Una mujer recoge una bolsa con comida en el comedor social de la parroquia San Ramón Nonato en Puente de Vallecas.Alvaro Garcia

Parroquias, Cáritas, comedores sociales y el Banco de Alimentos de Madrid alertan de una nueva crisis en la capital: se disparan en más de un 30% las peticiones de ayuda para comer

El 11 de marzo Yoselin Sarmiento dejó de ir a las clases de segundo de bachillerato en el Instituto de Vallecas I por el coronavirus. Este miércoles se colocó en silencio en una cola para recibir una bolsa de comida para su familia. “Lo llevo como puedo, no es algo que sea fácil de asimilar”. Tiene 18 años. Es la primera vez que acude. Su madre no trabaja, a su padre le han reducido la jornada a la mitad y su hermana tiene siete años. Los cuatro viven de alquiler en un piso de tres habitaciones por 800 euros al mes. “Hemos llamado al casero porque no podemos pagar mayo. Nos ha dicho que al menos paguemos la mitad”. Sueña con estudiar Telecomunicaciones en septiembre.

Si antes de la pandemia repartían comida para 600 personas en la parroquia de San Ramón Nonato del barrio, ahora la cifra llega a 1.300. Más del doble. El voluntario Alberto Vera, de 71, organiza en un despacho el reparto. En una libreta tiene los datos: un 70% son latinos y un 30% españoles. “Cada día vienen más y más”. Y cada día reparten cientos de kilos del banco de alimentos, junto a bocatas, táperes y raciones que la sonriente cocinera hondureña Magali Huanca, de 44, decide a las 8.15 de la mañana. “Hoy he hecho picante de verduras. Me sale muy bien”. A las 13.30 ya tenía preparados 15 kilos de arroz y 40 de pisto para despachar.

El Banco de Alimentos de Madrid también lo ha detectado. Si en marzo atendían a 150.000 personas en la región, hoy son 190.000. “Y subiendo”, dice una portavoz. Las solicitudes se han incrementado en un 30% por la pandemia. El stock que tenían era para tres meses. “Pero a este ritmo nos quedamos sin él”. El Ayuntamiento dice que ha recibido en marzo el mismo número de peticiones de ayuda alimentaria que en todo 2019: más de 34.000. Los comedores sociales han cuadriplicado el número de usuarios que atienden a diario. Cáritas también alerta: “Las peticiones de ayuda se han triplicado y el 40% de estas solicitudes provienen de personas que lo hacen por primera vez”. Madrid afronta ya otra curva pandémica: la social.

La pobreza inicia su escalada en el distrito de Puente de Vallecas, otra vez. Aquí viven 230.000 vecinos repartidos en seis barrios con una renta per cápita media de 24.687 euros al año, la más baja de la capital. De ellos, alrededor de 20.000 estaban en el paro antes de la covid-19. A falta de los datos abril, las colas para pedir comida anuncian que se ha multiplicado. Muchos de ellos han visto cómo sus pocas horas de trabajo al día, aquellas que pasaban limpiando hogares, acompañando a abuelos, o compaginando chapuzas de albañilería, han sido fulminadas de cuajo hace cuatro semanas. No hay paga diaria. Vivir al día se ha traducido en acudir a la parroquia a recoger alimentos. Algunos no han pisado un supermercado desde marzo. Otros se han cansado de llamar a las instituciones para pedir. Las cifras oficiales no recogen las solicitudes que no llegan a presentarse.

La cola de comida es tan larga que los voluntarios de la zona de Entrevías —donde la renta media es de 17.500 euros al año, casi cuatro veces menos que el barrio de Salamanca, con 61.572— se han visto obligados a trazar dos carriles. Uno para los que ya venían de antes de la crisis, o de otra, como el madrileño Juan, de 61, que con una mascarilla sucia y vieja cuenta que todavía no se ha recuperado. “Caí en el paro en 2009 y no he vuelto a levantar cabeza”. Y otro camino para los nuevos, los más silenciosos, los tímidos, los avergonzados.

“A veces no cenamos”. El venezolano Manuel Castillo, de 48, espera sentado a la sombra de un arbusto. “La niña lo lleva regular. Mi mujer y yo como podemos”. Trabajaba como relaciones públicas de una discoteca por comisión. Había meses que sacaba 800 euros, otros 900, pero nunca como marzo: cero.

“Todo apunta a que esta crisis va a ser peor que la de 2008. Al problema del empleo se sumarán los hijos descolgados en las aulas y los problemas intrafamiliares del confinamiento”, cuenta el sociólogo de la Universidad Autónoma Josep Lobera. “Los trabajos precarios no guardan colchón económico”, dice Matilde Masó, socióloga y economista de la Universidad de A Coruña, que ha realizado numerosos trabajos sobre la anterior crisis inmobiliaria. El doctor en Economía por la Complutense Gonzalo López avisa: “A diferencia de pandemias anteriores, esta puede tener efectos sociales y económicos distintos a los que históricamente hemos observado en estas situaciones. Para empezar, el impacto de las medidas de confinamiento está siendo desigual por el nivel de ingresos”.

A diez kilómetros de la plaza donde cientos de familias hacían cola para pedir comida, el padre Gonzalo Ruipérez, que tiene dos móviles, tiene guardados en la parroquia más de 70.000 kilos de alimentos para repartir; 30.000 más que en marzo. O dicho de otra manera: si antes repartía para 1.600 familias, ahora lo hace para 2.400. La iglesia de San Juan de Dios de la UVA de Vallecas se ha convertido en un gigantesco almacén de supermercado para los más necesitados.

“La falta de alimentos es lo primero que sale en estas situaciones. Me he encontrado con casos de padres que me dicen: no me den a mí, pero sí a mis hijos”. Dice que después del hambre vendrán los alquileres que no se pagan, casos de violencia de género, alumnos que dejarán de estudiar. “Aquí se nace ya en crisis y, ahora, más”. Le vuelve a sonar el móvil:

― ¿Padre Gonzalo?

― Sí, soy yo.

― Necesito comida para mis dos niñas pequeñas, por favor.

― Tranquila, ¿dónde vives?

― Al lado del metro de Oporto.

― ¿Puedes venir en coche o en metro?

― En metro.

― Vente mañana con alguien, te daré 50 kilos.

Y así, 300 llamadas al día. Vienen vecinos de Orcasitas, La Fortuna, Carabanchel, San Blas, Usera. El padre Gonzalo tiene una cabeza privilegiada que recuerda a la de El Profesor de la serie La casa de papel. Todo lo tiene controlado. Sabe perfectamente a qué familia entrega cada bolsa y qué se lleva. “Tengo un Excel que ya quisieran algunos organismos oficiales”. Ahora, por la pandemia, le ayuda un ejército de nueve voluntarios: Adrián, Marleny, María José, Paco… Los 10 forman un equipo que, desde primera hora y hasta bien entrada la tarde, organizan bolsas de comida para los distintos tipos de hogares.

Los alimentos que están guardados en bolsas de Mercadona significan que irán a parar a familias de cuatro miembros o menos. Las de Carrefour, para más de cinco, y las de Ahorra Más, para musulmanes. Todo cambia si hay bebés, que este mes se han visto incrementadas las demandas. Si antes había 85 familias con recién nacidos, ahora son 102. Estas familias tendrán otra bolsa adicional con pañales, potitos o leche en polvo. También varía si hay hogares que, como en la Cañada, no tienen luz. Ellos recibirán más latas en conserva y nada de congelados. Eso sí, todas incluyen mascarillas y un botecito de alcohol desinfectante.

― ¿Alguna vez han entrado a robar al almacén?

― Nunca. Una vez se acercó un señor y me dijo: ‘Padre, no se preocupe. Todas las familias que robamos estamos aquí’.

El padre Gonzalo dice que pide a todo el mundo. “No me da vergüenza porque no es para mí”. Los alimentos provienen del banco de alimentos, de donaciones de supermercados, de empresas privadas o de compras que el mismo párroco, que gana 800 euros al mes, realiza. O de voluntarios. El otro día se acercó un señor y le dio 6.000 litros de leche. Este miércoles vino una señora con 600 cebollas. “Amigos que tengo”.

A las 15.30 de la tarde del miércoles una fila de familias hace cola en la puerta de la parroquia. El padre, que ni se acuerda de que él también tiene que comer, coloca dos pupitres en una entrada del templo con la distancia de seguridad de dos metros. Un improvisado despacho. En él se van sentando los nuevos. Los que hasta marzo podían comprar y ahora no. Les entrevista. Les pide el padrón y, por si acaso, dos números de teléfono. “Es muy fácil engañar, pero sé cuando lo hacen”. Argentina Heredia, de 24 años, viene con un antifaz azul que le hace de mascarilla. En un mes será madre por cuarta vez.

― Buenas, padre. Vengo de Aranjuez.

― Hola, hija. ¿Cuántos sois en casa?

― Tres niños y el que viene.

― Toma. Y esto para que cenéis esta noche.

Su marido era vendedor ambulante y ella ama de casa. Ya no hay ingresos. “El mes que viene os lo acercamos nosotros”, le dice. Sí, porque también vienen voluntarios que hacen el reparto a domicilio. Son las 17.00. El padre se levanta y muestra otros dos locales donde guarda más comida. De camino, y en voz baja, cuenta que todos los días recibe 10 pizzas de un restaurante italiano buenísimo de la capital. “Aquí la pizza significa Navidad”. Él las va distribuyendo todas las noches por distintos hogares. Los niños abren la puerta y lo celebran como un juguete nuevo.

“Buenas tardes, padre”, “¿qué tal, padre?”, “¿todo bien, padre?”, le saludan los vecinos mientras cruza un paso de peatones. De repente, una señora se acerca y le dice: “Padre, he visto un pato de estos de los parques por la plaza”. Él, incrédulo, asoma el cuello como una jirafa para vislumbrarlo:

― Pues como no se vaya, alguno come hoy pato a la naranja.

Por Manuel Viejo

Madrid - 23 abr 2020 - 17:30 COT


Trece detenidos tras una nueva noche de disturbios en las barriadas de París

El ministro del Interior califica los incidentes de “tensiones esporádicas”

A pesar de que la venta de cohetes y petardos lleva dos días prohibida por decreto policial, en las banlieues, los suburbios deprimidos de París, decenas de jóvenes volvieron a lanzar la noche del miércoles este tipo de artefactos contra agentes desplegados para controlar los disturbios que se llevan produciendo desde el sábado en varios puntos de los alrededores de la capital francesa. En total, 13 personas fueron detenidas por unos incidentes que, no obstante, están lejos de ser considerados una réplica de las violentas revueltas que vivieron las banlieues en 2005.

“Se trata de pequeños grupos que piensan que sería divertido atacar a las fuerzas de la policía, quemar papeleras. No es divertido, es peligroso, empezando por ellos mismos”, dijo este jueves el ministro del Interior, Christophe Castaner, que atribuyó la situación, en parte, “a la dureza del confinamiento para estos jóvenes”, procedentes en su mayoría de hogares donde “la pobreza en la que viven puede provocar la cólera”. En cualquier caso, continuó en una entrevista con la emisora BFM TV, son “tensiones esporádicas” y, aunque “son inaceptables”, tampoco hay que “politizarlas”.

Aunque no citó a nadie, el mensaje era claro. En los pasados días, conforme continuaban los disturbios cuyo origen está en un controvertido accidente entre un joven y una patrulla de policía en Villeneuve-la-Garenne, al norte de París, políticos como la ultraderechista Marine Le Pen han reclamado mano dura en estas banlieues donde abunda la población de origen inmigrante. “No es momento de buenos sentimientos, de excusas o de políticas catastróficas. Es hora de desarmar a la chusma, de su castigo y su neutralización”, reclamó en Twitter.

Desde el sábado, cuando un joven motorista resultó herido grave cuando un agente abrió —si intencionalmente o no es algo que está investigando la fiscalía y la propia policía— la puerta de la patrulla camuflada que pretendía detenerlo por exceso de velocidad, se han registrado disturbios en varias banlieues, donde grupos de jóvenes han incendiado coches y mobiliario urbano, además de “emboscar” a policías lanzándoles petardos.

