Martes, 10 Octubre 2017 09:03

Cuba y su diplomacia verde olivo

El investigador, periodista y diplomático cubano Santiago Rony Feliú, en entrevista con La Jornada

 

Cuando la influencia de Henry Kissinger se empezaba a hacer sentir en los círculos de poder en Washington –inicios de los años 60– y la Cuba revolucionaria daba sus primeros pasos de diplomacia encubierta, con la intención de incidir en una nueva configuración mundial, el político estadunidense describió a la isla como un pequeño país subdesarrollado con pretensiones de política exterior de primer mundo. Y en ese momento no le faltó razón a quien llegó a ser uno de los grandes enemigos de las fuerzas progresistas en América Latina y artífice de muchos intentos para derrocar a Fidel Castro.

El investigador, periodista y diplomático cubano Santiago Rony Feliú trae a colación esta expresión de cuando los barbudos de Fidel Castro no tenían más de dos años de haber conquistado el poder mediante la lucha armada, para ilustrar hasta qué grado impactó en el mundo de entonces lo que llama la diplomacia verde olivo, impulsada por Ernesto Che Guevara: una vía alterna a la política exterior formal, que se proponía extender la lucha en contra del neocolonialismo y el imperialismo mucho más allá de la isla.

Guevara fue el emisario de esa política de relaciones exteriores que no emanaba de un ministerio o cancillería, sino de un aparato que actuaba a la sombra, bajo la instrucción directa de Fidel Castro, operado por uno de sus hombres más cercanos: Manuel Piñeiro, el comandante Barbarroja. Era un instrumento del Partido Comunista Cubano, y no fue hasta 1975 que se formalizó con el nombre de Departamento América. En 1993 el propio Castro hizo pública su disolución oficial.

Feliú, actualmente director de la revista Tricontinental y directivo de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina, instituciones que datan de esa convulsa década, es uno de los muchos cubanos que se formaron en ese semillero de diplomacia revolucionaria.

 

Práctica vigente

 

A la distancia, sostiene en entrevista con este diario, los frutos de esa práctica, lejos de haber caducado, siguen presentes en algunos rasgos de la relación de Cuba con el mundo. Está basada en los principios de la solidaridad y el internacionalismo. Hoy la podemos ver en el despliegue de 68 mil médicos cubanos para apoyar labores de salud pública en 60 países, contando el más reciente envío de 42 galenos, que en estos días trabajan con los damnificados en el Istmo oaxaqueño. Y también los 28 mil maestros desplegados en otros 49 países del tercer mundo.

Asegura que los reflejos de aquellos ideales políticos del guevarismo y de la diplomacia de nuevo tipo también pueden encontrarse, recicladas y actualizadas, claro, en el pensamiento político del fallecido Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales.

Hace un poco de historia: Guevara emprendió la primera gira internacional como representante del gobierno revolucionario apenas cinco meses después del triunfo. Fue un viaje de tres meses de aprendizaje sobre el perfil que iba adquiriendo el mundo por 18 países recién descolonizados en Asia y África. La segunda gira fue a países europeos y China. La tercera, a los países del bloque socialista. La décima y última gira que realizó en su calidad de diplomático, con la misión de reforzar la descolonización y la unidad de los países que no se inscribían en ninguno de los dos bloques dominantes (Organización del Tratado del Atlántico Norte y Pacto de Varsovia), fue a Naciones Unidas, y después de otro recorrido culminó en Argelia, donde regaló su avión al líder revolucionario (Ahmed) Ben Bella, para regresar a La Habana en un vuelo comercial.

 

Los frutos

 

Hablando de los frutos que dejó ese trabajo diplomático, sostiene Feliú, hay que mencionar la formación del Movimiento de Países No Alineados en 1961, en Belgrado. “Cuba está ahí presente, también resultado de esa diplomacia. Luego viene 1965. Es el peor momento, el más agresivo, del imperialismo en la guerra fría. Estados Unidos invade por todos lados: Congo, República Dominicana, Vietnam... Entonces Cuba decide convocar la primera Conferencia Tricontinental, en enero de 1966. Sigue siendo el acto internacional más grande de la contemporaneidad. A La Habana fueron 582 líderes políticos de todo el mundo. Ojo: en ese momento sólo había 111 países. Y las comunicaciones y transportes no eran lo que son hoy. El Che no estuvo físicamente, porque se había producido el fracaso de nuestra incursión en el Congo y él estaba en Tanzania. Pero todos los que vinieron, en algún momento anterior, se habían reunido con él. Los había convocado, había conversado con ellos, los había tocado, de alguna manera”.

Para Feliú, esos acontecimientos de los años 60 son “ejemplo concretísimo de la diplomacia verde olivo que tiene consecuencias inmediatas en la década posterior, la de los golpes de Estado y las luchas en contra de las dictaduras. Cuba es solidaria y cercana a aquellos que resisten las dictaduras y da asilo a sus principales líderes”.

Recuerda también la forma en que Cuba transitó por la etapa en que fue desconocida por todos los países de América Latina, menos por México. “Qué hacía entre tanto Cuba? No se quedaba ni aislada ni callada. Se reunía con los partidos, los líderes políticos, los actores sociales, periodistas e intelectuales amigos. ¿Cómo sobrevivimos ese vacío de relaciones diplomáticas con los gobiernos de nuestra región? Con la información y el contacto que nos daba esa diplomacia.

“Y no sólo en América Latina. Muerto el Che, es Fidel quien viaja: largas giras por África, la Europa socialista y también la capitalista. A pesar de la ausencia de relaciones diplomáticas formales, en 1974 lo invita Michael Manley a Jamaica, y después de eso, José López Portillo, no a Ciudad de México, sino a Cancún, nótese. Durante 17 años no puede viajar a ningún país de América Latina, ninguna invitación para el jefe de Estado cubano. A partir de 1988 ya todo mundo se fue relajando y a Fidel lo invitan por todos lados, desde Carlos Salinas, que lo trae a su toma de posesión. ¿Por qué se produce ese relajamiento? Porque todos esos años siempre hubo una diplomacia silenciosa, bajo cuerda. Ya a partir de 1988 se puede establecer un amplio abanico de relaciones con la diplomacia formal, sin abandonar la otra. Porque en la diplomacia formal suele haber vaivenes, como demostró Vicente Fox. Y no sólo él, sino también algunas izquierdas.”

–Esa diplomacia verde olivo no sólo fue de relaciones políticas. También se vinculó con las luchas armadas de la región...

–Sí, en una etapa. Parte de esa diplomacia fue de promoción de la lucha guerrillera. Se buscaba la plena independencia recurriendo a todas las formas de lucha, incluso la armada. Eso se acabó hace rato; se acabaron las condiciones para continuar por esa vía. Y no fue Raúl Castro (presidente actualmente) quien le puso fin, sino mucho antes fue Fidel. La caída del bloque socialista nos obliga a un cambio de cosmovisión; hubo que repensar muchas cosas en la geopolítica. Esa, entre ellas.

Santiago Feliú, quien fue ministro consejero de las embajadas cubanas en Bolivia y Guatemala en décadas pasadas como parte del Departamento América, hoy formalmente extinto, está convencido de que la confluencia en un momento histórico (la década pasada) de siete gobiernos progresistas en América Latina –solamente con México y Colombia haciendo contrapeso desde la derecha– fue también uno de los frutos de esa política exterior cubana de doble vía, la formal y la verde olivo, que no son separadas, sino complementarias.

Ambas son responsables de que hoy día, a pesar de décadas de políticas que intentaron aislar a Cuba, su país tenga relaciones con 139 países y abiertas y activas 127 embajadas.

 

 

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Sábado, 07 Octubre 2017 07:18

Espejo de una generación

Espejo de una generación

Los jóvenes del 68.

 

Ansiosos y desenfrenados, los jóvenes del 68 querían transformar el mundo. Aunque la vida y la muerte de Ernesto Guevara fueron labradas por él mismo, el Che ícono de multitudes fue una creación de abajo. Una excusa, de una generación que se sentía tan aventurera como su barbado héroe, para romper tabúes, relaciones de poder y opresión que durante tanto tiempo se mantenían intactos.

“Ser como el Che”, un mantra que se repetía una y otra vez, como machete que despejaba el camino de la revolución; aunque el inconsciente individual y colectivo decía algo diferente: el Che como excusa de algo mucho más profundo. Querían los jóvenes del 68 modificar su lugar en el mundo, romper tabúes, agrietar relaciones autoritarias y jerárquicas que, como el patriarcado, se mantenían incólumes desde el fondo de los tiempos.er como el Che.” Una frase-programa-de-vida que marcó a fuego a toda una generación que cambió la vida política de América Latina, que tomó en sus manos la bandera del Che, simplemente porque necesitaba íconos para justificar una rebeldía insumisa que no encontraba referentes.

Recordemos brevemente el entorno. Invasión de Checoslovaquia por la Unión Soviética, la “Ofensiva del Tet” que selló la derrota de Estados Unidos en Vietnam, masacre de estudiantes en la plaza de Tlatelolco en la ciudad de México, donde el ejército asesinó a no menos de 400 para allanar la celebración de los Juegos Olímpicos. Apenas tres hechos que tapizaron el mítico 1968, mucho más trascendentes que la mediática revuelta juvenil parisina.

En la región habría que sumar los levantamientos populares del “Cordobazo” y el “Rosariazo” en 1969 contra la dictadura del general Juan Carlos Onganía, el impresionante ascenso de las luchas urbanas en Chile, que modificaron la estructura de las ciudades y llevaron a la presidencia a Salvador Allende en 1970, las luchas campesinas en la sierra peruana alentadas por Hugo Blanco, que forzaron al gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, desde 1968, a realizar la mayor reforma agraria después de la cubana; el ascenso obrero y minero en Bolivia que construyó una Asamblea Popular obrero-campesina-estudiantil, en 1970, con el que disputaron el poder a las clases dominantes.

Años fugaces que condensaron décadas. Años que representan un parteaguas en todos los terrenos de la vida social.

En 1967 se publica Cien años de soledad y al año siguiente Pedagogía del oprimido, de Paulo Freire; en 1971 aparece Las venas abiertas de América Latina, todas referencias ineludibles de una época. La Conferencia Episcopal de Medellín, también en 1968, potenció el despegue de la teología de la liberación y del compromiso de los cristianos con los pobres que, junto a la educación popular freireana, imprimieron la insurgencia popular de la época.

