Jueves, 14 Septiembre 2017 06:51

‘El Capital’ habla del capitalismo de hoy

‘El Capital’ habla del capitalismo de hoy

 

 

En los primeros días de septiembre de 1867, hace ahora 150 años, se publicó el primer volumen de El Capital, la que es para muchos la obra cumbre de Karl Marx (1818-1883). Fue en una modesta tirada de mil ejemplares, pero a pesar de ello contribuyó decisivamente a transformar la forma en la que personas de todo el mundo veían nuestras sociedades.

La idea original de Marx consistía en escribir un conjunto de seis libros, dedicados cada uno de ellos a los siguientes temas: el capital, la propiedad de la tierra, el trabajo asalariado, el Estado, el comercio exterior y el mercado mundial. Sin embargo, la pobreza y las enfermedades (su vida estuvo marcada por los exilios políticos y las carencias materiales y de salud) le retrasaron de tal modo que acabó optando por un proyecto editorial de tres volúmenes. Aun así, sólo publicó en vida el primero. Los volúmenes segundo y tercero, ambos inacabados, fueron editados y publicados por su amigo y camarada Friedrich Engels (1820-1895) a partir de los manuscritos que Marx había estado escribiendo durante los años previos a su muerte.

El Capital es una obra densa y difícil. Leerla y entenderla requiere la dedicación de una ingente cantidad de horas de estudio. Y aunque corre el rumor de que todo comunista dice haberla leído y entendido, es improbable que sea cierto. A su naturaleza de material incompleto hemos de añadir el estilo del autor, que en algunos pasajes es ciertamente oscuro. De hecho, es habitual que los lectores inadvertidos se encuentren decepcionados tras consultar las primeras páginas. En ellas encontramos un alto nivel de abstracción teórica que dificulta mucho la lectura. Por decirlo de una forma breve, El Capital no es el típico libro que se puede leer mientras se va en el autobús. No es el Manifiesto Comunista. En efecto, el Manifiesto, escrito con Engels en 1848, había sido un material propagandístico elaborado para animar a los trabajadores en el contexto de las revoluciones europeas que estaban teniendo lugar entonces. Por el contrario, El Capital obedece a objetivos mucho más complejos y ambiciosos. Se aspira, nada más y nada menos, que a la comprensión exacta del funcionamiento del sistema económico capitalista. Y ello, a juicio de Marx, requería una exposición mucho más justificada y rigurosa. Una exposición que se parecía mucho más a los trabajos de los primeros economistas clásicos, como Adam Smith y David Ricardo, que a los textos publicados hasta entonces por los representantes del socialismo utópico, como Robert Owen o Saint-Simon. Para Marx, El Capital era un misil contra la burguesía precisamente por su capacidad para desvelar y desnudar las formas por las que una parte de la población explotaba a la otra parte.

Se observará entonces que existía, y aún existe, una aparente contradicción. El Capital, como arma, parece de difícil acceso para los trabajadores, quienes por lo general, y por diversas razones, están menos preparados para abordar un libro de esta naturaleza. Precisamente por eso, han sido muchos los autores que han intentado resumir El Capital e incluso codificar esta obra en forma de catecismos. Así lo hizo Karl Kautsky, el primero en sintetizar en un buen libro las ideas principales de El Capital. O, por ser más precisos, lo que él consideraba que eran las principales ideas del libro de Marx.

La interpretación kautskiana se convirtió en hegemónica durante el período de vigencia de la II Internacional (1889-1914), considerándose desde entonces, no en vano, como la visión ortodoxa del marxismo. Pero el trabajo de Kautsky no consistió sólo en resumir El Capital sino que trató de sintetizar toda la obra marxista disponible hasta entonces, convertida así en doctrina. De este modo, el producto vivo e inspirador del largo trabajo de Marx fue enclaustrado bajo la fórmula cerrada de una doctrina al servicio de los principales partidos socialdemócratas de la época –como después ocurriría lo mismo con la III Internacional (1919-1943) y la Unión Soviética-. Esta interpretación ortodoxa, si bien se inspiraba en algunas de las lecturas de Marx, convirtió en mera caricatura la riqueza del trabajo original marxista. De hecho, Marx nunca habló de materialismo histórico y tampoco de materialismo dialéctico, sino que éstas fueron construcciones posteriores, hechas por Engels y otros autores, que trataron de ofrecer a la clase trabajadora un producto más compacto y accesible del trabajo de Marx.

Sin embargo, reducir la obra de Marx, entre ellas El Capital, a un producto cerrado implica ahogar gran parte de su capacidad para la investigación. La obra de Marx, como la de cualquier otro autor, está llena de elementos no del todo coherentes entre sí y que dependen, en gran medida, del contexto histórico en el que se escriben. En un ámbito bien distinto, como es el de la física, estas cuestiones también pasan. Aunque se califican de otra forma. El propio Einstein presentó su teoría de la relatividad especial en 1905, mientras que su teoría de la relatividad general tuvo que esperar a 1915, exactamente diez años después. En el período que media entre la primera y la segunda, Einstein publicó diferentes textos que pretendían resolver los problemas que enfrentaban sus planteamientos, aunque sin éxito. Nadie pretendería hoy, por ejemplo, recuperar y reivindicar aquellos intentos fallidos de Einstein. Eso es así porque en la física, a diferencia de lo que ocurre en las ciencias sociales, es posible llegar a consensos amplios sobre los resultados de una investigación. En el caso de las ciencias sociales eso es imposible; ello no quiere decir que toda opinión valga lo mismo, sino que los criterios de rigor para consignar que una explicación es cierta son distintos, más cuestionables, más abiertos. En realidad, toda la obra de Marx es un proyecto en construcción para dotar de una explicación a fenómenos sociales, cuya naturaleza es por defecto incierta, impredecible y en muchos casos incuantificable. Y el hecho de que sea un proceso en construcción, junto con la naturaleza específica de la ciencia social, hace fallido cualquier intento de crear una doctrina y, mucho menos, de elevarla al rango de ciencia.

Es verdad, por ejemplo, que en algún momento Marx sí creyó haber descubierto las leyes de la historia. En el Discurso ante la tumba de Marx, el propio Engels explicó que «de la misma forma que Darwin ha descubierto las leyes del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx ha descubierto las leyes del desarrollo de la historia humana»[1]. Y en una carta a Ferdinand Lasalle (1825-1864), el propio Marx le explicó que «la obra de Darwin es de una gran importancia y sirve a mi propósito en cuanto que proporciona una base para la lucha histórica de clases en las ciencias naturales»[2]. La influencia de los descubrimientos de Darwin, unida a la teoría de la historia heredada de Hegel, proporcionaron a Marx un esquema histórico sobre el que, en teoría, toda sociedad debería desplegarse en el tiempo. En breve, al feudalismo le seguiría el capitalismo, y a éste el socialismo. Sin embargo, el último Marx, el de la década de 1870, se había estado reuniendo con amigos y revolucionarios rusos que contribuyeron a modificar su visión sobre la situación de Rusia, en particular, y la de los países atrasados, en general. Hasta el punto de que en una carta de 1877 escribió que «sucesos notablemente análogos pero que tienen lugar en medios históricos diferentes conducen a resultados totalmente distintos. Estudiando por separado cada una de estas formas de evolución y comparándolas luego, se puede encontrar fácilmente la clave de este fenómeno, pero nunca se llegará a ello mediante el pasaporte universal de una teoría histórico-filosófica general cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica»[3]. Como se puede comprobar, casi una enmienda a la totalidad a su antigua concepción de la historia o, cuando menos, a la versión vulgar que Engels había sistematizado como materialismo histórico.

De ahí que, cuando la revolución rusa de 1917 tuvo lugar en un país severamente atrasado y prácticamente feudal, Antonio Gramsci (1891-1937) dijera que se trataba de una «revolución contra El Capital» y que «El Capital de Marx era, en Rusia, el libro de los burgueses más que el de los proletarios»[4] porque instaba a crear una burguesía e iniciar una era capitalista y no a que el proletariado tomara el poder en esas condiciones. Gramsci afirmó en aquel artículo que con la revolución «los bolcheviques reniegan de Carlos Marx al afirmar, con el testimonio de la acción desarrollada, de las conquistas obtenidas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como se pudiera pensar y se ha pensado»[5]. En realidad, lo que se ponía de manifiesto es que la interpretación ortodoxa del marxismo, y mucho más la interpretación del mismo que lo consideraba como ciencia pura, fallaba al enfrentarse con las cambiantes e impredecibles formas de la realidad. De ahí que no podamos considerar al marxismo más que como una, la más fértil, tradición política y de investigación.

Otro elemento ciertamente crítico, y que conforma una laguna en la obra de El Capital, es el de la clase social. Como he tratado de demostrar en un libro de próxima publicación, Por qué soy comunista (Península, 2017), la lectura que hacemos sobre la clase social y el Estado condiciona absolutamente la práctica política de los partidos socialistas. Sin embargo, Marx no llegó a escribir nada compacto sobre ninguno de esos conceptos. Y, en el caso de clase, esta es una ausencia crucial porque conforma la espina dorsal de su pensamiento político. Es más, a cualquier seguidor de la obra de Marx le sorprenderá que su táctica política fuera tan diversa en el tiempo. Por qué, por ejemplo, él y Engels consideraban necesario mantener la autonomía de los partidos socialdemócratas frente a los partidos liberales en Europa y, en cambio, ambos sugerían a esos mismos partidos socialdemócratas en Inglaterra o Estados Unidos que se incorporaran en el seno de los partidos liberales. Algo similar a la polémica de Lenin en 1905, cuando se opuso a la decisión del partido socialdemócrata ruso de no incorporarse al Soviet de San Petersburgo por ser considerado un espacio espontáneo y desideologizado. Tanto Marx y Engels, primero, como Lenin, después, no eran unos fetichistas de las organizaciones políticas sino que su práctica política dependía de cómo entendían la construcción y evolución de las clases sociales en contextos históricos. Por eso se ha dicho que lo importante es la clase social y no el partido. Y aun así, Marx nunca elaboró una explicación detallada del concepto de clase.