Tras una nueva noche de incidentes, incluido el incendio de una escuela en Gennevilliers, que dejaron nueve detenidos, el joven cuyo accidente desató las protestas llamó el miércoles a la calma. “He sabido que habéis destruido coches. Os pido que volváis a casa, que os calméis”, dijo en un vídeo enviado a varios medios desde el hospital donde permanece ingresado por una fractura abierta de fémur. Pese a ello, y pese a que la prefectura de Policía de París ha prohibido la venta y posesión de fuegos artificiales y petardos en la capital y los departamentos vecinos hasta el próximo lunes, volvieron a registrarse incidentes la pasada noche en localidades como Gennevilliers, donde fueron descubiertos una quincena de artefactos incendiarios, y en Clamart, donde cinco personas fueron detenidas por portar cócteles molotov. Por su parte, en Champigny-sur-Marne, desconocidos lanzaron petardos contra la comisaría de policía, según la Agencia France Presse.

A pesar de la espectacularidad de las imágenes de los disturbios, estos no son más graves que los habituales, según el director general de la Policía Nacional, Frédéric Veaux. “Si miramos las estadísticas, nos encontramos ante una cifra inferior en relación con la misma época del año pasado. En cuanto a los hechos, aunque son condenables, no son de una gravedad excepcional”, dijo ante diputados, destaca el diario 20Minutes.

Por Silvia Ayuso

París - 23 abr 2020 - 11:24 COT

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El origen evolutivo del lenguaje, 20 millones de años antes de lo que se creía

Expertos descubrieron el segmento de una vía del cerebro humano, importante para procesar el habla

Un equipo internacional de investigadores descubrió que los orígenes evolutivos del lenguaje se remontan, como mínimo, a hace 25 millones de años, mucho más atrás en el tiempo de lo que se pensaba hasta ahora.

Los científicos identificaron que la vía del lenguaje humano en el cerebro tiene al menos 25 millones de años, 20 millones de años más de lo que se pensaba anteriormente, según publican en la revista en Nature Neuroscience.

Antes, muchos científicos pensaban que un precursor de la vía del lenguaje había surgido más recientemente, hace unos 5 millones de años, con un antepasado común de simios y humanos.

Para los neurocientíficos, esto es comparable a encontrar un fósil que ilumine la historia evolutiva. Sin embargo, a diferencia de los huesos, los cerebros no se fosilizaron. En cambio, los neurocientíficos necesitan inferir cómo podrían haber sido los cerebros de los antepasados comunes al estudiar los escáneres cerebrales de los primates vivos y compararlos con los humanos.

Chris Petkov, de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Newcastle (Reino Unido) y líder del estudio, explica que "es como encontrar un nuevo fósil de un antepasado perdido hace mucho tiempo. También es emocionante que aún pueda descubrirse un origen más antiguo".

Equipos de científicos europeos y estadunidenses llevaron a cabo el estudio y análisis de imágenes cerebrales de regiones auditivas y vías cerebrales en humanos, simios y monos.

Descubrieron un segmento de esta vía del lenguaje en el cerebro humano que interconecta la corteza auditiva con las regiones del lóbulo frontal, importante para procesar el habla y el lenguaje.

Vínculo auditivo

Aunque el habla y el lenguaje son exclusivos de los humanos, el vínculo a través de la vía auditiva en otros primates sugiere una base evolutiva en la cognición auditiva y la comunicación vocal.

Petkov agrega: "Predijimos, pero no podíamos saber con certeza, si la vía del lenguaje humano puede haber tenido una base evolutiva en el sistema auditivo de los primates no humanos. Admito que nos sorprendió ver una ruta similar escondida dentro del sistema auditivo de esos seres".

El estudio también ilumina la notable transformación de la vía del lenguaje humano. Se encontró una diferencia humana clave: el lado izquierdo humano de esta vía cerebral era más fuerte y el lado derecho parece haber divergido del prototipo evolutivo auditivo para involucrar partes no auditivas del cerebro.

Búsqueda neurobiológica

Además, dado que los autores predicen que el precursor auditivo de la vía del lenguaje humano puede ser aún más antiguo, el trabajo inspira la búsqueda neurobiológica de su origen evolutivo más temprano, el próximo fósil cerebral, que se encuentra en animales más distantes relacionados con los humanos.

Timothy Griffiths, neurólogo consultor de la Universidad de Newcastle, destaca que "el descubrimiento tiene enorme potencial para comprender qué aspectos de la cognición y el lenguaje auditivo humano pueden estudiarse con modelos animales de formas que no son posibles con ellos y simios. Ya ha inspirado nuevos estudios, incluso con pacientes de neurología".

¿Es eficaz las estrategia de Suecia contra el coronavirus de no imponer una cuarentena obligatoria?

El país mantiene abiertos gimnasios y cafeterías, pero pide a los ciudadanos actuar con responsabilidad y mantener el distanciamiento social.

A pesar de la propagación del coronavirus por el continente europeo, Suecia no impuso una cuarentena en el país, como lo hicieron otros Estados de la región, y dejó que permanecieran abiertos los gimnasios, cafeterías y otros lugares públicos. Sin embargo, pidió a la población que actuara con responsabilidad y mantuviera el distanciamiento social. 

¿Cómo esta decisión afecta al número de infecciones en el país y qué escenario económico espera al país en futuro cercano? 

Medidas aprobadas

Las autoridades suecas decidieron abstenerse de medidas estrictas, como la cuarentena obligatoria. No obstante, dieron una serie de pasos destinados a reducir el contacto entre las personas, entre ellos la prohibición de reunirse más de 50 personas. Asimismo, cerraron escuelas secundarias y universidades, pero permitieron que las escuelas para alumnos menores siguieran funcionando.

La mayoría de los negocios, entre ellos cafeterías, restaurantes y gimnasios, tampoco cerraron sus puertas, pero sus propietarios se vieron obligados a garantizar una distancia entre los clientes.

Al mismo tiempo, se aconsejó a la gente evitar viajes no necesarios, trabajar desde casa y no salir a las calles a las personas mayores de 70 años o enfermos.

"La diferencia entre el enfoque en Suecia y otros países no es muy grande. Es principalmente el tono en el que lo tratamos", declaró el pasado viernes Johan Carlson, director de la Agencia de Salud Pública del país.

Por su parte, la ministra de Asuntos Exteriores sueca, Ann Linde, destacó que es "un mito" que la pandemia no cambió la vida en el país. "Suecia comparte los mismos objetivos respecto al brote de covid-19 como todos otros países: salvar las vidas y proteger la salud pública. Trabajamos con los mismos desafíos que otros países —la escala y velocidad del virus, la presión sobre el sistema nacional de salud— y usamos las mismas herramientas que la mayoría de los países", precisó.

Número de contagiados y muertos

De acuerdo con los datos de la Universidad Johns Hopkins, el país europeo registró hasta este 21 de abril 14.777 casos de infección con coronavirus, mientras que 1.580 personas fallecieron a causa de covid-19. La cifra es mayor que en otros países escandinavos, como Dinamarca (7.891 contagios y 364 muertes), Noruega (7.156 y 181) y Finlandia (4.014 y 98), pero mucho menor que en Italia, España o Reino Unido.

El epidemiólogo jefe del país afirmó la semana pasada que la estrategia adoptada por Suecia para combatir la pandemia de covid-19 sin recurrir al confinamiento domiciliario estaría empezando a dar frutos.

"Empezamos a ver a tantas personas inmunes en la población de Estocolmo, que está comenzando a tener un efecto en la propagación de la infección", declaró Anders Tegnell, epidemiólogo jefe de la Agencia de Salud Pública sueca y figura clave en la respuesta nacional al coronavirus. Según el especialista, el número de infectados y de fallecidos por coronavirus se está empezando a estabilizar y Estocolmo, epicentro del brote en el país, podría lograr la "inmunidad colectiva" en mayo.

"La tendencia que hemos visto en los últimos días, con una curva más plana —donde tenemos muchos casos nuevos, pero no tenemos un aumento diario— es estabilizante", señaló el pasado 17 de abril Karin Tegmark Wisell, jefa del departamento de microbiología de la Agencia de la Salud Pública de Suecia, añadiendo que se observa también "la misma situación para pacientes en cuidados intensivos".

Cabe destacar, que la gran parte de las personas infectadas viven en residencias de ancianos, mientras que medios locales señalaron que los establecimientos de este tipo en al menos 90 municipios del país tienen casos de infección. "Es nuestra gran área problemática", admitió en ese contexto Tegnell.

Escenario económico

Todavía no se puede decir si las medidas más suaves pueden ayudar a evitar una profunda crisis tras la pandemia. Las autoridades suecas presentaron a mediados de abril tres posibles escenarios de la situación económica del país y, de acuerdo con el peor de ellos, su PIB caerá en un 10%, mientras que el desempleo alcanzará el 13,5%.

Por su parte, el Fondo Monetario Internacional estimó en un informe que en 2020 el PIB de Suecia sufrirá una caída más grave que la de varios otros países europeos (como Suiza y Reino Unido) que impusieron medidas más estrictas.

Por su parte, el economista James Pomeroy, de HSBC Global Research, opinó que la estrategia de Suecia puede resultar "imprudente", pero indicó que "si la curva de infección se aplana pronto, la economía podría estar en mejores condiciones de recuperarse", informa Bloomberg.

Publicado: 21 abr 2020 22:03 GMT

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¡Qué película que estamos viendo en la vida real!
  • A menudo escuchamos que lo que estamos pasando ahora es un caso de la vida real de lo que estábamos acostumbrados a ver en las distopías de Hollywood. Entonces ¿qué tipo de películas estamos viendo ahora en la vida real?

Cuando recibí el mensaje de muchos amigos estadounidenses de que las tiendas de armas vendieron todas sus existencias hasta más rápido que las farmacias, traté de imaginar el razonamiento de los compradores: probablemente se imaginaban a sí mismos como un grupo de personas aisladas de forma segura en su casa bien abastecida y defendiéndose con sus armas de una multitud infectada y hambrienta, como en las películas sobre el ataque de los muertos vivientes. (También se puede imaginar una versión menos caótica de este escenario: las élites sobrevivirán en sus áreas apartadas, como en el 2012 de Roland Emmerich donde un par de mil seleccionados sobreviven, con un precio de admisión de mil millones de dólares por persona).

Otro escenario en la misma línea catastrófica vino a mi mente cuando leí la siguiente noticia: “Se insta a los estados que tienen pena de muerte a liberar medicamentos almacenados para pacientes con Covid-19. Los principales expertos en salud firman una carta que dice que los medicamentos utilizados en inyecciones letales 'podrían salvar la vida de cientos'". Inmediatamente entendí que el punto es aliviar el dolor de los pacientes, no matarlos; pero por una fracción de segundo, recuerdo la distópica película "Cuando nos alcance el mañana", de 1973, que tiene lugar en una tierra superpoblada, post-apocalíptica, donde los viejos disgustados con la vida en un mundo tan degradado tienen la opción de "regresar al hogar de Dios ". En una clínica del gobierno, se sientan cómodamente y mientras observan escenas de naturaleza prístina, se les duerme de manera gradual e indolora... Cuando algunos conservadores estadounidenses propusieron que se sacrificara la vida de los mayores de 70 años para salvar la economía y el estilo de vida americano ¿la opción presentada en la película no sería una forma "humana" de hacerlo?

Pero todavía no estamos a eso. Cuando el coronavirus comenzó a extenderse, la idea predominante fue que se trataba de una breve pesadilla que pasará con el clima cada vez más cálido de la primavera: la película era la de un breve ataque (terremoto, tornado) cuya función es hacernos apreciar en qué sociedad tan agradable vivimos. (Una subespecie de esta versión es la historia de los científicos que salvan a la humanidad en el último minuto al inventar la cura (vacuna) exitosa contra un contagio, la esperanza secreta de la mayoría de nosotros hoy).

Ahora que nos vemos obligados a admitir que las epidemias permanecerán con nosotros por algún tiempo, al menos, y cambiarán profundamente toda nuestra vida, está surgiendo otro escenario de película aquí y allá: una utopía enmascarada como distopía. Recordemos El cartero, de Kevin Costner, un mega-fracaso posapocalíptico de 1997 ambientado en 2013, quince años después de que un evento apocalíptico no especificado dejó un gran impacto en la civilización humana y borró la mayoría de la tecnología. Sigue la historia de un vagabundo nómada sin nombre que tropieza con el uniforme de un antiguo cartero del Servicio Postal de los Estados Unidos y comienza a distribuir cartas entre aldeas dispersas, pretendiendo actuar en nombre de los "Estados Unidos de América Restaurados"; otros comienzan a imitarlo y, gradualmente, a través de este juego, la red institucional básica de los Estados Unidos emerge nuevamente... La utopía que surge después del punto cero de destrucción apocalíptica es el mismo Estados Unidos que tenemos ahora, recién purificado de sus excesos posmodernos: una sociedad modesta en la que los valores básicos de nuestra vida se reafirman por completo.

