Lunes, 14 Enero 2019 05:43

El circo

El circo

Muchos sugieren que sería mejor evitar hablar de él, ignorarlo, borrarlo, que eso sería intolerable para él, que todo su juego es capturar los reflectores, buscar definir el debate para distraer, para desviar la atención sobre toda una serie de cosas, incluida su sospechosa relación con el Kremlin y la corrupción e ineptitud que define a su gobierno, entre otras cosas. El bufón peligroso maneja este circo, y de alguna manera todos le ayudamos con su reality show al prestarle atención, incluso, pues, esta columna, por ejemplo. Pero a veces los reflectores capturan cosas que el cirquero hubiera preferido dejar en lo oscurito.

A veces este es un juego de escondidillas entre luces y sombras.


Todo el enfoque hoy aquí es el cierre parcial del gobierno con más de 800 mil empleados federales que no recibieron sus sueldos con consecuencias crecientes para millones más, todo como resultado de la exigencia por un muro como única solución para una inexistente crisis de seguridad en la frontera.


Da manotazos a una mesa, viaja a la frontera, cancela sus vacaciones y su viaje a Davos. Pero de repente, en su prisa por atacar a cualquiera que perciba como opositor, declara cosas muy reveladoras, como por ejemplo, cuando denunció reportes en los medios de que la Casa Blanca es un caos en torno al cierre de gobierno, afirmó que no hay “ningún caos. De hecho, no hay casi nadie en la Casa Blanca, más que yo…”


Se dice que está cada vez más aislado y sigue bajo sitio por múltiples investigaciones sobre la posible colaboración y actos corruptos o de negocios potencialmente ilícitos de sus socios, de su campaña y hasta de su familia con los rusos. Algunos pronostican cargos criminales contra él y/o su familia.


Le urge cambiar el canal, y provocar caos en otras partes para evadir el suyo.


Pero dos revelaciones dramáticas en los medios a fines de esta semana rompieron por ahora el control del circo dirigido por el bufón y los reflectores se voltearon por un momento de la crisis ficticia en la frontera a la real dentro de la Casa Blanca.


Primero el New York Times reveló el viernes que la FBI estaba tan alarmada con el comportamiento del presidente cuando decidió despedir al entonces jefe James Comey –quien encabezaba la investigación sobre la injerencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016– que ordenó una pesquisa de contra-inteligencia para evaluar si el presidente de Estados Unidos estaba trabajando para intereses rusos, lo cual implicaba que él podría ser una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. No se sabe si esta indagatoria sigue activa, si descubrió algo o si ahora forma parte de la encabezada por Mueller.


Eso fue seguido el sábado, cuando el Washington Post reportó que no hay transcripciones o reportes detallados –ni en archivos clasificados– de los cinco intercambios cara a cara entre Trump y Vladimir Putin a lo largo de los últimos dos años. El presidente cerró o limitó el acceso de su propio equipo a esas reuniones, no rindió reportes detallados de lo que se habló, y en por lo menos una ocasión Trump confiscó algunos de los apuntes de su traductor y en una de las reuniones ordenó no revelar nada, incluso a sus propios asesores, sobre lo que habían escuchado.


El guion no llega al nivel sofisticado e inteligente de una novela de John le Carre, más bien estamos dentro de una novela o película de espías y conspiraciones políticas pésima y mediocre, pero el hecho de que así estén las cosas es casi increíble. Que parte de la cúpula nacional, como los diplomáticos extranjeros, intelectuales, políticos y más pretendan que todo es normal es aún más increíble (la historia no es muy amable con los cómplices).


Este maestro de ceremonias sabe manipular los reflectores. Pero este circo sólo puede funcionar porque demasiados seguimos comprando boletos y palomitas, y los críticos siguen ofreciendo sus reseñas en lugar de llamar a que el público se levante y se salga de la carpa dejando al bufón solo bajo el reflector.

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El desesperado señor Trump, o Trump dice que él importa

Donald Trump utiliza todas sus habilidades retóricas para mantener los ojos de todo mundo enfocados en él y sólo en él. Se esfuerza tanto precisamente porque es más y más evidente a la mayoría de políticos y figuras públicas, en Estados Unidos y en otras partes, que va perdiendo terreno constantemente. Más y más protagonistas ignoran sus exigencias. Quién tiene mayor claridad en esto es el propio Donald Trump.


Así que él le hace cosas hirientes a todos y cada uno simplemente para evitar que otros reúnan los votos para excluir al señor Trump del centro de la acción mundial.


Él ya clausuró el gobierno estadunidense, o al menos aquella parte que no ha recibido renovación de vida alguna en unos cuantos meses. Él afirma que se siente orgulloso de haber logrado esto, para escándalo de la mayoría de los actores políticos. Él alega que no se ablandará hasta que la absurda cantidad de dinero que pide para la construcción de su querido muro sea aprobada por votación. El dinero no será votado.


¿Por qué, me preguntan, hace esto? La respuesta es tan simple que termina siendo boba. Él hace estas cosas porque nada más de lo que haga puede usarlo para validar lo que a él le importa.


Se fue en absoluto secreto a visitar a las tropas estadunidenses a Irak. Dice que está retirando sus tropas por completo de Siria, y parcialmente de Afganistán. Habremos de ver si realmente lo cumple. O más bien, si falta a su palabra como hicieron los tres presidentes que lo antecedieron.


Pero esto no importa en el presente. Ahora él reafirma lo que a él le importa. Es seguro que sigue siendo el presidente de Estados Unidos. Tiene ciertos poderes que puede utilizar. Eso es precisamente lo que asusta a la gente por todo el mundo.


Así que al mundo le ofrece un trato: “Digan que Trump importa aunque no lo crean y me repliego de nuevo”. Consideren qué inútil es este juego, en realidad. Pero esto no le importa al señor Trump, que lo único que quiere es garantizar su reelección en 2020. ¡Hurra por los juegos peligrosos!!
Traducción: Ramón Vera-Herrera

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"El arte de Banksy, Kapoor o Hirst no se opone a los inquietantes progresos de la extrema derecha, al contrario”

La crítica literaria publica un manifiesto titulado Lo que no tiene precio, en el que reflexiona sobre el "realismo globalista" y retrata la "colisión que se produce desde hace años entre el mundo de las finanzas y el arte contemporáneo"


Le Brun ve en estos autores admirados por las multitudes "la base inconsciente de la nueva servidumbre exigida por el capital"

Ocurrió el pasado 6 de octubre. La pieza Niña con globo, de Banksy, se autodestruyó al pasar por una trituradora poco después de haber sido vendida en una subasta en Sotheby's por un millón de libras (más de un millón de euros). Al día siguiente, el artista subió la imagen de la destrucción a Instagram con el texto "se va, se va, se fue" al que sumó una cita de Picasso: "El impulso de destruir también es un impulso creativo". Obtuvo millones de 'me gustas'.


¿Fue una broma? Seguro que no demasiado para el comprador de la obra. ¿Fue arte? Los días siguientes hubo artículos que discutieron aquel acto de Banksy,artista que no se sabe ni quién es ni cómo es, pero que tiene millones de adeptos por todo el mundo. Una exposición ahora en Madrid se hace la misma pregunta:¿Es un genio o un vándalo?


