Miércoles, 20 Mayo 2015 08:02

"Un solitario rodeado de humanidad"

"Un solitario rodeado de humanidad"

El 6 de mayo Orson Welles hubiera cumplido 100 años, y el 10 de octubre se harán 30 de su muerte. Difícil hallar entre la gente del cine, y aun entre las gentes de las artes en general, un talento más polifacético, una capacidad de trabajo más abrumadora y una personalidad que suscitara tanta admiración y tanto rechazo.

 

"¡Oh, cuánto llegarán a quererme después de muerto!". Orson Welles


Orson Welles murió de un ataque al corazón, muy temprano en la mañana del 10 de octubre de 1985. El día anterior había estado como invitado, junto a su biógrafa Barbara Leaming, en el show de Merv Griffin. Ese año había grabado una nueva versión de las historias de misterio de Edgar Allan Poe, había continuado rodando pruebas en blanco y negro para su largamente acariciado proyecto, esta vez en Francia, de llevar al cine El rey Lear, había adaptado y registrado en casetes, para el mercado japonés, monólogos de obras literarias seleccionadas por él (de Wilde, Mark Twain, H G Wells, I Dinesen, Cheever, Joseph Conrad, Capote, Byron, Robert Graves, Kipling, entre otros). También había empezado a escribir un nuevo guión basado en una historia de su compañera y cómplice de tantos años, la actriz y pintora Oja Kodar; hizo la narración de un documental sobre el cine yiddish dirigido por Russ Kavel, presentó un espectáculo de cine negro en la televisión, hizo la voz de un planeta maligno en The Transformers, una película de animación de Nelson Shin, filmó con Gary Graver en la Universidad de California secuencias de Julio César y The Magic Show. De hecho, el ataque cardíaco le sobrevino cuando escribía a máquina instrucciones para la continuación de ese trabajo que planeaba filmar esa misma tarde. Tenía 70 años, y una carrera de 60: a los 10 años adaptó, dirigió y actuó en su colegio Dr Jekill y Mr Hyde, multiplicación de roles que repetiría luego prácticamente durante toda su trayectoria, así como su pasión por la literatura, especialmente por los clásicos.


Revisando esa primera parte de su vida, no sólo se constata que empezó todo muy temprano, lo que incluye tanto el trabajo como una vocación, quizá destino, de trashumante –hasta sus restos, y de acuerdo a deseos que él habría expresado, están en una hacienda del sur de España–, y la imposibilidad de mantenerse dentro de los límites establecidos y convenientes. Ya a los 14 años adapta y pone en escena Julio César, de Shakespeare, interpretando a Casio y Marco Aurelio, poco antes de largarse con dos amigos a recorrer Inglaterra, Alemania, Francia e Italia. Dos años después, ya sin familia –perdió a su madre a los 9 años y a su padre a los 14–, abandona los estudios y se va a Irlanda, donde empieza a trabajar de actor en el teatro Dublin Gate. Antes de llegar a los 18 no sólo había actuado en varias obras de esa compañía sino montado asimismo algunas producciones propias, adaptando obras de Ibsen, Noel Coward, Bernard Shaw, Strindberg, Goldoni, entre otros, además de su infaltable Shakespeare.


Sólo hacer un somero repaso de aquellas aventuras juveniles llevaría mucho más espacio que el acordado para esta nota. Ni hablar del total de su carrera: la trayectoria de Orson Welles es un alucinante desfile de frenética actividad, tan cargado que sólo tomar cuenta de lo que hacía en una semana es un ejercicio agotador. (Quien lo dude recurra al día a día del cineasta incorporado a Ciudadano Welles,1 el libro que Peter Bogdanovich trabajó durante años en sucesivos encuentros, no siempre armoniosos, con el propio Welles.) Se peleó con productores, inversionistas, editores, trabajó en infinidad de películas de otros, hizo centenares de horas de programas de radio y puestas teatrales, escribió innumerables guiones para sí que nunca pudieron llevarse a cabo, escribió guiones para otros directores, que se llevaron o no a cabo, viajó de la Ceca a la Meca –Estados Unidos a lo largo y lo ancho, varios países europeos, Sudamérica, norte de África–, filmando, buscando locaciones o inversores o todas esas cosas a la vez, se dio tiempo para escribir columnas en la prensa, ya sobre temas artísticos, ya sobre temas políticos –fue militante por F D Roosevelt, un acérrimo denunciador del racismo y del fascismo y opositor a las pruebas atómicas–, hizo televisión. ¿Qué más?... hasta escribió una historia para un ballet, The Lady in the Ice, cuya coreografía haría Roland Petit, director del Ballet de París, que tuvo un gran éxito en Londres, "y sólo moderado en París, donde estuvo mal iluminado –como siempre lo está todo en París"–, Welles dixit. Dejó un puñado de películas extraordinarias, algunas irreversiblemente mutiladas –el caso más traumático fue el de The Magnificent Ambersons, aquí proyectada con el título de Soberbia y en otros lugares con el de El cuarto mandamiento, ya que la Rko no sólo encajó segmentos no filmados por Welles sino que mandó destruir los fragmentos originales de éste, descartados durante un montaje al que en buena parte el director fue ajeno–; otras inacabadas y perdidas, además de edificar una leyenda ya a partir de El ciudadano (Citizen Kane, 1941), su primer largometraje y posiblemente la película más estudiada, valorada y elegida casi invariablemente como la primera de las top ten, cada vez que se hace una encuesta entre los críticos de cine de cualquier parte del mundo.


