Miércoles, 13 Mayo 2020 08:18

La calle es la clave

La calle es la clave

Las calles vacías han puesto en evidencia que el espacio público es imprescindible para la cohesión social y aquello que nos mantiene unidos como comunidad.

 

“La calle es la clave, la clave es la calle”

(Club de los Poetas Violentos) - La saga continúa 24/7 (1997)

 

Esta crisis sanitaria del Covid-19 había sido anunciada, y con esa misma esencia premonitoria está revelando de manera cruda tantas realidades e intuiciones que habían sido enunciadas por muchos las últimas décadas; desde la importancia vital de los servicios públicos a la interdependencia social para mantener los cuidados, pasando por la necesaria revisión de nuestra relación con el planeta. Pero hay una cuestión que me parece transcendental y absolutamente tranversal a casi todos los ámbitos a los que esta crisis afecta, y es la revelación del espacio público como mecanismo para la garantía de derechos, reequilibrio de oportunidades y cohesión social.

Con casi la mitad de la población mundial confinada en los momentos más duros de la pandemia, las calles vacías han puesto en evidencia cómo el espacio público es imprescindible para que tengan lugar todas aquellas actividades que favorecen la cohesión social y nos mantienen unidos como comunidad.

El espacio público se muestra más que nunca necesario para garantizar las relaciones sociales y equilibrar déficits y desigualdades entre las condiciones de la vivienda a la que cada persona tiene acceso, por desgracia mucho más precarias de lo que sería deseable, el espacio público es en estos casos, condición de reequilibrio de las posibles carencias: superficie, soleamiento, aire, o simplemente espacio para desenvolver encuentros que hoy en día no son posibles en muchas viviendas.

El acceso al espacio público es imprescindible especialmente para las personas más vulnerables, pequeñas y mayores. Para las primeras, es necesario para su desarrollo personal, su autonomía, su educación y aprendizaje. Basta recordar para entenderlo, todo aquello que cada uno de nosotros ha vivido y aprendido en el espacio público, individual o colectivamente, interactuando con los demás. Que este ámbito de crecimiento no desaparezca ni se limite sino que aumente y se enriquezca, es básico también para que la conciliación sea posible y la brecha de género no se dispare, especialmente en estos momentos de incertidumbre respecto a la asistencia escolar reglada o los nuevos modelos laborales. Un espacio público rico y seguro es clave para una educación plena.

En el caso de los mayores, el espacio público seguro, que garantice la accesibilidad universal, es clave para la independencia y la autonomía personal, clave para otro modelo vital distinto al de la residencias de ancianos al que hemos condenado a muchos de nuestros mayores. No olvidemos que las residencias que permiten una vida, son aquellas que cuentan con servicios básicos a su alrededor, y por lo tanto una conectividad natural con el espacio público que las circunda.

Son dos ejemplos, quizás los más extremos de como una ciudad que piensa en los más vulnerables es una ciudad pensada para todas las personas.

Todo apunta a que esta realidad pandémica, y la percepción social que ha generado, han venido para quedarse, cuando menos mientras no consigamos una vacuna con garantías, o hasta que llegue la siguiente ola. Esto debería hacernos estar alerta para que el argumento de la seguridad sanitaria no sea una razón para la desdemocratización del espacio público a través del control social, y pensar que las actuales circunstancias son una oportunidad para mejorar la calidad del espacio urbano y facilitar su uso. Una oportunidad para que se visibilice el desequilibrio existente en el uso del espacio público entre el coche y el peatón, y de como otro uso del espacio libre es posible, para que las modificaciones que se están realizando en el espacio público en muchas partes del mundo puedan convertirse en definitivas, consolidar un reparto más justo del escaso espacio de nuestras ciudades y marcar las pautas del diseño urbano en el futuro, especialmente en los barrios más densos con una menor proporción de zonas libres per cápita y habitualmente con unos estándares de vivienda más precarios.

La mejor manera de conseguir un uso verdaderamente democrático del espacio es a través de una ciudad que favorezca la proximidad, donde sea posible realizar una vida plena en tu entorno inmediato, desde el ocio al trabajo pasando por la educación, la salud o la consecución de bienes de primera necesidad. Para conseguir esa ciudad próxima es preciso ejecutar intervenciones en el espacio público que garanticen su uso seguro y cómodo para todas las personas, especialmente las más vulnerables, con actuaciones de mejora que entrelacen los espacios de uso diario (servicios locales, equipamiento, espacios de ocio ...) dando continuidad a las rutas peatonales principales y conectando las diferentes partes de la ciudad, especialmente los barrios periféricos entre si, barrios que muchas veces han sido aislados del resto de la ciudad y de su entorno inmediato por la construcción de grandes infraestructuras pensadas especialmente para el transporte privado. Esta búsqueda de la conectividad es clave para acabar con la dicotomía centro/periferia y la dependencia de usos y funciones que los barrios sufren por el modelo urbano predominante.

Para conseguir esta ciudad de proximidad es esencial el ámbito de la movilidad sostenible y segura. Para evitar la dependencia del vehículo privado, es necesario favorecer y potenciar todas las alternativas posibles de las que por orden de eficiencia, universalidad y economía de recursos. Enumero las tres que considero prioritarias:

Favorecer la movilidad peatonal, extendiendo la sección de aceras que soportan tráfico peatonal alto, peatonalizando aquellas calles donde es posible la desaparición o compatibilización del tráfico vehicular con los peatones, ampliando el espacio peatonal en los accesos y alrededores de equipamientos y servicios que conllevan una alta concentración de personas, garantizando la accesibilidad universal en el espacio público, con especial atención a la resolución de barreras arquitectónicas, especialmente al ensanchamiento de aceras estrechas que hacen imposible garantizar la distancia espacial entre las personas.

Potenciar el uso de la bicicleta, como medio de transporte sostenible unipersonal, posibilitando rutas seguras, aumentando las dotaciones y régimen de oferta para el estacionamiento, implementando servicios públicos de bicicleta con asistencia al pedaleo y garantizando la universalidad de su uso, favoreciendo el acceso a las personas más vulnerables, independientemente de su condición física o económica.

Garantizar acceso al transporte público colectivo, especialmente en las circunstancias actuales en las que se prevé una reducción en su uso debido a las cautelas sanitarias. Para suplir esa menor ocupación de los vehículos, es necesario un aumento de la oferta de transporte público, ya sea con una nueva flota móvil o con un mayor uso de la flota móvil existente, por medio de recorridos prioritarios y prioridad en las intersecciones, la reducción del impacto de la hora punta mediante la regulación de los horarios de entrada y salida de los principales centros de trabajo, grandes empresas, administraciones y centros educativos de cualquier ámbito, así como unos protocolos de desinfección de vehículos y medidas de higiene que eviten la desconfianza hacia estos medios de transporte.

La salida de esta crisis tiene que ser comunitaria y solidaria, como ya se está demostrando de manera empírica con el trabajo de todas esas personas, desde las cajeras a las transportistas, repartidoras o sanitarias, que están manteniendo la sociedad en equilibrio, en muchos casos a pesar de una gran precariedad propiciada por las políticas de austeridad de los últimos años. La potenciación de lo común tiene que ser el camino también respecto al espacio público, lo peor que nos podría pasar sería que en adelante prolifere el control social del espacio público o el modelo de comunidades cerradas y apartadas, más dañino social y ecológicamente.

La forma de la ciudad es el resultado de las luchas de intereses y las circunstancias del paso de la historia, pero los ejemplos positivos parten siempre de la construcción colectiva. Esta situación dejará su huella, en las ciudades ya lo está haciendo con multitud de intervenciones de reconquista del espacio libre a favor del peatón. Los conos y la pintura nos están demostrando empíricamente que cuanto más amable es la ciudad, cuanto más fácil es recorrerla sin depender del vehículo privado, menos necesario es este, y menos espacio libre consume. Un círculo virtuoso.

