Noruega confirma que gobierno y oposición dialogarán esta semana en Barbados

El diálogo, auspiciado por Noruega, continuará en "una mesa que trabajará de manera continua y expedita"

 

 

El objetivo es salir de la profunda crisis de Venezuela. El instrumento que demandan millones de opositores al chavismo son unas elecciones presidenciales con garantías. El sector más radical del régimen se niega a que esa posibilidad sea siquiera objeto de debate. No obstante, esa es la principal disputa que enfrenta a los enviados de Nicolás Maduro y de Juan Guaidó. Los contactos se reanudaron esta semana en Barbados bajo el auspicio de Noruega y, según ese Gobierno, seguirán en “una mesa que trabajará de manera continua y expedita”.

Las conversaciones entre los representantes del Gobierno y de la Asamblea Nacional, reactivadas con discreción en la isla caribeña, suponen el enésimo intento de aproximación entre las partes después de varios desengaños. La novedad es que la parálisis política e institucional, la crisis económica y el deterioro democrático son cada día más insoportables. Esas premisas, junto con la creciente presión internacional en torno a Nicolás Maduro, han reabierto la puerta al diálogo.

Según Guaidó, reconocido como presidente interino por más de 50 países, solo representa un frente de lucha. La meta no se ha alejado, asegura, del mantra de la oposición. Esto es, cese de la usurpación, Gobierno de transición y elecciones libres. Hasta ahora, el Ejecutivo solo se había avenido a la posibilidad de adelantar unos comicios legislativos, una oferta insuficiente. Por eso, las nuevas rondas de contactos buscan ir más allá, aún entre dificultades. El escenario de una renuncia de Maduro es más que improbable a corto plazo. Sin embargo, el ministro de Comunicación, Jorge Rodríguez, calificó el acercamiento de “exitoso intercambio”. El vicepresidente del Parlamento, Stalin González, miembro de la delegación opositora que viajó a Barbados, pidió avances para “poner fin al sufrimiento de los venezolanos”. “Necesitamos respuestas y resultados”, manifestó.

La Cancillería noruega emitió un comunicado que augura “una solución acordada y en el marco de las posibilidades que ofrece la Constitución” y recordó a las partes, que ahora consultarán internamente los próximos pasos, “la importancia de que tomen la máxima precaución en sus comentarios y declaraciones respecto al proceso”.

En los anteriores encuentros, celebrados en Oslo, participaron algunas de las figuras que mayor consenso generan en los dos bandos. Entre ellos, el gobernador del Estado de Miranda, Héctor Rodríguez, considerado uno de los dirigentes jóvenes con más proyección dentro del chavismo. O el exrector del Consejo Nacional Electoral Vicente Díaz y exministro del Gobierno de Carlos Andrés Pérez, Fernando Martínez Mottola, veteranos negociadores enviados por Guaidó.

Este ha evitado abundar en los pronunciamientos sobre el diálogo porque es consciente de los recelos que produce en los sectores más duros de la oposición. Pero pidió confianza a sus seguidores y les exhortó a apartar sus dudas, al menos por el momento. Por otro lado, en el aparato del régimen, fue Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional Constituyente y de facto número dos del chavismo, el encargado de lanzar mensajes internos al ala más radical, negando tajantemente que el Gobierno deba hacer concesiones. “Nosotros no tenemos nada que negociar con ellos. Muchos de ellos piensan que a los chavistas hay que desterrarlos y matarlos”, dijo en su programa de televisión. Y la noche del miércoles aludió abiertamente a la convocatoria de elecciones.

“Hay gente nuestra que cae en esos rumores de creer que nosotros estamos negociando unas elecciones presidenciales y que el candidato va a ser tal o cual; aquí no hay elecciones presidenciales, aquí el único presidente es Nicolás Maduro Moros, que apenas tiene seis meses en esta nueva fase de gobierno. Aquí hay compañeros que caen en el juego”, afirmó.

Cabello se limitó a especular de nuevo sobre unas legislativas, una hipótesis que de por sí muy probablemente haría saltar la mesa de diálogo. “En muy poco tiempo habrá elecciones”, dijo, dejando claro que la única instancia que puede adelantarlas es la Constituyente, en la práctica una extensión del Ejecutivo.

 

Por Francesco Manetto

Caracas 12 JUL 2019 - 02:15 COT

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Cinco claves para entender el escenario electoral en Bolivia

El 12 de octubre de 2014 se realizaban las más recientes elecciones generales en Bolivia, donde el Movimiento Al Socialismo (MAS) de Evo Morales conseguía 61 por ciento de los votos.

 

Sin embargo, menos de un año y medio después, el 21 de febrero de 2016, la opción por la repostulación de Evo Morales obtenía 48.7 por ciento de los votos, frente a la opción opositora en defensa del "no" que obtenía 51.3 por ciento de los sufragios.

 

¿Qué pasó en esos 16 meses entre una y otra elección?

 

Hay 2 motivos que pueden explicar ese 49 por ciento obtenido por Evo y el MAS. Por un lado, y a semejanza de la mayoría de procesos latinoamericanos que han superado la barrera de los 10 años, hay un agotamiento de un ciclo, o cuando menos una pérdida de la mística del proceso y de la capacidad de seducción a algunos sectores. Por otro lado, y también de manera similar a lo sucedido en otros países, la guerra mediática contra la figura de Evo, representada en el Caso Zapata, tuvo una incidencia importante sobre el imaginario de los votantes, especialmente en las clases medias urbanas.

 

Pero estos dos motivos se quedan cortos a la hora de analizar el escenario electoral para las próximas elecciones generales del 20 de octubre, y por eso vamos a tratar de desarrollar cinco claves que nos permitan leer el escenario electoral, donde por primera vez en 13 años de proceso, Evo y el MAS no tienen garantizada la victoria.

 

Las cifras

 

Nuestro análisis debe partir que ya no es posible alcanzar porcentajes de voto del 61 por ciento como en 2014, el techo ahora mismo es el 49 por ciento obtenido en defensa del "sí" a la repostulación de Evo Morales.

 

Es muy probable que el voto al MAS y a Evo se quede en una horquilla entre 40 y 45 por ciento de apoyo. Ese porcentaje le permitiría ganar en primera vuelta, siempre que saque 10 puntos al segundo más votado. El problema es que ir a una segunda vuelta sería catastrófico, un 21F recargado, donde toda la oposición se uniría en contra de Evo, asegurando la derrota del Movimiento al Socialismo.

 

Las nuevas clases sociales

 

En 2005 la extrema pobreza era de 38.2 por ciento (casi cuatro de cada 10 bolivianos) y en 2018 se situó en 15.2 por ciento. Mientras la pobreza moderada pasó de 60.6 por ciento a 36.4 por ciento. Lo bueno: las personas con ingresos medios pasaron de ser 3.3 millones en 2005 a 7 millones en 2018. Lo malo: Ese incremento de casi 4 millones no fue en ciudadanía crítica, consciente de que si les va mejor es gracias a unas determinadas políticas sociales y económicas de un gobierno popular. Se crearon 4 millones de nuevos consumidores.

 

Lo que es cierto es que tampoco es una clase media tradicional, sino una clase media de origen popular que, como explica el vicepresidente Álvaro García Linera, su existencia debe ser comprobada no solo por sus ingresos, sino también por su capital social, cultural y étnico. Esta clase media ascendente se disputa con la clase media tradicional un mismo espacio de oportunidades. Estos dos sectores de la clase media serán, con toda seguridad, quienes definan la elección de octubre.

 

Oposición

 

Porque con un núcleo duro masista que no baja de 30 por ciento y un núcleo duro de la derecha que también ronda 30 por ciento, y del que una parte apoyará a Oscar Ortiz, el candidato de Rubén Costas y la derecha cruceña, queda en manos de Carlos Mesa, ex vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada, la posibilidad de seducir a esas clases medias desencantadas con el proceso de cambio y perder por menos de 10 puntos de diferencia en la primera vuelta, lo que le daría muchos chances en la segunda.

 

Proyectos

 

Para enfrentar al MAS, el proyecto de la oposición cambia en su forma, no en su fondo, pues sería insensato posicionarse en contra de las políticas de redistribución e inclusión gubernamentales, aunque la realidad es que su proyecto está más cerca de la Argentina de Macri que de la Bolivia de Evo.

 

El problema es que el proyecto político del MAS ya no representa cambio, sino continuidad, y que la gestión no es sexy, no es atractiva en épocas electorales. No hay posibilidad de que las personas que votaron no en el referendo del 21F voten por Evo hoy día. Aunque al mismo tiempo se abre una ventana de oportunidad con los nuevos votantes jóvenes que se incorporan al censo electoral.

 

El papel de los medios

 

Hace tiempo que los medios de comunicación son el principal partido de oposición en Bolivia. Lo demostraron el 21F de 2016 mediante la construcción mediática de una gigantesca fake news llamada Caso Zapata, y probablemente vuelvan a ser, junto con las redes sociales, determinantes en esta campaña.

 

Pero aquí de nuevo otra de las debilidades oficialistas es que los medios públicos (gubernamentales para ser más precisos) son muy débiles y no se ha logrado construir de manera certera el relato del proceso de cambio. Ya durante la campaña del referendo del 21F no se logró comunicar para qué, a 14 meses de ganar la elección, se planteaba la repostulación. La respuesta era sencilla: para terminar lo que se empezó en aquel 2006 de nacionalización de los hidrocarburos y Asamblea Constituyente.

 

En cómo se deconstruyan y construyan nuevos imaginarios durante los meses que quedan hasta la elección, especialmente en un tema tan sensible para las clases medias como la corrupción, estará otra de las claves del resultado final el 20 de octubre.

