Jueves, 08 Enero 2009 16:16

El juego de compartir la escritura.


El extraño tabú que atraviesa la historia de la literatura, la escritura a cuatro manos, se ha naturalizado tanto que de pronto, gracias al formidable ensayo Escribir en colaboración (Beatriz Viterbo), de Michel Lafon y Benoît Peeters –traducido por César Aira–, el lector repara en cuánto se ignora o desdeña a los dúos literarios. Persiste la idea de que una obra digna de estudio debe emanar de una sola persona. El autor único sigue siendo el dogma; el acto de creación sólo se declina en singular. “La ideología del ‘yo’ impera hasta en las esferas más inesperadas –observan en el prólogo del libro Lafon y Peeters–. Pensador del intelectual colectivo, Pierre Bourdieu se ocupa, una vez llegado a la celebridad, de borrar de la lista de sus obras los nombres de sus coautores.” Algunos críticos escamotean al dúo, como si la colaboración no fuera más que una máscara. Un ejemplo reciente: ¿Qué es la filosofía?, de la dupla conformada por Deleuze y Guattari, en las páginas literarias de un diario francés, se convierte en la obra que Deleuze “nos debía desde hace tanto tiempo”.

“El fenómeno de la escritura a varias manos sigue fundamentalmente incomprendido –plantean Lafon y Peeters, que han investigado el meollo de la cuestión durante quince años–. Todo sucede como si no hubiera nada que decir de la escritura en colaboración. Como si, simplemente, no existiera.” Siguiendo la pista de manuscritos, ediciones sucesivas, correspondencias, entrevistas, fotografías y testimonios, los autores ponen el acento en las prácticas y los métodos de trabajo de los dúos de escritores para esclarecer la alquimia por la que dos “yo” devienen en un “nosotros” muy distinto. Al revisar esa galaxia de documentos, sobre la marcha, descubrieron que las obras escritas en colaboración hablan con frecuencia de dúos y de dobles, de paternidad y filiación, de amistad y de traición, de propiedad y robo. Un breve repaso por los hallazgos de tamaña investigación. Las más famosas novelas de Alexandre Dumas primero fueron escritas por Auguste Maquet. El marxismo es una “invención” de Friedrich Engels. Durante su viaje por Bretaña con Maxime du Camp, Flaubert “encontró” a Madame Bovary. El capitán Nemo es un homenaje a Jules Hertzel, el editor sin el cual los Viajes extraordinarios, de Jules Verne, nunca hubiera existido. A André Breton, padre del movimiento surrealista, le gustaba distinguir, línea por línea, en Los campos magnéticos, las frases de Philippe Soupault, el coautor del libro, y las suyas. Honorio Bustos Domecq, el “tercer hombre” surgido de la amistad de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, disimula en su grandilocuencia una verdadera poética de la escritura a dúo. El matrimonio compuesto por Julio Cortázar y Carol Dunlop fijó las reglas de un juego, que conjugó viaje y escritura, en Los autonautas de la cosmopista.

El hombre de genio no roba, conquista

Intimidado y deslumbrado por Dumas padre, Maquet se conformó con aportar su trabajo al más famoso autor de su tiempo. De esta asociación saldrían 17 novelas, en cuya lista hay varias obras maestras: Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, La reina Margot y La guerra de las mujeres, entre otras. Gracias a Gustave Simon, autor de Historia de una colaboración, Alexandre Dumas y Auguste Maquet, primer ensayo consagrado por entero a un dúo de escritores, se conoce el funcionamiento de la pareja. “En general, era Maquet quien tomaba la iniciativa; tenía la ciencia de construir los esquemas argumentales. Dumas le enviaba observaciones o le sugería alguna idea o algún desarrollo que se le ocurría, o bien intercalaba él mismo algún episodio, advirtiéndoselo a su colaborador.” Los “robos” de Dumas a escritores vivos o muertos, franceses o extranjeros, nunca turbaron su conciencia. Siempre profesó una teoría del derecho al plagio. “Son los hombres los que inventan, no el hombre. Cada cual toma cosas conocidas por sus padres, las pone en acción por medio de combinaciones nuevas y después muere tras haber agregado algunas parcelas a la suma de conocimientos. En cuanto a la creación completa de una cosa, la creo imposible –decía el escritor–. Dios mismo, cuando creó al hombre, no pudo o no se atrevió a inventarlo: lo hizo a su imagen.” A partir de la publicación en paralelo de los textos de Maquet y el de Dumas de una famosa escena de Los Tres Mosqueteros, la de la muerte de Milady, Simon extrae la siguiente conclusión: “No le quitemos a Dumas lo que le corresponde. Modificó el orden de algunos capítulos, agregó algunos desarrollos, pero fue Maquet quien concibió y llevó adelante la novela”. Lafon y Peeters plantean sus objeciones citando al propio Simon. “Los dos hombres se identificaban de modo tan completo que se confundían la manera y el estilo.” Ninguno de los diferentes convenios firmados por Dumas y Maquet fue verdaderamente respetado. Dumas firmaba solo y cobraba solo. Gastaba por anticipado las sumas cobradas y destinaba a menudo a otros colaboradores más impacientes las cantidades debidas a Maquet.

“Marx y Engels” es la marca de un producto. Los dos nombres se asociaron pero sin que se sepa exactamente de qué índole fue la colaboración. Engels es víctima de una relativa ocultación. Por origen social y trayectoria intelectual, eran dos hombres muy diferentes: Marx fue un producto de la universidad alemana; Friedrich Engels, que no pudo hacer estudios superiores, enfrentó muy temprano las realidades de la condición obrera. Se encontraron por primera vez en París, en agosto de 1844. La primera colaboración, La sagrada familia, fue un violento ataque a las tesis de los hermanos Bauer. Inicialmente concebido como un breve panfleto –Engels había redactado unas páginas y Marx debía completarlas–, el entusiasmo de Marx por el tema lo lanzó a la redacción de un libro entero de veinte capítulos. “No es justo que dejes mi nombre en la tapa –le escribió Engels a Marx–, porque yo apenas si escribí un capítulo y medio.” En septiembre de 1845, ambos se pusieron a redactar La ideología alemana, una larga investigación, que sólo se publicaría póstumamente, elaborada de modo conjunto, en una larga serie de conversaciones.

Aunque el Manifiesto del Partido Comunista es la más célebre de las obras firmadas por ambos, su escritura fue mucho menos conjunta comparada con La ideología alemana. Engels había redactado un primer esbozo, bajo la forma de “catecismo”, con preguntas y respuestas. “Creo que es preferible abandonar la forma de catecismo y titular al folleto Manifiesto comunista –le explicaba Marx en una carta de noviembre de 1847–. Como debemos hablar más o menos de historia, la forma actual no conviene. Llevo el esbozo que hice aquí, quiere ser muy narrativo, pero está muy mal redactado porque lo hice terriblemente rápido.” El texto definitivo fue escrito por Marx sólo durante los últimos días de enero de 1848. La contribución de Engels a la obra común resultará más decisiva después de la muerte de Marx (el 14 de marzo de 1883), que dejó una masa considerable de borradores y de notas que Engels era el único, junto con las dos hijas de Marx, en poder descifrar. Durante los doce años que sobrevivió a su amigo, Engels fue a la vez su incansable defensor, su principal comentador y el editor minucioso de los libros II y III de El capital. “El marxismo no vino al mundo como un producto auténtico del pensamiento de Marx, sino como fruto legítimo del espíritu de Friedrich Engels”, escribió Maximilien Rubel, editor de las obras de Marx en la colección Pléiade. El marxismo, en tanto doctrina, sería una suerte de engelsismo. “Marx mismo había desaconsejado referirse a su nombre en el programa de un nuevo partido inglés. Según él –confesaba Engels–, convenía evitar en un programa político todo lo que dejara ver ‘una dependencia directa de un autor o un libro’.”

Flaubert emprendió un viaje por la Bretaña junto a su inseparable amigo, Maxime du Camp, entre mayo y agosto de 1847. Los incipientes Bouvard y Pécuchet decidieron escribir a dúo el diario de su expedición, Par les champs et par les grèves. Optaron por una distribución en doce capítulos, que respetarían hasta el final del trabajo: Flaubert eligió los impares (del I al XI), Du Camp, los pares (del II al XII). El espacio de la obra coincidía con el espacio y el tiempo del viaje, en un estricto paralelismo entre relato e itinerario. Pero del plan al hecho, hubo mucho trecho. En el camino, no llegaron a redactar más que los dos primeros capítulos, que Flaubert juzgó “débiles”. Seis semanas después del viaje, los dos coautores se reunieron en Croisset, donde siguieron escribiendo en conjunto, pero Flaubert terminaría su primer borrador en enero de 1848, mientras que Du Camp recién puso el punto final en mayo de ese año. ¿Cómo están ligadas sus respectivas contribuciones? En vida de los autores sólo se publicaron algunos fragmentos. Ninguno se tomó el trabajo de editar la obra. En 1973, en las Obras Completas de Flaubert, se publicó la edición integral del texto.

Los campos magnéticos, de André Breton y Philippe Soupault, publicado en 1920 en una tirada de 300 ejemplares, es uno de los textos poéticos más influyentes del siglo XX. La escritura automática fue una experiencia que practicó en un principio Breton solo. Soupault, que nunca llegó a tomarse nada en serio, en especial la literatura, se sumó después. La escritura se prolongó apenas unas pocas semanas, pero fue de una extrema intensidad. Algunos días, trabajaban durante ocho o diez horas seguidas. Sentados uno frente a otro en un café, llenaban decenas de páginas. Al comienzo del libro, aparece un “nosotros” extraño y frágil, imagen perfecta de los poetas exaltados: “Esta noche somos dos frente a este río que desborda nuestra desesperación. No podemos siquiera pensar. Las palabras escapan de nuestras bocas torcidas, y cuando nos reímos los que pasan se vuelven, asustados, y vuelven a sus casas precipitadamente”. Aragon, que insistía en el lazo indisoluble entre la escritura en colaboración y el riesgo representado “por ese libro sin precedente”, señaló que “el hombre cortado en dos” es ante todo un ser bicéfalo. “La mirada doble es lo que les permitió avanzar por un camino donde nadie los había precedido, en las tinieblas donde los dos hablaban en voz alta.” A pesar de que Soupault participó sin reservas en la experiencia, jugando plenamente su papel durante las semanas de escritura intensiva, no parece haberse interesado en la puesta en obra del resultado. La organización del volumen correspondió enteramente a Breton. Para Soupault, arquetipo del colaborador débil, se había tratado de un simple momento.

Borges y Bioy Casares establecieron un sorprendente dispositivo creador: oralidad libre y triunfante, propuestas alternadas, exigencia mutua, permanente derecho de veto, un abandono simultáneo de todo ego, prioridad dada al juego y al placer, risa irreprimible, sacando de quicio a todos los que los rodeaban (Bioy evocaba a menudo la exasperación de su mujer y de sus amigos, que los “veían como dos idiotas”), del mismo modo que sacaron de quicio la literatura. El resultado se tradujo en Seis problemas para don Isidro Parodi (1942, bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq), Dos fantasías memorables (1946, también firmado por Bustos Domecq), Un modelo para la muerte (1964, bajo el seudónimo de B. Suárez Lynch), Los orilleros y El paraíso de los creyentes (1955, dos guiones cinematográficos), Crónicas de Bustos Domecq (1967, firmado por los nombres de los dos autores) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977). El seudónimo dual (formado con el apellido de un bisabuelo de Borges y el de un bisabuelo de Bioy), según analizan Lafon y Peeters, no es la única fantasía propuesta por Seis problemas..., libro que comienza con una “silueta” biobibliográfica del autor imaginario, escrita por una maestra de provincia, y con las “palabras liminares” de un académico grotesco y grandilocuente, Gervasio Montenegro. “La ironía de los dos autores tiene por blanco privilegiado la sociedad y la literatura. La sátira social toca todas las clases, desde las más bajas hasta las más altas”, anotan los escritores franceses.

