Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, en la Asamblea Nacional, este martes.MANAURE QUINTERO / Reuters

La divisa estadounidense podrá ser depositada en la banca nacional

 

Venezuela ha dado un paso más en la dolarización del país este martes. El presidente, Nicolás Maduro, ha anunciado la intención de “avanzar 100% hacia un sistema de pagos digital en el país”, en el cual siga aumentando la creciente influencia del dólar sobre la maltrecha economía venezolana. La divisa estadounidense podrá ser depositada en la banca nacional. “Ya estamos por autorizar, bajo la supervisión de la Superindentencia de Depósitos Bancarios, la apertura de cuentas en dólares a todos los niveles”, afirmó.

El mandatario venezolano hizo estos anuncios con motivo de su visita a la Asamblea Nacional, recién electa en los cuestionados comicios del pasado diciembre y controlada ahora por el chavismo, en ocasión de la presentación de su Memoria y Cuenta, el informe anual de gestión, un gesto institucional que Maduro no había hecho durante los años en los cuales la oposición controló el Poder Legislativo.

La intención de Maduro por digitalizar totalmente las transacciones comerciales y estandarizar la influencia del dólar –presente ya en un 70% de la economía– tiene lugar en un país con cuatro años de hiperinflación, una hacienda pública devastada por la corrupción y una grave caída en sus ingresos petroleros. El bolívar, la moneda nacional, prácticamente no existe en papel moneda y buena parte de las transacciones y pagos cotidianos se hacen con puntos de venta [tarjetas de crédito], transferencias bancarias y mecanismos alternativos como el pago móvil.

El uso del dólar está autorizado, pero son poco comunes los billetes de baja denominación, lo cual dificulta operaciones comerciales elementales ante la ausencia de cambio. En este contexto, Maduro anunció que el transporte público del país será cancelado con los sistemas de pagos digitales V-Ticket y V-Pos. El Gobierno ya tiene digitalizadas asignaciones salariales, bonos oficiales y subsidios añadidos de la administración pública mediante el denominado Carné de la Patria, estimula el uso de las criptomonedas y ha creado otros mecanismos similares de pago como la Billetera Móvil.

“El Gobierno de Maduro tiene hoy mucho interés en minimizar en lo posible el uso del efectivo”, afirma Leonardo Vera, docente y miembro de la Academia Venezolana de Economía. “La razón principal es que, en un contexto de hiperinflación, esta mecánica de estar imprimiendo billetes a cada rato es muy costosa. La vida útil de cada billete es muy corta, es un gasto enorme para el Estado.” Cada dólar se vende en este momento en un millón y medio de bolívares. El billete venezolano de más alta denominación es de 50.000. El bolívar, la moneda latinoamericana más fuerte durante buena parte del siglo XX, hoy no vale nada.

“Se ha hablado de la dolarización de la economía. Yo he dicho que las expresiones de dolarización del comercio han sido y son una válvula de escape,” afirmó Maduro, cuya administración sigue dando pasos apurados y silenciosos para atraer capitales, congraciarse con el sector privado y dinamizar el comercio exterior en medio del extendido cuestionamiento a su Gobierno. Hasta 2017, tanto Maduro como la plana dirigente chavista culpaban casi diariamente “al dólar criminal”, y “la guerra económica de la burguesía”, como presuntos responsables del naufragio económico del país.

Desde que asumió el poder, en 2013, el Gobierno de Maduro ha impreso dos familias de billetes que al poco tiempo han quedado completamente obsoletos, devorados por un descontrolado aumento de precios que ya parece parte del paisaje, y para el cual no se ha anunciado ninguna estrategia económica en particular.

Antes de que el dólar fuese aceptado abiertamente en Venezuela, hace tres años, la ausencia de bolívares en efectivo dio paso a enardecidas protestas de la población afectada, particularmente en pueblos pequeños al no poder cobrar sus salarios.

“Hay una tendencia en curso, acentuada con el covid, para que muchas economías del mundo digitalicen sus transacciones”, afirma Vera, quien afirma que, contrariamente a lo que pueda pensarse, ya hay un trecho avanzado en Venezuela en estos temas al estar presionado el Gobierno por la necesidad.

Para el asesor financiero Henkel García, director de la firma Econométrica, el Gobierno va a encontrar problemas para masificar esta digitalización: “En cualquier caso, al no resolverse el problema económico del país, mucha gente va a quedar por fuera. La gente necesita bolívares. Gente que no tiene teléfono inteligente, que no quiere usarlo en la calle por miedo al hampa. Es imposible plantearse una meta del 100 por ciento de la digitalización de los pagos. Ni Suecia, país vanguardia en el mundo en estos temas, ha podido hacerlo”.

“Tendremos un gran problema para este objetivo: la debilidad de las plataformas tecnológicas venezolanas y los pocos recursos existentes para ponernos al día”, afirma Vera. “Puede que a futuro tengamos un sistema diversificado de medios digitales, pero con plataformas muy inestables”, concluye.

Por Alonso Moleiro

Caracas - 13 ene 2021 - 16:01 UTC

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Cómo la desigualdad reduce el crecimiento

Diversos trabajos explican que las condiciones de desigualdad no solo resultan perniciosas en términos éticos, sino también en los económicos. Atentan contra la productividad y el crecimiento. Ciertos modos de capitalismo destruyen el propio capitalismo que dicen defender.

 

En tanto la época neoliberal se acerca a su fin, se destacan dos datos estadísticos. Ha habido un continuo incremento de la desigualdad de ingresos y de riqueza desde 1980, especialmente en Estados Unidos; y ha habido una marcada desaceleración del crecimiento de la productividad en todo el mundo desarrollado desde 2000.

La primera observación ha dado lugar a un profuso trabajo académico, en el que la contabilidad del ingreso nacional se ha ampliado para incluir medidas explícitas de la distribución del ingreso. Los frutos de estos esfuerzos están empezando a aparecer en la literatura económica. La segunda observación ha sido estudiada por numerosos académicos que ofrecen una variedad de explicaciones, no siempre mutuamente excluyentes. Algunos apuntan al problema de la mala medición: debido a la adopción generalizada de la tecnología digital, el límite de lo que miden las cuentas de ingresos nacionales ha pasado a excluir trabajo previamente captado por el PIB. Otros hacen hincapié en el ritmo lento de la difusión de las nuevas tecnologías, lo que permite a los «mejores» sacarle mucha ventaja al «resto», que se ven afectados por el poder de los que están arriba de limitar el acceso a la innovación.

Asimismo, como la inversión está cada vez más concentrada en activos intangibles que reducen los costos marginales para los actores dominantes, la productividad extraordinaria de una empresa «superestrella» cada vez más congela la competencia y confiere un liderazgo casi insalvable en el mercado. Y, luego de la suspensión efectiva de las leyes antimonopólicas en Estados Unidos desde los años 1980, ha habido una mayor concentración en todas las industrias. Finalmente, el poder de negociación de los trabajadores en los mercados laborales ha vuelto a caer, en particular en Estados Unidos, prácticamente con la eliminación de los sindicatos en el sector privado. Hoy, en un impactante trabajo de síntesis, el economista Lance Taylor, asistido por Özlem Ömer de la Universidad Nevsehir Haci Bektas Veli en Turquía, ha aportado una nueva perspectiva a la discusión. Taylor es una figura rara entre los economistas de hoy en día. Fue profesor en dos de las ciudadelas más connotadas de la economía tradicional, la Universidad de Harvard y el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), y luego ha pasado la última generación en la Nueva Escuela de Investigación Social en la ciudad de Nueva York, y participa activamente en el Instituto del Nuevo Pensamiento Económico. (Yo soy uno de los fundadores de la INET y conocí por primera vez a Taylor en 1993 como miembro del Comité Visitante del Cuerpo Docente de Posgrado de la Nueva Escuela).

Taylor tiene un pleno dominio de los instrumentos de la economía moderna, y ha elegido desplegar esas herramientas para impulsar una agenda explícitamente progresista. En Macroeconomic Inequality from Reagan to Trump [Desigualdad macroeconómica de Reagan a Trump], ha enriquecido la estrategia convencional para el análisis económico con dos instrumentos desestimados que ayudan a descubrir el funcionamiento real de la economía de producción monetaria moderna. Así, ofrece perspectivas originales y convincentes de todos los fenómenos considerados por quienes intentan explicar qué sucedió con la productividad.

El gran enigma de la productividad

En los últimos años, la economía ha tenido que hacer frente con un creciente volumen de investigación sobre la concentración industrial, los mayores márgenes de ganancias, la caída en la participación de la mano de obra en los ingresos y la reducción ya verificada en la tasa de interés real libre de riesgo. El primer aporte de Taylor consiste en hacer algo más que medir el ingreso y la distribución de la riqueza para determinar las consecuencias de la creciente desigualdad en el crecimiento económico.

Hace mucho que se reconoce (y que se confirmó estadísticamente) que los ricos ahorran más que los pobres. De hecho, el 10% inferior de la distribución incluye «ahorristas negativos» que dependen de las transferencias del Estado. La razón es obvia: los ricos pueden permitirse ahorrar e invertir, mientras que los que se esfuerzan por mantener un estándar de vida de subsistencia necesariamente tienen que gastar todo lo que reciben. El 1% superior, que recibe aproximadamente 18% del ingreso agregado de los hogares antes de plusvalías (de las cuales reciben un porcentaje desproporcionado), ahorran casi el 50% de su ingreso total; los retornos incrementan la desigualdad aún más. Esto refleja la famosa observación de Thomas Piketty, de la Escuela de Economía de París, sobre la desigualdad: r>g. La desigualdad aumenta cuando la tasa de retorno sobre la inversión es mayor, a lo largo del tiempo, a la tasa de crecimiento económico. En sintonía con esta perspectiva, Taylor señala que cuantos más ingresos (incluidos ganancias de capital y dividendos) van a la cima de la distribución del ingreso, la tasa de crecimiento de la demanda efectiva cae, de tal modo que un incremento en r en realidad reduce g.

Taylor lleva la dinámica distributiva al núcleo del concepto keynesiano de cómo se determina el ingreso nacional. Más allá de cuáles sean las decisiones de ahorro en la economía, el ingreso agregado estará determinado por la magnitud de las compensaciones de ahorros en forma de inversión empresarial, gastos del gobierno exentos de impuestos y exportaciones netas. Es importante observar que estas compensaciones se generan por decisiones tomadas independientemente de la decisión de ahorrar. Sin ningún mecanismo para poner en práctica la Ley de Say (según la cual la oferta es la que crea la demanda), los ahorros no se compensan automáticamente al ser traducidos en inversión. Y como una mayor desigualdad aumentará el volumen de los ahorros que tienen que ser compensados, el crecimiento económico se verá afectado a menos que existan nuevas iniciativas para aumentar la demanda efectiva.

