El gasto militar mundial escala a su máximo por el impulso de EE UU

Washington y Pekín suman por primera vez más de la mitad de la inversión global en Defensa

 El gasto militar de EE UU aumentó el año pasado por primera vez desde 2010. La Administración de Donald Trump elevó la inversión en Defensa un 4,6% respecto al año anterior hasta alcanzar los 649.000 millones de dólares (581.000 millones de euros), un 36% del total mundial, que creció hasta su máximo histórico. Washington y su rival estratégico Pekín suman por primera vez más de la mitad de la inversión global en Defensa, según los datos que publica este lunes el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI).

Desde su llegada a la Casa Blanca en 2016, Donald Trump nunca ha ocultado su intención de fortalecer aún más la supremacía militar de Estados Unidos sobre sus dos principales rivales geoestratégicos, China y Rusia. Los drásticos recortes del republicano en medioambiente, cooperación exterior o ayudas contra la pobreza energética le han permitido reforzar su músculo militar con 39.000 millones de dólares más que el año anterior.


A pesar del incremento, el gasto de Washington en Defensa todavía es un 19% menor que en 2010, aunque entonces el contexto era distinto. Estados Unidos estaba involucrado de lleno en las guerras de Afganistán e Irak, con decenas de miles de tropas desplegadas. Hoy cuenta con un contingente muy reducido en Afganistán y varios centenares de asesores militares desplegados en Siria e Irak. Trump ha reiterado su interés en reducir al mínimo la presencia de tropas estadounidenses en estas zonas de conflicto.


“El incremento del gasto de EE UU responde más a una estrategia de disuasión que a las exigencias actuales de sus operaciones en el exterior”, explica por teléfono Aude Fleurant, investigadora del SIPRI. La experta pronostica que —salvo “una catástrofe financiera”— Trump aumentará el gasto en Defensa cada año que esté en la presidencia, a pesar de los obstáculos que suponen el déficit público y la pérdida del control de la Cámara de Representantes, que volvió en noviembre a manos demócratas tras ocho años de dominio republicano.

La adquisición de armamento, de fabricación nacional, es la principal explicación del incremento del presupuesto de Defensa estadounidense. Con un Ejército de casi 1.400.000 efectivos, una ligera subida salarial también ha repercutido en el coste anual. La primera potencia mantiene en el extranjero más de 800 bases militares, repartidas por más de 40 países aliados.


Trump ha ordenado además crear “cuanto antes” una rama del Ejército dedicada al espacio —“que garantice el dominio estadounidense del cosmos”— en la que se prevé que reciba decenas de miles de millones de dólares desde su primer año. El republicano también ha heredado de la Administración de Barack Obama la idea de modernizar el arsenal atómico, un proyecto que según los expertos costaría unos tres billones de dólares (2,69 billones de euros) en un plazo de unos 30 años.


Washington se retiró el pasado febrero del Tratado de Fuerzas Nucleares Intermedias (INF, por sus siglas en inglés), un acuerdo de desarme alcanzado durante la Guerra Fría. Moscú respondió de manera simétrica al día siguiente. En la cuerda floja ha quedado el New START, otro tratado bilateral clave que limita el número de cabezas nucleares de Rusia y Estados Unidos. El pacto finaliza en 2021 y, de momento, no hay visos de que ninguno de los dos países planeen ampliarlo.


Fleurant considera que la pérdida de mecanismos de control armamentístico entre las grandes potencias provocará el aumento del gasto para desarrollar nuevo armamento.


A la acentuada desconfianza entre EE UU y Rusia, cabe añadir que China nunca ha formado parte de estos tratados de control armamentístico, lo que provocaba recelos tanto en Washington como en Moscú. El gigante asiático ha multiplicado por 15 su gasto militar desde los años ochenta, con incrementos en cada variación interanual desde hace 25 años. En 2018 lo hizo en un 5% hasta alcanzar el cuarto de billón de dólares. Y desde que se convirtió en 2008 en el segundo inversor mundial en Defensa, Pekín ha asignado cada año en torno al 2% de su PIB al refuerzo de su capacidad militar.


Estados Unidos, Rusia y China compiten por el desarrollo de nuevo armamento como los misiles hipersónicos, que convertirían en ineficientes los actuales sistemas de defensa. A diferencia de Washington y Pekín, Moscú recortó el año pasado su gasto militar un 3,5%, aunque Fleurant explica la reducción por la inversión extraordinaria que se realizó entre 2010 y 2015 para modernizar su armamento. Por eso, la experta cree que la inversión rusa crecerá a corto plazo, a pesar de las dificultades económicas que arrastra desde hace años por la caída del precio de los hidrocarburos y las sanciones occidentales.


Por su parte, Arabia Saudí se mantuvo como el tercer inversor mundial en Defensa, además de ser el principal importador mundial de armamento. El Reino del Desierto —que lidera la intervención militar en Yemen— destinó el año pasado un 8,8% de su PIB a Defensa, el porcentaje más alto de entre todos los países analizados.


En términos generales, el gasto militar mundial creció un 2,6% y superó los 1,8 billones de dólares hasta marcar un máximo histórico desde que existen cifras consideradas fiables (1988). Los datos del SIPRI no incluyen algunos Estados con inversiones notables en Defensa como Corea del Norte, Siria, Eritrea o Emiratos Árabes Unidos.


El temor a Rusia, detrás del aumento de la OTAN


Los 29 miembros de la OTAN aumentaron conjuntamente su gasto militar un 7% (56.500 millones de euros) en 2018 respecto al año anterior. Francia, el Reino Unido, Alemania, Italia y España han vuelto a elevar moderadamente su gasto en los últimos años tras los fuertes recortes que siguieron a la crisis financiera de 2008.


Sin embargo, son algunos de los miembros más recientes los que más han incrementado su inversión. Rumania, Bulgaria, Lituania y Letonia aumentaron su gasto militar en torno a un 20%; Polonia, un 10%. “No hay un único factor, pero la inquietud que provoca Rusia en esta zona es el principal”, explica por correo electrónico Nan Tian, investigador del SIPRI. Nan considera que la presión que ejerce Trump para que los socios europeos incrementen su gasto en Defensa no ha sido determinante.


Turquía también elevó el gasto, un 24%. “Está en plena modernización del Ejército y sus operaciones militares contra los kurdos implican un coste extra muy elevado”, sostiene Nan.

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Viernes, 08 Febrero 2019 06:01

El juego de Occidente en Venezuela

El juego de Occidente en Venezuela

Lo más cerca que llegué de Venezuela, hace muchos años, fue en una conexión en tránsito en el aeropuerto de Caracas. Noté muchos soldados en boinas verdes y un puñado de gorilas que me recordaron vagamente a Medio Oriente. Ahora, sentado mientras la lluvia aporrea el Levante invernal, hojeo en mi periódico imágenes de nuestros autócratas locales recientes –Saddam, Assad, Al Sisi, Erdogan, Mohammed bin Salman (pueden ustedes nombrar a los que faltan)– y pienso en Nicolás Maduro.

Las comparaciones no son precisas de ninguna manera. De hecho, no pienso en la naturaleza de estos hombres fuertes, sino en nuestra reacción a todos ellos. Y existen dos paralelismos obvios: la forma en que sancionamos y aislamos al odiado dictador –o lo amamos, en su caso– y la manera en que no sólo proclamamos a los opositores como los legítimos herederos de la nación, sino exigimos que se entregue la democracia al pueblo cuya tortura y lucha por la libertad acabamos de descubrir.

Y, antes de que lo olvidemos, hay otro hilo común. Si ustedes sugieren que quienes desean el cambio presidencial en Venezuela tal vez andan un poco demasiado apresurados, y que nuestro apoyo a –digamos– Juan Guaidó quizá sea un poco prematuro si no queremos empezar una guerra civil, eso significa que ustedes son pro Maduro. Así como quienes se opusieron a la invasión de Irak en 2003 eran pro Saddam, o quienes pensaban que Occidente debería esperar antes de apoyar a la cada vez más violenta oposición en Siria fueron etiquetados como pro Assad.