“Yo había inventado algo que nos parecía un buen argumento para un cuento policial. Una mañana lluviosa, Bioy me dijo que debíamos hacer una prueba. Yo acepté de mala gana y, un poco más tarde, esa misma mañana, la cosa ocurrió. Apareció un tercer hombre, Honorio Bustos Domecq, que se adueñó de la situación. Era el tercer hombre que a la larga terminó dirigiéndonos con mano de hierro. Primero divertidos y luego consternados, vimos cómo –con sus propios caprichos, sus propios juegos de palabras y hasta su propia y rebuscada manera de escribir– se diferenciaba totalmente de nosotros”, recordaba Borges. La inclusión del autor ficticio en el título Crónicas de Bustos Domecq y su intervención como personaje principal coinciden con la desaparición de la apocrifia. Borges y Bioy asumen la paternidad ya en la tapa del libro, donde figuran sus nombres reales. Para ciertos críticos, los rasgos “típicamente borgeanos” que abundan en la primera crónica transforman a ese libro en una creación esencialmente de Borges en la que Bioy no tendría más que un papel secundario. “Esta actitud constituye el mayor contrasentido que se pueda cometer frente a una obra producida en colaboración”, subrayan Lafon y Peeters. Suponer que cada colaborador aporta al texto común su propia temática, sus propios clichés, procede de una visión bastante primaria, en todo caso muy positivista de la escritura en colaboración, aunque más no sea porque anula todas las posibles figuras de intercambio o el homenaje.”

Bioy escribió junto a Silvina Ocampo Los que aman, odian (1946), novela policial de factura clásica; Borges, además de Literaturas germánicas medievales (1966) con María Esther Vásquez, escribió el cuento La hermana de Eloísa junto a Luisa Mercedes Levinson. “Para el club de escritores hedonistas reunidos alrededor de Silvina, Adolfo y Georgie, la colaboración es como la consecuencia visible y previsible de vidas consagradas a las aventuras de la literatura”, sugieren Lafon y Peeters, quienes recuerdan que Silvina y Juan Rodolfo Wilcock publicaron en 1956 una tragedia romana en verso, Los traidores. Esta escritura atípica entre Borges y Bioy, clandestina y rebajada durante mucho tiempo, cuando no ignorada, esta “literatura menor”, en el sentido de Deleuze y Guattari, aparece al fin como uno de los lugares más subversivos y más productivos del espacio literario argentino.

 Por Silvina Friera


 

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Miércoles, 31 Diciembre 2008 08:44

Aute: cuatro décadas tras la canción perfecta


Hace 41 años, un pintor llamado Luis Eduardo Aute (Manila, 1943) grabó un disco empujado por mucha gente que no era él. El éxito se le desplomó encima. Las versiones de Rosas en el mar y Aleluya número 1 sonaron en medio mundo. Atemorizado ante el torbellino, el pintor se recogió en su estudio caparazón y durante cinco años sólo cantó para sí mismo. Siguió pintando, siguió componiendo por diversión y, pasado el lustro, accedió a grabar un segundo trabajo con la condición de que la discográfica no le obligase a promocionarlo en entrevistas ni en conciertos.

Tardó otros 10 años en subirse por vez primera a un escenario. Ocurrió en Albacete, en un acto del sindicato CNT. De nuevo empujado por otros como Agustín García Calvo y Chicho Sánchez Ferlosio. "Nunca me planteé escribir canciones, ni grabar, ni cantar, ni salir al escenario. Soy más de estar entre bastidores", revivía ayer frente a la chimenea de su casa madrileña.

El pintor que nunca pensó en cantar lleva enzarzado en la música más de cuatro décadas. Y no de cualquier manera. Logró parar los relojes a las cuatro y diez, convertir una canción de amor (Al alba) en un himno contra la pena de muerte, extender Albanta -uno de sus discos- como nombre de niña, hacer poesía de una masturbación, meter a Dios en las camas y al cine en las canciones. Y eso que sólo pasaba por allí, que lo suyo eran los lienzos. "No me hago a la idea, tengo la sensación de que no han sido 41 años y de que todavía no sé nada. Está siendo un largo aprendizaje. Escribir canciones es una cosa rara, una aventura personal que no se aprende en ningún sitio".

Toma notas aquí y allá. Un día las ordena, otro las acompaña con la guitarra. Y luego, sin que sepa cómo, sale una canción. "No sabría explicar cómo se han hecho, pero tengo la sensación de que ya existían, que estaban escondidas en algún sitio". Así ha creado casi 400. Una generosa selección figura en Memorable cuerpo, una edición de lujo con siete discos, un doble DVD, un libro con canciones, fotos, pinturas y un dibujo firmado por el autor con el que su discográfica festeja sus cuatro décadas en la música. Difícil que algo así acabe en el top manta. "Supongo que es uno de los objetivos de la compañía, si tiene alguna función la industria discográfica ahora que todo el mundo se baja los CD de Internet debe ir por ahí", sostiene.

Habla con una voz tan tenue que hace temer que algo trascendente podría huir de nuevo hacia su interior. Si es pudor, sorprende en alguien que se desnuda a cada paso en cuadros y poemas; en cada una de las canciones que han guiado a varias generaciones por el enrevesado mapa de los sentimientos y de las dudas.

-¿Le da orgullo o le pesa?

-¿La banda sonora? No tengo conciencia de eso, creo que me engañan. Alguna gente me dice que hay muchas Albas y Albantas consecuencia de mis canciones. Siempre pregunto qué tal les ha ido, me aterra pensar que hayan sido desgraciados. Lo que más aprecio es cuando alguien me da las gracias porque las canciones le han rescatado y ayudado a salir de un agujero en algún momento terrible. Es más que suficiente compensación por escribir canciones.

Casi todas ellas hablan -o fabulan- sobre él, un inseguro pelín tímido que escarba en lo más íntimo para componer. "El subterfugio de comunicarte a través de un medio tal vez desinhibe. A lo mejor no sé bien de qué, pero sí de que tengo ganas de hablar con un interlocutor imaginario que está de acuerdo conmigo en todo". Nada más íntimo que el sexo, Dios o la muerte, la trinidad recurrente en la discografía de Aute. Una trinidad que comparte con Leonard Cohen y, al 66%, con Woody Allen: el cineasta que mejor ha psicoanalizado a los judíos deja fuera a Dios.

Aute no comulga con un dios institucionalizado ni reniega del todo de un creador: "No soy ateo, me parece tan falaz decir que no crees en nada como que crees en Dios. No lo sé, navego en la ignorancia, pero tengo más propensión a pensar que la vida tiene un sentido. Creo en la causalidad, no en la casualidad". Su religiosidad, siempre vinculada al sexo, se desparrama también por la pintura, poblada de ángeles, espinas y crucifixiones.

"Una canción es un estado de ánimo, soy incapaz de escribir dos palabras juntas si no tengo el estado de ánimo. Cualquiera escribe una canción, pero no cualquiera escribe una con razón de ser". Uno de los pocos poemas ajenos que ha musicado es el último que escribió el portugués Fernando Pessoa, What matters is just you. Desde entonces le da vueltas a un disco con últimos poemas (ha seleccionado ya a Machado, Rilke y Eluard). "No son nada terribles, suelen ser tremendamente inocentes, blancos, como el primero", cuenta. Aute es incapaz de elegir una canción entre las suyas, pero no duda sobre otros. Tararea unos versos en inglés de Vincent, el tema que Don Mclean escribió para Van Gogh. "Dice que este mundo no se ha hecho para alguien tan bello como tú, lo cuento y me emociona". Y se emociona con la misma naturalidad con la que antes ha confesado que le queda una canción por hacer: "La persigo desde que empecé a escribir. Cuando haga esa canción, ya no haré ninguna más".

-El poema perfecto. ¿Eso existe?

-Supongo que no, pero es lo que me hace moverme.

TEREIXA CONSTENLA - Madrid - 31/12/2008

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Jueves, 25 Diciembre 2008 22:09

Miguel Angel por Stendhal



Terminada apenas la estatua para Julio II, Buonarroti recibió un correo que lo llamaba a Roma. Bramante no pudo parar el golpe: Julio II se mostró inquebrantable en su deseo de dar trabajo al gran hombre, aunque ya no pensase en la tumba. El partido de Bramante acababa de traer a la corte papal a su pariente Rafael. Los cortesanos le oponían a Miguel Angel. Habían aprovechado para obrar el tiempo que Miguel Angel pasó en Bolonia. Sugirieron al Papa, que sin embargo era un hombre firme y de talento, la idea singular de hacer pintar al gran escultor la bóveda de la capilla de Sixto IV en el Vaticano.

 

Fue un golpe maestro. O Miguel Angel no aceptaba, y entonces perdía para siempre el afecto del atrabiliario Julio II, o pintaba aquel inmenso fresco y necesariamente quedaba en inferioridad respecto de Rafael, que trabajaba entonces en las célebres cámaras del Vaticano, a veinte pasos de la Sixtina.

La trampa no podía estar mejor preparada. Miguel Angel se vio perdido. ¡Cambiar de oficio en mitad de su carrera, empezar a pintar al fresco sin conocer el procedimiento del género y pintar aquella inmensa bóveda cuyas figuras debían ser vistas desde tan lejos! En su aturdimiento no sabía qué oponer a tal sinrazón. ¿Cómo probar lo evidente?

Intentó convencer a Su Santidad de que en pintura no había hecho nunca obras de importancia; que aquello lo debía hacer Rafael. Por fin se enteró de en qué país vivía.

Lleno de rabia y de odio hacia los hombres, se dispuso para el trabajo, hizo venir de Florencia a Jacobo de Sandro, a Agnolo de Dómino, a Judaco, a Bugiardini, a su amigo Granacci, a Aristóteles de Sangallo, los mejores pintores de frescos, y los hizo trabajar en su presencia. Cuando se hubo enterado del mecanismo del género, borró lo que habían hecho, les pagó, se encerró solo en la capilla y no los volvió a ver más. Los otros, muy descontentos, regresaron a Florencia.

El mismo preparaba la cal para el estuque, molía los colores y hacía todas las demás penosas tareas que desdeñaban los más vulgares pintores.

Para colmo de contrariedades, apenas terminado el panel del Diluvio, uno de los más importantes, vio que la pintura se cubría de moho y desaparecía poco a poco. Lo dejó todo y se creyó libre de su carga. Fue a ver al Papa y le explicó lo sucedido. “Ya advertí a Vuestra Santidad que no es ése mi arte. Si no me creéis, que vayan a examinar mi obra.” El Papa envió al arquitecto Sangallo, que advirtió a Miguel Angel que había puesto mucha agua en la cal empleada en el estuque, y lo obligaron a comenzar la tarea.

En tal estado de ánimo, solo, en veinte meses, terminó la bóveda de la Capilla Sixtina. Tenía entonces treinta y siete años.

Es un caso único en la historia del espíritu humano el hacer cambiar a un artista, en la mitad de su carrera, el arte que hasta entonces había ejercido y hacerlo comenzar en otro, que se le pida como ensayo la obra más difícil y la de mayor dimensión que existe en este género, el terminarla en tan corto espacio de tiempo, sin imitar a nadie y de tal modo que ha quedado como inimitable, colocándose en el primer puesto de un arte que no había elegido.

