Eusebio Leal, Historiador de La Habana. Foto: Yander Zamora/ La Tiza

 “El que conoce lo bello, y la moral que viene de él,

 no puede vivir luego sin moral y sin belleza”.

José Martí

 

Frente al Historiador de La Habana, Eusebio Leal, se han sentado decenas de personas con el propósito de entrevistarle; de incontables formas se ha recabado su opinión acerca de “lo humano y lo divino”, lo inmaterial y lo tangible. Cuando una sabe que tendrá la posibilidad de estar en ese rol, al inmenso honor se le suma una igual dosis de ansiedad.

¿Qué pregunta, entre todas las deseadas, presentarle? ¿Cuál, que no sea reiterativa? ¿Cómo deslindar y establecer en tan poco tiempo un puente entre su obra de rescate patrimonial y la promoción de una cultura de diseño en el entorno visual del Centro Histórico habanero?

Ante la condicionante de su escaso tiempo es preciso ir a las esencias y centrarnos en el factor común que caracteriza el trabajo de la Oficina del Historiador al intervenir un inmueble, un espacio abierto o editar una publicación: la estética de lo bien hecho.

 La belleza, en su relación con el diseño, no es resultado de una acción cosmética, de una convocatoria a destiempo para poner “lindas” las cosas. En cambio, un producto de buen diseño irradia belleza en la armonía que integran su expresión material, el uso al que invita, las ideas que representa. ¿Cómo se forma en usted la noción de lo bello?

— Para empezar, habría que tomar como exergo ese hermoso poema cantado de Silvio Rodríguez, cuando pide que el rabo de nube se lleve lo feo y deje con nosotros lo bello.

“Lo bello siempre es una relación misteriosa entre nosotros y lo que admiramos, pero no cabe duda de que eso también es fruto de una educación y de la interacción con una serie de señales que nos van marcando pautas.

“Cuando era niño, en la escuela se nos pedía hacer diseños con papelitos de colores, algo parecido al origami japonés. Aquello era una sugerencia para el uso del color y de la forma, para la búsqueda de una estética de la vida cotidiana, que es para mí la cuestión fundamental.

“Hay una necesidad de transmitir a todas las generaciones ese culto a la belleza. Para ello el diseño debe entrar en el universo del hogar y estar presente en los cubiertos, la loza, el vestuario.

“Hace años una gran amiga, Nisia Agüero, realizó grandes esfuerzos por llevar el arte y el diseño a los tejidos. Enseñanzas como esa ayudaron a formar en nosotros —la Oficina del Historiador— una urgencia por decir nuestra palabra a partir de una política: incorporar el diseño a las diferentes esferas de nuestro quehacer. Así lo hicimos con las publicaciones, es algo en lo cual ha trabajado mucho (Carlos Alberto) Masvidal, Premio Nacional de Diseño y que se ejemplifica en los títulos de nuestra casa editora Boloña o en los números de la revista que testimonia nuestra labor, Opus Habana.

“También hemos integrado el diseño a la concepción de una moderna versión del museo que trasciende la muestra de la colección y apuesta por la interactividad; es lo que hemos desarrollado en el Palacio del Segundo Cabo.

“De igual manera, en la nueva museología didáctica dirigida a los niños y jóvenes del Centro a+ espacios adolescentes, hay todo un diseño que aprovecha los códigos de la antigua fábrica que existía donde hoy está enclavada la institución, para hacer un discurso de la belleza en el mundo fabril.

“Hemos tratado de incorporar estos principios en la concepción de una vivienda decorosa y digna, para lo cual hacemos algo más que levantar paredes, dentro de los límites que imponen las carestías. Soy de los que creen que con poco se puede hacer mucho”.

Sin necesidad de pausas para rebuscar en el pasado, Eusebio elige entre sus memorias una vivencia muy peculiar, que ejemplifica su afirmación.

“En la antigua casa de la Obrapía, que no era lo que conocemos hoy sino un edificio habitado, un gran solar lleno de barbacoas y laberintos, vivían unos amigos que precisamente trabajaban en una revista. Un día me invitaron a que comiera en su hogar y, al llegar, me encontré algo inconcebible. Habían arreglado todo usando cajas y otros objetos que las personas desechaban, armonizando colores; tenían una jaula de güin con un canario, una mesita con sus cuatro sillas diferentes… Ellos me demostraron que era posible, con escasos medios, construir un pequeño espacio de felicidad. Con poco se puede hacer algo útil y bello, siempre y cuando bien se utilice.

La Oficina del Historiador ha apostado por expresar ese maridaje entre forma y función a través de obras de alto impacto social. Así vemos viviendas, escuelas, centros de atención a adultos mayores o a menores de edad que son referentes tanto estéticos como en los servicios que prestan. ¿Cómo se llega a este concepto?

— Es el resultado de una evolución; siempre he negado que sea la obra de un iluminado, rechazo para mí el protagonismo absoluto en estas cuestiones. Tenemos varios puntos desde los cuales florecen iniciativas que se expresan en proyectos como el de “a+”, uno de los más importantes, en mi opinión.

“La manzana donde se ubica el Centro —delimitada por las calles Teniente Rey, Habana, Muralla y Compostela— era un amasijo en el que se encontraban una antigua fábrica de medicamentos, otra de envases, unos depósitos de alcohol; lo que había sido el colegio de José de la Luz y Caballero1 se había convertido en un taller de reparación de vehículos… Todo aquello había sido anarquizado, nada tiraba en una sola dirección.

“El nuevo proyecto se concibió como un desarrollo armónico en el cual habría viviendas, se restauraría la farmacia, rescataríamos la huella positiva del pasado que era la escuela, pero quedaba una piedra por solucionar: la vieja fábrica.

“Ahí se diseñó el Centro de Adolescentes. La dirección de Arquitectura y Urbanismo de la Oficina del Historiador, particularmente ese equipo que trabajó con el arquitecto (Orlando) Inclán, hizo un trabajo precioso, dejando toda la maquinaria industrial a la vista, la viga de hierro transformada con un cambio de color, las ruedas dentadas… Rescatar y mostrar el patrimonio industrial es importantísimo”.

De la descripción del proyecto hecho realidad Leal pasa, casi sin transición, a hablarnos de un nuevo anhelo; como si para él no hubiera posibilidad de conformarse mientras exista un lugar relevante opacado por el deterioro o la infrautilización.

“Sueño con el gran edificio de la fábrica de electricidad2 convertido en un centro de arte moderno, donde toda esa antigua tecnología pueda dar una explicación de sí misma y nos introduzca a un mundo donde ya no habite el silencio sino la cultura, la conferencia, el trasiego de las personas de un lugar a otro. Lograr introducir esos códigos en las nuevas generaciones es trascendental, sobre todo ante el avance de una degradación de la ciudad.

“En distintos lugares vemos cómo va surgiendo un tipo de arquitectura desorientada donde la gente busca resolver sus problemas, pero no hay una palabra que le diga ‘esta es la línea, este es el pequeño espacio de caminar, aquella el área verde, así la fachada’. Se trata de una arrabalización que ignora lo bello como necesidad incorporada a la necesidad elemental de tener un techo”.

 Ante esa proliferación de ambientes anárquicos, ¿cuán necesario resulta hacer del diseño un componente más activo en el modelo de prosperidad que queremos construir?

— Primero he de decir que no se puede convertir en consigna o en esquema grabado en lápida algo tan serio como aspirar a un socialismo próspero y sostenible. ¿Cómo puede ser próspero y sostenible nuestro modelo, si no se desatan las manos de la creatividad, si no se establece un diálogo perenne con la realidad. ¿De qué manera lograrlo si primero no se pone la mano en el corazón de la necesidad, si de pronto un acontecimiento extraordinario —como el tornado que castigó gran parte de capital cubana el pasado 27 de enero— nos pone de manifiesto y nos tira sobre la mesa las enormes necesidades acumuladas en la gran concentración que la ciudad supone, quizás una de las más grandes en esta latitud de las Antillas?

“Cuando yo hablo de la monumentalidad de La Habana nunca me refiero al Centro Histórico, porque siempre he afirmado que tiene muchos centros históricos, como Luyanó, otros espacios de Diez de Octubre, La Lisa… En cada uno de ellos se ha manifestado la originalidad y la creatividad de generaciones para construir un diseño orgánicamente previsto desde el día en que nace la ciudad, cuando se orienta que las calles deben caminar de norte a sur, buscando los vientos; la plaza será lugar de reunión; la fuente servirá para buscar el agua, lavar la ropa y dar una imagen de tranquilidad en la relación del hombre con el agua.

“Creo que esa noble aspiración a la que todos queremos contribuir (el socialismo próspero y sostenible) tiene que basarse sobre esos parámetros. La ciudad no es un campamento, es algo más; precisamente, el campamento ha quedado atrás, la ciudad es una expresión superior; hay una racionalidad en su diseño que no puede ser omitida, ni tampoco pretender que sea homogénea. Cada barrio tiene su personalidad, cada invisible frontera aporta un carácter diferente, una forma de conducirse, de expresarse, de ver el mundo.

“Hay una síntesis de ese diseño en el gran paseo de la 5ta. Avenida, donde cada cierto tiempo los árboles cambian, cada tramo tiene su especificidad; por un momento vemos las palmas de corojo, luego aparecen las palmas barrigonas, en un punto están las acacias nudosas, en otro lado la araucaria… esa es la ciudad”.

