El enorme daño causado por los economistas neoliberales

Joseph Stiglitz (premio Nobel de Economía en el año 2001), escribió un artículo publicado en la revista Social Europe, The end of neoliberalism and the rebirth of history (26.11.19), en el que señalaba las consecuencias negativas de la aplicación de las políticas neoliberales (que incluían reformas laborales encaminadas a debilitar a los sindicatos y facilitar el despido de los trabajadores, así como políticas de austeridad con el intento de disminuir la protección social mediante recortes del gasto público social) en la calidad democrática de los países a los dos lados del Atlántico Norte (incluyendo España), así como en el bienestar de las clases populares de los países donde tales políticas se han estado aplicando. La evidencia de que ello ha sido así es clara y contundente.

El objetivo del artículo de Stiglitz era denunciar a los economistas que han promovido tal ideología política (el neoliberalismo), los cuales han alcanzado un dominio casi completo en fórums donde se reproduce la sabiduría convencional de los establishments políticos y mediáticos. Tal dominio ha sido promovido por las élites financieras y empresariales, así como por los sectores más pudientes de la población, que han ejercido (y continúan ejerciendo) una enorme influencia sobre tales establishments y que eran, y son, los que se benefician más de la aplicación de tales políticas, beneficios que están basados, según Stiglitz, en una enorme explotación de las clases populares, cuya calidad de vida ha empeorado considerablemente como resultado de la aplicación de esas políticas. Una de las consecuencias de esta realidad ha sido el enorme crecimiento de las desigualdades en la mayoría de estos países en los que tales políticas se han aplicado.

El principio básico del dogma neoliberal, según Stiglitz

Detrás de un lenguaje aparentemente científico, los economistas neoliberales han estado promoviendo un principio muy sencillo y que raramente aparece explícito en su argumentario. Tal principio es que “la eficiencia del sistema económico requiere incrementar la riqueza de los de arriba (las élites financieras y empresariales, así como las profesionales a su servicio), a fin de que tal riqueza vaya extendiéndose a los de abajo, que son todos los demás”. Este principio ha estado vigente siempre en las “ciencias” económicas dominantes, habiendo alcanzado niveles extremos durante la Gran Recesión. Según dicho dogma (y no hay otra manera de definirlo), lo que beneficia a los propietarios y gestores del capital financiero, así como de las grandes empresas del país (que son una minoría de la población), beneficia automáticamente a la mayoría de la población.

El problema con tal ideología es que los datos no muestran esta realidad, pues las rentas de los primeros han ido creciendo muy significativamente durante todos estos años de neoliberalismo imperante, mientras que las de los segundos ha ido descendiendo. En todos estos países del capitalismo desarrollado, las rentas derivadas del trabajo han ido disminuyendo como porcentaje de todas las rentas, mientras que las rentas derivadas de la propiedad del capital han ido aumentando. Y dentro de la masa salarial, ha habido también una enorme polarización de los salarios, con una minoría que se ha visto muy beneficiada a costa de una mayoría que se ha visto muy perjudicada.

La abusiva promoción del neoliberalismo por parte de los establishments políticos y mediáticos

En este escenario, Stiglitz señala que tales economistas neoliberales eran los que aparecían (y añadiría yo que en España continúan apareciendo) en los mayores medios de información, monopolizando el área de lo que se presenta como “ciencias” económicas, marginando, impidiendo y silenciando las voces críticas que no comulgaban con las falacias que sostenían sus argumentos y propuestas. Los primeros eran los ortodoxos del dogma neoliberal, que marginaban a los heterodoxos, definidos como “ideólogos” o “demagogos”.

Ahora bien, el fracaso del neoliberalismo es tan patente, claro y contundente que por fin se ha visto que “el rey estaba desnudo” y hoy, según Stiglitz, estamos viendo el fin del dogma neoliberal, que se había iniciado en los años ochenta del siglo pasado con la revolución neoliberal empezada por el presidente Ronald Reagan en EEUU y por la Sra. Margaret Thatcher en el Reino Unido, y que fue asimilada más tarde por lo que se definía como la Tercera Vía en EEUU (Clinton) y en la Unión Europea (Blair, Schröder y Zapatero). Esta revolución causó, en última instancia, la Gran Recesión, la cual acentuó todavía más los efectos negativos de tales políticas. Dicho fracaso es también la causa de la enorme crisis de legitimidad política que viven las democracias liberales en EEUU y en Europa. Esta conclusión de Stiglitz es, según mi parecer,  excesivamente optimista, pues si bien es cierto que tales políticas neoliberales están desacreditadas extensamente en gran parte de los círculos académicos y en algunas agencias internacionales, no lo está tanto en las esferas políticas y mediáticas de muchos países, siendo España uno de ellos.

El gran fracaso del neoliberalismo en España

Todo lo que Stiglitz define, critica y denuncia puede aplicarse totalmente a España. Este es uno de los países donde tales políticas se han aplicado más clara y contundentemente. Como consecuencia de ello, España está, en cuanto a indicadores de calidad de vida de las clases populares se refiere, a la cola de los países capitalistas desarrollados. Un indicador tras otro muestran que, en temas de bienestar, estamos a la cola de los países a los dos lados del Atlántico Norte. Los elevados porcentajes de precariedad en el mercado de trabajo, la elevada tasa de desempleo, el bajo nivel de los salarios, la elevada desigualdad en la distribución de la propiedad y de las rentas, el bajo gasto público social, la escasa protección social, etc., muestran que estamos entre los peores países. Miren los datos y lo verán (ver mi libro Ataque a la democracia y al Bienestar, Crítica al pensamiento económico dominante. Anagrama, 2015).

Echen un vistazo a los gurús económicos que aparecen en los grandes medios (radiofónicos y televisivos) y verán que la única diferencia entre ellos es que unos proponen la versión dura del neoliberalismo y los otros su versión blanda, presentando inexactitudes (con gran pomposidad y arrogancia) como “verdades científicas”, aunque en realidad sean falsedades que carecen de credibilidad. En tales fórums es muy infrecuente que aparezca una voz crítica con tal dogma.