Estos escenarios pasan por alto lo realmente extraño de las epidemias de coronavirus, su carácter no apocalíptico: no es ni un apocalipsis en el sentido habitual de la destrucción total de nuestro mundo, y mucho menos un apocalipsis en el sentido original de una revelación hasta ahora oculta. Sí, nuestro mundo se está desmoronando, pero este proceso de desmoronamiento simplemente continúa sin un final a la vista. 

Cuando aumenta el número de infectados y muertos, nuestros medios especulan cuán lejos del pico estamos, ¿ya estamos allí, o será en una o dos semanas? Todos asistimos ansiosamente al pico de las epidemias, como si este pico fuera seguido por un regreso gradual a la normalidad, pero la crisis simplemente se prolonga. Tal vez, deberíamos reunir el coraje y aceptar que permaneceremos en un mundo viral amenazado por epidemias y disturbios ambientales. Tal vez, incluso si se descubre la vacuna contra el virus, seguiremos viviendo bajo la amenaza de otra epidemia o catástrofe ecológica. Ahora estamos despertando del sueño de que las epidemias se evaporarán con el calor del verano, y no hay un plan de salida claro a largo plazo: el único debate es cómo debilitar gradualmente las medidas de cuarentena. Cuando eventualmente las epidemias retrocedan, estaremos demasiado cansados y exhaustos para sentirnos complacidos, ¿qué escenario implica esto? Las siguientes líneas aparecieron a principios de abril en un gran diario británico, describiendo una posible historia:

“Las reformas radicales, que revierten la dirección política prevaleciente de las últimas cuatro décadas, tendrán que ponerse sobre la mesa. Los gobiernos tendrán que aceptar un papel más activo en la economía. Deben ver los servicios públicos como inversiones en lugar de pérdidas, y buscar formas de hacer que los mercados laborales sean menos inseguros. La redistribución volverá a estar en la agenda; los privilegios de los ancianos y ricos en cuestión. Las políticas hasta hace poco consideradas excéntricas, como los impuestos básicos sobre la renta y la riqueza, tendrán que estar en la agenda.

¿Es esto una repetición del manifiesto laborista británico? No, es un pasaje de un editorial del Financial Times. En la misma línea, Bill Gates pide un "enfoque global" para combatir la enfermedad y advierte que, si se deja que el virus se propague a través de las naciones en desarrollo sin obstáculos, se recuperará y golpeará a las naciones más ricas en oleadas posteriores. “Incluso si las naciones ricas logran frenar la enfermedad en los próximos meses, la covid-19 podría regresar si la pandemia sigue siendo lo suficientemente grave en otros lugares. Es probable que solo sea cuestión de tiempo antes de que una parte del planeta vuelva a infectar a otra. Creo firmemente en el capitalismo, pero algunos mercados simplemente no funcionan correctamente en una pandemia, y el mercado de suministros para salvar vidas es un ejemplo obvio".

Por agradables que sean, estas predicciones y propuestas son demasiado modestas: se exigirá mucho más. En cierto nivel básico, simplemente deberíamos pasar por alto la lógica de la rentabilidad y comenzar a pensar en términos de la capacidad de una sociedad de movilizar sus recursos para continuar funcionando. Tenemos suficientes recursos, la tarea es asignarlos directamente, fuera de la lógica del mercado. Cuidado de la salud, ecología global, producción y distribución de alimentos, suministro de agua y electricidad, buen funcionamiento de internet y teléfonos: esto debería permanecer, todas las demás cosas son secundarias.

Lo que esto implica es también el deber y el derecho de un Estado de movilizar a las personas. Ahora tienen un problema (no solo) en Francia: es el momento de cosechar frutas y verduras de primavera, y generalmente miles de trabajadores de temporadas vienen de España y otros países para hacer el trabajo. Pero como ahora las fronteras están cerradas, ¿quién lo hará? Francia ya está buscando voluntarios para reemplazar a los trabajadores extranjeros, pero ¿qué pasa si no hay suficientes? Se necesita comida, entonces, ¿qué pasaría si la movilización directa fuera la única forma?

Como lo expresó Alenka Zupančič de una manera simple y clara, si reaccionar a las pandemias con total solidaridad puede causar un daño mayor que las pandemias en sí, ¿no es esto una indicación de que hay algo terriblemente equivocado en una sociedad y economía que no puede sostener tal solidaridad? ¿Por qué debería haber una elección entre solidaridad y economía? ¿Nuestra respuesta a esta alternativa no debería ser la misma que: café o té? ¡Sí por favor! No importa cómo llamemos al nuevo orden que necesitamos, comunismo o coinmunismo, como lo hace Peter Sloterdijk (una inmunidad colectiva organizada contra ataques virales), el punto es el mismo.

Esta realidad no seguirá ninguno de los guiones de películas ya imaginados, pero necesitamos desesperadamente nuevos guiones, nuevas historias que nos proporcionen a todos una especie de mapeo cognitivo, un sentido realista y al mismo tiempo no catastrófico de dónde deberíamos ir. Necesitamos un horizonte de esperanza, necesitamos un nuevo Hollywood pospandémico.

Slavoj Žižek, filósofo y crítico cultural, profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Sus últimas obras son Territorios inexplorados (Akal) y Porque no saben lo que hacen (Akal).

Tradución: Celita Doyhambéhère

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Pacientes de coronavirus en un hospital temporal convertido en un centro deportivo en Wuhan durante el mes febrero Xiao Yijiu/AP

Un grupo de vecinos críticos en la capital donde empezó a propagarse el coronavirus intentan organizarse para pedir respuestas. O al menos una disculpa

A principios de enero, Hu Aizhen, de 65 años, oyó hablar de un coronavirus nuevo que comenzaba a circular por la ciudad en la que vive, Wuhan. No se preocupó, las autoridades decían que no era contagioso. Siguió con su vida y organizó su celebración del Año Nuevo lunar a finales de mes.

Poco antes de que el gobierno decidiera confinar la ciudad, Hu desarrolló síntomas de neumonía. Tras días esperando y buscando un hospital, logró que le hicieran una prueba. Dio negativo pero se sabía que las pruebas no eran del todo precisas y sus síntomas eran evidentes. Dio igual. En seis hospitales diferentes se negaron a tratarla.

Hu, que siempre ha disfrutado de buena salud, se quedó durante 10 días en casa. No podía comer ni beber y su salud empeoraba. Cuando notó que cruzaba una línea roja, su hijo intentó llevarla a un hospital de otro distrito pero la policía se lo impidió. Siguiendo las normas del confinamiento, no podía salir de su zona. Su hijo, desesperado, gritó a los policías: "¿Acaso no sois personas?".

Cuando logró que la admitieran en un hospital, el 8 de febrero, a duras penas respiraba. Un médico ordenó que repitieran la prueba pero era demasiado tarde. Ya sólo recuperaría la consciencia durante un momento, pidiéndole agua a su hijo. Después, falleció.

Ahora, su hijo ha presentado una demanda contra el gobierno local de Wuhan, al que acusa de haber ocultado la gravedad del virus, entre otras cosas. The Guardian ha tenido acceso a la demanda, preparada por Funeng, una ONG con sede en la ciudad de Changsha, capital de Huan.

No está solo. Forma pare de un pequeño pero ya relevante grupo de ciudadanos que pide respuestas –al menos una disculpa- de las autoridades que tardaron en semanas en avisar a la población de la amenaza de un virus que se ha cobrado al menos 4.500 vidas en China, según el recuento oficial de su Gobierno.

Otras personas que han optado por la misma vía son, por ejemplo, un funcionario que demanda a la administración provincial de Hubei o una madre que pide castigar a varios funcionarios por limitarse a mirar mientras su hija de 24 años moría, víctima del virus. Un hijo que después de lograr que su madre, desvaneciéndose, llegara a un hospital en las afueras de Wuhan e ingresara en cuidados intensivos, fue a casa a recoger algo y no tuvo ni tiempo de regresar a llevárselo. Recibió una llamada del hospital que le anunciaba la muerte de su madre.

"Nada de esto habría sucedido si nos hubieran avisado. No tendría que haber muerto tanta gente", afirma uno de los parientes de personas fallecidas implicadas en la demanda. "Quiero una respuesta. Quiero que los responsables sean castigados de acuerdo con la ley", exige otro.

Un resentimiento eclipsado por la propaganda

A medida que la infección se expandía por China, cuando se llegó a un pico de transmisión con miles de casos confirmados cada día, el enfado entre la ciudadanía alcanzó niveles no vistos en décadas y plantearon una amenaza real al Gobierno del Partido Comunista. En febrero, cuando falleció el doctor Li Wenliang, que había filtrado las primeras noticias sobre el virus, los censores ya no eran capaces de frenar la marea de protestas que se extendía por la red. Fue un momento que algunos compararon con la muerte de Hu Yaobang, que precipitaría el derramamiento de sangre de 1989 tras las protestas de la Plaza de Tiananmen.

Poco más de dos meses después, ese resentimiento es mucho menos visible. Historias como la de Hu Aizhen han sido sustituidas por relatos positivos, los de un país unido para vencer al virus, que envía al resto del mundo los suministros que necesita y se enfrenta a los ataques malintencionados de Estados Unidos y otros países empeñados en culpar a Pekín por el estallido de la Covid-19.

Shi, activista en defensa de los derechos humanos que vive en la provincia de Hubei, de la que Wuhan es capital, dice que "la gente se deja llevar por la propaganda con facilidad. Una vez mejoró la situación provocada por la epidemia y la maquinaria propagandística echó a andar, han cambiado las tornas. Ahora la gente dice que el fuerte liderazgo mostrado por el partido es positivo".

Cuando la normalidad, aún con cierta lentitud, ya se instala de vuelta, las autoridades vigilan estrechamente a aquellos que puedan albergar resentimiento. Zhang Hai, de 50 años, que perdió a su padre por el virus en febrero, formaba parte de un grupo en WeChat en el que participan más de 100 personas que perdieron familiares por el virus.

A finales de marzo les dijeron que podrían recoger los restos de sus seres queridos de las funerarias. No podían juntarse más de cinco personas al mismo tiempo y tenían que ir acompañados por un representante del gobierno local. Zhang se negó a ir. Poco después, el administrador del grupo recibió un aviso de la policía y alguien borró el grupo. Zhang, que pide una disculpa del Gobierno, dice que  hay "muchas familias muy enfadas" y "ahora todo el mundo trata de ser muy cuidadoso".

Tan Jun, funcionario en Yichang, en la misma provincia de Hubei, presentó una demanda este mismo mes acusando al Gobierno regional de ocultar el brote del virus. La policía publicó una copia en línea. Tan confirmó la demanda pero prefirió no conceder una entrevista. Otros habitantes de Wuhan aseguraron a The Guardian  que la policía local los había intimidado y obligado a prometer que no hablarían.

En un artículo publicado en varias cuentas de WeChat, Tan dijo:"Hay que depurar responsabilidades. Como habitante de Hubei, creo que es necesario dar la cara y pedir al gobierno de Hubei que asuma su responsabilidad". El artículo fue borrado posteriormente.

El Gobierno central desvía la atención

El Gobierno central ha sustituido a algunos funcionarios locales. Quienes conocen el régimen saben que se trata de una vieja táctica para desviar las culpa del Gobierno central. Pero algunos ciudadanos creen que no es suficiente.

Wu, una mujer de 49 años que afirma haber contraído el virus en enero y no haber sido diagnosticada hasta marzo, dice que "eso no es asunción de responsabilidades sino un mero lavado de cara". En el hospital vio gente morir. incluso en la cama de al lado. Acaba de saber que una compañera de clase que se infectó al mismo tiempo que ella acaba de fallecer.

"Cuando estaba en cama pensando que podía morir pronto, me dije: ¿Cómo ha sucedido esto?", recuerda Wu, que demanda al hospital por no confirmar que era paciente de coronavirus cuando recibió el alta. "El común de los ciudadanos tiene un acceso limitado a información real. Confiamos en el Gobierno. Creemos en lo que dice".

La disidencia se expande por otros métodos. Docenas de tenderos en un centro comercial de Wuhan se manifestaron este mismo mes exigiendo rebajas en sus alquileres tras meses de cierre forzado. En Yingcheng, una ciudad al oeste de Wuhan, los habitantes en confinamiento protestaron contra los precios de la comida impuestos por el Gobierno. Uno de los manifestante ha sido, aparentemente, detenido.