Es conocido que Welles fue contratado por la Rko para que realizara dos películas, en condiciones de libertad creativa prácticamente impensables para esa época y esa industria, a partir de la enorme popularidad que ganó tras la emisión por su compañía, el Mercury Theatre, de La guerra de los mundos, de H G Wells, a través de la Cbs, causando el pánico en millones de oyentes que creyeron que efectivamente el país estaba siendo invadido por marcianos. Entró jovencísimo por la puerta grande, y obtuvo una película enorme –donde, con 25 o 26 años, interpretaba durante parte de su metraje a un anciano–, aunque las presiones del enfurecido William Randolph Hearst, inspirador del personaje principal, limitaran severamente la exhibición, y una Academia más bien mezquina apenas le acordó un Oscar al libreto, aparentemente más para resaltar a Herman Mankiewicz, un buen profesional de los buenos viejos tiempos, y no al advenedizo Welles. La modesta taquilla de El ciudadano más los inconvenientes generados con Soberbia –cuyo montaje se efectuaba mientras Welles filmaba en Brasil It's All True, encargo oficial para fortalecer las buenas relaciones con Sudamérica ante el probable advenimiento de la guerra– liquidaron de golpe sus posibilidades en Hollywood. Tan alto empezó, desde tan alto lo derrumbaron. Comenzó allí, tan tempranamente como todo en su vida, esa suerte de leyenda negra que lo condenó para siempre al ejercicio incansable de escribir proyectos y buscar financiamiento, de interpretar roles grandes y pequeños en películas grandes y pequeñas –para obtener recursos para sus propias realizaciones–, de irse y volver una y otra vez al país que lo había engendrado y que lo expulsaba una y otra vez. Aunque había abierto innumerables caminos expresivos con Citizen Kane, como abrió modelos de trasmisión radial de enorme impacto popular y cultural, y hasta llegó a hacer lo mismo con la televisión, mientras vivió fue acompañado por todo tipo de rumores sobre sus excesos, su megalomanía, su incapacidad de cumplir acuerdos. Para el tamaño de su talento y su capacidad de trabajo, las películas que deja son más bien pocas: además de Citizen Kane y Soberbia, The Stranger (1946), La dama de Shangái (1947), Macbeth (1948), Otelo (1952), Mr Arkadin (1955), Sed de mal (1958), El proceso (1962), Campanadas a medianoche o Falstaff (1966), F for Fake (1973), un Don Quijote inacabado (más tarde los españoles hicieron un montaje reducido para presentarla en la Exposición Universal de Sevilla de 1992), también inacabadas The Deep (1970) y el especial para televisión The Magic Show, posteriormente editado en Alemania. No todas ellas son "parejas", "compactas", virtudes que se suelen apreciar en cuanto a la coherencia interna de un filme. Todas contienen enormes momentos de cine, a veces durante la mayoría de su desarrollo –según esta cronista, caso de Macbeth y de F for Fake–, casi todas logran eso tan raro, el estremecimiento –siempre según quien escribe, caso de Otelo y de Macbeth–, otras, un encantamiento difícil de describir –La dama de Shangái–, la intuición o sospecha de que sin las mutilaciones sufridas, Soberbia tendría una excelencia igual o mayor a Citizen Kane. En Imbd sin embargo son 47 los créditos atribuidos a Orson Welles como director, puesto que hay un montón de realizaciones, en general cortometrajes para cine y televisión, incluyendo los muy tempranos –anteriores a su debut oficial con Citizen Kane–, Corazones del tiempo (1934), Too Much Johnson (1938) y The Green Goddess (1939). Sobre la primera de ellas, escribe Peter Bogdanovich: "Esta pequeña película habla de un modo extraño y surrealista de la muerte (papel interpretado por Orson Welles, en un grotesco maquillaje de anciano, como una especie de joker con una sonrisa burlona) y de cómo llega para llevarse a la tumba a la anciana señora (interpretada por Virginia Nicholson, que pronto se convertiría en la primera esposa de Welles) también con mucho maquillaje. Lo que es fascinante –aparte de la obsesión con la vejez, que continuó siendo un tema en todas las películas de Orson– es que la firma es inconfundiblemente suya. Las distintas escenas pasan ante el espectador con sorprendente velocidad y variedad, imágenes complejas de considerable vigor". Genio y figura, desde el arranque.


Y además está el Welles actor. Desde su cara de niño inicial al imponente y enorme coloso de una madurez muy temprana, además de todos los roles principales de sus propios filmes, fue Cagliostro, César Borgia, el Rochester de Jane Eyre, Tiresias, el emperador Justiniano, el Long Silver John de Moby Dick: 122 créditos en actuaciones para cine y televisión. Hay también consenso en que de todas sus apariciones en películas ajenas, la más mentada es la de El tercer hombre (1949, dirigida por Carol Reed con guión de Graham Greene, y en la que Orson introdujo ideas propias en vestuario, ángulos de cámara, escenografía), donde como Harry Lime –personaje de breve aparición, pero cuya sombra domina toda la película– pronuncia aquel famoso discurso escrito por él mismo: "(...) en Italia, durante 30 años, bajo los Borgia, tuvieron guerras, terror, asesinatos y derramamientos de sangre... pero produjo Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, quinientos años de democracia y paz. ¿Y qué produjeron? El reloj cucú" (Welles reconoció después que los suizos, muy amablemente, le aclararon que ese tipo de reloj no era suizo, sino que provenía de Baviera).


Una película sobre Welles –hay varias, y en el Festival de Cannes, que lo homenajea este año, se presentarán las dos últimas, Orson Welles. Autopsie d'une légende, de Elisabeth Kapnist, y This is Orson Welles, de Clara y Julia Kuperberg: seguramente estaría encantado de que las mujeres se ocupen tanto de él– sería incluso, si guiada por mano igual de sabia, superior a El ciudadano, teniendo en cuenta que la imaginación, la locura, el empeño, la brusquedad, la generosidad, la egolatría, etcétera, de Welles, superan largamente las muchas facetas de Hearst. No por nada el "Ciudadano Welles" que Bogdanovich eligió para titular su libro se ha vuelto recurrente toda vez que se habla de él. Entre todas las definiciones que se han hecho del que fue declarado por el British Film Institute como "el mejor director de cine de la historia", elijo la de Jean Cocteau: "Orson Welles es un gigante con rostro de niño, un árbol lleno de sombras y de pájaros, un perro que ha roto la correa y se ha ido a dormir a un macizo de flores. Es un vago activo, un sabio loco y un solitario rodeado de humanidad".


1. Ciudadano Welles, de Orson Welles y Peter Bogdanovich. Editorial Grijalbo, Barcelona 1994.


El otro lado del olvido

 

Entre 1970 y 1976 Welles rodó, a intervalos, The Other Side of the Wind, un proyecto personal cuya idea había germinado, según cuenta la leyenda, a partir de un encuentro con Hemingway en 1937, que empezó a los sillazos y acabó en una reconciliación regada con whisky. La película, en blanco y negro, comenzaba con la muerte del director de cine Jake Hannaford –interpretado por el realizador John Huston–, que intentaba volver a las primeras planas con un filme titulado, precisamente, The Other Side of the Wind. Participaban además Susan Strasberg, Lili Palmer, Paul Mazursky, Jack Nicholson, Oja Kodar, Dennis Hopper, Peter Bogdanovich, entre otros. Según Joseph McBride, autor del libro What Ever Happened to Orson Welles?, entre otras cosas allí se ridiculizaba a algunos realizadores contemporáneos de entonces, como Antonioni. A propósito de ese filme, cita en su libro Bogdanovich, ilustrando aquel interés que tuvo Welles durante toda su vida por la ancianidad: "'Es sólo cuando tenemos 20 años, o 70 u 80, cuando hacemos nuestra obra más grande –continuó Orson–. El enemigo de la sociedad es la clase media; el enemigo de la vida es la mediana edad. La juventud y la vejez son los mejores tiempos, debemos conservar la edad provecta como un tesoro y considerar genial la capacidad de funcionar en la edad anciana...(...)'. Al otro día Orson me informó que proyectaba hacer su última película precisamente sobre ese tema: los últimos años de un director que estaba envejeciendo, y así fue, posiblemente, como Orson Welles empezó a filmar su película, ahora legendaria, The Other Side of the Wind, financiada con su propio dinero a finales de 1970 y que continuó filmando de manera discontinua durante varios años (...). Lo poco que he visto de ella está entre lo mejor que hizo Orson Welles" (pág 24). Además del dinero del propio Welles, hubo para la película una combinación de fondos alemanes, españoles e iraníes. Según cuentan Frank Marshall y Bogdanovich, las cosas se torcieron cuando "un productor se esfumó con parte del dinero", y a causa de la revolución iraní.


