Martes, 14 Abril 2015 14:24

El más cruel de los meses

El más cruel de los meses

Cuánta razón tenía T.S. Eliot al decir que abril es el más cruel de los meses. En la mañana de un lunes de abril se fue Eduardo Galeano. Y, con él, 42 años de mi vida.

 

Ayer mismo, alguien me preguntó cuál era la memoria más nítida que traigo de él. Y es que no hay una: hay centenares, hay miles.

Podría, por ejemplo, mencionar la imagen de los dos últimos encuentros nuestros, en enero, en su casa de Montevideo. O recordar el primer encuentro, en un día incierto de marzo de 1973, en Buenos Aires. Y así, a lo largo de cada uno de los meses de cada uno de todos esos años, y en un sinfín de lugares, mundo adentro y mundo afuera, traigo conmigo una presencia permanente, indispensable, la presencia de Eduardo, inseparable de la memoria que tengo de mí mismo.

El Eduardo que se fue es y será siempre una de las figuras más cruciales y decisivas de mi formación. Se fue mi hermano mayor, se fue aquél que me abrió las puertas de un mundo mucho más ancho y amplio de lo que yo jamás podría imaginar.

He conocido, a lo largo de la vida, poca, poquísima gente con la entereza, la integridad, la honestidad de Eduardo. Y con su generosa solidaridad con los desposeídos, los relegados, los despreciados, los oprimidos. Era de un rigor y de una exigencia a toda prueba, con él y con los amigos más cercanos. Podía ser implacable. Y, al mismo tiempo, tenía una enorme capacidad de comprensión con los errores ajenos, principalmente los cometidos por quien jamás tuvo nada.

Con el tiempo, Eduardo supo transformar los ímpetus jóvenes en una serena madurez. Cambió varios de sus puntos de vista para lograr ver más lejos y más amplio, sin traicionar ninguno de sus principios ni por un instante.
Era de una sinceridad sin límites, uno de los raros hombres que supieron criticar de manera leal y permanecer fieles a sus creencias. Así fue, con los amigos más cercanos e íntimos, pero también con los procesos políticos que, alguna vez, correspondieron a su visión de la vida y del mundo.

Hace décadas oí, de Darcy Ribeiro, una frase que ahora me vino, al pensar en Eduardo. Dijo Darcy que, en nuestra América, no tenemos más que dos caminos: ser resignados o ser indignados.

Así ha sido mi hermano Eduardo: un indignado permanente frente a las injusticias, las humillaciones de un sistema basado en la desigualdad extrema, los desmandes que destruyen al planeta. Supo entender, y hace tiempo, que el mismo sistema de injusticia que aniquila futuros y esperanzas es el que destroza la vida en todas sus formas y dimensiones.

Tenía manos pequeñas, como de un niño. Con esas manos quiso abrazar el mundo, con ellas quiso rescatar la memoria colectiva, acariciar la esperanza. Y lo hizo.

Abril es, sí, el más cruel de los meses. Es el mes, como dijo Eliot, en que los árboles muertos ya no te cobijan y el canto de los grillos no consuela.

En un abril, el del año pasado, se fue el Gab o. Y ahora se fue mi hermano mayor, el que me abrió las puertas de otro mundo, que era mío aunque yo no supiese, y me enseñó a apoderarme de ese mundo y dejarme ser apoderado por él.

Nada me consuela en este abril, ni en los que vendrán.

Martes, 14 Abril 2015 14:21

Eduardo Galeano: los inmoribles

Eduardo Galeano: los inmoribles

Dicen que Eduardo Galeano ha muerto hoy y parece imposible aceptarlo, porque si hay un escritor viviente en América Latina es precisamente él, que hizo de la palabra el mayor juego de la imaginación para la vida.


Cuando un día en Montevideo me regaló su libro Las palabras andantes, editado –como todos en su primera edición en la editorial El Chanchito, que creó en su país–, sentí y se lo dije que era un trabajo embarazado de magias. En un párrafo de ese libro leemos la más acabada definición que uno podría hacer de él mismo: Por favor, se lo ruego, no me ofenda usted preguntando si esta historia ocurrió. Yo se la estoy ofreciendo para que usted haga que ocurra. No le pido que describa la lluvia aquella noche de la visitación del arcángel: le exijo que se moje. Decídase señor escritor, y por una vez al menos sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista que aroma. Poca gracia tiene escribir lo que se vive. El desafío está en vivir lo que se escribe.


Galeano había aceptado largamente ese desafío y por esa razón era posible entrar con él en todos los laberintos de este continente nuestro y mojarnos con las lluvias y temblar en los huracanes, y bailar cuando la realidad circundante quería instalarnos la cultura de la muerte. Y podíamos hablar de los temas más candentes que nos rodean, y en cómo millones de seres ignorados resisten simplemente por magias sueltas de la vida.


Los temas que eligió son variados y los leemos como quien bebe un agua fresca que sale de una cascada en medio de la selva. Los leemos con sed, porque como el agua nos calma y curiosamente nos abriga. Era conmovedora la ternura que aparecía en su mirada cuando hablaba de los países de América Latina, de Bolivia, de Guatemala, de Nicaragua, donde en otros momentos compartimos un viaje inolvidable a la Costa Atlántica en que sucedieron una infinidad de situaciones que superaban toda ficción o cuando pudo mirar viendo la realidad de lo que significaba el presidente Hugo Chávez para su país y la decepción que lo golpeó al ver viejos amigos socialistas que en su momento fueron figuras políticas de la izquierda venezolana, llegando a una cita en un hotel de Caracas, en lujosos carros de los grandes empresarios a los que defendían. Algo incomprensible para un escritor como Galeano que además –y fui testigo de esto– se los dijo abiertamente.


En una de las varias entrevistas que pude hacerle en el periodo del aparente esplendor neoliberal y de la globalización en nuestro continente, advertía que nunca el mundo había sido tan desigual. "Es una paradoja terrible que retrata el fin del siglo (XX) de no muy amable manera, donde se nos obliga a pensar todos iguales, a vestir todos iguales, a comer las mismas cosas. Incluso se ha ocupado el lugar de las comidas locales. Yo creo que hay que estar a favor de la autodeterminación en las comidas, como en todo, porque las comidas locales son una de las energías culturales más poderosas que los países contienen (...) nunca los pobres fueron tan pobres y nunca los naúfragos quedaron tan abandonados. Nunca habíamos visto esta homogeneización atroz que tiene por protagonista principal a la televisión. La gran uniformadora de costumbres es la televisión que nos lleva a no pensar con nuestra propia cabeza, a no sentir y nos hace incapaces de caminar con nuestras propias piernas. No estoy confundiendo el cuchillo con el asesino, la televisión es un instrumento, pero, tal como funciona y al servicio de quien funciona, cumple ese papel".


Tan transparente era en su escritura como cuando hablaba ante públicos diversos condenando la hipocresía que era establecer la uniformidad en nombre de la diversidad. Y en ese mismo contexto señalaba que en nombre de la lucha contra el dogmatismo se instalaba la paradoja de imponer el peor de los dogmatismos, que es el dogmatismo de mercado. "Ahora hay como una onda universal de lucha contra los fundamentalismos con la que se justifican los gastos en armamentos, cuando se han quedado sin enemigos... Ya no hay enemigo a la vista y se fabrican nuevos: el más poderoso es el fundamentalismo islámico, pero no dicen que, aún más poderoso, es el fundamentalismo de los tecnócratas del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, que imponen una receta económica obligatoria a los países del sur, dentro de los límites estrechísimos de lo que es la idolatría del mercado. Una concepción de la economía y de la vida que coloca a las mercancías por encima de las personas, confunde calidad de vida con cantidad de cosas y niega todos los valores a lo que no tiene precio, en un mundo donde –al decir del poeta Machado– cualquier necio confunde valor y precio".


Sobre los aspectos perversos de un sistema que como él mismo analizaba asalta y roba las palabras pensaba que todo esto lleva a valorar el sentido que tiene la aventura de escribir, "devolver a las palabras el sentido que han perdido, manipuladas como están por un sistema que las usa para negarlas. Hay una lección que el mundo ignora y que nos han dado a todos, los indios guaraníes a la hora en que crearon su lenguaje. En su idioma guaraní, palabra y alma se dicen igual. Hay una voz "ñ'e", donde dicen que palabra y alma son lo mismo. Y en este sistema des-almado que ha logrado la casi unanimidad universal en nombre de la lucha contra el materialismo –que es el más materialista de los sistemas que la humanidad haya conocido– la palabra ha estado y sigue estando manipulada con propósitos comerciales o de engaño político. Su uso y abuso traiciona al alma. O sea, que esta identidad entre la palabra y el alma se rompe todos los días, sufre traiciones".