Por Stendhal

 
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La voz llega serena y pausada desde Los Angeles. No parece la de un director hiperkinético, que en estos días está finalizando dos películas simultáneamente –algo habitual en él– y que a la vez encuentra tiempo para promocionar Che, el esperado díptico sobre Ernesto Guevara, del cual el próximo jueves se estrenará en Buenos Aires la primera parte, titulada Che, el argentino. “¿Usted vio sólo la primera parte o las dos?”, es lo primero que pregunta Soderbergh, antes de comenzar la entrevista telefónica. Cuando se asegura de que el cronista vio el film completo, tal como él lo concibió, se tranquiliza. “Yo creo que lo mejor es ver las dos partes juntas, como un todo, y así la vamos a presentar acá en los Estados Unidos, pero lamentablemente en la mayoría de los territorios a los que ha sido vendida la película se va a tener que ver en dos partes separadas, por razones de distribución.” La primera parte de Che encuentra a Guevara victorioso, en el apogeo revolucionario, con Santa Clara rendida a su pies y en ruta hacia la celebración del Año Nuevo de 1959 en La Habana. Y la segunda, en cambio, en la soledad de la selva boliviana, poco antes de su muerte. En la entrevista exclusiva con PáginaI12, el director de películas tan diferentes como Erin Brockovich, Vengar la sangre, Traffic y la serie de comedias de La gran estafa habla de Che
–que tuvo su estreno mundial en mayo pasado en el Festival de Cannes– como de un único film.

–¿Cuál fue el disparador de la película? ¿Qué lo decidió a hacer este díptico sobre el Che? ¿El guión, el actor, el personaje?

–Ocho años atrás, yo estaba trabajando en Traffic y Benicio Del Toro y la productora Laura Bickford empezaron a hablarme del Che, a entusiasmarme con el proyecto y de repente me encontré diciéndoles que sí, sin saber muy bien por qué. Fue un sí un poco intuitivo, salvaje, pero al mismo tiempo sentía que habría sido muy estúpido decir que no. En verdad, ellos sabían que un “no” era casi imposible. ¿Cómo resistirse? Aunque debo confesarle que hubo más de una vez en la que me pregunté por qué diablos había aceptado. Es que el desarrollo del proyecto llevó muchísimo tiempo. Primero, fue difícil poner el guión en forma. Fue más difícil todavía conseguir el financiamiento. Porque en aquel momento al que me refiero no había nada, teníamos apenas la idea, el deseo.

–¿Y cómo fue el proceso hasta llegar a la película terminada?

–Bueno, ésta es una de esas películas en las que el tema a uno lo puede tragar, uno puede estar investigando sobre el personaje toda una vida, si eso es todo lo que te interesa. Pero cuando vi que íbamos en esa dirección empecé a fijar plazos, a poner fechas: una fecha para terminar el guión, otra para empezar el rodaje. Porque sentí que de otra manera el proyecto podía no tener fin, hacerse eterno.

–¿Conocía ya al personaje, leyó los diarios del Che?

–Sí, por sobre todas las cosas, lo que más me interesó fue la lectura de los textos del propio Guevara. También tuvimos la oportunidad de entrevistar a mucha gente que lo conoció personalmente: su familia, la gente que peleó junto a él en Cuba y en Bolivia... Pero básicamente fue un tiempo dedicado a la lectura. Como usted sabe, hay muchísimo material, no sólo sobre el Che, sino escrito por el propio Guevara. No sólo sus diarios. Guevara siempre estaba escribiendo. Y para mí lo más importante era eso. Pero en determinado momento hay que dejar de leer y empezar a hacer, a tomar decisiones. Porque si hay algo que siempre tuve claro es que no estaba trabajando en una tesis sino en una película y teníamos que decidir qué fragmentos de esa vida queríamos contar.


–¿Y cómo fue que decidieron elegir la estructura final de la película, que trabaja sobre momentos tan dramáticamente opuestos: el de la victoria en Cuba y el de la derrota y la muerte en Bolivia?

–En este proceso de lecturas, descubrí que lo que realmente me fascinaba del personaje era, a su vez, su fascinación por la guerra de guerrillas. Incluso el Che escribió todo un libro sobre el tema. Y era obviamente un tema que lo apasionaba y sobre el cual tenía mucho para decir. Es verdaderamente muy inusual encontrar a un hombre con la capacidad intelectual que tenía el Che y que, al mismo tiempo, se involucrara tanto, con tanto detalle en la lucha física. Eso fue lo primero que me atrajo del personaje: esa fusión entre un intelectual y un combatiente. Porque hay muchos que son o una cosa o la otra, pero el Che era ambas a la vez. Esta combinación me intrigaba mucho. Allí entonces empecé a enfocarme en estos dos períodos de su vida que pasó luchando en la selva, en Cuba y en Bolivia. El segmento de su famoso discurso en las Naciones Unidas, en Nueva York, apareció después. Y para mí se volvió interesante porque es el Che en el apogeo de su fama, está en el interior de la bestia, en el epicentro del capitalismo, y da este discurso increíblemente duro frente a toda la Asamblea de las Naciones Unidas. Es realmente increíble, la gente ya no habla más así. Y ahí vi la oportunidad de dar cuenta de ese otro aspecto de su vida. Yo no quería que en mi película anduviera corriendo en medio de la selva dando discursos o hablando de ideología. Pero en Nueva York, él primero y yo después, para la película, encontramos que era el lugar y el momento perfecto para hablar de ideología. Yo quería, en cambio, que las conversaciones en la selva fueran acerca de temas prácticos, cotidianos, acerca básicamente del problema de la supervivencia. Y por eso supe también que ese discurso en Nueva York tenía que estar en la película. Era demasiado apasionante como para no incluirlo.

–¿Para ese momento se documentó con material de archivo?

–Sí, vi material, pero me sorprendió que no hubiera mucho. La verdad es que había pensado que podíamos llegar a usar imágenes de archivo, y de paso ahorrar un poco de dinero, pero lo cierto es que había muy poco y no nos servía, salvo para darnos una idea de lo que fue su presentación en las Naciones Unidas.

–¿Cómo fue el trabajo con John Lee Anderson, el autor de la que quizá sea la biografía más completa del Che y que figura en los créditos de la película como asesor histórico? ¿En qué etapas participó?

–La ayuda de Anderson fue muy, muy importante, en diversos sentidos. Primero, porque nos facilitó el acceso y nos puso en contacto con mucha gente que había conocido personalmente al Che: él fue nuestra garantía, les explicó que el nuestro era un proyecto serio y que podían confiar en nosotros. Y después le pedimos a Anderson que leyera todas y cada una de las versiones del guión (y fueron muchas) y que nos diera su opinión. Fue una fuente magnífica, era como contar con una biblioteca ambulante. Y su opinión nos importaba mucho, porque no inventamos nada, todas las escenas que están en la película sucedieron en la vida real. Quizás estén comprimidas, pero Anderson era capaz de hacernos ver cómo habría reaccionado tal o cual personaje, la actitud correcta, la personalidad de cada personaje. Especialmente, nos preocupaba la relación entre el Che y Fidel, que es fundamental.

–¿Cómo se sintió trabajando con un elenco panamericano, con actores de todo el continente hablando en castellano?

–Me encantó la experiencia. El idioma no fue un problema para mí, sino más bien para los mismos actores y para sus entrenadores. Como no podíamos filmar en Cuba, reclutamos a actores de habla hispana de todo el mundo para que hicieran, en su mayoría, de cubanos. Y como usted sabe, el acento cubano, su musicalidad, es muy específica. E incluso hay matices de entonación dentro de Cuba misma, dependiendo de dónde proviene y qué educación tuvo, y esto dice mucho de cada personaje. Y ésa fue la parte más difícil, en la que nos ayudaron, por supuesto, los cubanos que participaron del proyecto.

–¿Y el trabajo con Benicio Del Toro?

–Después de tantos años de desarrollo del proyecto y de investigación, hablamos muchísimo entre nosotros, así que cuando llegó el momento de filmar ya no necesitábamos hablar mucho, ya sabíamos qué teníamos qué hacer y nos conocíamos muy bien. Estábamos listos y eso fue bueno porque la agenda de rodaje fue muy apretada, no había tiempo que perder, nos movíamos muy rápido. Así que cuando hablábamos de algo ya no era sobre el personaje (sobre el cual nos habíamos dicho todo), sino más bien sobre algún aspecto técnico o físico del trabajo.

–Después de todas estas charlas, ¿a qué conclusión llegó usted, en lo personal, sobre el Che Guevara?

–Bueno... (suspira). No creo que él me hubiera tenido demasiado aprecio.

–¿Por qué?

–Seguramente me hubiera encontrado tonto. En la sociedad que él estaba construyendo no había, realmente, un lugar para gente como yo. Hubiera apreciado quizá mi capacidad de trabajo, pero no mucho más. Si hay algo que nadie le puede negar a Guevara es su conducta, él se manejaba por una única serie de reglas. Mucha gente, de muchos países muy diferentes entre sí, tiene dos o más reglas de conducta. Y él no creía en eso ni se comportaba de esa manera. Tenía una serie de reglas, se apegaba a ellas y esperaba que todos también se sometieran a ellas. Eso es algo muy infrecuente en alguien que llega a las esferas de poder a las que llegó el Che. Pero justamente lo interesante de Guevara es que a él no le interesaban el poder, ni el dinero. Lo que quería era construir una sociedad en donde la gente no fuera explotada. Todos tenemos que recordar el contexto y la época en la que él vivió y lo que sucedía en América latina cincuenta años atrás. A mediados del siglo pasado, todos o casi todos los países del Caribe y de América del Sur estaban gobernados por alguien controlado por los Estados Unidos. Y eso ya no es más así, y eso es bueno. Cuando el Che creció y cuando viajó por el continente, había en su mayoría dictadores a quienes Estados Unidos guardaba en el bolsillo. Y de allí, creo, nació su ira.

–¿Ese fue, para usted, el primer motor de Guevara?

–Sí, porque él vio cuál era el resultado de esa política. Había mucho enojo. Y lo que el Che pudo hacer fue convertir esa ira en acción, de una manera muy organizada. Esto fue algo en lo que coincidieron todos con quienes hablamos y lo conocieron: que no podía tolerar la injusticia.

–¿Qué piensa de la decisión del Che de ir casi solo a pelear a Bolivia, considerando que toda la segunda parte de su película trata sobre esta última etapa de su vida?

–Todavía es un misterio para mí por qué él pensó que eso iba a funcionar. La única explicación que le encuentro –y por eso también hicimos la primera parte– es que pensó que si lo habían logrado en Cuba también se podía lograr en Bolivia y en otros países. Pero había tantas y tan significativas diferencias entre las dos realidades que no deja de sorprenderme que haya pensado que su acción en Bolivia podía llegar a tener éxito. La diferencia más importante era Fidel. En Bolivia, no tenían un Fidel. No había un líder local en quien la gente creyera y confiara. Y que pudiera servir como un punto focal para la revolución. Cuando estos tipos se subieron en México al “Granma”, Fidel ya era famoso, un héroe para el pueblo cubano. Me parece que el Che no quiso reconocer que una figura equivalente era necesaria. O quizás el Che creyó que él mismo podía ser esa figura, pero si fue así evidentemente se equivocó.

Por Luciano Monteagudo
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Sábado, 11 Diciembre 2010 16:47

Carta a Pedro Gómez Barrero

La Fundación Compartir, y su presidente, Pedro Gómez, han institucionalizado el premio al Maestro. Su labor sobre la educación es mínima, sin embargo alardean con su gestión. Este hecho, junto
a la real situación del país, de su pasado y su presente, motivaron la siguiente carta, escrita por un docente universitario.