La media hora acaba. Otros compromisos esperan por Eusebio. Nos despedimos reticentes. Una siente que a este entrevistado excepcional habría que haberle preguntado por el decoro, la Patria, la humildad, la migración, la escuela, los pregones, las tradiciones o el café; por La Habana Vieja que renace o La Habana nueva que envejece. Del otro lado, con la hidalguía indeclinable que su eterno traje gris no puede esconder, habríamos recibido siempre una respuesta generosa, sabia, intensa.

Pero una comienza y termina hablando de “lo bello” porque, como dijera a La Tiza el Premio Nacional de Diseño, Carlos Alberto Masvidal, en la Oficina del Historiador la belleza funciona, y bella es la obra de conservación patrimonial emprendida por esta institución, la cual nos permite amar y vivir una ciudad de 500 años con su bullicio, su eclecticismo y sus sábanas multicolores —ya nunca más solo blancas— izadas en los balcones. Porque bello es el legado de este Historiador dedicado a la restauración de las esencias de una urbe y de los sueños de quienes la habitan. Porque bello es ser leal al propósito de levantarse cada día para hacer de Cuba un país mejor, ser leal desde la médula, desde el apellido.

 

17 agosto 2019 |

Notas:

1 Antiguo colegio El Salvador, hoy escuela primaria. 

2 Edificación de Tallapiedra.

(Tomado de La Tiza)

Publicado enCultura
Los hallazgos de Petén reescriben la historia de la Guatemala precolombina

Los descubrimientos arqueológicos de Tikal sepultan el supuesto pacifismo maya e iluminan la desaparición de una cultura milenaria


La Fundación Pacunam (Patrimonio Cultural y Natural Maya), un consorcio internacional de arqueólogos e investigadores, ha revelado al mundo una noticia que ha conmovido a los estudiosos y que promete reescribir la historia precolombina de Guatemala: el descubrimiento, en un área de 2.144 kilómetros cuadrados de Tikal —en el departamento de Petén, al norte del país—, de más de 60.000 estructuras, edificios monumentales, 105 kilómetros de calzadas, un complejo sistema de canales para distribución de agua y hasta 59 kilómetros de murallas defensivas.


El hallazgo es fruto de años de trabajo de equipos de arqueólogos, en su mayoría estadounidenses y guatemaltecos, y abre la puerta a investigaciones en zonas inéditas en grupos de estructuras de vigilancia y una ciudadela fortificada que cambian la percepción de los expertos sobre la manera en que los mayas practicaban la guerra. La historiografía oficial concebía tradicionalmente la cultura maya como una civilización pacífica, dedicada fundamentalmente a la astronomía y las matemáticas, de lo que sería ejemplo el calendario maya (lunar y tan preciso como el gregoriano que nos rige) o el descubrimiento del concepto matemático del cero.


Pero los últimos descubrimientos obligan a reinterpretar esta visión, como comenta a EL PAÍS el doctor en Historia José Cal, profesor de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Para empezar, señala, hay que considerar una nueva densidad poblacional y una complejidad social mucho mayor. “Esto cambia completamente el análisis sobre los asentamientos humanos en toda la zona, su vida social, económica, política y religiosa”, puntualiza, al tiempo que subraya que la existencia de murallas defensivas termina de sepultar la visión idílica de los mayas como un pueblo esencialmente pacífico. “Eran pueblos que combatían entre ellos y donde se daban relaciones de poder, con luchas intestinas”.


Uno de los expertos de Pacuman, el arqueólogo Edwin Román, recuerda que la teoría tradicional apunta a que las guerras de los mayas tenían un carácter ritual: la captura de prisioneros para ser sacrificados a los dioses. “Los nuevos descubrimientos señalan que la guerra fue bastante más frecuente”, afirma, y añade que esta habría sido una de las causas para el abandono de las grandes ciudades, pero no la única. "Sabemos que se abandonaron por una conjugación de factores, como sequías prolongadas, determinantes en una sociedad agrícola en un ambiente hostil".


En esta apreciación coincide el arqueólogo Bernard Hermes, que en una conversación telefónica desde Petén señala que el mayor impacto de estos descubrimientos es la nueva visión de la Guatemala precolombina. “Cambia las perspectivas de cómo se desarrolló la cultura maya. Obligará a la reinterpretación de ciertos aspectos de la historia, como la demografía, y permite el conocimiento de nuevos sitios arqueológicos. Es un trabajo gigantesco que seguramente sobrepasará las capacidades del Gobierno”, subraya.


“Este mapeo, obtenido gracias a la tecnología avanzada de la NASA, nos permitirá entender en su justa dimensión la importancia de la civilización maya, particularmente en aspectos como el manejo del ambiente y sus interacciones, incluyendo la guerra” comenta la presidenta de la Fundación Pacunam, Marianne Hernández. “Ha generado un interés extremo a escala mundial para entender la civilización maya. Ahora podemos ver, en toda su complejidad, una civilización que hasta ahora estaba en desventaja frente a otras culturas”, concluye. La historia tradicional siempre colocó a Tikal como el epicentro de la cultura maya. La nueva perspectiva que surge de estos nuevos hallazgos lo coloca como “un centro ceremonial de primer orden, con una función muy importante como observatorio astronómico, pero no el único”, en palabras de Cal, que subraya que esta nueva realidad será determinante para reescribir la historia nacional.


El periodista Carlos Tárano, con estudios de arqueología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México, califica como “fundamental” el papel de Tikal en la historia de los mayas. “Fue, con Calakmul, en el actual Campeche (México), y con Caracol (ahora Belice), una de las tres grandes ciudades mayas del periodo clásico”. Cada una de ellas ejerció, por largos periodos, un dominio absoluto sobre el territorio de Petén, por lo que rivalizaban, con Tikal como enemigo a vencer. “Tikal”, añade, “es clave primero por su antigüedad (unos 500 años antes de Cristo) y porque recoge los monumentos más representativos de la época clásica maya y porque siempre fue una de las ciudades de mayor extensión que, con los nuevos descubrimientos, cobra una dimensión enorme, de más de 100.000 habitantes”.


“Tikal representa la culminación de un largo proceso de desarrollo económico, político, social y religioso. Su construcción abarcó siglos, entre los años 600 y 900 de nuestra era y cuenta con gran cantidad de monumentos, estelas, que se dedican a contar la historia de los gobernantes o a conmemorar hechos históricos importantes”, dice a EL PAÍS el arqueólogo Edgar Carpio. Geográficamente, agrega, Tikal fue un punto estratégico por el que pasaban los caminos de comercio hacia las tierras altas de Guatemala y hacia el actual México: "No fue una ciudad aislada ni era única".


Esta serie de recientes descubrimientos pone a Guatemala ante el desafío de estudiar a fondo una nueva realidad y proteger este tesoro cultural frente a los expoliadores de tesoros precolombinos, a los que está muy expuesto el país centroamericano.

Ciudad de Guatemala 8 MAR 2019 - 13:49 COT

El láser desvela toda la grandeza de la civilización maya

Miles de edificios, calzadas o canales ocultos por la selva salen a la luz gracias a la tecnología líder

 El láser ha permitido descubrir miles de estructuras levantadas por los mayas y ocultadas por la selva. Usando la tecnología lídar (acrónimo de Laser Imaging Detection and Ranging, detección y localización de imágenes por láser), un equipo de arqueólogos ha escaneado un espacio de miles de hectáreas donde floreció la civilización maya. No han descubierto ningún nuevo palacio, pirámide o grandes templos como el de Kukulcán o el del Gran Jaguar. Pero la infinidad de edificios, calzadas, canales o murallas cartografiados alumbran toda la grandeza de los mayas, y permitir formarse una idea de cuántos millones vivieron en la región, cómo guerreaban o de su agricultura intensiva.

En 2016 un avión recorrió buena parte de la reserva de la biosfera maya, en Petén (Guatemala). Llevaba a bordo uno de los sistemas lídar más avanzados. Esta tecnología utiliza el láser como si fuera un sofisticado radar: envía pulsos de luz que, al rebotar, permiten reconstruir una imagen del objeto o estructura que lo ha devuelto. Aquí usaron una máquina capaz de escanear el terreno desde seis ángulos distintos propiedad del Centro Nacional de Mapeo Láser Aerotransportado (NCALM), con sede en EE UU. El lídar barrió una superficie de 2.144 kilómetros cuadrados en torno a una decena de yacimientos mayas.


"La nuestra es la cobertura lídar más grande en la historia de la arqueología", dice Francisco Estrada-Belli, especialista en cultura maya de la Universidad Tulane (Nueva Orleans, EE UU) y coautor del estudio. Aunque no es la primera vez que se usa esa tecnología de imagen en yacimientos de esta cultura, esta expedición de la Iniciativa Lídar Pacunam ha cubierto 10 veces más extensión y con un detalle no logrado por las anteriores. "Cualquier rasgo que tenga de 50 a 100 cm de ancho y 20 a 50 cm de relieve aparece en nuestros visualizaciones", añade este arqueólogo. Para lograrlo, el lídar emitió más de 33.500 millones de pulsos de láser (15 por metro cuadrado).