Galeano siempre tenía respuestas y aunque su libro Las venas abiertas de América Latina era el más conocido en el mundo, admitía que cada escritor escribe en realidad un solo libro y lo va cambiando, renovando, reviviendo al mismo tiempo que la vida vive y el escritor continúa escribiendo. Le pregunté precisamente qué era para él Las palabras andantes, un libro de una textura tan poética.


Yo creo que ese libro es un disparate que proviene de la imaginación colectiva. Muchos de los relatos los recogí en los caminos que anduve por América, y otros son producto de la imaginación. Pero tanto en un caso como en el otro, yo creo que lo que el libro expresa es una porfiada fe del autor en un hecho humano fundamental, que es el derecho de soñar y que no está en la Carta de las Naciones Unidas de 1948, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hay tantos derechos, pero entre ellos no figura el derecho de soñar, que es un derecho fundamental, sin el cual la pobre esperanza se moriría de hambre. Si el sueño no nos permitiera anticipar un mundo diferente, si la fantasía no hiciera posible esta capacidad un poco milagrosa que el bicho humano tiene de clavar los ojos más allá de la infamia, ¿qué podríamos creer?, ¿qué podríamos esperar?, ¿qué podríamos amar? Porque, en el fondo, uno ama al mundo a partir de la certeza de que este mundo, triste mundo convertido a veces en campo de concentración, contiene otro mundo posible. Ese mundo posible que hoy estamos viendo asomar en América Latina.


Tomo sus palabras andantes: Siento que somos gotas de alguno de los tantos ríos que sobreviven a la constante destrucción de la mano del hombre, que insiste en destruir el paraíso donde puede vivir. Somos como un viento que no muere cuando la vida se acaba. Y por eso no creo en otra inmortalidad más que esa, porque estoy seguro que uno sobrevive en la memoria y en los actos de los demás"

Martes, 14 Abril 2015 11:53

Galeano, consternación

Galeano, consternación

El periodista, narrador, ensayista, activista social y colaborador de La Jornada Eduardo Galeano falleció ayer a los 74 años en un hospital de Montevideo, Uruguay, a consecuencia del cáncer de pulmón que padecía desde 2007. Llevaba una semana hospitalizado en estado grave.

 

Sus restos fueron velados en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, lugar donde se realizan los actos más solemnes de ese país.

Este martes será despedido masivamente con altos honores oficiales, informó el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay.

Su última aparición pública fue a finales de febrero, para recibir al presidente de Bolivia, Evo Morales, quien visitó Montevideo con motivo del cambio de mando entre José Mujica y el ahora presidente Tabaré Vázquez.
En las fotos, Galeano lució delgado y sonriente al recibir El libro del mar, donde Morales expone sus argumentos para exigir una salida de Bolivia al mar.

En un correo electrónico enviado a esta reportera y fechado el 7 de abril de 2014, Galeano escribió:

"la muerte acude aunque nadie le llame.
no le hagas caso.
ni siquiera escuches su silencio: sería un homenaje que ella no merece.
me aburre pensar en la muerte, y sospecho que más aburrido será ser el centro de la fiesta fúnebre, mintiendo lo mucho que me duele abandonar este valle de lágrimas".

Eran recientes los decesos de Juan Gelman y José Emilio Pacheco. Gabriel García Márquez estaba hospitalizado y falleció 10 días después. Así que el tema de la muerte estuvo presente en el intercambio epistolar.

Diálogo, muchas veces telegráfico, que comenzó después de la entrevista que se publicó en estas páginas el 26 de octubre de 2012, pocos días después de recibir el Premio Amalia Solórzano de Cárdenas, y unos días antes de la presentación de su libro Los hijos de los días (Siglo XXI Editores) en la Sala Nezahualcóyotl, donde convocó a miles de jóvenes y adultos. En esa visita también clausuró la asamblea del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

Fueron sus últimas apariciones públicas en México.

En ambos casos, cientos de personas tuvieron que escucharlo y verlo en las pantallas colocadas afuera de la sala y el auditorio. En sus presentaciones los asientos siempre eran insuficientes.
Eduardo Galeano nació en Montevideo, Uruguay, el 3 de septiembre de 1940. En uno de los correos electrónicos mencionados escribió que él no cumplía años, cumplía instantes, que son mucho más largos que los años, porque perduran cuando renacen de tus adentros. No alcanzó a cumplir los 75 años/instantes.

El nombre completo de este hombre de ojos azules fue Eduardo Germán María Hughes Galeano, y sus padres fueron Eduardo Hugues Roosen y Licia Esther Galeano Muñoz. A los 13 años publicó caricaturas para el diario uruguayo El Sol, y comenzó así el ejercicio de sus múltiples oficios: obrero, recaudador, mensajero, mecanógrafo, cajero de banco, editor, periodista, escritor, pero sobre todo, y como él se definía, escuchador.

Fue uno de los exiliados durante la dictadura. Primero fue encarcelado en Uruguay y de ahí salió con rumbo a Argentina, pero su nombre fue incluido entre los condenados por la dictadura de Rafael Videla en 1976. En ese periodo escribió Días y noches de amor y de guerra, publicado en 1978.

Con la dictadura tras de él, tuvo que abandonar América con destino a España. Fue en Cataluña donde escribió la trilogía Memoria del fuego, integrada por Los nacimientos, Las caras y las máscaras y El siglo del viento. Ya en 1971 había publicado su libro Las venas abiertas de América Latina, que prohibieron los regímenes de facto de Uruguay, Argentina y Chile.

Ideólogo de la izquierda, pero también crítico, hizo de las causas sociales su bandera. Luchó por los jóvenes, la ecología, los indígenas, los trabajadores, las mujeres y la legalización de las drogas, y en contra de los narcoestados y el neoliberalismo. En medio de todo ello, una de sus pasiones: el futbol, que llevó a varios de sus artículos periodísticos y al libro Futbol a sol y a sombra.

No se guardó las historias que iba escuchando y escribiendo en sus libretitas; las convirtió en libros de imposible clasificación: son crónicas, poemas, prosa, ensayos. Decía que la memoria era una especie en peligro de extinción, y ahora en lugar de recordar más, recordamos menos.

Reconstruía las memorias comunes de los indignados del mundo. Era un cuentacuentos que absorbía todas las pequeñas historias y las trasladaba primero a sus libretitas, de las que salieron muchos de sus textos publicados en distintas editoriales, entre ellas El chanchito ediciones, sello que él fundó, al igual que el semanario Brecha, que inició a su regreso a Uruguay en 1985. Hablando de publicaciones periódicas, entre sus oficios también fue editor del mítico semanario Marcha y del diario Época.

Entre su nacimiento y su muerte hay miles de palabras en decenas de libros y artículos, dichas en múltiples discursos, retomadas por cientos de miles de jóvenes y adultos, hombres y mujeres inconformes con los gobiernos a todo lo largo y ancho de este planeta, en todas las entrevistas concedidas, en todas esas frases que rondan en Internet, en todos los artículos que publicó en La Jornada, su casa, y en todos los sueños que compartió para hacer de éste un mundo menos peor.

Entre su nacimiento y su muerte están su primer libro, Los días siguientes, y Mujeres, una antología que acaba de publicar en España Siglo XXI Editores y del cual presentamos un adelanto en estas páginas. Entre esos dos habitan Las venas abiertas de América Latina, libro que el entonces presidente venezolano Hugo Chávez regaló a su homólogo estadunidense Barack Obama durante la quinta Cumbre de las Américas, en abril de 2009.
Galeano decía: esa fue una broma; si hubiera querido que lo leyera, se lo habría dado en español.

Hace unos días el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, dio a conocer que había recibido la firma de Galeano contra el decreto por el que Obama calificó al país sudamericano de amenaza. En México, uno de sus últimos textos publicado por La Jornada fue Leo y comparto, dedicado a los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos.

"Los huérfanos de la tragedia de Ayotzinapa no están solos en la porfiada búsqueda de sus queridos perdidos en el caos de los basurales incendiados y las fosas cargadas de restos humanos.

