Las motivaciones de los anticuarentena

Una mirada desde el psicoanálisis

Cuando se oponen contra la política sanitaria o transgreden alguna restricción, plantea el autor, no lo hacen por un genuino sentimiento de injusticia o por un desacuerdo argumentado. Hay una profunda imposibilidad de creer y confiar.

 

La historia de la humanidad no se ahorró batallas, muchas de ellas muy cruentas y otras que supieron detenerse en el campo de las lidias verbales. Aquello que algunos figuran como un cronología cíclica, y que entre derrota y derrota despunta un período de ilusoria beatitud, no parece ser más que el lentísimo transcurrir que conduce hacia eso que Freud denominó progreso en la espiritualidad. En efecto, aun hoy no hemos descifrado del todo los enigmas que asolaban a Étienne de La Boétie, hace ya 500 años, sobre la servidumbre voluntaria.

Por qué alguien ostenta su poder, lo practica impiadosamente y se afana en una cada vez mayor impunidad, es una realidad sobre la que tenemos un vasto conocimiento, aunque parece ser inversamente proporcional a las expectativas que podemos tener sobre su transformación. Sin embargo, como La Boétie, nos esperanzamos en la elucidación del otro término de la ratio, el de quienes consienten en alucinar que la libertad se despliega como arbitrariedad de narcisismos dispersos y mortíferos. Sin ir más lejos, Bolsonaro, uno de los máximos exponentes del negacionismo sanitario, nos dice que “la libertad es más importante que la propia vida”, y así confirma nuestra hipótesis.

Son huestes heterogéneas en las que se mezclan lectores de ejercicios sobre cómo ayudarse a sí mismos, temerosos, fluorescentes, expulsivos, mediocres envidiosos de Borges y hasta oficiales de la penitenciaría sintáctica del lacanismo.

En ocasiones erramos el camino pues como acusan y denuncian supusimos que albergaban algún ideal de justicia y, luego, advertimos que nada de eso abrazan. De hecho, solo reclaman el abrazo cuando se impone la distancia física. Y entonces aprendimos que su desconfianza no es una querella contra el mal, sino la evidencia de su incapacidad para creer. Los que hasta hace un año alardeaban de volver a votar a Macri aunque se caguen de hambre, no eran los que pasaban hambre; y los que hoy dicen que prefieren morirse antes de hacerle caso al Presidente de la Nación, cuentan con gruesos recursos para no fallecer. Entonces no creen en lo que dicen, aunque intenten disimular su hipocresía, incluso, ante sus propios ojos. La severidad de esa instancia que Freud denominó autoobservación, la lente del superyó, debe estar lejos de ser ligera, aunque algún entrenamiento también los tornó diestros para desconocerla. Por si faltaran ilustraciones, ¿qué convicción podrían tener cuando arrojaron flyers por las redes para frenar al comunismo? Qué pesada carga debe ser combatir a un enemigo menos visible que la covid-19.

Debemos admitir que en cierta medida todos creemos contar con una lupa cuando, en rigor, estamos usando un espejo, y entonces imaginamos que si nos atraen los nexos causales, es decir, la historia, a otros también les sucederá lo mismo. Pero no es así, y se nos impone una revisión piagetiana para comprender por qué la cuarentena no es, para la muestra de La Boétie, una consecuencia de la pandemia, sino un acto aislado, sin un pasado próximo, una decisión caprichosa dislocada de toda secuencia explicativa. Esta misma carencia de hondura, la autosupresión de todo mapa conceptual, es el motor del alivio que les produjo, hace no mucho tiempo, escuchar que Macri aludía a tormentas o a que “pasaron cosas” para explicar la catástrofe que él mismo provocó.

Siempre me impactó aquel otro sintagma de Macri cuando les dijo a sus votantes: “Yo confío en ustedes, pero necesito que confíen en ustedes mismos”. Allí su yo se sustraía del lugar de quien se puede esperar algo, pues su interlocutor debía confiar solo en sí mismo. Se refuerza entonces la intuición que nos susurra que la gente no desconfía, sino que padece una ingobernable incapacidad para creer.

El sujeto hipnotizado concedió encerrarse en su paradoja sin resolución, la paradoja de un conflicto que solo es admitido en el interior de sí mismo y no como pulsión social. Cuando la debacle del gobierno anterior ya era inocultable, su votante no pudo objetar a su candidato, ya era tarde, pues solo le quedaba decepcionarse de sí. No obstante, el humano no admite sin defensa una herida narcisista, y siempre puede contar con el recurso a reforzar la desmentida para poder continuar creyendo en sí mismo.

Cuando ahora se oponen, gritan contra la política sanitaria o transgreden alguna restricción, no lo hacen por un genuino sentimiento de injusticia o por un desacuerdo argumentado. No se trata de una batalla entre dos posiciones antagónicas sino entre una convicción y la imposibilidad de confiar.

Ese mismo kit de confianza self-service que les entregó el pack premium neoliberal, incluía otra app cuyo tutorial enseñaba que nadie puede decirte qué hacer, sos un emprendedor y como tal harás lo que tus propios deseos te manden. La parodia terminológica no causa gracia pues su desenlace es dramático. Si no hay un otro en quien confiar, y solo podré pugnar contra mí mismo, y no hay un otro antagónico pues me orienta mi deseo, cuando irremediablemente se despierte el conflicto no habrá alteridad para debatir, pues solo podré oponerme a mi deseo. Su corolario no es difícil de colegir: el desgano, la desvitalización. Ese es el estado al que conduce el neoliberalismo y, al mismo tiempo, cual un virus, es la célula de la que se alimenta.

Tal es la argamasa que encienden los ideólogos de la meritocracia (o, como hemos dicho en otra ocasión, de la morite-cracia). Ese es el caldo del individualismo, de la libertad sin civilización y de la incapacidad para creer. También es el más allá del odio, que si rascamos tras su verborragia xenófoba, estigmatizante y expulsiva, descubriremos un puñado de desvalidos que, imposibilitados de aceptar que esa es nuestra condición humana y que por eso importa un Estado presente, solo buscarán proyectar en otros su propia vulnerabilidad para así seguir pensando que es solo un asunto de otros.

Acaso así se comprenda otro de los motivos que tienen quienes padecen la incredulidad para gritar contra la cuarentena y, sobre todo, para desconocer que esta es solo la derivación de una pandemia. El coronavirus no es una enfermedad mía, o de una familia o de un sector social y, por lo tanto, nos impide el arrogante propósito de querer endilgar el patrimonio del desvalimiento a los otros.

Agregaré dos conjeturas más.

En primer lugar, cuando la mente neoliberal excluye de la escena al antecedente, la causa o el origen, también promueve cierto estado de anestesia e impide, por lo tanto, establecer hipótesis y anticipaciones. En lenguaje freudiano se dirá que adormece la angustia señal, aquella que nos permite defendernos a tiempo de un peligro, y abandona a los sujetos a la sola posibilidad de la llamada angustia automática. Esa angustia que resulta desbordante y ante la cual al sujeto solo le queda su propia parálisis. No muy lejos de ello se encuentra el pánico social, estado urgido que se cocina no tanto cuando hay un peligro, sino cuando un grupo siente que ya no tiene en quien confiar.

Por último, recordemos que Freud distinguió dos tipos de juicios, el de atribución y el de existencia. El juicio de atribución permite juzgar algo como bueno o malo, útil o perjudicial, en tanto el juicio de existencia decreta si aquello que tengo en mi mente coincide (o no) con la realidad. Si tal como señaló Freud, el juicio de atribución es anterior al juicio de existencia, no se trata únicamente de un dato del desarrollo evolutivo, sino que nos indica que un sujeto puede juzgar algo negativamente (o positivamente) sin preguntarse si aquello existe.

28 de mayo de 2020

Sebastián Plut es doctor en Psicología. Psicoanalista. Director de la Diplomatura en el Algoritmo David Liberman (UAI). Profesor Titular de la Maestría en Problemas y patologías del desvalimiento (UCES).

Publicado enCultura
Miércoles, 20 Mayo 2020 06:08

El rostro del tapabocas

El rostro del tapabocas

Federico Nietzsche en las postrimerías del siglo XIX, se asumió como un médico de la cultura que denunciabala enfermedad que padecía la civilización, la decadencia de los instintos vitales, el desprecio por la vida. Para apurar el final de la enfermedad que agota al mundo moderno, todos contribuimos, entregando nuestro esfuerzo: borrando horizontes con homogéneas construcciones que alinean la necesidad de vivienda, exterminando el mundo marino, pretendiendo aislar los negocios realizados en la tierra, de la amenaza de un sol calcinante. La etapa actual de este viaje, evidencia que hacemos un trayecto a través de una nada infinita y que inevitablemente el sueño, el cansancio, la noche, llegan para la civilización que erigió una torre de babel.

Hemos hecho un tránsito por siglos, en medio de una aceleración que cubrió cada resquicio de la vida humana. El éxito social de esta idea fue el progreso, espejismo sobre el cual justificamos el dominio del mundo por medio de la tecné. La noción de progreso se remonta a los tiempos del motor a vapor hasta llegar a los días de la revolución digital, incorporada al psiquismo humano.Súbitamente y tal como lo denunciaron movimientos ambientalistas grupos políticos y comunidades étnicas el progreso tiene unos costos muy altos. Producto de una pandemia, en cuestión de tres meses, de la aceleración se pasó a una detención que afecta aquello por lo cual ha luchado el ser humano: viajes, turismo, moda, placer y sobrevivencia.