Xie Yanyi, abogado defensor de los derechos humanos en Pekín, cree que "la gente ha despertado. No me cabe duda". Xie ha pedido información al Gobierno sobre el origen del virus y las razones de los retrasos a la hora de informar a la ciudadanía del brote. "Puede que no sean tantos, pero la Historia nos muestra que hay una minoría capaz de cambiarla".

La mayor parte de los habitantes de Wuhan están más tranquilos porque parece que lo peor de la epidemia ha pasado y ven que ahora son otros los países que luchan por contenerla. Los trabajadores esperan en fila en el exterior de algunos edificios para que les tomen muestras de tejido de la garganta y asegurar que no están infectados antes de regresar al trabajo.

En Hankou, un barrio frente al río, una pareja se besa ante el espectáculo que ofrecen los rascacielos y sus mensajes luminosos. Muchos de los habitantes de la ciudad dicen que están agradecidos por lo que el Gobierno ha hecho.

En opinión de Yan Zhanqing, cofundador de Funeng, las posibilidades de casos como el de Hu sean aceptados a trámite y lleguen a juicio son pocas. Es más probable que quienes han presentado las demandas reciban presiones y sufran intimidación. En algunos casos concretos podría reconocerse indemnizaciones económicas, una forma de disculpa.

"Los casos sirven para poner algo de presión sobre el Gobierno y que cada vez más gente sea consciente de que tiene derechos y el Gobierno tiene responsabilidades" explica Yan. "Es también un modo de documentar la historia, de que más gente conozca la verdad y no sólo la versión oficial de lo sucedido en Wuhan".

 Por Lily Kuo - Wuhan (China)

20/04/2020 - 21:56h

Traducido por Alberto Arce

Publicado enInternacional
Martes, 21 Abril 2020 06:16

Releyendo La peste de Albert Camus

Releyendo La peste de Albert Camus

Algunos fragmentos a propósito de la pandemia actual

 ´´Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo´´. La frase del libro La Peste de Albert Camus, publicada en 1947, nos revela que la novela, en un gran porcentaje, es una radiografía de lo que estamos viviendo con la pandemia global actual, claro, guardando las proporciones, ya que la peste descrita por Camus transcurre solo en la ciudad de Orán, pero los sucesos que día a día y mes tras mes van ocurriendo, se asemejan en buena parte a ciertas situaciones que hoy por hoy estamos viviendo, tales como el encierro, el miedo, el pánico, el alejamiento de familias, de amigos, conocidos; la soledad citadina, el terror al contagio, el desbordamiento de los hospitales, la suspensión de los rituales funerarios, la injusticia, el desabastecimiento, la desidia administrativa, la soledad, el individualismo, y junto a todo esto, la solidaridad y el compromiso ético.

La gran novela de Camus, publicada a dos años de finalizada la Segunda Guerra Mundial, es una reflexión sobre el absurdo de la existencia, el encierro y el exilio, la soledad, lo individual y lo colectivo, la muerte, la cotidianidad, la solidaridad, la amistad, el amor, cuando todos estos aspectos están bajo la amenaza de ser liquidados, destruidos.

Veamos algunos parajes de la novela que dan cuenta de ello:**

-- ´´Esta separación brutal, sin límites, sin futuro previsible, nos dejaba desconcertados´´.

-- ´´Así, pues, lo primero que la peste trajo a nuestros conciudadanos fue el exilio. Y el cronista está persuadido de que puede escribir aquí en nombre de todo lo que él mismo experimentó entonces, puesto que lo experimentó al mismo tiempo que otros muchos de nuestros conciudadanos. Pues era ciertamente un sentimiento de exilio aquel vacío que llevábamos dentro de nosotros, aquella emoción precisa; el deseo irrazonado de volver hacia atrás o, al contrario, de apresurar la marcha del tiempo, eran dos flechas abrasadoras en la memoria´´.

-- ´´Esta separación brutal, sin límites, sin futuro previsible, nos dejaba desconcertados, incapaces de reaccionar contra el recuerdo de esta presencia todavía tan próxima y ya tan lejana que ocupaba ahora nuestros días. De hecho sufríamos doblemente, primero por nuestro sufrimiento y además por el que imaginábamos en los ausentes, hijo, esposa o amante´´.

-- ´´En tales momentos de soledad, nadie podía esperar la ayuda de su vecino; cada uno seguía solo con su preocupación. Si alguien por casualidad intentaba hacer confidencias o decir algo de sus sufrimientos, la respuesta que recibía le hería casi siempre. Entonces se daba cuenta de que él y su interlocutor hablaban cada uno cosas distintas´´.

-- ´´Pues bien, lo que caracterizaba al principio nuestras ceremonias ¡era la rapidez! Todas las formalidades se habían simplificado y en general las pompas fúnebres se habían suprimido. Los enfermos morían separados de sus familias y estaban prohibidos los rituales velatorios; los que morían por la tarde pasaban la noche solos y los que morían por la mañana eran enterrados sin pérdida de momento. Se avisaba a la familia, por supuesto, pero, en la mayoría de los casos, ésta no podía desplazarse porque estaba en cuarentena si había tenido con ella al enfermo´´.

-- ´´Un cura recibía el cuerpo, pues los servicios fúnebres habían sido suprimidos en la iglesia. Se sacaba el féretro entre rezos, se le ponían las cuerdas, se le arrastraba y se le hacía deslizar: daba contra el fondo, el cura agitaba el hisopo y la primera tierra retumbaba en la tapa. La ambulancia había ya partido para someterse a la desinfección y, mientras las paletadas de tierra iban sonando cada vez más sordamente, la familia se amontonaba en el taxi. Un cuarto de hora después estaban en su casa.

Así, todo pasaba con el máximo de rapidez y el mínimo de peligro. Y, sin duda, por lo menos al principio, es evidente que el sentimiento natural de las familias quedaba lastimado. Pero, en tiempo de peste, esas son consideraciones que no es posible tener en cuenta: se había sacrificado todo a la eficacia´´.

- ´´El Doctor Rieux… sabía también que si las estadísticas seguían subiendo, ninguna organización, por excelente que fuese, podría resistir; sabía que los hombres acabarían por morir amontonados y por pudrirse en las calles, a pesar de la prefectura; y que la ciudad vería en las plazas públicas a los agonizantes agarrándose a los vivos con una mezcla de odio legítimo y de estúpida esperanza. Este era el género de evidencia y de aprensiones que mantenía en nuestros conciudadanos´´.

 

Al ir desapareciendo la peste, las percepciones en Orán son ambiguas. Por un lado, la idea de que la plaga había liquidado toda noción de esperanza y de porvenir, dejando una sensación de derrota, cierta atmósfera apocalíptica y de escepticismo. Veamos algunas de ellas:

-- ´´Sin memoria y sin esperanza, vivían instalados en el presente. A decir verdad, todo se volvía presente. La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes´´.

-- ´´Podemos decir, para terminar, que los separados ya no tenían aquel curioso privilegio que al principio los preservaba. Habían perdido el egoísmo del amor y el beneficio que conforta. Ahora, al menos, la situación estaba clara: la plaga alcanzaba a todo el mundo´´.

-- ´´Después de todo... -repitió el doctor y titubeó nuevamente mirando a Tarrou con atención-, esta es una cosa que un hombre como usted puede comprender. ¿No es cierto, puesto que el orden del mundo está regido por la muerte, que acaso es mejor para Dios que no crea uno en él y que luche con todas sus fuerzas contra la muerte, sin levantar los ojos al cielo donde Él está callado?

-Sí -asintió Tarrou-, puedo comprenderlo. Pero las victorias de usted serán siempre provisionales, eso es todo.

Rieux pareció ponerse sombrío.

-Siempre, ya lo sé. Pero eso no es una razón para dejar de luchar.

-No, no es una razón. Pero me imagino, entonces, lo que debe de ser esta peste para usted.

-Sí -dijo Rieux-, una interminable derrota´´.

-- ´´En verdad, era difícil saber si se trataba de una victoria, únicamente estaba uno obligado a comprobar que la enfermedad parecía irse por donde había venido. La estrategia que se le había opuesto no había cambiado: ayer ineficaz, hoy aparentemente afortunada. Se tenía la impresión de que la enfermedad se había agotado por sí misma o de que acaso había alcanzado todos sus objetivos. Fuese lo que fuese, su papel había terminado´´.

-- ´´En unos, la peste había hecho arraigar un escepticismo profundo del que ya no podían deshacerse. La esperanza no podía prender en ellos. Y aunque el tiempo de la peste había pasado, ellos continuaban viviendo según sus normas. Estaban atrasados con respecto a los acontecimientos. En otros, y éstos se contaban principalmente entre los que habían vivido separados de los seres que querían, después de tanto tiempo de reclusión y abatimiento, el viento de la esperanza que se levantaba había encendido una fiebre y una impaciencia que les privaban del dominio de sí mismos. Les entraba una especie de pánico al pensar que podían morir, ya tan cerca del final, sin ver al ser que querían y sin que su largo sufrimiento fuese recompensado´´.

-- ´´ Ya en aquella época había pensado en ese silencio que se cierne sobre los lechos donde mueren los hombres. En todas partes la misma pausa, el mismo intervalo solemne, siempre el mismo aplacamiento que sigue a los combates: era el silencio de la derrota´´.

 

Por otro lado, la idea de haberle ganado la batalla a la peste hace que sus habitantes salgan a festejarlo a las calles, retornando lentamente a las condiciones de una cotidianidad no avasallada, libre al fin del miedo y de la muerte:

-- ´´ Las puertas de la ciudad se abrieron por fin al amanecer de una hermosa mañana de febrero, saludadas por el pueblo, los periódicos, la radio y los comunicados de la prefectura. Le queda aún al cronista por relatar las horas de alegría que siguieron a la apertura de las puertas, aunque él fuese de los que no podían mezclarse enteramente a ella.

Se habían organizado grandes festejos para el día y para la noche. Al mismo tiempo, los trenes empezaron a humear en la estación, los barcos ponían ya la proa a nuestro puerto, demostrando así que ese día era, para los que gemían por la separación, el día del gran encuentro.

Se imaginará fácilmente lo que pudo llegar a ser el sentimiento de la separación que había dominado a tantos de nuestros conciudadanos´´.

-- ´´Al mediodía, el sol, triunfando de las ráfagas frías que pugnaban en el aire desde la mañana, vertía sobre la ciudad las ondas ininterrumpidas de una luz inmóvil. El día estaba en suspenso. Los cañones de los fuertes, en lo alto de las colinas, tronaban sin interrupción contra el cielo fijo. Toda la ciudad se echó a la calle para festejar ese minuto en el que el tiempo del sufrimiento tenía fin y el del olvido no había empezado.

Se bailaba en todas las plazas. De la noche a la mañana el tránsito había aumentado considerablemente y los automóviles, multiplicados de pronto, circulaban por las calles invadidas. Todas las campanas de la ciudad, echadas a vuelo, sonaron durante la tarde, llenando con sus vibraciones un cielo azul y dorado. En las iglesias había oficios en acción de gracias. Y al mismo tiempo, todos los lugares de placer estaban llenos hasta reventar, y los cafés, sin preocuparse del porvenir, distribuían el último alcohol. Ante sus mostradores se estrujaba una multitud de gentes, todas igualmente excitadas, y entre ellas numerosas parejas enlazadas que no temían ofrecerse en espectáculo. Todos gritaban o reían. Las provisiones de vida que habían hecho durante esos meses en que cada uno había tenido su alma en vela, las gastaban en este día que era como el día de su supervivencia. Al día siguiente empezaría la vida tal como es, con sus preocupaciones. Por el momento, las gentes de orígenes más diversos se codeaban y fraternizaban.

La igualdad que la presencia de la muerte no había realizado de hecho, la alegría de la liberación la establecía, al menos por unas horas´´.

Todo esto da a los habitantes de Orán conciencia de que la peste había pasado dejando a su paso luto, encierros, punzantes recuerdos, muerte, dolor, soledades, y con ello también la idea de renacer de las cenizas, como un ave Fénix de los escombros:

-- ´´Entre la luz suave y límpida que descendía sobre la ciudad se elevaban los antiguos olores a carne asada y a anís. A su alrededor, caras radiantes se volvían hacia el cielo. Hombres y mujeres se estrechaban unos a otros, con el rostro encendido, con todo el arrebato y el grito del deseo. Sí, la peste y el terror habían terminado y aquellos brazos que se anudaban estaban demostrando que la peste había sido exilio y separación en el más profundo sentido de la palabra´´.

