Martes, 24 Noviembre 2020 05:45

Personajes fuera de los libros

Personajes fuera de los libros

En un reciente taller de creación literaria, uno de mis alumnos planteaba la pregunta siempre constante de la importancia, o necesidad, de la escritura y de los escritores, en un mundo en crisis, como si la magnitud de esa crisis volviera banal el acto de escribir.

Mi repuesta a este joven aspirante a escritor, que cuestiona la utilidad de su propio oficio, fue que, precisamente, los fenómenos sociales son el caldo de cultivo de la literatura, pestes, guerras, enfrentamientos, en la medida en que afectan a los seres humanos porque provocan muerte y desgracias, ausencias, encuentros fortuitos. Cuando dejamos de mirar el todo, y entramos en las vidas de los individuos, es que surge la literatura.

Por tanto, la literatura no es prescindible, como algo que se puede abandonar porque la colocamos en un platillo de la balanza, y en el otro ponemos todo el peso desalentador de las crisis sociales. La literatura está para convertir esos hechos en historias donde encarnen personajes capaces de salirse de las páginas de los libros.

Los arquetipos literarios, sujetos reales en el mundo real, pasan a ser un punto de referencia común porque son capaces de representar nuestras propias percepciones del mundo, y se vuelven una síntesis de lo que en determinado momento no podemos expresar de otra manera. Arquetipos aun para quienes nunca han leído los libros de donde salieron.

La creación literaria lleva a convertir a las personas en personajes, que es cuando adquieren ese relieve singular que los aparta del común. Pero cuando el personaje se sale del libro vuelve a convertirse en persona, y goza entonces de esa naturalidad que le da la vida real, viviendo entre los demás.

Ulises es un nombre común aun para quienes nunca han leído La odisea, y cuando queremos significar todo lo que es difícil, o azaroso, decimos simplemente que es una odisea. ¿Y la guerra de Troya? Los grandes fracasos, las grandes derrotas son siempre Troya incendiada y desolada. Aquí fue Troya.

Homero, a través de milenios, es el gran dispensador de arquetipos, y aún de nombres de pila. En mi infancia, su elenco completo andaba por las calles de Masatepe, panaderos, agricultores o albañiles, jugadores empedernidos de gallos, bordadoras y costureras, y maestras de escuela: Héctor, Ulises, Telémaco, Aquiles, Ifigenia, Casandra, y una Helena que de verdad era bella. Era un pueblo homérico.

Pero esta es una expresión que va más allá. Homérico es lo portentoso, lo extraordinario. Como América Latina misma, que es homérica porque su historia ha representado tantas veces la epopeya, que tiene siempre mucho de heroísmo, pero también de injusticia y de crueldad. Homérica Latina, como llamó la escritora argentina Marta Traba a un libro de crónicas suyo.

El personaje que ha sabido ganar más realidad fuera de la página escrita, es, por supuesto, don Quijote. Si una agencia de viajes anunciara en un tour guiado por La Mancha una visita a su tumba, donde descansa al lado de Sancho, ningún turista lo creería una tomadura de pelo.

Tampoco es necesario haber leído a Cervantes para creer en la existencia real de estos dos personajes que han llegado a representar, más allá de cualquier intención de quien los creó, los dos polos entre los cuales siempre creemos movernos, idealismo y materialismo, la elevación de miras y la bajeza, o, si se quiere, locura frente a cordura; y es por eso que ambos son tan populares, porque se les suele contraponer en la vida común, y es de allí que resulta lo quijotesco.

Quijote se vuelve quien quiera alcanzar lo que está demasiado distante, o no es posible, y lejos de tener un sentido real de la vida, que quiere decir tener un sentido práctico, termina convirtiéndose en un bueno para nada. Un quijote al que se termina viendo con ojos de desdén o de misericordia.

Mefistófeles no sería tan popular si no hubiera pasado por las páginas del doctor Fausto. El diablo que nos tienta con librarnos de la pobreza y de la vejez, es mucho más conocido entre quienes nunca han leído a Goethe que el propio sabio alquimista dispuesto a entregar su alma. No todo el mundo dice faustiano, como dice homérico, o dice quijotesco. O dice donjuanesco.

Don Juan, el mujeriego dueño de todos los excesos y de todas las alcobas, que desafía altanero a la muerte y a los muertos, es más popular que el autor, o los autores que lo inventaron, porque ha sido inventado en el alma de cada quien. Y popular, sin duda, la Celestina, en la vida y en la lengua de todos los días.

Pero a cuántos que ni siquiera saben de la existencia de Kafka, ni menos lo han leído, he oído decir kafkiano cuando se ven atrapados en situaciones que no comprenden, o cuando son víctimas de lo absurdo a que el destino los somete. O de la burocracia, o del poder, que son formas del destino.

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Literatura y feminismo: una nueva cartografía latinoamericana

La intimidad y lo político en la «literatura escrita por mujeres» propone hacer visibles las zonas íntimas de algo compartido: las desigualdades y las violencias que atraviesan al género. Una breve cartografía sirve para mostrar una literatura que está lejos de ser nueva, pero que vive una renovación que acompaña cambios sustanciales en la sociedad.

 

La escritura no es ausencia sino puro significado: sentidos difíciles de vaciar. Hay algo de «poner el cuerpo» en la escritura. La experiencia de la palabra atraviesa esos cuerpos, el «poder decir» en la intimidad. En el principio es el silencio, aquello que no puede comunicarse. Después, es ese silencio el que se hace voz y se materializa, haciendo de lo íntimo algo público. Toda escritura está, a su vez, relacionada directamente a la lectura. En ese acto de leer también interviene el cuerpo: es el que se inquieta, el que se manifiesta, el que se constituye como un campo de batalla.

La escritura literaria tiene, entonces, una voz y un cuerpo. Pero además tiene género e ideología. En 1936, la escritora y ensayista argentina Victoria Ocampo pronunció la conferencia radiofónica «La mujer y su expresión». Se trataba de un discurso que se constituía como un llamado a las mujeres a expresarse, a hablar por sí mismas dejando atrás las «migajas de los monólogos de los hombres». En su alocución, Ocampo dice que en la escritura hay un dominio por conquistar. Y asegura que, cuando esto suceda –si es que se consigue–, la literatura mundial se enriquecerá. La escritura y lectura del discurso de Ocampo se inserta en una tradición literaria de lo que se denomina (todavía) «literatura escrita por mujeres». Desde la ficción y los distintos géneros literarios, las escritoras se ocuparon de referirse a diferentes temas íntimos y volverlos políticos.

En el prólogo a la antología de cuentos Esas malditas mujeres (1998), Angélica Gorodischer afirma que quien sabe escribir puede hacerlo desde la conciencia de uno u otro género y «que las mujeres pensantes estamos aprendiendo (no es fácil, señora, créame) a escribir con conciencia de género». ¿A qué se refiere Gorodischer con «conciencia de género»? La respuesta es contundente: a que la escritura de mujeres fue mudándose a temas que rompieron con un esquematismo e hicieron de lo íntimo una narrativa de algo compartido. Así la «literatura escrita por mujeres» fue creando imágenes que cuestionaban ciertos modos de escritura y roles establecidos, que rompían modelos, y expandieron tópicos que, según el contexto, resultaron o resultan impensables.

Las autoras latinoamericanas jugaron un rol central en la dotación de significado a esa ausencia, en la superación de «lo incomunicable» por medio de la voz y la escritura, por medio de un cuerpo. «Poner el cuerpo» significa, aquí, pensar políticamente el campo literario, trastocando las representaciones creadas e instaladas sobre la imagen y el rol de la mujer en la literatura. Las autoras no solamente problematizaron el haber sido escritas desde el patriarcado, sino que, al mismo tiempo, se esforzaron por romper con los modelos «femeninos» que, por estar insertas en esa hegemonía, ellas mismas habían contribuido a crear. Ver sus propias contradicciones y cuestionarlas fue uno de sus principales objetivos literarios.

En la actualidad, la «literatura escrita por mujeres» ha aparecido con toda su potencia. No es casual que esto se produzca en paralelo al reverdecer de las luchas feministas y a la crítica de las violencias que el colectivo de mujeres proclama. Sin embargo, esta «literatura escrita por mujeres» no siempre es bienvenida. En los medios y las redes sociales, aparece casi siempre seguida de una palabra: «moda». A través de ella se pretende banalizar lo que no es, ni más ni menos, que un producto histórico determinado por luchas sociales y políticas.

Las narrativas desarrolladas por mujeres, hace buen tiempo, se han abierto paso mostrando diversas formas de intimidad. Desde la ficción, comenzó a desobedecerse el registro imperante. Se produjo una huida de la «zona de confort» y comenzó a hablarse de la familia y del ámbito doméstico, pero también del erotismo y de la maternidad, de la sexualidad y los femicidios, de la perspectiva política de las mujeres. Frente a temas y escrituras de este tipo, era lógico que naciera la controversia.

Cristina Peri Rossi, Mónica Ojeda, Cecilia Vicuña, Mary Grueso, Reina Roffé, Marosa Di Giorgio, Libertad Demitrópulos, Naty Menstrual, Pilar Quintana, Camila Sosa Villada son solo algunas de las voces que, desde hace años, forman parte de esa renovación de la literatura. Las temáticas se vincularon con una época, con un contexto y la necesidad de reflexionar sobre la intimidad y qué cuestiones de esa intimidad reproducen las desigualdades. El contexto de encierro y pandemia actual hace pensar en un tema de la literatura «escrita por mujeres» que se viene manifestando desde la ficción: el de la casa o el hogar como un lugar «no seguro». ¿Cómo trataron las escritoras la cuestión de lo doméstico y las violencias?

El ángel de la casa

Históricamente, la hegemonía cultural del patriarcado construyó a la mujer en torno a la figura del «ángel de la casa». Se trató de un modelo nacido en las clases medias, pero que se constituyó como parte de un imaginario social más amplio. Este modelo de mujer vinculado a lo doméstico se vio (y aún se ve) en una serie de mensajes, discursos e imágenes que, con su habitual proliferación, sostienen una posición «educativa» que fija a la mujer en un espacio determinado de la sociedad. Recluida al hogar y a la familia, la mujer podía aprender a estar con el marido y criar a los hijos y también puede preparar la cena, adecuar sus modos de vestir y pensamientos al estereotipo de la «mujer doméstica». Esta posición se hizo visible, durante la primera mitad del siglo XX, a través de los magazines, los manuales de conducta, los discursos periodísticos y las llamadas revistas «para ellas». En la actualidad, ese papel lo ocupan algunas redes sociales específicas, entre las cuales Instagram es la privilegiada. Una red social «amigable» para todo tipo de discurso -desde el feminista hasta el conservador-, pero en la que prevalece el discurso con «espíritu familiar y ameno». Así, en el contexto de pandemia, pueden verse famosas que sonríen mientras le pasan lavandina al piso con sus hijas e hijos. Es el modelo del «ama de casa feliz» que atraviesa a todas las clases y edades y que se sostiene como el complementario al arquetipo masculino y viril. El espacio de la casa opera como el instrumento del ideal social que construye la subjetividad femenina, que relega los cuerpos y la sexualidad recluyéndolos en la casa.

