Viernes, 28 Abril 2017 15:27

Medellín en su laberinto: la seguridad

Medellín en su laberinto: la seguridad

Algunos gobernantes contemporáneos, hacen de la exposición pública el mecanismo por excelencia de su gestión. Federico Gutiérrez, el alcalde de Medellín, es uno de los mejores exponentes de este gobierno en tiempo real.

 

A inicios de marzo el Nuncio papal en Colombia, monseñor Ettore Balestrero, confirmó que el papa Francisco estará en Colombia entre el 6 y el 10 de septiembre de 2017. Una de las discusiones que surgieron a raíz de esta noticia, fue la relacionada con el jubileo con el que podían salir libres 20 mil presos en los próximos tres años1.

 

El alcalde de Medellín, se pronunció muy a su estilo (aparentemente coloquial) en torno al proyecto: “Hoy ni siquiera se necesita de Jubileo porque igual los están dejando libres a todos2”. El afirmar “los están dejando libres”, traza una línea divisoria entre las instituciones encargadas de la lucha contra la delincuencia. De un lado estarían las autoridades que hacen un gran esfuerzo para capturar a los delincuentes y del otro, aquellos que los dejan libres. Cualquier “ciudadano promedio” pudo haber dicho lo mismo, de ahí la conexión del mandatario con el promedio.

 

En esa visión, de un lado estarían entonces el Alcalde y la Policía, quienes a mediados de enero de 2017 le anunciaron a la población que no descansarían hasta atrapar a tres sujetos motorizados que a plena luz del día, y en una vía céntrica de la ciudad, le hurtaron las pertenencias a la conductora de un vehículo y emprendieron la huida. El video del hurto se viralizó, lo mismo que la indignación de la sociedad que desde días atrás había escuchado cómo era cada vez más común esta modalidad.

 

El Alcalde, que desde el inicio de su mandato venía posicionándose como un fuerte enemigo de la delincuencia local, se pronunció de forma poca ortodoxa pero muy propia de su estilo: anunció que él mismo dirigiría el operativo y prometió que no se iría a dormir hasta no capturar a los tres “fleteros”. A las 2 de la mañana, cuando no se había logrado la captura de los sospechosos, el Dr. Gutiérrez se pronunció a lo Rodrigo Duterte en Filipinas: “No vamos a descansar hasta agarrar a esos tres delincuentes, el mensaje a la ciudadanía es que esto no puede volverse algo normal en la ciudad3”. Pese a que durante el año se denuncian aproximadamente 10 mil delitos similares o más graves, el Alcalde encargó a 200 policías de resolver este caso. Las pesquisas fueron exitosas. A primera hora del día siguiente, el trasnochado primer mandatario acompañado por el comandante de la Policía Metropolitana dio el parte de victoria: “Hemos resuelto un caso importante para la ciudad y así tenemos que actuar en cada uno4”. Sin embargo, a menos de 24 horas de su detención, los presuntos delincuentes salieron en libertad por no tener orden de captura. Toda la cruzada de opinión liderada por el Alcalde para perseguir a los pillos, enfiló baterías contra la “ineficiencia” y el garantismo extremo del sistema judicial que dejaba en libertad unos ladrones después del gran esfuerzo del equipo del burgomaestre. Dos de los supuestos bandidos fueron rápidamente recapturados, el tercero se entregó.

 

La victoria del Alcalde fue clara. Hacia el exterior le mostró a la ciudadanía que era posible ganarle la batalla a la delincuencia si existía liderazgo y voluntad política. Al interior del Estado se proyectó como un funcionario eficiente a diferencia de una rama judicial burocrática y sin sentido de justicia.

 

Antes de este episodio el Dr. Gutiérrez había intervenido, en ocasiones “personalmente”, las zonas de mayor comisión de delitos como homicidios, microtráfico, extorsión y prostitución en las comunas 5 (Castilla), 16 (Belén) y 10 (Centro), lo que le habría granjeado amenazas de las bandas y combos que hacen presencia en buena parte del Valle de Aburrá. El funcionario enfrentó abiertamente (en los medios) a alias “Pedro Pistolas” que, de acuerdo a las denuncias recibidas por la Fiscalía, era el artífice del plan criminal. En este caso, el burgomaestre también se trenzó en una disputa con funcionarios del ente judicial, a los que acusaba de corruptos y/o cómplices, dado que él solo fue notificado de las amenazas 17 días después que se hicieran públicas.

 

Al igual que en el episodio de los fleteros, el Alcalde surgió como el líder de la cruzada contra una delincuencia que lo amenazaba y frente a la cual los órganos judiciales y de control eran ineficientes, cuando no cómplices.

 

El impacto en la opinión pública de la lucha contra el crimen organizado de la administración Gutiérrez ha sido muy alto si se tiene en cuenta que su antecesor, el liberal Aníbal Gaviria, terminó su periodo con una percepción ciudadana de seguridad negativa. En ese gobierno, aunque bajaron los índices de homicidio, “el centro era un tumulto de atracos y en las comunas periféricas no había cuadra sin extorsión, pagaban –aún lo hacen– los tenderos, los buseros, los taxistas, los dueños de carro y moto que tenían que dejar el carro en la calle5”.

 

El actual alcalde ha explotado con éxito esa sensación, trazando una línea divisoria entre los que como él ‘están en guerra contra la delincuencia organizada’ y aquellos funcionarios que están en contubernio con los pillos o son demasiado legalistas para mantenerlos detenidos. Él mismo se ha posicionado como víctima de este concierto criminal y/o de la ineficacia judicial.

 

Eso ha llevado a que su índice de popularidad crezca vertiginosamente hasta llegar a ser el más alto del país de acuerdo con Gallup. Si para junio de 2016 tenía el 79 por ciento de aprobación, para septiembre del mismo año llegó al 83, siendo el segundo alcalde más popular de Colombia. Para marzo de 2017 alcanzó el 88 por ciento de aprobación apareciendo como “el mejor alcalde del país6”.

