Viernes, 14 Febrero 2014 06:09

Kapuscinski, Kafka, mujeres (I)

Kapuscinski, Kafka, mujeres (I)

Una de las novedades que trajo la biografía Kapuscinski non-fiction (2010), de Artur Domoslawski, es haber puesto más luz a la vida personal de Ryszard Kapuscinski –cuyo séptimo aniversario luctuoso conmemoramos el pasado 23 de enero–, sus tormentosas relaciones con las mujeres, y la presencia de éstas, o más bien su casi total ausencia, en su obra (aunque el biógrafo no ha sido el primero en notarlo). Y casi, como es sabido, hace una gran diferencia.


Si no las hubiera para nada, lo más que se podría concluir es que... el gran escritor polaco no era un misógino. Pero las pocas ocasiones donde sí aparecen, dan pie a conclusiones más bien incómodas.


En su vida había muchas: la esposa, la hija, la hermana, y también otras. ¿Pero por qué las mujeres no son protagonistas de sus escritos, y cuando están, apenas sirven de fondo para los hombres? ¿Será porque aparte de fuente de apoyo, amor u objetos de admiración, también eran fuente de problemas y relaciones difíciles?


Los problemas, sin embargo, no explican nada. Tomemos por ejemplo – toutes proportions gardées– a Franz Kafka.
Como se sabe, Kafka con las mujeres principalmente tenía problemas; y como había muchas en su vida, también había muchos problemas.
Estaba la madre, con quien Franz tenía un contacto difícil, y las tres hermanas –Elli, Valli y Ottla–, de las cuales sólo con la última fue cercano. En la famosa Carta al padre la describió como la única capaz de oponerse a la tiranía del patriarca (y fue ella quien lo convenció de no mandarla al destinatario).


Habían otras: Felicia, Julia, Milena, Dora, todos ejemplos de relaciones difíciles y de la inhabilidad de comprometerse (aunque Kafka no temía a las mujeres; temía al matrimonio).


Y a pesar de esto –o quizás precisamente por esto–, en sus cuentos y novelas hay gran cantidad de mujeres, toda una pléyade de personajes.
Las necesitaba para escribir y necesitaba escribir para mediar con ellas.


Como subraya Elisabeth Boa, autora del estudio Kafka: gender, class, and race in the letters and fictions, el autor de El proceso usaba los personajes femeninos como si en la literatura quisiera escapar de las verdaderas relaciones de género y dominar mejor a las mujeres.
Están en su Diario 1910-1923, donde describe detalladamente sus tormentos con ellas y sus cuerpos impuros, pero también admira –pocas en aquel entonces– a las mujeres activas en la vida pública.


Están en su vasta correspondencia, gran parte de la cual fue dirigida a ellas: mujeres educadas, liberadas, que no sólo fueron sus amantes, sino también sus compañeras intelectuales.


Aunque la manera de presentar a las mujeres en su prosa es a veces ambigua (hay figuras emancipadas, pero también clichés sexistas), como subraya Boa, Kafka evolucionaba sucesivamente a un lado más cercano a ellas, algo que lo ponía en clara oposición al misógino y antifeminista tono de su época, cuyo principal representante fue el filósofo austriaco Otto Weininger.


Como apunta Michael Löwy, el sociólogo franco-brasileño, en el ensayo Franz Kafka, soñador insumiso (donde analiza el poco conocido episodio del contacto del escritor con los círculos anarquistas de Praga), el motivo de insumisión aparece en Kafka varias veces justamente en la mujer: una de las protagonistas que conserva la auténtica capacidad de rebelarse es Amalia de Castillo –una novela llena de mujeres– la única que desafía su poder (su arquetipo pudo haber sido Ottla).


La Amalia rebelde, según Löwy, representa el individualismo libertario del mismo Kafka.


¿Será una casualidad –pregunta el autor– que los más atentos lectores e intérpretes de Kafka hayan sido mujeres: Hannah Arendt, Marthe Robert, Rosemarie Ferenczi, Marina Cavarocci-Arbid?


En Kapuscinki –otra vez toutes proportions gardées– hay demasiadas pocas mujeres para hablar de tipos de personajes o su evolución; suficientes, sin embargo, para hablar de machismo o misoginia.


Está, sobre todo, Carlotta, la guerrillera angoleña en Un día más con vida.


Aunque representa un excelente material literario y bien podría ser la protagonista del reportaje –una alegoría política o un símbolo de la lucha libertaria–, queda relegada al objeto pasajero del interés de los hombres y encerrada en la mirada masculina: una mulata bonita, aunque no tan guapa, cuya belleza fue creada por los que la miraban (también Kapu).


Hay un fragmento en Viajes con Heródoto sobre mujeres amas de casa; un par de notas en Lapidarios: sobre el busto de una habitante de Berlín, una impresión sobre la mentalidad de las participantes de un concurso de belleza, y algunas más donde las mujeres son apéndices del hombre, y están del lado de la biología y/o el hogar.


En Lapidarios, aunque hay todo un universo de reflexiones, recuento de viajes, encuentros o lecturas, las voces femeninas escasean; raramente admira Kapuscinski los libros o las ideas de las mujeres; casi no habla de intercambios intelectuales con ellas.


Si bien estas notas no llegan al nivel de misoginia por ejemplo de Sándor Márai –el gran novelista húngaro que en sus, dicho sea de paso, sublimes reflexiones Cielo y tierra, duda si las mujeres incluso tienen alma, pueden acceder a los sentimientos altos o al arte de escribir (¡sic!)–, resultan muy sintomáticas.


Como aquella, también de Lapidarios, sobre la mujer como la espera, que Domoslawski pone como el lema del capítulo sobre las relaciones del escritor con las mujeres.


En este sentido es paradójico que en el debate que encendió la biografía las voces de las mujeres: periodistas o críticas literarias –sin mencionar a la viuda o la hija, que desde el principio la rechazaron–, eran, por lo general, las más conservadoras.


Las que podrían tener más razones para aplaudir la deconstrucción de Kapu y su obra sugerida por el biógrafo y querer seguir la pista, más defendían su imagen inmaculada.


Finalmente, tras una larga batalla judicial, la viuda y la hija del escritor en septiembre de 2013 lograron censurar los capítulos polémicos.

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Miércoles, 22 Enero 2014 06:36

El solista sin orquesta

El solista sin orquesta

La celebración del nacimiento de Rubén Darío cada enero sigue siendo un fasto en Nicaragua. Se corona en los teatros municipales a la Musa dariana que desfila en carroza en forma de cisne, acompañada de un cortejo de canéforas, y en veladas líricas se representan sus poemas, con lo que los disfraces vienen a ser de la princesa que espera al feliz caballero que la adora sin verla, y un bufón escarlata y un dragón colosal. Si pudiera ser, las autoridades edilicias desenterrarían al poeta cada año para volverlo a enterrar con las mismas fastuosas solemnidades de la primera vez, unos funerales como nunca se han vuelto a ver, pues durante los siete días de velatorio el cadáver era cambiado de traje cada noche: pelo griego, frac de etiqueta, uniforme entorchado de embajador.

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Es imposible que la prosopopeya provinciana y la devoción cariñosa no acompañen el mito nacional. Se trata del más célebre y querido de los nicaragüenses, que congrega la unanimidad, lejos de distingos políticos o sociales, pero sin que eso quite la cursilería. Y eso, desde que nació. Desde la más remota antigüedad, cuando un profeta o un prócer vienen al mundo, se ha asignado a su nacimiento un cataclismo, o la aparición de una nueva estrella o de un ave heráldica que acompañe la suerte gloriosa de su vida.


En La Gaceta del 23 de febrero de 1867, unos días después del nacimiento de Rubén, se lee que un águila real fue hallada en alguna agreste cumbre de las montañas nicaragüenses: "bastantemente fornida, las uñas tienen pulgada y media de largo, su cabeza pequeña, viva, inteligente, está adornada por un círculo de plumas negras en su extremidad, formándole una corona. De rato en rato sus ojos se cubren de un velo blanco que da a su fisionomía un cierto aspecto de bondad... hasta hoy no se creía que en Nicaragua hubiese águilas, y mucho menos águilas reales". Yo, por mi parte, agregaría que en aquel año muere el príncipe de los poetas malditos, Charles Baudelaire, porque también los relevos son parte sustancial del mito.


El águila fue presentada como obsequio al general Tomás Martínez, quien terminaba su segundo periodo presidencial en ese 1867, pues es un vicio nacional ese de querer retoñar en la silla del mando; y da la casualidad que el mismo año el presidente mandó levantar un censo, igual que Augusto en Palestina cuando el nacimiento de Cristo.

 


De este censo resultó que la población de Nicaragua llegaba apenas a los 150 mil habitantes. El general Martínez, avergonzado de que los nicaragüenses fueran tan pocos, ordenó aumentar 100 mil más. Alterar los censos, las cifras económicas, y los resultados electorales, ha sido siempre otro alegre vicio nacional.


La más grande ciudad de Nicaragua, que era León, la ciudad de Darío, concentraba una alta proporción de esos habitantes, con 30 mil almas, la mayor parte mulatos, indios y mestizos pobres, habitantes de los barrios marginales, mientras los criollos, dueños de las haciendas aledañas, ocupaban las casonas del cuadro central que rodeaban la catedral. La gallera hacía las veces del club social.


Esto lo cuenta Ephraim Squier, quien llegó a Nicaragua en 1850 como primer embajador de Estados Unidos, en su libro Nicaragua, sus gentes y paisajes; y cita el informe que le presentó un amigo leonés anónimo sobre el estado de la educación: rara era la población donde hubiera maestros, y en las pocas escuelas que existían se enseñaba nada más los fundamentos de la doctrina cristiana, y a leer y a escribir; los niños repetían en coro la lección que dictaba a grandes voces el maestro, armado de una férula para reprimir a los díscolos. Los libros de texto obligados eran el silabario Catón, el catecismo, del padre Jerónimo Ripalda, y El ramillete, que contenía definiciones teológicas, selecciones de encíclicas papales, credos, leyendas fabulosas y oraciones piadosas a la Virgen, a los santos y a los ángeles, textos que, además del sombrío carácter de su contenido, eran suficientes para amilanar al más avispado muchacho. Los bachilleres sobraban en el seno de las familias acaudaladas y el birrete doctoral pasaba en herencia entre ellas.

 


Para aquel mismo año de 1867 había 92 escuelas de primaria para varones en todo el país, y nueve escuelas para niñas: yo diré que el estado actual de la instrucción pública humilla la delicadeza de nuestro patriotismo..., escribe en 1871 en un informe el ministro de Educación. Diarios, ninguno. Ya podemos imaginar las cifras del analfabetismo. Había dos semanarios, uno de ellos La Gaceta, el diario oficial donde se informó sobre la providencial aparición del águila real, pero ninguno de ellos salía a tiempo.


En el registro de aduanas de ese 1867 no aparece ninguna importación de papel, o de tinta de imprenta, y más que libros se imprimían volantes y folletos en las únicas tres tipografías del país. La importación de libros, españoles y franceses, aparece en esos registros como marginal.


Squier encontró también en León a un personaje de nota, el padre Pedro Crispín, pintor, pues en una pared de su casa había unos frescos de su mano, figuras de animales que comenzando en la A de armadillo, terminaban en la Z de zopilote, todos de gran tamaño y colores chillones. De la pobreza cultural del ambiente sirve de prueba el mismo Squier, quien gozó de impunidad suficiente para llevarse a Estados Unidos valiosas piezas arqueológicas que hoy se conservan en la Smithsonian Institution de Washington.