En el análisis del capitalismo que hace Marx en El Capital o en el Manifiesto Comunista, él detecta la existencia de dos clases fundamentales que le permiten explicar el desarrollo de la propia historia: los capitalistas y los trabajadores. Desde este punto de vista, el capitalismo genera una estructura de huecos en las relaciones de clase que luego son ocupados por personas reales. Es como si primero existiera la estructura, creada por el sistema económico, y luego las personas reales que «hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado»[6]. Estamos ante un esquema de clases típicamente polarizado donde sólo parecen existir capitalistas y trabajadores. Así, en este enfoque la clase es una realidad objetiva que varía según el desarrollo de las fuerzas productivas.

Sin embargo, en otros escritos Marx analiza la realidad social de una manera mucho más compleja, atendiendo a las particularidades de cada contexto. En este caso los escritos son de carácter más político y coyuntural, y en ellos Marx ya no trata con sólo dos clases sino que llega a diagnosticar clases, fracciones, facciones y una red mucho más compleja de grupos sociales. Un ejemplo paradigmático es el 18 Brumario, en el que Marx analiza el golpe de Estado dado por Luis Bonaparte (1808-1873) en 1851. Esta segunda opción está conectada con la visión de Lenin y, especialmente, de Edward Thompson, según la cual las clases sociales son también construcciones sociales que dependen de las prácticas políticas y no sólo huecos en las relaciones de producción.

Sea como sea, estas dos diferentes formas de analizar la clase social carecen de algún tipo de vínculo en la teoría de Marx. Es más, hay abundante material para creer que Marx «pensaba que la tendencia histórica del capitalismo apuntaba hacia una creciente polarización en lo concreto»[7], es decir, que la dinámica capitalista apuntaría a la destrucción de todas las clases sociales que no fueran la de los capitalistas y los trabajadores. En su visión, la complejidad de la vida real se estaba simplificando por el propio desarrollo del capitalismo puesto que éste creaba cada vez más proletarios y al mismo tiempo reducía el número de capitalistas –aunque los restantes vieran su poder incrementado. Esta idea, recogida después por Kautsky, se tuvo que enfrentar a las transformaciones del capitalismo a finales del siglo XIX y a la aparición de las llamadas clases medias. Este debate, como hemos insistido en otros lugares, es crucial para entender los fenómenos sociales y el desarrollo de la política hoy en día.

Por otra parte, Marx no supo o no pudo, también por diversas razones, incorporar cuestiones ecologistas y feministas en sus escritos. Marx fue un hombre de su época, y aunque hay autores como Elmar Altvater o Bellamy Foster que reivindican su temprana inclinación ecologista, no podemos dejar de advertir que tanto Marx como Engels asumieron no sólo las tesis más productivistas de la Economía Política y sus categorías sino también los prejuicios –en este caso bastante más Marx que Engels- propios de vivir en un sistema patriarcal. Para la actualización de los parámetros ecologistas y feministas desde una perspectiva marxista es necesario dejarse acompañar por autores más modernos que, aun inspirándose en Marx, despliegan su trabajo de un modo diferente.

En suma, leer a Marx es una fuente de inspiración que nos brinda la oportunidad de dar con las preguntas y respuestas adecuadas. Y 150 años después de la publicación de El Capital, a mi juicio conviene leer y estudiar con mucha atención la obra marxista. Así, además, corregiremos una deriva que ha afectado mucho a la calidad, y también utilidad, de los análisis marxistas. Me refiero, especialmente, a la tendencia a ignorar las cuestiones materiales y económicas en los análisis políticos.

Para entender esto debemos recordar que los fundadores del llamado socialismo científico y los llamados clásicos, entre los que se encuentran Marx, Engels, Lenin, Luxemburg, Kautsky, etc. pusieron su atención fundamental en cuestiones de Economía Política y de lo que se llamaría base económica. Pero a partir de los años veinte el marxismo occidental adquiere otro tono y asume otras preocupaciones. Como dice el historiador Perry Anderson (1938-), «el marxismo occidental en su conjunto, cuando fue más allá de cuestiones de método para considerar problemas de sustancia, se concentró casi totalmente en el estudio de las superestructuras»[8], especialmente las cuestiones culturales. Dicho de otra forma, el análisis cultural suplantó a la Economía Política. Pero, además, el tono fue cambiando desde un optimismo antropológico, basado en gran medida en la asunción de que la concepción de la historia era correcta, hasta convertirse en un pesimismo antropológico más que notable. Esto fue coincidente, además, con tres hechos adicionales. Por un lado, el desplazamiento del estudio y análisis marxista desde el continente europeo hacia el mundo anglosajón. Por otro lado, con el cambio de perfil de los intelectuales marxistas, que hasta los años veinte habían sido tanto dirigentes políticos como estudiosos del marxismo y a partir de entonces se produciría una profunda desconexión entre el movimiento obrero organizado y los intelectuales. Y, finalmente, el desarrollo de un Estado del Bienestar que, a partir de un compromiso entre capital y trabajo, parecía cuestionar la necesidad del socialismo para gran parte de la clase trabajadora[9].

Esto condujo a una paradoja. El geógrafo marxista David Harvey cuenta, por ejemplo, que durante los años de posguerra y especialmente tras la caída del muro de Berlín, pocos querían estudiar un libro como El Capital. La razón estaba en que «el hecho real era que El Capital no tenía demasiada aplicación directa a la vida diaria» porque «describía el capitalismo en su versión cruda, inalterada y bárbara típica del siglo XIX»[10]. Esta situación, sin embargo, ha cambiado en la actualidad. El marxismo ha vuelto a estar de moda. Pero aún más, la razón es que hoy El Capital parece hablarnos no del capitalismo del siglo XIX sino del actual. Las reestructuraciones empresariales, que implican despidos de miles de trabajadores, la crisis económica y sus efectos macroeconómicos, los comportamientos del capital financiero y de los diferentes tipos de capital... es como si estuviéramos volviendo poco a poco al siglo XIX. O puede ser, más probablemente, que El Capital tenga la capacidad de explicar el funcionamiento de un sistema que ha cambiado poco y cuyos principales fundamentos se mantienen invariables, con lo que su lectura y estudio, como todo el marxismo que de ahí se deriva, pueden sernos de extraordinaria utilidad para comprender el mundo que vivimos. Y para transformarlo.

El marxismo no es, por lo tanto, la llave que abre todas las puertas. El marxismo es, más bien, una herramienta para el análisis social y también para la práctica política. Y al mismo tiempo también es una concepción del mundo, inspirada por esa tradición política y de investigación, que nos anima a mirar determinadas trazas de la totalidad social. Como dice Manuel Sacristán (1925-1985), la concepción marxista de mundo «supone la concepción de lo filosófico no como un sistema superior a la ciencia, sino como un nivel del pensamiento científico: el de la inspiración del propio investigar y de la reflexión sobre su marcha y resultados»[11]. En efecto, lo que hace que un investigador de orientación marxista se centre en cuestiones como las clases y la desigualdad y no en otros campos posibles, es la creencia de que haciéndolo así se encontrarán más y mejores respuestas. En consecuencia, el marxismo tiene que ir cambiando en la medida que vamos incrementando nuestro conocimiento sobre el mundo que nos rodea y en la medida que va cambiando la sociedad a la que pertenecemos.

 

NOTAS


[1] Engels, F. (1883): “Discurso ante la tumba de Marx”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/83-tumba.htm
[2] Citado en Arnal, S. (2009): “Darwin, Marx y las dedicatorias de El Capital”, disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=95700
[3] Marx, K. (1877): “Carta al director de Otieschéstvennie Zapiski”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/m1877.htm
[4] Gramsci, A. (1917): “La Revolución contra El Capital”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/gramsci/nov1917.htm
[5] Gramsci, A. (1917): “La Revolución contra El Capital”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/gramsci/nov1917.htm
[6] Marx, K. (1851): El 18 Brumario de Luis Bonaparte, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm
[7] Olin Wright, E. (2015): Clases. Siglo XXI, Madrid
[8] Anderson, P. (2012): Consideraciones sobre el marxismo occidental. Siglo XXI, Madrid.
[9] Anderson, P. (2012): Consideraciones sobre el marxismo occidental. Siglo XXI, Madrid.
[10] Harvey, D. (2015): Espacios de esperanza. Akal, Madrid.
[11] Sacristán, M. (1964): “Sobre el anti-dürhing”

 

 

 

 

 

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Lunes, 11 Septiembre 2017 07:20

Como nació El Capital de Marx

Como nació El Capital de Marx

 

La obra que, quizás más que ninguna otra, ha contribuido a cambiar el mundo en los últimos ciento cincuenta años, tuvo una gestación larga y muy difícil. Marx comenzó a escribir El Capital sólo muchos años después de comenzar sus estudios de economía política. Si ya desde 1844 había criticado la propiedad privada y el trabajo alienado de la sociedad capitalista, fue sólo después del pánico financiero de 1857 -que comenzó en Estados Unidos y luego se extendió a Europa-, cuando se sintió obligado a dejar a un lado su incesante investigación y comenzar a redactar lo que llamaba su "Economía".