Los acompañan las voces solidarias y su cálida presencia en todo el mapa de México y más allá, incluyendo las canchas de futbol, donde hay jugadores que festejan sus goles dibujando con los dedos, en el aire, la cifra 43, que rinde homenaje a los desaparecidos.

Siempre del lado de los pobres, de los indignados, su activismo social y compromiso con los desprotegidos lo llevó a Chiapas a conocer de cerca al Ejército Zapatista de Liberación Nacional –mantuvo un intercambio epistolar con el subcomandante Marcos, ahora Galeano–, y vertió lo vivido en ese estado del sureste mexicano en diversos artículos, por ejemplo, en Una marcha universal, publicado por este diario el 10 de marzo de 2001, donde escribió:

"Año 1914, año 2001: Emiliano Zapata era en el DF por segunda vez. Esta segunda vez viene desde La Realidad, para cambiar la realidad: desde la selva Lacandona llega para que se profundice el cambio de la realidad de todo México.

"Desde que emergieron a la luz pública, los zapatistas de Chiapas están cambiando la realidad del país entero. Gracias a ellos y a la energía creadora que han desencadenado, ya ni lo que era es como era.

Los que hablan del problema indígena tendrán que empezar a reconocer la solución indígena. Al fin y al cabo, la respuesta zapatista a cinco siglos de enmascaramiento, el desafío de estas máscaras que desenmascaran, está despegando el espléndido arcoiris que México contiene y está devolviendo la esperanza a los condenados a espera perpetua. Los indígenas, está visto, sólo son un problema para quienes les niegan el derecho de ser lo que son, y así niegan la pluralidad nacional y niegan el derecho de los mexicanos a ser plenamente mexicanos sin las mutilaciones impuestas por la tradición racista, que enaniza el alma y corta las piernas.

Eduardo Galeano es recuerdo de esas cosas que el poder –político y económico– quiere que se olviden.

Galeano, eres memoria.

"Sobrevivir, aunque nos cueste la vida"

Y Eduardo Galeano finalmente partió. El viernes me lo anticipó Eric Nepomuceno, escritor y periodista también de este diario, saliendo de Río: "Voy a despedir a Eduardo, Mempo, no creo que llegue a tiempo, pero allá voy". Le pedí que fundiera mi abrazo con el suyo.

 

Ahora, conocida la noticia de su partida, pienso que al menos nuestro amigo va a descansar, porque llevaba mucho tiempo sufriendo.

Su salud estaba quebrantada ya cuando nos visitó en el Chaco en agosto de 2012, pero igual quiso venir al 17º Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura, que es un evento multitudinario que hacemos todos los años. En un mail me pidió: "Hacé todo lo posible por evitarme esfuerzos, por ejemplo, las colas para firmar libros, las entrevistas de prensa, las fotos exigidas por los celulares convertidos en cámaras y tutti quanti". Y en otro: "Iré a Resistencia, cueste lo que cueste, al grito de: ¡Sobreviviremos, aunque nos cueste la vida!".

Y llegó nomás, con ese humor formidable que tenía y esa entereza prodigiosa. Lo cuidamos muchísimo, lo preservamos de aglomeraciones y por eso casi no participó del foro, aunque sí quiso hacer una lectura pública y la rompió. Aquella noche memorable leyó y charló durante casi dos horas ante más de 2000 personas que lo aplaudieron a rabiar en un auditorio lleno. Si hasta tuvimos que poner pantallas afuera, sobre el Parque 2 de Febrero.
Cuando partió, luego de días de pollito (ya no podía comer carnes rojas) y poco vino tinto, me escribió: "Gracias, viejo, estas andanzas compartidas me ayudan a enfrentar con buena cara los días que vienen".
Por entonces su figura estaba en lo más alto, sobre todo después de que Hugo Chávez obsequiara (creo que en 2009) Las venas abiertas de América Latina a Barack Obama (quien por lo que se vio esta semana en Panamá, parece que todavía no lo leyó). Pero fue un gesto magnífico, del que Eduardo no hablaba, por pura modestia.

Las venas abiertas (que es de 1971) fue un libro absolutamente original y para él consagratorio. Pero lo grande es que todavía sorprende. Está vivo como el primer día y sigue siendo una clase magistral de historia en tanto revisión de los dolores del continente hecha en base a investigación, información precisa, un sentido de justicia inclaudicable y una belleza en la escritura impresionante.

Maestro de la paradoja, con enorme capacidad de asociación, con humor y un manejo impecable del castellano, después escribió Memoria del fuego, trilogía publicada circa 1983-86 con tres títulos: Los nacimientos, Las caras y las máscaras y El siglo del viento. Ahí cuenta la historia de nuestra América desde la creación del mundo hasta nuestros días, en breves prosas poéticas. Una belleza de libro.

Y aquí quiero destacar su espíritu didáctico, que en él era muy poderoso. Verdadero maestro en el mejor sentido del vocablo, siempre tenía en mente al lector joven, a la generación que estaba por venir e iba a necesitar una orientación para la vida. Fue un predicador, en este sentido.

Yo lo conocí algunos años antes, primero por e-mail, que intercambiamos durante un tiempo. Mis vínculos con él nacieron de lazos en cierto modo familiares, porque soy íntimo amigo de dos de sus parientes: su cuñado, el escritor cubano Eduardo "el Chino" Heras León, que está casado con Ivonne Galeano, hermana de Eduardo. Y nuestro Eric Nepomuceno. Quizá por eso nos pasamos años mandándonos saludos, pero sin vernos.

Pero eso es lo de menos. Lo que importa ahora es la pérdida, en un sentido, porque duele. Pero sobre todo importa su vigencia. Acerca de la cual quiero decir sólo tres cosas: una es que era conmovedor su disgusto permanente con el hecho de que la Historia siempre era contada, mal contada, por los vencedores. Eduardo escribió contra eso toda su vida.

Otra es que su talento fue único para mezclar la economía y la política con el amor, el humor, el fútbol y las costumbres populares.

Y la otra es subrayar su legado mayor y mejor: Eduardo nos deja sus propias venas abiertas, su propia memoria del fuego, sus propios hijos de los días y ese puñado de oro que fue su dignidad latinoamericana ejemplar.
Aunque sea por eso, esperemos nomás que el gobierno uruguayo le rinda el homenaje que merece. No vaya a ser que hagan como con Cuba y Venezuela en las últimas semanas, lo que lo habría avergonzado.

¡Un abrazo siempre, Eduardo, maestro, compañero!

Martes, 14 Abril 2015 11:43

"Soy la suma de mis metidas de pata"

"Soy la suma de mis metidas de pata"

Las entrevistas a Galeano siempre dejaron mucho material para leer y disfrutar. Aquí se ofrece un recorte inevitablemente incompleto, pero que da cuenta de varios temas que siempre aparecían, de la dictadura del consumo a los problemas de ser Maradona.

 

- "Cuando era chico quise ser un montón de cosas que resultaron imposibles: por patadura no pude ser jugador de fútbol; por pecador tampoco pude ser santo; también quise ser pintor, pero el talento no daba. Pero de algún modo escribo pintando: si no cierro los ojos y no veo lo que voy a escribir, lo que voy a contar con palabras, que puede ser una idea, una noción, una experiencia, no puedo hacerlo. Tengo que verlo antes, lo que indica que tengo una manera plástica de escribir. Por otra parte, creo que es una pena que se haya perdido aquella sana costumbre de leer en voz alta en las escuelas, porque eso hacía que uno desde temprano se familiarizara con la música de las palabras. A cada texto lo escribo y lo reescribo, lo hago y lo rehago muchas veces, pero la prueba de fuego es la lectura en voz alta. Uno percibe la eficacia de un texto a través de su musicalidad, de cómo suena cuando se lo lee en voz alta."


- "No soy un pensador, por suerte, ni siquiera soy un intelectual. La palabra pensador me horroriza un poco. El intelectual se define por oposición a la manualidad o por desprecio al corazón. Yo soy un sentipensante, siento y pienso a la vez. Lo que la razón hace es organizar las sensaciones que vienen no se sabe de qué entraña: el hígado, el corazón, el estómago o el sexo... No se sabe qué es lo que genera eso que está más allá de las ideas."


