Martes, 13 Agosto 2019 05:37

En las patas de los caballos

En las patas de los caballos

El tema de la relación entre novela y política difícilmente se agota en América Latina. En la recién pasada Feria Internacional del Libro en Lima, me tocó subir dos veces al escenario para unas conversaciones literarias donde el contenido terminó siendo el mismo, o parecido: tanto en Los paraísos narrativos, con Mario Vargas Llosa, bajo la mediación de Patricia del Río; como en ¿Existe la novela política?, con J. J. Armas Marcelo, moderada por Clara Elvira Ospina.

Mi primera reflexión, en base a aquel doble ejercicio, es que desde muy temprano del siglo XIX aprendimos a ver la historia como epopeya; y a partir de entonces comenzó a ser tarea difícil fijar la distancia entre historia y literatura, bajo el fragor y los relámpagos de la epopeya, hasta que esa delgada línea de separación entre realidad y ficción quedó desvanecida.

Los libertadores arrastraron imaginación e historia en las patas de los caballos. Lo inconmensurable, lo exagerado, es la medida que siempre busca la imaginación para crear el asombro: en una trivia ideada por la BBC de Londres, se declara a Bolívar el americano más importante del siglo XIX:

Cabalgó 123 mil kilómetros, más de lo que navegaron Colón y Vasco de Gama sumados, 10 veces más que Aníbal, tres más que Napoleón, y el doble de Alejandro Magno. No vivió más que 47 años, pero fueron suficientes para pelear 472 batallas, viendo la derrota sólo seis veces; en 25 estuvo en riesgo de muerte, y liberó seis países.

Pero de las estadísticas gloriosas tenemos que pasar a las vidas humanas, los seres vistos en su individualidad, y así abrirnos paso hacia el territorio de la novela, donde el documento adquiere fulgores irisados, porque es ya el dominio de la imaginación; reconstruir vidas, y por tanto heroísmos, visiones, ambiciones, pasiones, celos, mezquindades. Traiciones.

La novela convierte a las personas en personajes. La singularidad se basa en lo extraordinario, no pocas veces en lo imposible, en todo aquello que resulta perturbador porque se sale del común. Capitanes desquiciados que buscan un absurdo, co­mo Ponce de León la fuente de la eterna juventud, convencidos de que lo que otros han imaginado es la verdad, y pueden mover una flota entera tras una mentira.

Héroes obsedidos por una idea libertaria, como Bolívar, cabalgando sin tregua, decididos a romper el yugo, unir países que surgen a una vida nueva, y que ya al nacer son díscolos, ingobernables, y al final del camino sólo espera la decepción de haber arado en el mar, frase de personaje de novela como no hay otra.

Pero el individuo que busca, no se encuentra a sí mismo, y muere generalmente en derrota, lejos de aquello que buscaba. Muertos de gangrena por causa de una flecha envenenada, como Ponce de León, o en la soledad del ostracismo, rumiando la desventura del fracaso, como Bolívar.

Por eso mismo es que la historia se puede leer como una novela, o ser reconstruida como novela. La Florida del Inca, escrita por el Inca Garcilaso, es una novela, como lo es la verdadera relación de la Conquista, de Bernal Díaz del Castillo. Y sin esta visión de la historia como novela, no serían posibles El general en su laberinto, de García Márquez, ni La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa.

La galería de personajes es infinita. Pero si me dieran a escoger a uno de entre tantos, me quedo con Francisco de Miranda. Sus diarios son eso, una novela fascinante que se lee sin respiro. Es el más exuberante de entre todos los héroes de a caballo, el más apasionado y el más apasionante, guerrero, trotamundos, aventurero, seductor.

No hay escenario de su época donde no hubiera estado, como testigo o protagonista. Capitán del ejército español, espía de la corona inglesa, perseguido por la Inquisición por lector voraz, Mariscal de Campo en Francia bajo la revolución, consejero de Catalina la Grande en Rusia, luchador por la independencia sudamericana, entregado al final de su vida a las autoridades de la corona española, el propio Bolívar de por medio, y llevado prisionero a Cádiz donde murió en las mazmorras víctima de un derrame cerebral.

Novela política, novela histórica, no existen como tales, o si existen no se salvan como géneros literarios. Existen hechos extraordinarios, y protagonistas singulares, que la historia pone a disposición de la novela, la cual, en último caso se alimenta de la realidad para crear otra paralela. Pero esta otra es ya criatura de la imaginación, no de la relación rigurosa y fehaciente de los hechos, lo que a la postre viene a resultar siempre aburrido.

Y cuántas historias para ser contadas no nos ha dado ya este siglo de caudillos iluminados, reyes del narcotráfico que se solazan en el poder del dinero y de la muerte, y democracias hundidas bajo el peso de la corrupción. Un siglo sin héroes, bajo el fulgor luciferino de lo siniestro.

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Viernes, 19 Octubre 2018 06:04

Peligros reales y virtuales de la novela

Peligros reales y virtuales de la novela

Una literatura social o políticamente correcta es la muerte de la invención

En el ensayo El mundo impreso en peligro (la edad del 'homo virtualis' está sobre nosotros), publicado en el último número de la revista Harper's, el escritor británico Will Self advierte, con nostalgia anticipada, que igual que las sinfonías y la pintura de caballete, que son ya ajenas al mundo contemporáneo, la novela, pieza central de la civilización, tiende a convertirse en un “tema de conservatorio”, relegada a los talleres de creación literaria.

La novela, que ha dependido de la relación íntima entre el lector y el autor, vendrá a ser sustituida por la experiencia de alguien que, con un casco en la cabeza y provisto de un taje sensorial, entra en calidad de protagonista virtual en un universo de imágenes, percepciones y sensaciones, en el que ya no tiene que descifrar palabras. El papel de lector que imagina queda abolido.


Atrapados en la formidable maquinaria de la BDDM (medios digitales bidireccionales), seremos engullidos dentro de una matriz operativa alimentada por megacomputadoras, codificadores y cables de fibra óptica. La disolución de la imaginación en un miasma cibernético, las aguas del oscuro río Leteo donde en lugar de la memoria de lo leído nos aguarda la desmemoria de la olvidoteca.


Pero antes de eso, temo una amenaza más palpable y cercana contra la novela, y contra la imaginación que la alimenta, y es la obediencia temerosa a la implacable censura de quienes exigen corrección política, o corrección social, que es lo mismo. Es cuando, quienes ejercemos este oficio libérrimo, debemos recordar que la escritura es transgresora por su naturaleza y que toda compostura la vuelve neutra y por tanto la anula. Quienes dictan los cánones de la nueva decencia pública exigen el silencio o el subterfugio.


El temor de quedar mal con los censores sociales conduce por un camino de perdición, que es la autocensura. Las mentalidades cerradas que buscan conjurar los demonios de la libertad creadora han existido en cada época y lo que varía son los temas; recordemos que no pocas obras literarias capitales se han enfrentado a la intolerancia: Las flores del mal, Madame Bovary, Ulises, El amante de Lady Chatterley. Antes el blanco era prohibir o censurar la incitación al pecado de la infidelidad, el erotismo, la impudicia. En México una dama de no sé qué asociación exigió que no se proyectara la película basada en Memoria de mis putas tristes, de García Márquez.


Los demonios necesitados de agua bendita hoy son el machismo, la homofobia, violentar la proclama de igualdad de géneros, como si se tratara de bandos en los que sólo se puede estar a favor o en contra. Pero la literatura es mucho más compleja y desafía las alineaciones. Convertir la escritura creativa en un campo de propaganda siempre va en su detrimento y liquidación, no sólo respecto a esos temas, sino en lo que hace a la política y las ideologías

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Una literatura social o políticamente correcta es la muerte de la invención. Contar historias felices es siempre aburrido y rompe con la regla de la contradicción, del conflicto, que está en la esencia dramática de la construcción narrativa. Es un absurdo convertir al autor en responsable moral de las acciones y palabras de sus personajes. Si todos los maridos en las novelas son ecuánimes, cambian los pañales a los niños, comparten las tareas domésticas, y eliminamos los triángulos amorosos, por ejemplo, volveríamos todo gris y quitaríamos verdor al árbol de la vida.


