Xenofobia y comunismo. La estrategia vencedora de la ultraderecha

El mundo entero es testigo de la profundización del modelo neoliberal que ahora se posiciona con la ultraderecha. Se admite la libertad de mercados casi para todo excepto para el mercado laboral y varios países están imponiendo barreras al acceso de inmigrantes a sus territorios. Una consecuencia que subestima el modelo económico imperante es la afectación del medio ambiente, no obstante el líder de uno de los países con mayor incidencia en la contaminación niega el cambio climático y no se acoge a los Acuerdos de París.

 

La desigualdad, esa inmensa realidad que denuncia al sistema que la permite y reproduce, junto con el subdesarrollo en las regiones periféricas ajenas a la modernización, dos realidades consideradas como resultado menores del sistema capitalista, sin embargo con el avance de la globalización esta conflictividad social no puede seguirse ignorando.

Son dos realidades, desigualdad y subdesarrollo, que a su vez tienen a la inmigración entre una de sus muchas consecuencias, realidad agudizada por el trato beligerante que sufren quienes dejan atrás sus territorios en procura en otros lares de mejores condiciones de vida. Las dos realidades en cuestión también dejan profundas consecuencias al interior de los países desarrollados, las cuales pueden medirse en términos de alto desempleo, alta informalidad y desprotección social de los trabajadores, en favor de la capitalización de las empresas y corporaciones con mayor poder de control sobre los gobiernos.
Estas transformaciones se consolidan gracias a la interacción de varios factores que lo facilitan. Las autoridades económicas privilegian, a la hora de proyectar medidas globales y locales, acciones que priorizan el mercado financiero por encima del laboral, medidas que le dan mayor importancia al valor de los activos financieros que al bienestar de las personas, que convierte los derechos en mercancías, y que restringen el gasto social pero que hacen rescate del sistema financiero con ingentes recursos públicos. Por otro lado, los ciudadanos son cada vez más individualistas y no logran estructurar una acción colectiva que defienda su derecho al trabajo, a la educación, a la salud, a contar con un ingreso para la vejez y a tener un medio ambiente sano que les garantice una mejor calidad de vida tanto a ellos como a su progenitura.

Colombia no es la excepción. De cada dos personas que conforman el gabinete actual uno proviene de gremios económicos, el Ministro de Vivienda viene de Asobancaria, el Ministro de Defensa de Fenalco, la Ministra del Interior de Asomovil y la Ministra de Transporte de Asograsas entre otros. El modelo de emprendimiento que destaca Iván Duque es el de Rappi que logró posicionarse como la primera empresa colombiana con capitalización de más de un billón de dólares gracias a la explotación de miles de jóvenes e inmigrantes venezolanos que trabajan para ellos sin ninguna protección social.

A la administración actual le es indiferente la educación superior de acceso universal. Las empresas prestadoras de servicios de salud siguen a sus anchas: treinta de cuarenta EPS tienen índices de solvencia desfavorables, y aquellas que entran en procesos de liquidación trasladan sus activos a otras razones sociales y dejan el pasivo al gobierno colombiano. No existe una política de estado que invierta más recursos en I+D que redunden en mayor competitividad y salarios. El modelo económico sigue principalmente soportado en la extracción minera y de hidrocarburos. La estrategia del Centro Democrático que encabeza toda una suerte de transformaciones que lesionan el estado social de derecho ha sido instigar el odio por los desmovilizados en el proceso de paz. Nada diferente a lo que ocurre en otras latitudes.

Desde hace algunos años las elecciones presidenciales de diversos lugares del mundo están marcando un patrón de extrema derecha. Este fenómeno amenaza con debilitar derechos civiles ganados a lo largo de la historia. A pesar de haber vivido episodios vergonzosos como la discriminación a la raza negra en EE.UU. o la persecución nazi a la comunidad judía, hoy en Europa Occidental y en Norteamérica presenciamos un creciente rechazo a los inmigrantes. La creación del movimiento alemán antiislámico Pegida o la simpatía del Ku Klux Klan hacia Donald Trump son un ejemplo.

El presente siglo ha sido testigo de varias transformaciones económicas y sociales:

Las economías se volvieron más volátiles y frágiles debido a la evolución de la ingeniería financiera que con mayores niveles de apalancamiento permite una especulación más agresiva que termina incidiendo negativamente en la salud del sector productivo. En los años setenta el crecimiento económico de los países desarrollados era del 4 por ciento, este pasó a ser menos de 1 por ciento en la primera década de este siglo.
El gasto público social, que es determinante para cerrar brechas de desigualdad, está supeditado al equilibrio de las finanzas públicas. Especialmente en los países en desarrollo cuyas economías dependen de sectores primarios y se apalancan en créditos de la banca multilateral y en la inversión extranjera, se ejerce un control muy estricto para el cumplimiento de la regla fiscal.
La política económica tiene dos herramientas, la política fiscal y la política monetaria. La primera fue muy usada entre los años 1945 a 1973 y su principal objetivo era promover mayor empleo mediante el gasto público. La segunda se centra en proteger el valor de los activos de altas inflaciones a través de los movimientos de las tasas de interés. Es la de mayor uso hoy, descarta al empleo como objetivo y su acción tiende a tener efectos que empeoran la inequidad. Es el caso del rescate al sector financiero mediante la expansión cuantitativa que hizo la FED en EE.UU. con la crisis hipotecaria del 2008. La emisión de deuda pública que es comprada en su mayoría por las entidades financieras y luego es recomprada por la FED consiste simplemente en poner más dinero en manos de quienes históricamente han concentrado mayor riqueza.
La tendencia hacía la robotización ha generado mayor desempleo en áreas de menor cualificación a la vez que deteriora la formalización laboral y los niveles salariales debido a una menor productividad de estos trabajos. En los años dorados del capitalismo las tasas de empleo eran cercanas a niveles de pleno empleo (1.5% o menos), en la actualidad encontramos países con tasas de desempleo persistentes de dos dígitos como Francia (10%), Italia (11.7%), España (22%) o Grecia (25%), y vemos en general que no es cierto que la mayor automatización haya redundado en una mejor calidad de vida a través de jornadas laborales reducidas.
La mayoría de los trabajos que existen no agregan valor agregado a la economía. Su función es la de asegurar un consumo sostenido que impulse el sistema económico y que redistribuya la riqueza de abajo hacia arriba en la pirámide social. A este fenómeno Adair Turner lo llama economía de suma cero y cita como ejemplo al derecho tributario cuyos profesionales son bien remunerados a cambio de facilitar la elusión y favorecer el proceso de concentración de la riqueza del sector privado. Sin embargo, por cada uno de estos trabajos hay miles cuya remuneración es reducida debido a la baja escolaridad.
La mensajería instantánea de whatsapp y las redes sociales como facebook y twitter han permitido movilizar emocionalmente las opiniones ciudadanas, muchas veces con mensajes hostiles apoyados en información falsa, y también han debilitado la acción colectiva a través de un exceso de individualización y de una menor actividad ciudadana por fuera de la red.

La combinación de los anteriores factores ha hecho que las personas pierdan su estabilidad económica, que estén nerviosas de no poder continuar con su proyecto de ascenso social y que sean manipuladas por los intereses de los políticos. En estas circunstancias, los ciudadanos son mucho más permeables a discursos totalitarios que les prometan que van a detener la precarización de sus ingresos si se impone, por ejemplo, un fuerte control a la migración puesto que esta influye en el descenso de los salarios.

La situación es mucho peor en los países en desarrollo donde el contexto de la precarización laboral es por lo general una profunda desigualdad y unas bajas tasas de inversión en ciencia, tecnología e innovación (CTI), en investigación y desarrollo (I+D), y en educación. En la década de los setenta países como Singapur, Taiwán o Corea del Sur tenían el mismo nivel de desarrollo económico que Colombia, sin embargo desde la década de los ochenta se trazaron la meta de elevar la capacidad científica y tecnológica destinando de forma sostenida recursos alrededor de 4 por ciento del PIB para estas actividades.

En las dos últimas décadas la inversión en CTI como proporción del PIB en el mundo ha sido en promedio 2.2 por ciento. Colombia tiene una inversión en este mismo rubro de 0.4 por ciento. De otro lado mientras EE.UU. invierte 2.8 por ciento del PIB en I+D Colombia lo hace al ritmo de 0.2 por ciento. Esta falta de inversión ha contribuido a nuestra desindustrialización: mientras a finales de los años setenta el sector industrial aportaba el 24 por ciento del PIB ahora este aporte se redujo a 9 por ciento y la actividad económica ha venido trasladándose al sector servicios.

El desarrollo tecnológico, sea que se produzca internamente o no, debe ir acompañado de un mayor nivel de educación. Si este llega a ser menor de lo que el mercado requiere las brechas de ingresos entre los más y los menos educados se amplían. Solo una estrategia que haga avanzar, a la par de desarrollo tecnológico y la educación, determinarán que no se prolongue el rezago con el resto del mundo. Una forma de evidenciar que un país actúa sobre estos temas es si el bienestar de la generación actual no depende de los logros obtenidos por sus padres, porque es el Estado mediante el gasto público el garante de que todos los ciudadanos tengan el mismo acceso a la educación, este es el caso de todos los países nórdicos.

Los gobernantes colombianos no tienen un compromiso serio con la educación. La universidad pública tiene un desfinanciamiento de 18 billones de pesos y no se ofrece una solución porque la visión de la clase dirigente es el fomento al modelo de educación privada, como lo muestran los programas Ser Pilo Paga. Sergio Fajardo, un profesor universitario que mostró en su campaña electoral un alto grado de compromiso con la educación ha estado ausente en el debate político, y Gustavo Petro, principal contradictor de la administración y a quien están marginando de la esfera política, se adjudicó las marchas estudiantiles como respaldo a su proyecto político. El gran mérito lo merecen nuestros estudiantes, firmes en su determinación de defender la universidad pública pese a que Iván Duque recibe primero al cantante Maluma antes que atender la mesa de negociación.