Todo esto que está ocurriendo era muy predecible, y así lo hicimos unos pocos

Efectivamente, todo lo ocurrido fue predicho. Véase, como ejemplo, mi libro Neoliberalismo y Estado del Bienestar (Editorial Ariel Económica), escrito ya en 1997. En aquel libro indiqué que las políticas neoliberales que se estaban aplicando en los países capitalistas más avanzados causarían una enorme crisis económica. La derrota del mundo del trabajo, con la consiguiente disminución de los salarios y de la demanda doméstica, crearía dicha crisis, ya que forzaría a las familias y a las empresas pequeñas a endeudarse, lo que provocaría a su vez el gran crecimiento del sector financiero, que al invertir en los sectores de mayor rentabilidad como era el sector especulativo de la economía (del cual el inmobiliario era el más extendido) crearía burbujas que al explotar causarían una crisis financiera. Y todo lo que se predijo, ocurrió. Cuando la reina del Reino Unido pidió a un grupo de economistas cómo era posible que no hubieran sabido prevenir la crisis, el portavoz de dicho grupo, Luis Garicano, el gurú económico de Ciudadanos, no supo responder, cuando, en realidad, era muy fácil de ver si uno abandonaba la fe en el dogma neoliberal (siendo tal economista uno de sus más fervientes creyentes) para mirar simplemente la realidad que le rodeaba.

Los impactos sumamente negativos que presentaban tales políticas se justificaban bajo el lema de que “no había otras alternativas”. Juan Torres, Alberto Garzón y yo mostramos la enorme falsedad de tales propuestas, señalando que por cada recorte de gasto público social que dañaba a las clases populares, se podría haber hecho otro recorte, sustituyendo al anterior, que hubiera afectado a las clases más pudientes. Y también mostramos que el hecho de que no se escogiera una alternativa y no la otra se debía precisamente a la enorme influencia que tales clases pudientes tenían sobre el Estado español y sus partidos gobernantes.

Así pues, y como ya he indicado antes, lo que ocurrió era muy predecible, así como también lo fue la protesta popular en contra de la aplicación de tal dogma. En España dicha protesta tomó la forma del 15-M, el movimiento de los indignados, que tuvo un enorme impacto en el país y que tenía como objetivo la denuncia de la nula representatividad de las instituciones que se definen a sí mismas como representativas. El eslogan “no nos representan” lo decía todo. Fue un auténtico tsunami. Y de ahí nació un movimiento político-social, Podemos. Así fue como nos pidieron a Juan Torres i a mí que hiciéramos un borrador de su programa económico, que elaboramos en base a nuestra obra Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España (Editorial Sequitur, 2011), realizada conjuntamente con Alberto Garzón. Dicho programa fue mejorado más tarde por las deliberaciones y las discusiones dentro de aquella formación política.

La respuesta de hostilidad por parte del establishment político-mediático hacia dicho programa fue enorme. Y como era predecible, lo intentaron destruir, mintiendo y presentándolo como “escrito en Venezuela” (antes, durante la Guerra Fría, se utilizaban otros puntos de referencia, como Moscú o Pequín), cuando en realidad era un programa de sensibilidad kaleckiana, que quiere decir socialdemócrata de raíces escandinavas. La escasa densidad intelectual de las fuerzas conservadoras y neoliberales hace que en España (incluyendo Catalunya) se sustituya el debate por el insulto, magnificado en las cajas de resonancia que proporcionan los medios.

Las clases populares son conscientes de esta situación, de ahí que la clase política y los medios de información estén en España entre los menos valorados en la Unión Europea.

Pero el cambio es posible, y para ello es importante romper el fatalismo de aquellos que se muestran pasivos porque dicen que hay muy poco que se pueda hacer. Y una cosa que deberían hacer los lectores que son conscientes de este enorme desequilibrio es escribir cartas de protesta a tales medios de información para mostrar el desacuerdo con lo que están diciendo. Porque el nivel de estos medios es tal que deberían ser definidos como medios de persuasión y manipulación. Lo peor que puede ocurrir es que la gente se mantenga pasiva, absorbida por una mentalidad según la cual no se puede hacer nada para cambiar esta situación. Y este es precisamente el mensaje que tales medios continúan promoviendo, acentuando que no hay alternativas o algo parecido. Pero la evidencia científica muestra claramente que sí que las hay, y que no se hayan llevado a cabo se debe a que las élites financieras y económicas del país son determinantes en las políticas gubernamentales. Es necesario y urgente que esto cambie, porque, insisto, de haber alternativas sí que las hay. Lo que ha faltado hasta hoy ha sido voluntad política para aplicarlas. Así de claro.

Por Vicenç Navarro

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universitat Pompeu Fabra

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Martes, 19 Marzo 2019 06:37

La nueva teología neoliberal

La nueva teología neoliberal

Un anuncio de la marca de tés Hornimans hace gala de anunciar un “nuevo movimiento: el yoismo”. Un movimiento sobre una supuesta fórmula de la felicidad que consistiría en “dejar de pensar tanto en todo, para pensar más en ti”. Es la reedición del también denominado “yoismo” de finales del XIX, antepasado de los actuales manuales de autoayuda, tan de moda en la época contemporánea, que procuran recetas para aprender a superar la crisis “cambiándote a ti mismo” y no las condiciones de explotación y alienación del entorno económico y social.