La ficción no es educativa, es por principio incorrecta, disruptiva. La pedagogía moral es ajena a la novela y se vuelve una aberración. Tratar de quedar bien con los censores, es quedar mal con los lectores. Si no se está dispuesto a ser transgresor, hay que abandonar el oficio y dejárselo a otros que no se cuiden del canon. La literatura está contaminada sin remedio. La vida es oscura y sucia, y lo que hace el escritor es buscar cómo entrar en sus honduras que nunca son asépticas.


Flaubert fue llevado a juicio acusado de que Madame Bovary era “una afrenta a la conducta decente y la moralidad religiosa". Pierre Pinard, el fiscal de la causa, se permitió elaborar una tesis sobre el papel del arte: “Imponer las reglas de decencia pública en el arte no es subyugarlo sino honrarlo". Peligrosa concepción. ¿Y Lolita? Todavía se sigue acusando a Nabokov de perversión. Si ambos hubieran honrado al arte de la manera que quería Pinard, habría dos obras maestras menos en el mundo.

Por Sergio Ramírez, es escritor, Premio Cervantes 2017.
17 OCT 2018 - 17:00 COT

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“Mi vida es escribir y el Cervantes viene a confirmarlo”

Antes de recibir el “Nobel en español”, el autor de Margarita está linda la mar reflexiona sobre la naturaleza de la escritura, la importancia del premio, el estado de su país –del que llegó a ser vicepresidente– y lo que dejó la Revolución.

Falta poco para el 22 de abril, el día en que le darán el Premio Cervantes, una especie de Nobel en español, que tan bien ha caído en Nicaragua, un sitio lleno de escritores –como Rubén Darío, por ejemplo– y donde el sandinismo ha devenido en un “gobierno de familias”. Así piensa el galardonado Sergio Ramírez (Masatepe, Masaya, 5 de agosto de 1942), que da vueltas y vueltas sobre el discurso que leerá frente a los reyes Felipe y Letizia en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid). No quiere adelantar nada, a pesar de que desde que recibió anuncio del Premio en su casa no para de sonar el teléfono y la verdad es que la literatura anda un poco de receso. Sin embargo, ya se sabe que para recibir el Cervantes hablará sobre Rubén Darío, “el más cervantino de todos”, de no tenerle miedo a la página en blanco (“algo que yo disfruto muchísimo”, asegura) y recordará a los “maestros del boom, porque de ellos aprendí todo y fui además un gran amigo”

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El escritor vive el Cervantes como una fiesta para todo Centroamérica, un sitio atosigado por la política, pero donde también nació gente como Miguel Angel Asturias y José Martí. La nueva novela de Ramírez, Ya nadie llora por mí, es una especie de continuación de Adiós, muchachos, “porque sigue tocando las fibras de lo que es Nicaragua”. “Una obra literaria hay que verla como un todo y recordé una frase de Mario Vargas Llosa cuando decía que los escritores somos verdaderos buitres sobre la carroña. Esto se aplica mucho a lo que sucede en América latina, en donde las anormalidades son tan visibles, tan terribles, que vivimos de lo terrible. No es que fuera a dejar mi oficio si estos temas se acabaran, pero tendría que buscar otro ángulo de interés”, explicó.


Escritor y periodista, autor de Margarita está linda la mar, con la que ganó el Premio Alfaguara en 1998, Ramírez, vicepresidente de Nicaragua entre 1979 y 1980, uno de los líderes de la Revolución Sandinista, fue muy “cronicado” por periodistas de todo el mundo y de la época. “En mi biblioteca tengo 400 libros de crónicas dedicadas al sandinismo, escritas por estadounidenses, mexicanos, alemanes... Claro, ese tipo de acontecimientos tienen mucha cuerda y generan las reflexiones periodísticas que luego dan paso a las crónicas, que pueden ser luego recogidas en un libro. Las crónicas nunca mueren, muere el periodismo diario”, asegura.


“Lo importante de una crónica es cómo está escrita. Pueden contarme una verdad en cuatro líneas y luego la olvido, porque no me resulta atractiva. En el estilo está todo. Es aquello que decía mi paisano, el poeta Rubén Darío: la gran lucha de la literatura es perseguir un estilo que no encuentra la forma”, dice. Quizás el estilo, ese elemento de cómo uno cuenta las cosas, es lo que lo ha perseguido a lo largo de tantos años, sobre todo después de hacer caso a su madre que le decía “lo tuyo es la literatura”. Y Ramírez volvió a los libros en 1996, luego del fracaso del FSLN y de sus conocidas disidencias con su excompañero de lucha –hoy presidente de Nicaragua– Daniel Ortega y el ya fallecido ideólogo de la Revolución, el comandante Tomás Borge.


“Borge solía recibir a Julio Cortázar en una humilde casa de Bello Horizonte, donde no vivía, toda una escenografía: su mansión estaba oculta detrás del jardín al que se llegaba por una puerta secreta”, le dijo en una oportunidad al periodista salvadoreño Carlos Dada. La anécdota es reflejo del inmenso abismo que separa al escritor con sus antiguos compañeros de batalla. Ahora su lucha es la que entabla cuerpo a cuerpo y diariamente con la escritura. “Para mí, escribir es un estado de gracia y representa encontrarme todos los días con el milagro de inventar”, asegura. “Disfruto inventando, aunque hay que decir también que no hay gozo que no tenga un poco de sufrimiento, y no siempre se puede trasladar la imaginación a las palabras y hacerlo de corrido”.


–¿Cómo se enteró del Premio Cervantes?


–Estaba en Managua y de pronto recibí una llamada que era del Ministro de Relaciones Exteriores (Alfonso Dastis), en la que me anunció que había sido premiado. A partir de ese momento, mi vida resultó alterada de manera radical. Estaba preparándome para desayunar y luego irme a trabajar como todas las mañanas, me encierro todos los días. Pero esa fue una jornada demasiado agitada, de visita, llamadas telefónicas, entrevistas de prensa, así amanecí al día siguiente.


–¿En algún momento pudo reflexionar sobre el Cervantes?


–Las entrevistas de prensa me ayudaron a reflexionar en voz alta sobre el Premio. Todas las preguntas se dirigían a eso, a recordar lo que el galardón significa, los escritores que lo han ganado. En América latina, desde Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, el español Caballero Bonald, en México nada más ni nada menos que José Emilio Pacheco... Entonces asusta un poco sentirse subido a esta plataforma.


–Además porque es usted un escritor muy activo.


–Sí, sobre todo porque mi vida literaria se vio interrumpida por mi paso por la Revolución. Pasé 10 años sin escribir nada; de los 35 a los 45 años no escribí una línea. Podrían haber sido los años más productivos de mi vida, no lo sé. Traté de recuperar ese tiempo... Bueno, en medio de la Guerra de Nicaragua escribí Castigo divino (una novela policial folletinesca, ahora reeditada), en las horas de la madrugada, pero cuando abandoné la política en 1996, hace muchos años ya, me dediqué a recuperar el tiempo y a convertirme en un escritor convencional, con horas fijas para escribir, en una disciplina que yo mismo me impuse. No pienso que un premio de esta naturaleza vaya a sacarme de la escritura, sino más bien a meterme aún más en ella. ¿Adónde me voy a retirar? Ya estoy retirado a la escritura desde hace bastante tiempo y la escritura es un vicio de por vida. Mi vida es escribir y este premio viene a confirmarlo.


–¿Se siente arrepentido de haber dejado de escribir?


–No, no tiene nada que ver con el arrepentimiento. Es un hecho, hice otras cosas que fueron decisivas en mi vida y que han alimentado en muchos sentidos mi escritura. Lo que escribí después nunca más fue lo mismo. En Adiós, muchachos traté de hacer esta confesión y hacerla en términos literarios. Quien escribe un relato, un relato que no es de ficción pero hecho con las herramientas de la ficción, se da cuenta de que la vida no es monótona, está compuesta de muchas circunstancias. Y una de las circunstancias clave en mi vida fue la Revolución Sandinista. No haber estado ahí hubiera sido traicionarme. Ocurrió lo que ocurrió, y me tocó primero hacerlo y ahora narrarlo y escribirlo. Seguir adelante con la escritura.