 

Por Katu Arkonada, politólogo especialistaen América Latina

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Hacia un Nuevo Orden Mundial de la Cultura y la Comunicación

 

Toda organización política (y, por lo tanto, toda organización) debe tener en su “agenda” la problemática histórica actual en materia de Cultura y Comunicación. No es mucho pedir y no hay escapatorias. Ya tuvimos tiempo de sobra para aprender que, entre todas las batallas que la humanidad libra hacia su emancipación, los “territorios” de la Cultura y la Comunicación han sido especialmente colonizados y mayormente plagados con derrotas muy severas.

Pero no se trata de priorizar a la Cultura y a la Comunicación en una “agenda” donde se las entienda exclusivamente como “espectáculo”, “entretenimiento” o “curiosidad”… como suele hacer cierto sector de las oligarquías y sus burocracias. No se trata de fingir, con discursos, que nos ocupa o preocupa la “diversidad” expresiva de los pueblos. No se trata de repetir la mueca clientelista que reparte becas, o subsidios, a los amigos y a los amigos de los amigos. No se trata de convencernos con sesudas disquisiciones academicistas ni convenciones internacionales plagadas con naderías en la práctica. De lo que sí se trata es de habilitar, profundizar y ensanchar el ejercicio de derechos humanos inalienables como son el Derecho a la Cultura y el Derecho a la Comunicación, no sólo en igualdad de “oportunidades” sino, principalmente, en igualdad de condiciones.

Una “agenda” de Cultura y Comunicación para nuestro tiempo, debe interesarse por la democratización de las herramientas de producción, distribución e interlocución del “sentido”. Debe interesarse por el ascenso de una corriente semántica renovada por el fragor de las luchas sociales que en todos los ámbitos (ciencias, artes, filosofías, tecnologías…) viene librando la especie humana para garantizarse un lugar digno en su propio desarrollo y no un lugar de “espectador” sometido por un sector social acaparador e históricamente opresor de las mayorías. Tal “agenda” debe interesarse, (inter, multi y transdisciplinariamente) por erradicar los medios y los modos con que los pueblos han sido infiltrados con “valores” o “antivalores” que sólo convienen el statu quo y que han inoculado núcleos de “falsa conciencia” redituables a la ignorancia funcional, al mundo de la mentira como verdad, al sometimiento de consciencias y al mercantilismo desaforado infectado de individualismo y consumismo.

De las fuerzas políticas actuales (que dicen ser emanación de la voluntad popular o de las clases trabajadoras) no podemos espera menos que un modelo comprensivo y dinámico que, en materia de Cultura y Comunicación, se disponga a corregir las asimetrías en el campo de la disputa por el sentido. Que sepa desarrollar un arsenal de herramientas para la crítica (en todos los “sentidos”) ante la hegemonía de la “Iniciativa Privada”; contra el burocratismo clientelista y contra el silenciamiento de las comunidades semánticas más variadas que, además de diversas, son mayoría abrumadora. Que, además de las herramientas para la crítica ponga al alcance de todos los cuerpos legales, las fuentes metodológicas, los espacios de formación, las herramientas de producción, las infraestructuras de transmisión, los modelos de evaluación y la dinámica de la retroalimentación. Abiertas, participativas, auto gestionadas, autónomas y de revocabilidad consensuada desde las bases. Para empezar.

No es posible aceptar políticas de Cultura y Comunicación sin consultas desde las bases y desde la historia. No es aceptable abandonarse a los caprichos del mecenazgo, no es recomendable aspirar al mundo feliz de las “industrias culturales” reproductoras de la lógica de la mercancía en el campo de las ideas y las emociones sociales. Cultura y Comunicación no son mercancías, son Derechos Humanos Fundamentales y al Estado compete su desarrollo, ensanchamiento y profundización. O será nada.

Una organización política que en su “agenda” no contenga, como prioridad de corto plazo, el desarrollo de una Política de Cultura y Comunicación, descolonizadora y transformadora, debe revisarse a fondo contrastándose con los hechos duros y crudos que han venido amenazando a las democracias en las décadas recientes, tal como lo advirtió el Informe MacBride de 1980. No es que falten casos ejemplo, autores denunciantes ni amarguras realmente existentes en el escenario actual donde la Cultura y la Comunicación han sido secuestradas por los poderes monopólicos trasnacionales. Lo que sí está faltando es la decisión política de fuerzas organizadas, con mandato de la clase trabajadora, para desplegar una experiencia nueva y renovadora atenta a las exigencias de los tiempos actuales y del futro inmediato.

“Se requieren nuevos discursos y enfoques que sirvan de referencia a las políticas culturales” ya reclamaba Irina Bokova de la UNESCO. En su reclamo, desde luego están las exigencias cualitativas y cuantitativas, están las consideraciones administrativas y de gestión gubernamental, además de estar a expectativa geopolítica acentuada en una visión Sur-Sur. Y lo que está faltando es la ordenación de las acciones que garanticen un cambio de paradigmas, a fondo, por cuanto compete a la comprensión teórica y práctica de la Cultura y la Comunicación no sólo como expresiones “reflejo”, “espejo” del pensar y el “sentir” social sino como instrumentos para la acción transformadora directa. Hay que romper con resabios y taras de las “culturas” desarrolladas por los colonialismos para contar con pueblos mansos y tributarios de la riqueza para los “amos”.

Hace falta sepultar a la andanada mercantilistas creadora de las “culturas” de la adicción (como el alcoholismo, la farmacodependencia y todas las adicciones autodestructivas). Hay que romper con todo lo que oprime y deprime a los pueblos, obligándolos a resignarse a una cultura de esclavo, a una moral de súbditos y a una estética colonizada que derivan siempre en beneficios comerciales para las clases opresoras. Eso le falta a las Políticas de Cultura y Comunicación que han de nacer en esta etapa y en el seno de las organizaciones políticas que quieran ser respetadas por su respeto histórico a las luchas de sus pueblos. Cultura y Comunicación para la emancipación. Nuevo orden.

 

Fuente: Rebelión/Instituto de Cultura y Comunicación UNLa

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Pregunta siempre vigente. ¿Qué hacer?

I

Hace ya más de un siglo, en 1902, Vladimir Lenin se preguntaba cómo enfocar la lucha revolucionaria; así, parafraseando el título de la novela de su compatriota Nikolai Chernishevski, de 1862, igualmente se interrogaba ¿qué hacer? La pregunta quedó como título de la que sería una de las más connotadas obras del conductor de la revolución bolchevique. Hoy, 117 años después, la misma pregunta sigue vigente: ¿qué hacer?

Es decir: qué hacer para cambiar el actual estado de cosas. Si vemos el mundo desde el 20% de los que comen todos los días, tienen seguridad social y una cierta perspectiva de futuro, las cosas no van tan mal. Si lo miramos desde el otro lado, no el de los “ganadores” sino del restante 80% de la población planetaria, la situación es patética. Un mundo en el que se produce aproximadamente un 40% de comida más de la necesaria para alimentar a toda la humanidad sigue teniendo al hambre como principal causa de muerte; mundo en el que el negocio más redituable es la fabricación y venta de armamentos y donde un perrito hogareño de cualquier casa de ese 20% de la humanidad que arriba mencionábamos come más carne roja al año que un habitante de los países del Sur. Mundo que está buscando agua en el planeta Marte mientras la niega a la gran mayoría de la población mundial en esta Tierra. Mundo en el que es más importante seguir acumulando dinero, aunque el planeta se torne invivible por la contaminación ambiental que esa misma acumulación conlleva. Mundo, entonces, que sin ningún lugar a dudas debe ser cambiado, transformado, porque así, no va más, porque es el colmo de la irracionalidad, de la injusticia, de la asimetría.

Entonces, una vez más surge la pregunta: ¿qué se hace para cambiarlo? ¿Por dónde comenzar? Las propuestas que empezaron a tomar forma desde mediados del siglo XIX con las primeras reacciones al sistema capitalista dieron como resultado, ya en el siglo XX, algunas interesantes experiencias socialistas. Si las miramos históricamente, fueron experiencias balbuceantes, primeros pasos. No podemos decir que fracasaron; fueron primeros pasos, no más que eso. Nadie dijo que la historia del socialismo quedó sepultada. En la Rusia actual, por ejemplo, ahora que abrazó el capitalismo, mayoritariamente la población desea retornar a la era soviética, donde las condiciones de vida eran muy superiores. No se puede decir que ahí el socialismo fracasó; fueron los primeros pasos, simplemente. Pasos que dieron resultado, por cierto. “Hay 200 millones de niños de la calle en todo el mundo. Ninguno de ellos vive en Cuba”, pudo afirmar orgulloso Fidel Castro. Quizá habría que considerar esas experiencias del siglo XX (Rusia, China, Cuba) como la Liga Hanseática, allá por los siglos XII y XIII en el norte de Europa, en relación al capitalismo: primeras semillas que germinarían siglos después.

Los procesos históricos son insufriblemente lentos. Alguna vez, en plena revolución china, se le preguntó al líder Lin Piao sobre el significado de la Revolución Francesa, y el dirigente revolucionario contestó que… “aún era muy prematuro para opinar”. Más allá de la posible humorada, hay ahí una verdad: los procesos sociales van lentos, exasperantemente lentos. De la Liga Hanseática al capitalismo globalizado del presente pasaron varias centurias; hoy, terminada la Guerra Fría, se puede decir que el capitalismo ha ganado en todo el mundo, dando la sensación de no tener rival. Para eso fue necesaria una acumulación de fuerzas fabulosas. Las primeras experiencias socialistas –la rusa, la china, la cubana– son apenas pequeños movimientos en la historia. Apenas ha pasado un siglo de la Revolución Bolchevique, pero la semilla plantada no ha muerto. Y si hoy nos podemos (debemos) seguir planteando ¿qué hacer? ante el capitalismo, ello significa que la historia continúa aún. El sistema capitalista, más allá de su derroche consumista y su continuo bombardeo ideológico-propagandístico anticomunista, no puede solucionar problemas ancestrales de la humanidad: hambre, enfermedades previsibles, dignidad de vida para todos, seguridad.