Mientras que los países desarrollados se dejan seducir por la xenofobia, en nuestro continente es el miedo a gobiernos como el de Nicaragua o Venezuela con el que la ultraderecha toma el poder. Una estrategia que les permite introducir reformas regresivas en contra de derechos constitucionales fundamentales (y a favor de gremios económicos) y que el ciudadano acepta porque de lo contrario puede obtener un resultado peor. Ese miedo se desvanece con un análisis profundo sobre lo que realmente ocurre, para ello se requiere de una educación que desarrolle un pensamiento crítico, algo que no es conveniente para los gobiernos.

El comunismo es un proyecto inviable en el mundo, una restricción indefinida de derechos civiles y políticos no es sostenible y son pocos los países que defienden un modelo así sin recibir con toda razón la censura internacional. Sin embargo, dado que tampoco es plenamente posible un país donde impere plenamente la propiedad privada, porque por ejemplo nadie podría construir su propia carretera o tener un pedazo de biosfera, es preciso de gobiernos que protejan los bienes comunes y que garanticen el goce pleno de derechos constitucionales a todos sus ciudadanos, y esto se observa está más del lado de un programa de izquierda democrática que uno de ultraderecha.

Lo que parece suceder con más frecuencia, como lo observó Gore Vidal, es un “orden económico de capitalismo para los pobres y de socialismo para los ricos”. Esto es, donde a los pobres se les hace competir con todo el rigor pero a los ricos se les permite operar monopolizando negocios y capturando gobiernos que les dan beneficios tributarios. Ese es el orden que el mundo entero está aceptando con el miedo al extranjero y al comunismo.

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Lunes, 10 Septiembre 2018 07:28

La ultraderecha de Suecia gana fuerza

La ultraderecha de Suecia gana fuerza

El filósofo Claudio Tamburrini explica que la extrema derecha se presenta como anti-establishment y tiene particular aceptación entre grupos marginados que están fuera del mercado de trabajo o en una situación laboral insegura. 

El ascenso irresistible de un partido neonazi en Suecia, Demócratas de Suecia (DS) de Jimmie Akesson, confirma una tendencia europea. Que hay un corrimiento hacia fuerzas electorales de ultraderecha como en Austria, Hungría y Noruega donde gobiernan fuerzas semejantes con o sin aliados conservadores. En varios países han instalado una agenda antiinmigrante, contraria a la UE y cuya retórica es de mano dura. El DS sueco tuvo que aggiornarse en su liturgia de la que extirpó la simbología xenófoba, los uniformes militares y los desfiles a paso marcial con los que había nacido en febrero de 1988. Por eso recién llegó al Parlamento en 2010, duplicó con holgura su caudal de votos en 2014 y en las elecciones de ayer salió fortalecido (ver aparte). Su líder es un hombre de 39 años, ex diseñador de páginas web, aficionado al heavy metal y con una trayectoria política extensa. Con 19 años se convirtió en concejal en el Ayuntamiento de Sölvesborg y escaló posiciones en los curiosamente llamados Demócratas de Suecia (en su lengua Sverigedemokraterna) que llegaron para quedarse. Un dato lo corrobora. Lograron meterse en el corazón de la Central Única de Trabajadores, histórico bastión de la socialdemocracia. Antes de la elección, una encuesta señalaba que habían conseguido un 20 por ciento de adhesión en el movimiento obrero organizado.


Akesson tiene instinto de supervivencia. Abjuró de los más extremistas de su partido. Se sacó de encima a la rama juvenil del DS que formó Alternativa para Suecia, el 5 de marzo de este año. Su presidente Gustav Kasselstrand cree que su ex compañero es un moderado. Esta escisión le hubiera costado el ingreso al Congreso antes de 2010, cuando los Demócratas eran apenas testimoniales, ya que no alcanzaban el 4 por ciento de piso para ser una fuerza parlamentaria. A partir de esa elección sacaron el 5,07 por ciento, y en 2014 dieron el gran salto con el 12,86. Ahora está a la vista que no se detuvieron en su ascenso.


Una explicación sobre su crecimiento la acerca el filósofo argentino Claudio Tamburrini, exiliado en Suecia después de que se fugara del centro clandestino de detención Mansión Seré en 1978, durante la última dictadura. Llegó a ese país al año siguiente, curiosamente cuando nacía Akesson. “Hay una investigación” –le cuenta a PáginaI12– “que hicieron tres académicos de Ciencias Políticas, Olle Folke, Torsten Persson y Johanna Rickne y cuyos resultados son que el DS ha tenido particular aceptación entre grupos marginados y/o fuera del mercado laboral (denominados outsiders) y entre otros que, aun teniendo trabajo se encuentran en una situación económica y laboral insegura (llamados insiders). Los dos fueron particularmente afectados por el gobierno de centroderecha en 2006 que hizo recortes en el sistema de seguridad social y también por la crisis financiera mundial del 2008”.


Tamburrini agrega que “el DS ha reclutado sus políticos y representantes en aquellos dos grupos en mucha mayor medida que los demás partidos. Estos factores hacen que su fuerza sea vista como anti-establishment y de hecho así se presenta. De la misma forma que lo hiciera Trump en Estados Unidos, ya que sus votantes provienen en gran parte de grupos desfavorecidos por la globalización y la incapacidad del Estado de bienestar de resolver problemas sociales y económicos acuciantes que los afectan. A ellos les es más fácil identificarse con políticos que provienen de esos mismos grupos. Y los consideran, por esa razón, más confiables”.


La cosmética a que apeló el partido antiinmigrante también influyó para ganar nuevas audiencias. Tenía un símbolo que era la llama con los colores suecos, que lo emparentaba con el Frente Nacional francés de Marine Le Pen y el MSI italiano de Matteo Salvini. En su lugar ahora hay una bandera con flores amarillas sobre fondo azul. Los colores de la bandera de Suecia. Los mismos que Akkeson cuando niño –según confesó en una entrevista de 1999– quería utilizar porque “siempre fui nacionalista. De chico me negaba a jugar al hockey de mesa si no me dejaban controlar a los jugadores azules y amarillos”.


Si Suecia era el país de Escandinavia más virgen de xenofobia y contrario al Islam en términos de representación electoral, ésa época terminó. Ahora sigue el camino de sus vecinos como el Partido del Progreso noruego, los Verdaderos Finlandeses y el Partido Popular Danés. El DS tampoco puede ocultar su pasado. Nació de un embrión neonazi llamado Mantén sueca a Suecia. Todavía circula un video donde dos diputados del partido intentan agredir a un grupo de inmigrantes en Estocolmo o entrevistas a sus miembros donde cuestionan a musulmanes, judíos y lapones. Hasta el mismo Akkeson perdió la chaveta en una entrevista que le hizo un programa satírico de la radio pública P3, a la que calificó de “mierda”, “liberal-izquierdista” y pidió por su cierre.


Hay algo que emerge en Suecia desde los años 90 y es el descontento con un estado de bienestar que ya no es eficiente para resolver problemas sociales. Tamburrini menciona “el empeoramiento de las escuelas públicas, las colas en el servicio de salud –también público– que muchas veces conduce a que individuos mueran por enfermedades graves antes de recibir tratamientos, el desmejoramiento de las condiciones económicas de jubilados y pensionados o un nuevo tipo de conflictos sociales que acompañó a la inmigración de las últimas décadas: zonas en ciudades suecas controladas por patriarcas de comunidades inmigradas que censuran y reprimen a sus mujeres si éstas no viven de conformidad con los hábitos y costumbres de las sociedades originarias, zonas donde se queman masivamente vehículos y donde la policía y los servicios de emergencia temen entrar. Es decir, lo que se ha dado en llamar ‘sociedades paralelas’ dentro de la sociedad sueca”.


Akesson enjuagó sus ideas en público y hasta criticó al nazismo para ganar una porción más moderada del electorado. Vaya que lo consiguió. Dijo que era “una ideología antidemocrática, socialista, racista, imperialista, internacionalista y violenta”. Para Tamburrini “la posibilidad de poder frenar el avance de estos sectores políticos dependería mayormente del éxito de la política económico-social. De no resolver el Estado de bienestar los problemas sociales que se han ido ahondando en el mundo a partir de la globalización, existe un riesgo inminente de que el futuro de muchos de estos países sea neofacista”. Como en Suecia, donde el icónico modelo socialdemócrata de prosperidad ya no es lo que era hasta los años 80.
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Residentes de la ciudad brasileña de Pacaraima destruyeron el sábado pertenencias de migrantes venezolanos.

Brasil enviará tropas a la frontera con Venezuela este lunes, luego de que los residentes de la ciudad fronteriza de Pacaraima expulsaron a los venezolanos y quemaron sus improvisados campamentos, en pleno aumento de las tensiones regionales por la inmigración.

Cientos de miles de venezolanos han cruzado las fronteras terrestres hacia Brasil y Colombia en los meses recientes para intentar escapar de la crisis económica, política y social que afecta a su país.
El más reciente episodio de tensiones comenzó el sábado temprano en territorio brasileño, horas después de que un comerciante local fue asaltado y resultó herido en un incidente atribuido a venezolanos en Pacaraima, ciudad con unos 12 mil habitantes y donde unos mil inmigrantes viven en la calle, según estimaciones de las autoridades.


Grupos de residentes recorrieron la ciudad arrojando piedras a los migrantes y prendiendo fuego a sus pertenencias. Decenas de residentes atacaron los dos principales campamentos improvisados de inmigrantes y quemaron todas sus pertenencias, lo que llevó a muchos venezolanos a cruzar la frontera de regreso a su país.


La situación fue caótica: según testigos, se escucharon disparos, los comercios cerraron y se amontonaron escombros en las calles.


Suely Campos, gobernadora del estado de Roraima, llamó a cerrar temporalmente la frontera y pidió a Brasilia que envíe refuerzos de seguridad para “enfrentar el aumento de la criminalidad”, el cual relaciona con el incremento de la llegada de venezolanos.


El Ministerio de Seguridad Pública dijo que enviará un contingente de 120 soldados que llegarán este lunes para sumarse a los equipos en la zona.


Las tensiones están aumentando en América Latina por la migración desencadenada por las crisis en Venezuela y en Nicaragua.


