Martes, 26 Agosto 2014 00:00

El misterioso origen de los cronopios

El misterioso origen de los cronopios

Lo saben sus lectores: Julio Cortázar –cuyo centenario recordamos hoy– murió hace 30 años y cada día escribe mejor.

 

Más allá de los ismos y del "boom latinoamericano", con los que se relaciona su obra, sus cuentos, novelas y poemas continúan atrayendo nuevos lectores con el poder magnético de sus palabras.


Hace tiempo escribí que las grandes obras crean su propia legislación, fijan sus reglas, crean sus propios universos. Permean el imaginario colectivo con atmósferas, frases, historias, personajes, imágenes poderosas que se vuelven indelebles.


Ya no es posible imaginar al mundo sin Don Quijote, sin Romeo y Julieta, sin el minotauro que habita el centro del laberinto. Tampoco sin los cronopios, los famas, los esperanzas, las manscupias o sin ese idioma en el que los amantes cifran sus pasiones y que Cortázar nos dio a conocer en el capítulo 68 de Rayuela: "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes..."


Ese idioma se llama glíglico y todos, en algún momento, hemos recurrido a él inventando algunas palabras, resemantizando otras para tender esos puentes de entendimiento y complicidad que sólo pueden cifrar y descifrar quienes sostienen pláticas de sobrecama.


Todos sabemos qué es un cronopio aunque no podamos definirlo. Todos podemos entender el glíglico aunque tal vez seamos incapaces de poderlo escribir. Su importancia es tal que existen tesis académicas sobre ese idioma inexistente fijado magistralmente por Julio Cortázar.


Uno tiende a pensar que las nuevas palabras o los seres inventados por los escritores son producto de un laboratorio donde los ingredientes y las mezclas son minuciosamente preparados. En el caso de Julio Cortázar no es así:


Un día en un teatro de París durante el intervalo entre un acto y el siguiente tuvo la visión interior de unos seres que se paseaban en el aire y eran como globos verdes. Globos que tenían orejas y una figura humanoide aunque no eran exactamente seres humanos. Y así como tuvo la visión de esos seres redondos y verdosos le llegó su nombre: cronopios.


A Cortázar le divertía mucho ver cómo críticos sesudos descifraban la etimología de la palaba cronopio porque no tenía que ver con lo que elucubraban: naturalmente la relacionaban con Cronos, el dios del tiempo. Pero no tenían que ver nada con el tiempo, en absoluto. Días después aparecieron sus antagonistas: los famas.
Los cronopios comentó en algunas conferencias los sintió como unos seres muy libres, anárquicos, locos. Capaces de las peores tonterías y al mismo tiempo llenos de astucia, de sentido del humor, una cierta gracia. Y a los famas los vio con mucho cuello, mucha corbata, mucho sombrero y mucha importancia. Eran los representantes de la buena conducta, del deber ser, del mundo de las sanciones y los castigos.


El mundo de los cronopios, los famas y los esperanzas se fue articulando en algunos cuentos que formaron Historias de cronopios y de famas. Textos ligeros y lúdicos que algunos amigos le objetaron a Cortázar por ser demasiado lúdicos.


Sus críticos, amigos o no, no se habían dado cuenta que para Cortázar el juego era importante porque el escritor empieza jugando con las palabras al seleccionarlas, combinarlas o rechazarlas. Un juego serio e importante como el juego de los niños que berrean cuando los quieren sacar de ese mundo apasionado y fundamental. Aunque el juego divierte, su sentido es tan profundo que debemos tomárnoslo en serio. El juego es un territorio personal, un territorio que se comparte y se respeta y nos permite en su infinita combinatoria mirar las cosas de este mundo desde otra perspectiva.


No me extraña que le atrajera poderosamente el surrealismo en su juventud. El surrealismo fue para Julio Cortázar una gran lección. Lección más que literaria, metafísica: le mostró la posibilidad de enfrentar la realidad cotidiana no a partir de la lógica aristotélica sino a partir de los intersticios del mundo. Acercarse a las cosas a partir de las excepciones más que de las leyes. A partir de esas hendiduras secretas a las que accedemos gracias al amor y al humor, dos ejes del surrealismo. Muchas exposiciones de pintores surrealistas engendraron no pocos de sus cuentos fantásticos. No para copiar los temas de los cuadros sino por el estímulo que producían en el corazón creativo del Gran Cronopio.


Además de ser un gran escritor Julio Cortázar fue un estupendo lector. Por eso sabía que escribir y leer significan siempre interrogar y analizar la realidad. También luchar para cambiarla desde adentro, desde el pensamiento y la conciencia de los que escriben y de los que leen. No es forzoso, decía que esa literatura tuviera un contenido político: un poema de amor, un relato puramente imaginado bastaban para lograr ese cambio.


Desde 1958, según su correspondencia, Cortázar quería escribir una novela que fuera una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos. La crónica de una locura. Estaba convencido de que nada ocurre de una cierta manera, sino que cada cosa es a la vez muchísimas cosas. Por eso quería construir una narración hecha desde múltiples ángulos. La primer versión de Rayuela que originalmente se iba a llamar Mandala estaba llena de materia explosiva, una especie de bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana. Y no exageraba.


Desde sus primeros cuentos publicados en Bestiario en 1951 Julio Cortázar nos mostró que para él la literatura era un juego demasiado serio como para improvisarlo. Un juego donde la imaginación es su principal ingrediente y el lenguaje minuciosamente estructurado el único camino para provocarla.
Con los lectores de Julio Cortázar pasan los años, persisten los momentos. Momentos que son un cuento, el fragmento de una novela, la sombra de Charlie Parker en El perseguidor, los versos de un poema o la aparición de un cronopio que encontramos al doblar la esquina de cualquier calle y en cualquier lugar. Su juego está jugado, por eso cada día escribe mejor.

Publicado enCultura
Domingo, 24 Agosto 2014 03:21

Márcena

Se retuerce las nubes de amebas, la tarde muere apuñalada, los brillantes mocos infantes danzan con el viento, nos eliminaron del mundial, más de ocho millones en la indigencia, y, yo veo que tengo anemia en el alma. Se me ha pelado el estómago en el mundo de las ideas.

 

Sueña el escribiente con mundos nuevos.

 

Mandato escama

 

Ambiente negro
Y una capa de smog
Que recorre las fosas nasales,
Camina erguido el visitante
Y se siente morir por miedo a la nostalgia,
Remembranza de frutas frescas y en abundancia
Y una voz sin dulce que le gritaba mangos y papayas

 

Mira al posible suelo
Y se percata de su gris aberrante,
No le queda más que andar lo que solo es transitable

 

El pavimento no es más que una costra
Nacida de la herida moderna del alma,

 

Los rascacielos se inventaron sin existir una previa rasquiña

 

¿Qué sería de las balas sin enemistades?

 

Las pobres andarían desesperadas
Buscando a quien incrustarse

 

Se han ido los dinosaurios
Y en su testamento claramente se afirma:
Niéguese todo a los que vienen de nuestra era,
Los postulados de los escamados
Solo atraen meteoritos, insalubridad y guerra

 

Hay que encerrar a los lagartos

 

Afortunado Fututo

 

Ábrele el corazón a cristo
Y ahógale la llamita

O sácasela
Para con ella
Encender más poesía

 

Declaración existencial acompañada de un grito de venta

 

¡Forros!
¡Forros!
¡Vendo forros!

Camino despacio
¡Vendo forros!

Hace frío y
¡Vendo forros!

Nadie compra forros y yo
¡Le tengo los forros!

Tengo hambre y
¡Forros!

Gastritis, quizá úlcera
¡Sí, hay forros!

No hay seguro médico,
La vida es dura
¡Forros!

Me dan calambres
¡Lleve el forro barato!

Una mujer y ocho hijos
¡Forros!

En casa de herrero azadón sin
¡Forrrrrooooo!
¡Barato el forro!

Poema del joven muerto al policía que lo mata

Oscuro como alma de luciérnaga,


Inaccesible

 

Luz de párpados cerrados
Que nunca fueron abiertos,
Tan cerrados que ya no son párpados

La nostalgia carcome mi escudo
Que ya estaba blando
De abolladuras, silencios y guerras diarias

Vuelve tu mirada moneda
A la muerte un instante
Para verme sentado en sus piernas
Chupando sus tetas de hueso,
Siendo su hijo más muerto

Bebiendo de la inexistencia
Que la dama fabrica
Con las cenizas de tus alas

Disparos en la barriada, un moco alemán en la primera plana, el pájaro que se paró en el cable de la luz no cree en dios y aun así vuela, el escribiente aún sueña, cada vez menos, matryoshka, el escribiente no cree en volar y vuela, matryoshka.

Se despierta.

Prende el televisor.

