Martes, 04 Enero 2011 07:30

La crisis seguirá

La peor crisis financiera sufrida por el mundo desde los años treinta del siglo pasado, comenzó durante el verano de 2007 y más de tres años después continúa produciendo aún profundos impactos en Estados Unidos, en Europa y en la mayor parte del mundo desarrollado, principalmente.

El capitalismo se ha desarrollado a través de recesiones periódicas y ha tenido tres grandes crisis. La primera la registra la historia económica como El Pánico de 1873; la segunda, La Gran Crisis del 29, y la que vivimos en la actualidad, aún sin nombre ni apellido. Estas crisis han sido del todo distintas, salvo en un rasgo devastador: las dos primeras produjeron un alto desempleo de larga duración e introdujeron transformaciones profundas en la estructura económica del mundo, en términos de las potencias dominantes, geografía de la riqueza y cambios tecnológicos. La crisis actual traerá consigo ese tipo de cambios y, con seguridad, algunos más de máxima importancia e impacto.

La primera se resolvió por sí sola, por así decirlo; la segunda ya implicó la búsqueda, mediante intervenciones y políticas económicas desde el Estado, para salir a la brevedad posible de los estragos que estaba causando en una gran parte del mundo. La presente trae novedades diversas. Lo que se advierte ya, es que no se trata de una de tantas recesiones que hemos conocido, sino de una crisis que tendrá un impacto de largo plazo en el empleo.

En muchos países la austeridad está siendo impuesta al mundo del trabajo. En este momento un caso particularmente dramático es el de Grecia, un país obligado por las exigencias de agencias calificadoras y banqueros, incluyendo para variar al FMI, a exprimir a sus asalariados a cambio de préstamos del extranjero para ayudar al gobierno a devolver sus deudas.

En la Cumbre de Lisboa de marzo de 2000, los jefes de Gobierno de la UE acordaron un nuevo objetivo estratégico para la Unión Europea: convertirla en la economía más competitiva del mundo antes de 2010. A partir de entonces, el Parlamento Europeo aprobó un conjunto de medidas económicas, dirigidas a la apertura de los mercados de diversos bienes y servicios. No obstante, los diputados de entonces trataron de moderar la liberalización mediante medidas tendentes a proteger a los consumidores, los asalariados, el medio ambiente y los servicios públicos básicos.

En octubre de 2007, a las dos de la mañana, después de siete años de negociaciones, el primer ministro de Portugal, que ostentaba la presidencia en turno de la UE, anunció el gran acuerdo. José Sócrates afirmó solemnemente: “Es una victoria de Europa, que sale de un impasse de muchos años y supera su crisis institucional”. El presidente de la Comisión Europea José Manuel Durão abrazó a Sócrates y le dijo porreiro pa (expresión popular equivalente a fantástico, mano). Simultáneamente, del subsuelo del mundo desarrollado empezaba a asomarse el temible rostro de la peor crisis económica, de la que nadie en el mundo tenía conciencia.

Hoy por hoy la UE es el epicentro del movimiento telúrico de la crisis del presente. Y aunque no es lo fundamental, el drama de la UE se centra en las llamadas deudas soberanas donde el término soberana está empezando a ser tan ridículo que da grima.

Nadie advirtió –parece que hasta ahora–, que esas deudas pueden estar construyendo una burbuja más de consecuencias inimaginables pero sin duda devastadoras. Deudas que se originaron en el rescate de los agentes económicos más zánganos del planeta: los banqueros, por supuesto, encubiertos por las agencias calificadoras.

En julio del año pasado Paul Krugman escribió que no había visos de salida a la crisis y que ello no era sino un fracaso político.

Fue Keynes quien escribió acerca de la eutanasia del rentista. La veía más como una consecuencia de largo plazo de la operación del capitalismo, que como una política a ser considerada seriamente. Se trataba de someter el capital financiero especulativo, al capital productivo.

La crisis capitalista de nuestros días no tiene como fondo las hipotecas suprime, su fondo es mucho más profundo, pero la crisis devastadora en que pueden entrar las deudas soberanas, exige la eutanasia del rentista. No obstante, pese a las catástrofes que pueden estar construyéndose, el fracaso, la impotencia de los políticos del mundo para crear las leyes, los tratados, los mecanismos, las instituciones, necesarias para llevar a los hechos la eutanasia del rentista, es tan monumental como inexplicable: prefieren el suicidio antes que tocar el poder del capital especulativo.

China está lista ya con 900 millones de millones de dólares para conjurar la formación de la burbuja de las deudas soberanas. Cuenta con reservas de 2 mil 400 billones (en español), para comprar tales deudas. El camino a la cumbre de la nueva elite dominante de la economía mundial, pasa por esta mesa puesta para los nuevos grandes comensales. Esta mesa está hecha de una desregulación triunfante inconmovible y suicida, made in Occidente

En este camino, otra novedad es el surgimiento del banquete particular de las BRIC (ya formaron su G4), próximamente BRICS (con el añadido de Sudáfrica). Aunque México no tiene invitación a este convite de economías innovadoras y productivas. Quién sabe por qué.

Por José Blanco
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No fue hace tanto tiempo cuando podíamos decir: “Ahora somos todos keynesianos”. El sector financiero y su ideología de libre mercado habían llevado al mundo al borde de la ruina. Los mercados claramente no se estaban corrigiendo. La desregulación había demostrado ser un fracaso abismal.

Las “innovaciones” desarrolladas por las finanzas modernas no conducían a una mayor eficiencia a largo plazo, a un crecimiento más rápido o a una mayor prosperidad para todos. Más bien, estaban destinadas a eludir las normas contables y a evadir y evitar los impuestos necesarios para financiar las inversiones públicas en infraestructura y tecnología –como Internet- que son la base del crecimiento real, no del crecimiento fantasma promovido por el sector financiero.

El sector financiero pontificó no sólo sobre cómo crear una economía dinámica, sino también sobre qué hacer en caso de una recesión (que, de acuerdo con su ideología, podía ser causada por una falla del gobierno, no de los mercados). Cuando una economía entra en recesión, las ganancias caen y los gastos –digamos, para los beneficios de desempleo- aumentan. Así crecen los déficits.

Los halcones del déficit en el sector financiero dijeron que los gobiernos deberían concentrarse en eliminar los déficits, preferentemente reduciendo los gastos. Los déficits cercenados restablecerían la confianza, lo que a su vez restauraría la inversión –y, por ende, el crecimiento-. Pero, por más factible que pueda sonar esta línea de razonamiento, la evidencia histórica repetidamente la refuta.  

Cuando el presidente estadounidense Herbert Hoover intentó esa receta, sólo sirvió para transformar el crac del mercado accionario de 1929 en la Gran Depresión. Cuando el Fondo Monetario Internacional intentó la misma fórmula en el este de Asia en 1997, las crisis se convirtieron en recesiones y las recesiones devinieron depresiones.