Ecuador comenzó a bloquear desde el sábado el paso de venezolanos por sus fronteras terrestres, exigiéndoles que presenten sus pasaportes para poder ingresar –documento del que carecen muchos–, en lugar de la cédula de identidad, como era hasta ahora.


Perú anunció la misma medida, que empezará a aplicarse el próximo 25 de agosto. Sólo la semana pasada, unos 20 mil venezolanos ingresaron a Perú, de acuerdo con sus autoridades.


La Organización de las Naciones Unidas estima que 2.3 millones de venezolanos han huido de la crisis escapando de la pobreza y en busca de trabajo. Colombia ha dado residencia temporal a más de 800 mil
El Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela llamó a Brasil a “dar las garantías correspondientes a los nacionales venezolanos y tomar las medidas de resguardo y seguridad de sus familias y enseres”.
La situación en Pacaraima, Brasil, vecina de la venezolana Santa Elena de Uairén, estaba tranquila la mañana de este domingo, en parte porque vecinos de la ciudad lograron expulsar a los venezolanos que estaban en los campamentos.


En tanto, el presidente boliviano, Evo Morales, calificó de “invasión encubierta” de Estados Unidos a América Latina el pretexto de la ayuda humanitaria a venezolanos. “Condenamos la invasión encubierta de Washington al enviar a Colombia un barco del Pentágono con la excusa de ayuda a los hermanos venezolanos”, tuiteó, y en otro mensaje en la red social, añadió que la embarcación Comfort, con capacidad para transportar helicópteros de guerra, “es una amenaza contra Venezuela”.


Morales agregó que la mejor ayuda es respetar la soberanía del pueblo venezolano y “levantar el bloqueo económico que el imperio estadunidense o le ha impuesto injustamente. Toda agresión a Venezuela es una agresión a América Latina”, advirtió.

 

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Redes solidarias en Grecia ante la xenofobia europea



En la isla de Quíos,1800 refugiados sobreviven gracias al trabajo voluntario mientras Europa construye nuevos centros de detención.
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En el verano de 2015, cuando la gran ola migratoria llegó a las costas del Mar Egeo, unos 30 botes al día atracaban en Quíos.
En el verano de 2015, cuando la gran ola migratoria llegó a las costas del Mar Egeo, unos 30 botes al día atracaban en Quíos.

PáginaI12 En Grecia

Desde Isla de Quíos

En Grecia es la ciudadanía quien sigue buscando soluciones para una situación que la desborda y ante la cual las autoridades dan sistemáticamente la espalda. A solo 7 kilómetros de la costa turca, la isla de Quíos es un popular destino para turistas pero también para las precarias embarcaciones despachadas por las mafias con centenares de personas desesperadas por cruzar a Europa. En el verano de 2015, cuando la gran ola migratoria llegó a las costas del Mar Egeo, una media de 30 botes al día atracaban en Quíos. Luego la afluencia disminuyó con el acuerdo entre la Unión Europea (UE) y Turquía –en marzo del 2016– para la deportación a este país de quienes entraran de forma irregular a las islas griegas a cambio de 6.000 millones de euros para el gobierno de Recep Tayyip Erdogan. Pero, pese a que el “acuerdo de la vergüenza” redujo –según datos de la Agencia de fronteras de la UE (Frontex)– en un 80 % la llegada de migrantes con respecto al 2017, cientos de personas siguen desembarcando en las islas del Egeo, donde más de 13 mil refugiados malviven atrapados en campos de “recepción” con capacidad para 6300.

Quíos es uno de los llamados “hotspots”, es decir que dispone de instalaciones oficiales para el alojamiento y registro de quienes llegan en busca de asilo. El campo de Vial, en el interior de la isla, acoge a 1850 personas- aunque está preparado para 900- y es ahora, junto con los pisos de Acnur que alojan a alrededor de 500 personas, el único espacio reservado para los refugiados luego del cierre de otro campo –Souda– que se ubicaba en las afueras de la ciudad de Quíos. Gestionado por el Ejército y el gobierno heleno, el centro de detención Vial es una inmensa superficie blindada por alambre de púa que esconde del mundo cientos de contenedores y miles de carpas superpobladas por gente sometida a la miseria y la desesperanza.

El laberinto burocrático en el que entran los solicitantes de asilo al pisar suelo europeo los atrapa por tiempo indeterminado, con causas indeterminadas. Por eso el punto de información del campo colapsa cada mañana, con cientos de personas abalanzándose sobre sus ventanillas en busca de respuestas. “Why am I here?” es el grafiti más repetido en las paredes de Vial. “Para algunas nacionalidades, como la siria, el proceso es incluso más lento que para el resto: hasta 18 meses están tardando en dar la entrevista con la Oficina Europea de Asilo, lo cual es solo el primer paso”, alertan Zoe y Sonya, abogadas de la organización Choose Humanity que brinda asesoramiento jurídico gratuito para los refugiados en Quíos. “Después de la primera entrevista, a algunos los deportan a Turquía y a otros nos mandan a una segunda cita con el Servicio Griego de Asilo para empezar los trámites, que duran un promedio de dos años”, explica por su parte Ali, un joven de Irán que llegó a Quíos en 2016 después de pagar 6 mil euros a un traficante y ahora, tras su paso por los campos de Souda y de Vial –que describe como “el infierno”– viaja a Atenas con el ansiado papel azul que lo autoriza a salir de la isla.

Las personas en busca de asilo no solo siguen llegando –y lo seguirán haciendo mientras las guerras no se detengan– sino que, forzados en la mayoría de los casos, se quedan. Migrantes y locales coinciden en que la situación no solo no se alivió a lo largo de estos tres años –como insisten en afirmar desde la UE– sino que está visiblemente peor a causa del bloqueo en las islas provocado por el pacto con Turquía y la inacción gubernamental. “Yo entiendo que cuando esto empezó nadie estuviera preparado para afrontarlo correctamente pero ahora, tres años después,

¿cómo es posible que todavía tengamos gente durmiendo en carpas?”, se pregunta, indignada, Toula, fundadora de CERST, uno de los mayores grupos de ayuda de la isla.

“Todo esto cayó en medio de nuestra peor crisis económica, el gobierno griego no se pudo hacer cargo. No espero nada de ellos”, admite esta mujer de Quíos que decidió, ante la inacción de las instituciones, tomar las riendas del asunto. “No solo ellos no nos ayudan sino que somos nosotros quienes los ayudamos a ellos. La Administración no tiene nada y espera todo de los voluntarios”, explica. Chios Eastern Shore Response Team (Cerst) es el nombre que Toula y sus entonces pocos compañeros de misión eligieron para dar entidad formal a algo que, en su origen, no lo tenía en absoluto. Lo que ahora es una organización con tres espacios diferentes de trabajo y un promedio de veinte voluntarios por semana, al empezar era ayuda espontánea de isleños que, como dice Toula, actuaban “de corazón”. Esta mujer de 43 años dormía cuando escuchó gente gritando y niños llorando, salió a ver qué pasaba y se encontró con la nueva realidad de la isla. Abrió tres habitaciones del hotel que regenta en un pequeño pueblo del sur de Quíos y allí los alojó. “Les di lo que tenía, al igual que todos los locales, yo no hice nada extraordinario”, matiza Toula. Era octubre de 2015, tres meses más tarde de las primeras llegadas masivas de migrantes, cuando el frenesí de la temporada turística se calmaba y en Quíos la gente empezaba a entender que algo grave sucedía en la isla, en el mundo.

Facebook fue el gran empujón para los locales que corrían de punta a punta de la costa atendiendo con ropa, comida y agua a los tripulantes de los endebles botes. Gracias a la red social, los isleños pasaron de estar solos frente a la emergencia, a estar apoyados por cientos de personas de todo el mundo; y de la ayuda espontánea, pasaron a la organización. En enero de 2016 Toula finalmente fundó Cerst y otras ONG se instalaron en Quíos, creando una red de cooperación que a día de hoy persiste. El trabajo en ese momento consistía en la distribución de ropa y comida proveniente de donaciones, pero luego el equipo amplió su tarea a la enseñanza de lenguas, el cuidado de niños, la higiene y la asistencia en los desembarcos.

En el interior de la isla, a una media hora a pie del campo de Vial, una hermosa casona de piedra alberga el Centro de idiomas, donde un promedio de sesenta personas asiste cada día a clases de griego, francés, inglés y alemán. Los profesores son voluntarios que se comprometen a una estancia mínima de dos meses para garantizar el seguimiento de los alumnos y el espacio también cuenta con una cocina, una biblioteca con servicio de préstamo y una acogedora sala de lectura. Muy cerca de allí, rodeado de campos de papas y olivos, Cerst estableció Hope, un espacio para dotar a los habitantes del campo oficial de duchas, ropa limpia y peluquería, a la vez que un área de juegos y merienda para los chicos. El predio de Vial dispone de 25 duchas para las 1700 personas allí alojadas y 1,5 litro de agua para beber por día, a temperaturas que rozan los 35 grados. “Las condiciones en el campo son espantosas, la comida que nos dan nos cae mal, todo está lleno de basura y hace muchísimo calor”, denuncia Mohammed, mientras espera que su mujer y su hija acaben de arreglarse en Hope. “También es insuficiente la asistencia sanitaria, los médicos pagados por el Estado no dan abasto y a mí, por ejemplo, me hicieron esperar cuatro horas con una quemadura de primer grado en el brazo”, relata este hombre sirio que lleva seis meses en el campo de Quíos. Otra área fundamental en la labor de este equipo es la asistencia en los desembarcos que, cuando el viento es leve, pueden ser diarios. Cuando un bote llega a la costa, la policía le avisa a Salvamento Marítimo Humanitario –organización vasca que socorre voluntariamente desde 2015 en los rescates– y ellos a Cerst, que cuenta con una caseta en el puerto preparada para atender a las personas que llegan generalmente en medio de la noche, con hambre y frío. “Lo primero es que un traductor les explique lo que está pasando y quiénes somos nosotros. Luego les preparamos un pack de ropa, comida y agua a cada uno o los atendemos en caso de hipotermia”, explica Ruben, coordinador del equipo, durante el entrenamiento a los nuevos voluntarios.
Varias ONG crearon una red de cooperación para ayudar a los inmigrantes.