Sin embargo, al mismo tiempo, han aparecido espacios de resistencia que escapan al modelo que pretende «enseñar a la mujer a ser mujer». En el caso de los periódicos, por ejemplo, en la década de 1920 Alfonsina Storni subvirtió y reclamó repartir las tareas y los cuidados a través de sus artículos en La voz de la mujer. Julieta Lanteri y Elvira Rawson también reaccionaron contra los modelos establecidos de género por aquellos años (aunque no era tema central del reclamo feminista más preocupado por la igualdad de derechos políticos).

Es recién en la década de 1960 cuando el feminismo se centra en la cuestión de la subjetividad y los reclamos del reconocimiento del trabajo doméstico. En ese contexto, diversas voces dentro del feminismo asumen la idea de que el de «ama de casa» es el estereotipo que hegemoniza el modo de ser mujer y que, además, supone otros roles: el de esposa y madre. La teórica Betty Friedan es una de las pioneras en realizar esa afirmación que ha influido claramente en el pensamiento latinoamericano. Así, en los diversos países de la región, comienzan a aparecer quienes sostienen una perspectiva alternativa. María Elena Oddone, líder feminista argentina, escribe en la revista Persona en 1974: «El trabajo doméstico se compone de una serie de tareas (…) La producción, cuidado y educación de los hijos. La atención de las necesidades materiales, espirituales y sexuales del marido. La preparación de las comidas. El lavado de ropa y los objetos. La limpieza de la casa. Compras».

Acompañando las luchas políticas y las batallas teóricas del momento, la literatura comienza, entonces, a centrarse en el cuestionamiento de la figura del «ángel del hogar». Las tareas domésticas, la maternidad, el álbum de familia feliz empiezan a quebrarse a partir de voces que ponen en juego otras miradas. Desde 1970 a esta parte, las voces de Tununa Mercado, Angélica Gorodischer, Liliana Heker, Ana Lydia Vega, Lola Copacabana, Lina Meruane y Ariana Harwicz, entre otras, se constituyen como pilares para esa crítica en la literatura. Pero la operación es doble. Porque al mismo tiempo que realizan una crítica del patrón establecido, rompen otro. El que excluye (o las incluye, pero solo si asumen el patrón hegemónico) a las mujeres del mundo editorial. Estas mujeres ingresan en las casas de publicación, fundan revistas, amplían el mapa cultural. Así, aparecen mujeres como Rosario Castellanos que, con su libro Álbum de familia (1971), abre la generación del relato posmoderno mexicano. Los cuentos muestran, desde su «yo» interno, el encierro de la mujer recién casada que cocina para el marido. Uno de sus personajes, Edith, es la «esclava» hasta los domingos que después se conforma con ser una «dama de sociedad».

La ficción no queda desvinculada del el contexto político y social. Las intimidades son escritas, visibilizadas, cuestionadas, y la figura del «ángel del hogar» queda desarticulada. Sin embargo, surge un nuevo problema con otras formas de escritura fuera del campo literario. En su artículo «Feministas aguafiestas», Sara Ahmed afirma que las diferentes escrituras que repensaron la imagen de «el ángel del hogar», como esa forma de manifestar la infelicidad, tuvieron un resultado social contradictorio. Muchas mujeres realizaron una lectura de tipo lineal, según la cual leyendo o cuestionando los patrones establecidos encontrarían «guiones de felicidad». Sin embargo, el feminismo y las narrativas repiensan las tareas y las desigualdades económicas en función del género, pero sin constituirse como nuevas recetas para la felicidad ni estableciéndose como imposiciones. Traen a la superficie esas «ideas ocultas» bajo los signos públicos de felicidad. En este sentido, una de las reacciones contemporáneas que se manifiesta en las redes sociales es la de la reivindicación del hogar «como elección». Una elección que supone una forma de nostalgia hacia un «pasado mejor». La afirmación «soy una ama de casa feliz» se constituye, actualmente, como una nueva forma de rebelión. Nuevas escrituras evocan aquella fantasía de felicidad que el feminismo habría venido a arruinar.

Contar las violencias

El libro de cuentos Pelea de gallos (2018), de María Fernanda Ampuero, comienza con un epígrafe de Fabián Casas: «Todo lo que se pudre tiene forma de familia». Los cuentos se inscriben en el género de terror y son narrados desde la voz de niñas o adolescentes que, en muchos casos, sufren situaciones de violencia familiar y social. En Enero (1958), Sara Gallardo pone como protagonista a Nefer, una adolescente que es violada por un trabajador del pueblo y queda embarazada. El silencio, la familia y el «qué dirán» atraviesa la novela: «todos los que están aquí, y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar». La violación y la maternidad no deseada harán que Nefer piense en morirse, abortar o en construir una vida feliz junto al hombre que ama. En Las primas (2006), Aurora Venturini critica la institución familiar. Unos años antes, Sabina Berman le pone voz a la protagonista del caso «Dora» de Freud en la obra de teatro Feliz nuevo siglo, Doktor Freud (2000). Por su parte, Susy Shock escribe, desde su voz de «artista trans» (como se define a sí misma), Crianzas (2016), libro que nace de un formato radial, con un glosario del activismo territorial y popular del colectivo disidente sexual. Allí piensa las violencias y las infancias diversas que evitan los binarismos de género y cuestiona el lugar de las niñas y los niños como deseo de los adultos.

Ninguno de los textos antes mencionados está aislado de su contexto de producción y muchos de ellos se ligan directamente a reclamos políticos desde la ficción. Otros, incluso los anticipan. ¿Cómo se representan las violencias? ¿Cómo intervinieron o intervienen las obras literarias? ¿Qué situaciones se visibilizan?

Retomemos a Sabina Berman. Feliz nuevo siglo, Doktor Freud (2000), obra de teatro que surge en el contexto de los femicidios en México, no solo propone una perspectiva teórica a partir de la obra del padre del psicoanálisis, sino que piensa un destino alternativo para Dora, quien parece vivir una liberación, pero que finalmente también resulta víctima de una violación.

El siglo XXI ha activado el impulso literario feminista a partir de la lucha contra la violencia de género y los femicidios. Chicas muertas (2014), de Selva Almada, y Cometierra (2019), de Dolores Reyes, ingresan en ese barro de la violencia contra las mujeres y narran desde esta perspectiva. Se trata de dos textos distintos. Uno más testimonial, en el estilo de la crónica periodística de «no ficción». El otro, ficcional. Ambas obras, sin embargo, postulan un espacio en donde las violencias sexistas son representadas y se unen a los reclamos del Ni Una Menos en toda la región. Los femicidios ocupan un lugar central y dan paso a lo político desde la voz y los cuerpos. De ahí la necesidad de la corporeidad en la escritura, la necesidad de que las intimidades no sean ese lugar de confort en donde aparecen formas de Estado que controlan lo íntimo y hacen oídos sordos a la violencia, a las denuncias, a los reclamos sociales.

Existe un vínculo entre la literatura y su tiempo. Un vínculo que se produce en forma de subversión. La intimidad y lo político en la «literatura escrita por mujeres» propone hacer visibles esas zonas íntimas de algo compartido.

Aquella voz que anunciaba Victoria Ocampo, que exhortaba a hablar a las mujeres, se pronuncia en la literatura desde la contrariedad de las experiencias en el mundo patriarcal. Estas narrativas proponen una transformación de los lugares, la manifestación de una disconformidad, una manera de ser «aguafiestas», como diría Sara Ahmed. La «literatura escrita por mujeres» visibiliza la carga simbólica que se les da a las intimidades, trae a la superficie las desigualdades y violencias. De ahí la necesidad de narrarlas como un espacio no apacible.

Las nuevas narrativas entroncan con un nuevo espíritu de resistencia que se hace visible en los diversos Encuentros Plurinacionales de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans y en las movilizaciones de Ni Una Menos, que proliferan en toda la región. No solo se hacen cargo de este espíritu: forman parte de él. Se unen a las experiencias de intimidad compartidas, a formas de escritura en las calles en las que el cuerpo es el campo de batalla. Las narrativas y las luchas feministas forman una unidad. Ambas se inscriben en transformaciones en el modo de hacer política y en la reflexión de una utopía posible.

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Viernes, 23 Octubre 2020 05:50

El don de la ubicuidad

El don de la ubicuidad

De los muchos rasgos diversos del arte de novelar de Mario Vargas Llosa, a quien celebramos al cumplirse el décimo aniversario de su premio Nobel, hay uno que me ha admirado siempre, y es el poder de apropiarse de lo que de primera intención llamaría escenarios lejanos o escenarios ajenos.

Esa virtud de naturalizar los ambientes extranjeros, la enseña Graham Greene en El poder y la gloria, que se ubica en Tabasco, en la época del enfrentamiento religioso que siguió a la Revolución Mexicana; Nuestro hombre en La Habana, situada en Cuba en la década de los 50, en vísperas de la revolución; Los Comediantes, en Haití, bajo la dictadura de Papa Doc Duvalier, y El cónsul honorario, años 70, en el nordeste de Argentina.

Se podría obviar el tema bajo el alegato de que, en la medida que un escritor gana en formación cosmopolita y se desprende de la piel nacional, entra con facilidad en cualquier otro escenario y lo asume como propio, y porque, al fin y al cabo, la novela es artificio y simulación y todo se consigue con habilidad suficiente.

Pero no es tan sencillo. Porque lo primero que un escritor debe lograr es convencer al lector local de que le está contando con propiedad el entramado de su propia historia; que es convincente cuando le describe las calles, barrios y plazas, metederos y cantinas, y que le está hablando con los matices de su lengua de todos los días. Y no se puede tocar de oídas, a riesgo de hacer chirriar el violín.

El escenario natural de un novelista está formado por sus percepciones sensoriales de la infanciay la juventud, que es cuando se fija la memoria sentimental, y visual, y esos años de formación vienen a ser raíz de la experiencia duradera que luego se refleja en la página escrita. Lo aprendido y lo percibido es lo contado. A los otros escenarios hay que trasladarse.

Si habláramos de escenarios concéntricos en Vargas Llosa, el primero de esos escenarios es Lima, descrita en La ciudad y los Perros, y luego en Conversación en la catedral. Cuando se empieza a hablar de novela urbana en América Latina, Lima es la urbe de Vargas Llosa, con una población que aún no supera el millón y medio de habitantes, y todavía no deja de ser una ciudad provinciana, virreinal y todo, como puede apreciarse por el plano plegable que acompaña la primera edición de La ciudad y los perros.

El siguiente de esos escenarios concéntricos sería el territorio del Perú, como tal, que empieza a estar presente en otra de sus obras fundamentales, La Casa Verde, un escenario muy geográfico, que se desplaza de ida y vuelta de la Amazonia a la costa norte del Pacífico, entre Santa María de Nieva e Iquitos, y Piura. La Amazonía, a la que regresará en Pantaleón y las visitadoras, y se volverá recurrente en sus novelas.

