Jueves, 28 Diciembre 2017 05:18

Dos relatos, pilares del ideario ultra

Dos relatos, pilares del ideario ultra

La novela El Campamento de los Santos y el ensayo El Gran Reemplazo son referencias ilustradas de las restauradas extremas derechas de Donald Trump y Marine Le Pen, así como de grupúsculos racistas y neonazis contemporáneos.


Las ideas son ríos profundos que irrigan las tierras de la historia. Jean Raspail nunca sospechó que las suyas iban a convertirse en uno de los pilares del pensamiento reaccionario contemporáneo. Desde las extremas derechas europeas con el partido Frente Nacional a la cabeza, pasando por Donald Trump o los supremacistas blancos, este escritor francés, con una novela escrita en los años 70, se volvió el oráculo del ex consejero del amo de la Casa Blanca, Steve Bannon, de las teorías raciales de la Alt Right norteamericana, de los neonazis, del Klu Klux Klan y, junto a otro escritor francés, Renaud Camus, la fuente de la idea según la cual “ellos”, entiéndase los extranjeros y en particular los musulmanes, van a reemplazar a los occidentales invadiendo sus culturas. En 1973, Jean Raspail escribió El Campamento de los Santos. La novela es hoy la referencia ilustrada de las restauradas extremas derechas pero ya había tocado el corazón de los ultra conservadores en los años siguientes a su publicación. En la década de los 80 el ex presidente norteamericano Ronald Reagan le profesaba una admiración pública y diez años más tarde el politólogo Samuel Huntington la citaba en su libro El choque de las civilizaciones.


En los tiempos actuales, El Campamento de los Santos se izó como el manual ideológico de Marine Le Pen, de Donald Trump y su entorno más radical y de los grupúsculos racistas como Vanguard America o The Daily Stormer. Las referencias de Steve Bannon a ese libro han sido constantes en los últimos años, tanto en los medios tradicionales como en su portal Breitbart News: “el problema de Europa es la inmigración. Hoy es un problema mundial, una suerte de Campamentos de los Santos generalizado”, dijo en 2015. Un par de semanas más tarde volvió a citar la novela en el mismo contexto: “no estamos ante un movimiento migratorio. Es una verdadera invasión: Yo llamo a esto El Campamento de los Santos”.


Jean Raspail y Renaud Camus son los hombres que, según los reaccionarios, se adelantaron a la “catástrofe migratoria”, una suerte de pareja de profetas que anticipó el declive de Occidente bajo el “peso de los invasores” de otras civilizaciones. Renaud Camus es el autor de un ensayo cimiento de estas ideologías excluyentes: El Gran Reemplazo. En este libro, el autor francés alega que los flujos migratorios están reemplazando a las culturas originales del Occidente Blanco. Camus escribe: “es muy simple; usted tiene un pueblo y, de golpe, en una sola generación, en lugar de ese pueblo hay uno o varios pueblos”. Estas teorías están hoy en la calle y han servido para construir mayorías gobernantes en los Estados Unidos, facilitar el acceso de la extrema derecha al parlamento alemán, ubicar a la candidata de la ultra derecha francesa en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2017 o aunar una mayoría suficiente como para votar a favor de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, el famoso Brexit.


A principios de diciembre, la revista New Yorker publicó una amplia investigación firmada por el periodista Thomas Chatterton Williams sobre la influencia de Renaud Camus en los círculo de extremistas norteamericanos, desde la alt-right pasando por el Klu Klux Klan hasta los partidarios de Trump. Williams cuenta, entre otras cosas, cómo durante las manifestaciones de estos núcleos sus militantes suelen gritar: “ustedes no nos van a reemplazar”. En una entrevista con el vespertino Le Monde, el periodista del New Yorker comenta la influencia de la french theory:”los franceses nos dieron primero el posestructuralismo y hoy tenemos el “reemplazismo”. Son desde luego cosas muy diferentes. Pero antes fue la izquierda norteamericana quien miraba hacia París. Ahora es la extrema derecha quien difunde en los Estados Unidos las ideas aparecidas en Francia”.


