Viernes, 25 Diciembre 2015 06:47

El arte en la era de las rentabilidades

El arte en la era de las rentabilidades

"La idea de lo efímero de todas las cosas se hace sentir en buena parte de la obra de esas antenas supersensibles que son los artistas". La frase de Aldo Pellegrini nos envía a pensar en la imposibilidad de permanencia y de durabilidad de los objetos en el mundo del consumo y de la obra de arte en la era de las mercancías simbólicas. Está claro que en la actualidad el arte asume las mismas lógicas del mercado. Del genio romántico, vanguardista, extraño, marginado y rebelde, el cual proyectaba una pulsión crítica desde la imaginación, el sueño, la poesía, la pasión y la angustia por la existencia, hemos pasado al genio de los negocios, que sólo busca éxito bursátil, dinero y celebridad. La oferta y la demanda manejan al artista como cualquier producto de uso y de cambio. De allí su proceso de exposición constante en los medios para cotizar cada vez más su imagen. El valor de su obra –que ahora es artefacto u objeto de consumo– está determinado por la promoción mediática y la difusión masiva que de ésta se realiza. Es el arte no de las propuestas filosóficas trascendentales, ni de las estéticas de la revuelta, sino el arte de los mercaderes. Ante el artista rebelde se impone un artista del confort.

 

Estas son las condiciones donde se mueven tanto el artista, la obra, el público, el crítico, el museo, las subastas y todas las instituciones que conforman el llamado "mundo del arte". Así, por ejemplo, el museo ha dejado de ser el centro del arte moderno para constituirse en centro comercial del arte mercantilizado.

 

Museos espectáculos, museos-escultura, seductores; museos-tiendas, museos franquicias, museos de marca, donde es más importante la arquitectura fascinante de los mismos que las obras que en ellos se exponen. Los museos han adoptado las lógicas comerciales del capitalismo, con las estrategias de captación de públicos consumidores. El turista cultural, voraz, visitante de los museos, no tiene tiempo para contemplar, sólo tiene tiempo para consumir. Realiza su paseo rápido por estos antiguos templos del arte. No son viajeros que habitan los espacios, son turistas que consumen en los espacios que transitan.

 

El predominio del valor económico sobre el valor simbólico es hoy por hoy determinante. Desde esta perspectiva, la mutación del sentimiento moderno respecto al arte y la cultura es demasiado enorme en las estructuras de la concepción intelectual del presente. Con el pensamiento crítico en crisis, la labor del pensador-creador se resiente. La globalización económica capitalista ha creado artistas e intelectuales espectacularizados, legitimadores del establecimiento, estrellas fugaces con un pensamiento conciliador. Se impone un intelectual académico turista, de viaje por las universidades neoliberales. Tanto para los medios como para el mercado estos son los nuevos cánones del pensamiento. De por sí, los periodistas reemplazan a los pensadores creadores y críticos. Fin de la era del espíritu, sepultura de las grandes propuestas ideológicas, filosóficas y metafísicas. Así, el contexto socio político y cultural no puede ser más desalentador.

 

Este pasar con ligereza y levedad sobre las grandes piedras del espíritu es lo que nos sitúa en la pérdida de importancia del arte, el cual se asume con una desfachatez despreocupada, fácil y vacacional: más divertimento, más goce instantáneo, menos tensión crítica. Al arte se le observa como figura decorativa, como un Neo Art Deco de distracción y animación temporal. Ya no provoca ni proyecta innovación, no es esencial para las transformaciones individuales ni colectivas. Ya no se asume como un gran peligro que puede impactar en nuestras vidas. Se le considera un ornamento que no causa estragos, ni catástrofes espirituales. De allí su aceptación, su transformación en artefacto efímero, consumible, agradable. El escaparate global es su sitio más preciado. Entre más seductor y lumínico mucho mejor; entre más espectacular y fascinante mayor será su aprecio –y precio–.

 

De manera que lo más reprobable y mediocre convive pacíficamente con el arte de alta calidad, y éste a la vez se complace con ser considerado un objeto que hace agradable lo cotidiano. Pero esto ya no produce escozor, a casi nadie le importa. Por lo demás, el "objeto artístico" es valorado más por el consumo que por su valor estético; está sujeto a las variables de la economía mundial, a la inflación, recesión, devaluación, a los ingresos, distribución, ventas, así como a ciertos cambios políticos tanto internos como globales. El lenguaje ecónomo empresarial le impone reglas comerciales, y nociones tales como precio, competencia, efectividad, eficacia, rentabilidad, marca comercial, publicidad, flexibilidad; corredores de arte desplazan a conceptos como creatividad, autenticidad, sublimidad, originalidad, emancipación, subversión, experiencia poética. En este juego de precios y valores que rige al arte, a mayor promoción mediática del objeto mayor es su precio. Con esto aumentan sus ganancias tanto los corredores o vendedores de arte, como las subastadoras globales y los grandes coleccionistas e inversionistas.

 

Tal es la situación del arte hoy. La globalización neoliberal lo integra a la industria del diseño, a la publicidad, a las marcas, al vedetismo, al gourmet, al turismo como un bien y un servicio más de consumo. Prisionero de las lógicas de la globalización económica y de la mundialización cultural las industrias del ocio y del entretenimiento han convertido al arte en un asunto de uso reemplazable, en botadero estético. El desecho sensacional y excitante es el nuevo modelo. Lo que no se consume no da placer. Los resultados son desastrosos: homogenización del arte y rechazo a toda actitud de excepción.

 

Así por ejemplo, bajo estas lógicas empresariales, las artes visuales y los artistas han cambiado sus concepciones de creación. "Su formación es diferente, la manera de producir su obra es distinta, otros son los itinerarios que se definen con sus viajes", nos dice Andrea Giunta. Gran parte de los artistas bienalizados circulan por el mundo con sus mismas obras y son casi siempre los mismos invitados con temas repetidos y recurrentes. Son artistas multi-locales, que buscan ser subsidiados por programas internacionales y aceptan lo que quieren las exposiciones globales. Heterogéneos en sus exhibiciones, según lo exigen las bienales, adaptados y adaptables, son artistas que realizan su obra por encargo, con lo que pierden autonomía de creación crítica y propositiva respecto al valor de cambio y de uso de su arte. Sin embargo, cínicamente, esto los tiene sin cuidado. Se convierten, en cambio, en viajeros del mercado, donde, como lo asegura Giunta, "el viaje ya no supone un desarraigo traumático o exitoso, genera un artista capaz de articular su obra en distintos contextos. El vídeo, la instalación, la intervención en el espacio urbano, público, museográfico, son las estructuras más funcionales para la era global. No es necesario que ésta se transporte: se arma en el lugar, con materiales del sitio [...]. En estas condiciones, el tradicional viaje modernista, que el artista emprendía para completar su formación y traer lo nuevo a su país de origen, tiene nuevas formas de inscripción. Es una forma de nomadismo global en el que el artista opera desde una o más ciudades de base y viaja a montar su obra en los más inesperados lugares del planeta" (1). Los modelos globales de la franquicia, el toyotismo y el pos-fortdismo se manifiestan en estas condiciones artísticas.

