el territorio político en América Latina muestra claramente la diversidad que adoptan los conflictos. La distancia entre los gobiernos y los ciudadanos crece, los grandes consensos se debilitan, las referencias comunes en la sociedad se desdibujan o son de corta duración.

Ningún gobierno debería abrogarse la representación unívoca de la voluntad o incluso de las preferencias de los ciudadanos. El acto de votar es un momento político que, para convertirse en compromiso entre quien elige y quienes gobiernan y legislan, exige referencias comunes que son, me temo, las que se han ido perdiendo.

Las sociedades no son homogéneas y no puede forzarse esa cualidad desde el Estado o el gobierno. Son las instituciones sociales y políticas, con sus inescapables imperfecciones, las que pueden provocar algún sentimiento de compromiso, incluso de lealtad, algunas referencias compartidas que hagan posible la convivencia social en el ámbito definido.

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“Tener el valor de mirar a los ojos del enemigo”. Entrevista

Sobre el recuerdo de las revoluciones, las apropiaciones de la derecha, una izquierda insegura y la relación con el estado.

 

Sebastian Friedrich: 200 años de Carlos Marx, 100 años de la revolución de octubre, 50 del 1968... estamos celebrando muchos aniversarios de fechas muy importantes para la izquierda. Pero solo con ello no se puede explicar únicamente la coyuntura actual de volver la vista al pasado. ¿Qué otras explicaciones hay?


Bini Adamczak: La explicación está muy relacionada con el espectáculo industrial-cultural actual. La revolución parece ser una aventura, en la cual pasan cosas inimaginables, el viejo orden se resquebraja, la gente anda por ahí con escopetas y los poderosos huyen. Uno se sienta cómodamente en casa, llueve fuera, y se lee una novela sobre la revolución. O una se sienta en un café, se bebe una copa de vino tinto y se elije una novela histórica de acción. ¡Qué tiempos aquellos! En el negocio cultural pasa algo parecido: Los debates históricos en las secciones de cultura se orientan a esos debates, lo cual interesa a las instituciones de la izquierda, las historiadoras y los intelectuales. Es una oportunidad de posicionar sus temas en los medios.


Pero esta no es la única razón. Tal vez el presente no ofrece suficientes ocasiones para hablar de este tipo de perspectivas radicales, como era el caso de 1968 o 1917. La mirada al pasado permite un planteamiento más radical y profundo de las condiciones elementales de nuestras condiciones de vida. Formulado de forma positiva: podemos comprender mejor la actual crisis del capitalismo en la disyuntiva entre la herencia y las luchas pasadas, que están enterradas y olvidadas, pero que al tiempo están inconclusas. Como diría Walter Benjamin: La confrontación con la historia nos da la posibilidad de crear una constelación entre dos tiempos. Podemos preguntarnos: ¿Qué nos dice 1968, qué nos dice 1917 o qué nos dice Carlos Marx hoy?


SF: ¿Entonces qué nos dice la revolución hoy?


BA: Las revoluciones nos dan la posibilidad de encontrar otra escala con la que podamos medir el presente. La revolución nos ofrece un ángulo más además de un objetivo más fino. Muchas de las cuestiones que hoy nos preocupan son luchas defensivas o traslaciones a los marcos dados, como cuando pedimos acabar con el (sistema de ayuda social represivo) Hartz IV, que suban los salarios o que se remunicipalicen la propiedad de la vivienda. Otra cosa muy diferente es poner en cuestión la propiedad en sí. Estoy a favor de que los alquileres no suban, ¿o estoy a favor de que no haya alquileres en absoluto? ¿Pongo en cuestión el que haya una función social de los propietarios que deciden cómo viven las personas en sus casas?


Hay muchas preguntas radicales que casi no se plantean en la realidad porque las relación de fuerzas las apartan a un lado. Esa perspectiva revolucionaria puede ser recuperada en el presente a través del rodeo de la historia. Nos permite percibir este mundo de una forma muy diferente. Al mismo tiempo, tal vez es así como nos es posible articular nuestros deseos y lujurias, que en la situación actual nos parecen irreales.


SF: ¿Qué significa para tí en realidad revolución?


BA: Mi definición de revolución es muy abstracta, en ello no se diferencia de otras teorías de la revolución. Revolución no significa hacer política bajo unas condiciones predeterminadas, sino politizar uno mismo las condiciones de la política. No es preguntar cómo se puede compaginar el trabajo con la familia, sino cómo se puede acabar con el trabajo y con la familia en sí. ¿Cómo podemos organizar las tareas de otro modo? ¿Qué relaciones se pueden hacer en el lugar de las familiares o las profesionales? Esas son preguntas revolucionarias, que también se realizaron en 1917 y en 1968. En mi libro sobre la revolución, que se publicó con motivo del aniversario de los 50 y 100 años de esas olas revolucionarias, intenté recordarlas de nuevo.


SF: La revolución se consideraba muerta al menos desde la desaparición de la Unión Soviética, cuando se hablaba del fin de la historia. Ahora cada vez más personas notan que la historia en realidad no parece haberse acabado. ¿A qué se debe que un término como el de revolución sea usado más a menudo por las personas de nuevo?


BA: El libro se publicó en 2017, pero comencé mucho antes a escribirlo. En un momento en el que las revoluciones eran algo históricamente marginal. Era solo un tema importante para las ciencias sociales o la filosofía de la historia, pero no tenía nada que ver con la política. Entonces en 2011 llegaron las primaveras árabes. Con ellas aparece de repente de nuevo la revolución de una forma clásica, con la caída de un gobierno. Vivimos poco después la derrota de esos movimientos, que en parte se acomodaron relativamente rápido, en parte fueron integrados y en parte formaban parte de un bloque neoliberal y terminan en parte en la guerra civil.


SF: Has hecho muchas presentaciones de tu libro. ¿Cuál fue tu experiencia con las discusiones con el público?


BA: Aquí, yo vivo por desgracia sobre todo en Alemania, domina una impresión de que un golpe o cambios radicales de la sociedad o bien la revolución serían dominados por la derecha. Veo cómo la izquierda y también los liberales están ocupados en construir terraplenes para defenderse de los ataques de la derecha al orden de cosas. Una buena parte de la izquierda en Alemania está dominada por una melancolía específica alemana que cree que no se puede hacer nada contra la autoridad o que la masa en todo caso tiende a la derecha política. Es una atmósfera que encuentro a menudo en las salas en las que discuto. Tenemos que preguntarnos si ese sentimiento de verdad refleja la correlación de poderes y si tiene sentido esa ideología de defensa espontánea de lo existente contra los ataques de la derecha.


SF: ¿Si partimos de que todo será siempre peor se aumenta el riesgo de que todo sea peor?


BA: A la izquierda en Alemania le resulta difícil reconocer los logros propios y festejar las victorias, reflexionar sobre los propios fallos y llorar las derrotas.


SF: ¿Puedes poner un ejemplo?


BA: La izquierda en Alemania tiene muy pocos recuerdos de uno de los mayores movimientos huelguísticos de la historia de este país, la ola de huelgas entre 1990 y 1994 en Alemania del este. Se concentró sobre todo en contra del cierre de empresas, que el capital alemán había decidido por poco dinero, y fue una de las mayores y más largas olas de resistencia social autoorganizada desde la revolución de noviembre. En 1991 y 1992 tuvieron lugar 200 huelgas “salvajes” (no autorizadas). Pero la lucha contra el capital alemán se perdió. Esa derrota no se ha digerido nunca de forma completa. Solo podemos suponer, que una derrota del intento de defenderse ante los poderosos, que no ha sido penada, llorada de forma adecuada, es el motivo de decisiones posteriores de ir contra los más débiles y de identificarse con los poderosos.


El no llorar las derrotas lleva a que las derrotas se reproduzcan. De ese modo se extiende el sentimiento de que no se puede cambiar nada, a pesar de que la realidad tal vez ofrece más muestras a favor del cambio. La izquierda alemana se encuentra así como parte de un discurso general alemán que provoca la impresión una y otra vez de que la derecha fascista fuese más fuerte de lo que en realidad es. Al mismo tiempo, las fuerzas de resistencia permanecen invisibles y parecen menores de lo que son.
SF: Pero la marcha de la derecha avanza de verdad...


BA: En 2018 también hemos visto cómo hay una fuerte resistencia contra la derecha, uno que en otoño por suerte también se pudo ver en forma de cifras, cuando un cuarto de millón de personas salieron a manifestarse por las calles de Berlín en la manifestación del movimiento “unteilbar” (indisoluble). Al mismo tiempo, la izquierda se está anotando puntos en varias luchas, pensemos en el bosque Hambacher Forst, en el fuerte movimiento feminista, en las luchas contra la gentrificación o en el verano de la inmigración de 2015. Desde un tiempo a esta parte hay un gran apoyo en buena parte de la población con respecto a personas que cruzan las fronteras.


En tiempos de crisis, en los que el orden dominante, la hegemonía neoliberal, se está resquebrajando el fascismo no se puede combatir solamente defendiendo el status quo. La única posibilidad que hay de ser antifascista de forma activa es en forma de un ataque que llame las consecuencias reales de la miseria por su nombre y que no deje pasar las maniobras de despiste de la derecha. Es lo que se está viendo en los Gilets Jaunes en Francia, el movimiento de los chalecos amarillos.


SF: ¿Qué piensas sobre los Gilets Jaunes?


BA: Estuve en París para una presentación de un libro y hablé con muchas personas. Con mi francés entrecortado traté de hablar con un conductor de taxi y le pregunté lo que opinaba sobre los Gilets Jaunes. Me dijo que eran una buena idea, un concepto muy bueno. No parecía sentir la más mínima necesidad de distanciarse de la violencia, algo que conocemos en el discurso alemán. Ahí se refleja una tradición francesa, la del conocimiento de que se puede llegar a decapitar al rey. Es la experiencia de que la vicroria está en el ámbito de lo posible, que puede ser exitoso oponerse a la autoridad.


Los intelectuales críticos con los que hablé en París primero tomaron una distancia crítica para con los Gilets Jaunes, porque el movimiento parecía ser de derechas. Desde entonces éste se ha ido moviendo casa semana, sino cada día, hacia la izquierda.


SF: ¿A qué se debe eso?


BA: La respuesta instrumental sería que con el tiempo simplemente han entrado más personas de izquierdas en el movimiento. Es cierto pero no explica la vuelta a la izquierda de forma suficiente. Otra respuesta sería que en el momento en el que el movimiento se volvió más fuerte ha desarrollado también la valentía para patear hacia arriba. Fue uno de esos momentos en los que un movimiento se atreve a desafiar a los poderosos. Es un momento que requiere el reconocimiento, cuando las personas en la calle se atreven a mirar al enemigo a los ojos. Entonces ya no están limitadas a patear hacia abajo a personas que están en una situación peor. Es un momento emancipador. La valentía para patear hacia arriba es de izquierdas. La de patear hacia abajo de derechas.


SF: Pero en este momento parece que para muchos es la mejor opción patear hacia abajo. ¿Porqué?


BA: Me gustaría mostrarlo a través de un ejemplo: Un amigo mío de Austria me contó sobre una cita que tuvo. Conoció a un controlador aéreo a través de una aplicación telefónica y descubrió que era de derechas. Ya no quería tener sexo con él, pero sí seguir discutiendo. Mi amigo le explicó al controlador que los rumores sobre los inmigrantes y los refugiados no son correctos y le recordó cuánto dinero pierde el estado a través de la evasión de impuestos de las grandes empresas. El tipo no sabía muchas de estas cosas todavía y se dejó convencer en parte. Pero entonces dijo algo interesante. Incluso aunque todo lo que contase fuese cierto y las grandes empresas fueran el problema, no tendríamos ninguna posibilidad contra ellas. En el momento en que los argumentos son intercambiados se muestra algo así como una realidad afectiva: Contra los de ahí arriba no lo podemos conseguir, por eso nos dirigimos mejor contra los de ahí abajo.


SF: En tu libro sobre las revoluciones analizas sobre todo la revolución de octubre de 1917. ¿Fué una victoria o una derrota?


