Lunes, 05 Marzo 2012 06:40

Los cobardes y el pasado

Los cobardes y el pasado

“Quien niega el pasado es cobarde.” La frase del general Pedro Aguerre, comandante del ejército uruguayo, cae como sombrero papal sobre la cabeza de los cardenales de las fuerzas armadas brasileñas en situación de retiro. Muchos de ellos tratan de negar el pasado y lo hacen ostensiblemente. Cobardes todos.
 

Pero, más que un súbito ataque de cobardía, hay algo que necesita ser entendido en esa actitud. Los militares, lo sabemos bien, tienen una especie de culto fervoroso a la jerarquía y a la disciplina. ¿Cómo explicar, entonces, esa desairada ola de insubordinación, de insolente irrespeto, dirigida a la comandante suprema de las Fuerzas Armadas, como asegura la Constitución, la presidenta Dilma Rousseff?
 

No ha sido por mero azar ni por un brote de resentimiento que el Club Militar, que agrupa a los retirados de las tres armas, difundió una contundente nota exigiendo de Dilma Rou-sseff una reprimenda a dos de sus ministras, la de Derechos Humanos, Maria do Rosario Cunha, y la de la Mujer, Eleonora Menicucci, por los términos en que se refirieron a la dictadura que imperó en el país entre 1964 y 1985. Tampoco ha sido por distracción que aseguraron no reconocer autoridad en el ministro de la Defensa, embajador Celso Amorim. Dilma reaccionó y en un primer momento los militares retirados accedieron a retirar la nota de la página institucional del Club Militar en Internet, con sus 98 firmas. Pero cuando la presidenta determinó que los responsables fuesen castigados, empezó el alboroto.
 

Primero, los cabecillas de los uniformados retirados presionaron a los comandantes en activo. No aceptaban ser reprimidos. Segundo, aseguraban contar con respaldo legal para opinar. Y el texto volvió con 784 firmas (hasta la noche de ayer). Entre ellas, las de 64 oficiales-generales del ejército y de la fuerza aérea (ningún oficial-general de la Armada había adherido), 334 oficiales superiores (o sea, con rango de coronel), 192 oficiales y unos 200 civiles. Un número significativo, aunque el verdadero nudo sea otro: ¿por qué hacen silencio los comandantes de las tres armas? ¿Cuál el grado de impunidad con que cuentan los insolentes?
 

La ley brasileña es clara: a los oficiales retirados se les permite una serie de prerrogativas que son vedadas a los activos. Pueden postularse a elecciones, por ejemplo. Pueden emitir opiniones políticas y criticar a gobernantes. Pero en ninguna línea de ninguna ley está permitido que cometan actos de insubordinación, que desacaten a sus superiores, que desafíen a la presidenta. Y es lo que están haciendo.
 

Uno de los que niegan el pasado, el general retirado Luiz Eduardo Rocha Paiva, dice que el periodista Vladimir Herzog no ha sido asesinado bajo tortura, sino que murió “en una situación dudosa”. Dice que nunca supo de torturas en el ejército. Dice dudar de que la presidenta haya sido torturada a lo largo de sus más de dos años de cárcel. Y, para redondear, pregunta si Dilma Rousseff será convocada a dar testimonio frente a la Comisión de la Verdad, como supuesta cómplice de un atentado practicado por una organización armada que resultó en la muerte de un conscripto durante un ataque a un cuartel del ejército.
 

Es más que evidente que se trata de una clara reacción preventiva a la instalación de la Comisión de la Verdad, cuya tarea es precisamente sacudir a los cobardes, o sea, revisar el pasado. A dejar de negarlo.

Lo que llama la atención es, en primer lugar, que varios de los que ahora se manifiestan sean oficiales recién pasados a retiro, que hasta hace poco ocupaban puestos de relieve en los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso y de Lula da Silva.
 

En segundo lugar, lo que ocurre muestra que el tema de la memoria, de la verdad y de la justicia ha sido apenas tocado de roce en Brasil a lo largo de los últimos 27 años, cuando regresaron los civiles al poder. Siguen impunes los responsables por los crímenes de lesa humanidad. Y, más que impunes, siguen llenos de soberbia en su sacrosanta impunidad.
 

Es importante recordar que todo eso ocurre cuando un fiscal de la misma Justicia Militar, Otavio Bravo, decidió abrir investigación judicial sobre cuatro casos de desapariciones, o sea, de asesinatos durante la dictadura. Hay casi doscientos casos documentados, pero el fiscal decidió empezar por cuatro.
 

La tesis de Otavio Bravo asustó a los que niegan el pasado: el Supremo Tribunal Federal, corte máxima brasileña, declaró que la desaparición forzada es equiparable al crimen de secuestro, que no prescribe. Si hubo secuestro, y si el secuestro es un “crimen continuo”, no puede haber prescripción ni amnistía hasta que no aparezca el secuestrado o su cadáver. Y si aparece el cadáver, los responsables serán denunciados por el crimen de ocultación.

En realidad, el brasileño sigue la senda abierta por sus colegas chilenos. O sea: un fiscal de la Justicia Militar, otra excrecencia heredada de la dictadura, actúa a favor de la verdad. Ahí está el nudo de esa crisis: el miedo de los cobardes. La soberbia de los que se creen impunes.
 

¿Cómo Dilma Rousseff enfrentará ese problema, cómo logrará superar ese obstáculo? ¿Qué pasará a los insubordinados que temen al pasado?
 

De todas formas, una cosa ya está a la vista: las heridas de la confrontación entre los militares que violaron la Constitución y se apoderaron del país a lo largo de una noche de 21 años, y los que consagraron su juventud –y sus vidas– a la resistencia, están lejos de cicatrizarse.
 

Los que resistieron padecieron exilio, cárcel, torturas, persecución, muerte. Los golpistas padecen del peor de los males: el temor a la memoria, la verdad. El pavor al pasado. Padecen la enfermiza condición de cobardes sin otro remedio que la insolencia asegurada por la impunidad.
 

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Domingo, 19 Junio 2011 06:18

Crímenes, secretos y estocadas a Dilma

Ataquen a Dilma. Desde el inicio de su carrera hacia la presidencia, un año y medio atrás, Dilma Rousseff fue objeto de al menos tres embestidas para disuadirla de echar luz sobre los crímenes de la dictadura, la última de ellas la semana pasada.

Declaraciones de un senador y una militante de derechos humanos así como documentos secretos a los que tuvo acceso Página/12 indican que detrás de toda la alharaca desplegada para impedir la apertura de los archivos de la dictadura hay un objetivo inconfesable: ocultar la participación brasileña en el Plan Cóndor, más prolongada y comprometedora de lo que se sospecha.

En 2010, militares en retiro bramaron ante el “riesgo” que representaba para la Nación la llegada de una ex guerrillera al Palacio del Planalto; este año un general en actividad, y con rango de ministro, formuló comentarios antipáticos a cualquier averiguación sobre el pasado, presión a la que se sumaron la semana pasada dos ex presidentes civiles, ambos con simpatías cuarteleras.

José Sarney y Fernando Collor de Mello hicieron crujir la por momentos frágil alianza gobernante, en la que ellos ocupan el ala conservadora, al proponer que se sancione el secreto interno de los documentos del régimen y de otros gobiernos del pasado, exactamente en los antípodas del compromiso de trabajar por la verdad asumido por Dilma en su discurso de toma de posesión el primero de enero pasado.

Saber quién mató y torturó a disidentes de la dictadura es inconveniente pues “abrirá heridas” del pasado, dejando al país expuesto a escándalos equiparables a los causados por Wikileaks a los organismos de defensa y diplomáticos de Estados Unidos, sermoneó con voz tambaleante el octogenario Sarney.