Aunque mayoritariamente la población de Quíos respondió con solidaridad al desatarse la crisis humanitaria, hay grupos que también se muestran furiosos ante la llegada de inmigrantes, sobre todo a partir del acuerdo entre la UE y Turquía, que los bloquea en la isla por tiempo indeterminado. A pocos metros de la entrada del campo de Vial, un grupo de locales puso un puesto con las fotos de los grandes líderes europeos diciendo “no los queremos” y el objetivo de impedir al gobierno la entrada de nuevos containers para albergar a más refugiados. La idea es hacer turnos y cubrir las 24 horas, los siete días de la semana, amparándose en que no es legal la zona exterior del campo donde se encuentra la mayoría de las carpas y, por consiguiente, en que están en su pleno derecho. Pese a esto, existen todavía en Quíos mucha gente que no se doblega y, además del ejemplo de Toula otras personas persisten en su labor solidaria. Kostas es el dueño de un restaurante a primera línea de playa que también salió en su día al rescate de las barcas que llegaban de a cientos y que luego en febrero del 2016, cuando se conformó el campo de Souda en la capital de la isla, creó una cocina en la que preparaban 1500 raciones de sopa al día para repartir gratuitamente entre sus pobladores. En la actualidad, la comida en el campo oficial corre a cargo del Ejército pero Kostas sigue alimentando a los voluntarios de tres organizaciones humanitarias, un centro de menores no acompañados y a los locales sin recursos, “porque no nos olvidamos de toda la gente griega que también pasa graves necesidades”, apunta Kostas, remarcando la severa crisis económica que su país todavía padece.

“Si los voluntarios no hubieran venido a Quíos y Lesbos, las cosas serían ahora todavía mucho peores. Estoy muy contenta y orgullosa”, recalca la fundadora de Cerst. Jóvenes que en sus países de origen trabajan en ONG o participan desde hace tiempo en diferentes proyectos humanitarios, profesionales que abandonan temporalmente sus oficinas, estudiantes que- desde Singapur hasta Toronto- son conscientes del injusto trato que reciben en Europa las personas que huyen de la barbarie, jubilados que brindan su experiencia para detectar los fallos de la inexperiencia y buscar nuevas soluciones... Voluntarios de todas las edades y procedencias dan lo mejor de sí para intentar que la crueldad no sea tanta. “A mi padre le pasó lo mismo, él se tuvo que ir a Australia porque no tenía ni para comer. Se fue sin zapatos en barco. Por eso entiendo lo que está pasando, no es algo nuevo”, recuerda Toula. Lo que, en todo caso, no vivieron los millones de migrantes europeos en América u Oceanía es el cierre sistemático de fronteras y el desprecio que la Unión Europea muestra hacia quienes llegan de países devastados, ratificado esta semana en la cumbre de los 28 en Bruselas.

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Las raíces del mal llamado populismo en EEUU (y en Europa incluyendo España)


El mayor problema en EEUU no es Trump: el problema es que la mayoría de la clase trabajadora le vota.


Leyendo la prensa española se llega a la conclusión de que el mayor problema que existe en EEUU es Donald Trump, una figura que se ridiculiza constantemente en los principales medios de información (como ocurre también en EEUU) presentándolo como un individuo incompetente, y fácilmente ridiculizable por sus comportamientos atípicos dentro de lo que se considera aceptable en la sabiduría convencional del país. Este énfasis exclusivo en Trump obstaculiza, sin embargo, la comprensión de lo que está ocurriendo en EEUU. Por extraño que parezca, el mayor problema que tiene EEUU no es Trump, sino el hecho de que la mayoría de un sector grande de la población muy olvidado en dicho país, la clase trabajadora blanca, le ha votado y que es probable que le vote de nuevo. Las encuestas muestran una impresionante lealtad electoral a tal figura por parte de aquellos que emitieron su voto a favor suyo. Aunque su popularidad entre la población en general es muy limitada, no lo es entre la mayoría de la población que le votó. Y no está claro que en las próximas elecciones al Congreso de EEUU (este noviembre) el Partido Republicano vaya a perder el control de la Cámara Baja o incluso del Senado, eliminando con ello la posibilidad de ser apartado de la Presidencia mediante un impeachment. Parece, por lo tanto, que va a haber Trump para mucho tiempo. Y su impacto en la sociedad estadounidense y en las relaciones internacionales está siendo enorme.


¿Por qué Trump fue elegido Presidente y puede que sea reelegido de nuevo?


La respuesta a esta pregunta es, en realidad, muy fácil de entender aun cuando no es fácil que usted pueda leerla o verla en los mayores medios de información españoles. Para ello, tenemos que observar qué ha estado pasando no tanto a la derecha sino a la izquierda del abanico electoral. Hay que ver qué ha pasado en EEUU durante estos años, analizando los cambios que le han ido ocurriendo a la izquierda estadounidense, es decir, al Partido Demócrata. Históricamente, el binomio izquierda-derecha en EEUU quedaba reflejado en el conflicto entre el Partido Demócrata –que en su día se auto definía como el Partido del Pueblo (People’s Party)-, que representaba sobre todo a la clase trabajadora y a otros sectores de las clases populares, y el Partido Republicano, que representaba a las derechas, muy cercanas al mundo empresarial. En este escenario, el mayor debate político se centraba predominantemente en la distribución de las rentas (y, en menor medida, de propiedad) entre el mundo del trabajo y el mundo del capital. El dominio en la vida política estadounidense durante el período de la postguerra (1945-1978) por parte del Partido Demócrata determinó que las rentas del trabajo crecieran notablemente a costa del descenso de las rentas del capital. Las primeras alcanzaron su máximo nivel al final de tal periodo llegando a constituir el 70% en 1979 de todas las rentas. Fue cuando se habló de “la época dorada del capitalismo”. Una situación semejante ocurrió en los otros países del mundo capitalista desarrollado a los dos lados del Atlántico Norte.


La contrareforma neoliberal que comienza en los años 80: el triunfo del capital


La respuesta de los propietarios y gestores del capital, a los que solía llamárseles los miembros de la “clase capitalista”, (término que no se utiliza hoy por considerarse “anticuado”), no tardó en presentarse. Fue la revolución neoliberal liderada por el Presidente Reagan que fue, ni más ni menos, que una lucha frontal contra la clase trabajadora estadounidense. Hay que recordar que la primera intervención pública que hizo tal presidente fue precisamente la destrucción de un sindicato: el sindicato de los controladores de vuelos en los aeropuertos. El eje de estas políticas neoliberales era debilitar a los sindicatos, desregular los mercados laborales y dar plena libertada a la movilización de capitales, expandiéndose el proceso de globalización, medidas todas ellas mantenidas más tarde por los gobiernos republicanos y también por los gobiernos demócratas. Entre estos últimos, el Presidente Clinton, fundador de lo que se llamaría posteriormente la Tercera Vía (representada en Europa por Tony Blair en el Reino Unido y Gerhard Schröeder en Alemania) abandonó las políticas redistributivas, haciendo suyas las políticas neoliberales iniciadas por Reagan y Bush senior.


A partir de entonces, la dicotomía izquierda-derecha no se basó en políticas redistributivas centradas en el conflicto entre los intereses de las clases populares, por un lado, y los intereses de las élites financieras y económicas que constituirían lo que en EEUU se llama la corporate class (la clase de los que poseen y/o gestionan las grandes corporaciones del país), por el otro. En su lugar, el conflicto se centró en si incluir o no a los grupos discriminados (afroamericanos, predominantemente, y mujeres) dentro de la estructura del poder de la cual habían sido excluidos, marginados y discriminados. Las políticas de inclusión e identidad sustituyeron el conflicto capital-trabajo. El éxito de tales políticas se tradujo en un aumento muy notable de afroamericanos y mujeres en las instituciones públicas (y, en menor grado, privadas) que alcanzó su zénit con la elección de un afroamericano, Barack Obama, como presidente de EEUU (en enero de 2009) y se esperaba que se completara con la elección de una mujer, Hilary Clinton, como presidenta. Esta última, basó su campaña en movilizar predominantemente a las mujeres y a las minorías. Las políticas públicas federales del Partido Demócrata enfatizaron la identidad y la antidiscriminación, generando una considerable expansión de afroamericanos y mujeres en las estructuras de poder político del país. Pero en políticas económicas el Partido Demócrata básicamente continuó las políticas neoliberales. En realidad, el primer presidente afroamericano de EEUU siguió las mismas políticas neoliberales que había seguido Clinton, los dos Bush y Reagan. De hecho, una de las personas más entusiastas de la globalización había sido su Ministra de Asuntos Exteriores, la Sra. Clinton, proponente de los tratados de libre comercio.


Las consecuencias de tales políticas neoliberales: el deterioro del nivel de vida de la clase trabajadora


La aplicación de tales políticas neoliberales tuvo un impacto devastador en el nivel de vida de la clase trabajadora. Las rentas del trabajo descendieron pasando de un 70% (en 1979) a un 63% (en 2014). Y los grupos más afectados fueron los miembros de la clase trabajadora en los sectores industriales, que eran los mejor pagados (y en su gran mayoría personas blancas), en parte debido a que habían tenido sindicatos fuertes. Las políticas federales favorables a la globalización provocaron un desplazamiento muy marcado de las industrias a países subdesarrollados, en busca de salarios bajos. Barrios blancos, de obreros industriales, han quedado destruidos por esta movilidad. Baltimore, por ejemplo, una de las ciudades más industriales de aquel país, quedó enormemente afectada cuando los Altos Hornos del Acero (uno de los mayores centros de empleo en tal urbe) dejó la ciudad. El barrio obrero blanco más grande de Baltimore (Dandork) es hoy un barrio deteriorado en extremo. Casi el 100% del electorado en este barrio votó a Trump, lo cual es lógico, pues identificaron la gran pérdida de su nivel de vida con las políticas federales que estimularon la globalización. Es más, percibían al gobierno federal como defensor de los afroamericanos y de las mujeres (de clase alta y media alta), ignorándolos a ellos, los obreros blancos. De ahí que la gran mayoría de mujeres de clase trabajadora votara a Trump. Y no puede atribuirse este hecho a un crecimiento del racismo, pues muchos de estos barrios blancos habían votado a Obama en elecciones anteriores. En realidad, los delegados al Colegio Electoral que dieron la mayoría a Trump procedían de barrios obreros que habían votado a Obama en 2009. Este enorme descenso del nivel de vida de la clase trabajadora blanca se ha traducido en el descenso de su esperanza de vida, como consecuencia del incremento de la mortalidad causado por el crecimiento de las enfermedades típicas del deterioro social.