El mapa en 3D que han obtenido, cuyos resultados publica la revista Science, incluye 61.480 estructuras. Han localizado desde barrios enteros en algunas de las grandes ciudades mayas, como Tikal, Holmul o Xultún, hasta un centenar de kilómetros de calzadas pavimentadas, pasando por cisternas como la de Tintal que, con 2.000 metros de ancho, podía albergar hasta tres millones de metros cúbicos de agua. Al alejarse del mapa, se descubren también perímetros defensivos de varios kilómetros, centenares de canales para el agua o infinidad de pequeños núcleos rurales conectados por caminos.


Tanta información sobre las infraestructuras humanas ha servido a los investigadores para estimar la población que vivía en la zona del estudio y, extrapolando, en toda esta región maya. Durante el periodo conocido como Clásico Tardío (entre los años 650 y 800 de esta era), en el área cartografiada por el lídar había una densidad de población de entre 80 y 100 habitantes por kilómetro cuadrado. En el centro de las principales ciudades, como Tikal, la densidad debió de alcanzar los 2.000 habitante por kilómetro cuadrado, equiparable a la de muchas ciudades de hoy. En toda la región de las tierras bajas vivirían entre siete y once millones de personas.


Las imágenes del lídar, que fueron revisadas sobre el terreno por varios equipos de arqueólogos, también muestran que los mayas necesitaron de la agricultura intensiva para poder alimentar a tanta población urbana. El sistema tradicional, la milpa, basado en la quema de parcelas para fertilizar la tierra ante la nueva siembra, habría sido incapaz si no fuera por los centenares de canales, muchos de un kilómetro de largo, usados para drenar los humedales que ocupaban la mayor parte del territorio. La investigación ha localizado también 306 kilómetros cuadrados de parcelas en terrazas. Hasta el 17% del territorio que hoy ocupa la selva tiene marcas de un pasado agrícola. Para los autores del estudio, un esfuerzo tal exigiría de una organización y centralización muy avanzadas.

"Lídar aporta una visión extremadamente precisa de la geografía y topografía del paisaje. Puede usarse en cualquier tipo de paisaje, pero cuando se aplica al caso particular de los bosques y la selva maya, es como una varita mágica (muy cara) que nos da detalles de los drenajes, montañas, valles, tierras bajas y, lo que es más importante, de grandes yacimientos", sostiene en un correo la directora del Centro de Investigación Mesoamericana de la Universidad de California en Santa Barbara (EE UU), Anabel Ford.


Sin embargo, esta arqueóloga no relacionada con este trabajo y que lleva 40 años estudiando a los mayas recuerda que "las cosas grandes se ven claramente, pero los elementos que aportan los detalles sutiles del uso agrario del suelo y la relación entre la antigua civilización maya y el paisaje necesitan de una mayor verificación" , por lo que tienen que ser confirmados sobre el terreno. Algo en lo que coincide Estrada-Belli: "Siempre se va a necesitar de arqueólogos con experiencia para reconocer los rasgos documentados por el lídar. Y cuantos más datos lídar, más arqueólogos se van a necesitar".

 

Un arqueólogo necesitaría un siglo para ver lo que Lídar en dos días
M.Á.C.
La potencia de la tecnología lídar es tal que está siendo utilizada en actividades tan dispares como la prospección minera o la cartografía de los fondos marinos. Es también un elemento esencial en la conducción y la seguridad de los coches autónomos, que usan lídar para hacerse una composición de lugar instantánea.


"En 18 años logré cubrir 47 kilómetros cuadrados. El lídar cubrió 308 kilómetros cuadrados en unos dos días", dice el arqueólogo Francisco Estrada-Belli. "No me alcanzarían otros 118 años y no lograría el mismo nivel de detalle. Siempre se me escaparían cosas que no vi estos últimos 18 años aún pasando encima de ellas", añade.


Para el especialista en tecnología Lídar del NCALM, el hondureño Juan C. Fernández, "el lídar es la tecnología más efectiva y precisa para mapear la topografía". Entre los usos que tiene están la ingeniería para el diseño de carreteras, el monitoreo del estado y tamaño de los bosques, en geología para el estudio de la deformación de la tierra debido a erupciones volcánicas y terremotos... "En el caso del mundo maya y en específico en las tierras bajas, lo que permite es poder mapear con un nivel increíble de detalle y precisión lo que está oculto por la selva", añade este investigador de la Universidad de Houston.

Mike Davis. “No puedes reformar el espacio urbano sin controlar los valores del suelo”.

Sigue siendo figura central de una disciplina en la intersección entre la geografía, la sociología y la arquitectura conocida como La Escuela de Urbanismo de Los Ángeles, pero se jubila ahora del Departamento de Escritura Creativa de la Universidad de California (Riverside). A comienzos del pasado verano, invitó a la profesora de arquitectura y directora del Laboratorio de la Ciudad de la Universidad de California (Los Ángeles), Dana Cuff, y a la decana del Colegio de Diseño Medioambiental de la Universidad de California (Berkeley), Jennifer Wolch, a su casa de San Diego para hablar y entrevistarle sobre su carrera, sus escritos y sus tempranos y continuados esfuerzos para entender Los Ángeles.

 

Dana Cuff: Nos dijiste que te preguntan demasiado por tu libro Ciudad de Cuarzo, así que vamos a empezar de otra manera. Como uno de los grandes contadores de historias urbanas de California que eres, ¿qué crees que nos falta en nuestra comprensión de Los Ángeles?

Mike Davis: La lógica económica de los bienes raíces y de la urbanización del suelo. Esta ha sido siempre la clave capital para entender las políticas espaciales y raciales en la California meridional. Como explicó por lo magnífico el más influyente pensador radical del siglo XIX –y no me estoy refiriendo a Marx, sino al californiano de San Francisco Henry George—, no puedes reformar el espacio urbano sin controlar los valores del suelo. La zonificación y la planificación urbana –los instrumentos progresistas para crear la llamada Ciudad Hermosa [de la Escuela urbanística de Chicago de finales del XIX]— han sido totalmente secuestradas para servir al mercado o han experimentado la muerte de los mil cortes, es decir, por acumulación de desviaciones. Yo fue brevemente comisario de desarrollo urbano en Pasadena, a mediados de los 90, y tuve ocasión de observar la facilidad con que se dejaban de lado inveterados criterios de diseño y planes comunitarios por la presión de los financiadores de campañas electorales y de los grandes promotores inmobiliarios.
Si no intervienes en la operación de los mercados inmobiliarios, terminas normalmente generando el resultado opuesto al que pretendías. Con el tiempo, por ejemplo, las mejoras en el espacio urbano público disparan al alza los valores de la vivienda y tienden a convertirse en subsidios al ocio de los ricos. En los mercados inmobiliarios dinámicos y en emplazamientos céntricos, las organizaciones sin ánimo de lucro no pueden permitirse comprar suelo para construir vivienda de bajo coste. Artistas novatos e hípsters se convierten sin saberlo en la tropa de choque de la gentrificación y en poco tiempo ya no pueden permitirse seguir viviendo en los barrios y distritos comerciales a los que revigorizaron. Las viviendas accesibles se alejan inexorablemente de los puestos de trabajo, y la crisis del centro urbano termina en plazas como la de San Bernardino.


Si aceptas que la estabilización de los valores del suelo es condición necesaria de la planificación democrática a largo plazo, hay dos grandes soluciones no revolucionarias. La solución de [Henry] George fue la más expedita: ejecuta a los monopolistas y a los especuladores del suelo con un impuesto único del 100% sobre los incrementos de los valores del suelo no mejorado. La otra alternativa no es tan radical, pero ha sido empleada con éxito en otros países capitalistas avanzados: municipaliza las partes estratégicas del inventario de suelos para vivienda accesible, parques y cinturones verdes moldeadores.


El uso de la expropiación para la reurbanización –hay que recordarlo— fue originariamente concebido para transformar barrios de vivienda privada pobre en vivienda de titularidad pública. Al final de la II Guerra Mundial, cuando los progresistas eran mayoría en el gobierno de la ciudad, Los Ángeles adoptó planes verdaderamente visionarios tanto para la vivienda pública como para crecimiento suburbano racional. Lo que pasó luego es harto conocido: una contrarrevolución municipal concebida por [el periódico] Los Angeles Times. Resultado: los gobiernos locales siguieron usando la expropiación, pero las más veces para transferir suelo de los pequeños propietarios a las grandes empresas y a los bancos.


Saltemos a los 80. Apareció una nueva oportunidad. La reurbanización del centro urbano devoraba centenares de millones de impuestos desviados, pero su futuro era sombrío. Unos años antes, Reyner Benham había proclamado la muerte o, al menos, la irrelevancia del centro urbano. Si la administración de Bradley hubiera tenido voluntad política, podría haber municipalizado el corredor de Spring-Main Street a precios de mercado tirados. Tal vez cerca de 1 millón de metros cuadrados habrían quedado disponibles para apartamentos familiares, pequeños negocios para inmigrantes, mercados públicos, etc., con alquilares accesibles permanentemente controlados.


Una vez le pregunté sobre esto a Kurt Meyer, un arquitecto de empresa que había sido presidente de la Agencia de Reurbanización Comunitaria. Vivía sobre el Beachwood Canyon, debajo del cartel de Hollywood. Solíamos reunirnos a la hora del desayuno, porque él disfrutaba contando historias de poder y propiedad en Los Ángeles, lo que le convertía en un fuente única para mi investigación de la época. Me contó que las elites del centro urbano estaban horrorizadas con la inesperada revitalización del corredor de Broadway que habían traído consigo los comercios mexicanos, y que la última cosa que querían era un centro urbano populista.


