Las mejores fotos de la semana: Animadoras norcoreanas, un auto espacial y el carnaval de Brasil

Desde un lujoso automóvil flotando en el espacio hasta acróbatas que hacen los trucos en el aire, estas curiosas, pintorescas y llamativas fotos tomadas en distintos rincones del mundo a lo largo de los últimos siete días, no le dejarán indiferente.

 

Patrick Robinson, un jugador de Philadelphia Eagles celebra la victoria de su equipo en el partido final de Philadelphia Eagles contra los New England Patriots en el Super Bowl en Minnesota, Estados Unidos. Chris Wattie, Reuters

 

Una mujer participa en el movimiento "Ceu na Terra" (Cielo sobre la Tierra) durante el carnaval en Río de Janeiro, Brasil. Pilar Olivares, Reuters.

 

Un peluquero le corta la barba a un hombre en una peluquería callejera improvisada en Daca, Bangladés. Mohammad Ponir Hossain, Reuters.

 

Un peluquero le corta la barba a un hombre en una peluquería callejera improvisada en Daca, Bangladés. Mohammad Ponir Hossain, Reuters.

 

El presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, firma un documento con otro miembro de la misma entidad, Randal Quarles, en Washington, EE.UU. Aaron P. Bernstein, Reuters.

Un hombre lava un elefante en el río Yamuna en Nueva Delhi, India. Adnan Abidi, Reuters.

 

Un soldado del Ejército Libre Sirio en suburbios de Al-Bab, Siria. Khalil Ashawi, Reuters.

 

El murciélago ratonero grande (Myotis myotis) liberado en Francia. Olivier Farcy, Reuters.

 

Un hombre saca un perro del lodo y las piedras después de la inundación en Tiquipaya, Bolivia. Danilo Balderrama, Reuters

 

Un oso polar en el parque zoológico de Gelsenkirchen, Alemania. Roland Weihrauch, AFP

 

Participantes en el baile anual de la Ópera de Viena danzan durante un ensayo, Austria. Heinz-Peter Bader, Reuters

 

El esquiador estonio Martti Nomme realiza salto durante un entrenamiento en los JJ.OO. en Pyeongchang, Corea del Sur. Dominic Ebenbichler, Reuters

 

Un orangután llamado Damai de 14 años se esconde entre virutas del papel en el parque zoológico de Osnabrück, Alemania. Friso Gentsch, www.globallookpress.com

 

El automóvil eléctrico Tesla Roadster rojo con un maniquí a bordo navega en el espacio tras ser lanzado por el cohete Falcon Heavy, Reuters

 

Performance del artista conceptual ruso Andrey Kuzkin en el que imita a un árbol cerca de la Filarmónica del Elba en Hamburgo, Alemania, Daniel Reinhardt, AFP

 

Un participante espera el comienzo de carnaval 'Loucura Suburbana' en Río de Janeiro, Brasil. Mauro Pimentel, AFP

 

Dos turistas esperan a su conductor en un taxi rosa en La Habana, Cuba, Ramon Espinosa, AP

 

Un avión Airbus A-321 de una aerolínea rusa despega con una puesta de sol de fondo. Nina Zotina Sputnik

 

Un obrero se desliza por un trazado de esquí en Pyeongchang, Corea del Sur. Charlie Riedel, AP

 

Animadoras de Corea del Norte apoyan a un esquiador en Pyeongchang, Corea del Sur. Julie Jacobson, AP

 

El papa Francisco saluda a los actores del Circo Medrano en la Ciudad del Vaticano, Franco Origlia, Gettyimages.ru

 

Un hotel derrumbado a medias tras el terremoto en Hualien, Taiwan. Tyrone Siu, Reuters

 

Gatos de raza Van Turco en su comedor en el Van Cat Research Center en Van, Turquía, el 8 de febrero de 2018. Los felinos de esta famosa raza turca son unos de los gatos domésticos más antiguos conocidos, ya que vivieron en la región del lago Van en el este de Turquía durante siglos. Chris McGrath, Gettyimages.ru

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Domingo, 04 Febrero 2018 08:45

Llámame por tu nombre

Llámame por tu nombre

Un círculo encantado. En el intenso relato de seducción amorosa que ofrece Llámame por tu nombre (Call me by your name), del director siciliano Luca Guadagnino, se advierten ecos muy notables de algunos de sus realizadores predilectos. En primer término, Bernardo Bertolucci; después, el André Téchiné de Los juncos salvajes, y de modo más perdurable aún, el veterano británico James Ivory, quien en 1987 adaptara Maurice (1913), la novela de EM Forster sobre una pasión socialmente reprimida, dedicada a esos tiempos mejores en los que el amor de los parias sexuales podrá tal vez, al fin, revelar su nombre. Basada en la novela homónima de André Aciman, nacido en Egipto y afincado en Estados Unidos, Llámame por tu nombre debía al inicio ser dirigida por James Ivory, quien se contentó con escribir el guión que adapta la novela de Aciman de manera libre y con resultados formidables.

En 1983, en un pequeño poblado al norte de Italia, la llegada del apuesto Oliver (Armie Hammer), joven académico estadunidense, al hogar del profesor Perlman (Michael Stuhlbarg), quien lo ha invitado como asistente en una investigación sobre Heráclito, provoca un alboroto entre las jóvenes del pueblo que muy pronto sucumben a su poderosa personalidad y a su físico atlético. En la residencia veraniega de la familia anfitriona, Elio (Timothée Chamalet, en una actuación soberbia), el hijo adolescente de 17 años, también habrá de sucumbir, luego de reticencias iniciales, a la atracción física e intelectual que sobre él ejerce Oliver, un deseo soterrado, perturbador e imperioso, hasta ese momento desconocido.

En el círculo encantado de los Perlman, el trato civilizado ha alcanzado su expresión más refinada. Un espíritu cosmopolita y una enorme tolerancia reina en el ambiente. En ese lugar utópico del comercio intelectual, los personajes se comunican indistintamente en cuatro idiomas, ahí se aprecia en todo momento el hallazgo artístico y el lánguido placer de la lectura sin apremios utilitaristas y sin la sospecha aún de la revolución tecnológica que se avecina, y que con Internet y los smartphones y las redes sociales muy pronto sacudirán esa insólita armonía. En ese ambiente de absoluta calma se produce para el joven Elio el mayor cataclismo imaginable. Sus primeras certidumbres eróticas y morales se resquebrajan en un instante con el contacto fugaz de la carne masculina. Pero muy lejos de sentir un asombro o una culpa insuperables, lo que invade al adolescente es un placer indescriptible e intensamente lúdico. Un Oliver, 10 años mayor que él, se vuelve súbitamente figura tutelar y cómplice emocional, un maestro en el arte de la seducción y el mayor reto posible para forjar su propia madurez y su carácter. Al respecto, señala el director de la cinta: Elio es un chico extraordinario y sus padres son igualmente extraordinarios. En casa de los Perlman no hay lugar ni paciencia para el prejuicio o la intolerancia, menos aún para la hipocresía moral. Ese círculo encantado tal vez sea un atisbo de esos tiempos mejores que anhelaba EM Forster, y que posiblemente no estén ahora ya tan lejanos, si juzgamos por el enorme reconocimiento de que goza hoy la cinta.