El razonamiento que hay detrás de estos episodios se basa en una analogía errónea. Un hogar que debe más dinero del que puede devolver fácilmente tiene que recortar el gasto. Pero cuando un gobierno lo hace, la producción y los ingresos declinan, el desempleo aumenta y la capacidad de devolver el dinero, en realidad, puede disminuir. Lo que es válido para una familia no es válido para un país.

Los defensores más sofisticados advierten que el gasto gubernamental hará subir las tasas de interés, “desplazando” así a la inversión privada. Cuando la economía está en un nivel de empleo pleno, esta es una preocupación legítima. Pero no ahora: en vista de las tasas de interés a largo plazo extraordinariamente bajas, ningún economista serio plantea la cuestión del “desplazamiento” hoy en día.

En Europa, especialmente Alemania, y en algunos lugares de Estados Unidos, mientras los déficits y la deuda gubernamentales aumentan, también lo hacen los llamados a una mayor austeridad. Si se les presta atención, como parece ser el caso en muchos países, los resultados serán desastrosos, especialmente teniendo en cuenta la fragilidad de la recuperación. El crecimiento se desacelerará, mientras que Europa y/o Estados Unidos posiblemente hasta caigan nuevamente en una recesión. 

El gasto en estímulo, el cuco preferido de los halcones del déficit, no fue la causa de gran parte del incremento de los déficits y la deuda, que son el resultado de “estabilizadores automáticos” –los recortes impositivos y los aumentos del gasto que automáticamente acompañan las fluctuaciones económicas-. De modo que, a medida que la austeridad vaya socavando el crecimiento, la reducción de la deuda será, en el mejor de los casos, marginal.

La economía keynesiana funcionó: si no hubiera sido por las medidas de estímulo y los estabilizadores automáticos, la recesión habría sido mucho más profunda y más prolongada, y el desempleo, mucho más alto. Esto no significa que deberíamos ignorar el nivel de deuda. Pero lo que importa es la deuda a largo plazo.

Existe una receta keynesiana simple. Primero, desviar el gasto de los usos improductivos –como las guerras en Afganistán e Irak, o los rescates bancarios incondicionales que no reaniman el préstamo- hacia inversiones de alto rendimiento. Segundo, fomentar el gasto y promover la equidad y la eficiencia aumentando los impuestos a las corporaciones que no reinvierten, por ejemplo, y bajándoselos a las que sí lo hacen, o subiendo los impuestos a las ganancias de capital especulativas (digamos, en bienes raíces) o a la energía contaminante con un alto consumo de carbono, al mismo tiempo que se recortan los impuestos de los contribuyentes de menores ingresos.

Existen otras medidas que podrían ayudar. Por ejemplo, los gobiernos deberían ayudar a los bancos que prestan a pequeñas y medianas empresas, que son la principal fuente de creación de empleo –o establecer nuevas instituciones financieras que lo hicieran- en lugar de respaldar a los grandes bancos que generan su dinero a partir de derivados y prácticas abusivas con tarjetas de crédito.

Los mercados financieros se han esforzado en crear un sistema que ponga en práctica sus puntos de vista: con mercados de capital libres y abiertos, un país pequeño puede verse inundado de fondos en un momento, sólo para pagar altas tasas de interés –o no recibir más fondos en absoluto- poco tiempo después. En estas circunstancias, los países pequeños aparentemente no tienen alternativa: el dictado de los mercados financieros en materia de austeridad, si no quieren ser castigados con un retiro del financiamiento.

Pero los mercados financieros son un capataz severo y caprichoso. Al día siguiente que España anunció su paquete de austeridad, se les bajó la calificación a sus bonos. El problema no fue una falta de confianza en que el gobierno español cumpliera sus promesas, sino demasiada confianza en que sí lo haría, y que esto redujera el crecimiento y aumentara el desempleo de su nivel ya intolerable de 20%. En resumen, tras haber empujado al mundo en su actual descalabro financiero, los mercados financieros ahora les dicen a países como Grecia y España: malditos sean si no recortan el gasto, pero malditos sean si lo hacen también.

Las finanzas son un medio hacia un fin, no un fin en sí mismo. Se supone que son funcionales a los intereses del resto de la sociedad, no al revés. Domesticar los mercados financieros no será fácil, pero es algo que se puede y se debe hacer, mediante una combinación de impuestos y regulación –y, si fuera necesario, de intervención del gobierno para zanjar algunas de las brechas (como ya lo hace en el caso del préstamo a las pequeñas y medianas empresas)-.

No sorprende que los mercados financieros no quieran que los domestiquen. A ellos les gustan las cosas como han venido funcionando, ¿y por qué no debería ser así? En países con democracias corruptas e imperfectas, tienen los medios para resistir el cambio. Afortunadamente, los ciudadanos en Europa y Estados Unidos han perdido la paciencia. El proceso de atemperar y domesticar a los mercados financieros ya ha comenzado. Pero todavía queda mucho por hacer.

Por Joseph E. Stiglitz
Project Syndicate
 
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Sábado, 10 Julio 2010 06:24

Crisis y euro

A diferencia de la crisis estadunidense de 2008, la europea de 2010 no es solamente financiera, ni se limita a la insolvencia de algunos estados de importancia económica relativa menor dentro de la Unión. Esta sí es una crisis monetaria, de insolvencia del propio euro, una moneda emitida por un banco central metafísico, que no pertenece a un Estado, ni administra la deuda de ningún tesoro central.

El sistema monetario europeo se empezó a construir con el Tratado de Maastricht, en 1992, y culminó con la creación del euro en 2002.

Partió del supuesto de los líderes europeos de que con una nueva moneda global se podía avanzar hacia la creación de un gobierno central capaz de gestionarla. Lo anterior contradice lo que la historia enseña, de que en Europa siempre han sido sus estados los que han emitido monedas soberanas, definiendo y asegurando su valor y su circulación basándose en las capacidades tributarias y de endeudamiento.

Desde este punto de vista, se puede decir que el euro tiene una falla de nacimiento que dura hasta hoy; una especie peculiar de divisa semiprivada e inconclusa, que se acepta sobre la base de la creencia privada y la certidumbre pública de que el Banco Central Europeo (BCE) y Alemania cubrirán toda la deuda emitida por los 16 estados miembros de la eurozona. Así ocurrió hasta 2008, lo que permitió que todos los países de economías pequeñas establecieran tipos de interés casi iguales a los de Alemania, a pesar de su enorme asimetría de riqueza y de poder.