Raspail y Camus no son los únicos ensayistas franceses que que han ejercido una enorme influencia en los populismos oscuros de hoy. También están Alain de Benoist y Guillaume Faye. El primero es el ideólogo de la llamada “Nueva Derecha” mientras que el segundo pasó de esa Nueva Derecha a convertirse en uno de los ejes teóricos de la galaxia obsesionada por la identidad o de los adeptos a la idea según la cual nos dirigimos ineluctablemente hacia una guerra entre el Islam y Occidente. Faye es el inventor del concepto de “Etnomasoquismo” con el cual designa el hundimiento de los “valores occidentales”. Ambos viajaron a los Estados Unidos en 2013 y 2015 invitados por el National policy institute, un think tank dirigido por Richard Spencer, una de las grandes figuras de la alt-righ norteamericana. Sin embargo, el concepto original remite siempre a Jean Raspail y su novela El Campamento de los Santos. El libro fue publicado en Francia en 1973 y reeditado en 2011. Scribner lo publicó en 1975 en los Estados Unidos y Cordelia Scaife May, la hermana del filántropo de ultraderecha Richard Mellon Scaife, financió su reedición en 1983. En 1995 y 2001, la novela conoció dos nuevas reediciones a cargo de Social Contract Press, la editorial de John Tanton, el ex militante ecologista norteamericano que se convirtió luego en una de las figuras más importantes del movimiento contra la inmigración. El Campamento de los Santos sintetiza todo el envoltorio retórico de las extremas derechas modernas. No sólo funciona como una suerte de himno al Occidente blanco, también constituye un llamado al Occidente cristiano a imitar las Cruzadas y prepararse para un conflicto a sangre y fuego contra los miserables de piel oscura y los traidores que, dentro de las sociedades occidentales, bajo el manto del progresismo y de la defensa de la diversidad, no hacen sino debilitar al propio Occidente. La novela cuenta una historia aparentemente simple y alejada de las preocupaciones de la década de los 70. El Campamento de los Santos plantea lo que podría ocurrir si un millón de miserables desamparados desembarcara en las costas de Francia. Raspail pone el ojo en dos temáticas: la de la invasión y en lo que él va a calificar como “los cobardes”, entiéndase, aquellos que al defender a los invasores van a sacrificar en el altar de la solidaridad y el humanismo los valores de un occidente que se “vacía de sus ideales”.


Hoy, Jean Raspail ve en la figura del papa Francisco la quinta esencia de ese mal que el narra en la novela y que describe así: “la incompatibilidad de las razas cuando comparten un mismo medio ambiente”. Curiosamente, Raspail no es uno de esos conservadores de sillón. Ha sido, como novelista, un viajero incansable que recorrió el mundo y particularmente la Argentina (Tierra del Fuego-Alaska, 1952). En 1976 publicó El Juego del Rey, la novela que narra la historia de de Antoine de Tounens, el aventurero francés que fundó el “reino” de Araucaria y Patagonia hasta proclamarse rey de la Patagonia. En 1981, con “Yo, Antoine de Tounens”, volvió a adentrarse en la figura de ese aventurero pretencioso. En 1981, Raspail regresó a sus amores patagónicos con el relato “Adiós Tierra del Fuego”. Escritor de fuentes católicas, viajero, con una elegancia de aristócrata renacido, Raspail pasa a la historia como el inspirador de las corrientes populistas de la extrema derecha, como el restaurador de la idea de frontera como protección contra los otros, el teórico de la invasión y, a su manera paradójica, ofrece un manual contra la izquierda apegada al multiculturalismo contemporáneo. Ellos nos invaden, nosotros los eliminamos de una u otra forma es el credo que tantos votos le aporta a las ultraderechas mundiales.


Las purgas de Trump contra los mexicanos o todo lo que no es auténticamente blanco, las diatribas de Marine Le Pen contra los extranjeros tóxicos o el Brexit están adelantados por la novela de Raspail y posteriormente teorizados por Renaud Camus, Alain de Benoist y Guillaume Faye. En 2015, a través de Twitter, Marine Le Pen aconsejaba a la gente leer ese libro: “hoy estamos en una sumersión migratoria. Invito a los franceses a leer o a releer El Campamento de los Santos”. De uno al otro lado del Atlántico, la ficción alimentó a los lobos de la realidad. Thomas Chatterton Williams, el periodista del New Yorker que publicó la investigación acerca de la influencia de esta french theory entre los ultras estadounidenses, explicó a Le Monde cómo esas conjeturas van a constituir la espina dorsal del trumpismo (muro en la frontera mexicana, prohibición de ingresar al país a los ciudadanos de ciertos países musulmanes, etc, etc): “esos proyectos forman un programa político y también ideológico. Sirven para afirmar que una sociedad multicultural es fundamentalmente una sociedad anti blanca (...) La extrema derecha norteamericana, como la europea, mezcla la teoría del gran reemplazo con sus propios fantasmas, especialmente el de un marxismo cultural”. La literatura parece presidir nuestros destinos actuales. La novela 1984 de George Orwell retrató el Big Brother que nos somete a cada instante. La de Jean Raspail anticipó las formas más exitosas del racismo, la xenofobia, la indolencia y el odio que poco a poco van tiñendo de sombras las retóricas políticas de Occidente.
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Publicado enCultura
Miércoles, 10 Mayo 2017 07:43

¿Socialismo del siglo XXI?

¿Socialismo del siglo XXI?

¿En qué consistió el mal llamado "socialismo del siglo XXI"? No es una pregunta fácil de responder, pero tampoco puede ser ya eludida. Para quienes nos interese el socialismo democrático, importa deslindar ese ideario de las prácticas económicas y políticas que prohijó el chavismo. Lo de Venezuela no es, ni ha sido, socialismo; ni del siglo XXI, ni de ningún otro siglo. Caudillismo desbocado del siglo XXI, quizá. Redistribución de la renta petrolera a sectores populares –a veces con recursos bastante creativos y positivos– también. Pero ¿un nuevo socialismo democrático? ¿Un enfoque creativo ante la economía del siglo XXI? No.