 

Manipulado por una bienalización permanente, que determina el tipo de arte acorde a los modelos que rigen en la moda artística y el mercado, el artista puede en un momento trabajar sobre las problemáticas de un país (la violencia en Colombia, por ejemplo) y en otro momento estar montando una instalación sobre los inmigrantes en España. De modo que la localidad exclusiva desaparece, produciéndose la multilocalidad artística itinerante. Las nociones de identidad nacional y de nacionalismo, surgidas en la modernidad, desaparecen, instalándose un pluralismo geopolítico y geoestético. El arte ha entrado en una esfera de dislocaciones y multilocaciones glocalizadas. Heterogeneidad glocal frente a unidimensionalidad local.

 

Insistimos: al arte se le asume ya no como un proyecto fundamental para "elevar" el espíritu del hombre, sino como un componente junto a los objetos que se consumen y se desechan, necesarios sólo como acto decorativo. Las obras de arte antaño "revolucionarias" ahora son un asunto seductor para promover cursos en las universidades, reducidas a suvenires turísticos que se compran y se venden como algo atractivo, original y exclusivo. El arte que antes chocaba, y era un peligro para las sensibilidades, hoy por hoy encanta por su fascinante forma de entrega a una causa perdida. El mundo del arte entra a las esferas de la conciliación.

 

Hace años que vivimos bajo una sensibilidad mercantil que ha puesto fin a toda excelencia artística y a los proyectos de confrontación estéticos. Ante la euforia de la bolsa y la usura de los banqueros, y recobrando las palabras de Aldo Pellegrini, no podemos olvidar que el verdadero artista debe ser "un vigía alerta en la abigarrada movilidad de un medio", y que su gran satisfacción está en "la posibilidad de provocar una explosión en el espíritu de un ser humano que lo arranque de su vivir indiferente, que lo lleve a ese estado en que la vida se impregna de fervor".

 

1 Giunta, Andrea, Escribir las imágenes. Ensayos sobre arte argentino y latinoamericano, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires, 2011, pp. 259-260.
2 Pellegrini, Aldo, Para contribuir a la confusión general, Editorial Leviatán, Buenos Aires, 1987, p. 96.
* Poeta, ensayista. Docente Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Bogotá.

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Martes, 15 Diciembre 2015 08:33

Jardín se viste de cine y de cultura

Jardín se viste de cine y de cultura

El pasado sábado 12 de diciembre se llevó a cabo la inauguración oficial de lo que será el nuevo Festival de Cine de Jardín, en el suroeste antioqueño.

El Festival surge producto de la acción de la recién creada Corporación Antioquia Audiovisual (CAA). Su equipo creativo , el mismo que dio a luz y conservado por quince años uno de los más importantes festivales de cine del país, el de Santa Fe de Antioquia, abre de esta manera las puertas del mundo del séptimo arte, y la cultura en general, al municipio de Jardín, y como efecto inmediato a todo el suroeste antioqueño.


"Nosotros hemos decidido no renunciar a esta vocación naciente que nos hace falta ejercer: seguir haciendo cultura a través del cine [...]" dice Víctor Gaviria, cineasta y fundador de la CAA, el día del lanzamiento a propósito del distanciamiento con las directivas del Festival de Santa Fe de Antioquia. De igual manera, dirigiéndose a toda la comunidad jardineña e invocando el recuerdo de escritores de esta región como Manuel Mejía Vallejo y Gonzalo Arango, presentó públicamente la Corporación, aprovechando para invitar al primer Festival de Cine de Jardín, por efectuarse a partir del 20 de Julio de 2016.


Para esta primera citación la temática central versará sobre los posconflictos en el cine del mundo: "El paso de los hermanos sin discordia a la reconciliación". Dice Víctor: "son las películas realizadas en todas las épocas y en todos los lugares, acerca de este momento único de madures de los pueblos". Adicional a las proyecciones se realizarán conversatorios con pensadores, artistas y personas cercanas al tema del posconflicto.


Jardín será la plaza en donde se debatirá, a propósito del cine, el momento histórico en que está sumergida Colombia: "Tiempos de diálogos, reformas y cambios profundos que será, Dios lo quiera, el comienzo de un nuevo país [...]" dice Gaviria, además de valorar el cine y la cultura como medios que permiten aportar a la construcción de un nuevo país. Según él, "un país que debería tener una consigna sencilla: romper el aislamiento, para volver a contactarnos y conocernos".


"El objetivo de este Primer Festival es invitar a los jóvenes de este país a que viajen y conozcan el suroeste antioqueño y Jardín" y, sobre todo, que este sea un encuentro para aprender a convivir: "aprender a disfrutar y no ha desperdiciar las invaluables mieles de convivir, de conversar, de encontrarnos a disfrutar de lo que somos y hemos sido, aprovechar todos los mundos negros y blancos por los que hemos pasado, queriendo y sin querer".


Recuadro


Con motivo del lanzamiento del Festival de Cine de Jardín, se rindió homenaje a Ramiro Meneses. En diálogo entre el cineasta Víctor Gaviria y el poeta Luis Fernando Calderón, sirvió para reconocer su vida y obra. Se conversó de su experiencia en la actuación: en su iniciación como actor natural en la película Rodrigo D No Futuro, además de novelas que lo sacaron a la luz pública como Los victorinos y Vuelo secreto, como también de las diferentes películas de factura más recientes en que ha actuado.


El énfasis de lo dicho permite recordar que más que actor, Ramiro Meneses es un multifacético y talentoso personaje. Además de la actuación, se desempeña como fotógrafo, director de cine, músico y pintor.


Para evidenciar parte de lo hecho por él, se proyectó un cortometraje que dirigió; pasando luego a un toque con su grupo de música y, finalmente, un diálogo con los jóvenes jardineños a propósito de la actuación.

 

Galería de fotos

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El cine que hace existir a los excluidos del planeta

Naomi Kawase y Jacques Audiard hacen protagonistas de sus películas, 'Una pastelería en Tokio' y 'Dheepan', a las mujeres y hombres que siempre están en la sombra. Excluidos o inadaptados, las víctimas de los informativos son los héroes del cine de autor


MADRID.- Los excluidos, los inadaptados, los personajes que suelen estar en segundo plano "en la vida y en la ficción", son los héroes del cine de autor de hoy. Dos grandes y muy singulares cineastas, la japonesa Naomi Kawase y el francés Jacques Audiard, hacen protagonistas de sus nuevas películas a estas mujeres y hombres que siempre están en la sombra.