Pero hay un tercer escenario, que está situado en el círculo exterior, donde las fronteras nacionales quedan atrás, y la experiencia narrativa se extiende hacia el ámbito que podemos llamar extranjero, por extraño. En La guerra del fin del mundo, en La fiesta del Chivo, o en Tiempos recios, se desarrollan en países donde el novelista nunca ha vivido, y ha debido hacer una investigación de campo exhaustiva:

La guerra de los Canudos, en el nordeste de Brasil, siglo XIX; la dictadura sanguinaria del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, hasta su asesinato en 1961, y el derrocamiento de Jacobo Árbenz en 1954, urdido por hermanos Dulles; así se da paso al régimen militar del coronel Carlos Castillo Armas, asesinado en 1957 por mano del infaltable Trujillo.

El siniestro ambiente que vive República Dominicana bajo el trujillato, recreado por Vargas Llosa, puede hallarse también en una novela como Galíndez, de Manuel Vásquez Montalván, otra apropiación a distancia, o en La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Díaz, un dominicano nacido en Estados Unidos que escribe desde la distancia de la diáspora, en inglés.

Los tres periodos en referencia no son contemporáneos al novelista peruano; hay que rastrearlos en la historia, y exigen, por tanto, una aproximación más compleja, la investigación que haría un historiador, o un periodista. Son materiales que pueden dar claves al tema, pero no resuelven la dificultad mayor, que es la de entrar en la atmósfera local.

El poder de la narración, para convencer acerca de la veracidad de lo narrado, pasa a depender entonces de la facultad de penetración, que va más allá de la habilidad técnica para contar, y ordenar los materiales.

Este don de ubicuidad literaria hace que el novelista puede situarse dentro de lo ajeno, no como quien va de visita, sino como quien se queda a vivir, o ha vivido siempre allí. Porque ha podido convertir la imaginación en herramienta de apropiación, y es capaz de volver verdadero lo ficticio.

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Una mujer camina con mascarilla por una calle de Wuham, principal foco del coronavirus en China, el pasado 31 de enero. GETTY IMAGES

Yan Lianke, uno de los grandes de la literatura china actual y censurado en su país, dirigió a sus estudiantes de la Universidad de Hong Kong este mensaje en el que advierte de la necesidad de no olvidar esta crisis y de escribir sobre ella

Queridos alumnos:

Hoy damos nuestra primera clase virtual del posgrado de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong. Permitidme, antes de comenzar con la lección, decir unas palabras que nada tienen que ver con ella.

Cuando de niño cometía el mismo error una y otra vez, mis padres me llamaban a su lado y me preguntaban, apuntándome a la frente con el dedo extendido:

“¡¿Es que no tienes memoria?!”.

Cuando era incapaz de recordar la lección de lengua tras repetidas lecturas, el profesor me hacía ponerme en pie en medio del aula y me preguntaba delante de todos:

“¡¿Es que no tienes memoria?!.

La capacidad de recordar es la tierra de cultivo en la que nace y crece el recuerdo. Memoria y recuerdo constituyen elementos fundamentales que nos distinguen de los animales y las plantas, así como la primera condición de nuestro crecimiento y nuestra madurez. Son, a menudo, más importantes que comer, vestir o respirar, pues su pérdida puede conllevar el olvido de las herramientas y los modos que nos permiten alimentarnos y labrar la tierra; puede provocar que un día nos levantemos en mitad de la noche y no recordemos dónde habíamos dejado la ropa, o inducirnos a creer que el emperador se ve mucho mejor desnudo. ¿Por qué hablo hoy de esto? Por el nuevo coronavirus, esa tragedia que recorre el país y el mundo entero, aún sin controlar de verdad y cuyos contagios están lejos de acabar, a pesar de que en estos momentos en que todavía tenemos muy presentes las pérdidas de familias rotas y el llanto en Wuhan, Hubei y muchas otras ciudades, provincias y regiones de todo el país, oímos y vemos cómo a nuestro alrededor comienzan a prepararse fanfarrias de celebración y voces de júbilo ante una mejora de los datos de la epidemia.

Los sollozos no han cesado y los cuerpos no están aún fríos cuando ya comienzan a alzarse cantos triunfales, de sabiduría y grandeza.

Todavía no hemos llegado a saber cuántas muertes se han producido en realidad desde que el nuevo coronavirus entrara poco a poco en nuestras vidas, cuántas han ocurrido en los hospitales y cuántas más fuera de ellos. No ha dado tiempo a investigarlo; también es posible que siga siendo un misterio para siempre, aun cuando las investigaciones concluyan, pasado un tiempo. Quedará una reminiscencia sin pruebas, un relato confuso sobre la vida y la muerte que dejaremos a quienes vengan después de nosotros. Ciertamente, cuando esta epidemia quede atrás, no hemos de parecernos a la tía Xianglin, que a diario se lamentaba: “Sabía que los animales salvajes bajaban del monte a la aldea cuando nevaba y no encontraban qué llevarse a la boca, pero no tenía ni idea de que también pudieran venir en primavera”. De un mismo modo, hemos de evitar convertirnos en seres como A Q, que, aun siendo golpeado, humillado y llevado a las puertas de la muerte, se vanagloriaba de ser un héroe y un triunfador.

¿Por qué siempre se suceden el dolor y la tragedia —individuales, familiares, sociales, generacionales o nacionales— en nuestras vidas, en nuestra historia y nuestra realidad? ¿Cómo es posible que los infortunios y sufrimientos de la historia y de los tiempos siempre se sirvan y se nutran de la muerte y las vidas de miles de personas anónimas? Entre los muchos factores que desconocemos, que no preguntamos ni cuestionamos porque no está permitido hacerlo, se encuentra también el hecho de que somos personas —anónimas, insignificantes— sin capacidad de recordar. Nuestras memorias individuales han sido programadas, suplantadas y eliminadas. Siempre son otros los que deciden qué debe ser recordado y qué olvidado; cuándo es tiempo de silencio y cuándo de algarabía. La memoria individual se ha convertido en una herramienta de los tiempos; la memoria colectiva o nacional, en el olvido o asignación de recuerdos de la gente. Deteneos un instante a pensarlo. Dejemos a un lado la historia y el pasado lejano que se narra en libros cuyas portada e ISBN han cambiado, y rememoremos únicamente lo ocurrido en los últimos 20 años. Los desastres que han vivido y recuerdan jóvenes como vosotros, nacidos en la década de los ochenta o de los noventa, ¿son fruto de la mano del hombre, como el sida, el SARS o este Covid-19, o catástrofes naturales como los terremotos de Tangshan y Wenchuan, ante los que difícilmente podemos hacer nada? ¿Por qué se equipara el factor humano en unos y en otros? Tanto es así en lo que se refiere a la propagación y el azote de las epidemias del SARS —ocurrida hace 17 años— y el actual Covid-19 que parecerían obra de un mismo director, empeñado una vez más en poner en escena la fatalidad. Nosotros, en tanto que personas insignificantes, carecemos de toda capacidad de indagar en la identidad de ese director. Tampoco dominamos el conocimiento técnico necesario para recomponer la idea, los conceptos y el trabajo de su guionista. Así pues, ante este nuevo remake de la muerte, podemos al menos preguntarnos: ¿dónde ha ido a parar nuestro recuerdo de aquel drama anterior?

¿Quién nos ha borrado y arrebatado la memoria?

La persona sin memoria es, en esencia, como la tierra de un campo o un camino; los zapatos deciden dónde pisar y son las hendiduras de sus suelas las que tienen la última palabra.

La persona sin memoria es, en esencia, como el madero sin vida; serán el serrucho y el hacha los que determinen su forma futura.

Para aquellos que, como nosotros, encuentran el sentido de la vida en su amor por la escritura y sobreviven gracias a la palabra escrita —como es el caso de los estudiantes de posgrado que siguen esta clase a través de la Red y de los escritores que cursan o han cursado el Máster de Escritura Creativa de la Universidad Renmin de China—, ¿qué sentido tendría la escritura si renunciamos al recuerdo y a la memoria que brotan de nuestra sangre y de nuestras vidas? ¿Cuál sería su valor? ¿Qué podría esperar esta sociedad de sus escritores? ¿Qué diferencia habría entre una marioneta, cuyos hilos controlan otros, y vuestra escritura incansable, un esfuerzo tenaz y una obra prolífica? Si los periodistas no describen lo que ven ni los escritores relatan aquello que recuerdan y han vivido; si quienes tienen la posición y capacidad de emitir juicios en la opinión pública lo hacen siempre empleando las expresiones puras que dicta el país, ¿quién podrá venir a decirnos en qué consiste la vida humana, nuestra realidad, nuestra verdad y nuestra existencia individuales en este mundo?

Paraos a pensar en qué estaríamos oyendo y viendo en estos momentos de no tener en Wuhan a una escritora como Fang Fang, poniendo por escrito sus recuerdos y experiencias, ni a los otros miles de personas que, como ella, nos hacen llegar a través de sus teléfonos móviles el sonido del llanto y los gritos de auxilio.

En la colosal corriente de los tiempos, la memoria individual se ha considerado siempre como la espuma superficial, las salpicaduras y el ruido de las olas que esos mismos tiempos se han encargado de eliminar, desechar o apartar a un lado, silenciándolos, privándolos de una voz, como si nunca hubieran existido. Como consecuencia de esto, a medida que el tiempo fluye y va quedando atrás, sobreviene un olvido inmenso. La carne pierde el alma. Y cuando todo recobra la calma, ese minúsculo sustento de una verdad que podría remover el mundo deja también de existir. La historia se convierte así en una leyenda, un olvido y una ficción sin base ni fundamentos. Desde esta perspectiva, es sumamente importante que desarrollemos nuestra capacidad de recordar y retener memorias inmutables e imborrables, la verdad y las pruebas últimas de un discurso veraz. Apelo en especial a los estudiantes de este curso de escritura: hemos de ser ante todo personas que a lo largo de toda nuestra existencia nos apoyemos en el recuerdo para escribir, buscar la verdad y vivir. ¿Podrá seguir existiendo una certeza individual e histórica el día que ni tan solo nosotros contemos ya con esa triste verdad y esos pobres recuerdos?

Lo cierto es que tenemos memoria y recuerdos, y aun cuando carezcamos de la capacidad de cambiar el mundo y la realidad, podemos al menos, ante una verdad centralizada y programada, musitar para nuestros adentros: “¡Las cosas no son así!”. De este modo, al menos, cuando se produzca de verdad el punto de inflexión de esta epidemia, seremos capaces de oír y recordar los lamentos y el llanto que nos llegan de personas, familias y periferias en medio del estruendo y la algarabía de celebración victoriosa.

La memoria no puede transformar el mundo, pero sí dotarnos de una verdad interior.

