El manifiesto comunista, a 170 años de su publicación

Vigente y necesario, referente de una ideología que buscaba romper las cadenas que ataban a la clase trabajadora y la explotaban. El documento “de literatura política más influyente desde la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, en palabras del historiador británico Eric Hobsbawm.

“Un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo”

El texto, como se plantea en sus primeras frases, es un manifiesto para oponerse a la leyenda de ese fantasma, para reivindicar el papel del proletariado. Veintitrés páginas que fueron impresas, en febrero de 1848, en la sede de la Worker´s Educational Association (Kommunistischer Arbeiterbildungsverein) de la calle Liverpool en Londres. La Liga de los Comunistas (Bund der Kommunisten), sucesora de la Liga de los Justos (Bund der Gerechsten) y ésta de la Liga de los Proscritos (Bund der Geächteten), se ofreció a publicar un documento elaborado por los filósofos alemanes Karl Marx y Friedrich Engels y adoptarlo como su documento político.

“La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente (la historia transmitida por escrito) es la historia de luchas de clases”

Inicialmente su influencia fue escasa, solamente impactó en la Alemania de la revolución de 1848 por medio del Neue Rheinische Zeitung, periódico de vida efímera editado por Marx. Entre 1848 y 1849 se reimprimió tres veces, se reescribió y corrigió en mayo de 1848 en treinta páginas y se publicó por entregas en el periódico inglés impreso en alemán Deutsche Londoner Zeitung (1845-1851). A pesar de ello, el fracaso de las revoluciones en Europa hizo que El Manifiesto no fuera muy tenido en cuenta.

En su exilio británico, Marx hizo reimprimir la sección III (Literatura socialista y comunista) en el último número, noviembre 1850, de la revista que editaba en Londres Neue Rheinische Zeitung, politisch-ökonomische revue. Pero no fue hasta su notoria labor en la llamada Primera Internacional (1864-1872), a su defensa de la Comuna de París de 1871 y al juicio por traición de tres líderes socialdemócratas alemanes en 1872, que él y El Manifiesto volvieron a tener la relevancia que merecían.
“La sociedad burguesa moderna surgida del ocaso de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase”

Engels y Marx escribieron un prefacio para esa edición de 1872 que se convirtió en la base de todas las ediciones publicadas desde entonces. A partir de ahí, y más tras la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, El Manifiesto fue traducido a más de treinta idiomas, incluidos el chino y el japonés, con numerosas ediciones en toda Europa y en Estados Unidos. En español apareció por primera vez en noviembre de 1872 en el semanario La Emancipación de Madrid, sin el pasaje sobre “El socialismo alemán o verdadero” al suponer su editor que era demasiado local. Diez años después se editó en El Obrero de Barcelona. En América Latina tuvo su primera edición en México en 1888 en El Socialista. Todos esos datos, bien detallados, los recoge Bert Andréas en su Le Manifeste Communiste de Marx et Engels. Histoire et bibliographie, 1848-1918.
“El obrero se convierte en indigente y la indigencia se desarrolla aún con mayor celeridad que la población y la riqueza”

En la segunda mitad del siglo XX, El Manifiesto no era solamente un texto marxista clásico, sino que alcanzó el estatus de texto político indispensable en los estudios de ciencias políticas y sociología. El propio Hobsbawm dice que “ya no fue publicado exclusivamente por comunistas u otros editores marxistas, sino en grandes ediciones de editoriales no políticas con introducciones de académicos destacados”.


“El lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y contradicciones de clases, será ocupado por una asociación en la cual el libre desarrollo de cada cual será la condición para el libre desarrollo de todos”


En la recta final de la segunda década del siglo XXI, El Manifiesto sigue siendo una obra de referencia para el pensamiento y la teoría política. Un panfleto, como lo nombra Hobsbawm, que engancha y arrastra por su “convicción apasionada, la brevedad sintética, la fuerza intelectual y estilística”. Un manual de lectura para la clase trabajadora de la que me considero parte (contra el clasismo que discrimina a esa clase trabajadora, tal como lo denuncia V. Navarro).


“Las ideas dominantes de una época siempre fueron sólo las ideas de la clase dominante”


En el mundo de hoy podemos reconocer mucho de aquél que Marx describiera en 1848 en unos “pasajes de elocuencia sombría y lacónica (…) en frases lapidarias que casi se transforman de forma natural en aforismos memorables que han llegado a ser conocidos mucho más allá del mundo del debate político” (Hobsbawm). No está de más hacer una relectura de El Manifiesto y tomar algunas notas para lo que queda del siglo XXI.


“Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar.”
“¡Proletarios de todos los países, uníos!”

 

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“Necesitamos salir de la superstición del trabajo asalariado”

Nacido en “un tiempo feliz después de la tragedia”, según sus propias palabras, Franco Berardi ‘Bifo’ fue comunista desde su infancia. En su país se le persiguió por incitación al crimen por su trabajo al frente de Radio Alice, una emisora libre de la conflictiva Italia de los 70. Hoy, reivindica el internacionalismo y alerta del poder del algoritmo y de la necesidad de que los trabajadores del conocimiento y los procesos mentales trabajen para la liberación de la humanidad y no para Facebook y Google.

Es una entrevista breve. Franco Berardi, ‘Bifo’ (Bolonia, Italia, 1948), no necesita rodeos para mostrar las líneas principales de su pensamiento. Ha venido con Andrea Gropplero a presentar Comunismo futuro, una película documental en la que acompaña los hitos de la historia política de las últimas décadas del siglo XX. Una ‘bifografía’ basada en sus reflexiones e intercalada con imágenes de archivo de Mayo del 68, de las luchas autónomas en Italia, el movimiento punk, el auge de internet y del neoliberalismo. La disyuntiva que se planteó en el año clave de 1977 entre la liberación y la esclavitud. Entre romper con el mito del trabajo asalariado o encadenar a la humanidad a un nuevo mito, el de “la máquina”.


Entre las reflexiones que salpican el documental destaca una: “No obedezcas a quienes quieren que tu vida se convierta en un contenedor de tiempo vacío. Si tienes que vender tiempo a cambio de dinero, recuerda que ninguna suma, por grande que sea, vale más que tu tiempo”. Es, quizá, lo que marca la diferencia entre el comunismo que Bifo quiere resucitar y la ideología que bajo ese mismo nombre fue derrotada en 1989 con la caída del bloque del Este. Es, antes que nada, un programa para la derrota del capitalismo financiero, cada vez más basado en la colonización del tiempo y de la vida de millones y millones de personas.


La película que presentas tiene un título sugerente, diría que provocador. ¿Por qué sugieres la idea del regreso del comunismo?

No pienso que el comunismo regresa. Sería loco decirlo. Es un título provocador que intenta decir que estamos en una catástrofe que ha sido provocada. Una catástrofe muy peligrosa, la del nazismo y el racismo que están volviendo en toda Europa. Como ha dicho Emmanuel Macron, la guerra civil es el peligro que estamos enfrentando hoy en Europa. Es una catástrofe que ha sido producida antes de nada por el fallecimiento de la perspectiva comunista, y sobre todo del internacionalismo que está vinculado muy estrechamente con el comunismo.


Entonces, digo que la palabra escandalosa ‘comunismo’ tiene que ser dicha de nuevo hoy; no porque haya una actualidad del comunismo en la escena política actual, sino porque tenemos que prepararnos para una época apocalíptica de la cual saldremos solo si tenemos el corazón para decir “comunismo”.


Pero comunismo no es un programa político, es un meme. Los fascistas están ganando en todo el mundo, comenzando por los Estados Unidos de América, porque han tenido la capacidad de olvidar los contenidos, los programas. Han tenido el coraje de hablar a través de memes, que es la manera en la cual el cerebro contemporáneo puede funcionar. Tenemos que funcionar de la misma manera: el meme que tenemos que lanzar al interior del mediascape [la escena mediática] global es hoy el apocalipsis, mañana, el comunismo. Esa es la manera en la que hemos utilizado esa palabra.

Estamos en una profunda crisis del trabajo asalariado, que fue el primer motor del movimiento obrero y del comunismo. ¿Cómo tiene que ser ese comunismo basado en una idea de nuestro siglo?

El problema es que esta palabra significa muchísimas cosas y al mismo tiempo no significa nada. Es un escándalo, una declaración de fallecimiento, de desmoronamiento, de colapso, de la perspectiva capitalista. Al mismo tiempo significa la necesidad de inventar algo de nuevo, que pertenezca a la historia del pasado también.
¿Cuál ha sido la falta esencial del comunismo histórico leninista? La incapacidad de focalizar la atención sobre el problema de la abolición, de la superación, del trabajo asalariado. Hoy, el problema de la superación del trabajo asalariado es el problema principal en el mundo. Lo dice la propia Google, dice, si Google aplica la producción, la inteligencia artificial de la que ya dispone, el 50% de los trabajos existentes desaparecen mañana por la mañana.


