Viernes, 10 Octubre 2014 15:36

En el país de la memoria

En el país de la memoria


Mide casi dos metros, pero nadie lo veía como candidato al Nobel. Patrick Modiano, con sus novelas sobre la identidad de las personas y la amnesia de la historia, parece candidato a ser uno de esos escritores que el Nobel despierta y los lectores agradecen.

 

 

El escritor francés no figuraba ni a placé en el sitio de apuestas Ladbrokes para el Nobel, donde hace semanas estaba instalado como inamovible favorito el keniano Ngugi wa Thiong'o, y tallaban la bielorrusa Svetlana Alexievich, Haruki Murakami, Joyce Carol Oates y Philip Roth en opción estadounidense, o el poeta sirio Adonais (mi candidato posible, dado que en mi corazón persiste el portugués Lobo Antunes).


Aunque imprevisto, Patrick Modiano no es un Nobel exótico por el que habrá que esperar que lleguen las traducciones en sellos heroicos de la industria editorial española. Premio Goncourt en 1978, Modiano estaba algo lejos de los reflectores, menos comentado quizá que Pascal Quignard, su compañero de generación y según versiones olvidado en Suecia, donde hace años que no era traducido al idioma de premiación. En Montevideo, en cambio, sus libros están disponibles en la colección Narrativas de Anagrama, y la página de Gussi, su distribuidor, muestra nueve títulos del francés entre los que destaca su Trilogía de la ocupación, las clásicas Calle de las tiendas oscuras (que le dio el Goncourt) y En el café de la juventud perdida y la más reciente La hierba de las noches (2012).


Los caminos del Nobel no son insondables. Se me hace que este premio, que para algunos desequilibra la balanza de rotación en favor de Francia, tiene también sus razones de estrategia geopolítica y no evita aquella polémica disposición del testamento de Alfred Nobel que explícitamente mandataba premiar una literatura que fuese "idealista" y aportase algo a los hombres. Es posible que este premio tenga sus sondables razones como un premio que responde a una Europa en crisis, habitada por el miedo y con rebrotes xenófobos.


HABLA MEMORIA

 

Patrick Modiano nació, como predestinado a lo que habría de escribir obsesivamente, en 1945. Fue un hijo de la posguerra, un babyboomer. Su apellido denuncia el origen italiano de Módena, de donde llegaron sus ancestros, pero fue por su condición de judío que su padre debió esconderse para evitar ser enviado a los campos. Por "revelar el universo de la ocupación" a través "de un arte de la memoria capaz de evocar los más ina-sibles destinos humanos", argumentó el comité de la Academia Sueca, recuperando una memoria para Europa. Modiano "es el poeta de la ocupación y la voz de los desaparecidos", dice con felicidad Rupert Thomson en el Guardian.


En Calle de las tiendas oscuras la acción se ubica en los años sesenta y el protagonista, Jean, reiterado álter ego del autor, es un detective amnésico que busca conocer su pasado. Sus investigaciones lo llevan al tiempo de la ocupación y al gran trauma moral del colaboracionismo. Modiano parece haber necesitado siempre de una perspectiva histórica para su literatura, y esa mirada al pasado es lo que paradójicamente le da actualidad. Trabaja el pasado como un secreto que se resiste a ser entregado. En 2009 respondía sobre el ocultamiento histórico de los hechos: "Francia ha tenido tabúes sobre la ocupación nazi y la guerra de Argelia, básicamente. Lo que me impresiona siempre es que esos tabúes históricos los encontramos reproducidos a pequeña escala, en las vidas individuales, en los casos concretos de la gente que olvida aspectos de su biografía. Y sin llegar a la amnesia, si usted pregunta a alguien por su pasado, lo va a transformar sin darse cuenta. Esos falsos testimonios me fascinan. Es novelesco, es novela negra. El novelista es un detective". En la novela hay un pianista que, al estilo de Casablanca, toca "Que reste-t-il de nos amours?", una canción que hace la pregunta que la novela busca responder. La pregunta histórica se superpone a la personal. Modiano dedicó la novela a su padre porque al terminarla supo que había muerto y ya hacía diez años que no sabía nada de él. El ajuste de cuentas con el padre lo hizo el autor en Un pedigrí, una memoria autobiográfica sobre su infancia y primera juventud que publicó en 2005 y está también disponible en Uruguay. Cuenta la muerte de su hermano Rudy, dos años menor y que murió apenas con 10. A Rudy le dedicó cada uno de sus ocho primeros libros. Confiesa que, aunque lo que cuenta en esa breve memoria está disperso en sus otros libros como ficción, precisó que transcurriesen cuarenta años para poder hablar de esa intimidad y que pudo hacerlo cuando ya esos recuerdos no precisaban ser resguardados y lo que contaba era ya la vida de otro, y pudo contarla con una piedad que no necesitaba excusas. El premio ha resucitado de los archivos de los periódicos franceses la anécdota de cuando un Patrick Modiano de 18 años falsificó su carné de identidad para poder pasearse libremente en las noches parisinas. Con sagacidad, el periodista de L'Express postula que más que para pasar por mayor de edad, la verdadera razón estuvo en darse a sí mismo la edad de Rudy, el hermano, y anular así su muerte y vivir con y por él.


UNA TRADICIÓN

 

Si su padre marca su literatura desde la ausencia, hay un padre elegido en el universo Modiano: Raymond Queneau, el poeta, matemático y escritor vanguardista del Oulipo que lo amparó en su carrera literaria. Queneau lo conoció en el liceo Henri IV, un centro de enseñanza media productor de elites, y se hicieron amigos. Fue su testigo de casamiento y quien lo presentó a Gallimard cuando editó su primera novela. En el consagratorio Cahier de l'Herne que se le dedicó en 2012 se publicaron algunas cartas de Queneau; en una, de cuando le salió de testigo, le comenta a su esposa divertido que por la novia sale de testigo uno que lleva el nombre de André Malraux. Lo que es exacto y revela ese otro pedigrí cultural del autor. Como escritor de la memoria no es raro que Modiano reivindique a Proust, a quien dedicó un ensayo llamándolo "Mártir literario", pero en una lista más amplia de sus diez libros favoritos, la tradición se ensancha a otras lenguas e incluye al Dickens de Grandes esperanzas, el Mann de La montaña mágica, el Lowry de Bajo el volcán, presididos, eso sí, por un clásico francés, Tristán e Isolda. Más recientemente declaró su admiración por Peter Handke, un nobelizable a quien condena su posición favorable a Serbia cuando la guerra de los Balcanes. La lista de afinidades electivas debe completarse con cierta afición al policial. Previniendo deserciones, Eric Sarner, el escritor francés radicado en Uruguay y traductor de Idea Vilariño, celebró en Facebook un poco provocativamente el hecho de que el nuevo Nobel no sea "un experimentador de la prosa". Modiano explica por qué prefiere escribir sus historias lejos del barroquismo verbal y en una prosa directa y de frases breves: "porque para dar esa impresión de un sueño interrumpido, en el que entra alguien por sorpresa, necesito frases muy concretas, al igual que en algunos cuadros surrealistas, como los de Magritte, todo es muy preciso pero la impresión global es de sueño". También va en ese sentido su apego al policial: "los policiales me interesan como formas abstractas, por algo se los filma en blanco y negro". Casi todo en Modiano es un artificio que se confunde con lo real. Es el gran escritor actual de París, se ha escrito, pero de un París, dice él, "que ya no existe sino en mi memoria", el de su juventud.


Su mundo está hecho de identidades inciertas e historias ocultas. Sus libros son rompecabezas para armar pero también elegías, porque esos puzles raramente se arman, comparte con la novela negra la fascinación por el misterio, pero no tiene fe en que sea posible encontrar una solución.


Seguramente ocurra con otros muchos lugares en el mundo, pero es seguro que historias como la que cuenta en Dora Bruder sobre el caso real de una chica de 15 años, desaparecida y enviada a Auschwitz, o la escucha del pasado que otros no quieren oír, encuentre interés en lectores que han pasado por la experiencia de las dictaduras del Cono Sur. Es probable que un escritor que es definido como un "arqueólogo del pasado" y que crea personajes acuciados por entender quiénes son y quiénes han sido, tenga algo que decirnos.

 


 

Buscando al viejo hombre nuevo


Una escritora bielorrusa –cuyo nombre estuvo hasta ayer entre los favoritos a ganar el Nobel de Literatura 2014– recorrió la antigua Urss con un grabador. Buscaba un retrato hablado del hombre soviético. El resultado es un híbrido entre la antropología y la literatura. Puro periodismo.

 

"Seremos como el Che", dicen, todavía, los niños cubanos al recibir su pañuelo de pioneros en el patio de una escuela. Son los restos de un naufragio que el mar ha dejado en la playa. El naufragio de un intento que recorrió el mundo desde aquel primer cañonazo del crucero Aurora en el Petrogrado de 1917. El intento ya no de crear un nuevo sistema político o una sociedad de nuevo tipo, sino el hercúleo –y herético– intento de crear un hombre nuevo: altruista y forjado como el acero para construir y sostener un mundo más justo. Un intento que revelaría su imposibilidad y daría lugar a su parodia: el "Homo sovieticus", indiferente y apegado a la ley del menor esfuerzo.


Ahora que el principal impulsor de la utopía de un humano de nuevo tipo, León Trotsky, yace en una tumba mexicana después de que un agente de Stalin le partiera el cráneo con una piqueta de alpinista; ahora que el escritor disidente que acuñó la parodia, Aleksandr Zinóviev, al ver en qué se había convertido su país tras la caída de la Unión Soviética (Urss) pasó los últimos años de su vida en luna de miel con el neocomunismo, volviéndose un activista contra la occidentalización del abatido gigante; ahora entonces, a semanas del cuarto de siglo de la caída del muro de Berlín, ¿qué ha quedado de ese hombre nuevo y su parodia?


O de la mezcla de ambos, los verdaderos hombres y mujeres que crecieron en el corto siglo soviético.


Esa pregunta se la hizo la escritora bielorrusa Svetlana Alexievitch, y para contestarla realizó una investigación literaria con mucho de eso que en periodismo se conoce como "gran reportaje". Tal vez la nueva aparición de su nombre entre los favoritos a ganar el Nobel de literatura motive a los editores de habla hispana a pagar por la traducción del libro resultante. Por ahora sólo disponemos de su versión en francés, La fin de l'homme rouge. Ou le temps du desenchantement (El fin del hombre rojo. O el tiempo del desencanto), traducción del título original en ruso que, de manera literal, sería "Tiempos second hand. El fin del hombre rojo".


Mucho les dice ese "second hand" a los que vivían detrás de la cortina de hierro. La promesa del fin de los escaparates vacíos que todos esperaron con esperanza después de 1991 se transformó demasiado pronto en la realidad del consumo para unos pocos. La gran mayoría debió conformarse con la ropa usada de segunda mano, y las tiendas de second hand se reprodujeron como hongos en el antiguo campo socialista.


