Viernes, 23 Mayo 2014 10:10

Al no Habermas

Al no Habermas

Muchos buscando leer algo de la novela de M.A. "2x1 u octubre cero" han hecho que este, o yo publique un primer mordisco del primer capítulo.

 

Sobre lo que pasa en un primer capítulo

 

Chica delgada, gordura existencial contradicción en sí misma, una puta va donde un gigoló, paga por sexo, paga en especie, sexo por sexo, como todo el mundo.

 

No soportaba la idea de que su tatuaje había quedado mal hecho, decía Resistire y no Resistiré, como ella lo esperaba, todos los días su hermana, mujer anomalía, barco nadando en tierra, camino sin pavimento, libro en blanco, le marcaba la tilde con esfero negro, sus manos de pincel que pintaban bellos paisajes, cuatro, un grafitti también, rellenaron con crayola un dibujo de un pato cibernético, que miedo los patos, (aquí va un escalofrío o no), recorrían la espalda de Mauricia para marcar la tilde de su tatuaje maltrecho, malhecho, malacentuado, así si se puede mostrar la espalda, el gigoló ama a la puta, como todo el mundo.

 

Esta mañana de tarde o noche ella se levanta, absurda, legítima, un pie y luego el otro, dos en el suelo y sus chanclas desaparecidas mueren de falta de uso, se arrastra caminante por los pasillos, serpiente boa, obelisco, Harry Potter y la cámara de los secretos, no hay espadas, el mundo es la casa, la casa es cemento, el mundo es una piedra indecisa, a veces ladrillos a veces cemento, a veces la casa de Mauricia; fina su cintura se acomoda en una cadera receptiva de huesos, copa en la que se vierte su humanidad superior, (sonido de vino cayendo acompañado de la imagen mental de una botella que vierte carne en la cadera de Mauricia, sea la imagen que se tenga de ella, construyendo al final a una chica completa) fin.

 

Desayuna, absorbe, huele el pan, delicioso, morita fresca salida de mata, mora no transgénica, óigase bien carajo, pan rico que se destruye en su boca, 43 mascadas, 45, y engulle el bolo alimenticio del pan, malo para su colon bueno para su lengua empalagada de dulce chocolate, lengua en movimiento, baile erótico de lengua y encía, ¿me concedes esta pieza?, bolero, dancita rica, reggaetón suavecito, ni perreo ni intenso, óigase bien, sua-ve-ci-to, espera la vida, ¿Cuándo vendrás a mí, ha descubierto que de nuevo su tatuaje no resiste, de nuevo su espalda reza Resistire ¿a dónde van las tildes que se fueron de tu revés? ¿Cuántas han sido? ¿Más que muertos a bala en el terruño? ¿Más que besos sin sabor de siete de la mañana? Chau amor, salgo ya, voy tarde para la oficina, vete al infierno hijo de puta, te di mi juventud (Sonido lejano de radio encendido, canción rata inmunda de Paquita la del barrio).

 

Vuelve su mente a la vida, ya no hay sentido, no hay vida, su mente vuelve a nada, no vuelve, se pierde en una búsqueda incesante del camino de regreso, la novela se pone dura y llevo a penas 465 palabras, Mauricia desespera, la saliva espesa de la parca que la escupe desde su interior sale, las convulsiones del alma inquieta no existen, pero si las del cuerpo, yace temblorosa sobre la mesa, espumita de mar, sal quemadora de riñones, sal que se riega del salero por el golpe fuerte, grito de no resisto, no ¡No resistooooo! Ahora sí, y no lo resiste aunque su cuerpo siga resistiendo, la sal del suelo llama las brujas, no abuela las brujas se espantan con la sal, ¿Quiere enseñar a su mama a hacer hijos? No señora, tiene cero.

 

La mano suave que creó las flores se derritió para volverse ellas, transmuta su ser de mano a pétalo, a flores, tinta de mano se riega en la espalda, parte superior derecha, e con tilde é, resistir, la bella ella marca el sentido de la vida, la fuga a la fatídica desdicha de no resistirlo más, ahora tienes tus ojos de vuelta, has visto la noche apacible contra la luz insoportable del sol de la desesperación, sombra tinta negra, Mauricia, risa, el búho canta su gloria, magnificat, dos litros de aire para los pulmones, acroyoga burgués de su alma humilde, paraje natural para su cuerpo refinado, qué, descansó mejor dicho.

 

Se han escrito todas las canciones posibles, en todos los tonos posibles, en todas las voces, imposible dirán muchos que no lo han visto, pero el tiempo ya corre más lento, no queda más que buscar lo que gusta, todas las combinaciones posibles entre notas y acordes se han hecho y lo más innovador que se ha hecho es grabar un cd en silencio, disco de diamante, de petróleo, tus labios rosados en mi cuerpo, ya no hay música para hacer el amor, el amor se hace de todas las maneras ya inventadas, Resistire o Resisitiré el tiempo que cada vez pasa más lento, los relojes se acomodan la espina dorsal doblada, quizá si hayan cosas nuevas, pero no hay tiempo para mirarlas, tenemos tantos estantes llenos de obras viejas, tantas obras escritas y el tiempo no alcanza, ni la medicina ni la alquimia podrán darnos el tiempo para leerlos, para apreciarlos, todo se ha vuelto monótono, nacer, aprender lo que se debe aprender al nacer, luego lo de después y luego lo de después, nada como el no aprender de antes, la verdadera resistencia, pero los electrochoques no existían bajo la piel en esa época, la moral implantada en la vacuna de nacido que nos descarga sus deberes de no sé cuántos watts, Whatisthe problema, ya no quiero más esta vida, Resistire o Resistiré, porque ser muerto es peor, es estar más quieto, maldita moral y su deber de estar vivos, au!!odio la corriente eléctrica y las corrientes políticas de la nueva era, Resistiré.

 

-Hermana ¿cuándo fue la última vez que hiciste el amor o pudiste al menos ir al baño?

 

No se hija no lo recuerdo, Resistire, lo importante es la tilde de tu vida, tú fuiste la de la mía, naciste el día de mi cumpleaños, eso fue maravilloso tenerte como regalo, llevo dos años dieciséis años de alegría vivida junto a ti, y no me importan los últimos dos con el tatuaje.


Mauricia mira el horizonte de lluvia ácida por venir y piensa, mierda el toke, nos vamos a mojar, la bella ella sabe que no puede dejar a Mauricia irse sin sombrilla, pues si llueve no resistirá su tatuaje, así que le empaca el paraguas en la maleta y le dice...

 

La calle está llena de almas, de cuerpos, de seres, de perros y humanos, de lívidos sangrientos y mujeres sangrantes, bello renacer de los óvulos, muerte de cada mes, Mauricia camina erguida, con los pies en la tierra y la mirada en el cielo, cuenta las nubes, allá va una oveja con cara de pepino, es una nube pepino cohombro con cara de oveja, la lana del tiempo se corta para ser triturada en la máquina laboriosa del trabajo, suena en su cabeza la misma música de siempre t ata t ata t ata y se lanza la lluvia que moja sus botas de banano azul, azul banano azulado, a su lado está Landázul alto y tonto como un avión al estrellarse y le dice hola y la quiere y le desea el corpus y le ama los labios del pelo, que dice el que lo besan al tocarlo en un mal intento de lo que debía ser un poema.

 

Continuará

 

...quizá.

Publicado enEdición Nº202
Miércoles, 23 Abril 2014 06:19

El círculo de tiza

El círculo de tiza

Embriagado por la gloria y las victorias militares inverosímiles, el coronel Aureliano Buendía decidió que nadie podría acercársele a menos de tres metros de distancia, y sus edecanes trazaban a su alrededor un círculo de tiza que ninguno estaba autorizado a traspasar, ni siquiera su madre.

 

Este círculo de tiza se vuelve central para entender cómo la mecánica del poder ha movido sus bielas en América Latina desde los tiempos de la independencia. El caudillo, venga de la academia o del rango de los iletrados, busca convertir a las instituciones en meros decorados para imponer su voluntad única que termina siendo la razón de Estado. Y aún sigue vivo.


La historia que siempre se repite. El paso de persona a personaje. Seres comunes y corrientes que a través de sus proezas, su astucia o sus malas mañas emergen de la oscuridad de las aldeas olvidadas y de las cuadras de los cuarteles, tinterillos de juzgados y estudiantes fracasados que logran seducir y atemorizar, y encarnan de manera luciferina al destino, sometiendo la voluntad de los demás. Dentro de ese círculo de tiza lo que hay es soledad absoluta, y no llegan hasta allí las voces de fuera porque el poder absoluto sólo tiene respuestas tajantes que no necesitan preguntas.