 

La crisis, los Grundrisse y la pobreza

 

Con el inicio de la crisis, Marx anticipó el nacimiento de una nueva fase de convulsiones sociales y consideró que lo más urgente era proporcionar al proletariado la crítica del modo de producción capitalista, un requisito previo para superarlo. Así nacieron los Grundrisse, ocho gruesos cuadernos en los que, entre otras cosas, examinó las formaciones económicas precapitalistas y describió algunas características de la sociedad comunista, subrayando la importancia de la libertad y el desarrollo de los individuos. El movimiento revolucionario que creía que surgiría a causa de la crisis se quedó en una ilusión, y Marx no publicó sus manuscritos, consciente de hasta qué punto estaba todavía lejos del dominio total de los temas a los que se enfrentaba. La única parte publicada, después de una profunda reelaboración del "Capítulo sobre el dinero", fue la Contribución a la crítica de la economía política, un texto distribuido en 1859 y que fue revisado por una sola persona: Engels.

El proyecto de Marx era dividir su obra en seis libros. Deberían haberse dedicado a: el capital, la propiedad de la tierra, el trabajo asalariada, el estado, el comercio exterior y el mercado mundial. Sin embargo, cuando en 1862, como resultado de la guerra de secesión estadounidense, el New York Tribune despidió a sus colaboradores europeos, Marx -que había trabajado para el periódico estadounidense durante más de una década- y su familia volvieron a vivir en condiciones de terrible pobreza, las mismas que habían padecido durante los primeros años de su exilio en Londres. Sólo tenía la ayuda de Engels, a quien escribía: "Todos los días mi esposa me dice que preferiría yacer en la tumba con las chicas y, en verdad, no puedo culparla dadas las humillaciones y sufrimientos que estamos padeciendo, realmente indescriptibles". Su condición era tan desesperada que, en las semanas más negras, faltaba comida para las hijas y papel para escribir. También buscó empleo en una oficina de los ferrocarriles inglesa. El puesto, sin embargo, le fue negado debido a su mala letra. Por lo tanto, para hacer frente a la indigencia, la obra de Marx estuvo sujeta a grandes retrasos.

 

La explicación de la plusvalía y el carbunco

 

Sin embargo, en este periodo, en un largo manuscrito titulado Teorías sobre la plusvalía, llevó a cabo una profunda crítica de la manera en que todos los grandes economistas habían tratado erróneamente la plusvalía como ganancia o renta. Para Marx, sin embargo, era la forma específica por la cual se manifiesta la explotación en el capitalismo. Los trabajadores pasan parte de su jornada trabajando para el capitalista de forma gratuita. Este último busca de todas las formas posibles generar plusvalía por medio del trabajo excedente: "No basta que el trabajador produzca en general, debe producir plusvalía", es decir, servir a la autovaloración del capital. El robo de incluso unos pocos minutos de la comida o del descanso de cada trabajador significa transferir una enorme cantidad de riqueza a los bolsillos de los patrones. El desarrollo intelectual, el cumplimiento de las funciones sociales, y los días festivos son para el capital "puras y simples fruslerías". "Après moi le déluge!" era también para Marx -aunque al tratar la cuestión ecológica (que abordó como pocos autores de su época)- el lema de los capitalistas, aunque pudieran, hipócritamente, oponerse a la legislación sobre las fábricas en nombre de la “libertad plena del trabajo”. La reducción de la jornada de trabajo, junto con el aumento del valor de la fuerza de trabajo, fue, por tanto, el primer terreno en el que tenía lugar la lucha de clases.

En 1862, Marx eligió el título de su libro: "El Capital". Creía que podía comenzar inmediatamente a redactarlo de una forma definitiva, pero a las ya graves vicisitudes financieras se sumaron muy graves problemas de salud. De hecho, lo que su esposa Jenny describió como "la terrible enfermedad”, contra la cual Marx tendría que luchar muchos años de su vida. Sufría de carbunco, una horrible infección que se manifiesta al inicio en varias partes del cuerpo con una serie de abscesos cutáneos y una extensa y debilitante forunculosis. Debido a una pápula profunda, seguida por la aparición de una red de vesículas ulcerantes, Marx fue operado y “su vida permaneció durante mucho tiempo en peligro". Su familia estaba más que nunca al borde del abismo.

El Moro (éste era su apodo), sin embargo, se recuperó y, hasta diciembre de 1865, se dedicó a escribir lo que se convertiría en su auténtica obra magna. Además, desde el otoño de 1864, asistió asiduamente a las reuniones de la Asociación Internacional de Trabajadores, para la que había escrito durante ocho años los principales documentos políticos. Estudiar durante el día en la biblioteca, para ponerse al corriente de los nuevos descubrimientos, y seguir trabajando en su manuscrito de la noche a la mañana: esta fue la agotadora rutina a la que se sometió Marx hasta el agotamiento de todas sus energía y el agotamiento de su cuerpo.

 

Un todo artístico

 

Aunque había reducido su proyecto inicial de seis libros a tres volúmenes sobre El Capital, Marx no quiso abandonar su propósito de publicarlos todos juntos. De hecho, le escribió a Engels: "No puedo decidir de que prescindir antes de que todo esté frente a mí, sean cuales sean los defectos que puedan tener, este es el valor de mis libros: todos forman un todo artístico, alcanzable sólo gracias a mi sistema de no entregarlo al impresor antes de tenerlo toda delante de mí”. El dilema de Marx - "corregir una parte del manuscrito y entregarlo al editor o terminar de escribir todo primero" - fue resuelto por los acontecimientos. Marx sufrió otro ataque bestial de carbunclo, el más virulento de todos, y su vida estuvo en peligro. A Engels le contó que había “perdido la piel"; los médicos le dijeron que las causas de su recaída eran el exceso de trabajo y las continuas vigilias nocturnas: "la enfermedad viene de la cabeza". Como resultado de estos acontecimientos, Marx decidió concentrarse únicamente en el único Libro Uno, el relacionado con el "Proceso de Producción del Capital”.

Sin embargo, los forúnculos siguieron atormentándolo, y durante semanas. Marx ni siquiera podía sentarse. Incluso intentó operarse solo. Se procuró una navaja muy afilada y le dijo a Engels que había intentado extirparse aquella maldita cosa. Esta vez, la culminación de su obra no se vio postergada debido a la "teoría" sino por "razones físicas y burguesas".

Cuando, en abril de 1867, el manuscrito fue finalmente terminado, Marx le pidió a su amigo de Manchester, que le había estado ayudando durante veinte años, que le enviara dinero para poder recuperar "la ropa y el reloj que se encuentran en la casa de empeño”. Marx había sobrevivido con el mínimo indispensable y sin esos objetos no podía viajar a Alemania, donde le esperaban para entregar el manuscrito a la imprenta.

La corrección del borrador duró todo el verano y Engels le señaló que la exposición de la forma del valor era demasiado abstracta y “se resentía de la persecución de los forúnculos", Marx respondió, "espero que la burguesía se acuerde de mis forúnculos hasta el día de su muerte”.

El Capital fue puesto a la venta el 11 de septiembre de 1867. Un siglo y medio después de su publicación, figura entre los libros más traducidos, vendidos y discutidos en la historia de la humanidad. Para aquellos que quieren entender lo que realmente es el capitalismo, y porque los trabajadores deben luchar por una "forma superior de sociedad cuyo principio fundamental sea el desarrollo pleno y libre de cada individuo", El Capital es hoy más que nunca una lectura simplemente imprescindible.

 

Marcello Musto Es profesor de teoría sociológica en la Universidad de York, Toronto, Canada.

 

 

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Viernes, 08 Septiembre 2017 12:58

Una montaña de aserrín

Una montaña de aserrín

 

Las dos primas hermanas que han logrado huir ocultas en una carreta del gueto de Varsovia, donde han quedado sus padres, corren a esconderse en el entrepiso del desván de la casa del poblado de Milanowek apenas les dan aviso de que la Gestapo está a las puertas, tras la denuncia de una vecina de que allí viven clandestinas unas niñas judías.

La dueña de la casa, tal como ha sido planeado, las hace entrar en el entrepiso del desván que queda encima de la sala, coloca de nuevo las tablas del entarimado, y luego hace uso de una pala para echar encima una pila de aserrín.

Desde su estrecho refugio, acostadas boca abajo en la más absoluta oscuridad, con los brazos estirados encima de la cabeza, el aire escaso, pueden escuchar las voces violentas y amenazantes de los hombres que las buscan, sus pasos, los ruidos que provocan al revolverlo todo. La más pequeña termina por dormirse, y luego se orina, con lo que la mancha de humedad se comienza a extender por el cielo raso. Si uno de ellos miraba hacia arriba, todo habría terminado.