Ese es el problema: no necesitamos continuar en la locura del trabajo asalariado. Necesitamos salir de esa superstición. Eso se llama comunismo, tal y como lo entiendo. Es un programa totalmente utópico y totalmente realista. Utópico porque la realidad es que el fascismo está marchando en todo el mundo. Es totalmente realista porque es la única manera de transformar la derrota presente, la catástrofe presente, en una nueva imaginación de lo posible. Es lo posible de lo que estamos hablando ahora. No la utopía, lo posible. Lo posible es muy distinto a lo probable. Lo probable es el fascismo, que va ganando. Pero lo posible sigue existiendo en el interior de esta realidad catastrófica.

Recientemente, la ONU alertó del papel de Facebook en el genocidio de los rohingya. ¿Cuál es la relación de ese fascismo con la máquina, el algoritmo que está funcionando para ese futuro probable que es el fascismo?

Me acuerdo de que en un libro de 1947 que se llama Dialéctica de la ilustración, [Theodor] Adorno y [Max] Horkheimer dicen que la razón ilustrada tiene que ser consciente de la oscuridad que tiene en sí misma. Si no, la oscuridad será explotada por los enemigos de la razón. Hoy estamos en ese punto. La razón se ha transformado en el algoritmo. En la inexorable, inevitable lógica de un dominio matemático sobre la vida de los seres humanos. Y la razón política ha sido incapaz de problematizar este peligro y de superarlo.
¿Cómo se manifiesta la reacción social, popular, mayoritaria en esta situación? Es lo que [Georg] Lukács ha llamado, siempre en el siglo pasado, la destrucción de la razón. La destrucción de la razón está volviendo porque la razón se ha reducido al algoritmo. ¿Qué podemos hacer? ¿Podemos reivindicar la razón? No. Nadie quiere escuchar la razón. Tenemos que hablar el discurso de la locura para reestablecer una posibilidad de reinvención de la racionalidad. ¿Y dónde se encuentra una potencia capaz de transformar esta locura en una vuelta de la posibilidad racional? Se halla en el cerebro de millones, de centenares de millones de trabajadores cognitivos.


El problema que pone Facebook con Cambridge Analytica, con Google, no es un problema que el poder político, el Congreso americano, el Parlamento, la UE, puedan solucionar. No pueden. Porque se confunden si creen que Google o Facebook pertenecen al territorio de los Estados nacionales políticos o al territorio de la razón política. Al contrario. El Estado nacional americano pertenece al territorio de Google y de Facebook, y al mismo tiempo la dirección en la cual se mueve la máquina algorítmica global es una dirección que la razón política no puede ni encontrar, ni parar, ni subvertir.


La única fuerza que puede enfrentar, parar y subvertir el totalitarismo de las multinacionales informáticas es la fuerza del conocimiento de los que la han producido. Porque somos nosotros, ingenieros, artistas, programadoras, etc., quienes hemos producido la máquina de Facebook y Google. Nosotros podemos deconstruirla, sabotearla y reprogramarla en el interés de la sociedad. No hay política: solo la autoorganización del trabajo cognitivo puede enfrentar el totalitarismo contemporáneo.

La seña más importante de ese totalitarismo es el odio a las personas que se ven obligadas a migrar. ¿Qué significan las fronteras hoy?

Hay que ser muy claros: lo que se está verificando es algo que hemos previsto y anunciado en los años últimos cuando hemos dicho que si la izquierda, los partidos democráticos de la izquierda, no se oponen al capitalismo financiero, lo que va a pasar mañana es lo que pasó en los años 20 y 30 del siglo pasado en Alemania. Es decir, el empobrecimiento y la humillación política de los pueblos europeos. Eso produjo la agresividad racial.


¿Qué podemos decir a quienes tienen miedo de la migración? Podemos decir que la migración es una cosa buena, que los negros son amigos... ¡Todo eso es retórico! La verdad del internacionalismo es que tenemos un enemigo común, y ese enemigo común es el capitalismo financiero.


Eso es lo que la izquierda democrática en los últimos 30 años ha olvidado totalmente. Más que eso, no solo lo ha olvidado, porque desde [Tony] Blair hasta [François] Hollande, hasta [Bill] Clinton, Massimo D’Alema, [Matteo] Renzi, etc., han sido los de la izquierda democrática quienes han permitido al capitalismo financiero destruir la sociedad, destruir la racionalidad. Los que han abierto la puerta al fascismo que vuelve.


En la película que hemos hecho con algunos amigos, con Andrea Gloppero, no se vuelven a proponer los buenos sentimientos de la izquierda y del comunismo: no se trata de buenos sentimientos, se trata del hecho de que estamos enfrentando una catástrofe que la izquierda democrática ha preparado. Y la sola manera para salir de esta es la radicalidad, la liberación desde el trabajo. Nosotros lo llamamos comunismo, si hay una palabra mejor, bienvenida sea.

¿Cómo no quedarnos paralizados ante la magnitud de esa catástrofe?

¿De dónde partir? Desde el sufrimiento, desde el sufrimiento psíquico de la primera generación que ha aprendido más palabras de una máquina que de su madre. Ese es el punto de partida. Segundo: ¿qué herramientas podemos utilizar? Podemos utilizar las herramientas del trabajo cognitivo que, en esta situación, se ha transformado en una cadena opresora, pero puede ser, tiene que ser, la fuerza de liberación del capitalismo presente.

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Sábado, 05 Mayo 2018 06:53

El valor del marxismo hoy

El valor del marxismo hoy

El 5 de mayo se cumplen 200 años del nacimiento de Karl Marx. Y este año, 170 de la aparición del Manifiesto comunista, su obra más difundida, escrita junto a su inseparable camarada Federico Engels. El materialismo dialéctico es una de las tres grandes concepciones de la civilización occidental, precedida por el cristianismo y luego por la individualista, que surgió con Montaigne en el siglo XVI y que históricamente corresponde al liberalismo y la concepción burguesa del mundo.


Una concepción es una visión de conjunto de la naturaleza y de la sociedad. Representa una filosofía, pero además una acción, una actitud militante y no espectadora. Y es la obra y la expresión de una época. La materialista dialéctica se desprende del conocimiento racional, científico, y por consiguiente, no termina con Marx y Engels. Por eso Marx dijo que él no era marxista, porque el materialismo dialéctico tiene la particularidad de poder negar sus propias afirmaciones, en tanto el análisis científico lo determine.1
Desde la caída de los regímenes del “socialismo real”, el materialismo dialéc-tico se presenta como una concepción abierta, sin pretensiones de infalibilidad, y sobre todo con una tradición de teoría al servicio de las clases y sectores explotados, oprimidos y alienados. En los aportes de sus fundadores y de sus continuadores están las raíces críticas del capitalismo y la promoción de la lucha revolucionaria en pos de una nueva sociedad, con una primera fase socialista y una segunda comunista, meta última de Marx y Engels, cuando cada individuo aportaría de acuerdo a sus posibilidades, y recibiría de acuerdo a sus necesidades. La teoría es plenamente reivindicable y es ajena a la pretensión doctrinaria de una filosofía de la historia o sociología de las clases que anuncie la inevitable victoria del proletariado, o de la idea de la inexorabilidad del progreso.
El capitalismo del siglo XXI


El capitalismo ha demostrado adaptabilidad y ha sobrevivido a las diversas crisis y a las luchas de las clases, capas y sectores explotados y oprimidos. Con los descubrimientos e inventos que más le sirven, ha conseguido desarrollar las fuerzas productivas, que en la actualidad se expanden especialmente con las tecnologías de la información y la comunicación. Además, la tendencia de la burguesía es a unificar sus empresas y su poder a escala mundial, lo que se ha denominado “globalización”. Y por encima de los organismos oficiales –como la Onu, la Otan, el Banco Mundial y el Fmi– existe un verdadero poder en las sombras, el denominado Club de Bilderberg, en el que desde hace décadas los principales líderes políticos y empresariales del mundo delinean las orientaciones de las organizaciones antedichas y de los estados nacionales. Al creciente poder centralizado que opera en el campo económico, político, militar, etcétera, se agrega el inmenso poder de los medios masivos de comunicación, de iglesias oscurantistas y de Ong “humanitarias” que “orientan” la opinión de las grandes masas en beneficio de esos poderes y no de ellas mismas.