Apenas seis meses separaron la muerte del Che del asesinato de Martin Luther King, en Estados Unidos. La película de Gillo Pontecorvo, La batalla de Argel, estrenada en 1966, estuvo prohibida en la mismísima Francia hasta 1971, enseñando la faceta represiva e intolerante del país de las luces a la vez que mostraba la peor cara del colonialismo. Era el clima de una época signada por un profundo viraje, tan profundo que Immanuel Wallerstein bautizó el período como “la revolución mundial de 1968”.

El sociólogo estadounidense esbozó, a propósito de ese concepto, uno de los más profundos y desconcertantes asertos: “Tan sólo ha habido dos revoluciones mundiales. La primera se produjo en 1848. La segunda en 1968. Ambas constituyeron un fracaso histórico. Ambas transformaron el mundo. El hecho de que ninguna de las dos estuviese planeada y fueran espontáneas en el sentido profundo del término, explica ambas circunstancias: el hecho de que fracasaran y el hecho de que transformaran el mundo”.

Fueron los años en que todo se podía poner boca abajo. Mao Zedong lanzaba la revolución cultural con un dazibao que hizo historia: “Bombardead el cuartel general”, en referencia a las altas esferas del partido-Estado que él mismo encabezaba. Los mismos años, exactamente, en que The Beatles lanzan sus álbumes Revolver y el mítico Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band.

En ese clima regional y global irrumpe una generación de jóvenes ansiosos y desenfrenados, deseosos de ser parte de las múltiples revoluciones que transformaban el mundo, desde las políticas hasta las culturales. No hay más que repasar los cambios en la vestimenta cotidiana para hacerse una idea de lo que estaba sucediendo. Jóvenes que convirtieron al guerrillero caído en La Higuera en símbolo de insurgencias que, con el paso del tiempo, podemos aquilatar como más influyentes incluso que la que protagonizó el Che.

Aunque la vida y la muerte de Ernesto Guevara fueron labradas por él mismo, con una voluntad que había pulido “con delectación de artista”, como escribió en la carta de despedida a sus padres, el Che ícono de multitudes fue una creación de abajo. Una generación que se sentía tan aventurera como su barbado héroe, destinada a cumplimentar grandes empresas, lo colocó como mascarón de proa, insignia o estandarte, esgrimiendo su imagen con la intransigente convicción de quienes se saben (o creen) portadores de certezas y, sobre todo, del fuego redentor de la humanidad.

Como todo ícono, como todo emblema, en la figura del Che que portaban los militantes de aquellos años había no sólo mística sino religión. Atea, pero religión al fin. Contradictorio, cierto. Pero qué se le puede reprochar a gentes dispuestas a entregar la vida, no por fanatismo sino por ardiente deseo de transformar su lugar en el mundo.

El ícono fue apareciendo en los lugares más insólitos. Desde pequeños bustos en sedes sindicales y partidarias hasta los guardabarros de camiones y vidrios de autobuses. La imagen del Che, escribió el historiador peruano Alberto Flores Galindo, ha sido usada con similar devoción a como se utiliza una estampita religiosa. En su opinión, se trata de “la reelaboración de un personaje histórico desde la cultura popular”. No ha sido un fenómeno propiciado desde el Estado, como en Cuba, o “un culto inducido por la sociedad de consumo”, como en Estados Unidos.

Pasado medio siglo podemos decir de la gesta del Che algo similar a la valoración del historiador Eric Hobsbawm sobre la revolución y la república española: su causa se conserva intacta, “tan pura y convincente” como lo fue aquel lejano-cercano octubre de 1967. Aunque su estrategia fracasó y el socialismo que defendió con fervor de creyente se cayó a pedazos, su heroica estampa sigue invicta porque el gesto de poner el cuerpo, y la vida, sigue mereciendo el mayor de los respetos.

 

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Sábado, 07 Octubre 2017 06:54

Forjador de esperanza

Foto: Afp, tony karumba

 

Guevara: inspirador de una insurgencia continental.

 

El Che muere en Bolivia y su peripecia recorre el mundo, despertando emoción, admiración o rechazo, nunca indiferencia. Sus partidarios lo consideraron un modelo de integridad y audacia, capaz de renunciar a intereses particulares, privilegios y poder para contribuir a la emancipación de los oprimidos. No desde la cómoda tribuna de gobiernos y organismos internacionales, o desde el comando militar ejercido a prudente distancia del teatro de guerra, sino en las más duras condiciones de riesgo y supervivencia. Sus detractores, por el contrario, lo consideraron un instrumento del imperialismo soviético, que intentaba exportar su régimen opresor —la dictadura comunista— al planeta entero.

Así, su imagen fue el centro de visiones antagónicas e inconciliables, reflejo del enfrentamiento bipolar de la Guerra Fría, de la maniquea oposición que se expresaba en los campos más diversos: desde las reuniones cumbre de las potencias para la regulación del armamento nuclear, hasta las opiniones políticas del ciudadano común. Sólo el transcurso del tiempo permitió matizar la rigidez de las posturas ideologizadas, definir ambigüedades y decantar permanencias.

Las derechas latinoamericanas, desprovistas de líderes de tanta ascendencia, se han preguntado por décadas la razón del carisma del Che. A partir de 1967, marxistas y cristianos, intelectuales y campesinos, pacifistas y guerrilleros lo adoptaron como norte y guía de su quehacer político. Su figura fortaleció a las izquierdas, promovió amplias alianzas políticas nacionalistas, reformistas o revolucionarias, impulsó la movilización de multitudes. Sembró focos guerrilleros desde el Río Bravo hasta el Estrecho de Magallanes, y fue venerado por partidos y coaliciones como la Unidad Popular de Chile, que impulsaban políticas no violentas, reformistas, para alcanzar el socialismo.

En un continente doblegado por la pobreza, el despotismo de las dictaduras, el saqueo de sus recursos y la injerencia del imperialismo estadounidense, el Che Guevara interpretó las aspiraciones de millones de latinoamericanos. Indicó una causa por la que valía la pena luchar e incluso arriesgar la vida: la edificación de una sociedad libre, justa, fraterna y soberana.

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En los años sesenta la Unión Soviética y Estados Unidos intentaban acercarse a los estados neutrales de Oriente Medio, Asia y África con el propósito de atraerlos a su esfera de influencia. El proceso de descolonización y el auge de las posturas antioccidentales en los países en vías de desarrollo crearon un marco propicio para que el Estado soviético se vinculara estrechamente con dirigentes de movimientos insurgentes y gobernantes de nuevas naciones.

De esta forma, en plena détente, la desintegración del colonialismo ofreció oportunidades para que la Urss acrecentara su poder en las relaciones de fuerza mundial, en detrimento de Estados Unidos y Europa occidental. En pocos años logró establecer una amplia red de relaciones políticas, militares y económicas. En el plano militar, por ejemplo, entre 1960 y 1975 recibieron ayuda y asesoramiento soviético países emergentes como Yemen del Sur, Argelia, Benín, Irak, Libia, Siria, Egipto, India, Bangladesh, Afganistán, Vietnam y Mozambique.

En el continente americano, la radicalización de la revolución cubana, su enfrentamiento con Estados Unidos, el entusiasmo que suscitó en amplios sectores sociales, fueron de buen auspicio para los intereses soviéticos. Los dirigentes cubanos y del Este europeo que colaboraron con Guevara en la instalación del grupo guerrillero en Bolivia confiaban provocar, en una región de indiscutible hegemonía estadounidense, conflictos políticos y sociales, inestabilidad, insurrecciones y guerra de guerrillas. Todo ello confluiría con la actividad desplegada por los partidos comunistas y los movimientos sociales antimperialistas que actuaban en la legalidad.

Se trataba de tácticas y procedimientos idénticos a los que Estados Unidos empleaba en las regiones del mundo donde imperaba la hegemonía soviética, o en los países abiertos a la influencia y apoyo de la Urss. A través de sus apoderados, protegidos o aliados, Washington también financiaba y contribuía a provocar guerras irregulares y convencionales, sostenía económicamente partidos y movimientos opositores, promovía golpes de Estado y homicidios de gobernantes o dirigentes políticos. Desarrollaba, en suma, una amplia gama de iniciativas desestabilizantes, abiertas o encubiertas, que complementaba con acciones de influencia política, psicológica y cultural.

Desde un pequeño territorio ubicado en el corazón de América, con el apoyo de Cuba y el aval implícito de la Unión Soviética, Guevara buscaba ser el inspirador de una insurgencia continental. Si el foco boliviano lograba perdurar podría irradiarse al territorio argentino. Aunque la lucha fuera prolongada y la victoria incierta, su mera presencia en Bolivia desafiaba a Estados Unidos, corroía su prestigio continental, lo obligaba a distraer recursos y hombres de otras latitudes. Tal vez, incluso, lograría atenuar el inflexible hostigamiento estadounidense contra Cuba.

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Derrotado en Bolivia, el proyecto del Che fue reproducido con mayor éxito unos años después en el escenario africano. Soldados cubanos adiestrados y pertrechados por la Unión Soviética participaron en las luchas anticoloniales de Angola, Guinea Bissau, Cabo Verde y Mozambique. A partir de 1975 sostuvieron militarmente al gobierno angoleño de Agostinho Neto, atacado por Sudáfrica y Zaire y por guerrillas anticomunistas financiadas por Estados Unidos. Entre 1987 y 1988 una nueva invasión sudafricana fue derrotada en la batalla de Cuito Cuanavale, en la que Cuba participó con 55 mil efectivos, aviación y blindados. En 1977 el gobierno cubano se involucró junto a la Urss en la guerra de Etiopía contra Somalia y la secesionista Eritrea. Cuando la victoria etíope puso provisoriamente fin a la contienda, 20 mil cubanos que habían luchado bajo la bandera del internacionalismo de Guevara regresaron a su país.

A fines de la década de 1970, implantadas en el sur americano las dictaduras de seguridad nacional, el epicentro de los movimientos armados de impronta guevarista se trasladó a América Central. En 1979 el Frente Sandinista derrocó a la dictadura de Anastasio Somoza, al tiempo que las guerrillas salvadoreña y guatemalteca, apoyadas por Cuba, adquirieron una fuerza considerable. Junto al gobierno progresista de Granada y los movimientos guerrilleros de Venezuela y Colombia, Estados Unidos creyó percibir un nuevo arco de crisis cercano a sus fronteras. En Chile, entretanto, se intensificaba la lucha armada contra la dictadura de Pinochet, protagonizada por jóvenes formados en el ejemplo del Che, pertenecientes al Mir y al comunista Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

Los ochenta estuvieron marcados por la contrainsurgencia desplegada por Estados Unidos en América Central. La región se volvió el campo de pruebas del gobierno de Ronald Reagan en su intento de sofocar los regímenes progresistas o los procesos revolucionarios. No obstante, en 1986, mientras Reagan promovía nuevas intervenciones de la Cia en Nicaragua para desestabilizar y derrotar al “peón soviético”, el 27º Congreso del Partido Comunista de la Urss abandonaba casi por completo el marxismo leninismo y el presidente Gorbachov rechazaba la lucha de clases, postulaba la coexistencia pacífica y la cooperación internacional entre capitalismo y comunismo.