- "Somos instrumentos de las máquinas: el automóvil te maneja, la computadora te programa, el supermercado te compra, la televisión te mira. Los instrumentos que nacen al servicio de la gente terminan por poner a la gente a su servicio. Una de las pruebas de que el mundo está al revés es lo que pasa con las ciudades: fueron creadas como lugares de encuentro entre las personas y, hoy, las personas somos intrusas en estos vastos garages."


- "Hay una imposición de un sistema de valores que corresponden a un modelo social que a mí no me gusta, pero que hoy por hoy se acepta como el único posible. La 'Macdonaldización' del mundo".


- "El problema es la inversión de valores: el problema no es lo que uno consume, sino que es consumido por lo que consume. Hay que empezar a reivindicar lo que es más obvio, la dignidad humana, el trabajo, el valor del trabajo, en lo que yo insisto mucho porque me parece que es una de las fuentes de la inseguridad colectiva en que vive el mundo. Los que algo tienen tienen miedo de perder lo que tienen, y los que no tienen tienen miedo de no llegar a tener nunca eso que no tienen y necesitan. Entonces es un mundo gobernado por el miedo."


- "El trabajo ha sido reducido al mínimo de los mínimos; vale menos que la basura. Es cada vez más difícil conseguirlo, más difícil conservarlo y ganar un salario digno. Y todo en nombre de la competitividad, que se lleva por delante dos siglos de conquistas obreras. Ahora dicen: 'La cola es larga: tómelo o déjelo'. El auge del delito tiene que ver, entre otras cosas, con la injusticia social, con el desvalor del trabajo. El mundo actual está preso de la inseguridad y del miedo. Todos estamos más o menos presos: los de arriba, los del medio y los de abajo. Aunque la prisión puede ser un lujo: los barrios residenciales parecen fortalezas medievales con recursos electrónicos."


- "No soy de dar consejos ni de recibirlos, no me gustan los aconsejadores ni quiero ser uno más. Puedo, en todo caso, tratar de transmitir algo de lo que he vivido. Primera cosa: para ser capaz de decir hay que ser capaz de escuchar. Segunda cosa, me la dijo Juan Carlos Onetti: las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio. O sea, yo les diría a los que empiezan: cuídense de la inflación palabrera. En América latina es tan devastadora como la inflación monetaria. Después, no se crean el cuento de que hay una frontera que separa al periodismo de la literatura. Literatura es el conjunto de mensajes escritos que una sociedad emite, tengan la forma que tengan. Uno puede decir lo que quiere decir escribiendo en periódicos o en libros. El periodismo bien ejercido puede llegar a ser muy buena literatura, como lo demostraron. entre otros. José Martí, Carlos Quijano, Rodolfo Walsh... la lista sería larga si nombrásemos a todos."


- "Durante los mundiales directamente me voy del Planeta Tierra. Me mudo al Planeta Pelota, igual de redondo pero más chico. Me dedico a ver todos los partidos, o al menos a intentarlo, porque siempre pasa que alguno me pierdo. Pero lo que quiero decir es que me siento con una cervecita bien fría delante de la TV y me meto en una pelota. Y de ahí no salgo hasta que el Mundial se termina. Así de sencillo. Soy fútbol-adicto. Y esto viene de la infancia más remota, porque mi padre me llevaba al estadio cuando yo todavía era un bebé. Y luego, claro, toda mi vida jugué al fútbol."


- "Maradona tiene que cargar con una cruz muy pesada en la espalda: llamarse Maradona. Es muy difícil ser Dios en este mundo, y más difícil comprobar que a los dioses no se les permite jubilarse, que deben seguir siendo dioses a toda costa. Y el de Maradona es un caso único, el deportista más famoso del mundo, a pesar de que hace años que ya no juega, esa necesidad de protagonismo derivada de la popularidad mundial que tiene. Quiero decir que es el más humano de los dioses, porque es como cualquiera de nosotros. Arrogante, mujeriego, débil... ¡Todos somos así! Estamos hechos de barro humano, así que la gente se reconoce en él por eso mismo. No es un dios que desde lo alto del cielo nos muestra su pureza y nos castiga. Entonces, lo menos que se parece a un dios virtuoso es la divinidad pagana que es Maradona. Eso explica su prestigio. Nos reconocemos en él por sus virtudes, pero también por sus defectos."


- "Quien lee algo que de veras vale la pena no lee impunemente. Leer un libro de esos que respiran cuando te los ponés al oído no te deja intocado: te cambia, aunque sea un poquitito, te incorpora algo, algo que no sabías o no imaginabas, y te invita a buscar, a preguntar. Y más, todavía: a veces hasta te puede ayudar a descubrir el verdadero significado de las palabras traicionadas por el diccionario de nuestro tiempo. ¿Qué más puede querer una conciencia crítica?"


- "No hay nada en el mundo que no merezca ser reído. Si la literatura de denuncia no es, al mismo tiempo, una literatura de la celebración, se aleja de la vida viva y duerme a sus lectores. Se supone que sus lectores deben arder de indignación, pero ellos se caen de sueño. Con frecuencia ocurre que la literatura que dice dirigirse al pueblo sólo se dirige a los convencidos. Sin riesgo ninguno, se parece más a la masturbación que al acto del amor, aunque según me han dicho el acto del amor es mejor, porque se conoce gente. La contradicción mueve la historia, y la literatura que de veras estimula la energía de cambio nos ayuda a adivinar los soles secretos que cada noche esconde, esa humana hazaña de reír contra toda evidencia. La herencia hebreo-cristiana, que tanto elogia el dolor, no ayuda mucho. Si no recuerdo mal, en toda la Biblia no suena ni una risa. El mundo es un valle de lágrimas, los que más sufren son los elegidos que suben al Cielo."


- "No me arrepiento de nada. Yo también soy la suma de todas mis metidas de pata."

Lunes, 13 Abril 2015 17:30

Los diablos del Diablo

Los diablos del Diablo

 

Primera reimpresión
Ilustrado por Laura Gómez
Edición 2014. Edición 2015. Formato: 13,5 x 20,5 cm., 88 páginas. P.V.P:$18.000  ISBN:978-958-8454-92-4

 

 

Este libro recopila los artículos de Eduardo Galeano publicados en Le Monde diplomatique desde 1997.

 

Índice

 

Memorias y desmemorias
Fundaciones
Los diablos del Diablo
Elogio del sentido común
Enigmas
Una industria caníbal
Doctor... no puedo dormir
Una contradicción llamada Uruguay
El poeta que busca y espera
Palabras para olvidar el olvido

 

 

Tienda Virtual: http://www.desdeabajo.info/libreria-virtual.html

 

 

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Los ninguneados perdieron a su mejor cronista

Quien escucha los latidos de abajo, acoge sus dolores, comparte sus risas y llantos; quien se esfuerza por entenderlos sin interpretarlos, por aceptarlos sin juzgarlos, puede ganarse un lugar en los corazones de abajo. Eduardo Galeano recorrió las más diversas geografías latinoamericanas en trenes, a lomo de mula y a pie, desplazándose en los mismos medios que los abajos. No buscaba mimetizarse sino algo mayor: sentir en su piel los sentires de otros y otras para hacerlos vivir en sus textos, para ayudarlos a salir del anonimato.

 

Eduardo fue un hombre sencillo, comprometido con la gente común, con los nadies, con los oprimidos. El suyo fue un compromiso con la gente de carne y hueso, con hombres y mujeres vivientes y sufrientes; mucho más profundo que la adhesión a ideologías que siempre pueden ser maleadas según los intereses del momento. Los dolores de abajo, nos enseñó, no pueden ser negociados, ni representados, ni siquiera explicados por el mejor escritor. Lo mismo vale parar sus esperanzas.


Entre sus muchas enseñanzas, es necesario rescatar su puntilloso apego a la verdad. Pero esas verdades las encontraba lejos del mundanal ruido de los medios, en los ojos hambrientos de la niña india, en los pies tajeados de los campesinos, en la sonrisa cándida de las vendedoras, allí donde los ninguneados dicen sus verdades de todos los días, sin testigos.


Nunca tuvo la menor duda en apuntar hacia los responsables de la pobreza y el hambre. Como aquellas crónicas sobre la crisis de la industria uruguaya, cuando con apenas 20 años era el jefe de redacción del semanario Marcha, uno de los primeros y mayores exponentes de la prensa crítica y comprometida. En ellas denunciaba a los poderosos con nombres, apellidos y propiedades. Sin vueltas. Porque, como le gustaba decir, "los medios emputecen las palabras".


