Jueves, 26 Julio 2018 08:04

Escribir con sangre

Amigos de uno de los grafiteros pintan en su ataúd.

La sociedad calla ante la corrupción reinante en el país, ante los asesinatos, pero ven un muro rayado y se escandaliza.

La ciudad aún duerme, la madrugada sigue tan oscura que parece la noche. Una bien planificada estrategia cumple su objetivo: lograr entrar en la zona del metro de Medellín, donde se encuentran los vagones que no serán usados ese día. Seguramente, con muchos días de anticipación, los tres jóvenes habían observado, una y otra vez, el lugar más óptimo para realizar su acción, un lugar donde pudieran pasar desapercibidos de las cámaras de seguridad. Las vías aún no están en funcionamiento. El metro de Medellín significa ESCRIBIR en lo prohibido, en el Everest de los grafiteros.

Va amaneciendo, probablemente ya estaban por culminar su obra, probablemente no se percataron del tiempo o si lo hicieron decidieron correr otro tramo más de riesgo, tal vez sintiendo la adrenalina que produce exponerse al límite para mostrar su arte, para confrontar de la manera que saben hacerlo, para ganar el respeto de otros artistas grafiteros y de la sociedad, que cierra una y otra vez las puertas y cercena las posibilidades de expresar lo fresco, lo renovado, lo joven, de embellecer cualquier fondo con otros colores diferentes a los habituales. Tal vez todas esas cosas juntas impidieron medir correctamente los tiempos, y el primer tren de la mañana, no el de pasajeros, sino el de la verificación de ruta –antes de iniciar la jornada del día–, los encontró y cobro con sangre el ímpetu de su juventud.

Los detalles de lo ocurrido nadie los conoce, los escritores de muros y paredes se los llevaron consigo. Tiempo después de lo ocurrido la fiscalía y medicina legal dan explicaciones que salvaguardan la imagen del metro de Medellín, de la alcaldía, de toda la “respetable” institución pública. Ante esta situación, decidimos hablar con Juan López (nombre falso para cuidar el anonimato del artista) quien aceptó dialogar con desdeabajo, y al contarnos su historia nos mostró también la humanidad, el ímpetu marcado por la edad y la fuerza que mueve a las nuevas generaciones.

– “Soy grafitero hace once años, el grafiti me dio una salida de la violencia, porque en el barrio donde crecí siempre ha sido muy violento. Cuando yo era pequeñito, desde que me levantaba, pasaba por encima de los muertos. Siempre he convivido con las drogas, el vicio, el licor, y todo ese tipo de asuntos. Entonces, para no caer en ese tipo de vueltas –porque ya me estaban empezando como a gustar– me empezó a llamar mucho más la atención lo que era el grafiti, lo que era rayar y todo este asunto. A mi no me gustaba ni dibujar como tal, pero empecé a tener gusto por los colores, las líneas, las letras y todo el asunto. El grafiti para mi fue una salida a todo ese entorno, una escapada al entorno que me agobiaba todos los días”.

Al iniciar nuestra conversación, Juan estaba muy reacio a hablar con nosotros, pero una vez que empezó a narrar su historia iba teniendo más confianza para expresarse, para contarnos y hacernos entender la importancia de lo que significa el mundo del arte grafitero para ellos.

– “El objetivo fundamental es apropiarnos de los espacios, porque la ciudad siempre ha estado llena de gris, nosotros algunos años atrás vivimos unas olas de persecución con diferentes alcaldes –depende de la ideología– que nos borraban los grafitis cada quince días y la ciudad se veía muy gris, entonces la idea de nosotros es apropiarnos de eso que llaman espacio público, que es de todos, y volverlo más colorido, porque el grafiti y el arte como tal se hizo para trasgredir, para incomodar, no para agradar a todo el mundo”.

Esa necesidad de incomodar, de la que nos habla Juan, dispara mi imaginación, porque de inmediato pude recordar las imágenes, letras, colores, cosas bellas y realidades incomodas estampadas en los muros y calles por los que camino constantemente, esos que seguramente, a partir de esta conversación miraré y leeré más atenta, pues allí hay mensajes, hay historias detrás de cada uno de esos lienzos callejeros. Es inevitable preguntarle a Juan ¿a quién quiere incomodar?

–“Incomodar a todo el mundo que prefiere una ciudad gris, en vez de una ciudad llena de color, una ciudad llena de expresión, una ciudad llena de libertad. Mucha gente dice: a mi lo que me gustan son los pajaritos y las flores –que es lo que pinta todo el mundo acá, que es lo que la alcaldía les paga por hacer–, pero no me gustan esas letras y cosas feas por ahí. La gente siempre ve un realismo bonito, un rostro y dicen: ¡uy! eso sí es arte.

Para pintar hay un lado legal, cuando pides permiso para una obra de gran magnitud, y el otro lado, el ilegal, que es cuando la persona quiere pasar ese tipo de límites y se fija otras metas: dejar su nombre en lo alto, llegar donde nadie más ha llegado. Todo eso es incomodar. Demostrar que no hay límite. Yo no le veo nada de malo a la pintura, pues la pintura se borra con pintura, en realidad hay problemas más graves en la sociedad que enfrentar. Todo el mundo se preocupa y tiene la doble moral; acá dicen que: ´ay no, los grafiteros´ y toda la vuelta, pero que pasa con los problemas de corrupción del país, con los asesinatos, con los robos, ante eso si callan, pero ven un muro rayado y se escandalizan”.

Como dice el poeta, “se hace camino al andar”, y de ello saben los jóvenes mucho, lo saben por intuición, lo saben por deseo de renovación, de cambio, de ruptura, lo saben por su deseo de que la vida sea mejor para todos y no para unos pocos. Hay sed de justicia y disposición para plasmarla.

Es la edad de las rupturas, de las trasgresiones, de la imaginación, de la realización plena, audaz. Es la edad donde los riesgos pierden sus límites, donde la relación acción-consecuencia se difumina, sin importar las consecuencias; es una lucha individual pero sobre todo colectiva: los jóvenes que se reconocen como grupo buscan su lugar en el mundo, pero el mundo, sobre todo en países como Colombia, les niega ese lugar y los margina, lo que acrecienta su decisión de trasgredir, de escandalizar, de romper las normas ilógicas creadas por adultos. Los grafiteros encuentran su fuerza e inspiración justamente en esos lugares prohibidos de pintar, donde el anonimato –que es su condición más preciada– puede escribir acerca de su disconformidad.

Juan concluye para nosotros, diciendo: “El grafiti siempre ha sido ilegal; no creo que los grafiteros sientan temor. Además, esta ciudad ya está llena de violencia, entonces, sino les da miedo hacer un grafiti en un barrio peligroso, ¿por qué temer hacerlo en otro espacio? Para ir más allá la cultura grafitera se une, lo que nos brinda más confianza para actuar”.

 

 

 

 

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Jueves, 19 Julio 2018 07:01

¿Por qué los jóvenes no se cuidan?

¿Por qué los jóvenes no se cuidan?

En la práctica del psicoanálisis con jóvenes, dos fenómenos se han vuelto preocupantes en el último tiempo. Por un lado, el incremento de enfermedades de transmisión sexual; no sólo la infección de VIH sino el retorno de las “venéreas” del siglo XIX como la gonorrea y la sífilis. En este punto, según una estadística reciente, el de las adolescentes es un grupo cuya vulnerabilidad crece cada vez más.

Por otro lado, entre los varones se destaca la tendencia a no cuidarse con preservativos. Algunos dicen que “no les gusta”, otros “que sienten menos”, varios “que les molesta”. Al mismo tiempo, entre los adolescentes varones se concentra uno de los principales grupos consumidores de Viagra. ¿Por qué los jóvenes recurren a la pastilla azul más que los adultos mayores que parecieran tener una dificultad más concreta con el órgano?


Para responder a este tipo de cuestiones, es preciso partir de una consideración básica: cada quien se defiende mucho más de la fantasía que de la realidad. Y la fantasía por excelencia en la juventud de las mujeres, es la de embarazo. El miedo a quedar embarazada es todavía un relato frecuente en mujeres que cuentan cómo hasta la adultez no pudieron tener relaciones sin presentir esa consecuencia como algo penoso; al punto de que muchas de ellas recién cuando el reloj biológico comenzó a apremiar, empezaron a vincularse de otra forma con la idea de la maternidad, es decir, sólo pudieron acceder al deseo de tener un hijo cuando el embarazo ya casi no es posible.