Y quienes defendieron a Yasser Arafat –durante mucho tiempo un súper terrorista, luego un súper diplomático y luego otra vez un súper terrorista– contra quienes querían deponerlo como líder de los palestinos fueron insultados por ser pro Arafat, pro palestinos, pro terroristas y, de modo inevitable, antisemitas. Recuerdo cómo George W. Bush nos advirtió, después del 11-S, que están con nosotros o contra nosotros. La misma amenaza se nos hizo con respecto a Al Assad.

Erdogan la ha hecho en Turquía (hace menos de tres años), y en la olvidada década de 1930 fue un recurso empleado nada menos que por Mussolini. Y ahora cito al secretario de Estado de Trump, Mike Pompeo, con referencia a Maduro: “Ahora es momento de que cada nación escoja su bando… o están con las fuerzas de la libertad, o están en la misma liga de Maduro y su caos”.

Ya me entienden. Ahora es el momento de que todas las buenas personas cierren filas con Estados Unidos, la UE, las naciones de América Latina opuestas a Maduro… ¿o es que apoyan a los rusos, chinos, a los fanáticos iraníes, al pérfido Corbyn o (entre tanta gente) a los griegos?

Hablando de los griegos, la presión europea sobre Alexis Tsipras para alinearse al apoyo de la UE a Guaidó –demostración de que la UE puede de hecho acosar con todo su peso a sus miembros más pequeños– es un buen argumento para los partidarios del Brexit (aunque demasiado complejo para que lo entiendan).

Pero primero echemos una ojeada a nuestro tirano favorito, en palabras de todos los que se le oponen. Es un poderoso dictador, rodeado de generales, que oprime a su pueblo mediante tortura, arrestos en masa, asesinatos de la policía secreta, elecciones amañadas, presos políticos… así que no es raro que demos nuestro apoyo a quienes desean derrocar a este hombre brutal y celebrar elecciones democráticas.

No es una mala sinopsis de nuestra política actual hacia el régimen de Maduro. Pero me refiero, por supuesto, palabra por palabra, a la política de Occidente hacia el régimen de Al Assad en Siria. Y nuestro apoyo a la democracia en ese país no fue terriblemente exitoso. No fuimos responsables de la guerra civil en Siria, pero no estamos libres de culpa, puesto que enviamos un montón de armas a quienes intentaban derrocar a Al Assad. Y el mes pasado el cuaderno de notas del consejero nacional de seguridad estadunidense John Bolton parecía alardear de un plan de enviar 5 mil efectivos a Colombia…

Y ahora dirijamos la mirada a otro de aspecto semejante a Maduro, por lo menos desde la simplista visión de Occidente: el mariscal de campo-presidente electo Al Sisi de Egipto, quien goza de apoyo militar y a quien amamos, admiramos y protegemos. ¿Poderoso dictador? Sí. ¿Rodeado y apoyado por generales? Sin duda, en parte porque encerró a un general rival antes de la elección pasada. ¿Represión? Absolutamente… todo con tal de aplastar el terrorismo, desde luego.

¿Detenciones en masa? Felizmente sí, porque todos los reos en el salvaje sistema carcelario egipcio son terroristas, al menos según el propio mariscal-presidente. ¿Asesinatos de la policía secreta? Bueno, aun olvidando al joven estudiante italiano cuyo gobierno sospecha que fue torturado y asesinado por uno de los altos funcionarios policiacos de Al Sisi, existe una lista de activistas desaparecidos.

¿Elecciones amañadas? Sin duda, aunque Al Sisi aún insiste en que su triunfo reciente en las urnas –un genial 97 por ciento– fue en una elección libre y justa. El presidente Trump le envió sus sinceras felicitaciones. ¿Presos políticos? Bueno, el total es de 60 mil y contando. Ah, y por cierto, la victoria más reciente de Maduro –elección amañada si las hay– fue apenas por 67.84 por ciento.

Como diría el finado experto del Sunday Express John Gordon: es para que uno se enderece un poco en la silla. Así también, supongo, cuando echamos un ojo un poco más al este, hacia Afganistán, donde los gobernantes talibanes fueron impulsados en 2001 por Estados Unidos, cuyos militares y estadistas posteriores al 11-S introdujeron allá una nueva vida de democracia seguida por corrupción, enseñoramieto de tiranos locales y guerra civil.

La parte de democracia despegó pronto, cuando los loya jurgas, grandes consejos, se convirtieron en feudos tribales y los estadunidenses anunciaron que sería una exageración pensar que podríamos lograr una democracia jeffersoniana en Afganistán. Más que cierto.

Ahora los estadunidenses negocian con el talibán terrorista en Qatar para poder largarse de la Tumba de los Imperios después de 17 años de fracasos militares, escándalos y derrotas, para no mencionar el manejo de unos cuantos campos de tortura que harían toser al mismo Maduro.

Puede que todo eso desanime al lector de caminar por la senda de la memoria. Y eso que no he mencionado los pecados de Saddam, para no hablar de nuestra continua y amena relación –por asombroso que parezca– con ese Estado del Golfo cuyos chicos estrangularon, despedazaron y enterraron en secreto a un periodista estadunidense residente en Turquía.

Ahora imaginen si Maduro, cansado de un periodista crítico que lo fustiga desde Miami, decidiera atraerlo con engaños a la embajada venezolana en Washington y decapitara al pobre tipo, lo cortara en pedazos y lo enterrara en secreto en Foggy Bottom. Supongo que se habrían aplicado sanciones a Maduro desde hace mucho tiempo. Pero no a Arabia Saudita, claro, donde en definitiva no estamos promoviendo la democracia.

Es la hora de la democracia y la prosperidad en Venezuela, afirmó John Bolton esta semana. Oh, sí, claro. Maduro gobierna una nación empapada en petróleo, pero su pueblo muere de hambre. Es un hombre indigno, tonto y vanidoso, aun si sus crímenes no se comparan con los de Saddam. Un colega lo describió acertadamente como un tirano sombrío. Incluso tiene el aspecto de uno de esos tipos que ataban damas a las vías del tren en las películas mudas.

Así que buena suerte a Guaidó. Es palpablemente un tipo agradable, que habla con elocuencia y tiene el tino de abogar por ayuda a los pobres y elecciones libres en vez de obsesionarse por cómo exactamente va a echar fuera a Maduro y sus amigos militares.

En otras palabras, buena suerte… pero cuidado. En vez de suplicar a quienes no quieren apoyarlo –los griegos, por ejemplo–, podría detenerse a mirar a sus amigos extranjeros. Y hacer un recuento rápido de las más recientes cruzadas que han emprendido por la libertad, la democracia y el derecho a la vida. Y, por cierto, ni siquiera he mencionado a Libia.

 Traducción: Jorge Anaya

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Retirar las tropas: las opciones imposibles

Creo que fue Colin Powell quien dijo que enviar tropas a la contienda era fácil, pero retirarlas era casi imposible.


La situación actual en Medio Oriente ilustra este axioma a la perfección. El presidente Trump, como sus predecesores, prometió retirar las tropas estadunidenses de Siria. Y él renovó la promesa apenas recientemente. Luego descubrió, igual que sus predecesores, que cumplir su palabra levantaba tanta oposición, desde todas las posiciones políticas, que tenía que renegar de su promesa. Hizo esto redefiniendo qué tanto tiempo debe transcurrir antes de que, de hecho, retire sus tropas.


Si uno le pregunta a alguien si deberían o no retirarse las tropas de Siria, la respuesta depende de qué tan atrás se sitúe el establecimiento de la situación actual.