Medellín, noviembre de 2010*

Señor Don
Pedro Gómez Barrero
Presidente Fundación Compartir

Muy distinguido constructor Gómez Barrero:

No tengo motivo para sentirme afectado ante su no respuesta –pues no responder es otra manera de contestar y quizá la más diciente– a mi comunicación que dirigí vía e-mail a usted como Presidente de la Fundación Compartir. […] Aparte, pues, de este elemento subjetivo, […] cabe a su respuesta mi respuesta a un asunto que nos convoca por igual: la situación del gremio de los maestros y el estado deplorable de la educación nacional…1. […]
I

La educación en Colombia vive […] un estado deplorable. Concedo que es un gesto de pedantería remitir a los esfuerzos de don Miguel Antonio Caro para sofocar toda idea y toda institución educativa –como fue la Universidad Nacional– donde se respiraban aires de libertad, tolerancia y liberalismo positivista. Pero no concedo evadir la consideración negativa, perturbadora y regresiva que vivió el país en los años 30 y 40 bajo el terrorismo dogmático de Laureano Gómez, y sus efectos múltiples para la educación nacional. Apenas cabe aludir por la refundación de la universidad jesuita en Bogotá o la UPB en Medellín para medir las consecuencias de un proyecto de antimodernidad destinado a liquidar el “aire de modernidad” que se vivía en la UN, reinaugurada en 1936 por Alfonso López Pumajero y con la rectoría de Gerardo Molina.

Tampoco se puede pasar por alto, al hacer un brevísimo recuento de la destrucción de la nación, la persecución y el final cierre de la Escuela Pedagógica Nacional, que dio investigadores de la talla de Virginia Gutiérrez de Pineda y Jaime Jaramillo Uribe.
 
Concluido oficialmente el llamado ciclo de la ‘violencia’, se abre Colombia a otra modalidad de violencia oficial –no sólo la de las primeras organizaciones paramilitares de los pájaros–: la del olvido, borrón y cuenta nueva a favor de la vieja dirigencia bipartidista. El país, pues, encontró en el Frente Nacional un modelo político de alternancia pacífica y excluyente, y a la vez una caricatura de la democracia que encarnaron Alberto Lleras y Guillermo Valencia, y cuyo modus operandi se perpetuó más allá de sus límites temporales constitucionales. […]

Una reflexión, modesta pero suficientemente valiosa como fue el libro La violencia en Colombia (1963), de monseñor Germán Guzmán Campos, Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda, encontró eco marginal y corroboró que el “país político” no estaba dispuesto a escuchar demandas profundas del “país nacional”. El país político tenía manguala hacia uno, y los mismos dos partidos –liberal y conservador– que propiciaron la violencia, con una clase dirigente o el sector empresarial privado, que prosperaba a su modo. La perversa comunión entre las dirigencias política y empresarial hacía recordar el característico ‘bonapartismo’ –que dibujaron diestramente Marx y Tocqueville– en que el imperativo ético de lo nacional o lo social cede ante el egoísmo de los intereses privados y la seguridad de la propiedad privada sólo a favor de ellos.
 
En este punto, la contradicción de la democracia colombiana radica en que la apelación a la voluntad de las mayorías se realiza no para provocar un cambio de los fundamentos de su existencia material, social, intelectual sino para resaltar el potencial reactivo y conformista en que cuaja. Entre las causas de la profunda estagnación de la conciencia pública, está haber arrasado toda conciencia del pasado; […] La responsabilidad que les cabe a las élites gobernantes, a la serie olvidable de sus Ministros de Educación en medio siglo –el último, que sabía leer y escribir y hacía libre uso de ellos, fue Pedro Gómez Valderrama– es definitiva y merece nuestro más indignado rechazo. […]
 
Pero, como todo lo que tiene que ver en Colombia con el “país político” resulta insoportable (estoy ciento por ciento de acuerdo con Rousseau en que no se les enseñe historia a los niños en los primeros años, pues es imaginable que a nuestros desnutridos párvulos, al pronunciar un nombre como el de Turbay Ayala, se les verá atacada de herpes la pobre boquita). Ahora resulta que nuestro primer mandatario, luego de “doscientos años de soledad”, es la lámina de Alberto Lleras Camargo. […]
[…]

Debemos estar de acuerdo en que el fenómeno político más importante de la reciente historia política nacional es la popularidad de Uribe Vélez. Tampoco es difícil llegar a cierto consenso en que aquél se basó en una serie de circunstancias o causas inmediatas que obraron a favor del ex gobernador de Antioquia y director de la Aeronáutica. La desesperanza generada en la población colombiana por los gobiernos de Ernesto Samper y Andrés Pastrana se sumó a la lenta deslegitimación de un sistema de gobierno bipartidista […] con base en la corrupción y la ineficiencia de la clase política tradicional. Uribe vino a llenar ese vacío de legitimidad con un lenguaje arrancado de las entrañas de la provincia paisa, y que sonaba a un pasillo o un bambuco oportuno: ¡Ay…qué orgulloso me siento de ser un buen colombiano!

Los colombianos del mal eran los guerrilleros de las farcs2. Las farcs podían cargar con las culpas de la gangrena que consumía al país. [Eran] ellos [quienes] nos habían sumido, con sus actos terroristas, al hondo abismo de la inseguridad y los crímenes de lesa humanidad. La cobardía, la pereza y la abulia del bipartidismo habían inducido al país a un caos parecido a la complicidad con estos ‘hijos del infierno de las ideologías comunistas’. Uribe se cargó con esa responsabilidad en sus hombros de arriero macho, con el tono de retintín de los tres mosqueteros –“Uno para todos y todos contra las farcs”– en cada intervención por televisión y radio, y en consejos comunitarios, reuniones con empresarios, mensajes cifrados para los paras, etcétera.

El hijo de una de sus víctimas mortales de la guerrilla se mostraba como el vengador de esa frustración nacional; sólo él podía y de hecho encarnaba al ‘salvador’ de Colombia. Todos a una, políticos tradicionales o emergentes, clase empresarial tradicional o emergente (narcos y contrabandistas), hacendados tradicionales y emergentes (para esa fecha eran uno y lo mismo), clases media y popular, del artesano al taxista, se vieron representados por este hombre que sabía gritar y hacerse obedecer a gritos, con su cara de San Antoñito (retratada al natural del cuento de Tomás Carrasquilla), y al que siguieron en sus lances antiguerrilleros. Al fin, como se decía popularmente, alguien se ajustó los pantalones de chalán en el propósito de liquidar el Secretariado de la selva, [y así] […][para] encontr[ar] la ruta, el personaje y el lenguaje que los interpretaba y exaltaba con fidelidad conmovedora, de Pablo Escobar a Carlos Castaño y sus secuaces.

El mandar y el gesto de mandar, el gritar mandando y el mandar gritando, fueron elementos claves de su éxito. Las masas se alucinaron […] con esta forma de mandar, que estaba en el inconsciente del patrón de finca. Fue impactante el lenguaje con que trataba a los “cuatreros” de las farcs como “culebras”. Podemos convenir en que fue muy creativo y sugestivo. Muy nice. Uribe recreaba al caudillo o mandón de hacienda que reclutó a sus peones en las guerras civiles. Usaba el lenguaje de amigo-enemigo, el del catecismo de estar conmigo o “contra mí”, el gesticular autoritario que seduce al hombre sumiso y que ha reprimido de antemano su yo propio a favor de una autoridad superior a la que adora y le concede el derecho de mandar. En la cara del Presidente se traducía el anhelo nacional de la venganza, el dolor acumulado de la guerra que sin cuartel se libra desde hace más de 50 años en el campo y las ciudades, la orden y el orden, el regaño y la conducción efectiva. El monopolio del mando se contrajo al derecho omnímodo del gritón. Al fin, Colombia encontraba su redentor.


Esta historia de hadas, en que el mundo se dividía entre el bueno de la Casa de Nari y los malos del monte, entre Uribe y Tirofijo, se hizo pesadilla de chantaje político y moral: “Si no está con Uribe, está con las farcs”. Tal pesadilla –el más grande daño a la democracia en Colombia en las últimas décadas– se tomó del arsenal dogmático del catecismo del padre Astete. El país se abrazaba al clavo ardiente de una venganza colectiva, gracias y por virtud a ese sustrato católico que nos muestra el mundo entre buenos y malos, […]. El lenguaje y la figura de Uribe eran artículos de fe. El país, hasta ese momento monoteísta, se fue convirtiendo en biteísta, en el que el verdadero, primero y único dios fue Uribe. O, como en el relato de Kafka, todos empezamos a parecernos ideológicamente a cierta alimaña remoloneando en la cama de sus malos pensamientos.
 
Antes, quien tenía delirios de grandeza leía la vida de los Césares. Luego, hace medio siglo, imitaron la vida y la doctrina de Hitler o Goebbels. Uribe carece de estas lecturas, pues su modelo está en la tierrita y habla de que es uno de “los nuestros” (…)3. Y esta gente, señor constructor Gómez Barrero, quiere quedarse con nuestras universidades.

La mejor virtud política de Uribe fue la soberbia, su peor vicio la soberbia. Si alguien le hubiera sugerido moderación, si alguien, cura, bioenergista o consejero de su camarilla de bribones, le hubiera llamado a ahogar la ira, la cólera, la sed de venganza, tan solo una pizca, quizá permaneciera en el trono de Nariño. Si con suerte hubieran dado en el clavo de que atendiera siquiera una pizca los llamados del Evangelio a la mansedumbre, al perdón de nuestros enemigos, lo tuviéramos reinado vitaliciamente y hasta con derecho de sucesión. Pero fue el agrio vociferar, la voluntad ilimitada de violar toda norma posible, el fondo espeso de sus pasiones incontenibles, de él, de su familia y sus más allegados, el factor que desbordó la copa del poder. (…) Incluso, [para quienes] siguen siendo sus furiosamente uribistas, los “furibistas”.
[…][…][…][…]
II

[…] Colombia vive un profundo traumatismo en su desarrollo social del último medio siglo. El paso del campo a la ciudad se realiza bajo el signo de la violencia. La ciudad ha sido refugio de miles de desplazados, por las más diversas razones, desde los días de Sangre Negra y Chispas, y antes. La movilización de millones, del campo al medio urbano, se acompaña de todo tipo de necesidades, en medio de precariedades sin fin. Como buen urbanista que es usted, no le será ajena la cifra de invasiones que a diario se producen aquí. Hay ciudades como Montería que llegan a ser en un 70 por ciento de barrios de invasión. Una mirada a las comunas de Medellín da la impresión de un gran belén de forma peristáltica, en que sus miles de casas se pegan, una al lado de otras, por obra y milagro de la pobreza que parece resistir. Esta masa urbana desea vivir de otro modo, sobre todo si escudriña sus anhelos y desea tener cada uno su Hacienda Nápoles.

Esta nostalgia por la vida del campo, por más tergiversada que esté del postulado rusoniano del retorno a la naturaleza, se tradujo en el ideario de Uribe en “volver a la finquita”, sustrato de un traumatismo colectivo en que se envolvió la más acelerada, caótica y feroz urbanización. Volver a la finquita fue un postulado hábilmente orquestado por la clase dirigente para el pedestal en que Uribe se subió. Este imponderable se identificó con el sueño del citadino. Ese sueño es: “en la finquita se dejaron sembrados todos los ideales, las ilusiones perdidas, y era hora de recuperarla”. Si Uribe y sus amigotes, cómplices y socios, tenían haciendas bananeras, ganaderas, de palma, y la mayoría de los colombianos tenían eso mismo pero en sueños que forjaron la fortuna de Alí Babá de Pablo Escobar, todos compartieron el ideal y se solidarizaron con los que las tenían de verdad: nostalgia del retorno en la versión colombiana.