En diferentes ocasiones recuerdo haber conversado con pacientes jóvenes que me contaban que, como estaban menstruando, no se habían cuidado y preguntarles: “Pero, ¿vos para qué pensás que sirve el preservativo?”. Más de una vez me respondieron que es para no quedar embarazada; esto es algo que corroboramos de modo más amplio junto con las autoridades de una institución educativa cuando hicimos una actividad para concientizar sobre las enfermedades de transmisión sexual.


¿Cuál es el origen de la fantasía de embarazo? En principio, lo que habría que destacar es que se trata de una de las fantasías que inscribe la sexualidad en términos de culpa para la mujer. Cuando a principios del siglo XX Freud estableció la diferencia sexuada en términos de fálico y castrado, situó que cuando el varón reconoce la falta de pene en la niña considera que ahí antes hubo uno, sólo que se lo cortaron porque algo malo habría hecho. De este modo, para la interpretación fálica de la sexualidad, la diferencia entre varones y mujeres es también la diferencia entre varones y culpables. Una corroboración directa de esta cuestión se advierte cuando después de un femicidio muchas veces aparecen notas que cuentan la vida privada de la víctima, como si aspectos de su intimidad justificaran que se la hubiese matado. En el inconsciente, la mujer es culpable. Y los discursos sociales reproducen muchas veces este principio.


Ahora bien, para la joven el modo en que se inscribe la culpabilidad inconsciente es a través de la fantasía de embarazo. Esta es una consecuencia de que el sexo embarace a la mujer y no al varón. Al mismo tiempo, esta diferencia también explica por qué muchos varones se desentienden completamente de las consecuencias del acto sexual con una mujer, como si eso no les concerniera.


En estos días, de intensa discusión en torno al proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo, sería interesante pensar que mucho más que una práctica, lo que también se está pensando es la posibilidad de una subjetivación distinta para las mujeres, que como hijas no las deje solas con una culpa que, muchas veces, las lleva a la muerte. Una de las consignas más impactantes que leí fue la que sostenía una muchacha en un cartel que decía: “El varón aborta cuando se borra”.


Pienso que por este mismo motivo el proyecto conmueve tanto a las jóvenes, a muchas de las cuales veo por la calle con su pañuelo en la mochila o cartera. Porque si bien se habla de “la mujer” en abstracto, el destinatario es más concreto, como si se trata de una poner en juego una autorización de sexo diferente para las jóvenes. El derecho a decidir puede ser la ocasión de que las hijas ya no padezcan la tutela sexual que hace que los varones que están con muchas mujeres sean valorados, mientras que una conducta semejante en las mujeres es estigmatizada. El derecho a decidir puede estar en el lugar de la culpa, por eso antes que un proyecto a favor del aborto, acompañar en esta dirección puede ser la vía para que las jóvenes tengan una posición más agenciada respecto de su sexualidad. Acompañar el proyecto de interrupción voluntaria del embarazo puede ser también una medida en contra de los abortos.


Por otro lado, respecto de los varones y sus diversos motivos sensibles para no usar preservativo, se trata más bien de una justificación para esconder el síntoma de impotencia. Muchos no se ponen preservativo por temor a perder la erección, es decir, donde se les para penetran porque el tiempo que lleva la profilaxis, aunque sea mínimo, los “desconcentra” (como alguna vez me dijo un muchacho). La pregunta, en este punto, debería ser entonces: ¿por qué muchos jóvenes recurren al Viagra, donde falta la capacidad para simbolizar la potencia? Responder a esta pregunta sería extenso, pero puedo dar una indicación lateral: entre los conflictos de la masculinidad se destacan el conflicto de celos (que confronta con un deseo posesivo) y el de vergüenza (que confronta con una imagen degradada de sí, tal como cuentan muchos jóvenes que consultan porque no pueden hablar con una chica porque tienen “miedo de quedar en ridículo”). Como ya desarrollé en el libro titulado Ya no hay hombres, nuestra época se caracteriza por una destitución masculina que hace que a los conflictos de la masculinidad se responda con regresiones narcisistas que no permiten que el falo sea símbolo de la castración, es decir, que potencia e impotencia no sean opuestos sino que la potencia se consume con la detumescencia. De acuerdo con una afirmación de Lacan que me gusta mucho, podría decir que para los jóvenes de nuestra época “el falo queda reducido al órgano”; y la falla del órgano que, en otro contexto podría ser leída como signo de deseo (como le ocurre al muchacho que no tuvo problemas de erección sino con la chica que más le interesaba), hoy se ha vuelto insoportable.


Para concluir, debatir e intercambiar en torno a las fantasías que viven los jóvenes y los desafíos que hoy presenta la sexualidad adolescente es una tarea que sería importante apuntalar desde diferentes posiciones y disciplinas, especialmente porque no estamos pensando aspectos de coyuntura, sino posibles modificaciones de la subjetividad.


* Psicoanalista, doctor en Psicología y Filosofía por la UBA. Coordinador de la Licenciatura en Filosofía de UCES. Autor de diversos libros, entre ellos Más crianza, menos terapia. Ser padres en el siglo XXI (Paidós, 2018).

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Viernes, 01 Junio 2018 05:36

Los nietos de la revolución

Los nietos de la revolución

Los muchachos que han salido a las calles a dar la cara por Nicaragua, nacieron a partir de los años 90, o en este mismo siglo, y por tanto la revolución que derrocó a Somoza es un hecho ignorado para muchos de ellos, o ha sido distorsionado por la propaganda oficial, lo que viene a ser lo mismo.

Son los nietos de una revolución lejana o ausente en su memoria, pero la llevan de todas maneras en los genes, porque aquella se hizo también por razones morales, ante el hastío frente a una dictadura familiar que se creía dueña del país, y cuando se vio amenazada no vaciló en recurrir a la represión más cruel. Y al exterminio.


La dictadura de Somoza marcó a los jóvenes como delincuentes, y la juventud se pagaba con la vida. Cada día aparecían cuerpos torturados y mutilados, o simplemente con un tiro en la cabeza, en la cuesta del Plomo, al occidente de Managua, una morgue a cielo abierto donde las madres iban en busca de sus hijos desaparecidos. Por eso, el lema que se corea hoy en las marchas, ¡No eran delincuentes, eran estudiantes!, viene a resultar tan familiar, un eco que conecta al pasado de los abuelos con el presente de los nietos.
Todo ardor juvenil despierta la imaginación y llena las palabras de sentido, les da una dimensión que las vuelve verdaderas, y por verdaderas se convierten en parte de una cultura novedosa y fresca. Hablan entonces las paredes, los cartelones, y, hoy en día, habla también el humor desde los memes en las redes sociales. La improvisación ingeniosa se carga de legitimidad. Es un revés irreverente a la mentira.


Nos quitaron tanto que nos quitaron hasta el miedo, se lee en una pancarta de papel de estraza. Y en otra: Nunca había visto tantos valientes sin armas y tantos cobardes armados. Otro, pregona con mucha sabiduría: Cuando se lee poco se dispara mucho. Una muchacha ha escrito con plumón en su barriga de embarazada: Que se rinda tu madre, porque la mía no. Uno que está entre mis favoritos: Disculpe las molestias, estamos cambiando el país para usted. Y este que tiene indudable peso histórico Hay décadas donde nada ocurre, y hay semanas donde ocurren décadas.


Y también la insurrección cívica tiene su banda sonora, viejas canciones de los años 70, en las que reviven las voces de los Quilapayún entonando con ritmo nostálgico el pueblo, unido, jamás será vencido, y las que han compuesto los hermanos Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, y muchos otros cantautores jóvenes.


La lejanía, ese vacío a través de las décadas, hace, no obstante, que los nietos desprecien, o rechacen, no pocos de los símbolos bajo los que pelearon los abuelos; y aquellos de esos abuelos que detentan hoy el poder, se han vuelto indeseables para sus descendientes. Ellos y los símbolos de los que se han apropiado. La propaganda oficial obra milagros malsanos, como ha sido el abuso a lo largo de la última década de la bandera rojinegra, que de herencia histórica pasó a ser incautada por una secta.


Esa bandera, levantada por el general Sandino en las montañas de las Segovias en su gesta de seis años por la soberanía nacional, y cuyos colores identificaba en sus proclamas con los propósitos de su lucha, negro por el luto de la patria agredida, rojo por la sangre derramada, estuvo en las barricadas en la insurrección que dio fin al somocismo.


Y hay que advertir, porque es esencial, que entre una y otra lucha, la que culminó hace casi 40 años, en 1979, y la de ahora, hay una diferencia fundamental: los nietos pelean sin armas de guerra. Son los que han puesto los muertos, en una resistencia cívica sin precedentes, y de esta manera, aunque con dolor y sufrimiento, y sacrificio, le abren al país la oportunidad de un cambio político: el paso de la dictadura a la democracia, sin que medie una guerra civil.