Para algunos es un tiempo muy corto, y para otros ha sido un tiempo extremadamente largo. Para mí desde el momento del origen de la situación en la que estamos embrollados al presente han pasado por lo menos varios siglos. Estados Unidos es en Medio Oriente parte de una política imperialista general en todas partes del mundo, incluido el Medio Oriente.
Uno no puede entender la posición de varios estados y de múltiples actores no políticos a no ser que entendamos que representan diferentes modos de intentar la lucha contra las intrusiones imperialistas en sus asuntos.


La única forma en que Estados Unidos puede retirarse de la situación es renunciando a las políticas imperialistas. Hacer esto será en extremo doloroso no sólo para Estados Unidos, sino para casi todos los que viven en la región. No hay manera de evitar esto. El dolor será severo e inmediato. Pero ésta es la situación menos dolorosa. A menos que mordamos la bala y nos decidamos, el dolor será interminable. Las opciones serán siempre malas.


¿No es concebible para los imperialistas dejar de serlo? Probablemente no. ¿Será posible que las múltiples víctimas reciban bien la retirada de los poderes imperialistas pese a que la situación resultante empeore? Tal vez.


No hay una buena opción, no hay opción indolora, sólo un ajuste de largo plazo hacia una situación más equitativa.


Traducción: Ramón Vera-Herrera

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Lunes, 10 Diciembre 2018 06:14

La nueva guerra fría es tecnológica

La nueva guerra fría es tecnológica

El caso de la detención de la vicepresidenta de Huawei muestra la creciente tensión entre EE UU y China por liderar el futuro del desarrollo económico y estratégico

“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, dicen que decía Arquímedes en el siglo III a. C. En el siglo XXI, el punto de apoyo clave que mueve el mundo es la tecnología. Y Estados Unidos y China se encuentran inmersos en una lucha campal por su liderazgo. Una contienda que se encuentra en la base de su guerra comercial, y en la que casos como el de la detención de la vicepresidenta de Huawei el pasado 1 de diciembre en Canadá, acusada por Washington de violar las sanciones impuestas a Irán, por lo que EE UU pide su extradición, o la renuncia del fabricante estadounidense Qualcomm a la compra de la holandesa NXP por no tener el visto bueno de los reguladores de la competencia en China muestran la disputa entre ambos países.


Este mismo fin de semana, Pekín elevaba la tensión: convocó al embajador canadiense en esta capital, John McCallum, para comunicarle la "enérgica protesta" de su Gobierno por la detención de la directora financiera de Huawei, Meng Wangzhou. En un comunicado de su Ministerio de Exteriores, advertía a Ottawa de "graves consecuencias" si no se pone en libertad a la hija del fundador de la compañía.


Aunque estos casos no serán los últimos: pese a que China y EE UU sellen un acuerdo comercial en los próximos meses, es improbable que se resuelvan las crecientes tensiones sobre el control de la tecnología porque lo que está en juego es la seguridad nacional —según alegan los implicados— y el dominio mundial.


La modernización industrial de China durante la última década es evidente. En 2017 fue el país del mundo que registró más patentes (un 43,6% del total), más del doble que Estados Unidos, según datos de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. Su gasto en investigación y desarrollo representó en 2016 el 2,1% de su PIB frente al 1,4% registrado diez años atrás. Varias compañías tecnológicas chinas se han hecho un hueco en el panorama internacional y el país es una pieza clave en la cadena global de suministros. Está a la vanguardia en tecnologías emergentes como la inteligencia artificial, el blockchain o la criptografía cuántica.


En parte, este auge nace de la mera necesidad. Con una población envejecida —es el país que más rápidamente se está haciendo mayor del mundo: en 2030 una cuarta parte de sus habitantes tendrá más de 60 años—, necesita encontrar alternativas a un modelo que hasta ahora primaba la mano de obra abundante, barata e incansable.


Y en parte, China quiere romper la llamada “trampa de los ingresos medios”, la maldición que no han logrado evitar muchas otras economías emergentes, incapaces de aumentar su PIB per cápita más allá de un cierto nivel. Para ello, ha concluido, necesita desarrollar tecnologías propias, que no le hagan depender de otros países para el desarrollo de sus grandes empresas.


En 2015 aprobó su plan estratégico conocido como Made in China 2025, una iniciativa de diez años para modernizar su base manufacturera mediante el desarrollo de diez sectores clave de alta tecnología. Entre ellos, la robótica, los vehículos alimentados por nuevas energías, la aeronáutica espacial, la inteligencia artificial o la tecnología de la información. Según los objetivos que se ha marcado, para 2025 Pekín aspira a una autosuficiencia del 70% en los sectores de alta tecnología. Hacia 2049 aspira a ocupar una posición dominante en los mercados mundiales. En esa fecha la República Popular de China cumplirá 100 años y para entonces el presidente chino, Xi Jinping, se ha marcado el objetivo de que su país sea una gran potencia global.


Con el fin de conseguirlo, el plan alienta la inversión china en sectores estratégicos en el extranjero, ha movilizado a sus mastodónticas empresas estatales e incluye jugosos subsidios, incentivos fiscales y créditos a interés favorable.


El Made in China 2025 ha suscitado serias dudas en occidente, que ya arrastraba de antaño quejas sobre el considerable control estatal de la economía. Las normas que obligan a las empresas extranjeras a asociarse con una compañía local para entrar en el mercado chino se encuentran entre las más criticadas, dado que, según estos países, obliga a un traspaso forzoso de tecnología. Los subsidios y las ventajas a las empresas estatales imposibilitan también que las firmas foráneas puedan competir en condiciones de igualdad.
Recelos de occidente


A estos recelos generales se suma, en el sector tecnológico, la prevención occidental contra la reciente ley de ciberseguridad en China, que obliga a las empresas a almacenar los datos obtenidos en China en servidores que se encuentren en territorio de este país, muchas veces controlados por empresas de capital público.


Pero, de momento, China sigue sin controlar muchas de las tecnologías clave de sus industrias y tiene la necesidad de importarlas desde el extranjero. Esta circunstancia ha jugado en su contra en varias ocasiones, especialmente cuando intervienen las disputas políticas. En abril, el Departamento de Comercio de Estados Unidos prohibió a la empresa china ZTE, una importante tecnológica china, comprar componentes de ese país por haber vendido productos a Irán y a Corea del Norte, algo que quebrantaba el embargo impuesto por EE UU a estos dos países. La medida dejó a ZTE al borde de la quiebra y, pese a ser finalmente suavizada, supuso una severa advertencia para Pekín de lo que está por venir: “En el pasado nos apretamos el cinturón y los dientes, y construimos las dos bombas (atómica y de hidrógeno) y un satélite… En el próximo paso de abordar las tecnologías, debemos dejar de lado las ilusiones y depender de nosotros mismos”, dijo Xi al respecto.


“Es posible anticipar la emergencia de dos polos rivales, el uno liderado por Estados Unidos, el otro por China, cada uno dotado de sus redes de infraestructuras”, apunta un informe del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI) sobre la Ruta de la Seda, en el que se abordan también las prioridades tecnológicas de Pekín. “La emergencia de dos polos distintos, que cohabitarían sin integrarse, es factible si Estados Unidos y China se hacen menos interdependientes económicamente de lo que son hoy día”, agrega el documento. Hoy por hoy, ese futuro parece aún distante. Pero ya no descabellado.

 

La batalla del 5G
Una parte importante de esta visión enlaza con el ambicioso plan chino de infraestructuras en todo el mundo conocido como Nueva Ruta de la Seda. En 2015 Pekín propuso una “Ruta de la Seda digital”, que incluye el tendido de conexiones de fibra óptica, telecomunicaciones y redes de información vía satélite, entre otros factores. La tecnología 5G y sus estándares forman una parte clave de este proyecto: según algunos cálculos, citados en el informe del IFRI, las empresas chinas ya cuentan con un 10% de las 1.400 patentes consideradas esenciales para esta tecnología. Los medios chinos calculan que para 2026, este sector estará valorado en unos 180.000 millones de dólares. Y en este sector, Huawei se describe como un “arquitecto clave”.