Este país despoblado y tan rural, oscuro en su suerte política y empobrecido, desangrado por las guerras y plagado de analfabetos, es el país que vio nacer a Rubén en 1867, el país de "licenciados confianzudos, o ceremoniosos, y suficientes, los buenos coroneles negros e indios, las viejas comadres de antaño...", según él mismo evocaría.


Un país de vientre pequeño, de esos que pueden parir un solista, pero nunca una orquesta completa.

 

 

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Jueves, 19 Diciembre 2013 07:28

La niña de Guatemala

La niña de Guatemala

"Quiero, a la sombra de un ala,/ contar este cuento en flor:/ la niña de Guatemala,/ la que se murió de amor..." El patriota, luchador, político, pensador y enorme poeta cubano que fue José Martí tuvo todo tipo de incidentes y de accidentes espirituales en su pletórica y agitada existencia de sólo 42 años. Estimado ya por sus contemporáneos, el Maestro, el Vidente, el Profeta, el Apóstol, fue un grande y misterioso desconocido, como lo son todos los hombres de genio, y quedan de su existencia enigmas desentrañables y hechos cotidianos que las multitudes a las que dedicó su persona no pudieron ni pueden percibir. Una de las antólogas de testimonios sobre él, Carmen Suárez León, escribe: "Sólo por sus amigos o hasta conocidos circunstanciales podemos saber de sus gustos gastronómicos, su don conversador, su fino trato, el impacto de su voz, la calidad de su mirada o la movilidad de sus manos". Claro, también, que sus muchos biógrafos, en el afán por enaltecer la figura y ponerla fuera de cualquier territorio humano (hasta cierto punto, legítimo en su caso), esquivan la presente historia o, cuando no pueden hacerlo, la difuminan, pudorosamente.


En marzo de 1877, Martí llega a Guatemala y poco después es nombrado catedrático de literaturas (española, francesa, inglesa, alemana e italiana) y de Historia de la Filosofía en la Escuela Normal Central. Quien la dirigía, José María Izaguirre, un cubano que debió exiliarse por haber seguido a Carlos Manuel de Céspedes, líder independentista y primer presidente de la República de Cuba en Armas, había sido protegido por el presidente guatemalteco Justo Rufino Barrios, liberal y reformador, y encomendado en la dirección de la escuela y en la educación de jóvenes. La escuela había alcanzado nombradía internacional, por lo que su fama llegó a toda América latina y por ende a México, donde comenzaba la larga dictadura de Porfirio Díaz. De allí, como cuenta Izaguirre, llegó una vez "un joven procedente de esa república solicitando plaza de profesor. Su porte era decente, su exterior simpático y su manera de expresarse fácil y agradable. Me cayó bien. Le pregunté quién era y cuáles eran sus aptitudes para el magisterio, a lo cual me respondió:


–Soy cubano, vengo de México y me llamo José Martí. Mis aptitudes para el magisterio...


–¡José Martí! –le interrumpí yo–. Ese nombre no me es desconocido: lo he visto como el del autor de un folleto en que se habla de los martirios que el gobierno español hace sufrir a los pobres cubanos que manda a los presidios de Africa. Acaso...


–Sí, señor, yo soy el autor de ese folleto y el mártir a quien el mismo se refiere.


–Pues bien, señor Martí, su doble merecimiento de cubano y mártir le hacen acreedor a toda mi simpatía: cuenta usted con la colocación que solicita".


Acto seguido, Martí le dijo que quería ser franco y que, de aceptar la generosa oferta, debía consignar que estaba comprometido para casarse a los pocos meses en México con una joven cubana; que para ello necesitaría más adelante alrededor de un mes y que estaría de vuelta para continuar con la enseñanza. Izaguirre se lo concedió, y efectivamente Martí asumió el cargo, a los pocos meses se marchó por algunas semanas y volvió con su reciente esposa.


"Ella dio al desmemoriado/ una almohadilla de olor./ El volvió, volvió casado/ ella se murió de amor..." Pero en el interín había establecido una relación, no se sabe de qué grado aunque por las consecuencias se supone, con "la niña de Guatemala", María, una adolescente de buena familia, perteneciente al grupo de hijas del matrimonio García Granados, en la casa que él frecuentaba con asiduidad desde su llegada al país centroamericano, y a quien además daba clases en la Academia de Niñas de Centroamérica. El mismo Izaguirre nos informa: "Entre las hijas del general Miguel García Granados (ex presidente y líder de la revolución liberal) había una llamada María, que se distinguía de sus hermanas como la rosa se distingue de las otras flores. Era alta, esbelta y airosa: su cabello negro como el ébano, abundante, crespo y suave como la seda; su rostro, sin ser soberanamente bello, era dulce y simpático; sus ojos profundamente negros y melancólicos, velados por pestañas largas y crespas, revelaban una exquisita sensibilidad. Su voz era apacible y armoniosa, y sus maneras tan afables, que no era posible tratarla sin amarla. Tocaba el piano admirablemente, y cuando su mano resbalaba con cierto abandono por el teclado sabía sacar de él notas que parecían salir de su alma y que pasaban a impresionar el alma de sus oyentes. (...) desde que Martí frecuentaba la casa, se notó en ella cierta tristeza que nadie se explicaba, así como el silencio en que se encerraba delante de él. Era evidente que algo pasaba en su interior; pero ese algo nadie se lo explicaba y quizás ella misma ignoraba la causa de lo que le pasaba".


Hasta aquí, la "versión Izaguirre", algo tradicional y recargada, no sólo por la prosa de la época sino también por los excesos del Romanticismo. Pero hay otras: un estudioso y casi biógrafo de Martí que se llamó Manuel Isidro Méndez, español que se avecindó en La Habana y quedó deslumbrado por la personalidad intelectual y humana de Martí, precisa que el poeta escribe esos versos en el momento en que rompe con Carmen Zayas Bazán y ella lo deja e, inclusive, va al consulado español en Nueva York a "pedir protección" de su esposo –"un desafecto de España"– para poder regresar a Cuba. Y aporta (he aquí la gran contribución) algún documento de los días de aquel retorno, como esta carta de "la niña": "Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán. Te suplico que vengas pronto, Tu niña."


"Se entró de tarde en el río/ la sacó muerta el doctor./ Dicen que murió de frío/ yo sé que murió de amor." Ella, sostienen, de 17 años, se ahoga voluntariamente en el río. Sin embargo, el poema no ha sido tomado por los críticos en un sentido único, y no unánimemente consideran que, de parte de Martí, sea humilde y doloroso. Gabriela Mistral hasta le enrostra el hecho de estar "jactándose" de que una muchacha haya muerto de amor por él. Pero la gran poeta chilena no tiene en cuenta que el poema IX de los Versos sencillos, conocido como "La niña de Guatemala", sólo se publica (y, presumiblemente, se escribe) en 1891, es decir catorce años después. Cuando ya su matrimonio con Carmen Zayas Bazán estaba destruyéndose, y es probable que aquel amor de juventud, frustrado por la palabra empeñada, haya vuelto a su memoria con matices de arrepentida idealización: "Era su frente ¡la frente/ que más he amado en mi vida!". Así nació una de las tantas piezas maestras que dejó Martí a la lengua y a la poesía latinoamericana (y a la canción, puesto que fue extensamente musicalizada): "Callado, al oscurecer,/me llamó el enterrador;/ nunca más he vuelto a ver/ a la que murió de amor".

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"El éxito es un ratito, uno no consigue nada en la vida"

"La princesa roja", descendiente de la realeza polaca nacida en París hace 81 años, recuerda que se hizo periodista porque se dedicó a "andar de preguntona". No se cansa de repetir todo lo que le debe al periodismo, un oficio que, además, le permitió conocer México, país al que llegó cuando tenía diez años. La ficción, un terreno que la cautiva y donde siempre se ha sentido como en su casa, es su manera de ser y estar en el mundo. Autora de más de cuarenta obras, ningún género se le resiste –novela, cuento, teatro, poesía, crónica, ensayo, biografía, entrevista y artículos periodísticos–. Estaba en su casa, en el barrio San Miguel Chimalistac, al sur de México, cuando recibió un llamado desde España. Grande fue la sorpresa cuando le anunciaron que ella, la rebelde y mexicanísima Elena Poniatowska, ha ganado el Premio Cervantes, considerado el Nobel Español, dotado de 125 mil euros, que reconoce la figura de un escritor o escritora que con el conjunto de su obra haya contribuido a enriquecer el legado hispano. Poniatowska es la cuarta mujer en recibir este prestigioso galardón, luego de las españolas María Zambrano (1988) y Ana María Matute (2010) y la cubana Dulce María Loynaz (1992).

 

Los responsables de elegir a la narradora y cronista mexicana no escatimaron elogios para la premiada: "Por una brillante trayectoria literaria en diversos géneros, de manera particular en la narrativa y en su dedicación ejemplar al periodismo", sintetizaron los ganadores de las últimas dos ediciones, José Manuel Caballero Bonald (2012) y Nicanor Parra (2011), y José Manuel Blecua, director de la Real Academia de la Lengua, entre otros integrantes del jurado. "Su obra se destaca por su firme compromiso con la historia contemporánea. Autora de obras emblemáticas que describen el siglo XX desde una proyección internacional e integradora, Poniatowska constituye una de las voces más poderosas de la literatura en español de estos días." La flamante ganadora definió el Cervantes como "un regalo del cielo" que no esperaba y que fue "una gran sorpresa". La escritora acaba de publicar El universo o nada, una biografía sobre su esposo Guillermo Haro, un hombre que se dedicó a la astronomía y la física, alguien que estuvo enamorado del firmamento hasta su muerte, en 1988. "Yo espero que él me lo esté enviando porque él está cerca del cielo. Y supongo que sacar un premio como éste pues es un regalo del cielo", aseguró la escritora en una entrevista telefónica con la agencia Efe. Escribir para la autora de Tinísima, La noche de Tlatelolco y Leonora también es una forma de participar en los asuntos públicos de su país. De un tiempo a esta parte está alarmada por el destino de los jóvenes sin trabajo y sin oportunidades claras de abrirse camino. "He tratado con los libros y con el periodismo en que se llegue a un México donde los jóvenes tengan oportunidades. A mí me preocupa muchísimo que se vayan a perder generaciones de jóvenes", confesó Poniatowska, muy próxima al ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, quien dos veces perdió las elecciones presidenciales.


Aunque parezca una broma de culebrón mexicano, Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor es el nombre completo de la flamante ganadora del Cervantes. Poniatowska, que nació en París el 19 de mayo de 1932, llegó al mundo con un título de la nobleza polaca bajo el brazo, porque su padre, Jean Evremont Poniatowski Sperry, era heredero de la corona polaca, exiliado en Francia. El estallido de la Segunda Guerra Mundial hizo que su madre, Paula Amor, tomara una decisión que cambió sus vidas. Madre e hija partieron hacia México en 1942, mientras su padre luchaba con el ejército francés y participaba en el desembarco de Normandía. Aprendió el español y ciertas tradiciones mexicanas con su niñera, Magdalena Castillo. Después recibió tres años de formación religiosa en un internado en Estados Unidos, pero al volver a México se rebeló contra el esquema impuesto a las mujeres de su época –un matrimonio arreglado– y se inició en el periodismo, un espacio reservado entonces para hombres. Tenía 21 años y no conocía nada del oficio. "Ni siquiera tenía pasión por la escritura. Lo único que sabía hacer era rezar. En realidad quería ser médica, pero si entonces no había mujeres periodistas, mucho menos doctoras", contó en más de una ocasión.