-- ´´Sí, todos habían sufrido juntos, tanto en la carne como en el alma, de una ociosidad difícil, de un exilio sin remedio y de una sed jamás satisfecha. Entre los amontonamientos de cadáveres, los timbres de las ambulancias, las advertencias de eso que se ha dado en llamar destino, el pataleo inútil y obstinado del miedo y la rebeldía del corazón, un profundo rumor había recorrido a esos seres consternados, manteniéndolos alerta, persuadiéndolos de que tenían que encontrar su verdadera patria. Para todos ellos la verdadera patria se encontraba más allá de los muros de esta ciudad ahogada. Estaba en las malezas olorosas de las colinas, en el mar, en los países libres y en el peso vital del amor. Y hacia aquella patria, hacia la felicidad era hacia donde querían volver, apartándose con asco de todo lo demás´´.

El doctor Rieux, cronista y narrador, da cuenta de lo que la peste ha generado en Orán. Sabe que muchas emociones contradictorias han surgido de esta tragedia, como fatales individualismos y egoísmos, pero también una desinteresada solidaridad y entrega:

-- ´´Del puerto oscuro subieron los primeros cohetes de los festejos oficiales. La ciudad los saludó con una sorda y larga exclamación. Cottard, Tarrou, aquellos y aquella que Rieux había amado y perdido, todos, muertos o culpables, estaban olvidados. El viejo tenía razón, los hombres eran siempre los mismos. Pero esa era su fuerza y su inocencia y era en eso en lo que, por encima de todo su dolor, Rieux sentía que se unía a ellos´´.

-- ´´En medio de los gritos que redoblaban su fuerza y su duración, que repercutían hasta el pie de la terraza, a medida que los ramilletes multicolores se elevaban en el cielo, el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva´´.

Y sin embargo, con la lucidez que poseen los escépticos, aquellos que siempre sospechan y dudan, el doctor Rieux entendía que esa alegría, que se manifestaba en la ciudad por el fin de la peste, estaba siempre amenazada, por lo que el último párrafo de la novela nos lanza a la incertidumbre, rasga el velo de una ficticia alegría y de una vana esperanza, nos da conciencia del absurdo, de la fatalidad que tras nuestros gozos se oculta, y que nunca desaparece. Entonces leemos:

-- ´´Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que estamuchedumbre esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa´´.

 

Por Carlos Fajardo Fajardo, poeta y ensayista colombiano.

** Todos los fragmentos han sido tomados de la traducción de Franky Richard.

Publicado enCultura
Naomar Almeida Filho: "Una pandemia desafía la manera en que las sociedades se organizan”

El reconocido especialista en salud colectiva analiza el manejo en Brasil, el papel de la ciencia y las estrategias en distintos países. La función del Estado y el sistema

"Bolsonaro insiste en negar la pandemia. Ha dicho varias veces que covid-19 es una gripezinha. Alienta a la gente a romper el distanciamiento social; tiene actitudes irracionales", dice Naomar Almeida Filho, doctor en epidemiología, profesor titular del Instituto de Salud Colectiva de la Universidad Federal de Bahía (UFBA), y titular de la cátedra de Educación en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de San Pablo. Rector de la Universidad Federal de Bahía (2002-2010) y de la Universidad Federal del Sur de Bahía (2013-2017), el foco de su actividad científica es la epidemiología social en salud mental.

--¿Cuál es la situación en Brasil por estas horas?

--Estamos con un aumento rápido de nuevos casos y una gran cantidad de muertes. Tenemos casi 40 mil casos confirmados y más de 2 mil fallecidos. El virus llegó al país por los sectores medios y altos, pero comenzó a propagarse a través de segmentos sociales pobres. Tomamos un gran riesgo y realmente puede ocurrir una gran tragedia. El control de una pandemia requiere unión, coordinación y organización. Se necesita liderazgo y coordinación, todo lo contrario a lo que vemos en este momento en Brasil. Estamos en una situación de caos y descoordinación nacional que puede ser fatal. Lo peor es tomar decisiones arbitrarias que pueden provocar resultados peores.

--El presidente Jair Bolsonaro despidió al hasta unos días ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta, por sus diferencias sobre cómo afrontar la crisis sanitaria. El exfuncionario era partidario de adoptar medidas tales como el confinamiento total de la población, algo que Bolsonaro rechaza para no dañar la economía. ¿Cómo responde la sociedad?

--El exministro Mandetta no era nada excepcional; un médico, conservador y populista como el presidente, su jefe. El exministro quería solamente seguir los principios científicos y las directrices técnicas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), de la agencia Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades​ (CDC, por sus siglas en inglés), y de la Fundación Fiocruz. Y por eso muy rápidamente se convirtió en un fenómeno de popularidad. Eso dice el presidente muy celoso. Pero Bolsonaro se comporta como un genocida, tomando actitudes irracionales, al borde de la locura. Ya era un notorio negacionista sobre cuestiones de urgencia climática y ahora insiste en negar la pandemia. Ha dicho varias veces que covid-19 es una gripezinha. Alienta a la gente a romper el distanciamiento social. Tanto él como sus ministros son políticos desprevenidos e irresponsables. Todo el tiempo se someten, y nos someten, al ridículo. Bolsonaro lo tiene a Trump de modelo; seguramente lo considere una autoridad mundial en farmacología porque defiende todo el tiempo ampliar el uso de cloroquina. Trump dejó de hablar de ello, pero Bolsonaro continúa con esta idea fija. Su ministro de Ciencia y Tecnología, el exastronauta Marcos Pontes, acaba de anunciar que una vermífuga para animales puede ser la cura milagrosa de la enfermedad.

--¿Qué opinión le merece la estrategia implementada por Argentina para controlar la pandemia?

--Sé que Argentina inició pronto una especie de cuarentena ajustada a su contexto y la ha mantenido firmemente, a pesar de las dificultades políticas derivadas de esta decisión. Conozco poco sobre los detalles, pero parece que las estrictas medidas de distanciamiento social una vez más dan resultados. Con 2.9 muertes por millón de habitantes, Argentina tiene la menor mortalidad entre todos los países populosos de las Américas. Brasil tiene 11 por millón, Perú 10.5 y Chile 6.6, todavía mucho menos que Estados Unidos, 117 por millón, Inglaterra, 228 por millón, y España, 429 por millón.

--¿Qué explica que las opiniones y las medidas acerca de cómo abordar esta situación varíen tanto?

--Consideremos una pandemia como un huracán, que tiene una singularidad y que se puede comprender en dimensiones, niveles y miradas distintas. La pandemia no se agota en la biología o en clínica, es algo que trasciende todo esto, porque hace social algo que en su base, en su origen, tiene una fundamentación atómica, molecular, química. De ahí que la epidemiología, que es un campo intermedio entre lo social y lo biológico, sea muy útil para tener una idea de integración más compleja de fenómenos como éste. El fenómeno de la pandemia es también un hecho político. En ciertos contextos, la salud es un deber del agente del Estado, un derecho de las personas; en otros sistemas políticos, la salud es un servicio o un bien que puede ser comprado en un mercado. De alguna manera la pandemia subvierte esa organización del Estado o del mercado respecto a los temas de la supervivencia de los seres. Una pandemia es una enfermedad que de alguna manera desafía la manera en que las sociedades se organizan y resulta una amenaza a los sistemas nacionales y supranacionales sobre cómo lidiar con problemas de esa naturaleza. Ahí se convoca a las ciencias para decir o producir una verdad. Las ciencias involucran una especie de lucha de narrativas sobre lo que es verdadero y lo que no lo es.

--En momentos así queda claro el papel fundamental de la ciencia, una evidencia que algunos aún ponen en duda.

--Creo que sí, de hecho hay muchos signos de eso en este momento de pandemia. La ciencia es una institución supranacional global constituida por bloques de pensamiento y práctica que son las ciencias, en plural. Y esas ciencias son concretamente redes de sujetos que tienen su formación y su práctica muy internalizadas y con aparatos propios de validación de sus proposiciones. Las ciencias son comunidades internacionales, hay producción de ciencia interna en los países, pero las redes de validación son internaciones. En momentos como el actual hay toda una demanda sobre el aparato global de producción científica. Al mismo tiempo, se interpela a todos los científicos que tienen algo que decir sobre la pandemia: neumonólogos, infectólogos, epidemiólogos, incluso se interpela a la economía para que produzca narrativas. Los científicos pasan a ocuparse de una manera febril de la reconstrucción y ampliación de redes de comunicación entre ellos. Es muy interesante ver cómo se activan estas redes cuando hay un fenómeno como esta pandemia.

--Llama la atención tanta divergencia de opiniones, incluso tantas diferencias entre la OMS y expertos de otros círculos…

--En estos dos meses ya hay más de 2600 trabajos científicos publicados sobre la pandemia y el coronavirus; una especie de récord mundial. Es imposible estimar la cantidad de científicos que trabajan el tema. Hay muchas medidas que los investigadores hoy señalamos como eficaces y que a los dos días señalamos con una evidencia contraria. Pasó con el uso de máscaras, muy recomendable en función de las evidencias hoy. Para nosotros eso es lo más esperado de la investigación científica y eso es la fuerza de la ciencia, que es exactamente la capacidad de ajustar sus procesos de producción de conocimiento a realidades que cambian. Hay gente que lo interpreta como un factor de desacreditación. Para la divulgación científica es muy importante la construcción de una fuente más abierta entre los profesionales de comunicación y la gente que está trabajando en la producción de conocimiento, porque muchas veces una simple hipótesis se transforma en una fuerte expectativa de una demanda social y económica.

--Está claro el rechazo de Bolsonaro hacia la ciencia…

--Sí, es así. En Brasil tenemos un gobierno federal que tiene una posición claramente anticientífica y eso le impone una contradicción en este momento de la pandemia. Y es que ahora es necesario llamar a los científicos para la producción de respuestas o por lo menos para la orientación sobre qué hacer en esta situación. Pero eso ocurre después de tres o cuatro años con una absoluta desfinanciación del sistema de producción del conocimiento. Se impone de este modo una especie de contradicción: el gobierno se divide entre los que dicen que es imprescindible confiar en la ciencia y los que dicen que no es necesario creer en la ciencia, o peor, que es mejor confiar en los dioses, santos y libros sagrados. Una fracción muy importante del gobierno está llevando adelante una campaña nacional de desacreditación de la ciencia.

--Se habla de cuarentena y aislamiento social o físico. ¿Cuál es la diferencia entre estos términos?

--Aislamiento social es un término que no existía y, rigurosamente, no existe en epidemiología. Aislamiento físico de sujetos infectados y contaminantes es una estrategia que es parte de la cuarentena. El término técnico es distanciamiento social, un concepto oriundo de la teoría matemática de los grafos o teoría de redes complejas, tomado como una medida de contención o mitigación de la epidemia. El aislamiento de personas en general, no solamente los enfermos, o la reducción drástica de movilidad de todos o de grupos seleccionados, es diferente a la cuarentena que hizo China. El distanciamiento social es una manera de reducir pero no de suprimir la transmisión de la infección; es una medida que suele implementarse en países democráticos y con una tradición de movilidad de la gente y de respeto a la individualidad. Hay toda una discusión sobre lo que es más o menos efectivo. A mi juicio, desde un punto de vista epidemiológico, será muy difícil evaluar la eficacia o efectividad de medidas como éstas, que son medidas de intervención social, por lo menos de evaluarlas de la misma manera que las intervenciones intracorporales o farmacológicas, es decir, con fármacos o maniobras de prevención individual.

--¿Desde la epidemiología, cuál es el momento óptimo para terminar con una cuarentena?

--Desde la epidemiología la respuesta es que para salir de la cuarentena se necesitan más datos. No sabemos muchas cosas en nuestras sociedades sobre el comportamiento del virus en poblaciones que tienen un sistema inmunológico totalmente distinto a otras. De hecho, las situaciones no se pueden transcribir. Primero, necesitamos producir nuestros propios datos sobre la distribución poblacional. Segundo, necesitamos un sistema de tests rápidos y de una manera amplia, no a toda la población, pero sí en los sitios donde la epidemia haya avanzado más. Como decía recién, técnicamente, una reducción de contacto social y una cuarentena no son lo mismo. Lo que tenemos como evidencia es lo que pasó en Italia, donde se hizo una disminución radical de movilidad social y eso permitió que la epidemia llegara a algunos sitios con una intensidad más baja y con una distribución de los casos en el tiempo; fue ahí que se empezó a hablar de aplanamiento de la curva. Esa estrategia no evita el contagio, pero permite una distribución más larga en el tiempo y evita curvas epidémicas abruptas. La primera evidencia de cierta eficacia en esa manera de respuesta social fue la observación de la epidemia en los sitios internos, en pequeños pueblos de Italia.