El materialismo dialéctico nació con la revolución industrial y el proletariado moderno y pensó en esta clase como la revolucionaria por excelencia. Una clase constituida por los que sólo poseen su fuerza de trabajo, que tiene su fuente de ingresos en el salario y que se destaca por su elevada concentración en un mismo lugar de trabajo, una característica derivada de la gran industria. Sin embargo, con las revoluciones científico-técnicas ocurridas en los últimos dos siglos, el motor del desarrollo económico se ha desplazado de la industria a los servicios, y todas las modificaciones estructurales del capitalismo han fragmentado al proletariado y transformado el conjunto de la masa trabajadora.


El resultado es la existencia de una nueva clase trabajadora, también explotada, oprimida, alienada, pero con otras características. Además, ha aumentado la cantidad de marginados, carentes de una concepción revolucionaria, que se contentan –para decirlo con palabras de Lenin– con “las migajas” del festín de la burguesía trasnacional. Todo lo cual obliga a analizar las nuevas relaciones sociales entre las clases y sus luchas, que involucran también a otros componentes, como las etnias (muy importantes en ciertas regiones de nuestra América) y diversos sectores componentes del bloque popular.


Del socialismo en estado larvario al socialismo


El materialismo dialéctico debe asumir el fracaso del presunto “sistema socialista”, mejor definido como protosocialismo o socialismo en estado larvario,2 que no ha conducido al socialismo, lo que es muy bien utilizado por el bloque burgués dominante.


Fracaso que abre la interrogante: ¿hay motivos para pensar que habrá una transición socialista en el futuro? En todo caso, el desarrollo histórico no es lineal y lo confirma el capitalismo. Un “primer capitalismo” triunfó en Europa en el siglo XVI en la zona mediterránea, desapareció ante la reacción nobiliaria y reapareció en la Inglaterra de la revolución industrial, en los siglos XVIII y XIX.3


¿Qué han dejado dichas experiencias? De las afirmaciones de los principales teóricos vale rescatar dos conclusiones: que el socialismo es imposible de construir mientras haya pobreza material y espiritual de los pueblos, y que son inviables las construcciones aisladas en los marcos nacionales.


De lo expuesto, ¿puede inferirse que la humanidad debe optar por el capitalismo, pues quizás consiga superar sus deficiencias? No lo creemos, porque las razones para combatir al capitalismo son cada día mayores. Señalamos las principales. Pese a que toda la humanidad podría vivir bien, asistimos a una repugnante desigualdad: las ocho personas más ricas del mundo poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad, aproximadamente 3.500 millones. La cantidad de personas subalimentadas aumenta: de 777 millones en 2015 a 815 millones en 2016. Pero la ganancia está ante todo: en 2017 en Uruguay se tiraron toneladas de manzanas para evitar la caída de su precio.
El capitalismo además perturba peligrosamente a la naturaleza. Contamina el agua, el aire, la tierra, al tiempo que desaparecen especies animales y vegetales. Lo ha dicho el papa Francisco y Evo Morales lo ha sintetizado así: “o muere el capitalismo o muere la madre Tierra”.


Otro asunto “menor” es el de los problemas físicos y psíquicos perjudiciales para los seres humanos, que el capitalismo no ha creado, pero que agrava. El sedentarismo es uno de ellos. Hemos pasado de ser animales altamente activos a sedentarios. Desde la era industrial se ha acentuado la discordancia entre el pasado del género humano y el presente. Sabemos que es preciso equilibrar el ejercicio físico y el mental, pero las condiciones económicas, tecnológicas, y aun culturales, lo impiden para las grandes mayorías.
Aceptar el funcionamiento del capitalismo actual además vuelve imposible la equidad, naciones pobres no podrían vivir como las ricas, porque si todas adoptaran el modo de vida estadounidense se necesitarían cinco o seis planetas como la Tierra para abastecerlas. Con el 7 por ciento de la población mundial, Estados Unidos consume la cuarta parte de los recursos del planeta. Si todos los habitantes vivieran con el nivel de vida medio de Francia se necesitarían tres planetas. Al capitalismo lo disfrutan pocos y lo sufren muchos.


¿Son tiempos de revoluciones?


A nivel mundial en general no son tiempos de revoluciones, como los de la revolución francesa o la rusa. Para que haya una revolución es precisa una situación revolucionaria, caracterizada por que las clases dominantes no pueden mantener inmutable su dominación, porque se agravan la miseria y los sufrimientos del bloque social explotado y oprimido. Y porque hay intensa actividad de resistencia de las masas, de la población activa. Además, se precisa una crisis revolucionaria que agregue a esas condiciones la capacidad de los “de abajo” de accionar con fuerza para derribar al régimen cuestionado. La crisis del sistema capitalista se perfila de larga duración, y no habrá retroceso inmediato del sistema porque no hay quien lo derribe.


En tales condiciones, vale trabajar con base en la clase trabajadora –aunque sea diferente al proletariado fordista–, perfeccionando la lucha ideológica desde diversos puntos del mundo, contra la alienación propagada por el gran capital, para que se enhebren procesos, acercando progresivamente las legítimas y diversas experiencias de los pueblos en la búsqueda del socialismo y del comunismo. Para ello es primordial fortalecer el internacionalismo de los trabajadores, imprescindible ante el poder mundial de las grandes trasnacionales.


Parece atinado contribuir desde el “arriba” del poder estatal si se cuenta con él, por quienes buscan la meta socialista, aunque no sea una “dictadura del proletariado” (por ejemplo, China o Cuba), o en cualquier país, desde el “abajo” de las organizaciones sociales y políticas. Desde el poder estatal se contribuye con cierta planificación y defendiendo formas de propiedad colectivas y estatales, con vistas a eliminar el hambre, la miseria, la ignorancia. Y, por ese camino, posibilitar que efectivamente las grandes mayorías puedan pelear por sus derechos, haciendo viables la plena libertad y la igualdad, eliminando la propiedad capitalista.


En todos los casos –con o sin el poder estatal–, desde el “abajo” resulta acertado desarrollar la conciencia de clase de los trabajadores y de sus aliados populares, extender las organizaciones de masas y luchar por su funcionamiento democrático, al mismo tiempo que fortalecer las movilizaciones. Para que de esta manera, a través de una lucha de clases que será prolongada, se conduzca a la humanidad a los destinos soñados por tantos, entre otros por Marx y Engels. En suma, una meta que se irá perfeccionando a medida que la praxis de esas grandes masas lo permita.


1. Una elaboración más desarrollada de esto se encuentra en Marxismo, ese ocultado, de mi autoría (Arca, 2007).
2. Rudolf Bahro, La alternativa. Contribución crítica al socialismo realmente existente. Alianza Editorial, Madrid, 1979.
3. Jürgen Kuczynski, Breve historia de la economía. Colección Hechos, Ideas y Ciencia. Buenos Aires, 1961.

 

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Alejandra Kollontai. Las relaciones sexuales y la lucha de clases. El comunismo y la familia

Alejandra Kollontai es una figura principal en la historia de la Revolución Rusa y en la historia del feminismo radical, al cual aportó la idea que la revolución político-sexual es parte indispensable del camino hacia la liberación de la sociedad. 

En el seno del Consejo de los Soviets pugnó por el derecho de las mujeres al aborto y a la ayuda materno-infantil, por el fin del matrimonio y el derecho al placer, así como por el trabajo retribuido en igualdad con los hombres.

El manifiesto comunista, a 170 años de su publicación

Vigente y necesario, referente de una ideología que buscaba romper las cadenas que ataban a la clase trabajadora y la explotaban. El documento “de literatura política más influyente desde la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, en palabras del historiador británico Eric Hobsbawm.

“Un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo”

El texto, como se plantea en sus primeras frases, es un manifiesto para oponerse a la leyenda de ese fantasma, para reivindicar el papel del proletariado. Veintitrés páginas que fueron impresas, en febrero de 1848, en la sede de la Worker´s Educational Association (Kommunistischer Arbeiterbildungsverein) de la calle Liverpool en Londres. La Liga de los Comunistas (Bund der Kommunisten), sucesora de la Liga de los Justos (Bund der Gerechsten) y ésta de la Liga de los Proscritos (Bund der Geächteten), se ofreció a publicar un documento elaborado por los filósofos alemanes Karl Marx y Friedrich Engels y adoptarlo como su documento político.