Su carrera periodística empezó en 1954, en el periódico Excelsior. Pronto comenzó a colaborar en Novedades y actualmente escribe para La Jornada. A través de sus memorables entrevistas, reunidas en Palabras cruzadas (1961) y en Todo México (1990), le arrancó secretos y recuerdos a Max Aub, Rufino Tamayo, Renato Leduc, Silvia Pinal, Henry Moore, María Félix y Fernand Braudel, entre otros. Poniatowska precisó que siendo principiante tuvo un encuentro con el pintor Diego Rivera, repudiado por la familia de Elena por retratar desnuda a la poeta Pita Amor, hermana de su madre. "Cuando lo entrevisté yo ni sabía qué había hecho, así que le preguntaba puras babosadas. Eso le hacía mucha gracia", recordó la autora de Querido Diego, te abraza quiela, obra epistolar entre la rusa Angelina Beloff y el muralista mexicano. Sus amigos y maestros Octavio Paz –que la llamaba La Princesa Rebelde–, Juan Rulfo, Luis Buñuel y Carlos Fuentes, entre otras destacadas personalidades de la cultura, llegaron a pensar que la historia de México tendría menos sentido sin los textos de Poniatowska, que lleva publicados más de 40 libros de diversos géneros –traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, polaco, danés y holandés–, en los que retrata crudamente la realidad de su país desde diferentes ángulos. Sus primeros cuentos, Lilus Kikus, los publicó en 1954. Todo empezó el domingo (1963) es un conjunto de relatos sobre la vida dominical de los mexicanos; y Hasta no verte, Jesús mío (1969) es un novela basada en una larga entrevista a la lavandera Josefina Bórquez.


El 3 de octubre de 1968, la escritora mexicana fue a la plaza de Tlatelolco, cuando su hijo tenía apenas unos meses. "Era la primera vez que salía a la calle después de dar a luz", suele evocar Poniatowska. El día después de la masacre de estudiantes el escenario era propio de una guerra. "Había tanques, las calles estaban solas. El panorama era desolador." De sus observaciones nació uno de los principales testimonios de aquel aciago día: La noche de Tlatelolco (1971), una memoria de una de las jornadas más negras de México. Una estela atraviesa la obra múltiple, híbrida, de esta gran contadora de historias. La presencia de la mujer y su perspectiva del mundo, la ciudad de México con su belleza y tensiones, las luchas sociales y las injusticias, las voces de aquellos a los que se les niega el derecho a decir, vertebran algunas temáticas persistentes de los libros de una escritora y periodista que ha recibido muchísimos reconocimientos. Fue la primera mujer que obtuvo el Premio Nacional de Periodismo de México en 1978; con La piel del cielo ganó el Premio Alfaguara de Novela en 2001; en 2007 se quedó con el Rómulo Gallegos por la novela El tren pasa primero, que narra la lucha de un héroe del movimiento obrero mexicano, Demetrio Vallejo, líder de los ferroviarios, que colapsó al país en 1958-1959 con un paro nacional que la propia escritora siguió como periodista. La autora mezcla los recursos del testimonio, la narrativa histórica y la biografía novelada para entrelazar la historia de un movimiento social con la vida pública y privada de su líder. Convencida de que "la revolución mexicana se hizo en tren", su novela es un homenaje a los trabajadores del ferrocarril. En 2011 obtuvo el premio Biblioteca Breve de Seix Barral por su novela Leonora, sobre la vida de la pintora surrealista Leonora Carrington. Sólo rechazó el Premio Xavier Villaurrutia, en protesta contra los asesinatos en Tlatelolco.


Poniatowska nunca rehuyó al compromiso literario y político. Como periodista, entrevistó al líder sindical Demetrio Vallejo y durante muchos años quiso escribir una biografía. Hasta que en 2005 decidió volver sobre el tema y pudo escribir la novela El tren pasa primero. "Los ricos siempre tienen amanuenses, tienen quienes escriban sus biografías, le pagan a un escritor más o menos bueno para que escriba sobre sus vidas. Pero sobre los héroes populares se escribe muy poco", reconoció la escritora mexicana en una entrevista con Página/12. "Un día le pregunté a un estudiante si sabía quién era Demetrio Vallejo: 'Ni idea', me contestó despectivamente. Entonces pensé que no era justo ni con Vallejo ni conmigo misma. Yo tenía dos chicos chiquitos y había ido muchas veces a la cárcel a entrevistarlo y pensé que no podía tirar por la borda todo ese esfuerzo. Aunque para escribir la novela no utilicé mucho del material de las entrevistas, sobre todo esas partes en donde Vallejo echaba mucho de esos discursos de la vieja izquierda que para mí son soporíferos. Decidí escribir una novela sobre el movimiento ferroviario, pero inventando la historia y los personajes con libertad."


Es tan simpática y menuda que ríe con todo el cuerpo. Sencilla y cordial, Poniatowska celebra los premios como una joven rebelde que peina canas y que detesta, con razón, que la llamen Elenita, un diminutivo que además de infantilizar mixtura machismo y paternalismo. "¿Qué es el éxito? El éxito es un ratito. Uno nunca consigue absolutamente nada en esta vida. Como decía mi madre, aquí había un cantante que se llamaba Cri-Cri que cantaba 'allá en la fuente había un chorrito, se hacía grande, se hacía chiquito'. Así es el éxito", plantea la escritora. En mayo del año pasado, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) le organizó un homenaje para conmemorar sus 80 años. La bautizaron de las más diversas formas, "mujer sofisticada y culta", "la más valiente de las escritoras", "baronesa de papel", "escritora poderosamente humana", "la más importante autora contemporánea y la más querida", propagadora de la lucha contra las injusticias, profeta que señala todas las anomalías mexicanas. Michael K. Schuessler, biógrafo de la escritora, advierte que Poniatowska es la inventora de la literatura testimonial en México; la persona que mejor ha sabido concertar su enorme talento literario con un afán periodístico. "Esa habilidad para combinar, a partir de experiencias personales y domésticas, le han dado una perspectiva y una sensibilidad incomparables. No se puede hablar de la literatura mexicana del siglo XX y de principio del siglo XXI sin hablar de obras como Hasta no verte, Jesús mío, La noche de Tlatelolco, Nada, nadie. Las voces del temblor y ese gran fresco de la cultura mexicana del siglo XX que es Tinísima", postula Schuessler, doctor en literatura latinoamericana y autor de Elenísima. Ingenio y Figura de Elena Poniatowska.


La princesa polaca nunca buscó vivir en un palacio de cristal, alejada del mundanal ruido. Poniatowska se abrió paso con sus entrevistas de niña ingeniosa que pregunta con tono inocente y da la puñalada con una gracia infinita. Como quien no quiere la cosa, finge que no sabe lo que hace y puede exasperar a cualquiera. El periodismo la puso de patitas en la calle, le permitió husmear en barrios pobres, recorrer mercados populares, escuchar una multitud de voces. El periodismo fue la universidad que no tuvo, la escuela que le permitió integrarse a la sociedad mexicana de finales de los años cincuenta. "Sólo si me enfermara, fallaría en mi trabajo y siempre he hecho mi trabajo desde un punto de vista subalterno. No desde la victoria o el privilegio", revela la narradora. El periodismo le enseñó a hacer antesala si quería que la recibieran, a que su trabajo sería tijereteado en la mesa de redacción, a mantenerse lejos de los egos y las pretensiones con las que se comportan los escritores famosos. "Por índole propia, por carácter, por mi oficio, me he mantenido lejos de eso. Estoy acostumbrada a esperar." Valió la pena domesticar el ego, trabajar sin descanso, no desesperar y saber esperar. Maestra de la narración, princesa, periodista... todas las Elenas se condensan en una: la intérprete de lo popular, de los que no tienen voz.

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Jueves, 24 Octubre 2013 11:00

Mutis: El cantor del trópico

Mutis: El cantor del trópico

Como sucedió con la poesía de Eduardo Carranza –profesor de literatura de Álvaro Mutis–, que fue tachada de fascista, a Mutis se le señaló de burgués, escéptico, pesimista y desilusionado (que era verdad); y se le sindicó, además, de no haber escrito nada sobre Colombia (que no es verdad) dedicado sólo a temas universales (que en parte es verdad).

 

Su obra es una evocación de Coello –población tolimense. Y como expresa uno de sus admiradores: "nadie ha descrito mejor el trópico colombiano y todo el alboroto que produce en las hormonas la tierra caliente" (Fernando Quiroz).

 

Mutis escribió literariamente en prosa y verso, casi como un continuo y las dos son la expresión de un solo personaje, Maqcroll el Gaviero, para quien su degradación, y de las tierras por donde pasó, fueran su sino.

 

Dijo Cobo Borda: "La obra de Álvaro Mutis también ha recobrado el calor primordial de las vertientes montañosas donde se cultiva el café y los grandes árboles ofrecen su sombra. Esas noches del Tolima y esa erosión implacable de todo acto humano va configurando un alucinante territorio donde la razón y el deseo cruzan sus impulsos. Un mundo, además, que Mutis no vacila en confrontar con la Europa milenaria, en uno de los más fecundos diálogos que registre la literatura hispanoamericana" (Para leer a Mutis).

 

Este escritor nació en Bogotá y murió a los 90 años en Ciudad de Méjico. Él mismo se definió sin tapujos: "Nunca he participado en política, no he votado jamás, y el último hecho político que me preocupa de veras es la caída de Bizancio en manos de los infieles en 1453. Soy gibelino, monárquico y legitimista". Y en entrevista con Cobo Borda que data de 1981 explica esto último: Gibelino en cuanto partidario del imperio romano, germánico en su lucha contra el papado y el poder temporal de la Iglesia; monárquico porque "no concibo que se pueda obedecer a ningún poder que no tenga un origen trascendente" y legitimista, porque si se es monárquico, se debe aceptar a plenitud la noción y concepto de monarquía. Sin embargo rechazo la hispanidad por considerarla de la derecha franquista.

 

Estas opiniones le valieron el rechazo de la izquierda –y de otros–, a su obra sin siquiera leerla:

 

"Solo entiendo algunas voces.
La del ahorcado de Cócora, la del anciano minero que murió
De hambre en la playa, cubierto
Inexplicablemente por brillantes hojas de plátano; la de los huesos
De mujer hallados en la cañada de la Osa; la del fantasma que vive
En el horno del trapiche"
(El miedo, en "La balanza" 1948).

 

En "Los elementos del desastre", describe un pueblo de tierra caliente, "entre las brillantes hojas de los plátanos" y "bajo la verde y nutrida cúpula de un cafeto y sobre el húmedo piso acolchonado de insectos".

 

"Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
Sobre las altas ramas de los cambulos,
Ha vuelto a llover esta noche un agua persistente
Y vastísima
Que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
Que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales"
(Nocturno, en "Los trabajos perdidos", 1965).