Pero temores sobre la posibilidad de una "puerta de atrás" en la tecnología de Huawei que permita a las autoridades chinas acceder a los datos de sus usuarios ha suscitado las reservas de los Gobiernos occidentales.Tras las advertencias del vicepresidente de la Comisión Europea para el Mercado Único Digital, Andrus Ansip, ahora es Japón el que se plantea prohibir las compras gubernamentales de equipos de Huawei, según el diario Yomiuri Shimbun. Las agencias de inteligencia de EE UU acusan al gigante de las telecomunicaciones chino de tener vínculos con el Gobierno de Pekín.


Huawei rechaza "categóricamente" esas acusaciones. "Somos parte de la solución, no del problema. Ningún Gobierno le ha pedido a Huawei que construya puertas traseras ni interrumpa ninguna red y nunca toleraríamos tal comportamiento por parte de ningún empleado de la compañía", ha indicado en un comunicado.

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Viernes, 16 Noviembre 2018 05:44

La Gran Guerra no ha terminado

La Gran Guerra no ha terminado

Hubo algo horriblemente familiar sobre la forma en que conmemoramos el supuesto fin, hace cien años, de la Primera Guerra Mundial. No sólo las cascadas de amapolas ni los nombres ya conocidos: Mons, Somme, Ypres, Verdún. Sino el casi total silencio sobre los que murieron en ella, cuyos ojos no eran tan azules como los nuestros ni sus pieles tan rosadas como las nuestras, aun cuando el sufrimiento que les causó la Gran Guerra continúa hasta hoy.

Incluso en los suplementos dominicales que se atrevieron a alejarse del frente occidental sólo para tocar brevemente el impacto posterior que la guerra tuvo en la nueva Polonia, la nueva Checoslovaquia, la nueva Yugoslavia y la Rusia Bolchevique, hubo una sola mención a Turquía. De la hambruna masiva –que causó quizá 1.6 millones de muertos– de los árabes de Levante causado por el saqueo de los turcos y el bloqueo de los aliados durante la Primera Guerra Mundial no se dijo una sola palabra. Lo que es aún más sorprendente: no encontré una sola referencia al mayor crimen contra la humanidad de la Primera Guerra Mundial; no hablo del asesinato de rehenes belgas a manos de tropas alemanas en 1914, sino del genocidio armenio de millón y medio de civiles cristianos en 1915, cometido por el imperio Otomano turco aliado de Alemania.

¿Qué le ocurrió a ese documento clave de la Primera Guerra Mundial en Medio Oriente en la declaración de Balfour de 1917 que prometió una patria para los judíos en Palestina y condenó a los árabes palestinos (que entonces eran mayoría en la zona) a lo que yo llamo condición de refugiados? ¿O al acuerdo Sykes Picot que partió en pedazos a Medio Oriente y traicionó la promesa de independencia hecha a los árabes? ¿O el avance del general Allenby sobre Jerusalén durante el cual ejecutó el primer ataque con gas en Medio Oriente y que fue olvidado por nuestros amados comentaristas?

Estamos tan enamorados de la salvaje historia moderna de Siria e Irak que nos olvidamos –o desconocemos– que los hombres de Allenby dispararon bombas de gas contra el ejército turco nada menos que en Gaza. Pero los ataques con gas permanecieron confinados en la memoria colectiva al Frente Occidental el pasado fin de semana.

Los cementerios de la guerra tanto en Medio Oriente como en Europa contienen decenas de miles de tumbas musulmanas –de argelinos, marroquíes, indios– y no vi una sola fotografía de ellas. Tampoco de las de trabajadores chinos que murieron en el Frente Occidental, cuando transportaban bombas para las tropas británicas, ni de los soldados africanos que lucharon y murieron en Somme, Francia. El presidente Macron fue el único que, al parecer, recordó este hecho, como debía ser, pues más de 30 mil hombres de las islas Comores, Senegal, Somalia, Guinea y Benin murieron en la Gran Guerra.

Existió un monumento en memoria de estas tropas en la ciudad francesa de Reims, pero los alemanes lanzaron un feroz ataque racista contra los soldados negros que participaron en la Primera Guerra Mundial y ocuparon Alemania: los acusaron de violar a mujeres y "poner en peligro el futuro de la raza alemana". Todo era mentira, por supuesto, pero cuando las legiones de Hitler volvieron a invadir Francia en 1940 el monumento fue destruido, pues la propaganda nazi en contra de estos hombres funcionó. Asimismo, más de 2 mil soldados negros que eran parte de las fuerzas francesas fueron masacrados por la Wehrmacht. Este monumento acaba de ser reconstruido a tiempo y fue develado para el centenario del Armisticio.

Además están las sepulcrales ironías de los muertos. De los 4 mil soldados marroquíes –todos ellos musulmanes– enviados a la batalla de Marne de 1914 sólo sobrevivieron 800. Otros murieron en Verdún. De los 45 mil soldados marroquíes del general Hubert Lyautey, 12 mil murieron antes de 1918. Fue la pequeña revista francesa Jeune Afriqueto la que publicó una nota sobre las tumbas de los marroquíes que aún están marcadas con la estrella y la luna creciente que eran símbolos del califato turco otomano. Pero los marroquíes, si bien eran habitantes del imperio Otomano y tenían esa nacionalidad, lucharon en las filas francesas contra los aliados turcos de Alemania. La estrella y la luna creciente jamás fue símbolo oficial de los musulmanes. En todo caso, los marroquíes ya tenían su propia bandera antes de la Gran Guerra.

Pero, desde luego, los verdaderos símbolos de la Primera Guerra Mundial y sus sangrientos resultados están en Medio Oriente. Los conflictos en la región –Siria, Irak, Israel, Gaza, Cisjordania y el Golfo– tienen su génesis en nuestra titánica Gran Guerra. Sykes-Picot dividió a los árabes. Fue esa guerra la que, apenas comenzada la batalla de Gallipoli, permitió a los turcos destruir a su minoría cristiana armenia. Los nazis, por cierto, amaban a Mustafa Kemal Ataturk porque limpió a sus minorías. Cuando Ataturk murió, la primera plana del periódico alemán Volkisher Beobachter se imprimió con un marco negro.

La división entre Líbano y Siria y sus sistemas sectarios de administración fueron inventados por los franceses después de que aseguraron un mandato posguerra para gobernar en Levante. La rebelión iraquí contra el mandato británico fue en parte alentado por el rechazo a la declaración de Balfour.

Traviesamente, me puse a buscar en los viejos libros de historia de la biblioteca de mi difunto padre, quien traviesamente luchó en la Tercera Batalla de Somme en 1918. Ahí encontré la ira y el dolor de Winston Churchill, quien escribió sobre el "holocausto" de los armenios (de verdad usó esa palabra) pero no pudo prever el futuro del mundo árabe en los cuatro volúmenes de su historia de la Gran Guerra publicada en 1935. La única disertación sobre el imperio otomano, que aún ardía a fuego lento, viene en un apéndice de dos hojas en la página 1647 titulada: "Un Memorando sobre la Pacificación de Medio Oriente".

En cuanto a los palestinos que despiertan cada mañana entre el polvo y la mugre de los campamentos de Nahr el Bared, Ein el Helwe o Sabra y Chatia en Líbano, la pluma de Balfour dejó su firma en este documento sobre el despojo no en 1915, sino apenas anoche, pues estos refugiados aún habitan en chozas y casuchas en este momento en que usted lee estas palabras, por lo que la Primera Guerra Mundial no ha terminado, ni siquiera ahora, después del centésimo aniversario de su "fin".

