Domingo, 08 Septiembre 2019 05:56

Hiper-conectados y ultra-vulnerables al 5G

Hiper-conectados y ultra-vulnerables al 5G

 El desembarco de las redes 5G viene acompañado de promesas de velocidades de descarga inusitadas, de entornos de máquinas que se comunican entre sí, de coches autónomos que, por fin, podrán circular, de intervenciones quirúrgicas a distancia. Las compañías tecnológicas anuncian el advenimiento de la enésima next big thing, el enésimo gran acontecimiento que lo cambiará todo (y gracias al cual, de paso, nos colocarán nuevos productos). Con su llegada, prometen, se abrirán por fin las puertas a nuevos mundos de realidad aumentada y virtual. Pero hay que tener presente la cara B del 5G: en un planeta hiperconectado, las posibilidades de que seamos hackeados, espiados y controlados por empresas y Gobiernos se multiplicarán.

Gloria, gloria, gloria al 5G, maná de la nueva era a punto de nacer. El entusiasmo por el advenimiento de las nuevas autopistas de la comunicación por las que circularán nuestros datos vuelve a retozarse en epítetos superlativos. Si atendemos a los cánticos de tecnológicas, operadoras y demás agentes del mercado, el 5G es the next big thing, el nuevo gran acontecimiento, el enésimo game changer, la clave que lo cambiará todo; conceptos periódicamente agitados para colocarnos nuevos productos.

El 5G desembarca envuelto en campañas de marketing y comunicación que anuncian un mundo hiperconectado de cirujanos que operarán, desde la distancia y en tiempo real, mediante un robot, a pacientes de otro continente; de granjas inteligentes en las que se siembre, riegue y coseche con eficiencia gracias al procesamiento de datos del suelo y el clima, y de coches autónomos compartiendo información al milisegundo que nos avisarán de que hay una placa de hielo tras la curva. No faltan voces que alertan de que nos encontramos ante un nuevo hype, un fenómeno hinchado que además esconde derivadas inquietantes.

Por lo pronto, el culebrón que rodea a este nuevo imán tecnológico no ha empezado mal: mandatarios con pinta de ogros enfrascados en una guerra comercial tras la que late la lucha por la supremacía mundial; promesas de velocidad, aromas de latencia y, por si faltaban ingredientes, perspectivas francamente favorables para todo el que quiera ser hacker en la nueva era. Bienvenidos a un mundo hiperconectado y ultravulnerable.

Nuestros móviles descargarán más rápido. Nos bajaremos películas en un segundo. El tiempo que transcurrirá entre que enviamos un mensaje y este llega —la latencia— será de un milisegundo —ahora oscila entre los 40 milisegundos y una décima de segundo—, por debajo del tiempo de respuesta de un ser humano. El 5G, quinta generación de telefonía móvil, permitirá desarrollar sistemas que harán que nuestro coche frene si el de delante lo hace. Y serán miles, pronto un millón, el número de dispositivos —móviles, aparatos, sensores— que puedan conectarse por metro cuadrado sin que ello afecte a la cobertura. Todo esto en el futuro: las redes comerciales desplegadas hoy en países como España son un 5G que aún se apoya en las redes 4G. La quinta generación de móvil, a pleno rendimiento, llegará, como pronto, a partir de 2021.

La información viajará por bandas de alta frecuencia, habrá antenas por doquier —farolas, mobiliario urbano— y por las nuevas autopistas de la información circularán ingentes cantidades de datos. Eso permitirá ver a gente jugando a videojuegos como Fortnite, League of Legends o Call of Duty, que hoy día solo ofrecen buen resultado con la conexión de casa, en el móvil; fábricas inteligentes con todas las máquinas de la producción conectadas y compartiendo información, y algún día no muy lejano, drones sustituyendo a los riders (mensajeros) en los repartos a domicilio.

Atender mejor y más rápidamente a los heridos en un accidente o cualquier otra emergencia también será más eficaz gracias al 5G. Pongamos por caso un accidente en el puerto de Valencia. Los servicios de emergencia podrán enviar un dron que emita imágenes en tiempo real que permitan calibrar la situación. Si es un atentado o si es un accidente. Los semáforos conectados se pondrán en verde para dar paso a las ambulancias. La furgoneta policial, al llegar al lugar de los hechos, podrá desplegar su propia red 5G si la zona ha perdido cobertura (el llamado network slicing, asignando comunicaciones de calidad en un lugar específico en cuestión de segundos). “El tiempo de reacción es un elemento crítico para salvar vidas”, enfatiza Jaime Ruiz Alonso, ingeniero de telecomunicaciones e investigador de Nokia Bell Labs.

Ruiz Alonso sabe de lo que habla. Hace dos años vivió en carne propia un incendio en la sierra de Gata, en Extremadura. Estaba en la localidad de Villamiel. Desde allí vio cómo se quemaban robles y pinares ante el empuje despiadado del fuego. Comprobó lo que es atender una emergencia con las comunicaciones caídas, sin drones que permitan obtener información sin exponer vidas de bomberos. Desde su equipo de innovación en Nokia, este palentino de 49 años se puso a trabajar en protocolos de telefonía para recuperar comunicaciones en casos de emergencia. Desarrolló un modelo con el 4G, pero explica que todo será más fácil con la siguiente generación de móvil. “Cuando esté desplegado el 5G, habrá protocolos para saber dónde están los usuarios y comprobar si se hallan atrapados en medio del bosque entre las llamas”, cuenta.

La combinación de 5G e inteligencia artificial, se supone, es la puerta de entrada al largamente cacareado Internet de las cosas (IoT, por sus siglas en inglés). Caminaremos por la calle de una ciudad inteligente con unas gafas o unos auriculares que nos dirán el nombre de esa persona con la que nos acabamos de encontrar y del cual preferimos acordarnos. La oportuna y valiosa información aparecerá sobreimpresionada sobre la realidad gracias a las gafas o nos será susurrada al oído. “Pasaremos a vivir en la realidad mixta” —también llamada realidad aumentada—, vaticina Xavier Alamán, catedrático de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial de la Universidad Autónoma de Madrid. Estaremos esperando al bus con nuestras gafas, pero podremos ver por dónde va y si se está aproximando a nuestra calle. “Predecir es muy difícil, sobre todo el futuro”, espeta con sorna Alamán, parafraseando esa cita atribuida al físico Niels Bohr, “pero yo creo que de aquí a 10 años desaparecerán los móviles”.

Alamán, cordobés de 57 años, demuestra ser un entusiasta de las Microsoft HoloLens, unas gafas-visera parecidas a las de esquí que nos permiten interactuar con proyecciones de gráficos en 3D. Aportarán información a, por ejemplo, un mecánico, que podrá ver gráficos del interior del motor flotando en el aire mientras repara un automóvil. En un futuro no muy lejano, las gafas nos permitirán desplegar sobre la realidad (el vagón del tren) una pantalla de cine virtual en la que veremos la película (a escala muy superior a la de las actuales tabletas) mientras en un lateral leeremos los whatsapps o equivalentes. “Si todos dan el salto a ese tipo de dispositivo, el mundo cambiará más de lo que lo ha hecho con el teléfono móvil”, augura Alamán. La gente vivirá en un entorno que mezcla la realidad con lo virtual. La fiebre que se despertó hace tres años en el parque del Retiro con la caza de figuras virtuales de Pokémon GO es un simple aperitivo de lo que viene. Las velocidades y latencias del 5G (y el 6G, sobre el que ya se trabaja) son clave para este tipo de desarrollos.
Tras las gafas llegarán las lentillas. Y los tiempos de ir por la calle con la cabeza gacha mirando la pantalla del móvil serán historia.

La prestigiosa revista tecnológica Wired se aventuraba a anticipar de manera enfática, en el número del pasado marzo, el mundo que viene. Lo bautizaba como mirrorworld, el mundo espejo. Una plataforma tecnológica que replicará cada cosa del mundo real para ofrecernos su derivada virtual. Con los dispositivos de realidad aumentada, el cirujano verá una réplica en 3D de nuestro hígado mientras lo opera y contemplaremos con las gafas cómo era en los años treinta del pasado siglo, cuando fue bombardeado, el monumento que tenemos delante de nuestras narices.

El futuro que se abre en el mundo de los wearables, las tecnologías ponibles, gafas, relojes, auriculares, es algo por lo que apuestan muchas marcas, entre ellas Samsung. El gigante tecnológico coreano presentó su estrategia 5G el pasado mes de junio en un viaje de prensa a Corea —al que invitó a El País Semanal, junto a un selecto grupo de medios nacionales e internacionales—. Seúl, de hecho, es una de esas ciudades en las que se está cocinando el futuro de las telecomunicaciones. Y Corea es uno de los cuatro países que lideran la carrera del 5G, por detrás de Estados Unidos y China y junto a Japón, según un estudio de la consultora Analysys Mason.

La capital coreana es una ciudad de rascacielos y atascos por la que la gente transita en coches con los cristales tintados. De día, sus habitantes huyen del bochorno y la mala calidad del aire refugiándose en centros comerciales climatizados en los que dan lustre a la tarjeta de crédito. En su libro Problemas en el paraíso, el filósofo esloveno Slavoj Zizek la describía como epítome de un capitalismo tecnológico llevado al absurdo: trabajar hasta la extenuación para consumir como si no hubiera un mañana.

El despliegue del 5G está allí muy avanzado y se nota: el móvil va rápido. Se registran velocidades de hasta 820 megabits por segundo, el triple que con una conexión estándar en Madrid, con caídas a 400 en algunas zonas, según las pruebas realizadas por varios periodistas europeos. En esta ciudad avanzada, la sexta más poderosa del mundo según la revista Forbes, recibía DJ Koh, presidente y consejero delegado de Samsung Electronics, a la prensa europea en un hotel de lujo. Allí aseguró que los dispositivos inteligentes serán pronto más importantes que los propios teléfonos.

“Las infraestructuras 5G serán el motor y la fuerza de la cuarta revolución industrial”, sostiene Koh, ejecutivo de 57 años que procede de una familia pobre y que hizo un largo camino hacia la cima formándose, durante unos años, en el Reino Unido. La combinación de 5G e inteligencia artificial, asegura, lo va a cambiar todo. “El Internet de las cosas es lo que conectará a individuos, casas, fábricas, oficinas, ciudades y naciones. Y el automóvil conectará todos estos elementos”. En su opinión, en los próximos tres o cuatro años veremos cambios de mayor impacto que en la última década.