 

Pese a los altos índices de aprobación de la gestión por parte de la ciudadanía, los homicidios en el primer año de gobierno del alcalde Gutiérrez aumentaron un 7.7 por ciento, lo que rompe una tendencia de más de 6 años de rebajas consecutivas en los asesinatos en una ciudad que llegó a ser la más violenta del mundo en la década de 1990. ¿Asunto de percepción?

 

* Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia.
1 El gobierno en cabeza del ministro de justicia, radicó un proyecto de ley que “establece, por una sola vez, la rebaja en una quinta parte de la pena privativa de la libertad impuesta en la República de Colombia, por delitos cometidos antes del 16 de marzo de 2017” (El Espectador. Redacción política, 2017)
2 El Colombiano. (20 de Marzo de 2017). Cita Textual. El Colombiano, pág. 22.
3 El Espectador. Redacción política. (17 de Marzo de 2017). ¿Qué proponen los tres proyectos de jubileo que serán presentados en el Congreso? Obtenido de El Espectador.com: http://www.elespectador.com/noticias/politica/que-proponen-los-tres-proyectos-de-jubileo-que-seran-presentados-en-el-congreso-articulo-685045
4 Revista Semana. (Enero de 2017). Los tres atracadores que el alcalde de Medellín persiguió toda la noche. Obtenido de Semana.com: http://www.semana.com/nacion/multimedia/federico-gutierrez-ayudo-a-capturar-a-tres-atracadores/512255
5 Semana. Nación. (02 de 01 de 2017). En 2017 los indicadores en seguridad mejorarán”: Federico Gutiérrez. Obtenido de Semana.com: http://www.semana.com/nacion/articulo/federico-gutierrez-da-pronostico-del-2017/511278
6 Telemedellín. (2 de Marzo de 2017). Según encuesta, Alcalde de Medellín y Gobernador de Antioquia son los mejores mandatarios del país. Obtenido de Telemedellín.com: http://telemedellin.tv/alcalde-medellin-gobernador-antioquia-mejores-mandatarios-pais/168273/

Publicado enEdición Nº234
Miércoles, 04 Enero 2017 06:57

2017, el año de Lutero

2017, el año de Lutero

Martín Lutero convocó a un debate teológico y, sin buscarlo, desató una ruptura de vastos alcances históricos. Desde distintas perspectivas y en diversos lugares este año será evaluada la lid de Lutero, ya que se cumplen cinco siglos del inicio de la Reforma protestante, de la cual el monje agustino fue pieza fundamental.


En 1502 el joven Lutero se matriculó para iniciar estudios de derecho en la Universidad de Erfurt. Tres años después y contra los deseos de su padre tomó la decisión de truncar la preparación de abogado para ingresar a un monasterio agustino; entonces tenía 22 años. Fue ordenado sacerdote en abril de 1507. Desde tal año y hasta 1517, Martín iría acrecentando su malestar con las autoridades de la Iglesia católica, institución que en la época construyó un bien armado sistema de venta de indulgencias.


Junto con otro monje agustino, Martín Lutero estuvo en Roma el año de 1511 para presentar ante las autoridades eclesiásticas una petición en nombre de la orden religiosa de la que era integrante. Al regresar a territorio alemán fue transferido a la casa de los agustinos en Wittenberg. En 1512 obtuvo el doctorado en teología e inició su carrera de profesor en la Universidad de Wittenberg, en sustitución de Johann Staupitz. Quien tuvo a su cargo tomarle el juramento a Lutero fue Andreas Karlstadt; Lutero se comprometió a no enseñar doctrinas condenadas por la Iglesia católica y ofensivas para los oídos píos.


Por tres años, de 1512 a 1515, Lutero enseñó el Salterio, libro del Antiguo Testamento formado por 150 salmos. En las clases expuso detenidamente cada renglón de los cánticos/poemas. Después hizo lo mismo con el escrito paulino Epístola a los Romanos. Esta sección del Nuevo Testamento causó en Lutero una comprensión distinta de lo que había entendido por fe, gracia y salvación. Años después, en 1545, escribió sobre el descubrimiento al que llegó tras leer una y otra vez una porción de la citada misiva: “Me había inflamado el deseo de entender bien un vocablo usado en la Epístola a los Romanos, capítulo primero, donde dice, ‘La justicia de Dios es revelada en el Evangelio’; porque hasta entonces yo la consideraba con terror. Esta palabra, ‘justicia de Dios’, yo la odiaba porque la costumbre y el uso que hacemos habitualmente todos los doctores me habían enseñado a entenderla filosóficamente [...] Finalmente, Dios se compadeció de mí. Mientras meditaba día y noche y examinaba la conexión de estas palabras: La justicia de Dios es revelada en el Evangelio como está escrito: ‘El justo vivirá por la fe’, y comencé a entender que la justicia de Dios significa que la justicia que Dios otorga, y por medio de la cual el justo vive, se tiene por fe [...] Inmediatamente me sentí renacer, y pareció que se abrieron las puertas del paraíso”.


Junto con su descubrimiento, Lutero atestiguó la exacerbada venta de indulgencias –que, a decir de quienes las ofrecían, aseguraban a los compradores, o sus familiares, el perdón de las penas canónicas y reducir el tiempo que las almas debían permanecer en el Purgatorio– y decidió convocar a un debate teológico sobre la doctrina y práctica de lo que consideraba comercialización de la fe.


La noche del 31 de octubre de 1517, víspera del Día de Todos los Santos, Martín Lutero fijó en las puertas de la iglesia del Castillo de Wittenberg las 95 tesis contra las indulgencias. Sus propuestas las escribió en latín; fue la posterior traducción al alemán lo que posibilitó a más gente conocer las críticas de Lutero sobre un instrumento eclesiástico que ya muchos consideraban abusivo. También contribuyó a que las 95 tesis fueran conocidas más allá de Wittenberg y Alemania la acción del arzobispo Alberto de Mainz, quien las envió a Roma para ser analizadas. El papa León X quiso que Lutero compareciera en Roma, pero una ingeniosa maniobra de Federico el Sabio, príncipe protector del todavía monje agustino, logró que la reunión fuera en Núremberg y con el cardenal Tomás Gaetano, quien exigió a Lutero que se retractara.