El registro de la casa duró horas, y los nazis insistían en interrogar una y otra vez a la dueña de casa y a su hijo, que había llegado ya de la escuela. Ambos seguían negando con vehemencia. Nadie más que ellos, y el padre, un arquitecto que se hallaba en el trabajo, vivían allí. En un momento los policías encontraron la escalerilla que llevaba al desván, subieron, revisaron, voltearon los trastos viejos que había allí acumulados, pero se desatendieron de aquella pequeña montaña de aserrín. La mayor de las niñas escuchaba ahora los pasos muy cerca de ella, mientras la primita seguía durmiendo.

Tardaron en irse, y al final anunciaron que volverían al día siguiente, ahora con perros. La señora temía sacarlas del encierro, no fueran a regresar de improviso. Hasta que el arquitecto retornó, horas después, la pareja subió a ver si no es que habían muerto asfixiadas. Estaban vivas, y al día siguiente tendrían que ser llevadas a otra casa, otro refugio más en aquel angustioso periplo que duraría hasta el final de la guerra.

No se trata de la escena de una película sobre la persecución de los judíos por la Gestapo, de las que se han filmado tantas. Lo que he relatado antes es parte de las memorias de Sarita Giberstein, contadas a su hija Yanina, y que se han publicado recientemente en un libro que se llama precisamente Una montaña de aserrín. La mayor de las dos niñas encerradas en el entrepiso es ella. La otra es su prima Shifra.

Sarita nació en San José en 1934, hija de un matrimonio de judíos polacos formado por León Giberstein y Dora Kukielka, quienes emigraron a Costa Rica en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Se establecieron luego en Puerto Limón en la costa del Caribe, a cargo de administrar una tienda, pero el negocio no iba bien, y Dora, que venía de una familia rica, atraída por las cartas de sus hermanas donde le contaban de sus paseos a esquiar a la montaña de Zakopane y de sus veranos en Otwock, convenció al marido de regresar. Estaba embarazada y la segunda hija, Rosita, nació en el barco de bandera francesa antes de que atracara en el Havre.

En 1937 estaban ya instalados en Varsovia, llenos de ilusiones y grandes esperanzas. Se respiraba un perturbador aire antisemita, más denso ahora, aunque siempre había estado presente en sus vidas. Y en septiembre de 1939 comenzó el infierno. Sarita, que tenía entonces cinco años, recuerda los bombardeos de la aviación nazi. Un mes después, vencida la resistencia, las tropas de Hitler entraron marchando triunfalmente. Luego vendría el gueto, adonde ella y todos sus familiares fueron reconcentrados. Era la estación intermedia hacia los campos de concentración y las cámaras de gas.

Conocí a Sarita, casada con el escritor Samuel Rovinski, ambos amigos entrañables, durante los largos años que vivimos en Costa Rica, y al principio de nuestra amistad nunca imaginé que detrás de aquella mujer bella, alegre, talentosa y segura de sí misma, de cordialidad imperturbable, hubiera una historia como esta. Cuando lo supe, y quise indagar, respondía a mis preguntas a retazos, con reticencia, como si careciera de importancia, o, a lo mejor, porque esos recuerdos le dolían demasiado. Era nada menos que una sobreviviente del horror.

Y ahora, por fin, en Una montaña de aserrín nos cuenta su historia de reclusa y de fugitiva en cada momento al borde de la muerte, con humildad y sin ninguna clase de alardes de heroísmo, con esa virtud de narrar lo extraordinario como ordinario, que es lo que hace la verdadera literatura. Y el diálogo entre madre e hija es lo que deja correr el relato por su cauce, un río de aguas estremecidas, y estremecedoras, que pasa frente a nuestros ojos.

Es una historia antigua, de hace 80 años, pero por desgracia no enterrada. Los neonazis, o simplemente nazis de nuestros tiempos, a quienes tendemos a ver como esperpentos de carnaval, disfrazados con sus botas altas, uniformes grises y cruces gamadas, o los encapuchados del Ku Klux Klan, que forman otra comparsa del mismo carnaval, andan hoy por el mundo proclamando la supremacía blanca y pregonando su cruzada purificadora no sólo contra los judíos, sino también contra los negros, los latinos, los emigrantes del cercano oriente. Contra todos los que son diferentes. Los otros.

El fanático supremacista blanco que se lanzó con su auto contra la multitud en Charlottesville no se diferencia en nada del otro fanático yihadista que arrolló a otra multitud en la Rambla de Barcelona. Es el mismo odio transformado en arma letal. El mismo odio que llevó a Sarita y a Shifra, aquellas dos niñas perseguidas por el espanto de la muerte, a esconderse debajo de una montaña de aserrín.


Masatepe, septiembre de 2017


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Martes, 05 Septiembre 2017 18:16

Fernand Braudel y la ciencias humanas

Fernand Braudel y la ciencias humanas

“¿Existe acaso una concepción global de la historia, específicamente braudeliana? Respondiendo afirmativamente a esta pregunta, este libro quiere ser a un mismo tiempo una suerte de ‘Introducción general’ al pensamiento y a los trabajos de Fernand Braudel, y una clara invitación a la lectura directa de sus obras, a través de la reconstrucción de las líneas centrales de su proyecto intelectual. Reconstrucción que evidencia, entonces, las articulaciones mayores de esa compleja cosmovisión histórica construida por Braudel, al tiempo que intenta mostrar las contribuciones fundamentales que, en los planos teórico, metodológico, problemático e historiográfico, fueron desarrolladas por quien se constituyó, sin duda alguna, en el más importante historiador de todo el Siglo XX a nivel mundial, Fernand Braudel”.

 

Edición 2017. Formato: 17 x 24 cm, 248 páginas

P.V.P.: $ 35.000, USD $ 12, ISBN: 978-958-8926-49-0

John Reed. Diez días que estremecieron al mundo

La mirada delicada y profunda de John Reed y su capacidad de estampar sentimientos y afectos en negro sobre blanco, lo convirtieron en uno de los más finos cronistas de los grandes hechos que sacudieron a la humanidad, como las revoluciones rusa y mexicana, a las que dedicó sus mejores párrafos. Su relato tiene el magnetismo del embrujo con el que atrapa al lector y la rigurosidad del analista comprometido con los seres humanos que se rebelan, la gente sencilla de abajo y a la izquierda, a la que amaba y por la que entregó su vida.

Por las páginas de este maravilloso libro desfilan los pobres de la ciudad y del campo. Los obreros que tomaron las fábricas y se alistaron, armas en mano, en la “guardia roja” devenida en fuerza de choque contra la reacción. Los soldados y los campesinos –indistinguibles en la Rusia zarista– que se organizaron en los frentes de combate desafiando a los generales, formaron los Sóviets de soldados que en los momentos decisivos de la revolución, torcieron el rumbo de la historia a favor de las tesis de Lenin, que llamaba a la toma del poder para entregarlo inmediatamente a los Sóviets de obreros, soldados y campesinos.

 

Raúl Zibechi

 

Edición 2017. Formato: 17 x 24 cm, 

P.V.P.: $ 40.000, USD $ 14 ISBN: 978-958-8926-42-1

 

Jueves, 24 Agosto 2017 09:10

En memoria de Anita “la vietnamita”

En memoria de Anita “la vietnamita”

Fue durante el velorio del Comandante Raulito, cuando decidí grabarla. Era una historia que me contaba y me contaba y que repetía con el mismo entusiasmo de la primera vez. Eso tal vez fue lo que motivó la grabación. De seguro que aprovechaba los momentos de poca ocupación para devolver el cassette.

Todo empezó cuando recordaba a una niña que se sentía orgullosa de desfilar con su traje y boina rojos, acompañando a su hermano en las marchas y en las luchas sociales en la primera mitad del Siglo XX.
Esas tempranas experiencias habrían de marcar su carácter; tal como habría de expresarse cuando acompañaba las invasiones en el barrio Siloé, efectuadas por personas desplazadas por la violencia desde la zona cafetera. Su familia también había tenido que salir huyendo del norte del Valle; el recuerdo de tantos momentos difíciles, encendía la solidaridad en su pecho juvenil.


Fue así como ante la negativa de las autoridades y de los dueños de los terrenos a ceder uno para la escuela, que decidieron construirla por sus propios medios y enfrentar, con sus dieciséis años, a los escuadrones policiales cada que subían a tumbarla. Allí empezó a operarla como su directora. Hecho que le valió el reconocimiento, el respeto y el aprecio de la población, que desde entonces empezaron a identificarla como “la señorita”, por sus labores educativas. A tal punto que así la llamaban hasta los últimos días y era la única que se daba el lujo de regañar a los integrantes de las bandas de lado y lado por los continuos enfrentamientos. “Sí Señorita” le contestaban, a pesar de que ya estaba por encima de los setenta años.


Recordaba sus años en el PC y la situación generada con la detención de tres de sus compañeros. Hicieron todo lo posible para conseguir los servicios del mejor abogado de Cali; recogieron la plata y contaron con la ayuda de Álvaro Pío Valencia. El jurista viajó, a los dos días, a hacerse cargo de la defensa de los muchachos. Todos estaban pendientes de los resultados del trámite judicial, pero el defensor los llamó -de larga distancia en ese entonces- descorazonado. Ya era demasiado tarde: sobre el piso de la inspección de Buga, yacían los cuerpos de Francisco Garnica, Carlos Alberto Morales y Ricardo Torres, “muertos en combate”. (Como siempre, las fuerzas estatales colombianas haciendo gala de su compromiso con el Derecho Internacional Humanitario).