Pero fueron sus reportajes sobre las luchas y resistencias de los abajos las que dejaron huella temprana, indeleble. Como aquella que tituló "De la rebeldía en adelante", en marzo de 1964, relatando la segunda marcha "cañera" (trabajadores de la caña de azúcar). Su mirada se detenía en los más de 90 niños que la integraban, en doña Marculina Piñeiro, tan vieja que había olvidado su edad, por la que parecía sentir especial admiración. "Querían ganarnos por hambre. Pero por hambre, qué íbamos a perder. Estamos acostumbrados, nosotros", le dijo la mujer, madre y nieta de cañeros.


Su pluma daba forma a la vida cotidiana de los desheredados, pero no se conformaba con retratar su dolor, se afanaba en pintar –de vivos colores– la dignidad de sus pasos, la rabia capaz de sobreponerse a la represión y las torturas. En primer lugar aparecían, siempre y en cada una de sus notas, las gentes que encarnaban sufrimientos y resistencias. Tal vez porque estaba obsesionado por la indiferencia de los más, a la que consideraba "un estilo de vida" cuyo cascarón debíamos destruir, que para eso escribía sus artículos.


Entre los muchos homenajes que recibió en vida, tuvo el privilegio de que el maestro de la escuelita zapatista José Luis Solís López adoptara Galeano como seudónimo. Es muy probable que el maestro no se referenciara en el escritor. En todo caso, Eduardo y el zapatismo se conocieron y reconocieron enseguida. Como si toda la vida se hubieran estado esperando. No los convocó un programa ni una tabla de demandas, sino la ética de estar-siendo, abajo y a la izquierda.


Eduardo Galeano estuvo en La Realidad en agosto de 1996. Participó en una de las mesas del Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo. Habló poco, fue claro y dijo mucho. En aquellos días, y en muchos más, sembró Galeanos, contagió Galeanos, que ahora caminan Galeanos enarbolando su digna y Galeana rabia. Los ninguneados de siempre lo llevan en sus corazones.

Raúl Zibechi

 

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El escritor, periodista, ensayista uruguayo, colaborador de La Jornada, falleció este lunes en Montevideo debido a un cáncer de pulmon, confirmó su casa editorial. Pero su biografía no termina con su muerte. Inició, sí, el 3 de septiembre de 1940 en Montevideo, pero entre su nacimiento y su muerte hay miles de palabras, escritas en numerosos libros, dichas en múltiples discursos, retomadas por cientos de miles de jóvenes y adultos, hombres y mujeres inconformes con los gobiernos a todo lo largo y ancho de este planeta, en todas las entrevistas concedidas, en todas esas frases que rondan Internet, en todos los artículos que publicó en La Jornada, su casa, y en todos los sueños que compartió para hacer de este un mundo menos peor.

Entre su nacimiento y su muerte están su primer libro Los días siguientes y Mujeres, una antología que acaba de publicar en España Siglo XXI Editores. Entre esos dos Las venas abiertas de América Latina, ese libro que el entonces presidente venezolano Hugo Chávez regaló al su homólogo estadunidense Barak Obama durante la V Cumbre de las Américas, en abril de 2009.

Están Memoria del fuego (Los nacimientos, Las caras y las máscaras y El siglo del viento), El descubrimiento de América que todavía no fue y otros escritos, Nosotros decimos no, Palabras: antología personal y Espejos.

En 2012 visitó el país por última vez. Acababa de publicar Los hijos de los días (Siglo XXI Editores). En noviembre de ese año se presentó en la Sala Nezahualcóyotl ante miles de jóvenes que ansiaban verlo, escucharlo, conocerlo en persona, y en la clausura de la asamblea del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. En ambos casos fueron decenas de personas las que tuvieron que conformarse con escucharlo fuera de la sala o el auditorio. Eso ocurría siempre.

Entre su nacimiento y su muerte están sus varios oficios: obrero, dibujante, recaudador, pintor, mensajero, cajero de banco, mecanógrafo, editor del semanario Marcha y el diario Época, y en medio de todos ellos su pasión por el futbol.

Además de un gran escuchador, como él se definía, también fue un exiliado político. Salió de Uruguay después de haber sido encarcelado por la dictadura. Cruzó el Río de la Plata para vivir en Argentina, pero de nuevo tuvo que abandonar ese país ahora con destino a España porque su nombre estaba entre los condenados por la dictadura de Videla. Fue en Cataluña, donde además de escribir para periódicos, publicó Trilogía del fuego.

Las venas abiertas de América Latina publicado años antes, en 1971, fue prohibido por el régimen dictatorial tanto en Uruguay, como en Chile y Argentina.

En 1985 regresó a su país, donde fundó el semanario Brecha, publicación que en 2010 creo el Premio Memoria del Fuego, el primero en recibirlo fue el cantante y compositor español Joan Manuel Serrat. Ese mismo año Eduardo Galeano obtuvo el premio Stig Dagerman, y a lo largo de su vida recibió varios doctorados Honoris Causa por parte de universidades en Cuba, El Salvador, México y Argentina, además del premio medalla 1808, entregado en febrero de 2011 en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento.También en 2010 recibió el Premio Manuel Vázquez Montalbán en la categoría de Periodismo Deportivo.

Siempre habló de y para los jóvenes, de y para los indígenas, en contra de los narcoestados y el neoliberalismo, en favor de la ecología y la legalización de las drogas. Habló contra el olvido.

Hace unos días presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, dio a conocer que había recibido la firma de Galeano contra el decreto por el que Obama calificó al país sudamericano como una amenaza. En México, uno de sus últimos textos publicado por La Jornada fue Leo y comparto, dedicado a los 43 estudiantes desaparecidos.

"Los huérfanos de la tragedia de Ayotzinapa no están solos en la porfiada búsqueda de sus queridos perdidos en el caos de los basurales incendiados y las fosas cargadas de restos humanos.

"Los acompañan las voces solidarias y su cálida presencia en todo el mapa de México y más allá, incluyendo las canchas fútbol, donde hay jugadores que festejan sus goles dibujando con los dedos, en el aire, la cidra 43, que rinde homenaje a los desaparecidos".

Siempre del lado de los pobres, de los indignados, su activismo social y compromiso con los desprotegidos lo llevó a Chiapas a conocer de cerca al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, experiencia que vertió durante varios años en diversos artículos, por ejemplo, en Una marcha universal, publicada por este diario el 10 de marzo de 2001.

"Año 1914, año 2001: Emiliano Zapata era en el DF por segunda vez. Esta segunda vez viene desde La Realidad, para cambiar la realidad: desde la selva Lacandona llega para que se profundice el cambio de la realidad de todo México. Desde que emergieron a la luz pública, los zapatistas de Chiapas, están cambiando la realidad del país entero. Gracias a ellos y a la energía creadora que han desencadenado, ya ni lo que era es como era.

"Los que hablan del problema indígena tendrán que empezar a reconocer la solución indígena. Al fin y al cabo, la respuesta zapatista a cinco siglos de enmascaramiento, el desafío de estas máscaras que desenmascaran, está despegando el espléndido arcoiris que México contiene y está devolviendo la esperanza a los condenados a espera perpetua. Los indígenas, está visto, sólo son un problema para quienes les niegan el derecho de ser lo que son, y así niegan la pluralidad nacional y niegan el derecho de los mexicanos a ser plenamente mexicanos sin las mutilaciones impuestas por la tradición racista, que enaniza el alma y corta las piernas".

Eduardo Galeano es recuerdo de esas cosas que el poder –político y económico– quiere que se olviden.

Galeano eres memoria.

Anexos:

El primer ciudadano ilustre del Mercosur

En 2008, Galeano recibió la distinción del bloque regional y brindó un inolvidable discurso, en el que dijo ser "patriota de varias patrias". "Sólo siendo juntos seremos capaces de descubrir lo que podemos ser, contra una tradición que nos ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y que cada día nos enseña a desquerernos", expresó.

Discurso de Eduardo Galeano en Mercosur

Nuestra región es el reino de las paradojas.

Brasil, pongamos por caso: paradójicamente, el Aleijadinho, el hombre más feo del Brasil, creó las más altas hermosuras del arte de la época colonial; paradójicamente, Garrincha, arruinado desde la infancia por la miseria y la poliomelitis, nacido para la desdicha, fue el jugador que más alegría ofreció en toda la historia del fútbol y, paradójicamente, ya ha cumplido cien años de edad Oscar Niemeyer, que es el más nuevo de los arquitectos y el más joven de los brasileños.