Lo que se reconoce en esta película, gran favorita para los Óscares este año, es posiblemente su manera de capturar en una atmósfera ciertamente idílica los dilemas morales que alguna vez destrozaron tantas existencias socialmente marginadas, y que por virtud de la representación artística ahora se plantean con libertad inusitada, expresados por personajes vigorosos y serenos, para nada atormentados ya por la vergüenza ni tampoco víctimas de la ignorancia circundante. Ni siquiera abrumados por la rabia sorda de un interminable ajuste de cuentas con una sociedad opresora. Elio y Oliver son emblemas de un deseo polimorfo que tan sólo se permite privilegiar una preferencia sexual. Son camaradas del juego erótico y así ensayan las estrategias de la seducción y del cortejo, comparten con fruición sus aficiones intelectuales, su gusto no acallado por las mujeres, su placer por las salidas al campo; hacen de sus vestimentas fetiches muy intensos y de paso juegan a intercambiar sus nombres. Es el viejo ideal platónico del amante como un complemento perfecto. La cinta describe con elegancia, sensualidad y minucia el proceso de esa revelación compartida. Recordando viejos tiempos ciertamente no mejores, el profesor Perlman contempla ahora fascinado, a lado de su esposa, la eclosión de una pasión amorosa vivida al fin al aire libre, misma que será orgullo y dolor para su hijo y para ellos mismos, y para todos una nueva oportunidad de madurez afectiva.

Se exhibe en la Cineteca Nacional y en salas comerciales.

Twitter: @Carlos.Bonfil1

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La tenista japonesa Naomi Osaka contra la rumana Simona Halep, durante el Abierto de Australia.David Gray Reuters

Hemos recopilado para nuestros lectores las imágenes que reflejan con mayor espectacularidad el ritmo de la vida del planeta en los últimos 7 días. Los acontecimientos políticos, económicos, científicos, deportivos o naturales, así como la vida ordinaria de la gente, quedan plasmados en esta recopilación de fotografías que vale más que mil palabras.

 

Una bandada de estorninos en el sur de Israel.

 

Un madre y su hijo enfermo duermen en un refugio en la provincia de Papúa, en Indonesia, después de que el Gobierno lanzara una campaña contra la desnutrición y el sarampión.

 

Jugadores de fútbol americano de los Philadelphia Eagles celebran la victoria sobre sus rivales, los Minnesota Vikings, en Filadelfia, estado de Pensilvania (EE.UU.).

 

Un jinete atraviesa un fuego en la fiesta de Las Luminarias, que se celebra en la localidad española de San Bartolomé de Pinares.

 

Una mujer toma una foto de un árbol a orillas del río Yeniséi, cerca de la ciudad rusa de Krasnoyarsk, a una temperatura de 34 grados bajo cero.

 

Un búfalo de agua fotografiado en la feria internacional de alimentos, agricultura y horticultura Green Week de Berlín (Alemania).

 

Un ciervo disfruta de la mañana en el parque Richmond en Londres.

 

 

Acróbatas actúan en 'The Rise of the Tritons' ('Ascenso de los Tritones'), el espectáculo de inauguración del festival Valletta 2018: European Capital of Culture, en Malta.

 

Hombres vestidos de demonios en el festival de los Correfocs ('carreras de fuego') en la ciudad de Palma de Mallorca, España.Enrique Calvo Reuters

 

Twiggy, una ardilla de 10 años 'experta' en esquí acuático, se presenta en el Salón Náutico Internacional de Toronto 2018, en Canadá. Zou Zheng www.globallookpress.com

 

 

Un hombre camina con un paraguas por una calle de Tokio en medio de una fuerte nevada. Kim Kyung Hoon Reuters

 

Una bandada de aves fotografiada en las afueras de la ciudad de Srinagar, en la India. Danish Ismail Reuters

 

Un gato observa con curiosidad a un canario en la ciudad natal de los hermanos Grimm, Hanau (Alemania). Kai Pfaffenbach Reuters

 

Baile celebrado durante la recepción de las sociedades de carnaval en la Cancillería alemana en Berlín. Hannibal Hanschke Reuters

 

 

Un hombre entra en una sauna en la cima del monte Lagazuoi, en Italia. Stefano Rellandini Reuters

 

Macacos clonados con el método de la oveja Dolly en la Academia de Ciencias de China, Shanghái. China Daily CDIC Reuters

 

La tenista danesa Caroline Wozniacki ataca a su rival, la belga Elise Mertens, en las semifinales del Abierto de Australia en Melbourne. Toru Hanai Reuters

 

Un pollo recién nacido se esfuerza por salir del huevo, en el zoológico de Fráncfort, Alemania. Michael Probst AP

 

El ensayo general de la actuación 'Mother' (Madre), del grupo Peeping Tom, en el Barbican Centre en Londres.Ian Gavan Gettyimages.ru

 

Los emblemáticos calcetines que el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, lucía en el Foro Económico de Davos, Suiza. Denis Balibouse Reuters

 

Un cisne fotografiado en la reserva natural de Lebedinyi, en el krai de Altái en Rusia. Vladimir Vyatkin Sputnik

 

Una modelo presenta un traje creado por la diseñadora Christine Hyun Mi Nielsen en el desfile de Alta Costura primavera-verano 2018 en París. Charles Platiau Reuters

 

Un grafiti del artista estadounidense Alex Martínez en una céntrica calle de Atenas, Grecia. Petros Giannakouris AP

 

Un vecino de la favela de Rocinha, en Río de Janeiro, sostiene a su perro, al parecer herido en los enfrentamientos entre la Policía brasileña y narcotraficantes. Ricardo Moraes Reuters

 

El volcán Mayon, en plena erupción mientras el sol se pone detrás de la ciudad filipina de Legazpi Bullit Marquez AP

 

Soldados indios en camellos durante un ensayo para la celebración del Día de la República. AFP

 

Los patinadores italianos Valentina Marchei y Ondrej Hotarek se presentan en el Campeonato Europeo de Patinaje Artístico sobre Hielo en Moscú. Yuri Kadobnov AFP

 

El papa Francisco, entre los coloridos pañuelos de los fieles al final de la audiencia general semanal de la plaza de San Pedro en el Vaticano. Andreas Solaro AFP

 

 

Una carretera en medio del lago del Oeste tras una fuerte Nevada, Hangzhou, provincia china de Zhejiang.VCG Gettyimages.ru

 

Un obrero indio trata de mantener el equilibrio al colocar una pila de ladrillos en la cabeza en una fábrica de la ciudad de Lalitpur, Nepal. NurPhoto Gettyimages.ru

 

Una modelo presenta un traje de la diseñadora Guo Pei en el desfile de Alta Costura primavera-verano 2018 en París.Patrick Kovarik AFP

 

El 'drifting' de invierno de los automóviles rusos Lada.RT / Pavel Tkachuk

 

Desfile del Día de la República en Nueva Delhi, India.Adnan Abidi Reuters

 

El surfista alemán Sebastian Steudtner en Nazaré, Portugal.Octavio Passos Gettyimages.ru

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Foto del director de cine Sergei Eisenstein

 

Conocido como el padre del montaje, su película ‘El acorazado Potemkin’ (1925) está considerada una obra maestra de la historia del séptimo arte

 

El polifacético Sergei Eisenstein ha pasado a la historia por su maestría en las filmaciones y, sobre todo, por su teoría del montaje en un momento en el que el cine apenas contaba con un par de décadas de existencia. Sin embargo, el vanguardista director también destacó por sus amplios conocimientos de arte, estudió ingeniería y hablaba francés, alemán e inglés.

Todo ello contribuyó a que a pesar de su escasa filmografía —que no llega a 20 películas y algunas de ellas inacabadas—, su obra siga vigente y se continúe revisando con asiduidad por sus aportaciones e influencias en el rodaje, la escenografía, y el montaje en el cine europeo y americano.