El material rodado –unas mil bobinas– quedó guardado bajo la custodia de la hija de Welles, Beatrice, hasta que en 2014 los productores Frank Marshall y Filip Jan Rymsza, bajo el sello Royal Road Entertainment, negociaron con Beatrice, Oja Kodar y la empresa franco-iraní L'Astrophone –entre las rarezas que caracterizaron los financiamientos de Orson Welles, figura que Mehdi Bushehri, cuñado del entonces sha de Irán, pusiera algunos fondos para esa película– el permiso para concluirla. Es necesario rodar algunas escenas que faltan, y agregar la música, expresó Marshall al New York Times. Pero como los problemas de financiamiento acosan a Orson Welles aun después de muerto, repicó por todos lados la noticia de que Marshall y Rymsza, con Jens Koether Kaul y Bogdanovich, que se sumaron al proyecto, han recurrido al crowfunding (financiación colectiva) para juntar los 2 millones de dólares necesarios para concluir la película, que llegaría a unas dos horas y cuyo montaje se haría según instrucciones escritas por Welles. La contribución mínima es de diez dólares y la máxima de 25 mil, y a cambio se ofrece desde un enlace para descargarla hasta una copia en Dvd, un libro de fotografías inéditas, posters o puros de edición limitada, entradas para el estreno mundial, o una de las latas originales en las que se conservaron los rollos. La máxima recompensa es una copia de la película en 35 milímetros. Dado que en las primeras horas del llamado se reunieron unos cuantos miles de dólares y el apoyo de los cineastas más reconocidos –Clint Eastwood y Wes Anderson entre ellos–, probablemente el dinero pueda juntarse pronto. Aprovechando la bolada, y como el hombre da jugo con su anecdotario inacabable, en abril de este año se publicó Orson Welless Last Movie. The Making of The Other Side of the Wind, escrito por Josh Karp, donde cuenta anécdotas de la producción, entre ellas la de John Huston bastante bebido conduciendo en una autopista por la senda contraria "para terror de todo el equipo". Este libro podría, a su vez, convertirse en un filme; Karp anunció estar escribiendo un guión, y sueña con ver a Jeff Bridges interpretando a Welles y a Nick Nolte como John Huston.


Pero hay más, y más extraño. Hay un lugar de Italia llamado Pordenone donde el azar iluminó un pequeño milagro. En 1938 el Mercury Theatre de Welles ponía en escena una obra teatral llamada Too Much Johnson, y a Welles se le ocurrió rodar tres prólogos en cine mudo para incorporarlos a la puesta en escena. Al final la incorporación no se hizo, y lo filmado quedó en alguna parte. Según Orson Welles, en su casa de Madrid, que se incendió en 1970, por lo que todo el mundo, incluido el interesado, concluyó que ese material –en nitrato de celulosa, altamente inflamable– se había perdido para siempre junto a numerosos guiones y libros inéditos. "Era una hermosa película. Creamos una especie de Cuba soñada en Nueva York", le dijo Welles de Too Much Johnson a uno de sus biógrafos, Joseph McBride.


Pero en 2008, en Pordenone –donde se celebra un festival de cine dedicado enteramente a películas mudas–, un intenso olor a vinagre preocupó a Piero Colussi, de la asociación de cine independiente Cinemazero. Cuatro años antes había aceptado unas cajas con rollos de película antigua que le mandó un amigo, dueño de una empresa de envíos, que no sabía qué hacer con ellas. Colussi revisó los rollos y en algunos de ellos encontró la palabra Welles. Como no le era posible cargar las cintas de nitrato en los proyectores de que disponía, decidió enviarlas a la Universidad de Gorizia, cercana a Pordenone, para que estudiaran los fotogramas. Un día le informaron que el material contenía imágenes con Joseph Cotten muy joven. Too Much Johnson volvía a la vida –a la mirada pública– después de un misterioso periplo cuyos tramos, aún no conocidos, podrían muy bien haber sido diseñados por Orson Welles. La restauración de la cinta comenzó en Holanda y luego se prosiguió en Estados Unidos; en agosto, la George Eastman House informó públicamente sobre el proceso, y su estreno mundial en octubre de este año. Precisamente en Pordenone, durante la edición número 32 del festival Le Giornate del Cinema Muto.

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Günter Grass: la muerte de un ciudadano público

Según las agencias, Günter Grass (1927-2015), el gran escritor alemán, poeta, escultor y dibujante, premio Nobel de Literatura (1999), falleció el pasado 13 de abril tras sufrir una infección seria (Ap, 13/4/15). Pero según Bernard-Henri Lévy, Grass murió ya hace tres años, cuando se atrevió a criticar el programa nuclear israelí y calificar a Israel de amenaza a la paz mundial (La primera muerte de Günter Grass, El País, 15/4/12). El filósofo francés tuvo la galantería de escribir primera, pero supongo que con la muerte pasa lo mismo que con otras cosas que realmente importan: la primera es la que cuenta. O al menos eso le hubiera gustado a Lévy y a otros detractores que Grass se ganó abriendo su boca grande a lo largo de las décadas, incomodando, rompiendo silencios y tabúes. Neal Ascherson: Decía cosas que otros no querían escuchar y a veces exageraba un poco ( The Guardian, 18/4/15). Fue su manera de llamar la atención, que tenía tanto que ver con su particular y desbordado estilo literario.


Confrontaba a los alemanes con su pasado y herencia nazi; abogaba por cerrar las heridas de posguerra y restablecer las relaciones con Polonia (viniendo de la ciudad libre de Dánzig –hoy Gdansk– y de madre cachuba/polaca); acompañó al canciller Willy Brandt (1969-1974) en su histórico viaje a Varsovia en que éste reconoció las fronteras post 1945 y se arrodilló en el Monumento de los Héroes del Gueto (un gesto simbólico hacia las víctimas del Holocausto que a muchos alemanes les pareció... excesivo); criticaba al mundo por no hacer nada por el desarme nuclear; censuraba al imperialismo estadunidense y soviético, al capitalismo –desde el reformismo socialdemócrata, pero con una mirada bastante aguda– y al comunismo; se solidarizaba con los movimientos de liberación nacional; apoyaba a los disidentes del bloque soviético y defendía a Cuba y Nicaragua; se oponía a la unificación de Alemania –un nuevo Anschluss– diciendo que el horror incomparable de Auschwitz excluye la posibilidad de un solo Estado; luego denunciaba que la limpieza anticomunista resultó ser más dura que el proceso de la desnazificación; abandonó la SPD cuando el partido tomó un giro conservador/neoliberal; se oponía a la guerra en Irak (2003); salía en defensa de las minorías (romaníes y kurdos), naciones enteras (criticando el trato a los griegos, supuestos causantes de la eurocrisis) y medio ambiente (contrastando el pillaje humano con la sabiduría del mundo animal); criticaba a la canciller Merkel por su visión de la democracia al estilo del mercado y su cobardía ante el espionaje de Washington; lamentaba la pérdida de toda una generación de jóvenes europeos (y recordaba 6 millones de parados que llevaron a Hitler al poder); fustigaba los lobbies financieros; abogaba por el asilo a Snowden y advertía que en los múltiples conflictos AD 2015 hay síntomas de la tercera guerra mundial.


Todas estas intervenciones –no libres de contradicciones y/o exageraciones– harían de él un clásico intelectual público, si no fuera por su deliberado antintelectualismo, fruto de su desilusión con la generación anterior de intelectuales pro nazis (Goebbels era un intelectual) y el desencuentro con el movimiento del 68, que tildó de deshonesto (observando cómo algunos de sus hijos –¡Lévy!– se volvieron intelectuales del poder, se entiende...). Grass era más bien un ciudadano público que enturbiaba las conciencias y ponchaba las burbujas del triunfalismo. En una de sus últimas entrevistas subrayaba: Hay que decir las cosas como son. Y dudo que podamos dejarlas libradas exclusivamente a lo intelectual ( El País, 14/4/15). Su lema era: El ciudadano debe mantener la boca abierta. Pero en un caso la mantuvo cerrada casi hasta el final. Nunca ocultó su nazi-entusiasmo juvenil –una autocrítica en que edificó su posición moral–, pero no dijo que también estuvo en la Waffen-SS, revelación tardía ( Pelando la cebolla, 2006; How I spent the war, en: The New Yorker, 4/5/07) que cayó como una bomba.