Esa bandera a la que vuelvo, fue expropiada y malversada de tal manera, que llegó a sustituir, a la fuerza, a la bandera nacional, y usada como elemento decorativo hasta la náusea, se ha multiplicado en tarimas de actos públicos, comparecencias oficiales, desfiles y concentraciones, igual que se multiplicaron los árboles de la vida, hasta convertirse en símbolos odiosos del poder.


No es extraño entonces que los nietos la adversen, y hasta le prendan fuego, ya que ignoran que se trata de una herencia de sus abuelos, a su vez recibida de un tatarabuelo lejano y difuso, y cuya figura también ha sido distorsionada, y la vean sólo como una impostura que el nuevo poder familiar ha colocado en lugar de la bandera del país, cuyos colores, azul y blanco, se multiplican en las marchas de protesta, en las fachadas de las casas, en las ventanillas de los vehículos, en pañoletas y cintillos de cabeza, en las mejillas de los jóvenes manifestantes.


La bandera nacional se ha convertido en un símbolo subversivo que se enarbola de manera espontánea, y masiva, y representa la unidad del país en la lucha por conquistar la democracia y las libertades públicas. El partido oficial ha corrido a rescatarla, pero de manera tardía, y fallida. En sus manos, todo resulta en imposición, y en falsificación.
No hay nada de nacionalismo mezquino en el despliegue de la bandera de Nicaragua. Es el símbolo de los nietos por recuperar a la nación, y detrás de esa oleada han seguido sus padres y no pocos de los abuelos, que se ponen también detrás de los pasos que abren el camino hacia el futuro, dichosamente, hasta ahora, lejos los partidos políticos de esta marea.


Un reclamo así, sin caudillos ni aprendices de caudillos, encabezado por jóvenes lúcidos y transparentes, dichosamente inexpertos en artimañas políticas, es lo que nos dará una nueva Nicaragua. Es la hora de los nietos.


Masatepe, mayo 2018
sergioramirez.com
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Jueves, 31 Mayo 2018 05:54

Escuela de gladiadores

Escuela de gladiadores

En la visión histórica de la izquierda dos eran los fulcros de constitución de un sujeto político transformador: la fábrica y la universidad, cuya alianza buscaba el marxismo como detonante de la revolución. La fábrica porque era el lugar común de la explotación económica y, por lo tanto, de la toma de conciencia y de la concertación sindical. La universidad porque era el lugar común donde se daban cita la juventud y el saber, fusión modernísima que constituye desde el principio un explosivo oxímoron.


Hasta 1789 la juventud era guerrera, pero no sabia, y su participación en la guerra aseguraba más bien el recambio de un modelo estable y sin variaciones. Desde 1789, cuando un grupito de imberbes letrados derriba la monarquía absoluta, la juventud pasa a formar parte de la regla del cambio, el cual forma parte intrínseca, a su vez, del imaginario social occidental. Desde Sócrates, por otra parte, el saber es una amenaza para los que se resisten a él (al cambio) y su relación con el poder una peripecia pugnaz de asimilación y subversión.


En las sociedades antiguas o de ancien régime, en efecto, la juventud y el saber se habían mantenido cuidadosamente separadas, como una combinación potencialmente amenazadora para la estabilidad social. La Universidad es su unión. Lo es ya en la Edad Media, cuando surgen las primeras comunidades docentes (baste pensar en los goliardos y en su rebelión letrada contra la religión y los gobiernos) y lo es sobre todo en el siglo XX, cuando por primera vez todas las clases sociales, así como las mujeres, acceden a la Universidad. Para que nos hagamos una idea: en 1920 Francia cuenta con 50.000 estudiantes  universitarios; en 1987 esa cifra se eleva a un millón. Incluso España, siempre con retraso, pasa en ese período de 23.000 a 650.000 matrículas universitarias.

La Universidad pone al alcance de la juventud todo el saber acumulado de la humanidad, conservado y renovado al margen de los intereses de clase, las guerras y los vaivenes del poder. Si esta combinación ha sido fuente de cambio durante el último siglo es precisamente porque ha sido la Universidad la que ha intervenido en la sociedad y no al revés; porque la Universidad no ha sido un reflejo sumiso de la sociedad y sus servidumbres económicas sino porque, al contrario, la sociedad misma se ha transformado desde la Universidad; y no por casualidad –añadamos– desde las disciplinas más humanísticas. Los jóvenes, receptores subversivos de una tradición de conocimiento, hacían progresar las ciencias en el interior del campus al tiempo que desde él asaltaban en el exterior –y moldeaban de nuevo– las relaciones políticas y sociales. Esta “regla de cambio” alcanzó su colofón en la primavera –no sólo francesa– de 1968.


Hoy eso ya no es posible. La fábrica ha dejado de ser la matriz de los sujetos colectivos y la fragua de un “proyecto de vida” individual (lo que incluía una casa y una familia). La Universidad ya no es, por su parte, el “lugar común” donde la energía abstracta de la juventud se comunica con la memoria concreta de la humanidad. La misma mercantilización que ha condenado a los humanos al desempleo endémico y el trabajo precario –a una adolescencia eterna– ha abolido la juventud y ha privatizado el saber. La amputación de las ramas más “universales” y más “desinteresadas” del conocimiento –y, por eso mismo, las más necesarias– es inseparable de la conversión del campus en un campo de batalla donde se baten a muerte los futuros parados: gladiadores del mercado que tratan de ajustar sus perfiles a las contadas demandas de trabajo.


Con la reforma de Bolonia el curriculum lo hacen las empresas y los bancos; y la Universidad deja de ser, como lo fue en la era moderna, umbral iniciático de la experiencia personal (sexo, drogas, militancia) y memorización conflictiva del conocimiento humano. Sin trabajo y sin saber compartidos, fuente de revolución, queda el consumo, que es la versión light de la guerra, a la que los jóvenes sin futuro, pero también sin pasado común, acabarán volviendo a poco que una Europa sin soluciones y sin izquierda se incline un grado más hacia el abismo.


Por Santiago Alba Rico. Escritor y filósofo

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Sábado, 19 Mayo 2018 06:53

Un “faccionalismo” limitante

Un “faccionalismo” limitante

Las manifestaciones en la frontera de Gaza deben ser comprendidas en el contexto de la ocupación israelí, el asedio y el muy postergado “derecho de retorno” de los refugiados palestinos. Pero además merecen ser analizadas desde otra perspectiva paralela: el propio “faccionalismo” y las disputas internas de los palestinos.

 

El “faccionalismo” es un mal profundamente arraigado en la sociedad palestina que durante décadas ha impedido cualquier esfuerzo unificado para acabar con la ocupación militar israelí y el apartheid.


La rivalidad política entre Fatah y Hamas es catastrófica, porque ha ocurrido mientras el proyecto colonial israelí se profundizaba y el robo de tierra en Cisjordania se ha ido acelerando.


En Gaza el asedio sigue siendo asfixiante y mortífero. Sumada a la indiferencia regional y el bloqueo de Israel, que ya dura una década, la prolongada disputa entre facciones ha llevado a los gazatíes al borde de la hambruna y la desesperación política.


Las protestas masivas en Gaza, que comenzaron el 30 de marzo y cuyo fin estaba previsto para el 15 de mayo, han sido la respuesta del pueblo a esta desalentadora realidad. No se trata sólo de destacar el derecho al retorno para los refugiados palestinos. Las manifestaciones también buscan reconquistar la agenda, trascender las rivalidades internas y devolverle la voz al pueblo.


Con el paso del tiempo acciones injustificables se vuelven tolerables. Es lo que ha ocurrido con la ocupación israelí que, año tras año, se traga más tierra palestina. Hoy la ocupación representa prácticamente el statu quo.


El liderazgo palestino sufre del mismo encierro que su gente. Diferencias geográficas e ideológicas han comprometido la integridad de Fatah y de Hamas, volviéndolos irrelevantes tanto en su casa como a nivel internacional.


Pero jamás esta división interna había sido usada de manera tan eficaz como un arma para deslegitimar el reclamo de los derechos humanos más básicos de un pueblo entero. El argumento es: “los palestinos están divididos, así que deben seguir encerrados”


El estrecho lazo entre el presidente estadounidense, Donald Trump, y el primer ministro de Israel, Biniamin Netaniahu, ha sido acompañado por un relato político que no admite simpatía alguna hacia los palestinos. Según este relato, incluso el hecho de que familias se manifiesten pacíficamente frente a la frontera de Gaza debe ser considerado un “estado de guerra”, tal como argumentó el Ejército israelí recientemente.


Durante su visita a la región, el secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, repitió un mantra bien conocido al referirse a los muertos y heridos de las protestas en Gaza: “Creemos que los israelíes tienen derecho a defenderse”.