Relataba con igual entusiasmo su paso por el M19 y cómo había conocido a Raulito y a otros muchachos y muchachas en la zona, cuando construyeron el alcantarillado por sus propios medios.


Eran numerosos sus relatos. Cierta vez, cuando la acompañé a una zona de invasión a dar sus clases de alta costura -–abor en la que llevaba nueve meses– se enteró, llegadas las elecciones, de que las alumnas habían votado por el uribismo y así se lo confirmaron. ¡Qué mujer tan brava!:


-Así no es señoras. ¿qué es lo que estamos haciendo entonces? –dio un golpe en la mesa y se fue para no volver más a ese sitio, sino a saludar. Me tocó mamarme su putería, durante las dos horas y media del viaje de regreso.


Semanas después, cuando me la volví a encontrar y como reflexión ante tanto fracaso, le dije:


-Anita: yo ya estoy cansado, aburrido de tanta lucha infructuosa.


A lo que ella contestó con tono enérgico y categórico:


-Nooo compañero, uno no se puede cansar de luchar por la revolución.


El que una mujer ya setentona te diga eso, remueve lo más hondo de la conciencia y da ímpetus para seguir.


Las reuniones con ella eran desayunos, almuerzos, algos, comidas de trabajo. A sabiendas que era una mujer que había tenido que criar sola a sus cuatro hijos, que era sacar de donde no había, le dije:


-Anita, no es necesario que nos tenga tanta comida para las reuniones.


A lo que contestó duro:


-Nooo compañero, aquí hay que tener aunque sea una taza de aguapanela para brindarle a los compañeros. Los compañeros se lo merecen todo.


Otra lección más de la “Señorita”. Luego, todos llegaban con algún aporte en especie para las comidas y algos. El café con leche que preparaba, tenía un punto especial, un sabor único. En diciembre salía con comidas especiales, además de natilla, buñuelos, manjar blanco, hechos de su propia mano.


Lo de “vietnamita” nunca lo pregunté; pues asumía que era por sus ojos achinados y por sus rasgos orientales.


Hace apenas un mes me llamó para programar cuando podíamos reunirnos para hablar de las elecciones, de la paz, de Venezuela y de la situación política para ver qué íbamos a hacer. Nos despedimos con el compromiso de encontrarnos a más tardar en diciembre.


El domingo 13 llamó un compañero:


-Hola ¿cómo estás?


-Bien, bien ¿y ustedes?


-Muy tristes


-¿Qué pasó?


-Se nos fue Anita


-¿Cuál Anita?


-Anita, hombre, Anita.


No quería entender. Se hizo el silencio. Gloria eterna a la compañera Ana Franco


Anita


Por, Alexander Salas

ANA ROSA REANCO fue una compañera líder comunitaria vinculada a las luchas populares desde los años 50, nacida en el norte del valle, desde muy niña le tocó huir de las matanzas a los liberales; desplazada en Cali sufrió persecución a sus padres por sus ideas, presenció el estallido de las bombas contra la sede del partido liberal, su casa de habitación fue agredida con violencia. Siendo militante de la Juventud Comunista, recorría la ciudad organizando a los jóvenes y a la comunidad, en compañía de Arturo Alape. Viviendo en el barrio Siloé a sus 16 años, inicia con los propios medios de la comunidad la construcción de una escuela que la llamarían Antonia Santos, donde la policía impedía su construcción, pero ella con su comunidad se enfrentaba a las autoridades exigiendo el derecho a la educación, de igual manera iniciaron la construcción de calles y la adecuación de servicios públicos.


Fue militante del PCML acompañando a líderes como Pedro León Arboleda, Francisco Garnica Alberto Morales y Ricardo Torres, a los tres últimos, detenidos, no los pudo salvar con trámites jurídicos, porque cuando fue el defensor a verlos, los encontró asesinados. De igual manera como buena tejedora unió lasos políticos con casi todas las organizaciones políticas y sociales populares, incluyendo al M19, desmovilizados de todos los grupos, viviendistas, sindicatos y barriales


Su participación en el movimiento obrero se sintetiza en la creación de la escuela para los obreros de Anchicayá, que en su mayoría eran mineros del carbón y vivían en Siloé; a Sintraanchicayá llegaba ella con sus tres niños a enseñar (uno de ellos aún de brazos); tuvo una relación de solidaridad muy estrecha con los campesinos del norte y centro del Valle, pero especialmente con la recuperación de tierras en lo que se llamó La Colonia de Bitáco en los setenta, llevando solidaridad en alimentos y en apoyo político.


Una feminista que rescataba y defendía los valores y la dignidad de las mujeres, entregada a su organización y capacitación en diseño y modistería (siempre vestía elegante de su propia confección) en Siloé y el Belisario Caicedo, donde con su esposo también fundó un colegio, realmente siempre fue una maestra, pues hasta al Cauca iba a enseñar. Gran defensora de derechos humanos, saliendo de una reunión, con su voz fuerte impidió que organismos secretos del Estado secuestraran y desaparecieran a un compañero dirigente de Sintraemcali. Dialogaba con jóvenes pandilleros de Siloé, hijos y nietos de sus antiguos estudiantes, quienes la escuchaban y respetaban. Se le vio muy activa en las marchas indígenas, las estudiantiles, las de la salud, las de los profesores, apoyando a los trabajadores en sus conflictos. Últimamente trabajaba por la organización de las comunidades negras y con las mujeres de Cali y el Valle.


Murió el 15 de agosto de 2017 a sus 78 años


Anita, mujer revolucionaria


Por, Gonzalo Salazar

Las mariposas no saben que en su extensa lengua
llevan la simiente de una a otra flor
Las mariposas no saben que alimentándose, fecundan
Aunque vuelven en cada floración.
Es el movimiento de las olas del tiempo
que nos lleva al encuentro con mágicos seres
sedientos de libertad
Que no descansan en su tarea de fecundar y cuidar
cultivando en las mentes de los que necesitan
de los que construyen, de los que sienten y sueñan.
Nos encontramos nadando contra la corriente
tras la utopía
En la solidaridad, con tu ternura que también es sonrisa
En tu feminidad que todos llevamos dentro
pero que tú defiendes con altivez
En la dignidad que caminas y que quieres ser
En tu enseña de la letra y la palabra
entre mina y escuela
En la costura y el tejido que pasas de unas a otras manos
En la conspiración que caminas la noche
subiendo la loma
En el silencio de la espera y la atención de tus hijos
En tu rebeldía que nos haces vivir y mirar
Gracias Anita por tu sonrisa, por tu voz, por tu ejemplo por tu presencia.

Agosto 17 de 2017

Publicado enColombia
Martes, 04 Julio 2017 06:19

Las paredes pintadas de Gabo

Las paredes pintadas de Gabo

En el cincuenta aniversario de cien años de soledad, un tríptico mural engalana las paredes del vestíbulo de la Biblioteca Nacional de Colombia en Bogotá.


Se ha cumplido, el pasado 30 de mayo, el primer medio siglo de una de las obras cumbre de la literatura universal. Para mí, junto con “Pedro Páramo” de Juan Rulfo, las dos más cercanas, por su narrativa y trascendencia, al “Quijote” de Cervantes.


Evidentemente, se ha escrito y se ha dicho mucho sobre este aniversario. Tanto que es difícil añadir algo nuevo u original. Medio siglo no es nada y puede serlo todo, para el realismo mágico colombiano es su vida entera. La imaginación de García Márquez creó un universo literario imaginario tan vívido y tan cercano que se ha convertido en realidad.


“Cien años de soledad”, publicada en 1967 por la editorial Sudamericana de Buenos Aires, es uno de los referentes de la producción del autor colombiano que fue reconocido con el premio Nobel de Literatura en 1982.


En 2007, en su cuarenta aniversario, la Real Academia Española (RAE) y la Asociación de Academias de la Lengua Española (AALE) le rindieron un homenaje al autor, que cumplía ochenta años, y a su obra con una edición especial de la misma.


En este cincuenta aniversario, la editorial Penguin Random House lanza una nueva edición con ilustraciones de la artista chilena Luisa Rivera y con una fuente de letra, llamada Enrico, creada para la ocasión por Gonzalo García Barcha, hijo del nobel colombiano.


Y también se suma a celebrar esos cinco decenios de existencia la Biblioteca Nacional de Colombia con un homenaje particular encargado a dos artistas: el grafitero colombiano Guache y el estadounidense Gaia. Ambos han recreado a cuatro manos, sobre las paredes del hall de la primera biblioteca pública fundada en América, su personal mirada al universo quimérico de la obra.


Un mural en tres partes y sin palabras que nos narra mucho de lo que el mago de Aracataca escribió en su novela. Una intervención artística que han bautizado con el nombre de “espejismos de modernidad” y que fue inaugurada el pasado 29 de junio con la presencia en la sala de los dos artistas y de representantes de la propia institución pública, de la Embajada de Estados Unidos en Colombia, del Centro Colombo americano, del Ministerio de Educación de Colombia y del Instituto Distrital de las Artes de Bogotá.
La pintura es tal vez un espejismo, pero también es la plasmación de la realidad nacida de la imaginación de los muralistas a partir de lo simbólico creado por el literato. Constituye, tal como declararon los autores, una muestra de la conjunción del arte con la construcción de tejido social.


