A una semana de la elección en EU todo indica una derrota de Trump

Pandemia, el flanco más vulnerable del magnate // Casi 70 millones de personas ya votaron

 

A una semana de las elecciones del 3 de noviembre, la lucha de máscara contra sin máscara sobre el destino de esta democracia entra en la recta final con todos los indicadores apuntando hacia una derrota de Donald Trump, pero impera la incertidumbre ante la intención del presidente de provocar una crisis constitucional y política.

Ambos candidatos, el demócrata Joe Biden siempre llegando y saliendo con máscara; el presidente a propósito desenmascarado ignorando los protocolos sugeridos por sus propios expertos y con brotes contagiando su Casa Blanca, todo ilustrando que la pandemia ha contagiado esta batalla electoral.

Biden realizó dos actos en Georgia, donde reiteró su compromiso de actuar de inmediato y con base en el consenso científico y los expertos de salud para tomar control de la pandemia. Y como siempre, recordó que el uso de cubrebocas hubiera reducido el nivel de contagio y mortalidad en el país, y pidió a todos: "pónganse sus máscaras", tal como hizo él al concluir.

Trump tenía actos programados en Michigan y Wisconsin, dos estados que fueron claves para su elección en 2016, pero donde ahora está perdiendo en las encuestas, y uno más en Nebraska. En el primero continuó con su estrategia hasta ahora aparentemente fallida de minimizar la pandemia, insistiendo en que sólo se están reportando más casos porque se están haciendo más exámenes. Repetidamente ha insistido en que las noticias cada vez peores sobre la pandemia son parte de una “conspiración de los medios de fake news”, y ayer siguió minimizando las dimensiones de la pandemia, y afirmó contra evidencia que ya se está superando; todo, por supuesto, sin máscara a la vista.

Pero le guste o no al presidente, la pandemia está al centro de este ciclo electoral con el manejo incompetente e irresponsable de la respuesta a la peor crisis de salud en un siglo y sus consecuencias económicas y sociales expuesto por todo el país. Ése sigue siendo su flanco político más vulnerable, y por lo tanto el enfoque del ataque demócrata. Y la pandemia parece estar del lado demócrata, al registrar los índices más altos de nuevos contagios diarios los pasados viernes y sábado, y con emergencias por falta de capacidad médica en varios estados republicanos como Texas y Utah.

Ambos candidatos ya están empleando sus mensajes finales para animar a sus bases y tratar de convencer a los pocos indecisos que quedan. Trump una y otra vez promete un retorno a "la grandeza" y advierte que si Biden gana la "izquierda radical" tomará el poder y convertirá al país en un caos socialista. Ayer declaró que la senadora Kamala Harris, candidata demócrata a la vicepresidencia, es una izquierdista que "hace que Bernie Sanders se vea como un conservador serio", y que podría muy bien tomar el lugar de Biden si éste resulta incapacitado.

El mensaje en los discursos finales de Biden se centra en superar lo cultivado por Trump, reiterando: "estoy en campaña para unir y curar a esta nación". Con referencias a fuerzas divinas, el Papa, el presidente Franklin Roosevelt y tocando sobre los temas del movimiento antirracista, dijo en Georgia que "Dios y la historia nos han llamado a este momento y a esta misión. Con nuestras voces y nuestros votos, tenemos que liberarnos de las fuerzas oscuras, las fuerzas de la division y las fuerzas de ayer", para promover "una nueva ola de justicia" en Estados Unidos.

Mientras, el ex presidente Barack Obama continuó con los actos en apoyo de su ex vicepresidente en el estado clave de Florida.

Casi 70 millones de personas ya han emitido su voto en centros de votación anticipada y por correo, batiendo récords e indicando una tasa de participación electoral sin precedente en las últimas décadas. Los sufragios ya emitidos equivalen aproximadamente a la mitad del total de votos de 2016, a una semana de la elección, día en que tradicionalmente se registra la mayoría de los votos. La pandemia ha nutrido esta forma alternativa de votar, y con ello, ha creado dificultades para los que se dedican a pronosticar los resultados, y también para saber cuáles serán los estados claves.

Vale recordar que no hay voto directo para elegir presidente en Estados Unidos, y que el ganador del voto popular nacional no necesariamente es el victorioso en la contienda, como fue el caso de Trump en 2016 (Hillary Clinton recibió casi 3 millones de votos más que Trump). Por el sistema del Colegio Electoral, la contienda se determinará en unos cuantos estados claves.

Por eso, aunque los sondeos nacionales otorgan amplia ventaja a Biden, con más de 9 puntos en promedio, las tendencias en los estados claves son más importantes para descifrar la contienda, y aunque Biden goza de ventajas en muchos de ellos, son por un margen menor y a veces casi nulo.

Los estados considerados claves donde los expertos creen que se determinará el resultado final de la elección presidencial incluyen Pensilvania, Michigan, Wisconsin, Florida y tal vez Arizona (en todos estos, Biden tiene ventaja). Pero también cambia el mapa electoral si estados como Georgia y Texas, hasta ahora considerados republicanos, sorprenden y se vuelcan hacia los demócratas.

Y aunque los expertos en elecciones y encuestas concluyen que las posibilidades de un triunfo de Biden son muy altas (el modelo famoso de FiveThirtyEight que realiza 40 mil simulaciones, concluye que Biden gana en 88 de cada 100), el fantasma de 2016 sigue presente: Clinton gozaba de ventajas suficientes como para que casi todos los expertos pronosticaran su triunfo. Por eso, los opositores a Trump aún no se atreven a comprar la champaña.

Pero más que el voto mismo, la incertidumbre y hasta la alarma crecen cuando Trump repite que no reconocerá los resultados si pierde, ya que eso sólo sería posible por un "fraude", y sigue rehusando garantizar una transición pacífica del poder.

Por primera vez en este país se habla de un posible golpe de Estado por el jefe del Estado, o sea, un autogolpe para mantenerse en el poder. Para evitar una crisis constitucional y política, los estrategas demócratas están tratando de impulsar una "ola" suficientemente grande que no permita disputar el resultado.

En tanto, decenas de organizaciones y ejércitos de abogados a lo largo del país se están preparando de manera inédita para enfrentar todo intento de descarrilar el proceso antes, durante y después de los comicios.

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España plantea una suba de impuestos a los ricos 

Los primeros presupuestos del PSOE y Unidas Podemos

Los dos partidos que forman el gobierno llegan a un acuerdo que supondrá un aumento en la presión fiscal sobre las grandes fortunas. “La política es elegir qué intereses se defienden”, advierte Pablo Iglesias

 

Pedro Sánchez lleva al frente del gobierno de España desde en junio de 2018, cuando logró desbancar a Mariano Rajoy gracias a una moción de censura. Desde entonces ha ganado dos elecciones generales y ha recabado los apoyos para ser investido presidente, pero todavía no ha conseguido el apoyo necesario para aprobar unos presupuestos generales, las cuentas que con rango de ley amparan toda la acción de gobierno. Por ese motivo, el gobierno formado por el PSOE y Unidas Podemos lleva gobernando desde su conformación con los presupuestos aprobados en 2018 cuando todavía gobernaba Mariano Rajoy.

Esta situación anómala está a punto de terminarLas dos formaciones que conforman el gobierno de coalición anunciaron este martes un acuerdo para presentar al Congreso unos nuevos presupuestos. La mitad del trabajo está hecho, pero resta lo más difícil, conseguir los apoyos parlamentarios para que salgan adelante.

El acuerdo fue presentado como un gran éxito por los secretarios generales de ambos partidos, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, en una comparecencia conjunta en la que se ha dado por finiquitada la era de la austeridad en España. “Tras el durísimo golpe de la pandemia, podríamos replegarnos en la austeridad y los recortes o ponernos en pie y seguir adelante con energía", afirmó Sánchez. Iglesias fue más directo y optimista: “Inauguramos una nueva época, que deja atrás la etapa neoliberal y de recortes hacia una senda de recuperación de derechos sociales y laborales”.

Más que una declaración de intenciones, el proyecto supone todo un programa político: aumento de impuestos a las rentas más altas, gran inyección a la inversión pública, especialmente en sanidad, e impulso al Ingreso Mínimo Vital.

El PSOE y Podemos llevan semanas negociando el acuerdo, que sólo se ha alcanzado cuando los socialistas dieron su brazo a torcer y accedieron a una de las principales reivindicaciones del partido de Pablo Iglesias: el establecimiento de un control que ponga freno a los abusos en el precio de los alquileres que está expulsando a los extrarradios de las grandes ciudades a las familias con menos recursos. Podemos también reclamaba que se arbitraran medidas para facilitar el acceso al Ingreso Mínimo Vital, lo que también ha conseguido.

En la presentación del acuerdo, Sánchez reivindicó el carácter progresista del proyecto de presupuestos, excepcionales porque deben dar respuesta a la crisis social y económica provocada por la pandemia, y que supondrán la mayor inversión en protección social de la historia de España.