Esta situación cambió después del colapso financiero de 2008, cuando la canciller alemana, Angela Merkel, estableció el principio de que cada país de la Unión debía hacerse responsable –a partir de ese momento– por sus propios bancos y por la cobertura de su deuda soberana. La consecuencia inmediata de la posición alemana desembocó en la crisis de insolvencia de algunos gobiernos de Europa central, en 2009, salvada mediante la intervención del Fondo Monetario Internacional (FMI).

A principios de 2010, sin embargo, la denuncia del nuevo gobierno socialista de Grecia, acerca de que su déficit presupuestario del año anterior había sido mayor que el publicado inicialmente, resultó en la mecha que hizo estallar una nueva crisis, agravada por el veto de Alemania –por seis meses– de negar cualquier ayuda de la Unión Europea al gobierno de Atenas. En el momento en que la situación en Grecia amenazó con prolongarse a otros países endeudados y se extendió hasta la propia credibilidad del euro, Alemania se vio forzada a aceptar apresuradamente la intervención del Fondo Europeo de Estabilización Financiera, con capacidad anual para girar hasta 750 mil millones de euros.

Esa es una cantidad suficiente para superar la crisis inmediata, pero incapaz de revertir la desmoralización en el sistema monetario europeo que se creó en 2002 bajo la tutela germana.

Para corregir este defecto de fabricación del euro, Francia planteó la creación de un gobierno económico europeo, que no fue aceptado por Alemania. El gobierno alemán, a su vez, propone –sin el apoyo de Francia– la creación un Fondo Monetario Europeo, para ejercer un control estricto de la disciplina fiscal de la eurozona, con poder para expulsar a estados de mala conducta.

El callejón sin salida se mantiene, pero aún así, en el corto plazo, la posición alemana se impuso en favor de un ajuste fiscal draconiano en todos los países incorporados a la zona del euro.

Como dicho ajuste se aplica en economías estancadas, con altas tasas de desempleo, es como echar gasolina al fuego y supone una profunda y prolongada recesión, al igual que la estadunidense de 1930.

Pero atención, porque en este caso, la recesión y –después de todo– la devaluación del euro, en última instancia beneficiarán a Alemania al ubicarla como la principal economía exportadora del viejo continente, posibilitándole la transferencia hacia las economías más débiles, la carga de la recesión, el desempleo, la pérdida de salarios y de la protección social; los incrementos en la lucha de clases, la xenofobia y el nacionalismo de derecha.

Lo que es peor, es que nada de lo dispuesto resolverá el problema de insolvencia del euro, porque la moneda europea sólo tendrá valor efectivo en el momento en que sea anclada por un poder y un tesoro central capaces de asumir la responsabilidad permanente por su sustentabilidad con base en su capacidad de tributación y endeudamiento. Si eso no acontece, y si los pequeños estados de la Unión no aceptan su condición de provincias fiscales de Alemania, el sistema monetario europeo, y el propio euro, tienen sus días contados. ¿Cuánto tiempo?: tal vez por el que dure el actual armisticio europeo de esta última posguerra, que actualmente se llama Unión Europea.

“Alemania es el poder dominante en Europa, pero no quiere hacerse de esa responsabilidad. Cuando usted está en esa posición, debe estar dispuesto a invertir algo. Con el euro, Alemania quiere tener su pastel y comérselo… La cuestión alemana está de regreso y no se debe olvidar”. (J. Pisani-Ferry, Hacia un sistema para garantizar el euro, Financial Times, 22/06/2010)

José Luis Fiori, Politólogo, profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Publicado en Cartamaior

Traducción: Ruben Montedónico
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La primera crisis bancaria de la que se tiene noticia ocurrió el año 33 antes de Cristo, cuando el emperador Tiberio tuvo que inyectar en el sistema financiero un millón de monedas de oro de las arcas públicas para evitar su colapso. Desde entonces, se han producido cientos de pánicos financieros de todo tipo, pero todos ellos, sin excepción, comparten una característica común "de una similitud escalofriante: el paso de la avaricia al miedo", afirma Liaquat Ahamed, que ha ganado el Pulitzer de Historia de 2010 por su libro Lords of Finance: Los banqueros que arruinaron el mundo, que explica el crash del 29 a partir de los errores de los presidentes de los bancos centrales de las principales potencias de la época.

Una vez más, hoy, los banqueros centrales se encuentran con problemas similares y la misma falta de confianza. Pero ¿cuál es la causa real del desplome de la Europa del euro? ¿Por qué los inversores no huyen del yen, la libra o el dólar? Todos los analistas lo achacan a la incapacidad de los gobiernos europeos para adoptar políticas económicas, fiscales y monetarias comunes. Pero una parte de ellos también alcanza a ver en las trincheras de la batalla monetaria el trasfondo de una guerra de poder, en la que el poderoso mundo financiero anglosajón que describe Antonio Garrigues Walker (ver entrevista) lucha a capa y espada por conservar su hegemonía financiera mundial.

El euro que analistas británicos y agencias de rating anglosajonas ponen ahora en solfa ha conseguido en sus pocos años de vida hacerse con una cuota del 30% del mercado de divisas y con otro 30% del de reservas de los bancos centrales. "A los norteamericanos nos les gusta que el euro se convierta en una moneda de reserva", dice el economista y ex presidente del Banco Hipotecario Julio Rodríguez. "Que todo el mundo acepte el dólar como moneda de reserva les da unas ventajas increíbles, pueden darse el lujo de llevar a cabo políticas que a los demás no se nos permiten", añade.

"Gusto por atacar al euro"
Esta opinión de Julio Rodríguez, que llega a decir que entre los mercados de capitales anglosajones "ha habido cierto gusto en atacar al euro y jugar contra la Unión Monetaria", es compartida en parte por el economista jefe de Intermoney y profesor de Economía Internacional José Carlos Díez. "Que venga la banca de Londres a criticar nuestra deuda pública es de película de los hermanos Marx", dice tras explicar que Reino Unido tiene el 80% del PIB comprometido en avalar y asegurar a sus bancos, o que el año pasado el 50% de sus emisiones de deuda tuvo que ser comprado por el Banco de Inglaterra.

Igual ocurre con EEUU, cuyos dólares añade han recibido todo el dinero que ha huido del euro, a pesar de tener pérdidas muy superiores a las de la Eurozona por la crisis bancaria y por haber generado un déficit fiscal muy superior. "Esta crisis le ha ido bien a la libra, pero sobre todo al dólar, que ha servido de refugio para todos los flujos que han huido de Europa, lo que significa que el Tesoro americano se está financiando a unos tipos ridículos para su situación y perspectivas", explica Díez.

Pero ningún economista se atreve a ir más allá. Todos, incluso ellos, coinciden en que la espantada del euro no se debe a ningún plan concertado, sino "a la estupidez de los europeos. Lo que hay en Europa es un desgobierno", dice Díez.