Para la escritora y crítica literaria Annie Le Brun (Rennes, 1942), experta en Sade e inmersa en los últimos años del movimiento surrealista de André Breton, la respuesta es evidente: tiene que ver con una dimensión política de la mercantilización capitalista del arte.


Le Brun acaba de publicar en español el manifiesto Lo que no tiene precio(Cabaret Voltaire) en el que expresa su teoría del realismo globalista, movimiento en el que ubica a creadores como Damien Hirst, Anish Kapoor y el propio Banksy. Como señala en una conversación con eldiario.es, estos artistas son muestra de "la colisión que se produce desde hace veinte años entre el mundo de las finanzas y el arte contemporáneo. Un síntoma particularmente esclarecedor, porque nos hace asistir a la transmutación del arte en dinero y del dinero en arte".


La pensadora teje una comparativa con la presencia de las mismas tiendas y marcas en todas las ciudades del mundo con la de estos artistas, también presentes en los museos de todas las capitales occidentales. "Me parece difícil no ver en ello el arte oficial del neoliberalismo cuya intención no es otra que la de hacer que aceptemos la brutalidad de este mundo así como su deshumanización", sostiene.


La etiqueta de 'realismo globalista' parte de un juego de palabras con el 'realismo socialista' de la Unión Soviética. "En este la intención era imponer la ideología comunista a través de las imágenes de una realidad edificante", manifiesta Le Brun, que, sin embargo, en el arte actual de los Hirst y compañía lo que observa es "una ideología que impone dispositivos e instalaciones, jugando con las sensaciones fuertes a través del gigantismo de obras que actúan a la manera de los efectos especiales. Ello conlleva la suspensión del juicio crítico. Su función es convencer de que no hay manera de salir de ese mundo".


Saatchi, Thatcher y la extrema derecha


En este sentido, Le Brun, que siempre se ha distinguido por ser una crítica incómoda –en los setenta tuvo varios desencuentros con neofeministas al criticar "el jesuitismo de Marguerite Duras" y "el feminismo encorsetado y mojigato de estas militantes", como escribió en el libro Lachez tout- recuerda la historia de Charles Saatchi y Margaret Thatcher.
Saatchi, antes de convertirse en el publicista universal que después fue, era su director de campaña. Él creó el eslogan "There's no alternative" (no hay alternativa). "Y poco después se convirtió en uno de los mayores promotores y coleccionistas de arte contemporáneo. Como si ese arte contemporáneo constituyera la mejor escuela de adiestramiento, susceptible de reconfigurar nuestra sensibilidad para obligarnos a aceptar lo que hay", afirma Le Brun.


Este pensamiento entronca con la última broma de Banksy: "Constituye la mayor victoria del capital de estas últimas décadas. Porque se trata de una destrucción que, en lugar de acabar con el valor de la obra, lo multiplica de forma vergonzosa", sostiene la escritora a la que ha molestado particularmente que hubiera poca indignación ante esta extravagancia. "Es una prueba más de que la domesticación mediante un cinismo compartido se ha convertido en una de las armas más seguras del neoliberalismo para instaurar su orden, excluyendo a todos aquellos que pudieran oponerse a él", asegura.


Para ella, la peor consecuencia de este cinismo ante las obras gigantes de Kapoor o Hirst y la autodestrucción de la obra de Banksy es política. No sólo tiene que ver con el gusto ni es algo baladí sino que detrás subyace una intención. "Como en toda empresa totalitaria, se trata de acabar con la escala individual y por supuesto con todo lo que dependa intelectual y psíquicamente de ella. Es un arte contemporáneo que no se opone a los inquietantes progresos de la extrema derecha, antes al contrario", manifiesta. Le Brun analiza que es ese gigantismo de las obras y el hecho de que las admiren multitudes–todo son siempre grandes números- "la base inconsciente de la nueva servidumbre exigida por el capital".
La búsqueda de la belleza


Le Brun ahonda más allá y también habla en su manifiesto del engaño al que la sociedad está siendo sometida mediante cierta estetización del mundo que no es tal. Un engaño del que, para ella, es responsable la industria de la moda que lo que está provocando, más que un embellecimiento del mundo, es todo lo contrario. Es ahí, además, donde introduce la desaparición de las ideas de Sade sobre el cuerpo y el triunfo del neopuritanismo actual que acaba con cualquier singularidad. En términos más prosaicos: lo que hoy nos venden como belleza es algo uniforme y paradójicamente feo.


"El neopuritanismo participa de esa cosmetización del mundo que multiplica el afeamiento porque, de los labios botoxados a la industria del turismo, del body bouilding a la agricultura bio… todo se reduce a mercados de reparación", manifiesta. Y alerta de que "el cuerpo es la víctima principal. Pues si es remodelado, formateado, aseptizado, como ya lo fue en ciertas épocas, para simbolizar la belleza anodina y superficial de un mundo sin negatividad, se ha convertido al mismo tiempo en rehén absoluto de esa mercantilización". Esta es la clave para que las multinacionales de la moda "neutralicen cualquier signo de rebelión", añade.


¿Qué hacer entonces? ¿Cómo escapar de la servidumbre de este arte y estas formas de la moda? Le Brun se queja de la irresponsabilidad de intelectuales, artistas y agentes culturales por seguir contribuyendo a la exaltación del realismo globalista. Ante ello, conmina: "Nos queda el lujo de rechazar la fealdad de la conformidad que se nos impone. A menudo basta con un pequeño desvío, con pararnos un momento, para evitar las trampas de la percepción cautiva que quieren imponernos". En definitiva, buscar lo que no tiene precio.

30/12/2018 - 20:43h

 

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Viernes, 24 Agosto 2018 07:20

La simple lógica de la inequidad

La simple lógica de la inequidad

Existe una relación directa, ampliamente estudiada (Derek Epp, Enrico Borghetto, etc.) entre el aumento las desigualdades sociales y la disminución del debate social sobre el aumento las desigualdades sociales.
Esta distracción se logra, principalmente, desviando la atención a temas menos importantes pero mucho más apasionantes, casi ancestrales, razón por la cual, cada vez que aumenta la inequidad social, también aumentan las apasionadas discusiones sobre la inmigración, la invasión de otras razas y otras culturas, el patriotismo, la bandera, el himno nacional (un futbolista es silbado por arrodillarse en protesta, un político pone la mano en el corazón, y todas esas masturbaciones colectivas), la fe contra la razón, el crimen callejero en lugar del crimen legal, la inseguridad y la necesidad de un poder concentrado que ponga orden (que en realidad significa “confirmación del status quo”), como un padre justo pone orden entre sus niños desobedientes, aunque para ello haya que ceder aún más poder, más recursos y más riqueza.


No importa que el incremento de todos esos problemas también tenga su raíz en las mismas desigualdades sociales, astronómicas a esta altura, en la misma cultura que crea (de forma creciente, neurótica e ilimitada) necesidades que son imposibles de satisfacer por la amplia mayoría de cualquier sociedad y del planeta mismo. Desde un punto de vista psicológico, estas diferencias relativas, sin importar los ingresos absolutos de los individuos en una sociedad determinada, disparan los índices de ansiedad, de alcoholismo, de depresión, de adicciones, de suicidio, como también lo muestran diversos estudios referidos a los países ricos.