Ventilar las historias desconocidas del régimen sería una amenaza a los altos intereses del Estado, comunicó en estilo solemne Collor de Mello, recordado por su efímero paso por el Palacio del Planalto, en el cual permaneció menos de 3 años debiendo renunciar en 1992, minutos antes de que el Congreso le abriera un juicio político por corrupción.

Dilma acusó el impacto de la estocada de Sarney y Collor, refrendada por su vicepresidente Michel Temer, tan derechista como aquéllos, e hizo saber que, en aras de la gobernabilidad iba a declinar abrir los archivos militares.

Pero luego de un par de días de vacilaciones, y sendos tirones de orejas de su compañero Luiz Inácio Lula da Silva y del Partido de los Trabajadores, la presidenta se rehizo y el viernes prometió que “en materia de derechos humanos no existe ningún documento ultra secreto” cegado a la requisa pública.

No hay una sino varias razones que explican tamaña presión para mantener lejos del ojo público los entretelones del poder de facto.

Los periódicos Estado y Folha, basados en fuentes diplomáticas y de Defensa, publicaron ayer que en los papeles hasta hoy ocultos se detallan proyectos nucleares cuya divulgación podrían resentir la relación con Argentina, así como datos sobre los sobornos pagados a la dictadura paraguaya para construir Itaipú.

Este diario consultó sobre el sacudón político de la semana pasada al senador Cristovam Buarque y Janaina Teles, de la Comisión de Familiares de Muertos y Desaparecidos Políticos. “No estoy en condiciones de afirmar todas las razones de Sarney y Collor para presionar tan fuerte como lo hicieron, pero uno sabe que ellos son sensibles ante un lobby histórico de las fuerzas armadas e Itamaraty (Cancillería) contra varios temas y el Plan Cóndor es algo que incomoda a mucha gente”, responde Buarque.

“Hay mil motivos para tanta coacción contra la presidenta Dilma, pero es obvio que también quieren esconder la gravísima participación de Brasil en el Cóndor, los militares están por detrás de las presiones de Sarney, él siempre fue servil con las fuerzas armadas; ya en 1975 pronunció un discurso amenazante, diciendo que nadie tenía derecho a investigarlas”, reseñó Janaina Teles.

Cientos de documentos rotulados como “secretos”, “confidenciales” y “reservados”, que fueron analizados por este diario refuerzan las afirmaciones del senador Buarque y la historiadora Teles. Tres de esos papeles, fechados el 3 de abril de 1978, el 5 de abril de 1973 y el 17 de junio 1971, aportan claros indicios de que Brasil fue una parte nada secundaria de la red de secuestros y asesinatos tejida por los generales sudamericanos.

El primero de esos papeles reporta el seguimiento de un grupo de miembros de la organización Montoneros que se reuniría en el interior brasileño para retornar a Argentina durante el Mundial de 1978. Se desprende de otros informes que los servicios secretos brasileños montaron un dispositivo especial para impedir el regreso guerrillero.

El segundo papel, rotulado como “secreto”, demuestra el posible seguimiento realizado por los agentes brasileños, acaso abastecidos por informaciones de los servicios argentinos, de altos dirigentes políticos brasileños en Argentina y Europa, y las negociaciones que éstos mantuvieron con el general Juan Perón antes de su radicación definitiva en Buenos Aires.

El tercero, también clasificado como “secreto”, fue reportado el 17 de junio de 1971 y es el más revelador de los tres documentos: describe minuciosamente el secuestro en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, en un operativo con agentes de ambos países, del guerrillero brasileño Edmur Pericles Camargo, procedente de Chile. El informe fue elaborado por el agregado militar en Buenos Aires y lleva impreso el sello de la “Embajada de Brasil”.

“El Cóndor brasileño trabajaba desde mucho antes de 1975, cuando se oficializó el Cóndor regional en Chile (sumando a los servicios de Argentina, Uruguay y Paraguay), estaba organizado y contó con un esquema muy profesional de diplomáticos/espías pertenecientes a la Cancillería, donde se creó especialmente para estos fines el CIEX (Centro de Informaciones en el Exterior)”, explica Janaina Teles.

“Muchos militantes que habían sido detectados por los diplomáticos del CIEX estando prófugos en Argentina, Chile o Uruguay, luego fueron secuestrados y asesinados por la dictadura.”

Ese modus operandi, que articularon diplomáticos y servicios de inteligencia, posiblemente fue aplicado en uno de los casos más enigmáticos que hasta hoy no fue esclarecido en la trama terrorista trazada entre Brasil y Argentina.

El cordobés Antonio Pregoni, el francés Jean Henri Raya Ribard y el brasileño Caipy Alves de Castro dejaron Buenos Aires a mediados de noviembre de 1973 y el 24 de ese mes los tres desaparecieron en el barrio carioca de Copacabana, según el informe elaborado por Teles, investigadora de la Universidad de San Pablo.

“Estas desapariciones de Río de Janeiro son como la punta de un ovillo represivo que será muy difícil reconstruir si no tenemos acceso a los archivos que siguen ocultos. Brasil está a contramano de la historia, es el país más atrasado en la lucha por la verdad y la justicia”, pondera Teles.

Para ella y las organizaciones de derechos humanos “Dilma simboliza una esperanza”, tal vez la última de que Brasil acabe con la amnesia
 

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Christopher Hill es el ex secretario de Estado estadunidense adjunto para el este asiático que fungió de embajador en Irak. Era un diplomático muy obediente y poco elocuente. Pues el otro día escribió que "la noción de un dictador que reclama para sí el derecho soberano de abusar de su pueblo se ha vuelto inaceptable". Así es, pero Hill no mencionó lo que ocurre si es que se vive en Bahrein. En esta pequeña isla, una monarquía sunita formada por califas gobierna a la mayoría chiíta, que ha respondido a las protestas democráticas con sentencias a muerte, arrestos masivos, castigos de prisión a médicos que permitieron que pacientes murieran después de las protestas y una "invitación" a las fuerzas sauditas a entrar al país.

Los gobernantes también han destruido decenas de mezquitas chiítas con todo el celo de un secuestrador del 9/11. Al mismo tiempo, recordemos que la mayor parte de los asesinos del 11 de septiembre eran, ciertamente, sauditas.

¿Qué reacción tenemos ante esto? Silencio. Silencio en los medios estadunidenses, silencio en la mayor parte de la prensa europea, silencio de nuestro amados CamerClegg (en alusión al primer ministro y ministro del Exterior británicos, respectivamente David Cameron y Nick Clegg, N de la T.) así como de la Casa Blanca. Y lo que es todavía más vergonzoso, silencio de los árabes que saben con quién deben quedar bien, y esto significa también silencio por parte de Al Jazeera. Con frecuencia aparezco en su programación en inglés y árabe, que por lo demás es excelente, pero que omitan mencionar a Bahrein es vergonzoso, como una mancha de excremento en la dignidad que han aportado al quehacer periodístico en Medio Oriente. El emir de Qatar –a quien conozco y encuentro muy agradable– no debería humillar de esta forma a su imperio de televisión.

CamerClegg guarda silencio, desde luego, porque Bahrein es uno de nuestros "amigos" en la región del golfo Pérsico, un insaciable comprador de armas, hogar de miles de expatriados británicos quienes, durante la mini revolución de los chiítas del país, pasaron su tiempo escribiendo cartas ofensivas a la prensa local leal al califato para acusar a los periodistas occidentales. En cuanto a los manifestantes, recuerdo a una joven chiíta, quien me dijo que si tan sólo el príncipe heredero hubiera hecho acto de presencia en la Plaza de la Perla para hablar con quienes protestaban, lo hubieran llevado en hombros a recorrer todo el lugar. Yo le creí. Pero él no se apareció. En vez de eso destruyó las mezquitas chiítas y afirmó que las protestas eran un complot de Irán –que nunca fue el caso– y destruyó la estatua de la perla en el centro de la plaza, con lo que destruyó parte de la historia de su propio país.