Lutero no tardó en pasar de la crítica a la venta de indulgencias hacia poner en tela de juicio la piedra angular de la Iglesia católica romana y todo su clericalismo, la institución misma del papado. Tras infructuosos intentos de hacer que Lutero se desdijera de lo expuesto en las 95 tesis y varios escritos posteriores, el papa León X decretó el 15 de junio de 1520 la bula Exsurge Domine, cuyas líneas iniciales son las siguientes: Levántate, oh Señor, y juzga tu causa; una jabalí ha invadido tu viña.


León X dio 60 días a partir de que la bula le fuera entregada a Lutero para que éste admitiera públicamente sus errores doctrinales. El documento llegó a manos del disidente el 10 de octubre. Al cumplirse el plazo marcado por el papa, el 10 de diciembre, Martín Lutero quemó la bula en una plaza de Wittenberg. Ya no habría punto de retorno.


A Lutero se le ofreció una última oportunidad para que renegara de sus ideas. Fue en la Dieta Imperial de Worms, 17-18 de abril de 1521. A la cabeza de la Dieta estuvo el emperador Carlos V, entonces de 21 años. Martín defendió lo por él redactado y no abjuró de sus críticas al sistema católico romano. Carlos V entonces sostuvo que su enseñanza [de Lutero] conduce a la rebelión, división, guerra, asesinato, robo, incendio y a la ruina de la Cristiandad.


Hay varias y buenas obras acerca de Lutero y su lid. De ellas recomiendo un par tanto por su brevedad como por la magistral forma en que los autores exponen la biografía y contexto del personaje. De ambas proceden la mayoría de los datos de este artículo. Una está en inglés, y es de Scott H. Hendrix, Martin Luther, A Very Short Introduction (Oxford University Press, 2010); y Mario Miegge, Martín Lutero: La Reforma protestante y el nacimiento de las sociedades modernas (CLIE, 2106). Miegge sostiene, con justa razón, que el movimiento de Lutero al recurrir a la imprenta para difundir masivamente sus escritos y hacer uso de las lenguas vernáculas al traducir la Biblia logró que la reforma religiosa se convirtiera en una revolución cultural.

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Rafael Correa mide su poder con las Fuerzas Armadas

La justicia ratifica al presidente de Ecuador como comandante en jefe


Nuevo paso en la guerra abierta entre Rafael Correa y el Ejército. El presidente ecuatoriano consiguió el miércoles una acción de amparo para que se le ratificara en su condición de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, una de las funciones que le confiere la Constitución del país latinoamericano. El antecedente es el fallo de un consejo de disciplina al interior de la Armada que no le reconocía su autoridad militar y no sancionó a un oficial de rango medio que, según el mandatario, se saltó la cadena de mando y respondió a un correo electrónico de Correa de forma desafiante.


El email del presidente fue enviado el pasado 13 de mayo a unos 40.000 militares con la intención de explicar el débito que hizo el Gobierno de 41 millones de dólares que el Instituto de Seguridad Social de las Fuerzas Armadas cobró en exceso al Ministerio del Ambiente por la venta de un terreno en Samanes (Guayaquil) en 2010. La comunicación del presidente ecuatoriano llegó cuando habían transcurrido tres meses desde de que el primer mandatario había destituido anticipadamente a la cúpula militar que se negó a devolver ese dinero.


El capitán de corbeta Edwin Ortega, ahora en el centro de la polémica, respondió al presidente con una carta de un folio y medio en la que enumeraba los puntos de roce entre el Ejecutivo y las Fuerzas Armadas: el traspaso de colegios y hospitales militares al Estado, la eliminación de edecanes y agregadurías militares en el extranjero, el fortalecimiento de la Secretaría Nacional de Inteligencia (Senain) en perjuicio de la dirección de inteligencia de las fuerzas armadas, el uso de sabatinas para desprestigiar a los militares, y la destitución del Alto Mando

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En el párrafo final, Ortega escribe: “Le ruego, pare de desinstitucionalizarnos, pare de agredir a nuestros comandantes, respete nuestras tradiciones. Y, por favor, pare de mentirnos, que el país necesita la verdad y que se sancione tanta impunidad y corrupción...”. Esto es lo que más ha molestado al presidente y por lo que pidió la sanción que corresponda.
Consejos de disciplina


Otros ocho uniformados han sido procesados igual que Ortega —siete por contestar al correo electrónico del presidente y la teniente Karla Pozo, que compartió en la red social Facebook supuestos mensajes contra el Gobierno—, pero hasta hoy los consejos de disciplina han archivado los casos. Sin embargo, nada garantiza que no se instalen nuevos consejos de disciplina, como se hará con el capitán Ortega tras la acción de protección concedida al presidente.


El abogado del militar, Juan Vizueta, ya había anticipado que “jugaban en cancha inclinada, con árbitro arreglado” y tras la audiencia expresó su decepción. “Me siento frustrado de ver cómo se atropellan las leyes y bastante decepcionado del estado en que vive el Ecuador frente a un gobierno que secuestró la justicia para ponerla a su servicio y convertirla en un instrumento para perseguir a los que no piensan igual”, afirmó.


Juristas como Farith Simon y Santiago Guarderas, ambos vinculados a la academia, coinciden en que la acción de protección que pidió el presidente Correa es un derecho de los ciudadanos para defenderse contra el poder público y que no aplicaba en un caso en el que se ha enfrentado el Estado contra el Estado. La audiencia por la acción de protección fue breve: en menos de cinco minutos la jueza dio la razón al mandatario y refrendó la Carta Magna.

 

Quito 1 SEP 2016 - 16:23 COT

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Sábado, 16 Julio 2016 06:29

Filmar un crimen no es un delito

Filmar un crimen no es un delito

Manifestaciones contra la violencia policial han sacudido Estados Unidos tras el reciente asesinato por parte de la policía de dos hombres afroestadounidenses: Alton Sterling en Louisiana y Philando Castile en Minnesota. Las imágenes en video de sus asesinatos, registradas por ocasionales testigos y publicadas en Internet, provocaron el espanto de millones de personas en todo el mundo. Sin embargo, quienes filman la violencia policial afrontan cada vez más persecución, acoso, detención e, incluso, la cárcel.