Un ejemplo de lo anterior lo representan las tiendas de ropa: quienes nos escriben a correos y redes, invitando a realizar compras online, ofreciendo descuentos casi nunca antes vistos. La magia de la religión del capitalismo es hacer presencia en el centro comercial como parte del ritual profano que consiste en escarbar los roperos, medirse innumerables prendas, buscar los mejores precios y finalmente la cúspide del ritual consistente en “estrenar” la última adquisición que sedujo nuestra vanidad. En las condiciones actuales, el misterio de la compra es vaciado, en la medida que cada objeto nuevo se encuentra bajo sospecha de ser un mensajero del virus.  En nombre de la salud se sacrifica el glamour consumista y se modifica por una tendencia higiénica que nos aleje del germen biológico.

Bajo esta circunstancia se imponen productos que protegen y transforman la estética corporal. Es el caso de tapa-boca que en otros momentos de la historia pertenecía a dos ámbitos:  el vestuario de los médicos en los hospitales y el ámbito de   la clandestinidad, evocación de un “Llanero solitario” como imagen cinematográfica, cubrirse el rostro para realizar una fechoría, así también es cubierto el rostro para protegerse de ser señalado y asesinado por reclamar derechos, denunciar injusticias, gritar lo que a muchos les molesta escuchar. ¡Quién lo diría ¡En los años previos a la pandemia, los sectores más reactivos hacia la protesta social han exigido la supresión de las capuchas y de las máscaras en las vías públicas, pero hoy, como una extraña paradoja la necesidad de cubrirnos el rostro se ha reivindicado.

 Con la actual pandemia, el tapa-boca salta al escenario de las calles de manera obligatoria, como una última trinchera de combate. Te pueden multar por no llevarlo puesto. Su aparición masiva ha mutilado la expresión de los rostros. Quedan ocultos al público los labios rosados y carnosos de una hermosa mujer, el movimiento provocador de una lengua pasando por ellos, la vanidad invertida en la estética dental. La boca como uno de los instrumentos comunicativos del pervertido, los labios que se muerden por las palabras no dichas. Queda encubierta la mueca del estudiante frente a sus compañeros, la sonrisa amable, el beso que se envía a distancia en la calle. Expresiones afectivas a las que se acostumbró la sociedad moderna. Los labios habían sido los protagonistas en la “Era de la Selfi” en los escenarios públicos. Pero esa pose auto-fotográfica no podrá ser tomada de la misma manera en espacios exteriores, las fotos de grupo han entrado en suspensión y sobreviven solo como evocación en el mundo de las redes sociales.

El virus, literalmente, afecta las raíces del capital, sus arterias comunicativas, pone en interdicción lo importante y subsidiario de la existencia humana. Mientras el daño ocurre, gobiernos y financistas corren de un lado a otro, desesperados, buscando poner fin a la hecatombe. En todo este panorama han sido los llamados trabajadores esenciales quienes han sostenido y sostendrán hasta el final de las cuarentas el capital herido. ¿Y quiénes son esos trabajadores esenciales? Transportadores de alimentos, aseadores, vigilantes, distribuidores de mercancía, mensajeros, policías y enfermeros. Incluso han llegado a tener gran protagonismo el sector de los trabajadores funerarios, solo por citar algunos ejemplosde aquellos empleos que realizan una produccion material de la vida, sometidos históricamente a la clasica plusvalia. Contrariamente la especulacion financiera no está experimentando las repercusiones que tenia antes de la pandemia.

Bajo el panorama de las tragedias civilizatorias modernas, la filósofa Hannah Arendt rebeló situaciones similares, en 1955 con una compilación de ensayos y artículos titulado “Men in dark times” (Hombres en tiempos de oscuridad) donde reflexiona sobre las vidas de pensadores que, como Rosa Luxemburgo, Karl Jaspers, Isak Dinessen, Hermann Broch, Walter Benjamin y Bertolt Brecht pasaron de los coches tirados por caballos a trenes de condenados a muerte que recorrían Europa central. Cada uno vivió y padeció tiempos de odio hacia los judíos, los comunistas, tiempos de revoluciones, fascismo, pandemia, uso de armas letales como los gases utilizados durante la Gran guerra. Refiriéndose a ese tiempo que vivió su generación, Arendt destaca una expresión de Benjamin acerca de ese momento: el tiempo del Juicio Final. La pensadora introduce una carta de Benjamin donde escribe: en este planeta un gran número de civilizaciones han perecido en sangre y horror. Naturalmente que uno debe desear que un día el planeta experimente una civilización que haya abandonado la sangre y el horror…”

Finalmente, no son buenos tiempos para el paseante. El tapa-boca que modifica la parte más expresiva del rostro, las caretas de vidrio sobre los ojos deberán ser entendidas como la prueba del fracaso de un modelo acumulador, ventajoso, egoísta, que se acentuó en los últimos cuarenta años y que hoy está herido; no sabemos si de muerte. Quienes habitamos el planeta hoy, tenemos la responsabilidad de contribuir a la reducción de tanta sangre y horror ¿Cómo? Si existiera un progreso certero este tendría que ubicar al ser humano por encima de la tecnología, de quien depende en el trecho actual, parte de la sobrevivencia del individuo y la sociedad. Frente a la detención en tierra de los aviones y la cultura de la prevención ante las multitudes humanas, dependerá nuestra posibilidad de seguir caminando por la historia. No se debe olvidar que este desastre debe superarse con la desinfección de los gérmenes de la desigualdad entre naciones, personas, géneros, etnias, territorios.

Abril de 2020

Publicado enSociedad
Viernes, 08 Mayo 2020 06:27

El fluir infinito de la espera

El fluir infinito de la espera

El Quijote, como el virus, es el fluir infinito de la espera, no la creación de una obra momentánea. Como dice Heráclito: "El mundo a veces se incendia, a veces se constituye a partir del fuego, por ciertos periodos, en los cuales, con medidas y con medidas se apaga".

El Quijote, delirio infernal, no se rige con medida y no reparte sus "logos", la víscera mediadora. El delirio dejado a la deriva es puro infierno. El mundo que le empezó a flaquear al compás de su devenir y le mostró formas irreparables al ingresar a la vida. El mundo le mostró su condición deleznable, no en cuanto a su contenido, sino a su consistencia.

Por tanto, existe una imaginación que está allí, en los seres vivos, creación de algo que llamamos imágenes que corresponden en parte al impacto que reciben del exterior, escapan de nuestra conciencia, siguen el fluir del tiempo; imaginación en creación perpetua. Algo que nunca vio la filosofía tradicional, ni la sicología "científica".

El Quijote fantasma, visión de aquello que constituye la seguridad (y que Freud quebrantó al enunciar que el hombre no era el centro de nada), vislumbró que nada era seguro. En sus aventuras pierde la identificación en sus libros de caballería y en una labor finísima se va desajustando, trastocándolo todo, a pesar de la negación, en su incesante poderío de deterioro y de transformación que tanto sorprende como engaña. Desintegración tan inevitable como inmutable de lo que había sido el ser de las cosas: la imagen permanente del mundo.

El Quijote advierte que no es tanto el trayecto como el ser lo que importa, y que solemos confundir con la vida lo que nos rodea. Cuando don Quijote se incorpora como un personaje más del medio ambiente que le circundaba, el mundo se le conturba, y, a pesar de negar delirantemente, comienza a transparentarse, moverse, deslizarse, difuminarse, como una transgresión decepcionante y pavorosa, el espectro de lo vertiginoso, de lo inalcanzable: la verdadera faz del mundo, la inasibilidad, la "falta".

Las cosas en que había creído, justicia, libertad, al fragmentársele lo dejan impávido ante el vacío inexplicable en que se le convirtió lo viviente; engañado, buscaba una y otra vez la comparsa perdida.

Publicado enSociedad
Lunes, 27 Abril 2020 15:26

Transformando enigmas en problemas

Transformando enigmas en problemas

La Candelaria edita este nuevo libro con sus últimas obras teatrales: El Quijote de Santiago García (1999), De Caos & Deca Cacaos creación colectiva (2002), Nayra creación colectiva (2004) y Antígona de Patricia Ariza (2007).

El grupo como resultado de su proceso creativo presenta 9 obras de creación colectiva y 13 obras con textos aportados por los miembros del grupo. Este conjunto de imágenes teatrales son la cristalización de un conocimiento, una voluntad y una imaginación organizada en laboratorio de creación teatral. Laboratorio de creación teatral que no existe por un destino abstracto e inefable sino por el esfuerzo colectivo del grupo y del movimiento teatral colombiano, latinoamericano e internacional.

Que exista ese movimiento teatral es un hecho con un significado muy especial. Tengamos en cuenta que uno de los tópicos más difíciles de pensar en el capitalismo, es el de su hostilidad frente a todo aquello que no pueda tasarse con arreglo al frío interés egoísta y al estéril cálculo mercantil. El arte y la ciencia básica se resisten a ser reducidos a esa lógica. La máxima económica de que no hay almuerzo gratis, es el modo burdo que tal lógica tiene de proclamarse.

En la perspectiva capitalista del afán de lucro escribir una novela como el Ulises de Joyce es un despropósito. El ingenio burlón de Borges le dio forma de ensayo a esa tesis en su Pierre Menard, autor del Quijote. El teatro también fue desahuciado. Asumidas esas premisas una obra teatral como el Quijote de la Candelaria sería un doble imposible. Pues bien, en eso ha consistido el esfuerzo del grupo, en realizar lo que parecía imposible.