Aprovechemos la ola e intentemos que de alguna manera sea positiva, convirtiendo las actuaciones provisionales en definitivas, para que en el futuro tengamos más y mejor espacio público, libre y para todas.

Por XIAO VARELA GÓMEZ

ES ARQUITECTO Y EXCONCEJAL DE REGENERACIÓN URBANA Y DERECHO A LA VIVIENDA EN A CORUÑA POR LA MAREA ATLÁNTICA (2015-2019)

13 MAY 2020 06:51

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Movimientos en la pandemia: agricultura urbana, autonomía alimentaria y huida de las ciudades

“La incertidumbre es diferente si estamos organizados y nos apropiamos de nuestros territorios en los barrios”, dicen en las asambleas reunidas en cabildos territoriales en Chile. “Sabemos cuidar la vida, mientras el Estado no tiene la menor idea”. Nueva entrega de la serie Movimientos en la pandemia, elaborada por el periodista y analista Raúl Zibechi.

 

obierno Wampis declara el cierre total de las fronteras territoriales para prevenirse del coronavirus”, destaca el titular del segundo número de Nukumak, definido como Boletín Informativo del Gobierno Territorial Autónomo de la Nación Wampis.

El gobierno autónomo, situado en el norte de Perú, se gestó en 2015. Su máxima autoridad es la asamblea de 105 representantes de las comunidades de las diferentes cuencas de los ríos Kanus y Kankaim, en la Amazonia norte, que forman parte de un territorio de un millón de hectáreas y 15.000 habitantes, y está asesorado por un Consejo de Sabios. Cada cuenca cuenta además con una asamblea que es la máxima autoridad de cada zona.

El pamuk o jefe de gobierno, Wrays Pérez, dijo que el sistema estatal de salud no está implementado completamente ni cuenta con la infraestructura necesaria en sus territorios. Una de las primeras realizaciones del Gobierno Autónomo fue la creación del Parlamento wampis “como una instancia de deliberación política propia, así como el Sistema de Justicia wampis”, señala el primer número del Boletín.

En los últimos meses de 2019 se realizaron varios eventos importantes, entre ellos el I Congreso de las Mujeres Wampis y la XIII Cumbre del Gobierno Territorial Autónomo, donde se propuso la formación del Sistema Propio de la Educación Wampis.

Entre los avances más notables, figura la recuperación de conocimientos tradicionales en el manejo de cultivos y especies en proceso de extinción, proyecto liderado por las mujeres; una escuela de formación intercultural para lideres y lideresas; una emisora radial y la formación de periodistas; el desayuno escolar y el manejo de peces de las lagunas naturales.

Pese a la importancia que tiene la autonomía wampis, que se está multiplicando en los territorios amazónicos, quisiera centrarme en lo que viene sucediendo en el mundo urbano, donde van apareciendo alternativas pese a las enormes dificultades que implica construir vida soberana y digna, en las urbes que son el núcleo del poder del capital.

*  *  *

“Promover la agricultura urbana orgánica como estrategia a corto, mediano y largo plazo para enfrentar la hambruna y desarrollar economías regenerativas, revitalizar e impulsar la organización comunitaria”, es la propuesta de un grupo de jóvenes de la Universidad del Cauca que están desbrozando tierras en la zona norte de Popayán, en el barrio La Paz y en la vereda Lame.

Los trabajos comenzaron dos semanas atrás y se van incorporando vecinos que necesitan alimentos. Los terrenos que ocupan en el municipio de Popayán —capital del Cauca con 500 mil habitantes— estaban destinados a campos deportivos, pero acordaron con la Junta de Acción Comunal que la prioridad es conseguir alimentos. A mediano plazo buscarán más espacios para cultivar, en patios, solares, terrazas y cualquier lugar donde las familias puedan comenzar a transitar su autonomía alimentaria.

Doricel Osorio es ingeniera agropecuaria desocupada y una de las ocho que iniciaron el proyecto: “Se están sumando vecinos por pura necesidad”, explica del otro lado del teléfono. Además de superar la emergencia, intentan buscar colectivamente “alternativas al espíritu mendicante y dependiente que el Estado promueve entre los que sufrieron por la violencia o viven en circunstancias de exclusión, injusticia e inequidad social, porque estas situaciones son consecuencias del sistema económico extractivista”.

Esta semana comenzaron a construir una caseta para que funcione como comedor comunitario entre los vecinos que tienen más necesidades. “Nos gustaría que la gente retorne a la tierra, que pueda cultivar en los pequeños espacios urbanos que tenemos, que recuperemos saberes ya que nuestros padres y abuelos fueron agricultores”.

Los pocos recursos con los que cuentan provienen de vecinos solidarios, de algún comercio y de la Cooperativa del Sur del Cauca, cafeteros de la federación de campesinos, que les aporta 30 “mercados”, con lo que pueden sostener a otra tantas familias. “Del Estado nada. Llamamos a unos parlamentarios de la ciudad y nos dijeron que lamentablemente no tienen más dinero….”. Las risas suenan de un lado y otro del teléfono.

Los jóvenes que tomaron esta iniciativa la consideran, además, como una estrategia frente a la cuarentena: “liberarnos” del encierro y manejar las propias normas de distanciamiento social en acuerdo con las y los vecinos que, en general, son la última camada de desplazados de las áreas rurales por la guerra y el modelo de explotación.

En efecto, Popayán ha crecido de forma exponencial en las últimas décadas. En 1983, cuando el terremoto que causó grandes daños y 250 muertos, contaba con 120.000 habitantes. Hoy son alrededor de 500.000, en gran medida por la llegada de campesinos desplazados.

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“El pueblo cuida al pueblo. Experiencias de organización de las asambleas territoriales de Valparaíso en tiempo de pandemia”, dicen las locutoras de Radio Placeres. Las personas que hacen este programa buscan interconectar lo que sucede en los “cordones territoriales” y difundir experiencias para que en otros barrios las puedan replicar. “Tratamos de dar cuenta de un proceso de aprendizaje colectivo de las asambleas”, dice la locutora.

En cada programa conectan a dos asambleas, nacidas durante el estallido de noviembre, que relatan sus experiencias bajo el estado de sitio. La Asamblea de Mujeres del Cerro Esperanza explica cómo hacen la identificación y mapeo de las familias que necesitan ayudas en alimentos, que compran directamente a pequeños productores. La Asamblea del Eje Ecuador creó una cooperativa de alimentos y un boletín vecinal cuyo titular reza: “Cuarentena Territorial Combativa”, con su doble versión electrónica y en papel. Crearon además un espacio de reciclaje, porque el municipio colapsó desde el estallido. Algunos vecinos se ofrecen para el cuidado de niñas y niños, otros impulsan el trueque y el apoyo mutuo, tanto para los alimentos como para los servicios.

 “Estamos siguiendo con todos los procesos que ya venían desde el estallido”, explican las asambleas. Como forma de solidaridad, distribuyen dos tipos de canastas: “Una es más cara y con ese precio subvencionamos la otra, porque no todos pueden pagar la totalidad de los productos”. Durante la pandemia están llegando a vecinos que nunca se había acercado a las asambleas. En gran medida, explican en Eje Ecuador, “porque queremos ser horizontales y nos auto-controlamos para no hablar demasiado, para no imponernos a vecinos que vienen por primera vez y tienen cierta desconfianza”.

Las asambleas han hecho de todo: campañas de desinfección colectiva de espacios públicos en Marimonjas, “porque las autoridades no se hacen cargo de cuidar la población y debemos cuidarnos entre nosotras”; compras comunitarias directas a productores en casi todos los barrios; fondos solidarios en la Asamblea El Descanso y la Resistencia; elaboración colectiva y manual de pan en Cerro Cordillera; cuadrillas de seguridad alimentaria en Playa Ancha.