Hasta la izquierda quedó dividida: Christopher enfant terrible Hitchens –otro hijo del 68– lo tildó de bocón e hipócrita; José Saramago o John Berger –tomando en cuenta su trayectoria y su propia explicación– lo defendieron. Timothy Garton Ash, sin ahorrarle críticas concluía que perdió una oportunidad de confesarse en los años 60 y luego sólo quería decirlo antes de morirse ( The New York Review of Books, 16/8/07). Así que cuando publicó un poema-denuncia, Lo que hay que decir ( El País, 3/4/12), criticando a Israel por querer bombardear Irán, a Alemania por venderle submarinos capaces de transportar armas nucleares y a Occidente por su hipocresía, sus detractores la tenían fácil (¡Grass es un cripto-nazi y un cripto-antisemita!). No les importaba que su crítica se centraba en Netanyahu, que diabolizaba a Irán con fines electorales (un cínico show que repitió este año), y que allí dónde exageró –por ejemplo era poco plausible el uso de armas atómicas en ataque preventivo a las instalaciones nucleares– bastaba corregirlo con calma, tal como hizo Uri Avnery, uno de los pocos ciudadanos públicos en Israel (Günter, the terrible, en: Counterpunch, 13-15/4/12).


Una excepción al anti-intelectualismo de Grass fue su excelente diálogo con Pierre Bourdieu (1930-2002), el gran sociólogo francés: un intercambio entre un ciudadano y un intelectual público, dos especies en vías de extinción. Ambos defendían la literatura y la sociología desde abajo (escritas desde el punto de vista de las víctimas) y fustigaban el avance del neoliberalismo; aseguraban que iban a seguir con sus bocas abiertas, a pesar de su tiempo limitado ( The Nation, 15/6/00). Grass –mirando atrás y haciendo la memoria histórica– insistía en eso hasta el final: Vi cómo se desmoronaba la República de Weimar y cómo surgió Hitler porque hubo pocos ciudadanos que la defendieran; por eso siento que necesito comprometerme políticamente como ciudadano, siendo autor y artista. Por eso abro muchas veces la boca aunque haya mucha gente que quiere cerrármela. Hasta ahora no lo ha conseguido ( El País, 14/4/15). Sólo la muerte lo consiguió.

Twitter: @periodistapl

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Viernes, 24 Abril 2015 06:11

A la llana y sin rodeos

A la llana y sin rodeos

En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción. El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado, literatos y a los del segundo, escritores a secas o más modestamente incurables aprendices de escribidor.

A comienzos de mi larga trayectoria, primero de literato, luego de aprendiz de escribidor, incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito -atraer la luz de los focos, "ser noticia", como dicen obscenamente los parásitos de la literatura- sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas. La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita. El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza. Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas.

"Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria", escribe Fernando Pessoa, y coincido enteramente con él. Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor. Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración. Mi condición de hombre libre conquistada a duras penas invita a la modestia.

La mirada desde la periferia al centro es más lúcida que a la inversa y al evocar la lista de mis maestros condenados al exilio y silencio por los centinelas del canon nacionalcatólico no puedo menos que rememorar con melancolía la verdad de sus críticas y ejemplar honradez. La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera. Como dijo con ironía Dámaso Alonso tras el logro de su laborioso rescate del hasta entonces ninguneado Góngora, ¡quién pudiera estar aún en la oposición!

Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina. Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo bacía.

Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias.

En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel? ¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?

Hace ya algún tiempo, dedique unas páginas a los titulados Documentos cervantinos hasta ahora inéditos del presbítero Cristóbal Pérez Pastor, impresos en 1902 con el propósito, dice, de que "reine la verdad y desaparezcan las sombras", obra cuya lectura me impresionó en la medida en que, pese a sus pruebas fehacientes y a otras indagaciones posteriores, la verdad no se ha impuesto fuera de un puñado de eruditos, y más de un siglo después las sombras permanecen. Sí, mientras se suceden las conferencias, homenajes, celebraciones y otros actos oficiales que engordan a la burocracia oficial y sus vientres sentados, (la expresión es de Luis Cernuda) pocos, muy pocos se esfuerzan en evocar sin anteojeras su carrera teatral frustrada, los tantos años en los que, dice en el prólogo del Quijote, "duermo en el silencio del olvido": ese "poetón ya viejo" (más versado en desdichas que en versos) que aguarda en silencio el referendo del falible legislador que es el vulgo.

Alcanzar la vejez es comprobar la vacuidad y lo ilusorio de nuestras vidas, esa "exquisita mierda de la gloria" de la que habla Gabriel García Márquez al referirse a las hazañas inútiles del coronel Aureliano Buendía y de los sufridos luchadores de Macondo. El ameno jardín en el que transcurre la existencia de los menos, no debe distraernos de la suerte de los más en un mundo en el que el portentoso progreso de las nuevas tecnologías corre parejo a la proliferación de las guerras y luchas mortíferas, el radio infinito de la injusticia, la pobreza y el hambre.

Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, "deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables" e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad.

Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla.
El panorama a nuestro alcance es sombrío: crisis económica, crisis política, crisis social. Según las estadísticas que tengo a mano, más del 20% de los niños de nuestra Marca España vive hoy bajo el umbral de la pobreza, una cifra con todo inferior a la del nivel del paro. Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura.

Encajar la trama novelesca en el molde de unas formas reiteradas hasta la saciedad condena la obra a la irrelevancia y una vez más, en la encrucijada, Cervantes nos muestra el camino. Su conciencia del tiempo "devorador y consumidor de las cosas" del que habla en el magistral capítulo IX de la Primera Parte del libro le indujo a adelantarse a él y a servirse de los géneros literarios en boga como material de derribo para construir un portentoso relato de relatos que se despliega hasta el infinito.

Como dije hace ya bastantes años, la locura de Alonso Quijano trastornado por sus lecturas se contagia a su creador enloquecido por los poderes de la literatura. Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella.

Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia.

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Los ninguneados perdieron a su mejor cronista

Quien escucha los latidos de abajo, acoge sus dolores, comparte sus risas y llantos; quien se esfuerza por entenderlos sin interpretarlos, por aceptarlos sin juzgarlos, puede ganarse un lugar en los corazones de abajo. Eduardo Galeano recorrió las más diversas geografías latinoamericanas en trenes, a lomo de mula y a pie, desplazándose en los mismos medios que los abajos. No buscaba mimetizarse sino algo mayor: sentir en su piel los sentires de otros y otras para hacerlos vivir en sus textos, para ayudarlos a salir del anonimato.

Eduardo fue un hombre sencillo, comprometido con la gente común, con los nadies, con los oprimidos. El suyo fue un compromiso con la gente de carne y hueso, con hombres y mujeres vivientes y sufrientes; mucho más profundo que la adhesión a ideologías que siempre pueden ser maleadas según los intereses del momento. Los dolores de abajo, nos enseñó, no pueden ser negociados, ni representados, ni siquiera explicados por el mejor escritor. Lo mismo vale parar sus esperanzas.

Entre sus muchas enseñanzas, es necesario rescatar su puntilloso apego a la verdad. Pero esas verdades las encontraba lejos del mundanal ruido de los medios, en los ojos hambrientos de la niña india, en los pies tajeados de los campesinos, en la sonrisa cándida de las vendedoras, allí donde los ninguneados dicen sus verdades de todos los días, sin testigos.

Nunca tuvo la menor duda en apuntar hacia los responsables de la pobreza y el hambre. Como aquellas crónicas sobre la crisis de la industria uruguaya, cuando con apenas 20 años era el jefe de redacción del semanario Marcha, uno de los primeros y mayores exponentes de la prensa crítica y comprometida. En ellas denunciaba a los poderosos con nombres, apellidos y propiedades. Sin vueltas. Porque, como le gustaba decir, "los medios emputecen las palabras".