Con él coinciden los expertos más críticos con el sistema actual, como Juan Hernández Viguera, para el que la crisis es política, pues se debe a la "existencia de una laguna básica en el sistema: la falta de recursos institucionales, que no estaban previstos".

O el catedrático de Economía Internacional de la Universidad Complutense Ángel Martínez González-Tablas, que la achaca "al déficit institucional de la Eurozona".

Unas carencias que se han hecho evidentes para los especuladores, que han atisbado la debilidad y se han lanzado a la caza de la pieza que les "ofrecía una oportunidad para tomar posiciones", según González-Tablas, y de "hacer dinero", según Vigueras.

O, como resume el profesor de Economía Aplicada Alberto Montero, "lo que está ocurriendo no es más que una penalización de los mercados a una falta de gobierno económico de la Eurozona".

Pasto de especuladores
Esos titubeos de los gobiernos europeos, los evidentes desacuerdos entre franceses y alemanes, esa incapacidad de tomar decisiones, que la crisis de la deuda griega ha sacado a la luz, ha echado del euro a los fondos de inversión y de pensiones chinos, japoneses y de los países productores de petróleo de Oriente Medio, siempre muy conservadores, que no especulan con dinero de otros, sino que invierten sus ahorros. Se han refugiado en el dólar y, como explica José Carlos Díez, "entonces el mercado se hace estrecho y se quedan los especuladores que se hacen con el control".

China reduce posiciones en el dólar frente al euro

La semana pasada el diario británico Financial Times disparó una nueva arma de destrucción contra el euro. Difundió el rumor de que el Gobierno chino cambiaba su estrategia en política monetaria para abandonar la moneda europea. Pocas horas tardó en llegar el desmentido oficial: “Esa información no tiene base. El mercado europeo ha sido, es, y será siempre en el futuro uno de nuestros principales mercados de inversión”, aseguró el Gobierno en una de las pocas notas que ha emitido sobre asuntos monetarios internacionales. 
China, que gestiona unas muy apetitosas reservas equivalentes a 2,5 billones de dólares, guarda en secreto la distribución de esos fondos en las distintas monedas. Pero los expertos saben que la mayoría son dólares, yenes y después euros. También libras. “Los chinos no juegan a corto plazo, sus inversiones siempre son estratégicas”, dice Ricardo Molero, investigador de la Universidad Complutense y experto en China. Y hace ya mucho tiempo que establecieron una política que, sin duda, no gusta a las apetencias geoestratégicas estadounidenses: diversificación para reducir su dependencia del dólar. Y a medio y corto plazo, tanto Washington como Londres, necesitarán ingentes flujos de ahorros ajenos para financiar sus gigantescas cuentas pendientes.

Por FERNANDO VICENTE SEVILLA 13/06/2010 10:05 Actualizado: 13/06/2010 10:05
 
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Jueves, 28 Enero 2010 18:20

La revolución de los millonarios

El programa de cambios inmediatos incluye las siguientes medidas: 1. terminar con las exoneraciones de impuestos a los hogares con ingresos anuales de más de un cuarto de millón de dólares; 2. aplicar un impuesto a las transacciones financieras (Tasa Tobin); 3. eliminar las exoneraciones impositivas sobre los dividendos y rentas del capital; 4. implantar un impuesto progresivo al patrimonio sobre las grandes fortunas; 5. crear un impuesto a la renta adicional para los ingresos más altos; 6. eliminar los paraísos fiscales y 7. eliminar los subsidios a las remuneraciones excesivas de los ejecutivos.

No. No es una propuesta del Foro Social Mundial de Porto Alegre, ni de los sindicatos globales que este año enviaron una nutrida representación al Foro Económico Mundial de Davos para reclamar medidas urgentes contra el desempleo récord a nivel global. No es ni siquiera una propuesta de un partido de izquierda o progresista. Éstos son los siete puntos que reclama el movimiento Wealth for the Common Good (Riqueza para el Bien Común) en una carta abierta al presidente Barack Obama y a los congresistas que está recogiendo miles de firmas. Wealth for the Common Good fue iniciado en setiembre pasado por el millonario Chuck Collines y agrupa a ciudadanos norteamericanos con ingresos muy superiores al promedio, dispuestos a pagar más impuestos y a apoyar el principio de justicia redistributiva.

La idea ya ha cruzado fronteras y en Alemania el médico y también millonario Dieter Lehmkuhl está promoviendo la creación de un impuesto a la renta adicional de cinco por ciento a los ingresos mayores de medio millón de euros. Esto es exactamente lo opuesto a los planes de la coalición de centroderecha presidida por Angela Merkel, que ganó las elecciones proponiendo un recorte de impuestos de 36.000 millones de dólares a partir de 2011.

“Cuando los ricos pagan más se cierra la brecha entre ricos y pobres, y tenemos un desarrollo más justo, más libre y más democrático”, explica Gerry Hadden, vocero del grupo alemán Vermoegende für eine Vermoegensabgabe (Ricos a favor del Impuesto a la Riqueza). “A largo plazo, esto beneficia a todos, incluyendo a los ricos”. Chuck Collins reconoce “el papel del esfuerzo individual y de la creatividad en la generación de riqueza”, pero subraya: “Sin inversiones públicas en educación, salud e infraestructura, que se pagan con nuestros impuestos, no tendríamos oportunidades de hacer los negocios que nos hacen ricos”.

En Estados Unidos hay unos dos millones de millonarios. En Alemania los individuos con ingresos anuales de siete cifras son ochocientos mil. De ellos apenas cincuenta han firmado hasta ahora la solicitud de que el Estado les cobre más, lo que proporcionalmente es mucho menos que en Estados Unidos. Sin embargo, el movimiento está atrayendo la atención de la prensa a ambos lados del Atlántico, al punto de que la cadena televisiva Bloomberg, dedicada a los negocios y que lleva al nombre del millonario alcalde de Nueva York, le reservó varios minutos de programación. “Si los ricos quieren pagar más para lavar su culpa, yo estoy de acuerdo”, declaró a la televisión la arteterapeuta alemana Agnes Zander. “Mi primera reacción fue de descreimiento. Todos creemos que detrás de las grandes fortunas hay actos criminales y no esperamos este tipo de generosidad.

Pero esto es un llamado a la esperanza. Ojalá el movimiento se propague por todo el mundo”.  Por lo pronto, Chuck Collins ha encontrado aliados poderosos. El primero de ellos es Bill Gates Senior, quien se presenta públicamente como “abogado retirado de Seattle” pero es inmediatamente reconocido como padre del hombre más rico de Estados Unidos. Gates padre firmó en diciembre un artículo junto con Collins en defensa del impuesto a las herencias que actualmente está a estudio del Congreso. Gates y Collins calculan que la abolición permanente del impuesto a la herencia –suspendido temporariamente por el presidente Bush y que ahora se quiere reimplantar– costaría al fisco estadounidense un billón de dólares (un millón de millones) en las próximas dos décadas, generando un vacío que habría que llenar con recorte de gastos públicos, impuestos a la clase media o más deuda pública.

