Bis
(Moderadamente M.A.)

 

Los huevos:

Cascaron duro,
Blandura interna

Traídos a l mundo
Para servir
A estómagos ajenos

Uno a uno,
Alineados,
Esperan el pago
Del bajo precio
De sus imperceptibles vidas

Los policías:

Bis.


Psicofonía
(Diantres)

 

Estaba revisando las grabaciones de la noche anterior buscando manifestaciones de la extraña presencia que habitaba el apartamento. Introdujo un nuevo cassette y comenzó a escucharlo. Sin previo aviso oyó una perturbación en la estática de la grabación. Devolvió la cinta y escuchó de nuevo pero era demasiado rápida, ininteligible. Rebobinó una vez más y acercó su oído de nuevo. Una voz fría, oscura y diabólica decía en un susurro:
"Puto el que lo oiga"


Primaveritas
(Aminta)

 

-Un país fue objeto de abrumadora injusticia, enseguida el pueblo se levantó, ¡SE LEVANTÓ!, se levantó, luego se estiró, bostezó, se bañó y vistió, se arregló como todos los días para salir a cumplir con su rutinario trabajo. Ese día no habría jolgorio, tampoco vería a su amada.


Come mocos
(1023)

 

Me miran, me critican
Blasfeman y se mofan,
Pero yo no me doy cuenta,
Solo veo sus picos rosados, rojos,
Arrugados, chatos.

Al ver sus narices veo sus vidas
Y sus mocos
Les meto el dedo
Se los saco
Y me los como.
Puente infestivo
(Aminta)

-En aquél pueblo un puente suicida terminó por saltar al vació de un hombre que cruzaba desprevenido.

 

Azul a su lado
(M.A.)

 

Su atrás torcido por todo un día de carga,
Cansancio,
Ojeras,
Más trabajo esperándola en casa

Se sube al bus y en él se instala

Sus patas y venas
A reventar
En tormenta escandalosa

Mira a su alrededor y nadie se compadece

¿Quién le da su asiento a una silla azul cansada?

 

Bucle
(Escribiente Maderable)

 

Dejare de pensar en tu piel
No desearé más tus caricias
Me olvidaré de las palabras que derramo en tu boca cuando te beso
Borraré la última palabra dicha en la oscuridad de tu cuarto
Me esconderé de tu sombra
Y hasta tal vez concluya que lo nuestro nunca existió
Todo esto con el único fin de que todo vuelva a pasar

Lunes, 24 Marzo 2014 16:59

Cemento o agua tiesa

Para mi amigo Carlos Roberto

 

Caminaba valle y lento en la calle sexta del sitio aquel sin sentido alguno más que el norte-sur o sur-norte, calles ensopadas de gentes que buscaban la forma de quitar algo a otros desde su consentimiento, sin sentimiento de culpa, con sentimientos de vidas debidamente bien organizadas. Caminaba lento, como a 10 por hora, quizá kilómetros, quizá pasos, andaba meditabundo y cabeceante ante la tranquilidad aberrante esta de la bulla y el afán de miles de oficinistas.


¿Cuánto tiempo llevo sin ver un robo, una muerte, al menos un atropellado? Complicado no saberlo y añorarlo y tener que ocultar las ganas de que la viejita vestida de rojo como un tomate cherry, portadora de una cartera de ensalada de papa y unos zapatos arracacha termine en fin supremo. Ningún vehículo que se digne a robarle su sueño de vidita fabulosa con su ropita de almuerzo ejecutivo, ni ninguna bomba que caiga del subcielo para enseñar su interior visceral. Nada excepto la lancha que la despedazaría en mi mente.


Un momento, no es mi cabeza retorcida, es uno que de pronto anda peor que yo, peor de vivo, peor de iluminado. Se imaginará una carrocería de camioneta cuatro puertas con estribos en tubo cromado teniendo como cabina una lancha azul-blanca en la que se leía "pescador de humanos Don Dinamito" un viejo flaco y ojeroso que decidió dedicarse al desquicio porque seguramente no sabía lo que hacer con la lancha en la casa y con la carrocería que tan bonitos se les veía los estribos cromados.


Su vehículo lovecraftiano era mortal al tener en él un dispositivo que permitía a la lancha dar golpes en la testa de quien en su camino se atravesara (motor y velocidad), No discriminaba entre cabezas huecas y vacías, ni peinados de moda o anticuados, así era como todos le huían al atropello de verse atropellados por el maniático del cataplush, tu cara en la lancha duro.


Me frotaba las manos, miraba como la vieja de colores almuerzísticos corría despavorida para refugiarse en los sitios que le cerraban la puerta en la cara. ¡Qué Bogotazo, ni que Jorge Eliécer! Esto si era caótico, en esa época la gente ya sentía que había una víctima y quería vengarla ¡idiotas! Hoy si se daban cuenta que todos eran la víctima porque a todos les daban su tope.


Después de unos cuantos golpes a unas sesenta personas, o cinco, no lo recuerdo, el vehículo endemoniado se me vino encima, y el "Dinamito" del letrero de la lancha me pegó en la comisura entre el frontal y el otro huesito que queda al lado, ¿Qué se cree este dinamito para estampillar de esta manera al mesías del salvajismo?, a quien organizó todo esto con el universo y pudo gestar su venida como el espíritu santo la del hippie suicida del año cero.


Nadie le hacía nada al hombre de la lancha y la policía alegaba que las normas de tránsito y demás delitos que pudo infringir solo son aplicables al conductor de un vehículo terrestre, pero que nadie habló en ningún momento sobre las lanchas y las lesiones desde un móvil de pesca.


No sabía lo que hacer y me dolía la testa, lo que había puesto más rabia y menos capacidad de buscar la manera de abordarlo. Me encontraba bloqueado y el bloqueo no me dejaba encontrarme, tuve que hacer que mi cabeza funcionara con lo que ya tenía encima, la idea de que esa era una lancha y que me ahogaba en este mar endurecido, necesitaba un flotador urgentemente para primero sobrevivir y luego planear mi venganza contra mi desagradecido y gestado interruptor de esta armoniosa anomalía que es la ciudad.


Recordé que en la séptima había un hombre que vendía flotadores a quince mil pesos, lo recuerdo porque sé que todos pensaron en él cuando decía que así no tuviéramos mar un flotador siempre es un buen desahogo. La rabia me carcomía los huesos y pensé que el océano del caos por el que rodaba la lancha, golpeando moribundos, tenía pirañas, corrí un poco más y sentí alivio al mirar a los ojos negros de ese hombre noche y conciencia que me dio su apoyo.


–Flota por sobre la muerte y encuentra el origen de la vida, llévatelo en diez y te encimo estos flotadores de brazo.


Salí por la corriente del gris asqueroso, empapado en gente perfumada y peinada que corría con desespero, ahora sí que se venga que me le abalanzo, ya tengo la respuesta, cuando se acerque salto mortal hacia adelante, puño de taekwondo, si es que el taekwondo maneja puño, y ¡zaz! me quedo con el bote del Dinamito.
Viene directamente hacia mí con unos doscientos o tres litros de sangre pegados a estribor, los estribos cromados ya que ni se les ve el cromo de lo grumosos que están de espanto y desesperaciones.


Se viene de frente y me corro de una ¡Qué va! ¡Yo no sé dar botes mortales ni golpes de taekwondo! Mejor me le robo los zancos al malabarista y me le boto por encima a la lancha, salto con garrocha, le meto su palazo y me quedo con lo que fue del Dinamito.


Le quito los zancos fácil al malabarista que se distrajo viendo los escotes de las damas que huían despavoridas, corro hacia la lancha y me le paro en frente, viene rapidísimo como a doscientos ochenta y un mil trescientos cuarenta y cuatro kilómetros por mes. Me dispongo a saltar pero Dinamito persigue a todo el mundo menos a mí ¿Qué le pasa a este viejo desajustado? ¿Cómo se atreve a ignorarme de esa manera? Al mismo que propició su venida confabulándose con el destino, ahora sí que la cosa es personal.