También ofreció respuesta a una cuestión que hacía tiempo me intrigaba. “Kurt, ¿por qué esa prioridad absoluta y a costa de todo para tener a la clase media viviendo en el centro urbano” “Mike, sabes algo sobre espacios arrendados en edificios de gran altura?” “Realmente, no”. “Bueno, la parte más difícil de alquilar es la planta baja: para sacar el máximo valor, necesitas una población residente. No puedes limitarte a tener trabajadores de oficina que vayan a desayunar o almorzar; necesitas la noche, un tráfico de 24 horas”. No sé si esa es realmente una explicación adecuada, pero desde luego me convenció de que los planificadores y los activistas necesitamos una comprensión mucho más profunda del juego.


Ello es que, finalmente, la clase media ha venido al centro urbano, pero sólo para convertirlo en un suburbio. Los hipsters creen que viven en el núcleo de la vida urbana, pero se trata solo de un falso urbanismo, de un gran emplazamiento de compras residencial. El centro urbano no es el corazón de la ciudad, es una vaina de estilo de vida lujoso para las mismas gentes que dicen que Silverlake es el “Eastside” o que Venecia sigue siendo bohemia.

Cuff: ¿Por qué los llamas suburbios?

Davis: Porque el regreso al centro expresa el deseo de espacio urbano y de multitudes sin permitir la variedad democrática del igual acceso. Es oro para necios, y la gentrificación ha tomado el relevo de la renovación urbana a la hora de desplazar a los pobres. Piensa en el estudio pionero que realizó Anastasia Loukaitou-Sideris sobre la privatización del espacio en la cumbre del cerro de Bunker Hill. Claro que el patrón de tu museo o el residente en condominio se siente en casa, pero si eres un patinador salvadoreña, caramba, pues te irás probablemente a Juvenil Hall.

Cuff: ¿Podrías incorporar la arquitectura a tus reflexiones sobre los bienes raíces? ¿No diste un curso hace años sobre eso en el Instituto de Arquitectura de la California Meridional?

Davis: Cuando me contrató por primera vez el Instituto en 1988 le confesé a su entonces director, Michael Rotondi, que no tenía la menor idea de arquitectura. Me contestó: “No te preocupes, eso corre de nuestra cuenta. Tu tarea es enseñar sobre Los Ángeles. Muéstrales a los estudiantes la ciudad”. Fue una maravillosa tarea y, durante una década, participé en una buena cantidad de estudios notables trabajando con gentes de la talla de Michael Sorkin, Joe Day, Anthony Fontenot y otros arquitectos radicales.


Mi propio proyecto de vanidad, por así decirlo, consistía en demostrar la factibilidad de un estudio comunitario de diseño que se enfrentara a los problemas de viejos barrios y suburbios. Con el apoyo de un activista destacado de la comunidad centro-americana, Roberto Lovato –ahora, un conocido periodista—, nos centramos en distrito de Westlake, lindante con el oeste del centro urbano.


Yo conocía la zona bastante bien, porque a finales de los 60 había vivido allí mientras me ocupaba de la gestión de la librería del Partido Comunista en la Calle Siete, curiosamente cerca de la vieja oficina del FBI en Wilshire. Eso fue justo después de los deshaucios de Bunker Hill y de que el grueso de sus residentes hubieran sido realojados en conventillos al lado de Parque MacArthur. Caminando hacia la librería, me encontré muchas veces con los cuerpos de esos pobres viejos tirados en la acera: ¡quién sabe qué sueños los habrían traído a Los Ángeles hacia 1910 o 1920!


Nos centramos finalmente en estudiar Witmer Street, entre la calle 3 y Wilshire, porque tenía un abanico casi completo de tipos de edificios multifamiliares: una casa unifamiliar de 1890, un patio de bungalows de los años 20, un edificio de apartamentos de los años 60 y hasta un edificio masónico de apartamentos que se usaba como escenografía para Hill Street Blues.


Los estudiantes se dividieron en dos grupos entrenándose por su cuenta como inspectores de edificios y de incendios, y exploramos el vecindario molécula a molécula durante dos semestres. Un grupo estudiaba cuestiones de seguridad antiincendios y otros riesgos, como tejados desprotegidos convertidos en lugar de juego para los niños. Observamos las necesidades de algunos obreros, costureras y mecánicos de automóviles; estudiamos problemas de recolección de basuras; observamos asuntos relacionados con las rivalidades entre bandas y con los mayores alcoholizados. Con el apoyo de Lovato, entramos en los apartamentos –normalmente, moradas para entre tres y cinco personas— y analizamos cómo organizaban las familias sus minúsculos espacios. Investigamos quiénes eran los propietarios de los edificios, calculamos la rentabilidad de su alquiler, incluso visitamos y fotografiamos los hogares de los amos de esos tugurios del centro urbano, que vivían en Beverly Hills y en la playa de Newport.


La única forma de vivienda que era generalmente popular, en donde los arrendatarios habían estado allí desde hacía mucho tiempo –todos los demás iban y venían— era el complejo de apartamentos del patio de bungalows, con sus pequeños jardines y una fuente. Lo más detestado no eran las escaleras de incendio de la vieja propiedad de los años 20, sino el edificio de apartamentos con aparcamiento subterráneo construido en los 50 o 60 en lotes unifamiliares. Esos edificios estaban diseñados para experimentar un rápido deterioro en pocas décadas y representan un verdadero problema en toda la California meridional. Los otros tipos multiunidad eran duraderos, pero resulta difícil de imaginar una alternativa al estuco arruinado que no sea el derribo, lo que, en efecto, han hecho las promotoras inmobiliarias, pero sólo para reemplazar ese tipo de edificios por “supercubos” de cuatro o cinco plantas que no son sino versiones ampliadas de los mismos problemas.


Nuestro objetivo era reunir todos nuestros descubrimientos en una suerte de Catálogo Completo subido a un portal web y luego invitar a todo el mundo a escribir y aportar ideas sobre asuntos genéricos de los barrios obreros como desperdicios, juego, trabajo, graffiti, bandas, espacio social, aparcamiento, etc. No nos proponíamos crear un plan maestro en miniatura, sino levantar un arsenal de soluciones prácticas de diseño fundadas en un análisis cuidadoso, realista que pudiera ayudar a los residentes a encuadrar sus reivindicaciones a los señores del suelo y a la ciudad. Imaginábamos colaboraciones de arquitectos, artistas y artesanos que actuaran como constructores de herramientas al servicio del activismo y el autodiseño comunitario. Todavía creo en la idea, mi contrato con el Instituto de Arquitectura terminó cuando se fue Michael Rotondi, nuestro gozoso bromista, nuestra luz rectora.

 

Cuff: La idea de construir herramientas en vez de hacer un plan maestro es útil. Un grupo de estudiantes de urbanismo y humanidades de la UCLA se centró en Boyle Heights, que, como Westlake, está experimentando una presión urbanizadora. Los instrumentos solicitados por la comunidad eran bastante directos, una suerte de manual sobre cómo convertir en parques espacios abandonados. Fue un interesante diálogo sobre las respectivas actuaciones el que se desarrolló entre las humanidades, la arquitectura y los estudiantes. ¿Se puede no suministrar lo pedido y seguir siendo un aliado socialmente responsable de los grupos comunitarios? La discusión fue interesante porque los estudiantes entraron en acción, desde estudiantes de arquitectura, siempre dispuestos a hacer algo aun no disponiendo de mucha información, hasta los estudiantes de humanidades, renuentes a actuar si creen que no saben lo suficiente o no tienen derecho a intervenir.

Davis: Ese tipo de consciencia puede venirles bien algunos arquitectos veteranos de Los Ángeles, que contemplan la ciudad como una zona de tiro libre para cualquier ocurrencia vanidosa que les venga a la cabeza, cualquiera que sea el contexto urbano o su historia. En Ciudad de cuarzo critiqué a Frank Ghery por sus diseños furtivos y por su excesiva preocupación por la seguridad. Fue realmente como pisarle un callo, porque él viene de una tradición socialdemócrata y no le gustó nada mi descripción de su obra a calzón quitado como “la arquitectura de Harry el sucio”.


Un día, unos años después, me llamó para ir a verle. “Vale, tío importante, mira esto”, Y me mostró la última entrega del diseño de su Disney Concert Hall, que tenía un parque ajardinado alrededor de su perímetro no-euclidiano. “Me criticaste por hacer diseños antidemocráticos, pero ¿esto qué es?”. Y efectivamente, había una astuta integración del elitista Concert Hall con espacio de juego para niños de la zona y de descanso para gentes sin techo. Invitaba antes que excluía a los residentes del barrio pobre Latino, como la Witmer Street que rodea al centro urbano. Eso no tenía prácticamente precedentes, y tuvo que librar una larga batalla con el condado, empeñado en aislar Disney y ponerle límites. En esta ocasión al menos, una celebridad arquitectónica luchó del lado bueno.

Jennifer Wolch: Desde luego. Sin embargo, es una cuestión importante particularmente para los estudiante de humanidades: el asunto de la subjetividad les hace reticentes a hacer propuestas.