Sergei Mijailovich Eisenstein nació en Riga, capital de la actual Letonia y por aquel entonces ciudad del Imperio Ruso, el 22 de enero de 1898. Hijo de padre judío y de madre eslava, desde muy pequeño destacó por su facilidad y precisión por el dibujo, don que lo llevó en 1914 a ingresar en la Escuela de Arquitectura de San Petersburgo. En ella permaneció tres años, ya que en 1917, año de la Revolución de Octubre, el futuro arquitecto dio un giro a su orientado porvenir.

Atraído por la revolución marxista y convencido de sus ideales y de que con el arte podría ser útil a la revolución, Eisenstein se alistó en 1918 en el Ejército Rojo, donde entró en contacto con el teatro al trabajar como responsable de decorados y como director e intérprete de pequeños espectáculos para la tropa. Desmovilizado en 1920, se instaló en Moscú con la idea de aplicar su habilidad pictórica a la escenografía teatral.

Fue sin duda su experiencia como director de escena del Teatro Obrero (1920) lo que lo impulsó a estudiar dirección teatral en la escuela estatal. Sin embargo, cuando tenía 25 años Eisenstein puso fin a su carrera teatral tras un fracaso en el montaje de la obra Máscaras de gas, en el que, según sus palabras, “el carro se rompió en pedazos y el conductor se cayó de cabeza”. Este incidente lo hizo abandonar el teatro y centrarse en el medio que le dio prestigio internacional, el cine, en el que fue un pionero del uso del montaje, ya que para él, la edición no era un simple método utilizado para enlazar escenas, sino un medio capaz de manipular las emociones de su audiencia.

Su primer contacto con el cine fue el rodaje de un pequeño cortometraje incluido en la obra teatral El sabio, que llevaba por título El diario de Glomow. Tal fue su interés por el nuevo medio artístico que, en 1924, rodó el largometraje La huelga, con una famosa secuencia en la que utilizó imágenes de ganado sacrificado en el matadero intercaladas con otras de trabajadores fusilados por soldados zaristas.

 

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Sergei Eisenstein

 

 

La única copia que había de la película la incautó la censura y no se pudo volver a distribuir hasta después de su muerte, aunque llegó a ser exhibida en Europa y obtuvo el premio en la Exposición Internacional de París en 1925.

Desde ese momento el joven Sergei dedicó gran parte de su trabajo a investigar sobre el montaje. Posteriormente desarrolló su propia teoría, algo que tendría una gran influencia en los directores europeos y de Hollywood y que aún continúa vigente.

Sergei Eisenstein no solía utilizar actores profesionales en sus montajes porque el argumento de sus obras iba dirigido a cuestiones más amplias de la sociedad, especialmente a los conflictos de clases. Sus actores, por tanto, eran en la mayoría de los casos personas sin entrenamiento en el campo dramático y provenían de ámbitos sociales adecuados para cada papel.

Con una sola película rodada, el joven director recibió el encargo de rodar la conmemoración de la Revolución de 1905, y la que se convertiría en la obra más célebre de su carrera y una de las mejores de la historia del cine: El acorazado Potemkin (1925). Para entonces la expectación ya era grande porque había dotado de cobertura intelectual al recién nacido espectáculo de masas que era el cine. En la película, la escena del amotinamiento en el barco y la vertiginosa escena de acción de la escalinata constituyen hitos del lenguaje cinematográfico y uno de los mayores logros del cine mudo.

 

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Cartel de la película muda 'El acorazado Potemkin', de 1925, dirigida por Sergei Eisenstein

 

El acorazado Potemkin dio a conocer su nombre en todo el mundo y posiblemente sea la película sobre la que más se ha escrito en toda la historia del cine. El guión fue escrito para una película de ocho episodios, pero al rodar el capítulo dedicado al motín del acorazado Eisenstein decidió centrar la película en ese episodio. Para ello buscó a los supervivientes de la masacre y localizó los dibujos de un francés que había sido testigo de lo ocurrido. Gracias a una serie de experimentos técnicos (pantallas reflectantes, fotografía desenfocada y plataformas móviles entre otros) los resultados fueron asombrosos.

Eisenstein rueda su película en 1.290 planos combinados con genial maestría mediante un montaje rítmico, ya que considera innecesarios los movimientos de cámara, y solo realiza varios travellings. En El acorazado Potemkin destaca la escena de la escalinata, con 170 planos, en la que el pueblo es brutalmente agredido por las fuerzas zaristas y donde crea un ‘tempo’ artificial que hace que la secuencia dure casi seis minutos. La película, con una espléndida fotografía en la que la masa se convierte en la auténtica protagonista de la obra, acabará por ser considerada la primera obra maestra del cine.

Tras esta gran película realizará dos trabajos más, la genial Octubre (1927), en la que narra los sucesos del asalto al Palacio de Invierno durante la Revolución rusa de 1917, y La línea general (también conocida como Lo viejo y lo nuevo), película sobre la reforma agraria, aunque por los cambios en la Unión Soviética tuvo que modificar su guion en varias ocasiones. En estas dos obras Eisenstein volvió a experimentar con un nuevo lenguaje a través de las imágenes, pero por su complejidad no llegaron a ser muy bien comprendidas en su época.

En ese momento, Sergei Eisenstein empezó a tener serios problemas con la censura soviética, que lo llevaron a viajar a Europa en 1930 para investigar sobre el sonido y a firmar después un contrato con la Paramount y trasladarse a Estados Unidos, donde llegaría a cobrar hasta 900 dólares a la semana.

Lo que Eisenstein llevaba de bagaje cuando llegó a Hollywood era tres películas: La huelga, El acorazado Potemkin y Octubre, algo más que suficiente para que el mismo Hitler, tras llegar al poder en Alemania, lo hubiera puesto como ejemplo por su practicidad marxista para copiarlo en el cine nazi de adoctrinamiento.

Sin embargo, el consagrado Eisenstein no consiguió el permiso de residencia en Estados Unidos ni poner en marcha ningún proyecto, por lo que decidió viajar a México. Nada más llegar al país fueron encarcelados tanto él como sus dos ayudantes de dirección, todos rusos, pero gracias a la intervención de un amigo español el panorama cambió hasta el punto de que lo nombraron en huésped de honor. Inició en el país centroamericano la producción ¡Que viva México!, en la que experimentó diferentes montajes, aunque no pudo acabarla al quedarse sin patrocinador.

Tras su mala experiencia como cineasta en el exilio, Sergei regresó a la Unión Soviética, donde continuaron las dificultades para desarrollar su trabajo, así que decidió dedicarse a la redacción de textos teóricos mientras desde el poder se atacaba tanto su obra como su persona. Pese a ello, rodó Alexander Nevski (1938), su primera película sonora y con la que ganó el Premio Stalin.

En 1943 inició, con el rodaje de Iván el Terrible, un ambicioso proyecto biográfico concebido como trilogía sobre a la figura del zar Iván IV de Rusia, pero el régimen soviético interpretó la obra como una denuncia a la personalidad de Stalin y prohibió la segunda parte -después de haber conseguido otro Premio Stalin con la primera- hasta la muerte del dictador en 1953, cinco años después del fallecimiento del propio director cinematográfico. Tras esa decisión Eisenstein no rodó ni la tercera parte ni ninguna película más.