–He Dinamito!!!! Ven por mi pedazo de mierda flotante del mar de mierda!!! Oye Dinamito!!!! Chúpate esta marica!!!!


El man no se ofende con que le digan marica ni pedazo de mierda, de pronto hasta ni se llame Dinamito.


–He marcos!!!! Ven por mi pedazo de mierda flotante del mar de mierda!!!! Oye marcos!!! Chúpate esta marica!!!!!


Ni me mira al mirar y cada vez da más y más círculos a mi alrededor golpeando la gente, quizá ni se llame o sea marica.


–He tú!!! Ven por mi pedazo de mierda flotante del mar de mierda!!! Oye tú!!! Chúpate esta machote!!!


Me mira y me hace mueca de que lo que le digo le vale huevo, le importa mierda, no tiene relevancia, es un grito de mudo, un habitante de calle para la gente de bien que vive en su cabeza desajustada.


Ah, que se vaya, no lloraré al verle partir, es un hijo más, un muerto que ha venido a la vida, ¿por qué sentir tristeza por alguien que no sea yo? Al diablo el asunto. ¿Igual que hubiera hecho con esa lancha, y esos estribos de mal gusto todos llenos de esa sangre con tierra? ¡Bah! mejor sigo preparando el fin del mundo que se me ha hecho tarde.


Avanzo hasta la octava y en esa carrerita angosta me encuentro con la perra, una mujer que realmente cree que es una perra y me convence, es una perra a la que el cuerpo se le creyó mujer, desnuda pero sin pelos, con todo al aire, al sol, al ojo. Guau me digo y no puedo dejar de guauguau mientras ella guauguauia mi guaguau. Una nariz fría que se posa en mi ano desnudo para saludarme. Es hermoso, nos hemos olvidado del mundo y solo guaguauguaguaguau. Ahora mi nariz en su ano la saluda y el frío y el calor convergen en este buenas tardes de vieja usanza, humedad y calor seco es nuestro beso y nos amamos en la hierba, despacio y lento, y luego al compás de la delicia.


No tengo nombre, me llamo el perro y solo entiendo que guau guauguaguaguau y ella que me trata de morder el bigote y sin tener. Es la gata y me maúlla sus treintaisiete nombres, todos ellos Ramona, soy su gato, su leche y le maúllo un te quiero nena no te despegues de mí nunca, y no nos despegamos, ella es la perra y yo su elegido y pegados por nuestras almas en el genitalismo del amor me confiesa su dinamita, es hija de Dinamito y me dice que salve a su padre, que su mamá es una senadora que también gusta de las masacres de tiempolibre, plata en mano y culito en la pradera, que en las artes de la sofística ha sido insuperable y que tiene al pobre viejo al volante del caos, pero que él no quería eso, que es un asesino de mala gana que esperemos que la corte lo entienda y no se la apliquen tan duro.
Oh maylof, maydarling, por tí lo que sea, ay jangryforyourtoch, tu sabes que este perrito es tuyo y por ti todito y más, hala para allá e iniciamos el despegue que tu padre esta misma tarde se libera.


La viscosidad del amor se abre en sus dos anteriores individuos y subo de nuevo a la séptima. Adiós amada mía ya verás que te encuentro siendo el libertador.
Me monto en el palomo de mi valentía y me le voy de frente, enlazo mi dedo inocente en su estribo pegajoso de A positivo, negativo y un O que no sé lo que hacía en el sitio si hay pico y placa para pares, el dedo infame acompañó al que ya estaba sucio de globulitos agonizantes. En un salto que di impulsado, no sé si por el suelo o un acto rebelde de la gravedad que me puso leve, llegué a bordo y vi a Dinamito que ni siquiera volteaba a mirarme. Pobre hombre siendo un pendejito manipulado, un policía sin sueldo, un Dinamito que ya no se gana ni el don.


-¿Don Dinamito quien da las órdenes? ¿Y la senadora?


- ...


El hombre no dijo nada, al parecer algo no lo dejaba hablar, su boca estaba llena, de silencio, de naranja ¡Mierda! ¡De su esposa! Ahora lo entiendo, la senadora de transgénica se volvió naranjas y es el bulto que está en la parte trasera de la lancha, no puedo gritar y siento el jugo ácido que baja hasta mi estómago hambriento, gastritis en el alma, soy muerto vivo.


Dinamito se baja del vehículo, viejo y cansado, los labios partidos de cítrico amañado, la perra me bate su cola desde lejos, ahora si esto es vida, me encargo yo mismo del caos, suena la música de Orange Floyd en mi cabeza, Saucerfull of secrets, Roger Aguas me grita sus voces rasgadas.


Cuando me canse del caos usaré mi pelador de frutas, habrá una curul vacante en el senado, un asiento sin bagazo.

Lunes, 24 Marzo 2014 16:36

El Sayayin

El Sayayin

Es increíble la cantidad de barbaridades que las personas cuentan a diario. Son como máquinas parlantes que parlotean y parlotean sin sentido alguno. A veces me pregunto si en verdad escuchan lo que el otro les dice, si es rosa o negro, si le están entendiendo o no. Y en ocasiones, dicho sea también, me gusta cazar esas historias en el aire, como el que estudia la fragilidad de los lepidópteros o como el que azora ratas en rincones de habitaciones. Las escucho, las guardo para mí, y luego me río para mis adentros, me las cuento poco antes de dormir, o simplemente las olvido al cabo de un tiempo.

 

El Freud se presta para muchas historias. Seis horas tirado en el pasto, carburando, jugando ajedrez, tomando tinto, discutiendo de Deleuze y Guattari, o Guattari y Deleuze, como sea, ahí estás tú, con las pupilas rojas, las manos en las rodillas, escuchando, y aunque siempre esté el parche, no falta el visitante oscuro que pide fuego, que pide conversa, que asienta el amure. Uno de esos es K. Ya nos hemos acostumbrado a esos videos raros. A sus historias que desvarían. Puras fantasías dignas de un mitómano. Excusas para levantarse la luca del bus o para robarnos cigarrillos.


K. llegó con la caída del sol. Venía con una edición pirata de Las Flores del Mal entre sus brazos. Nada particular. No sudaba. Su voz era clara y rasposa. El movimiento de sus manos seguía siendo el mismo. Tras una vaca, empezó a rechistar. Dijo que era el sayayin: yo soy el sayayin.


Eso nos dijo. Empezó a decir que alguna vez, tuvo una chica. Una chica que conoció en una fiesta. Que entre el aroma de los hombres drogados y la comida en paquetes plásticos, dibujaron estrellas entre latas de cerveza. Jamás estuvo enamorado pero su cama fue usada muchas veces y eso lo hacía feliz. En ese entonces se dio a la idea de que era el Sayayin. Que sólo el pensar le producía un Ki re áspero, y que aunque nadie lo había notado, las piedrecitas se levantaban del suelo tras sus pasos. Jamás se lo reveló a la chica. Era su más preciado secreto, además primero tenía que aprender a pilotearlo. La chica lo dejaría al cabo de un tiempo. Nunca supo el por qué pero se rayó. Y su cabeza fue descosida. Ya no era un Sayayin. Del cráneo le salían gusanos rosas. Sus pupilas eran televisores sin señal.


Pasados unos meses hubo un eclipse lunar en el Hemisferio Sur y mejoró. Respiró de nuevo, el sol brillaba para él y los dados siempre salían a su suerte. Recuperó el Ki. Y convirtió su cuarto en una cápsula del tiempo. Tuvo un curso intensivo en Internet en Jujitsu brasileño y ciclomontañismo. Leyó a Spinoza y se devoró entera la filmografía de Bruce Lee. Y horas enteras dedicadas a Wagner. Tras una noche supo que el entrenamiento había terminado. Había dado el paso definitivo al estado de SuperSayayin. Mientras tanto, le fue difícil ocultar su condición, y más cuando le sobrevenían intensos dolores de cabeza, conocidos como rayes. Se arrodillaba y se tomaba la cabeza con sus manos. Fruncía el ceño y rifaba miradas de odio. Pero no era tan grave en ese momento, cuando abrió la puerta y salió a la luz.