II

El mundo, como decíamos, para la amplia mayoría no sólo no va bien sino que resulta agobiante. Pero el sistema global tiene demasiado poder, demasiada experiencia, demasiada riqueza acumulada, y hacerle mella es muy difícil. La prueba está con lo que acaba de suceder estas últimas décadas: caída la experiencia de socialismo soviético y revertida (¿apaciguada?) la revolución china con su tránsito al capitalismo (o socialismo de mercado), los referentes para una transformación de las sociedades faltan, se han esfumado. ¿Es acaso China el modelo a seguir? Ese país puede experimentar esa rara combinación: mercado capitalista y planificación socialista, con un Partido Comunista férreo que ya tiene planes para el siglo XXII, haciendo que las cosas le marchen viento en popa. Pero China tiene 1,500 millones de habitantes y 4,000 años de historia. ¿Podrá un país como Cuba, por ejemplo, seguir ese modelo? La pregunta está abierta y es parte del debate en torno a ese ¿qué hacer?

Movimientos armados que levantaban banderas de lucha y cambios drásticos algunos años atrás ahora se han amansado, y la participación en comicios “democráticos” pareciera todo a cuanto se puede aspirar. Lo “políticamente correcto” vino a invadir el espacio cultural y la idea de lucha de clases fue reemplazándose por nuevos idearios “no violentos”. La idea de transformación radical, de revolución político-social, no pareciera estar entre los conceptos actuales. Pero las condiciones reales de vida no mejoran para las grandes mayorías; aunque cada vez hay más ingenios tecnológicos pululando por el mundo, las relaciones sociales se tornan más dificultosas, más agresivas. Las guerras, contrariamente a lo que podía parecer cuando terminó la Guerra Fría, siguen siendo el pan nuestro de cada día desde la lógica de los grandes poderes que manejan el mundo. La miseria, en vez de disminuir, crece. No está de más agregar que las guerras pasaron a constituir uno de los más redituables negocios del sistema capitalista. De hecho, la inversión en armamentos es el rubro comercial más desarrollado y que más ganancias otorga en este momento (se gastan 35,000 dólares por segundo en la industria bélica, lo cual favorece solo a un minúsculo grupo. Las mayorías siguen postergadas, hambrientas… ¡y muriendo en esas guerras!).

Una vez más entonces: ¿qué hacer? Hoy, después de la brutal paliza recibida por el campo popular con la caída del muro de Berlín y el retroceso sufrido en las condiciones laborales (pérdidas de conquistas históricas, desaparición de los sindicatos como arma reivindicativa, condiciones cada vez más leoninas, sobre-explotación disfrazada de cuentapropismo) las grandes mayorías, en vez de reaccionar, siguen anestesiadas. Una vez más también: el sistema capitalista es sabio, muy poderoso, dispone de infinitos recursos. Varios siglos de acumulación no se revierten tan fácilmente. Las ideas de transformación que surgen a partir del pensamiento labrado por Marx y Engels, puntales infaltables en el pensamiento revolucionario, hoy día parecieran “fuera de moda”. Por supuesto que no lo son, pero la ideología dominante así lo presenta.

Hoy es más fácil movilizar a grandes masas por un telepredicador o por un partido de fútbol que por reivindicaciones sociales. ¡Pero no todo está perdido! Los mil y un elementos que el sistema tiene para mantener el statu quo no son infalibles. Continuamente surgen reacciones, protestas, movimientos contestatarios. Lo que sí pareciera faltar es una línea conductora, un referente que pueda aglutinar toda esa disconformidad y concentrarla en una fuerza que efectivamente impacte certeramente en el sistema. ¿Por dónde golpear a ese gran monstruo que es el capitalismo? ¿Cómo lograr desbalancearlo, ponerlo en jaque, ya no digamos colapsarlo? Los caminos de la transformación se ven cerrados. Quizá el presente es un período de búsqueda, de revisiones, de acumulación de fuerzas. Hoy por hoy, no se ve nada que ponga realmente en peligro la globalidad del sistema-mundo capitalista. Las luchas siguen, sin dudas, y el planeta está atravesado de cabo a rabo por diversas expresiones de protesta social. Lo que no se percibe es la posibilidad real de un colapso del capitalismo a partir de fuerzas que lo adversen, que lo acorralen. El proletariado industrial urbano, que se creyó el germen transformador por excelencia –de acuerdo a la apreciación absolutamente lógica de mediados del siglo XIX cuando el auge de la revolución industrial– hoy está en retirada (la robotización lo va supliendo). Los nuevos sujetos contestatarios –movimientos sociales varios, campesinos, etnias, reivindicaciones puntuales por aquí y por allá– no terminan de hacer mella en el sistema. Y las guerrillas de corte socialista parecen hoy piezas de museo. ¿Quién levantaría la lucha armada en la actualidad como vía para el cambio social?

En medio de esa nebulosa, sin embargo, siguen surgiendo protestas, voces críticas. La historia no ha terminado, definitivamente. Si eso quiso anunciar el grito victorioso apenas caído el muro de Berlín con aquellas famosas frases pomposas de “fin de la historia” y “fin de las ideologías”, el estado actual del mundo nos recuerda que no es así. Ahora bien: ¿qué hacer para que colapse este sistema y pueda surgir algo alternativo, más justo, menos pernicioso?

III

Es más fácil decir qué no hacer que proponer cuestiones concretas. En otros términos: es más fácil destruir que construir. Pero sabido eso, y asumiendo que no resulta nada fácil marcar un camino seguro (por el contrario ¡es tremendamente difícil!) se puede señalar, en todo caso, por dónde no ir. Eso, al menos, ya nos recorta un poco el panorama, y nos dice lo que no debemos hacer. Luego, quizá, surja la hoy día ausente propuesta concreta de qué hacer, por dónde ir.

Hoy, dada las circunstancias históricas, de ningún modo es posible:

Impulsar la lucha armada. Las condiciones nacionales de ningún país, e incluso la coyuntura internacional, tornan imposible levantar esa propuesta en este momento. El agotamiento de esta opción, la respuesta absolutamente desmedida de que fueron objeto por parte del Estado con su estrategia contrainsurgente los distintos sitios donde aparecieron focos guerrilleros, el descrédito y el miedo que dejaron estas luchas en el grueso de la población, hacen imposible, en la actual coyuntura, volver a levantar esa iniciativa. La cuestión técnica, es decir: la enorme diferencia de poderío que se ha establecido entre las fuerzas regulares de cualquier Estado y las fuerzas insurgentes, no es el principal obstáculo para proponer esta salida. Los ideales, está probado, pueden ser más efectivos que el más impresionante dispositivo técnico. De todos modos, llegado el caso, esa diferencia de potencial bélico hoy es tan grande que habría que replantear formas de lucha. Por ejemplo: ¿puede llegar a plantearse seriamente como una opción que desestabilice al sistema una “guerrilla informática”, los hackers? Quizá eso no serviría como propuesta de transformación, y debería pensarse en otras opciones, como guerra popular prolongada con una vanguardia armada. Lo cierto es que hoy, dado la reciente historia, ésta no se vislumbra como una vía posible.

Participar como partido político buscando la presidencia en elecciones generales para, desde allí, generar cambios. Sin descartar completamente la opción de la vía electoral, la opción transformadora no pasa por ocupar la administración del Estado capitalista. La experiencia lo ha demostrado infinidad de veces, a veces de manera trágica, que tomar el gobierno no es, en modo alguno, tomar el poder. Los factores de poder pueden admitir, a lo sumo, que un gobierno con tinte socialdemócrata realice algunos cambios no sustanciales en la estructura; si se quiere ir más allá, al no contarse con todo el poder real (las fuerzas armadas, el aparato de Estado en su conjunto, la movilización popular efectiva que representa un movimiento de masas siendo quien en verdad insufla la energía transformadora), al no haberse producido un cambio en las correlaciones de fuerzas reales en la sociedad, las posibilidades de cambio son nulas. Quizá pueda ser útil, sólo como un momento de la lucha revolucionaria, optar por ocupar poderes locales (alcaldías por ejemplo) o algunas bancas en el Poder Legislativo, para hacer oposición, para organizar, para constituirse en un referente alternativo. Pero en todo caso no hay que olvidar nunca jamás que esas instancias de la institucionalidad capitalista son muy limitadas: no están hechas para la democracia genuina, de base, revolucionaria. Son, en definitiva, instrumentos de dominación de clase, por eso no puede apuntarse a trabajar en ellas con la “ingenuidad” de creer poder transformar algo con instrumentos destinados a no cambiar.

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Sin tener claro por dónde, podemos ver algunos elementos interesantes, que deben llamar al análisis pormenorizado. En ese sentido, lo que sí se van dibujando como alternativas antisistémicas, rebeldes, contestatarias, son los grupos (en general movimientos campesinos e indígenas) que luchan y reivindican sus territorios ancestrales.