Los cuarteles generales de Samsung están en Sewon, a 80 kilómetros de Seúl. A ese espacio de torres de vértigo y largas avenidas vacías —excepto a la hora (más bien la media hora) de la comida— se llega por una autopista con las mismas señalizaciones verdes de las highways norteamericanas. Aquí la gente, como no podía ser de otro modo, también se entrega a las visionarias doctrinas de Stajánov, artífice intelectual de las jornadas sin límites. Los empleados (30.000 en la base central, 320.000 en todo el mundo) tienen en Sewon todo lo que uno necesita para echar el día y no pasar por casa más que para dormir: las inevitables mesas de pimpón, el club de yudo, salas para desarrollar los más variados hobbies, la piscina para ir a hacer unos largos…

En uno de sus edificios cuentan con una réplica de la casa del Internet de las cosas, un hogar que se gobierna con el móvil. El aire acondicionado se acciona desde el coche, antes de llegar a casa, con una orden de voz. La puerta se abre cuando detecta nuestro teléfono. Al llegar a la nevera, tenemos en ella una pantalla desde la que pinchamos música, consultamos el pronóstico del tiempo o vemos las fotos del día (esto ya es una realidad). En el salón, en un televisor de 98 pulgadas, se proyectarán imágenes de quién llama a la puerta o de las cámaras de seguridad exteriores, además de las de canales y plataformas, claro.

Samsung afirma haber vendido un millón de teléfonos 5G en Corea en los primeros 87 días tras su lanzamiento. Ya ha desplegado redes de 5G en seis ciudades. En dos o tres años, aseguran, habrán cubierto todo el país.

España, por su parte, no está a esos niveles en el desarrollo del 5G, pero no va tan mal. Cuenta con un despliegue de fibra óptica [infraestructura sobre la que se extienden las redes 5G] superior al del Reino Unido, Francia y Alemania juntos, según explica en su blanca oficina el secretario de Estado de Agenda Digital, Francisco Polo. A escala europea, es uno de los tres Estados miembros de la UE que más ensayos de funcionamiento han llevado a cabo, según los informes del Observatorio 5G europeo. “Mi esperanza es que el 5G nos dé una nueva oportunidad”, declara Polo. “Si el despliegue de infraestructuras determinara el avance tecnológico de los países, España ya sería una potencia mundial”.

La quinta generación de telefonía móvil tendrá un impacto económico de 12 billones de dólares para 2035, según la consultora IHS Markit. Muchos actores del sector hablan de una nueva fase de reindustrialización, de una revolución industrial.

El desarrollo de esta nueva tecnología a escala planetaria sufrió un serio varapalo el pasado 16 mes de mayo cuando el presidente Trump firmaba una orden ejecutiva prohibiendo la venta de bienes y servicios a la compañía china Huawei, primer proveedor mundial de redes 5G.

Estamos en el momento del despliegue de infraestructuras, de firma de contratos, y en Estados Unidos preocupa que las vías por las que circularán ingentes cantidades de datos, y de las que dependerán infraestructuras críticas, estén en manos del enemigo. Tras el veto latía la acusación, sin pruebas, de que la tecnología china contiene “puertas traseras”, agujeros propicios para el espionaje. “Nunca han proporcionado evidencias ni hechos, ni ha habido un proceso judicial”, asegura en los cuarteles generales de la firma china en Madrid Tony Jin Yong, consejero delegado de Huawei. “Vetar a una empresa privada que tiene relaciones comerciales con compañías norteamericanas es realmente estúpido. Y muy cortoplacista”.

Huawei tiene presencia en 170 países y ha suscrito ya 50 contratos con operadores de todo el planeta, según los datos que facilita la compañía. Fueron los primeros, enfatizan, en poner a disposición de sus clientes una red 5G completa de extremo a extremo —solo tiene un puñado de rivales como proveedores de redes: Nokia (Finlandia), Ericsson (Suecia), Samsung (Corea), DoCoMo (Japón) y ZTE (China)—. Se están desplegando por el mundo ofreciendo precios muy competitivos. Y todo ello contribuye a que Jin Yong estime que Huawei está siendo usado en la guerra comercial entre EE UU y China. “Si no puedo competir contigo y superarte, te veto”, dice Yong, molesto. “Es una lógica ridícula. Y están utilizando su poder como nación contra Huawei, una compañía privada”.
La marca acusó una caída del 30% en las ventas de móviles en España en la primera semana tras la crisis desencadenada por Trump.

El analista e investigador bielorruso Evgeny Morozov, autor de la reciente e incisiva colección de ensayos Capitalismo Big Tech, va más allá en su análisis de la crisis: “Cualquier país razonable puede apreciar que EE UU está dispuesto a utilizar herramientas de extorsión para ganar alguna ventaja en las negociaciones comerciales”, dice en conversación telefónica desde el sur de Italia. Morozov no descarta la existencia de puertas traseras en equipamientos de Huawei, pero añade: “La probabilidad de que los dispositivos y accesorios que llegan de EE UU tengan agujeros y puertas traseras es aún más alta. Los estadounidenses han estado escuchando nuestros teléfonos durante años y este es un escándalo que Europa aún tiene que abordar. Técnicamente hablando, preocuparse de la vulnerabilidad de nuestras redes no tiene sentido porque ya son vulnerables: está claro que la NSA [agencia de inteligencia estadounidense] tiene una manera de monitorizarlas”.

El futuro, en cualquier caso, se presenta más vulnerable. Aunque los expertos aseguran que las redes 5G son a priori más seguras que sus predecesoras, la mera multiplicación de millones de antenas y el crecimiento exponencial de los dispositivos conectados en el IoT ofrecerán nuevas y suculentas oportunidades para el hackeo. “Cuanta más tecnología utilizamos, más vulnerables somos”, afirma el experto en seguridad informática David Barroso; “cuanto mayor es la exposición, peor”.

Barroso, fundador de CounterCraft, empresa de contrainteligencia digital que elabora un producto dirigido a Gobiernos y grandes compañías para poner trampas a los atacantes, asegura que el peligro vendrá por las brechas de seguridad de dispositivos que la industria pondrá en venta sin las medidas de seguridad necesarias. Algo que, dice, ya ocurre: cada nuevo dispositivo conectado (coches, frigoríficos, webcams instaladas en casa, asistentes personales) tiene una tarjeta SIM; a veces los fabricantes instalan contraseñas fáciles para que los administradores accedan a ellos sin complicaciones: estamos expuestos.

Si alguien consigue acceder a los mandos de un coche autónomo, hacer que parezca un accidente será más fácil. No hablemos de los mandos de un avión.

El coordinador europeo de lucha antiterrorista Gilles de Kerchove emitió el pasado mes de junio un informe en el que alertaba del riesgo de emergencia de nuevas formas de terrorismo mucho más letales a raíz del despliegue de las redes 5G y de los avances en inteligencia artificial. Las computadoras cuánticas podrán descifrar datos encriptados; los aparatos interconectados podrán ser manipulados a distancia y volverse contra nosotros, y la biología sintética permitirá recrear virus fuera de los laboratorios, según señala en su informe. Europa quiere una política de ciberseguridad común.

La polémica sobre todas las vulnerabilidades de las redes despierta además el debate de si poner infraestructuras críticas en manos privadas, sea cual sea su procedencia, es una buena idea.

Las prevenciones ante el desarrollo del 5G no se frenan ahí. Hay voces que se alzan contra algo que, dicen, ahondará la brecha digital, que conectará todavía más a los ya conectados. Peter Bloom, fundador de Rhizomatica, asociación civil que despliega redes alternativas para abastecer a lugares remotos o aislados, sostiene en una colección de ensayos que el problema del 5G es que no está centrado en los humanos, sino en las máquinas. Son ellas las que se comunican entre sí, no nosotros. “Cuando la gente ya no es el foco intrínseco del sistema de comunicación”, escribe, “entonces algo fundamental ha cambiado en la naturaleza de la Red”.

Cuanta más tecnología usamos, más problemas resolvemos, sí, y también más creamos. La hiperconectividad viene cargada de facilidad de acceso, rapidez, agilidad en las comunicaciones, nuevas comodidades. Pero cuantos más dispositivos haya y más información compartamos por el éter, más vulnerables seremos y más posibilidades habrá de que nos vigilen,  de que nos espíen y, por tanto, de ser manipulados.

Por Joseba Elola

8 SEP 2019 - 03:01 COT

La ‘startup’ asturiana que ayuda al inventor de internet a crear la nueva web

La 'startup' gijonesa Empathy.co y la Universidad de Oviedo colaboran para sacar adelante Solid, un entorno web más respetuoso con la privacidad, impulsado por Tim Berners-Lee.

 

Cuando Tim Berners-Lee anunció su proyecto Solid, de descentralización de Internet, suscitó una respetuosa incredulidad. El creador de la World Wide Web, la Red que todos navegamos hoy, había contemplado los escándalos de Cambridge Analytica y de las fake news. Convertido en un mito viviente a estas alturas, no solo criticó las filtraciones de datos y la manipulación sino que propuso amasar un nuevo concepto de Web.

Solid tiene como objetivo "cambiar radicalmente la forma en que funcionan las aplicaciones web hoy en día, para proporcionar una verdadera propiedad de los datos y una mejor privacidad", asegura la propia web. El objetivo es convertirlo en un espacio donde se impida el abuso de la información personal de los usuarios. Y Berners-Lee dio el primer paso: del MIT (Massachusetts Institute of Technology) y bajo su dirección nació el embrión del proyecto. ¿El objetivo? Dar el control total al usuario sobre sus datos. El problema es que esto va en contra del modelo de negocio de Google, Facebook e incluso Amazon.

Pero Berners-Lee no espera hacer esto solo ni hacerlo rápido. Después de esta primera piedra han llegado universidades y startups interesadas en poner los ladrillos y el cemento. Empathy.co, con sede en Gijón, es una de las startups que ha empezado a trabajar en el marco de Solid. Tienen un proyecto para crear un buscador para tiendas online y apps basado en los principios de esta nueva Web.