 

En un diálogo de Maqcroll-Bolivar con un europeo, el primero le dice: "Aquí se frustra toda empresa humana –comento. El desorden vertiginoso del paisaje, los ríos inmensos, el caos de los elementos, la vastedad de las selvas, el clima implacable, trabajan la voluntad y minan las razones profundas, esenciales, para vivir, que heredamos de ustedes. Estas razones nos impulsan todavía, pero en el camino nos perdemos en la hueca retórica y en la sanguinaria violencia que todo lo arrasa. Queda una conciencia de lo que debimos hacer y no hicimos y que sigue trabajando allá adentro, haciéndonos inconformes, astutos frustrados, ruidosos, inconstantes". Es una tremenda reflexión de la definición del colombiano y latinoamericano visto por Maqcroll-Bolivar. Pero es también la angustia del poeta de no entenderse en la bella e inmensa geografía colombiana, comparada con la civilizada y centenaria Europa:

 

No le bastaron las espumosas y violentas torrenteras.....
No le bastaron a su desordenada condición....
Los bosques sombríos.
Nada hubo para el sosiego de su ira...
Ni los continuos viajes al reino de las reposadas soberanas".

 

En fin, como dijo Gabo: "La obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqcroll no es solo él, como con tanta facilidad se dice. Maqcroll somos todos".

 

Sus obras: La Balanza (1948), Los Elementos del desastre (1953), Reseña de los hospitales de ultramar (1959), Los trabajos perdidos (1965), Summa de Maqcroll el gaviero, La mansión de Araucaima (1975), y las novelas: La nieve del Almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1987), Un bel morir (1989), La ultima escala del Tramp Steamer (1988).

Publicado enEdición N°196
Viernes, 11 Octubre 2013 08:41

Condición humana

Condición humana

Las costuras del mundo se reventaron por el júbilo dice la voz narradora en uno de sus cuentos en Odio, amistad, amor, noviazgo, matrimonio, y me parece que tal podría ser el júbilo por la designación del premio Nobel de Literatura para Alice Munro.

 

No creo que se trate de una cuota por región, por país, por género, por política. El premio es por un recorrido minucioso que explora la condición humana a través de personajes de vidas sencillas que dejan de serlo mediante la disección de su pluma sagaz y sensible. Hombres y mujeres de diversas edades, profesiones, regiones son desplegados frente a los ojos del lector probablemente lejano a las circunstancias del relato, al clima y geografía donde se desenvuelve éste, pero cercanos, muy cercanos, a la geografía interior, a la arqueología de las sensaciones, pulsiones, pasiones en las que todos acabamos por reconocernos. A aquello que nos refleja más allá de cualquier circunstancia concreta.

 

Alice Munro tiene alrededor de quince libros de relatos escritos con maestría, la maestría que hace que la pequeña porción de una provincia sea muestra indudable de lo universal. Yo no he sido pescador de Newfoundland, Canadá, y sin embargo sí lo soy al leerla. Esa capacidad suya y ese cuidado literario, que ella nunca resalta, para escarbar en las grietas de lo que impulsa a las personas, hace que el lector común (the common reader de Virginia Woolf) acabe comprometido con la historia. Esa historia de amor, desamor, ambición, incomunicación, deseo será suya por haberla, el lector, vivido de otra manera. Por verse en el espejo de la grandeza y mezquindad humanas.

 

A Alice Munro se le ha comparado con Chejov en el sentido de que quienes protagonizan sus cuentos no son dictadores o héroes patrios o grandes traidores, como tampoco lo fueron en la escritura incomparable de Chejov. Son simplemente parte de la raza humana, la que puebla el mundo y no la excepción. Y tampoco necesita sumergirse en la sordidez de muchos de los libros actuales para que cautive con su escritura. Y como Munro incide en las circunstancias poco extraordinarias con maestría ejemplar, quienes se acercan a sus libros, además de sus pares, además de los académicos, además de la porción culta de lectores, lo hace la gente que camina por la calle para comprar una hogaza de pan o para visitar a un vecino o para acudir a una cita de amor. Es decir, Alice Munro nos habla a todos desde una voz tanto contenida como apasionada, que a la vez puede retratar la espera de un mejor futuro o la vista de un presente problemático o de un pasado doloroso o secreto o feliz. Y con todas las diferencias del caso, consigue en el lector lo mismo que extrajo Juan Rulfo fuera de las fronteras. Aquello que, bajo una primera mirada de extrañeza, lleva a un lector, digamos finlandés, a verse reflejado en los cuentos de El llano en llamas.

 

Y si bien la autora se ha asomado finamente a cuestiones de mujeres, no en balde lo es ella, y ha tenido la posibilidad de darles voz, su punto de vista no se circunscribe a ello, ya que las peripecias de la vida no se circunscriben a un solo género, como se sabe bien. Aquello que conmueve o altera al ser humano es objeto probable de su interés.

 

Alice Munro nació en Wingham, Ontario en 1931 donde vivió con sus padres en una granja en una situación económica no fácil. Estudió, costeando ella su carrera, en la Universidad de Western Ontario, donde, al cabo de los años, fue invitada como escritora en residencia. Y desde hace tiempo reside en Clinton, Ontario.

 

A partir de la obtención de su primer premio en 1966, y a pesar de ser poco proclive a la autopromoción, ha recibido un buen número de reconocimientos por su destacado talento. Quizá el más importante sea el Man Booker International de 2009, otorgado al conjunto de su obra. Y, aunque anunció que se retiraba del oficio, publicó un nuevo libro de relatos en 2012, Querida vida, del cual ella comentó que era el libro donde había empleado más datos personales suyos.

 

El premio Nobel de Literatura 2013 será entregado a una persona que ha logrado extraer el oro profundo escondido en las grutas de la condición humana.

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"En América latina estamos cumpliendo el ideal de Bolívar"

Unas pocas líneas de Ernesto Cardenal dicen un mundo, una bella galaxia en la que todo cabe, con un estilo sencillo, directo, sensible. "¿Qué hay en una estrella? Nosotros mismos. Todos los elementos de nuestro cuerpo y del planeta estuvieron en las entrañas de una estrella. Somos polvo de estrellas (...) De las estrellas somos y volveremos a ellas", se lee en la Cantiga 4 titulada "Expansión", incluida en Cántico Cósmico, tercer tomo excepcional de su Poesía Completa, publicada por editora Patria Grande. En el prólogo de esta edición tan necesaria como fundamental, el poeta venezolano Luis Alberto Angulo plantea que no caben dudas de que en algún momento comenzará sin resistencia a ser leído colectivamente como uno de los grandes poetas místicos de la humanidad.

 

"Quizás entonces nadie se asombrará de que los entes educativos y culturales de los gobiernos más avanzados del mundo publiquen en grandes tiradas sus obras y las repartan gratuitamente entre los estudiantes de todos los niveles." El Ministerio de Educación de la Nación ha distribuido las obras del poeta, sacerdote, teólogo, traductor, escultor y ex ministro de Cultura del gobierno sandinista –entre 1979 y 1987– en una colección para bibliotecas de escuelas secundarias (ver aparte). El bastón, las sandalias de pescador y la boina calada al estilo del Che avanzan ralentizando el tiempo en este hotel de Congreso. "Prefiero que no me hagan homenajes. No me agradan", dice el fatigado poeta que a los 88 años podría ser una suerte de Bartleby latinoamericano de la poesía.

 

Aunque preferiría no hacerlo, Cardenal será homenajeado hoy a las 17.30 en el Salón Leopoldo Marechal del Palacio Sarmiento, en una actividad organizada conjuntamente por el Ministerio de Educación y la Editora Patria Grande. Participarán la periodista y conductora Ana Cacopardo, la cantante Teresa Parodi, el actor Horacio Roca y el poeta y conductor Tom Lupo, quienes leerán poemas del poeta nicaragüense. Los periodistas y escritores Reynaldo Sietecase y Stella Calloni compartirán sus experiencias sobre cómo Epigramas, Hora 0, Salmos, Oración por Marilyn Monroe y otros poemas, El estrecho dudoso, Canto Nacional, Oráculo sobre Managua y Los ovnis de oro, entre otros títulos, impactaron en sus vidas y en sus obras. También hablará el poeta Jorge Boccanera. En el marco de su visita al país, el autor de El Evangelio en Solentiname será de la partida del Primer Festival de Poesía en la Feria del Libro de Mendoza, el próximo viernes. Y el sábado, finalmente, presentará su Cántico Cósmico en el Espacio Cultural Le Parc, de Guaymallén. En 2009 obtuvo el Premio Pablo Neruda de Poesía, el primero que recibió quien hasta entonces se consideraba "el poeta menos premiado de la lengua castellana". El año pasado, para atemperar esta sentencia o prejuicio, le otorgaron el Premio Reina Sofía. Y quién sabe si no se avecina el Premio Nobel de Literatura, al que estuvo nominado en 2005, a pesar de que Cardenal agita las manos como si estuviera espantando mosquitos suecos.

 

Un Big Bang descomunal ha sido el impacto que le produjo la poesía norteamericana, especialmente la obra de Ezra Pound, a quien tradujo al español, luego de su permanencia en Nueva York, entre 1948 y 1949, como estudiante de la Universidad de Columbia. Del poeta norteamericano, Cardenal tomó un recurso que "consiste más que en un collage, más que en la cita de un trozo de rango poético, en una sabia redistribución de la prosa del historiador o del viajero hasta que alcance un nivel lírico o épico". "Sus poemas son así, bellos y vastos documentos ajenos cuya gracia está en los cortes y en las junturas", advierte Pablo Antonio Cuadra. El sacerdote y monje trapense comprometido con la liberación de los pueblos reconoce que la influencia capital de Pound le hizo ver que "no existen temas o elementos que sean propios de la prosa, y otros que sean propios de la poesía". "Todo lo que se puede decir en un cuento, o en un ensayo, o en una novela, puede también decirse en un poema. En un poema caben datos estadísticos, fragmentos de cartas, editoriales de un periódico, noticias periodísticas, crónicas de historia, documentos, chistes, anécdotas, cosas que antes eran consideradas elementos propios de la prosa y no de la poesía."

 

Su mirada se enciende cuando recupera al niño que fue. "Mi primer recuerdo no es escribiendo, es haciendo un poema antes de poder escribir. Lo decía de memoria, creo que tendría unos seis años. Así empezó la humanidad y así también empezó mi poesía en la infancia", cuenta Cardenal a Página/12.

 

–Al releer su Poesía Completa, llama la atención encontrar en uno de los Salmos que "las galaxias cantan la gloria de Dios...", algo que trabaja intensamente en Cántico Cósmico. Su interés por la ciencia y el universo aparecen tempranamente, ¿no?

 

–Pues sí, de muy joven tenía interés por la ciencia, por hacer poesía con la creación y con el lenguaje científico, no el lenguaje –digamos– bíblico, sino de los descubrimientos más recientes. Desde la época de los Salmos y otros poemas juveniles estaba la poesía científica. Y después, leyendo más, documentándome más, fui ampliando esa poesía científica. Desde entonces tenía la vocación de "poeta de la ciencia", si se puede decir así. La poesía ya estaba desde el principio, con Dios.

 

–¿La incertidumbre científica no colisionó con su cristianismo? ¿Siempre pudo compatibilizar ciencia y fe?

 

–Sí, perfectamente. La fe y la ciencia para mí son lo mismo. No hay ningún conflicto porque la ciencia es la explicación de la creación, la creación es poema y el creador es poeta. Poema es creación en griego y San Pablo llama a la creación de Dios "poiema", como un poema de Homero.

 

–Se suele pensar que la ciencia se opone a la fe o que al menos la cuestiona.

 

–Así ha sido muchas veces ese conflicto. Pero en mi caso no, de ninguna manera.

 

–¿Por qué no se dio ese conflicto? ¿Tal vez el arte contemplativo le permitió unir elementos que a veces se contraponen?