Sergei Eisenstein, que plasmó sus estudios en obras como Teoría y técnica cinematográfica, La forma en el cine, Reflexiones de un cineasta y La realización cinematográfica, entre otras, murió el 11 de febrero de 1948, a los 50 años, tras sufrir una gran hemorragia a raíz de un infarto.

La genialidad artística de Eisenstein, su teoría del montaje y sus enseñanzas en el lenguaje cinematográfico, no solo contribuyeron en su momento a la mayoría de edad del cine, sino que siguen vigentes hoy en día como una referencia e influencia muy clara en los grandes directores.

 

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Entre lo sagrado y lo profano se tejen rebeldías Arte feminista latinoamericano

Como todas las reflexiones, acciones y creaciones feministas, el artivismo de las mujeres es una respuesta que confronta la realidad porque sus preguntas brotan de ella. Por lo tanto, Julia Antivilo en este libro nos propone analizar las respuestas que las mujeres han dado a la violencia feminicida, la autorepresentación ante el borramiento constante de su historia y la burla de las visiones acabadas de lo que debe ser una mujer (por ejemplo, la subversión de los estereotipos educadores a la sumisión y represión del deseo de las mujeres en los medios masivos de comunicación y la publicidad).

Jueves, 11 Enero 2018 06:13

Klimt y Schiele, 100 años de ausencia

Muerte y vida, 1910-1911, óleo sobre lienzo, cuadro acerca de un tema que obsesionó a Klimt durante sus últimos añosFoto tomada del libro Gustav Klimt, obras completas, editorial Taschen

 

La mayor pandemia mundial segó a dos grandes pintores austriacos

Sus obras, objetos de culto que disparan las subastas internacionales

 

Hace cien años, la pandemia más devastadora de la historia humana, arrebató al mundo del arte a dos de sus grandes pinceles: Gustav Klimt y Egon Schiele. Con apenas ocho meses de diferencia, ambos fallecieron en 1918, en Viena, Austria, víctimas de la llamada gripe española.

A partir de ese momento sus obras pasaron a formar parte de un culto que hoy día ha convertido a los artistas, quienes además fueron buenos amigos, en dos de los autores austriacos más cotizados en las subastas internacionales.

El museo Leopold de la capital austriaca, fundado en 2001 con las obras de la antigua colección privada de arte de Rudolf y Elisabeth Leopold y que alberga el mayor conjunto en el mundo de Egon Schiele, recordará durante 2018 la efeméride con magnas exposiciones dedicadas a los principales exponentes del movimiento modernista de la Secesión de Viena.

El 18 de enero se inaugura la muestra Vienna 1900. Klimt-Moser-Gerstl-Kokoschka, conformada por obras de Klimt (1862-1918) y Koloman Moser (1868-1918), así como de los expresionistas pioneros Richard Gerstl (1883-1908) y Oskar Kokoschka (1868-1980), en una lectura completamente nueva, promete el recinto.

Ahí se podrá apreciar la joya del Museo Leopold: el cuadro Muerte y vida de Klimt, uno de los últimos que realizó antes de morir, acerca de un tema que lo obsesionó sus últimos años. En 1911, con esa obra el artista recibió el primer premio de la Exposición Universal de Roma.

En 1918, a los 56 años, luego de haber sobrevivido a un infarto y una neumonía, el pintor no pudo con la gripe española. Se sabe que, en su lecho de muerte, mandó llamar a su musa y eterna compañera, Emilie Flöge, con quien lo unió una intensa historia de amor. Fueron sus últimas palabras.

Un número considerable de sus obras, varias de ellas inconclusas, fueron confiscadas de su taller por los nazis y después destruidas en el incendio del castillo de Immendorf en 1945, para evitar que se convirtieran en botín de guerra.

También las pinturas del techo del aula magna de la Universidad de Viena hechas por Klimt, conocidas como las Pinturas de la Facultad, fueron destruidas durante los últimos días de la guerra en 1945, tachadas de pornográficas.

En la actualidad, explica el Museo Leopold, esos murales representan “un cambio de paradigma y un credo de una nueva noción temática y formal del fin de siglo: espíritu y materia, naturaleza y el arte, así como Eros y Thanatos, partes esenciales de la obra artística de Klimt.

“Las obras pictóricas del vanguardista Gustav expresan además un anhelo de belleza y sensualidad. Junto con obras de las colecciones del Museo Leopold y la colección privada de la familia Leopold, las muestras dedicadas al artista en el centenario de su muerte contarán con obras de la Fundación Klimt, otorgadas al museo como un préstamo permanente de un descendiente del pintor, así como préstamos internacionales seleccionados de colecciones privadas e institucionales.

“Por tanto, la exposición retratará la evolución artística de Klimt como un exponente del historicismo tardío hacia uno de los representantes más prominentes del Jugendstil (estilo joven) vienés.”

En febrero abrirá en ese recinto la exposición dedicada a conmemorar el centenario luctuoso de Egon Schiele, única en su combinación de pinturas, obras en papel y material de archivo, la muestra tocará los más importantes temas en la obra del artista. En primer lugar, su confianza en sí mismo, rompiendo con las tradiciones, y su evolución como artista expresivo, seguido de la figura ambivalente de la madre y las representaciones tabú de niñas y niños, temas como la espiritualidad y la metamorfosis, casas y paisajes enigmáticos, así como sus análisis complejos y llenos de tensión en sus autorretratos.

En 1918 el artista tenía 28 años. Participó con éxito en la 49 exposición de la Secesión de Viena, para la que diseñó el cartel y donde vendió la mayoría de los 50 cuadros que presentó.

En otoño de 1917 la pandemia de la gripe española (que causó más de 20 millones de muertos en Europa) llegó a Viena. En febrero había muerto Gustav Klimt atacado por esa enfermedad y el 28 de octubre la esposa de Schiele, Edith, quien estaba embarazada de seis meses. Tres días después falleció Egon.

En su caballete quedó su última pintura importante: La familia, de un realismo inusual, dicen los expertos, en la que retrata, desnudos, a un hombre sentado en un sofá, y una mujer con un niño pequeño entre sus piernas, envuelto en una cobija, siempre con un halo de melancolía.

 

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La familia (1918), una de las últimas pinturas realizadas por Egon Schiele. Foto tomada de Internet

 

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Retrato de Chaim Soutine, obra incluida en la exhibición dedicada a Amedeo Modigliani, abierta en marzo de 2017, en el Palazzo Ducale de Génova. Defensores del consumidor en Italia exigen rembolsos a los visitantes de la muestra, tras darse a conocer que al menos 20 pinturas son falsas. Foto Ap

 

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Viernes, 05 Enero 2018 07:06

Octavio Paz contra el neoliberalismo

Octavio Paz contra el neoliberalismo

 

“El mundo que viene es más de dueños que de trabajadores”, confesó a PáginaI12 el Ceo de Los Grobo en el aquelarre de la OMC. ¡Chocolate por la noticia!, me animaría a decirle. Pero él intentaba escamotear la actual hecatombe concreta sobre derechos seculares de la clase obrera, con el espejismo de un futuro paraíso virtual, y universal, de “emprendedores”. Por suerte, el lenguaje sigue siendo fecundamente ambiguo. Y de sus palabras podemos extraer el contenido literal, bien patente –por desdicha– para los argentinos en la actualidad: todo para los dueños, nada para los que crean su riqueza.