Para llevar a cabo el proyecto, la empresa asturiana cuenta con la colaboración de la Universidad de Oviedo, con quien ha firmado un contrato de I+D. La primera versión del buscador se lanzará en el mes de diciembre de este año y estará lista para enriquecer el ecosistema de Solid. En este espacio los procesos funcionan de forma diferente. “En vez de tener un cliente, ordenador o móvil, y un servidor, las piezas del puzle son un cliente, que se llama POD, y un servidor, que se llama solid”, explica Ángel Maldonado, fundador de Empathy.co.

 “Por su constitución, el servidor en Solid no puede almacenar ningún dato de ti. Tu POD tiene todos tus datos, como si fuera una nube propia. Es tuyo, está adherido a ti”, continúa Maldonado. Este elemento clave, el POD (personal online data), hace de intermediario. Con Solid, cualquier aplicación accedería a los datos del usuario a través del POD. Todo el perfilado y el análisis de datos suceden mientras la aplicación está abierta. Cuando el usuario la cierra, la información deja de estar accesible para la app.

Se trata de que la aplicación tenga información sobre el usuario para atenderle mejor, pero solo durante el momento en que este interactúa con ella. Igual que si vas a una tienda física y pides una sugerencia. Una vez que te marchas, la tienda no almacena ningún dato sobre tus gustos e intereses. “Esto replantea el concepto de análisis de datos”, incide Maldonado. Ya no se almacenaría información masivamente para predecir el comportamiento digital.

Así funciona Solid y esto es lo que Empathy quiere trasladar a su futuro buscador para tiendas online. En este tipo de producto la compañía tiene sobrada experiencia en el mercado. Entre sus clientes están Casa del Libro, los supermercados Kroger o Inditex. Pero para que el nuevo buscador funcione, la tienda o la aplicación tendrán que estar adheridas voluntariamente a los principios de este nuevo Internet, como lo denomina Maldonado.

Un cambio a largo plazo

En Empathy se toparon con el proyecto de Tim Berners-Lee tras una búsqueda de esquemas que mejoraran la privacidad del usuario, una sensibilidad que siempre ha estado presente en la empresa. Cuando contactaron con Inrupt, la startup encargada de coordinar la naciente comunidad de Solid, les dijeron que ellos ya tenían un acuerdo con la Universidad de Oviedo.

El socio no podía estar más cerca. Empathy tiene en la Universidad de Oviedo una cantera para reclutar talento, así que no partían de cero. Se constituyó un equipo combinado para abordar el proyecto. La universidad, vinculada desde hace tiempo a proyectos de Tim Berners-Lee, tenía a estudiantes que ya habían trabajado sobre las especificaciones técnicas de Solid.

La Universidad de Oviedo es uno de los centros académicos con los que trabaja Inrupt para difundir la programación de aplicaciones en el entorno Solid. “Es necesario que las personas aprendan cómo desarrollar aplicaciones y PODS en Solid. Cuando los valores y los conocimientos se aprenden desde jóvenes forman parte del sistema”, señala Mitzi László, directora de comunicación de Inrupt. “Además, es fantástico que puedan ver cómo Solid puede ofrecer oportunidades para labrarte una carrera profesional”.

Maldonado apunta que el cambio tiene que darse a largo plazo, pero se muestra esperanzado: “El caldo de cultivo de Solid es esta nueva sensibilidad que por fin tenemos, como individuos y como sociedad, sobre el uso y abuso que se ha estado haciendo de nuestros perfiles”. Ni Google ni Facebook adoptarán Solid. El CEO de Empathy tampoco ve viable que lo hagan las grandes compañías que ya han hecho un esfuerzo enorme en digitalización. Pero sí las pymes.

“La pequeña y mediana empresa se juega mucho más. No tienen acceso al big data y tienen otras prioridades. Ellos buscan la fidelidad y una relación honesta y franca”, destaca Maldonado. Su buscador se pondrá a disposición de todos, de forma abierta y gratuita, según los estándares de la iniciativa. Pero Empathy espera ganar experiencia para lanzar después otro buscador dirigido a pymes.

Este combo, de startups y universidades, es importante para que germine el nuevo entorno, según László. “Solid es un estándar abierto, así que las contribuciones de estudiantes, académicos y empresas son muy importantes para lograr interoperabilidad. Esto será lo que deje al usuario la posibilidad de elegir entre muchas opciones”, remata la directora de comunicación de Inrupt.

Madrid 3 SEP 2019 - 10:06 CEST

En riesgo, 50% de las 6.700 lenguas indígenas del mundo, alerta ONU

Con cada lengua que desaparece el mundo pierde un acervo de saber tradicional, advirtió el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres.

Con motivo del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, recordó en un mensaje que actualmente hay 370 millones de personas indígenas en el mundo y gran parte de ellas "todavía carecen de derechos básicos y la discriminación y la exclusión sistemáticas siguen amenazando su modo de vida, su cultura e identidad".

El funcionario internacional expuso que "las lenguas son el vehículo que utilizamos para comunicarnos y están íntimamente ligadas a nuestra cultura, nuestra historia e identidad"

Reportó que casi la mitad de las 6 mil 700 lenguas que se calcula que hay en el mundo, en su mayoría indígenas, están en peligro de desaparecer.

Este año, el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, celebrado cada 9 de agosto, se dedicó a los idiomas originarios por ser 2019 el Año Internacional de las Lenguas Indígenas.

Cooperación, el camino

Por su parte, la Conferencia del Episcopado Mexicano, a través de la Comisión Episcopal de la Pastoral Social, expuso que contrarrestar la amenaza de la desaparición de lenguas indígenas requerirá los esfuerzos de cooperación de las comunidades de hablantes, especialistas en lenguas, organizaciones no gubernamentales y poderes públicos.

En un comunicado, la organización religiosa expuso que sensibilizar sobre la pérdida de lenguas y la diversidad lingüística sólo será eficaz si se consigue dotar de funciones contemporáneas positivas a las lenguas minoritarias desde el punto de vista de las necesidades de la vida moderna, dentro de la comunidad y también en los contextos nacional e internacional.

Al anunciar el 14 Encuentro Nacional de Pastoral de Pueblos Originarios, del 9 al 13 de septiembre, los representantes de la Iglesia católica detallaron que entre esos papeles positivos están el uso de estas lenguas en la vida cotidiana, en el comercio, la educación, las letras, las artes y los medios de comunicación.

Publicado enSociedad
Martes, 06 Agosto 2019 06:58

Redes caníbales

Redes caníbales

Caníbal es todo aquel que devora a individuos de su misma especie. Para hacerlo, necesita dominar a la presa, tornarla indefensa, entonces tratar de devorarla. Ese es el rostro alarmante de las redes digitales, tan útiles para facilitar nuestra intercomunicación. Al igual que los vehículos –aviones, autos, motos– que resultan útiles para movilizarnos más rápidamente y, sin embargo, son utilizados para llevar a cabo actos terroristas como el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, las redes digitales tienen su lado sombrío.

 

Si no sabemos usarlas adecuadamente, devoran nuestro tiempo, nuestro humor, nuestra civilidad. De ahí mi resistencia a llamarlas redes sociales. La sociabilidad no siempre supera a la hostilidad. Incluso devoran nuestro sueño, pues hay quienes ya no logran desconectar el Smartphone a la hora de dormir. Devoran también nuestra capacidad de discernimiento, en la medida en que nos tribalizan y nos confinan a una única visión del mundo, sin apertura a lo contradictorio ni tolerancia para quien adopta otra óptica.

 

La medicina ya está atenta a una nueva enfermedad: la nomofobia. El término surgió en Inglaterra, derivado de no-mobile, esto es, privado del aparato de comunicación móvil. En síntesis, es el miedo a quedarse sin celular. Es la enfermedad adictiva más reciente, que estudian actualmente los terapeutas.

 

Hay quien permanece horas en las redes, naufragando más que navegando. El rostro caníbal del celular devora también nuestro protagonismo. Es el celular el que, mediante sus múltiples herramientas y aplicaciones, decide el rumbo de nuestras vidas. El diluvio de informaciones que cae una y otra vez sobre cada uno de nosotros, casi todas descontextualizadas, nos conduce ineluctablemente al territorio de la posverdad. Tocan nuestra emoción y, vertiginosas, neutralizan vuestra razón. No hay dudas de que la mayoría de nosotros es incapaz de ofender gratuitamente a un desconocido en la panadería de la esquina. Pero en las redes muchos endosan difamaciones, acusaciones sin fundamento y calumnias: ¡Las famosas fake news!

 

Hace más de 70 años, mi cofrade Dominique Duberle escribió a propósito de la cibernética: «Podemos soñar con un tiempo en el que una máquina de gobernar supla la hoy evidente insuficiencia de las mentes y los instrumentos habituales de la política» (Le Monde, 28 de diciembre de 1948).

 

El Leviatán cibernético previsto por el fraile dominico francés hoy tiene un nombre: Google, Facebook, WhatsApp, etc. Esas corporaciones devoran todos nuestros datos para que los algoritmos los transmitan a las herramientas incapaces de vernos como ciudadanos. Para ellas, somos meros consumidores. Es la era del Big Data.

 

Las redes digitales devoran incluso la realidad en la que nos encontramos insertados. Nos desplazan hacia la virtualidad y activan en nosotros sentimientos nocivos de odio y venganza. El príncipe encantado se transforma en monstruo. Los valores humanitarios se destejen, la ética se disuelve, la buena educación se descarta. Lo que importa ahora, con esta arma electrónica en las manos, es trabar la batalla del «bien» contra el «mal». Eliminar con un clic a los enemigos virtuales después de crucificarlos con injurias que se multiplican mediante el hipervínculo, el video, la imagen, el sitio web, la etiqueta, o simplemente una palabra o una frase.

 

Por Frei Betto

Granma

 

He ahí lo que pretende cada emisor: lograr que lo que posteó se haga viral. El adjetivo se deriva de virus, un sustantivo empleado en la biología que proviene del latín y significa «veneno» o «toxina». ¡Se crea así la pandemia virtual! Es necesario leer rápido este correo o zapp, porque aguardan por mí otros tantos. Y de ser el caso, responder con un texto conciso, aunque vulnere todas las reglas de la gramática y la sintaxis. Según la investigadora Maryanne Wolf, accedemos diariamente como promedio a 34 gigabytes de información, lo que equivale a un libro de cien mil palabras. Sin tiempo suficiente para la absorción y la reflexión.