Son trabajos, por cierto, merecidamente recompensados: 'Una pastelería en Tokio', por la que su autora ha ganado la Espiga a la Mejor Dirección en la Seminci, y 'Dheepan', con la que Audiard se alzó con la flamante Palma de Oro en Cannes.

'Una pastelería en Tokio'


Pocas veces se ve salir de una sala de cine, en una proyección matinal para la prensa, a los periodistas con los ojos húmedos. Y no es una anécdota, la experiencia se vivió en Cannes y se ha repetido ahora en las proyecciones en la Seminci. Llorar de emoción es una de las conquistas más excepcionales del cine. Sentaro, Tokue y Wakana, los personajes de 'Una pastelería en Tokio', conmueven al espectador con un relato que refleja con precisión la filosofía de su creadora: "Suelo pensar de forma negativa en la muerte y con alegría de la vida".

"Intento interpretar lo invisible", dice Kawase, la más joven de los ganadores de la Cámara de Oro en toda la historia de Cannes, una cineasta que con su obra celebra la vida y que con esta película lo hace de una manera especial. "En este mundo hay siempre gente que recibe poco, son los que están siempre fuera de foco, pero ellos también tienen una vida y tienen emociones. He querido poner el énfasis en estas personas, hacerles existir y poner de manifiesto que es maravilloso ese simple hecho de existir", añade la directora sobre sus personajes.

Sentaro tiene una pequeñísima pastelería donde sirve dorayakis, un dulce tradicional en Japón (pasteles rellenos de pasta de judías rojas). Un día, Tokue, una anciana con las manos deformadas, le pide trabajo. A pesar de las reticencias del primero, el sabor de la pasta de judías que ella hace le convence. Son dos solitarios, marginados de la 'normalidad' por razones diferentes. A ellos se une Wakana, una joven estudiante que necesita atención.

"Con mis películas, pero con ésta de una manera más evidente, quiero decir que el mundo es bello, poner de manifiesto esa belleza y decir que hay esperanza", sentencia Naomi Kawase, que ha construido buena parte de su filmografía sobre su propia autobiografía. "Esta película es, muy claramente, una mirada de mujer y de madre".


'Dheepan'


Y si la cineasta japonesa apuesta por la vida en sus películas, Jacques Audiard es un tenaz rastreador de humanidad en su cine. En 'Dheepan' cuenta una historia de amor y de familia, pero sobre todo del 'desconcierto de la inmigración'. Jesuthasan Antonythasan, un ex guerrillero tamil que escapó de la muerte en Sri Lanka y en Francia se convirtió en escritor, ahora es actor y el protagonista de esta historia, donde interpreta parte de su propia vida.


Un ex guerrillero, una mujer y una niña que no se conocen se hacen pasar por una familia para huir de la guerra civil en Sri Lanka. En Francia, él comienza a trabajar en los suburbios, en un barrio dominado por bandas de traficantes de droga. Mientras los tres aprenden a quererse, mientras nace una historia de amor entre los dos adultos, la violencia de la calle devuelve a Dheepan el recuerdo de la ferocidad.

"El cine comercial ha abandonado la realidad, porque ya no la necesita, mientras que los demás seguimos usando el cine como una herramienta. Hasta la generación posterior a la mía, el cine era una garantía, lo que se decía en el cine era verdad, nos hemos educado con el cine.

Eso ya no es así", sentencia Audiard, que explica que para él el cine es, entre otras cosas, "una manera de dar una identidad a algunas personas"."Se trata de identificar a las personas sin rostro, las que parece que solo son una masa, sin pensamiento y sin alma", añade, refiriéndose a su protagonista Dheepan, como símbolo hoy de los refugiados sirios que huyen de su guerra. "Con 'Un profeta' quería mostrar a los árabes

 

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En fotos, carros alegóricos a obras de Van Gogh

¿Alguien vio alguna vez en esta tela, una tierra equiparable al mar?

Entre todos los pintores Van Gogh es el que más a fondo nos despoja hasta llegar a la urdimbre, pero al modo de quien se despoja de una obsesión.

La obsesión de hacer que los objetos sean otros, la de atreverse al fin a arriesgar el pecado del otro: y aunque la tierra no puede ostentar el color de un mar líquido, es precisamente como un mar líquido que Van Gogh arroja su tierra como una serie de golpes de azadón.

Antonin Artaud, 'Van Gogh, el suicidado por la sociedad'

 

El pintor postimpresionista Vincent van Gogh nació en en el pequeño poblado de Zundert, al sur de los Países Bajos, donde cada años se celebra el Festival de las Flores desde 1936. En este festival hay un desfile de carros alegóricos adornados sólo con flores (en general se emplean sólo dalias) y este año fue dedicado al maravilloso pintor neerlandés.

 

19 carrozas adornadas solo con flores y basadas en la obra de van Gogh recorrieron las calles como salidas de uno de sus lienzos o de alguna de sus alucinaciones, en esta edición del festival llamado Corso Zundert.

 

Aquí algunas imágenes de los carros-pintura de este gran artistas:

 

 

 

 

 

 

 

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La impactante realidad de la sociedad contemporánea mostrada por Steve Cutts

Las impactantes ilustraciones del artista gráfico Steve Cutts que critican la sociedad contemporánea se viralizan en Internet. Decenas de miles de personas han visto la triste verdad detrás de las obras que exponen en primer lugar el consumismo de los humanos.

Las obras del artista gráfico Steve Cutts, que exponen la sociedad a la burla, han sacudido la Red la última semana. Algunas de sus obras han tenido tanto impacto en los lectores, que se viralizaron y el artista se volvió famoso de inmediato.

Steve Cutts, un ilustrador que reside en Londres se llama a sí mismo el 'ermitaño autodidacta', quién de vez en cuando hace videos y dibujos en los que demoniza el consumismo y la búsqueda de dinero. Otro tema importante de sus obras es el desgaste del planeta a causa de los humanos en general, y por los empresarios en particular. Según el artista "la locura de los humanos es una fuente infinita de inspiración".

 

 

 

 

 

 

Tomado de RT: http://actualidad.rt.com/sociedad/184003-viraliza-artista-grafico-burla-sociedad

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Martes, 25 Agosto 2015 08:24

Sólo nos faltaba esto a los artistas

Sólo nos faltaba esto a los artistas

Ser tratados peor que a delincuentes, es la impresión que da, por la manera como se viene desarrollando la política cultural de convocatorias que hace la Secretaría de Cultura Recreación y Deportes, Idartes y la Fundación Julio Mario Santodomingo, lo que no sólo deja un malestar en los que confían en la institución cultural (que se supone es para promover la vida artística, cultural y deportiva de los bogotanos), sino el deseo de no volver a hacer caso a esas convocatorias.