Casi de inmediato, como un reflejo antípoda, recordé otro concepto también significativo. En uno de sus diálogos reunidos en libro (El poeta en su tierra) por Braulio Peralta, confiesa Octavio Paz: “Siempre creí –y creo– que mi interlocutor natural era el intelectual llamado de izquierda. Vengo del pensamiento llamado de izquierda. Fue algo muy importante en mi formación. No sé ahora (...) lo único que sé es que mi diálogo –a veces mi discusión– es con ellos. No tengo mucho que hablar con los otros.” Pero el gran dinero corporativo y los no menos desmedidos medios hegemónicos, intentaron apoderarse de todo Octavio Paz, el célebre escritor mexicano, distorsionando sus tempranas críticas al terror stalinista y su redescubrimiento del auténtico liberalismo para adjudicárselo, domesticado como a tantos otros conversos hacia la derecha.

Porque Paz, nacido en plena Revolución Mexicana (1914), era hijo de Octavio Paz Solórzano, fundador del Partido Nacional Agrarista, asesor legal de Emiliano Zapata y su representante en EEUU, involucrado en la reforma agraria y en las transformaciones educativas de José Vasconcelos. Apenas recibido, en 1937 parte a Yucatán con las misiones pedagógicas del legendario Presidente Lázaro Cárdenas. Y también ese año integra la delegación mexicana al célebre Congreso de Escritores Antifascistas convocado en Valencia por los republicanos españoles, mientras arreciaba la guerra civil desatada por el franquismo.

Comenzaba su tarea de escritor, cuyos primeros títulos lo vuelven hombre público. Polemista agudo, convencido humanista, su figura crece como su influjo, entre admiraciones y rechazos. Pero algo hay que reconocerle: en 1968, tras 24 años de diplomacia renuncia como rechazo a la feroz represión oficial que dejó muchos muertos y heridos, durante la masacre de Tlatelolco, entre los estudiantes mexicanos.

Medio siglo después de aquel legendario Congreso de Valencia, se invitó a los sobrevivientes. A Octavio Paz eso le provocó un gran texto: “El lugar de la prueba”. Lo reprodujo el diario La Nación, el 8 de noviembre de 1987. Y en él comencé a descubrir una vertiente bien oculta. Dice: “porque la libertad de expresión está en peligro siempre. La amenazan no sólo los gobiernos totalitarios y las dictaduras militares, sino también, en las democracias capitalistas, las fuerzas impersonales de la publicidad y el mercado. Someter las artes y la literatura a las leyes que rigen la circulación de mercancías es una forma de censura no menos nociva y bárbara que la censura ideológica.”

En su libro La otra voz / Poesía y fin de siglo, de 1990, el año de su Premio Nobel, Octavio Paz reitera claramente: “hoy las artes y la literatura se exponen a un peligro distinto: no las amenaza una doctrina o un partido político omnisciente sino un proceso económico sin rostro, sin alma y sin dirección. El mercado es circular, impersonal, imparcial e inflexible”.

Y en otro libro: Al paso, insiste: “Pienso en la solapada dominación del dinero y el comercio en el mundo del arte y la literatura. Las leyes del mercado no son estrictamente aplicables a la literatura, al pensamiento y al arte. Las potencias meramente comerciales, regidas por el criterio del éxito y la venta, tienden a la uniformidad –máscara de la muerte.”

No era algo casual. El 25 de agosto de 1992 leo en La Nación: “Es muy grave que el relativismo social actual se convierta en un nuevo absolutismo basado en esta idea: las cosas no tienen valor, tienen precio. Este es el camino por el cual una sociedad se destruye.” Y añade: “Cuando yo era joven el gran enemigo del arte eran los Estados autoritarios. Esta amenaza ha sido sustituida por otra mucho más sutil: la amenaza del mercado, que lo relativiza todo. Estas son las grandes amenazas modernas. El mecanismo del mercado no tiene ideología, acepta todas, las usa todas, no respeta ninguna y se sirve de todas ellas.”

Si fuera poco, en Le Nouvel Observateur poco antes de morir, en 1998 afirma Paz: “Se habló del desastre del autoritarismo, sería preciso hablar del desastre del capitalismo liberal y democrático, en el dominio del pensamiento como en el de la vida cotidiana; la idolatría del dinero, el mercado transformado en valor único que expulsa a todos los otros.”

Podría citar más, pero ya basta. Llegó la hora de pensar a Octavio Paz en su complejidad, sin anteojeras. No quiero decir que tal reiteración sea única (no pocas veces me tocó disentir con él en otras lecturas). Pero siento que le debemos considerarlo íntegramente, desde nuestra propia perspectiva sí, pero en toda su múltiple riqueza. Así empezó a ocurrir donde algunos no hubieran esperado: intelectuales cubanos impulsaron un seminario de análisis a fondo para la entera obra de Paz.

Y hay más. En “El lugar de la prueba”, 50 años después de aquel congreso antifascista, Octavio Paz sólo recuerda esto: “en fin, y ante todo, el trato con los soldados, los campesinos, los obreros, los maestros de escuela, los periodistas, los muchachos y las muchachas, los viejos y las viejas. Con ellos y por ellos aprendí que la palabra fraternidad no es menos preciosa que la palabra libertad: es el pan de los hombres, el pan compartido. Esto que digo no es una figura literaria. Una noche tuve que refugiarme con algunos amigos en una aldea vecina a Valencia mientras la aviación enemiga, detenida por las baterías antiaéreas, descargaba sus bombas en la carretera. El campesino que nos dio albergue, al enterarse de que yo venía de México, un país que ayudaba a los republicanos, salió a su huerta a pesar del bombardeo, cortó un melón y, con un pedazo de pan y un jarro de vino, lo compartió con nosotros.”

¿Alguien capaz de expresar eso no merece que volvamos a pensarlo más a fondo? (Sí, ya sé que no era fácil. Que era incómodo, intelectual, disidente, complicado. ¿Pero es que no se trata justamente de eso? ¿No se trata de seguir soñando un mundo con más libertad y más justicia, con más justicia y libertad?)

* Poeta, traductor, ensayista.

 

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Jueves, 23 Noviembre 2017 09:52

Crímenes Sublimes - Capítulo 18

Crímenes Sublimes - Capítulo 18

La calle 82 atraviesa la zona rosa. Rodeada de bares, restaurantes y centros comerciales, en las noches concentra buena parte de la actividad social de la ciudad. A la altura de la carrera novena, un tanto alejada del ruido de los bares y discotecas, una vieja casa de dos pisos alberga la Librería Bucholz.

Después de estacionar, Marlowe entra a la librería y sube unas escaleras en forma de caracol que conducen al café en el segundo piso. Desde lo alto de las escaleras Marlowe observa las filas de estantes llenos de libros y algunas personas que los hojean descuidadamente, entre ellas dos hombres de saco y corbata que parecen más preocupados por vigilar la puerta principal de la librería que por el destino de la literatura contemporánea. En una de las mesas del fondo del café hay una mujer sola, elegantemente vestida. Marlowe se dirige directamente hacia su mesa.

Flora Suskind debe tener unos 55 años, aunque aparenta tener menos. Su piel es brillante y de color canela, como si acabara de volver de unas vacaciones en la playa. Es más delgada de lo que Marlowe recordaba. Tiene las cejas pobladas y juntas, la nariz recta y alargada y labios finos. “¿Quiere tomar algo, detective?”. “Un café estaría bien”. Flora le hace una señal al mesero que de inmediato desaparece atrás de una puerta de madera. Sólo hay otra mesa ocupada donde un hombre viejo escribe concentrado en un cuaderno de tapa oscura. “Es Chandler, el escritor”, dice Flora mirando hacia la otra mesa. “No leo mucho últimamente”, dice Marlowe. “Bueno, no importa”. El mesero coloca una taza de café frente a Marlowe y después vuelve a desaparecer atrás de la puerta.