 

–Pudiera ser, sí. También como poeta, que viene a ser casi lo mismo que el arte contemplativo. Cántico cósmico está pensado como una épica o una epopeya.

 

–¿Hay épica y epopeya en la poesía actual?

 

–Casi no hay. Hay en la novela, pero no en la poesía. La novela es la épica actual. Y por eso la novela es muy popular y la poesía no. Casi nadie lee poesía y eso es culpa de los poetas, que escriben una poesía que no interesa.

 

–Cuando dice que la culpa es de los poetas, ¿se refiere a que no son claros en los poemas que escriben?

 

–Exactamente. Son herméticos y no se entiende ni es para entender, y por lo tanto no es para interesar a la población. Yo siempre quise hacer una poesía que se entendiera y que comunicara.

 

–Se dice que sólo conocemos alrededor de un 9 por ciento del universo, una cifra pequeña.

 

–Así es, más o menos. El universo visible es una parte ínfima. Gran parte de la materia no la vemos, es la llamada "materia invisible".

 

–¿Qué hace el poeta con eso que no se ve?

 

–Es el gran misterio sobre el que podemos meditar, aunque la mayoría no piensa en eso. Pero debe pensarse porque la mayor cantidad de realidad que existe es la que no se ve: la energía oscura y la materia oscura. Me gusta mucho mirar las estrellas también cuando hago oraciones, así tengo el universo presente, comunicándome con Dios a través de su creación.

 

–¿Lee muchos textos científicos?

 

–Sí, es casi todo lo que leo. No suelo leer poesía porque ya no encuentro nada nuevo en lo que se escribe. Leo libros de ciencia. O bien temas de actualidad, que son también los temas de Cántico Cósmico.

 

–A propósito de la actualidad, ¿cómo vive el presente político de Latinoamérica?

 

–Con mucho amor, con mucho interés, con mucha preocupación, con mucha esperanza. Y sobre todo con optimismo. Hay una nueva realidad en América latina, una nueva independencia. La primera independencia fue del imperio español, ahora es del imperio yanqui. La segunda independencia se está logrando en muchos países, en algunos ya con gobiernos independientes. Y en otros con una independencia relativa. Hugo Chávez fue una gran figura; puede haber tenido los defectos que tú quieras. Sin embargo, su gran mérito fue reanudar el ideario de Bolívar: la creación de una América latina unida para contraponerse a la del Norte. Estamos cumpliendo el ideal de Bolívar de hacer una sola nación.

 

–En ese sentido, ¿cómo anda Nicaragua?

 

.. Muy mal. Lo que hay ahora no es una revolución ni es de izquierda. Es una dictadura personal, familiar, de una pareja, de un matrimonio y sus hijos. Algo muy vergonzoso... Para mí es peligroso seguir hablando de este tema porque tengo que regresar a Nicaragua.

 

–¿Es peligroso para usted vivir allá?

 

–Sí, pero no puedo seguir hablando...

 

Y no habla por unos segundos, como si se replegara en un silencio irreprochable. Este sacerdote ha integrado escritura y militancia política y, junto a su maestro y amigo Thomas Merton, fundó en 1966 una pequeña comunidad contemplativa en Solentiname, donde se fomentó el desarrollo de cooperativas, se creó una escuela de pintura primitiva y un movimiento poético entre los campesinos, además del trabajo de concientización sobre la base del Evangelio interpretado en clave revolucionaria. "Como marxista, Cardenal es hereje; y como sacerdote católico, está al filo de otra herejía, pues rechaza la noción de la incompatibilidad de fe cristiana y política socialista –subrayó Paul W. Borgeson–. En poética, también discrepa con circunscripciones tradicionalistas, en su rechazo de la metáfora y su inclusión de lo común y corriente dentro del arte verbal. Creer y crear, política y fe en Dios no están reñidos para Cardenal: contrariamente, insiste en que el uno lleva definitivamente a lo otro. Así, estas vertientes marcan su obra definitiva." Cuando Juan Pablo II visitó oficialmente Nicaragua, en 1983, el pontífice –frente a cámaras de televisión que transmitían a todo el mundo– amonestó e increpó severamente al poeta y sacerdote, arrodillado ante él en la misma pista del aeropuerto, por propagar doctrinas apóstatas según la fe católica y por formar parte del gobierno sandinista. El sacerdote de la teología de la liberación, obstinado rebelde contra el Vaticano, estaba recién llegado a Mendoza, en abril de este año, cuando se desayunó con una sorpresa. "En la primera entrevista que tuve, el periodista me preguntó qué opinaba del papa argentino. ¿Cómo el papa argentino? Pensé que preguntaba por el caso de que se eligiera alguna vez un papa argentino. Tres veces le tuve que preguntar hasta que entendí que habían elegido un papa argentino", recuerda el poeta.

 

–¿Cree que habrá cambios en la Iglesia?

 

–Sí, al principio no pensé que pudiera estar haciendo todo lo que está haciendo... algo verdaderamente increíble porque está poniendo las cosas al revés. Como debe ser, porque todo estaba mal puesto. Que un papa no ande en el papamóvil sino en el carro más pequeño del Vaticano es el mundo al revés. Los últimos serán los primeros; eso está haciendo Francisco.

 

–¿Cree que el papa Francisco puede revisar la "suspensión a divinis" que pesa sobre usted?

 

–A mí no me afecta porque es una prohibición para administrar sacramentos y yo no me hice sacerdote para administrar sacramentos y andar celebrando bautismos y matrimonios, sino para ser contemplativo. Y sigo siéndolo. Es más bien un estorbo para mí la práctica pastoral, no es mi vocación. Como poeta y como sacerdote soy un contemplativo.

 

–¿Qué pasaría si el Papa le quitara esa prohibición de suministrar los sacramentos?

 

–Más bien me puede complicar la vida. Me pondría en compromisos que no tengo actualmente... Ya me siento muy cansado, casi no dormí anoche y me estás haciendo muchas preguntas.

 

–¿El próximo premio que recibirá será el Nobel de Literatura?

 

–Me complicaría también la vida... no creo que exista ese peligro.

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Lunes, 23 Septiembre 2013 09:30

La cárcel y el pensamiento crítico

De izq. a der.: Hernando Gómez, Renán Vega, Omar Roberto Rodríguez

"Dolor infinito debía ser el único nombre de estas páginas.

Dolor infinito, porque el dolor del presidio es el más rudo, el más devastador de los dolores, el que mata la inteligencia, y seca el alma, y deja en ella huellas que no se borrarán jamás.


Nace con un pedazo de hierro; arrastra consigo este mundo misterioso que agita cada corazón; crece nutrido de todas las penas sombrías, y rueda, al fin, aumentado con todas las lágrimas abrasadoras".


José Martí, El presidio político en Cuba. (1873)

 

Tengo el privilegio de participar en este evento gracias a la invitación personal que me ha hecho mi dilecto amigo Miguel Ángel Beltrán, lo cual para mí es un honor y una responsabilidad solidaria. Un honor que yo pueda dirigir unas palabras sobre su nuevo libro, y una responsabilidad, porque los profesores de la universidad pública estamos siendo amenazados y es un deber y una obligación oponernos a los designios de quienes representan a los pregoneros de la guerra y el odio. En esta ocasión quiero referirme de manera breve y panorámica a tres cuestiones: al autor, a la obra, y a la cárcel.

 

EL AUTOR


Una tendencia de la crítica literaria y bibliográfica afirma que cuando se comenta una obra debe hacerse abstracción de quién es el autor y centrarse en forma exclusiva en la obra misma, para juzgarla de manera intrínseca y entender desde dentro sus virtudes y limitaciones, con independencia de la producción previa de un autor y de su trayectoria. Este presupuesto es difícil de aceptar cuando se comenta un libro como el que hoy estamos presentando, porque la vida de Miguel Ángel Beltrán está indisolublemente ligada, incluso como autobiografía, a su obra La vorágine del conflicto colombiano. Por tal razón, antes de hablar del libro que nos convoca es indispensable referirnos a su autor, lo cual nos remite al contexto colombiano actual.


Miguel Ángel es un notable estudioso e investigador de la realidad colombiana, pero no es un académico convencional, sino un activo participante en el drama de la vida nacional. Esto lo ha llevado a mirar la situación del país de una manera mucho más profunda que la del investigador tradicional y del típico profesor universitario, cuya relación con el saber social es puramente instrumental, porque cada vez se aísla más del mundo real, se centra en forma endogámica en una especialidad restringida y vende el conocimiento como cualquier mercancía (como sucede en Colombia con los violentologos).


Ese vínculo entre el conocimiento y el compromiso atraviesa toda la vida y obra de Miguel Ángel, siempre consagrada a la universidad pública, tanto como estudiante (en la Universidad Distrital, la Universidad Nacional y la UNAM de México) y como profesor. Este hecho es importante resaltarlo porque allí se encuentra, a mi modo de ver, el origen de la persecución que soporta nuestro colega y compañero.


Al respecto deben recordarse algunos hechos de esa persecución, que evidencian una responsabilidad directa del Estado en general y del uribismo en particular. El 1 de marzo de 2008 el Estado colombiano cometió un crimen de guerra en Sucumbíos Ecuador, lugar en el que fueron asesinados a mansalva 26 personas, entre ellas un ecuatoriano y cuatro estudiantes mexicanos, cuyos nombres no se pueden olvidar: Verónica Natalia Velázquez, Soren Ulises Avilés, Juan González del Castillo y Fernando Franco Delgado. Estas personas eran estudiantes de la UNAM y estaban vinculados al programa de Estudios Latinoamericanos. Además, en esa ocasión se inventó el mágico e indestructible computador de Raúl Reyes donde, como en la lámpara de Aladino, todos los días siguen saliendo documentos que inculpan a Raimundo y todo el mundo de ser terroristas y donde se anuncian con increíble precisión todos los hechos posteriores a 2008, en Colombia y en el mundo, ¡tales como las luchas de la MANE, el Paro Agrario e incluso los ataques de Estados Unidos a Libia y a otros países del medio oriente!


Aparte de calumniar a los estudiantes asesinados, para desviar la atención por el crimen cometido, el uribismo y sus áulicos mediáticos y académicos necesitaban un hecho de carácter internacional en el que se involucrara a un colombiano de la universidad pública con la UNAM, entidad que venía siendo infiltrada en forma ilegal por ese gobierno, como se ha comprobado después. El objetivo desde luego era claro: mostrar ante la opinión que esa respetable casa de estudios, la UNAM —que ha dado acogida a perseguidos políticos de todo el mundo durante diversas épocas— es un centro terrorista y, de esta manera, enlodar aún más la imagen de los cuatro estudiantes asesinados y justificar dicho crimen. En estas circunstancias, se prepara y efectúa el secuestro de Miguel Ángel Beltrán en México, donde él estaba adelantando estudios de Posdoctorado. Este es un hecho vergonzoso para el Estado de México, que se hizo cómplice de otro crimen del parauribismo y terminó con una tradición histórica de ese país como territorio que daba asilo a refugiados y perseguidos. Al respecto en el libro que comentamos se encuentra un testimonio que reafirma esto que decimos, el del periodista Rafael Maldonado Piedrahita, entrevistado en 1991:


"México era para nosotros en ese momento, el París para los Europeos, el país nación donde histórica y tradicionalmente, los exiliados políticos y los intelectuales habían encontrado cobijo. Recordemos que todos los poetas latinoamericanos, que todos los panfletarios latinoamericanos, que toda la intelectualidad perseguida del continente, termina asilada en México, entonces para nosotros formaba parte de esa tradición cultural y política de asilo y ninguno de nosotros pensaba en Lima, Buenos Aires o Río de Janeiro. Para nosotros el sitio obvio, natural, de asilo era México". (p. 176).