Traducción: Gabriela Fonseca

 

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Sábado, 04 Agosto 2018 07:21

Los crímenes de Estados Unidos

Los crímenes de Estados Unidos

Cuando el mundo se escandalizó durante las décadas de 1960 y 70 ante la sangrienta guerra de Vietnam muchos intelectuales, artistas, escritores y políticos comenzaron una campaña de concientización internacional sobre lo que significaba ese conflicto. Vietnam era un ejemplo –recordar otros como Argelia, el África Subsahariana– de que los países occidentales no habían abandonado su vocación colonialista, lesiva de la autodeterminación de los pueblos, y que Washington estaba preparado para asumir su hegemonía internacional a cualquier precio, contando para ello con la colaboración de las viejas potencias coloniales. 

La Guerra de Vietnam precipitó la militancia de grandes sectores de la juventud y el movimiento feminista, potenciados por el Mayo Francés y su impacto global. Engendró una contracultura y un nuevo clima ideológico que se concretó, entre otras cosas, en una nueva forma de comprender al derecho internacional y de evaluar críticamente la política exterior de las potencias metropolitanas.


El filósofo y matemático inglés Bertrand Russell, crítico de esos desvaríos imperialistas y sus inadmisibles genocidios, promovió en 1966 la conformación de un tribunal internacional para juzgar los delitos de lesa humanidad que Estados Unidos perpetraba sobre las poblaciones vietnamitas, a las cuales bombardeaba con Napalm, quemando vivos a campesinos y aldeanos; o rociando cientos de miles de hectáreas con dioxinas, el terrible Agente Naranja (elaborado por las gigantescas corporaciones Monsanto y la Dow Chemical) que desfoliaba a la jungla tropical y diezmaba toda forma de vida expuesta a ese químico. Hoy en Vietnam siguen naciendo niños con malformaciones congénitas debido a los millones de toneladas de ese agente arrojadas desde aviones estadounidenses a lo largo y ancho del país.


Si bien el Tribunal Russell fue de enorme importancia propagandística, sus alcances prácticos fueron nulos en términos de resultados jurídicos efectivos. Los procesos llevados a cabo en su seno contra la política exterior norteamericana apenas quedaron en declaraciones retóricas. Incluso cuando años más tarde –en 1974– se reeditó el Tribunal Russell II para condenar la injerencia, torturas y desapariciones propiciadas por Washington en América Latina los resultados no fueron diferentes. Así, el Tribunal Russell-Sartre quedó asociado a una época concreta de la historia del siglo XX. Aquella gran iniciativa humanista fue perdiendo peso y visibilidad entre la opinión pública mundial, incluso entre los sectores más movilizados y críticos de la intelectualidad internacional.


Ante esta perspectiva, un pequeño grupo de intelectuales, escritores y analistas políticos argentinos nos reunimos el año pasado y concluimos que era necesario crear una herramienta de carácter internacionalista para reforzar la memoria histórica y hacer visibles los crímenes que sin pausa se suman en la política exterior de Washington, años tras año, por diversos métodos y con diferentes justificaciones y en los más apartados rincones del planeta.


Fue de esta manera que junto a la analista internacional y periodista Telma Luzzani, la escritora Stella Calloni y el novelista y ensayista Alejo Brignole, elaboramos una serie de ideas que dieron forma al Día Internacional de los Crímenes Estadounidenses Contra la Humanidad. Juntos también redactamos una Declaración Mundial Contra los Crímenes Estadounidenses a la Humanidad, en donde expresamos una condena colectiva al avasallamiento de la legalidad internacional por parte de EE.UU., advirtiendo sobre las amenazas a la paz mundial que comportaba la política imperialista de Estados Unidos y las catástrofes humanitarias creadas a causa de la misma, principalmente en Medio Oriente y especialmente en Siria.


También debatimos sobre las diferentes fechas emblemáticas de los crímenes norteamericanos y finalmente escogimos al 9 de Agosto como la elegida señalada para la efemérides. Fue un día como ese, de 1945, cuando la Casa Blanca ordenó arrojar una segunda bomba atómica sobre Nagasaki pese a que el holocausto nuclear sin precedentes que había arrasado con Hiroshima ya era conocido por el gobierno estadounidense. Estamos convencidos de que esa fecha, el 9 de Agosto, posee un significado muy claro que denuncia el carácter criminal de la política exterior seguida por Washington.


La efemérides ya cuenta con adhesiones internacionales de las más diversas procedencias: artistas como el cantautor Silvio Rodríguez, Mariela Castro, Gerardo Hernández y el poeta y ensayista cubano Roberto Fernández Retamar; Chico Buarque, Frei Betto y Carola Proner en Brasil; o el filósofo italiano Gianni Vattimo son, entre muchos otros, algunos de los nombres que ya se unieron a esta iniciativa. El Premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel la apoyó desde su mismo lanzamiento y el presidente de Bolivia, Evo Morales, adhirió al día como un compromiso humanista y político insoslayable.


Se ha abierto un camino. Debemos internacionalizar en todos los continentes esta fecha para crear una herramienta mundial de concientización y acción práctica para combatir la sistemática violación del derecho internacional y los derechos humanos que el gobierno de Estados Unidos perpetra en todo el mundo. También hay que romper el cerco mediático que la prensa oligopólica alza cuando se expresan verdades incómodas para el imperio. Gracias a las redes sociales y a la prensa comprometida e independiente sabemos que será posible realizar esta labor, que pretendemos sea no sólo conmemorativa sino también educativa y organizativa en la búsqueda de una conciencia crítica ante el flagelo que, con sus más de mil bases militares diseminadas por todo el planeta y su gigantesco presupuesto militar, el imperialismo norteamericano produce en todo el mundo. Este 9 de Agosto en Santa Cruz de la Sierra, con la presencia del presidente Evo Morales, se producirá el lanzamiento internacional de la campaña.

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Xi Jinping

 

China se proyecta hacia 2049.

 

Hacía mucho tiempo que en la prensa oficialista china no se escuchaba hablar tan extensamente de socialismo. El presidente Xi Jinping fue el encargado, durante la sesión de apertura, de mentar la necesidad de promover “el socialismo con características chinas”. Agregó, también en varias oportunidades, que el país encara una “nueva era”, aserto que parece más realista que la referencia al socialismo.

De hecho, Diario del Pueblo titula con un sorprendente “El socialismo es grandioso” uno de sus comentarios sobre el XIX Congreso del Partido Comunista Chino (Xinhua, 20-X-17). En esa cobertura destaca que se trata de un evento que será decisivo “para el curso de la historia durante décadas o incluso siglos”.

Más allá de cierta euforia, propia de los encuentros de este tipo, la dirección del Estado chino destaca que el congreso trazó el camino para las próximas décadas. Ese futuro, según dicha cobertura, puede delinearse con base en los siguientes criterios: China será “un gran país socialista moderno” para mediados del siglo XXI, momento en que se habrá convertido en “un líder global en términos de la fuerza nacional integral y la influencia internacional, con una economía moderna, una cultura avanzada y unas fuerzas armadas de talla mundial”.

¿SOCIALISMO O NACIÓN? La elite china ha dado reiteradas muestras de realismo y prudencia, de modo que sus afirmaciones no deben desconsiderarse, aunque podemos colocar algunas entre paréntesis. Es evidente que la población vive considerablemente mejor que antes de 1949, incluso mejor que en la década de 1970, cuando finalizó la revolución cultural y el país se encaminó decididamente hacia la modernización con criterios capitalistas.

Sin embargo, se tiende a yuxtaponer el crecimiento de China como gran nación con la idea del socialismo. Xi aseguró que en 2035, o sea en apenas cuatro lustros, se habrá concluido la “modernización socialista”. En esa dirección, Diario del Pueblo destaca que “el Pcch convertirá a la China socialista en uno de los países más ricos y poderosos de la tierra, en lo que sería la primera vez que un partido marxista llegue a tal hazaña”.

Más desconcertante aun es la apelación a Deng Siao Ping, adversario de Mao, a través de una frase enigmática: “Cuando China entre a las primeras filas de las naciones, no sólo tenemos que haber iluminado un nuevo camino para los pueblos del Tercer Mundo, sino que también (y esto es aun más importante) debemos haber demostrado a la humanidad que el socialismo es el único camino superior al capitalismo”.