Davis: Pero ellos tienen competencias. La narrativa es una parte importante a la hora de crear comunidades. Las historias de la gente son claves, especialmente las de sus rutinas. A mí me parece que hay importantes competencias y calificaciones en las ciencias sociales, pero las humanidades son particularmente importantes por las historias. También creo que un coreógrafo sería un gran analista del espacio y un suerte de imaginador de usos del espacio.
Un día tuve una larga conversación con Richard Louv sobre Last Child in the Woods [El último niño en los bosques], uno de los libros más profundos de nuestro tiempo, una meditación sobre lo que significa para los niños perder contacto con la naturaleza, con el juego y la aventura nómada libres y no organizados. Una generación de madres obligadas a ser chóferes a tiempo completo, llevando a los niños de una distracción comercial a otra, de un evento lúdico sobreorganizado a otro. Yo crecí en el este del Condado de San Diego, en la frontera misma con las tierras del interior, y una vez hechos los deberes (una cosa seria en aquella época), podías montarte en la bici y lanzarte a la acción como Huck Finn. Había una colonia nudista en Harbison Canyon, a unas doce millas, y nosotros cogíamos nuestras bicis y pedaleábamos cuesta arriba horas y horas en la esperanza de lograr ver algo a hurtadillas a través de las verjas. Como todos mis amigos, tuve una escopeta del 22 al cumplir los doce años. Hacíamos cosas malas a los animales, lo confieso, pero éramos espíritus libres, odiábamos la escuela, nos importaban un higo las calificaciones, nos librábamos de nuestros padres gracias a pequeños empleos a tiempo parcial y trabajos de jardinería y nos deleitábamos con todas y cada una de nuestras fechorías locas y aventureras. Desde que regresé a San Diego en 2002, me reúno anualmente con los cinco o seis chicos a los que conozco desde el segundo grado en 1953. A pesar de las grandes diferencias de convicciones políticas y religiosas, seguimos siendo la misma banda de los viejos tiempos.
Y las bandas eran lo que te mantenía seguro y la razón de que las madres no se preocuparan de nuestras citas lúdicas ni los acosadores de niños. Recuerdo que incluso en el jardín de infancia –vivíamos entonces en el área de City Heights de San Diego— teníamos una banda que iba junta a la escuela y jugaba cada tarde. Un grupo de nenes y nenas, siete u ocho, que vagaba sin rumbo y mendigaba unos centavitos para comprar chicles en el quisco de la esquina. Hoy, la idea de bandas de niños o adolescentes sin vigilancia suena como un problema de ley y orden. Pero así es como las comunidades funcionaban entonces y podrían seguir funcionando ahora. Aparte de Louv, recomiendo calurosamente el libro del anarquista inglés Colin Ward The Child in the City [El niño en la ciudad]. Un propósito capital de la arquitectura, sostiene él, debería ser diseñar ambientes aptos para las aventuras y los descubrimientos fortuitos, no programados.

Wolch: Mike vamos ahora a una cuestión completamente diferente. Uno de los libros tuyos más nos gustan es Late Victorian Holocausts [Holocaustos victorianos tardíos]. No versa sobre ciudades, sino sobre Occidente. Cómo te decidiste a vincular la historia del cambio climático con las hambrunas y la ecología política? Es como si hubieras tomado una desviación...

Davis: Luego de los disturbios de 1992, la editorial Knopf me avanzó mucho dinero para escribir un libro sobre el apocalipsis urbano. A través de mis actividades políticas había llegado a conocer a las madres de muchos actores clave en esos acontecimientos, incluida Theresa Allison, cuyo hijo, Dewayne Holmes, fue uno de los primeros en promover la Tregua de Watts de la banda. También conocí a la mamá de Demian Williams, que era el villano en jefe, el chaval que golpeó casi hasta la muerte al camionero en la esquina de Florence y Normandie. A través de sus ojos llegué a adquirir una perspectiva muy distinta de la relación entre causa y efecto, así como de lo que fue correcto y lo que fue incorrecto en el curso del estallido. Pero al final del día no podía hallar la menor justificación real al tipo de periodismo que sostiene sus tesis con pretensión de autoridad a través de citas y retratos selectivos de gentes que por lo general no pueden controlar la versión final. En los años 30, este tipo de documentación social o narrativa existencial de segunda mano –las fotografías de Dorothea Lange o el Dejadnos Ahora Alabar a los Hombres Famosos, de James Agee, por ejemplo— podía presentarse como una parte integral de una cruzada, el New Deal o la [central sindical] CIO, que luchaban para mejorar las vidas de las víctimas populares, y que eran a menudo sus sujetos desconocidos. Pero ahora, en nuestra era posliberal, ese trabajo corre el peligro de resultar simplemente sensacionalista y explotadoramente ventajista. Francamente, por mucho que deseara escribir el libro, no podía hallar licencia moral alguna para saquear historias populares y miserias personales a mayor gloria mía en tanto que voz losangelense del apocalipsis. De modo que devolví el dinero avanzado y moví mi base de operaciones a la biblioteca de ciencias de la Tierra del Cal Tech [Instituto Tecnológico de California] y me sumergí en la investigación de la historia y el desastre medioambiental que generó mi libro Ecología del miedo.
Descubrí también otro asunto en el que no había ninguna ambigüedad ética, un proyecto en el que iban perfectamente de la mano mi conciencia y mi celo investigador. Tom Hayden me contactó en 1995 o 1996 y me pidió colaborar en un volumen que él estaba compilando para 150 aniversario del holocausto irlandés. Al principio puse reparos. Había jóvenes y brillantes historiadores irlandeses que estaban reinterpretando la Hambruna, y yo no tenía la menor experiencia en esa área. Pero insistió: “Bueno, tal vez haya alguna otra cosa coetánea sobre la que podrías escribir”. Entonces descubrí las hambrunas en China y en la India durante las décadas de 1870 y 1890, que mataron a cerca de 20 millones de personas pero que no habían recibido la menor mención en la historiografía convencional de la Era Victoriana. El resultado fue Holocaustos victorianos tardío, una especie de “Libro Negro” del capitalismo que versa sobre los millones de muertes innecesarias que ocurrieron cuando las potencias europeas –sobre todo, Inglaterra— forzaron el ingreso a toda marcha en el mercado mundial de las grandes economías campesinas de subsistencia de India y China. Con resultados desastrosos.

Wolch: Tenemos un última cuestión sobre tus novelas para jóvenes adultos. Cuando damos en clase tu Ciudad de cuarzo u otra de tus descorazonadores piezas sobre Los Ángeles, uno siempre está tentado a pensar que al salir de clase los alumnos se tirarán de un peñasco. Pero tus novelas para adultos jóvenes parecen abiertas a algún tipo de futuro alternativo esperanzador.

Davis: ¡Eh! No deberíais sentiros descorazonadas por mis libros sobre Los Ángeles. Son precisamente polémicas apasionadas sobre la necesidad de una izquierda urbana. Y mi tercer libro sobre Los Ángeles, Urbanismo mágico, irradia literalmente optimismo sobre el renacimiento de los movimientos de base en nuestros barrios de inmigrantes. Pero, para volver a las dos novelas de “ciencia aventura” para adolescentes: las escribí para la espléndida editorial de Viggo Mortensen, Perceval Press. Son, sobre todo, manifestaciones de nostalgia por mi hijo mayor, luego de que su madre se lo llevara de vuelta a su Irlanda natal. Los héroes son tres niños reales: mi hijo, su hermanastro y la hija de nuestros mejores amigos cuando yo impartía docencia en Stony Brook en Long Island. El nombre de la niña es Julia Monk, y ahora es una bióloga especializada en vida salvaje que está haciendo su tesis doctoral sobre pumas andinos en Yale. Estoy muy orgulloso de haberla convertido en la guerrera-científica heroína de las novelas, porque mi intuición sobre su carácter se ha hecho plena realidad. Una joven muy notable.
Escribir estos cuentos fue pura diversión. La inspiración original fue un viaje que hicimos con mi hijo al este de Groenlandia cuan él tenía siete años. Eso se convirtió en El país de los mamuts perdidos. Historias como esta se escriben solas, especialmente porque se trata de niños reales y tu estás proyectando sus caracteres morales en situaciones de aventura y peligro fantásticos (aunque algunas de las partes más estrafalarias de los libros son verdaderas y están basadas en mi obsesión de toda la vida por las islas misteriosas). En cierto modo, fue como si los cuatro hubiéramos realmente hecho una expedición a Groenlandia y a la extraña y embrujada isla de Socotra.
Pero dejemos a los chicos continuar la aventura. Yo me he convertido en un jubilado muy casero, centrado ahora en aprender todo lo que pueda sobre la naturaleza y la geología de la California meridional. La única organización a la que pertenezco (de grupos no subversivos, se entiende) es la Unión Geofísica Americana. Mi mujer disfruta de una buena novela en la cama. Yo leo extraños volúmenes sobre petrología ígnea y paleoclimatología. Tengo incluso en algún lado un texto à la Stephen King [sobre la calle en la que vivo] llamado Ecología de la calle 33, porque no hay nada natural en este barrio, desde los arundos hasta los caracoles sicilianos, que si llegaran a invadir el Valle Central podrían dañar las cosechas y provocar unos cuantos miles de millones de dólares de pérdidas. No existen cuervos aquí, ni tampoco las siniestras arañas viuda negra que ahora viven en el mobiliario de mi patio. Para mí este es un gran material de novela negra: el barrio tomado por aliens sin que sus habitantes se enteren.