Fue el mismo Gorbachov quien en la segunda mitad de los ochenta convenció a los dirigentes nicaragüenses y salvadoreños de involucrarse decididamente en los procesos de paz, y a los guerrilleros comunistas de Chile de deponer las armas. La Urss se hallaba exhausta económicamente por la carrera armamentista, la sangría de la guerra de Afganistán, el retraso tecnológico con relación a Estados Unidos —en particular en el campo de la informática, esencial para el funcionamiento del armamento espacial— y la erosión del consenso en los países del este europeo.

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A 50 años de su muerte ¿qué ha dejado en herencia el Che Guevara a los ciudadanos del tercer milenio? En primer término, la vigencia de la causa por la que luchó, aún distante. Por ella también perdió la vida otro gran líder de la izquierda americana, Salvador Allende. Los dos desafiaron al Leviatán y fueron derrotados. Los dos fueron forjadores de esperanza. Aunque indicaron distintos caminos para la acción política y social —la lucha armada o el gradualismo reformista—, al mismo tiempo, en un plano más elevado, señalaron la vía maestra para obtener los cambios anhelados por la izquierda: la militancia firme, perseverante, desinteresada y valiente. En ella reside la significación de su legado.


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Clara Aldrighi. Historiadora. Autora, entre otros libros, de La izquierda armada. Ideología, ética e identidad en el Mln-Tupamaros y Memorias de insurgencia. Historias de vida y militancia en el Mln-Tupamaros. 1965-1975.
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El huracán María, con vientos de 250 kilómetros por hora, tocó el miércoles 20 de septiembre Puerto Rico. Con vientos huracanados, intensas lluvias y fuerte oleaje devastó la isla. El fenómeno provocó inundaciones extremas en varias zonas y bastantes daños en las edificaciones.

 

Las imagénes procedentes de Puerto Rico son conmovedoras. La llamada isla del encanto hoy carece de agua potable, mucha gente no tiene acceso a comida y medicina, no ha habido servicio eléctrico o telefónico, sin electricidad los hospitales no pueden operar y no hay forma de transportar los productos almacenados en el puerto a otras partes de la isla, ya que las carreteras están severamente dañadas.

Ante esta situación, Puerto Rico enfrenta una crisis humana agravada en parte por su relación colonial con Estados Unidos y las acciones de su clase política.

Antes del huracán María, Puerto Rico ya enfrentaba una severa crisis. La isla tiene una deuda impagable de 74 billones de dólares, producto del mal manejo del presupuesto, la corrupción, el neoliberalismo y de las relaciones coloniales que mantiene con Estados Unidos, que no le permite ejercer control sobre su economía.

De la misma forma que el huracán María arrancó los techos de las casas y destapó las raíces de los árboles, también puso al descubierto los cimientos estructurales que hoy día enfrenta la economía de Puerto Rico. El origen de la actual crisis se encuentran en la forma en que se insertó Puerto Rico a la economía estadunidense. Aquí los paralelos con México son reveladores.

Durante la mayor parte de su historia la industria azucarera y sus derivados era la más importante en la isla. Al final de los años 40 del siglo pasado, comenzó la llamada operación Manos a la Obra (Bootstrap), en la que se promovió la industrialización de Puerto Rico. Este plan se basaba en dar concesiones a empresas estadunidenses para reubicarse en la isla donde encontrarían una mano de obra barata. En su esencia, este plan serviría como ejemplo para el proyecto de maquiladoras que México adoptaría bajo su Programa de Industrialización de la Frontera Norte (1965).

Al igual que en México, en Puerto Rico la agricultura decayó, se abandonó el campo y se incrementó significativamente la inmigración a Estados Unidos.

A partir de la década de los 60 y 70, casi todas de las grandes empresas farmacéuticas de los Estados Unidos operaban en Puerto Rico para beneficiarse de incentivos fiscales ofrecidos por Wa-shington y la mano de obra barata. En su auge, casi la mitad de todas las medicinas utilizadas en Estados Unidos eran producidas en Puerto Rico.

La operación Manos a la Obra también preveía el turismo y la construcción de nuevos hoteles. Después de la Revolución Cubana, el turismo aumentó dramáticamente, y Puerto Rico se convirtió en la isla más visitada en el Caribe. A raíz de estos cambios, su economía parecía crecer en comparación con otras islas de la región, pero también eran evidentes los problemas estructurales que enfrentaría en futuras décadas.

Las ganancias obtenidas por las empresas que operaban en Puerto Rico eran repatriadas a Estados Unidos. Otro factor que afectó a la economía de la isla es la llamada Ley Jones (sobre cabotaje), que controla la procedencia de buques de carga cuyo destino era la isla. Se calcula que esta norma incrementa el costo de los precios y le cuesta a la isla millones de dólares al año. Cesarla sería importante, pero no resuelve los problemas fundamentales que afrenta ese territorio.

Puerto Rico no pudo escapar de las secuelas del neoliberalismo que tomaba forma en las décadas de los 80 y 90. Al igual que en México, la entrada de China a la Organización Mundial del Comercio introdujo nuevos cambios y alteró las relaciones comerciales, introduciendo nueva competencia. El gobierno de Bill Clinton impulsando el neoliberalismo, revocó los incentivos fiscales que ofrecía a compañías estadunidenses, las cuales comenzaron a abandonar la isla, produciendo una recesión económica. Para remediar la reducción en su presupuesto, los gobiernos puertorriqueños comenzaron a endeudarse al emitir bonos de origen sospechoso dados por grandes empresas financieras. El interés por estos llegó a tal grado que las autoridades de Puerto Rico no pudieron pagar la deuda. Se agregó el mal manejo del presupuesto, proyectos como el gasoducto en el cual se desperdiciaron millones de dólares y múltiples casos de corrupción, y ante todo esto nos encontramos con la crisis que hoy en día enfrenta.

Al igual que ha sucedido en México, la clase gobernante ha tratado de imponer medidas de austeridad, reducir las pensiones de los empleados del estado, recortar los presupuestos de las universidades y la salud, mientras se incrementan los precios de los servicios públicos, como el agua y la luz. La administración de Barack Obama le impuso a Puerto Rico una Junta de Supervisión con capacidad de manejar la deuda y potestad sobre los poderes soberanos de la isla.

El huracán María produjo una destrucción masiva, de eso no hay duda. Pero fueron las decisiones tomadas por la clase política y económica de la isla y de Estados Unidos que agravaron la situación y aseguran que las secuelas del meteoro se sentirán por varias décadas. Huracanes y terremotos son actos de la naturaleza, desastres son actos humanos.

 

*Departamento de Historia, Pomona College

 

 

 

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Sábado, 30 Septiembre 2017 07:12

Catalunya, lo urgente y lo importante

Catalunya, lo urgente y lo importante

 

El referéndum de Catalunya del próximo domingo formará parte de la historia de Europa y ciertamente por las peores razones. No voy a abordar aquí las cuestiones de fondo que, según las diferentes perspectivas, pueden leerse como cuestión histórica, cuestión territorial, cuestión de colonialismo interno o como una cuestión más amplia de autodeterminación. Son las cuestiones más importantes sin las cuales no se comprenden los problemas actuales. Sobre ellas tengo una modesta opinión. Es una opinión que muchos considerarán irrelevante porque, siendo portugués, tengo tendencia a tener una solidaridad especial con Catalunya. En el mismo año en que Portugal se liberó de los Felipes, 1640, Catalunya fracasó en los mismos intentos. Por supuesto que Portugal era un caso muy diferente, un país independiente hace más de cuatro siglos y con un imperio que se extendía por todos los continentes. Pero, a pesar de ello, había cierta afinidad en los objetivos y, además, la victoria de Portugal y el fracaso de Catalunya están más relacionados de lo que se puede pensar. Tal vez sea bueno recordar que la Corona española solo reconoció la “declaración unilateral de independencia” de Portugal veintiséis años después.

Sucede que, siendo estas las cuestiones más importantes, lamentablemente en este momento no son las más urgentes. Las cuestiones más urgentes son las cuestiones de la legalidad y la democracia. Me ocupo aquí de ellas por ser del interés de todos los demócratas de Europa y del mundo. Tal como fue decretado, el referéndum es ilegal a la luz de la Constitución vigente del Estado español y, como tal, en una democracia, no puede tener ningún efecto jurídico. Por sí mismo no puede decidir si el futuro de Catalunya está dentro o fuera España. Podemos tiene razón al declarar que no acepta una declaración unilateral de independencia. Pero la complejidad emerge cuando se reduce la relación entre lo jurídico y lo político a esta interpretación.

En las sociedades capitalistas y profundamente asimétricas en que vivimos, siempre hay más de una lectura posible de las relaciones entre lo jurídico y lo político. La oposición entre ellas es lo que distingue una posición de izquierda de una posición de derecha frente a la declaración unilateral de independencia. Una posición de izquierda sobre las relaciones entre lo jurídico y lo político, entre la ley y la democracia, se basa en los siguientes supuestos.

Primero: la relación entre ley y democracia es dialéctica y no mecánica. Mucho de lo que consideramos legalidad democrática en un determinado momento histórico empezó por ser ilegalidad como aspiración a una mejor y más amplia democracia. Hay, pues, que dar mucha atención a los procesos políticos en toda su dinámica y amplitud y nunca reducirlos a su coincidencia con la ley del momento.

Segundo: los gobiernos de derecha, sobretodo de la derecha neoliberal, no tienen ninguna legitimidad democrática para declararse defensores de la ley, dado que sus prácticas se asientan en violaciones sistemáticas de la ley. No hablo de la corrupción endémica. Hablo, por ejemplo, de la Ley de Memoria Histórica, de los Estatutos de autonomía en lo que se refiere a la financiación e inversión pactada con las Comunidades Autónomas, del cumplimiento fáctico de derechos reconocidos constitucionalmente, como el derecho a la vivienda, del recurso a políticas de excepción sin previa declaración constitucional. En estas condiciones la apelación del gobierno neoliberal al Estado de derecho es siempre una apelación disfrazada a un Estado de derechas. La izquierda debe cuidarse de no tener la menor complicidad con esta concepción oportunista de la ley.