BA: La diferencia entre victoria y éxito, así como de derrota y fracaso que hace Enzo Traverso me parece muy útil en este sentido. Una de las experiencias básicas de los revolucionarios de 1917 fur la Comuna parisina. No querían volver a repetir la experiencia de la derrota de nuevo, dejarse masacrar por la burguesía. A ello se unió la traición de la socialdemocracia en 1914. En ese contexto se entiende el impulso de la revolución de octubre en dirección al autoritarismo y militarismo. Pero también ahí estaba el peligro de la asimilación por el adversario. En ese sentido 1917 es por una parte una victoria, porque la revolución no sufre una derrota frente al adversario. Por otro lado es un fracaso de las propias pretensiones emancipatorias, porque la sociedad, que debía nacer allí en realidad, no fue creada.


SF: Por lo menos se pudo tomar el poder del estado. En 1968 no se consiguió.


BA: Los movimientos del ´68 no consiguieron en ningún lugar dirigir revoluciones triunfadoras, pero fueron en parte exitosos, porque impusieron cambios fuertes. También a nivel económico: el ´68 y los siguientes se caracterizan por fuertes y exitosos movimientos huelguistas. Estos éxitos retrocederán en las siguientes décadas. Algo diferente ocurre en la esfera que llamamos de lo social o cultural, en la cual ocurre la transformación de las relaciones entre géneros, la liberación sexual o la caída de las instituciones viejas y autoritarias. En esto ha sido el ´68 exitoso hasta nuestros días. Sin embargo muchas de las conquistas fueron apropiadas por el neoliberalismo más tarde en una toma hostil. En el ´68 las personas lucharon porque el trabajo no fuera determinado por otros. Pero solo consiguieron imponer una parte de sus reivindicaciones. Hoy pueden decidir muchos cuándo trabajan, pero la fecha de entrega la sigue imponiendo el capital. De ese modo se convierte la autogestión en autoexplotación. En muchos ámbitos de la vida ocurre lo mismo.


SF: Describes el ´68 como un acontecimiento en el cual los cambios de los sujetos y la direfencia se encuentran en un primer plano, mientras en 1917 el foco se concentró en tomar el poder estatal. Me parece un poco simplificado, ya que como resultado del ´68 no hubo solo individualismo y sexo, sino también muchos nuevos grupos comunistas que se orientarom hacia el 1917.


BA: Es una presentación esquemática. He intentado remarcar las diferencias entre 1917 y 1968. El ´68 es en principio ambas cosas, un movimiento de repetición y uno de diferencia. Primero se conecta con el impulso de 1917, después se le vuelve la espalda. El movimiento feminista continúa primero la tradición, para después romperla y llevar a un feminismo autónomo que da la espalda a la subordinación a la contradicción principal económica. En Alemania se simboliza esto con el lanzamiento de tomates a los cadetes del SDS (que desencadenó las protestas feministas). Al mismo tiempo, tiene lugar un nuevo redogmatización en grupos comunistas, que se desarrollan a partir de la derrota de 1968, porque la revolución no llegó tan pronto como esperaban los revolucionarios. Es por ello que la cuestión de la organización se volvió a lanzar y se reorientó a los clásicos como por ejemplo Lenin o Mao. Ya que éstos habían sido exitosos. Hubo muchas tendencias contrarias, pero yo he mirado un periodo de tiempo bastante amplio. Con esta mirada algo desenfocada a un siglo aparecen momentos en la imagen que también se han mantenido por la apropiacoón neoliberal.


SF: ¿Podemos aprender algo de la apropiación del ´68?


BA: Tenemos que recuperar el valor de ir más allá de la frontera de lo permitido. Las derecha se ha apropiado de la provocación política. Se escenifican como los que rompen tabús, tratando de decir lo que no es posible decir dentro del marco del discurso. En ese sentido ellos lo que quieren es retirar las conquistas de 1968. Muchas personas de izquierda ven como su tarea confirmar los tabúes que existen o asegurarse en la mayoría casi con miedo, de que aquello que dicen permanece en el marco de lo que puede decirse. En la izquierda controla en buena parte el miedo al Shitstorm. El ´68 era en ese sentido diferente. Se trataba de la provocación, del shitstorm, de ir hacia delante y de contar con una reacción fuerte, para poder abrir algo.


SF: Y llegamos de nuevo al miedo, a la falta de valor para la revolución. Junto a la revolución está el término de las relaciones en tu obra. ¿Qué quieres decir con ello?


BA: Me he planteado la pregunta de hacia donde apuntaban las revoluciones: la de 1917 hacia la totalidad, al poder del estado, para conquistar la sociedad a partir del estado. La de 1968 de forma retrospectiva se orientaba a los sujetos, a partir de los cuales se conforma la totalidad. “Todo cambia cuando tú te cambias”. En la teoría de las sociedades y en la filosofía se llama Problema de la estructura y la acción, en el cual el pensamiento se ve atrapado. Se trata de la pregunta de si las personas hacen las estructuras o bien las estructuras determinan a las personas. Dependiendo del punto de partida es siempre un tira y afloja.


Quiero mover la mirada hacia otra cosa. No se trata ni de la totalidad ni de sujetos individuales, sino de las condiciones entre personas, sujetos, formas de vida o entre las instituciones. Se trata de lo racional, es decir, de las relaciones en sí que componen lo que llamamos sociedad. Mi esperanza es: somos exitosos en pensar en cambios sociales, así como en su realización cuando tenemos claro que no se trata de transformar a las personas ni de conquistar el estado, sino de cambiar las relaciones. El término Beziehungsweise permite tener a la vista también las relaciones entre personas que no se conocen personalmente.


SF: Revolución, las formas de las relaciones... Aún queda un término clave: la solidaridad. Ésta parece ser el punto de fuga de muchas personas en la izquierda. Lo que se debe comprender a partir de ello no está claro. También la derecha y los neoliberales hablan de solidaridad. ¿Cómo se puede evitar que se corrompa este término?


BA: La solidaridad sin la libertad de poder retirarse o de poder decir que no, no es solidaridad alguna. Lo que la derecha ofrece es un espíritu corporal, una obligación de ser leal, la homogeneización hacia el interior (de la sociedad) comprada a partir de una diferenciación hacia fuera. Y una solidaridad sin igualdad, es decir, sin la pretensión de que todas las personas que se miran frente a frente a los ojos, tampoco es solidaridad.


Si el antiracismo se limita a mandar dinero a algún sitio y de ordenar que los receptores sean agradecidos. Entonces eso es paternalismo. Tenemos pues que combinar libertad, igualdad y solidaridad. Estas son nuestras medidas críticas en las cuales podemos medir nuestra propia práctica, en la cual podemos comprobar si en las formas de relación que perseguimos alcanzar y desarrollamos en efecto se trata de relaciones solidarias.


SF: Si miramos al terreno de las relaciones, ¿no tenemos en todo caso que tratar de cambiar el estado, tal vez de tomarlo, de abolirlo... de hacer algo con ese estado?


BA: En la tradición marxista-leninista existe la idea de que hay fuerzas organizadas y conscientes que primero tomarán el estado, y con su ayuda cambiarán las bases de la sociedad, que permitirán a hacer que ese estado sea innecesario hasta que finalmente desaparezca. Volvemos la vista a un experimento de hace 70 años y constatamos que no ha funcionado demasiado bien. Algo que no solo fue el producto de las condiciones exteriores, sino de que el concepto en sí es muy problemático. Un poder de estado tiene la tendencia a organizar su propia supervivencia. Quien tiene el estado encima no se libra de él tan fácilmente.


SF: ¿Cuál es entonces la alternativa?


BA: Una alternativa es dejar el estado a un lado y hacer sus propias cosas. En el peor de los casos, esto podría ser naiv porque el poder represivo, militar y policial, es decir, la contrarevolución organizada podría ser ignorada.


Destruir el estado, así lo formula el anarquista Gustav Landauer, significa crear otras relaciones. Ya que el estado en sí es una forma de relación. Es una relación burocrática y jerárquica, en la cual las órdenes son dadas y cumplidas por gente que tienen poca influencia en la creación de dichas reglas. La pregunta es ¿qué otras relaciones se pueden crear que sustituyan a las relaciones del estado? En Chiapas y en Rojava hay campos experimentales en los cuales se trabaja con otros modelos de administración. Se trata de evitar tanto como sea posible que lo común se independice como algo ajeno sobre los individuos.


SF: Si no queremos vivir en comunidades muy reducidas, se necesitará algo así como una solidaridad institucionalizada. ¿No hay en ello el mismo riesgo de que también ésta se independice y burocratice? Mi impresión es que la izquierda antiestatal se engaña con su retórica antiestatal.


BA: Bueno las instituciones y el estado no son idénticas directamente. El estado es una construcción institucional específica con forma autoritaria, mientras que institución es tan solo una práctica que se repite de forma constante. Pero es cierto que en teoría de la democracia hay un problema en ese sentido. Si hay personas que se juntan y acuerdan cómo quieren vivir y se dan determinadas reglas entonces también querrán que dichas normas tengan una relativa validez al día siguiente sean válidas y no sean puestas en cuestión. En las reglas se esconde siempre el peligro de la independización, es decir, el peligro de que la regla no sea ya una elección propia consciente. Por una parte tenemos la necesidad de libertad, de apertura, de carencia de reglas. Por otro lado tenemos la necesidad de estabilidad y de planificación segura. Esta contradicción no se puede disolver fácilmente, tan solo podemos tratar de encontrar una manera lo más transparente posible de lidiar con ello.


Eso significaría que por un lado uno se da reglas estables y al mismo tiempo también asegurar la disposición a que las reglas estén de nuevo a disposición de la gente cuando ésta lo reclame.


La apuesta de la izquierda es ésta: con ese problema de principios y democrático podemos encontrar una mejor forma de relación que las condiciones dominantes. Podemos encontrar una forma de relacionarnos que suponga una menor dominación, que sea más democrática. Entonces las personas sabrían que esas reglas que se han dado son sus reglas y que las pueden cambiar de nuevo juntos. Entonces no serían reglas que se independizasen de una forma fría y que como mucho sean útiles a una minoría.


(La entrevista la realizó Sebastian Friedrich, antiguo redactor de kritisch-lesen.de y experto en extrema derecha: https://kritisch-lesen.de/interview/der-mut-dem-gegner-in-die-augen-zu-s...).


Por Bini Adamczak
es una teórica social y escribe sobre política, queer y revoluciones. La editorial Akal publicó en 2017 su librito “Comunismo para todxs : breve historia de cómo, al final, cambiarán las cosas”, que ha sido traducido a una docena de idiomas.

Publicado enPolítica
Miércoles, 09 Enero 2019 07:00

Los desafíos de la continuidad

Los desafíos de la continuidad

“La continuidad de la revolución está asegurada por las nuevas generaciones y la unidad del pueblo”, asegura una de las frases más repetidas del discurso oficial cubano. Pero el Partido Comunista cuenta cada vez con menos militantes y es evidente la desmovilización de un pueblo consciente de los privilegios que disfrutan las familias de los principales dirigentes y empresarios del país.

La anécdota tal vez no rebase las fronteras del mito, mas poco importa. El desenlace concuerda perfectamente con la personalidad que convirtió al Che Guevara en un símbolo de la lucha revolucionaria.


Corrían los años iniciales de la década de 1960 y en Cuba comenzaban a sentirse las escaseces provocadas por el bloqueo estadounidense, los errores del nuevo gobierno y el reto de por primera vez intentar satisfacer las necesidades de toda la población. Apostando por un futuro mejor, el país afrontaba con entereza un presente de privaciones en el que incluso una maquinilla de afeitar o un juego de ropa interior pasaban a convertirse en artículos de lujo. Al mismo tiempo se exigían “sacrificios” de los ciudadanos, con largas jornadas de trabajo (a veces hasta 14 horas), con el objetivo de que el país pudiera desarrollarse.


Ni siquiera los domingos quedaban reservados al descanso. Ese día los trabajos voluntarios se extendían como una marea que podía llevar al ingeniero a sembrar plantas de café o al agricultor a levantar las paredes de una obra en construcción.


En aquellos tiempos difíciles el Che parecía inmune al desánimo o el cansancio. Incapaz de aceptar que no todos compartieran su entusiasmo, podía llegar a ser injusto. Así sucedió en una ocasión, cuando increpó a uno de los empleados del Ministerio de Industrias por quejarse de tantos sacrificios. El cuestionado le respondió: “Usted habla así, comandante, porque tiene una dieta especial”. La respuesta desarmó al argentino.