Ni para qué decir que el presidente estadunidense, Barack Obama, tiene sus propios motivos para guardar silencio. Bahrein es el cuartel de la quinta flota estadunidense y los estadunidenses no quieren tener que marcharse de su cómodo puerto (aunque sin dificultad alguna bien podrían marcharase a los Emiratos Árabes Unidos o a Qatar en el momento que lo deseen). Además, tienen toda la intención de defender a Bahrein de la mítica agresión iraní.

Por lo tanto, no veremos a Hillary Clinton, siempre tan impaciente por insultar a la familia Assad, quien no tiene nada malo que decir de los califas. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿No estamos todos en deuda con los árabes del golfo? Son gente honorable y cuando los critica, lo hace de buena fe. Pero en el caso de Bahrein, ni eso. Guardamos silencio. Incluso nos quedamos callados cuando los estudiantes bahraníes en Gran Bretaña fueron privados de sus becas concedidas por el gobierno porque protestaron afuera de la embajada de su país en Londres. Qué vergüenza, CamerClegg.

Bahrein nunca tuvo fama de ser "amigo" de Occidente, pero así le gusta que se le presente. Hace más de 20 años, cualquiera que protestara contra el dominio de la familia real corría el riesgo de ser torturado en los cuarteles de las fuerzas de seguridad policial. El capitán de este cuerpo era un ex policía británico de la Sección Especial, cuyo torturador experto era un pernicioso mayor del ejército de Jordania.

Cuando publiqué sus nombres, se me recompensó con una caricatura en el periódico gubernamental Al Jaleej, en que se me dibujó como perro rabioso. Los perros rabiosos, como todos saben, deben ser exterminados. No fue chiste; fue una amenaza.

Sin embargo, la familia Al Kalifa no tiene problema con el periódico de la oposición, Al Wasat. Arrestaron a uno de sus fundadores, Karim Fajrawi, el pasado 5 de abril. Murió bajo custodia policial una semana más tarde. Pasaron 10 días y arrestaron al columnista Haidar Naimi, de quien no se sabe nada desde entonces.

Nuevamente, silencio de CamerClegg, Obama, Clinton y el resto. El arresto de doctores chiítas musulmanes por dejar que sus pacientes murieran, pacientes que fueron heridos por las "fuerzas de seguridad", es todavía más vil.

Yo estaba en el hospital cuando ingresaron estos pacientes. La reacción de los médicos fue de horror mezclado con temor. Nunca antes habían visto heridas de bala disparadas a quemarropa. Ahora han sido arrestados, tanto los doctores como los pacientes que fueron sacados de sus camas del hospital. Si esto ocurriera en Damasco, Homs, Hama o Aleppo, las voces de CamerClegg, Obama y Clinton nos estarían retumbando en los oídos. Pero tratándose de Bahrein no es así. Silencio.

Cuatro hombres han sido condenados a muerte en una corte marcial a puerta cerrada por matar a dos policías bahraníes. Sus "confesiones" fueron transmitidas por televisión, al estilo soviético. Ni una palabra de CamerClegg, Obama o Clinton.

¿Qué es este absurdo? Se los diré. No tiene nada que ver con los habitantes de Bahrein ni con los Kalifa. Tiene que ver con nuestro temor de Arabia Saudita, es decir, que el asunto gira en torno a nuestro petróleo. Es nuestra absoluta negativa a recordar que el 9/11 fue cometido por una mayoría de atacantes sauditas apoyados por el talibán, que Bin Laden era saudita y que la versión más cruel del Islam proviene de Arabia Saudita, la tierra de las decapitaciones y las manos cercenadas.

Tiene que ver con una conversación que tuve con un funcionario bahraní –un hombre honesto y decente–, en la que le pregunté por qué el primer ministro de Bahrein no podía ser electo por la población chiíta mayoritaria. "Los sauditas nunca lo permitirían", me respondió. Sí, hablaba de nuestros otros amigos: los sauditas.

Por Robert Fisk
The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca
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A pesar que el Gobierno hondureño reivindica sensibles mejorías, los “derechos humanos siguen siendo violados sistemáticamente” en Honduras. Denuncia presentada la tercera semana de marzo en Ginebra por once representantes de la sociedad civil hondureña. Y sintetizada por Carolina Sierra, del Foro de las Mujeres por la Vida, red que trabaja principalmente en el norte de su país.
 
Sierra llegó a Ginebra para observar en el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas el Examen Periódico Universal (EPU) sobre Honduras.
 
Honduras bajo la lupa de la comunidad internacional
 
El Consejo de Derechos Humanos de la ONU, inició una primera fase del Examen Periódico Universal (EPU) sobre Honduras en noviembre del 2010.
 
En ese momento definió una larga lista de recomendaciones para corregir las violaciones de derechos fundamentales.
 
El 17 de marzo evaluó el estado actual de la situación. Presentaron sus informes tres expositores oficiales designados por el Consejo, representantes de Tailandia, el Reino Unido y la Federación Rusa.
 
Una nueva comparecencia voluntaria de Honduras en el Consejo se realizará en dos años.
 
Ana Pineda, Ministra de Justicia y de Derechos Humanos de Honduras, fue la portavoz oficial de su Gobierno. Insistió en su comparecencia en mejorías efectivas y que sobre las 129 recomendaciones formuladas por el Consejo a la intención de Honduras, “un cierto número de medidas están en curso de aplicación”.
 
Cada representante de la sociedad civil hondureña presente en Ginebra pudo expresar su mirada crítica, en minúsculos balances de 2 minutos cada uno.
 
Trece representantes oficiales y portavoces de organizaciones internacionales tomaron la palabra en los debates posteriores. Algunas de ellos reconocieron avances formales parciales. La mayoría reiteró críticas sustanciales.
 
Las ponencias más críticas fueron de la Organización Mundial contra la Tortura señalando un 92 % de impunidad sobre las violaciones; la Federación Internacional de Ligas de Derechos del Hombre que contabilizó 200 homicidios en 2010 con impunidad total; y el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional, afirmando que Honduras “no respetó ninguna recomendación para mejorar el sistema institucional y judicial”.
 
“Violaciones permanentes”
 
“El Gobierno de Porfirio Lobo Sosa implementó una campaña muy intensa para convencer a la comunidad internacional, enarbolando un mensaje de respeto de los derechos humanos”, explica Carolina Serra, joven periodista y comunicadora social.
 
Sin embargo “los que padecemos las violaciones y la represión, sabemos perfectamente cuál es la verdadera realidad”, subraya. “Es paradójico, por ejemplo, que el mismo 17 de marzo cuando Honduras pasaba su Examen en el Consejo en Ginebra, se diera una represión muy fuerte contra un paro convocado por el Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP)”.
 
A raíz de lo cual la Organización Internacional de Derechos Humanos por el Derecho a Alimentarse (FIAN), publicó en Tegucigalpa un comunicado denunciando acciones “bestiales contra los manifestantes”. Y solicitando a la comunidad internacional continuar con la “presión para parar la represión... que sufren grandes sectores sociales de la población hondureña”.
 
En paralelo,   la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (AMARC), desde México, dio a conocer un crítico documento denunciando que “la libertad de expresión sigue en retroceso a pesar de los compromisos asumidos por el Gobierno (de Porfirio Lobo) ante las Naciones Unidas”.
 
Dicha organización registró en 2010 diez casos de muertes violentas de periodistas, una de las cifras más altas de todo el continente latinoamericano.
 
“Además de dichos asesinatos hay que sumar la persecución contra las radios comunitarias y medios alternativos”, enfatiza Carolina Serra. Y si se trata de identificar las violaciones, Serra avanza una lista de ejemplos: “casi a diario hay dirigentes sociales y de la Resistencia amenazados; se reprime toda manifestación ciudadana contra el régimen; se da una política de exclusión permanente y con violencia de la gestión de recursos naturales estratégicos, incluso contra la voluntad de las comunidades locales”.
 