“La incertidumbre es diferente si estamos organizados y nos apropiamos de nuestros territorios en los barrios”, concluyen las asambleas reunidas en cabildos territoriales. “Sabemos cuidar la vida, mientras el Estado no tiene la menor idea”, lanzan desde una de las asambleas que hace cine en la calle para seguir agrupando a los vecinos.

Dos hechos resultan notables. Uno, cómo las asambleas se mantienen y crecen en sus barrios, pese a las enormes dificultades que deben sortear. Dos, que las radios pueden jugar un papel destacado como difusoras y como nexos entre asambleas, cuando ya no pueden realizarse grandes reuniones presenciales. Recuerdo que las radios nasa, en el sur de Colombia, son también ejes de la resistencia en esta coyuntura crítica. Contribuyen a lo que Alberto Maturana denomina como “acoplamiento de conductas”.

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La población de Lima está migrando masivamente a los pueblos de la sierra. Comenzaron pequeños grupos, a pie, en coches y camiones. Son tantos que el Estado abrió una página web para anotar a aquellos que quieran salir de Lima. Hasta el 5 de abril se anotaron 167.000 personas, de las cuales sólo fueron trasladadas unas 4.500. Apenas el 3%. Esa es la capacidad de respuesta del Estado.

Es evidente que son muchas más. Imposible saber cuántas, pero encarnan un sentimiento profundo. Huyen del hambre, de dormir en la calle y, sobre todo, de la soledad. “Mi hija y yo estamos pasando hambre en Lima, mientras mi mamá come pescado y verduras en su chacra”, comenta alguien retornando a su pueblo.

Por Raúl Zibechi

7 may 2020 08:58

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Los pueblos originarios de América Latina en la era Covid-19

Las comunidades aborígenes del continente son castigadas por la pandemia del coronavirus, que es fortalecida por la falta de atención estatal.

“En esta pandemia, no estamos todos en el mismo barco, estamos en el mismo mar; unos en yate, otros en lancha, otros en salvavidas y otros nadando con todas sus fuerzas”. La sencilla metáfora a la que apelaron en un comunicado siete organizaciones indígenas en el estado mexicano de Hidalgo ayuda a problematizar a qué sectores sociales afectará más el impacto del coronavirus. En América Latina, los pueblos originarios aparecen entre quienes van tirando manotazos en el agua, resistiendo al menosprecio de gobernantes y ninguneados en pantallas y micrófonos.

Nulas o insuficientes medidas focalizadas o protocolos especiales; carencia de servicios básicos (principalmente agua potable); enfermedades preexistentes vinculadas a la pobreza, y ausencia o lejanía de servicios de salud; complicaciones para la venta y compra de alimentos por el cierre de caminos y mercados; falta de documentación para acceder a programas sociales; poca difusión preventiva con enfoque intercultural y en lenguas indígenas. Un combo de problemáticas que dejan a gran parte de las comunidades originarias de la región en extrema vulnerabilidad. Si el panorama previo ya era de emergencia, la pandemia profundiza las desigualdades.

La conquista europea que arrasó con los pueblos que habitaban el continente no sólo tuvo la espada y la Biblia como armas principales. El factor epidemiológico fue clave: las enfermedades importadas (tifus, viruela, peste bubónica) ayudaron y mucho a diezmar a la población autóctona durante el mayor genocidio de la historia; de hecho, se dice que fue la viruela la que realmente destruyó al Imperio Azteca. Otras epidemias, como malaria, sarampión e influenza, también hicieron estragos en territorios indígenas a lo largo de la historia. Por eso, la irrupción del Covid-19 encendió las alarmas y multiplicó los reclamos de atención urgente. Su penetración en las comunidades sería trágica y le haría un gran favor a las trasnacionales extractivistas, siempre ávidas de tierras y bienes naturales.

La población indígena en Latinoamérica supera los 45 millones de personas, lo que representa el 8,3 por ciento de la región, siendo la zona de mayor densidad demográfica indígena del planeta. Se registran 826 pueblos indígenas distintos.En su informe anual de 2019, la CEPAL destacó que la pobreza de las y los indígenas es 26 por ciento mayor a la de las personas no indígenas.

Recientemente, el Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe (FILAC) exhortó a los gobiernos de la región a propiciar una reunión específica sobre el tema, y señaló que “ninguna de las fuentes de información globales o regionales incluye datos desagregados con relación a la población indígena”.

 

Perú: lavarse las manos con agua empetrolada

 

En la Amazonía peruana, los ríos se tiñeron de petróleo en las últimas décadas, multiplicando problemáticas y enfermedades. Cuatro federaciones indígenas del Departamento de Loreto alertaron sobre “las condiciones precarias en que nos ha encontrado la pandemia: un contexto de persistente contaminación petrolera que envenena el agua y los alimentos, focos de malaria o dengue, y la ausencia del Estado que a menudo implica días de viaje para asuntos básicos como llegar a un centro de salud”.

Las organizaciones reclaman medidas para evacuar a posibles afectados, e “información para difundir en las comunidades con claridad, seguridad, pertinencia y en idioma indígena”. El Perú tiene más de cuatro millones de personas que se identifican con una lengua diferente al castellano. Si bien algunos materiales de difusión fueron traducidos, aparece otro problema: muchas comunidades no cuentan con internet, electricidad o equipos electrónicos para trabajar con la plataforma educativa oficial “Aprendo en casa”. La Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana, que agrupa a unas 1.800 comunidades nativas, acusó al gobierno de “desatención evidente y reiterada discriminación”, y denunció ante las Naciones Unidas “el peligro de etnocidio por la inacción del Estado peruano”.

En el Perú, donde ya se reportan tres indígenas infectados, se está dando otro fenómeno: el éxodo masivo de familias pobres que huyen de Lima a pie por el hambre y la falta de trabajo. Gran parte son indígenas que retornan con lo puesto a la sierra y a la selva.

 

Colombia: la pandemia de la violencia

 

La población indígena en Colombia -casi dos millones de habitantes, el 4,4 por ciento del total- tiene un gran desarrollo organizativo. La Organización Indígena de Colombia (ONIC) emitió por primera vez una alerta epidemiológica y activó un plan de contingencia, que incluye el bloqueo de caminos permitiendo sólo el paso de transportes de alimentos y productos básicos. Desde La Guajira hasta el Amazonas, la denominada “Guardia Indígena” impide el ingreso a los poblados de turistas e instituciones privadas. Las primeras en hacerlo fueron las comunidades de la Sierra Nevada de Santa Marta que bloquearon el acceso al Parque Nacional Tayrona, uno de los principales atractivos turísticos. “La estrategia de prevención y contención la dividimos en tres acciones: pedagogía para entender la pandemia, control territorial a través de las guardias indígenas y movilización del conocimiento de los sabedores en medicina indígena”, explicó Ángel Jacanamejoy, dirigente de las Autoridades Tradicionales Indígenas.

La ONIC confirmó la primera muerte por coronavirus, e informó que hay siete indígenas infectados y 90 bajo observación. También denunció que “la escasez de agua potable, alimentos e implementos de bioseguridad y el confinamiento por el conflicto armado agravan la situación”. Es que, más allá del Covid-19, el mayor peligro siguen siendo los grupos paramilitares. Durante el gobierno de Iván Duque, ya fueron asesinados 162 indígenas. Y el hostigamiento y las muertes no amainaron durante la cuarentena. Luis Fernando Arias, consejero mayor de la ONIC, relató: “En estas últimas semanas, se han venido registrando hostigamientos, sobre todo en el norte del Cauca. El genocidio contra los pueblos indígenas se ha convertido en la peor pandemia nuestra en estos últimos años”.

 

México: defensa zapatista

 

Con unas 16 millones de personas, México es el país con mayor población indígena de la región. En muchas zonas también se implementó el corte de accesos. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) declaró en alerta roja a sus comunidades y cerró sus centros organizativos, “considerando la falta de información veraz y oportuna así como la ausencia de un plan real para afrontar la amenaza de la pandemia”. También colocó retenes y filtros sanitarios en el ingreso a sus comunidades, y activó una cuarentena preventiva para quienes regresaron a sus poblados. El EZLN exhortó además a “no dejar caer la lucha contra la violencia feminicida y en defensa del territorio y la Madre Tierra”. El comunicado finaliza diciendo: “Llamamos a no perder el contacto humano, sino a cambiar temporalmente las formas para sabernos compañeras, compañeros, hermanas y hermanos”.