Dinamismo, entonces y ahora

Aquí, la innovación de Taylor sigue los pasos del economista y premio Nobel Paul Samuelson, objeto de una biografía reciente de Roger E. Backhouse, cuyo primer volumen apareció al mismo tiempo que Macroeconomic Inequality from Reagan to Trump. Durante la Segunda Guerra Mundial, se nombró al joven Samuelson para integrar la Junta Nacional de Planificación de Recursos de Estados Unidos y se le encomendó la tarea de analizar (ya en 1942) las posibilidades económicas para el mundo de posguerra. Al haber estado profundamente influenciado por Alvin Hansen de Harvard, Samuelson se propuso determinar si el fin de la producción de guerra total haría regresar a la economía a los niveles de demanda efectiva de la era de la Depresión. Compuso un memorándum, «Demanda de los consumidores con plena producción», ocupándose explícitamente de cómo las políticas para reducir la pobreza y equilibrar la distribución del ingreso harían aumentar la demanda efectiva y así contribuirían al pleno empleo.

Taylor tiene preocupaciones similares. Pero en su síntesis de la dinámica macroeconómica, no se limita a aplicar las cuestiones distributivas a la demanda agregada y al crecimiento económico. Más bien, también incorpora la «dinámica económica estructural» de Luigi Pasinetti, un economista poskeynesiano largamente vinculado a la Universidad de Cambridge. (El padrino de Pasinetti en Cambridge era Richard Kahn, el mejor alumno de John Maynard Keynes, autor del principio multiplicador en la economía y mi propio director de tesis).

Pasinetti definió cómo evoluciona una economía a través de la expansión y contracción diferencial de sus diversos factores, según sus tasas distintivas de crecimiento de la productividad del lado de la oferta y elasticidades con respecto al precio y al ingreso del lado de la demanda. Luego fue más allá de la imagen estática representada por las tablas input-output del economista Wassily Leontief, que eran la norma en ese momento. Pero esto fue hace 50 años, cuando la dinámica del patrón sectorial en el tiempo solo podía ser conceptualizada, no puesta en práctica cuantitativamente. Ahora, tenemos los datos y el poder informático necesarios para animar la dinámica de Pasinetti, y esto es precisamente lo que han venido haciendo Taylor y Ömer.

Inspirándose en las perspectivas seminales del economista y premio Nobel Arthur Lewis, Taylor y Ömer examinan la economía estadounidense como un conjunto de sectores «dinámicos» emplazados en una «zona estancada». Entre otras cosas, descubren que «un crecimiento más rápido de la productividad en el sector dinámico obliga a los trabajadores a trasladarse a la zona estancada en la que las empresas ajustan utilizando más trabajadores para realizar la misma producción real». Irónicamente, el propio Lewis se había dedicado plenamente a entender una economía en desarrollo que está compuesta por dos sectores que mantienen una relación consistente en el tiempo. En su modelo, la expansión de un «sector moderno» de alto crecimiento y dinámico desvía la mano de obra del sector «tradicional» estancado, que se caracteriza por una productividad marginal muy baja –o incluso negativa.Sin embargo, en la línea del historiador económico Peter Temin, Taylor y Ömer apuntan al surgimiento en Estados Unidos de una «economía de Lewis invertida», en la que un creciente porcentaje de la fuerza laboral está relegado al sector de la economía de bajo crecimiento, baja productividad y bajos salarios. Con esto, producen un análisis defendiendo el argumento de que una mayor desigualdad y un menor crecimiento de la productividad están efectivamente integrados.

Mucho tiempo atrás

El último aporte importante del libro reside en su explicación de la causa principal de la actual desigualdad estructural. «La represión salarial durante décadas es la causa esencial del trastorno distributivo», escriben Taylor y Ömer. «La información microeconómica del Big Data es consistente con este hallazgo, pero no lo determina –ni poder monopólico, ni empresas «superestrellas»-. Para un resumen de las fuerzas institucionales en juego durante casi dos generaciones, citan al economista y premio Nobel Robert Solow (socio profesional durante mucho tiempo de Samuelson en el MIT): «…la decadencia de los sindicatos y la negociación colectiva, el endurecimiento explícito de las actitudes empresariales, la popularidad de las leyes sobre el derecho al empleo y el hecho de que el rezago salarial parece haber empezado más o menos al mismo tiempo que la presidencia de Reagan apuntan en la misma dirección: el porcentaje de los salarios en el valor agregado nacional puede haber caído porque el poder de negociación social de la fuerza laboral ha disminuido».

En la medida en que una economía de Lewis inversa lleva a un ingreso, una riqueza y un poder concentrados, no debería sorprender que también genere repercusiones en el terreno político. Taylor y Ömer terminan con un modelo de simulación, basándose en datos que han organizado, con el objetivo de trazar un sendero para pasar del estado estancado y estático de la economía política norteamericana a uno más inclusivo y a la vez más dinámico. El resultado es que llevará décadas de salarios reales (ajustados por inflación) que crezcan significativamente más rápido que la productividad para reducir las desigualdades de ingresos y riqueza en Estados Unidos de una manera sustancial.

Las iniciativas de políticas públicas pueden ayudar, especialmente considerando que la automatización impulsada por la inteligencia artificial (IA) impacta en la economía, aunque más lentamente de lo que se creía en general. Un informe reciente del Equipo Especial sobre el Trabajo del Futuro del MIT ofrece herramientas con iniciativas políticas relevantes.

En términos más inmediatos, Estados Unidos necesita programas más progresistas de impuestos sobre la renta y las ganancias de capital, así como una recaudación impositiva más sólida. También necesita innovaciones en la regulación del mercado laboral, desde aumentar el salario mínimo hasta garantizar un lugar más importante para la negociación colectiva, inclusive en la «gig economy». Expandir el seguro de salud financiado por el gobierno y extender el seguro de desempleo a ocupaciones excluidas y a tiempo parcial también puede ayudar, al igual que una mayor provisión de educación universitaria gratuita o sustancialmente subsidiada.

El mensaje primordial del trabajo de Taylor es lo opuesto exactamente a la «economía de goteo». Reducir la desigualdad hará aumentar el crecimiento económico y la productividad. Pero, al final de cuentas, no hay una solución mágica para revertir el impacto de la transformación estructural de los últimos 50 años. Eso también estuvo impulsado por iniciativas políticas, cuyas implicancias plenas muchos responsables de políticas recién están empezando a comprender hoy.

Fuente: Project Syndicate

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¿Por qué sobrevive la «historia desde abajo»?

La «historia desde abajo», promovida por intelectuales como E.P. Thompson y Christopher Hill, modificó el modo de entender la historia desde una perspectiva de izquierda. La historiografía asumió rigurosidad y compromiso político, a la vez que evidenció que ciertas visiones «desde arriba» omitían a actores populares trascendentales para comprender el pasado y el presente. Los cambios globales en el mundo del trabajo y los desplazamientos ideológicos podrían haber horadado este modo de pensar la historia. Sin embargo, sus actualizaciones han mantenido viva a esta corriente que hace historia «al ras del suelo».

¿Quién extrae el cobre, el zinc, el cobalto, el oro y el carbón?/¿Quién hace crecer los granos de soja y cacao?/¿Quién hace el silicio? ¿Quién cocina la cena?/¿Cuáles son sus relaciones y fuerzas de producción? (Peter Linebaugh, «Tras la estela de Perry Anderson», Rey Desnudo, 2013)

Pronto vamos a desaparecer, severamente juzgados;/pero sobre nuestra propia escoria se levantará/la obra de redención de los de abajo,/a la que consciente o inconscientemente/todos hemos cooperado (Mariano Azuela, Epistolario y archivo, 1991)

Mariano Azuela nació en 1873, en Jalisco, México. Desde muy joven se interesó por las dos actividades que lo acompañarían durante el resto de su vida: la medicina y la literatura. La política lo alcanzó inmediatamente después. La revolución mexicana de 1910 lo envolvió y Azuela comenzó a servir como médico de la tropa de Julián Medina. El retrato más perdurable de su experiencia revolucionaria, Los de abajo (1915), una suerte de etnografía literaria de las huestes revolucionarias, es también la parábola de una desesperanza. En medio de su experiencia, Azuela retrató en su diario de campaña las diferencias internas que afligieron al bando insurgente. Si Los de abajo despertó lecturas contrapuestas y fue entendida, alternativamente, como una mordaz crítica al movimiento revolucionario o como un fresco descarnado de la inequidad social del México de principios del siglo XX, sobre una cuestión no hubo casi excepciones: la representación de «los de abajo» en la novela de Azuela era casi tan rupturista como su contexto de producción. Azuela explicó, tiempo después, las razones que habían motivado su particular retrato: «Formando parte, como médico, de las fuerzas revolucionarias de Julián Medina, compartí con aquellos rancheros de Jalisco y Zacatecas –ojos de niño y corazones abiertos– muchas de sus alegrías, muchos de sus anhelos y muchas de sus amarguras. Ahora han desaparecido casi todos ellos y quiero dedicar estos renglones a esa casta indómita, generosa e incomprendida que, si sabía sonreír para matar, sabía también sonreír para morir».

La novela de Azuela es única. La casta indómita, generosa e incomprendida que evoca, en cambio, bien podría estar integrada por los muertos cuyo recuerdo demandó Walter Benjamin en sus Tesis sobre el concepto de Historia o por los constructores invisibles a los ojos de aquel obrero de los versos de Bertolt Brecht que solo encontraba césares y reyes en su libro de historia. También podría estar conformada por el campesino ludita que rescató E.P. Thompson de la «prepotencia de la posteridad» o por los levellers y los diggers sobre los que escribió Christopher Hill en El mundo trastornado. El ideario popular extremista de la Revolución inglesa del siglo XVII (Siglo Veintiuno, 1998). Ya como enfoque, detrás de las inconformidades de Benjamin o Brecht, ya como tradición teórica, en las plumas de alto vuelo de Thompson y Hill, la mirada desde abajo expresó, desde sus comienzos, una disconformidad con la forma de narrar y de pensar el devenir histórico. Thompson lo planteó contundentemente en su ensayo History from below [Historia desde abajo] (1966) que, según Jim Sharpe, puso la historia desde abajo en la «jerga común de todos los historiadores»: allí criticaba el lugar que la historiografía británica había deparado a la «gente común», solamente «presentada como uno de los problemas que el gobierno ha tenido que manejar». En este punto, el compromiso político de Thompson no distaba mucho de las intenciones que habían animado las intervenciones de Benjamin o Brecht en el período de entreguerras: la disciplina histórica, antes que compendiar la historia de los grandes hombres y sucesos, debía procurar la redención de los oprimidos, de los invisibles, de los muertos.

Ese compromiso político convertido en tradición teórica, al decir de Harvey Kaye, a través de la pluma de los historiadores marxistas británicos incumbía directamente al oficio del historiador, que debía prescindir de la derrota política como premisa explicativa del proceso histórico y abstraerse de los modelos omnicomprensivos que consideraban el devenir histórico, en el caso de la ortodoxia marxista, como un desarrollo ontogenético de modos de producción. En su lugar, la investigación debía ir en busca de la cotidianeidad, los hábitos e imaginarios de la «gente común»: anteponer la explicación histórica a los modelos prescriptivos, saludar sus actos resistentes pero sin silenciar los momentos de conformismo. En resumen, la investigación debía iluminar el rol de «los de abajo» como actores del pasado. Ese conocimiento de «los de abajo», entonces, posibilitaba la transformación de las víctimas vencidas en actores conscientes de la historia. La disciplina histórica transmutaba, así, en productora de teoría social y se convertía en una herramienta política indispensable de la New Left británica, ofreciendo una mirada emancipadora alternativa en tiempos en que la bipolaridad de la Guerra Fría era presentada como única posibilidad explicativa. La prescripción revolucionaria se volvía, en los renglones escritos por los marxistas británicos, investigación empírica, conocimiento situado y explicación histórica.