Para ello cuenta con dos factores también excepcionales: los 27.000 millones de euros extra que se espera recibir de la Unión Europea en una primera etapa (España cuenta con percibir en total en los próximos años 140.000 millones de fondos europeos movilizados para hacer frente a la pandemia) y una reforma fiscal que se traducirá en un aumento de impuestos a las rentas más altas. Se subirá el Impuesto de Sociedades para grandes empresas; se incrementará en un punto el Impuesto de Patrimonio a grandes fortunas (superiores a los 10 millones de euros); habrá una subida en el Impuesto a la Renta de las Personas Físicas de tres puntos a las rentas del capital de más de 200.000 euros al año y de dos puntos a los sueldos que superan los 300.000 euros anuales. Esta medida, que afecta a menos del 0,1 por ciento de los contribuyentes, ya ha sido criticada por las fuerzas de la derecha.

También se reducirán las desgravaciones que se aplican a los planes de jubilaciones privadas y se establecerá una tributación mínima del 15% para las denominadas SOCIMIS, sociedades de inversión inmobiliaria con un capital mínimo de cinco millones de euros.

A ello se sumarán nuevos impuestos, como los que se aplicará a los envases de plástico, un aumento del 10 al 21 por ciento a las bebidas azucaradas, y la puesta en marcha de las tasas ‘Google’ (impuesto a las grandes multinacionales tecnológicas) y ‘Tobin’ (impuesto a las transacciones financieras).

Todas estas medidas, unidas a una nueva ley de lucha contra el fraude fiscal, supondrán, según los cálculos del gobierno, un incremento en los ingresos del Estado de 33.447 millones de euros en 2021, cuando se espera alcanzar un récord de recaudación de 494.490 millones de euros. Ello permitirá, según Sánchez, sentar las bases para reconstruir todo lo que ha derrumbado la crisis sanitaria, económica y social provocada por la COVID-19, y también modernizar el sistema productivo español, muy asentado en el sector servicios, especialmente el turismo, al que el vendaval de la pandemia ha arrasado.

El presidente se refirió en especial al estado del bienestar y al sistema nacional de salud, que la crisis sanitaria ha demostrado “que tiene que ser más robusto”.

En relación con el establecimiento de una regulación para el mercado del alquiler, Iglesias subrayó que la política consiste en elegir qué intereses se defienden. "Este Gobierno toma partido en favor de quienes viven de sus salario y dependen del mismo para alquilar una vivienda”, subrayó.

El acuerdo sobre los alquileres no forma parte de la ley de presupuestos, pero el vicepresidente aseguró que antes de cuatro meses se aprobará una ley que permita la limitación y bajada del precio del alquiler en contratos nuevos y existentes. Esta norma, dijo, ”contribuirá a hacer efectivo el derecho a la vivienda que recoge la Constitución”.

El acuerdo alcanzado por Sánchez e Iglesias es insuficiente. Ahora los dos partidos que conforman el gobierno tienen por delante la difícil tarea de recabar los apoyos necesarios para que los presupuestos salgan adelante en el Congreso. Para ello necesitarán convencer no sólo a las pequeñas formaciones situadas a su izquierda -como Más País, de Iñigo Errejón, o los nacionalistas valencianos o gallegos- sino también a fuerzas independentistas catalanas y vascas y al influyente Partido Nacionalista Vasco.

Por Héctor Barbotta

Desde España

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 Slavoj Zizek, en el salón del libro de Leipzig (2015).

El filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Zizek ha sido uno de los protagonistas del debate intelectual en un mundo enfrentado a grandes cambios. Referente para buena parte de la izquierda, a principios de año afirmó que el coronavirus sería “un golpe letal para el capitalismo” y una oportunidad para reinventar la sociedad (la respuesta antagónica del filósofo Byung Chul Han, quien dijo “Zizek se equivoca, nada de eso sucederá”). No sólo ha estado atento a la pandemia, sino también a los estallidos sociales alrededor del mundo, a los que entiende como “dolores de parto” de una sociedad ya agotada en sus propias contradicciones: “Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente hay quienes no lo saben”.

En esta entrevista explica por qué las crisis sociales de hoy tienen resonancias globales. Además, reflexiona sobre el problema de la violencia, el pensamiento y la política del siglo XXI.

En distintas partes del mundo han ocurrido estallidos sociales, se han dicho muchas cosas al respecto, pero hay algo muy concreto y que coincide en varios de ellos, y es que la palabra que surge espontáneamente es “dignidad”. ¿Cómo lee eso?

Creo que este punto es crucial. A pesar de la pobreza, el hambre y la violencia, a pesar de la explotación económica, las protestas que estallan ahora en Chile, Turquía, Bielorrusia o Francia, evocan regularmente la dignidad. Recuerdo haber hablado con mis amigos en Estambul que me dijeron que, también allí, su lema principal era la dignidad: incluso más que la libertad política y las cuestiones económicas, no podían soportar cómo el régimen de Erdogan los humillaba tratándolos como idiotas. Creo que la dignidad es la respuesta popular al cinismo abierto de los que están en el poder. Como señaló Peter Sloterdijk hace casi medio siglo, la fórmula de la ideología actual no es “no saben lo que están haciendo” sino: “saben lo que están haciendo, y no obstante, lo siguen haciendo”. 

Ha dicho que la crisis chilena tiene relevancia universal…

Chile se encuentra en una situación específica, pero creo que esta misma especificidad hace que sea más universal que otras: marca el paso de un tipo a otro de protesta. Luchar contra la dictadura de Pinochet era la lucha por la democracia contra un régimen abiertamente autoritario; ahora se cuestionan los límites mismos de la democracia liberal capitalista. 

¿Se cuestiona la forma de la democracia de las sociedades liberales? 

Las protestas que están sacudiendo al mundo en los últimos años oscilan claramente entre dos tipos. Por un lado, tenemos las protestas de recuperación, que cuentan con el apoyo de los medios liberales occidentales: Hong Kong, Bielorrusia. Por otro lado, tenemos protestas mucho más preocupantes que reaccionan a los límites del proyecto liberal-democrático en sí: “chalecos amarillos”, Black Lives Matter, Extinction Rebellion en el propio Occidente desarrollado. La relación entre los dos se asemeja a la conocida paradoja de Aquiles y la tortuga. En una carrera, Aquiles le permite a la tortuga una ventaja, y cada vez que Aquiles llega a algún lugar donde ha estado la tortuga, todavía le queda algo de distancia antes de que pueda alcanzarla. Pero si dejamos que Aquiles corra 200 metros, y en la misma unidad de tiempo, la tortuga cubrirá sólo 4 metros, ésta será dejada muy atrás por Aquiles. Entonces, la conclusión que se impone es: Aquiles nunca puede alcanzar a la tortuga, pero puede pasarla fácilmente. Ahora reemplacemos a Aquiles por “fuerzas del levantamiento democrático”, y la tortuga por el ideal del “capitalismo liberal-democrático”: pronto nos damos cuenta de que la mayoría de los países no pueden acercarse demasiado a este ideal, y que su fracaso para alcanzarlo expresa debilidades del propio sistema capitalista global. Todo lo que estos países pueden hacer es la arriesgada maniobra de ir más allá de este sistema, que, por supuesto, conlleva sus propios peligros. Además, nos vemos obligados a darnos cuenta de que, mientras los manifestantes a favor de la democracia se esfuerzan por ponerse al día con el Occidente liberal-capitalista, hay signos claros de que, en la economía y la política, el propio Occidente desarrollado está entrando en un poscapitalismo, una era posliberal, por supuesto, distópica.

¿Es decir, le parece que la crisis tiene que ver con que las democracias liberales se han topado con su propia contradicción?

Yanis Varoufakis señaló una señal clave de lo que vendrá: la reacción de las bolsas de valores. Cuando se anunció la mayor recesión en Reino Unido y Estados Unidos, el mercado de valores registró un récord. Aunque parte de esto puede explicarse por hechos simples (la mayoría de los máximos del mercado de valores pertenecen a unas pocas empresas que prosperan ahora, desde Google hasta Tesla), lo que vemos es una disociación entre la circulación y especulación financiera con la producción y las ganancias. La verdadera elección es entonces: ¿en qué tipo de poscapitalismo nos encontraremos?

Precisamente Arendt escribe, a propósito de las protestas estudiantiles de principio de los 70, que los estallidos violentos son los dolores de parto de una sociedad que ya se encontraba en transición. 

Arendt dice esto en su polémica contra Mao, quien dijo que “el poder surge del cañón de un arma”. Arendt califica esto como una convicción “completamente no marxista” y afirma que, para Marx, los estallidos violentos son como “los dolores de parto que preceden, pero por supuesto que no causan, el nacimiento orgánico del evento”. Básicamente estoy de acuerdo con ella, pero agregaría dos cosas. Primero, recuerda la clásica escena de dibujos animados de un gato que simplemente continúa caminando por el borde del precipicio, ignorando que ya no tiene tierra bajo sus pies; se cae solo cuando mira hacia abajo y se da cuenta de que está colgando en el abismo. Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente no lo saben y tenemos que recordárselo, hacer que miren hacia abajo y vean el abismo bajo sus pies, pero ¿cómo? No creo que sea posible hacer ver, a los que están en el poder, que “ya están muertos”: en nuestro universo cínico, en cierto sentido ya lo saben, pero siguen como de costumbre. Así es cómo funciona la ideología en nuestra era cínica: no tenemos que creer en ella. Nadie se toma en serio la democracia o la justicia, todos somos conscientes de su corrupción, pero la practicamos, demostramos nuestra fe en ellas, porque suponemos que funcionan aunque no creemos en ellas. Lo que esto significa en nuestro caso es que nunca se producirá un traspaso del poder “democrático” plenamente pacífico sin los “dolores de parto” de la violencia: siempre habrá momentos de tensión en los que se suspendan las reglas del diálogo democrático y los cambios.