Cuenta la leyenda que esa misma noche el Che confrontó a su esposa en busca de la verdad. En efecto, como las familias de otros altos dirigentes, ellos recibían una asignación adicional de alimentos, ropas y artículos para el hogar. Nada que en cualquier otro país pudiera considerarse muestra de ostentación, aunque sí lo suficiente como para marcar estatus. A la mañana siguiente, el ministro-guerrillero buscó por todas partes a su subordinado y, al encontrarlo, lo abordó con un reclamo de disculpa. “Ayer hablabas con razón”, le dijo, “yo tenía una dieta especial”. Poco antes había exigido que nunca más le dispensaran un trato de privilegio.

LOS MÁS IGUALES.

A comienzos de noviembre, Ciber Cuba, un conocido sitio digital, aseguró que “el nieto guardaespaldas de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro”, se había mudado a la lujosa residencia que hasta pocos días antes ocupaba el embajador español en La Habana.


La “noticia” encontró amplio eco en redes sociales y otras publicaciones sin que nadie se asegurara de su veracidad. Un recorrido por la urbanización en la que se ubica el inmueble hubiera permitido comprobar que lo dicho era falso: la vivienda sigue perteneciendo al representante de Madrid en la isla y la salida del anterior embajador se debía simplemente al proceso de relevos que se emplea en servicios diplomáticos de todo el mundo.


Pero Ciber Cuba había conseguido incrementar el número de sus lectores y cuestionar la imagen de las autoridades, objetivo último de su línea editorial. La facilidad con que lo hizo parte de una circunstancia notoriamente pública: los lujos que disfrutan las familias de los principales dirigentes y empresarios del país.


Un ejemplo que lo evidencia es la familia del primer secretario del Partido Comunista. Si bien la historia sobre su nieto era un bulo, la idea en la que se basó no resulta descabellada. De hecho, en el propio reparto Cubanacán, en una vivienda similar a la señalada en el artículo, vive la sexóloga Mariela Castro Espín, la hija más mediática de Raúl Castro. En promedio, las mansiones de esa barriada del oeste de La Habana –en la que antes de 1959 residían muchas de las familias más adineradas de la isla– superan los 600 metros cuadrados y se ubican en parcelas en las que menudean las piscinas y canchas de tenis.


Por el contrario, para el cubano común la vivienda se mantiene como un problema virtualmente insoluble. Durante los últimos años el maquillaje de las cifras oficiales ha hecho descender la proporción de los inmuebles “en regular y mal estado” desde casi 70 por ciento del fondo habitacional a poco menos de 40 por ciento, pero no ha conseguido evitar el reconocimiento de que harían falta alrededor de 660 mil nuevas viviendas para satisfacer las necesidades acumuladas a lo largo de décadas.


Un plan anunciado a comienzos de noviembre por el presidente Miguel Díaz-Canel pretende cambiar tan adverso panorama contando con la “producción local de materiales y otras reservas insuficientemente aprovechadas”, mas la situación económica de La Habana pone entre signos de interrogación sus posibilidades de éxito (datos de organismos internacionales ubican a Cuba entre los países del continente con menores consumos per cápita de cemento y acero, por ejemplo, y las perspectivas no anticipan un escenario más favorable).


Cualquiera sea el caso, ni la intención ni la realidad apuntan a que las edificaciones proyectadas vayan a semejarse a las lujosas propiedades de urbanizaciones como Cubanacán, desde las que parten cada mañana miles de autos hacia las oficinas donde se decide el rumbo de la nación.


Los privilegios de sus habitantes no se limitan a un techo de mejores condiciones o a disponer de vehículos propios (lujo sumamente valioso debido a la endémica crisis del transporte público). La cúpula dirigente también tiene acceso a opciones de mayor calidad en cuanto a recreación, alimentación o incluso atención médica. Como un símbolo, el más avanzado centro hospitalario del país, el Cimeq (el Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas), se levantó en el corazón del también exclusivo reparto Siboney, colindante con Cubanacán. Entre sus pacientes se han contado Hugo Chávez, y Fidel y Raúl Castro. Mientras en sus instalaciones se suceden los más avanzados artilugios tecnológicos, en los hospitales de provincia siguen utilizándose jeringuillas de vidrio y las listas de espera quirúrgica se extienden por meses o hasta años.


HIJO DE PAPÁ.

Una norma no escrita pero férrea impide a la prensa estatal hablar de tal orden de cosas. Sólo en una ocasión, en noviembre de 2015, un periódico de circulación local, Tribuna de La Habana, se atrevió a publicar una críptica alusión a las interminables y costosas vacaciones de Antonio “Tony” Castro, uno de los hijos de Fidel.


Poco antes se había conocido que durante una de sus estancias en un lujoso resort de la costa turca del Egeo, sus guardaespaldas habían golpeado a un paparazzi que intentaba fotografiarlo. Por aquellas semanas el presidente Erdogan preparaba una visita a Cuba, y las autoridades de Ankara se apresuraron a echar tierra sobre el asunto, pero el rotativo cometió la imprudencia de llevar a imprenta el comentario de marras. En él se hablaba satíricamente de un supuesto Gulliver júnior y sus viajes por el mundo. “Navegar en la flota de papá es un privilegio hereditario”, ironizaba el autor del texto, al retratar un personaje casi idéntico a Tony Castro, pero con otro nombre: un playboy que a lo largo de la última década ha tenido bajo su control los destinos del deporte nacional, el béisbol. Más allá de sus pretendidos o reales méritos, cabría preguntarse si –de no haber contado con su apellido– le habría sido tan fácil agenciarse el puesto de médico del equipo nacional de ese deporte, y luego la presidencia de su federación en Cuba y la vicetitularidad de la Confederación Mundial. Todo ello sin perder oportunidad de asistir a las fiestas de cuanta celebridad veranea en la isla y convertirse –en 2013– en el campeón nacional de golf.

EL PARTIDO.

Una de las máximas del discurso oficial cubano proclama que “la continuidad de la revolución está asegurada por las nuevas generaciones y la unidad del pueblo”. La frase, sólo con ligeras variaciones, es repetida como un mantra por dirigentes y campañas de comunicación.


Sin embargo, los hechos dibujan un país mucho más diverso y complejo que el que por décadas siguió el liderazgo de Fidel Castro. Su muestra más significativa se presenta dentro del Partido Comunista. Aunque sus órganos directivos preservan como un secreto de Estado los detalles de su funcionamiento, a ojos vistas un problema de fondo pone en peligro su vitalidad actual y futura: cada día menos “cubanos de a pie” aceptan militar en sus filas.


El de “cubano de a pie” es un término que motiva escozor entre la ortodoxia gobernante debido a su constante empleo por parte de agrupaciones disidentes; sin embargo, pocas figuras semánticas permiten contraponer de forma tan absoluta las dos visiones de país que coexisten en la isla: de una parte, los triunfadores (vinculados al entramado estatal o al emergente sector privado); de la otra, la masa. Mientras los primeros se movilizan en autos propios o del gobierno, los segundos penan por llegar a sus destinos empleando los más disímiles medios de transporte. Un abismo separa al satisfecho conductor de su compatriota que espera su transporte bajo el sol junto a cualquier avenida o carretera vecinal. Y el gobierno no pretende ni puede cerrarlo.


“La gente está cansada”, confiesa a Brecha un ex oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias que luego de más de treinta años de servicio activo, y de misiones internacionalistas en Etiopía y Angola, se ve obligado a depender de la ayuda de un hijo emigrado para llegar a fin de mes. Toda su vida adulta militó en el partido. Por mucho tiempo tal condición fue uno de sus mayores orgullos, pero las decepciones lo condujeron a la tarde en que entregó “el carné” como colofón de una discusión con funcionarios llegados a su núcleo (agrupación básica de la formación política) para “exigir” de los ciudadanos “mayor compromiso y enfrentamiento con lo ‘mal hecho’”. Con lo “mal hecho” se referían a comportamientos ilegales de los ciudadanos como, por ejemplo, comprar en el mercado negro. “Siguiendo su lógica, debíamos combatir a medio mundo, pero ninguno se preocupaba por que las calles de nuestro barrio llevaran años sin alumbrado y llenas de baches, o de que los precios suban todos los días como una espiral sin fin. No me sorprende que en tantos núcleos zonales los jubilados nos estemos dando de baja en masa y que sean tan pocos los jóvenes que quieran convertirse en militantes.”


A semejanza de lo ocurrido en la Unión Soviética durante sus últimas décadas de existencia, desde hace años en Cuba el partido y su rama juvenil (Unión de Jóvenes Comunistas) han tenido que nutrir su membresía con funcionarios de la administración pública y el sector empresarial. Para muchos, el carné rojo constituye un impulso fundamental en sus carreras en los ámbitos del Estado. Poniéndolo en los términos de un joven directivo del Ministerio de Comercio Interior, “ser del partido implica ser ‘confiable’, y ser confiable es la premisa para ocupar cualquier cargo”. Cabría agregar que un militante con tal grado de confiabilidad difícilmente será un militante cuestionador.

DIVERSIDADES.

Una vanguardia política anquilosada y un gobierno lastrado por la corrupción y la burocracia resaltan entre las causas de la disminución del “fervor revolucionario” que en otras épocas se percibía en la isla. Además, las nuevas reivindicaciones de derechos (como aquellos de la comunidad Lgbt) y las nuevas circunstancias económicas –con su carga de desigualdades– llevan años contribuyendo a una heterogeneidad social que comienza a reclamar cauces políticos.


Así lo resaltaba en una entrevista reciente Ricardo Torres, doctor en ciencias económicas y subdirector del Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana. “La diversidad de Cuba en todos los ámbitos tiene que estar presente en la representación del Estado y del gobierno, y no solamente a nivel de los representantes, sino en la toma de decisiones. Nuestro sistema político tiene que aspirar a representar esa diversidad. Si se queda al margen, corremos el riesgo de que esa enajenación aumente y se solidifique.”
Sobre la necesidad de una representación política de la diversidad existe un gran consenso en sectores intelectuales cubanos. Algunos, como Mirtha Arely del Río, doctora en ciencias jurídicas y profesora titular de la Universidad Central de Las Villas, alertan que no basta con crear espacios formales “para canalizar la participación del pueblo en los asuntos del Estado”. En contraposición con la práctica cotidiana, la investigadora consideraba algunos meses atrás –en un artículo para la revista Cuba Socialista, la publicación teórica del Comité Central del Partido Comunista de Cuba– que el ejercicio de la ciudadanía no debe asumirse “como un mero fin (…) esto puede llevarnos a dar por democráticas formas o modos de participación que en realidad no lo son, como cuando nos concentramos más en las cifras, en el número de participantes o de asistentes y no en la calidad de la participación, o cuando se da por democrático un proceso en el que los ciudadanos sólo intervinieron para dar su aprobación respecto a decisiones ya tomadas o incluso ejecutadas”.


Las circunstancias en las que se dio el recién concluido debate sobre la reforma constitucional parecieran destinadas a corroborar su tesis. A poco de iniciarse, el joven profesor universitario cubano José Raúl Gallego, doctorando en la Universidad Iberoamericana de México, alertó sobre las dificultades que enfrentaría la campaña de discusión popular sobre el anteproyecto de la reforma debido a factores como la premura con que se pretendía desarrollarla, la incapacidad de sus organizadores para motivar el interés de la ciudadanía, o la falta de confianza de esta última en la utilidad o conveniencia de sus intervenciones. “En medio de este panorama, preguntémonos con franqueza: ¿cuán numerosa será la cantidad de personas que sacrificarán parte de su tiempo para realizar un estudio concienzudo del anteproyecto y llegar a esas reuniones con planteamientos meditados?”


Luego de concluido el proceso, las autoridades publicaron estadísticas aparentemente halagüeñas, pero que para los cubanos no pasan de un lugar común. En primer lugar, porque los altos índices de asistencia en las cerca de 135 mil asambleas celebradas en todo el país estaban garantizados; la inmensa mayoría tuvieron lugar en centros de trabajo y estudio, en los que la participación se consideraba poco menos que obligatoria. En segundo lugar, porque cada encuentro contó en promedio con 11 intervenciones. Discusiones pobres a la luz de la cantidad de artículos (224) del texto que el discurso oficial lleva meses presentando como “decisivo para el futuro del país”.