Los palestinos se encuentran encerrados, en Cisjordania por la ocupación, rodeados de muros, puestos de control y colonias judías, mientras que Gaza sufre un asedio hermético desde hace una década. A pesar de esto, Fatah y Hamas parecen tener otras prioridades.


A partir de la creación, en 1994, de la Autoridad Palestina (ANP), luego de la firma de los Acuerdos de Oslo, Fatah dominó la política palestina, marginalizó a sus rivales y combatió a cualquier oposición. Mientras operaba bajo la ocupación militar israelí en Cisjordania, prosperaba económicamente al recibir miles de millones de dólares en ayuda económica.


Y lo que es más, la Autoridad Palestina ha usado su poder económico para mantener su control sobre los palestinos, exacerbando la ocupación y varios tipos de control militar israelí.


Desde entonces el dinero ha corrompido la causa palestina. Dinero de “donantes”, miles de millones de dólares que recibió la ANP en Ramalah, transformaron la revolución y el proyecto de liberación nacional en una estafa financiera con muchos beneficiarios. La mayoría de los palestinos, no obstante, sigue siendo pobre. Y el desempleo se ha disparado.
A lo largo de su conflicto con Hamas, Majmud Abbas (presidente de la ANP) nunca dudó en aplicar un castigo colectivo a los palestinos para ganar puntos políticos. A partir del año pasado tomó una serie de medidas financieras punitivas contra Gaza, incluso un pago sospechoso a Israel por suministro de electricidad a Gaza, mientras le recortaba los salarios a decenas de miles de funcionarios en Gaza que seguían recibiendo su paga de las autoridades cisjordanas.


Esta tragedia política lleva más de una década sin que los partidos se pongan de acuerdo para poder avanzar más allá de sus discrepancias.


Varios intentos de reconciliación han sido saboteados, o bien por los propios partidos o por factores externos. El último de estos acuerdos fue firmado en El Cairo el octubre pasado, y aunque se anunciaba prometedor, pronto comenzó a tambalearse.


En marzo pasado un supuesto intento de asesinato contra el primer ministro de la ANP, Rami Hamdalah, provocó acusaciones cruzadas entre ambos partidos. Hamas afirmó que los responsables eran agentes de la ANP resueltos a destruir el acuerdo, mientras que Abbas acusó a Hamas de intentar matar al líder de su gobierno.


Hamas está desesperado por encontrar una vía para acabar con el asedio a Gaza, y el asesinato de Hamdalah significaría un suicidio político para el movimiento. La mayor parte de la infraestructura de Gaza se encuentra en ruinas, debido a las sucesivas guerras israelíes. El hermético asedio a Gaza ha impedido su reconstrucción o reparación.


Fatah y Hamas ofrecieron relatos diferentes sobre las decenas de miles de palestinos que manifestaban en la frontera de Gaza, intentando usar las protestas para destacar o inflar su propio apoyo entre los palestinos.


Frustrado por la atención que las protestas le generaron a Hamas, Fatah intentó organizar contramanifestaciones en apoyo a Abbas en Cisjordania. Como era de esperar, el resultado fue embarazoso, ya que sólo logró convocar a pequeños grupos de simpatizantes de Fatah.


Más tarde Abbas presidió una reunión del difunto Consejo Nacional Palestino (CNP) en Ramalah para hacer alarde de sus supuestos logros en la lucha nacional palestina.
El CNP es considerado el ente legislativo de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Tal como la OLP, ha sido relegado durante muchos años a favor de la ANP, dominada por Fatah. El líder de la ANP escogió personalmente a los nuevos miembros para integrar el CNP, asegurándose así que todas las instituciones políticas obedezcan a su voluntad.


Los palestinos desencantados por las divisiones políticas están trabajando para crear un nuevo espacio político, independiente de los caprichos de las facciones. Porque, para ellos, la verdadera lucha es contra la ocupación israelí, por la libertad palestina, y nada más.

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“El Salvador vive una situación como la que lo llevó a la guerra civil”



El exalcalde de San Salvador alerta de los perjuicios de la alta tasa migratoria del país


Madrid 18 MAY 2018 - 19:45 COT
El mes pasado una caravana de más de mil migrantes centroamericanos, algunos de ellos salvadoreños que huían de la violencia de las pandillas, entre otras razones, intentaron cruzar México para llegar a Estados Unidos y pedir asilo. El grupo terminó el viaje muy mermado, con apenas cerca de 150 personas, tras las amenazas del presidente Donald Trump de militarizar la frontera para impedir su llegada. “Tenemos una violencia probablemente entre las cinco peores del mundo de países que no están en guerra ─incluso le ganamos a muchos países que sí lo están─. Llegamos a los 4.000 homicidios al año”, reflexiona sobre las razones que llevan a sus compatriotas a abandonar el país Nayib Bukele (San Salvador, 1981), el político que se perfila como uno de los candidatos clave para las presidenciales del 3 de febrero del próximo año en el país centroamericano.
“Unos 200 o 300 salvadoreños migran forzosamente a diario”, continúa el exalcalde de Nuevo Cuscatlán y San Salvador, de visita esta semana para un encuentro con ciudadanos de su país residentes en Madrid. “En algunos casos pasa porque alguien les pone en la cabeza un arma y les dice que se vayan, pero en la gran mayoría de los casos se da porque en El Salvador no hay trabajo, ni oportunidades, no pueden mantener a sus familias, o viven en una zona en la que ya mataron al vecino, a la hermana… Sumado a esta pérdida de ciudadanos, hay 12 o 14 homicidios al día”, complementa.
La secretaria de Seguridad Nacional estadounidense, Kirstjen Nielsen, anunció a principio de año el fin del Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés) para más de 400.000 beneficiarios, entre ellos 195.000 salvadoreños, a quienes dio entre 12 y 18 meses para que regresen a su país o cambien su situación migratoria. El programa, creado en 1990, concedía permisos vivir y trabajar en Estados Unidos a ciudadanos de países afectados por guerras o desastres naturales. El permiso se renovaba automáticamente cada 18 meses, pero Trump lo ha eliminado y ha pedido al Congreso que legisle para regularizar la situación de los beneficiarios.
“Ahora que se quita el TPS, el país está obligado a brindar una solución a la gente que llega”, afirma Bukele, descendiente de migrantes palestinos que llegaron a El Salvador a finales del siglo XIX. “El Gobierno tiene la ventaja de que estas 200.000 personas ─que en realidad son unas 400.000 si se incluyen a los hijos nacidos en Estados Unidos─ llevan 18 años trabajando legalmente en EE UU, muchos de ellos son profesionales, graduados de las mejores universidades, empresarios, algunos de ellos millonarios… Pese a que pueden acogerse a otro estatus migratorio porque pueden invertir un millón de dólares, hay quienes también se están planteando regresar”.
En el centro de los problemas del país centroamericano está la violencia, que Bukele pide abordar como un fenómeno social. El problema se remonta, según afirma, a las causas sin resolver de la guerra que sacudió el país entre 1980 y 1992 y en la que hubo más de 75.000 víctimas mortales. “Terminó la guerra civil y se firmaron unos acuerdos de paz que no se cumplieron, solo la parte política en la que la guerrilla se convertía en partido y se desmovilizaban las tropas. Pero todo lo demás, la desigualdad social, la pobreza, la educación, la salud, la inseguridad, se mantiene”, asegura el líder del movimiento Nuevas Ideas, que abandera desde su salida del gobernante FMLN, la formación que resultó de la desmovilización de la insurgencia tras los acuerdos de paz.
“Si la sociedad salvadoreña no entiende que está enfrentada a un fenómeno social igual o más difícil que el que nos llevó a la guerra civil, no vamos a poder resolverlo”, alerta Bukele. “Tenemos que hacer dos cosas a la par: continuar persiguiendo el delito y recuperar a todos estos jóvenes, sobre todo a los que no han cometido delitos pero están en los círculos de las maras”, concluye.

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Por qué la gente joven se está uniendo de nuevo a los sindicatos en EE UU

La gente joven está en un punto de inflexión. Está frustrada por un sistema cuyas grietas fueron abiertas por generaciones anteriores, pero que solo se han propagado completamente para la suya.