Esta distracción es una consecuencia de un proceso lógico: quienes aumentan cada día su poder económico, político y social, controlan una parte crítica de la narrativa social que se escribe no sólo en los grandes medios de comunicación que les son funcionales, sino por una clase política que es, a un tiempo, causa y consecuencia de esas narrativas.


Por esto, no es casualidad que las micro minorías que concentran una macro proporción de los recursos del mundo no sean consideradas beneficiarias del sistema que los produce y protege, sino benefactoras del resto (son ellos, los ricos inversores, quienes crean trabajo, quienes inventaron el cero, los algoritmos, la penicilina, la computación, los derechos humanos, nuestra modernidad, todo nuestro progreso, y otros absurdos tan comunes en nuestra civilización adicta a la pornografía política y religiosa).


No es casualidad que, al mismo tiempo que aumentan los desequilibrios sociales, aumentan las ideologías que los sustentan, como el fascismo y otras variaciones de la extrema derecha.
Claro que toda esa lógica es insostenible y siempre llega un momento de quiebre que, al final, termina por golpear a todos, los de arriba y los de abajo, los de derecha y los de izquierda, en diferente grado, según el momento histórico.


Claro que el nuestro es un problema aún mayor. No se trata de que la Humanidad esté preparando su próxima gran crisis. Se trata de saber cómo sobreviviremos como especie en las próximas generaciones.
Claro que los ancianos más egoístas del planeta, generalmente aquellos que se encuentran en el poder político de la mayoría de los países más poderosos del mundo, tienen poco que perder y, a juzgar por sus acciones, poco les importa más allá de la breve borrachera de sus millonarias y miserables existencias.


* Escritor uruguayo-estadounidense.

 

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Viernes, 03 Agosto 2018 07:12

La simple lógica de la inequidad

La simple lógica de la inequidad

Existe una relación directa, ampliamente estudiada (Derek Epp, Enrico Borghetto, etc.) entre el aumento las desigualdades sociales y la disminución del debate social sobre el aumento las desigualdades sociales.

Esta distracción se logra, principalmente, desviando la atención a temas menos importantes pero mucho más apasionantes, casi ancestrales, razón por la cual, cada vez que aumenta la inequidad social, también aumentan las apasionadas discusiones sobre la inmigración, la invasión de otras razas y otras culturas, el patriotismo, la bandera, el himno nacional (un futbolista es silbado por arrodillarse en protesta, un político pone la mano en el corazón, y todas esas masturbaciones colectivas), la fe contra la razón, el crimen callejero en lugar del crimen legal, la inseguridad y la necesidad de un poder concentrado que ponga orden (que en realidad significa “confirmación del status quo”), como un padre justo pone orden entre sus niños desobedientes, aunque para ello haya que ceder aún más poder, más recursos y más riqueza.


No importa que el incremento de todos esos problemas también tenga su raíz en las mismas desigualdades sociales, astronómicas a esta altura, en la misma cultura que crea (de forma creciente, neurótica e ilimitada) necesidades que son imposibles de satisfacer por la amplia mayoría de cualquier sociedad y del planeta mismo. Desde un punto de vista psicológico, estas diferencias relativas, sin importar los ingresos absolutos de los individuos en una sociedad determinada, disparan los índices de ansiedad, de alcoholismo, de depresión, de adicciones, de suicidio, como también lo muestran diversos estudios referidos a los países ricos.


Esta distracción es una consecuencia de un proceso lógico: quienes aumentan cada día su poder económico, político y social, controlan una parte crítica la narrativa social que se escribe no sólo en los grandes medios de comunicación que les son funcionales, sino por una clase política que es, a un tiempo, causa y consecuencia de esas narrativas.


Por esto, no es casualidad que las micro minorías que concentran una macro proporción de los recursos del mundo no sean consideradas beneficiarias del sistema que los produce y protege, sino benefactoras del resto (son ellos, los ricos inversores, quienes crean trabajo, quienes inventaron el cero, los algoritmos, la penicilina, la computación, los derechos humanos, nuestra modernidad, todo nuestro progreso, y otros absurdos tan comunes en nuestra civilización adicta a la pornografía política y religiosa).


No es casualidad que, al mismo tiempo que aumentan los desequilibrios sociales, aumentan las ideologías que los sustentan, como el fascismo y otras variaciones de la extrema derecha.


Claro que toda esa lógica es insostenible y siempre llega un momento de quiebre que, al final, termina por golpear a todos, los de arriba y los de abajo, los de derecha y los de izquierda, en diferente grado, según el momento histórico.


Claro que el nuestro es un problema aún mayor. No se trata de que la Humanidad esté preparando su próxima gran crisis. Se trata de saber cómo sobreviviremos como especie en las próximas generaciones.
Claro que los ancianos más egoístas del planeta, generalmente aquellos que se encuentran en el poder político de la mayoría de los países más poderosos del mundo, tienen poco que perder y, a juzgar por sus acciones, poco les importa más allá de la breve borrachera de sus millonarias y miserables existencias.

 

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Miércoles, 16 Mayo 2018 06:09

El caso Jessica Lynch

El caso Jessica Lynch

Mariano Gallego recuerda el caso de la soldado norteamericana Jessica Lynch para sostener que en tiempos de posverdad los medios de comunicación aportan el formato a través del cual nuestra vida transcurre y los informativos se asimilan a esta lógica siendo editados como películas.

En marzo de 2003, luego de un intenso enfrentamiento con fuerzas locales, la soldado Jessica Lynch fue herida de bala, secuestrada y torturada por el ejército irakí. Unos días más tarde, tras un gran operativo de rescate, fue liberada por las fuerzas armadas norteamericanas. El hecho se conoció gracias a un video filmado por otro de los soldados y a la propagación de la noticia por los principales medios de comunicación norteamericanos. Finalmente salió a la luz que el video había sido producido por la división “cinematográfica” del Pentágono –Rendon Films–, que las heridas no eran de bala ni arma blanca sino producto del vuelco de la camioneta que la soldado manejaba y, para peor, los supuestos captores y abusadores fueron en realidad los médicos del hospital Saddam Hussein de la ciudad de Nasiriya, quienes le salvaron la vida y luego la dejaron ir.


Esto no escapa a lo que alguna vez Aníbal Ford expuso con respecto a los meta relatos construidos en el marco de la guerra fría por películas como Rocky IV, en la que un boxeador sin apoyo económico, tecnológico ni gubernamental superaba a un Drago auspiciado por el estado y la tecnología de guerra soviética,

demostrando así el espíritu y la esencia norteamericanas y su capacidad de sobreponerse a las adversidades. Con el caso Jessica Lynch se construye algo similar, con una diferencia sustancial: se inserta en el formato reality show. Quizá en otro momento histórico esto hubiese provocado la ira y el descontento generalizados, sin embargo, ocurrió algo “curioso”: al volver a los Estados Unidos –luego de que el montaje se había develado–, centenares de personas se agolpaban esperando a la soldado para recibirla como un heroína de guerra.