No importa que los colombianos jamás hubieran leído u oído a Rousseau. Este apóstol de la modernidad antiurbana es el santo cifrado cuyo lugar usurpó el propietario de El Ubérrimo, que hizo de este retorno a la vida campesina (que pudo haber sido el ideal de Andrés Bello, Miguel Antonio Caro y Laureano Gómez, pero en situaciones históricas muy diferenciadas), algo tan aberrante, detestable y sangriento. A nadie se le ocurrió, más coherente con la experiencia de su vida urbana, que antes que desear volver a la finquita real, supuesta o virtual a entonar con “aguardiente de caña” el bambuco de Rafael Godoy, más valía tener educación, salud, vivienda, entretenimiento o, como se dice ahora pragmáticamente, mejor calidad de vida efectiva.

El aplazamiento de los bienes materiales o las exigencias propias de toda sociedad secularizada jugaron a favor de este tótem maligno de los recuerdos turbios, para satisfacción de los propietarios reales y no propietarios, que se imaginaron propietarios de las hectáreas interminables del azotado campo colombiano. Esto de volver a la finquita tiene, créame, un profundo significado porque revela o déficit contra un estado presente de la cultura o regresión a valores sociales supuestamente superados; o indisposición ante patrones de conducta modernos en el conjunto social. En el paso campo-ciudad se registran quizá los más determinantes cambios de valores experimentables. En Colombia, este cambio fue brutal y veloz, y el remanente de vida tradicional o rural parece ser mayor que aquel que las sociedades comúnmente pueden observar. Hay algo de fundamentalismo dogmático, de rechazo a la vida moderna en este predicado nostálgico, en una forma por lo demás inquietantemente irracional.

Por un lado, las masas urbanas se ven compelidas a un consumo superior a sus posibilidades, y sobre todo por encima de sus patrones culturales tradicionales (hoy un muchacho de clase media baja está sometido a los efectos de la publicidad y de hecho consume mucho más y más variado), pero a la vez se le inculcan propagandísticamente valores retardatarios, según una mentalidad conservadora y reactiva.

Esto hace posible que un muchacho de comuna porte tenis de marca y al tiempo le rece a la Máter dolorosa… antes de descargar el revólver en una ‘gonorrea’ (nunca entendí la exquisita metáfora, pues esta enfermedad es curable hasta donde alcanza la penicilina, y le dan trato de mortal)4. Consumo capitalista y tradición mariana se dan la mano –sin ofender al mercado ni a la curia– como el fundamento ideológico, el caldo en que se fermentó en patroncito Uribe. Acumular capital sin consideración y al tiempo aparecerse como beato es compatible y perfectamente complementario en este torcido espectáculo nacional.

En un mundo en que todo se torna valor publicitario, no es raro invocar el ideal mariano para facilitar el crimen y toda forma de violencia; en una palabra, consumo, fe y sangre. Nada diferencia tal banalidad de la de lograr una reelección indefinida en el sentimiento secreto del monarquismo, en el retorno a la fidelidad hacia la persona sagrada del monarca, montado a caballo, que hoy no se practica ni en las sociedades europeas con reyes de verdad5. Usted debe entender en todo caso que el deseo de satisfacer el consumo en las clases populares se impone sin restricciones ante sí mismo; en ellos no opera el mismo autodisciplinamiento con que vienen entrenadas y equipadas las clases superiores para mantener su propia jerarquía como clases de mando. Matar por obtener unos guayos no es ajeno a quien no conoce estos límites, entre adolescentes pobres, pero no se diferencia del de propiciar una masacre por los grandes hacendados, para adquirir otras hectáreas. Entre unos y otros no varía el objetivo de satisfacer deseos materiales sino el cuánto y el cómo.
III

La vida citadina provoca traumas en las relaciones culturales. La vieja forma de cohesión producida por el vínculo familiar-patriarcal, sobre todo en la zona cafetera, se derrumbó al contacto con la masificación urbana. El modelo de familia descrito con agudeza y juicio incomparables por Virginia Gutiérrez, se puso en tela de juicio. Se quiso conjurar la crisis familiar en novelas como Una mujer de cuatro en conducta (cero en novelística), de Jaime Sanín Echeverri, o en los frescos maicero-renacentistas de Pedro Nel Gómez, en vano como en estos casos de romanticismo trasnochado. La nostalgia por el núcleo familiar y sus mitos regionales fueron borrados por esta inconclusa marea alta que es la vida en la gran ciudad. Al romperse el modelo patriarcal en las barriadas, en las cuales el madresolterismo es fenómeno común, originó la ilusión del padre protector, ausencia común en el país y que favoreció la emergencia del ídolo paternal-patricio Uribe Vélez, el padre del huérfano, del niño sin padre, de quien desea un progenitor con esa figura entre mandón y beato. El imaginario colombiano “le sacó la pinta” deseada, y que cabía en este gran traumatismo socio-cultural que renovó el caudillismo o el populismo de otros siglos y otras décadas.
 
Desconcierta comprobar que se exalta el retorno a la finca en una sociedad que hace décadas modificó composición social. Usted, Pedro Gómez, como constructor, sabe perfectamente la evolución inusitada que sufre la vida urbana en nuestras grandes ciudades. En particular, el consumo da un vuelco e integra grandes masas, excluidas antes o al margen de adquirir bienes industriales. Un centro comercial como Unicentro era sólo concebible hace 30 años, cuando las clases altas o medio-altas podían comprar en un guetto exclusivo, con aval de elegancia, distinción y seguridad. Hoy, el modelo se exporta a capas sociales –digamos, estrato 3–, para las que a su modo se les garantizan los mismos valores, justo al pie de sus barrios más modestos. […]
 
El ajuste armónico o cohesión social que presuponía Talcott Parsons para Estados Unidos, producto del equilibrio de valores, medios y estímulos, es problema que se pasa por alto o se escamotea hasta en las facultades de ciencias sociales en Colombia. Ni de la alta clase política ni de los empresarios cabe esperar algo para propiciar una reflexión sociológica; si de ellos se espera algo es de sofocarla. […] Esta ceguera ha sido posible por la carencia de una ideología o un cuerpo vigoroso de ideas políticas o unas ciencias sociales liberadoras, tras el derrumbe de leninismo-estalinismo en la URSS y gracias al clima de complacencias estúpidas que dominan la vida universitaria de la última década.
 
[…] A nadie, ni a los profesores mismos, se le ocurre pensar que debe un libro o una biblioteca, a la altura de la época, que arriesgue responsablemente una nueva imagen del país, como fue La Violencia en Colombia a principios de los 60. El clima politizado de adaptación miserable está en proporción con la ramplona ‘ciencia’ cultivada en nuestros claustros, convulsionados o no. Fuertes personalidades como Gerardo Molina, Luis Eduardo Nieto Arteta, Antonio García, Arturo Valencia Zea, Ernesto Guhl Nimtz, Guillermo Abadía Morales, J.M. Ots Capdequi, Virginia Gutiérrez de Pineda, Darío Mesa, Jaime Jaramillo Uribe, Danilo Cruz Vélez, Rafael Carrillo, Marta Traba, Rafael Gutiérrez Girardot, Germán Colmenares, Rubén Jaramillo Vélez, Estanislao Zuleta, Mario Arrubla, que caracterizaron a la universidad colombiana por décadas, sucumben en pro de una vacua cultura mediática y la adaptación de bazar árabe a los patrones de ascenso institucional, contra la universidad, la sociedad, la figura del profesor y su tarea.

En la universidad, pensar se convirtió en adecuar el lenguaje a la compresión de las grandes masas que modelan su conducta y su mentalidad de acuerdo con los factores dominantes, religiosos, políticos, económicos. Pensar es asentir, consentir con la realidad por el hecho de ser ésta dominante. [Por tanto] Un profesor […] su pensar no supera ni un centímetro al del mercader que especula en la plaza de abastos, la beata que va al templo los domingos, el político que llama a reelegir a Uribe, el planificador que abruma a la instituciones con su portentosas invenciones, o el sicario que mata y reza. En una palabra, todo lo alucina y de paso le garantiza una vicerrectoría, una decanatura, una jefatura de departamento.
IV

Uribe, monarca, Nike, Virgen, haciendas, caballos, mal humor, “no-más-farc”, no-ciencias sociales, son los términos yuxtapuestos, relacionados orgánicamente –pero incoherentes–  de este cementerio que es la democracia colombiana. Y aunque sea un trago más amargo que el del anís de nuestras montañas, que invita a consumir a discreción la trémula canción […] la partitura de la danza macabra de las guerrillas, para conservar símiles musicales, fue escrita antes por ustedes y su poder, don Pedro Gómez. Ustedes han redactado con egoísmo, injusticia, oportunismo e infamia sin nombre los pasos y los ritmos que luego, muy infortunadamente, siguieron sus opositores.

Sus opositores no se equivocaron al declararse sus enemigos sino por haberlos imitado. La falta de legitimidad, en otros términos, de las guerrillas se debe no a levantar las armas de la protesta social sino a seguir los métodos y las formas de las élites del poder. Vincularse al narcotráfico y haber matado y secuestrado no es un delito que se pueda atribuir sólo a las guerrillas, pero sus crímenes –infames, como es esta clase de crímenes– escandalizan –por la manipulación mediática– a la sociedad y justifican, de paso, los inmensos crímenes cometidos a nombre del combate de esos crímenes.

La guerrilla no se deslegitimó por tomar las armas y sostener un ejército de resistencia. En realidad, no se deslegitimó por el ingreso al callejón sin salida del narcotráfico sino por llegar al narcotráfico en virtud de su falta de ideas. Esta carencia y no la tentación demoníaca de enriquecerse para sostener la guerra es el factor deslegitimante de la guerrilla. [Para un desenlace político y de “paz justa” del conflicto], una guerrilla con ideas o, mejor, la guerrilla de ideas, aceitada en las “armas de la crítica”, como plantea Marx, es la que precisa el país. Ella, sabiendo que se intentará ahogarla en su propia sangre pensante, [al alcanzarla] es siempre legítima [o sobreviviente por lustros] porque le da cuerpo, vida y sostén a la protesta popular, que precisa no extraviarse ante los cantos de sirena que tras el telón entonan las clases sociales dominantes; ni recurrir a los desgastados mecanismos e instituciones tradicionales. Desdogmatizar a la izquierda es el paso más provechoso, verdadero reto para la inteligencia del país. Desuribizar a Colombia, a la universidad y los oportunistas cómplices que medran tras una burocracia académica es tarea complementaria de la nueva inteligencia nacional, así ella deba padecer insultos, incomprensiones y persecuciones propias de toda nueva forma de resistencia creativa.

Se hace un honor, social y político, exigirles a las farc que tengan ideas, en un país donde todos tienen sólo intereses, compromisos, ocupaciones importantísimas y grandes negociados. Eso quiere decir que alguien debe [contribuir a] pensar dignamente por todos. Entonces, eso es lo que estamos empezando a realizar.

En un final, no estime como animadversión personal estas palabras sobre el ex presidente Uribe. Son críticas a un gobierno que juzgo políticamente deplorable. Nunca he visto a este mandatario ni he tenido la sensación de estrecharle la mano. Él, por su parte, tampoco sabe de mi existencia. Esto, considerándolo en forma conjetural, me ha salvado la vida. […] como soy creyente, rezo todos los días sobre el Tratado de la tolerancia, del amigo de la humanidad, Voltaire, para que el inquisitorial señor de los tormentos no vuelva a hospedarse en la residencia presidencial, porque de ahí no lo sacan ni muerto, en la próxima ocasión, ni en las próximas generaciones por derecho monárquico de sucesión.