¿Cuál es la clave para explicar esa especie de enigma profano? El trabajo creativo. En el teatro ese trabajo tiene como objeto nada menos que la experiencia humana. Es decir el enigma de los enigmas.

En la historia de las sociedades humanas siempre han existido quienes se han dedicado a procesar esa tarea. La tradición teatral da cuenta de uno de los modos alegres de enfrentarla. Es decir, abordar el enigma no como algo inefable ante lo cual hay que postrarse sino como un problema susceptible de solución, aunque la solución sea mágica. Esa tradición es la que recoge el grupo cuando monta Antígona para pensar el problema de nuestra tragedia y alumbrar el campo de sus posibles transformaciones.

Ahora bien, esas transformaciones tienen hoy premisas tecnocientíficas sin antecedentes en la historia. El extraordinario poder de la ciencia y la tecnología ha puesto a la mano soluciones a problemas que sólo los milagros divinos podían resolver. Pero ese mismo despliegue de potencia transformadora puesto al servicio de la pura ganancia, está poniendo en peligro la existencia misma del acontecimiento humano.

Esa situación paradójica ha desencadenado una extraordinaria polémica cultural. Hoy está en curso en el planeta, una puesta en común de las distintas experiencias cosmológicas imaginadas por la humanidad. Elaboraciones orientadas por premisas míticas, teológicas, mágicas, filosóficas, científicas se contraponen en un proceso de intercambio polifónico sobre nuestro destino común. Nayra es una magnífica imagen teatral de esa emergente preocupación por la existencia humana en el planeta. En el escenario se despliega el concierto de las múltiples voces y actos que se esfuerzan por buscar una salida a un estado de cosas simultáneamente insoportable y esperanzador.

Estos procesos complejos sin antecedentes, están transformando los modos de pensar en las artes y las ciencias. Las emergentes teorías sobre el caos y el orden en los sistemas complejos alejados del equilibro y el desarrollo de geometrías como las fractales para describir esos nuevos modos de existir en el planeta y el universo, han creado las bases para superar la tradicional separación entre ciencias de la naturaleza y ciencias humanas. De Caos & Deca Caos al recrear las vicisitudes íntimas de la elite, se nutrió de esos aportes en el proceso de construcción de la imagen teatral.

La Candelaria con estas obras nos enriquece, nos alegra y al transformar enigmas en problemas nos incita a la acción. Así mismo nos coloca a la expectativa de las nuevas imágenes teatrales que saldrán de su laboratorio de creación teatral.

 


 

Santiago García tejedor de imágenes teatrales

 

Santiago García nos deja el recuerdo de un artesano, un tejedor de imágenes teatrales. En esa tarea creativa estaba él, La Candelaria y un movimiento de grupos que constituyen una red local y global.

Santiago fue actor, director, autor y teórico de la práctica teatral. En la realización de esta experiencia personal y colectiva tuvo que superar todo tipo de obstáculos y es un ejemplo del placer de crear más allá de las inevitables dificultades.

En el escenario Santiago y sus colegas nos regalaron el goce de reconocer las paradojas de una humanidad que ríe, llora, baila, muere, resucita y copula; de reconocer los conflictos históricos de personas como Guadalupe Salcedo, Quevedo y Lenin y de reconocer las viscisitudes dramáticas de personajes de ficción como don Quijote y Aldo Tarazona.

El arte teatral, ese modo que tenemos las personas de reconocer lo teatral de nuestra condición humana y así mismo lo humano presente en toda imagen teatral genuina, se enriqueció con el genio de Santiago García uno de los tejedores insignes de este arte universal, maravilloso, personal y colectivo.

Gracias don Santiago.

 

Periódico desdeabajo Nº267, pdf interactivo

 

 

Para suscripción:

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Publicado enEdición Nº267
Viernes, 17 Abril 2020 06:13

La luna en China

La luna en China

Rumores y desinformación en Wuhan 

Wang Xiuying es el nombre de una bióloga y doctora en filosofía que vivía en Shanghai cuando se desató la epidemia del virus SARS en 2003. Su ciudad no era una de las zonas de riesgo (hubo sólo ocho víctimas en una población de 17 millones), de manera que no conoció la cuarentena ni padeció el bombardeo mediático (“Poco después llegó el verano y el virus desapareció”, dice con candor). Con el COVID19, en cambio, todo fue vertiginoso y confuso desde el primer momento. La desinformación, la manipulación y los rumores hicieron de la ciudad de Wuhan un hervidero antes de que quedara en cuarentena total. En las semanas previas hubo dos eventos políticos multitudinarios al que asistieron delegados de todas las regiones del país con sus respectivas familias, que incluyeron la friolera de 80 mil banquetes simultáneos, aprovechando que era el Año Nuevo chino. Luego del fin de las festividades, cinco millones de personas abandonaron la ciudad. Horas después, los hospitales de Wuhan comenzaron a verse desbordados de consultas y a pedir refuerzos médicos con urgencia.

Las autoridades aseguraron que todo estaba bajo control y de pronto decretaron la cuarentena total para nueve millones de personas. Mientras médicos y enfermeras de todo el país iban hacia Wuhan a colaborar, desde todas las ciudades de China enviaban donaciones en efectivo y en material sanitario a través de la Cruz Roja. Pero el problema es que, en China, a la Cruz Roja la llaman la Plaga Roja, por sus escándalos financieros y su corrupción. La sede local de Wuhan tenía una docena de empleados que cobraba básicamente por no hacer nada, dice Wang Xiuying, y de pronto se encontraron con un galpón gigantesco lleno hasta el techo de envíos. Nadie catalogaba lo que recibían. El personal de hospitales tenía que ir por las suyas a revolver entre montañas de cajas para encontrar lo que necesitaban.

La censura trabajaba sin descanso, mientras tanto. Cuando el oftalmólogo Li Wenliang mensajeó a un grupo de colegas los alcances que podía tener el COVID fue convocado por la policía “por alterar la moral pública” pero le permitieron que siguiera trabajando en el hospital, hasta que el día 6 de febrero comenzó con síntomas y tuvo un ataque cardíaco. Las agencias de noticias anunciaron su muerte. La ciudad y el país comenzaron a llorarlo, como a uno de los héroes de toda esa desgracia, pero de pronto un cable oficial anunció con bombos y platillos que Li había revivido y estaba con respirador. La noticia posterior de su muerte se anunció en la madrugada, para que pasara lo más inadvertida posible. Como dice Wang Xiuying, es difícil llorar dos veces una muerte con la misma intensidad.

El caso de Fang Fang, una conocida escritora de Wuhan, fue similar. Desde que empezó la pandemia ella empezó a postear online un diario de serena honestidad sobre lo que sucedía en su ciudad, para bien y para mal. Pero se la acusó de desacreditar los esfuerzos colectivos y minar la moral. Cada entrada de su diario era eliminada en menos de una hora desde Beijing pero aún así se hacía viral (de hecho, el diario está por publicarse en forma de libro digital en Occidente en estos días). Un joven energúmeno que la atacaba por las redes con lenguaje y virulencia que recordaban a los terribles tiempos de la Revolución Cultural, recibió la siguiente respuesta: “Hijo, cuando te pregunten qué hiciste tú en la gran catástrofe de 2020, contesta que te dedicaste a atacar como un perro rabioso a Fang Fang”.

Cuenta Wang Xiuying que los niños chinos estaban felices de no ir a la escuela durante la cuarentena, hasta que les impusieron una aplicación llamada DingTok en la que debían reportarse todos los días y cumplir cierto número obligatorio de horas de trabajo. No les quedó más remedio que obedecer hasta que un astuto adolescente descubrió que si suficientes usuarios dan mala calificación a una aplicación ésta es eliminada del menú de ofertas. El rumor se expandió en cuestión de minutos, DingTok pasó de medir 4,9 a 0,4 de la noche a la mañana, se desactivó automáticamente de las pantallas y los niños chinos se libraron de su tarea escolar.

Cuando la curva de contagios empezó a descender, las autoridades aflojaron un poco la censura y los chinos se sumergieron en masa en sus celulares y pantallas a ver cómo lidiaban Rusia y Occidente con la pandemia. Según las redes chinas, Putin ha soltado leones por las calles de Moscú para que la gente respete la cuarentena, en Alemania se alquilan drones de perros para sacarlos a pasear un rato por la calle, y en Estados Unidos se venden bodybags Prada en oferta. Pero lo que dejó atónitos a los chinos es la noticia de que el ciudadano medio norteamericano no tiene ahorros superiores a los 400 dólares para enfrentar emergencias. También se insiste en que, antes de la pandemia, según un estudio del Global Health Security Index, una entidad que mide la capacidad de prevención y reacción a emergencias sanitarias, China ocupaba el puesto 51, muy por debajo de Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania. En cambio ahora el mundo contempla con respeto la velocidad a la que se han construido hospitales y equipos sanitarios para exportar al mundo, además de la dedicación de los médicos chinos, que usan pañales de adultos en sus largas horas de trabajo para no tener que detenerse a hacer sus necesidades.