La violencia en las protestas es justamente lo que genera un problema para la izquierda, que tiene un pie en la calle y otro en la política institucional. No logran tomar posición.

Por lo que entiendo de la situación, creo que en este momento el foco debería estar en el “Apruebo”, que es un procedimiento institucional de votación. El objetivo no es asustar a la “mayoría silenciosa”, sino conseguir que el mayor número posible de ellos esté de nuestro lado. La violencia de nuestro lado debe ser estrictamente reactiva (autodefensa) para que se vea que claramente es el otro lado el que está perdiendo los nervios y actúa con violencia. Hay que evitar que surja el cliché de que hay extremistas violentos en ambos lados. Los que están en el poder provocaron la crisis y la inestabilidad, mientras que “Apruebo” está a favor de la paz y la estabilidad ciudadana. La violencia que preferiría es la violencia pasiva de abstenerse y boicotear, de NO hacer cosas donde se espera que uno haga algo. Como escribí al final de mi libro sobre la violencia, a veces lo más auténticamente violento es no hacer nada.

¿Hay algo que cambiarías, casi diez años después, de su libro Sobre la violencia?

Tal vez solo cambiaría algunos pequeños acentos. Insistiría más en la diferencia entre una violencia física o mental necesaria para reproducir el sistema y una “violencia” dirigida contra el sistema pero que puede respetar plenamente todas nuestras libertades y reglas democráticas. En este sentido, por loco que parezca, Gandhi era más violento que Hitler. Hitler no “tenía las pelotas” para cambiar las cosas. Todas sus acciones fueron fundamentalmente reacciones: actuó para que nada cambiara realmente; actuó para evitar la amenaza comunista. Su objetivo de eliminar a los judíos fue, en última instancia, un acto de desplazamiento en el que evitó al enemigo real: el núcleo de las propias relaciones sociales capitalistas. Gandhi, en cambio, hizo un movimiento que se esforzó efectivamente por interrumpir el funcionamiento básico del estado colonial británico respetando todas las reglas democráticas. La violencia directa es, por lo tanto, por regla general una reacción a la amenaza de un cambio. Cuando un sistema está en crisis, comienza a romper sus propias reglas. 

En El coraje de la desesperanza, decía que había que abrazar completamente la desesperanza. Esos días triunfaba Trump y aparecían en el mundo las derechas nacionalistas. Hoy, ¿tiene esperanza?

Sigo apegándome a esa fórmula de Agamben. Por “desesperanza” no me refiero a un tipo de pesimismo de “no hay salida”, solo me refiero a que no podemos imaginar un verdadero cambio dentro de las coordenadas básicas del orden existente, en el sentido de “radicalicemos nuestra democracia”. El camino hacia el verdadero cambio se abre solo cuando perdemos la esperanza en un cambio dentro del sistema. Si esto parece demasiado “radical”, recuerda que hoy, nuestro capitalismo ya se está transformando en algo nuevo, en un nuevo tipo de régimen opresivo. 

¿Es esa “desesperanza” táctica lo que le llevó a afirmar en las elecciones pasadas en Estados Unidos que era menos malo que ganara Trump que Clinton? ¿Qué piensas sobre las próximas elecciones?

Mi argumento fue que Trump es peor que Hilary Clinton, y ese era mi punto: esperaba que, como reacción a su gobierno, la izquierda en los Estados Unidos se constituyera como una fuerza política independiente. Esto sí sucedió con el surgimiento de los llamados socialistas demócratas dentro del Partido Demócrata, pero creo que hoy, con la pandemia, lo que está en juego es simplemente nuestra supervivencia, por lo que aconsejo a mis amigos de Estados Unidos que voten por Biden. Paradójicamente, la tarea de la izquierda es ahora, como señaló Alexandria Ocasio-Cortez, salvar nuestra democracia “burguesa”, cuando el centro liberal es demasiado débil e indeciso para hacerlo. ¡Qué vergüenza! Ahora tenemos que pelear incluso sus batallas.

Ha sido muy crítico con la culturalización de la política, también con las militancias anti-representación. ¿Cómo piensa la política del siglo XXI? 

El siglo XXI comenzó con los atentados del 11 de septiembre que marcan el fin de la visión de Fukuyama: ahora sabemos que el sueño de una expansión universal del capitalismo liberal-democrático ha terminado. Pero estoy dispuesto a dar un paso más aquí. Lo que hoy debería volverse problemático es precisamente un rasgo que Marx, Lenin y sus oponentes anarquistas tenían en común: destrozar los aparatos estatales existentes y reemplazarlos con algún tipo de autoorganización transparente de la sociedad que excluya la alienación y la re-presentación política. Por el contrario, pienso que hay que finalmente abandonar el mito de la inocencia perdida de la “Comuna de París”, como si los comunistas fueran comunistas antes del terror comunista “totalitario” del siglo XX, como si en la “Comuna” un sueño se hiciera realidad incluso si la gente efectivamente comiera ratas ¿Qué pasaría si, en contraste con la gran obsesión por superar la alienación de las instituciones estatales y lograr una sociedad auto-transparente, nuestra tarea hoy fuera, casi la opuesta? Es decir, promulgar una “buena alienación” ¿Qué pasa si necesitamos un conjunto de instituciones “alienadas”? Que, precisamente como “alienadas”, sustentan el espacio de nuestra libertad, de la misma manera que podemos pensar y hablar libremente solo a través del lenguaje, que no es sino una sustancia no transparente de nuestra vida mental. 

Pero da la impresión de que la idea de que no somos transparentes a nosotros mismos es poco popular, más bien son tiempos de extrema confianza en la voluntad y el “yo”. Supongo que esa es la parte en que incorpora el psicoanálisis y a Hegel en sus análisis.

Hago esto en un movimiento crítico contra el marxismo tradicional que también se basa en el progreso histórico general que conduciría al comunismo. Entonces los comunistas pueden así permitirse confiar en la Historia, actuar de acuerdo con sus leyes y saber lo que hacen. Pero creo que deberíamos darle la vuelta a la fórmula propuesta por Robert Brandom, el gran hegeliano liberal de hoy: “el espíritu de confianza”. ¿No es el rasgo más profundo de un verdadero enfoque hegeliano un espíritu de desconfianza? Es decir, el axioma básico de Hegel no es la premisa teleológica de que, por terrible que sea un evento, al final resultará ser un momento subordinado que contribuirá a la armonía general; su axioma es que no importa lo bien planificada y pensada que sea una idea o un proyecto, de alguna manera saldrá mal: la comunidad orgánica griega de una polis se convierte en una guerra fraterna, la fidelidad medieval basada en el honor se convierte en un halago vacío, el revolucionario luchar por la libertad universal se convierte en terror. El punto de Hegel no es que este mal giro de las cosas, podría haberse evitado, sino que tenemos que aceptar que no hay un camino directo hacia la libertad concreta, la “reconciliación” reside solo en el hecho de que nos resignamos a la amenaza permanente de destrucción que es una condición positiva de nuestra libertad. 

Eso mismo se puede decir acerca de otros temas que se planifican. Por ejemplo, en el campo sexual: incluso cuando se intenta liberar, sigue siendo complicado. 

La epidemia de la covid acaba de concluir el proceso de digitalización progresiva de nuestras vidas: las estadísticas muestran que los adolescentes de hoy dedican mucho menos tiempo a explorar la sexualidad que a explorar la web y las drogas. Incluso si se involucran en el sexo, ¿no es hacerlo en el ciberespacio (con toda la pornografía hardcore que se ofrece) mucho más fácil? Pero deberíamos dar un paso más aquí: ¿y si nunca hubiera habido un sexo completamente “real” sin un suplemento virtual o fantasioso? La masturbación se entiende normalmente como “hacértelo a ti mismo mientras imaginas a una pareja o parejas”, pero ¿y si el sexo es siempre, hasta cierto punto, masturbación con una pareja real? A esto agregaría la lección del psicoanálisis: algo está constitutivamente podrido en el estado de sexo, la sexualidad humana está en sí misma pervertida, expuesta a la mezcla de realidad y fantasía. Incluso cuando estoy solo con mi pareja, mi interacción (sexual) con él / ella está inextricablemente entrelazada con mis fantasías, es decir, utilizo la carne y el cuerpo de mi pareja como apoyo para realizar y representar mis fantasías. No podemos reducir esta brecha entre la realidad corporal de mi pareja y el universo de las fantasías a una distorsión abierta por el patriarcado y la dominación o explotación social; la brecha está aquí desde el principio. Es por esta misma razón que, como parte de la relación sexual, uno le pedirá al otro que siga hablando, generalmente narrando algo “sucio”, incluso cuando tenga en sus manos la “cosa en sí”. 