Señor Gómez Barrero: entienda usted esta carta, si desea, como un acto de terrorismo intelectual y acérquese a cualquier fiscalía política para denunciar el atentado en su ego empresarial. Le solicito que no se tome la molestia de contestarme o, si lo hace, sepa de antemano que no recibirá a su turno respuesta mía. Tengo demasiado por hacer. Estoy en la fase final de semestre y me abruman las tareas docentes. […]

Reciba un atento saludo,
 
Juan Guillermo Gómez García

*    La carta en su contenido textual se puede consultar en www.desdeabajo.info, sección "Para compatir". Todos los paréntesis rectangulares, así […] o con su contenido [xxx], son de la Edición. De igual manera la numeración.
1    En esto, estamos, en principio, de acuerdo. Nada que preocupe o que llame a mayor alarma que el estado en que se encuentran los millones de niños que se educan en el país como nada que genere mayores dolores de cabeza que las condiciones materiales y espirituales en que se desarrolla la actividad docente y educativa
2    El autor escribe “FARCs”. En esta referencia y las demás, la edición del periódico mantendrá minúsculas.
3    Ahora, sin embargo, a alguno de sus íntimos le dio la lobería de inflar su ego con lecturas a medias. Se creyó un doctrinante político. Este seudo-Carl Schmitt predicó un “decisionismo de poncho y carriel” que fue otra nota folclórica de la Casa de Nariño. Casi nadie advirtió la novedad provinciana. Esta doctrina jurídica, antijurídica en el fondo, fue amago de doctrina y no pasó de ser un chiste hermético que tuvo otra virtud muy equívoca: reclutó, este ex leninista, a otros ex lenisnistas –usted puede caer en la cuenta de que nada se semeja más al estalinismo, en su forma de argumentar que la escolástica, y que los métodos de poder de los leninistas, están copiados como de la Compañía de Jesús para pobres– y los puso a funcionar en la Universidad. ¡Usted no imagina a estos tipos con ganas de quedarse con decanaturas y rectorías: es la quinta columna del uribismo, adobado de seudocalrsmittismo (no han leído siquiera estos tipos a Donoso Cortés): unos sujetos resentidos, que, frustrados de no poder tomarse el Palacio de Invierno, como fue su sueño de adolescencia fanática, ahora quieren quedarse con nuestra educación superior! Esta gente quiere vengar sus orígenes con actos demostrativos de fidelidad al régimen de derecha; ocultar su patanería con lecturas oportunistas y malintencionadas. Trepar es el verbo que más se parece a vengar o vengarse de sí mismos, de su pasado oscuro, que reprimen y con el cual no se concilian.
4    Puede ser obra de caridad anticiparle, por vía de plomo, la muerte, al paciente, que en todo caso no le iban a despachar esta droga en el centro de urgencias; además, puede ser de medida higiénica, midiendo el sistema de salud, para que no se propague “en el parche”. Hay más opciones, seguro.
5    Usted pudiera coincidir conmigo en que la charlotada de Uribe en su finquita de Rionegro (tiene fincas esta nueva Mamagrande en cada municipio y vereda de Colombia, por lo demás, él, su mujer y sus intocables hijitos), frente a la elegante mujer y culta pianista Condoleezza Rice, de paso por Colombia como Secretaria de Estado de Bush, fue vergonzoso. Esto explica el trato de malabarista chino o, peor, que reciben nuestros dignatarios en Washington o Bruselas.


Publicado enEdición 164
La Historiografía en el siglo XX. Historia e historiadores entre 1848 y ¿2025?

 

Edición 2010. Formato: 17 x 24 cm, 220 páginas
P.V.P:$25.000  ISBN:978-958-8454-17-7

 

Reseña:

La historiografía en el siglo XX. Historia e historiadores entre 1848 y ¿2025?, es una punzante obra que nos invita al abordaje del complejo tema de la historia de la historiografía del siglo XX, vista como unidad global, analizada desde un punto de vista genuinamente crítico.

Es ésta una renovada historia de la historiografía, ni positivista ni puramente enunciativa y monográfica, apta para elaborar los diversos modelos explicativos que requiere abordar el complejo campo de investigación de lo que ha sido la historiografía en el mundo, en los diferentes períodos por considerar.

Su autor, situado en la perspectiva del largo siglo XX historiográfico aún en curso, ubicado en el horizonte braudeliano de la extensa duración histórica y sostenido en los aportes de la Filosofía, la Sociología, la Lingüística, la historia de las ciencias de los últimos 150 años, propone un diagnóstico en verdad crítico de la contribución generada en las últimas 15 décadas por aquellos que, en un esfuerzo por entender el presente para poder participar en la construcción de un futuro diferente y mejor, acuden al estudio del pasado, autobautizándose precisamente con el noble término de historiadores.

 

Carlos Antonio Aguirre Rojas. es Doctor en Economía por la UNAM y ha realizado investigaciones posdoctorales en Historia en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Nació en la Ciudad de México en 1955. Organizador de las Primera Jornadas Braudelianas Internacionales (México, 1991). Sus artículos han sido traducidos al portugués, inglés, francés, italiano, alemán, ruso y chino. Desde hace más de veinte años contribuye a la difusión didáctica de metodologías de historia crítica, de Marx a Edward Thompson, pasando por Bloch, Benjamin, Elias y Ginzburg. Fue nombrado Directeur d’Etudes en la Maison des Sciences de l’Homme en seis ocasiones y profesor invitado en universidades de Francia, Estados Unidos, Cuba, Perú, Guatemala, Colombia, entre otros países

 

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Lunes, 26 Julio 2010 09:42

Al rescate de la novela histórica

Es gracias al documento como podemos conocer la historia. Algunos escritores han recreado de manera fascinante y novelada apartes de ella. Pero, para nuestra mala fortuna, se ha venido perdiendo sustancialmente esa costumbre.

Para hablar de la novela histórica, no podemos hacerlo sin nombrar a Juan Rodríguez Freyle, quien en 1640, y tras seis años de escritura, lega a la humanidad una monumental obra, una gran pieza histórica que tituló Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada de las Indias Occidentales del Mar Océano, y Fundación de la ciudad de Santafé de Bogotá, primera de este reino donde se fundó la Real Audiencia y Cancillería, siendo la cabeza se hizo su arzobispado, y que luego, por practicidad, escribanos y lectores empezaron a llamarla Carnero. Una de las principales hipótesis y la que más fuerza tiene, de por qué este título, es la mencionada por algunos especialistas en la obra: “Es el hombre genérico con el que se designan los manuscritos por estar forrados o escritos en pieles de carnero”. Es, pues, este escritor, nuestro principal referente para concebir la novela histórica. Pero no podemos dejar de lado a Gabriel García Márquez con su El general en su laberinto, que, aunque escrita más de tres siglos después del Carnero, y enmarcada en la narrativa contemporánea, es otra obra magistral que muestra el final de la vida de Bolívar. O, para no ir tan lejos, mencionemos al escritor colombiano William Ospina, quien también magistralmente nos entrega su novela El país de la canela, en la que refleja la ambición, la codicia, la avaricia y las leyendas que se tejían sobre el continente americano, de los conquistadores españoles en América.

Temática del ‘Carnero’

Es una crónica extensa en la que el autor narra en forma soberbia y sencilla apartes de la vida de los conquistadores, hechos controversiales como secretos familiares, brujería, superchería y fraudes, entre otros, de los conquistadores en estas tierras. La obra está compuesta por 21 capítulos en los cuales se narra lo que sucedió durante los 100 años siguientes a 1538, justo después que Gonzalo Jiménez de Quesada en 1537 llegase a América, y más exactamente a Bacatá, en busca del mítico El Dorado. En el extenso título, el autor quiso plantear globalmente lo que narraría en los 21 capítulos. Al parecer, la vida de Rodríguez Freyle juega un papel muy importante en el Carnero, pues es uno de los hilos conductores del relato histórico, ya que en él trabaja y pone a prueba su memoria. El relato es contado según su estado de ánimo. Sin embargo, no se ha podido precisar con exactitud que eso sea así. Ni los historiadores han logrado ponerse de acuerdo sobre la fecha de su muerte. Al arranque de cada capítulo, el autor hace una pequeña introducción en la que inicia al lector y lo prepara con lo que se topará en la trayectoria del capítulo.

Narrativa contemporánea:
‘El general en su laberinto’

En El general en su laberinto, el escritor, de modo claro y conciso, narra los últimos 10 años de la vida del Libertador (1820-1830), que termina en la Quinta de San Pedro Alejandrino el 17 de diciembre de 1930.

El objetivo de la novela es dar a conocer y analizar los acontecimientos del último viaje del caraqueño, y que llevaron a su muerte. Además, el autor destaca en especial el patriotismo de Bolívar, su coraje, su valentía, por lograr la libertad de todo un pueblo. En la obra, Gabriel García Márquez refleja el carácter inconforme y de luchador incansable de un ser humano ante las injusticias y la explotación del hombre por el hombre, pero, ante todo, a quien siempre se mostró sensible y comprometido con la libertad de su pueblo.

‘El país de la canela’

Es una de las novelas históricas más recientes. En ella, William Ospina muestra la ilusión y el impulso de algunos conquistadores españoles, quienes emprenden una expedición hacia Perú, con el único fin de encontrar algo que ya no había en Europa y se consideraba más valioso que el oro mismo: la canela. En el transcurso del relato, el escritor narra la ambición de los conquistadores españoles, a quienes los movía ante todo la conquista de América. Además, las leyendas sobre tesoros fabulosos, ilusiones intangibles como un país rico en canela, o la leyenda de El Dorado. Las especias olorosas, entre las que se encontraba la canela, eran muy apreciadas por los europeos: una razón más para que el escritor colombiano hiciese de un sueño, de la voracidad de los conquistadores, una tangible realidad escrita.

Para la expedición fueron necesarios 240 españoles, 4.000 indígenas y 2.000 llamas, además de perros de presa y cerdos que sirvieron de alimento para todos, pues, cuando terminaron con los cerdos, cualquier animal fue bueno para comer. Todo ello para hacer, de manera azarosa, fortuita, el descubrimiento del río Amazonas. Es así como se da la mayoría de los descubrimientos. Por eso, algún día todo ser humano debiera descubrir por lo menos estas tres obras para conocer sus raíces, y saber que hombres como Simón Bolívar trabajaron por su libertad, y que escritores como estos tres nos dejan los documentos claves para conocer así sea apartes de nuestra historia. No en vano El país de la canela fue galardonada con el Premio de Novela Rómulo Gallegos.

De no ser por la palabra escrita, por documentos como estos, no pudiéramos afrontar con una conciencia mejor formada la conmemoración del bicentenario de nuestra independencia con respecto a España.

Publicado enEdición 159
Con este título, María Teresa Cifuentes Traslaviña presentó el 3 de junio de 2010, en el Centro Cultural García Márquez la obra que reseñamos, producto del año sabático auspiciado por la Universidad Distrital, con la introducción crítica y la explicativa de Ricardo Sánchez Ángel y Álvaro Delgado, de la Universidad Nacional de Colombia y el Cinep, respectivamente.

La fecha es coincidente con los 100 años (1910-2010) del natalicio del luchador paradigmático del siglo XX Diego Montaña Cuéllar, presidente de la Unión Patriótica (UP) en el momento crítico en que el movimiento político de la UP en ascenso político y electoral proclamaba a Bernardo Jaramillo Ossa como candidato a la Presidencia de la república, y a quien escribe esta nota a la Vicepresidencia.

Diego Montaña falleció en abril 28 de 1991 y sus cenizas fueron dispersadas en el río Magdalena, frente al puerto petrolero de Barrancabermeja, como símbolo de despedida a los trabajadores de quién fuera su educador y asesor político y laboral, que para él constituía “el más grande honor de mi vida”.