Entrevistada en marzo de este año por la periodista española Pilar Bonet, la autora bielorrusa opinó que el "hombre soviético", producto del plan para transformar la naturaleza humana en el laboratorio del marxismo-leninismo, sigue existiendo en Rusia, Bielorrusia, Turkmenistán, Ucrania, Kazajistán, y el resto del territorio de lo que fue la Urss. "Creo que conozco a este hombre, que lo conozco muy bien, que he vivido con él muchos años. Él soy yo, yo y mis conocidos, amigos, padres (...). Ahora vivimos en distintos estados, hablamos en distintas lenguas, pero no nos puedes confundir con nadie. Nos reconocerás enseguida. Somos la gente del socialismo, iguales y diferentes del resto de la gente, tenemos nuestro léxico, nuestras ideas del bien y del mal, de los héroes y los mártires, tenemos una relación particular con la muerte (...) estamos llenos de envidia y de prejuicios. Venimos de allí donde existió el Gulag...", escribió Alexievitch en el segmento del prólogo de su libro que cita Bonet en su artículo de El País de Madrid.


LA GRAN DEPRESIÓN

 

El desafío –destaca Bonet– de reconciliarse con la pérdida del gran proyecto que supuso la Urss, y de pasar de la "gran historia" a la "existencia individual", ha sido un golpe cultural que no siempre fue resuelto de la mejor manera. Alexievitch atribuye la abundancia de suicidas a la incapacidad de resolverlo, de reciclar para la paz lo que la bielorrusa llama una psicología de la guerra ("Somos guerreros. O luchamos o nos preparamos para la guerra. Nunca vivimos de otro modo. De ahí la psicología de guerra"), Guerra Fría, pero guerra al fin. Por eso la generación del poeta Evgueni Evtushenko, la de quienes habían sido evacuados a las aldeas siberianas durante la Segunda Guerra Mundial, creció con la sensación de haber "nacido tarde". Listos desde niños para la alarma antiaérea y para transformar las estaciones de metro en refugios antinucleares, no estaban preparados para lo que verdaderamente terminó ocurriendo.


Esa abundancia de suicidios ya había sido detectada por los expertos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud), que en 1999 habían registrado cómo un número creciente de ex soviéticos se quitaban la vida al verse sumergidos en la pobreza, literalmente de la noche a la mañana. Téngase en cuenta que en 1989 quienes vivían con menos de cuatro dólares por día en el campo socialista eran 14 millones, pero a mediados de los noventa esa cifra se había multiplicado por diez, llegando a 142 millones de personas en los mismos países. Eso, sumado al corte de la mayor parte de los beneficios sociales y el final de la seguridad del "trabajo para toda la vida", dio por resultado un panorama económico de la "primera década de libertad" que el Banco Mundial comparó con la Gran Depresión de los años treinta en Estados Unidos. La diferencia fue que la pérdida en el nivel de producción en la ex Urss fue el doble que la que sufrió Estados Unidos tras el derrumbe de Wall Street de 1929; y en algunas repúblicas ex soviéticas, como Georgia, se perdió casi el triple.


COCINAS LABORATORIO

 

El impacto de esos números en la lectura que las personas hacen de su propia vida (pero no solamente de esos números, también de lo que no puede medirse) es el centro de la investigación literaria de Svetlana Alexievitch.

 

En sus páginas hay algunas joyas. Como el fragmento de la generación de las cocinas. Si para Occidente la del 68 fue la generación de las luchas estudiantiles en las calles, para los soviéticos fue la generación de las cocinas. En la década del 60, cuenta Alexievitch, comenzó a masificarse la vivienda individual y los soviéticos pudieron dejar la cocina comunitaria y tener su propio lugar para preparar los alimentos. "La cocina para nosotros no fue entonces solamente un lugar de nutrición, era también un lugar de trabajo y una tribuna. Ahí uno podía criticar al poder, escuchar a la Bbc. En las cocinas nació la Perestroika. Pero no sólo. ¡Las ideas y proyectos fantásticos que nacieron en las cocinas! Ahí pasábamos nuestro tiempo bebiendo té, café, vodka. Y en los setenta ron cubano. Todos adorábamos a Fidel Castro. La revolución cubana. El Che con su boina. Una verdadera vedette de Hollywood. No dejábamos de parlotear. Y en lo mejor de la conversación siempre había alguien que miraba la llave de luz o el enchufe y preguntaba '¿Comprendió, camarada general?'. Esa sensación de riesgo... era como un juego. Sólo unos pocos se rebelaron abiertamente. La mayoría de nosotros éramos 'disidentes de cocina'."


Entonces llegó 1991. Y de las cocinas salieron a las calles. Sólo para comprender, registra Alexievitch en su testimonio coral, que si no tenías dinero no eras nadie. "La democracia era un animal que nos resultaba totalmente desconocido. No éramos antisoviéticos. Sólo queríamos una vida mejor. Poder comprar bluejeans, un video, y el sueño mayor, un automóvil. Todos queríamos usar vestimenta de colores y comer buenas cosas."
La imposibilidad de ese sueño volvió a muchos contra aquel que lo había alimentado. Enseguida del testimonio anterior, en contrapunto, el trabajo casi antropológico de Alexievitch en su libro hace surgir otra voz: "Gorbachov nos ha traicionado. Sí, nosotros hacíamos cola para conseguir pollos que azuleaban y papas podridas, pero esta era mi patria. Y yo la amaba. Era un gran país. Rusia siempre ha sido un enemigo temido por Occidente. Teníamos una civilización sin trapos y sin mercachifles. La civilización soviética. Tarde o temprano Gorbachov será juzgado. Espero que ese Judas viva largo tiempo para conocer la cólera del pueblo. En vez de una patria, ahora tenemos un inmenso supermercado".


El Washington Post reconoció recientemente que este sentimiento anti Gorbachov está muy extendido en Rusia, "especialmente entre los más ancianos y pobres". Una afirmación consistente con el estudio del Centro Yuriy Levada, que detectó que el 85 por ciento de los jubilados y el 79 por ciento de los ciudadanos de bajos ingresos preferirían que la Urss no se hubiera disuelto, opinión que en la media de la población era del 60 por ciento. Tanto es así que en los días posteriores a la anexión de Crimea, en marzo de este año, un grupo de legisladores oficialistas presentó una querella contra el padre de la Perestroika. Lo acusan por la de-sintegración de la Urss y por no haber respetado un referéndum en el cual la mayoría de la población soviética votó en contra de esa medida. El actual mandatario, Vladimir Putin, sin embargo, no se ha mostrado particularmente entusiasta con un eventual encarcelamiento del último premier soviético.


REVIVAL

 

Luego de la crisis de Crimea se produjeron las declaraciones de independencia de otras dos regiones que pertenecían a Ucrania, Lugansk y Donetsk, fronterizas con Rusia, dando lugar a una corta pero intensa guerra civil que llevó al límite las tensiones entre Washington y Moscú.
En los reportes periodísticos desde la zona de combates era frecuente ver banderas con hoces y martillos entre una variada simbología soviética en el bando separatista. Sus manifestaciones al pie de las estatuas de Lenin y su discurso profundamente antioccidental dieron al conflicto un aire de los años de la Guerra Fría.


Quizás el episodio más emblemático de ese regreso al pasado fue la resurrección de un tanque.


En junio se conoció la noticia –y se pudo ver el video en Youtube– de que un IS-3 de la Segunda Guerra Mundial, que estaba congelado como monumento en una plaza en la ciudad de Kostiantynivka, fue bajado de su pedestal, se lo hizo arrancar, y se lo puso nuevamente en servicio. Eso no sería nada si no se le hubiera pintado en el blindaje el nombre de Josip Stalin.
Así bautizado, el carro de combate volvió a disparar sus proyectiles de 122 milímetros, ya no contra los blindados alemanes pero –rizando un poco más el rizo– contra un ejército de Ucrania de sospechosas simpatías hacia la corta temporada en que los nazis fueron dueños del país.


Cuando debieron retirarse hacia sus últimos dos bastiones, los separatistas se llevaron su tanque. Y cuando lograron cambiar el curso de la guerra –según Kiev con apoyo militar ruso– y poner en desbandada a los ucranianos empujándolos hacia el Mar de Azov, volvieron a llevarlo como su arma talismán.


El nombre dado al tanque se suma a otros episodios, como los trolley decorados con la imagen de Stalin en varias ciudades de provincia, o la peculiar casualidad de que justo la manzana de la casa natal del ex hombre fuerte del Kremlin haya quedado intacta durante la guerra relámpago de Georgia (se dice que por expreso mandato de Putin).


Cuando Pilar Bonet le pregunta por el peso de la figura de Stalin en la memoria de los protagonistas de su libro El fin del hombre rojo..., Svetlana Alexievitch responde con dos palabras: "Está vivo".


INFANCIA PERDIDA

 

En su poema "Adiós, bandera roja nuestra", Evtushenko entreteje reclamos y compasión por su vieja patria. Una bandera que, "como una cortina roja", ocultaba tras de sí "al Gulag repleto de cadáveres helados".


En la estrofa final el poeta, que habla en nombre de quienes "nacimos en un país que ya no existe", un poeta que no es "lo que llamarías un comunista", refleja la nostalgia que Svetlana Alexievitch encontró en la mayor parte de sus testimonios. La nostalgia por el mundo de la infancia. Por esa porción perdida de paraíso. Porque "en aquella Atlántida estuvimos vivos y fuimos amados".


Lo mismo opina otra escritora, Zhanna Sribnaya, de 37 años. "Todos tenemos una cierta nostalgia de la Urss, en especial cuando miramos hacia nuestra infancia. Tiempos felices en los que un helado costaba siete kopeks y todo el mundo podía ir en verano a las playas del Mar Negro con los campamentos de pioneros. Ahora sólo la gente con dinero puede tomar esas vacaciones."


Entre quienes más han escrito sobre lo que significa haber vivido la niñez en la era soviética se destaca en primer lugar Zajar Prilepin, a quien la revista Newsweek considera "probablemente el escritor más importante de la Rusia actual". Nacido en 1975, ganó en 2008 el premio al mejor libro ruso con Pecado, donde aborda la realidad pos Perestroika, novela que en 2011 le dio el premio a la mejor obra en prosa de la década anterior.


"La enfermera corría detrás de mí para ponerme una vacuna, la vecina me cuidaba cuando era pequeño sin pedirles a mis padres dinero a cambio, la bibliotecaria me miraba de vez en cuando para decirme que había venido Elektronik (el personaje de unos dibujos animados de los años setenta) de la ciudad, el cocinero en la escuela me servía los trozos más apetitosos, nunca he visto a un policía en la aldea porque no había peleas, nadie robaba, no había gamberros. Nuestra enorme parentela se reunía y durante dos y a veces, incluso, cuatro semanas, se divertía, olvidando por completo sus deberes y preocupaciones; el fatigado país nos miraba desde lo alto y en su mirada no se percibía ni crueldad ni frialdad", reinventa –más que recuerda– Prilepin.


Y continúa: "La tranquila Unión navegaba a la par de mi infancia como una sombra grande y pesada. Cargada de hierro y de construcciones complejas fue encallando casi imperceptiblemente. Ahora permanece pesada y entumecida, inofensiva y herrumbrosa con sólo sombras en su interior, con sólo pequeños alevines, sólo una corriente indolente y glacial.
Imaginar cómo era la Unión para mí no es una tarea compleja.


Me viene a la mente por ejemplo la siguiente imagen. Una tarde en la aldea. ¿Se puede imaginar lo que es una tarde de aldea, invernal, fría y negra? No, seguro que ni se lo imagina.
Tengo 5 años y mi hermana 11.
Y silencio alrededor, sólo se oye el crujir de la balaustrada de la casa. Y nadie, alrededor sólo la Unión Soviética, inmensa, silenciosa y cubierta de nieve".