Estos planteos prefijaron buena parte del sentido de los desarrollos posteriores de la historia social durante las décadas de 1970 y 1980, y despertaron ecos cada vez más críticos en la de 1990, a medida que comenzaban a leerse intensivamente en las universidades argentinas y latinoamericanas. Ahora bien, si los escritos «clásicos» sobre historia desde abajo tenían interlocutores claros –dentro y fuera del marxismo– en el contexto de la Guerra Fría, más trabajoso resulta dilucidar qué herramientas aporta hoy este modo de interpretar, y escribir, la historia.

A principios del siglo XXI, horadada la etapa discursiva de la explicación histórica, hubo un resurgimiento de la historia desde abajo. Si bien la consideración del lenguaje como estructurante de la realidad histórica (y no como mero reflejo exterior a ella) permitió una mayor densidad en el estudio de los proyectos políticos alternativos, tuvo como saldo negativo, según la historiadora italiana Simona Cerutti, «la disolución de ‘lo social’ en sus dimensiones discursivas». La caída del Muro de Berlín no implicó el mutismo de la historiografía ni el fin de las ideologías. La publicación en 2001 de Essex Pauper Letters (1731-1837) del historiador británico Thomas Sokoll habilitó a que Tim Hitchcock saludara, en su reseña sobre la obra, el surgimiento de una «nueva historia desde abajo». Las cartas de los pobres recopiladas por Sokoll demostraron «que los pobres reconocieron y utilizaron un poderoso sentido de agencia en sus tratos con el Estado británico». La voz de los pobres, puesta al servicio de la restitución de la racionalidad de esos mismos pobres, recordaba la empresa de Hill sobre la revuelta dentro de la revolución inglesa o los trabajos sobre la «economía moral de la multitud» de Thompson. La historia debía escribirse «a ras del suelo». Este «resurgimiento», como no podía ser de otro modo, alentó nuevas preguntas sobre la historia desde abajo quizá porque, como dijo Marc Bloch en su relectura del afamado proverbio árabe, «los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres».

En los últimos años, los debates sobre la historia desde abajo se concentran en dos puntos centrales de su desarrollo previo: los actores estudiados y la escala propicia para hacerlo. En cuanto al primer tópico, los análisis se dirigen a problematizar aspectos centrales de este modo de entender la historia. Detrás de la pregunta who is below? [quién está abajo], este (re)enfoque de la historia desde abajo deconstruye la noción de agency, como acción consciente pero también como capacidad de actuar, y complejiza la imagen del todo social, más allá de la dicotomía entre patricios y plebeyos, o entre burguesía y proletariado. Además, otras intervenciones de la última década se preguntan por la posibilidad (y deseabilidad) de transcender la demarcación socioeconómica en favor de incluir a las mujeres en el «abajo» de la sociedad patriarcal. El giro espacial, «que suplantó en algunos casos la lucha de clases por la lucha de los lugares», y el paradigma de la comunicación, que tanto énfasis hizo en circuitos de sociabilidades, conspiran, tal como lo planteó Cerutti, contra el entendimiento de agency como «contrahegemonía consciente». Esto lleva, por ejemplo, a que se desatienda la lucha de clases como motor de la historia y se discuta la misma noción de «cultura popular»: ¿se precisa una derrota previa para la reconstrucción desde abajo? ¿Debe esta cultura, para ser considerada popular, haber sido invisibilizada? ¿Puede la cultura popular despojarse de la lucha de clases en la que los marxistas británicos la habían inscripto? Ciertamente, estas preguntas marchan en sintonía con la advertencia premonitoria que oportunamente había lanzado Tony Judt a fines de la década de 1970, sobre los riesgos de una historia desde abajo despolitizada, que llevara a la fragmentación de la comprensión histórica y transformara una mirada de la acción (acción política de sus escritores y agency de sus objetos de estudio) en una suerte de antropología cultural retrospectiva y nostálgica.

Por otro lado, la renovación historiográfica de la historia desde abajo se da en solidaridad con otra perspectiva más reciente, heredera consciente del mundo globalizado: la de la historia global. Quienes hacen historia global debaten la viabilidad de considerar el surgimiento del capitalismo como un fenómeno meramente nacional. La «historia global desde abajo», entonces, desliza la mirada de la subalternidad hacia otros espacios y enfoques de análisis. Entre estos, quizá el más relevante, por su ambiciosa pretensión explicativa, sea el estudio de los vínculos y las circulaciones atlánticas que tuvieron «los de abajo» entre los siglos XV y XVIII, y que contribuyeron al surgimiento del capitalismo moderno. En 2000, un año antes de la publicación del libro de Sokoll, dos historiadores thompsonianos, Peter Linebaugh y Marcus Rediker, publicaron La hidra de la revolución. Marineros, esclavos y campesinos en la historia oculta del Atlántico. Allí decían: «Nuestro libro dirige la mirada desde abajo. Hemos intentado recuperar algo de la historia perdida que habla de una clase multiétnica que fue esencial para el surgimiento del capitalismo y de la economía global moderna». ¿Por qué esa historia, esencial para el surgimiento del capitalismo, había sido invisibilizada? Los historiadores sostenían una doble causalidad: en primer punto, por la represión que habían sufrido los marineros, los esclavos y los campesinos sobre los que trataba el libro. En segundo punto, «por la violencia de la abstracción utilizada a la hora de escribir la historia». Las denuncias historiográficas de Linebaugh y Rediker, deudoras de la crisis de los grandes relatos pero también de las viejas peleas de Thompson con el estructuralismo, eran absolutamente consistentes, por ejemplo, con las que había esgrimido éste en La formación de la clase obrera en Inglaterra (1963). Se modificaba la perspectiva, que ya no estaba puesta en la génesis del capitalismo inglés como modelo clásico de acumulación originaria, sino en los contactos entre una miríada de desposeídos que colmaron los barcos que, desde el siglo XVI, triangularon entre Europa y América y fueron la tracción a sangre que precisó el naciente capitalismo para su acumulación y despegue. La escala de indagación cambiaba y focalizaba en intercambios y circulaciones. El proceso resultante, por tanto, también se modificaba. La empatía por los vencidos, en cambio, se mantenía intacta.

Si existe un hilo invisible que traza, a modo de «línea torcida», algún tipo de genealogía entre las intervenciones de Azuela, Benjamin, Brecht, Thompson, Hill, Sokoll, Hitchcock, Rediker y Linebaugh, este se encuentra, no en el método ni en el registro, sino en las premisas políticas que animan sus escritos. La mirada desde abajo muestra, como ninguna otra, que la historia académica no puede, ni debe, escribirse desde la neutralidad. Quizás por eso, como enfoque, la historia desde abajo ha logrado sobrevivir al ocaso de su tradición teórica, fuertemente ligada a las disputas político-intelectuales de la Guerra Fría que enmarcaron su surgimiento, y aún es capaz, con una vitalidad que trasciende la melancolía de los anaqueles, de dar cuenta de los proyectos políticos emancipadores que se alzaron en los últimos siglos.

Cuando le preguntaron a Azuela para quién había escrito Los de abajo, el escritor mexicano no dudó: «Salíamos con los jirones del alma que nos dejaron los asesinos. ¿Y cómo habríamos de curar nuestro gran desencanto, ya viejos y mutilados de espíritu? Fuimos muchos millares y para estos millares Los de abajo (…) será obra de verdad, puesto que ésta fue nuestra verdad». Justamente hoy, en un presente en el que es menos imaginativo pensar el fin del mundo que divisar uno sin capitalismo, resulta aún más apropiado sumergirse en la reconstrucción histórica de las luchas de nuestro pasado y arrebatar, desde el suelo, las verdades humanas del fresco catastrófico que paralizó al ángel de la historia.   

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“Hay un gesto en Marx del que todavía no hemos sido capaces de extraer toda su potencia filosófica”

Entrevista a Juan Manuel Aragüés Estragués sobre Marx y marxismo (I)

 

Juan Manuel Aragüés Estragués es profesor titular de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Ha publicado diversas obras sobre Karl Marx, Jean Paul Sartre (al que también ha traducido), Gilles Deleuze y diversos aspectos de la filosofía contemporánea. Su último libro publicado: De idiotas a koinotas. Para una política de la multitud (Madrid: Arena Libros, 2020).

¿Quién fue Karl Marx? ¿Un filósofo destacado, un gran economista crítico, un agudo historiador, un incisivo periodista pane lucrando, un revolucionario socialista, un dirigente político, un devorador de libros, el iniciador de una nueva tradición de pensamiento político-filosófico?

Todo eso, sin ninguna duda, y podríamos seguir añadiendo caracterizaciones que quizá pudieran resumirse en el perfil de un espíritu crítico empeñado en el conocimiento y transformación de la realidad. Marx es consciente de la tremenda complejidad de la realidad y, por ello, entiende la necesidad de múltiples herramientas y estrategias para aproximarse a ella. Su faceta periodística, por ejemplo, debe ser entendida, sin duda, desde una perspectiva económica, pane lucrando, como bien dices, pero es, sobre todo, al menos desde mi punto de vista, un modo de difundir sus ideas a un público más amplio. Es la vía de salida de sus investigaciones en otros ámbitos, como la historia, la economía o la filosofía. Pero, en todo caso, todos los perfiles de Marx se amalgaman en una vocación última que es transformar el mundo.

Uno de tus trabajos sobre el compañero de Jenny von Westphalen lleva por título: “El dispositivo Karl Marx”. ¿Dispositivo Marx? ¿Qué tipo de dispositivo es Marx?

Al utilizar el concepto de dispositivo intento, sobre todo, huir de la hagiografía que ha sido tan del uso en ciertos sectores que se califican como marxistas. Cuando una tradición coagula en estatuas o textos canónicos, muere. Hay un magnífico cuento de Cortázar en el que se cuenta la historia de los seguidores de una famosa actriz que, cuando decide retirarse, recopilan todas sus películas, eligen las escenas que les parecen mejores y con ellas componen lo que entienden es la obra perfecta de su actriz favorita. El problema viene cuando ella anuncia su regreso a los escenarios.  Ellos, claro está, deciden matarla, única opción para que no estropee la obra acabada. Creo que esto, en parte, sucedió con la ortodoxia marxista. No me interesa tanto la reivindicación de una persona, por genial y admirable que sea, cuanto de un modo de afrontar el análisis de la realidad. Ese es el sentido en el que utilizo el concepto de dispositivo. Marx designa, más que una biografía y una obra, una estrategia de pensamiento, una lógica, que se caracteriza, como ya he dicho, por su complejidad y, también, por la constante revisión de las propias conclusiones, lejos de todo dogmatismo. Esto es lo que garantiza la actualidad de Marx y lo que permite que siga siendo una herramienta de primerísimo orden desde una perspectiva filosófica y política.