Es la soledad sin ecos de Zacarías, el dictador de El otoño del patriarca, en toda su parafernalia arbitraria de desmanes; pero también es la soledad con toda su cauda de miserias y derrotas, como en el último viaje de Bolívar hacia su muerte en El general en su laberinto, solo y ya sin gloria. García Márquez no eligió el resplandor épico del libertador cruzando una y otra vez los Andes a caballo, algo que de por sí entra en el reino de las exageraciones, sino el íntimo desastre del final de su vida sacrificada en vano.


Joseph Brodsky alega que los escritores geniales del siglo XX ruso hubieran llegado a ser lo que fueron incluso si no hubiera tenido lugar ninguno de los acontecimientos que ocurrieron en Rusia en ese siglo: básicamente, el talento no necesita historia. En el caso de García Márquez sería una curiosa afirmación. En América Latina, empezando por sus dictadores arcaicos, la realidad es el sustrato de toda su literatura. Lo que él hizo como artista fue transferir la historia a una dimensión diferente, tanto que a veces nos llega a parecer inverosímil, pero sin que deje nunca de ser esa misma realidad cuya materia ha sido transformada. Hay en sus relatos una patente y desbordante curiosidad por el poder, y esa curiosidad se transforma no pocas veces en reflexión.


Cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982, en su discurso comienza hablando de Antonio Pigafetta y de la crónica que, como buen mentiroso que se tomaba en serio, escribió acerca del viaje de Hernando de Magallanes alrededor del mundo. Esa crónica, llena de exageraciones puntuales, es el antecedente más lejano que podemos hallar de la escritura del propio García Márquez en relación con América, toda una aventura de la imaginación.


Pero desde allí salta hacia el otro lado del abismo donde se encuentra su realidad contemporánea: el incendio del Palacio de la Moneda y el sacrificio del presidente Allende, los dudosos accidentes de aviación en que perdieron la vida el presidente Jaime Roldós, de Ecuador, y el general Omar Torrijos, de Panamá. El recuento se vuelve una elegía: un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo.


Guerras, golpes de Estado, cárceles y cementerios secretos, desaparecidos, recién nacidos secuestrados y dados en adopción clandestina. Es el repaso de una historia oscura desde las palabras iluminadas. América Latina se hallaba plagada aún en esos años 80 de dictaduras militares que pronto deberían dejar paso a gobiernos civiles electos, surgían revoluciones como la de Nicaragua, que representaba una esperanza nueva, diferente al modelo de la revolución cubana, que entraba en decadencia; guerrillas en marcha como las de El Salvador y Guatemala, que tendrían distintas suertes. El discurso ampara estas alternativas porque la suya es una adhesión sentimental a la rebelión y la resistencia.


Busca explicar la prolongada soledad de América Latina desde las deformidades del poder tradicional, responsable de la miseria y del atraso secular, y al mismo tiempo pide a los europeos recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. Son los tiempos de la guerra fría, cuando aún nadie vislumbraba el fin del mundo bipolar.


García Márquez venía de esa generación de latinoamericanos que había crecido bajo las dictaduras bananeras instauradas por Estados Unidos durante los años más álgidos de esa misma guerra fría, y entre sus palabras y la acción no había distancia. Un conspirador curtido, además, y fue en esa calidad que lo conocí, dispuesto a hacer todo lo que pudiera para lograr el derrocamiento de la familia Somoza. Un escritor comprometido, como decíamos ayer.


El relato del poder alcanza en su escritura esas dimensiones alucinantes que tan bien conocemos, y la realidad se vuelve la hija pródiga de la imaginación hasta desconcertarnos; pero lo que nos cuenta es lo que hemos vivido y seguimos viviendo mientras persiste la sociedad rural que se niega a ser enterrada. Y esa es la magia. A través de la ficción aprendemos que el poder, su erótica y sus trasuntos no cambian nunca, enquistado como está en las entretelas del corazón humano, una bestia peligrosa que algunos logran domesticar y otros más bien azuzan dentro de sí mismos.


Masatepe, abril 2014.
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Publicado enColombia
Viernes, 18 Abril 2014 06:20

LA MALA HORA

LA MALA HORA

Los lectores del mundo andan con una tristeza infinita. Gabriel García Márquez, el patriarca de la literatura latinoamericana y maestro de generaciones de periodistas, murió ayer a los 87 años en su casa de México. Quizá cayó una llovizna imaginaria de minúsculas flores amarillas, las mismas que cayeron cuando murió José Arcadio Buendía en Cien años de soledad, su obra maestra y mítica. Una muerte esperada –anunciada de un tiempo a esta parte por la "fragilidad" de su salud– no conjura el dolor de esta pérdida. Un conglomerado de textos pide pista en la memoria. Uno se impone, un artículo que publicó en 1948 en el diario colombiano El Universal. "No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento. Perdone usted, señor lector, este principio de greguería. No me era posible comenzar en otra forma una nota que podría llevar el manoseado título de 'Vida y pasión de un instrumento musical'. Yo personalmente le haría levantar una estatua a ese fuelle nostálgico, amargamente humano, que tiene tanto de animal triste." La muerte de Gabo arruga el corazón. Queda la chispa de su lenguaje, la creación de un mundo que sobrevivirá, con toda su riqueza y complejidad, a su demiurgo mortal.
La vivacidad del lenguaje


Eran las nueve de la mañana en Aracataca. Llovía el 6 de marzo de 1927 cuando nació el primogénito de Luisa Santiaga Márquez Iguarán y el telegrafista Gabriel Eligio García. La tía Francisca, abriéndose paso por el corredor de begonias, propagaba la buena nueva: "¡Varón! ¡Varón! ¡Ron, que se ahoga!". Gabo, el mayor de siete varones y cuatro mujeres, pasó los primeros años de su infancia con sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Márquez Mejía –su ídolo de toda la vida– y Tranquilina Iguarán Cotes, quienes le contaban relatos, fábulas e historias. A la muerte de su abuelo fue enviado a estudiar a Barranquilla y en 1940 viajó a Zipaquirá, donde fue becado para estudiar el bachillerato. Los recuerdos de su familia y de su infancia –el abuelo como prototipo del patriarca familiar, la vivacidad del lenguaje campesino y la natural convivencia con lo mágico– emergerán años más tarde, transfigurados por la ficción, en obras como La hojarasca (1955), su primera novela escrita entre julio de 1950 y agosto de 1951, donde asimila la influencia de William Faulkner. La historia se despliega a través de tres monólogos –abuelo, madre y niño– que recrean las vidas alrededor del cadáver de un médico francés que se ha ahorcado en la madrugada. El pueblo en el que transcurren estas vidas se llama Macondo. No fue su abuela Tranquilina la que le permitió imaginar que podría ser escritor. "Fue Kafka que, en alemán, contaba las cosas de la misma manera que mi abuela. Cuando yo leí a los 17 años La metamorfosis, descubrí que iba a ser escritor.

Al ver que Gregorio Samsa podía despertarse una mañana convertido en un gigantesco escarabajo, me dije: 'Yo no sabía que esto era posible hacerlo. Pero si es así, escribir me interesa'", afirmó el escritor colombiano a su viejo amigo Plinio Apuleyo Mendoza en el libro de conversaciones El olor de la guayaba.


Aunque estudió Derecho, dejó la carrera para dedicarse al periodismo y a la literatura. Un tímido muchacho de 20 años se quedó petrificado frente a unas letras de molde con su nombre y apellido, en el diario colombiano El Espectador, de Bogotá. El 13 de septiembre de 1947 las palabras de su primer cuento, "La tercera resignación", flameaban en su campo visual: "Allí estaba otra vez ese ruido. Aquel ruido frío, cortante, vertical, que ya tanto conocía, pero que ahora se le presentaba agudo y doloroso, como si de un día para otro se hubiera desacostumbrado a él". Allí estaba el principio de su galaxia literaria. Quizá Gabo permaneció callado durante unos segundos, inescrutable, pero seguro de sí mismo y del porvenir. Pero hace casi 60 años, la primera reacción de ese joven fue "la certidumbre arrasadora de que no tenía los cinco centavos para comprar el periódico". En 1948 se trasladó a Cartagena, donde inició su carrera periodística en El Universal en el marco histórico del Bogotazo, la reacción popular por el asesinato del líder liberal y populista Jorge Eliécer Gaitán. Posteriormente continuó en El Heraldo de Barranquilla, donde publicó las columnas de "La jirafa" con el nombre Septimus –su doble periodístico– desde 1950. Como otros escritores fogueados por el periodismo –Ernest Hemingway, por ejemplo–, aprovechaba ese territorio para despuntar la experimentación estilística. El periodismo nunca obturó las cualidades del escritor. Sin duda sería el gran laboratorio que fue potenciando y acompañando el campo de la ficción. Las semillas de lo que se ha llamado "realismo mágico", las concepciones laberínticas del tiempo en sus novelas, se encuentran ya en muchas de sus crónicas. En el prólogo al primer volumen de los Textos costeños –su obra periodística inicial de 1948 a 1952, editada en dos tomos–, Jacques Gilard observa que en los primeros cuentos y notas periodísticas hay un motivo que se repite con alguna insistencia: "Es el muerto sobre el que crece un árbol cuya savia, sacada del cadáver, sube hasta las frutas que servirán de alimento a los vivos". Para Gilard, "que a la muerte haya de sucederle una renovación no es ningún consuelo para quien sabe que tiene una sola vida: sólo importa la conciencia de que el tiempo pasa y, al pasar, mata".