 

El 5 de julio de 2016, Alton Sterling estaba vendiendo CDs frente a la tienda de un amigo en Baton Rouge, Louisiana, cuando la policía lo embistió y lo mató de un disparo. El propietario de la tienda, Abdullah Muflahi, filmó lo ocurrido con su teléfono celular y contó lo que vio ese día en el programa Democracy Now!:


“Él no sabía lo que estaba sucediendo. [Alton] se veía confundido. Les decía todo el tiempo: ‘¿Qué hice? ¿Qué está sucediendo? No hice nada malo’.

 

Cuando salí de la tienda ya lo estaban golpeando encima de un automóvil y le estaban disparando con una pistola Taser. En ese momento, otro oficial corre y lo tira al suelo. Y a continuación ambos policías comienzan a golpearlo en el suelo”.


Alton Sterling estaba tirado de espaldas sobre la acera mientras dos oficiales de policía de Baton Rouge, ambos blancos y corpulentos, lo sujetaban contra el suelo. En cuestión de segundos, los oficiales le dispararon a Alton Sterling a quemarropa y lo mataron.


Abdullah Muflahi añadió: “Después de que le dispararon, no estoy seguro de lo que dijo uno de los policías que estaba allí, pero el otro oficial, el que estaba cerca de mí, le respondió: ‘Que se joda. Déjalo ahí tirado’, en referencia a Sterling. En ese momento me metieron en el asiento trasero del patrullero”.


Abdullah Muflahi estuvo detenido durante seis horas, confiscaron su teléfono y, sin una orden judicial, la policía confiscó la cámara de seguridad de la tienda, además del equipo de grabación. Muflahi entabló una demanda contra la policía.


Una pareja que se encontraba en un automóvil a metros de donde estaba Sterling también grabó lo sucedido. El video llegó a manos de Chris LeDay, un oficial retirado de la Fuerza Aérea de Baton Rouge que ahora vive en Atlanta, que inmediatamente lo publicó en Internet. LeDay es un músico que tiene muchos seguidores en las redes sociales. “Cuando obtuve el video, lo primero que quería hacer era difundirlo porque fue un caso de asesinato a sangre fría. Quería publicar el video para que todo el mundo pudiera verlo, para que los policías dejen de cometer estas atrocidades impunemente”.


El video se volvió viral y, poco después, Chris LeDay fue detenido por la policía. LeDay trabaja en un centro de la Reserva de la Fuera Aérea de Estados Unidos en Dunwoody, Georgia. Lo detuvieron cuando estaba ingresando a la base. Cuando preguntó por qué lo estaban arrestando le dijeron que:

 

“encajaba con el perfil”. Cuando preguntó con qué perfil, no le respondieron. Este ex oficial afroestadounidense de la Fuerza Aérea que mide 1.90 metros y pesa 120 kilos se asustó. Dijo en Democracy Now!:


“Al cabo de media hora vi que venían más oficiales. Cada vez había más oficiales, así que decidí actuar y publicarlo en Facebook. Etiqueté a mi madre y a mi padre para que supieran lo que estaba ocurriendo. Escribí: ‘En este momento estoy rodeado de oficiales de la policía metropolitana y militar. No sé qué está sucediendo, pero quiero que sepan que si sucede algo no me resistiré’”.


Chris LeDay fue esposado, encadenado, lo obligaron a ponerse un overol naranja y lo detuvieron durante 26 horas. ¿La acusación? No haber pagado multas de tránsito.


Esta semana se cumplen dos años del asesinato por parte de la policía de Eric Garner en Staten Island, Nueva York. El 17 de julio de 2014, después de que un oficial de policía le aplicara una llave de estrangulamiento y otros oficiales se pusieran encima de él, Eric Garner logró decir: “No puedo respirar” once veces antes de morir. Sabemos esto únicamente porque un testigo, Ramsey Orta, filmó la agresión con su teléfono celular. El video tuvo amplia difusión. Ninguno de los oficiales del Departamento de Policía de Nueva York fue acusado del asesinato de Eric Garner.


Ramsey Orta nos dijo que la policía lo persiguió y acosó inmediatamente después de que se publicara el video. Una de las veces que lo detuvieron, Orta declaró que le dijeron: “Nos filmaste, ahora te estamos filmando”. Ramsey Orta acaba de llegar a un acuerdo mediante el cual cumplirá una pena de prisión de cuatro años por otras acusaciones no relacionadas con el caso, por lo que es la única persona presente en el momento de la muerte de Garner que irá a prisión.


Filmar un crimen no es un delito, es un servicio a la comunidad. La policía debe dejar de acosar a los ciudadanos que facilitan pruebas de video de la brutalidad policial.


Traducción al español del texto en inglés: Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Lunes, 27 Octubre 2014 07:39

"Las reglas se pueden consensuar"

"Las reglas se pueden consensuar"

"En nuestro país, la dictadura colaboró mucho en que se descreyera en la autoridad" y ese fenómeno "erosionó también el lugar de autoridad de los docentes en la sociedad", advierte Mara Brawer. Acaba de publicar, junto con la psicóloga y docente Marina Lerner, el libro Violencia. Cómo construir autoridad para una escuela inclusiva, donde buscan orientar a docentes –pero también a padres, madres y jóvenes– a la hora de intervenir en situaciones escolares conflictivas. El libro no da recetas, "porque las recetas no funcionan", dice Brawer, docente, psicóloga, especialista en mediación y resolución de conflictos, ex funcionaria del área de Educación y diputada del Frente para la Victoria. A partir de experiencias escolares reales, las autoras analizan cómo se construye hoy la autoridad en las aulas, cuáles son los límites educativos que favorecen la inclusión y cuál es el rol de los distintos actores de la comunidad educativa. Sobre esos ejes se explaya Brawer en esta entrevista de Página/12.

 

–Antaño, la voz de los docentes tenía un peso social que pareciera ya no tiene. ¿Han perdido autoridad en las aulas y frente a la sociedad?