Es evidente que un país pobre como era China en 1949, y lo siguió siendo por lo menos hasta la década de 1980, necesitaba fortalecerse para no repetir la historia de invasiones y humillaciones vividas en los siglos XIX y XX, con las guerras del opio y la invasión japonesa. Sin embargo, la ambición de superar a Estados Unidos en materia económica y militar y, sobre todo, ofrecerse como luz para los pueblos del Tercer Mundo, parece repetir la historia de la Unión Soviética de la que Mao quería distanciarse.

No es lo mismo ser una gran nación que transitar un camino socialista. Según las definiciones más frecuentes, el socialismo es básicamente el poder de los trabajadores (obreros, campesinos y otros sectores populares) ejercido a través de consejos o parlamentos. Algo que no tiene la menor relación con la ambición de ser una gran potencia, ni de sobrepasar a los países capitalistas más desarrollados.

GUERRA EN EL HORIZONTE. La intervención de Martin Wolf en el Foro Ciudadano Global, realizado en San Pablo a comienzos de octubre, fue uno de los más profundos análisis sobre la actualidad en bastante tiempo. Wolf es columnista jefe del diario británico Financial Times y es considerado uno de los periodistas económicos más influyentes del mundo.

Alertó sobre los riesgos geopolíticos que vive el planeta, que atraviesa “los estadios iniciales de una transformación histórica del poder mundial” (Valor, 6-X-17). Occidente debe aceptar, dice, que no manda más en el mundo. Pero, agrega, “un conflicto entre Estados Unidos y China en algún momento será inevitable”.

No es una exageración. En la historia ninguna transición entre potencias hegemónicas se produjo sin guerras. La dominación española cayó en medio de las guerras de independencia y las guerras napoleónicas. La dominación británica fue hundida por dos guerras mundiales desastrosas. Si miramos hacia atrás, parece imposible que la actual hegemonía estadounidense pueda deshacerse sin guerras.

La propuesta china de desarrollo económico “Un cinturón, una ruta”, una red de infraestructuras que une los centros industriales asiáticos con Europa atravesando Asia, es la principal apuesta para pavimentar una hegemonía sin conflictos mayores. Pero esa ruta está plagada de guerras y amenazas, lo que llevó a China a instalar su primera base militar en el extranjero, en el estratégico puerto de Yibuti. Wolf tiene la certeza de que “en el largo plazo habrá guerra nuclear”.

Por eso el dragón afila sus dientes. Occidente como comunidad político-estratégica ya no existe. Trump y el Brexit se encargaron de mostrarlo. La Unión Europea se quedó sin objetivos de largo plazo. Washington está aislado y navega a los tropezones, generando inquietud incluso entre sus aliados más fieles, como Alemania.

De lo que pocos dudan es que el mundo se ha vuelto un lugar más violento y peligroso. Por eso China ya ha botado dos portaviones, está construyendo el tercero y el cuarto, y ambiciona alcanzar la decena, con lo que igualará al Pentágono. La flota china crece y se moderniza a un ritmo increíble, mientras su símil estadounidense se ha reducido por problemas presupuestales. La fuerza aérea china ya cuenta con cazas de quinta generación, está superando a Washington en la guerra cibernética y lo está alcanzando en la carrera espacial.

Hasta dónde llegará Beijing en su expansión militar es una incógnita. Las autoridades dijeron, durante el XIX Congreso, que no pretenden dominar el mundo como una potencia imperialista. Pero, ¿podrían decir algo diferente? La llamada “ruta de la seda” deberá ser militarizada para que las mercancías realmente fluyan de un extremo al otro del mundo.

La historia enseña que una gran potencia debe tener unas fuerzas armadas del tamaño de sus ambiciones. La presidencia de Xi Jinping, desde 2012, ha sido la que se empeñó en el mayor rearme de la historia, y todo indica que estamos apenas en los comienzos de un largo camino.

¿UN MUNDO CHINO? En América Latina no son pocos los que se frotan las manos ante el avance asiático. La presencia de China ya es importante en Venezuela, Ecuador y Argentina, crece en Bolivia y en Brasil, más allá de las coyunturas y el color de los gobiernos.

China es percibida de modos muy distintos en la región. Para los gobiernos es una alternativa comercial y financiera. Para los empresarios es una fuente de buenos negocios. Para muchos movimientos sociales es un dolor de cabeza, en particular por la minería a cielo abierto y el abusivo uso del glifosato en los monocultivos de soja, cuyo destino inevitable son los puertos asiáticos.

Aun así, una parte considerable de las izquierdas políticas y sociales observan el ascenso chino con favorable expectativa, ya que va de la mano del declive de la superpotencia que ha hecho de su patio trasero un exclusivo coto de acumulación de capital.

Quienes piensen que una hegemonía china será mejor que la decadente dominación estadounidense, ya que podría abrir espacios emancipatorios, deberían reflexionar sobre una de las ironías mayores de la historia del siglo XX. Las tres fechas que conmemoramos las personas de izquierda (no todas, por cierto), el 1 de mayo, el 8 de marzo y el 28 de junio, tienen fuertes referencias en la historia social de Estados Unidos.

Existen tradiciones emancipatorias no occidentales, por cierto. Pero ellas no anidan, hoy, ni en China ni en los países asiáticos que se han empeñado en una modernización autoritaria para emular a Occidente. Por el contrario, China se nos presenta como la sociedad del control tecnológico de la población, apelando a la inteligencia artificial para colonizar los más ínfimos resquicios de autonomía social.

 

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China en América Latina: ¿Un nuevo imperialismo?

 

China realiza inversiones gigantescas en el mundo, habiéndose convertido en el segundo inversor global detrás de EEUU. En América Latina, algunos políticos de la derecha aseguran que China actúa como un nuevo imperialismo, aunque está lejos de comportarse de ese modo.

 

Según el último informe de la CEPAL ('La inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe'), en 2016 las inversiones de China en el exterior alcanzaron un nuevo máximo histórico: 183.100 millones de dólares, que representaron un incremento del 43,5% respecto al año anterior.

En Estados Unidos, en 2016, las firmas chinas realizaron importantes adquisiciones en los sectores de hardware y electrónica de consumo, bienes raíces y la industria del espectáculo.

En Europa las inversiones de China se orientaron mayoritariamente hacia las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), el transporte, la energía, la infraestructura y la maquinaria industrial.

El Centro de Documentación e Información de Bolivia (CEDIB) sostiene que China "ha logrado desplazar silenciosamente muchos de los roles que eran asumidos por el grande del norte y ha conseguido establecerse e incidir en las nuevas condiciones geopolíticas regionales, logrando asumir un rol importante en la economía de varios países latinoamericanos".

Las relaciones entre América Latina y China tienen dos ejes: por un lado la exportación de 'commodities', desde soja hasta hidrocarburos y minerales sin procesar; por otro, importantes préstamos a cambio de petróleo, sobre todo en los casos de Ecuador y Venezuela. Como señala el CEDIB, los préstamos "han superado a cualquier otra agencia de cooperación o relación bilateral entre países", en concreto el FMI y el Banco Mundial.

Sin embargo, China ha prestado a países que no tenían acceso al mercado financiero global ya que estaban restringidos o vetados por razones estrictamente políticas, con es el caso de Argentina (durante la gestión de Cristina Fernández de Kirchner) y Venezuela.

Se trata de indagar si las características de las relaciones de China con América Latina reproducen alguno de los patrones "imperialistas" que han caracterizado los vínculos de Estados Unidos y de la Unión Europea con la región.

En varios países, los medios promueven la impresión de que China se comporta de modo imperialista, desde Venezuela hasta Argentina, donde el periodista Rolando Hanglin sostiene que los latinoamericanos, "cuando lloren bajo la bota de los chinos", recordarán lo beneficioso que fue "el imperialismo yanqui".