Mientras trabajaba en El Espectador, de Bogotá, escribió Relato de un náufrago (publicado en formato libro en 1970), en el que narró la aventura de un marinero colombiano que sobrevivió varios días en el mar, luego de que su barco naufragara. Las revelaciones del marinero le provocaron problemas con el gobierno del presidente Gustavo Rojas Pinilla, por lo que el periodista fue enviado como corresponsal a París de 1955 a 1957. En el exterior, el escritor se replanteó el enfoque de sus crónicas hacia detalles marginales o secundarios. Muchas veces optó por narrar lo que le sucedía a él, es decir la historia de la historia, como lo hizo en sus crónicas sobre Viena, las noches de Budapest o la Unión Soviética en 1957: "22.400.000 kilómetros cuadrados sin un aviso de Coca-Cola". Después se casaría con su novia de juventud, Mercedes Barcha, en 1958; trabajaría en Prensa Latina, la agencia cubana de noticias creada tras el triunfo de la Revolución Cubana; y en 1961 se establecería en México, donde nacieron sus dos hijos: Rodrigo y Gonzalo. Además de su primera novela, entonces había publicado dos novelas más: El coronel no tiene quien le escriba (1957) y La mala hora (1961).


El periodismo, "el mejor oficio del mundo", perdió a su maestro más notable. Gabo nunca quiso separar ni escindir la experiencia del novelista y el periodista. Detestaba los grabadores, "un invento luciferino" que eclipsa la atención del cronista al creer que ese aparato lo oye todo. "No oye los latidos del corazón, que es lo que más vale en una entrevista", decía el escritor que en 1994 creó la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) con el apoyo de La Jornada en México, El País en España y Página/12 en Argentina, para mejorar la formación y prácticas de los periodistas iberoamericanos. "El reportaje necesita un narrador esclavizado a la realidad. Y ahí entra la ética. En el oficio de reportero se puede decir lo que se quiera con dos condiciones: que se haga de forma creíble y que el periodista sepa en su conciencia que lo que escribe es verdad. Quien cede a la tentación y miente, aunque sea sobre el color de los ojos, pierde."


La fundación de la Utopía


Macondo y los Buendía –ese rosario de historias de la humanidad narradas desde el umbral del sueño y la vigilia– llegaron al universo digital hace poco más de dos años cuando Cien años de soledad se empezó a vender por primera vez en formato electrónico, con la portada original de la primera edición impresa: el emblemático galeón en la selva colombiana. La liberación de los espacios de lo real a través de la imaginación es el hecho central que subrayaba Carlos Fuentes. "¿Quién no ha reencontrado, en la genealogía de Macondo, a su abuelita, a su novia, a su hermano, a su nana?", se preguntaba el escritor mexicano. "La fundación de Macondo es la fundación de la Utopía. José Arcadio Buendía y su familia han peregrinado en la selva, dando vueltas en redondo, hasta encontrar, precisamente, el lugar donde fundar la nueva Arcadia, la tierra prometida del origen: 'Los hombres de la expedición se sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad y silencio, anterior al pecado original'." Francisco "Paco" Porrúa, ex director de Sudamericana, no necesitó leer toda la novela del entonces desconocido periodista y escritor colombiano. Las primeras líneas alcanzaron. En aquellos años, a mediados de los '60, estaba a la caza de novelas latinoamericanas "originales". El 30 de mayo de 1967 se publicó en Argentina la primera edición, una tirada de 8000 ejemplares que se agotó como pan caliente. El escritor y periodista Tomás Eloy Martínez, primero en publicar la crítica a esta novela en Primera Plana, sintetizó con precisión el camino del anonimato a la consagración que transitó el colombiano. "Llegó a Ezeiza en un avión demorado, a las tres de la madrugada, y sólo dos personas lo estábamos esperando: su editor y yo. Al marcharse, diez días más tarde, la multitud que lo acompañaba era tan caudalosa que Porrúa y yo lo perdimos de vista." Su obra maestra es un long seller de largo aliento, traducido a 35 idiomas, desde el ruso hasta el esperanto, pasando por el húngaro y el chino, y se calcula que las ventas han superado ampliamente los 30 millones de ejemplares en todo el mundo. "Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, o en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas", confesó García Márquez. Más allá de la molestia por el impacto, lo cierto es que la novela hispanoamericana no salió al mundo, no estuvo en el foco de los lectores de otras lenguas, hasta el triunfo de Cien años de soledad.


A pesar de que se conocieron en 1959, la amistad comenzó a mediados de la década del '70. "Fidel Castro es un lector voraz, amante y conocedor muy serio de la buena literatura de todos los tiempos y, aun en las circunstancias más difíciles, tiene un libro interesante a mano para llenar cualquier vacío", dijo Gabo en 1976, después de un encuentro con el líder cubano, quien ha tenido el privilegio de leer los borradores de varios libros de García Márquez. Ni las primeras críticas de los intelectuales al régimen cubano por la censura y el tratamiento que recibían los artistas considerados opositores –como sucedió con el famoso "caso Padilla", a principios de los '70– ni la encarcelación de 78 disidentes en 2003 –que fueron condenados a penas entre doce y veintisiete años– pudieron debilitar las convicciones y la fidelidad de Gabo a la Revolución Cubana. Esta certeza –dicen– fue una de las razones de la enemistad con Mario Vargas Llosa. Después de una pelea que terminó a las trompadas en el estreno de una película en México, en 1976, el peruano calificó a su par colombiano de "lacayo" de Castro.


Gabo siempre se ha defendido de quienes lo acusaban de "amar el poder", alegando que su amistad está por encima de otras cuestiones y que su posición le ha permitido salvar en silencio a varios disidentes cubanos. Como muchos de los autores de su generación, el narrador colombiano siempre ha tenido una posición política pública y cuenta con "la novela sobre el dictador", El otoño del patriarca (1975). Y sin embargo, nunca aceptó cargos públicos. En diciembre de 1986 fundó en San Antonio de los Baños una academia de cine: la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano. La nueva institución –presidida por García Márquez– es importante para Cuba porque en Latinoamérica la cultura es una fuente decisiva de legitimidad. "Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado", se lee en la página web de esta Fundación por la que han pasado, entre otros, Robert Redford, Steven Spielberg y Francis Ford Coppola. Gabo, que también fue amigo del ex presidente norteamericano Bill Clinton –quien confesó ser un gran lector de sus libros y lo calificó como su "escritor favorito"–, se definía como socialista. En una entrevista en 1983 aseguró que no era comunista. "No lo soy ni lo he sido nunca, ni tampoco he formado parte de ningún partido político", advirtió. Y aclaró que el modelo de gobierno que prefería era el socialismo: "Quiero que el mundo sea socialista y creo que tarde o temprano lo será".


La soledad de América latina


García Márquez fue el primer escritor colombiano en obtener el Premio Nobel de Literatura en 1982. Durante el memorable discurso de aceptación, el 10 de diciembre de ese año, el escritor colombiano recordó que los desaparecidos latinoamericanos por motivos de la represión eran casi 120 mil en 1982, "que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala". "Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares (...) Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte.

Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad", explicó el Premio Nobel. "Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: 'Me niego a admitir el fin del hombre'. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica", alertó García Márquez en otro tramo de su discurso en Suecia. "Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la Tierra."


¿Por qué comienza por el final? Eso se podrán preguntar los lectores de Crónica de una muerte anunciada (1981). Se sabe el nombre de la víctima, Santiago Nasar. Que los asesinos son los gemelos Pedro y Pablo Vicario. Que el móvil del crimen fue vengar el honor de su hermana ultrajada. Y sin embargo, la eficacia de la novela reside en su rigurosa arquitectura coral. El cronista reconstruye y "acerca" –a través de las voces de los protagonistas y testigos, de cartas, informes y el sumario judicial– los recuerdos de aquel lunes ingrato, las omisiones y las ambigüedades de una tragedia moderna tan anunciada. No eran "vainas de borrachos"; se sabía que lo iban a matar, y los mensajeros no llegaron a tiempo ni pudieron impedir el crimen. Y los lectores, que desean que alguien lo salve, o que la puerta de su casa se abra y pueda escapar, se derrumban de bruces en la cocina, junto a Santiago. Gabo disloca el tiempo –el orden cronológico de los hechos y el de la narración–, y disuelve las fronteras de la crónica y de la literatura. Quizás este modo de descomponer los bordes sea una de las características más persistentes de su obra. Para recomponer las astillas dispersas del espejo roto de la memoria, en un pueblo olvidado de la costa caribeña, había que empezar por el final.