SOBREVIVIR A FIDEL CASTRO.


En la oriental ciudad de Santiago de Cuba, en el cementerio de Santa Ifigenia, reposan las cenizas de Fidel Castro. Movido por una singular interpretación de la modestia, el comandante en jefe decidió que su tumba se ubicara junto a la del héroe nacional José Martí, el paradigma humano y político de mayor relevancia en el imaginario de la nación. Poco después del entierro de Fidel, Raúl Castro completó la remodelación del camposanto trasladando hasta allí los restos de los próceres independentistas Carlos Manuel de Céspedes y Mariana Grajales, padre y madre de la patria, respectivamente.


Cada día, cientos de personas visitan el lugar. La mayoría de los extranjeros lo hace como parte de recorridos turísticos que han convertido Santa Ifigenia en una atracción más de la llamada “capital del Caribe”. Los cubanos, en tanto, casi siempre llegan en visitas organizadas por centros de trabajo o estudiantiles, o diversas organizaciones sociales.
Desde su muerte, los homenajes a Fidel Castro se han convertido en lugar común para la ortodoxia revolucionaria. A su iniciativa se han atribuido todos los logros de los últimos 60 años. Un ejemplo reciente de ello fue cuando el primer vicepresidente del país, Salvador Valdés Mesa, semanas atrás, convocó a consultar los escritos del comandante “en busca de todas las respuestas que necesitamos para rescatar la ganadería”.


Las implicaciones del predominio de la figura de Fidel en la política actual ha sido un tema debatido en círculos de la izquierda cubana disidente en los últimos años. “No es posible hacer un extracto de millones de rostros y sintetizarlos en uno solo; millones de nombres no pueden diluirse en cinco letras”, argumentaba por ejemplo un año atrás la periodista Mónica Rivero, en un artículo colgado en Internet por Late, una revista progresista de jóvenes periodistas latinoamericanos. “La unipersonalidad de estas décadas ha sido trágica para la isla de la revolución. Y no lo es menos el hecho de que ahora se enarbole una bandera de continuidad que se abraza al pasado como si se colgara del futuro”, afirmó.
A tanto tiempo de aquel 1 de enero que la colocó en el centro de los grandes acontecimientos mundiales, la Cuba de 2019 intenta encontrarse entre infinidad de retos e interrogantes. Por entonces, el propio Fidel Castro se apresuró a disipar las esperanzas de quienes creían que luego del triunfo todo sería más fácil, también a aclarar que la revolución no podría ser jamás la obra de un solo hombre.

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Martes, 08 Enero 2019 07:00

Un Deng Xiaoping, urgente

Un Deng Xiaoping, urgente

Desde el triunfo de la revolución, en 1959, Fidel Castro contó con argumentos incuestionables en favor del socialismo. Por un lado, las actuaciones estadounidenses contrarias a los revolucionarios de Sierra Maestra: en cuanto se aprobó la ley de reforma agraria que permitió la nacionalización de grandes latifundios, entre ellos los de propiedad estadounidense, a Estados Unidos le faltó tiempo para suprimir la cuota de azúcar cubana, embargar la venta de petróleo estadounidense a la isla y cometer una serie de actos de sabotaje e intentos de asesinar al propio Fidel Castro; una animadversión que culminó con la fracasada invasión de Bahía de Cochinos en 1961. Mientras, la Urss se ofreció a comprar el azúcar cubano a mejores precios y a suplir el petróleo que la isla requiriese. No había otra opción, y el 16 de abril de 1961, después del bombardeo estadounidense a varios aeropuertos, se proclamó el carácter socialista de la revolución. Una revolución que se caracterizaría por un líder indiscutible, Fidel Castro, y por una economía centralizada, con la propiedad de todos los medios de producción en manos del Estado, a excepción de algunas propiedades agrícolas que permanecieron en poder del campesinado –si bien con la obligación de vender toda su producción al Estado.

La hostilidad estadounidense fue, paradójicamente, una de las claves para que Fidel Castro permaneciese tanto tiempo en el poder. El embargo sirvió para justificar el fracaso de la revolución en el terreno económico. El empeño de Castro en manejar como una finca particular algo tan complejo como la economía de un país le llevó en 1968 a nacionalizar todas las empresas, incluidas las pequeñas y medianas: unas 58 mil. En el contexto de la Guerra Fría, la justificación de centralizar toda la economía fue defendida por Fidel con toda fiereza. Su tradicional obstinación, que le permitió a la isla no doblegarse ante el imperialismo durante 60 años, resultó también demoledora para el desempeño económico.
Cuando colapsó la Urss, la economía cubana, fuertemente dependiente de aquel país, sufrió un brutal descalabro. El Pbi cayó más de un 35 por ciento y Cuba entró en lo que se denominó “Período especial”. La situación para la población fue angustiosa. Recuérdese el episodio de la “neuropatía óptica”, una epidemia de ceguera causada por la falta de vitaminas. Fue la época de los “balseros”, que ponían en riesgo su vida para cruzar el estrecho de Florida, una emigración que unida a la de los primeros tiempos de la revolución y al éxodo del Mariel de 1980, llevó a más de un millón de cubanos a Estados Unidos.


Durante el “Período especial” Fidel Castro, por primera vez, se vio obligado a aceptar algunas medidas liberalizadoras, permitiendo los mercados libres campesinos y el ejercicio de determinadas actividades por cuenta propia, lo que supuso un cierto desahogo y una mejora de la dieta alimentaria. También, a comienzos de los noventa, se impulsó la inversión extranjera en los sectores turístico y minero, se promovió el turismo y se permitió la recepción de remesas en dólares. Pero siempre a regañadientes. Varios altos cargos que defendieron la apertura más de la cuenta –Aldana, Lage, Robaina, Pérez Roque– terminaron defenestrados.


La victoria de Hugo Chávez en las elecciones de Venezuela en 1999 supuso un duro golpe para el proceso reformista cubano. El petróleo generosamente despachado por Venezuela a precios subvencionados y los créditos otorgados por ese país a cambio del envío de médicos, supusieron un respiro para el régimen, permitiendo a Castro congelar las reformas. Cuba no destacaría por sus tasas de crecimiento pero, sumando el apoyo venezolano, los ingresos por turismo, las remesas, la inversión extranjera y las exportaciones de azúcar, níquel, medicamentos y tabaco, tampoco se iría a pique. Entonces, ¿para qué copiar, adaptándolas, las reformas chinas, que permitieron a ese país multiplicar por 40 su Pbi, alcanzar una renta per cápita superior a los 8 mil dólares y sacar a centenares de millones de chinos de la pobreza, si ello suponía ceder parte del control de la economía? No, la apertura económica no era del agrado de Fidel.


El momento dulce llegó con el acceso de Raúl a los máximos cargos y con Barack Obama en la presidencia de Estados Unidos. La apertura de embajadas fue el hecho simbólico, pero hubo mucho más: por el lado estadounidense, el turismo se multiplicó por cinco y se eliminaron las restricciones al envío de remesas; por el lado cubano, se abrieron nuevos hospedajes privados y más “paladares” (restaurantes privados), se permitió un incipiente mercado inmobiliario, se aprobaron nuevos trabajos por cuenta propia y se autorizó a los cubanos a viajar libremente fuera del país. Parecen cambios menores, pero en Cuba no lo eran; aunque, sí, resultaban insuficientes. Aliviaban, pero todavía no permitían un vigoroso crecimiento. Aun así, el futuro se anunciaba prometedor, una impresión a la que contribuían las reformas liberalizadoras previstas en los “Lineamientos” aprobados en el VI Congreso del Pcc en 2011, ya con Raúl Castro como secretario general. Todavía podía conjurarse la imposibilidad de llegar a fin de mes a todo cubano que no recibiese remesas, trabajase por cuenta propia o en el sector turístico, o “distrajese” algún bien estatal para su venta. Además, con el crecimiento esperado también podría resolverse la unificación de las dos monedas –el Cup y el Cuc–, que tantas distorsiones provocan.


Pero, como si una fatalidad operara siempre en contra del proceso reformista, tres golpes lo amenazaron nuevamente: la paralización por el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, del proceso de apertura hacia la isla; la situación caótica de Venezuela, que compromete seriamente el suministro energético; y, por si fuera poco, el triunfo de Jair Bolsonaro, quien dio el carpetazo al apoyo del personal médico cubano desplazado a Brasil a cambio de varios cientos de millones de dólares anuales. El resultado ha sido una nueva paralización del proceso de reformas. El papel de los “conservadores” de la revolución en este nuevo cierre de filas es claro. En 2016 se estimó que sólo se había implementado el 21 por ciento de los “Lineamientos” aprobados en el VI Congreso, lo que habla del poder que todavía detenta el sector inmovilista.


El tiempo se agota para llevar a cabo los cambios que Cuba necesita, como el cultivo de las tierras estatales ociosas, sin poner tantas condiciones para su entrega; potenciar la inversión extranjera, cuyas cifras, en términos relativos, son las menores de América Latina; otorgar mayor autonomía a las empresas estatales; y permitir a los propios cubanos invertir en su país, expandiendo el trabajo por cuenta propia y reconociendo a las pequeñas y medianas empresas privadas. Sería esencial que la nueva Constitución, cuyo texto se discute en estos meses en Cuba, recogiera estas formas de propiedad con todas sus consecuencias, incluyendo la posibilidad de acceder a créditos o contratar a empleados directamente. Al liberalizar la economía se enriquecerán algunos cubanos y aumentarán las desigualdades, pero el Estado tiene en sus manos palancas suficientes para redistribuir la riqueza que se genere, comenzando por una política fiscal progresiva y una política presupuestaria de calidad.


¿Qué escenarios quedan si no se toman con rapidez las medidas liberalizadoras? Con el escaso crecimiento del Pbi de los últimos años y el estimado para el futuro (apenas el 1 por ciento anual), el gobierno encabezado por el actual presidente, Miguel Díaz-Canel, cuando fallezca Raúl no contará con la legitimidad que, por el contrario, le proporcionaría el progreso económico. Y no es descabellado aventurar entonces que Cuba podría terminar como Nicaragua; una chispa que se enciende y un estallido social de protestas que le sigue. En el caso de optar por la represión, el régimen cubano tendría sus días contados. Cuba no es China y su gobierno no sobreviviría a una versión habanera de las masacres de la plaza de Tiananmén. Y entonces sí, los sacrificios de 60 años para construir una sociedad más justa, más igualitaria, una sociedad que devolvió la dignidad al pueblo cubano rescatando la soberanía de la isla de la prepotencia estadounidense, habrán sido en vano.

Manuel Caruncho. Cubano. Escritor y doctor en ciencias económicas por la Universidad Complutense de Madrid.

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La irradiación político-intelectual de la revolución cubana

La llegada de los rebeldes al poder fue un revulsivo en la región latinoamericana y en el mundo, pero fue también la ocasión para poner en debate, y en acción, aquello que había fracasado en las revoluciones anteriores, en particular en la rusa. La cuestión de la burocracia, de los estímulos morales o materiales y de la necesidad de superar la jerarquía del trabajo intelectual ante el manual, adquirieron centralidad en los debates que impulsó el Che y que tuvieron eco en los principales intelectuales de izquierda de la década de 1960.

Desde sus comienzos la revolución tomó rumbos originales y promovió actitudes solidarias de los militantes y cuadros que fueron a trabajar en las cosechas de caña o a colaborar con causas revolucionarias en otros países. La importancia que adquirió el trabajo voluntario no puede ser soslayada, ya que es una muestra de conciencia de una parte del pueblo cubano. Como señalara el Che, la importancia del trabajo voluntario no se relaciona con la economía sino que se refleja “en la conciencia que se adquiere frente al trabajo y en el estímulo y ejemplo que significa esa actitud para todos los compañeros de las distintas unidades de trabajo”.1


Fue más importante aun porque en el trabajo voluntario estuvieron involucrados no sólo militantes del partido y cuadros, sino también administrativos y técnicos que establecieron, como señala el Che, lazos horizontales de camaradería allí donde la organización capitalista del trabajo los mantenía separados. En este punto el Che manifiesta una posición que lo entronca con lo mejor del pensamiento crítico y las experiencias emancipadoras: “El trabajo voluntario se convierte entonces en un vehículo de ligazón y de comprensión entre nuestros trabajadores administrativos y los trabajadores manuales, para preparar el camino hacia una nueva etapa de la sociedad (…) en la que no existirán las clases y, por lo tanto, no podrá haber diferencia alguna entre trabajador manual o trabajador intelectual, entre obrero o campesino”.