Dice Wang Xiuying que los defensores de la democracia están en baja en China en estos días: ¿cómo defender un sistema cuyos paladines ponen la economía por delante de la salud, desconocen sin pudor las relaciones internacionales y han intentado sobornar laboratorios para tener la vacuna sólo para su país? El espíritu nacionalista chino, en cambio, ya se jacta de dos cosas: 1) que el Estado anunció que todos los empleados públicos cobrarán el total de su (magro) sueldo mientras dure la cuarentena y 2) que los empleados de empresas privadas que sean despedidos cobrarán dos años de (magro) seguro de desempleo. Pero de lo que se jactan en voz más baja y con más satisfacción es que toda esa enorme masa de chinos que tienen empleos informales y se han ido en masa al campo, donde el costo de vida es mucho menor y sus familias pueden darles de comer, están esperando que los llamen como mano de obra semiesclava, en cuanto las primeras grandes empresas empiecen a producir. Es decir que, cuando Trump y Europa se atrevan a levantar la cuarentena y retomen su ritmo de consumo habitual, descubrirán que el único proveedor capaz de satisfacer al instante sus demandas es ya saben quién.

Según Wang Xiuying, esta nueva obsesión de los chinos con la información internacional los está volviendo insomnes. Las autoridades les dicen que no dormir debilita el sistema inmuntario y los hace más vulnerables a la enfermedad, pero nadie consigue somníferos en las farmacias porque todos los laboratorios están dedicados 24x24 a tratar de encontrar una vacuna contra el coronavirus. Así que, como alternativa, el Estado chino sugiere a sus ciudadanos que se dediquen a contemplar la luna, visible por primera vez en años desde que se acabó el smog en el cielo de China.

Publicado enInternacional
Omar Rincón: "Este virus no es un partido de fútbol"

El experto en comunicación alerta sobre el tratamiento mediático de la pandemia

 

“El virus vive feliz en los medios”, dice el experto en comunicación colombiano Omar Rincón. Y recomienda a los medios, entre otras cosas, “recordar que este virus no es un partido de fútbol, que cada enfermo no es un gol, que cada decisión de los gobiernos no es un cántico de barrabrava. Menos es más, pero un menos con conciencia social y responsabilidad democrática”.

Rincón es ensayista, periodista, profesor universitario, crítico de televisión y autor audiovisual. Es asiduo visitante de Argentina, adonde viene a dictar clases, escribir o desarrollar distintos proyectos de comunicación. La última vez estuvo en febrero, para grabar las conferencias que irán en el Diploma virtual sobre medios digitales y educación, que empieza en mayo, impulsado en forma conjunta por la Universidad Pedagógica Nacional (UNiPE) y la Oficina en Buenos Aires de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI).

--¿Cómo analiza el tratamiento mediático del coronavirus?

--Dos perlas: “En Caracol Televisión (el canal número uno en rating en Colombia y que duplicó su sintonía en tiempos de esta “cosa”) lo más importante es la gente y su salud”, dicen y agregan que “garantizamos la mejor y más responsable información en tiempo real”. Y para hacerlo nos cuentan esas noticias terroríficas del coronavirus con un dejo de emoción futbolera: cada contagiado es un gol que se narra, cada comentarista es un fanático que inventa análisis, el árbitro es un gobierno que mete más miedo y todos somos barras bravas dispuestas a linchar o reír. Y todo en directo y en vivo: no hay pausa, ni reflexión, ni esperanza, ni humor, ni ambigüedad: y otro virusiado, gol y goool y gooolll. Así esta “cosa” se convierte en miedo mediático ya que nos dice que el mundo real-real es una amenaza, luego mejor quedarnos en casa y como no hay fútbol y deportes, y las telenovelas y realities aburren, mejor ser espectadores de las miserias humanas y políticas de los otros. Así creamos el comportamiento perfecto: estamos en casa viendo la tele porque el afuera real es amenazante, sobre todo porque los humanoides son poco confiables en sus cuerpos.

--¿Qué deberían hacer los medios y el periodismo para informar sobre este virus?

--Reportear, no analizar. Ojo con los títulos. No se trata de un gol, no se cuenta cada “viruseado” como un gol patrio, no se comunica cada miedo con la emoción del hincha. Más que nunca se necesita y exige contexto. Contexto, antes que el directo, el envío primero es el contexto, sin contexto no hay sentido. Hacer periodismo tutorial: más que informar primero, se debe hacer periodismo lento, comprensible y explicativo. Un tutorial que desactive los miedos y active al ciudadano. No se trata de producir terror, sino de colaborar en la generación de confianza. Periodismo lento: no al directo, al en vivo, a la alarma. Sí al pausar, tener datos, verificar los datos, evitar a los expertos opinólogos, ganar el criterio. Esto significa renunciar al periodismo de “todo por un clic” para hacer el periodismo que provee criterio. Menos es más: recordar que este virus no es un partido de fútbol, que cada enfermo no es un gol, que cada decisión de los gobiernos no es un cántico de barra brava. Menos es más, pero un menos con conciencia social y más responsabilidad democrática.

--El diplomado sobre medios digitales y educación en el que usted dará conferencias fue propuesto antes de la pandemia y la cuarentena, ahora parece tener un nuevo sentido.

--Creo que la sociedad compró el discurso digital en todo el mundo y sin ideología. Todos quieren cerrar la brecha digital, todos quieren conectar a todos los ciudadanos con internet, suponen que internet va a liberar al mundo. Y henos aquí viviendo en modo remoto y conectados vía digital. Las empresas de tecnología hacen buen negocio y deciden el modelo de sociedad que nos toca en destino: una de vigilancia y control con ciudadanos conectados y dóciles en sus casas. En este contexto, reflexionar crítica y productivamente sobre los mundos digitales en la educación es urgente: la tecnología no resuelve todo, solo el conectarse; la educación pone las ideas, el humanismo y los rituales cuerpo a cuerpo.

--Marshall Mcluhan...

--Otra vez hemos vuelto a tener el mismo sueño colectivo que hemos tenido desde siempre. Vivimos creyendo que la solución del mundo viene de afuera y hoy las tecnologías incentivan este humo. Hay mucho humo digital y no es de izquierda, ni de derecha. Todos lo aplican idéntico. Las universidades y la educación viven comprando tecnología y creen que con eso transforman el mundo, cuando en realidad le estamos regalando los datos de profesores y estudiantes para que nos vigilen y controlen mejor. Por eso, es clave pensar la relación de medios digitales y educación. Y para hacerlo debe volver a hacer lo que siempre ha hecho, generando conciencia crítica. No comprar el humo pero tampoco ser apocalíptico. Comenzar a dialogar entre culturas modernas con culturas digitales. Por ejemplo, hay cosas clarísimas que están funcionando. Una, como dice Alessandro Baricco en The Game, está clarísimo que la revolución digital existe, está pasando, la estamos habitando: es una nueva experiencia cultural. Eso implica cosas totalmente novedosas de ecosistema que tenemos que empezar a comprender. No podemos seguir diciendo que es más de lo mismo, que fue lo que pasó con la televisión, que fue lo que pasó con la radio, no sigamos diciendo lo mismo. Todo el mundo quiere normalizar esto; no, es nuevo, es una nueva experiencia cultural y política. ¿Cómo la habitamos? Ahí la pregunta por la educación es de las más cuestionadas.

Una segunda cosa es que viene con un cambio de experiencia cultural. Entonces, habitamos la coolture, ya no la cultura. Dejamos de ser modernos, de pensar desde la profundidad, desde la complejidad, desde las preguntas densas para pasar a una sociedad que se piensa más desde estilos de vida, de andar en la superficie, de generar experiencias cool. Entonces la propuesta es que no es que una cosa aparece y otra desaparece, sino que tenemos poner en diálogo intercultural a Jurasic Park con The walking dead, a la educación con los zombies, pero en diálogo, no en imposición autoritaria de contenidos o saberes o prácticas.

--En las escuelas todavía ni siquiera saben qué hacer con los celulares.

--Es que el problema está planteado desde los aparatos. Pasaba con la televisión. La televisión no entraba al aula, sino que estaba guardada en un salón aparte. Ahora los celulares, el computador, la tablet, las redes digitales, los videojuegos quedan guardados y no entran al aula de clase. No entra el aparato pero el sujeto ya viene con los nuevos consumos culturales y los nuevos saberes, no los puedes dejar afuera.

La segunda opción es domesticarlo, entonces, lo mete al aula de clase pero lo aburre profundamente porque le quita todo lo que tiene de juguetón, de divertido y lo vuelve superaburrido. La tercera fórmula es asumir que eso entre como es y comenzar a entenderlo como textos, pretextos, contextos del proceso educativo. Creo que el mayor susto que tiene el maestro con eso es que viene con un nuevo concepto, viene con la lógica del juego. Y es triste que la educación se resista, no sé cuándo perdió esa lógica. El aula escolar expulsó al juego de la educación, originalmente la educación era un juego.

Entonces, el mundo digital trae al presente una cosa viejísima que es que a la educación se va a jugar y eso creo que al maestro le da mucho susto. El maestro tiene que aceptar que ya perdimos la capacidad cognitiva de mediador, que perdimos la autoridad de oráculos que teníamos, tenemos que asumir la revolución digital sin perder el estilo humanista.

--Qué difícil.

--Si le preguntas a cualquier persona, todos tienen un maestro al que adoran. El maestro que motivaba, que incentivaba, que jugaba, que imaginaba, que experimentaba. De pronto, los maestros nos quedamos con la autoridad, el currículum, la didáctica, la pedagogía, lo aburrido, y expulsamos lo que siempre hemos sido... los contadores de historias sobre el conocimiento inscrito en la sociedad, la vida y el territorio

--¿Pero todo tiene que ser divertido?

--El problema no es solamente divertir. Hay juegos que son serios. Jugar implica estrategia, criterios, pensar. No es que se vuelva todo divertido. Lo que sí tiene que pasar es que te dé criterio para la vida. Yo no tengo que aprender cosas a las que no les encuentro sentido.