¿Quién canalizó este enfado?


Este enfado se dirigió hacia el establishment político mediático del Este de EEUU, basado en el gobierno federal, y muy en particular hacia el que había sido el Partido del Pueblo. La canalización de este enfado antiestablishment, (que incluyó también un rechazo al establishment republicano) benefició a la ultraderecha, liderada por Trump, un personaje de una enorme astucia política, que sabe muy bien cómo comunicarse con los sectores abandonados por tal establishment, incluyendo a la clase trabajadora blanca y las zonas rurales, muy conservadoras en el país, que jugaron un papel clave en la victoria de Trump. Lejos de ser un incompetente, Trump es extremadamente astuto en su discurso iconoclasta, grosero e insultante (en contra de lo “políticamente correcto”) y que conecta muy bien con sus bases electorales que le son sumamente leales. Y la constante crítica por parte de los medios, le beneficia, pues los mayores medios de información son también altamente impopulares.


Ahora bien, se está exagerando el rol del personaje Trump. No fue Trump el que creó el movimiento antiestablisment. Fue al revés. Este último creó a Trump. Solo Bernie Sandres, el candidato socialista, podría haber representado una alternativa progresista a Trump. En realidad, las encuestas indicaban que Sanders habría podido ganar las elecciones a Trump. Pero el aparato del Partido Demócrata destruyó a Sanders. Y la victoria de Trump era inevitable. Hoy el Partido Demócrata está en una crisis enorme y todo parece indicar que no entienden (o que no quieren entender) las causas de su derrota. Hoy el aparato de tal Partido continúa controlado por la clase media ilustrada (personas con educación superior), con conexiones con el mundo empresarial y muy en particular con el financiero, muy alejado de su base electoral tradicional.


Algo parecido está ocurriendo en Europa (y en España)


El control de los partidos de izquierda por componentes de esta nueva clase social (la clase media ilustrada), que se han distanciado claramente de sus bases de clase trabajadora, ha estado creando situaciones semejantes en Europa y en España. Barrios obreros que habían votado a las izquierdas, están votando a la ultraderecha en país tras país en Europa. Y ello es resultado de la conversión de los partidos de izquierda a las políticas neoliberales (globalización y políticas de austeridad) que han hecho un daño tremendo a sus bases populares. El surgimiento del nacionalismo, del deseo de proteccionismo, de la recuperación de la soberanía nacional y el rechazo a la austeridad, son los ingredientes que caracterizan a los movimientos de rechazo y del mal llamado “populismo antiestablishment”. Las características de este mal llamado populismo varían. Pero es interesante resaltar la importancia del nacionalismo soberanista anti-globalización (antieuropeización) que, instrumentalizado por la ultraderecha en EEUU, juega un papel clave en las políticas “populistas”. Tal nacionalismo es especialmente atractivo para la clase trabajadora que atribuye el descenso de su nivel de vida a estas políticas llevadas a cabo por aquellos que en su día ellos apoyaron. Y la mayor base social de estos movimientos son sectores muy precarizados de la clase trabajadora así como amplios sectores de las clases medias proletarizadas que están viendo sus rentas disminuir notablemente.


Los movimientos antiestablishment a lo largo de Europa están tomando también un cariz antieuropeización que es comprensible pues identifican al estalishment europeo con las políticas de austeridad y las reformas neoliberales que han dañado, claramente, su calidad de vida y bienestar. Y cada uno de los sectores más perjudicados de las clases populares en general, y de la clase trabajadora en particular, son las bases más importantes de estos movimientos.


Una excepción en esta canalización del enfado por parte de la ultraderecha ha sido España donde Podemos fue un terremoto político que barrió el panorama político español convirtiéndose más tarde, junto con Izquierda Unida, la segunda fuerza de la oposición en un período muy corto. Existe, sin embargo, una versión de ultraderecha, Ciudadanos, con claro compromiso neoliberal, que está utilizando un nacionalismo jacobino muy agresivo, que intenta apelar a la clase trabajadora utilizando una narrativa de apelación a tal clase (es uno de los pocos partidos en España que explícitamente habla y apela a la clase trabajadora) que está creciendo enormemente, sobre todo en Cataluña donde tal nacionalismo españolista uninacional se presenta como el único capaz de evitar lo que definen como “ruptura de España” frente a un establishment gobernante en Cataluña, también de derechas y también nacionalista pero de sentido contrario. De ahí el reto de que las izquierdas, además de dirigirse a las clases populares en general y a la clase trabajadora en particular, deban desarrollar una visión distinta y opuesta a la visión de las derechas españolas y catalanas, ambas uninacionales presentando en su lugar una concepción de España plurinacional. Este es el reto de las fuerzas progresistas en Cataluña y en el resto de España.

Por Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universitat Pompeu Fabra

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Martes, 05 Junio 2018 05:52

Un fascismo renovado recorre Europa

Un fascismo renovado recorre Europa

Italia, Eslovenia, República Checa, la Gran Bretaña del Brexit, Holanda, Austria, Polonia o Francia son los principales países europeos donde se fue forjando el cinturón negro de la extrema derecha racista y autoritaria.

El ex primer ministro esloveno Janez Jansa está a un paso de sumarse como una pieza más de la fortaleza populista y xenófoba que, con un éxito imparable, se fue construyendo en Europa desde que, a mediados de los años 80 del siglo XX, la extrema derecha del Frente Nacional francés empezó a acumular éxitos electorales. En aquellos años sus militantes se reunían con la cabeza rapada, exhibían sin tapujos las esvásticas y entonaban himnos públicos en homenaje al nazismo. Los de ahora andan con corbata, desalojaron las escenografías provocativas y centraron su ascenso al poder en torno al rechazo a Europa y un racismo fervoroso. Italia, Eslovenia, República Checa, la Gran Bretaña del Brexit, Holanda, Austria, Polonia o Francia son los principales países del Viejo Continente donde se fue forjando el cinturón negro de los fascismos renovados. La fase actual se inició en 2005 cuando Francia y Holanda rechazaron mediante un referéndum el tratado sobre la Constitución Europea. Desde entonces, alentado por las crisis financieras, el desempleo, la dilución del ideal europeo, el surgimiento del islamismo radical que Occidente facilitó o las reiteradas crisis migratorias, el cinturón de los populismos grises no hizo más que estirarse.


Janez Jansa, el líder del Partido Demócrata Esloveno (SDS), se impuso el domingo pasado en las elecciones legislativas eslovenas con un 25,03% de los votos. Aunque no puede gobernar sin el respaldo de otras formaciones políticas, la estrecha victoria de Jansa se fraguó con una mezcla de las narrativas del presidente norteamericano Donald Trump y eslóganes anti Europa y anti inmigración inspirados del modelo de la ultraderecha francesa y, sobre todo, con el principal ingrediente de la retórica de su maestro, el ultranacionalista primer ministro húngaro Víktor Orban, el propulsor del “iliberalismo”. Esta doctrina mencionada en los años 90 por el ensayista norteamericano Fareed Zakarya en un artículo publicado en la revista Foreign Affairs es una suerte de versión decorosa del llamado autoritarismo postdemocrático que suprime derechos democráticos, pone a la justicia al servicio del poder político, recorta las libertades individuales, amordaza a la prensa y articula su ascenso al poder a partir de un racismo de Estado. Ni democracia auténtica ni dictadura real, mezcla de ultranacionalismo con estrangulamiento de los derechos democráticos, “en las fronteras de Europa como en el seno de Europa se plasma la tentación de las democracias iliberales”, dijo hace unos meses el presidente francés Emmanuel Macron. La realidad fue más veloz de lo que muchos analistas esperaban y llegó hasta incrustarse en el corazón de la Unión Europea con el ejemplo de Italia y el pacto de gobierno entre el Movimiento 5 Estrellas y los racistas de la Liga Norte (11 millones de personas votaron por el primero (32%) y seis millones (18%) por el segundo). En su primera intervención pública en Sicilia, el nuevo ministro de Interior italiano y líder de la Liga, Matteo Salvini, invitó a los inmigrantes a prepararse “a hacer sus valijas”. Nada muy distinto a lo que ocurrió en Gran Bretaña con el Brexit, en Polonia con el dirigente Jaroslaw Kaczynski, en Hungría, Austria, Holanda o Francia. Los ascendentes líderes de estos países constituyen la línea fronteriza que pretende defender a Europa de lo que todos llaman “la invasión”.


Paradójicamente, ese grupo ha adoptado algunos perfiles retóricos que antes pertenecían exclusivamente a la izquierda. El principal consiste en presentarse como un “cinturón antisistema”. El ejemplo más importante y al que más le temen los socios europeos debido a su poderosa carga euroescéptica es el de Italia. La alianza entre el Movimiento 5 Estrellas y la Liga Norte es la primera coalición ultraderechista “antisistema” que llega al poder en uno de los países fundadores de la Unión Europea. Ambos partidos se han caracterizado por sus pactos con otras fuerzas similares en el escenario político de Europa. Los 14 eurodiputados con que cuenta el Movimiento 5 Estrellas en el Parlamento Europeo se asociaron con la formación de ultraderecha Europa de la Libertad y de la Democracia directa cuyo líder no es otro que el británico Nigel Farage, el patrón del Brexit en Gran Bretaña. Y en lo que atañe a la Liga Norte, los 5 eurodiputados de este partido formaron una alianza con el Frente Nacional de Marine Le Pen. El populismo de ultraderecha que renació en Francia se fue propagando al resto de Europa, principalmente hacia la Europa del Este donde empezó a prosperar luego de la caída del Muro de Berlín (1989). Luego avanzó por Europa del Norte hasta conquistar el corazón de Europa del Sur. Un trabajo llevado a cabo por el Centro de Investigaciones Internacionales de la Universidad de Ciencias Políticas de París identificó muchos puntos comunes a ese iliberalismo xenófobo: pueblo virtuoso contra elites corrompidas y globalizadas; sociedad abierta contra sociedad cerrada. En 2017, el húngaro Víktor Orban decía: “una nueva era está golpeando la puerta. Una nueva era del pensamiento político. La gente quiere sociedades democráticas y no sociedades abiertas”. Quiere dirigentes con perfil fuerte; con una inclinación pronunciada por la democracia directa mediante la celebración de todo tipo de referéndums; un poder sólido dentro de un Estado soberano, o sea, independiente de la Unión Europea; y la defensa de la identidad cultural ante la “invasión tóxica” de los extranjeros.