“La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente (la historia transmitida por escrito) es la historia de luchas de clases”

Inicialmente su influencia fue escasa, solamente impactó en la Alemania de la revolución de 1848 por medio del Neue Rheinische Zeitung, periódico de vida efímera editado por Marx. Entre 1848 y 1849 se reimprimió tres veces, se reescribió y corrigió en mayo de 1848 en treinta páginas y se publicó por entregas en el periódico inglés impreso en alemán Deutsche Londoner Zeitung (1845-1851). A pesar de ello, el fracaso de las revoluciones en Europa hizo que El Manifiesto no fuera muy tenido en cuenta.

En su exilio británico, Marx hizo reimprimir la sección III (Literatura socialista y comunista) en el último número, noviembre 1850, de la revista que editaba en Londres Neue Rheinische Zeitung, politisch-ökonomische revue. Pero no fue hasta su notoria labor en la llamada Primera Internacional (1864-1872), a su defensa de la Comuna de París de 1871 y al juicio por traición de tres líderes socialdemócratas alemanes en 1872, que él y El Manifiesto volvieron a tener la relevancia que merecían.
“La sociedad burguesa moderna surgida del ocaso de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase”

Engels y Marx escribieron un prefacio para esa edición de 1872 que se convirtió en la base de todas las ediciones publicadas desde entonces. A partir de ahí, y más tras la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, El Manifiesto fue traducido a más de treinta idiomas, incluidos el chino y el japonés, con numerosas ediciones en toda Europa y en Estados Unidos. En español apareció por primera vez en noviembre de 1872 en el semanario La Emancipación de Madrid, sin el pasaje sobre “El socialismo alemán o verdadero” al suponer su editor que era demasiado local. Diez años después se editó en El Obrero de Barcelona. En América Latina tuvo su primera edición en México en 1888 en El Socialista. Todos esos datos, bien detallados, los recoge Bert Andréas en su Le Manifeste Communiste de Marx et Engels. Histoire et bibliographie, 1848-1918.
“El obrero se convierte en indigente y la indigencia se desarrolla aún con mayor celeridad que la población y la riqueza”

En la segunda mitad del siglo XX, El Manifiesto no era solamente un texto marxista clásico, sino que alcanzó el estatus de texto político indispensable en los estudios de ciencias políticas y sociología. El propio Hobsbawm dice que “ya no fue publicado exclusivamente por comunistas u otros editores marxistas, sino en grandes ediciones de editoriales no políticas con introducciones de académicos destacados”.


“El lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y contradicciones de clases, será ocupado por una asociación en la cual el libre desarrollo de cada cual será la condición para el libre desarrollo de todos”


En la recta final de la segunda década del siglo XXI, El Manifiesto sigue siendo una obra de referencia para el pensamiento y la teoría política. Un panfleto, como lo nombra Hobsbawm, que engancha y arrastra por su “convicción apasionada, la brevedad sintética, la fuerza intelectual y estilística”. Un manual de lectura para la clase trabajadora de la que me considero parte (contra el clasismo que discrimina a esa clase trabajadora, tal como lo denuncia V. Navarro).


“Las ideas dominantes de una época siempre fueron sólo las ideas de la clase dominante”


En el mundo de hoy podemos reconocer mucho de aquél que Marx describiera en 1848 en unos “pasajes de elocuencia sombría y lacónica (…) en frases lapidarias que casi se transforman de forma natural en aforismos memorables que han llegado a ser conocidos mucho más allá del mundo del debate político” (Hobsbawm). No está de más hacer una relectura de El Manifiesto y tomar algunas notas para lo que queda del siglo XXI.


“Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar.”
“¡Proletarios de todos los países, uníos!”

 

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Sábado, 20 Mayo 2017 06:22

La biblioteca de mis errores

La biblioteca de mis errores

Nosotros los comunistas teníamos una imagen idealizada de los estados socialistas, porque buscábamos la justicia y la igualdad de oportunidades para nuestras sociedades, la alemana tanto como las latinoamericanas. En el camino a su realización nos conformamos con la falta de libertades; no quedaba otro camino. Fue un error fatal.

Si hubieran sido sólo mis errores, no tendría sentido recordarlos. Compartirían la tumba conmigo y mis verdades. Sin embargo, los compartí con millones de personas; este hecho no reduce su importancia, y si se dividieran entre todos esos millones, tampoco disminuiría su peso.


No todo lo relacionado con los errores que se cometen por falta de comprensión, pero de buena fe, es necesariamente negativo. [...] La verdad puede quedar muy cerca del error.


Nosotros los comunistas teníamos una imagen idealizada de los estados socialistas, porque buscábamos la justicia y la igualdad de oportunidades para nuestras sociedades, la alemana tanto como las latinoamericanas. En el camino a su realización nos conformamos con la falta de libertades; no quedaba otro camino. Fue un error fatal, y sin embargo, se trataba de un objetivo honorable. Lo mismo valía para nuestras actividades: el trabajo por los derechos laborales y sociales, por los derechos humanos en nuestros países, por los postergados y privados de sus derechos por la economía y sociedad capitalistas.


Nos inspiraba un ejemplo [...] que, más adelante, se reveló como cualquier cosa menos ejemplar. Sin embargo, fue un error fecundo que nos impulsó a trabajar por el bien, a menudo más que quienes reconocieron la verdad y, frustrados por la constatación de lo inalcanzable de los ideales, dejaron de comprometerse.

El espejismo, por más espejismo que sea, es capaz de fortalecer la voluntad de sobrevivir del sediento hasta llegar al oasis. O puede ser“una parte de esa fuerza que siempre quiere el mal y siempre hace el bien”de la que habla Mefistófeles. Pero no debe ser una justificación. Cuando se reconozca lo erróneo del espejismo, ya no se debe insistir; hay que corregir. Este es mi punto de partida.

 

TOMO I.

Perspectiva equivocada. No me enorgullezco de ella, pero no estoy seguro de que no volvería a cometer el mismo error [...].


No voy a renegar de lo siguiente: determinados momentos de la historia, hitos que marcan un antes y después, justifican los máximos esfuerzos y la entrega plena. Y para quienes decidan unir su vida a la idea de la revolución, pueden significar la entrega hasta la muerte. En los sesenta del siglo pasado pensamos que había llegado la hora. Fueron años de efervescencia en todo el mundo. Estados Unidos, la potencia de mayor poder económico y militar del mundo, sufría derrotas a manos de pequeños pueblos anteriormente colonizados, como Vietnam y Corea, y sus legionarios quedaron cubiertos por la arena cubana. En Europa, 1968 marcó el punto culminante de la rebelión en los países capitalistas y socialistas: el mayo francés, y la primavera de Praga. Paralelamente en América Latina la confrontación entre las oligarquías apoyadas por Estados Unidos y las clases bajas escaló en luchas sindicales, estados de excepción y la militarización de la vida pública.


Quien compartía la posición de los suyos y las suyas como trabajador/a, como estudiante o como ciudadano o ciudadana progresista, no podía quedar al margen. Y sin embargo, nos equivocamos y yo me equivoqué. No había llegado la hora de la emancipación, y menos aún de la revolución. Nos encontramos en una larga, desesperada batalla de retirada. A la sombra de la Guerra Fría la alternativa estaba mal formulada, y los frentes en los que nos veíamos luchar no eran reales. No se trataba de capitalismo o socialismo, porque el capitalismo, si bien atravesaba una grave crisis, todavía conservaba reservas y potenciales enormes, mientras la vitalidad y perspectiva de futuro del ejemplo del socialismo representado por la Unión Soviética existía tan sólo en nuestra ficción.


***


Si en aquel momento hubiéramos sido más humildes, si en lugar de querer avanzar hacia la revolución hubiéramos trabajado por evitar el desmantelamiento de la democracia, para revitalizarla y profundizarla a través de elementos sociales y participativos, a lo mejor hubiéramos logrado evitar lo peor: los años de plomo de las dictaduras militares de América Latina. Un proyecto de esas características hubiera contado con el respaldo de un frente amplio, incluido una parte de las capas medias.


Pero no todo ha sido en vano. Aquellas derrotas sentaron las bases sobre las cuales se construyeron los avances hacia nuevas conquistas. Sin embargo, me pregunto: ¿de haber sabido que aún los tiempos no estaban maduros para el socialismo, nos hubiéramos comprometido con la misma entrega absoluta y la misma disposición al sacrificio?


Con esto no quiero menospreciar la lucha en defensa de la democracia. Porque todos los desafíos a los que la historia nos expone en el transcurso de la liberación humana tienen la misma importancia en el momento de su decisión. Por cierto, la apreciación errónea de aquella situación fue, con seguridad, también el resultado de una concepción de la libertad y la democracia esencialmente enfocada a lo social y lo económico. Formaba parte de esa mentalidad la connotación peyorativa de la “democracia burguesa”. Aprendimos a apreciarla recién cuando la habíamos perdido.