Quiso ver a la chica pero algo se lo impidió. En la ficción no hay reglas, se dijo, y si soy un Sayayin, entonces puedo hacer cualquier cosa. Así que salió a la calle. A tres cuadras de su casa, se paró y tran, entró en el estado SuperSayayin. En realidad, su pelo estaba bañado en gel. Voló hasta la universidad. Y como entraba la noche, aprovechó en encontrar a su némesis. No lo había mencionado antes en la historia, pero su némesis no era otra cosa que un fétido animal marino. Una especie de pulpo baboso de color gris. Con tres de sus tentáculos le cogía el culo a las muchachas. Era un puto pulpo zalamero. K. en estado SuperSayayin, lo descubrió tomándose un tinto en la Plaza Lenin. En esas casetas rojas con señoras de delantal al servicio. Él se fumaba un peche. Arrojó la colilla al suelo y de éste salieron chispas.


Pegó un salto y se presentó ante él. Había pocas almas. Y en lo que se fijaron, si lo hicieron, a un hombre de aspecto desdeñado, con jeans y buso oscuro, charlando, y después golpeando y zarandeando a otro hombre, de andar obtuso e inteligencia restringida en el tacto. Para ellos, no hubo ningún Sayayin. Y si no lo vieron, si que menos al pulpo.


Lo que sigue fue que el Sayayin, frente a frente, con los ojos entornados, abrió su boca oscura, de la que saldrían serpentinas de colores, anudándose en el cuerpo gelatinoso del pulpo. De cerca, un susurro danzaba: oehijueputa, tú que te crees, catrepirobo, qué fue gonorrea. Te voy a reventar bobo hijueputa y te partiré en mil pedazos marica. Ya me la voló. Y con esa dulzura, el Ki lanzó destellos fluorescentes en toda la Plaza Lenin, con un aura gigantesca. El pelo del Sayayin apuntó al cielo mientras sus codos levantados anunciaban el siguiente paso. El pulpo retrocedió y tardó en responder. Cuando lo hizo, un fétido aliento cubrió de calor su cuerpo y una baba verde y esponjosa cubrió el escenario. Gritó qué fue lo qué le pasó. Está loco o qué. Pero sí es así, cómo fue hijueputa. Al Sayayin, a pesar de haber comenzado la pelea, las palabras le dolieron, como punzadas que perforaron su piel. Y no concluyó el pulpo, cuando una patada le quebró un tentáculo y el Sayayin saltó y le siguió dando patadas como un demente karateka. Hijueputa. La baba cambiaba de colores como un camaleón: verde, púrpura, roja, negra, blanca. Chillaba. El olor fétido fue compañero del dolor. No fue suficiente para el Sayayin, que se dedicó a morderlo, arrancando pedazos de carne negra con sus dientes torcidos. Escupía. El pulpo se defendía pero era débil. Lo que le sucede siempre a los parásitos zalameros. Sin embargo, sus tentáculos latiguearon al Sayayin. Lo arrojaron al suelo e hicieron de su rostro un lienzo sangriento y viscoso. Pero el daño más grande del pulpo, fue haberle introducido un tentáculo a la chica de K. Y que aún siendo una puta, con la misma farsa de abandonar a sus parejas, de desertarlas prontamente, se repitió con dragones, vendedores de seguros y antropólogos. Pero lo más indignante para un Sayayin no era eso, sino meterse con un animal sin cerebro, abrirle sus piernas y dejarse introducir un tentáculo de pliegues sinuosos. No lo soportó. Ni que fuese un Kraken.


Ante las imágenes en su visor, el Sayayin preparó un kamekameha, con un mantra compuesto de dulces blasfemias, hijueputa, gonorrea, marica, pirobo, malparido, nacido por el culo, catrepentahijueputa. Una enorme onda expansiva se formó entre sus palmas. Cerró sus ojos, conteniendo la fuerza. Su cuerpo se inclinó, orientándose hacia el moribundo pulpo. Suerte gonorrea, es que te digo.


La explosión fue como un baño de luces de neón, volando pedazos como luciérnagas y mariposas; tripas, carne y mucha viscosidad. La facultad tenía nuevos graffittis. Y el busto de Lenin fue bañado en púrpura. Con el fin de su némesis, el mal había sido destruido. El Sayayin exhausto, quedo con los brazos abiertos en cruz. Abrió párpados y miró la noche despejada. Se levantó, sacudió su ropa y buscó tabaco en sus bolsillos. Encendió un cigarrillo, apartándose una hebra con el humo. Era tarde y suficiente para más rayes. Le dolía el cuerpo y poco recordaba de lo sucedido. Lo reconstruyó una semana en divagaciones a la hora del almuerzo.
Esa misma noche llamó a su (ex)chica. Ella le contestó con desdén y le anunció que jamás quería verlo. Que a él qué le importaba su vida. Le colgó al rato.
Soñó un par de noches con escenas palpables de los últimos meses. Al principio le costó dormir pero al salir en bicicleta de vez en cuando, había emprendido camino al futuro. Ya no era más un Sayayin, ni lo pensó ni imaginó. Sólo era él, K.


Y eso le ocurrió y nos lo contó. Claro, videos de un chirri. Que cague de risa. Sí, seguro, un Sayayin. ¿Y ahora qué viene? 

Martes, 18 Marzo 2014 17:12

Poesía ignorada y olvidada

 

Una gran obra rescatada del olvido ahora en 4 tomos ilustrados.
 

 

 Dos frases resuenan en las páginas de Poesía ignorada y olvidada de Jorge Zalamea Borda:

"En poesía no existen pueblos subdesarrollados" y "El don de la poesía no tiene límite de espacio ni tiempo".El hecho poético trasciende las fronteras materiales de las naciones a través de los mitos, los ritos y los símbolos de oralidades y escrituras ancestrales.Esta obra atestigua la nominación poética de la naturaleza, del cosmos y de las cosas, creada por los pueblos olvidados e ignorados en distintos confines de la geografía.Los aborígenes norteamericanos, los polinesios, los huitotos, los africanos y los asiáticos, desfilan en un recuento pletórico a lo largo del compendio meticuloso y gozoso que emprende la aventura poética de este autor.

 

 

 

 

   

Tomo1 - 90 páginas             Tomo2 - 100 páginas                                                Tomo 3 - 70 páginas       Tomo 4 - 76 páginas    

 

Formato: 17 x 24 cm

Edición 2014

P.V.P.: $ 40.000

 

 

Tienda Virtual: http://www.desdeabajo.info/libreria-virtual.html

 

 

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Carrera 48 N 59-52 Of. 105 (Medellín)

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Facebook : http://bit.ly/2bwXbER

 

 

Lunes, 24 Febrero 2014 18:39

Salvajismo literal

Carlos Cancio, "Boricua"

Ni por qué el mundo, ni por dónde, no quiero tachar a nadie. ¿Qué pasa si solo acaricio a quien quiero que gane? No quiero tachar ni que me tachen, no más equis en los tarjetones ni en los exámenes; yo fabrico mi verdad en una máquina polvorienta, dulces teclas de Gonzala, a dónde iremos cuando se acabe el mundo ¿Saldremos en los créditos?

 

Mamá... ¿Puedo fundar un movimiento literario para establecer la burla como la mejor forma de descrédito al arte existente?

 

Ella os escribe lo siguiente:


Yo, Graciela Torrado, con cédula de ciudadanía, autorizo a mi hijo para que haga llorar a otros niños.

A continuación la búsqueda del llanto de los más veteranos, duro y a la cara con las almas arrugadas que están capando cementerio.

 

Habemus Papam

 

Dedicado a Hugo
que me inspiró con un mal chiste
y a Alejito Ordoñez
que es un mal chiste.