Las características básicas del imperialismo fueron fijadas por un conjunto de pensadores a principios del siglo XX. Todos coinciden en que es consecuencia del dominio del capital financiero sobre el capital productivo, como consecuencia de la concentración y de la formación de grandes monopolios.

La segunda característica es que la exportación de capital sustituye la preeminencia de la exportación de mercancías. O sea, se asiste al fin de la libre competencia y de la hegemonía de la producción por el predominio de la especulación.

Este proceso desembocó, a comienzos del siglo XX, en el reparto del mundo entre las grandes potencias a través de las posesiones coloniales, primero, y de la intervención diplomática o directamente militar sobre otras naciones. Porque el imperialismo no es sólo un fenómeno económico.

Desde 1823, cuando la Doctrina Monroe proclama que América Latina se considera "esfera de influencia" de Estados Unidos, se han producido unas 50 intervenciones militares en la región, la mitad de ellas en la primera parte del siglo XX. El objetivo era derrocar gobiernos que Washington consideraba "enemigos" e impedir que personalidades o partidos contrarios a sus intereses llegaran al poder.

En base a estas consideraciones, podemos asegurar que China no practica una política imperialista, por lo menos en América Latina.

En primer lugar, en China no se registra una hegemonía del capital financiero sino del capital productivo. El Dragón se ha convertido en el taller del mundo, la primera economía industrial, pero su sistema financiero no ocupa el timón de mando del país.

La segunda cuestión es que en China hay, efectivamente, monopolios y grandes empresas de carácter capitalista. Pero las firmas que operan en el extranjero suelen ser estatales, como los grandes bancos, y aún las empresas privadas tienen fuertes vínculos con el Estado. No existe en China, como en los países imperialistas, una oligarquía financiera que ocupa lugares destacados en la dirección política de esas naciones.

La tercera es la más importante. China no tiene una política de intervención e injerencia en los asuntos de otros países, ni ha desplegado una política de anexiones, ni que promueva derribar gobiernos para instalar gobernantes afines, como han hecho Inglaterra y Francia durante siglos y los Estados Unidos desde hace 150 años en América Latina.

Mientras Estados Unidos tiene 850 bases militares en el mundo, China acaba de abrir su primera base militar en Yibuti, para asegurar el flujo de petróleo a través del mar Rojo, ya que depende de la importación de hidrocarburos para que su economía funcione. En sus relaciones con los países latinoamericanos, ha sido respetuosa de los gobiernos y no practica injerencia.

Pero hay un elemento quizá más relevante. Quienes acusan a China de imperialismo suelen olvidar que esa es una tradición de los países occidentales. En la historia reciente China fue invadida tres veces (las dos guerras del opio en el siglo XIX y la invasión japonesa en el siglo XX), de modo que se sitúa entre los países que fueron víctimas del colonialismo y del imperialismo.

Aún es pronto para saber si las inversiones chinas en América Latina instalan relaciones asimétricas que perjudican a los países exportadores de materias primas. Al igual que otros países que han sufrido invasiones y dominación, China se empeña en rediseñar el mundo unipolar para transitar hacia otro multipolar, con lo que todos los países del Tercer Mundo saldrán beneficiados. En realidad, quienes apuntan a China como imperialista prefieren que el verdadero imperialismo, el yanqui, siga dominando nuestros países.

 

 

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Martes, 19 Septiembre 2017 07:15

El asedio de China a las Islas Galápagos

Autoridades informaron que en frigoríficos se hallaron especies protegidas, como tiburón Martillo y tiburón Silky (sedoso). Foto: Dirección de Parque Nacional Galápagos

 

El 3 de agosto pasado se capturó en aguas de las Galápagos el barco chino Fu Yuan Yu Leng 999, en su interior había 300 toneladas de pesca, fundamentalmente tiburones: más de seis mil ejemplares, adultos y neonatos, de tiburones Zorr, Silky y tiburón martillo

 

La noche del 3 de agosto pasado se capturó el barco pesquero Fu Yuan Yu Leng 999. En el interior de esta embarcación estaban embodegadas 300 toneladas de pesca, fundamentalmente tiburones: más de seis mil ejemplares, adultos y neonatos, de tiburones Zorr, Silky y del protegido -y espectacular- tiburón martillo. En sacos de yute se hallaron también aletas de tiburón, obtenidas presuntamente por la abominable práctica conocida como ‘finning’: una vez capturado el tiburón, se corta su aleta en vivo y se devuelve el animal al mar, donde morirá. Cada año 73 millones de tiburones mueren para que 73 millones de aletas, a más de 500 dólares el kilo, lleguen al mercado mundial. China es el principal consumidor, debido al famoso plato de sopa de aleta de tiburón -reservado a un estatus económico muy alto- que puede llegar a costar 150 dólares.

El barco en cuestión fue encontrado en un lugar donde las corrientes de agua son corrientes de vida, ricas en nutrientes y que -según el biólogo Eduardo Espinoza- « convierten la zona en uno de los mayores surtidores naturales de peces del Pacífico». En concreto, en la Reserva Marina de las Islas Galápagos, Ecuador, donde habitan más de 500 especies de peces y entre ellas, más de 30 corresponden a tiburones; y donde la pesca industrial está prohibida.

Detrás de esta constatación surgen realidades gravísimas para meditar en clave global. Una gran flota pesquera china de unos 300 barcos estaría navegando en faenas de pesca alrededor de las Galápagos, agregando nuevas amenazas a esta maravilla de la naturaleza, conocidas también como Islas Encantadas, porque según decían quienes por primera vez describieron el archipiélago, «se trata de unas islas con la capacidad de aparecer y desaparecer». Junto a la pesca, el turismo de lujo -masivo y creciendo-, la introducción de especies foráneas y la inmigración desde el continente, hacen evidente la fragilidad de este complejo de islas de origen volcánico. Pero bien sabemos que no ocurre sólo en este enclave: las denuncias por pesca ilegal de la flota China se repiten en la pesca del bacalao en aguas de Argentina, en Chile por la pesca del atún y en muchos países africanos como Senegal, Guinea, Guinea-Bissau o Ghana.

Es importante anotar que el asedio llega de un país que va tomando el control de toda la economía de algunas naciones. Precisamente Ecuador es un caso extremo de dependencia con China. Ecuador tiene comprometidos -bajo la forma de ventas anticipadas- más de 500 millones de barriles de petróleo a China a entregarse hasta 2024, que los debe conceder a cambio de recursos financieros que el gigante asiático ha desembolsado al país. Para colmo, China no se registra como compradora oficial del petróleo ecuatoriano sino que lo revende a Estados Unidos y otros países, creándose la argucia contable de que, oficialmente, China absorba menos del 5% de exportaciones ecuatorianas. A nivel de importaciones, la dependencia con China es más clara, llegando a casi el 20% del total. Pero lo más dramático es que China –en un proceso iniciado en 2012- devino en el principal acreedor de este pequeño país andino: más de 8 mil millones de dólares de deuda, el 30% del total de deuda externa; así como las ya mencionadas ventas anticipadas de petróleo que ni siquiera son registradas como deuda por las estadísticas oficiales.

A diferencia de EEUU que ejercía su dominación vía Consenso de Washington, China no busca conseguir el repago de sus créditos imponiendo medidas de austeridad económica, sino asegurándose el acceso a petróleo, minerales, y también pesca. Además, opera controlando que los recursos que presta se destinen a la contratación de empresas chinas, al punto que, muchas veces, los empréstitos nunca salen del gigante asiático. Sin duda la expansión China representa una nueva forma de imperialismo, más sofisticada pues no se ajusta a los parámetros clásicos del neoliberalismo. Incluso, no se presenta a primera vista como dominación política pero es más voraz pues exacerba el extractivismo de las periferias con mayor intensidad que en décadas pasadas, y más audaz, pues ni siquiera necesita programas de ajuste para garantizarse el retorno de sus préstamos.