Este anuncio, como el de la conocida marca Ikea, “La República independiente de tu casa”, exalta los valores esenciales del neoliberalismo, la nueva fe en el que nos están educando: “quiérete a ti mismo”, “practica el yoismo”, “cree en ti”, “no necesitas a nadie”, “estar solo es cool”, “vuela libre”. El contacto permanente y diario con slogans producidos por esta industria cultural neoliberal para justificar el actual capitalismo salvaje genera en el inconsciente colectivo el material suficiente que sirve de base y anclaje para la servidumbre voluntaria.
Se está produciendo así una suerte de revolución individualista que “normaliza”, naturaliza e incluso exalta las posiciones ideológicas del “egoísmo” como una virtud incluso. Entroniza el interés propio, la competitividad y el triunfo, como pasaporte al bienestar y la felicidad individual, en un contexto que define las relaciones humanas como jungla de lucha constante y selección darwinista. Toda posibilidad de proyecto comunitario, basado en los derechos humanos, la equidad y la justicia, queda desplazado o arrinconado en el imaginario de lo utópico o hipotético.


Está claro que no solo vivimos una guerra económica, donde el saqueo de los recursos colectivos se perpetra desde los cómodos despachos de Wall Street y el Ibex 35. Asistimos simultáneamente a una guerra ideológica, que impone imaginarios colectivos afines al pensamiento dominante. Y el papel de los sistemas educativos en la construcción de esta narrativa es determinante para el lobby neoliberal.


Han tardado años, han gastado miles de millones en promover su doctrina, pero cada céntimo ha valido la pena. Porque aplicaron la propuesta de Gramsci: si eran capaces de controlar la mente de la gente, su corazón y sus manos también serían suyos. De esta forma, el discurso neoliberal del egoísmo es visto actualmente como la condición natural y normal de la humanidad.


El neoliberalismo es, en esencia, un capitalismo sin contemplaciones. La expresión más reciente para describir la eterna lucha de clases de esa minoría que se ha enriquecido a costa de quienes mantienen constantemente sumidos en la pobreza hasta límites genocidas, con el agravante del “pillaje planetario” de las riquezas y los recursos de la naturaleza, del conocimiento compartido y del esfuerzo colectivo que son los “bienes comunes” de la humanidad.


Esta ideología se ha extendido como un virus por todos los rincones del planeta, imponiendo la adoración unánime de los valores de la sociedad neoliberal. Una monocultura que maneja las mismas informaciones y noticias en todas partes. Donde se ven las mismas películas, se conducen los mismos automóviles, se imponen las mismas modas, se escuchan las mismas canciones y se soportan los mismos anuncios publicitarios. En ellos se reflejan nuestros sueños y anhelos. Sus imágenes dominan los sueños, y los sueños determinan las acciones.
Pasado el tiempo de la conquista por la fuerza, llega la hora del control de las mentes y las esperanzas a través de la persuasión. La ‘McDonalización’ es más profunda y duradera en la medida en que el dominado es inconsciente de serlo. Razón por la cual, a largo plazo, para todo imperio que quiera perdurar, el gran desafío consiste en domesticar las almas.


La clase trabajadora nunca se hubiera “convertido” voluntariamente o espontáneamente al modelo neoliberal mediante la sola propaganda del modelo. Ha sido preciso pensar e instalar, “mediante una estrategia sin estrategias”, los mecanismos de educación del “espíritu”, de control del cuerpo, de organización del trabajo, de reposo y de ocio, basados en un nuevo ideal del ser humano.


El paso inicial consistió en inventar el “ser humano del cálculo” individualista, que busca el máximo interés individual, en un marco de relaciones interesadas y competitivas entre individuos, como base y normal esencial del modelo. Se asienta mediante un discurso que alega que la búsqueda del interés propio es la mejor forma mediante la que un individuo puede servir a la sociedad, donde el egoísmo es visto casi como una “norma y deber social” y las relaciones de competencia y mercado se naturalizan. La finalidad del ser humano se convierte en la voluntad de realizarse uno mismo frente a los demás. El efecto buscado en este nuevo sujeto es conseguir que cada persona considere que autorealizarse es intensificar su esfuerzo por ser lo más eficaz posible, como si ese afán fuera ordenado por el mandamiento imperioso de su propio deseo interior.


La empresa se convierte así, no sólo en un modelo general a imitar, sino que define una nueva ética neoliberal, cierto ethos emocional, que es preciso encarnar mediante un trabajo de vigilancia que se ejerce sobre uno mismo y que los procedimientos de evaluación se encargan de reforzar y verificar. De esta forma cada persona se ve compelida a concebirse a sí misma y a comportarse, en todas las dimensiones de su existencia, como portador de un talento-capital individual que debe saber revalorizar constantemente. El primer mandamiento de la ética del emprendedor es “ayúdate a ti mismo”. Y sus tablas de la ley se rigen por la competencia como el modo de conducta universal de toda persona, que debe buscar superar a los demás en el descubrimiento de nuevas oportunidades de ganancia y adelantarse a ellos. La gran innovación de la tecnología neoliberal consiste, precisamente, en la gubernamentalidad, vincular directamente la manera en que una persona “es gobernada” con la manera en que “se gobierna” a sí misma.


El problema es que es más fácil evadirse de una prisión física que salir de esta racionalidad “libremente elegida”, ya que eso supone liberarse de un sistema de normas instauradas mediante técnicas de control del yo, como analiza el filósofo coreano Byung-Chul Han en sus publicaciones.

 

Por Javier Díez Gutiérrez, profesor de la Universidad de León. Coordinador del Área Federal de Educación de Izquierda Unida. Miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado por Nazanín Armanian, María José Fariñas Dulce, Pedro López López, Rosa Regás Pagés, Javier Sádaba Garay y Waleed Saleh Alkhalifa.


18/03/2019

 

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Miércoles, 28 Noviembre 2018 06:14

La pesadilla de Polanyi

La pesadilla de Polanyi

Para entender el daño que el neoliberalismo ha causado en nuestras sociedades, es bueno tomar algo de distancia histórica. La perspectiva desde horizontes temporales largos permite cuestionar los mitos y leyendas que impiden una crítica certera sobre la economía de mercado y el capitalismo. Un vistazo al pasado ayuda a comprender que las heridas en el tejido social no son superficiales y que se acompañan de una peligrosa mutación hasta en la misma forma de pensarnos.