--¿Qué observaron ahí?

--Ahí vimos lo que llamamos "modelados", esto es, modelos de predicción de las epidemias. En este momento, el más conocido de estos modelos es el del Imperial College de Londres. Según este modelo, la estrategia de dejar pasar la epidemia en la sociedad para crear alguna inmunidad natural es muy peligrosa por la sobrecarga que puede causar en los sistemas de salud. Algunos países que empezaron a lidiar con la protección de la pandemia con una estrategia de reacción natural en el intento de crear la inmunidad de manera espontánea ahora están adoptando distintos modos de producir un aislamiento social. El último país que se resistió a eso fue la meca del capitalismo mundial, Estados Unidos. Por todo lo que hemos visto fue una decisión terrible. Salir de la cuarentena o flexibilizar el aislamiento depende por lo tanto de muchas respuestas y condiciones.

--En el mundo la situación se complejiza aún más por los efectos colaterales, tanto sociales como económicos.

--Lamentablemente, sí. Como conjunto de evidencias más macro nacionales se está empezando hablar incluso de la posibilidad de que algunos países, como Estados Unidos y los nuestros, tengan un sistema de apertura y cierre, una especie de pulsación de la movilidad social hasta el punto en que puedan aminorarse los efectos económicos. Es decir, cierta graduación de la transmisibilidad para que no se abra al mismo tiempo todo el país ni se cierre al mismo tiempo todo el país. En gran parte del mundo es cierto que flexibilizar la cuarentena, o no flexibilizarla, responde más a cuestiones económicas que a preservar la salud. Ahí hay una cuestión política: cuál es la naturaleza del Estado de cada una de esas naciones. Si es un Estado con responsabilidad social sobre los ciudadanos entonces va a tomar decisiones que pueden tener un efecto sobre la economía pero cuya prioridad va a seguir siendo la salud, y habrá otros Estados en los que el mercado y la economía van a prevalecer sobre las decisiones políticas. Claramente, el sacrificio de vidas humanas y de sufrimiento en Estados como esos será mucho más alto que las repercusiones económicas. El punto es el liderazgo nacional para coordinar las medidas y la naturaleza de las mismas. Nuestro miedo ahora es una norteamericanización de la pandemia entre nosotros.

--¿En qué sentido "una norteamericanización de la pandemia"?

-- En el sentido de una pérdida del control de la pandemia, hasta el punto de agotar los recursos hospitalarios y humanos, como lo que pasa en Nueva York, por ejemplo.

--¿Cambiará algo a partir del coronavirus?

--Creo que hay dos cosas que van a cambiar a partir de la pandemia. Por un lado, se va a dar una recuperación de la noción del Estado como dimensión de la historia, en tanto instrumento al servicio de los seres humanos para que tengan una capacidad de supervivencia mayor. Esto incluye fortalecer la noción de que la salud es un derecho de las personas y un deber del Estado, con la expansión de sistemas de salud pública en muchos países, con cobertura universal y calidad con equidad. Por otro lado, creo que esos Estados, que después de la Segunda Guerra Mundial se organizaron en esa red supranacional que son las Naciones Unidas, y que en las últimas décadas empezaran a cuestionar fuertemente su utilidad, ahora van a comenzar a reconocer el valor de la Organización Mundial de la Salud y sus ramas. La pandemia demuestra la necesidad de una gobernanza internacional más amplia, en especial, en temas como salud, educación y supervivencia planetaria. Hay muchos filósofos que han escrito docenas de libros sobre el mundo pospandemia, algunos con visiones utópicas, con la esperanza de que ahora el individualismo, amenazado por el sentimiento de finitud y vulnerabilidad, daría paso a una sociedad más solidaria y justa. No soy tan optimista, al menos en el horizonte temporal más cercano.

público de salud.

Por Bárbara Schijman

  Un cartel de la Región de Lombardía, en homenaje a los sanitarios, expuesto en la fachada del hospital Papa Giovanni XXIII de Bérgamo. RTVE

Quizá haya todavía espacio para salir de la pandemia y perseguir una utopía: redescubrir que la productividad y las cuentas corrientes valen menos que las personas, que extender los derechos significa salvarnos a todos

 

Ha ocurrido en Italia: la región considerada más potente, más eficiente y más rica ha resultado ser la peor preparada para afrontar la pandemia, y sus gobernantes han tomado decisiones por las cuales serán llamados a responder muy pronto. En el sistema italiano, las regiones tienen competencias exclusivas en materia sanitaria, y la región de Lombardía es líder, tanto por su riqueza como por la unión entre lo público y lo privado creada por los gobiernos de centro derecha, que han ocupado el poder sin interrupción en las últimas dos décadas.  

Lombardía es el territorio de Silvio Berlusconi, y la región era el feudo de Roberto Formigoni, condenado en firme a 5 años y 10 meses de cárcel por graves episodios de corrupción, referidos precisamente a la relación entre el poder regional y la sanidad privada. Pero, hasta hace un mes, se creía que la corrupción era solo un accidente en el camino. No es el caso.

Desde mi posición como estudioso de la dinámica criminal, y en particular del poder de las mafias, he observado a lo largo de los años que para una persona del norte del país es más aceptable pensar que lo podrido viene “de fuera”. Sin embargo, hace solo diez años, tras haber dicho en un programa de televisión lo que era obvio para todos los expertos, a saber, que la Camorra napolitana y la 'Ndrangheta de Calabria, siguiendo los pasos de la mafia siciliana, que lo hizo ya en la década de los 70, se habían infiltrado en la economía legal del norte, recibí tantos ataques que fui obligado a introducir un monólogo del entonces ministro del Interior, Roberto Maroni, en el siguiente programa –Maroni, predecesor de Matteo Salvini al timón de la Liga Norte, está ahora fuera de la política debido a vicisitudes judiciales. 

Poco después llegaron las primeras condenas, y hoy es un hecho conocido que en muchas partes del norte las mafias son los amos. Les cuento lo que sé, lo que sucede. Pero con una premisa necesaria: no hay un sistema de salud en el mundo que haya demostrado ser capaz de lidiar con la emergencia del coronavirus con prontitud, excepto, tal vez, por los datos que conocemos hoy, el de Corea del Sur. Puede parecer paradójico, pero el punto débil de Lombardía es su dinamismo económico y el enorme volumen de intercambios y relaciones con países extranjeros y, en particular, con China. 

En los valles de Bérgamo destruidos por el virus (algunos ya hablan de toda una generación suprimida) hay una miríada (miles) de pequeñas empresas, a menudo con menos de diez empleados, que, sin embargo, representan una excelencia que hace de esos distritos industriales una verdadera locomotora, no solo para la región de Lombardía. Sin embargo, en un momento concreto, mientras los medios hablaban de las decisiones dramáticas que debían tomar los médicos de cuidados intensivos, a quién intubar y a quién dejar morir, se tomaron otras decisiones, y el tema de la disputa fue: ¿cerrar las producciones, con el riesgo de un colapso económico, o mantener todo lo posible abierto, sacrificando vidas humanas? No es preciso decir que no ha habido un debate público sobre el tema, faltaría más. 

Lo grave es que la Región de Lombardía y el gobierno central se han estado pasando durante muchas semanas la patata caliente de la decisión de cerrar todo. Hoy sabemos que, durante ese paréntesis, al no confinar a trabajadores que eran necesarios en las cadenas de montaje y que, especialmente en el caso de las pequeñas empresas, tenían y tienen que decidir entre la vida y el trabajo, se favoreció una propagación masiva del contagio que, más allá de la parcialidad de los datos, ha dado como resultado una mortalidad, en términos absolutos, aterradora.  

Hoy, esta realidad ha salido a la luz en toda su gravedad, devolviendo la imagen de un territorio en el que las clases dominantes han decidido desde su despacho “no parar”, probablemente anticipando la masacre, o quizá encomendándose al azar.  

Lo que se va sabiendo sobre los retrasos en la organización de la zona roja en los municipios de Alzano y Nembro, en el área de Bérgamo, y sobre los ingresados en las residencias de ancianos, genera preguntas inquietantes que no pueden dejar de estar conectadas con una tasa de letalidad del virus que, en esas áreas, es muy alta y se cobra cientos de víctimas todos los días. Debido a la crisis lombarda, algunos países están pidiendo una transferencia de la gestión de la salud desde las regiones al gobierno central. 

De alguna manera, es natural pensar que lo que sucedió, las “indecisiones”, el “riesgo”, han sido fruto de una dependencia excesiva del poder político regional respecto al poder económico-productivo. Y ahora que las cosas han ido muy mal, el peligro real es que quienes han decidido estas “estrategias” criminales puedan tener interés en ocultar sus responsabilidades. 

La tasa de letalidad del virus en Lombardía es principalmente resultado de las decisiones erráticas tomadas por una clase dominante mediocre que debería ser inmediatamente cesada si no estuviera en curso una emergencia dramática. Pero aunque las sirenas de las ambulancias de hoy todavía cubren las voces de los familiares de las personas a las que se dejó morir debido a una serie de errores que han agravado el efecto disruptivo de la infección, pronto será el momento de juzgar a quienes no han hecho sus deberes.

El caso lombardo adquiere una connotación aún más oscura si se compara con el de la región vecina, Véneto, que, a pesar de tener mucha menos población (aproximadamente la mitad), pero caracterizada por un similar nivel económico, enfrentó la crisis de una manera completamente diferente y, hasta la fecha, más efectiva. 

Hasta donde sabemos, entre Lombardía y Véneto (ambos gobernados por la Liga) hay una diferencia en el enfoque de la epidemia que es cuantificable en la cantidad de personas que han perdido la vida: 10.000 en Lombardía contra menos de 1.000 en Véneto, y con un número casi idéntico de pruebas realizadas (casi 170.000). 

Véneto, a diferencia de Lombardía, se ha centrado en gran medida en rastrear a los asintomáticos para identificar cada brote, y luego actuar rápidamente sellando los territorios para evitar la propagación del contagio. A diferencia de Lombardía, donde (como en muchas otras partes del mundo, pero no con tanta intensidad) han aumentado los contagios debido a la falta de preparación de los pequeños hospitales de la zona, Véneto ha tratado de reducir la hospitalización de los enfermos (excepto, por supuesto, los casos serios), favoreciendo la atención domiciliaria. 

Lombardía, ante una crisis sin duda impredecible por su velocidad de difusión, ha pagado sobre todo por los déficits organizativos que ha mostrado el sistema público-privado mixto –hasta ahora elogiado, incluso con buenas razones, dado que miles de personas de otras regiones acuden allí cada año para recibir el mejor tratamiento posible–: frente a la gran excelencia, existe un nivel medio bastante bajo en cuanto a organización (fundamental, en este sentido, leer la carta que FROM CeO Lombardía, la Federación Regional de Colegios de Cirujanos y Odontólogos de Lombardía envió a la cúpula de la región criticando la incertidumbre causada por el cierre de algunas áreas, la falta de mascarillas y dispositivos de protección y los pocos tests realizados), unido a un dominio indiscutible de la política y los grupos de poder. 

Un ejemplo para entender esta dinámica es el de Comunión y Liberación, una asociación católica de la cual, hasta la sentencia firme, el corrupto Roberto Formigoni era miembro destacado. Comunión y Liberación es muy poderosa en Lombardía e impone su ley; basta pensar que, en la Sanidad Pública, los médicos antiabortistas son mayoría, y en las dificultades que sufren la mayoría de las mujeres para que les receten la píldora abortiva, a pesar de que la ley lo exige: invocar la excusa 'técnica' es sencillo.  

Los objetores de conciencia tienen muchas más posibilidades de hacer carrera que los no objetores. Cómo hemos podido hasta hace nada identificar esa práctica mafiosa con el concepto de eficiencia siempre ha sido un misterio para mí. Es lamentable que los lombardos se den cuenta hoy, en sus carnes y en la de sus seres queridos, de la anomalía de ciertas dinámicas, que lejos de ser una excepción arrojan una luz siniestra sobre la regla general. 