El otro aliado de la causa es Ralph Nader, legendario activista de defensa de los derechos del consumidor y eterno tercer candidato a la presidencia de Estados Unidos para quien demócratas y republicanos son la misma cosa. El último libro de este veterano organizador de movimientos de base se llama, sorprendentemente, Sólo los súper ricos pueden salvarnos. El título parece contradecir la práctica de toda una vida de Nader, pero el libro no es un ensayo sino una novela, una obra de ficción con protagonistas reales como Warren Buffett, Bill Cosby, George Soros, Yoko Ono y Ted Turner, multimillonarios con poder suficiente como para implementar cambios sociales en gran escala.
“Nadie me creería si no lo hubiera escrito como ficción”, explica Nader, pero en su libro estos multimillonarios no se contentan con yates, mansiones o fundaciones caritativas que lleven su nombre más allá de sus vidas, sino que “quieren mirar a sus nietos a los ojos con orgullo”.

Nader no quiere sustituir la tradición de movimientos sociales de base por el esfuerzo de un puñado de millonarios iluminados. Sin embargo, alega, “hay una diferencia entre ser consciente y ser serio”. El dinero es necesario para poner en práctica las ideas y estrategias de cambio desarrolladas por los progresistas. Cuando lanzó su libro en Boston en noviembre pasado, la gran pregunta del público escéptico fue: ¿Cómo podemos creer que los ricos van a ir contra sus intereses?

Nader responde que los ricos de Boston financiaron el movimiento de abolición de la esclavitud del siglo XIX y, décadas más tarde, el movimiento de derechos civiles liderado por Martin Luther King recibió abundante apoyo financiero de muchos millonarios. “Nada impide que esto pase de nuevo”, afirma, y su mejor ejemplo es la campaña de “Riqueza para el Bien Común” que ayudó a financiar la promoción de su libro.

“Si estereotipamos a todos los súper ricos, nos vamos a perder a muchos tan esclarecidos como nosotros creemos ser”, sostiene el organizador de los consumidores. Pero como idealista incorregible que es, a Nader le preocupa menos de dónde vendrá el dinero y su esfuerzo mayor es cómo diseñar un mundo más justo: “Todo aquel que se haya ocupado del cambio social alguna vez sabe que sólo hay una cosa más difícil que recaudar fondos y ésta es decidir cómo usarlos”.

Por Roberto Bissio

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Ciudad del Vaticano, 4 de julio. El Vaticano cerró sus cuentas de 2008 en números rojos, al registrar un déficit mayor a los 21 millones de dólares, indicó este sábado un comunicado de prensa de la sede apostólica.

“Como todo Estado también el Vaticano ha sufrido las repercusiones de la crisis económica-financiera cerrando con un déficit de 21 millones 388 mil 598 dólares”, sostiene la nota firmada por el Consejo de Cardenales para los Problemas Organizativos y Económicos, organismo que certifica los balances de la sede apostólica.

El consejo dio a conocer este sábado los datos tras una reunión celebrada entre el miércoles y viernes pasados.

El presupuesto está dividido en dos sectores: por un lado la Curia Romana o Santa Sede, que apoya al Papa en su trabajo para la Iglesia universal y que incluye los dicasterios o ministerios, así como las nunciaturas (embajadas por el mundo), y por otro, el Estado Vaticano, responsable de la gestión de las 44 hectáreas de territorio físico en la capital italiana, donde se encuentra la basílica de San Pedro y los Museos Vaticanos.
En el Estado del Vaticano, el más pequeño del mundo con apenas 439 kilómetros cuadrados (44 hectáreas), trabajan mil 894 personas, entre ellas 31 religiosos, 28 religiosas, mil 558 laicos y 277 laicas.

Las pérdidas registradas se deben a las obras realizadas para la colocación de un sistema fotovoltaico en el techo del Aula Pablo VI y la restauración del patrimonio artístico de la Santa Sede, entre ellas la Capilla Paulina y las basílicas de Santa María La Mayor y San Pablo Extramuros, así como la Biblioteca Apostólica Vaticana, precisa la nota.

La modernización del sistema informático y de Internet también ha repercutido en las cuentas, sostiene el comunicado.
 

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Domingo, 24 Mayo 2009 10:44

El hundimiento del dólar

Cuando el premier Wen Jiabao de China dijo en marzo de 2009 que estaba un poquito preocupado por la situación del dólar estadunidense, se hacía eco de los sentimientos de estados, empresas e individuos por todo el mundo. Él hizo un llamado a Estados Unidos para que mantenga su buen crédito, honre sus promesas y garantice la seguridad de los activos de China.

Apenas hace cinco años, esto habría parecido una petición muy presuntuosa. Ahora parece entendible aun para Janet Yellen, presidenta del Banco de la Reserva Federal de San Francisco, pese a que considera que las propuestas de China acerca de la divisa mundial de reserva está lejos de ser una alternativa práctica.

Hay sólo dos maneras de almacenar riqueza: en estructuras físicas concretas y en alguna forma de dinero (divisas, bonos, oro). Ambas implican riesgos para el poseedor. Las estructuras físicas se deterioran a menos que se utilicen, lo que implica costos. Utilizar tales estructuras para obtener ingresos y como tal ganancias, depende del mercado –es decir, de la disponibilidad de compradores que deseen adquirir lo que las estructuras físicas puedan producir.

Las estructuras físicas son, por lo menos, tangibles. El dinero (que se denomina con cifras nominales) es meramente una reclamación potencial ante las estructuras físicas. Si varía un pequeño monto, casi nadie lo nota. Pero si varía considerablemente y con frecuencia, sus poseedores pueden ganar o perder mucha riqueza, en ocasiones bastante rápido.

En términos económicos una divisa de reserva es la forma más confiable de dinero, la que varía menos. Es entonces el lugar más seguro para almacenar cualquier riqueza que uno tenga, que no asuma la forma de estructuras físicas. Desde por lo menos 1945, la divisa mundial de reserva ha sido el dólar estadunidense. Es todavía el dólar estadunidense.

El país que emite la divisa de reserva tiene una ventaja singular sobre los otros países. Es el único que puede legalmente imprimir la divisa, siempre que piense que es a favor de su interés hacerlo.