El régimen de Felipe Calderón rompió con esa tradición de casi un siglo, lo que se reafirmó con lo sucedido a Miguel Ángel. Éste fue secuestrado y traído en forma ilegal a Colombia, donde los esbirros del régimen lo maltrataron y lo presentaron ante los medios de comunicación como un "peligroso terrorista" y se inició un falso positivo judicial, que aún no termina. Este hecho criminal fue avalado y amplificado por los medios de desinformación masiva, con todo tipo de mentiras e infundios. La farsa duró dos largos años en los cuales Miguel Ángel permaneció tras las rejas, hasta que una a una se fueron cayendo las falsas pruebas y nuestro amigo quedó en libertad.


Pero para él la tragedia no ha terminado, porque después de su retorno a la Universidad Nacional, un Torquemada medieval que ocupa un alto cargo público se encargó de abrirle un proceso disciplinario absolutamente arbitrario, con las mismas falsas pruebas usadas por la Fiscalía, y, como en el caso de la Senadora Piedad Córdoba, procedió a destituirlo de su cargo de profesor y a inhabilitarlo para ejercer cargos públicos durante 13 años, según falló en primera instancia del 3 de septiembre de este año. No sobra decir que esto representa la muerte laboral y pública y la violenta interrupción de una notable carrera docente e investigativa.


Hay que decirlo con todas las letras: este ataque planificado, realizado con toda la impunidad que ronda a los poderosos de este país, se centra en forma personal en Miguel Ángel, pero el asunto no se queda ahí, porque lo que en realidad se está poniendo en cuestión es la libertad de pensamiento y opinión en general y en particular en el ámbito universitario y académico, para que todos los que pensamos distinto a las clases dominantes y al Estado seamos acallados y criminalizados. El mensaje que transmite la Procuraduría es similar al de los inquisidores y censores de todos los tiempos: aquel que piense, escriba, opine en forma distinta a la oficial sobre el conflicto interno colombiano es y será considerado como un "guerrillero desarmado" o un "terrorista de civil", que debe ser acallado y procesado en el mejor de los casos o asesinado y desaparecido, como sucedió con el también sociólogo colombiano Alfredo Correa de Andreis, quien murió por acción del DAS el 17 de septiembre del 2004.


Entre paréntesis, el 17 de este mes el DAS pidió perdón obligado y por orden judicial colocó una placa en la ciudad de Barranquilla, en el mismo lugar en donde fue asesinado el investigador costeño, con esta inscripción: "En memoria de Alfredo Correa De Andreis, asesinado en Barranquilla el 17 de septiembre de 2004. Hechos como los que originaron su muerte, jamás deberán repetirse. DAS en proceso de supresión, 17 de septiembre de 2013". Ese día Magda Correa de Andreis, hermana del profesor asesinado, sostuvo que una "administración tenebrosa le hizo un montaje que le provocó la muerte"i.


He aquí el meollo del asunto: los pensadores críticos e independientes han sido y siguen siendo perseguidos por una "administración tenebrosa" y una (in)justicia también tenebrosa, que se basa en la mentira, la calumnia, la invención de pruebas, para perseguir a todos los que disienten, con el fin adicional de reafirmar su proyecto de liquidar de una vez por todas con lo que queda de universidad pública.


Mientras esto sucede, de lo cual Miguel Ángel es la prueba más palpable, los verdaderos criminales siguen actuando a sus anchas. Esto, por lo demás, no nos debe extrañar porque en una sociedad traqueta, como lo es la colombiana, lo que da prestigio no es el estudio o el ejercicio del pensamiento, sino los crímenes cometidos. De ahí que Pablo Escobar y sus émulos tengan tanta popularidad en el país y en algunas universidades se dicten cátedras que llevan el nombre de parapolíticos condenados, como sucede con César Pérez García, responsable intelectual y organizador de la masacre de Segovia en 1988, en la que fueron asesinadas 43 personasii.


Pero no nos desviemos de nuestro objetivo, que es el de apreciar las calidades intelectuales, académicas y humanas de Miguel Ángel Beltrán, cuya límpida trayectoria de investigador no se ha visto entorpecida, ni mucho menos, por la privación de la libertad y el acoso al que se ha visto sometido, y que lo ha llevado a exiliarse en forma forzosa. Por el contrario, y como claro ejemplo que el saber comprometido con las causas populares y las vastas mayorías de este país, no tiene como objetivo intereses personales y falsos reconocimientos, Miguel Ángel ha producido en los últimos años varias obras, entre las que cabe mencionar Crónicas del "otro cambuche" y La vorágine del conflicto colombiano.


Con esto se demuestra que, cuando se tienen convicciones profundas y principios definidos, ni la cárcel ni la persecución pueden silenciar a los pensadores ni ocultar las verdades que éstos recuerdan a diario.

 

LA OBRA


La dura realidad latinoamericana se constituye en el trasfondo en el que se origina una importante producción bibliográfica crítica y alternativa a las explicaciones convencionales y conservadoras, y que desde el mismo siglo XIX ha ido forjando una rica y creativa veta explicativa sobre lo propio y específico de nuestro continente.


Después de la Revolución Cubana y durante el último medio siglo esa producción bibliográfica creció y se multiplicó a lo largo y ancho del continente, dando origen a un género propio y forjado de manera creadora en estas tierras: el testimonio. Es tal la importancia de esta forma de reflexión y escritura que Casa de las Américas —ese faro de la cultura al que tanto debemos los latinoamericanos, con sede en La Habana— creó hace muchos años un premio a este género, el cual ha reconocido a valiosas obras, en las que emergen extraordinarias historias de seres anónimos, que de otra manera nunca hubieran sido conocidas.


El género testimonio es un hibrido entre la literatura y la reflexión política y social, en el que se combinan la autobiografía, las historias de vida, la historia oral, las vivencias personales y el análisis sociológico e histórico. La importancia de este género testimonial estriba en que ha permitido conocer las voces de los vencidos, de los de abajo, de los humildes y ha producido obras de trascendencia universal, como Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet o Memorias de Miguel Mármol, de Roque Dalton, para señalar tan solo dos ejemplos. En la primera se reconstruye la vida de Esteban Montejo, un antiguo esclavo que en 1963, cuando tenía más de cien años, narró las peripecias de su extraordinaria existencia en la Cuba de finales del siglo XIX. En la segunda obra se recrea la apasionante vida de un dirigente del partido comunista de Salvador, que fue uno de los treinta mil fusilados de 1932 por la terrible dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, y que por pura suerte sobrevivió.


Desde la década de 1960 el género testimonial ha incursionado en diversos temas y se ha expandido en términos geográficas por todo el continente. Esto se explica por la misma complejidad y riqueza social y cultural de nuestras sociedades, diversidad y riqueza que se ha intentado extirpar mediante la fuerza bruta y el opio mediático, como lo han hecho las dictaduras militares y los regímenes de seguridad nacional Made in USA, todos los cuales dejaron, y dejan, una estela de sangre y horror, con el intento no solamente de destruir cualquier proyecto alternativo al capitalismo, como sucedió en Chile hace 40 años, sino también de borrar la memoria de las luchas de los vencidos y legitimar los crímenes de las clases dominantes y de los Estados.


En ese contexto adquiere un significado especial el testimonio, porque se constituye en un medio literario, estético y político —en el sentido profundo del término—de dar a conocer la injusticia y desigualdad de nuestras sociedades, junto con la extraordinaria capacidad de resistencia, lucha e imaginación de los explotados y oprimidos.


En nuestro país también se ha consolidado el género testimonial, el cual se encuentra íntimamente ligado a la violencia estructural imperante desde hace varias décadas. Entre esos aportes se pueden mencionar, a manera de ejemplos, la obra pionera Las Guerrillas del Llano de Eduardo Franco Isaza (1955) y las de Alfredo Molano. Esas obras han abierto camino a muchos autores, que han recurrido a la misma técnica para contar sus historias personales y las de otras personas. En este sentido, habría que diferenciar, aunque su distancia sea sutil y relativa, entre el testimonio autobiográfico y el testimonio que reconstruye la vida de otros. En cualquier caso, lo decisivo radica en que una obra de esta naturaleza relata hechos vividos en forma directa y se reconstruyen a través de la palabra viva, la que luego es recreada por el escritor y se plasma en un texto impreso.


A esta técnica es la que recurre Miguel Ángel en su libro La vorágine del conflicto colombiano, a partir de su propia experiencia como preso político en varias cárceles del país. El autor vive en forma directa esa traumática experiencia y a partir de allí concibe y escribe esta enjundiosa obra, para mostrar tras los barrotes la compleja y terrible historia de Colombia, desde el 9 de abril hasta la actualidad. Con su mirada de sociólogo, Miguel Ángel escruta todo lo que se encuentra a su alrededor en la cárcel y, recurriendo a un papel, a un lápiz y a su memoria personal, toma nota de todo lo que ve, y sobre todo, de lo que escucha. Así, durante los largos 25 meses de su cautiverio, va armando un libro, primero en su cabeza, que luego plasma magistralmente en papel y que hoy tenemos la fortuna de conocer. En condiciones tan complicadas para la labor intelectual, el autor recurre a la técnica testimonial de las historias de vida, a través de las cuales describe un intrincado tejido social en el que se configura la trayectoria existencial de los reclusos de las cárceles colombianas, pero en especial de aquéllos que están relacionados directamente con el conflicto armado.


Con una gran amplitud mental, pero con una notable firmeza política, Miguel Ángel reconstruye el conflicto interno del país, a través de las voces y recuerdos de algunos de sus protagonistas directos, los cuales cuentan y analizan su propia vida, pero también la de Colombia. Con un estilo literario directo y comprensible se presentan testimonios de guerrilleros, paramilitares y miembros de los cuerpos represivos del Estado, con lo que se proporciona una imagen integral de la guerra que soportamos. Para el efecto, el libro se divide en tres partes: la primera se titula "Protagonistas del conflicto" (pp. 35-157), la segunda, "La cárcel: 'juntos pero no revueltos' (159-282), y la tercera y última, "los hilos del pasado" (283-381).

 

 


En la primera parte se presentan, en su orden, testimonios de militares, paramilitares, guerrilleros y uno especial de un personaje que fue en forma sucesiva guerrillero, soldado y paramilitar, que es, como lo dice el autor, un caleidoscopio de la guerra en Colombia. En esta parte, se evidencia el origen humilde y campesino de las personas que participan e intervienen en forma directa en la guerra, y queda claro, sin necesidad de leer con mucho cuidado, que la violencia tiene un origen estructural, y opera como un mecanismo para perpetuar la desigualdad y la injusticia en beneficio de los poderosos, lo cual se ha sustentado en un prolongado terrorismo de Estado. Esto no lo dice el autor en forma directa, sino que emerge de los mismos testimonios, en los que queda claro, en contra del falso sentido común que engendra el mismo Estado y falsimedia, que las violencias no son iguales ni simétricas, sino que la responsabilidad principal recae en el Estado, como lo dice Juan Carlos López un suboficial (r) del Ejército, para quien "las autodefensas son el ejército oculto del estado" (p. 60). O como lo sostiene en forma enfática Yimmy, miembro de las Autodefensas Campesinas del Casanare:


"Nosotros no fuimos los únicos victimarios [...] hay agentes del Estado, altos funcionarios y políticos que también lo son y que contribuyeron a fortalecer las organizaciones de autodefensas.