–Hay una gran dicotomía entre lo que hoy es Nicaragua con los principios de la lucha.


–Sí, bueno, obviamente hay un sentimiento de profundo disgusto, de incomodidad. Lo veo ahora de otra manera. No como alguien que puede intervenir para cambiarlo, porque siento que ese tiempo para mí ya pasó, sino como alguien que puede hablar de eso, no callar acerca de eso. Mis sentimientos no han cambiado: en Nicaragua hemos vivido la metáfora de la que habla Albert Camus, de llevar la piedra hasta el principio de la colina y de saber luego que va a rodar hasta el pie, hay que volver a recogerla y volver a llevarla hacia arriba. Es un sentimiento muy incómodo ser de esa generación, haber formado parte de esa lucha y ver qué hemos heredado a los jóvenes. Luchamos, pero no resultó. Los millenials, los nacidos en los ‘80, ven a Nicaragua de una forma muy diferente a cómo yo la veo. No hay nostalgia por ese mundo que ellos no ayudaron a construir y tampoco lo conocen bien. Tienen una versión deformada, no se hacen cargo del mundo, del modo que vivieron sus padres.


–¿Cómo está Nicaragua ahora?


–Es distinta. En los años 80 fue muy difícil, años de escasez, de sobrevivir, comparada con la Nicaragua de hoy en día, que es una mescolanza de todo. Inversiones, edificios que crecen día a día, centros comerciales, pero por debajo una inmensa pobreza. Nicaragua es una adorno de pobreza: la situación estrictamente hablando estructural del país no ha cambiado nada. El 70 por ciento de la población vive con 2 dólares diarios, el empleo informal alcanza el 70 por ciento. Nicaragua vive como en el siglo XIX: café, oro, ganado... El bienestar que nosotros pensábamos se ha ido de fragua con la Revolución. El país sobrevive por un elemento determinante que es la exportación de gente. Este año van a ser muchísimos dólares de gente que se ha ido a trabajar a Estados Unidos, a Costa Rica, y ese es el ingreso más alto del país. Produce más que el oro, que la plata, que el café, que el ganado, que la carne. Creo que cuando un país vive de la exportación de su gente cae en la degradación. Y eso es lo que mantiene la economía viva. Uno ve las grandes colas de gente frente a las oficinas de Wester Union o de locales similares, cobrando el dinerito que alguien que está trabajando lejos les envía.


–¿La literatura puede hacer algo para cambiar esto, que se ve no sólo en Nicaragua, sino también en el resto de América latina?


–Un libro no cambia. El discurso narrativo no transforma, pero sí impone, que es algo distinto. Es muy importante que la literatura imponga, comunique sentimientos, sensaciones. El hecho de que un lector reconozca que su realidad está siendo narrada a mí me parece muy importante. Que la literatura descubra lo que está ocurriendo frente a los ojos de los lectores.


–Su última novela, Ya nadie llora por mí, ¿dice algo de todo esto?


–Sí, dice todo, habla de la Nicaragua de hoy en día, tal como está, el poder, los elementos subterráneos del poder; es una exploración. El inspector Morales es un personaje que hace de ese mundo algo totalmente contemporáneo.


–Usted siempre está atado al cuento. ¿Le resultó disfrutable escribir esta novela?


–Siempre disfruto escribir. Lo más importante cuando uno se enfrenta con un escrito es disfrutar, encontrarle gozo a la escritura. Luego viene el disgusto de corregir; un disgusto necesario, una tarea ardua, difícil, a la que hay que entregarse con la misma pasión con la que uno se entrega a crear.


–¿Tiene algo ahora?


–Unos cuatro o cinco cuentos nuevos. Es lo que estaba haciendo cuando me llamaron para el Cervantes. Ahora tengo que escribir el discurso y tengo muchos compromisos antes del premio...

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Sábado, 26 Noviembre 2016 06:58

Una literatura despolitizada

Una literatura despolitizada

Menos comprometidas y más ensimismadas. Así son hoy las letras latinoamericanas según Vargas Llosa

Ni todo el ruido del mundo parece distraer del trabajo a Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936). Este año ha cumplido 80 años —el 28 de marzo—, publicado novela nueva —Cinco esquinas (Alfaguara)— e ingresado en la colección más prestigiosa del mundo —La Pléiade francesa—. Días antes de viajar a Guadalajara (México) para abrir hoy el programa de América Latina como invitada de honor de la FIL, donde además recibe un homenaje múltiple, el Nobel de 2010 trabajaba en Madrid en su próxima obra, un libro sobre el liberalismo que sigue un modelo —mezcla de narración, biografía y ensayo— que le apasiona: Hacia la estación de Finlandia, de Edmund Wilson.


En su casa madrileña, durante una pausa en el trabajo, repasó las últimas décadas de literatura latinoamericana usando como guion seis pares de palabras entre cuyos resquicios se colaron la serie de televisión que sigue en estos momentos —Narcos, “muy entretenida; como un folletín decimonónico”— y, por supuesto, la victoria de Donald Trump: “Se comporta como un caudillo. Puede ser nocivo para EEUU, nefasto para América Latina y catastrófico para México”. Cuando se le pregunta quién merecería acompañarlo en la Pléiade recuerda que Octavio Paz y Borges ya estaban allí y añade sin dudar: “García Márquez, Onetti, Carlos Fuentes... Y poetas, que no está César Vallejo”.


Del dictador al narco


“La figura del dictador, que era central en la literatura latinoamericana desde los tiempos del indigenismo y el regionalismo, ha ido desapareciendo porque, afortunadamente, también han ido desapareciendo los dictadores (quedan Cuba y Venezuela). Hay Gobiernos corruptos y Gobiernos mediocres, pero están en el poder porque reflejan una mayoría electoral. Si pensamos en los tiempos de El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, es un cambio extraordinario. Es posible que el poder corrupto y violento haya pasado del dictador al narco, pero aunque el narcotráfico sea una presencia generalizada hoy en América Latina, no ha producido todavía ninguna obra literaria fundamental. Aparecerá, sin duda”.


Del compromiso a la autoficción


“Otra consecuencia de la evolución hacia la democracia es que la literatura latinoamericana se ha ido despolitizando. Hay entre los escritores jóvenes cierto rechazo al compromiso literario, antes muy reivindicado en nuestro continente por la represión y la falta de libertad que sufríamos. La literatura se ha replegado hacia lo literario. Es uno de los signos de este tiempo. ¿Excepciones? Las hay. Por ejemplo, El olvido que seremos, de Héctor Abad, una magnífica obra de ficción —no sé si decir novela— con gran calidad literaria y una preocupación política central. Puede que otra consecuencia de la despolitización sea una mezcla de fantasía y autobiografía en la que el autor se convierte en personaje: la autoficción. Eso se está dando en toda la literatura contemporánea, no solo en la de lengua española”.


De la gran novela a las series de TV


“No sé si es atrevido decir que a los novelistas de hoy les falta ambición, pero es cierto que los autores más jóvenes ya no creen en la novela total. La ven con escepticismo y consideran que la literatura es más genuina si se repliega en algo más privado. El modelo balzaquiano no está de moda, hoy prima lo kafkiano, lo personal. Existe la sensación de que la novela modelo siglo XIX hoy es el dominio de la televisión. Hay una cierta abdicación frente a la potencia populista de la televisión, que llevaba décadas buscando un género narrativo propio y por fin lo ha encontrado: los seriales, que cumplen ahora la función de la novela decimonónica: llegar al gran público, entretener. La literatura se repliega hacia un mundo menos ambicioso, más intenso que extenso. Con la excepción de los autores de best seller, los escritores no quieren competir con la televisión, reconocen su derrota de entrada. Eso no quiere decir que la gran novela, la novela grande, esté derrotada. De pronto vuelve. Pensemos en Bolaño. Sus dos últimas novelas son muy ambiciosas y han encontrado su público”.