 

Corremos el riesgo de dar un paso atrás en el proceso civilizatorio. A menos que las familias y las escuelas adopten algo similar a lo que acompañó el advenimiento del automóvil, cuando se percibió la necesidad de crear autoescuelas para educar a los conductores. El celular está exigiendo también una pedagogía adecuada para su buen uso.

Publicado enSociedad
Vergonzoso silencio en torno al calvario de Julian Assange

Los mismos que nos entretuvieron con el gato, el patinete y la suciedad en los pasillos de la embajada han ignorado voluntariamente el informe del relator de la ONU sobre la tortura al disidente encarcelado número uno.

El relator especial del Alto Comisariado para Derechos Humanos de la ONU, el suizo Nils Melzer, logró en mayo obtener permiso para visitar a Julian Assange en la prisión británica de alta seguridad de Belmarsh. Melzer y dos reputados expertos médicos, uno de ellos psiquiatra y el otro forense, reconocieron a Assange. El 31 de mayo, hace más de un mes, el relator divulgó las conclusiones del peritaje médico realizado.

Melzer es profesor de Derecho Internacional en la Universidad de Glasgow y no era en absoluto un admirador del fundador de WikiLeaks. De hecho, solo aceptó la misión que le encomendó la ONU después de que los abogados de Assange y una doctora apelaran en dos ocasiones solicitando un peritaje al Alto Comisariado de Naciones Unidas. 

“Como la mayor parte del público, yo fui inconscientemente contaminado contra Assange por la incesante campaña de desprestigio orquestada durante años, pero una vez metido en los hechos de este caso, lo que encontré me llenó de repulsión e incredulidad”, explica. 

“Assange fue sistemáticamente calumniado (como “violador”, “agente ruso”, “hacker” y “narcisista”) para desviar la atención de los crímenes que expuso. Una vez deshumanizado por el aislamiento, el ridículo y la vergüenza, al igual que las brujas que solíamos quemar en la hoguera, era fácil privarlo de sus derechos más fundamentales sin provocar indignación pública en todo el mundo”. Llegamos así al dictamen del equipo de Melzer sobre el trato infligido a Assange. Es inequívoco.

“Durante un periodo de varios años, Assange ha sido expuesto a graves e incrementadas formas de castigo, a un trato inhumano o degradante, cuyos efectos acumulativos solo pueden ser descritos como tortura psicológica”, ha escrito Melzer. 

“En veinte años de trabajo con víctimas de guerra, violencia y persecución política, nunca me encontré con un grupo de Estados democráticos compinchados para aislar, demonizar y abusar deliberadamente a un individuo durante tanto tiempo y con tanta despreocupación por la dignidad humana y la legalidad”.

Nils Melzer envió sus conclusiones en forma de tribuna a los diarios australianos Sydney Morning HeraldCamberra Times y a los habituales anglosajones de Europa y América, Financial TimesThe GuardianThe TelegraphThe New York TimesThe Washington Post, al semanario Newsweek y otros. Ninguno de ellos publicó una línea. En su día todos ellos nos informaron con detalle de los excrementos de Assange en las paredes de la embajada ecuatoriana en Londres, de su patinete y de su gato. En España, los principales medios también ignoraron por completo el asunto. El informe Melzer llegó discretamente a las ediciones digitales de El Mundo La Vanguardia (solo el primero mencionaba la palabra “tortura” en el titular), con cero referencias en los demás. En los últimos treinta días, la prensa establecida española ha mencionado a Assange lo menos posible.

En todo el mundo occidental los medios de comunicación participan voluntariamente, vía el silencio y la denigración, en esa “persecución colectiva” denunciada por el relator de la ONU, y cuyo principal motor se encuentra en el Pentágono, según fuentes de la Administración Obama en declaraciones al abogado Geoffrey Robertson.  

En la última cumbre del G-20, el primer ministro australiano (Assange es australiano), el conservador Scott Morrison, no mencionó el caso Assange en su entrevista con Donald Trump, manteniendo así la línea de su predecesora laborista, Julia Guillard. El ministro de Exteriores británico, Jeremy Hunt, ha definido el silenciado informe de los expertos de la ONU en tortura como “acusaciones inflamatorias”. 

Julian Assange es el disidente encarcelado número uno de Occidente, como Edward Snowden es el exiliado número uno. Actualmente Assange está pendiente de ser extraditado por el Reino Unido a Estados Unidos, donde se arriesga a una sentencia por espionaje de hasta 175 años de cárcel en el tribunal del distrito Oeste de Virginia en el que nunca un acusado por asuntos de “seguridad nacional” ganó el caso y fue absuelto. 

La suerte de Assange es un retrato del mundo de hoy, del pésimo estado de las democracias, del poder de la propaganda del establishment y de la apatía de los movimientos sociales en Europa.

 

Autor: Rafael Poch

Rafael Poch-de-Feliu (Barcelona) fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

Publicado enSociedad
Miércoles, 03 Julio 2019 07:02

¡Desnudos!

¡Desnudos!

Como en el refrán, así anda la izquierda en política comunicativa. En días recientes, decenas de opinadores de este perfil ideológico, regulares en las redes sociales, no cesaron de expresar su inconformidad y su desconcierto una vez conocido el despido de Daniel Coronell de la revista que por años acogió sus escritos (Ver pág. 6). “Censura” era uno de sus razones para explicar la cancelación de las funciones del periodista. A renglón seguido estaban, en otro plano, la manifiesta preocupación por las denuncias en contra del uribismo y otros comentarios sobre el establecimiento que ya no circularían de manera regular.

“Desnudos” de información, así se sentían o al menos así dejaban traslucir en sus correos y trinos quienes lamentaban la decisión de los propietarios de la revista. ¿Quién podía suplirles ahora lo que regularmente brindaba el cesado? No se equivoca el refrán de marras cuando sentencia que “Al que de ajeno se viste en la calle le desnudan”.

Es una sentencia del saber milenario plenamente comprobada en esta ocasión, cuando aquellos que siempre han integrado la cúspide del poder nacional deciden, como lo permite la propiedad de una empresa –en este caso una casa editorial–, zanjar las diferencias que puedan tener con uno de sus empleados informándole –no se sabe si con la formalidad del sobre sellado o si con la informalidad hoy impuesta por las redes sociales o si, como gesto de respeto con el otro, en reunión privada, acompañados de un aperitivo y de las remembranzas de mejores épocas compartidas. ¡Vaya usted a saber!

Lo cierto es que la noticia progresó como mecha detonante por variedad de círculos, no solo de izquierda sino también liberales –como apenas es obvio– y de otro carácter, todos concitados por iguales razones y razonamientos, como si no tuvieran diferencia alguna en la manera de encarar el reto de las comunicaciones y de la información en general.

Tal reacción y la ausencia de disconformidad preocupan, por decir lo menos, ya que exteriorizan una vez más una realidad que caracteriza a los sectores que pretenden cambiar la estructura económica, social, militar, política, cultural, del país: su desinterés por la construcción de una política en comunicaciones propia –¡en plena época del Big Data!– de un carácter y una potencia que precisamente impidan que en cualquier momento les quiten la ropa facilitada de manera ‘gentil’ por quienes, contradictoriamente, dicen querer confrontar y desplazar del control del país.

Ese desinterés no es de ahora sino de siempre, con desprecio y desperdicio de la información que reúnen y no procesan las organizaciones sociales –sindicatos y otras– pero que en los últimos 20 años es más notable, toda vez que la información dejó de ser complemento de algo –la política o cualquiera de los vectores sustanciales del gobierno y del Estado– para constituirse en el centro de la sociedad misma –en tanto la atraviesa por todos sus poros–, en factor fundamental para la lucha por la vida y, con ella, en la disputa por la cultura –esencial en cualquier pretensión de verdadero cambio social– y la opinión pública como un todo.

Sorprende que esta realidad perdure en el tiempo y que estos sectores depositen su posibilidad de informarse sobre asuntos del poder, así como sobre sus disputas internas, en una casa editorial que hace parte del corazón del propio poder, como también lo son los pocos diarios con pretensión nacional que aún sobreviven en el país.

Y sorprende, pero al mismo tiempo es incomprensible tal actitud, porque ahora nos encontramos insertos en una revolución industrial de colosal tamaño y que desprende posibilidades de nuevo tipo, para, entre otros asuntos, encarar con éxito un proyecto comunicativo de nuevo tipo, uno del tamaño del sueño que cada proyecto social tenga. Y si esto es así, ¿por qué seguir apegados a la mano de aquellos a quienes se pretende desconocer? ¿Por qué no aprender a caminar por cuenta y riesgo propios?

Estamos ante una fuerte dependencia informativa, histórica y presente, que tiene explicaciones desde la primera de todas: los sectores dotados de vocación por un país distinto no se han apropiado de la realidad que constituye la revolución industrial en curso y sus implicaciones en multiplicidad de planos y órdenes. En efecto, además de las implícitas en lo que aquí abordamos, existe el hecho real de que hoy la información es patrimonio del conjunto humano, información que –bien tratada– permite intuir, deducir y comprender las particularidades del poder y las disputas desatadas a su sombra. Pero aquellos sectores tampoco han construido, como segunda de estas razones, un proyecto político con vocación y sentido propios y que no dependa de los ires y venires de su contraparte sino que se soporte y proyecte, profundamente, en un ideario de largo plazo y que dé cuenta de la totalidad de la estructura sobre la cual está parado, avivado por lo mejor de la historia y las luchas de las generaciones que le anteceden en el territorio nacional, así como de las luchas, los sueños, los idearios, de lo mejor de la humanidad en su conjunto, retomando también de tales experiencias y sueños, alimento ideológico y político.


Así, parece ganar terreno una preocupante incomprensión, acompañada de desinterés, de la revolución industrial en curso, lo que impide percibir que la construcción de un proyecto comunicativo, que otrora demandaba la inversión de un capital imposible para sectores alternos, hoy no bordea las cifras de antaño. Con una potencia mayor: actualmente resulta en alguna medida fácil un proyecto alterno, que de verdad quiera trascender o asuma la integridad de lo comunicativo como bastión para concretar su utopía, o simplemente reconozca que nunca dejará de ser marginal, aferrado a lo ideológico como balso para no desaparecer, pero con altas posibilidades de convertirse en referente.