Tercero: la desobediencia civil y política es un patrimonio inalienable de la izquierda. Sin ella, por ejemplo, no habría sido posible hace unos años el movimiento de los indignados y las perturbaciones que causó en el orden público. Desde la izquierda, la desobediencia debe ser igualmente juzgada dialécticamente, no por lo que es ahora, sino como una inversión en un futuro mejor. Este juicio sobre el futuro debe ser hecho no solamente por los que desobedecen (normalmente pagan un precio alto por ello), sino también por todos los que podrán beneficiarse de ese futuro mejor. O sea, la pregunta es si del acto de desobediencia se puede deducir con gran probabilidad que su dinámica es conducir a una comunidad política más democrática y más justa en su conjunto y no solamente para los que desobedecen.

Cuarto: el referéndum de Catalunya configura un acto de desobediencia civil y política y, como tal, no puede tener directamente los efectos políticos que se propone. Pero esto no quiere decir que no pueda tener otros efectos políticos legítimos e incluso que pueda ser la condición sine qua non para que los efectos políticos pretendidos se obtengan en el futuro mediante futuras mediaciones políticas y jurídicas. El movimiento de los indignados no logró realizar sus propósitos de “¡democracia real ya!”, pero no cabe duda de que, gracias a él, España es hoy un país más democrático. La emergencia de Podemos, de otros partidos de izquierda autonómica y de las mareas ciudadanas son, entre otras, prueba de eso mismo.

A partir de estos presupuestos, una posición de izquierda sobre el referéndum de Catalunya podría consistir en lo siguiente. En primer lugar, declarar inequívocamente que el referéndum es ilegal y que no puede producir los efectos que se propone (declaración hecha). En segundo lugar, declarar que ello no impide que el referéndum sea un acto legítimo de desobediencia y que, aun sin tener efectos jurídicos, el pueblo de Catalunya tiene todo el derecho a manifestarse libremente en el referéndum (declaración omitida). Y que esta manifestación constituye en sí misma un acto político democrático de gran transcendencia en las actuales circunstancias.

La segunda declaración sería la que realmente distingue una posición de izquierda de una posición de derecha. Y tendría las siguientes implicaciones. La izquierda denunciaría al Gobierno español en las instancias europeas y lo demandaría judicialmente ante los tribunales europeos por violar la Constitución al aplicar medidas de estado de excepción sin pasar por su declaración legal. La izquierda sabe que la complicidad de Bruselas con el Gobierno español se debe exclusivamente al hecho de que España está gobernada en estos momentos por un gobierno de derecha neoliberal. Y también sabe que defender la ley sin más es moralista y sin ningún efecto, pues, como afirmé arriba, bien sabemos que la derecha neoliberal (como la que está ahora en el poder en España) solo respeta la ley (y la democracia) cuando sirve a sus intereses. La izquierda social y política se organizaría para viajar en masa y desde todas las regiones del Estado español a Catalunya el domingo para apoyar presencialmente en las calles y plazas a los catalanes en el ejercicio pacífico de su referéndum y ser testigo presencial de la eventual violencia represiva del Gobierno español. Buscaría la solidaridad de todos los partidos de izquierda de Europa, invitándolos a viajar a Barcelona y a ser observadores informales del referéndum y de la violencia, en caso de que esta se produjera. Se manifestaría pacífica e indignadamente (repito, indignadamente) por el derecho de los catalanes a un acto público pacífico y democrático. Documentaría minuciosamente y presentaría queja judicial de todos los actos de violencia represiva. Si el referéndum resultara violentamente impedido, quedaría claro que lo habría sido sin ninguna complicidad de la izquierda.

Al día siguiente del referéndum, cualquiera que fuera el resultado, la izquierda estaría en una posición privilegiada para tener un papel único en la discusión política que se seguiría. ¿Independencia? ¿Más autonomía? ¿Estado federal plurinacional? ¿Estado libre asociado distinto de la caricatura que trágicamente representa Puerto Rico? Todas las posiciones estarían sobre la mesa y los catalanes sabrían que no necesitarían las fuerzas de derecha locales, que históricamente siempre se coludieron con el gobierno central contra las clases populares de Catalunya, para hacer valer la posición que la mayoría entendiera ser mejor. Es decir, los catalanes, los europeos y los demócratas del mundo conocerían entonces una nueva posibilidad de ser de izquierda en una sociedad democrática plurinacional. Sería una contribución de los pueblos y naciones de España a la democratización de la democracia en todo el mundo.

 

Traducción: Antoni Aguiló.

 

 

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Lunes, 25 Septiembre 2017 06:49

Pariendo nuevas relaciones sociales

Movilización encabezada por Barrios de Pie, la Ccc y la Ctep junto a organizaciones sindicales hacia Plaza de Mayo en el día de San Cayetano, bajo la consigna “Pan, paz, tierra, techo y trabajo”, el 7 de agosto

 

Dos décadas de movimiento piquetero en Argentina.

 

La energía social no se evapora. Suele transmutarse y convertirse en algo diferente a lo que supo ser. Tras dos décadas, el movimiento piquetero ha mutado en una infinidad de iniciativas: centros sociales y culturales, espacios educativos y de formación, empresas recuperadas y emprendimientos productivos. Una parte de los que siguen siendo pobres, uno de cada tres argentinos, engrosa la llamada economía popular.

El 12 de abril de 1997 una joven de 25 años fue muerta por disparos de la policía durante la segunda pueblada en Cutral Có, durante una movilización de docentes. La pequeña ciudad fue escenario de las primeras protestas masivas por la privatización de las empresas públicas de petróleo y gas natural, Ypf y Gas del Estado, que generó un estado de pobreza y desocupación masivas.

Con poco más de 45 mil habitantes, Cutral Có y Plaza Huincul forman un conglomerado urbano en la provincia patagónica de Neuquén. La región desértica atrajo a miles de trabajadores de todo el país por el empleo que ofrecía la explotación de los yacimientos petrolíferos, los buenos sueldos que pagaba la estatal y las bonificaciones de hasta un 20 por ciento por tratarse de una “zona desfavorable”.

Cuando el gobierno de Carlos Menem decidió privatizar Ypf, en 1993, en medio de la algarabía del Consenso de Washington, los sueños de tres generaciones se convirtieron en pesadillas. Los desocupados comenzaron a organizarse como “fogoneros”, nombre que luego daría paso al más permanente de piqueteros.

Aquel 12 de abril cortaban la ruta 17. Cuando llegó la policía los vecinos salieron masivamente a las calles y los gendarmes tuvieron que replegarse entre insultos y pedreas. Hubo enfrentamientos cuerpo a cuerpo, 13 manifestantes heridos y una empleada doméstica que cruzaba la calle, de nombre Teresa Rodríguez, abatida por un proyectil. Su nombre se convirtió pronto en emblema de un movimiento que estaba llamado a cambiar el mapa político del país al hundirse el modelo neoliberal.

Los años siguientes fueron testigos de la masificación de un nuevo movimiento integrado por desocupados, que fue creciendo de modo exponencial desde las pequeñas ciudades del interior hasta Buenos Aires, donde la desindustrialización había dejado un tendal de familias destrozadas. El movimiento piquetero hizo historia. Entre 1997 y 2002 provocó puebladas y levantamientos en varias ciudades, y tuvo su pico en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 que forzaron la renuncia del presidente Fernando de la Rúa, provocando la crisis institucional más profunda de la historia argentina.

Con los años el movimiento piquetero se convirtió en un actor político-social de primer orden, llegó a controlar 200 mil planes sociales y vastos territorios de las periferias urbanas, sobre todo en el conurbano de Buenos Aires. En los años siguientes la mayoría de los movimientos se plegaron a los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, algunos de sus militantes incluso obtuvieron cargos en ministerios. Otros se convirtieron en partidos electorales con muy baja adhesión en votos, y unos pocos siguen en los territorios contra viento y marea.


CUESTIÓN DE NÚMEROS.


No existe un censo, ni siquiera una cartografía, que consiga abarcar el inmenso continente de las iniciativas que pueden considerarse herederas del movimiento piquetero. Una de ellas, de las más potentes, por cierto, surgió una década después de las jornadas de diciembre de 2001 bajo el nombre de Movimiento de Trabajadores Excluidos. Ha puesto en pie 300 cooperativas con autonomía organizativa y financiera, más otros 300 talleres, merenderos y comedores. Suma 2 mil militantes y unos 25 mil adherentes a las cooperativas y grupos rurales.

En paralelo, en todo el país hay 400 fábricas recuperadas gestionadas por sus obreros y obreras, que crecieron de forma constante durante la década de ascenso exponencial del Pbi. Funcionan 100 bachilleratos populares donde varios miles de adultos de los sectores populares terminan el secundario. Son alrededor de 16 mil asociaciones comunitarias y emprendimientos productivos. El último censo de las revistas culturales, autogestionadas e independientes, agrupadas en Arecsia, reveló que casi 200 publicaciones tienen 5 millones de lectores, un 15 por ciento de la población argentina.

En 2011 una infinidad de emprendimientos de base crearon la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (Ctep), que cuenta con más de 250 mil afiliados, tiene una fuerte incidencia en la política social e interactúa con el Ministerio de Desarrollo Social para obtener salarios sociales y otros beneficios para sus cooperativas y microempresas.

Uno de los referentes de esta corriente, Juan Grabois, sostiene que “la Ctep es una especie de Cgt de los excluidos”. Mientras la central sindical agrupa a trabajadores con patrón, “nosotros agrupamos a los que trabajan por cuenta propia” (véase entrevista). Sería algo así como el sindicato de los excluidos del mercado formal de trabajo: cartoneros, campesinos, artesanos, vendedores ambulantes, feriantes, motoqueros, cooperativistas, microemprendedores y obreros de empresas recuperadas.
Grabois tiene buenas relaciones con el kirchnerismo, aunque nunca se ha alineado, cuenta con el favor del papa Francisco, que simpatiza con la Ctep, y analiza la década progresista: “La cuestión es que para los años 2010, 2011, Argentina había crecido muchísimo desde el punto de vista del Pbi, y nuestros compañeros seguían igual o un poquitito mejor, o sea, el crecimiento del Pbi no había impactado en los pobres, en el último decil”.