Medidas similares tomó el Congreso Nacional Indígena (CNI). Carlos González, uno de sus dirigentes, coloca otro elemento importante: “En los pueblos indígenas los ancianos y las ancianas juegan un rol fundamental, vital, para la pervivencia de las comunidades y su reproducción. Es una preocupación muy seria”. González coincidió en remarcar la precariedad de las infraestructuras sanitarias, pero destacó que, como contraparte, los pueblos originarios “podrán generar una mejor defensa gracias a su propia vida comunitaria”. El CNI prevé que la peor situación para las y los indígenas será en las ciudades, por lo cual realiza colectas para apoyar a las familias urbanizadas.

 

Desde la Patagonia hasta el Río Bravo

 

Los mismos miedos, dilemas y exigencias se repiten por toda la geografía del continente.

En Bolivia, la Ley reconoce a 34 naciones y pueblos originarios. En el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis), que contiene a 64 comunidades, denuncian la desatención del gobierno de facto, la falta de información, y el desabastecimiento de medicamentos y alimentos por la interrupción del comercio. El dirigente Pedro Moye aseguró que “al área rural no llegó ningún material de bioseguridad ni medicinas ni ningún protocolo que debamos seguir en caso de registrar algún contagio. Sólo se abocaron a capitales de provincia”. Y remarcó otra dificultad: “No hay ambulancias ni medios para sacar a un enfermo rápidamente a un hospital. Esa es la preocupación más grande”.

En Brasil, donde ya hay al menos tres indígenas fallecidos y 31 contagiados, sobrevuela el fantasma no tan lejano de la gripe A-H1N1, que provocó la muerte de cientos de indígenas, principalmente guaraníes. El temor al Covid-19 se potencia ya que un tercio de las muertes de indígenas en Brasil son por enfermedades respiratorias. El Foro Nacional Permanente en Defensa de la Amazonía exigió “un plan de contingencia que tenga en cuenta las especificidades de sus pueblos y sus formas de vida comunitarias, que sin duda facilitan la rápida propagación del virus”.

La otra gran amenaza se llama Jair Bolsonaro, que además de minimizar la pandemia e ir a contramano de todas las recomendaciones, dio carta blanca a la deforestación de la Amazonía y expulsó al contingente de médicos cubanos, lo que dejó a muchas comunidades sin atención sanitaria. Nice Gonçalves, periodista y activista indígena, señala: “En 2019 aumentó en 12 por ciento la mortalidad de niños por la retirada de los médicos cubanos y el desmantelamiento de la salud indígena”.

También es crítica la situación en Paraguay, donde indígenas realizan bloqueos de rutas. La organización Tierra Viva expresó: “Las estadísticas previas a la pandemia ya señalaban que el 65% de los indígenas se encuentran en situación de pobreza y más del 30 por ciento en pobreza extrema; a lo que se suma la situación actual de aislamiento que imposibilita salir a trabajar. La exclusión estructural se profundiza y el hambre golpea fuertemente a las comunidades del Chaco”.

El mundo que está pariendo la pandemia deja al desnudo el rostro del sistema y abre las puertas a los debates urgentes sobre la necesidad de un nuevo paradigma civilizatorio. Tal vez sea el momento oportuno para poner el foco en las filosofías de vida que pregonan los pueblos originarios, sintetizadas en conceptos como “sumak kawsay” o “buen vivir”.

5 mayo 2020

Publicado originalmente en Revista Cítrica

Tomado de La Tinta

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Domingo, 03 Mayo 2020 06:10

Pandemias y guerras verdaderas

 En el contexto de las restricciones sanitarias por la pandemia de Covid-19 una pareja baila con familiares durante su ceremonia de compromiso en Qamishli, Siria.Foto Afp

Después de 40 años de ver la guerra "de verdad", desde luego tengo ideas muy establecidas sobre la lucha que dicen librar estadistas, políticos y mentirosos –los tres son, por supuesto, intercambiables–. Tanto la guerra "real" como la viral (del tipo Covid-19) provocan decesos y producen héroes; son una prueba para la resistencia humana, pero no deben ser comparadas.

Para empezar, muchos paralelos pueden ser vergonzosos. Cuando Matt Hancock en un principio comparó la lucha de Gran Bretaña contra el Covid-19 con los bombardeos aéreos alemanes sobre Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial (conocidos como Blitz), en realidad estaba equiparando un puñado de muertes de británicos con la masiva fuerza aérea alemana (Luftwaffe) que mató a unos 40 mil ciudadanos. Pero ahora que los muertos por el virus en Reino Unido ascienden –incluyendo a los no contabilizados, claro está– a más de 44 mil y quizás más, esas comparaciones con la Segunda Guerra Mundial son poco preocupantes.

¿Cuál es la próxima treta histórica que los defensores del Brexit nos jugarán? ¿Que los más de 66 mil británicos muertos en la Segunda Guerra Mundial demuestran la resistencia de nuestros abuelos?

Para entonces las muertes por Covid en nuestro país pueden haber sobrepasado ya esa macabra estadística.

Pero existe una diferencia mucho más importante entre las guerras "reales" y la guerra viral global. Las "reales" surgen de un conflicto de humanos contra humanos, y normalmente se ganan cuando la infraestructura de uno de los bandos –sus tierras, hogares, fábricas, vías ferroviarias, caminos, hospitales, sus museos y galerías, así como sus sistemas de suministro de agua y plantas de electricidad– se convierte en escombros. Los sobrevivientes emergen de estas guerras con sus países en ruina. No existe una "vuelta a la normalidad", porque lo normal ha sido físicamente destruido.

Nosotros los humanos no enfrentaremos la catástrofe cuando nuestra actual "batalla" haya terminado… si es que termina, pero de eso hablaremos más tarde. Cuando abramos nuestras puertas, las pérdidas humanas podrán ser muy grandes y nuestras pérdidas económicas parecerán insostenibles, pero nuestro mundo físico será, por mucho, el mismo. Nuestras grandes instituciones, nuestros parlamentos, universidades, hospitales y alcaldías, al igual que nuestras estaciones de trenes, aeropuertos, redes ferroviarias, sistemas de aguas y nuestros hogares estarán intactos. Todo esto se verá exactamente igual a como se veía hace unos meses. Estaremos a salvo del suicidio nacional que implica una guerra "de verdad".

Johnson y Cummings, así como sus compañeros de la escuela Brexit –junto con el horrendo equipo científico que los respalda (al menos hasta ahora)– pueden seguir jugando a la guerra, pero no deben enfatizar la diferencia entre esto y la verdadera guerra: es decir, en el hecho de que el mundo afuera de la puerta de sus casas será prácticamente el mismo que en febrero y marzo.

Por esto es que muchas personas se han visto dispuestas a romper las reglas del arresto domiciliario que les impusieron. No es que todos sean suicidas, o egoístas o locos, sino que ven hacia el exterior y lo ven igual a como lo recuerdan. Poco a poco, se prepararon para arriesgarse y poner en peligro a otros porque pueden (esta expresión es muy deliberada) y lo aceptan.

Así que –y aquí dejaré de usar las comillas– debemos volver a las guerras de verdad. Uno de los más notables fenómenos en estos conflictos aterradores es que la vida ordinaria continúa en medio del baño de sangre y la aniquilación inminente.