[...] la lucha de las autodefensas fue iniciativa del mismo Estado: la desaparición forzada, las masacres fueron estrategias provenientes del mismo Estado y de sus agentes y nosotros recibimos de ellos sus instrucciones militares antisubversivas y hoy, detrás de estas rejas, venimos a darnos cuenta que fuimos utilizados por el Estado [...]". (pp. 87-88).

 

Este es un aspecto importante, porque hoy se difunde la falsa imagen que el Estado no es el principal responsable de la violencia y, en el mejor de los casos, que las violencias son simétricas. Con los testimonios que trae el libro de Miguel Ángel se demuele esta falacia.


Esta primera parte transcurre, por decirlo así, en el ámbito externo y previo a la cárcel, cuando los protagonistas recuerdan sus episodios de guerra. La segunda parte se traslada de ese ámbito externo al interno, a la cárcel propiamente dicha. Allí lo que se cuenta es la miseria e injusticia de la cárcel en Colombia, convertida en un verdadero molino de destrucción de los seres humanos que tienen la desgracia de llegar allí, sin importar si son presos sociales o políticos, y ese lugar no tiene el mínimo atisbo de ser un centro de resocialización o reeducación como dice la propaganda oficial. Pero también se relata la manera como los presos políticos se organizan para no dejarse hundir en medio de la miseria y la desesperanza y mantienen sus concepciones y sus formas colectivas de lucha.


Estos presos políticos resisten a pesar de que el Estado y la prensa nieguen su existencia y como en la época de Julio César Turbay Ayala se haya convertido en axioma la cínica afirmación, que también aparece referenciada en el libro, de ese nefasto Presidente de la República (1978-1982) que negando la existencia de esos prisioneros, haya dicho que aquí en Colombia el "único preso político soy yo". Esa negación, que complementaba la negación del conflicto armado interno, ha servido al Estado para violar los más elementales derechos de los prisioneros y ocultar, literalmente, la existencia de unas 8.000 personas que están detenidas por sus convicciones políticas.


Afortunadamente, voces valientes como las de Miguel Ángel y la Fredy Julián Cortés –otro profesor de la Universidad Nacional encarcelado arbitrariamente y autor del libro Te cuento desde la prisión— han mostrado con sus escritos y denuncias que en Colombia si hay presos políticos y que soportan condiciones indignas e inhumanas de existencia.


Finalmente, en la tercera parte del libro, Miguel Ángel se anticipa y responde a la negación de la historia sobre el origen del conflicto en Colombia —que se acaba de oficializar en el Informe del grupo de Memoria Histórica—, en donde se sostiene que ese conflicto se desencadena con la aparición de la insurgencia de izquierda durante el Frente Nacional, con lo cual se lava la imagen de los partidos tradicionales y se borran sus crímenes (unos 300 mil muertos, por lo menos) durante la fase de la violencia partidista, entre 1945 y 1958. El autor reconstruye los hilos del pasado, que no han desaparecido, que unen el hoy y el ayer, y que implica, en términos historiográficos y políticos, incorporar la "primera violencia" para entender la actual. Eso se hace con el testimonio del padre de Miguel Ángel, un oficial retirado de la Policía Nacional, en el que se recuerda parte de lo sucedido después del asesinato de Gaitán y la violencia ejercida por pájaros y chulavitas, como se llamaba a los paramilitares de aquella época. También aparecen testimonios de otros momentos álgidos de la violencia contemporánea, referidos al exterminio de la Unión Patriótica y la persecución al M-19 tras el robo de armas al Cantón Norte, efectuado a finales de 1978.


Hay que decir que por momentos el autor recurre a la ironía, al valerse de algunos documentos oficiales en los que se dicen bellezas que nada tienen que ver con la realidad nacional, tal y como se patentiza con las afirmaciones de Turbay Ayala sobre la inexistencia de presos de conciencia en este país en los años de 1979-1980, cuando las cárceles estaban repletas de miembros del M-19 y de otras organizaciones insurgentes, y cuando se había generalizado la tortura contra los opositores políticos, como expresión clara del terrorismo de Estado.

 

LA CÁRCEL

 


Un último punto al que me quiero referir en forma breve es el de la cárcel, porque constituye el escenario en el que se concibió este libro y la temática de fondo del mismo. La cárcel simboliza a pequeña y mediana escala la profunda injusticia y desigualdad imperante en este país, porque allí se traslada y evidencia la estructura de clases aquí existente.


No sorprende que los presos sociales —pertenecientes, en términos generales, a los sectores más pobres y humildes de la sociedad— y los presos políticos —muchos de ellos de origen campesino— estén hacinados en condiciones indignas y soportando todo tipo de vejámenes y humillaciones, mientras que los pocos presos de las clases dominantes (parapolíticos, miembros del Paramento, delincuentes de cuello blanco –como los Nule) o ligados a ella (como uno de los responsable de la masacre del Palacio de Justicia) residan en lugares que no tienen nada que envidiarle a los hoteles de cinco estrellas. En condiciones similares se encuentran los miembros del Ejército y la Policía responsables de crímenes de guerra y de lesa humanidad que disfrutan del Melgar Resort y hoteles parecidos, con comodidades increíbles, las que nunca podrá alcanzar un colombiano común y corriente.


Los dos libros de Miguel Ángel referidos en forma directa o indirecta a su arbitrario e injusto cautiverio nos dicen mucho sobre esa dura realidad que se quiere negar, pero que está ahí y que nos abruma por su brutalidad: la de las cárceles colombianas. Allí se consume la vida de miles de colombianos que no tuvieron la oportunidad de estudiar, de conseguir un empleo digno, de tener un ingreso que les permitiera sobrevivir a ellos y sus familias, que se vieron empujados a llevar drogas en su cuerpo hacia los Estados Unidos o aquellos que se han revelado contra la injusticia. Mientras tanto, reconocidos criminales, con un interminable prontuario se aprestan a ser senadores de la república, y mantienen su arrogancia, porque saben que la impunidad los protege y tolera todas sus acciones delictivas.


La cárcel es un instrumento para aterrorizar y domesticar a la gente, para que asuma la desigualdad y la opresión como algo perfectamente normal y natural y por eso el régimen carcelario reproduce al pie de la letra la lógica del capitalismo neoliberal, esto es, castigar a los cuerpos, para que su fuerza de trabajo esté siempre disponible y a bajo precio. En el caso de los que piensan, la prisión es utilizada por el Estado terrorista para acallarlos e intimidarlos, para impedir que se difundan otras formas de ver la sociedad y el conflicto en este país.


El libro de Miguel Ángel Beltrán es un testimonio directo no sólo de alguien que ha soportado todo tipo de maltratos y calumnias por parte del Estado y los dueños de este país, sino, lo que es más importante, de una persona que ha dado ejemplo de firmeza y dignidad, para no traficar de ninguna forma con su dolor a cambio de unas dadivas miserables que ofrece el régimen. Con esto se demuestra que en Colombia, al igual que ha sucedido en otros lugares y otras épocas, hombres y mujeres valerosos han convertido a la cárcel en otra escuela de la vida, para reafirmar sus convicciones y sus ideales de lucha. Esto nos recuerda lo dicho por el personaje central de la novela de Jack London, El vagabundo de las estrellas:


"[...] he conseguido evadirme de mi tumba, escapar de ella pese a la reclusión a la que me sometieron, en mi vuelo inusitado que muy pocos hombres libres han conocido. Sí, me río de aquellos que creyeron encerrarme en este calabozo y que, por el contrario, me han abierto los siglos. Gracias al castigo, he podido ir recorriendo todas mis existencias anteriores"iii.


Miguel Ángel con sus libros, como el personaje de Jack London, se ha evadido de los carceleros, de aquellos que quieren encadenar el pensamiento con los grilletes de la censura y la intolerancia. Para terminar podemos recordar las palabras de José Martí, que aparecen en su texto sobre su experiencia como prisionero político en España, cuando todavía ondeaba la bandera del decrépito imperio ibérico sobre Cuba:


"La honra puede ser mancillada.

La justicia puede ser vendida.

Todo puede ser desgarrado.

Pero la noción del bien flota sobre todo, y no naufraga jamás.
Salvadla en vuestra tierra, si no queréis que en la historia de este mundo la primera que naufrague sea la vuestra.
Salvadla, ya que aún podría ser nación aquella, en que perdidos todos los sentimientos, quedase al fin el sentimiento del dolor y el de la propia dignidad"iv.

 

La vorágine del conflicto colombiano: una mirada desde las cárceles,

ediciones desdeabajo, 2013.

 

NOTAS


i. "El DAS no pidió ningún perdón: fue una obligación", http://www.elespectador.com/noticias/judicial/el-das-no-pidio-ningun-perdon-fue-una-obligacion-articulo-447034
ii. En la página web de la Universidad Cooperativa puede leerse al respecto esta perla de impunidad "La Facultad de Ingenierías de la sede Medellín celebró en su bloque ubicado en el sector de Buenos Aires el tradicional día del Ingeniero. [...] El acto central de la celebración fue el lanzamiento de la Cátedra Abierta de Ingeniería "César Pérez García" por parte de la Directora Académica de la sede Medellín, Ligia González Betancur". En la intervención, mencionó los comienzos de la Universidad y el papel que jugó el doctor Pérez García durante los primeros años para la consolidación de la institución. De igual manera mencionó sus calidades personales y profesionales. La Cátedra abierta se constituye como un espacio de apropiación del conocimiento científico, tecnológico y empresarial en aspectos de orden ingenieril. Se denomina abierta porque recibirá personas interesadas de todos los sectores de la sociedad. Internamente busca que los estudiantes logren identificar aspectos académicos propios de su formación, relacionados con las mejores prácticas y desarrollos actuales que se vienen gestando en grupos de investigación, empresas y organizaciones nacionales e internacionales". http://www.centrohistorialopezmichelsen.hol.es/catedra-cesar-perez-garcia.html
iii. Jack London, El vagabundo de las estrellas, Plaza y Janes, Barcelona, 1975.
iv. José Martí, El presidio político en Cuba, disponible en http://jose-marti.org/jose_marti/obras/documentoshistoricos/presidiopolitico/presidio01.htm

 


 

 

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Un sistema de cárcel militarizado y en el cruce con el conflicto

 

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Lunes, 23 Septiembre 2013 09:20

Falleció el narrador y poeta Álvaro Mutis

Falleció el narrador y poeta Álvaro Mutis

Reconocido como una de las voces literarias más significativas en lengua castellana, el escritor y poeta colombiano Álvaro Mutis falleció a los 90 años de edad, este domingo en la ciudad de México, donde estableció su residencia desde 1956. El deceso ocurrió en el Instituto Nacional de Cardiología Ignacio Chávez, donde fue hospitalizado el pasado 15 de septiembre, confirmó su esposa Carmen Miracle.

 

Los restos del escritor son velados en la funeraria J. García López, ubicada en San Jerónimo 140.


La relevancia del autor en el ámbito de las letras iberoamericanas está determinada por su vigor y riqueza verbal, así como por su característico entretejido de lírica y narrativa.


