Martes, 17 Noviembre 2015 08:48

Del Renacimiento a nuestros días

Escrito por Carlos Eduardo Maldonado
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Del Renacimiento a nuestros días

Durante el Quattrocento, el humanista era alguien entrado en edad, con alguna madurez, pues al fin y al cabo el renacer implicaba un trabajo de estudio y cultura. Por el contrario, el modelo del innovador en el mundo actual es el joven, o al adulto joven.

 

Un enorme contraste se produce en la clase de seres humanos que existían en el Quattrocento y los que encontramos alrededor nuestro, como resultado de la cultura, de la educación, de las principales instituciones y organizaciones, en fin, del aire mismo de los tiempos.


A los intelectuales, comerciantes, académicos, científicos, matemáticos, hombres de empresa y demás, durante el Renacimiento se les exigía una cosa: un saber retornar a la antigüedad como motivo de inspiración y alimento para retomar energías y aire para poder avanzar hacia delante en el tiempo. En eso, grosso modo, consistía el humanismo.


El humanismo renacentista es culto y consiste exactamente en el retorno a la Grecia antigua y a Roma, y muy especialmente, a sus letras, como un motivo de nutrición, sentido y aliento para encontrar el sentido de los nuevos tiempos, entonces. Independientemente del trabajo o la "disciplina" de la época, los humanistas eran hombres letrados, y no en última instancia ello implicaba el conocimiento de varios idiomas y encontrar en la literatura, la poesía y las artes el basamento de los saberes, los discursos y las acciones que permitían comprender el mundo de entonces y avanzar a través suyo.


Luego de la muerte de la Edad Media —una Edad que, al decir de U. Eco, quiere reencarnarse con muchos argumentos en nuestros días (Cfr. Eco: "La Edad Media ya ha comenzado", en La Nueva Edad Media, 1997)—, una vez que los teólogos han matado a Dios y que los seres humanos se encuentran, por tanto, como el punto cero en un eje cartesiano de referencias, renacer es posible con base en las letras que la antigüedad proyecta hasta nuestros días. Ser humanistas no es, simple y llanamente dicho, otra cosa que una actitud de interdisciplinariedad y mucho sentido de las letras. La consecuencia antropocéntrica, antropomórfica y antropológica del humanismo renacentista es sólo eso: una derivación, pero no necesariamente el rasgo más importante.


En nuestros días, en los comienzos del siglo XXI, otra cosa perfectamente distinta sucede en la cultura y en las atmósferas que respiran los seres humanos. No hay prácticamente ningún ámbito de la existencia o la praxis humana en la que a los individuos —independientemente de si forman parte del mundo de la empresa, de las artes, de la ciencia, la academia o la esfera pública, por ejemplo—, en el que no se les haga una exigencia expresa.
Una exigencia que tiene numerosos matices, pero que se condensa en un motto, a saber: ser contemporáneo implica innovar. La innovación —así, por ejemplo, el emprendimiento, o el corrimiento de la frontera de las ciencias, saberes y disciplinas, la producción de patentes, el rompimiento de marcas y puntajes a nivel deportivo—, es el carácter de nuestros tiempos.


A unos se les impone romper records, publicar en revistas 1A, ser creativos, imaginativos y emprendedores —incluso se distingue entre emprendimiento empresarial y el social, pongamos por caso—, quebrar marcas y alcanzar topes cada vez más elevados. Siempre hay un Everest nuevo y distinto que alcanzar, y el valor de nuestra vida se define por los esfuerzos por alcanzarlo y superarlo. Así sucede en los deportes y en la academia, en las ciencias y en las artes, en la empresa y en el sector oficial.


Un nuevo libro, una nueva exposición, un precio más elevado por una obra, y múltiples otras expresiones que conducen, todas, al valor supremo de los tiempos que corren y de la atmósfera que respiramos: ser innovadores y creativos.


Ahora bien, para serlo, no necesariamente hay que ser cultos y educados: basta con arrojo y decisión. No en vano la teoría de juegos y la teoría de la decisión racional —componentes nucleares de la economía— se erigen como pilares imposibles de desconocer en las mediciones de valor, coraje, esfuerzo y productividad del mundo actual. Un innovador no es, contrario a lo que acontecía en el Renacimiento, una persona culta o educada; basta con que tenga "emprendimiento" y que cultive el arrojo y el coraje en los actos.


Durante el Quattrocento, guardadas determinadas características demográficas, el humanista era alguien entrado en edad, con alguna madurez, pues al fin y al cabo el renacer implicaba un trabajo de estudio y cultura. Por el contrario, el modelo del innovador en el mundo actual es el joven, o al adulto joven, quien es capaz de alcanzar rápidamente, se dice, metas, records y niveles de productividad vertiginosos que pueden convertirse en referentes y parangones. Difícilmente en los trabajos y estudios sobre emprendimiento se resalta al adulto mayor. Es como si la evolución jalonara desde la juventud las responsabilidades selectivas de la sociedad y la humanidad. Una idea que no tiene necesariamente nada negativo per se.


No puede haber, en nuestros días, un escritor, un académico, un intelectual, un científico, un deportista o un hombre o mujer de empresa, por ejemplo, cuyos valores más excelsos no sean los de la innovación y la creatividad —en el sentido amplio, pero fuerte de la palabra—. Quienes no entren en este esquema serían sencillamente "gente normal".


Los finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI han hecho una apuesta fuerte: innovación y creatividad, arrojo y decisión, índices, indicadores y productividad. ¿Qué resultará de esta apuesta? A priori nadie podía anticipar, durante el Quattrocento, lo que habría de resultar de la actitud humanista. Análogamente, podemos pensar lo que pueda acontecer de la atmósfera de los tiempos que respiramos; pero a ciencia cierta nadie puede conocerlo aún. Hay individuos, grupos y sociedades que hacen apuestas de alguna forma. Ninguna otra época en la historia de la humanidad había apostado tan fuerte por la innovación y demás. Así nos nutrimos y de ello estamos viviendo.

Información adicional

  • Autor:Carlos Eduardo Maldonado
  • Fuente:Palmiguía
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