¿Es feminista?

Sí lo soy. A lo que me opongo es solo a cierto tipo de teoría de género que ve la diferencia sexual como una construcción social impuesta por el orden patriarcal opresivo, sobre una sexualidad fluida previa. Más bien pienso la diferencia sexual desde Lacan, que no es binaria en el sentido de una oposición simbólica fija: es una diferencia “imposible”, una brecha traumática que diferentes identidades sexuales intentan ofuscar. Otro problema adicional que veo con el feminismo contemporáneo en los países occidentales desarrollados es que, como ha demostrado Nancy Fraser, la forma predominante del feminismo estadounidense fue básicamente cooptada por la política neoliberal: debería haber más mujeres en posiciones de poder, pero la estructura de poder en sí no debería cambiar; debemos ayudar a los pobres, pero debemos seguir siendo ricos; no se debe abusar de una posición de poder en una universidad para obtener favores sexuales de aquellos que están subordinados a nosotros, pero el poder que no se sexualiza está bien.

A propósito de la hegemonía que va tomando la racionalidad de la técnica, y que, como decía Heidegger, la ciencia no piensa en consecuencias, ¿qué exigencia tiene el pensamiento en el tiempo que nos toca? 

Lo que se necesita es simplemente un pensamiento filosófico verdadero, un pensamiento que reflexione sobre los presupuestos e implicaciones de lo que estamos haciendo. Por ejemplo, Musk y otras figuras corporativas están anunciando la posibilidad de “Neuralink”, la conexión digital directa entre nuestras mentes que hará que el lenguaje sea obsoleto; la pregunta que debemos plantear aquí es cómo afectará este cambio en lo que significa “ser humano”. Tendremos que aprender a plantear cuestiones tan básicas. Creo que está llegando una nueva era de la filosofía. 

Por Constanza Michelson 26/10/2020

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Un sintecho en una estación de tren en Washington. REUTERS.

La falta de comida afecta a más del 10% de la población en 17 estados. Las mujeres y las comunidades negra y latina, los sectores más afectados.

 

Entre 26 y 29 millones de personas en Estados Unidos aseguran que en sus hogares "a veces" o "a menudo" no tienen suficientes alimentos para comer. Son los datos que revelan un informe del Centro de Acción e Investigación sobre la Alimentación (FRAC, por sus siglas en inglés), cuyo trabajo se centra en los primeros meses de la pandemia en el país norteamericano. El documento denuncia que la cifra de personas que dicen pasar hambre en Estados Unidos se ha multiplicado por más de tres desde 2018. Entonces, casi ocho millones de adultos decía que en sus casas escaseaba la comida.

El informe del FRAC, titulado Sin suficiente para comer: la covid-19 agudiza la crisis de hambre en Estados Unidos, alerta de que este problema afecta especialmente a los hogares de la comunidad negra y latina. En cuanto a los ejes de género y de edad, las mujeres y los niños están más afectados que los hombres. Por Estados, en 17 de ellos más el Distrito de Columbia, más del 10% de la población asegura no tener suficientes alimentos para comer. Casi todos esos territorios están en el Sur del país. A la cabeza de esta triste clasificación aparece Mississippi, donde el 17% de la población pasa hambre. Ese porcentaje es del 15% en Luisiana, el 14% en Texas, el 12% en la capital del país, Washington, además de los Estados de Nevada, Arkansas, Alabama, Georgia, Carolina del Sur y Florida; y un 11% en Nueva York, California, Oklahoma, Tennessee, Maryland, Virginia Oeste y Kentucky.

"El hambre en Estados Unidos estaba en unos niveles altos e inaceptables ya antes de la pandemia y es absolutamente chocante ver cómo el covid-19 ha aumentado dramáticamente el número de hogares hambrientos en todos los rincones del país en cuestión de meses", asegura en un comunicado el presidente del FRAC, Luis Guardia.

El informe ha hallado que más del 20% de las personas blancas y latinas adultas con hijos asegura no tener suficiente para comer, el doble que los adultos blancos con hijos. El documento encuentra otras diferencias trascendentales. En cuanto a formación, entre quienes tienen sólo un diploma escolar o menos, el 16% asegura pasar hambre comparado con el 3% de quienes tienen una licenciatura.

En cuanto al género, la investigación del FRAC alerta de que "las mujeres han estado más expuestas a perder el empleo durante la pandemia comparado con los hombres y esto las hace más susceptibles de pasar hambre". Al mismo tiempo, abunda el estudio, "entre las personas mayores, es más probable que sean mujeres a hombres quienes tengan problemas de insuficiente comida".

Por franjas de ingresos, la carencia de comida afecta al 28% de quienes ganan menos de 25.000 dólares al año, frente al 11% de 2018, el dato prepandemia que maneja el informe. Ese porcentaje es del 16% para las personas con salarios de entre 25.000 y 34.999; el 12% para los que ganan entre 35.000 y 49.999 dólares; y se sitúa en un 8% para los salarios entre 50.000 y 74.999 dólares. Prácticamente, sólo están libres del hambre (1%) aquellos que declaran

"Todos estos datos muestran no sólo números. Estamos hablando de familias, amigos, barrios, que no pueden tener la nutrición adecuada que se necesita para vivir una vida sana", dice Guardia. El presidente del FRAC alerta de que "los niños perdieron el acceso a las comidas escolares debido al cierre de las escuelas por la pandemia".

Para paliar esa situación, el FRAC "trabajó con los dirigentes del Congreso para crear el programa de Transferencia Electrónica de Beneficios en caso de Pandemia, en el que una tarjeta de ese programa proporciona a las familias con niños los fondos para comprar alimentos en lugar de las comidas escolares". Guardia calcula que esta medida ha sacado del hambre a entre tres y cuatro millones de niños.

Aun así, son parches para un sistema que tiene muchos agujeros, a pesar de que la riqueza de los más poderosos no deja de aumentar desde que la pandemia comenzó. El hombre más rico del país, Jeff Bezos, fundador de Amazon, se convirtió a finales de agosto en la primera persona en alcanzar un patrimonio valorado en 200.000 millones de dólares.

Guardia reclama que "el Congreso y la administración Trump redoblen sus esfuerzos para garantizar la comida a cada estadounidense e invertir más para extender los programas federales de alimentación. Se ha demostrado que esto es lo necesario para achatar la curva del hambre que sufre la nación".

El informe ha sido realizado por la economista de la Universidad Northwestern (en Evanston, Illinois) Diane Whitmore Schanzenbach, quien ha analizado los datos oficiales entre abril y julio de este año de la Oficina del Censo de los Estados Unidos.

Washington

26/10/2020 08:16 Actualizado: 26/10/2020 08:25

Por Manuel Ruiz Rico

@ManuelRuizRico

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Chile votó por enterrar la Constitución de Pinochet

La opción "Apruebo" arrasó en el histórico plebiscito

La ciudadanía chilena decidió poner fin a la Carta Magna de 1980, elaborada por la dictadura. El estallido social del año pasado fue decisivo para este proceso constitucional.  

 

Aunque todos los sondeos vaticinaron el triunfo de la opción “Apruebo”, ninguno previó una cifra tan espectacular: 78,20 por ciento frente al 21,80, con el 86 por ciento de las mesas computadas, con lo que se abre el tan ansiado proceso de cambiar la Constitución de 1980 elaborada por la dictadura de Pinochet y que aún rige a Chile, con modificaciones que apuntan más a quitar lo “militar” pero manteniendo un modelo económico que beneficia a las empresas en contra de la ciudadanía. También arrasó la opción Convención Constitucional (79,10 por ciento) frente a la Mixta (20,90), la que obligará a conformar un equipo para redactarla, de 155 miembros elegidos por voto popular y con paridad de género frente la segunda opción que buscaba incluir un 50 por ciento de parlamentarios en ejercicio.

Desde las 20:00 de este domingo sectores como Plaza Baquedano/Italia —rebautizada como “Plaza de la Dignidad”— comenzaron a llenarse de personas, incluidas familias donde destacaban cánticos como “El pueblo unido jamás será vencido” y la bandera mapuche, símbolo del movimiento social que generó todo este movimiento, mientras las Fuerzas Especiales se mantuvieron a distancia en una celebración totalmente pacífica.

Quizá por primera vez desde la pandemia, se podía percibir cierta alegría en las personas. El sol primaveral, la sensación de estar haciendo historia en las nuevas generaciones y cierto recuerdo del plebiscito de 1988 donde el “No” derrotó a Pinochet generó un ambiente sin mayores perturbaciones. En los colegios de Santiago Centro donde se votaba, se veía mucho joven y adulto mayor y hasta los policías y militares que controlaban estos locales de votación saludaban a las personas, en una postal francamente sorprendente.