Este error –que compartía– se complementó con otro. Siendo joven, antes de haberme casado, estaba en condiciones de asumir lo desmesurado de mi compromiso y de hacerme cargo yo solo de sus consecuencias, como lo había hecho en la Alemania nazi a la edad de 17 años, sin involucrar a nadie más. Sin embargo en Uruguay tenía familia. Mi segundo error –cometido por irresponsable o egocéntrico– fue ignorar cómo esto impactaba en la vida de mis familiares directos.


TOMO II.

Cuando falta la libertad. Mis errores no comenzaron en Uruguay. Por el contrario, de alguna manera fueron la continuación de aquellos que había cometido en la Alemania de la República de Weimar. Y como hablamos de política, se sobreentiende que estuvieron relacionados con las masas, con el aspecto colectivo. Esto no significa que se exima a nadie de su cuotaparte de la responsabilidad que le cabe: ¡nadie me obligaba a seguir a los demás! Ahí pesaba, sin duda, la confianza depositada en quienes estaban al frente, en quienes sin duda tenían una mejor visión de conjunto, ya que no se puede captar el panorama completo desde abajo. [...]


Veamos un ejemplo. En los años 1936 a 1938, cuando en Moscú se llevaban a cabo los juicios contra Zinoviev, Kamenev y, más adelante, Radek y otros, varios escritores progresistas justificaron las asombrosas acusaciones del fiscal. Décadas más tarde se les reprochó que debían saberlo mejor; que no se les debía haber escapado a Heinrich Mann y Lion Feuchtwanger –ambos asistieron a los juicios de brujas de Moscú contra los líderes de la revolución de octubre– que se trataba de una puesta en escena cuidadosamente orquestada, porque autoinculpaciones tan histéricas que culminarían en la muerte eran contra natura. Sólo se explicaban a partir de condiciones inhumanas y fuera de lo normal [...].


De forma similar, aunque esta vez en el Uruguay de los noventa, muchos de los nuestros acusaron a los líderes del Partido Comunista, que se habían exilado en Moscú, Praga o Berlín Oriental durante la dictadura militar, de haber silenciado la verdad sobre los países del socialismo real y de habernos mentido a conciencia.


Sin embargo, se necesitan dos para que el ocultamiento y la mentira política funcionen. [...] Fue el derrumbe del supuestamente “único socialismo posible, por haber sido realizado” lo que nos abrió los ojos.


***


Yo también me movía sobre terreno resbaladizo. Si bien no idolatraba a Stalin ni dejé de darme cuenta –con una sensación de malestar– de los disparates de unos gobernantes y burócratas mezquinos, no dejé de pensar que ahí estaban las semillas de la nueva sociedad, que éstas en parte ya habían empezado a germinar, por lo que se necesitaban apenas algunas reformas democráticas para que estallaran en flor. Sigo pensando que algunas condiciones estaban dadas, y que quizás continúen existiendo en Cuba. Pero pienso también [...] que los componentes sin duda positivos de los sistemas de salud y educación por sí solos no hacen justicia a los derechos de niños y mujeres, ni al equilibrio social, que no ofrecen ninguna visión de futuro sin la participación y la co decisión de la ciudadanía. A esto sirven las libertades tradicionales [...] mientras no se usen en detrimento de los demás, como en los casos de la libertad empresarial en la “economía libre de mercado” y el “libre comercio” en tiempos de una globalización plenamente desarrollada [...].


Mientras la sociedad civil y los gobiernos se abstengan de regular esas “libertades”, el abismo entre la riqueza y la pobreza se agrandará. Y bajo el impulso de la caza de la mayor ganancia las guerras y las debacles ambientales alcanzan dimensiones apocalípticas.


Sin embargo, el hecho de tomar conciencia de las libertades del capital no nos debe llevar a no reconocer lo indispensable de las libertades de la persona. Justamente estas libertades estaban ausentes en los países socialistas, que fueron también mi punto de referencia. El hecho de que en los años veinte la Unión Soviética se convirtiera en mi punto de referencia, al igual que para millones de personas de todo el mundo, no debía sorprender en un país que había pasado por una guerra devastadora y por la hiperinflación, y poco después se hundía en su crisis económica más grave. [...]


En cambio, quienes buscamos una salida al fatídico círcu­lo capitalista nos orientamos a la victoriosa revolución rusa. Nos marcó y nos inspiró a intentar una nueva revolución en Alemania. Esto estaba bien. Pero el hecho de que copiamos el camino soviético y su modelo, no lo estaba.


Desde mi conciencia compartía lo expuesto sólo en parte, porque en aquel momento militaba en la Juventud Comunista de Oposición (Kommunistische Jugend, Opposition –Kjo–), una escisión del Partido Comunista (Kpd, por su sigla en alemán).1 Nosotros favorecimos una estrategia diferente para Alemania, porque a nuestro juicio –a diferencia del del Kpd– no estábamos en los umbrales de una revolución socialista, sino, por el contrario, ante la amenaza de una contrarrevolución fascista. Por lo tanto contamos a los socialdemócratas entre nuestros posibles aliados, no entre los adversarios o enemigos. Aun así, la Unión Soviética fue un faro de esperanza para nosotros, y también para mí. También pensamos que en la controversia entre Rosa Luxemburgo y Lenin, cuyo eje había sido justamente la cuestión de la democracia, la razón estaba con Lenin.


Efectivamente, en la Unión Soviética existía el socialismo –de la forma que fuera–, pero en Alemania, nada. Sin embargo, el sistema soviético terminó colapsando, Rosa tenía razón.


Sin ánimo de rendir culto al ahistórico lugar común “Bien está, lo que bien acaba” y su contraparte “Mal está, lo que mal acaba”, decidí –tarde, pero al fin– revisar críticamente las decisiones de Lenin desde la revolución de febrero de 19172 hasta su temprana muerte en 1924. Fue un genio de la historia mundial que supo orientarse a un objetivo ciertamente lejano e ideal, pero con una sólida base científica-social en el contexto de un entorno duro que se oponía. En este camino reaccionó con asombrosa velocidad a los cambios en el mundo y en su país, pero también a sus propios errores


Los fines no justifican los medios, y los motivos echan sus luces y sombras sobre el objetivo trazado. Pero también es cierto que este objetivo no se alcanza sin la gesta valiente que remueve los obstáculos; de lo contrario, todo queda a nivel de un deseo bien intencionado, sin que nada cambie. “Nosotros que quisimos preparar el camino para la bondad, no pudimos ser bondadosos”, escribía Brecht y pidió “indulgencia”. Por esto hay que ponderar qué acción nos hará avanzar, sin convertirse en obstáculo al paso siguiente. Dicho de otra forma: ¿qué acto, por más que signifique un retraso, dejará el camino despejado hacia los pasos que nos permiten avanzar? Un ejemplo sería la nueva política económica (Nep, por su sigla en ruso) entre 1921 y el primer plan quinquenal de 1928.3 A lo mejor no existen recetas universales con respecto a la relación más apropiada entre la respuesta inmediata a la realidad y el impacto de esa respuesta a largo plazo sobre el desarrollo social; lo cierto es que la libertad y la democracia cumplen un papel importante como puente entre el hoy y el mañana. [...]


A pesar de la violencia que suele formar parte de una revolución, hasta el atentado contra Lenin4 fue poca la sangre derramada durante la revolución rusa de 1917, y las libertades civiles sufrían pocas restricciones. Pero los disparos contra el líder de la revolución fueron más que un episodio. Detrás de ellos se escondía la contrarrevolución latente de las clases feudales y burguesas que habían sido expulsadas del poder. Sin embargo, fue desmesurado el “terror rojo” que se desencadenó seguidamente, no tanto por su intento de contener la amenaza potencial a través del terror, sino por su impacto sobre amplios grupos de la población y, más específicamente, sobre los intelectuales.


La revolución desalentó a grupos que fueron indispensables para la construcción material y cultural del país. En los hechos, la represión genera un efecto doble: si bien bloquea la oposición al régimen, también paraliza las fuerzas creativas para la construcción del sistema. El lema posterior, “el socialismo es el poder soviético más electricidad”, es un fiel reflejo del menosprecio del ser humano en una ecuación, donde el progreso dependía exclusivamente del poder del Estado y la técnica [...]