Lo primero que enseña la perspectiva histórica es que la sociedad de mercado no siempre existió. Este es el hallazgo fundamental de Karl Polanyi, autor de la obra magistral La gran transformación. Si bien los mercados eran conocidos desde finales de la llamada edad de piedra, las relaciones puramente mercantiles estaban acotadas por otro tipo de relaciones sociales que no tenían nada que ver con precios y mucho menos con una finalidad de lucro. Para decirlo en palabras de Polanyi, no es lo mismo una sociedad con mercados que una sociedad de mercado.

Ninguna sociedad puede sobrevivir sin un sistema económico. Pero el sistema económico basado en la idea de un mercado autorregulado es una novedad en la historia. En la antigüedad existieron mercados de todo tipo de bienes, desde telas y sandalias hasta utensilios y alimentos. Había precios y monedas. Pero las relaciones mercantiles estaban sumergidas en una matriz de relaciones sociales cuya racionalidad no era obtener ganancia o beneficio económico. Como dice Polanyi, aquellas relaciones mercantiles estaban encasilladas en otro tipo de relaciones sociales.

Las cosas cambiaron hace unos 200 años. La sociedad del siglo XVIII fue testigo de este portentoso cambio y le saludó como si se hubiese alcanzado la cima de la civilización. La admiración creció con el mito de que culminaba con esa transformación un proceso cuyo motor era una supuesta "propensión natural de los seres humanos al trueque", para usar las palabras de Adam Smith. Esa creencia es la que anima la mitología sobre una evolución natural que condujo a la sociedad de mercado.

La realidad es que no hay nada natural en la expansión del tejido mercantil. En los poblados y las ciudades de la Europa medieval el comercio era visto con recelo y como amenaza a las instituciones sociales. Por eso se le regulaba de manera estricta, con la obligación de hacer públicos los detalles de precios y plazos para cualquier transacción mercantil y la prohibición de utilizar intermediarios. Además, se mantuvo una separación rigurosa entre el comercio local y el de largas distancias. Los comerciantes dedicados a estas últimas actividades estaban inhabilitados para ejercer el comercio al menudeo. Los mercados fueron siempre una dimensión accesoria de las relaciones sociales.

La aparición de estados unificados territorialmente impulsó la destrucción de las barreras proteccionistas de los poblados y primeras aglomeraciones urbanas, además de proyectar la política del mercantilismo a un primer plano. Así se abrió la puerta a la creación de mercados nacionales. Si las relaciones de mercado llegaron a cubrir con su manto toda la trama de relaciones sociales, eso fue resultado de la acción del poder público o de lo que Polanyi llamó "estímulos artificiales", no de una pretendida "evolución natural".

La sociedad de mercado que se impuso a finales del siglo XVIII llevaba en su lógica la necesidad de convertir todo lo que tocaba en una mercancía. Entre otras cosas necesitó de la mercantilización de bienes (como la tierra), que anteriormente no habían sido objeto de transacciones en un mercado. Sólo así podía pretender al título de mercado autorregulado. Cuando llegó la revolución industrial, la sociedad de mercado ya había transformado el entramado de relaciones sociales que había imperado en Europa. El capitalismo nacido en las relaciones agrarias en Inglaterra completó el proceso al convertir al trabajo en mercancía y en otro espacio de rentabilidad.

El neoliberalismo y la globalización de los pasados tres decenios también se impusieron por la acción del Estado. Y lo que antes había sido visto como una amenaza para las instituciones, se convirtió en una realidad tóxica para el tejido social. Todo lo que nos rodea y hasta nuestro mismo cuerpo se ha transformado en espacio de rentabilidad para las relaciones mercantiles. La peor pesadilla de Polanyi se hizo realidad.

Sobre las espaldas de una teoría económica recalentada y refuncionalizada para servir de sustento ideológico, el neoliberalismo ha dependido de la astucia del capital para crear nuevos espacios de rentabilidad. Las fuerzas del mercado general han deformado las instituciones sociales y han creado una cultura del sentido común que cada día nos aleja más de la humanidad y del universo. Han forjado una cultura popular que gira alrededor de la competencia y del individualismo posesivo con consecuencias nefastas para los grupos más vulnerables. La historia del neoliberalismo es una pesadilla de la que nos urge despertar.

Twitter: @anadaloficial

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“En las depresiones también hay odio y rabia”

Discípulo de Lacan y referente ineludible del psicoanálisis contemporáneo, el psiquiatra y psicoanalista argentino desmenuza sus aportes teóricos respecto de los estados depresivos. La tristeza colérica, el enojo, el rencor y la fragilidad de los predepresivos.

Cuando una persona está deprimida no tiene ganas de amar. O mejor dicho: no ama. Hay determinadas características del estado depresivo. Una de ellas es la tristeza que invade a la persona. Es una tristeza muy diferente de la común que suelen tener generalmente todos, y es muy especial: la persona está triste de manera persistente durante quince días como mínimo. En cambio, la tristeza normal puede durar un día o dos, pero no más. Esta es una de las características del estado depresivo que brinda el prestigioso psiquiatra y psicoanalista argentino Juan David Nasio. Referente ineludible del psicoanálisis contemporáneo, Nasio, discípulo de Jacques Lacan –estudió en su escuela– y traductor al español de los Escritos del gran psicoanalista y psiquiatra francés, hace cincuenta años que reside en Francia y la misma cantidad de tiempo lleva abordando la problemática de la mente humana. Y, entre otros aspectos, es una voz autorizada para hablar de la depresión por su riguroso trabajo a lo largo de medio siglo tanto en el consultorio como en el ámbito de la investigación. Además,

Nasio es creador de teoría al respecto: sostiene que la tristeza depresiva es colérica. “Este es un aporte que yo hago a la teoría de la depresión y a la constatación de la depresión: no es una tristeza apagada sino enojada, irascible, agresiva, acrimoniosa. El sujeto está triste y enojado. La tristeza depresiva es irreductible; es decir que a pesar de los medicamentos, muchas veces no cede”, señala Nasio en la entrevista exclusiva con PáginaI12. La tristeza depresiva es, según él mismo ha comprobado en el consultorio, una tristeza que no se explica. No se sabe de dónde viene. “Por último, la tristeza depresiva es invasora: invade la vida, el trabajo e invade el amor. Es decir, la primera característica del estado depresivo es la tristeza con todas estas características”, explica Nasio. Junto a la misma hay pensamientos negativos, baja autoestima y odio. “Además, hay una pérdida de intereses, no hay deseo”, afirma el autor del libro Cómo trabaja un psicoanalista, entre una vasta obra tanto en español como en francés. 