Quizá sin una propuesta clasista, revolucionaria en sentido estricto (al menos como la concibió el marxismo clásico), estos movimientos constituyen una clara afrenta a los intereses del gran capital transnacional y a los sectores hegemónicos locales. En ese sentido, funcionan como una alternativa, una llama que se sigue levantando, y arde, y que eventualmente puede crecer y encender más llamas. De hecho, en el informe “Tendencias Globales 2020 – Cartografía del futuro global”, del consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos, dedicado a estudiar los escenarios futuros de amenaza a la seguridad nacional de ese país, puede leerse: “A comienzos del siglo XXI, hay grupos indígenas radicales en la mayoría de los países latinoamericanos, que en 2020 podrán haber crecido exponencialmente y obtenido la adhesión de la mayoría de los pueblos indígenas (…) Esos grupos podrán establecer relaciones con grupos terroristas internacionales y grupos antiglobalización (…) que podrán poner en causa las políticas económicas de los liderazgos latinoamericanos de origen europeo. (…) Las tensiones se manifestarán en un área desde México a través de la región del Amazonas”. [1] Para enfrentar esa presunta amenaza que afectaría la gobernabilidad de la región poniendo en entredicho la hegemonía continental de Washington y afectando sus intereses, el gobierno estadounidense tiene ya establecida la correspondiente estrategia contrainsurgente, la “Guerra de Red Social” (guerra de cuarta generación, guerra mediático-psicológica donde el enemigo no es un ejército combatiente sino la totalidad de la población civil), tal como décadas atrás lo hiciera contra la Teología de la Liberación y los movimientos insurgentes que se expandieron por toda Latinoamérica.

Hoy, como dijo algún tiempo atrás el portugués Boaventura Sousa Santos refiriéndose al caso colombiano en particular, pero aplicable al contexto latinoamericano en general, “la verdadera amenaza no son las FARC. Son las fuerzas progresistas y, en especial, los movimientos indígenas y campesinos. La mayor amenaza [para la estrategia hegemónica de Estados Unidos, para el capitalismo como sistema] proviene de aquellos que invocan derechos ancestrales sobre los territorios donde se encuentran estos recursos [biodiversidad, agua dulce, petróleo, riquezas minerales], o sea, de los pueblos indígenas”. [2] Anida allí, entonces, una cuota de esperanza. ¿Quién dijo que todo está perdido?

IV

No hay dudas que la contradicción fundamental del sistema sigue siendo el choque irreconciliable de las contradicciones de clase, de trabajadores y capitalistas (empresarios industriales, terratenientes, banqueros), más allá que ahora se hayan “puesto de moda” los Métodos Alternativos de Resolución de Conflictos: MARC’s. Es decir: Marc’s en vez de Marx. Esa contradicción –que no ha terminado, que sigue siendo el motor de la historia, amén de otras contradicciones paralelas sin dudas muy importantes: asimetrías de género, discriminación étnica, adultocentrismo, homofobia, etc.– pone como actores principales del escenario revolucionario a los trabajadores, en cualquiera de sus formas: proletariado industrial urbano, proletariado agrícola, trabajadores clase-media de la esfera de servicios, amas de casa, intelectuales, personal calificado y gerencial de la iniciativa privada, subocupados varios, campesinos. Lo cierto es que, con la derrota histórica de este round de la lucha y el retroceso que, como trabajadores, hemos sufrido a nivel mundial con el capitalismo salvaje de estos años, eufemísticamente llamado “neoliberalismo” (precarización de las condiciones generales de trabajo, pérdida de conquistas históricas, retroceso en la organización sindical, tercerización, etc., etc.), los trabajadores estamos desorganizados, vencidos, quizá desmoralizados.

De ahí que estos movimientos campesinos-indígenas que reivindican sus territorios son una fuente de vitalidad revolucionaria sumamente importante.

La pregunta era: ¿por dónde ir? Sin dudas, la organización popular sigue siendo vital. Ningún cambio puede darse si no es con poblaciones organizadas, conscientes de su realidad, dispuestas a cambiar las cosas. Las élites esclarecidas no sirven para modificar una sociedad; más allá de su lucidez, la verdadera mecha del cambio está en la fuerza de la gente, no en el trabajo intelectual de una vanguardia (sin desmerecer lo intelectual en lo más mínimo, por supuesto). Evidentemente la potencialidad de este descontento que en muchos países latinoamericanos se expresa en toda la movilización popular anti industria extractivista (minería, hidroeléctricas, monocultivos destinados a la agroexportación) puede marcar un camino. Hoy día, en que pareciera que no hay ninguna claridad respecto a las sendas a transitar para lograr cambios reales, profundos y sostenibles, hoy día en que el sistema global parece tan monolítico y sin ningún resquicio por donde atacarlo, tal vez sea oportuno recordar al poeta (¿y quién dijo que el arte no puede ser infinitamente revolucionario?): “Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”.

 

Por Marcelo Colussi

Rebelión


Notas

[1] En Yepe, R. “Los informes del Consejo Nacional de Inteligencia”. Versión digital disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=140463

[2] Boaventura Sousa, S. “Estrategia continental”. Versión digital disponible en https://www.uclouvain.be/en-369088.html

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Bolivia frente al “no hay alternativa”

La fuerte restricción externa que acecha a Latinoamérica desde hace varios años ha puesto en tensión a la mayoría de los modelos económicos, con independencia del signo político que los gestione. Salvo en contadas excepciones, la mayoría de las economías no ha sabido conducir el nuevo ciclo a la baja del precio de los commodities. La caída de las divisas procedente de la venta de materias primas ha resultado, finalmente, ser el principal adversario electoral para muchos gobiernos de la región, que siguen buscando la fórmula para superar un frente externo tan adverso.


La ecuación se hace cada vez más compleja. ¿Cómo contentar a todos los sectores de la economía en un marco de escasez de divisas? ¿Cómo sostener la política de derechos sociales en aquellos países que no están dispuestos a renunciar a ello, a pesar del frente externo desfavorable? ¿Cómo reactivar economías altamente extranjerizadas si no hay divisas? ¿Cómo cambiar el modelo productivo si hay una elevada dependencia de los insumos productivos importados? Son preguntas que no tienen respuestas sencillas. Y es en este contexto donde pretende imponerse el “no hay alternativa”. Es habitual que, ante la generalizada falta de previsión por la caída de divisas, aparezca el gran prestamista que está dispuesto a entregar dólares únicamente a cambio de la implementación de sus políticas económicas, las llamadas “pragmáticas”, las únicas posibles, esto es, todas las medidas económicas neoliberales que ya conocemos.


Es así como juntan “el hambre con las ganas de comer”. Por un lado, ganan los que se beneficiaron del exceso de liquidez propiciado por la megaemisión monetaria realizada en el periodo 2008-2015 en Estados Unidos y Europa; y, por el otro lado, están los necesitados de divisas. El caso argentino, seguramente, es el más emblemático por la velocidad de implementación del programa made in FMI. Algo similar se está haciendo también en Ecuador. Te presto dólares a cambio de no tomar otra salida que no sea la neoliberal.


De esta forma, la restauración conservadora procura ganar el pulso geopolítico regional con el “no hay alternativa” como bandera. Y, sin embargo, les salió un incómodo caso que contradice todo su relato. Se les olvida, adrede, lo que pasa en Bolivia, donde sí hubo alternativa, y aún la hay. De hecho, muy exitosa. Y, además, con el aval y satisfacción de la mayoría. En la encuesta realizada por CELAG en marzo de este año, 6 de cada 10 personas creen que ha habido una mejora de las condiciones de vida gracias al actual modelo económico.


En la fórmula económica boliviana se parte de un principio básico: no sólo es posible conciliar la justicia social con la eficacia económica, sino que, además, crean sinergia entre sí. La demanda interna es la base sólida del crecimiento económico que permite, asimismo, tener capacidad de amortiguar cualquier shock externo adverso. Las políticas redistributivas en materia de derechos sociales en Bolivia (Bono Juancito Pinto, Bono Juana Azurduy de Padilla, Renta Dignidad) fueron fundamentales para constituir una robusta demanda interna sostenida en el tiempo. Esas políticas sociales se lograron financiar con recursos que antes se iban del país. Gracias a la nacionalización se evitó esa fuga y, además, se demostró que lo estatal, si se hacen bien las cosas, es capaz de presentar un funcionamiento eficaz y eficiente en clave económica. La mayoría de las empresas públicas nacionalizadas en sectores estratégicos (YPFB, Entel o Boa) revalorizaron su patrimonio y tienen un flujo de caja con un saldo muy positivo, que permite mayor inversión pública productiva, así como garantizar derechos sociales. En reciente estudio de CELAG se demostró que, si no se hubiera producido nacionalización, Bolivia hubiera dejado de generar riqueza económica por un valor de 74.000 millones de dólares (que, por ejemplo, representa 2 veces el PIB del año 2017).


Bolivia ha demostrado que sí se puede tener una inserción soberana e inteligente contra la restricción externa. Que se puede desdolarizar la economía y tener, al mismo tiempo, un sistema financiero sólido. En la actualidad, el sistema financiero se ha bolivianizado; por ejemplo, más del 95 por ciento de los depósitos se hacen en moneda nacional. Que se puede tener estable el nivel de precios al mismo tiempo que los ingresos y el consumo crece. Que se pueden reducir la desigualdad y la pobreza mientras la economía sigue creciendo a tasas récord en Latinoamérica. Que se puede mejorar notablemente el bienestar social en condiciones macroeconómicas sólidas.


Que se puede y se debe. Es así como Bolivia le viene la ganando la partida al “no hay alternativa”, demostrando que, con una forma diferente de hacer política económica, soberana y ordenada, con justicia y eficiencia, se ven los buenos resultados, que se visualizan tanto en las cifras como en cualquier aspecto de la vida cotidiana del pueblo boliviano.


Por Alfredo Serrano Mancilla, director Celag, Doctor en Economía.

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Mucho pueblo: “Inalcanzable” concentración en apoyo a Evo Morales

La concentración de los movimientos sociales y militantes del MAS en la localidad Chimoré, en el centro del país, este 18 de mayo, para lanzar oficialmente la candidatura del binomio Evo Morales y Álvaro García Linera, ha superado los propios cálculos del oficialismo. Decenas de miles de personas se trasladaron de todas partes del país para ratificar en ese aeropuerto, que de base militar norteamericana ha pasado a centro de liberación, su pleno respaldo a un presidente y a un gobierno que ya en varios campos de la vida social han conquistado record hasta hace 14 años impensables en Bolivia. Pero, como se respiró en el aire, en los gestos de la gente, es el apoyo al presidente decodificado a su condición de Evo Pueblo, Evo político y compañero.