“¿Quería hablar conmigo?”, dice Marlowe, después de darle un sorbo largo a su taza de café. “Detective, lo que voy a decirle ahora no lo sostendré en ningún otro momento. Espero que me entienda. Sólo lo hago porque creo que mi vida está en riesgo”. “No se preocupe, la entiendo”. “Como usted ya debe imaginar, los asesinatos de los últimos días, no son casos aislados”. “Tenía la vaga intuición”. “Veo que no ha perdido el sentido del humor, me alegro”. “En este país es nuestra única defensa”. “Estoy de acuerdo”, dice Flora con una sonrisa. “Zubiría, Laura, el Coronel Fernández, se conocían y yo los conocía a ellos. Hacíamos parte de un grupo, de una cofradía...”. “¿El Club del Fuego del Infierno?”, dice Marlowe. “Ha estado investigando”, dice Flora un poco sorprendida. “Pensé que era una broma de intelectuales ricos y desocupados”. “Touché”, dice Flora, “algo por el estilo. O por lo menos eso creíamos hasta que comenzaron las muertes”. “¿Y cuál era el objetivo del grupo exactamente?”. “Bien, creo que esto no sorprenderá a un detective de homicidios. El grupo reúne a aficionados, conocedores del arte del asesinato, personas cultas que estudian el asesinato: sus diversas formas, métodos, historia...”. Marlowe la mira fijamente a los ojos. “Detective, encaramos el asesinato desde un punto de vista estético, no desde un punto de vista moral. No planeamos, ni queremos la muerte de ningún ser humano, analizamos hechos consumados que están ahí como una obra de arte, como una pintura o una novela. Ninguno de nosotros es... o era un asesino”. “¿De Quincey hacía parte del grupo?”. “Más que eso, De Quincey es uno de los miembros fundadores, uno de los mayores conocedores del tema y defensor intelectual del asesinato considerado como una de las bellas artes.” “Pero no un asesino”, dice Marlowe. “Me cuesta creerlo, pero en este momento no estoy segura de nada”. “¿Y Zubiría?”. “Ah, Eliseo nunca debió entrar al grupo. Comenzó a frecuentarlo en compañía de su esposa, más por curiosidad que por verdadera afinidad, como nos dimos cuenta después. Tras las primeras reuniones comenzó a atacarnos, a decir que lo que hacíamos era inmoral y peligroso y amenazó con poner al descubierto las actividades del grupo”. “Algo que no sería nada agradable para importantes figuras públicas”. “Exacto. Decidimos terminar con las reuniones para no correr el riesgo.” “¿Cuándo fue eso?”. “Hace más o menos un año”. “¿La señora Braun también hacía parte del Club?”. “Sí, era un miembro antiguo de la cofradía desde sus años en Berlín”. “Ah, así que el grupo es internacional”. “Tiene una larga tradición detective, en varios países”. “El Club Rotario de Asesinatos”, dice Marlowe irónico. “¿Quién más hacía parte del grupo?”. “A eso precisamente quería llegar. Mi buen amigo Oscar Cardoso.” “¿Cardoso, el arquitecto?”. “Sí, llevo varios días tratando de comunicarme con él y no lo consigo. No atiende su celular, ni el teléfono fijo, no responde los mails. Nadie lo ha visto recientemente”. “¿Dónde vive?”. “En una casa de campo a las afueras de Chía. Esta es la indicación para llegar”. Flora le pasa un pequeño papel blanco con un mapa. “¿Por qué decidió contar todo esto ahora?”. “Tengo miedo, detective. Ando todo el día con escoltas. Cualquier movimiento me parece sospechoso. No puedo dormir. Quiero que esto termine, que se capture al responsable. Quiero volver a vivir en paz”. La voz de Flora se quiebra un poco antes de terminar la frase. “Por ahora le recomiendo que tenga mucho cuidado. Llámeme si ve algo sospechoso”, dice Marlowe mientras le pasa una tarjeta. “Lo haré detective”, dice Flora recuperando la firmeza de su voz. “Gracias por su ayuda”.

 

* Este es el último capítulo que aparecerá impreso en el Periódico desdeabajo, para continuar la lectura de “Crímenes sublimes” puede ingresar a:

 

https://crimenessublimes.wordpress.com

 

Publicado enEdición Nº241
Miércoles, 25 Octubre 2017 06:24

La Revolución de Octubre y las vanguardias

La Revolución de Octubre y las vanguardias

Hay grandes obras que, aunque restan inconclusas, o quizás porque restan inconclusas, subrayan su intención, su hechura para la posteridad, ya que estarían señalando lo inconmensurable, la imposibilidad de ciertos sueños humanos, los límites del mínimo hombre. Sucede con algunos textos de Franz Kafka (entre otros, nada menos que con El proceso y El castillo); sucede con El buen soldado Švejk, de Jaroslav Hasek, la gran sátira checa que “solo” llegó a completar cuatro volúmenes de los seis planeados; relativamente parecido es lo que pasa con la famosa Sinfonía, también “Inacabada”, de Franz Schubert, o con el Requiem en D menor de Wolfgang Amadeus Mozart; sucede con el templo de Antoni Gaudí, La Sagrada Familia, en Barcelona, el cual, comenzada su ejecución en 1882, aún no se ha terminado de construir. Pasó también, casi obligadamente, con el Monumento a la Tercera Internacional, cuya colosal maqueta, diseñada por Vladimir Tatlin, y presentada en 1920, jamás se transformó en una obra incorporada a la realidad.


Vladimir Tatlin, iniciador del Constructivismo, nació en Járkov, Ucrania, en 1885, hijo de un ingeniero de ferrocarriles y una poeta. Trabajó como cadete del mar y joven comerciante, y pasó algún tiempo en el extranjero. Comenzó su carrera artística como pintor de íconos en Moscú, y asistió a la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura. También fue músico, “bandurist” (la bandura es un instrumento ucraniano de cuerda pulsada, que combina los elementos de la cítara y el laúd), y actuó en la Exposición Universal de París en 1906. Fue uno de los entusiastas de la vanguardia eslava, y al inicio del período soviético sostuvo que el arte debía integrarse en el conjunto de la producción, disolverse en la vida cotidiana y renunciar a su función exclusivamente estética. No es que la Revolución haya impuesto a los artistas estos trasvases; ellos mismos venían sosteniendo que el arte debía incorporarse a la vida diaria, y que era del cambio en las formas estéticas que iban a venir los cambios en la forma de vivir. Por eso, la gran fuerza que mantuvo unida a la vanguardia rusa fue política.


Si, como sostiene Peter Bürger (Theorie der Avantgarde, 1974), lo que distingue a los movimientos de las primeras décadas del siglo XX de cualquier ruptura estética anterior es “el intento de organizar, a partir del arte, una nueva praxis vital”, ellos vieron en las revueltas contra el zarismo, y finalmente en la Revolución de Octubre, la concreción de esa posibilidad. El embanderamiento de la mayoría de sus componentes, su acalorada y firme participación en la construcción de una nueva sociedad, representaron la razón, el ápice y el drama de esas vidas. Alentados en los primeros tiempos por la tolerancia de Lenin, por las cultas distinciones de León Trotsky, tuvieron en el Comisariado de la Educación y de las Artes (Narkompros) un apoyo respetuoso, y en Anatoli Lunacharsky, el sutil y cultivado “Comisario de la Ilustración”, a un impulsor y protector. Al principio se logró, por primera vez en la historia, conciliar la voluntad de construir una nueva sociedad con los cambios perseguidos por las vanguardias en el campo artístico. Era el momento de poner a prueba el arte como factor de transformación social, y ellos aceptaron este reto, asumiendo el protagonismo en la nueva política cultural y la dedicación a la docencia artística como forma de educar al pueblo. Luego, la burocracia fue fortaleciendo sus criterios pedagógicos y conservadores, hasta imponer las recetas realistas de Andrei Zhdanov y los extremos de represión que después se conocieron.