 

La gente pedía a gritos a un nuevo dios porque el papá de Jesús, que según decían nunca tuvo un pene, ya estaba viejo. Me acuerdo que yo lo miraba con misericordia acostado en el lecho limosnero aterciopelado con uno de sus últimos tanques de oraciones y los ojos desgarrados.

 

No era el mismo que conocí con el pelo largo, presencia asexuada y mañitas raras caminando por los pasillos del departamento de filosofía de la Universidad Nacional, estaba más acabado y ya no se interesaba por las mónadas ni por las monitas de psicología.

 

Pobre dios, se creía lo suficientemente hembra para darle la vida al todo y le quedó grande la parte, desde que todo empezó a oler a muerte le tocó pedirle ayuda a las ováricas que sí sabían fabricar nuevos seres y hasta gozando.

 

Me acuerdo también del entierro, todo el mundo diciendo que estaba vivo, principio y fin, alfa y omega, y él que aborrecía el griego clasedesiete, mortal para el sueño largo que siempre sostenía, griego de Zeus, dios del raye, mala vibra politeísta.

 

A dios le gustaba el caldo de papa boyacense y el jugo de ambrosía con tres de azúcar. El dulce y el apego a la heroína fue lo que lo puso como estaba, sí, porque maría y las otras viejas eran puras madres solteras, heroínas del hoy que él se inyectaba a punta de mentiras.

 

Me acuerdo del día en que me dijo que yo debía ser su heredero, me advirtió que nadie le iba a creer a un vivo semejante que era el continuador del legado de la... de dios, me dijo que yo mismo debía purgar los intestinos de Colombia a punta de burla, mamagallismo, y postmamagallismo, que no lo llamara, que él se iba para el infierno a pasar un par de milenios en tierra caliente.

 

El viejo murió ebrio, se metió en el gaznate tres botellas de güisqui de mala calidad que compró en Cali y para comprobar si estaba o no ciego encendió el televisor envenenándose con las palabras gurisáticas del aparato. Después de envenenado siguió canaliando y pidió soledad para sus últimos ratos.

 

Cuando volví lo encontré arropado, con las manos entre la cobija cuatro tigres, el televisor sintonizaba un canal para adultos, bello cuadro de la decadencia.

 

Decía la voz de pepe pillo en mi cabeza ¿será que si hay un falo santo? ¿Será que su mástil sobresaldrá vivo del barco muerto y roído que es su esqueleto? La curiosidad, después de matar al gato, me apuntó a la cabeza y me dijo que si no la saciaba me volaba la sien, no tuve más remedio que levantar a los tristes tigres.

 

Su mano más izquierda, al momento de la muerte, rodeaba adoratriz a su divino miembro, supe de golpe fuerte que el paro cardíaco llegó cuando venía al mundo el zumo pontífice.

 

Fue entonces cuando dije: ¡Habemus Papam!

 

Renato D no sentidos

 

Para los meditadores metafísicos
Gordis, Geo y Garnica.

 

Golpean la puerta
¿Cuál puerta?
No hay puerta

 

¡Abre por favor!
-Gritan desde afuera-,
Afuera no existe,
Ni adentro ni afuera,
No golpean

 

Golpean,
No golpean,
Sonidos aparentes,
Sonido engaño,
Sonido sentidos

 

Corro hacia la cocina
¿Cuál cocina?
La de los cuchillos.
Tomo el cuchillo,
Ni existe ni lo tomo
Me corto los oídos inexistentes
Duele que el dolor me engañe

 

Alguien abre la puerta
¿Cuál puerta?
No es nadie,
Es alguien

 

-¡Renato! ¡Suelta el cuchillo!

 

Me duele,
No me duele,
No me quites el cuchillo

 

Me engañas genio maligno.

 

Razonamiento geométrico

 

La forma más fácil de llegar
De un punto a otro
Es poniéndolos
Como puntos seguidos

 

Pronto esperen saber más de nosotros.


Salvajismo literal.

Publicado enEdición N°199
Viernes, 14 Febrero 2014 06:09

Kapuscinski, Kafka, mujeres (I)

Kapuscinski, Kafka, mujeres (I)

Una de las novedades que trajo la biografía Kapuscinski non-fiction (2010), de Artur Domoslawski, es haber puesto más luz a la vida personal de Ryszard Kapuscinski –cuyo séptimo aniversario luctuoso conmemoramos el pasado 23 de enero–, sus tormentosas relaciones con las mujeres, y la presencia de éstas, o más bien su casi total ausencia, en su obra (aunque el biógrafo no ha sido el primero en notarlo). Y casi, como es sabido, hace una gran diferencia.


Si no las hubiera para nada, lo más que se podría concluir es que... el gran escritor polaco no era un misógino. Pero las pocas ocasiones donde sí aparecen, dan pie a conclusiones más bien incómodas.


En su vida había muchas: la esposa, la hija, la hermana, y también otras. ¿Pero por qué las mujeres no son protagonistas de sus escritos, y cuando están, apenas sirven de fondo para los hombres? ¿Será porque aparte de fuente de apoyo, amor u objetos de admiración, también eran fuente de problemas y relaciones difíciles?


Los problemas, sin embargo, no explican nada. Tomemos por ejemplo – toutes proportions gardées– a Franz Kafka.
Como se sabe, Kafka con las mujeres principalmente tenía problemas; y como había muchas en su vida, también había muchos problemas.
Estaba la madre, con quien Franz tenía un contacto difícil, y las tres hermanas –Elli, Valli y Ottla–, de las cuales sólo con la última fue cercano. En la famosa Carta al padre la describió como la única capaz de oponerse a la tiranía del patriarca (y fue ella quien lo convenció de no mandarla al destinatario).


Habían otras: Felicia, Julia, Milena, Dora, todos ejemplos de relaciones difíciles y de la inhabilidad de comprometerse (aunque Kafka no temía a las mujeres; temía al matrimonio).


Y a pesar de esto –o quizás precisamente por esto–, en sus cuentos y novelas hay gran cantidad de mujeres, toda una pléyade de personajes.
Las necesitaba para escribir y necesitaba escribir para mediar con ellas.


Como subraya Elisabeth Boa, autora del estudio Kafka: gender, class, and race in the letters and fictions, el autor de El proceso usaba los personajes femeninos como si en la literatura quisiera escapar de las verdaderas relaciones de género y dominar mejor a las mujeres.
Están en su Diario 1910-1923, donde describe detalladamente sus tormentos con ellas y sus cuerpos impuros, pero también admira –pocas en aquel entonces– a las mujeres activas en la vida pública.


Están en su vasta correspondencia, gran parte de la cual fue dirigida a ellas: mujeres educadas, liberadas, que no sólo fueron sus amantes, sino también sus compañeras intelectuales.


Aunque la manera de presentar a las mujeres en su prosa es a veces ambigua (hay figuras emancipadas, pero también clichés sexistas), como subraya Boa, Kafka evolucionaba sucesivamente a un lado más cercano a ellas, algo que lo ponía en clara oposición al misógino y antifeminista tono de su época, cuyo principal representante fue el filósofo austriaco Otto Weininger.


Como apunta Michael Löwy, el sociólogo franco-brasileño, en el ensayo Franz Kafka, soñador insumiso (donde analiza el poco conocido episodio del contacto del escritor con los círculos anarquistas de Praga), el motivo de insumisión aparece en Kafka varias veces justamente en la mujer: una de las protagonistas que conserva la auténtica capacidad de rebelarse es Amalia de Castillo –una novela llena de mujeres– la única que desafía su poder (su arquetipo pudo haber sido Ottla).


La Amalia rebelde, según Löwy, representa el individualismo libertario del mismo Kafka.


¿Será una casualidad –pregunta el autor– que los más atentos lectores e intérpretes de Kafka hayan sido mujeres: Hannah Arendt, Marthe Robert, Rosemarie Ferenczi, Marina Cavarocci-Arbid?