Reunidos en lo largo de la pista del aeropuerto internacional de Chimoré, del trópico cochabambino, los adeptos de Evo Morales dieron vivo testimonio de su apuesta a la continuidad del Proceso de Cambio que, a pesar de ciertas desaceleraciones coyunturales y problemas que es “natural” se hayan enfrentado en la gestión, es el más profundo que ha vivido este país enclavado en el corazón de Sudamérica. “Este proceso, señaló Morales, es imparable, sin retorno, gracias a la conciencia del pueblo”.


Todo el acto fue muy breve. Y en las palabras que todos esperaban apareció el “Evo político y compañero” más que el “Evo Presidente” o el “Evo Estadista”. La gente, esos rostros diversos de trabajadores del campo y la ciudad, se conectaron más emotivamente con el Evo Pueblo. Y es que la ocasión daba para eso, para (re)construir una subjetividad que convertida en fuerza material, es la garantía de la continuidad del Proceso de Cambio.


No es que la gente no viera a Evo Presidente, que por lo demás les pidió –como fuente originaria de su poder- cinco años más para cumplir con la Agenda del Bicentenario, que se traduce en grandes obras, más desarrollo, erradicación de la pobreza y un salto a la agenda del siglo XXI, donde Bolivia quiere incorporarse. Rostros de emoción, con alegría incluso traducida en lágrimas, bañaron a la gente, estimada en un millón, que se sienten representados por alguien que procediendo del pueblo hizo por Bolivia, en 14 años, lo que muchos políticos con títulos obtenidos en universidades de Estados Unidos y Europa jamás hicieron en más de 180 años. “Estamos demostrando al mundo que los trabajadores sabemos gobernar, ayudado por profesionales”, subrayó Morales al aludir permanentemente al concepto de trabajadores. Y además dijo: “podemos equivocarnos, somos seres humanos, pero corregimos nuestros errores, pero nunca hemos robado, hemos venido a servir al pueblo boliviano”.


Evo quiere que el pueblo permanezca en el poder para toda la vida. Hace años dijo “hemos llegado para no irnos nunca más”. Ahora, depositando su confianza en el pueblo –concepto en el que no entran los enemigos de la patria-, el carismático político sostuvo que cinco años más de presidente –que vendría a ser su cuarto mandato desde enero de 2005- es “para garantizar la liberación para toda la vida”.


Y la fuerza simbólica estuvo presente en todo momento. Un acto interreligioso, pancartas y banderas azules, rojas, amarillas, celestes, que llevaban o el rostro del Che Guevara o de Evo Morales, ondeaban a lo largo del 80 por ciento de la pista habilitada para el acto de ese aeropuerto. “De centro de dominación a centro de liberación”, enfatizó el líder indígena para referirse al cambio de condición de ese aeropuerto que durante dos décadas sirvió para ejecutar la fracasada “Guerra Internacional Contra las Drogas”, con un salto de campesinos asesinados y perseguidos con absoluta impunidad por las fuerzas represivas.


El líder indígena también salió al paso de la matriz de opinión que pretende instalar en el imaginario colectivo la idea de “gobierno corrupto”. Antes de hablarnos de eso, hay candidatos que no deberían olvidarse de que tienen cuentas en el exterior, de que deben declarar al fisco el total de recursos que les ingresa por la venta de algún bien y de que pidieron autorización al Congreso Nacional –ahora Asamblea Legislativa Plurinacional-, para conceder inmunidad a los soldados norteamericanos que operaban en Bolivia. El misil estaba dirigido a Carlos Mesa, un historiador que estuvo al frente del Estado, primero como vicepresidente (2002-2003) y luego como presidente (2003-2005), del último gobierno neoliberal que se instaló en Bolivia producto de la “Democracia de Pactos”.


El instrumento político de liberación, al que Morales hizo referencia, surgió después de años de construcción en marzo de 1995 con la convergencia de tres organizaciones principales: la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), la Confederación Sindical de Colonizadores de Bolivia (CSCB) –hoy convertida en Confederación de Comunidades Interculturales- y la Federación Sindical de Mujeres Campesinas “Bartolina Sisa”. Evo amplió su mirada después e incorporó a los trabajadores urbanos y al proletario minero, aglutinados en la histórica Central Obrera Boliviana (COB), cuyo principal dirigente, Juan Carlos Guarachi, confirmó el respaldo de esa organización al binomio oficialista.
Y es que en Bolivia, con algunos momentos de poca sintonía, la clave de la permanencia del Proceso de Cambio, al que ya no se le atribuye hace rato el horizonte del Vivir Bien o el Socialismo Comunitario, ha sido el establecimiento de un nuevo tipo de relación entre pueblo y gobierno.


El líder indígena no cesaba de descargar su batería de mensajes simbólicos y de apelar a las fibras más profundas de los hombres y mujeres, jóvenes, adultos y viejos que no se cambiaban por nadie. Yo creo, sostuvo, en la conciencia del pueblo, en su unidad político-electoral, en su compromiso con la Patria que hemos recuperado.


Evo sabe que la pelea será dura. Su apuesta es ganar las elecciones por un 70 por ciento, que es en realidad una meta muy alta la que se coloca asimismo el líder boliviano. Es cuestión de ponerse la mochila en las espaldas y de eso Evo sabe mucho desde que fuera dirigente sindical y luego presidente. Pero también sabe que las tareas más nobles pueden fracasar si no hay acompañamiento activo del pueblo. Y de ahí que no sea improvisado cuando sostuvo, con un nudo en la garganta: “nunca me abandonen hermanos y hermanas, venimos de mucha lucha y de mucho sufrimiento”


La concentración se dio, aunque todavía sin que haya salido oficialmente un cronograma del Tribunal Supremo Electoral (TSE) en una coyuntura caracterizada por campañas prematuramente activas, pero con resultados que, de momento, van clarificando la tendencia electoral a favor de Morales, y en medio de una situación latinoamericana en la que Venezuela está en el centro de la tormenta a raíz de la contraofensiva imperial y conservadora. Aunque Bolivia no figura en la primera línea de fuego de los enemigos de la emancipación de los pueblos, como ocurre con Venezuela, Cuba y Nicaragua, Evo sabe que no hay que bajar la guardia.


De acuerdo a varios estudios de medición de tendencia electoral, el presidente Evo Morales se perfila como el favorito y gradualmente se va separado de su inmediato seguidor, Carlos Mesa, quien muestra claras señales de retroceso o en el mejor de los casos de estancamiento, lo que parece explicarse, entre otras causas, por la ausencia de una propuesta alternativa frente a lo que se está haciendo desde enero de 2006 y de un sólido liderazgo opositor. Si se toma en cuenta la última encuesta del opositor matutino Pagina Siete, donde Evo tiene 34% y Mesa 28, es evidente que el líder indígena ya está cerca del 50 por ciento al sumar la votación promedio en el área rural, que no incorporan los estudios, donde el líder indígena es hegemónico con votos que no bajan del 86 por ciento en los centros de votación.


Pero si el panorama político para Morales ha mejorado respecto de los primeros meses de este año, la masiva concentración tuvo el condimento de la presencia horas antes del Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, quien afirmó en la mañana del viernes, ante el asombro opositor, que impedir la participación del líder indígena en las elecciones del 20 de octubre sería un acto discriminatorio. Las palabras de Almagro sirvieron para resolver un debate con la oposición, pero eso no quiere decir que el peligro haya pasado. El oportunismo y pragmatismo del uruguayo que, en sus años de joven, jugó a revolucionario, pesan más que cualquier respeto a la palabra.


La oposición, como señala el editorial de La Época, no tuvo otra que reaccionar con desconcierto y con declaraciones fuertes de sus principales dirigentes que más se presentaban como resignación a contar con el apoyo de la OEA para lograr, desde afuera, lo que objetivamente no podrán conquistar desde adentro, dada la fractura electoral y su imposibilidad de organizar una movilización social de dimensiones gigantescas como para bloquear la participación de Morales en las elecciones. La apuesta de la oposición es que la Corte interamericana de Derechos Humanos y la presión de los EEUU, en las que Almagro no se haría ningún problema de operar con bajo perfil, bloqueen la postulación de Morales.

Sin embargo, que la relación de fuerzas empiece a volcarse progresivamente a favor de la continuidad del Proceso de Cambio no significa que la tendencia sea irreversible. De aquí al día de las elecciones todavía falta algo más de cinco meses y un hecho político inesperado, fabricado desde fuera y desarrollado por sus operadores en Bolivia, puede detener la proyección o incluso colocar la coyuntura electoral de lado de la oposición. Evo Morales ya fue víctima de una conspiración político-mediática en febrero de 2016 y sería una ingenuidad que el gobierno y el MAS no estén preparados para enfrentar cualquier plan en esa dirección.


Por eso adquiere sentido, ahora más que nunca, la consigna con la que Evo Morales terminó su corta intervención: ¡Patria o Muerte¡

20 mayo 2019

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Elecciones europeas con muchas variables nuevas

El Brexit, la influencia de la Rusia de Vladimir Putin en los destinos europeos, las manipulaciones de masa, las fake news, en la agenda electoral.

En los tiempos políticos y sociales, 40 años no es mucho, pero en Europa han sido un flujo mutante de cambios, trastornos y reconfiguraciones. Cuatro décadas es la distancia que separa las primeras elecciones europeas con las que tendrán lugar este 26 de mayo para renovar la eurocámara. En 1979, sólo participaron 9 países, en las próximas son 28. Entre tanto se vino abajo el Muro de Berlín (1989) y, entre las precedentes de 2014 y estas de ahora, se introdujeron muchas variables nuevas.