Este acontecimiento, ocurrido hace más de quince años (y en el que de alguna forma concluyen los aportes respecto de la teoría posmoderna que van desde la “sociedad del espectáculo” de Debord y la “deconstrucción” derrideana hasta el “giro cultural” de Jameson y los “no lugares” de Augé) podría ser fundante de la “era de la posverdad”. Al igual que en el Morel de Bioy –posiblemente una de las novelas más proféticas del siglo pasado– en la que los protagonistas se subsumen a la luz de aquella invención con la satisfacción de que su imagen perdure por la eternidad en el plano elegido, la sociedad actual parece dispuesta a arrojarse a su espectro audiovisual producida por los relatos hollywoodenses con la fantasía de formar parte de éstos.


Los medios de comunicación aportan el formato a través del cual nuestra vida transcurre y los informativos se asimilan felizmente a esta lógica siendo editados como películas, con música de fondo y los lamentos de presentadores que cada vez explotan más sus dotes actorales. La consecuencia es un sujeto que los consume ya no tanto para informarse cuanto para asimilarse a la “ficción”. Así es posible dar sentido a hechos que van desde la inauguración de piletas “unidimensionales”, funcionarios en bote a la vera de falsas inundaciones, presidentes saludando a multitudes inexistentes, crecimientos invisibles, juicios por corrupción, bombardeos en países periféricos, etc. El fundamento se encuentra en el interior de la pantalla y el material proyectado no necesita ya de la corroboración. Peor que eso, el espectador intuye que el montaje posterior encontrará un sentido a lo que aparenta no tenerlo, y quien intente sustraerlo de esta ficción –contrastando los “datos” expuestos por los medios de comunicación– será castigado de la misma forma que quien trunca la abstracción silenciosa en la oscuridad de la sala de cine. El sujeto de la posverdad no sólo no diferencia la realidad de la ficción, sino que goza con esta indiferenciación y es capaz de violentarse con quien intente alejarlo de la misma.


De este modo, como en el caso de la soldado Jessica Lynch, observamos que el proceso se ha invertido, lo real es antes construido por los medios y el consumo de la “noticia” el modo de corroboración y un índice de pertenencia. Esto permite que una empleada doméstica, una panadera o un peón de campo se sientan más identificados con el empresario o su patrona y sus intereses, negando las condiciones objetivas que los separan, que con quienes transitan sus mismas experiencias cotidianas y territoriales; esta última no se construye ya en el campo o en el barrio sino al interior de la pantalla. El “pueblo” sale feliz a recibir a su heroína y se realiza –igualándose en el mismo relato– en la eternidad de su ficción.


* Docente UBA y Universidad de Palermo.

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Jean-Luc Godard en el Festival de Cannes. Contra la sociedad del espectáculo

A los 87 años, el gran cineasta de la modernidad presentó en competencia oficial su nueva película, un objeto poético que se permite reflexionar, con una libertad formal absoluta, sobre el tren de la Historia del siglo XX y la relación de Europa con el mundo árabe.



Hace exactamente cincuenta años, Jean-Luc Godard fue –junto a François Truffaut, Louis Malle y Roman Polanski, entre otros directores famosos– uno de los primeros en subirse al escenario del viejo Palais de la Croisette e interrumpir las proyecciones del Festival de Cannes, en adhesión a la revuelta estudiantil que por esos mismos días sacudía a París y al país todo. El Mayo francés estaba en su apogeo y el festival no podía ser la excepción. “Nosotros hablamos de solidaridad con estudiantes y trabajadores y ustedes de primeros planos o ángulos de cámara. Son unos imbéciles”, les respondía iracundo a quienes pretendían que el festival continuara como si nada. Medio siglo después, todo Cannes está decorado hoy con una foto icónica de una de sus películas mayores –el beso de auto a auto de Jean-Paul Belmondo y Anna Karina en Pierrot le fou (1965)– que el festival eligió este año como su imagen insignia. Y no sólo eso, Godard envió a la competición oficial su película más reciente, Le livre d’image (El libro de imagen), un film como vienen siendo todos los suyos de los últimos años, un objeto poético de una libertad formal absoluta, como si el director (que en diciembre pasado cumplió 87 años) hubiera dejado atrás hace milenios las nociones de ficción y documental para adentrarse en otra dimensión, en la cual el cine es capaz de convertirse en una incesante máquina de pensar.


Para ello, Godard ya ni siquiera necesita filmar. Como ya lo había hecho en sus Histoire(s) du cinéma (1989-1999) le basta con recluirse en su refugio legendario, del que no sale ni siquiera para recibir a su vieja amiga Agnès Varda (como ella comprueba tristemente en la reciente Visages villages), y desde allí, en su casa-estudio en Rolle, Suiza, parece conjurar al mundo, como si fuera Próspero, el anciano hechicero imaginado por Shakespeare para La tempestad. Como Próspero, él también está recluido en una isla: su isla de edición, donde como un alquimista mezcla imágenes y sonidos –de films clásicos e ignotos, de noticieros y de capturas de internet– y eventualmente las solariza o las vuelve ominosos negativos monocromáticos. Y les quita el sonido o les pone otros y encuentra en ese collage sorprendente y muchas veces violento –como si abriera cisuras en la tela de un cuadro, o arrancara páginas de un libro– un sentido nuevo. “Sólo en los fragmentos encontramos autenticidad”, dice Godard citando a Brecht.


Y si el cine es para Godard una máquina de pensar, ¿en qué piensa El libro de imagen? En principio, en todo aquello en que Godard ha venido reflexionando desde Film socialismo, presentada aquí mismo en Cannes hace ocho años: en las guerras, en la identidad de Europa, en su pasado, en su incierto futuro. Y luego en la relación de Occidente con el mundo árabe, una cuestión que siempre lo preocupó, desde que con el Grupo Dziga Vertov hizo el clásico Ici et ailleurs (1976), donde contrastaba las vidas de dos familias, una francesa y otra palestina.


¿Y cómo lo hace? En sus propias palabras, con “una historia en cinco capítulos, como los cinco dedos de una mano”. Las manos son el leitmotiv de Le livre d’image desde las primeras imágenes, cuando se ven las de un montajista manipular en la moviola un rollo de 35mm. “Es una condición del hombre, pensar con las manos”, dice Godard, claramente asumiendo su condición de cineasta. Y de montajista, porque la idea de montaje es esencial, constitutiva de su film. Esos capítulos como dedos de una misma mano irán dando paso a distintas asociaciones, que pueden parecer libres –y sin duda lo son, en más de un sentido– pero que también van tejiendo un discurso.


La sucesión inextinguible de imágenes de trenes, por ejemplo: desde los expresos de Shanghái y de Berlín –con Marlene Dietrich y Robert Ryan, como sus respectivos pasajeros– hasta aquellos que transportaban al pueblo judío a los campos de exterminio, otra de las eternas obsesiones de Godard, como corresponde a todo aquel que fue contemporáneo de ese genocidio. Allí, en esas vías infinitas, en esas estaciones brumosas por el humo de las locomotoras, en esas despedidas románticas que se pierden en una línea de fuga, se intuye que Godard invita a subirnos al infatigable tren de la Historia del siglo XX, a ser todavía sus últimos pasajeros.

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Lunes, 19 Febrero 2018 05:29

La política del espectáculo

La política del espectáculo

La utilización de nuevas tecnologías digitales en la vida cotidiana ha trastocado los escenarios de la comunicación política. Algunos autores van más lejos aún, afirmando que asistimos impávidos a un cambio de régimen mediático caracterizado por la intensificación del politainment (info-entretenimiento) y del simulacro político. La lógica del entretenimiento ha reconvertido el campo político en un espacio escenificado que cuenta con actores, roles, mitos, recursos expresivos, hechos principales y secundarios. En lugar de informar, nos seducen y entretienen.