 

Jubilar la ortografía

 


Qué polémica descomunal estalló cuando sugirió simplificar la gramática "antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros" en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española que se realizó en Zacatecas (México), en 1997. Era previsible que los gramáticos, lingüistas y académicos reaccionaran, con el malentendido de que donde el escritor dispuso el verbo "simplificar" algunos medios de comunicación utilizaron "suprimir". "Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos", comparó el autor de El amor en los tiempos de cólera (1985), Del amor y otros demonios (1994) y Noticia de un secuestro (1996). "Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?"


Entre los ejemplos que entonces propuso señaló que la palabra "condoliente" no existe. Que sí existen el verbo condoler y el sustantivo doliente, que es el que recibe las condolencias. Pero los que la dan no tienen nombre. Gabo resolvió inventar condolientes en El general en su laberinto (1989) y comentó que le habían reprochado que en tres libros aparezca la palabra átimo, que es italiana derivada del latín, pero que no pasó al castellano. En sus últimos seis libros de entonces no incluyó un sólo adverbio de modo terminado en "mente" porque "me parecen feos, largos y fáciles, y casi siempre que se eluden se encuentran formas bellas y originales". Estas cuestiones eran para él "pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo". La contribución que pueden hacer los escritores respecto de la lengua "no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa". El tópico ameritaría más reflexiones. No conviene desestimar asuntos que fueron, son y serán peliagudos. En este tema, más que el afán de provocar, Gabo se animó a expresar justamente lo que muchos no querían oír. "El deber de los escritores no es conservar el lenguaje, sino abrirle camino en la historia", planteó el escritor. "Los gramáticos revientan de ira con nuestros desatinos, pero los del siglo siguiente los recogen como genialidades de la lengua. De modo que tranquilos todos: no hay pleito. Nos vemos en el tercer milenio."

 

El goce visual


La sexualidad en la vejez está cubierta por un velo de pudor que la consagra al silencio. De eso no se habla. Pero Gabo se atrevió a descorrer ese velo pudoroso, glorificando la senectud y burlándose, a su manera, de los riesgos de estar vivo. Quizá tenga razón el nonagenario protagonista de Memoria de mis putas tristes, la última novela que publicó en 2004, luego del primer y único volumen de sus memorias Vivir para contarla (2002): "El primer síntoma de la vejez es que uno empieza a parecerse a su padre". Consciente de que a su edad cada hora es un año, el anciano solterón, que durante 40 años trabajó como "inflador de cables" en El diario de La Paz y como profesor de gramática, decide celebrar sus noventa con una adolescente virgen. Nada más que una noche libertina. Acaso el último placer carnal frente a la inminencia de la muerte.

 

 

Mientras espera que la dueña de un burdel le consiga "una novedad disponible" –una chica analfabeta–, el anciano, que trata de apaciguar su ansiedad escuchando a Bach, Wagner o Debussy, efectúa una suerte de ajuste de cuentas con su pasado. "No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido." En este epígrafe de la última novela de García Márquez hay un homenaje al autor de La casa de las bellas durmientes (1961), Yasunari Kawabata, primer Premio Nobel de Literatura de origen japonés. Eguchi, el viejo japonés de 67 años que acude a una posada en las afueras de Tokio, frecuentada por ancianos que buscan pasar la noche con jóvenes narcotizadas, se parece al personaje del escritor colombiano. Los dos viejos descubren el placer de contemplar el cuerpo desnudo de una mujer dormida, sin ir más allá del goce visual. Ese nonagenario que se asume como "feo, tímido y anacrónico", que nunca se preocupó por su edad sexual ("porque mis poderes no dependían tanto de mí como de ellas"), después de su fallida noche de amor, descubre el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una joven morena, a quien llama Delgadina, "sin los apremios del deseo y los estorbos del pudor". Aunque ese "fracaso" le hiere su orgullo masculino –la dueña del prostíbulo, Rosa Cabarcas, una sagaz celestina moderna, le reprocha: "Una mujer no perdona jamás que un hombre le desprecie el estreno"–, lo que asoma como la historia de una derrota irreversible o el epílogo sexual de un hombre, pronto se transforma en la crónica de un anciano enamorado. Y el amor modifica las rutinas de este viejo solitario que empieza a descifrar el lenguaje del cuerpo de su bella durmiente, y que percibe los estados de ánimo de Delgadina por el modo de dormir o por su manera de respirar. Este goce ante la contemplación nocturna es una obsesión literaria del colombiano. En el cuento "Muerte constante más allá del amor" del libro La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (1972), el senador Onésimo Sánchez duerme abrazado a Laura Farina, la joven más bella del mundo, sin amenazar la virginidad de la chica.


Hace muchos años Gabo tuvo una revelación. Fue en Zurich, cuando una tormenta de nieve lo empujó a refugiarse en un bar. "Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba el piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, hubiera querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, sólo para que los enamorados se quisieran más."

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Miércoles, 02 Abril 2014 05:58

La celebración perpetua

La celebración perpetua

Rubén Darío descubrió El Quijote en un viejo armario a los 10 años de edad, y lo leyó, lo cual prueba que cuando se cae bajo el encantamiento de un libro no arredra el número de páginas, ni importa la edad que se tenga. A lo largo de su vida volvería a él otras veces, y ya nunca abandonaría aquel mundo que será para él como la vida y la naturaleza.


Vida y la naturaleza. Esto es lo que hace tan cercanos a Cervantes y a Shakespeare. Naturaleza en dos sentidos, el mundo que nos rodea, y el modo de ser natural a la hora de narrar, lejos de afectaciones que generalmente esconden ignorancia. Un escritor natural es aquel que sabe de qué está hablando. Habla al oído del lector, no se desgañita.


Los mundos muertos, construidos de cartón piedra, los decorados que huelen a pintura o a vejez, tarde o temprano serán comidos por la polilla, porque lo falso no sobrevive. En cambio, el mundo insuflado de vida por virtud de las palabras, y que se parece a la vida, o es como la vida, es el que está destinado a perdurar.


Cervantes cuenta la historia de un hombre de hacienda mediana y vida sencilla que pierde la cordura por culpa de las historietas de entonces, como alguien que hoy se dedicara a leer sin tregua las aventuras de Supermán o a ver una y otra vez las películas de El hombre araña, se vistiera con sus atuendos extravagantes, y saliera a las calles a imitarlos tratando de volar o de subirse por las paredes.


Las aventuras que don Quijote y su escudero van encontrando por el camino nos llegan en un lenguaje que recoge la vida tal como es. El tiempo ya muerto de los caballeros andantes entra en el tiempo real contemporáneo, y entre ambos se produce un choque que en lugar de destruirlos los hace vivir. No se destruyen porque Cervantes utiliza la naturalidad para referir esas historias disparatadas, y por tanto asombrosas, pero frente a la locura que pasma, él no se inquieta; se ríe de manera sosegada, sin dejarse ver por el lector, y al tomar distancia de ese mundo estrafalario con la risa, que está lejos de ser una risa malvada, o jayana, nos enseña a ser compasivos, y nos acostumbra a contemplar con naturalidad la maravilla.


Es lo que alguna vez decía García Márquez, que en Cien años de soledad lo que hizo fue copiar la naturalidad con que en su casa oía contar las historias más sorprendentes como si fuera asunto de todos los días: había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos. Es decir, en un tono impertérrito, con una seriedad a toda prueba que no se alteraba aunque se les estuviera cayendo el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando. De esta manera es que el mundo cervantino de La Mancha tiene su continuidad en el Caribe.


La Mancha es un territorio rural de agricultura y pastoreo. Por sus caminos andan los mendigos que se fingen ciegos, los titiriteros que se ganan la vida con sus retablos, arrieros, pastores con sus tropillas, oficiales del rey que viajan en comisiones burocráticas, soldados de a pie, frailes andariegos que venden bulas, partidas de prisioneros en cadena. Un mundo que de pronto despierta de su letargo, y de prosaico pasa a ser maravilloso.


Cervantes sabe también que hay dos piedras que es necesario frotar para producir el chisporroteo: la del mundo cotidiano y la del mundo inventado; ambos, bajo su apariencia inocente, están llenos de vida, de risa y de drama. Conoce el mundo cotidiano porque vive en él, como protagonista: fugado de la justicia por malherir en duelo a un hombre, herido en el pecho y en una mano en batalla, de lo que quedó manco; prisionero cinco años en Argel y liberado bajo rescate; casado con mala fortuna pues hubo de divorciarse; burócrata de la corona requisando vituallas para la Armada Invencible que Felipe II prepara contra Inglaterra, una empresa que acabará en desastre; preso otra vez bajo acusación de apropiarse de dineros públicos. Y es en la cárcel donde concibe El Quijote.