El "Lobo" sigue matando
 
Un último caso que conmocionó a la opinión pública hondureña fue el asesinato durante las manifestaciones de la tercera semana de marzo de la profesora Ilse Velásquez.
 
El Comité de Familiares de Detenidos y Desaparecidos de Honduras, COFADEH, lamentó la muerte de esta defensora de derechos humanos y militante social. Hermana de Manfredo Velásquez, desaparecido en los años ochenta y primer caso de esta naturaleza en ese país conocido por la Corte Interamericana de Derechos Humanos por el cual Honduras fue condenada en su momento.
 
Estos dramáticos ejemplos “no nos hacen olvidar otros temas muy de fondo que se convierten ya en dramas, como los asesinatos de mujeres. Registramos 64 casos en los dos primeros meses del 2011, lo que representa una media de un asesinato diario”.
 
Con el agravante, insiste Sierra, que “para esos crímenes como para las violaciones de todo tipo de derechos humanos, no hay ningún seguimiento jurídico, y todo cae en la impunidad más profunda. Sólo un 13 % de los asesinatos contra mujeres se convierten en investigaciones o procesos jurídicos”, subraya.
 
“Las organizaciones de la sociedad civil debemos apropiarnos del Examen periódico que realiza el Consejo de Derechos Humanos. Es un mecanismo nuevo que puede permitirnos también contrarrestar los argumentos oficiales de grandes mejorías que en la realidad no existen”, reflexiona Serra.
 
Somos conscientes que desde Honduras mismo “necesitamos mantener en el imaginario colectivo de todos los compatriotas del mundo, y de la sociedad civil internacional, el llamado a que no nos olviden”.
 
Aunque, tal vez, en una coyuntura tan compleja, “Honduras no es un tema prioritario de la agenda internacional… es fundamental que los Gobiernos, las ONG y los movimientos asociativos y de derechos humanos sigan presionando para que se visualice realmente lo que padecemos en Honduras”, insiste Sierra.
 
Quien recuerda que luego del Golpe de Estado de junio del 2009, se dieron elecciones con proscripción que facilitaron la llegada al Gobierno en enero del 2010 al actual presidente Porfirio Lobo Sosa.
 
“Representa la continuidad de esa fractura democrática y por eso no es reconocido por una parte importante de la comunidad internacional, especialmente países latinoamericanos”, concluye.
 
Sergio Ferrari, desde la ONU en Ginebra, Suiza
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Jueves, 03 Febrero 2011 06:14

Esas "dictaduras amigas"

¿Una dictadura en Túnez? ¿En Egipto una dictadura? Viendo a los medios relamerse con la palabra «dictadura» aplicada al Túnez de Ben Alí y al Egipto de Moubarak, los franceses han debido de preguntarse si han entendido o han leído bien. ¿No habían insistido durante decenios esos mismos medios y esos mismos periodistas en que esos dos “países amigos” eran “Estados moderados”? ¿La horrible palabra “dictadura” no estaba exclusivamente reservada en el mundo árabe musulmán (después de la destrucción de la “espantosa tiranía” de Saddam Hussein en Irak) solo al régimen Iraní? ¿Cómo? ¿Había entonces otras dictaduras en la región? Y ¿nos lo habrían ocultado los medios de nuestra ejemplar democracia? He aquí, en todo caso, un primer abrir de ojos que debemos al rebelde pueblo tunecino. Su prodigiosa victoria ha liberado a los europeos de la “retórica hipócrita y de ocultamiento” en vigor en nuestras cancillerías y en nuestros medios. Obligados a quitarse la careta, simulan descubrir lo que sabíamos desde hace rato (1), que las “dictaduras amigas” no son más que eso: regímenes de opresión. Sobre el asunto, los medios no han hecho otra cosa que seguir la “línea oficial”: cerrar los ojos o mirar hacia otro lado confirmando la idea de que la prensa no es libre salvo en relación con los débiles y la gente aislada. ¿Acaso Nicolás Sarkozy no ha tenido el aplomo de asegurar que en Túnez “había una desesperanza, un sufrimiento, un sentimiento de ahogo que hay que reconocer que no habíamos apreciado en su justa medida”, con respecto al sistema mafioso del clan Ben Alí-Trabelsi?

“No habíamos apreciado en su justa medida…” En 23 años… A pesar de contar allí con servicios diplomáticos más prolíficos que los de cualquier otro país… A pesar de la colaboración en todos los sectores de la seguridad (policía, gendarmería, inteligencia…) (2). A pesar de las estancias regulares de altos responsables políticos y mediáticos que establecían allí desacomplejadamente sus lugares de veraneo… Pese a la existencia en Francia de dirigentes exiliados de la oposición tunecina, mantenidos como apestados al margen por las autoridades francesas y de acceso prohibido durante decenios a los grandes medios… Democracia ruinosa..

En realidad esos regímenes autoritarios han sido (y siguen siendo) complacientemente protegidos por las democracias europeas, despreciando sus propios valores, con el pretexto de que constituyen baluartes contra el islamismo radical (3). El mismo cínico argumento usado por Occidente durante la Guerra Fría, para apoyar dictaduras militares en Europa (España, Portugal, Grecia, Turquía) y en América Latina pretendiendo impedir la llegada del comunismo al poder.

¡Qué formidable lección dan las sociedades árabes revolucionarias a los que en Europa los describían con términos maniqueos, es decir, como masas dóciles sometidas a sátrapas orientales corruptos o como muchedumbres histéricas poseídas por el fanatismo religioso! Y he aquí que de repente surgen, en las pantallas de nuestros ordenadores o de nuestros televisores (cf.: el admirable trabajo de Al-Jazeera) preocupadas por el progreso social, nada obsesionadas por la cuestión religiosa, sedientas de libertad, soprepasadas por la corrupción, detestando las desigualdades y reclamando democracia para todos, sin exclusiones.

Lejos de las caricaturas binarias, estos pueblos no constituyen en modo alguno una especie de “excepción árabe” sino que se asemejan en sus aspiraciones políticas al resto de las ilustradas sociedades urbanas modernas. Un tercio de los tunecinos y casi un cuarto de los egipcios navegan regularmente por Internet. Como afirma Moulay Hicham El Alaoui: “Los nuevos movimientos ya no están marcados por los viejos antagonismos como antiimperialismo, anticolonialismo, o antisecularisno. Las manifestaciones de Túnez y El Cairo han estado desprovistas de todo simbolismo religioso. Constituyen una ruptura generacional que refuta la tesis del excepcionalismo árabe. Además son las nuevas metodologías de la comunicación de Internet las que animan estos movimientos. Ellos proponen una nueva versión de la sociedad civil en la que el rechazo al autoritarismo va de la mano con el rechazo a la corrupción (4)”.

Especialmente gracias a las redes sociales digitales, las sociedades tanto de Túnez como de Egipto se movilizaron con gran rapidez y pudieron desestabilizar el poder en tiempo récord. Aún antes de que los movimientos hayan tenido la oportunidad de “madurar” y de favorecer la emergencia de nuevos dirigentes dentro de ellos. Es una de las raras ocasiones en las que sin líderes, sin organización dirigente y sin programa, la simple dinámica de la exasperación de las masas ha bastado para conseguir el triunfo de la revolución. Se trata de un momento frágil y sin duda las potencias ya estarán trabajando, especialmente en Egipto, para que “todo cambie sin que cambie nada” según el viejo adagio de El Gatopardo. Esos pueblos que conquistaron su libertad deben recordar la advertencia de Balzac, “Se matará a la prensa como se mata a un pueblo, otorgándole la libertad”(5). En las “democracias vigiladas” es mucho más fácil domesticar legítimamente a un pueblo que en las antiguas dictaduras. Pero esto no justifica su mantenimiento. Ni debe empañar el ardor de derrocar una tiranía.