En la Marcha por Nuestras Vidas en Washington DC, los rayos de sol atravesaban un marzo extemporáneamente frío, a través de los ordenados edificios brutalistas que bordean Pennsylvania Avenue. Cientos de miles personas inundan la avenida, igual que han estado inundando las líneas telefónicas y los correos electrónicos de los legisladores en las semanas recientes. En un escenario estratégicamente posicionado respecto al edificio del Capitolio, el joven de 17 años Cameron Kasky, un superviviente del tiroteo de Parkland [masacre en febrero de este año], ofrece esta declaración:


“A los líderes, escépticos y cínicos que nos dijeron que nos sentáramos y nos quedáramos callados, esperad vuestro turno: bienvenidos a la revolución. Es una poderosa y pacífica porque es de, por y para la gente joven de este país. Desde que este movimiento empezó algunas personas me han preguntado: ‘¿Crees que va a venir algún cambio de esto?’. Echad un vistazo, nosotros somos el cambio. Nuestras voces son poderosas, y nuestros votos importan. Así, prometemos arreglar el sistema roto en el que se nos ha obligado a estar y crear un mundo mejor para las generaciones que vienen. No os preocupéis, nosotros nos ocupamos”.

La declaración de Kasky trataba, por supuesto, sobre las armas. 17 de sus compañeros de clase y profesores le habían sido arrebatados, y a sus familias, amigos y a sus propios futuros, cinco semanas antes por un tirador que usó un arma automática para matar 17 personas en seis minutos y 20 segundos. También habían sido arrebatados por un sistema. Un sistema político en el que una amplia mayoría de estadounidenses, y especialmente los jóvenes, defienden políticas para frenar las muertes por armas de fuego, pero los políticos, sobornados por la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), no escuchan.

La gente joven está en un punto de inflexión. Está frustrada por un sistema cuyas grietas fueron abiertas por generaciones anteriores, pero que solo se han propagado completamente para la suya. Experimentan niveles sofocantes de deuda estudiantil junto a salarios e igualdad de ingresos en declive mientras ven empresas que monopolizan industrias enteras, y a veces incluso elecciones nacionales. La representación —la representación real— parece más teoría que realidad.

La gente, finalmente, está empezando a advertir el activismo de la gente joven para arreglar ese sistema. Sin embargo, muchos están confundiendo la nueva ola de cobertura mediática dedicada al activismo político juvenil con un activismo político recién adquirido por la gente joven. No es que la gente joven haya sido siempre políticamente inactiva, es que su activismo ha existido en lugares donde las generaciones mayores no están acostumbradas a mirar: en los campus universitarios, como el movimiento Know Your IX [en referencia al Título IX de las Enmiendas de Educación de 1972, relativas a la discriminación por razón de sexo] y las campañas por la igualdad de matrícula para los estudiantes indocumentados, y en movimientos activistas como #BlackLivesMatter [Las Vidas Negras Importan, contra la brutalidad policial], #ByeAnita [una exitosa campaña para conseguir que Anita Álvarez, fiscal del estado en el condado de Cook (Illinois), no fuera reelegida debido a su escaso empeño en perseguir a policías involucrados en casos de asesinato] y #Occupy.


Y ahora, cada vez más, en los sindicatos.


Por primera vez en décadas, la afiliación sindical aumenta entre la gente joven. Históricamente, la gente más joven no ha estado sindicalizada, y sus tasas de afiliación sindical estaban muy por detrás de los adultos más mayores. Pero, al igual que las leyes sobre armas que ya están siendo enmendadas, eso también está empezando a cambiar.


Según el Instituto de Política Económica (EPI, por sus siglas en inglés), en 2017 había 262.000 nuevos afiliados a sindicatos en Estados Unidos. El 75% de este aumento vino de gente joven (que el EPI considera aquellos con 34 o menos años, pero para los propósitos de este artículo, en general se refiere al subconjunto de más edad de la Generación Z y de la mayoría de los millennials, entre 16 y 35 años). La gente joven también tiene las actitudes más positivas hacia el trabajo organizado de entre todas las generaciones, y su apoyo en cuanto a partidos políticos se inclina profundamente hacia aquellos que defienden políticas a favor de los trabajadores (como posicionarse contra las leyes antisindicales), incluyendo los Demócratas y, cada vez más, los Socialistas Democráticos (DSA, por sus siglas en inglés).


Pero, por algún motivo, a diferencia de las generaciones previas, la organización laboral de la juventud no se ve como una parte integral de su organización, en general. Mientras mucha gente está documentando el aumento de la afiliación sindical juvenil y mucha más está describiendo el liderazgo juvenil en los espacios activistas, lo que falta es la idea de que estos dos fenómenos son en realidad uno: la gente joven está volviéndose hacia válvulas de escape exteriores que le permiten ejercer su política como resultado de un sistema político que, en general, no lo hace.

En un artículo para Jacobin Magazine, Micah Uetricht esboza la menguante relación entre la democracia dentro y fuera del centro de trabajo y, de igual forma, la relación entre la democracia económica y política. Para Uetricht —un estudiante de Sociología que se centra en el trabajo, miembro de DSA, y editor asociado de Jacobin— el activismo es el activismo, tenga lugar en el centro de trabajo o fuera de él. “Es un desarrollo relativamente reciente el que consideremos lo que ocurre en el trabajo como algún tipo de esfera separada de nuestras vidas en general”, dice. Añade: “La gente joven entiende eso y no le gusta vivir en una dictadura en el lugar donde pasan 8 o 10 horas cada día”.


Uetricht vivió algo parecido en su primer trabajo fuera de la universidad, cuando trabajó como cajero en un aeropuerto ganando el salario mínimo. Dice que él y sus compañeros de trabajo eran tratados como menos que humanos día a día, y que eventualmente decidieron sindicarse, otorgándole el descubrimiento de un sentido de voluntad de acción: “Nunca me había sentido tan indefenso como cuando era un cajero ganando el salario mínimo. En cambio, nunca me había sentido tan poderoso como cuando me uní a mis compañeros de trabajo, me enfrenté a mi jefe, y gané”.


Ese hecho —que las campañas de sindicalización frecuentemente no se centran sólo alrededor de mejores salarios o prestaciones, sino de un sentido de que se escuchará tu voz— es a menudo malinterpretado por aquellos que no están conectados con el movimiento obrero. Pero para Uetricht, que siguió hasta convertirse en un organizador sindical, la idea de la voz del trabajador, incluso si es para manifestar quejas sobre paga congelada o prestaciones sanitarias mediocres, no es simplemente un beneficio de los sindicatos; es ‘el’ beneficio. “Lo que aprendes inmediatamente como organizador —me cuenta— es que incluso en centros de trabajo con bajos salarios, el problema número uno que la gente tiene no son sus bajos salarios sino una falta de respeto”.


Una falta de respeto también está impulsando principalmente la frustración de la juventud con el sistema político. Cuando Kasky, el superviviente de Parkland de 17 años, habló en la Marcha por Nuestras Vidas, dijo que “nuestras voces son poderosas, y nuestros votos importan”. Lo dijo en contraste con el statu quo, en el cual las voces de la gente joven no se ven como poderosas, ni sus votos. Y, mirando la historia reciente, no es difícil entender por qué ésa puede ser la percepción de Kasky del statu quo.


Los votos de la juventud fueron desdeñados por un sistema electoral que favorece las áreas rurales y dispersas, rebajando desproporcionadamente las grandes cantidades de jóvenes que vivían en ciudades en 2016. Sus ideas de restricciones más fuertes sobre las armas de fuego, controlar a los grandes bancos, y apoyo a los derechos de las personas LGBTQ, los inmigrantes, la gente de color y las personas de diferentes creencias religiosas han sido continuamente superadas por las generaciones más mayores y los intereses particulares.


Viéndolo a través de esa lente, no sorprende que la gente joven haya considerado trabajar dentro del sistema político estadounidense como algo ineficaz y, honestamente, no digno de su tiempo. En vez de eso, la juventud ha redirigido su activismo hacia diferentes tipos de válvulas de escape, donde su esfuerzo sí puede dar lugar a resultados tangibles. Válvulas de escape como los sindicatos.


¿Qué significa esto para el movimiento obrero? Un centro de trabajo es, en el nivel más fundamental, un microcosmos del sistema político. Están aquellos que tienen el poder, los jefes, y los que no, los trabajadores. Con el paso del tiempo, el equilibrio de poder oscila; cuando los sindicatos son fuertes, el equilibrio gira más profundamente hacia los trabajadores, y cuando los sindicatos son débiles, el equilibrio favorece a los jefes. Cuando los sindicatos son poderosos, los trabajadores tienen algo parecido a una voz en la dirección de su país, un contrapeso para grupos de intereses particulares como el Consejo de Intercambio Legislativo Americano (ALEC, por sus siglas en inglés) o la Cámara de Comercio de EEUU.