En su opinión, pese a las políticas sociales y al crecimiento no se resolvieron ni la precariedad laboral ni el tema de la vivienda, “ni los problemas estructurales de ese 25 por ciento que fue pobre en 2001, siguió siendo pobre en 2011 y todavía sigue siendo pobre, y que son los trabajadores de la economía popular”. En suma, de los emprendimientos familiares o colectivos que en su momento caracterizaron al movimiento piquetero.

“En el 99 –explica Grabois– el poder territorial lo ejercían los punteros, ahora el poronga del barrio es el narco, el puntero desapareció. Y el único contrapoder que hay son los movimientos populares o los curas villeros en las villas donde están, que son muy pocas, o alguna iglesia evangelista, que en general prefiere no meterse demasiado. Pero ni el Estado ni la política tradicional tienen territorialidad en los barrios”.

 

MOVIMIENTOS EN LOS TERRITORIOS.


Un caso particular es el que se observa en Córdoba, la tercera ciudad argentina, con poco más de un millón de habitantes. Lejos de las disputas políticas de la capital, muchos movimientos pueden trabajar juntos ante un gobierno provincial tan represivo que criminaliza a los jóvenes pobres por el sólo hecho de portar gorras y salir de sus barrios-guetos.

Como en el resto del país, una de las principales novedades que aportó el movimiento piquetero consistió en un enorme salto adelante en la organización territorial en las periferias urbanas, que habían sufrido la desindustrialización de la década neoliberal de 1990.

Una decena de “organizaciones territoriales” suman varios miles de militantes que apoyan las tomas de tierras urbanas, la organización de cooperativas autogestionadas de producción y de servicios, la educación y la salud, así como a mujeres violentadas y la alimentación en barrios populares a través de merenderos y copas de leche.

En los trabajos territoriales se ha consolidado un patrón de acción que, con escasas diferencias, siguen todos los movimientos pospiqueteros. La toma de tierras es el primer paso. La mitad de la población de Córdoba tiene problemas de vivienda, ya sea por hacinamiento o por imposibilidad de pagar alquileres. Han recuperado decenas de espacios en la periferia de la ciudad y en poblaciones cercanas. En pocos años consiguieron levantar viviendas de materiales sólidos pese a la permanente presión policial.

Luego deben resolver la supervivencia, ya que los llamados “planes sociales” cubren apenas un cuarto de las necesidades de las familias más pobres. Una vez resuelto el techo, la supervivencia diaria es lo más urgente. Con apoyo de militantes de las organizaciones, crean cooperativas que trabajan de forma autónoma. Desde los carreros que recogen residuos hasta la limpieza urbana colectiva contratada por el municipio.

Lo más interesante, porque se sale del asistencialismo, es que hay mucha producción: pollos y huevos, siembra de cereales, distribución de alimentos a partir de la articulación con pequeños productores orgánicos (la imprescindible alianza rural-urbana), cooperativas textiles de ropa, calzado y serigrafía.

Sólo en Córdoba hay más de cien cooperativas territoriales y autogestionadas donde trabajan 2 mil personas, un 80 por ciento mujeres. Arman decenas de miles de mochilas y cartucheras para niños y niñas de los sectores populares, con fondos estatales pero con trabajo cooperativo.

Cuentan incluso con una brigada de salud que recorre los barrios para monitorear la situación de las familias. En un barrio están comenzando la fabricación de dentaduras, algo que está fuera del alcance de los sectores populares. Desde hace muchos años funcionan, en casi todos los barrios populares, merenderos y comedores surtidos de alimentos conseguidos con movilizaciones, que se gestionan por los propios vecinos. Este año han crecido de forma exponencial por el ajuste del gobierno de Mauricio Macri.

El trabajo con mujeres es uno de los más complejos pero de los más sólidos. Ellas son la mayoría absoluta en todas las cooperativas, ya sean de producción o de servicios. Con cierto sigilo, para evitarse más problemas, han abierto espacios de acogida para mujeres violentadas por sus parejas, donde esperan iniciar una nueva vida con sus hijos e hijas, aprender un oficio y encontrar compañeras para sobrellevar sus dolores.

Quizá por eso cientos de mujeres cordobesas de los sectores populares acuden todos los años al Encuentro Nacional de Mujeres. Fruto del trabajo de base que realizan en los barrios periféricos, crece desde hace años un feminismo popular y plebeyo, potente y rebelde, que no ha sido cooptado por nadie y sostiene las resistencias en los territorios.

 


 

Organizar a los que están fuera

 
El sindicato de los excluidos


Dirigente de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (Ctep) y del Movimiento de Trabajadores Excluidos, Juan Grabois, de 34 años, es uno de los militantes más destacados de la generación que creció alentando al movimiento piquetero. Se define “católico bastante practicante” y en su oficina destacan un retrato de Evita y otro del papa Francisco. Lo que sigue es un fragmento de la entrevista realizada por la revista Almagro, titulada “El discurso de Macri es populismo de derecha”.

—¿Cuáles son las características principales de las agrupaciones que surgieron a fines de los noventa, que se denominan movimientos sociales?

—En todos los casos se verificaba la misma situación: eran trabajadores sin patrón, pero no porque hubiesen optado por organizaciones de carácter horizontal como una opción de vida, sino porque frente a la exclusión del empleo asalariado y a la imposibilidad, o la incapacidad, o la falta de necesidad formal del mercado laboral de absorber a la población económicamente activa, los compañeros iban inventando su propio trabajo.

—Pongamos en claro la forma de trabajo. ¿Son cooperativas que viven de los municipios u otros aportes estatales?

—Eso es una parte minoritaria de la economía popular. La cooperativa es la única forma jurídica que más o menos se puede adaptar a la realidad laboral de los compañeros nuestros, pero la economía popular en un 70 por ciento no está organizada bajo la forma de cooperativa. Es trabajo por cuenta propia en muchos casos, como puede ser un vendedor ambulante, un artesano, un horticultor, un cebollero, un cartonero.

—¿A quiénes les venden? Vamos al caso de los cartoneros, con los que trabajaste mucho.

—En la ciudad y en el conurbano ya está muy desarrollada la organización, pero en 2001 el cartonero se llevaba el material a su casa, lo acopiaba ahí, tenía un minibasural en su casa, y el fin de semana iba a un acopiador llamado “depósito”, “balancero”, y le vendía directamente. También había algunos casos en los que algún hijo de puta que organizaba una cuadrilla los explotaba, les pagaba dos mangos por hacer el laburo.

—¿Cuál fue la primera idea para agrupar a los cartoneros?

—Lo primero era reivindicar a ese trabajador como alguien que se estaba ganando el pan dignamente, que no tenía que ser perseguido y criminalizado, que el Estado tenía que reconocer que no era un delincuente, porque hasta el año 2002 era un delito agarrar la basura. Macri hizo famosa una frase suya que era que los cartoneros estaban robando la basura. Y efectivamente, hasta 2002, que se legalizó la actividad, desde el punto de vista jurídico era cierto. Lo primero era que la actividad no fuera criminalizada.

—¿Y cómo esas pequeñas agrupaciones terminan formando la Ctep?

—Esa experiencia histórica de los excluidos del mercado laboral fue la que en 2011 se consolida planteando la creación de un sindicato, que va nucleando las distintas actividades laborales conforme a su rama, entonces hay una federación de costureros y todos los oficios afines. Ya existe la sociedad obrera textil, que agrupa a los costureros. ¿Cuál es la diferencia? Que ellos agrupan a los costureros que tienen patrón, a los obreros de la industria textil, nosotros agrupamos a los que trabajan por cuenta propia.

 

 

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Domingo, 24 Septiembre 2017 07:31

La democracia y "la calle"

La democracia y "la calle"

 

El jueves 21 en las ciudades grandes de Francia se realizaron manifestaciones contra la reforma reaccionaria del Código de Trabajo, y el lunes, la huelga de los camioneros, con bloqueo de las gasolineras y de las rutas, proseguirá la protesta.

Los trabajadores franceses retoman así la inmensa movilización de 2016 contra la reforma del Código Laboral del gobierno socialista anterior. En Argentina, por su parte, los estudiantes secundarios de Buenos Aires, apoyados por los maestros, ocupan desde hace semanas los colegios y hacen manifestaciones para anular la reaccionaria reforma de la Ley de Educación que quiere realizar el gobierno macrista de la ciudad. Los miembros del Conicet argentino ocupan además las instalaciones del Ministerio de Ciencia y Tecnología para luchar contra los recortes de fondos para la institución.

La respuesta es siempre la misma: la democracia no se hace en la calle, las leyes las hacen las instituciones parlamentarias. Eso dicen Macron y Macri y todos los gobernantes de este mundo capitalista algunos de los cuales admiten a regañadientes el derecho de huelga y el derecho a manifestar (aunque tratan de reglamentarlos-anularlos).

¿Realmente la sede de la democracia son los Parlamentos? Esa afirmación es doblemente falsa. En primer lugar, porque los Parlamentos y la capacidad de legislar nacieron de la calle con la Revolución Inglesa de 1688, se reafirmaron en la calle con la revolución en las colonias inglesas de América y la guerra de liberación nacional que condujo al nacimiento de Estados Unidos y se identificaron con la democracia con el triunfo de la Montaña en la Revolución Francesa en 1791-1792.

Dicho sea de paso, la burguesía no hizo ni dirigió la Revolución Francesa aunque en parte la preparó y después la canalizó y la expropió en su beneficio. La revolución la hizo el demos, o sea, el pueblo y la nación, organizados en París en los clubes y secciones y en la Comuna. En esa alianza entre sansculottes y burgueses medios y chicos (los grandes habían comprado títulos de nobleza o eran monárquicos), según los testimonios escritos, los trabajadores y artesanos se identificaban como nación y utilizaban la calificación de pueblo para los buergueses medios o pequeños y fue la nación en armas y no el pueblo quien hizo la revolución y defendió las fronteras contra los ejércitos de las monarquías.