Miremos el panorama. Hasta hace poco, para construir comunicación era necesario definirse por un segmento de la misma: escrita (periódicos, revistas y similares), visual (televisión y cine), oral (radio). Esos eran los sectores en que antes se podía incursionar, y cada uno por separado. Desde hace años, esto dejó de ser así. Hoy es posible –mucho más que factible, para ser enfáticos– irrumpir de manera simultánea e integrada en estos tres sectores de la comunicación, pero además como extensión de los mismos o vehículo para concretarlos, en redes sociales, la producción de libros, así como la materialización de una política educativa de índole masiva, todo esto como lo más evidente, y todo ello al mismo tiempo, si así se pretende, y de manera colectiva, además, como concreción de un sueño de nueva sociedad que demanda cooperación y complementariedad, dejando atrás los afanes protagónicos, competencia y sed de ganancia. Claro, así ha de ser si de verdad se pretende construir un proyecto diferente de comunicación.

Tenemos ante nosotros todo un mar de posibilidades, factible de acometer, sin necesidad de grandes edificios y grandes máquinas o equipos físicos. Y esas posibilidades se pueden asumir en una misma edificación (casa, bodega, oficina), en forma descentralizada (varios equipos humanos, cada uno de ellos desde lugares diferentes), entrelazados vía chat o similar. ¿Qué es lo determinante a la hora de afrontar este reto? Sencillo: el proyecto por liderar debe tener sentido propio –de país, región, mundo–, así como sentido histórico –de tiempo.

Un proyecto así, por sus demandas técnicas –unos cuantos computadores, cámaras de video, software para edición–, es factible de ser encarado por cualquier grupo social y político que lo pretenda. ¿Qué es lo fundamental al tomar esta decisión, como segunda demanda por resolver? Es claro: el conjunto humano que afronte y lidere el reto, el cual, sin duda alguna, es el sine qua non que habrá de resolver las dificultades, en este aspecto como en cualquier otro que se encamine hacia el cambio social.

Formar un equipo humano es la principal de las labores por desarrollar, de modo que con toda conciencia logre apropiarse del momento, las posibilidades que le rodean, el territorio que habita, las formas de ser y relacionarse de quienes allí viven, sus demandas, aspiraciones, sueños y disposiciones, simultáneamente con un amplio bagaje cultural que le permita moverse con libertad por la filosofía, la sociología, la antropología y las más diversas ciencias sociales, tanto con raíz de antaño como de reciente surgimiento. La comprensión de su tiempo habrá de permitirle la operación de las nuevas tecnologías, adentrándose y ganando solvencia en el manejo de software libre y web profunda, proponiéndose en todo momento la necesaria autonomía ante el software comercial, desde la conciencia de que ahora todo está controlado y bajo sospecha, además de que todos los programas tienen puertas traseras desde donde el poder existente puede llegar a conocer los quehaceres de los grupos contraculturales, por lo cual también pueden explosionarlos cuando así lo defina quien está interesado en controlar y dominar.

En la realización de estas finalidades, no es exigible la garantía de cada una de las personas que integran el equipo social y político comprometido en tal propósito. Debemos tener claro que el trabajo ha de estar fundamentado en la acción del conjunto humano como equipo y no simplemente como agregado físico y sin unidad. Un proyecto histórico depende de la complementariedad de quienes lo integran y no de la virtud de alguno de sus líderes.

Justo en esa lógica se ha movido el proyecto comunicacional que lleva por nombre desdeabajo, no ahora sino desde hace dos décadas, cuando en el año 2000 realizamos el foro “La prensa se hace a diario y entre todos”, propuesta que no logró recepción positiva, como tampoco la consiguió años después la propuesta de constituir, entre el conjunto social por el cambio, un Sistema Nacional de Comunicaciones Alternativo (Snca). Esas propuestas han carecido de la necesaria fuerza social que rompa el enconchamiento, el protagonismo y la incomprensión del momento histórico que estamos viviendo. Tal incomprensión por parte de las fuerzas alternativas nos lleva a seguir vistiéndonos con la ropa que nos presta el establecimiento, el mismo que decide cuándo dejarnos desnudos.

 

Periódico desdeabajo Nº258

 

 

Publicado enColombia
Domingo, 30 Junio 2019 16:24

¡Desnudos!

¡Desnudos!

Como en el refrán, así anda la izquierda en política comunicativa. En días recientes, decenas de opinadores de este perfil ideológico, regulares en las redes sociales, no cesaron de expresar su inconformidad y su desconcierto una vez conocido el despido de Daniel Coronell de la revista que por años acogió sus escritos (Ver pág. 6). “Censura” era uno de sus razones para explicar la cancelación de las funciones del periodista. A renglón seguido estaban, en otro plano, la manifiesta preocupación por las denuncias en contra del uribismo y otros comentarios sobre el establecimiento que ya no circularían de manera regular.

“Desnudos” de información, así se sentían o al menos así dejaban traslucir en sus correos y trinos quienes lamentaban la decisión de los propietarios de la revista. ¿Quién podía suplirles ahora lo que regularmente brindaba el cesado? No se equivoca el refrán de marras cuando sentencia que “Al que de ajeno se viste en la calle le desnudan”.

Es una sentencia del saber milenario plenamente comprobada en esta ocasión, cuando aquellos que siempre han integrado la cúspide del poder nacional deciden, como lo permite la propiedad de una empresa –en este caso una casa editorial–, zanjar las diferencias que puedan tener con uno de sus empleados informándole –no se sabe si con la formalidad del sobre sellado o si con la informalidad hoy impuesta por las redes sociales o si, como gesto de respeto con el otro, en reunión privada, acompañados de un aperitivo y de las remembranzas de mejores épocas compartidas. ¡Vaya usted a saber!

Lo cierto es que la noticia progresó como mecha detonante por variedad de círculos, no solo de izquierda sino también liberales –como apenas es obvio– y de otro carácter, todos concitados por iguales razones y razonamientos, como si no tuvieran diferencia alguna en la manera de encarar el reto de las comunicaciones y de la información en general.

Tal reacción y la ausencia de disconformidad preocupan, por decir lo menos, ya que exteriorizan una vez más una realidad que caracteriza a los sectores que pretenden cambiar la estructura económica, social, militar, política, cultural, del país: su desinterés por la construcción de una política en comunicaciones propia –¡en plena época del Big Data!– de un carácter y una potencia que precisamente impidan que en cualquier momento les quiten la ropa facilitada de manera ‘gentil’ por quienes, contradictoriamente, dicen querer confrontar y desplazar del control del país.

Ese desinterés no es de ahora sino de siempre, con desprecio y desperdicio de la información que reúnen y no procesan las organizaciones sociales –sindicatos y otras– pero que en los últimos 20 años es más notable, toda vez que la información dejó de ser complemento de algo –la política o cualquiera de los vectores sustanciales del gobierno y del Estado– para constituirse en el centro de la sociedad misma –en tanto la atraviesa por todos sus poros–, en factor fundamental para la lucha por la vida y, con ella, en la disputa por la cultura –esencial en cualquier pretensión de verdadero cambio social– y la opinión pública como un todo.

Sorprende que esta realidad perdure en el tiempo y que estos sectores depositen su posibilidad de informarse sobre asuntos del poder, así como sobre sus disputas internas, en una casa editorial que hace parte del corazón del propio poder, como también lo son los pocos diarios con pretensión nacional que aún sobreviven en el país.

Y sorprende, pero al mismo tiempo es incomprensible tal actitud, porque ahora nos encontramos insertos en una revolución industrial de colosal tamaño y que desprende posibilidades de nuevo tipo, para, entre otros asuntos, encarar con éxito un proyecto comunicativo de nuevo tipo, uno del tamaño del sueño que cada proyecto social tenga. Y si esto es así, ¿por qué seguir apegados a la mano de aquellos a quienes se pretende desconocer? ¿Por qué no aprender a caminar por cuenta y riesgo propios?

Estamos ante una fuerte dependencia informativa, histórica y presente, que tiene explicaciones desde la primera de todas: los sectores dotados de vocación por un país distinto no se han apropiado de la realidad que constituye la revolución industrial en curso y sus implicaciones en multiplicidad de planos y órdenes. En efecto, además de las implícitas en lo que aquí abordamos, existe el hecho real de que hoy la información es patrimonio del conjunto humano, información que –bien tratada– permite intuir, deducir y comprender las particularidades del poder y las disputas desatadas a su sombra. Pero aquellos sectores tampoco han construido, como segunda de estas razones, un proyecto político con vocación y sentido propios y que no dependa de los ires y venires de su contraparte sino que se soporte y proyecte, profundamente, en un ideario de largo plazo y que dé cuenta de la totalidad de la estructura sobre la cual está parado, avivado por lo mejor de la historia y las luchas de las generaciones que le anteceden en el territorio nacional, así como de las luchas, los sueños, los idearios, de lo mejor de la humanidad en su conjunto, retomando también de tales experiencias y sueños, alimento ideológico y político.


Así, parece ganar terreno una preocupante incomprensión, acompañada de desinterés, de la revolución industrial en curso, lo que impide percibir que la construcción de un proyecto comunicativo, que otrora demandaba la inversión de un capital imposible para sectores alternos, hoy no bordea las cifras de antaño. Con una potencia mayor: actualmente resulta en alguna medida fácil un proyecto alterno, que de verdad quiera trascender o asuma la integridad de lo comunicativo como bastión para concretar su utopía, o simplemente reconozca que nunca dejará de ser marginal, aferrado a lo ideológico como balso para no desaparecer, pero con altas posibilidades de convertirse en referente.

Miremos el panorama. Hasta hace poco, para construir comunicación era necesario definirse por un segmento de la misma: escrita (periódicos, revistas y similares), visual (televisión y cine), oral (radio). Esos eran los sectores en que antes se podía incursionar, y cada uno por separado. Desde hace años, esto dejó de ser así. Hoy es posible –mucho más que factible, para ser enfáticos– irrumpir de manera simultánea e integrada en estos tres sectores de la comunicación, pero además como extensión de los mismos o vehículo para concretarlos, en redes sociales, la producción de libros, así como la materialización de una política educativa de índole masiva, todo esto como lo más evidente, y todo ello al mismo tiempo, si así se pretende, y de manera colectiva, además, como concreción de un sueño de nueva sociedad que demanda cooperación y complementariedad, dejando atrás los afanes protagónicos, competencia y sed de ganancia. Claro, así ha de ser si de verdad se pretende construir un proyecto diferente de comunicación.