Julia Ackerly está trabajando para desarrollar a los sindicatos hasta ese nivel. Con 27 años, ha trabajado en campañas del Partido Demócrata durante la mayor parte de su vida adulta: trabajó como organizadora y directora regional para la campaña de Bernie Sanders en las primarias de 2016, y después para el intento de Larry Krasner de ser fiscal de distrito de Philadelphia, que atrajo atención nacional por cómo Krasner buscó usar esa posición para promulgar una visión progresista del sistema de justicia criminal. Ackerly siempre ha trabajado en campañas que trabajaban de cerca con el trabajo organizado. Pero nunca había estado en un sindicato.


Eso cambió cuando se formó la Asociación de Trabajadores de Campañas (CWG, por sus siglas en inglés). La idea tras el CWG es bastante sencilla: espera sindicalizar a los miembros del personal de las campañas, que sufren duras condiciones laborales en las que proliferan la mala remuneración y prestaciones y los largos horarios, justificados por los directivos como sacrificios por una importante causa. CWG está organizando actualmente campañas una por una: su primera campaña de organización exitosa fue la de Randy Bryce, el candidato que esperaba ganar el escaño en el Congreso del presidente de la cámara, Paul Ryan, y ha organizado desde entonces diez campañas más, hasta un total de 11 en marzo de 2018. Pero espera organizar en última instancia a plantillas enteras de las campañas de los partidos en el futuro.


Ackerly, que ayuda a organizar personal de campañas y ella misma es ahora afiliada de CWG, dice que tener una capacidad colectiva de ser escuchados y respetados en el trabajo es un “factor muy motivador para las campañas de sindicalización”. Destaca la creación de protocolos para denunciar acoso sexual y discriminación como una de las mayores motivaciones que los miembros de las plantillas tienen para organizarse. Lo cual, de forma reveladora, es también uno de los mayores movimientos activistas, que domina en las conversaciones en las salas de estar de los hogares y en las salas de descanso de las empresas, mientras continúe el movimiento #MeToo [`Yo También’, que denuncia el acoso sexual].


La gente joven domina el personal subalterno de las campañas y también han constituido una parte importante de la fuerza motriz detrás de plantillas de campañas recientemente organizadas, según Ackerly. Jake Johnston, el vicepresidente de Organización del Sindicato de Empleados Profesionales del Sector sin ánimo de lucro (NPEU, por sus siglas en inglés), que incluye a algunos miembros de la plantilla de TalkPoverty [medio autor de este artículo], ha visto de igual manera a la gente joven llevar la batuta en las organizaciones que se han constituido recientemente bajo NPEU, y en el mismo NPEU.


Para Johnston, la acción colectiva tiene lazos implícitos con el activismo, en general. “La realidad es que nuestro sistema político realmente ha suprimido una parte significativa de este país. Creo que claramente hay un rechazo del statu quo, y sin embargo hay tan pocas vías para intentar cambiar eso”, dice. “Ya sea uniéndose a DSA, a un sindicato, una campaña de sensibilización o una campaña electoral, la gente está intentando cambiar eso. Todo el mundo necesita una válvula de escape para el activismo”.


Eso es cierto para la juventud en concreto. Durante demasiado tiempo, han sido las víctimas de un sistema económico y político que no funciona para ellos, mientras se les ha negado la oportunidad de cambiar ese sistema.


Ya sean estudiantes como Cameron Kasky gritando sobre la NRA en un micrófono que reverbera desde el Capitolio a la Casa Blanca, gente joven como Julia Ackerly organizándose en una industria que nunca antes ha sido sindicalizada, o activistas como Micah Uetricht organizándose en su propio centro de trabajo, la juventud se está negando a formar parte de un sistema político que ha ahogado consistente y metódicamente su voz. En vez de eso, ellos han llevado sus voces a otro sitio, a válvulas de escape como sindicatos o movimientos activistas donde —finalmente— se están escuchando sus voces.


Traducción: Eduardo Pérez

2018-05-08 06:58:00

 

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El bicentenario de Marx huele a victoria

A diferencia de las celebraciones por el Centenario de la Revolución de Octubre o las dedicadas al Mayo del 68, el Bicentenario del natalicio de Marx huele a victoria. Consecuencia de los efectos de la crisis de 2008, el interés por la obra de Karl Marx ha resurgido, y esta recuperación se debe a una generación de jóvenes que ha sufrido a nivel personal y familiar los efectos de la crisis, y que forma parte de la sociedad que tiene interés o que demanda responder a la pregunta de ¿qué es lo que ha pasado?

Hay que recordar que Marx es un político, un político revolucionario, que se integra en las organizaciones revolucionarias de su tiempo; no es una persona que ni se queda en casa ni en la biblioteca. La historia de Marx no es la historia de un erudito, sino que es la historia de un militante que quiere organizar la revuelta, participar activamente de los movimientos revolucionarios de su época. Es en esa apuesta militante por lo que Marx estudia, investiga y comunica.


Esta es la visión que miles de personas recuperan de Karl Marx, especialmente la juventud, una visión diferente a la que se ha mantenido hasta ahora, en la que Marx se sitúa en un plano académico, teórico. Se ha intentado situar a Karl Marx en la ciencia académica, pero el Marx que debemos recuperar es algo más.


Para ir al meollo, Marx hace dos aportaciones. Primero se pregunta dónde está la explotación, y su respuesta es clara: la explotación está en lo que no se ve. Marx se centra precisamente en lo que no se ve; en aquello que precisamente ni los capitalistas tienen claro, ni mucho menos los dirigentes obreros con los que confrontó Marx. Para el político alemán, las organizaciones obreras precisamente tienen que centrarse en explicar y denunciar lo que no se ve. Destruir lo supuesto y crear otra condición para la revolución.
Así para Marx la naturaleza de nuestra sociedad es en apariencia la extraída de un cúmulo de venta y distribución de mercancías. Pero Marx lo que busca es como esas mercancías, a lo largo de la historia, han generado alrededor un cúmulo de relaciones, que son en las que se sustenta nuestra sociedad. Si el pensamiento burgués predominante quería no hablar de esas relaciones, las ocultaba, lo que propone Marx es dirigir los esfuerzos teóricos a comprenderlas, los políticos a denunciarlas y los organizativos a derrotarlas. Esto hace de la obra de Marx el resultado de un análisis de la naturaleza de la explotación en nuestra sociedad.


En definitiva, Marx lo que propone es superar esa forma que tiene la sociedad burguesa de autoentenderse a través de la economía, y proponer la necesidad de construir una nueva forma de conciencia. Por eso lo que nos propone Marx es la necesidad de crear otra forma de conciencia, una forma de conciencia revolucionaria, cuya intención no es sólo explicarse las cosas, sino cambiarlas, transformarlas.


Eso hace que Marx desconfía de todos y de todo, lo que le lleva a poner en cuestión la forma en que se ha construido la forma de ver el mundo, y centrarse en esa realidad oculta, que para Marx es la base de todo. Ese velo contra el que hay que revelarse es el fetichismo de la mercancía, que pretende ocultar la verdadera condición de las relaciones humanas dentro del capitalismo que es la explotación.


Así, lo que para los burgueses son leyes naturales que existen a lo largo de la historia, ya no son leyes de la humanidad en su conjunto, sino que es una de las características de esa falsa conciencias necesaria para mantener el dominio de clase, que no es un mero dominio basado en el engaño, sino que es un engaño necesario para el dominio de una parte minoritaria de la sociedad.


La otra aportación es el concepto de subsunción, la idea de que con el desarrollo de la tecnología y la maquinación, los trabajadores sin el capital pierden. Esto nos lleva a otra expresión de Bértolo “¿Qué es un comunista? Aquel que se ha dado cuenta que si no hay trabajadores no hay empresarios”; mientras que un no comunista “piensa al contrario, que si no hay empresarios no hay trabajadores”. La apariencia que todos vivimos es “que nos dan trabajo”, frase con una carga política bestial, es una frase que explica la resignación de la clase trabajadora y de la progresiva desconexión de la izquierda con la realidad material. Es una de las claves de nuestro tiempo, y darle la vuelta a eso, es el objetivo central de los comunistas. La clase trabajadora no necesita a los propietarios, al capital, para producir y ser la clase rectora de nuestra sociedad.
En el Bicentenario de su natalicio, hay que decir con claridad, que Marx no ha cartografiado todo; pero su legado nos dice algo importante para transformar nuestra sociedad contemporánea: todo es apariencia, pero en esa apariencia podemos encontrar (ocultos) los elementos para transforma nuestro presente.

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Domingo, 29 Abril 2018 07:07

Comuna 13. Una comunidad de vida

Comuna 13. Una comunidad de vida

El color, el sabor, el olor y el sonido de un barrio que sigue apostando por sobrevivir frente a las embestidas de una realidad que se empeña en hundirles.