Durante las batallas en Beirut y durante los momentos más temibles de la actual guerra en Siria he ido a bodas. Una pareja musulmana en Beirut y una pareja armenia en la norteña ciudad siria de Kimishle –donde el frente del Isis más cercano está apenas a 19 kilómetros de la puerta de la iglesia. Los novios decidieron casarse y los clérigos apropiados presidieron las ceremonias. Yo los miraba, como dicen, boquiabierto. Tengo amigos que han comprado y vendido hogares durante sus respectivas guerras. Sus vidas están en peligro, pero aún así necesitan certificados de propiedad, fondos bancarios y abogados. En medio de la anarquía, la burocracia formal y la ley toman su curso.

Todo esto –los matrimonios y las transferencias de propiedad– han continuado porque, como dice la más vieja de las frases hechas: la vida debe continuar. Lo mismo ocurre con la guerra global contra el virus. Nuestras bodas tienen menos invitados, las propiedades se compran y venden mediante archivos adjuntos en un correo electrónico y los funerales –una parte esencial de la "vida" normal, supongo– aún se realizan, pero sin que los allegados vean el cadáver o hagan guardia junto a su ataúd.

He notado algo más en las guerras verdaderas que cubro: que los civiles que sufren entre los combates tienen una extraordinaria habilidad de superar las pérdidas a su alrededor. Tiene algo que ver con la idea de sociedad: esa idea de que es posible, sin importar qué tan consternados estemos por circunstancias personales, entender el dolor y la muerte como cosas que se acercan a la normalidad. Las guerras verdaderas, como pueden ver, también se encaminan hacia algo que puede llamarse "nueva normalidad". Amigos y familiares mueren. No conozco a nadie en Líbano o Siria que no haya pasado por este sobresalto, pero el sobresalto también es relativo.

Durante el conflicto en Irlanda del Norte, el secretario del Interior británico, Reginald Maudling –el ahora olvidado predecesor de Priti Patel– se refirió en 1971 a lo que él llamó un "nivel aceptable" de violencia. La expresión fue condenada por aquellos que creen que cualquier violencia es inaceptable, pero sus palabras tenían sentido, si bien macabro. Esta fue una guerra que tuve el privilegio maldito de cubrir y recuerdo cómo los periodistas entendieron exactamente lo que quiso decir Maudling: que el saldo de muertos por bombardeos en seis condados podía alcanzar un punto que podía considerarse normal.

Esto ocurrió en Líbano. Durante los ceses del fuego e incluso las treguas, los habitantes de Beirut iban a la playa, a asolearse y nadar los fines de semana. Una tarde las armas de los cristianos falangistas abrieron fuego en el este de Beirut y su metralla cayó entre los bañistas en la playa del barrio Corniche, en el mar Mediterráneo. La carnicería fue aterradora. Las primeras planas de los diarios al día siguiente estaban llenas de fotografías que jamás se habrían publicado en Europa o Estados Unidos.

A la semana siguiente las playas estaban llenas de nuevo. Muchos libaneses consideraron que había un "nivel aceptable" de muerte. En cierto sentido esto es inspirador –los seres humanos se muestran inconquistables–, pero en otra interpretación, es algo profundamente deprimente. Si los civiles –o el público, para usar una expresión muy occidental– se acostumbran a la muerte, la guerra puede continuar indefinidamente. Y ésta, recuerden, fue una guerra causada por la misma especie humana que estaba muriendo en ella.

Aquí hay una idea inquietante. Todos sabemos que el masivo confinamiento en Europa no puede continuar para siempre. Suecia en realidad nunca se embarcó en ese toque de queda. Alemania, Italia y Holanda están saliendo de él lenta y cautelosamente. Incluso el coctel de bobos de Boris Johnson sabe que esto es cierto e incluso los británicos –con o sin los pequeños brexiters de Downing Street– ahora decidirán por sí mismos cuándo terminará el encierro. No van a esperar a que el Sargento Plod (plod: vocablo en inglés que significa "a paso lento" N. de la T.) les dé permiso.

Todos sabemos que el actual brote de Covid-19 no "termina" en el mismo sentido tradicional que una guerra concluye. No habrá un último muerto. Pero cuando disminuyan las cifras y no exista una segunda visita de esta cosa espantosa, Gran Bretaña habrá alcanzado, me temo, un "nivel aceptable" de muerte. Cuando la estadística diaria vaya de los cientos a las docenas y luego a las decenas diarias, ya no habrá más conferencias desde Downing Street, y disminuirán nuestros pensamientos para los expertos de la salud, no recordaremos el sacrificio de enfermeras y doctores. Incluso podremos hacer apuestas sobre cuándo los tories volverán a hacer recortes al sistema nacional de salud.

El tema es que todos –a excepción de hombres y mujeres que ahora están en duelo por sus seres queridos– tenemos la capacidad de absorber la muerte. Cuando el gobierno británico crea que ese momento de la presente crisis llegó, abrirán las puertas, los caminos y los restaurantes. La economía debe sobrevivir.

Johnson y sus acólitos proclamarán su victoria, pero esto será falso. Los británicos seguirán muriendo, pero sus muertes se habrán convertido en algo normal, igual a quienes mueren de cáncer, ataques cardiacos o son víctimas de accidentes de tránsito; como dice Johnson en su deplorable frase, "los que perdimos antes de tiempo".

De esta forma, los británicos no disfrutarán de una "inmunidad de rebaño". Con o sin protección para este virus o el que le siga; con o sin vacuna, se convertirán en "rebaño" en un sentido diferente. Se convertirán, tal y como lo desea el gobierno, en un rebaño inmune a la muerte de los otros; que habrá asumido un nivel aceptable de muerte entre sus compatriotas. Se habrán vuelto un poco más "endurecidos" –una buena palabra victoriana– a que se inflija tal sufrimiento, y dejarán de rezongar sobre lo ineficaz que fue el gobierno británico para evitar este atropello.

Y entonces –usemos ese repugnante mantra de todos los políticos– "seguiremos adelante". Tendrán que "asumir" al virus, como lo hizo el gobierno hace mucho y como seguirá haciéndolo.

Podemos olvidar cualquier planeación costosa para su siguiente visita, hasta que nos topemos con el Covid-20, o el Covid-22 o el Covid-30 o cualquier otro que se nos atraviese.

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca

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El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu

Hasta la llegada de Donald Trump al poder, la Casa Blanca reconocía Cisjordania como territorio palestino ocupado en el que debía crearse el futuro Estado de Palestina

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha afirmado este domingo estar "confiado" en poder anexionar partes de Cisjordania ocupada en dos meses, en el marco de la propuesta de paz de Estados Unidos, según ha indicado en un mensaje grabado para un grupo evangélico estadounidense.

"Hace tres meses, el plan de paz de (Donald) Trump reconoció el derecho de Israel sobre todo Judea y Samaria (Cisjordania) y el presidente Trump prometió reconocer la soberanía israelí sobre las comunidades judías allí y en el Valle del Jordán", ha recordado Netanyahu.

"Dentro de un par de meses –ha agregado– confío en que esa promesa será honrada y que podremos celebrar otro momento histórico en la historia del sionismo". Aunque el plan estadounidense popularmente conocido como el Acuerdo del Siglo sí prevé la anexión de las colonias en territorio cisjordano y coincide con muchas de las posiciones del Gobierno de Netanyahu, su texto no reconoce el derecho de Israel sobre toda Cisjordania.

Hasta la llegada de Donald Trump al poder, la Casa Blanca reconocía Cisjordania como territorio palestino ocupado, en el que debía crearse el futuro Estado de Palestina, y consideraba los asentamientos judíos en la zona como ilegítimos.

El mensaje de Netanyahu llega a menos de una semana de la firma de un acuerdo en Israel para un Ejecutivo de unidad entre Netanyahu y el centrista Beny Gantz, que denominaron "Gobierno de emergencia nacional" y que, durante los próximos seis meses, solo podrá tomar medidas vinculadas a la lucha contra el coronavirus y la anexión de territorios en Cisjordania.