El Brexit, la influencia de la Rusia de Vladimir Putin en los destinos europeos, las manipulaciones de masa, las fake news, la crisis migratoria en el Mediterráneo, los populismos candentes que han hecho de Europa un planeta de conquista, el ocaso de la socialdemocracia y el auge de la extrema derecha. El ex partido Frente Nacional, hoy rebautizado Reagrupamiento Nacional, ya no está solo en el escenario del Viejo Continente. En casi todos los países europeos el populismo gris se extendió como una enredadera por las columnas vertebrales de las sociedades. La líder de la ultraderecha francesa, Marine Le Pen, finalista en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2017, encara esta consulta europea con un horizonte lleno de aliados ideológicos, empezando por el líder de La Liga en Italia, Matteo Salvini, con quien ha pactado una fórmula para asaltar Europa.


Aquella extrema derecha francesa que se reactivó en los años 80 gracias a las manipulaciones grotescas del ex presidente socialista François Mitterrand se ha remodelado completamente. Hoy vuelve a estar en condiciones de reiterar su éxito de 2014 y convertirse en el partido más votado de Francia. Los sondeos más recientes ubican al partido de Marine Le Pen un punto por encima o casi igualado con el partido presidencial de Emmanuel Macron, La República en Marcha. Con alrededor del 22 por ciento de los votos cada uno, el llamado “extremo centro” de Macron y el lepenismo han dejado muy atrás a las demás fuerzas políticas: en tercer lugar se ubica la derecha tradicional de Los Republicanos, 13 por ciento, seguido por Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, 10 por ciento, Europa Ecología Los Verdes, siete por ciento, el destartalado Partido Socialista y sus aliados, 4,5 por ciento, y un par de listas surgidas del movimiento de los chalecos amarillos, 3,5. En suma, después de Macron y Le Pen, los senderos políticos son un desierto. Los antaños partidos de la alternancia democrática, los socialistas y los conservadores, nunca se recuperaron ni de la derrota en las presidenciales de hace dos años, ni de las fracturas internas que los acorralaron al borde de la ruina.


La ultraderecha avanza así a campo abierto, tanto más legitimada cuanto que Emmanuel Macron se posicionó como la única opción contra la ultraderecha. “Yo o el caos” ha sido la estrategia del jefe del Estado. El, es la opción liberal, pro europea y globalizadora, el caos es el nacionalismo populista anti europeo de las extremas derechas. En ese sentido, al macronismo le ha convenido mucho la persistencia y el progreso del partido de Marine Le Pen así como la alianza de la líder francesa con Matteo Salvini y los otros representantes de esa corriente como el primer ministro húngaro Víctor Orban. Asustan y es la configuración perfecta para que, espantado por un lado y, por el otro, sordo a las retóricas y los programas de la socialdemocracia y la derecha, el elector vuelva a percibir al macronismo como casi la única opción ante los extremos.


En el espacio europeo, las encuestas adelantan que las expresiones populistas de derecha serán las ganadoras. La Liga de Salvini sería la segunda fuerza política con 27 escaños, apenas adelantada por los 29 de la CDU alemana. Las derechas agrupadas en el seno del Partido Popular Europeo podrían continuar siendo la fuerza mayoritaria, con 183 diputados. Los socialistas llegarían a 135 y los liberales a 75. Sin embargo, si se suman todas las opciones euroescépticas, estas alcanzarían más de 150 diputados. Allí se despliegue otra paradoja monumental: las fuerzas que están contra la construcción europea, que pugnan por salir de la Unión y por acabar con el euro, participan en los comicios de las instituciones que aspiran a borrar del mapa. Hace unos días, el presidente de la Eurocámara, Antonio Tajani, recalcó que la Unión Europea era “un proyecto único y compartido, consolidado mediante la cooperación pacífica, que se ve amenazado por distintas fuerzas que quieren destruir lo que hemos conseguido juntos”.


Centro-derecha liberal contra ultraderechas serán nuevamente los actores de las elecciones de este mes de mayo. Fuera de algunas excepciones como el Bloco de Esquerda portugués, el Vänsterpartiet sueco, o Podemos en España, las llamadas izquierdas radicales o post comunistas han sacado poco provecho del desencanto masivo que suscitó la socialdemocracia. La izquierda de la izquierda, aquella que aún responde a las tradiciones obreras de Europa, no ha adquirido el estatuto de actor mayor. El electorado a preferido el populismo de extrema derecha y, como árbitro, el liberalismo más expandido.

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Viernes, 10 Mayo 2019 06:14

Militares, policías y democracia

Militares, policías y democracia

¿Es posible modificar la cultura política y la actitud concreta hacia la población de las fuerzas armadas y policiales? A la luz de la experiencia reciente en Uruguay y Brasil, la respuesta es negativa. Luego de tres décadas y media de democracia y más de una década de gobiernos de izquierda, los aparatos represivos reafirman su papel tradicional y no están dispuestos a modificarlo.

Me referiré en particular a las fuerzas armadas, ya que tienen alguna especificidad respecto a las policiales. En Uruguay acaba de registrarse una crisis entre el gobierno de Tabaré Vázquez y el alto mando militar (por el encubrimiento por los mandos de torturadores y asesinos), que se saldó con el relevo en el Ministerio de Defensa y en la cúpula militar. Sin embargo, los problemas a los que me refiero no se relacionan con una u otro persona. Son estructurales.

El nuevo ministro de Defensa, José Bayardi, ofreció una entrevista en la que explica el inmovilismo por la endogamia de la familia militar. "Las relaciones de los estudiantes militares, los cadetes y los oficiales se dan en entornos familiares que proceden de la misma profesión", explica (https://bit.ly/2GRl8Fi).

Eso explica, en su opinión, la "enorme carga de los militares retirados sobre los oficiales más jóvenes en relación con un relato construido y difundido en los entornos cotidianos de los oficiales. Es imposible o muy difícil romper con el relato construido sobre los hechos de la dictadura, sin romper a su vez con los vínculos de relación familiares".

La izquierda en el gobierno desde 2005, sostuvo la necesidad de modificar la educación en las escuelas militares, algo que tampoco puso en práctica.

En Brasil sucede algo similar. Los militares justifican la dictadura, la niegan o la minimizan. No sólo los retirados que están en el gobierno de Jair Bolsonaro, que son los que pueden hacer declaraciones públicas, sino las propias fuerzas armadas como institución. Ellas jugaron un papel decisivo en el derrocamiento de Dilma Rousseff y en el encarcelamiento de Lula, de la mano del anterior comandante en jefe del Ejército, general Eduardo Villas Bôas.

La izquierda brasileña critica con dureza a Bolsonaro y al juez Sergio Moro, ahora ministro, lo cual es acertado. Pero no habla de la comunicación del general el día antes del juicio a Lula, el 3 de abril de 2018: "Aseguro a la nación que el Ejército brasileño comparte el deseo y las ansias de todos los ciudadanos de bien de repudio a la impunidad y de respeto a la Constitución, la paz social y la democracia" (https://bit.ly/2q4Iwq9). Fue una presión indebida sobre la justicia, pero representaba la opinión de las fuerzas armadas.

Me interesa constatar dos cuestiones centrales: que los aparatos armados del Estado no han cambiado y no tienen ni la intención ni la posibilidad de hacerlo, y que la izquierda no está debatiendo lo que hacer al respecto.

Sobre la primera cuestión, no podemos engañarnos, ya que el papel de los militares en la sociedad (al igual que si hablamos de las fuerzas policiales) no depende de tal o cual oficial, ni siquiera del gobierno de turno, porque responde a una cuestión estructural. Las fuerzas armadas pueden aceptar la democracia y aún las reglas de las instituciones democráticas, pero no van a cambiar sus modos y harán todo lo posible para neutralizar cualquier actitud del poder político que afecte sus intereses.

Coincido con las afirmaciones del ministro Bayardi en el sentido de la "endogamia", como parte de la explicación del continuismo militar respecto a las dictaduras. En Brasil la dictadura terminó en 1985 (casi 35 años de democracia) y el PT gobernó entre 2003 y 2016. En Uruguay la dictadura terminó en 1984 y el Frente Amplio gobierna desde 2005. Ahora se reconoce lo evidente, que no hubo cambios en la mentalidad ni en la actitud de los militares, pese a que ambos gobiernos les han otorgado beneficios materiales importantes, tanto salariales como presupuestales para la modernización de las fuerzas.

La segunda cuestión es la izquierda. El problema es que no debatimos sobre las fuerzas armadas, quizá porque deberíamos entonces discutir sobre las continuidades en la cultura del poder judicial, de la policía, del parlamento, en fin, de todos los estamentos con poder que conforman la sociedad. Y por último terminaríamos debatiendo sobre las y los militantes de izquierda.

Lo más grave, a mi modo de ver, es que no sólo no debatimos sobre los armados sino que tampoco sabemos qué hacer. Los tiempos transcurridos en democracia y bajo gobierno de izquierda son suficientes para hacer balance. La realidad de estos dos países es la misma que la de todo el continente, más allá del color de los gobiernos.

Podemos seguir haciéndonos los distraídos, hasta que la falta de actitud se nos vuelva en contra. El problema de los cuerpos armados, su persistencia en el papel represivo contra los pueblos y poblaciones, nos está hablando de los límites que tiene administrar el Estado.