- - -

O pongamos por caso, Bolivia: en 1978, cinco mujeres voltearon una dictadura militar. Paradójicamente, toda Bolivia se burló de ellas cuando iniciaron su huelga de hambre. Paradójicamente, toda Bolivia terminó ayunando con ellas, hasta que la dictadura cayó.

Yo había conocido a una de esas cinco porfiadas, Domitila Barrios, en el pueblo minero de Llallagua. En una asamblea de obreros de las minas, todos hombres, ella se había alzado y había hecho callar a todos.

–Quiero decirles estito –había dicho–. Nuestro enemigo principal no es el imperialismo, ni la burguesía ni la burocracia. Nuestro enemigo principal es el miedo, y lo llevamos adentro.

Y años después, reencontré a Domitila en Estocolmo. La habían echado de Bolivia, y ella había marchado al exilio, con sus siete hijos. Domitila estaba muy agradecida de la solidaridad de los suecos, y les admiraba la libertad, pero ellos le daban pena, tan solitos que estaban, bebiendo solos, comiendo solos, hablando solos. Y les daba consejos:

–No sean bobos –les decía–. Júntense. Nosotros, allá en Bolivia, nos juntamos. Aunque sea para pelearnos, nos juntamos.

- - -

Y cuánta razón tenía.

Porque, digo yo: ¿existen los dientes, si no se juntan en la boca? ¿Existen los dedos, si no se juntan en la mano?

Juntarnos: y no sólo para defender el precio de nuestros productos, sino también, y sobre todo, para defender el valor de nuestros derechos. Bien juntos están, aunque de vez en cuando simulen riñas y disputas, los pocos países ricos que ejercen la arrogancia sobre todos los demás. Su riqueza come pobreza y su arrogancia come miedo. Hace bien poquito, pongamos por caso, Europa aprobó la ley que convierte a los inmigrantes en criminales. Paradoja de paradojas: Europa, que durante siglos ha invadido el mundo, cierra la puerta en las narices de los invadidos, cuando le retribuyen la visita. Y esa ley se ha promulgado con una asombrosa impunidad, que resultaría inexplicable si no estuviéramos acostumbrados a ser comidos y a vivir con miedo.

Miedo de vivir, miedo de decir, miedo de ser. Esta región nuestra forma parte de una América latina organizada para el divorcio de sus partes, para el odio mutuo y la mutua ignorancia. Pero sólo siendo juntos seremos capaces de descubrir lo que podemos ser, contra una tradición que nos ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y que cada día nos enseña a desquerernos, a escupir al espejo, a copiar en lugar de crear.

- - -

Todo a lo largo de la primera mitad del siglo diecinueve, un venezolano llamado Simón Rodríguez anduvo por los caminos de nuestra América, a lomo de mula, desafiando a los nuevos dueños del poder:

–Ustedes –clamaba don Simón–, ustedes que tanto imitan a los europeos, ¿por qué no les imitan lo más importante, que es la originalidad?

Paradójicamente, era escuchado por nadie este hombre que tanto merecía ser escuchado. Paradójicamente, lo llamaban loco, porque cometía la cordura de creer que debemos pensar con nuestra propia cabeza, porque cometía la cordura de proponer una educación para todos y una América de todos, y decía que al que no sabe, cualquiera lo engaña y al que no tiene, cualquiera lo compra, y porque cometía la cordura de dudar de la independencia de nuestros países recién nacidos:

–No somos dueños de nosotros mismos –decía–. Somos independientes, pero no somos libres.

- - -

Quince años después de la muerte del loco Rodríguez, Paraguay fue exterminado. El único país hispanoamericano de veras libre fue paradójicamente asesinado en nombre de la libertad. Paraguay no estaba preso en la jaula de la deuda externa, porque no debía un centavo a nadie, y no practicaba la mentirosa libertad de comercio, que nos imponía y nos impone una economía de importación y una cultura de impostación.

Paradójicamente, al cabo de cinco años de guerra feroz, entre tanta muerte sobrevivió el origen. Según la más antigua de sus tradiciones, los paraguayos habían nacido de la lengua que los nombró, y entre las ruinas humeantes sobrevivió esa lengua sagrada, la lengua primera, la lengua guaraní. Y en guaraní hablan todavía los paraguayos a la hora de la verdad, que es la hora del amor y del humor.

En guaraní, ñeñé significa palabra y también significa alma. Quien miente la palabra traiciona el alma.

Si te doy mi palabra, me doy.

- - -

Un siglo después de la guerra del Paraguay, un presidente de Chile dio su palabra, y se dio.

Los aviones escupían bombas sobre el palacio de gobierno, también ametrallado por las tropas de tierra. El había dicho:

–Yo de aquí no salgo vivo.

En la historia latinoamericana, es una frase frecuente. La han pronunciado unos cuantos presidentes que después han salido vivos, para seguir pronunciándola. Pero esa bala no mintió. La bala de Salvador Allende no mintió.

Paradójicamente, una de las principales avenidas de Santiago de Chile se llama, todavía, Once de Setiembre. Y no se llama así por las víctimas de las Torres Gemelas de Nueva York. No. Se llama así en homenaje a los verdugos de la democracia en Chile. Con todo respeto por ese país que amo, me atrevo a preguntar, por puro sentido común: ¿No sería hora de cambiarle el nombre? ¿No sería hora de llamarla Avenida Salvador Allende, en homenaje a la dignidad de la democracia y a la dignidad de la palabra?

- - -

Y saltando la cordillera, me pregunto: ¿por qué será que el Che Guevara, el argentino más famoso de todos los tiempos, el más universal de los latinoamericanos, tiene la costumbre de seguir naciendo? Paradójicamente, cuanto más lo manipulan, cuanto más lo traicionan, más nace. El es el más nacedor de todos.

Y me pregunto: ¿No será porque él decía lo que pensaba, y hacía lo que decía? ¿No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en este mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?

- - -

Los mapas del alma no tienen fronteras, y yo soy patriota de varias patrias. Pero quiero culminar este viajecito por las tierras de la región, evocando a un hombre nacido, como yo, por aquí cerquita.

Paradójicamente, él murió hace un siglo y medio, pero sigue siendo mi compatriota más peligroso. Tan peligroso es que la dictadura militar del Uruguay no pudo encontrar ni una sola frase suya que no fuera subversiva y tuvo que decorar con fechas y nombres de batallas el mausoleo que erigió para ofender su memoria.

A él, que se negó a aceptar que nuestra patria grande se rompiera en pedazos; a él, que se negó a aceptar que la independencia de América fuera una emboscada contra sus hijos más pobres, a él, que fue el verdadero primer ciudadano ilustre de la región, dedico esta distinción, que recibo en su nombre.

Y termino con palabras que le escribí hace algún tiempo:

1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted se hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda.

Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre.

Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda sin aliento.

¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza tan honda?

Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.
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Eduardo Galeano y sus mujeres

Aníbal Malvar* - Público.es

Se edita estos días el libro Mujeres de Eduardo Galeano y uno, con la Cumbre de las Américas aun efervescente, no puede dejar de acordarse de aquella obra maestra del periodismo, la literatura y la lesa humanidad titulada Las venas abiertas de América Latina. Si aquel libro desmenuzaba la barbarie norteamericana en el continente, el fervor yanqui por apoyar dictaduras y genocidios para hacer lirondos negocietes, ahora Mujeres nos envenena de belleza y feminismo con la cordialidad beligerante con la que siempre ha escrito Galeano. El libro sale publicado en Siglo XXI.

Mujeres es un experimento editorial. Se le encargó a Galeano que extrajera de sus muchos libros aquellos párrafos en los que centra su visión en lo femenino, y la cosa le ha salido de una coherencia atroz a pesar de lo disperso y fragmentario de la idea originaria. Se me va la noche leyéndolo y acabo enamorándome de un montón de damas fugaces, passantes y breves como las de Antoine Pol, guerreras y salvajes en lo íntimo, inalcanzables como la luna de este abril, que no me alumbra la lectura lo suficiente. Pero no hace falta. Las mujeres de Galeano se alumbran solas.

Resurrección de María

"María renació en Chiapas.