La memoria individual no puede devenir en una fuerza que cambie la realidad, pero sí ayudarnos al menos a interrogarnos ante la mentira. Como poco, si algún día se produjera un nuevo Gran Salto Adelante y volvieran los tiempos de la fundición masiva de acero, sabremos que no es posible extraer hierro de la arena ni producir miles de libras de cereal a partir de una única parcela; prevalecerán los saberes conocidos sobre las fabricaciones conscientes y los milagros que presumen de sacar alimento de la nada. Y como poco, si vuelve a acaecer otra década catastrófica como la de aquella revolución, podremos garantizar que no enviaremos a nuestros padres a la cárcel ni al cadalso.

Queridos alumnos, somos estudiantes de letras y es posible que a lo largo de toda nuestra vida dependamos de la palabra, la verdad y el recuerdo para relacionarnos. Hemos de hablar desde la memoria. Si no expresamos nuestros miles de recuerdos individuales, la memoria colectiva, estatal y nacional siempre ocultará y modificará, por razones históricas, nuestra memoria individual. En estos momentos en los que el Covid-19 aún no ha coagulado en forma de recuerdos, comenzamos a escuchar a nuestro alrededor alabanzas y celebraciones a bombo y platillo. Es por esto por lo que espero que todos vosotros, todos quienes hemos atravesado por esta epidemia, logremos conservar la memoria cuando todo termine.

Espero que, en un futuro previsible y no muy lejano, cuando este país comience a anunciar a los cuatro vientos con toda fanfarria y épica su victoria en la guerra contra la epidemia, no nos convirtamos en esos escritores que entonan cantos vacíos, sino únicamente en personas honestas y con memoria. Deseo que, cuando se ponga en escena la gran representación, no seamos los actores que recitan sobre las tablas, ni la comparsa que acompaña a la función; en su lugar, espero que permanezcamos alejados del escenario como personas débiles e impotentes que contemplan el espectáculo en silencio con ojos llorosos. Si nuestro talento, valor y determinación no nos convierten en escritores como Fang Fang, que nuestra sombra ni nuestra voz se encuentren al menos entre quienes la envidian y se mofan de ella. Cuando al cabo regrese la tranquilidad y no podamos, en medio de cantos de sirena, lanzar en voz alta nuestras dudas sobre la aparición y propagación de este coronavirus, los susurros servirán como muestra de consciencia y valentía. Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie, pero guardar silencio y olvidar son barbaries aún más terribles.

Si no podemos actuar como el médico Li Wenliang que dio la voz de alarma, seamos al menos aquellos que escuchan la llamada de alarma.

Si no podemos alzar la voz, susurremos; si no podemos susurrar, guardemos silencio y conservemos la memoria y los recuerdos. Que cuando lleguen los cantos —a punto de producirse— por la que ha venido a llamarse una victoria bélica contra la aparición, azote y propagación de este Covid-19, permanezcamos a un lado en silencio, con nuestra tumba interior. Que nuestra memoria sea indeleble, para que podamos algún día transmitirla a las generaciones venideras.

Yan Lianke, autor de Los besos de Lenin (Automática), dirigió este mensaje a sus estudiantes de la Universidad de Hong Kong al comienzo de su primera clase virtual el 21 de febrero. Traducción de Belén Cuadra Mora.

Por Yan Lianke

20 MAR 2020 - 15:24 COT

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Viernes, 11 Octubre 2019 06:30

La ladrona de fruta...

El escritor y dramaturgo austriaco Peter Handke, ayer, en su casa.Foto Ap

Presentamos en exclusiva para los lectores de La Jornada, un adelanto de la novela de Peter Handke, La ladrona de fruta o viaje de ida al interior del país, inédita en español y que publicará Alianza Editorial en los primeros meses de 2020. Ofrecemos este fragmento gracias a Alianza y su directora editorial, Valeria Ciompi.

 

Esta historia comenzó en uno de aquellos días de pleno verano en que uno anda descalzo por la hierba y por primera vez en el año es picado por una abeja. Al menos eso es lo que siempre me ha pasado a mí. Y ahora sé que esos días de la primera y a menudo única picadura del año, por lo general, coinciden con el abrirse de las flores blancas del trébol, del que crece a ras del suelo, en el que las abejas retozan medio escondidas.

Era un día soleado, también eso como siempre, de principios de agosto, pero, en todo caso bien entrada la mañana, aún no hacía calor, y en lo alto, y cada vez más en lo alto, el cielo azuleaba constante. Apenas había una nube, y si se formaba alguna: se disolvía de nuevo. Una brisa suave, que daba alas, soplaba, como suele ocurrir en verano, desde el oeste –en la imaginación desde el Atlántico– refrescando la bahía de nadie. No había rocío que secar. Igual que desde hacía ya más de una semana, al vagar temprano por el jardín, tampoco se había notado humedad bajo las plantas desnudas de los pies y, menos aún, entre los dedos.

Se dice que las abejas, a diferencia de las avispas, al picar, pierden el aguijón y que, por eso, a causa de la picadura, tienen que morir. En todos los años anteriores, pocas veces me habían picado –casi siempre en el pie desnudo– sin que yo mismo lo presenciara, por lo menos si tenía en cuenta el arpón de tres puntas, tan diminuto como poderoso, que parecía desgarrado de la carne interior de la abeja y alrededor del cual se hinchaba algo inconsistente y gelatinoso, las entrañas del insecto; a la vista estaba, además, un ser combándose, temblando, tiritando, cuyas alas perdían fuerza.

Pero aquel día de la picadura en el que la historia de la ladrona de fruta tomó forma, la abeja que me picó a mí, el descalzo, no sucumbió. Aunque se trataba de una abeja del tamaño de un guisante, peluda, lanosa, con los consabidos colores y franjas de las abejas, al picar, no perdió ningún aguijón y, después de la picadura, una picadura de abeja como pocas –tan repentina como intensa–, se elevó zumbando, dándose un impulso, no solo como si no hubiese ocurrido nada, sino como si, además, en virtud de su acción, hubiese recuperado nuevas fuerzas.

A mí la picadura me pareció bien, y no únicamente porque la abeja había sobrevivido. Hubo además otras razones. En primer lugar, se decía que las picaduras de abeja, de nuevo supuestamente a diferencia de las de las avispas o de los avispones, eran buenas para la salud, para aliviar los dolores reumáticos, para fortalecer la circulación sanguínea o para lo que fuera, y, ahora, una picadura así –otra vez una de mis imaginaciones– me reanimaría al menos durante un rato los dedos de los pies, que de año en año tenía más débiles e insensibles, prácticamente entumecidos; por una fantasía o imaginación similar, arrancaba yo las ortigas con las manos descubiertas, a menudo ramos enteros, tanto del jardín de la bahía de nadie como de las terrazas de la lejana finca de la Picardía –aquí, suelo de loess; allí, calcáreo–.

Di la bienvenida a la picadura por una segunda razón. Me la tomé como una señal. ¿Una buena señal?, ¿una mala? Ni buena ni mala y en absoluto funesta, simplemente una señal. La picadura dio la señal de partida. Es hora de que te pongas en camino. Aléjate del jardín y de la región. Vete. Ha llegado el momento de marchar.

¿Pero necesitaba yo esta suerte de señales? Aquel día, en aquel entonces: sí, y aunque de nuevo sea solo una imaginación o una ensoñación de verano.

Ordené lo que se tenía que ordenar en la casa y el jardín, también dejé expresamente esto y lo otro donde se hallara o reposara, planché las dos o tres camisas viejas a las que tenía más apego –apenas se habían secado en la hierba–, hice el equipaje, metí dentro las llaves de la casa de campo, mucho más pesadas que las de la casa de las afueras de la ciudad. Y no era la primera vez que, poco antes de salir, al atarme los cordones de las botas de caña corta, se me rompía un cordón, no encontraba de ninguna manera las parejas de los calcetines, me pasaban por las manos tres docenas de mapas detallados sin que apareciera el que me interesaba; la diferencia esta vez fue que se me rompieron los dos cordones de los zapatos –durante el cuarto de hora previo que tardé en desanudarlos se me rompió la uña de un pulgar–, que al final hice pares con los calcetines desaparejados –prácticamente sólo de esos–, y que de repente me pareció bien ponerme en camino sin tener ni un mapa.

De repente también me liberé de la falta de tiempo en la que había quedado atrapado, una falta de tiempo infundada que me invadía siempre, no solo en las horas previas a la partida; por lo general, entonces, me cortaba sobre todo la respiración y, en la hora antes de salir, era verdaderamente asfixiante. Ni una hora más allí. ¿Libro de la Vida? Libro en blanco. Se acabó el sueño. Se acabó el juego.

Pero ahora, de manera inesperada: la falta de tiempo se había esfumado, no tenía objeto. Todo el tiempo del mundo tenía yo de repente. Viejo como era: más tiempo que nunca. Y el Libro de la Vida: abierto y, a la vez, bien sujeto; las páginas, en especial las páginas en blanco, resplandeciendo al viento del mundo, de esta Tierra, del aquí. Sí, por fin conseguiría ver a mi ladrona de fruta; hoy no, mañana tampoco, pero pronto, muy pronto, y la vería como una persona, ente-ra, y no meramente en los quiméricos fragmentos que, durante todos los años anteriores, por lo general, entre la multitud y, además, siempre solo de lejos, habían aparecido ante mis ojos envejecidos dándome otra vez nuevas alas. ¿Una última vez?...

¿Es que has olvidado que eso de hablar de una ‘‘última vez’’ no se hace, tan poco como de una ‘‘última copa’’? O si se habla de ello, entonces como aquel niño que, después de que le hayan dejado que juegue ‘‘¡una última vez!’’ (pongamos que con el columpio o el balancín), grita: ‘‘¡una última vez!’’, y luego: ‘‘¡una última vez’’. ¿Grita? ¡Vocea! ¿Pero eso no lo has dicho tú a menudo? Sí, pero en otro país. Y eso qué más da.

Aquel día de verano no me llevé ni un libro, incluso retiré el que tenía en la mesa y todavía había estado leyendo por la mañana, una historia medieval de una joven que, para afearse y así librarse de los hombres que la perseguían, se había cortado las dos manos. (¿Uno mismo se cortaba ambas manos? ¿Cosas así solo pasaban en las historias medievales?) En casa dejé también mis cuadernos de notas y libretas, los guardé, los escondí como para mí mismo, aceptando que ya no los encontraría más, al menos no en el tiempo venidero, prohibiéndome servirme de ellos.