Todas las divisas tienen una tasa de cambio con las otras divisas. Desde que en 1973 Estados Unidos puso fin a su tasa fija de cambio con el oro, el dólar ha fluctuado con respecto a otras divisas, subiendo y bajando. Cuando su divisa ha bajado con respecto a otra, se ha vuelto más fácil vender sus exportaciones porque el comprador de las exportaciones requiere menos de sus propias divisas. Pero también ha hecho más cara la importación, debido a que requiere más dólares para pagar el artículo importado.

En el corto plazo, una divisa debilitada puede incrementar el empleo al interior de un país. Pero esto es, cuando mucho, una ventaja de corto plazo. En el mediano plazo, hay mayores ventajas de contar con una divisa considerada fuerte. Esto significa que el poseedor de tales divisas tiene más control de la riqueza del mundo medida en productos y estructuras físicas.

Más allá del mediano plazo, las divisas de reserva son fuertes y quieren seguir siéndolo. La fortaleza de una divisa de reserva se deriva no sólo de su control sobre la riqueza del mundo sino del poder político que le ofrece al sistema-mundo. Es por eso que la divisa mundial de reserva tiende a ser la divisa del poder hegemónico en el mundo, aun si se trata de una potencia hegemónica en decadencia.

Así que, ¿ por qué está un poquito preocupado el primer ministro Wen? Es claro que es porque durante las últimas cuantas décadas, la tasa de cambio del dólar estadunidense ha estado fluctuando bastante pero a fin de cuentas va descendiendo lentamente. Uno de los factores principales ha sido la deuda global increíblemente creciente del gobierno de Estados Unidos. Existen dos modos principales mediante los cuales Estados Unidos ha podido balancear su contabilidad. Imprime dinero y vende bonos del tesoro estadunidense, primordialmente a otros gobiernos (los llamados fondos soberanos de inversión).

No es secreto que en años recientes el mayor comprador de bonos del tesoro estadunidense haya sido China. No es el único. Japón y Corea del Sur, Arabia Saudita y Abu Dhabi, India y Noruega, han comprado, todos, bonos del tesoro de Estados Unidos. Pero China es hoy el mayor comprador, y dada la presente contracción del crédito, China es uno de los pocos probables compradores en el futuro inmediato.

El dilema para China, como para otros que invirtieron en bonos del tesoro estadunidenses, es que si el dólar baja aún más o si hay una inflación significativa por el hecho de que Estados Unidos imprime dinero, su inversión en bonos del tesoro puede hacerlos perder dinero. Por otro lado, ¿qué alternativas tienen China o los demás?

La conclusión de políticas que China (y otros compradores) sacan es que hay un discreto desposeimiento constante. No quieren que sea tan rápido que ocasione un pánico bancario, pero que tampoco sea tan lento que uno termine siendo el último fuera de la puerta antes de la estampida, como tituló su artículo Joseph Stroupe en el Asia Times.

China está reduciendo la cantidad de bonos del tesoro estadunidense que está comprando, y ahora prefiere comprar unos de plazo más corto en lugar de aquellos de plazo más largo. China incursiona en el cambalache o trueque de divisas con otros países, como Argentina, de tal modo que ninguno tenga que usar dólares en sus transacciones. Y China está haciendo un llamado a la creación de una divisa de reserva alterna basada en los Derechos Especiales de Giro (DEG) creados por el Fondo Monetario Internacional, con base en una canasta de monedas. Rusia ya respaldó el llamado.

Estados Unidos no está seguro de cómo responder. Cuando el secretario del Tesoro Timothy Geithner dijo que el gobierno estadunidense está bastante abierto a la propuesta de China de incrementar el uso de los DEG, de inmediato bajó el dólar en el mercado de divisas. Así que Geithner clarificó entonces lo que había dicho. El dólar permanecería como divisa de reserva dominante en el mundo y es probable que continúe así por un periodo prolongado de tiempo. Aseguró que hará lo necesario para garantizar que mantenemos la confianza en nuestros mercados financieros, y en la capacidad productiva de este país y en nuestros fundamentos de largo plazo.

¿Será que Geithner sólo está aparentando calma? Y más importante, ¿quién cree que lo que dice es plausible? La clave de la fuerza de una divisa no son los llamados fundamentos sino la fe en la realidad de esos fundamentos.

Todos los actores principales están confiando que pueda haber una aterrizaje suave, una transición ordenada hacia algo que se aparte del dólar estadunidense. Nadie quiere precipitar una caída libre, porque nadie está seguro de salir adelante si eso ocurre. Pero si el estímulo de Estados Unidos resulta ser la última de las burbujas, el dólar bien puede desinflarse repentinamente en la forma más caótica. El modo de decir estampida en francés es “sauve-qui-peut”, que se traduce literalmente como sálvese quien pueda.

 

Immanuel Wallerstein

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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De visita en Madrid para entrevistarse con José Luis Rodríguez Zapatero, Zoellick no tiene reparos en reconocer que las autoridades políticas -y él mismo- suelen exagerar los riesgos que se ciernen sobre la economía para evitar que esas amenazas se materialicen, en una suerte de guerra preventiva. Pero los peligros están ahí: la crisis financiera que estalló hace casi dos años mutó en crisis económica y, de la mano del desempleo, puede convertirse en una "grave crisis humana y social" de consecuencias políticas imprevisibles.
 
Pregunta. Los más optimistas dicen que lo peor ha quedado atrás en el mundo desarrollado. ¿También entre los emergentes?

Respuesta. Los mercados financieros se han recuperado un poco y en algunos países, tanto desarrollados como emergentes, las Bolsas han empezado a subir. Pero hay que tener cuidado porque la utilización de la capacidad de producción sigue muy, muy baja. Y ésa es una señal de alerta. Los ministros de Finanzas del G-7 y del G-20 transmiten cierto alivio porque se ha frenado la caída: aunque podamos tener un crecimiento bajo o negativo, el escenario es menos malo. Pero los economistas y la gente de la industria son conscientes de que la recuperación tardará en llegar y será más lenta de lo previsto.


P.
¿Y qué opina usted?

R. Que nadie lo sabe con seguridad. Hay un elevado grado de incertidumbre, de riesgo. Y una institución financiera dedicada al desarrollo debe centrarse en no ignorar los riesgos.


P.
¿Cuáles son los más peligrosos?

R. Muchos. Tal vez el principal es que hay que seguir saneando el sistema financiero: EE UU ha dado pasos en la buena dirección, pero aún hay bancos con serias dificultades relacionadas con los préstamos al consumo, las tarjetas de crédito o el sector inmobiliario. Además, EE UU depende más que Europa del mercado de titulizaciones, y ese mercado aún no se ha recuperado.


P.
El Banco Mundial suele atacar también el proteccionismo y ha advertido de las dificultades en varias áreas económicas.