"Fue anunciada por un indio del pueblo de Simojovel, que era primo suyo, y por un ermitaño que no era pariente y vivía dentro de un árbol de Chamula.


"Y en el pueblo de Santa Marta Xolotepec, Dominica López estaba cosechando maíz cuando la vio. La mamá de Jesús le pidió que le alzara una ermita, porque estaba cansada de dormir en el monte. Dominica le hizo caso; pero a los pocos días vino el obispo y se llevó presos a Dominica, a María y a todos sus peregrinos.


"Entonces María se escapó de la cárcel y se vino al pueblo de Cancuc y habló por boca de una niña que también se llamaba María.
"Los mayas tzeltales nunca olvidaron lo que dijo. Habló en lengua de ellos, y con voz ronquita mandó

que no se negasen las mujeres al deseo de sus cuerpos, porque ella se alegraba de esto;


que las mujeres que quisieran se volvieran a casar con otros maridos, porque no eran buenos los casamientos que habían hecho los curas españoles;
y que era cumplida la profecía de sacudir el yugo y restaurar las tierras y la libertad, y que ya no había tributo, ni rey, ni obispo, ni alcalde mayor.

"Y el Consejo de Ancianos la escuchó y la obedeció. Y en el año 1712, treinta y dos pueblos indios se alzaron en armas.

——-

No sé yo si la voz de Galeano alcanza aun a oírse en Panamá, donde la cumbre. Pero las venas de América Latina siguen abiertas y los culpables colectan premios Nobel de la Paz antes de declarar muchas guerras. Pobres de los treinta y dos pueblos indios que se alcen en armas. Pobre María, la de Chiapas, condenada a ser leyenda por un pelotón de soldados que no leen. Dicen que en Panamá no se va a llegar a ningún acuerdo. Para eso están las cumbres. Cierro el libro, abro los periódicos y mi casa se inunda de una rara tristeza.

*Periodista y escritor. Su última novela es "La balada de los miserables" (Akal, 2012)

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Eduardo Galeano: las 20 mejores frases

Bolsamanía

Estas son las mejores frases de Eduardo Galeano recogidas en sus novelas y en sus entrevistas en diversos medios de Latino América:

1. Si me caí, es porque estaba caminando. Y caminar vale la pena, aunque te caigas.

2. Son los árboles que dan frutos los que sufren las pedradas.

3. Para no ser mudos, hay que empezar por no ser sordos

4. Sólo los tontos creen que el silencio es un vacío. No está vacío nunca. Y a veces la mejor manera de comunicarse es callando.

5. Para mí, las únicas certezas dignas de fe son las que desayunan dudas cada mañana.

6. La llamada comunidad internacional ¿existe? ¿Es algo más que un club de mercaderes, banqueros y guerreros? ¿Es algo más que el nombre artístico que los Estados Unidos se ponen cuando hacen teatro?

7. Quizá el más certero símbolo de la época sea la bomba de neutrones, que respeta las cosas y achicharra a los seres vivos.

8. El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso.

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9. A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba-abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder.

10. La violencia engendra violencia, como se sabe; pero también engendra ganancias para la industria de la violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en objeto de consumo.

11. La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo.

12. Yo creo que fuimos nacidos hijos de los días, porque cada día tiene una historia y nosotros somos las historias que vivimos...

13. La palabra política se ha manoseado tanto que significa todo y no significa nada. Entonces desconfío mucho de la etiqueta política.

14. El hambre desayuna miedo. El miedo al silencio aturde las calles. El miedo amenaza: Si usted ama, tendrá sida. Si fuma, tendrá cáncer. Si respira, tendrá contaminación.

15. Pobres contra pobres, como de costumbre: la pobreza es una manta demasiado corta, y cada cual tira para su lado.

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16. El mundo se divide, sobre todo, entre indignos e indignados, y ya sabrá cada quien de qué lado quiere o puede estar...

17. El hambre desayuna miedo. El miedo al silencio aturde las calles. El miedo amenaza: Si usted ama, tendrá sida. Si fuma, tendrá cáncer. Si respira, tendrá contaminación. Si bebe, tendrá accidentes. Si come, tendrá colesterol. Si habla, tendrá desempleo. Si camina, tendrá violencia. Si piensa, tendrá angustia. Si duda, tendrá locura. Si siente, tendrá soledad.

18. La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será

19. La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se desplaza diez pasos más allá

20. Los niños pobres son los que más sufren la contradicción entre una cultura que manda a consumir y una realidad que lo prohíbe

El poder incesante y soberano de la imaginación

El Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria, que he recibido de manos del presidente Enrique Peña Nieto, pone al maestro delante de su discípulo, porque de Fuentes aprendí lecciones de escritura desde mis primeros viajes a México, cuando bajaba ansioso las escaleras de la librería El Sótano para encontrarme con sus libros.


Siempre admiré en él esa ambición ecuménica de tocar todos los temas y todos los registros, y ver siempre en la historia una fuente de imaginación que nunca se agota. Desde su investidura de novelista supo que la historia debe estar sujeta a una revisión crítica incesante. No sólo exponer la realidad, también enfrentarla y juzgarla, nunca quedarse en testigo pasivo.


Desde La muerte de Artemio Cruz, a Años con Laura Díaz, a La silla del águila, la historia de México vuelve siempre a ser expuesta con una calidad profética. Vio con lucidez que la historia de su país estaba compuesta por planos superpuestos: arriba la pirámide azteca de los sacrificios, el cuchillo de obsidiana y la sangre humeante en la piedra. Abajo el oscuro inframundo que gobernaba las existencias, y donde el mal escondía sus dientes y sus garras. Y luego, sobre las ruinas, los edificios coloniales, conventos y cabildos de la parafernalia virreinal, que también estaba hecha de las mismas piedras del poder.


Pero al pintar la historia de México con los colores de la imaginación, que nunca desprecia la realidad, pinta también a América Latina y nos enseña que somos un organismo vivo de vasos comunicantes, realidades compartidas, sueños y derrotas también compartidos, desilusiones y esperanzas. Que nuestra identidad está en la diversidad.


Compartimos la múltiple exploración de temas en los que nos descubrimos, la multiplicidad del lenguaje, la experimentación como un desafío de la escritura; las maneras en que cada uno de nosotros, como escritores, asume la realidad de su propio país, y convierte a la escritura en una permanente expresión de inconformidad y advertencia.


Antes los temas literarios comunes de nuestra América fueron los dictadores engalonados, el infierno verde de los enclaves bananeros, las intervenciones militares, las revoluciones y las guerras civiles; y otro, aún hoy no dilucidado, el de la lucha permanente entre civilización y barbarie; y otro, tampoco dilucidado todavía, el de la marginación y la miseria, los abismos de la desigualdad que no terminan de cerrarse, y que llevan a la angustiosa odisea de las emigraciones masivas hacia la frontera con Estados Unidos.


En nuestro mundo contemporáneo real, del que la literatura no es sino un espejo irisado, las viejas parcas se visten hoy de sicarios. Vista en su conjunto, la anormalidad de nuestra historia es en el presente una macabra fotografía de cuerpos regados en un baldío, un titular en letras rojas sobre alguna masacre. Pero en la vida y en la muerte de cada uno de esos seres hay una historia que contar. Y la novela es eso, descender al infierno de cada vida, de cada cuerpo mutilado, de cada cuerpo incinerado. Porque la literatura no se ocupa de lo general, como los titulares de los periódicos, sino de lo específico, que son los seres humanos, vistos en singular.


Hemos buscado siempre indagar en la sustancia de la realidad para nutrir la imaginación. Porque nuestra historia ha vivido en un estado de anormalidad permanente, y esa anormalidad se transmuta a la literatura. Las anormalidades varían, pero sus inclemencias persisten. Y nos fijamos en ellas porque asombran, y porque son, antes que nada, anormalidades éticas.


En América Latina sufrimos aún la incongruencia de que los principios que inspiraron las luchas por la independencia siguen escritos en la letra de las constituciones, pero no terminan de abatir la desigualdad, allí donde el crimen y el terror, y también la demagogia, se incuban en la pobreza.


Los novelistas también hemos sido cronistas de la violencia de las revoluciones. Fui protagonista en mi patria de una revolución triunfante, y puedo decir que la de hoy no es una violencia que busca transformar la sociedad para hacerla más justa, sino una violencia criminal, para envilecerla. Pero tiene la misma raíz, porque se alimenta de la pobreza. Para entrar en el siglo XXI, debemos dejar atrás primero el siglo XIX.