El mundo del Quijote se mueve entre la realidad y la maravilla, y la invención se vaya trasegando cada vez más en la realidad en la medida en que avanzamos en la lectura. En la primera parte, Ginés de Pasamonte es un bandido inventado; en la segunda, cuando el caballero de la triste figura llega a Cataluña, Roque Guinart es un bandido real, cuyas hazañas están en las crónicas de la época. Y en Barcelona visitará una imprenta donde están imprimiendo el Quijote apócrifo, el de Avellaneda, y denostará al impostor que cuenta asuntos falsos de toda falsedad. Es ya un personaje tan real, que le ofende la mentira.

Don Quijote, en lugar de huir de los envites sale a buscarlos, y así libra de sus jaulas a los leones más temibles, y de la cadena de galeras a delincuentes no menos temibles, porque quiere hacer justicia de manera gallarda, como los antiguos caballeros andantes.


De la mezcla de estos mundos, el natural y el fingido, surge el mundo de Cervantes. Mundo de embusteros donde no faltan las cofradías de ladrones celosos del honor, busconas y celestinas, pícaros de cocina, vendedores de oraciones de poder infalible, cómicos de la legua, monos adivinos que tienen concierto con el demonio y por eso conocen las vidas ajenas, estudiantes de fondillos rotos y habla espesa de latines, tinterillos lenguaraces, alguaciles corrompidos, frailes pecadores, y damas famosas como Dulcinea, que crían puercos y huelen a cebolla, sólo porque su belleza ha sido trastocada en fealdad por la mano de algún mago.


Pero ningún mago equipara a Cervantes en el arte de trastocar la realidad y entregarla distinta al lector, más esplendorosa y llena de encantamientos y encantos. Por eso lo celebramos siempre. Una celebración perpetua.

Lima, abril 2014
www.sergioramirez.com
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Bis
(Moderadamente M.A.)

 

Los huevos:

Cascaron duro,
Blandura interna

Traídos a l mundo
Para servir
A estómagos ajenos

Uno a uno,
Alineados,
Esperan el pago
Del bajo precio
De sus imperceptibles vidas

Los policías:

Bis.


Psicofonía
(Diantres)

 

Estaba revisando las grabaciones de la noche anterior buscando manifestaciones de la extraña presencia que habitaba el apartamento. Introdujo un nuevo cassette y comenzó a escucharlo. Sin previo aviso oyó una perturbación en la estática de la grabación. Devolvió la cinta y escuchó de nuevo pero era demasiado rápida, ininteligible. Rebobinó una vez más y acercó su oído de nuevo. Una voz fría, oscura y diabólica decía en un susurro:
"Puto el que lo oiga"


Primaveritas
(Aminta)

 

-Un país fue objeto de abrumadora injusticia, enseguida el pueblo se levantó, ¡SE LEVANTÓ!, se levantó, luego se estiró, bostezó, se bañó y vistió, se arregló como todos los días para salir a cumplir con su rutinario trabajo. Ese día no habría jolgorio, tampoco vería a su amada.


Come mocos
(1023)

 

Me miran, me critican
Blasfeman y se mofan,
Pero yo no me doy cuenta,
Solo veo sus picos rosados, rojos,
Arrugados, chatos.

Al ver sus narices veo sus vidas
Y sus mocos
Les meto el dedo
Se los saco
Y me los como.
Puente infestivo
(Aminta)

-En aquél pueblo un puente suicida terminó por saltar al vació de un hombre que cruzaba desprevenido.

 

Azul a su lado
(M.A.)

 

Su atrás torcido por todo un día de carga,
Cansancio,
Ojeras,
Más trabajo esperándola en casa

Se sube al bus y en él se instala

Sus patas y venas
A reventar
En tormenta escandalosa

Mira a su alrededor y nadie se compadece

¿Quién le da su asiento a una silla azul cansada?

 

Bucle
(Escribiente Maderable)

 

Dejare de pensar en tu piel
No desearé más tus caricias
Me olvidaré de las palabras que derramo en tu boca cuando te beso
Borraré la última palabra dicha en la oscuridad de tu cuarto
Me esconderé de tu sombra
Y hasta tal vez concluya que lo nuestro nunca existió
Todo esto con el único fin de que todo vuelva a pasar

Lunes, 24 Marzo 2014 16:59

Cemento o agua tiesa

Para mi amigo Carlos Roberto

 

Caminaba valle y lento en la calle sexta del sitio aquel sin sentido alguno más que el norte-sur o sur-norte, calles ensopadas de gentes que buscaban la forma de quitar algo a otros desde su consentimiento, sin sentimiento de culpa, con sentimientos de vidas debidamente bien organizadas. Caminaba lento, como a 10 por hora, quizá kilómetros, quizá pasos, andaba meditabundo y cabeceante ante la tranquilidad aberrante esta de la bulla y el afán de miles de oficinistas.


¿Cuánto tiempo llevo sin ver un robo, una muerte, al menos un atropellado? Complicado no saberlo y añorarlo y tener que ocultar las ganas de que la viejita vestida de rojo como un tomate cherry, portadora de una cartera de ensalada de papa y unos zapatos arracacha termine en fin supremo. Ningún vehículo que se digne a robarle su sueño de vidita fabulosa con su ropita de almuerzo ejecutivo, ni ninguna bomba que caiga del subcielo para enseñar su interior visceral. Nada excepto la lancha que la despedazaría en mi mente.


Un momento, no es mi cabeza retorcida, es uno que de pronto anda peor que yo, peor de vivo, peor de iluminado. Se imaginará una carrocería de camioneta cuatro puertas con estribos en tubo cromado teniendo como cabina una lancha azul-blanca en la que se leía "pescador de humanos Don Dinamito" un viejo flaco y ojeroso que decidió dedicarse al desquicio porque seguramente no sabía lo que hacer con la lancha en la casa y con la carrocería que tan bonitos se les veía los estribos cromados.


Su vehículo lovecraftiano era mortal al tener en él un dispositivo que permitía a la lancha dar golpes en la testa de quien en su camino se atravesara (motor y velocidad), No discriminaba entre cabezas huecas y vacías, ni peinados de moda o anticuados, así era como todos le huían al atropello de verse atropellados por el maniático del cataplush, tu cara en la lancha duro.


Me frotaba las manos, miraba como la vieja de colores almuerzísticos corría despavorida para refugiarse en los sitios que le cerraban la puerta en la cara. ¡Qué Bogotazo, ni que Jorge Eliécer! Esto si era caótico, en esa época la gente ya sentía que había una víctima y quería vengarla ¡idiotas! Hoy si se daban cuenta que todos eran la víctima porque a todos les daban su tope.


Después de unos cuantos golpes a unas sesenta personas, o cinco, no lo recuerdo, el vehículo endemoniado se me vino encima, y el "Dinamito" del letrero de la lancha me pegó en la comisura entre el frontal y el otro huesito que queda al lado, ¿Qué se cree este dinamito para estampillar de esta manera al mesías del salvajismo?, a quien organizó todo esto con el universo y pudo gestar su venida como el espíritu santo la del hippie suicida del año cero.


Nadie le hacía nada al hombre de la lancha y la policía alegaba que las normas de tránsito y demás delitos que pudo infringir solo son aplicables al conductor de un vehículo terrestre, pero que nadie habló en ningún momento sobre las lanchas y las lesiones desde un móvil de pesca.


No sabía lo que hacer y me dolía la testa, lo que había puesto más rabia y menos capacidad de buscar la manera de abordarlo. Me encontraba bloqueado y el bloqueo no me dejaba encontrarme, tuve que hacer que mi cabeza funcionara con lo que ya tenía encima, la idea de que esa era una lancha y que me ahogaba en este mar endurecido, necesitaba un flotador urgentemente para primero sobrevivir y luego planear mi venganza contra mi desagradecido y gestado interruptor de esta armoniosa anomalía que es la ciudad.


Recordé que en la séptima había un hombre que vendía flotadores a quince mil pesos, lo recuerdo porque sé que todos pensaron en él cuando decía que así no tuviéramos mar un flotador siempre es un buen desahogo. La rabia me carcomía los huesos y pensé que el océano del caos por el que rodaba la lancha, golpeando moribundos, tenía pirañas, corrí un poco más y sentí alivio al mirar a los ojos negros de ese hombre noche y conciencia que me dio su apoyo.


–Flota por sobre la muerte y encuentra el origen de la vida, llévatelo en diez y te encimo estos flotadores de brazo.


Salí por la corriente del gris asqueroso, empapado en gente perfumada y peinada que corría con desespero, ahora sí que se venga que me le abalanzo, ya tengo la respuesta, cuando se acerque salto mortal hacia adelante, puño de taekwondo, si es que el taekwondo maneja puño, y ¡zaz! me quedo con el bote del Dinamito.
Viene directamente hacia mí con unos doscientos o tres litros de sangre pegados a estribor, los estribos cromados ya que ni se les ve el cromo de lo grumosos que están de espanto y desesperaciones.


