Viernes, 30 Abril 2021 05:52

Kazuo Ishiguro: "El siguiente Premio Nobel puede ser para una inteligencia artificial"

Escrito por Dirk Van Verseendal
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La nueva novela de Ishiguro se adentra en el mundo de la técnica CRISPR, que permite alterar el código genético a voluntad. Para el autor, abre una peligrosa vía a la mejora de la especie humana. «Debemos despertar», dice.La nueva novela de Ishiguro se adentra en el mundo de la técnica CRISPR, que permite alterar el código genético a voluntad. Para el autor, abre una peligrosa vía a la mejora de la especie humana. «Debemos despertar», dice.

El poder de los robots, la manipulación genética, algoritmos que generan sentimientos… El Premio Nobel de Literatura Kazuo Ishiguro describe en su nueva novela un futuro perturbador. Pero sobre todo indaga sobre una constante de su obra: qué nos hace humanos. Hablamos con él.

Cuando se le concedió el Premio Nobel de Literatura de 2017 a Kazuo Ishiguro, apenas hubo voces discrepantes, algo bastante excepcional. A pesar de contar con una obra relativamente exigua, no había duda de que el por entonces escritor de 63 años se merecía el principal galardón del mundo literario. Su libro más conocido, Los restos del día (1989), es la historia de un mayordomo en la Inglaterra de los años inmediatamente anteriores y posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, su obra más destacada es Nunca me abandones (2005), donde tres niños clones crecen en un internado para ser usados como fuente de repuestos humanos.

En Klara y el Sol (Anagrama), Ishiguro vuelve a reflexionar sobre lo que nos puede aguardar en un futuro no muy lejano y su posible significado moral y ético. Su primera novela desde la concesión del Nobel se desarrolla en un mundo de grandes avances científicos y enormes desigualdades sociales. La protagonista y voz narradora, Klara, es una inteligencia artificial, un robot au pair que tiene como tarea cuidar a un adolescente llamado Josie.

XLSemanal. Su novela está ambientada en un futuro en el que la mayoría de los niños han sido optimizados genéticamente. ¿’Elevaría’ usted a su hija, como llama usted en el libro a esa mejora?

Kazuo Ishiguro. En el mundo que describo hay una enorme presión sobre los padres para que mejoren a sus hijos, para que los hagan más inteligentes y más sanos. Llegados a este punto, creo que es obligatorio hablar sobre la CRISPR/Cas.

… Abreviatura de una técnica que permite eliminar o intercambiar fragmentos del código genético a voluntad y con total precisión. También se la conoce como ‘tijeras genéticas’.

K.I. Es una tecnología que puede proteger a nuestros hijos de enfermedades hereditarias graves, así como de otras como el sida o el cáncer. Y no es descabellado pensar que algún día la usemos también para optimizarlos intelectualmente. Me sorprende que no haya mucha más gente hablando sobre este tema. Deberíamos decidir si realmente queremos usar este método y de qué manera queremos hacerlo

Las descubridoras de la técnica CRISPR/Cas, Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier, ganaron el Premio Nobel el año pasado.

K.I. Y las dos llevan mucho tiempo pidiendo de forma clara y rotunda que se desarrolle una normativa internacional y se adopte una moratoria en todo el mundo para evitar que se emplee en la genética humana. Sin embargo, este tipo de cuestiones solo aparecen en publicaciones especializadas. Por desgracia, no hay un debate público.

¿Cree que la técnica CRISPR/Cas cambiará nuestro mundo radicalmente…?

K.I. Sí. En las democracias liberales vivimos con la idea de que todos los seres humanos son iguales. Pero ¿qué ocurriría si pudiéramos hacer que unos seres humanos fuesen mejores que otros? A diferencia de lo que ocurre en los sistemas de castas o en el apartheid, aquí partimos de la meritocracia, todos los que alcanzan algún logro reciben una recompensa por ello. Sin embargo, la meritocracia puede ser cruel si creamos una clase de personas más inteligentes, útiles y sanas que las demás. El sistema dejaría de funcionar.

En 2018, el investigador chino He Jiankui saltó a los titulares por usar la técnica CRISPR en embriones humanos.

K.I. Anunció que había modificado el ADN de una pareja de gemelas para que quedaran protegidas de contagiarse con el VIH de su padre. A grandes rasgos abrió el camino hacia un futuro en el que seremos capaces de vencer un buen número de enfermedades. He Jiankui pensaba que se haría famoso, que ganaría el Nobel. Estaba orgulloso de su logro, pero acabó en arresto domiciliario y luego condenado a tres años de cárcel por prácticas médicas ilegales, por emplear de forma precipitada técnicas de ingeniería genética en la medicina humana. Su caso prueba la confusión que reina en la sociedad.