 

Por estos días la Comuna 13 de Medellín vuelve a ser noticia. Y como casi siempre, por temas de violencia. Se ha vuelto a recrudecer la sensación de inseguridad en la zona como consecuencia de los tiroteos con fuego cruzado por parte de las bandas criminales que dominan la comuna y que responden así a las intervenciones que desde la alcaldía se están llevando a cabo para intentar asestar un golpe a la delincuencia organizada.


Todo esto no es nuevo. La historia ha sido muy cruel con este sector de la ciudad de Medellín, lo que no es decir mucho puesto que la realidad ha violentado gran parte del territorio colombiano. La Comuna 13 tiene una particularidad, fue asaltada por el ejército y la policía con la ayuda de miembros del paramilitarismo, o por estos con la connivencia de aquéllos, que tanto da. Aunque eso tampoco añade mucho más, ya que eso se ha producido, por desgracia, en otro montón de lugares de Colombia. Pero en esta parte del país hubo cuatro de esas operaciones de asalto en el mismo año.


En el año 2002, el año de la llegada a la presidencia de la República del promotor de la “seguridad democrática”, sufrió cuatro “operaciones” perpetradas por el ejército con la ayuda de grupos de las llamadas autodefensas unidas de Colombia (simple y llanamente paramilitares) para, supuestamente, limpiar las calles y las casas de malhechores. La “Mariscal” en mayo, la “Potestad” en junio, la “Antorcha” en agosto y la “Orion” en octubre iban a pacificar el barrio.


Dieciséis años después, a la Comuna 13 no ha llegado esa paz que prometían quienes promovieron toda aquella violencia. Siguen produciéndose delitos de todo tipo y todavía hay temores para decir lo que se piensa y obstáculos para vivir sin sobresaltos. La supuesta paz que buscaban quienes apoyaron aquellas operaciones militares no ha llegado del todo y la población civil padece los rescoldos de una violencia injustificada. Las bandas criminales, de diverso pelaje y similar procedencia, unas escindidas de otras y en su mayoría formadas por paramilitares, mantienen una lucha por el poder y el negocio del crimen en un sector conocido por su mala fama, por las fronteras invisibles y la peligrosidad.


En mis dos visitas al barrio san Javier de esa comuna he encontrado otras realidades, lo que no quiere decir que no sean ciertas las violencias directas que no hacen sino opacar las otras violencias, las estructurales, las que mantienen las injusticias y repiten los esquemas de exclusión y marginalidad. Allá he visto, como en muchos barrios de otras ciudades del mundo, gente del común que nada tiene que ver con bandas ni violencias y que lo único que desean es vivir en paz, que aman su barrio popular y que luchan por romper el imaginario de delincuencia y criminalidad que les ha marcado. Que quieren dejar atrás un pasado de luto para poder mirar con tranquilidad esos azules cielos del valle de Aburrá.


En ese lugar hay otra realidad diametralmente distinta. Han pasado más de tres lustros desde aquellas trágicas intervenciones y la situación es otra. No sé si me atrevería a decir mucho mejor, pero sí muy distinta. No es un remanso de paz, pero le ha cambiado un mucho la cara y un poco el alma. O tal vez al revés, que es como decir todo y nada. Pero es diferente porque son distintas las miradas de sus gentes, una mayoría pacífica que le da sentido a los sentidos y cuya apuesta por la vida es tan grande que pareciera que cuanto más duro les dan, con más fuerza se levantan.


La Comuna 13 de Medellín no es única, existen muchas otras “comunas 13”. En Bucaramanga y Cali (Colombia) o en Buenos Aires (Argentina), pero la paisa es otra cosa. Es una de las dieciséis en las que está dividida la ciudad. De pronunciadas pendientes, sus escarpadas calles y los colores de sus casas pueden recordar a las favelas de Río de Janeiro. Con casi ciento cuarenta mil habitantes, según los datos del último censo oficial del DANE de 2005, hoy seguramente muchos más, es la más poblada de Medellín al tener cerca de veinte mil habitantes por kilómetro cuadrado. Más del sesenta por ciento de su población es menor de 40 años. Sus poco más de siete kilómetros cuadrados, distribuidos en veintiún barrios, se localizan a mil seiscientos cincuenta metros sobre el nivel del mar en el centro occidente de la ciudad.


En contraposición a toda la violencia vivida, el barrio tiene color de vida, sonidos de resistencia, olores de confraternidad, miradas de solidaridad y sabores de paz. Pintadas, músicas, eslóganes, bebidas, comidas y, sobre todo, humanidad. Una parte de ese “levantamiento” son los murales de sus calles. Las pintadas que embellecen las paredes y dan cuenta de esas ganas de vivir. Colectivos culturales del propio barrio se han empeñado en cambiarle el aspecto a una parte de la Comuna 13. Y lo han hecho apostándole a su recuperación, creando tejido social a partir de movimientos como el hip hop y todo lo que ello conlleva. A eso se han sumado tres intervenciones municipales que han ayudado a ese cambio de imagen de las lomas de la comuna: un parque, seis tramos de escaleras mecánicas y el corredor que, al final de las mismas, enlaza este barrio de san Javier con otros del sector.


Pese a que la población civil sigue llevando sobre sus hombros la pesada carga de los asesinatos, desapariciones, detenciones arbitrarias, desplazamientos y todo tipo de violación de derechos que han soportado, todavía tienen una ventana de esperanza para la recuperación del territorio. La de los colectivos que realizan los murales y los grafitis en un lugar que necesita de los colores para salir de la oscuridad a la que los poderes le han sometido. Pese a que siguen sin esclarecerse los hechos de entonces y no parece que nadie pague por lo que les hicieron, la gente desea pasar página para sobrevivir, dando sentido a ese habitus que conforman las callejuelas empinadas de su espacio vital. Una muestra de cómo un no lugar, por lo estigmatizado y excluido, puede convertirse en uno de los sitios más visitados por el turismo que llega a Medellín (lo que también conlleva sus pros y sus contras).


Esos grupos promueven su barrio, narrando otras historias a partir de las pintadas y dando a conocer otra perspectiva de la comuna y sus habitantes. Entre esos está “la cuatro trece”, una asociación que nos muestra la comuna de otra manera, para entenderla desde dentro y darla a conocer fuera sin recurrir a contar de la violencia y sus protagonistas, sino promoviendo la solidaridad y la construcción de tejido social para la paz. Lo que no significa que se ignore la historia, sino que creen que es mejor resaltar lo positivo y trabajar por un futuro con menos estigmatización.


“La cuatro trece” son un grupo de jóvenes que nacen en el barrio y lo viven desde la música, los grafitis, el baile, la fotografía y la cocina. Son hip-hop en estado puro, asumiendo las mezclas porque en la diversidad está la riqueza. Con su propuesta de “grafiti-tour” enseñan el barrio y cuentan sus cambios, recorren las lomas de un sector que es más visitado por extranjeros que por nativos. Esa es una de sus quejas, ¿cómo vamos a construir país si nuestras gentes no conocen sus calles?


A lo largo de ese camino cuesta arriba puedes disfrutar de una paleta de mango biche con sal y limón o de una limonada de café, mientras admiras los murales del recorrido, en el que también puedes adquirir recuerdos como postales, gorras o camisetas, y en el que te tienes que permitir el lujo de ser empapado por esas otras realidades que no cuentan los medios. Las existencias de un colectivo humano que sigue peleando por subsistir, que resiste y promueve un cambio social intentando salir de ese marca de “peligrosidad social”.


La gente de la Comuna 13 no quiere que se les pregunte por la guerra, quieren hablar de paz y que se les deje disfrutarla. Quieren ser escuchados y conocidos no por la espectacularidad de las noticias sobre violencia que se dan del barrio, casi siempre sin contexto, sino por el entorno y los sentidos de sus propias narrativas.


Cocinan, venden, producen, cantan y pintan conspirando por la paz, para que la busquemos dentro de cada uno y luego salgamos a compartirla en comunidad. Rapean por la unidad, la justicia, la fuerza, la resistencia, la memoria, el grafiti o el amor… en definitiva, comunidad y hip hop. Como dicen las letras de algunos de los rap de la comuna “La paz tiene un comienzo y se llama tolerancia; si respetas te respetan, todo empieza en casa”.


Menos intervención y más transformación. Ustedes pueden leer, oír o ver mucho sobre esa comuna, y puede que muchas cosas sean ciertas, pero otras no tanto. Porque no nos hablan de las gentes sencillas, de las cosas comunes, de las vecinas guisando o cantando, de los perros subiendo las escalas, de los gatos en las ventanas o de los mensajes en sus fachadas. Por eso “no coman cuento” y vayan a visitarla dispuestos a mojarse en ella. No la critiquen sin conocerla.