La comunidad internacional ha reacionado con severidad en los últimos días al conocerse la voluntad de Israel de avanzar unilateralmente hacia la anexión de Cisjordania. Francia, el Reino Unido y Alemania fueron algunos de los países que cuestionaron la decisión, sumándose a las declaraciones del enviado de Naciones Unidas para Oriente Medio, Nickolay Mladenov, que la describió como "una creciente amenaza" para la paz en la región.

Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, advirtió también esta semana de los peligros que supondría la anexión, que dijo "constituiría una seria violación a la ley internacional", y reiteró la posición de la Unión Europea de no reconocer la soberanía de Israel sobre los territorios ocupados desde 1967.

Hanán Ashrawi, miembro del Comité Ejecutivo de la OLP, agradeció hoy las declaraciones de la comunidad internacional contra la anexión, aunque dijo también que "es momento de tomar medidas concretas y preventivas" para "restaurar la relevancia y efectividad de la responsabilidad internacional".

El pacto entre Netanyahu y Gantz, firmado el pasado lunes, estipula el 1 de julio de este año como la fecha en que se llevará la cuestión de la anexión de Cisjordania al Parlamento. Esta deberá contar también con el aval de Estados Unidos, que parece garantizado tras una declaración esta semana del secretario de Estado, Mike Pompeo, en apoyo al pacto mediante el cual se formará el nuevo Ejecutivo.

EFE - Jerusalén

26/04/2020 - 19:42h

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Israel estudió cómo aplastar una posible revuelta civil armada por el coronavirus

El ejército y otros estamentos israelíes consideraron la posibilidad de un grave deterioro de la situación social en el país y examinaron cómo aplastar una hipotética revuelta causada por la parálisis económica. En un documento al que tuvo acceso Haaretz, redactado en el pico de la crisis, el ejército recomendó al gobierno suavizar las restricciones y mostrar menos fuerza y más compasión para no exacerbar las tensiones.

 

El ejército israelí empezó a prepararse hace dos semanas para hacer frente a un escenario de revuelta armada popular si la situación económica del país se deterioraba significativamente como resultado del cierre casi completo de la economía decretado por el gobierno para hacer frente a la pandemia, revelaron varios medios de comunicación.

El Consejo para la Seguridad Nacional reunió un panel de 30 miembros entre los que había analistas y oficiales del ejército, funcionarios del gobierno, delegados de la policía y notables del mundo académico, para discutir en qué circunstancias podría darse una revuelta civil y de qué manera habría que aplastarla.

Las recomendaciones del panel, a las que tuvo acceso el diario Haaretz, se redactaron después de estudiar dos posibles escenarios: una "revuelta civil"  y "una desobediencia civil a gran escala" debido a una "tensión que podría conducir a un resentimiento o enfado entre la gente".

En opinión del panel, la tensión y el enfado "no conducirían a fenómenos sociales a gran escala por sí mismos, al menos a corto plazo", pero el segundo escenario existiría la potencialidad de causar un "daño a largo plazo a la sociedad israelí y a la democracia".

Una posible causa para un levantamiento popular a gran escala, dice el documento, podría ser la falta de fe en el gobierno y en el sistema político, o el hecho de que pareciera que el gobierno está perdiendo el control sobre la pandemia o el estado.

Otros elementos que podrían causar un levantamiento civil serían la lucha económica, las hipotecas y la incapacidad de algunos de pagar el alquiler o incluso de comprar alimentos, así como una escasez de alimentos en las tiendas. Precisamente, el viernes el gobierno de Benjamín Netanyahu, fuertemente presionado por los sectores económicos, decidió levantar más restricciones autorizando la apertura de los pequeños comercios, pese a la oposición inicial del ministerio de Sanidad.

En el documento redactado hace dos semanas se decía: "La rutina de la vida al completo se ha roto de repente para la mayoría de la población (...), el final del cierre todavía no se conoce y la gente ha recibido distintas estimaciones, desde varias semanas a muchos meses". Esta circunstancia, decía el panel, puede conducir a tensiones sociales, desobediencia civil y resentimiento hacia las autoridades"

Se mencionaba un sondeo realizado por el ejército donde se recogía que el 88% de los encuestados aseguraban que sus vidas se habían visto gravemente afectadas por la crisis, y un 75 por ciento decían que solo salían de sus casas si era absolutamente necesario. El 19% no salía de sus domicilios bajo ninguna circunstancia.

El panel advertía que la gente podría encontrar una cabeza de turco en un grupo social particular como los árabes, los ultraortodoxos o los extranjeros, inmigrantes ilegales y refugiados, quienes podrían llegar a pagar por la expansión de la pandemia y la crisis económica.

"El bienestar de la gente se ha dejado de lado para concentrarse en detener la propagación. Con la extensión de la cuarentena es necesario prestar atención y dar recursos a la gente para enfrentarse a la causa de las tensiones entre la gente", decía el documento, que advertía que si no se proporcionaban recursos, la gente podría levantarse contra el gobierno.

El panel recomendó al gobierno que contratara a miles de israelíes para trabajar en los hospitales y en unidades de seguridad comunitarias semejantes a las que funcionan en las poblaciones cercanas a la Franja de Gaza. También recomendaba que los soldados participaran en la distribución de alimentos y realizaran patrullas nocturnas.

Al gobierno le indicaba que debía adoptar una posición más relajada con la gente. "Menos munición y más compasión", sentenciaba. También le recomendaba que policías desarmados visitaran a los israelíes de más edad y que distribuyera alimentos por las tardes entre los musulmanes durante el mes de ramadán que empezó este viernes.

Según The Jerusalem Post, a pesar de la recomendación de que el ejército y la policía deberían actuar sin tanto rigor, el gobierno ha usado ampliamente la fuerza en otras protestas a gran escala, especialmente contra el sector árabe. En octubre de 2000, se aplastaron las protestas árabes con un coste de 13 civiles muertos en la Galilea poco antes de que estallara la segunda intifada.

jerusalén

26/04/2020 09:02

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Asesinan a otro líder comunitario en Colombia; suman 80 en el año

El líder comunitario y defensor ambiental Alejandro Llinás Suárez fue asesinado el viernes en la zona rural de la Sierra Nevada de Santa Marta, en el departamento del Magdalena, en el norte de Colombia. El activista había denunciado en semanas recientes la presencia y el hostigamiento de grupos paramilitares.

Llinás Suárez era un defensor ambiental del Parque Tayrona. Según medios locales, varios individuos armados entraron en su finca y acabaron con su vida.

"Con profunda tristeza lamentamos el asesinato del líder de Colombia Humana en Santa Marta, Alejandro Llinás", publicó en su cuenta de Twitter el movimiento político Colombia Humana, liderado por el senador Gustavo Petro.

Hostigamiento paramilitar

Llinás Suárez fue "un defensor de su territorio, del ambiente y los recursos naturaleza. Pedimos justicia para que su asesinato no quede impune!", agregó la organización.

"La violencia política sigue cobrando vidas, triste realidad. Alejandro Llinás Suárez fue asesinado hoy en Calabazo, Santa Marta, Magdalena", tuiteó por su parte la activista Mariana Risaralda, que ha subrayado que Llinás Suárez "denunció la presencia y el hostigamiento de grupos paramilitares en la zona".

Según el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), en lo que va de 2020 han sido asesinados más de 80 líderes sociales y defensores de derechos humanos en Colombia. El gobierno ha contabilizado desde 2016 hasta abril de 2020 los asesinatos de 364 líderes sociales, de los cuales el 55 por ciento se encuentran ya bajo investigación.

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EE UU sella un acuerdo millonario con Groenlandia que provoca indignación en Dinamarca

El plan de ayuda financiera, por 11 millones, llega ocho meses después de que la oferta de Trump de comprar el territorio molestara a Copenhague

Groenlandia no está en venta, pero sí en alquiler. Eso es lo que sugerían los medios daneses hace casi un año, cuando la primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen, tachó de “absurda” la oferta de compra del territorio ártico por parte del presidente de EE UU, Donald Trump. Tan solo ocho meses después del choque entre ambos socios de la OTAN, los titulares se han mostrado acertados. Washington y Nuuk, la capital del territorio danés semiautónomo, han anunciado un acuerdo de inversión en proyectos en el territorio helado por un total de 83 millones de coronas danesas (11 millones de euros) abriendo un intenso debate en la capital del reino.