Buena parte de la investigación en estos campos se está desarrollando en California. ¿Cree que en Silicon Valley hay preocupación por los riesgos que implican estas técnicas?

K.I. No conozco personalmente a ningún empresario de Silicon Valley, pero sospecho que la gran mayoría prefiere mantener sus trabajos en secreto. Lo que no quieren para nada es ni regulaciones ni supervisión estatal; de hecho, algunos de ellos pretenden establecer sus sedes en altamar, es decir, fuera de todo control y de toda jurisdicción. Me parece algo muy inquietante.

En su novela describe un mundo en el que los robots son tan habituales como las cafeteras eléctricas. A los jóvenes se les adjudica un amigo artificial como compañero. Estos acompañantes son seres inteligentes que incluso tienen sentimientos.

K.I. La investigación en inteligencia artificial ha avanzado enormemente desde que empecé a trabajar en el libro. En 2016, el programa informático AlphaGo ganó 4 a 1 al campeón del mundo de Go, el surcoreano Lee Sedol. El programa lo desarrolló DeepMind, una filial de Google especializada en inteligencia artificial.

Durante mucho tiempo se pensó que este juego de mesa asiático, el Go, era demasiado complejo para los ordenadores porque, a diferencia de lo que ocurre en el ajedrez, no hay un número tan limitado de movimientos posibles para cada jugada.

K.I. El Go sirve como indicador del estadio en el que se encuentra la investigación en inteligencia artificial. Hasta aquel momento, nadie había creído que un programa pudiese ganar al Go a un ser humano, entre otros motivos porque es un juego en el que la intuición tiene un papel destacado. Lo más interesante es que los expertos eran incapaces de seguir la forma de jugar de AlphaGo, no le veían el sentido, los comentaristas incluso se reían, decían que algunos de los movimientos eran absurdos, que aquello era una broma publicitaria. Hoy, dos de los movimientos que realizó AlphaGo son legendarios porque, analizados a posteriori, se ha visto que fueron decisivos. Eso quiere decir que no solo estamos ante una inteligencia artificial que es intelectualmente superior, sino que, además, piensa de una forma completamente diferente a la nuestra.

AlphaZero, el sucesor de AlphaGo, era aún más inteligente.

K.I. Sí, en 2017 jugó 100 partidas contra el mejor programa de ajedrez del mundo, el Stockfish 8, y no perdió ni una sola. Y con unas pocas horas de entrenamiento ya fue capaz de ganar 60 de 100 partidas a AlphaGo. AlphaZero renuncia a la experiencia humana, aprende de los aciertos y errores que comete jugando contra sí mismo. DeepMind ha presentado este diciembre un algoritmo llamado AlphaFold 2.0, se dice que podría usarse para resolver el problema del plegamiento de las proteínas. No entiendo nada de la materia, pero hay gente que está hablando ya de la mayor revolución científica del siglo. Del primer Premio Nobel para una inteligencia artificial.

¿Algún día habrá programas inteligentes que escriban las novelas por nosotros?

K.I. Eso mismo se lo pregunto yo a todos los expertos con los que hablo. Y su respuesta es que sí, aunque probablemente será una literatura de un tipo que todavía no conocemos. Puede que en el fondo no sea algo tan sorprendente, tampoco yo estoy muy seguro de cuáles son los componentes con los que se construye un libro. Pero ¿qué pasaría si una máquina consiguiera escribir una novela que nos conmoviese hasta las lágrimas?

Sería terrible.

K.I. Si llegara a pasar, me preocuparía sobre todo por la sociedad. Significaría que un algoritmo entendería nuestros sentimientos y emociones, y sabría cómo manipularlos y controlarlos. Me pondría muy muy nervioso si una inteligencia artificial consiguiera generar emociones concretas de forma premeditada, específica. Usar esa habilidad con fines políticos podría resultar muy eficaz.

Una cuestión central en su novela es si existe el corazón en sentido metafórico.

K.I. Mi protagonista, Klara, no pertenece a la familia humana y tiene que plantearse preguntas como ¿por qué se aman las personas? ¿Qué es lo que amamos de los demás? ¿Es su apariencia exterior o lo que hay en el interior? ¿Y de verdad hay algo en el interior? Si la respuesta es ‘no’ y en el fondo solo somos máquinas y nuestras emociones, una especie de pienso empalagoso que nos permite funcionar, ¿sigue teniendo sentido decir ‘te quiero’? ¿O en realidad no es más que un vestigio de tiempos primitivos en los que todavía creíamos en el alma?