Publicado enEdición Nº 205
Viernes, 20 Junio 2014 06:04

Sobre el arte de caminar

Sobre el arte de caminar

Este artículo fue escrito sentado, pero pensado caminando. Después de un rato de no bajar el fuego de la crítica (luego van a decir que la especialidad de la casa es puro bullying), este autor se serenó y se fue de paseo. ¿Qué mejor manera para liberar la mente?
En el mismo tiempo cambió un poco de lecturas (¿qué tanto uno puede seguir leyendo sobre puras crisis, sean de la Iglesia o del capitalismo?) y decidió mirar el lado bueno de la vida. Y el futbol, claro.


Pero como los pies no sirven sólo para patear el balón, sino también –o, sobre todo– para caminar, después de las clases del profesor Pirlo (y otros), este autor se perdía por horas usando las piernas para poder luego usar mejor la cabeza (como ya de por sí solía hacer).

 

Mientras Eduardo Galeano anotaba en su clásico que los intelectuales históricamente desconfiaban del futbol porque provocaba –según ellos– que la plebe se pusiera a pensar sólo con los pies y/o perdiera la conciencia de clase (El fútbol a sol y sombra, Siglo XXI, 1995, pp. 36-37), el filósofo francés Frédéric Gros, en su excelente librito sobre la filosofía de caminar (A philosophy of walking, Verso, 2014, 288 pp.), subraya que los intelectuales en general desconfían de todo lo que pasa afuera de las bibliotecas, incluso si salir de allí –e ir de paseo– es una gran oportunidad para abrirse a nuevas ideas y hacerse otras preguntas fuera de las referencias al texto.


¡Qué inútil es estar sentado escribiendo, cuando uno no se ha levantado para vivir!, escribe Gros, citando a Henry David Thoreau, uno de los padres de la desobediencia civil, aficionado a las caminatas y uno de los primeros que escribían sobre el tema ( Walking, 1862).


Aunque no fue Thoreau, más bien Gandhi, quien le dio el profundo contenido político a las marchas, al autor de Civil disobedience (1849) el simple hecho de caminar le servía para entender la realidad y entrar en resistencia (en contra de la guerra entre México y Estados Unidos o la esclavitud).


Conocido por vivir sólo con lo necesario y poseer lo menos posible, veía el caminar como una actividad antisistémica que desde lo económico resulta estéril –ya que no genera ninguna ganancia– pero desde lo personal trae puro beneficio.


Mezclando historias así, combinando lecturas con sus propias reflexiones de un aficionado a caminar, Gros, experto en Foucault, en un libro simple y austero, escrito como si fuera un paseo y una antítesis de sus propios trabajos académicos (Los libros escritos en las bibliotecas son como gansos engordados, escribe), no sólo trata de recuperar al arte de caminar por ser una fuente de libertad y creatividad (¡Cuando caminamos todo parece posible!, subraya), lamentando a la vez que es una actividad menospreciada en nuestra sociedad saturada de tecnologías, sino también lo rescata como una condición indispensable para pensar. Una re-lación al parecer natural –dada la tradición de la filosofía griega–, pero luego pocas veces y por pocos pensadores reivindicada, entre ellos, Jean-Jacques Rousseau, que se decía incapaz de pensar y componer cuando no caminaba (aparte de filósofo también fue músico).


O Immanuel Kant, que como parte de su disciplina intelectual, todos los días a las cinco de la tarde, después de trabajar, se daba el mismo paseo por su natal Königsberg. La misma ruta. La misma duración.

 

O finalmente Friedrich Nietzsche, que –literalmente– pensaba con los pies (sin que tenga nada que ver con la pasión futbolera), llegando a elogiar de esta manera aquellas partes del cuerpo: Escribimos sólo con la mano; pero escribimos bien sólo con los pies. Así, con una libreta y un lápiz en el bolsillo, caminando ocho horas diarias, escribió por ejemplo El viajero y su sombra (1879).


Si bien de las dos categorías de caminantes que aparecen en A philosophy of walking –los que gustan de las caminatas en el campo como Thoreau, Rousseau o Nietzsche, y los paseantes ( flâneurs) urbanos como Kant, o como los poetas Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud (Soy sólo un paseante; nada más, aseguraba) y Gérard de Nerval–, Gros claramente privilegia y se inscribe en la primera, pero no descuida la segunda.


Apoyándose en el clásico estudio de Walter Benjamin ( Libro de los pasajes, 1927), que releía a Baudelaire para captar los cambios en la anatomía de la ciudad moderna (el desarrollo del cuerpo urbano y la aparición de la multitud), describe la experiencia del paseante urbano como llena de discontinuidades y ritmos desiguales, pero igualmente gratificante e importante. Hasta Nietzsche en algún momento abandonó sus senderos montañosos y descubrió Turín.

Continuando con la misma idea –ya no en el libro, sino en una entrevista– el autor destaca dos ejemplos y experiencias opuestas: Nueva York y París. Mientras la primera ciudad está marcada por la velocidad y el gigantismo, la segunda ofrece más reposo, privilegiando un modo específico de caminar –la flânerie– que se volvió, subraya Gros, todo un concepto filosófico gracias a Benjamin ( Full Stop, 4/6/14).


Curiosamente, aunque en otro lugar el autor revela que antes de emprender la carrera académica vivió dos años en la ciudad de México, no menciona nada sobre su experiencia de caminar allí... ( The Observer, 20/4/14).


¿Por qué? ¿Porque caminar en el DF sería más bien un oxímoron? ¿Porque parece una causa perdida? Así lo sintió hace ya muchos años este columnista, rindiéndose y saliendo, desgraciadamente, a buscar otros espacios.


Para poder salir todos los días, a la misma hora, a recorrer la misma ruta (urbana), con el mismo ritmo y regularidad (¡la repetición es la clave!). Como parte de la mínima y necesaria higiene intelectual. Como una manera de descansar y seguir trabajando: con un lápiz y unos papelitos en el bolsillo ir pensando en las mismas ideas, pero ya de otro modo, más libre y abierto (a veces así llegan las mejores frases y conexiones).
Para estar más cerca de los pensamientos y del cuerpo de uno mismo. Oscilando entre la fatiga y la purificación, entre la humildad y la resiliencia. El arte de caminar es el arte de transformarse a sí mismo, escribe con mucha razón Gros.o

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Viernes, 13 Junio 2014 05:57

Conversación en el lugar único

El festival literario Atlantide, que organiza cada año en Nantes el escritor Alberto Manguel, se celebra en la antigua fábrica de las célebres galletas LU, convertida ahora en un centro cultural. Nantes es una ciudad pródiga en espacios para la gente, lo que define el sentido de una verdadera urbe moderna. Junto a las aguas del río Loire se abren explanadas y espacios verdes, y se alzan parques de diversiones, uno de ellos con animales mecánicos gigantes, como salidos de la mente de Julio Verne, el nantés más famoso de todos los tiempos; y en la otra ribera se bajan las gradas hacia una catacumba donde se recuerda el tráfico de esclavos que hizo rico a este puerto, un baldón que hoy no se oculta, sino que se expone a la vista de los visitantes: un museo donde en el piso están inscritos en plaquitas los nombres de cada uno de los barco negreros que iban por su carga al África con destino a América. Una flota de plaquitas, nombres engañosamente pintorescos de barcos que parecen navegar en el asfalto.


El sitio que aloja al festival recoge las viejas iniciales LU de la fábrica de galletas, y se llama el Lugar Único. En sus salones, donde antes estuvieron los hornos y las máquinas, las bodegas de la harina, el azúcar, los huevos, la malta y la vainilla, y uno puede imaginar aquella fragancia envolvente, se realizan ahora las mesas redondas y conversaciones entre escritores que hemos venido de diferentes partes del mundo, de Canadá, Líbano, Haití, Nigeria, México, Colombia, Turquía, Camerún, Irak, Francia. Ucrania y Nicaragua. Esta es la coincidencia de que quiero hablar después.


Mientras tanto, una de las noches del festival, Alberto Manguel ha organizado una lectura colectiva, en la que participamos todos los invitados, de textos de autores censurados, o reprimidos, que viene a ser un homenaje a un ausente, el argelino Hubert Haddad, a quien las autoridades no permitieron la salida de su país, temerosas de la repercusión de sus posiciones en contra del fundamentalismo religioso que aflige a Argelia y a tantos otros países del mundo árabe. La novelista libanesa Hanan el-Cheikh lee uno de los cuentos de su propia exitosa versión de Las mil y una noches, porque, explica, se trata de un libro tantas veces censurado por su sensualidad y desacato sexual, y el suyo no es una excepción.


Pero vuelvo a Ucrania y Nicaragua. El día de la clausura del festival me ha tocado compartir la mesa de diálogo en el Gran Atelier del Lugar Único con el novelista Yuri Andrukhovych. Nuestro encuentro en el escenario tiene un título sugerente: Naturaleza política. Desde luego que el festival está dedicado a la naturaleza. Dos novelistas de países distantes que a través de la historia han sufrido experiencias diversas, no pocas de ellas dolorosas. Uno, el mío, fuera de los focos internacionales hoy en día; el otro, el de Yuri, sometido a la amenaza de ser dividido en pedazos por causa de los apetitos imperiales rusos, otra vez como en el pasado.