Piñera: “Ha triunfado la democracia"

El presidente de Chile, Sebastián Piñera, acompañado de sus ministros dio un discurso por TV a las 21:20 (misma hora que en Argentina). “Hoy los chilenos y chilenas han expresado libremente su voluntad a través de las urnas, eligiendo una Convención Constituyente, que por primera vez tendrá plena igualdad entre hombres y mujeres, para acordar una Nueva Constitución para Chile”.

Mientras miles de personas llegaban a la zona de Plaza Baquedano/Italia/Dignidad y en el centro de Santiago se escuchaban aplausos, bocinazos y gritos, tal como si fuera la final de un mundial, Piñera continuó: “Hoy la voz de todos los ciudadanos se ha escuchado con la misma fuerza y cada voto ha tenido el mismo valor. Ha prevalecido la unidad sobre la división y la paz sobre la violencia. Es un triunfo de todos los chilenos (…) El comienzo de un camino, que juntos, todos, deberemos recorrer. Hasta ahora la Constitución nos ha dividido. A partir de hoy, todos debemos colaborar para que la Nueva Constitución sea el gran marco de unidad y se constituya en la casa de todos”.

Y finalizó: “Hoy es tiempo de sanar las heridas del pasado, unir voluntades y levantar con generosidad la vista hacia el futuro. Agradezco a todos los que contribuyeron a un plebiscito constitucional que nos enorgullece y a los millones de ciudadanos, en Chile y en el extranjero, que cumplieron con su deber cívico (…) Como siempre lo hemos hecho, una vez más nos pondremos de pie. Todos sabemos que para avanzar juntos no debemos dejar a nadie atrás”.

Parecía el final, pero es solo el principio

Este plebiscito, acordado el 15 de noviembre en una maratónica sesión en el Congreso tras semanas de paros, movilizaciones y cabildos auto convocados, se conoce como “de entrada”. Lo que viene son las elecciones de los ciudadanos que integrarán la Convención Constituyente el 11 de abril de 2021. Luego vendrá la redacción de la Constitución con un plazo de nueve meses, renovable por tres más. Finalmente habrá un plebiscito ratificatorio “de salida” durante 2022. 

El profesor del Instituto de Historia de la Universidad Católica e investigador COES (Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social), Manuel Gárate tiene muy claro lo que se viene: “Los mayores problemas y desafíos, a mi parecer, están en el exceso de expectativas sobre los cambios a venir. Nos espera un largo proceso deliberativo no exento de conflictos y tensiones. La cláusula de aprobación de dos tercios (por cada artículo de la Constitución) obligará a [email protected] constituyentes a llegar a acuerdos y a negociar largamente”.

El historiador cree que habrá un periodo importante donde la convención deberá ponerse de acuerdo sobre sus reglas de funcionamiento, y que suele ser un momento tenso, largo, pero necesario. “Entonces es importante que las autoridades democráticas, los partidos, y otras organizaciones de la sociedad civil hagan una amplia pedagogía para explicar qué se puede esperar y qué no de un proceso constituyente. La movilización y la protesta social seguramente continuarán, aunque quizás con menos fuerza que en 2019. El Poder Ejecutivo tiene una responsabilidad importante en proteger el proceso y evitar los excesos de cualquiera de los extremos y no aprovechar la situación para imponer una agenda propia o un pre-proyecto constitucional. También deberá encuadrar y regular muy bien la acción de la policía y evitar los abusos que vimos durante los últimos meses”.

El cientista político e investigador de la Universidad Diego Portales, Claudio Fuentes advierte que hay que tomar en cuenta el multipartidismo del sistema político chileno. “No hay mayoría absoluta de una sola tendencia. El gran desafío va a ser establecer mínimos constitucionales básicos para llegar a un acuerdo que, según la norma requiere dos tercios. Por lo tanto, necesitas acuerdos de distintas fuerzas políticas para un mínimo constitucional.

El segundo desafío para Fuentes es que, independiente del proceso, “hay una demanda ciudadana por participar, por ser protagonistas de esta transformación”. “Hay que ver como las élites, que estarán en la Convención Constituyente serán capaces de abrirse para incluir distintos actores y agentes sociales, mecanismos de participación no vinculantes, cabildos, etcétera. Esto requiere una convención abierta, si no será percibida como un acuerdo cupular”.

La calle fue decisiva

Hace exactamente un año, más de un millón de personas repletó las calles de Santiago pero también el resto de Chile popularizando frases como “Con todo ¿sino pa'qué?” o “No fueron 30 pesos, fueron 30 años”. Está última en relación al alza del precio del metro que generó una serie de manifestaciones lideradas por escolares que comenzaron a evadir el boleto del metro (subte) capitalino en lo que sería el comienzo del “Estallido Social” del 18 de octubre.

Esto generó una desproporcionada represión policial contra los chicos, pero también el apoyo de los adultos que terminó con bombas lacrimógenas, estaciones incendiadas y la declaración de Estado de Emergencia, dejando 31 muertos, 500 chicos mutilados en los ojos (la policía disparaba balines a la cara) junto a más de 5.558 personas denunciando violación de derechos humanos

 “La calle fue decisiva. Sin eso no hubiera pasado nada”, explica el profesor de derecho de la U. de Chile y presidente del movimiento Fuerzo Común, Fernando Atria. El proceso constituyente fue abierto por la movilización popular, eso está clarísimo. La clase política lo acepta a regañadientes, atribuyéndose un rol más importante del que tienen en realidad”.

“Los sectores políticos no están muy conscientes del rol que cumple la protesta y el movimiento social en el proceso” agrega Fuentes. “La Convención Constituyente busca abrirse a mecanismos de participación más inclusivos: paridad, escaños reservados para pueblos indígenas, participación de independientes. Pero ha costado mucho, porque es una idea que va a contrapelo de las elites, que no quieren ceder poder. Es una historia conocida en América Latina. Esta tensión requiere ser resuelta”.

Gárate recuerda que ya desde 2006 con la llamada “revolución pingüina” —término que alude popularmente al uniforme de colegios públicos— y el movimiento estudiantil de 2011, la protesta y el malestar se intensificaron fuertemente. “La protesta y el malestar siguieron por años con reventones sociales esporádicos en todo el país, pero la olla seguía juntando presión. El sistema político, en general, no fue capaz de resolver esas demandas o bien fueron bloqueadas o dilatadas por la oposición como le ocurrió al segundo gobierno de Michelle Bachelet. Entonces, la protesta social, sobre todo desde el año pasado, obligó a la clase política a mirar de frente los problemas de Chile y terminar con el discurso complaciente de los últimos 20 años, que nos hablaba de los éxitos y el desarrollo del país, mientras se acumulaba un enorme malestar y frustración por el costo de la vida y el endeudamiento endémico que promueve y alienta nuestro modelo de desarrollo”.

Y agrega: “La clase política ha sido reactiva; logró un acuerdo importante el 15 de noviembre pasado, pero "in extremis". Creo que aún no dimensiona la magnitud del malestar social y tratan de sacar ventaja en una óptica de corto plazo. Es fundamental para evitar la reversión autoritaria que la llamada clase política se abra a una participación diversa de las y los chilenos que no son militantes de partido, y comprender que el Chile de hoy es mucho más complejo que hace 30 años y exige más participación y una renovación de sus representantes. Sin la movilización ciudadana probablemente no habría pasado nada de lo que estamos viendo en estos días. Nada nos asegura un éxito en el futuro proceso, pero se abrió un camino para superar la crisis social y política desatada el 18 de octubre pasado”.

Una Constitución al servicio del pinochetismo

La Constitución de 1980 mantiene una serie de bloqueos institucionales y políticos a cuestiones que la sociedad viene pidiendo hace años, explica Gárate. Una auténtica máquina legal al servicio de la elite pinochetista que incluye quórums supra mayoritarios en el Congreso que, incluso siendo aprobado cuenta con el Tribunal Constitucional que puede bloquear cualquier intento de cambio de temas como pensión, salud, educación, vivienda o el cuidado de la niñez. “Pero seguramente la necesidad del cambio constitucional tiene también un componente simbólico-político en el sentido de ponernos de acuerdo nuevamente sobre cómo diseñaremos el pacto social para los próximos 50 años y con la posibilidad histórica de hacerlo con paridad de género. Una constitución democrática probablemente no soluciona ningún problema en particular ni rápidamente (salvo el no menos importante de su legitimidad de origen), pero abre un camino más participativo para discutir, deliberar y hacer que la clase política esté en mayor sintonía con el electorado”, dice el académico.

Aunque tuvo modificaciones, siendo la más relevante la hecha por Ricardo Lagos en 2005, los cambios señala Atria, “estaban más vinculados con la relación del poder civil y el militar, como por ejemplo, la restitución al presidente de la posibilidad de destituir a los comandantes de jefes de las FF.AA. Lo que no hizo fue cambiar la forma en que la Constitución le daba a la derecha, los herederos del proyecto político de la dictadura en relación al veto político”. Para el abogado —que desde 2009 ha estado impulsando en televisión y prensa la necesidad de cambiar la Carra Magna, “era un sistema electoral distorsionado en beneficio de la derecha, leyes orgánicas constitucionales que exigían quórums muy exagerados y Tribunal Constitucional con muchas facultades. Desde 2005 quedó claro que las reformas que se le podían hacen al texto constitucional no iban a solucionar el problema”.