 

*Svetlana Alexievitch

 

Es bielorrusa. Pero nació en la Ucrania soviética en 1948, de padre bielorruso y madre ucraniana. Toda su carrera, periodística y literaria, la hizo en Minsk, hasta que la persecución del régimen de Aleksander Lukashenko la obligó al exilio. Vivió entonces en París, Gotemburgo y Berlín. Hace tres años regresó a su tierra y escribió el que probablemente sea su libro más importante hasta el momento: El fin del hombre rojo. O el tiempo del desencanto. Ahí cultiva al extremo un estilo de testimonios corales que ya había ensayado en sus obras anteriores: La guerra no tiene rostro de mujer, El último testigo (ambos sobre la Segunda Guerra Mundial), El chico de cinc (sobre la invasión soviética a Afganistán) y Voces de Chernóbil (su único libro disponible en español).

 


 Miradas orientales

 

 

No es inusual, al hablar con miembros o ex miembros del Partido Comunista uruguayo, que admitan algo similar a lo que Svetlana Alexievitch encontró al recorrer la ex Urss. Cierto espejo de ese "nos reconocerás enseguida.

Somos la gente del socialismo, iguales y diferentes del resto de la gente, tenemos nuestro léxico, nuestras ideas del bien y del mal, de los héroes y los mártires, tenemos una relación particular con la muerte".

Como si fuera una extensión del grabador de la escritora bielorrusa, Brecha registró una charla en una casa de Montevideo. Aunque parcialísima en relación con la diversidad de voces que podrían recogerse si se intentara mostrar la visión de los hombres y mujeres rojos de esta parte del mundo, bien podría insertarse en el libro de Svetlana.

Hablaron de eso de lo que casi nunca se habla, lo vivido en la cárcel y la tortura. Recordaron un reciente viaje al departamento de Colonia, a un homenaje a Nibia Sabalsagaray. Contaron historias jocosas, como la vez que entró un pequeño ratón a una celda y las luchadoras de Así se templó el acero versión Paso Molino se treparon espantadas a los catres del celdario. También historias de las otras.

Repasaron ese léxico de que habla Alexievitch, rescatando de la memoria palabras ya perdidas. Se rieron de sí mismos con algo de amargura. Iba a ser sólo una entrevista, terminó siendo el comienzo de un libro que ya lleva más de cien páginas escritas.

—Éramos muy inocentes también. De lo mal que iban las cosas en el campo socialista, por ejemplo, nadie decía nada.
—No, tampoco era así. Arismendi era el que no decía nada. Me acuerdo de que cuando fui a una reunión en Praga, que fue en el 83, a una especie de Comité Central ampliado, ya como para preparar el regreso, ahí Enrique Rodríguez hizo un informe y señaló muchas cosas críticas. Muy al estilo del partido, diciendo que el campo socialista tenía que resolver determinados dilemas, pero leyendo entre líneas uno se daba cuenta de que no todo estaba bien. Lo que pasa es que para los dirigentes, estando en un país socialista, no era fácil decir "esto se viene abajo".—Me acuerdo de un compañero que vino de la Rda y contó de un tipo que habían nombrado obrero destacado en una fábrica y agarró la medalla y se la tiró así en la cara al que le había dado la condecoración.—¿Cómo los afectaba a ustedes en plena época de la dictadura uruguaya?—No nos afectaba para nada, porque nosotros estábamos convencidos de que el campo socialista era mucho más fuerte de lo que después se vio que era. Me acuerdo de que tuve una conversación con un dirigente exiliado en La Habana y me dijo: "Lo que pasa es que en el socialismo la gente no trabaja, chau".—A mí en el 88 me mandaron del diario La Hora a la Unión Soviética, en tiempos de la Perestroika, y yo me quería morir. Después de que había estado en Cuba y había visto a la gente haciendo cola, llegabas a la Unión Soviética, la patria del socialismo, y volvías a ver a la gente haciendo cola. Yo qué sé...—No atender esas cosas fue un error tremendo del socialismo, fatal.—Igual te digo que ahora no están nada conformes con lo que vino después. Hace poco leía una entrevista a uno de los opositores de Rusia y fue durísimo con Putin. El tipo dijo: "Después de que se cayó el socialismo acá lo único que le han dado al pueblo es vod-ka". Es un capitalismo salvaje. Fíjate que la expectativa de vida cayó a 55 años, una barbaridad.

 

 

Publicado enCultura
Miércoles, 24 Septiembre 2014 17:51

El asesinato del General*

El asesinato del General*

—¿Y cómo fue que dejó de ser liberal para ser libertario?

—Es una historia larga.
—Me interesa.
—¿Sabes quién fue el general Uribe Uribe? Ya dije que mis hijos pelearon y murieron combatiendo por sus ideales.
—Era una insignia del liberalismo, ¿no? Iba a ser presidente.
—Liberal hasta los tuétanos. Odiaba a los curas, como yo. Pero, igual de oligarca, como los godos que llevan más de treinta años en el poder.
—Lo asesinaron dos carpinteros liberales, entiendo: Galarza y Carvajal. De eso me enteré en el Seminario.
—Falso. No son liberales. Son tan godos como los más.
—Dicen que están presos en el Panóptico.
—A cuerpo de rey.
—¿Qué quiere decir?
—Mira Isidoro, no puedes ir creyendo todo lo que dicen los curas, o los diarios, o los oligarcas. La verdad es muy diferente. ¿Sabes por qué mataron al general Uribe?
—¿Por liberal?
—Sí, pero mucho más que eso. Por odio, por un odio profundo que nos carcome a los colombianos, y también, por supuesto, porque iba a ser el siguiente presidente de Colombia.
—¿Usted cree?
—Claro. A Uribe Uribe le correspondió firmar la paz en 1902, junto con el general Lucas Caballero y el general Eusebio Morales para que Colombia no perdiera Panamá, que ya estaba en los ojos del truhán ese de Roosevelt que aprovechó nuestra guerra civil para anclar sus barcos frente a las costas del istmo. Los liberales firmaron la paz e igual nos arrebataron Panamá. Ahora aquí están prendidos de la ilusión que los Estados Unidos van a indemnizarnos por el atraco. Falta ver si algún día nos botan unas monedas. Pero sigo, Uribe Uribe claudicó porque sabía que le era imposible ganar la guerra, que sus escaramuzas y batallas ganadas no lo llevarían al poder, y ante la amenaza exterior, cedió. Después se vendió a los godos y aceptó cargos diplomáticos. Lo mismo hizo Caballero. Fue embajador en Chile, Brasil, Argentina. Hasta que se aburrió de la buena vida y recordó que era político y que su ambición era ser presidente. Regresó a hacer campaña electoral y llegó al Senado. Era el único senador liberal en el Congreso en medio de un mar de godos. ¡Y tenía un verbo, una elocuencia! Lo escuché muchas veces y era cautivador. Dejaba callados a los congresistas amigos del gobierno. Era evidente que los aventajaba en inteligencia, en elocuencia, en ideas y en liderazgo. Por eso se volvió en alguien muy incómodo para muchos.
—Pero está comprobado que quienes lo mataron fueron Galarza y Carvajal. Ellos confesaron, tengo entendido y por eso están pagando una condena.
—Isidoro, no puedes ser tan bruto de pensar que Galarza y Carvajal obraron por cuenta propia como han querido hacerle creer al país. Es la patraña más grande que se haya tejido en el país en mucho tiempo, quizás desde el mismo asesinato del mariscal Sucre en Berruecos En este país se asesina a los grandes hombres que pueden llegar a ser presidentes y nunca pasa nada.
—Pero hubo un juicio. Hubo confesiones. ¿Qué faltó entonces?
—Que se supiera la verdad, como siempre sucede. Que se dijera quién había movido los hilos de las marionetas de Galarza y Carvajal.
—Ellos eran artesanos, como usted.
—No insultes a mi gremio. Los dos eran ex soldados del gobierno. No eran liberales como se ha querido hacerlos ver. Eran godos, amigos del gobierno. Si quieres te cuento la historia pero aquí nos amanecemos un par de días.
—¿Tiene más aguapanela, don Nicanor?
—Con gusto —se levantó y puso a hervir una olleta de agua y dejó caer dos terrones de panela.

 

***

 