Yuri es autor La moscoviada, una novela llena de humor amargo acerca de sus años como joven escritor residente en Moscú, ya cuando el imperio soviético se deshacía y los países hasta entonces bajo la égida rusa buscaban su propio camino. La novela se llama Moscoviada, y en ella alienta el espíritu de diablo cojuelo no por picaresco menos trágico que uno encuentra en esa pintura goyesca que es El maestro y Margarita de Mijail Bulgakov. El poder fantasmagórico que reina desde el Kremlin surge de las catacumbas y desciende hacia ellas; las catacumbas donde circula un metro exclusivo para los jerarcas del partido, y no es el único privilegio de esa eterna casta que tantas veces ha resucitado de los sarcófagos de la historia, zares o comisarios, o agentes secretos coronados.


En el curso de nuestro diálogo cuenta acerca de la suerte repetida de Ucrania, la apetecida joya de la corona del imperio ruso. Sin Ucrania, desde los zares, Rusia no se siente a gusto. Es la presa siempre en riesgo de ser devuelta a las voraces fauces abiertas del vecino codicioso. Para tener en Ucrania a un país dócil y leal, que representara algo más íntimo que un simple aliado, el dictador Viktor Yanukovich fue mantenido en el poder y luego de su caída frente a la

rebelión popular del Maidán, huyó a Rusia. Y lo que quedó al descubierto fue la obscenidad de la corrupción amparada en aquel concubinato.
Toneladas de lingotes de oro escondidos en los sótanos de las mansiones de los jerarcas, decenas de relojes de precios exorbitantes, colecciones de autos de lujo, centenares de trajes y zapatos, miles de fajos de euros, de rublos, de dólares. Hay un momento en que la corrupción rompe todas las compuertas y la acumulación de riqueza se convierte en un vicio insaciable, tener cada vez más, residencias, dachas, pianos, yates, obras de arte. Atesorarlo todo. Por eso es que la gente no salía de su asombro cuando tras hacer fila por horas entraba por fin en el palacio donde vivía Yanukovich, y contemplaba aquel lujo desmesurado, oculto hasta entonces a los ojos de los simples ciudadanos.


Lejano a Ucrania, y tan cercano que me siento. ¿Qué tiene que ver Nicaragua con Ucrania? Que el gobierno de mi país –le digo a Yuri mientras el público presente nos escucha contar esta historia doble– respalda sin concesiones a Rusia en su cínica manera de apoderarse de Ucrania moviendo sus piezas tras bambalinas, tirando la piedra y escondiendo la mano, las fauces abiertas, dando un mordisco aquí y otro allá a su territorio. Es lo que hizo con Georgia, y el gobierno de Ortega reconoció diplomáticamente a los países artificiales arrancados a tarascadas, junto con Nauru y Tuvalu, dos pequeños islotes del océano Pacífico, y Venezuela. Hechos que dan para novelas, afirma Yuri. No para novelas históricas, le digo yo; son pura literatura fantástica.


Nantes, mayo 2014
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Guatemala 'olvida' a Miguel Ángel Asturias

El exilio y la marginación que sufrió muchos años en vida persiguen a Miguel Ángel Asturias (1899-1974) incluso en la eternidad, ganada por libros clásicos latinoamericanos y la concesión del premio Nobel en 1967. Guatemala, su país, por el que tanto hizo desde la literatura, casi lo ha olvidado y solo tiene silencio para él en el 40º aniversario de su muerte, sucedida en Madrid hace hoy cuatro décadas.


Una fecha inadvertida en su país y un despropósito si se considera que Ciudad de Guatemala ha sido nombrada Capital Iberoamericana de la Cultura 2015.


"Ni siquiera estábamos advertidos", reconoce la jefa de información del Ministerio de Cultura, Claudia Velásquez. "Te agradecemos que nos alertaras. Vamos a emitir un boletín al respecto y lo distribuiremos a la prensa". Es el tiempo que corroe la memoria de uno de los precursores del boom latinoamericano por obras como El señor presidente y Hombres de maíz.


"Ignorar a Asturias", comenta el escritor guatemalteco Gerardo Guinea, premio Nacional de Literatura 2009, "es una muestra de la ignorancia supina del Estado de Guatemala —que no de algún Gobierno en particular— con respecto a la importancia que Miguel Ángel Asturias tiene en la literatura en español. Algo que da pena y vergüenza ajena".


Añade Guinea que obras como Hombres de maíz, publicada en 1949, o El alhajadito (1961), colocan a Asturias como el padre del realismo mágico, un género que inmortalizara otro gigante, Gabriel García Márquez, merced a la utilización de un lenguaje magistral, a la vez que más accesible al lector. "El problema con Asturias es que fue excesivamente barroco para describir sus realidades. Pero el realismo mágico está en cada una de sus páginas, como sigue estando en cualquier barrio popular de toda ciudad latinoamericana".


El nieto del Nobel, Sandino Asturias, hijo de Rodrigo Asturias Amado, el comandante Gaspar Ilom —dirigente histórico de la guerrilla—, ve un trasfondo político en el vacío hacia el Nobel. "Miguel Ángel Asturias tiene dos facetas excepcionales y universales. Encabezó un movimiento de intelectuales que luchaban contra las dictaduras de su época y puso ante los ojos del mundo la realidad sangrante que se vivía, y se vive, en este país", dos pecados capitales para la ultraconservadora sociedad guatemalteca, que no se lo perdona.


Todo ello, cuenta Sandino, se tradujo en un vacío absoluto para Asturias y su obra, al grado que en los periódicos de la época "estaba prohibido nombrar a Miguel Ángel", algo que sólo se rompió parcialmente con el otorgamiento del Nobel, "aunque se silenció el premio Lenin de Literatura, que se le concedió en 1965".


Lo anterior explica el actual silencio tanto del Estado como de la sociedad guatemalteca. "Mi abuelo", añade, "fue un hombre perseguido y denostado por el poder y por el statu quo porque cuestionaba, precisamente, ese estado de cosas, a la vez que denunció todo el dramatismo de la intervención estadounidense en Centroamérica".


Así las cosas, el cuadragésimo aniversario de la muerte de Miguel Ángel Asturias se conmemorará en Guatemala sólo en círculos intelectuales con un propósito que puede ser el mejor homenaje para el Nobel: una edición primorosamente cuidada de sus obras más emblemáticas y a precios que estén al alcance de todos: unos seis euros en un país donde una cajetilla de tabaco ronda los dos euros.


La militancia política de Asturias y su compromiso con los grandes sectores de la población sojuzgados por el régimen obligaron al escritor a vivir muchos años en el exilio. París, donde residía, y Madrid, donde murió, fueron sus últimos destinos.


Según cuenta Miguel Ángel Asturias Amado, en declaraciones vía Internet —desde Buenos Aires, donde reside—, fue él quien decidió que a su muerte su padre fuera enterrado en el cementerio parisiense de Père-Lachaise, a pesar de tener los ofrecimientos de España y Guatemala. Recuerda que el Gobierno de México puso a disposición de la familia Asturias un avión para trasladar los restos mortales desde Madrid hasta la capital de Francia.


Al respecto, Sandino Asturias añade que fue la decisión más acertada y sabia. "Era totalmente incongruente que los regímenes militares tuvieran en Guatemala a Miguel Ángel Asturias, cuando uno de sus dos hijos, mi padre, estaba en las montañas de Guatemala con una ametralladora en la mano intentando derrocarlos".


La familia Asturias no descarta que, en el futuro, las cenizas del Nobel puedan llevarse por fin a Guatemala, pero subrayan que, por el momento esas condiciones todavía no están dadas.


 

Vida y obras


Antes de dedicarse a la Literatura, Miguel Ángel Asturias estudió Antropología en París en los años veinte.

En su estancia juvenil en Francia contactó con el surrealismo, que influyó en sus primeras obras. Ese interés por las vanguardias lo compaginó con la gran atracción por el mundo mágico de las leyendas precolombinas guatemaltecas.


Su obra más conocida, El señor presidente, publicada en México en 1946, relata la cruenta dictadura que sufrió su país a manos de Manuel Estrada Cabrera en las dos primeras décadas del siglo XX. El nombre de Estrada no aparece en el texto pero hay muchos guiños que remiten a él.


Del resto de su producción destaca el libro de relatos Hombre de maíz.

En 1967 es galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Fallece en Madrid el 9 de junio de 1974 a los 74 años.