Este nuevo ethos digital se destaca por el debilitamiento de las líneas que separaban a los productores de los consumidores de información; una frontera difusa entre hechos y opiniones, público y privado, e información y entretenimiento [1]. En el último caso, afecta tanto a la incorporación de la lógica del entretenimiento en las noticias políticas -generando elevadas dosis de espectacularización- como al incremento del contenido político relevante en los espacios de entretenimiento.


La disolución de las fronteras entre información y entretenimiento genera diversos efectos sobre la democracia. Por un lado, impulsa un cambio en la atribución de la relevancia política por parte del público. En el contexto digital se reduce la confianza de los ciudadanos hacia las fuentes tradicionales utilizadas para obtener información política, como los noticiarios, puesto que la mezcla entre información y entretenimiento provoca nuevas formas de consumo de los contenidos políticos. Los ciudadanos otorgan más importancia y credibilidad a los programas de info-sátira, a los espacios de info-entretenimiento político, a los magazines políticos o a los programas de debate político que a los informativos convencionales.


El fin de la separación entre información y entretenimiento está vinculado a la disolución de la línea que divide lo público de lo privado, ya que ambas producen una espectacularización de la política. La revelación de datos relacionados con la vida íntima de los actores políticos en las noticias se ha incrementado a nivel global. Las consecuencias para la democracia de la aparición de la vida privada de los actores políticos en las noticias son diversas. Por un lado, la humanización de los políticos les permite establecer vínculos de proximidad con la ciudadanía que pueden derivar en la creación de lazos afectivos de carácter emocional. La canalización de la atención para dominar la agenda mediática utilizando la intimidad como moneda de cambio, por otro, puede contribuir al deterioro de la democracia [2].


Espectacularización de la Justicia


La cobertura periodística de prensa brasileña durante el caso Lava Jato ha levantado críticas de investigadores especializados en ética periodística por prácticas como alimentar rumores sin la debida verificación, promover filtraciones selectivas y “condenar” a los acusados antes incluso de la sentencia judicial. La preeminencia del poder Judicial como actor político tuvo un antecedente previo en el caso Mensalão (Mesada) de 2005. La espectacularización de la Justicia asignó roles que se repetirían: la figura del juez ‘salvador de la patria’, Joaquim Barbosa, y su repetición como farsa en Sergio Moro, juez de primera instancia, que más de una vez optó por condenar sin pruebas [3]. En Ecuador, la acusación y posterior encarcelación del vicepresidente Jorge Glas seguiría el mismo camino.


En Argentina, muchos jueces dictan la prisión preventiva como vía para castigar y, de paso, extorsionar a los acusados aunque finalmente sean liberados ante la falta de pruebas o al probar su inocencia. El juez Claudio Bonadío pidió la prisión preventiva y desafuero de la expresidenta argentina y senadora electa Cristina Fernández, con una acusación débil: “traición a la Patria” por el supuesto encubrimiento de ciudadanos iraníes acusados por el atentado ocurrido en la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en 1994 – causa que ya fue desestimada dos veces-. Paradójicamente el propio juez que ha procesado a CFK, Claudio Bonadío, fue apartado de la causa AMIA por colaborar con el encubrimiento a los responsables del atentado a la mutual, lo que no es replicado en los medios. Esto ocurrió precisamente días después de su jura como senadora.


Juez y acusado no son adversarios en una investigación. Si un juez asume un papel a priori condenatorio, sin embargo, reproducir la lógica confrontacional es más útil al rating mediático. Estos desvíos éticos han creado las antinomias Cristina Fernández de Kirchner-Bonadío o Lula-Moro.


Difuminando los límites entre lo público y lo privado


En Bolivia, el referendo por la reelección de 2016 estuvo signado por la presunta paternidad de Evo Morales. Una mujer, ex pareja del presidente boliviano, hizo aparecer en cámara un presunto hijo de ambos al tiempo que alegó recibir favores del poder. Posteriormente se descubrió que ni el hijo ni la corrupción existieron, cuando el No ya había obtenido la victoria.


En el caso de Paraguay, los hijos no reconocidos de Fernando Lugo ayudaron a deslegitimar su imagen. El espectáculo de los hijos del expresidente y obispo paraguayo concluirían en el golpe desde el poder Legislativo. Federico Franco, quien era el vicepresidente de Lugo, fue el que asumió ilegalmente la presidencia de la República tras el golpe parlamentario. De este modo accedió como primer mandatario su vicepresidente, reinaugurando un estilo de Gobierno que sería profundizado por el actual presidente, Horacio Cartes.


El ascenso: de la fama a la política


La espectacularización de la política, se asocia y refuerza junto a otros fenómenos como la campaña permanente y la simplificación de la democracia: la sustitución del contenido por la forma, el desplazamiento de lo real a lo simbólico y el pasaje de lo racional a lo puramente emocional. Es por ello que triunfan personajes como Trump (quien había protagonizado un reality show y era considerado un candidato con declaraciones polémicas). En el mismo sentido, el actual presidente guatemalteco, Jimmy Morales, llegó a la política luego de una trayectoria como actor, escritor, productor y director, resultando electo en la segunda vuelta electoral del 2015. Así en la actualidad se evidencia la estrechez de los lazos entre el entretenimiento y la política.


Consideraciones finales


El hecho que los medios de comunicación se hayan convertido en una de las principales fuentes de información de la política provoca que el conocimiento político -y, por lo tanto, la participación democrática de los ciudadanos- dependa en gran medida de los contenidos mediáticos, en los que información y entretenimiento se han convertido en ambas caras de Jano. Si los rasgos de la información sobre política disponible cambian, también lo hace el conocimiento político adquirido por los ciudadanos. En este sentido, la espectacularización implica la apuesta por nuevas narrativas y estéticas basadas en el protagonismo de las emociones o el predominio del conflicto y los escándalos.


Los defensores del info-entretenimiento sostienen que, en tiempos de crisis y apatía política, la espectacularización es la única vía para acercar el mensaje a quienes consumen cultura popular y no se interesan por la política. Por otro lado, las voces críticas hablan de una degradación de la información política y de una erosión de la salud democrática. La frivolización y simplificación de las cuestiones complejas que atañen a la política impide que los ciudadanos puedan configurar opiniones fundamentadas y parciales, y toman sus decisiones políticas guiados por pulsiones emocionales orquestadas en complicidad entre el campo político y el mediático. Lo cierto es que la banalización de la ideología en la forma de culebrones televisivos y una sociedad cada vez más interpelada en su individualidad desde redes sociales suponen nuevos desafíos a la democracia.


[1] Delli Carpini, M. X. y Williams, B. A. (2011). After broadcasting news. Nueva York: Cambridge.
[2] https://telos.fundaciontelefonica.com/url-direct/pdf-generator?tipoContenido=articuloTelos&idContenido=2014111317500001&idioma=es
[3] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=229649


Por Bárbara Ester, @barbaraestereo, investigadora CELAG.