Antes de ponerme en camino me senté –el petate a mis pies– en una silla aislada, más bien un taburete, en medio del jardín, a distancia de los árboles y, sobre todo, lejos de las mesas, de la mesa de debajo del saúco, de la de debajo del tilo, de la de debajo de los manzanos, que era la más grande o, en todo caso, la más saliente. En mi imaginación, sentado así, ocioso, ligeramente erguido, una pierna sobre la otra, con el sombrero de paja para los viajes bien calado, yo encarnaba aquel jardinero llamado ‘‘Vallier’’ (o como sea que se llame) que Paul Cézanne pintó y dibujó una y otra vez hacia el final de su vida, en especial en 1906, año de su fallecimiento. En todos esos cuadros, ‘‘el jardinero Vallier’’ apenas muestra una cara, y no solo por el sombrero que le ensombrece la frente, o, si acaso, una cara, imagino yo, sin ojos, y también la nariz y la boca están como borradas. De la cara del que está ahí sentado, ahora sólo tengo presente una silueta. Pero qué silueta. Un contorno gracias al cual la superficie casi vacía de la cara encarna, expresa y emite algo que va más allá de lo que jamás podría llegar a comunicar el dibujo fiel hasta el detalle de una fisonomía o, por lo menos, es y transmite algo diferente, algo por completo diferente, una variante radicalmente distinta. Una posible traducción del nombre de aquel jardinero, que yo he modificado de ‘‘Vallier’’ a ‘‘Vaillant’’, ¿no sería ‘‘el vigilante’’?, mejor dicho, ¿‘‘el que presta atención’’?, ¿‘‘el que vela’’? o, simplemente, ¿‘‘el despierto’’? Y eso, junto con los órganos de los sentidos semidesaparecidos, orejas, nariz, boca y, sobre todo, los ojos como borrados, ¿se ajustaría a todos los retratos del jardinero Vallier?

Sentado así, despierto, a la vez que como en un sueño, en otro sueño, de pronto vino volando una voz hasta muy cerca de mi oído –más cerca imposible–. Era la voz de la ladrona de fruta, una voz interrogante, tan suave como decidida –imposible que fuera más suave y decidida–. ¿Y qué me preguntó? Si lo recuerdo bien (porque de nuestra historia ya hace mucho tiempo), nada especial, algo como ‘‘¿qué tal?’’, ‘‘¿cuándo te marchas?’’ (O no, ahora me viene a la memoria). Me preguntó: ‘‘¿Qué le pasa, señor?, ¿qué es lo que le preocupa de ese modo?, Qu’est-ce qu’il vous manque, Monsieur?, c’est quoi, souci?’’ Y esta resultó ser la única vez en la historia que la ladrona de fruta, en persona, me dirigió la palabra. (Por cierto, ¿cómo pude pensar que esta primera y única vez ella me tuteara?) Lo especial fue únicamente su voz, una voz de las que hoy en día son raras, o quizá hayan sido una rareza siempre, una voz llena de cuidado, sin un tono extra de preocupación y, sobre todo, una voz, la voz, de la paciencia, de la paciencia como atributo y también, aún de manera más intensa, como actividad, como un permanente estar activo en el sentido de «tener paciencia», también de «soportar»: ‘‘yo tengo paciencia y te soporto, le soporto, la soporto; soporto a quien sea o lo que sea, sin distinción y, sí, sin cesar.’’ Una voz así nunca en la vida modularía de otro modo y menos aún se cambiaría en otra espantosamente distinta –como me parece que es el caso de la mayoría de las voces humanas (la mía incluida) y, de forma más acentuada, de las voces femeninas–. Pero esa voz estaba en permanente peligro de enmudecer, y quizá –¡Dios no lo quiera!, ¡vosotros, poderes, acudid en ayuda de mi ladrona de fruta!– para siempre. Al cabo de los años –su voz todavía en mi oído– pienso que le encaja aquello que respondió un actor cuando en una entrevista le preguntaron cómo le ayudaba la voz a interpretar la historia que le correspondía en una película. Notaba, dijo, y no sólo en sí mismo, si una escena o la historia entera tenía ‘‘el tono adecuado’’, y le ocurría que valoraba la veracidad de una escena, incluso de la película, no a partir de lo que veía, sino de lo que escuchaba. Dicho lo cual el actor añadió riendo, cosa que por un momento hizo que me pusiera en su lugar: ‘‘Y por lo general tengo un oído muy fino, eso lo he heredado de mi madre.’’

Era mediodía, el mediodía que quizá sólo es posible durante la primera semana de agosto. Parecía que todos los vecinos de los alrededores hubieran desaparecido, yno desde ayer. Era como si se hubieran mudado no solo para pasar el verano en sus segundas residencias o chalets de la provincia francesao de otros lugares. Yo me imaginaba que se habían mudado definitivamente, más lejos que lejos, muy lejos de Francia, que habían re-gresado a la tierra de sus antepasados, a Grecia, al Portugal transmontano, a la pampa argentina, al mar del Japón, a la meseta española y, sobre todo, a las estepas rusas...

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Jueves, 13 Diciembre 2018 05:58

El novelista en la butaca

El novelista en la butaca

Siempre he imaginado al novelista como un director de cine, sólo que, lejos del ajetreo de los estudios y de los rodajes a cielo abierto, trabaja en soledad, y es él mismo, además, guionista, camarógrafo, escenógrafo, y, por fin, editor, porque hace el montaje y corrige y suprime hasta conseguir la versión final.

Tolstoi es el mejor ejemplo de lo que digo. En esa gran superproducción escrita que es Guerra y Paz, sube a la grúa para tener una visión completa del campo de batalla de Borodinó, y desde la altura contempla a las tropas de Napoleón Bonaparte de un lado, y del otro a las del general Kutuzov: formaciones de soldados de infantería en la lejanía, el humo de las descargas de los fusiles, el fogonazo de los cañones, el despliegue de la caballería. Pero también es capaz de quitar los techos de los palacios de Moscú para filmar los bailes de gala, y rebana las paredes a las alcobas para que la cámara no tenga estorbos en las tomas de primer plano de las escenas de amor.

Y, al revés, el director de cine como novelista. Es la sensación que he tenido al ver Roma, de Alfonso Cuarón, una minuciosa exploración sentimental de la infancia, cada fotograma en blanco y negro una pieza infaltable de la obra de arte que es la película. Cuarón no ha querido correr riesgos con la fidelidad a su memoria, "que al fin y al cabo tampoco lo es porque es la única verdad que tenemos, y la memoria es lo que somos", dice; y por eso, como Tolstoi, además de director es el guionista, editor, camarógrafo, y no me cabe duda que también responsable de la escenografía, que es parte esencial del proceso de reconstrucción del pasado.

Una saga autobiográfica que tiene su punto de irradiación en la casa número 21 de la calle Tepeji, en la colonia Roma, construida en 1902 bajo la dictadura de Porfirio Díaz, mansiones de estilo art noveau y neoclásico en el corazón del antiguo Distrito Federal, destinadas a las élites, y que luego pasaron a ser ocupadas por familias de clase media acomodada.

Hay un doble relato en Roma: uno íntimo, que retrata la vida de una familia abandonada por el padre, médico de profesión, cuando la madre debe sacar adelante a sus cuatro hijos, aunque la historia se desliza hacia la figura de Cleo, la empleada doméstica mixteca que es el alter ego de la nana que marcó la vida de Cuarón, Libo Rodríguez, "su segunda madre" y quien se convierte en el eje sentimental, y dramático, de la película.

El otro relato corresponde a la vida pública, y lo que ocurre puertas adentro del hogar está conectado a los acontecimientos de la historia nacional. Se abre la década de los 70 con la ascensión al poder del presidente Luis Echeverría, a quien Gustavo Díaz Ordaz, responsable de la masacre de estudiantes de Tlatelolco en 1968, escoge como sucesor.

Habrá entonces otra masacre de estudiantes el jueves de Corpus de 1971, ejecutada por los Halcones, un grupo paramilitar, con 120 asesinados. El halconazo entra en la vida de los protagonistas, y por tanto en la película. "Hay periodos en la historia que asustan a las sociedades y momentos en la vida que nos transforman como individuos", dice Cuarón.

El novelista explora en su propia memoria, y utiliza las palabras para recrearla. El director de cine busca también revivir el pasado mediante imágenes, sin pasar por las palabras. Es aquí donde los dos oficios se separan, pero el proceso de reconstrucción viene a ser el mismo.

La escritura cambia al novelista una vez culminada su exploración, y el cineasta que ha puesto el ojo en el visor de la cámara para filmar su propio pasado, cambia radicalmente también. "Es imposible seguir siendo la misma persona de antes después de hacer un experimento en el que te remites a tus recuerdos más lejanos", dice Cuarón. "Son como una grieta en la pared que tratas de tapar con capas y capas de pintura, pero no desaparece, continúa allí, aunque sientas que no existe".

Es el poder inconmensurable de la obra de arte, cambiar a quien la ejecuta, y cambiar a los demás en la oscuridad de la sala, o en el sillón de lectura. En la penumbra, cuando pasan al final los créditos, mi sensación es primero de asombro. He visto desplegarse ante mis ojos un pasado de relieves concretos, imágenes hiperrealistas cuidadosamente detalladas que puestas en sucesión vienen a ser el todo.

"Esto es imposible" me dice al salir Gonzalo Celorio, quien vivió de niño en la misma colonia Roma. Cines, comercios, restaurantes, bares que ya no existen más, están en la película tal como él los conoció y los recuerda. Imposible porque se trata de un milagro. Roma es un verdadero milagro.

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Jueves, 08 Noviembre 2018 05:31