AÑOS LUMINOSOS.


Sería ocioso enfatizar sobre la coherencia entre palabra y acción en militantes como el Che. La dirección cubana, por lo menos en la década de 1960, no escatimaba el debate sobre la burocratización del Estado, ni sobre los principales problemas que enfrentaba la sociedad posrevolucionaria. Fueron años luminosos con amplias discusiones en las que intervinieron el Che, Charles Bettelheim y Ernest Mandel, entre otros, cuyas posiciones fueron publicadas en Cuba entre 1963 y 1964 y debatidas abiertamente. No es el objetivo de este artículo reproducir aquellos debates, sino apenas usarlos como espejo en el que observar nuestra discusión actual sobre la transición a un mundo nuevo, para comprobar el terreno perdido por la rigurosidad y la profundidad en aras de análisis de escaso vuelo político y teórico.


Mandel hizo una buena síntesis de los debates. En su opinión, había cuatro cuestiones. Dos de ellas se relacionaban con la política del gobierno revolucionario: la organización de las empresas industriales y el papel de los estímulos materiales en la construcción del socialismo. Las otras dos eran de orden teórico: si la ley del valor opera en la transición, y el carácter de los medios de producción estatizados, si eran mercancías, propiedad social o tenían otra naturaleza. Una parte sustancial de la discusión se centraba en la supervivencia de las categorías mercantiles en la nueva sociedad, cosa que el Che tendía a negar, preocupado por las consecuencias en la subjetividad de los trabajadores.


El Che defendió la planificación centralizada frente a quienes promovían la autonomía financiera de las empresas, que argumentaban que favorecía la eficiencia y la rentabilidad. En cuanto a los estímulos materiales, no los rechazaba de plano pero creía que podían atentar contra la cohesión de la clase trabajadora y fomentar el enriquecimiento individual. Era consciente de que el estímulo material sólo podía morir gradualmente, y contra quienes apostaban a que era la palanca para el crecimiento económico, sostuvo que “en tiempo relativamente corto el desarrollo de la conciencia hace más por el desarrollo de la producción que el estímulo material”. Respecto de la organización de las empresas, el proceso cubano fue atravesando varias etapas que modificaron su realidad.


A grandes rasgos, el intenso debate de los años sesenta y las experiencias de los años 1967¬1970 tuvieron un final abrupto con el fracaso de la zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar, en la que el partido y el gobierno habían empeñado al país aun al costo de desorganizar la producción. A partir de ese momento Cuba adoptó los criterios económicos de la Unión Soviética. Pero antes de esa coyuntura crítica, se tomaron decisiones realmente interesantes, aunque algunas de ellas puedan considerarse utópicas y hasta aventureras.


El Che y sus aliados en el gobierno eran partidarios de limitar las relaciones mercantiles. Una de esas expresiones era la prioridad que otorgaban al trabajo voluntario, pero también se negaban a considerar que las empresas estatales fueran mercancías, y sostenían que la ley del valor no regularía la economía cubana, sino el plan, mostrando la contradicción existente entre plan y mercado. En ese sentido, las empresas no debían tener autonomía ya que ésta alentaría las relaciones mercantiles. En realidad era un debate de hondo contenido político bajo formas económicas, debate en el que se ponía el acento en la educación, la “eliminación de las taras de la vieja sociedad” y el avance de la conciencia de los trabajadores.
Sin embargo, la ofensiva de este sector contra esas “taras” llegó, en opinión de muchos analistas y más adelante de la propia dirección cubana, a tomar medidas ilusorias que naturalmente fracasaron: supresión de las primas y las horas extraordinarias, supresión total de los alquileres (que al comienzo de la revolución habían sido reducidos al 10 por ciento del salario del arrendatario), gratuidad del teléfono y de otros servicios. Pero además desapareció la contabilidad financiera y el cálculo de rentabilidad de las empresas, con lo cual “había desaparecido el método para saber si los obreros, empleados y directivos trabajaban poco o mucho, bien o mal, si se producía a bajo o alto coste, si merecía la pena producir un bien o importarlo”, como señala Arturo Recarte.


El salario se desvinculó de cualquier pauta de rendimiento y en 1966 se suprimieron los sindicatos y las organizaciones de masas, con excepción de los Comités de Defensa de la Revolución. Parte de la ofensiva contra las relaciones mercantiles se concretó en el cierre masivo de tiendas, almacenes y talleres, convirtiendo a los artesanos y comerciantes en proletarios. Sólo en La Habana se nacionalizaron 13 mil establecimientos privados (unos 55 mil en todo el país); en 1968 el sector privado había dejado de existir y medio millón de habitantes de la capital se disponían a trasladarse al campo para participar en la zafra.


Pero las propuestas del Che, expresadas en su rechazo tanto a las categorías mercantiles como a la burocracia, mostraban una seria preocupación por la posible constitución de una capa privilegiada de tecnócratas y burócratas como los que había conocido en sus viajes a Polonia, Checoslovaquia y la República Democrática Alemana, donde “encontraba al hombre soviético muy parecido al yanqui”, ya que se afanaba en producir más para ganar más.


El fracaso de la zafra de los 10 millones de toneladas en 1970 generó enormes tensiones sociales y económicas y una gran desorganización de la producción, ya que se habían abandonado sectores enteros en aras de tal propósito. En ese momento se registró un profundo viraje hacia la Unión Soviética que tuvo consecuencias de largo plazo para la revolución. Nació la “nueva política económica”, los salarios quedaron vinculados a la productividad, la política de gratuidades fue limitada, se redujeron las jubilaciones y pensiones y algunos precios sufrieron incrementos. Los controles contables y financieros sobre la actividad de las empresas fueron reinstalados, mejorándose la información estadística, al tiempo que se retornó al sistema de presupuesto estatal.


LA VÍA SOVIÉTICA.

En 1975 el primer congreso del Partido Comunista de Cuba oficializó el viraje: “El sistema de dirección de la economía debe fundamentarse en las leyes económicas objetivas que actúan en la etapa de construcción del socialismo, y dentro de éstas, tener en cuenta la vigencia de la ley del valor, y de las relaciones monetario-mercantiles que existen”. En adelante las empresas mantendrán relaciones mercantiles, un director como autoridad máxima designada por el órgano superior y asesorado por un consejo de dirección donde están representados los sindicatos, y el trabajo voluntario será regulado por ley. En 1971 se había promulgado una ley de trabajo obligatorio.


Aunque se mantuvo la espectacular reducción de las desigualdades sociales en beneficio de los más pobres, el pleno empleo y el carácter gratuito de servicios como salud, vivienda y educación, la cantidad de burócratas aumentó dos veces y media entre 1973 y 1984; en una década los empleados administrativos pasaron de 90 mil a 248 mil y el personal directivo de 180 mil a 250 mil, distorsiones que tuvieron consecuencias en la producción y en la sociedad. Hubo empresas donde la mitad de los empleados eran obreros y la otra mitad administrativos y técnicos, como consecuencia de la ampliación del abanico salarial a favor de los más capacitados, lugar que todos querían ocupar aunque no lo merecieran o no estuvieran preparados. En paralelo, aumentó el ausentismo, cayó la productividad en el trabajo y se expandió el mercado negro. Algo común a todos los países socialistas.


El péndulo de la historia llevó a la revolución desde los experimentos igualitarios hasta la instauración de jerarquías, en cuya cúspide aparecen los altos funcionarios del partido y del Estado, que cuentan con privilegios a los que no accede la mayor parte de la población (véase nota de Amaury Valdivia). Desde la mirada centrada en las relaciones sociales puede concluirse que hubo un reforzamiento de la división del trabajo, que aumentaron las desigualdades y disminuyó el contrapoder de los trabajadores respecto de los primeros años.
En 1965 se habían instaurado consejos de trabajadores en las empresas para juzgar los problemas de disciplina y darle seguimiento a la legislación laboral, pero fueron gradualmente limitados, mientras se reforzaron los poderes disciplinarios de los administradores aunque, todo debe decirse, en 1977 la mayoría de los trabajadores participaban en las asambleas mensuales de producción en las grandes empresas.


En el caso de Cuba, al igual que en los países orientados en torno a la Unión Soviética, llama la atención que no haya habido debates sobre el carácter de clase del poder, como existieron en Rusia y China, y como debatían en esos años los intelectuales cercanos a la revolución cubana. Sorprende porque en Cuba, a diferencia de lo que sucedía en otros países socialistas, la posibilidad de opinar y disentir no había sido completamente coartada. No existe y nunca existió un debate sobre si la burocracia estatal, cuya existencia nadie niega, es una clase o el germen de una clase opresora. La ideología soviética siempre excluyó esta eventualidad, de modo que las movilizaciones sociales y la crítica que sobreviven bajo el régimen posrevolucionario se identifican siempre con los enemigos de la revolución y el imperialismo. Es un comportamiento distinto al que vivieron los comunistas chinos bajo la revolución cultural, en la que los enemigos de clase y las fuerzas sociales en pugna eran producto del período de transición.


La revolución cubana ha sido muy importante para la región latinoamericana, contribuyendo como ningún otro proceso al fortalecimiento y la autoestima de los sectores populares organizados: mostró que es posible derrotar a las oligarquías locales y resistir exitosamente al imperialismo; enseñó que, en el acierto o en el error, aun los pequeños países pueden tomar sus propias decisiones de forma independiente respecto de los poderosos del mundo. Pero también dejó una simiente problemática: la negación de las contradicciones bajo el nuevo régimen casi siempre supone la acusación a los disidentes de hacerle el juego al enemigo. En este sentido, se actualiza una de las peores tradiciones del movimiento comunista internacional, la que llevó a Stalin a imponer un poder omnímodo acusando de agentes del enemigo a todos los disidentes, diferencias que se saldaron en prolongadas estancias en los campos de trabajos forzados (gulag) o frente al paredón, práctica que en Cuba, por fortuna, ha sido excepcional.


1. Las referencias a los escritos del Che están tomadas de Obras escogidas. Tomo 2(Fundamentos, Madrid, 1976), y de Escritos económicos (Pasado y Presente, Córdoba, 1969).

Para los debates sobre economía véase Ernest Mandel, “El gran debate económico”, en Ernesto Che Guevara Escritos económicos (Pasado y Presente, Córdoba, 1969) y en Paul Sweezy y Charles Bettelheim, Algunos problemas actuales del socialismo (Siglo XXI, Madrid, 1973).
Los datos sobre Cuba provienen de Janette Habel, Rupturas en Cuba(Universidad Veracruzana, México, 1994), y Arturo Recarte, Cuba: economía y poder (1959-¬1980) (Alianza, Madrid, 1980).

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Derechos humanos y derechos de la naturaleza, un aliento de esperanza

“Levántate, en pie, defiende tus derechos. 

Levántate, en pie, no dejes de luchar”


Bob Marley


Setenta años de la Declaración de los Derechos Humanos parecen nada; tal como los siglos transcurridos desde la Revolución Francesa, cuando se asumieron los Derechos del Hombre y del Ciudadano (por no mencionar el trágico destino de quien, en aquel momento, pidiera los Derechos de la Mujer y la Ciudadana). Basta abrir cualquier periódico del planeta para constatar -ya desde la primera página- (casi) siempre noticias sobre alguna violación a dichos derechos. Y eso sin mencionar las violaciones estructurales de los derechos a la vida (derechos fortalecidos no solo en los derechos políticos, sino en los derechos sociales, culturales y ambientales de individuos y pueblos, todos igualmente violados casi a diario).


A pesar de tantos discursos escuchados y acciones desplegadas por años, falta muchísimo para la real vigencia de los derechos humanos. Más allá de las buenas intenciones, las organizaciones y las instituciones especializadas, la actualidad de tales derechos es sombría más aún en el mundo empobrecido. Pero si bien la realidad induce a un pesimismo profundo, el derrotismo es inadmisible. Los avances civilizatorios son lentos, a ratos imperceptibles, pero existen y debemos evaluarlos y analizarlos, sin caer tampoco en triunfalismos de ocasión. El objetivo es redoblar esfuerzos para que los derechos humanos sean una realidad que trascienda las meras proclamas.