De Borges a Bolaño


“Roberto Bolaño es uno de los autores que ha marcado estos 30 años. Los detectives salvajes me gustó mucho. 2666, algo menos; me pareció más desarticulada. Bolaño es una síntesis muy interesante entre modernidad y tradición: tiene ese afán tradicional de construir personajes y de contar historias y, a la vez, una gran inventiva formal. También me impresionó La literatura nazi en América. Aunque quizá no lograda del todo, la idea era muy original: insuflar contenido político a una historia de libros inventados, algo muy borgiano. Borges, por cierto, sigue vigente. Tal vez más que cuando murió, hace 30 años. Hoy nadie discute su magisterio ni el protagonismo que tiene en la literatura contemporánea, no solo latinoamericana. Es la gran figura de los últimos 50 o 60 años en la lengua española, sin ninguna duda. Me parece tan indiscutible como Cervantes, Joyce o Faulkner. Todos hemos aprendido de él. Y eso, es cierto, sin escribir novelas. De hecho, sentía cierto desprecio por la novela. Todos los perfeccionistas han visto siempre la novela con reticencias porque es un género imperfecto. La perfección no es novelesca. La novela es el retrato de un mundo en el que la imperfección es la norma. Por eso refleja tan bien una sociedad en permanente movimiento”.


Del campo a la ciudad


“La literatura latinoamericana se ha vuelto más urbana porque también América Latina se ha vuelto así. La literatura indigenista nace en una época en que el campo prevalecía sobre la ciudad. Ya no. Hoy la ciudad atrae como un imán a los campesinos en busca de oportunidades. Ciudad de México y São Paulo están entre las urbes más grandes del mundo. Diez, 15, 20 millones de habitantes son un problema, pero, aunque se viva mal en una ciudad, se vive mejor que en el campo. Eso también tiene su reflejo en los géneros literarios porque la novela es un género eminentemente urbano, nace y crece con la ciudad. Del Perú, el país que mejor conozco, obviamente, se decía que era un país de poetas, pero la nueva generación es sobre todo de narradores. Y de narradoras, ese es otro de los grandes cambios: la incorporación de la mujer. El machismo es todavía una realidad muy fuerte, pero si no comparas con el ideal sino con el pasado, la transformación es enorme. La mujer, si no se ha liberado del todo, sí ha ganado espacio combatiendo el prejuicio y la discriminación. Y eso se refleja en la literatura”.


De una desigualdad a otra


“En ciertos países ha habido un crecimiento que ha permitido que se beneficiara la sociedad en su conjunto, pero en América Latina las desigualdades son vertiginosas, y no como resultado de la simple competencia, sino del privilegio o de la corrupción. Es interesante el caso de Brasil: parecía que había despegado, pero todo se ha parado por la corrupción. No es que haya habido golpes militares, como antes. Es la putrefacción del sistema la que ha permitido que muchos políticos se hagan millonarios y multimillonarios. También el narcotráfico juega un papel fundamental. Las fortunas que ha creado son de las más importantes de América Latina. Y nacen del crimen y de la corrupción. Por una parte las dictaduras han ido cayendo y las formas democráticas van echando raíces, pero al mismo tiempo existe esa presencia del crimen de nuestra época, el narcotráfico, que juega un papel político, social y cultural. Pero no veo que la literatura refleje ese estado de cosas. No conozco ni grandes ensayos ni grandes ficciones que muestren esta cara. Quizás por el desinterés de los escritores jóvenes en llevar lo social a la literatura”.

 

25 NOV 2016 - 13:49 COT

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Ciencia o relato. La lógica de la ficción

Contra todas las apariencias del método científico, es la experiencia de narrar historias y saberlas narrar particularmente, lo que nos ha hecho humanos, y ha hecho del mundo un hogar posible.

 

El método científico fue un acontecimiento único e irrepetible en la historia de la humanidad, con inmensas consecuencias en muchos órdenes. El método científico se incuba en el siglo XIV, pero emerge como tal en el siglo XVI, inaugura la Modernidad y sienta las bases del capitalismo: filosófica, y económica y políticamente. Hasta el día de hoy.


Gracias al método científico logramos superar las pestes —la peste negra y la peste bubónica—, descubrimos que los homúnculos y los espíritus animales eran ilusiones y que el cuerpo humano era bastante más que una máquina. En materia de salud, el método científico hizo posible que, a la postre, ganáramos una vida de más, con lo cual la humanidad como un todo ha ganado tanto en esperanzas como en expectativas de vida. Asimismo, la ciencia clásica y moderna permitió el desarrollo de las nuevas ciudades con resultados sorprendentes en materia demográfica y económica. El mundo se volvió un espacio pequeño —de acaso seis o menos grados de separación—, y comenzamos a hacer del sistema solar una especie de antejardín inmenso de nuestra casa.


Perdimos numerosos miedos y temores ancestrales, y las capacidades de explicación y comprensión nos permitieron tocar, literalmente, el infinito; e infinitos infinitos. Nuevos materiales se descubrieron y se crearon y entendimos, al cabo que este universo tenía una edad bien determinada; y que su comienzo bien implica también su final. Las escalas de tiempo se ampliaron magníficamente, y se crearon numerosos lenguajes, conceptos, teorías, ciencias y disciplinas que permitieron conocer la realidad y a nosotros mismos como jamás antes había sucedido en toda la historia de la vida en el planeta.


El método científico produjo, sin embargo, numerosos errores: las guerras en Europa, centenarias siempre, y las guerras exportadas a otros continentes. Auschwitz, Buchenwald y Dachau, por ejemplo, fueron engendros de la ciencia moderna, no cabe duda. Así como también lo fueron los Gulags y lo son los Guantánamos y Abu–Ghraib. Al fin y al cabo la historia humana no es, en absoluto, un fenómeno lineal y plano.


Los éxitos de la humanidad como un todo se deben, en una lectura singular, a lo mejor de la ciencia y la tecnología modernas y actuales. La vida se hizo más amable y a la vez nuevas sorpresas aparecieron y estamos tratando de acomodarnos a ellas, tales como la web 2.0, la web 3.0, y lo que ellas implican y conllevan.
Sin embargo, es verdad que el método científico ha venido siendo radical y estructuralmente cuestionado y transformado recientemente. El modelo de la ciencia clásica no es intocable, y los métodos, lenguajes y aproximaciones modernas han venido siendo seriamente cuestionados y modificados. Vivimos, literalmente, una revolución científica. Sólo que, como ha quedado desde los clásicos de la idea de revolución científica, toda revolución semejante es también, al mismo tiempo y de forma necesaria, una revolución social, cultural y política. Nos encontramos, por tanto, en medio de una auténtica revolución política.


Como quiera que sea, antes, mucho antes del método científico ya existían otras formas de racionalidad, siendo acaso la más apasionante, humanamente hablando, la literatura en todas sus formas: el relato. O la ficción. Desde cuando los antiguos primates se bajaron de los árboles y se decidieron —acaso porque no tenían una opción mejor— recorrer la estepas africanas, los relatos alrededor del fuego fueron una costumbre milenaria.


Ha habido tiempos tranquilos y turbulentos a lo largo de la historia, aquí y allá, pero narrar historias ha sido una constante con la que los espíritus se han alimentado para calmar las tribulaciones. Incluso, cuando llegue el Armagedón, en cualquier forma en que haya de acontecer, seguramente lo último que hagan los seres humanos será contarse unos a otros los amores y las ilusiones, las penas y los esfuerzos que llevaron a cabo, o los que quedaron truncos.


No serán ecuaciones y demostraciones, ni tampoco observaciones, hipótesis y conjeturas las que quedarán: así como tampoco fueron las que antecedieron a la aventura de ser humanos. Serán relatos, narraciones, historias, poemas y ficciones de todo tipo, escritos y hablados, acaso incluso filmados, en audio o en hologramas, por ejemplo, los que habrán de acompañar el final de los tiempos, o el nacimiento de mundos nuevos.


Las categorías son episódicas, y los conceptos sufren su historia. Las fórmulas sobrevuelan los aires, pero lo que queda ante la cultura no son los tecnicismos, sino los significados de las mismas; esto es, las interpretaciones y los relatos que implican.