En palabras de Guache, alias de Óscar González, uno de los grafiteros más reconocidos de Colombia, el mural conmemorativo es “una propuesta dinámica y no literal”, con el que han querido hace una aproximación alegórica a la obra “liberando la palabra viva que está en la calle”. Un trabajo que recoge las mujeres, la guerra y el amor y la muerte, con alguno de esos espejismos de la modernidad representados en un militar de la época manejando un celular o en una de las mujeres sosteniendo un avión.


Para Gaia, el mural es una idea abstracta en la que han querido poner a hablar dos tesoros: la obra de García Márquez y la Biblioteca Nacional, interrogándose por la esperanza y la liberación con un interés en dialogar y cruzar fronteras como lo es el juntar a dos artistas tan disímiles. El artista norteamericano afirmó “Guache me ha devuelto la fe en el diálogo”.


Un vídeo del proceso de creación de tan magnífica obra, para quienes no puedan visitarla en vivo y en directo, lo encuentran en la web de la Biblioteca Nacional. Solamente dos peros; uno, no me gusta la licencia que se ha tomado el mismo artista para incluir en una de las paredes una imagen del antropólogo australiano Taussig, por mucho que este científico escribiera un diario de campo sobre la violencia paramilitar en Colombia. Creo que es un atrevimiento que no tiene mucho que ver con la imaginación de ese realismo mágico de la obra de Gabo.


El otro, cierta pedantería del grafitero yanqui al comentar, convencido, que el grafiti es una exportación de EE.UU. Que allá surgieran Taki 183 y otros precursores de estampar la firma no significa, en mi opinión, que el país norteamericano sea el inventor de este arte. Ya en el siglo XIX, en Centroeuropa, un austrohúngaro inició la labor de plasmar su firma (Kyselak) en cada sitio por el que pasaba en un recorrido que dicen fue resultado de una apuesta. También en el mayo francés de 1968, unos años antes que en Nueva York, se dieron numerosas pintadas que pasarán a la historia como precursoras de esta comunicación ciudadana. Y apurando, el gran fotógrafo Cartier Bresson tiene una imagen datada en Canadá a mediados de la década de los 50 del siglo pasado, presente en la muestra que por estos días se expone en Bogotá, en la sección “posguerra”, en la que en una pared tras unos niños se pueden apreciar pintadas de la época. Esas similares a las declaraciones de amor en las cortezas de los árboles, a los corazones y los logos de la paz en paredes de cualquier lugar o a las diatribas contra el profesorado en los baños de los colegios.


Volviendo a la obra, “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía...” son doce palabras tan memorizadas y repetidas como ese mismo número de otro hito de la literatura universal, “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...” La Mancha y Macondo, son lugares locales de fama global gracias a los autores que las pusieron en el mapa.


Colombia es Macondo, para lo bueno y para lo malo, para lo real y para lo imaginario, para lo deseado y lo aborrecido. Lo mítico y fantástico, lo trágico y lo favorable que están en el escenario soñado por García Márquez y en todo el país andino, como pueden estarlo en cualquier otro lugar del mundo.


Todos los territorios tienen su Macondo. La ficción más impensada se convierte en hechos que forman parte de la historia de Colombia. Un país de narraciones y cuenteros, una tierra de verdes de mil colores, un paraíso con más de una serpiente que sigue construyéndose a golpes mientras lo sobrevuelan mariposas amarillas.


Este medio siglo de cien años de soledad nos abre un panorama de sueños y esperanzas. Esperemos que ya no haya más pelotones de fusilamiento y que los fusiles, no sólo los de la guerrilla más antigua del continente, dejen paso a las palabras, palabras como las del nobel de Aracataca, como esas que dice Rodrigo Londoño que guiarán el futuro de otra apuesta política para construir un país más justo socialmente, un país soñado por tanta gente que le quiere apostar a que los cien años de soledad del Macondo garciamarquiano sean muchos siglos de paz.


“Cien años de soledad” es una obra viajera, ideada en Colombia, escrita en México, enviada a España para intentar ser publicada y finalmente editada en Argentina, como viajeras son las rutas de esas otras narraciones que Gabo “funda” en y con su realismo mágico colombiano. De la ciénaga a la sierra nevada, del caribe al pacífico, de sur a norte, todo el territorio está lleno de macondos y de historias mágicas, inventadas y reales.


En la edición especial del cuarenta aniversario publicada por la RAE y la AALE, Álvaro Mutis decía de la obra, “no puedo leerla sin cierto sordo pánico. Toca vetas muy profundas de nuestro inconsciente colectivo americano. Hay en ella una sustancia mítica, una carga adivinatoria tan honda, que pierdo siempre la necesaria serenidad para juzgarla. Sigo creyendo que es un libro sobre el cual no se ha dicho aún toda la deslumbrada materia que esconde. Cada generación lo recibirá como una llamada del destino y del tiempo y sus mudanzas poco podrán contra él.”


La obra nació de un llanto sin palabras que marcó al autor cuando, en su pueblo natal, su madre y la boticaria se abrazaban, de ahí surgió una novela llena a rebosar de palabras mágicas y reales. Esas que García Márquez no sólo nos dejó en esos cien años de soledad, más de tres ya sin su presencia, sino también en otro montón de maravillosas narraciones de las imposibles historias que se pueden vivir a diario en cualquiera de los coloridos rincones de Colombia.

03 Jul 2017
Por Ignacio *"Iñaki" *Chaves G.

Publicado enColombia
Foto: combatientes de la Haganah expulsan a los palestinos de Haifa, el  12 de mayo de 1948.

 

El sabor amargo a hiel de la Nakba (Catástrofe), caló las fibras palestinas en un año muy especial que potencia la memoria cargada de escenas de dolor y sufrimiento en la larga y milenaria historia de mi pueblo cananeo-semita-palestino. Nunca se recordó en el concierto de las invasiones y ocupaciones de Palestina durante miles de años tanta humillación y degradación del pueblo palestino como la de la actual y transitoria ocupación sionista-israelí.

Como jerosolimitano palestino, exilado a consecuencia del laudo de la comunidad internacional, me resulta punzante recordar los 120 años de la declaración sionista de Herzl; los 100 años de la Carta de Balfour; los 70 años de la ‘Partición’ de mi país y su consecuencia en la Nakba con el robo de nuestro territorio; los 50 años de la ocupación del resto de mi patria y los 40 años de la estrategia de la ONU de borrar el doloroso día de la ‘Partición’ por un día de solidaridad internacional. Asimismo, recordar con esperanza los 30 años de la Intifada por la dignidad y la libertad.

Para mi conciencia nacional y la de nuestro pueblo, el año 2017 recuerda las principales fechas de la telaraña que fue tejiendo el designio sionista para la caída de Palestina. Se cumplieron 120 años del primer Congreso Sionista en Basilea, Suiza, donde el austrohúngaro-judío Theodor Herzl, en agosto de 1897, sin un hilo conductor genético, llamó desde Europa a establecer un estado judío en Palestina.

Son los 100 años de la fastidiosa carta conocida como la declaración británica de Arthur J. Balfour, enviada en noviembre de 1917 al barón Lionel Walter Rothschild, líder sionista británico, reconociendo el deseo de la Corona de establecer un Hogar Nacional Judío bajo el auge de la ocupación inglesa a Palestina. En el inexorable complot británico-sionista, se quebraban los intereses opuestos de ambos. Inglaterra sólo quería un Hogar Nacional Judío y los europeos-sionistas una Palestina judía, mientras, poco les importaba los derechos nacionales de mí pueblo.

Desde el dolor. El 2017 marcó los 70 años de la antijuridica ‘Partición de Palestina’ el 29 de noviembre de 1947 por las Naciones Unidas, que significó el impetuoso recambio de europeos-judíos por el milenario pueblo palestino y el estallido de la Nakba (Catástrofe) con la creación de Israel el 15 de mayo de 1948 sobre los cimientos de las masacres, la destrucción de 418 aldeas y ciudades palestinas, y el robo del 78 por ciento del territorio de la histórica Palestina con el sector Occidental de nuestra capital Jerusalem por el terrorismo europeo-judío-sionista. Al violar el 55 por ciento otorgado por la ONU en la ‘Partición’, los israelíes imprimieron su futuro precedente expansionista. Con contradicciones, en su enredo y sin asumir responsabilidad por el arrebato de nuestros derechos nacionales palestinos, la ONU en su resolución 273, borró su diseño de ‘dos estados’ y reconoció con plenos derechos en mayo de 1949 al ‘Estado de Israel’ sin reconocer el Estado de Palestina o mal llamado Árabe por ellos, tal como lo inscribieron en la resolución de la ‘Partición’. Sometiendo a nuestro pueblo palestino el castigo de ser refugiados, además, de los conspirativos intentos de suprimir la preservada raíz y nacionalidad palestina que brotaba a lo largo y ancho de los 27,009 kilómetros cuadrados de Palestina.

Luego de haber vencido en 6 días a cuatro ejércitos árabes. En el múltiplo de las injusticias, se cumple el 5 de junio de 1967, los 50 años de la ocupación militar israelí del resto del 22 por ciento de la Palestina histórica con el sector de la vieja Jerusalem, provocado por el Causus Belli (Motivo de Guerra) sionista para expandirse sobre la totalidad de Palestina, ocupar el estratégico Golán sirio y el desierto del Sinaí egipcio. Aunque éste, fue devuelto tras la habilidad del ocupante de reducir y doblegar a Egipto, la mayor potencia militar de ese entonces, a los intereses israelíes, con el cual hoy, ambos se regocijan por sus relaciones diplomáticas plenas.