En el siglo XIX la jornada laboral, incluso en las minas, era de 15 horas y basta con leer a Dickens para horrorizarse ante el trabajo femenino e infantil desde los cinco años y la terrible condición de las viviendas de los trabajadores y de su alimentación y hábitat en general. Aunque algunos filántropos preocupados por la mortalidad en los barrios obreros y por la degeneración física y poco rendimiento de los trabajadores propusieron leyes que protegían a éstos, la mayoría absoluta de las leyes laborales, sanitarias, educativas, ambientales y el mismo voto universal surgieron de la organización y de las luchas obreras y costaron sacrificios y muertes. Fue la calle quien reestableció el Parlamento y la Constitución en Italia al fusilar y colgar a Mussolini y a los jerarcas fascistas, y en Francia la Liberación fue fruto de los ejércitos que vencieron a Vichy y a los nazis pero también de los Maquis, los civiles armados, en su mayoría trabajadores del campo y de la ciudad y de su lucha contra las instituciones legales pero ilegítimas.

Las propuestas de leyes laborales deben ser discutidas y aprobadas (en Francia, China, Cuba o cualquier lugar del planeta) por los trabajadores en su lugar de trabajo reunidos en asamblea, y no sólo por gente elegida cada tantos años pero desligada, por su vida y sus privilegios, de quienes trabajan. Lo mismo vale para las leyes sanitarias en las que deben opinar vecinos, usuarios de servicios, ecologistas pero, sobre todo, el personal enseñante u hospitalario.

Mientras los representantes legales de la voluntad popular, elegidos por los partidos, no sean controlados por sus electores y revocables en todo momento, como en la Comuna de París en 1871, los trabajadores deberán legislar con sus huelgas y manifestaciones que nuevamente, oponen la nación a un pueblo multiclasista de meros electores ocasionales.

En la calle es necesario ganar las conciencias de quienes delegan o venden su voto, es fundamental elevar el grado de decisión y de moral de las víctimas de las leyes reaccionarias que refuerzan la dominación y la explotación capitalistas, es indispensable demostrar con propuestas que no es cierto que no haya una alternativa ni que existan inexorables leyes económicas que supuestamente obligan a adoptar medidas impopulares.

No existe una falta de alternativas: hay una dictadura en las empresas y no hay consulta previa a los trabajadores. En los servicios priva además el infame concepto de que ferrocarriles, hospitales, escuelas, agua, luz deben tener equilibrio presupuestario o dar ganancias, cuando son en realidad inversiones que hacen posible tener trabajadores sanos, más cultos y más productivos y deberían ser gratuitos.

Los Parlamentos nacieron de revoluciones e insurrecciones y no pueden sustituir la soberanía, que reside en el pueblo y no en quienes dicen ser los representantes de éste. La calle puede ser y será legisladora mientras quienes con su trabajo producen la riqueza de los países estén ajenos a una actividad legisladora que no los tiene en cuenta. Sobre todo allí donde los grandes patrones gobiernan, como en Francia o Argentina, donde impera un masivo fraude prelectoral o en las urnas mismas, como en México, o donde golpes de Estado parlamentarios burlan la votación popular, como en Brasil.

 

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Viernes, 22 Septiembre 2017 07:54

Tres despachos sobre el caminar

Tres despachos sobre el caminar

 

El paseante. Walter Benjamin (1892-1940) no sólo –mediante sus estudios sobre Baudelaire y el París decimonónico– "rescata" la figura del flâneur (paseante/callejero) convirtiéndola en uno de los temas centrales para los estudios urbanos, sino él mismo es un ávido paseante. Las caminatas por su Berlín natal son parte de sus primeros recuerdos de la infancia (véase: Berlin childhood around 1900). Los paseos con su amigo Franz Hessel (1880-1941) escenarios de primeros serios intercambios intelectuales. Hessel –escritor y traductor, padre de Stéphane ( Indignez-vous!)– es uno de los principales exponentes del "callejeo" (flânerie) y el autor de un importante libro sobre el tema: Walking in Berlin (1929). Para él caminar por la ciudad por puro placer "es un acto de resistencia frente a la modernidad". Pero su flâneur weimariano –él mismo– es un típico "espectador urbano": "apolítico", "neutral", "desprendido de lo social". En sus ojos las marchas nazis y las marchas comunistas que se cruzan en las calles berlinesas "son la misma clase de espectáculo" [sic] (goo.gl/kjxY4G). Aun así Benjamin reseñando el tomo lo aplaude como un "épico ejercicio mnemotécnico mediante el caminar" (goo.gl/gDWdcl). De hecho es durante una de las caminatas con Hessel en París que nace la idea de escribir (en conjunto) un ensayo sobre los pasajes parisinos: callejones de tiendas cubiertos con techos de cristal y acero, los tempranos centros del consumismo (H. Eiland, M.W. Jennings, W.B.: A critical life, 2014, p. 252-3). Al final la idea original no prospera, pero da inicio a un gargantual proyecto que Benjamin continúa hasta sus últimos días coleccionando y ensamblando diferentes fragmentos (véase: W.B. ’s archive, 2007, p. 253-266) y que permanecerá inacabado y saldrá sólo póstumamente: El libro de los Pasajes (1982, 1088pp.). Una de sus figuras centrales es flâneur, "un solitario paseante de la ciudad que se mueve a contracorriente de las masas urbanas y cuyo estilo particular de caminar es una política en sí misma" (T. Eagleton, ‘The marxist rabbi: W.B.’, en: T he ideology of the aesthetic, 1991, p. 332).

El pensador. Frédéric Gros –filósofo y profesor de las universidades parisinas– en un pequeño librito ( A philosophy of walking, 2014, 288pp.) "que se lee como un paseo", no sólo ofrece retratos de pensadores que veían en el caminar una parte integral de la "producción intelectual" sino "rescata" y enfatiza el simple placer del pasear. Está Benjamin “que hace del flânerie todo un nuevo concepto filosófico” (p. 177-9). Está Kant que hace del caminar una herramienta de la disciplina intelectual y que todos los días a las cinco de la tarde después de trabajar se da el mismo paseo por las calles de su natal Königsberg. Está Nietzsche que más que en la ciudad prefiere caminar en el campo y asegura que "escribimos sólo con la mano, pero escribimos bien sólo con los pies". Finalmente está Thoreau, el padre de la desobediencia civil y el autor de un clásico ensayo sobre el tema: Walking (1862). Como subraya Gros, caminar en sí mismo "es un acto de resistencia frente a las patologías de la modernidad" (los mandamientos de la "velocidad" y de "estar siempre conectado"). Es una manera de "romper con las inercias del presente" y un quehacer "cargado de dimensiones éticas que puede situarlo en el centro de la acción política": la marcha [Gandhi et al.] es al final –desde luego– la "expresión de dignidad por excelencia" (goo.gl/hhbMJR). Aunque claramente –vale la pena añadir– no todas las marchas son iguales.

La mujer. Igual hacía falta una mujer para hacerlo: una periodista que entrevista a Gros observa que su libro está lleno de pensadores-caminantes, todos hombres, pero no hay ni una mujer: "así no se sabe si las mujeres no piensan (sic) o no caminan" (goo.gl/jTTFKp). Pero una mujer –Rebecca Solnit– no sólo es autora de un excelente libro sobre el tema: Wanderlust: A history of walking (2001) dónde se mezclan la cultura y política del andar desde Rousseau y sus caminatas hasta las Madres de la Plaza de Mayo y sus marchas, sino arroja un poco de luz a este problema. Solnit apunta a los mecanismos del control social que les impedían a las mujeres ser "caminantes solitarios", a los "simples" riesgos que –desgraciadamente– el caminar implica para ellas y finalmente a la histórica dominación de la misma –cargada del sexismo– figura del fl âneur benjaminiano (que crítica, pero no deja de ser atraída por él). Benjamin mismo también ignora a las mujeres-caminantes (el paseante de los Pasajes es claramente el hombre), pero aparte de pasear con sus amigos (Hessel, Bloch, Kracauer) le gusta caminar con su amante Asja Lacis –directora de teatro letona que lo introduce al comunismo– y "perderse" en las calles de Marsella, Nápoles o Moscú (véase: Moscow diary).

Coda. Podría parecer una feliz coincidencia que Benjamin, el gran aficionado del caminar huyendo de la Francia ocupada por los nazis, está forzado –junto con un grupo de otros refugiados– a cruzar los Pirineos a pie; pero esta huida desafortunada y terminada con su suicidio, desde el principio tiene un tinte de desgracia y acaba con una oscura ironía:

• Aunque tiene 48 años se ve –y se siente– mucho mayor (la gente de su grupo le dice "el viejo Benjamin"): tiene problemas con pulmones y corazón agravados por su estancia en el campo de internamiento francés (Hessel tras su liberación de uno de ellos muere poco después); para aguantar el viaje inventa una rutina de caminar unos minutos y descansar uno: –"Así puedo seguir... El chiste es parar antes de que me agote" – dice (goo.gl/aZrDx2).

• Encima de esto insiste en llevar consigo una pesada valija negra que sus compañeros en turnos le ayudan a cargar y que luego desaparece, pero que contiene "un manuscrito más importante que mi vida": probablemente una versión de los Pasajes [Scholem] o de las Tesis de filosofía de la historia [Tiedemann], más tal vez algunas cosas de su inmenso archivo (la maleta realmente pesa).

• La autopsia de su cuerpo encontrado en un hotelito en Port Bou –después de que decide ingerir una sobredosis de morfina– identifica aparte y pone como causa oficial de muerte "hemorragia cerebral" (fruto probablemente de un exceso de esfuerzo físico); al final lo que parece también matarlo es lo que más precia y ama: su archivo y el caminar.

 

*Periodista polaco

Twitter:@MaciekWizz

 

 

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Domingo, 17 Septiembre 2017 07:44

Perspectivas del posconflicto

La canciller ecuatoriana María Fernanda Espinoza recibe en Quito a los negociadores del gobierno, Juan Camilo Restrepo (izq) y del Eln, Pablo Beltrán (der), el 4 de setiembre

 

El Ejército de Liberación Nacional colombiano acordó un cese al fuego con el gobierno, pero existen dudas sobre la consistencia de ese acuerdo. En su segundo gran capítulo de diálogos de paz, el gobierno de Juan Manuel Santos se encontró con una contraparte mucho más sólida ideológicamente y más firme en sus exigencias que las FARC. Estas últimas se reconvirtieron en partido, pero sin caras o discursos nuevos.

 

El pasado 4 de setiembre la canciller ecuatoriana, María Fernanda Espinosa, anunciaba que los equipos negociadores del gobierno colombiano y la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (Eln) habían alcanzado un acuerdo de cese al fuego bilateral y temporal, al que se le denominó Acuerdo de Quito.