–¿Hay una incapacidad de tener pensamientos agradables como deseo, goce, entusiasmo, alegría?


–Pero también hay incapacidad de tener sentimientos por el otro. Es el comentario: “No tengo ganas de hacer nada”, “No tengo ganas de amar, de hacer el amor, ni que me acaricien ni acariciar”. No le interesa el trabajo, el amor, el sexo ni los hijos ni la mujer. En el momento de la depresión no hay amor. El amor está como apagado.
–Es como un vacío sentimental.


–Exactamente.


–¿Cualquier ruptura de una relación de pareja puede derivar en situaciones sentimentales que ponen en peligro el equilibrio emocional o la depresión suele ser más frecuente cuando hay una pérdida de una relación en la que había mucha dependencia?


–Es lo segundo. Ahora bien, ¿qué es lo que lleva a esta tristeza invasora con todas las características, a estos pensamientos negativos y a esta pérdida de interés? ¿Qué es lo que lleva a esta enfermedad que llamamos depresión? Primero que nada, el motivo que está siempre presente en una depresión es que ésta se refiere a una desilusión que la persona ha vivido. Una desilusión amarga, dolorosa y que la ha vivido como una injusta traición.


–¿Por eso aparece el reproche?


–Sí, y por eso aparece lo que usted dijo recién: estaba muy simbióticamente pegada a alguien. Para que yo viva una desilusión tan fuerte, tan dolorosa y que me lleva a una depresión tuve que haber estado muy pegado a la otra persona. Antes de la depresión, es una persona muy dependiente de otra. Y cuando esa relación fuerte se resquebraja por una desilusión, a veces menor, se deprime.


–¿El depresivo es, entonces, alguien imposibilitado de dar y recibir afectos?


–Cuando se está en depresión, sí. Nosotros tenemos tres cosas para ver: cómo se presenta la depresión (es un estado, una enfermedad), qué es lo que la provoca o la desencadena, y luego está la fragilidad de esta persona.


–Claro, porque no todos frente a una desilusión similar se deprimen.


–Exacto. Primero, la depresión viene en un predepresivo. Y este predepresivo lo es porque tuvo un problema o un traumatismo cuando era niño o adolescente.


–Usted señaló que una persona deprimida tiene, de algún modo, odio y les reprocha a los demás. Tampoco se siente cómoda consigo misma, ¿no?


–El deprimido no se quiere, no está contento consigo mismo. Dice: “Soy un tonto, soy un estúpido”. Y, además, como yo digo que hubo una decepción, una desilusión que desencadenó a esa depresión, él se dice: “Me traicionaron y yo soy un tonto porque me dejé traicionar. Tendría que haberme dado cuenta de que a mi jefe le importaba tres pitos. Me hizo creer que yo era querido por él y que yo valía. En realidad, me engañó y yo me dejé engañar”. El se critica su fragilidad.


–La depresión está vinculada al rencor...


–Exactamente. Por eso, digo que es una tristeza rencorosa, una tristeza con rabia. Acá hay una polémica: cuando uno va a leer los grandes tratados sobre la depresión hoy, en 2018, todos hacen figurar la noción de la tristeza, pero pocos ponen el acento sobre el odio, sobre la rabia porque pocos ponen el acento sobre la desilusión. Hubo autores que hablaron del odio en la melancolía, pero eso es otra cosa. La melancolía no es la depresión. Es el grado extremo de la depresión. La depresión habitual que ataca a millones de argentinos y de otros países también es una depresión que no es psicótica. No hay delirio. En la melancolía hay delirio.


–Ya que toca el tema, ¿hay que ser psicótico para matarse o puede darse el caso de que cualquier persona en medio de una depresión atroz puede realizar el pasaje al acto?


–Es una pregunta muy difícil. El melancólico se mata porque le es insoportable ser él mismo. Considera que él es indigno de vivir. El delirio en el melancólico es un delirio de indignidad. En cuanto al depresivo que se mata, para mí el acto del suicidio es un acto de psicosis, aunque sea puntual. Es decir, cuando el depresivo, que no se delirante, que no es psicótico, se mata, pienso que ese acto es un acto psicótico.


–¿Por qué mucha gente confunde angustia con depresión?


–Hay más angustiados que deprimidos primero que nada, porque la angustia es más presente. Está a flor de piel. ¿Qué es la angustia y qué es la tristeza? Hay una diferencia. La angustia es un sentimiento del futuro. El dolor, la tristeza es un sentimiento de lo actual, de lo presente. La angustia es lo que me viene desagradable –y generalmente en el pecho– cuando pienso en algo malo que va a ocurrir. Esa es la diferencia entre tristeza depresiva (ahora) y angustia. Por supuesto que las dos se mezclan mucho en el estado depresivo. Cuando una persona está deprimida mezcla. Hay angustia también.


–Quienes no comprenden a una persona con depresión, ¿suelen confundir que el estar deprimido es una elección o una actitud?