Un escenario que tal como la pandemia, nadie hubiera imaginado hace un año.

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Lunes, 26 Octubre 2020 05:23

Abriendo puertas

Una manifestante que se opone a la confirmación de Amy Coney Barrett para ocupar un lugar en la Suprema Corte de Estados Unidos es conminada a bajar de la estatua Contemplación de la Justicia, a la cual se encadenó.Foto Ap

¿Habrá un autogolpe de Estado? ¿Habrá una ola anti-Trump lo suficientemente masiva como para frenar el caos poselectoral que el propio mandatario fomenta? ¿Habrá conflictos armados en algunas calles del país? ¿Intervendrán las fuerzas federales, incluso los militares, si el comandante en jefe les ordena reprimir a opositores? ¿Se rescatará lo que queda de la democracia estadunidense? Nunca antes se habían escuchado estas cosas en una coyuntura electoral en esta nación, y nadie puede pronosticar lo que está por ocurrir.

Varias organizaciones y sus redes dicen estar preparándose para "defender el voto" ante un intento para anularlo o descartarlo por el presidente y su equipo. Algunos se están dedicando a capacitar y alertar a ciudadanos para enfrentar un golpe de Estado por parte del presidente, o sea, un autogolpe para mantenerse en el poder.

En estos días previos a la elección del 3 de noviembre, organizaciones opositoras están dedicadas día y noche a impulsar lo que ya se perfila como una participación electoral histórica (en un país en el cual, cuando hay elecciones presidenciales, casi la mitad de los que tienen derecho al voto decide no participar por varias razones), y con ello generar una ola de votos suficientemente grande como para anular la disputa sobre los resultados que tanto ha promovido Trump desde hace semanas.

El candidato demócrata Joe Biden no provoca gran entusiasmo justo por ser otro político centrista del establishment, con una carrera de 47 años; de hecho, eso ha permitido que Trump se presente otra vez como en candado antiestablishment.

Pero esta elección no es un concurso entre los dos candidatos, sino que es un referendo sobre Trump.

Curiosamente, a pesar de que una muy amplia gama de voces distinguidas estadunidenses declaran a Trump como "el presidente más peligroso de la historia", algunos fuera del país expresan que esta elección da igual porque ambos candidatos ofrecen más de lo mismo para el resto del mundo.

Ante ello, tal vez es necesario explicar que Biden como candidato en parte depende de corrientes sociales progresistas poderosas dentro y fuera del partido. Por ello, él ya ha tenido que ceder ante algunas de estas fuerzas para obtener su apoyo, adoptando posiciones como, por ejemplo, declarar que protegerá a los dreamers y prometiendo que en sus primeros 100 días presentará una propuesta para otorgar una ruta a la legalización y hasta ciudadanía para 11 millones de indocumentados, todo gracias a la presión organizada de los propios dreamers y algunas organizaciones latinas.

También ha adoptado partes diluidas de las propuestas de fuerzas progresistas sobre medio ambiente y de salud como resultado de las fuerzas que surgieron con la candidatura de Bernie Sanders y otros politicos progresistas. Y, ni hablar, ha tenido que asumir una posición muy clara ante el estallido antirracista de Black Lives. Todo eso, entre otras cosas, marcan una diferencia con las políticas de Trump y lo que él representa.

Las fuerzas progresistas en Estados Unidos subrayan que la tarea más urgente es deportar a Trump del poder, y eso requiere, por ahora, votar por Biden.

No da igual quien gane y las diferencias entre ambos tienen implicaciones potencialmente de vida y muerte –literal– para millones dentro y fuera de este país.

Para muchos, esto ya no se trata de una elección estadunidense más, sino que es parte de una lucha para frenar la consolidación de un proyecto neofascista, el cual tiene vínculos con sus pares en otras partes del mundo, incluso en América Latina.

Con una derrota de Trump se abre una puerta en el muro que invita a pasar hacia un futuro más democrático en Estados Unidos, lucha que requiere de la solidaridad desde el sur al norte.

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David Harvey: los socialistas deben ser los campeones de la libertad

La propaganda de derecha afirma que el socialismo es enemigo de la libertad individual. Exactamente lo contrario es cierto: los socialistas trabajan para crear las condiciones materiales bajo las cuales las personas puedan ser verdaderamente libres, sin las rígidas restricciones que el capitalismo impone a sus vidas.

El tema de la libertad se planteó cuando estaba dando unas charlas en Perú. Los estudiantes estaban muy interesados ​​en la pregunta: "¿El socialismo requiere una entrega de la libertad individual?"

La derecha ha logrado apropiarse del concepto de libertad como propio y utilizarlo como arma en la lucha de clases contra los socialistas. La sumisión del individuo al control estatal impuesto por el socialismo o el comunismo es algo que debe evitarse, dijeron, a toda costa.

Mi respuesta fue que no deberíamos renunciar a la idea de la libertad individual como parte de lo que trata un proyecto socialista emancipador. El logro de las libertades individuales y las libertades es, sostuve, un objetivo central de tales proyectos emancipadores. Pero ese logro requiere construir colectivamente una sociedad en la que cada uno de nosotros tenga las oportunidades de vida adecuadas y las posibilidades de vida para realizar cada una de nuestras propias potencialidades.

Marx y la libertad

Marx tenía algunas cosas interesantes que decir sobre este tema. Uno de ellos es que “el reino de la libertad comienza cuando se deja atrás el reino de la necesidad”. La libertad no significa nada si no tiene suficiente para comer, si se le niega el acceso a una atención médica adecuada, vivienda, transporte, educación, etc. El papel del socialismo es proporcionar esas necesidades básicas para que la gente sea libre de hacer exactamente lo que quiera.

El punto final de una transición socialista es un mundo en el que las capacidades y los poderes individuales se liberan por completo de los deseos, las necesidades y otras limitaciones políticas y sociales. En lugar de admitir que la derecha tiene el monopolio de la noción de libertad individual, necesitamos reclamar la idea de libertad para el socialismo mismo.

Pero Marx también señaló que la libertad es un arma de doble filo. Los trabajadores en una sociedad capitalista, dice, son libres en un doble sentido. Pueden ofrecer libremente su fuerza de trabajo a quien quieran en el mercado laboral. Pueden ofrecerlo en cualquier condición de contrato que puedan negociar libremente.

Pero al mismo tiempo no son libres, porque han sido "liberados" de cualquier control o acceso a los medios de producción. Por lo tanto, tienen que entregar su fuerza de trabajo al capitalista para poder vivir.

Esto constituye su libertad de doble filo. Para Marx, esta es la contradicción central de la libertad bajo el capitalismo. En el capítulo sobre la jornada laboral en Capital , lo expresa de esta manera: el capitalista es libre de decirle al trabajador: “Quiero contratarte con el salario más bajo posible por la mayor cantidad de horas posible haciendo exactamente el trabajo que especifico . Eso es lo que le exijo cuando lo contrate ". Y el capitalista es libre de hacer eso en una sociedad de mercado porque, como sabemos, la sociedad de mercado consiste en pujar por esto y por aquello.

Por otro lado, el trabajador también es libre de decir: “No tienes derecho a hacerme trabajar 14 horas al día. No tiene derecho a hacer lo que quiera con mi fuerza de trabajo, especialmente si eso acorta mi vida y pone en peligro mi salud y bienestar. Solo estoy dispuesto a hacer un día de trabajo justo con un salario justo ".

Dada la naturaleza de una sociedad de mercado, tanto el capitalista como el trabajador tienen razón en lo que están exigiendo. Entonces, dice Marx, ambos tienen la misma razón por la ley de los intercambios que domina el mercado. Entre igualdad de derechos, dice entonces, la fuerza decide. La lucha de clases entre el capital y el trabajo decide la cuestión. El resultado se basa en la relación de poder entre el capital y el trabajo, que en algún momento puede volverse coercitiva y violenta.

Una espada de doble filo

Es muy importante analizar esta idea de la libertad como un arma de doble filo con más detalle. Una de las mejores elaboraciones sobre el tema es un ensayo de Karl Polanyi. En su libro The Great Transformation , Polanyi dice que hay buenas formas de libertad y malas formas de libertad.

Entre las malas formas de libertad que enumeró estaban las libertades de explotar al prójimo sin límite; la libertad de obtener ganancias desmesuradas sin un servicio acorde a la comunidad; la libertad de evitar que las invenciones tecnológicas se utilicen en beneficio público; la libertad de beneficiarse de las calamidades públicas o las calamidades inducidas naturalmente, algunas de las cuales están diseñadas en secreto para obtener ventajas privadas.

Pero, prosigue Polanyi, la economía de mercado en la que prosperaron estas libertades también produjo libertades que valoramos mucho: libertad de conciencia, libertad de expresión, libertad de reunión, libertad de asociación, libertad para elegir el propio trabajo.