Complejidad, dices, ¿qué hay que entender aquí por complejidad?

Fundamentalmente en el sentido de evitar el monocausalismo y la unidireccionalidad en la explicación de los procesos. Marx concede especial relevancia a lo económico, es cierto, pero también se preocupa de precisar que la economía no lo explica todo, sino que hay múltiples causas que explican el acontecer de lo real. El materialismo debe huir, como bien apunta Jesús Ibáñez, del paradigma de la simplicidad porque una realidad compleja exige explicaciones complejas.

En el subtítulo de ese mismo libro que he citado hablas de lógica materialista. ¿Cuándo una lógica es materialista? ¿Qué tipo de lógica es esa?

Lo que me interesa subrayar con esa idea de lógica materialista es que es posible desentrañar, entre los múltiples, y a veces contradictorios, Marx de la tradición filosófica, una línea de coherencia materialista que nos permite señalar un Marx entre otros, un Marx desembarazado de las excrecencias idealistas que, en ocasiones, jalonan su discurso. En Marx hay una constante y soterrada lucha contra la tradición idealista en la que se forja su pensamiento, de la que Hegel es la figura más destacable. Como joven hegeliano, su primer gesto es volverse hacia la filosofía materialista de la antigüedad, a Demócrito y Epicuro, para redactar su tesis doctoral. Me parece un signo verdaderamente relevante. Los primeros años 40 son momentos de marcar distancias con la tradición idealista. Pero, a pesar de ello, en el pensamiento de Marx siguen apareciendo, en diferentes momentos, gestos impregnados de idealismo (determinismo, teleología, mecanicismo).  No podía ser de otro modo, Marx es hijo de su época, crece en una tradición histórica en la que el etapismo y el finalismo están muy presentes: la ilustración escocesa, Comte, el propio Hegel.  Entiendo que esos residuos idealistas pueden, y deben, ser encapsulados y tratados como lo que son, inercias de una tradición para, de ese modo, hacer aparecer un Marx plenamente materialista. Por eso le concedo tanta importancia a su ateísmo, un ateísmo que él mismo se encarga de acotar cuando, al principio de su Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, dice aquello de que en Alemania la crítica de la religión está terminada.  Marx entiende que es preciso hacer filosofía, y por lo tanto política, desde el ateísmo, desde la inmanencia, sin que eso presuponga centrarse, como hacen los otros jóvenes hegelianos, en la crítica de la religión. Y esa apuesta por la inmanencia es la que es preciso rastrear a lo largo y ancho de su filosofía. Con Marx, el materialismo, que siempre había constituido una corriente subterránea, como decía Althusser, asciende a la superficie para ya no dejarla. Con Marx, la lógica materialista, aquella que consiste en, otra vez Althusser, no contarse cuentos, no inventarse mundos, como dirá Nietzsche, comienza a confrontar cara a cara con la lógica idealista que había dominado el pensamiento desde que las alucinaciones del platonismo, una teología vergonzante, se hicieron hegemónicas.

Un Marx plenamente materialista sería, pues, un Marx ateo, un Marx que no cuenta cuentos, que hace filosofía desde la inmanencia, no desde mundos platonizados. ¿Es eso?

Sin duda. Marx y Platón representan tradiciones enfrentadas, fundamentalmente en lo ontológico, pero también, y mucho, en lo político.  Pero quiero precisar que el ateísmo de Marx es ontológico, no político.  Como explica maravillosamente en ese texto tan hermoso que es la Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, no se trata de acabar con la religión por decreto, coercitivamente, sino creando un mundo en el que el consuelo de la religión no sea preciso. La crítica del cielo debe convertirse, escribe, en crítica de la tierra, la crítica de la religión, en crítica de la política. Hay en Marx una actitud que yo calificaría de delicada hacia la religión, me atrevería a decir que le reconoce incluso una función social, la de consolar al que sufre.  Sin embargo, ese consuelo tiene una dimensión desmovilizadora que es la que preocupa a Marx y que es la que realmente él critica. De ahí su consideración de la misma como el ‘opio del pueblo’.

Sugieres, especialmente para los que quieren leer a Marx con Marx, de prestar mayor atención a los gestos que a los contenidos de sus obras. ¿A qué gestos haces referencia?

Te pondré un ejemplo. Para mí hay un gesto en Marx del que todavía no hemos sido capaces de extraer toda su potencia filosófica y es cuando dice, en la segunda tesis sobre Feuerbach, que buscar la verdad en la teoría es pura escolástica, que la única verdad se encuentra en la práctica. Ese planteamiento de Marx me parece una ruptura radical con la tradición filosófica, una ruptura a cuya altura no hemos sabido estar, pues nos hemos empecinado en continuar concediendo el privilegio a la teoría y en seguir pensando en verdades abstractas, en esencias. En esa coherencia materialista de la que hablo, Marx traslada esta reflexión a uno de los temas fundamentales de la política, el del sujeto revolucionario y nos dice, ¡eh, cuidado!, que el sujeto no posee una esencia, no seamos idealistas, no queramos definir el sujeto en abstracto, vayamos a las prácticas; el sujeto lo constituye todo aquel que se implica en una lucha, independientemente de su pretendida esencia. Por eso nos dice que la lucha de clases es anterior a las clases, planteamiento que cortocircuita la lógica idealista (para que haya lucha de clases primero debería haber clases) e instaura una lógica materialista (la práctica dibuja los perfiles del sujeto). Si nos cobijáramos en Marx, haríamos desaparecer algunos de los estupores que en ocasiones nos asaltan: ¿cómo es posible que la clase trabajadora vote a la derecha?, ¿por qué hay mujeres que no se implican con la defensa de sus derechos? Marx nos enseña que no se trata de esencias, del ser-obrero o del ser-mujer, sino de prácticas (si me dejas meter a Deleuze, diría devenires). 

Te dejo, por supuesto. Devenires pues.

¿Acaso los dirigentes políticos de la izquierda revolucionaria han tenido origen obrero? ¿Ello les ha incapacitado para ser tomados como componentes del movimiento obrero? En absoluto, porque han encarnado una práctica y un discurso. No se trata de analizar dónde has nacido o dónde trabajas, sino cuál es tu práctica. Desde mi punto de vista, este gesto de Marx abre enormes posibilidades a la hora de enfocar la política contemporánea, a la hora de construir un sujeto con una práctica que se aleje de los sectarismos que nos han caracterizado. Fíjate que hemos tenido una polémica que, por resumirla, venía a decir que las políticas de la identidad habían hecho olvidar el sano obrerismo de la tradición de la izquierda y que había que volver a él. De ese modo, lejos de salir del problema, idealista, de la identidad, de las esencias, se abogaba por una identidad, la obrera, a la que toda  lucha debe ser sometida. Aunque la propuesta parecía que confrontaba con las políticas de la identidad, en realidad se mantenía dentro de ellas. Contradictoriamente, el sujeto más potente que hemos tenido en la calle ha sido el del feminismo, no el obrero. Pero no hemos sabido articular sobre él un discurso que cobijara el conjunto de problemáticas que asolan a nuestras sociedades. Y nos encontramos con que su potencia se diluye en disputas teóricas de carácter esencialista para ver quién recoge la bandera y se la apropia. ¿Te suena?

Me suena.

Lo mismo que ha venido haciendo la izquierda toda su vida. El concepto de identidad, con su poso idealista, debe ser sustituido por la práctica de lo común, creo que ahí está la solución y que esa, la de la práctica, es una de las expresiones de la lógica materialista.

¿Práctica de lo común?

En efecto. Más que en sesudos documentos, en prolijas disquisiciones teóricas, donde debemos encontrarnos es en prácticas que expresen los intereses de la mayoría social. El 15-M fue, en parte, una expresión de esto. Mucha gente que nunca se había movilizado y que, ante la exigencias de definirse teóricamente quizá se calificara como apolítica, incluso de derechas, salió a la calle a manifestar su hartazgo, a decir, y lo expresó conscientemente a la manera de Nietzsche,un gran no a partir del cual es preciso imaginar una nueva realidad,un nuevo sentido común.  Insisto en que uno de los cortes que produce Marx es en su reivindicación de la práctica como geografía de la verdad, como lugar donde se aquilata lo que es y no es. Y, en nuestra vocación materialista y revolucionaria, esa práctica ha de ser una práctica de lo común.

Y no importa, ya que hablabas antes de feminismo, que una parte de ese feminismo no sea socialista ni tenga mucha simpatía por las tradiciones obreras.

¡Pues claro que importa! Para ser precisos, debiéramos hablar de feminismos. Y, ciertamente, hay feminismos que poco aportan para una lucha de lo común. Algunos porque carecen de esa orientación crítica a la que tú aludes, otros porque manifiestan una dimensión sectaria, identitaria, que imposibilita una política de lo común.  Pero eso no obsta para que el feminismo, en el que predomina una dimensión antagonista, sea en estos momentos una punta de lanza en las luchas emancipatorias. Aunque, creo, y espero equivocarme, que está dejando pasar una oportunidad histórica.

La obra de Marx, como la de otros clásicos, ¿está superada por el tiempo y los nuevos conocimientos?

Haré un previo. Siempre me ha hecho mucha gracia cuando alguien dice que Marx está superado, pero luego no lo plantean con Platón o Kant. Esa pregunta, evidentemente no lo digo por ti, es una, una más, de la estrategia de arrinconamiento, de desprestigio, y pone de manifiesto precisamente lo contrario: que como Marx todavía nos sigue diciendo cosas puede ser peligroso. Porque si fuéramos a las escuelas a mostrar la génesis del capitalismo tal como la analizó Marx, mostrándolo como el resultado de un inmenso robo de la propiedad colectiva, eso resultaría muy incómodo para quienes nos quieren hacer creer que la propiedad es efecto del esfuerzo subjetivo y no de un robo organizado.

Pero entrando a lo que preguntas, eso depende de cómo queramos abordar a Marx. Si nos empeñamos en sacralizarlo, conseguimos el efecto contrario al deseado, pues al coagular sus textos, le desembarazamos de su mayor efectividad, que reside en ajustarse al momento histórico concreto. Marx escribió para una forma de capitalismo concreta, la que él vivió, el capitalismo fabril del XIX, aunque anticipó, de manera enormemente lúcida, algunas derivas posteriores, que tienen que ver con la subsunción real del trabajo en el capital como consecuencia de la mecanización de la producción. No podemos hacer como si la sociedad no hubiera cambiado y seguir repitiendo los análisis concretos de Marx. Le estaríamos haciendo un flaco favor al propio Marx que subraya que su teoría debe ser aplicada a lugares concretos y momentos específicos.  Recuerdo su polémica con sus seguidores rusos, que querían aplicar los planteamientos de El Capital en Rusia. Y Marx les escribe, enfadadísimo, diciéndoles que no han entendido nada.

Por eso vuelvo a insistir en los gestos más que en la literalidad de los textos. Y, a pesar de ello, muchísimos textos de Marx son extraordinariamente actuales, hasta el punto de que nos proporcionan herramientas para una reflexión filosófica plenamente contemporánea. Me atrevo a decir que Marx es mucho más actual que muchos de sus intérpretes, sobre todo de aquellos que lo alejan de la tradición materialista y lo vinculan con el idealismo. 