Se viene de frente y me corro de una ¡Qué va! ¡Yo no sé dar botes mortales ni golpes de taekwondo! Mejor me le robo los zancos al malabarista y me le boto por encima a la lancha, salto con garrocha, le meto su palazo y me quedo con lo que fue del Dinamito.


Le quito los zancos fácil al malabarista que se distrajo viendo los escotes de las damas que huían despavoridas, corro hacia la lancha y me le paro en frente, viene rapidísimo como a doscientos ochenta y un mil trescientos cuarenta y cuatro kilómetros por mes. Me dispongo a saltar pero Dinamito persigue a todo el mundo menos a mí ¿Qué le pasa a este viejo desajustado? ¿Cómo se atreve a ignorarme de esa manera? Al mismo que propició su venida confabulándose con el destino, ahora sí que la cosa es personal.


–He Dinamito!!!! Ven por mi pedazo de mierda flotante del mar de mierda!!! Oye Dinamito!!!! Chúpate esta marica!!!!


El man no se ofende con que le digan marica ni pedazo de mierda, de pronto hasta ni se llame Dinamito.


–He marcos!!!! Ven por mi pedazo de mierda flotante del mar de mierda!!!! Oye marcos!!! Chúpate esta marica!!!!!


Ni me mira al mirar y cada vez da más y más círculos a mi alrededor golpeando la gente, quizá ni se llame o sea marica.


–He tú!!! Ven por mi pedazo de mierda flotante del mar de mierda!!! Oye tú!!! Chúpate esta machote!!!


Me mira y me hace mueca de que lo que le digo le vale huevo, le importa mierda, no tiene relevancia, es un grito de mudo, un habitante de calle para la gente de bien que vive en su cabeza desajustada.


Ah, que se vaya, no lloraré al verle partir, es un hijo más, un muerto que ha venido a la vida, ¿por qué sentir tristeza por alguien que no sea yo? Al diablo el asunto. ¿Igual que hubiera hecho con esa lancha, y esos estribos de mal gusto todos llenos de esa sangre con tierra? ¡Bah! mejor sigo preparando el fin del mundo que se me ha hecho tarde.


Avanzo hasta la octava y en esa carrerita angosta me encuentro con la perra, una mujer que realmente cree que es una perra y me convence, es una perra a la que el cuerpo se le creyó mujer, desnuda pero sin pelos, con todo al aire, al sol, al ojo. Guau me digo y no puedo dejar de guauguau mientras ella guauguauia mi guaguau. Una nariz fría que se posa en mi ano desnudo para saludarme. Es hermoso, nos hemos olvidado del mundo y solo guaguauguaguaguau. Ahora mi nariz en su ano la saluda y el frío y el calor convergen en este buenas tardes de vieja usanza, humedad y calor seco es nuestro beso y nos amamos en la hierba, despacio y lento, y luego al compás de la delicia.


No tengo nombre, me llamo el perro y solo entiendo que guau guauguaguaguau y ella que me trata de morder el bigote y sin tener. Es la gata y me maúlla sus treintaisiete nombres, todos ellos Ramona, soy su gato, su leche y le maúllo un te quiero nena no te despegues de mí nunca, y no nos despegamos, ella es la perra y yo su elegido y pegados por nuestras almas en el genitalismo del amor me confiesa su dinamita, es hija de Dinamito y me dice que salve a su padre, que su mamá es una senadora que también gusta de las masacres de tiempolibre, plata en mano y culito en la pradera, que en las artes de la sofística ha sido insuperable y que tiene al pobre viejo al volante del caos, pero que él no quería eso, que es un asesino de mala gana que esperemos que la corte lo entienda y no se la apliquen tan duro.
Oh maylof, maydarling, por tí lo que sea, ay jangryforyourtoch, tu sabes que este perrito es tuyo y por ti todito y más, hala para allá e iniciamos el despegue que tu padre esta misma tarde se libera.


La viscosidad del amor se abre en sus dos anteriores individuos y subo de nuevo a la séptima. Adiós amada mía ya verás que te encuentro siendo el libertador.
Me monto en el palomo de mi valentía y me le voy de frente, enlazo mi dedo inocente en su estribo pegajoso de A positivo, negativo y un O que no sé lo que hacía en el sitio si hay pico y placa para pares, el dedo infame acompañó al que ya estaba sucio de globulitos agonizantes. En un salto que di impulsado, no sé si por el suelo o un acto rebelde de la gravedad que me puso leve, llegué a bordo y vi a Dinamito que ni siquiera volteaba a mirarme. Pobre hombre siendo un pendejito manipulado, un policía sin sueldo, un Dinamito que ya no se gana ni el don.


-¿Don Dinamito quien da las órdenes? ¿Y la senadora?


- ...


El hombre no dijo nada, al parecer algo no lo dejaba hablar, su boca estaba llena, de silencio, de naranja ¡Mierda! ¡De su esposa! Ahora lo entiendo, la senadora de transgénica se volvió naranjas y es el bulto que está en la parte trasera de la lancha, no puedo gritar y siento el jugo ácido que baja hasta mi estómago hambriento, gastritis en el alma, soy muerto vivo.


Dinamito se baja del vehículo, viejo y cansado, los labios partidos de cítrico amañado, la perra me bate su cola desde lejos, ahora si esto es vida, me encargo yo mismo del caos, suena la música de Orange Floyd en mi cabeza, Saucerfull of secrets, Roger Aguas me grita sus voces rasgadas.


Cuando me canse del caos usaré mi pelador de frutas, habrá una curul vacante en el senado, un asiento sin bagazo.

Lunes, 24 Marzo 2014 16:36

El Sayayin

El Sayayin

Es increíble la cantidad de barbaridades que las personas cuentan a diario. Son como máquinas parlantes que parlotean y parlotean sin sentido alguno. A veces me pregunto si en verdad escuchan lo que el otro les dice, si es rosa o negro, si le están entendiendo o no. Y en ocasiones, dicho sea también, me gusta cazar esas historias en el aire, como el que estudia la fragilidad de los lepidópteros o como el que azora ratas en rincones de habitaciones. Las escucho, las guardo para mí, y luego me río para mis adentros, me las cuento poco antes de dormir, o simplemente las olvido al cabo de un tiempo.

 

El Freud se presta para muchas historias. Seis horas tirado en el pasto, carburando, jugando ajedrez, tomando tinto, discutiendo de Deleuze y Guattari, o Guattari y Deleuze, como sea, ahí estás tú, con las pupilas rojas, las manos en las rodillas, escuchando, y aunque siempre esté el parche, no falta el visitante oscuro que pide fuego, que pide conversa, que asienta el amure. Uno de esos es K. Ya nos hemos acostumbrado a esos videos raros. A sus historias que desvarían. Puras fantasías dignas de un mitómano. Excusas para levantarse la luca del bus o para robarnos cigarrillos.


K. llegó con la caída del sol. Venía con una edición pirata de Las Flores del Mal entre sus brazos. Nada particular. No sudaba. Su voz era clara y rasposa. El movimiento de sus manos seguía siendo el mismo. Tras una vaca, empezó a rechistar. Dijo que era el sayayin: yo soy el sayayin.


Eso nos dijo. Empezó a decir que alguna vez, tuvo una chica. Una chica que conoció en una fiesta. Que entre el aroma de los hombres drogados y la comida en paquetes plásticos, dibujaron estrellas entre latas de cerveza. Jamás estuvo enamorado pero su cama fue usada muchas veces y eso lo hacía feliz. En ese entonces se dio a la idea de que era el Sayayin. Que sólo el pensar le producía un Ki re áspero, y que aunque nadie lo había notado, las piedrecitas se levantaban del suelo tras sus pasos. Jamás se lo reveló a la chica. Era su más preciado secreto, además primero tenía que aprender a pilotearlo. La chica lo dejaría al cabo de un tiempo. Nunca supo el por qué pero se rayó. Y su cabeza fue descosida. Ya no era un Sayayin. Del cráneo le salían gusanos rosas. Sus pupilas eran televisores sin señal.


Pasados unos meses hubo un eclipse lunar en el Hemisferio Sur y mejoró. Respiró de nuevo, el sol brillaba para él y los dados siempre salían a su suerte. Recuperó el Ki. Y convirtió su cuarto en una cápsula del tiempo. Tuvo un curso intensivo en Internet en Jujitsu brasileño y ciclomontañismo. Leyó a Spinoza y se devoró entera la filmografía de Bruce Lee. Y horas enteras dedicadas a Wagner. Tras una noche supo que el entrenamiento había terminado. Había dado el paso definitivo al estado de SuperSayayin. Mientras tanto, le fue difícil ocultar su condición, y más cuando le sobrevenían intensos dolores de cabeza, conocidos como rayes. Se arrodillaba y se tomaba la cabeza con sus manos. Fruncía el ceño y rifaba miradas de odio. Pero no era tan grave en ese momento, cuando abrió la puerta y salió a la luz.