Es imposible evitar el rechazo al cumplirse los 40 años de la fatídica resolución de la ONU 32/40-B de diciembre de 1977, que declaró el 29N ‘Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino’, como parte de una metodología de lavado de conciencia en el recuerdo de tan magra fecha. Embrollando con un día de solidaridad la infausta ‘Partición’ y usurpación de nuestra patria. El complot sobre mi país quedó plasmado. La Nakba continuó con su vía crucis.

Entre los logros y desaciertos de la revolución palestina iniciada por el comandante mártir Yasser Arafat en la década del ’50, se fueron potenciando los sentimientos populares de dignidad. El 2017, también revive el recuerdo de los 30 años de la Intifada (Rebelión) popular palestina. Las piedras lanzadas por los niños palestinos paralizaron al sofisticado ejército y redujeron la prepotencia israelí que se tropezó con su propio caldo de cultivo. La Intifada iniciada el 8 de diciembre de 1987 conocida como la ‘Guerra de las Piedras’, si bien tomó un fuerte carácter mediático, no fue la primera y la actual ‘Intifada por Jerusalem’ no es la tercera como se mal llama, sino, son parte de las rebeliones o intifadas que el pueblo palestino utilizó a lo largo de la historia para desprenderse de las ocupaciones de turno, desde los romanos hasta la actual ocupación israelí.

A modo de reflexión. La conciencia internacional en su cómoda reparación moral con el sufrimiento judío en Europa, ignoró las consecuencias y los sufrimientos de mi pueblo palestino en su patria. La ONU y los gobiernos internacionales, incluyendo los árabes, deberían hacer un mea culpa; abrir los archivos de la historia de la catástrofe palestina; analizar la antijuridica resolución 181 de la ‘Partición de Palestina’ y los motivos que llevaron al organismo a v iolar el espíritu de su Carta Magna de 1945 que no le otorga atribuciones para arbitrar una partición territorial.

Tras décadas de la pérdida de la patria, debe haber una reparación digna, honesta y justa con nuestro pueblo. Se debe restituir nuestros derechos nacionales sobre nuestro legitimo e histórico solar, basados en la ley internacional y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la ONU (10/12/1948), que en dos de sus 30 artículos denostó la precariedad jurídica de la ‘Partición’: “Nadie será privado arbitrariamente de su propiedad” (Art.17.2). “A nadie se le privará arbitrariamente de su nacionalidad” (Art. 15.2).

 

Suhail Hani Daher Akel fue el primer Representante de la OLP en la Argentina, fue el primer Embajador del Estado de Palestina en la Argentina.

 

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por  José Steinsleger

 

 

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Viernes, 28 Abril 2017 15:05

La hora de las rectificaciones

La hora de las rectificaciones

El primer gobierno provisional formado luego de la victoria de febrero fue tan breve como inepto. El que le siguió, ya con Kerensky de Ministro, menos breve pero igualmente inepto. Los formados luego, hasta octubre y bajo el signo de la “coalición”, incluida la dictadura de Kerensky, fueron ante todo peligrosamente ineptos. Estos gobiernos presumían de tener, institucionalmente hablando, un pie en los soviets y otro en las Dumas Municipales y basaban su legitimidad, de “transición”, en la convocatoria futura de una Asamblea Constituyente en la cual se reconstruirían los elementos del aparato de Estado Zarista, bajo una nueva forma republicana. Pero la transición se prolongaba, la convocatoria se aplazaba una y otra vez; mientras tanto, varias decisiones fundamentales apremiaban, principalmente la crisis de abastecimiento de alimentos, en segundo lugar el fin de la guerra y, tal vez la más importante, desde el punto de vista estructural, la solución de la cuestión agraria.

En la práctica, sin embargo, muchas decisiones importantes se estaban tomando ya en los soviets, principalmente el de Petrogrado que era sin duda el centro de la actividad nacional, pero también en centenares de ellos, de base territorial municipal, donde se resolvían problemas urgentes por encima de las Dumas, aunque debe anotarse, como detalle curioso, que los principales partidos políticos –socialrevolucionarios y socialdemócratas– se expresaban al mismo tiempo en una y otra institución. Los Soviets tenían como referente de proyección política la realización de los congresos de los soviets de toda Rusia. Se hicieron dos, uno en julio y otro en agosto. La dualidad de poder era, pues, un hecho, y una fuente de insoportable inestabilidad, y exigía de los revolucionarios una respuesta, una decisión, que necesariamente iba a implicar cuestionamientos y rectificaciones en sus respectivas doctrinas. El mes de abril fue el momento de tales replanteamientos.

 

El regreso del exilio

 

Como se sabe, una de las principales características de los partidos de la revolución rusa era su existencia dividida en dos porciones, una en el territorio y otra en el exilio. La segunda tenía la ventaja de la amplitud de miras y el contacto con el movimiento político internacional, pero la desventaja de estar lejos de los acontecimientos, aspecto en el cual le ganaba la primera, así como a manera de correlato, ésta se caracterizaba por la estrechez de miras. De todas maneras, era indiscutido el ascendiente de los revolucionarios del exilio sobre el conjunto de las organizaciones. Ello explica, entre otras cosas, el estilo literario tan peculiar de Lenin, siempre dando orientaciones, siempre dando instrucciones, debatiendo con camaradas circunstancialmente adversarios; documentos siempre “internos”, de lectura tanto más difícil cuanto más pasa el tiempo.

De ahí que uno de los resultados más importantes de la revolución de febrero haya sido la reunificación de todos en suelo ruso y las redefiniciones que esto tenía que producir, en presencia de una revolución en marcha; ventajas y desventajas se compensaban. Se comprende fácilmente la urgencia y ansiedad de todos por regresar lo más pronto posible. Pero no era fácil, ni siquiera en ese momento cuando el gobierno provisional había mostrado su disposición a recibirlos; hay que recordar que en Europa estaban en una guerra atroz. Lenin seguía en Zurich. Todas las alternativas con pasaportes falsos y disfraces, acudiendo a los gobiernos aliados resultaban irrealizables. Quedaba una: atravesar abiertamente Alemania. Se logró una especie de Tratado internacional entre el consejo de redacción del periódico de los emigrados y el Imperio Alemán. Lenin exigió que durante el trayecto no les pedirían pasaportes ni requisarían el vagón –de ahí salió la leyenda del vagón “precintado”–. A cambio, los emigrados se comprometían a gestionar, una vez en Rusia, la liberación de varios civiles y militares alemanes y austrohúngaros. Por esta misma vía regresaron también, entre otros, Mártov y Axelrod.

La desesperación del grupo de Lenin tenía otra explicación adicional. Es cierto que recibieron noticias de la revolución de febrero y de la formación del gobierno provisional, pero las comunicaciones eran cada vez más difíciles. Lenin trataba de enviar mensajes cablegráficos vía Estocolmo. Fue entonces cuando, preocupado por las tendencias de conciliación con los liberales, escribió las que se llamaron “Cartas desde lejos” donde llamaba a rechazar e impugnar el gobierno provisional.

 

Las tesis de abril

 

Las tendencias conciliadoras no eran gratuitas; respondían a una concepción de fondo que compartían por igual socialrevolucionarios y socialdemócratas: la revolución rusa necesariamente sería una revolución burguesa y su objetivo las libertades políticas. Era la que le estaba asignada en el curso de la historia; las tareas sociales se limitaban a la transformación definitiva de la estructura agraria, en favor de los campesinos. De ahí que el papel fundamental del partido en esta etapa debería ser el apoyo y estímulo a la burguesía para que adelantara sus tareas. Y en eso no había diferencias radicales ni siquiera entre mencheviques y bolcheviques –las razones del fraccionamiento habían sido otras, especialmente en relación con la organización partidista–. El propio Lenin había dicho alguna vez que si algo le convenía al proletariado era el desarrollo cabal del capitalismo. Si acaso, la única particularidad bolchevique era la insistencia en que esta etapa democrática tenía como principal función fortalecer y organizar el proletariado para una siguiente que sería socialista.

Pues bien, algo como eso es lo que parecía haber ocurrido en Rusia. En el gobierno provisional estaban los liberales. Sin embargo, era evidente que la burguesía no estaba en capacidad de hacer cosa alguna. Además, era claro que necesitaba el apoyo de los gobiernos aliados y por eso prefería continuar en la guerra. En cambio cada vez tomaba más fuerza un órgano de poder, los Soviets, que agrupaban a obreros campesinos y soldados. La Guerra mundial, a su vez, era el acontecimiento definitivo que, resquebrajando la estabilidad capitalista, anunciaba la revolución proletaria en Europa. Estas circunstancias, bastaban, a juicio de Lenin, para tener que replantear la táctica.