--Esa es la gran pregunta de los chicos de todos los tiempos, ¿qué sentido tiene estudiar esto?

--Tienen que darme criterios. Entonces ¿por qué tengo que aprender a escribir y a leer? Porque tiene que aprender. Nooo. Por ejemplo, escribir aunque sea con faltas de ortografías es para contar historias y si cuentas historias seduces al mundo, a sus amigos, a los afectos... No es la ortografía, es el contar. Me sirve para de pronto inventar mundos. Los maestros tenemos la obligación de decirles a los estudiantes para qué le sirven los conocimientos que estamos aportando, qué experiencias van a vivir con los saberes que enseñamos. Y es un rol muy interesante.

--Cuestiona la educación en general más allá de las tecnologías. Creo que eso pasa con algunos profesores muy puntuales.

--De acuerdo. Yo creo que hay mucho profesor y maestro de maravilla, pero no sabemos. Y eso ha hecho que juzguemos al sistema educativo injustamente. Estamos juzgando al sistema educativo a partir de lo que han construido los medios de información sobre el maestro, que es feo, mal vestido, de mal gusto, no quiere trabajar y lo único que hace es pedir más salario. Esa es la construcción TN y de todos los noticieros del mundo. El maestro como una figura desagradable, anacrónica, totalmente prescindible en la sociedad. Frente a esto tenemos a los vendedores de humo digital, emprendedores, que además nunca fueron a la universidad. Y nos dicen: un celular cambia el mundo, te convierte en emprendedor. Frente a esa falsa figura informativa tenemos la figura de la ficción, donde los maestros son lo máximo, son lo que necesitamos, crean mundo. Y en la mitad tenemos la vida cotidiana. Todos los ciudadanos hablan pésimo de la educación pero no saben qué hacer sin la educación, no saben qué hacer con sus hijos, no saben dónde dejarlos. La sociedad le ha descargado toda la necesidad de vida a la escuela, pero no le colabora. Los políticos se lavan las manos y no dan presupuesto. Los medios se lavan las manos de la mala imagen que producen. La institución escolar se lava las manos: no tenemos plata, no tenemos esto. Es complejo. Entonces ahora llega lo digital y dicen: solucionado el problema, lo digital soluciona los malos maestros. Y no es cierto. Lo digital no soluciona nada sin un ecosistema cultural y educativo que aporte. El segundo problema es que la institución educativa es absolutamente conservadora y clásica y eso nunca se ha podido transformar. Usted mete cualquier tecnología y la mete al colegio...

--Y la hace aburrida...

--Y conservadora.

--¿Qué hay que hacer?

--Transformar todo el ecosistema. Eso cuesta dinero y el Estado prefiere invertir dinero en tabletas que en el factor humano. Por ejemplo, hoy en día las clases deberían ser hechas por dos o tres profesores en colectivo para que haya saberes integrados. Eso sería la convergencia desde la docencia, en la sociedad digital lo más importante es el acompañante, tutor, guía, como quieran llamarlo. El profesor hoy no tiene que enseñar nada, los conocimientos están en todas partes. Pero sí necesitamos sujetos que den criterios, que motiven, que contextualicen, que generen ecosistema de saberes. Pero esas conexiones no son automáticas. Las conexiones se las estamos dejando al mercado. La convergencia en los modos de construir los ambientes de aprendizaje triplicaría el precio de los docentes.

--En este contexto ¿cuál debería ser el rol de los medios públicos?

--La primera función de los medios públicos sería generar ciudadanía celebrity. O sea, convertir a cada ciudadano en la estrella de sus pantallas.

--¿Eso no sería copiar el modelo privado?

--No, porque el mercado convierte al ciudadano en protagonista muy pocas veces. Son las estrellas de la farándula las que hablan y cuando aparece el ciudadano es como “pone problemas”, como el que mata.

--O la víctima...

--O cuando es periodista, el que es denuncista... entonces en mi barrio todo es problema, nunca aparece un ciudadano creativo, propositivo, actor de su historia. No aparece el ciudadano que cocina rico, que baila rico, que es famoso en su comunidad. Ese ciudadano que mantuvo a este país durante los cuatro años de macrismo, que resistió como nunca, no aparece en los medios. Eso para mí sería lo mejor que tiene que hacer la televisión y los medios públicos. Después tiene que haber medios bien hechos, ojalá no tanto documental, más ficción, otros formatos que celebren la diversidad cultural de una sociedad.

--¿Todavía es importante la televisión?

--A la televisión la han vivido matando. Y la gente que la mata es gente que nunca ha sido capaz de ver televisión siquiera.

--Pero los y las adolescentes, por ejemplo, nunca miraron TV ni leyeron un diario.

--Sí, pero hoy en día la televisión es un virus que se toma todo. La televisión nunca pelea, se acomoda a lo que sea. Primero tomó al cine y lo hizo hacer cine estilo televisión. Ahora los periódicos empezaron a hacer periódicos que parecen televisión. Aparece Youtube, la gran liberación, y la TV obliga a que youtube haga televisión, youtube es televisión hasta en la publicidad que interrumpe losa programas, tiene control de desnudos, control de sexo y violencia igual que la televisión. El streaming de Facebook es la primera televisión que existió, el directo. La televisión toma todo.

--Es lo audiovisual...

--A eso voy. Es que no triunfa el audiovisual de alta calidad cinematográfica, triunfa el audiovisual televisivo. Y eso hace que hoy el joven no sepa que lo que está viendo es televisión pero lo que está viendo es televisión. La televisión mutó hacia un entretenimiento audiovisual expandido. Se tomó todas las pantallas bajo el concepto de entretenimiento y expande las pantallas. Todo tiene los principios de la televisión, no tiene los principios del cine ni de lo digital. La televisión popular, la abierta, seguirá viviendo en cosas como transmitiendo eventos en directo. El directo sigue siendo el reino de la televisión. Transmitiendo espectáculos deportivos, musicales, entretenimiento popular como la telenovela, los realitys, los programas musicales. Además tiene la otra virtud de los formatos más clásicos como los concursos. Lo que para mí está muerto es el cable. Con internet y con plataformas veo en el dispositivo que quiera y a la hora que quiera, no debo esperar al cable.

Publicado enSociedad
Domingo, 05 Abril 2020 06:46

La belleza de la herida  

La belleza de la herida  

“Mi padre criaba caballos y yo era un chico asmático. El ambiente me enfermaba. A los quince me revolcaba con los peones de la cuadra, adoraba la compañía de los palafreneros. Hasta que me descubrió probándome la ropa interior de mi madre” recuerda Francis Bacon. “Se quedó tan asqueado que me puso de patitas en la calle. Y confió mi educación a un amigo suyo, que me llevó a recorrer Europa como formación. Y se enamoró de mí. Imagínense, fuimos a Berlín, en esa época desenfrenada que pintaba Grosz”.

“Pero con los años el desenfreno se vuelve una catástrofe”, recapacita más tarde.

Uno de sus amantes lo tira por la ventana, su médico se horroriza: tiene el ojo derecho lesionado, un amasijo. Inminente, una cirugía plástica. A otro de sus amantes lo conoce cuando entra en su taller para robar. Y él le dice que le da dinero con la condición de que se acostaran. Están juntos ocho años. Hasta que el amante se suicida. Todas sus relaciones se vuelven cada día más complicadas. A veces sale por las noches a levantar con un rollito de billetes en el bolsillo.

“Es difícil envejecer para un homosexual porque la homosexualidad depende de la belleza”, dice.

Su estudio siempre fue un desorden mugriento en el que se mezclan los materiales, telas, cantidad de diarios viejos, fotos cortadas, objetos estrafalarios que alguna vez tendrán su uso. El polvo se va sedimentando. Lo suele usar cuando necesita, por ejemplo, reproducir una gabardina en un retrato. “Vivo en una inmundicia dorada”, se ríe siempre con una copa en la mano. Cuando se queda sin amigos, a veces alguien que arrastra del pub, muchachos que vienen a ver si pueden sacarle un centavo. “Últimamente hice autorretratos porque muchos se murieron a mi alrededor y me quedé solo. Nadie más ha quedado para pintar excepto yo mismo”.

El taller es un basurero que contrasta con su elegancia dandística. “Toda mi vida fue un caos”, dice. Y reconoce: “Siempre estuve a la deriva”. No le avergüenza tampoco hablar del alcohol, especialmente del champagne, su imprescindible champagne. Su inmersión en lo prohibido, dice, le da fuerzas para crear. Y también: “No hay belleza sin herida”, dice. Aunque nació en la católica Dublín en 1909 pinta obsesionado recreaciones truculentas del Papa Inocencio X de Velázquez. Quiere reproducir el grito más que el horror. El fantasma de Munch está cerca. Bacon es un hereje que se consagra a su arte con actitud religiosa.

Sus noches son disipación y abismo, un juego peligroso, como el azar que lo magnetiza en las mesas de ruleta donde pierde fortunas, pero qué puede alarmarlo si es uno de los artistas más cotizados del mundo. A la mañana temprano, a las seis, ya está en el taller recuperándose con una taza de té tras otra. “Una obra de arte debe contener una gota de veneno, el grano de arena que mande a la mierda la existencia”, dice.