 

Publicado enCultura
Sábado, 10 Febrero 2018 06:52

Esa piba veleidosa

Esa piba veleidosa

Los escalofríos en los mercados de especulación financiera generan incertidumbre en la economía de Estados Unidos. Varios economistas advierten que los mercados inmobiliario y de valores están sobrevalorados. La respuesta del genial presidente Donald Trump: un desfile militar.


Durante la campaña presidencial de 2016 el magnate de ilusiones Donald Trump convenció a más de 60 millones de votantes de que la situación económica de Estados Unidos era desastrosa, catastrófica, horrible, insostenible, y de que todo era culpa de Barack Obama.


Durante el primer año de su gestión presidencial, Trump se ha jactado del desempeño brillante, excepcional, excelente y robusto de la economía estadounidense, atribuyéndose por supuesto los méritos.


La realidad real –no la alternativa en la cual Trump se mueve– es un poco diferente de ambas ficciones: la capacidad de un presidente de Estados Unidos para influir en la economía es limitada, y sólo ha sido eficaz a medias cuando el gobierno ha salvado al sistema de sus propias estupideces.


Tras la crisis financiera de 2008, tanto el entonces presidente republicano George W Bush como el recién llegado demócrata Obama, dispusieron una intervención estatal gigantesca que permitió navegar la Gran Recesión. Cuando Obama llegó a la Casa Blanca en enero de 2009 el país perdía 700 mil empleos por mes, la tasa de desempleo estaba por encima del 10 por ciento de una fuerza laboral desalentada, el sistema financiero se tambaleaba y empresas como General Motors, Chrysler y Ford estaban al borde de la bancarrota.


La Gran Recesión concluyó, formalmente, en julio de 2009, y desde entonces la economía de Estados Unidos retornó a un crecimiento, lento pero sostenido, y para el fin de la gestión de Obama la tasa de desempleo había bajado al 4,9 por ciento. La gran desazón de la mayoría de los estadounidenses en 2016 no respondió a una mala situación económica, sino a una economía que ha seguido concentrando la riqueza en unos pocos y manteniendo a los muchos en un corre-corre tras empleos secundarios, changas y malabarismos en el presupuesto hogareño.


Las ganancias de las corporaciones han crecido más del doble: de unos 800.000 millones de dólares anuales en 2009, a 1.700 millones en 2017. Durante el mismo período el sueldo real promedio de los trabajadores ha subido de unos 690 dólares por semana a 754 dólares (9,2 por ciento), contando con el salto en diciembre y enero que causó temores de presión inflacionaria.


Esta es la economía que Trump recibió hace poco más de un año, y que siguió funcionando de la misma manera: más beneficios para los especuladores financieros y aguántense los de abajo que tenemos un gran reality show.


Durante 2017 los valores en los mercados financieros batieron récords mes tras mes, y Trump, el empresario, se ha jactado de ello como si el índice Dow Jones fuese el termómetro de la economía.


En la primera semana de febrero los mercados financieros de Estados Unidos perdieron todas las ganancias que habían acumulado de manera acelerada desde el 1 de enero, y de pronto entró el temor, la seguidilla de análisis de expertos, los vaticinios de caídas vertiginosas en “las bolsas”, y luego los diagnósticos de que se trata apenas de un ajuste de los mercados y que los fundamentos de la economía son sólidos.


LOS CLARIVIDENTES.

El salvamento del sistema económico fue resultado, en gran parte, de la adopción ya en diciembre de 2007 de una política monetaria con la cual la Reserva Federal mantuvo la tasa de interés de referencia en casi cero, durante casi una década.


Con dinero abundante y barato, la economía –medida por los índices de los mercados– está ahora en un punto diferente: el mercado laboral ha llegado a lo que muchos consideran “pleno empleo”, y para conseguir trabajadores las empresas tienen que aumentar los sueldos, lo cual incrementará el consumo y el riesgo de inflación.
La inflación se ha mantenido por años debajo del 2 por ciento anual, algo que la Reserva Federal considera saludable, y por lo tanto ha ido aumentando muy suavemente la tasa de interés desde fines de 2017. Si la economía se atasca, la Reserva, que ha llevado la tasa de interés al 1,25 o 1,50 por ciento, no tendrá mucho margen para bajarla y evitar un estancamiento, y si la economía se acelera y sube la tasa de interés, los especuladores se mandarán mudar y chau bonanza.


La propia Reserva Federal está en transición. Janet Yellen, la primera mujer presidenta de la institución, que concluyó su mandato de cuatro años la semana pasada y a quienes muchos analistas dan más mérito por la reactivación económica que a Obama y Trump juntos, se despidió advirtiendo que, en su opinión, “los precios de las acciones y los bienes raíces están elevados”, pero se abstuvo de afirmar que esos mercados estén en una “burbuja” de especulación.


Su sucesor, Jerome Powell, designado por Trump, tomó el timón justo cuando los mercados andaban espantados por la mayor estampida de ventas en seis años y medio y la mayor pérdida de puntos del Dow Jones en un día.


Según Charles Lane, editorialista de economía y política fiscal en The Washington Post, “afortunadamente, Powell es una de las mejores designaciones que ha hecho Trump: elegido por Obama hace seis años como miembro de la Junta Directiva de la Reserva como gesto de conciliación bipartidista, Powell es un veterano tanto de Washington como de Wall Street y en general ha apoyado las políticas de Yellen”.


El ex presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan, quien fuera gurú de estas materias entre 1987 y 2006, opina que “hay dos burbujas: una burbuja en el mercado de acciones, y una burbuja en el mercado de bonos”. “A corto plazo, esto no es cosa mala –añadió–. Pero obviamente nos encaminamos a un mayor incremento en las tasas de interés de largo plazo, y esto tiene un impacto importante en toda la estructura de la economía.”


Greenspan señaló con el dedo a los políticos, indicando que “lo que tenemos es un panorama fiscal inestable a largo plazo, en el cual la inflación se hará fuerte. Me sorprendió mucho que (en el mensaje anual del presidente Trump al Congreso) se mencionaran todas esas grandes iniciativas para las cuales no hay financiación, y ahora nos acercamos al momento en que se acelerará la inflación. La única pregunta es cuándo”.


Paul Krugman, premio Nobel de economía en 2008, está de acuerdo con Greenspan en que los mercados de valores y de bienes raíces están sobrevalorados, y se preguntó: “¿Vamos camino a un gran problema?”. “Es demasiado pronto para saberlo –afirmó–. Pero lo que sí sabemos es que, si es así, tenemos la peor gente posible a cargo para resolverlo”, y calificó al secretario de Tesoro, Steven Mnuchin, como “el individuo menos distinguido y menos informado que jamás haya ocupado ese puesto”.


Por su parte, Dean Baker, bocho máximo del Centro para Investigación Económica y de Políticas, estuvo de acuerdo con Greenspan y Krugman acerca de la “sobrevaloración de mercados” –para los legos: cuidado que nos escrachamos–, pero no con que Estados Unidos esté al borde del pleno empleo.


“Si bien la tasa de desempleo del 4,1 por ciento (la menor en 17 años) es baja, comparada con los estándares de los últimos 45 años, vale la pena notar que otras grandes economías, como Japón y Alemania, tienen tasas de desempleo mucho más bajas de las que casi cualquier economista hubiese creído aconsejables hace apenas cuatro o cinco años –escribió Baker–. No veo razón para creer que la tasa de desempleo de Estados Unidos no pueda bajar al 3,5 por ciento, y aun más, sin que entremos en una espiral inflacionaria.”