12/01/2017

 

Mike Davis


profesor del Departamento de Pensamiento Creativo en la Universidad de California, Riverside, es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO. Traducidos recientemente al castellano: su libro sobre la amenaza de la gripe aviar (El monstruo llama a nuestra puerta, trad. María Julia Bertomeu, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2006), su libro sobre las Ciudades muertas (trad. Dina Khorasane, Marta Malo de Molina, Tatiana de la O y Mónica Cifuentes Zaro, Editorial Traficantes de sueños, Madrid, 2007) y su libro Los holocaustos de la era victoriana tardía (trad. Aitana Guia i Conca e Ivano Stocco, Ed. Universitat de València, Valencia, 2007). Sus libros más recientes son: In Praise of Barbarians: Essays against Empire (Haymarket Books, 2008) y Buda's Wagon: A Brief History of the Car Bomb (Verso, 2007; traducción castellana de Jordi Mundó en la editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2009).


Fuente:
https://boomcalifornia.com/2016/12/29/a-boom-interview-in-conversation-with-

Publicado enSociedad
Miércoles, 23 Abril 2014 09:41

Realidades y retos que depara Medellín

Realidades y retos que depara Medellín

Medellín, ciudad laboratorio. Así reza una frase escrita en uno de los documentos oficiales con que fue citado en el Foro Urbano Mundial.

 

La frase desnuda la realidad de esta urbe. Si bien quienes la plasmaron sólo ven los desarrollos arquitectónicos y la oferta de servicios con que la ciudad trata de menguar las falencias reinantes en los barrios en temas como transporte, educación, recreación y otros aspectos, la verdad es que esta urbe también es laboratorio por la manera como se implementa en ella el control social.

 

En la capital de Antioquia, durante el año 2013, fueron desaparecidas 302 personas, de las cuales hasta ahora han aparecido muertas 32, es decir, que de 270 no se sabe qué pasó con ellas. Por esta modalidad de violencia fueron reportadas desaparecidas durante cuatro años (2010-2013) 2.536 personas, y de ellas aparecieron vivas 1.017, muertas 147, y siguen sin aparecer 1.272. Durante el año anterior fueron asesinadas en la misma ciudad 922 de sus pobladores.

 

No es casual que esta urbe sea la que reporte en Colombia el mayor número de víctimas en proporción a su número de habitantes. El 10,4 por ciento de las personas que viven allí es víctima de los grupos armados. Es decir, 250 mil habitantes, de los dos millones 400 mil que hay en la ciudad.

 

Esta realidad no pasa inadvertida para estudiosos del tema en el mundo. El portal de noticias estadounidense Business Insider clasifica a la "capital de la montaña" en el puesto 24 entre las 50 ciudades más violentas del mundo durante el 2013. Su tasa de homicidios es de 49,10 por cada 100 mil habitantes.

 

Esta es una parte del control social ejercido en este territorio. Pero el modelo de control social es mucho más amplio y diverso en sus modalidades de reproducción. La diversidad de expresiones del poder paramilitar allí reinante lleva a decir al propio Defensor del Pueblo que "todas las comunas de la ciudad están a merced de los delincuentes", y que "el problema latente de inseguridad no es sólo una percepción ciudadana; es real y se les debe garantizar a los habitantes de Medellín el goce y el disfrute de sus derechos".

 

El control social en ejercicio es tal que los paramilitares, las bandas y bacrim, como se les llama o identifica según su modalidad de operación, cobran vacunas en muchos de los barrios; extorsionan a comerciantes grandes, medianos y pequeños; regulan la vida hasta el punto de obligar a consumir ciertos productos que ellos mismos surten en tiendas y supermercados. Según estudios conocidos, por este solo concepto perciben 40 mil millones al año.

 

Su acción violenta llega al extremo de controlar quién puede transitar los territorios que controlan, a qué hora, levantando unas fronteras invisibles entre barrios que hacen temer lo peor a sus moradores. Cansados de esta realidad, o 'sancionados' por no cancelar la vacuna semanal (disfrazada de oferta de seguridad), el desplazamiento interurbano no para en esta ciudad, aunque sobre el mismo no hay cifras exactas.

 

El control social reinante en la capital de Antioquia se asemeja en mucho al funcionamiento típico de la mafia, donde no solo controlan casas de juego y oficinas de apuestas legales, el ejercicio de la prostitución, el surtido de narcóticos, el funcionamiento de bares y otros lugares de diversión, la renta de armas, el comercio de órganos humanos y otro tipo de ofertas ilegales sino también la vida diaria de la población, regulando los horarios de tránsito de quienes habitan ciertos territorios, así como los lugares para la compra de determinados productos de consumo diario.

 

De así ser, esta ciudad laboratorio está sirviendo para la implementación de un modelo de sometimiento social, violento e intimidatorio, que impide, reduce o limita la organización de la protesta social, permitiendo que el Estado continúe con sus desafueros en diversidad de aspectos. La ampliación de este modelo de control a muchos barrios informales y periféricos en distintas ciudades del país indica que esta puede ser una ruta aceptada por las autoridades nacionales, con lo cual tiene explicación que en muchos lugares la Policía se conforme con ver y "dejar hacer".

 

Pero no solo esta es la realidad que subyuga a quienes habitan esta urbe. Luego de ser por muchas décadas la ciudad industrial del país, ahora lo es del desempleo, con el 10 por ciento al finalizar 2013. Quien camine su centro histórico podrá asombrarse por la multitud que rebusca su pan diario por cuenta propia: mangos, piñas, jugos, películas, música, ropa, y otras baratijas llenan cientos de metros de las principales calles y avenidas.

 

Pero este esfuerzo de supervivencia, que desdice de la existencia y la legitimidad del Estado, se extiende por todos los barrios, donde sus pobladores tratan de sumar unos pesos para su familia ofertando arepas, empanadas, mazamorra y cualquier otro tipo de alimentos al por menor. En algunos barrios, la especialidad es la maquila en ropa. No son pocos los pobladores que terminan por virar hacia la oferta de estupefacientes por gramos, pues los ingresos son mayores, inmediatos y garantizados. En total, según el Dane, la informalidad alcanza al 46 por ciento de su población trabajadora.

 

En esta ciudad de contrastes, donde el narcotráfico profundizó sus raíces e impuso un modelo de consumo de élite desaforado, la concentración de la riqueza y la desigualdad social se respiran desde el primer momento que se la recorre. La vivienda deteriorada puede verse desde que el vehículo se adentra en la misma por cualquiera de sus fronteras, y así lo confirma una encuesta de 2012, hecha por la Alcaldía, que precisó que el 76,3 por ciento de las viviendas está ubicado en los estratos 1, 2 y 3, mientras el 4 representaba el 11,1 por ciento, mientras los estratos 5 y 6 representaban el 12,6. Es decir, mientras la mayor parte de su población corresponde a estratos con pocos recursos, un pequeño porcentaje de sus habitantes tiene gran poder adquisitivo. No es extraño que el coeficiente Gini alcance el 0,55 aunque Naciones Unidas asegure que bajó al 0,50.

 

La pobreza es tal, que una ciudad que le vende energía a todo el país y algunos países vecinos, cuenta con 40 mil hogares desconectados, en clara violación a un derecho fundamental; donde su empresa de servicios públicos más parece una multinacional que una entidad que haga honor a su nombre.

 

Se puede decir, por tanto, que además de ciudad laboratorio, Medellín lo es de contrastes y desigualdad. Urbe elegida para celebrar el Foro Urbano Mundial, más preocupada por ser una ciudad marketing y de eventos que por movilizar a sus habitantes para resolver entre todos, en acción de gobierno democrático profundo, los problemas que les afectan y que, sin así quererlo por parte de sus habitantes, termina trazando fronteras de insolidaridad entre los mismos pobres y excluidos, con lo cual Medellín también termina siendo, por distintos motivos, ciudad del conformismo.

 

Ahora el laboratorio en Medellín debe ser: ¿Cómo romper esta realidad?

Publicado enEdición Nº201

A finales de los años 60 a los estudiantes de arquitectura y de ingeniería de la Universidad Nacional, sede Medellín, nos llevaron a ver las complejas obras de mitigación que se hacían en el Hotel Intercontinental (en ese momento en construcción), para impedir que el edificio continuara desplazándose sobre el terreno ladera abajo.

 

En los años 70 las autoridades de planeación de la ciudad establecieron serias restricciones para la construcción en las áreas aledañas al hotel, ya que, según estudios y diagnósticos geológicos y geotécnicos disponibles en ese momento, esa zona de la ladera oriental presentaba serias limitaciones de estabilidad.

 

Años más tarde cuando salta la fiebre constructora en El Poblado, la misma que aún vivimos, gracias a esa curiosa facultad que poseen las tecnocracias de voltear el destino de las cosas de la ciudad, esas tierras –otrora vetadas para la construcción intensiva–, de un momento a otro resultaron colmadas de grandes edificios. Es de suponer que los progresos de la ingeniería, el mejoramiento de las capacidades técnicas de los constructores y contar con nuevos sistemas constructivos, fueron los argumentos que sirvieron en los medios institucionales para justificar el cambio tan radical en la calificación del riesgo de esos suelos.

 

Aunque no es conocido aún, si el suelo tuvo alguna responsabilidad en el colapso del edificio Space y las hipótesis se orientan principalmente a fallas en el diseño estructural, a la mala calidad de los materiales empleados o deficiencias en el proceso constructivo, habrá que esperar el resultado de los estudios que adelantan los especialistas, para saber las causas de una tragedia que no deja de sorprender dadas las características de esta edificación destinada a población de altos ingresos que, en teoría, debería contar con los más elevados estándares de calidad, en un derrumbe que, por demás, sucedió en frío, es decir, sin que mediara un evento natural que en alguna medida lo pudiera justificar.