Ahí están esos seres deformes. Por ejemplo, “Mujer vaciando el cántaro y niño paralítico gateando según Muybridge”. Edward Muybridge, un fotógrafo aventurero, descubrió a fines del siglo XIX cómo reflejar el movimiento de animales, hombres y mujeres desnudos que serían antecedente esencial del cinematógrafo, especialmente del porno. De aquí provienen los seres que pinta Bacon. Seres torsionados, luchando al montarse. Esa energía violenta eriza a quienes se acercan a su obra y no siempre la toleran porque allí se ven literalmente desnudos. Sus personajes son criaturas del espanto. Físicos y máscaras deformes, muecas atroces, pavor y repugnancia bajo la luz de una lamparita pelada que cuelga del techo, la única luz del taller, una luz de interrogatorio. “Si es posible hablar de algo, ¿para qué pintarlo?”, opina. Entonces pinta lo inapresable, la vulnerabilidad humana, su fragilidad. La memoria visual evoca las guerras. La segunda fue no hace tanto. Y esto influyó decisivamente en su consagración.

Tal vez convenga tener en cuenta el origen de su pintura. Cuando se ganaba la vida como decorador, después de salir de una muestra de Picasso en París, el joven Bacon compró acuarelas, largó la decoración y se entregó sin retorno a la pintura. Pronto pasó al óleo. Que conste, sin haber estudiado en una academia, sin maestros, excepto Rembrandt, Poussin, Goya, Van Gogh, Giacometti. Todo lo que pintó entre 1929 y 1944 no le conformaba y lo destruyó. Si Picasso pudo reflejar en Guernica el asesinato masivo, Bacon va por otro lado: no le interesa pintar la guerra de modo explícito. Más bien, intuitivo, reproduce sus consecuencias en una intimidad atormentada. Por qué no, deformidades postnucleares. Sin embargo, a pesar de sus visiones, o justamente por ellas, definiéndose de modo nietzcheano como un “desesperado jubiloso”, dice: “Tengo voracidad y voracidad como artista”.

El crítico David Sylvester, admirador incondicional de su obra, con quien conversa en varias entrevistas escribe: “Sus seres son tan repelentes que es difícil fijarse en otra cosa. Nada es complaciente”. Como ejemplo está su predilección por la carnicería, los seres humanos no se diferencian demasiado de las reses. En su mirada hay una ilustración de lector atento de Bataille, el de “Historia del ojo”, esa nouvelle feroz que concluye con el crimen orgiástico de un clérigo. Un tríptico suyo conmueve: recrea el suicidio de su amante George Dyer, sus tres momentos finales, el suicidio, el vómito, su muerte abrazado al inodoro. En el panel central surge un contorno sombrío que tiene un aire de pájaro de rapiña acechando al agonizante.

Su objetivo es una pintura clínica, “una especie de realismo que no implica ser frío. A priori no hay sentimientos pero, paradójicamente, puede producir un sentimiento mayor. Clínico es estar lo más cerca posible del realismo, en lo más profundo de uno. Algo exacto y tajante”. El crítico Frank Maubert, autor de un reportaje titulado “El olor a sangre humana no se me quita de los ojos”, le pregunta sobre la relación directa entre su vida y su obra. Bacon le responde: “Lo primero es trabajar sobre uno mismo. Yo querría lograr una pintura clínica, en el sentido en que “Macbeth” es clínica. Los grandes poetas son unos formidables activadores de imágenes. Sus palabras me resultan indispensables, me estimulan, me abren las puertas de lo imaginario”. No es casual que en su taller, entre tanta cosa, se vea una máscara mortuoria de William Blake”.

Sobre Bacon escriben Herbert Read, George Bataille, Michel Leiris, John Berger y Roland Barthes entre otros. Bertolucci lo utiliza en “El último tango en París”. Pasolini, según cuenta Terence Stamp, el efebo de “Teorema”, lo admira. Se codea con la más selecta intelectualidad francesa.

Pero, admirado por el mundito intelectual, muere solo en Madrid en 1992 a los ochenta y tres años en un hospital. Su amante español, un efebo, ni siquiera se acercó a verlo. El artista más revulsivo del siglo pasado y aún del presente muere abandonado.  

Publicado enCultura
Una niña mira desde su ventana al exterior en Madrid, durante el confinamiento. ÁLVARO GARCÍAAlvaro Garcia (EL PAÍS) 406

 Sociólogos, psicólogos y pedagogos piden que se permita a los niños salir como en Bélgica o Francia. Otros especialistas ven riesgos

 

Lucas, de 8 años, lleva la cuenta del encierro como un preso en Alcatraz. “Son 12, bueno, 12 días y medio sin pisar la calle. Menos mal que está Harry Potter”, dice. Cuando el Gobierno anunció el domingo una ampliación de 15 días del estado de alarma se llevó las manos a la cabeza: “¿Pero están locos estos políticos? No saben lo que es ser niño y estar encerrado un mes”.

La inquietud de Lucas es también la de las familias de los más de ocho millones de menores que no pueden salir de casa durante el estado de alarma. Aunque el pasado 17 de marzo, una modificación del decreto les permitió, al menos, acompañar a su madre o padre al supermercado en caso de quedarse solos en casa.

“Es curioso y sintomático que en los discursos del presidente se ha mencionado más a las mascotas que a los niños”, apunta César Rendueles, profesor de Sociología de la Universidad Complutense. “Son vulnerables y deberían recibir una atención especial. Pero han desaparecido. Ni siquiera se está planteando si esto es sostenible para ellos”, alerta.

Mientras las familias españolas se atrincheraban en sus casas, países como Francia y Bélgica permitían que los niños salieran a la calle para pasear a pesar del aislamiento. “Salidas indispensables para el equilibrio de la infancia en espacios abiertos en la proximidad del domicilio, manteniendo la distancia y evitando todo encuentro”, recoge el decreto francés.

CULTURA ADULTOCÉNTRICA

Rendueles cree que la diferencia de estos países con España a este respecto es que la nuestra es una cultura adultocéntrica: “A la pobreza en las políticas de infancia se suma una sociedad donde los niños lo único que pueden hacer es no molestar. Y a ello se une el clasismo de quienes deciden los decretos: no es lo mismo vivir en un piso interior de 40 metros cuadrados, caldo de cultivo de violencia y estrés, que en un chalet de 200 metros con jardín”.

Pero en la vicepresidencia de Asuntos Sociales explican que sí se ha tenido en cuenta la vulnerabilidad de la infancia en esta situación y que se ha planteado un debate de forma interna. “Somos conscientes de que hay un derecho del niño y la niña al esparcimiento, pero estamos en una situación muy extrema y se están teniendo más en cuenta sus derechos a la salud y a la protección. Si se siguiera prolongando esta circunstancia nos plantearíamos otra respuesta para colectivos con una especial necesidad. La prioridad ahora mismo es parar la transmisión. Porque si por ejemplo permitimos la salida de los niños menores de 4 años con un adulto serían más de dos millones de personas por la calle lo que supondría una nueva situación de riesgo que no podemos permitirnos”, explica un portavoz.

¿Cuál es el riesgo real de que los niños salgan a la calle, de forma controlada? ¿Qué consecuencias podría tener para ellos y sus familias un encierro prolongado?

El argumento más repetido para justificar la clausura estricta es que pueden contagiar el virus. La microbióloga Silvia Carlos, profesora del departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra, explica que “el riesgo está en la socialización, y es difícil controlarla en niños. Tenerlos encerrados permite cortar la cadena de transmisión y nos hace conscientes del peligro”, explica por teléfono.

#CORONAINFANCIAS

La semana pasada una petición en la plataforma Change.org solicitaba flexibilidad en las restricciones para la movilidad de los niños, y en pocas horas lograron más de 5.000 firmas y hoy son casi 8.000. Esta semana Twitter se ha poblado de mensajes de niños en los que explican cómo viven el encierro con el hagstag #Coronainfancias. La autora del texto y la iniciativa, Heike Freire, es pedagoga y psicóloga. “Se habla de las necesidades fisiológicas de los perros, pero no de las de los niños. Y para desarrollarse adecuadamente necesitan la vitamina D del sol, moverse, correr y jugar. Y si este encierro se prolonga, puede tener consecuencias para ellos”, denuncia.

En casa de Lucas y Ana, los decibelios aumentan con los días. “Esto es muy agobiante”, dice el niño ante la enésima bronca. Freire explica que la situación irá a peor. “Es como una olla exprés. Y muchos niños ni siquiera tienen ventana, viven hacinados en pisos compartidos con varias familias o en situaciones de tensión muy extremas. Y existen maneras seguras de que salgan a la calle”.

Para la experta en microbiología de la Universidad de Navarra lo complicado es controlar cada movimiento de los niños en la calle. “Sería seguro si no se relacionan con más gente, si no tocan el mobiliario urbano, o si van en patinete o bici, pero ¿cómo lo controlas?”, plantea. Rendueles apunta que ahí hay una contradicción: “Los científicos consideran que las salidas controladas son aceptables, pero se presupone que los padres vamos a incumplir las normas. En cambio, a los paseantes de perros, o a los que van a la compra, no se les presupone esa culpabilidad”.

NO SERÁ DETERMINANTE

El neurobiólogo y catedrático de la Universidad de Salamanca, José Ramón Alonso, explica que las carencias que va a provocar este confinamiento no van a condicionar el desarrollo de los menores: “Para que tuviera consecuencias neuronales deberían pasar años. Les ocurrió a los Médici, pero pasaron su infancia encerrados en un palacio sin ver el sol, y cubiertos hasta las orejas”. Apunta a que el entorno familiar es el mejor para el desarrollo cerebral en un confinamiento. “Tienen cariño, estímulos y juego y es una oportunidad para estar en familia que siempre nos falta tiempo y podemos dedicárselo ahora. Es más estresante para los adultos, que no bajan el ritmo, que para los niños. Si se les explica bien, lo asimilan sin problema”.