Pues bien, existe una lógica no–clásica que reconoce estas circunstancias. Se trata de la lógica de la ficción, desarrollada en los años 1970, originariamente por J. Woods. Gracias a ella deja de haber oposiciones y distinciones, y acaso jerarquías y diferencias entre categorías, métodos, demostraciones y fórmulas de un lado, y relatos, metáforas, historias y narraciones, de otra parte.


Antropológica y lógicamente, en la base de la racionalidad humana, tanto como en la base de la experiencia humana, está el hecho de centrarse ante un texto escrito, o ante un relato oral y recrear de mil maneras los acontecimientos y el tiempo. Al fin y al cabo, la escritura es tan sólo la memoria de la palabra hablada.
Contra todas las apariencias del método científico, es la experiencia de narrar historias y saberlas narrar particularmente, lo que nos ha hecho humanos, y ha hecho del mundo un hogar posible.


Mientras viajen a otros planetas, los astronautas y futuros terraformadores, después de hacer las tareas técnicas y de experticia se contarán a sí mismos sus historias, sus amores y sus sueños. Y ello les permitirá hacer de la espera un tiempo amable.


Narrar historias, saber leerlas y saber escucharlas es de todas la experiencia más auténtica de la aventura humana. Y esas historias están repletas de otras historias, reales o ficticias. Pues mientras que el método científico es concluyente, el universo de la ficción es esencialmente abierto e indeterminado. Cuenta Henry Miller que cuando estaba por terminar una novela cerraba el libro. Y se dedicaba por horas, días y semanas a imaginarse el final del libro y lo que hubiera podido suceder y lo que no.


Al fin y al cabo la libertad de la ficción es la libertad misma de imaginar, y nada permite conocer el mundo y a nosotros mismos como los ejercicios de fantasía e intuición.

Domingo, 27 Diciembre 2015 07:38

Grandes ficciones sobre geopolítica

Grandes ficciones sobre geopolítica

Las dos producciones, James Bond y Star Wars, han dado lugar a libros, debates en la Asamblea Nacional, coloquios con analistas internacionales o números especiales de revistas consagradas a la filosofía o la sociología.

 

Desde París

 

Es casi imposible dar un paso, ojear una diario, una revista o mirar la televisión sin caer sobre una mención, crítica o elogiosa, sobre los dos relatos cinematográficos que han acompañado el crecimiento y la madurez de millones de personas en el mundo: James Bond y Star Wars. La última entrega de la serie de James Bond, Spectre, y el Star Wars 7, El Despertar de la Fuerza, no sólo han movilizado una de las estrategias de comunicación más imponentes de la historia sino, también, suscitado una polifónica reflexión sobre lo que, a lo largo del tiempo, ambas películas cuentan, a través de su meta relato, sobre la geopolítica o la humanidad. En Francia, las dos producciones han dado lugar a libros, debates en la Asamblea Nacional, coloquios con analistas internacionales o números especiales de revistas consagradas a la filosofía o la sociología. Este país que "ama las ideas" según el libro del historiador británico Sudhir Hazareesingh ha sido fiel a su tradición de pensar más allá de la evidencia comercial o los trucos del séptimo arte.

Unos días antes de que se estrenara Spectre, el Ileri, el Instituto de Estudios de Relaciones Internacionales, organizó un coloquio con cuatro especialistas de las relaciones internacionales bajo la forma de una pregunta: "¿James Bond, héroe geopolítico?. La discusión se centró en la idea de que la novela de Ian Fleming –el primer capítulo, Casino Royale, apareció en 1953– y las películas que empezaron a difundirse a partir de 1962, la primera fue Doctor No, contienen una suerte de meta texto geopolítico que, sucesivamente, fue narrando la situación mundial. Esa es también la idea que desarrolla Jean-Antoine Duprat en su libro James Bond, en el espectro de la geopolítica. De la Guerra Fría a la Ciber Guerra. En cuanto a Star Wars, la profusión de análisis es más amplia y, a menudo, filosófica. Un libro del historiador Thomas Snégaroff, Soy tu padre, la saga Star Wars, Estados Unidos y sus demonios, aclara varias nociones ocultas en la serie. Una de ellas, que constituye una de las primicias del libro, pone en evidencia la contradicción que acompañó el nacimiento de la saga. Según escribe Thomas Snégaroff la "gran paradoja de Star Wars reside en el hecho de que la saga hizo posible la llegada al poder de Roland Reagan y su revolución conservadora cuando en realidad el proyecto se inscribía en una tradición contra cultural".

En el coloquio sobre el agente 007 que se llevó a cabo en el Instituto de Estudios de Relaciones Internacionales enseguida quedó en evidencia el año de estreno de la primera entrega de la película, 1962, y la "coincidencia" con la crisis de los misiles de Cuba. En este sentido, según sintetizaron los especialistas, James Bond es, en el cine, la narración popular más genuinamente relacionada con la Guerra Fría y las sucesivas crisis internacionales. Jean-Antoine Duprat, el autor de James Bond, en el espectro de la geopolítica. De la Guerra Fría a la Ciber Guerra, lo califica como "un espejo de su tiempo". Cada capítulo fue, de hecho, una suerte de puesta en escena de las realidades geopolíticas del mundo al mismo tiempo que, para Gran Bretaña, funcionó como un "mito compensatorio" en un país que había perdido su posición central dentro del orden mundial. Efectivamente, las películas muestran siempre a una Gran Bretaña poderosa, con medios considerables, capaz de luchar contra el mal absoluto, derrotarlo y, así, salvar al mundo. El historiador David Vauclair destacó que ese contenido está siempre envuelto en una suerte de "patriotismo infantil" encarnado por lo que el analista Alexander Adler calificó como "un héroe conservador" que se mueve "en un mundo que ha dejado de existir". Por el contrario, Jean-Antoine Duprat estima que el agente 007 "ha sabido renovarse siempre. James Bond ya no es más el dinosaurio de la Guerra Fría, su personaje evoluciona anclándose en la realidad de las problemáticas actuales. Spectre, por ejemplo, habla de la vigilancia globalizada y de los drones. La trama que está detrás es un espejo geopolítico muy serio a pesar de que se trata de una diversión".

Prueba de esa conexión permanente con la realidad internacional es la película Golden Eye, de 1995, donde el ciberespacio aparece en la narración, o Skyfall (2012), donde el personaje Q viene a demostrar que una computadora portátil puede hacer tanto daño como las armas. En Spectre, Bond se convierte, según Duprat, "en un espejo de la guerra contra el terrorismo".

De una película a la otra y a lo largo de más de medio siglo, el reflejo del mundo está ahí: el enfrentamiento Este-Oeste, la lucha contra el terrorismo, la amenaza nuclear, la Perestroika, los narcotraficantes, la ecología (Quantum of Solace), la ciberguerra, los filtradores de información como Edward Snowden. Los continuadores de la obra de Ian Fleming (escribió un total de 14 novelas y dos cuentos sobre el agente 007) han sabido también evitar las confrontaciones directas. Por esta razón, el historiador David Vauclair observa que "James Bond se enfrenta más bien a fantasmas internacionales antes que a enemigos nacionales". No es entonces una casualidad si, entre todos los enemigos que combatió Bond, falta uno, el más actual, el que, desde septiembre 2001, ocupa todos los "espectros": el islamista radical, el jihadista. Isabelle Safa, profesora en el Instituto de Estudios políticos de Lille, observa que en la serie de Bond "Medio Oriente es un decorado, una carta postal despolitizada que sirve como terreno de aventuras para Bond pero no una pieza de la confrontación internacional". Paradójicamente, Bond nunca combatió un jihadista cuando, en los hechos, el terrorismo islamista reemplazó al enemigo ideológico de antaño, es decir, el comunismo. Según Isabelle Safa, está ausencia de confrontación entre James Bond y los islamistas se explica porque "el mundo se ha vuelto más complejo, escapa al parámetro del enfrentamiento bipolar y que un agente 007 combatiendo al Estado Islámico apenas duraría dos minutos con vida".