Si bien podemos apreciar estas libertades por sí mismas, son, en gran medida, subproductos de la misma economía que también es responsable de las malas libertades. La respuesta de Polanyi a esta dualidad resulta en una lectura muy extraña, dada la hegemonía actual del pensamiento neoliberal y la forma en que el poder político existente nos presenta la libertad.

Él escribe sobre ello de esta manera: "El paso de la economía de mercado", es decir, ir más allá de la economía de mercado, "puede convertirse en el comienzo de una era de libertad sin precedentes". Ahora, esa es una declaración bastante impactante: decir que la verdadera libertad comienza después de que dejamos atrás la economía de mercado. Él continúa:

La libertad jurídica y real puede ampliarse y generalizarse más que nunca. La regulación y el control pueden lograr la libertad no solo para unos pocos, sino para todos: la libertad no como un accesorio de un privilegio, manchado en la fuente, sino como un derecho prescriptivo, que se extiende mucho más allá de los estrechos confines de la esfera política hacia la organización íntima de la sociedad misma. Así, las viejas libertades y los derechos cívicos se sumarán al fondo de nuevas libertades generadas por el ocio y la seguridad que la sociedad industrial ofrece a todos. Una sociedad así puede permitirse ser a la vez justa y libre.

Libertad sin justicia

Ahora bien, esta idea de una sociedad basada en la justicia y la libertad, la justicia y la libertad, me parece que ha sido la agenda política del movimiento estudiantil de la década de 1960 y la llamada generación del 68. Había una demanda generalizada tanto de justicia como de libertad: libertad de la coerción del estado, libertad de la coerción impuesta por el capital empresarial, libertad de las coacciones del mercado pero también atenuada por la demanda de justicia social.

La respuesta política capitalista a esto en la década de 1970 fue interesante. Implicó trabajar a través de estas demandas y, en efecto, decir: “Te cedemos en las libertades (aunque con algunas salvedades) pero te olvidas de la justicia”.

Ceder a las libertades estaba circunscrito. Significaba en su mayor parte libertad de elección en el mercado. El libre mercado y la libertad de la regulación estatal fueron las respuestas a la cuestión de la libertad. Pero olvídate de la justicia. Eso se lograría mediante la competencia del mercado, que supuestamente estaba organizada de manera que se asegurara que todos obtendrían lo que merecían. El efecto, sin embargo, fue dar rienda suelta a muchas de las libertades malvadas (por ejemplo, la explotación de otros) en nombre de las libertades virtuosas.

Este giro fue algo que Polanyi reconoció claramente. El paso al futuro que él imaginaba está bloqueado por un obstáculo moral, observó, y el obstáculo moral era algo que él llamó "utopismo liberal". Creo que todavía nos enfrentamos a los problemas que plantea este utopismo liberal. Es una ideología omnipresente en los medios y en los discursos políticos.

El utopismo liberal de, digamos, el Partido Demócrata es una de las cosas que se interpone en el camino del logro de la libertad real. “La planificación y el control”, escribió Polanyi, “están siendo atacados como una negación de la libertad. Se declara que la libre empresa y la propiedad privada son los elementos esenciales de la libertad ". Esto fue lo que plantearon los principales ideólogos del neoliberalismo.

Más allá del mercado

Para mí, este es uno de los temas clave de nuestro tiempo. ¿Vamos a ir más allá de las limitadas libertades del mercado y la regulación de nuestras vidas por las leyes de la oferta y la demanda, o vamos a aceptar, como dijo Margaret Thatcher, que no hay alternativa? Nos volvemos libres del control estatal pero esclavos del mercado. A esto no hay alternativa, más allá de esto no hay libertad. Esto es lo que predica la derecha y esto es lo que mucha gente ha llegado a creer.

Ésta es la paradoja de nuestra situación actual: que en nombre de la libertad, hemos adoptado una ideología utópica liberal que es una barrera para el logro de la libertad real. No creo que sea un mundo de libertad cuando alguien que quiere obtener una educación tiene que pagar una inmensa cantidad de dinero y la deuda estudiantil se extiende hacia su futuro.

En Gran Bretaña, una gran proporción de la oferta de vivienda en la década de 1960 estaba en el sector público; era vivienda social. Cuando era pequeño, esa vivienda social era la provisión básica de una necesidad a un costo razonablemente bajo. Entonces apareció Margaret Thatcher y lo privatizó todo, y básicamente dijo: "Serás mucho más libre si eres dueño de tu propiedad y puedes llegar a ser parte de una democracia propietaria".

Y así, en lugar de que el 60 por ciento de la vivienda esté en el sector público, de repente pasamos a una situación en la que solo alrededor del 20 por ciento, o tal vez incluso menos, de la vivienda está en el sector público. La vivienda se convierte en una mercancía y la mercancía pasa a formar parte de la actividad especulativa. En la medida en que se convierte en un vehículo de especulación, el precio de la propiedad aumenta y se obtiene un costo de la vivienda en aumento sin un aumento real en la provisión directa.

Estamos construyendo ciudades, construyendo viviendas, de una manera que proporciona una tremenda libertad para las clases altas al mismo tiempo que en realidad produce falta de libertad para el resto de la población. Esto es lo que creo que se quiere decir cuando Marx hizo ese famoso comentario: que el reino de la necesidad en realidad tiene que ser superado para alcanzar el reino de la libertad.

El reino de la libertad

Esta es la forma en que las libertades del mercado limitan las posibilidades, y desde ese punto de vista, creo que la perspectiva socialista debe hacer lo que sugiere Polanyi; es decir, colectivizamos la cuestión del acceso a la libertad, el acceso a la vivienda. Dejamos de ser algo que está simplemente en el mercado y lo convertimos en algo de dominio público. Vivienda en el dominio público es nuestro lema. Esta es una de las ideas básicas del socialismo en el sistema contemporáneo: poner las cosas en el dominio público.

A menudo se dice que para alcanzar el socialismo tenemos que renunciar a nuestra individualidad y tenemos que renunciar a algo. Bueno, hasta cierto punto, sí, eso podría ser cierto; pero hay, como insistió Polanyi, una mayor libertad que se puede lograr cuando vamos más allá de las crueles realidades de las libertades de mercado individualizadas.

Leo a Marx diciendo que la tarea es maximizar el ámbito de la libertad individual, pero eso solo puede suceder cuando se resuelve el ámbito de la necesidad. La tarea de una sociedad socialista no es regular todo lo que sucede en la sociedad; De ningún modo. La tarea de una sociedad socialista es asegurarse de que todas las necesidades básicas sean atendidas, proporcionadas libremente, para que la gente pueda hacer exactamente lo que quiera cuando quiera.

Si les pregunta a todos en este momento: "¿Cuánto tiempo libre tienen?" la respuesta típica es “Casi no tengo tiempo libre. Todo está relacionado con esto, aquello y todo lo demás ". Si la libertad real es un mundo en el que tenemos tiempo libre para hacer lo que queramos, entonces el proyecto emancipatorio socialista lo propone como central para su misión política. Esto es algo en lo que podemos y debemos trabajar todos.

Este es un extracto del nuevo libro de David Harvey, The Anti-Capitalist Chronicles , publicado por Pluto Press.

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En El Alto, Bolivia, mujeres participan en los festejos por la victoria con mayoría absoluta del Movimiento al Socialismo (MAS) en las elecciones generales del 18 de octubre.Foto Xinhua

La Paz., Vestidos de azul, con banderas indígenas wiphala, danzas y música de pueblos originarios, decenas de miles de personas celebraron ayer en Bolivia la victoria del Movimiento al Socialismo (MAS), alcanzada en las elecciones del pasado domingo.

El presidente y vicepresidente electos, Luis Arce y David Choquehuanca, participaron en la gran festividad en la ciudad de El Alto, adonde llegaron también habitantes de los más lejanos territorios del país andino-amazónico.

Arce y Choquehuanca fueron recibidos en medio de un ritual andino en el que chamanes aymaras –ataviados con tradicionales ponchos y gorros de lana de alpaca– les colgaron coronas de flores al cuello, y en una mesa con palos de madera quemaron una pequeña llama para pedirle a la Pachamama (Madre Tierra) que los acompañe en su gobierno.

"El pueblo conquistó con su lucha la alegría de la victoria. Unidos, al ritmo de moseñadas, bandas musicales y grupos autóctonos, celebramos la recuperación de la esperanza para todas y todos los bolivianos. Con la fuerza del pueblo #VamosASalirAdelante", escribió el presidente electo en su cuenta en Twitter.

Asimismo, Choquehuanca, ex canciller y ex secretario de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, aseguró que el MAS, junto a los distintos pueblos ancestrales que conforman el país, organizaciones sindicales, estudiantiles y otras, logró recuperar la democracia.

Luego de casi un año de un gobierno de facto instalado en el poder vía un golpe de Estado contra el entonces presidente Evo Morales, gran parte de los bolivianos celebra la derrota del golpismo.

Las autoridades transitorias (de acuerdo con numerosas denuncias), además de cometer matanzas, perseguir a los dirigentes y simpatizantes del MAS, incurrir en delitos de corrupción y desmantelar los programas sociales y económicos a favor de las mayorías, consumó actos de racismo.