En Venezuela la economía está herida de muerte. Hay una escasez que engendra protestas multitudinarias, aun frente a la represión callejera, la amenaza de encierro y la violencia paramilitar desatada y sin cortapisas. La institucionalidad democrática se desfondó y es sustituida por el uso politizado del aparato estatal como instrumento de cooptación y coerción. Pan o palo, como don Porfirio. Pero ya queda poco pan, y la represión la administran a modo colectivos, guardias y hampones. Hay desconexión entre el presidente Maduro y la ciudadanía, cosa que se nota incluso en órganos de prensa chavistas, y una sangría brutal de la clase media profesional venezolana a todos los países de la región. Hay "mafia en el poder" y hay, siempre y sobre todo, dependencia petrolera.

Es verdad que el proceso venezolano ha promovido algunos elementos de socialismo y de democracia –son aspectos que se deben destacar y rescatar–, pero están subsumidos a una negociación constante entre los movimientos sociales y la estructura clientelar del Estado caudillista; subsumidos a la lógica implacable de una economía rentista.

Es cierto que lo que ha habido en Venezuela es también antimperialismo, sólo que entendido demasiado frecuentemente como chovinismo nacionalista, y como un sentimiento contrario al imperialismo estadunidense. El expansionismo capitalista chino, por ejemplo, no ha sido objeto de la crítica gobiernista, aunque los saqueos populares frecuentemente han hecho blanco de negocios chinos. Y ser contrario al gobierno de Estados Unidos escasamente le confiere a un líder o gobierno la dignidad de ser socialista. Los aliados más defendidos de Hugo Chávez fueron figuras como Kadafi, de Libia; Assad, de Siria; Ahmadinejad, de Irán, y Putin, de Rusia, que poco tenían o tienen de socialistas. Assad llevó un gobierno neoliberal en Siria; Ahmadinejad le rompió el espinazo al movimiento obrero que lo eligió; Putin preside sobre una genuina "mafia en el poder", tan capitalista como la de nuestros cárteles, y Kadafi, que tuvo una época un poco más orientada al socialismo, ejerció un poder despótico de tal magnitud que durante años se adscribió la prerrogativa de violar de manera cotidiana a cada una de las 30 mujeres que componían su llamada Guardia Amazónica. Los amigos de Chávez podían ser valientes en su determinación de contrariar al gobierno de Estados Unidos, pero es imposible calificarlos de demócratas o de socialistas.

¿Hubo, acaso, un ideario económico del chavismo? Da la impresión de que el ideario, en la medida en que haya existido, fue un recalentado del pensamiento desarrollista de mediados del siglo XX: "sembrar el petróleo", como se decía entonces, para con esa gran fortuna crear lo que Luis Echeverría en su momento llamó "polos de desarrollo". Sólo que esa estrategia había sido intentada ya desde tiempos de Carlos Andrés Pérez, con resultados que no daban como para ser cacareados como la ideología de punta del siglo XXI. El chavismo experimentó también con programas de construcción de vivienda de gran envergadura, aunque de naturaleza no tan distinta de los que hay en economías neoliberales, como la de Chile. En el campo, el reparto agrario fue altamente desordenado, clientelar, violento y pleno de inversiones corruptas, al grado de que Venezuela depende más que nunca de importaciones de comida, sólo que ahora, con la baja en los precios del petróleo y los niveles inestimables de incompetencia del madurismo, llegan a Venezuela mucho menos importaciones de las que se necesitan, y a precios inalcanzables. ¿Resultado? Una cacería de brujas contra los llamados bachaqueros (los revendedores).

Los sectores de la izquierda que se decidieron por apoyar al chavismo lo hicieron por varias y distintas razones. Así, la economía brasileña se benefició enormemente de las políticas desarrollistas de Chávez, y quizá por eso, Lula apoyó a los gobiernos de Chávez y Maduro, pese a su evidente diferencia con el relativo buen gobierno y con los preceptos democráticos del PT. Otros gobiernos y movimientos también se beneficiaron del chavismo, ya fuera por sus inversiones y subsidios, o indirectamente porque Chávez les servía de pararrayos, pero el quid pro quo fue siempre apoyar, o al menos callar, respecto de un régimen caudillista, militarista, y pleno de violencia y corrupción.

Hoy ya no hay mucho beneficio que pueda repartir Venezuela allende sus fronteras. Sólo queda el desastre económico, y algo del espíritu socialista y de lucha de sectores aguerridos de la población. Finalmente, el imaginario económico del chavismo se parece demasiado a la borrachera petrolera que en su momento padeció el presidente José López Portillo: "administrar la riqueza". Cuando baja el precio del petróleo, se termina la magia del mal llamado socialismo del siglo XXI. Hubo en el chavismo un ideario valiente en algunos aspectos, y ocurrente en otros. No cabe duda. Pero la altanería política del régimen fue de la mano de una falta de pensamiento económico innovador, y se reveló insuficientemente comprometido con el proceso democrático como para institucionalizar las ventajas importantes ganadas en la lucha social.

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