Verán: nacer y crecer en el sur de Italia, uno de los territorios más pobres de Europa (con un PIB en muchas zonas inferior al de Grecia), brinda algunas herramientas para comprender hoy lo que sucederá mañana. 

Y lo que sucedió en Lombardía y Véneto, que fueron las primeras áreas de Europa afectadas por Covid-19, es vital para el resto del continente porque muestra dos enfoques diferentes e indica exactamente, en el caso de Lombardía, lo que no se debe hacer, cómo no actuar, cómo no comunicarse. 

Pero la culpa no es solo del centro-derecha en el poder, ya que las ciudades de Bérgamo y Milán son administradas por el centro-izquierda. El virus ha llegado a descubrir la insuficiencia absoluta de un enfoque economicista y de gestión de los asuntos públicos que caracteriza a un territorio muy rico, en el que el trabajo es un imperativo y la dimensión individualista se acentúa hasta el paroxismo.

Las biografías de los alcaldes de centro izquierda de Milán y Bérgamo ayudan a comprender las fallas en el manejo de las primeras etapas de la emergencia. El alcalde de Milán, Giuseppe Sala, es un hombre de centro derecha que se hizo un hueco en las noticias por su gestión de la EXPO 2015, mientras que el de Bérgamo, Giorgio Gori, ha sido durante mucho tiempo uno de los dirigentes del conglomerado mediático de Silvio Berlusconi.

Al principio, ambos subestimaron la emergencia sanitaria, preocupados solo por las posibles repercusiones económicas. No solo intentaron, de todas las maneras posibles, no “parar las máquinas”, sino que incluso animaron a los ciudadanos, pese a la epidemia en curso, a seguir participando en la vida social, satisfaciendo así los deseos del sector productivo, incapaz de ver en el confinamiento una alternativa de vida viable...

La paradoja de esta crisis casi parece esbozar una lección filosófica. Solo los políticos al frente de la región que siempre ha presumido de hacerlo todo por sí misma, la que en los últimos treinta años ha pedido más y más autonomía –el partido más importante del Norte, la Liga, antes de ser soberanista fue hasta hace muy poco secesionista–, la que más se ha quejado del peso del improductivo sur (siempre una formidable reserva de “recursos humanos”, como diría un gerente), la que siempre ha despreciado el centralismo y cada una de las decisiones tomadas por la ineficaz y desorganizada Roma, en esta emergencia ha terminado por hacer responsable al gobierno central de todas sus indecisiones y sus consiguientes omisiones. Habrían tenido que tomar las decisiones por ellos, sacarles las castañas del fuego... Verdaderamente deshonroso, además de criminal.

Europa, y el resto del mundo, se enfrenta a un momento extremadamente delicado en el que se decidirá realmente su futuro. Se ha dicho muchas veces, pero esta es la definitiva, porque hoy en Europa no solo se decide el destino del continente y de los países que la integran, sino sobre todo el destino de todas las personas que viven y vivirán aquí, incluso de los que aún no han nacido.

Porque es bueno decirlo: hoy decidimos condenar a las futuras generaciones de gran parte de Europa a pagar las deudas contraídas por sus padres debido a causas de fuerza mayor. Y esto tampoco es muy honorable, especialmente para aquellos países pequeños que toman recursos de otros a través del dumping fiscal. Un mundo que ha surgido de los escombros de la Segunda Guerra Mundial, del nazismo y del fascismo, de los campos de exterminio, de los totalitarismos comunistas, acaba llegando a la sublimación del contable en lugar del político. Qué deshonra: no me atrevo a imaginar qué tratamiento reservarían los padres de Europa a esas personas mediocres que creen que los Estados son empresas y cifras incluidas en un presupuesto.

Estoy pensando en Helmut Kohl y en el coraje que tuvo para reunificar Alemania y para llevarla a una Europa libre y solidaria, y el apoyo que encontró en los socios europeos. Pero Kohl está muerto y con él, probablemente, la última idea noble de Europa.

Si pienso en Alemania, no puedo evitar pensar en nuestra Lombardía. No puedo evitar pensar que la Alemania laboriosa es para Europa lo que la Lombardía trabajadora es para Italia. Me recuerda a Scurati, que ha descrito a los milaneses en la época de Covid-19 como animales asustados, aterrorizados por la seguridad perdida en unas pocas, muy pocas semanas: la debilidad inherente a creerse invencible. ¿Qué sentido tiene la eficiencia sin solidaridad? Quizás todavía exista la diferencia entre el hombre y la máquina.

Los líderes de la Región de Lombardía han cometido un error al seguir a Lombard Confindustria (la patronal), cuyo presidente, Marco Bonometti, defendió en una entrevista la opción de no cerrar fábricas diciendo: “Ahora no haría un juicio de intenciones, hay que salvar lo salvable, de lo contrario habremos muerto antes y habremos muerto después”. Argumento industrial, por supuesto; pero la política, la que se escribe con P mayúscula, es otra cosa y ciertamente los empresarios no pueden hacerla. Y así llegamos al dilema: morir primero, físicamente, y morir después económicamente resume el desafío que representa el virus para la política europea, no solo la italiana.

Quizás, no estoy seguro, haya todavía espacio para salir de la pandemia y perseguir una utopía: redescubrir que la productividad y las cuentas corrientes valen menos que las personas, redescubrir que expandir los derechos, ampliarlos, significa salvarnos a todos. Redescubrir ahora que una política que decide siguiendo solo el olor del dinero es una política que genera muerte y no riqueza. Y que dice claramente: “Europa ya no existe y hoy es un nuevo 1945”. Espero que los hombres de buena voluntad no lo permitan.

Por Roberto Saviano 16/04/2020 

Publicado enPolítica
Viernes, 17 Abril 2020 06:45

La sumisión de las masas

Manifestación el 16 de junio de 2019 en Hong Kong / Foto: Afp, Héctor Retamal

Del auge global de las protestas al silencio de la cuarentena.

 La pandemia le hace sombra a la política, y en todo el mundo la gente se queda en casa. De las protestas masivas de los últimos dos años no queda ni el eco en las calles vacías, y en la reclusión doméstica se decidirá si a la salida nos espera el amansamiento mundial o un futuro diferente.

Hace casi un siglo un ensayista español inició, en el diario El Sol, la publicación de una serie de artículos que, compilada en un libro bajo el título de La rebelión de las masas,dio a José Ortega y Gasset fama perdurable. En la actualidad, la pandemia global de covid-19 ha mostrado, en un par de meses, con qué facilidad se puede confinar a las poblaciones de continentes enteros, bajo el equivalente del estado de sitio, las medidas de seguridad o el toque de queda, como prefiera usted llamarle a eso que le dicen cuarentena. Tras dos años de protestas –por las causas más variopintas– en todo el mundo, las metrópolis están calladas, las calles desiertas, las manifestaciones prohibidas, y miles de millones de humanos permanecen recluidos dócilmente en sus viviendas donde la televisión repite sin pausas las cifras tremendas y crecientes de la pandemia.

A la calle, que ya es hora.

De acuerdo con un informe del Centro para Estudios Estratégicos Internacionales de Washington (Csis, por sus siglas en inglés), “las protestas masivas globales alcanzaron un cenit histórico hacia fines de 2019, al concluir una década en que habían crecido a una tasa anual del 11,5 por ciento, con la mayor concentración de actividad en Oriente Medio y en el norte de África, y la tasa de incremento más rápida en África al sur del Sahara”. El año pasado hubo protestas en Hong Kong y Santiago de Chile, en Haití, Beirut y Barcelona, en Harare, India, Ecuador, Colombia, España, Sudán, Irán y Francia, con manifestaciones antigubernamentales en 114 países, 37 de ellos recorridos por las multitudes airadas en tan sólo los meses finales de 2019.

El Csis recordó que esas protestas –cuya frecuencia y magnitud eclipsaron períodos históricos recientes similares como el del fin de la década de 1960, y el comprendido entre mediados de la de 1990 y comienzos de la de 2000– llevaron a que los jefes de gobierno renunciaran, u ofrecieran hacerlo, en Líbano, Irak, Bolivia, Argelia, Sudán y Malta. Para aplacar el ímpetu y la movilidad de las multitudes, los gobiernos apagaron Internet en India, Pakistán, Siria y Turquía.

“También el tamaño de las protestas en 2019 fue notable”, añadió el informe. “El 16 de junio, casi 2 millones de ciudadanos de los 7,4 millones de Hong Kong marcharon por las calles, y en el clímax de las protestas en Santiago de Chile, el 25 de octubre marcharon 1,2 millones de personas, casi la cuarta parte de la población de la ciudad, de 5,1 millones”, apuntó el Csis.

La ira de las masas no se nutrió tan sólo de lo que, en términos muy laxos, podría llamarse “izquierda”: los populistas autoritarios que han medrado en Europa central y del sudoeste se las arreglaron para sobrevivir a protestas en República Checa, Montenegro, Serbia, Polonia y Hungría. Y tampoco se limitó a las quejas y repudios a los gobiernos: hay que recordar la variedad y extensión de las demostraciones relacionadas con el cambio climático y la protección ambiental. En la última semana de setiembre, más de 6 millones de personas por encima de husos horarios, culturas y generaciones salieron a las calles en todo el mundo exigiendo acciones concretas y rápidas para lidiar con una creciente catástrofe ambiental. Más de 1 millón de personas marcharon por las calles de Italia, con movilizaciones similares en Argentina, Colombia, Brasil, España y Holanda, y en Nueva Zelanda más del 3,5 por ciento de la población se unió a las marchas.

Y, de pronto, la pandemia

Un coronavirus que en tres meses ha infectado a más de 2 millones de personas, y ha causado la muerte de 134 mil –según las cifras oficiales, porque las reales pueden ser bastante más altas– extinguió las protestas callejeras. En un mundo donde el 57 por ciento de los 7.800 millones de humanos vive en ciudades pequeñas, medianas o grandes, cada apartamento, cada casa se ha convertido en una celda donde cada uno vive solo o convive con unos pocos familiares o amigos, encerrados por el temor de siquiera aproximarse a otras personas.

Y las ciudades se han silenciado, el aire se libró de la contaminación de los motores, y en muchas partes del mundo los animales silvestres, que se las han arreglado para sobrevivir, escondidos, en parques y bosques cercanos, se pasean ahora por las anchas avenidas donde los semáforos dan paso u ordenan alto para un tránsito que no existe.

El freno abrupto a la rebelión de las masas tiene un antecedente cercano. En la década de 1990, cuando arremetió impetuoso el cuento de los “tratados de comercio libre”, se inició un movimiento que intentaba frenar la globalización o, al menos, domesticarla. Al frente de las protestas estuvieron los sindicatos –sí, todavía existían los sindicatos– y los estudiantes, y también los empresarios y granjeros que supieron avizorar la destrucción que se aproximaba para las industrias, las agriculturas y las culturas locales. Fue una década de luchas populares contra la versión neoliberal de la Organización Mundial del Comercio, luchas que tuvieron su confrontación emblemática en la batalla de Seattle, en 1999.

Por varios años, el centro de Washington, la capital de Estados Unidos, fue el escenario de protestas en las que iban codo a codo los anarcos vestidos de negro y las religiosas católicas que ayudaban a inmigrantes, los veteranos de las protestas contra la guerra de Vietnam y jovencitas/os de género arcoíris, granjeros sureños blancos y militantes urbanos negros, cristianos, musulmanes, judíos, budistas, carapálidas de ojos azules de la más tradicional aristocracia protestante y morenitos aindiados centroamericanos. Las protestas continuaron y crecieron al iniciarse la nueva década, enriqueciéndose en el discurso que vinculó la globalización con la contaminación ambiental, el uso tóxico de combustibles fósiles y el cambio climático.

Y, de pronto, 11 de setiembre de 2001. Las movilizaciones mundiales contra la globalización se disolvieron en la propaganda gubernamental y en la obsesión social de la “guerra contra el terrorismo”. El enemigo entonces actuaba oculto, de manera solapada, podía estar en cualquier parte. Se aprobaron leyes y se adoptaron prácticas que violaron las normas de las sociedades democráticas. Se encarceló a inocentes, se torturó a sospechosos y se mató a cientos de miles de civiles. Y las masas no protestaron.