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García Márquez: Las huellas de la nación olvidada

No sabría decir si la muerte de Gabriel García Márquez incentive entre nosotros la búsqueda análoga de lo que José Arcadio Buendía simbolizó con sus tercos propósitos, con las lupas y con los imanes comprados a los gitanos: la búsqueda de la memoria de una nación. En mi caso, y en el de otras generaciones, leer "Cien años de soledad" –en la edición del Círculo de Lectores, por allá en una mañana soleada de la Cali de los años setenta– significó precisamente el hallazgo del croquis borroso de una nación que como Macondo ha tenido con dificultad que etiquetar y pegar sobre la superficie de los cuerpos el nombre y el uso de cada cosa, para así no caer en la prolongada enfermedad del olvido, extendida desde los tiempos del abuelo de Aureliano Buendía hasta el último de los descendientes de esa familia. A partir del legado de los personajes de García Márquez, de su afán por devolverle el nombre a todo lo perdido y extraviado por sucesivas pestes de olvido, se creó no solo el mito sobre el creador del realismo mágico, se creó entre las generaciones posteriores a él un referente acerca de lo que podría ser una carrera literaria, ya que su imagen sirvió de modelo para quienes sueñan con abrazar el destino de escritor en Colombia.

 

Pero la carrera de Márquez no transcurrió solamente en la esfera privada de su particular creación; esa carrera también dialogó en los años setenta y los ochenta con el día a día del continente latinoamericano y del país a través de lo que fuera el primer oficio del narrador: el de reportero. Ese oficio de periodista dejó reportajes inolvidables, maestros, por ejemplo el realizado con Hugo Chávez en 1999 donde encontramos la génesis del muchacho que, de hijo de humildes maestros, de modesto cadete de las fuerzas armadas venezolanas, de lector de Martí y de Bolívar, se transforma, gracias a su carisma y esfuerzo, en el hombre más poderoso de Venezuela. O ese otro reportaje que hiciera sobre la trágica desaparición de la avioneta en que viajaba hacia Panamá Jaime Bateman, el co-fundador del M-19, para entrevistarse con el presidente de la época, Belisario Betancurt. En el reportaje aparece de cuerpo entero, no solo el luchador político y guerrillero sino también el hombre cotidiano, el enamorado, el parrandero samario, el bailarín y el romántico.

 

Pero ¿cómo entender esa particular relación de García Márquez con ciertos personajes o hitos de la historia? Es fácil encasillar al escritor en la etiqueta de ser un fascinado con el poder. Esa es la manera más fácil de generar un dispositivo de olvido a través de la reducción. Pero es que su empatía estuvo al lado de quienes representaron para el continente la posibilidad de una esperanza distinta, la emergencia de algo nuevo: y Chávez, Fidel Castro o Bateman representaron, en su momento, esas astillas de esperanza de algo distinto.

 

El esfuerzo y el reconocimiento universal de su carrera estuvo también cerca de la tormentosa peste de conflictos y de violencias que acosan a Colombia. Recibe precisamente el Premio Nobel en el año de 1982, en los inicios de una tormentosa década donde la búsqueda de la paz tuvo instantes emblemáticos, como la desmovilización del M-19, la toma del Palacio de Justicia, las conversaciones con las Farc en Casa Verde. Fue también en el año de 1982 que nuestra generación tuvo un momento pletórico de universalidad cuando se anunció que el escritor de Macondo era el primer literato colombiano que recibiría un Premio Nobel de literatura. En ese instante verificamos que todo el esfuerzo de las elites colombianas de la segunda mitad del siglo XIX –los regeneracionistas– y las posteriores estrategias de sus continuadores: centralistas, clasistas, racistas y otros istas como la señora María Fernanda Cabal y sus despreciables mensajes enviando al infierno a García Márquez–, eran polvo deleznable, pues "Cien años de soledad" es la memoria escapada de la lógica de quienes han aceitado y mantenido al país en la intolerancia y la violencia.

 

Por muchos más años, luego de serle entregado aquel legendario Premio, García Márquez continuó publicando sus artículos en El Espectador, pero también sus relatos periodísticos como "Noticias de un secuestro" o una novela neo-romántica como "El amor en tiempos del cólera". Lo hizo mientras el país continuaba deshaciéndose en medio de diálogos y de amnistías rotas. Sus lectores pasamos de adolescentes a convertirnos en padres de familia con la sensación de hacer parte de una nación peligrosa, inviable, de la cual había que escapar como emigrante, cambiar de nacionalidad o hacerse rico en ella para merecer algún derecho humano. Una de sus últimas intervenciones por escrito, trascendentales, fue aquella donde le pregunta a España y la comunidad europea ¿por qué nos exigen visa a los colombianos?

 

Apelando a la responsabilidad histórica de España con Colombia se pregunta sino somos nosotros hijos o bisnietos de aquellos indígenas sometidos a la servidumbre, de esos africanos esclavizados, de esos españoles que viajaron atreviéndose a vivir en unos territorios sin domeñar. En ese famoso texto el escritor exigía lo que hoy ya está convertido en una exigencia mundial: la responsabilidad con las víctimas de la historia.

 

Mientras la gloria de García Márquez ganaba en fortaleza, como un verdadero monumento que enterraba sus raíces en la tierra de Aracataca, la idea de nación colombiana se tornó más difícil de sostener, en medio de la globalización mundial, de las presiones económicas, de la neo liberalización, del estallido de una cultura masiva global productora de ídolos de barro, glorias de un día en la televisión. En los años noventa, y la primera década del siglo XXI, la literatura fue reducida en la era de la técnica, a ser un producto refinado y distante, hijo de una modernidad ilustrada, sobreviviente solo en las universidades o entre quienes pudieran dedicarse al oficio de la lectura. Los escritores pasaron de ser "las conciencias y las voces de su tiempo" a ser simples técnicos de la palabra, separados lo más posible de la esfera de la reflexión sobre lo político.

 

Por eso, y pensando en las generaciones nacidas al borde de los años noventa, en un tiempo desintoxicado de ideologías políticas, descafeinado y falsamente "limpio" es bueno recordarles que, en un rincón de la costa Caribe, nació este colombiano que no sembró odio ni venganza sino, por el contrario, literatura, gran literatura, y que con eso nos donó desde el lenguaje los mejores cimientos en aquello que no hemos terminado de construir: la idea de nación.

 

* Escritor. Profesor Titular. Universidad Tecnológica de Pereira

Publicado enEdición Nº202
Viernes, 23 Mayo 2014 10:14

La otra mirada de Gabo

La otra mirada de Gabo

Si bien la necrofilia es uno de los vicios más inhumanos de la distinguida sociedad colombiana y de sus instituciones, hay situaciones en que saben aprovechar esos momentos de dolor para reivindicarse a cuenta de la memoria de la persona fallecida. Rebasando el oportunismo de su necrofilia, eso fue lo que sucedió recientemente con la muerte del Premio Nobel de literatura, Gabriel García Márquez, sin desconocer que muchos de los que se refirieron al nuevo viaje que inició Gabo el pasado mes de abril, realmente fueron personas que tuvieron una cercanía, y con los que el autor de Cien años de soledad mantuvo una afectuosa amistad.

 

Lo cierto es que entre la proliferación de artículos y reportajes realizados acerca de la muerte del Nobel, muy pocos logran un análisis objetivo de la figura del colombiano más destacado del siglo XX, y sobre el cual considero aún no se logra tener una visión serena de lo que significó su paso por este mundo ancho y ajeno, parodiando la novela del escritor peruano Ciro Alegría; él sí, muy cercano al pensamiento del realismo mágico macondiano, alejado de toda clase de lagarterías y tráfico de influencias, algo que en Colombia parece un mal endémico, tan perjudicial o más que el narcotráfico.

 

Sin olvidar la importancia literaria de su obra, es necesario rescatar lo no mediático del intelectual controvertido, que en la primera etapa de su vida no sólo fue un periodista que manejó una ética y mantuvo una actitud crítica frente a lo que ocurría en Colombia y en el mundo, sino que incluso, cuando tuvo recursos, intentó sacar un medio periodístico alejado de la clase política tradicional, que al darse cuenta de la importancia del autor, hizo todo lo posible por granjearse su amistad y algunos de ellos no dudaron en ayudarlo, tal como salieron a recordarlo después de su muerte.

 

Es de señalar que en la década del 70, cuando apenas comenzaba su éxito editorial, no dudó en invertir para un medio de comunicación como lo fue la revista Alternativa; tal vez el intento mejor logrado de periodismo investigativo conocido hasta ahora en el país, pero quienes fallaron fueron los aliados; también la falta de una oposición unificada que acompañara aquel proyecto periodístico, al que Gabo le apostó y en el que contó con la colaboración de los más destacados pensadores del momento, como el maestro Orlando Fals Borda, el poeta Nelson Osorio Marín, Arturo Alape, entre otros; que terminaron chocando con quienes dirigían la revista. No sé si a él le informaron de lo que en verdad ocurrió, pero durante casi un año estuvo saliendo la revista de quienes eran directores, con el nombre de la misma, y la publicación paralela Alternativa del Pueblo, en la que escribían los que hicieron parte del equipo de redacción, bajo la dirección del maestro Fals Borda.