En Kapuscinki –otra vez toutes proportions gardées– hay demasiadas pocas mujeres para hablar de tipos de personajes o su evolución; suficientes, sin embargo, para hablar de machismo o misoginia.


Está, sobre todo, Carlotta, la guerrillera angoleña en Un día más con vida.


Aunque representa un excelente material literario y bien podría ser la protagonista del reportaje –una alegoría política o un símbolo de la lucha libertaria–, queda relegada al objeto pasajero del interés de los hombres y encerrada en la mirada masculina: una mulata bonita, aunque no tan guapa, cuya belleza fue creada por los que la miraban (también Kapu).


Hay un fragmento en Viajes con Heródoto sobre mujeres amas de casa; un par de notas en Lapidarios: sobre el busto de una habitante de Berlín, una impresión sobre la mentalidad de las participantes de un concurso de belleza, y algunas más donde las mujeres son apéndices del hombre, y están del lado de la biología y/o el hogar.


En Lapidarios, aunque hay todo un universo de reflexiones, recuento de viajes, encuentros o lecturas, las voces femeninas escasean; raramente admira Kapuscinski los libros o las ideas de las mujeres; casi no habla de intercambios intelectuales con ellas.


Si bien estas notas no llegan al nivel de misoginia por ejemplo de Sándor Márai –el gran novelista húngaro que en sus, dicho sea de paso, sublimes reflexiones Cielo y tierra, duda si las mujeres incluso tienen alma, pueden acceder a los sentimientos altos o al arte de escribir (¡sic!)–, resultan muy sintomáticas.


Como aquella, también de Lapidarios, sobre la mujer como la espera, que Domoslawski pone como el lema del capítulo sobre las relaciones del escritor con las mujeres.


En este sentido es paradójico que en el debate que encendió la biografía las voces de las mujeres: periodistas o críticas literarias –sin mencionar a la viuda o la hija, que desde el principio la rechazaron–, eran, por lo general, las más conservadoras.


Las que podrían tener más razones para aplaudir la deconstrucción de Kapu y su obra sugerida por el biógrafo y querer seguir la pista, más defendían su imagen inmaculada.


Finalmente, tras una larga batalla judicial, la viuda y la hija del escritor en septiembre de 2013 lograron censurar los capítulos polémicos.

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Miércoles, 22 Enero 2014 06:36

El solista sin orquesta

El solista sin orquesta

La celebración del nacimiento de Rubén Darío cada enero sigue siendo un fasto en Nicaragua. Se corona en los teatros municipales a la Musa dariana que desfila en carroza en forma de cisne, acompañada de un cortejo de canéforas, y en veladas líricas se representan sus poemas, con lo que los disfraces vienen a ser de la princesa que espera al feliz caballero que la adora sin verla, y un bufón escarlata y un dragón colosal. Si pudiera ser, las autoridades edilicias desenterrarían al poeta cada año para volverlo a enterrar con las mismas fastuosas solemnidades de la primera vez, unos funerales como nunca se han vuelto a ver, pues durante los siete días de velatorio el cadáver era cambiado de traje cada noche: pelo griego, frac de etiqueta, uniforme entorchado de embajador.

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Es imposible que la prosopopeya provinciana y la devoción cariñosa no acompañen el mito nacional. Se trata del más célebre y querido de los nicaragüenses, que congrega la unanimidad, lejos de distingos políticos o sociales, pero sin que eso quite la cursilería. Y eso, desde que nació. Desde la más remota antigüedad, cuando un profeta o un prócer vienen al mundo, se ha asignado a su nacimiento un cataclismo, o la aparición de una nueva estrella o de un ave heráldica que acompañe la suerte gloriosa de su vida.


En La Gaceta del 23 de febrero de 1867, unos días después del nacimiento de Rubén, se lee que un águila real fue hallada en alguna agreste cumbre de las montañas nicaragüenses: "bastantemente fornida, las uñas tienen pulgada y media de largo, su cabeza pequeña, viva, inteligente, está adornada por un círculo de plumas negras en su extremidad, formándole una corona. De rato en rato sus ojos se cubren de un velo blanco que da a su fisionomía un cierto aspecto de bondad... hasta hoy no se creía que en Nicaragua hubiese águilas, y mucho menos águilas reales". Yo, por mi parte, agregaría que en aquel año muere el príncipe de los poetas malditos, Charles Baudelaire, porque también los relevos son parte sustancial del mito.


El águila fue presentada como obsequio al general Tomás Martínez, quien terminaba su segundo periodo presidencial en ese 1867, pues es un vicio nacional ese de querer retoñar en la silla del mando; y da la casualidad que el mismo año el presidente mandó levantar un censo, igual que Augusto en Palestina cuando el nacimiento de Cristo.

 


De este censo resultó que la población de Nicaragua llegaba apenas a los 150 mil habitantes. El general Martínez, avergonzado de que los nicaragüenses fueran tan pocos, ordenó aumentar 100 mil más. Alterar los censos, las cifras económicas, y los resultados electorales, ha sido siempre otro alegre vicio nacional.


La más grande ciudad de Nicaragua, que era León, la ciudad de Darío, concentraba una alta proporción de esos habitantes, con 30 mil almas, la mayor parte mulatos, indios y mestizos pobres, habitantes de los barrios marginales, mientras los criollos, dueños de las haciendas aledañas, ocupaban las casonas del cuadro central que rodeaban la catedral. La gallera hacía las veces del club social.


Esto lo cuenta Ephraim Squier, quien llegó a Nicaragua en 1850 como primer embajador de Estados Unidos, en su libro Nicaragua, sus gentes y paisajes; y cita el informe que le presentó un amigo leonés anónimo sobre el estado de la educación: rara era la población donde hubiera maestros, y en las pocas escuelas que existían se enseñaba nada más los fundamentos de la doctrina cristiana, y a leer y a escribir; los niños repetían en coro la lección que dictaba a grandes voces el maestro, armado de una férula para reprimir a los díscolos. Los libros de texto obligados eran el silabario Catón, el catecismo, del padre Jerónimo Ripalda, y El ramillete, que contenía definiciones teológicas, selecciones de encíclicas papales, credos, leyendas fabulosas y oraciones piadosas a la Virgen, a los santos y a los ángeles, textos que, además del sombrío carácter de su contenido, eran suficientes para amilanar al más avispado muchacho. Los bachilleres sobraban en el seno de las familias acaudaladas y el birrete doctoral pasaba en herencia entre ellas.

 


Para aquel mismo año de 1867 había 92 escuelas de primaria para varones en todo el país, y nueve escuelas para niñas: yo diré que el estado actual de la instrucción pública humilla la delicadeza de nuestro patriotismo..., escribe en 1871 en un informe el ministro de Educación. Diarios, ninguno. Ya podemos imaginar las cifras del analfabetismo. Había dos semanarios, uno de ellos La Gaceta, el diario oficial donde se informó sobre la providencial aparición del águila real, pero ninguno de ellos salía a tiempo.


En el registro de aduanas de ese 1867 no aparece ninguna importación de papel, o de tinta de imprenta, y más que libros se imprimían volantes y folletos en las únicas tres tipografías del país. La importación de libros, españoles y franceses, aparece en esos registros como marginal.


Squier encontró también en León a un personaje de nota, el padre Pedro Crispín, pintor, pues en una pared de su casa había unos frescos de su mano, figuras de animales que comenzando en la A de armadillo, terminaban en la Z de zopilote, todos de gran tamaño y colores chillones. De la pobreza cultural del ambiente sirve de prueba el mismo Squier, quien gozó de impunidad suficiente para llevarse a Estados Unidos valiosas piezas arqueológicas que hoy se conservan en la Smithsonian Institution de Washington.


Este país despoblado y tan rural, oscuro en su suerte política y empobrecido, desangrado por las guerras y plagado de analfabetos, es el país que vio nacer a Rubén en 1867, el país de "licenciados confianzudos, o ceremoniosos, y suficientes, los buenos coroneles negros e indios, las viejas comadres de antaño...", según él mismo evocaría.