Fue, sin embargo, en el seno de la propia izquierda estética y revolucionaria que surgieron concepciones enfrentadas respecto de la función que debía cumplir el arte. Si para Vladimir Tatlin era ineludible su acción de servicio hacia la nueva sociedad (el arte debía integrarse en la producción, convertido en obras de arquitectura, en diseño industrial, en publicidad y difusión), para Kazimir Malevich la investigación artística tenía que ser ajena a toda contaminación externa. Los constructivistas, con Tatlin a la cabeza, negaban validez al arte como actividad exclusivamente estética, y exigían su disolución en la vida cotidiana. Ante la individualidad creadora, el Constructivismo oponía el sentido de una producción cultural colectiva. Frente a la pura investigación formal, requerían inmediatez para la resolución de las demandas populares. De lo que consideraban juego gratuito y mera especulación en la investigación plástica, se pasó a la búsqueda de una fusión entre arte y tecnología, señaladas como los mayores agentes del cambio social. Tatlin llegaría al Constructivismo partiendo del Cubismo y el Futurismo; del primero tomó su descomposición de los objetos por planos y del segundo el interés por el uso de todo tipo de materiales, plásticos y verbales, y la incorporación de la mecánica y del maquinismo. En 1913 había visitado el estudio de Pablo Picasso, en París, donde tuvo oportunidad de ver las esculturas y las pinturas, con añadidos de cartones recortados o plegados, que utilizaba para sus experiencias cubistas.


Después de la Revolución de Octubre, todo su trabajo estuvo presidido por la idea del artista-constructor. Donde mejor pudo plasmar sus ideales, esa transformación de los elementos de la cultura industrial (hierro, acero y cristal) en volúmenes, planos, colores, superficie y luz, fue en el proyecto para el Monumento a la Tercera Internacional, cuya maqueta presentó en 1920. El edificio era concebido como la superposición de tres cuerpos geométricos, con unos 400 m de alto: un cubo, una pirámide y un cilindro, articulados por un eje vertical y cubiertos por una estructura helicoidal ascendente; dentro de la estructura de hierro y acero de espirales dobles, el diseño preveía tres bloques de construcción, con ventanas de vidrio, que girarían a velocidades diferentes: la primera, un cubo, una vez al año; la segunda, una pirámide, una vez al mes; la tercera, un cilindro, una vez al día. Los tres volúmenes albergarían, respectivamente, las salas de congresos, las del órgano ejecutivo y el centro de comunicaciones, rematados por un mecanismo para proyectar imágenes y sonido. Emblema de la utopía socialista apoyado por la tecnología, el monumento se imaginaba como un faro que alumbra el nuevo mundo.


Las investigaciones plásticas de los constructivistas tuvieron una influencia directa en el desarrollo de la arquitectura moderna. Su decidida aspiración de unir arte y sociedad encontraba plasmación natural en esta, como compendio de las artes plásticas y, aunque sus realizaciones fueron pocas, las búsquedas cristalizaron en proyectos significativos para su desarrollo. Tatlin también se dedicó al estudio de la ropa y de objetos, muebles, vajilla. Antes del final de su vida, empezó a investigar el vuelo de los pájaros. Esa idea culminaría entre 1929 y 1932 con unas esculturas volantes, a las que puso el nombre de Letatlin, que recuerdan los diseños de Leonardo da Vinci. Ello, con el fin de construir un aparato al que dio forma, para emprender la realización de otro de los grandes sueños de la humanidad: el vuelo.
* Escritor, docente universitario.

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Lunes, 25 Septiembre 2017 11:45

Dos canciones para la navidad en Casablanca

Dos canciones para la navidad en Casablanca

Para mi amigo Carlos

 

Cuando llegué a uno de los Centros Locales de Artes, ubicado al occidente de Bogotá, lo escuché cantar con su voz afectada por la gripa, y al fondo las voces de los niños en coro. Se trataba de un poema de José Goytisolo llamado El lobito bueno, que Paco Ibañez había musicalizado: «Érase una vez/ un lobito bueno/ al que maltrataban/ todos los corderos./ Y había también/ un príncipe malo,/ una bruja hermosa/ y un pirata honrado./ Todas estas cosas había una vez./ Cuando yo soñaba/ un mundo al revés». Seguí el rastro de las voces hasta un salón donde lo vi de pie, rodeado por seis niños que lo acompañaban en la tonada. El día era claro y el sol entraba por la puerta del centro local de artes dibujando siluetas sobre los azulejos del pasillo. Él estaba sonriente, batiendo sus manos dirigiendo al pequeño coro, pero cuando me fijé en sus ojos, abultados ya, quizás atrapados tras una red de lóbregos recuerdos, observé aquella mirada que en una navidad de treinta y seis años atrás brillaba tras los barrotes y en medio de la oscuridad de una celda de la cárcel La Modelo.

 

Se hace llamar Carlos Mayo, pero bien podría llamarse Carlos Abril o Carlos Diciembre, tiene sesenta y ocho años y es escritor, aunque yo prefiero llamarlo poeta. Trabaja como artista formador de creación literaria para los niños de la ciudad. Tiene dos hijos, una madre a la que cuida de acuerdo al turno que le sea asignado, sus manos son grandes y fuertes, recorre la ciudad en una pequeña bicicleta niquelada que soporta el peso de su maleta que siempre va atiborrada de libros. Su ser es tranquilo y anda por el mundo diseminando sus sonrisas, su lucha incansable por la justicia y por supuesto, sus poemas.

 

Días atrás Carlos había empezado a relatarme su historia y aquella mañana, luego de su clase salimos hacia una panadería donde pedimos café y retomamos la conversación. Su historia o parte de la que me había contado caló tan hondo en mí que le pedí me refiriera los hechos ocurridos en aquel diciembre de 1981, cuando él tenía treinta y dos años y las fuerzas intactas para la lucha. El día era claro, las copas de los árboles brillaban y el viento pasaba liviano por nuestros rostros. Encendí un cigarrillo y Carlos luego de aprobar el sabor del café de una cabezada continuó.

 

Fue en los albores de la navidad del 81. Carlos se encontraba en su casa cuando una escuadra del ejército llegó hasta allí para apresarlo. Inicialmente se negó a ir con ellos, mientras su hijo de tan solo dos años se aferraba a su pantalón para que no se lo llevaran. Sin embargo, el capitán que dirigía a los militares extrajo una hoja donde había escritos alrededor de sesenta nombres de civiles, buscó el de Carlos, tapó los demás y se la enseñó. Se trataba de una orden de arresto firmada por el mismísimo presidente de la república Julio César Turbay Ayala, en la que se le acusaba de conspiración y se explicaba que era una detención preventiva para frenar el paro cívico que germinaba en algunos sectores, y para evitar los desmanes que pudieran ocurrir tras el supuesto paro.