 

Por muchos fue conocida la decisión de García Márquez de donar la cuantía del Premio Rómulo Gallegos al MAS de Venezuela, un movimiento político de tendencia socialista que apenas comenzaba y del que escasamente queda el recuerdo. Los intentos por crear una publicación en Colombia siempre le preocupó al Nobel; el último sería la revista Cambio, y los aliados de nuevo fallaron, porque iban contra los principios ético periodísticos que tanto inculcó en los talleres de redacción en que participó. En esta última publicación la alianza fue más maquiavélica al nombrar como director a un promotor del modelo neoliberal, un ex ministro de telecomunicaciones que durante su ministerio criminalizó la protesta social y mandó a la cárcel a los trabajadores de las telecomunicaciones por oponerse a la privatización de Telecom, acusándolos de terrorismo y sabotaje a las instalaciones de la empresa, cuando el verdadero apátrida era él y el gobierno neoliberal en el que fungía de ministro.

 

La generosidad y compromiso de Gabo los colombianos pudieron apreciarlos en su columna del diario El Espectador. En una de ellas, escrita en 1981, se refiere a una polémica desatada en Colombia y que traspasó fronteras, cuando un joven autor reclamó a una editorial española el 10 por ciento que estipulaba la Ley de Derechos de Autor del Código de Comercio colombiano y que era lo estipulado por la Unesco. La editorial en cuestión, se negó y prefirió que el reclamo llegara a juicio antes que acogerse a la ley; antes que tener que darla razón al desconocido autor al que acababan de otorgarle el Premio Nacional de Novela colombiana. Fue un debate difícil, hasta cuando Gabo escribe en aquella columna un artículo en el que, sin mencionar al autor, deshilvana el nudo gordiano sobre derechos de autor, después de meses de debate acerca del justo reclamo del joven escritor.

 

La inmensa mayoría de los colombianos se pregunta por qué su Premio Nobel no volvió a vivir en el país; quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo un poco, saben que a pesar de ser una persona tan influyente en la opinión pública, quería evitar a esta clase política corrupta, la que prefirió dejar filtrar las instituciones del Estado por la narco parapolítica antes que permitir un gobierno cuya prioridad fuera la paz con justicia social. Para conseguirlo, han procurado eliminar al contradictor político, en magnicidios impunes como el de Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro, e incluso Luis Carlos Galán, que comenzaba a descubrir dichos vínculos, cuando lo mataron. Otro tanto sucedió con el Ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, quien seguramente había descubierto cómo los carteles del narcotráfico controlaban las instituciones del Estado, incluida la presidencia de la República.

 

Ésta es la otra mirada de Gabo, lo que explica la ausencia y el silencio que mantuvo respecto a lo que sucedía en su país, porque como el buen periodista que siempre fue, sabía que si comenzaba a investigar y escribir sobre estos temas no sólo su vida corría peligro, sino también la de sus familiares más cercanos. Es lo que ocurre con abogados, sindicalistas, líderes populares e indígenas, activistas y defensores de derechos humanos; personas que se atrevan a denunciar la corrupción e impunidad que hizo metástasis en casi todas las instituciones, locales, departamentales y nacionales. Lo lamentable es que la corrupción afecta incluso a lo que llega a identificarse como alternativa política a lo establecido, y sigue creciendo de manera alarmante el carrusel clientelista.

 

La falta de conciencia social y pertenencia de país, hace que esta clase de políticos, algunos con pedigrí, como los nietos del general Rojas Pinilla, hayan sido considerados alternativa, para terminar siendo algo más de lo mismo: corrupción, clientelismo endulzado con mermelada; tragando entero, sin mantequilla y sin rechistar, porque puede perder las migajas prometidas al aceptar ser idiota útil en el carrusel de la corrupción y la impunidad.

 

Bogotá, 3 de mayo de 2014

Publicado enEdición Nº202
Viernes, 23 Mayo 2014 10:10

Al no Habermas

Al no Habermas

Muchos buscando leer algo de la novela de M.A. "2x1 u octubre cero" han hecho que este, o yo publique un primer mordisco del primer capítulo.

 

Sobre lo que pasa en un primer capítulo

 

Chica delgada, gordura existencial contradicción en sí misma, una puta va donde un gigoló, paga por sexo, paga en especie, sexo por sexo, como todo el mundo.

 

No soportaba la idea de que su tatuaje había quedado mal hecho, decía Resistire y no Resistiré, como ella lo esperaba, todos los días su hermana, mujer anomalía, barco nadando en tierra, camino sin pavimento, libro en blanco, le marcaba la tilde con esfero negro, sus manos de pincel que pintaban bellos paisajes, cuatro, un grafitti también, rellenaron con crayola un dibujo de un pato cibernético, que miedo los patos, (aquí va un escalofrío o no), recorrían la espalda de Mauricia para marcar la tilde de su tatuaje maltrecho, malhecho, malacentuado, así si se puede mostrar la espalda, el gigoló ama a la puta, como todo el mundo.

 

Esta mañana de tarde o noche ella se levanta, absurda, legítima, un pie y luego el otro, dos en el suelo y sus chanclas desaparecidas mueren de falta de uso, se arrastra caminante por los pasillos, serpiente boa, obelisco, Harry Potter y la cámara de los secretos, no hay espadas, el mundo es la casa, la casa es cemento, el mundo es una piedra indecisa, a veces ladrillos a veces cemento, a veces la casa de Mauricia; fina su cintura se acomoda en una cadera receptiva de huesos, copa en la que se vierte su humanidad superior, (sonido de vino cayendo acompañado de la imagen mental de una botella que vierte carne en la cadera de Mauricia, sea la imagen que se tenga de ella, construyendo al final a una chica completa) fin.

 

Desayuna, absorbe, huele el pan, delicioso, morita fresca salida de mata, mora no transgénica, óigase bien carajo, pan rico que se destruye en su boca, 43 mascadas, 45, y engulle el bolo alimenticio del pan, malo para su colon bueno para su lengua empalagada de dulce chocolate, lengua en movimiento, baile erótico de lengua y encía, ¿me concedes esta pieza?, bolero, dancita rica, reggaetón suavecito, ni perreo ni intenso, óigase bien, sua-ve-ci-to, espera la vida, ¿Cuándo vendrás a mí, ha descubierto que de nuevo su tatuaje no resiste, de nuevo su espalda reza Resistire ¿a dónde van las tildes que se fueron de tu revés? ¿Cuántas han sido? ¿Más que muertos a bala en el terruño? ¿Más que besos sin sabor de siete de la mañana? Chau amor, salgo ya, voy tarde para la oficina, vete al infierno hijo de puta, te di mi juventud (Sonido lejano de radio encendido, canción rata inmunda de Paquita la del barrio).

 

Vuelve su mente a la vida, ya no hay sentido, no hay vida, su mente vuelve a nada, no vuelve, se pierde en una búsqueda incesante del camino de regreso, la novela se pone dura y llevo a penas 465 palabras, Mauricia desespera, la saliva espesa de la parca que la escupe desde su interior sale, las convulsiones del alma inquieta no existen, pero si las del cuerpo, yace temblorosa sobre la mesa, espumita de mar, sal quemadora de riñones, sal que se riega del salero por el golpe fuerte, grito de no resisto, no ¡No resistooooo! Ahora sí, y no lo resiste aunque su cuerpo siga resistiendo, la sal del suelo llama las brujas, no abuela las brujas se espantan con la sal, ¿Quiere enseñar a su mama a hacer hijos? No señora, tiene cero.

 

La mano suave que creó las flores se derritió para volverse ellas, transmuta su ser de mano a pétalo, a flores, tinta de mano se riega en la espalda, parte superior derecha, e con tilde é, resistir, la bella ella marca el sentido de la vida, la fuga a la fatídica desdicha de no resistirlo más, ahora tienes tus ojos de vuelta, has visto la noche apacible contra la luz insoportable del sol de la desesperación, sombra tinta negra, Mauricia, risa, el búho canta su gloria, magnificat, dos litros de aire para los pulmones, acroyoga burgués de su alma humilde, paraje natural para su cuerpo refinado, qué, descansó mejor dicho.