Quiso ver a la chica pero algo se lo impidió. En la ficción no hay reglas, se dijo, y si soy un Sayayin, entonces puedo hacer cualquier cosa. Así que salió a la calle. A tres cuadras de su casa, se paró y tran, entró en el estado SuperSayayin. En realidad, su pelo estaba bañado en gel. Voló hasta la universidad. Y como entraba la noche, aprovechó en encontrar a su némesis. No lo había mencionado antes en la historia, pero su némesis no era otra cosa que un fétido animal marino. Una especie de pulpo baboso de color gris. Con tres de sus tentáculos le cogía el culo a las muchachas. Era un puto pulpo zalamero. K. en estado SuperSayayin, lo descubrió tomándose un tinto en la Plaza Lenin. En esas casetas rojas con señoras de delantal al servicio. Él se fumaba un peche. Arrojó la colilla al suelo y de éste salieron chispas.


Pegó un salto y se presentó ante él. Había pocas almas. Y en lo que se fijaron, si lo hicieron, a un hombre de aspecto desdeñado, con jeans y buso oscuro, charlando, y después golpeando y zarandeando a otro hombre, de andar obtuso e inteligencia restringida en el tacto. Para ellos, no hubo ningún Sayayin. Y si no lo vieron, si que menos al pulpo.


Lo que sigue fue que el Sayayin, frente a frente, con los ojos entornados, abrió su boca oscura, de la que saldrían serpentinas de colores, anudándose en el cuerpo gelatinoso del pulpo. De cerca, un susurro danzaba: oehijueputa, tú que te crees, catrepirobo, qué fue gonorrea. Te voy a reventar bobo hijueputa y te partiré en mil pedazos marica. Ya me la voló. Y con esa dulzura, el Ki lanzó destellos fluorescentes en toda la Plaza Lenin, con un aura gigantesca. El pelo del Sayayin apuntó al cielo mientras sus codos levantados anunciaban el siguiente paso. El pulpo retrocedió y tardó en responder. Cuando lo hizo, un fétido aliento cubrió de calor su cuerpo y una baba verde y esponjosa cubrió el escenario. Gritó qué fue lo qué le pasó. Está loco o qué. Pero sí es así, cómo fue hijueputa. Al Sayayin, a pesar de haber comenzado la pelea, las palabras le dolieron, como punzadas que perforaron su piel. Y no concluyó el pulpo, cuando una patada le quebró un tentáculo y el Sayayin saltó y le siguió dando patadas como un demente karateka. Hijueputa. La baba cambiaba de colores como un camaleón: verde, púrpura, roja, negra, blanca. Chillaba. El olor fétido fue compañero del dolor. No fue suficiente para el Sayayin, que se dedicó a morderlo, arrancando pedazos de carne negra con sus dientes torcidos. Escupía. El pulpo se defendía pero era débil. Lo que le sucede siempre a los parásitos zalameros. Sin embargo, sus tentáculos latiguearon al Sayayin. Lo arrojaron al suelo e hicieron de su rostro un lienzo sangriento y viscoso. Pero el daño más grande del pulpo, fue haberle introducido un tentáculo a la chica de K. Y que aún siendo una puta, con la misma farsa de abandonar a sus parejas, de desertarlas prontamente, se repitió con dragones, vendedores de seguros y antropólogos. Pero lo más indignante para un Sayayin no era eso, sino meterse con un animal sin cerebro, abrirle sus piernas y dejarse introducir un tentáculo de pliegues sinuosos. No lo soportó. Ni que fuese un Kraken.


Ante las imágenes en su visor, el Sayayin preparó un kamekameha, con un mantra compuesto de dulces blasfemias, hijueputa, gonorrea, marica, pirobo, malparido, nacido por el culo, catrepentahijueputa. Una enorme onda expansiva se formó entre sus palmas. Cerró sus ojos, conteniendo la fuerza. Su cuerpo se inclinó, orientándose hacia el moribundo pulpo. Suerte gonorrea, es que te digo.


La explosión fue como un baño de luces de neón, volando pedazos como luciérnagas y mariposas; tripas, carne y mucha viscosidad. La facultad tenía nuevos graffittis. Y el busto de Lenin fue bañado en púrpura. Con el fin de su némesis, el mal había sido destruido. El Sayayin exhausto, quedo con los brazos abiertos en cruz. Abrió párpados y miró la noche despejada. Se levantó, sacudió su ropa y buscó tabaco en sus bolsillos. Encendió un cigarrillo, apartándose una hebra con el humo. Era tarde y suficiente para más rayes. Le dolía el cuerpo y poco recordaba de lo sucedido. Lo reconstruyó una semana en divagaciones a la hora del almuerzo.
Esa misma noche llamó a su (ex)chica. Ella le contestó con desdén y le anunció que jamás quería verlo. Que a él qué le importaba su vida. Le colgó al rato.
Soñó un par de noches con escenas palpables de los últimos meses. Al principio le costó dormir pero al salir en bicicleta de vez en cuando, había emprendido camino al futuro. Ya no era más un Sayayin, ni lo pensó ni imaginó. Sólo era él, K.


Y eso le ocurrió y nos lo contó. Claro, videos de un chirri. Que cague de risa. Sí, seguro, un Sayayin. ¿Y ahora qué viene? 

Martes, 18 Marzo 2014 17:12

Poesía ignorada y olvidada

 

Una gran obra rescatada del olvido ahora en 4 tomos ilustrados.
 

 

 Dos frases resuenan en las páginas de Poesía ignorada y olvidada de Jorge Zalamea Borda:

"En poesía no existen pueblos subdesarrollados" y "El don de la poesía no tiene límite de espacio ni tiempo".El hecho poético trasciende las fronteras materiales de las naciones a través de los mitos, los ritos y los símbolos de oralidades y escrituras ancestrales.Esta obra atestigua la nominación poética de la naturaleza, del cosmos y de las cosas, creada por los pueblos olvidados e ignorados en distintos confines de la geografía.Los aborígenes norteamericanos, los polinesios, los huitotos, los africanos y los asiáticos, desfilan en un recuento pletórico a lo largo del compendio meticuloso y gozoso que emprende la aventura poética de este autor.

 

 

 

 

   

Tomo1 - 90 páginas             Tomo2 - 100 páginas                                                Tomo 3 - 70 páginas       Tomo 4 - 76 páginas    

 

Formato: 17 x 24 cm

Edición 2014

P.V.P.: $ 40.000

 

 

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Lunes, 24 Febrero 2014 18:39

Salvajismo literal

Carlos Cancio, "Boricua"

Ni por qué el mundo, ni por dónde, no quiero tachar a nadie. ¿Qué pasa si solo acaricio a quien quiero que gane? No quiero tachar ni que me tachen, no más equis en los tarjetones ni en los exámenes; yo fabrico mi verdad en una máquina polvorienta, dulces teclas de Gonzala, a dónde iremos cuando se acabe el mundo ¿Saldremos en los créditos?

 

Mamá... ¿Puedo fundar un movimiento literario para establecer la burla como la mejor forma de descrédito al arte existente?

 

Ella os escribe lo siguiente:


Yo, Graciela Torrado, con cédula de ciudadanía, autorizo a mi hijo para que haga llorar a otros niños.

A continuación la búsqueda del llanto de los más veteranos, duro y a la cara con las almas arrugadas que están capando cementerio.

 

Habemus Papam

 

Dedicado a Hugo
que me inspiró con un mal chiste
y a Alejito Ordoñez
que es un mal chiste.

 

La gente pedía a gritos a un nuevo dios porque el papá de Jesús, que según decían nunca tuvo un pene, ya estaba viejo. Me acuerdo que yo lo miraba con misericordia acostado en el lecho limosnero aterciopelado con uno de sus últimos tanques de oraciones y los ojos desgarrados.

 

No era el mismo que conocí con el pelo largo, presencia asexuada y mañitas raras caminando por los pasillos del departamento de filosofía de la Universidad Nacional, estaba más acabado y ya no se interesaba por las mónadas ni por las monitas de psicología.

 

Pobre dios, se creía lo suficientemente hembra para darle la vida al todo y le quedó grande la parte, desde que todo empezó a oler a muerte le tocó pedirle ayuda a las ováricas que sí sabían fabricar nuevos seres y hasta gozando.

 

Me acuerdo también del entierro, todo el mundo diciendo que estaba vivo, principio y fin, alfa y omega, y él que aborrecía el griego clasedesiete, mortal para el sueño largo que siempre sostenía, griego de Zeus, dios del raye, mala vibra politeísta.

 

A dios le gustaba el caldo de papa boyacense y el jugo de ambrosía con tres de azúcar. El dulce y el apego a la heroína fue lo que lo puso como estaba, sí, porque maría y las otras viejas eran puras madres solteras, heroínas del hoy que él se inyectaba a punta de mentiras.