Un país de vientre pequeño, de esos que pueden parir un solista, pero nunca una orquesta completa.

 

 

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Jueves, 19 Diciembre 2013 07:28

La niña de Guatemala

La niña de Guatemala

"Quiero, a la sombra de un ala,/ contar este cuento en flor:/ la niña de Guatemala,/ la que se murió de amor..." El patriota, luchador, político, pensador y enorme poeta cubano que fue José Martí tuvo todo tipo de incidentes y de accidentes espirituales en su pletórica y agitada existencia de sólo 42 años. Estimado ya por sus contemporáneos, el Maestro, el Vidente, el Profeta, el Apóstol, fue un grande y misterioso desconocido, como lo son todos los hombres de genio, y quedan de su existencia enigmas desentrañables y hechos cotidianos que las multitudes a las que dedicó su persona no pudieron ni pueden percibir. Una de las antólogas de testimonios sobre él, Carmen Suárez León, escribe: "Sólo por sus amigos o hasta conocidos circunstanciales podemos saber de sus gustos gastronómicos, su don conversador, su fino trato, el impacto de su voz, la calidad de su mirada o la movilidad de sus manos". Claro, también, que sus muchos biógrafos, en el afán por enaltecer la figura y ponerla fuera de cualquier territorio humano (hasta cierto punto, legítimo en su caso), esquivan la presente historia o, cuando no pueden hacerlo, la difuminan, pudorosamente.


En marzo de 1877, Martí llega a Guatemala y poco después es nombrado catedrático de literaturas (española, francesa, inglesa, alemana e italiana) y de Historia de la Filosofía en la Escuela Normal Central. Quien la dirigía, José María Izaguirre, un cubano que debió exiliarse por haber seguido a Carlos Manuel de Céspedes, líder independentista y primer presidente de la República de Cuba en Armas, había sido protegido por el presidente guatemalteco Justo Rufino Barrios, liberal y reformador, y encomendado en la dirección de la escuela y en la educación de jóvenes. La escuela había alcanzado nombradía internacional, por lo que su fama llegó a toda América latina y por ende a México, donde comenzaba la larga dictadura de Porfirio Díaz. De allí, como cuenta Izaguirre, llegó una vez "un joven procedente de esa república solicitando plaza de profesor. Su porte era decente, su exterior simpático y su manera de expresarse fácil y agradable. Me cayó bien. Le pregunté quién era y cuáles eran sus aptitudes para el magisterio, a lo cual me respondió:


–Soy cubano, vengo de México y me llamo José Martí. Mis aptitudes para el magisterio...


–¡José Martí! –le interrumpí yo–. Ese nombre no me es desconocido: lo he visto como el del autor de un folleto en que se habla de los martirios que el gobierno español hace sufrir a los pobres cubanos que manda a los presidios de Africa. Acaso...


–Sí, señor, yo soy el autor de ese folleto y el mártir a quien el mismo se refiere.


–Pues bien, señor Martí, su doble merecimiento de cubano y mártir le hacen acreedor a toda mi simpatía: cuenta usted con la colocación que solicita".


Acto seguido, Martí le dijo que quería ser franco y que, de aceptar la generosa oferta, debía consignar que estaba comprometido para casarse a los pocos meses en México con una joven cubana; que para ello necesitaría más adelante alrededor de un mes y que estaría de vuelta para continuar con la enseñanza. Izaguirre se lo concedió, y efectivamente Martí asumió el cargo, a los pocos meses se marchó por algunas semanas y volvió con su reciente esposa.


"Ella dio al desmemoriado/ una almohadilla de olor./ El volvió, volvió casado/ ella se murió de amor..." Pero en el interín había establecido una relación, no se sabe de qué grado aunque por las consecuencias se supone, con "la niña de Guatemala", María, una adolescente de buena familia, perteneciente al grupo de hijas del matrimonio García Granados, en la casa que él frecuentaba con asiduidad desde su llegada al país centroamericano, y a quien además daba clases en la Academia de Niñas de Centroamérica. El mismo Izaguirre nos informa: "Entre las hijas del general Miguel García Granados (ex presidente y líder de la revolución liberal) había una llamada María, que se distinguía de sus hermanas como la rosa se distingue de las otras flores. Era alta, esbelta y airosa: su cabello negro como el ébano, abundante, crespo y suave como la seda; su rostro, sin ser soberanamente bello, era dulce y simpático; sus ojos profundamente negros y melancólicos, velados por pestañas largas y crespas, revelaban una exquisita sensibilidad. Su voz era apacible y armoniosa, y sus maneras tan afables, que no era posible tratarla sin amarla. Tocaba el piano admirablemente, y cuando su mano resbalaba con cierto abandono por el teclado sabía sacar de él notas que parecían salir de su alma y que pasaban a impresionar el alma de sus oyentes. (...) desde que Martí frecuentaba la casa, se notó en ella cierta tristeza que nadie se explicaba, así como el silencio en que se encerraba delante de él. Era evidente que algo pasaba en su interior; pero ese algo nadie se lo explicaba y quizás ella misma ignoraba la causa de lo que le pasaba".


Hasta aquí, la "versión Izaguirre", algo tradicional y recargada, no sólo por la prosa de la época sino también por los excesos del Romanticismo. Pero hay otras: un estudioso y casi biógrafo de Martí que se llamó Manuel Isidro Méndez, español que se avecindó en La Habana y quedó deslumbrado por la personalidad intelectual y humana de Martí, precisa que el poeta escribe esos versos en el momento en que rompe con Carmen Zayas Bazán y ella lo deja e, inclusive, va al consulado español en Nueva York a "pedir protección" de su esposo –"un desafecto de España"– para poder regresar a Cuba. Y aporta (he aquí la gran contribución) algún documento de los días de aquel retorno, como esta carta de "la niña": "Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán. Te suplico que vengas pronto, Tu niña."


"Se entró de tarde en el río/ la sacó muerta el doctor./ Dicen que murió de frío/ yo sé que murió de amor." Ella, sostienen, de 17 años, se ahoga voluntariamente en el río. Sin embargo, el poema no ha sido tomado por los críticos en un sentido único, y no unánimemente consideran que, de parte de Martí, sea humilde y doloroso. Gabriela Mistral hasta le enrostra el hecho de estar "jactándose" de que una muchacha haya muerto de amor por él. Pero la gran poeta chilena no tiene en cuenta que el poema IX de los Versos sencillos, conocido como "La niña de Guatemala", sólo se publica (y, presumiblemente, se escribe) en 1891, es decir catorce años después. Cuando ya su matrimonio con Carmen Zayas Bazán estaba destruyéndose, y es probable que aquel amor de juventud, frustrado por la palabra empeñada, haya vuelto a su memoria con matices de arrepentida idealización: "Era su frente ¡la frente/ que más he amado en mi vida!". Así nació una de las tantas piezas maestras que dejó Martí a la lengua y a la poesía latinoamericana (y a la canción, puesto que fue extensamente musicalizada): "Callado, al oscurecer,/me llamó el enterrador;/ nunca más he vuelto a ver/ a la que murió de amor".

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"El éxito es un ratito, uno no consigue nada en la vida"

"La princesa roja", descendiente de la realeza polaca nacida en París hace 81 años, recuerda que se hizo periodista porque se dedicó a "andar de preguntona". No se cansa de repetir todo lo que le debe al periodismo, un oficio que, además, le permitió conocer México, país al que llegó cuando tenía diez años. La ficción, un terreno que la cautiva y donde siempre se ha sentido como en su casa, es su manera de ser y estar en el mundo. Autora de más de cuarenta obras, ningún género se le resiste –novela, cuento, teatro, poesía, crónica, ensayo, biografía, entrevista y artículos periodísticos–. Estaba en su casa, en el barrio San Miguel Chimalistac, al sur de México, cuando recibió un llamado desde España. Grande fue la sorpresa cuando le anunciaron que ella, la rebelde y mexicanísima Elena Poniatowska, ha ganado el Premio Cervantes, considerado el Nobel Español, dotado de 125 mil euros, que reconoce la figura de un escritor o escritora que con el conjunto de su obra haya contribuido a enriquecer el legado hispano. Poniatowska es la cuarta mujer en recibir este prestigioso galardón, luego de las españolas María Zambrano (1988) y Ana María Matute (2010) y la cubana Dulce María Loynaz (1992).