¿Nos puedes dar algunos nombres de estos (malos) intérpretes?

Yo distinguiría entre malos intérpretes, por un lado, y  contaminaciones inconvenientes por otro.  Los malos intérpretes son los eclesiales, los que convirtieron el marxismo en una especie de religión con sus santos y apóstoles, con sus textos sagrados (y sus textos prohibidos también, curiosamente, textos de Marx) que había que recitar como si de jaculatorias se tratase. Me refiero, en este caso, al marxismo más oficialista, el de los Garaudy, Kanapa o Politzer en Francia, y, sobre todo, de Stalin.

En cuanto a las contaminaciones inconvenientes son aquellas que intentan leer el marxismo desde la tradición idealista y lo acercan a Platón, como hace Badiou, o a Sócrates y Kant, como hace Fernández Liria. De estas últimas no digo que sean malas interpretaciones, porque suelen hacer pie en los textos de Marx con bastante rigor, sino que privilegian aspectos del texto marxiano que lo alejan ontológicamente del materialismo y políticamente del anticapitalismo.  Hacer de Marx un ilustrado es una opción, pero una opción que privilegia las inercias de una tradición dominante frente a la originalidad del texto de Marx.

Más allá de anticipaciones, entiendo que para ti El Capital es un análisis de una forma de capitalismo concreta, la que él vivió, no del capitalismo en general.

Claro. Eso lo deja muy claro en sus cartas y artículos. Es un análisis del capitalismo más desarrollado del momento. Por ello vuelvo a insistir en los gestos, pues desde ellos hay que analizar las derivas del capitalismo que Marx no pudo analizar.

Tomemos un descanso si te parece.

Me parece.

Por Salvador López Arnal | 14/01/2021 

Fuente: El Viejo Topo, diciembre de 2020.

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Estados Unidos volvió a declarar a Cuba como "Estado patrocinador del terrorismo"

Duro comunicado del gobierno de Donald Trump a días de finalizar su mandato

La inclusión de un país en esta lista negra implica trabas al comercio y sanciones. El canciller cubano Bruno Rodríguez definió la decisión como un acto "hipócrita" de "oportunismo político". 

 

A pocos días de entregar el poder, el gobierno de Donald Trump volvió a incluir a Cuba dentro de su lista de "Estados patrocinadores del terrorismo", de donde el expresidente Barack Obama había sacado a la isla en 2015 con su política de acercamiento. La inclusión de un país en esta lista negra implica trabas al comercio y más sanciones de las que ya sufre Cuba debido al embargo comercial y financiero que le impone Estados Unidos. El canciller cubano Bruno Rodríguez definió la decisión como un acto "hipócrita" de "oportunismo político". 

"Con esta medida, volveremos a responsabilizar al gobierno de Cuba y enviaremos un mensaje claro: el régimen de Castro debe poner fin a su apoyo al terrorismo internacional y la subversión de la justicia estadounidense", dijo el jefe de la diplomacia estadounidense, Mike Pompeo, evocando al fallecido Fidel Castro y a su hermano Raúl, líderes de la revolución de 1959. Pompeo basó la decisión en la "maligna interferencia" de Cuba en Venezuela y en otros países latinoamericanos.

En 2015 Obama retomó la relación bilateral con el entonces presidente Raúl Castro y retiró a Cuba del listado de Estados patrocinadores del terrorismo, al declarar que los esfuerzos de medio siglo de Estados Unidos para aislar a la isla "habían sido un fracaso". Pero Trump revirtió ese acercamiento apenas asumió en 2017, recrudeciendo el embargo vigente desde 1962.

A lo largo de sus cuatro años de mandato, Trump volvió a reducir la embajada estadounidense en La Habana a su mínima expresión, impuso de nuevo sanciones y hasta las amplió. El futuro gobierno de Joe Biden podría eliminar a Cuba del listado de países patrocinadores del terrorismo, pero primero tendría que realizar una revisión formal, lo que significa que la medida puede estar en trámite durante meses.

Con un mensaje escrito en español y en inglés, el canciller cubano Bruno Rodríguez no ocultó su malestar. "El oportunismo político de esta acción es reconocido por todo el que tenga una preocupación honesta ante el flagelo del terrorismo y sus víctimas", dijo Rodríguez en su cuenta de Twitter, donde condenó "la hipócrita y cínica calificación de Cuba como Estado patrocinador del terrorismo".

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El virus de la desigualdad económica está creciendo

Si el dinero es la fuente de la felicidad, y tener más dinero significa más felicidad, algunos de nuestros amigos multimillonarios han alcanzado niveles de felicidad sin precedentes en los últimos años, especialmente durante la pandemia, cuando su nivel de riqueza se ha disparado. Esto muestran las últimas cifras sobre la distribución de la riqueza de la Junta de la Reserva Federal que cubren hasta el tercer trimestre de 2020, y las cifras diarias publicadas por Bloomberg.

A continuación, se presenta un cuadro basado en las cifras de la Junta de la Reserva Federal. Los trimestres seleccionados representan el apogeo de la riqueza del 1% durante el régimen de Bush (3er trimestre de 2007) que fue antes de la Gran Recesión, su riqueza al comienzo de la presidencia de Obama (1er trimestre de 2009), al final de su primer mandato (4to trimestre de 2016), en su punto álgido, (3er trimestre de 2016), y en su último trimestre de 2016. Para la administración Trump, las cifras son de su primer trimestre en 2017, el punto álgido que fue justo antes de la pandemia (4to trimestre de 2019), el primer trimestre de 2020 que cubre el inicio de la pandemia, y las cifras más recientes que cubren el tercer trimestre de 2020.

 



Lo que las cifras de la Fed muestran es lo bien que, como grupo, le ha ido al 1% más rico. La recuperación de su riqueza nominal del impacto negativo de la gran recesión tardó unos cinco años en superar el punto máximo alcanzado antes de la gran recesión. Por el contrario, bajo Trump, a pesar de la pandemia y el declive económico, la recuperación de la riqueza del 1% desde su descenso en el primer trimestre de 2020 hasta su punto álgido a finales de 2019, no sólo se alcanzó en menos de un año, sino que es incluso un 4% mayor.


A 23 de diciembre, el índice Dow Jones subió un 8,4% desde donde estaba al final del tercer trimestre, y el índice NASDAQ subió un 14,3%, lo que sugiere que las ganancias del 1% para el año deberían ser mucho más altas que el 4%, dado que estas personas tienen el 52,7% de todo lo que la Fed denomina acciones corporativas y acciones de fondos mutuos.


¿Quién beneficia más al 1% más rico?: Trump contra Obama


¿Durante qué administración le fue mejor al 1%, Obama o Trump? La recuperación de sus pérdidas fue más rápida con Trump. Sin embargo, a pesar de la gran reducción de impuestos que ganaron bajo la administración Trump, Obama parece ser el ganador.


Su ganancia en riqueza nominal desde el comienzo del régimen de Trump hasta el tercer trimestre de 2020 es de 7,1 billones de dólares. Durante el período similar de la presidencia de Obama, la ganancia en su riqueza llegó a 4,76 billones de dólares. Mientras que la ganancia en dólares bajo Trump es mayor, Obama es el ganador en el porcentaje de ganancia, 30,7% a 24,4%. Sin embargo, Obama tenía una ventaja en que el punto de partida era bajo debido a la gran recesión.


Un enfoque más justo podría ser mirar a un período similar en el segundo mandato de Obama. Desde el primer trimestre de 2013 hasta el tercer trimestre de 2016, la ganancia del 1% fue de 6,57 billones de dólares. La cantidad de ganancia de riqueza si ajustamos por la inflación a 2%/año, es aproximadamente la misma cantidad de dólares que la ganancia bajo Trump. Sin embargo, el porcentaje de ganancia en la riqueza del 1% en este período bajo Obama es 30.3%, casi 6% mayor que la ganancia durante una cantidad comparable de tiempo de Trump estando en el cargo[1]


Además, la parte de la riqueza total de la nación que se encuentra en el 1% generalmente aumentó durante el tiempo que Obama estuvo en el cargo, comenzando en el 27,2% en el primer trimestre de 2009 y terminando en el 31,1% cuando dejó el cargo. Por el contrario, la parte de su riqueza durante el tiempo de Trump hasta el tercer trimestre de 2020 alcanzó un punto alto de 31,3% en el primer trimestre de 2018 disminuyendo a 30% en el primer trimestre de 2020 hasta llegar a 31% en el tercer trimestre, nunca superando el punto más alto de 31,4% durante los dos trimestres intermedios de 2016 cuando Obama era presidente. ¡Trump se puede colgar la medalla de no haber caído nunca por debajo del 30%!


Algunas personas especiales durante la pandemia


A partir del 23 de diciembre, según el Índice de Billonarios de Bloomberg, en 2020, Warren Buffet es el único perdedor de riqueza entre las 10 personas más ricas del mundo. El pobre Warren tiene ahora 84,6 mil millones de dólares, teniendo que lidiar con pérdidas de 4,62 mil millones de dólares en lo que va de año. La vida puede ser dura.


Ha habido perdedores aún mayores en 2020 entre los súper ricos. Amancio Ortega, descrito como un minorista español, ha experimentado una pérdida de 9.410 millones de dólares. El derechista Charles Koch, cuya riqueza lo sitúa en el número 20, ha perdido unos 5,85 mil millones de dólares.


Sin embargo, los perdedores son la excepción. La mayoría de los que están en la cima del 1% lo han hecho mucho mejor que sus colegas promedio. Algunos han experimentado ganancias de decenas de miles de millones


Liderando la manada encontramos a Elon Musk, cuya riqueza ha aumentado en tres dígitos en sólo un año, 127 mil millones de dólares. Su ganancia por sí sola sería lo suficientemente buena para convertirlo en el tercer individuo más rico del mundo después de Bezos y Gates. Su patrimonio neto es ahora de 155.000 millones de dólares, y su ganancia ha sido incluso mejor que la del minorista "favorito" del mundo, Jeff Bezos, que ha tenido que conformarse en lo que va de año con un aumento de 72.200 millones de dólares, casi 55.000 millones menos que Musk[2]. El peligro para Bezos es que si Musk continúa en el camino que ha seguido durante el año, pronto será el número uno, y podría ser el primero en alcanzar el trillón.


Aquí está el registro en el informe Bloomberg de los 10 grandes de EE.UU. que muestra que todos ellos, excepto Buffet, tuvieron ganancias porcentuales de riqueza que son más altas que la ganancia de un típico colega en el 1%.

 



Si las cifras aquí fueran representativas de todo un año, en un día típico de 2020, la riqueza de Musk aumentó en casi 348 millones de dólares, lo que equivale a 14,5 millones de dólares por hora, 241.628 dólares por minuto, o 4.027 dólares por segundo. El aumento de su riqueza por sí solo es suficiente para dar a los 331 millones de estadounidenses 383 dólares, que es más de la mitad de lo que el gobierno ofrecerá en el último proyecto de ley de estímulo.