Wilde y Lorca, en la búsqueda

Wilde y Lorca, en la búsqueda

Oscar Wilde se pierde en la esquina, cruza a la otra vereda y relojea el cine. Si es como le dijo el mucamo del hotel, que apenas si le dio tiempo a abrir las maletas, allí está la felicidad. Se arregla el mechón de pelo detrás de la oreja y avanza resuelto. Entra al jol y nadie lo reconoce. Paga y allá va. La película porno no lo parece pero seguramente porque es de las antiguas, largas y con argumentos. Olfatea el lugar, y le huele bien. La platea apenas si se ve, sólo cuando los interiores de la pantalla rebotan reflejos. Sí, por allá puede ser, piensa. Y se anima a unas butacas de respetuosa cercanía. Pero nada. El otro se va al tiempo que ingresa un cuerpito enclenque, en continuado como las generaciones en la vida. Y se decide, Wilde, a una butaca de-casi-ya-cerquita-pero-hasta- ahí, por si las dudas. El recién llegado es un alfeñique apenas, un peor es nada. Poco que ver con él, don Oscar, que urgente más que rápido debe aceptar alguna dieta mágica porque si no las pilchas reventarán. Optimista, el poeta percibe posibilidad de arreglo… Acercan butacas… ¿Será que Dios se acuerda de los desheredados...? Oh, sí, bienaventurados los santos y todos los que carezcan de la santa piedad del Señor… Se sueltan los papeles y las palabras evaden su función. Chamuyan. Bien. Bajito. Y exquisitos, luego del conocimiento básico, deciden salir para un futuro mejor e inmediato, aún ya con los ardores saciados. En la vereda es el gordo el primero en mirar con asombro al muchachito; pero antes de que diga algo, es el otro el exaltado: –¡Albricias, sos Oscar Wilde, mi maestro querido! A Wilde se le descuelga la quijada: –Y vos sos Lorquita sin la ere… ¡Querido García Lorca del carajo! ¡Gran discípulo! Es una maravilla encontrarnos gracias a Dios, que mueve los hilos con sabiduría ejemplar. ¿Qué hacés en esta tierra de locos? –Rajando de Franco para que no me cojan y me fusilen como dicen que harán. Me hice revolucionario, pero tío, ahora todo es ¡una gilipollada!… Así que vine a poner La Malparida en un teatro de Avenida de Mayo y voy tirando más o menos bien… ¿Y vos?... –¿No era La Malquerida? –Sí, claro, pero en estos tiempos quien no se aggiorna, perece… Le agregué unas escenas bien polentas y sí, vamos tirando… ¿Y vos?... –Y…, ya conocés mi historia, un quilombo tras otro, y encima toda Inglaterra tirando mierda contra los inmigrantes. Mirá, estuve de pareja con un anarquista-loco que me obligaba a escribir en las calles: “¡Paquistaníes, iraníes, árabes de todo pelaje, go home!”... Y una noche mientras le daba al aerosol apareció una bandita de estos ratonzuelos y ni te cuento, me cagaron a palos, como dicen aquí. –¡Te cojieron feo! –¡Ojalá!, pero ni eso, simplemente me mandaron al hospital por una semana… –¿Y anarquista-loco? ¿Por qué no escribía en las paredes?... –Era analfabeto y manco, pero, como, en fin, lo que debía hacer, lo hacía rebien, ¿por qué no darle una mano a quien la carece?… ¿Y si bebemos un té en tu hotel?... Porque en el mío no te puedo invitar debido a que me hice amigo de un mucamo muy celoso… Me pidió un libro apenas entramos a la habitación y tardé una hora en terminar…, de firmarle mi autógrafo… –Debería ser tarde, porque mi cuarto en el Hotel Castelar lo usan como recinto histórico y hay tours con gente que hace cola para afanarse la lapicera-cucharita con la que, según un cartelito que pusieron, escribí mis mejores obras. Pero eso está bien porque a la única fábrica de hipodérmicas que había en el país la reventaron permitiendo la importación, y ahora se salvan produciendo estas lapiceras. También las venden con frasquito de tinta en un lindo estuche para regalo. Y me dan unos mangos extra… Desolado, Wilde, ve que el bello encuentro deberá recalar en un bar cualunquen y se lo dice al andaluz-profesional, como lo llamaba Borges. Pero Lorca lo reconforta ubicándolo en la realidad: –¡Pero no, che!... Por eso hemos hecho la revolución. Ahora no es como antes, todo escondido y en clandestinidad, no, ahora podemos ir a cualquier hotel, no sólo tenemos derechos sino además organismos que nos defienden, tenemos la prensa a favor, la televisión a favor, el gobierno a favor, fijate que no hace mucho cuando se hizo un concurso para ver quién era la “mujer del año”, salió elegido un travesti, y ni una mujer dijo esta boca es mía, todas se la tragaron doblada. Hoy somos poder. Cuando empezó la liberación, las calles estaban llenas de gays, pero hoy ya no hace falta el levante callejero porque hay millones de sitios donde ir. Somos poder. Somos el orgullo gay, ¡es como tener título nobiliario!... –Ay, madre de Dios… ¿O sea que ya no somos putos, ahora somos alegres?, mirá a lo que se llega… Lo que es el avance de la humanidad, quién lo hubiera dicho… –No te entiendo… En lugar de ponerte contento, te… ¿Estás triste?... –Y… No es como antes... Hay que darse cuenta que antes era una aventura, un atrevimiento de transgresores… Uno se sentía distinto… ¡Era distinto!... Diferente… Y eso nos hacía vanidosos, ¿no?... Éramos únicos, en cambio hoy, me parece, somos comparsa ¿o no?... –Bueno... Vos ves la cosa desde la melancolía… Y sí, ahora es distinto, pero por eso hemos luchado… Los gobiernos nos defienden… La Argentina deberá tener un presidente gay. –¿Deberá tener?... No sé, yo nunca mostré la escupidera ni quise luchar ni imponerme… Aunque, por eso fui a parar a la cárcel… –Querido maestro, debés entender que al tener poder perdimos el miedo y la vergüenza de que nos miren mal y hablen a nuestras espaldas… ¡Y da gracias a Dios que estuviste preso! Allí pudiste escribir “De Profundis” y “la Balada de la Cárcel de Reading”, qué dos golazos, maestro… –Ay, Lorquita, me parece que estás patinando mal… Yo nunca tuve vergüenza, ni pretendí custodia moral de nadie y cuando me pregunto bajo qué tipo de gobierno yo, como artista viviría mejor, sólo tengo una respuesta: en ninguno… –Pero no podés negar los beneficios: podemos casarnos, escribir con libertad y sin… –Mi libertad siempre fui yo mismo, cuando dependo del permiso o de la autorización de algo o alguien, es cuando empiezo a perder mi dignidad… Mirá, escribí cuando desconocía la vida; ahora que la conozco y entiendo su significado, ya no necesito escribir. La vida no puede escribirse, sólo puede vivirse… ¿Qué te parece aquél bar de donde vuelan melodías tangueras?... –Estupendo. Vayamos. Luego te llevaré a un nuevo “Tronío” acabado de abrir, es medio clandestino y poco recomendable, como los de antes, ja… Iremos de culo, ¡joder!... –¡Vale, Lorquita!... Pensemos qué significa hoy ser “revolucionario”… Si ahora estamos con el poder, ello indica cambio de posiciones, quizás hoy ser revolucionario sea otra cosa, ¿no?… Por eso aquél que vive más de una vida y más de una muerte, también debe morir… –Entremos. –¡Y exigiré que a la malparida la represente un travesti!, como siempre lo soñé...

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Lunes, 03 Septiembre 2018 07:41

Eduardo Galeano: hacer y nacer en la palabra

Eduardo Galeano: hacer y nacer en la palabra

A Helena Villagra


Desde muy joven, Dudú –como cálida y amorosamente lo llama Helena Villagra– se hablaba de tú con la muerte. Por mano propia, a los diecinueve años, quiso conocerla, pero ella le negó el pasaporte. La insatisfacción con las letras, un llanto que le brotaba desde lo más hondo del alma sin saber por qué y otros dolores de la vida lo arrojaron a esa dura experiencia. Para Eduardo Germán María Hughes Galeano el episodio, que lo llevó a un comatoso umbral por varios días, significó un nuevo nacer. Cuando despertó, los textos antes negados empezaron a fluir con tono, forma y sueños propios. A partir de entonces, decidió llamarse solamente Eduardo Galeano porque así recordaba que, en los días finales de 1959, nació otra vez y que la vida, a pesar de los golpes como del odio de Dios, bien vale ser vivida.


***


Tataranieto de ingleses, alemanes, italianos y españoles, Galeano se supo siempre tan Latinoamericano como “el más humilde guijarro” del Uruguay. A los silencios y los misterios marginados de Latinoamérica y el mundo brindó su hacer que, desde el origen, estuvo ligado al periodismo. Tenía catorce años cuando sus primeras publicaciones vieron la luz en el semanario socialista de Montevideo. No eran textos, sino caricaturas. Marcha, el legendario semanario uruguayo, representó para él un aprendizaje a partir del reto constante. Como bien anota Roberto López Belloso, Juan Carlos Onetti y Carlos Quijano fueron sus maestros, el primero en el hacer literario, el segundo en la tarea periodística. En 1961, su destino y el de Marcha se encontraron. Hasta 1964 fue redactor en jefe de aquella revista cuyo papel impugnador a través de la crítica lúcida, el profesionalismo y la radicalidad de sus planteos la convirtieron, a decir de Claudia Gilman, en un “espacio político y cultural fuera del cual era difícil circular con legitimidad”. El nombre de Galeano se inscribió pronto dentro de una generación marcada por una clara tendencia a la problematización, a la duda como arma y a la crítica como ejercicio periodístico, literario e intelectual. Con Alfredo Zitarrosa, Carlos María Gutiérrez, Ángel Rama, María Ester Gilio y Mario Benedetti, entre otros, se inauguró y consolidó una manera de hacer y entender el periodismo en Uruguay y en toda América Latina; era el periodismo que ponía en primer plano al mundo marginal, aquel del arrabal, los prostíbulos y la gente que, a fin de cuentas, dentro del gran relato del poder, era negada. Gracias a esa generación, Dudú aprendió el oficio de mirar, escuchar, criticar y escribir sin apartarse ni medio milímetro de sus convicciones políticas y, sobre todo, sin darle oportunidad a la mediocridad, al dogmatismo o a la peligrosa zalamería ante los mandamases que hoy, en más de un lugar del mundo, se practica como sinónimo de trabajo periodístico.


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Galeano sintió un cariño sincero y un respeto sin fronteras por el Che. No por nada lo definió como el “más nacedor de todos”. Según el uruguayo, aquel argentino asmático, trotamundos, futbolero y tozudo, hizo posible la comunión entre las palabras y los hechos porque fue capaz de decir lo que pensaba y de hacer lo que decía. En esa frase, él mismo se reconoció; era una suerte de manifiesto que acompañó con otra formulación del nicaragüense Carlos Fonseca Amador: “amigo es el que critica de frente y elogia por la espalda”. Cuando la Revolución encabezada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) cayó a manos de sus errores, del cansancio y el incesante ataque de los Estados Unidos llegó “la piñata”. Era la hora de criticar de frente. Desde su querer y su entender, la traición al pueblo de Sandino resultaba tan grave que no valía la pena continuar en esa senda, por eso rompió, de manera definitiva, todo vínculo con la dirección del FSLN. En 2003, luego de que tres personas fueron fusiladas tras cometer actos de sabotaje en Cuba, Dudú criticó y fue criticado. Para él, la decisión de los fusilamientos era un síntoma de la pérdida de entusiasmo, “espontaneidad y frescura” que habían hecho de la Isla la patria del socialismo alegre, rumbero y solidario. “Cuba duele”, escribió sabiéndose y queriéndose amigo de aquel país chiquito e indoblegable. El distanciamiento terminó luego de nueve años. En 2012, regresó a Casa de las Américas, la Casa, su Casa. Aunque estuvo lejos, no se fue del todo. Como no se fue, seguía escribiendo sin miedo a la crítica de propios y extraños. En Espejos. Una historia casi universal, publicado en 2008, hay un texto que lleva por título “Fidel”. Para Galeano, los enemigos de la Revolución cubana nunca dijeron que ella era apenas “lo que pudo ser y no lo que quiso ser”, gracias al imperio y su bloqueo. Y callaban, además, que “esta isla sufrida pero porfiadamente alegre ha generado la sociedad latinoamericana menos injusta. Y no dicen que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla”. Dudú escribía lo que pensaba y lo hacía como el más crítico de los amigos, como el más queredor de todos.