–Muchas familias se siguen acercando a las escuelas de sus hijos a preguntarles a las maestras cómo pueden resolver temas de crianza, muchos padres siguen respetando a la escuela como una institución a la que le confían a sus hijos varias horas al día. Pero esto no contradice la idea de que la escuela hace cincuenta años, y también menos, era garantía de una mejor inscripción cultural. Esto generaba, como dice Tenti Fanfani, "un efecto institución" sobre el rol docente. El alumno que atravesaba su escolaridad sabía que más allá de cómo ese docente cumpliera su rol, era garante de alguna manera de un lugar con mayor valor social para él. Esto legitimaba el fenómeno de autoridad en el vínculo docente-alumno. Hoy, en cambio, los jóvenes preguntan por el valor de lo que les enseñamos en las escuelas. La pregunta señala una cuestión de época: la autoridad dada, esa de la que por ser docente ya se era beneficiario, no ocurre más. Pero no les ocurre a los docentes, no les ocurre a los padres, no les ocurre a los médicos, no le ocurre al psicólogo... Hoy, para creer en el saber del médico, el médico tiene que dar cuenta de su conocimiento, si no, uno duda de alguna manera. Podemos decir que hoy la autoridad se constituye "en acto". Esta es nuestra época y desde acá trabajamos. Si la autoridad no está dada de antemano, hay que pensar en construirla; y el "cómo lo hacemos" intenta ser el desarrollo de nuestro libro.


–¿Hay otros factores que erosionaron el lugar de autoridad del docente?


–En nuestro país, la dictadura colaboró mucho en que se descreyera la autoridad. Se logra ser autoridad cuando se es una persona confiable, una persona atravesada por la ley que se les exige a los demás. En contraposición, si el poder te permite matar, torturar, robar niños, esa autoridad cae. Queda sólo el miedo al que está en el lugar del poder. Otra variable que conmovió los vínculos intergeneracionales fue el concepto de sujeto de derecho y el manejo de la tecnología de los más chicos. Ambos conmueven la asociación tan estrecha que había entre adulto y saber. Por ejemplo, si ahora un chico tiene una duda, puede googlear y satisfacer su curiosidad. ¿Esto implica que no se necesitan adultos? No, claro que no. Hoy más que nunca los chicos necesitan de docentes y de padres que puedan ocupar el lugar de la autoridad.


–Hubo algún caso incluso de padres que han recurrido a la Justicia para evitar que su hijo repitiera, es decir, han recurrido a los tribunales para cuestionar una decisión educativa. Una iniciativa de ese tipo era impensada dos décadas atrás...


–Ese tipo de hechos tiene lugar justamente por todo lo dicho antes. En esos casos, el juez debería ser muy prudente, porque si bien hay docentes que pueden cometer abusos y hay que resguardar que esto no ocurra, cada padre puede tener su verdad y cada docente también. ¿Cómo se resuelve esto? La decisión de un docente debe estar enmarcada en los criterios del sistema educativo y de su propia escuela; si el juez desautoriza esos criterios institucionales sostenidos en el sistema educativo, le está haciendo un gran daño al niño porque el sentido que le transmite en su fallo es que la ley se discute y se negocia.


–Otras situaciones nuevas son los casos de madres que directamente golpean a docentes. ¿Cómo explica ese tipo de episodios?
–Cuando un padre o una madre le pega a un docente o lo amenaza, está rompiendo la trama que vincula a la familia con la escuela, y sin esa trama es muy difícil que un niño pueda sostener sus trayectorias escolares. Queremos aclarar que esos episodios dolorosos y totalmente condenables son muy pocos –obviamente que no debería haber ninguno–, pero por el accionar de los medios pareciera que eso pasa siempre en una escuela y no es así; en las escuelas pasan otras cosas. Que un padre le pegue a un docente es muy raro; pero como sale por la televisión pareciera que eso es habitual en las escuelas, cuando no lo es.


–¿Qué factores entran en juego para que un docente tenga autoridad en el aula?


–En el segundo capítulo del libro se aborda justamente ese tema: el fenómeno de la autoridad siempre implica motivos, causas, una razón de ser; siempre hay un porqué que explica por qué un alumno reconoce y legitima la autoridad de un docente. Esa causa permite entender por qué hay docentes a los que sus alumnos lo ubican en el lugar de la autoridad. Focalizar en esas causas nos puede ayudar a entender qué rasgos son los que valoran los niños y los jóvenes de sus docentes. En general suelen valorar la justicia, cuando los tratan bien, la coherencia del docente, su saber, sus ganas de explicar la materia. Rasgos que en definitiva siempre fueron valorados. Esto es lo que llamamos construcción artesanal de la autoridad. Ahora bien, esto es importante, pero no suficiente. Hay que ir más allá y pensar en las condiciones institucionales de una escuela; cómo lograr que esos rasgos valorados por los niños y jóvenes se hagan rasgos ya no de un docente sino de una institución; cómo lograr una escuela que transmita a sus alumnos un discurso coherente de parte de los adultos para que los chicos se puedan orientar y saber qué quiere la escuela de ellos. Esto en la escuela secundaria se ve claramente: cuando un alumno llega a su primer año, se puede encontrar con once discursos diferentes, más el del preceptor. Por ejemplo, con respecto al uso de la gorra o del celular, etcétera. El mensaje debe transmitir un discurso que sostenga la comunidad educativa toda. Cuando se logra esto, observamos que se genera el "efecto institución" del que habla Tenti Fanfani y favorece a que cada docente se pueda ubicar en su rol de manera más amable. Es un trabajo, pero trae buenos resultados. Los chicos entienden rápido cuando los docentes y las familias se ponen de acuerdo en cuestiones importantes que hacen a la manera en que se habita la escuela.


–Proponen en el libro pensar límites educativos que favorezcan la inclusión. ¿Cómo sería?