Tenemos ante nosotros todo un mar de posibilidades, factible de acometer, sin necesidad de grandes edificios y grandes máquinas o equipos físicos. Y esas posibilidades se pueden asumir en una misma edificación (casa, bodega, oficina), en forma descentralizada (varios equipos humanos, cada uno de ellos desde lugares diferentes), entrelazados vía chat o similar. ¿Qué es lo determinante a la hora de afrontar este reto? Sencillo: el proyecto por liderar debe tener sentido propio –de país, región, mundo–, así como sentido histórico –de tiempo.

Un proyecto así, por sus demandas técnicas –unos cuantos computadores, cámaras de video, software para edición–, es factible de ser encarado por cualquier grupo social y político que lo pretenda. ¿Qué es lo fundamental al tomar esta decisión, como segunda demanda por resolver? Es claro: el conjunto humano que afronte y lidere el reto, el cual, sin duda alguna, es el sine qua non que habrá de resolver las dificultades, en este aspecto como en cualquier otro que se encamine hacia el cambio social.

Formar un equipo humano es la principal de las labores por desarrollar, de modo que con toda conciencia logre apropiarse del momento, las posibilidades que le rodean, el territorio que habita, las formas de ser y relacionarse de quienes allí viven, sus demandas, aspiraciones, sueños y disposiciones, simultáneamente con un amplio bagaje cultural que le permita moverse con libertad por la filosofía, la sociología, la antropología y las más diversas ciencias sociales, tanto con raíz de antaño como de reciente surgimiento. La comprensión de su tiempo habrá de permitirle la operación de las nuevas tecnologías, adentrándose y ganando solvencia en el manejo de software libre y web profunda, proponiéndose en todo momento la necesaria autonomía ante el software comercial, desde la conciencia de que ahora todo está controlado y bajo sospecha, además de que todos los programas tienen puertas traseras desde donde el poder existente puede llegar a conocer los quehaceres de los grupos contraculturales, por lo cual también pueden explosionarlos cuando así lo defina quien está interesado en controlar y dominar.

En la realización de estas finalidades, no es exigible la garantía de cada una de las personas que integran el equipo social y político comprometido en tal propósito. Debemos tener claro que el trabajo ha de estar fundamentado en la acción del conjunto humano como equipo y no simplemente como agregado físico y sin unidad. Un proyecto histórico depende de la complementariedad de quienes lo integran y no de la virtud de alguno de sus líderes.

Justo en esa lógica se ha movido el proyecto comunicacional que lleva por nombre desdeabajo, no ahora sino desde hace dos décadas, cuando en el año 2000 realizamos el foro “La prensa se hace a diario y entre todos”, propuesta que no logró recepción positiva, como tampoco la consiguió años después la propuesta de constituir, entre el conjunto social por el cambio, un Sistema Nacional de Comunicaciones Alternativo (Snca). Esas propuestas han carecido de la necesaria fuerza social que rompa el enconchamiento, el protagonismo y la incomprensión del momento histórico que estamos viviendo. Tal incomprensión por parte de las fuerzas alternativas nos lleva a seguir vistiéndonos con la ropa que nos presta el establecimiento, el mismo que decide cuándo dejarnos desnudos.

Publicado enEdición Nº258
¿Más libres o más vigilados?, en esta nueva fase del capitalismo el producto eres tú

¿Ha pasado cerca de un centro comercial y recibe en su smartphone publicidad de alguna tienda ubicada en ese establecimiento? ¿Ha descargado música de alguna banda y su red social favorita le “sugiere” que la siga?

 

Uno de los atributos del capitalismo, en esta fase de decadencia, es la capacidad que tiene para hacer sentir libre a la gente más vigilada de la historia. La inteligencia que apellida a cuanto aparato se inventa hoy trae, en letras pequeñas y numerosas, la condición de observar a su usuario. De tal manera que televisores, relojes, monitores para corredores, teléfonos observan a quien hace uso “personalizado” de estos aparatos.

 

¿Delirios de Pedro Carreño?

 

Ah, de aquellos tiempos en los que era un chiste decir que al entonces diputado chavista Pedro Carreño se le ocurrió insinuar que los aparatos de televisión satelital nos espiaban, pocos años después el público se enteró de que televisores inteligentes espiaban las casas de su “dueños”.

La organización WikiLeaks, grupo de ciberactivistas fundado por el australiano Julian Assange, inició en 2017 la publicación de 8 mil 761 documentos procedentes de la unidad de ciberespionaje de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA, por sus siglas en inglés), en la que trabajan unas 5 mil personas.

Refiere la filtración el caso del programa “Ángel que llora” (Weeping Angel), diseñado por las “televisiones inteligentes” de la empresa surcoreana Samsung. “Después de infectar [el aparato], Weeping Angel pone a la televisión en un modo ‘off’ falso”, según la nota de prensa colgada por WikiLeaks en su web. Cuando está en modo “off” falso, la televisión parece apagada, pero no lo está. En vez de eso, “graba las conversaciones en la habitación y las envía a través de Internet a un servidor secreto de la CIA”.

Cuando en 2015 Samsung lanzó en Estados Unidos sus “televisores inteligentes”, con el eslogan “La tele nunca ha sido tan lista”, el gigante coreano ya advertía en el manual de instrucciones que “el dispositivo puede capturar órdenes orales” que Samsung podría “recolectar” y “transmitir (junto con información acerca del dispositivo, incluyendo la identificación de éste) a terceros”, incluso en el caso de que esos datos incluyeran “información personal o sensible”.

En la última generación de iPhones, Siri, el famoso asistente online de Apple, escucha siempre lo que se dice a su alrededor y lo envía a la sede de la empresa. Lo mismo que Alexa, el rival de Siri de Amazon.

 

Más capitalismo, pero ahora “de vigilancia”

 

Lo que algunos autores han bautizado como “capitalismo de vigilancia” es una fase del capitalismo en la que los medios de producción son las vidas personales y reposan sobre la infraestructura digital, ya no sobre un dueño concreto; la mano de obra es el usuario de aplicaciones, las propias vidas humanas (cuyo sentido es poder comprar, mayoritariamente) son los medios de producción que generan la verdadera materia prima: los datos personales.

Impuesto como un manto, ya el capitalismo no se basa solamente en la fuerza de trabajo de la clase trabajadora sino en la información que aporte cada individuo respecto a su sistema de toma de decisiones para votar, comprar, etc.

Bajo esta faceta del capital no solo se trata de concentrar capital, tierra y fuerza de trabajo sino datos personales como llave para amplificar dicha concentración sin dar la cara, al ejercer el monopolio del negocio digital de marcas como Google, Facebook, Apple y Amazon, que suman a todo tipo de compañías del entorno tradicional a su forma de hacer negocios.

 

Fórmula Google: Saber lo que te gusta (o no)

 

La fórmula Google tiene en su génesis a Sheryl Sandberg, encargada de la publicidad online, quien llegó a la conclusión de que combinando la información derivada de su algoritmo y los datos computacionales recogidos de sus usuarios, podían ofrecer un análisis muy interesante para que, con una predicción de quién necesitaba o deseaba qué, el anunciante supiera a quién dirigirse y qué venderle.

De esto habló,en una entrevista con la BBC Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Harvard Business School quien acuñó el término “capitalismo de vigilancia”.

Se diseminó entonces el modelo mediante el cual los datos se convirtieron en fuente de riqueza debido a que facilitaban las predicciones sobre comportamientos, lo que se traduce en ventas para anunciantes, aseguradoras, almacenes y hasta partidos políticos. Fue así como entre 2001 y 2004, los ingresos de Google crecieron casi un 3.600% y, a partir de marzo de 2008 cuando Sandberg fue fichada por Mark Zuckerberg para Facebook, se implanta el mismo modus operandi exitoso para las minorías megamillonarias.

En el negocio de las predicciones, cuya herramienta es el Big Data, la mano de obra es gratis; se trata de una minería en la que se extraen comportamientos, hábitos, deseos, miedos, sueños, proyectos, dudas… para ser vendidas a partir de un mito: el consentimiento del público poseedor.

Quien desea descargar algún contenido o programa gratuito acepta unos términos sin haberlos leído en profundidad o extraviado en una inaccesible jerga legislativa, técnica y conceptual, sus datos son usados para otras finalidades y cedidos a terceras empresas que buscan conocerle mejor y obtener un perfil de cómo es el usuario.

“Sin saberlo, el usuario puede estar dando consentimiento a ser escaneado en redes sociales y, de ahí, se saca el perfil de la persona. Solo con las fotos de Instagram ya se pueden deducir cosas del comportamiento”, explica Paloma Llaneza, abogada, experta en ciberseguridad y autora de Datanomics.

 

Entre la adicción y el juego: La eterna adolescencia

 

Hay más. Llaneza agrega que “las aplicaciones están basadas en un inteligentísimo sistema de adicción y gamificación. Diseñan esto para hacernos adictos, todo es como un juego y tienes que participar para formar parte de la sociedad”.

Lograda la adicción, parece prácticamente imposible negarse a ceder la vida personal a cambio de la app del momento. Considera la experta que las personas no son inconscientes sino adictas, y que viven en un estado de infantilización ante la tecnología.

El modelaje de la adolescencia eterna, esa en la que se asocia juventud y consumo, y consumo con eternidad, desemboca en una fiebre que consiste en querer formar parte de lo último, recibir atención y no perderse de nada, de ahí que aplicaciones de moda como aquella que convertía rostros en obras de arte terminan creando modelos para el reconocimiento facial y sirviendo a la inteligencia artificial para que, en el futuro, le sean violados a las personas los derechos a la privacidad o a ser admitidos en algún sitio.

El engaño es doble: cuando el usuario entrega sus datos a cambio de servicios aparentemente inocentes, y cuando esos datos son después utilizados para elaborar un perfil cuya utilidad no solo pareciera ser comercial.