—¿Que por qué me volví anarquista, Isidoro? ¡Ay! De tanto creer en el hombre y de tanto no creer en él. No estoy tomando del pelo; es cierto lo que digo. Confieso mi convicción de la libertad absoluta del hombre, y a la vez desconfío en su capacidad de organizar a sus semejantes pues termina explotándolos, usándolos, exprimiéndolos. Desarmar esa trinca, una vez constituida, es labor titánica pero ciertamente posible. No voy a divagar ni a filosofar. Hay hechos concretos que me han llevado a reflexionar, madurar y tomar decisiones graves. Hay uno en particular que confieso ha marcado un quiebre en mi pensar, como cuando se plancha un pliegue en un paño y ya te lo mencioné. El asesinato del general Uribe Uribe hace casi seis años. Lo que indigna más allá del atroz y cobarde crimen es cuanto hay tras los hechos. Hoy día, apenas pasados unos años, los niños repiten en las escuelas como periquitos que al general Uribe lo mataron dos carpinteros liberales y que por ello los asesinos están cumpliendo una justa condena en el Panóptico de Bogotá. Eso es lo que se ha encargado de difundir a los cuatro vientos el gobierno y los curas. Que el general traicionó a los liberales y que por haberse unido al gobierno del Presidente Concha los mismos artesanos lo castigaron porque en el Ministerio de Obras Públicas en el que el general tenía una importante injerencia ya no estaban dando trabajo si no se pertenecía al "bloque" que lideraba el general, que los dos actuaron solos, que nadie los ayudó, que nadie los instó a cometer el delito, que fueron dos asesinos, solitarios y espontáneos que se deshicieron del general como represalia por haber perdido la oportunidad de continuar trabajando para el ministerio. Y eso está quedando escrito en la historia de este país y se repetirá durante los siguientes cien años para seguir engañando al pueblo y ocultando lo que en realidad sucedió. ¿Sabes? Al general Uribe sí lo asesinaron Galarza y Carvajal, al mediodía del 15 de octubre de 1914, apenas dos meses después de haber sido jurado en la presidencia José Vicente Concha en una época de aparente paz y normalidad política en el país. El general salió ese día de su casa, temprano, después de almorzar sobre el filo de mediodía. Su casa está ubicada en la calle novena apenas a dos cuadras del capitolio nacional y se dirigió allí, para reunirse con algunos otros congresistas. Lo tenían vigilado y apenas cruzó la carrera séptima y ya sobre el costado oriental del capitolio, lo interceptaron, primero Galarza y luego Carvajal y cada uno le descargó varios golpes de hachuela en su cabeza. Galarza le dijo, antes de asestarle el primer hachazo: usted es el que nos tiene fregados y el general no alcanzó a reaccionar pues de inmediato cayó de espaldas. Luego se acercó Carvajal y le terminó de encajar tres hachazos más en la cabeza para que no hubiera la menor posibilidad de que fuera a salir vivo. Era mediodía y las calles estaban bastante solas pero aún así hubo testigos que capturaron primero a Galarza y luego a su compinche un par de cuadras más al norte y ninguno negó su participación en el hecho. A ambos se les encontraron las hachuelas ensangrentadas en sus bolsillos pero en el juicio se hizo caso omiso de una cantidad importantísima de declaraciones, testimonios y pruebas que apuntaban a que el asesinato había sido planeado, organizado y perpetrado de acuerdo con una fría trama. El fiscal Montalvo hizo hasta lo imposible para llevar el proceso a demostrar la acción solitaria y espontánea de los carpinteros. Así concluyó el proceso y se cerró para siempre el caso a pesar de que en el expediente hay suficiente evidencia para saber que se trata de una maquinación urdida desde los más altos niveles y con participación de un número grande de personas de mucho nivel y rango. Si bien en el momento del asesinato la carrera séptima estaba casi desolada, en el lugar de los hechos aparecieron casi de inmediato, personas muy cercanas a los asesinos, los hermanos Víctor y Julio Hernández y el hermano de Carvajal, llamado Alejandro y luego dos agentes de la policía secreta: Francisco Quijano y Ángel María Ángel, ambos guardaespaldas del Director de la Policía Nacional, el general Salomón Correal para prender a los asesinos y protegerlos de la turbamulta que se formó a las voces de "han matado al general Uribe" y "esos son los asesinos". ¿No te parece muy extraño que tanto los amigotes de los asesinos así como dos agentes de la policía secreta estuviesen tan cerca en el momento de los hechos pero no hicieran nada para evitarlos sino sólo actuaron para prender a los asesinos y protegerlos de cualquier intento de linchamiento? Ese es apenas el primer indicio de un cúmulo de evidencias que demuestra el gran entramado en torno a la muerte del general. Ese mismo día el Inspector Primero Municipal, bajo quien caía la jurisdicción de la investigación avocó de oficio la investigación del crimen, pero como por arte de magia, apareció Correal y le usurpó al Inspector la investigación del crimen y bajo una supuesta orden que había recibido del Presidente Concha asumió él mismo la investigación, sin tener la competencia para ello y sin que mediara tampoco una orden escrita proveniente de la Presidencia, y que aún si hubiera existido tampoco tenía el Presidente la competencia para interferir en la rama judicial. Y entonces Correal asignó la investigación de manera exclusiva al general Lubín Bonilla, Jefe de la Oficina de Investigación. Además, para seguir ampliando este tenebroso asunto, hay una testigo del crimen, una mujer llamada Margarita Grau, que presenció el crimen y vio cómo había un tercer hombre, de muy buena figura vestido de ruana blanca, zapatos de charol, recién afeitado y de pantalón de fantasía negro de listas, es decir un hombre elegante y de buena posición social, que esperó un poco atrás a Galarza y le preguntó: "¿Qué hubo, lo mataste?" y este contestó "si, lo maté" y esto lo escuchó la señorita Grau, y después se ha demostrado que ese señor, elegante y de buena figura resultó ser nadie menos que el general Pedro León Acosta. ¿Sabes quien es Pedro León Acosta? El mismo autor intelectual del atentado contra el general Rafael Reyes. ¿Te das cuenta cómo se complica el asunto? De Acosta me voy a ocupar más adelante, por ahora te sigo dando datos que demuestran lo contrario de lo que el fiscal adujo en su Vista Fiscal con la cual se cerró la investigación y después el juicio con la condena única a Galarza y Carvajal. Te dije que el designado por Correal, el general Lubín Bonilla, tan pronto asumió la investigación, comenzó a recoger testimonios y datos y encontró que había mucha información incoherente e inconsistente y que aparecían muchos hilos que conducían al propio general Correal y que este participaba en los interrogatorios que se hacían a los dos asesinos y que cuando estos iban a contestar las preguntas que les formulaba Bonilla, titubeaban y miraban al general Correal y este en ocasiones elevaba el dedo índice a los labios como en señal de silencio y los asesinos se abstenían de dar detalles o ampliar la información y entonces, frente a las suspicacias de Bonilla, el general Correal lo destituyó apenas dos días después de iniciado su encargo y se apropió en persona de la investigación e instrucción del proceso. Inició una persecución implacable contra su antiguo amigo Bonilla por cuanto este comenzó a denunciar públicamente que Correal estaba directamente involucrado en el complot contra Uribe Uribe. Y hay más: cuando interrogaron a los asesinos ambos insistieron que en cuanto a filiación política uno era neutral y el otro liberal, cuando no era cierto ni lo uno ni lo otro: ambos habían luchado del lado del gobierno conservador en la última guerra. Pertenecieron al batallón Villamizar, con el cual salieron para Honda y combatieron en Nariño, regresaron luego a Bogotá, y de aquí pasaron a Fusagasugá, luego a Peñalisa, después a Girardot, conduciendo prisioneros de Melgar, los que custodiaron y trajeron a Bogotá, en donde después Galarza se quedó por enfermedad y Carvajal continuó en una comisión en el Tolima. Una vez terminada la guerra Carvajal se quedó en el Grupo de Artillería donde ofició como asimilado a sargento primero, ubicado allí por Galarza quien era jefe del taller de carpintería y luego por recomendación del mayor Campo Elías Duarte. Es decir, eran hombres leales al régimen conservador desde entonces, pues estamos hablando de la guerra que se inició a fines del siglo pasado. Y a Galarza se le encontraron tarjetas y cartas de recomendación de varios políticos y generales conservadores, por lo tanto es imposible defender la tesis que eran liberales, y a pesar de ello, al día siguiente del asesinato, el dieciséis, desde el gobierno comenzaron a salir despachos telegráficos para todos los diarios del país que decían: "Uribe expiró a las dos y diez de la mañana, los asesinos del general Uribe han manifestado ser liberales republicanos, y que tuvieron propósito castigarlo como traidor, importa perfecta aclaración", con lo cual se quería desviar cualquier sospecha sobre el régimen conservador y hacer ver el crimen como un desquite de dos carpinteros liberales republicanos que no hacían parte del segmento "bloquista" liberal que lideraba Uribe y que había hecho coalición con el gobierno de Concha. Para tratar de quitarle cualquier tinte político al crimen, ambos asesinos repetían una y otra vez en el proceso que ellos no pertenecían a ningún partido político, que eran neutrales que sólo habían participado en una sociedad recreativa o hecho alguna contribución a un periódico de la Unión Obrera pero sin ninguna intención política, que en ninguna de esas asociaciones se hablaba de política o religión, esto para disipar cualquier duda que en los móviles del crimen hubiera un propósito político o de carácter religioso cuando en realidad lo que es evidente era lo contrario. Además, el fiscal Montalvo, de filiación conservadora, siempre insistió que en ningún momento hubo premeditación pues los dos asesinos en sus diversas indagatorias manifestaron que el crimen lo habían planeado la noche anterior cuando habían visitado la chichería Puerto Colombia; allí habían hablado de cómo estaba de difícil conseguir trabajo en el ministerio pues empleaban sólo a los bloquistas, que se habían quedado por fuera por ser liberales republicanos y que el responsable de eso era el general Uribe porque él había inventado el bloque y además estaba dividiendo al partido liberal, que por lo tanto había que castigarlo y que para ello se citaron al día siguiente a las ocho de la mañana en la carpintería de Galarza de la calle novena para ver de qué forma irían a hacerlo, y que entonces Carvajal se presentó puntual a las ocho en la carpintería y como la encontró cerrada se fue para la casa de Galarza en la calle dieciséis y se encontró con éste que estaba saliendo y en el camino acordaron que debían matar a Uribe y que para ello usarían las hachuelas que cada uno tenía y para ello se dirigieron a la carpintería para afilarlas con ese propósito. Resulta que después en el proceso, en una diligencia de lanzamiento a la concubina de Galarza se encontró que en la habitación había una tercera hachuela, afilada y nueva y que estaba escondida por la señora Arrubla, y que dado que ese tipo de arma, llamada también desjarretadora, que se usa en carpintería, era evidente que el crimen se venía planeando con mucha anterioridad. El doctor Montalvo en su Vista Fiscal repite una y otra vez que los únicos autores del asesinato son Galarza y Carvajal y lo que los impulsó al crimen fue el sentirse sin trabajo por culpa de Uribe, que Uribe estaba despedazando al partido liberal, del cual ellos supuestamente hacían parte, cuando es evidente que ambos son conservadores. Esa versión, de que el crimen se fraguó el mismo día está desvirtuada pues en el mismo expediente consta que desde meses antes del asesinato varias personas en muchos lugares de Boyacá, un departamento mayoritariamente conservador, manifestaron en diversos círculos de amigos que Uribe estaba a punto de ser asesinado y que sólo le quedaban algunos días. Entre ellos un tal Aurelio Cancino, bastante lenguaraz y boquiflojo manifestó en Suaita, recién llegado de Bogotá, delante de varias personas, quince días antes del atentado a Uribe, que "les garantizaba que el general Rafael Uribe Uribe viviría cuando más veinte días" porque ese hombre no continuaría negociando como jefe del partido. Y quince días después del asesinato también se jactó y dijo "vean cómo se ha cumplido lo que les había predicho" delante de unos amigos, los cuales declararon en el proceso: Salgar, Nieto, García, Cabanzo, Galvis, Solano y Sarmiento, y les dijo que él, Cancino, no era liberal de bandalaje; que si le hubiera tocado darle muerte al general Uribe Uribe, lo habría hecho con mucho gusto, y que se habría bebido la sangre; que era conocedor de la sociedad de artesanos a que pertenecían Galarza y Carvajal, y que esta sociedad tenía más de cuatrocientos miembros, dirigidos por personas de gran cabeza y ricas, que apoyarían a los socios; que al mostrarle los retratos de Galarza y Carvajal en un periódico, Cancino dijo que los conocía como si los hubiera parido, y que estos individuos no confesarían nada con respecto al crimen que cometieron; que dirían lo mismo que habían dicho cuando los interrogaron pues tenían consigna de no decir nada más. Después Galarza admitió en el proceso que era amigo íntimo de Cancino y que este había alquilado una pieza en su carpintería ocho meses antes del asesinato y que luego se había ido de la ciudad, pero que eran tan amigos que hasta se tuteaban. Otro testigo manifestó en el proceso que cuando éste hablaba de Galarza y Carvajal decía que "esos individuos lo habían hecho muy bien, que habían cumplido con su deber" habiendo sido sorteados con ese fin, por lo cual los envidiaba porque sus familias iban a quedar sin problemas económicos, por lo tanto era evidente que los asesinos estaban cumpliendo un deber o un mandato de alguien. Como si las declaraciones de Cancino no fueran suficientes, hubo otro involucrado, un tal Julio Machado quien en Simijaca, otro pueblo conservador, también se ufanó delante de sus amigos, Delfín Melo, Obdulio Castillo, Fernando Mejía, Manuel Gaitán y Abel Moscoso, cuarenta días antes de los hechos, y manifestó que en menos de un mes Uribe sería asesinado porque "se había volteado y se había vuelto conservador" y pocos días después del asesinato le dijo a su amigo "¿recuerdas Delfín lo que te dije?". Otro más, llamado Eugenio Galarza, primo hermano de Leovigildo Galarza, en el municipio de Tena, al igual que Cancino y Machado, había manifestado a dos amigos, que el complot contra el general Uribe se había fraguado seis meses antes, pero al ser llamado a declarar, por el juez municipal de Tena, negó haber dicho esto. Sin embargo, el fiscal Montalvo no tuvo en cuenta para nada esas declaraciones de los siete testigos y manifestó en su Vista Fiscal que Cancino no tenía responsabilidad alguna en el crimen y después el juez, tomó la opinión del fiscal como la propia del juzgado y dijo que estaba de acuerdo con la apreciación del fiscal que los únicos responsables eran Galarza y Carvajal. Después el Tribunal Superior ratificó en segunda instancia lo que ya había fallado el juez en primera. ¿No te parece Isidoro que todo estaba orquestado para demostrar hasta la saciedad que los dos asesinos habían actuado en solitario para de esa forma aislar cualquier responsabilidad política de alguien más, de cualquier tercero? Todas estas piezas sueltas comienzan a tomar forma cuando se ordenan de manera apropiada. Fíjate, los hermanos Hernández, que aparecieron en la escena del crimen segundos después de los hechos y custodiaron a los asesinos hasta cuando llegó la policía, eran amigos notorios de ellos y frecuentaban juntos la chichería Puerto Colombia cerca del puente de Núñez. Días antes del crimen invitaron a los dos a las fiestas de Bojacá para lo cual le costearon los tiquetes de tren. Uno de los hermanos gritó, a voz en cuello, tan pronto llegó a la escena del crimen que eso "era obra de los republicanos", de nuevo para desviar cualquier sospecha contra el gobierno de los conservadores. Pocos días después el general Correal premió a los Hernández enviándolos a asignaciones con la policía, el uno a Santa Rosa de Viterbo y al otro a Cartagena, alejándolos de la investigación que ya había comenzado. Es evidente que ellos también hacían parte del plan para asesinar a Uribe. Y si bien los hermanos negaron en el juicio conocer con anterioridad a los asesinos, y que no los frecuentaban dado que eran de una condición social inferior, Galarza, en uno de los interrogatorios afirmó lo contrario, que sí era amigo de los Hernández, y además, como si fuera poco, en el expediente hay una foto de un piquete de un grupo de una treintena de personas, algunos posando con instrumentos musicales y en el grupo están identificados los dos hermanos Hernández y el mismo Carvajal. 