Esta nota no quiere ser una invitación al turismo, aunque bienvenido sea si contribuye a su conocimiento y difusión más allá de lo “chic” de haber estado en un lugar proscrito. Lo que se pretende es dar a conocer un poquito de aquella otra realidad, la de un barrio y sus gentes. Gentes de barrio, con sus riquezas y sus miserias, las propias, no las impuestas; personas que quieren ser y estar en su barrio, con sus iniciativas para soñar, con sus ganas para vivir.


Merece la pena llegar en metro hasta la estación san Javier para continuar en un colectivo hasta donde el barrio más se empina. Desde ahí una caminata por una comuna de colores, de los colores de la gente y de sus paredes. Lugar de visita obligada para amantes de las pintadas, los grafitis te gritan sus alegorías y metáforas. Un barrio del color que da la vida, del color de la alegría que es vivirla para superar, sin olvidar, las desgracias padecidas. Y no es que todo sea de color rosa, la realidad sigue teniendo una paleta de colores tristes por las injusticias y las inequidades. Las violencias continúan manchando de rojo las calles, pero los corazones de las gentes de este barrio se siguen pintando de verde esperanza.


Son personas de las calles del barrio, como los de la 4-13. Por eso trabajan por recuperarlas y construir ciudadanía y justicia social. Hoy siguen luchando por la memoria y por la vida, marchan por la paz y la justicia y gritan sus deseos por una convivencia pacífica. Entre las palabras tal vez más escuchadas hay una que retumba por encima de otras: “quisiera”. Un pasado imperfecto que quieren superar en forma de un subjuntivo que sigue manteniendo el deseo en mera virtualidad, en algo todavía inalcanzable, pero hacia lo que se arriesgan a caminar.
Así nos lo cantó Kbala, uno de los miembros de “la cuatro trece”, con su rap


“Lo que quisiera”


el mundo entero sin hambre y sin miserias
que las noches terminen sin balaceras
que los niños puedan jugar en las aceras
esto es lo que quisiera, esto es lo que quisiera
quisiera que el amor gobernara nuestro mundo
quisiera ver el odio acabarse en un segundo
quisiera que la paz no sea una ilusión perdida
quisiera no haya muerte y que reine aquí la vida
quisiera que los hombres despertaran al presente
el ambiente en el que vivimos está vivo y se siente
quisiera la intolerancia olvidada en el pasado
quisiera que el perdón como don sea entregado
quisiera que fronteras entre naciones no haya
quisiera que por fin hablen los que siempre callan
quisiera que quisieras todo lo que yo quisiera
y que juntos tú y yo hoy cambiáramos la Tierra


Quisieran, quieren y querrán. Ganas de vivir y de transformar llenando las fachadas de pintadas plenas de color, de memoria, de deseo e ilusión. Las pintadas, como medio de comunicación ciudadana que son, pueblan las paredes de sus calles, sus particulares medios de expresión, en las que demandan ser, formar parte de y tener el reconocimiento y la paz que todo ser humano se merece. Eso también es la Comuna 13.
Esperemos que la luz de la luna ilumine de paz las calles y, sobre todo, las cabezas.

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"El Frente Sandinista ni es de izquierdas ni representa a la memoria de la revolución"

La activista feminista Rebeca Mora, que lideró junto a sus compañeras varios grupos de manifestantes, explica que llegó a temer por su vida

Los jóvenes nicaragüenses tiene dos consignas claras: defender a la Upoli y dejarlo todo grabado. La primera, la Universidad Politécnica de Nicaragua, es el bastión del que depende que la protesta tome forma y consiga que se tambalee el Gobierno de Ortega. La segunda consiste en defenderse a golpe de móviles y cámaras. Los que tienen las camionetas, las motos y las armas son la policía y las Juventudes Sandinistas.


"Lo estamos dejando todo documentado por si nos pasa algo", explica Rebeca Mora, activista feminista de 26 años que participó en las movilizaciones de Managua de la semana pasada. Por el momento, se contabilizan 38 muertos y, según reconoce Mora, todavía hay gente detenida y desaparecida.


El origen de las protestas no es solo la reforma de las pensiones que anunció el Gobierno de Daniel Ortega. A este hecho, que empobrecería todavía más al país, se suman otros como el del aumento de los salarios de las autoridades, cuenta la activista, y la pasividad de Ejecutivo ante los incendios de Indio Maíz.


"La reserva biológica de Indio Maíz, que es el pulmón de Centroamérica, se estaba quemando y comenzaron a aparecer sospechas sobre si el Gobierno estaba detrás de la quema porque por esa zona es por donde pasa una de las rutas de un proyecto canalero", asegura la activista para dar a entender que el descontento es generalizado y muy anterior a los motines de la semana pasada.


Los ecologistas, las feministas y los estudiantes estallaron cuando se produjo el primer muerto durante las manifestaciones contra la reforma de la Seguridad Social.
"Lo que quieren hacer con esta reforma es que el pueblo pague una deuda que se ha producido por un mal manejo de la institución pública, porque el dinero de la Seguridad Social el Gobierno lo ha invertido, por ejemplo, en bienes raíces", protesta.


Las Juventudes Sandinistas, "el aparato del Gobierno"


Rebeca Mora vive en los alrededores del Camino de Oriente, lugar en el que se produjeron las primeras protestas violentas. "Te lo digo, he estado desde muy pequeña en marchas de todo tipo en este país y jamás habíamos sentido una represión tan fuerte", cuesta creer que pocas horas después del inicio de su relato habría varios muertos en las calles.


Mora decidió grabarlo todo y emitir por Facebook Live. En uno de sus vídeos se ve cómo llega despavorida a un restaurante y cómo va llegando gente que ha sido golpeada por la policía o por las juventudes que, según explican, son "el aparato del Gobierno". Entre ellos está Julio, un periodista del programa Onda Local que estuvo tres días con amnesia temporal. "El compañero Julio ya está recuperado", confirma Mora.


"Desde Camino de Oriente, la protesta quería dirigirse a la Uca y nos acordonaron los antimotines [las Juventudes Sandinistas] frente a una rotonda. En ese momento, vimos venir a cinco camionetas llenas de chavalos jóvenes. Mientras corríamos, los sentíamos a nuestra espalda. Yo logré correr y meterme en un restaurante con otras cuatro chicas. Nunca había corrido así en toda mi vida, corrí por mi vida", lo cuenta con una mezcla extraña de agobio y frialdad, quizá porque el otro lado del teléfono está a miles de kilómetros.
Por suerte, no estuvieron solas. "El señor de seguridad nos vio y nos metió para adentro. Él salió al frente de los chavalos que nos perseguían y les preguntó que qué pasaba. Este es un lugar privado y aquí no pueden estar, les dijo. Todo ese rato, el señor estuvo sosteniendo su escopeta en la mano".


Después de cuatro horas en el restaurante, la Iniciativa Mesoamericana de Defensoras se organizó en sus propios vehículos para sacar a toda la gente que se resguardaba en los comercios de la zona porque los sandinistas les esperaban en la calle.


Ahora las activistas se sienten perseguidas. Creen que vigilan sus movimientos cada vez que se reúnen. "Yo he sido perseguida dos veces mientras iba a reuniones. Lo hemos denunciado, lo hemos hecho público todo para que quede documentado, también por si nos pasa algo".
¿Qué piden los estudiantes desde la Upol?


El Gobierno ha dado un paso atrás y ahora se ofrece al diálogo. Las calles de Managua permanecen en una extraña calma que no tranquiliza a nadie. El Movimiento Nacional de Jóvenes Universitarios 19 de Abril pide, en primer lugar, justicia para "los chavalos que fueron asesinados". Quieren que haya un mecanismo que haga justicia porque, según Mora, no fue solo la policía la que mató a estudiantes, también fueron los jóvenes afines a Ortega.


A largo plazo, quieren que el diálogo no sea solo entre Gobierno, Iglesia y empresa privada, quieren que el pueblo cuente. Y, por encima de todo, piden que "Daniel (Ortega) se vaya".


"Tras 16 años de gobiernos neoliberales, cuando regresan al poder [el sandinismo], la gente lo vislumbra como un verdadero cambio, como integradores sociales", relata Mora. "Pero después de todo este tiempo hemos visto que esto no es así. Aquí no hay ningún partido político que represente a la población, ni que represente o aglutine a la izquierda". Recuerda que por un lado está el Gobierno y por otro los "diputados zancudos", que son la oposición doblegada a Ortega.


"Este Gobierno se declara de izquierdas porque son el Frente Sandinista de Liberación Nacional, pero realmente ya no son de izquierdas. No son de izquierdas ni son representativos de lo que fue la lucha de izquierdas ni de lo que es la memoria de la revolución. Esto es una traición a los muertos de la revolución", concluye.

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