Star Wars 7, El despertar de la Fuerza, trae también sus análisis y sus debates, incluso en el seno mismo de la Asamblea Nacional Francesa. El diputado socialista Razzy Hammadi ve esta saga como "una denuncia del totalitarismo" mientras que, a la derecha, el diputado Julien Aubert apunta que "en esas películas hay una visión pesimista del universo. El mal regresa siempre". Mucho más rica es la reflexión del historiador Thomas Snégaroff y el Soy tu padre, la saga Star Wars, Estados Unidos y sus demonios. La aparición de esta serie se vio también atravesada por la dimensión política. En 1983, cuando salió El Retorno del Jedi, en apenas dos semanas, el presidente norteamericano Ronald Reagan va a emplear un término de la película, "el Imperio del mal". Luego, dos semanas más tarde, el mismo mandatario lanzó la famosa Iniciativa de Defensa estratégica, bautizada inmediatamente por la prensa "La guerra de las estrellas". Georges Lucas cayó así en la trampa de la recuperación que le tendieron los conservadores norteamericanos. "La película se dio vuelta contra Georges Lucas", sostiene Thomas Snégaroff. El historiador también desentraña uno de los aspectos más debatidos de Star Wars, la temática del padre y el hijo. En este sentido estricto, Snégaroff asegura que las películas "reposan sobre una dimensión binaria del mundo" y están embebida "en una ideología reaccionaria, del orden. En la saga, sólo cuando el padre es el padre y el hijo es el hijo el orden se restablece en el universo: todos los desarreglos provienen de los desarreglos familiares". Este especialista de los Estados Unidos anota en su libro que "si la saga nos toca tan profundamente es porque la historia de la nación (Estados Unidos) tironeada entre el Bien y el Mal se encarna en la trayectoria mitológica de un héroe en busca de su padre y, finalmente, de si mismo". En realidad, para este autor, Star Wars no nos cuenta la historia del mundo sino la misma evolución contradictoria de Estados Unidos: "lo que George Lucas cuenta es cómo una nación democrática y republicana puede evolucionar hacia el lado oscuro, y cómo a una persona le puede ocurrir lo mismo. Las dos historias están en resonancia: la historia individual de Anakin Skywalker y la de una nación son dos versiones de una misma historia. Anakin sería como la infancia de un país, Estados Unidos, que posee todos los talentos y que, pese a todo, caen del lado del mal. Se trata de una alegoría de la nación americana". El número que la revista Philosphie le consagró a Star Wars contiene numerosas contribuciones que, como un cuadro impresionista, buscan, pincelada tras pincelada, ofrecer una suerte de pintura global de sus significados. "Star Wars es la Ilíada, con un poco de Freud y de Western", escribe el filósofo Heinz Wismann. El también filósofo Alexis Lavis asegura que "la idea de la Fuerza ha sido extraída del taoísmo" mientras que otro filósofo, Tristan García, ve en ese concepto de "Fuerza" un antagonismo renovado, inherente a la esfera occidental. Según escribe, "Star Wars debe verse como un mito cuyo objeto es la Fuerza, es decir, la falla inicial del racionalismo occidental". Sea cual fuere la perspectiva desde la cual se analicen estas dos sagas, James Bond y La Guerra de las Estrellas, es lícito reconocer que Occidente sigue difundiendo sus visiones y sus valores de una forma tan infalible como masiva.

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Martes, 15 Septiembre 2015 06:20

Hermanas de leche

Hermanas de leche

La novela en América Latina ha dado cabida siempre a lo inverosímil, porque lo inverosímil está en la realidad y en los hechos de la historia que por eso mismo nos llenan de perplejidad. Siempre nos hemos movido entre la sorpresa y el asombro, la exageración de lo real y la incredulidad ante lo verdadero, acostumbrados a ver la historia como novela y la novela como sustituto de la historia, porque ambas parecen vivir en el mismo territorio tan dual de la imaginación, como hermanas de leche que son.


Es lo que deberíamos llamar la anormalidad constante. Y eso de que tantas veces no podamos distinguir entre hechos reales y hechos de la imaginación, hace que entre historia y novela se cree un tráfico de intercambios, y así, ambos se llegan a prestar sus instrumentos y sus procedimientos a la hora de narrar. Se supone que la literatura miente, y que la historia dice la verdad. Pero, ¿quién miente a quién?


Hoy, cuando vivimos la historia a domicilio en las pantallas, no hay nada velado, y nos agobia el exceso de información. Pero no podríamos afirmar que los hechos que se nos comunican de manera tan abrumadora han ganado una calidad verificable, suficiente como para ubicarse sin reparos en el terreno de la verdad, que siempre será subjetiva. El relato de los hechos de la historia aparecerá siempre bajo un velo engañoso, extendido por la mano de intereses políticos, ideológicos, corporativos o religiosos. La novela, que ya se sabe que miente, gana crédito porque sabe seducir mejor.
La historia se ha escrito siempre en favor o en contra de alguien, y no pocas veces por comisión del propio interesado; si no recordemos a López de Gómara componiendo en Valladolid su Crónica de la conquista de la Nueva España bajo encargo de Hernán Cortés, quien buscaba recuperar su poder en México, y necesitaba ser exaltado como el héroe único de la conquista de Tenochtitlan. Por eso mismo es que Bernal Díaz del Castillo, cuando lee aquella crónica se siente ofendido porque alguien ajeno a los hechos se los está contando de manera mentirosa, a él, que fue soldado de a pie de Cortés.


Y entonces escribe su Historia verdadera de la Conquista, que nos seduce como si fuera una novela. Hay en Bernal un afán de informar exhaustivamente, con precisión, como cuando nos da el número de soldados muertos en una batalla, y de ser posible la lista de sus nombres y apellidos, oficios anteriores y edades. Es lo que hace un novelista, sabedor de que la credibilidad comienza por los detalles.


A cada paso declara que quiere ser veraz, y a cada paso acusa a López de Gómara de mentiroso, porque exagera y se pone como testigo de lo que sus ojos nunca vieron. Pero los diarios y cartas de relación de los demás descubridores y conquistadores, son documentos de testigos presenciales, y de protagonistas, que relatan lo visto y experimentado con un disfraz de verdad que deja percibir todo lo que tienen de inventiva.


De alguna manera fueron los primeros novelistas en tierra americana. Y por eso es que, desde entonces, la literatura tiene no pocas veces más credibilidad que la historia misma. Y por eso mismo la novela se convierte en el lugar de encuentro donde todo cabe: autobiografía y biografía, historia, cartografía, demografía, y digresiones de cualquier clase, tal como lo estableció Cervantes al fundar la novela moderna, y también la posmoderna. Es la ambición desmedida de la totalidad, emparentada con la exageración.


Las novelas seguirán saliendo de la entraña de los hechos anómalos de la historia, e igual que antes las tiranías militares y los tiranos de opereta, el siglo XXI nos entrega un repertorio de verdades que parecen imaginadas: las pandillas de las maras en Centroamérica, que decapitan a quienes se resisten a pagarles protección, e incendian autobuses urbanos con todos los pasajeros adentro; los cementerios clandestinos que se siguen llenando de cadáveres anónimos en México, Guatemala, Honduras; los reyes de baraja del narcotráfico, y los caudillos de hoy día, que se sientan en retretes de oro y coronan reinas de belleza, mientras disputan el dominio político de territorios enteros en México; los emigrantes centroamericanos perseguidos y chantajeados por las bandas de Los Zetas a lo largo de toda la ruta a través de México, y que terminan dejando sus huesos en el desierto de Arizona; la corrupción, como esa piel purulenta que viste al poder político en América Latina, cualquiera que sea su signo ideológico.


La novela no funciona como texto sociológico, ni como alegato político. La novela es un texto sobre la vida, la pasión, el amor, el horror, la locura y la muerte. Pero arrastra consigo la visión de la sociedad mejor que cualquier tratado científico en la medida en que retrata las vidas de los seres humanos que como individuos sufren las consecuencias de esa anormalidad de la historia que les es impuesta y a la que no pueden escapar, y les impone cambios abruptos y sorpresivos, exilio, separación, soledad y abandono.