Los escritores latinoamericanos somos cronistas de los hechos, y debemos registrarlos, exponerlos. Iluminarlos. Somos testigos privilegiados de la vida cotidiana trastocada por la violencia, el miedo, la corrupción, las grandes deficiencias del estado de derecho. Somos testigos de cargo. Mi oficio es levantar piedras, decía José Saramago; no es mi culpa si debajo de esas piedras lo que encuentro son monstruos que quedan al descubierto. El escritor no es otra cosa que un cazador de monstruos.


La palabra siempre ha luchado por defenderse de los autoritarismos mesiánicos, de los sectarismos religiosos, de los nacionalismos extremos, de las veleidades del poder económico, de las ideologías totalizantes que pretenden imponer un pensamiento único, lo que significa también imponer la mediocridad.


La literatura no existe para convencer a nadie sobre credos ideológicos, sino para hacer preguntas. Cuando el escritor se expresa como ciudadano, desde la tribuna que le da la literatura, su voz se multiplica porque es escuchado. Está ejerciendo entonces su primer deber cívico, que es el de nunca callarse. Puede ser que un libro no cambie el mundo, pero sí que cambie a quien lo ha escrito, y que cambie también a quien lo lee, porque la imaginación tiene un poder soberano.


Pero un libro debe ser para un escritor un territorio libre de imposiciones, libre de la cobardía de la autocensura, y al mismo tiempo libre de la pretensión de imponer verdades. La verdad siempre estará sujeta a revisión, porque las creencias eternas se vuelven inmóviles, y la inmovilidad significa la muerte. La creencia de que el mundo puede ser cambiado desde los libros es una arrogancia. Más bien el mundo debe ser interrogado una y otra vez desde los libros.


Es allí donde reside ese poder incesante y soberano de la imaginación.


Ciudad de México, febrero 2015
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Viernes, 16 Enero 2015 06:17

Tres despachos melvillianos

Tres despachos melvillianos

Despacho 1. Enzo Traverso, en uno de los textos de su extraordinario conjunto de ensayos La historia como campo de batalla (2011), evoca la figura de C.L.R. James (1901-1989), el gran teórico social y marxista antillano. Analizando la relación exilio/violencia a la luz de la " traveling theory" de Edward Said y tomando como caso la suerte y desencuentro de dos círculos potencialmente afines –un grupo de intelectuales judíos y los del Atlántico negro–, recuerda un episodio en la vida del autor de Los jacobinos negros (1938): un año después de que Hannah Arendt recibe su tan anhelada ciudadanía estadunidense, en 1952 C.L.R. James queda internado en la isla Ellis (el viejo filtro migratorio y zona de reclusión para los elementos indeseados) y finalmente es expulsado del país. Mientras Arendt, aún en aura del éxito de Los orígenes del totalitarismo (1951), se incorpora –por fin y no sin problemas– a la vida de su nueva patria, para un negro-comunista como James no hay lugar en ella. Y menos durante el macarthismo. El tiempo de internación lo mata releyendo a Moby Dick (1851) y reinterpretando al clásico de Herman Melville (1819-1891) a la luz de la historia del siglo XX. El resultado es el libro Mariners, renegades and castaways (1953), donde ve a Pequod, el barco ballenero comandado por el capitán Ahab, no sólo como un equivalente de fábrica (con sus múltiples tareas y minuciosa división de trabajo), sino como una alegoría de toda sociedad capitalista, con marineros como proletariado y Ahab como una encarnación de la burguesía con su obsesión de dominar el mundo –recurriendo en eso a atrocidades y genocidio– hasta el punto de su propia destrucción; una metáfora de la sociedad moderna industrial que se avienta al precipicio y del paso de la sociedad liberal a la sociedad totalitaria (p. 284).


Despacho 2. Greg Grandin, en su The empire of necessity (2014), un excelente análisis de la trata de esclavos y su papel en el desarrollo del capitalismo en las Américas, parte de la historia del capitán Amasa Delano –narrada por Melville en su olvidada novela Benito Cereno (1855)–, que al encontrar un magullado buque esclavista se deja engañar por un astuto montaje de los esclavos que semanas antes se amotinaron y exigieron ser llevados a África. Mientras abundan lecturas de Ahab como una encarnación de locura imperial estadunidense (E. Said, Cultura e imperialismo, 1993), para Grandin la otra cara del imperio es Amasa, cazador de focas obsesionado por la búsqueda de ganancia, símbolo del capitalismo extractivista depredador (Tom Dispatch, 26/1/14), una forma del poder y control del trabajo en tiempos de menguantes recursos naturales (Democracy Now!, 6/2/14). Hablando de su libro, sin mencionar a C.L.R. James y su Mariners... –escrito explícitamente como una crítica del capitalismo en Estados Unidos que James... envió a los miembros del Senado, algo que, claro, no ayudó a su naturalización–, comparte su análisis recordando que algunos historiadores como Marcus Rediker (véase: PPE Sydney, 17/12/14) también analizaron el barco como una especie de protofábrica capitalista (The Jacobin, 1/8/14).


Despacho 3. El cuento Bartleby, el escribiente: la historia de Wall Street (1853), insólito para Melville, es peculiar en varios aspectos: bien subraya Juan Forn que en nuestra biblioteca mental ocupa un lugar más cerca de Kafka que de Moby Dick (Página/12, 9/1/15). La historia de un empleado del despacho jurídico que en principio cumple con sus deberes para luego irlos rechazando con la enigmática fórmula " I would prefer not to"/Preferiría no hacerlo –y que acaba en prisión, muerto por negarse a comer– es uno de los textos más comentados en ciencias sociales desde lo sicológico hasta lo teológico (Beverungen/Dunne, Bartleby and the excesses of interpretation, 2007). Gilles Deleuze, por ejemplo, subraya que Bartleby no es ningún revolucionario, más bien una figura solitaria que escapa a cualquier forma, y concluye lacónicamente: No es un enfermo, sino el médico de una América enferma (Bartleby o la fórmula, 1993). Giorgio Agamben lo inserta en una rica tradición filosófica junto con teólogos árabes, cabalistas y místicos-heréticos y al lado de personajes kafkianos (Bartleby o de la contingencia, 1999). Incluso Hardt & Negri lo introducen en su Imperio (2000) como una figura de resistencia –posibilidad de contraimperio– por su negación al trabajo, aunque claramente Bartleby es más que un " refusenik laboral". En este sentido resulta más provechosa la lectura de Slavoj Zizek, que ve en él una figura pasiva-agresiva que el sistema es incapaz de absorber; más que negación, su gesto es sustracción, muy diferente también de varias formas de seudorresistencia (The parallax view, 2006). La política bartlebiana de preferir no hacer algo es para Zizek mejor que falsas actividades, es un espacio donde empieza la lucha emancipatoria (Living in the end times, 2010). Si bien el filósofo esloveno ve sus limitaciones –por ejemplo, el caso de Ocupa Wall Street: no quiero esto, pero no sé qué quiero, admitiendo que él tampoco tiene respuestas claras–, insiste en lo subversivo de la fórmula (Don't act, just think, en: YouTube, 28/8/12), luciendo últimamente una playera –claro, jamás viste nada más...– con " I would prefer not to" (The Guardian, 3/12/14).


Coda. Por la miniconstelación melvilliana Moby Dick/Benito Cereno/Bartleby corre un particular hilo rojo: la crítica de la modernidad con su racionalidad destructiva y del capitalismo (que resalta en la lectura de C.L.R. James).


Además, su relectura de Moby Dick nos remite necesariamente a su visión de la revolución haitiana (Los jacobinos...), que enfatiza la fidelidad con que los ex esclavos se apropiaron de los valores universales de la Revolución Francesa, algo relevante hoy cuando –sub¬raya Traverso– la memoria de luchas liberacionistas es sustituida por humanitarismo (p. 320).


La relectura de Benito Cereno pone a su vez luz a los orígenes del capitalismo estadunidense, fundado en la esclavitud (y el genocidio), y a varias –indignantes, incluso absurdas– formas de esclavitud moderna (véase: La Jornada, 14/12/14).


Las reinterpretaciones de Bartleby –en clave sociopolítica– no dejan duda de que el preferiría no hacerlo es un buen lema anticapitalista, pero apenas una potencialidad y un comienzo.


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