Esta contradicción entre los objetivos humanistas de los comienzos y los medios represivos se profundizó con el tiempo. Lo que en los tiempos de Lenin habían sido medidas de emergencia bajo circunstancias extraordinarias, se convirtió bajo Stalin en una virtud universal en todos los niveles y en todo momento. En la concepción de Lenin el camino elegido abría las puertas hacia el objetivo del socialismo a largo plazo [...]. Stalin en cambio, al promulgar la “Constitución socialista” definitiva (en 1936), mientras hizo fusilar a la vieja guardia de la revolución, congeló cualquier evolución posterior y liquidó la conciencia revolucionaria por completo. Desde entonces no quedaba más que la rutina diaria [...]. El socialismo quedaba reducido a cantidades que se medían en las estadísticas de la producción de bienes. Por esta vía la Unión Soviética alcanzó altos niveles de desarrollo industrial y tecnológico que se plasmaban en enormes avances durante la primera mitad del siglo XX, aunque luego dieron paso al estancamiento en la segunda mitad del siglo, en la era de la tercera revolución industrial.


Sin embargo, debemos preguntarnos cómo fue posible que nosotros –en el mundo occidental– consideráramos ejemplar ese modelo de desarrollo, que tomáramos ese socialismo de Estado como universal y como camino hacia la emancipación de la humanidad, como si fuera la única alternativa imaginable a la sociedad explotadora y represora capitalista.


Es cierto, no había alternativa real existente. Los estados eran “socialistas” o “capitalistas”. ¿Se nos escaparon los déficits sociales y humanos? Se podía pensar en otros modelos sociales, a pesar de su “inexistencia”. ¿Pensamos que su realización sería imposible?


En realidad, fue así. Porque el capitalismo no sólo detentaba el poder económico, sino que dominaba también la opinión pública. Más allá de la influencia política que sus medios ejercían sobre la mayoría de la población, ayudó a internalizar al régimen social como el único posible y natural. Fijó además la educación predominante en las familias y las escuelas de cada persona: que el mundo, tal como estaba, no debía ser transformado. Para romper ese muro de la normalidad predominante se necesitaba una potencia del mismo peso. Esa potencia debía ser tan radical como el poder del sistema existente que permeaba todos los niveles de la vida. La historia de las revoluciones parecía darle la razón a este razonamiento. Jamás una clase dominante se había retirado sin haber empleado con toda brutalidad la totalidad de los medios a su alcance. Desde siempre, la historia de los pueblos había sido una historia de luchas más o menos brutales. Y donde hay violencia no cabe la libertad. Sin embargo, ante lo inevitable de la revolución, cabe preguntarse lo siguiente: ¿se puede poner un punto final a una época revolucionaria? ¿Y, a partir de qué momento las personas internalizan las nuevas relaciones, al mismo punto en que lo habían hecho con las anteriores? Así la violencia podría amainar, y el potencial creativo del nuevo sistema tendría la libertad para desplegarse plenamente.


A la revolución estadounidense le alcanzaron pocas décadas para consolidarse como la nueva normalidad, la revolución francesa necesitó algo más de tiempo. Sin embargo, la rusa pareció haber necesitado cada vez más represión. ¿Habrá sido así por la radicalidad más profunda de los cambios y el contraste mayor con el resto del mundo? Nosotros lo interpretamos en ese sentido, y esta justificación desacreditaría a esta revolución y a todas las que vendrían. Si nuestra interpretación se ajustaba a la realidad, por mucho tiempo no habría lugar para la libertad.


Lo aceptamos, y lo llamamos “dialéctica”. No había otra manera de transformar los sistemas milenarios de clase con sus guerras y conflictos inevitables en una sociedad sin amos ni siervos.


Sin embargo, no tuvimos en cuenta que no sólo era necesario que el antiguo régimen se tornara insoportable para la mayoría de la población [...]; para construir y respetar el nuevo régimen también se necesita una mayoría. No es lo mismo: el “hombre nuevo” no nace con la revolución; con suerte podrá evolucionar a partir de ella. Pero la coacción, del tipo que sea, no crea seres humanos mejores, sino seres sumisos.


Ese dilema entre el objetivo de la justicia social y la represión del ancien régime condujo al establecimiento de un aparato estatal jerárquico, que se establecía al poco tiempo como nuevo gobernante y clase privilegiada. Que no lo viéramos, se debía a nuestro –mi– error de no reconocer a la democracia como condición indispensable del progreso social.

 

TOMO III.

Como la luz del sol en el prisma... lleno de colores. Me resultó más fácil corregir otros errores, no se necesitaba el derrumbe de una potencia mundial para hacerlo.


Desde mi infancia he sido un aficionado a los libros. A esto se agregó más adelante que el ruido de la fábrica me causó problemas auditivos, por lo que recurría cada vez más a la palabra escrita que a la hablada para informarme sobre el mundo. Probablemente sea por esta razón que tomaba buena parte de lo leído literalmente. Fue así en lo relacionado con la sexualidad –como joven había leído las obras de Van der Velde, pero también de Wilhelm Reich–5 lo que no funcionaba del todo, cuando lo tomé demasiado literal, pero también con lo que había leído en Marx, negro sobre blanco, como suele presentarse todo lo impreso, cuando la realidad está llena de muchas tonalidades de gris y también de mucho color.


Por lo tanto, antes de llegar a Uruguay, donde no me quedaba otra opción que valerme por mí mismo, tenía una visión muy esquemática de las cosas y confiaba mucho en la lógica que se presenta muy lineal e inequívoca en la teoría y, en general, en todo lo escrito. Pero la vida fue más compleja. Comprendí rápidamente que siempre se juntan varios factores y que se debe tener en cuenta las situaciones concretas, incluso cuando se avanza hacia un objetivo. [...]


Otro aspecto que corregí más adelante fue mi fascinación por el determinismo. Todo debía ser determinado, y al principio en la forma más primitiva. Me impresionaba sobre todo un cuento de Mark Twain, “El extraño misterioso”, que trata de un juicio de brujas en la profunda Edad Media. Lo que me fascinaba más que los hechos en sí, era la inexorable coherencia lógica de la sucesión de los acontecimientos, la cadena de causas y efectos que no podía desembocar en un final distinto al descrito. Un solo aspecto de la larga secuencia habría cambiado el resultado. De la misma manera entendí la realización de una sociedad socialista como el fin último de un proceso histórico predeterminado de antemano.


Las derrotas, tanto personales como políticas, me dejaron pensando, pero como la fe en el progreso se había convertido en un credo [...] seguía sin dudar de la causalidad de todos los hechos.


***


Empecé a cambiar mi modo de pensar recién después de leer la Dialéctica sin dogma, de Robert Havemann, y cuando conocí el principio de incertidumbre, de Heisenberg; la indeterminación de la simultaneidad, de Einstein; y la noción hegeliana de la coincidencia como categoría objetiva. Efectivamente, si en la naturaleza inanimada o en su análisis científico por la física y la química no todo era posible, pero cada causa podía conllevar dos o tres consecuencias, y si en situaciones límite prevalecía la probabilidad por sobre la determinación, cuánto más debía aplicar todo esto a la naturaleza animada y, más aun, a la sociedad humana. De ahí concluye Havemann: “No existe el futuro, nosotros lo construimos”.


Y Rosa Luxemburgo planteó la alternativa: “socialismo o barbarie”. Ya conocemos la barbarie. Hoy en día muchos se esfuerzan por lograr una convivencia más humana, pero los poderosos –y no solamente ellos– se oponen. Lo que hoy está en juego ante las amenazas bélicas y ambientales es la supervivencia. En esta contienda aún no se ha dicho la última palabra, el resultado dependerá de nosotros. 

 

  1. La Kjo fue la organización juvenil del Partido Comunista Alemán – Oposición (Kommunistische Partei Deutschlands – Opposition –Kpo–), que defendía la formación de un frente unido de todos los partidos trabajadores contra la amenaza fascista.
  2. A fines de febrero de 1917 se puso fin a la monarquía rusa y se formó un gobierno provisorio bajo la conducción de los mencheviques socialdemócratas que fue derrocado por los bolcheviques bajo la conducción de Lenin en la revolución de octubre.
  3. Posteriormente al comunismo de guerra de los años 1917 a 1921, la Nep ofrecía más espacio a las iniciativas económicas del sector privado para mejorar el abastecimiento, hasta que se implementó la nacionalización de todas las áreas de la economía a partir de 1928.
  4. En agosto de 1918 dos balas hirieron a Lenin gravemente. La anarquista y revolucionaria social Fanny Kaplán fue acusada de haber cometido el atentado y fusilada sin proceso judicial.
  5. La Trilogía sobre la felicidad matrimonial, del reformador sexual holandés Theodor Hendrik van der Velde, y La revolución sexual, del psicoanalista austríaco Wilhelm Reich, fueron trabajos revolucionarios de la pedagogía sexual de los años veinte, al igual que los trabajos de Max Hodann y Magnus Hirsch­feld. Las notas al pie son de Gert Eisenbürger.         