La tregua negociada se extenderá entre el 1 de octubre y el 9 de enero del año próximo, lo que implica que no representa el definitivo fin del conflicto ni se entregarán las armas por parte de la guerrilla. Durante el período en curso hasta la fecha de inicio de este transitorio alto el fuego se prepararán todos los protocolos –que son bastantes y complejos– que permitirán mecanismos de información mutua en los territorios en conflicto buscando minimizar los riesgos de ruptura del acuerdo que deberá ser consensuado entre las partes. También intervendrán los veedores de las Naciones Unidas, que procederán a supervisar el proceso en el lugar, y terminará de definirse en su integridad el rol de la Iglesia Católica respecto de estas negociaciones.

Más allá del cese transitorio de hostilidades mutuas, el Acuerdo de Quito implica que la guerrilla no atente durante este período contra ninguna infraestructura del país (incluidos sus oleoductos), no siembre más minas antipersonales y deje de reclutar a menores por debajo de la edad establecida por las normas del derecho internacional humanitario. Por su parte, el gobierno colombiano se compromete a fortalecer y reforzar la legislación que regula lo que se conoce como “alertas tempranas” –un sistema previsto para proteger a los líderes civiles y sociales– y desarrollar un programa de carácter humanitario para la población carcelaria de militantes del Eln –aproximadamente medio millar de reclusos–, asistiendo de forma adecuada a quienes necesiten un tratamiento sanitario especial o a quienes tienen enfermedades terminales, así como reubicando a los presos para acercarlos a sus familias y protegerlos dentro de los penales. Además, la recientemente aprobada ley que se refiere a la amnistía e indulto para presos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) se amplía para los miembros del Eln, rebajándose y despenalizándose ciertos tipos penales asociados a la protesta social.

El acuerdo contempla un lapso de tres semanas destinado a que quienes negociaron en nombre de la guerrilla vayan a los correspondientes frentes de guerra a explicar el contenido de lo firmado en Quito y las condiciones de la tregua. Esto es consecuencia de que –a diferencia de las extintas Farc, en las que el secretariado de la guerrilla daba una orden y ésta se cumplía sin discusión– el Eln, pese a su estructura militar, funciona como una especie de federación de frentes en combate donde se consensúan los acuerdos de manera más horizontal.

En paralelo, gobierno y guerrilla acordaron ampliar el período de negociaciones, que entrará en su cuarto ciclo a partir del 25 de octubre. De hecho está previsto que al final de este primer período de cese de hostilidades se haga una evaluación de cómo ha avanzado la agenda de negociaciones con el fin de prorrogar por más tiempo la tregua.


ORÍGENES DE UNA GUERRILLA.


El Eln nació en 1964, casi a la par que las Farc, inspirándose en una ideología que mezcla cristianismo, marxismo inspirado en la revolución cubana y nacionalismo radical.

Sus orígenes reales datan de un par de años antes, cuando cinco estudiantes colombianos viajaron a La Habana en condición de becados. Allá fue fundada la Brigada José Antonio Galán, a la cual se unirían un año después varios sacerdotes vinculados a la teología de la liberación. Dos de ellos, Camilo Torres (1929-1966) y Manuel Pérez (1943-1998), se convertirían en las figuras más emblemáticas de la historia del Eln.

Las acciones armadas del Eln comenzaron al inicio de 1965, siendo la guerrilla prácticamente desarticulada en octubre de 1973 –durante la presidencia de Misael Pastrana Borrero–, a consecuencia de una ofensiva militar a gran escala denominada Operación Anorí. Pasaría una década para que el Eln tuviera capacidad de comenzar a rearticularse bajo la dirección del sacerdote español Manuel Pérez, convirtiéndose a partir de entonces en el segundo grupo insurgente más importante del país hasta el armisticio de las Farc.

Según la Fundación Paz y Reconciliación, los más de 2 mil combatientes actuales del Eln están distribuidos a lo largo de 51 municipios en 11 departamentos colombianos. En este sentido, el anuncio del cese al fuego entre ejército y guerrilla significará un gran alivio para las regiones del norte de Santander, Chocó y Arauca, donde se concentra con mayor virulencia el conflicto entre la última guerrilla que queda en Colombia y las fuerzas armadas.


COMIENZA EL DIÁLOGO.


El Eln ya había mantenido conversaciones con gobiernos previos al de Juan Manuel Santos. Concretamente, fue durante la presidencia de César Gaviria, en la década de 1990, que se iniciaron los primeros contactos (en Caracas, en 1991). Y en 1992 se organizaron los Diálogos de paz de Tlaxcala, en México. Los intentos de negociación con el gobierno tuvieron también lugar durante la gestión de Pastrana –mediante el Acuerdo Puerta del Cielo, de 1998, firmado en Maguncia, Alemania, y la reunión de Ginebra realizada en 2000–, e incluso con el gobierno del ultraderechista Álvaro Uribe, mediante una primera reunión a finales de 2005 y tres sesiones más en 2006, finalizando el proceso en agosto de 2007, tras otro encuentro en territorio caribeño donde participarían el presidente cubano Raúl Castro y el Nobel de literatura Gabriel García Márquez.

El actual proceso de negociación se inició en marzo de 2016, tres años después de que comenzaran las conversaciones con las Farc que culminaron con el Acuerdo para la Terminación Definitiva del Conflicto, firmado en Bogotá el 24 de noviembre de 2016.

Históricamente el Eln ha tenido un componente político mucho más marcado que las Farc, pese a que los segundos tuvieran cuatro veces más capacidad operativa militar que los primeros. Esto implicó que aunque el inicio de las conversaciones exploratorias fuese anunciado por Juan Manuel Santos durante su campaña electoral para la reelección de 2014, éstas no hayan terminado de cuajar hasta tres años después.


EN LA AGENDA.


Los primeros diálogos se celebraron en Ecuador y Brasil, de forma alterna, si bien Venezuela, Noruega, Chile y Cuba también han acompañado el proceso. Desde hace meses la agenda de negociación quedó pactada, teniendo cierto parecido a lo que se estableció en su momento con las Farc, aunque en este caso el gobierno colombiano tuvo que ceder con respecto a los reclamos insurgentes de participación ciudadana.

La agenda de diálogo contempla seis puntos en discusión: la participación de la sociedad, la democracia para la paz, asuntos relativos a las víctimas, las transformaciones para la paz, aspectos de seguridad para lograr la paz y entrega de las armas, así como las garantías para el ejercicio posterior de la acción política.
Establecer a Quito como sede principal de las negociaciones es fruto de la negativa gubernamental a las iniciales peticiones guerrilleras, que contemplaban que se instalasen fundamentalmente en Caracas.

Pero llegar a los Acuerdos de Quito implicó también un proceso de disputas dentro del Eln, donde las posiciones más dialogantes en el Comando Central (Coce) se han impuesto frente al sector más beligerante. Así, las posturas de Nicolás Rodríguez Bautista, alias “Gabino”, primer comandante del Eln, junto a las de Israel Ramírez Pineda, alias “Pablo Beltrán”, tercero en la línea de mando y jefe de la comisión negociadora, consiguieron frenar a los sectores más escépticos y las posiciones duras encarnadas en el Frente de Guerra Occidental y el Frente de Guerra Oriental.

En todo caso, existe una nube de dudas sobre la consistencia del acuerdo. Al respecto, Jorge Restrepo, director del Centro de Recursos para Análisis del Conflicto, indica: “Es muy difícil que este tipo de acuerdo tan desestructurado se verifique y se cumpla, ofrece mayores riesgos para la población civil, para quienes hagan la verificación y para la misma guerrilla”. Respecto de los riesgos asumidos por el Eln, el comandante Pablo Beltrán también advirtió: “El paramilitarismo es una sombra que se mantiene en gran parte del territorio dejado por las Farc, y quedarse quieto, para la guerrilla, representa un riesgo aun mayor”. Cabe señalar, en este sentido, que el propio gobierno ha reconocido que en las áreas dejadas atrás por las Farc se ha incrementado notablemente la actividad de diversas bandas delincuenciales y el paramilitarismo (así como los asesinatos de líderes sociales; véase Brecha, 14-VII-17).

La solidez ideológica del Eln ha implicado que, a diferencia de lo sucedido durante las negociaciones con las Farc, la guerrilla no aceptase ninguna medida unilateral, algo que pidió inicialmente el gobierno, requiriéndole un cese unilateral de las actividades insurgentes. De hecho el compromiso guerrillero ni siquiera pasa por la liberación de sus secuestrados –en la actualidad cuatro personas vinculadas al sector comercial y ganadero–, quedando este asunto agendado para la siguiente etapa.

Más allá de la larga historia de negociaciones entre el Estado colombiano y la insurgencia “elena”, es la primera vez desde que se fundó el Eln que se firma un documento con el gobierno. En eso tuvieron mucho que ver las presiones del papa Bergoglio, quien visitaría el territorio colombiano inmediatamente después para expresar su apoyo al proceso.


RECONVERSIÓN DE LAS FARC.


La firma de los Acuerdos de Quito se da en paralelo a la puesta en escena del partido político conformado por las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las cuales manteniendo sus siglas Farc pasaron a denominarse Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. El modelo no es nuevo en este país cafetero, teniendo en cuenta el proceso del Ejército Popular de Liberación (Epl), que pasó a denominarse Esperanza, Paz y Libertad, o el referente al M-19, que tras la firma de paz optó por la denominación Alianza Democrática M-19.

Difícil es pensar que las estigmatizadas Farc puedan tener un apoyo relativamente amplio en el área urbana, centrándose estratégicamente este nuevo partido en movilizar el voto rural de un campesinado históricamente excluido. En este sentido, cabe recordar que en aproximadamente el 10 por ciento de los 1.123 municipios de Colombia la política local ha estado controlada durante décadas por los “farianos”.

Pese a que el gran reto de las refundadas Farc debería estar enmarcado en el cambio de imagen, en la actualización de sus discursos, en conformarse orgánicamente de la forma más horizontal posible y en presentar nuevas vocerías ante la deslegitimación social de su antigua comandancia, las tesis que se impusieron en su congreso fundacional fueron las de perfil más ortodoxo y de connotaciones marxista-leninistas. Tras seis décadas de conflicto civil armado, el pueblo colombiano reclama en estos momentos menos consignas revolucionarias y más propuestas políticas enfocadas a solucionar problemas como el desempleo, la baja calidad de la salud y la educación, la pobreza, la delincuencia o laenorme lacra que supone la corrupción institucional.