Pero esta escena bucólica de madres y padres dedicados a contar cuentos y jugar con sus hijos dista bastante de lo que viven las familias, sobrepasadas por las tareas escolares y el teletrabajo. La psicóloga Beatriz Janín, del Forum de Infancias de Madrid, reconoce que los niveles de estrés no nos permiten mantener la calma, la paciencia, ni las ganas de jugar con ellos. “Los niños detectan los temores de los padres, y lo muestran estando muy demandantes, lloran sin motivo, se mueven sin parar, están agresivos, enfadados y comen sin medida. Es su manera de decir que ellos también lo sufren”, apunta. Y propone “escucharlos, crear redes de adultos (virtuales), compartir con amigos lo que está pasando, y que hablen con otros niños por teléfono o videoconferencia”.

El neurobiólogo recuerda que la situación extrema actual requiere de medidas radicales. “La amenaza de muerte es real, debemos ser responsables, y aprovechar para leer más a nuestros hijos, jugar, y cambiar el chip y no tratar de trabajar como si no pasara nada. Y si la curva se aplana, se podrán relajar las medidas”. Y concluye: “Saldremos de esta habiendo aprendido, pensado, y valorando más el trabajo de nuestros maestros, que se pasan ocho horas al día con nuestros hijos y aún nos atrevemos a reprocharles su trabajo”.

Las personas con discapacidad sí pueden salir

Tras decretarse el estado de alarma, varios colectivos de personas con discapacidad reclamaron que se permitiera que estas personas pudieran salir a la calle por motivos terapéuticos. La vicepresidencia de Asuntos Sociales cursó entonces una petición al Ministerio del Interior para que se incluyera esta excepción, y así se planteó en la disposición adicional del 19 de marzo que contempla: “Las personas con discapacidad, que tengan alteraciones conductuales, como por ejemplo personas con diagnóstico de espectro autista y conductas disruptivas, el cual se vea agravado por la situación de confinamiento (...) pueden realizar los desplazamientos que sean necesarios, siempre y cuando se respeten las medidas necesarias para evitar el contagio”. Aún así varias familias han reportado sanciones. Por eso, la plataforma Plena Inclusión recomienda solo “las salidas imprescindibles que impliquen actividades de asistencia o cuidado en la vía pública y de carácter terapéutico” y advierte de que esto no puede ser “un salvoconducto para toda salida”. Y apunta además que debe ser “durante el tiempo imprescindible, acompañados de una persona de apoyo, no se podrá entrar en contacto con otras personas para evitar el riesgo de transmisión, y se deberá presentar la documentación acreditativa de la discapacidad y los informes sobre su situación”. Sería el caso también de los niños hiperactivos que el estado de confinamiento les puede agravar su estado de salud mental y tendrán las salidas permitidas. Pero siempre deben aportar el informe que garantice su diagnóstico. Otro de los colectivos que preocupan en la vicepresidencia de Asuntos Sociales son los menores que puedan estar en riesgo de violencia intrafamiliar. “En estos casos se está haciendo un especial seguimiento vía telefónica de tal modo que al menos haya algún tipo de contacto tanto con los menores como con sus familias”, concluyó un portavoz.

23 mar 2020 - 19:03 COT

Publicado enSociedad
La historia del Ñeñe, que se iba de parranda, piscina y fototeca con el presidente nos recuerda que somos una narcorepública

Narcocultura

En el fondo, el asunto del Ñeñe Hernández, del que tanto se ha hablado últimamente, no involucra solo a Duque, o a Uribe.

Aquél no es simplemente el mundo de Álex Char, Aida Merlano o Pablo Escobar. Aquí no es Ordóñez, no es Pretelt, no es De la Espriella, no es Popeye: somos los colombianos. Es lo que somos. Nos comportamos y actuamos como Ñeñes.

Nos gusta el visaje, la vía fácil. El billete mata cabeza; la silicona diluye belleza; el griterío elude la ética; el matoneo goza; y la justicia se va de baile con los matones y corruptos. Somos ñeñes y en ñeñes nos hemos convertido.

A eso lo podemos llamar narcocultura, pero es narcocapitalismo y no es solo colombiano, sino universal.

El Neñe

José Guillermo “Neñe” Hernández era un reconocido ganadero de una familia tradicional del Cesar, casado con bella reina convertida en silicona. Millonario, entrador, extrovertido. Hablaba duro, amenazaba con sus amistades, delinquía con whisky. Un gran personajazo a la colombiana.

Lo asesinaron el año pasado mientras iba en un taxi en un pueblo de Brasil. Se dice que por robarle un Rolex de oro que costaba millones. Lo cierto es que a raíz de su muerte se destapó su relación de años con Marquitos Figueroa —reconocido narcotraficante— y se conoció que era investigado por el asesinato de un joven de Barranquilla —el hijo de un prestamista al que le debía plata—.

Así y todo, narcoamigo y acusado por mandar matar, era amigo íntimo de los militares —que lo paseaban en helicóptero y se tomaban fotos con él—; se codeaba con personalidades de la música vallenata y de la política local y nacional, incluyendo al propio Iván Duque —con quien compartió parrandas e incluso fue invitado de honor a su posesión—.

De él, el señor del ganado —José Félix Lafaurie— dijo “es un GRAN señor”; el ejército dice “simpatiquísimo y de buena familia”; Duque —que no se ha enterado de que es presidente— dice «las fotos que están en las redes son en eventos públicos», o sea en la campaña, en la piscina, en la parranda… pero que “no tuvo hermandad con él”; de él Uribe dice que “nunca [lo] conoció ni mucho menos fue [su] amigo”, a pesar de la foto en la que salen juntos.

La ñeñepolítica

Es a ese mismo Ñeñe al que le interceptaron llamadas en las que dice que “hay que buscar una plata para pasar bajo la mesa para soltarla en los departamentos” y María Claudia ‘Caya‘ Daza —quien trabajaba en la unidad de apoyo legislativo de Uribe—, le responde que consiguió mil “paquetes”. Ambos estaban preocupados y trabajando —a la colombiana— por la exitosa elección de Duque-Uribe en los departamentos de La Guajira y Cesar.

Finalmente, la escudera moral de Uribe, la señora Daza, renunció y huyó del país y afirma que hizo un “sacrificio mediático” para salvar a su jefe. Y su jefe, como siempre, dice “he luchado con toda pulcritud” y que, si su ex mano derecha compró votos, él ni se enteró.

Nada raro:

  • • Las malas conductas de Uribe y sus negaciones son costumbre;
  • • Que Duque parezca la primera dama del país—y en vez de poner la cara hable de humos como la economía naranja o el coronavirus en manos de su ministro de salud— es normal: no manda, obedece y huye en el humo digital; y
  • • Que el Ñeñe Hernández sea un delincuente con licencia para delinquir y aprobación de las fuerzas militares, la justicia y las fuerzas ganaderas: esa es la Colombia de siempre.

Por eso, como bien lo dice Francisco Gutiérrez, “no se trata de un hecho aislado”, esto es “la radiografía de las estructuras del poder en Colombia”.

ÑeñeColombia

El Ñeñe no es un personaje nuevo o extraño. Al contrario, es el más fiel representante del éxito en Colombia. El Ñeñe es nuestro ídolo. Así es como se triunfa en esta sociedad del cinismo y la apariencia.

La negación del Ñeñe no habla mal de Uribe. Así es como siempre se ha comportado el senador-finquero: negando todo, asumiendo nada, atacando a otros. Y la negación del Ñeñe por Duque tampoco hace quedar mal al presidente. Él no se ha enterado de que gobierna, ni cómo, ni por qué.

El Ñeñe Hernández es el espejo donde nos vemos en la moral colombiana. En él se junta lo mejor de nuestra tierra: todo por la plata, todo por el trago, todo por las mujeres, todo por el matoneo. Este es el evangelio de Ñeñe y Uribe, de los grandes empresarios, los ganaderos y los terratenientes: los poderosos de familia, dios y propiedad triunfan porque obligan a la justicia a actuar a su favor, arrodillan políticos y pisotean gobiernos.

Colombia es una narco–sociedad no porque trafique con drogas sino porque se comporta con sus valores:

  • • Billete mata cabeza;
  • • El éxito es el trago, las mujeres, los Rolex, el vallenato y los caballos;• La ley se compra;
  • • Delinquir y corromper paga; y
  • • Evadir la responsabilidad pública es la norma.

Para que esto sea posible, la justicia mira para otro lado —si el fiscal general de la nación sirve a Duque, poco se puede esperar de él—; los militares apoyan al delincuente —“con usted, pa´ las que sea”—, los políticos se amparan en su cinismo —estoy en la foto, pero nunca he hablado con él—. Y todo esto representa el Ñeñe Hernández.

Todo es posible porque la fiesta a la colombiana lo olvida todo: nuestra única moral es Silvestre Dangond cantando, Uribe mandando, Duque obedeciendo, la justicia a favor de los ricos, el coronavirus distrayendo y todo con el patrocinio de la iglesia católica, las reinas y los medios.

To be continued…

No se si quiero ver en la próxima bionovela de Caracol:

  • • La cenicienta de la política: Aidagate, ‘esa maravillosa mujer que venida de abajo pone en evidencia la podredumbre del poder político en Colombia’; o
  • • La maravillosa y fastuosa vida de El Ñeñe, esa manera de ser exitoso a la colombiana donde se hace todo por la plata.