 

* Estracto de la novela En esta borrasca formidable de Philip Potdevin, de próxima publicación en ediciones desdeabajo.

 

Miércoles, 24 Septiembre 2014 10:49

¿Cómo te va, Julio Cortázar?

¿Cómo te va, Julio Cortázar?

¿Cómo te va, Julio Cortázar de veinte años, maestro de escuela, lector furibundo del vanguardismo francés que lo cambió todo hace un siglo? Si vivieras no podrías parar de reír, socarrón, ante los homenajes de las adolescentes cautivadas por tus frases amorosas en internet, ante los académicos solemnes quienes de España a México, de Colombia hasta Argentina te celebran leyendo discursos hechos con piedras.

¿Cómo te va, Julio de cincuenta años, compañero, camarada que escribiera el panfleto más lúdico, más literario en lengua española, Fantomas contra los vampiros multinacionales, así como una novela política sin ninguna clase de pudor, Libro de Manuel? Hoy la gente de izquierdas se toma muy en serio, nunca sonríe y quizás desea parecerse a sus contrincantes, la gente de derechas –interesada en instrumentalizarte, en volverte un escritor inofensivo, simpático-.

Arriba hay personas y la internet y la tv, con sus lecturas pausadas, escasas, de Rayuela y de algunos cuentos tuyos que no terminan de entender. Hoy debemos entenderlo todo, Julio, para sacarle jugo a las cosas. Nada goza del privilegio de la inutilidad. Si en La vuelta al día en ochenta mundos aparece la famosa máquina que escribe literatura, ella sola, algún industrial reclamará su patente y conseguirá venderla bajo lemas relacionados con ahorrar tiempo. Los profesores, psicólogos y publicistas intentan sacarle enseñanzas a tus relatos. El Manual de instrucciones perteneciente a Historias de Cronopios y de Famas es una manifestación del estrés y la desesperación colectiva en la cual nos hundimos, dicen. Ómnibus, Los buenos servicios, son reportajes disfrazados de cuentos y sirven a la hora de entender el caos dentro de la contemporaneidad, continúan. Concluyen: Pameos y Meopas –tus poemas que pueden leerse de arriba a abajo y de abajo a arriba– lucen perfectos si quiere hacerse un performance con ellos.

Hay Cortázar para enamorar, levantar discursos políticos o entretenerse un rato antes de volver a las oficinas, al trabajo de ocho horas y a la supervivencia. Asimismo hay Cortázar para programas musicales –el jazz de Ornette Coleman por un lado, los tangos por otro. Pero de prisa. Antes de saltar a otra emoción, otra imagen audiovisual que encabrite nuestra atención.


Abajo hay la internet, la tv y las personas. Algunas ignoran que redactaste un proyecto ambicioso, quizás angustioso, de libro misceláneo –mezcla de géneros, del ensayo al cuento, de la novela al teatro–, 62/modelo para armar, donde puede verse tu rostro real, el de un intelectual voraz que había leído todos los libros, observado todo el cine, oído todas las músicas, con el único pretexto de jugar. Y jugar en serio, como Calac y Polanco, personajes de ese libro, con una convicción digna del guerrero o del místico. Si la realidad es lo táctil, lo inmediato, nos recordaste el otro lado, los otros lados: tu gato tenía trato con fantasmas, un hombre es asesinado por su propio pulóver, un tigre ronda las habitaciones de cierta casa familiar, a una orquesta se la come viva su público. ¿Para qué sirve eso? Para nada, esencialmente. Y para todo, si nos tomamos el tiempo necesario con intención de asimilarlo.

 

Explorador y coleccionista. Eso fuiste. Eso eres.

 

Han pasado cien años desde tu nacimiento. Le importas a muchos debido al pretexto más simple: diviertes con tus textos breves. Sin embargo, no olvidamos lo poco citado, lo desapercibido. Al brindarnos mundos que niegan o colman de plenitud a este nuestro mundo tan plano y uniforme, nos diste credenciales, documentos y sobre todo licencia para crear y habitar los propios rincones bajo otras perspectivas, similares a las del juego de estatuas en la línea férrea de Final del juego, a las del infinito trancón o atasco automovilístico de Autopista al sur.

Entre tanta floritura por tu aniversario, tanto sentimentalismo y cursilería, solo esperamos que la policía no te haya atrapado mientras leías los poemas de Pedro Salinas en la noche de un parque.

Le decías "Bicho" a Alejandra Pizarnik. Una evocación lejana de aquel insecto que tú mismo eras en Divertimento. Palabra cálida, sobrenombre humorístico y tierno que aproxima y hermana. Cuando escribías, las inmensas distancias entre lector y autor empezaban a diluirse. Apelamos a tus propias palabras: Este último texto [...] no es un adiós entre el que habla y los que lo escuchan sino todo lo contrario, una voluntad de seguir estando allí, cerca, esperando, ayudando a la esperanza, con todo lo que se tiene. Hoy te decimos "Bicho".

Tú que invocaste al poeta francés Robert Desnos, muerto en el campo de concentración Terezín, y al poeta guerrillero Javier Héraud, asesinado en combate.

Cómo te va, Robert Desnos, cómo te va, Javier Héraud. Rara baraja de memoria los dos tan juntos esta noche, los dos tan lejos en la vida, Robert Desnos, Javier Héraud, en esta mesa a medianoche mirándose desde mis ojos, fumando el mismo cigarrillo que compartimos como el trago y este silencio de París, un cuarto piso donde estamos tan solos en la medianoche, arriba hay gente y la tv, abajo hay la tv y hay gente, el mundo de hoy, no el de mañana, Javier Héraud, Robert Desnos, la mesa llena de papeles, los restos de la cena fría, un disco de Édith Piaf, la mugre del hombre solo en casa sola, el libro abierto en cualquier página.

("Diciembre 17. Moro e Inti cazaron una pava. Nosotros, Tuma, Rolando y yo, nos dedicamos a hacer la cueva secundaria que puede quedar lista mañana...")

Llueve en París, llueve en Camiri, cómo te va, Régis Debray, llueve en La Habana, llueve en Praga, Elizabeth, el día llega cantando por los cañadones, llega con Tania y Michèle Firk, iremos juntos a los bailes de las esquinas liberadas, juntos de nuevo, juntos todos los que esta noche están tan lejos fumando el mismo cigarrillo del hombre solo en casa sola, y si tenemos suerte puede que también venga ése que mira siempre a lo lejos mientras nace el alba en la profunda selva.

("Junio 26. Al caer pidió que se me entregara el reloj, y como no lo hicieron, para atenderlo, se lo quitó y se lo dio a Arturo. Ese gesto revela la voluntad de que fuera entregado al hijo que no conoció, como había hecho yo, con los relojes de los compañeros muertos anteriormente...lo llevaré, toda la guerra...")

¿Cómo te va hoy, Julio Cortázar?

Publicado enEdición Nº206
Sábado, 06 Septiembre 2014 06:07

Primer encuentro con Borges

Primer encuentro con Borges

Mi primer encuentro con Borges tuvo lugar en San José de Costa Rica, en una tarde de llovizna en octubre de 1964. Fue un encuentro sin presentimientos, como ocurre siempre en el infinito juego de azares y certidumbres imprevistas que es la existencia, según él mismo enseñaba.


Y así me detuve frente a las vitrinas de la Librería Lehmann, que solía exhibir sus novedades acomodadas sobre un lienzo de seda recogido en pliegues, como si se tratara de estuches de joyas o frascos de perfume. Entonces, como todo es obra del azar, y de los espejos, estaban allí esperándome las tapas grises de Ficciones. Borges, del otro lado de la vitrina mojada, y yo mirándome en ella y en sus libros como en el espejo que prefija la continuidad de los encuentros hasta el infinito.


De vuelta en mi casa, recuerdo, puse mi firma en las portadillas, y la fecha, un hábito escolar de herrar los libros al entrar en posesión de ellos, que he perdido, pero que me sirve ahora, al volver a ese ejemplar tantas veces manoseado, para comprobar cuándo fue realmente que empezó Borges a ser mi maestro de primeras letras.


En apariencia, no hay nada tan lejano al mundo de Borges como el mundo del Caribe, de donde yo vengo, y de donde venía cuando me encontré la primera vez con él bajo una llovizna centroamericana; entonces, para un aprendiz de escritor recién graduado de abogado, ir de Nicaragua a Costa Rica era como atravesar el mundo; ya no digamos la distancia que en todos los sentidos mediaba entre Managua y Buenos Aires, de donde llegaban en mi infancia, sin embargo, las revistas Billiken y El Peneca.


Pero fue el mismo Borges quien alguna vez estableció esas conexiones mágicas con el Caribe, cuando recuerda en Historia universal de la infamia "la deplorable rumba El Manisero... la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe...".

El Caribe, que tiene mucho que ver con el sur de Borges, porque son parcelas distantes de un mismo territorio arcaico. Recabarren; el patrón de la pulpería que tendido en el camastro va a presenciar pronto un duelo, o Juan Dalhmann, que empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura a que lo maten, también podrían haber sido historias de la Nicaragua rural y ganadera.

Borges buscó siempre alejar al lector de la idea de que el acto de leer es el acto de congeniar con una mentira, tratando de fingir a fondo para lograr algo que fuera lo más parecido a la verdad, como las citas falsas de autores que nunca existieron.

Y su erudición como arma. No una falsa erudición, sino la erudición insondable, arcana, a través de la cual es posible construir todo un mundo imaginario, utilizando sus caminos y entreveros como si se tratara de un laberinto imposible donde el lector, que es el Minotauro, dueño falso de ese laberinto, que es el mundo apócrifo de la ficción, morirá siempre de una puñalada limpia.