IMPREDECIBLE.

La economía es una dama que se mueve por sus propios ciclos, los cuales no siempre coinciden con los mandatos presidenciales. Cuando viene flaca, el nuevo presidente culpa al anterior; cuando viene con curvas bonitas, el presidente se atribuye el engorde, y cuando entra a tropezar todos culpan al presidente en funciones.


La diferencia con Trump es que nadie tiene idea de cuáles son sus ideas, suponiendo que existan, acerca de la política económica de su gobierno.


Durante la campaña de 2016 Trump acusó a China, México, Canadá, la Unión Europea y casi todo el resto del mundo de llevar adelante prácticas comerciales desleales que robaban empleos estadounidenses. Para remediar el entuerto, Trump prometió medidas proteccionistas que han desbaratado o amenazan desbaratar los acuerdos multilaterales de comercio.


No obstante lo cual, 2017 cerró con un déficit comercial récord de 566.600 millones de dólares, un 12,1 por ciento mayor que en el año anterior. El déficit comercial con China –país al que el candidato Trump denunció como manipulador de la moneda– subió a la cifra sin precedentes de 375.000 millones de dólares, y el saldo negativo con México creció a 71.000 millones de dólares.


El único logro legislativo en un año de presidencia trumpiana fue la aprobación de una reforma impositiva tan compleja que nadie –ni trabajadores ni empresarios– sabe con cierta certeza cómo impactará en la economía. En principio, hay cortes de impuestos para todos, con el detalle de que los recortes impositivos para los trabajadores expiran en dos años, y los de las grandes corporaciones serán permanentes.


Aunque la victoria electoral de Trump se debió al fervor de los conservadores, que siempre son cruzados contra el déficit y la deuda fiscal, en los primeros tres meses del año fiscal 2018 ésta ascendió a 228.000 millones de dólares, unos 18.000 millones más que en el mismo período de 2017.


La deuda nacional, que al término del año fiscal 2017 se ubicaba en 20,2 billones de dólares, ha subido en 3.000 millones de dólares en los primeros tres meses del año fiscal 2018, y sigue por encima del 105 por ciento del Pbi.


El déficit se financia con deuda. Para el año fiscal 2018, que comenzó el 1 de octubre, el presupuesto federal es de 4,1 billones de dólares, de los cuales 315.000 millones van para pagar la deuda y sus intereses.


De ahí la advertencia de Greenspan sobre la política fiscal, y de que los vaivenes de Trump contribuyan a agravarla. Según el Comité por un Presupuesto Federal Responsable, un grupo bipartidista, la reforma impositiva que Trump promulgó añadirá 2,2 billones de dólares a los déficit fiscales en una década. Los recortes de 5,8 billones de dólares se compensarán, en la fantasía de Trump, con un crecimiento económico que él prometió que sería del 4 por ciento anual al término de su primer año en el gobierno, y ha sido en realidad del 2,6 por ciento. Pocos economistas dan crédito a la ilusión de Trump de que la economía de Estados Unidos seguirá creciendo al 4 por ciento anual durante una década, como para solventar el déficit.


En su actual pulseada presupuestaria con el Congreso –en el cual su Partido Republicano tiene mayoría en ambas cámaras–, Trump insiste en que se destinen 25.000 millones de dólares del presupuesto de política de inmigración para la construcción de la gran muralla que prometió para la frontera con México. Dado que ahora Trump ya no menciona, como juró en 2016, que haría que México pagara por el muro, cabe suponer que los contribuyentes estadounidenses pagarán por él.
El presupuesto de Trump contiene, además, una asignación de 700.000 millones de dólares al gasto militar, un incremento de 10 por ciento sobre el último presupuesto de Obama, y hace énfasis en los armamentos nucleares.


En una semana de temblequeos en los mercados financieros y en la cual Trump calificó de “traidores a la patria” a los legisladores demócratas que no lo aplaudieron durante su discurso en el Congreso, mientras sigue adelante la investigación de su extraño romance con Rusia, el presidente encontró otro chiche con el cual distraer la atención pública: ¡un desfile militar!


EL ARTE DE DESFILAR.

A diferencia de otras muchas naciones, en Estados Unidos las fiestas nacionales no incluyen enormes desfiles militares. Sí, por ahí, entre carrozas y equipos escolares, desfilan algunos soldados de reserva con sus banderas, pero nada parecido a los despliegues gigantescos de tropas y armamento típicos de las dictaduras.


Ha habido algunos desfiles militares en Estados Unidos: en 1942 para exaltar el esfuerzo guerrero, en 1946 para celebrar la victoria de los aliados, en 1953 para la inauguración del presidente Dwight Eisenhower, en 1961 para la de John F Kennedy, y en 1981 tras la victoria en la primera Guerra del Golfo.
Pero Trump visitó Francia en julio pasado y quedó fascinado con el gran desfile del Día de la Bastilla, en París. Tanto que ahora le ordenó al Pentágono que organice algo similar en Washington para una fecha a determinar.


Es posible también que lo tenga molesto el despliegue de tropas, tanques, cohetes y banderas de su contraparte favorita, el dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un. Después de haberle advertido a Kim que su “botón nuclear” es más grande que el suyo, tal vez ahora Trump sienta la compulsión de mostrar que su desfile militar es más grande que los de Pyonyang o Moscú.


El capricho de grandeza también tiene su costo: hace años que las fuerzas armadas de Estados Unidos dedican menos tiempo y esfuerzo a entrenar a sus soldados para el paso de marcha y la coreografía de escuadras, batallones, regimientos y banderitas. La guerra actual se hace con unidades pequeñas, operaciones de comando, y no con formaciones cerradas que avanzan sobre el tablero del campo de batalla.


La organización de la calistenia de tropas, suponiendo que el Pentágono le siga la corriente, requerirá el traslado a Washington de tanques de guerra que están dispersos en unidades a miles de quilómetros, quizá la inclusión de plataformas rodantes y misiles, y la pérdida de tiempo enseñando a desfilar a las tropas que supuestamente deberían estar listas para el combate.


En la economía de Trump, cualquier costa tiene sentido. Si hay nubes en el horizonte económico, fácil: un desfile militar.

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Explosivo sexo-escándalo del cineasta H. Weinstein en Hollywood: en la picota los Clinton y los Obama

No es un asunto menor. Hollywood, uno de los principales feudos del poder estadunidense, y sus subterráneas costumbres eróticas sufrieron el demoledor asalto simultáneo de The New York Times (https://goo.gl/Y4bqH3) y de The New Yorker (https://goo.gl/4neq9X) que expone la sexo-sicopatía del israelí-estadunidense Harvey Weinstein y coloca en la picota sus crapulosas conexiones políticas y financieras.

El explosivo escrito de The New Yorker –rechazado por la censura selectiva de NBC (https://goo.gl/9YHCqq)– fue hecho por Ronan, el hijo de la actriz Mia Farrow.

Noah Oppenheim, director de NBC, es íntimo correligionario de Harvey Weinstein (https://goo.gl/oWyCPU).