***


La utopía, dicen que Galeano decía, sirve para caminar. La frase es del cineasta Fernando Birri, un amigo suyo. Dudú se encargó de aclararlo, pero por más que lo intentó no hubo caso. Lectores y escuchas saben que esas palabras, las haya dicho quien las haya dicho, son del uruguayo. El concepto de “sentipensar”, tan ligado a él, tampoco fue solamente suyo. Lo escuchó a lado de Orlando Fals Borda, conviviendo a la luz de una fogata en la costa colombiana. Un pescador fue el autor de aquel verbo que, para Dudú, resumía lo que el ser humano representa: un mundo de ideas y de emociones, de corazones y razones. Nunca se atribuyó los derechos de autor de nada que él no sintiera, pensara y escribiera. Para poder ver, escuchar iba primero, decía.


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En 1971, Las venas abiertas de América Latina, libro extenso, corajudo y de una prosa poética vibrante, obtuvo una mención honorífica. Hasta el día de hoy, pocos saben quién ganó el premio de ensayo otorgado por Casa de las Américas. Según Galeano, aquel texto lo escribió cuando entre los intelectuales de izquierda había una certeza: todo lo que no resultara aburrido no podía ser serio. Por eso, perdió. Porque, como escribe Pedro de la Hoz, “pesó más la tradición que la transgresión”. El libro, insistía Dudú, tuvo éxito porque las dictaduras de Chile, Brasil, Uruguay y Argentina lo prohibieron, y lo prohibido incita a ser descubierto. En ese texto volcó no sólo sus amores más reales y sus furias más profundas, sino también la historia no dicha de Nuestra América expoliada y condenada a empobrecerse por la desgracia de sus riquezas; la historia de una América desangrada por los modernos piratas sin parche en el ojo ni loro en el hombro; la historia silenciada a través de la explotación, las balas, la cárcel y la muerte. “Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial”, escribió. Con razón, Eric Nepomuceno señala que Galeano enseñó a “releer nuestra historia desde otro ángulo: desde el punto de vista de los humillados, de los derrotados”. En abril del 2009, Hugo Chávez le regaló el libro a Barack Obama. Se trató de un reclamo anticipado: en la historia de los poderosos, Obama –que tanto promovió la guerra– fue nombrado Premio Nobel de la Paz en diciembre de ese mismo año.


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Eduardo Galeano sabía que la inflación monetaria era terrible y terrible también la inflación palabraria. “Las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio”, dijo que dijo Juan Carlos Onetti. Para el alumno del novelista de las sombras, fue ley de vida. Fascinado por la capacidad de decir mucho con poco, la brevedad se convirtió en la manera de relatar los dolores y los amores, las fantasías y las rebeldías. Creía que era posible hacerlo mirando el universo “por el ojo de la cerradura” y que narrar a pedacitos bien valía la pena si así se recuperaba la unidad entre el hacer y el decir, entre el soñar y el crear. Para que no hubiera “piedras en las lentejas”, Galeano tachaba y rehacía sus textos una y otra vez, como ejercicio de honestidad consigo mismo. Más que escribir, borraba. Cuando le preguntaron quiénes eran sus mayores influencias literarias, respondió “Juan Rulfo, Juan Rulfo y Juan Rulfo”.


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La obra del “señor de los fueguitos” –único título nobiliario que Dudú recibió de algunos pequeñines del paisito– es vasta y no sabe de casillas. Sin embargo, desde el campo del análisis literario se le estudia más bien poco. La negativa se cimienta menos en términos estéticos que en aspectos ideológicos. Eduardo Galeano nunca negó el origen de sus palabras: nacían desde la izquierda, desde lo ignorado y humillado por todos los poderes. Por eso se preocupó por conversar con las voces y los haceres de las mujeres, condenadas a aparecer, cuando aparecían, en el segundo plano de la historia. Por eso puso oído atento a la vida nacida y resistida en los arrabales. Por eso fue preso y luego obligado a vivir lejos de la tierra de José Artigas. Por eso su andar solidario con el pueblo venezolano y su simpatía multiplicada con los indignados de España, los zapatistas en México y la resistencia indómita en Palestina que mucho pelea por la libertad de existir. Entrevistado por Eric Nepomuceno señaló que sentía una identificación con los que luchan, “estoy seguro –dijo– de que las palabras vienen de ellos y a ellos son devueltas. Palabras que tienen una capacidad de vida, de multiplicación”. Galeano militaba desde la palabra, era su hacer, su nacer.


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El 2 de abril del 2009, en la Sala Nezahualcóyotl de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Dudú se encontró con miles de personas deseosas de escucharlo. Allí recibió uno de los símbolos de dignidad más emblemáticos en el México contemporáneo: un paliacate rojo. Trinidad Ramírez, mujer peleona hecha de pura ternura y tesón, se lo puso al cuello. Así le mostraba que en Atenco lo querían de veras. En una sala repleta, que gritaba por la libertad de los campesinos atenquenses encarcelados desde mayo del 2006, Eduardo Galeano dijo que si la tierra era sagrada, sagrados eran también quienes la defendían; no sabía que ya antes sus palabras habían contribuido a esa lucha. Ignacio del Valle, el más pequeño de los grandes hombres nacidos en suelo mexicano, resistía en el penal de máxima seguridad del Altiplano. El frío le quebraba los huesos, lo dejaba sin piel. Nacho –como compañeramente se le conoce en la vida brava de los de abajo– no podía leer más que los libros de la triste biblioteca carcelaria. Las normas de seguridad del penal impedían que recibiera cualquier texto impreso o con imágenes; toda carta dirigida a él debía ser escrita a mano, sin dibujos. Galeano se coló. En 2008, por iniciativa de estudiantes y profesores de diferentes facultades de la UNAM, El libro de los abrazos rompió los barrotes de las distancias y los silencios. A mano, por muchas manos, el libro se copió completo para que Nacho leyera y resistiera y venciera el encierro. El libro de los abrazos fue el abrazo que Eduardo Galeano le dio a Ignacio del Valle a través de aquellas manos anónimas que, letra a letra, se hicieron manto para combatir el frío del penal. Así se abrazaba a los atenquenses para que ellos, guardianes sagrados de la tierra, no flaquearan por soledad o por tristeza.


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Dudú, el mayor hincha del Nacional, el club de futbol de sus amores, fue una voz cálida y solidaria de las causas justas. En diciembre de 2014, escribió que los familiares de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa no estaban solos en “la porfiada búsqueda de sus queridos perdidos”. Contribuía así a combatir la sordera del poder que, a casi cuatro años de aquel suceso, se niega a escuchar. En diciembre de 2015, Helena Villagra, cuyos sueños despertaban la envidia constante de su Dudú, dedicó el doctorado honoris causa, concedido a él por la Universidad de Guadalajara, a “la lucha de esos ‘nadies’ doctorados en Ayotzinapa”. Helena bien sabía que Galeano así lo deseaba.


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El “señor de los fueguitos” cumple 78 años este 3 de septiembre. Sus palabras vibran en las resistencias de nuestro país. En el suelo sagrado de Atenco y los guerreros que lo protegen. En Ayotzinapa y la memoria necia que exige justicia. Desde la palabra, sigue haciendo. Desde la palabra, sigue naciendo.

 

Por José Arreola
28/08/2018

José Arreola
Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Sus líneas de análisis están basadas principalmente en la literatura cubana y el debate del campo intelectual de Latinoamérica Ha obtenido premios en narrativa y ensayo convocados por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

 

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Jueves, 12 Julio 2018 07:49

El hechizo de la nación

El hechizo de la nación

Un rezo y una denuncia de la manipulación religiosa. La ironía y la escritura como invitación a cuestionar y cuestionarnos. Todo es ficción pero todo puede ser real. 

He llegado a la conclusión después de años de análisis ―y hermosa y educativa indignación― de que la situación tan singular de Colombia, con todos sus problemas, su violencia y su hipocresía, no tiene relación alguna con nuestra forma de ver la vida tan influenciada por Occidente –representado por un único país: EU– y su agresivo poder mediático que dicta como ser, actuar y pensar. Tampoco tiene que ver con la vergüenza hacia nuestra naturaleza y ancestros. Mucho menos se le puede echar la culpa a nuestros vicios, nuestra sumisión al dogma católico o la tergiversada cultura popular que exterminó una gloriosa cuna de poetas, intelectuales e idealistas, reemplazándolos por bandoleros, narco-revolucionarios y delincuentes. No. Querido lector, el problema de Colombia definitivamente tiene que ver con que nuestra patria está siendo víctima de un entierro, un hechizo o rezo.

Las cartas y los astros, me hablaron de tu problema. Eres separada, te desmoronaron y tus hijos no te respetan. No es tu culpa vivir con tantos problemas, por lo tanto, debes encomendarte a San Andrés, y así los cuarenta y tanto de millones de connacionales deben conseguir un manojo de ruda, otra de eucalipto y una vela de color blanco. Luego ir juntos ―dejando de trabajar o de subsistir―, a una jornada de sanación, ya que, querido compatriota que sufre, “cuando los médicos no logran dar una solución, entramos nosotros, llámenos”.

Para lograr dejar atrás este hechizo, es fundamental que se haga una jornada nacional, donde cada familia logre expulsar los demonios con una infusión de chancapiedra con uña de gato, porque lo que usted tiene Colombia, es un daño espiritual, una muy poderosa magia negra que requiere que me compre para ayudar a limpiar, el paquete de Buda.

Aunque Dios exterminó a los indígenas, ahora hacemos una alianza ―beneficiosa― para colocar en sus manos la solución a todos sus problemas: se lo atamos, se lo desatamos sin dolor ―al político―. Le mostramos el rostro de la persona que le hace daño ―o sea el corrupto―, le damos el número ganador del chance o del baloto ―quitándoselo por unos días a los testaferros de la salud―, le expulsamos el demonio o aquella influencia de santería antigua que no lo deja dormir tranquilo ―o sea Uribe–.

¿Qué no le rinde la plata? Para esto le aconsejamos la esencia de las “7 suertes”, o “Don Dinero”, “la lluvia de la suerte”, Robert Kiyosaki, “hábitos de Ricos” o “menos miedos más riqueza” ambos de Juan Diego Gómez Gómez. Porque amigo, amiga, para eso también existe la brujería blanca, la que le conviene a su bolsillo, a su enferma idea sobre el amor o el éxito en cualquier tipo de negocio.
No nos interesa si usted es terrateniente, narcotraficante o sicario; si quiere tener una pirámide con su nombre, o ser edil o magistrado, y anhela como todo digno delincuente ―no somos nadie para juzgar― que lo dejen ejecutar sus negocios sin obstáculos. Para estos también tenemos un baño, un “riego magnético”. ¿Quiere seguir pegándole a su compañera sentimental, o violando a su hijastra, despellejando gatos o quemando perritos? Que no le quiten las corridas de toros, o ser famoso o millonario porque si, le tenemos el menjurje, el rezo y el baño.