El ciclo de la adicción se intensifica mediante otra clave: la gratuidad de los servicios. Las apps gratuitas logran captar usuarios cual anzuelo y, a través de ellas, comienza la extracción de datos y, con ellos, la acumulación de comportamientos se convertirán en predicciones listas para ser transformadas en dinero.

 

¿Más libres o más vigilados?

 

Sistemas combinados de uso entre gadgets (equipos personalizados) recopilan datos que quedan guardados y se mezclan con los datos extraídos del smartphone para reportar un conocimiento de cada usuario desde diversos ángulos, que incluyen el entorno familiar. La conexión total se ha convertido en vigilancia total pero se vende (y experimenta) como libertad.

Analizando el impacto de la hipercomunicación y la hiperconexión en la sociedad en su libro La expulsión de lo distinto, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, profesor en la Universidad de las Artes de Berlín, dice:

“En la cárcel, hay una torre de vigilancia. Los presos no pueden ver nada pero todos son vistos. En la actualidad se establece una vigilancia donde los individuos son vistos pero no tienen sensación de vigilancia, sino de libertad”.

Agrega que la sensación de libertad que brota en los individuos es engañosa: “Las personas se sienten libres y se desnudan voluntariamente. La libertad no es restringida, sino explotada”.

Por lo tanto, no es el mismo sistema represivo de la sociedad disciplinaria: en la actualidad somos teledirigidos en función de nuestra misma aspiración social expresada en posts, tweets, etc. Alimentar ese ya no tan nuevo modo de producción tiene su costo para muchos y ganancia para pocos.

 

(Tomado de Misión Verdad)

Publicado enSociedad
Ingenio y tecnología: las tácticas de los jóvenes en las protestas de Hong Kong

Los manifestantes se inspiran en el Movimiento de los Paraguas de 2014, pero son más conscientes de los riesgos que hoy implica una movilización a cara descubierta

 

 

“Dame tu teléfono. ¿Tienes Telegram? Cambia esto en los ajustes de privacidad. Elimina las conversaciones. Quita estos símbolos”, recomienda Rick, uno de los miles de jóvenes que el miércoles pasado rodeó el Parlamento de Hong Kong para protestar contra el proyecto de ley de extradición. Hace cinco años, los estudiantes hongkoneses que rodearon la sede de su parlamento autónomo durante tres meses en el llamado Movimiento de los Paraguas, no tenían ningún problema en divulgar su cara y sus datos personales. Hoy, ellos y sus hermanos menores, protagonistas del nuevo movimiento de protesta contra la creciente influencia de China en el territorio autónomo, son mucho más cautos. Son mucho más conscientes de los beneficios, pero también los riesgos, del uso de la tecnología. Pero tan ingeniosos como entonces, o más, a la hora de movilizarse.

“No nos ha quedado otro remedio”, explica “Yip”, un veterano del Movimiento de los Paraguas que hoy es profesor auxiliar en una de las mejores universidades de Hong Kong, y que el miércoles estuvo entre las primeras líneas de manifestantes. “No podemos votar. El gobierno no nos escucha, aunque salgamos a la calle un millón de personas como el domingo pasado, porque está más pendiente de lo que digan en Pekín. Solo nos queda organizar protestas, y en esto nos hemos convertido en expertos. Los jóvenes de Hong Kong, quizá, no saben mucho de cosas como Historia y Literatura, porque nuestro sistema educativo no lo considera importante. Pero pregunta a cualquier chico de 18, 20, 25 años: todos tienen nociones de guerrilla urbana”.

La experiencia acumulada en los casi tres meses en que el Movimiento de los Paraguas ocupó las calles del centro de Hong Kong les sirvió para aprender de logística: en las concentraciones del miércoles era notable la coordinación entre líneas, la rapidez con la que se establecieron puestos de avituallamiento y la eficacia en el abastecimiento. Simplemente moviendo los brazos, los chicos de delante podían hacer saber a la retaguardia si necesitaban comida, agua o material de protección. Un sistema de relevos encadenados se lo proporcionaba en cuestión de segundos. Los desechos volvían de la misma manera a la base para ir a la basura, o al reciclaje.

A diferencia de la de 2014, esta movilización carecía de líderes. Simplemente, los participantes se fueron poniendo de acuerdo a través de la aplicación de mensajería encriptada Telegram, que permite crear canales y grupos que fueron coordinando y comunicando información en tiempo récord. “Todo se organizó en unas pocas horas”, recuerda “Yip”. “No había unos líderes que se tuvieran que poner de acuerdo entre ellos sobre lo que queríamos. Eso estaba claro: la retirada del proyecto de ley de extradición. Además, las redes de mensajería nos permitieron compartir información y consejos de manera mucho más eficaz que hace cinco años”.

“Lo llamamos la estrategia de las arañas, tendiendo redes en Internet para envolver al tigre”, en este caso el gobierno autónomo de Hong Kong o incluso la propia China, apunta este manifestante. Como muchos de ellos, no quiere facilitar más que un apodo y se niega a difundir su imagen, para evitar represalias.

En cuestión de apenas unas horas, desde la medianoche a primeras horas de la mañana del miércoles, decenas de miles de jóvenes -muchos muy jóvenes, aún en edad escolar- habían rodeado el Parlamento, pertrechados con cascos contra las porras, plásticos contra la humedad, y gafas de buceo contra los gases lacrimógenos.

Pero, además, esta vez, la gran mayoría llevaba mascarillas y evitaba dar su nombre, para evitar ser reconocidos. Para llegar y marcharse de la zona de las manifestaciones, en lugar de la tarjeta de metro -la omnipresente Octopus, con la que se puede pagar en muchos otros comercios, pero que revela en qué estación se utilizó-, compraban billetes individuales. Después de la disolución por la fuerza por parte de la Policía, comenzaba un apagón digital: unos a otros se recomendaban cómo eliminar cualquier rastro en el teléfono o en internet, qué decir para justificar visitas a Urgencias, o cómo obtener asesoría legal en caso de ser detenidos.

Es algo, alegan “Yip” y otros varios manifestantes, que aprendieron del Movimiento de los Paraguas. Entonces, aunque los juicios no llegaron hasta años después, los líderes de aquella protesta quedaron todos fichados y muchos cumplen hoy penas de cárcel. Un destino que no quieren imitar. Especialmente, puntualizan, si se acaba aprobando la ley de extradición contra la que protestan. En ese caso, China podrá pedir la entrega de cualquier crítico, con la excusa de una acusación cualquiera. Y si Hong Kong la concede -afirman-, quién sabe qué pasaría del otro lado de la frontera, bajo un sistema legal supeditado al poder del Partido Comunista.

Entre sus motivos para la sospecha, alegan, el hecho de que la propia aplicación de mensajería encriptada Telegram, la preferida en estas protestas, denunciara que el miércoles sufrió un “potente ataque” desde ordenadores en China para interrumpir su servicio. Dos de los 81 heridos en las cargas policiales del miércoles fueron detenidos en el hospital.

Para este domingo está convocada una nueva gran manifestación de protesta para exigir la retirada del proyecto de ley de extradición, que por primera vez permitirá entregar sospechosos a China. Pese a las negativas del gobierno local, muchos hongkoneses temen que se emplee por motivos políticos y que acabe diluyendo la libertad de asociación o de expresión que representan una de las marcas de identidad de Hong Kong frente al resto de la China continental. Los participantes en la movilización del miércoles aseguran que asistirán.

Por Macarena Vidal Liy

Hong Kong 14 JUN 2019 - 14:51 COT

Publicado enInternacional
Lars Wehring : “La tecnología hace que nuestra vida sea predecible y dirigida”

No tiene smartphone y sus equipos informáticos se limitan a un pequeño ordenador portátil con Linux. El activista Lars Wehring cree que no se puede separar el capitalismo de la tecnología

 

“No rechazo la tecnología pero quiero mantener mis secretos a salvo”, comenta el físico e investigador alemán Lars Wehring (Wuppertal, 1969) al explicar por qué no tiene smartphone y sus equipos informáticos se limitan a un pequeño ordenador portátil con Linux. Activista del colectivo Capulcu (Vagabundo, en turco), que surgió en 2013 en seis ciudades alemanas para mantener nuestro futuro no escrito y que los adelantos tecnológicos no conviertan en autómatas nuestras vidas, Wehring ha participado en Bilbao en las jornadas “Kapitala ala bizitza” (Capital o vida), organizadas por Komite Internazionalistak.

Desde Capulcu habláis de ataque tecnológico en lugar de progreso.


Estamos convencidos de que vivimos algo más que un desarrollo tecnológico y además de que no es neutral. Durante la segunda revolución industrial se inventó la cadena de montaje, que no fue algo casual sino intencionado. Taylor quería acabar con la autonomía de los trabajadores. Ahora estamos viviendo lo mismo con la inteligencia artificial. El proceso de innovación tecnológica no es casual sino intencionado y está cambiando la sociedad. Por eso lo llamamos un ataque tecnológico.

La tecnología no es neutral. Y no solo por cómo se usa.


El uso de la tecnología y su desarrollo no se pueden separar, están intrincados. Si queremos, podemos interpretar la historia de la tecnología como algo neutral pero no vamos a entender las dinámicas de sus innovaciones, todo lo relacionado con el poder que está inscrito en ese proceso de innovación. Por eso digo que no podemos entender la historia de la tecnología si hablamos de que es neutral o de que depende de cómo la usemos.

Habéis publicado ya tres libros. El último, en octubre, y de momento solo en alemán, se titula Delete (Borrar). ¿Es esa la solución, borrarse de las redes sociales?


No, no. Tenemos que borrar mucho más que nuestro perfil de Facebook. Se trata de borrar nuestras dependencias de la tecnología. Dejar de ser unos simples usuarios de estas tecnologías.

En este sentido, apostáis por la autodefensa digital.


Ese fue nuestro punto de partida. Comenzamos por ahí en el 2013, cuando Edward Snowden reveló la manera de funcionar de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) estadounidense. Tuvo que escapar y para mantener a salvo su integridad y el contacto con los periodistas utilizó un sistema operativo muy duro y hermético. Esa fue nuestra primera tarea, escribir un manual sobre este sistema operativo blindado para que lo puedan utilizar los activistas, periodistas y abogados de izquierdas. Entonces descubrimos que eso era necesario pero no suficiente y pasamos a los tres libros que ya hemos publicado: Disrupt (Interrumpir), Disconnect (Desconectar) y Delete (Borrar). Y comenzamos a construir un discurso más político que el de la simple autodefensa.