Pero fueron sus reportajes sobre las luchas y resistencias de los abajos las que dejaron huella temprana, indeleble. Como aquella que tituló "De la rebeldía en adelante", en marzo de 1964, relatando la segunda marcha "cañera" (trabajadores de la caña de azúcar). Su mirada se detenía en los más de 90 niños que la integraban, en doña Marculina Piñeiro, tan vieja que había olvidado su edad, por la que parecía sentir especial admiración. "Querían ganarnos por hambre. Pero por hambre, qué íbamos a perder. Estamos acostumbrados, nosotros", le dijo la mujer, madre y nieta de cañeros.

Su pluma daba forma a la vida cotidiana de los desheredados, pero no se conformaba con retratar su dolor, se afanaba en pintar –de vivos colores– la dignidad de sus pasos, la rabia capaz de sobreponerse a la represión y las torturas. En primer lugar aparecían, siempre y en cada una de sus notas, las gentes que encarnaban sufrimientos y resistencias. Tal vez porque estaba obsesionado por la indiferencia de los más, a la que consideraba "un estilo de vida" cuyo cascarón debíamos destruir, que para eso escribía sus artículos.

Entre los muchos homenajes que recibió en vida, tuvo el privilegio de que el maestro de la escuelita zapatista José Luis Solís López adoptara Galeano como seudónimo. Es muy probable que el maestro no se referenciara en el escritor. En todo caso, Eduardo y el zapatismo se conocieron y reconocieron enseguida. Como si toda la vida se hubieran estado esperando. No los convocó un programa ni una tabla de demandas, sino la ética de estar-siendo, abajo y a la izquierda.

Eduardo Galeano estuvo en La Realidad en agosto de 1996. Participó en una de las mesas del Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo. Habló poco, fue claro y dijo mucho. En aquellos días, y en muchos más, sembró Galeanos, contagió Galeanos, que ahora caminan Galeanos enarbolando su digna y Galeana rabia. Los ninguneados de siempre lo llevan en sus corazones.

Publicado enEdición Nº 212
Venas abiertas y heridas que se cierran en América Latina

Por primera vez en más de medio siglo, los presidentes de Estados Unidos y de Cuba se reunieron formalmente. Barack Obama y el presidente cubano, Raúl Castro, mantuvieron una reunión en el marco de la séptima Cumbre de las Américas, celebrada este año en la ciudad de Panamá. La participación de Cuba en estas cumbres había sido bloqueada por Estados Unidos desde que comenzaron a celebrarse en 1994. Este momento histórico, sin embargo, se produce con cierta tristeza: Eduardo Galeano, el gran escritor uruguayo que tanto hizo para explicar las relaciones profundamente desiguales entre América Latina y Estados Unidos y Europa, murió dos días después de la finalización de la cumbre.


El libro más conocido de Galeano es "Las venas abiertas de América Latina: Cinco siglos de saqueo de un continente". Se publicó en 1971 y fue uno de los primeros en explicar el impacto de la dominación colonial del hemisferio a través de una amplia gama de acontecimientos históricos. El propio Galeano fue parte de muchos de esos acontecimientos fundamentales de la historia. Según contó, escribió el libro "en 90 noches plagadas de cafeína", en las que trabajó para interconectar las historias que ya se habían contado antes por separado y en el lenguaje codificado de los historiadores, economistas o sociólogos. "Traté de escribir de una manera tal que pudiera ser leído y disfrutado por cualquier persona", dijo.


Mientras los golpes de Estado promovidos por Estados Unidos en la región derrocaban a los gobiernos democráticos, el éxito del libro iba en aumento. Esto convirtió a Galeano en un blanco de las dictaduras militares. Fue encarcelado en Uruguay y tras su liberación comenzó una vida en el exilio. Se radicó en Argentina, donde fundó y editó una revista cultural llamada Crisis.

Después del golpe militar respaldado por Estados Unidos en ese país en 1976, el nombre de Galeano se agregó a la lista de los condenados por los escuadrones de la muerte: "Finalmente me tuve que ir volando de Argentina también. No podía quedarme en Uruguay porque no me gusta estar en la cárcel y no me quedé en Argentina, no podía, porque no quería estar en un cementerio. Porque como dije antes, la muerte es muy aburrida" dijo Galeano a Democracy Now!.


Nuevamente voló, esta vez a España, donde comenzó a escribir su famosa trilogía "Memorias del fuego", que reescribe la historia de América del Norte y del Sur: "Tenemos una memoria cortada en trozos y yo escribo intentando recuperar nuestra memoria real, la memoria de la humanidad. Lo que yo llamo 'el arcoiris humano', que es mucho más colorido y hermoso que el otro arcoiris. Pero el arcoiris humano había sido mutilado por el machismo, el racismo, el militarismo y un montón de otros ismos. Hemos estado matando de forma terrible nuestra grandeza, nuestra grandeza posible, nuestra belleza posible".


Y ahora, una parte de esa historia, la que tiene como protagonistas a Estados Unidos y Cuba, está en proceso de reescritura. El presidente Obama ha enviado al Congreso un informe del Departamento de Estado que recomienda que Cuba sea eliminada de la lista oficial de países que patrocinan el terrorismo, confeccionada por el gobierno de Estados Unidos. El grupo pacifista CODEPINK aplaudió la medida, declarando en un comunicado: "La tristemente célebre lista de países terroristas de Estados Unidos incluye solamente otros tres países: Irán, Sudán y Siria, y curiosamente omite a Corea del Norte. Muchas personas en el mundo consideran una hipocresía de Estados Unidos señalar a Cuba y por otro lado hacer caso omiso del apoyo al terrorismo por parte de aliados de Estados Unidos como Arabia Saudita, Pakistán, Egipto e Israel, sobre todo porque Cuba es conocida por la exportación de médicos, músicos, maestros, artistas y bailarines... no de terroristas".


Le consulté a un ex diplomático cubano, Carlos Alsugaray Treto, su opinión acerca de las críticas que recibió el presidente Obama por su propuesta de retirar a Cuba de la lista de países terroristas, especialmente de personas como el senador republicano y ahora candidato a la presidencia Marco Rubio, un cubano-estadounidense de Florida. Marco Rubio dijo: "La decisión tomada por la Casa Blanca hoy es terrible, pero lamentablemente no me toma por sorpresa. Cuba es un estado que auspicia el terrorismo. Alberga fugitivos de la justicia estadounidense, entre ellos una persona que mató a un policía en Nueva Jersey hace más de treinta años. Es también el país que está ayudando a Corea del Norte a evadir las sanciones de armamento impuestas por Naciones Unidas. Deberían haber permanecido en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo y creo que esto envía un mensaje escalofriante a nuestros enemigos en el extranjero, de que esta Casa Blanca ya no se toma con seriedad el hecho de llamar al terrorismo por su nombre".


El diplomático cubano Carlos Alzugaray respondió: "Bueno, en el primer lugar el señor Rubio no es cubano-americano. No nació en Cuba; es hijo de inmigrantes cubanos y no sabe nada de Cuba". En segundo lugar dijo que Rubio "debería preocuparse por tener terroristas, un terrorista como Luis Posada Carriles, viviendo en Miami. Tiene al terrorismo muy cerca, en la propia Miami, a mucha menor distancia de su casa que los 145 kilómetros que separan a Cuba de la Florida. Y no se queja". Luis Posada Carriles fue agente de la CIA y admitió haber sido el autor intelectual del atentado contra un avión de Cubana de Aviación en 1976, en el que murieron las 73 personas que iban a bordo. Venezuela ha procurado su extradición por mucho tiempo, pero el gobierno de Estados Unidos se niega a cumplir, permitiendo que Carriles camine libremente por las calles de Miami.