 

Se han escrito todas las canciones posibles, en todos los tonos posibles, en todas las voces, imposible dirán muchos que no lo han visto, pero el tiempo ya corre más lento, no queda más que buscar lo que gusta, todas las combinaciones posibles entre notas y acordes se han hecho y lo más innovador que se ha hecho es grabar un cd en silencio, disco de diamante, de petróleo, tus labios rosados en mi cuerpo, ya no hay música para hacer el amor, el amor se hace de todas las maneras ya inventadas, Resistire o Resisitiré el tiempo que cada vez pasa más lento, los relojes se acomodan la espina dorsal doblada, quizá si hayan cosas nuevas, pero no hay tiempo para mirarlas, tenemos tantos estantes llenos de obras viejas, tantas obras escritas y el tiempo no alcanza, ni la medicina ni la alquimia podrán darnos el tiempo para leerlos, para apreciarlos, todo se ha vuelto monótono, nacer, aprender lo que se debe aprender al nacer, luego lo de después y luego lo de después, nada como el no aprender de antes, la verdadera resistencia, pero los electrochoques no existían bajo la piel en esa época, la moral implantada en la vacuna de nacido que nos descarga sus deberes de no sé cuántos watts, Whatisthe problema, ya no quiero más esta vida, Resistire o Resistiré, porque ser muerto es peor, es estar más quieto, maldita moral y su deber de estar vivos, au!!odio la corriente eléctrica y las corrientes políticas de la nueva era, Resistiré.

 

-Hermana ¿cuándo fue la última vez que hiciste el amor o pudiste al menos ir al baño?

 

No se hija no lo recuerdo, Resistire, lo importante es la tilde de tu vida, tú fuiste la de la mía, naciste el día de mi cumpleaños, eso fue maravilloso tenerte como regalo, llevo dos años dieciséis años de alegría vivida junto a ti, y no me importan los últimos dos con el tatuaje.


Mauricia mira el horizonte de lluvia ácida por venir y piensa, mierda el toke, nos vamos a mojar, la bella ella sabe que no puede dejar a Mauricia irse sin sombrilla, pues si llueve no resistirá su tatuaje, así que le empaca el paraguas en la maleta y le dice...

 

La calle está llena de almas, de cuerpos, de seres, de perros y humanos, de lívidos sangrientos y mujeres sangrantes, bello renacer de los óvulos, muerte de cada mes, Mauricia camina erguida, con los pies en la tierra y la mirada en el cielo, cuenta las nubes, allá va una oveja con cara de pepino, es una nube pepino cohombro con cara de oveja, la lana del tiempo se corta para ser triturada en la máquina laboriosa del trabajo, suena en su cabeza la misma música de siempre t ata t ata t ata y se lanza la lluvia que moja sus botas de banano azul, azul banano azulado, a su lado está Landázul alto y tonto como un avión al estrellarse y le dice hola y la quiere y le desea el corpus y le ama los labios del pelo, que dice el que lo besan al tocarlo en un mal intento de lo que debía ser un poema.

 

Continuará

 

...quizá.

Publicado enEdición Nº202
Miércoles, 23 Abril 2014 06:19

El círculo de tiza

El círculo de tiza

Embriagado por la gloria y las victorias militares inverosímiles, el coronel Aureliano Buendía decidió que nadie podría acercársele a menos de tres metros de distancia, y sus edecanes trazaban a su alrededor un círculo de tiza que ninguno estaba autorizado a traspasar, ni siquiera su madre.

 

Este círculo de tiza se vuelve central para entender cómo la mecánica del poder ha movido sus bielas en América Latina desde los tiempos de la independencia. El caudillo, venga de la academia o del rango de los iletrados, busca convertir a las instituciones en meros decorados para imponer su voluntad única que termina siendo la razón de Estado. Y aún sigue vivo.


La historia que siempre se repite. El paso de persona a personaje. Seres comunes y corrientes que a través de sus proezas, su astucia o sus malas mañas emergen de la oscuridad de las aldeas olvidadas y de las cuadras de los cuarteles, tinterillos de juzgados y estudiantes fracasados que logran seducir y atemorizar, y encarnan de manera luciferina al destino, sometiendo la voluntad de los demás. Dentro de ese círculo de tiza lo que hay es soledad absoluta, y no llegan hasta allí las voces de fuera porque el poder absoluto sólo tiene respuestas tajantes que no necesitan preguntas.


Es la soledad sin ecos de Zacarías, el dictador de El otoño del patriarca, en toda su parafernalia arbitraria de desmanes; pero también es la soledad con toda su cauda de miserias y derrotas, como en el último viaje de Bolívar hacia su muerte en El general en su laberinto, solo y ya sin gloria. García Márquez no eligió el resplandor épico del libertador cruzando una y otra vez los Andes a caballo, algo que de por sí entra en el reino de las exageraciones, sino el íntimo desastre del final de su vida sacrificada en vano.


Joseph Brodsky alega que los escritores geniales del siglo XX ruso hubieran llegado a ser lo que fueron incluso si no hubiera tenido lugar ninguno de los acontecimientos que ocurrieron en Rusia en ese siglo: básicamente, el talento no necesita historia. En el caso de García Márquez sería una curiosa afirmación. En América Latina, empezando por sus dictadores arcaicos, la realidad es el sustrato de toda su literatura. Lo que él hizo como artista fue transferir la historia a una dimensión diferente, tanto que a veces nos llega a parecer inverosímil, pero sin que deje nunca de ser esa misma realidad cuya materia ha sido transformada. Hay en sus relatos una patente y desbordante curiosidad por el poder, y esa curiosidad se transforma no pocas veces en reflexión.


Cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982, en su discurso comienza hablando de Antonio Pigafetta y de la crónica que, como buen mentiroso que se tomaba en serio, escribió acerca del viaje de Hernando de Magallanes alrededor del mundo. Esa crónica, llena de exageraciones puntuales, es el antecedente más lejano que podemos hallar de la escritura del propio García Márquez en relación con América, toda una aventura de la imaginación.


Pero desde allí salta hacia el otro lado del abismo donde se encuentra su realidad contemporánea: el incendio del Palacio de la Moneda y el sacrificio del presidente Allende, los dudosos accidentes de aviación en que perdieron la vida el presidente Jaime Roldós, de Ecuador, y el general Omar Torrijos, de Panamá. El recuento se vuelve una elegía: un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo.


Guerras, golpes de Estado, cárceles y cementerios secretos, desaparecidos, recién nacidos secuestrados y dados en adopción clandestina. Es el repaso de una historia oscura desde las palabras iluminadas. América Latina se hallaba plagada aún en esos años 80 de dictaduras militares que pronto deberían dejar paso a gobiernos civiles electos, surgían revoluciones como la de Nicaragua, que representaba una esperanza nueva, diferente al modelo de la revolución cubana, que entraba en decadencia; guerrillas en marcha como las de El Salvador y Guatemala, que tendrían distintas suertes. El discurso ampara estas alternativas porque la suya es una adhesión sentimental a la rebelión y la resistencia.


Busca explicar la prolongada soledad de América Latina desde las deformidades del poder tradicional, responsable de la miseria y del atraso secular, y al mismo tiempo pide a los europeos recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. Son los tiempos de la guerra fría, cuando aún nadie vislumbraba el fin del mundo bipolar.


García Márquez venía de esa generación de latinoamericanos que había crecido bajo las dictaduras bananeras instauradas por Estados Unidos durante los años más álgidos de esa misma guerra fría, y entre sus palabras y la acción no había distancia. Un conspirador curtido, además, y fue en esa calidad que lo conocí, dispuesto a hacer todo lo que pudiera para lograr el derrocamiento de la familia Somoza. Un escritor comprometido, como decíamos ayer.


El relato del poder alcanza en su escritura esas dimensiones alucinantes que tan bien conocemos, y la realidad se vuelve la hija pródiga de la imaginación hasta desconcertarnos; pero lo que nos cuenta es lo que hemos vivido y seguimos viviendo mientras persiste la sociedad rural que se niega a ser enterrada. Y esa es la magia. A través de la ficción aprendemos que el poder, su erótica y sus trasuntos no cambian nunca, enquistado como está en las entretelas del corazón humano, una bestia peligrosa que algunos logran domesticar y otros más bien azuzan dentro de sí mismos.