Pensarlos como mecanismo de medición de procesos en marcha no ha dado resultados satisfactorios. Apenas un ejemplo: medir los impactos sociales y ambientales de las políticas económicas no basta para detener la irracionalidad del capital. El saldo será siempre lúgubre y frustrante si la humanidad y su madre -la naturaleza- no son el centro de atención de la política y la economía. No bastan las políticas sociales paliativas de los impactos de la acumulación capitalista…


Buscar imposibles equilibrios macroeconómicos sacrificando y empobreciendo a poblaciones enteras debe condenarse de entrada. Siempre las políticas económicas -agrarias, industriales, comerciales, etc.- deberían diseñarse bajo el respeto pleno de los derechos humanos. A la postre el asunto no es solo económico, sino fundamentalmente de ética política. Sin olvidar las expresas restricciones en la legislación nacional e internacional sobre derechos humanos, urge dar al menos dos pasos adicionales.


Un primer paso implica superar la lógica mercantil -todo se vende y se compra, desde escrúpulos y principios hasta la propia vida- que ha penetrado en todas las esferas de la existencia incluso mercantilizando la naturaleza: se establece bancos de semen o vientres de alquiler; comercializa el clima; se construye el mercado de la información genética (que sueña con transformarnos en “maquinas inteligentes” que vuelvan irrelevante a lo “humano”)... La experiencia humana se transforma profundamente y hasta puede extinguirse, a menos que rompamos radicalmente la actual globalización del capital. A pesar de eso hay logros en temas de equidad de género, participación de la sociedad civil… avanzamos lentamente en el derrocamiento del dominio patriarcal y de la colonialidad. Pero toda esa lucha será inútil si no detenemos al desenfrenado tren de la Modernidad y sus delirios de auto-aniquilación.


Nos falta entender a plenitud -y con humildad- que la experiencia humana emerge de relaciones, significados y practicas entre seres humanos y no-humanos, todos constitutivos de la misma naturaleza de quien somos apenas una pequeñísima extensión. Todos -humanos y no humanos- somos actores indispensables en el teatro de la vida, pero no somos los únicos y menos aón los principales protagonistas. Por eso al primer paso, debe seguir un segundo: entendamos que la naturaleza es sujeto de derechos (recuperando experiencias como de la Constitución de Ecuador).


Ambos pasos, cual vigorosas alas, pueden llevarnos a la discusión y el abordaje de cuestiones vitales para la humanidad y por ende la naturaleza. Nos toca organizar la sociedad y la economía asegurando la integridad de los procesos naturales, garantizando los flujos de energía y de materiales en la biosfera, preservando siempre la biodiversidad del planeta. En estricto, los derechos a un ambiente sano para individuos y pueblos son parte de los derechos humanos, pero no son derechos de la naturaleza. Las formulaciones clásicas de derechos humanos como los derechos a un ambiente sano o calidad de vida son antropocéntricas, y deben entenderse separadamente de los derechos de la naturaleza. Tampoco cabe aceptar que los derechos humanos se subordinan a los derechos de la naturaleza, como afirmó algún solemne ignorante. Al contrario, ambos tipos de derechos se complementan y potencian.


Entender los alcances civilizatorios de los derechos de la naturaleza demanda liberarnos de dogmas y de viejos instrumentarios analíticos. En el tránsito hacia una civilización biocéntrica no solo cuenta el destino, sino también los caminos que lleven a una vida en dignidad. Garantizando a todo ser, humano y no humano, del más pequeño y humilde al más grande y majestuoso, un presente y un futuro, aseguraremos la supervivencia humana en el planeta. Supervivencia hoy amenazada por las ambiciones de lucro y de poder. Así, los derechos humanos y los derechos de la naturaleza, complementarios como son, sirven de hoja de ruta y aliento de esperanza.


Vistas así las cosas nada nos puede conducir al desánimo. Aspiremos siempre a más derechos, nunca dejemos de luchar.-


El autor es economista ecuatoriano. Expresidente de la Asamblea Constituyente. Excandidato a la Presidencia de la República del Ecuador.

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La Declaración Universal de Derechos Humanos, en su 70º aniversario: luces y sombras

La historia de los derechos humanos es la historia de la Humanidad en su lucha contra la barbarie, contra el abuso de los fuertes y de los poderosos, una lucha por la libertad y autonomía del individuo y de los pueblos y, en definitiva, una lucha por hacer más civilizadas, más humanas, las sociedades. Por eso, podemos comprobar que las declaraciones históricas de derechos se han producido generalmente tras procesos revolucionarios. Así, en 1689 surge una Declaración de Derechos en Inglaterra tras un período revolucionario que abarca desde 1642 a 1689, y ya en el siglo XVIII las grandes revoluciones de Estados Unidos en 1776 y de Francia en 1789 dan lugar a sendas declaraciones de derechos. Derechos que van siendo incorporados a las constituciones en los siglos XIX y XX. Los derechos civiles y políticos, producto de las revoluciones burguesas, y los derechos sociales, producto de las luchas obreras y populares de los siglos XIX y XX. Así, la primera constitución que incorpora derechos sociales es la mexicana en 1917, tras un largo proceso revolucionario; luego lo hará la Constitución de la Unión Soviética de 1918, y en 1919, tras la revolución alemana, eco de la soviética, lo hará la Constitución de Weimar, que tuvo gran influencia en la de la Segunda República española. Escojo estos ejemplos que considero algo más que sintomáticos de cómo, al igual que dice la letra de la Internacional (“ni en dioses reyes ni tribunos está el supremo salvador, nosotros mismos realicemos el esfuerzo redentor”, o, como dice Chomsky actualmente, hay dos superpoderes en el mundo: Estados Unidos y nosotros mismos), sin la movilización de las clases trabajadoras y la ciudadanía en general, no hay avances en materia de derechos; por eso, una sociedad que no se moviliza será una sociedad que no conseguirá avanzar en derechos o que incluso retrocederá.


Pero, a efectos de comentar algo de la importancia y significación del contexto de la elaboración de la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH), también hay que consignar la amarga experiencia del siglo XX, que comienza con varios genocidios (armenio, 1915; pueblos herero y namaqua, 1904-1907; genocidio en el Congo bajo el mandato de la metrópoli belga), continúa con una Primera Guerra Mundial, sigue con el ascenso de los fascismos contra la democracia y la bárbara experiencia del genocidio nazi, y desemboca en la Segunda Guerra Mundial. Todos estos acontecimientos en la primera mitad del siglo XX van creando la conciencia en los dirigentes políticos de que, de no corregir el rumbo de las relaciones de la comunidad internacional, la Humanidad se encaminará hacia un abismo de incalculables consecuencias, de las que ni siquiera se podrían librar las élites.


En este contexto nacen las Naciones Unidas en 1945 y enseguida (junio de 1946) se crea una Comisión de Derechos Humanos con el objetivo de redactar un documento que terminaría llamándose Declaración Universal de Derechos Humanos, culminado tras dos años de trabajo. Como toda obra humana, la Declaración no es perfecta y ha recibido diversas críticas. No obstante, el hecho de que se aprobara por 58 votos sin ninguno en contra y de que, formalmente al menos, sea aceptado por los 193 países que componen hoy día las Naciones Unidas (otra cosa es el cumplimiento), le ha dado una enorme fuerza moral, política e incluso jurídica. A tal punto que hoy día es el documento traducido a más idiomas (más de 500), y refrendado por dos conferencias mundiales de esta organización (Teherán, 1968, y Viena, 1993). La Declaración es, sin duda, un hito en la historia de la Humanidad.


En su elaboración y redacción intervino una comisión de representantes de 18 países, si bien el comité redactor se redujo a ocho miembros por razones de operatividad. Para que no fuera percibida como una imposición occidental -lo que no se ha logrado del todo-, se buscó en la comisión una composición variada, participando representantes y expertos pertenecientes a diversos países (al menos, Australia, Canadá, Chile, China, Estados Unidos, Filipinas, Francia, India, Líbano y Unión Soviética), profesiones y tradiciones culturales. En paralelo a estos trabajos, la Unesco pasó un cuestionario a filósofos y pensadores notables de la época (por ejemplo, Gandhi, el escritor Aldous Huxley, el italiano Benedetto Croce o el francés Pierre Teilhard de Chardin; como se puede intuir, no habría muchas mujeres en la consulta) en el que se preguntaba por los derechos que pensaban que deberían ser incluidos en una futura declaración; las respuestas a este cuestionario fueron bastante coincidentes con el resultado de los trabajos de la comisión.


Aunque la Declaración no tiene fuerza de tratado internacional vinculante, enseguida se convirtió en un marco jurídico, político e incluso ético. Como no puede ser de otra manera, concita críticas, que se mezclan con las críticas a la propia Organización de Naciones Unidas, entre las más frecuentes:


• Que la Declaración es una imposición occidental.
• Que los derechos civiles y políticos tienen más peso y protección que los derechos sociales.
• Que fue compatible con el colonialismo (artículo 2.2).
• Que se han registrado numerosos casos de corrupción en Naciones Unidas.
• Que la existencia del derecho de veto en el Consejo de Seguridad es un déficit democrático.
• Que, para algunos sectores de la izquierda la ideología de los derechos humanos es una ideología burguesa.
Sin embargo, bajo mi punto de vista:
• La DUDH y sus instrumentos son producto de luchas históricas:
o La primera generación de derechos (derechos civiles y políticos), producto de las luchas de la burguesía contra el absolutismo y los privilegios de la nobleza.
o La segunda generación (derechos sociales, culturales y económicos), producto de las luchas del movimiento obrero.

o La tercera generación, producto de las luchas de los nuevos movimientos sociales: ecologismo, feminismo, movimientos indigenistas, pacifismo, diversidad sexual, etc.,


• La Declaración y la normativa de derechos humanos son un poderoso instrumento para las luchas sociales, que se apoyan en ellos para sus reivindicaciones.


• El problema mayor viene del incumplimiento de la normativa de Naciones Unidas, no de sus propios defectos.


• La DUDH es el documento que ha generado mayor consenso en la historia de la Humanidad.


• Parte de sus asesores, relatores, etc. son personas reconocidamente progresistas que han sido difamadas y boicoteadas por Estados Unidos (p. ej., el sociólogo Jean Ziegler, socialista, 8 años relator de Naciones Unidas para el derecho a la alimentación y actualmente asesor del Consejo de Derechos Humanos), o las feroces críticas que recibió el Informe McBride (para un Nuevo Ooden Mundial en la Información y la Comunicación).


• En España, el movimiento memorialista ha recibido un gran impulso en su lucha por el trabajo de las Naciones Unidas. La ONU condenó firmemente a España como régimen fascista en 1946 y en la actualidad emite informes que “recomiendan” la derogación de la Ley de Amnistía como ley de impunidad de los crímenes del franquismo, así como la atención del Estado a las víctimas del franquismo. También han valorado negativamente otras medidas legislativas de gobiernos españoles en materia de desahucios, la llamada “Ley Mordaza”, etc.


• En países donde hay dictaduras, la cobertura de instituciones de derechos humanos ha sido muy útil para apoyar las resistencias (por ejemplo el caso del Club de Amigos de la Unesco de Madrid en España, que fue un útil instrumento para la lucha antifranquista).


Es evidente que falta mucho para garantizar la efectividad de los derechos humanos. El ejercicio de los derechos no puede convertirse en una carrera de obstáculos de tal manera que solo los disfruten los que tienen una elevada posición social o un alto nivel adquisitivo. Pero no confundamos las críticas que pueden hacerse a la Declaración y a los instrumentos de protección de los derechos humanos ni con la falta de voluntad política de los gobiernos para garantizarlos ni con el uso fraudulento que determinados poderes hacen de ellos incorporándolos a una retórica tramposa (es el caso que denuncia, entre otros, Jean Bricmont en su espléndido libro Imperialismo humanitario: el uso de los derechos humanos para vender la guerra).