Borges articulaba sus distintos instrumentos, o ámbitos de la ficción, como un todo, la filosofía, la teología, la mitología, y la crítica literaria, las traducciones, las citas de autores verdaderos, o imaginados. Nada escapa a esta inmensa urdimbre, desde la que siempre estará haciéndonos un guiño, porque al fin y al cabo viene a resultar un formidable humorista. Un humorista con vestiduras de escritor serio, como Chesterton, o como Quevedo.


Y frente a sus posiciones políticas, tan irritantes, aprendí a consolarme con la idea de que nunca fue un político, como él mismo también pensaba de Quevedo. Con pleno sentido del humor nos dice que cuando Quevedo da su lista de los enemigos de Dios, lo que está haciendo "es mero terrorismo". Quienes como Quevedo o como Borges fueron tan grande humoristas, no pudieron dejar de ser, al mismo tiempo, grandes terroristas literarios.

Borges llegaba a mí desde el Buenos Aires de almacenes que naufragaban en el atardecer hasta la vitrina de una librería mojada por la llovizna, y del cristal de esa vitrina volvió conmigo hasta la Managua de los terremotos cíclicos. El Borges que podía describir una y otra vez el duelo a muerte de Martín Fierro, al revés o al derecho, matando o muriendo, y siempre la eternidad que estaba en él mismo, en sus antepasados, en sus compadritos de faca urgida, y en su paisaje sin mesura.


Son los cuentos suyos donde yo lo sentí tocar fondo dentro de mí mismo cuando me enseñaba las primeras letras, el Borges del sur, el sur de Borges que pese a las distancias era como Nicaragua, como también el sur de Faulkner era Nicaragua, humo de lámparas de keroseno, olor a cueros al sol y a quesos rancios, y un vuelo funeral de moscas sobre el rostro de un muerto cubierto con un poncho bajo la luna pálida. Borges era mi país y era mi infancia. Y era la literatura como pasión, o como vicio, o como desesperación.


Por Sergio Ramírez, escritor.

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Martes, 26 Agosto 2014 00:00

El misterioso origen de los cronopios

El misterioso origen de los cronopios

Lo saben sus lectores: Julio Cortázar –cuyo centenario recordamos hoy– murió hace 30 años y cada día escribe mejor.

 

Más allá de los ismos y del "boom latinoamericano", con los que se relaciona su obra, sus cuentos, novelas y poemas continúan atrayendo nuevos lectores con el poder magnético de sus palabras.


Hace tiempo escribí que las grandes obras crean su propia legislación, fijan sus reglas, crean sus propios universos. Permean el imaginario colectivo con atmósferas, frases, historias, personajes, imágenes poderosas que se vuelven indelebles.


Ya no es posible imaginar al mundo sin Don Quijote, sin Romeo y Julieta, sin el minotauro que habita el centro del laberinto. Tampoco sin los cronopios, los famas, los esperanzas, las manscupias o sin ese idioma en el que los amantes cifran sus pasiones y que Cortázar nos dio a conocer en el capítulo 68 de Rayuela: "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes..."


Ese idioma se llama glíglico y todos, en algún momento, hemos recurrido a él inventando algunas palabras, resemantizando otras para tender esos puentes de entendimiento y complicidad que sólo pueden cifrar y descifrar quienes sostienen pláticas de sobrecama.


Todos sabemos qué es un cronopio aunque no podamos definirlo. Todos podemos entender el glíglico aunque tal vez seamos incapaces de poderlo escribir. Su importancia es tal que existen tesis académicas sobre ese idioma inexistente fijado magistralmente por Julio Cortázar.


Uno tiende a pensar que las nuevas palabras o los seres inventados por los escritores son producto de un laboratorio donde los ingredientes y las mezclas son minuciosamente preparados. En el caso de Julio Cortázar no es así:


Un día en un teatro de París durante el intervalo entre un acto y el siguiente tuvo la visión interior de unos seres que se paseaban en el aire y eran como globos verdes. Globos que tenían orejas y una figura humanoide aunque no eran exactamente seres humanos. Y así como tuvo la visión de esos seres redondos y verdosos le llegó su nombre: cronopios.


A Cortázar le divertía mucho ver cómo críticos sesudos descifraban la etimología de la palaba cronopio porque no tenía que ver con lo que elucubraban: naturalmente la relacionaban con Cronos, el dios del tiempo. Pero no tenían que ver nada con el tiempo, en absoluto. Días después aparecieron sus antagonistas: los famas.
Los cronopios comentó en algunas conferencias los sintió como unos seres muy libres, anárquicos, locos. Capaces de las peores tonterías y al mismo tiempo llenos de astucia, de sentido del humor, una cierta gracia. Y a los famas los vio con mucho cuello, mucha corbata, mucho sombrero y mucha importancia. Eran los representantes de la buena conducta, del deber ser, del mundo de las sanciones y los castigos.


El mundo de los cronopios, los famas y los esperanzas se fue articulando en algunos cuentos que formaron Historias de cronopios y de famas. Textos ligeros y lúdicos que algunos amigos le objetaron a Cortázar por ser demasiado lúdicos.


Sus críticos, amigos o no, no se habían dado cuenta que para Cortázar el juego era importante porque el escritor empieza jugando con las palabras al seleccionarlas, combinarlas o rechazarlas. Un juego serio e importante como el juego de los niños que berrean cuando los quieren sacar de ese mundo apasionado y fundamental. Aunque el juego divierte, su sentido es tan profundo que debemos tomárnoslo en serio. El juego es un territorio personal, un territorio que se comparte y se respeta y nos permite en su infinita combinatoria mirar las cosas de este mundo desde otra perspectiva.


No me extraña que le atrajera poderosamente el surrealismo en su juventud. El surrealismo fue para Julio Cortázar una gran lección. Lección más que literaria, metafísica: le mostró la posibilidad de enfrentar la realidad cotidiana no a partir de la lógica aristotélica sino a partir de los intersticios del mundo. Acercarse a las cosas a partir de las excepciones más que de las leyes. A partir de esas hendiduras secretas a las que accedemos gracias al amor y al humor, dos ejes del surrealismo. Muchas exposiciones de pintores surrealistas engendraron no pocos de sus cuentos fantásticos. No para copiar los temas de los cuadros sino por el estímulo que producían en el corazón creativo del Gran Cronopio.


Además de ser un gran escritor Julio Cortázar fue un estupendo lector. Por eso sabía que escribir y leer significan siempre interrogar y analizar la realidad. También luchar para cambiarla desde adentro, desde el pensamiento y la conciencia de los que escriben y de los que leen. No es forzoso, decía que esa literatura tuviera un contenido político: un poema de amor, un relato puramente imaginado bastaban para lograr ese cambio.


Desde 1958, según su correspondencia, Cortázar quería escribir una novela que fuera una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos. La crónica de una locura. Estaba convencido de que nada ocurre de una cierta manera, sino que cada cosa es a la vez muchísimas cosas. Por eso quería construir una narración hecha desde múltiples ángulos. La primer versión de Rayuela que originalmente se iba a llamar Mandala estaba llena de materia explosiva, una especie de bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana. Y no exageraba.


Desde sus primeros cuentos publicados en Bestiario en 1951 Julio Cortázar nos mostró que para él la literatura era un juego demasiado serio como para improvisarlo. Un juego donde la imaginación es su principal ingrediente y el lenguaje minuciosamente estructurado el único camino para provocarla.
Con los lectores de Julio Cortázar pasan los años, persisten los momentos. Momentos que son un cuento, el fragmento de una novela, la sombra de Charlie Parker en El perseguidor, los versos de un poema o la aparición de un cronopio que encontramos al doblar la esquina de cualquier calle y en cualquier lugar. Su juego está jugado, por eso cada día escribe mejor.

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Domingo, 24 Agosto 2014 03:21

Márcena

Se retuerce las nubes de amebas, la tarde muere apuñalada, los brillantes mocos infantes danzan con el viento, nos eliminaron del mundial, más de ocho millones en la indigencia, y, yo veo que tengo anemia en el alma. Se me ha pelado el estómago en el mundo de las ideas.

 

Sueña el escribiente con mundos nuevos.

 

Mandato escama

 

Ambiente negro
Y una capa de smog
Que recorre las fosas nasales,
Camina erguido el visitante
Y se siente morir por miedo a la nostalgia,
Remembranza de frutas frescas y en abundancia
Y una voz sin dulce que le gritaba mangos y papayas

 

Mira al posible suelo
Y se percata de su gris aberrante,
No le queda más que andar lo que solo es transitable

 

El pavimento no es más que una costra
Nacida de la herida moderna del alma,

 

Los rascacielos se inventaron sin existir una previa rasquiña

 

¿Qué sería de las balas sin enemistades?

 

Las pobres andarían desesperadas
Buscando a quien incrustarse

 

Se han ido los dinosaurios
Y en su testamento claramente se afirma:
Niéguese todo a los que vienen de nuestra era,
Los postulados de los escamados
Solo atraen meteoritos, insalubridad y guerra

 

Hay que encerrar a los lagartos

 

Afortunado Fututo

 

Ábrele el corazón a cristo
Y ahógale la llamita

O sácasela
Para con ella
Encender más poesía

 

Declaración existencial acompañada de un grito de venta

 

¡Forros!
¡Forros!
¡Vendo forros!

Camino despacio
¡Vendo forros!

Hace frío y
¡Vendo forros!

Nadie compra forros y yo
¡Le tengo los forros!

Tengo hambre y
¡Forros!

Gastritis, quizá úlcera
¡Sí, hay forros!

No hay seguro médico,
La vida es dura
¡Forros!

Me dan calambres
¡Lleve el forro barato!

Una mujer y ocho hijos
¡Forros!

En casa de herrero azadón sin
¡Forrrrrooooo!
¡Barato el forro!

Poema del joven muerto al policía que lo mata

Oscuro como alma de luciérnaga,


Inaccesible

 

Luz de párpados cerrados
Que nunca fueron abiertos,
Tan cerrados que ya no son párpados

La nostalgia carcome mi escudo
Que ya estaba blando
De abolladuras, silencios y guerras diarias

Vuelve tu mirada moneda
A la muerte un instante
Para verme sentado en sus piernas
Chupando sus tetas de hueso,
Siendo su hijo más muerto

Bebiendo de la inexistencia
Que la dama fabrica
Con las cenizas de tus alas

Disparos en la barriada, un moco alemán en la primera plana, el pájaro que se paró en el cable de la luz no cree en dios y aun así vuela, el escribiente aún sueña, cada vez menos, matryoshka, el escribiente no cree en volar y vuela, matryoshka.

Se despierta.

Prende el televisor.

Publicado enEdición Nº 205
Viernes, 20 Junio 2014 06:04

Sobre el arte de caminar

Sobre el arte de caminar

Este artículo fue escrito sentado, pero pensado caminando. Después de un rato de no bajar el fuego de la crítica (luego van a decir que la especialidad de la casa es puro bullying), este autor se serenó y se fue de paseo. ¿Qué mejor manera para liberar la mente?
En el mismo tiempo cambió un poco de lecturas (¿qué tanto uno puede seguir leyendo sobre puras crisis, sean de la Iglesia o del capitalismo?) y decidió mirar el lado bueno de la vida. Y el futbol, claro.


Pero como los pies no sirven sólo para patear el balón, sino también –o, sobre todo– para caminar, después de las clases del profesor Pirlo (y otros), este autor se perdía por horas usando las piernas para poder luego usar mejor la cabeza (como ya de por sí solía hacer).