¿Cuántos multimillonarios se necesitan para llegar a un billón?


Con los dedos de la mano serías capaz de alcanzar ese número mágico de un billón de dólares. Los bienes de los 10 más ricos llegan a 1.042 billones de dólares. Sus ganancias en 2020, a 23 de diciembre, son de 319.600 millones de dólares. Excluyendo al rezagado Buffet, como grupo, el aumento de su riqueza es de 324,2 mil millones de dólares.


Usando las cifras del tercer trimestre de 2020 de la Reserva Federal, las ganancias totales del 1%, en el tercer trimestre de 2020, llegaron a 1,47 billones de dólares. Las ganancias netas de los 10 más ricos constituyen por sí solas el 21,7% de la ganancia total de los aproximadamente 3,3 millones de personas más ricas en nuestros queridos EE.UU.


Los que ocupan los puestos del 11 a 20 tienen una riqueza de aproximadamente la mitad que los 10 primeros, 502.200 millones de dólares, con ganancias para en este año de casi 54.900 millones de dólares, cifra que sería de 70.000 millones de dólares si se excluyen a sus colegas que perdieron riqueza.


La riqueza total de los 20 primeros es de 1,544 billones de dólares. Esta cantidad representa el 65,4% de la riqueza total de la mitad más pobre de la población de los Estados Unidos que, a finales del tercer trimestre de 2020, poseía una riqueza de 2,36 billones de dólares. La riqueza de los 10 individuos más ricos llega al 44% de la riqueza del 50% más pobre, aproximadamente 165,5 millones de personas.
¿Impuestos sobre estas ganancias astronómicas en 2020?


No esperes que la mayoría de las ganancias de los veinte más ricos paguen impuestos. Los cientos de miles de millones en plusvalía representan principalmente aumentos en el valor de los activos que poseen. Ganancias como esas generalmente no son gravadas a menos que los activos sean vendidos (algo que probablemente no ocurrió en el caso de muchos, si es que ocurrió). En otras palabras, en contraste con los ingresos que las personas ganan por trabajar en un empleo, y que tal vez ponen en riesgo su salud y sus vidas, es probable que poca de la ganancia de riqueza de los veinte primeros vaya a la hacienda pública.


Seguro que Estados Unidos es genial. Si los barones del robo (los grandes industriales decimonónicos) vivieran hoy, probablemente sentirían envidia de la cantidad de riqueza que poseen los más ricos y sus recientes adquisiciones y, tal vez, de la felicidad que han ganado durante uno de los años más duros y tristes de nuestra historia.


Notas:

[1] En tiempos de Clinton, la riqueza del 1% subió un 87,7%, de 6,13 billones de dólares a 11,51 billones. Durante la época de W. Bush, la riqueza del 1% subió de 11,22 a 19,89 billones de dólares, una ganancia del 77,2% antes de caer durante la gran recesión a 15,91 billones de dólares en su último trimestre (una ganancia del 41,8% durante sus ocho años). Estas cifras, incluyendo las comparaciones de Trump con Obama, sugieren claramente que en los últimos 28 años al 1% le ha ido mejor bajo presidentes demócratas que bajo presidencias republicanas.
[2] A 25 de diciembre, Bloomberg indica las ganancias Musk para el año de 132.000 millones de dólares, que es 5.000 millones de dólares más que la cantidad de esta tabla.

Rick Baum
enseña ciencias políticas en City College de San Francisco. Es miembro de AFT 2121.

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Los contrastes económicos en las grandes urbes del mundo se intensifican con la actual crisis y pronostican que se mantendrán por varios años. En la imagen una panorámica de Santa Fe, en la Ciudad de México.Foto José Carlo González

La crisis causada por la pandemia se mantendrá hasta 2030: BM

 

Los hombres y mujeres más acaudalados del mundo aumentaron su riqueza 18 mil dólares durante el año pasado por cada "nuevo pobre" que, según estimados del Banco Mundial (BM), ha dejado la crisis por el Covid-19. El organismo financiero estima que 100 millones de personas se sumaron a la pobreza el año pasado. Es la primera vez que esta tendencia crece desde 1998 y, como secuela, la desigualdad aumentará en 78 de las 91 economías de las que se disponen datos.

"La búsqueda para acabar con la pobreza ha sufrido su peor revés" y “con toda seguridad, los efectos de la actual crisis se mantendrán en la mayoría de los países hasta 2030; (…) a largo plazo, es probable que la crisis aumente la desigualdad dentro de los países por primera vez en una generación”, proyecta el Banco Mundial.

Mientras la economía tuvo su mayor caída en 90 años y millones de personas perdieron sus empleos, las 500 personas más ricas del mundo –que equivalen a 0.001 por ciento de la población mundial– vieron el mayor crecimiento de sus fortunas en ocho años, muestra el Índice de Multimillonarios que realiza Bloomberg. Ganaron un billón 800 mil millones de dólares el año pasado, 31 por ciento más que al cierre de 2019.

Como resultado, cinco personas –cuatro de ellos estadunidenses y dueños de los principales negocios de tecnología cuya regulación tributaria sigue en vilo a nivel mundial– ahora poseen una riqueza que supera 100 mil millones de dólares. Son Elon R. Musk (Tesla), Jeff Bezos (Amazon), Bill Gates (Microsoft), Bernard Arnault (Louis Vuitton-Moët Hennessy) y Mark Zuckerberg (Facebook).

También seis mexicanos se encuentran en el listado: Carlos Slim con una fortuna de 57 mil 600 millones de dólares, al sábado pasado; la familia Larrea, Sara Mota y Germán, con una riqueza conjunta de 26 mil 140 millones de dólares; Ricardo Salinas, con 13 mil 200 millones; Alberto Bailleres, con 10 mil 600 y Juan Beckmann, con 8 mil 470 millones de dólares.

Mientras los multimillonarios de la tecnología abultaron su riqueza en medio de la crisis, el Banco Mundial expuso que, aun sin la pandemia, reducir la pobreza extrema a menos de 3 por ciento para 2030 –que nadie sobreviva con menos 1.90 dólares al día (alrededor de 38 pesos)– ya daba visos de ser una meta irrealizable. Ahora, dada la crisis, es "más difícil de alcanzar que nunca", reconoció.

En el informe Un cambio de suerte, explicó que antes del Covid-19, millones de personas habían conseguido eludir la pobreza extrema por escaso margen, pero la recesión de 2020 se recargó en los más pobres y vulnerables; y abrió el perfil de la pobreza.

Además de los que el Banco Mundial llama "pobres crónicos" –población rural dedicada al agricultura y la ganadería–, la pandemia evidenció "nuevos pobres" en las ciudades, entre personas con mayores grados educativos, dedicada a los servicios, la construcción y la manufactura, y sobre todo entre la población más joven (hasta hace dos años la mitad de los pobres en el mundo eran niños menores de 15 años).

El Banco Mundial estima que con una contracción de hasta 8 por ciento en el producto interno bruto (PIB) per cápita el año pasado, la pobreza extrema habría aumentado hasta 1.5 puntos porcentuales en 2020 y 1.9 puntos porcentuales en 2021. Eso significa una tasa de pobreza extrema de 9.4 por ciento para ambos años, similar a los niveles que se tenían en 2017.

En adelante, aún con escenarios optimistas "los efectos empobrecedores de la pandemia serán colosales", advirtió. Para 2030, las proyecciones más positivas muestran que 6.7 por ciento de la población mundial vivirá con menos de 1.9 dólares al día, prácticamente el doble de la meta del organismo. Pero esta podría llegar hasta 8.6 por ciento si siguen avanzando los indicadores de desigualdad.

El Banco Mundial subrayó que la pandemia, los conflictos armados y el cambio climático son los tres factores cuya confluencia está impulsando la crisis actual y extenderá su impacto hacia el futuro. Así que "sin intervenciones enérgicas, la crisis puede desencadenar ciclos de mayor desigualdad de ingresos, menor movilidad social entre los grupos vulnerables y menor resiliencia frente a futuras conmociones", manifestó.

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Las tres amenazas más graves para la vida en 2021

Enormes zonas del mundo, sin incluir a China ni a unos pocos países más, se enfrentan a un virus descontrolado que no se ha detenido a causa de la incompetencia criminal de los gobiernos.

El hecho de que estos gobiernos de países ricos dejaran de lado cínicamente los protocolos científicos básicos publicados por la Organización Mundial de la Salud y por las organizaciones científicas revela sus prácticas mezquinas. Todo lo que no sea centrar la atención en la gestión del virus mediante pruebas, rastreo de contactos y aislamiento -y si esto no es suficiente, entonces imponer un confinamiento temporal- es una temeridad. Es igualmente preocupante que estos países más ricos hayan seguido una política de “nacionalismo de vacunas” al acumular candidatos para las vacunas en lugar de una política para la creación de una “vacuna popular”. Por el bien de la humanidad, sería prudente suspender las normas de la propiedad intelectual y desarrollar un procedimiento que promueva vacunas universales para todos los pueblos.

Aunque la pandemia es el principal problema que ocupa nuestras mentes, hay otras cuestiones importantes que amenazan la longevidad de nuestra especie y de nuestro planeta. A saber:

Aniquilación nuclear

El 23 de enero de 2020, el Bulletin of the Atomic Scientistsestableció el Reloj del Juicio Final peligrosamente cerca, a 100 segundos para la medianoche. El reloj, creado dos años después de que se desarrollaran las primeras armas atómicas en 1945, es evaluado anualmente por la Junta de Ciencia y Seguridad del Bulletin, que decide si mover el minutero o mantenerlo en su lugar. Para cuando vuelvan a ajustar el reloj, bien podríamos estar aún más cerca de la aniquilación. Los tratados para el control de armamentos, que son ya bastante limitados, no son más que papel mojado en la medida en que las principales potencias poseen cerca de 13.500 armas nucleares (más del 90% de las cuales están solo en manos de Rusia y Estados Unidos). La producción de este armamento podría hacer fácilmente que este planeta sea aún más inhabitable. La Armada de los Estados Unidos ha desplegado ya ojivas nucleares tácticas W76-2 de bajo rendimiento. Es urgente incluir en la agenda mundial una serie de pasos inmediatos hacia el desarme nuclear. El Día de Hiroshima, que se conmemora cada año el 6 de agosto, debe convertirse en una fecha más sólida de meditación y protesta.

Catástrofe climática

Un artículo científico publicado en 2018 llevaba un titular sorprendente: “La mayoría de los atolones serán inhabitables a mediados del siglo XXI porque el aumento del nivel del mar intensificará las inundaciones provocadas por las olas”. Los autores descubrieron que pueden desaparecer todos los atolones desde las Seychelles hasta las Islas Marshall. Un informe de las Naciones Unidas de 2019 estimaba que 1 millón de especies animales y vegetales están en peligro de extinción. Agreguen a esto los catastróficos incendios forestales y el severo blanqueamiento de los arrecifes de coral, y está claro que ya no podemos perder más tiempo con clichés sobre una cosa u otra como canarios en la mina de carbón de la catástrofe climática; el peligro no está en el futuro, sino en el presente. Es esencial que las grandes potencias -que no quieren sacudirse los combustibles fósiles- se comprometan con el enfoque de “responsabilidades comunes pero diferenciadas” establecido en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo de 1992 en Río de Janeiro. Es revelador que países como Jamaica y Mongolia ajustaran sus planes climáticos a las prescripciones de la ONU antes de finales de 2020, como exige el Acuerdo de París, a pesar de que estos países producen una pequeña fracción de las emisiones globales de carbono. Los fondos comprometidos con los países en desarrollo para que participen en el proceso están prácticamente agotados y la deuda externa se ha disparado. Esto demuestra una falta de seriedad fundamental por parte de la “comunidad internacional”.