Paradójicamente, tanto en el seno del Movimiento 5 Estrellas como en la Liga Norte las líneas narrativas excluyentes de hace unos meses fueron limadas: ya no se habla como antes de un Italexit, ni del abandono del Euro, ni menos aún de salir de la Alianza Atlántica, la OTAN. Ello no impide que lo que hoy se denomina “la internacional populista” sea una realidad cada vez más tangible. El mismo el uso término de “populismo” difiere por otra parte al que hacen en América Latina los narradores mediáticos de la casta. En América Latina, las derechas liberales llaman populistas a todo lo que vas desde la socialdemocracia hacia la izquierda. En Europa no: ese término está globalmente identificado con las extremas derechas.


El politólogo francés Alain Duhamel escribió en las página del diario Libération que “Europa enfrenta la crisis más gravé de su historia. Europa se ha convertido en el campo cerrado de una batalla entre reformistas y populistas, entre partidarios y adversarios de la Unión”. Los países del Este de Europa se liberaron del comunismo para luego caer en los brazos de su enemigo histórico, los del Norte de Europa se dejaron seducir por las mismas sirenas y los del Sur niegan ahora toda la historia que los constituyó como pilares de la construcción europea. Xenofobia y autoritarismo, los demagogos son las estrellas triunfantes en la “cuna de la cultura”. Como lo señala el mismo Alain Duhamel en Libération, la historia ha dado un vuelco extraordinario: “desde los años 60 al 2000, los europeos reformistas ganaron el primer tiempo. Desde los años 2000 hasta ahora, los populistas eurófobos acumulan las victorias”. El hundimiento de la izquierda primero, de la socialdemocracia después y los derroteros de los partidos de derecha reconfiguraron a Europa. La avalancha no ha terminado. El cinturón del populismo racista y autoritario seguirá asfixiando a las democracias liberales.


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Domingo, 01 Octubre 2017 09:22

La ultraderecha gana espacio en Europa

Marine Le Pen, símbolo de la nueva generación de líderes ultra.

 

Las extremas derechas del Viejo Continente no cesan de florecer en casi todos los países de la Unión Europea. Hace tiempo que dejaron atrás una vida política en cenáculos nostálgicos y minoritarios para irrumpir en el centro del poder

 

Las luces se empañan en Europa bajo las sombras de una enredadera que trepa por la columna vertebral de la democracia. Las extremas derechas del Viejo Continente no cesan de florecer en casi todos los países de la Unión Europea. Hace tiempo que dejaron atrás una vida política congestionada en cenáculos tan nostálgicos como minoritarios para irrumpir ahora en el centro del poder. Hasta la misma Alemania, un modelo permanente de estabilidad política e insospechable de cualquier tentación nacional populista, sucumbió a la hola marrón que empezó a gestarse con fuerza en Francia a partir de los años 80 del siglo pasado con el verbo encendido del fundador del partido de ultra derecha Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen. El nacional populismo se come irresistiblemente las democracias de Occidente. El último país en entrar en la lista es Portugal. Las elecciones municipales contaron con un invitado sorpresa que repite la narrativa de los demás países de la Unión Europea: sea los nacionalistas, para quienes el mundo es una amenaza tóxica, o los racistas, para quienes los extranjeros o las minorías son un elemento corruptor de la esencial nacional. Con la cercana perspectiva de las elecciones municipales portuguesas, André Ventura, candidato del conservador Partido Social Demócrata (PSD) arremetió contra los gitanos, a quienes califica como “una minoría privilegiada” que “vive casi exclusivamente de los subsidios del Estado”.

Identidad y nacionalismo han forjado la fuerza electoral de las extremas derechas europeas. Jean-Yves Camus, el especialista de esta corriente política y autor del libro “Extremas derechas en Europa” junto a Nicolas Lebourg (Seuil, 2015), comenta que “hasta hace unos 30 o 40 años la ultraderecha era bastante marginal, pero ahora está en condiciones de disputarle el liderazgo a la derecha tradicional. En la mayoría de los casos, los ultras desempeñan un papel de lobby mediante el cual ejercen una gran presión sobre la agenda política y logran imponer sus temas típicos como la inmigración y la identidad”. Jean Faniel, director, en Bélgica, del Centro de Investigaciones e información socio-políticas (CRISP), agrega: “hoy, la extrema derecha adoptó nuevas formas y discursos: lo que más anhela es volverse frecuentable”. De Finlandia (PVF) a Francia (FN), pasando por Bulgaria (Ataka), Hungría (Jobbik), Dinamarca (DF), Grecia (Alba Dorada), Bélgica (Vlaams Belang), Gran Bretaña (UKIP), Italia (Liga del Norte, Forza Nuova), Alemania (AfD), Holanda (PVV) o Austria (FPÖ), casi ninguna sociedad europea está a salvo del nacionalismo, o lo que se ha dado en llamar “el identitarismo”, dos postulados que, según el presidente francés Emmanuel Macron, “encendieron las brazas donde Europa estuvo a punto de morir” y que “ahora regresan “con nuevas vestimentas”. ¿Cómo explicar este auge continental ?. Jean-Yves Camus observa que, “globalmente, la ultraderecha próspera cuando hay tres crisis que se despliegan simultáneamente: una crisis de representatividad, es decir del funcionamiento de las instituciones; una crisis de la redistribución, o sea, un cuestionamiento del carácter equitable de los impuestos; y una crisis de la identidad”. Estos tres detonantes, en mayor o menor medida, se han plasmado en Europa. Si estos tres ejes han sido el combustible del volcán junto a la exaltación común de la comunidad nacional (“los franceses primero”), el desprecio a los extranjeros, el ataque contra las elites o la globalización, no todas las ultraderechas son un bloque. Como se ha visto en Francia y Alemania con la ruptura entre “nacionalistas” y fanáticos de la identidad, esta propuesta política está constituida por dos raíces antagónicas: una tradicionalista, con rasgos antisemitas y descendiente del más típico fascismo (Alba Dorada en Grecia por ejemplo), y otra que reformuló su narrativa a partir del año 2000 (Frente Nacional en Francia) con la meta de sacarse la etiqueta de “diablo de la democracia”. Esa transformación condujo a la emergencia del llamado “neopopulismo” que, en la interna, derrotó a los ultras tradicionalistas. Esa fue precisamente la pelea pública entre Jean-Marie Le Pen y su hija, Marine Le Pen. Ese neopopulismo tapó los rasgos históricos de la extrema derecha, diluyó el antisemitismo en la fobia del islam, se presentó como el defensor del pueblo contra las elites globalizadas, como el abanderado de la soberanía y un vigoroso espadín opuesto a las sociedades multiculturales, partidario de la defensa de las fronteras y contra “el totalitarismo islámico” (Marine Le Pen). A esas características, cada partido le agrega sus ingredientes locales.

Los analistas europeos sitúan muy precisamente en el tiempo el empuje de la extrema derecha en el Viejo Continente: 2001. El atentado contra las torres gemelas, la designación de un “eje del mal” (Georges Bush) y la cruzada contra el islamismo radical le dieron a los ultras la oportunidad de reciclar sus retóricas. El modelo es siempre en Frente Nacional francés. Si se toma su evolución a partir del 2001, su ascenso ha sido imparable: pasó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en 2002 (Jacques Chirac contra Jean-Marie Le Pen), se convirtió en 2014 en el “primer partido de Francia” y en 2017 la hija de Le Pen disputó nuevamente la segunda vuelta de una elección presidencial, esta vez ante el actual jefe del Estado, Emmanuel Macron, y en las legislativas de junio aumentó de dos a 8 el número de diputados. Consulta presidencial, europea, municipal, regional o legislativa, los resultados han ido en constante crecimiento, incluso si la derrota de Marine Le Pen en la presidencial avivó la guerra interna entre “tradicionalistas” y “neopopulistas”. Junto al Partido austriaco de la libertad (FPÖ) el Frente Nacional es el partido más sólido y, sobre todo, el más persistente y arraigado. El FN y el FPÖ se sitúan desde hace 15 años en un abanico que va del 15% al 35% de los votos emitidos. El FPÖ pudo en Austria lo que no pudo el FN en Francia pese a su potencia electoral: formar parte de una coalición de gobierno (1999). En Holanda, por ejemplo, el líder Pym Fortuyn hizo del islam y de la oposición entre el pueblo y las elites su piedra angular. Su asesinato, en 2002, por un activista de extrema izquierda llevó sus listas electorales hasta el 17% de los votos en 2003. Aunque arraigada, la extrema derecha holandesa atravesó períodos de montaña rusa. Con una temática similar a la de Fortuyn, el Partido por la libertad (PVV) de Geert Wilders (creado en 2006) superó el 10% en cada elección. En 2010, con 15% de los votos, se convirtió en la tercera fuerza política del país y formó al arco parlamentario que respaldó al gobierno minoritario de Mark Rutte. Desde entonces, Geert Wilders no volvió a reiterar la hazaña. En Gran Bretaña, hasta la llegada del Ukip, los extremistas del National Front o del British national party nunca habían encontrado eco en la sociedad. Paradojas de la historia política, el UKIP llegó al 12% en las elecciones legislativas y luego fue tragado por la victoria del Brexit, del cual fue el principal promotor. La clave del éxito de la euro extrema derecha ha sido siempre “la mudanza retórica”. En Suecia, por ejemplo, el Partido de los demócratas suecos (SD), cercano a los neonazis, se contentó con el 1% de los votos hasta que, en 2006, se inició el “lavado” del edificio extremista. Con nuevo logo y retorica reorientada hacia la defensa de los derechos sociales y la impugnación del liberalismo, en las legislativas de 2014, Jimmie Akesson elevó el SD al 13% y a la categoría de tercer partido de Suecia.