 

Mientras Eduardo Galeano anotaba en su clásico que los intelectuales históricamente desconfiaban del futbol porque provocaba –según ellos– que la plebe se pusiera a pensar sólo con los pies y/o perdiera la conciencia de clase (El fútbol a sol y sombra, Siglo XXI, 1995, pp. 36-37), el filósofo francés Frédéric Gros, en su excelente librito sobre la filosofía de caminar (A philosophy of walking, Verso, 2014, 288 pp.), subraya que los intelectuales en general desconfían de todo lo que pasa afuera de las bibliotecas, incluso si salir de allí –e ir de paseo– es una gran oportunidad para abrirse a nuevas ideas y hacerse otras preguntas fuera de las referencias al texto.


¡Qué inútil es estar sentado escribiendo, cuando uno no se ha levantado para vivir!, escribe Gros, citando a Henry David Thoreau, uno de los padres de la desobediencia civil, aficionado a las caminatas y uno de los primeros que escribían sobre el tema ( Walking, 1862).


Aunque no fue Thoreau, más bien Gandhi, quien le dio el profundo contenido político a las marchas, al autor de Civil disobedience (1849) el simple hecho de caminar le servía para entender la realidad y entrar en resistencia (en contra de la guerra entre México y Estados Unidos o la esclavitud).


Conocido por vivir sólo con lo necesario y poseer lo menos posible, veía el caminar como una actividad antisistémica que desde lo económico resulta estéril –ya que no genera ninguna ganancia– pero desde lo personal trae puro beneficio.


Mezclando historias así, combinando lecturas con sus propias reflexiones de un aficionado a caminar, Gros, experto en Foucault, en un libro simple y austero, escrito como si fuera un paseo y una antítesis de sus propios trabajos académicos (Los libros escritos en las bibliotecas son como gansos engordados, escribe), no sólo trata de recuperar al arte de caminar por ser una fuente de libertad y creatividad (¡Cuando caminamos todo parece posible!, subraya), lamentando a la vez que es una actividad menospreciada en nuestra sociedad saturada de tecnologías, sino también lo rescata como una condición indispensable para pensar. Una re-lación al parecer natural –dada la tradición de la filosofía griega–, pero luego pocas veces y por pocos pensadores reivindicada, entre ellos, Jean-Jacques Rousseau, que se decía incapaz de pensar y componer cuando no caminaba (aparte de filósofo también fue músico).


O Immanuel Kant, que como parte de su disciplina intelectual, todos los días a las cinco de la tarde, después de trabajar, se daba el mismo paseo por su natal Königsberg. La misma ruta. La misma duración.

 

O finalmente Friedrich Nietzsche, que –literalmente– pensaba con los pies (sin que tenga nada que ver con la pasión futbolera), llegando a elogiar de esta manera aquellas partes del cuerpo: Escribimos sólo con la mano; pero escribimos bien sólo con los pies. Así, con una libreta y un lápiz en el bolsillo, caminando ocho horas diarias, escribió por ejemplo El viajero y su sombra (1879).


Si bien de las dos categorías de caminantes que aparecen en A philosophy of walking –los que gustan de las caminatas en el campo como Thoreau, Rousseau o Nietzsche, y los paseantes ( flâneurs) urbanos como Kant, o como los poetas Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud (Soy sólo un paseante; nada más, aseguraba) y Gérard de Nerval–, Gros claramente privilegia y se inscribe en la primera, pero no descuida la segunda.


Apoyándose en el clásico estudio de Walter Benjamin ( Libro de los pasajes, 1927), que releía a Baudelaire para captar los cambios en la anatomía de la ciudad moderna (el desarrollo del cuerpo urbano y la aparición de la multitud), describe la experiencia del paseante urbano como llena de discontinuidades y ritmos desiguales, pero igualmente gratificante e importante. Hasta Nietzsche en algún momento abandonó sus senderos montañosos y descubrió Turín.

Continuando con la misma idea –ya no en el libro, sino en una entrevista– el autor destaca dos ejemplos y experiencias opuestas: Nueva York y París. Mientras la primera ciudad está marcada por la velocidad y el gigantismo, la segunda ofrece más reposo, privilegiando un modo específico de caminar –la flânerie– que se volvió, subraya Gros, todo un concepto filosófico gracias a Benjamin ( Full Stop, 4/6/14).


Curiosamente, aunque en otro lugar el autor revela que antes de emprender la carrera académica vivió dos años en la ciudad de México, no menciona nada sobre su experiencia de caminar allí... ( The Observer, 20/4/14).


¿Por qué? ¿Porque caminar en el DF sería más bien un oxímoron? ¿Porque parece una causa perdida? Así lo sintió hace ya muchos años este columnista, rindiéndose y saliendo, desgraciadamente, a buscar otros espacios.


Para poder salir todos los días, a la misma hora, a recorrer la misma ruta (urbana), con el mismo ritmo y regularidad (¡la repetición es la clave!). Como parte de la mínima y necesaria higiene intelectual. Como una manera de descansar y seguir trabajando: con un lápiz y unos papelitos en el bolsillo ir pensando en las mismas ideas, pero ya de otro modo, más libre y abierto (a veces así llegan las mejores frases y conexiones).
Para estar más cerca de los pensamientos y del cuerpo de uno mismo. Oscilando entre la fatiga y la purificación, entre la humildad y la resiliencia. El arte de caminar es el arte de transformarse a sí mismo, escribe con mucha razón Gros.o

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Viernes, 13 Junio 2014 05:57

Conversación en el lugar único

El festival literario Atlantide, que organiza cada año en Nantes el escritor Alberto Manguel, se celebra en la antigua fábrica de las célebres galletas LU, convertida ahora en un centro cultural. Nantes es una ciudad pródiga en espacios para la gente, lo que define el sentido de una verdadera urbe moderna. Junto a las aguas del río Loire se abren explanadas y espacios verdes, y se alzan parques de diversiones, uno de ellos con animales mecánicos gigantes, como salidos de la mente de Julio Verne, el nantés más famoso de todos los tiempos; y en la otra ribera se bajan las gradas hacia una catacumba donde se recuerda el tráfico de esclavos que hizo rico a este puerto, un baldón que hoy no se oculta, sino que se expone a la vista de los visitantes: un museo donde en el piso están inscritos en plaquitas los nombres de cada uno de los barco negreros que iban por su carga al África con destino a América. Una flota de plaquitas, nombres engañosamente pintorescos de barcos que parecen navegar en el asfalto.


El sitio que aloja al festival recoge las viejas iniciales LU de la fábrica de galletas, y se llama el Lugar Único. En sus salones, donde antes estuvieron los hornos y las máquinas, las bodegas de la harina, el azúcar, los huevos, la malta y la vainilla, y uno puede imaginar aquella fragancia envolvente, se realizan ahora las mesas redondas y conversaciones entre escritores que hemos venido de diferentes partes del mundo, de Canadá, Líbano, Haití, Nigeria, México, Colombia, Turquía, Camerún, Irak, Francia. Ucrania y Nicaragua. Esta es la coincidencia de que quiero hablar después.


Mientras tanto, una de las noches del festival, Alberto Manguel ha organizado una lectura colectiva, en la que participamos todos los invitados, de textos de autores censurados, o reprimidos, que viene a ser un homenaje a un ausente, el argelino Hubert Haddad, a quien las autoridades no permitieron la salida de su país, temerosas de la repercusión de sus posiciones en contra del fundamentalismo religioso que aflige a Argelia y a tantos otros países del mundo árabe. La novelista libanesa Hanan el-Cheikh lee uno de los cuentos de su propia exitosa versión de Las mil y una noches, porque, explica, se trata de un libro tantas veces censurado por su sensualidad y desacato sexual, y el suyo no es una excepción.


Pero vuelvo a Ucrania y Nicaragua. El día de la clausura del festival me ha tocado compartir la mesa de diálogo en el Gran Atelier del Lugar Único con el novelista Yuri Andrukhovych. Nuestro encuentro en el escenario tiene un título sugerente: Naturaleza política. Desde luego que el festival está dedicado a la naturaleza. Dos novelistas de países distantes que a través de la historia han sufrido experiencias diversas, no pocas de ellas dolorosas. Uno, el mío, fuera de los focos internacionales hoy en día; el otro, el de Yuri, sometido a la amenaza de ser dividido en pedazos por causa de los apetitos imperiales rusos, otra vez como en el pasado.


Yuri es autor La moscoviada, una novela llena de humor amargo acerca de sus años como joven escritor residente en Moscú, ya cuando el imperio soviético se deshacía y los países hasta entonces bajo la égida rusa buscaban su propio camino. La novela se llama Moscoviada, y en ella alienta el espíritu de diablo cojuelo no por picaresco menos trágico que uno encuentra en esa pintura goyesca que es El maestro y Margarita de Mijail Bulgakov. El poder fantasmagórico que reina desde el Kremlin surge de las catacumbas y desciende hacia ellas; las catacumbas donde circula un metro exclusivo para los jerarcas del partido, y no es el único privilegio de esa eterna casta que tantas veces ha resucitado de los sarcófagos de la historia, zares o comisarios, o agentes secretos coronados.


En el curso de nuestro diálogo cuenta acerca de la suerte repetida de Ucrania, la apetecida joya de la corona del imperio ruso. Sin Ucrania, desde los zares, Rusia no se siente a gusto. Es la presa siempre en riesgo de ser devuelta a las voraces fauces abiertas del vecino codicioso. Para tener en Ucrania a un país dócil y leal, que representara algo más íntimo que un simple aliado, el dictador Viktor Yanukovich fue mantenido en el poder y luego de su caída frente a la

rebelión popular del Maidán, huyó a Rusia. Y lo que quedó al descubierto fue la obscenidad de la corrupción amparada en aquel concubinato.
Toneladas de lingotes de oro escondidos en los sótanos de las mansiones de los jerarcas, decenas de relojes de precios exorbitantes, colecciones de autos de lujo, centenares de trajes y zapatos, miles de fajos de euros, de rublos, de dólares. Hay un momento en que la corrupción rompe todas las compuertas y la acumulación de riqueza se convierte en un vicio insaciable, tener cada vez más, residencias, dachas, pianos, yates, obras de arte. Atesorarlo todo. Por eso es que la gente no salía de su asombro cuando tras hacer fila por horas entraba por fin en el palacio donde vivía Yanukovich, y contemplaba aquel lujo desmesurado, oculto hasta entonces a los ojos de los simples ciudadanos.


Lejano a Ucrania, y tan cercano que me siento. ¿Qué tiene que ver Nicaragua con Ucrania? Que el gobierno de mi país –le digo a Yuri mientras el público presente nos escucha contar esta historia doble– respalda sin concesiones a Rusia en su cínica manera de apoderarse de Ucrania moviendo sus piezas tras bambalinas, tirando la piedra y escondiendo la mano, las fauces abiertas, dando un mordisco aquí y otro allá a su territorio. Es lo que hizo con Georgia, y el gobierno de Ortega reconoció diplomáticamente a los países artificiales arrancados a tarascadas, junto con Nauru y Tuvalu, dos pequeños islotes del océano Pacífico, y Venezuela. Hechos que dan para novelas, afirma Yuri. No para novelas históricas, le digo yo; son pura literatura fantástica.


Nantes, mayo 2014
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Guatemala 'olvida' a Miguel Ángel Asturias

El exilio y la marginación que sufrió muchos años en vida persiguen a Miguel Ángel Asturias (1899-1974) incluso en la eternidad, ganada por libros clásicos latinoamericanos y la concesión del premio Nobel en 1967. Guatemala, su país, por el que tanto hizo desde la literatura, casi lo ha olvidado y solo tiene silencio para él en el 40º aniversario de su muerte, sucedida en Madrid hace hoy cuatro décadas.