El enemigo ahora ataca solapado, puede estar en cada otro ser humano que se nos aproxime, en cualquier parte. Y nos hemos impuesto todos los cortes a nuestra libertad individual que los expertos en salud recomiendan, y los gobiernos aplican, y quedamos absortos, aburridos o espantados frente al televisor que nos repite, incesantemente, los horrores allá, afuera, y la plaga que les cae a quienes no se atienen a las órdenes.

La pausa.

El encierro planetario está teniendo consecuencias económicas, sociales y de salud tanto mental como física. Por ahora, todos estamos más preocupados por conseguir comida, proteger la salud y sobrevivir entre cuatro paredes que por la desmovilización masiva de las campañas políticas, las reivindicaciones laborales, las igualdades de géneros, la defensa de especies amenazadas o la limpieza de los mares.

Pero qué se cuece en las hornallas de hogares sobrehabitados depende tanto del tiempo que esto dure como de los ingredientes que se vayan acumulando. “El vuelco profundo que está operando en mí, y que puede estar operando en ti también, es que no veamos este como un tiempo de cuarentena, sino como el tiempo en la crisálida”, escribió en marzo el gurú motivacional Kirk Souder.

La pandemia de covid-19 ha validado varios de los argumentos con los que tres décadas atrás se levantaban las voces que advertían sobre la globalización. La urbanización acelerada, el incremento en números y distancias de los viajes de enormes cantidades de turistas, los desplazamientos de tropas a miles de quilómetros de su país de origen y los éxodos de refugiados y migrantes han facilitado la propagación rápida de nuevos virus, transmitidos desde los animales que criamos y explotamos en instalaciones industriales para el consumo o que destruimos casi hasta el borde de la extinción.

La interconexión de las industrias por sobre fronteras y continentes y la interdependencia de las redes de distribución de alimentos y otros productos han llevado a una estructura socioeconómica que, además de facilitar la transferencia de riqueza hacia los que ya la tienen, es frágil y vulnerable a fenómenos naturales o pestilencias. La pausa en la que estamos todos atrapados ahora es una bofetada esclarecedora para que consideremos cuánto de lo que consumimos es necesario y cuánto es puro entretenimiento, gasto innecesario, derroche y chiches electrónicos y digitales prescindibles.

La respuesta chambona de la mayoría de los gobiernos, sea cual sea su ideología, consolida la desconfianza hacia las instituciones y dirigentes políticos que dio energía a las protestas de 2019. En el caso particular de Estados Unidos, la respuesta desorganizada e insuficiente del gobierno –sazonada por la torpeza, ignorancia y desvaríos de un presidente que por semanas negó que hubiese un problema– ha clarificado el debate sobre la necesidad de un sistema nacional de salud pública, y la incapacidad de un sistema de salud controlado por empresas privadas. ¿Cómo es posible que en el país más rico del mundo ahora nos enteremos de que hay menos de 1 millón de camas de hospital disponibles para una población de más de 327 millones de personas? ¿Cómo es que en Estados Unidos nadie sabía cuál era el inventario de mascarillas o pulmotores disponibles para encarar una pandemia?

En una referencia a Taiwán, Nueva Zelanda y Alemania, la Cnn notó esta semana que los gobiernos que mejor han respondido a la pandemia están encabezados por mujeres, lo que enriquece la reflexión sobre las aptitudes y calificaciones de más de media humanidad para compartir las responsabilidades.

En un artículo para la revista Jacobin, de Nueva York, Meagan Day escribió que “en los países que están paralizados económicamente, estos tiempos de pandemia son un intervalo breve en una era de inquietud”. “Cuando esto pase, probablemente veremos protestas en una escala que jamás imaginamos”, añadió. “El desempleo en Estados Unidos posiblemente sobrepasará los niveles de la Gran Depresión, y seguramente le seguirá la inestabilidad política. Si la pandemia empieza a causar devastación mayor en África y América del Sur, donde las protestas ya se estaban intensificando a un ritmo jamás visto en la historia humana, esta pandemia actuará como un fósforo en un polvorín.”

Aunque puede esperarse, con cierto grado de certidumbre, que a la pandemia le seguirán tiempos agitados en todo el mundo –y más revueltos cuando llegue la segunda ola de coronavirus–, la incógnita es qué rumbo tomarán las masas. En el miedo medra el autoritarismo, pero en la crisálida también habita la esperanza.

17 abril, 2020

Publicado enInternacional
Viernes, 17 Abril 2020 06:40

La crisis global se acelera y profundiza

La crisis global se acelera y profundiza

Según el Investment Trends Monitor de marzo, de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad, por sus siglas en inglés), las proyecciones del impacto económico del covid-19 se hacen más sombrías día a día. La previsión inicial era que la crisis se sentiría primero, y de manera más fuerte, por el lado de la oferta: paros en la producción, interrupciones en la cadena de oferta en Asia del Este (China en primer lugar) y caídas en las economías fuertemente integradas en las cadenas globales de valor. Importante, pero acotada.

Pues bien, ese pronóstico quedó atrás. Es que hoy las cuarentenas y cierres de producción se hacen sentir con independencia de que las economías estén integradas a las cadenas globales de producción, y afectan de pleno a la demanda y toda la producción. De ahí que la previsión es que la crisis será mayor que en 2008-2009. En primer lugar, porque su efecto es más extendido. En segundo término, es más inmediato, ya que el shock de demanda es acompañado de interrupciones forzadas y postergación de proyectos de inversión. En tercer lugar, en la medida en que la actividad económica es golpeada, puede desarrollarse una crisis en el sector financiero cuando muchas empresas no puedan cumplir sus obligaciones financieras; lo cual tendrá un efecto en cascada sobre los flujos de inversión global.

De manera que todo indicaría que la dinámica es cada vez más negativa. Según Unctad aproximadamente el 80 por ciento de las 5 mil mayores multinacionales que monitorea han revisado a la baja sus previsiones de ingresos. A comienzos de marzo el promedio de revisión a la baja de los ingresos era del 9 por ciento. Pero en las últimas semanas la mayoría hizo nuevas revisiones. En promedio, las que operan en los países desarrollados bajaron sus previsiones un 35 por ciento.

En cuanto a China, en el primer bimestre el gasto de capital bajó un 25 por ciento. Las multinacionales que operan en el país prevén caídas de ingresos, en promedio, del 21 por ciento. La inversión en activos fijos descendió un 24,5 por ciento. Pero además, y debido a que las medidas de cierres se tomaron a mediados de enero y de manera desigual, es probable que el pico del efecto sea mayor. Según la Oit, el valor agregado total de las empresas industriales de China cayó 13,5 por ciento en los dos primeros meses de 2020.

Volviendo ahora al plano global, en una previsión realizada por la Oit cuando el número de infectados era de 170 mil personas, se estimaba un aumento de entre 5,5 millones de desocupados (escenario bajo) y 24,7 millones (escenario elevado). El escenario “medio” preveía 13 millones (7,4 millones en los países desarrollados). En la crisis de 2008-2009 el desempleo aumentó 22 millones. De manera que las cifras de la Oit, si bien sombrías, no parecían tan alarmantes. Pero hoy los contagiados superan el millón y el parate de la actividad económica se ha extendido. Una estimación preliminar, al 10 de marzo (de nuevo, dato “viejo”), dice que ya se han perdido 30 mil meses de trabajo. Las pérdidas globales en los ingresos salariales los calcula entre 860.000 millones de dólares y 3,44 billones de dólares.

DESEMPLEO EN EL NORTE.

Los datos del desempleo en Estados Unidos son los que posiblemente brindan una visión más realista de la forma en que se está desarrollando la crisis. Lo más impactante: sólo en la semana que cerró el 28 de marzo, 6,65 millones de personas pidieron seguro de desempleo. En la semana anterior, que cerró el 21 de marzo, lo habían solicitado 3,3 millones; la mayoría de los que llenaron la solicitud fueron trabajadores de hoteles, restaurantes y otros servicios. En la semana que terminó el 28 de marzo, muchas solicitudes pertenecieron a la industria y el transporte. Es que en petróleo, energía, construcción de automóviles, entre otras actividades, el freno ha sido muy fuerte. Los proveedores de estas industrias también sienten la crisis. La compañía de aviones Boeing ya hace varias semanas paró su producción; lo cual pega de lleno no sólo en sus trabajadores, sino en los de otras 17 mil empresas que son sus proveedoras. Varias acerías también pararon sus hornos, ya que no reciben pedidos de la industria del automóvil o petrolera. Muchas empresas han licenciado a los trabajadores, y muchas reducen las pagas; según Bloomberg, 623 mil trabajadores del automóvil y partes componentes están con licencia. Como dato más general señalamos que analistas de J P Morgan consideran que el producto bruto de Estados Unidos podría caer hasta un 14 por ciento en el segundo trimestre (aunque en realidad, nadie sabe cuánto puede caer).

Las horas trabajadas bajaron a un promedio semanal de 34,2 horas, el más bajo desde 2011, y todo anticipa que seguirá bajando. Por otro lado, si bien desde el gobierno se recomienda a los trabajadores que permanezcan en sus casas si se sienten enfermos, muchos temen ser despedidos si lo hacen. A esto se agrega el agravante de que muchos tampoco reciben salario si se enferman.

Debido a la rapidez con que empeoró el empleo, la tasa oficial de desempleo de marzo, del 4,4 por ciento, no registra todavía la situación real. Precisemos que la Oficina de Estadísticas Laborales considera desempleados a aquellos que buscaron trabajo en las últimas cuatro semanas; no toma en cuenta los que están desanimados, o buscan ocasionalmente empleo. Si se incluye a estos sectores, la tasa de desempleo –conocida como U6– llegaría al 8,7 por ciento, aunque este porcentaje tampoco refleja lo que está pasando. Es que, además del retraso que tienen las encuestas, muchos trabajadores han tenido dificultades burocráticas para aplicar por el seguro. Además, otros muchos son independientes y no califican para el seguro.

De ahí que podría haber, según Justin Wolfers, del New York Times, unos 11 millones de desocupados. Lo cual llevaría la tasa de desempleo del 3,5 por ciento en febrero al 10 por ciento el 28 de marzo. Sin embargo, desde entonces se han perdido más trabajos, de manera que el número de desempleados podría llegar a 15 millones, o sea, el 12,3 por ciento de la fuerza laboral.1 Escribe Wolfers: “El mercado laboral está cambiando tan rápidamente que muestras estadísticas oficiales –concebidas para medir cambios a lo largo de meses y años más que en días o semanas– no pueden seguirlas”.

El grupo Goldman Sachs, a su vez, prevé una tasa de desempleo del 15 por ciento hacia mitad de año. La Casa Blanca dice que podría llegar al 20 por ciento. Por último, Miguel Faria e Castro, economista de la Reserva Federal de San Luis, tiene un pronóstico incluso peor: estima que se perderán 47 millones de puestos de trabajo, lo que elevaría el desempleo a 52,8 millones de personas.2 Sería el 32 por ciento de desocupados. En los años treinta el desempleo en Estados Unidos llegó al 25 por ciento, el récord histórico.

Al margen de las proyecciones, en cualquier caso es indudable que se trata de un crecimiento explosivo, de una velocidad como no se ha visto en anteriores crisis. Y la situación en otros países desarrollados (Italia y España entre ellos) no parece tan distinta en lo que hace a la gravedad de la caída.

El panorama es extremadamente grave para la clase trabajadora. Por eso, repito una vez más, no tiene sentido seguir diciendo que esto es todo un invento, o una exageración de los medios, o que la irrupción del virus no cambió nada porque “la economía capitalista ya estaba en retroceso” (como si la situación económica de hoy fuera parecida a la que había en 2018 o 2019). La explicación del por qué los marxistas proponemos un programa socialista –en particular, liberar a las masas trabajadoras de la tiranía que impone la lógica de la ganancia y el capital, y permitir el reordenamiento de los recursos generados por el trabajo en beneficio de todos– debe partir de un diagnóstico objetivo –esto es, apoyado en evidencia empírica– de lo que ocurre. Es lo que justifica y explica la necesidad de medidas profundas y a nivel global frente a este desastre.

*    Docente de Economía en la Universidad Nacional de Quilmes y la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

      (Brecha publica fragmentos de este artículo mediante una licencia de Creative Commons. La versión integral puede leerse en rolandoastarita.blog)

  1.   Véase “The Unemployment Rate is Probably Around 13 Percent”, New York Times, 3-IV-20.
  2.   Véase “Back-of-the-Envelope Estimates of Next Quarter’s Unemployment Rate”, 24-III-20. Disponible en Internet.
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