El expansionismo de la extrema derecha y sus narrativas variadas (xenófoba, soberanista, nacionalista, defensora de los derechos sociales, abanderada del pueblo, adversaria de la globalización o de la idea multicultural) llegó ahora a la hermética Alemania. El ascenso fue paulatino. En las elecciones europeas de 2014, con el 1% de los sufragios, los extremistas del Partido Nacional demócrata (NPD) ingresaron al Parlamento europeo. Los ricos al Oeste, los pobres al Este; con esa configuración socioeconómica que dividió a las dos alemanias unificadas luego de la caída del muro de Berlín (1989) la extrema derecha tejió sus arraigos a la par de los movimientos anti islam como el Pegida (Patriotas europeos contra la islamización de Occidente, 2014, 2015). El neonazismo del NPD y el anti islamismo de Pegida se diluyeron en 2013 en el ahora victorioso AfD (13% y 90 diputados en las ultimas elecciones de 2017). En la consulta europea de 2014 alcanzó el 7% gracias a su posición contra el euro y en defensa de las clases medias bajas. El AfD se radicalizó luego y adoptó el discurso de la identidad a partir de la crisis migratoria de 2015-2016 impulsado por su hoy renunciante líder Frauke Petry. Como el FN en Francia, el AfD se fracturó entre la línea dura de Petry y las opciones aún más radicales de Alice Weidel y Alexandre Gauland. El mapa de la extrema derecha europea es complejo, pero cada vez más extenso y marrón, tanto en el centro histórico, Francia, Italia, Alemania, como en las repúblicas del Este de Europa que antes pertenecían a la cinturón de seguridad de Moscú. Todas han prosperado bajo los mismos cantos anestesiantes: la inmigración contaminante, el Islam, las elites que abusan del pueblo y la globalización, que sólo beneficia a un puñado de privilegiados.

 

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Viernes, 08 Septiembre 2017 12:58

Una montaña de aserrín

Una montaña de aserrín

 

Las dos primas hermanas que han logrado huir ocultas en una carreta del gueto de Varsovia, donde han quedado sus padres, corren a esconderse en el entrepiso del desván de la casa del poblado de Milanowek apenas les dan aviso de que la Gestapo está a las puertas, tras la denuncia de una vecina de que allí viven clandestinas unas niñas judías.

La dueña de la casa, tal como ha sido planeado, las hace entrar en el entrepiso del desván que queda encima de la sala, coloca de nuevo las tablas del entarimado, y luego hace uso de una pala para echar encima una pila de aserrín.

Desde su estrecho refugio, acostadas boca abajo en la más absoluta oscuridad, con los brazos estirados encima de la cabeza, el aire escaso, pueden escuchar las voces violentas y amenazantes de los hombres que las buscan, sus pasos, los ruidos que provocan al revolverlo todo. La más pequeña termina por dormirse, y luego se orina, con lo que la mancha de humedad se comienza a extender por el cielo raso. Si uno de ellos miraba hacia arriba, todo habría terminado.

El registro de la casa duró horas, y los nazis insistían en interrogar una y otra vez a la dueña de casa y a su hijo, que había llegado ya de la escuela. Ambos seguían negando con vehemencia. Nadie más que ellos, y el padre, un arquitecto que se hallaba en el trabajo, vivían allí. En un momento los policías encontraron la escalerilla que llevaba al desván, subieron, revisaron, voltearon los trastos viejos que había allí acumulados, pero se desatendieron de aquella pequeña montaña de aserrín. La mayor de las niñas escuchaba ahora los pasos muy cerca de ella, mientras la primita seguía durmiendo.

Tardaron en irse, y al final anunciaron que volverían al día siguiente, ahora con perros. La señora temía sacarlas del encierro, no fueran a regresar de improviso. Hasta que el arquitecto retornó, horas después, la pareja subió a ver si no es que habían muerto asfixiadas. Estaban vivas, y al día siguiente tendrían que ser llevadas a otra casa, otro refugio más en aquel angustioso periplo que duraría hasta el final de la guerra.

No se trata de la escena de una película sobre la persecución de los judíos por la Gestapo, de las que se han filmado tantas. Lo que he relatado antes es parte de las memorias de Sarita Giberstein, contadas a su hija Yanina, y que se han publicado recientemente en un libro que se llama precisamente Una montaña de aserrín. La mayor de las dos niñas encerradas en el entrepiso es ella. La otra es su prima Shifra.

Sarita nació en San José en 1934, hija de un matrimonio de judíos polacos formado por León Giberstein y Dora Kukielka, quienes emigraron a Costa Rica en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Se establecieron luego en Puerto Limón en la costa del Caribe, a cargo de administrar una tienda, pero el negocio no iba bien, y Dora, que venía de una familia rica, atraída por las cartas de sus hermanas donde le contaban de sus paseos a esquiar a la montaña de Zakopane y de sus veranos en Otwock, convenció al marido de regresar. Estaba embarazada y la segunda hija, Rosita, nació en el barco de bandera francesa antes de que atracara en el Havre.

En 1937 estaban ya instalados en Varsovia, llenos de ilusiones y grandes esperanzas. Se respiraba un perturbador aire antisemita, más denso ahora, aunque siempre había estado presente en sus vidas. Y en septiembre de 1939 comenzó el infierno. Sarita, que tenía entonces cinco años, recuerda los bombardeos de la aviación nazi. Un mes después, vencida la resistencia, las tropas de Hitler entraron marchando triunfalmente. Luego vendría el gueto, adonde ella y todos sus familiares fueron reconcentrados. Era la estación intermedia hacia los campos de concentración y las cámaras de gas.

Conocí a Sarita, casada con el escritor Samuel Rovinski, ambos amigos entrañables, durante los largos años que vivimos en Costa Rica, y al principio de nuestra amistad nunca imaginé que detrás de aquella mujer bella, alegre, talentosa y segura de sí misma, de cordialidad imperturbable, hubiera una historia como esta. Cuando lo supe, y quise indagar, respondía a mis preguntas a retazos, con reticencia, como si careciera de importancia, o, a lo mejor, porque esos recuerdos le dolían demasiado. Era nada menos que una sobreviviente del horror.

Y ahora, por fin, en Una montaña de aserrín nos cuenta su historia de reclusa y de fugitiva en cada momento al borde de la muerte, con humildad y sin ninguna clase de alardes de heroísmo, con esa virtud de narrar lo extraordinario como ordinario, que es lo que hace la verdadera literatura. Y el diálogo entre madre e hija es lo que deja correr el relato por su cauce, un río de aguas estremecidas, y estremecedoras, que pasa frente a nuestros ojos.

Es una historia antigua, de hace 80 años, pero por desgracia no enterrada. Los neonazis, o simplemente nazis de nuestros tiempos, a quienes tendemos a ver como esperpentos de carnaval, disfrazados con sus botas altas, uniformes grises y cruces gamadas, o los encapuchados del Ku Klux Klan, que forman otra comparsa del mismo carnaval, andan hoy por el mundo proclamando la supremacía blanca y pregonando su cruzada purificadora no sólo contra los judíos, sino también contra los negros, los latinos, los emigrantes del cercano oriente. Contra todos los que son diferentes. Los otros.

El fanático supremacista blanco que se lanzó con su auto contra la multitud en Charlottesville no se diferencia en nada del otro fanático yihadista que arrolló a otra multitud en la Rambla de Barcelona. Es el mismo odio transformado en arma letal. El mismo odio que llevó a Sarita y a Shifra, aquellas dos niñas perseguidas por el espanto de la muerte, a esconderse debajo de una montaña de aserrín.


Masatepe, septiembre de 2017


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Martes, 16 Mayo 2017 07:24

Lecciones de los antiglobalización

Lecciones de los antiglobalización

 

La victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales francesas ha generado un suspiro de alivio en el mundo. Por lo menos Europa no se dirige por el camino proteccionista que el presidente Donald Trump obliga a tomar a Estados Unidos. Sin embargo, los defensores de la globalización aún no deben descorchar el champán: los proteccionistas y los defensores de la “democracia iliberal” están en aumento en muchos otros países. Y el hecho de que alguien que es un fanático declarado y mentiroso consuetudinario hubiese podido conseguir la cantidad de votos que Trump obtuvo en Estados Unidos, y que alguien de la extrema derecha como Marine Le Pen haya disputado la segunda vuelta con Macron el pasado 7 de mayo, debería causar profunda preocupación.

Algunos asumen que una gestión deficiente de Trump y su evidente incompetencia deberían ser suficientes para mitigar el entusiasmo por panaceas populistas en el resto del planeta. Asimismo, se puede decir casi con certeza que los electores estadounidenses del cinturón de óxido que apoyaron a Trump estarán en peor situación dentro de cuatro años, y que los votantes racionales con seguridad entenderán dicha situación.

Pero sería un error llegar a la conclusión de que el malestar con la economía global —al menos con la forma como la economía global trata a grandes cantidades de los que forman parte de (o anteriormente formaban parte de) la clase media— ha llegado a su punto máximo. Si las democracias liberales desarrolladas mantienen políticas de statu quo, los trabajadores desplazados continuarán siendo marginados. Muchos de ellos sentirán que al menos Trump, Le Pen y sus semejantes aseveran sentir el dolor de dichos trabajadores. La idea de que los votantes vayan a volcarse en contra del proteccionismo y el populismo por su propia voluntad puede ser nada más que una vana ilusión cosmopolita.