(Traducción del alemán: Dieter Schonebohw)

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Copyright advertisement from the New York Clipper, 1906.

 

Para sorpresa de propios y extraños, Estados Unidos y la Unión Soviética compartieron, hasta muy avanzado el siglo XX, políticas proteccionistas que autorizaban la libre traducción y circulación de textos extranjeros

 

El poeta y ensayista alemán Heinrich Heine nos alertó hace ya algunos años de que “ahí donde se queman libros se acaba quemando también seres humanos”. En el 2011, mientras asistíamos sorprendidos al nacimiento de lo que se conoció como 15-M y a la detención, unas semanas después, de Teddy Bautista, una noticia de gran importancia para la cultura nos pasó desapercibida. Ese mismo año en China se quemaron públicamente más de cinco millones de libros, CD y DVD pirateados: en ciudades como Pekín, Tianjin, Shanxi, Jiangsu, Cantón y Sichuan se organizaron grandes hogueras como eventos preparatorios de la celebración del Día Mundial de la Propiedad Intelectual, que se conmemora mundialmente el 26 de abril. ¿Comunismo y piratería son, entonces, antagónicos? Empecemos por el principio.

 

EEUU, el primer pirata mundial


En 1790 se aprobó en Estados Unidos la Copyright Act, una ley por la que cualquier libro editado en el extranjero se consideraba automáticamente bajo dominio público. Todos los libros de autores ingleses, de gran éxito por entonces en EEUU, podían publicarse sin restricciones y sin necesidad de pagar derechos de autor. Se generó así un escenario de una competencia feroz, en el que barcos cargados con las planchas de imprenta de grandes éxitos ingleses navegaban a toda velocidad para llegar los primeros a la Costa Este. Esta competencia editorial llegó a recrudecerse hasta el extremo de provocar los incendios de algunos almacenes editoriales. Sólo algunos editores decidieron remunerar, siquiera simbólicamente, a los autores de más éxito. Adrian Johns relata en su monumental Piratería (Akal, 2013) que Charles Dickens o Walter Scott se contaron entre los pocos escritores que merecieron esta consideración.

En 1842 Dickens llegó a realizar una gira por EEUU, junto a Washington Irving y otros autores locales, para demandar la aprobación de leyes internacionales sobre copyright. Esta solicitud fue ignorada en el contexto poco propicio a la internacionalización del copyright en EEUU, y valió a Dickens y al resto de sus compañeros duras críticas por parte de la prensa norteamericana de la época. No fue hasta finales del XIX cuando EEUU decidió tener algún tipo de gesto institucional con los autores extranjeros. Sólo entonces se produjo ese debate público sobre el reconocimiento o no de la protección de sus obras que le hubiese gustado impulsar a Dickens unas décadas antes.

Las posturas de los economistas con intereses en la industria editorial, sumadas a las presiones de los editores, más las de los potentes e influyentes sindicatos de tipógrafos, hicieron que en EEUU la nueva ley conocida como International Copyright Act de 1891 siguiera teniendo un carácter proteccionista. Los requerimientos para que un autor extranjero obtuviera la protección a través copyright eran en realidad prácticamente imposibles de conseguir. Años después, cuando EEUU empezó a contar con más autores de éxito propios y su industria creció, fue modificando su postura, firmando distintos acuerdos y tratados internacionales hasta incorporarse al Convenio de Berna en la tardía fecha de 1989.

 


Los derechos de autor en la URSS

 

¿Se abolió la propiedad intelectual después de que se asaltara el Palacio de Invierno? Aunque pueda parecer paradójico para quienes hacen lecturas superficiales sobre los derechos de autor, la respuesta es NO. En el Primer Congreso de la III Internacional de 1919, Lenin expuso de este modo sus ideas sobre la libertad de prensa y el mundo editorial:

“A fin de conquistar la igualdad efectiva y la verdadera democracia para los trabajadores, para los obreros y los campesinos, hay que quitar primero al capital la posibilidad de contratar a escritores, comprar las editoriales y sobornar a la prensa, y para ello es necesario derrocar el yugo del capital, derrocar a los explotadores y aplastar su resistencia [...] no habrá obstáculo para que cada trabajador (o grupo de trabajadores, sea cual fuere su número) posea y ejerza el derecho igual de utilizar las imprentas y el papel que pertenecerán a la sociedad”.

En la URSS, las formas de propiedad intelectual revolucionarias no fueron tan distintas a las de otros Estados no socialistas. Los autores disfrutaban del derecho exclusivo de decidir cómo publicar y distribuir sus trabajos (aunque con la prohibición expresa de transferir todos los derechos a un editor) y recibían derechos de autor en un régimen de propiedad intelectual más flexible y menos mercantilizado. Se contemplaban numerosas excepciones, como el permiso para la publicación de las obras en revistas académicas, la posibilidad de realizar obras derivadas y la autorización automática a realizar traducciones a los distintos idiomas oficiales.

La URSS siguió los pasos de EEUU en todo lo relacionado con la propiedad intelectual: primero consideró como de dominio público las obras de todos los autores extranjeros, para ir paulatinamente cerrando acuerdos internacionales a partir de los años 70, siempre en función de sus intereses comerciales. Eso sí, con notables excepciones: está contrastado que Lillian Hellman, John Steinbeck, Upton Sinclair, Waldo Frank, John Cheever, John Updike o Art Buchwald sí que recibieron derechos de autor de editoriales soviéticas, aprovechando viajes a la Unión Soviética o contactos con personas residentes en ese país.

En China continuaron con esa misma visión funcional e instrumental de la propiedad intelectual y la ley específica no se promulgó hasta 1990, siendo además muy recientes los acuerdos en lo referente al reconocimiento de los derechos de autor de creadores extranjeros.

 


¿Llega el comunismo cultural del capitalismo?


Las críticas a la propiedad intelectual no provienen, en su origen, de funcionarios soviéticos, forofos del materialismo dialéctico u oscuros intelectuales marxistas: surgen en realidad de los campus de EEUU, donde se hizo una particular recepción del posestructuralismo francés, la French Theory, una mezcla explosiva de las ideas de autores como Foucault, Derrida, Barthes, Deleuze, Baudrillard, Lacan, Kristeva... La muerte del autor se convirtió entonces en un lugar común y punto de partida obligatorio desde donde analizar cualquier conflicto relacionado con la propiedad intelectual.

En el inicio de la posmodernidad, las críticas a la propiedad intelectual dejaron de ser económicas (como los debates sobre proteccionismo en EEUU, URSS o China al hilo del copyright de los autores extranjeros) para pasar a ser de corte filosófico, realizadas por académicos que, paradójicamente, vivían de su actividad como docentes y, además, percibían derechos de autor por sus obras. Dos liberales estadounidenses, el abogado y académico Lawrence Lessig y el programador Richard Stallman –ajenos por tanto a las industrias culturales–, sentaron las bases a finales del siglo XX del primer movimiento social relacionado con la propiedad intelectual: el movimiento a favor de la cultura libre.

En la segunda parte de este artículo veremos cómo los protagonistas ya no serán los Estados, sino grandes corporaciones que suelen operar en paraísos fiscales. Estas empresas consideran todos los productos culturales en una suerte de dominio público digital, siempre que esto responda a sus intereses comerciales. La cultura libre y la ideología californiana proveen el trasfondo filosófico y político a este expolio.

 

 

 

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Domingo, 02 Abril 2017 07:40

Cuba: problemas y desafíos

Encuentro entre Fidel Castro y Nikita Jrushchov.



El socialismo es un sistema plenamente democrático basado en la abundancia y la autogestión generalizada y en comunas libres y asociadas y conduce gradualmente a la desaparición del Estado. Obviamente, esta definición no corresponde a la realidad cubana. Por eso Fidel Castro daba por sentado que en Cuba no existía el socialismo y que éste era aún una meta a alcanzar. Sólo los enemigos del socialismo –para desprestigiar la idea de una alternativa– y los nostálgicos de Stalin dicen hoy que la isla es socialista y que el socialismo se puede construir en un solo país, para colmo pobre y con apenas 12 millones de habitantes.

La revolución democrática y antimperialista cubana se realizó en una colonia virtual de Estados Unidos. Se vio obligada por eso a recurrir a los sucesores de Stalin poco después de la muerte de éste. Es decir, en un momento en que en la Unión Soviética comenzaban a quedar atrás el terror y la reconstrucción del nacionalismo imperial, de los uniformes y jerarquías de la burocracia, de los grados militares y del papel de la Iglesia ortodoxa como pilar del orden que con Stalin habían sido un inmundo eructo de la vieja historia rusa.