No obstante, el bloqueo estadounidense contra Cuba, una de las reliquias más perdurables y perjudiciales de la Guerra Fría, sigue vigente. Este pilar central de la política hostil de Estados Unidos hacia Cuba, que ya lleva medio siglo de duración, es cada vez menos popular aquí. El sector empresarial estadounidense está cansado de desaprovechar las oportunidades de las que gozan los inversionistas de Canadá, Europa, Japón y China. La Cámara de Comercio de Estados Unidos elogió la iniciativa del presidente Obama para normalizar las relaciones. Empresas como Facebook y Airbnb ya han desembarcado en Cuba y planifican expandirse tan pronto sea legal hacerlo. El asesor adjunto de Seguridad Nacional estadounidense, Ben Rhodes, dijo recientemente: "Nuestra política hacia Cuba, en lugar de aislar a Cuba, terminó por aislar a Estados Unidos de nuestro propio patio trasero". Y el presidente Obama, al anunciar su intención de normalizar las relaciones con Cuba el pasado mes de diciembre, admitió: "Creo que podemos hacer más para apoyar al pueblo cubano y promover nuestros valores a través de compromisos. Después de todo, estos 50 años han demostrado que el aislamiento no funcionó. Es hora de un nuevo enfoque".


La Cumbre de las Américas ha terminado y la trayectoria de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba ha tomado un nuevo curso. En la primera cumbre a la que asistió Obama tras ser elegido presidente, en la de 2009, el fallecido presidente de Venezuela Hugo Chávez le entregó una copia de "Las venas abiertas".


Eduardo Galeano dijo en Democracy Now!: "Fue una acción generosa y, de hecho, el libro se convirtió después de tantos años –casi cuarenta– en una especie de símbolo. Mi estilo ha cambiado mucho. Ahora escribo de una manera muy diferente, pero yo no estoy arrepentido de esa obra en absoluto, ni de una sola coma, ni de un solo punto. Y creo que puede ser un libro útil para entender que la riqueza y la pobreza están íntimamente conectadas, así como también la libertad y la esclavitud. No hay riqueza realmente inocente de causar pobreza y no hay libertades que no tengan algo que ver con la esclavitud. Así que traté de escribir el libro de una manera tal que pudiera ser leído y disfrutado por cualquier persona. Y es por eso que perdió el Premio Casa de las Américas, debido a que el jurado consideró que no era serio. En ese momento, los intelectuales de izquierda estaban seguros de que para ser serios, había que ser aburridos. Y el libro no era aburrido, por lo que no era lo suficientemente serio. Después, afortunadamente para mí, la dictadura militar consideró que era muy serio y lo mandó a la quema. Y esa fue mi mejor publicidad, mi mejor herramienta de mercado".


Si aún no lo leyó, Obama debería leer el libro. Como dijo el escritor británico John Berger sobre Galeano: "Publicar a Eduardo Galeano es publicar al enemigo: el enemigo de la mentira, de la indiferencia y, sobre todo, del olvido. Gracias a él se recordarán nuestros crímenes. Su ternura es devastadora; su veracidad furibunda".


Ojalá Eduardo Galeano descanse en paz. Probablemente, pocas cosas lo harían más feliz que el hecho de que el bloqueo a Cuba también sea enterrado.
________________________________________
Traducción al español del texto en inglés: Inés Coira. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Publicado enCultura
Se fue una de las plumas y de las voces más comprometidas de América Latina

Mi mujer dice, y va a tener toda la razón, que siempre se mueren los buenos. Uno de ellos era Eduardo Galeano. Antes de hablar de él necesitaba un par de días para pensarle y reflexionar. Su prosa me ha guiado desde que leí, cuando era estudiante de sociología en la Complutense, aquel imperecedero Las venas abiertas de América Latina, el texto que Hugo Chávez le regaló en una ocasión a Barack Obama para que se instruyera sobre el continente.

 

Puede que sea una de las entradas que escriba más desde las entrañas, en un lugar que no encuentro y en el que se juntan los pensamientos, con los sentimientos y estos con las vísceras y ellas con el dolor y todo ello con la alegría. Dolor egoísta porque ya no nos hablará más de la necesidad de la utopía y su sentido para que sigamos caminando, alegría generosa por contar con las letras de sus libros y las palabras de sus mensajes que me han acompañado y acompañaran siempre.

 

Llevo mucho tiempo hablándome sobre las entrevistas que no fueron, aquéllas tan buscadas y que, por unos u otros motivos, nunca fueron realizadas. La de Galeano era una de ellas. Aunque siempre estaba dispuesto a conversar y a participar en cuantos eventos le invitaban, no era fácil conseguir entrevistarle. En 2008, después de años de intentarlo y a través de la responsable de prensa de su editorial en España, siglo XXI editores, accedió a concederme una entrevista. Pese a estar en Madrid para la presentación del libro que acababa de publicar, Espejos, una historia casi universal, las múltiples obligaciones y compromisos le hicieron responderme que tenía que ser por correo electrónico y centrarse principalmente en ese texto.
Siempre me he peleado con las entrevistas por cuestionario o a través de otros medios que no sean la presencia física que te permite compartir miradas, gestos, voces y silencios. Así que no la hice y él me respondió que entonces me tocaba ir a Montevideo a hacérsela. Ya no podrá ser de ninguna manera.

 

Le he leído y le he seguido siempre que he podido. Le vi en La Habana en 1999 cuando leyó su libro de Los abrazos en la Casa de las Américas en el marco del Congreso Cultura y Desarrollo; en Rivas Vaciamadrid en 2006 durante el II Foro Social Mundial de las Migraciones, aunque en esa ocasión mandó su intervención grabada en vídeo; en la Casa de América de Madrid en 2008 cuando presentó sus Espejos, y le volví a ver y a escuchar en el Círculo de Bellas Artes en Madrid en 2009 cuando le entregaron la medalla de oro de esa institución cultural.

 

He recurrido a sus textos en multitud de ocasiones, he compartido sus ideas y aquellas críticas que hacía, desde los tiempos de la teoría de la dependencia, a las desigualdades, a la tecnología y a ese desarrollo que producía en su viaje alrededor del mundo más náufragos que navegantes. De hecho añado su derecho de soñar a la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuando les hablo de este tema a mis estudiantes. Lo llamo el artículo especial y lo expreso así:

 

1. Toda persona tiene el derecho de SOÑAR.
2. Un derecho moral, irrenunciable e intangible de la ciudadanía mundial.
3. Conlleva imaginar que tenemos todos aquellos derechos que nos merecemos y que, a veces, nos niegan.

 

Esta declaración de treinta más un artículos la acompaño con el video en el que lee, con fondo musical de piano, su texto "El derecho al delirio" que forma parte del libro Patas arriba, la escuela del mundo al revés.


Eduardo era nuestro Chomsky latino, pero con una prosa poética acerada y acertada que disparaba siempre al corazón de las injusticias.

 

Cuando presentó su Espejos, una historia casi universal, ese hermoso libro donde, entre otras muchas cosas nos decía

 

Los espejos están llenos de gente.
Los invisibles nos ven.
Los olvidados nos recuerdan.
Cuando nos vemos, los vemos.
Cuando nos vamos, ¿se van?