–Sí. Primero yo puedo pensar que mi compañero, mi amigo está deprimido y, en realidad, está medio deprimido: puede seguir trabajando, amando. No le frena la vida. El estado de la depresión sí frena la vida. Cuando uno está deprimido, tal como yo lo defino, que es la definición normal de la depresión, ahí la vida está frenada. En cambio, podemos vivir con un estado medio depresivo, vago, y yo puedo decir que mi amigo está deprimido. Entonces, lo interpreto diciendo: “No tiene voluntad” o “Parala, che, ¡No podés estar así todo el tiempo!”, “La vida es una maravilla, ¿por qué no pensás? Tus hijos están bien, todo está bien. ¡Basta! ¡Parala!”. Puedo tener esa actitud. No es la mejor, pero uno puede vivir eso de que la persona más o menos deprimida no tiene voluntad.


–Quienes no padecen esta enfermedad, a veces, tienden a ver al deprimido como un ser egoísta. ¿Esto tiene que ver con el retraimiento de su vida afectiva?


–Exacto. El deprimido es una persona muy narcisista. Es un narcisismo no porque se quiera, porque hemos dicho que no hay autoestima. Es un narcisismo de estar ocupándose todo el tiempo de él mismo, en lo negativo. Yo lo llamo “narcisismo negativo” porque no es un narcisismo de amor de sí mismo sino un narcisismo de estar siempre ocupándose negativamente de sí. Y ese narcisismo está en el estado depresivo.


–¿Alimenta su propio dolor?


–Sí, y está pensando todo el tiempo: “¿Qué voy a hacer? ¿Dónde voy a ir? Qué boludo que fui, pero qué estúpido”. Está pensando sobre sí todo el tiempo y no se ocupa de sus hijos, ni de su mujer ni del trabajo. Yo hablo de eso en términos de narcisismo negativo. Ahora bien, el narcisismo negativo del deprimido se contrasta con el narcisismo excesivo del predeprimido porque hemos hablado de que el predeprimido es alguien muy pegado a otro, muy dependiente, muy seguro de sí mismo cuando es querido. Es un narcisismo excesivo. Está seguro de que todo va a ir bien y que él vale mucho.


–¿La persona deprimida experimenta un miedo a querer por el miedo a una nueva pérdida, por ejemplo?


–Ahí está la angustia. Efectivamente, el deprimido que va saliendo es como si hubiera dicho: “Uh, ya me pasó”. Está la angustia de si le va a pasar lo mismo que le pasó con el otro, le da miedo de pegarse a otro. Y, sin embargo, se va a pegar.


–Si se ha trabajado a fondo a un deprimido en una psicoterapia, ¿éste puede curarse o va a ser un depresivo potencial?


–Yo pienso que podemos lograr la remisión definitiva, en psicoanálisis. Y hablo de esto muy importante porque muchos colegas psiquiatras neurológicos piensan que un depresivo no tiene que estar en psicoanálisis. “El depresivo no tiene que estar en psicoanálisis, el psicótico no tiene que estar en psicoanálisis y el borderline no tiene que estar en psicoanálisis”. No queda nadie. Los únicos que quedan son los neuróticos. ¡Pero no! El depresivo es el estado de crisis de un neurótico. Sin ninguna duda, he tenido tantos pacientes con depresión que se han mejorado definitivamente y que me mandan cartas. Otros relativamente, pero han salido de la crisis, y no han habido más episodios nuevos.


–¿Qué rol juega la culpa en el desarrollo de una depresión?


–Muy importante, porque es una mezcla de rabia y de culpa. Primero, es una mezcla de rabia contra aquel que me desilusionó, me traicionó y, al mismo tiempo, me siento con culpa hacia aquellos que me quieren y que yo hago daño con mi enfermedad, me siento culpable. O, a veces, inclusive en el sentido de decir: “Soy un tonto de haberme dejado llevar. No tendría que haber creído tal o cual cosa, tal decisión que tomé”. Es una mezcla entre la rabia y mi autocrítica. Se mezcla la culpa, pero la culpa más definitiva, más clara es frente a aquel que me quiere, la culpa es hacerle daño a aquel que quiero. Entonces, está mi familia, yo estoy mal, me dan medicamentos, voy a ver al médico, no mejoro, me siento muy fácilmente culpable.


–¿La cultura exitista, característica de la vida moderna, suele ser un factor que favorece el desarrollo de una depresión?


–Absolutamente, porque el predepresivo (no el deprimido) es una persona muy exigente consigo misma. Está siempre poniendo muy alto el nivel de acceso, de competencia y siempre con el sentimiento de que no llega, siempre está en falta.


–¿Y es sensible al fracaso?


–Hipersensible a tres cosas: a la privación (que le falte algo), a la humillación y a la frustración. Esto es teoría mía porque en lugar de decir “hipersensible al fracaso” prefiero ser más preciso. Fracaso significa perder un trabajo, por ejemplo. Ser humillado es decir: “Alguien me trató mal” y eso me puede ya desencadenar una depresión. No es una humillación objetiva, toda humillación es vivida. El predepresivo pierde un trabajo (privación) y se deprime; si es humillado, se deprime, y si es frustrado en algo que él espera, se deprime. Son tres variantes de las pérdidas: la pérdida de un bien, la pérdida de un amor propio y la pérdida de una espera.


–¿El individualismo que también propone la vida moderna es una de las causas del incremento de esta enfermedad?


–Sí, por supuesto. Para mí, el problema es que el predepresivo tiene un alto nivel de exigencia. Nosotros vivimos en una sociedad que hay que tener ese alto nivel de exigencia. Vivimos en una sociedad en la que hay que cuidar el trabajo, hay que cuidar que nos quieran, que nos admiren, que nos aprecien, que aprecien nuestro trabajo. Es muy difícil.