El hundimiento de la dictadura tunecina ha sido tan veloz que los demás pueblos magrebíes y árabes han llegado a la conclusión de que esas autocracias –las más viejas del mundo- estaban en realidad profundamente corroídas y no eran por lo tanto más que “tigres de papel”. Esta demostración se ha verificado también en Egipto.

De allí este impresionante levantamiento de los pueblos árabes, que lleva a pensar inevitablemente en el gran florecimiento de las revoluciones europeas de 1848, en Jordania, en Yemen, en Argelia, en Siria, en Arabia Saudí, en Sudán y también en Marruecos.

En este último país, una monarquía absoluta, en el que el resultado de las “elecciones” (siempre trucado) siempre lo decide el soberano, que designa según su voluntad a los llamados ministros “de la soberanía”, unas cuantas decenas de familias próximas al trono continúan acaparando la mayoría de las riquezas (6). Los cables difundidos por Wikileaks han revelado que la corrupción llega a niveles de indecencia descomunales, mayores que los del Túnez de Ben Alí, y que las redes mafiosas tenían todas como único origen el Palacio. Un país en el que la práctica de la tortura está generalizada y el amordazamiento de la prensa es permanente.

Sin embargo, como en el Túnez de Ben Alí, esta “dictadura amiga” se beneficia de la gran indulgencia de los medios y de la mayor parte de nuestros responsables políticos (7), los cuales minimizan las señales del comienzo de un “contagio” de la rebelión. Cuatro personas se han inmolado ya prendiéndose fuego. Se han producido manifestaciones de solidaridad con los rebeldes de Túnez y de Egipto en Tánger, en Fez y en Rabat (8). Acosadas por el miedo las autoridades han decidido subvencionar preventivamente los artículos de primera necesidad para evitar las “rebeliones del pan”. Importantes contingentes de tropas del Sahara Occidental habrían sido desplazadas aceleradamente hacia Rabat y Casablanca. El rey Mohamed VI y algunos colaboradores se habrían trasladado a Francia el 29 de enero para consultar a expertos en orden público del Ministerio francés del Interior (9).

Aunque las autoridades desmienten las dos últimas informaciones, está claro que la sociedad marroquí está siguiendo los acontecimientos de Túnez y Egipto con excitación. Preparados para unirse al impulso de fervor revolucionario y quebrar de una vez por todas las trabas feudales. Y a pedir cuentas a todos aquéllos que en Europa fueron durante decenios cómplices de las “dictaduras amigas”.

Notas

(1) Leer, por ejemplo de Jacqueline Boucher "La société tunisienne privée de parole" y de Ignacio Ramonet "Main de fer en Tunisie", Le Monde diplomatique,de febrero de 1996 y de julio de 1996 respectivamente.

(2) Cuando Mohamed Bouazizi se inmoló incendiandose el 17 de diciembre de 2010, cuando la insurrección ganaba a todo el país y decenas de tunecinos rebeldes continuaban cayendo bajo las balas de la represión benalista, al alcalde de París Bertrand Delanoé y a la ministra de relaciones exteriores Michèle Alliot-Marie les parecía absolutamente normal ir a festejar alegremente la Nochebuena o la Nochevieja en Túnez.

(3) Al mismo tiempo, Washington y sus aliados europeos, sin aparentemente medir las contradicciones, apoyan al régimen teocrático y tiránico de Arabia Saudita, principal hogar oficial del islamismo más oscurantista y más expansionista.

(4) http://www.medelu.org/spip.php?article711

(5) Honoré de Balzac, Monographie de la presse parisienne, Paris, 1843.

(6) Leer Ignacio Ramonet, "La poudrière Maroc", Mémoire des luttes, setiembre 2008. http://www.medelu.org/spip.php?article111

(7) Desde Nicolas Sarkozy hasta Ségolène Royal,pasando por Dominique Strauss-Kahn que posee un “ryad” en Marraquech, los dirigentes políticos franceses no tienen el menor escrúpulo en pasar sus vacaciones de invierno entre estas “dictaduras amigas”

[8] El País, 30 de enero de 2011- http://www.elpais.com/../Manifestaciones/Tanger/Rabat

[9] Leer El País, 30 de enero de 2011 http://www.elpais.com/..Mohamed/VI/va/vacaciones y Pierre Haski, "Le discret voyage du roi du Maroc dans son château de l´Oise", Rue89, 29 enero de 2011.http://www.rue89.com/..le-roi-du-maroc-en-voyage-discret...188096

Por Ignacio Ramonet
www.medelu.org

Traducido para Rebelión por Susana Merino
 
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El Cairo, 28 de enero. Podría ser el fin. Sin duda es el principio del fin.

Por todo Egipto, decenas de miles de árabes arrostraron este viernes gas lacrimógeno, cañones de agua, granadas aturdidoras e incendios en demanda de la remoción de Hosni Mubarak, luego de 30 años de dictadura.

Y mientras El Cairo quedaba empapado bajo nubes de gas lacrimógeno de docenas de latas disparadas por la policía antimotines hacia las tupidas multitudes, parecía que el régimen se acercaba a su fin. Ninguno de quienes estuvimos este viernes en las calles de El Cairo sabía siquiera dónde estaba Mubarak. Y no encontré a nadie a quien le importara.

Esos cientos de miles eran valientes, y en su mayoría pacíficos, pero la escandalosa conducta de los battagi sin uniforme de Mubarak –la palabra significa literalmente matón en árabe–, que aporreaban y atacaban a los manifestantes mientras la policía observaba sin intervenir, fue una vergüenza. Esos hombres, muchos de ellos ex policías drogadictos, formaron la noche del viernes la línea frontal del Estado egipcio: los verdaderos representantes de Hosni Mubarak, mientras los policías uniformados bañaban de gas a las multitudes.

Hubo un momento en que el humo del gas flotó hacia la ribera opuesta del Nilo, mientras policías y manifestantes chocaban en los puentes. Fue increíble ver un pueblo en pie de lucha, que ya no está dispuesto a que la violencia, la brutalidad y la prisión sean su destino en la mayor de las naciones árabes. La policía misma parecía cuartearse. “¿Qué podemos hacer? –preguntó uno de los uniformados antimotines–. Tenemos órdenes. ¿Creen que queremos hacer esto? Este país va cuesta abajo.” El gobierno impuso el toque de queda la noche del viernes, mientras los manifestantes se hincaban a orar frente a la policía.

¿Cómo describir un día que podría llegar a ser una página gigantesca en la historia de Egipto? Tal vez los reporteros deberían abandonar sus análisis y limitarse a relatar lo que ocurrió de la mañana a la noche en una de las ciudades más antiguas del mundo. He aquí, pues, el relato tomado de mis notas, garrapateadas entre un pueblo desafiante de cara a miles de esbirros en ropa de calle y policías uniformados.

Comenzó en la mezquita de Istikama, en la Plaza de Giza: una sombría avenida de desolados conjuntos de departamentos y una fila de policías antimotines que llegaba hasta el Nilo. Todos sabíamos que Mohamed El-Baradei llegaría para la oración del mediodía y, en un principio, parecía no haber mucha gente reunida. Los policías fumaban. Si era el principio del fin del régimen de Mubarak, era un arranque muy poco impresionante.

Pero entonces, no bien se murmuraron las últimas plegarias, los fieles que estaban encaramados arriba de la avenida se lanzaron sobre la policía. “¡Mubarak, Mubarak! –gritaban–, Arabia Saudita te espera.” Fue entonces cuando el cañón de agua se volvió hacia ellos; la policía tenía toda la intención de combatirlos, aunque no se había lanzado una sola piedra. El agua se estrelló contra la multitud y luego las mangueras apuntaron directamente a El-Baradei, quien retrocedió, empapado. Después quedó bajo arresto domiciliario.