Al tiempo con este acto, la Unión Patriótica cumplía 25 años (1985-2010) de su creación, conmemorados en junio con foros y conferencias en el Auditorio León de Greiff, de la Universidad Nacional, organizado por militantes de la UP como Sebastián González y otros que vivieron los sueños y las experiencias frustradas de la UP. Asistieron jóvenes universitarios interesados en sumergirse en el conocimiento de una fase dramática de la historia política y la vida nacional.

La UP fue iniciativa original de las farc y concebida como herramienta política de la insurgencia armada representada por esa guerrilla y sus líderes principales Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, con apoyo del Partido Comunista, en busca de una solución política al conflicto armado.

El conflicto y la subversión frente al viejo orden o, mejor, desorden tradicional tiene origen histórico-social profundo y complejo, cuyas raíces están en el despojo a los campesinos, y la marginalidad y la aplicación sistemática de la violencia a los sectores populares. En tales realidades se identifican las causas de la rebeldía con dominante presencia rural. Es, en síntesis, producto de la inequidad, la exclusión, la violencia institucional como expresión latifundista, marcada por la injusticia social, la concentración de la riqueza, la tierra, la educación y el poder, el desarraigo y el despojo. Estos aspectos son tratados en la investigación cuyo fruto es esta obra.

Este pensamiento crítico amerita una gran discusión para verificar y clarificar brumas del proceso que concluye con el genocidio contra la UP, como posibilidad de cambio democrático, que culmina por ser aplastado criminalmente –por acción y omisión– con el asesinato de los candidatos Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa, y cerca de 3.000, incluidos destacados dirigentes nacionales como José Antequera y Manuel Cepeda, entre tantos héroes y mártires, expresiones de la causa popular, líderes regionales, congresistas, diputados, concejales, militantes, intelectuales, profesores, simpatizantes y gente del común. Tan aberrante fenómeno con distintas expresiones –paramilitarismo, subversión, narcoeconomía, guerra militar y social– aún subsistente en la primera década del siglo XXI y constituye tema transversal en la obra comentada.

Esta obra sobre Diego Montaña Cuéllar en las luchas del siglo XX muestra ampliamente esta situación en sus principales rasgos, junto con sus diversos escenarios y actores, e implicaciones, circunstancias e impactos políticos y dramas sociales, humanos y ambientales desatados, que contribuyen obviamente a la existencia de esta profunda tragedia colectiva, manifiesta en crisis crónicas y asimetrías históricas, socioeconómicas y políticas que soporta el país en el transcurso que llega hasta la actualidad.

Las variables de multiviolencia física, socioeconómica y ambiental, pobreza y miseria críticas, corrupción generalizada y atraso en la conciencia política popular – considerado por Gaitán como superior a sus dirigentes– hacen parte de la constelación problemática que se vislumbra como un celaje en el choque de las nubes históricas que nos enceguecen sin iluminar el camino de la liberación social. Estos hitos se traducen en la investigación sobre el pensamiento y la acción del gran pensador y luchador Montaña Cuéllar, cuyo legado ejemplar esperamos que sea modelo de lucha sin claudicaciones y oportunismos, como las que se ven en el trasiego de la política nacional.

En el libro se identifican el proceso, el ascenso y el desarrollo político, polémico y dialéctico, de la UP, potenciado con la presencia de nuevas fuerzas democráticas, camino iniciado hacia 1985. Esta fase explica el desarrollo de una etapa de deslinde ideológico y estratégico de la UP frente a las farc y el Partido Comunista, que se expresa en las manifestaciones públicas y privadas de Bernardo Jaramillo y algunos representantes de la dirección nacional de la UP sobre el requerimiento de una solución políticas al conflicto armado y el cuestionamiento de la táctica de “combinación de todas las formas de lucha” planteadas oficial y dogmáticamente por el PCC y explicitada por su entonces secretario general Gilberto Vieira.

Esta situación está descrita en el libro, y allí las tesis políticas conllevan la propuesta planteada públicamente por Bernardo Jaramillo, Diego Montaña y otros líderes de la UP en cuanto a construir un nuevo movimiento o partido moderno, nacionalista popular, con base doctrinaria, teórica y programática basada en el socialismo y la democracia radical, cuyos programas son discutidos y aprobados en instancias del Segundo Pleno de la UP y otros escenarios políticos, inclusive de carácter internacional, en las giras de Jaramillo por Europa, y asimismo en contactos con la Internacional Socialista.

Se trata en esencia de llevar al campo de la teoría y la práctica el principio de que sin socialismo no hay democracia, y no habrá democracia sin socialismo. Tampoco, por su ausencia política integral, se posibilita la anhelada convivencia y una paz duradera.

Estos son elementos situacionales, vivenciales e históricos descritos en esta biográfica histórica, anecdótica y polémica, como su adhesión a Jorge Eliécer Gaitán (1946-1948), en contradicción con la tácticas del PCC, que apoyó al contradictor Gabriel Turbay, y su retiro como militante del Partido Comunista, señalando múltiples militancias, ingresos y retiros, sus razones, sus circunstancias, y las situaciones y condiciones políticas en las cuales se desenvolvió siempre con honestidad y lógica, con sus hitos entre contradictorios en la tácticas y consecuentes en sus principios, marcados con estrategia lineal y variables coyunturales, como militante y dirigente en varios movimientos frustrados, siempre como pensador marxista corroborado en su legado escrito, en la cátedra, en sus polémicas y sus luchas sindicales y partidistas.

Montaña fue siempre consecuente en el sentido y la práctica democrática y socialista como horizonte permanente de su lucha, en el entendido de que el materialismo que practicó –dialéctico, holístico, axiológico– no lo interpretó como dogma fatal ni representado como iglesia con santos, mártires, milagros y renegados, sino interpretado y utilizado como guía teórico-práctica, como gran instrumento científico y útil para comprender la realidad socioeconómica y su desarrollo histórico, para transformarla y no sólo interpretarla, en función democrática e incluyente, en función indeclinable de beneficiar al pueblo en su conjunto.

Además, el lanzamiento de este trabajo sistémico constituye un modelo metodológico por su riqueza de fuentes, manejada objetivamente pero con compromiso y pasión democráticos, por el referente de sus testimonios y por el análisis de los contextos en los que Diego Montaña desenvolvió su vida como ser humano, ideólogo, académico y pensador, que abarca gran parte de las luchas sociales del siglo XX en Colombia, en el referente de la posguerra y posteriores desarrollos de la “guerra fría, cuyos reflejos y persecución al pensamiento democrático y socialista utilizó el macartismo, de sectores reaccionarios de Estados Unidos, las violencias y las réplicas dogmáticas, respecto al modelo capitalista y monopolista, y el dogmatismo aplicado a la versión soviética del socialismo, lo cual marcó la crisis y la decadencia del “socialismo realmente existente” o, peor, inexistente, en cuanto se caracterizó finalmente como capitalismo de Estado burocrático y corrupto, como se evidenció con las denuncias de Kruschov en el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS, luego de la caída del muro de Berlín (1990), la política de Gorbachov con la glasnost y la perestroika, y la posterior degradación reaccionaria de Yeltsin y Puttin al imponer el modelo neoliberal seguido del saqueo del patrimonio del pueblo. Esto explica el camino marcado por el ascenso del ‘consenso de Washington’ y el imperio del neoliberalismo global.

La obra presenta cinco partes con sus desarrollos pertinentes, en cuyos contextos se identifican y definen situaciones y condiciones del desarrollo histórico del país de carácter y naturaleza socioeconómica, cultural y política, e influencias internacionales y elementos de profunda significación como la crisis económica mundial y la caída de la hegemonía conservadora en Colombia hacia 1930, con el ascenso del partido liberal y el tránsito de la “revolución en marcha” de López Pumarejo; reformas constitucionales de los 30 y 40; frustración social junto con la violencia institucional y sectaria, desatada por los gobiernos hegemónicos en 40 y 50, junto con las luchas sindicales, en especial en el sector petrolero y de los trabajadores en general, y las respuestas subversivas como expresión de los conflictos y tensiones en la ciudad y el campo, con énfasis en los magnicidios y los genocidios, como el de Gaitán el 9 de abril de 1948, y sus dramáticas y posteriores consecuencias.

En estos escenarios se plantean las respuestas políticas del Partido Comunista y los nuevos movimientos –Frente Unido del padre Camilo Torres, Moir, Firmes, Unión Patriótica, Alianza Democrática M-19– y otras manifestaciones relevantes en el referente de las luchas sociales en Colombia.

Los capítulos de la obra reseñada son: 1. Orígenes y primeras luchas. 2. Actividad social y dirigencia liberal. 3. Izquierda marxista. 4. Internacionalismo en la lucha por la revolución. 5. Tránsito por nuevos grupos de izquierda. Evolución y búsqueda. Evolución. Además, hay una importante indicación sobre fuentes y bibliografía.

El mensaje de la obra, su recorrido investigativo, las invocaciones, las consideraciones y las reflexiones ameritan su lectura con pensamiento crítico, propositivo, pensando en el aquí y el ahora, así como en el inmediato futuro, pues hay lecciones y experiencias para meditar, investigar, denunciar; desatar polémicas constructivas, transparentes, objetivas y serias, útiles para aclarar situaciones históricas, políticas, humanas, y además para iluminar el sendero de sombras y repetidos errores manifiestos en las luchas políticas, sectarias y electorales, de hoy y mañana, orientadas a la construcción de una democracia radical-orgánica, e integral-socialista y moderna, como las planteadas por Montaña en su trayectoria, en cuanto finalmente cabe recordar al Premio Nobel José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera: el presente que no tiene futuro es como si no existiese.

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La Habana, 12 de noviembre. Fidel Castro reveló que no sólo discrepa con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) por su trato a los prisioneros y los secuestros de civiles, sino también por su estrategia militar, pero dijo que admira la “firmeza” y la “disposición a luchar hasta la última gota de sangre” del desaparecido jefe de ese grupo guerrillero, Manuel Marulanda Vélez.

Los comentarios de Castro, junto con documentos inéditos, desclasificados de los archivos cubanos, aparecieron en Cuba, en el libro La paz en Colombia.

El ex presidente cubano, de 82 años de edad, alejado de la vida pública por enfermedad desde julio de 2006, ya había tocado el punto en un artículo publicado el pasado 5 de julio.

En el volumen abrió sus expedientes y, además del caso colombiano, abordó otros asuntos, como las experiencias guerrilleras de Centroamérica y la invasión estadunidense a la isla de Granada en los años 80 del siglo pasado.

En la presentación del libro intervino un personaje que fue decisivo en las relaciones cubanas con el hemisferio, el veterano operador político José Arbesú, ex jefe de la Sección de Intereses en Washington, quien dirige desde hace dos décadas la Sección América del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

“Lo más importante es que en este libro se aborda algo que ha estado oculto”, dijo Arbesú. “El papel de Cuba en favor de la paz en Colombia”.

Arbesú es el ejemplo típico del funcionario que trabaja fuera de los reflectores. Casi no tiene actividades públicas y con otra nomenclatura ocupa el cargo que tuvo durante tres décadas Manuel Piñeiro Losada, el legendario comandante Barbarroja, muerto en 1997 y por cuya oficina virtualmente pasaron generaciones enteras de líderes y activistas de la izquierda latinoamericana.

Hace tres décadas que Cuba favorece una solución negociada y pacífica al conflicto colombiano, dijo Arbesú, con voz apenas audible. “Ni el ejército puede derrotar al movimiento guerrillero ni el movimiento guerrillero va a derrotar al ejército”.
Subrayó que, aunque Cuba ha mantenido relaciones con los rebeldes colombianos, no les ha facilitado armas o financiamiento.