 

Por Pedro López López
Profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Secretario general de la Asociación Pro Derechos Humanos de España
10/12/2018
Texto basado en la intervención del autor el pasado 28 de noviembre en el Club de Amigos de la Unesco de Madrid, en un acto conmemorativo del 70º aniversario de la DUDH

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Alberto Acosta: “La izquierda debe hacer una profunda autocrítica”

Crítico con los gobiernos progresistas, el expresidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador Alberto Acosta plantea una etapa de balance para América Latina, sin desdeñar variables como la corrupción y las prácticas autoritarias. Luego avizora una izquierda con nuevos componentes en la agenda como el feminismo y el medio ambiente.

En setiembre se cumplen diez años de vigencia de la nueva Constitución de Ecuador, ¿cuál es su balance?


Tenemos diez años de una Constitución que despertó muchas expectativas, tanto por su contenido como por la forma en que fue elaborada. Desde 1830 hemos tenido 21 constituciones. Todas fueron elaboradas por el sistema tradicional: desde los asambleístas y con una muy escasa participación ciudadana. Esta Constitución de Montecristi se caracterizó por una amplísima participación. Es la Constitución más ecuatoriana de todos los tiempos. En contenido, esta es una Constitución que sintetiza una suerte de proyecto de vida en común. Es una herramienta democrática para la construcción de una sociedad democrática.


¿Y cuánto se avanzó en economía social y solidaria?


A pesar de que esta Constitución fue defendida por el entonces presidente de la República (Correa), no ha sido puesta en práctica. La Constitución decía con claridad que el ser humano está sobre el capital. Correa se llenaba la boca hablando de que el ser humano está sobre el capital, pero, en su gobierno, terminó favoreciendo a los grandes grupos económicos. A Correa no le interesó nunca la nueva Constitución de Montecristi, fue una herramienta para concentrar el poder del caudillo.


Usted hace énfasis en la condición de caudillo de Rafael Correa. ¿Cuánto de esto hay también en otros gobiernos de izquierda, como Evo Morales o Cristina Kirchner o Lula?


A mí me preocupa mucho que los procesos progresistas, que en realidad no son procesos de izquierda, hayan consolidado las viejas formas y prácticas caudillistas. Esta ha sido una historia latinoamericana. Los caudillos latinoamericanos marcan la historia de todos nuestros países, con sus matices y características. Las historias están marcadas por figuras de caudillos y con insuficientes procesos de democratización. Esto se repite con los gobiernos progresistas. Es una de las explicaciones de por qué estos progresismos no pudieron avanzar. No profundizaron la democracia. Si a los progresismos tuviéramos algo que criticarles en el ámbito político es el debilitamiento de los movimientos sociales. Eso va a permitir ahora que el neoliberalismo recupere espacios con mucha más fuerza.


Estuvimos antes en una etapa de viraje hacia la izquierda en América Latina, ¿se ha culminado esa etapa?


Yo creo que sí. Hay varias explicaciones. Una explicación de fondo es que los gobiernos progresistas no intentaron afectar la matriz de acumulación capitalista. Y, dos, tampoco afectaron la modalidad de acumulación primario exportadora de nuestras economías. Todos los países de América Latina, con gobiernos liberales o neoliberales, o los progresistas, todos sin excepción, han profundizado la dependencia de sus economías del mercado mundial. Somos cada vez más dependientes de exportaciones de recursos primarios. Sean productos agrícolas, petróleo o minerales, al final son materia prima. Ha habido un proceso de desindustrialización y de reprimarización de nuestras economías.


¿Tampoco hubo experiencias de fondo en materia de diversificación productiva?


Seguimos siendo exportadores de materia prima. Los países lo único que hacen es vender productos primarios. No hemos sido capaces de diversificar nuestras exportaciones, ni siquiera de procesar de nuestras materias primas.


¿Qué futuro ve para la izquierda en los próximos quince o veinte años?


La izquierda, inclusive los progresismos, tienen que hacer un proceso profundo de autocrítica. Hay que analizar cuáles fueron los avances, si es que lo hay y, sobre todo, cuáles fueron los graves errores. Errores económicos, errores políticos, errores sociales, que impidieron las grandes transformaciones. Había expectativa, diagnósticos, propuestas, había constituciones como la del Ecuador, que pudo haber sido el marco referencial para una gran transformación.


¿Y qué piensa sobre el régimen de Venezuela?


Venezuela parecería estar en una interminable crisis terminal en el ámbito económico y político. Hay causas internas y también las presiones imperialistas. El imperio está haciendo su tarea para debilitar cualquier proceso que sea alternativo.


Pero Maduro tampoco ha hecho mayores esfuerzos para legitimarse…


Por eso digo: causas internas. Veamos los graves errores de Venezuela: Un país con tantos recursos económicos no ha sido capaz de resolver la demanda de los servicios sociales básicos. Eso no es un tema del imperialismo. Es un mal e irresponsable manejo. La consolidación de regímenes caudillescos y autoritarios es también una de las grandes explicaciones de esta realidad. Ese es uno de los grandes mensajes para la izquierda. Por eso tenemos que ser autocríticos.


Y en la autocrítica también está el tema de la corrupción que golpeó duro a la izquierda.


A todos. Y en el caso de la izquierda eso es intolerable. Porque gobiernos como el de Correa, que levantaron la tesis de una revolución ética y de lucha frontal contra la corrupción, terminaron embarrados en corrupción por los cuatro costados. Eso es terrible.


Y Brasil…


Brasil siguió con la lógica de su subimperialismo, con Odebrecht, que es un solo ejemplo; podríamos contar situaciones de Petrobras y otras realidades, porque Odebrecht no es el único caso. Eso, en gobiernos progresistas, es intolerable. La izquierda tiene que hacer una autocrítica y tiene que buscar la verdad cueste lo que cueste. Es preferible que se repliegue, que aprenda y, de ser el caso, desaprenda. Y si realmente busca transformar la sociedad, la izquierda debe partir por nuevos planteamientos básicos.


¿Como cuáles?


Una izquierda feminista, que enfrente el patriarcado; una izquierda ecologista, que garantice los derechos de la madre tierra; una izquierda socialista, que permita la equidad social, y una izquierda decolonial, que nos permita superar todos los atisbos de racismo, de exclusión y de marginación, que son una lacra de la sociedad en América Latina.

 

Por Wilber Huacasi
La República (Lima)

 

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Evo Morales: esperamos que López Obrador mire hacia el sur

He estado más de 12 años en la presidencia, pero hay resultados.

Hicimos un gran cambio de un Estado colonial a uno plurinacional.

Nacionalizamos los recursos, recuperamos las empresas que dejan mucha utilidad para el pueblo.

Hemos parido programas sociales que distribuyen la riqueza, por ejemplo, la nacionalización del agua y de la luz.



Son pasadas las seis de la tarde. Han transcurrido más de 12 horas desde que Evo Morales, presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, comenzó su gira por varias comunidades del país. El avión presidencial acaba de aterrizar en el aeropuerto de la Fuerza Aérea Boliviana (FAB) en Cochabamba. Nada más desembarcar, el mandatario le da a La Jornada una entrevista.


El presidente Evo está interesado en lo que pasa en México a raíz del triunfo de Andrés Manuel López Obrador. Cuidadoso, dice con ironía, que él pensó que, con sus amenazas y su muro, el Trump –como le llama al mandatario estadunidense– fue el mejor jefe de campaña de AMLO.


A continuación, algunos aspectos de la entrevista, en la que habló de su repostulación en 2019, el balance de su gobierno y la ola conservadora en América Latina.


–Presidente: se acaban de realizar elecciones en México. Triunfó Andrés Manuel López Obrador. ¿Qué opinión le merece el futuro gobierno?


–No tengo por qué meterme en políticas internas de otros países, pero se ve como un presidente electo progresista, del pueblo. Pero es él quien tiene que decir. Al momento, yo pensé que el mejor jefe de campaña para López Obrador ha sido el Trump, con sus amenazas, con su muro... Pero bueno, finalmente es un Estado soberano. Esperamos que mire hacia el sur.


–Usted tomó posesión por primera ocasión el 22 de enero de 2006 ¿Por qué pensar en repostularse nuevamente en 2019?


–Usted sabe dónde vivo. Entré al Chapare, en la zona del Trópico de Cochabamba, para mejorar la economía, para sobrevivir con mi papá. Lamento mucho que mi padre me abandonó muy joven. Mi madre igual. Tenía muchas ganas de estudiar. Me dediqué a la agricultura casi 10 años. Pero iba a ser dirigente sindical. No quería serlo, porque estaba mejorando mi economía personal. Finalmente acepté. Ahí estaba la base militar de Estados Unidos, ahí mandaba la DEA. No había soberanía para Bolivia.


“Cuando llegué a la zona del Trópico en Cochabamba nunca pensé ser dirigente, menos presidente. En mi experiencia siempre digo: el cargo no se busca, el cargo nos busca. Eso pasó conmigo, sindicalmente, políticamente.


“En las elecciones nacionales de la Federación, en 1997, fui propuesto para ser diputado. Lo rechacé. No quería, pero me obligaron. Ese año fui el diputado con más votación de toda Bolivia. Y se presenta esta situación de ser presidente y juramos el 22 de enero de 2006. Garantizamos la refundación de Bolivia mediante la Asamblea Constituyente, y, gracias a la unidad del pueblo boliviano, derrotamos a los separatistas y golpistas. Consolidamos el proceso democrático, el proceso de cambio.


“Yo he estado más de 12 años de presidente. Pero hay resultados. Hicimos un gran cambio de un Estado colonial a un Estado Plurinacional. Económicamente nacionalizamos los recursos, recuperamos las empresas que dejan mucha utilidad para el Estado, para el pueblo. Hemos parido junto al pueblo boliviano programas sociales que distribuyen la riqueza, por ejemplo la nacionalización del agua, de la luz y de otros servicios. En 2005 ganamos las elecciones con 54 por ciento de votos. Fuimos ratificados con 64 por ciento. En la última elección tuvimos 62 por ciento. A pesar de eso la derecha nos acusa de dictadura.


Los movimientos sociales se plantean continuar con nuestra revolución. Y para eso quieren que Evo siga al frente. Quieren que termine las grandes obras. Nunca había soñado ser presidente, y como tal, hacer estos cambios junto al pueblo boliviano.


–Pero la oposición objeta su repostulación a la presidencia el año que viene. Argumenta que hubo un referendo y que en éste se decidió que no podía usted repostularse.


–¿Qué fue el referendo? Fue una consulta para modificar la Constitución. El referendo dijo no, y no se va a modificar la Constitución, aunque la oposición hizo su campaña con base en la mentira. La derecha usó mujeres, inventó niños. ¡Hubo tanta mentira! Pero también hay una interpretación constitucional que permite la repostulación y una sentencia que la avala. Y es el pueblo el que pide continuar con esta revolución democrático-cultural.


“¿Qué quiere la derecha? Volver al pasado. El pueblo no quiere volver al pasado. ¿Qué quiere la derecha? Echar atrás las conquistas sociales. La derecha dice ‘los pobres, sálvense como puedan’. No quiere que haya políticas sociales, programas, bonos, rentas.”


–En América Latina hay una ofensiva muy vigorosa de la derecha. El presidente Lula fue encarcelado; la presidenta Dilma fue destituida; en el proceso de Ecuador se está persiguiendo al presidente Correa. ¿Llegará esa ola conservadora a Bolivia?


–Yo estoy en manos del pueblo. Por primera vez, la gloriosa Central Obrera Boliviana, en su congreso ordinario, decide que Evo sea su candidato a la presidencia. Es un hecho histórico. Nunca ha habido eso en toda la historia boliviana. Pero además tenemos el pacto de unidad campesino-indio boliviano. Me acaban de informar que ha habido un acto proclamando la ratificación de Evo como presidente. Entonces, dudo que pueda presentarse algo así.


Pero van a intentar algo. No creo que haya golpe militar, pero intentarán una convulsión nacional. No van a poder dar un golpe congresal, porque tenemos dos tercios en la Cámara de Senadores y también en la de Diputados. Aquí no puede pasar un golpe judicial. Entonces, la embajada (de Estados Unidos) busca cómo convulsionar el país. Pero han fracasado, fracasado y fracasado, porque estamos con la verdad. Es la gran ventaja que tenemos.