Unas preguntas muy positivas todas ellas, la verdad…

K.I. Pues aquí van un par más: ¿de verdad somos individuos únicos o solo lo somos de una forma superficial? ¿Nuestros actos son únicamente la suma de procesos bioquímicos? Es posible que algún algoritmo pueda llegar a la conclusión de que las personas somos sustituibles… y de que nuestra sociedad no tiene por qué basarse necesariamente en los derechos humanos. Quizá avances científicos como la inteligencia artificial acaben cuestionando algunas de las cosas que hoy damos por sentadas.

¿Se siente preocupado por la democracia?

K.I. Hay sistemas políticos que no comparten nuestros valores, pero que funcionan muy bien en el plano económico. Por otro lado, en los últimos años no nos hemos comportado de una forma muy loable que digamos. Más bien hemos dado muestra de que podemos generar caos y división y de que tampoco somos especialmente buenos a la hora de cuidar del prójimo. Me preocupa la generación de mi hija Naomi, que tiene 28 años, y de mis futuros nietos. ¿Podrán disfrutar de una vida libre de temores, podrán disfrutar de libertad y bienestar? ¿O solo de la libertad de quejarse?

¿Cree usted que esta conversación que estamos manteniendo por Zoom está siendo grabada y controlada?

K.I. Pues es muy posible. Los modelos de negocio son diferentes, han cambiado desde los tiempos en los que las llamadas internacionales te costaban una fortuna. Ahora salen gratis, incluso podemos vernos mientras hablamos. Pero la factura que pagamos por este servicio, obviamente, se esconde en otro sitio. ¿Facilitando datos para el reconocimiento facial quizá o para la investigación de las emociones?

Usted se crio en una época relativamente libre de preocupaciones.

K.I. Sí, desde que tengo uso de razón parecía que todo iba evolucionando en la dirección correcta. Nos quejábamos de esto o de aquello, pero pensábamos que las cosas siempre iban a ir a mejor. El movimiento feminista, los movimientos contra el racismo y la homofobia eran buena prueba de ello. Pero ahora, cuando pienso en el brexit y en lo que ha ocurrido estos últimos años en Estados Unidos, tengo la sospecha de que había mucho de autocomplacencia. Cuando era joven, todos hablábamos de la ONU con respeto y confianza; hoy es objeto de burlas.

¿Sigue creyendo en el amor?

K.I. ¡Absolutamente! Un día, tendría unos 15 años, vi en televisión una charla entre la escritora Edna O’Brien y el cantante Charles Aznavour. Hablaron sobre qué era más doloroso, si estar enamorado o dejar de ser amado. Los dos pensaban lo mismo: estar enamorado. Me pareció una idea fascinante y la apunté para que no se me olvidara.

¿Y qué piensa hoy?

K.I. Anhelar el amor y no tenerlo, eso es lo peor. Pero me temo que no soy el más indicado para responder esa pregunta. Mi mayor dicha es poder compartir desde 1980 una relación muy feliz con Lorna, mi mujer. Cuando la gente habla de amor y de historias románticas, normalmente se refieren a la época en la que se conocieron y en la que se enamoraron. Y eso solo es el prólogo a la prehistoria de la relación. Es ahí donde empieza la verdadera historia.

¿Prolongaría su vida 100 años si fuese posible?

K.I. No quiero ser una novela breve, pero tampoco una de 1000 páginas. Prefiero ser una novela de 300 páginas entretenidas y de calidad. ¡Y con un final feliz!

Privadísimo

  • Ishiguro nació en Nagasaki en 1954, pero cuando tenía 5 años se trasladó a Inglaterra con sus padres. Su madre sobrevivió al ataque de la bomba atómica en 1945.
  • Su padre era científico, un oceanógrafo al que el Gobierno británico ofreció un trabajo, y la familia ya nunca volvió a Japón.
  • Cuando era pequeño, quería ser músico y empezó a estudiar piano, pero a los 12 años lo dejó. Más tarde ejerció como cantautor y sus grandes ídolos son Leonard Cohen y Bob Dylan.
  • Dos de sus novelas han sido llevadas acine. Lo que queda del día (con Anthony Hopkins y Emma Thompson) y Nunca me abandones (con Carey Mulligan y Keira Knightley).
  • Su mujer, Lorna, con la que está casado desde 1986, es trabajadora social y de ella dice que es su mayor crítica.

Por Dirk Van Verseendal/ Fotografía: Jonas Holthaus

Información adicional

  • Autor:Dirk Van Verseendal
  • Fuente:XL Semanal
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