En el libro, Castro dedicó varios tramos a construir su juicio sobre Marulanda, con quien dijo que compartía una circunstancia común al comienzo de sus respectivos movimientos revolucionarios: la falta de una ideología revolucionaria y de un programa.

“No cuestiono en lo más mínimo su honradez ni la del Partido Comunista de Colombia”, señaló el ex mandatario. “Por el contrario, merecen respeto, porque fueron revolucionarios, luchadores antimperialistas”.

Relató que discrepaba de Tirofijo “por el ritmo que asignaba al proceso revolucionario de Colombia, su idea de guerra excesivamente prolongada” y la tesis de crear primero un ejército de 30 mil hombres.

Las FARC “por sus concepciones operativas, nunca cercaron ni obligaron a la rendición a batallones completos con el apoyo de artillería, unidades blindadas y fuerza aérea a su favor”, apuntó.

“Es conocida mi oposición a cargar con los prisioneros de guerra, a aplicar políticas que los humillen o someterlos a las durísimas condiciones de la selva. De ese modo nunca rendirían las armas, aunque el combate estuviera perdido. Tampoco estaba de acuerdo con la captura y retención de civiles ajenos a la guerra”.

“Debo añadir que los prisioneros y rehenes les restan capacidad de maniobra a los combatientes”, añadió el líder cubano. “Admiro, sin embargo, la firmeza revolucionaria que mostró Marulanda y su disposición a luchar hasta la última gota de sangre”.

En su comentario de julio, Castro recordó que, después de respaldar a las guerrillas latinoamericanas, se manifestó contra la lucha armada en la región, tras el hundimiento de la Unión Soviética y en condiciones “muy diferentes a las de Cuba, Nicaragua y otros países en las décadas del 50, 60 y 70 del siglo XX”.

El 24 de julio de 1993, año y medio después del derrumbe soviético, Castro habló por primera vez en público de rectificar la vía armada. Fue en La Habana, en la clausura del Foro de Sao Paulo, el frente de partidos latinoamericanos de izquierda.
“Les está hablando alguien que participó en la lucha armada y que apoyó al movimiento revolucionario armado, de lo cual no nos arrepentimos”, dijo entonces el líder cubano. “Pero vemos con claridad que ahora, en este momento, en estas circunstancias, no es el camino más prometedor”.

Cuando Castro dijo esas palabras ya se habían firmado los acuerdos de paz en El Salvador, se abrían negociaciones en Guatemala y hacía una década se había iniciado la primera de varias rondas de encuentros entre las FARC, otros grupos guerrilleros y los sucesivos gobiernos colombianos.

Paralelamente, desde que reanudó relaciones diplomáticas con Colombia en 1991, Cuba ha mantenido fluido diálogo político con los gobiernos de César Gaviria, Ernesto Samper, Andrés Pastrana y Alvaro Uribe, una de cuyas piezas fundamentales ha sido el respaldo a los intentos de negociaciones de paz, que incluyen a los del Ejército de Liberación Nacional.

Sobre el libro La paz en Colombia, de Fidel Castro

Responsabilidad ética y compromiso revolucionario

Comentario de Pedro de La Hoz

Durante los últimos meses diversos acontecimientos de la realidad colombiana fueron comentados por el compañero Fidel en sus habituales Reflexiones publicadas en la prensa cubana. La operación humanitaria auspiciada por el presidente venezolano Hugo Chávez que culminó el 10 de enero con la puesta en libertad de Clara Rojas y Consuelo González, retenidas por la guerrilla; la incursión militar del primero de marzo, con asistencia norteamericana, que masacró en territorio ecuatoriano a combatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y jóvenes de otras nacionalidades, en flagrante violación de la soberanía de un país extranjero, condenada días después en la reunión del Grupo de Río en la capital dominicana; y la liberación de la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt y otras catorce personas en una acción que contó con el apoyo logístico y de inteligencia de Estados Unidos, motivaron sucesivas apreciaciones del líder de la Revolución cubana acerca de la connotación de los hechos y sus implicaciones políticas y éticas en el ámbito latinoamericano y caribeño.

A partir de una pregunta que se hace a sí mismo —“¿Fue objetivo y justo mi análisis sobre Marulanda y el Partido Comunista de Colombia en las Reflexiones publicadas el 5 de julio de 2008?”—, Fidel emprendió la escritura de La paz en Colombia, revelador título publicado por la Editora Política, y que le llevó 400 largas y arduas horas de documentación, análisis y redacción.

A lo largo del libro, Fidel desarrolla tres ideas centrales: una, la caracterización y el desarrollo de la personalidad del fallecido jefe de las FARC, la evolución de la guerrilla y su papel en el complejo entramado político colombiano; otra, la incidencia del poder oligárquico, sus instrumentos de explotación y represión, y su alianza con el imperialismo norteamericano en la génesis y ejercicio permanente de la violencia; y, en tercer término, la real naturaleza de los vínculos de Cuba con los movimientos revolucionarios de América Latina y su larga y sostenida contribución a la búsqueda de una solución justa, realista y humanitaria al conflicto armado que desangra a Colombia.

Este país, andino y caribeño al mismo tiempo, es una larga y antigua herida enconada en el cuerpo del continente. Aún antes de que cayera asesinado en una calle bogotana Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, fecha en la que cobró impulso la espiral de violencia que llega hasta hoy, la nación vivió muchas páginas de terror. En otra de sus Reflexiones (17 de julio de 2008), Fidel, quien se hallaba en Colombia durante los trágicos sucesos conocidos como El Bogotazo, evoca haber leído “noticias sobre las matanzas que tenían lugar en el campo bajo el gobierno conservador de Ospina Pérez. Se informaba normalmente sobre decenas de campesinos muertos en aquellos días”.

La paz en Colombia no es un ensayo especulativo, sino un testimonio apegado a la objetividad de los hechos. Desde los primeros capítulos —en los que glosa la Primera y la Segunda Declaración de La Habana (1960 y 1962), imprescindibles para entender la respuesta del Gobierno y el pueblo cubanos ante el acoso del imperio y sus súbditos latinoamericanos— hasta el último —donde contrasta las memorias del ex mandatario colombiano Andrés Pastrana con sus propios recuerdos sobre los temas abordados en sus conversaciones con este, y se publican las expresiones de Pastrana acerca de la “transparencia, sinceridad, lealtad y amistad hacia Colombia” del líder cubano —, Fidel privilegia la exposición documental.

De tal modo, el jefe histórico de las FARC (su verdadero nombre era Pedro Antonio Marín) es visto a través de los excelentes testimonios del escritor Arturo Alape y se ve a sí mismo en los llamados Cuadernos de Marulanda, Un testigo clave para comprender la intríngulis de las negociaciones de paz en la época de Pastrana es citado ampliamente en el libro: José Arbesú, funcionario del Comité Central Partido Comunista de Cuba que asistió a las negociaciones de Caiguán en enero de 2001 y luego sostuvo entrevistas con Marulanda.

De sumo interés resultan, además, las referencias escritas por Jacobo Arenas (nombre de guerra de Luis Morantes), autor del Diario de la resistencia de Marquetalia (1972), militante comunista que se incorporó a las FARC y aportó a la formación ideológica de los cuadros de la guerrilla. Arenas falleció en 1990, luego de haber sido uno de los principales artífices del movimiento Unión Patriótica, en el que las FARC y otras fuerzas se agruparon para participar en la escena política pública. Durante el gobierno de Belisario Betancur, dos candidatos presidenciales, 8 congresistas, 13 diputados, 70 concejales 11 alcaldes y miles de sus militantes fueron asesinados por grupos paramilitares, fuerzas de seguridad y sicarios del narcotráfico.

El libro también revela la decisiva mediación cubana en la liberación en 1996 de Juan Carlos Gaviria, secuestrado por el Movimiento Dignidad por Colombia —episodio de tintes tan rocambolescos que al abordarlos Fidel lo hace en un capítulo que titula “Sucesos de ficción”, y aún antes en la solución pacífica de la crisis planteada por la ocupación y toma de rehenes el 27 de febrero de 1980 en la Embajada de la República Dominicana en Bogotá.

La transcripción de largos fragmentos de la conversación de Fidel con comandantes guerrilleros de la Coordinadora Simón Bolivar en La Habana en 1991 evidencia el respeto con que el líder de la Revolución cubana trató el delicado tema de la insurgencia en el país sudamericano.

En aras de ofrecer una idea más precisa del contexto en que se desarrollaron en décadas anteriores las luchas populares en el continente frente al injerencismo y los crímenes imperiales, Fidel incluye en su exposición detalles de la concertación internacionalista que contribuyó al triunfo del sandinismo contra la dictadura somocista en 1979, y de la brutal agresión yanki contra Granada en 1983, que costó la vida a colaboradores cubanos que se hallaban en esa isla caribeña entregados a una noble misión civil.

Con total franqueza y absoluta transparencia, y a partir del cúmulo de informaciones manejado, Fidel define a Marulanda como un líder que “comprende las realidades del país y de la época que le tocó vivir. Estaba lejos de ser el bandido y narcotraficante que se empeñaron siempre en presentar sus enemigos”. En otro momento evalúa: “Hizo cosas extraordinarias con unidades guerrilleras que, bajo su dirección personal, penetraban en la profundidad del territorio enemigo. Cuando alguien fallaba en el cumplimiento de una misión parecida, estaba listo siempre para demostrar que era posible”.

Pero a la vez, con honestidad y conocimiento de causa, plantea desde un principio: “Mi desacuerdo con la concepción de Marulanda se fundamenta en la experiencia vivida, no como teórico sino como político que enfrentó y debió resolver problemas muy parecidos como ciudadano y como guerrillero, solo que los suyos fueron más complejos y difíciles”. Ya hacia el final argumenta: “Yo discrepaba del jefe de las FARC por el ritmo que asignaba al proceso revolucionario de Colombia, su idea de guerra excesivamente prolongada. (…) Es conocida mi oposición a cargar con los prisioneros de guerra, a aplicar políticas que los humillen o someterlos a las durísimas condiciones de la selva. De ese modo nunca rendirían las armas, aunque el combate estuviera perdido. Tampoco estaba de acuerdo con la captura y retención de civiles ajenos a la guerra”.

En cuanto al Partido Comunista de Colombia, Fidel describe cómo, al igual que otras formaciones similares en América Latina, “fueron miembros disciplinados de la Internacional mientras existió formalmente” bajo la línea del Partido Comunista de la URSS. En el caso de Cuba, no sin contradicciones ni tensiones, prevaleció la unidad entre las fuerzas revolucionarias. Los desencuentros programáticos y tácticos entre el Partido colombiano y los movimientos insurrecciónales, en diversas etapas de la historia de ese país, no implican, en modo alguno, una devaluación de sus abnegados militantes.

Entre las conclusiones que se derivan de la lectura de este libro, hay dos que deben ser subrayadas: la actuación interesada y perniciosa del imperialismo norteamericano en el conflicto colombiano de una parte, y de otra, el valor de los principios revolucionarios.

Solo desde un compromiso entrañable con la verdad, la justicia, el destino de los pueblos y la fe martiana en el mejoramiento humano se puede concebir un libro como este.

Una contribución de tal magnitud a la comprensión de los dramáticos avatares de la historia colombiano a lo largo de las seis últimas décadas es posible por la cultura política, la lucidez analítica y la altura ética de un hombre al que un colombiano ilustre, Gabriel García Márquez ponderó al decir: “Su visión de América Latina en el porvenir, es la misma de Bolívar y Martí, una comunidad integral y autónoma, capaz de mover el destino del mundo”.
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