Había regresado de Viena unas horas antes. Pocos egipcios creen que él vaya a gobernar el país –él afirma querer ser un negociador–, pero fue un acto vergonzoso: el político más venerado en Egipto, premio Nobel de la Paz y hace un tiempo inspector en jefe de la ONU, estaba empapado como un vándalo callejero. Eso es lo que Mubarak piensa de él, supongo: apenas un alborotador más con una agenda oculta: tal es el lenguaje que el gobierno egipcio usa en estos días.

Y luego el gas lacrimógeno llovió sobre la multitud. Para entonces ya serían tal vez unos miles, pero algo notable ocurrió mientras yo caminaba al lado. De conjuntos de departamentos y sórdidos callejones; de las calles vecinas, cientos y luego miles de egipcios salieron en tropel a la avenida que conduce a la plaza Tahrir. Ésa era precisamente la táctica que la policía buscaba evitar. Tener a los detractores de Mubarak en pleno centro de El Cairo sugeriría que su régimen había de hecho terminado. El gobierno ya había cortado la Internet –cercenando a Egipto del resto del planeta– y ahogado todas las señales de telefonía móvil. De nada sirvió.

Queremos que caiga el regimen, coreaban las multitudes. Tal vez no era el grito revolucionario más memorable, pero lo lanzaban una y otra vez hasta acallar el estallido de las granadas de gas. De todo El Cairo se abalanzaban hacia el centro: jóvenes de clase media de Gazira, los pobres de las ciudades perdidas de Beaulak al-Daqrour, marchando en tupida columna por los puentes del Nilo como un ejército… que es lo que creo que eran.

Las granadas de gas seguían estallando sobre ellos. Tosían y se agachaban por las náuseas, pero seguían avanzando. Muchos se tapaban la boca con la ropa o hacían cola en una tienda donde el dueño les exprimía limones en la boca. El jugo de limón –antídoto contra el gas lacrimógeno– salpicaba del pavimento a las atarjeas.

Hablo de El Cairo, desde luego, pero las protestas ocurrían en todo Egipto, no pocas en Suez, donde por lo menos seis egipcios han perecido hasta ahora en los disturbios. Las manifestaciones no empezaron sólo en las mezquitas, sino también en las iglesias coptas. “Soy cristiano, pero primero soy egipcio –me dijo un hombre llamado Mina–. Quiero que Mubarak se vaya.” Y fue entonces cuando llegaron los primeros bataggi, abriéndose paso a empujones hacia el frente de las filas policiales para atacar a los manifestantes. Llevaban barras de metal, cachiporras de la policía –¿salidos de dónde?– y palos afilados; podrían ser acusados de crímenes graves si el régimen de Mubarak cae. Golpeaban con saña. Un hombre azotó a un joven en la espalda con un largo cable amarillo. La víctima aullaba de dolor. En toda la ciudad, los policías cerraron filas; eran legiones, con el sol resplandeciendo en los visores. Se suponía que la multitud debería temerles, pero el aspecto de los uniformados era grotesco, como de pájaros encapuchados. Luego los manifestantes llegaron a la margen oriental del Nilo.

Unos cuantos turistas quedaron atrapados en el espectáculo –vi tres damas de mediana edad en uno de los puentes (desde luego, los hoteles de El Cairo no informaron a los huéspedes de lo que ocurría)–, pero la policía decidió sostenerse en el lado oriental del paso elevado. Volvieron a abrir filas y lanzaron a los matones a tundir a los manifestantes que iban a la descubierta. Fue el momento en que el gaseo llegó al máximo: cientos y cientos de latas llovían sobre las multitudes que marchan desde todos los rincones de la urbe. Nos picaba los ojos y nos hacía toser hasta perder el aliento. Los hombres vomitaban frente a las cortinas cerradas de las tiendas.

Por la noche parecieron desatarse incendios cerca de la sede del Partido Nacional Democrático egipcio, el que avala todas las acciones de Mubarak. Se impuso el toque de queda y se produjeron los primeros reportes de la presencia de tropas en la ciudad, signo ominoso de que la policía había perdido el control. Nos refugiamos en el viejo Café Riche, frente a la plaza Talaat Harb, minúsculo restaurante bar de meseros ataviados con túnicas azules. Y allí, frente a nosotros, sorbiendo su café, estaba el gran escritor egipcio Ibrahim Abdel Meguid. Fue como encontrar a Tolstoi almorzando en plena revolución rusa. “¡No ha habido reacción de Mubarak! –exclamó exaltado–. ¡Como si nada hubiera pasado! ¡Pero el pueblo lo logrará!” Los invitados tosían por el gas. Fue una de esas escenas memorables que ocurren en las películas, no en la vida real.

Y un anciano yacía sobre el pavimento, con una mano sobre los ojos, que le ardían: el coronel Weaam Salim, del ejército egipcio, luciendo sus medallas de la guerra de 1967 con Israel –que Egipto perdió– y de la de 1973, que el coronel creía que Egipto había ganado. “Voy a salir de las filas de los soldados veteranos –me dijo–y me uniré a los manifestantes.” ¿Y el ejército? En todo el día no supimos de él. Los coroneles, brigadieres y generales permanecieron en silencio. ¿Esperaban que Mubarak impusiera la ley marcial?

Las multitudes se negaron a acatar el toque de queda. En Suez incendiaron camiones. Fuera de mi hotel trataron de arrojar otro camión al Nilo. No pude regresar al oeste de El Cairo cruzando los puentes; las granadas seguían estallando sobre las riberas. Pero a la larga un policía se apiadó de nosotros –cualidad que, tengo que decirlo, no se evidenció mucho a lo largo del viernes– y nos condujo hasta la orilla. Y allí había un viejo bote de motor, de los que sirven al turismo, con flores de plástico y un propietario dispuesto. Así pues, regresamos con estilo, sorbiendo Pepsi. Y entonces pasó a nuestro lado una lancha rápida amarilla, desde la cual dos hombres hacían la señal de la victoria a los manifestantes de los puentes, mientras una joven parada en la popa ondeaba un gigantesco estandarte. Era la bandera egipcia.

Por Robert Fisk
The Independent

Traducción: Jorge Anaya
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Túnez, 17 de enero. En medio de violentos choques en los que las fuerzas de seguridad de Túnez reprimieron con gas lacrimógeno y chorros de agua a cientos de manifestantes en esta capital, se integró un nuevo gobierno de "unidad nacional", en el que fueron ratificados el primer ministro Mohammed Ganouchi, y los responsables de los principales ministerios nombrados durante el régimen del derrocado Zine Abidine Ben Ali, y que incorporó a líderes de partidos de oposición y de la sociedad.

Al presentar el nuevo gobierno de unidad nacional, Ganouchi declaró que éste se compromete a instaurar una administración neutral, legalizar todos los partidos polítcos, llevar acabo una aministía general, liberar a todos los presos políticos, libertad de prensa, y el levantamiento de la prohibición a organizaciones defensoras de los derechos humanos.

Este nuevo gobierno deberá guiar al país en una fase de transición democrática tras el derrocamiento de Zine Abidine Ben Ali –el viernes pasado tras casi un mes de protestas populares contra el aumento de precios en alimentos y combustibles y el creciente desempleo– hasta las próximas elecciones presidenciales. Éstas, originalmente previstas en 60 días, serán organizadas en seis meses.

A pesar de nuevas manifestaciones aquí este lunes contra el partido del ex dictador, Reunión Constitucional Democrática (RCD), en las que las fuerzas del orden lanzaron disparos al aire y usaron gas lacrimógeno así como cañones de agua para dispersar a la multitud, varios miembros de RDC se mantuvieron a la cabeza de ministerios claves, entre ellos el Interior, Relaciones Exteriores, Finanzas y Defensa.