–El límite educativo no sólo implica un "no" sino también un "sí", es una instancia que permite ver un encuadre, una forma, un hábito, una manera. Implica un marco que encuadra a una escena, que se diferencia de la anterior; un límite siempre implica una diferencia; si ésta no se produce, no podemos hablar de límites en términos educativos. Por ejemplo, cuando toca el timbre del recreo en una escuela, esto no se convierte en límite de nada si el docente no les propone a los alumnos una tarea que diferencie el espacio de su materia con el recreo; si el docente no lo hace, el timbre deja de ser un límite y los chicos no lo respetan. El límite debe demostrar que hay un antes y un después, y su estructura es acotar e incluir (el no y el sí). Se termina el recreo y se comienza con la actividad de lengua, por ejemplo. La sanción es la versión punitiva de los límites. Pero es claro que las sanciones sólo pueden tener un efecto en el chico, cuando dialogan con los límites propuestos por los adultos, entendidos en términos de marcos de referencia. Si una escuela no construye hábitos que permitan a los chicos regular sus propios impulsos y ponerlos a trabajar en la tarea escolar, es muy difícil que una sanción tenga efectos positivos en el alumno. Hacemos la distinción con la expulsión, porque la expulsión prohíbe y no permite nada a cambio, sólo se deja por fuera de la escuela. El límite educativo, en cambio, permite hacer el proceso de acotar los impulsos y ponerlos a trabajar en la tarea escolar. La expulsión no educa. En nuestro país, el Estado garantiza la educación obligatoria hasta el fin de la escuela secundaria.


–¿Cómo evalúa los acuerdos de convivencia escolar? ¿Funcionan o es una política que podría haber afectado la autoridad docente al permitir la participación de alumnos en la toma de decisión frente a una situación de indisciplina escolar?


–No existe una cultura en el mundo o en la historia que no tenga una ley que posibilite y regule los vínculos. Nunca es de cualquier manera, la premisa hago "todo lo que quiero" no es compatible con una cultura, por lo tanto con una escuela tampoco. La diversidad implica una pluralidad de criterios, de sentidos, de valores. Cuando hablamos de respetar la diversidad, decimos que la diversidad requiere de un debate y de un consenso para construir lo común, eso que vamos a respetar todos. Justamente, los acuerdos de convivencia escolar representan la construcción de lo común en un ámbito donde se respeta la diversidad; éstos deberían ser el resultado de un debate y de un consenso de todos los sectores que hacen a la comunidad educativa. Se nota rápidamente una escuela que no hizo ese proceso, porque es muy difícil que se legitimen los acuerdos de convivencia y sean respetados. Cuando los docentes y los alumnos pasan por el proceso de construcción, el propio proceso de participación es educativo en sí mismo y enseña mucho de límites. El Acuerdo Escolar de Convivencia permite sostener criterios consensuados: ¿quién tiene razón, la profesora de historia que considera que no se pueden usar piercings o la de matemática que está convencida de que sí? La respuesta al tema debe ser obtenida por consenso. Ninguna escuela va a debatir si está bien o no llevar armas a la escuela, eso está claro. Las leyes no se discuten. Pero las reglas se pueden consensuar. Por ejemplo, el uso del celular, de cómo vestirse, de la gorra, son temas en los que se deben lograr acuerdos, de los que deben participar los alumnos y las familias también. Cuando una de estas reglas no se cumple en una escuela, hay que pensar si es representativa de la cultura institucional o si sólo se le ocurrió al director. Es muy difícil sostener una regla que no sea representativa de la comunidad en su mayoría. Es un esfuerzo titánico de parte de los docentes que intentan sostenerla, y generalmente no se logra. En la provincia de Salta estaba prohibido el coqueo, mascar coca, y la mayoría de sus habitantes transgredían la ley, no porque sean transgresores por naturaleza los salteños sino que esa ley –hoy derogada– no representaba al pueblo salteño. Los Acuerdos de Convivencia Escolar son necesarios para acordar criterios y encontrar una coherencia institucional, el valor de la diversidad requiere construir lo común en materia de cómo debemos habitar un espacio.


–En el libro recorren buenas experiencias que han observado. ¿Cuáles destacaría?


–Aproximadamente dos años atrás había una rectora en la EMEM 7 del Distrito Escolar 4 de la Ciudad de Buenos Aires que nos contó que en su escuela, del barrio de La Boca y turno vespertino, les costaba a los chicos cumplir con la prohibición del uso de la gorra. Esto había empezado a traer consecuencias entre los docentes, porque se culpaban unos contra otros la falta de respeto de los jóvenes sobre el tema. Había docentes que creían que estaba bien que los chicos usaran gorra y otros no; esto es un clásico en una escuela. Frente a ese problema, la rectora reconoció que esa regla no fue el resultado de un proceso de participación sino que, en algún momento, dos o tres docentes consideraron importante que los chicos no usaran gorra. La rectora decidió entonces convocar a una jornada para debatir su uso y el del celular.


–¿Qué pasó con la gorra?


–En el debate se desplegaron las diferencias, un grupo de docentes explicó que ellos querían verles la cara a los chicos y éstos tomaron lo dicho y les ofrecieron usar la visera para atrás. Así fue la regla: se puede usar gorra, pero siempre con la visera para atrás. Nos contaba la rectora un mes más tarde que los propios alumnos se regulaban entre sí, cuando veían a un compañero transgrediendo. Por más que parezca mínimo, esto es un logro muy grande.


–¿Qué puntos en común encontraron con otras experiencias positivas en distintas escuelas?


–Los Acuerdos de Convivencia Escolar deben ser el resultado de un proceso de participación; sólo de esta manera logran ser legitimados y así respetados; es muy difícil que un alumno se sienta parte de una escuela si no se lo invita a participar para pensar la vida cotidiana de la escuela.

Publicado enCultura
Jueves, 11 Noviembre 2010 18:44

Poder, autoridad y desobediencia (II)*

En 1599, un intelectual de la corte y del clero español, Juan de Mariana,
advertía a Felipe III sobre los inconvenientes de la tiranía en desmedro de
la monarquía, que era la mejor forma de gobierno posible. Antes no había
leyes, pensaba Mariana, y se confiaba en los reyes. Pero por desconfianza a
los príncipes, “se creyó que para obviar tan grande inconveniente podían
promulgarse leyes que fuesen y tuviesen para todos igual autoridad e igual
sentido”. No obstante, la autoridad política debía ser ejercida por un
noble, porque “la nobleza como la luz deslumbra, no sólo a la muchedumbre,
sino hasta los magnates, y sobre todo enfrenta la temeridad de los que
tengan un corazón rebelde”.