La novela se abre paso en la textura del pasado reciente, el que apenas deja de ser presente, y en el presente mismo con toda su volatilidad, entre asuntos que siendo contemporáneos quedan a la vista en el registro cotidiano de las noticias; pero también acude a los asuntos escondidos en archivos olvidados, siempre en busca de sus cualidades singulares, de su anormalidad y su extrañeza, de sus relieves exagerados, de su capacidad de causar asombro, desazón, sentimiento de injusticias no reparadas, e indignidades ocultas; y también entra en las galerías interminables de personajes oscuros que el ojo del novelista es capaz de iluminar en la historia, héroes falsos a los que poner en evidencia, o héroes verdaderos relegados a los rincones más desolados de la memoria.


Y esa vieja pretensión de la novela, no sólo de parecerse a la realidad, sino de ser aún más deslumbrante que la realidad.


Masatepe, septiembre 2015


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Google: En el 2050 los cerebros humanos se conectarán directamente a Internet

Ray Kurzweil, el hombre que en los años noventa había profetizado que para 2009 las tecnologías inalámbricas dominarían el mundo, declaró hace pocos días que en tan sólo 15 años, los humanos serán capaces de transformar artificialmente su cerebros a través de robots compuestos de hebras de ADN, y podrán conectarse a Internet directamente.


El hoy Director de Ingeniería de Google auguró que hacia el año 2050, los cerebros humanos se conectarán directamente a Internet. Según él, también existirán los elementos básicos para que los humanos puedan ser transformados en "híbridos".
Esto lo dijo el pasado miércoles en la conferencia Exponential Finance en Nueva York. "Se fusionarán gradualmente, mejorándonos a nosotros mismos", dijo, agregando que es un proceso "natural para los seres humanos". "Nosotros trascendemos nuestras limitaciones", resaltó.


(Con informacion de agencias)

Lunes, 01 Septiembre 2014 08:30

"Nadie está al frente del planeta"

"Nadie está al frente del planeta"

El célebre autor de ciencia ficción y divulgador científico Isaac Asimov solía decir que solo había conocido a dos personas más inteligentes que él en su vida: Carl Sagan, el reputado astrónomo norteamericano, y Marvin Minsky, considerado como uno de los padres de la Inteligencia Artificial. El propio Minsky confirma que no se trata de una leyenda. Acodado en una confortable butaca de la sala Cánovas del hotel Palace de Madrid, el científico neoyorquino recuerda el episodio que originó esta historia que adorna su brillante biografía.


Ocurrió en 1973, y fue en un viaje en el que varios científicos y escritores de ciencia ficción se subieron a un barco en el Mar Caribe para observar el cometa Kahoutek. Los movimientos del navío desencadenaron una conversación en la cena acerca de la inclinación del barco. Minsky echó mano de un tapón de corcho, dos tenedores y una botella para explicar a los comensales cómo medir esa inclinación. Todos quedaron boquiabiertos.


Marvin Minsky es uno de los científicos que en 1956 participó en la mítica conferencia de Dartmouth en que se acuñó el término de Inteligencia Artificial —que engloba a ordenadores y robots que siguen los patrones de la inteligencia humana—. En 1959 fundó junto a John McCarthy el Laboratorio de Inteligencia Artificial del prestigioso Massachusetts Institute of Technology. Un visualizador de gráficos que se lleva en la cabeza, un brazo robótico y el microscopio confocal, muy usado en biología, son algunos de sus más destacados logros profesionales. El pasado mes de junio recibía uno de los premios Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento y acudía a Madrid para recibirlo. A sus 87 años, Minsky no ha perdido la lucidez, y, mucho menos, el sentido del humor. El autor de La Sociedad de la mente demuestra que la cabeza le sigue funcionando perfectamente.

 

Pregunta. Profesor, ¿qué podemos esperar en el campo de la Inteligencia Artificial en los próximos años?
Respuesta. Es difícil de predecir. El progreso era muy rápido en los años sesenta y setenta porque había mucha investigación en Estados Unidos. Después, se ralentizó. En los 80 todavía llegaba dinero, los jóvenes podían investigar en lo que quisieran. Luego hubo un cambio, la iniciativa pasó del campo militar al civil, lo que condujo a una mayor regulación. Las inversiones tenían que ser rentables en uno o dos años. Estoy acostumbrado a tiempos en que el progreso era muy rápido: antes había ideas nuevas cada cinco años. Ahora, cada 15.


P. Sin embargo, mucha gente tiene la percepción de que estamos en una era de grandes avances tecnológicos que cambian la vida de la gente: el iPhone, los drones, los coches inteligentes...
R. En los años 60 ya teníamos Internet. Yo crecí con eso. Éramos una pequeña comunidad y vimos hace tiempo el equivalente del iPhone. Ahora, el mundo, poco a poco, está recibiendo esos cambios. Pero no sé qué hacen con ellos. Los ordenadores tienen más memoria, pero la memoria está llena de nada. Yo crecí en una comunidad de ciencia ficción. Isaac Asimov vivía cerca de mí; Arthur C. Clarke habitó en mi casa durante un tiempo. Así que, es raro, pero en mis días de estudiante, yo ya vivía el futuro. Con ellos hablaba de futuros posibles.


P. ¿Y cuáles son ahora los futuros posibles?
R. Nadie está al mando del planeta. Los países queman petróleo para ganar dinero, pero no saben que se están destrozando a sí mismos porque el planeta se calienta... algún día ya no habrá necesidad de calentar nada.

P. ¿Y qué se debería hacer?
R. Estamos en una situación extraña: todo el mundo sabe que el sistema es inestable, pero nadie puede permitirse arreglarlo. Ahora mismo el consenso es que habrá una crisis de temperatura alrededor de 2050 si la población sigue creciendo. Varían las estimaciones sobre cuándo sucederá, pero hay acuerdo general en que las cosas están fuera de control. La gente con la que hablo está convencida de que esta es la emergencia más seria que existe, el calentamiento de la atmósfera. Y podría haber otras cosas incluso más urgentes de las que la gente incluso no se ha dado cuenta.


P. ¿Por ejemplo?
R. Bueno, no sé. Tal vez las enfermedades están mutando más rápido por las altas temperaturas; son cosas en las que no se ha reparado y que en 50 años tendrán un mayor efecto.

 

P. ¿De quién es la responsabilidad de la situación en la que estamos, es un problema de los políticos que nos gobiernan?
R. Nadie está al mando, no se puede culpar a nadie, todo el mundo es responsable. Es extraño. No hay un superpoder con el que enfadarse, ante el que ejercer la queja.


P. Aparte de lo que se ha descubierto en el campo de la Inteligencia Artificial, ¿en qué campos diría que se han llevado a cabo los descubrimientos más notables en los últimos años?
R. En Genética. Es difícil pensar en una era en que se haya descubierto tanto en tan poco tiempo. Hace 20 años se sabía que había genes, pero no cómo funcionaban.


P. ¿Qué podemos esperar en este terreno?
R. Después de un largo tiempo estaremos diseñando nuevos animales. Llevará años, pero ya estamos preparados para hacer cambios interesantes en animales que ya existen.

 

Minsky echa un trago al zumo de naranja que hay sobre la mesa. Enfrente están su mujer y su hija, atentas a lo que pueda necesitar. Se queja del rumbo que han tomado los proyectos de investigación en su campo. "Me pongo nervioso con la popularidad de dos o tres proyectos que intentan analizar el cerebro humano. Creo que es un gran error empezar grandes proyectos cuando aún no se ha analizado el cerebro de una libélula o de un ratón. Es como intentar construir un coche cuando aún no has hecho una bicicleta". Minsky asesoró en cuestiones científicas a Stanley Kubrick para el rodaje de 2001, Odisea en el espacio. Y a Michael Crichton para la escritura de Parque Jurásico. Recuerda que, en este último caso, apenas fueron cinco minutos de conversación en la playa de Santa Mónica. Los suficientes para hablar de fósiles, células y dinosaurios.


P. Usted lleva toda la vida investigando en el campo que relaciona al hombre con la máquina. En el futuro, ¿las máquinas llegarán a ser más inteligentes que los hombres?