 

Los responsables de elegir a la narradora y cronista mexicana no escatimaron elogios para la premiada: "Por una brillante trayectoria literaria en diversos géneros, de manera particular en la narrativa y en su dedicación ejemplar al periodismo", sintetizaron los ganadores de las últimas dos ediciones, José Manuel Caballero Bonald (2012) y Nicanor Parra (2011), y José Manuel Blecua, director de la Real Academia de la Lengua, entre otros integrantes del jurado. "Su obra se destaca por su firme compromiso con la historia contemporánea. Autora de obras emblemáticas que describen el siglo XX desde una proyección internacional e integradora, Poniatowska constituye una de las voces más poderosas de la literatura en español de estos días." La flamante ganadora definió el Cervantes como "un regalo del cielo" que no esperaba y que fue "una gran sorpresa". La escritora acaba de publicar El universo o nada, una biografía sobre su esposo Guillermo Haro, un hombre que se dedicó a la astronomía y la física, alguien que estuvo enamorado del firmamento hasta su muerte, en 1988. "Yo espero que él me lo esté enviando porque él está cerca del cielo. Y supongo que sacar un premio como éste pues es un regalo del cielo", aseguró la escritora en una entrevista telefónica con la agencia Efe. Escribir para la autora de Tinísima, La noche de Tlatelolco y Leonora también es una forma de participar en los asuntos públicos de su país. De un tiempo a esta parte está alarmada por el destino de los jóvenes sin trabajo y sin oportunidades claras de abrirse camino. "He tratado con los libros y con el periodismo en que se llegue a un México donde los jóvenes tengan oportunidades. A mí me preocupa muchísimo que se vayan a perder generaciones de jóvenes", confesó Poniatowska, muy próxima al ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, quien dos veces perdió las elecciones presidenciales.


Aunque parezca una broma de culebrón mexicano, Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor es el nombre completo de la flamante ganadora del Cervantes. Poniatowska, que nació en París el 19 de mayo de 1932, llegó al mundo con un título de la nobleza polaca bajo el brazo, porque su padre, Jean Evremont Poniatowski Sperry, era heredero de la corona polaca, exiliado en Francia. El estallido de la Segunda Guerra Mundial hizo que su madre, Paula Amor, tomara una decisión que cambió sus vidas. Madre e hija partieron hacia México en 1942, mientras su padre luchaba con el ejército francés y participaba en el desembarco de Normandía. Aprendió el español y ciertas tradiciones mexicanas con su niñera, Magdalena Castillo. Después recibió tres años de formación religiosa en un internado en Estados Unidos, pero al volver a México se rebeló contra el esquema impuesto a las mujeres de su época –un matrimonio arreglado– y se inició en el periodismo, un espacio reservado entonces para hombres. Tenía 21 años y no conocía nada del oficio. "Ni siquiera tenía pasión por la escritura. Lo único que sabía hacer era rezar. En realidad quería ser médica, pero si entonces no había mujeres periodistas, mucho menos doctoras", contó en más de una ocasión.


Su carrera periodística empezó en 1954, en el periódico Excelsior. Pronto comenzó a colaborar en Novedades y actualmente escribe para La Jornada. A través de sus memorables entrevistas, reunidas en Palabras cruzadas (1961) y en Todo México (1990), le arrancó secretos y recuerdos a Max Aub, Rufino Tamayo, Renato Leduc, Silvia Pinal, Henry Moore, María Félix y Fernand Braudel, entre otros. Poniatowska precisó que siendo principiante tuvo un encuentro con el pintor Diego Rivera, repudiado por la familia de Elena por retratar desnuda a la poeta Pita Amor, hermana de su madre. "Cuando lo entrevisté yo ni sabía qué había hecho, así que le preguntaba puras babosadas. Eso le hacía mucha gracia", recordó la autora de Querido Diego, te abraza quiela, obra epistolar entre la rusa Angelina Beloff y el muralista mexicano. Sus amigos y maestros Octavio Paz –que la llamaba La Princesa Rebelde–, Juan Rulfo, Luis Buñuel y Carlos Fuentes, entre otras destacadas personalidades de la cultura, llegaron a pensar que la historia de México tendría menos sentido sin los textos de Poniatowska, que lleva publicados más de 40 libros de diversos géneros –traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, polaco, danés y holandés–, en los que retrata crudamente la realidad de su país desde diferentes ángulos. Sus primeros cuentos, Lilus Kikus, los publicó en 1954. Todo empezó el domingo (1963) es un conjunto de relatos sobre la vida dominical de los mexicanos; y Hasta no verte, Jesús mío (1969) es un novela basada en una larga entrevista a la lavandera Josefina Bórquez.


El 3 de octubre de 1968, la escritora mexicana fue a la plaza de Tlatelolco, cuando su hijo tenía apenas unos meses. "Era la primera vez que salía a la calle después de dar a luz", suele evocar Poniatowska. El día después de la masacre de estudiantes el escenario era propio de una guerra. "Había tanques, las calles estaban solas. El panorama era desolador." De sus observaciones nació uno de los principales testimonios de aquel aciago día: La noche de Tlatelolco (1971), una memoria de una de las jornadas más negras de México. Una estela atraviesa la obra múltiple, híbrida, de esta gran contadora de historias. La presencia de la mujer y su perspectiva del mundo, la ciudad de México con su belleza y tensiones, las luchas sociales y las injusticias, las voces de aquellos a los que se les niega el derecho a decir, vertebran algunas temáticas persistentes de los libros de una escritora y periodista que ha recibido muchísimos reconocimientos. Fue la primera mujer que obtuvo el Premio Nacional de Periodismo de México en 1978; con La piel del cielo ganó el Premio Alfaguara de Novela en 2001; en 2007 se quedó con el Rómulo Gallegos por la novela El tren pasa primero, que narra la lucha de un héroe del movimiento obrero mexicano, Demetrio Vallejo, líder de los ferroviarios, que colapsó al país en 1958-1959 con un paro nacional que la propia escritora siguió como periodista. La autora mezcla los recursos del testimonio, la narrativa histórica y la biografía novelada para entrelazar la historia de un movimiento social con la vida pública y privada de su líder. Convencida de que "la revolución mexicana se hizo en tren", su novela es un homenaje a los trabajadores del ferrocarril. En 2011 obtuvo el premio Biblioteca Breve de Seix Barral por su novela Leonora, sobre la vida de la pintora surrealista Leonora Carrington. Sólo rechazó el Premio Xavier Villaurrutia, en protesta contra los asesinatos en Tlatelolco.


Poniatowska nunca rehuyó al compromiso literario y político. Como periodista, entrevistó al líder sindical Demetrio Vallejo y durante muchos años quiso escribir una biografía. Hasta que en 2005 decidió volver sobre el tema y pudo escribir la novela El tren pasa primero. "Los ricos siempre tienen amanuenses, tienen quienes escriban sus biografías, le pagan a un escritor más o menos bueno para que escriba sobre sus vidas. Pero sobre los héroes populares se escribe muy poco", reconoció la escritora mexicana en una entrevista con Página/12. "Un día le pregunté a un estudiante si sabía quién era Demetrio Vallejo: 'Ni idea', me contestó despectivamente. Entonces pensé que no era justo ni con Vallejo ni conmigo misma. Yo tenía dos chicos chiquitos y había ido muchas veces a la cárcel a entrevistarlo y pensé que no podía tirar por la borda todo ese esfuerzo. Aunque para escribir la novela no utilicé mucho del material de las entrevistas, sobre todo esas partes en donde Vallejo echaba mucho de esos discursos de la vieja izquierda que para mí son soporíferos. Decidí escribir una novela sobre el movimiento ferroviario, pero inventando la historia y los personajes con libertad."