Resulta que la convocatoria de coproducción que hacen estas tres entidades: SCRD, Idartes y la Fundación Santodomingo, para las becas en coproducción de Gran Formato y Mediano Formato, cuyo objetivo es la puestas en escena de dos obras en los teatros de la Fundación Santodomingo y el Jorge Eliécer Gaitán, pareciera que ya las tuvieran destinadas, simplemente cumplen el trámite de convocar a los trabajadores de las artes escénicas, para que presenten proyectos y que por razones ajenas al objetivo de las becas, terminan siendo rechazados sin que las propuestas o proyectos lleguen a los jurados, que serían los que deberían decidir cuáles propuestas son viables en su realización, teniendo en cuenta los escenarios y el compromiso adquirido con las entidades que convocan, y entre ellas escoger las dos mejores propuestas para gran y mediano formato.


Herederos del Maíz es una propuesta dramatúrgica que presentó la agrupación Jícaro Teatro, en la convocatoria para la beca de Gran Formato 2015-2016, que desde hace dos años promueven estas entidades, y que hasta el momento no ha logrado una puesta en escena renovadora para las artes escénicas de la ciudad. Es como si esa política aplicada por el Festival Iberoamericano de Teatro, de menospreciar el movimiento teatral colombiano, hubiera calado al interior de las instituciones culturales del distrito capital, hasta el punto que la última beca de gran formato se la dieron a una puesta en escena de Otelo, que se presentó en los dos teatros sin pena ni gloria, simplemente se cumplió el requisito de las funciones en el Teatro J. M. Santodomingo y el Jorge Eliécer Gaitán, pero las propuestas ganadoras poco han trascendido más allá de estos escenarios.


Supuestamente las convocatorias que promueven esas instituciones, es para motivar y apoyar a los artistas capitalinos, más cuando son recursos públicos con los que se quiere incentivar la originalidad y talento colombiano. No obstante, por requisitos burocráticos y policiales de exigir la dirección de los participantes invitados, al igual que sus firmas, hace que se desestime participar en dicha convocatoria, porque con tanta 'seguridad' que ofrece la Bogotá Humana, facilitar la dirección de la casa resulta arriesgado, más cuando no existe un compromiso escrito ni la seguridad de ganarse la beca. No se entiende entonces, el papel que juegan los tres directores creativos que firman; ellos son la garantía del cumplimiento, hasta el final de la puesta en escena.


Es de lógica, que los convocantes tienen que curarse en salud respecto a la seguridad de los proyectos presentados, lo que se aprecia en el contenido de las propuestas y las personas que los presentan. No obstante, una de las exigencias de la cartilla es la póliza de seguro cumplimiento para los ganadores, además de la fiducia con un banco para el manejo financiero del proyecto. Con todo y esto, el numeral 9 de la cartilla y la página 6 del formulario exigen la UPZ, dirección y localidad, y la firma. Como quien dice: fichados "y lo mejor es que no cambie de domicilio hasta después del estreno, porque los señores de Idartes, la SCRD, o quién sabe quién, lo requiera". ¿Los cuadrantes policiales de la Cultura? Tal pareciera que ese fuera el objetivo de estas convocatorias.


Con ingenuidad se participa creyendo en la transparencia de los convocantes, sean de la Secretaría de Cultura Recreación y Deporte del Distrito Capital o del Ministerio de Cultura. Insisto, las becas están asignadas y la manera de eliminar propuestas que pueden hacerle sombra a 'los elegidos', es rechazarlas con exigencias burocráticas que nada tienen que ver con la calidad artística. Incluso ¿se podría hablar de un carrusel de la contratación cultural?


Resulta que hasta la paz ha servido para promover la exclusión. Así ocurre con las actividades que hacen por la paz, donde invitan a las 'personalidades' de la cultura colombiana, actividades excluyentes de las que no queda nada, sólo figurones que se dan el lujo de despotricar contra los que organizan la actividad, como les pasó este año con Fernando Vallejo. No es de extrañar que esto ocurra, porque la paz en Colombia la están parcelando, pareciera propiedad privada de los llamados violentólogos, politólogos y otros calificativos que les da derecho a pontificar sobre la paz, en ocasiones con análisis irresponsables y mediáticos, sin profundizar en las causas históricas del conflicto. Si algo falta a los diálogos de paz de La Habana y todas las actividades que se promueven en torno a la palabra que más anhelamos en el ahora de los colombianos, es transparencia, inclusión, más cuando se trata de programas con los que se pretende incentivar las artes, tal como lo anuncian. De momento, rechazaron propuestas que no cumplían el requisito burocrático y policíaco de facilitar la dirección de todos los integrantes de la agrupación, no por temor a nada, sino porque resulta un requisito absurdo, cuando hay tres directores creativos que firman una propuesta multidisciplinar, y todos los trámites de pólizas, fiducias no son garantía.


¿A qué juegan?Sería más honesto no convocar y simplemente anunciar los proyectos que han considerado merecen esas becas, así los artistas no pierden tiempo y dinero, que tanto cuesta conseguirlo, creyendo en convocatorias donde pareciera que todo está 'amarrado' desde antes de convocar. La burocracia de la exclusión correspondiendo a favores, nunca se sabe en medio de tanta corrupción que campea por las instituciones a nivel nacional, departamental y local. Ni la llamada izquierda se salva de la corrupción, esa palabra que tanto molesta a los políticos, jueces, fiscales, militares, policías, el clero, y todos aquellos que piensan y actúan desde la mente, el ego los envanece y se olvidan del Ser.


M. G. Magil


Bogotá, agosto de 2015

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Andrei Konchalovsky declara la guerra al "cine moderno"

El veterano cineasta ruso ganó el León de Plata a la Mejor Dirección en Venecia con 'El cartero de las noches blancas', una película que el artista retiró voluntariamente de la carrera por el Oscar y con la que planta cara "al cine moderno".

 

"He empezado a entender la esencia contemplativa del cine", aseguró en el Festival de Venecia el veterano Andrei Konchalovsky, un cineasta sorprendente, con una trayectoria exótica que le ha llevado de Tarkovsky a Chejov y Turguénev, pasando por Sylvester Stallone y Kurt Russell. Ahora, con su nueva película, 'El cartero de las noches blancas' (León de Plata a la Mejor Dirección en la Mostra), vuelve a mirar hacia Rusia para plasmar el desconcierto de los habitantes de un mundo a punto de desaparecer.