Con la mayor población del planeta, China demanda 46% de todos los minerales extraídos en la Tierra. En tres años -2011, 2012, 2013- ha empleado 1,5 veces más cemento que lo utilizado por EEUU en todo el siglo XX. Y con su flota pesquera de más 2.600 embarcaciones, la mayor del mundo, está depredando los mares. Su capacidad de pesca es tal que –según la BBC- en una semana recoge tanto como los botes de Senegal en todo un año, un país que ha visto como se ha vaciado su mar, y la migración es la única opción.

Así como en su momento la lucha contra el imperialismo norteamericano fue clave, hoy también lo es la lucha contra el imperialismo chino. Dentro de esa lucha, urge detener la depredación ambiental, tanto por soberanía como por la propia supervivencia humana. Un pequeño paso en ese sentido sería ampliar y garantizar la zona de exclusión para la pesca, englobando a Ecuador (y las Galápagos), Panamá, Colombia y Costa Rica . Pero, hay que profundizar en el debate pues ante este reciente y preocupante expolio del imperialismo chino, urge que las normativas nacionales e internacionales que regulan la pesca de nuestros mares (como la CONVEMAR, Convención de las Naciones Unidas para el Mar), prioricen la soberanía alimentaria, dando absoluto énfasis a una pesca local artesanal, sostenible y orientada a la alimentación popular y local. Lo que no entre en estos puntos debe vetarse, en cualquier milla marítima.

En Galápagos, lugar que nos ha enseñado tanto sobre la evolución y la complejidad de la vida, se hace evidente que vivimos en el Capitaloceno, como ya utilizan muchos pensadores, una era o época geológica donde un sistema económico desesperado por movilizar mercancías lo más rápido posible a cualquier distancia a fin de generar y acumular dividendos, está acabando con tiburones, abejas, gorriones, rinocerontes, paisajes y medios de vida. Está exterminando la Vida.

 

Alberto Acosta es economista ecuatoriano y Gustavo Duch es coordinador de la revista Soberanía Alimentaria

 

Fuente: http://www.eldiario.es/tribunaabierta/asedio-China-Islas-Encantadas_6_686691355.html

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

 

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Domingo, 02 Abril 2017 07:40

Cuba: problemas y desafíos

Encuentro entre Fidel Castro y Nikita Jrushchov.



El socialismo es un sistema plenamente democrático basado en la abundancia y la autogestión generalizada y en comunas libres y asociadas y conduce gradualmente a la desaparición del Estado. Obviamente, esta definición no corresponde a la realidad cubana. Por eso Fidel Castro daba por sentado que en Cuba no existía el socialismo y que éste era aún una meta a alcanzar. Sólo los enemigos del socialismo –para desprestigiar la idea de una alternativa– y los nostálgicos de Stalin dicen hoy que la isla es socialista y que el socialismo se puede construir en un solo país, para colmo pobre y con apenas 12 millones de habitantes.

La revolución democrática y antimperialista cubana se realizó en una colonia virtual de Estados Unidos. Se vio obligada por eso a recurrir a los sucesores de Stalin poco después de la muerte de éste. Es decir, en un momento en que en la Unión Soviética comenzaban a quedar atrás el terror y la reconstrucción del nacionalismo imperial, de los uniformes y jerarquías de la burocracia, de los grados militares y del papel de la Iglesia ortodoxa como pilar del orden que con Stalin habían sido un inmundo eructo de la vieja historia rusa.

La Unión Soviética hasta la desaparición de los soviets, la muerte de Lenin, el triunfo de Stalin y el fin de la democracia interna en el partido bolchevique, en 1923, fue un esfuerzo heroico por comenzar a construir el socialismo en un Estado atrasado, aún capitalista. Después, bajo Stalin buscó su modernización capitalista acelerada a la rusa, como Pedro el Grande, con un Estado autoritario y burocrático que en lo económico copiaba del capitalismo avanzado técnicas y modos de producción y dominación.

Rusia pasó en el siglo pasado por tres revoluciones: la de 1905, democrática, que fue aplastada; la de febrero de 1917, también democrático burguesa, dirigida por los partidos socialistas, que se hundió en el caos, y la democrático socialista de octubre, que culminó con la destrucción del capitalismo y el esfuerzo por construir el socialismo y que tuvo al partido de Lenin y Trotsky como instrumento, mucho más que como dirección.

Esta revolución consiguió impedir que Rusia cayese bajo una dictadura militar y se convirtiese en semicolonia francoinglesa, abrió el camino al desarrollo cultural y técnico del país y modificó el mundo, pero a costa de una terrible guerra civil y una hambruna que hicieron que la economía retrocediese 20 años. El resultado, triunfante Stalin, fue un capitalismo de Estado propietario de las tierras y de los medios de producción, en el que debido a la incultura de los obreros y el analfabetismo generalizado, el personal estatal y las costumbres fueron mayoritariamente heredados del zarismo.

El pequeño partido socialista revolucionario, rápidamente asfixiado por su burocratización, fue tragado por el Estado capitalista con el cual se había identificado. En la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el Estado era dueño de todo, pero la burocracia estatal –y no el partido– era quien gobernaba, y sin tener la propiedad jurídica de los medios de producción, los controlaba y disfrutaba de modo privado. Los altos jefes del partido eran al mismo tiempo ministros y miembros de ese aparato burocrático estatal, conservador y contrario a toda innovación.

Esa capa ahogaba a la sociedad. Una reforma de la burocracia con métodos burocráticos y desde la propia burocracia era imposible, como demostrarían la reforma Kossygin de 1965 o el intento de reforma de Andropov en 1982, aleccionado por el levantamiento de los consejos obreros húngaros que había presenciado y por lo que pudo medir después como jefe de la KGB en la URSS misma.

Fue esa burocracia la que dio un abrazo de oso a la revolución cubana, a la que inicialmente se había opuesto y a la que sólo reconoció dos años después de su triunfo, pues consideraba a Fidel Castro y sus compañeros aventureros pequeño burgueses.

Cuba, desde 1960, tuvo así un Estado capitalista con un gobierno revolucionario antimperialista sin tener aún un partido socialista revolucionario. Su alianza con la Unión Soviética le impuso después una organización y formas de funcionamiento heredadas del estalinismo, como el partido único monolítico, sin democracia interna, la fusión entre ese partido y el Estado capitalista, la sumisión del primero al segundo y la planificación burocrática centralizada.

Sin embargo, Cuba jamás fue un instrumento del Kremlin y ya en la crisis de los cohetes en 1962 demostró su independencia y su capacidad crítica, y aunque su partido está burocratizado, carece de vida interna democrática y es un instrumento conservador, tiene aún en sus filas a muchos socialistas sinceros y revolucionarios.

Esa es una de las bases del consenso de que goza aún, pese a todo, el gobierno cubano. Pero la principal base de dicho consenso es la certidumbre de que si Estados Unidos lograse acabar con los restos de las conquistas de la revolución cubana, Cuba sería una colonia sólo formalmente independiente, como Santo Domingo o Panamá.

El estalinismo logró que la palabra socialismo sea odiosa incluso en países con gran tradición socialista, como Checoslovaquia, Hungría y Alemania. Por eso, cuando la URSS se disolvió de modo inglorioso y los burócratas se transformaron en capitalistas mafiosos, el Pacto de Varsovia se derrumbó como un castillo de naipes, pero no así Cuba. Ésta resistió como a pesar del estalinismo resistieron los soviéticos a la invasión nazi, salvando al mundo de un triunfo del nazifascismo desde Cádiz a Vladivostok, pues sus habitantes, antes que ser esclavos preferían morir.

El antimperialismo subsiste porque tiene sus raíces en la historia cubana y es un factor importante, a pesar de la despolitización de la juventud cubana actual, resultante de décadas de crisis económica y de una creciente contradicción entre su nivel de preparación y de cultura y el burocratismo asfixiante, y no obstante la pérdida de prestigio de un equipo que no cuenta ya con Fidel. Esa es la base para el optimismo (sigue).


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