–En las elecciones de 2019, poco más de 40 por ciento de los votantes van a ser jóvenes menores de 35 años. Van a votar por primera vez quienes nacieron con la guerra del agua (2000), quienes aprendieron a hablar durante la guerra del gas (2002), los que fueron a la escuela por primera ocasión cuando Evo llegó a la presidencia (2006). ¿Esa nueva generación tendrá idea de cómo era Bolivia antes de Evo y la diferencia que hay entre la Bolivia de antes de Evo y la de ahora?


–Yo siento que tienen mucha conciencia. No sé en qué porcentaje. Pero siento que las nuevas generaciones son muy visionarias, muy comprometidas con su país.


“Nuestra gran debilidad es la clase media. A veces pienso en si hay que hacer una clase media con dignidad, tener una clase a medias.


“Pero también hay –no sé si es 10 por ciento– quien no entiende que un campesino, un dirigente sindical, un indio, sea presidente. Ellos dicen: nosotros hemos estudiado para dominar a los indios, para mandar a los indios. Ese es el complejo que tienen.”


Casa grande


–Su gobierno acaba de construir una nueva sede de gobierno: la Casa Grande del Pueblo. Presentan este enorme edificio en el centro de La Paz como una obra que va a ayudar a no tener que rentar oficinas públicas, como una muestra de modernidad. Sin embargo, la oposición los acusa de edificar una obra innecesaria.


–Mira, las anteriores construcciones de la gente indígena se hicieron en los años 1200 a 1300. Ya pasaron muchos años desde entonces, más de 500. Y ahora, por eso, los indígenas, el movimiento social, construimos este edificio tan grande, sede de gobierno.


La juventud quiere modernidad. Pero, además, yo estoy casi seguro de que en tres o cuatro años recuperamos nuestra inversión de 35 millones de dólares. Hemos sido un Estado inquilino. Gastábamos 20 millones de dólares al año en los inquilinatos. Ya no lo vamos a hacer. El Estado debe dejar de ser inquilino. Vamos a dejar de ser un Estado mendigo y limosnero.
Respeto y admiración a La Jornada


Gracias por su entrevista. Gracias por venir hasta Cochabamba para este pequeño mensaje. Como siempre, tengo mucho respeto y admiración por La Jornada. Desde que era dirigente sindical, y ahora como presidente del Estado Plurinacional, nos ha dado mucha cobertura para expresar libremente lo que pensamos, lo que sentimos. Muchas gracias por acompañarnos en todo este proceso de lucha en Bolivia.
Evo Morales

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Miércoles, 08 Agosto 2018 07:35

El Arte de la Transición

El Arte de la Transición

Para Mirna


1. La sonrisa del León


La actual transición de América Latina plantea como cuestión de vida o muerte política la sabiduría del poeta iraquí Al-Mutanabbi, del Siglo X: "Cuando ves los dientes del león, nunca pienses que te sonríe". Esa metáfora proporciona el software para detectar los engaños y traiciones de la política, que son inseparables de la lucha por el poder. Quién no entiende este aspecto de la política, no puede triunfar en ella, porque es el código para la ciencia de las alianzas. Es decir, la metodología que permite distinguir entre coaliciones positivas y negativas, necesarias y posibles, tácticas y estratégicas. Y que nadie se engañe. Para la política (y la guerra), las alianzas son lo que es el agua para el pez: el medio vital de sobrevivencia.


2. Alianzas y Triunfo


El actor que pretende transformar la realidad, por ejemplo, un nuevo presidente-gabinete, que encabeza el subsistema estatal llamado gobierno --llamémosle El Transitor-- tiene que distinguir entre las fuerzas estructurales de la lucha y las fuerzas operativas, so pena de fracasar. Los vectores estructurales para el triunfo se encuentran en el diagnóstico correcto de la correlación de fuerzas que existe entre El Transitor y sus adversarios. Este diagnóstico correcto tiene que abarcar las cuatro formas de poder existentes, el político, el económico, el cultural y el militar. Los vectores operativos del triunfo, en cambio, se identifican en el reino de lo posible (Bismarck) y se realizan a través de la capacidad de establecer alianzas. Las sinergias de ambos análisis se concretan en el orden de batalla. Este orden proporciona dos tipos de datos claves: a) le informa a todos los participantes de la transición sobre su status quo (situación) en el conflicto, es decir, si se encuentran en una posición defensiva u ofensiva; b) indica el despliegue aconsejable de las fuerzas transitorias para las batallas y momentos decisivos. El actor que logra más y mejores alianzas, vencerá en el enfrentamiento de los proyectos históricos. Él que se aísla, pierde. Por eso, idiotas prepotentes –idiotas en el sentido romano-- como Trump y Maduro, están condenados al fracaso. Lamentablemente para los pueblos, esto no significa que no pueden causar mucho daño antes de caer.


3. Transición bonita y transición realista


La inteligencia (comprensión) de las fauces enemigas es la clave del éxito de la política transicional, porque aconseja dejar atrás las ilusiones de la transición bonita, como aquella del "dividendo de la paz", que se iba a producir con la implosión de la Unión Soviética. Querer realizar transformaciones sólo por medio del convencimiento, del amor, de la pedagogía, del ejemplo del buen pastor o de la empatía con "el otro", significa vivir en un universo paralelo al real existente del planeta azul. Macro transiciones sociales no triunfan porque son bonitas, sino porque son realistas. O acaso ¿la Revolución Inglesa y la Francesa, basadas en los ironsides(caballería) de Cromwell y la guillotina, fueron dotadas de hermosura? Triunfaron, en términos bíblicos, porque aplicaron el verbo y la espada. En lenguaje político del Siglo 21: usaron el software y el hardware (represión) de la hegemonía nacional.


4. Parque Jurásico


La sociedad de clase se desenvuelve sobre dos vectores (dinámicas) principales: los intereses y el poder. Ambos existen en forma objetiva (fáctica) y subjetiva (virtual) y determinan la conectividad entre las cuatro relaciones sociales elementales en las que actúa el ser humano: la economía, la cultura, la política y lo militar. Construyen, en otras palabras, el "tejido social" concreto, sobre el cual se mueven los actores sociales. Desde el punto de vista del poder estratifican toda la sociedad en bloques horizontales y jerárquicas de poder, a los cuales los ciudadanos tienen que integrarse voluntaria- u obligatoriamente. Este es el entorno real a que se enfrenta un nuevo gobierno que pretende mejorar la situación de un país. No es el jardín de Edén, sino el Parque Jurásico, hecho por el cual es igualmente absurdo pedir que resuelva todos sus problemas, que afirmar, que no va a resolver ninguno de ellos.


5. La izquierda Santa Claus


El Transitor que quiere modificar esta configuración del viejo régimen (ancien régime), para cumplir con el programa y el pueblo que le llevó al gobierno, se encuentra con tres centros de gravitación del poder diferentes: bloques, grupos e instituciones de poder, que le son hostiles; otros que le son (todavía) indiferentes y una tercera tendencia que simpatiza con la transición planeada. Esos centros de fuerza son el referente principal para la praxis transformadora del nuevo gobierno de transición, porque tienden a desviar la programática original de cambio hacia la derecha o hacia la izquierda. Mientras los intereses y la presión de las derechas es previsible, la desviación por presión de la izquierda Santa Claus es más difusa. Demandas y demagogias puristas, fundamentalistas, sectaristas, narcisistas, que se infiltran en el análisis objetivo del paralelogramo de fuerzas de los contendientes y los nombramientos del nuevo equipo gubernamental, al igual que la idea de que "ahora tenemos el poder para cambiar todo", cuando los transitores apenas controlan un subsistema débil del poder real --el gobierno frente a la fuerza del Estado y de los poderes fácticos-- llevan al desmoronamiento de la transición. Rechazar esas presiones que, con frecuencia, devienen de la arrogancia intelectual de "la izquierda Santa Claus", de planteamientos confusos de la liberal identity theory (teoría de las identidades) o de la seudo-izquierda criolla, es vital para el triunfo.


6. Newton y las masas


Fuerza es igual a masa por aceleración, así determinaba el genial Isaac Newton --en su Segunda Ley del Movimiento-- el comportamiento de los objetos fuera de equilibrio. En esta situación se encuentra, mutatis mutandis (aproximadamente), un gobierno de transición, porque modifica el estado de inercia del antiguo régimen. Si sustituimos "aceleración" por "concientización" en la ecuación de Newton, podemos decir, que la fuerza de El Transitor para implementar su nuevo proyecto histórico es, esencialmente, una función de la concientización de las masas, porque son el dique de resistencia ante los sabotajes de las fuerzas del status quo ante (antes del triunfo) y del oportunismo y sectarismo político. La elaboración de una convincente narrativa científica-popular del "Nuevo Normal" (new normal) y la formación política de las masas en ella, son, por lo tanto, las variables, que deciden sobre la fuerza y el éxito de los proyectos en pugna. Considerando que ninguna fuerza de transición actual (partidos políticos, sindicatos, universidades etc.) tiene un proyecto de formación educativa en lo político, que merezca el nombre; y que los presidentes socialdemócratas Lula, Kirchner, Correa, Morales y Ortega fallaron abismalmente ante tal tarea, las perspectivas del futuro para la Patria Grande no son alentadoras.


7. Tiempo y confusión


En la lucha entre la antigua ortodoxia y la nueva, entre lo estático y lo dinámica, el tiempo es decisivo. Como recordaba el revolucionario peronista John. W. Cook, en la lucha de ideas no existe la tierra de nadie. Lo que no ocupa una Weltanschauung (visión del mundo), lo ocupa otra. Dentro de la tendencia al caos ideológico, que genera el reacomodo de los elementos del sistema durante la transición, hay mucha confusión acerca de quién representa realmente los intereses objetivos de los segmentos de poder estatales y sociales. La propensión al caos y la posibilidad de equivocación es grande. La historia sobre alianzas políticas equivocadas de la pequeña burguesía (Hitler), grupos populares, clases medias e instituciones, con sectores contrarios al progreso transicional, es abundante. Como, por ejemplo, los campesinos de la Vendée en la Revolución Francesa; la entrega del rebelde del Tahuantinsuyo, Tupac Amaru, por caciques e indígenas nativos a la monarquía española; el desuso de los fondos estatales del Banco Central por la Comuna de Paris y el papel golpista de la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) en el golpe militar del 2002.


8. El Dios de la Transición


Ianuarius (Jano), el Dios romano de las puertas, comienzos y transiciones, era bifronte: tenía una cara hermosa y otra terrible. Tal imagen refleja adecuadamente la realidad del Estado. Porque todo Estado es, paralelamente, agente civilizador e instancia opresora. Idealmente, como Estado de derecho, protege al ciudadano común del abuso y de la violencia de los poderosos, usando su legítimo monopolio de poder (armado). Pero, al mismo tiempo, es un órgano de las clases dominantes, cuyos intereses principales impone. Pedir a un gobierno de transición progresista, que bloquee la función de represión clasista del Estado, es legítimo y necesario. Sin embargo, demandar que no use la policía para defender la legalidad y legitimidad de sus medidas transitorias y del orden público, es ilusorio y suicida, porque lo condena a la desestabilización y caída.


9. El líder transicional


El triunfo electoral y la superación de dinámicas caotizadoras post-electorales requiere inevitablemente un centro de poder conductor, que esté en relación dialéctica real con las masas y los bloques de poder. Lo que sucede, cuando por falta de liderazgo no se establece la direccionalidad e integración necesaria de las fuerzas de transformación estatales y sociales en una gobernanza nacional adecuada, lo vemos en Venezuela y, crecientemente, en Argentina, Brasil, Estados Unidos y Nicaragua. La entropía del sistema aumenta y se acerca al punto del colapso vía el magnicidio, el golpe militar, el levantamiento de masas o la intervención externa.


10. Transición y Ciencia


Para decirlo con toda claridad. La ciencia ha demostrado, que la direccionalidad y auto-similaridad a toda escala de los grandes sistemas biológicos y sociales, son precondiciones funcionales imprescindibles para su sobrevivencia y éxito. Lo mismo es válido para los proyectos históricos de los gobiernos de transición y los intereses históricos de los pueblos.


Pero, estando tan lejos de la ciencia y tan cerca de Santa Claus, la Izquierda latinoamericana probablemente no escuchará el mensaje.

Por: Heinz Dieterich | Martes, 07/08/2018 11:27 AM

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