 

Pero sea que se determine que fueron o no los suelos (un factor determinante en la explicación del colapso del edificio y sus secuelas de muerte y desalojo de residentes), es necesario decir, que el acomodo realizado de las medidas restrictivas de construcción en esa zona por parte de las autoridades de la ciudad, favoreciendo los intereses inmobiliarios que la tenían en la mira, es un ejemplo patente de lo ocurrido desde hace tiempo con el manejo de las políticas reguladoras del desarrollo urbano en Medellín y los municipios del área metropolitana. Sin duda, tales medidas están dirigidas más al favorecimiento de intereses de grandes especuladores urbanos y menos al mejoramiento de la calidad de vida de los habitantes y la construcción de un urbanismo equilibrado y sostenible, como reza la retórica idealista de los Planes de Ordenamiento Territorial (POT).

 

Y es la lógica de funcionamiento de los POT, donde está la semilla de buena parte de los males que padecemos los habitantes de las ciudades, de los cuales la tragedia del edificio Space no es más que la punta del iceberg.

 

Ciudad "compacta"

 

Muchos POT colombianos, entre ellos el de Medellín y Envigado, hablan de ciudad compacta como una imagen de ciudad coherente, equilibrada y sostenible que combina altas densidades con un espacio urbano confortable y bien equipado. En este modelo de ciudad, copiado de urbes europeas, no hay respeto igual que en aquellas ciudades que garantizan: extensas áreas construidas en edificios multifamiliares de máximo 5 a 6 pisos, que cuentan con un adecuado soporte urbanístico en términos de espacio público, vías vehiculares y peatonales, diferentes alternativas de movilidad, equipamientos públicos, comerciales y servicios en los primeros pisos, etcétera.

 

En Medellín, el caso más asemejante a este ideal de ciudad compacta, es la transformación sufrida en barrios como Laureles, Conquistadores y zonas aledañas. Son densificados mediante la construcción de edificios multifamiliares de mediana altura, en lotes que antes ocupaban viejas casonas y, lo más importante, aprovechando una excelente infraestructura urbanística preexistente de amplias vías y zonas verdes y un trazado urbano fluido.

 

Pero, para lamentar, esta idea de ciudad compacta tomó cuerpo como patrón de desarrollo de manera perversa, como ocurrió en la Comuna de El Poblado. Allí, a la existencia de una precaria infraestructura suburbana, a la carencia de un sistema vial adecuado para soportar altas densidades, a la precariedad de espacios públicos y de equipamientos (territorio además pródigo en aguas superficiales y subterráneas y con suelos difíciles para la construcción), le superpusieron un parque habitacional de altísima densidad, dispuesto en un inicio en casas de unidades cerradas y, luego, en torres de 20 y más pisos, haciendo de la densidad el único componente de la "ciudad compacta" que se pretendía crear. He aquí, justamente, el único aspecto que le interesaba al sector inmobiliario, que con la complicidad de diferentes administraciones, de políticos, curadores y funcionarios dolosos, logró; capar o soslayar las obligaciones urbanísticas requeridas para que exista, en realidad, una ciudad compacta que provea calidad de vida, seguridad y civilidad a sus habitantes.

 

Pero lo peor: Este modelo perverso de El Poblado fue copiado en versiones cada vez con menores condiciones, dirigidas a estratos socioeconómicos más vulnerables en otras zonas altas de Medellín como Robledo Alto, Belén, Villa Hermosa y otras, así como también áreas periféricas a los cascos urbanos desarrollados de otros municipios del área metropolitana, como Envigado y Sabaneta, en donde aparte del colapso de movilidad se produjo un serio deterioro del medio ambiente privilegiado que tenían estas zonas.

 

Estos frentes de desarrollo inmobiliario especulativo actúan lote a lote, sin visión de conjunto alguna en los aspectos urbanístico, geológico, ambiental, paisajístico, a base de construir las mismas torres repetitivas de 14, 15, 20 y más pisos, erigidas sin exigencia de idoneidad profesional a sus gestores. Son torres construidas sobre suelos con dudosa estabilidad, montadas sobre precaria infraestructura vial, de servicios y de equipamientos, evitando al máximo cumplir (con la complicidad de las administraciones municipales, las curadurías y los consejos municipales) con las obligaciones y compensaciones urbanísticas que, según las bellas intenciones retóricas de los POT, deberían garantizarse para lograr un desarrollo urbano equilibrado y, lo más grave, soslayando con frecuencia las limitaciones ambientales, arriesgando la estabilidad de suelos, así como la preservación de las aguas naturales y la supervivencia de especies de fauna y flora nativas.

 

Esta pseudo ciudad carente de urbanismo, insostenible ambientalmente, congestionada y fea, no deja muertos visibles como los que produce el colapso de un edificio, pero cabe preguntarse, ¿Quién paga por las des economías en los ingresos de las familias, por las insatisfacciones e incomodidades, por la pérdida de tiempo, por la carencia de espacios de recreación pasiva y activa, por la falta de amoblamientos adecuados, por la pérdida de patrimonios que día a día produce este tipo de urbanismo pirata institucionalizado?, de crecimiento lote a lote, que hoy se tomó nuestras ciudades y que es la fuente de enriquecimiento y, porque no decirlo, de lavado de dineros ilícitos, de la cual se beneficia una industria de la construcción tomada por el espíritu especulativo y de la ganancia a toda costa, con el consentimiento interesado de muchos funcionarios públicos, políticos de oficio y gobernantes.

 

También contribuyen al deterioro

 

Otros factores suman para la formación del iceberg de conflictos que afectan el presente y el futuro de nuestras ciudades:

 

Las curadurías, nutridas en lo económico del mayor número de licencias aprobadas, convertido así, cada vez más, en factor de discordia entre, por un lado los ciudadanos residentes que ven amenazados sus intereses o su calidad de vida, y por el otro los constructores, las oficinas de planeación y de medio ambiente y demás entes públicos competentes o con poder para la construcción de ciudad.

 

Dada su naturaleza dependiente de la aprobación de licencias, las curadurías tienden a favorecer (como se puede suponer) a los constructores, en detrimento de la responsabilidad que tienen para defender los derechos de los vecinos colindantes (únicos interlocutores comunitarios válidos para las curadurías) a quienes en la mayoría de los casos, o no se los toma en cuenta o simplemente se cumple con ellos el formalismo burocrático de pedirles una opinión que, al fin y al cabo, no tiene ningún efecto práctico en la aprobación de los proyectos.

 

Los gremios profesionales, las sociedades de arquitectos y de ingenieros, desdibujados en su totalidad de lo que en algún momento fueron: entidades pensantes comprometidas con un proyecto de país, que desempeñaron tareas pedagógicas respecto al conjunto social –en lo arquitectónico y urbanístico– cuando el país se enfrentó a la transición campo-ciudad o al reto de la modernidad. Pero de ese espíritu no queda nada. Estos gremios fueron literalmente tomados por intereses particulares, por el espíritu de la especulación inmobiliaria. Sus dirigentes son los mismos que encabezan los monopolios de la construcción. ¿Qué se puede esperar entonces de estas entidades gremiales si su única propuesta al ajuste que hoy se discute del POT en la ciudad es la de desaparecer el aeropuerto Olaya Herrera, no para el gran parque que necesita la ciudad sino para "liberar" esa gran reserva de tierra para sus negocios?

 

El POT, en cuanto a la participación ciudadana en su aprobación y gestión, es otro de los temas presentados en forma muy florida en los encabezamientos que les sirven de presentación y fundamento, la experiencia muestra que estos planes –y sus ajustes– se aprueban, en la práctica, entre la administración de turno, los concejos municipales y sus aliados gremiales.

 

Nada pueden hacer los esfuerzos de los consejos territoriales, de las comunidades organizadas, si éstos avanzan en contravía de los designios del alcalde de turno, su oficina de planeación, los gremios de la construcción y el concejo; en el mejor de los casos se muestra una lista de eventos informativos que se realizaron con las comunidades del municipio en los que se "socializaron" las propuestas. Una vez aprobado el POT, o un ajuste del mismo, no hay lugar a replica ni a ningún tipo de acción participativa de las comunidades que sientan afectados sus intereses por las decisiones tomadas. De esta manera, estos Planes están convertidos en una suerte de ley divina imposible de modificar aunque existan errores evidentes que exigen introducir cambios en la marcha.

 

Conclusión sabida y padecida

 

Es posible afirmar, de esta manera, que lo único que en realidad aplican de los POT está en el capítulo referido a los aprovechamientos posibles de sacar a un lote, pues ahí, está el motor que finalmente mueve hoy por hoy la construcción de la ciudad. Es decir, el arte de cómo sacar el mayor provecho económico de un lote cumpliendo con el mínimo de obligaciones y compensaciones urbanísticas, que son en teoría, la cara amable de los POT y sin las cuales, sencillamente, no hay ciudad. De todos los demás aspectos mostrados en el discurso normativo no se aplica nada, o se aplica muy poco.