Rodada en el Norte de Rusia, en una población asentada a las orillas del lago Kenozero y con los residentes reales de ese lugar, la película muestra el paso de los días en un mundo en el que parece haberse detenido el tiempo. Un universo amenazado. Conectados con la Rusia continental solamente por una lancha, los vecinos del pueblo viven ahora casi de la misma forma que sus antepasados, aunque en este siglo XXI están a unos pocos kilómetros de un centro de lanzamiento espacial, a un paso de la desintegración.

El cartero del pueblo, Liokha, es el vínculo diario con la ciudad. Aleksey Tryaptisyn, el auténtico cartero de la localidad, es el protagonista del filme y, aunque debutante, fue una de las apuestas en el festival italiano para alzarse con el premio de interpretación.


Las malas influencias del cine de Hollywood


Un año y medio vivió Andrei Konchalovsky en ese pueblo antes de comenzar el rodaje de la película. Una producción que él retiró voluntariamente de la lista de títulos en la carrera por el Oscar. "Luchar por recibir un premio de Hollywood, me parece simplemente ridículo –dijo a la agencia ITAR-TASS -. En los últimos años he criticado duramente la 'hollywoodización' del mercado ruso, las malas influencias del cine comercial estadounidense en la formación de los gustos y las preferencias de nuestros espectadores. En cambio, los griegos con la crisis han demostrado ser originales".

'El cartero de las noches blancas' nace, de hecho, de su propia contrariedad ante la deriva del cine actual. "Desde hace pocos años, he comenzado a pensar que el cine moderno trata de impedir que el público se concentre en la contemplación", escribe el cineasta en las notas de dirección de la película. "Durante todo ese tiempo he vivido en la incertidumbre de saber si realmente había comprendido la esencia del cine. Este filme es mi intento por descubrir las nuevas posibilidades que ofrecen las imágenes en movimiento unidas por el sonido. Un intento por estudiar la vida sin ninguna prisa. La contemplación es el momento en que una persona asume su unidad con el Universo".


Cine para gente que come palomitas


Decidido a hacer la guerra al "cine de hoy", apuesta por volver la mirada a sus inicios, a un momento en que la cultura no estaba sometida a las reglas del mercado. "El cine ha dejado de responder a las preguntas. Toda la verdad está a un golpe de click, aunque sea una verdad banalizada", sentenció hace unos años en Segovia, en el homenaje que recibió en la Muestra de Cine Europeo. "Ahora que todo el mundo puede hacer cine con un iPhone, cambia la forma del cine, pero también cambia la conciencia humana".

'El cartero de las noches blancas' es una prueba real con la que el cineasta refuerza la afirmación que ha hecho varias veces de que él no hace películas "para gente que come palomitas. No se puede apreciar un filme mientras se está comiendo". Y, en esta línea, ahora reniega de uno de sus títulos más conocidos, 'Tango & Cash', la película que rodó con Sylvester Stallone y Kurt Russell y que abandonó finalmente por su enfrentamiento con el productor. "Como todas las películas de Hollywood, esa película es para gente incapaz de leer", declaró a The Guardian.


La competencia de McDonald's


El recorrido de Andrei Konchalovsky le ha llevado de vuelta a Rusia y al teatro y la ópera. 'Edipo Rey', de Sófocles, en los escenarios italianos es el nuevo proyecto de este cineasta de origen aristocrático. Descendiente lejano de Tolstoi, es hermano de Nikita Mijalkov, otro hito del cine de aquel país. Hijo de Sergei Mikhalkov, autor de la letra del himno nacional soviético y el himno nacional ruso, y de la escritora Natalia Konchalovskaya, es bisnieto y nieto de los pintores Vasili Súrikov y Piotr Konchalovsky. Estudiante de Música, cambió ésta por el cine, donde inmediatamente conoció al gran Tarkovski, con quien escribió 'La infancia de Iván'.

La filmografía de este cineasta ha recorrido desde entonces diferentes caminos, en los que ha dejado grandes títulos, muchos de ellos premiados, como 'Siberiada' (Gran Premio de Cannes en 1979), 'La Odisea' (Premios Emmy), 'Tío Vania' (Concha de Oro en San Sebastián), 'La casa de los engaños' (Gran Premio Especial del Jurado en Venecia), 'Homer y Eddie' (Concha de Oro en San Sebastián)... películas muy conocidas, algunas de gran éxito, rodadas en su época americana, como 'Los amantes de María', 'El tren del infierno' o la mencionada 'Tango & Cash'... y las más recientes, la adaptación de 'El cascanueces. La historia jamás contada' y 'El cartero de las noches blancas'.

Cine y cultura para un artista que ahora se ha aliado con su propio hermano (Mijalkov) para luchar contra la invasión americana... y no solo en el cine. Los cineastas se han convertido en propietarios de la cadena de cafetería Comemos en Casa, "una alternativa a las cadenas de comida rápida occidentales y a los McDonald's". Su intención es participar con los beneficios de este negocio en proyectos sociales, "colaborar con orfanatos, colegios internados y otras organizaciones".

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"Siento que he hecho cosas que podríamos llamar errores"

Al Pacino tiene tanto carisma que inevitablemente se hace cargo de cada habitación, cada set de filmación y cada escenario teatral en el que aparece. "Soy una estrella de cine", dispara en un momento, y no quiere que nadie lo olvide. Aun a los 75 años, tiene la temeraria confianza de la juventud, y las escapadas de antaño proveen el eco necesario para su discurso. El actor realiza sus saltos hacia el pasado con la voracidad del Doctor Who. Hablando del director de su nueva película Manglehorn, señala: "Cuando David Gordon Green se me acercó con el guión, pensé que sería interesante trabajar en cualquier película que realizara un director tan bueno". Y luego sale de su propia voluntad de trabajo: "En la primera El Padrino, Francis Ford Coppola me quería a mí y a nadie más que a mí. Los estudios no me querían, nadie me conocía, y creo que cuando un director se muestra interesado yo tengo la tendencia a avanzar más que a echarme atrás, aun cuando ni sabía qué era lo que iba a hacer con ese personaje".


El personaje epónimo que interpreta en Manglehorn es un hombre que vive en el pasado, que aún escribe cartas a una mujer que amó y perdió muchos años atrás, y que entra en un área de confusión a causa de Dawn, una cajera de banco que se interesa en sus excentricidades. Al analizar la película, Pacino se entusiasma hablando de obsesiones y la pertinencia de Holly Hunter interpretando a Dawn, y luego vuelve a volcarse en elogios hacia el director, antes de terminar la parrafada con un comentario sobre su método de actuación: "Traté de que la performance llegara desde el inconsciente. Cuando la veo ahora, creo que es lo que hice. No suelo trabajar así. Desearía haber intentado eso antes".