Destrucción neoliberal del contrato social

Los países de América del Norte y Europa han aniquilado su función pública en la medida en que el Estado se ha entregado a los especuladores y las fundaciones privadas han mercantilizado la sociedad civil. Esto significa que las vías de transformación social en estas partes del mundo se han visto obstaculizadas grotescamente. La terrible desigualdad social es el resultado de la relativa debilidad política de la clase trabajadora. Es esta debilidad la que permite a los multimillonarios establecer políticas que hacen que aumenten las tasas del hambre. Los países no deben ser juzgados por las palabras escritas en sus constituciones sino por sus presupuestos anuales; Estados Unidos, por ejemplo, gasta casi 1 billón de dólares (si se suma el presupuesto estimado de inteligencia) en su maquinaria de guerra, al tiempo que dedica una fracción de esa cantidad a bienes públicos (como atención médica, algo que se ha puesto en evidencia durante la pandemia). Las políticas exteriores de los países occidentales parecen estar bien lubricadas por acuerdos de armas: los Emiratos Árabes Unidos y Marruecos acordaron reconocer a Israel con la condición de que compraran 23.000 millones y 1.000 millones de dólares, respectivamente, en armas fabricadas en Estados Unidos. Los derechos de los palestinos, los saharauis y el pueblo yemení no influyeron en estos acuerdos. El uso de sanciones ilegales por parte de Estados Unidos contra 30 países, entre ellos Cuba, Irán y Venezuela, se ha convertido en parte normal de la vida incluso durante la crisis de salud pública de la COVID-19. Es un fracaso del sistema político que las poblaciones del bloque capitalista sean incapaces de obligar a sus gobiernos, que en muchos aspectos son democráticos sólo de nombre, a adoptar una perspectiva global ante esta emergencia. Las crecientes tasas del hambre revelan que la lucha por la supervivencia es el único horizonte de miles de millones de personas en el planeta (siempre que China sea capaz de erradicar la pobreza absoluta y eliminar en gran medida el hambre).

La aniquilación nuclear y la extinción debido a la catástrofe climática son amenazas gemelas para el planeta. Mientras tanto, para las víctimas del asalto neoliberal que ha asolado a la generación pasada, los problemas a corto plazo para sustentar su mera existencia desplazan preguntas fundamentales sobre el destino de nuestros hijos y nietos.

Problemas globales a tal escala requieren de cooperación global. Las principales potencias, presionadas por los Estados del Tercer Mundo en la década de 1960, acordaron el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares de 1968, aunque rechazaron la muy importante Declaración sobre el Establecimiento de un Nuevo Orden Económico Internacional de 1974. Ya no existe el equilibrio de fuerzas necesario que impulse esa agenda de clase en el escenario internacional; las dinámicas políticas en los países de Occidente en particular, pero también en los Estados más grandes del mundo en desarrollo (como Brasil, India, Indonesia y Sudáfrica) son necesarias para que cambie la naturaleza de los gobiernos. Es necesario un internacionalismo sólido que preste una atención adecuada e inmediata a los peligros de la extinción: por guerra nuclear, por catástrofe climática y por colapso social. Las tareas que tenemos por delante son abrumadoras y no pueden aplazarse.

Por Noam Chomsky, Vijay Prashad | 08/01/2021 | 

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Noam Chomskyes un lingüista, filósofo y activista político legendario. Es profesor laureado de lingüística de la Universidad de Arizona. Su libro más reciente es Climate Crisis and the Global Green New Deal: The Political Economy of Saving the Planet.

Vijay Prashad es un historiador, editor y periodista indio. Es compañero de redacción y corresponsal-jefe de Globetrotter. Es editor-jefe de LeftWord Books y el director del Tricontinental: Institute for Social Research. Asimismo, es miembro destacado no residente del  Chongyang Institute for Financial Studies, Universidad Renmin de China. Ha escrito más de 20 libros, entre ellos The Darker Nations y The Poorer Nations. Su último libro es Washington Bullets, con una introducción de Evo Morales.

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El presidente francés, Emmanuel Macron, hace gestos mientras asiste a una conferencia de prensa en Beirut el 1 de septiembre de 2020. — GONZALO FUENTES / AFP

Emmanuel Macron es la última víctima de Oriente Próximo, una víctima ingenua que se propuso resolver la situación de Líbano jugando a la política no con los actores implicados directamente sino con los políticos libaneses. Desde principios de agosto, el presidente francés se emplea a fondo en negociar con destinatarios equivocados que ni pinchan ni cortan.

 

Aunque no es el único líder europeo que se ha ensuciado las manos con todo lo tocante a Oriente Próximo, Emmanuel Macron va siempre un paso por delante de sus colegas Angela Merkel y Boris Johnson. En cualquier caso, ninguno de los tres parece sufrir de remordimientos por lo que hacen y dejan de hacer y da la impresión de que duermen a pierna suelta.

El último capítulo de sus enredos se inició tras la terrible explosión del puerto de Beirut el 4 de agosto, cuando como si tuviera pocos quebraderos de cabeza dentro y fuera de Francia, Macron se empeñó en resolver la caótica situación de Líbano con una diplomacia no exenta de amenazas que a la postre solo ha servido para demostrarle que ha topado con un muro infranqueable.

Todos los conflictos de la región están ligados a la cuestión palestina, y casi todos están vinculados directamente a Israel, empezando por Irán, pasando por Yemen, y terminando por Egipto. Es una cuestión básica que Macron y sus socios europeos conocen perfectamente pero que prefieren ignorar para no ponerse a tiro del estado judío.

Esto les lleva a situaciones cómicas y de una hipocresía considerable que les obliga a responder de manera cínica a las políticas israelíes en Oriente Próximo, un mal de grandes proporciones que sigue creciendo porque los líderes europeos se niegan a enfrentarse a la raíz del problema: la ocupación israelí y la exportación del problema de la ocupación de los territorios palestinos y el Golán a otras zonas de la región.

Todavía están en la retina las imágenes de un Macron sonriente y satisfecho recibiendo con cara de circunstancias un baño de masas en Beirut. ¿Es posible que el presidente francés realmente creyera que podía solucionar la enquistada crisis libanesa y formar un gobierno a su medida sin acabar con la ocupación israelí? Da la impresión de que así fue, que Macron se lo creyó, y también da la impresión de que ahora está sorprendido de que su encomiable esfuerzo no haya dado resultados.

Le Monde recuerda que Macron visitó Beirut dos días después de la explosión, el 6 de agosto, y que prometió regresar el 1 de septiembre para verificar que los líderes libaneses estaban dispuestos a colaborar. Incluso llamó por teléfono a Vladimir Putin y a Hassan Rouhani para pedirles ayuda, un mal enfoque puesto que el único que podía ayudarle era Benjamin Netanyahu poniendo fin a la brutal ocupación militar.

Incluso se permitió organizar el 9 de agosto, y al amparo de la ONU, una conferencia internacional de donantes para Líbano que comprometió más de 250 millones de euros, poniendo, eso sí, la condición de que el dinero se canalizaría a través del ejército y no a través de un estado corrupto en el que absolutamente nadie cree.

Por si esto fuera poco, una semana después de su primera visita a Beirut, la administración de Donald Trump, teledirigida desde Tel Aviv, impuso sanciones contra dos exministros de Hizbola con el fin de meter un palo entre las ruedas de Macron, y acto seguido el secretario de Estado Mike Pompeo escribió una columna en Le Figaro cortando por lo sano la iniciativa del despistado presidente francés.

Como había prometido, Macron volvió a Beirut a principios de septiembre cargado con declaraciones pomposas sobre Líbano. Su presión condujo a la propuesta de formar un gobierno tecnócrata presidido por el independiente Mustafa Adib, quien enseguida tuvo que dimitir sin siquiera llegar a gobernar debido a las disputas internas, exacerbadas por las sanciones de EEUU.

Ahora Líbano espera como agua de mayo la salida de Trump de la Casa Blanca. Dirigida desde Tel Aviv, la administración americana se ha convertido en el primer problema de Oriente Próximo, incluso por delante de la cínica Europa, cuya pasividad letal viene acompañada de tanto en tanto por actitudes quijotescas e inútiles como la de Macron con Líbano.

La política exterior de Macron, por lo que se refiere al Mediterráneo y el Sahel, es la de alguien que quiere y no puede, sometido siempre a arrebatos puntuales y personales, en lugar de dejar que sean los expertos europeos quienes diseñen y ejecuten una política razonable por el bien de Europa y no en función de lo que ahora interesa o no interesa a París.

Esperando a Joe Biden, los libaneses pueden estar seguros de que sus problemas no se van a resolver pronto, como tampoco se va a resolver pronto la situación en Yemen. Todo está relacionado con la ocupación israelí y nada indica que Biden vaya a hincarle el diente a ese asunto, y menos teniendo como socio a una Europa anestesiada y sin iniciativas para lograrlo.

Pues bien, Macron regresó a Beirut a finales de septiembre, y su siguiente viaje, programado para el 22 de diciembre, se canceló debido a que el presidente se contagió de Covid-19. Es posible que más adelante vuelva a Beirut, pero eso no servirá de mucho, puesto que los problemas de Oriente Próximo estarán en el aire hasta que no se confronte la realidad y se resuelva la ocupación israelí, algo por lo que Macron y sus socios europeos no han hecho nada.

08/01/2021 07:27

Por EUGENIO GARCÍA GASCÓN

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El futuro ya no será lo que era, ni el pasado va a volver

Los medios mundiales anuncian la “buena nueva” de las vacunas contra el covid-19 y la victoria del candidato demócrata en las elecciones presidenciales de Estados Unidos como la vuelta a la normalidad del mundo, ese maravilloso mundo que prevaleció antes de la elección de Trump, cargado de crisis financieras, deterioro económico, invasiones en Asia, golpes de Estado “de colores” (o su intento) en casi todos los continentes, grandes éxodos de población causados por las imposiciones económicas, las políticas neocoloniales y las guerras desatadas por el “mundo libre”, autodenominado “occidental”.

WikiLeaks parece dispuesta a hacer público el conjunto de sus informaciones sobre la suciedad de ese mundo. Por eso se lleva persiguiendo y torturado a Assange durante años, por la misma razón que nuestra “prensa libre” y la mayor parte de sus profesionales, tan celosos cuando se trata de represiones en los “países malos”, miran para otro lado sin mostrar el más mínimo atisbo no ya de solidaridad y justicia, sino ni siquiera de corporativismo y apoyo a un colega.