 

Si no es así, que se explique ¿qué pasa con los planes parciales, en teoría los que permiten recuperar zonas deterioradas o desarrollar ordenadamente otras? ¿Qué pasa con los balances de espacio público disponible, con la movilidad, con el embellecimiento de la ciudad, su confort urbano, etcétera?

 

Transcurridos casi 15 años de aplicación de los POT es poco lo que pueden mostrar como logros significativos para la calidad de la ciudad. Nos podemos preguntar cuál barrio de la ciudad puede mostrar un solo avance –en su calidad urbana– imputable a la aplicación de los POT, y no ubicaremos ninguno, pero sí, muy por el contrario, lo identificable son desmejoras.

 

Así las cosas, Medellín, sus municipios cercanos y muchas otras ciudades colombianas están presas en la actualidad de las expresiones más burdas de la especulación inmobiliaria, avaladas por una compleja alianza de poderes públicos y privados que inclinan la balanza para favorecer el interés particular sobre el general. Esta es la causalidad de fondo, el cuerpo del iceberg que mostró en Medellín su cima con el edifico Space y los demás edificios desalojados, que a raíz de su crisis, fueron visibilizaron como edificaciones en alto riesgo de colapso.

 

* Arquitecto, profesor especial Escuela del Hábitat Universidad Nacional, Medellín.


 

 

Recuadro

 

Construcción y afán de ganancia

 

Por Junta Cívica Paraje El Pinar*

 

Con la tragedia del complejo habitacional Space, toda nuestra sociedad pudo ver, sin tapujos que "los constructores privados no reparan en obtener el mayor volumen de ganancia a costa de la calidad y seguridad de las obras. De ello no se escapa ni la construcción privada ni la contratación pública".

 

"Es tan vertiginosa la actividad constructora desde hace 10 años que las curadurías no tienen tiempo ni personal ni les interesa revisar bien los proyectos que le presentan febriles edificadoras como Lérida CDO, propiedad de la familia del exgobernador de Antioquia, Álvaro Villegas Moreno"**.

 

"[...] En promedio cada mes se otorgan 500 licencias de construcción (ADN, octubre 16 del 2013). A la alcaldía ni al concejo municipal le interesó nunca controlar de verdad esta actividad, pues con una actitud eminentemente alcabalera solo se preocupan por obtener desbordadas tarifas de impuesto predial e industria y comercio, injustamente decididas en detrimento de millares de contribuyentes".

 

"[...] En algunos foros sobre vivienda, en los últimos 7 años se han desatado discusiones y prevenido sobre la desaforada edificación en las laderas tan inestables que tiene Medellín empleando la famosa moda de la mampostería estructural (malla electrosoldada) en alturas superiores a 20 pisos que imperó en la planicie del centro de la ciudad en la alcaldía de Fajardo (y todavía hoy en Pajarito y en la Comuna 15 y 16). Al parecer, ni esto ni las normas de sismorresistencia aconsejables para el Valle Aburrá se han tenido en cuenta íntegramente y, por el contrario, el POT es modificado a favor de una plutocracia constructora insaciable, aupada por la SAI y otros gremios, que no deja "lote sin cabeza". Nos atrevemos a decir que un mediano temblor de tierra puede causar una tragedia mayúscula que puede afectar no ya solo a los apartamentos populares sino también los de alto costo. Cabría también preguntarse si el municipio y el concejo han hecho algo por evitar que grandes lotes de las laderas de Medellín sean monopolizados y urbanizados por altos ejecutivos con asiento en los gremios beneficiarios de la especulación de los suelos y materiales y del derecho constitucional a la vivienda digna.

 

* En 1980 solo ejerció 18 meses la gobernación de Antioquia, ya que la Procuraduría General de la Nación le pidió la renuncia por la investigación que abrió en su contra por "especulación en la compraventa de terrenos", ya que valido de su investidura su empresa Ingeniobras adquirió un lote de 201.000 mts2 en Niquía, Bello, el cual a los 50 días exactos entregó al ICT para cofinanciar las 1.948 casas bifamiliares que se hicieron de 1981 a 1984, con un incremento desmesurado del 2.000%. (Fuente: Boletines Comité Cívico de las Bifamiliares de Niquía, 1984).
** Extractos del artículo "Construcción en manos de avilantadas empresas e irresponsables curadores".

Publicado enEdición N°197
Oscar Niemeyer, el perseguidor de la gracia y la levedad

La verdad es que, luego de un mes en el hospital, Oscar Niemeyer estaba cansado. La voz casi no se dejaba oír. Dijo a la mujer, Vera, que estaba aburrido de quedarse tanto tiempo en la habitación toda blanca. Pidió volver aquella misma tarde al estudio. Había mucho trabajo por delante. Dijo también que todo lo que quería era un café y una empanada. Y entonces quedó quieto, quietito, y al otro día se murió. Se fue el miércoles, 5 de diciembre. Faltaban 10 días para que cumpliese 105 años.

 

Ha sido un ícono de la arquitectura contemporánea. Creó más de mil proyectos. Unos 600 han sido realizados y cambiaron el paisaje en Argelia e Italia, en Francia y Brasil, en Estados Unidos y España. Son obras en 15 países. Fue el arquitecto de los desafíos. Diseñó líneas imposibles, formas libres y sueltas en el espacio, buscó equilibrios inexistentes. Para él, la arquitectura era sorpresa e invención, o no era nada. Desconoció la dureza de la materia. Quiso doblarla, impregnar la materia de una audacia desconocida. Y lo hizo, persiguiendo la gracia y la levedad.

 

De todas sus obras, quizá la más conocida sea el conjunto de palacios de Brasilia. Allí está la síntesis de lo que había diseñado antes y el punto de partida para todo lo que diseñó después. Niemeyer dijo siempre que era una arquitectura diferente de lo que se había visto antes. “Los palacios pueden gustar o no, pero nadie podrá decir que antes había visto algo igual. Puede que haya visto mejores, pero iguales no”. Y contaba también que “construir una ciudad ha sido fantástico. Pero luego el sueño se acabó, precisamente en el día de la inauguración. No subí al palco de las autoridades: me quedé abajo, con los peones que habían trabajado para construir una ciudad donde no podrían vivir. El mundo soñado era imposible. Dejábamos de ser iguales”.

 

En las obras que creó y esparció por medio mundo aparece, nítida, la obstinación con que persiguió lo nuevo, y la asombrosa capacidad de inventar espacios cada vez más amplios para los osados vuelos de su imaginación, para su persistencia en desafiar las imposibilidades.

 

Los arquitectos de varias y seguidas generaciones, y los estudiosos y teóricos de la arquitectura dedicaran océanos de tinta para analizar su obra e intentar desvelar sus misterios. En el pequeño e íntimo despacho que mantenía en los fondos de su estudio de Copacabana, la cueva donde recibía a los amigos más allegados, había alrededor de 80 libros sobre su obra, en media docena de idiomas. Nunca los leyó. Más de una vez me dijo, con una sonrisa que oscilaba entre la picardía y la melancolía, que a él le gustaría ser recordado en las enciclopedias con una frase corta: “Niemeyer, Oscar: brasileño, arquitecto; vivió entre amigos, creyó en el futuro”.

 


Decía uno de los arquitectos más admirados del siglo XX que la arquitectura, en última instancia, no tenía ninguna importancia. “Importante –decía– es la vida, los amigos, la mujer amada y la necesidad urgente de cambiar este mundo injusto.”

 

Trabajó hasta el final. A sus largos 104 años de vida seguía llegando todos los días al estudio, y cuando le preguntaban por qué continuar trabajando a esas alturas de la vida, la respuesta era siempre la misma: “El trabajo me distrae. A mi edad, más vale estar ocupado para no pasar el tiempo pensando tonterías“.

 

Algunas tardes le gustaba quedarse solo, en su despacho, repasando la vida e imaginando lo que vendría. Contaba: “A veces, el pasado aparece y recuerdo a mis hermanos, a los amigos ya perdidos para siempre, y entonces una tristeza mansa e silenciosa me invade. Otras veces, lo que irrumpe es la miseria del mundo, esa miseria inmensa que los más ricos aceptan, indiferentes”.

 

Esa obstinación, la necesidad de cambiar el mundo, quedó registrada en la pared de su estudio, escrita con su letra firme y vigorosa: “Cuando la vida se degrada y la esperanza huye del corazón de los hombres, la revolución es el camino a seguir”.

 

En los años de dictadura militar en Brasil, lo detuvieron, y uno de sus inquisidores quiso saber cómo pretendía cambiar la arquitectura. Con serenidad, Niemeyer contestó: “No quiero cambiar la arquitectura, lo que quiero es cambiar esa sociedad de mierda”. Fue fichado como correspondía: “subversivo en más alto grado”. También así –rebelde, inconformado– lo recordaré.

 

Nos conocimos en 1984, quizá 1985. Hemos convivido por más de 20 años. Guardo de Niemeyer, para siempre, una frase: La vida es un soplido. Y decía: “Están los que aseguran que después de que me muera vendrán otras personas a ver mis obras. Pero esas personas igual morirán. Y vendrán otras y otras, que también morirán. La inmortalidad es una fantasía, una manera de olvidar la realidad”.

 

Y si la vida es un soplido, había que vivirla a fondo y a cada segundo. “Lo único que importa mientras estemos”, decía, “es abrazar a los amigos, buscar ser feliz. Y, claro, cambiar el mundo”.

 

Eso, y nada más. Y así vivió.

 


Eric Nepomuceno, periodista brasileño

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