Uno de los primeros fue desconocer la bandera wiphala que ondeaba en el palacio de gobierno, símbolo de la pluriculturalidad de este país, y además, llamar "salvajes" a los indígenas.

El gobierno encabezado por la saliente mandataria de facto, Jeanine Áñez, fue incapaz de atender con eficiencia la pandemia de Covid-19, la cual sirvió de pretexto a su régimen para cometer ilícitos, como la compra de respiradores artificiales a sobreprecio, entre otros.

“¡Un jallalla para todos! Esto es una demostración cultural por la recuperación de la democracia; el pueblo ha recuperado su ajayu y su coraje, el pueblo perdió el miedo”, expresó Choquehuanca en medio de la música, los vítores y la alegría.

El pasado domingo, con una participación superior a 80 por ciento, el binomio del MAS ganó en primera vuelta y de manera rotunda los comicios en Bolivia.

Arce y Choquehuanca obtuvieron 55.09 por ciento de los sufragios, 27.10 puntos porcentuales por encima de Carlos Mesa, de Comunidad Ciudadana, y 41.9 sobre Fernando Camacho, de Creemos.

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Domingo, 25 Octubre 2020 05:51

Un plebiscito en modo covid-19

Un plebiscito en modo covid-19

Piñera despliega medidas sanitarias y miles de carabineros en Chile

 

Este domingo Chile decidirá cambiar o mantener la Constitución de 1980, elaborada entre cuatro paredes por la dictadura de Pinochet y que benefició al empresariado en desmedro de los derechos ciudadanos. Tanto, que eso fue el detonante de las grandes movilizaciones iniciadas en octubre del año pasado, lo que obligó al gobierno a acordar un plebiscito.

El votante se va a encontrar con dos papeletas, la primera con la opción “Apruebo” y “Rechazo” el cambio de constitución. La segunda es sobre la forma de redactar la eventual nueva Carta Magna: “Convención Constitucional” (155 ciudadanos elegidos por la ciudadanía) versus “Convención Mixta” (86 parlamentarios y sólo 86 ciudadanos elegidos).

Según la Encuesta Data Influye, ganaría el “Apruebo” con un 69 por ciento y la “Convención Constitucional” con un 6. Se estima que esta votación será la que tendrá la mayor participación desde el plebiscito del Si y el No de 1988, donde cayó Pinochet. El voto está marcado por el coronavirus que ya causó 18.313 decesos considerados casos sospechosos, pero sin confirmar. Otro dato relevante es que Chile acaba de superar este sábado los 500 mil contagios confirmados desde que comenzó la pandemia. Es decir, uno de cada 40 habitantes.

Sin embargo, desde las recientes Fiestas Patrias del 18 de septiembre, cuando el gobierno finalmente autorizó reuniones sociales, en teoría, restringidas, la ciudadanía ha comenzado a tomarse las calles. Se ve sobre todo los fines de semana, aprovechando la primavera y el progresivo desconfinamiento de la ciudad. Y no sólo para retomar las protestas en el sector de Plaza Baquedano/Plaza Italia, sino también en los parques, malls, locales comerciales con aforo reducido o los restaurantes que han dispuestos sus mesas en las calles aunque con discutibles medidas de distancia social sumados a la falta de mascarilla para comer y conversar.

El gobierno de Sebastián Piñera ha asegurado medidas para proteger a los votantes que según estimaciones recientes llegarían a un ochenta por ciento de los 14.796.244 habilitados para votar. El ministro del interior Víctor Pérez prometió fiscalizaciones en la calle. “Al interior de los recintos electorales no se puede fiscalizar, la fiscalización es externa (…) Esperamos que las personas que tengan covid 19 se queden en sus casas, para que se cuiden ellas mismas y cuiden a los demás”.

El gobierno también anunció que va a desplegar 23 mil carabineros para resguardar la seguridad, junto al establecimiento anillos perimetrales que buscarán evitar el contacto de los votantes luego que salgan de los lugares de votación. Los locales donde se votará, principalmente colegios, serán sanitizados varias veces al día con amonio cuaternario y nanoparticulas de cobre. 

Un detalle es que además del uso obligatorio de mascarillas y la distancia social, serán los propios votantes deberán llevar lápices tipo bic de color azul en reemplazo del clásico lápiz mina de procesos anteriores. Esto debido a que otro tipo de lápices impiden la legibilidad del voto y que colores pasta como el rojo permiten que el voto se vea desde el exterior. También están prohibidas las remeras o cualquier alusión visible a las opciones en disputa. 

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Viernes, 23 Octubre 2020 05:50

El don de la ubicuidad

El don de la ubicuidad

De los muchos rasgos diversos del arte de novelar de Mario Vargas Llosa, a quien celebramos al cumplirse el décimo aniversario de su premio Nobel, hay uno que me ha admirado siempre, y es el poder de apropiarse de lo que de primera intención llamaría escenarios lejanos o escenarios ajenos.

Esa virtud de naturalizar los ambientes extranjeros, la enseña Graham Greene en El poder y la gloria, que se ubica en Tabasco, en la época del enfrentamiento religioso que siguió a la Revolución Mexicana; Nuestro hombre en La Habana, situada en Cuba en la década de los 50, en vísperas de la revolución; Los Comediantes, en Haití, bajo la dictadura de Papa Doc Duvalier, y El cónsul honorario, años 70, en el nordeste de Argentina.

Se podría obviar el tema bajo el alegato de que, en la medida que un escritor gana en formación cosmopolita y se desprende de la piel nacional, entra con facilidad en cualquier otro escenario y lo asume como propio, y porque, al fin y al cabo, la novela es artificio y simulación y todo se consigue con habilidad suficiente.

Pero no es tan sencillo. Porque lo primero que un escritor debe lograr es convencer al lector local de que le está contando con propiedad el entramado de su propia historia; que es convincente cuando le describe las calles, barrios y plazas, metederos y cantinas, y que le está hablando con los matices de su lengua de todos los días. Y no se puede tocar de oídas, a riesgo de hacer chirriar el violín.

El escenario natural de un novelista está formado por sus percepciones sensoriales de la infanciay la juventud, que es cuando se fija la memoria sentimental, y visual, y esos años de formación vienen a ser raíz de la experiencia duradera que luego se refleja en la página escrita. Lo aprendido y lo percibido es lo contado. A los otros escenarios hay que trasladarse.

Si habláramos de escenarios concéntricos en Vargas Llosa, el primero de esos escenarios es Lima, descrita en La ciudad y los Perros, y luego en Conversación en la catedral. Cuando se empieza a hablar de novela urbana en América Latina, Lima es la urbe de Vargas Llosa, con una población que aún no supera el millón y medio de habitantes, y todavía no deja de ser una ciudad provinciana, virreinal y todo, como puede apreciarse por el plano plegable que acompaña la primera edición de La ciudad y los perros.

El siguiente de esos escenarios concéntricos sería el territorio del Perú, como tal, que empieza a estar presente en otra de sus obras fundamentales, La Casa Verde, un escenario muy geográfico, que se desplaza de ida y vuelta de la Amazonia a la costa norte del Pacífico, entre Santa María de Nieva e Iquitos, y Piura. La Amazonía, a la que regresará en Pantaleón y las visitadoras, y se volverá recurrente en sus novelas.

Pero hay un tercer escenario, que está situado en el círculo exterior, donde las fronteras nacionales quedan atrás, y la experiencia narrativa se extiende hacia el ámbito que podemos llamar extranjero, por extraño. En La guerra del fin del mundo, en La fiesta del Chivo, o en Tiempos recios, se desarrollan en países donde el novelista nunca ha vivido, y ha debido hacer una investigación de campo exhaustiva:

La guerra de los Canudos, en el nordeste de Brasil, siglo XIX; la dictadura sanguinaria del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, hasta su asesinato en 1961, y el derrocamiento de Jacobo Árbenz en 1954, urdido por hermanos Dulles; así se da paso al régimen militar del coronel Carlos Castillo Armas, asesinado en 1957 por mano del infaltable Trujillo.

El siniestro ambiente que vive República Dominicana bajo el trujillato, recreado por Vargas Llosa, puede hallarse también en una novela como Galíndez, de Manuel Vásquez Montalván, otra apropiación a distancia, o en La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Díaz, un dominicano nacido en Estados Unidos que escribe desde la distancia de la diáspora, en inglés.

Los tres periodos en referencia no son contemporáneos al novelista peruano; hay que rastrearlos en la historia, y exigen, por tanto, una aproximación más compleja, la investigación que haría un historiador, o un periodista. Son materiales que pueden dar claves al tema, pero no resuelven la dificultad mayor, que es la de entrar en la atmósfera local.

El poder de la narración, para convencer acerca de la veracidad de lo narrado, pasa a depender entonces de la facultad de penetración, que va más allá de la habilidad técnica para contar, y ordenar los materiales.

Este don de ubicuidad literaria hace que el novelista puede situarse dentro de lo ajeno, no como quien va de visita, sino como quien se queda a vivir, o ha vivido siempre allí. Porque ha podido convertir la imaginación en herramienta de apropiación, y es capaz de volver verdadero lo ficticio.

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