Hablando de política, ¿se puede liberar a la tecnología del capitalismo?


Estaría bien que pudiéramos desconectar la tecnología del capitalismo pero creo que esta idea es falsa. No se puede quitar la parte capitalista de la tecnología.

Entonces, ¿tampoco se puede hablar de una tecnología anticapitalista?


No. Hay que analizar la forma en la que utilizamos la tecnología y ahí sí que se puede decir quizás que exista una manera anticapitalista. Es interesante mirar a Chile, con Salvador Allende. Inventaron un sistema cibernético para organizar a las doscientas empresas más importantes del país. Su idea era hacer una especie de socialismo cibernético. Podemos pensar que esto es una versión anticapitalista de la tecnología pero incluso en esta interpretación socialista de la cibernética había investigadores que tenían en mente usar esa tecnología para controlar a las personas, al pueblo. Por eso pienso que es difícil darle incluso un uso anticapitalista a la tecnología.

Todo lo relacionado con los avances tecnológicos tiene muy buena prensa y la gente aún lo percibe de manera positiva.


Sí, aunque está cambiando, sobre todo en relación con Facebook, Google y Amazon, que están teniendo problemas para mantener su buena reputación. Ha habido recientes escándalos por el mal uso de los datos que manejan estas empresas y los usuarios estamos volviéndonos cada vez más escépticos. Estamos pasando de pensar que es un escándalo singular o puntual a que quizás sea un problema del modelo de negocio en sí mismo que tienen estas empresas, que al final lo que hacen es vender nuestros datos. La gente está comenzando a entender que se trata de un escándalo permanente.

¿Y cómo se posiciona la izquierda en este tema?


Es una cuestión interesante porque la mayoría de los activistas de izquierdas están utilizando constantemente estas tecnologías y al mismo tiempo criticando el uso que se les da. Y cuando se les confronta por ello te llaman primitivista. No quieren mantenerse apartados de esta tecnología pero al mismo tiempo demandan más análisis político sobre ella.

La empresa Facebook ofrece a través de su aplicación móvil “Free basics” acceso gratuito a sitios webs con la idea de favorecer el uso de internet en algunos países en desarrollo.


Eso es neocolonialismo y los propios pueblos lo sienten y perciben así. Y por eso lo rechazan. Sobre todo, en India. En 2015 hubo un gran movimiento contrario al paquete “Free basics” que da acceso gratuito a cuarenta páginas de internet, a las páginas que Facebook quiere, por supuesto. Y la gente en India denunció que se trataba del viejo colonialismo que ya habían sufrido. Y a raíz de las protestas, Facebook tuvo que retirar su oferta allí en febrero de 2016.

Volvamos la vista atrás. Hacéis un paralelismo entre los almacenes de Amazon y las fábricas de producción en cadena de Ford de comienzos del siglo XX. ¿Por qué?


La cadena de montaje es la versión antigua de la herramienta para apropiarse de la habilidad de los trabajadores para organizarse por sí mismos, por su cuenta. La nueva versión, a día de hoy, es el escáner manual con el que se recogen y seleccionan los paquetes en los grandes almacenes logísticos de Amazon. Este escáner monitoriza la posición de los productos en el almacén pero también registra dónde se encuentra en cada instante cada trabajador, a qué hora manipula cada paquete, el tiempo que tarda… así que puede medir la velocidad a la que trabajan los operarios. La máxima de Amazon es que los trabajadores no pueden estar por debajo de la media de rendimiento de la empresa. Y todo el mundo se da cada vez más prisa para lograrlo aunque nadie sabe cuál es esa media. Esta autooptimización es la nueva versión de la cadena de montaje.

La asistencia digital lo ocupa todo. Incluso en nuestra vida cotidiana parece difícil ya pasar un día sin recurrir a Google. ¿Terminaremos convirtiéndonos en bots?


Eso es justo lo que actualmente están midiendo los sociólogos, si nuestro comportamiento es cada vez más robotizado y hasta dónde podrá automatizarse. Con la asistencia digital, basada en la inteligencia artificial, no solo obedecemos sino que nos uniformizamos y volvemos menos individuos.

Alibaba, la empresa líder en comercio electrónico del planeta, utiliza desde hace tiempo en su aplicación móvil Alipay –la principal plataforma electrónica de pagos en China y en el mundo– el sistema de crédito social, un baremo para calificar el comportamiento de los usuarios y la confianza que merecen. Esta puntuación la calcula un algoritmo que se supone tiene en cuenta nuestras compras pero también, por lo que parece, otros datos relativos a nuestras multas, créditos bancarios o informes de salud. ¿Qué consecuencias puede tener para nuestras vidas que las empresas utilicen estos sistemas de puntuación social?


Hacen que nuestra vida no solo sea predecible sino también guiable, dirigible. Y esto es algo que además crea muchísima dependencia y destruye nuestra autonomía. Es por lo que nosotros lo combatimos tan duro como podemos. El sistema chino de crédito social es el instrumento perfecto para manipular realmente los pensamientos y hábitos de la gente. Si yo no tengo suficientes créditos en este sistema, mi cifra es pequeña, me saldrá más caro alquilar un piso, utilizar el tren de alta velocidad, conseguir un billete de avión para vuelos intercontinentales o un puesto de trabajo para el Estado. Las consecuencias son severas solo por no tener suficientes puntos. Así que terminaremos haciendo lo necesario para lograrlos. Nos guste o no somos obligatoriamente dependientes de este número.

De momento, este sistema lo usan ya algunas empresas y el gobierno chino tiene previsto instaurar un carnet cívico público y obligatorio inspirado en él que podrían luego copiar también otros países.


Tengo miedo de que así sea. La respuesta de Google con su “Book of life” es muy similar, va por esa línea. Sin entrar en muchos detalles, la ideología del conductivismo viene a decirnos que el mundo es demasiado complejo así que tenemos que obedecer a nuestros expertos, que ellos nos van a decir cómo vivir. Y esta ideología está en la base de este sistema. Tenemos que combatir esta ideología porque es muy dura. No se trata de combatir solo la tecnología sino la ideología que transmite y esto es mucho más difícil.

¿Cómo se hace?


Tenemos que rechazar este sistema pero no lo podemos hacer de forma individual sino colectiva. El rechazo individual implica colocarnos fuera de la sociedad. De forma colectiva podemos cambiar la opinión pública y esto afectaría también a la aceptación de estos sistemas. Por otra parte, podemos sabotear el funcionamiento de estos sistemas. En Berlín, por ejemplo, la gente ha destruido físicamente, ha quemado, instalaciones y conexiones de internet con la idea de desconectar el flujo de datos necesarios para que el capitalismo funcionara.

Lo que más preocupa a las empresas es su reputación social.


Las empresas tiene miedo a la opinión pública porque la reputación es la base para que la gente utilice sus productos. Ese es su punto más débil. Revelar las condiciones laborales de mierda en Amazon, la visión antisocial del futuro que tiene Amazon, es nuestra mejor opción para combatir y reducir su reputación aún más.

Si las quejas contra alguno de sus productos amenaza su reputación son capaces de retirarlo.


Este fue el caso de Google, en 2014, cuando sacaron al mercado sus Google Glass, las gafas inteligentes para googlear todas las cosas que vemos. Como hubo una gran resistencia en contra, Google las sacó del mercado porque, según reconoció, no estábamos suficientemente preparados para este avance y había que esperar. Ahora está desarrollando otras Google Glass 2.0. Nosotros somos muy escépticos y cuando las saquen otra vez al mercado vamos a seguir combatiéndolas y atacando a la gente que las use. La resistencia permanece y por eso Google de momento solo utiliza estas gafas en la industria automovilística pero no en el espacio público.

Da mucho miedo el futuro que se adivina tras todos estos avances. ¿Cómo se combate ese miedo?


Deberíamos mantener nuestras estructuras de solidaridad, tanto analógicas como digitales, porque son incompatibles con la forma de pensar de Facebook, que nos presiona para aislarnos como individuos en sus sistemas predefinidos de comunicación y vida. Nuestras estructuras sociales son la mejor forma de mantener la esperanza en contra de este distópico futuro.

Vivimos en una especie de cárcel digital en la que todo lo que hacemos está controlado, vigilado.


El panóptico digital no solo es represivo, tal y como veíamos en la obra “1984”, de George Orwell, sino que es también seductor. Si comparamos el viejo panóptico, esa torre central de vigilancia de las prisiones del siglo XVIII, y el de ahora, vemos que el de antes es mucho más represivo y el de ahora, mucho más seductor. Somos nosotros mismos quienes damos los datos sobre nuestros gustos, preferencias, dónde estamos, relaciones personales… En la novela “1984” había palabras que estaban prohibidas y ahora no hay nada prohibido, te seducen todo el rato para que lo entregues todo voluntariamente.

El escritor George Orwell vaticinó en su famoso libro que el Gran Hermano llegaría cuarenta años después. ¿Cómo ves nuestro mundo tecnológico dentro de diez?


Tengo también una visión distópica del futuro. Un montón de gente va a ser completamente dependiente de las estructuras de poder basadas en la tecnología. Sin embargo, va a haber un creciente número de disidentes, bien porque estén en contra críticamente o porque no tengan materialmente capacidad de utilizarlo, que van a desconectarse de este sistema de las tecnologías. Por ejemplo, habrá gente que no va a poder ser partícipe del sistema público de salud porque va a estar tan tecnologizado que no van a poder interactuar con él. Por eso, será importante crear un proceso colectivo para que esta gente expulsada del sistema sanitario tenga su propio sistema de salud alternativo. Algo así como lo que vimos en 2008 en Grecia. El sistema público griego de salud quebró pero en diferentes barrios la gente se organizó para tener su propio sistema de salud.

Y tú, ¿qué estarás haciendo en 2029?


Andaré en algún lugar de Europa tratando de organizar de alguna manera estas resistencias y procesos de autogestión.

2019-06-10 06:41:00

Página 1 de 24