Especialmente, la permanencia de Ahmed Friaa en el ministerio del Interior, centro del aparato de control del régimen de Ben Ali, quien duró 23 años en el poder, fue cuestionada por voces críticas que esperaban ver a un miembro de la oposición o de la sociedad civil en este puesto como símbolo de una verdadera voluntad de cambio democrático.

Tres líderes de la oposición forman parte del nuevo gobierno de unidad nacional, que el presidente del Parlamento Foued Mebazaa, quien juró como presidente interino, pidió a Ganouchi que formara. Néjib Chebbi, líder del Partido Democrático Progresista (PDP), obtuvo el cargo de ministro de Desarrollo Regional; Ahmed Brahim, del Partido Independiente Éttajdid, recibió la cartera de Educación Superior y Científica, y Mustafa Ben Jafaar, del Foro Democrático por el Trabajo y las Libertades (FDTL), la de Salud.

El decano del colegio de abogados, Lazhar Karoui Chebbi, fue nombrado ministro de Justicia, y a Taïeb Baccouche, ex líder de la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT) y presidente del Instituto Árabe de Derechos Humanos, se le encargó el despacho de Educación.

No obstante, manifestantes en las calles Túnez, así como miembros de los partidos políticos no invitados a participar en el gobierno de unidad nacional, se muestran escépticos ante el potencial de cambio. Hamma Hammami, líder del Partido Comunista de Trabajadores de Túnez, hasta ahora prohibido en el país, no reconoce al gobierno de unidad nacional compuesto únicamente por miembros de partidos avalados por Ben Ali. Como muchos, Hammami teme que sea un intento del antiguo régimen de apropriarse de la llamada Revolución de los Jazmines iniciada por el pueblo tunecino.

Por otro lado, las ONG Transparencia Internacional, Sherpa y la Comisión Árabe de Derechos Humanos comenzaron un processo legal de investigación de los bienes de la familia de Ben Ali en Francia por abuso, lavado de dinero y desvío de recursos públicos.

El gobierno francés igualmente anunció una vigilancia extrema sobre los movimientos financieros de cuentas pertenecientes a personalidades tunecinas ligadas al régimen de Ben Ali.

Según el diario francés Le Monde, la esposa de Ben Ali, Leila Trabelsi, habría logrado salir del país con 1.5 toneladas de oro en lingotes (valorados en unos 66 millones de dólares) sacados del Banco Nacional de Túnez días antes del derrocamiento de Ben Ali el pasado viernes. El reporte fue desmentido por la entidad emisora, que aseguró que "las reservas de oro no han sido tocadas en los últimos días".

El economista Moncef Cheikhrouhou dijo en entrevista con la agencia Reuters que tropas leales a Ben Ali intentaron asaltar el Banco Central el domingo para retirar más oro, pero fueron repelidas por el ejército.

Los patrullajes militares continuaban en la capital tunecina, y en varios puntos se escucharon disparos tras los enfrentamientos ocurridos el domingo entre milicias de Ben Ali y soldados regulares.

El ratificado ministro del Interior, Ahmed Friaa, ubicó en 78 el número de muertos, incluidos unifirmados, desde que comenzaron las protestas contra Ben Ali justo hace un mes; dijo que en este periodo hubo 94 heridos y pérdidas por dos mil millones de dólares.

Los cambios democráticos catalizados por las movilizaciones populares en Túnez han inspirado protestas similares en varios países. En Egipto, Mauritania y Argelia se han dado casos de hombres inmolados, como el del joven tunecino que desencadenó las protestas en Túnez el pasado 17 de diciembre. En Argelia continúan las protestas, que llevan ya un mes, de miles jóvenes sin empleo.

Por Tanya María Pedersen Sierra
Especial para La Jornada
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Londres. Amnistía Internacional (AI) urgió hoy lunes al gobierno de Haití a llevar a la justicia al ex dictador Jean-Claude Duvalier, conocido como Baby Doc, por los abusos a los derechos humanos cometidos durante su régimen en las décadas de 1970 y 1980.

“Las sistemáticas y generalizadas violaciones a los derechos humanos cometidas en Haití durante el régimen de Duvalier representan crímenes contra la humanidad. Haití tiene la obligación de procesarlo”, dijo Javier Zúñiga, asesor especial de AI.

Duvalier llegó la víspera por sorpresa a Haití en un vuelo de la compañía Air France procedente de París, después de permanecer cerca de 25 años en Francia, donde se exilió tras ser depuesto por un levantamiento popular y la presión de Estados Unidos en 1986.

AI, con sede en la capital británica, consideró que es necesario hacer justicia a las miles de personas que fueron torturadas y ejecutadas o que desaparecieron durante el régimen de Duvalier (1971-1986).

“Las autoridades haitianas tienen que romper el ciclo de impunidad que prevaleció durante décadas en Haití”, destacó Zúñiga a través de un comunicado divulgado en su sitio web, en el que agregó que la falta de justicia “sólo derivará en nuevos abusos contra los derechos humanos”.

Autoridades de Haití consideran que más de 100 millones de dólares fueron desviados bajo el pretexto de obras sociales hasta la caída de Baby Doc, quien sucedió en 1971, con 19 años de edad, a su padre Francois Duvalier, elegido presidente por vía democrática en 1957.

Desde París, el Ministerio francés de Asuntos Exteriores pidió este lunes que la llegada de Duvalier a Puerto Príncipe no “distraiga” a las autoridades y actores políticos del proceso electoral en curso en Haití.

Tras su llegada a Puerto Príncipe, donde fue recibido por una multitud, Baby Doc abandonó el aeropuerto con destino desconocido en un vehículo con una escolta de oficiales de la policía y de la Misión de las Naciones Unidas para la estabilización de Haití (MINUSTAH).

“He venido para ayudar”, dijo Duvalier, de 59 años de edad, sin que hasta el momento esté clara la razón de su regreso.

La llegada de Duvalier tomó por sorpresa a la nación más pobre de América, pues ocurre en momentos de incertidumbre política tras las elecciones generales del pasado 28 de noviembre, cuyos resultados generaron acusaciones de fraude y manifestaciones callejeras.

Los comicios se celebraron durante una epidemia de cólera y sin superar aún los daños del terremoto de hace un año, que se cobró la vida de más de 300 mil personas.

Una fuente diplomática francesa en Puerto Príncipe informó, por otro lado, que el Baby Doc tiene un boleto de regreso a París este jueves 20 de enero.

Notimex 
Publicado: 17/01/2011 09:30
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Túnez, 14 de enero. El presidente tunecino Zine Abidine Ben Ali, líder de un régimen autoritario en el poder desde 1987, huyó hoy del país en la noche presionado por protestas masivas en la capital y en varias provincias. Los manifestantes, desafiando la represión policiaca del régimen, demandaron la dimisión del gobierno, reformas políticas, apertura mediática, empleo y mejores condiciones de vida.

Las protestas iniciaron el 17 de diciembre, cuando un joven diplomado desempleado de 26 años se inmoló en un acto de desesperación frente a la alcadía de la ciudad de Sidi Bouzid, después de que oficiales gubernamentales le confiscaron la carreta de verduras que vendía para ganarse la vida. Rápidamente este joven se convirtió en símbolo de protesta de las frustraciones de los miles de jóvenes tunecinos, que viven en el desempleo y enfrentan un futuro sin esperanzas de mejora.

Movilizaciones espontáneas se gestaron primero en Sidi Bouzid y rápidamente se expandieron a todo el país, sumando a las demandas, reformas políticas, denunciando al régimen de Ben Ali, la corrupción de la elite cercana al presidente, la falta de libertades políticas y el control total de los medios. Según la Federación Internacional de Ligas de Derechos Humanos, se calcula un total de 66 muertos en las confrontaciones con la policía.