Ambas demostrarían como somos de perversos y cínicos en el poder a la colombiana: esa oda al bolsillo y ese olvido de la democracia. A su vez, servirían para mostrar cómo somos de divertidos y exuberantes en nuestra ética pública.

Si el Ñeñe no existiera, habría que inventarlo. La paradoja es que ñeñes existen muchos, y son quienes gobiernan a Colombia.

Por Ómar Rincón | 23/03/2020

Omar Rincón, Profesor del Centro de Estudios en Periodismo, CEPER, de la Universidad de los Andes, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enColombia
Jueves, 12 Marzo 2020 06:01

Domingo viralizado

Domingo viralizado

Domingo. Tocan la puerta de casa. Atiendo “¿Está enterado que hay una peste mundial de coronavirus?” “Sí”. “Por eso mismo, no sé si sabe que aquí en la Biblia --es una mujer de vestimentas austeras, frugales, imperativas--, ya estaba todo previsto”. “Ah”. “Venimos entonces a ofrecérsela como bálsamo y explicación”. No sé si repito con exactitud la expresión de la predicadora, que ya había sacado una reproducción del Apocalipsis de su repleto bolso. Estábamos ante un tema donde la Biblia perdía todo su interés pues se convierte en predictiva, clausurando sus paradojas y metáforas. Pasaba a dictaminar sin eslabones intermedios, sobre las complejas maquinarias que producen el pánico mundial. Sin embargo, a condición de respetar la necesaria distancia con las alegorías y la lógica internas de los lenguajes --sea el de la infectología o el de la teología--, todo puede conducirnos a interpretar creativamente hechos aún no sucedidos. La fuerza de esos lenguajes --de todo lenguaje--, es precisamente el respeto de lo imprevisible. No obstante, no se lo dije a la catequista. Los criterios de interpretación surgidos de pensamientos mesiánicos, milenaristas o escatológicos son atractivos, porque ahorran los pasos desconocidos inherentes a todo pensamiento. Apoyándose en un uso meramente literal de la Biblia, ella pierde el encanto inmemorial de no predecir nada. La retiran entonces de lo más valioso que tiene, hacer que toda lengua esté en estado de disquisición permanente. A la lectura rígidamente profética de la Biblia puede desde siempre oponérsele la lectura que indaga en los múltiples senderos en que se bifurcan sus magníficas metáforas y relatos.

A la vuelta de casa hay un lavadero atendido por una pareja de nacionalidad china, que viajaron a su país y aun no retornaron. Un pesado tejido de sospechas, hablados en voz baja, rodea esta circunstancia que podría tener múltiples significaciones. Pero sabemos que ahora hay solo una. Como con la interpretación de la Biblia bajo un pavor determinista, tomada por un providencialismo sin gracia, un virus anunciaría a toda la humanidad que habría un camino unívoco de salvación, que de tan estrecho y claustrofóbico, necesitaría de la proliferación de actitudes de sospecha, de prejuicios que serían imprescindibles para la expulsión del mal. Por cierto, hay un problema médico, los virus son misteriosos, pequeñas partículas que para algunos encierran el secreto del origen de la vida, y que alojadas en bondadosos huéspedes --un mosquito, una rata, un murciélago--, pueden dispersarse o diseminarse afectando los cuadros celulares establecidos, en principio del cuerpo humano. Que se contaminan entre sí. He aquí un dilema, que afecta las bases universales de convivencia. Si el calentamiento global se presenta como el peligro del productivismo voraz, la dispersión fatal de un virus puede verse como la absurda inmovilización de la vida productiva ¿No son necesarios, entonces, mejores acercamientos a lo que ahora expondría a nuevos riesgos las bases generales de la civilización humana? Algo ocurre cuando el dengue es solo una amenaza social, y el coronavirus se gradúa según la metafísica de la peste. Y cuando un virus es noticia, pero toda noticia tiene forma de “viralización”.

Deberíamos percibir entonces la necesidad de una nueva visita a las doctrinas de la culpa. No la podemos suponer en el que involuntariamente transmite un bacilo, en la infracción de un impensado portador que tos en un avión o del que escupe en el ascensor ignorando que está “prohibido escupir en el suelo desde 1903”. Ascendida a la categoría de pecado, la capacidad que tiene el virus de desmadejar o desmantelar un cuadro humano asociativo es pavorosa. Interesa como profecía, no como evento de la salud pública. En el primer caso interesa por ser un equivalente de la contaminación mística, en el segundo por la posible diferencia con el dengue, al ser un virus de los “tirifilos”. Mientras escribo esto recrudecen en mi computadora los avisos, irrumpiendo sistemáticamente, como asaltantes descuidistas de la pantalla, advirtiendo que “usted puede tener un virus” ¿Yo? Millones en el mundo deben estar recibiendo el mismo sermón. Aprendimos que la red informática contiene como concepto central el de virus --como la infectología y quizás toda la medicina--, dándole otra dimensión al peso que tiene el contagio y la infección en el modo masivo de existencialidad contemporánea.

Ya, nos conduce al hecho de que hay infecciones en una doble bifurcación, biológica e informática. Si el tono general de los medios de comunicación es la magnificación de catástrofes, el de la medicina o del poder médico en general, no debe ser el de manejo de poblaciones a través de normas y protocolos inmunizadores que parecen siempre aceptables. Sin duda lo son, taparse la boca ante un acceso de tos, cuidarse al dar las manos, medidas que parecen minúsculas, pero tienen profundo calado disociativo en las relaciones diarias. La cuarentena, ancestral método que aísla totalmente a poblaciones o conjuntos humanos, puede ser aceptable, pero no podemos pasar por alto que la inevitabilidad de estas medidas, amparadas en la costumbre y en la ciencia popular ya establecida, no pueden pasar por alto que no solo la venta de medicamentos, sino la venta de noticias, exige demasiado la invocación de una calamidad cercana. El esquema de la calamidad con su salida utópica, difícil pero “para usted posible”, es un encuadre que gobierna noticias, conversaciones e ideologías mediáticas. Un ejemplo es la noticia de que “en un planeta lejano a cien mil años luz las condiciones de vida son iguales a las de la tierra”. Perfecto, hay peligro de calentamiento o de virus, pero hay solución. Lógicamente demorada por esa ingente cantidad de luz que habría que recorrer. Con paciencia usted lo logra.

Creo que es lo que quiso decir Albert Camus con La Peste, donde deseó palpar un humanismo moral con forma de una rebeldía contra el poder anónimo de la desesperanza. Eligió, según recuerdo, el sacrificio de un puñado de médicos que no se rendía ante la evidencia de ese apocalipsis, de esa “revelación de la peste” en la ciudad argelina de Orán. Que ocurriera en una ciudad localizable, daba cierto realismo a esta fábula moral, inspirada en el Diario de la Peste de Daniel Defoe, este sí un escrito alcanzado por una increíble actualidad. Va recogiendo los datos de los afectados puntuales y de cómo los rodea el rumor y la fábula. No había diarios cuando ocurre esa peste en Londres en el silgo XVII. En Milán, la peste del 1600 la describe Manzoni en el clásico Los novios, como trasfondo del episodio amoroso central. La peste bubónica de Buenos Aires en 1871 debido al mosquito Aedes Aegypti -el del dengue, entonces no identificado-, es un dramático espacio histórico para reflexionar sobre lo que hoy ocurre. La fiebre amarilla modificó Buenos Aires, se consideró la peste como resultado de la guerra contra Paraguay y flotaba en el ambiente la culpabilidad presunta de los inmigrantes italianos. Se incluía la demonización de los conventillos de San Telmo. Queda el gran cuadro mitológico de Blanes, con el doctor Argerich inclinándose con su fúnebre galera ritual, ante la muerte de una inmigrante

En la novela de Camus, el sacerdote Paneloux pontifica diciendo que la peste, transmitida por las ratas, no afectará a los creyentes. Fulminará solo a los ateos. Los médicos laicos, en tanto, debaten con su propio sacerdocio. Las incógnitas éticas ante el peligro de la vida humana colectiva, y sobre los dilemas científicos cuando no alcanzan para definir lo que exige, en verdad, el concurso de un sentido de resistencia y solidaridad. Todo ocurre en Orán inspirado en una peste real ocurrida a mediados del siglo XIX.

Fabulísticamente, la historia de la humanidad es la historia de sus pestes, catástrofes y también de los miedos ante el Cordero abriendo los Siete Sellos para revelar el destino humano. La ciencia médica podrá decir, esperemos la próxima vacuna y la consecuente mutación del virus. Todos esperamos. Pero falta analizar el modo paralelo de la aparición de la lengua de los virus, esa suerte de anticristo de las computadoras y redes, planificado en las fábricas de Antivirus. El lenguaje de los grandes medios comunicacionales se presenta con una aparente inmediatez. Al suprimir ilusoriamente las mediaciones, las lejanías y el tiempo real, que es amorfo y brumosamente cotidiano, todo virus puede asumir el modo de una diseminación total. Por eso le digo, señora catequista, que usted tiene razón, no desprecio el arte escéptico de las profecías, pero no del modo panfletario en que las presenta. Ningún problema de la biología humana es solo biológico, pero si evitamos tratarlo apocalípticamente, es también muy fácil encontrarlo en los vocabularios de la diferencia social, la dominación financiera y el control de las naciones. 

Publicado enSociedad
Página 1 de 76