Más adelante el consejero le recuerda al príncipe que Enrique III de
Castilla decía temer más al pueblo que a los enemigos. Juan de Mariana era a
un mismo tiempo religioso católico y humanista —casi una norma en los
intelectuales de su época—, y esta ambigüedad se manifiesta a lo largo de
sus páginas. Por ejemplo, la idea tradicional del poder descendiendo de Dios
sobre el rey y de éste al pueblo, es invertida con estas palabras: “Los
pueblos le han trasmitido su poder [al rey], pero se han reservado otro
mayor para imponer tributo; para dictar leyes fundamentales es indispensable
siempre su consentimiento […] el poder real, si es legítimo, ha sido creado
por el poder de los ciudadanos”. Y otra vez una objeción de facto que no
sugiere una posible progresión histórica sino lo contrario: pero “el pueblo
no se guía desgraciadamente por la prudencia sino por los ímpetus de su
alma”.

La Era moderna terminó de sustituir esta idea de autoridad personal,
hereditaria, por los preceptos humanistas de igualdad y libertad. Pero esta
dinámica también se construye por una aparente contradicción: por un lado,
el Estado moderno representa todas aquellas promesas de superar las
jerarquías religiosas y la confianza en la equidad y las libertades
individuales, pero por otra parte también revela cierta incertidumbre sobre
la naturaleza de estas virtudes, lo que deriva en la manipulación y control
del Estado. Según la tradición hobbesiana, las acciones humanas no están
motivadas por el bien sino por el deseo. La guerra es una expresión de este
impulso, fuente del poder humano. La diferencia relativa de poder entre dos
seres humanos significa un poder absoluto cuando decide un conflicto a favor
de una de las partes; el reconocimiento de esta diferencia se convierte en
honor y prestigio. Es decir, el poder se consolida y legitima culturalmente.
Por esta razón, si se puede entender esta diferencia de poder como inherente
a la condición humana, también se puede entender como una creación
artificial, al menos en su expresión social, y por lo tanto mutable.

Pronto la legitimidad del poder social establecido deja de ser expresión
indiscutible de Dios (a través de la clase clerical, noble o aristocrática)
y comienza a ser radicalmente cuestionado. A mediados del siglo XIX Pi i
Margall adelantaba lo que un siglo después reconoceremos en Michel Foucault:
“el derecho de penar, simple atributo del poder, es tan místico y tan
inconsistente como el poder mismo. La ciencia no lo explica, el principio de
soberanía individual lo niega” (*Reacción*). Si para el psicoanálisis la
civilización es la expresión de la violencia primitiva, la sublimación de
los instintos salvajes o la materialización de tabúes como el incesto, para
los humanistas este estado actual se trata de una corrupción temporal de la
concepción contraria: la “naturaleza” original de los seres humanos radica
en la igualdad, la libertad se sostiene por su racionalidad, pero aún no ha
sido expresada plenamente: el objetivo de la civilización no es oprimir sino
liberar, ir del estado de necesidad al de libertad. Para Pi, “un ser que lo
reúne todo en sí es indudablemente soberano. El hombre, pues, todos los
hombres son ingobernables. Todo poder es un absurdo. Todo hombre que
extiende la mano sobre otro hombre es un tirano. Es más: es un sacrílego”.
Trazando un típico paralelismo entre el individuo y las naciones o pueblos,
antes había recordado: “entre dos soberanos no caben más que pactos.
Autoridad y soberanía son contradictorias. A la base social
*autoridad* debe, por lo tanto, sustituirse la base social
*contrato*. Lo manda así la lógica”.

Para que la verdadera libertad del individuo social sea alcanzada, Pi dice:
“*dividiré y subdividiré el poder, lo movilizaré, y lo iré de seguro
destruyendo*”. La concepción inversa dominó los siglos anteriores y fue
formulada en 1599 por Juan de Mariana. Aunque advirtiendo que las monarquías
suelen degenerar en tiranías, el religioso argumentó a favor de la
monarquía, ya que en el pueblo los malos son más que los buenos y no
conviene dividir el poder en un orden democrático. “No se pesan los votos,
se cuentan, y no puede suceder de otra manera”, se quejaba Mariana.

En el caso del humanismo radical, la revolución es una forma de progresión
por saltos y el objetivo principal es el individuo, pero siempre a través de
la asociación con los otros: “el pueblo no debe agradecer anda a nadie. El
pueblo se lo merece todo a sí mismo” (Pi).

En el siglo XX ya no quedan dudas sobre la naturaleza política del poder.
Para Edward Said, la autoridad no es un fenómeno misterioso o natural;
simplemente se forma y se irradia, es un instrumento de persuasión, posee un
determinado estatus, establece cánones estéticos y valores morales. La
autoridad se confunde con las ideas que eleva a categoría de verdad (*
Orientalism*).

(continua)

Jorge Majfud
Jacksonville University
majfud.org
Publicado enInternacional
Sábado, 06 Noviembre 2010 14:54

Poder, autoridad y desobediencia (I)

En el siglo de las independencias (XIX), siglo de predominio romántico en Iberoamérica, de rebeliones y exaltación a la individualidad nacional, la obediencia social —de clase, de sexo y de raza— continuaba siendo un paradigma fundamental. El libertador Simón Bolívar, como muchos otros, en sus momentos de mayor producción intelectual dudó sobre la conveniencia de un sistema democrático para América Latina, no porque no tuviese fe en la teoría que se había practicado en Estados Unidos sino porque dudaba de las condiciones culturales de los pueblos acostumbrados a obedecer. En su famosa “Carta de Jamaica” (1815) a Henry Cullen, confiesa: “En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra ruina” (*Doctrina*).

Luego, citando a Montesquieu: “Es más difícil sacar a un pueblo de la servidumbre que subyugar a uno libre […] El Perú, por el contrario [a la rebeldía del Río de la Plata], encierra dos elementos enemigos de todo régimen justo y liberal: oro y esclavos […]; el alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas”.