Una fecha inadvertida en su país y un despropósito si se considera que Ciudad de Guatemala ha sido nombrada Capital Iberoamericana de la Cultura 2015.


"Ni siquiera estábamos advertidos", reconoce la jefa de información del Ministerio de Cultura, Claudia Velásquez. "Te agradecemos que nos alertaras. Vamos a emitir un boletín al respecto y lo distribuiremos a la prensa". Es el tiempo que corroe la memoria de uno de los precursores del boom latinoamericano por obras como El señor presidente y Hombres de maíz.


"Ignorar a Asturias", comenta el escritor guatemalteco Gerardo Guinea, premio Nacional de Literatura 2009, "es una muestra de la ignorancia supina del Estado de Guatemala —que no de algún Gobierno en particular— con respecto a la importancia que Miguel Ángel Asturias tiene en la literatura en español. Algo que da pena y vergüenza ajena".


Añade Guinea que obras como Hombres de maíz, publicada en 1949, o El alhajadito (1961), colocan a Asturias como el padre del realismo mágico, un género que inmortalizara otro gigante, Gabriel García Márquez, merced a la utilización de un lenguaje magistral, a la vez que más accesible al lector. "El problema con Asturias es que fue excesivamente barroco para describir sus realidades. Pero el realismo mágico está en cada una de sus páginas, como sigue estando en cualquier barrio popular de toda ciudad latinoamericana".


El nieto del Nobel, Sandino Asturias, hijo de Rodrigo Asturias Amado, el comandante Gaspar Ilom —dirigente histórico de la guerrilla—, ve un trasfondo político en el vacío hacia el Nobel. "Miguel Ángel Asturias tiene dos facetas excepcionales y universales. Encabezó un movimiento de intelectuales que luchaban contra las dictaduras de su época y puso ante los ojos del mundo la realidad sangrante que se vivía, y se vive, en este país", dos pecados capitales para la ultraconservadora sociedad guatemalteca, que no se lo perdona.


Todo ello, cuenta Sandino, se tradujo en un vacío absoluto para Asturias y su obra, al grado que en los periódicos de la época "estaba prohibido nombrar a Miguel Ángel", algo que sólo se rompió parcialmente con el otorgamiento del Nobel, "aunque se silenció el premio Lenin de Literatura, que se le concedió en 1965".


Lo anterior explica el actual silencio tanto del Estado como de la sociedad guatemalteca. "Mi abuelo", añade, "fue un hombre perseguido y denostado por el poder y por el statu quo porque cuestionaba, precisamente, ese estado de cosas, a la vez que denunció todo el dramatismo de la intervención estadounidense en Centroamérica".


Así las cosas, el cuadragésimo aniversario de la muerte de Miguel Ángel Asturias se conmemorará en Guatemala sólo en círculos intelectuales con un propósito que puede ser el mejor homenaje para el Nobel: una edición primorosamente cuidada de sus obras más emblemáticas y a precios que estén al alcance de todos: unos seis euros en un país donde una cajetilla de tabaco ronda los dos euros.


La militancia política de Asturias y su compromiso con los grandes sectores de la población sojuzgados por el régimen obligaron al escritor a vivir muchos años en el exilio. París, donde residía, y Madrid, donde murió, fueron sus últimos destinos.


Según cuenta Miguel Ángel Asturias Amado, en declaraciones vía Internet —desde Buenos Aires, donde reside—, fue él quien decidió que a su muerte su padre fuera enterrado en el cementerio parisiense de Père-Lachaise, a pesar de tener los ofrecimientos de España y Guatemala. Recuerda que el Gobierno de México puso a disposición de la familia Asturias un avión para trasladar los restos mortales desde Madrid hasta la capital de Francia.


Al respecto, Sandino Asturias añade que fue la decisión más acertada y sabia. "Era totalmente incongruente que los regímenes militares tuvieran en Guatemala a Miguel Ángel Asturias, cuando uno de sus dos hijos, mi padre, estaba en las montañas de Guatemala con una ametralladora en la mano intentando derrocarlos".


La familia Asturias no descarta que, en el futuro, las cenizas del Nobel puedan llevarse por fin a Guatemala, pero subrayan que, por el momento esas condiciones todavía no están dadas.


 

Vida y obras


Antes de dedicarse a la Literatura, Miguel Ángel Asturias estudió Antropología en París en los años veinte.

En su estancia juvenil en Francia contactó con el surrealismo, que influyó en sus primeras obras. Ese interés por las vanguardias lo compaginó con la gran atracción por el mundo mágico de las leyendas precolombinas guatemaltecas.


Su obra más conocida, El señor presidente, publicada en México en 1946, relata la cruenta dictadura que sufrió su país a manos de Manuel Estrada Cabrera en las dos primeras décadas del siglo XX. El nombre de Estrada no aparece en el texto pero hay muchos guiños que remiten a él.


Del resto de su producción destaca el libro de relatos Hombre de maíz.

En 1967 es galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Fallece en Madrid el 9 de junio de 1974 a los 74 años.

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García Márquez: Las huellas de la nación olvidada

No sabría decir si la muerte de Gabriel García Márquez incentive entre nosotros la búsqueda análoga de lo que José Arcadio Buendía simbolizó con sus tercos propósitos, con las lupas y con los imanes comprados a los gitanos: la búsqueda de la memoria de una nación. En mi caso, y en el de otras generaciones, leer "Cien años de soledad" –en la edición del Círculo de Lectores, por allá en una mañana soleada de la Cali de los años setenta– significó precisamente el hallazgo del croquis borroso de una nación que como Macondo ha tenido con dificultad que etiquetar y pegar sobre la superficie de los cuerpos el nombre y el uso de cada cosa, para así no caer en la prolongada enfermedad del olvido, extendida desde los tiempos del abuelo de Aureliano Buendía hasta el último de los descendientes de esa familia. A partir del legado de los personajes de García Márquez, de su afán por devolverle el nombre a todo lo perdido y extraviado por sucesivas pestes de olvido, se creó no solo el mito sobre el creador del realismo mágico, se creó entre las generaciones posteriores a él un referente acerca de lo que podría ser una carrera literaria, ya que su imagen sirvió de modelo para quienes sueñan con abrazar el destino de escritor en Colombia.

 

Pero la carrera de Márquez no transcurrió solamente en la esfera privada de su particular creación; esa carrera también dialogó en los años setenta y los ochenta con el día a día del continente latinoamericano y del país a través de lo que fuera el primer oficio del narrador: el de reportero. Ese oficio de periodista dejó reportajes inolvidables, maestros, por ejemplo el realizado con Hugo Chávez en 1999 donde encontramos la génesis del muchacho que, de hijo de humildes maestros, de modesto cadete de las fuerzas armadas venezolanas, de lector de Martí y de Bolívar, se transforma, gracias a su carisma y esfuerzo, en el hombre más poderoso de Venezuela. O ese otro reportaje que hiciera sobre la trágica desaparición de la avioneta en que viajaba hacia Panamá Jaime Bateman, el co-fundador del M-19, para entrevistarse con el presidente de la época, Belisario Betancurt. En el reportaje aparece de cuerpo entero, no solo el luchador político y guerrillero sino también el hombre cotidiano, el enamorado, el parrandero samario, el bailarín y el romántico.

 

Pero ¿cómo entender esa particular relación de García Márquez con ciertos personajes o hitos de la historia? Es fácil encasillar al escritor en la etiqueta de ser un fascinado con el poder. Esa es la manera más fácil de generar un dispositivo de olvido a través de la reducción. Pero es que su empatía estuvo al lado de quienes representaron para el continente la posibilidad de una esperanza distinta, la emergencia de algo nuevo: y Chávez, Fidel Castro o Bateman representaron, en su momento, esas astillas de esperanza de algo distinto.

 

El esfuerzo y el reconocimiento universal de su carrera estuvo también cerca de la tormentosa peste de conflictos y de violencias que acosan a Colombia. Recibe precisamente el Premio Nobel en el año de 1982, en los inicios de una tormentosa década donde la búsqueda de la paz tuvo instantes emblemáticos, como la desmovilización del M-19, la toma del Palacio de Justicia, las conversaciones con las Farc en Casa Verde. Fue también en el año de 1982 que nuestra generación tuvo un momento pletórico de universalidad cuando se anunció que el escritor de Macondo era el primer literato colombiano que recibiría un Premio Nobel de literatura. En ese instante verificamos que todo el esfuerzo de las elites colombianas de la segunda mitad del siglo XIX –los regeneracionistas– y las posteriores estrategias de sus continuadores: centralistas, clasistas, racistas y otros istas como la señora María Fernanda Cabal y sus despreciables mensajes enviando al infierno a García Márquez–, eran polvo deleznable, pues "Cien años de soledad" es la memoria escapada de la lógica de quienes han aceitado y mantenido al país en la intolerancia y la violencia.

 

Por muchos más años, luego de serle entregado aquel legendario Premio, García Márquez continuó publicando sus artículos en El Espectador, pero también sus relatos periodísticos como "Noticias de un secuestro" o una novela neo-romántica como "El amor en tiempos del cólera". Lo hizo mientras el país continuaba deshaciéndose en medio de diálogos y de amnistías rotas. Sus lectores pasamos de adolescentes a convertirnos en padres de familia con la sensación de hacer parte de una nación peligrosa, inviable, de la cual había que escapar como emigrante, cambiar de nacionalidad o hacerse rico en ella para merecer algún derecho humano. Una de sus últimas intervenciones por escrito, trascendentales, fue aquella donde le pregunta a España y la comunidad europea ¿por qué nos exigen visa a los colombianos?

 

Apelando a la responsabilidad histórica de España con Colombia se pregunta sino somos nosotros hijos o bisnietos de aquellos indígenas sometidos a la servidumbre, de esos africanos esclavizados, de esos españoles que viajaron atreviéndose a vivir en unos territorios sin domeñar. En ese famoso texto el escritor exigía lo que hoy ya está convertido en una exigencia mundial: la responsabilidad con las víctimas de la historia.

 

Mientras la gloria de García Márquez ganaba en fortaleza, como un verdadero monumento que enterraba sus raíces en la tierra de Aracataca, la idea de nación colombiana se tornó más difícil de sostener, en medio de la globalización mundial, de las presiones económicas, de la neo liberalización, del estallido de una cultura masiva global productora de ídolos de barro, glorias de un día en la televisión. En los años noventa, y la primera década del siglo XXI, la literatura fue reducida en la era de la técnica, a ser un producto refinado y distante, hijo de una modernidad ilustrada, sobreviviente solo en las universidades o entre quienes pudieran dedicarse al oficio de la lectura. Los escritores pasaron de ser "las conciencias y las voces de su tiempo" a ser simples técnicos de la palabra, separados lo más posible de la esfera de la reflexión sobre lo político.

 

Por eso, y pensando en las generaciones nacidas al borde de los años noventa, en un tiempo desintoxicado de ideologías políticas, descafeinado y falsamente "limpio" es bueno recordarles que, en un rincón de la costa Caribe, nació este colombiano que no sembró odio ni venganza sino, por el contrario, literatura, gran literatura, y que con eso nos donó desde el lenguaje los mejores cimientos en aquello que no hemos terminado de construir: la idea de nación.

 

* Escritor. Profesor Titular. Universidad Tecnológica de Pereira

Publicado enEdición Nº202