Si hubiera que ubicar un perdedor en el congreso fundacional del nuevo partido, éste sería Rodrigo Londoño, alias “Timochenko”, quien propuso sin éxito el nombre de Nueva Colombia para la extinta guerrilla y un modelo de partido que se dirigiera al país “sin dogmas, sin sectarismo, ajeno a toda ostentación ideológica y con propuestas claras y sencillas”. Sin embargo, las tesis auspiciadas por el que fuera el número uno durante la última etapa de las Farc guerrilleras fueron derrotadas, no por su dirección, sino por sus bases.

Como parte de los acuerdos de paz, las nuevas Farc disponen de diez diputados asegurados en el próximo Congreso que será electo en marzo del año que viene. Nombres de la antigua comandancia tales como Victoria Sandino, Pablo Catatumbo, Pastor Alape, Carlos Antonio Lozada e Iván Márquez –el gran triunfador en esta convención– figuran como precandidatos para ocupar estos escaños. En definitiva, hay una ausencia de caras y voces nuevas para afrontar este supuesto nuevo renacer.

El desmarque de la izquierda política colombiana respecto de las nuevas Farc se evidenció por su no asistencia al congreso fundacional. Ninguno de los múltiples precandidatos presidenciales del progresismo asistió al acto, tampoco ninguno de los dirigentes de los partidos políticos de centroderecha que respaldaron en su momento los acuerdos de paz. Tan sólo asistió un representante de la precandidata presidencial progresista Clara López para leer un comunicado en su nombre.


TRABAS.


En paralelo, y fruto de las limitaciones que impuso la Corte Constitucional al mecanismo de fast-track (vía rápida) para aprobar las leyes de la paz en el Congreso, las legislaciones sobre desarrollo rural, participación política y reforma electoral que deben establecerse tras estos acuerdos de paz están sufriendo importantes modificaciones conceptuales en el Poder Legislativo. Allí los curules conservadores se envalentonaron tras los resultados negativos del plebiscito realizado el año pasado sobre dichos acuerdos.

En todo caso, lo que se visualiza en todo sondeo de opinión realizado durante el presente año en Colombia es que sorprendentemente la implementación de los acuerdos de paz no está entre las prioridades políticas de la ciudadanía.

Mientras, en las zonas de la Colombia rural que fueron antiguos escenarios de guerra, ex guerrilleros desmovilizados que formaron parte de los frentes farianos no dejan de ser asesinados por sicarios contratados por terratenientes, caciques políticos locales y bandas criminales. Oficialmente el Estado contabiliza ya una docena de asesinatos de ex combatientes y otra cifra similar de víctimas entre sus familiares.

Respecto de las disidencias –quienes no aceptaron el acuerdo de paz– dentro de las Farc, el gobierno colombiano registra un número aproximado de 400 combatientes que se han conformado en varias estructuras ilegales ubicadas principalmente en ocho departamentos del país: Nariño y Cauca en la zona suroccidental, y Caquetá, Meta, Guaviare, Vichada y Vaupés en el sudoriente. Según Eduardo Álvarez Vanegas, vocero de la Fundación Ideas para la Paz, resulta significativo que estas disidencias no estén agrupadas bajo la estructura de control de un mismo comandante, lo cual podría desembocar en su futura conversión en nuevas bandas criminales emergentes.


CAMPAÑA ELECTORAL.


A seis meses de que se realicen las elecciones legislativas y a nueve de la presidencial todo parece indicar que el país electoralmente se polarizará de nuevo en torno a las posiciones a favor o en contra de los acuerdos de paz.

En el ámbito de la derecha es de prever que, según vaya acercándose el proceso, las múltiples precandidaturas actualmente existentes terminen por converger en dos candidatos fuertes. Éstos serían Germán Vargas Lleras y quien designe finalmente Álvaro Uribe en complicidad final con el Partido Conservador, de Andrés Pastrana.

En el caso del primero, quien en la actualidad funge como vicepresidente de la república, sus estrategias electorales se articulan en torno a la crítica parcial a los acuerdos de paz impulsados por Santos, pactando con diversos segmentos de la clientelar política local y regional que ya le han manifestado su apoyo. También se basan en el cuestionamiento al gobierno venezolano de Nicolás Maduro y en una irrisoria alerta social para que Colombia no se convierta en una nueva Venezuela, y termina reclamando un pacto con los sectores empresariales más reaccionarios, que sienten como una amenaza la justicia transicional derivada de los acuerdos de paz.

Por su parte, la estrategia del uribismo, más allá de quién termine siendo su candidato (hay en la actualidad cuatro precandidaturas distintas dentro del Centro Democrático), es asentar la idea de que Santos entregó el país a las Farc, generando alarma en un empresariado rural al que se le dice que sus tierras terminarán siendo entregadas a los ex combatientes guerrilleros desmovilizados, potenciando a su vez los llamados “valores morales” más reaccionarios en una sociedad sumamente conservadora como es la colombiana.

En lo que respecta a los sectores políticos que van del centro hacia la izquierda, fieles a su tradición divisionista, en la actualidad presentan un fraccionamiento en al menos tres bloques: los progresistas de Gustavo Petro, el entorno del nuevo partido de las Farc y, por último, la coalición formada por la Alianza Verde, de Claudia López, Compromiso Ciudadano, de Sergio Fajardo, y el Polo Democrático, del senador Jorge Robledo. Queda pendiente ver cómo solucionarán las izquierdas este fraccionamiento para intentar converger en torno a una sola candidatura.

En todo caso, lo que falta hasta mayo de 2018 vendrá marcado por la disputa entre estas dos amplias facciones que determinarán posiblemente una segunda vuelta presidencial, pasando la centralidad política de la lógica decimonónica izquierda versus derecha a situarse en el eje derivado del posconflicto.

 

 

Publicado enColombia
Jueves, 14 Septiembre 2017 07:55

La profecía de Marx cumple 150 años

'El Capital'

Tal día como hoy hace siglo y medio Marx ultimaba las galeradas del Tomo 1 de 'El Capital', un estudio a medio camino entre el tratado económico y la filosofía política que sigue proporcionando claves para entender el capitalismo contemporáneo.

 

Ocurrió un 14 de septiembre de hace 150 años. Karl Marx (1818-1883) ultimaba las galeradas de un mamotreto a caballo entre el tratado de economía y la filosofía política que acabaría por convertirse en una de las obras más influyentes y vigentes de la época contemporánea. Era el Tomo 1 de El Capital y lo que empezó como un intento por desarrollar una teoría económica que explicara la primera gran crisis del capitalismo (década de 1830) derivó en una lúcida herramienta para la transformación social.

Ni que decir tiene que el calado de aquel hallazgo llega hasta nuestros días. Difícil explicar problemáticas tan contemporáneas como la precarización laboral, el agotamiento de los recursos naturales o los efectos de la tecnología sin tener en cuenta el tocho profético que nos ocupa. El turbocapitalismo rampante que se dio de bruces con la última gran crisis ha terminado por resucitar de entre los muertos conceptos, como la lucha de clases, que muchos escuderos ordoliberales creían enterrados.

Como apunta el editor Constantino Bértolo, “la crisis del 2008 sería en cierta manera la gran resaca de ese capitalismo ebrio. En medio de esa resaca, en la que todavía seguimos viviendo una buena parte de la sociedad, los resentidos e indignados por los efectos de esa crisis, vuelven la mirada a Marx, no al Marx académico o al Marx beatificado por el oficialismo marxista sino al Marx revolucionario, aquel que quiere transformar el mundo y asume que esa transformación solo puede ser protagonizada por el mundo del trabajo”.

En efecto, El Capital no es sólo un marco teórico de indudable trascendencia, es también una llamada a la acción. En palabras de Eddy Sánchez, director de la Fundación de Investigaciones Marxistas, “estamos ante una obra que no trata de teoría pura, tal y como se entiende en los programas universitarios; ni tampoco como guías de acción política, tal y como lo ven la mayoría de críticos de la anterior. Lo que propone Marx es: Fundamentar y formular racionalmente un proyecto de transformación de la sociedad”.

 

“Si Marx se vende bien, es que la sociedad va mal”


La vigencia y recuperación de El Capital —la venta del primero de los tres tomos se ha triplicado desde el año 2005— tiene para Sánchez mucho que ver con el fracaso de ese viejo dogma neoliberal que entendía el sistema económico contemporáneo como un ente con aptitudes autorregulatorias. “Marx evidencia que la crisis es un elemento consustancial al propio sistema capitalista, su revitalización tiene mucho que ver con esto, con ese carácter cíclico que tienen las crisis en el capitalismo”. Algo que el historiador alemán Jörn Schütrumpf supo sintetizar a la perfección: “Si Marx se vende bien, es que la sociedad va mal”.

Así las cosas, el eterno retorno de esta obra clave responde hoy día a una búsqueda de asideros en tiempos más que revueltos. Un bálsamo para los desheredados, pero también y al mismo tiempo un manual de instrucciones para la emancipación. “Leer a Marx es una experiencia vital, subjetiva y política en la que el tiempo histórico que está teniendo lugar en el momento de la lectura debe intervenir en esa lectura, confrontando situaciones, preguntas y respuestas”, explica Bértolo.

 

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Museo a Karl Marx en Alemania.- EFE

 

Ni mantequilla, ni misiles... Plusvalor


El profesor Fernandez Liria, coautor junto al también académico Luis Alegre de El orden de ‘El Capital’ (Akal) establece una curiosa analogía con la mecánica clásica newtoniana para explicar el que es quizá el gran hallazgo de Marx. Como postulara el físico inglés, los cuerpos no han de ser tratados de forma aislada, sino conforme a una ley universal que los conecta. “Marx nos explica que, en el modo de producción capitalista que caracteriza a la sociedad moderna, la riqueza no sólo aparece como una inmensa acumulación de mercancía; esas mercancías podrán ser misiles o mantequilla, pero antes que nada, lo que hace es fabricar plusvalor”.

Abre la puerta así a lo que viene siendo la explotación del trabajador. Un concepto cuyas derivadas llegan hasta nuestros días sin necesidad de tener que pensar en fábricas victorianas o en mineros galeses. Dicho de otro modo; el impacto de la precariedad como un elemento estructural de nuestro mercado de trabajo ya lo predijo el barbas hace siglo y medio.

Una lógica la del capital que, como apunta la Doctora en Filosofía Clara Serrano, “está fundada en la violencia, pues solo puede funcionar una vez que la mayor parte de la población ha sido despojada de sus condiciones de existencia, de modo que no exista otra forma de supervivencia que acudiendo al mercado de trabajo”.

 

 

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