 

Los medios, que como siempre se desataron en elogios, dijeron:


"Delicioso libro, escrito desde el ángulo de los que no salieron en la foto", La Vanguardia-

"Una fiesta para el espíritu, por su concisión extrema, afilado humor y exquisito lirismo", Le Monde Diplomatique.

"Galeano escribe como Pelé jugaba al fútbol", ABC.

"Un libro básico, que nos regala magistrales clases de historia", El Periódico de Catalunya

"Estos relatos no funcionan en soledad: se llaman, conversan, se contestan, se buscan. El efecto es deslumbrante", Revista Ñ, Argentina.

"Un recorrido fantástico todo a lo largo de la historia humana" Perfil, Argentina.

"Inventario general de los hitos y mitos de la historia, regido por la mirada lírica y lúcida del autor", Página 12.
"Una sinfonía de relatos de un escritor muy querido y muy leído, sobre todo por lectores jóvenes que descubren a su juglar", La Jornada, México.

"La primera ley del narrador, no aburrir, se cumple. La primera ley del intelectual comprometido, también: en ningún caso la diversión se convierte en narcótico, sino en lúcido placer estético", Milenio, México.

"Contra la amnesia universal", El Observador, Uruguay.

"Fundación de otra historia posible, que dice el pasado desde el presente", Brecha, Uruguay.

 

Yo escribí entonces para Terra Colombia que él "critica la hipocresía, la desmemoria y el olvido, y denuncia esos largos períodos de amnesia que sufre el Norte del mundo", que con ese libro quería "pisar fuerte para dejar una huella que haga que la gente que hay dentro de los espejos de la historia, pero que la historia oculta, salga a la luz".

 

Pero es que Galeano siempre peleó contra la amnesia y contra la mentira, siempre luchó por reconstruir la historia, siempre nos habló y nos escribió sobre los nadies, sobre los excluidos, sobre los vagamundos (nombre con el que en su honor bautizamos una ONG en España, asociación Vagamundo).

 

A lo largo de su vida y de sus obras, Galeano nos ha puesto el mundo patas arriba; nos ha enseñado a mirarnos en los espejos de la historia; nos ha mostrado los abrazos; ha hecho andar a las palabras; nos ha abierto las ventanas sobre el tiempo; nos narró los días y las noches de amores y guerras; nos contó, en 366 recuerdos, de las y los hijos de los días; nos voceó, cual cronista radiofónico deportivo, sobre una de sus pasiones, el fútbol al sol y a la sombra, y también nos cantó de nuestras canciones, de mujeres y de las memorias del fuego.

 

Me resultaría muy difícil elegir un solo texto suyo. Pero les menciono el que escribió para el periódico mexicano La Jornada en febrero de 2005, en el que recuerda a otro de mis personajes de referencia. Un artículo titulado "don Quijote de las paradojas", en el que decía "Está visto, y los ciegos lo ven, que cada persona contiene otras personas posibles, y cada mundo contiene su contramundo. Esa promesa escondida, el mundo que necesitamos, no es menos real que el mundo que conocemos y padecemos.

Bien lo saben, bien lo viven, los aporreados que todavía cometen la locura del volver al camino, una vez y otra y otra, porque siguen creyendo que el camino es un desafío que espera, y porque siguen creyendo que desfacer agravios y enderezar entuertos es un disparate que vale la pena.

 

Ayuda lo imposible a que lo posible se abra paso. Por decirlo en términos de la farmacia de don Quijote: tan mágico es este bálsamo de Fierabrás, que a veces nos salva de la maldición del fatalismo y de la peste de la desesperanza.

 

¿No es ésta, al fin y al cabo, la gran paradoja del viaje humano en el mundo? Navega el navegante, aunque sepa que jamás tocará las estrellas que lo guían".

 

Por estos días he leído en varios medios que el mundo de la intelectualidad se ha quedado huérfano por la muerte de Galeano, a la que se ha sumado el mismo día al otro lado del charco la de Günter Grass. Creo que no es cierto, precisamente somos muchas y muchos los que hemos "mamado" y "bebido" de los escritos suyos y pienso que hemos tenido mucha suerte de haber sido tan bien alimentados. Ha sido un honor contar con él. Que si orfandad, que si día luctuoso, que si... yo creo que hay que celebrarle como expresaba en ese derecho al delirio que nos proponía para adivinar otro mundo posible "la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero".

Así que, seamos celebrantes de haber tenido el enorme gusto de compartir su tiempo, de haberle visto, leído y oído.

Viernes, 17 Abril 2015 17:51

El celebrador de asombros

El celebrador de asombros

Galeano aceptó participar en la revista Crisis con la condición de tener absoluta libertad para hacer lo que quisiera, y lo que quiso Galeano fue tender puentes entre la cultura literaria, las artes plásticas, el teatro y la música con las respiraciones de la vida sin más, lejos de las academias.

 

Viajo a 1974. La muerte es violenta. Tengo 18 años y una amiga me insiste en que le lleve uno de mis cuentos a Eduardo Galeano, el director de la revista Crisis, que para miles de lectores es una cita mensual con la literatura, el arte, la cultura popular y la historia de América Latina. La revista publica textos de Alejo Carpentier, João Guimarães Rosa, Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos, Juan Carlos Onetti, Jorge Amado, Ernesto Cardenal, Nicolás Guillén, Pablo Neruda, Haroldo Conti, Héctor Tizón, Daniel Moyano; en sus páginas publica sus reportajes María Esther Gilio, también Ernesto González Bermejo, Aníbal Ford, Vicente Zito Lema; la historia argentina y latinoamericana por el detalle, la literatura portuguesa y la africana, investigaciones económicas, de mercado, informes sociales, revisiones políticas, fascinantes misceláneas escritas como cuentos breves; cada número es una fiesta y una novedad. Vende alrededor de 20 mil ejemplares, ha creado una editorial propia, publica fascículos temáticos para los quioscos, reúne en cada número un retrato de la realidad y la creación.


El nombre se lo puso Ernesto Sábato, que renunció a dirigirla, y un golpe de timón trajo a Federico Vogelius a Montevideo para convencer a Galeano, el brillante periodista de Marcha y del diario Época, el autor de Las venas abiertas de América Latina. Vogelius fue un empresario argentino con debilidad por las artes y la cultura. Galeano aceptó con la condición de tener absoluta libertad para hacer lo que quisiera, y lo que quiso Galeano fue tender puentes entre la cultura literaria, las artes plásticas, el teatro y la música con las respiraciones de la vida sin más, lejos de las academias.
Entonces yo no sé qué rumbo tomar. Sólo se me da por escribir. La revista Crisis es para mí un sitio muy alejado de mis posibilidades, y de mis condiciones. Pero tanto me insiste Dorilda que finalmente me animo. Voy a la revista, sobre la avenida Pueyrredón. Es un apartamento mediano en un octavo piso, con cuatro escritorios, una oficina de diseño y armado, donde trabaja Eduardo Ruccio Sarlanga, ese gran diagramador, la oficina de Eduardo, y poco más. Me recibe. Me pide que le dé un mes para leerlo. Dice que me llamará, pero yo no creo que vaya a hacerlo. Recibe cientos de textos cada semana. Y al mes siguiente me llama. Me dice que le gustó, pero al cuento le falta trabajo y me vincula con el traductor del área portuguesa de la revista, Santiago Kovadloff. Comienzo un taller literario con Santiago y a los pocos meses me ofrecen la oportunidad de probarme en la revista. Me encargan un artículo, después me mandan a la calle a recoger testimonios sobre los oficios insalubres, los choferes de ómnibus, obreros que trabajan en industrias asesinas, historias de vida que recojo en los hospitales de enfermedades infecciosas. Eduardo me alienta, le gustan mis notas, nos hacemos amigos, pese a la diferencia de edad y de experiencia.