 

Me acuerdo del día en que me dijo que yo debía ser su heredero, me advirtió que nadie le iba a creer a un vivo semejante que era el continuador del legado de la... de dios, me dijo que yo mismo debía purgar los intestinos de Colombia a punta de burla, mamagallismo, y postmamagallismo, que no lo llamara, que él se iba para el infierno a pasar un par de milenios en tierra caliente.

 

El viejo murió ebrio, se metió en el gaznate tres botellas de güisqui de mala calidad que compró en Cali y para comprobar si estaba o no ciego encendió el televisor envenenándose con las palabras gurisáticas del aparato. Después de envenenado siguió canaliando y pidió soledad para sus últimos ratos.

 

Cuando volví lo encontré arropado, con las manos entre la cobija cuatro tigres, el televisor sintonizaba un canal para adultos, bello cuadro de la decadencia.

 

Decía la voz de pepe pillo en mi cabeza ¿será que si hay un falo santo? ¿Será que su mástil sobresaldrá vivo del barco muerto y roído que es su esqueleto? La curiosidad, después de matar al gato, me apuntó a la cabeza y me dijo que si no la saciaba me volaba la sien, no tuve más remedio que levantar a los tristes tigres.

 

Su mano más izquierda, al momento de la muerte, rodeaba adoratriz a su divino miembro, supe de golpe fuerte que el paro cardíaco llegó cuando venía al mundo el zumo pontífice.

 

Fue entonces cuando dije: ¡Habemus Papam!

 

Renato D no sentidos

 

Para los meditadores metafísicos
Gordis, Geo y Garnica.

 

Golpean la puerta
¿Cuál puerta?
No hay puerta

 

¡Abre por favor!
-Gritan desde afuera-,
Afuera no existe,
Ni adentro ni afuera,
No golpean

 

Golpean,
No golpean,
Sonidos aparentes,
Sonido engaño,
Sonido sentidos

 

Corro hacia la cocina
¿Cuál cocina?
La de los cuchillos.
Tomo el cuchillo,
Ni existe ni lo tomo
Me corto los oídos inexistentes
Duele que el dolor me engañe

 

Alguien abre la puerta
¿Cuál puerta?
No es nadie,
Es alguien

 

-¡Renato! ¡Suelta el cuchillo!

 

Me duele,
No me duele,
No me quites el cuchillo

 

Me engañas genio maligno.

 

Razonamiento geométrico

 

La forma más fácil de llegar
De un punto a otro
Es poniéndolos
Como puntos seguidos

 

Pronto esperen saber más de nosotros.


Salvajismo literal.

Publicado enEdición N°199
Viernes, 14 Febrero 2014 06:09

Kapuscinski, Kafka, mujeres (I)

Kapuscinski, Kafka, mujeres (I)

Una de las novedades que trajo la biografía Kapuscinski non-fiction (2010), de Artur Domoslawski, es haber puesto más luz a la vida personal de Ryszard Kapuscinski –cuyo séptimo aniversario luctuoso conmemoramos el pasado 23 de enero–, sus tormentosas relaciones con las mujeres, y la presencia de éstas, o más bien su casi total ausencia, en su obra (aunque el biógrafo no ha sido el primero en notarlo). Y casi, como es sabido, hace una gran diferencia.


Si no las hubiera para nada, lo más que se podría concluir es que... el gran escritor polaco no era un misógino. Pero las pocas ocasiones donde sí aparecen, dan pie a conclusiones más bien incómodas.


En su vida había muchas: la esposa, la hija, la hermana, y también otras. ¿Pero por qué las mujeres no son protagonistas de sus escritos, y cuando están, apenas sirven de fondo para los hombres? ¿Será porque aparte de fuente de apoyo, amor u objetos de admiración, también eran fuente de problemas y relaciones difíciles?


Los problemas, sin embargo, no explican nada. Tomemos por ejemplo – toutes proportions gardées– a Franz Kafka.
Como se sabe, Kafka con las mujeres principalmente tenía problemas; y como había muchas en su vida, también había muchos problemas.
Estaba la madre, con quien Franz tenía un contacto difícil, y las tres hermanas –Elli, Valli y Ottla–, de las cuales sólo con la última fue cercano. En la famosa Carta al padre la describió como la única capaz de oponerse a la tiranía del patriarca (y fue ella quien lo convenció de no mandarla al destinatario).


Habían otras: Felicia, Julia, Milena, Dora, todos ejemplos de relaciones difíciles y de la inhabilidad de comprometerse (aunque Kafka no temía a las mujeres; temía al matrimonio).


Y a pesar de esto –o quizás precisamente por esto–, en sus cuentos y novelas hay gran cantidad de mujeres, toda una pléyade de personajes.
Las necesitaba para escribir y necesitaba escribir para mediar con ellas.


Como subraya Elisabeth Boa, autora del estudio Kafka: gender, class, and race in the letters and fictions, el autor de El proceso usaba los personajes femeninos como si en la literatura quisiera escapar de las verdaderas relaciones de género y dominar mejor a las mujeres.
Están en su Diario 1910-1923, donde describe detalladamente sus tormentos con ellas y sus cuerpos impuros, pero también admira –pocas en aquel entonces– a las mujeres activas en la vida pública.


Están en su vasta correspondencia, gran parte de la cual fue dirigida a ellas: mujeres educadas, liberadas, que no sólo fueron sus amantes, sino también sus compañeras intelectuales.


Aunque la manera de presentar a las mujeres en su prosa es a veces ambigua (hay figuras emancipadas, pero también clichés sexistas), como subraya Boa, Kafka evolucionaba sucesivamente a un lado más cercano a ellas, algo que lo ponía en clara oposición al misógino y antifeminista tono de su época, cuyo principal representante fue el filósofo austriaco Otto Weininger.


Como apunta Michael Löwy, el sociólogo franco-brasileño, en el ensayo Franz Kafka, soñador insumiso (donde analiza el poco conocido episodio del contacto del escritor con los círculos anarquistas de Praga), el motivo de insumisión aparece en Kafka varias veces justamente en la mujer: una de las protagonistas que conserva la auténtica capacidad de rebelarse es Amalia de Castillo –una novela llena de mujeres– la única que desafía su poder (su arquetipo pudo haber sido Ottla).


La Amalia rebelde, según Löwy, representa el individualismo libertario del mismo Kafka.


¿Será una casualidad –pregunta el autor– que los más atentos lectores e intérpretes de Kafka hayan sido mujeres: Hannah Arendt, Marthe Robert, Rosemarie Ferenczi, Marina Cavarocci-Arbid?


En Kapuscinki –otra vez toutes proportions gardées– hay demasiadas pocas mujeres para hablar de tipos de personajes o su evolución; suficientes, sin embargo, para hablar de machismo o misoginia.


Está, sobre todo, Carlotta, la guerrillera angoleña en Un día más con vida.


Aunque representa un excelente material literario y bien podría ser la protagonista del reportaje –una alegoría política o un símbolo de la lucha libertaria–, queda relegada al objeto pasajero del interés de los hombres y encerrada en la mirada masculina: una mulata bonita, aunque no tan guapa, cuya belleza fue creada por los que la miraban (también Kapu).


Hay un fragmento en Viajes con Heródoto sobre mujeres amas de casa; un par de notas en Lapidarios: sobre el busto de una habitante de Berlín, una impresión sobre la mentalidad de las participantes de un concurso de belleza, y algunas más donde las mujeres son apéndices del hombre, y están del lado de la biología y/o el hogar.


En Lapidarios, aunque hay todo un universo de reflexiones, recuento de viajes, encuentros o lecturas, las voces femeninas escasean; raramente admira Kapuscinski los libros o las ideas de las mujeres; casi no habla de intercambios intelectuales con ellas.


Si bien estas notas no llegan al nivel de misoginia por ejemplo de Sándor Márai –el gran novelista húngaro que en sus, dicho sea de paso, sublimes reflexiones Cielo y tierra, duda si las mujeres incluso tienen alma, pueden acceder a los sentimientos altos o al arte de escribir (¡sic!)–, resultan muy sintomáticas.


Como aquella, también de Lapidarios, sobre la mujer como la espera, que Domoslawski pone como el lema del capítulo sobre las relaciones del escritor con las mujeres.


En este sentido es paradójico que en el debate que encendió la biografía las voces de las mujeres: periodistas o críticas literarias –sin mencionar a la viuda o la hija, que desde el principio la rechazaron–, eran, por lo general, las más conservadoras.


Las que podrían tener más razones para aplaudir la deconstrucción de Kapu y su obra sugerida por el biógrafo y querer seguir la pista, más defendían su imagen inmaculada.


Finalmente, tras una larga batalla judicial, la viuda y la hija del escritor en septiembre de 2013 lograron censurar los capítulos polémicos.

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