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Domingo, 06 Mayo 2018 06:14

Neoliberalismo y Posfascismo

Neoliberalismo y Posfascismo

Los distintos estudiosos del neoliberalismo consideran, bajo distintos ángulos teóricos, que el mismo constituye un nuevo tipo de “racionalidad” o fundamento que se va tornando incompatible con las tradiciones liberales modernas. Su característica más notable es la transformación del ser hablante, mortal y sexuado en un ente solo considerado como “capital humano “, el que imperativamente debe tender hacia su autovaloración permanente e ilimitada. Esto ha implicado la aparición de nuevas figuras históricas en el escenario de la vida social: el “consumidor consumido”, “el empresario de sí mismo”, “el deudor permanente de su propia vida” la lógica del “ganador-perdedor” en todos los pliegos más íntimos del vínculo social, la “vida matable”, sin luto y sin duelo. A esta resumida lista de figuras contemporáneas emergentes en el tiempo del neoliberalismo, debemos agregar el nuevo tipo de sacrificio colectivo sin causa alguna, sólo provocado por exigencias financieras.

En este escenario general, donde la subjetividad deviene “capital humano” todos los pactos, procedimientos, contratos institucionales, que constituyeron a la democracia moderna ingresan aceleradamente en un proceso de licuefacción. Reduciendo a la democracia y sus instituciones a puros simulacros que progresivamente van perdiendo su eficacia simbólica. En este caso el famoso “Estado de excepción” no procede desde una fuerza exterior que interrumpe las garantías constitucionales.


Evocando una metáfora precisa de Wendy Brown, “el neoliberalismo se asemeja más a una termita que a un león”. Su corrosión comienza por el interior de la estructura del edificio y con la constancia, velocidad y la eficacia de un dispositivo que ya no necesita siquiera de políticos competentes o dotados de noción de Estado o perspectivas históricas.
Por lo mismo nadie se reconoce como “neoliberal”, todo el mundo es un demócrata que cumple con la obligación de construir un círculo inmunitario frente al hecho maldito del “populismo”.


Sin duda esta es una cuestión también filosófica, todos los proyectos de la modernidad que relacionaban la experiencia de la verdad como una transformación de si y a la vez con una transformación colectiva entran en un severo colapso. Lo que vuelve a esas grandes apuestas teóricas y éticas en búsquedas tan necesarias y urgentes como también inciertas.


¿El Capital humano en el que deviene la subjetividad contemporánea es asignable a algún género? Indudablemente en el estrago general de un mundo sólo sujeto a la financiarización, la mujeres padecen la peor parte por su singular lugar de vulnerabilidad histórica. Pero a la vez hay que admitir que el Capital no se sostiene en ninguna significación fija ni estable y por tanto carece de género. Su eficacia como dominación se produce precisamente en esta carencia de significación estable. Por lo mismo puede integrar a todas las semánticas políticas de forma mutante y desplazada a la constante reproducción de sus intereses de rentabilidad. Es la diferencia clave con respecto al Amo moderno que va perdiendo su consistencia.


Esto constituye un grave problema actual para aquellas elaboraciones discursivas que aún se proponen construir un esbozo de una lógica política de la Emancipación. Porque indudablemente deben tarde o temprano pasar de una lógica de la resistencia a una propuesta afirmativa de proyecto futuro. Cuestión sumamente espinosa en un período de la historia donde el porvenir se muestra con las señales del Apocalipsis. Incluso por difícil que sea la tarea, la cuestión de una nueva Internacional de una izquierda popular se impone como tal.


En la complejidad de semejante panorama, donde el capitalismo en su mutación neoliberal posfascista no tiene contradicciones que de modo inmanente lo conduzcan a su final, resta sólo una brecha que los proyectos nacionales, populares y emancipadores deben tener en cuenta: el neoliberalismo en la heterogeneidad cambiante de sus formas sólo dispone de una administración económica represiva, para lo que sus representantes definen como “gobernanza”. Dicho de otro modo, no dispone de ninguna capacidad para articular Pueblo, Nación y Estado. De allí sus inevitables apelaciones al surgimiento de una identidad xenófoba y racista para darle un nuevo contenido a la Nación. Por tanto carece de legitimidad para construir un gobierno democrático. De esta brecha y sus posibles derivas políticas, depende el futuro de la condición humana.


por Jorge Alemán, psicoanalista y escritor.

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“La escuela es un engranaje del capitalismo: educa para que cada uno busque el éxito a costa del otro”

Christian Felber (Salzburgo, Austria, 1972) tiene claro que el sistema educativo actual se ha convertido en un engranaje más de la máquina capitalista porque "educa para que cauno busque el éxito por encima del otro". Felber, profesor universitario, activista y cofundador del movimiento ATTAC en Austria, desarma en su último libro 'Por un comercio mundial ético' el paradigma del libre comercio y propone otro: el del comercio ético. Ferviente defensor de la democracia soberana directa, el profesor reflexiona sobre los valores que deberíamos anteponer a la "obsesión por el crecimiento de la actividad económica". Felber defiende un cambio radical en el modelo económico y en lo que se conoce como la economía del bien común aboga por sustituir el Producto Interior Bruto (PIB) como unidad de medida de la riqueza por otro indicador, el Balance del Bien Común, que prima valores como la justicia social, la dignidad humana o la sostenibilidad medioambiental.


La ciencia económica se ha deslizado hacia el capitalismo. ¿Está equivocada?


Está equivocada de contenido y de nombre. El enfoque predominante actual es el de los objetivos financieros, el beneficio…De hecho, no es ciencia económica, sino ciencia crematística. La economía debe tratar, en primer lugar, de la felicidad y el bienestar de las personas, del bien común. Y el dinero solo debe ser un medio para ello. Pero si el medio se convierte en el fin, por definición ya no es economía, sino capitalismo. La economía de verdad pondría todos sus activos en el bien común.
En la actualidad, el éxito de la sociedad se mide de acuerdo al éxito de la empresa, pero teniendo en cuenta valores como la competitividad y no la ética.
Es el dominio del capitalismo. Es algo anticonstitucional. Repasando las constituciones de los países democráticos hay unanimidad en que lo importante es el bien común, el bien general y explican que el capitalismo es un medio para conseguir ese fin. Y yo me pregunto entonces: ¿Dónde está el balance del bien común que es obligatorio para las empresas?


Lleva predicando por el bien común desde hace años. Cuando echa la vista atrás. ¿qué sensación le queda?