“Con esta buena noticia se confirma que nuestro trabajo de consolidar una relación constructiva con Estados Unidos da sus frutos”, ha dicho el primer ministro groenlandés, Kim Kielsen. El Gobierno socialdemócrata de Dinamarca, en minoría, ha aplaudido también la inversión de Washington en su territorio del Ártico, en cuyas negociaciones ha estado involucrado desde el pasado otoño. Y es que Groenlandia, pese a gozar de una amplia autonomía —de hecho pertenece a Dinamarca, pero no a la Unión Europea (UE)—, sigue siendo Copenhague el único interlocutor válido en cuestiones de Exterior y Defensa. “No es un secreto que hemos trabajado con Groenlandia para asegurar que se beneficie de la presencia de Estados Unidos”, ha explicado a los medios locales el ministro de Exteriores danés, Jeppe Kofod, quién intentó rebajar la crispación en Copenhague calificando el acuerdo económico de “completamente natural”.

Los fondos estadounidenses, según el acuerdo, irán destinados a proyectos relacionados con la extracción de materias primas, turismo y educación y serán los groenlandeses, junto con los estadounidenses, los que decidan exactamente cómo y cuándo gastar el dinero. Pero las voces que señalan una doble intención de Trump en un territorio en el que China y Rusia reclaman su parte del pastel no dejan de crecer.

Nada más hacerse público el acuerdo entre Washington, Nuuk y Copenhague, la oposición danesa, a derecha e izquierda, estalló en tropel. Los ultraderechistas del Partido del Pueblo Danés (DPP) creen que el pacto es “insultante”, según declaró el diputado Soren Espersen al diario Altinget. Los socialistas, también en la oposición, creen que el acuerdo es “extremadamente provocativo” y que lo único que persigue es generar crispación en las relaciones entre Copenhague y Nuuk por las que, si bien hay una gran autonomía política, económicamente hay cierta dependencia.

Groenlandia, cuya economía se basa casi exclusivamente en la pesca, recibe anualmente 576 millones de euros de Copenhague, lo que representa dos tercios de sus finanzas. Con el pacto con EE UU, algunos diputados en el Folketing (Parlamento nacional) han lanzado la voz de alarma y vaticinan que Groenlandia poco a poco se irá alejando de Copenhague para alinearse con sus nuevos socios estadounidenses. “Tenemos que aclarar si ellos [EE UU] pagan ahora y nosotros [daneses] estamos en deuda mañana”, dijo la diputada groenlandesa en Copenhague Aaja Chemnitz Larsen. Muchos en el Folketing opinan que nadie da un cheque en blanco y que Washington acabará imponiendo sus condiciones. Un alto funcionario de la Casa Blanca citado por el Financial Times aseguró, sin embargo, que EE UU ya no planea comprar Groenlandia.

Poco después de aquella crisis diplomática desatada el pasado verano entre ambos socios de la OTAN en la que Trump llegó a cancelar de la noche a la mañana una visita oficial a Copenhague, Washington inició una serie de discretos movimientos para seducir a Groenlandia. Mandó a una delegación al territorio helado —el 80% de su superficie está cubierta de hielo— para proponer ciertas inversiones en infraestructuras como carreteras y aeropuertos.

En noviembre, Copenhague dio luz verde la reapertura en Nuuk por primera vez desde los años 50 del consulado estadounidense, un movimiento que se acaba de hacer oficial. La oficina diplomática se alojará en una base militar en la capital groenlandesa —EE UU cuenta ya con otra base aérea en Thule, al noroeste del territorio— y el nuevo cónsul se trasladará desde Copenhague una vez que las medidas para evitar la propagación del coronavirus lo permitan. Groenlandia tiene una representación diplomática en Washington desde 2014.

Rusia y China

El interés por la influencia en el Ártico crece entre las principales potencias mundiales. La embajadora estadounidense en Dinamarca, Carla Sands, ha alertado en un comunicado esta semana que, pese a la política de “baja tensión” que ha mantenido desde los años 90 el Consejo Ártico (la asamblea con presencia de los países del Norte) en el territorio, ahora surgen “nuevos desafíos”. Y pone a China y Rusia como ejemplo.

Moscú está dando mucho peso a su estrategia militar en el Ártico reabriendo bases de la Guerra Fría y estableciendo un nuevo comando Ártico, revela la diplomática. Y Pekín, continúa, se llama a sí mismo “un Estado cercano al Ártico”, pese a la distancia que les separa. “China busca establecer la Ruta de la seda polar” a través del desarrollo de rutas marítimas que emergen en el polo Norte como consecuencia del calentamiento global.

Madrid / Copenhague - 24 abr 2020 - 8:31 COT

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Viernes, 24 Abril 2020 06:44

Autonomías para enfrentar las pandemias

Autonomías para enfrentar las pandemias

Cuando el Estado es poco más que un miserable espectro genocida, los recursos de los pueblos son el único relevo posible para combatir guerras y enfermedades, cuyos efectos no tienen, casi, la menor diferencia. Es cierto que las guerras destruyen, además de personas, edificios e infraestructuras, mientras las epidemias afectan, primordialmente, a los seres humanos.

En el norte y el este de Siria, después de una larga década de guerra azuzada por los principales estados del planeta y de la región, los más armados y los menos razonables, capaces incluso de haber creado y alimentado ese monstruo llamado Estado Islámico, los pueblos organizados están resistiendo ahora la pandemia de coronavirus.

Lo más notable, según las noticias que nos llegan, es que combaten el virus con las mismas armas que utilizaron durante la guerra: la cohesión comunitaria, la organización de base y la determinación, como pueblos, de hacer frente colectivamente a los mayores obstáculos. Así es la vida en los territorios donde el pueblo kurdo hace de la autonomía su seña de identidad.

Un ventilador cada 100 mil habitantes, son los recursos técnicos con los que cuenta la región, según el Centro de Información de Rojava. Buena parte del instrumental sanitario fue destruido por los recientes ataques de Turquía a las regiones autónomas kurdas.

Las cooperativas textiles y agrícolas son las encargadas de producir mascarillas para protección y los alimentos necesarios. Las comunas decidieron un toque de queda desde el 23 de marzo, sometiendo a los viajeros que llegan a la zona a una cuarentena preventiva, mientras las estructuras económicas y políticas de la autonomía, las mismas que han permitido la sobrevivencia durante una década de guerra civil en Siria, son las que garantizan la vida de la población.

"Las cooperativas están más en sintonía con las necesidades de las comunidades en las que viven sus miembros y, por tanto, tienen más probabilidades de tomar decisiones basadas en la necesidad que en las ganancias", señala un reporte de "Kurdistán América Latina" (https://bit.ly/2RX5EVo).

Las comunas, que son la unidad básica en las que está organizada la población, garantizan el cumplimiento del toque de queda y la distribución de alimentos, basadas "en el conocimiento local y la pequeña escala de estas estructuras". Elaboran listas con las familias que tienen mayores necesidades de alimentos, productos de limpieza y medicamentos y van de familia en familia distribuyendo la ayuda, para evitar aglomeraciones.

Una forma de organización que facilita la protección de las familias, ya que "los integrantes de la comuna no necesitan viajar mas allá de sus vecindarios para distribuir ayuda, disminuyendo el número de personas que viajan de ciudad en ciudad".

Este orden comunitario y autónomo se mantiene en una región poblada por 4 millones de personas, incluyendo alrededor de un millón de refugiados que viven en tiendas de campaña por la agresión turca. A pesar de la estricta organización, del trabajo de las cooperativas y comunas y de la solidaridad internacional, los hospitales y centros de salud tienen capacidad para atender sólo 460 casos activos de coronavirus.