Masatepe, abril 2014.
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Viernes, 18 Abril 2014 06:20

LA MALA HORA

LA MALA HORA

Los lectores del mundo andan con una tristeza infinita. Gabriel García Márquez, el patriarca de la literatura latinoamericana y maestro de generaciones de periodistas, murió ayer a los 87 años en su casa de México. Quizá cayó una llovizna imaginaria de minúsculas flores amarillas, las mismas que cayeron cuando murió José Arcadio Buendía en Cien años de soledad, su obra maestra y mítica. Una muerte esperada –anunciada de un tiempo a esta parte por la "fragilidad" de su salud– no conjura el dolor de esta pérdida. Un conglomerado de textos pide pista en la memoria. Uno se impone, un artículo que publicó en 1948 en el diario colombiano El Universal. "No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento. Perdone usted, señor lector, este principio de greguería. No me era posible comenzar en otra forma una nota que podría llevar el manoseado título de 'Vida y pasión de un instrumento musical'. Yo personalmente le haría levantar una estatua a ese fuelle nostálgico, amargamente humano, que tiene tanto de animal triste." La muerte de Gabo arruga el corazón. Queda la chispa de su lenguaje, la creación de un mundo que sobrevivirá, con toda su riqueza y complejidad, a su demiurgo mortal.
La vivacidad del lenguaje


Eran las nueve de la mañana en Aracataca. Llovía el 6 de marzo de 1927 cuando nació el primogénito de Luisa Santiaga Márquez Iguarán y el telegrafista Gabriel Eligio García. La tía Francisca, abriéndose paso por el corredor de begonias, propagaba la buena nueva: "¡Varón! ¡Varón! ¡Ron, que se ahoga!". Gabo, el mayor de siete varones y cuatro mujeres, pasó los primeros años de su infancia con sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Márquez Mejía –su ídolo de toda la vida– y Tranquilina Iguarán Cotes, quienes le contaban relatos, fábulas e historias. A la muerte de su abuelo fue enviado a estudiar a Barranquilla y en 1940 viajó a Zipaquirá, donde fue becado para estudiar el bachillerato. Los recuerdos de su familia y de su infancia –el abuelo como prototipo del patriarca familiar, la vivacidad del lenguaje campesino y la natural convivencia con lo mágico– emergerán años más tarde, transfigurados por la ficción, en obras como La hojarasca (1955), su primera novela escrita entre julio de 1950 y agosto de 1951, donde asimila la influencia de William Faulkner. La historia se despliega a través de tres monólogos –abuelo, madre y niño– que recrean las vidas alrededor del cadáver de un médico francés que se ha ahorcado en la madrugada. El pueblo en el que transcurren estas vidas se llama Macondo. No fue su abuela Tranquilina la que le permitió imaginar que podría ser escritor. "Fue Kafka que, en alemán, contaba las cosas de la misma manera que mi abuela. Cuando yo leí a los 17 años La metamorfosis, descubrí que iba a ser escritor.

Al ver que Gregorio Samsa podía despertarse una mañana convertido en un gigantesco escarabajo, me dije: 'Yo no sabía que esto era posible hacerlo. Pero si es así, escribir me interesa'", afirmó el escritor colombiano a su viejo amigo Plinio Apuleyo Mendoza en el libro de conversaciones El olor de la guayaba.


Aunque estudió Derecho, dejó la carrera para dedicarse al periodismo y a la literatura. Un tímido muchacho de 20 años se quedó petrificado frente a unas letras de molde con su nombre y apellido, en el diario colombiano El Espectador, de Bogotá. El 13 de septiembre de 1947 las palabras de su primer cuento, "La tercera resignación", flameaban en su campo visual: "Allí estaba otra vez ese ruido. Aquel ruido frío, cortante, vertical, que ya tanto conocía, pero que ahora se le presentaba agudo y doloroso, como si de un día para otro se hubiera desacostumbrado a él". Allí estaba el principio de su galaxia literaria. Quizá Gabo permaneció callado durante unos segundos, inescrutable, pero seguro de sí mismo y del porvenir. Pero hace casi 60 años, la primera reacción de ese joven fue "la certidumbre arrasadora de que no tenía los cinco centavos para comprar el periódico". En 1948 se trasladó a Cartagena, donde inició su carrera periodística en El Universal en el marco histórico del Bogotazo, la reacción popular por el asesinato del líder liberal y populista Jorge Eliécer Gaitán. Posteriormente continuó en El Heraldo de Barranquilla, donde publicó las columnas de "La jirafa" con el nombre Septimus –su doble periodístico– desde 1950. Como otros escritores fogueados por el periodismo –Ernest Hemingway, por ejemplo–, aprovechaba ese territorio para despuntar la experimentación estilística. El periodismo nunca obturó las cualidades del escritor. Sin duda sería el gran laboratorio que fue potenciando y acompañando el campo de la ficción. Las semillas de lo que se ha llamado "realismo mágico", las concepciones laberínticas del tiempo en sus novelas, se encuentran ya en muchas de sus crónicas. En el prólogo al primer volumen de los Textos costeños –su obra periodística inicial de 1948 a 1952, editada en dos tomos–, Jacques Gilard observa que en los primeros cuentos y notas periodísticas hay un motivo que se repite con alguna insistencia: "Es el muerto sobre el que crece un árbol cuya savia, sacada del cadáver, sube hasta las frutas que servirán de alimento a los vivos". Para Gilard, "que a la muerte haya de sucederle una renovación no es ningún consuelo para quien sabe que tiene una sola vida: sólo importa la conciencia de que el tiempo pasa y, al pasar, mata".


Mientras trabajaba en El Espectador, de Bogotá, escribió Relato de un náufrago (publicado en formato libro en 1970), en el que narró la aventura de un marinero colombiano que sobrevivió varios días en el mar, luego de que su barco naufragara. Las revelaciones del marinero le provocaron problemas con el gobierno del presidente Gustavo Rojas Pinilla, por lo que el periodista fue enviado como corresponsal a París de 1955 a 1957. En el exterior, el escritor se replanteó el enfoque de sus crónicas hacia detalles marginales o secundarios. Muchas veces optó por narrar lo que le sucedía a él, es decir la historia de la historia, como lo hizo en sus crónicas sobre Viena, las noches de Budapest o la Unión Soviética en 1957: "22.400.000 kilómetros cuadrados sin un aviso de Coca-Cola". Después se casaría con su novia de juventud, Mercedes Barcha, en 1958; trabajaría en Prensa Latina, la agencia cubana de noticias creada tras el triunfo de la Revolución Cubana; y en 1961 se establecería en México, donde nacieron sus dos hijos: Rodrigo y Gonzalo. Además de su primera novela, entonces había publicado dos novelas más: El coronel no tiene quien le escriba (1957) y La mala hora (1961).


El periodismo, "el mejor oficio del mundo", perdió a su maestro más notable. Gabo nunca quiso separar ni escindir la experiencia del novelista y el periodista. Detestaba los grabadores, "un invento luciferino" que eclipsa la atención del cronista al creer que ese aparato lo oye todo. "No oye los latidos del corazón, que es lo que más vale en una entrevista", decía el escritor que en 1994 creó la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) con el apoyo de La Jornada en México, El País en España y Página/12 en Argentina, para mejorar la formación y prácticas de los periodistas iberoamericanos. "El reportaje necesita un narrador esclavizado a la realidad. Y ahí entra la ética. En el oficio de reportero se puede decir lo que se quiera con dos condiciones: que se haga de forma creíble y que el periodista sepa en su conciencia que lo que escribe es verdad. Quien cede a la tentación y miente, aunque sea sobre el color de los ojos, pierde."


La fundación de la Utopía


Macondo y los Buendía –ese rosario de historias de la humanidad narradas desde el umbral del sueño y la vigilia– llegaron al universo digital hace poco más de dos años cuando Cien años de soledad se empezó a vender por primera vez en formato electrónico, con la portada original de la primera edición impresa: el emblemático galeón en la selva colombiana. La liberación de los espacios de lo real a través de la imaginación es el hecho central que subrayaba Carlos Fuentes. "¿Quién no ha reencontrado, en la genealogía de Macondo, a su abuelita, a su novia, a su hermano, a su nana?", se preguntaba el escritor mexicano. "La fundación de Macondo es la fundación de la Utopía. José Arcadio Buendía y su familia han peregrinado en la selva, dando vueltas en redondo, hasta encontrar, precisamente, el lugar donde fundar la nueva Arcadia, la tierra prometida del origen: 'Los hombres de la expedición se sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad y silencio, anterior al pecado original'." Francisco "Paco" Porrúa, ex director de Sudamericana, no necesitó leer toda la novela del entonces desconocido periodista y escritor colombiano. Las primeras líneas alcanzaron. En aquellos años, a mediados de los '60, estaba a la caza de novelas latinoamericanas "originales". El 30 de mayo de 1967 se publicó en Argentina la primera edición, una tirada de 8000 ejemplares que se agotó como pan caliente. El escritor y periodista Tomás Eloy Martínez, primero en publicar la crítica a esta novela en Primera Plana, sintetizó con precisión el camino del anonimato a la consagración que transitó el colombiano. "Llegó a Ezeiza en un avión demorado, a las tres de la madrugada, y sólo dos personas lo estábamos esperando: su editor y yo. Al marcharse, diez días más tarde, la multitud que lo acompañaba era tan caudalosa que Porrúa y yo lo perdimos de vista." Su obra maestra es un long seller de largo aliento, traducido a 35 idiomas, desde el ruso hasta el esperanto, pasando por el húngaro y el chino, y se calcula que las ventas han superado ampliamente los 30 millones de ejemplares en todo el mundo. "Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, o en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas", confesó García Márquez. Más allá de la molestia por el impacto, lo cierto es que la novela hispanoamericana no salió al mundo, no estuvo en el foco de los lectores de otras lenguas, hasta el triunfo de Cien años de soledad.