Pronto podrás visitarnos "querida Colombia" –cuando terminemos en el 2018 nuestro pequeño edificio en Cali de 70.000 mts2, del proyecto CIDS–, «No te enredés, haz como él...» "yo preferí invertir en esto en vez de la casita propia, gracias a una pequeña contribución (préstamo, porque hay que recuperar la inversión) directamente de la cuenta de ahorros de San Pedro, unos irrisorios 300 milloncitos de dólares, administrados por los inmaculados: Apóstol Jhon Milton Rodríguez y Profeta Norma Stella Ruíz, de la "Misión paz para las naciones, oís..." claro, mientras construimos uno más grandecito ―igual, a Dios le gustan las casas de descanso en la Tierra. «No pensés que, nos íbamos a dejar echar tierra, de la "Misión Carismática Internacional", ubicada en Bogotá».

Dicen que Dios gobernará la Tierra, pero creo que nunca dejó de hacerlo, solo les prestó el poder un poquito a los Príncipes.

¡Puede aquí mismo hermano!, adquirir las revistas, libros y demás publicaciones, donde le decimos cómo vivir, porque, hijo de Dios, ¡Usted no sabe vivir! Y también cómo conseguir dinero y ser rico, muy rico, como la Pastora Piraquive, un ejemplo de éxito, de transformación, de la abundancia de Dios, a quien le sirve ―aunque diga en la Biblia que no se refiere a los hombres como siervos sino como amigos y en otras como un limitado y condicionado “libre albedrío”–.

¡Cambia tu vida! (y no es una orden)

“¡Oh! querido hermano, no te aferres a esas minucias que el mundo terrenal te brinda con tu trabajo, hijo de Dios, dáselo a tu iglesia que necesita pisos de mármol, y carros lujosos, ¿o esperan aquellos blasfemos que montemos a Dios y a su hijo y al espíritu, que al final son uno y a la vez no, en Burro o en Trasnmilenio?


– Nooo…

– ¡Gloria a Dios! por el dinero, pero bien dirigido. Dios habita en cada detalle ―de los acabados, claro―. ¿Acaso han visto una baldosa mal colocada? ¿Un estante o atril en mal estado? Dios no nos enseñó aquello, más bien, todo lo contrario, a vivir para trabajar y trabajar para vivir, porque el Estado es una representación de Él aquí, ―según muchos teóricos sociales, económicos y políticos― pero que lastimosamente, ¡oh! Señor… han corrompido y ahora no los aceptamos y tenemos nuestras Repúblicas independientes hincadas a Dios, y sin pagar impuestos.


– ¡Gloria a Dios!


–«Gloria y gracia y desgracia, y en el nombre de…, y por la sangre de… un granito de mostaza… la montaña con dinamita se moverá…» ¡Sí! Siento un orgasmo divino… acérquense, queridas niñas y jovencitos, sáciense, sácienme. En el nombre del Padre y del Hijito europeo y de la blanca palomita, himen”.

De todos ustedes es la culpa y a la vez no. Él existe y consiste únicamente para que usted lo vea, lo busque y lo acepte, pero no en el Facebook, o en Instagram, sino en su corazón. Si no lo hace, igual lo castiga, a menos que…

Jornaleros de mi padre […], (golpes de pecho de “niño bien”) pequé contra el cielo y contra ti ―El Estado o la iglesia o el negocio― […] (más lamentos y quejumbres) trátame como uno de tus Jornaleros. “¿Ven hermanos?, Lucas no miente, ni bugs, ni los que participaron en Space jam; usted se equivoca, Él, en cambio, sabe lo que hace…”

Tráiganme esas maticas, úntense esas esencias, no olviden su dinero y abran el corazón, porque si no, sin fe, toda empresa se vuelve imposible.

Gracias por visitar mi página, y no olviden adquirir el baño dorado para que no se pierda el amarillo de tu bandera, querida Colombia.

 

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Miércoles, 24 Enero 2018 06:36

Incendio en la Casa del ser

Incendio en la Casa del ser

 

“Una mujer descuartizada / viene cayendo desde hace 140 años”. Por esas dos líneas escritas por su compatriota Vicente Huidobro decidió el joven Nicanor Parra dedicarse a la poesía. Ya era (además de hermano mayor de Violeta Parra) ingeniero, diplomado en termodinámica en USA y en cosmología en Oxford, cuando quiso saber por qué caía esa mujer desde hacía siglo y medio. La pregunta en particular y la poesía en general no son asuntos muy pertinentes para la ingeniería y Parra era, a pesar de ingeniero, un impertinente. Así que prefirió adscribir a esa otra ley de la termodinámica que enunció Leopoldo Marechal: “De todo laberinto se sale por arriba”. Así fue como llegó Parra a lo que definió como antipoesía. “Yo me preguntaba por qué cresta los poetas hablaban de una forma y escribían después con esa jerga conocida como lenguaje poético, que no tiene nada que ver con el lenguaje de la realidad”.

Puesto en esos términos, parece un mero cuestionamiento verbal, pero lo de Parra apuntaba más lejos: para poder ver las cosas de otro modo es necesario cambiar de perspectiva, y pocos tipos en nuestra lengua fueron capaces de sacarnos la alfombra debajo de los pies con una sola frase como Parra. Vean, si no, este ejemplo: “El automóvil es una silla de ruedas”. Léanla de nuevo, van a ver que el texto se movió, que se lee otra cosa. Eso es Parra. El juego de palabras que de pronto corcovea y muta en otra cosa. El creativo publicitario tiene esa clase de don, pero para generar antimateria. Parra generaba antipoemas; es decir, anticuerpos contra la antimateria que nos tiran todo el día por la cabeza.

Hay un famoso poema suyo que empieza: “El hombre imaginario / vive en una mansión imaginaria / rodeada de árboles imaginarios / a la orilla de un río imaginario”. Y así sigue avanzando facilonamente, estrofa tras estrofa, hasta sus versos finales. Antes de citarlos déjenme contar que Parra descubrió un día a la mujer de su vida, fueron brevemente felices juntos pero ella lo abandonó y poco después se suicidó. En honor a ella escribió Parra El Hombre Imaginario, que termina: “Y en las noches de luna imaginaria / sueña con la mujer imaginaria / que le brindó su amor imaginario / vuelve a sentir ese mismo dolor / ese mismo placer imaginario / y vuelve a palpitar / el corazón del hombre imaginario”.

Fue famosa su pica con Neruda. Igualmente famosa es su frase: “Hay dos maneras de refutar a Neruda: una es no leyéndolo; la otra es leyéndolo de mala fe. Yo he practicado ambas, pero ninguna me dio resultado” (otra vez contestó así a la acusación de que la obra de Neruda era despareja: “La cordillera de los Andes también es despareja”). En su poema Malos Recuerdos dice: “Para la mayoría / soy un narciso de la peor especie / El hombre dos caras / El que se cree más de lo que es / El que no tiene paz / ni con las mariposas del jardín / Todos se consideran con derecho / a festejarme con un poco de barro”. Treinta años después, al recibir un doctorado honoris causa en la Universidad de Chile, dijo: “Una sola pregunta / ¿Cuándo piensan erigirme una estatua? / La paciencia tiene su límite / Sin estatua me siento miserable / Pero por favor que sea de barro / Para que dure lo menos posible”.

Entre otras chambonadas que le endilgaban sus enemigos, Parra aceptó ir a la Casa Blanca a tomar el té con la esposa de Nixon en plena guerra de Vietnam, durante un congreso de escritores en Washington (horas más tarde, los cubanos le retiraron la invitación que le habían hecho como jurado del Premio Casa de las Américas, y él contestó con un telegrama a la isla que decía: “Apelo a la justicia revolucionaria rehabilitación urgente. Fidel debería creer en mí tal como yo creo en él”). A diferencia del resto de su familia, Parra nunca apoyó la Unión Popular de Allende y siguió enseñando en la universidad después del golpe de Pinochet. Pero cuando el Papa polaco fue a Chile escribió: “La sonrisa del Papa nos preocupa / SS debiera llorar a mares / y mesarse los pelos que le quedan / ante las cámaras de televisión / en vez de sonreír a diestra y siniestra / como si en Chile no ocurriera nada / que se ría de la Santa Madre si le parece / pero que no se burle de nosotros”. Poco antes (más precisamente en 1977) había escrito: “Que levanten la mano los valientes / A que nadie es capaz / de arrancarle una hoja a la biblia / cuando el papel higiénico se acabó / A que nadie se atreve / a escupir la bandera chilena / A que nadie se ríe como yo / cuando los filisteos lo torturan”.

Se admirara o se odiara a Parra, había que reconocerle su fidelidad absoluta al género que inventó. Cuando le dieron en Guadalajara el Premio Rulfo, empezó su discurso de agradecimiento diciendo: “Hay diferentes tipos de discursos / El discurso ideal / es el discurso que no dice nada / aunque parezca que lo dice todo”. Lo pongo en verso porque así lo leyó. Y así lo incluyó en su libro Discursos de sobremesa, que está compuesto enteramente de textos leídos al recibir premios y honoris causas. Y que, por supuesto, son todos antipoemas. Es decir, reversos exactos del discurso ideal: parece que no dicen nada, y logran decirlo todo. Mi preferido es el que pronunció en el centenario de Vicente Huidobro, que se titula Also sprach Altazor (y que debajo aclara “Título del original en inglés: Hay que cagar a Huidobro”). Empieza preguntando qué sería de la poesía chilena sin Huidobro, para defender después la megalomanía del poeta (“Sus opiniones nunca pecaron de moderadas / incluso llegó a atreverse / a enmendar la plana al propio Homero / que no debió haber dicho jamás, segun él / las nubes se alejan como un rebaño de ovejas / sino lisa y sencillamente / las nubes se alejan balando”). Y sobre el final hace su famosa declaración: “Hay una frase de Huidobro / No creo que haya otra más sobrecogedora / en todo el reino de las bellas letras: / una mujer descuartizada / viene cayendo desde hace 140 años / A mí me deja mudo”.

Mentira, por supuesto: nada dejaba a mudo a Parra. El otro día se murió, a los 104 años, después de esperar contra toda esperanza que le dieran el Nobel. A quienes llegaban en peregrinación a verlo en su escondite del sur de Chile les contaba que, en el preciso lugar donde alzó su casa, había antes un castillo hecho enteramente de tejuelas de alerce. “El que entraba ahí se quería quedar a vivir para siempre”. El castillo estaba medio abandonado cuando Parra lo compró, y el cuidador que vivía ahí se tuvo que ir a su pesar. Pocos días después, un incendio destruyó el castillo. Todas las señales indicaban que el cuidador había provocado el fuego. Parra se lo encontró contemplando las cenizas aún humeantes y le dijo: “¡Huevón de mierda, mira lo que hiciste!”. El cuidador le contestó sin apartar la mirada: “Yo quería esa casa más que usted”. Heidegger decía que la poesía es la casa del ser. Parra vio arder esa casa y levantó otra sobre sus cenizas. Están los que dicen que fue él quien la quemó. Y están los que dicen que nadie quería esa casa tanto como él.

 

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