Es una cuestión de tiempo regular el capitalimo y encaminarlo hacia el bien común. Pero es algo que no sé si lo podremos conseguir en los próximos tres o 30 años. Hago lo que hago porque me parece justo, correcto y me da libertad para comprometerme por los valores que considero apropiados. No es el éxito a corto plazo lo que me guía ni me motiva.


¿Se trata de ganar menos dinero?


Los ricos son los que tienen que ganar menos, pero los pobres sí deben consumir más. Hay que repartir los recursos de la tierra de una forma equilibrada entre todos sus habitantes. Es un derecho humano ecológico. Cada vez que realizamos una compra habría que abonar un precio ecológico al igual que un precio financiero. Al igual que nos damos cuenta cuando la cuenta financiera está vacía, si también hay una cuenta ecológica vacía nos preocuparíamos. La idea es que aquellos que hoy se están pasando ya no tendrían capacidad de compra ecológica. Pero los que consumen menos de lo que es posible pueden consumir más.


¿Qué lecciones se han extraído de la crisis?


Desde China a Estados Unidos, la desigualdad es excesiva, pero no veo ningún parlamento del mundo que la limite. En cambio, sí que hay parlamentos regionales que caminan en esa dirección. Por eso hemos propuesto que sean los ciudadanos soberanos los que tomen la decisión de terminar con la desigualdad. Su deseo es que como mucho haya una diferencia de 10 a 1 entre el que más cobra y el que menos. En las cuestiones de limitación de poder, la democracia indirecta fracasa. Para eso hace falta la democracia directa.


La democracia directa no reemplaza a la indirecta. Solo añade un elemento más, dando a los ciudadanos el derecho de cambiar o, incluso, vigilar la Constitución
Los políticos tienen miedo a esa fórmula.


No todos. Es una cuestión de tiempo. La democracia directa no reemplaza a la indirecta. Solo añade un elemento más, dando a los ciudadanos el derecho de cambiar o, incluso, vigilar la Constitución.


Parece que la educación también se ha contagiado de los valores del sistema capitalista, promocionando solo a los mejores.


El problema empieza con la ciencia económica, que no enseña las alternativas. Hay un pensamiento único, por eso es una ideología. El problema es que en la escuela primaria y secundaria en lugar de educar a seres humanos autónomos, con voz propia, con competencias democráticas, emocionales y de comunicación la tendencia es producir engranajes para la máquina capitalista.


¿Cómo se puede cambiar?


Los afectados son los que tienen que intervenir directamente en el sistema educativo. El único que no está afectado es el Ministerio de Educación y es el que precisamente se encarga de diseñarlo todo. En la democracia soberana serían los padres, los estudiantes, los profesores y algunos agentes más los que diseñarían las pautas del sistema educativo. Seguro que no se planteaban producir engranajes para el sistema educativo, sin empoderar seres humanos autónomos.


La escuela fomenta la competitividad en la peor acepción del término.


En latín la palabra competencia significa buscar juntos, pero la escuela está educando para que cada uno busque el éxito a costa del otro. Justo al contario de los valores constitucionales, que son la solidaridad y la cooperación.


En su último libro ‘Por un comercio mundial ético’, se pregunta cómo ha podido el libre comercio convertirse en la religión de nuestra era


Trato de demostrar que el libre comercio extremo está destrozando todos nuestros valores. Lo podríamos llamar comercio neurótico, pero no libre. El comercio ético es una alternativa porque considera al comercio como un medio para servir al bien común. Las empresas cuando quieren acceder al mercado mundial ético tienen que presentar un balance del bien común, en qué medida sirven a los derechos humanos, al distribución justa, al medio ambiente….Cuanto peor son estos parámetros menos libre resulta el comercio. Los productos tendrían que mostrar toda su trayectoria, desde dónde se fabrican hasta los impuestos que la empresa paga. Todo eso se evalúa y la puntuación que se obtiene del bien común lleva a aranceles e impuestos diferenciados a las empresas o la prioridad en la contratación pública.
Algunos países propugnan el libre comercio, pero defienden con firmeza el proteccionismo.


Proteccionismo es un término equivocado. Podría significar protección de industrias jóvenes, tecnologías delicadas encaminadas al bien común, pero no es así. Pero el proteccionismo se ha convertido en un fin en sí mismo. Es un extremo que no tiene sentido. Tanto el libre comercio como el proteccionismo adolecen de los mismos excesos. El comercio puede ser beneficioso y la protección también, pero el comercio en sí mismo no es una finalidad, como tampoco lo es el cierre de las fronteras.
Nadie parece dispuesto a regular el poder de las empresas transnacionales.


La fuerza de esas empresas radica en que ni los gobiernos ni los parlamentos están dispuestos a limitar su poder. Seguro que los ciudadanos soberanos lo harían sin vacilar, pero no tienen esa capacidad porque carecen de derechos. Y eso de la democracia representativa a menudo no funciona.


¿La globalización es buena o mala?


Es un medio. A veces, mercados globalizados pueden aportar ventajas, pero lo más importante es tener una economía local o regional estable, resistente y democráticamente controlable. Después podremos ampliar relaciones internacionales. Abrir las fronteras al máximo puede tener efectos nefastos, que pueden ir desde la erradicación de industrias regionales hasta la corrupción total y el acaparamiento regulador de los parlamentos.


¿La figura del arancel es mala por sí misma?


Puede ser neutral, lo mismo que el interés o el impuesto. Ningún economista dirá que el impuesto es malo de por sí. Son herramientas de la política económica. El arancel es un instrumento para encauzar y dosificar las relaciones comerciales. A veces queremos más comercio porque ayuda al bienestar de las personas, pero en otras ocasiones un exceso de comercio puede perjudicar. Para que un país no se cierre a las importaciones y promueva sus exportaciones obteniendo un superávit, un comercio ético se obligaría a balances equilibrados y no se aumentarían los aranceles. El límite es no obtener un superávit comercial a costa del otro.

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