El peligro de entrevistar a Al Pacino es dejarlo que se salga con la suya. Es conocido por haber descerrajado en algunos reportajes soliloquios shakespeareanos de veinte minutos. Con lo que parece apropiado lanzar preguntas más directas, con la esperanza de que funcionen como una especie de balde de agua fría. Algo así como si se arrepiente de alguna de sus películas. ¿El Padrino Parte III, por ejemplo? "¿Qué se supone que significa eso?", dice como rápida y corta respuesta, con lo que hay que repetir la pregunta omitiendo el ejemplo de El Padrino, y sin mencionar buena parte del trabajo que ha hecho en la gran pantalla desde el comienzo del milenio: Pacino dejó de tener nominaciones al Oscar en 1993, luego del algo sobrevalorado impacto en 1993 con Perfume de mujer. "No me arrepiento de nada", dice con el tono desafiante que puede esperarse de alguien tan temerario. Luego vuelve a pensar. "Siento que he hecho cosas que podríamos llamar errores. Elegí la película equivocada, o no exploré a fondo un personaje, pero todo lo que hacés es parte de tu personalidad, y siempre sacás algo de ello. Apropiándose de la idea y la excitación de estar en esas situaciones y lugares, son más que sólo memorias: forman parte de tu vida."


Uno de los roles más famosos que Pacino rechazó (ver aparte) fue el de Han Solo en Star Wars. A pesar de todo, eso quizá fue una buena cosa: es difícil imaginárselo como el adorable pirata espacial que terminó asumiendo Harrison Ford. Pero sí hay un director al que rechazó, y parece arrepentirse de no haber trabajado con él: Manglehorn fue filmada en Austin, hogar del reclusivo realizador Terrence Malick. Pacino y su coprotagonista Hunter se encontraban con Malick en las pausas de filmación. "Hace mucho tiempo, Terry me pidió estar en una película... ése es otro de mis errores, y siempre deseé que hubiera una especie de museo de mis equivocaciones, todas las películas que rechacé hacer." Pacino prefirió hacer Bobby Deerfield, uno de los trabajos menores de Sidney Pollack, en lugar de Badlands de Malick. Y también rechazó Kramer vs. Kramer, Mujer bonita y Duro de matar.


La grandeza de sus actuaciones significa que a veces los roles que interpretó tomaron vida propia. Esto nunca fue tan real como con Scarface, en la que fue Tony Montana, un inmigrante cubano convertido en barón de la droga. El personaje y la vida que vivió se convirtieron en una suerte de modelo para criminales y fue celebrado por una plétora de gangsta rappers estadounidenses. La historia de mendigo-a-millonario en clave de drogas ha sido utilizada para glorificar la violencia. ¿Siente Pacino que esa película impactó en la cultura de un modo negativo? "No sé qué decir sobre eso, realmente", señala, pero su momento sin opinión tiene corta vida. "Veo Scarface y no la pienso como una metáfora. Veo lo que Brian De Palma quería decir cuando la hizo. Eran los locos ochenta, la década de la avaricia y la codicia, y cómo se estaba presentando al mundo: que la codicia era buena cosa, toda esa cosa de Gordon Gecko en Wall Street. Yo pensé que era una declaración bien sociopolítica, y creo que por eso los raperos la retoman. La gente del hip hop está fascinada con Scarface. Conozco un montón de gente que no trafica drogas y se siente inspirada con ella. Tiene cierta ingenuidad, eso de venir desde el fondo y ascender, que es por lo que la original me resultaba tan inspiradora. Y hay algo más que parece disparar otras cosas, que es esa sensación de sus ideales como outsider."


Pacino nació en Nueva York en 1940. Sus padres, ítaloamericanos, se divorciaron cuando él tenía dos años. Empezó a fumar y a beber de muy joven, y tomó algunos trabajos serviles para financiar su sueño de convertirse en actor. Tomó clases con Lee Strasberg. Empezó a actuar a fines de los años sesenta, y fue su interpretación de un adicto a la heroína en Pánico en el parque lo que atrajo la atención de Coppola. Los setenta, dice, son una especie de niebla: las películas de éxito, la vida rápida. Explica que nunca escribió una biografía porque no recuerda mucho de la década que lo vio en Espantapájaros, Serpico, Tarde de perros y El Padrino. "Uno no piensa en esos papeles como logros –dice sobre esos días de alta intensidad–. Imaginate un actor diciendo 'No quiero hacer más películas porque no puedo mejorar la última que hice'. En todo caso debería retirarme ahora. Pero a eso le llamamos descansar en los laureles. No se supone que hagas eso. Yo estoy a favor de eso, descansar en los laureles, tomar otra profesión, pero por alguna razón siempre quise seguir haciendo esto que hago."


El actor luchó para lidiar con la fama y la adulación que aparecieron en los años setenta a través de la botella. El alcoholismo empezó a afectar su carrera y llegó a un punto en el que estaba más fuera del trabajo que dentro. "Me ganó una especie de locura –dice sobre el tiempo anterior a que cambiara sus costumbres–. Ahora no bebo, no fumo, no tomo drogas."


Los ochenta trajeron la primera depresión de su carrera. Se tomó una pausa de cuatro años de las filmaciones luego del épico fracaso que significó Revolución (Hugh Hudson), ambientada poco después de la Declaración de Independencia estadounidense; sin embargo, siguió trabajando en el escenario teatral. Su amor por Ricardo III y Salomé lo llevó a hacer películas que abrevaron en esos textos teatrales. Nunca se casó pero tiene tres hijos, el primero con su entrenadora actoral Jan Tarrant en 1989, y luego mellizos con la actriz Beverly D'Angelo. Se lo ha relacionado con una cadena de sus coprotagonistas, incluyendo un affaire de veinte años (con pausas intermedias) con la coestrella de El Padrino Diane Keaton. En su autobiografía Then Again, Keaton dice de Pacino: "Le gustaban las cosas simples. A veces juraría que Al debe haber sido criado por lobos.

Había cosas muy sencillas con las que no se relacionaba, como la idea de disfrutar una cena en la compañía de otros. El es más de quedarse en casa, comiendo solo, haciendo sus cosas". Desde 2007 tiene una relación con la actriz argentina Lucila Sola, de quien lo separan casi cuarenta años.


En sus días de gloria, Pacino ganaba unos 14 millones de dólares por película. En 2011 recibió una multa de 188 mil dólares por olvidarse de pagar sus impuestos en 2008 y 2009. Su manager de negocios en ese momento era Kenneth Starr, que fue sentenciado a siete años de prisión por su participación en la "estafa Ponzi". Pacino pagó inmediatamente sus deudas e hizo una especie de predicación financiera al interpretarse a sí mismo en la comedia de Adam Sandler Jack y Jill. Es quizás el punto más bajo de su carrera. Parece a años luz de cuando hizo Heat, Donnie Brasco y Carlito's Way en los años noventa. Pero recientemente Pacino parece haber renovado sus instintos para hacer películas y elegir personajes que se ajustan a su talento.