Se olvidan nuestros media, además, de que Trump es un engendro político posibilitado por las propias políticas demócratas que han financiarizado la economía, deslocalizado la producción disparando el desempleo y arruinando a medianos productores, granjeros, agricultores y comerciantes, endeudado a su población a cotas insostenibles, sembrado de bombas el mundo (Obama invadió o bombardeó 7 países) y siendo las primeras en alzar el muro de México. De manera que si Trump es ese engendro apoyado por mucha gente que no podía aguantar más las políticas aberrantes del Imperio en decadencia, sus réplicas mundiales (los Bolsonaro, Johnson, Orbán, Duque, Duterte, Le Pen, y los pequeñitos como Abascal…) son síntomas de procesos similares, de un capitalismo decididamente antisocial. Ante todo es así con ese paradigma del neoliberalismo-financiero global que es la UE y cuyo desmoronamiento sólo se ha detenido de momento porque nadie sabe bien hacia dónde ir.

Christine Lagarde y Ursula von der Leyen se esfuerzan por proporcionar recetas salvadoras: dar a la UE un nuevo significado a través de un “Green Deal”, relanzar la economía mediante la puesta en marcha del euro digital, completar la Unión Bancaria y lanzar una Unión de Mercados de Capitales, crear una «ventanilla única» para la Unión Aduanera…, pero la verdad es que su suicida subordinación a la potencia estadounidense en decadencia, lleva a la UE a carecer dramáticamente de estrategia propia, rodeada de fuerzas continentales que sí la tienen. Tres ejemplos:

1. La estrategia de EE.UU. es apartar a toda costa las economías europeas del mercado asiático y del gigantesco desarrollo potencial de una Eurasia articulada. Por una parte, les hace seguir bloqueos y agresiones comerciales contra Rusia que sólo perjudican los intereses económicos europeos, impidiéndoles el acceso a la inmensa riqueza del mayor territorio del mundo. Por otra, intenta abortar cualquier conexión de Europa con la Ruta de la Seda china (“un cinturón una ruta”). Mientras, EE.UU. se procura, golpe a golpe, tres corredores con acceso a Europa occidental y oriental, así como a la Eurasia occidental (Bielorrusia, Ucrania, Moldavia y los Balcanes), constituyendo el particular “cinturón y ruta” estadounidense, con el dólar, petróleo, gas, armas y tropas circulando cada vez más a sus anchas bajo la mirada entre ladina y servil de la UE, con su Alto Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad Común, el sr. Borrell, dispuesto a servir de felpudo a quien quiera que ocupe la Casa Blanca. Y claro, EE.UU. se beneficia para sí de las inversiones dadas por Europa al conjunto de esa vasta región: “ayudas” económicas, inclusión en su mercado interno, protección financiera…


2. Turquía, Arabia Saudí e Israel se proponen reconfigurar toda Asia occidental, cada uno con su propio proyecto de expansión y de conexión con los planes de EE.UU. Y todos con el obstáculo de Irán enfrente. Entre los tres (más USA) están generando un auténtico caos de destrucción y barbarie en toda la zona, yihadistas y paramilitares por medio, cuyas principales consecuencias salpican directamente a Europa en forma de éxodos masivos y afectación de futuros abastecimientos energéticos.


3. Rusia y China cada vez fortalecen más vínculos para una posible Eurasia que estará a la cabeza del mundo, con su Banco de Desarrollo, su petro–yuan–oro, su Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras, su Asociación Económica Integral Regional que representa el 30% PIB mundial, su Fondo de Fomento, su sistema propio de compensación de intercambio, su Bolsa Internacional de Energía o su plan de infraestructura y desarrollo intercontinental, que lleva llamando a las puertas de Europa desde hace largos años.

 

Pero en lugar de abrirse al mismo, la UE acompaña como obediente subordinada a EE.UU. en sus guerras económicas, políticas y militares contra ese proyecto. Cavando con ello su propia fosa. Actualmente, ya hemos visto, se ha mostrado patéticamente incapaz de albergar ni siquiera una política sanitaria común ni de enfrentar la pandemia colectivamente. Desde que la elite capitalista se negara a pagar impuestos, los Estados han ido enflaqueciendo en sus funciones públicas, las cuales han ido siendo traspasadas al capital privado (otras dos de las razones para las que se constituye la UE). El impacto de la pandemia está poniendo a todos de acuerdo en la activación del cajero automático europeo. Nadie quiere pagar impuestos, casi todo el mundo mira indiferente a la destrucción del Estado social en manos de empresas privadas, pero ahora todos quieren ayudas del Estado (hasta Burger King y Mac Donalds nos piden solidaridad). Sin ingresos, con cada vez menos porciones de la economía en sus manos, ¿cómo pueden los Estados hacer ese milagro? Sólo hay una manera: a través de grandes millonadas de “dinero mágico”, sin valor alguno asociado a la producción, del mismo calibre que el que se han venido inventando para salvar a las Grandes Empresas y Bancos “demasiado grandes para caer” (alrededor de 15 billones de dólares sólo entre las principales economías mundiales) y hacer creer que el sistema capitalista sigue funcionando. Pero en lugar de ayudar a las sociedades, demasiadas de las enormes sumas de ese “dinero mágico” distribuidas por la UE van directamente a los bolsillos de las mafias. Comida basura, actividades contaminantes, grandes organizaciones criminales, gigantes tecnológicos, son los principales beneficiarios de la crisis, aparte de la Gran Empresa y la Gran Banca, con actividades a menudo difíciles de separar de las anteriores.

Mientras, desde principios de 2020 la pandemia ha empeorado trágicamente las condiciones de vida de la mayoría de la población mundial, ya seriamente golpeada por el último estallido de la Larga Crisis, en 2007-2008. Hoy que la economía se va descosiendo, ningún bombardeo de propaganda de los grandes media puede esconder el colapso práctico e ideológico de esa excrecencia del capitalismo degenerativo que es el neoliberalismo. Su escandaloso fracaso al lidiar con el covid-19 es manifiesto y refleja el declive de todo “Occidente”.

¿Alguien se ha parado a sacar conclusiones de porqué en China y Vietnam sí han intervenido bien frente al virus, y en Cuba, a pesar del incesante asedio que sufre desde hace más de medio siglo, se le tiene altamente controlado, al tiempo que exporta atención contra el covid-19 al resto del mundo? ¿Alguien ha reflexionado sobre el lío que se ha montado en Gran Bretaña ante el Breixit y el “bloqueo comercial” de unos días, y cómo estaría si llevara alrededor de 60 años totalmente bloqueada por el mundo “occidental”, como Cuba, o como Venezuela durante ya dos décadas, países que, entre otros, siguen asediados en plena emergencia sanitaria mundial por nuestras “democracias”?

Aquí, tras meses de sufrimiento de la pandemia, atravesamos una segunda ola y según nos dicen estamos a las puertas de una tercera. Los casi únicos mecanismos para combatirla han sido de nuevo los cerrojazos de negocios, el encierro de la población y los toques de queda (tácticas de guerra aplicadas a la sociedad). Todos estos meses desde la primera ola no se han aprovechado para aumentar significativamente las unidades de emergencia, que siempre nos dicen que “corren el riesgo de saturarse”. Ninguna inversión estructural seria en mejorar los servicios de salud pública, en revertir su obscena privatización, en mejorar las condiciones de trabajo de sus profesionales ni en reforzar permanentemente sus plantillas. En el maravilloso mundo del capital la medicina preventiva no tiene cabida (ya que no da beneficios a las grandes compañías farmacéuticas). Como circula por eso que llaman “redes sociales”, “pensar que las grandes farmacéuticas estén interesadas en la salud es como creer que las empresas fabricantes de armas están interesadas en la paz”.

Hay ya una sensación generalizada de abatimiento. Ya no circulan las bromas en “whatsapp”, ya no hay aplausos desde los balcones, el calor y la solidaridad vecinal se esfuman, la ciudadanía hace lo que puede por protegerse y a la vez no deprimirse del todo, pero los casos no dejan de multiplicarse. Buscamos cierta “libertad”, “contacto” y “capacidad de hacer” a través de mecanismos como los “Zoom meetings”, pero al final son estos últimos los que nos han engullido y multiplicado nuestra ansiedad y nuestro esfuerzo. Las elites y sus poderosos medios de difusión están empeñados en hacernos soñar con una recuperación venidera. Pero el pasado no va a volver. Esta pandemia es sólo un paso más de la decadencia de un sistema que se muestra crecientemente incapaz de mantener su economía a flote ni de preservar la salud de sus poblaciones, como ya expliqué al comienzo de 2020 (https://blogs.publico.es/dominiopublico/30412/empiezan-los-20-los-terribles-20/), antes de saberse que se nos venía tal pandemia. Ante el derrumbe económico que ahora nos cae encima, el colapso del hábitat, el tiovivo climático, la destrucción social, las sucesivas crisis sanitarias, de hambre, de pérdida de agua potable que azotan al mundo, el agotamiento de los bancos de pesca… ¿qué esperamos?, ¿quizás que sea el turismo el que salve a la humanidad?

No, el futuro no va a ser lo que era, viene un mundo diferente, con cada vez menos empleo en una economía digitalizada y automatizada, y con cada vez más riqueza concentrada en menos manos, Grandes Grupos que se fusionan, ministros y ministras que después de servir sus intereses ocupan altos cargos en ellos… Sin Banca ni Farmacéuticas públicas, con pensiones, coberturas y servicios menguantes, pero con cada vez más sofisticados sistemas de vigilancia, control y creación de “realidad”, la ciudadanía queda desamparada.

Y no, el pasado tampoco va a volver, ni el «viajero masa global» (desempleado) va a reaparecer, a pesar de que nuestras “izquierdas integradas” se empeñen en querer regresar al keynesianismo y en prometernos que en adelante el capitalismo se hará bueno estando ellas, aunque sea de forma subordinada, en el gobierno (qué triste ironía, la mayoría de los PC europeos tiraron la toalla justo en la fase de derrumbe del capital. Hoy vemos a algunos de ellos intentando levantar la economía capitalista y dar imposibles recetas socialdemócratas, animándonos a “vencer juntos al virus” y a convencernos que “de esto sólo salimos juntos”, como si la sociedad no estuviera dividida en fuertes intereses de clase, y unos no se estuvieran forrando a costa de la desgracia de los más. Por supuesto que mientras dicen esas frases bonitas, y no arredrados por sus propias contradicciones, practican el seguidismo de las directrices de la OTAN, de la UE y del orbe gran-empresarial).

Con los demócratas estadounidenses el mundo no será mejor. Tampoco con un capitalismo en caída libre que nos deja con cada vez menos medios de vida. ¿A nadie le parece que en vez de intentar desesperadamente reanimarle o blanquearle no es hora ya de emprender políticas valientes de ruptura, de movilización y lucha social, al estilo de lo que proponen Amaia Pérez y Gonzalo Fernández en https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/si-hamster-dejara-mover-rueda-capitalista-ii_129_6490108.html? El ciclo de convulsiones y posiblemente de transformaciones se acelerará en 2021 a pesar de todas las pandemias. A demasiadas izquierdas les pillará, una vez más, con el pie cambiado.

Andrés Piqueras. Sociólogo Universitat Jaume I.

 

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