Las famosas “Tesis de Abril”, en realidad son un breve texto (enumeración), que según él mismo advierte tenía como finalidad enviar al partido un mensaje sencillo, claro y contundente. Escrito el 3 de abril, le puso por título “Las tareas del proletariado en la presente revolución”, y fue publicado el día 7 en el periódico Pravda. Su contenido es, en síntesis, el siguiente:

- La guerra es imperialista. Lo sigue siendo en Rusia, aún con el nuevo gobierno. Por tanto no se debe hacer ni la más mínima concesión al llamado “defensismo revolucionario”. Sin derrocar el capital es imposible poner fin a la guerra
- La tarea de la revolución es ahora poner el poder en manos de los obreros y los campesinos pobres. Pasar de la primera fase, en que se le cedió el poder a la burguesía, a la segunda.
- Ningún apoyo al gobierno provisional. Desenmascarar este gobierno que es de capitalistas en lugar de exigirle ingenuamente que deje de ser imperialista.
- Los bolcheviques están en minoría. Por lo tanto deben desarrollar un paciente trabajo de propaganda. Explicar que los soviets son la única forma posible de gobierno revolucionario. Rechazo a toda política parlamentaria. Supresión de las fuerzas armadas y la burocracia
- Confiscación de todas las tierras de los terratenientes. Nacionalización de todas las tierras. Entrega de las decisiones en esta materia a los soviets de campesinos
- Fusión de todos los bancos y Nacionalización en una Banca bajo control obrero (soviets).
- Realización lo más pronto posible de un Congreso del Partido. Cambio de nombre por el de “Comunista”. Cambio del “programa mínimo por estar anticuado. Reivindicación de una forma de - - Estado tipo Comuna (de Paris). Creación de una nueva Internacional.

En un sentido amplio, se trata de varios escritos que luego se han publicado de manera conjunta. Con un título similar, “Las tareas del proletariado en nuestra revolución”, escrito el 10 de abril y seguramente con más comodidad, da a conocer un texto donde desarrolla cada una de las tesis, abundando en la parte polémica. Otro es “Cartas sobre táctica”. Publicado el 27 de abril, justamente para la deliberación dentro de el Congreso del partido, donde se aprobaron las tesis de abril (1).


La reacción del partido, especialmente del comité de Petrogrado, no se hizo esperar. Desde el mismo día de la llegada de Lenin, el 3 de abril, cuando en el homenaje tributado en la estación de Finlandia, expuso de una vez, en términos generales, sus audaces propuestas. El partido (tanto Mencheviques como Bolcheviques) se había quedado anclado en el programa y en la táctica que le habían dado hasta entonces existencia. Quien salió en primera línea a dar el debate fue Kámenev y es a él a quien generalmente se refiere Lenin en su escrito. Pero lo más importante era la persistencia de la línea práctica desprendida de la concepción tradicional. Por ejemplo, en el periódico Pravda, cuya dirección había sido retomada por Kámenev y Stalin luego de su regreso, se defendía el apoyo al gobierno provisional “en la medida en que no incurriera en posiciones contrarrevolucionarias”. Stalin mismo había presentado en un informe del 27 de marzo una peregrina tesis sobre la dualidad de poder según la cual al soviet le correspondía la fiscalización y al gobierno provisional la consolidación de las conquistas revolucionarias.

Pero esta reacción provenia, sobre todo, de la organización del partido y sus principales dirigentes; otra cosa pensaban los bolcheviques de base, la nueva generación de revolucionarios, al decir de Lenin. Otro tanto sucedía con muchos militantes socialrevolucionarios y algunos mencheviques, con los maximalistas y anarquistas, y, sobre todo, con los activistas de base para quienes lo que contaba era la posición frente a un gobierno impostor y no tanto la coherencia doctrinaria.

 

La naturaleza del debate

 

La respuesta de Lenin frente a las críticas es un simple rechazo al dogmatismo; una postulación de la realidad, de la vida como guía verdadera. “las consignas y las ideas bolcheviques han sido en general confirmadas por la historia, pero concretamente las cosas han sucedido de modo distinto”. Por ejemplo, en cuanto a “la dictadura democrático revolucionaria del proletariado y el campesinado”, dice que ya ha sido realizada. En consecuencia “esta fórmula ha envejecido”. Lo que cuenta, en el momento, es cómo se forma el poder que ya existe (descartando el de la burguesía), y cuáles serían en éste las relaciones entre el proletariado y el campesinado. La realidad histórica nos está ofreciendo las alternativas. La clave de todo está en que en la Rusia revolucionaria ya existe un nuevo poder tipo comuna (de París).

No obstante, aún desde el punto de vista doctrinario, ya se conocían antecedentes de estas tesis. Muchos teóricos ya habían observado el débil carácter de la burguesía rusa y la posibilidad de que el proletariado expresara su superioridad por anticipado. Y Vera Zasúlich en un intercambio de cartas con Marx se preguntaba por la posibilidad de construir el socialismo sobre la base de la antigua comuna campesina, a lo cual le respondía Marx que dependía enteramente de la potencialidad histórica de dicha comuna. Sin embargo es Trotsky quien, de modo más contundente y con excelente perspicacia histórico-política, había expresado a continuación de la revolución de 1905 que, dada la mezcla de diferentes formas productivas y de diferentes épocas en un mismo momento, de manera inevitable la revolución rusa tendría que trascender las características de una revolución burguesa y que el proletariado heredaría tareas mayúsculas. Y esto ligado a la dinámica revolucionaria de conjunto en Europa, de suerte que si bien era el capitalismo europeo el que explicaba las “mezclas y combinaciones” rusas, era el destino de este capitalismo el que, al mismo tiempo, podía definir las posibilidades de avance del proletariado ruso gracias a nuevas revoluciones en el continente.

Desde luego estos antecedentes de poco le servían a Lenin. Gorki, en su periódico –Nueva vida–, acusaba a Lenin de haberse vuelto trotskista. Y en general, el tono de los ataques de los viejos bolcheviques tenía que ver con una traición a los principios. Si en el Congreso, finalmente triunfa Lenin es por la presencia y la presión de los bolcheviques de base. Sin embargo, hoy, cien años después, debemos tomar en consideración otros aspectos. ¿Por qué permanecían presos de la necesidad de definir cuál era el carácter de la revolución que les tocaba vivir? Se trata, en cierto sentido, de una cuestión filosófica o mejor epistemológica. En la base de todo se encuentra el enfoque según el cual existen “leyes históricas” que determinan la línea del progreso. En ese orden de ideas parecía un exabrupto intentar “saltarse” la etapa necesaria de la revolución burguesa. Muy ligado con este enfoque aparece cierto historicismo que lleva a postular una necesaria “sucesión” de las clases en el poder. Y lo peor de todo, la identificación de clases con partidos –a cada partido corresponde una clase, y viceversa– que impide entender la complejidad de los procesos sociales y las formas de la subjetividad social y política.

Tal era la interpretación que la socialdemocracia había hecho de las tesis de Marx. No había posibilidad de predicar la emancipación política y social de los seres humanos si al mismo tiempo no se demostraba que se estaba en la etapa correcta y si no se encontraba la “clase portadora” que además estuviera en el orden de la sucesión. Por eso no había posibilidad de diálogo con el anarquismo para el que la emancipación era ciertamente obra de los trabajadores mismos pero entendidos éstos en un sentido amplio, y bajo la condición de asimilar la emancipación como un valor siempre vigente y actual.

***

En síntesis, las tesis de Lenin contribuyeron a corregir, a reorientar, la política bolchevique. Salvaron ese partido de hundirse y perecer arrasado por la historia. Pero sólo eso. Sin necesidad de ello ya miles y miles de obreros, de campesinos y de soldados habían llegado a parecidas si no idénticas conclusiones, o sea que “todo el poder debía pasar a los soviets”.

 Los tres textos se encuentran publicados ahora en español por la editorial de la “Fundación Federico Engels”. V.I. Lenin “Tesis de Abril” Madrid, 2004

Publicado enEdición Nº234
Martes, 02 Mayo 2017 17:22

Once días de noviembre

Once días de noviembre

Pertenezco a una generación que estaba apenas asomándose a los rigores de la vida cuando aquel noviembre de 1985 entró en escena. Lo primero que sucedió es que un grupo de guerrilleros tomó por asalto el mismísimo corazón de la justicia colombiana, su emblema y su palacio. Pero incluso aquel horror que nos cayó de súbito no nos permitió intuir que obscenidades de todas las índoles se nos vendrían encima con los años, porque a nuestra historia todavía le cabrían más de aquellas infamias que hacen su nido en la tozuda necedad del hombre. Una semana después, un bramido de la tierra llegó para anunciarnos las furias que reverberaban dentro; entonces nos descubrimos todos, no solo aquellos que vivieron en Armero, sepultados por un alud de lava, lodo y nieve que por cientos de años se había encumbrado en el Nevado del Ruiz. La naturaleza, soberbia, parecía reservarse la versión más cruenta del horror, por encima de nuestras vilezas.

Aún nos falta mucho para comprender la dimensión y el absurdo de aquellos días fatídicos. Porque la historia nos ha demostrado que no bastan los informes, las crónicas, folios investigativos y el trabajo periodístico esmerado para reconstruir los hechos desde su lado más humano, y llegar por fin a esa verdad que nos ha eludido con destreza. Para ese proceso de reconfiguración resulta imperativa otra mirada, quizá más acuciosa y decantada, ennoblecida por la literatura, sometida a los entresijos del oficio de escribir, como la que nos lega a través de esta novela Óscar Godoy Barbosa con una prosa sólida, entrometida hasta la minucia, consciente de que este colosal emprendimiento literario es nuestra única opción para conjurar el olvido.

Andrés Mauricio Muñoz

 

Puede escuchar el audio de la entrevista con el escritor Óscar Godoy Barbosa ingresando a este link:

http://caracol.com.co/programa/2017/07/17/el_club_de_lectura/1500302069_231602.html

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