Un informe del Comité de Solidaridad con Kurdistán de la Ciudad de México destaca que los estados y las organizaciones internacionales, como la ONU y la OMS, están actuando de forma irresponsable ante los continuos bombardeos de Turquía sobre las aldeas de Rojava, que provocan cortes de agua y agravan la situación sanitaria.

Ante esta situación sólo vale la "autoorganización comunal, ecológica y pacífica" de los pueblos en el contexto de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria, inspirada en el confederalismo democrático teorizado por Abdullah Öcalan, líder kurdo prisionero en la isla turca de Imrali.

En sintonía con la experiencia zapatista y de otros pueblos latinoamericanos, sigue el Comité de Solidaridad, defienden "una salud comunitaria basada antes que nada sobre la autonomía, la prevención social y la educación más allá de las medidas estatales represivas y centralizadoras".

"Volver a la tierra y a la naturaleza", es uno de los lemas del pueblo kurdo, que busca enfrentar ésta y futuras pandemias repoblando aldeas rurales, reforestando, con cultivos diversificados en base al trabajo comunitario.

Las palabras autodefensa, autonomía y salud comunitaria, resuenan estos días aciagos desde Rojava hasta Chiapas, pasando por Lima, donde cientos de andinos retornan a sus pueblos en la sierra, bajo el lema "Aquí termina Lima", en una magnífica descripción de Rodrigo Montoya (https://bit.ly/3bvGW69). Lejos de la modernidad urbana individualista, quieren rehacer su vida en comunidades, tejidas con base en la reciprocidad y la ayuda mutua.

El futuro de la humanidad se juega en estos espacios y territorios de los abajos, ya que resistir la pandemia supone poner en juego los mismos recursos con los que resisten al Estado y al capital.

 

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Viernes, 24 Abril 2020 06:30

Crece en Perú el éxodo del hambre

Un grupo de migrantes descansa bajo un puente de la ruta Panamericana Sur cerca de Lima.    ________________________________________ Imagen: EFE

Miles de personas huyen de Lima a pie en busca comida en sus pueblos

Es el éxodo de los olvidados, los excluidos, los pobres extremos, en plena cuarentena. Regresan a sus pueblos como sea.

Desde Lima. “Nos va a matar el hambre antes que el virus”, exclama, con voz de angustia, una mujer joven, de rostro cansado, que lleva en brazos a su hija de pocos meses. El suyo es un amargo reclamo por el abandono, un desesperado grito por ayuda. Esa noche dormirá-como las anteriores y las siguientes- sobre unos cartones al lado de la carretera que lleva de Lima a la zona andina en el centro del país. Va de regreso a su pueblo. Va escapando. Sin nada, lo hace caminando. Le esperan cientos de kilómetros. Con ella pasarán la noche más de trescientas personas que cargan la misma angustia y comparten el mismo recorrido, largo, agotador, penoso. En otros puntos de esa misma carretera, y en otras carreteras, que van para el sur y el norte del país, otros miles viven el mismo drama. Abandonan la capital para regresar a sus pueblos. En Lima, la ciudad de la que escapan con desesperación, se concentra la mayor parte de casos de coronavirus en el país, pero ellos no huyen del virus. Huyen del hambre. Es el éxodo de los olvidados, los excluidos, los pobres extremos, en plena cuarentena por el coronavirus.

 “Ya no tenemos qué comer, por eso regresamos a nuestros pueblos, donde algo tendremos. Caminando nos iremos, no tenemos de otra”, dice un hombre sentado junto a sus tres pequeños hijos que duermen abajo de un puente de la autopista. Era vendedor ambulante y ahora con la cuarentena se quedó sin los pocos ingresos con los que apenas sobrevivía. En otra carretera, un joven cuenta que era pintor eventual, que como se quedó sin trabajo desde que comenzó la cuarentena no pudo pagar el cuarto en el que vivía, lo echaron a la calle y sin dónde ir ha emprendido la sufrida caminata de retorno al pueblo del que salió hace años. “Ya no aguantamos más, no tenemos nada ya, estamos viviendo en las calles, ya no tenemos para comer”, grita una mujer cuando se le acerca la cámara de un noticiero. Ellos forman parte de este éxodo del hambre.

También están los que viajaron a la capital desde el interior por algún trámite, un tratamiento médico o para un trabajo temporal de unos meses, y quedaron atrapados por la inmovilización social. Después de 40 días de cuarentena y con sus pocos recursos agotados, tratan con desesperación de regresar a sus casas. Muchos están entre los caminantes en las carreteras, otros centenares duermen en las calles de la ciudad, frente a estaciones de buses o el aeropuerto esperando que salga ese bus o ese vuelo humanitario que las autoridades les han ofrecido, pero que no llega. Llevan días en esa interminable espera. Los que se cansan de esperar se suman a los caminantes que huyen de la capital para no morir de hambre en tiempos de cuarentena. Se han dado choques entre estos angustiados pobladores y la policía cuando ésta les bloquea el camino para que no sigan su viaje.

“No se puede permitir una salida desordenada porque estos grupos grandes son caldo de cultivo de contagios y se puede generar un problema en las zonas a las que se dirigen. Lo primero es empadronarlos, después se les tiene que hacer pruebas rápidas del coronavirus para ver si están infectados, si lo están son llevados a un centro de salud, los que dan negativo son llevados a su destino en transporte puesto por el Estado y cuando lleguen deben estar dos semanas en aislamiento porque hay la posibilidad que tengan el virus a pesar del resultado negativo de la prueba rápida. Todo esto requiere una articulación y una logística que no es algo sencillo. Entendemos la desesperación de la gente, reconocemos que esto se puede hacer más rápido, estamos trabajando en eso. Ya hemos trasladado a más de tres mil personas”, le declaró a Página/ 12 la ministra del Ambiente, Fabiola Muñoz, encargada por el gobierno para tratar este asunto.

Con 70 por ciento de los trabajadores en la informalidad, sin derechos laborales y la mayoría con ingresos precarios, y empresas dando licencias sin paga, la larga inactividad ha llevado a una buena parte de la población, que se ha quedado sin ingresos, al límite de su resistencia. Millones que antes de esta crisis ya estaban en la pobreza, o al borde de ella, piden ayuda para sobrevivir. El gobierno ha dispuesto la entrega de un bono equivalente a unos 220 dólares para 3,5 millones de familias pobres urbanas y un millón de hogares rurales, pero es insuficiente en el monto y en la cobertura, y todavía no se termina de entregar. Ayer el presidente Martín Vizcarra anunció que este bono se ampliará hasta llegar a 6,8 millones de familias, el 75 por ciento de hogares del país. Reconoció la lentitud en su reparto. “Hay que ser autocríticos, tenemos que ser más rápidos. El hambre no espera”, dijo. Se raparte alimentos, pero la entrega es lenta y desorganizada.

El Perú es el segundo país de América Latina, después de Brasil, con más casos de coronavirus. Son 20.914 los contagiados y 572 los muertos. En las últimas 24 horas se han dado 1.664 nuevos casos y 42 fallecidos. Con los contagios en alza, la cuarentena, que comenzó el 16 de marzo, ayer fue prorrogada hasta el 10 de mayo. Esa extensión era necesaria, dicen los expertos. “La salud de la gente es lo primero”, ha dicho Vizcarra al anunciar esta nueva prórroga. La cuarentena ha tenido importantes fisuras, por desorganización, irresponsabilidad de parte de la población y la necesidad de muchos que sobreviven del día a día y salen a buscar algún ingreso.

El débil sistema de salud está al límite. El Perú es uno de los países de la región con la más baja inversión en salud, con menos del cinco por ciento de su PBI al año, y eso está pasando factura en esta crisis sanitaria. Hay hospitales desbordados, enfermos que han muerto esperando atención. En las carreteras, sigue el éxodo del hambre.  

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