Además de Manglehorn es protagonista de Danny Collins, inspirada en la historia real del cantante folk Steve Tiltson, y decidió tomar un personaje para la adaptación de The Humbling (2009), novela sobre un actor que sufre raptos de demencia. "Perdón por trabajar tanto –bromea–. Pero no he trabajado por algunos años. EN HBO, en televisión, conseguí buen trabajo, como los retratos de Phil Spector y Angeles en América. Hago aquello en lo que encuentro y siento que puedo contribuir de algún modo, y sentir que haciéndolo, signifique lo que signifique eso, estoy expresando algo que de alguna manera exprese mi talento, y ayude a comunicar algo como ser humano –explica–. Yo no suelo hablar de política, de filosofía o cosas por el estilo, pero si se mira mi trabajo puede hallarse una expresión de mí como persona. Creo que es algo que todos hacemos."


En cuanto al futuro, "hay cosas que en este momento están en pleno desarrollo". Una de ellas es The Trap, la nueva película de su compañero de Manglehorn Harmony Korine. Y todavía no descarta del todo participar en The Irishman, la película en la que Martin Scorsese lleva trabajando largo tiempo. Es algo que pondría a Pacino bajo las órdenes de uno de los grandes directores con los que nunca trabajó, y junto a Robert De Niro y Joe Pesci. No puede menos que esperarse que eso se concrete. "En realidad, siempre estoy tratando de abrirme del show business. Aun creo que hay algo para mí en ello, pero se vuelve cada vez más duro." Aun así, todavía no quiere considerar la posibilidad de colgar los guantes. "No voy a decir la palabra 'retiro'. Philip Roth dejó de escribir y dice que es feliz. Se abrió y hace lo que hace. Puedo entender eso, la cuestión de buscar cosas diferentes. Para mí, eso es el director que quiere usar tu trabajo, los riesgos que tomás, el desafío, el hecho de que a veces caés, te levantás y seguís adelante. Cuando lo hacés por un tiempo suficiente, querés seguir haciéndolo. Querés ese desafío."


Su mayor desafío parece ser estar actuando contra su propio pasado, como en El último despertar. "Tenemos que lidiar con nuestra imagen; aun cuando jugamos diferentes personajes, tenemos que lidiar con nuestra imagen, y en parte por eso hay cierta pretenciosidad en decir que sos un artista, porque sos una estrella de cine. Eso también está de más, también es pretencioso decir 'soy una estrella de cine', pero entonces... ¿Qué decís?". Y agrega: "Hay días en los que realmente lo disfruto. Tengo una vida y hago un montón de cosas, y hasta aquí mi trabajo ha sido mi vida. Si fuera un pintor nadie cuestionaría mi edad. Soy un artista, odio decir eso. Hay una cosa que aprendí muy temprano: una mujer con la que vivía dijo 'hagas lo que hagas, no le digas a nadie que sos un artista'. Yo dije 'no lo haré, voy a evitarlo'. Y he estado varios años evitando decirlo. Pongámoslo de esta manera: creo que soy un artista. Espero serlo".


De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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"Ha fracasado Europa, la Democracia, la UE, el sistema monetario"

El escritor y ensayista Félix de Azúa acaba de ser elegido para ocupar el sillón "H" de la Real Academia Española. De su manera de entender el mundo ha ido dando cuenta en obras como "Autobiografía de papel", a raíz de la cual mantuvimos en su día una conversación que recuperamos ahora para entender sus claves. Dice Félix de Azúa en ese libro que aún estamos "emergiendo del Antiguo Régimen del mundo industrial, en el cual los grandes relatos y las utopías (la venta de felicidad) sosegaban la ausencia de sentido"; "que aún estamos ensayando cómo se sobrevive en una sociedad sin dios y sin ayuda externa, después de veinte siglos de religión cristiana y sobreprotección divina".

 

Analiza el autor los cambios vertiginosos experimentados en la cultura, concretamente en los distintos ámbitos en los que se ha desenvuelto su carrera como escritor: la poesía, la novela, el ensayo y el periodismo. Es una original manera de hablar de sí mismo y de su generación, tal vez la última que creyó en la fuerza, en el poder sagrado de la palabra artística.

 

Un viaje hacia el pasado que permite mirar por una pequeña rendija el nuevo paisaje por venir, un paisaje altamente tecnificado donde los jóvenes del futuro han de reinventar el significado de palabras como libertad. Contar las verdades, provocar al lector, enfrentándolo a prejuicios y mitos asumidos, es la manera que Azúa pone en práctica tanto en este ensayo como en "Contra Jeremías", un volumen publicado por Debate que reúne gran parte de sus artículos periodísticos. Unos artículos que, "buscan al lector que quiera encontrar algún consuelo en una posición totalmente marginal, la de no creer una sola palabra gubernamental y construir su propia vida como si no existiera la España oficial". Una defensa del individualismo que se convierte en el tronco central de su pensamiento.

 

– ¿Es "Autobiografía de papel" el retrato de un hombre decepcionado?

- Para nada. En este libro he intentado ser lo más objetivo posible, no dejarme engañar por nada y si tenía que ser un poco cruel, pues lo era, pero sin ninguna decepción. El mundo, la vida, no sólo no me ha decepcionado, sino todo lo contrario. Me ha llenado de gozo y de alegría. Para mí la vida es una fiesta; dicho lo cual no me puedo engañar en absoluto sobre las condiciones en las que se desarrolla esa vida, que no tiene nada de fácil. Una cosa es que yo no esté decepcionado y otra que no sepa exactamente cuáles son las condiciones que se imponen de una manera férrea desde el exterior. Dicho incluso de una manera más simple: no hay decepción porque todo el mensaje del libro es: "Hazme el favor de creer en ti, deja de creer en colectivos, cosas gregarias, ideologías, partidos, religiones. Haz el favor de creer en ti..."

 

– Pero, ¿no es cierto que vivimos con una sensación de fracaso permanente: fracasados como sociedad, fracasados como país, fracasados como europeos...?