R. Existen riesgos adicionales. América Latina se ha mantenido razonablemente bien, aunque México y Centroamérica están bajo tensión porque dependen mucho del mercado estadounidense. Europa del Este está en una situación delicada, especialmente los países del Báltico y otros como Rumania. Otras zonas de penumbra son tanto el peligro asociado al proteccionismo como la deuda privada en el mundo emergente, a pesar de las ayudas del FMI. Y luego existe lo que llamo el factor X, eso que nunca se ve venir -como la gripe A-. Ya sé que todo el mundo está discutiendo si hay brotes verdes o no. Mi opinión es que con este panorama nadie sabe con certeza lo que va a suceder y lo mejor es estar preparados para cualquier imprevisto.


P.
¿El este de Europa puede desatar una nueva tormenta?

R. La crisis ha provocado problemas, con consecuencias sobre la banca. Seis grandes bancos europeos poseen el 90% del sistema financiero de la región, y si retiraran su capital el efecto multiplicador sería muy negativo. De ahí los 31.000 millones de dólares que hemos puesto a disposición de los bancos y la aportación de la UE, que ascenderá a unos 20.000 millones de euros más.


P.
Pese a esas incertidumbres, ¿para cuándo fijaría el inicio de la recuperación?

R. Hay gente que maneja finales de 2009, otros dicen que a principios de 2010. En cualquier caso va a ser una recuperación de baja intensidad durante un tiempo prolongado, porque hay mucha capacidad sin utilizar en la industria y el paro va a seguir subiendo. Y ése es un buen caldo de cultivo para políticas populistas y proteccionistas. Entre los países emergentes hay grandes diferencias: China puede sorprender al alza, ha obtenido buenos resultados con el plan de estímulo; para países como México y Brasil, la principal amenaza es no tener acceso a la financiación. Luego hay un buen puñado de países africanos, como Liberia, Costa de Marfil y otros, que son Estados frágiles y ven peligrar sus avances. Y hay una crisis alimentaria larvada, que no se ha calmado tanto como la gente cree.


P.
¿El riesgo de que se repita una depresión como la de los años treinta ha quedado definitivamente atrás?

R. La probabilidad es baja, pero nunca nula. Las dos grandes diferencias con los años treinta son la distinta reacción de los bancos centrales -que han sido muy activos y en los años treinta fueron parte del problema- y el proteccionismo, que entonces cerró los mercados. No creo que una depresión sea probable, pero si pasa sería terrible. Para países en desarrollo de rentas medias como Colombia o Perú, que han estado haciendo un buen trabajo, la persistencia de esta crisis durante años tendría un coste social inmenso, y debemos trabajar para que eso no suceda. En la crisis asiática de 1997, todo el mundo se preguntaba si China superaría ese escollo y ahora es una de las fuentes de crecimiento global. Cuantas más fuentes tengamos, mejor le irá a la economía mundial.


P.
Tras el incremento vertiginoso del desempleo y las protestas que han aparecido ya en muchos países, ¿ve riesgos de una crisis social?

R. Puede ser. Lo que empezó como una gran crisis financiera y se convirtió en una profunda crisis económica, ahora está derivando en una gran crisis del desempleo y, si no tomamos medidas, hay riesgo de que llegue a ser una grave crisis humana y social, con implicaciones políticas muy importantes. La clave pueden ser las medidas de estímulo. Si tomamos como ejemplo China en 1998, la inversión en infraestructuras sirvió para crear empleo, pero también para sentar las bases de la productividad y el crecimiento futuro. Si creamos infraestructuras que pongan a la gente a trabajar, ésa puede ser una forma de unir retos de corto plazo con estrategias de largo plazo.


P.
El mundo desarrollado se ha pasado años escatimando ayudas al desarrollo, pero con la crisis se han movilizado recursos públicos a toda velocidad para rescatar a la banca. ¿Eso le decepciona?

R. El presidente brasileño Lula dijo en el G-20 que lo más importante para los emergentes era que las economías de los países desarrollados retomaran el crecimiento. Vivimos en una economía global. México y Centroamérica no pueden crecer si no lo hace EE UU. Si Europa no sale del túnel eso tiene repercusiones sobre África y el resto del mundo. Así que tiene sentido dedicar el primer dinero a los planes de estímulo y a sanear los activos tóxicos de los bancos. El siguiente paso es seguir presionando para hacer más por los países desarrollados, más allá del FMI. El Fondo está ahí para resolver crisis de balanzas de pagos y crisis financieras. Pero es el Banco Mundial quien se debe ocupar de los programas sanitarios, de seguridad alimentaria, de producción agrícola y de inversión en infraestructuras.


P.
¿Hay dinero suficiente?

R. En estos momentos estamos bien capitalizados, pero no hay suficiente dinero público para hacer frente a todos los problemas: sólo hay que echar un vistazo a los déficit para saber por qué. Así que estamos aplicando vías novedosas para atraer capital privado, como los fondos de pensiones o los fondos soberanos, para invertir en los países emergentes. Hasta ahora se pensaba que estos países conllevaban mucho riesgo, pero después de lo que ha pasado hay que empezar a pensar que tal vez los mayores peligros no estaban ahí.


P.
¿Cuánto dinero necesita el Banco?

R. Eso depende de lo que dure la crisis. En estos momentos, queremos asegurarnos de que los países no den marcha atrás en las políticas de ayuda al desarrollo. Suelo citar a España como ejemplo de país que sufre una fuerte desaceleración económica pero intenta mantener e incluso aumentar su ayuda. Estamos tratando de crear un Fondo de Vulnerabilidad, al que los Gobiernos destinen el 0,7% de sus planes de estímulo, lo que supondría unos ingresos de entre 12.000 y 13.000 millones de dólares, a los que habría que sumar otros fondos procedentes de Alemania, Japón y tal vez de Suecia.


P.
¿Cómo van las promesas que se hicieron en el G-20?

R. Creo que las últimas reuniones del G-20 son un hito. La cumbre de Londres aportó soluciones muy positivas sobre planes de estímulo o sobre la amenaza proteccionista. El reto es ahora poner el foco en las necesidades específicas de los países en desarrollo en la próxima reunión, que se celebrará en septiembre en Nueva York.

ALICIA GONZÁLEZ / CLAUDI PÉREZ- Madrid - 24/05/2009

 
 
 
 
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El secretario del Tesoro de EE UU, Timothy Geithner, se ha mostrado este jueves optimista con los resultados arrojados por el test de estrés al que ha sometido el Gobierno estadounidense a los diecinueve principales bancos del país y que muestra que diez de ellos necesitan captar 75.000 millones de dólares (casi 56.000 millones de euros) para hacer frente a un posible recrudecimiento de la crisis. Estos resultados, ha afirmado, "ayudarán a restablecer la confianza y harán posible que fluya más dinero en el sistema bancario", aunque todavía, advierte, "hay mucho camino por recorrer".
     