R. Puede ocurrir. Es tan fácil construir máquinas y tan difícil cambiar la biología. Si cambias un gen, los niños serán distintos y no sabes cuáles serán los efectos. Pero si diseñas una máquina, puedes separar funciones. Cuando comprendamos cómo construir sistemas biológicos, todo cambiará; los actuales son difíciles de cambiar porque hay muchas interconexiones. En el futuro reemplazaremos la biología con sistemas menos complicados que puedan evolucionar más rápidamente. Reemplazaremos nuestra biología por mejores formas de ingeniería. Nos convertiremos en máquinas más fáciles de reparar y mejorar.


P. Usted habla de un futuro de hombres biónicos.
R. Sí, pero sin fallos. Puede que queramos evolucionar en una dirección menos orgánica, de modo que podamos repararnos a nosotros mismos, vivir más tiempo y cambiar lo que haga falta sin tanto riesgo.


P. O sea, mentes humanas dentro de las máquinas.
R. Tal vez la biología no sea una manera muy segura de existir; se autorepara, sí; pero resulta limitada.
P. Los desarrollos en la Inteligencia Artificial van a colocar al hombre frente a decisiones éticas importantes. ¿Cuáles son los principales dilemas a los que nos enfrentaremos?
R. En algún momento del siglo tendremos máquinas que parecerán muy inteligentes y en muchos campos serán más expertas que la gente. Algunas ya lo son, como todo lo que requiere una gran cantidad de conocimiento superficial: los sistemas de Big Data son mejores que la gente en muchas cosas. Hay un par de máquinas que tienen sentido común. Una es CYC, y está en Texas; puedes registrarte y hacerle preguntas.

P. ¿Y cómo será un mundo en que las máquinas sean más inteligentes que el hombre?
R. Es difícil de saber, si hay competencia, cuáles serán los objetivos; puede que a las máquinas no les interese la gente.


P. ¿Y a qué podría conducir eso?
R. A todo tipo de desastres, y también muchas cosas buenas. Podemos hacer máquinas que vivan en un planeta frío o raro.


P. ¿Y cuáles serían las cosas positivas?
R. Es difícil de predecir.


P. Profesor, una última pregunta: ¿A usted la vida qué le ha enseñado?
R. Tienes que quedarte en la acera y no echarte a la carretera.


P. ¿De verdad?
R. Es una broma.


P. ¿Y en serio?
R. Que uno solo se puede creer las bromas. Bueno, y he aprendido que la gente tiene buenas ideas y luego se para: si continuaran un poco más, conseguirían mucho más. No sé por qué se paran y pasan a otra cosa. La gente trata de hacer demasiadas cosas.

 


 

Recuadro

 

Cuatro ideas


¿Un libro?"Cualquiera de Larry Niven y Gregory Benford, que son los mejores autores de ciencia-ficción ahora mismo; son los Asimov de hoy en día".
¿Una voz que debería ser escuchada? "La de H. G. Wells. Fue el mejor autor de ciencia-ficción de todos los tiempos".
¿Una cita? "Una de Einstein: 'Todo debe hacerse lo más simple posible, pero no más sencillo".
¿Una idea o medida concreta para un mundo mejor? "Tal vez sea demasiado tarde, pero necesitaremos que haya menos población".

Jueves, 27 Junio 2013 06:44

Espionaje y literatura

Espionaje y literatura

Este Edgar Snowden: dio a conocer una serie de documentos impactantes sobre cómo el gobierno de Obama espía a su propio pueblo y a otras naciones, está acusado de traición a la patria; aunque la formulación envuelva el cargo con el lenguaje jurídico del caso, logra no ser atrapado, entra y sale de Hong Kong como Pedro por su casa, burla a los periodistas con una presunta salida a Cuba de la que está ausente, mientras los que tomaron el avión para encontrarlo viajan 12 horas sin poder probar ni una sola gota de alcohol de más de 24 grados, está en Rusia –dice Putin al escribirse estas líneas– y no será extraditado –no hay tratado de extradición entre los dos países–, se especula que tantea la posibilidad de refugiarse en Ecuador, Islandia o Corea de Norte y la administración estadounidense está furiosa con China y Rusia porque no se lo devuelven.

 

Moscú y Beijing simpatizan con Snowden no tanto por divulgar un sistema que seguramente conocían desde hace tiempo, sino por hacerlo públicamente y lastimar la fama de EE.UU. como país democrático. Es cierto, además, que el ex espía perseguido por los espías que espió no dio a conocer documentos top secret a los que tuvo acceso y se limitó a los secrets. Es inútil que el secretario de Estado John Kerry afirme que el acto de Snowden pone en peligro la vida de estadounidenses. Los que conocen, es decir, los espías de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés), bien saben que no es así.

 

¿Cuáles serían los motivos que llevaron a Snowden a desnudar el sistema de espionaje de Washington ahora? ¿Lo empujó el ejemplo de Wikileaks? En todo caso, la campaña en su favor que se lleva a cabo en EE.UU. alcanzó –y superó– en pocos días las 100.000 firmas necesarias para que el presidente Obama tenga que ofrecer explicaciones. Para Daniel Ellsberg, que destapó las mentiras de Lyndon Johnson sobre la guerra en Vietnam filtrando los famosos “Papeles del Pentágono”, Snowden es un héroe civil.

 

“Soy una persona corriente. Soy un estadounidense. No soy un traidor ni un héroe, soy uno más de los estadounidenses sentados ante un escritorio leyendo esta clase de material”, declaró Snowden y recordó Ellsberg en una entrevista (//scotthorton.com, 20613). Y propuso qué habrían pensado tanto Manning como Snowden: “Tengo aquí esta información y el público no la tiene. ¿Por qué, sentado ante este escritorio, conozco con autorización algo que el público necesita saber y los senadores necesitan saber, y los senadores no lo saben?”. Según Ellsberg, no pocos senadores manifestaron que, gracias a las revelaciones de Snowden, “en los últimos diez días aprendí más sobre lo que hace la NSA que en los últimos diez años”.

 

La situación ha llevado a John le Carré, el novelista británico autor de extraordinarias novelas de espionaje, a hablar sobre su experiencia como miembro del servicio secreto M15 y M16 en los años ’50 y ’60 a la vez que publicaba dos novelas con seudónimo. A medio siglo de publicar la tercera, El espía que vino del frío, que le procuró fama internacional, John le Carré detalla las dificultades de esa doble pertenencia, al espionaje y a la literatura. De algún modo rozan los pujos subjetivos de Snowden, aunque la manera de darles paso es muy diferente.

 

“Escribí El espía que vino del frío a los 30 años bajo un estrés intenso, no compartido, personal y con privacidad extrema. Como funcionario de inteligencia con la máscara de un joven diplomático en la embajada británica en Bonn, yo era un secreto para mis compañeros y, la mayor parte del tiempo, para mí mismo” (www.guardian.co.uk, 12413). Sus superiores, luego de un largo examen, aprobaron la publicación de esa novela considerándola una ficción. Pero la prensa mundial la leyó de otra manera, como “una suerte de mensaje revelador ‘del otro lado’.”

 

“Hoy pienso que la novela es el resultado de una explosión interna no muy bien disfrazada, después de la cual mi vida nunca sería la misma”, agrega. Le Carré siempre insistió en que no era un texto “auténtico” que reflejaba la actividad del M16, pero distintos rasgos psicológicos del protagonista Alec Leamas son, sin duda, propios. El mismo tipo de “explosión interna” o parecida o similar, ¿se habrá producido en Manning y Snowden?

 

Le Carré se muestra crítico de las prácticas del espionaje de hoy. Enjuicia la guerra de Irak, basada en informaciones falsas, las ejecuciones extrajudiciales, las torturas, la expansión del aparato de espionaje propulsada por Obama (www.guardian.co.uk, 14613). “Hace 50 años –subraya–, según recuerdo, cuando la acción encubierta predominaba en la época y los políticos iban a la mesa para firmar su ejecución, eran los más experimentados, y no los espías profesionales, los que pedían sangre a gritos... Estamos volviendo al punto de partida. O estamos con ellos o estamos con los terroristas.” El ex agente del M16 conoce el tema.

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