Sin rodeos literarios, el superlativo sexo-escándalo del legendario cineasta Harvey Weinstein en Hollywood, con 64 (sic) mujeres violadas y/o acosadas durante medio siglo (sic), beneficia a Trump –quien estuvo a punto de perder la candidatura del pudibundo Partido Republicano por su descontrol manual con mujeres– y perjudica al Partido Demócrata (https://goo.gl/4qHq7V) en uno de sus principales feudos hieráticos (su "Bosque Sagrado": Hollywood) y enloda a los Clinton (Bill, Hillary y su hija Chelsea) y a la pareja Obama (Barack y Michelle).

No se salvan de la hoguera, el líder de la minoría en el Senado, el israelí-estadunidense Chuck Schumer y la supuestamente impoluta senadora Elizabeth Warren.

Weinstein fue uno de los magnos recaudadores de donativos de Obama (https://goo.gl/5kYnHt).

El sádico sexual Harvey Weinstein, de 65 años, asaltó durante medio siglo (sic) a varias de las estrellas fulgurantes del "Bosque Sagrado": desde Jane Fonda pasando por Angelina Jolie hasta Gwyneth Paltrow quienes guardaron un extraño silencio "corporativo" hasta que la actriz Rose McGowan se atrevió a denunciar el Sodoma y Gomorra hollywoodense patrocinado por Weinstein.

McGowan –quien también señaló al director de Amazon y "filántropo (sic)" Jeff Bezos (el hombre más rico del mundo, con casi 90 mil millones de dólares) y propietario de The Washington Post (https://goo.gl/75o11S), de promover la pedofilia –fue censurada en su cuenta de Twitter (https://goo.gl/Wp4DGH).

¿Estará implicado el poderoso GAFAT (Google, Apple, Facebook, Amazon y Twitter) en la protección de la red sexo-criminal de Hollywood?

También la nada edificante conducta pendular de las icónicas estrellas deja mucho que desear, como la otrora admirable Meryl Streep quien había entronizado al degenerado Harvey Weinstein de “Dios (¡súper-sic!) y, ahora en forma oportunista, se le fue a la yugular (https://goo.gl/1cbJM5).

Resalta el blindaje legal de la omnipotente circularidad viciosa del trinomio financiero/entretenimiento/mediático que se dio el lujo de ocultar los extravíos sicalípticos de Harvey Weinstein durante casi medio siglo, según NYT (https://goo.gl/cUuxoc).

Cualquiera se puede equivocar: Harvey Weinstein recibió en forma insólita hace sólo dos años la presea humanitaria (sic) del Wiesenthal Center, “grupo internacional de derechos humanos judíos (https://goo.gl/u5uQgP)”.

Harvey Weinstein, galardonado con un Oscar en 1999 por Shakespeare In Love y uno de los magos recaudadores del Partido Demócrata, brilló intensamente en las campañas presidenciales de la pareja Clinton (Bill y Hillary) y de Barack Obama.

En un abordaje más politizado, las grandes figuras del Partido Demócrata, con la excepción de la mefítica Fundación Clinton, han declarado devolver los donativos envenados de Harvey Weinstein para ser redireccionados a instituciones caritativas (sic).

Daily Mail, vinculado al servicio de espionaje británico MI6, se ha refocilado como nunca con el sexo-escándalo de Harvey Weinstein y filtra "en exclusiva" que Chelsea Clinton –cuya proyección política quizá haya sido dañada– se negó ante los reporteros a responder si la putrefacta Fundación Clinton estaba dispuesta a devolver los mancillados donativos de Weinstein (un cuarto millón de dólares), mientras su padre Bill la protegió con un equipo de seguridad para alejar a los multimedia (https://goo.gl/9DfWf5).

Por lo visto, las hijas de los ex presidentes demócratas han sido seducidas, financieramente hablando: Malia, hija de Obama, funge ahora como "becaria" del sádico sexual Weinstein.

David Walsh, del WSWS (boicoteado por Google), expone que en 2012, la "televisión y la industria del cine y la música contribuyó con 81 por ciento (¡súper-sic!) a los demócratas", mientras que en 2016, la "misma industria contribuyó con 23.6 millones de dólares a Hillary, comparado a 1.2 millones de dólares para Bernie Sanders y solamente 388 mil dólares a Trump" (https://goo.gl/YiDs6a).

¿Algún parecido con Televisa en el "México neoliberal itamita"?

Los medios antisionistas (https://goo.gl/Nf2p38) han explotado la ostentación publica de Harvey Weinstein como "sionista" y "amante de Israel" (https://goo.gl/MfKkUp).Se ha desatado una polémica al respecto.Incluso, un portal "judío" ha criticado en forma acerba la conducta "sectaria" de Harvey Weinstein (https://goo.gl/xQHrjJ).

Pareciera una venganza de Trump contra su némesis hollywoodense.

Independientemente que beneficie a Trump –basta observar la difusión frenética del portal Breitbart de Steve Bannon (https://goo.gl/XgQU8k), más trumpiano que el mismo Trump–, pero no cuadra que la erótica perversidad serial del cineasta Harvey Weinstein haya sido publicada por The New York Times, casi-publicista adscrito al Partido Demócrata, donde la cábala de George Soros goza de enorme influencia. ¿Fuego amigo?

¿Ajuste de cuentas entre grupos israelí-estadunidenses cuando colisionan por doquier los intereses de la dupla Netanyahu/Adelson, supremos aliados del supremacismo trumpiano, contra los de Soros, el más anti-trumpiano confeso del planeta y uno de cuyos presuntos súbditos en México exigió el asesinato público de Trump? (https://goo.gl/XRz3d6).

¿Ajuste hemorrágico de cuentas en el seno del "liberalismo" israelí-estadunidense, donde hasta Bob, hermano y "socio" de Harvey Weinstein, exige su decapitación caníbal?

¿Ruptura sanguinaria dentro del grupo Soros? Pronto se sabrá.

Nada nuevo con la depravación sexual de Hollywood expuesta hace más de medio siglo y vinculada con las mafias del poder y que ahora practica su outsourcing (maquila) mediante la circularidad viciosa del trinomio finanzas (inversiones cinematográficas) /entretenimiento/noticias con la política.

Ya en 1959, el cineasta "maldito" y controvertido escritor estadunidense Kenneth Anger publicó un libro Hollywood Babylon, que exhibe la degeneración subterránea del "Bosque Sagrado" y sus sórdidos secretos, que fue prohibido en EU, como flagelo a la primera enmienda, por lo que fue maquilado en Francia (https://goo.gl/cSRPVe).

Un cuarto de siglo más tarde, el escritor y cineasta Kenneth Anger publicó Hollywood Babylon II que cubría las depravaciones de las estrellas (sic) de la década de los veinte hasta los setenta del siglo pasado.

Luego Kenneth Anger intentó publicar Hollywood Babylon III, donde pretendió exponer un extenso capítulo sobre las degradaciones de Tom Cruise y la Cienciología. Quizá Anger se retuvo por temor a ser asesinado.

Sodoma y Gomorra, de la narrativa paleo-bíblica, parece un cuento de hadas comparado a las Hades (el inframundo griego) hediondas de Hollywood donde el explosivo sexo-escándalo de Harvey Weinstein es sólo su moderna punta de iceberg.

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