Es tan simpática y menuda que ríe con todo el cuerpo. Sencilla y cordial, Poniatowska celebra los premios como una joven rebelde que peina canas y que detesta, con razón, que la llamen Elenita, un diminutivo que además de infantilizar mixtura machismo y paternalismo. "¿Qué es el éxito? El éxito es un ratito. Uno nunca consigue absolutamente nada en esta vida. Como decía mi madre, aquí había un cantante que se llamaba Cri-Cri que cantaba 'allá en la fuente había un chorrito, se hacía grande, se hacía chiquito'. Así es el éxito", plantea la escritora. En mayo del año pasado, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) le organizó un homenaje para conmemorar sus 80 años. La bautizaron de las más diversas formas, "mujer sofisticada y culta", "la más valiente de las escritoras", "baronesa de papel", "escritora poderosamente humana", "la más importante autora contemporánea y la más querida", propagadora de la lucha contra las injusticias, profeta que señala todas las anomalías mexicanas. Michael K. Schuessler, biógrafo de la escritora, advierte que Poniatowska es la inventora de la literatura testimonial en México; la persona que mejor ha sabido concertar su enorme talento literario con un afán periodístico. "Esa habilidad para combinar, a partir de experiencias personales y domésticas, le han dado una perspectiva y una sensibilidad incomparables. No se puede hablar de la literatura mexicana del siglo XX y de principio del siglo XXI sin hablar de obras como Hasta no verte, Jesús mío, La noche de Tlatelolco, Nada, nadie. Las voces del temblor y ese gran fresco de la cultura mexicana del siglo XX que es Tinísima", postula Schuessler, doctor en literatura latinoamericana y autor de Elenísima. Ingenio y Figura de Elena Poniatowska.


La princesa polaca nunca buscó vivir en un palacio de cristal, alejada del mundanal ruido. Poniatowska se abrió paso con sus entrevistas de niña ingeniosa que pregunta con tono inocente y da la puñalada con una gracia infinita. Como quien no quiere la cosa, finge que no sabe lo que hace y puede exasperar a cualquiera. El periodismo la puso de patitas en la calle, le permitió husmear en barrios pobres, recorrer mercados populares, escuchar una multitud de voces. El periodismo fue la universidad que no tuvo, la escuela que le permitió integrarse a la sociedad mexicana de finales de los años cincuenta. "Sólo si me enfermara, fallaría en mi trabajo y siempre he hecho mi trabajo desde un punto de vista subalterno. No desde la victoria o el privilegio", revela la narradora. El periodismo le enseñó a hacer antesala si quería que la recibieran, a que su trabajo sería tijereteado en la mesa de redacción, a mantenerse lejos de los egos y las pretensiones con las que se comportan los escritores famosos. "Por índole propia, por carácter, por mi oficio, me he mantenido lejos de eso. Estoy acostumbrada a esperar." Valió la pena domesticar el ego, trabajar sin descanso, no desesperar y saber esperar. Maestra de la narración, princesa, periodista... todas las Elenas se condensan en una: la intérprete de lo popular, de los que no tienen voz.

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Jueves, 24 Octubre 2013 11:00

Mutis: El cantor del trópico

Mutis: El cantor del trópico

Como sucedió con la poesía de Eduardo Carranza –profesor de literatura de Álvaro Mutis–, que fue tachada de fascista, a Mutis se le señaló de burgués, escéptico, pesimista y desilusionado (que era verdad); y se le sindicó, además, de no haber escrito nada sobre Colombia (que no es verdad) dedicado sólo a temas universales (que en parte es verdad).

 

Su obra es una evocación de Coello –población tolimense. Y como expresa uno de sus admiradores: "nadie ha descrito mejor el trópico colombiano y todo el alboroto que produce en las hormonas la tierra caliente" (Fernando Quiroz).

 

Mutis escribió literariamente en prosa y verso, casi como un continuo y las dos son la expresión de un solo personaje, Maqcroll el Gaviero, para quien su degradación, y de las tierras por donde pasó, fueran su sino.

 

Dijo Cobo Borda: "La obra de Álvaro Mutis también ha recobrado el calor primordial de las vertientes montañosas donde se cultiva el café y los grandes árboles ofrecen su sombra. Esas noches del Tolima y esa erosión implacable de todo acto humano va configurando un alucinante territorio donde la razón y el deseo cruzan sus impulsos. Un mundo, además, que Mutis no vacila en confrontar con la Europa milenaria, en uno de los más fecundos diálogos que registre la literatura hispanoamericana" (Para leer a Mutis).

 

Este escritor nació en Bogotá y murió a los 90 años en Ciudad de Méjico. Él mismo se definió sin tapujos: "Nunca he participado en política, no he votado jamás, y el último hecho político que me preocupa de veras es la caída de Bizancio en manos de los infieles en 1453. Soy gibelino, monárquico y legitimista". Y en entrevista con Cobo Borda que data de 1981 explica esto último: Gibelino en cuanto partidario del imperio romano, germánico en su lucha contra el papado y el poder temporal de la Iglesia; monárquico porque "no concibo que se pueda obedecer a ningún poder que no tenga un origen trascendente" y legitimista, porque si se es monárquico, se debe aceptar a plenitud la noción y concepto de monarquía. Sin embargo rechazo la hispanidad por considerarla de la derecha franquista.

 

Estas opiniones le valieron el rechazo de la izquierda –y de otros–, a su obra sin siquiera leerla:

 

"Solo entiendo algunas voces.
La del ahorcado de Cócora, la del anciano minero que murió
De hambre en la playa, cubierto
Inexplicablemente por brillantes hojas de plátano; la de los huesos
De mujer hallados en la cañada de la Osa; la del fantasma que vive
En el horno del trapiche"
(El miedo, en "La balanza" 1948).

 

En "Los elementos del desastre", describe un pueblo de tierra caliente, "entre las brillantes hojas de los plátanos" y "bajo la verde y nutrida cúpula de un cafeto y sobre el húmedo piso acolchonado de insectos".

 

"Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
Sobre las altas ramas de los cambulos,
Ha vuelto a llover esta noche un agua persistente
Y vastísima
Que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
Que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales"
(Nocturno, en "Los trabajos perdidos", 1965).

 

En un diálogo de Maqcroll-Bolivar con un europeo, el primero le dice: "Aquí se frustra toda empresa humana –comento. El desorden vertiginoso del paisaje, los ríos inmensos, el caos de los elementos, la vastedad de las selvas, el clima implacable, trabajan la voluntad y minan las razones profundas, esenciales, para vivir, que heredamos de ustedes. Estas razones nos impulsan todavía, pero en el camino nos perdemos en la hueca retórica y en la sanguinaria violencia que todo lo arrasa. Queda una conciencia de lo que debimos hacer y no hicimos y que sigue trabajando allá adentro, haciéndonos inconformes, astutos frustrados, ruidosos, inconstantes". Es una tremenda reflexión de la definición del colombiano y latinoamericano visto por Maqcroll-Bolivar. Pero es también la angustia del poeta de no entenderse en la bella e inmensa geografía colombiana, comparada con la civilizada y centenaria Europa:

 

No le bastaron las espumosas y violentas torrenteras.....
No le bastaron a su desordenada condición....
Los bosques sombríos.
Nada hubo para el sosiego de su ira...
Ni los continuos viajes al reino de las reposadas soberanas".

 

En fin, como dijo Gabo: "La obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqcroll no es solo él, como con tanta facilidad se dice. Maqcroll somos todos".

 

Sus obras: La Balanza (1948), Los Elementos del desastre (1953), Reseña de los hospitales de ultramar (1959), Los trabajos perdidos (1965), Summa de Maqcroll el gaviero, La mansión de Araucaima (1975), y las novelas: La nieve del Almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1987), Un bel morir (1989), La ultima escala del Tramp Steamer (1988).

Publicado enEdición N°196