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Autocrítica comunicacional y cultural. Geopolitica de todo lo que no hicimos

Estamos bajo el fuego de (al menos) tres guerras simultáneas: una guerra económica desatada para dar otra “vuelta de tuerca” contra la clase trabajadora, una guerra territorial para asegurarse el control, metro a metro, contra las movilizaciones y protestas sociales que se multiplican en todo el planeta y una guerra mediática para anestesiarnos y criminalizar las luchas sociales y a sus líderes. Tres fuegos que operan de manera combinada desde las mafias financieras globales, la industria bélica y el reeditado “plan cóndor comunicacional” empecinado en silenciar a los pueblos. Todo con la complicidad de gobiernos serviles especialistas en gerenciar los peores designios contra la humanidad. Hay que decirlo con claridad y sin atenuantes. 

En particular, pero no aislada, se ha desatado contra el pueblo trabajador, de todo el planeta, una guerra mediática sin clemencia (aunque algunos todavía se nieguen a verla). Tal guerra mediática es extensión de la guerra económica del capitalismo y es inexplicable sin explicarse (histórica y científicamente) cómo opera el capitalismo en sus fases diversas incluyendo su actual fase imperial. La guerra contra los pueblos no se contenta con poner su bota explotadora en el cuello de los trabajadores, quiere, además; que se lo agradezcamos; que reconozcamos que eso está “bien”, que nos hace “bien”; que le aplaudamos y que heredemos a nuestra prole los valores de la explotación y la humillación como si se tratara de un triunfo moral de toda la humanidad. La guerra oligarca contra los pueblos nunca ha sido sólo material y concreta… ha sido ideológica y subjetiva. Nada de esto es nuevo, no se anota aquí como descubrimiento ni como verdad revelada, es la condena de clase sobre la que se verifica nuestra existencia. Mayormente en silencio.


Al lado de las consecuencias concretas de la “triple guerra”, que en cada país deja huellas específicas, está el problema de entender sus efectos supra, trans e intranacionales. Una parte del poder económico-político de las empresas trasnacionales tiene su identidad vernácula desembozada o maquillada por prestanombres de todo tipo. Se trata de una doble articulación alienante que supera a los poderes nacionales (no tributa, no respeta leyes y no respeta identidades) mientras ofrece respaldo a operaciones locales en las que se inclina la balanza del capital contra el trabajo. Así empresas como Shell (energética) aliada con bancos locales o internacionales, financia frentes mediáticos (televisoras, radios, periodistas, prensa) y promueve “estrategias” de defensa para los estados aliados. Sus aliados. El discurso financiado es un sistema de defensa estratégica transnacional operada desde las centrales imperiales con ayudas vernáculas. Mismo modelo imperial con décadas de añejamiento pero tecnología actualizada. Es decir, nada de esto es nuevo, lo supimos y los sabemos.


En su fase “neoliberal”, o neocolonial, el capitalismo imperializado se dispuso a descargar contra la clase trabajadora el peso de la crisis financiera provocada por ellos en el año 2008. Han instrumentado modelos bancario-financieros de endeudamiento y dependencia monetaria inspirados en la retracción del papel del Estado para reducir y suspender derechos históricos adquiridos. Y, al mismo tiempo, se multiplican las bases militares con objetivos represores enmascarados bajo todo tipo de disfraces. Y ahí, las alianzas de los “medios de comunicación” que conforman un plan de discurso único directamente entregado a camuflar las guerras judiciales, las guerras económicas y los muchos episodios de represión, táctica y tecnológicamente, actualizados.


Nuestro presente está teñido por una red de emboscadas “políticas” en las que lo menos importante es fortalecer las democracias, devolverle el habla a los pueblos y garantizar la soberanía económica. Todo lo contrario, reinan por su estulticia los peores ejemplos con las peores prácticas desde Brasil hasta Honduras, desde la deformación grotesca de instituciones como la OEA hasta desfondar iniciativas nacientes como UNASUR. Quedaron desnudas mil y una tropelías de jueces y tribunales que a contra pelo de toda justicia desatan persecuciones, encarcelamientos y condenas basadas en la nada misma, o dicho de otro modo, basada en cuidar los intereses del gran capital vernáculo y trasnacional que funge como su verdadero jefe. Hoy contamos con un repertorio muy completo y complejo de tipologías y secuencias diseñadas para la ofensiva triple que aquí se describe.


No obstante, contra todas las dificultades y no pocos pronósticos pesimistas, los pueblos luchan desde frentes muy diversos y en condiciones asimétricas. Con experiencias victoriosas en más de un sentido es necesaria una revisión autocrítica de urgencia mayor. Intoxicados, hasta en lo que ni imaginamos, vamos con nuestras “prácticas comunicacionales” repitiendo manías y vicios burgueses a granel. La andanada descomunal de ilusionismo, fetichismo y mercantilismo con que nos zarandea diariamente la ideología de la clase dominante, nos ha vuelto, a muchos, loros empiristas inconscientes capaces de repetir modelos hegemónicos pensando, incluso convencidos, que somos muy “revolucionarios”. Salvemos de inmediato a las muy contadas excepciones.


Tan delicado como imitar contenidos es imitar formas. Las formas no son entidades a-sexuadas o inmaculadas, quien lea información seria (pero con el estilo de los noticieros mercantiles) deberá someter su esquizofrenia al veredicto de algún tratante especializado. Al menos, claro, que lo hiciere con ironía intencional y entendible. Quien redacte, hable o actúe, incluso sin darse cuenta, como redactan, hablan o actúan los referentes mercantiles de los mass media, con el pretexto de que “eso si llega”, de que “así la gente entiende”, de que “esto vende”… repite una trampa lógica en la que se corren riesgos de todo tipo, comenzando por legitimar el modo dominante para la producción de formas expresivas. No quiere decir esto que no se pueda expropiar (consciente y críticamente) el terreno de las formas para ponerlas al servicio de una transformación cultural y comunicacional pero debe tenerse muy en cuenta, qué realmente es útil y por qué no somos capaces de idear formas mejores. Hay que estudiar cada caso minuciosamente y eso es algo que muy poco se hace.


Todavía somos víctimas del individualismo y no logramos construir la unidad de clase que nos permita aliar nuestras fuerzas comunicacionales en torno a un programa emancipador. Muchos se sienten “genio único” y “gurú” revelador de verdades mesiánicas. Uno de los cercos mediáticos más duros de romper está en la certeza soberbia -e individualista- del que se piensa “genio comunicacional” poderoso. Por eso nos derrotan con toda facilidad mientras las oligarquías se organizan y se reordenan para atacarnos. No es que seamos incapaces de lograr metas magníficas, el problema es que estamos desorganizados y no logramos concretar la dirección que nos haga entender el lugar que tenemos en la batalla comunicacional, unidos.


Todavía somos víctimas de la improvisación empirista. No pocos padecen alergia al estudio y no pocos sufren mareos sólo de pensar en planificar racionalmente las tareas que nos tocan. Por eso muchos repiten y repiten errores que no se cometerían con sólo abrir las páginas de algún libro medianamente especializado -y serio- o con trabajar en colectivo con las bases. Por eso, no pocos salen a filmar documentales, a grabar programas radiofónicos, salen a escribir reportajes o entrevistas… sin saber, siquiera, el nombre de sus interlocutores. Por eso muchos se sienten frustrados por los magros resultados, cuando el problema está en el método y en su praxis.


Todavía perdemos horas y días y semanas y meses buscando desesperadamente a quien echarle la culpa de nuestras “desgracias”. Hay camaradas que se resisten a entender que sólo la fuerza organizada de la clase trabajadora podrá generar las transformaciones que necesitamos y que de nada sirven las rogativas a las puertas de las burocracias ni de las sectas iluminadas.


Nos equivocamos si creemos que “nos las sabemos todas”. Nos equivocamos si pensamos que nuestros diagnósticos inventados en noches diletantes son la “verdad revelada”. Nos equivocamos si no trabajamos en un frente de base al lado de los trabajadores que luchan por emanciparse. Nos equivocamos si creemos que todo se logra saliendo en la tele o siendo famosos. Nos equivocamos si abandonamos la militancia directa en las organizaciones de base. Nos equivocamos si creemos que los medios de comunicación lo “arreglarán” todo. Nos equivocamos si creemos que con “mensajes” ultra-revolucionarios se logra mágicamente el avance de la conciencia. Nos equivocamos, en fin, si nos contentamos con repetir fórmulas y especialmente las fórmulas que la burguesía ha ideado para someternos y no nos damos cuenta. Es verdad que ellos generan efectos poderosos en nuestra contra pero nada serían si no dominaran, primero, la base económica y política desde donde financian sus máquinas de guerra ideológica.


Ninguno de nuestros errores podrá borrar los aciertos magníficos que siguen siendo orientadores e inspiradores. Pero no olvidemos que la primera de las manías, primera en importancia por su carácter dañino, es la carencia casi total de autocrítica y que somos víctimas de una especie de soberbia voluntarista plagada con empirismos de todo tipo. “Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase” Lenin.


Esto no es un réquiem. Insistamos. Aunque hoy parece una “perogrullada” que, a fuerza de repetirse, puede perder “sentido”, conviene recordar (aunque moleste) que una de nuestras grandes debilidades y fallas, se expresa en la incapacidad para transmitir nuestras ideas y acciones. Especialmente las ideas y las acciones de los frentes sociales y sus luchas emancipadoras. Queden salvadas las excepciones honrosas.


Transferimos al aparato empresarial bélico, bancario y mediático -sin frenos y sin auditorias- sumas ingentes. Hicimos leyes que no cumplimos, adquirimos tecnología sin soberanía, no consolidamos nuestras escuelas de cuadros, no creamos una corriente internacionalista para una comunicación emancipadora organizada y apoyada con lo indispensable, no creamos las usinas semióticas para la emancipación y el ascenso de las conciencias hacia la praxis transformadora, no creamos un bastión ético y moral para el control político del discurso mediático y el desarrollos del pensamiento crítico… y no es que falten talentos o expertos, nos es que falte dinero ni que falten las necesidades con sus escenarios. Hizo estragos, nuevamente, la crisis de dirección política transformadora. Hablamos mucho, hicimos poco. Ni el “Informe MacBride” (1980) supimos escuchar y usar como se debe.