La Unión Soviética hasta la desaparición de los soviets, la muerte de Lenin, el triunfo de Stalin y el fin de la democracia interna en el partido bolchevique, en 1923, fue un esfuerzo heroico por comenzar a construir el socialismo en un Estado atrasado, aún capitalista. Después, bajo Stalin buscó su modernización capitalista acelerada a la rusa, como Pedro el Grande, con un Estado autoritario y burocrático que en lo económico copiaba del capitalismo avanzado técnicas y modos de producción y dominación.

Rusia pasó en el siglo pasado por tres revoluciones: la de 1905, democrática, que fue aplastada; la de febrero de 1917, también democrático burguesa, dirigida por los partidos socialistas, que se hundió en el caos, y la democrático socialista de octubre, que culminó con la destrucción del capitalismo y el esfuerzo por construir el socialismo y que tuvo al partido de Lenin y Trotsky como instrumento, mucho más que como dirección.

Esta revolución consiguió impedir que Rusia cayese bajo una dictadura militar y se convirtiese en semicolonia francoinglesa, abrió el camino al desarrollo cultural y técnico del país y modificó el mundo, pero a costa de una terrible guerra civil y una hambruna que hicieron que la economía retrocediese 20 años. El resultado, triunfante Stalin, fue un capitalismo de Estado propietario de las tierras y de los medios de producción, en el que debido a la incultura de los obreros y el analfabetismo generalizado, el personal estatal y las costumbres fueron mayoritariamente heredados del zarismo.

El pequeño partido socialista revolucionario, rápidamente asfixiado por su burocratización, fue tragado por el Estado capitalista con el cual se había identificado. En la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el Estado era dueño de todo, pero la burocracia estatal –y no el partido– era quien gobernaba, y sin tener la propiedad jurídica de los medios de producción, los controlaba y disfrutaba de modo privado. Los altos jefes del partido eran al mismo tiempo ministros y miembros de ese aparato burocrático estatal, conservador y contrario a toda innovación.

Esa capa ahogaba a la sociedad. Una reforma de la burocracia con métodos burocráticos y desde la propia burocracia era imposible, como demostrarían la reforma Kossygin de 1965 o el intento de reforma de Andropov en 1982, aleccionado por el levantamiento de los consejos obreros húngaros que había presenciado y por lo que pudo medir después como jefe de la KGB en la URSS misma.

Fue esa burocracia la que dio un abrazo de oso a la revolución cubana, a la que inicialmente se había opuesto y a la que sólo reconoció dos años después de su triunfo, pues consideraba a Fidel Castro y sus compañeros aventureros pequeño burgueses.

Cuba, desde 1960, tuvo así un Estado capitalista con un gobierno revolucionario antimperialista sin tener aún un partido socialista revolucionario. Su alianza con la Unión Soviética le impuso después una organización y formas de funcionamiento heredadas del estalinismo, como el partido único monolítico, sin democracia interna, la fusión entre ese partido y el Estado capitalista, la sumisión del primero al segundo y la planificación burocrática centralizada.

Sin embargo, Cuba jamás fue un instrumento del Kremlin y ya en la crisis de los cohetes en 1962 demostró su independencia y su capacidad crítica, y aunque su partido está burocratizado, carece de vida interna democrática y es un instrumento conservador, tiene aún en sus filas a muchos socialistas sinceros y revolucionarios.

Esa es una de las bases del consenso de que goza aún, pese a todo, el gobierno cubano. Pero la principal base de dicho consenso es la certidumbre de que si Estados Unidos lograse acabar con los restos de las conquistas de la revolución cubana, Cuba sería una colonia sólo formalmente independiente, como Santo Domingo o Panamá.

El estalinismo logró que la palabra socialismo sea odiosa incluso en países con gran tradición socialista, como Checoslovaquia, Hungría y Alemania. Por eso, cuando la URSS se disolvió de modo inglorioso y los burócratas se transformaron en capitalistas mafiosos, el Pacto de Varsovia se derrumbó como un castillo de naipes, pero no así Cuba. Ésta resistió como a pesar del estalinismo resistieron los soviéticos a la invasión nazi, salvando al mundo de un triunfo del nazifascismo desde Cádiz a Vladivostok, pues sus habitantes, antes que ser esclavos preferían morir.

El antimperialismo subsiste porque tiene sus raíces en la historia cubana y es un factor importante, a pesar de la despolitización de la juventud cubana actual, resultante de décadas de crisis económica y de una creciente contradicción entre su nivel de preparación y de cultura y el burocratismo asfixiante, y no obstante la pérdida de prestigio de un equipo que no cuenta ya con Fidel. Esa es la base para el optimismo (sigue).


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Publicado enPolítica
La escritora y periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015, durante su participación hoy en Barcelona en el festival literario Kosmópolis.
La periodista y escritora ha explicado durante una de rueda en Barcelona que la "versión socialista rusa era mala, pero no tiene nada que ver con la propia idea". Ha elogiado a Putin en su papel de redentor hacia los rusos "humillados y engañados".

 

 

EUROPA PRESS

 


BARCELONA.- La periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015 y documentalista del fracaso de la utopía soviética, ha augurado este viernes en rueda de prensa en Barcelona: "La idea comunista volverá a nuestras vidas".

 

"No podemos decir que el socialismo sea una idea mala. La versión rusa era mala, pero no tiene nada que ver con la propia idea", ha argumentado, y cree que la sociedad rusa quizá estará preparada dentro de cien años para acoger un socialismo con rostro humano.

 

"Ahora, ni como sociedad ni como entidad económica tenemos posibilidades de que todo el mundo viva feliz", y ha explicado que su obra sobre la utopía roja le sirvió para ver cómo el socialismo afectaba a la vida cotidiana de la gente.

 

Alexiévich --que el sábado acudirá en Barcelona al evento 'Literal' de Fabra i Coats, y el miércoles al Kosmopolis del CCCB-- ha admitido: "Yo soy de la generación que negaba el comunismo; no por la idea, que es bonita, sino por su realización".

 

"Me recuerda que en los 90 reinaba un romanticismo: 'Se irán los comunistas y vendrá la libertad. Nos sentíamos héroes por luchar contra el monstruo del comunismo, y ahora tenemos que vivir con las ratas que salieron de nuestras vidas, nuestra naturaleza y nuestra propia alma", ha dicho.

 

 
Putin concentra en su figura las ilusiones de la gente humillada

 

Sobre el dirigente Vladimir Putin, ha observado que "en cada ruso hay un trozo de Putin", porque éste ha concentrado en su figura todas las ilusiones de la gente humillada y engañada, que aúpan a su líder para conseguir un país grande y fuerte.

 

Tras cargar contra los dirigentes rusos, ha constatado que el país siempre necesita una idea "mesiánica" para estimular a su población, y ha lamentado que actualmente el Estado se ha hecho cómplice de la Iglesia ortodoxa para apelar a los instintos más básicos de la gente, y también para justificar la guerra entre pueblos hermanos como Ucrania.

 

Ha anunciado que actualmente se encuentra inmersa en la escritura de un libro sobre el amor como "culminación y sentido de todo", convencida de que tanto el amor como la muerte son las cosas más importantes para una persona.

 

La autora de 'El fin del homo sovietiucus', 'La Guerra no tiene rostro de mujer', 'La fin del hombre rojo' y 'Voces de Chernóbil' ha destacado el vínculo de Rusia con España, y se ha definido como periodista por encima de escritora.

 

 

Especial interés por expresar la voz de las mujeres

 

Ha atribuido su interés por expresar la voz de las mujeres al hecho de que ellas se refieren a la guerra "siempre como un asesinato", mientras que los hombres tratan de buscar una justificación.

 

En esta línea, ha contado que en su libro sobre el amor se enfrenta al reto de sonsacar sin prejuicios las explicaciones del alma masculina, a la que ha admitido que le cuesta mucho acceder por no hacer las preguntas adecuadas.

 

Para escuchar las historias de la gente a la que entrevista, ha confesado que nunca llega con una lista de preguntas formales que hacer, tampoco se presenta como Nobel, y empieza el encuentro con una conversación "sin cánones ni prejuicios" y un interés real de amistad, como en 'Los hermanos Karamazov' de Fiódor Dostoyevski.

 

"Me hago amiga de esa persona y empezamos a hablar de esa locura de la guerra, y yo hablo de cómo yo veo la guerra. Es importante ser amigo de esa persona., y tú también debes ser interesante para esa persona", ha resumido, y ha lamentado que el miedo siga imperando en Rusia, donde la gente puede perder su trabajo o sus estudios por criticar al régimen.

 

 

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