Los defensores de las economías liberales de mercado deben entender que muchas reformas y avances tecnológicos pueden dejar a algunos grupos —posiblemente a grupos numerosos— en peor situación. Según los principios rectores, estos cambios aumentan la eficiencia económica, permitiendo a los ganadores compensar a los perdedores. Sin embargo, si los perdedores continúan en peor situación, ¿por qué deberían ellos apoyar la globalización y las políticas a favor del mercado? De hecho, va a favor de sus propios intereses girar su apoyo hacia políticos que se oponen a esos cambios.

Por lo tanto, la lección debe ser obvia: en ausencia de políticas progresistas, incluyendo la carencia de sólidos programas de bienestar social, reeducación laboral y otras formas de asistencia a personas individuales y comunidades relegadas por la globalización, los políticos al estilo de Trump pueden convertirse en una presencia permanente dentro del paisaje.

Los costos impuestos por estos políticos son altos para todos nosotros, incluso si no logran alcanzar plenamente sus ambiciones proteccionistas y nativistas. Esto ocurre debido a que estos políticos se aprovechan del miedo, exacerban el fanatismo y prosperan dentro de un peligroso enfoque polarizado de nosotros contra ellos. Trump ha lanzado sus ataques vía Twitter contra México, China, Alemania, Canadá —y muchos otros— y con seguridad la lista crecerá a medida que Trump esté más tiempo en el cargo. Le Pen ha apuntado sus ataques hacia los musulmanes, pero sus comentarios recientes que niegan la responsabilidad francesa con respecto a acorralar a judíos durante la Segunda Guerra Mundial revelan su persistente antisemitismo.

El resultado de todo esto podría ser rupturas nacionales profundas, y tal vez irreparables. En Estados Unidos, Trump ya ha disminuido el respeto que se tiene por la presidencia y lo más probable es que él al irse deje atrás un país aún más dividido.

No debemos olvidar que antes de los albores de la Ilustración, que acogió a la ciencia y la libertad, los ingresos y los estándares de vida estuvieron estancados durante siglos. Sin embargo, Trump, Le Pen y los otros populistas representan la antítesis de los valores de la Ilustración. Sin ruborizarse, Trump cita “hechos alternativos”, niega el método científico y propone masivos recortes presupuestarios que afecten a la investigación realizada con fondos públicos, incluyendo aquella relativa al cambio climático, que Trump cree que es un engaño.

El proteccionismo defendido por Trump, Le Pen y otros plantea una amenaza similar a la economía mundial. Durante tres cuartas partes de un siglo se ha intentado crear un orden económico mundial basado en reglas, en el que los bienes, servicios, personas e ideas pudiesen moverse más libremente a través de las fronteras. Ante el aplauso de sus compañeros populistas, Trump ha lanzado una granada de mano a esa estructura.

Ante la insistencia de Trump y sus acólitos relativa a que las fronteras realmente revisten importancia, las empresas pensarán dos veces el momento de construir sus cadenas de suministro globales. La incertidumbre resultante desalentará las inversiones, sobre todo las inversiones transfronterizas, lo que disminuirá el impulso para un sistema global basado en reglas. Al tener menos inversiones en el sistema, los defensores de dicho sistema tendrán menos incentivos para impulsarlo.

Esto será problemático para el mundo entero. Nos guste o no, la humanidad permanecerá conectada globalmente, enfrentando problemas comunes como el cambio climático y la amenaza del terrorismo. Se debe reforzar, no debilitar, la capacidad y los incentivos para trabajar cooperativamente con el propósito de resolver estos problemas.

La lección que todo esto nos deja es algo que los países escandinavos aprendieron hace mucho tiempo. Los países pequeños de la región comprendieron que la apertura era la clave del rápido crecimiento económico y la prosperidad. No obstante, si iban a permanecer abiertos y democráticos, sus ciudadanos tenían que estar convencidos de que no se debía relegar a segmentos importantes de la sociedad.

Por consiguiente, el Estado de bienestar se convirtió en parte integral del éxito de los países escandinavos. Ellos comprendieron que la única prosperidad sostenible es la prosperidad compartida. Esta es una lección que ahora deben aprender Estados Unidos y el resto de Europa.

 

JOSEPH E. STIGLITZ, PREMIO NOBEL DE ECONOMÍA, ES PROFESOR UNIVERSITARIO DE LA UNIVERSIDAD DE COLUMBIA Y ECONOMISTA EN JEFE DE LA INSTITUCIÓN ROOSEVELT. SU LIBRO MÁS RECIENTE ES ‘THE EURO: HOW A COMMON CURRENCY THREATENS THE FUTURE OF EUROPE’.

 

© PROJECT SYNDICATE, 2017.

 

WWW.PROJECT-SYNDICATE.ORG

 

 

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Jeanette Vizguerra

 

Como tantos millones de inmigrantes, Arturo Hernández García llegó a Estados Unidos en busca de forjar una vida mejor para su familia. Es uno de los más de once millones de inmigrantes indocumentados sin los cuales la economía estadounidense se paralizaría. Sin embargo, estos trabajadores se ven obligados a vivir entre las sombras, bajo peligro de arresto, detención y deportación. En 2015, Arturo vivió nueve meses refugiado en una iglesia de la Primera Sociedad Unitaria de Denver. En aquel entonces, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas ( ICE , por su sigla en inglés) le notificó que no se lo consideraba “prioridad para expulsión” de Estados Unidos y que se iba a ejercer “discreción procesal”, permitiéndole seguir con su vida. Todo eso terminó el miércoles pasado. Mientras cargaba materiales para su trabajo como colocador de azulejos, Arturo fue arrestado por el ICE y puesto bajo detención. Los agentes del ICE le dijeron a uno de sus defensores que la carta que había recibido del gobierno de Obama no contaba, ya que no había más “prioridades”. Todas las personas indocumentadas serán perseguidas por igual, aparentemente.

Jeanette Vizguerra se encuentra actualmente refugiada en la misma iglesia donde Arturo halló protección en 2015. Ella acudió a la iglesia poco después de la asunción de Donald Trump, y permanece allí adentro. Jeanette está en Estados Unidos desde hace más de 20 años, donde ha trabajado como conserje, además de desempeñarse como dirigente sindical. Su decisión de refugiarse se produjo cuando el flamante gobierno de Trump comenzó a amenazar con recortar los fondos federales de las “ciudades refugio”.

Esta trabajadora, madre de cuatro hijos, habla elocuentemente y sin reservas sobre la situación de los indocumentados en Estados Unidos y confronta abiertamente con las declaraciones intolerantes de Donald Trump en contra de ellos. Jeanette muestra con orgullo sus declaraciones de impuestos del año 2016 y desafía al presidente Trump a hacer lo propio. Jeanette se sorprendió al enterarse la semana pasada de que había sido nombrada por la revista Time como una de las cien personas más influyentes de 2017. Como no podía viajar a la gala de premios en la ciudad de Nueva York, fue homenajeada el martes por la noche en el interior de la iglesia de Denver. A la mañana siguiente, Arturo Hernandez Garcia fue detenido por el ICE .

Si bien la amenaza de deportación le impidió a Jeanette hablar en la ceremonia de Nueva York, el músico John Legend estuvo allí y ofreció su opinión de Donald Trump: “Es abiertamente incompetente, no es curioso, no es bueno para legislar y para nada de lo que requiere su puesto. No tiene profundidad en ningún tema. Y también está usando su cargo de presidente para hacer dinero para sí mismo con sus negocios, por lo que es un corrupto. No puedo decir nada bueno de este hombre. Creo que es una de las peores personas con las que me he topado en la vida pública”.

Las palabras fuertes de figuras públicas como Legend atraen la atención de los medios y pueden volverse virales. Sin embargo, la resistencia a las políticas del gobierno de Trump solo tendrá peso con el respaldo de la organización popular. El movimiento por los derechos de los inmigrantes, organizado por algunas de las personas más vulnerables de nuestra sociedad, saldrá a las calles el 1º de mayo.

El 1º de mayo es históricamente un día de resistencia. Si el pasado sirve de pronóstico, millones de personas en Estados Unidos van a marchar en defensa de los derechos de los inmigrantes, y en oposición a las políticas contra inmigrantes y refugiados del presidente Donald Trump, cada vez más severas. El 1º de mayo, los inmigrantes, sus familias y quienes los apoyan se van a organizar, van a marchar y resistir.

Donald Trump lanzó su campaña presidencial hace casi dos años con un ataque verbal contra los mexicanos: “Traen drogas. Traen delincuencia. Son violadores”. Trump se comprometió a construir un muro a lo largo de la frontera sur entre Estados Unidos y México. Revirtió la decisión del presidente Barack Obama de dejar de usar cárceles privadas con fines de lucro para la detención de inmigrantes y ahora ha comenzado a deportar a los beneficiarios del programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia –jóvenes inmigrantes indocumentados que ingresaron a Estados Unidos de pequeños–, quienes habían entregado sus nombres y direcciones al gobierno federal de Obama con el fin de obtener un cierto grado de protección bajo este programa conocido como DACA .

Visitamos a Arturo Hernández cuando estaba refugiado, en febrero de 2015. Este hombre de voz suave nos dijo: “Vinimos aquí, a Estados Unidos, para trabajar y por el futuro de la familia. No somos criminales. No es verdad lo que la gente y el gobierno dicen en televisión. Vine, como dije, solo a trabajar y conseguir un mejor futuro para mis hijos. Y estoy contribuyendo al país. Trabajamos y pagamos impuestos. Todo lo que hago, lo hago por mi familia”.

La prohibición contra el ingreso de inmigrantes de Donald Trump fue suspendida por varios jueces, tal como su intento de retirarles fondos a las llamadas “ciudades refugio”. Trump dispara tuits furiosos contra todo aquel que se oponga a sus políticas. Quienes luchan por un refugio seguro en Estados Unidos, por un lugar para vivir, estudiar y trabajar dignamente, libres del temor a ser capturados en la calle por el ICE , oponen resistencia a sus tuits y se congregan en las calles. Constituyen una fuerza más poderosa. Se organizan para luchar por un cambio social.

 


 

© 2017 Amy Goodman

Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

 

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