La misma idea repetirá el ensayista ecuatoriano Juan Montalvo medio siglo después. Para Bolívar las divisiones son propias de las guerras civiles entre conservadores y reformadores. “Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la *obediencia* a las potestades establecidas; los últimos son siempre menos numerosos aunque más vehementes e *ilustrados*” (*Doctrina*).

Entre estos últimos, estaban intelectuales liberales como Estaban Echeverría, exiliado en Montevideo y autor de *El dogma socialista* (1846): “Nosotros no exigimos obediencia ciega, dice San Pablo, nosotros enseñamos, probamos, persuadimos: *Fides* *suadenda non imperanda*, repite San Bernardo”. Más adelante: “la España nos recomendaba respeto y deferencia a las opiniones de las canas, y las canas podrán ser indicio de vejez pero no de inteligencia y razón. […] La España nos enseñaba a ser obedientes y supersticiosos y la
Democracia nos quiere sumisos a la ley, religiosos y ciudadanos”.

Uno de los mejores intelectuales argentinos de su época, Juan Bautista Alberdi, todavía entendía el progreso como el aumento de los mercados y la obediencia laboriosa de sus individuos. “La industria es el calmante por excelencia” (*Bases*). El mismo pensador que en 1842 afirmaba ante un público de universitarios en Montevideo que “la tolerancia es la ley de
nuestro tiempo” (*Ideas*), en 1852, en sus *Bases* para las constituciones, insistía en la sumisión de la mujer que recuerda al celebrado clásico del Siglo de Oro español (y del misoginismo) *La perfecta casada* (1583) de Fray Luis de León: “su instrucción no ha de ser brillante. No debe consistir en talentos e ornato y lujo exterior […] no ha venido al mundo para ornar el salón, sino para hermosear la soledad fecunda del hogar. Darle apego a su
casa es salvarla” (*Bases*). La misma idea es reformulada en el siglo XXI por nuevos teóricos del noepatriarcado en Estados Unidos: el patriarcado favorece el aumento de la tasa de natalidad y, por ende, la producción y predominio de un país a largo plazo (Longman).

Cuatro años antes Andrés Bello había advertido, desde una perspectiva humanista, que “las constituciones políticas *escritas* no son *a menudo*verdaderas emanaciones del corazón de una sociedad, porque suele dictarlas una parcialidad dominante”. Las diferencias de clases impregnan todo el pensamiento de los intelectuales de la época, mientras que las diferencias raciales aparecen de forma explícita. Para Domingo F. Sarmiento, reconocido
pedagogo de la época además de intelectual y presidente de la nación Argentina, la educación se reducía a la imposición de la disciplina, de la autoridad. “El sólo hecho de ir siempre á la escuela, de obedecer á un maestro, de no poder en ciertas horas abandonarse a sus instintos, y repetir los mismos actos, bastan para docilizar y educar á un niño, aunque aprenda poco” (Berdiales). Su idea de la infancia (“un niño no es más que un animal
que se educa y dociliza”) será también su idea del gaucho, del campesino y de todas las clases marginales o subalternas de su época. El mismo Alberdi, respondiendo al Sarmiento de *Facundo*, en 1865 demuestra el progresivo cambio de paradigma. El poder —entendido como el ejercicio político de una minoría en la cúspide de la pirámide social—, y luego la obediencia que lo realiza, ya no es percibido como manifestación de Dios o como fuerza
organizadora de la sociedad sino como un mal necesario destinado a decaer.
Según Alberdi, “el poder ilimitado de los recursos y medios de gobierno de toda la nación absorbidos en Buenos Aires, corrompió a Rosas como hubiera corrompido al mejor hombre, armado de este poder sin límites” (*Barbarie*).

Una característica que nace con el humanismo seis siglos antes es su rechazo a la autoridad; primero a la autoridad intelectual, luego a la autoridad política. Este rechazo —basado en los principios de *razón* e *historia*contra *autoridad* y *naturaleza*— provocará profundas reacciones, especialmente cuando este paradigma se había consolidado en su expresión teórica y en su retórica política, como en la España del siglo XIX. Además de intelectuales
anarquistas como Pi i Margall, la poesía es en algún momento concebida en un rol opuesto al tradicional. De la antigua elegía o alabanza al vencedor, a los poemas por encargo en adulación del rey, se pasa a la idea de que el poeta “jamás usa sus conceptos en adular el poder” (Zorrilla).

Este rechazo se transforma en un tópico del pensamiento del siglo XX: el poder y las posibles formas de liberación de su imposición arbitraria. El pensamiento posmoderno, con sus diversas y contradictorias manifestaciones —el poscolonialismo, el feminismo, las reivindicaciones de minorías sexuales y raciales, la concepción de la historia como un devenir sin objetivo, la multiplicidad de puntos de vista, la micropolítica y las teorías de la
narración, el estructuralismo y el antiestructuralmismo— ha reincidido en una fuerte crítica al poder como principal elemento creador de la realidad.

De ser una particularidad desde el primer humanismo del Renacimiento, se convierte en un principio “natural” del intelectual (prometeico) moderno y posmoderno: según Edward Said, una de las principales actividades intelectuales del siglo XX ha sido el cuestionamiento y sobre todo la tarea de “undermining of authority” (*Representations*). Así, no sólo ha
desaparecido el consenso sobre lo que constituye la realidad objetiva, según Said, sino además toda una serie de autoridades tradicionales, incluida Dios o la supuesta voluntad de Dios.

Para que esto sea posible, el individuo antes debe ser representado como libre y racional (dos dimensiones centrales del sujeto moderno). Como observó Cascardi, este punto de vista conduce a la idea de un individuo como un “espectador ideal”, independiente del fenómeno que observa. El individuo es visto como alguien que se ha liberado de las condiciones de un mundo encantado o del encantamiento de la naturaleza, tanto como de la necesidad
de obediencia a una autoridad exterior. Al mismo tiempo, este individuo aparece como agente de cambio de ese mundo exterior que, como consecuencia, debe derivar a un estado conformado por individuos libremente asociados. Razón por la cual el surgimiento de este nuevo sujeto tiende a reemplazar la autoridad religiosa por una práctica social basada en normas.

(*Continúa*)

Jacksonville University
majfud.org
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