A pesar de que se conocieron en 1959, la amistad comenzó a mediados de la década del '70. "Fidel Castro es un lector voraz, amante y conocedor muy serio de la buena literatura de todos los tiempos y, aun en las circunstancias más difíciles, tiene un libro interesante a mano para llenar cualquier vacío", dijo Gabo en 1976, después de un encuentro con el líder cubano, quien ha tenido el privilegio de leer los borradores de varios libros de García Márquez. Ni las primeras críticas de los intelectuales al régimen cubano por la censura y el tratamiento que recibían los artistas considerados opositores –como sucedió con el famoso "caso Padilla", a principios de los '70– ni la encarcelación de 78 disidentes en 2003 –que fueron condenados a penas entre doce y veintisiete años– pudieron debilitar las convicciones y la fidelidad de Gabo a la Revolución Cubana. Esta certeza –dicen– fue una de las razones de la enemistad con Mario Vargas Llosa. Después de una pelea que terminó a las trompadas en el estreno de una película en México, en 1976, el peruano calificó a su par colombiano de "lacayo" de Castro.


Gabo siempre se ha defendido de quienes lo acusaban de "amar el poder", alegando que su amistad está por encima de otras cuestiones y que su posición le ha permitido salvar en silencio a varios disidentes cubanos. Como muchos de los autores de su generación, el narrador colombiano siempre ha tenido una posición política pública y cuenta con "la novela sobre el dictador", El otoño del patriarca (1975). Y sin embargo, nunca aceptó cargos públicos. En diciembre de 1986 fundó en San Antonio de los Baños una academia de cine: la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano. La nueva institución –presidida por García Márquez– es importante para Cuba porque en Latinoamérica la cultura es una fuente decisiva de legitimidad. "Nuestro objetivo final es nada menos que lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado", se lee en la página web de esta Fundación por la que han pasado, entre otros, Robert Redford, Steven Spielberg y Francis Ford Coppola. Gabo, que también fue amigo del ex presidente norteamericano Bill Clinton –quien confesó ser un gran lector de sus libros y lo calificó como su "escritor favorito"–, se definía como socialista. En una entrevista en 1983 aseguró que no era comunista. "No lo soy ni lo he sido nunca, ni tampoco he formado parte de ningún partido político", advirtió. Y aclaró que el modelo de gobierno que prefería era el socialismo: "Quiero que el mundo sea socialista y creo que tarde o temprano lo será".


La soledad de América latina


García Márquez fue el primer escritor colombiano en obtener el Premio Nobel de Literatura en 1982. Durante el memorable discurso de aceptación, el 10 de diciembre de ese año, el escritor colombiano recordó que los desaparecidos latinoamericanos por motivos de la represión eran casi 120 mil en 1982, "que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala". "Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares (...) Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte.

Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad", explicó el Premio Nobel. "Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: 'Me niego a admitir el fin del hombre'. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica", alertó García Márquez en otro tramo de su discurso en Suecia. "Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la Tierra."


¿Por qué comienza por el final? Eso se podrán preguntar los lectores de Crónica de una muerte anunciada (1981). Se sabe el nombre de la víctima, Santiago Nasar. Que los asesinos son los gemelos Pedro y Pablo Vicario. Que el móvil del crimen fue vengar el honor de su hermana ultrajada. Y sin embargo, la eficacia de la novela reside en su rigurosa arquitectura coral. El cronista reconstruye y "acerca" –a través de las voces de los protagonistas y testigos, de cartas, informes y el sumario judicial– los recuerdos de aquel lunes ingrato, las omisiones y las ambigüedades de una tragedia moderna tan anunciada. No eran "vainas de borrachos"; se sabía que lo iban a matar, y los mensajeros no llegaron a tiempo ni pudieron impedir el crimen. Y los lectores, que desean que alguien lo salve, o que la puerta de su casa se abra y pueda escapar, se derrumban de bruces en la cocina, junto a Santiago. Gabo disloca el tiempo –el orden cronológico de los hechos y el de la narración–, y disuelve las fronteras de la crónica y de la literatura. Quizás este modo de descomponer los bordes sea una de las características más persistentes de su obra. Para recomponer las astillas dispersas del espejo roto de la memoria, en un pueblo olvidado de la costa caribeña, había que empezar por el final.

 

Jubilar la ortografía

 


Qué polémica descomunal estalló cuando sugirió simplificar la gramática "antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros" en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española que se realizó en Zacatecas (México), en 1997. Era previsible que los gramáticos, lingüistas y académicos reaccionaran, con el malentendido de que donde el escritor dispuso el verbo "simplificar" algunos medios de comunicación utilizaron "suprimir". "Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos", comparó el autor de El amor en los tiempos de cólera (1985), Del amor y otros demonios (1994) y Noticia de un secuestro (1996). "Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?"


Entre los ejemplos que entonces propuso señaló que la palabra "condoliente" no existe. Que sí existen el verbo condoler y el sustantivo doliente, que es el que recibe las condolencias. Pero los que la dan no tienen nombre. Gabo resolvió inventar condolientes en El general en su laberinto (1989) y comentó que le habían reprochado que en tres libros aparezca la palabra átimo, que es italiana derivada del latín, pero que no pasó al castellano. En sus últimos seis libros de entonces no incluyó un sólo adverbio de modo terminado en "mente" porque "me parecen feos, largos y fáciles, y casi siempre que se eluden se encuentran formas bellas y originales". Estas cuestiones eran para él "pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo". La contribución que pueden hacer los escritores respecto de la lengua "no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa". El tópico ameritaría más reflexiones. No conviene desestimar asuntos que fueron, son y serán peliagudos. En este tema, más que el afán de provocar, Gabo se animó a expresar justamente lo que muchos no querían oír. "El deber de los escritores no es conservar el lenguaje, sino abrirle camino en la historia", planteó el escritor. "Los gramáticos revientan de ira con nuestros desatinos, pero los del siglo siguiente los recogen como genialidades de la lengua. De modo que tranquilos todos: no hay pleito. Nos vemos en el tercer milenio."

 

El goce visual


La sexualidad en la vejez está cubierta por un velo de pudor que la consagra al silencio. De eso no se habla. Pero Gabo se atrevió a descorrer ese velo pudoroso, glorificando la senectud y burlándose, a su manera, de los riesgos de estar vivo. Quizá tenga razón el nonagenario protagonista de Memoria de mis putas tristes, la última novela que publicó en 2004, luego del primer y único volumen de sus memorias Vivir para contarla (2002): "El primer síntoma de la vejez es que uno empieza a parecerse a su padre". Consciente de que a su edad cada hora es un año, el anciano solterón, que durante 40 años trabajó como "inflador de cables" en El diario de La Paz y como profesor de gramática, decide celebrar sus noventa con una adolescente virgen. Nada más que una noche libertina. Acaso el último placer carnal frente a la inminencia de la muerte.

 

 

Mientras espera que la dueña de un burdel le consiga "una novedad disponible" –una chica analfabeta–, el anciano, que trata de apaciguar su ansiedad escuchando a Bach, Wagner o Debussy, efectúa una suerte de ajuste de cuentas con su pasado. "No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido." En este epígrafe de la última novela de García Márquez hay un homenaje al autor de La casa de las bellas durmientes (1961), Yasunari Kawabata, primer Premio Nobel de Literatura de origen japonés. Eguchi, el viejo japonés de 67 años que acude a una posada en las afueras de Tokio, frecuentada por ancianos que buscan pasar la noche con jóvenes narcotizadas, se parece al personaje del escritor colombiano. Los dos viejos descubren el placer de contemplar el cuerpo desnudo de una mujer dormida, sin ir más allá del goce visual. Ese nonagenario que se asume como "feo, tímido y anacrónico", que nunca se preocupó por su edad sexual ("porque mis poderes no dependían tanto de mí como de ellas"), después de su fallida noche de amor, descubre el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una joven morena, a quien llama Delgadina, "sin los apremios del deseo y los estorbos del pudor". Aunque ese "fracaso" le hiere su orgullo masculino –la dueña del prostíbulo, Rosa Cabarcas, una sagaz celestina moderna, le reprocha: "Una mujer no perdona jamás que un hombre le desprecie el estreno"–, lo que asoma como la historia de una derrota irreversible o el epílogo sexual de un hombre, pronto se transforma en la crónica de un anciano enamorado. Y el amor modifica las rutinas de este viejo solitario que empieza a descifrar el lenguaje del cuerpo de su bella durmiente, y que percibe los estados de ánimo de Delgadina por el modo de dormir o por su manera de respirar. Este goce ante la contemplación nocturna es una obsesión literaria del colombiano. En el cuento "Muerte constante más allá del amor" del libro La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (1972), el senador Onésimo Sánchez duerme abrazado a Laura Farina, la joven más bella del mundo, sin amenazar la virginidad de la chica.


Hace muchos años Gabo tuvo una revelación. Fue en Zurich, cuando una tormenta de nieve lo empujó a refugiarse en un bar. "Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba el piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, hubiera querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, sólo para que los enamorados se quisieran más."

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