En 1975 mueren mis padres y Argentina es un infierno asolado por la Alianza Anticomunista Argentina, el más siniestro engendro de López Rega, la Triple A. El gobierno de Isabel Perón se desmorona. Las guerrillas y el aparato represivo del Estado cruzan balas y secuestros. Varios periodistas de Crisis son amenazados y secuestrados, Carlos Villar Araujo, el jefe de producción de la revista, Luis Sabini Fernández. La decisión de Galeano y Vogelius es seguir adelante mientras se pueda, pero el golpe militar de Videla, en marzo del 76, lo empeora todo. Cada número de la revista debe pasar primero por la censura. Seguimos adelante, sin embargo. Cada vez que subo a la redacción espero encontrarme con Haroldo Conti, pero una tarde de mayo me topo con Marta Scavac, su mujer, en un ataque de nervios, y la noticia de que lo acaban de secuestrar. Entro a un mundo que golpe a golpe se desmorona y todo lo que estoy por tocar se desordena y deshace como en una pesadilla.


Varios escritores y periodistas allegados a la revista tienen actividad política, cada uno por su lado, pero en la redacción todas las tendencias de la izquierda y el peronismo revolucionario confluyen y armonizan bajo la firme dirección de Galeano. Las amenazas aumentan y un día caen sobre Eduardo, vigilan su apartamento, se ve obligado a dormir en otras casas y a andar armado. Me advierte que es peligroso, que puedo decirle que no, pero lo refugio varias noches en casa. Nos sentamos a escribir juntos en la modesta mesa donde trabajo, en la habitación donde murió mi madre, cada cual en sus cosas. Antes que la literatura nos reúnen los gestos, el cariño sin explicaciones, los silencios. Entonces Eduardo tiene mucha fama y pocos amigos; me lo dice. Sus ojos claros son francos, muestran una enorme dicha de vivir. Es un celebrador de asombros, con un gran sentido del humor y esa parquedad muy uruguaya, lo comprendo después, para confesar el dolor.


En algún momento del 76, creo que para celebrar un cumpleaños de Zito Lema, nos reu-nimos varios amigos a pasar el día en la quinta de Vogelius, en San Miguel, curiosamente, a pocas cuadras de las instalaciones militares. Es una gran quinta con varias edificaciones, una para su pinacoteca –Fico vendió un Chagall para financiar el inicio de la revista–, y otra para su hemeroteca, de donde salen los facsímiles históricos que publica la revista junto a las serigrafías de pintores. Entre los invitados de Zito Lema llega Helena Villagra, la ex mujer del diputado Ortega Peña, asesinado en julio de 1974 mientras viajaba con Helena en un taxi. Entonces Eduardo y Helena se conocen, se enamoran.


Poco después la censura prohíbe a la revista publicar testimonios populares y Eduardo decide que si Crisis no puede decir lo que quiere decir, es mejor el silencio y que muera de pie. La revista cierra en agosto del 76 y poco después Eduardo y Helena parten al exilio en Barcelona. Los despedimos en un restaurante de Buenos Aires, con Horacio Achával, en un almuerzo que festeja el amor y calla la tristeza de la partida. El amor y la guerra, como contó después.


Es el inicio de una fraterna correspondencia hasta que el regreso de la democracia en Argentina, Uruguay, vuelve a juntarnos, también profesionalmente, cuando con Zito Lema, Osvaldo Soriano y Jorge Boccanera montamos la segunda etapa de Crisis, y más tarde, con Boccanera y Eduardo Jozami, la tercera. Después volvemos a coincidir en Brecha, entre sus viejos y mis nuevos amigos.


Ahora regreso a este Montevideo sin él, a este borrón de mi inicio en el periodismo, y miro una de las postales que me envió desde Calella de la costa, en junio de 1978. Detrás de la imagen de una yegua que pasta, junto a su potrillo, con un pájaro en el lomo, me cuenta que por dos vintenes se acaba de comprar un bote que encontró abandonado en la playa, que el casco está descuidado pero es de buena madera y mañana va a la ciudad a comprar los remos. Le deseo la mejor suerte, la merece, en el cruce de la canal.

Publicado enCultura
Martes, 14 Abril 2015 14:34

Eduardo Galeano

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El más cruel de los meses

El más cruel de los meses

Cuánta razón tenía T.S. Eliot al decir que abril es el más cruel de los meses. En la mañana de un lunes de abril se fue Eduardo Galeano. Y, con él, 42 años de mi vida.

 

Ayer mismo, alguien me preguntó cuál era la memoria más nítida que traigo de él. Y es que no hay una: hay centenares, hay miles.

Podría, por ejemplo, mencionar la imagen de los dos últimos encuentros nuestros, en enero, en su casa de Montevideo. O recordar el primer encuentro, en un día incierto de marzo de 1973, en Buenos Aires. Y así, a lo largo de cada uno de los meses de cada uno de todos esos años, y en un sinfín de lugares, mundo adentro y mundo afuera, traigo conmigo una presencia permanente, indispensable, la presencia de Eduardo, inseparable de la memoria que tengo de mí mismo.

El Eduardo que se fue es y será siempre una de las figuras más cruciales y decisivas de mi formación. Se fue mi hermano mayor, se fue aquél que me abrió las puertas de un mundo mucho más ancho y amplio de lo que yo jamás podría imaginar.

He conocido, a lo largo de la vida, poca, poquísima gente con la entereza, la integridad, la honestidad de Eduardo. Y con su generosa solidaridad con los desposeídos, los relegados, los despreciados, los oprimidos. Era de un rigor y de una exigencia a toda prueba, con él y con los amigos más cercanos. Podía ser implacable. Y, al mismo tiempo, tenía una enorme capacidad de comprensión con los errores ajenos, principalmente los cometidos por quien jamás tuvo nada.

Con el tiempo, Eduardo supo transformar los ímpetus jóvenes en una serena madurez. Cambió varios de sus puntos de vista para lograr ver más lejos y más amplio, sin traicionar ninguno de sus principios ni por un instante.
Era de una sinceridad sin límites, uno de los raros hombres que supieron criticar de manera leal y permanecer fieles a sus creencias. Así fue, con los amigos más cercanos e íntimos, pero también con los procesos políticos que, alguna vez, correspondieron a su visión de la vida y del mundo.

Hace décadas oí, de Darcy Ribeiro, una frase que ahora me vino, al pensar en Eduardo. Dijo Darcy que, en nuestra América, no tenemos más que dos caminos: ser resignados o ser indignados.

Así ha sido mi hermano Eduardo: un indignado permanente frente a las injusticias, las humillaciones de un sistema basado en la desigualdad extrema, los desmandes que destruyen al planeta. Supo entender, y hace tiempo, que el mismo sistema de injusticia que aniquila futuros y esperanzas es el que destroza la vida en todas sus formas y dimensiones.

Tenía manos pequeñas, como de un niño. Con esas manos quiso abrazar el mundo, con ellas quiso rescatar la memoria colectiva, acariciar la esperanza. Y lo hizo.

Abril es, sí, el más cruel de los meses. Es el mes, como dijo Eliot, en que los árboles muertos ya no te cobijan y el canto de los grillos no consuela.

En un abril, el del año pasado, se fue el Gab o. Y ahora se fue mi hermano mayor, el que me abrió las puertas de otro mundo, que era mío aunque yo no supiese, y me enseñó a apoderarme de ese mundo y dejarme ser apoderado por él.

Nada me consuela en este abril, ni en los que vendrán.