Se ha convertido en una “tara” echar la culpa de todos nuestros “males” a los “medios de comunicación” de la clase dominante. Un recurso “fácil” que por su obviedad parece incontestable y parece reducto inapelable para refugiar a ciertos discursos plañideros. Cuando la culpa (toda la culpa) es de los “malos”, y nada se explica por los errores que cometemos, tributamos pleitesía a una emboscada que nos tendemos nosotros mismos para quedar encerrados en justificaciones a granel y con pocas esperanzas de superación concreta.


Nuestra dependencia tecnológica en materia de comunicación es pasmosa, gastamos sumas enormes en producir comunicación generalmente efímera y poco eficiente, nuestras bases teóricas están mayormente infiltradas por las corrientes ideológicas burguesas que se han adueñado de las academias y escuelas de comunicación, no tenemos escuelas de cuadros especializadas y no logramos desarrollar usinas semánticas capaces de producir contenidos y formas pertinentes y seductoras en la tarea de sumar conciencia y acción transformadora. Con excepción de las excepciones.


Para colmo, la clase dominante desarrolla permanentemente medios y modos para anestesiarnos sin clemencia. Inventa falsedades alevosas que transitan con impunidad, y sin respuesta, a lo largo y ancho del planeta, siempre con un poder de ubicuidad y de velocidad que nosotros no podemos siquiera medir ni tipificar en tiempo real. Y la inmensa mayoría de las veces lo miramos desde nuestras casas (dormitorios incluso) en forma de “noticieros”, “entretenimiento” o reality show. Consumismos sus productos, engordamos sus rating y rumiamos nuestra impotencia, hacemos catarsis indignados y enredados en frases hechas mayormente inútiles e intrascendentes. Eso es parte de la guerra.


No es que falten iniciativas o buenas voluntades que asumen su papel y emprenden tareas en la lucha comunicacional bien cargadas con intereses muy diversos y (a veces) contradictorios. Algunas son iniciativas que anhelan dar pasos transformadores jalonando a destajo voluntades de todas partes. Otras veces, las menos, surgen tareas comunicacionales desde el corazón de las luchas sociales para especializarse, casi exclusivamente, en sí mismas. El panorama es de un archipiélago inmenso cargado con buenas ideas pero inconexo. Una muchedumbre de iniciativas sin programa de acción común. Fuerza debilitada. No nos detendremos en analizar ciertos sectarismos, individualismos, egolatrías ni oportunismos que hacen de las suyas de manera desigual y combinada. Con sus debidas excepciones.


Visto así, en lo general, vale decir que ya a nadie le sorprende -ni le ofende- semejante panorama. Nos acostumbramos. Hemos sido más audaces en el diagnóstico que en la acción. Ha sido más grande la petulancia que la eficacia. Somos campeones del empirismo ciego y le rendimos culto a la palabrería “progre” antes que a la acción organizada de la clase trabajadora en pie de lucha. Vamos a palos de ciego “dando respuestas artesanales” a la segunda mega industria de la guerra ideológica que más recursos económicos y tecnológica mueve en todo el planeta. Nos derrota más el auto-engaño que la fuerza. Pontificamos soluciones sin un programa de lucha, de unidad y consensuando porque, entre otras cosas, creemos que tenemos la razón y no tenemos por qué entablar acuerdos de lucha unificados. Por cierto “unidad” no es uniformidad.


Claro que hay grandes iniciativas y grandes avances. Claro que contamos con victorias de lo particular a lo general y viceversa. Claro que en nuestras filas hay grandes genios y genialidades individuales y colectivas. Y claro que con eso no nos alcanza en una lucha que además de su amplitud, duración y profundidad, crece exponencialmente porque, además de su carácter alienante, es un gran negocio muy rentable. El negocio de embrutecernos.


No vamos a salir del atolladero haciendo promesas para dejarlas truncas. No tenderemos fuerza comunicacional improvisando siempre mientras aguardamos que las “musas” nos iluminen. No conseguiremos transmitir nuestras ideas, ni construiremos un plan de lucha conjunto, aislados por nuestros egos ni resignados a la marginalidad. La clave no es imitar las fórmulas del éxito burgués ni copiar a sus operadores ideológicos creyendo que, siguiendo las biblias del márquetin, vamos a ser exitosos progres. Necesitamos organizar una lucha comunicacional y cultural que no repita los errores ni las taras más comunes y necesitamos romper todo cerco entre nosotros mismos comenzando por poner en agenda, y acompañar sistemáticamente, las luchas del pueblo trabajador. Necesitamos que nuestra agenda prioritaria en comunicación no seamos nosotros mismos sino las luchas transformadoras de la clase trabajadora y de su mano. Hombro con hombro. No adelante, no encima. Estamos a tiempo.

Publicado enCultura
Domingo, 07 Abril 2019 05:51

Cambio y continuismo económico en Cuba

Cambio y continuismo económico en Cuba

Al cumplirse el 60 aniversario de la revolución cubana es oportuno examinar lo que ha cambiado y lo que permanece. La economía de mercado existente hasta 1958 fue transformada desde 1961 en un sistema de planificación centralizada, con enorme predominio de la empresa estatal y una agricultura colectivizada. El mercado quedó supeditado al plan. Este modelo ha fracasado en el mundo, pero su esencia continúa en Cuba resultando en una monumental ineficiencia económica que ha dañado el crecimiento.


La dependencia en la venta de azúcar—75% de la exportación total en 1958—se sustituyó por una dependencia del 80% en la venta de servicios profesionales y turismo. En 1958 Cuba no exportaba servicios profesionales y el número de turistas en 2018 se había multiplicado por 18 veces y por 53 veces el ingreso por esta actividad. La producción de petróleo ha crecido 79 veces y ahora Cuba produce gas natural. La dependencia en la importación energética se ha reducido desde el 99% al 50%. Los servicios sociales antes estabanprincipalmente limitados a las zonas urbanas y eran en parte privados, ahora son estatales y virtualmente universales y gratuitos. Por el contrario, la deuda externa de Cuba entre 1958 y 2017 saltó 190 veces, y ello después de lograr importantes condonaciones con acreedores del Club de París, Rusia y otros países. La tasa de crecimiento de la población en 1953 (último censo) era de 2,1% y se desplomó a -0,2% en 2017, debido al acelerado envejecimiento; la proporción de adultos mayores en la población subió del 9% al 20%. Cuba tiene la población más envejecida de la región lo que aumenta el coste de la salud y las pensiones.


Respecto a la continuidad, en los seis decenios transcurridos, la economía socialista cubana no ha conseguido eliminar o reducir la enorme concentración del comercio, inversión, ayuda y subsidios con otra nación. De la dependencia con los EE UU (un 52% de las exportaciones) se pasó a una con la URSS (72%) y desde comienzos del siglo XXI con Venezuela (44%). Entre 1960 y 1990, la URSS otorgó a Cuba 58.500 millones de euros y solo pagó 450 millones, el resto fueron subsidios de precios y ayuda no reembolsable. La desaparición del campo socialista en los años noventa provocó una gravísima crisis en Cuba. En su cima en 2012, la ayuda, subsidios e inversión venezolana equivalían a 11% de PIB cubano.


A pesar de esa ayuda substancial, debido a la ineficiencia del sistema, la economía se estancó a un promedio anual de 1,7% en 2014-2018 y la meta para 2019 es 1,5%, un cuarto del 6% oficialmente fijado para generar un crecimiento apropiado. En 2017, la mayoría de la producción manufacturera, minera (salvo petróleo), agropecuaria y pesquera estaba por debajo del nivel de 1989. Solo el turismo ha progresado de forma notable. El comercio externo ha sufrido déficit sistemático (6.760 millones en 2017) y el excedente que generaba la primera fuente de divisas, que son las exportaciones de servicios profesionales (médicos, enfermeras, etc.), menguó un 35% en 2012-2018, debido a la crisis económica de Venezuela que compraba el 75% de dichos servicios; además redujo su comercio del 44% al 17%, el suministro de petróleo a la mitad y paró la inversión.


Estos problemas forzaron un recorte de ocho puntos porcentuales en el gasto social en 2008-2017, con el consiguiente deterioro de los servicios de salud y educación; en 1989-2017, el valor de las pensiones cayó en 50%, la construcción de viviendas en un 80%, y el salario ajustado a la inflación en el 61%.


Se culpa al embargo estadounidense por estos problemas. Esto era cierto hace 25 años, pero Cuba tiene ahora comercio con al menos 80 países, incluyendo EE UU, así como inversiones de múltiples naciones. El embargo todavía causa daño, como las sanciones a los bancos internacionales que realizan transacciones con Cuba, pero la causa fundamental de los problemas ha sido la incapacidad para generar exportaciones que financien las importaciones esenciales; ambas han declinado en años recientes.


Entre 2007 y 2018, Raúl Castro intentó resolver los problemas explicados con reformas estructurales orientadas al mercado, pero estas no tuvieron efectos tangibles debido a su extrema lentitud, desincentivos, impuestos y una reversión desde 2017. Tanto el nuevo presidente Miguel Díaz-Canel como la Constitución que se refrendó el 24 de febrero no cambian la esencia del modelo y el primero ha ratificado el continuismo. Una actitud absurda frente al colapso de la economía venezolana y el tambaleo de su régimen por la rebelión interna y la presión internacional. Una caída de Maduro agravaría aún más la actual crisis en Cuba.

Por Carmelo Mesa-Lago, catedrático de Servicio Distinguido Emérito de Economía y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Pittsburgh

5 ABR 2019 - 12:52 COT

Publicado enInternacional
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