En un intento por calmar las protestas, Ben Ali declaró ayer, en un discurso transmitido en la televisión nacional, que no se presentaría como candidato en las elecciones presidenciales de 2014, decretó la total libertad de expresión y de prensa, y el acceso, antes restringido, a todos los medios de comunicación y la creación de una comisión independiente anticorrupción.

Hoy por la mañana, los tunecinos podían, por primera vez, acceder a páginas de Internet como YouTube y de periódicos críticos extranjeros. Asimismo, Ben Ali declaró que se realizarían elecciones legislativas en seis meses. Sin embargo, las concesiones públicas del presidente no calmaron las ansias de cambio de los tunecinos y este viernes se produjo la movilización de miles de manifestantes. Ya no sólo jóvenes, sino también mujeres y hombres de las clases pobres y medias llenaban la avenida Bourguiba, en el centro de la ciudad de Túnez, con consignas y pancartas de fuera Ben Ali, el levantamiento continúa, No a Ben Ali y Libertad.

El régimen volvió a reprimir a los manifestantes con balas y gas lacrimógeno, y decretó el estado de sitio en el país. No obstante, pocas horas después, se difundió el anuncio oficial de la dimisión del presidente, y el primer ministro Mohammed Ganouchi tomó posesión como presidente interino.

Sin duda los eventos de las últimas semanas, y especialmente los drásticos cambios sucedidos hoy en Túnez, dan muestran del potencial de las movilizaciones populares que expresan la protesta y la inconformidad reprimida de las clases pobres y medias. Sin embargo, sigue abierta la pregunta sobre si se logrará afianzar un proceso de cambio democrático en Túnez. Al haber sido reprimida y prácticamente aniquilada durante 23 años, no existe una oposición lo suficientemente fuerte y articulada para defender las derechos adquiridos hoy con las protestas. Algunos temen que la historia se repita y que el primer ministro se apodere del gobierno, como lo hizo Ben Ali hace 23 años, cuando era primer ministro y se impuso con promesas de cambio, después de la dimisión forzada del antiguo presidente.

También el papel del ejército está por definirse, que hasta ahora ha dado muestras de prudencia hacia los manifestantes, y ha declarado que defiende la Constitución.

Los eventos de hoy en Túnez servirán de lección a los países europeos, y en particular a Francia, que hasta el último momento no supo formular una crítica contundente al régimen de Ben Ali, con el pretexto de que éste combatía con mano firme el surgimiento de grupos islamitas en el país. La insensibilidad hacia las denuncias contra el gobierno de Ben Ali y la brutalidad de la represión contra los manifestantes, revelan el oportunismo del discurso de defensa de derechos humanos y de la libertad tan frecuentamente manejado por los antiguos poderes coloniales en el Magreb y en África.

Sin embargo, y aún más importante, los sorprendentes logros de las movilizaciones populares vividas en Túnez en las últimas semanas sin duda servirán de ejemplo a las poblaciones de otros países magrebinos y africanos, y probablemente también a naciones más allá de este continente, que viven situaciones muy similares de alto desempleo, decadentes condiciones de vida y falta de libertades.

Por Tanya María Pedersen Sierra
Especial para La Jornada
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Lunes, 27 Diciembre 2010 09:42

Un testigo en la mira

El cadáver de un ex soldado uruguayo apareció en las aguas del río Uruguay con el rostro desfigurado, un brazo mutilado y el pecho abierto. Allegados de Julio Ruperto Ramírez, de 60 años, afirmaron a Página/12 que están convencidos de que fue un asesinato y que ocurrió del lado argentino. Según publicó ayer el diario La República, la razón de su muerte sería el haber aportado información sobre enterramientos de desaparecidos en Uruguay.

El asesinato se habría producido el 12 o 13 de diciembre y el cuerpo se habría encontrado el martes 21 de diciembre. El hermano de Julio Ramírez, Luis Ramírez, aportó información en diálogo telefónico con este diario. “A Julio lo asesinaron. El capitán Montenegro, de Prefectura Argentina, me dijo que no viera el cadáver porque tenía la cara desfigurada y el pecho abierto y entonces me iba a impresionar demasiado. El cuerpo estaba en Paranacito y lo llevaron a Gualeguaychú. Dijeron que tenía más de una puñalada. Me dijeron también que hasta el 15 de enero no iban a suministrar más datos, ni me podían entregar el cuerpo.”

Se le preguntó si alguien había denunciado que estaba desaparecido. Luis Ramírez contestó: “Desaparecido no estaba. El iba y venía todas las semanas. Un amigo de nombre Carlos Ferreyra hizo la denuncia de que se había caído al agua”.

Ramírez trabajaba en la isla El Sauce, frente a la ciudad uruguaya de Nueva Palmira. Página/12 contactó a Diego Gómez, el dueño de la quinta en la que vivía Ramírez. Se le preguntó qué sabía de la aparición sin vida de su empleado. “Yo no era su patrón. El me pidió de quedarse en mi casa y hacía changas. Trabajaba a destajo. Vivía en su casa prefabricada desde hace unos cinco años. El mismo día que él desaparece yo tengo un accidente, así que hablé por teléfono con su hermano Luis. Por lo que sé, Julio venía de trabajar en el pantano y se cayó al agua.”

Gómez aseguró que Julio Ramírez no le dijo nada que hiciera sospechar que le podía pasar algo. “Julio no se metía con nadie, era tranquilo. La gente de la isla lo quería. Me parece raro todo. Nadie, ni siquiera su hermano, me dijo que el cadáver tenía heridas. Mañana mismo le pido autorización a mi médica y voy a ir a preguntar.”

Según el diario La República, el ex soldado habría aportado datos y hasta un croquis que aún se conserva sobre enterramientos de desaparecidos en la cancha de fútbol del Batallón N° 13, conocido como “el Infierno” (para los presos) o el “300 Carlos” (según la jerga militar).

En el Batallón Nº 13 funcionó a mediados de los ’70 un centro de torturas de las Fuerzas Armadas. No fue el único. Pero sí el más grande y conocido, por el que pasó la mayoría de los detenidos políticos de la dictadura uruguaya (1973-1985).

Ramírez también prestó servicios como soldado en el Batallón N° 14 de Toledo, donde hay pistas sobre la existencia de un cementerio clandestino de desaparecidos, llamado “Arlington”, y donde próximamente se reanudarán las excavaciones para intentar encontrar cuerpos.

Un amigo vinculó la muerte del ex soldado con el hecho de que haya aportado información en causas de derechos humanos. Roberto Martínez dijo en conversación con este diario que la vida de su amigo estaba en peligro desde el momento en que habló. “No me cierra lo que pasó. El sabía muchas cosas importantes de la dictadura. Su vida corría peligro desde que habló de muchas cosas. En agosto unas personas fueron a hablar con él. El les dijo todo lo que sabía.”

–¿Le comentó que se sintiera amenazado?

–No. Alguien lo mató o lo mandó matar. La gente de la isla no tenía motivos.

–¿Se había arrepentido?

–El estaba muy arrepentido de haber participado en el ejército. De lo que le hicieron personalmente. El se negaba a participar de las torturas y el ejército primero lo cambió de batallón. Después lo echó.

–¿Por qué no llegó a declarar a la Justicia?

–Estaba decidido a hacerlo. Hay personas que se mantienen en silencio. Otras un día hablan.

Luis Ramírez afirmó que su hermano no le contó nada, pero que a él le parecía raro que no quisiera vivir en Uruguay. “El no me dijo si habló o no. Nunca se abrió con esos temas. Nos pareció raro que viviera allá y que no quería vivir de este lado de la costa.”

Por Mercedes López San Miguel

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