Influido por Pablo Neruda, Octavio Paz, Saint-John Perse y Walt Withman, empleó la poesía como vía de conocimiento para el acceso a universos desconocidos, a nuevos mundos donde fuese posible el amor y la buena muerte, según se consigna en una de sus múltiples semblanzas.


Recientemente cumplió su novena década y por ello se realizaron celebraciones literarias en su honor en su natal Colombia, donde el Ministerio de Cultura y la Universidad Nacional realizaron un homenaje. Entre el 26 y el 29 de agosto de este año se realizaron lecturas de sus poemas, una mesa de debate, un ciclo de conferencias sobre su obra, exilio o figura, y se proyectaron los filmes La mansión de Araucaima e Ilona llega con la lluvia, basados en sus novelas.


Álvaro Mutis Jaramillo nació en Bogotá, Colombia, el 25 de agosto de 1923, si bien por cuestiones familiares debió cambiar su residencia a Bruselas, Bélgica, donde vivió entre los dos y nueve años de edad y realizó parte de sus estudios de educación básica.


Tras la repentina de muerte de su padre, el abogado Santiago Mutis Dávila, a los 33 años, quien ocupaba un puesto diplomático en aquel país europeo, la familia tuvo que regresar a Colombia, donde se estableció en una finca propiedad del abuelo materno.


Ambos hechos fueron determinantes para este carismático escritor, cuya literatura está marcada por los recuerdos de infancia entre ambos mundos: los contrastes entre Europa y América Latina, los viajes en barco trasatlántico y la exuberancia de la selva.


“Podría afirmarse que toda la obra de Mutis no es más que una apuesta por salvar esos momentos de natural y auténtica alegría de su infancia, a partir de la espesura de desesperanza adquirida con el paso irremediable de los años”, según escribió Jorge Bustamante García en la edición que La Jornada Semanal dedicó al autor el pasado 25 de agosto de 2013, con motivo de su 90 cumpleaños.


A principios de la década de los años 40 del siglo pasado, Mutis comenzó a trabajar en la radio de su país natal, donde dirigió un programa dedicado a la literatura al tiempo que se desempeñó como lector de noticias.


En ese mismo periodo fue cuando inició su carrera literaria, a partir de la influencia que ejercieron sobre él los escritores surrealistas. Sus primeros poemas y críticas fueron publicados en la revista Vida y en lo suplementos de los diarios El espectador y La Razón. La Balanza es el título de su primer poemario, publicado en 1947, en colaboración con Carlos Patino.


En los años 50, Mutis se vinculó a los jóvenes poetas que giraron en torno de la revista Mito, y en el transcurso de esa década publicó varios poemarios, entre ellos Los elementos del desastre, en el que aparece un personaje que será reincidente en su obra e incluso su alter ego, Maqroll El Gaviero, considerado un hito de la literatura contemporánea en lengua española.


En ese mismo decenio, en 1956, es cuando llega a México procedente de Bogotá, escapando de una acusación de presunto fraude. Tres años después, fue detenido por la Interpol y recluido durante 15 meses en la cárcel de Lecumberri (por cuestiones políticas), experiencia que cambió su visión del dolor y del sufrimiento humano.


No obstante su pasión por las letras, Álvaro Mutis debió trabajar durante muchos años en el área de relaciones públicas en importantes compañías. Eso no le impidió acercarse a personajes de la cultura como Octavio Paz, Carlos Fuentes y Luis Buñuel.


Entre esos trabajos ajenos a la literatura, se encuentran el de director de propaganda de una compañía de seguros, jefe de relaciones públicas de una modesta empresa de aviación y de la Esso, en Colombia.


También fue narrador en castellano de la serie de televisión Los intocables y luego, por poco más de 20 años, se desempeñó como gerente de ventas para América Latina de la Twentieth Century Fox y la Columbia Pictures.


A ello se suman sus colaboraciones periodísticas en revistas, así como su participación en el programa de televisión Encuentros, dedicado a entrevistas con escritores.


Amigo íntimo de Gabriel García Márquez, de hecho ha sido siempre el primer lector de todos sus borradores, Álvaro Mutis cuenta en su haber con los siguientes poemarios: La balanza (1947), Los elementos del desastre, (1953), Reseñas de los hospitales de Ultramar, separata en la revista Mito (1955), Los trabajos perdidos (1965) Summa de Maqroll El Gaviero (1973), Caravansary (1981), Los emisarios (1984) Crónica regia y alabanza del reino (1985), y Un homenaje y siete nocturnos (1986).


Su obra narrativa, en tanto, está comprendida por los libros Diario de Lecumberri (1960), La mansión de Araucaíma (1973), La verdadera historia del flautista de Hammelin (1982), La nieve del Almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1988), Un bel morir (1989), La última escala del Tramp Steamer (1989), La muerte del estratega (1990), Amirbar (1990), Abdul Bashur, soñador de navíos (1991) y Tríptico de mar y tierra (1993).


Entre los premios recibidos por Mutis se encuentran el Nacional de Letras de Colombia, en 1974; el Nacional de Poesía de Colombia, en 1983; el grado de Comendador de la Orden del Águila Azteca, de México, en 1988; el Premio Xavier Villaurrutia, en 1988; la Orden de las Artes y las Letras del gobierno de Francia, en el grado de Caballero, en 1989; el Príncipe de Asturias de las Letras en 1997, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1997, y el Cervantes en 2001.


(Con información de Dpa)

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“Me gustaría que el lector pudiera ver lo que cuento”

Un año calendario. Los días que pasan a ser memorables de ese año, de un extremo a otro de los siglos y del planeta. Hechos salpicados que marcaron una historia que es de este modo vuelta a contar, como postales cotidianas o recortes que ponen el foco en un lugar que quizá había pasado inadvertido. De eso está hecho Los hijos de los días, el libro que Eduardo Galeano presentó en sociedad el año pasado. Pequeñas crónicas literarias que van tejiendo un devenir que adquiere densidad propia. Y como las artes del escritor uruguayo trascienden también a las de un gran contador de historias, fue posible luego volverlo un libro narrado, y a través de la pantalla. Fue en Los días de Galeano, una serie que produjo y emitió el Canal Encuentro, y que Página/12 ofrece ahora en dos DVD, mañana y el próximo domingo, con la figura excluyente del escritor como anfitrión de estos días.

 

Con la voz y la cadencia narrativa de Galeano como vehículo, las historias van circulando con énfasis propio de capítulo a capítulo. Cada relato corresponde a un día, “de cualquiera de los años de este mundo donde todavía se abren caminos al tiempo y a las pasiones humanas”, según explica su autor. Y así el creador de Las venas abiertas de América latina va tomando, en un azar que también tiene cadencia propia, un día del mes tal, del año tal, y las historias se van sucediendo. Rosa Luxemburgo y el zapato que perdió minutos antes de ser asesinada. El fusilamiento de Osama bin Laden, llamado “Operación Gerónimo”, y el Gerónimo que fue jefe de la resistencia de los apaches. El poeta salvadoreño Roque Dalton –“un gran jodón”–. Uruguay y el fútbol. La creación y el genio humano. Todo un mosaico de circunstancias y personajes en los que Galeano hace gala de su erudición y su pasión por la historia, para volverlos literatura.

 

Se presentan también entrevistas en las que Galeano da cuenta de sí mismo y de sus circunstancias. De sus influencias como escritor, por ejemplo: “Tuve una infancia muy marcada por la influencia de Salgari. Después supe quién había sido ese hombre que me invitó a viajar por el mundo, gracias a él yo conocí los siete mares –cuenta–. Me presentó a sus amigos, todos productos de su imaginación. Años después supe que este hombre nunca se había movido, no había ido a ninguna parte, pero viajó a todas, y me invitó a acompañarlo. Siendo yo chiquito, conocí los muchos mundos del mundo”. “Lo más importante que en mi vida aprendí de la literatura proviene de aquellos libros de infancia, de los viajes de Salgari, y después los cafés de Montevideo”, asegura también. “Allí había narradores orales, verdaderos maestros en el arte de contar una historia, de tal manera que lo que se contaba volviera a ocurrir cuando era narrado. Esta era una victoria sobre la muerte: el arte de la resurrección.”

 

En el relato aparece también Juan Carlos Onetti, una de las referencias literarias que Galeano suele evocar, y también uno de sus grandes amigos, según recuerda: “Tuve la suerte de conocerlo, tenía fama de erizo, de ser un tipo pinchudo, insoportable, pero conmigo siempre fue cariñoso. Quizá porque yo le aguantaba el vino: bebía unos vinos de cirrosis instantánea, y yo era de los pocos que se lo aguantaba, aunque mi hígado protestara a viva voz”, recuerda Galeano.

 

O las charlas en Estados Unidos, en las presentaciones de su libro, donde pedía, antes de comenzar: “Por favor, ¡no me salven! Cada vez que ustedes han salvado a un país, ha sido un desastre”. “La única invasión que sufrieron en su historia fue la de Pancho Villa, que duró un día. ¿Cómo es posible que un país que sólo fue invadido una vez, e invadió a otros cientos de veces, tenga un ministerio de guerra que se llama ministerio de defensa, y un presupuesto de guerra que se llama presupuesto de defensa? ¿Defensa contra quién? Para mí éste es un enigma más inexplicable que el misterio de la santísima trinidad”, reflexiona.

 

En el mismo tono distendido y afectuoso en el que se lo puede ver en los capítulos de Los días de Galeano, el uruguayo conversa con Página/12.

 

–A pesar de que suele narrar sus textos en público, hacerlo frente a una cámara, con reglas de documental, habrá sido una experiencia diferente. ¿Le resultó fácil la tarea?

 

–Fue una experiencia lindísima, como las lecturas en público, siento el vaivén de la respiración de quienes reciben las palabras, aunque en el caso de las grabaciones el público es intangible y está lejos, pero yo lo siento ahí nomás, cerquita. De todos modos, ya dos series de grabaciones han sido suficientes, estoy feliz pero cansado. Necesito buscar refugio en mi casa, lejos de las cámaras, un refugio hecho de paredes de papel, papeles en blanco que exigen las palabras por mí prometidas, y que sean escritas a mano, de puño y letra.

 

–Dice que los narradores ejercen “el arte de la resurrección”, haciendo que lo que narran vuelva a ocurrir cuando es narrado. Es un hermoso piropo para un narrador. Y usted, ¿cuál fue el piropo más lindo que recibió?

 

–En la feria de mi barrio de Montevideo, una viejita: “Usted pinta escribiendo”. Quise agradecerle de rodillas, pero por suerte evité el papelón. En realidad, yo siempre quise ser pintor, no escritor, y por eso me emocionó la frase. Me gustaría que el lector pudiera ver lo que cuento, personas, paisajes, colores, sombras, y hasta le diría que me gustaría que mis palabras fueran capaces de tocar a quien las lea, palabras tocantes y tocadas, palabras queridas y querientes.

 

–Seguramente esta serie abre sus relatos a otro público, diferente al del libro. ¿En qué público piensa como receptor?

 

–Las palabras dichas y las palabras escritas quieren multiplicarse dentro de quien escucha o lee. Son diferentes formas de comunión entre el autor y el lector, que después cobran vida propia. Sea como sea, palabras dichas o escritas, salen de mí para entrar en otros, o en otras. Yo no escribo para mí. Esta fue la única bronca que recibí de mi maestro Onetti, que decía y repetía que él escribía para alguien que se llamaba Onetti. Yo cometí el atrevimiento de proponerle que me diera sus originales y yo se los mandaría por correo, a su nombre y dirección. Nunca lo vi tan enojado.

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