– Bueno, sí, pero ¡ojo!, porque esta sensación la ha habido siempre, aunque tendamos a olvidarlo porque también existen pequeños momentos de fiesta. No te quiero decir la sensación de fracaso que teníamos los de mi generación cuando vivíamos en Madrid con 20 o 30 años, esa sí que era una sensación de fracaso. ¿Qué hago yo aquí, bajo este paraguas de militares y curas? La sensación de fracaso nunca es verdadera. Hay momentos difíciles, claro, y son los momentos en los que hay que inventar cosas. Precisamente en la España de Franco, aquella España espantosa, yo y la mayoría de mis amigos y compañeros de generación nos fuimos fuera, aprendimos francés e inglés fuera de nuestro país y vimos cómo funcionaba Europa cuando España era África. Luego todo eso se aplicó. En el momento eufórico, cuando Felipe González ganó las elecciones en el 82, mucha de la gente con la que contó, venía de esa experiencia.Maravall había estado conmigo en Oxford dos años antes... Ese momento de euforia duró un tiempo y nos hizo olvidar el fracaso, pero luego llegó el episodio de los GAL y recuperamos la misma sensación ácida. Decíamos que la izquierda había fracasado, que aquello era un desastre. Todo es un ir y venir y ahora estamos de nuevo metidos de lleno en la pérdida de la euforia. Lo que sucede es que es mucho más grave porque es global. Antes estábamos acostumbrados a echar toda la culpa a España, a Franco, al presidente de turno. Ahora estamos en un momento en el que la infelicidad es general, global. Ha llegado a toda Europa, también a EEUU, aunque lo disimulen mejor... Es algo muy gigantesco; la sensación de fracaso es enorme.

 

– Pero hay otra variante importante. Cuando hablas de la España de Franco, de la dictadura, en esa etapa existía la esperanza del cambio, de ir hacia un modelo de Estado diferente; pero ahora sabemos que no; que el problema no es la crisis económica sino el pudrimiento de todo el sistema. Y desde los poderes establecidos se ponen todo tipo de cortapisas al recambio, a la transformación...

– Estoy de acuerdo: no hemos fracasado nosotros. Ha fracasado Europa, la Democracia, la Unión Europea, el sistema monetario. Es una enormidad. ¿Y eso qué quiere decir? Quiere decir que estamos cambiando de paradigma, como se decía antes, de era, de civilización. Estamos yendo hacia otra cosa. Seguro que esa otra cosa les provocará a los más jóvenes un momento de euforia tarde o temprano, pero todavía no ha aparecido. Por eso yo insisto siempre en estos libros que pueden parecer tan negativos: "Cuidado, lo que tienes que hacer es cuidar de ti mismo. Es verdad que los tiempos son malos, pero eso lo que exige es simplemente más esfuerzo, más imaginación y menos queja".

 

- En la "Autobiografía de papel" dices que "algo está feneciendo y una cosa nueva está a punto de nacer". Viéndolo así parece muy estimulante. ¿Te lo parece?

– Por supuesto que sí, que me parece estimulante. A la gente que me dice que yo lo veo todo muy negro les contesto que está equivocada. No lo veo negro, todo lo contrario. Es verdad que hay mucho dolor, mucho sacrificio, pero, por otro lado, me parece una época interesantísima. Cada cinco años el mundo cambia a una velocidad de vértigo. Yo me acuerdo de lo que era viajar en avión hace nada, 15 años. Era algo elegante, lujoso. Pero ahora los aviones parecen autobuses de línea donde la gente va como ganado. Ahora lo lujoso realmente es ir en tren. Y si esto, que parece tan simple, ha pegado este cambiazo, no tenemos ni idea de lo que va a suceder dentro de 10 años.

 

– El placer de viajar en tren es como una vuelta al pasado. ¿El cambio puede venir recuperando cosas del pasado que ya dábamos por inútiles, por perdidas?

– Sí. Puede suceder que lo que llamamos pasado sea el futuro. Vayamos a la Venecia del Renacimiento. El Renacimiento es una época muy curiosa. Los humanistas eran unos tipos de la Italia del Norte, florentinos, milaneses, que veían un futuro esplendoroso, pero con la forma del pasado. Entonces empezaron a hacer cosas muy graciosas. Se iban, por ejemplo, a los montes, por los Alpes, medio muertos de frío, para llegar a monasterios donde compraban las viejas ediciones manuscritas de las obras grecolatinas. Y lo hacían porque su idea del futuro tenía la forma del pasado. Eso puede volver a suceder. Uno de los errores más grandes de la izquierda que tenemos, y que ha perdido todas las ideas y toda la capacidad de pensar, es el progresismo mecánico que ha aplicado sin tregua. Eso ha sido un error, una falacia, la práctica de un lenguaje de la Guerra Fría. No todo lo del pasado es horrible. Al cargarse el pasado y la Historia, han maltratado la educación y la han dejado en manos del totalitarismo nacionalista. En el Renacimiento sucedió todo lo contrario y puede aparecer de nuevo, perfectamente, una forma de hacer futuro utilizando cosas del pasado. ¿Por qué no?...

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Miércoles, 17 Junio 2015 06:12

Cuadro rojo con Malevich

Cuadro rojo con Malevich

¿Somos capaces de reconocer en las formas más simples, como cuadrados y círculos, toda la variedad de expresiones?

"Las plazas son nuestra paleta". Esto decían los muros de Vitebsk, según cuenta Sergei Eisenstein en sus memorias, cuando regresaba a Moscú desde el frente occidental de la guerra civil rusa, donde había participado en el trabajo de los trenes de agitación propagandística, en septiembre de 1920. El director de cine detalla que por esta antigua ciudad de provincias había pasado el pincel de Kazimir Malevich.


El tradicional ladrillo rojo de las calles principales, común a tantas otras ciudades de la región occidental, se encontraba cubierto por pintura blanca. Círculos verdes, cuadrados naranjas, rectángulos azules y trapecios verdes destacaban sobre el fondo blanco, en una decoración suprematista que mostraba la huella móvil de Malevich.


En 1915, hace justo cien años, el pintor ucraniano había mostrado su ideal artístico en un lienzo titulado Cuadrado rojo. Realismo pictórico de una campesina en dos dimensiones, donde una simple forma geométrica similar a un trapecio de color rojo domina sobre una superficie blanca, sin más aditamentos.


Una pintura tan sencilla lo dice todo. Por un lado, aunque se afirme que es un cuadrado, en realidad presenta una ligera deformación hasta convertirlo en un trapecio, casi imperceptible a primera vista. Por otro lado, tenemos los colores. Sobre el blanco monárquico surge el rojo, el color histórico del campesinado ruso, que parece anunciar la guerra, las revueltas y las huelgas generales.


Una lección nos queda: ¿somos capaces de reconocer en las formas más simples –cuadrados y círculos, por ejemplo– toda la variedad de expresiones? En ese trapecio rojo yo veo el retrato perfecto de esa campesina rusa. Y veo a Malevich. Y la historia del siglo XX, y el comienzo de una esperanza, y me veo a mí mismo, contigo, lectora o lector. Sólo hay que saber mirar. Rojo sobre blanco, todo sobre nada, el porvenir sobre el pasado.

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