"Esto es sólo el principio, y tenemos que seguir trabajando para hacer más seguro el actual sistema financiero, pero es lo suficientemente fuerte como para poder proveer [a la economía estadounidense] del crédito que necesita para su recuperación", ha apuntado Geithner al presentar unos resultados que arrojan que estas diez entidades necesitan mucho menos capital de lo que algunos analistas habían pronosticado en los últimos días, según informa The New York Times.

El más expuesto es Bank of America, que necesita 34.000 millones de dólares (unos 25.500 millones de euros) de capital adicional para recuperar la solidez perdida tras el estallido de la burbuja hipotecaria. Si el banco no fuera capaz de recaudar esa cifra a través de inversores privados, el Ejecutivo tendría que volver a salir al rescate, algo que ya hizo con una inyección de 45.000 millones de euros. Citigroup, que se ha beneficiado de tres rescates públicos, es otro de los que se encuentra en dificultades y necesitaría, según este test de estrés, otros 5.500 millones de dólares (unos 4.100 millones de euros). El segundo y tercer lugar de la lista lo ocupan, sin embargo, Wells Fargo y GMAC, con 13.400 y con 11.500 millones de dólares, respectivamente (unos 10.000 y unos 8.600 millones de euros).

Las entidades tendrán ahora hasta el 8 de junio para desarrollar un plan de acción que deberá ser aprobado posteriorente por las autoridades.

Por el contrario, entidades como J.P. Morgan, Goldman Sachs, MetLife, American Express, Bank of New York y Capital One no necesitarán aumentar su capital, según este test, lo que ha aliviado el temor de los inversores ante un eventual rosario de nacionalizaciones en el sector que atenazaba a los mercados a principios de año.
En el peor de los escenarios posibles -que esta prueba concreta en una tasa de desempleo del 10,3%, una contracción de la economía del 3,3% y una caída de los precios de la vivienda del 22%-, las pérdidas generadas por el total de estos 19 bancos podría ascender este año a 600 millones de dólares (448 millones de euros), recoge The New York Times.
ELPAÍS.com / AGENCIAS - Madrid / Washington - 08/05/2009
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Es el hombre de finanzas africano más conocido y respetado en el extranjero, el que lleva las cuentas de la economía más rica de África y el político más poderoso de su país. Trevor Manuel, ministro de Finanzas de Suráfrica desde 1996, lo deja muy claro: el continente más pobre de la tierra, en vías de desaparecer de las agendas de los países ricos, es el más vulnerable a la crisis económica mundial. Si las grandes potencias no desarrollan una estrategia global para enfrentar la crisis, si recurren al aislamiento y al proteccionismo, África correrá el riesgo de caer en el caos político.
 
"Tenemos una pistola apuntándonos a la cabeza", dice Manuel, que recuerda que durante la primera mitad de 2008, la extraordinaria demanda mundial de materia prima africana, especialmente petróleo y minerales, había alimentado expectativas de crecimiento optimistas. "No es cuestión de llorar, sino de buscar soluciones conjuntas, africanas y, ante todo, globales. Pero la realidad hoy es que el fantasma de la inestabilidad política se presenta como una seria posibilidad".
 
Manuel, la figura dominante de un nuevo colectivo financiero africano llamado el C-10, explica que los lazos vitales que unen la economía africana con el resto del mundo se están rompiendo. "China necesitaba crear empleos para 10 millones de personas al año y, para lograrlo, dependía de la fabricación de productos que los estadounidenses compraban en sus grandes almacenes. Casi todos nosotros tenemos los recursos minerales de los que dependía la superproducción china, y por eso en los últimos cinco años hemos vivido una época de bonanza sin precedentes". Pero la demanda estadounidense disminuye, la producción china cae y África se hunde.
 
Manuel, ex preso político y miembro destacado del Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela, cita el ejemplo de Zambia para demostrar la volatilidad de la inversión extranjera en África y la persistencia de lo que él llama "la antigua relación colonial". "Zambia es un gran productor de cobre. Hace 12 meses, 140 millones de personas se desplazaban por China para celebrar el año nuevo con sus familias. La gente se movilizaba de las grandes ciudades al campo. Pero hubo mucha nieve y, ante unos terribles problemas de abastecimiento eléctrico, muchos trenes dejaron de operar y mucha gente no llegó a su destino. Los chinos se abastecieron urgentemente de enormes cantidades de cobre zambiano para expandir su red eléctrica. Pero hoy tienen almacenado más de lo que necesitan. Y las consecuencias para Zambia, cuya economía depende de la exportación de este metal, amenazan con ser muy graves". Todos los países africanos sufren variantes del mismo síndrome. "La gente en el mundo rico no compra casas ni coches nuevos, lo cual implica que todo tipo de productos cuya fabricación depende de, por ejemplo, el cobalto o el aluminio, ya no tienen mercados".
 
África ha tenido un par de seguros de vida en los últimos años. Las remesas de los que han emigrado a EE UU y a Europa, y la cooperación externa. En ambos casos el panorama es desalentador. "En los tiempos de los esclavos se llevaban a los grandes y los fuertes, y dejaban atrás a los débiles y los enfermos. Hoy, los grandes y los fuertes se van por su propia voluntad, viven un infierno para atravesar el Mediterráneo y llegar al sur de Europa, encontrar un trabajo y un lugar para dormir. Con suerte empiezan a enviar remesas a casa. Pero ahora que de repente los europeos se ven obligados a competir por los mismos puestos de trabajo con los inmigrantes africanos, veremos desempleo y xenofobia, y las remesas caerán de manera drástica. El resultado es el empobrecimiento de los débiles que se han quedado en casa".
 
En cuanto a la cooperación, Manuel señala que los países del G-8 han cumplido sólo la mitad de los compromisos que firmaron en una cumbre celebrada en 2002. "Si ya se olvidaron parcialmente en tiempos de abundancia, no debe sorprendernos que el mundo rico demuestre poco apetito por cumplir sus compromisos hoy. Nadie va a declarar que es hora de olvidar la ayuda a los países pobres, pero muchos jefes de Gobierno europeos esperarán que ante las urgencias nacionales el tema caiga en la amnesia".
 
El dinero olvidado no sólo se destinaría a satisfacer necesidades humanas básicas, sino también a generar riqueza. "La idea era poder construir, por ejemplo, carreteras que lleguen al interior rural de Kenia. Si llega la carretera, llega el fertilizante, llega el almacenaje en frío. Tu vida puede cambiar, ya que de repente puedes vender espárragos en los supermercados europeos. Pero sin la carretera, sin el fertilizante y sin el almacén, estás muerto".
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