 

Por aquellos días en todo el país no era extraño que se apresara a la gente de esta forma. El Estatuto de Seguridad Nacional, eufemismo utilizado para hablar del Estado de Sitio o en nuestro tiempo de la Seguridad Democrática, creado en 1978 por el general Camacho Leyva y Turbay Ayala le confirió poderes especiales a las fuerzas armadas para detener a cualquier civil sospechoso de ser enemigo de la patria, de desaparecer a personas pertenecientes a grupos armados ilegales o simplemente a opositores y críticos del gobierno, también impedía la reunión de más de dos personas, las manifestaciones y marchas, y hasta cubrirse el rostro era considerado un delito. Por tanto, cuando el gobierno supuso, según sus fuentes de información secretas, que se avecinaba un paro cívico, imaginó que sería igual o peor al ocurrido en 1977 y decidió evitarlo enviando a la cárcel a estudiantes, trabajadores, sindicalistas y reconocidos líderes sociales. Es la ley natural del más fuerte la que utilizaba el Estado, me dice Carlos, matando siempre al más impetuoso y bravo y dejando a los más débiles para manipularlos a su antojo.

 

Pero a Carlos no solo lo acusaban de algo que no había alcanzado a hacer, como era llevar a cabo el paro cívico y participar activamente en él, sino que se encontraba reseñado, o quizás podría decirse que se encontraba signado o marcado por el destino desde que era un niño y su padre le hablaba sobre la justicia, sobre la igualdad, sobre la corrupción, y cuando aprendió a leer y accedió a Marx y a Mao Tse Tung, y cuando a los ocho o nueve años, todos los sábados en la tarde caminaba hasta el bebedero de su barrio y se sentaba sobre los bultos de papa para escuchar las historias de los viejos que escanciaban botellas de cerveza y para escuchar a los tríos que llegaban a cantar sus canciones de amores fallidos y de guerras en los campos de su país. También estaba signado por el destino cuando en su juventud hizo parte de la Junta de acción comunal de su barrio y quiso hacer cosas diferentes a conseguirle votos a los congresistas, porque él sabía y sabe aún, que el verdadero cambio en el país, para que haya justicia y conciencia política, se da en los hábitos de las personas, y que son la cultura y el deporte los que pueden brindarle otras formas de ver el mundo a la sociedad.

 

Por supuesto, las viejas herencias de la politiquería colombiana, aferradas hasta los más bajos niveles del poder como las juntas de acción comunal, lo señalaron y lo expulsaron pues lo veían como enemigo de los principios de corrupción que nos han gobernado durante los pocos siglos en que nuestro país es un país. Carlos, que había estudiado odontología en la Universidad Nacional, siguió trabajando por la comunidad a cuenta propia y desvinculado de cualquier grupo, atendiendo de forma gratuita a las personas que no podían pagar las consultas y tratamientos, y de vez en cuando, viajando de forma clandestina hasta los confines del país, y en medio de las selvas, atender a los campesinos y guerrilleros que tampoco tenían acceso a un servicio de salud.

 

Fue así como años después la misma comunidad lo eligió presidente de la Junta de acción comunal de su barrio, ubicado en la localidad de Kenedy. Fue allí donde en la década de los sesentas él le propuso al hijo del presidente de la junta cambiarle el nombre al barrio para que pasara a llamarse Camilo Torres, en honor al prócer de la independencia. Allí su vida dio un giro vertiginoso y al voltear de los días que se abrían como calles inciertas, se encontró con la literatura al fundar junto con los vecinos más jóvenes el primer periódico comunal del sector. Aprendió el oficio de escribir, de contar sucesos, de lanzar injurias, de polemizar por medio de la palabra, además les dio un espacio en el mundo a esos jóvenes extraviados de su comunidad. Luego hizo parte del paro cívico nacional del 77 y continuó con su trabajo social sin detenerse a pensar en los beneficios que obtendría. Por todo lo anterior, estaba reseñado y por eso lo apresaron aquel diciembre del 81.

 

Por eso me encarcelaron de nuevo, me dice Carlos sonriendo con melancolía como quien recuerda hechos dolorosos que jamás volverán a ocurrir. Los militares lo llevaron a la cárcel La Modelo de Bogotá a la que él llama Casablanca con ironía y lo encerraron en la sección de Recepción. Lo que más me dolía en ese momento era tener que pasar la navidad sin mi hijo, sin mi esposa y sin mi comunidad, porque la navidad es para compartir en comunidad y lo que buscaba mi apresamiento y el de todos los presos políticos era individualizarnos, alejarnos de la sociedad para reducirnos hasta nuestra más mínima expresión, comenta con tranquilidad y con la mirada pegada a su segundo café que bebe a sorbos lentos.

 

Allí le atrapó la tristeza del 24 de diciembre. En aquella ocasión compartió su celda con siete hombres más, entre los que había sindicalistas, estudiantes, revolucionarios intelectuales, artistas, trabajadores del común y un profesor de literatura que se convirtió en su gran amigo y al que no ve desde esos días. Esa navidad fue terrible, refiere Carlos con la voz quebrada por la gripa y la evocación, cuando estaba llegando la medianoche los reclusos empezaron a golpear las puertas y las rejas de sus celdas, gritaban, lloraban, otros rezaban, entretanto la desesperación crecía desaforadamente. Carlos se puso de pie y se aferró con fuerza de los barrotes, intentó sacar la cabeza de la celda para mirar lo que ocurría pero la oscuridad todo lo devoraba, así que imaginó los rostros descompuestos de aquellos hombres que él no conocía y que se encontraban en Casablanca, rostros de ojos famélicos, desfigurados por la tristeza y muertos por la soledad. Volvió su mirada y vio las siluetas de sus compañeros de celda arrojados en aquel minúsculo espacio, fumando y otros acostados en posición fetal. Pasada la medianoche un silencio profundo, tenebroso y tajante se adueñó de Casablanca, estaba conmocionado, me dice Carlos a quien se le escapan dos lágrimas, seguía mirando hacia los pasillos y hacia el barrio que circundaba la cárcel por entre las rejas que dejaban entrever el techado laminado de la penitenciaría y donde vio las luces de los fuegos artificiales restallar en medio de la noche y de su pecho.

 

De repente sintió una mano que lo tomaba para abrazarlo y una voz que le cantó la misma canción que ahora escucho en esta mañana gris de junio, treinta y seis años después, y que me estremece, mientras imagino a Carlos joven, encarcelado y abatido. Era su amigo, el profesor de literatura, un hombre de treinta años de edad, moreno, alto, venido de la Costa Atlántica quien le entonó Memorias de una vieja canción que yo reproduzco a estas tempranas horas en la voz de Horacio Guarany, entretanto recuerdo a Carlos tomar su bicicleta luego de abrazarme, echar a andar por el mundo sorteando las bofetadas de la vida y tarareando la misma canción: «Este día sin sol es todo mío,/ golpea mis ventanas tanto frío./ Una vieja canción en mi guitarra,/ una vieja canción no tiene olvido./ Es la misma que un día nos uniera,/ en las playas lejanas de tu viejo país./ Y el otoño al ver caer sus hojas,/ viene hasta mí y me moja con su llovizna gris./ Por qué no olvido tu canción/ será porque tanto te amé,/ que aquí sentado en esta pieza/ sobre esa misma mesa/ anoche te lloré./ Por qué no olvido tu canción,/ si el río va y no vuelve más/ Reloj eterno de las horas y esta canción que llora/ sobre mi ventanal».

Publicado enEdición Nº239